La interpretaci-WPS Office
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SUMARIO:
INTRODUCCIÓN.
a) Interpretación Doctrinal.
b) Interpretación Judicial.
c) Interpretación Auténtica.
b) Interpretación Modificativa.
- Interpretación Extensiva.
- Interpretación Restrictiva.
III. LOS MÉTODOS DE INTERPRETACIÓN.
V. LA INTERPRETACIÓN CONSTITUCIONAL.
CONCLUSIONES GENERALES.
BIBLIOGRAFÍA.
INTRODUCCIÓN
El Derecho regula la vida en sociedad aplicándose a los hechos producidos o derivados de las
relaciones intersubjetivas con trascendencia jurídica. Esta regulación se realiza a través de la aplicación
del conjunto de normas jurídicas que constituyen el derecho objetivo y positivo. La aplicación del
Derecho debe consistir entonces en la culminación de un proceso lógico mental que se da desde una
regla general hasta la adopción de una decisión particular. La aplicación de las normas jurídicas se
caracteriza, de este modo, como manifestación de la vigencia del derecho. Pero el supuesto de hecho de
la norma es siempre de carácter general en relación a la descripción del hecho al cual habrá de ser
aplicado, surge entonces la necesidad de subsumir adecuadamente este último dentro de aquél, lo que
se consigue a través de la interpretación.
Las Normas Jurídicas en las que el Derecho vigente se encuentra plasmado se expresan mediante
el lenguaje, pero éste, al prescribir una norma, puede ser oscuro y/o dudoso, puede tener un trasfondo
doctrinario y/o un sentido técnico, etc., en fin, puede a primera impresión expresar no precisamente la
voluntad del legislador; de repente no con exactitud y probablemente hasta ni siquiera cercanamente
podría contener la intención que éste tuvo para sancionar la norma que se ha puesto en vigencia, o
dicha norma puede incluso ser reproducción cercana o fiel de una norma extranjera, en cuyo caso es
posible que ni el legislador supiera el sentido exacto y cabal de la norma que habría puesto en vigencia.
Los hechos, a su vez, pueden ser tan variados y diversos que no se dejan prever total e inequívocamente
por las normas jurídicas.
“Los profanos reprochan algunas veces a los juristas las discusiones que provoca la interpretación del
derecho; se sorprenden de que los redactores de leyes no hayan logrado elaborar textos
suficientemente claros para que su manejo esté excepto de incertidumbre. Es desconocer la infinita
diversidad de los hechos reales: éstos no se dejan reducir a fórmulas indelebles; escapan a todas las
previsiones. No es necesario mucho tiempo de práctica judicial para constatar cuán frecuentes son los
casos extraordinarios e imprevisibles que surgen en las fronteras o aun fuera de las categorías
comprendidas en las reglas legales, ... .” (sic).
Así como el lenguaje muchas veces puede no ser claro, las normas jurídicas, por tener que valerse
del elemento lingüístico para expresarse, no escapan a esta posibilidad, a lo que contribuye la diversidad
de los hechos. La doctrina, sin embargo, es casi unánime en considerar que al interpretar no estamos
solamente ante una mera posibilidad de falta de claridad en el texto de la norma, puesto que la
interpretación de las normas siempre está presente al momento de aplicar el derecho; por más que la
norma que va ser objeto de interpretación no revista mayor complicación para desentrañar su
significación y sentido.
Cabría, en todo caso, hablar de mayor o menor grado de dificultad para interpretar una norma
jurídica, pero nunca de la posibilidad de prescindir de hacerlo, de tal modo que existirá siempre la
ineludible necesidad de la interpretación de la norma jurídica.
De acuerdo al Art. 139° inc. 8 de la Constitución, ante el vacío o deficiencia de la ley, que en
sentido amplio y general debe entenderse como normas jurídicas (derecho positivo), se puede aplicar el
Derecho recurriendo a los Principios Generales del Derecho y al Derecho consuetudinario. Por ello, sólo
a través de las normas jurídicas se podrá aspirar, con la mayor expectativa de éxito, a encontrar la más
definida voluntad de la ley para la solución del caso concreto que se quiere resolver mediante la
aplicación del Derecho.
Pero queda entonces claro que la interpretación no tiene como objeto sólo la ley o la norma
jurídica; es también objeto de interpretación el Derecho no codificado o no normado. Más aun, incluso
los hechos son objeto de interpretación, por lo que se ha dicho que la Interpretación es una labor
muchas veces planteada por una cierta situación social en una determinada realidad histórica.
Este trabajo, como su título lo dice, no tiene el propósito de comentar, analizar ni desarrollar el
tema de la Interpretación sino en cuanto está estrictamente referida a la Norma Jurídica. Es necesaria
hacer esta precisión, porque el estudio de la Interpretación jurídica debe tocar temas como el de la
Analogía, los Principios Generales del Derecho y las Fuentes del Derecho (en la que se encuentra la
Costumbre).
Desde el punto de vista jurídico, entre los autores encontramos diversas definiciones acerca de lo
que es la Interpretación.
“La Interpretación jurídica por excelencia es la que pretende descubrir para sí mismo
(comprender) o para los demás (revelar) el verdadero pensamiento del legislador o explicar el sentido
de una disposición.” (sic).
“Interpretar una norma jurídica es esclarecer su sentido y precisamente aquel sentido que es
decisivo para la vida jurídica y, por tanto, también para la resolución judicial. Semejante esclarecimiento
es también concebible respecto al derecho consuetudinario, deduciéndose su verdadero sentido de los
actos de uso, de los testimonios y del < usus fori > reconocido y continuo. Pero el objeto principal de la
Interpretación lo forman las leyes” (sic).
Comentando el Art. 3° del Código Civil español, Manuel García Amigo[5] sostiene que:
“El fenómeno de la interpretación de las normas jurídicas es común a todas ellas; queremos decir
tanto a las públicas –ley, costumbre, P.G.D. – como a las privadas –lex negotti–: en ambos tipos de
normas, la interpretación trata de buscar su verdad normativa, para aplicarla, para que sea ella quien
conforme la relación intersubjetiva de intereses conflictiva.” (sic).
Considerándola como toda una Teoría, Marcial Rubio Correa[6] define la Interpretación Jurídica
diciendo:
“La teoría de la interpretación jurídica, ..., es la parte de la Teoría General del Derecho destinada a
desentrañar el significado último del contenido de las normas jurídicas cuando su sentido normativo no
queda claro a partir del análisis lógico-jurídico interno de la norma.” (sic).
“La Interpretación es la técnica que conduce a la comprensión del sentido de la norma jurídica”
(sic).
Ángel Latorre[8] con gran sencillez, pero muy claramente, se limita a decir que la Interpretación
es “... determinar el sentido exacto de la norma.”, mientras que Mario Alzamora Valdez[9], refiriéndose
al camino a seguir en la tarea de la Interpretación de la norma jurídica, explica que para aplicar las
normas a los hechos es necesario descubrir los pensamientos que encierran las palabras hasta llegar a
los objetos; es a este proceso al cual el maestro sanmarquino denomina interpretación. Nos dice
además que el intérprete toma el lenguaje como punto de partida; sigue hasta el pensamiento y de allí
al objeto.
En buena parte de las definiciones aquí citadas, y en las que se puede encontrar de entre los
muchos tratadistas que abordan este tema, se menciona a la palabra “sentido” (de la norma) como
aquello que se debe encontrar, desentrañar, descubrir o develar a través de la Interpretación jurídica.
Pero es preciso entender que la referencia al vocablo “sentido” está expresada en su acepción más
amplia, es decir, se pretende expresar no simplemente a hacia qué extremo dentro una misma dirección
apunta una norma sino en general cuál es el alcance y el significado cierto y cabal de la norma jurídica.
En tal sentido estamos de acuerdo y nos sumamos a las palabras de nuestro maestro, el Dr.
Aníbal Torres Vásquez[10], cuando dice:
“¿Cómo establece el intérprete el sentido de la norma?. En primer lugar, la labor del intérprete se
dirige a descubrir o develar el sentido inmanente en la norma; en segundo lugar, como por lo general
una norma evoca varios sentidos, selecciona o fija el sentido con el cual se obtenga la solución más justa
del caso concreto; y en tercer lugar, si el sentido o sentidos de la norma no se adecuan a la nueva
realidad social, el intérprete atribuye a la norma el significado que lo actualiza.” (sic).
Dado que las normas positivas y el Derecho vigente en general se expresan y difunden mediante
el lenguaje, consideramos que Interpretar no puede ser otra cosa que reconocer, descubrir, captar o
asimilar el auténtico significado, sentido y alcance de la norma jurídica.
El objeto de una ciencia, materia o disciplina es aquello de lo que se ocupa o sobre lo que recae.
Así, dado que la Interpretación se ocupa o recae sobre el derecho, resulta obvio que es el derecho el
objeto de la Interpretación. El Derecho que es objeto de la interpretación, a su vez, puede provenir bien
de una norma jurídica, de la Costumbre o de los Principios Generales del Derecho; en cualquiera de
estos casos la labor interpretativa estará presente, aunque en el este trabajo nos ocupamos sólo del
primer caso.
“El célebre debate entre intelectualistas y voluntaristas no ha agotado –a mi juicio– ni con mucho,
la intrincada madeja de elementos que se mueven alrededor de este complejo problema. Ni la
interpretación es un proceso que se agota en una mera tarea de intelección del sentido de una norma,
colocada allí para que el intérprete valore su significado, ni tampoco puede considerársela mero acto de
voluntad del intérprete que decide a su arbitrio, el significado correcto para el caso.” (sic).
Además, la Interpretación jurídica tiene un fin (mediato): que es, a través de los tribunales, aplicar
correctamente el Derecho a los hechos. Aunque los científicos del derecho interpreten no con la
finalidad de aplicar el derecho a un caso concreto, su labor a la larga tiende a cumplir esta finalidad,
pues, como bien dice Karl Larenz[14], éstos facilitan, en cierto modo, el trabajo a la jurisprudencia de los
tribunales, al mostrar los problemas de la interpretación y las vías para su solución; pero aquélla somete
a prueba los resultados en la confrontación con la problemática del caso particular y, por tanto, necesita
constantemente de la Ciencia del Derecho para la verificación.
Sobre las posiciones del intelectualismo y del voluntarismo podrá haber sin duda una gran
discrepancia, pero podemos advertir una confusión que se acentúa aun más cuando se tiene que
determinar de dónde se obtiene el sentido o significado que se debe lograr a través de la Interpretación.
Para contestar esta pregunta encontramos dos tendencias que dan respuestas diferentes: el
subjetivismo y el objetivismo.
Los partidarios del Subjetivismo (que es la teoría más antigua) sostienen que para interpretar una
norma debe tenerse como punto de referencia al legislador con el propósito de desentrañar de su
mente lo que éste quiso decir. Entienden que lo que se manda en la ley es la voluntad del legislador
(mens legislatioris), quien es su autor, y que la norma jurídica sólo es un medio o instrumento para
expresar ese mandato; entonces el intérprete debe llegar a lo que el legislador quiso decir para
interpretar correctamente la norma.
Los partidarios del Objetivismo, en cambio, son de la creencia de que sólo lo que aparece
redactado en la ley es lo objetivamente dispuesto como mandato, que una vez publicada la ley, ésta se
desprende de sus autores y adquiere vida y espíritu propios, en consecuencia es la voluntad de la ley
(mens legis) lo que debe descubrirse, porque en ella está lo objetivamente querido. Es evidente, como
bien manifiesta el Profesor español Ángel Latorre Segura[15], que la norma no puede tener voluntad y
por ello, cuando, de acuerdo con el Objetivismo, se habla de “voluntad de la ley”, está sumamente claro
que esta referencia se hace únicamente en sentido metafórico.
Con su gran estilo, el maestro Mario Alzamora Valdez[16] explica que la primera teoría (el
subjetivismo) sostiene que la ley no puede ser entendida de otro modo que como “mandato” que es
voluntad dirigida a regular las relaciones jurídicas, y que dicho mandato proviene de la mente del
legislador, en tanto que la segunda (el objetivismo) se apoya en la forma como se originan las normas,
en el valor de éstas consideradas en sí mismas, y en el carácter de los objetos culturales, para atribuir a
la ley un sentido independiente de lo querido por su autor.
Creemos que la norma jurídica, como creación humana, es concebida sólo en el pensamiento
humano por lo que consideramos que su origen será siempre la mente del legislador, más allá de que
una vez puesta en vigencia pueda expresar por sí misma y objetivamente un significado claro e
inequívoco. Entendemos que de ello son conscientes los partidarios del objetivismo y por esta razón es
que la teoría que esbozan, no puede limitarse, como en efecto no se limita, solamente a exponer sus
razones, sino que además va más allá explicando los motivos por los que el subjetivismo no puede ni
podrá nunca sustentar debidamente sus puntos de vista.
En tal sentido, los partidarios de la tesis objetiva fundamentalmente sostienen que determinar
quién es el legislador cuya voluntad ha de ser interpretada es una tarea nada práctica, porque las
personas e instituciones involucradas en la redacción y aprobación de una ley (en la actividad de legislar)
son numerosas y constantemente cambiadas, renovadas o relevadas, lo que hace imposible determinar
cuál entonces será la voluntad de legislador. Por otro lado, argumentan que las leyes suelen durar
muchos años y se transmiten hasta por generaciones, produciéndose así un inevitable arcaísmo cuando
los tribunales no deben sustraerse al espíritu de su tiempo ni dejar de lado nuevas exigencias sociales,
culturales, económicas, valorativas, etc..
Por ello, concluyen los objetivistas, que al ser puesta en vigencia la ley, se despoja ésta del
pensamiento del legislador para ir a vivir una vida propia e independiente; se convierte en una entidad
separada de su fuente directa, y esencialmente subordinada al medio social y a sus transformaciones, al
que deberá corresponder.
De este modo, entendemos que los partidarios del objetivismo intentan decirnos que no
simplemente tratan exponer la mejor tesis, sino sólo la única realista y sensatamente posible.
Karl Larenz[17] considera que a cada una de estas teorías corresponde parte de verdad y que por
ello ninguna puede aceptarse sin limitaciones. Dice también que la verdad de la teoría subjetiva es que
la ley jurídica, a diferencia de la natural, es hecha por hombres y para hombres, es la expresión de una
voluntad dirigida a la creación de un orden justo; en cambio, la verdad de la teoría objetiva es que una
ley, tan pronto es aplicada, despliega una actividad peculiar a ella, que va más allá de lo que el legislador
había intentado.
Siendo la Interpretación una actividad humana, ésta proviene de la persona, el sujeto o autor que
la realiza; es decir, el intérprete.
Desde tal punto de vista la Interpretación puede ser doctrinal o científica, judicial o
jurisprudencial y auténtica o legislativa.
a) La “Interpretación Doctrinal”.–
Es, como su nombre claramente lo indica, la interpretación practicada por los doctrinarios, por los
teóricos, por los juristas o jurisconsultos, por los tratadistas, por los estudiosos del derecho, y en general
por quienes se dedican a la ciencia del derecho; de ahí que también se le conozca a esta Interpretación
como “científica”.
La Interpretación doctrinal si bien se caracteriza por no ser obligatoria, sin embargo, por su
carácter científico y por la autoridad de quienes la practican, es la que termina siendo predilecta.
Ludwig Enneccerus[18], refiriéndose a la Interpretación doctrinal o científica, afirma que ésta con
frecuencia se divide en gramatical y lógica, “según que derive sus argumentos del lenguaje (es decir, de
las leyes de la gramática y del uso del lenguaje) o de su relación con otras leyes, del mayor valor de uno
u otro resultado.” (sic).
b) La “Interpretación Judicial”.–
Es la practicada por los jueces y tribunales para emitir sus decisiones (sentencias y demás
resoluciones motivadas jurídicamente) en las cuales esta interpretación queda plasmada. En la medida
que provenga de instancias más elevadas la interpretación judicial, sentada en los precedentes, tenderá
a influenciar con mayor autoridad y frecuencia.
En los países en los que existe el Recurso de Casación la interpretación judicial resulta obligatoria
para los órganos jurisdiccionales de instancias inferiores si se emite en los términos y condiciones
legalmente exigidos. Así, en nuestro país, es el Art. 384° del C.P.C. el que designa a la correcta
interpretación del derecho como uno de los fines esenciales del Recurso de Casación y es el Art.
400°[19] el que prevé cuáles son los requisitos y condiciones para que el precedente allí sentado sea
considerado como doctrina jurisprudencial que vincule a los demás órganos jurisdiccionales del Estado.
c) La “Interpretación Auténtica”.–
Es la realizada por el propio autor de la norma; se dice también que es la efectuada por el
legislador o, mejor dicho, por el poder legislativo, en el entendimiento de que éste es el autor de la
norma y de allí que a esta interpretación se le denomine también “interpretación legislativa”. Pero lo
importante para saber que estamos ante una interpretación auténtica es comprender que ésta ha sido
hecha por el propio autor de la norma, tanto así que incluso se ha denominado Interpretación auténtica
a la interpretación realizada por el propio juez o tribunal con el propósito de dar luces sobre el
significado verdadero de sus propias sentencias o resoluciones[20]; igualmente se ha considerado
interpretación auténtica a la que realizan las partes contratantes respecto del contrato que celebraron,
a la efectuada por el funcionario público respecto del acto administrativo o norma que emitió, etc..
Al respecto, Werner Goldschmidt[21], hijo del eminente procesalista James Goldschmidt, sostiene
que: “El concepto tradicional de la interpretación auténtica, ..., se desvió ..., y no se considera intérprete
auténtico al mismo individuo que formuló la norma de cuya interpretación se trata, sino a aquellas
personas capaces en su caso de sustituir la norma a interpretar ... .” (sic).
El mexicano José Luis Hernández Ramírez[24] menciona que la Interpretación Declarativa “se
refería a los casos en que supuestamente se creía que las palabras reproducían fielmente el
pensamiento de la regla” (sic).
b) La Interpretación Modificativa.–
- La Interpretación Extensiva.–
“Si resulta que la norma en su sentido lingüístico usual se queda a la zaga de la voluntad auténtica de su
autor, hay que ensancharla para que llegue a alcanzar aquél.” (sic).
La interpretación extensiva, explica el Profesor Mario Alzamora[27], se da cuando los términos de
la ley expresan menos de lo que el legislador quiso decir, y se trata de averiguar cuáles son los
verdaderos alcances de su pensamiento; por ello es que concluye que “más que extensiva es esta
interpretación ‘integrativa’ puesto que su objeto es referir la norma no a casos nuevos sino a aquellos
que contiene virtualmente, porque si así no fuera no sería interpretación sino creación”. (sic).
el argumento a pari, que consiste en referir al caso no previsto la misma consecuencia que al previsto
por identidad de razón entre ambas hipótesis;
el argumento a fortiori, se da cuando los hechos constitutivos de la hipótesis de una norma son más
claros y evidentes en situaciones no comprendidas expresamente por aquella (si la ley permite lo más,
permite lo menos; si prohíbe lo más, prohíbe lo menos);
el argumento a contrario, que consiste en reformular una norma a su sentido contrario, para solucionar
los casos contrarios imprevistos.
- La Interpretación Restrictiva.–
Alberto Trabucchi[28] lo explica del siguiente modo: “La interpretación restrictiva se dará cuando
la interpretación lógica restrinja el significado propio de la expresión usada por la ley; …” (sic).
Con el propósito de alcanzar la significación y el mensaje de las normas, diversos métodos han
sido propuestos y desarrollados. Entre éstos tenemos los métodos clásicos a los cuales ya hacía
referencia Savigny y que son: el gramatical, el lógico, el sistemático y el histórico. Se puede considerar
entre éstos también al método teleológico que muchos autores consideran dentro del método lógico.
El maestro argentino Mario A. Oderigo[29] considera que los precitados métodos se derivan de
uno sólo: el método Lógico[30], y nos dice: “Los denominados métodos analógico, sistemático,
teleológico e histórico –que frecuentemente han sido exhibidos como independientes del método
lógico– no representan otra cosa que variantes o formas de manifestarse este último; porque todos
ellos se fundamentan en los enunciados principios de la lógica, y porque desprovisto de aquéllos, el
método denominado lógico carecería de todo contenido.” (sic).
Existen también métodos modernos que formaron teorías o doctrinas sobre la Interpretación y
que trataremos en el acápite IV conjuntamente con aquellas doctrinas y teorías surgidas de la aplicación
conjunta de los métodos tradicionales.
El Método Gramatical, también conocido como Literal, es el más antiguo y es exclusivo de las
épocas anteriores a la Revolución Francesa en que existía alguna desconfianza en el trabajo de los
jueces, razón por la cual éstos se encontraban obligados a ceñirse al sentido literal de la ley.
Consiste este Método, dice Claude Du Pasquier[31], en deducir de las palabras mismas, de su
lugar en la frase y de la sintaxis, de la misma puntuación, el sentido exacto del artículo de que se trata.
Alberto Trabucchi[32] escribe que la Interpretación literal se realiza de conformidad con el uso de
las palabras y con la conexión de éstas entre sí. El referido autor critica este método de interpretación
por cuanto considera que también el que actúa en fraude de la ley observa su sentido literal y porque la
obstrucción legal no es en el fondo más que la aplicación totalmente literal de las normas jurídicas.
Este método también ha recibido otras críticas, como las del mexicano José Luis Hernández
Ramírez[33], quien expresa:
“el gramatical (el cual presenta rasgos no sólo de confusión superlativa, sino errores crasos). Quienes
hablan de este método de interpretación se olvidan de dos puntos fundamentales: el primero, que las
palabras sueltas, aisladas, por sí solas no tienen un sentido preciso e inequívocamente definido, pues
éste empiezan a adquirirlo dentro del contexto de la frase; segundo, que ni siquiera la frase tiene una
significación determinada por sí propia, ya que su genuina significación la adquiere dentro del contexto
real en que es emitida, dentro de los puntos de referencia del contorno o circunstancia, es decir, con
referencia al motivo y además también con referencia al propósito.” (sic).
En síntesis, con las limitaciones que pudiera tener, el Método Gramatical, o Literal, es aquél por el
que, mediante su utilización, se persigue descubrir el significado y sentido de la norma a través del
estudio y análisis de la letra de su propio texto.
El Método Lógico es aquél que utiliza los razonamientos de la lógica para alcanzar el verdadero
significado de la norma.
Para Mario Alzamora Valdez[34], este método consiste en la descomposición del pensamiento o
las relaciones lógicas que unen sus diversas partes.
En la utilización del Método Lógico, dice Luis Díez Picazo[35], se habla de la existencia de una
serie de reglas como: el argumento < a maiore ad minus > (el que puede lo más puede lo menos); < a
minore ad maius > (quien no puede lo menos tampoco puede lo más); < a contrario > (la inclusión de un
caso supone la exclusión de los demás); < a pari ratione > (la inclusión de un caso supone también la de
un caso similar).
Citando tres Sentencias bastante antiguas del Tribunal Supremo español, Manuel García
Amigo[36] ilustra sobre otras tantas reglas interpretativas obtenidas de la Jurisprudencia. Así, comenta
el profesor español, la Sentencia del 29-1-1891 declara que “es principio de Derecho que toda
interpretación o inteligencia que conduzca al absurdo debe rechazarse”; la Sentencia del 13-3-1906
señala que “según principio de Derecho sancionado por constante jurisprudencia, donde la ley no
distingue no cabe hacer distinción”; y la Sentencia del 14-3-1961 que estima que “existiendo un
precepto general y otro especial, éste ha de prevalecer sobre aquél”; etc..
El Método Sistemático introduce la idea de que una norma no es un mandato aislado, sino que
responde al sistema jurídico normativo orientado hacia un determinado rumbo en el que,
conjuntamente con otras normas, se encuentra vigente; que, por tanto, siendo parte de este sistema, y
no pudiendo desafinar ni rehuir del mismo, el significado y sentido de la norma jurídica podrá ser
obtenido de los principios que inspiran ese sistema; principios y consiguiente significado y sentido que
incluso pueden ser advertidos con mayor nitidez del contenido de otras normas del sistema.
Por su parte, Claude Du Pasquier[40] explica que este método consiste en investigar el estado de
espíritu en que se encontraban los autores de la ley; los motivos que los han llevado a legislar y cómo se
han representado la futura aplicación de los textos elaborados. A este efecto, se examinan los primeros
proyectos de la ley que se trata y se les compara con el texto definitivo para saber en qué sentido el
poder legislativo ha precisado o transformado su pensamiento. Son así estudiados las exposiciones de
motivos, los mensajes del poder ejecutivo, las cartas e informes de las comisiones encargadas, debates
plenarios y todo aquello que ha precedido a la aplicación de la ley.
Este método, dice Karl Larenz[41], debe tenerse en cuenta para averiguar el sentido de la ley
normativamente decisivo y, sobretodo, la intención reguladora del legislador y las decisiones valorativas
por él encontradas, así, para conseguir manifiestamente esa intención siguen siendo pauta vinculante
para el juez, incluso cuando acomoda la ley a nuevas circunstancias no previstas por el legislador, o
cuando la complementa.
Este método en su denominación tiene el prefijo “tele” que significa fin. El Método Teleológico
es, entonces, el que pretende llegar a la interpretación de la norma a través del fin de la misma,
buscando en su espíritu, que es la finalidad por la cual la norma fue incorporada al ordenamiento
jurídico.
Mencionan, Molitor y Schlosser[42], que Jhering, en su obra de dos volúmenes “El Fin del
Derecho” buscó interpretar cada reglamentación jurídica no de una manera aislada sino comprendiendo
las motivaciones y la función jugada en el conjunto normativo como medio de realización y satisfacción
de intereses. Manifiestan además que Jhering, merced a esta concepción hasta entonces desconocida,
señaló al Derecho caminos completamente nuevos, que estaban perdidos para él desde el Derecho
natural (Interpretación Teleológica). Debido al hecho de que los numerosos movimientos que
caracterizaban al siglo XIX carecían, no obstante, de una escala absoluta, esta concepción debió ejercer
en principio efectos destructores y relativizadores.
Algunos autores entienden que la finalidad de la norma está en su “ratio legis”, es decir, en su
razón de ser. Tal es el caso, por ejemplo del Jurista Claude Du Pasquier[43] quien afirma que “según el
punto de vista en que uno se coloque, la ratio legis puede ser considerada como el fin realmente
querido por el legislador en la época de elaboración de la ley ...” (sic), o el del profesor sanmarquino
Raúl Peña Cabrera[44], quien, comentando la Interpretación Teleológica, dice que si la ley es clara, basta
con la interpretación gramatical, sin embargo, puede ocurrir que la ley sea un tanto oscura, en tal caso
es conveniente apuntar a la intención de la norma, es decir considerar la “ratio legis”. La captación del
espíritu de la ley implica el empleo de procedimientos lógicos y valorativos.
Otros autores, como ya habíamos advertido, entienden por este Método al Método Lógico o, por
lo menos, entienden al Método Teleológico como parte de aquél. El último de los casos se advierte, por
ejemplo, en el tratadista español Manuel García Amigo[45], quien, al referirse al método lógico dice: “Es
obvio, además, que cuando el legislador dicta una norma, persigue un fin, a cuya obtención encadena
lógicamente el precepto. Por eso toda interpretación debe seguir las reglas de la Lógica. Y esto es algo
que se admite desde siempre, siendo unánimemente aceptado.” (sic).
Éste es el Método atribuido a la Escuela de la Exégesis en sus inicios, el cual consistía en investigar
empíricamente la voluntad del legislador; es decir las palabras de la ley y la intención del legislador
como hechos; el recurso a obtener todo lo concerniente a la ley como dato empírico.
“El método empírico postulado por la Exégesis es un recomponer los hechos efectivamente
pensados por los legisladores, es un ‘repensar’ algo ya pensado, según la fórmula de August Boeckh.
Esta reconstrucción del pensamiento del legislador está temporalmente situada, es concreta y
finita, a diferencia de la voluntad de la ley, que es por cierto intemporal.
Esto último perseguía indudablemente consolidar una absoluta ruptura con el pasado, que
permitía llegar en el examen de la ley no más allá de la voluntad psicológica del legislador.” (sic).
Existe una gama bastante variada de doctrinas o teorías sobre la Interpretación jurídica, pero
entre las más conocidas y vinculadas o referidas a los sistemas normativos, bien para aplicarlos o para
dejar de aplicarlos, tenemos las siguientes:
Esta teoría dio lugar a un método que empezó a desarrollarse en Francia a principios del siglo XIX
y hasta aproximadamente el año 1880 en que tuvo su apogeo; luego decae hasta más o menos el año
1900, siendo Francisco Gény quien se encarga de sepultarlo. Su desarrollo se dio sobretodo en el campo
del derecho privado y particularmente en el comentario al Código de Napoleón de 1804.
El jurista argentino Roberto J. Vernengo[48] explica que el método exegético consistía, en sus
formas primitivas, en un conjunto de recetas destinadas a orientar al juez en su labor de interpretación
del texto legal, en su procesamiento de la información normativa de partida. Ambos elementos –
repertorio de recetas prácticas, confusión del derecho con la ley– autorizan, nos dice, ciertas críticas
sobre las tesis, expresas o tácitas, que la exégesis francesa del siglo pasado (se refiere al siglo XIX) había
sostenido sobre la índole o naturaleza del derecho, defendiendo bajo rótulos teóricos y metodológicos,
ciertas notorias ideologías políticas, conservadoras o reaccionarias. Porque, en última instancia, la
exégesis presupone un dogma; y este dogma, un tanto blasfemo si se quiere, postula la presencia real
del legislador en la ley. Para la exégesis, una norma es siempre expresión del acto de un individuo
privilegiado, a saber: el legislador. E interpretar la ley consistía en reconstruir fielmente lo que el autor
del texto legislativo había pretendido. Tradicionalmente esto se expresa diciendo que la exégesis se
propone reconstruir la voluntad del legislador. Se supone, así, que, de alguna manera, las normas
jurídicas son expresión, en el plano del lenguaje, de actos volitivos que son la manifestación de la
voluntad real del legislador.
Harto conocidas, y citadas por muchos estudiosos sobre la materia, son las frases de Bugnet “yo
no conozco el derecho civil” y “no enseño más que el Código de Napoleón” y la de Demolombe “mi
divisa, mi profesión, mi fe, es ésta: los textos sobre todo.”.
El Derecho positivo lo es todo y todo Derecho positivo está constituido por la ley; culto al texto de la ley;
sumisión absoluta.
Interpretación dirigida a buscar la intención del legislador. Los códigos no dejan nada al arbitrio del
intérprete; éste no tiene por misión hacer el Derecho; el Derecho está hecho.
Descubierta esa intención y establecido el principio fundamental que consagre, es preciso obtener todas
las consecuencias, dar a la norma la extensión de que sea susceptible, sirviéndose de un proceso
deductivo; y sin más punto de apoyo que el raciocinio y la habilidad dialéctica.
Se niega valor a la costumbre; las insuficiencias a la ley se salvan a través de la misma mediante la
analogía.
Se tienen muy en cuenta los argumentos de autoridad, con el consiguiente respeto a las obras de los
antecesores.
En suma, se atribuye al Derecho un carácter eminentemente estatal: “Dura lex sed lex”. Las leyes
naturales sólo obligan en cuanto sean sancionadas por las escritas.
Esta teoría, como habíamos aludido, fue duramente criticada por Francisco Gény. Mario Alzamora
Valdez[50] precisa que Gény acusó que el principal defecto de la Exégesis consistía en “inmovilizar el
derecho”, mencionando también que adolecía de un desordenado subjetivismo y que como obra
humana era incompleta y que requería de otras fuentes del derecho.
La Teoría Dogmática no es reconocida por muchos autores que la tratan dentro y como la parte
de la Teoría Exegética en la que predominó el racionalismo jurídico.
La Dogmática, si es que no fue una corriente de pensamiento independiente, vendría a ser algo
así como la etapa de apogeo de la Exégesis que adquirió relevancia a partir de la segunda mitad del siglo
XIX y que se caracterizó por su gran influencia racionalista. Se ha sostenido así que mientras los antiguos
exegetas recurrieron a la investigación mediante un método empírico, es decir la recolección de datos
empíricos para determinar las palabras de la ley y la voluntad del legislador como hechos, el
dogmatismo o la Exégesis ya desarrollada rechazó esta tendencia y propuso entender la ley no
empíricamente sino objetiva y sobretodo lógicamente, es decir como razón.
Se ha dicho así que mientras la Exégesis persigue encontrar la interpretación correcta a través de
la búsqueda de la voluntad del legislador, la Dogmática persigue encontrar lo mismo en el propio texto
de la ley.
Partiendo de que toda ley tiene una finalidad, esta teoría intenta sostener de que es a través de
ésta que la ley puede correr paralelamente al continuo cambio del tiempo, adaptándose así a la nueva
realidad social y, por tanto, a las nuevas necesidades sociales.
Francisco Gény es quien, en medio de una fuerte y despiadada crítica contra la Exégesis, elabora
la Teoría de la “Libre Investigación Científica”, también llamada simplemente “Científica”. No niega que
la interpretación debe siempre primero buscar la voluntad del legislador, pero, en caso de lagunas en la
legislación, el intérprete debe valerse de otras fuentes, como la costumbre, e incluso en la naturaleza de
las cosas, mediante lo que él denomina la “libre investigación científica”.
Con el propósito de captar la voluntad del legislador, Mario Alzamora Valdez[52] explica que,
según esta teoría, el intérprete debe recurrir en el orden siguiente:
b) Deberá después apelar a la lógica, para buscar el sentido de la ley relacionándola con otras
normas dentro de un sistema;
c) Si estos métodos son insuficientes, estudiará los trabajos preparatorios de la ley, informes
parlamentarios, notas de los codificadores o autores a la ley subrogada;
d) Siguen a los citados procedimientos, la investigación de otras fuentes formales (la costumbre, la
autoridad y la tradición) y,
e) A falta de todo apoyo formal, para llenar las lagunas, queda el mérito de la “libre investigación
científica”. Se denomina así –libre– porque se encuentra sustraída a toda autoridad positiva y científica
porque se apoya en bases objetivas reveladas por la ciencia.
Tal como su denominación lo sugiere, esta teoría propugna la total libertad del juez en la
interpretación del derecho que deberá aplicar, a tal punto de poder hacer a un lado el derecho
contenido en la norma jurídica (derecho positivo, ley). Es decir, según esta teoría, los jueces son
independientes de las leyes y sus decisiones no deben obligatoriamente estar sujetas a éstas. El
propósito que conlleva el proponer a favor de los jueces estas atribuciones de total libertad e
independencia respecto de la ley está dado por el anhelo de llegar a la Justicia que muchas veces se
pierde o distorsiona en los mandatos normativos provenientes del derecho positivo.
Esta teoría, según reseña Claude Du Pasquier[54], surge en medio de una gran protesta contra los
excesos de la abstracción jurídica, mal que se agravó después de la entrada en vigencia del Código Civil
alemán de 1900. Aparece entonces, en 1906, la obra “La Lucha por el Derecho”, escrita por el Profesor
Hermann Kantorowicz bajo el pseudónimo de Gnaeus Flavius.
Ariel Álvarez Gardiol[55] considera que esta tesis es definitivamente un giro hacia el
voluntarismo. Entiende que es además también una resurrección del derecho natural, pero recogiendo
la tesis de la escuela histórica que no admite el derecho natural sino sólo si detrás de él existe una
voluntad, un poder y un reconocimiento.
Las ideas de Kantorowicz, Ehrlich, y otros propugnadores de esta teoría, son consideradas por
Werner Goldschmidt[56] como un ataque frontal contra el positivismo jurídico. El jurista alemán cita, de
la obra de Kantorowicz, el extracto siguiente:
“Si la ciencia del Derecho reconoce Derecho libre, la jurisprudencia no puede ya fundarse
exclusivamente sobre el Derecho estatal. Si la ciencia jurídica posee fuerza creadora, la jurisprudencia
no será por más tiempo mera servidora de la ley. Si la ciencia en cada momento tiene en cuenta lagunas,
la práctica no podrá resolver jurídicamente cualquier supuesto. Si la teoría puede admitir valores
sentimentales, no se puede ya exigir, por el otro lado, fallos enteramente fundados en razones. Si la
teoría reconoce el factor individual, la jurisprudencia ya no puede ser científica. Si en la ciencia domina
la voluntad, la jurisprudencia no podrá desoír los afectos. En resumidas cuentas: los ideales de la
legalidad, de la pasividad, de la fundamentación racional, del carácter científico, de la seguridad jurídica
y de la objetividad parecen incompatibles con el nuevo movimiento.” (sic).
Para Kelsen la Interpretación es una operación del espíritu que acompaña al proceso de creación
del derecho al pasar de la norma superior a una inferior. Según Kelsen no sólo se interpreta cuando el
juez va a aplicar la ley, emitiendo así la norma individual referida al caso concreto que viene a ser su
sentencia, sino también cuando el Poder legislativo legisla, para lo cual tiene que aplicar la Constitución
y para cuyo efecto no puede dejar de interpretar la Carta magna. Sostiene que hay también una
interpretación de normas individuales: sentencias judiciales, órdenes administrativas, actos jurídicos,
etc. En síntesis, toda norma es interpretada en la medida en que se desciende un grado en la jerarquía
del orden jurídico para su aplicación.
Finalmente podemos mencionar, tal como ya habíamos referido, que Kelsen entiende que la
interpretación es un acto de voluntad, pues la creación de la norma individual está destinada a llenar el
marco libre establecido y dejado por la norma general (la norma interpretada y aplicada).
Hasta antes de Hans Kelsen, escribe Ariel Álvarez Gardiol[59], se tenía la idea, según toda teoría
de la Interpretación, de que para todo caso existía la solución correcta, por lo que la interpretación
requería sólo de encontrar el método adecuado para dilucidarla. Precisa además el autor argentino que
Kelsen, a través de la teoría del ordenamiento jurídico, ve la interpretación como un problema de
voluntad, mucho más que de cognición. Para Kelsen, dice Álvarez, la norma es un marco de posibilidades
con varios contenidos jurídicos potenciales y aplicables todos ellos como posibles. Es un marco, abierto
o no, de posibilidades, pero siempre jurídicamente posibles todas ellas. La determinación de la solución
correcta (elegida), en ningún caso pertenece a la teoría del derecho, sino a la política jurídica.
Según la conocida teoría del Profesor argentino de Filosofía del Derecho en la Plata Carlos Cossio,
no es la ley lo que se interpreta sino la conducta humana a través de la ley.
Como bien explica Ariel Álvarez Gardiol[60], la teoría de Carlos Cossio parte del concepto de que
el derecho es “la libertad metafísica fenomenalizada en la experiencia”, o, en menos palabras, “la
conducta humana”. Entiende que éste es el punto de partida de toda elaboración de Cossio y el objeto
del derecho.
Werner Goldschmidt[61], en su comentario a esta teoría, considera que la teoría de Cossio tiene
una doctrina sociológica de la interpretación, según la cual el objeto de la interpretación no es la norma
sino la conducta por medio de la norma; la norma, dice Goldschmidt explicando la teoría de Cossio, no
es sino el medio, comparable al lenguaje, a través del cual conocemos el verdadero objeto de la
interpretación que es la conducta. Lo que el autor alemán entiende es que lo que Cossio tiene en mente,
cuando habla de la interpretación de la conducta a través de la norma, no es en realidad la
interpretación de la norma, sino su aplicación, puesto que mientras que la interpretación de la norma
tiende un puente de la norma a la voluntad de su autor, la aplicación de la norma tiende un puente
entre ésta y la conducta a enjuiciar.
V. LA INTERPRETACIÓN CONSTITUCIONAL.
Allí donde una norma ha sido prevista para ser aplicada, necesariamente habrá interpretación. De
ahí que habiéndose inspirado nuestro derecho constitucional en la doctrina española, para la cual la
Constitución es derecho positivo vigente, es norma jurídica que debe ser aplicada; entonces debemos
concluir que existe obviamente, con mayor razón, una interpretación constitucional.
Bien relaciona en el tiempo César Landa[62] el desarrollo de los derechos fundamentales con la
interpretación, pero no debemos pasar por alto que ello se debió a que tal desarrollo se plasmó en
normas jurídicas destinadas a ser aplicadas, en la incorporación normativa de derechos constitucionales
subjetivos que quedaban sujetos a aplicación por los órganos encargados de administrar justicia
constitucional.
Del Art. 138° de la Constitución se establece que los jueces preferirán la aplicación de la norma
constitucional frente a cualquier otra norma en caso de incompatibilidad.
Víctor García Toma[63] señala que desde el punto de vista doctrinario es posible establecer
cuatro tipos de interpretación constitucional, que son:
a) Interpretación de la Constitución.–
Es aquélla que parte de comprender teóricamente el texto constitucional, sin necesidad de ligarlo
a una contingencia real en la vida política. Su utilización se lleva a cabo con un mero fin especulativo de
conocimiento.
Estos Principios que, entre otros autores cita el Dr. Aníbal Torres Vásquez[64], comúnmente son
aceptados como los siguientes:
Por este Principio, la Constitución se interpreta como un todo o una unidad, sin considerar sus
disposiciones como normas aisladas.
b) Principio de la coherencia.–
Principio éste por el cual no deberían tener cabida las contradicciones entre las normas
constitucionales. Postula la concordancia entre las distintas normas constitucionales que protejan
diferentes bienes jurídicos.
c) Principio de la funcionalidad.–
Por el que se busca el respeto a las competencias de los distintos órganos, conforme al diseño
preestablecido por la Constitución. Así, ningún órgano estatal invadirá el ámbito competencial de otro,
lográndose de esta manera un trabajo coordinado y en armonía.
d) Principio de la eficacia.–
Dado que la libertad pertenece a ser humano, también se utiliza la denominación “in dubio pro
homine” para referirse a este principio. Por este principio, en caso de duda, ésta se dilucidará a favor de
la libertad del ser humano, como garantía de la efectiva vigencia de los derechos (subjetivos)
fundamentales.
Esta interpretación persigue como objetivo esencial una Carta que tenga duración como texto
normativo y como programa político.
Implica que cada régimen político significa una especial concepción de la sociedad y el Estado. La
interpretación constitucional tenderá así a afianzar el régimen político adoptado por la sociedad a través
de la propia Constitución.
CONCLUSIONES GENERALES.
1°.- La Interpretación Jurídica es de vital importancia, pues el Derecho sólo puede ser aplicado tras
ser interpretado. Por tanto, no puede haber Derecho sin Interpretación.
2°.- La Interpretación jurídica no sólo permite la aplicación del Derecho, sino que además va más allá:
descubre su mensaje correcta o incorrectamente; le da su verdadero significado, alcance y sentido o se
lo quita; lo acerca a la Justicia o a la Injusticia.
3°.- El desarrollo de tantos métodos para interpretar la norma, o el derecho en general, demuestra
que el estudio de la interpretación nunca termina por descubrir, ni totalmente y de manera inequívoca,
ni satisfactoriamente, el mensaje expresado en la norma; sólo aspiramos a aproximarnos lo más posible
a esta meta.
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- VERNENGO, Roberto J.: “La Interpretación jurídica”. Técnica Editora. UNAM. 1ª edición. México,
1977.
NOTAS:
[1] Du Pasquier, Claude: “Introducción al Derecho”. Editorial Jurídica Portocarrero S.R.L. 5ta edición.
Traducción del francés por Julio Ayasta Gonzales. Lima, Perú. 1994. Págs. 144 y 145.
[2] Díez Picazo, Luis: “Experiencias Jurídicas y Teoría del Derecho”. Editorial Ariel. Reimpresión de la 1ra
edición. Madrid, España. 1975. Pág. 225.
[3] Cabanellas de Torres, Guillermo: “Diccionario Enciclopédico de Derecho Usual”. Editorial Heliasta.
Vigésimo tercera edición. Buenos Aires, Argentina. 1994. Tomo IV, pág. 472.
[4] Enneccerus, Ludwig: “Tratado de Derecho Civil”. Tomo I. Casa Editorial Bosch. Traducido de la 39°
edición alemana. Barcelona, España. 1953. Pág. 197.
[5] García Amigo, Manuel. “Instituciones de Derecho Civil”. Editorial Revista de Derecho Privado.
Primera Edición. Madrid, España. 1979. Pág. 190.
[6] Rubio Correa, Marcial: “El Sistema Jurídico” (Introducción al Derecho). Fondo Editorial PUCP. Primera
Edición. Lima, Perú. 1984. Pág. 235.
[7] Álvarez Gardiol, Ariel: “Manual de Filosofía del Derecho”. Editorial Astrea. Primera edición. Buenos
Aires, Argentina. 1979. Pág. 289.
[8] Latorre Segura, Ángel: “Introducción al Derecho”. Editorial Ariel. Séptima Edición. Barcelona, España.
Septiembre de 1976. Pág. 93.
[9] Alzamora Valdez, Mario: “Introducción a la Ciencia del Derecho”. Tipografía Sesator. Octava Edición.
Lima, Perú. 1982. Pág. 257.
[10] Torres Vásquez, Aníbal: “Introducción al Derecho” (Teoría General del Derecho). Editorial Temis
S.A.. Segunda Edición. Bogotá, Colombia. 2001. Pág. 516.
[12] Kelsen, Hans: “Teoría Pura del Derecho”. Editorial Universitaria de Buenos Aires. Decimoctava
Edición. Buenos Aires, Argentina. 1982. Pág. 169.
[14] Larenz, Karl: “Metodología de la Ciencia del Derecho”. Editorial Ariel. Traducción de la 4ta. edición
alemana. Barcelona, España. 1980. Pág. 310.
La decisión que se tome en mayoría absoluta de los asistentes al Pleno constituye doctrina
jurisprudencial y vincula a los órganos jurisdiccionales del Estado, hasta que sea modificada por otro
pleno casatorio. ... .” (sic).
[20] Es pues cuando el Juez interpreta la ley, la Constitución, o cualquier otra norma no elaborada por él,
que su interpretación se denomina judicial, pero es auténtica la interpretación cuando la hace de su
propia resolución, porque se trata de la norma cuyo autor es él mismo.
[21] Goldschmidt, Werner: “Introducción Filosófica al Derecho”. Editorial Depalma. Sexta edición.
Buenos Aires, Argentina. 1983. Pág. 257.
[22] Cabanellas de Torres, Guillermo: ob. cit. Tomo IV, pág. 472.
[24] Hernández Ramírez, José Luis: “Análisis de la fórmula: ‘interpretación jurídica’ del párrafo cuarto del
artículo 14 constitucional”. División de Estudios Jurídicos de la Universidad de Guadalajara. Marzo, 1995.
Internet, Pág. Web [Link]/rtfd/numero5/[Link]. (ver Introducción).
[29] Oderigo, Mario A.: “Lecciones de Derecho Procesal” Tomo I. Editorial Depalma. Primera Edición.
Buenos Aires, Argentina. 1981. Pág. 140.
[30] Aunque el Método Lógico es la base para la elaboración de los demás métodos de interpretación,
hemos podido advertir que los autores en buena parte están de acuerdo en que es el Método
Sistemático el que los combina, al menos con sus principales componentes.
[42] Molitor, Erich y Schlosser, Hans: “Perfiles de la Nueva Historia del Derecho Privado”. Casa editorial
Bosch. Traducción de la 2ª edición alemana. Barcelona, España. 1975. Pág. 99.
[44] Peña Cabrera, Raúl: “Tratado de Derecho Penal” Volumen I. Tipografía Sesator. Tercera Edición.
Lima, Perú. 1983. Pág. 122.
[48] Vernengo, Roberto J.: “La Interpretación jurídica”. Técnica Editora. UNAM. 1ª edición. México,
1977. Pág. 68.
[62] Landa Arroyo, César: “Teoría del Derecho Procesal Constitucional”. Editorial Palestra. 1ra edición.
Lima, Perú. 2003. Pág. 215.
[63] García Toma, Víctor: “En Torno a la Interpretación Constitucional”. En Revista del Foro. Colegio de
Abogados de Lima. Año LXXXVI. N° 2. Junio – Diciembre 1998. Pág. 38.
[64] Torres Vásquez, Aníbal: ob. cit., págs. 583 y 584.
(*) Abogado. Alumno de la Maestría en Derecho con Mención en Derecho Civil y Comercial de la
UNMSM. Lima – Perú.
E-mail: cfdelac@[Link]
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