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Pensad en Flebas

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La guerra se recrudece a lo largo de la galaxia.

Las lunas, los planetas y las mismas


estrellas se enfrentaron a una destrucción a sangre fría, brutal y, lo que es peor,
aleatoria. Los idiranos luchan por su fe; la Cultura, por su derecho moral a existir. No
hay lugar para la rendición. En medio del conflicto cósmico, en las profundidades de
un Planeta de los Muertos, yace una Mente fugitiva. Los rumores dicen que Horza el
cambiante y su horda de mercenarios impredecibles, humanos y máquinas, se
embarcaron en su propia cruzada por encontrarla… solo para hallar su propia
destrucción.

[Link] - Página 2
Iain M. Banks

Pensad en Flebas
La Cultura 1

ePub r1.5
Titivillus 17.12.2018

[Link] - Página 3
Título original: Consider Phlebas
Iain M. Banks, 1987
Traducción: Albert Solé

Editor digital: Titivillus


ePub base r2.0

[Link] - Página 4
La idolatría es peor que cualquier mortandad.
El Corán, 2:190

Ya seas judío o gentil,


oh, tú que haces girar el timón y miras a barlovento,
piensa en Flebas, que otrora fue bello y alto como tú.
T. S. ELIOT, «LA TIERRA BALDÍA», IV

[Link] - Página 5
Al recuerdo de Bill Hunt

[Link] - Página 6
Prólogo

La nave ni tan siquiera tenía nombre. La fábrica que la construyó había sido evacuada
hacía mucho tiempo, por lo que no llevaría a bordo ninguna tripulación humana y,
por la misma razón, no poseía sistemas de apoyo vital o unidades de alojamiento. No
tenía número de clase o designación de la flota porque era un híbrido mestizo
construido con fragmentos y piezas procedentes de varios tipos de nave; y no tenía
nombre porque la fábrica no podía perder el tiempo en esos pequeños detalles.
La fábrica fue montando la nave como buenamente pudo con la cada vez más
reducida cantidad de componentes de que disponía, aunque la mayor parte de los
sensores y los sistemas de armamento y energía eran defectuosos, estaban anticuados
o necesitaban un buen repaso. La fábrica de naves sabía que su destrucción era
inevitable, pero existía una posibilidad de que su última creación tuviera la velocidad
y la suerte necesarias para escapar.
El único componente perfecto y carente de precio del que la fábrica sí disponía
era la poderosísima Mente alrededor de la que había construido el resto de la nave. La
Mente poseía capacidades inmensas, aunque aún era algo tosca y carecía de
entrenamiento, y si lograba llegar hasta un lugar seguro la fábrica de naves creía que
podía hacer grandes cosas. Y, además, existía otra razón —la auténtica razón—, para
que la madre en cuyos astilleros había nacido no le hubiese dado un nombre a la nave
de combate que era su hija. La madre estaba convencida de que, dejando aparte todo
lo anterior, también había otra cosa de la que no disponía: esperanza.
La nave abandonó la zona de construcción de la fábrica con casi todos los
retoques finales pendientes. Aceleró al máximo —su rumbo sería una espiral de
cuatro dimensiones que cruzaría por el centro de una ventisca de estrellas donde sabía
que solo la aguardaba el peligro—, y los viejos motores de una nave que ya no existía
la hicieron entrar en el hiperespacio. Usó los sensores dañados en combate que
habían pertenecido a otra nave para ver cómo su lugar de nacimiento desaparecía a
popa, y comprobó los anticuados sistemas de armas que habían pertenecido a una
tercera nave. En el interior de su cuerpo nacido para la batalla los robots
constructores se movían por los espacios angostos sometidos a la falta de luz y calor
del vacío tratando de instalar o completar sensores, desplazadores, generadores de
campo, disruptores de escudos, campos láser, cámaras de plasma, depósitos de
cabezas de guerra, unidades de maniobra, sistemas de reparación y los miles de otros
componentes básicos o secundarios necesarios para que un navío de combate pudiera
funcionar como tal. La estructura interna de la nave fue cambiando a medida que
cruzaba las inmensidades de espacio vacío que se extienden por entre los sistemas
estelares, volviéndose menos caótica y más ordenada a cada nueva tarea completada
por los robots obreros.

[Link] - Página 7
Cuando llevaba varias decenas de horas de su primer viaje, la nave comprobó su
sensor de seguimiento enfocándolo hacia la ruta que había seguido y captó una
terrible y aniquiladora explosión detrás de ella, justo allí donde había estado la
fábrica. Vio expandirse la flor de radiación durante un tiempo, enfocó el campo de
observación hacia lo que tenía delante e hizo fluir todavía más energía por sus ya
sobrecargados motores.
La nave hizo cuanto le era posible para eludir el combate. Se mantuvo lejos de las
rutas donde era más probable que encontrara las naves enemigas; y trató cada
indicación de la proximidad de una nave como si fuera un avistamiento hostil
confirmado. Zigzagueó, trazó curvas, subió y bajó mientras iba siguiendo un curso en
espiral lo más rápido que podía, cruzando el fragmento del brazo galáctico en el que
había nacido por el camino más directo que se atrevía a utilizar, dirigiéndose hacia
los confines del gran istmo y el espacio comparativamente vacío que se extendía más
allá de este. Si lograba llegar al comienzo del miembro siguiente quizá se encontrara
a salvo.
Y justo cuando estaba llegando a esa primera frontera, allí donde las estrellas se
alzaban como un acantilado reluciente junto al vacío…, fue detectada.
La casualidad hizo que los rumbos de una flota de navíos hostiles se aproximaran
lo suficiente al seguido por la nave. La flota detectó su ruidoso y tosco caparazón de
emisiones y se dispuso a interceptarla. La nave se metió de lleno en la abrumadora
oleada de su ataque. Superada en armamento, lenta, vulnerable… Apenas necesitó un
instante para comprender que ni tan siquiera tenía la posibilidad de infligir algún
daño a la flota enemiga.
Decidió destruirse. Hizo estallar todas las cabezas de guerra de que disponía,
liberando repentinamente tal cantidad de energía que, durante un segundo y solo en el
hiperespacio, el destello luminoso creado por la explosión superó en brillantez a las
emisiones de una enana amarilla de un sistema estelar cercano.
Un instante antes de que la nave se convirtiera en plasma la mayoría de los miles
de cabezas de guerra se dispersaron a su alrededor y estallaron formando una esfera
de radiación cada vez más grande a través de la que cualquier huida parecía
imposible. La totalidad del enfrentamiento duró una fracción de segundo, y al final de
este hubo algunas millonésimas de segundo durante las que los ordenadores de
combate de la flota enemiga analizaron el laberinto tetradimensional de radiaciones
en expansión y comprendieron que existía una salida asombrosamente complicada e
improbable que permitiría escapar a los cascarones concéntricos de energías en
erupción que estaban desplegándose como los pétalos de una flor inmensa entre los
sistemas estelares. Aun así, no era un camino que la Mente de un navío de combate
tan pequeño y anticuado hubiera podido planear, crear y seguir.
Cuando se dieron cuenta de que la Mente de la nave había seguido ese camino y
había atravesado su pantalla de aniquilación, ya era demasiado tarde para impedir que

[Link] - Página 8
abandonara el hiperespacio y cayera hacia el pequeño y frío cuarto planeta que giraba
alrededor del solitario sol amarillo del sistema cercano.
Y también era demasiado tarde para hacer algo respecto a la luz emitida por la
detonación de las cabezas de guerra. La explosión había sido calculada para que
crease un tosco código y describiera el destino de la nave, así como la posición y el
estado de la Mente durante su huida. El código sería legible para cualquiera que
captase la progresión de aquella luminosidad irreal a través de la galaxia. Lo peor de
todo, quizá —y si su diseño les hubiera permitido algo semejante, aquellos cerebros
electrónicos habrían sentido un terrible abatimiento—, era que el planeta hacia el que
la Mente se había dirigido abriéndose paso a través de su pantalla de explosiones no
entraba en la categoría de mundos que podían limitarse a atacar o destruir, y ni tan
siquiera en la de aquellos que les estaba permitido visitar. Era el Mundo de Schar,
muy cerca de la región de espacio estéril llamada el Golfo Sombrío que se extiende
entre dos franjas de la galaxia. Era uno de los mundos prohibidos a los que se conoce
como Planetas de los Muertos.

[Link] - Página 9
1
Sorpen

El nivel del líquido había llegado a su labio superior. Tenía la cabeza pegada a las
piedras que formaban la pared de su celda, pero aun así su nariz apenas quedaba por
encima de la superficie. No conseguiría liberarse las manos a tiempo; iba a ahogarse.
Una parte de su mente intentó reconciliarle con la idea de su muerte. Iba a morir
en la oscuridad de aquella celda, rodeado por su pestilencia y su calor, con el sudor
corriendo por su frente y sobre sus tensos párpados mientras el trance seguía y
seguía… Pero había algo más, algo que se negaba a desaparecer, algo inútil y que
solo servía para molestarle, como un insecto invisible zumbando en el silencio de una
habitación. Era una frase irrelevante y carente de sentido, una frase tan vieja que ya
no recordaba dónde la había oído o leído, y la frase daba vueltas y más vueltas dentro
de su cabeza como una canica girando dentro de un recipiente:

«Los Jinmoti de Bozlen Dos matan a los asesinos rituales


hereditarios de los familiares más próximos al nuevo Rey Anual
ahogándolos en las lágrimas del Empatauro Continental durante su
Estación de la Tristeza».

Poco después de que comenzara su ordalía el trance aún no había llegado a ser tan
profundo, y hubo un momento en el que se preguntó qué sucedería si vomitaba.
Ocurrió cuando las cocinas del palacio —unos quince o dieciséis pisos por encima de
su cabeza, si sus cálculos eran correctos—, enviaron sus desperdicios por la sinuosa
red de cañerías y conductos que terminaban en el recinto de la alcantarilla. El torrente
de líquido gorgoteante había dejado libre un poco de comida podrida que debía de
llevar allí desde la última vez en que algún pobre desgraciado se ahogó entre la
basura y los excrementos, y fue entonces cuando tuvo la sensación de que podía
acabar vomitando. Comprender que eso no alteraría en nada el momento de su muerte
casi le resultó consolador.
Después sucumbió a ese estado de nerviosa frivolidad que aflige en algunas
ocasiones a los que se encuentran atrapados por una amenaza letal y no pueden hacer
nada salvo esperar, y se preguntó si el llorar aceleraría su muerte. En teoría sí, aunque
en términos prácticos la cantidad de líquido representada por las lágrimas era
totalmente irrelevante; pero ese fue el momento en que la frase empezó a dar vueltas
por su cabeza.
«Los Jinmoti de Bozlen Dos matan a los asesinos rituales hereditarios…».
El líquido que podía oler, sentir y oír con una claridad excesiva —y que
probablemente también habría podido ver con esos ojos suyos que distaban tanto de

[Link] - Página 10
ser corrientes, suponiendo que los hubiera tenido abiertos—, se agitó y entró en
contacto con la base de su nariz. Sintió como se introducía por sus fosas nasales,
llenándolas con una pestilencia que le revolvió el estómago. Pero meneó la cabeza,
intentó conseguir que su cráneo quedara todavía más pegado a las piedras y aquella
sopa repugnante se alejó. Expulsó el aire por la nariz y sintió que podía volver a
respirar.
Ya no faltaba mucho. Volvió a examinar sus muñecas, pero era inútil. Necesitaría
otra hora o más, y solo disponía de minutos, suponiendo que tuviera suerte.
Y, de todas formas, el trance ya había empezado a disiparse. Estaba volviendo a lo
que era la conciencia casi total, como si su cerebro quisiera saborear plenamente el
momento de su muerte y su propia extinción. Intentó pensar en algo profundo o ver
cómo su vida pasaba velozmente ante sus ojos, o recordar repentinamente algún viejo
amor, una profecía o premonición olvidada desde hacía mucho tiempo; pero no había
nada, solo una frase hueca y desprovista de significado, y las sensaciones lógicas de
alguien que se está ahogando en la basura y los excrementos de otras personas.
«Viejos bastardos», pensó. Uno de sus pocos rasgos de originalidad o humor
había sido el planear una forma elegante e irónica de morir. Oh, sí, qué adecuado
debía parecerles mientras arrastraban sus cuerpos decrépitos hasta las letrinas de la
sala de banquetes para, literalmente, defecar sobre todos sus enemigos y matarles con
ese acto.
La presión del aire estaba aumentando y un distante rugido líquido le indicó que
se aproximaba otra oleada procedente de las alturas. «Viejos bastardos… Bueno,
espero que al menos hayas mantenido tu promesa, Balveda».
«Los Jinmoti de Bozlen Dos matan a los asesinos rituales hereditarios…», pensó
una parte de su cerebro mientras las cañerías del techo borboteaban y un chorro de
basura y excrementos caía sobre la masa de líquido caliente que casi llenaba la celda.
La ola pasó por encima de su rostro y retrocedió dejándole la nariz libre durante un
segundo, con lo que le proporcionó el tiempo suficiente para llenarse los pulmones de
aire. Después el líquido fue subiendo lentamente de nivel hasta volver a rozarle la
base de la nariz, y se quedó allí.
Contuvo el aliento.

Cuando le colgaron al principio sintió dolor. Sus manos atadas y recubiertas por
tensas bolsas de cuero quedaban justo encima de su cabeza. Estaban sujetas por
gruesos aros de hierro incrustados en las paredes de la celda que soportaban todo su
peso. Le habían atado los pies, dejándolos colgar en el interior de un tubo de hierro
también unido a la pared, lo que le impedía descargar su peso sobre los pies o las
rodillas y, al mismo tiempo, hacía que solo pudiera mover las piernas un palmo en
cualquier dirección. El tubo terminaba justo por encima de sus rodillas; encima de él

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solo había un viejo taparrabos manchado que cubría la mugrienta desnudez de su
cuerpo senil.
Eliminó el dolor procedente de sus muñecas y sus hombros antes de que los
cuatro corpulentos centinelas —dos de ellos subidos en escaleras—, hubieran
terminado de colocarle en aquella posición. Aun así, podía sentir una especie de
cosquilleo en su nuca, la indicación de que debería estar sufriendo algún dolor. El
lento ascenso del líquido pestilente que caía en su celda-alcantarilla había hecho
flotar su cuerpo, y la sensación fue disminuyendo gradualmente hasta desaparecer.
Empezó a sumirse en el trance apenas se hubieron marchado los centinelas, aun
sabiendo que probablemente no le serviría de nada. Su soledad no duró mucho. La
puerta de la celda volvió a abrirse cuando solo habían transcurrido unos minutos, la
luz del pasillo hizo retroceder la oscuridad y un centinela dejó caer una pasarela
metálica sobre las húmedas losas que formaban el suelo de la celda. Detuvo el trance
del cambio y giró la cabeza tensando el cuello para ver a su visitante.
La marchita y encorvada silueta de Amahain Frolk, ministro de seguridad de la
Gerontocracia de Sorpen, entró en la celda empuñando un báculo que emitía una fría
claridad azulada. El anciano le sonrió, asintió con expresión aprobadora y se volvió
hacia el pasillo. Alzó una mano flaca y pálida y le hizo señas de que entrase a alguien
que estaba fuera de la celda. El prisionero supuso que debía de ser Balveda, agente de
la Cultura y, en efecto, era ella. Los pies de la mujer se movieron con agilidad sobre
la pasarela metálica, su cabeza giró lentamente para contemplar lo que la rodeaba y
sus ojos acabaron posándose en la silueta suspendida de la pared. El prisionero sonrió
y movió la cabeza en un intento de saludarla, sintiendo cómo sus orejas rozaban la
desnudez de sus brazos.
—¡Balveda! Tenía la corazonada de que volveríamos a encontrarnos… ¿Has
venido para ver al anfitrión de la fiesta?
Se obligó a sonreír. Oficialmente, aquel era su banquete; era el anfitrión. Otra de
las pequeñas bromas de la Gerontocracia… Esperaba que su voz no contuviera
ninguna huella de miedo.
Perosteck Balveda, agente de la Cultura, le sacaba toda una cabeza de ventaja al
anciano que estaba en pie junto a ella, y seguía siendo asombrosamente bella incluso
bajo la pálida claridad azulada del báculo. El prisionero vio cómo meneaba
lentamente su hermoso y delicado cráneo. Su corta cabellera negra cubría su cabeza
igual que una sombra.
—No —dijo—. No quería verte ni despedirme de ti.
—Tú me has traído aquí, Balveda —dijo el prisionero en voz baja.
—Sí, y es aquí donde debes estar —dijo Amahain-Frolk, avanzando por la
pasarela todo cuanto pudo sin perder el equilibrio y verse obligado a pisar las
húmedas losas del suelo—. Yo quería torturarte antes, pero la señorita Balveda aquí
presente… —el ministro volvió la cabeza hacia la mujer y su voz aguda y estridente

[Link] - Página 12
creó ecos en la celda—, intercedió por ti, aunque solo Dios sabe qué razones puede
tener para ello. Pero no cabe duda de que este es el sitio donde debes estar, asesino.
Alzó el báculo y lo blandió ante el hombre casi desnudo que colgaba de la sucia
pared de la celda.
Balveda se contempló los pies, apenas visibles bajo el extremo de la larga túnica
gris que cubría su cuerpo. La luz del pasillo se reflejaba en el pendiente circular
suspendido de una cadena que llevaba alrededor del cuello y lo hacía brillar.
Amahain-Frolk retrocedió hasta quedar detrás de ella, alzó el báculo luminoso y
contempló al prisionero con los ojos entrecerrados.
—¿Sabes una cosa? Incluso ahora… Casi podría jurar que es Egratin quien está
colgado de la pared. Apenas… —Meneó su flaca y huesuda cabeza—. Apenas si
puedo creer que no es él. Al menos, no hasta que abre la boca… ¡Dios mío, estos
cambiantes son unas criaturas peligrosas y aterradoras!
Se volvió hacia Balveda. La agente se pasó la mano por la nuca alisándose el
cabello y bajó los ojos hacia el anciano.
—También son un pueblo antiguo y orgulloso, Ministro, y quedan muy pocos de
ellos. ¿Puedo pedirle un poco más de tiempo? Por favor… Déjele vivir. Quizá…
El Gerontócrata alzó una mano flaca y nudosa ante ella y su rostro se retorció en
una mueca.
—¡No! Señorita Balveda, haría bien olvidándose de todo el asunto. No siga
pidiendo clemencia para este…, este asesino, este espía cobarde y traicionero.
¿Acaso cree que podemos tomarnos a la ligera el que asesinara a uno de nuestros
ministros de Ultramundo y adoptara su personalidad? ¿Qué daños podría haber
causado esta… esta criatura? ¡Vaya, pero si cuando la arrestamos dos de nuestros
guardias murieron a causa de unos meros arañazos! ¡Y otro ha quedado ciego de por
vida después de que este monstruo le escupiera en los ojos! Bien, no importa… —
Amahain-Frolk contempló al hombre encadenado a la pared y sonrió
despectivamente—. Ya le hemos dejado sin dientes para herir, y tiene las manos
encadenadas para que no pueda arañarse. —Se volvió nuevamente hacia Balveda—.
¿Dice que ya quedan muy pocos de ellos? Pues yo digo que es una suerte, y digo que
pronto habrá uno menos. —El anciano entrecerró los ojos y contempló a la mujer—.
Le agradecemos que nos revelara la auténtica identidad de este suplantador y asesino,
pero no crea que eso le otorga el derecho a decirnos lo que debemos hacer. Algunos
Gerontócratas no quieren tener ni la más mínima relación con ninguna influencia
exterior, y sus voces se hacen más fuertes a medida que la guerra se aproxima a
nosotros. No creo que le convenga indisponerse con aquellos que apoyamos su causa.
Balveda frunció los labios, volvió a clavar los ojos en sus pies y cruzó sus
delgadas manos a su espalda. Amahain-Frolk se había encarado con el hombre que
colgaba de la pared y estaba agitando su báculo ante él mientras hablaba.
—¡Pronto habrás muerto, impostor, y los planes de tus amos para dominar nuestro
pacífico sistema morirán contigo! El mismo destino aguarda a cualquiera que

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pretenda invadirnos. Nosotros y la Cultura somos…
El prisionero meneó la cabeza todo cuanto pudo y le interrumpió con un rugido.
—¡Frolk, eres un idiota! —El anciano se encogió sobre sí mismo como si hubiera
recibido un golpe físico. El cambiante siguió hablando—. ¿No te das cuenta de que
acabaréis siendo conquistados? Probablemente serán los idiranos, pero si no son ellos
será la Cultura. Ya no controláis vuestros destinos; la guerra ha puesto fin a todo eso.
Este sector no tardará en ser una parte más del frente…, a menos que lo convirtáis en
una parte de la esfera idirana. Me enviaron para deciros aquello que ya deberíais
saber, no para que os engañara y os hiciera cometer actos que luego lamentaríais. Por
el amor de Dios, viejo, los idiranos no se os comerán crudos…
—¡Ja! ¡Pues por su aspecto nadie lo diría! Monstruos con tres pies; invasores,
asesinos, infieles… ¿Y quieres que nos unamos a ellos? ¿Quieres que nos aliemos
con monstruos que miden tres zancadas de alto? ¿Quieres que nos arrastremos bajo
sus pezuñas y que adoremos a esos falsos dioses suyos?
—Al menos ellos tienen un Dios, Frolk. La Cultura ni tan siquiera tiene eso. —El
esfuerzo de concentración que le exigía el hablar estaba haciendo que volviera a notar
el dolor de sus brazos. Cambió de posición todo cuanto pudo y volvió a bajar los ojos
hacia el ministro—. Al menos ellos piensan igual que vosotros. La Cultura, no.
—Oh, no, amigo mío, oh, no. —Amahain-Frolk alzó una mano y meneó la cabeza
—. No creas que te será tan fácil sembrar las semillas de la discordia.
—Dios mío… Viejo estúpido. —El prisionero se rio—. ¿Quieres saber quién es el
auténtico representante de la Cultura en este planeta? No es ella. —Señaló a la mujer
con la cabeza—. Es la rebañadera automática de carne que la sigue a todas partes, ese
proyectil cuchillo suyo… Puede que ella tome las decisiones y el proyectil quizá haga
lo que ella le dice, pero esa cosa es el auténtico emisario. Eso es lo único que interesa
a la Cultura: las máquinas. Crees que el que Balveda tenga dos piernas y la piel suave
hace que debáis poneros de su lado, pero en esta guerra solo hay un bando que esté de
parte de la vida, y es el de los idiranos y sus aliados…
—Bueno, pronto habrás muerto y podrás dejar de preocuparte por qué bando
defiende la causa de la vida. —El Gerontócrata lanzó un bufido y miró a Balveda,
quien estaba contemplando al hombre encadenado a la pared con el ceño fruncido—.
Salgamos de aquí, señorita Balveda —dijo Amahain-Frolk, dándose la vuelta y
cogiendo a la mujer por el brazo para guiarla hacia el pasillo—. La presencia de
esta…, esta cosa me resulta todavía más pestilente que la celda.
Y entonces Balveda alzó los ojos hacia él ignorando al diminuto ministro que
intentaba llevarla hacia la puerta. Clavó los ojos en el prisionero como si intentara
atravesarle con la límpida negrura de sus ojos y extendió los brazos a los costados.
—Lo lamento —le dijo.
—Lo creas o no, yo también lo lamento —replicó él asintiendo con la cabeza—.
Pero prométeme una cosa, Balveda. Prométeme que esta noche comerás y beberás

[Link] - Página 14
poco… Me gustaría pensar que allí arriba hay una persona que está de mi parte y que
esa persona quizá sea mi peor enemigo.
Había tenido la intención de que sus palabras sonaran como un desafío irónico,
pero cuando las pronunció se dio cuenta de que en ellas no había nada salvo
amargura. Apartó los ojos del rostro de la mujer.
—Lo prometo —dijo Balveda.
Se dejó llevar hasta la puerta y la pálida luz azulada se fue alejando del húmedo
recinto de la celda, haciéndose cada vez más débil. Balveda se detuvo en el umbral.
El prisionero podía verla si estiraba el cuello al máximo. Se dio cuenta de que el
proyectil cuchillo también estaba allí: probablemente había estado todo el tiempo
dentro de la celda, pero no había visto su reluciente y esbelto cuerpo flotando en la
oscuridad. El proyectil cuchillo se movió y el prisionero clavó la mirada en los
oscuros ojos de Balveda.
Durante un segundo pensó que Balveda le había dado instrucciones de que le
matase deprisa y en silencio mientras su cuerpo se interponía entre él y Amahain-
Frolk, y su corazón latió con más fuerza. Pero la máquina diminuta se limitó a pasar
junto al rostro de Balveda y desapareció en el pasillo. Balveda alzó una mano en un
gesto de adiós.
—Adiós, Bora Horza Gobuchul —dijo.
Se dio la vuelta rápidamente, bajó de la pasarela y salió de la celda. El centinela
tiró de la pasarela hasta hacerla desaparecer y la puerta se cerró acompañada por el
roce de las pestañas de goma sobre las losas mugrientas. Los sellos internos entraron
en funcionamiento con un siseo haciendo que la puerta se convirtiera en un panel
hermético que no dejaría escapar ni una sola gota de líquido. El prisionero se quedó
inmóvil y contempló el suelo invisible durante un momento antes de volver al trance
que cambiaría sus muñecas, adelgazándolas lo suficiente para que pudiese escapar.
Pero algo oculto en la extraña solemnidad con que Balveda pronunció su nombre,
como si lo articulara por última vez, había hecho que un inmenso peso invisible le
aplastara las entrañas y, en el caso de que no lo hubiera sabido antes, entonces supo
que no habría escapatoria.
«… ahogándolos en las lágrimas…».

¡Sus pulmones estaban a punto de reventar! Su boca temblaba espasmódicamente, su


garganta casi había sucumbido a las náuseas y tenía las orejas llenas de líquido
pestilente, pero aun así pudo oír un terrible rugido y vio luces en la negrura. Los
músculos de su estómago estaban tensándose y relajándose, y tuvo que apretar las
mandíbulas para impedir que su boca se abriese buscando el aire que no estaba allí.
Ahora. No… Ahora tenía que rendirse. Todavía no… Sí, ahora seguramente sí.
Ahora, ahora, ahora, en cualquier segundo; tenía que rendirse a ese horrendo
vacío negro que había en su interior… Tenía que respirar… ¡Ahora!

[Link] - Página 15
Y antes de que pudiera abrir la boca algo aplastó su cuerpo contra la pared
haciendo que las piedras se clavaran en su carne como si un puño de hierro
gigantesco le hubiera golpeado. Dejó escapar el aire rancio que había estado
conteniendo dentro de sus pulmones en una sola exhalación convulsiva. Su cuerpo se
había enfriado repentinamente, y todas las partes de él que se hallaban en contacto
con la pared palpitaban de dolor. Al parecer la muerte era peso, dolor, frío… y
demasiada luz…
Alzó la cabeza. Vio la luz y lanzó un gemido. Intentó distinguir algo, intentó
aguzar el oído. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Por qué respiraba? ¿Por qué volvía a pesar
tanto? Su cuerpo intentaba arrancarle los brazos de los hombros; la carne de sus
muñecas se había desgarrado hasta casi mostrar el hueso. ¿Quién le había hecho todo
esto?
La pared de enfrente se había convertido en un inmenso agujero de contornos
irregulares cuya parte inferior se extendía por debajo del suelo de la celda. Los
excrementos y la basura habían huido por aquel agujero. Los últimos riachuelos de
líquido pestilente se deslizaron con un siseo sobre los bordes calientes del agujero
produciendo vapores que se enroscaron alrededor de la silueta que impedía el paso
del aire y de casi toda la luz procedente del exterior de Sorpen. La silueta medía tres
metros de alto y guardaba un vago parecido con una pequeña nave espacial blindada
sostenida por un trípode de patas muy gruesas. Su casco parecía lo bastante grande
para contener tres cabezas humanas puestas en fila. Una de sus gigantescas manos
sostenía casi despreocupadamente un cañón de plasma tan pesado que Horza habría
necesitado las dos manos solo para levantarlo; la otra mano de la criatura sostenía un
arma algo más grande. Detrás de ella había una plataforma artillera idirana iluminada
por el resplandor de las explosiones. Estaba acercándose al agujero, y Horza pudo
sentir las vibraciones a través del hierro y la piedra a los que estaba encadenado. Alzó
la cabeza para saludar al gigante inmóvil en el centro de la brecha y trató de sonreír.
—Bueno… —graznó. Su voz se convirtió en un balbuceo y tuvo que escupir—.
Os lo habéis tomado con calma, ¿eh?

[Link] - Página 16
2
La mano de Dios 137

Fuera del palacio el límpido cielo de una fría tarde invernal estaba lleno de lo que
parecía nieve resplandeciente.
Horza se detuvo en la rampa que llevaba a la lanzadera de combate, alzó los ojos
y miró a su alrededor. Las paredes desnudas y las esbeltas torres de la prisión-palacio
vibraban y reflejaban las detonaciones y destellos de los combates mientras las
plataformas de artillería idiranas iban y venían disparando de vez en cuando. La brisa
las envolvía en grandes nubes de señuelos procedentes de los morteros antiláser
instalados en el techo del palacio. Una ráfaga más fuerte que las demás hizo que unos
cuantos señuelos metálicos se desplazasen hacia la lanzadera, y Horza se encontró
con un lado de su cuerpo húmedo y pegajoso repentinamente cubierto de plumaje
reflectante.
—Por favor… La batalla aún no ha terminado —atronó la voz del soldado idirano
que había a su espalda en lo que, probablemente, tenía intención de que fuese un
murmullo.
Horza se volvió hasta quedar de cara al corpachón blindado y alzó los ojos hacia
el visor del casco del gigante, donde pudo ver reflejado su rostro de viejo. Tragó una
honda bocanada de aire, asintió con la cabeza, se dio la vuelta y fue hacia la
lanzadera con paso un poco vacilante. Un destello luminoso proyectó su sombra en
diagonal ante él, y la onda expansiva de una gran explosión producida en algún punto
del interior del palacio hizo bailar el aparato mientras la rampa se hundía en el casco.

«Por sus nombres les conocerás», pensó Horza mientras se duchaba. Las Unidades
Generales de Contacto de la Cultura —que habían soportado el peso principal de los
primeros cuatro años de guerra en el espacio—, siempre habían escogido nombres
extravagantes y pintorescos. Incluso las nuevas naves de guerra que estaban
empezando a producir a medida que sus fábricas completaban los pasos necesarios
para contribuir al esfuerzo bélico preferían nombres irónicos, sombríos o
declaradamente desagradables, como si la Cultura no lograra tomarse totalmente en
serio aquel vasto conflicto en el que se había metido.
Los idiranos eran distintos. Para ellos el nombre de una nave debería reflejar la
seria naturaleza de su propósito, sus deberes y el uso que se iba a hacer de ella. En la
inmensa armada idirana había centenares de naves bautizadas con adjetivos
impresionantes y con los nombres de los mismos héroes, planetas, batallas y
conceptos religiosos. El crucero ligero que había rescatado a Horza era la nave
número ciento treinta y siete bautizada como La mano de Dios, y en aquellos

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momentos existía todo un centenar de naves con ese mismo nombre, por lo que su
descripción completa era La mano de Dios 137.
Horza se colocó bajo el chorro de aire y se fue secando con cierta dificultad.
Como todo el resto de equipo de la nave espacial, el secador estaba construido a una
escala monumental adecuada al tamaño de los idiranos, y el huracán que producía
casi le hizo salir despedido del compartimento de la ducha.

El querl Xoralundra, padre-espía y guerrero sacerdote de las Cuatro Almas, secta


tributaria de Farn-Idir, cruzó sus manos sobre la superficie de la mesa. Horza tuvo la
impresión de estar contemplando el choque de dos placas continentales.
—Bien, Bora Horza —retumbó la voz del viejo idirano—, has sido rescatado.
—Justo a tiempo —asintió Horza frotándose las muñecas.
Estaba sentado en el camarote de Xoralundra de La mano de Dios 137, envuelto
en un aparatoso pero bastante cómodo traje espacial que, aparentemente, había sido
traído hasta allí pensando en él. Xoralundra —quien también llevaba un traje espacial
—, había insistido en que lo llevara puesto porque La mano de Dios 137 seguía
hallándose en situación de combate. Estaban siguiendo una órbita baja y no muy
rápida alrededor del planeta Sorpen. Inteligencia Naval había confirmado la presencia
en el sistema de una UGC clase Montaña de la Cultura; la Mano solo podía contar
con sus propios recursos, y hasta el momento no habían captado ni el más mínimo
rastro de la nave de la Cultura, por lo que debían actuar con cautela.
Xoralundra se inclinó hacia Horza y proyectó una sombra encima de la mesa. Su
inmensa cabeza —vista de frente tenía la misma forma que una silla de montar, con
dos ojos de mirada penetrante que no parpadeaban situados en la parte delantera,
junto a los bordes— se alzó sobre el cambiante.
—Has tenido suerte, Horza. No vinimos a rescatarte impulsados por la
compasión. El fracaso siempre trae consigo su propia recompensa.
—Gracias, Xora. Si he de serte sincero, eso es lo más agradable que me han dicho
en todo lo que llevo de día.
Horza se reclinó en su asiento y alzó una de sus manos de anciano para deslizarla
por entre su escasa cabellera amarillenta. El aspecto senil que había asumido aún
tardaría unos días en desaparecer, aunque su organismo ya le estaba enviando las
primeras señales indicadoras de que empezaba a desvanecerse. La mente de un
cambiante contenía una imagen corporal mantenida y revisada continuamente a un
nivel semisubconsciente, y esa imagen era la responsable de que el cuerpo conservara
el aspecto deseado. Horza ya no necesitaba tener el aspecto de un Gerontócrata, y la
imagen mental del ministro que había suplantado para ayudar a los idiranos estaba
fragmentándose y disolviéndose. El cuerpo del cambiante no tardaría en volver a su
estado de neutralidad normal.

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La cabeza de Xoralundra se movió lentamente de un lado a otro por entre los
bordes del cuello de su traje. Horza nunca había logrado entender del todo aquel
gesto, aunque llevaba bastante tiempo trabajando para los idiranos y conocía a
Xoralundra desde mucho antes de la guerra.
—No importa. Estás vivo —dijo Xoralundra.
Horza asintió y tamborileó con los dedos sobre la mesa para demostrar que estaba
de acuerdo con su afirmación. Le habría gustado que la silla idirana en la que se
hallaba sentado no le hiciera sentirse como un niño. Sus pies ni tan siquiera rozaban
el suelo.
—A duras penas, pero… Gracias de todas formas. Siento haberos hecho venir
hasta aquí para rescatar a un fracasado.
—Las órdenes son las órdenes. Personalmente, me alegro de que pudiéramos
rescatarte con vida. Ahora debo contarte por qué recibí esas órdenes.
Horza sonrió y apartó la mirada del viejo idirano, quien acababa de obsequiarle
con algo parecido a un cumplido; lo cual era muy raro entre los de su raza. Volvió a
mirarle y vio cómo la inmensa boca del idirano —Horza pensó que era lo bastante
grande para arrancarte las dos manos de un solo bocado— se movía articulando las
secas y precisas palabras del lenguaje idirano.
—Hace tiempo formaste parte de una misión de cuidado y supervisión en el
Mundo de Schar, uno de los Planetas de los Muertos dra’azon —afirmó Xoralundra.
Horza asintió—. Necesitamos que vuelvas allí.
—¿Ahora? —dijo Horza sin apartar los ojos del gran rostro oscuro del idirano—.
Allí hay otros cambiantes. Ya te he dicho más de una vez que no estoy dispuesto a
tomar la identidad de otro cambiante y, desde luego, no pienso matar a ninguno.
—No te pedimos que hagas eso. Escucha con atención mientras te lo explico. —
Xoralundra apoyó la espalda en el asiento de una forma que casi cualquier
vertebrado, o, incluso, un invertebrado, habría definido con el adjetivo «cansada»—.
Hace cuatro días estándar… —empezó a decir el idirano, y de repente el casco del
traje que había dejado en el suelo junto a sus pies emitió un zumbido penetrante.
Xoralundra cogió el casco y lo puso encima de la mesa—. ¿Sí? —preguntó.
Horza estaba lo bastante familiarizado con las voces idiranas para comprender
que quien hubiera molestado al querl haría bien teniendo una buena razón que
justificara ese acto.
—Hemos capturado a la hembra de la Cultura —dijo una voz procedente del
casco.
—Ahh… —murmuró Xoralundra y volvió a reclinarse en su asiento. El
equivalente idirano de una sonrisa, boca fruncida y ojos entrecerrados, pasó
velozmente por sus rasgos—. Bien, capitán. ¿Está a bordo?
—No, querl. La lanzadera llegará dentro de unos dos minutos. He empezado a
retirar las plataformas de artillería. Estamos preparados para abandonar el sistema tan
pronto como se encuentren a bordo.

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Xoralundra se inclinó sobre el casco. Horza inspeccionó la piel de anciano que
cubría el dorso de sus manos.
—¿Y la nave de la Cultura? —preguntó el idirano.
—Seguimos sin saber nada de ella, querl. No puede estar en ningún punto del
sistema. Nuestro ordenador sugiere que se encuentra fuera de él, probablemente entre
nosotros y la flota. Creemos que no tardará mucho en comprender que estamos solos.
—Prepárese para volver con la flota en cuanto la hembra agente de la Cultura se
encuentre a bordo sin esperar la llegada de las plataformas. ¿Comprendido, capitán?
—Xoralundra miró a Horza justo cuando el humano le lanzaba una mirada—.
¿Comprendido, capitán? —repitió el querl sin apartar los ojos del humano.
—Sí, querl —respondió la voz que brotaba del casco.
Horza pudo captar el tono gélido de la contestación incluso a través del minúsculo
altavoz.
—Bien. Utilice su propia iniciativa para decidir cuál es la mejor ruta de regreso.
Mientras tanto, destruirá las ciudades de De’aychanbie, Vinch, Easna-Yowon, Izilere
e Ylbar con bombas de fusión según indicaban las órdenes del Almirantazgo.
—Sí, querl…
Xoralundra accionó un interruptor y la voz del casco se esfumó.
—¿Habéis capturado a Balveda? —preguntó Horza, sorprendido.
—Sí, hemos capturado a la agente de la Cultura. Su captura o destrucción me
parecía de escasa importancia, comparativamente hablando, pero solo había una
forma de conseguir que el Almirantazgo nos permitiera emprender una misión tan
peligrosa como tu intento de rescate adelantándonos al resto de la flota, y era
asegurarles que haríamos todo lo posible por capturarla.
—Hmmm… Apuesto a que no habéis conseguido haceros con el proyectil
cuchillo de Balveda.
Horza dejó escapar un bufido y volvió a clavar los ojos en las arrugas que cubrían
sus manos.
—El proyectil se autodestruyó mientras subías a la lanzadera que te ha traído a la
nave. —Xoralundra movió una mano y una ráfaga de aire que olía a idirano cruzó la
mesa—. Ya es suficiente. He de explicarte por qué hemos arriesgado un crucero
ligero para rescatarte.
—Oh, sí, desde luego… Explícamelo —dijo Horza, y se volvió hacia el idirano.
—Hace cuatro días estándar —dijo el querl—, un grupo de nuestras naves
interceptó a una nave de la Cultura de apariencia exterior convencional pero, a juzgar
por su emisión identificadora, de construcción interna más bien extraña. La nave fue
destruida sin demasiados problemas, pero la Mente escapó. Había un sistema
planetario cerca. Parece que la Mente ha logrado llegar al espacio real y la superficie
planetaria del mundo que escogió, lo cual indica un nivel de manejo del campo
hiperespacial que creíamos…, mejor dicho, que esperábamos seguía estando más allá
de las capacidades de la Cultura. Una cosa sí es indudable, y es que por ahora

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nosotros aún no somos capaces de llevar a cabo ese tipo de acrobacias espaciales.
Debido a esa y otras indicaciones, tenemos razones para creer que la Mente en
cuestión pertenece a una nueva clase de Vehículos Generales de Sistemas que está
siendo desarrollada por la Cultura. La captura de la Mente constituiría un triunfo de
inteligencia militar de primera categoría.
El querl hizo una breve pausa. Horza aprovechó la oportunidad para hablar.
—¿Y esa cosa se encuentra en el Mundo de Schar? —preguntó.
—Sí. Según su último mensaje, tenía intención de buscar refugio en los túneles
del Sistema de Mando.
—¿Y no podéis hacer nada al respecto?
Horza sonrió.
—Hemos venido a rescatarte. Eso ya es hacer algo al respecto, Bora Horza. —El
querl se quedó callado durante unos segundos—. Tus labios me indican que
encuentras algo divertido en esta situación. ¿De qué se trata?
—Estaba pensando que… Bueno, pensaba en montones de cosas. En que esa
Mente es muy lista o muy afortunada, en que vosotros habéis tenido la gran suerte de
que yo estuviera cerca, y en que la Cultura no va a quedarse cruzada de brazos sin
hacer nada.
—Trataré todos esos puntos por orden —dijo Xoralundra con sequedad—. Para
empezar, la Mente de la Cultura es muy lista y muy afortunada; nosotros hemos
tenido mucha suerte; la Cultura no puede hacer gran cosa porque, que sepamos, no
disponen de ningún cambiante y, desde luego, no tienen a ninguno que haya estado en
el Mundo de Schar. Además, Bora Horza, me gustaría añadir otra cosa —dijo el
idirano poniendo sus dos inmensas manazas sobre la mesa e inclinando su gran
cabeza hacia el humano—. Tú también has tenido suerte, ¿no te parece?
—Ah, sí, pero la diferencia estriba en que yo creo en la suerte —replicó Horza
sonriendo.
—Hmmm. Eso no dice mucho en tu favor —observó el querl.
Horza se encogió de hombros.
—Bien, lo que quieres es que vaya al Mundo de Schar y que encuentre a esa
Mente, ¿no?
—Si es posible… Puede que esté averiada. Puede que esté dispuesta a destruirse,
pero aun así sigue siendo un premio por el que vale la pena luchar. Te
proporcionaremos todo el equipo que necesites, pero tu sola presencia ya nos daría
una cierta ventaja inicial.
—¿Y las personas que ya están allí? Me refiero a los cambiantes que desempeñan
funciones de supervisión…
—No hemos tenido noticias de ellos. Lo más probable es que ni tan siquiera se
hayan enterado de la llegada de la Mente. Su siguiente transmisión rutinaria debería
llegar dentro de pocos días, pero dadas las disrupciones actuales del sistema de
comunicaciones provocadas por la guerra, quizá no sean capaces de transmitir.

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—¿Qué sabéis sobre el personal de la base? —preguntó Horza, con los ojos
clavados en la mesa mientras uno de sus dedos trazaba círculos sobre el tablero.
—Los dos miembros más veteranos han sido sustituidos por cambiantes más
jóvenes —dijo el idirano—. Los dos centinelas de menor edad se convirtieron en
veteranos y se han quedado allí.
—No corren ningún peligro, ¿verdad? —preguntó Horza.
—Al contrario. Estar en un Planeta de los Muertos al otro lado de una Barrera del
Silencio dra’azon… Supongo que debe de ser uno de los sitios más seguros que se
pueden encontrar mientras duren las hostilidades actuales. Ni nosotros ni la Cultura
podemos correr el riesgo de ofender a los dra’azon. Esa es la razón de que no
podamos hacer nada salvo utilizarte.
—Suponiendo que pueda apoderarme de ese ordenador metafísico y traéroslo…
—dijo Horza, inclinándose hacia adelante y bajando un poco el tono de voz.
—Algo en tu voz me indica que nos aproximamos al asunto de la remuneración
—dijo Xoralundra.
—Oh, sí, ciertamente. Llevo mucho tiempo arriesgando el cuello por vosotros,
Xoralundra. Quiero dejarlo. Tengo a una amiga sirviendo en la base de ese Mundo de
Schar, y si está de acuerdo, me gustaría que ella y yo nos alejáramos lo más posible
de esta maldita guerra. Eso es lo que te pido.
—No puedo prometerte nada. Transmitiré tu petición. La devoción que has
demostrado y el mucho tiempo que llevas a nuestro servicio serán tomados en
consideración.
Horza se reclinó en el asiento y frunció el ceño. No estaba seguro de si
Xoralundra le había respondido con ironía o no. Seis años probablemente no debían
parecerle demasiado tiempo a una especie que era virtualmente inmortal; pero el
querl Xoralundra sabía con qué frecuencia su frágil subordinado humano lo había
arriesgado todo para servir a sus amos alienígenas sin ninguna recompensa real, por
lo que quizá hablaba en serio. El casco emitió un nuevo zumbido antes de que Horza
pudiera seguir regateando. Horza torció el gesto. Todos los ruidos de la nave idirana
le parecían ensordecedores. Las voces eran truenos; los timbres y zumbadores
seguían resonando en sus oídos mucho tiempo después de haberse callado; y los
anuncios hechos mediante el sistema de megafonía le obligaban a llevarse las dos
manos a la cabeza. Esperaba que no hubiera ninguna alarma a gran escala mientras
estuviera a bordo. Las alarmas de la nave idirana podían causar graves daños en unos
oídos humanos no protegidos.
—¿Qué ocurre? —preguntó Xoralundra volviéndose hacia el casco.
—La hembra está a bordo. Solo necesitaré ocho minutos más para que las
plataformas…
—¿Ha destruido las ciudades?
—Han sido destruidas, querl.
—Salga de la órbita ahora mismo y diríjase hacia la flota a velocidad máxima.

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—Querl, debo observar que… —dijo la vocecita que brotaba del casco colocado
sobre la mesa.
—Capitán —dijo Xoralundra secamente—, hasta el momento, en esta guerra se
han producido catorce enfrentamientos entre cruceros ligeros del Tipo 5 y Unidades
Generales de Contacto de la clase Montaña. Todos han terminado con la victoria del
enemigo. ¿Ha visto lo que queda de un crucero ligero después de que una UGC haya
terminado con él?
—No, querl.
—Yo tampoco, y no tengo ninguna intención de verlo por primera vez desde el
interior de este crucero. Cumpla mis órdenes inmediatamente. —Xoralundra volvió a
accionar el botón del casco y clavó los ojos en el rostro de Horza—. Si tienes éxito,
haré cuanto pueda para conseguir que te licencien del servicio con los fondos
suficientes. Bien… En cuanto hayamos establecido contacto con el contingente
principal de la flota, irás al Mundo de Schar en un transporte rápido. Cuando hayas
llegado a la Barrera del Silencio se te proporcionará una lanzadera. No dispondrá de
armamento, aunque contará con el equipo que creemos puedes necesitar, incluyendo
unos cuantos analizadores espectro-gráficos hiperespaciales de corto alcance por si se
da el caso de que la Mente decida llevar a cabo una destrucción limitada.
—¿Cómo puedes estar seguro de que será «limitada»? —le preguntó Horza con
cierto escepticismo.
—El tamaño de la Mente es relativamente pequeño, pero aun así pesa varios
miles de toneladas. Una destrucción aniquilatoria partiría el planeta en dos mitades e
irritaría considerablemente a los dra’azon. Ninguna Mente de la Cultura sería capaz
de correr un riesgo semejante.
—Tu confianza me abruma —dijo Horza torciendo el gesto.
El ruido de fondo que les rodeaba se alteró bruscamente. Xoralundra dio la vuelta
al casco y clavó los ojos en una de sus pequeñas pantallas internas.
—Bien. Hemos empezado a movernos. —Sus ojos volvieron a posarse en Horza
—. Hay otra cosa de la que debería hablarte. El grupo de naves que interceptaron a la
nave de la Cultura intentó seguir a la Mente en su huida hacia el planeta.
Horza frunció el ceño.
—¿Acaso no sabían que…?
—Hicieron cuanto pudieron. El grupo de combate contaba con varios animales
distorsionadores chuy-hirtsi que habían sido desactivados para utilizarlos
posteriormente en un ataque sorpresa a una base de la Cultura. Uno de ellos fue
preparado a toda velocidad para una incursión a pequeña escala en la superficie
planetaria y enviado hacia la Barrera del Silencio en un crucero. El plan no tuvo
éxito. Mientras cruzaba la Barrera el animal fue atacado por algo parecido al fuego de
rejilla y sufrió graves daños. Emergió de la distorsión cerca del planeta en un curso
que acabaría con su combustión en la atmósfera. El equipo y la fuerza de tierra
opinaron que debemos considerarlo difunto.

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—Ya… Supongo que fue un buen intento, pero un dra’azon debe hacer que
incluso esa Mente maravillosa tuya parezca un ordenador de válvulas. Hará falta algo
más que eso para engañarles.
—¿Crees que serás capaz de conseguirlo?
—No lo sé. No creo que sean capaces de leer las mentes, pero… ¿Quién sabe? No
creo que los dra’azon sepan gran cosa sobre la guerra o sobre lo que he estado
haciendo desde que abandoné el Mundo de Schar…, y creo que tampoco les importa
demasiado. Probablemente eso hará que no estén en condiciones de sumar uno y uno
pero… ¿quién sabe? —Horza se encogió de hombros—. Supongo que vale la pena
intentarlo.
—Bien. Volveremos a hablar cuando nos hayamos reunido con la flota. Por ahora
debemos rezar para que no haya más incidentes. Quizá quieras hablar con Perosteck
Balveda antes de que sea interrogada. Me he puesto en contacto con el Inquisidor de
la Flota y he obtenido permiso para que puedas verla, si así lo deseas.
Horza sonrió.
—Xora, nada me gustaría más que verla…

El querl tenía otros asuntos de los que ocuparse mientras la nave se alejaba del
sistema de Sorpen. Horza se quedó en el camarote de Xoralundra para descansar y
comer antes de visitar a Balveda.
La comida que se le sirvió era el máximo esfuerzo de una autocantina de crucero
dispuesta a producir algo adecuado para el consumo humano, pero sabía horrible.
Horza comió lo que pudo y bebió cierta cantidad de agua destilada que tampoco sabía
demasiado bien. El menú le fue servido por un medjel, una criatura parecida a un
lagarto que medía dos metros y tenía una cabeza bastante larga y achatada y seis
patas: cuatro de ellas servían para correr, y el primer par era utilizado como manos.
Los medjels eran la especie compañera de los idiranos. Su complicada simbiosis
social había abastecido de becas y fondos para la investigación a muchas facultades
de exosociología de muchas universidades a lo largo de los milenios que los idiranos
llevaban formando parte de la comunidad galáctica.
Los idiranos habían evolucionado lentamente en Idir, su mundo natal, hasta
convertirse en los monstruos de mayor categoría de todo un planeta lleno de
monstruos. La frenética y salvaje ecología de las primeras épocas de Idir había
desaparecido hacía ya mucho tiempo, y lo mismo había ocurrido con todos los
monstruos que lo poblaban, salvo los supervivientes de los zoológicos. Pero los
idiranos habían conservado la inteligencia que les convirtió en vencedores de aquel
largo combate, así como la inmortalidad biológica que —debido al salvajismo de la
lucha por la supervivencia de aquellas primeras etapas, por no mencionar los
elevados niveles de radiación idiranos— había sido una ventaja evolutiva en vez de
una garantía de estancamiento racial.

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Horza dio las gracias al medjel que iba trayéndole platos y se los llevaba casi
intactos, pero la criatura no le respondió. La opinión general sobre la inteligencia de
los medjels era que rozaba los dos tercios de la inteligencia de un humanoide
promedio (fuera lo que fuese tal ser), lo cual les convertía en dos o tres veces más
estúpidos que un idirano normal. Aun así, eran buenos soldados —aunque poco
imaginativos—, y había montones de ellos; algo así como diez o doce por cada
idirano. Cuarenta mil años de evolución y crianza habían conseguido que la lealtad
acabara grabada hasta en su mismísimo código cromosómico.
Horza estaba cansado, pero no intentó dormir. Le dijo al medjel que le llevara
hasta Balveda. El medjel se lo pensó durante unos segundos, pidió permiso mediante
el intercomunicador del camarote y se encogió visiblemente al recibir la severa
reprimenda verbal administrada por Xoralundra, quien se hallaba en el puente de la
nave con el capitán del crucero.
—Sígame, señor —dijo el medjel abriendo la puerta del camarote.

Una vez en los pasillos del crucero la atmósfera idirana era más perceptible de lo que
había sido en el camarote de Xoralundra. El olor a idirano se había vuelto mucho más
potente, y hasta los ojos de Horza eran incapaces de ver algo a más de unas cuantas
decenas de metros. El suelo era blando y el aire caliente y húmedo. Horza caminó
rápidamente por el pasillo viendo menearse el muñón de la cola del medjel que le
precedía.
Durante el trayecto se encontró con dos idiranos, ninguno de los cuales le prestó
la más mínima atención. Quizá lo sabían todo sobre él y lo que era, y quizá no. Horza
sabía que los idiranos odiaban el exceso de curiosidad o el revelar cualquier carencia
de información.
Llegaron a una intersección de pasillos y Horza estuvo a punto de chocar con las
camillas antigravitatorias que transportaban a dos medjels heridos seguidos por dos
soldados de su raza. Horza vio pasar a los heridos y frunció el ceño. Las espirales que
cubrían sus armaduras de combate eran inconfundibles. Habían sido producidas por
un chorro de plasma, y la Gerontocracia no poseía armas de plasma. Horza se
encogió de hombros y siguió caminando.
Acabaron llegando a una parte del crucero en que el pasillo estaba bloqueado por
paneles deslizantes. El medjel dijo algo ante cada barrera y estas se fueron abriendo.
Un centinela idirano con una carabina láser montaba guardia ante una puerta; vio
acercarse a Horza y al medjel, y cuando llegaron ya había abierto la puerta. Horza
saludó al centinela con un gesto de cabeza mientras cruzaba el umbral. La puerta se
cerró con un silbido a su espalda y se encontró delante de otra, que se abrió una
fracción de segundo después.
Balveda se volvió rápidamente hacia él apenas entró en la celda. A juzgar por su
aspecto, parecía haber estado paseando de un lado para otro. Cuando vio a Horza

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echó la cabeza levemente hacia atrás y emitió un sonido gutural que quizá fuese una
carcajada.
—Bien, bien… —dijo, y su voz suave era un ronco susurro—. Has sobrevivido.
Te felicito. Por cierto, mantuve mi promesa. Cómo han cambiado las cosas, ¿eh?
—Hola —replicó Horza. Cruzó los brazos sobre el peto de su traje y contempló a
la mujer de arriba abajo. Balveda vestía la misma túnica gris y no parecía haber
sufrido ningún daño—. ¿Qué ha sido de esa cosa que llevabas colgando del cuello?
—le preguntó.
Balveda bajó la vista hacia sus pechos, allí donde había estado el medallón.
—Bueno, lo creas o no, resultó ser un memoriforme.
Le sonrió y se sentó en el suelo cruzando las piernas. Dejando aparte la repisa de
la cama, era el único sitio donde sentarse. Horza la imitó. Las piernas ya casi habían
dejado de dolerle. Recordó las quemaduras en forma de espiral que había visto en la
armadura del medjel.
—Un memoriforme… Supongo que no hay ninguna posibilidad de que también
fuera un arma de plasma, ¿verdad?
La agente de la Cultura asintió con la cabeza.
—Pues sí. Entre otras cosas…
—Ya me lo imaginaba. He oído comentar que tu proyectil cuchillo decidió
despedirse de este mundo a lo grande y haciendo mucho ruido.
Balveda se encogió de hombros.
Horza la miró a los ojos.
—Supongo que si tuvieras algo importante que contarles no estarías aquí,
¿verdad?
—Puede que estuviera aquí —admitió Balveda—, pero no seguiría con vida. —
Estiró los brazos sobre su cabeza y suspiró—. Bueno, supongo que tendré que pasar
el resto de la guerra en un campo de internamiento, a menos que encuentren a alguien
con quien hacer un intercambio… Mi única esperanza es que esto no dure demasiado.
—Oh, ¿crees que la Cultura puede rendirse pronto?
Horza sonrió.
—No, creo que quizá no tarde mucho en ganar la guerra.
—Debes de estar loca.
Horza meneó la cabeza.
—Bueno… —dijo Balveda asintiendo con expresión melancólica—. Si he de
serte sincera, creo que la Cultura acabará ganando.
—Si seguís retrocediendo como lo habéis hecho durante los últimos tres años,
acabaréis en algún lugar de las Nubes.
—No voy a revelarte ningún secreto, Horza, pero quizá no tardes en descubrir que
ya nos hemos hartado de retroceder.
—Eso está por ver… Francamente, me sorprende que hayáis aguantado tanto
tiempo.

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—Lo mismo le ocurre a nuestros amigos de tres patas. Todo el mundo está
sorprendido. A veces pienso que hasta nosotros mismos estamos sorprendidos…
—Balveda… —Horza dejó escapar un suspiro de cansancio—. Para empezar,
sigo sin saber por qué diablos lucháis. Los idiranos nunca representaron una amenaza
para vosotros. Si dejarais de luchar contra ellos, seguirían sin ser una amenaza. ¿Es
que la vida en vuestra gran Utopía acabó volviéndose tan aburrida que necesitabais
una guerra, o qué?
—Horza —dijo Balveda inclinándose hacia adelante—, yo tampoco comprendo
por qué luchas. Sé que Hiedohre está en…
—Heibohre —la interrumpió Horza.
—De acuerdo, como se llame ese maldito asteroide en el que vivís los
cambiantes. Sé que se encuentra en el espacio idirano, pero…
—Eso no tiene nada que ver, Balveda. Lucho a su lado porque creo que tienen
razón y que vosotros estáis equivocados.
Balveda se echó hacia atrás y puso cara de asombro.
—Tú… —empezó a decir. Bajó la cabeza y la movió lentamente de un lado para
otro con los ojos clavados en el suelo. Finalmente, alzó la mirada hacia él—. No te
comprendo, Horza. De veras… Debes saber perfectamente qué cantidad de especies,
civilizaciones, sistemas e individuos han sido destruidos o… o esclavizados por los
idiranos y su maldita religión de locos. ¿Qué diablos ha hecho la Cultura que se
pueda comparar con eso?
Tenía una mano sobre la rodilla y la otra ante el rostro de Horza, los dedos tensos
como si estuviera estrangulando a alguien. Horza la observó y sonrió.
—Bueno, Perosteck, no cabe duda de que en ese aspecto los idiranos os llevan la
delantera, y les he dicho en más de una ocasión que no me gustan nada algunos de
sus métodos ni tampoco el fervor con que los aplican. Estoy a favor de que todo el
mundo pueda llevar la clase de vida que prefiera. Pero el caso es que han decidido
enfrentarse a vosotros, y eso lo cambia todo, al menos en mi caso. ¿Sabes por qué?
No es que esté a favor de ellos. Estoy contra vosotros, y estoy dispuesto a… —Horza
se calló durante unos segundos y acabó dejando escapar una risita—. Bueno, supongo
que suena un tanto melodramático, pero te aseguro que… Estoy dispuesto a morir por
ellos. —Se encogió de hombros—. Es así de sencillo.
Horza asintió con la cabeza mientras pronunciaba estas palabras y Balveda dejó
caer la mano que había extendido hacia él y desvió la mirada a un lado, meneando la
cabeza y dejando escapar el aire en una ruidosa exhalación. Horza siguió hablando.
—Porque… Bueno, supongo que creíste que estaba bromeando cuando le dije al
viejo Frolk que estaba convencido de que el proyectil cuchillo era el auténtico
representante de la Cultura. No bromeaba, Balveda. Entonces hablaba en serio y
ahora también hablo en serio. No me importa lo justificada que crea estar la Cultura,
o cuantas personas maten los idiranos. Están del lado de la vida…, la vieja, aburrida y
anticuada vida biológica. Bien sabe Dios que la vida apesta, que es falible y miope…,

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pero es real y es la vida. Vosotros estáis gobernados por vuestras máquinas. Sois un
callejón sin salida evolutivo. El problema es que intentáis olvidaros de eso, y la única
forma de conseguirlo es arrastrar a todos los demás en vuestra caída. Lo peor que
podría ocurrirle a la galaxia es que la Cultura acabara ganando esta guerra.
Se quedó callado para darle la oportunidad de decir algo, pero Balveda siguió con
la cabeza gacha, meneándola lentamente de un lado para otro. Horza se rio de ella.
—¿Sabes una cosa, Balveda? Para ser una especie tan sensible hay momentos en
los que demostráis poseer muy poca empatía.
—Usa tu empatía para comprender la estupidez y ya has recorrido la mitad del
camino que te acaba llevando a pensar como un idiota —murmuró la mujer.
Seguía sin mirar a Horza, quien volvió a soltar una carcajada y se puso en pie.
—Tanta…, tanta amargura, Balveda —dijo.
Balveda alzó los ojos hacia él.
—Voy a decirte una cosa, Horza —replicó en voz baja—. Vamos a ganar.
Horza meneó la cabeza.
—No lo creo. No sabéis cómo conseguirlo.
Balveda inclinó la cabeza y cruzó las manos a su espalda. Estaba muy seria.
—Podemos aprender, Horza.
—¿De quién?
—De cualquiera que tenga alguna lección que enseñarnos —dijo ella hablando
muy despacio—. Pasamos gran parte de nuestro tiempo observando a los guerreros y
los fanáticos, los matones y los militaristas…, la gente que está decidida a vencer sea
como sea. Oh, no nos faltan maestros.
—Si quieres saber algo sobre cómo vencer, pregúntaselo a los idiranos.
Balveda guardó silencio durante unos momentos. Su rostro estaba tranquilo y
pensativo, quizá triste. Acabó asintiendo con la cabeza.
—Dicen que la guerra es peligrosa porque puedes acabar pareciéndote a tu
enemigo —murmuró. Se encogió de hombros—. Bueno, lo único que podemos hacer
es albergar la esperanza de que no nos ocurra eso. Si la fuerza evolutiva en la que
pareces creer es real, trabajará a través de nosotros, no de los idiranos. Si te
equivocas, esa fuerza merece verse superada.
—Balveda —dijo Horza dejando escapar una leve carcajada—, no me
decepciones. Prefiero que me plantes cara… Parece como si estuvieras a punto de
darme la razón.
—No —suspiró ella—. No voy a darte la razón. Échale la culpa al entrenamiento
que me dieron en Circunstancias Especiales. Intentamos pensar en todo. Estaba
siendo pesimista, nada más.
—Tenía la impresión de que CE no permitía esa clase de pensamientos.
—Pues te equivocas, señor cambiante —dijo Balveda enarcando una ceja—. CE
permite toda clase de pensamientos. Esa es la razón de que algunas personas lo
encuentren tan aterrador.

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Horza creía saber a qué se estaba refiriendo. Circunstancias Especiales siempre
había sido el arma de espionaje moral de la sección de Contacto, la punta de lanza de
la política diplomática de interferencia de la Cultura, la élite de la élite en una
sociedad que aborrecía toda clase de elitismo. Incluso antes de la guerra su posición y
su imagen dentro de la Cultura habían sido algo ambiguas. Atraía y, al mismo tiempo,
era peligrosa. Poseía un aura de sexualidad vagamente canallesca —no había otra
palabra con que definirla— que implicaba el comportamiento depredador, la
seducción e, incluso, la violación.
Y también estaba envuelta en una atmósfera de secreto (en una sociedad que
adoraba la ausencia de secreto) insinuadora de actos desagradables y vergonzosos, y
un ambiente de relatividad moral (en una sociedad que se aferraba a sus absolutos:
vida/bien, muerte/mal; placer/bien, dolor/mal) que era tan atractiva como repulsiva,
pero que siempre resultaba excitante.
No había ninguna otra parte de la Cultura que representara con mayor exactitud lo
simbolizado por la sociedad como un todo, o más militante en la aplicación de las
creencias fundamentales de la Cultura. Y, aun así, cualquier otra parte de la sociedad
encarnaba mejor su carácter cotidiano.
La guerra hizo que Contacto se convirtiera en el aparato militar de la Cultura, y
Circunstancias Especiales pasó a ser su sección de inteligencia y espionaje (el
eufemismo solo se volvió un poco más obvio, eso era todo). Y la guerra hizo que la
posición de CE dentro de la Cultura cambiase para empeorar. Se convirtió en el
depósito de la culpabilidad experimentada por la gente de la Cultura que, para
empezar, había accedido a entrar en guerra. Pasó a ser despreciada como un mal
necesario, vilipendiada como un compromiso moral desagradable y considerada
como algo en lo que ciertas personas preferían no pensar.
Aun así, lo cierto es que CE intentaba pensar en todo, y sus Mentes tenían la
reputación de ser todavía más cínicas, amorales y escurridizas que las Mentes de
Contacto. Eran máquinas sin ilusiones que se enorgullecían de pensar todo lo
pensable llevándolo a sus máximos extremos y, como tales, habían emitido la
predicción de que eso sería justamente lo que acabaría ocurriendo. CE se convertiría
en un paria, un chivo expiatorio, y su reputación como tal sería una especie de
glándula que serviría para absorber los venenos creados por la conciencia de la
Cultura. Pero Horza suponía que saber todo eso no hacía que una persona como
Balveda pudiera encontrarlo más fácil de soportar. La gente de la Cultura no podía
aguantar el ser odiada, sobre todo por sus conciudadanos, y la tarea que había recaído
sobre los hombros de aquella mujer ya era lo bastante difícil de por sí sin el peso
añadido de saber que para la mayoría de personas de su propio bando su existencia
era un anatema todavía mayor que para el enemigo.
—Bueno, Balveda, tanto da —dijo Horza estirándose. Flexionó sus rígidos
hombros dentro del traje y se pasó los dedos por su rala cabellera amarillenta—.
Supongo que el tiempo nos revelará quién tenía razón, ¿no te parece?

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Balveda dejó escapar una risa carente de alegría.
—Nunca he oído palabras más ciertas…
Meneó la cabeza.
—De todas formas, gracias —dijo Horza.
—¿Por qué?
—Creo que acabas de reforzar mi fe en cuál será el desenlace de esta guerra.
—Oh, Horza… Vete.
Balveda suspiró y clavó los ojos en el suelo.
Horza quería tocarla, pasar la mano por sus cortos cabellos negros o pellizcar una
de sus pálidas mejillas, pero supuso que eso solo serviría para hacer que se sintiera
más incómoda. Conocía demasiado bien la amargura de la derrota, y no quería
agravar todavía más la experiencia de quien, en última instancia, era una adversaria
justa y con sentido del honor. Fue hacia la puerta, habló con el centinela y este le dejó
salir de la celda.

—Ah, Bora Horza… —dijo Xoralundra cuando el humano cruzó el umbral de la


celda. El querl fue hacia él por el pasillo. El centinela que montaba guardia ante la
celda irguió visiblemente el cuerpo y quitó unas motas de polvo imaginarias de su
carabina láser—. ¿Cómo está nuestra invitada?
—No parece muy feliz. Intercambiamos unas cuantas justificaciones y creo que
acabé ganando por puntos.
Horza sonrió. Xoralundra se detuvo ante él y miró hacia abajo.
—Hmmm… Bueno, a menos que prefieras gozar de tus victorias en el vacío, te
sugiero que cuando vuelvas a salir de mi camarote mientras nos encontramos en
situación de combate cojas tu…
Horza no oyó la siguiente palabra. La alarma de la nave acababa de ponerse en
funcionamiento.
La señal de alarma idirana —tanto en un navío de combate como en cualquier
otro sitio— consiste en lo que parece una serie de explosiones muy secas. Es la
versión amplificada del retumbar pectoral idirano, una señal evolucionada a lo largo
del tiempo que los idiranos usaron durante varios centenares de miles de años para
avisar a otros miembros de su rebaño o clan antes de convertirse en seres civilizados,
y era producida mediante un pliegue del pecho, el único vestigio del tercer brazo
idirano que no ha sido eliminado por la evolución.
Horza se llevó las manos a los oídos en un intento de amortiguar aquel sonido
horrible. Podía sentir las ondas de choque en su pecho y por el cuello abierto de su
traje. Algo le cogió y le aplastó contra el mamparo. Solo entonces se dio cuenta de
que había cerrado los ojos. Durante un segundo pensó que el rescate no había
existido, que nunca se había apartado de la pared de la celda alcantarilla, que este era
el momento de su muerte y que todo lo demás había sido un sueño extraño e

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increíblemente vívido. Abrió los ojos y se encontró contemplando el hocico
queratinoso del querl Xoralundra, quien estaba sacudiéndole furiosamente. La alarma
de la nave dejó de sonar, fue sustituida por un zumbido cuya intensidad era
meramente dolorosa y el hocico se movió ante el rostro de Horza.
—¡EL CASCO! —gritó.
—¡Oh, mierda! —dijo Horza.
Xoralundra le dejó caer sobre la cubierta, giró rápidamente sobre sí mismo y alzó
en vilo a un medjel que intentaba pasar corriendo junto a él.
—¡Tú! —gritó Xoralundra—. Soy el padre-espía querl de la flota —le gritó a la
cara mientras agarraba a la criatura de seis piernas por la pechera del traje y la hacía
bailar en el aire—. Irás a mi camarote inmediatamente, cogerás el pequeño casco
espacial que hay allí y lo llevarás a la escotilla de emergencia de babor lo más deprisa
posible. Esta orden anula a todas las otras y no puede ser revocada por nadie. ¡Ve!
Arrojó al medjel en la dirección adecuada. La criatura cayó sobre sus cuatro patas
y echó a correr.
Xoralundra hizo girar los goznes de su casco y accionó el visor. Parecía
disponerse a decirle algo al cambiante, pero el altavoz del casco emitió un crujido al
que siguió una voz y la expresión del querl cambió. La voz calló enseguida. Ahora
solo podía oírse el gemido del sistema de alarma del crucero.
—La nave de la Cultura se había ocultado en las capas superficiales del sol del
sistema —dijo Xoralundra con amargura, más hablando consigo mismo que con
Horza.
—¿En el sol? —Horza no podía creerlo. Se volvió hacia la puerta de la celda,
como si todo aquello fuera culpa de Balveda—. Esos bastardos se vuelven más listos
a cada momento que pasa.
—Sí —dijo secamente el querl, y giró a toda velocidad sobre uno de sus pies—.
Sígueme, humano.
Horza obedeció y echó a correr detrás del viejo idirano, pero tropezó con él
cuando la inmensa silueta se detuvo de golpe. Horza observó aquel inmenso y oscuro
rostro alienígena que se volvió para lanzar una mirada por encima de su cabeza al
soldado idirano que seguía montando guardia sin mover un músculo ante la puerta de
la celda. Una expresión que Horza no pudo interpretar pasó velozmente por el rostro
de Xoralundra.
—Centinela —dijo el querl en voz baja. El soldado de la carabina láser se volvió
hacia él—. Mata a la mujer.
Xoralundra se alejó por el pasillo. Horza se quedó inmóvil durante un momento.
Sus ojos fueron hacia la ya distante silueta del querl y acabaron posándose en el
centinela. Vio cómo comprobaba su carabina, daba la orden que abriría la puerta de la
celda y entraba en ella. Después el hombre echó a correr por el pasillo en pos del
viejo idirano.

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—¡Querl! —jadeó el medjel mientras resbalaba por el suelo hasta detenerse delante
de la escotilla sosteniendo el casco del traje junto a su pecho.
Xoralundra le quitó el casco de las manos y lo colocó sobre la cabeza de Horza.
—En la escotilla hay un equipo de distorsión —le dijo el idirano—. Aléjate todo
lo que puedas. La flota estará aquí dentro de nueve horas estándar. No deberías tener
que hacer nada: el traje pedirá ayuda emitiendo una señal codificada. Yo también…
El crucero tembló interrumpiendo a Xoralundra. Hubo una fuerte explosión y la
onda expansiva derribó a Horza. El trípode formado por las piernas del idirano hizo
que apenas se moviera. El medjel que había ido a buscar el casco salió disparado
contra las piernas de Xoralundra y lanzó un chillido. El idirano dejó escapar una
maldición y le dio una patada; el medjel huyó a toda velocidad. El crucero volvió a
oscilar y las alarmas hicieron vibrar la atmósfera. Horza podía oler algo quemándose.
Una confusión de ruidos que podían haber sido voces idiranas o explosiones
ahogadas le llegaba desde algún punto situado sobre su cabeza.
—Yo también intentaré escapar —dijo Xoralundra—. Que Dios esté contigo,
humano.
Antes de que Horza pudiera decir algo, el idirano ya le había bajado el visor de un
manotazo y estaba empujándole hacia la escotilla. La compuerta se cerró con un
golpe seco. El crucero volvió a oscilar y Horza se estrelló contra un mamparo. Sus
ojos recorrieron desesperadamente aquel pequeño espacio esférico buscando la
unidad de distorsión. Allí estaba. Logró desprenderla de los imanes que la sujetaban a
la pared después de un breve forcejeo, y se la colocó en la parte trasera del traje.
—¿Listo? —preguntó una voz en su oído.
Horza dio un salto.
—¡Sí! ¡Sí! —dijo—. ¡Dale ya!
La escotilla no se podía abrir de la forma convencional. El compartimento giró
sobre sí mismo y le arrojó al espacio. Horza se alejó del disco achatado que era el
crucero dando vueltas entre una minigalaxia de partículas heladas. Empezó a buscar
con los ojos la nave de la Cultura, y un instante después se dijo que era una estupidez.
Probablemente aún estaba a varios trillones de kilómetros de distancia… La guerra
moderna ya no guardaba ninguna relación con las escalas humanas. Podías atacar y
destruir desde distancias inimaginables, acabar con planetas enteros desde más allá de
su propio sistema y convertir estrellas en novas desde varios años luz de distancia…,
y, aun así, seguías sin tener una idea muy clara del porqué estabas luchando.
Horza dedicó un último pensamiento a Balveda y alargó la mano hasta encontrar
la palanca que controlaba el incómodo bulto de la unidad de distorsión, pulsó los
botones en la secuencia correcta y vio cómo las estrellas se retorcían y distorsionaban
a su alrededor. La unidad estaba haciendo que él y su traje se alejaran lo más deprisa
posible de la nave espacial idirana.

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Jugueteó un rato con los controles incrustados en la muñeca de su traje intentando
captar señales de La mano de Dios 137, pero no había nada, solo estática. El traje
habló con él en una ocasión: «Carga/unidad/distorsión/semi/agotada». Horza podía
vigilar el funcionamiento de la unidad mediante una de las pequeñas pantallas que
había en el interior de su casco.
Recordó que los idiranos tenían la costumbre de dirigir una especie de plegaria a
su Dios antes de abandonar el espacio normal. En una ocasión viajaba con
Xoralundra a bordo de una nave que se disponía a entrar en el hiperespacio, y el querl
insistió en que el cambiante también debía unirse a la oración. Horza protestó
diciendo que aquellas frases no significaban nada para él. Aparte de que sus
convicciones personales no tenían ningún lugar para el Dios idirano, la oración estaba
en una lengua muerta idirana que no entendía. La respuesta de Xoralundra —más
bien fría— fue que lo importante era el gesto. En el caso de lo que los idiranos
consideraban esencialmente como un animal (la mejor traducción de su palabra para
referirse a los humanoides era «biotómata»), solo se exigía la apariencia exterior y la
conducta propias de la devoción; lo que pasara por su corazón y por su mente no
tenían ninguna importancia. Horza le preguntó qué ocurría con su alma inmortal y
Xoralundra se rio. Fue la primera y única vez en que Horza había visto reírse al viejo
guerrero. ¿Quién había oído hablar de un cuerpo mortal poseedor de un alma
inmortal?
Horza desconectó la unidad de distorsión cuando ya casi no le quedaba carga. Las
estrellas aparecieron a su alrededor haciéndose nítidas y visibles. Ajustó los controles
de la unidad y se la quitó. La unidad y el traje se separaron, con Horza desplazándose
lentamente en una dirección mientras la unidad se alejaba girando en otra. Los
controles automáticos entraron en funcionamiento y la unidad desapareció. El resto
de carga sería consumido impulsando la unidad en la dirección equivocada para
despistar a cualquiera que pudiese haber estado siguiendo su rastro.
El cambiante fue calmando gradualmente su respiración; llevaba cierto tiempo
respirando deprisa y con cierto esfuerzo, pero redujo el ritmo de esta y el de sus
latidos mediante un esfuerzo consciente. Se acostumbró al traje, examinando sus
funciones y capacidades. Por el tacto y el olor parecía nuevo, y daba la impresión de
ser un artefacto construido en Rairch. Los trajes fabricados en Rairch estaban
concebidos para ser los mejores. La gente decía que la Cultura fabricaba trajes aún
más eficientes, pero la gente decía que la Cultura era capaz de hacerlo mejor todo, y
aun así estaba perdiendo la guerra. Horza comprobó los láseres incorporados al traje,
buscó la pistola oculta que sabía formaba parte del equipo y logró encontrarla
disfrazada como una parte más del recubrimiento protector del antebrazo izquierdo:
era una pequeña arma manual de plasma. Sintió deseos de disparar contra algo, pero
no había nada contra lo que apuntar, así que volvió a guardarla.
Cruzó los brazos sobre la voluminosa placa pectoral y miró a su alrededor. Había
estrellas por todas partes. No tenía ni idea de cuál era el sol de Sorpen. Así que las

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naves de la Cultura podían esconderse en la fotosfera de una estrella… Y una Mente
—incluso si estaba desesperada y huyendo de sus enemigos— podía saltar al fondo
de un pozo gravitatorio, ¿eh? Bueno, quizá los idiranos debieran enfrentarse a un
trabajo más duro de lo que habían esperado. Eran guerreros por naturaleza, poseían la
experiencia y los redaños necesarios y toda su sociedad estaba preparada para el
conflicto continuo. Pero la Cultura, esa mezcla de especies más o menos humanas
que producía una impresión de anarquía, hedonismo y desunión y que siempre estaba
emitiendo o absorbiendo grupos distintos, llevaba casi cuatro años luchando sin dar
ninguna señal de querer rendirse o de que estuviera empezando a pensar en la
posibilidad de un compromiso…
Lo que todo el mundo había esperado iba a ser un enfrentamiento breve y
limitado que duraría el tiempo suficiente para servir de lección a los adversarios se
había transformado en un esfuerzo bélico que absorbía todos los recursos disponibles.
Los reveses iniciales y las primeras megamuertes no habían tenido el efecto
profetizado por los expertos y los sabihondos. La Cultura no se había rendido,
horrorizada ante las brutalidades de la guerra pero orgullosa por haber llevado su vida
colectiva al lugar que, normalmente, solo estaba ocupado por las proclamas surgidas
de su boca colectiva. No, la Cultura se había limitado a efectuar una retirada detrás de
otra, preparándose, acumulando sus recursos y trazando planes. Horza estaba
convencido de que las Mentes se encontraban detrás de todo aquello.
No podía creer que las personas corrientes de la Cultura hubieran querido la
guerra, sin importar lo que hubiesen votado. Después de todo, ya gozaban de su
Utopía comunista, ¿no? Eran seres blandos y mimados que veían satisfechos todos
sus caprichos, y el materialismo evangélico de la sección de Contacto les
proporcionaba las buenas obras con que calmar su conciencia. ¿Qué más podían
querer? La guerra tenía que ser idea de las Mentes; era una parte más del impulso
clínico de limpiar la galaxia y conseguir que funcionara de una forma limpia y
eficiente donde no hubiera lugar para los desperdicios, injusticias o sufrimientos. Los
imbéciles de la Cultura no podían comprender que un día las Mentes empezarían a
pensar en lo ineficientes y derrochadores que eran los humanos de la Cultura.
Horza usó los giróscopos internos del traje para echar un vistazo a cada parte del
cielo, y se preguntó qué áreas de aquel vacío puntuado de luces albergarían batallas
donde morían miles de millones de personas. ¿Cuáles serían los lugares en que la
Cultura seguía resistiendo y las flotas de combate idiranas ejercían presión sobre sus
defensas? El traje zumbaba, siseaba y emitía leves crujidos a su alrededor; preciso,
obediente, tranquilizador…
Y de repente el traje detuvo su lento girar con una sacudida tan violenta e
inesperada que Horza sintió un castañeteo en los dientes. Un ruido
desagradablemente parecido a una alarma de colisión zumbó en uno de sus oídos, y el
rabillo de su ojo izquierdo le mostró cómo una micropantalla incrustada en el interior
del casco se iluminaba ofreciéndole un holograma de gráficos rojizos.

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—Blanco/adquisición/radar —dijo el traje—. Aproximándose/aumentando.

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3
Turbulencia en cielo despejado

—¿Qué? —rugió Horza.


—Blanco/adqui… —empezó a repetir el traje.
—¡Oh, cállate! —gritó Horza.
Empezó a pulsar los botones de la consola incrustada en la muñeca del traje
mientras contorsionaba el cuerpo a un lado y a otro examinando la oscuridad que le
rodeaba. Debía existir alguna forma de conseguir una proyección global en la parte
interior del visor del casco que le mostrara la dirección de la que estaban llegando las
señales, pero no tenía el tiempo necesario para familiarizarse hasta ese extremo con
los sistemas del traje, y no lograba encontrar el botón adecuado. Un instante después
comprendió que si quería una proyección probablemente le bastaría con pedirla.
—¡Traje! ¡Dame una proyección global sobre la fuente de transmisiones!
La parte superior izquierda del visor se iluminó. Horza siguió girando lentamente
sobre sí mismo hasta que un puntito rojo que se encendía y apagaba se materializó
encima de la superficie transparente. Volvió a pulsar los botones de la muñeca, y el
traje expulsó varios chorros de gas por los agujeros de las suelas de sus botas. Horza
salió disparado a algo menos de una gravedad con un siseo de gases expulsados.
Nada pareció cambiar aparte de su peso, pero la luz roja se desvaneció durante una
fracción de segundo, aunque volvió a aparecer enseguida. Horza lanzó una maldición.
—Blanco/adquisición… —dijo el traje.
—Ya lo sé —replicó Horza.
Cogió la pistola de plasma de su brazo, activó los láseres del traje y desconectó el
sistema que expulsaba los chorros de gas. Fuera lo que fuese, dudaba de que el traje
pudiera moverse lo bastante deprisa para dejar atrás a su perseguidor. Volvía a carecer
de peso. La lucecita roja seguía encendiéndose y apagándose en el visor. Horza se
dedicó a observar las pantallas internas. La fuente de transmisiones estaba
aproximándose en un rumbo curvo a cero coma cero un año luz en el espacio real. La
señal del radar era de baja frecuencia, y no parecía especialmente potente. La
tecnología era demasiado primitiva para pertenecer a la Cultura o los idiranos. Le dijo
al traje que cancelara la proyección, hizo bajar los amplificadores de la parte superior
del casco y los conectó, enfocándolos hacia el punto del que llegaba la emisión de
radar. Una variación Doppler de la señal que seguía apareciendo en una de las
pequeñas pantallas internas del casco anunciaba que, fuera lo que fuese, aquello
estaba reduciendo su velocidad. ¿Pensarían recogerle en vez de limitarse a hacerle
pedazos?
Horza vio una imagen nebulosa en el campo de los amplificadores. La señal de
radar se desvaneció. Su perseguidor estaba muy cerca. Tenía la boca seca, y las

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manos le temblaban dentro de los gruesos guantes del traje. La imagen de los
amplificadores pareció estallar en una oleada de oscuridad. Horza los retrajo hacia la
parte superior del casco y contempló los campos estelares y el océano de tinta de la
noche. Algo hecho de la más pura negrura cruzó velozmente ante su campo visual
moviéndose por el telón de fondo del cielo en el silencio más absoluto. Horza pulsó
el botón que activaba el radar aguja del traje e intentó seguir aquella silueta que
estaba pasando ante él ocultándole las estrellas; pero no lo consiguió, por lo que no
tenía forma de saber lo cerca que estaba o cuál era su tamaño. Había perdido el rastro
del objeto en los espacios vacíos que se abrían entre las estrellas cuando la oscuridad
que tenía delante se iluminó. Horza supuso que el objeto debía de estar virando. Unos
instantes después el traje volvió a captar la emisión de radar.
—Bla…
—Cállate —dijo.
Comprobó la pistola de plasma. La silueta oscura se expandió: la tenía casi
delante. Las estrellas que había a su alrededor oscilaron, y su brillo aumentó de
intensidad gracias al efecto lente del campo distorsionante de un motor no muy bien
ajustado que se producía al iniciar el proceso de la desconexión. El objeto estaba cada
vez más cerca. La señal de radar volvió a esfumarse. Horza conectó su radar aguja y
el haz recorrió la nave que tenía delante. Estaba observando la imagen resultante en
una pantalla interna cuando el gráfico parpadeó y se desvaneció, los siseos y
zumbidos del traje se detuvieron y las estrellas empezaron a esfumarse.
—Proyector/absorción/dis… parado —dijo el traje mientras él y Horza se sumían
en la flaccidez de la inconsciencia.

Había algo duro debajo de él. Le dolía la cabeza. No podía recordar dónde se
encontraba o qué se suponía que debía estar haciendo. Solo recordaba su nombre,
Bora Horza Gobuchul, cambiante del asteroide Heibohre empleado por los idiranos
en su guerra santa contra la Cultura. Pero ¿qué relación podía tener eso con el dolor
que sentía en el cráneo y con el duro y frío metal que notaba debajo de su mejilla?
Le habían dado de lleno. Aún no podía ver, oler u oír nada, pero sabía que le
había ocurrido algo bastante grave, algo que casi había llegado a la categoría de fatal.
Intentó recordar lo ocurrido. ¿Dónde estaba antes? ¿Qué había estado haciendo?
¡La mano de Dios 137! El recuerdo hizo que el corazón le diera un vuelco. ¡Tenía
que escapar! ¿Dónde estaba su casco? Xoralundra… ¿Por qué le había abandonado?
¿Dónde estaba ese medjel estúpido que debía traerle el casco? ¡Socorro!
Descubrió que no podía moverse.
Y, de todas formas, no estaba en La mano de Dios 137 ni en ninguna nave idirana.
La cubierta era fría y dura —si es que aquello era una cubierta—, la atmósfera estaba
saturada de olores extraños y, además, ahora podía oír voces de personas hablando.
Pero seguía sin ser capaz de ver. No sabía si tenía los ojos abiertos y estaba ciego, o si

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los tenía cerrados y no podía abrirlos. Intentó llevarse las manos al rostro para
descubrirlo, pero descubrió que tampoco podía moverlas.
Las voces eran humanas, y había varias. Estaban hablando la lengua de la
Cultura, el marain, pero eso no quería decir gran cosa. Durante los últimos milenios
el marain había ido haciéndose cada vez más corriente como segunda lengua de la
galaxia. Horza podía hablarlo y comprenderlo, aunque no lo había usado desde…,
desde que habló con Balveda, de hecho, pero antes de eso había estado mucho tiempo
sin usarlo. Pobre Balveda… Pero aquellas personas no paraban de hablar, y Horza no
lograba captar ninguna palabra. Intentó mover los párpados, y acabó sintiendo algo.
Seguía sin tener ni idea de dónde podía estar.
Toda esta oscuridad… Entonces recordó que había estado dentro de un traje, y
una voz que le hablaba de blancos o algo parecido. Comprendió que había sido
capturado o rescatado. Olvidó cualquier intento de abrir los ojos y se concentró al
máximo en lo que estaban diciendo aquellas personas. Había usado el marain hacía
muy poco tiempo; podía conseguirlo. Tenía que conseguirlo. Tenía que enterarse de
lo que estaban diciendo.
—… maldito sistema durante dos semanas y lo único que hemos encontrado es
un viejo metido en un traje.
Una de las voces. Le pareció que pertenecía a una mujer.
—¿Qué diablos esperabas, una nave estelar de la Cultura?
Una voz masculina.
—Bueno, mierda… Esperaba encontrar un trozo de alguna.
La voz femenina de nuevo. Risas.
—Es un buen traje. Hecho en Riarch, a juzgar por su aspecto… Creo que me lo
quedaré.
Otra voz masculina, con el tono inconfundible de quien está al mando.
—…
Imposible. Demasiado bajo.
—Se adaptan, idiota.
El hombre de nuevo.
—… habrá fragmentos de naves idiranas y de la Cultura flotando por toda la zona
y podríamos…, ese láser de proa…, sigue jodido.
Otra voz de mujer.
—Nuestro proyector no lo habrá dañado, ¿verdad?
Otra voz masculina; joven, aparentemente, hablando al mismo tiempo que la
mujer.
—Estaba preparado para chupar, no para destrozar —dijo el capitán, o lo que
fuese.
¿Quiénes eran estas personas?
—… mucho menos que ese abuelo de ahí —dijo uno de los hombres.

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¡Estaban hablando de él! Intentó no dar ninguna señal de vida. Acababa de
comprender que estaba fuera del traje, naturalmente, yaciendo a unos metros de
distancia de unas personas que debían de encontrarse de pie alrededor del traje.
Suponía que algunos estarían dándole la espalda. Yacía con un brazo debajo del
cuerpo, de lado, desnudo y de cara a ellos. La cabeza seguía doliéndole, y podía sentir
el gotear de la saliva que brotaba de su boca entreabierta.
—… un arma de alguna clase. Pero no la encuentro —dijo el hombre, y el tono de
su voz se alteró como si estuviera cambiando de posición mientras hablaba.
Daba la impresión de que habían perdido la pistola de plasma. Eran mercenarios.
Tenían que serlo. Bucaneros…
—Kraiklyn, ¿puedo quedarme con tu traje viejo?
El hombre joven.
—Bueno, eso es todo —dijo el hombre. A juzgar por su voz se había levantado
del sitio donde estaba acuclillado o se acababa de dar la vuelta. Parecía haber
ignorado al que había hablado antes—. Quizá no sea gran cosa, pero por lo menos
tenemos el traje. Más vale que nos larguemos de aquí antes de que aparezcan los
pesos pesados.
—Y ahora ¿qué?
Una mujer de nuevo. Tenía la voz bonita. Ojalá pudiera abrir los ojos…
—Ese templo debería de ser carne fácil incluso sin el láser de proa. Solo está a
diez días de aquí. Echaremos mano a unos cuantos tesoros de sus altares y luego
compraremos algún armamento pesado en Vavatch. Podemos gastarnos todas
nuestras ganancias ilegales allí. —El hombre, Krakeline o como se llamara, hizo una
pausa. Se rio—. Doro, no pongas esa cara de susto. Será muy sencillo. Cuando
seamos ricos me agradecerás el que oyera hablar de ese sitio. Pero si los malditos
sacerdotes ni tan siquiera llevan armas… Será sencillísimo.
—Sí, ya lo sabemos.
Una voz de mujer; la más agradable. Horza empezaba a ser consciente de la luz:
una claridad rosada delante de sus ojos. Seguía doliéndole la cabeza, pero ya se
encontraba algo mejor. Hizo un examen de su cuerpo, y su mente pidió una respuesta
a los nervios de retroalimentación para calibrar su estado físico. Descubrió que se
encontraba bastante por debajo de lo normal, y no llegaría al máximo hasta que los
últimos efectos de su apariencia geriátrica se hubieran desvanecido, cosa que
requeriría unos cuantos días…, suponiendo que viviera tanto tiempo. Tenía la
sospecha de que aquellas personas le creían muerto.
—Zallin, tira esa basura —dijo el hombre.
Horza abrió los ojos sobresaltado al oír el eco de unos pasos aproximándose. ¡El
hombre había estado hablando de él!
—¡Ahh! —gritó una voz cerca de él—. No está muerto. ¡Ha abierto los ojos!
Los pasos se detuvieron de repente. Horza logró sentarse y entrecerró los
párpados para proteger sus ojos de toda aquella luz. Le costaba respirar, y el esfuerzo

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de incorporarse hizo que le diera vueltas la cabeza, pero ya podía ver con claridad.
Estaba en un hangar pequeño, pero brillantemente iluminado. Una vieja lanzadera
ocupaba la mitad del espacio disponible. Su espalda casi rozaba un mamparo; el
grupo de personas a las que había oído hablar estaba de pie junto a otro mamparo. A
medio camino entre él y el grupo había un joven corpulento y desgarbado de cabellos
plateados y brazos muy largos. Tal y como había supuesto, el traje estaba en el suelo
rodeado por el grupo de humanos. Horza tragó saliva y parpadeó. El joven de los
cabellos plateados le miró y se rascó nerviosamente una oreja. Vestía pantalones
cortos y una camiseta bastante maltrecha. La voz de uno de los hombres más altos del
grupo —el que Horza había decidido debía ser el capitán—, hizo que el joven diera
un salto.
—Wubslin, ¿qué le pasa a ese proyector? —Se volvió hacia otro hombre—. ¿Es
que tampoco funciona?
«¡No permitas que hablen de ti como si no estuvieras aquí!». Horza carraspeó
para aclararse la garganta y habló en el tono de voz más potente y decidido de que fue
capaz:
—Vuestro proyector funciona perfectamente.
—En tal caso deberías estar muerto —dijo el hombre alto, sonriendo y enarcando
una ceja.
Todos estaban mirándole, la mayoría con expresiones de suspicacia. El joven
seguía rascándose la oreja; daba la impresión de estar perplejo, incluso asustado, pero
el resto parecía querer librarse de Horza lo más pronto posible. Todos eran humanos,
o estaban muy cerca de serlo; tanto los varones como las hembras; la mayoría vestían
trajes, partes de trajes o pantalones cortos y camiseta. El capitán se abrió paso por
entre el grupo y fue hacia Horza. Era alto y musculoso. Tenía una frondosa cabellera
oscura que llevaba peinada hacia atrás, lejos de la frente; la tez, cetrina, y había algo
de fiera en la expresión de los ojos y la boca. La voz le sentaba a la perfección.
Cuando estuvo más cerca, Horza vio que empuñaba una pistola láser. Vestía un traje
negro, y sus pesadas botas crearon ecos sobre el metal desnudo de la cubierta.
Avanzó hasta quedar a la altura del joven de los cabellos plateados, quien estaba
jugueteando con su camiseta mientras se mordisqueaba el labio.
—¿Por qué no estás muerto? —le preguntó el hombre en voz baja y suave
mirándole fijamente.
—Porque soy mucho más duro de lo que parezco —replicó Horza.
El hombre asintió y sonrió.
—Debes serlo. —Se dio la vuelta para lanzarle una rápida mirada al traje—. ¿Qué
estabas haciendo en pleno espacio metido dentro de ese trasto?
—Trabajo para los idiranos. No querían que la nave de la Cultura me capturase, y
creyeron que podrían rescatarme más tarde, así que me echaron por una escotilla para
que esperase a la flota. Por cierto, estarán aquí dentro de ocho o nueve horas, así que
yo no me quedaría mucho tiempo.

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—¿De veras? —preguntó el capitán volviendo a enarcar la ceja—. Pareces estar
muy bien informado, viejo.
—No soy tan viejo. Esto es un disfraz para mi último trabajo…, una droga
agática. Los efectos ya están empezando a desvanecerse. Un par de días y volveré a
ser útil.
El hombre meneó la cabeza con tristeza.
—No, no lo serás. —Se dio la vuelta y fue hacia los demás—. Échale fuera —le
dijo al joven de la camiseta.
El joven dio un paso hacia adelante.
—¡Eh, maldita sea, espera un momento! —gritó Horza poniéndose en pie.
Retrocedió con las manos extendidas hasta pegar la espalda al mamparo, pero el
joven ya venía en línea recta hacia él. Los otros le miraban o miraban a su capitán.
Horza movió la pierna en un gesto demasiado rápido para el joven de los cabellos
plateados. Su pie le acertó en la ingle. El joven jadeó y cayó sobre la cubierta,
rodeándose el cuerpo con los brazos. El hombre se había dado la vuelta. Bajó los ojos
hacia el joven y miró a Horza.
—¿Sí? —preguntó.
Horza tenía la impresión de que estaba pasándoselo en grande.
—Ya te dije que podía ser útil —explicó, señalando al joven, que había logrado
ponerse de rodillas—. Soy bueno peleando. Puedes quedarte con el traje…
—Ya me lo he quedado —dijo secamente el capitán.
—Bueno, al menos podrías darme una oportunidad, ¿no? —Los ojos de Horza
recorrieron los rostros del grupo—. Sois mercenarios o algo parecido, ¿verdad? —
Nadie dijo nada. Sintió cómo el sudor empezaba a correr por su rostro y lo detuvo—.
Deja que me una a vosotros. Solo pido una oportunidad, nada más… Si la cago a la
primera vez, echadme por la escotilla.
—¿Y por qué no te echamos ahora y nos ahorramos todos esos problemas?
El capitán extendió los brazos hacia él y dejó escapar una carcajada. Algunos de
los demás también se rieron.
—Una oportunidad —repitió Horza—. Mierda, no creo que sea pedir mucho,
¿verdad?
—Lo siento. —El hombre meneó la cabeza—. Ya tenemos problemas de espacio.
El joven de los cabellos plateados estaba mirando a Horza con el rostro
distorsionado por el dolor y el odio. Los otros miembros del grupo observaban a
Horza con sonrisas burlonas o hablaban en voz baja entre ellos y le señalaban con la
cabeza. Horza fue repentinamente consciente de que tenía todo el aspecto de un viejo
desnudo.
—¡A la mierda! —rugió clavando los ojos en el rostro del hombre—. Dame cinco
días y acabaré contigo cuando me dé la gana.
El capitán enarcó las cejas. Durante un segundo dio la impresión de que iba a
ponerse furioso, pero acabó echándose a reír. Señaló a Horza con el láser.

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—De acuerdo, viejo, te diré lo que vamos a hacer… —Se puso las manos en la
cintura y señaló con la cabeza al joven que seguía arrodillado sobre la cubierta—.
Puedes luchar con Zallin. ¿Qué, Zallin, te sientes con ánimos?
—Le mataré —dijo Zallin sin apartar los ojos de la garganta de Horza.
El hombre se rio. Algunos mechones de su cabellera negra asomaban por encima
del cuello del traje.
—De eso se trata. —Miró a Horza—. Ya te he dicho que tenemos problemas de
espacio. Si quieres quedarte con nosotros tendrás que provocar alguna baja en el
personal. —Se volvió hacia los demás—. Dejad un poco de sitio, y que alguien le
traiga unos pantalones cortos al viejo. Verle desnudo me está revolviendo el
estómago.
Una de las mujeres le arrojó unos pantalones cortos. Horza se los puso. El traje
fue recogido del suelo y la lanzadera desplazada un par de metros hacia un lado hasta
quedar pegada al otro extremo del hangar. Zallin acabó levantándose de la cubierta y
fue a reunirse con los demás. Alguien le roció los genitales con un anestésico.
«Benditos sean los órganos sin protección», pensó Horza. Estaba descansando
apoyado en el mamparo sin apartar los ojos del grupo. Zallin era el más alto de todos.
Tenía unos brazos tan largos que casi parecían rozarle las rodillas, y su grosor casi
igualaba el de los muslos de Horza.
Horza vio cómo el capitán le señalaba con la cabeza y una de las mujeres fue
hacia él. Tenía los rasgos pequeños y la expresión dura. Su piel era bastante morena,
y poseía una erizada cabellera rubia. Todo su cuerpo parecía esbelto y fuerte; Horza
pensó que caminaba como un hombre. Cuando estuvo más cerca vio que la piel de su
rostro, brazos y piernas estaba cubierta por una ligera capa de vello. La mujer se
detuvo ante él y su mirada le recorrió desde los pies hasta los ojos.
—Soy tu ayudante —dijo la mujer—, aunque no sé si eso va a servirte de mucho.
Era la de la voz bonita. Horza estaba asustado, pero aun así se llevó una
decepción. Agitó una mano.
—Me llamo Horza. Gracias por preguntármelo.
«¡Idiota!», se dijo a sí mismo. «Ahora ya saben cómo te llamas. Anda, ¿por qué
no les cuentas también que eres un cambiante? Maldito estúpido…».
—Yalson —dijo la mujer secamente, y le ofreció la mano.
Horza no estaba seguro de si aquella palabra era un saludo o su nombre. Estaba
enfadado consigo mismo. Como si no tuviera bastantes problemas, había cometido la
estupidez de revelar su verdadero nombre… Lo más probable era que eso no tuviese
ninguna importancia, pero sabía que aquellos pequeños deslices y los errores
aparentemente sin consecuencias solían significar toda la diferencia entre el éxito y el
fracaso…, incluso entre la vida y la muerte. Cuando comprendió qué se esperaba de
él extendió el brazo y estrechó la mano de la mujer. Su mano era seca y fresca, y muy
fuerte. La mujer le apretó los dedos, pero le soltó la mano antes de que Horza tuviera
tiempo de devolverle el apretón. No tenía ni idea de cuál era su origen, por lo que no

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sabía cómo interpretar el gesto. En el sitio del que venía Horza aquello habría sido
considerado una invitación de naturaleza bastante precisa.
—Horza, ¿eh? —La mujer asintió y se puso las manos en las caderas tal y como
había hecho el capitán—. Bien, Horza, buena suerte. Creo que Kraiklyn piensa que
Zallin es el tripulante más inútil con que contamos, así que si ganas no le importará
demasiado. —Bajó los ojos hacia la fláccida piel del vientre de Horza, observó la
delgadez de su pecho tensado por las costillas, y frunció el ceño—. Si ganas —
repitió.
—Muchísimas gracias —dijo Horza, intentando esconder el estómago y abombar
el pecho. Señaló a los demás—. ¿Están haciendo apuestas?
Intentó sonreír.
—Sí, pero solo sobre el tiempo que aguantarás.
Horza dejó que su intento de sonrisa se desvaneciera. Apartó los ojos de la mujer.
—¿Sabes una cosa? Probablemente sería capaz de deprimirme yo solo sin tu
ayuda. Si quieres apostar algo de dinero, adelante…
Sus ojos se posaron en el rostro de la mujer. No vio compasión, ni tan siquiera
simpatía. La mujer volvió a mirarle de arriba abajo, asintió, giró sobre sus talones y
se reunió con el resto del grupo. Horza lanzó una maldición.
—¡Bien!
Kraiklyn hizo chocar sus manos enguantadas en una fuerte palmada. El grupo se
disgregó y fue desplazándose por el hangar, ocupando la longitud de dos mamparos.
Zallin estaba mirando fijamente a Horza desde el otro extremo del espacio que
acababan de despejar. Horza se apartó del mamparo y se sacudió, intentando relajar
los músculos con el fin de prepararse para la pelea.
—Es una pelea a muerte, ¿entendido? —anunció Kraiklyn sonriendo—. Nada de
armas, pero no veo a ningún árbitro, así que… Todo vale. De acuerdo…, empezad.
Horza dejó un poco más de espacio entre él y el mamparo. Zallin estaba
aproximándose con el cuerpo encorvado y los brazos extendidos como si fueran las
mandíbulas de un insecto gigante. Horza sabía que si usaba todas las armas
incorporadas a su organismo (suponiendo que dispusiera de todas ellas; tenía que
recordarse continuamente que le habían arrancado los dientes venenosos en Sorpen),
lo más probable era que ganase la pelea sin demasiados apuros, siempre que Zallin no
tuviera la suerte de asestarle un golpe fatal. Pero estaba igualmente seguro de que si
utilizaba la única arma efectiva que conservaba —las glándulas venenosas que había
bajo sus uñas—, los otros se darían cuenta de lo ocurrido y Horza acabaría muerto.
Una mordedura de sus dientes quizá le habría permitido salir bien librado. El veneno
afectaba al sistema nervioso central, y las reacciones de Zallin se habrían ido
volviendo gradualmente más lentas; probablemente nadie habría adivinado lo
ocurrido. Pero arañarle sería fatal para los dos. El veneno contenido en las glándulas
que había bajo las uñas de Horza paralizaba los músculos siguiendo una secuencia
que se iniciaba en el punto de entrada del veneno, y resultaría obvio que Zallin había

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sido arañado por algo muy distinto a unas uñas corrientes. Aun suponiendo que los
otros mercenarios no considerasen que había hecho trampa, existían bastantes
posibilidades de que Kraiklyn, el hombre, adivinara que Horza era un cambiante y
ordenara su muerte.
Un cambiante era una amenaza para cualquiera que gobernase mediante la fuerza,
tanto si empleaba la fuerza de voluntad como la fuerza de las armas. Amahain-Frolk
lo había comprendido, y Kraiklyn también lo comprendería. Además, la especie a la
que pertenecía Horza siempre provocaba un cierto grado de repugnancia en todos los
seres humanos. Aparte de las considerables alteraciones que les separaban del
material genético corriente, los cambiantes eran una amenaza a la identidad, un
desafío al individualismo de todos los que les rodeaban, incluso de aquellos que,
probablemente, jamás podrían ser candidatos a la suplantación. No tenía nada que ver
con las almas o la posesión espiritual o física; lo que causaba esa repugnancia era el
que los cambiantes copiaban la conducta de otro ser, y eso era algo que los idiranos
entendían muy bien. La individualidad —ese aspecto que la mayoría de seres
humanos valoraban por encima de cualquier otra cosa— era degradada por la
facilidad con que un cambiante podía ignorar las limitaciones que imponía y utilizarla
en tanto que disfraz.
Horza había usado el cambio para convertirse en un viejo, y su legado seguía con
él. Zallin estaba muy cerca.
El joven se lanzó hacia adelante usando sus enormes brazos como un par de
pinzas en un torpe intento de agarrar a Horza. Horza se agachó y saltó a un lado con
mucha más rapidez de la que Zallin había previsto. Antes de que pudiera dar la vuelta
para seguir a Horza, el cambiante ya había lanzado una patada dirigida a su cabeza
que se estrelló contra el hombro del joven. Zallin lanzó una maldición y Horza le
imitó. Se había hecho daño en el pie.
El joven volvió a avanzar hacia él frotándose el hombro. Al principio se movió de
una forma casi despreocupada, pero uno de sus largos brazos salió disparado de
repente y el puño casi chocó con el rostro de Horza. El cambiante sintió el viento
creado por el golpe rozándole la mejilla. Si ese puñetazo hubiera dado en el blanco
habría puesto punto final a la pelea. Horza hizo una finta, saltó en dirección opuesta,
giró sobre un talón y volvió a lanzar una patada, ahora hacia la ingle del joven. El pie
llegó a su objetivo, pero Zallin se limitó a curvar los labios en una medio sonrisa
mueca de dolor y volvió al ataque. El rociado anestésico debía haber dejado
insensible toda aquella zona de su cuerpo.
Horza empezó a moverse en círculos alrededor del joven. Zallin le observaba con
mucha atención. Seguía manteniendo los brazos extendidos delante del cuerpo igual
que si fueran un par de pinzas, y los dedos se flexionaban de vez en cuando como si
anhelaran desesperadamente entrar en contacto con la garganta de Horza. Horza
apenas si era consciente de las personas que le rodeaban, o de las luces y el equipo
del hangar. Lo único que podía ver era el cuerpo agazapado del joven que tenía

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delante, con sus inmensos brazos y sus cabellos plateados, su camiseta deshilachada y
sus zapatillas deportivas. Zallin se lanzó al ataque y las suelas de goma chirriaron
sobre el metal de la cubierta. Horza giró sobre sí mismo y su pierna derecha trazó una
curva. Su pie acertó a Zallin en la sien derecha, y el joven se alejó bailoteando
mientras se frotaba la oreja.
Horza sabía que estaba volviendo a jadear. Mantener el estado de tensión máxima
exigía demasiada energía. Tenía que estar preparado para el siguiente ataque y,
mientras tanto, no le estaba haciendo el daño suficiente a Zallin. Tal y como iban las
cosas, el joven no tardaría en dejarle agotado aunque no le diera ni un solo golpe.
Zallin volvió a extender los brazos y avanzó. Horza saltó a un lado y sus músculos de
anciano protestaron. Zallin giró sobre sí mismo. Horza saltó hacia adelante
moviéndose sobre un pie y lanzó el talón del otro hacia la cintura del joven. El pie dio
en el blanco con un thump muy satisfactorio, Horza se dispuso a apartarse… y se dio
cuenta de que no podía mover el pie. Zallin había logrado atraparlo con una mano.
Horza cayó sobre la cubierta.
Zallin estaba tambaleándose con una mano sobre la base de su caja torácica,
jadeando con el cuerpo casi doblado en dos. Horza pensó que debía de haberle roto
una costilla, pero Zallin seguía sujetándole el pie con la otra mano. Por mucho que
tirara y se retorciese, Horza era incapaz de romper la presa.
Intentó establecer un pulso de sudor en la parte inferior de su pierna derecha. No
había practicado esa maniobra desde sus combates de ejercicio en la Academia de
Heibohre, pero valía la pena intentarlo; cualquier truco que ofreciera una posibilidad
de aflojar esa presa era digno de ser intentado… No funcionó. Quizá había olvidado
el procedimiento adecuado, o quizá el envejecimiento artificial sufrido por sus
glándulas sudoríparas había hecho que fueran incapaces de reaccionar con la rapidez
exigida. Fuera cual fuese la respuesta, su pie seguía atrapado entre los dedos del
joven. Zallin estaba recuperándose del golpe que le había propinado Horza. Sacudió
la cabeza y las luces del hangar se reflejaron en su cabellera. Después agarró el pie de
Horza con la otra mano.
Horza estaba caminando alrededor del joven apoyándose en las manos, con una
pierna aprisionada y la otra colgando en un intento de descargar algún peso sobre la
cubierta. Zallin miró al cambiante e hizo girar las manos como si intentara arrancarle
el pie derecho. Horza había previsto la maniobra e hizo girar todo su cuerpo antes de
que Zallin empezara a ponerla en práctica. Acabó donde había empezado, con el pie
entre las manos de Zallin y sus palmas desplazándose como cangrejos a través de la
cubierta mientras intentaba seguir los movimientos del joven. «Puedo llegar hasta su
pierna; una torsión del cuello y un mordisco», pensó Horza, intentando
desesperadamente dar con alguna solución. «En cuanto empiece a reaccionar más
despacio tendré una oportunidad. No se darán cuenta. Lo único que necesito es…». Y,
entonces, naturalmente, se acordó. Le habían arrancado esos dientes. Parecía que esos
viejos bastardos —y Balveda— conseguirían acabar con él después de todo, y en el

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caso de Balveda sería una venganza desde más allá de la tumba. Mientras Zallin
siguiera sujetándole el pie, la pelea solo podía seguir un camino.
«Qué diablos… Voy a morderle de todas formas». El pensamiento fue una
sorpresa incluso para él mismo; su mente lo concibió y su cuerpo lo puso en práctica
antes de que tuviera tiempo de tomar en consideración lo que hacía. Lo siguiente que
supo era que estaba usando la pierna atrapada y el empujón dado con las manos para
impulsarse hacia Zallin, y que su cuerpo estaba entre las piernas del joven. Horza
clavó todos los dientes que le quedaban en la pantorrilla derecha del muchacho.
—¡Ah! —gritó Zallin.
Horza mordió con más fuerza, sintiendo cómo la presión ejercida sobre su pie se
aflojaba ligeramente. Alzó la cabeza intentando desgarrar la carne del joven. Tenía la
impresión de que su rótula iba a estallar y de que su pierna se partiría en dos, pero
siguió masticando la carne viva que le llenaba la boca y sus puños se alzaron para
golpear el cuerpo de Zallin con todas sus fuerzas. Zallin le soltó.
Horza dejó de morder al instante y se apartó antes de que las manos del joven
pudieran caer sobre su cabeza. Logró ponerse en pie. Tenía el tobillo y la rodilla algo
doloridos, pero no era grave. Zallin fue hacia él cojeando con la pantorrilla cubierta
de sangre. Horza cambió de táctica y saltó hacia adelante, golpeando al joven en el
vientre bajo la rudimentaria guardia de sus inmensos brazos. Zallin se llevó las manos
al estómago y la parte inferior de la caja torácica, y se agachó en un movimiento
reflejo. Horza pasó junto a él, se dio la vuelta y dejó caer las dos manos sobre su
cuello.
Normalmente el golpe habría sido mortal, pero Zallin era fuerte y Horza seguía
estando débil. El cambiante se irguió y se dio la vuelta, pero tuvo que evitar a los
mercenarios que estaban de pie junto al mamparo; la pelea había atravesado el hangar
de un extremo a otro. Horza no tuvo tiempo de asestar otro golpe. Zallin había vuelto
a incorporarse con el rostro contorsionado por la agresividad frustrada. Lanzó un
grito y corrió hacia Horza, quien esquivó limpiamente la embestida. Pero Zallin
tropezó, y el azar quiso que su cabeza chocara con el estómago de Horza.
El golpe resultó todavía más doloroso y desmoralizador porque era totalmente
inesperado. Horza cayó y rodó sobre sí mismo intentando librarse de Zallin, pero el
joven se desplomó sobre él, aprisionándole contra la cubierta. Horza se retorció, pero
no ocurrió nada. Estaba atrapado.
Zallin se irguió apoyándose en una palma y tensó la otra mano convirtiéndola en
un puño mientras contemplaba con una sonrisa burlona el rostro del hombre que tenía
debajo. Horza comprendió que no podía hacer nada. Vio cómo aquel puño inmenso
subía lentamente y empezaba a bajar. Tenía el cuerpo pegado a la cubierta y los
brazos atrapados, y supo que ese era el final. Había perdido. Se preparó para mover la
cabeza lo más deprisa posible apartándola del puñetazo destructor de huesos que
estaba claro llegaría en cualquier momento y volvió a hacer un intento de mover las
piernas, pero sabía que era inútil. Quería cerrar los ojos, pero sabía que debía

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mantenerlos abiertos. «Puede que el hombre se apiade de mí. Debe haberse dado
cuenta de que he luchado bien. Quizá decida detenerle…».
El puño de Zallin se inmovilizó durante una fracción de segundo, como si fuera la
hoja de una guillotina en el punto más alto de su trayectoria antes de ser liberada.
El golpe nunca llegó a caer. Zallin tensó el cuerpo y la mano con que sostenía el
peso de su torso resbaló sobre la cubierta; los dedos se deslizaron sobre su propia
sangre y dejaron de soportar su masa. Zallin lanzó un gruñido de sorpresa. Cayó
hacia Horza y retorció el cuerpo. El cambiante pudo sentir cómo el peso que le
aprisionaba disminuía bruscamente, y logró apartarse de la trayectoria seguida por el
joven mientras este intentaba rodar sobre sí mismo. Horza rodó en dirección opuesta,
y casi chocó con las piernas de los mercenarios que observaban la pelea. La cabeza
de Zallin se estrelló contra la cubierta. El golpe no fue demasiado fuerte, pero antes
de que el joven pudiera reaccionar, Horza ya estaba sobre su espalda rodeándole el
cuello con las manos y tirando de su cabeza hacia atrás. Dejó resbalar sus piernas por
los flancos de Zallin, montando a horcajadas sobre él, y lo inmovilizó.
Zallin se quedó muy quieto. Su garganta dejó escapar una especie de gorgoteo. Le
sobraban fuerzas para librarse del cambiante o rodar sobre sí mismo hasta quedar de
espaldas y aplastarle, pero antes de que pudiera hacer cualquiera de esas dos cosas un
leve gesto de las manos de Horza le habría roto el cuello.
Zallin alzó los ojos hacia Kraiklyn, quien estaba prácticamente enfrente de él.
Horza, cubierto de sudor y tragando aire con un jadeo espasmódico, también alzó la
cabeza hacia los oscuros ojos del hombre. Zallin intentó moverse. Horza tensó los
antebrazos y el joven volvió a quedarse muy quieto.
Todos estaban mirándole… Todos los mercenarios, piratas, bucaneros o como
quisieran llamarse. Permanecían inmóviles ante las dos paredes del hangar que
habían ocupado durante la pelea y miraban a Horza. Pero el único que le miraba a los
ojos era Kraiklyn.
—No tiene por qué ser a muerte —jadeó Horza. Bajó la vista durante una fracción
de segundo hacia los cabellos plateados que tenía delante, algunos de ellos pegados al
cuero cabelludo del chico por el sudor, y alzó nuevamente los ojos hacia Kraiklyn—.
He ganado. Puedes desembarcar al chico en vuestra próxima parada. O dejarme allí.
No quiero matarle.
Algo cálido y pegajoso estaba deslizándose sobre la cubierta junto a su pierna
derecha. Horza comprendió que era la sangre que brotaba de la herida de Zallin.
Kraiklyn estaba contemplándole con una expresión extrañamente distante. La pistola
láser que había enfundado emergió de su pistolera, y su mano izquierda la alzó
apuntando el cañón hacia el centro de la frente de Horza. El silencio del hangar le
permitió oír con toda claridad el chasquido y el zumbido a un metro escaso de su
cráneo: el hombre había accionado el control de encendido de la pistola.
—Entonces morirás —dijo Kraiklyn con voz átona y tranquila—. En esta nave no
hay sitio para alguien a quien no le gusta matar de vez en cuando.

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Horza fue siguiendo con la vista el cañón de la pistola láser y siguió levantando la
cabeza hasta que su mirada llegó a los ojos de Kraiklyn. El arma no se movió ni una
fracción de milímetro. Zallin dejó escapar un gemido.
El crujido resonó en el hangar metálico como si fuera un disparo. Horza abrió los
brazos sin apartar los ojos del rostro del jefe de los mercenarios. El fláccido cuerpo
de Zallin cayó como un fardo sobre la cubierta, igual que si se desmoronara bajo su
propio peso. Kraiklyn sonrió y enfundó el arma. El chasquido de la desconexión se
convirtió en un leve zumbido que no tardó en morir.
—Bienvenido a la Turbulencia en cielo despejado.
Kraiklyn suspiró y pasó por encima del cadáver de Zallin. Fue hacia el punto
central de un mamparo, abrió una puerta y cruzó el umbral.
Sus botas resonaron sobre un tramo de escalones. Casi todos los mercenarios le
siguieron.
—Bien hecho.
Horza seguía arrodillado y se volvió al oír las palabras. Era la mujer de la voz
hermosa, Yalson. Volvió a ofrecerle su mano, esta vez para ayudarle a levantarse.
Horza la aceptó con gratitud y se puso en pie.
—No ha sido ningún placer —le dijo. Se limpió el sudor de la frente con el
antebrazo y la miró a los ojos—. Dijiste que te llamabas Yalson, ¿no?
La mujer asintió.
—Y tú eres Horza.
—Hola, Yalson.
—Hola, Horza.
Le obsequió con una leve sonrisa. Horza descubrió que le gustaba su sonrisa.
Contempló el cadáver que yacía sobre la cubierta. La herida de la pierna ya no
sangraba.
—¿Qué hacemos con ese pobre bastardo? —preguntó.
—Lo mejor será tirarle por la escotilla —dijo Yalson.
Miró a las únicas personas que quedaban en el hangar aparte de ellos, tres machos
muy corpulentos cubiertos por una espesa capa de vello que vestían pantalones
cortos. Los tres se habían quedado junto a la puerta por la que se habían marchado los
demás y estaban contemplándole con expresiones de curiosidad. Los tres calzaban
botas bastante gruesas, como si hubieran empezado a ponerse el traje espacial y les
hubieran interrumpido en el mismo momento. Horza sintió deseos de reír, pero lo que
hizo fue sonreír y saludarles con la mano.
—Hola.
—Ah, esos son los Bratsilakin —dijo Yalson mientras los tres cuerpos peludos le
devolvían el saludo de forma no muy sincronizada agitando tres manos de un gris
oscuro—. Uno, Dos y Tres —siguió diciendo Yalson señalando con la cabeza a cada
uno por turno—. Debemos ser la única Compañía Libre con un grupo clónico que
sufre de psicosis paranoica.

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Horza la miró para ver si hablaba en serio y los tres humanos peludos fueron
hacia ellos.
—No creas ni una sola palabra de lo que dice —le aconsejó uno de ellos. Tenía
una voz muy suave que Horza encontró más bien sorprendente—. Nunca le hemos
gustado. Bueno, esperamos que estés de nuestro lado…
Seis ojos contemplaron a Horza con expresiones de preocupación. Horza hizo
cuanto pudo por sonreír.
—Podéis contar con ello —dijo.
Los tres le devolvieron la sonrisa, se miraron e intercambiaron asentimientos de
cabeza.
—Metamos a Zallin en un vactubo. Supongo que nos libraremos de él más tarde
—dijo Yalson volviéndose hacia el trío velludo.
Fue hacia el cadáver y dos Bratsilakin la siguieron. Entre los tres llevaron el
fláccido cuerpo de Zallin hasta una zona de la cubierta del hangar de la que quitaron
algunas planchas metálicas revelando una escotilla curva. Después metieron el cuerpo
en un espacio bastante angosto, cerraron la escotilla y volvieron a poner las planchas
en su sitio. El tercer Bratsilakin cogió un paño de un panel mural y limpió la sangre
que había caído sobre la cubierta. Después, el velludo grupo de clones fue hacia la
puerta y se alejó por las escaleras. Yalson miró a Horza y movió la cabeza señalando
a un lado.
—Ven conmigo —dijo—. Te enseñaré dónde puedes limpiarte.
Horza la siguió por la cubierta del hangar rumbo a la puerta. Yalson se volvió
hacia él mientras caminaban.
—El resto ha ido a comer. Si acabas a tiempo te veré en el comedor. Basta con
que te dejes guiar por tu nariz. De todas formas, tengo que cobrar mis ganancias.
—¿Tus ganancias? —preguntó Horza cuando llegaron al umbral.
Yalson puso la mano sobre lo que Horza supuso debían ser interruptores de la luz,
se volvió hacia él y le miró a los ojos.
—Claro —dijo, y pulsó uno de los interruptores sobre los que había puesto la
mano. La intensidad de las luces no varió, pero Horza sintió una vibración bajo sus
pies. Oyó un silbido y lo que parecía una bomba poniéndose en funcionamiento—.
Aposté por ti —dijo Yalson.
Se dio la vuelta y subió corriendo por la escalera que había más allá del umbral,
saltando los peldaños de dos en dos.
Horza contempló el hangar vacío y la siguió.

La Turbulencia en cielo despejado expulsó el fláccido cuerpo de Zallin unos


segundos antes de que la nave volviera al hiperespacio y sus tripulantes se sentaran a
la mesa. El hombre vivo dentro de un traje que habían encontrado fue sustituido por
un joven muerto que vestía pantalones cortos y una camiseta deshilachada, un

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cadáver que empezó a congelarse y dar vueltas lentamente sobre sí mismo mientras
un delgado cascarón de moléculas de aire se iba expandiendo a su alrededor como si
fuera una imagen de la vida que le había abandonado.

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4
El Templo de la Luz

La Turbulencia en cielo despejado se abrió paso por entre la sombra de una luna, dejó
atrás una superficie estéril puntuada de cráteres con su trayectoria subiendo y bajando
de nivel mientras salvaba la parte superior de un pozo gravitatorio, y acabó
descendiendo hacia un planeta azul verdoso cubierto de nubes. Apenas hubo pasado
junto a la luna, su curso empezó a curvarse y el morro de la nave espacial fue
alejándose del planeta para apuntar hacia el espacio. En el punto central de esa curva,
la Turbulencia en cielo despejado dejó libre su lanzadera, y esta se deslizó hacia el
nebuloso horizonte del planeta y el filo en movimiento de la oscuridad que iba
avanzando sobre la superficie del planeta como una capa negra.
Horza estaba sentado en esa lanzadera junto con la mayoría de la abigarrada
tripulación de la nave. Todos llevaban puesto su traje espacial y ocupaban angostos
bancos en el atestado compartimento de pasajeros de la lanzadera. La variedad de
trajes era asombrosa; hasta los tres Bratsilakin llevaban modelos ligeramente
distintos. El único ejemplo realmente moderno era el de Kraiklyn, el traje fabricado
en Rairch que le había quitado a Horza.
Todos iban armados, y su armamento era tan variado como sus trajes. La mayoría
llevaban láseres o, para ser más exactos, lo que la Cultura llamaba SAERC, Sistemas
de Armamentos Emisores de Radiación Coherente. Los mejores funcionaban usando
longitudes de ondas invisibles al ojo humano. Algunos contaban con cañones de
plasma o pistolas pesadas, y uno de los tripulantes poseía un microobús de aspecto
bastante eficiente, pero Horza solo tenía un rifle de proyectiles, que para colmo era
un modelo anticuado, tosco y de disparo bastante lento. El cambiante lo comprobó
por décima o undécima vez y volvió a maldecirlo. También maldijo el viejo traje
lleno de fugas que le habían dado; el visor estaba empezando a cubrirse de vaho.
Aquello no podía salir bien.
La lanzadera empezó a oscilar y vibrar. Acababa de entrar en contacto con la
atmósfera del planeta Marjoin, donde iban a atacar y robar los tesoros de algo
llamado el Templo de la Luz.

La Turbulencia en cielo despejado había necesitado quince días para cubrir los
aproximadamente veintiún años luz estándares que separaban el sistema de Sorpen
del de Marjoin. Kraiklyn alardeaba de que su nave podía alcanzar unas mil doscientas
veces la velocidad de la luz, pero afirmaba que velocidades de semejante magnitud
estaban reservadas para los casos de emergencia. Horza había estado inspeccionando
la vieja nave, y dudaba mucho de que pudiera alcanzar una velocidad de cuatro cifras

[Link] - Página 51
sin que los motores que creaban el campo distorsionador esparcieran la nave y todo
cuanto contenía por los cielos.
La Turbulencia en cielo despejado era una venerable nave de asalto blindada
construida en Hron durante el reinado de una de las últimas dinastías de su declive, y
había sido concebida buscando más la resistencia y la fiabilidad que la sofisticación y
los alardes técnicos. Dado el nivel de capacidad de su tripulación, Horza opinaba que
eso era una suerte. La nave medía unos cien metros de largo, veinte de ancho y
quince de altura, con una cola de diez metros situada sobre la parte posterior del
casco. A cada lado del casco asomaban los promontorios de las unidades de campo,
que parecían pequeñas versiones del casco propiamente dicho. Los promontorios
nacían justo detrás del morro y se extendían a lo largo de toda la nave, con muñones
de alas en el centro y unas delgadas columnas voladizas conectando las estructuras al
casco. La Turbulencia en cielo despejado tenía contornos aerodinámicos y estaba
equipada con motores de fusión en la cola, así como con un pequeño propulsor
situado en la proa que servía para desplazarse por las atmósferas y los pozos
gravitatorios. Horza opinaba que en cuanto a comodidades y alojamientos de la
tripulación dejaba mucho que desear.
Le habían asignado el catre ocupado por el difunto Zallin y compartía un cubo de
dos metros —designado mediante el eufemismo de «camarote»— con Wubslin, el
mecánico de la nave. Wubslin se otorgaba el título de ingeniero, pero después de unos
cuantos minutos de conversación en los que intentó sonsacarle detalles técnicos sobre
la Turbulencia en cielo despejado, Horza se dio cuenta de que aquel hombretón
corpulento de piel blanquecina sabía muy poco sobre los sistemas más complejos de
la nave. Wubslin no era un tipo desagradable, no olía y se pasaba la mayor parte del
tiempo durmiendo, por lo que Horza suponía que la situación podría haber sido
mucho peor.
La nave albergaba a dieciocho personas repartidas en nueve camarotes. El
hombre, naturalmente, disponía de todo un camarote para él solo, y los Bratsilakin
compartían un recinto de atmósfera más bien pestilente. Los Bratsilakin preferían que
su puerta estuviese abierta; el resto de la tripulación prefería cerrarla de un manotazo
cuando pasaba junto a ella. Horza se llevó una decepción al descubrir que solo había
cuatro mujeres a bordo. Dos de ellas apenas si salían de su camarote, y se
comunicaban con los demás mediante signos y gestos. La tercera era una fanática
religiosa que repartía su tiempo libre entre los intentos de convertirle a algo llamado
el Círculo de Llamas y el atrincherarse tras la puerta del camarote que compartía con
Yalson devorando cerebro-cintas de fantasía. Yalson parecía ser la única hembra
normal a bordo, pero a Horza le resultaba bastante difícil pensar en ella como mujer.
Aun así, fue quien se tomó la molestia de presentarle a los demás y contarle lo que
necesitaba saber sobre la nave y su tripulación.
Horza se aseó en uno de los puntos de lavado de la nave —unos recintos que
parecían ataúdes—, y cuando hubo terminado siguió la sugerencia de Yalson y dejó

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que su nariz le guiara hasta el comedor, donde fue más o menos ignorado pero acabó
encontrándose ante un plato con comida. Kraiklyn le lanzó una rápida mirada
mientras se sentaba entre Wubslin y un Bratsilakin, apartó los ojos de él y siguió
hablando sobre armas, blindajes y tácticas sin prestarle ni la más mínima atención.
Después de comer, Wubslin le acompañó hasta su camarote y se marchó. Horza quitó
los trastos que cubrían el catre de Zallin, cubrió su dolorido y cansado cuerpo de
anciano con unas sábanas medio rotas y se sumió en un profundo sueño.
Cuando despertó recogió los escasos objetos personales de Zallin. Era patético. El
joven muerto había poseído unas cuantas camisetas, algunos pantalones cortos, un par
de faldellines, una espada oxidada, una colección de dagas baratas con fundas tirando
a maltrechas y unos cuantos libros de plástico de gran tamaño para microlector con
imágenes en movimiento que repetían incansablemente escenas de viejas guerras
mientras se los mantuviera abiertos. Eso era todo. Horza decidió conservar el traje del
joven, aunque le quedaba demasiado grande y no era ajustable, y el viejo rifle de
proyectiles que Zallin no había cuidado con demasiada devoción.
Envolvió todo lo demás en una de las sábanas más destrozadas y lo llevó al
hangar. Todo estaba igual que cuando se había marchado de allí. Nadie se había
molestado en mover la lanzadera devolviéndola a su posición original. Yalson estaba
ejercitándose desnuda hasta la cintura. Horza se quedó inmóvil en el umbral al final
de las escaleras viendo cómo la mujer pasaba de un ejercicio a otro. Yalson saltaba y
giraba sobre sí misma, daba volteretas y saltos mortales, hendía el aire con patadas y
puñetazos y acompañaba cada movimiento con leves gruñidos. Cuando vio a Horza
se quedó quieta.
—Bienvenido. —Yalson se agachó a recoger la toalla que había dejado sobre la
cubierta y empezó a frotarse el pecho y los brazos. Una capa de sudor hacía brillar el
vello dorado que cubría su piel—. Creía que habías cascado.
—¿He dormido mucho rato? —preguntó Horza.
No tenía ni idea de qué sistema temporal se usaba a bordo de la nave.
—Dos días estándar. —Yalson pasó la toalla por su erizada cabellera y acabó
colocándosela sobre los hombros—. De todas formas, tienes mejor aspecto.
—Me siento mejor —dijo Horza.
Aún no se había contemplado en un espejo o un inversor, pero sabía que su
cuerpo estaba empezando a volver a la normalidad y que no tardaría en perder la
apariencia de anciano que había asumido.
—¿Las cosas de Zallin?
Yalson movió la cabeza señalando el bulto que Horza sostenía en sus manos.
—Sí.
—Te enseñaré cómo funcionan los vactubos. Probablemente lo echaremos al
espacio cuando salgamos del campo.
Yalson quitó un par de planchas y abrió la escotilla del tubo que había debajo,
Horza dejó caer las cosas de Zallin dentro del cilindro y Yalson cerró la escotilla. El

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cambiante captó el olor de su cuerpo recalentado y cubierto de transpiración y
descubrió que le gustaba, pero en la actitud de Yalson no había nada indicador de que
pudieran llegar a ser algo más que amigos. Bueno, mientras estuviera a bordo de esta
nave se conformaría con la amistad. No cabía duda de que necesitaba alguien a quien
llamar amigo.
Después fueron al comedor a tomar un bocado. Horza estaba hambriento. Su
cuerpo exigía comida para reconstruirse y añadir un poco más de carne a la delgada y
frágil silueta que había asumido cuando adoptó la identidad del ministro de
Ultramundo de la Gerontocracia de Sorpen.
«Al menos la autococina funciona y el campo antigravitatorio parece bastante
regular», pensó Horza. Los camarotes atestados, la comida podrida y un campo
gravitatorio errático o mal ajustado siempre le habían horrorizado.

—Zallin no tenía amigos —dijo Yalson meneando la cabeza mientras se metía algo
de comida en la boca.
Estaban sentados juntos en el comedor. Horza quería saber si existía algún
tripulante que pudiera sentir deseos de vengar al joven.
—Pobre bastardo… —repitió Horza.
Dejó su cuchara sobre la mesa y sus ojos se clavaron en el otro extremo de aquel
pequeño recinto de techo muy bajo destinado a comedor, perdiéndose en la nada
durante un segundo. Volvió a sentir en sus manos la vibración veloz e irrevocable de
aquel hueso partiéndose, y el ojo de su mente vio romperse la columna vertebral, el
desplomarse sobre sí misma de la tráquea y las arterias que se comprimían acabando
con la vida del joven como si alguien hubiera hecho girar un dial. Meneó la cabeza.
—¿De dónde era?
—¿Quién sabe? —Yalson se encogió de hombros. Se dio cuenta de la expresión
que había en el rostro de Horza y, entre masticación y masticación, añadió—: Él te
habría matado, ¿comprendes? Está muerto. Olvídale. Sí, claro, ya sé que resulta muy
duro pero… De todas formas, era un tipo bastante aburrido.
Tragó otro bocado de comida.
—Me preguntaba si había alguien a quien debiera enviarle alguno de sus objetos
personales. Amigos, relaciones o…
—Mira, Horza —dijo Yalson volviéndose hacia él—, cuando subes a esta nave
dejas de tener un pasado. Preguntarle a alguien de dónde viene o lo que hizo con su
vida antes de unirse a esta tripulación se considera una falta de educación muy grave.
Puede que todos tengamos algunos secretos o quizá sea que no queremos hablar o
pensar en ciertas cosas que hemos hecho, o algunas de las cosas que nos han hecho…
Tanto da. No intentes averiguar nada sobre nadie. En esta nave solo hay un sitio
donde puedas gozar de cierta intimidad, y se encuentra entre tus orejas, así que
intenta sacarle el máximo provecho. Si vives el tiempo suficiente puede que alguien

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quiera contarte todos sus secretos y problemas, probablemente cuando haya bebido
demasiado, pero cuando llegue ese momento quizá no tengas demasiadas ganas de
escucharle. Mi consejo es que te olvides de eso por ahora. —El cambiante abrió la
boca para decir algo, pero Yalson se le adelantó—. Te contaré todo lo que sé y así te
ahorrarás el esfuerzo de preguntarlo. —Dejó la cuchara sobre la mesa, se limpió los
labios con un dedo y giró en su asiento hasta quedar de cara a él. Alzó una mano. El
vello de sus antebrazos y el dorso de sus manos hacía que su piel morena pareciera
estar rodeada por una aureola dorada. Estiró un dedo—. Uno, la nave. Lleva
centenares de años por el espacio y la fabricaron en Hron. Ha tenido por lo menos
una docena de propietarios, y ninguno la ha cuidado demasiado. El láser de proa no
funciona porque nos lo cargamos intentando alterar la longitud de onda. Dos… —
Estiró otro dedo—. Kraiklyn ha poseído esta nave desde que le conocemos. Dice que
la ganó en una partida de daño no se sabe dónde justo antes de la guerra. Sé que
juega, pero no sé si es bueno o no. No importa, supongo que eso es asunto suyo…
Oficialmente se nos conoce como la CLK, la Compañía Libre de Kraiklyn, y él es el
jefe. Es un líder bastante bueno y cuando las cosas se ponen duras no le importa
arriesgar el pellejo con los demás. Siempre va delante, y según mis reglas eso le
convierte en un buen tipo. Su truco es que nunca duerme. Tiene un…, ah…, una… —
Yalson frunció el ceño en un obvio esfuerzo para dar con las palabras adecuadas—.
Una división de tareas hemisférica cerebral aumentada. Una mitad duerme una
tercera parte del tiempo y entonces se le nota un poco soñoliento y no muy despejado;
después la otra mitad duerme su tercera parte del tiempo, y entonces es todo lógica y
números y no puede comunicarse demasiado bien. En cuanto al tercio de tiempo
restante lo reserva para cuando está en acción o cuando hay alguna emergencia, y
entonces los dos lados están despiertos y funcionando. Eso hace que no exista forma
alguna de pillarle desprevenido roncando en su catre.
—Clones paranoicos y un hombre con un sistema de turnos craneales… —Horza
meneó la cabeza—. De acuerdo, sigue.
—Tres, no somos mercenarios —dijo Yalson—. Somos una Compañía Libre. La
verdad es que somos unos meros piratas, pero si ese es el nombre que Kraiklyn quiere
darnos, eso es lo que somos. En teoría cualquiera puede unirse a nosotros siempre
que coma la comida y respire el aire de la nave, pero en la práctica Kraiklyn se
muestra un poquito más selectivo, y apuesto a que le gustaría poder serlo todavía
más. Tanto da… Hemos cumplido unos cuantos contratos, casi todos de protección, y
hemos hecho un par de escoltas a lugares del tercer nivel que se han encontrado
atrapados en plena guerra, pero nuestra ocupación principal es atacar y robar allí
donde suponemos que la confusión creada por la guerra hace probable que no
tengamos problemas con la ley. Eso es lo que vamos a hacer en el sitio adónde
vamos. Kraiklyn oyó hablar de un lugar llamado el Templo de la Luz que se
encuentra en un planeta perdido casi-nivel-tres y piensa que será fácil entrar y será
fácil salir…, por usar una de sus frases favoritas. Según él, ese templo está repleto de

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sacerdotes y tesoros. Mataremos a los sacerdotes y nos llevaremos los tesoros.
Después nos dirigiremos hacia el orbital Vavatch antes de que la Cultura dé la alarma
y compraremos algo con que sustituir nuestro láser de proa. Supongo que los precios
deben estar bastante bajos. Si nos quedamos por allí el tiempo suficiente, es probable
que acaben dándonos lo que queremos sin pedir nada a cambio…
—¿Qué está ocurriendo en Vavatch? —preguntó Horza.
Aquello era algo nuevo para él. Sabía que el gran orbital se encontraba en la zona
de guerra, pero creía que el ser propiedad de un grupo de grandes corporaciones
serviría para mantenerlo fuera de la línea de fuego.
—¿Es que tus amigos idiranos no te lo han explicado? —Yalson bajó la mano que
había utilizado para ir contando—. Bueno… —dijo al ver que Horza se limitaba a
encogerse de hombros—. Como probablemente sabes, los idiranos están avanzando
por todo el flanco interno del Golfo, el Acantilado Resplandeciente. La Cultura
parece estar dispuesta a plantarles cara, aunque solo sea para variar, o por lo menos
da la impresión de hacer preparativos en ese sentido. Al principio parecía que
acabarían llegando a uno de sus acuerdos habituales y Vavatch sería considerado
territorio neutral. Esa manía religiosa centrada en los planetas que tienen los idiranos
hacía que no estuvieran demasiado interesados en el O siempre que la Cultura no
intentara utilizarlo como base, y la Cultura prometió que no lo haría. Mierda, con esas
UGC tan jodidamente grandes que han empezado a construir últimamente no
necesitan bases en orbitales, anillos, planetas ni nada semejante… Bueno, el caso es
que todo Vavatch pensaba que la cosa acabaría yendo sobre ruedas, muchas gracias, y
hasta debían imaginarse que ese tiroteo galáctico a su alrededor les permitiría hacer
grandes negocios… Pero de repente los idiranos anunciaron que iban a tomar el
control de Vavatch, aunque solo de forma nominal; no habría presencia militar. La
Cultura dijo que no pensaba consentirlo, los dos bandos se negaron a abandonar sus
preciosos principios, y la Cultura dijo: «De acuerdo, si no os echáis atrás volaremos
el orbital antes de que lleguéis allí». Y eso es lo que está ocurriendo. La Cultura
piensa evacuar todo el maldito O y volarlo en pedazos antes de que las flotas de
combate idiranas hayan tenido tiempo de llegar allí.
—¿Piensan evacuar un orbital? —preguntó Horza.
Era la primera noticia que tenía al respecto. Los idiranos no habían hecho una
sola referencia al orbital Vavatch en ninguna de las reuniones que mantuvieron con
él, e incluso cuando adoptó la personalidad de Egratin, ministro de Ultramundo, la
mayoría de noticias que le llegaban del exterior eran meros rumores. Cualquier idiota
podía darse cuenta de que el volumen de espacio alrededor del Golfo Sombrío iba a
convertirse en un campo de batalla que mediría centenares de años luz de longitud,
otros tantos de altura y varias décadas de profundidad, pero Horza no había logrado
averiguar qué estaba ocurriendo realmente. No cabía duda de que el ritmo de la
guerra había cambiado para volverse todavía más frenético, pero aun así solo un
lunático podía concebir la idea de evacuar a todos los habitantes de un orbital.

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Pero Yalson asintió.
—Eso es lo que dicen. No me preguntes de dónde sacarán las naves para
semejante evacuación, pero eso es lo que dicen que harán.
—Están locos.
Horza meneó la cabeza.
—Sí, bueno… Creo que eso ya quedó demostrado cuando decidieron ir a la
guerra.
—Cierto. Lo siento. Sigue —dijo Horza moviendo una mano.
—He olvidado lo que iba a decir. —Yalson sonrió, contempló los tres dedos que
había extendido como si pudieran darle alguna pista al respecto y acabó alzando los
ojos hacia Horza—. Bien, creo que eso es todo, más o menos… Mi consejo es que
mantengas la cabeza agachada y no abras la boca hasta que lleguemos a Marjoin y a
ese templo, y ahora que lo pienso bien… Bueno, una vez hayamos llegado allí sigue
con la cabeza agachada. —Se rio, y Horza se encontró riendo con ella. Yalson asintió
y cogió la cuchara que había dejado sobre la mesa—. Si sales bien librado de él,
haber compartido un tiroteo con la tripulación hará que todo el mundo se sienta más
dispuesto a aceptarte. No importa lo que hayas hecho en el pasado, y lo de Zallin
tampoco cuenta; por ahora eres el bebé de la nave.
Horza la contempló con expresión dubitativa mientras pensaba en lo peligroso
que podía ser atacar cualquier sitio —incluso un templo que carecía de sistemas
defensivos— con un traje de segunda mano y un rifle de proyectiles en el que no se
podía confiar.
—Bueno —suspiró metiendo la cuchara en el plato—, mientras no se os ocurra
volver a hacer apuestas sobre de qué lado caeré…
Yalson le contempló en silencio durante un segundo, sonrió y volvió a concentrar
su atención en la comida.

Pese a lo que le había dicho Yalson, el hombre demostró que deseaba averiguar algo
más sobre el pasado de Horza. Kraiklyn le invitó a su camarote. El cubículo estaba
limpio y ordenado, con todos los objetos guardados, asegurados con redes o
atornillados, y el aire olía agradablemente a frescura y limpieza. El suelo estaba
cubierto con una alfombra de absorción e hileras de libros ocultaban toda una pared.
Un modelo de la Turbulencia en cielo despejado colgaba del techo, y un rifle láser de
considerable tamaño adornaba otra pared. El arma parecía un modelo de gran
potencia: la mochila de la batería era muy voluminosa y el cañón terminaba en un
divisor de rayo. Las suaves luces del camarote hacían que el metal reluciera como si
estuviese recién limpiado.
—Siéntate —dijo Kraiklyn, señalando una silla mientras manipulaba el control de
la cama para convertirla en un sofá y se dejaba caer en él.

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El hombre alargó la mano hacia un estante que había a su espalda y cogió dos
esnifrascos. Ofreció uno a Horza, quien lo aceptó y rompió el sello. El capitán de la
Turbulencia en cielo despejado aspiró una honda bocanada de los vapores aromáticos
que brotaron de su recipiente y tomó un sorbo del líquido. Horza le imitó. Reconoció
la sustancia, pero no logró recordar su nombre. Era una de esas que podías inhalar
para colocarte o beber limitándote a alcanzar un agradable estado de sociabilidad; los
ingredientes activos solo subsistían unos minutos a temperatura corporal, y la
mayoría de conductos digestivos humanoides acababan disgregándolos en vez de
absorberlos.
—Gracias —dijo Horza.
—Bueno, tienes mucho mejor aspecto que cuando te metimos en la nave —dijo
Kraiklyn contemplando el pecho y los brazos de Horza.
Cuatro días de reposo y buena alimentación habían hecho que el cambiante
recuperara casi plenamente su aspecto normal. Su tronco y sus miembros habían ido
acumulando carne hasta aproximarse bastante a su apariencia musculosa habitual, y
su estómago no había aumentado. Su piel se había tensado cobrando un lustre entre
marrón y dorado, y su rostro parecía más firme y, aun así, más flexible. Las raíces del
cabello que le estaba saliendo eran de color oscuro; Horza ya había cortado los ralos
mechones blanco amarillentos del Gerontócrata. Sus dientes venenosos también se
estaban regenerando, pero harían falta unos veinte días más antes de que le fuera
posible volver a utilizarlos.
—También me siento mucho mejor.
—Hmmm… Lo de Zallin fue una lástima, pero estoy seguro de que comprendes
mi posición, ¿verdad?
—Claro. Me alegra que me dieras una oportunidad. Algunas personas habrían
acabado conmigo y me habrían echado al espacio.
—La idea pasó por mi mente —dijo Kraiklyn mientras jugueteaba con el
esnifrasco—, pero tuve la sensación de que había algo de verdad en tus afirmaciones.
No es que creyera todo eso de la droga para envejecer y los idiranos, pero pensé que
quizá supieras luchar. Aun así, creo que tuviste mucha suerte, ¿eh? —Sonrió y Horza
le devolvió la sonrisa. Kraiklyn alzó los ojos hacia los libros que ocupaban toda la
pared opuesta—. De todas formas, Zallin era una especie de peso muerto. Me
comprendes, ¿verdad? —Sus ojos volvieron a posarse en el rostro de Horza—. Ese
chaval apenas si sabía con qué extremo de su rifle debía apuntar… Estaba pensando
en dejarle tirado cuando llegáramos a nuestra siguiente parada.
Kraiklyn aspiró otra bocanada de vapores.
—Bueno vuelvo a decirte lo de antes… Gracias.
Horza estaba llegando a la decisión de que su primera impresión sobre Kraiklyn
—que el hombre era un mierda— había sido más o menos correcta. Si pensaba
librarse de Zallin, no había ninguna razón para que la pelea fuese a muerte. Horza o
Zallin podían haberse alojado en el hangar o en la lanzadera. Desde luego, una

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persona más no habría hecho que los recintos de la Turbulencia en cielo despejado
estuvieran más despejados durante el tiempo que se tardaba en llegar a Marjoin, pero
el trayecto no era tan largo, y no se habrían quedado cortos de aire ni nada parecido.
Kraiklyn quería un espectáculo, así de simple.
—Te estoy muy agradecido —dijo Horza.
Alzó el esnifrasco ante el rostro del capitán antes de hacer otra breve inhalación y
observó atentamente su expresión.
—Bueno cuéntame qué tal es trabajar para esos tipos con tres piernas —dijo
Kraiklyn, sonriendo y apoyando un brazo en el estante que había junto a su sofá-
cama. Enarcó las cejas—. ¿Hmmm?
«Ajá», pensó Horza.
—No tuve mucho tiempo para descubrirlo —dijo Horza—. Hace cinco días aún
era capitán de los marines de Sladden. Supongo que no habrás oído hablar de eso,
¿verdad? —Kraiklyn meneó la cabeza. Horza se había pasado los dos últimos días
trabajando en su historia, y sabía que si Kraiklyn se tomaba la molestia de hacer
algunas comprobaciones, descubriría que existía un planeta con ese nombre, que sus
habitantes eran básicamente humanoides y que habían caído recientemente bajo la
soberanía idirana—. Bueno, los idiranos iban a ejecutarnos porque seguimos
combatiendo después de la rendición, pero me sacaron de la celda y me dijeron que si
hacía un trabajito para ellos, podría seguir vivo. Dijeron que me parecía mucho a un
viejo al que deseaban tener de su lado. Si le eliminaban, ¿sería capaz de fingir que era
él? «Qué diablos», pensé yo. «¿Qué puedo perder?». Tomé la droga y acabé en
Sorpen fingiendo ser un ministro del gobierno. Todo fue bastante bien hasta que
apareció esa mujer de la Cultura que me dejó con el culo al aire y casi consiguió que
me mataran. Se disponían a acabar conmigo cuando apareció un crucero idirano que
venía a capturarla. Me rescataron, la hicieron prisionera y volvíamos a reunirnos con
la flota cuando fuimos atacados por una UGC. Me metieron en ese traje y me
lanzaron por la escotilla para que esperase la llegada de la flota.
Horza tenía la esperanza de que su historia no sonase demasiado ensayada.
Kraiklyn clavó los ojos en el esnifrasco y frunció el ceño.
—He estado haciéndome algunas preguntas sobre eso… —Miro a Horza—. ¿Qué
razones podía tener ese crucero para actuar en solitario con toda una flota detrás?
Horza se encogió de hombros.
—La verdad es que no tengo ni idea. Apenas si tuvieron tiempo de hablar
conmigo antes de que la UGC surgiera de la nada. Supongo que debían de tener
muchas ganas de echarle el guante a esa mujer de la Cultura, y pensaron que si
esperaban la llegada de la flota, la UGC la localizaría y saldría huyendo con ella.
Kraiklyn asintió con expresión pensativa.
—Hmmm… Sí, debían de tener muchas ganas de echarle el guante. ¿Llegaste a
verla?
—Oh, sí, desde luego. Antes de que me delatara y después.

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—¿Qué aspecto tenía?
Kraiklyn frunció el ceño y volvió a juguetear con su esnifrasco.
—Alta, delgada, bastante guapa pero también bastante desagradable. Demasiado
condenadamente lista para mi gusto… Bastante parecida a todas las mujeres de la
Cultura que he conocido. Lo que quiero decir es… Todas son distintas, ya sabes, pero
ella no tenía nada raro que la hubiera hecho destacar.
—Dicen que algunos de esos agentes de la Cultura son gente muy especial. Se
supone que son capaces de… Saben hacer trucos, ¿entiendes? Toda clase de
adaptaciones especiales, una química corporal de lo más rara… ¿Hizo algo especial
de lo que llegaras a enterarte?
Horza meneó la cabeza preguntándose adónde querría ir a parar con todo aquello.
—No que yo sepa —dijo.
Una química corporal de lo más rara, había dicho Kraiklyn. ¿Estaría empezando a
sospechar? ¿Pensaba que Horza era un agente de la Cultura…, o un cambiante?
Kraiklyn seguía con los ojos clavados en su esnifrasco.
—Esas mujeres de la Cultura… —dijo asintiendo con la cabeza—. Son las únicas
con las que me gustaría tener alguna clase de relación. Dicen que están llenas de…
alteraciones, ¿entiendes? —Kraiklyn miró a Horza y le guiñó un ojo mientras tomaba
otra inhalación de la droga—. Los hombres tienen pelotas especiales entre las
piernas, ¿no? Una especie de mecanismo recirculante… Y las mujeres también tienen
algo similar; se supone que son capaces de joder durante horas y horas… Bueno, por
lo menos durante minutos…
Los ojos de Kraiklyn se habían vuelto ligeramente vidriosos y su voz acabó
desvaneciéndose en el silencio. Horza intentó no dejar traslucir el desprecio que
sentía. «Ya volvemos a empezar», pensó. Intentó contar el número de veces en que
había tenido que escuchar cómo alguien —normalmente gente de sociedades situadas
en el tercer nivel o el estrato más bajo del cuarto, normalmente bastante cercanas al
tipo humanoide básico y, casi siempre, del sexo masculino— hablaba en voz baja con
una envidiosa admiración de lo Mucho Más Divertida que es la Cultura. En cuanto a
esta, prefería mostrarse perversamente púdica —aunque solo fuese por una vez—, y
tendía a minimizar la importancia que esos genitales alterados jugaban en la herencia
de quienes habían nacido dentro de ella.
Naturalmente, esa modestia solo servía para aumentar el interés de quienes no
pertenecían a la Cultura, y cuando se topaba con humanos que exhibían esa especie
de respeto temeroso ante la sexualidad cuasitecnológica que la Cultura engendraba
con tanta frecuencia, Horza siempre tenía que luchar contra la tentación de enfadarse.
Viniendo de Kraiklyn, aquello no le sorprendió ni pizca. Se preguntó si el hombre se
habría sometido a alguna operación de cirugía barata al estilo Cultura. Era algo
bastante común, y también resultaba bastante peligroso. Esas alteraciones solían ser
meros trabajos de fontanería, especialmente en el caso de los varones, y quienes las
llevaban a cabo no hacían ni el más mínimo intento de mejorar el corazón y el resto

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del sistema circulatorio —por lo menos— para que pudiera vérselas con el aumento
de esfuerzo. (En la Cultura, naturalmente, ese tipo de capacidades formaban parte del
genotipo fijo). El resultado habitual de imitar aquel síntoma propio de la Cultura era,
literalmente, un corazón destrozado. «Supongo que ahora oiremos hablar de esas
maravillosas glándulas que fabrican drogas», pensó Horza.
—Sí, y también tienen esas glándulas de drogas —siguió diciendo Kraiklyn, con
los ojos vidriosos y asintiendo para sí mismo—. Se supone que son capaces de
atizarse una dosis de casi cualquier cosa cuando les dé la gana. —Kraiklyn acarició el
esnifrasco que sostenía entre los dedos—. Ya sabes lo que cuentan, ¿no? Eso de que
no puedes violar a una mujer de la Cultura… —No parecía esperar ninguna
respuesta. Horza guardó silencio. Kraiklyn volvió a asentir con la cabeza—. Sí, no
cabe duda de que esas mujeres tienen mucha clase… No son como la mierda que hay
a bordo de esta nave. —Se encogió de hombros y tomó otra inhalación del esnifrasco
—. Aun así…
Horza carraspeó para aclararse la garganta y se inclinó hacia adelante sin mirar a
Kraiklyn.
—De todas formas está muerta —dijo alzando los ojos.
—¿Hmmm? —exclamó Kraiklyn con expresión ausente lanzándole una mirada al
cambiante.
—La mujer de la Cultura —dijo Horza—. Está muerta.
—Oh, sí. —Kraiklyn asintió y carraspeó—. Bueno, ¿qué quieres hacer? Espero
que nos acompañes en lo del templo. Creo que nos debes ese favor a cambio del
viaje, ¿no?
—Oh, sí, no te preocupes por eso —dijo Horza.
—Estupendo. Después de eso…, ya veremos. Si te adaptas podrás quedarte; si no,
te dejaremos donde quieras…, dentro de unos límites razonables, como suele decirse.
Esta operación no debería darnos ninguna clase de problemas: entrada fácil, salida
fácil. —Kraiklyn movió la mano en una lenta curva hacia abajo, como si esta fuera el
modelo de la Turbulencia en cielo despejado que colgaba sobre la cabeza de Horza
—. Después iremos a Vavatch. —Aspiró otra bocanada de vapores del esnifrasco—.
Supongo que no sabes jugar al daño, ¿hmmm?
Dejó el esnifrasco sobre el estante y Horza contempló aquellos ojos de animal de
presa a través de las hilachas de niebla que brotaban del recipiente. Meneó la cabeza.
—No es uno de mis vicios. La verdad es que nunca he tenido ocasión de aprender
cómo se juega.
—Ya, claro, me lo imagino. Es el único juego que merece la pena. —Kraiklyn
asintió con la cabeza—. Aparte de esto… —Sonrió y miró a su alrededor. Estaba
claro que se refería a la nave, la tripulación y lo que hacían—. Bueno —dijo Kraiklyn
sonriendo e irguiéndose en el sofá—, creo que ya te he dado la bienvenida a bordo,
pero de todas formas… Bienvenido a bordo. —Se inclinó hacia adelante y le dio una
palmadita en el hombro—. Siempre que recuerdes quién es el jefe, ¿eh?

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Le obsequió con una gran sonrisa.
—La nave es tuya —dijo Horza.
Apuró el contenido del esnifrasco, y lo puso en un estante junto a un holocubo
que mostraba a Kraiklyn vestido con su traje negro empuñando el mismo rifle láser
que colgaba de la pared.
—Creo que nos llevaremos estupendamente, Horza. Tienes que entrenarte un
poco y familiarizarte con los demás, y luego le daremos una buena paliza a esos
monjes. ¿Qué dices?
El hombre volvió a guiñarle el ojo.
—Puedes apostar a que sí —replicó Horza.
Se puso en pie y sonrió.
Kraiklyn le abrió la puerta para que saliera del camarote.
«Y mi próximo truco será…», pensó Horza tan pronto como estuvo fuera del
camarote y se encontró caminando por el pasillo rumbo a la cocina, «¡adoptar la
personalidad del capitán Kraiklyn!».

Durante los días siguientes Horza llegó a conocer bastante bien al resto de la
tripulación. Habló con los que querían hablar, y observó o se dedicó a aguzar el oído
para enterarse de algunas cosas sobre los que no tenían ganas de charla. Yalson
seguía siendo su única amiga, pero se llevaba bastante bien con Wubslin, su
compañero de camarote, aunque el corpulento ingeniero era un tipo callado y cuando
no estaba comiendo o trabajando solía pasarse casi todo el tiempo dormido. Los
Bratsilakin parecían haber decidido que Horza probablemente no estaba contra ellos,
pero daban la impresión de reservarse su opinión sobre si estaba a favor hasta que
llegaran a Marjoin y al Templo de la Luz.
La fanática religiosa que compartía el camarote con Yalson se llamaba Dorolow.
Era más bien regordeta, de tez clara y cabellos rubios, y sus enormes orejas se
curvaban hacia abajo hasta rozarle las mejillas. Hablaba con una voz muy aguda
parecida a un graznido que, según ella, apenas si era audible, y le lloraban mucho los
ojos. Sus movimientos eran tan nerviosos como los de un pájaro asustado.
El más viejo de la Compañía era Aviger, un hombrecillo curtido por los años y la
vida al aire libre de piel morena y escasa cabellera. Aviger era capaz de ejecutar
prodigios de flexibilidad con sus brazos y sus piernas, cosas como ponerse las manos
detrás de la espalda y pasarlas por encima de su cabeza sin separar los dedos.
Compartía un camarote con un hombre llamado Jandraligeli, un mondliciano alto y
delgado de mediana edad que lucía las cicatrices rituales en la frente típicas de su
mundo natal con orgullo y contemplaba con una mirada de inmutable desprecio a
todos los que le rodeaban. El mondliciano ignoraba concienzudamente a Horza, pero
Yalson le dijo que siempre hacía lo mismo con cada recluta nuevo. Jandraligeli

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pasaba mucho rato ocupándose de su traje, un modelo viejo pero bien cuidado, y
haciendo que su rifle láser estuviera limpio y reluciente.
Gow y kee-Alsorofus eran las dos mujeres que apenas si se relacionaban con
nadie y se suponía que cuando estaban solas dentro de su camarote «hacían cosas», lo
cual parecía irritar considerablemente a los varones menos tolerantes de la
Compañía…, es decir, a la mayoría de ellos. Las dos mujeres eran bastante jóvenes y
apenas si hablaban el marain. Horza pensaba que quizá eso era lo que las mantenía
tan aisladas, pero acabó descubriendo que las dos eran bastante tímidas. Eran de talla
media y peso medio, y tenían la piel grisácea y rasgos muy pronunciados, con ojos
que parecían lagos negros. Horza pensaba que quizá fuera una suerte que no mirasen
nunca a la cara de los demás; con semejantes ojos una mirada suya podía resultar una
experiencia de lo más inquietante.
Mipp era un hombretón gordo y sombrío con la piel negra como el azabache.
Podía pilotar la nave manualmente cuando Kraiklyn no estaba a bordo y la Compañía
necesitaba apoyo aéreo, o podía sentarse ante los controles de la lanzadera. Se
suponía que también era bueno con el cañón de plasma o el rifle de proyectiles
rápidos, pero tenía cierta propensión a las rabietas y solía acabar en un peligroso
estado de embriaguez provocada por toda una variedad de líquidos ponzoñosos que
obtenía de la autococina. Horza le oyó vomitar en una o dos ocasiones. Mipp
compartía un camarote con otro borracho llamado Neisin que era bastante más
sociable y se pasaba la vida cantando. Neisin tenía algo terrible que olvidar —o se
había convencido a sí mismo de ello—, y aunque bebía de una forma más abundante
y regular que Mipp, algunas de sus peores borracheras terminaban sumiéndole en el
silencio y en terribles ataques de llanto. Neisin era bajito y flaco, y Horza se
preguntaba dónde debía de guardar toda la bebida que consumía, y cómo era posible
que aquella cabeza compacta de cráneo rasurado pudiera contener tal cantidad de
lágrimas. Quizá hubiera sufrido alguna especie de corto circuito entre su garganta y
sus conductos lagrimales…
Tzbalik Odraye era el genio informático de la nave. En teoría, entre él y Mipp
podían anular la pauta de órdenes y fidelidades que Kraiklyn había programado en el
ordenador no consciente de la Turbulencia en cielo despejado y largarse con la nave,
por lo que nunca se les permitía estar juntos a bordo cuando Kraiklyn no se hallaba
presente. De hecho, Odraye no estaba muy versado en ordenadores, cosa que Horza
descubrió mediante un interrogatorio bastante serio al que se las arregló para dar la
apariencia de una conversación casual. Aun así, Horza supuso que aquel hombre alto
y ligeramente jorobado de rostro larguirucho y tez amarillenta sabía lo suficiente para
vérselas con cualquier posible avería sufrida por el cerebro de la nave, el cual parecía
haber sido diseñado más con vistas a la durabilidad que a las finezas filosóficas.
Tzbalik Odraye compartía un camarote con Rava Gamdol, quien a juzgar por el vello
y el color de la piel parecía nativo del mismo planeta que Yalson, aunque lo negaba.
Yalson siempre se mostraba bastante vaga sobre el tema, y ninguno de los dos

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apreciaba mucho al otro. Rava también era un recluso; había cerrado el minúsculo
espacio que había alrededor de su litera con paneles y tenía instaladas allí dentro unas
cuantas luces y un ventilador. A veces se pasaba días enteros en su minicubículo,
entrando en él con un recipiente lleno de agua y emergiendo con el mismo recipiente
lleno de orina. Tzbalik Odraye hacía cuanto podía por ignorar a su compañero de
camarote, y siempre negaba vigorosamente que se dedicase a soplar el humo de la
pestilente hierba citreffesiana que fumaba por los agujeros de ventilación que
aireaban el diminuto cubículo de Rava.
El último camarote era compartido por Lenipobra y Lamm. Lenipobra era el
miembro más joven de la Compañía; un muchacho larguirucho y algo tartamudo con
una asombrosa melena pelirroja. Tenía un tatuaje en la lengua del que estaba muy
orgulloso, y aprovechaba cualquier ocasión para exhibirlo. El tatuaje representaba a
una mujer humana y era tan tosco como grosero. Lenipobra era lo más parecido a un
médico con que contaba la Turbulencia en cielo despejado, y rara vez se le veía sin
un pequeño libro-pantalla que contenía uno de los textos sobre medicina panhumana
más puestos al día. Lenipobra se lo enseñó con orgullo a Horza, incluyendo algunas
de las páginas móviles, una de las cuales mostraba con gran abundancia de vívidos
colores las técnicas básicas para tratar quemaduras. Lenipobra parecía considerar que
todo aquello era muy divertido. Horza hizo una anotación mental diciéndose que
debía hacer todo lo posible para salir ileso del Templo de la Luz. Lenipobra tenía los
brazos muy largos y flacos, y pasaba una cuarta parte de cada día estándar
desplazándose sobre las manos y los pies, aunque Horza no logró descubrir si esto era
algo natural en su especie o una mera afectación.
Lamm era más bien bajo, pero parecía sólido y tenía montones de músculos.
Poseía dos pares de cejas y unos pequeños cuernos injertados que asomaban entre su
no muy abundante pero negrísima cabellera sobre un rostro que, normalmente,
intentaba mostrase una expresión lo más agresiva y amenazadora posible. Lamm
hablaba más bien poco entre operación y operación, y cuando hablaba solía ser sobre
batallas en las que había estado, gente a la que había matado, armas que había usado
y ese tipo de cosas. Lamm se consideraba el segundo de a bordo, pese a que la
política de Kraiklyn era tratar a todo el mundo igual. De vez en cuando Lamm les
recordaba que no debían darle problemas. Iba bien armado y era mortífero, y su traje
llevaba incorporado un artefacto nuclear que, según afirmaba, prefería detonar a ser
capturado. La deducción que parecía esperar sacaran de esas afirmaciones era que si
se cabreaba lo suficiente podía ser capaz de hacer estallar su fabulosa bomba nuclear
en un mero acto de irritación.

—¿Por qué diablos me estás mirando de esa forma? —preguntó la voz de Lamm
entre una tempestad de estática mientras Horza estaba sentado en la lanzadera
temblando y agitándose dentro de aquel traje que le quedaba demasiado grande.

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Horza se dio cuenta de que había estado mirando a Lamm, quien estaba sentado
justo enfrente de él. Apretó el botón del micro de su cuello.
—Estaba pensando en otra cosa —dijo.
—No quiero que me mires.
—Todos tenemos que mirar a algún sitio, ¿no? —bromeó Horza, intentando
calmar al hombre del traje negro y el casco con visor gris.
El traje negro hizo un gesto con la mano que no empuñaba el rifle láser.
—Bueno, pues no me jodas, ¿eh? Se acabó el mirarme.
Horza dejó que su mano se apartara del cuello. Meneó la cabeza dentro del casco
de su traje. Le quedaba tan grande que el casco ni se movió. Clavó los ojos en la
sección del fuselaje que había sobre la cabeza de Lamm.
Iban a atacar el Templo de la Luz. Kraiklyn estaba sentado ante los controles de la
lanzadera dirigiéndola en un vuelo rasante sobre los bosques de Marjoin. Aún
contaban con la protección de la noche, e iban hacia la línea del amanecer que
empezaba a asomar sobre la compacta y humeante masa de verdor. El plan era que la
Turbulencia en cielo despejado volvería a acercarse al planeta con el sol muy bajo
detrás de ella, utilizando sus proyectores contra cualquier clase de equipo electrónico
que pudiera haber en el templo mientras hacía tanto ruido y creaba tantos destellos
como le fuera posible con sus láseres secundarios y unas cuantas bombas de
fragmentación. La distracción absorbería cualquier capacidad defensiva de que
pudiesen disponer los monjes, y la lanzadera se dirigiría en línea recta hacia el templo
para desembarcar a la tripulación o, si había alguna reacción hostil, se posaría en el
bosque al lado nocturno del templo y descargaría su pequeño contingente de soldados
con traje espacial allí. Los miembros de la Compañía se dispersarían y, si les era
posible, utilizarían sus antigravitatorios para volar hasta el templo o —como en el
caso de Horza— tendrían que arrastrarse, reptar, caminar o correr lo más rápido
posible hasta llegar al grupo de torres achaparradas y edificios de poca altura con
paredes curvas que formaban el Templo de la Luz.
Horza apenas si podía creer que fuesen a atacar sin haber efectuado ninguna clase
de reconocimiento preliminar; pero cuando interrogó a Kraiklyn sobre ese punto
durante la reunión previa al desembarco celebrada en el hangar, este insistió en que
un reconocimiento podía acabar con el elemento sorpresa. Poseía mapas muy
precisos del lugar y tenía un buen plan de batalla. Si todos se atenían al plan, nada iría
mal. Los monjes no eran unos completos imbéciles, y el planeta había sido
Contactado, por lo que no cabía duda de que estaban enterados de la guerra que hacía
estragos a su alrededor. Por lo tanto, y por si se daba el caso de que la secta hubiera
contratado los servicios de algún equipo de observación, lo más prudente era no
intentar ningún reconocimiento que pudiera delatar su presencia. Y, de todas formas,
los templos nunca cambiaban demasiado, ¿verdad?
Horza y algunos de los demás no se dejaron impresionar mucho por aquella
lectura de la situación, pero no podían hacer nada al respecto. Y aquí estaban ahora,

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sudando, nerviosos y siendo agitados como los ingredientes de un cóctel dentro de
aquella lanzadera destartalada, avanzando por una atmósfera potencialmente hostil a
velocidades hipersónicas. Horza lanzó un suspiro y volvió a comprobar su rifle.
El rifle era tan viejo y poco digno de confianza como la antigualla que llevaba por
armadura; cuando lo usó a bordo de la nave con proyectiles de fogueo el mecanismo
se atascó dos veces. Su propulsor magnético parecía funcionar razonablemente bien,
pero a juzgar por la dispersión tendiendo a errática de los proyectiles, el arma apenas
si se podía apuntar con precisión. Los proyectiles eran bastante grandes —por lo
menos tenían el calibre de un siete milímetros, y tres veces su longitud—, y el arma
podía contener un máximo de cuarenta y ocho y dispararlos a una velocidad que no
excedía los ocho por segundo. Por increíble que pareciera, aquellos proyectiles
inmensos ni tan siquiera estaban rellenos de explosivos: no eran más que masas
sólidas de metal. Y, para colmo, la mira no funcionaba; cada vez que se conectaba, la
pantallita quedaba invadida por una neblina rojiza. Horza suspiró.
—Nos encontramos a unos trescientos metros por encima de los árboles —dijo la
voz de Kraiklyn desde la cubierta de vuelo de la lanzadera—, y vamos a una vez y
media la velocidad del sonido. La Turbulencia en cielo despejado acaba de empezar a
moverse. Otros dos minutos… Puedo ver el alba. Buena suerte a todos.
La voz chisporroteó en el casco de Horza y acabó extinguiéndose. Algunas de las
figuras intercambiaron miradas. Horza volvió la cabeza hacia Yalson, quien estaba
sentada al otro lado de la lanzadera a unos tres metros de distancia, pero tenía el visor
en modalidad espejo. No había forma de saber si estaba mirándole o no. Sintió deseos
de decirle algo, pero no quería molestarla usando el circuito abierto por si se daba el
caso de que estuviera concentrándose y preparándose para lo que les esperaba.
Dorolow estaba sentada junto a Yalson, con su mano enguantada trazando el signo
del Círculo de Llamas encima del visor de su casco.
Horza repiqueteó con los dedos sobre su viejo rifle y sopló para dispersar la
neblina de condensación que estaba formándose en la parte superior de su visor.
Quizá debería aprovechar que seguían estando en la atmósfera de la lanzadera para
abrirlo un rato…
La lanzadera tembló como si acabara de rozar la cima de una montaña. Todo el
mundo fue arrojado hacia adelante tensando los arneses de su asiento, y un par de
armas salieron disparadas hacia arriba y hacia adelante para estrellarse contra el techo
de la lanzadera antes de caer y rebotar en la cubierta. La tripulación aferró sus armas
o intentó recuperarlas y Horza cerró los ojos; no le habría sorprendido que alguno de
aquellos entusiastas se hubiera olvidado de poner el seguro. Pero las armas fueron
recuperadas sin que se produjera ningún percance, y sus propietarios volvieron a
quedarse inmóviles mirando a su alrededor mientras las acunaban nerviosamente.
—¿Qué diablos ha sido eso? —preguntó Aviger, y dejó escapar una carcajada
temblorosa.

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La lanzadera dio comienzo a unas cuantas maniobras bastante difíciles, arrojando
a una mitad del grupo contra el mamparo que tenían a la espalda mientras los del otro
lado quedaban suspendidos de sus arneses. Después cambió de dirección y los
papeles quedaron invertidos. El canal abierto del casco de Horza le trajo un
abundante surtido de gruñidos y maldiciones. La lanzadera descendió a toda
velocidad haciendo que el estómago de Horza sintiera el aleteo de algo que flota en el
vacío, y volvió a estabilizarse.
—Un poco de fuego hostil —anunció con seca precisión la voz de Kraiklyn, y
todos los cascos se volvieron primero a un lado y luego a otro.
—¿Qué?
—¿Fuego hostil?
—Lo sabía.
—Oh, oh.
—Joder.
—¿Por qué apenas oí esas palabras fatídicas, «fácil entrar, fácil salir», pensé que
esto iba a ser…? —empezó a decir Jandraligeli con el tono de voz gangoso y aburrido
de quien sabe de qué va la cosa, solo para ser interrumpido por Lamm.
—Un jodido fuego hostil. Eso es justo lo que necesitábamos. Un jodido fuego
hostil…
—Así que tienen artillería —dijo Lenipobra.
—Mierda, ¿y quién no tiene artillería estos días? —dijo Yalson.
—Chicel-Horhava, dulce dama; sálvanos a todos —murmuró Dorolow,
acelerando el movimiento de su mano para que trazara más Círculos por encima de su
visor.
—Cállate, joder —dijo Lamm.
—Esperemos que Mipp consiga distraerles sin que le vuelen el trasero —dijo
Yalson.
—Quizá deberíamos olvidarnos de este asunto —dijo Rava Gamdol—. Oye,
¿creéis que deberíamos olvidarlo? ¿Qué os parece, lo olvidamos? ¿Hay alguien
que…?
—¡NO! ¡SÍ! ¡NO! —gritaron tres voces casi al unísono.
Todo el mundo se volvió hacia los tres Bratsilakin. Los Bratsilakin de los
extremos se volvieron hacia el del centro y la lanzadera sufrió una nueva sacudida. El
casco del Bratsilakin central giró una fracción de segundo hacia cada lado.
—Oh, mierda —dijo una voz por el canal general—. De acuerdo. ¡NO!
—Creo que quizá deberíamos… —dijo la voz de Rava Gamdol.
Y entonces la voz de Kraiklyn gritó:
—¡Allá vamos! ¡Todo el mundo preparado!
La lanzadera redujo la velocidad de golpe, inclinándose primero en una dirección
y luego en otra, se estremeció durante una fracción de segundo y empezó a bajar.
Tembló y se sacudió, y durante un momento Horza pensó que iban a estrellarse, pero

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la lanzadera se detuvo con una última sacudida y las puertas traseras se abrieron.
Horza se levantó al mismo tiempo que los demás, saltó de la lanzadera y se encontró
en la jungla.
Estaban en un claro. Al otro extremo unas cuantas ramas y tallos seguían
desprendiéndose de algunos árboles inmensos, allí donde la lanzadera se había
abierto paso solo unos segundos antes por entre el espeso dosel del bosque mientras
se aproximaba a la pequeña área de suelo llano cubierto de hierba que era su objetivo.
Horza tuvo tiempo de ver como dos pájaros de plumaje multicolor se alejaban a toda
velocidad de la arboleda, y captó un fugaz atisbo de cielo color azul rosado. Un
instante después ya estaba corriendo con los demás hasta la parte delantera de la
lanzadera —que seguía de un color rojo oscuro, con masas de vegetación humeante
bajo el metal— y adentrándose en la jungla. Algunos miembros de la Compañía
empezaron a usar sus antigravitatorios y avanzaron flotando sobre la maleza que
crecía entre los troncos cubiertos de musgo, pero las lianas parecidas a gruesas
cuerdas adornadas con flores que iban de un árbol a otro les estorbaban
considerablemente.
Aún no podían ver el Templo de la Luz, pero según Kraiklyn estaba justo delante
de ellos. Horza miró a su alrededor y vio cómo sus compañeros de a pie trepaban
sobre árboles caídos cubiertos de musgo y apartaban plantas trepadoras y raíces
suspendidas.
—A la mierda con la dispersión; esto es demasiado duro.
Era la voz de Lamm. Horza miró a su alrededor, alzó la cabeza y vio el traje
negro subiendo en una trayectoria vertical hacia la masa de follaje verde que había
sobre sus cabezas.
—Bastardo —jadeó otra voz.
—Sí. B-b-bastardo… —dijo Lenipobra.
—Lamm —dijo Kraiklyn—, hijo de puta, no se te ocurra asomar la cabeza por
ahí arriba. Dispersaos. ¡Dispersaos de una vez, maldita sea!
Y entonces la onda expansiva de una detonación que Horza pudo sentir incluso a
través de su traje cayó sobre ellos. Horza se tiró al suelo y se quedó allí. Otra
explosión se abrió paso por el sibilante altavoz de su casco, que estaba empezando a
alimentarse con todo el ruido del exterior.
—¡Eso ha sido la Turbulencia en cielo despejado!
No logró reconocer la voz.
—¿Estás seguro?
Una voz distinta.
—¡La vi por entre los árboles! ¡Era la nave!
Horza se puso en pie y echó a correr.
—Esa sucia hija de puta casi se me lleva la cabeza… —dijo Lamm.
Horza vio luz delante de él por entre los troncos y las hojas. Oyó algunos
disparos: el seco chasquido de los proyectiles, el whoop semilíquido de los láseres y

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el chasquido-whoosh-explosión de un cañón de plasma. Corrió hacia un promontorio
de tierra y maleza y se pegó a él de tal forma que pudiese asomar la cabeza para ver
algo. Y, naturalmente, allí estaba el Templo de la Luz silueteado contra el amanecer,
una estructura totalmente cubierta de lianas, musgo y plantas trepadoras con unas
cuantas torres y pináculos alzándose hacia el cielo como angulosos troncos de
árboles.
—¡Ahí está! —gritó Kraiklyn. Horza miró a lo largo del promontorio y vio a unos
cuantos miembros de la Compañía en la misma posición que él—. ¡Wubslin! ¡Aviger!
—gritó Kraiklyn—. Cubridnos con las armas de plasma. Neisin, dispara con el
microobús a cada lado del objetivo…, y más allá. ¡Los demás, seguidme todos!
Saltaron más o menos al unísono sobre la masa de musgo y arbustos, y llegaron al
otro lado del promontorio abriéndose paso por entre la maleza y una hierba de tallos
muy largos parecidos a los juncos cubiertos por una delgada capa de musgo verde
oscuro. La protección ofrecida por el terreno les llegaba casi hasta el pecho y hacía
que el avance resultara bastante difícil, pero eso haría que agacharse para esquivar
una línea de fuego también resultaría considerablemente fácil. Horza se abrió paso
por entre la espesura tan bien como pudo. Los chorros de plasma cantaban en el aire
sobre sus cabezas iluminando la franja de terreno sumido en la penumbra que se
extendía entre ellos y la curva formada por la primera pared del templo.
Los surtidores de tierra visibles a lo lejos y las detonaciones que podía sentir a
través de las suelas de sus botas le indicaron que Neisin —quien se había mantenido
sobrio durante los dos últimos días— estaba creando una convincente y, lo que era
más importante, precisa pauta de fuego con su microobús.
—Unos cuantos disparos procedentes del nivel superior izquierdo —anunció la
fría y tranquila voz de Jandraligeli. Según el plan, se suponía que debía estar
escondido en el bosque vigilando el templo—. Voy a ocuparme de ellos.
—¡Mierda! —gritó alguien de repente.
Una de las mujeres. Horza podía oír disparos ante él, aunque no había ningún
destello en la parte del templo visible.
—Ja, ja. —La voz de Jandraligeli le llegó por el altavoz del casco. Parecía muy
satisfecho de sí mismo—. Les he dado.
Horza vio una nubécula de humo sobre la parte izquierda del templo. Ya había
recorrido la mitad de la distancia que le separaba de él, quizá un poco más. Podía ver
a algunos de los otros no muy lejos, tanto a su derecha como a su izquierda,
abriéndose paso por entre la maleza y aquella especie de hierba-junco con las armas
apoyadas en un hombro. El musgo verde oscuro estaba empezando a cubrir sus
cuerpos, y Horza supuso que podía acabar siendo útil como camuflaje (naturalmente,
siempre que no resultara ser alguna especie de musgo asesino inteligente no
descubierta hasta ahora… Horza se dijo que debía dejar de pensar en semejantes
tonterías).

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Oyó varias detonaciones de gran potencia a su alrededor, fragmentos de tallos y
matorrales pasaron volando junto a él como si fueran pájaros nerviosos y le hicieron
arrojarse al suelo. La tierra se estremeció bajo su cuerpo. Rodó sobre sí mismo y vio
llamas lamiendo los tallos cubiertos de musgo que tenía encima; un parpadeante
sendero de fuego acababa de nacer justo delante de él.
—¿Horza? —preguntó una voz.
Era Yalson.
—Estoy bien —dijo.
Se acuclilló en el suelo y echó a correr por entre los tallos de hierba, dejando atrás
matorrales y árboles jóvenes.
—Vamos a entrar —dijo Yalson.
También estaba en los árboles, junto con Lamm, Jandraligeli y Neisin. Según el
plan, ahora todos —salvo Jandraligeli y Neisin—, empezarían a moverse por el aire o
por el suelo en dirección al templo. Las unidades antigravitatorias de sus trajes les
daban una dimensión extra con la que trabajar, pero aquello podía ser una especie de
bendición ambigua. Una silueta en el aire tiende a ser más difícil de acertar que una
en el suelo, pero también tiende a atraer mucho más fuego enemigo. La Compañía
solo contaba con otro equipo antigravitatorio propiedad de Kraiklyn, pero este
afirmaba que prefería usarlo para ataques sorpresa o en situaciones de emergencia,
por lo que el hombre seguía en el suelo junto con los demás.
—¡Estoy en los muros! —Horza creyó identificar la voz, de Odraye—. Todo
parece normal. Los muros son realmente fáciles de escalar; el musgo hace que…
El altavoz del casco de Horza emitió un chisporroteo. No estaba seguro de si era
algún problema de su comunicador o si le había ocurrido algo a Odraye.
—… bridme mientras estoy en…
—… tú, inútil…
Las voces se confundían en el casco de Horza. Siguió avanzando por entre la
hierba-junco y golpeó un par de veces el lado de su casco donde estaba el altavoz.
—¡Gilipollas!
El altavoz del casco emitió un zumbido y se quedó mudo. Horza lanzó una
maldición, se detuvo y se agachó. Manipuló los controles del comunicador en un
intento de conseguir que el altavoz volviera a cobrar vida. Los guantes le quedaban
tan grandes que estorbaban sus movimientos. El altavoz siguió mudo. Horza lanzó
otra maldición, se puso en pie y siguió avanzando por entre la maleza y la hierba-
junco hacia el muro del templo.
—¡… proyectiles dentro! —gritó de repente una voz—. Esto es…, ¡…mente
sencillo!
No pudo identificar la voz, y el comunicador volvió a dejar de funcionar una
fracción de segundo después.
Llegó a la base del muro; emergía de entre la maleza en un ángulo de cuarenta
grados y estaba cubierto de musgo. Dos miembros de la Compañía estaban trepando

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por él a cierta distancia de Horza. Se encontraban a unos siete metros de altura, y ya
casi habían llegado al final del muro. Horza vio una silueta que hacía eses por el aire
y desaparecía detrás del parapeto. Empezó a trepar. Aquel traje enorme hacía que la
ascensión resultara más difícil de lo que habría debido ser, pero logró llegar al final
del muro sin caerse y saltó del parapeto a una explanada bastante ancha que corría a
lo largo del edificio. Un muro similar cubierto de musgo se alzaba ante él subiendo
hasta el siguiente piso. A la derecha de Horza el muro trazaba un ángulo debajo de
una torre rechoncha; a su izquierda la explanada parecía esfumarse confundiéndose
con una pared desnuda. Según los planes de Kraiklyn, el cambiante debía ir en esa
dirección. Tenía que haber una puerta más o menos por allí. Horza trotó hacia la
pared desnuda.
Un casco asomó sobre el muro. Horza empezó a agacharse y girar sobre sí
mismo, por si acaso, pero primero un brazo le saludó desde el mismo sitio, después
una cabeza se unió al brazo y reconoció a Gow.
Horza echó hacia atrás el visor de su casco mientras corría y el aire con olor a
jungla de Marjoin le acarició el rostro. Podía oír fuego de proyectiles dentro del
templo, y el lejano tronar de una explosión provocada por el microobús. Corrió hasta
una angosta entrada medio cubierta por barbas colgantes de musgo que interrumpía la
curvatura de la pared. Gow estaba arrodillada con el arma lista sobre los restos de una
gruesa puerta de madera que había protegido el pasillo situado más allá. Horza se
arrodilló junto a ella y señaló su casco con un dedo.
—Mi comunicador no funciona. ¿Qué ha ocurrido?
Gow pulsó un botón de su muñeca.
—De momento todo bien —dijo el altavoz exterior de su traje—. No bajas. Ellos
en torres. —Señaló hacia arriba—. No dejan entrar vuelos. Enemigos tienen armas de
proyectiles, ellos retroceden. —Asintió y siguió observando el umbral y el oscuro
pasillo que había al otro lado. Horza también asintió. Gow le tocó el brazo—. Yo digo
Kraiklyn que tú dentro, ¿sí?
—Sí, y dile que mi comunicador no funciona, ¿vale?
—Sí, claro. Zallin tener mismo problema. Tú cuida, ¿eh?
—Sí, cuídate tú también —dijo Horza. Se puso en pie y entró en el templo
pisando las astillas y los fragmentos de piedra caliza esparcidos sobre el musgo por la
demolición de la puerta. El pasillo se bifurcaba en tres direcciones distintas. Horza se
volvió hacia Gow y señaló con la mano—. Pasillo central, ¿correcto?
La figura agazapada silueteada contra la luz del amanecer asintió.
—Sí, claro. Ir por centro.
Horza se puso en movimiento. El pasillo estaba cubierto de musgo. Cada pocos
metros había luces eléctricas incrustadas en las paredes que emitían una débil
claridad amarilla, proyectando charcos de luz fangosa que daban la impresión de ser
absorbidos por la masa oscura del musgo. Aquel pasadizo angosto de paredes blandas
y suelo parecido a una esponja hizo que Horza se estremeciera, aunque no hacía frío.

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Se aseguró de que su arma estaba lista para disparar. No oía nada salvo el sonido de
su propia respiración.
Llegó a un cruce en forma de T y tomó por el ramal de la derecha. Vio unos
escalones y subió corriendo por ellos. Sus pies intentaron escapar de sus enormes
botas y estuvo a punto de caer, pero extendió el brazo y logró apoyarse en el peldaño.
El impacto arrancó un poco de musgo, y la débil claridad amarilla arrojada por las
luces de las paredes le permitió ver algo brillante. Recuperó el equilibrio, siguió
subiendo por los peldaños meneando el brazo para aliviar el dolor del golpe y se
preguntó qué habría impulsado a los constructores del templo a usar algo parecido al
cristal para esos peldaños. Llegó al final del tramo de peldaños, avanzó por un pasillo
no muy largo y subió otro tramo de peldaños sin iluminar que se curvaba hacia la
derecha. Teniendo en cuenta su nombre, Horza pensó que el templo era un lugar
notablemente tenebroso. Acabó emergiendo en un pequeño balcón.
La túnica del monje era tan oscura como el musgo, y Horza no le vio hasta que
aquel rostro de piel pálida se volvió hacia él acompañado por el arma.
Horza saltó hacia la pared que tenía a la izquierda y, al mismo tiempo, disparó su
rifle desde la cadera. El arma del monje se alzó de golpe y dejó escapar un chorro de
proyectiles que se estrellaron contra el techo mientras el monje se derrumbaba. Los
disparos crearon miles de ecos en el oscuro vacío que había más allá del pequeño
balcón. Horza se acuclilló junto a la pared apuntando el arma hacia la oscuridad con
el monje caído a solo unos dos metros de él. Alzó la cabeza, vio lo que quedaba de la
cabeza del monje entre la penumbra y aflojó un poco la tensión de sus músculos. El
monje estaba muerto. Horza se apartó de la pared y se arrodilló junto a la balaustrada
del balcón. Ahora podía ver una gran sala iluminada por la tenue claridad de unos
cuantos globos que asomaban de su techo. El balcón se encontraba en el centro de
una de las paredes más largas y, por lo que podía ver, había una especie de altar o
estrado a un extremo de la sala. La luz era tan tenue que no podía estar seguro, pero
creyó ver siluetas que se movían por el suelo de la sala. Se preguntó si serían
miembros de la Compañía e intentó recordar si había visto más puertas o pasillos
mientras iba hacia el balcón; se suponía que debía estar allí abajo, en el suelo de esa
gran sala… Maldijo su comunicador inservible, y acabó decidiendo que debería
correr el riesgo de comunicarse a gritos con las siluetas de la sala.
Se inclinó hacia adelante. Los disparos del monje habían hecho caer algunos
fragmentos de cristal del techo, y la rodillera de su traje los pulverizó. Antes de que
pudiera abrir la boca para gritar oyó ruidos procedentes de abajo: una voz estridente
que hablaba un lenguaje hecho de chasquidos y graznidos. Horza se quedó muy
quieto y no dijo nada. Suponía que podía ser la voz de Dorolow, pero ¿qué razón
había para que usara un idioma distinto al marain? La voz volvió a decir algo. Horza
creyó oír otra voz distinta, pero un instante después hubo una breve erupción de
láseres y fuego de proyectiles procedentes del extremo de la sala opuesto a aquel en

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que se encontraba el altar. Horza se agachó, y el silencio que siguió al tiroteo le
permitió oír un crujido a su espalda.
Giró en redondo tensando el dedo sobre el gatillo, pero no había nadie contra
quien disparar. Un objeto redondo que tendría el tamaño de un puño infantil se
balanceó sobre la balaustrada y acabó cayendo encima del musgo a un metro de
distancia. Horza le dio una patada y se lanzó sobre el cadáver del monje.
La granada estalló en el aire justo debajo del balcón.
Horza se levantó de un salto mientras los ecos seguían rebotando en el altar. Se
lanzó hacia el umbral que había al otro extremo del balcón, alargó una mano y se
agarró a la esquina mientras seguía moviéndose, haciendo que su cuerpo girara sobre
sí mismo y dejándose caer de rodillas. Alargó el brazo y apartó los fláccidos dedos
del cadáver para apoderarse de su arma justo cuando el balcón empezaba a
desprenderse de la pared con un tintineo de cristales rotos. Horza se metió por el
pasillo que había a su espalda. El balcón se desplomó en el vacío entre una nube de
fragmentos que brillaban con un leve resplandor mate y se estrelló contra el suelo con
un estruendo ensordecedor, llevándose consigo la oscura silueta del monje muerto
acompañada por un último aleteo de su túnica.
Horza vio unas cuantas siluetas que se dispersaban en la oscuridad a sus pies y
disparó hacia abajo con el arma que acababa de conseguir. Después se dio la vuelta y
contempló el pasillo en el que se encontraba, preguntándose si habría alguna salida
que llevara a la gran sala o, al menos, alguna forma de volver al exterior del templo.
Echó un vistazo al arma que le había quitado al monje; parecía bastante mejor que la
suya. Se agazapó y echó a correr alejándose del umbral mientras volvía la cabeza
para vigilar la sala con su viejo rifle encima del hombro. El pasillo sumido en la
penumbra se curvaba hacia la derecha. Horza fue irguiendo el cuerpo gradualmente a
medida que se alejaba del umbral, y dejó de preocuparse por las granadas. Y justo
entonces la sala se convirtió en un manicomio.
Lo primero que supo fue que estaba proyectando una sombra ante él y que su
silueta bailaba y parpadeaba sobre la curvatura del pasillo. Después una cacofonía de
ruidos y un tartamudeo de ondas expansivas le hizo tambalearse y agredió sus oídos.
Bajó rápidamente el visor de su casco y volvió a agazaparse mientras se giraba hacia
la sala y los destellos luminosos. Aun con el casco cerrado creyó oír gritos
acompañados por disparos y explosiones. Volvió sobre sus pasos a la carrera y se
agazapó allí donde había estado antes, pegándose al suelo para observar la sala.
En cuanto comprendió lo que estaba ocurriendo bajó la cabeza lo más deprisa
posible y usó sus codos para retroceder. Quería correr, pero se quedó dónde estaba,
sacó el rifle del monje muerto por la esquina del umbral y disparó en la dirección
donde creía estaba el altar, hasta que el arma se quedó sin proyectiles, manteniendo
su casco lo más lejos posible del umbral con el visor bajado. Cuando el arma dejó de
disparar la arrojó lo más lejos posible y usó su rifle hasta que se encasquilló. Después
se arrastró un trecho por el suelo y corrió pasillo abajo alejándose del umbral que

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daba a la sala. Tenía la seguridad de que el resto de la Compañía estaría haciendo lo
mismo que él…, los que pudieran, al menos.
Lo que había visto tendría que haber sido increíble, pero aunque lo contempló
durante muy poco tiempo —apenas el suficiente para que sus retinas captaran una
sola imagen casi inmóvil—, sabía muy bien qué estaba viendo y qué estaba
ocurriendo. Mientras corría intentó dar con alguna razón que justificara qué diablos
hacía un sistema antiláser en el Templo de la Luz. Cuando llegó a la intersección en
forma de T del pasillo se detuvo.
Golpeó la esquina con la culata de su rifle; el metal se estrelló contra el musgo y
Horza estuvo seguro de que se habría doblado, pero sintió que algo más cedía
también. Usó la débil luminosidad de las células linterna incrustadas a cada lado del
visor para contemplar lo que había debajo del musgo.
—Oh, Dios… —jadeó en voz baja.
Golpeó otra zona de la pared con el rifle y volvió a examinar su hallazgo.
Recordaba el destello de lo que había creído era cristal bajo el musgo de las escaleras,
cuando se golpeó el brazo, y aquellos fragmentos que se habían pulverizado bajo su
rodilla en el balcón. Se apoyó en la blandura de la pared, sintiendo deseos de vomitar.
Nadie se había tomado la extraordinaria molestia de instalar un sistema antiláser
que abarcara todo el templo, o ni tan siquiera una gran sala. Habría sido
horriblemente caro y, de todas formas, un planeta nivel tres no necesitaba semejantes
aparatos. No; lo más probable era que todo el interior del templo (recordaba la piedra
caliza a la que había estado unida la puerta de entrada) hubiera sido construido con
bloques de cristal, y eso era lo que había enterrado bajo todas aquellas cantidades de
musgo. El impacto de un láser vaporizaba el musgo en una fracción de segundo
dejando que las superficies interiores del cristal situado debajo reflejaran el resto de
la emisión lumínica y cualquier disparo subsiguiente que diera en ese mismo punto.
Volvió a contemplar el segundo sitio que había golpeado con la culata de su rifle,
observó con atención la superficie transparente y lo que había más allá y vio las luces
de su traje devolviéndole un tenue reflejo desde una frontera de espejos perdida en el
interior del bloque de cristal. Se apartó de la pared y corrió por el ramal derecho del
pasillo dejando atrás varias gruesas puertas de madera, bajó un tramo curvo de
peldaños y emergió a la luz del día.
Lo que había visto en la sala era el caos iluminado con láseres. Un mero vistazo
que coincidió con varios destellos había grabado a fuego una imagen en sus ojos, una
imagen que aún tenía la impresión de ver en parte… A un extremo de la sala, en el
altar, había varios monjes agazapados disparando armas que emitían los destellos del
fuego químico-explosivo; a su alrededor había explosiones oscuras de humo que
indicaban la vaporización del musgo. Al otro extremo de la sala había varios
miembros de la Compañía —de pie, tambaleándose o caídos en el suelo—;
proyectando sombras gigantescas sobre la pared que tenían detrás. Estaban usando
todo el armamento de que disponían. Los rifles creaban luces estroboscópicas en la

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pared del fondo, y los miembros de la Compañía estaban siendo alcanzados por sus
propios disparos que rebotaban en las superficies internas de bloques cristalinos…, y
ni tan siquiera se daban cuenta de contra qué apuntaban. A juzgar por la torpeza de
sus posturas y por el hecho de que estaban disparando con el arma en una mano y el
otro brazo extendido delante del cuerpo, un mínimo de dos ya se habían quedado
ciegos.
Horza sabía demasiado bien que su traje y, especialmente, su visor, no podía
detener un rayo láser, tanto si había salido de un arma de rayos X como de una que
utilizaba longitudes de onda visibles. Lo único que podía hacer era esconder la
cabeza y disparar todos los proyectiles de que disponía con la esperanza de liquidar a
unos cuantos monjes o centinelas del templo. No haber sido alcanzado en el breve
espacio de tiempo que había permanecido mirando hacia la sala ya indicaba una
suerte más que considerable; ahora lo único que podía hacer era largarse de allí.
Intentó gritar una advertencia por el micro de su traje, pero el comunicador no
funcionaba; su voz resonó con un sonido hueco dentro del casco y el altavoz pegado a
su oreja permaneció mudo.
Vio otra silueta sombría más adelante, una figura borrosa pegada a la pared con
una aureola de luz diurna procedente de otro pasillo a su alrededor. Horza se arrojó de
cabeza a un umbral. La silueta no se movió.
Examinó su rifle. Los golpes contra las paredes de cristal parecían haberlo
desencasquillado. Una ráfaga hizo que la silueta cayera al suelo convertida en un
fardo desmadejado. Horza emergió del umbral y fue hacia ella.
Era otro monje, con sus dedos muertos rodeando la culata de una pistola. Su
pálido rostro era visible gracias a la luz que llegaba de otro pasadizo. La pared que
había detrás del monje estaba salpicada con los círculos dejados por el musgo al
quemarse; las límpidas superficies de cristal intacto eran claramente visibles bajo la
capa de musgo. La túnica del monje —que empezaba a empaparse con el rojo de la
sangre—, no solo mostraba los agujeros provocados por los proyectiles de Horza,
sino que también estaba repleta de quemaduras láser. Horza asomó la cabeza por la
esquina y contempló la luz del exterior.
Un cuerpo recubierto por un traje yacía sobre el suelo musgoso enmarcado en un
umbral de paredes inclinadas con el resplandor de la mañana detrás. El brazo
extendido seguía empuñando la pistola de tal forma que el cañón de esta apuntaba
hacia Horza y el pasillo. Detrás del cuerpo había una puerta muy gruesa que colgaba
en ángulo sostenida por una sola bisagra. «Es Gow», pensó Horza. Sus ojos volvieron
a posarse en la puerta y tuvo la impresión de que había algo extraño en ella. La puerta
y las paredes que llevaban a ella estaban cubiertas de quemaduras láser.
Fue por el pasillo hasta la silueta caída en el suelo y le dio la vuelta para poder
ver su cara. Mientras la contemplaba sintió un leve mareo. Quien había muerto allí no
era Gow sino su amiga, kee-Alsorofus. Su rostro agrietado y ennegrecido parecía
observarle con los ojos secos al otro lado del visor de su casco, que seguía intacto y

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transparente. Horza se volvió hacia la puerta y el pasillo. Naturalmente… Estaba en
otra parte del templo. La misma situación, pero en unos pasillos distintos y con una
persona distinta…
El traje de la mujer tenía varios agujeros de unos cuantos centímetros de
profundidad; el olor de la carne quemada se fue filtrando en el traje de Horza a través
de los sellos y conexiones que le quedaban demasiado grandes, y le hizo sentir deseos
de vomitar. Se puso en pie, cogió el láser de kee-Alsorofus, fue hacia la puerta que
colgaba de una bisagra y salió a la explanada que reseguía el muro. Corrió por ella,
dobló una esquina y tuvo que agacharse cuando un proyectil del microobús cayó
demasiado cerca de los muros del templo y provocó un diluvio de cristales y trozos
de piedra caliza. Los cañones de plasma seguían disparando desde el bosque, pero
Horza no pudo ver ninguna silueta volando por el cielo. Estaba intentando
localizarlas cuando se dio cuenta de que tenía un traje al lado: estaba de pie en el
ángulo del muro. Se detuvo, reconoció el traje de Gow y se quedó a unos tres metros
de ella mientras le miraba. Gow levantó lentamente el visor de su casco. La piel de su
rostro se había vuelto de un color entre el gris y el negro, y sus ojos parecidos a pozos
no se apartaban del rifle láser que empuñaba. La expresión que había en su rostro
hizo que el cambiante deseara haber comprobado si el rifle seguía conectado. Horza
bajó los ojos hacia su arma y los alzó hacia la mujer, que seguía contemplando su
láser.
—Yo…
Quería explicarle lo ocurrido.
—Ella muerta, ¿no? —La voz de la mujer sonaba totalmente átona e inexpresiva.
Pareció suspirar. Horza tragó aire y se dispuso a hablar, pero Gow se le adelantó con
el mismo tono monocorde de antes—. Yo creí oír ella.
Y, de repente, alzó el arma. El cielo azul rosado del amanecer arrancó destellos al
metal. Horza comprendió lo que iba a hacer y dio un paso hacia adelante,
extendiendo un brazo aunque sabía que se encontraba demasiado lejos y ya era
demasiado tarde para hacer nada.
—¡No! —tuvo tiempo de gritar, pero el cañón del arma ya estaba en la boca de la
mujer.
Horza se agachó cerrando los ojos instintivamente, y una fracción de segundo
después la parte trasera del casco de Gow se hizo añicos en un solo palpitar de luz
invisible, proyectando una nube rojiza sobre la pared cubierta de musgo que había a
su espalda.
Horza se acuclilló en el suelo con las manos alrededor del cañón del arma y los
ojos clavados en la jungla distante. «Qué desastre», pensó, «qué jodido, horrible,
estúpido y obsceno desastre…». No había estado pensando en lo que Gow acababa de
hacerse a sí misma, pero sus ojos fueron hacia la mancha roja que cubría la curva de
la pared y el cuerpo de Gow, y su mente volvió a repetir aquellas palabras.

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Se disponía a bajar por el muro exterior del templo cuando algo se movió en el aire
por encima de su cabeza. Se dio la vuelta y vio a Yalson posándose sobre la
explanada interior. Yalson echó un vistazo al cuerpo de Gow y los dos intercambiaron
lo que sabían sobre la situación —lo que ella había oído por el canal colectivo de su
comunicador y lo que Horza había visto en la gran sala—, y decidieron no moverse
de allí hasta ver salir a algún otro o hasta perder toda esperanza de que hubiera más
supervivientes. Según Yalson, los únicos muertos seguros en el tiroteo de la gran sala
eran Rava Gamdol y Tzbalik Odraye, pero los tres Bratsilakin también estaban allí, y
nadie había tenido noticias de ellos después de que cesara el griterío y las
comunicaciones del canal colectivo hubieran vuelto a ser inteligibles.
Kraiklyn estaba vivo y no había sufrido ningún daño, pero parecía haberse
esfumado; Dorolow también estaba perdida —su llanto era audible por el
comunicador, y quizá estuviera ciega—; y Lenipobra, haciendo caso omiso de todos
los consejos y desobedeciendo las órdenes de Kraiklyn, había entrado en el templo
por una puerta de un tejado y se dirigía hacia abajo en un intento de rescatar a los
supervivientes con que pudiera encontrarse. Lenipobra había asegurado que solo
utilizaría la pistola de proyectiles que llevaba encima.
Yalson y Horza se sentaron espalda contra espalda en la explanada y Yalson
mantuvo informado al cambiante de cómo iban las cosas en el templo. Lamm pasó
sobre ellos y se dirigió hacia la jungla, donde se apoderó de un cañón de plasma pese
a las protestas de Wubslin. Acababa de posarse cerca de ellos cuando Lenipobra
anunció con orgullo que había encontrado a Dorolow, y Kraiklyn informó de que
podía ver la luz del día. Seguía sin haber noticias de los Bratsilakin. Kraiklyn
apareció detrás de una esquina de la explanada; Lenipobra se hizo visible de repente
sujetando a Dorolow contra su traje y fue aproximándose a los muros del templo en
una lenta serie de grandes saltos mientras su unidad antigravitatoria luchaba para
sostener su peso y el de la mujer.
Los supervivientes iniciaron el regreso a la lanzadera. Jandraligeli podía ver
movimiento en el camino que había más allá del templo, y unos cuantos
francotiradores empezaron a dispararles desde ambos lados de la jungla. Lamm
quería entrar en el templo con el cañón de plasma y vaporizar a unos cuantos monjes,
pero Kraiklyn dio orden de retirarse. Lamm arrojó el cañón de plasma al suelo y
emprendió el vuelo hacia la lanzadera en solitario, maldiciendo ruidosamente por el
canal colectivo en el que Yalson seguía intentando establecer contacto con los
Bratsilakin.
Avanzaron por entre los tallos de hierba-junco y la maleza bajo los senderos
llameantes y los whoosh de los chorros de plasma, con Jandraligeli encargándose de
cubrirles. De vez en cuando tenían que agacharse para esquivar los proyectiles de
pequeño calibre que atravesaban la espesura a su alrededor.

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Cuando llegaron al hangar de la Turbulencia en cielo despejado se fueron dejando
caer junto al metal aún caliente de la lanzadera, que iba enfriándose con todo un
acompañamiento de crujidos y chasquidos después de su ascenso a gran velocidad
por la atmósfera.
Nadie tenía ganas de hablar, por lo que se limitaron a quedarse inmóviles
sentados o tumbados en la cubierta, algunos con las espaldas pegadas al recalentado
flanco de la lanzadera. Los que habían estado dentro del templo eran los más
obviamente afectados; pero incluso los otros, que solo habían oído los gritos y ruidos
de la masacre por los comunicadores de sus trajes, parecían hallarse en un leve estado
de shock. Cascos y armas yacían esparcidos a su alrededor.
—El Templo de la Luz —dijo Jandraligeli al cabo de un rato, y emitió lo que
parecía una mezcla de carcajada y bufido.
—El Templo de la Jodida Luz, sí —dijo Lamm.
—Mipp —dijo Kraiklyn con voz cansina dirigiéndose a su casco—, ¿hay alguna
señal de los Bratsilakin?
Mipp, que seguía en el pequeño puente de la Turbulencia en cielo despejado, le
informó de que no había señales del trío.
—Tendríamos que bombardear ese lugar y joderles bien jodidos —dijo Lamm—.
Echar una bomba nuclear encima de esos bastardos…
Nadie replicó. Yalson se puso en pie moviéndose muy despacio, salió del hangar
y subió con paso cansado los peldaños que llevaban a la cubierta superior, el casco
colgando de un brazo, el arma del otro y la cabeza gacha.
—Me temo que hemos perdido uno de los radares. —Wubslin cerró una
compuerta de inspección y rodó sobre sí mismo hasta salir de debajo del morro de la
lanzadera—. Esa primera granizada de fuego hostil…
No completó la frase.
—Al menos no hay nadie herido —dijo Neisin, y miró a Dorolow—. ¿Qué tal van
tus ojos? ¿Están mejor? —La mujer asintió, pero siguió con los ojos cerrados. Neisin
también asintió—. Los heridos… Es lo peor que puede ocurrir. Hemos tenido suerte.
—Hurgó en la pequeña mochila que llevaba colgando delante del traje y sacó un
pequeño recipiente metálico. Chupó un poco del contenido por la válvula superior y
torció el gesto mientras meneaba la cabeza—. Sí, hemos tenido suerte. Y la verdad es
que apenas si se enteraron. —Asintió para sí mismo sin mirar a nadie, sin importarle
que nadie pareciera estar escuchándole—. ¿Os dais cuenta de que toda la gente que
hemos perdido compartía el mismo…? Quiero decir que… Bueno, se fueron por
parejas… O por tríos, ¿no?
Dio otra chupada de la válvula y meneó la cabeza. Dorolow estaba junto a él y
alargó el brazo. Neisin la miró, sorprendido, y acabó entregándole el pequeño

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recipiente. Dorolow chupó un poco de líquido y se lo devolvió. Neisin miró a su
alrededor, pero nadie más quería beber.
Horza se quedó sentado en silencio. Sus ojos no se apartaban de las frías luces del
hangar, y su mente intentaba no ver la escena que había presenciado en la oscura sala
de aquel templo.

La Turbulencia en cielo despejado salió de la órbita impulsada por su motor de fusión


y se dirigió hacia el límite del pozo gravitatorio de Marjoin, donde podría poner en
marcha sus motores de campo. No recogió ninguna señal de los Bratsilakin y no
bombardeó el Templo de la Luz. El rumbo fijado les llevaría al orbital Vavatch.
Las transmisiones radiofónicas del planeta que lograron captar les permitieron
averiguar lo que había ocurrido allí, y por qué los monjes y sacerdotes del templo
iban tan bien armados. Dos estados-naciones de Marjoin se hallaban en guerra, y el
templo se encontraba cerca de la frontera que separaba a los dos países, por lo que
siempre estaba preparado para repeler un ataque. Uno de los estados era vagamente
socialista; el otro era de inspiración religiosa, y los sacerdotes del Templo de la Luz
pertenecían a una secta de esa fe militante. Una parte de las razones que habían
provocado esa guerra debía buscarse en el conflicto galáctico de dimensiones mucho
mayores que estaba desarrollándose alrededor de Marjoin, y ello hacía que la guerra
planetaria ofreciese una minúscula imagen aproximada de dicho conflicto.

Horza no estaba seguro de qué tal dormiría aquella noche. Estuvo despierto durante
unas horas escuchando las no muy aparatosas pesadillas de Wubslin. Después alguien
llamó suavemente a la puerta de su camarote. Yalson entró en el cubículo y se sentó
en el catre de Horza.
Apoyó la cabeza sobre su hombro y se abrazaron. Pasado un rato ella le cogió de
la mano y le guio en silencio por el pasillo en dirección opuesta al comedor —donde
la luz y el eco distante de la música indicaban que Kraiklyn no dormía y estaba
relajándose con la ayuda de un esnifrasco y una holocinta sónica—, hasta llegar al
camarote que había alojado a Gow y kee-Alsorofus.
La oscuridad del camarote y la pequeña cama llena de olores extraños y texturas
nuevas fue el escenario donde representaron la vieja obra del varón y la hembra,
aunque en su caso —y ambos lo sabían—, se trataba de una conjunción casi
inevitablemente estéril entre especies y culturas separadas por millares de años luz.
Después los dos se quedaron dormidos.

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Situación de la partida: uno

Fal 'Ngeestra observó durante un rato cómo las sombras de las nubes se movían sobre
la llanura de la que le separaban diez kilómetros en el sentido horizontal y uno en el
vertical, lanzó un suspiro y alzó los ojos hacia la hilera de montañas coronadas de
nieve que se encontraba al final de los pastizales. La cordillera estaba a más de treinta
kilómetros de sus ojos, pero la tenue atmósfera invadida por las rocas y la
resplandeciente blancura helada de las cimas hacía que los contornos de estas fueran
visibles con toda claridad. Su resplandor hería los ojos incluso a esa distancia y a
través de toda aquella masa atmosférica.
Fal dio la vuelta y caminó sobre las grandes losas de la terraza del albergue
moviéndose con un envaramiento nada propio de su juventud. El entramado de
listones que había encima de su cabeza estaba cubierto de flores blancas y rojas, y
proyectaba una pauta regular de sombras sobre la terraza. Fal caminó a través de la
luz y la penumbra, con su cabellera volviéndose alternativamente oscura y dorada a
medida que cada paso vacilante la llevaba desde la sombra hasta la claridad del sol.
La masa metálica de la unidad llamada Jase apareció al otro extremo de la terraza
emergiendo del albergue. Fal sonrió al verla y tomó asiento sobre un banco de piedra
que asomaba del murete usado como separación entre la terraza y el paisaje. Estaban
a bastante altura, pero hacía un día cálido y con mucho viento. Fal se limpió unas
gotas de sudor de la frente mientras la vieja unidad flotaba sobre la terraza
aproximándose a ella. Los haces oblicuos del sol pasaban sobre su cuerpo
moviéndose siempre al mismo ritmo. La unidad se posó sobre las piedras que había
junto al banco, y el gran disco en que terminaba su cuerpo metálico quedó al mismo
nivel que la coronilla de la cabeza de la joven.
—Hace un día precioso, ¿verdad, Jase? —exclamó Fal volviéndose hacia las
montañas.
—Sí —dijo Jase.
La unidad poseía una voz desusadamente grave y capaz de muchos matices, y
siempre procuraba sacarle el máximo provecho posible. Desde hacía cuatro mil años
o más, las unidades conscientes de la Cultura poseían campos aurales cuyo color
cambiaba según su estado anímico en un equivalente de la expresión facial o el
lenguaje corporal, pero Jase era viejo y había sido construido cuando los campos
aurales eran algo inconcebible, y se había negado a dejar que le hicieran las
alteraciones necesarias para poder usarlos. Prefería confiar en su voz para expresar lo
que sentía o ser inescrutable.
—Maldición… —Fal meneó la cabeza sin apartar los ojos de la nieve que brillaba
en la lejanía—. Ojalá estuviera allí arriba haciendo alpinismo.

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Chasqueó la lengua y bajó la vista hacia su pierna derecha, extendida rígidamente
ante ella. Se había roto la pierna ocho días antes mientras escalaba las montañas que
se alzaban al otro extremo de la llanura. El miembro fracturado estaba entablillado
por el fino encaje de un campo de fuerza oculto bajo la elegante pernera de un
pantalón muy ceñido.
Fal pensaba que Jase debería haber aprovechado sus palabras como excusa para
volver a sermonearla sobre los peligros del alpinismo y recordarle que la única
escalada prudente era la que se practicaba con un arnés de flotación puesto, con un
robot de rescate cerca o, por lo menos, con algún acompañante humano, pero la vieja
máquina no dijo nada. Fal la contempló. Su rostro bronceado brillaba bajo la luz del
sol.
—Bueno, Jase, ¿tienes algo para mí? ¿Trabajo?
—Me temo que sí.
Fal se instaló lo más cómodamente posible sobre el banco de piedra y cruzó los
brazos. Jase emitió un pequeño campo de fuerza para sostener la pierna, aun sabiendo
que los campos del entablillado se encargaban de absorber toda la tensión exigida por
aquella postura.
—Escúpelo —dijo Fal.
—Quizá recuerdes una entrada de la sinopsis diaria de hace dieciocho días que
hacía referencia a una de nuestras naves espaciales. La nave fue construida por una
fábrica de navíos en el volumen de espacio Interior del Golfo Sombrío; la fábrica
tuvo que autodestruirse y, posteriormente, la nave tuvo que hacer lo mismo.
—Lo recuerdo —dijo Fal, quien olvidaba muy pocas cosas de lo que fuera, y que
nunca olvidaba nada de una sinopsis diaria—. La nave fue una especie de trabajo
improvisado. La fábrica estaba intentando conseguir que una Mente categoría VGS
pudiera salir de allí.
—Bien —dijo Jase con un cierto tono de cansancio—, tenemos un pequeño
problema con eso.
Fal sonrió.
No cabía duda de que la Cultura confiaba plenamente en sus máquinas tanto para
la estrategia como para las tácticas de la guerra en que se hallaba comprometida. De
hecho, podía afirmarse que la Cultura era sus máquinas, y que estas la representaban
a un nivel más fundamental que cualquier ser humano o grupo de humanos integrados
en su sociedad. Las Mentes que estaban siendo producidas por las fábricas de
orbitales situados en zonas seguras y los VGS de mayor tamaño se contaban entre
algunos de los conjuntos de materia más sofisticados existentes dentro de la galaxia.
Eran tan inteligentes que ningún ser humano podía comprender hasta dónde llegaba
su inteligencia (y las mismas máquinas eran incapaces de explicar y describir dicha
inteligencia a una forma de vida tan limitada como la humana).
Mucho antes de que la guerra con los idiranos hubiera sido prevista, la Cultura ya
había preferido la máquina al cerebro humano, y había depositado su confianza en

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toda la gama de inteligencias mecánicas, desde aquellos colosos mentales y las
máquinas más corrientes que seguían estando dotadas de conciencia hasta los
ordenadores inteligentes pero, en última instancia, mecánicos y predecibles, y el más
diminuto de los circuitos incorporados a un microproyectil que apenas si era más
inteligente que una mosca. La razón de tal comportamiento era que la Cultura se veía
a sí misma como una sociedad racional y autoconsciente; y las máquinas, incluso las
máquinas inteligentes, eran más capaces de alcanzar ese estadio tan deseado y, al
mismo tiempo, más eficientes a la hora de utilizarlo en cuanto se hubiese logrado. La
Cultura se conformaba con eso.
Además, eso permitía que los humanos de la Cultura quedaran libres para
ocuparse de las cosas que realmente importaban en la vida, como el deporte, los
juegos, el amor, el estudiar lenguas muertas, sociedades bárbaras y problemas
imposibles, y escalar montañas de gran altura sin la ayuda de un arnés de seguridad.
Una lectura hostil de semejante situación podía llevar a la conclusión de que el
descubrimiento hecho por las Mentes de la Cultura de que algunos humanos eran
capaces de igualar y, ocasionalmente, superar su capacidad de juzgar con precisión y
sin errores un conjunto de hechos determinados haría que las máquinas sufrieran un
ataque de indignación y les estallaran los circuitos, pero no había sido así. El hecho
de que un conjunto de facultades mentales tan caótico y diminuto fuese capaz de
emplear algún extraño truco de magia neurónica para producir una respuesta a un
problema tan buena como la obtenida por las Mentes era algo que las fascinaba.
Había una explicación, naturalmente, y quizá tuviera algo que ver con las pautas de
causa y efecto que incluso el poder cuasidivino de las Mentes tenía muchas
dificultades para desentrañar; también tenía mucho que ver con el puro y simple peso
de los números.
La Cultura contaba con más de dieciocho trillones de personas, y prácticamente
cada una de ellas estaba bien alimentada, había gozado de una excelente educación y
contaba con una mente despierta y vivaz, y solo treinta o cuarenta de ellas habían
dado muestras de poseer la inusual habilidad de predecir y emitir juicios que
estuvieran a la altura de los emitidos por una Mente bien informada (de las cuales ya
existían muchos centenares de millares). No era imposible que fuese un puro caso de
suerte; si se arrojan dieciocho trillones de monedas al aire durante cierto tiempo
algunas de ellas tienen que caer del mismo lado durante mucho mucho tiempo.
Fal 'Ngeestra era una Referenciadora de la Cultura, una de esas treinta o quizá
cuarenta personas de entre sus dieciocho trillones de habitantes que podían darte una
idea intuitiva de lo que iba a ocurrir, o explicarte por qué creían que algo que ya había
ocurrido ocurrió de una forma determinada, acertando prácticamente siempre. Fal
recibía un chorro continuo de ideas y problemas, y era utilizada y observada al mismo
tiempo. Nada de cuanto decía o hacía escapaba a los archivos; nada de cuanto
experimentaba era pasado por alto. Aun así, Fal insistía en que cuando estaba
practicando el alpinismo sola o con amigos debía estar abandonada a sus propios

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recursos y hallarse libre de toda observación por parte de la Cultura. Durante aquellas
excursiones Fal siempre llevaba consigo una terminal de bolsillo para registrarlo
todo, pero no disponía de una conexión en tiempo real con ninguna parte de la red de
Mentes de la Meseta en la que vivía.
Esa insistencia había sido la causa de que se pasara todo un día y una noche en la
nieve con una pierna fracturada antes de que un equipo de búsqueda lograra dar con
ella.
Jase había empezado a proporcionarle los detalles del viaje de la nave sin nombre
desde el momento en que abandonó su fábrica madre, así como de su intercepción y
autodestrucción. Pero Fal había vuelto la cabeza hacia las montañas y solo le
dedicaba una parte de su atención. Sus ojos y su mente estaban absortos en la
contemplación de las distantes laderas nevadas que tenía la esperanza de volver a
escalar dentro de pocos días, en cuanto los estúpidos huesos de su pierna hubieran
curado del todo.
Las montañas eran muy hermosas. Había otras montañas en el otro extremo de la
terraza del albergue y sus cimas parecían llegar al límpido cielo azul, pero
comparadas con esos picachos afilados que se alzaban al otro lado de la llanura, eran
un simple juego de niños. Fal sabía que esa era la razón de que la hubiesen instalado
en el albergue; tenían la esperanza de que preferiría escalar esas montañas, con lo que
se evitaría la molestia de subir a un deslizador y cruzar la llanura. Era una estupidez,
claro. Tenían que dejarle ver las montañas o no sería ella misma; y mientras pudiera
verlas no le quedaba más remedio que escalar esas cimas. Idiotas…
«En un planeta no podrías verlas tan bien», pensó. «No serías capaz de ver las
primeras estribaciones de la cordillera, la forma en que las montañas brotan de la
llanura…».
El albergue, la terraza, las montañas y la llanura se hallaban en un orbital. Los
humanos habían construido este lugar o, al menos, habían construido las máquinas
que construyeron las máquinas que… Bueno, podías seguir así durante mucho
tiempo. La Placa del orbital era casi perfectamente lisa; de hecho, verticalmente era
un poco cóncava, pero como el diámetro interno del orbital terminado —solo se le
consideraba adecuadamente formado cuando todas las Placas individuales habían
quedado unidas y se eliminaba la última pared divisoria— medía más de tres millones
de kilómetros, la curvatura era mucho menor que en la superficie convexa de
cualquier globo habitable por seres humanos. Eso hacía que la altura a la que se
encontraba Fal le permitiera ver la base de aquella cordillera distante.
Fal pensaba que vivir en un planeta y ver las cosas a lo largo de una curvatura
debía de ser muy extraño; por ejemplo, los mástiles de un barco aparecerían en el
horizonte antes que el resto de la embarcación.
De repente se dio cuenta de que si estaba pensando en planetas era por algo que
Jase había dicho. Se dio la vuelta y contempló la máquina color gris oscuro mientras
su memoria a corto plazo le repetía exactamente lo que acababa de decir.

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—¿La Mente se desplazó por el hiperespacio para llegar hasta el planeta? —
preguntó—. ¿Y luego utilizó el campo distorsionante para esconderse?
—Eso es lo que dijo que intentaría hacer cuando envió el mensaje codificado en
sus pautas de destrucción. El planeta sigue allí, así que debió conseguirlo. Si hubiera
fracasado, un mínimo de la mitad de su masa habría reaccionado con la sustancia
planetaria como si fuese antimateria.
—Comprendo. —Fal se rascó la mejilla con un dedo—. Creía que eso era
imposible…
El tono de su voz era interrogativo. Miró a Jase.
—¿El qué? —preguntó la unidad.
—Hacer… —el que Jase no la hubiera entendido al instante hizo que moviera la
mano en un gesto de impaciencia mientras fruncía el ceño—. Hacer lo que hizo.
Meterse por debajo de algo tan grande en el hiperespacio y rebotar por encima luego.
Me dijeron que era algo absolutamente inconcebible, algo con lo que no podíamos
contar…
—También se lo dijeron a esa Mente, pero estaba desesperada. El mismísimo
Consejo de Guerra General decidió que deberíamos intentar duplicar esa hazaña
usando una Mente similar y un planeta del que se pudiera prescindir.
—¿Y qué ocurrió? —preguntó Fal, sonriendo ante la idea de un planeta «del que
se pudiera prescindir».
—Ninguna Mente quiso tomar en consideración la idea; es demasiado peligroso.
Hasta las Mentes elegibles del Consejo de Guerra se negaron.
Fal se rio y alzó los ojos hacia las flores rojas y blancas que cubrían el entramado
de listones. Jase —que, en lo más hondo de su ser, era un romántico incurable—
estaba convencido de que su risa era idéntica al murmullo tintineante de los arroyos
de montaña, y siempre la grababa para disfrutar de ella posteriormente, incluso
cuando se trataba de meros bufidos o risotadas, incluso cuando Fal estaba de mal
humor y la risa era un arma más con que expresar su irritación. Jase sabía que una
máquina no podía morirse de vergüenza —ni tan siquiera una máquina consciente—,
pero también sabía que si Fal llegaba a enterarse de que grababa sus risas sería
justamente lo que le ocurriría. Fal dejó de reír.
—¿Qué aspecto tiene esa cosa? —preguntó—. Quiero decir que… Nunca las ves
sueltas, siempre están metidas en algo…, una nave o lo que sea. ¿Y cómo se las
arregló para…? ¿Qué usó para crear el campo distorsionador?
—Externamente es un elipsoide —dijo Jase con su voz tranquila y mesurada de
costumbre—. Cuando conecta los campos se parece a una nave muy pequeña. Mide
unos diez metros de largo y unos dos y medio de diámetro. Internamente, cuenta con
millones de componentes, pero los más importantes son las partes pensantes y la
memoria de la Mente propiamente dicha; son muy densos y eso es lo que la hace tan
pesada. Pesa casi quince mil toneladas. Naturalmente, posee su propia fuente de
energía y cuenta con varios generadores de campo, cualquiera de los cuales puede ser

[Link] - Página 84
utilizado como motor de emergencia en un momento dado. De hecho, se los diseña
pensando en tal eventualidad… La única parte de la Mente que siempre está en el
espacio real es la envoltura. El resto, al menos todas las partes pensantes, se mantiene
en el hiperespacio.
»Dando por supuesto, como debemos hacer, que la Mente hizo lo que dijo que
pensaba hacer, solo hay una forma posible de llevar a cabo esa tarea, dado que no
posee un Desplazador o un motor de campo distorsionante. —Jase hizo una pausa y
vio cómo Fal se inclinaba hacia adelante con los codos en las rodillas y las manos
cruzadas debajo del mentón. Vio cómo movía la espalda para desplazar su peso, y
captó la levísima mueca de dolor que cruzó por sus rasgos y desapareció casi al
instante. Jase decidió que el banco de piedra estaba empezando a resultarle
incómodo, y se puso en contacto con uno de los robots del albergue para ordenarle
que trajese algunos almohadones—. La Mente posee un distorsionador interno, pero
se supone que solo debe ser utilizado para expandir volúmenes microscópicos de la
memoria con el fin de crear más espacio alrededor de las secciones de información,
en forma de partículas-espirales elementales del tercer nivel, que desee alterar. El
límite de volumen normal de ese distorsionador es inferior a un milímetro cúbico. No
sabemos cómo, pero esa Mente se las arregló para manipularlo de tal forma que
abarcara toda su masa y la permitiera reaparecer bajo la superficie del planeta. Un
lugar donde hubiera bastante espacio libre habría sido el objetivo más lógico, y los
túneles del Sistema de Mando parecen una elección obvia; la Mente dijo que pensaba
dirigirse hacia allí.
—Bien —dijo Fal asintiendo con la cabeza—. De acuerdo. Y ahora, ¿cuáles…?
Oh.
Un robot de pequeño tamaño que sostenía dos almohadones enormes en su campo
de fuerza acababa de aparecer junto a ella.
—Hmmm… Gracias —dijo Fal, sosteniéndose con una mano mientras colocaba
un almohadón debajo de su cuerpo y ponía el otro detrás de su espalda—. ¿Esto ha
sido cosa tuya, Jase? —le preguntó.
—No —mintió Jase, secretamente complacido—. ¿Qué ibas a preguntarme?
—Esos túneles… —dijo Fal, inclinándose hacia adelante de una forma bastante
más cómoda que la vez anterior—. Ese Sistema de Mando… ¿Qué es?
—Para decirlo brevemente, consiste en dos aros gemelos interconectados de
túneles que miden veintidós metros de diámetro enterrados a cinco kilómetros de
profundidad. El conjunto del sistema mide varios centenares de kilómetros de
longitud. Los trenes fueron diseñados para ser usados en tiempo de guerra como
centros de mando móviles de un estado que existió en el planeta cuando este se
hallaba en la fase intermedia-sofisticada de la etapa tres. El arma más avanzada de
aquella época era la bomba de fusión transportada mediante un cohete guiado
transplanetario. El Sistema de Mando fue diseñado para…

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—Sí. —Fal alzó la mano y la movió rápidamente de un lado a otro—. Protegerles
y mantenerles en movimiento para que no pudieran hacerlos volar en pedazos.
¿Correcto?
—Sí.
—¿Qué clase de protección rocosa tenían?
—Granito —dijo Jase.
—¿Batolítico?
—Un momento… —dijo Jase mientras hacía una consulta—. Sí. Correcto: un
batolito.
—¿Un batolito? —preguntó Fal enarcando las cejas—. ¿Solo uno?
—Solo uno.
—¿Es un mundo de gravedad ligeramente baja? ¿Corteza gruesa?
—Ambas cosas.
—Ya… Así que la Mente está dentro de esos… —Sus ojos se pasearon por la
terraza sin ver nada de lo que había en ella, pero el ojo de su mente estaba
contemplando kilómetros de túneles sumidos en la oscuridad (y pensando que sobre
ellos podía haber algunas montañas realmente impresionantes. Todo ese granito y la
baja gravedad… Sería un territorio magnífico para el alpinismo). Acabó volviéndose
de nuevo hacia la máquina—. Bien, ¿y qué ocurrió? Es un Planeta de los Muertos.
¿Los nativos lograron acabar consigo mismos o qué?
—Eliminaron su raza hasta el último humanoide hace once mil años. Utilizaron
armas biológicas, no nucleares.
—Hmmm. —Fal asintió.
El motivo de que los dra’azon hubieran convertido el Mundo de Schar en uno de
sus Planetas de los Muertos resultaba obvio. Si eras una superespecie de energía pura
que llevaba mucho tiempo alejada de la vida galáctica normal basada en la materia y
tu objetivo era acordonar y conservar esos dos o tres planetas que creías podían ser un
monumento adecuado a la muerte y la futilidad, el Mundo de Schar, con su sórdida y
breve historia, parecía el tipo de sitio que pondrías en uno de los primeros lugares de
tu lista.
Algo pasó por su cabeza.
—Ha transcurrido muchísimo tiempo. ¿Cómo es posible que los túneles no estén
obstruidos? La presión correspondiente a cinco kilómetros…
—No lo sabemos. —Jase suspiró—. Los dra’azon no se han mostrado muy
dispuestos a proporcionar información al respecto. Es posible que los ingenieros del
Sistema dieran con una técnica gracias a la cual los túneles han podido soportar la
presión durante semejante período de tiempo. Admito que es improbable, pero por
aquellos tiempos eran muy ingeniosos.
—Es una lástima que no consagraran algo más de ingenio a la tarea de
mantenerse con vida en vez de a concebir una carnicería masiva lo más eficiente
posible —dijo Fal, y emitió una especie de resoplido.

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Las palabras de la chica hicieron que Jase sintiera un cierto placer (el resoplido
no) pero, al mismo tiempo, detectó en ellas una leve huella de esa mezcla de
desprecio y autosatisfacción complaciente que la Cultura encontraba tan difícil de
contener cuando observaba los errores cometidos por sociedades menos avanzadas,
pese al hecho de que las civilizaciones que habían servido como fuentes a su pasado
de mestizaje habían sido igualmente falibles. Aun así, Fal tenía razón. La experiencia
y el sentido común indicaban que el método más fiable de escapar a la autoextinción
era empezar no equipándose con los medios para llevarla a cabo.
—Bueno… —dijo Fal bajando la vista y golpeando las piedras grisáceas con el
talón de su pierna sana—. La Mente está en los túneles; los dra’azon están fuera.
¿Cuál es el límite de la Barrera del Silencio?
—El habitual: la mitad de la distancia hasta la estrella más cercana. Por el
momento y en el caso del Mundo de Schar, trescientos diez días luz estándar.
—¿Y…? —Extendió una mano hacia Jase, alzó la cabeza y enarcó las cejas. Una
brisa casi imperceptible acarició el entramado de listones que había encima de su
cabeza, y las sombras de las flores se movieron sobre su cuello—. ¿Cuál es el
problema?
—Bueno —dijo Jase—, la razón de que la Mente estuviera dentro de esa nave
es…
—Que tenía graves problemas. De acuerdo. Sigue.
Jase no había vuelto a irritarse ante las continuas interrupciones de Fal desde la
primera vez en que esta le regaló una flor cogida en la cima de una montaña.
—El Mundo de Schar cuenta con una pequeña base, al igual que ocurre en casi
todos los Planetas de los Muertos —siguió diciendo—. Como de costumbre, el
personal procede de alguna pequeña sociedad no dinámica nominalmente neutral de
cierta madurez galáctica…
—El cambiante —le interrumpió Fal hablando muy despacio, como si por fin
hubiera encontrado la respuesta a un enigma que la había estado obsesionando
durante horas y que debía haber sido muy fácil de resolver. Alzó los ojos hacia el
entramado cubierto de flores y contempló el cielo azul que había más allá. Unas
nubéculas blancas avanzaban muy despacio hacia el horizonte. Sus ojos volvieron a
posarse en la unidad—. Tengo razón, ¿verdad? Ese cambiante que…, y esa agente
especial de Circunstancias, Balveda, y el sitio donde tienes que haber entrado en
plena senilidad para gobernar… Los de la base del Mundo de Schar son cambiantes y
ese tipo… —Se quedó callada y frunció el ceño—. Pero creía que había muerto.
—Ahora no estamos tan seguros. El último mensaje de la UGC Energía nerviosa
parecía indicar que quizá hubiera logrado escapar.
—¿Qué ha sido de la UGC?
—No lo sabemos. Perdimos el contacto con ella mientras intentaba capturar la
nave idirana en vez de limitarse a destruirla. Se supone que ambas han dejado de
existir.

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—Capturarla, ¿eh? —dijo Fal con cierta sorna—. Otra Mente presumida… Pero
se trata de eso, ¿verdad? Los idiranos podrían utilizar los servicios de ese tipo…
¿Cómo se llama? ¿Conocemos su nombre?
—Bora Horza Gobuchul.
—Y nosotros no disponemos de ningún cambiante.
—Tenemos una, pero se encuentra al otro extremo de la galaxia en una misión
urgente no relacionada con la guerra; haría falta un año para traerla hasta aquí.
Además, nunca ha estado en el Mundo de Schar y el aspecto más peligroso de todo el
problema es que Bora Horza Gobuchul sí ha estado allí.
—Oh, oh —dijo Fal.
—Además, tenemos informaciones sin confirmar de que la misma flota idirana
que interceptó a la nave también intentó seguir a la Mente hasta el Mundo de Schar
enviando una pequeña fuerza de desembarco, pero no tuvo éxito. Por lo tanto, el
dra’azon que se ocupa del Mundo de Schar quizá sospeche algo. Puede que deje pasar
a Bora Horza Gobuchul porque ha trabajado antes con el personal de cuidadores del
planeta, pero ni tan siquiera él tiene la seguridad de que se le permitirá llegar al
planeta. Cualquier otra persona… Realmente, es muy dudoso.
—Naturalmente, ese pobre diablo podría estar muerto.
—los cambiantes son notoriamente difíciles de matar y, además, dadas las
circunstancias, limitarse a confiar en esa posibilidad no me parece nada prudente.
—Y te preocupa que el cambiante pueda encontrar a esa preciosa Mente y
entregársela a los idiranos.
—Podría ocurrir.
—Suponiendo que ocurriera, Jase… —dijo Fal entrecerrando los ojos e
inclinándose hacia la máquina—. ¿Qué más da? ¿Crees que eso cambiaría mucho la
situación? ¿Qué ocurriría si los idiranos pudieran echarle mano a esa joven Mente
que, y eso lo admito, parece tener tantos recursos?
—Dando por supuesto que vamos a ganar la guerra… —dijo Jase con voz
pensativa—. Podría hacer que el proceso durase un puñado de meses más.
—¿Y cuántos meses se supone que alargaría eso el proceso? —preguntó Fal.
—Supongo que entre tres y siete. Depende de a qué especie pertenezca la mano
que utilices.
Fal sonrió.
—Y el problema es que la Mente no puede destruirse sin hacer que el Planeta de
los Muertos acabe todavía más muerto de lo que ya está… De hecho, si se destruye,
el planeta quedará convertido en un cinturón de asteroides.
—Exactamente.
—Por lo tanto, es posible que ese diablillo haya cometido un grave error
salvándose de la quema. Quizá debería haberse hundido con su nave.
—Eso se llama instinto de supervivencia. —Jase hizo una pausa mientras Fal
asentía y siguió hablando—. Está programado en la inmensa mayoría de seres vivos.

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—Su campo de fuerza acarició la pierna fracturada de la joven en una exhibición más
bien melodramática—. Aunque, naturalmente, siempre hay excepciones…
—Sí —dijo Fal, obsequiándole con una mueca que esperaba resultase lo más
parecida posible a una sonrisa condescendiente—. Muy gracioso, Jase.
—Captas el problema, ¿verdad?
—Capto el problema —dijo Fal—. Naturalmente, podríamos abrirnos paso hasta
el planeta por la fuerza y, si es necesario, podríamos volarlo en pedacitos, y al
infierno con los dra’azon.
Sonrió.
—Sí —admitió Jase—, y eso nos enemistaría con un poder cuya nebulosa y
desconocida magnitud es exactamente igual a la extensión de su inmensidad, lo que
pondría en peligro todo el desenlace de la guerra. También podríamos rendirnos a los
idiranos, pero dudo mucho de que optemos por esa solución.
—Bueno, ya que estamos tomando en consideración todas las opciones
posibles…
Fal se rio.
—Oh, sí.
—De acuerdo, Jase, si eso es todo… Deja que piense en el problema durante un
tiempo —dijo Fal 'Ngeestra, irguiéndose en el banco y estirándose con un bostezo—.
Parece interesante. —Meneó la cabeza—. Pero se trata de un problema cuya solución
está en manos de los dioses, ¿no te parece? Tenme informada de todo lo que te
parezca relevante o relacionado con el problema… Cualquier cosa, sea lo que sea. Me
gustaría concentrarme en esta faceta de la guerra durante un tiempo; y quiero toda la
información de que dispongamos sobre el Golfo Sombrío… Al menos, toda la que yo
pueda absorber. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —dijo Jase.
—Hmmm —murmuró Fal, asintiendo distraídamente con los ojos clavados en la
nada—. Sí… Todo lo que tenemos sobre esa área… Me refiero al volumen…
Movió la mano en un lento círculo, y en su imaginación el gesto abarcó un cubo
cuya arista medía varios millones de años luz.
—Muy bien —dijo Jase.
Se alejó lentamente de la mirada de la chica. Flotó sobre la terraza moviéndose
entre los haces de sol y sombra, desplazándose por debajo de las flores hacia el
albergue.
La chica se quedó sola en el banco, meciéndose hacia adelante y hacia atrás
mientras canturreaba en voz baja, las manos bajo el mentón y los codos encima de las
rodillas, con una articulación doblada y la otra recta.
«Aquí estamos», pensó, «matando a los inmortales, faltando muy poco para que
nos metamos en los asuntos de algo que casi todas las personas llamarían un dios, y
aquí estoy yo, a ochenta mil años luz de distancia, metro más o menos, y se supone
que he de pensar cómo salimos de esta ridícula situación. Vaya broma… Maldición.

[Link] - Página 89
Ojalá me dejaran trabajar como Referenciadora de Campo, allí donde está la acción.
Pero no, tengo que estar lejos de todo, tan lejos que hacen falta más de dos años luz
solo para llegar hasta allí. Oh, bueno, qué se le va a hacer…».
Desplazó su peso sobre el banco y se sentó de lado para que su pierna rota
descansara sobre la superficie de piedra. Después volvió la cabeza hacia las montañas
que brillaban al otro extremo de la llanura. Apoyó el codo en el parapeto de piedra y
se sostuvo la cabeza con la mano mientras sus ojos absorbían el panorama.
Se preguntó si realmente harían honor a su promesa de no mantenerla bajo
observación cuando practicaba el alpinismo. Fal les creía perfectamente capaces de
tener una miniunidad, un microproyectil o algo parecido cerca de ella por si se daba
el caso de que le ocurría algo, y una vez ocurrido ese algo —después del accidente,
después de que se hubiera caído—, dejarla tirada en la nieve, asustada, sufriendo las
punzadas del frío y el dolor solo para convencerla de que no la vigilaban y para ver
qué efecto tenía aquella experiencia sobre ella. Siempre que no corriera ningún
auténtico peligro mortal, claro… Después de todo, sabía cómo funcionaban sus
Mentes. Si ella estuviese al mando, era justo el tipo de plan que podría haberle pasado
por la cabeza.
«Quizá debería limitarme a hacer las maletas y largarme de aquí. Dejarles solos
para que se metan su guerra donde les quepa… El problema es que… todo esto me
gusta tanto…».
Contempló una de sus manos, la piel de un marrón dorado bajo el rayo de sol. La
abrió y la cerró observando atentamente los dedos. «De tres… a siete…». Pensó en
una mano idirana. «Depende…».
Sus ojos recorrieron la llanura surcada de sombras hasta posarse en las montañas
y suspiró.

[Link] - Página 90
5
Megabarco

Vavatch flotaba en el espacio como el brazalete de un dios. El aro de catorce millones


de kilómetros relucía y centelleaba con destellos azul y oro, recortando su silueta
contra el telón de fondo negro azabache que se desplegaba detrás de él. La
Turbulencia en cielo despejado emergió del hiperespacio con el orbital delante de la
proa, y casi toda la tripulación se congregó ante la pantalla del comedor para observar
cómo su objetivo se iba aproximando. El océano color aguamarina que cubría casi
toda la superficie del material de base ultradenso utilizado en la construcción del
artefacto estaba salpicado de nubéculas blancas que se agrupaban según los caprichos
del clima para formar inmensos sistemas tormentosos o vastas cordilleras
algodonosas. Algunas de ellas parecían extenderse a lo largo de los treinta y cinco mil
kilómetros de anchura del orbital que giraba lentamente sobre sí mismo.
La única tierra visible se encontraba a un extremo de la banda de agua que
recubría el aro, trepando por la curvatura de un muro de contención hecho de cristal
puro. Desde la distancia a la que la observaban, aquella rebanada de tierra parecía un
minúsculo hilo marrón colocado junto a un inmenso radio del más vívido azul, pero
ese hilo medía casi dos mil kilómetros de ancho. Vavatch tenía tierra más que
suficiente.
Pero los megabarcos eran su mayor atractivo, y siempre lo habían sido.

—¿A qué iglesia perteneces? —preguntó Dorolow volviéndose hacia Horza—.


Tendrás alguna religión, ¿no?
—Sí —replicó Horza sin apartar los ojos de la pantalla que ocupaba casi toda la
pared al final de la mesa del comedor—. Creo en mi supervivencia.
—Entonces… Tu religión muere contigo. Qué pena —dijo Dorolow, apartando
los ojos de Horza y posándolos en la pantalla.
El cambiante prefirió no replicar.
La conversación había empezado cuando Dorolow, impresionada por la belleza
del gran orbital, expresó la creencia de que pese a haber sido construido por criaturas
tan viles como los seres humanos ofrecía un testimonio triunfante del poder de Dios,
ya que Dios había creado al hombre y a todas las criaturas dotadas de alma. Horza no
estaba de acuerdo con Dorolow, y el que aquella mujer pudiera utilizar una
demostración tan obvia del poder de la inteligencia y el trabajo como un argumento
con el que apoyar su sistema de creencias irracionales le había hecho sentir una
irritación tan sincera como inesperada.

[Link] - Página 91
Yalson, que estaba sentada junto a Horza y cuyo pie acariciaba suavemente el
tobillo del cambiante, apoyó los codos sobre la superficie de plástico cubierta de
platos y recipientes de líquido.
—Y van a hacerlo volar dentro de cuatro días. Qué jodido desperdicio…
Yalson nunca tuvo ocasión de averiguar si sus palabras habrían servido como
finta para cambiar de tema, pues el altavoz del comedor emitió un crujido y en cuanto
este se hubo disipado oyeron la voz de Kraiklyn, que estaba en el puente.
—Bueno, amigos, pensé que quizá os gustaría ver esto…
La imagen del orbital fue sustituida por una pantalla en blanco sobre la que
apareció un mensaje en letras que parpadeaban.

AVISO/SEÑAL/AVISO/SEÑAL/AVISO/SEÑAL/AVISO: ¡ATENCIÓN NAVES!EL


ORBITAL VAVATCH Y SU CUBO JUNTO CON TODAS LAS UNIDADES AUXILIARES
SERÁ DESTRUIDO, REPETIMOS, DESTRUIDO EXACTAMENTE A LAS A/4872.0001
TIEMPO DE MARAIN (EQUIVALENTE TIEMPO CUBO-GT 00043.2909.401:
EQUIVALENTE TIEMPO MIEMBRO TRES 09.256.8: EQUIVALENTE TIEMPO
RELATIVO IDIR QU’URIBALTA 359.0021: EQUIVALENTE TIEMPO VAVATCH SEG
SÉPTIMO 4010.5) MEDIANTE HIPERINTRUSIÓN DE REJILLA NIVEL NOVA Y
SUBSIGUIENTE BOMBARDEO AMC. MENSAJE ENVIADO POR EL VEHÍCULO
GENERAL DE SISTEMAS DE LA CULTURA ESCATÓLOGO (NOMBRE
PROVISIONAL). REGISTRADO A LAS A/4870.986: BASE MARAIN ATODAS LAS
TRANSMISIONES… SIGUE FIN DE SEÑAL… SIGUE REPETICIÓN DE SEÑAL
NÚMERO UNO EN UN TOTAL DE SIETE… AVISO/SEÑAL/AVISO/SEÑAL/AVISO…

—Acabamos de atravesar el radio de emisión de esa señal —añadió Kraiklyn—.


Os veré luego.
El altavoz emitió otro crujido y se calló. El mensaje se desvaneció, y la imagen
del orbital volvió a ocupar toda la pantalla.
—Hmmm —dijo Jandraligeli—. Breve y conciso.
—Tal y como os había dicho —replicó Yalson, señalando la pantalla con la
cabeza.
—Recuerdo… —empezó a decir Wubslin contemplando la brillante banda azul y
blanca de la pantalla—. Recuerdo que cuando era muy pequeño una de mis maestras
puso un barquito de metal dentro de un cubo y lo llenó de agua. Después agarró el
cubo por el asa y me cogió en brazos, sosteniéndome con la espalda junto a su pecho
para que mis ojos quedaran en la misma dirección que los suyos. Empezó a dar
vueltas y más vueltas, moviéndose cada vez más deprisa, dejando que la inercia de
sus giros alejara el cubo de su cuerpo, y el cubo acabó quedando paralelo al suelo con
la superficie del agua que contenía formando un ángulo de noventa grados con
relación a este, y yo no podía moverme, y sentía la inmensa mano de una mujer
adulta apretando mi estómago, y todo giraba a mi alrededor y no apartaba los ojos de
ese barquito de juguete que seguía flotando en el agua, aunque la superficie del agua
se había convertido en una línea recta paralela a mi cara, y mi maestra dijo: «Si
alguna vez tienes la suerte de ver los megabarcos de Vavatch te acordarás de esto».

[Link] - Página 92
—¿Sí? —dijo Lamm—. Bueno, pues la mano que sujeta la jodida asa del cubo
está a punto de soltarla.
—Espero que nos hayamos alejado de la superficie cuando lo hagan —dijo
Yalson.
Jandraligeli se volvió hacia ella y enarcó una ceja.
—Querida, después de ese último fracaso, creo que ya nada puede sorprenderme.
—Entrada fácil, salida fácil —dijo Aviger, y se rio.

El trayecto de Marjoin a Vavatch había requerido veintitrés días. La Compañía se fue


recuperando gradualmente de los efectos provocados por el infortunado ataque al
Templo de la Luz. Los que participaron en la incursión habían sufrido algunas
distensiones musculares y arañazos; Dorolow estuvo ciega un par de días, y durante
algún tiempo casi todos los miembros de la Compañía estuvieron más callados de lo
normal y rehuyeron la compañía de los demás, pero cuando Vavatch se hizo visible la
vida a bordo de la nave estaba empezando a resultar tan aburrida —incluso con
menos gente ocupando el poco espacio disponible— que todos anhelaban distraerse
emprendiendo una nueva operación.
Horza se apropió del rifle láser que había pertenecido a kee-Alsorofus, y llevó a
cabo todas las reparaciones rudimentarias y mejoras de su traje que el limitado equipo
de la Turbulencia en cielo despejado podía permitirle efectuar. Kraiklyn no paraba de
elogiar el traje que le había quitado a Horza; el traje le había permitido salir bien
librado de la catástrofe en la sala del Templo de la Luz, y aunque había recibido
algunos disparos de considerable potencia, estos apenas habían dejado señales, y
mucho menos averías.
Neisin dijo que de todas formas siempre había odiado los láseres, y afirmó que
jamás volvería a utilizar uno. Poseía un rifle de proyectiles de disparo rápido en
perfecto estado, y tenía montones de munición. En el futuro siempre utilizaría el rifle
o el microobús.
Horza y Yalson habían empezado a dormir juntos cada noche en el que ahora era
su camarote y que anteriormente había pertenecido a las dos mujeres. Los largos días
del viaje habían hecho que su relación fuera volviéndose más íntima, pero seguían
hablando poco, al menos para ser una pareja de recién enamorados. Los dos parecían
preferirlo así. El cuerpo de Horza había completado su regeneración después de haber
adoptado la personalidad del Gerontócrata, y todas las arrugas, cicatrices y cambios
exigidos por aquel papel habían desaparecido. Horza había explicado a quien quisiera
oírle que ese era su aspecto de siempre, pero en realidad había moldeado su cuerpo
para que se pareciera considerablemente al de Kraiklyn. El nuevo Horza era un poco
más alto y tenía el pecho más robusto que su yo neutral, y su cabello era más oscuro y
abundante. Naturalmente, aún no podía permitirse cambiar de rostro, pero los
músculos y glándulas ocultos bajo la piel atezada estaban preparados para iniciar el

[Link] - Página 93
proceso. Un trance de corta duración y estaría en condiciones de pasar por el capitán
de la Turbulencia en cielo despejado; puede que Vavatch le diera la oportunidad que
necesitaba.
Había pensado durante mucho rato en cuáles debían ser sus acciones futuras
ahora que se había convertido en otro miembro de la Compañía. Eso le daba cierta
seguridad, pero le impedía ponerse en contacto con sus jefes idiranos. Naturalmente,
siempre podía seguir su propio camino, pero aquello habría sido una especie de
traición a Xoralundra, tanto si el viejo idirano estaba vivo como si había muerto.
Además, significaría huir de la guerra, de la Cultura y del papel que había escogido
jugar en contra de ella. Aparte de todo eso, al principio también hubo una idea con la
que Horza había jugueteado incluso antes de saber que su siguiente misión guardaba
relación con el Mundo de Schar, y era la idea de reunirse con su antigua amante.
Su nombre era Sro Kierachell Zorant. Era lo que llamaban una cambiante
dormida, pues nunca había recibido entrenamiento y no deseaba practicar el arte del
cambio. Sro había aceptado el puesto en el Mundo de Schar en parte para escapar a la
cada vez más belicosa atmósfera de Heibohre, el asteroide natal de los cambiantes.
De aquello hacía ya siete años, y en aquellos momentos Heibohre se encontraba
dentro de lo que casi todo el mundo reconocía como espacio idirano. Muchos
cambiantes habían empezado a trabajar para los idiranos.
Horza fue enviado al Mundo de Schar en parte como castigo y en parte para su
propia protección. Un grupo de cambiantes había planeado poner en marcha las viejas
centrales energéticas del asteroide y sacarlo del espacio idirano con el fin de que tanto
su hogar como su especie recobraran la neutralidad en aquella guerra que
comprendían iba volviéndose más inevitable a cada momento que pasaba. Horza
descubrió el plan y mató a dos de los conspiradores. El tribunal de la Academia de
Artes Militares de Heibohre —su órgano de gobierno en todo salvo el nombre—
llegó a un compromiso entre el sentimiento popular del asteroide, que quería castigar
a Horza por haber matado a dos congéneres, y la gratitud que sentía hacia él. El
tribunal tuvo que enfrentarse a una tarea muy delicada, pues la mayoría de
cambiantes no sentían muchos deseos de que el asteroide siguiera en su posición
actual dentro de la esfera de influencia idirana. El tribunal albergaba la esperanza de
que enviar a Horza al Mundo de Schar con instrucciones de permanecer allí durante
varios meses —pero sin imponerle ningún otro castigo— haría que todas las partes
implicadas en el debate tuvieran la impresión de haberse salido con la suya. El plan
del tribunal había tenido éxito; al menos, no se había producido ninguna revuelta
popular, la Academia seguía siendo la fuerza rectora del asteroide y la demanda de
los servicios prestados por los cambiantes era mayor de lo que había sido nunca
desde la aparición de aquella especie inimitable y única.
En ciertos aspectos Horza había tenido mucha suerte. No tenía amigos y carecía
de influencia; sus padres habían muerto hacía tiempo, y su clan estaba prácticamente
extinguido salvo por él. La sociedad de los cambiantes atribuía una gran importancia

[Link] - Página 94
a los lazos familiares, y teniendo en cuenta que carecía de una familia influyente o de
amigos que hablaran en su favor, podía considerarse que Horza había salido bastante
mejor librado de lo que tenía derecho a esperar.
Horza estuvo enfriándose el trasero en el Mundo de Schar durante menos de un
año antes de abandonarlo para unirse a los idiranos en su lucha contra la Cultura,
tanto antes como después de que recibiera el nombre oficial de guerra. Durante ese
tiempo inició una relación con uno de los cuatro cambiantes que había en la base, una
mujer llamada Kierachell que mantenía puntos de vista opuestos a los de Horza en
casi todo pero que, pese a ello, le había amado en cuerpo y alma. Cuando se marchó
supo que el dolor de la separación fue mucho mayor para ella que para él. Su
compañía le había hecho más llevadero el exilio y Kierachell le gustaba bastante,
pero no había sentido nada de cuanto se supone ha de experimentar un ser humano
cuando habla de amor, y poco antes de marcharse la relación estaba empezando —
solo empezando— a resultarle un poco aburrida. En aquel entonces se dijo que la
vida era así, y que si se marchaba era en parte por el bien de ella. Pero la expresión
que había en sus ojos cuando la vio por última vez no era algo en lo que le gustara
pensar, y Horza pasó mucho tiempo intentando olvidarla.
Había oído comentar que seguía allí, pensaba en ella y seguía conservando
buenos recuerdos de aquellos momentos; y cuanto más arriesgaba la vida y cuanto
más tiempo pasaba más quería volver a verla, y la idea de llevar una existencia menos
agitada y peligrosa iba pareciéndole más atractiva. Se había imaginado la escena y la
expresión que habría en sus ojos cuando volvieran a encontrarse… Quizá le hubiese
olvidado, e incluso era posible que estuviera manteniendo una relación íntima con
alguno de los otros cambiantes de la base, pero la verdad es que Horza no lo creía.
Pensaba en esas posibilidades solo como si fuesen una especie de seguro contra
riesgos.
Puede que Yalson le dificultara un poco las cosas, pero estaba intentando que su
amistad y sus relaciones íntimas no adquiriesen demasiada intensidad emocional, aun
estando bastante seguro de que para Yalson el tener a Horza por amante también se
reducía a esas dos cosas.
Así pues, suplantaría a Kraiklyn si podía o, por lo menos, le mataría y se limitaría
a tomar el mando con la esperanza de revocar las comparativamente toscas
fidelidades personales programadas en el ordenador de la Turbulencia en cielo
despejado o de conseguir que alguna otra persona se encargara de llevar a cabo esa
tarea por él. Después iría al Mundo de Schar y se pondría en contacto con los idiranos
si le era posible, pero tanto si lo conseguía como si no, pensaba volver allí,
suponiendo que el señor Corrección —el apodo que los cambiantes de la base del
Mundo de Schar daban al dra’azon encargado de vigilar el planeta— le permitiera
atravesar la Barrera del Silencio después del fallido intento idirano de engañarle
usando un animal chuy-hirtsi. Si era posible, permitiría que los demás miembros de la
Compañía escogieran si querían marcharse o acompañarle.

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Uno de los problemas era saber cuándo dar el golpe. Horza tenía la esperanza de
que su estancia en Vavatch le ofrecería alguna oportunidad de acabar con Kraiklyn,
pero Kraiklyn no parecía tener ningún plan bien definido, y eso hacía que a Horza le
resultara bastante difícil trazar los suyos. Cada vez que se le había hecho alguna
pregunta al respecto durante el viaje, Kraiklyn se limitó a hablar de las «grandes
oportunidades» existentes en el orbital, oportunidades que «debían surgir» debido a la
inminente destrucción del artefacto.
—Ese bastardo mentiroso… —dijo Yalson una noche cuando ya llevaban
recorrida la mitad de la distancia que separaba Marjoin de Vavatch.
Estaban acostados en el que ahora era su camarote, en la oscuridad de la noche de
a bordo, con una media gravedad haciendo que resultara más fácil compartir el
reducido espacio de la cama.
—¿A qué te refieres? —exclamó Horza—. ¿No crees que haya decidido ir a
Vavatch?
—Oh, sí, iremos allí, seguro, pero no porque haya posibilidades desconocidas de
hacer un trabajo con éxito. Quiere ir allí por la partida de daño.
—¿Qué partida de daño? —preguntó Horza, volviéndose hacia ella en la
oscuridad hacia el punto en que sus hombros desnudos rozaban su brazo. Podía sentir
la suavidad del vello de Yalson sobre su piel—. ¿Te refieres a una partida importante?
¿Una partida de verdad?
—Sí. El mismísimo anillo… Lo último que oí al respecto era solo un rumor, pero
cada vez que pienso en ello me parece más lógico. Después de todo, la destrucción de
Vavatch es algo seguro. Basta con que consigan un quórum.
—Los Jugadores de la Víspera de la Destrucción… —Horza dejó escapar una
leve carcajada—. ¿Crees que Kraiklyn quiere jugar o piensas que se limitará a hacer
de mirón?
—Supongo que intentará jugar. Si es tan bueno como afirma, hasta es posible que
le dejen participar, siempre que pueda apostar lo que se exige. Se supone que así es
como ganó la Turbulencia en cielo despejado… No se la ganó a nadie que formara
parte del anillo, pero si apostaban naves me imagino que los otros jugadores debían
de ser auténticos pesos pesados. Aun así, supongo que si no hay más remedio está
preparado para conformarse con mirar. Apuesto a que esa es la razón de que nos
hayamos embarcado en esta pequeña excursión de recreo. Puede que intente dar con
alguna excusa o que monte alguna operación en el último instante, pero esa es la
auténtica razón: el daño. O ha oído algo o actúa basándose en una hipótesis más o
menos sólida, pero es tan jodidamente obvio…
Se quedó callada, y Horza sintió el roce de su cabeza en la piel de su brazo.
—Oye, uno de los habituales del anillo es… —dijo.
—¿Ghalssel? —Horza sintió el leve peso de aquella cabeza cubierta de un vello
muy suave asintiendo junto a su brazo—. Sí, estará allí. Suponiendo que le haya sido
posible desplazarse, claro… Sería capaz de quemar los motores de la Ventaja para

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asistir a una partida importante de daño, y teniendo en cuenta lo mucho que se ha
caldeado últimamente la situación por aquella zona y la cantidad de maravillosas
oportunidades tipo entrada-fácil, salida-fácil que ofrece… No me lo imagino dejando
escapar la ocasión. —La voz de Yalson sonaba un tanto amarga—. En cuanto a mí,
creo que Ghalssel tiene adjudicado el papel de protagonista en todos los sueños
eróticos de Kraiklyn. Kraiklyn está convencido de que ese tipo es todo un jodido
héroe. Mierda…
—Yalson, dos preguntas —dijo Horza en el oído de la mujer, sintiendo cómo su
cabello le hacía cosquillas en la nariz—. Primera: ¿cómo es posible que Kraiklyn
tenga sueños eróticos si no duerme nunca? Segunda: ¿y si ha instalado sensores en
los camarotes?
La cabeza de Yalson se volvió rápidamente hacia él.
—Joder, ¿qué más da? No le tengo miedo. Sabe que soy una de las personas más
preparadas y dignas de confianza de toda su tripulación; sé disparar y no lleno mis
pantalones de mierda en cuanto las cosas empiezan a ponerse difíciles. Además, creo
que Kraiklyn es lo más parecido a un líder que tenemos a bordo de esta nave. No es
probable que encontremos a nadie mejor, y él lo sabe. No te preocupes por mí. De
todas formas… —Horza sintió cómo sus hombros y su cabeza volvían a moverse, y
supo que estaba mirándole—. Si alguien me dispara por la espalda tú me vengarías,
¿verdad?
La idea jamás había pasado por la cabeza de Horza.
—¿Verdad? —repitió Yalson.
—Bueno, yo… Claro que sí —dijo él.
Yalson no se movió. Horza podía oír el sonido de su respiración.
—Me vengarías, ¿verdad? —preguntó Yalson.
Horza extendió los brazos y la cogió por los hombros. Su cuerpo estaba caliente,
el vello que cubría su piel era muy suave y los músculos y la carne del esbelto cuerpo
que había debajo de la capa de vello eran fuertes y firmes.
—Sí, te vengaría —dijo, y solo entonces se dio cuenta de que hablaba en serio.

Durante el trayecto entre Marjoin y Vavatch, el cambiante descubrió cuanto quería


saber sobre los controles y fidelidades de la Turbulencia en cielo despejado.
Kraiklyn llevaba un anillo de identidad en el dedo meñique de la mano derecha, y
algunas cerraduras de la nave solo funcionaban en presencia de la firma electrónica
contenida dentro de ese anillo. El control de la nave dependía de una conexión
identificatoria audiovisual; el ordenador de la nave reconocía el rostro de Kraiklyn,
así como su voz cuando decía «Soy Kraiklyn». Era así de sencillo. Hubo una época
en que la nave también poseía un sistema de identificación retinal, pero se había
averiado hacía mucho tiempo y ya no estaba a bordo. Horza se alegró. Copiar la pauta
retinal de una persona era una operación delicada y compleja que requería, entre otras

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muchas cosas, el cuidadoso desarrollo de una gran cantidad de células alrededor del
iris. Casi tenía más sentido decidirse por una transcripción genética total donde el
ADN del sujeto se convertía en el modelo para un virus que solo dejaba sin alterar el
cerebro del cambiante y, si este así lo quería, sus gónadas. Afortunadamente, adoptar
la identidad del capitán Kraiklyn no requeriría medidas tan extremas.
Horza descubrió cuáles eran las fidelidades de la nave cuando habló con el
hombre para pedirle una lección de pilotaje. Al principio Kraiklyn mostró cierta
reluctancia, pero Horza no insistió y respondió a un par de las preguntas
aparentemente casuales sobre ordenadores que le hizo Kraiklyn después de su
petición fingiendo la más absoluta ignorancia. Kraiklyn pareció convencerse de que
enseñarle a pilotar la Turbulencia en cielo despejado no llevaba implícito el riesgo de
que Horza se apoderase de la nave, por lo que acabó permitiendo que Horza
practicara el pilotaje manual usando los más bien toscos controles en su modalidad de
simulador bajo las instrucciones de Mipp mientras la nave atravesaba el espacio con
rumbo a Vavatch dirigida por el sistema automático.

—Aquí Kraiklyn —anunció el sistema de megafonía del comedor pocas horas


después de que hubieran atravesado la señal de la Cultura que advertía sobre la
inminente destrucción del orbital.
La tripulación estaba sentada a la mesa después de comer, bebiendo o inhalando
vapores, relajándose o, en el caso de Dorolow, haciendo la señal del Círculo de
Llamas sobre su frente y recitando la Plegaria de Gratitud. El gran orbital seguía en la
pantalla del comedor y había aumentado considerablemente de tamaño, llenando casi
toda la imagen con el lado diurno de su superficie interna, pero todo el mundo se
había hartado un poco de verlo y ahora solo recibía alguna que otra mirada ocasional.
Dejando aparte a Lenipobra y Kraiklyn, todos los demás estaban allí. Cuando oyeron
la voz de Kraiklyn, se miraron o alzaron los ojos hacia el altavoz.
—Tengo un trabajo para nosotros, algo que acabo de confirmar. Wubslin, prepara
la lanzadera. Me reuniré con los demás en el hangar dentro de tres horas, tiempo de la
nave. Quiero que llevéis el traje y todo el equipo. Y no os preocupéis; esta vez no
habrá presencias hostiles. Esta vez es realmente lo-que-ya-sabéis tanto al entrar como
al salir.
El altavoz emitió un crujido y se quedó callado. Horza y Yalson intercambiaron
una rápida mirada.
—Bueno —dijo Jandraligeli, reclinándose en su asiento y cruzando las manos
detrás del cuello. Su rostro adoptó una expresión pensativa y las cicatrices que lo
adornaban se hicieron un poco más profundas—. Nuestro estimado líder ha vuelto a
encontrarnos una misión para que empleemos nuestros pequeños talentos, ¿eh?
—Espero que no sea en otro jodido templo —gruñó Lamm, rascándose la carne
que rodeaba a sus pequeños cuernos injertados.

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—¿Qué pasa, crees que en Vavatch hay templos? —le preguntó Neisin.
Estaba un poco borracho, y eso le volvía ligeramente más hablador de lo que solía
ser cuando se encontraba acompañado. Lamm volvió la cabeza hacia el hombrecillo
sentado al otro lado de la mesa a unos cuantos asientos de distancia.
—Amigo, será mejor que te vayas quitando la mona de encima —le dijo.
—Barcos —replicó Neisin, cogiendo el cilindro terminado en una válvula que
había ante él—. Ahí no hay nada, solo barcos jodidamente grandes… No hay
templos.
Cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás y bebió.
—Quizá haya templos en los barcos —dijo Jandraligeli.
—Y puede que en esta nave espacial haya un jodido borracho —dijo Lamm sin
apartar los ojos de Neisin. Neisin le devolvió la mirada—. Procura que se te pase
pronto, Neisin —añadió Lamm señalando con un dedo al hombrecillo.
—Creo que me iré al hangar —dijo Wubslin.
Se puso en pie y salió del comedor.
—Voy a ver si Kraiklyn quiere que le eche una mano —dijo Mipp y partió en
dirección opuesta saliendo por otra puerta.
—¿Creéis que aún podremos ver alguno de esos megabarcos?
Aviger estaba contemplando la pantalla. Dorolow también alzó los ojos hacia ella.
—No seas estúpido, joder —dijo Lamm—. No son tan grandes.
—Son muy grandes —dijo Neisin con un asentimiento de cabeza dirigido a sí
mismo y al pequeño cilindro de bebida. Lamm le miró, miró a los demás y meneó la
cabeza—. Sí —dijo Neisin—, son enormes.
—Bueno, la verdad es que solo miden unos cuantos kilómetros de largo —suspiró
Jandraligeli, reclinándose en su asiento y poniendo una expresión aún más pensativa
que antes, con lo que sus cicatrices se hicieron todavía más profundas—. Eso hace
que no se los pueda ver desde tan lejos. Pero no cabe duda de que son grandes.
—¿Y lo único que hacen es dar vueltas y más vueltas por el orbital? —preguntó
Yalson.
Ya conocía la respuesta, pero prefería oír hablar al mondliciano que soportar una
discusión entre Lamm y Neisin. Horza sonrió para sí. Jandraligeli asintió.
—Una y otra vez… Necesitan unos cuarenta años para completar todo el
recorrido.
—¿Es que nunca se detienen? —preguntó Yalson.
Jandraligeli la miró y enarcó una ceja.
—Jovencita, necesitan varios años solo para alcanzar la velocidad máxima. Pesan
mil millones de toneladas. Nunca se detienen; se mueven en círculos sin parar.
Cuentan con trasatlánticos para las excursiones y para las funciones auxiliares y de
suministro; y también utilizan aeroplanos.
—¿Sabíais que en un megabarco pesas menos? —preguntó Aviger, apoyando los
codos sobre la mesa y recorriendo con los ojos los rostros de todos los que seguían

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sentados a la mesa—. Eso es porque se mueven en dirección opuesta al giro del
orbital. —Aviger hizo una pausa y frunció el ceño—. ¿O es al contrario?
—Oh, joder… —dijo Lamm.
Meneó la cabeza con violencia, se puso en pie y se marchó.
Jandraligeli frunció el ceño.
—Fascinante —dijo.
Dorolow se volvió hacia Aviger y le sonrió. El anciano les contempló y asintió
con la cabeza.
—Bueno, lo que sea… Es cierto —afirmó.

—Bien. —Kraiklyn puso un pie en la rampa trasera de la lanzadera y apoyó los puños
en las caderas. Llevaba un par de pantalones cortos; su traje estaba detrás de él listo
para ser utilizado, abierto a lo largo del pecho como si fuera la piel olvidada de algún
insecto—. Ya os he dicho que tenemos un trabajo. Voy a explicaros en qué consiste.
—Kraiklyn hizo una pausa y miró a los miembros de la Compañía que estaban
esparcidos por el hangar, de pie, sentados o apoyados en sus armas y rifles—. Vamos
a atacar un megabarco.
Se quedó callado, aparentemente esperando una reacción. El único que puso cara
de sorpresa y pareció algo impresionado fue Aviger; los demás, con solo Mipp y el
recién despertado Lenipobra ausentes, le contemplaron con expresiones impasibles.
Mipp estaba en el puente; Lenipobra seguía en su camarote intentando prepararse
para la misión.
—Bueno —dijo Kraiklyn, algo irritado—, todos sabéis que la Cultura destruirá
Vavatch dentro de pocos días. La gente ha estado utilizando todos los medios de
transporte disponibles para largarse de aquí, y ahora los megabarcos están vacíos,
dejando aparte algunos equipos de salvamento y desguace. Supongo que ya se han
llevado todos los objetos y sistemas de valor que contenían. Pero existe un barco
llamado Olmedreca donde un par de equipos mantuvieron una pequeña discusión.
Una persona bastante descuidada se dejó a bordo una bomba atómica de pequeño
tamaño, y ahora el Olmedreca tiene un agujero condenadamente grande en un flanco.
Sigue a flote y continúa en movimiento, pero la bomba estalló en uno de sus flancos y
eso no le ha ayudado a mantener un rumbo muy preciso, por lo que ha empezado a
moverse en una gran curva, y a cada segundo que pasa se acerca más y más al muro
del borde exterior. Según la última transmisión que capté, nadie está muy seguro de si
se estrellará antes de que la Cultura acabe con Vavatch, pero no parecen muy
dispuestos a correr riesgos, así que no hay nadie a bordo.
—Y tú quieres que vayamos allí —dijo Yalson.
—Sí, porque he estado en el Olmedreca y creo recordar algo que todo el mundo
ha olvidado en su apresuramiento por largarse: los láseres de proa.
Algunos miembros de la Compañía intercambiaron miradas escépticas.

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—Sí, los megabarcos tienen láseres de proa…, especialmente el Olmedreca. Solía
navegar por zonas del Mar Circular que la mayoría de barcos evitaban, sitios donde
había montones de algas flotantes o icebergs. Dado su tamaño las maniobras le
resultaban más bien difíciles, por lo que debía ser capaz de acabar con cualquier cosa
que se cruzara en su camino, y necesitaba contar con la potencia de fuego suficiente
para conseguirlo. El armamento frontal del Olmedreca haría ruborizarse de vergüenza
a unos cuantos navíos de combate. Ese trasto podía abrirse camino a través de un
iceberg mayor que él, y era capaz de acabar con islas de algas flotantes tan grandes
que la gente solía pensar que estaba atacando la mismísima Tierra del borde. Mi
hipótesis, y es bastante sólida porque he estado escuchando las señales que recibimos
y me he dedicado a leer entre líneas, es que nadie se ha acordado de todo ese
armamento y, por lo tanto, nosotros iremos a echarle mano.
—¿Y si el barco se estrella contra el muro cuando estemos a bordo? —preguntó
Dorolow.
Kraiklyn le sonrió.
—No estamos ciegos, ¿verdad? Sabemos dónde está el muro y sabemos dónde…
Bueno, os aseguro que localizaremos al Olmedreca sin ninguna dificultad. Iremos
allí, echaremos un vistazo y si decidimos que tenemos tiempo suficiente para ello
desmontaremos unos cuantos de los láseres más pequeños… Diablos, bastaría con
uno. Yo también estaré allí, ¿sabéis?, y si puedo ver el muro del borde delante no
arriesgaré mi propio cuello, ¿no os parece?
—¿Iremos en la nave? —preguntó Lamm.
—Solo durante una parte del trayecto. El orbital tiene la masa suficiente como
para que la utilización del campo resulte bastante complicada, y las defensas
automáticas del cubo acabarían con nosotros en cuanto encendiéramos los motores de
fusión. Creerían que nuestros motores eran meteoritos o algo parecido… No,
dejaremos la nave aquí sin nadie a bordo. Si hay alguna emergencia siempre puedo
manejarla por control remoto desde mi traje. Emplearemos los campos de fuerza de la
lanzadera. Los campos de fuerza funcionan estupendamente en un orbital. Oh, eso es
algo que debéis recordar: no intentéis utilizar vuestras unidades antigravitatorias en el
orbital, ¿entendido? La antigravedad solo es efectiva contra la masa, no contra la
rotación, así que si salierais disparados por encima del borde creyendo que podéis
volar, acabaríais tomando un baño inesperado.
—¿Qué haremos después de conseguir ese láser, si es que lo conseguimos? —
preguntó Yalson.
Kraiklyn frunció el ceño durante un par de segundos y acabó encogiéndose de
hombros.
—Probablemente lo mejor será dirigirse a la capital. Se llama Evanauth…, es el
puerto donde construyeron los megabarcos. Se encuentra en tierra firme,
naturalmente…
Sonrió y miró a algunos de los demás.

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—Sí, claro —dijo Yalson—. Pero ¿qué haremos cuando lleguemos allí?
—Bueno… —Kraiklyn clavó los ojos en la mujer. Horza se golpeó el talón con la
punta del pie. Kraiklyn empezó a hablar y Yalson miró de soslayo al cambiante—.
Quizá podamos usar las instalaciones del puerto para montar el láser… En el espacio,
naturalmente, debajo de Evanauth. Pero pase lo que pase tengo la seguridad de que la
Cultura está dispuesta a cumplir su promesa, por lo que quizá debamos limitarnos a
saborear los últimos días de uno de los puertos combinados más interesantes de toda
la galaxia. Y sus últimas noches, podría añadir… —Kraiklyn miró a algunos
miembros de la Compañía y se oyeron algunas risas y observaciones procaces. Dejó
de sonreír y volvió a posar sus ojos en Yalson—. Podría resultar muy interesante, ¿no
te parece?
—Sí. Claro… Tú mandas, Kraiklyn. —Yalson sonrió y bajó la cabeza—. ¿A que
no adivinas dónde se jugará la partida de daño? —preguntó en un susurro sibilante
dirigido a Horza.
—¿Y no hay posibilidades de que ese gran barco atraviese el muro y destruya
todo el orbital antes de que la Cultura haga nada? —estaba preguntando Aviger.
Kraiklyn le obsequió con una sonrisa condescendiente y meneó la cabeza.
—Creo que descubrirás que los muros del borde son capaces de soportar ese
impacto y mucho más.
—¡Ja! ¡Así lo espero! —exclamó Aviger, y se rio.
—Bueno, no te preocupes por eso —le tranquilizó Kraiklyn—. Y ahora, que
alguien ayude a Wubslin con las últimas comprobaciones de la lanzadera. Voy al
puente para asegurarme de que Mipp sabe lo que ha de hacer. Partiremos dentro de
unos diez minutos.
Kraiklyn retrocedió un par de pasos y se puso el traje, alzando la parte superior y
metiendo los brazos en las mangas. Cerró los sellos principales del pecho, cogió su
casco y saludó a la Compañía con un gesto de cabeza mientras pasaba junto a ellos y
empezaba a subir por los peldaños que llevaban al puente.
—¿Estabas intentando hacerle enfadar? —preguntó Horza volviéndose hacia
Yalson.
La mujer miró al cambiante.
—Ah… Solo quería soltarle una indirecta para que se diera cuenta de que le he
calado. No puede engañarme.
Wubslin y Aviger estaban comprobando la lanzadera. Lamm estaba jugueteando
con su láser. Jandraligeli tenía la espalda apoyada en el mamparo del hangar más
cercano a la puerta con los brazos cruzados ante el pecho, los ojos clavados en las
luces del techo y una expresión de aburrimiento en el rostro. Neisin estaba hablando
en voz baja con Dorolow, quien veía al hombrecillo como un posible converso al
Círculo de Llamas.
—¿Crees que esa partida de daño va a celebrarse en Evanauth? —preguntó
Horza.

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Estaba sonriendo. El rostro de Yalson parecía muy pequeño dentro del gran aro
del cuello de su traje, y estaba muy serio.
—Sí, eso es justamente lo que creo. Ese bastardo traicionero probablemente se ha
inventado toda la operación del megabarco. Nunca me había dicho que hubiese
estado en Vavatch antes. Bastardo mentiroso… —Miró a Horza y golpeó el centro de
su traje con el puño. Horza se rio y retrocedió bailoteando—. ¿Por qué estás tan
sonriente?
—Porque eres muy graciosa. —Horza se rio—. Bueno, supongamos que quiere
jugar una partida de daño. ¿Y qué? No paras de repetir que la nave es suya, que es el
jefe y todas esas estupideces, pero te niegas a dejar que el pobre se divierta un poco.
—Bueno, ¿por qué no lo admite? —Yalson movió la cabeza en un gesto de
irritación—. Porque no quiere compartir sus ganancias, por eso. La regla obliga a
dividir todo lo que consigamos compartiéndolo según una…
—Si se trata de eso, la verdad es que le entiendo —dijo Horza intentando hablar
en el tono de voz más razonable posible—. Si gana una partida de daño, será gracias
a sus propios esfuerzos; su triunfo no tendrá nada que ver con nosotros.
—¡No estoy hablando de eso! —gritó Yalson.
Sus labios se habían apretado hasta formar una línea muy delgada y tenía las
manos apoyadas en las caderas. Estaba tan enfadada que pateó el suelo del hangar.
—De acuerdo, de acuerdo —dijo Horza sonriendo—. En tal caso… Cuando
apostaste que derrotaría a Zallin, ¿por qué no devolviste todas tus ganancias
inmediatamente para que fuesen repartidas?
—Eso es distinto y… —dijo Yalson exasperada.
Pero no pudo acabar de explicarse.
—¡Eh, eh! —Lenipobra bajó los peldaños de tres en tres y entró en el hangar
justo cuando Horza se disponía a decir algo. Tanto él como Yalson se volvieron hacia
el joven. Lenipobra fue hacia ellos cerrando los sellos que unían los guantes del traje
a las muñequeras—. ¿V-v-visteis ese mensaje? —Parecía muy nervioso y daba la
impresión de que no podía estarse quieto. No paraba de frotarse las manos y mover
los pies—. ¡F-f-fuego de rejilla grado nova! ¡Caray, vaya espectáculo! ¡Adoro la
Cultura! Y luego una sesión de AMC c-c-como postre… ¡Yuuuupi!
Soltó una carcajada, se dobló por la cintura, golpeó el suelo del hangar con las
dos manos, se irguió de un salto y sonrió a todos los presentes. Dorolow se rascó las
orejas y puso cara de perplejidad. Lamm contempló con expresión feroz al joven por
encima del cañón de su rifle. Yalson y Horza se miraron el uno al otro y menearon la
cabeza. Lenipobra fue hacia Jandraligeli bailoteando y fingiendo boxear con su
sombra. El mondliciano enarcó una ceja y observó al joven larguirucho y desgarbado
que daba saltitos y hacía fintas ante él.
—El armamento capaz de acabar con el universo y este joven imbécil casi se ha
corrido en los pantalones…

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—Oh, vamos, Ligeli… Eres un aguafiestas —dijo Lenipobra. Dejó de bailotear,
bajó los brazos con que había estado lanzando puñetazos al aire, se dio la vuelta y fue
hacia la lanzadera arrastrando los pies—. Yalson, oye… —murmuró mientras pasaba
junto a Yalson y Horza—, ¿qué diablos es eso de la AMC?
—Anti-Materia Colapsada, chaval.
Lenipobra siguió andando y Yalson sonrió. La cabeza del joven iba asintiendo
lentamente dentro del cuello de su traje. Horza rio en silencio y fue hacia la rampa
posterior de la lanzadera.

La Turbulencia en cielo despejado se puso en órbita. La lanzadera salió del hangar y


se deslizó por debajo del orbital Vavatch dejando que la nave espacial siguiera su
curso como si fuese un minúsculo pez plateado bajo el oscuro casco de un barco
inmenso.
Una pantalla de pequeño tamaño que había sido colocada a un extremo del
compartimento principal de la lanzadera después de su última misión permitía que las
siluetas protegidas por trajes pudieran observar la aparentemente interminable curva
del material ultradenso acariciada por la luz de las estrellas que se perdía en la
oscuridad. Era como volar cabeza abajo sobre un planeta metálico; y de entre todos
los espectáculos y panoramas resultado de un esfuerzo consciente que existían en la
galaxia el orbital poseía un «valor ooooooh», como lo habría llamado la Cultura, que
solo era superado por un gran anillo o una esfera.
La lanzadera dejó atrás mil kilómetros de la pulida superficie inferior y, de
repente, una cuña de oscuridad se alzó sobre ella, una rebanada de algo que parecía
aún más liso que el material de base y que se adentraba en el espacio como el filo de
un cuchillo cristalino abarcando más de dos mil kilómetros: el muro del borde. Era la
pared que limitaba con el mar al otro extremo del orbital, allí donde estaba el hilo de
tierra que habían visto mientras la Turbulencia en cielo despejado se aproximaba a
Vavatch. Los primeros diez kilómetros de la curva eran tan oscuros como el espacio.
Aquella superficie parecida a un espejo solo era visible cuando las estrellas se
reflejaban sobre ella, y contemplar aquella imagen perfecta podía hacer que la mente
se aturdiera creyendo ver lo que parecían años luz de distancia, cuando de hecho la
superficie se encontraba a solo unos kilómetros.
—Dios, esa cosa es inmensa… —murmuró Neisin.
La lanzadera siguió subiendo, y un resplandor azulado que se convirtió en una
reluciente extensión de océano se fue haciendo visible más allá del muro.
La lanzadera fue ascendiendo por el vacío que había junto al muro del borde,
moviéndose bajo la luz del sol que apenas si era filtrada por la pared transparente. A
dos kilómetros de distancia había aire, aunque fuese muy tenue, pero la lanzadera
estaba trepando por la nada, moviéndose en ángulo con respecto a la pared mientras
esta iba curvándose hasta alcanzar su cima. La lanzadera cruzó aquel borde afilado

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que se encontraba a dos mil kilómetros de la base del orbital y empezó a seguir la
curvatura de la pared por la parte interior. Atravesó el campo magnético del orbital,
una región donde pequeñas partículas magnetizadas de polvo artificial impedían el
paso a una parte de los rayos del sol haciendo que el mar situado bajo ellas fuera más
fresco que cualquier otro punto del mundo y produciendo los distintos climas de
Vavatch. La lanzadera siguió bajando. Atravesó iones, luego gases tenues y acabó
adentrándose en una atmósfera desprovista de nubes temblando en una corriente de
chorro Coriolis. El cielo que había sobre ella pasó del negro al azul. El orbital de
Vavatch, un aro de agua de catorce millones de kilómetros, parecía colgar desnudo en
el espacio, extendido ante la lanzadera como una inmensa pintura circular.
—Bueno, al menos tenemos luz de día —dijo Yalson—. Esperemos que las
informaciones de nuestro capitán sobre el paradero de ese barco maravilloso resulten
ser exactas.
La pantalla mostraba nubes. La lanzadera siguió bajando y se aproximó a un
paisaje falso compuesto por vapor de agua. Las nubes parecían perderse en el infinito
siguiendo la curva interior del orbital —que seguía dando la impresión de ser
achatado incluso desde esa altura— hasta acabar desvaneciéndose en la negrura del
cielo. Si querían ver la extensión azulada del auténtico océano, tenían que mirar
mucho más allá, aunque había atisbos de agua bastante cerca.
—No os preocupéis por las nubes —dijo Kraiklyn por el altavoz del
compartimento—. Cambiarán de posición a medida que vaya transcurriendo la
mañana.
La lanzadera seguía bajando y avanzando por entre la atmósfera que se iba
espesando gradualmente. Pasado un rato empezaron a atravesar las primeras nubes de
gran altitud. Horza se removió ligeramente dentro de su traje. En cuanto la nave
igualó su velocidad y trayectoria con las del gran orbital desconectó su equipo
antigravitatorio, y tanto la nave como la Compañía habían quedado sometidos a la
gravedad falsa creada por el giro del artefacto. De hecho, la gravedad que soportaban
era ligeramente superior, pues se encontraban en una posición estacionaria con
respecto a la base pero estaban lejos de ella. Los constructores originales de Vavatch
procedían de un planeta de gravedad bastante elevada, y el giro del orbital estaba
concebido para producir un veinte por ciento de «gravedad» más que el promedio
humano aceptado según el que funcionaban los generadores de la Turbulencia en
cielo despejado. Eso hacía que Horza y el resto de la Compañía se sintieran más
pesados que de costumbre. Su traje ya estaba empezando a irritarle la piel.
Las nubes llenaron la pantalla del compartimento con una masa de tonos grises.

—¡Ahí está! —gritó Kraiklyn.


No intentó ocultar la emoción que invadía su voz. Llevaba casi un cuarto de hora
en silencio, y todo el mundo había empezado a ponerse algo nervioso. La lanzadera

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había cambiado de dirección unas cuantas veces, aparentemente buscando al
Olmedreca. A veces la pantalla había estado despejada mostrando las capas de nubes
que tenían debajo; en otros momentos había vuelto a ser invadida por una neblina
grisácea indicadora de que estaban entrando en otra columna o cordillera de vapor.
En una ocasión se había vuelto totalmente blanca.
—Puedo ver las torres superiores.
Los miembros de la Compañía se levantaron de sus asientos y se acercaron a la
pantalla, apelotonándose en un extremo del compartimento. Los únicos que siguieron
en sus sitios fueron Lamm y Jandraligeli.
—Ya iba siendo hora, joder —dijo Lamm—. ¿Cómo infiernos es posible que haga
falta pasarse tanto rato buscando algo que mide cuatro kilómetros de longitud?
—Oh, es fácil cuando no tienes radar —dijo Jandraligeli—. Por mi parte, doy
gracias de que no chocáramos con esa maldita cosa cuando volábamos a través de
aquellas malditas nubes.
—Mierda —dijo Lamm, y volvió a inspeccionar su rifle.
—Fijaos en eso —dijo Neisin.
El Olmedreca avanzaba por una tierra baldía de nubes, una especie de inmenso
cañón que hendía un planeta hecho de vapor, cruzando kilómetros de niveles distintos
en un espacio tan largo y ancho que, pese a la limpidez de la atmósfera enmarcada
por las montañas de nubes, el paisaje se limitaba a irse desvaneciendo gradualmente
en vez de terminar.
Los niveles inferiores de la superestructura eran invisibles —el banco de neblina
tan grande como un océano que envolvía la nave los escondía—, pero de aquellas
cubiertas invisibles brotaban inmensas torres y estructuras de cristal y metales ligeros
que se adentraban centenares de metros en el aire. Se movían con una tranquila
lentitud sobre la superficie del banco de nubes como piezas en un interminable
tablero de juegos, dando la impresión de que no había nada que las uniera, y
proyectaban tenues sombras que parecían estar hechas de agua sobre la parte superior
opaca de la niebla mientras el sol del sistema de Vavatch se abría paso por entre las
capas de nubes que había diez kilómetros más arriba.
Aquellas torres inmensas avanzaban a través del aire dejando detrás de ellas
hilachas y hebras de vapor arrancadas a la lisa superficie de la neblina por el
desplazamiento del inmenso barco que había debajo. Los pequeños espacios
despejados que las torres y los últimos niveles de la superestructura iban creando en
la neblina permitían algún atisbo fugaz de los niveles inferiores: pasarelas y avenidas,
los arcos de un monorraíl, lagunas y pequeños parques con árboles y hasta algunas
piezas de equipo auxiliar, como aerodeslizadores de pequeño tamaño y algún que otro
mueble minúsculo que se diría hecho para una casa de muñecas. El ojo y el cerebro
abarcaban la escena desde esa altura y podían distinguir el abultamiento en la
superficie de la nube creado por el barco, un área de vapores de cuatro kilómetros de

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longitud y casi tres de ancho que destacaban ligeramente del resto y tenían la forma
de una hoja o una punta de flecha.
La lanzadera bajó un poco más. Las torres oscuras y silenciosas desfilaban
acompañadas por su cortejo de ventanas relucientes, puentes colgantes, pistas para
aerodeslizadores, barandillas, cubiertas y toldos agitados por el viento.
—Bueno —dijo la voz de Kraiklyn en el tono que usaba para hablar de negocios
—, parece que nos espera un pequeño paseo, equipo. Hay demasiados obstáculos para
posarnos en la proa con la lanzadera. De todas formas, estamos a cientos de
kilómetros del muro, así que tenemos tiempo más que suficiente. Además, el barco
no se está dirigiendo en línea recta hacia el muro… Intentaré acercarme todo lo
posible.
—Joder. Allá vamos —dijo Lamm con irritación—. Tendría que habérmelo
imaginado.
—Justo lo que necesito, una buena caminata con esta gravedad —dijo
Jandraligeli.
—¡Es inmenso! —Lenipobra seguía con los ojos clavados en la pantalla—. ¡Esa
cosa es enorme!
Estaba meneando la cabeza. Lamm se levantó de su asiento, apartó al joven de un
empujón y llamó con los nudillos a la puerta de la cubierta de vuelo de la lanzadera.
—¿Qué pasa? —preguntó la voz de Kraiklyn por el sistema de megafonía—.
Estoy buscando un sitio donde bajar. Oye, Lamm, si eres tú vuelve a tu sitio y no te
muevas.
Lamm contempló la puerta primero con una expresión de sorpresa y luego de
disgusto. Lanzó un bufido y volvió a su asiento apartando a Lenipobra de su camino
con un nuevo empujón.
—Bastardo —murmuró.
Bajó el visor de su casco y lo colocó en modalidad de espejo.
—Bueno —dijo Kraiklyn—, vamos allá.
Los que seguían en pie volvieron a sentarse, y unos segundos después la
lanzadera fue bajando lenta y cautelosamente hasta posarse con una leve sacudida.
Las puertas se abrieron y una ráfaga de aire frío entró por el hueco. Salieron del
compartimento en fila india y se encontraron ante los inmensos panoramas del
megabarco, silencioso y tan sólido e inmóvil como una roca. Horza siguió en su sitio
esperando a que hubieran salido todos, y se dio cuenta de que Lamm le estaba
mirando. Se puso en pie y se inclinó burlonamente ante la silueta del traje oscuro.
—Después de usted —dijo.
—No —dijo Lamm—. Tú primero.
Movió la cabeza hacia un lado señalando la salida del compartimento. Horza bajó
por la rampa de la lanzadera con Lamm detrás. Lamm siempre insistía en salir el
último de la lanzadera; estaba convencido de que eso le daba suerte.

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Se hallaban en una zona de aterrizaje para aerodeslizadores situada junto a la base
de una gran torre rectangular que debía de medir unos sesenta metros de alto. Los
distintos niveles de la torre se alzaban hacia el cielo, y tanto delante como a los lados
de la zona de aterrizaje había otras torres y pequeños bultos perdidos en la niebla que
emergían del banco de nubes indicando dónde se encontraba el resto del barco,
aunque el estar tan abajo hacía que les resultara imposible decir dónde terminaba. Ni
tan siquiera podían ver el agujero producido por la detonación de la bomba atómica.
No había ni una sola sacudida o temblor que pudieran revelar el hecho de que estaban
en un barco averiado que viajaba sobre el océano, y todo inducía a pensar que aquello
era el centro de una ciudad desierta con las nubes pasando lentamente sobre ella.
Horza se reunió con algunos de los demás junto a un parapeto que delimitaba la
zona de aterrizaje, y contempló una cubierta situada veinte metros más abajo que se
hacía visible de vez en cuando por entre las delgadas hilachas de niebla. Cintas de
vapor flotaban sobre el área que tenían debajo moviéndose en lentas oleadas sinuosas,
a veces revelando y a veces ocultando una cubierta en la que había zonas de tierra
con arbustos, así como pequeños doseles, sillas esparcidas por todas partes y unos
edificios parecidos a tiendas. Todo tenía el aspecto abandonado y melancólico de un
balneario en pleno invierno, y Horza se estremeció dentro de su traje. Por delante de
ellos el paisaje parecía llevar a un punto implícito situado a un kilómetro de distancia,
el lugar donde unas torres muy delgadas asomaban del banco de niebla junto a la proa
invisible del barco.
—Parece como si estuviéramos yendo hacia una zona todavía más nubosa que
esta —dijo Wubslin, señalando en la dirección que llevaba el megabarco.
Un inmenso acantilado formado por nubes flotaba en el aire extendiéndose de un
confín del horizonte a otro, más alto que cualquiera de las torres del megabarco. La
cada vez más potente luz del sol hacía que brillase.
—Quizá se desvanezcan cuando haga más calor —dijo Dorolow, pero no parecía
muy convencida.
—Si nos metemos ahí ya podemos olvidarnos de esos láseres —dijo Horza. Sus
ojos fueron de quienes le rodeaban a la lanzadera, donde Kraiklyn estaba hablando
con Mipp, quien montaría guardia mientras los demás iban hacia proa—. Sin radar
tendremos que despegar antes de internarnos en el banco de nubes.
—Quizá… —empezó a decir Yalson.
—Bueno, voy a echar un vistazo por ahí abajo —dijo Lenipobra.
Bajó el visor de su casco y puso una mano sobre el parapeto. Horza le lanzó una
mirada de soslayo.
Lenipobra les saludó con la mano.
—Os v-v-veré en la p-p-proa. ¡Yuuu-ju!
Saltó limpiamente por encima del parapeto y empezó a caer hacia la cubierta que
se encontraba cinco niveles más abajo. Horza había abierto la boca para gritar y se

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lanzó hacia adelante para sujetar al joven, pero, como le había ocurrido a los demás,
tardó demasiado en comprender cuáles eran las intenciones de Lenipobra.
Lenipobra estaba allí y un segundo después ya había saltado por encima del
parapeto.
—¡No!
—¡Leni!
Los que no estaban mirando hacia abajo corrieron hasta el parapeto. La silueta
minúscula caía. Horza la vio y sintió el deseo de poder tirar de ella hasta subirla.
Quería detenerla, hacer algo, lo que fuese… El grito empezó a sonar dentro de sus
cascos cuando Lenipobra estaba a menos de diez metros de la cubierta inferior; se
detuvo bruscamente cuando la silueta que había estado cayendo con los brazos y las
piernas extendidos chocó con el comienzo de una pequeña zona cubierta de tierra.
Lenipobra rebotó fláccidamente casi un metro sobre el suelo y se quedó inmóvil.
—Oh, Dios mío…
Neisin se sentó sobre la cubierta, se quitó el casco y se llevó las manos a los ojos.
Dorolow bajó la cabeza y empezó a abrir los sellos de su casco.
—¿Qué infiernos ha sido eso?
Kraiklyn venía corriendo hacia ellos desde la lanzadera con Mipp detrás. Horza
seguía mirando por encima del parapeto sin apartar los ojos de aquella silueta inmóvil
parecida a un muñeco que yacía sobre la cubierta inferior. Los zarcillos e hilachas de
calina se hicieron más abundantes y la niebla se espesó a su alrededor durante unos
momentos.
—¡Lenipobra! ¡Lenipobra! —gritó Wubslin por el micrófono de su casco.
Yalson se dio la vuelta, maldijo en voz baja y desconectó el intercomunicador de
su casco. Aviger se puso en pie, temblando, el rostro pálido e inexpresivo tras el visor
de su casco. Kraiklyn se detuvo junto al parapeto y miró hacia abajo.
—¿Leni? —Se volvió hacia los demás—. ¿Es eso…? ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué
estaba haciendo? Si alguno de vosotros le ha…
—Saltó —dijo Jandraligeli. Le temblaba la voz. Intentó reír—. Supongo que los
chicos de estos tiempos no saben distinguir la gravedad de su marco rotatorio de
referencia.
—¿Que saltó? —gritó Kraiklyn. Cogió a Jandraligeli por el cuello del traje—.
¿Cómo es posible? Os dije que la antigravedad no funcionaría, os lo dije bien claro a
todos cuando estábamos en el hangar…
—Lenipobra llegó tarde —le interrumpió Lamm. Pateó el delgado metal del
parapeto, pero no logró abollarlo—. Ese pobre bastardo imbécil llegó tarde…
Tendríamos que habérselo dicho, pero no se nos ocurrió.
Kraiklyn soltó a Jandraligeli y se volvió hacia los demás.
—Es cierto —dijo Horza. Meneó la cabeza—. Ni se me pasó por la mente. Nadie
se acordó de advertirle. Lamm y Jandraligeli incluso llegaron a quejarse de que
tendrían que caminar hasta la proa cuando Leni estaba en la lanzadera con nosotros, y

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tú dijiste algo al respecto, pero supongo que no lo oyó. —Horza se encogió de
hombros—. Estaba muy emocionado.
Meneó la cabeza.
—Todos la hemos cagado —dijo Yalson con voz cansina.
Había vuelto a conectar su intercomunicador. Todos guardaron silencio durante
unos momentos. Kraiklyn les miró, fue hasta el parapeto, apoyó las manos en él y
miró hacia abajo.
—¿Leni? —dijo Wubslin por su comunicador mirando hacia abajo.
Había hablado en voz muy baja.
—Chicel-Horhava. —Dorolow trazó el signo del Círculo de Llamas, cerró los
ojos y dijo—: Dulce señora, acepta su alma en paz.
—Mierda de gusano —maldijo Lamm, y se dio la vuelta.
Empezó a disparar su láser contra los puntos más distantes de la torre que se
alzaba sobre sus cabezas.
—Dorolow —dijo Kraiklyn—, tú, Wubslin y Yalson bajad ahí. Ved si…, ah,
mierda… —Kraiklyn se volvió hacia ellos—. Bajad ahí… Iremos a proa, ¿de
acuerdo? —Sus ojos fueron recorriendo los rostros que le rodeaban, como
desafiándoles—. Puede que sintáis deseos de volver, pero eso solo significaría que la
muerte de Leni no ha servido para nada.
Yalson giró sobre sí misma y volvió a desconectar su intercomunicador.
—Pensándolo bien, supongo que quizá será mejor que vayamos hacia la proa —
dijo Jandraligeli.
—No —dijo Neisin—. Yo no pienso ir. Voy a quedarme aquí, con la lanzadera. —
Se sentó con la cabeza inclinada entre los hombros y puso el casco en el suelo. Clavó
los ojos en la cubierta y meneó la cabeza—. Yo no voy. No señor, no voy. Ya he
tenido bastante por hoy. Me quedo aquí.
Kraiklyn miró a Mipp y señaló con la cabeza a Neisin.
—Ocúpate de él. —Se volvió hacia Dorolow y Wubslin—. Venga, moveos.
Nunca se sabe; quizá podáis hacer algo… Yalson, tú también.
Yalson no estaba mirando a Kraiklyn, pero se volvió y siguió a Wubslin y a la
otra mujer cuando partieron en busca de algún camino que llevara a la cubierta
inferior.
La vibración que sintieron en las suelas de sus botas hizo que todos dieran un
salto. Giraron en redondo y vieron a Lamm, una silueta lejana recortada contra el
telón de fondo de las nubes, disparando contra los soportes de una zona de aterrizaje
situada a cinco o seis niveles por encima de su cabeza. El haz invisible del láser
creaba llamas que lamían el metal. Los soportes de otra zona de aterrizaje cedieron de
repente, y la gran lámina cayó dando vueltas sobre sí misma como un naipe inmenso
para acabar estrellándose contra el nivel en el que se encontraban con otro golpe que
hizo vibrar toda la cubierta.
—¡Lamm! —gritó Kraiklyn—. ¡Basta ya!

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El traje negro que enarbolaba el rifle fingió no oírle. Kraiklyn alzó su láser y
apretó el gatillo. Una sección de cubierta a cinco metros por delante de Lamm quedó
oculta por una cortina de llamas. El metal reluciente se curvó hacia arriba y volvió a
derrumbarse unos instantes después. Una burbuja de gases provocados por el disparo
emergió de la zona del impacto y chocó con Lamm, quien se tambaleó y estuvo a
punto de caer. Lamm logró recobrar el equilibrio y se irguió. La rabia le hacía temblar
de una forma claramente visible incluso a esa distancia. Kraiklyn seguía apuntándole
con su arma. Lamm irguió los hombros, enfundó su láser y volvió hacia ellos dando
largas zancadas que casi parecían saltitos, como si no hubiese ocurrido nada. Los
demás se relajaron un poco.
Kraiklyn les agrupó y se pusieron en marcha, siguiendo a Dorolow, Yalson y
Wubslin hasta el interior de la torre y la gigantesca espiral de unas escaleras cubiertas
de moqueta que llevaban hacia las profundidades del megabarco Olmedreca.
—Está más muerto que un fósil —dijo con amargura la voz de Yalson por los
intercomunicadores de sus cascos cuando habían recorrido la mitad del trayecto—.
Está más muerto que un maldito fósil…
Cuando pasaron junto a ellos de camino hacia la proa, Yalson y Wubslin estaban
inmóviles al lado del cadáver esperando la polea que Mipp les enviaba desde arriba.
Dorolow rezaba.

Llegaron a la cubierta con la que había chocado Lenipobra, se internaron en la niebla


y siguieron avanzando por una angosta pasarela con el vacío a cada lado.
—Solo cinco metros —dijo Kraiklyn, usando el radar ligero de aguja incorporado
a su traje fabricado en Rairch para inspeccionar los abismos de vapor que había
debajo de ellos.
El espesor de la niebla iba disminuyendo lentamente a medida que avanzaban —
subiendo a una cubierta despejada, volviendo a bajar— por las escalerillas exteriores
y las largas rampas de conexión. El sol se hacía visible de vez en cuando, un disco
rojo cuyo resplandor aumentaba o disminuía según la posición en que estuvieran.
Atravesaron cubiertas, rodearon piscinas, cruzaron paseos y zonas de aterrizaje,
dejaron atrás mesas y sillas, se abrieron paso por bosquecillos y caminaron bajo
marquesinas, arcadas y bóvedas. Vieron torres alzándose sobre sus cabezas por entre
la niebla, y en un par de ocasiones se asomaron a pozos inmensos que atravesaban el
cuerpo principal del barco y estaban provistos de cubiertas y aún más explanadas, y
creyeron oír el susurro del mar que se agitaba en el fondo de los pozos. La niebla
cubría el final de aquellos cuencos inmensos moviéndose lentamente en remolinos
como si fuera una sopa hecha de sueños.
Se detuvieron ante una hilera de pequeños vehículos provistos de ruedas y
asientos con alegres toldos rayados multicolores como techo. Kraiklyn miró a su

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alrededor para orientarse. Wubslin intentó poner en marcha algún vehículo, pero
ninguno funcionaba.
—Hay dos maneras de llegar hasta ahí —dijo Kraiklyn frunciendo el ceño y
mirando hacia adelante. El sol había decidido arder unos instantes por encima de sus
cabezas, y sus rayos hacían que los vapores de arriba y de los lados brillaran como el
oro. Una torre se abrió paso por entre la niebla, y los zarcillos y ondulaciones de
calina se movieron como brazos inmensos volviendo a oscurecer el sol. Su sombra
cayó sobre el camino que se extendía ante ellos—. Nos dividiremos. —Kraiklyn miró
a su alrededor—. Yo iré por ahí con Aviger y Jandraligeli. Horza y Lamm, vosotros
iréis por ahí. —Señaló hacia el otro lado—. Eso tiene que llevaros a una de las proas
laterales. Allí tendría que haber algo; inspeccionadlo todo. —Pulsó uno de los
botones que cubrían su muñequera—. ¿Yalson?
—Hola —dijo Yalson por el intercomunicador.
Ella, Wubslin y Dorolow habían observado cómo el cadáver de Lenipobra era
izado hasta la lanzadera y se habían puesto en marcha siguiendo a los demás.
—Bien —dijo Kraiklyn, observando una de las pantallas de su casco—, solo
estáis a trescientos metros de distancia. —Se dio la vuelta y sus ojos escrutaron el
camino que habían seguido. Un grupo de torres situadas a varios kilómetros
asomaban detrás de ellos. Casi todas empezaban en los niveles superiores de la
estructura. Ahora podían ver una parte cada vez mayor del Olmedreca. La niebla se
deslizaba en silencio junto a sus cuerpos—. Oh, sí —dijo Kraiklyn—, ya os veo.
Saludó con la mano.
Unas siluetas minúsculas que avanzaban por una cubierta distante situada junto a
uno de los inmensos cuencos llenos de niebla le devolvieron el saludo.
—Yo también os veo —dijo Yalson.
—Cuando lleguéis al sitio donde estamos ahora id, hacia la izquierda hasta
encontrar la otra proa lateral. Allí hay varios láseres subsidiarios. Horza y Lamm
irán…
—Sí, ya lo hemos oído —dijo Yalson.
—Bien. Pronto podremos mover la lanzadera hasta dejarla bastante cerca del sitio
donde encontremos algo. Puede que incluso logremos posarla allí mismo… Seguid
adelante y mantened los ojos bien abiertos.
Hizo una seña con la cabeza a Aviger y Jandraligeli y estos se pusieron en
movimiento. Lamm y Horza se miraron y partieron en la dirección indicada por
Kraiklyn. Lamm le pidió por gestos a Horza que desconectara el canal del
intercomunicador y que alzara el visor de su casco.
—Si hubiéramos esperado un poco, podríamos habernos posado con la lanzadera
en el lugar adecuado —dijo después de haber subido su visor.
Horza asintió.
—Pequeño bastardo estúpido… —dijo Lamm.
—¿A quién te refieres? —preguntó Horza.

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—A ese chico. Saltar de la maldita plataforma…
—Hmmm.
—¿Sabes lo que voy a hacer?
Lamm miró al cambiante.
—¿Qué?
—Voy a cortarle la lengua a ese imbécil, eso es lo que voy a hacer. Una lengua
con un tatuaje tiene que valer algo, ¿no te parece? Y, de todas formas, ese pequeño
bastardo me debía dinero… ¿Qué opinas? ¿Cuánto crees que puede valer?
—No tengo ni idea.
—Pequeño bastardo —murmuró Lamm.
Siguieron avanzando a lo largo de la cubierta, desviándose en ángulo de la línea
recta que habían ido siguiendo hasta ahora. Saber exactamente hacia dónde se
dirigían resultaba bastante difícil, pero según Kraiklyn acabarían llegando a una de
las proas laterales que asomaban del Olmedreca como enormes escolleras formando
puertos para acoger a las numerosas embarcaciones que habían visitado el megabarco
en su época gloriosa, yendo y viniendo de este a tierra firme con grupos de
excursionistas o trayendo suministros.
Pasaron por una zona con señales obvias de haber presenciado un tiroteo reciente.
Toda una cubierta de recreo estaba llena de quemaduras láser, vidrios rotos y
fragmentos metálicos, y las cortinas y los tapices desgarrados aleteaban bajo el soplo
siempre regular de la brisa creada por el movimiento de la gran nave. Dos de aquellos
pequeños vehículos con ruedas habían sido semidestrozados y yacían de lado. Las
botas de Horza y Lamm hicieron crujir los trozos de metal y pulverizaron los vidrios
rotos. Siguieron avanzando. Los otros dos grupos también se dirigían hacia proa, y a
juzgar por sus informes y sus conversaciones estaban moviéndose bastante deprisa.
El inmenso banco de nubes que habían visto antes seguía delante de ellos; ni se
disipaba ni se volvía más espeso, y ahora solo podían estar a un par de kilómetros de
él, aunque calcular las distancias con precisión resultaba bastante difícil.
—Ya hemos llegado —dijo Kraiklyn pasado un rato.
Su voz chisporroteó en el oído de Horza. Lamm conectó su canal de transmisión.
—¿Qué?
Miró a Horza poniendo cara de perplejidad. Horza se encogió de hombros.
—¿Por qué tardáis tanto? —preguntó Kraiklyn—. Nosotros hemos tenido que
recorrer más distancia. Estamos en la proa principal. Sobresale un poco más que el
sitio donde os encontráis.
—Y un cuerno, Kraiklyn.
Era la voz de Yalson. Se suponía que su grupo debía estar dirigiéndose hacia la
otra proa lateral.
—¿Qué? —exclamó Kraiklyn.
Lamm y Horza se callaron para escuchar el intercambio de palabras que les
llegaba por sus comunicadores. Yalson volvió a hablar.

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—Acabamos de llegar al final del barco. De hecho, creo que estamos un poco
fuera de la estructura principal, encima de una especie de ala o promontorio… Bueno,
el caso es que aquí no hay ninguna proa lateral. Nos has enviado en la dirección
equivocada.
—Pero vosotros… —empezó a decir Kraiklyn.
Su voz se desvaneció en el silencio.
—¡Kraiklyn, maldita sea, nos has enviado hacia la proa y tú estás en una proa
lateral! —gritó Lamm por el micrófono de su casco.
Horza había estado llegando a la misma conclusión. Esa era la razón de que
siguieran andando y el equipo de Kraiklyn ya hubiera llegado a su punto de destino.
El capitán de la Turbulencia en cielo despejado guardó silencio durante unos
segundos.
—Mierda, debéis de tener razón —dijo por fin. Pudieron oírle suspirar—.
Supongo que lo mejor será que tú y Horza sigáis adelante. Mandaré a alguien en
vuestra dirección cuando hayamos acabado de inspeccionar esto. Creo que puedo ver
una especie de galería con un montón de cúpulas transparentes, y puede que algunas
contengan láseres. Yalson, vuelve al sitio donde nos separamos y avísame cuando
llegues allí. Veremos quién encuentra algo útil antes.
—Jodidamente maravilloso —dijo Lamm.
Se alejó hacia la niebla y Horza le siguió, deseando que aquel maldito traje
demasiado grande para su talla no le rozase y le doliera en tantos sitios.
Los dos hombres continuaron avanzando. Lamm se detuvo para investigar
algunos camarotes que ya habían sido saqueados. Telas de lujo que se habían
enganchado en fragmentos de los cristales rotos flotaban como si fuesen partes de la
nube que les envolvía. Entraron en un apartamento y vieron muebles de madera, una
holosfera rota tirada en un rincón y un acuario de cristal tan grande como una
habitación lleno de peces multicolores medio descompuestos y trajes magníficos
flotando junto a los peces en la superficie del agua igual que algas exóticas.
Sus comunicadores les permitieron oír cómo el grupo de Kraiklyn descubría lo
que creyeron era una puerta que llevaba a la galería donde —esa era su esperanza—
encontrarían láseres montados detrás de las burbujas transparentes que habían visto
antes. Horza se volvió hacia Lamm y le dijo que sería mejor que no malgastaran su
tiempo, por lo que se olvidaron de los camarotes y volvieron a la cubierta para
reanudar su avance.
—Eh, Horza —dijo Kraiklyn cuando el cambiante y Lamm salían de la cubierta
para internarse en un largo túnel iluminado por la tenue claridad solar que lograba
atravesar la niebla y los paneles opacos del techo—. El radar de aguja de este traje no
funciona como debería.
—¿Qué le pasa? —preguntó Horza mientras caminaban por el túnel.
—No atraviesa la nube, eso es lo que le pasa.
—La verdad es que nunca llegué a tener ocasión de… ¿Qué quieres decir?

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Horza se detuvo. Sintió como si algo se anudara en sus entrañas. Lamm siguió
caminando por el pasillo, alejándose de él.
—Está dándome una lectura de esa gran nube que tenemos delante en toda su
longitud y hasta como medio kilómetro de altura. —Kraiklyn se rio—. Esa nube no
es el muro del borde, de eso no hay duda, y puedo ver que es una nube, y se
encuentra más cerca de lo que el radar dice que está.
—¿Dónde estáis? —preguntó Dorolow—. ¿Habéis encontrado algún láser? ¿Qué
hay de esa puerta?
—No, es una especie de solárium o algo parecido —respondió Kraiklyn.
—¡Kraiklyn! —gritó Horza—. ¿Estás seguro de esa lectura?
—Estoy seguro. El radar dice que…
—Joder, desde luego aquí no hay mucho sol para broncearse… —dijo alguien,
aunque la interrupción parecía accidental, como si quien había hablado no supiera
que su comunicador estaba activado.
La frente de Horza empezó a cubrirse de sudor. Algo andaba terriblemente mal.
—¡Lamm! —gritó. Lamm, que se encontraba treinta metros más adelante, volvió
la cabeza hacia él y siguió caminando—. ¡Vuelve! —gritó Horza.
Lamm se detuvo.
—Horza, no puede haber nada…
—¡Kraiklyn! —la voz de Mipp, desde la lanzadera—. No estábamos solos. Acabo
de ver una lanzadera que ha despegado desde un punto situado algo más atrás de
donde nos posamos. Ya se encuentra bastante lejos.
—De acuerdo, Mipp, gracias —dijo Kraiklyn sin perder la calma—. Escucha,
Horza, por lo que puedo ver desde aquí, la proa donde os encontráis acaba de entrar
en la nube, así que es una nube… Mierda, todos podemos ver que es una maldita
nube. No te…
El barco vibró bajo los pies de Horza. Se tambaleó. Lamm le lanzó una mirada de
perplejidad.
—¿Has sentido eso? —gritó Horza.
—¿Sentir qué? —respondió Kraiklyn.
—¿Kraiklyn? —Mipp de nuevo—. Puedo ver algo…
—¡Lamm, vuelve aquí! —gritó Horza, tanto por el aire como a través del micro.
Lamm miró a su alrededor. Horza estaba seguro de que sentía temblar la cubierta,
y las vibraciones no cesaban.
—¿Qué has sentido? —preguntó Kraiklyn.
Estaba empezando a enfadarse.
—He creído sentir algo —dijo Yalson—. No era gran cosa. Pero… Eh,
escuchadme, se supone que estas cosas no…, se supone que estas cosas no…
—Kraiklyn —dijo Mipp en un tono de voz más apremiante—, creo que veo
algo…
—¡Lamm!

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Horza empezó a retroceder por donde habían venido. Lamm seguía sin moverse,
poniendo cara de no saber qué hacer.
Horza podía oír algo, una curiosa especie de gruñido. Le recordaba el sonido de
un reactor o un motor de fusión situado a mucha distancia, pero no era ninguna de
esas dos cosas. Y también podía sentir algo bajo sus pies. Ese temblor, y además
había una especie de tirón, algo que parecía atraerle hacia adelante, hacia Lamm,
hacia la proa, como si se encontrara en un campo de poca intensidad, o…
—¡Kraiklyn! —chilló Mipp—. ¡Puedo verlo! ¡Está ahí! Yo… Vosotros… Estoy…
—balbuceó.
—Oídme todos, ¿queréis hacer el favor de calmaros un poco?
—Puedo sentir algo… —empezó a decir Yalson.
Horza echó a correr hacia la entrada del pasillo. Lamm, que había empezado a
retroceder, se detuvo y se puso las manos en las caderas apenas vio cómo Horza se
alejaba corriendo de él. El aire vibraba con una especie de rugido distante, como una
gran cascada oída desde el fondo de una cañada.
—Yo también puedo sentir algo, es como si…
—¿Qué estaba gritando Mipp?
—¡Vamos a estrellarnos! —gritó Horza mientras corría.
El rugido se aproximaba y se iba haciendo más fuerte a cada segundo que pasaba.
—¡Hielo! —Era la voz de Mipp—. ¡Voy a hacer despegar la lanzadera! ¡Corred!
¡Es una pared de hielo! ¡Neisin! ¿Dónde estás? ¡Neisin! ¡Tengo que…!
—¿Qué?
—¿HIELO?
El rugido seguía aumentando de intensidad. El pasillo empezó a gemir alrededor
de Horza. Varios paneles del techo se resquebrajaron y los fragmentos cayeron al
suelo enfrente de él. Una sección de pared salió disparada hacia adelante como una
puerta que se abre y Horza apenas si logró esquivarla. No podía oír nada, solo aquel
ruido.
Lamm miró a su alrededor y vio que el extremo del pasillo venía hacia él. Toda la
parte final del pasillo estaba moviéndose con una mezcla de rugido y rechinar,
avanzando hacia Lamm con la velocidad de un hombre lanzado a la carrera. Lamm
disparó el láser contra los paneles, pero estos siguieron avanzando; el pasillo se llenó
de humo. Lanzó una maldición, giró sobre sus talones y echó a correr en pos de
Horza.
Ahora todo el mundo estaba gritando. Una confusión de voces casi imperceptibles
resonaba en los dos oídos de Horza, pero lo único que podía oír era el rugido
atronador que le rodeaba. La cubierta tembló y bailó bajo sus pies como si toda
aquella embarcación gigantesca fuese un edificio en pleno terremoto. Las placas y
paneles que formaban las paredes del corredor se estaban abombando; algunos puntos
del suelo se curvaban; más paneles del techo se resquebrajaron y cayeron de sus
soportes. Y aquella fuerza extraña seguía tirando de él, haciéndole moverse tan

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despacio como si estuviera atrapado en una pesadilla… Horza emergió a la luz del
día y oyó a Lamm siguiéndole de cerca.
—¡Kraiklyn, estúpido cabrón, bastardo hijo de puta! —gritó Lamm.
Las voces parloteaban en sus oídos, su corazón latía a toda velocidad. Horza
impulsó cada pie hacia adelante poniendo todas sus energías en el movimiento, pero
el rugido se aproximaba e iba haciéndose más fuerte. Dejó atrás los camarotes vacíos.
Los plásticos y materiales blandos estallaban, el techo estaba empezando a
desplomarse sobre los recintos y la cubierta se inclinaba; la holosfera que habían
visto antes rodó por el suelo y salió despedida por una ventana haciéndola añicos.
Una escotilla estalló cerca de Horza emitiendo una ráfaga de aire presurizado y
escombros voladores. Horza se agachó sin dejar de correr, sintiendo los impactos en
su traje. La cubierta saltó y osciló bajo sus pies haciéndole resbalar. Los pasos de
Lamm resonaban a su espalda. Lamm seguía insultando ferozmente a Kraiklyn por el
intercomunicador.
El ruido que avanzaba detrás de él era como una cascada gigantesca, como una
avalancha colosal, como una explosión continua o la erupción de un volcán. Le
dolían los oídos y su mente vacilaba, aturdida por el volumen de aquel estrépito
imposible. La hilera de ventanas de la pared que tenía delante se volvió de color
blanco y estalló, creando un diluvio de partículas que golpearon su traje en una serie
de nubéculas semisólidas. Horza volvió a agachar la cabeza y corrió hacia el umbral.
—¡Bastardo, bastardo, bastardo! —gritaba Lamm.
—¡… no para!
—¡… por aquí!
—Cállate, Lamm.
—¡Horzaaa…!
Las voces aullaban en su oído. Estaba corriendo sobre una alfombra por el
interior de un gran pasillo; las puertas abiertas aleteaban, las luces del techo vibraban.
Un diluvio de agua barrió el pasillo ante él a veinte metros de distancia, y durante un
segundo pensó que estaba al nivel del mar, pero sabía que eso era imposible; cuando
pasó corriendo por el lugar donde había estado el agua, pudo ver y oír cómo
espumeaba y gorgoteaba precipitándose por una inmensa escalera de caracol. Todo
volvía a estar seco, y ahora solo quedaban unos hilillos de líquido que caían del
techo. El tirón producido por el lento frenado del barco parecía menos intenso, pero
el rugido seguía rodeándole por todas partes. Su cuerpo estaba empezando a
debilitarse. Horza siguió corriendo sumido en un trance de aturdimiento y cansancio,
intentando mantener el equilibrio mientras el pasillo vibraba y se retorcía a su
alrededor. Una ráfaga de aire acarició su cuerpo. Unas hojas de papel y unas cuantas
láminas de plástico revolotearon dejándole atrás como si fuesen pájaros multicolores.
—… bastardo, bastardo, bastardo…
—Lamm…

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Vio la luz del día delante. La claridad entraba por el techo de cristal y los
inmensos ventanales de un solárium. Horza saltó a través de una hilera de plantas de
grandes hojas que crecían en maceteros y aterrizó sobre un grupo de sillitas colocadas
alrededor de una mesa, destrozándolas.
—… jodido bastardo est…
—¡Lamm, cállate! —Era la voz de Kraiklyn—. No podemos oír…
La hilera de ventanas que había ante él se volvió de color blanco, se agrietó como
si estuviera hecha de hielo y reventó. Horza saltó por uno de los huecos y patinó
sobre los fragmentos esparcidos encima de la cubierta que había al otro lado. El
extremo superior de la hilera de ventanas rotas empezó a acercarse lentamente al
extremo inferior, como si la hilera de ventanas fuese una boca inmensa.
—¡Bastardo! ¡Cabrón hijo de…!
—¡Maldita sea, cambiad de canal! ¡Id a…!
Horza resbaló sobre los fragmentos de cristal y estuvo a punto de caer.
Todas las otras voces habían desaparecido. Solo quedaba la voz de Lamm,
llenando sus oídos con juramentos y blasfemias que se perdían en el rugido
ensordecedor de la destrucción interminable que les perseguía. Horza miró hacia atrás
durante una fracción de segundo y vio a Lamm saltando por entre las fauces de la
hilera de ventanas. Lamm se estrelló contra la cubierta, rodó sobre sí mismo y se
levantó. Seguía conservando su láser. Horza apartó la mirada. Solo entonces se dio
cuenta de que ya no tenía su arma; debía haberla tirado, pero no podía recordar dónde
ni cuándo.
Horza iba cada vez más despacio. Era fuerte y estaba acostumbrado al ejercicio
físico, pero la falsa gravedad de Vavatch y aquel traje demasiado grande estaban
empezando a agotarle.
Siguió corriendo sumido en aquella especie de trance mientras los chorros de
vapor de su aliento entraban y salían de su boca abierta al máximo e intentó
imaginarse lo cerca que habían estado de las proas y el espacio de tiempo durante el
que el inmenso peso del barco sería capaz de seguir comprimiendo su sección
delantera a medida que su masa de miles de millones de toneladas se incrustaba en lo
que —si ocupaba todo el banco de nubes que habían visto antes— debía de ser un
descomunal iceberg en forma de meseta.
El barco que le rodeaba era como un paisaje visto en sueños. La embarcación
seguía envuelta en nubes y niebla, pero el diluvio dorado del sol caía sobre ella
iluminándolo todo. Las torres y pináculos parecían intactos, y toda aquella estructura
gigantesca seguía avanzando hacia el hielo mientras los kilómetros de megabarco que
había detrás de ella ejercían presión hacia adelante con la titánica inercia del navío.
Horza dejó atrás pistas para juegos y pabellones de ondulante tela plateada, y
atravesó un montón de instrumentos musicales. Una inmensa pared provista de varias
cubiertas se alzó ante él, y sobre su cabeza había puentes que bailaban y se sacudían a
medida que sus soportes escondidos en la niebla iban acercándose a la incontenible

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oleada de destrucción y eran engullidos por ella. Vio cómo una cubierta lateral se
desplomaba en un vacío de neblina. La cubierta que había bajo sus pies empezó a
subir lentamente en un tramo de quince metros o más por delante de él. Horza tenía
que subir por una cuesta que se iba haciendo más empinada a cada segundo que
pasaba. Un puente colgante se derrumbó a su izquierda y los cables de suspensión
azotaron el aire. El puente desapareció por entre la niebla dorada y el ruido de su
caída se perdió en el estruendo ensordecedor que hacía vibrar sus tímpanos. Los pies
de Horza empezaron a resbalar sobre la cubierta. Cayó pesadamente sobre su espalda,
se dio la vuelta y miró hacia atrás.
Rodó sobre los trozos de cristal y los fragmentos de barandilla que había al
extremo de la cubierta, se agarró a una barandilla intacta, hizo fuerza con los dos
brazos, se impulsó con un pie y saltó sobre la barandilla.
Solo cayó la altura de una cubierta y se estrelló contra una superficie curva de
metal. El impacto le dejó sin aliento. Se puso en pie lo más deprisa posible, inhalando
aire por la boca y tragándolo mientras intentaba hacer funcionar sus pulmones. La
pequeña cubierta sobre la que se encontraba también empezaba a doblarse, pero el
punto de pliegue se hallaba entre él y la pared de destrucción. Horza perdió pie y
resbaló sobre aquella superficie cada vez más inclinada mientras la sección de
cubierta que había a su espalda se alzaba hasta formar un ángulo. El metal se rompió
y los soportes de la cubierta superior se desprendieron como huesos rotos asomando
de la piel. Ante él había un tramo de escalones que llevaba hasta la cubierta de la que
acababa de saltar, pero la zona en que terminaban aún conservaba la estabilidad.
Horza subió hasta aquella cubierta y llegó a ella cuando empezaba a doblarse. Se
alejó lo más posible de la ola frontal de escombros, y vio cómo el metal de la cubierta
seguía doblándose en una deformación cada vez más acentuada.
Bajó corriendo por la pendiente mientras el agua de los estanques ornamentales
caía en cascadas a su alrededor. Más peldaños. Subió hasta la siguiente cubierta.
Su pecho y su garganta parecían estar llenos de carbones al rojo vivo, y sus
piernas, de plomo fundido, y aquel espantoso tirón de pesadilla seguía llegando desde
atrás atrayéndole implacablemente hacia la zona de destrucción. Horza se tambaleó,
dejó atrás el final del tramo de peldaños y pasó junto a una piscina rota de la que iba
escapando el agua.
—¡Horza! —gritó una voz—. ¿Eres tú? ¡Horza! ¡Soy Mipp! ¡Mira hacia arriba!
Horza alzó la cabeza. La lanzadera de la Turbulencia en cielo despejado flotaba
entre la niebla a unos treinta metros por encima de él. Horza agitó débilmente la
mano y el gesto hizo que se tambaleara. La lanzadera descendió hacia él atravesando
la niebla con las puertas traseras abiertas hasta quedar suspendida sobre la cubierta
que había encima de Horza.
—¡He abierto las puertas! ¡Salta! —gritó Mipp.
Horza intentó contestar, pero solo consiguió producir una especie de jadeo
asmático. Avanzó hacia la lanzadera tambaleándose, con la sensación de que todos

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los huesos de sus piernas se habían convertido en gelatina. El traje pesaba cada vez
más y podía sentir cómo bailaba y crujía a su alrededor. Sus pies resbalaron sobre los
cristales rotos que cubrían la cubierta temblorosa que había bajo sus botas. Aún tenía
que subir el tramo de peldaños que llevaba a la cubierta donde le esperaba la
lanzadera.
—¡Deprisa, Horza! ¡No podré esperarte mucho rato más!
Horza avanzó hacia los peldaños y empezó a trepar por ellos. La lanzadera
oscilaba en el aire. La abertura de la rampa trasera tan pronto apuntaba hacia él como
se alejaba. Los peldaños que había bajo sus pies vibraban. El estruendo que le
rodeaba era un rugido lleno de gritos y golpes. Había otra voz gritando en sus oídos,
pero no podía distinguir las palabras. Horza llegó a la cubierta superior e intentó
correr hacia la rampa de la lanzadera. Estaba a pocos metros de ella; podía ver los
asientos y las luces del compartimento, y el traje que contenía el cadáver de
Lenipobra caído en un rincón.
—¡No puedo esperar más! Tengo que… —gritó Mipp intentando hacerse oír por
encima del estrépito de la destrucción y los gritos de la otra voz.
La lanzadera empezó a elevarse. Horza saltó hacia ella.
Sus manos entraron en contacto con el comienzo de la rampa cuando esta se
encontraba al nivel de su pecho. La lanzadera le alzó en vilo y el cuerpo de Horza
empezó a bailotear suspendido de sus brazos. La lanzadera siguió subiendo, y Horza
se encontró contemplando el vientre de su fuselaje.
—¡Horza, Horza! —sollozó Mibb—. Lo siento…
—¡Estoy aquí! —gritó Horza con voz enronquecida.
—¿Qué?
La lanzadera siguió subiendo, dejando atrás cubiertas, torres y las delgadas líneas
horizontales del tendido del monorraíl. Los dedos de Horza se habían convertido en
ganchos que soportaban todo su peso. Sus guantes se curvaban sobre el filo de la
rampa. Sentía un dolor terrible en los brazos.
—¡Estoy colgando de la maldita rampa!
—¡Bastardos! —gritó otra voz.
Era Lamm. La rampa empezó a moverse. El tirón estuvo a punto de hacer que los
dedos de Horza perdieran su presa. Estaban a cincuenta metros de altura y seguían
subiendo. Horza vio cómo la parte superior de las puertas se iba aproximando a sus
dedos.
—¡Mipp! —gritó—. ¡No cierres las puertas! ¡Deja la rampa tal y como está,
intentaré llegar al compartimento!
—De acuerdo —se apresuró a responder Mipp.
La rampa dejó de moverse quedando en un ángulo de unos veinte grados. Horza
empezó a balancear las piernas de un lado para otro. Estaban a setenta, ochenta
metros de altura, dándole la cola a la oleada de destrucción y alejándose lentamente
de ella.

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—¡Negro bastardo! ¡Vuelve! —gritó Lamm.
—¡No puedo, Lamm! —gritó Mipp—. ¡No puedo! ¡Estás demasiado cerca!
—¡Gordo de mierda! ¡Bastardo! —siseó Lamm.
Horza vio destellos luminosos bailando a su alrededor. El vientre de la lanzadera
se cubrió de llamas en una docena de puntos distintos allí donde lo habían alcanzado
los disparos del láser. Horza sintió un impacto en el pie izquierdo, en la suela de su
bota, y toda su pierna derecha se sacudió convulsivamente en un espasmo de dolor.
Mipp lanzó un grito incoherente. La lanzadera empezó a acelerar, volviendo hacia
el megabarco para cruzarlo en una trayectoria diagonal. El aire rugía alrededor del
cuerpo de Horza haciendo que sus dedos fueran perdiendo poco a poco su ya precario
asidero.
—¡Mipp, no vayas tan deprisa! —gritó.
—¡Bastardo! —volvió a gritar Lamm.
La corta vida incandescente de un abanico de rayos láser iluminó la niebla a un
lado de la lanzadera. El haz surgido del láser cambió de posición y la lanzadera
volvió a ser alcanzada. Cinco o seis pequeñas explosiones chisporrotearon sobre la
zona del morro. Mipp aulló. La lanzadera aumentó su velocidad. Horza seguía
intentando pasar una pierna sobre la rampa, pero las puntas de sus dedos enguantados
iban deslizándose lentamente sobre la áspera superficie metálica a medida que su
cuerpo sentía la corriente de aire creada por la aceleración de la lanzadera.
Lamm gritó. La mezcla de alarido y gorgoteo estridente atravesó la cabeza de
Horza como si fuera una descarga eléctrica. El grito se quebró de repente y durante
un segundo fue sustituido por una especie de crujido, como si algo se estuviera
partiendo en dos.
La lanzadera estaba avanzando rápidamente sobre la superficie del megabarco a
cien metros de altura. Horza podía sentir cómo sus dedos y brazos se iban quedando
sin fuerzas. Contempló el interior de la lanzadera a través del visor de su casco.
Estaba a solo unos metros de distancia, pero sus dedos iban resbalando milímetro a
milímetro.
El interior del compartimento emitió un destello y un instante después se iluminó
con una cegadora e insoportable llamarada blanca. El instinto le hizo cerrar los ojos,
y una abrasadora luz amarilla se abrió paso a través de sus párpados. Los altavoces de
su casco produjeron un repentino estallido de zumbidos inhumanos y terriblemente
penetrantes, como el aullido de una máquina. El sonido desapareció tan bruscamente
como había llegado. La luz fue desvaneciéndose lentamente. Horza abrió los ojos.
El interior de la lanzadera seguía brillantemente iluminado, pero ahora también
humeaba. Las turbulencias de aire que entraban por la puerta trasera arrancaban
hilachas de humo a los asientos, tiras de sujeción y arneses calcinados, y a la bola de
piel negra cubierta de ampollas en que se había convertido el rostro de Lenipobra. La
oleada de fuego y luz parecía haber dejado un friso de sombras sobre el mamparo que
había detrás de él.

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Uno a uno, los dedos de Horza estaban acercándose al final de la rampa.
«Dios mío», pensó contemplando las sombras y el humo, «así que después de
todo ese maníaco llevaba encima una bomba atómica…». Y entonces la onda
expansiva les alcanzó.
Horza se vio lanzado hacia adelante por encima de la rampa, y su cuerpo entró en
el compartimento justo antes de que la onda expansiva engullese a la lanzadera
haciéndola oscilar y saltar por el cielo como si fuese un pajarillo atrapado en una
tormenta. Horza fue arrojado de un lado a otro e intentó desesperadamente agarrarse
a algo para no volver a caer por el hueco de las puertas. Su mano encontró algunas
tiras de sujeción, y sus dedos se cerraron alrededor de ellas con sus últimas reservas
de energía.
Horza miró hacia el hueco de las puertas. Una inmensa bola de fuego subía
lentamente por el cielo abriéndose paso entre la neblina. Un ruido que parecía la
suma de todos los truenos que Horza había oído en su vida vibró por el recalentado
interior de la máquina que huía de aquel infierno. La lanzadera osciló, arrojando a
Horza contra una hilera de asientos. Una gran torre desfiló velozmente por el hueco
de las puertas y ocultó la bola de fuego durante un momento mientras la lanzadera
empezaba a virar. Las puertas parecieron intentar cerrarse y acabaron atascándose.
Las superficies que habían estado expuestas a la bola de fuego inicial empezaban
a emitir el calor creado por la explosión de la bomba. Horza tenía la sensación de
estarse asando dentro del traje. Sentía un dolor terrible en la pierna derecha, en algún
punto por debajo de la rodilla, y podía oler algo que se quemaba.
La lanzadera fue recobrando la estabilidad y enderezó el curso. Horza se puso en
pie y avanzó cojeando hacia la puerta incrustada en el mamparo, allí donde los
contornos de los asientos y del cadáver de Lenipobra —que ahora yacía hecho un
fardo cerca de las puertas traseras— habían quedado grabados a fuego bajo la forma
de sombras congeladas en el blanco mate de la pared. Abrió la puerta y cruzó el
umbral.
Mipp ocupaba el asiento del piloto y estaba encorvado sobre los controles. Las
pantallas de los monitores no daban imagen, pero el panorama visible por el grueso
cristal polarizado del parabrisas de la lanzadera mostraba nubes, neblina, algunas
torres que se deslizaban bajo ellos y, más allá, el mar abierto sobre el que había aún
más capas de nubes.
—Creí que… estabas muerto… —dijo Mipp con voz pastosa, medio volviéndose
hacia Horza.
Mipp estaba encorvado en su asiento con la espalda doblada en una curva que
casi le hacía parecer un jorobado. Tenía los ojos entrecerrados, y daba la impresión de
estar herido. Gotitas de sudor brillaban sobre la oscura piel de su frente. El puente
estaba lleno de un humo acre y, al mismo tiempo, curiosamente dulzón.
Horza se quitó el casco y se dejó caer en el asiento contiguo al de Mipp. Bajó los
ojos hacia su pierna derecha. En la parte de atrás de su pantorrilla había un agujero

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negruzco de un centímetro de diámetro con los contornos muy precisos, y un agujero
más grande y de contornos menos regulares a un lado. Flexionó la pierna y torció el
gesto; no era más que una quemadura muscular ya cauterizada. No podía ver sangre.
Miró a Mipp.
—¿Estás bien? —le preguntó.
Ya conocía la respuesta.
Mipp meneó la cabeza.
—No —dijo en voz baja—. Ese lunático me ha dado. La pierna…, y en la
espalda, no sé dónde.
Horza examinó la parte trasera del traje de Mipp que no quedaba oculta por el
respaldo del asiento. Un agujero en la curva de este llevaba a una larga cicatriz oscura
sobre la superficie del traje. Horza bajó la cabeza y contempló la cubierta del puente.
—Mierda —dijo—. Este trasto ha quedado lleno de agujeros.
El suelo estaba repleto de cráteres. Había dos directamente bajo el asiento de
Mipp; un disparo del láser había causado aquella cicatriz oscura en su traje, y el otro
debía de haber dado en su cuerpo.
—Siento como si ese bastardo me hubiera disparado justo en el culo, Horza —
dijo Mipp intentando sonreír—. Llevaba encima una auténtica bomba nuclear,
¿verdad? Eso es lo que estalló. Se ha cargado todos los circuitos eléctricos… Lo
único que sigue funcionando es el control óptico. Maldita lanzadera de mierda…
—Mipp, deja que me encargue de los controles —dijo Horza.
Habían llegado a las nubes; el cristal del parabrisas solo mostraba una vaga
claridad color cobre. Mipp meneó la cabeza.
—No puedo. No serías capaz de pilotar este trasto…, no en su estado actual.
—Tenemos que volver, Mipp. Los demás quizá hayan…
—No puede ser. Habrán muerto todos —dijo Mipp meneando la cabeza y
aferrando los controles con más fuerza sin apartar los ojos del parabrisas—. Dios,
este trasto se va a morir de un momento a otro… —Contempló la hilera de pantallas
en blanco y meneó la cabeza más despacio que antes—. Puedo sentirlo.
—¡Mierda! —exclamó Horza sintiéndose impotente—. ¿Y la radiación? —
preguntó de repente.
Todo el mundo sabía que si un traje adecuadamente diseñado te permitía
sobrevivir al primer destello y a la onda expansiva, también te permitiría sobrevivir a
la radiación; pero Horza no estaba muy seguro de que el traje que llevaba puesto
estuviera demasiado bien diseñado. Uno de los muchos instrumentos de que carecía
era un monitor de radiación, y por sí solo eso ya era mala señal. Mipp echó un vistazo
a una pantallita de la consola.
—Radiación… —dijo. Meneó la cabeza—. No hay nada demasiado serio —
añadió—. Pocos neutrones… —El dolor le hizo torcer el gesto—. Era una bomba
bastante limpia. Probablemente ese bastardo habría preferido un artefacto muy
distinto. Tendría que devolverla al sitio donde se la vendieron y reclamar…

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Mipp dejó escapar una risita impregnada de desesperación.
—Tenemos que volver, Mipp.
Intentó imaginarse a Yalson huyendo de la ola de destrucción con una ventaja
inicial superior a la de él y Lamm. Se dijo que debía de haberlo conseguido, que
cuando la bomba estalló ya debía encontrarse lo bastante lejos para no haber sido
afectada por la detonación, y que el megabarco acabaría deteniéndose, que la
avalancha metálica iría avanzando cada vez más despacio hasta quedarse inmóvil…
Pero si había algún superviviente, ¿cómo se las arreglaría para salir del megabarco?
Intentó poner en funcionamiento el comunicador de la lanzadera, pero estaba tan
muerto como el de su traje.
—No conseguirás hablar con ellos —dijo Mipp meneando la cabeza—. Los
muertos no resucitan. Les oí; sus comunicaciones se fueron interrumpiendo mientras
corrían. Intenté decirles que…
—Mipp, cambiaron de canal, eso fue todo. ¿No oíste a Kraiklyn? Cambiaron de
canal porque Lamm no paraba de gritar.
Mipp se agazapó en su asiento y meneó la cabeza.
—No le oí —dijo pasados unos momentos—. No fue eso lo que oí. Estaba
intentando avisarles de que había hielo…, su tamaño; su altura. —Volvió a menear la
cabeza—. Están muertos, Horza. Todos están muertos.
—Se encontraban bastante lejos de nosotros, Mipp —dijo Horza en voz baja—.
Por lo menos a un kilómetro de distancia… Lo más probable es que hayan
sobrevivido. Si estaban a la sombra de algo, si echaron a correr al mismo tiempo que
nosotros… Estaban más lejos. Lo más probable es que sigan vivos, Mipp. Tenemos
que volver a recogerles.
Mipp meneó la cabeza.
—No puedo, Horza. Deben estar muertos. Incluso Neisin. Fue a dar un paseo…,
después de que os hubierais marchado todos. Tuve que marcharme sin él. No logré
comunicarme con su traje. Deben estar muertos. Todos ellos…
—Mipp —dijo Horza—, la bomba no era muy potente.
Mipp rio y dejó escapar un gemido. Volvió a menear la cabeza.
—¿Y qué? ¿No viste ese hielo, Horza? Era como…
Y en ese instante la lanzadera tembló. Horza se volvió rápidamente hacia el
parabrisas, pero no había nada, solo la claridad emitida por la nube que estaban
atravesando rodeándoles en todas direcciones.
—Oh, Dios —murmuró Mipp—, la estamos perdiendo.
—¿Qué ocurre? —preguntó Horza.
Mipp se encogió de hombros y el gesto le arrancó una mueca de dolor.
—Todo. Creo que estamos cayendo, pero no puedo utilizar el altímetro, el
indicador de velocidad, el comunicador o el equipo de navegación. Todo está
estropeado… Los agujeros y el que las puertas estén abiertas hacen que aun nos
resulte más difícil seguir volando.

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—¿Estamos perdiendo altura? —preguntó Horza mirando a Mipp.
Mipp asintió.
—¿Quieres empezar a tirar cosas fuera? —preguntó—. Bueno, pues hazlo. Puede
que eso nos permita recuperar una parte de la altitud que hemos perdido.
La lanzadera volvió a oscilar.
—Hablas en serio —dijo Horza.
Le miró y empezó a levantarse del asiento.
Mipp asintió.
—Estamos cayendo. Sí, hablo en serio. Maldita sea, aun suponiendo que
consigamos llegar hasta allí no podré hacer que este trasto supere el muro del borde,
ni tan siquiera con solo una o dos personas a bordo…
La voz de Mipp se perdió en el silencio.
Horza logró levantarse de su asiento y cruzó el umbral del puente.
El compartimento de pasajeros estaba lleno de humo, niebla y ruidos. Una
claridad difusa entraba por el hueco de las puertas. Horza intentó arrancar los asientos
de las paredes, pero estaban bien sujetos. Contempló el cadáver de Lenipobra y su
rostro calcinado. La lanzadera osciló; durante un segundo Horza tuvo la sensación de
pesar bastante menos. Agarró el traje de Lenipobra por un brazo y empezó a tirar del
joven muerto arrastrándolo hacia la rampa. Arrojó el cadáver por el hueco y el
fláccido cascarón que había sido Lenipobra cayó al vacío desvaneciéndose en la
niebla. La lanzadera bailoteó primero en un sentido y luego en otro, y Horza estuvo a
punto de perder el equilibrio.
Encontró algunas otras cosas que podía tirar: un casco de repuesto, un rollo de
cuerda, un arnés antigravitatorio y un trípode de rifle bastante pesado. Lo arrojó todo
por el hueco de las puertas. Encontró un pequeño extintor. Miró a su alrededor, pero
no parecía haber llamas que apagar y la cantidad de humo no había aumentado. Cogió
el extintor y volvió al puente de vuelo. La atmósfera de allí parecía algo más limpia,
como si el humo se estuviera disipando.
—¿Qué tal vamos? —preguntó.
Mipp meneó la cabeza.
—No lo sé. —Movió la cabeza señalando el asiento contiguo—. Puedes
desprenderlo de la cubierta. Tíralo.
Horza encontró las agarraderas que unían el asiento a la cubierta. Las abrió, sacó
el asiento por la puerta, lo llevó hasta la rampa y lo arrojó al vacío junto con el
extintor.
—Hay unos controles en la pared cerca de esta mampara —gritó Mipp, y lanzó un
gruñido de dolor—. Tira los asientos de las paredes —añadió.
Horza logró encontrar los controles y movió primero una hilera de asientos y
luego la otra, con tiras y arneses incluidos, deslizándolas a lo largo de los raíles
incrustados en el suelo del compartimento. Los asientos rebotaron en el borde de la

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rampa y se alejaron dando vueltas por entre la neblina iridiscente. La lanzadera
volvió a oscilar.
La puerta que comunicaba el compartimento de pasajeros con el puente de vuelo
se cerró de golpe. Horza fue hacia ella; la cerradura había sido accionada desde
dentro.
—¡Mipp! —gritó.
—Lo siento, Horza. —La débil voz de Mipp le llegó desde el otro lado de la
puerta—. No puedo volver. Si no ha muerto, Kraiklyn me mataría. Pero te aseguro
que no logré encontrarles… No pude. Fue una suerte que te viera.
—Mipp, no hagas locuras. Abre la puerta.
Horza la sacudió. La puerta parecía poco resistente; si no le quedaba más
remedio, podría tirarla abajo.
—No puedo, Horza… No intentes forzar la puerta. Si lo haces dirigiré el morro
hacia el océano; te lo juro. De todas formas no podemos estar a mucha altura…
Apenas si consigo mantener el rumbo… Si quieres, intenta cerrar las puertas
manualmente. Tendría que haber un panel de acceso en algún lugar de la pared
trasera.
—Mipp, por el amor de Dios… ¿Adónde vas? Este sitio estallará en mil pedazos
dentro de pocos días. No podemos seguir volando eternamente…
—Oh, caeremos mucho antes de eso. —La voz de Mipp le llegaba en un susurro
desde detrás de la puerta cerrada. Parecía estar muy cansado—. Caeremos antes de
que vuelen el orbital, Horza, no te preocupes… Este trasto se muere.
—Pero ¿adónde vas? —repitió Horza gritando con la boca pegada a la puerta.
—No lo sé, Horza. Puede que al otro lado… Evanauth… No lo sé. Quiero
alejarme lo más posible. Yo…
Oyó un golpe ahogado, como si algo hubiera chocado contra la cubierta, y Mipp
lanzó una maldición. La lanzadera se estremeció y bailoteó locamente durante unos
segundos.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Horza.
—Nada —dijo Mipp—. El equipo de primeros auxilios… Se me ha caído.
—Mierda —jadeó Horza.
Se dejó caer al suelo y apoyó la espalda en el mamparo.
—No te preocupes, Horza. Yo… haré… Haré todo lo que pueda.
—Sí, Mipp —dijo Horza.
Volvió a ponerse en pie ignorando las punzadas de dolor que recorrieron los
agotados músculos de sus piernas y la agonía que atravesó su pantorrilla derecha, y
fue al compartimento de atrás. Buscó un panel de acceso, logró encontrar uno y lo
abrió. El hueco contenía otro extintor de incendios. Horza lo arrojó al vacío. El panel
de la otra pared contenía una manivela. Horza la colocó en el control manual y
empezó a darle vueltas. Las puertas se fueron cerrando lentamente y acabaron

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atascándose. Horza luchó con la manivela hasta que la rompió; lanzó una maldición y
la arrojó por el hueco.
La lanzadera dejó atrás la niebla. Horza miró hacia abajo y vio la superficie
ondulada de un océano gris surcado por el lento movimiento de las olas. El banco de
niebla del que habían emergido era como una cortina grisácea y las aguas
desaparecían debajo de ella. Los rayos de sol cruzaban las capas de niebla siguiendo
trayectorias oblicuas, y el cielo estaba repleto de nubes deshilachadas.
Horza vio cómo la manivela caía dando vueltas hacia el océano volviéndose más
y más pequeña. Chocó con el agua creando una señal blanca y desapareció en las
profundidades. Debían de estar a unos cien metros por encima del océano. La
lanzadera tembló y Horza tuvo que agarrarse al marco de las puertas; el aparato viró y
empezó a seguir un rumbo casi paralelo al banco de nubes.
Horza fue hasta el mamparo y golpeó la puerta con el puño.
—¿Mipp? No consigo cerrar las puertas.
—No importa —replicó Mipp con un hilo de voz.
—Mipp, abre. No seas idiota.
—Déjame en paz, Horza. Déjame en paz, ¿entiendes?
—Maldita sea… —murmuró Horza.
Volvió al compartimento trasero sintiendo el impacto de las ráfagas de viento que
entraban por el hueco de las puertas. A juzgar por el ángulo del sol, daba la impresión
de que estaban alejándose del muro. Detrás de ellos no había nada, solo mar y nubes.
No vio señales del Olmedreca, ni de ningún otro barco o nave. El horizonte
aparentemente liso que tenían a cada lado desaparecía entre la calina; el océano no
daba la impresión de ser cóncavo, solo inmenso. Horza intentó asomar la cabeza por
una esquina del hueco para ver hacia dónde iban. La fuerza del viento le obligó a
retroceder antes de que pudiera ver nada, y la lanzadera volvió a temblar, pero Horza
había tenido la impresión de distinguir otro horizonte tan liso y carente de rasgos
distintivos como ese al otro lado. Retrocedió unos pasos e intentó activar su
intercomunicador; pero los altavoces de su casco no emitieron ningún sonido. Todos
los circuitos estaban muertos. El pulso electromagnético creado por la explosión
atómica en el megabarco parecía haber acabado con la totalidad del sistema.
Horza pensó en quitarse el traje y tirarlo por el hueco, pero ya tenía frío y sin el
traje se quedaría prácticamente desnudo. No, seguiría con él puesto a menos que
empezaran a perder altura de repente. Se estremeció. Sentía dolores por todo el
cuerpo.
Dormiría un rato. De momento no podía hacer nada, y su organismo necesitaba
descansar. Jugueteó durante unos segundos con la posibilidad de cambiar, pero acabó
decidiendo que sería mejor no hacerlo. Cerró los ojos. Vio a Yalson tal y como la
había imaginado antes, corriendo por las cubiertas del megabarco, y abrió los ojos. Se
dijo que Yalson estaba perfectamente y volvió a cerrarlos.

[Link] - Página 127


Puede que cuando despertase hubieran dejado atrás las capas de polvo
magnetizado que había en la atmósfera superior. Quizá hubieran logrado salir de la
región ártica y estuvieran en la zona tropical o, al menos, en una zona más cálida…
Pero, probablemente, eso solo significaría que acabarían cayendo en aguas cálidas, no
en un océano gélido. No podía imaginarse a Mipp o al aparato aguantando el tiempo
suficiente para completar un viaje a través de todo el orbital.
… suponiendo que la distancia fuera de treinta mil kilómetros; puede que
estuvieran avanzando a unos trescientos por hora…
Horza se fue sumiendo en el sopor con la cabeza llena de números que cambiaban
continuamente. Su último pensamiento coherente fue que no iban lo bastante rápido
y, probablemente, que no había forma alguna de ir más deprisa. Cuando la Cultura
hiciera volar el orbital, convirtiéndolo en un halo de luz y polvo de catorce millones
de kilómetros, Mipp y Horza seguirían volando sobre el Mar Circular dirigiéndose
hacia tierra firme…

Horza despertó y descubrió que estaba rodando por el compartimento. Durante los
primeros segundos de confusión que siguieron a su despertar, creyó que ya había
caído por el hueco de las puertas y que estaba precipitándose a través del vacío;
después su mente se aclaró y se encontró yaciendo en el suelo del compartimento
trasero con los brazos y las piernas extendidos al máximo, observando cómo el cielo
azul del exterior se inclinaba con una nueva oscilación de la lanzadera. El aparato
parecía estar moviéndose más despacio de lo que recordaba antes de quedarse
dormido. No podía ver nada, solo cielo azul, un mar igualmente azul y unas cuantas
nubes blancas, y decidió asomar la cabeza por el hueco.
El viento que le abofeteó el rostro era bastante cálido, y tenían una islita delante,
más o menos en la dirección que seguía el aparato. Horza la contempló con
incredulidad. La isla era realmente minúscula, y estaba rodeada por atolones todavía
más pequeños y arrecifes de un verde claro que sobresalían de los bajíos. Poseía una
montaña que asomaba por entre los círculos concéntricos de vegetación y arena
amarilla.
La lanzadera bajó un poco y se niveló dirigiéndose en línea recta hacia la isla.
Horza metió la cabeza en el compartimento y dejó descansar los músculos de su
cuello y sus hombros para que se recuperaran del esfuerzo que les había exigido al
mantener erguida la cabeza contra la corriente de aire. La lanzadera redujo todavía
más la velocidad y volvió a descender. La estructura del aparato tembló levemente.
Horza vio cómo un toroide de agua color lima aparecía en el mar detrás de la
lanzadera; volvió a asomar la cabeza por el hueco y vio la isla delante del aparato a
unos cincuenta metros más abajo. Unas siluetas corrían por la playa hacia la que se
estaban aproximando. Un grupo de seres humanos cruzaban la arena dirigiéndose

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hacia la jungla transportando lo que parecía una inmensa pirámide de arena dorada y
una especie de litera sostenida por largas pértigas.
Horza observó la escena que pasaba bajo sus ojos. Había pequeñas hogueras
ardiendo en la playa, y unas cuantas canoas. A un extremo de la playa, allí donde los
árboles casi rozaban el agua, se encontraba una lanzadera con el morro en forma de
pala y el fuselaje muy grueso, un aparato que debía de tener dos o tres veces el
tamaño de la Turbulencia en cielo despejado. La lanzadera pasó sobre la isla
abriéndose paso por entre columnas de humo grisáceo.
La playa casi se había quedado vacía. Los últimos rezagados —que parecían estar
muy flacos e iban casi desnudos—, corrieron a refugiarse bajo los árboles como si
tuvieran miedo del aparato que estaba volando sobre sus cabezas. Una silueta yacía
en la arena cerca del módulo. Horza vio otra figura humana algo más vestida que las
otras que no corría. Estaba inmóvil, señalando la lanzadera que volaba sobre la isla
con el brazo extendido, y sostenía algo en su mano. Un instante después la cima de la
montaña apareció bajo el hueco de las puertas obstruyéndole la visión. Horza oyó una
serie de secas detonaciones que parecían pequeños estallidos.
—¡Mipp! —gritó, y fue hacia la puerta del puente.
—Estamos listos, Horza —dijo débilmente la voz de Mipp desde el otro lado del
panel. Su tono estaba impregnado por una especie de jovialidad desesperada—. Ni
los nativos son amistosos…
—Parecían asustados —dijo Horza.
La isla estaba desapareciendo detrás de ellos. La lanzadera seguía avanzando en
línea recta, como si Mipp quisiera alejarse, y Horza se dio cuenta de que estaban
acelerando.
—Uno de ellos tenía un arma —dijo Mipp.
Tosió y dejó escapar un gemido.
—¿Viste esa lanzadera? —preguntó Horza.
—Sí, la vi.
—Creo que deberíamos volver, Mipp —dijo Horza—. Creo que deberíamos dar
la vuelta.
—No —dijo Mipp—. No, no creo que debamos hacer eso… No creo que sea
buena idea, Horza. El aspecto de ese sitio… No me ha gustado ni pizca.
—Mipp, es tierra firme. ¿Qué más quieres?
Horza se volvió hacia el hueco de las puertas. La isla ya casi estaba a un
kilómetro de distancia, y la lanzadera seguía acelerando y ganando altura a cada
momento que pasaba.
—Tenemos que seguir adelante, Horza. Tenemos que llegar a la costa…
—¡Mipp, nunca conseguiremos llegar! ¡Necesitaríamos un mínimo de cuatro días
y la Cultura hará volar todo esto dentro de tres!
Silencio desde el otro lado de la puerta. Horza golpeó el delgado panel de
superficie granulada con la mano haciéndolo vibrar.

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—¡Déjame en paz, Horza! —gritó Mipp. Horza apenas si pudo reconocer el
graznido estridente en que se había convertido su voz—. ¡Olvídalo! ¡Si no lo haces,
te juro que los dos acabaremos muertos!
La lanzadera osciló repentinamente. El morro apuntó hacia el cielo y el hueco de
las puertas señaló hacia el mar. Los pies de Horza empezaron a deslizarse sobre el
suelo del compartimento. Metió los dedos en la ranura que había sujetado la parte
superior de los asientos y quedó suspendido de aquel precario asidero mientras la
lanzadera seguía su repentina ascensión.
—¡Está bien, Mipp! —gritó—. ¡De acuerdo!
La lanzadera cayó bruscamente en un rápido movimiento lateral. Horza se vio
arrojado hacia adelante. El aparato puso punto final a su veloz descenso y Horza
sintió un repentino aumento en su peso. El mar se movía debajo de ellos a solo
cincuenta metros de distancia.
—Déjame en paz, Horza —dijo la voz de Mipp.
—Vale, Mipp —dijo Horza—. De acuerdo.
La lanzadera subió un poco, ganando altitud e incrementando su velocidad. Horza
retrocedió, alejándose del mamparo que le separaba de Mipp y el puente de vuelo.
Meneó la cabeza y volvió al hueco de las puertas para contemplar la isla con sus
bajíos color lima, sus rocas grises, su follaje verde azulado y su franja de arena
amarilla. Todo estaba empequeñeciéndose poco a poco, y el marco de las puertas iba
llenándose de mar y cielo a medida que la isla se perdía entre la calina.
Se preguntó qué podía hacer. Sabía que solo le quedaba un curso de acción a
seguir. En esa isla había una lanzadera; era difícil que se encontrara en peor estado
que el aparato en el que se hallaba ahora, y sus posibilidades actuales de ser rescatado
eran prácticamente nulas. Se volvió hacia la frágil puerta que conducía al puente de
vuelo sin soltarse del marco, sintiendo cómo el viento cálido le abofeteaba y se
desparramaba en remolinos a su alrededor.
No sabía si saltar ahora mismo o hacer un nuevo intento de razonar con Mipp
antes. Aún seguía pensando en ello cuando la lanzadera se estremeció y empezó a
caer como una piedra hacia el mar.

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6
Los devoradores

Durante un segundo Horza careció de peso. Sintió cómo su cuerpo era atrapado por
los torbellinos de viento que entraban remolineando por el hueco de las puertas,
atrayéndole hacia ellas. Se agarró a la ranura de la pared que había utilizado antes
para sujetarse. La lanzadera inclinó el morro, y el rugido del viento se hizo más
potente. Horza estaba flotando con los ojos cerrados, sus dedos metidos en la
hendidura de la pared, esperando el choque final; pero el aparato logró volver a
nivelarse y Horza se encontró otra vez con los pies en el suelo.
—¡Mipp! —gritó.
Fue tambaleándose hacia la puerta. Sintió que el aparato empezaba a virar y se
volvió hacia el hueco de las puertas traseras. Seguían cayendo.
—Se acabó, Horza —dijo Mipp con un hilo de voz—. La he perdido. —Parecía
encontrarse muy débil, como si estuviera sumido en una mezcla de calma y
desesperación—. Voy a volver a la isla. No llegaremos allí, pero… Nos estrellaremos
dentro de unos momentos… Será mejor que te acuestes junto al mamparo y que te
prepares para el impacto. Intentaré hacer que se pose de la forma más suave
posible…
—Mipp —dijo Horza, sentándose en el suelo con la espalda pegada al mamparo
—, ¿puedo hacer algo?
—Nada —dijo Mipp—. Ahí vamos… Lo siento, Horza. Agárrate fuerte.
Horza hizo justamente lo contrario y relajó todos los músculos de su cuerpo. El
aire que entraba rugiendo por el hueco de las puertas aullaba dentro de sus oídos; la
lanzadera temblaba debajo de él. El cielo estaba muy azul. Captó un fugaz atisbo de
olas. Hizo que los músculos de su espalda conservaran la tensión justa para que su
cabeza siguiera pegada a la superficie del mamparo. Después oyó gritar a Mipp. No
había palabras; solo un grito de miedo, un ruido puramente animal.
La lanzadera chocó con algo. El impacto hizo que el cuerpo de Horza quedara
pegado a la pared, pero la presión desapareció enseguida. El aparato alzó un poco el
morro. Horza sintió que su peso disminuía, vio olas y espuma blanca entrando por el
hueco de las puertas. Las olas desaparecieron, vio el cielo y cerró los ojos mientras el
morro de la lanzadera volvía a bajar.
El aparato se estrelló contra las olas, resbalando sobre ellas hasta detenerse.
Horza sintió como si la pata de algún animal gigantesco intentara aplastarle contra el
mamparo. Se quedó sin aliento, oyó el rugir de su sangre y notó las mordeduras del
traje. Todo su cuerpo tembló bajo aquella fuerza que trataba de aplastarle y entonces,
justo cuando el impacto parecía haber terminado, otro golpe terrible cayó sobre su
espalda y su cuello, y sus ojos dejaron de ver.

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Lo siguiente que supo era que había agua por todas partes. Estaba jadeando y
resoplando, debatiéndose en la oscuridad mientras sus manos chocaban con
superficies duras que se habían partido llenándose de ángulos nuevos. Podía oír el
gorgoteo del agua, y el sonido ahogado de su propia respiración. Expulsó agua por la
boca y tosió.
Estaba flotando en una burbuja de aire rodeada de agua caliente. No había luz.
Casi todo su cuerpo parecía sufrir alguna clase de dolor distinto. Cada miembro y
cada parte aullaban su propio mensaje de dolor.
Movió los brazos tanteando cautelosamente el pequeño espacio dentro del que se
hallaba atrapado. El mamparo se había derrumbado; Horza se encontraba en el puente
de vuelo con Mipp. Localizó el cuerpo de Mipp aplastado entre el asiento y el panel
de instrumentos, aprisionado e inmóvil, a medio metro bajo la superficie del agua. Su
cabeza, que Horza podía tocar si metía el brazo por entre el respaldo del asiento y lo
que parecían las entrañas del monitor principal, se movía con demasiada facilidad en
el cuello del traje, y la frente estaba destrozada.
El nivel del agua iba subiendo. El aire escapaba por el morro de la lanzadera, que
flotaba en el mar con la proa hacia arriba oscilando lentamente. Horza sabía que la
única solución era sumergirse y nadar por el compartimento trasero del aparato hasta
salir por el hueco de las puertas; de lo contrario quedaría irremisiblemente atrapado
dentro de la lanzadera.
Estuvo respirando lo más profundamente posible durante todo un minuto pese al
dolor de sus costados, y el nivel del agua fue aumentando gradualmente hasta
obligarle a meter la cabeza en el ángulo creado por el techo del puente y el panel de
instrumentos. Cuando hubo llenado sus pulmones de aire, se sumergió.
Fue bajando por el compartimento, alejándose del asiento aplastado en el que
había muerto Mipp, y dejó atrás los retorcidos paneles de aleaciones ligeras que
habían sido el mamparo. Podía ver una vaga claridad entre gris y verde que formaba
un rectángulo ante él. El aire atrapado dentro de su traje burbujeaba a su alrededor
deslizándose por sus piernas con dirección a sus pies. El aire de sus botas le hizo
flotar durante unos segundos y detuvo su avance. Horza pensó que no iba a
conseguirlo, que se quedaría atrapado en aquella posición y que acabaría ahogándose
con la cabeza hacia abajo y los pies apuntando hacia arriba. Un instante después el
aire escapó con un leve burbujeo por los agujeros que el láser de Lamm había hecho
en sus botas y Horza siguió bajando.
Se abrió paso por entre el agua con dirección al rectángulo de luz, cruzó el hueco
de las puertas y se adentró en las espejeantes profundidades verdosas que había
debajo del aparato. Movió las piernas y empezó a subir, emergiendo de las olas con
un jadeo que llenó sus pulmones de aire cálido. Sintió cómo sus ojos se adaptaban a
la claridad oblicua pero aún potente de las últimas horas del atardecer.
Se agarró al metal abollado y lleno de agujeros del morro —que asomaba unos
dos metros por encima del agua—, y miró a su alrededor intentando ver la isla, pero

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no lo consiguió. Siguió moviéndose lo justo para permanecer a flote dejando que su
maltrecho cuerpo y su cerebro tuvieran tiempo de recuperarse. Vio cómo el morro del
aparato se iba hundiendo en el agua y se deslizaba lentamente hacia adelante de tal
forma que la lanzadera acabó flotando sobre las olas que lamían su parte superior. El
cambiante logró izarse al techo de la lanzadera con un esfuerzo que creó nuevos
dolores en sus brazos, y se quedó tumbado allí como un pez varado en la playa.
Empezó a desconectar las señales del dolor, como si fuese un sirviente cansado
que recoge los trocitos de los objetos frágiles destrozados por su amo en un ataque de
rabia.
Y solo entonces, tumbado sobre la parte superior del fuselaje de la lanzadera
sintiendo el roce de las olas, se dio cuenta de que toda el agua que había estado
tragando y escupiendo entre toses era agua dulce. Hasta aquel momento ni se le había
pasado por la cabeza que el Mar Circular pudiera ser otra cosa que una inmensa
extensión de agua salada, como la mayoría de océanos planetarios, pero el agua no
contenía ni pizca de sal y Horza se alegró, pensando que por lo menos no moriría de
sed.
Se incorporó cautelosamente sobre el techo mientras las olas se estrellaban contra
sus pies. Miró a su alrededor y pudo ver la isla…, a duras penas. La claridad del
atardecer hacía que pareciese muy pequeña y distante y, aunque había una débil brisa
cálida que soplaba más o menos hacia la isla, Horza no tenía ni idea de en qué
dirección podían llevarle las corrientes, si es que las había.
Se sentó sobre el fuselaje y acabó acostándose, dejando que las aguas del Mar
Circular se deslizaran por la superficie que había debajo de su espalda y se
dispersaran, formando pequeñas murallas de espuma al chocar contra su cada vez
más destrozado traje. Pasado un rato se quedó dormido. No había sido su intención,
pero cuando se dio cuenta de que estaba adormilándose, no se resistió. Se dijo que
solo dormiría una hora.
Despertó para ver un sol que seguía alto en el cielo, pero ahora brillaba con un
resplandor rojo oscuro a través de las capas de polvo que cubrían el lejano perfil del
muro. Volvió a ponerse en pie; la lanzadera no parecía más hundida que antes. La isla
continuaba estando bastante lejos, pero daba la impresión de haberse acercado un
poco. Las corrientes o los vientos parecían estarle llevando en la dirección adecuada.
Horza volvió a sentarse.
El aire seguía siendo bastante cálido. Pensó en quitarse el traje, pero acabó
decidiendo que sería mejor no hacerlo. Le molestaba, pero sin él quizá tuviera
demasiado frío. Acabó tumbándose sobre el fuselaje.
Se preguntó dónde estaría Yalson ahora. ¿Habría sobrevivido a la bomba de
Lamm y a la destrucción del megabarco? Esperaba que lo hubiese conseguido. Horza
creía que era bastante probable; no podía imaginársela muerta o agonizando. No era
mucho en que basarse, y Horza se negaba a creer que fuera supersticioso, pero ser
incapaz de imaginársela muerta le resultaba extrañamente reconfortante. Yalson

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sobreviviría. Hacía falta algo más que una bomba nuclear táctica y un megabarco
estrellándose contra un iceberg tan grande como un pequeño continente para acabar
con ella. Horza se dedicó a repasar sus recuerdos de Yalson, y descubrió que estaba
sonriendo.
Habría querido pasar más tiempo acordándose de Yalson, pero había otro asunto
en el que debía pensar.
Esta noche cambiaría.
Era lo único que podía hacer. Probablemente a esas alturas ya no serviría de nada.
Kraiklyn estaba muerto o —suponiendo que hubiese sobrevivido— lo más probable
era que nunca volviera a encontrarse con Horza, pero el cambiante se había preparado
para la transformación. Su cuerpo estaba esperándola, y no se le ocurría nada mejor.
Se dijo que la situación no era desesperada. No había sufrido heridas graves,
parecía estar aproximándose a la isla —y la lanzadera quizá siguiera allí— y si
conseguía llegar a tiempo, siempre estaba Evanauth y esa partida de daño. Además, la
Cultura quizá anduviera buscándole, por lo que mantener la misma identidad durante
demasiado tiempo podía resultar peligroso. Qué diablos… Cambiaría. Se quedaría
dormido siendo el Horza que habían conocido los miembros de la Compañía y
despertaría convertido en una copia del capitán de la Turbulencia en cielo despejado.
Preparó su cuerpo maltrecho y dolorido para la alteración tan bien como pudo.
Relajó los músculos, activó glándulas y grupos de células y su cerebro envió señales
al cuerpo y el rostro usando nervios que solo los cambiantes poseían.
Contempló el sol. Su brillo rojizo iba disminuyendo y la esfera luminosa estaba
cada vez más cerca del océano.
Ahora dormiría; dormiría y se convertiría en Kraiklyn. Adoptaría otra identidad,
otra forma que añadir a las muchas que había asumido durante su existencia…
Quizá no sirviera de nada, quizá estuviera a punto de adoptar otra identidad solo
para morir con ella. «Pero ¿qué puedo perder?», pensó.
Horza observó el lento descenso del cada vez más oscuro ojo rojizo del sol hasta
sumirse en el sueño del cambio, y aunque el trance del cambio se llevaba a cabo con
los ojos cerrados y esos mismos ojos estaban alterándose bajo sus párpados, tuvo la
impresión de que seguía viendo aquel resplandor agonizante…

Ojos de animal. Los ojos de un depredador. Estaba atrapado detrás de ellos


contemplando lo que había fuera… Nunca dormía, porque era tres personas.
Propiedad; rifle, nave y Compañía. Quizá no fuese gran cosa, pero algún día…, con
solo un poquito de suerte, solo la pequeña ración de suerte que todo el mundo tiene
derecho a esperar…, oh, sí, un día les daría una buena lección. Sabía lo bueno que
era, sabía para qué estaba preparado y quién podía ayudarle. Los demás solo eran
objetos sin valor. Eran suyos porque estaban bajo su mando; después de todo, la nave
era propiedad suya, ¿no? Las mujeres especialmente… No eran más que piezas del

[Link] - Página 134


juego. Podían ir y venir, y no le importaba en lo más mínimo. Bastaba con que
compartieras sus peligros y creían que eras maravilloso. No podían comprender que
para él no había ningún peligro; aún le quedaba mucho que hacer en la vida. Sabía
que no iba a sufrir ninguna estúpida y miserable muerte en combate. Algún día toda
la galaxia conocería su nombre, y cuando llegara el momento de su muerte, le lloraría
o le maldeciría… Aún no había decidido si prefería el llanto o las maldiciones…
Puede que la elección dependiera de cómo le tratase la galaxia hasta que llegara ese
momento… Lo único que necesitaba era un poquito de suerte, una pequeña ocasión
que aprovechar, justo lo que habían tenido los demás, los líderes de las Compañías
Libres más grandes y de más éxito, las más conocidas, temidas y respetadas. Ellos
también debían haber tenido sus momentos de suerte, ¿no? Quizá parecieran mucho
más grandes de lo que él era ahora, pero un día alzarían los ojos para contemplarle.
Todo el mundo lo haría. Todos conocerían su nombre: Kraiklyn.

Horza despertó bajo la claridad del amanecer. Seguía tumbado sobre el techo de la
lanzadera sintiendo la caricia de las olas, como un trozo de carne cuidadosamente
lavado y colocado encima de una mesa. Estaba medio dormido y medio despierto.
Hacía más frío y la luz era algo más tenue y azulada, pero todo lo demás seguía igual
que antes. Su mente volvió a sumirse en el sueño, alejándose del dolor y las
esperanzas perdidas.
Nada había cambiado, solo él…

Tendría que nadar hasta la isla.


Despertó por segunda vez aquella misma mañana. Se sentía distinto, más fuerte y
descansado. El sol iba emergiendo de la calina que había sobre su cabeza.
La isla se encontraba más cerca, pero iba a pasar de largo. Las corrientes estaban
haciendo que él y la lanzadera se alejaran de aquel pedazo de tierra firme después de
haberles llevado hasta unos dos kilómetros del grupo de arrecifes y bancos de arena
que rodeaban la isla. Horza se maldijo por haber dormido tanto tiempo. Se quitó el
traje —ya no servía de nada y merecía que lo abandonara— y lo dejó sobre el techo
de la lanzadera para que fuese lamido por las olas. Tenía hambre y su estómago había
empezado a protestar con rugidos ahogados, pero se sentía con fuerzas más que
suficientes para la travesía a nado. Calculaba que la isla debía estar a unos tres
kilómetros de distancia. Se zambulló y hendió las aguas. La pierna derecha seguía
doliéndole a causa del disparo de Lamm, y aún notaba alguna que otra molestia en
varias zonas de su cuerpo, pero podía conseguirlo. Estaba totalmente seguro de que
podría llegar hasta la isla.
Miró hacia atrás después de haber nadado unos minutos. Podía ver el traje, pero
no la lanzadera. El traje vacío era como el capullo abandonado por algún animal

[Link] - Página 135


después de su metamorfosis, un cascarón vacío que parecía flotar sobre las olas que
se agitaban a su espalda. Horza se dio la vuelta y siguió nadando.
La isla se iba acercando muy despacio. Al principio el agua estaba caliente, pero
pareció irse enfriando, y los dolores de su cuerpo se fueron haciendo más intensos.
Hizo caso omiso de ellos y envió señales de desconexión a los nervios, pero podía
sentir cómo su avance iba haciéndose más lento, y comprendió que había empezado
la travesía con demasiado ímpetu. Se quedó quieto durante unos segundos,
moviéndose en el agua para mantenerse a flote; tragó un sorbo de agua dulce y
reanudó su avance, nadando a un ritmo más suave pero igualmente decidido hacia la
torre gris que coronaba la isla.
Se repitió a sí mismo lo afortunado que había sido. El impacto sufrido por la
lanzadera no le había causado heridas graves, aunque los dolores seguían
molestándole, como si fuesen parientes ruidosos encerrados en una habitación lejana
que le impedían concentrarse debidamente. El agua cálida parecía estar enfriándose,
cierto, pero al menos era agua dulce, por lo que podía beberla y no se deshidrataría;
aun así, le pasó por la cabeza que le habría costado menos mantenerse a flote si fuese
agua salada.
Siguió avanzando. Tendría que haber sido fácil, pero cada momento que
transcurría hacía que nadar le resultara más difícil. Dejó de pensar en ello y se
concentró en los movimientos; el lento subir y bajar rítmico de piernas y brazos que
le impulsaba a través del agua; enfrentarse a una ola, superarla, bajar por ella; una
ola, superarla, bajar por ella…
«Con mis propios recursos», pensó, «con mis propios recursos, sin nadie que me
ayude».
La montaña de la isla iba aumentando de tamaño muy despacio. Tenía la
sensación de estar construyéndola, como si el esfuerzo necesario para que fuera
haciéndose más grande ante sus ojos fuese idéntico al que le habría exigido la
edificación de aquel picacho; amontonar una roca encima de otra con sus propias
manos…
Dos kilómetros. Después solo uno.
El sol iba subiendo en ángulo por el cielo.
Y, finalmente, el primer círculo de arrecifes y los bajíos; los atravesó casi sin
darse cuenta de lo que hacía y se encontró en aguas poco profundas.
Un mar de dolor. Un océano de agotamiento.
Nadó hacia la playa abriéndose paso por entre un abanico de olas y espuma que
irradiaba de la brecha en el anillo de arrecifes por la que había pasado…
… y sintió como si no se hubiera quitado el traje, como si aún siguiera llevándolo,
y la oxidación o el paso del tiempo habían hecho que el traje se volviera rígido, o
como si estuviera lleno de agua o arena húmeda. El traje se tensaba y tiraba de él
intentando hacerle retroceder.

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Podía oír el ruido de las olas rompiendo en la playa, y cuando alzó los ojos pudo
ver gente; siluetas delgadas de piel morena vestidas con harapos que se agrupaban
alrededor de tiendas redondas y hogueras o caminaban por entre ellas. Algunas
estaban en el agua transportando cestas, unas inmensas cestas de juncos que sostenían
junto a sus cinturas. Iban recogiendo cosas del mar mientras caminaban por entre las
olas, poniendo lo que encontraban dentro de los cestos.
No le habían visto. Siguió nadando, moviendo lentamente los brazos e
impulsándose con débiles patadas.
La gente que estaba recogiendo la cosecha del mar no parecía haberse dado
cuenta de su presencia. Seguían caminando por entre las olas, agachándose de vez en
cuando para desenterrar algo oculto en la arena, moviendo los ojos incesantemente de
un lado para otro en una continua búsqueda cuyo objetivo estaba tan cerca de ellos
que les impedía verle. El ritmo de las brazadas se fue frenando hasta convertirse en
un lento manoteo agónico. No podía sacar los brazos del agua, y sus piernas estaban
paralizadas…
Y entonces oyó varias voces que gritaban cerca de él y un sonido de chapoteo que
se fue aproximando, abriéndose paso por entre el estruendo del oleaje como algo
surgido de un sueño. Seguía nadando débilmente cuando otra ola le alzó en su seno, y
vio a varias siluetas muy delgadas vestidas con taparrabos y túnicas harapientas que
avanzaban por el agua hacia él.
Sus brazos sostuvieron a Horza guiándole por entre las olas, a través de los
últimos bajíos moteados de sol y, finalmente, le llevaron a las arenas doradas. Horza
se dejó caer sobre la playa rodeado de aquellas personas flacas de expresiones
adustas. Estaban hablando en voz baja entre ellas usando una lengua que no había
oído nunca. Horza intentó moverse, pero no lo consiguió. Sus músculos parecían
haberse convertido en harapos mojados.
—Hola —graznó.
Repitió el saludo en todas las lenguas que conocía, pero aquella gente no parecía
entender ninguna. Observó los rostros de las personas que le rodeaban. Eran
humanos, desde luego, pero aquella palabra podía aplicarse a muchas especies
distintas esparcidas por toda la galaxia, lo cual había creado una interminable
discusión sobre quién era humano y quién no lo era. Al igual que ocurría en un
número excesivo de asuntos, el consenso de la opinión general estaba empezando a
aproximarse considerablemente a las teorías de la Cultura sobre el tema. La Cultura
fijaba las leyes (dejando aparte, claro está, el hecho de que la Cultura no tenía
ninguna ley realmente digna de ese nombre) sobre en qué consistía el ser humano, o
hasta dónde llegaba la inteligencia de una especie determinada (y, al mismo tiempo,
dejaba bien claro que la inteligencia pura por sí sola no significaba gran cosa), o
cuánto tiempo debían vivir las personas (aunque solo como un tosco criterio de guía
aproximado, naturalmente), y la gente aceptaba todas aquellas afirmaciones sin
ponerlas en tela de juicio porque todo el mundo creía la propaganda de la Cultura, y

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esa propaganda sostenía que la Cultura era una sociedad sincera y carente de
prejuicios, justa y totalmente desinteresada cuya única meta era la verdad absoluta…,
etcétera.
Por lo tanto, ¿podía decirse que las personas que le rodeaban eran auténticos seres
humanos? Su altura era bastante parecida a la de Horza, daban la impresión de poseer
una estructura ósea y un sistema respiratorio muy similares, sus cuerpos mostraban
una clara simetría bilateral; y sus rostros —aunque cada uno era distinto— siempre
contaban con ojos, orejas, boca y nariz.
Pero estaban mucho más delgados de lo que habría sido normal, y su piel,
dejando aparte la textura o el color, parecía afectada por algún tipo de enfermedad.
Horza se quedó quieto. Volvía a tener la sensación de que pesaba mucho, pero al
menos ahora se encontraba en tierra firme. Por otra parte, y a juzgar por el estado de
los cuerpos que le rodeaban, la isla parecía ser bastante pobre en alimentos. Horza
supuso que esa era la razón de que todos estuvieran tan delgados. Alzó la cabeza e
intentó ver la lanzadera que había divisado antes por entre aquel bosque de flacas
piernas. Solo consiguió ver la parte superior de la máquina asomando sobre una de
las grandes canoas varadas en la playa. Sus puertas traseras estaban abiertas.
Una vaharada de un olor pestilente bailoteó bajo la nariz de Horza y le hizo sentir
deseos de vomitar. Volvió a bajar la cabeza hacia la arena, exhausto.
Las personas que le rodeaban dejaron de hablar y sus cuerpos delgados y morenos
o, por lo menos, de tez oscura, se volvieron lentamente hasta quedar de cara a la
playa. Sus filas se abrieron para dejar un espacio justo por encima de la cabeza de
Horza y, por mucho que lo intentara, el cambiante descubrió que no podía apoyarse
en un codo o mover la cabeza para ver qué o quién se aproximaba. Siguió tumbado
sobre la arena y esperó. Las personas que había a su derecha retrocedieron, y una
hilera de ocho hombres apareció a ese lado sosteniendo un palo muy largo en sus
manos izquierdas y extendiendo el brazo derecho para conservar el equilibrio. Era la
litera que les había visto transportar por la jungla el día antes, cuando la lanzadera
había sobrevolado la isla. Horza intentó alzar la cabeza para ver lo que contenía. Dos
hileras de hombres dieron la vuelta a la litera para que quedase de cara a Horza y la
dejaron en el suelo. Después los dieciséis se sentaron en el suelo con expresión de
estar agotados. Horza no podía apartar los ojos de la litera.
Sentado en ella estaba el ser humano más enorme y obscenamente gordo que
había visto en toda su vida.
El día anterior había visto la litera y su inmensa carga desde la lanzadera de la
Turbulencia en cielo despejado, y confundió al gigante con una pirámide de arena
dorada. Ahora podía ver que su primera impresión se había aproximado bastante a la
realidad, aunque solo en la forma y no en la sustancia. Horza no estaba seguro de si
aquel enorme cono de carne humana pertenecía a un varón o a una hembra; inmensos
pliegues de carne con aspecto de mamas brotaban de la parte superior y central de su
torso, pero colgaban sobre olas todavía más enormes de grasa desnuda y carente de

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vello, que eran sostenidas en parte por las piernas del coloso y en parte las rebasaban
para reposar sobre la superficie de lona de la litera. Horza no pudo ver la más mínima
prenda de ropa sobre el cuerpo de la monstruosidad, pero tampoco había ninguna
señal de genitales; fueran lo que fuesen, quedaban enterrados bajo los rollos de
aquella carne entre marrón y dorada.
Horza fue alzando los ojos hasta llegar a su cabeza. El grueso cono del cuello
terminaba en baluartes concéntricos de papadas que sostenían la calva cúpula de
carne hinchada en la que había una fláccida longitud de labios muy pálidos, una nariz
minúscula en forma de botón y unas rendijas que debían contener los ojos. La cabeza
reposaba sobre las capas de grasa del cuello, los hombros y el pecho como una gran
campana dorada sobre un templo de muchos niveles. El gigante cubierto de sudor
movió bruscamente las manos haciéndolas girar al extremo de los globos hinchados y
recubiertos de grasa que tenía por brazos hasta que aquellos dedos —que, en
comparación, resultaban meramente rollizos— se encontraron y se unieron tan
estrechamente como se lo permitía su tamaño. La boca se abrió para hablar, y uno de
aquellos humanos flacuchos cuyos harapos parecían algo menos maltrechos que los
de los demás entró en el campo visual de Horza, colocándose un poco detrás del
gigante.
La cabeza con forma de campana se movió unos centímetros a un lado y giró
lentamente sobre sí misma diciéndole algo al hombre que había detrás. Horza no
logró oír las palabras. Después la montaña de carne alzó los brazos con un obvio
esfuerzo y contempló a las delgadas siluetas agrupadas alrededor de Horza. Su voz
parecía grasa semisólida derramándose dentro de un recipiente; Horza pensó que era
una voz capaz de ahogarte, como si surgiera de una pesadilla. Aguzó el oído, pero no
logró comprender ni una sola palabra del lenguaje que estaba utilizando. Miró a su
alrededor para ver qué efecto estaban produciendo aquellas palabras sobre la multitud
de aspecto famélico que le rodeaba. Sintió que la cabeza le daba vueltas durante un
momento, como si su cerebro hubiera cambiado de posición mientras su cráneo
seguía inmóvil; y fue como si estuviera de nuevo en el hangar de la Turbulencia en
cielo despejado cuando los rostros de la Compañía se volvieron en su dirección
haciéndole sentirse tan desnudo y vulnerable como se sentía ahora.
—Oh, no, otra vez no —gimió en marain.
—¡Oh-hoo! —dijeron los rollos de carne dorada. La voz se despeñó por las
pendientes de grasa en una vacilante serie de tonos casi musicales—. ¡Magnífico!
¡Nuestro botín marino habla! —La cúpula sin vello giró un poquito más volviéndose
hacia el hombre que estaba en pie junto a ella—. Señor Primero, ¿no es maravilloso?
—burbujeó la voz de aquella masa de carne.
—El destino es bueno con nosotros, oráculo —dijo el hombre con voz
malhumorada.
—Sí, señor Primero, el destino favorece a quienes ama. Hace alejarse a nuestros
enemigos y nos envía tesoros…, ¡tesoros del mar! ¡Alabado sea el destino!

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La gran pirámide de carne empezó a temblar y los brazos se alzaron arrastrando
tras ellos rollos de carne un poco más pálida. Aquella cabeza parecida a una torreta se
inclinó hacia atrás, y la boca se abrió para revelar un espacio oscuro en el que solo
había unos cuantos colmillos diminutos que brillaban como si estuvieran hechos de
acero. Cuando la voz burbujeante volvió a hablar empleó el lenguaje que Horza no
podía entender, pero se dio cuenta de que se limitaba a repetir la misma frase una y
otra vez. El resto de la multitud no tardó en unirse a la montaña de carne, quien agitó
las manos en el aire y empezó a canturrear con voz enronquecida. Horza cerró los
ojos, intentando despertar de lo que sabía no era un sueño.
Cuando abrió los ojos los humanos seguían cantando, pero habían vuelto a
rodearle con sus flacos cuerpos, impidiéndole ver a la monstruosidad de piel entre
marrón y dorada. Aquella multitud de seres famélicos cayó sobre él sin interrumpir el
cántico. Sus rostros estaban encendidos por un deseo feroz, abrían la boca mostrando
los dientes y curvaban las manos como si fuesen garras.
Le quitaron los pantalones cortos. Horza intentó resistirse, pero eran demasiados
y lograron inmovilizarle. Su estado de agotamiento hacía que sus fuerzas fuesen tan
reducidas como las de cualquiera de ellos, y no les costó demasiado dominarle. Le
dieron la vuelta, le hicieron poner las manos a la espalda y se las ataron. Después le
ataron los pies y tiraron de sus piernas hacia atrás hasta que sus pies casi le rozaron
las manos, y los ataron a sus muñecas con un trozo de cuerda. Desnudo y atado como
un animal que es conducido al sacrificio, Horza fue arrastrado sobre la arena caliente
hasta dejar atrás una hoguera que ardía con un débil llamear chisporroteante. Sus
captores le hicieron erguirse y le obligaron a inclinarse sobre un pequeño poste
clavado en la arena hasta pasarlo por entre su espalda y sus miembros inmovilizados
por las cuerdas. Sus rodillas se hundieron en la arena soportando la mayor parte de su
peso. La hoguera ardía ante él enviando nubes de un humo acre a sus ojos, y aquel
olor horrendo volvió a invadir sus fosas nasales. Parecía venir de un grupo de
cuencos y recipientes esparcidos alrededor de la hoguera. Horza vio que en la playa
había más hogueras con grupos de recipientes a su alrededor.
El inmenso montón de carne que el señor Primero había llamado «oráculo» fue
depositado junto a la hoguera. El señor Primero se quedó inmóvil junto al prodigio de
obesidad contemplando a Horza con sus ojos hundidos en las cuencas de aquel rostro
pálido y más bien sucio. La montaña dorada de la litera hizo entrechocar sus
rechonchas manos.
—Forastero, regalo del mar —dijo—, bienvenido seas. Yo soy Fwi-Song, gran
oráculo del destino.
Aquella inmensa criatura hablaba una variedad bastante tosca del marain. Horza
abrió la boca para decirle su nombre, pero Fwi-Song siguió hablando antes de que
pudiera hacerlo.
—¡Nos has sido enviado en nuestro tiempo de prueba como un fragmento de
carne humana trasportado por la marea de la nada, una cosecha arrebatada a la

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insípida oleada de la vida, una golosina que repartir y ser compartida en nuestra
victoria sobre la bilis ponzoñosa de la incredulidad! ¡Eres una señal del destino, y
damos las gracias por haberla recibido!
Fwi-Song alzó sus inmensos brazos; rollos de grasa oscilaron en los hombros a
cada lado de aquella cabeza parecida a una torreta y casi cubrieron las orejas. Fwi-
Song gritó algo en un lenguaje que Horza no conocía; y las siluetas que le rodeaban
repitieron la frase, canturreándola varias veces.
Los brazos recubiertos de grasa volvieron a bajar.
—Eres la sal del mar, regalo del océano —dijo la almibarada voz de Fwi-Song
volviendo a emplear el marain—. Eres una señal, una bendición del destino; ¡eres el
que ha de convertirse en muchos, el único que ha de ser compartido; tuyo será el don
definitivo, la belleza bendita de la transustanciación!
Horza contempló horrorizado a aquella inmensidad dorada. No se le ocurría nada
que decir. ¿Qué podías decirle a alguien semejante? Horza carraspeó para aclararse la
garganta con la esperanza de decir algo, pero Fwi-Song siguió hablando.
—Sabe pues, regalo del mar, que somos los devoradores; los devoradores de
cenizas, los devoradores de basura, los devoradores de arena, de hierbas y árboles; los
más básicos, los más amados y los más reales. ¡Hemos trabajado duramente con el fin
de prepararnos para nuestro día de prueba, y ahora ese día se encuentra gloriosamente
cercano! —La voz del oráculo de la piel dorada se volvió estridente; varios pliegues
de grasa temblaron cuando Fwi-Song extendió los brazos—. ¡Contémplanos mientras
aguardamos el momento de nuestra ascensión y alejamiento de este plano mortal con
los vientres vacíos, las entrañas huecas y las mentes hambrientas!
Las manos gordezuelas de Fwi-Song se encontraron en una palmada; los dedos se
entrelazaron como inmensos gusanos engordados gracias a una buena dieta de
carroña.
—Si puedo… —graznó Horza.
Pero la inmensidad de carne estaba hablando de nuevo con los humanos
famélicos, y su voz burbujeaba sobre las arenas doradas, las hogueras para cocinar y
los rostros adustos de aquellos seres malnutridos.
Horza meneó la cabeza y sus ojos recorrieron la playa hasta posarse en el hueco
de las puertas de la lanzadera. Cuanto más la veía, más seguro estaba de que era una
máquina fabricada por la Cultura.
No se trataba de nada que pudiera definir con precisión, pero cada instante que
pasaba contemplando la máquina hacía que estuviera más seguro de ello. Supuso que
debía contar con cuarenta o cincuenta asientos; el tamaño justo para transportar a
todas las personas que había visto en la isla. No parecía especialmente nueva o
rápida, y no daba la impresión de tener ninguna clase de armamento, pero algo en la
forma de diseñar y construir aquella silueta tan sencilla y utilitaria hablaba de la
Cultura. Si la Cultura diseñase un carro de bueyes o un automóvil, aquellos artefactos
seguirían compartiendo algo con la máquina que había al final de la playa, pese a

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todo el abismo de tiempo existente entre las épocas representadas por cada objeto. El
enigma habría sido más fácil de resolver si la Cultura usase algún emblema o
logotipo, pero su negativa a depositar ninguna fe en los símbolos era otro más de los
muchos aspectos en que la Cultura mostraba su falta de realismo y su inexplicable
orgullo. La Cultura afirmaba ser justamente lo que era y decía no necesitar ese tipo de
representaciones exteriores. La Cultura estaba compuesta por todos y cada uno de los
seres humanos y máquinas que vivían en ella, no por una sola cosa o faceta
determinada. Al igual que no podía aprisionarse a sí misma con leyes, empobrecerse
con el uso del dinero o engañarse confiando en los líderes, no estaba dispuesta a
autorrepresentarse de forma engañosa mediante signos.
Aun así, la Cultura poseía un conjunto de símbolos del que estaba muy orgullosa,
y Horza no tenía duda de que si la máquina que estaba contemplando era un producto
de la Cultura, habría unos cuantos caracteres del alfabeto marain escritos en alguna
parte de ella.
Horza se preguntó si la presencia de la lanzadera guardaría alguna relación con la
masa de carne que seguía arengando a los flacos humanos congregados alrededor de
la hoguera. Lo dudaba. Fwi-Song hablaba un marain vacilante y bastante tosco. El
dominio del marain del que podía enorgullecerse Horza distaba mucho de ser
perfecto, pero conocía aquella lengua lo bastante bien para darse cuenta de que Fwi-
Song la maltrataba cada vez que salía de sus labios. Y, de todas formas, la Cultura no
tenía costumbre de alquilar sus vehículos a chalados religiosos. Entonces, ¿estaría allí
para evacuarles? ¿Habría venido para llevarles hasta un lugar seguro cuando el
huracán de mierda creado por la alta tecnología de la Cultura chocara contra el orbital
Vavatch? Horza comprendió que esa era la respuesta más probable, y comprenderlo le
deprimió considerablemente. Así que no había escapatoria… O era sacrificado o lo
que fuese que pretendían hacerle aquellos chalados, o viajaría hasta el cautiverio por
cortesía de la Cultura.
Se dijo que no debía dar por sentado lo peor. Después de todo, ahora tenía el
aspecto de Kraiklyn, y no era probable que las Mentes de la Cultura hubiesen
establecido todas las conexiones correctas entre él, la Turbulencia en cielo despejado
y Kraiklyn. Nadie era capaz de pensar en todo, ni tan siquiera la Cultura. Pero…
Probablemente sabían que había estado a bordo de La mano de Dios 137;
probablemente sabían que había escapado de aquella nave; y probablemente también
sabían que la Turbulencia en cielo despejado se hallaba dentro de aquel volumen de
espacio en aquellos momentos. (Recordó las estadísticas que Xoralundra había citado
cuando hablaba con el capitán de la Mano; sí, la UGC debía de haber salido
vencedora de aquel combate… Recordó los toscos motores de campo de la
Turbulencia en cielo despejado; lo más probable era que produjesen una estela que
cualquier UGC que sintiese un mínimo de respeto hacia sí misma podría seguir desde
siglos de distancia)… Maldita sea; quizá fueran capaces. Quizá estaban examinando a
todas las personas que evacuaban de Vavatch. Lo identificarían en cuestión de

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segundos con solo una muestra celular, una escama de piel o un pelo, y por lo que
sabía quizá ya le hubiesen tomado una muestra. Un microproyectil enviado desde
aquella lanzadera bien podía haberse llevado consigo algún trocito minúsculo de
tejido… Dejó caer la cabeza, y los músculos de su cuello se unieron al concierto de
dolores que atormentaba su maltrecho y exhausto cuerpo.
«Basta», se dijo. «Deja de pensar como un fracasado. Demasiada autocompasión,
maldita sea. Haz algo para salir de este lío. Aún cuentas con tus dientes y tus uñas…,
y con tu cerebro. Si sabes esperar a que llegue el momento adecuado…».
—Ved —trinó Fwi-Song—, los que no tienen dios, los más odiados, los
despreciados-por-los-despreciados, los ateos, los anatematices, nos han enviado este
instrumento de la nada y del vacío… —Horza alzó los ojos mientras la inmensidad de
carne pronunciaba aquellas palabras y vio cómo Fwi-Song señalaba hacia la
lanzadera—. ¡Pero no vacilaremos en nuestra fe! ¡Resistiremos el falso atractivo de la
nada que hay entre las estrellas donde moran los que no tienen dios, los
anatematizados del vacío! No mantendremos ningún trato con la gran blasfemia de lo
material. Actuaremos igual que las rocas y los árboles…, ¡seremos firmes, seguros,
profundamente enraizados, sólidos e inflexibles!
Fwi-Song volvió a alzar los brazos y su voz atronó por toda la playa. El hombre
de la expresión adusta y la piel de un color blanco sucio gritó unas cuantas palabras
dirigidas a la multitud que se había sentado sobre la arena y esta le devolvió el grito.
Fwi-Song sonrió a Horza desde el otro lado de la hoguera. Su boca era un agujero
negro con cuatro diminutas protuberancias metálicas que parecían colmillos
asomando allí donde los labios formaban una sonrisa. Los colmillos reflejaban la luz
del sol.
—¿Es así como tratáis a todos vuestros invitados? —preguntó Horza intentando
no toser hasta el final de la frase.
Se aclaró la garganta. La sonrisa de Fwi-Song se desvaneció.
—No eres un invitado, oh despojo del mar, regalo de la sal. Eres una recompensa
y un trofeo: nuestro para que nos lo quedemos, mío para que te utilice. Botín del mar
y del sol y el viento que nos ha traído el destino. Je, je, je… —La sonrisa de Fwi-
Song volvió acompañada por una risita de colegiala, y una de sus inmensas manos se
alzó para ocultar los pálidos labios—. ¡El destino reconoce a su oráculo y le envía
sabrosos regalos! ¡Y se los envía justo cuando algunos miembros de mi rebaño
habían empezado a sentir ciertas dudas! ¿No es así, señor Primero?
La cabeza con forma de torreta se volvió hacia la flaca silueta del hombre de la
piel blanquecina que permanecía inmóvil junto a la montaña de carne con los brazos
cruzados. El señor Primero asintió en silencio.
—El destino es nuestro jardinero y nuestro lobo. El destino acaba con los débiles
para honrar a los fuertes. El noble y viril oráculo ha hablado.
—Y la palabra que muere en la boca vive dentro del oído —dijo Fwi-Song,
volviendo su inmensa cabeza hacia Horza.

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«Bueno, al menos ahora sé que es un varón», pensó Horza. «No sé si me servirá
de algo, pero siempre es un comienzo».
—Poderoso oráculo —dijo el señor Primero. La sonrisa de Fwi-Song se hizo un
poco más ancha, pero siguió sin apartar los ojos de Horza—. El regalo del mar
debería ver el destino que le espera. Puede que el traicionero cobarde Veintisiete…
—¡Oh, sí! —Las inmensas manos de Fwi-Song se juntaron en una palmada y una
sonrisa iluminó todo su rostro. Durante una fracción de segundo, Horza creyó ver el
blanco de unos ojos diminutos que le contemplaban desde más allá de las rendijas—.
¡Oh, sí, hagámoslo! Traed al cobarde, y hagamos lo que debe hacerse.
El señor Primero se dirigió con voz cantarina a los humanos emaciados que
seguían sentados alrededor de la hoguera. Algunos de ellos se pusieron en pie y se
alejaron hacia la jungla. El resto empezó a gritar y canturrear.
Unos minutos después Horza oyó un grito seguido por una serie de alaridos y
chillidos que se fueron aproximando poco a poco. Los que se habían marchado
volvieron a aparecer trayendo consigo un tronco corto y grueso bastante parecido al
que mantenía inmovilizado a Horza. Colgando del tronco había un joven que se
debatía gritando y aullando en el lenguaje que Horza no entendía. Horza vio gotas de
sudor y saliva resbalar por el rostro del joven, desprenderse de él y manchar la arena.
Uno de los extremos del tronco estaba muy afilado. Los que habían traído al joven lo
clavaron en la arena al otro lado de la hoguera que ardía ante Horza, de tal forma que
el joven quedó colocado de cara al cambiante.
—Este, mi libación de los mares —dijo Fwi-Song volviéndose hacia Horza
mientras señalaba al joven que temblaba y gemía con los ojos girando locamente
dentro de sus cuencas y los labios goteando saliva—, es mi muchacho travieso,
llamado Veintisiete desde su renacimiento. Era uno de nuestros muy respetados y
amadísimos hijos, uno de nuestros ungidos, uno de aquellos con quienes
compartíamos la nobleza de ser bocados sabrosos, uno más de quienes forman la
hermandad de papilas gustativas de la gran lengua de la vida. —La voz de Fwi-Song
burbujeaba con una risa apenas contenida mientras hablaba, como si comprendiera lo
absurdo del papel que estaba representando y apenas pudiera resistir la tentación de la
autoparodia—. Esta astilla de nuestro árbol, este grano de nuestra playa, este réprobo
se atrevió a correr hacia el siete veces maldito vehículo del vacío. Rechazó el don de
la carga con que le honramos; escogió abandonarnos y huir a través de las arenas
cuando el enemigo alienígena pasó sobre nosotros el día de ayer. No confió en
nuestra gracia salvadora, sino que se volvió hacia un instrumento de la oscuridad y la
nada, hacia la sombra contaminante de quienes no tienen alma, los anatemáticos… —
Fwi-Song contempló al joven que seguía temblando en el poste clavado al otro lado
de la hoguera. El rostro del oráculo se endureció en una mueca de reproche—. El
destino ha hecho que el traidor que abandonó nuestro bando y puso en peligro la vida
de su oráculo fuera atrapado para que pudiera comprender su lamentable error y
expiar su terrible crimen.

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Fwi-Song bajó el brazo. La inmensa cabeza osciló lentamente de un lado para
otro.
El señor Primero se volvió hacia las siluetas sentadas alrededor de la hoguera y
gritó algo. Las siluetas se volvieron hacia el joven llamado Veintisiete y empezaron a
canturrear. Los horribles olores que Horza había captado antes volvieron con más
fuerza cosquilleándole la nariz y haciendo que los ojos se le llenaran de lágrimas.
El señor Primero y dos mujeres desenterraron unos saquitos ocultos en la arena.
Los demás seguían cantando y Fwi-Song no apartaba los ojos del joven. Los saquitos
contenían unas cuantas prendas de tela muy delgada con las que se fueron vistiendo.
Mientras se vestía, Horza vio una funda con una gran pistola de proyectiles de
aspecto bastante pesado bajo la mugrienta túnica del señor Primero. El cambiante
supuso que debía de ser el arma que había disparado contra la lanzadera el día
anterior cuando él y Mipp sobrevolaron la isla.
El joven abrió los ojos, vio a las tres personas que acababan de vestirse y empezó
a gritar.
—Escuchad cómo el alma apenada grita pidiendo su lección, oíd cómo suplica su
botín de pena y dolor, su solaz de refrescante sufrimiento… —Fwi-Song miró a
Horza y sonrió—. Nuestro pequeño Veintisiete sabe lo que le espera, y aunque su
cuerpo que ya ha demostrado ser muy débil se quiebra ante la tormenta, su alma grita:
«¡Sí! ¡Sí! ¡Oh, poderoso oráculo, socórreme! ¡Hazme parte de ti! ¡Dame tu fuerza!
¡Ven a mí!». ¿Acaso no te parece un sonido dulce y de lo más edificante?
Horza contempló los ojos del oráculo y no dijo nada. El joven seguía gritando e
intentaba liberarse del tronco que le inmovilizaba. El señor Primero se arrodilló ante
él e inclinó la cabeza murmurando en voz baja para sí mismo. Las dos mujeres
estaban llenando un gran número de cuencos con el líquido humeante de las ollas y
recipientes que había alrededor de la hoguera, y empezaron a calentar algunos sobre
las llamas. Los olores llegaron a Horza haciendo que se le revolviera el estómago.
Fwi-Song pasó al otro lenguaje y pronunció unas cuantas palabras volviéndose
hacia las dos mujeres, quienes miraron a Horza y fueron hacia él sosteniendo un
cuenco cada una. Las mujeres le pusieron los cuencos bajo la nariz y Horza apartó la
cabeza. Sus rasgos se retorcieron en una mueca de repugnancia ante lo que parecía y
olía como entrañas de pescado aliñadas con una salsa de excrementos. Las mujeres se
llevaron los cuencos que contenían aquella horrible sustancia, pero las fosas nasales
del cambiante ya habían quedado impregnadas con la pestilencia que desprendía.
Horza intentó respirar por la boca.
Las mujeres introdujeron unas cuñas de madera entre los labios del joven para
que no pudiera cerrarlos y sus gritos ahogados cambiaron de tono. El señor Primero
le sujetó y las mujeres empezaron a introducir el líquido de los cuencos en su boca. El
joven tosió y gimoteó, se atragantó e intentó escupir. Lanzó un gemido desgarrador y
acabó vomitando.

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—Deja que te muestre mi armamento y mi obra benefactora —dijo Fwi-Song
volviéndose hacia Horza.
Metió la mano detrás de su vasto cuerpo, y cuando volvió a aparecer, sus dedos
sostenían un gran fardo de harapos que empezó a desplegar. Las telas se fueron
apartando y revelaron un conjunto de objetos metálicos parecidos a cepos minúsculos
que brillaron bajo los rayos del sol. Fwi-Song se llevó un dedo a los labios, examinó
su colección de trampas metálicas y acabó cogiendo uno de los pequeños artilugios.
Se lo metió en la boca e hizo encajar las dos partes del cepo en las protuberancias
metálicas que Horza había visto antes.
—Ya eztá —dijo Fwi-Song, alzando su boca en una ancha sonrisa hacia el
cambiante—. ¿Qué opínaz de éztoz? —Los dientes artificiales brillaban en su boca.
Horza vio hileras de puntas muy afiladas con los contornos aserrados—. O de éztoz
ótroz… —Fwi-Song se quitó el artefacto y lo sustituyó por uno repleto de colmillos
minúsculos que parecían agujas. Después vino otro con dientes en ángulo que
parecían ganchos recubiertos de pequeños pinchos, y luego otro cuyos dientes
estaban agujereados—. Eztupéndoz, ¿eh? —Sonrió a Horza enseñándole el último
artefacto que se había colocado y se volvió hacia el señor Primero—. ¿Qué opínaz,
zeñor Primero? ¿Eh? O… —Fwi-Song se quitó los dientes con agujeros y se puso
otro artefacto que hacía pensar en un juego de palas muy largas parecidas a cuchillos
—. ¿Éztoz? Éztoz zon muy bonítoz, ¿no oz parece? Zí, empecémoz con éztoz…
Caztiguémoz a eze mocozo traviezo.
La voz de Veintisiete se había convertido en un gemido gutural. Cuatro hombres
se arrodillaron ante él, le obligaron a extender una pierna y se la inmovilizaron. Fwi-
Song fue transportado en la litera hasta quedar delante del joven. Abrió la boca
enseñando los dientes que parecían cuchillos, se inclinó hacia adelante y le arrancó
un dedo del pie a Veintisiete en un movimiento muy veloz curiosamente parecido a
un asentimiento de cabeza.
Horza apartó la mirada.
Durante la siguiente media hora de tranquila deglución, el inmenso oráculo fue
mordisqueando varias partes del cuerpo de Veintisiete, atacando las extremidades y
los escasos depósitos de grasa que aún le quedaban mediante varios juegos de
dientes. Los gritos del joven iban haciéndose más fuertes con cada nueva carnicería.
Horza tan pronto observaba como desviaba los ojos. Había momentos en que
intentaba irritarse lo suficiente para llegar a un estado anímico desafiante que le
permitiera encontrar un medio de dar su merecido a aquella grotesca distorsión de un
ser humano, y había momentos en que solo deseaba que aquella horrenda ceremonia
llegara a su fin. Fwi-Song reservó los dedos de las manos de su exdiscípulo para el
final, y los devoró con los dientes agujereados, usándolos como si fueran
herramientas para pelar cables eléctricos.
—Muy zabrozoz —dijo cuando hubo terminado, limpiándose el rostro manchado
de sangre con un antebrazo gigantesco.

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Veintisiete se hallaba cubierto de sangre y gemía débilmente. Estaba medio
desmayado. Las mujeres le amordazaron con un trozo de harapo y el joven fue
colocado de espaldas sobre la arena. Le atravesaron las palmas de sus manos
destrozadas con estacas de madera y una inmensa roca le aplastó los pies. Cuando vio
aproximarse la litera que transportaba al oráculo, Veintisiete empezó a gritar
débilmente a través de su mordaza. Fwi-Song fue colocado casi encima de aquella
silueta gimiente, y sus manos lucharon con unos cordoncillos que había a un lado de
su litera hasta que consiguió abrir una trampilla situada en la parte inferior de esta. El
hueco de la trampilla quedaba justo sobre el rostro del infeliz humano cubierto de
sangre que se retorcía encima de la arena. El oráculo hizo una seña y los porteadores
le colocaron sobre el cuerpo del joven ahogando sus gemidos. El oráculo sonrió y se
acomodó con leves y delicados movimientos de su inmenso cuerpo, como si fuera un
pájaro que se coloca sobre sus huevos para empollarlos. Su masa colosal ocultaba
todo el cuerpo del joven que había debajo de él. Fwi-Song empezó a canturrear para
sí mismo mientras la multitud de aspecto famélico le contemplaba acompañándole
con un canturreo casi inaudible mientras balanceaban sus cuerpos de un lado para
otro sin moverse del sitio. Fwi-Song empezó a mecerse hacia adelante y hacia atrás,
al principio muy despacio y luego cada vez más deprisa. Una capa de sudor perló la
cúpula dorada de su rostro. Emitió un jadeo y alzó una mano hacia la multitud. Las
dos mujeres vestidas con aquella especie de túnicas fueron hasta él y empezaron a
lamer los hilillos de sangre que habían brotado de la boca del oráculo, siguiendo su
trayectoria sobre los pliegues de sus papadas y la colosal extensión de sus tetillas y su
tórax como si fueran chorritos de leche roja. Fwi-Song dio un respingo, pareció
encogerse sobre sí mismo y se quedó inmóvil durante un segundo. Después sus
inmensos brazos se movieron con una rapidez y una ferocidad sorprendentes y
golpearon a las dos mujeres en la cabeza. Las mujeres huyeron corriendo y volvieron
a reunirse con la multitud. El señor Primero empezó a canturrear en un tono de voz
bastante más alto y la multitud se unió a él.
Fwi-Song acabó dando la orden de que volvieran a levantarle. Los porteadores de
la litera alzaron aquella montaña de carne por los aires revelando el cuerpo
destrozado de Veintisiete. Sus gemidos habían sido silenciados para siempre.
El cadáver fue liberado de sus ataduras y decapitado. Le arrancaron la parte
superior del cráneo y devoraron sus sesos. Horza había logrado aguantar hasta
entonces, pero ver aquello hizo que vomitara.
—Y ahora todos nos hemos convertido en todos los demás —canturreó
solemnemente Fwi-Song como si hablara con aquel objeto hueco que antes había sido
la cabeza del joven.
Lanzó su cuenco ensangrentado por encima del hombro hacia el fuego. El resto
del cuerpo fue llevado hasta el mar y arrojado a las aguas.

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—Solo la ceremonia y el amor del destino nos distinguen de las bestias, oh señal
de la devoción del destino —trinó Fwi-Song volviéndose hacia Horza mientras el
inmenso cuerpo del oráculo era limpiado y perfumado por las dos mujeres.
Horza, atado a su poste clavado en el suelo con la boca saturada de sabor a
vómitos, había concentrado toda su atención en el acto de respirar y ni tan siquiera
intentó contestarle.

El cadáver de Veintisiete se fue alejando lentamente sobre las olas. Sus seguidores
secaron a Fwi-Song con toallas. Los humanos emaciados se sentaron sobre la arena
con los ojos perdidos en el vacío, o se ocuparon de aquel líquido pestilente que
burbujeaba en las ollas y recipientes. El señor Primero y sus dos ayudantes se
quitaron sus vestimentas, revelando los harapos maltrechos de las mujeres y la túnica
mugrienta pero aún intacta del hombre. Fwi-Song hizo que los porteadores colocasen
su litera delante de Horza.
—¿Ves, botín de las olas, cosecha del océano eternamente agitado? Mi pueblo se
prepara para romper su ayuno.
El oráculo hizo girar uno de los temblorosos rollos de carne y grasa que eran sus
brazos y señaló a los que se ocupaban de las hogueras y los recipientes. El olor de la
comida putrefacta estaba invadiéndolo todo.
—Comen lo que los demás dejan y lo que los demás no quieren tocar porque
quieren estar más cerca de la mismísima textura del destino. Comen la corteza de los
árboles y la hierba del suelo y el musgo de las rocas; comen la arena, las hojas, las
raíces y la tierra; comen las conchas y las entrañas de los animales marinos y la
carroña de la tierra y del océano; comen los productos de su cuerpo y comparten los
míos. Yo soy la fuente. Soy el manantial, el sabor que hay en sus lenguas.
»Tú, burbuja que espumeas en el océano de la vida, eres una señal. Cosecha del
océano, antes de que llegue el momento de tu disolución, comprenderás que eres todo
cuanto has comido, y que la comida no es más que excremento aún no digerido. Yo lo
he visto y lo he comprendido; tú lo verás y lo comprenderás.
Una de las ayudantes volvió del mar con las dentaduras postizas de Fwi-Song que
había estado limpiando en el agua. Fwi-Song las cogió y las envolvió en los harapos,
volviendo a guardarlas detrás de su espalda.
—Todos caerán salvo nosotros. Todos se dirigen hacia sus muertes y su
disolución. Solo nosotros perduraremos sin desaparecer, llevados a la gloria de
nuestra consumación definitiva.
El oráculo le sonrió. Las largas sombras del atardecer se deslizaban sobre la arena
y aquellas personas emaciadas y de aspecto enfermizo se sentaron para consumir su
repugnante alimento. Horza vio cómo intentaban comer. Algunos lo hicieron,
animados por el señor Primero, pero la mayoría eran incapaces de retener nada dentro
de sus estómagos. Jadeaban intentando tragar aire y sorbían los líquidos, pero lo más

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frecuente era que acabasen vomitando aquello que habían logrado engullir con tanto
esfuerzo. Fwi-Song les contempló con tristeza y meneó la cabeza.
—¿Ves? Ni aquellos de mis hijos que se encuentran más cerca de mí están
preparados… Debemos rezar y suplicar al destino para que estén preparados cuando
llegue el momento, tal y como debe llegar y llegará en cuestión de pocos días.
Debemos albergar la esperanza de que la falta de comprensión y simpatía con las
cosas que atenaza sus cuerpos no les hará despreciables a los ojos y la boca de Dios.
«Gordo asqueroso… Estás dentro de mi radio de alcance. Si lo supieras… Podría
cegarte desde aquí; podría escupir en tus ojillos y quizá…».
Pero quizá no pudiera conseguirlo. Los ojos del gigante estaban tan hundidos en
la fláccida piel de sus mejillas y su frente que existía una considerable posibilidad de
que el escupitajo venenoso con que Horza podía acertar al monstruo dorado no
lograra abrirse paso hasta llegar a las membranas del ojo. Pero era todo cuanto Horza
podía encontrar como alivio a su situación. Podía escupir al oráculo; y ahí se acababa
todo. Quizá llegara un momento en el que aquello pudiese cambiar las cosas, pero
hacerlo ahora sería una estupidez. Un Fwi-Song ciego y enfurecido le parecía algo
todavía más peligroso y digno de ser evitado que un Fwi-Song sonriente y capaz de
ver.
Fwi-Song siguió hablando sin parar, sin hacerle ni una sola pregunta y
empezando a repetirse cada vez con mayor frecuencia. Le habló de sus revelaciones y
de su vida anterior; primero como fenómeno de circo, luego como algo parecido a un
animal doméstico en el palacio de un sátrapa de otra especie en un megabarco y
después como converso a una religión de moda en otro megabarco. Su revelación
tuvo lugar allí cuando convenció a unos cuantos conversos para que se marcharan a
una isla donde esperarían «el fin de todas las cosas». Cuando la Cultura anunció cuál
iba a ser el destino del orbital Vavatch, llegaron más conversos. Horza le escuchaba
sin prestarle demasiada atención. Su mente funcionaba a toda velocidad intentando
dar con alguna forma de escapar.
—Aguardamos el fin de todas las cosas y la llegada del último día. Nos
preparamos para nuestra consumación final mezclando los frutos de la tierra y el mar
y la muerte con nuestros frágiles cuerpos de carne, sangre y hueso. Tú eres nuestra
señal, nuestro aperitivo, nuestro aroma. Debes sentirte muy honrado.
—Poderoso oráculo —dijo Horza, tragando saliva y esforzándose al máximo para
conseguir que su voz sonara tranquila y firme. Fwi-Song se calló. Sus ojillos se
hicieron todavía más pequeños y el inicio de un fruncimiento de ceño apareció en su
frente. Horza siguió hablando—. Cierto, soy vuestra señal. Yo mismo he venido a
vosotros; soy el seguidor…, el discípulo cuyo número es el Último. Vengo a libraros
de la máquina del vacío. —Horza volvió los ojos hacia la lanzadera de la Cultura que
seguía inmóvil con las puertas abiertas al final de la playa—. Sé cómo eliminar esa
fuente de tentaciones. Deja que te demuestre mi devoción llevando a cabo este
pequeño servicio para tu inmensa majestuosidad. Cuando lo haya hecho sabrás que

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soy tu último y más fiel servidor: aquel cuyo número es el Último, el que se presenta
antes de la disolución final con el fin de… de templar el ánimo de tus seguidores para
la prueba que se aproxima y acabar con el artefacto tentador de los anatemáticos. Me
he mezclado con las estrellas, el aire y el océano, y te traigo este mensaje y esta
liberación.
Horza se calló. Tenía la garganta y los labios resecos, y una ligera brisa cargada
con la pestilencia mezclada al olor de especias que brotaba de la comida de los
devoradores estaba haciendo que le llorasen los ojos. Fwi-Song se había quedado
totalmente inmóvil en su litera, contemplando el rostro de Horza con sus ojillos casi
cerrados y su bulbosa frente llena de arrugas.
—¡Señor Primero! —dijo Fwi-Song, volviéndose hacia el hombre de piel
blanquecina vestido con la túnica.
El señor Primero estaba masajeando el vientre de un devorador mientras el
infortunado seguidor yacía gimiendo sobre la arena. El señor Primero se puso en pie
y fue hacia el oráculo, quien señaló a Horza con la cabeza y habló en el lenguaje que
el cambiante no podía entender. El señor Primero hizo una pequeña reverencia y se
colocó detrás de Horza sacando algo de debajo de su túnica mientras desaparecía del
campo visual del cambiante. El corazón de Horza empezó a latir a toda velocidad y
sus ojos desesperados se posaron en el rostro de Fwi-Song. ¿Qué había dicho? ¿Qué
iba a hacerle el señor Primero? Unas manos aparecieron sobre la cabeza de Horza
sosteniendo algo. El cambiante cerró los ojos.
Un harapo cayó sobre su boca y fue sujetado con un nudo muy tenso. Apestaba a
aquella comida repugnante. Las manos tiraron de su cabeza obligándole a apoyarla en
el tronco. El señor Primero volvió a ocuparse del devorador que seguía gimiendo
sobre la arena. Horza miró a Fwi-Song.
—Bueno, ya está —suspiró este—. Y ahora, como iba diciendo antes…
Horza dejó de escucharle. La cruel fe del obeso oráculo era muy parecida a un
millón de credos esparcidos por toda la galaxia. Lo único que la hacía destacar en
aquellos tiempos teóricamente civilizados era su increíble grado de barbarie. Otro
efecto colateral de la guerra, quizá; otra cosa de que culpar a la Cultura. Fwi-Song
siguió hablando, pero escucharle no serviría de nada.
Horza recordó que la actitud de la Cultura ante alguien que creía en un Dios
omnipotente era compadecerle y prestar tan poca atención a la sustancia de su fe
como se la habría prestado a los delirios balbuceantes de alguien que afirmara ser el
Emperador del Universo. La naturaleza de la creencia no era totalmente irrelevante
—unida al historial de la persona y a su educación, podía darte alguna pista sobre qué
problema particular había acabado llevándola a tan penosa situación—, pero lo que
nunca debías ni podías hacer era tomártela en serio.
Eso era justamente lo que Horza sentía hacia Fwi-Song. Tenía que tratarle como
el maníaco que obviamente era. El hecho de que su locura estuviera envuelta en los
oropeles de la religión no significaba nada.

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Horza tenía la seguridad de que la Cultura no habría estado de acuerdo con él. La
Cultura opinaba que la locura y las creencias religiosas compartían muchas facetas,
pero, después de todo, ¿qué se podía esperar de la Cultura? Los idiranos sabían cosas
que la Cultura ignoraba, y aunque no estaba de acuerdo con todo cuanto defendían y
representaban, Horza respetaba sus creencias. Toda su forma de vida y casi cada
pensamiento individual estaba iluminado, guiado y gobernado por el conjunto de su
religión-filosofía: una creencia en el orden y el lugar y una especie de racionalidad
sacra.
Los idiranos creían en el orden porque habían mantenido una larga relación con
su opuesto, primero en su propio telón de fondo planetario mientras tomaban parte en
la competición evolutiva extraordinariamente feroz de Idir, y luego —cuando
entraron en la sociedad de su grupo de sistemas estelares— en las especies que les
rodeaban. Esa falta de orden había hecho que padecieran terribles sufrimientos.
Habían muerto a millones en guerras estúpidas inspiradas por la codicia que les
habían acabado involucrando sin que ellos lo quisieran. Habían sido ingenuos e
inocentes, y habían dependido excesivamente del instinto que les impulsaba a creer
que las otras especies compartían la clase de pensamiento racional y tranquilo que les
guiaba.
Los idiranos creían en el destino del lugar. Algunos individuos tenían que estar en
ciertos lugares —las tierras altas, los campos fértiles, las islas de clima templado y
apacible— tanto si habían nacido allí como si no; y lo mismo se aplicaba a tribus,
clanes y razas (e incluso a las especies; la mayoría de viejos textos sagrados habían
demostrado ser lo suficientemente flexibles y vagos para vérselas con el
descubrimiento de que los idiranos no estaban solos en el universo. Los textos que
afirmaban lo contrario no tardaron en ser abandonados, y sus autores sufrieron
primero la maldición ritual y luego el más absoluto olvido). Tomado en su expresión
más mundana, el credo podía definirse como la certeza de que había un sitio para
todo y de que todo debía estar en su sitio. Cuando todo se hallara en su sitio, Dios
estaría satisfecho del universo y la paz y la alegría eternas sustituirían al caos actual.
Los idiranos se veían a sí mismos como agentes de aquel inmenso
reordenamiento. Eran los escogidos, los primeros a quienes se concedió la paz
necesaria para comprender lo que Dios deseaba, y cuando lo hubieron comprendido
fueron impulsados a la acción en vez de a la contemplación por esas mismas fuerzas
del desorden que, poco a poco, vieron era su obligación combatir. Dios tenía un
propósito inextricable reservado para ellos. Tenían que encontrar su sitio en el
conjunto de la galaxia; y quizá incluso fuera de ella. Las especies más maduras
podían buscar su propia salvación; tenían que crear sus propias reglas y hallar su
propia paz con Dios (y el que Dios se alegrara de sus logros incluso cuando negaban
Su existencia era un signo más de la generosidad divina). Pero las otras especies, las
razas sumidas en el caos y los conflictos…, necesitaban ser guiadas.

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Había llegado el momento de olvidar los juguetes de la lucha y el esfuerzo
guiados por el interés egoísta. Que los idiranos lo hubiesen comprendido era un signo
de que ese momento ya había llegado. Un nuevo mensaje había empezado a
difundirse en ellos y en la Palabra que era su herencia de lo divino, el Hechizo
contenido dentro de su herencia genética: «Creced. Portaos bien. Preparaos».
Horza compartía la incredulidad de Balveda hacia la religión de los idiranos, y
aquellos ideales excesivamente planeados y deliberados le parecían idénticos a las
fuerzas restrictivas de la vida que tanto despreciaba en la ética de la Cultura, aunque
en principio esta fuese bastante más benigna. Pero los idiranos confiaban en sí
mismos, no en sus máquinas, y eso hacía que siguieran formando parte de la vida.
Horza opinaba que esa era la gran diferencia, y se conformaba con ella.
Horza sabía que los idiranos jamás lograrían someter a todas las civilizaciones en
vías de desarrollo esparcidas por la galaxia. El día del juicio con el que soñaban no
llegaría jamás. Pero la misma certeza de esa derrota final hacía que los idiranos no
resultaran peligrosos, los convertía en normales y les hacía formar parte de la vida
general de la galaxia. Los idiranos eran una especie más que crecería, se iría
expandiendo hasta llegar a la fase de meseta que acaban alcanzando todas las
especies no suicidas y se conformaría con lo que había conseguido hasta entonces.
Dentro de diez mil años, los idiranos serían una civilización más que se contentaría
con llevar una existencia tranquila. La era actual de conquistas quizá fuese recordada
con cariño, pero a esas alturas se habría convertido en algo irrelevante explicado más
que de sobras por alguna teología creativa. Los idiranos ya habían pasado por un
período de calma e introspección; con el tiempo volverían a entrar en otro.
Y, en última instancia, eran seres racionales. Escuchaban los dictados del sentido
común con preferencia a sus propias emociones. Su única creencia carente de pruebas
era que la vida tenía un sentido y un propósito, que existía algo que en la mayoría de
lenguajes se traducía como «Dios» y que ese Dios deseaba una existencia mejor para
Sus creaciones. Por ahora los idiranos perseguían ese objetivo ellos mismos y se
consideraban los dedos, las manos y los brazos de Dios. Pero cuando llegara el
momento, serían capaces de asimilar la comprensión de que se habían equivocado y
de que la llegada del orden definitivo no era asunto suyo. Acabarían calmándose y
encontrarían el lugar que les correspondía. La galaxia y sus muchas y variadas
civilizaciones les asimilarían.
La Cultura era distinta. Horza no podía ver fin a su política de interferencia
continua en eterna escalada. Esa política no estaba gobernada por ninguna clase de
limitaciones naturales, y eso hacía que pudiera seguir adelante por los siglos de los
siglos. Al igual que una célula trastornada o un cáncer cuya composición genética no
lleva incorporada la orden «desconectarse», la Cultura seguiría expandiéndose
mientras pudiera hacerlo. No se detendría por voluntad propia y, por lo tanto, había
que detenerla.

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Mientras escuchaba el canturreo estridente de Fwi-Song, Horza se dijo que había
decidido consagrarse a aquella causa hacía ya mucho tiempo. Y si no lograba escapar
de los devoradores, no podría seguir sirviéndola en el futuro…
Fwi-Song siguió hablando durante un rato y —después de que el señor Primero le
dijera algo— hizo que los porteadores le dieran la vuelta a la litera para que pudiera
dirigirse a sus seguidores. La mayor parte de ellos se encontraban muy enfermos o
daban la impresión de estarlo. Fwi-Song pasó a emplear el lenguaje local que Horza
no entendía y les soltó lo que, evidentemente, era un sermón, ignorando las
ocasionales y ruidosas vomitonas de algún que otro miembro de su rebaño.
El sol iba descendiendo hacia el océano, y la atmósfera se estaba enfriando.
El sermón llegó a su fin y Fwi-Song se quedó inmóvil y silencioso en su litera
mientras los devoradores se aproximaban a él uno por uno, hacían una reverencia y le
hablaban con voz apremiante. La cabeza en forma de cúpula del oráculo oscilaba de
vez en cuando en lo que parecía una señal de asentimiento, y sus labios se mantenían
curvados en una gran sonrisa.
Después, los devoradores cantaron y gritaron mientras las dos mujeres que habían
ayudado como oficiantes en la muerte de Veintisiete lavaban y frotaban a Fwi-Song
con aceites aromáticos. Después, Fwi-Song fue llevado por la playa saludando
alegremente a su rebaño con la mano mientras su inmenso cuerpo reflejaba los
últimos rayos del sol poniente, y acabó desapareciendo en la pequeña jungla que
había detrás del único promontorio existente en la isla.
Los devoradores trajeron madera, alimentaron las hogueras con ella y se fueron
dispersando para refugiarse en sus tiendas o alrededor de los fuegos. Algunos se
marcharon con toscos cestos de mimbre, aparentemente en busca de algún despojo
fresco que intentarían comer más tarde.
El señor Primero se reunió con los cinco devoradores silenciosos que habían
estado sentados alrededor de esa hoguera a la que Horza ya estaba empezando a
hartarse de contemplar. Faltaba poco para el crepúsculo. Los emaciados humanos
apenas si habían prestado atención a la presencia del cambiante, pero el señor
Primero se sentó muy cerca del hombre atado al poste. Horza vio que una de sus
manos sostenía una piedra, y la otra una de las dentaduras postizas que Fwi-Song
había utilizado sobre el cuerpo de Veintisiete unas horas antes. El señor Primero
empezó a afilar y pulir la dentadura postiza mientras hablaba con los otros
devoradores. Un par de ellos acabaron marchándose a sus tiendas y el señor Primero
se colocó detrás de Horza y le quitó la mordaza. Horza respiró por la boca para
librarse de aquel sabor a rancio, ejercitó su mandíbula y se removió intentando aliviar
los dolores que se iban acumulando en sus brazos y sus piernas.
—¿Cómodo? —preguntó el señor Primero volviendo a sentarse sobre la arena.
Siguió afilando los colmillos metálicos que brillaban bajo la luz de la hoguera.
—Me he sentido mejor —dijo Horza.
—También te sentirás peor…, amigo.

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El señor Primero se las arregló para que la última palabra sonara como una
maldición.
—Me llamo Horza.
—No me importa cómo te llames. —El señor Primero meneó la cabeza—. Tu
nombre no importa. Tú no importas.
—Había empezado a formarme esa impresión —admitió Horza.
—Oh, ¿de veras? —exclamó el señor Primero. Se puso en pie y se acercó un poco
más al cambiante—. ¿De veras? —Movió la mano que sostenía los dientes metálicos
y las puntas arañaron la mejilla izquierda de Horza—. Te crees muy listo, ¿eh? Crees
que vas a salir bien librado de esta, ¿eh? —Le pateó el vientre. Horza jadeó y se
atragantó—. ¿Ves? No importas. No eres más que un pedazo de carne. Como todo el
mundo… Carne, solo carne. Y, de todas formas —volvió a patearle—, el dolor no es
real. Todo es cuestión de sustancias químicas, electricidad y esa clase de cosas,
¿verdad que sí?
—Oh —graznó Horza, sintiendo una breve punzada de dolor en sus heridas—. Sí.
Tienes razón.
—Estupendo. —El señor Primero sonrió—. Recuerda esto mañana. Estupendo…
No eres más que un pedazo de carne, y el oráculo es un pedazo de carne mucho más
grande que tú.
—Tú… Eh… Así que no crees en las almas, ¿eh? —preguntó Horza con el
máximo respeto posible, esperando que aquello no le ganara otra patada.
—¿Almas? A la mierda con tu alma, desconocido. —El señor Primero se rio—.
Más te vale que no exista. Hay personas que son devoradores natos y las hay cuyo
destino es ser devoradas, y estoy convencido de que las almas de quienes son
devorados acaban sufriendo el mismo destino que los cuerpos. Por lo tanto, y
teniendo en cuenta que tú eres uno de los que han nacido para ser devorados, más te
vale que eso de las almas sea un mito. Es tu única esperanza, créeme. —El señor
Primero cogió el harapo que había usado como mordaza y volvió a colocarlo sobre la
boca de Horza—. No… En tu caso, amigo mío, te conviene más no tener alma. Pero
si acaba resultando que tienes alma te agradeceré que vuelvas y me lo digas para que
pueda reírme un buen rato, ¿de acuerdo?
El señor Primero tensó el nudo de la mordaza y la cabeza de Horza volvió a entrar
en contacto con el tronco.
El lugarteniente de Fwi-Song acabó de afilar los relucientes juegos de dentaduras
postizas, se puso en pie y habló con los devoradores que seguían sentados alrededor
de la hoguera. Pasado un rato fueron a las tiendas y la playa quedó desierta. Horza se
dedicó a contemplar la agonía de las hogueras.
Las olas rompían suavemente contra la arena, las estrellas se movían en lentos
arcos sobre su cabeza y el lado diurno del orbital era una línea de luz en lo alto. La
silenciosa masa de la lanzadera enviada por la Cultura esperaba en silencio reflejando

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la luz de las estrellas y del orbital. El hueco de sus puertas traseras parecía una
caverna que ofrecía el refugio de la oscuridad.
Horza ya había examinado los nudos que le inmovilizaban las manos y los pies.
Disminuir el grosor de sus muñecas no serviría de nada; la cuerda, liana o lo que
fuera que habían utilizado para atarle estaba tensándose de forma casi imperceptible a
cada momento, por lo que compensaría la reducción en grosor apenas se produjera.
Quizá se encogía al secarse y la habían mojado antes de atarle. No tenía forma de
saberlo. Podía aumentar la cantidad de ácido producida por sus glándulas sudoríparas
allí donde la cuerda tocaba su piel, y siempre valía la pena intentarlo, pero lo más
probable era que ni la larga noche de Vavatch fuera lo suficientemente prolongada
para que el proceso sirviera de algo.
«El dolor no es real», se dijo. «Gilipolleces».

Despertó cuando amanecía, al mismo tiempo que unos cuantos devoradores, y les vio
caminar lentamente hacia el mar para lavarse en las olas. Horza tenía frío. Empezó a
temblar apenas hubo despertado, y era consciente de que el leve trance necesario para
alterar las células de la piel de sus muñecas había hecho que su temperatura corporal
bajase bastante durante la noche. Tiró de las ataduras manteniéndose atento a la más
leve señal de debilitamiento o rotura de las fibras. Nada, solo más dolor en las palmas
de sus manos allí donde algunas gotas de sudor habían caído sobre la piel que no
había alterado y que, por lo tanto, no tenía ninguna protección contra el ácido
excretado por sus glándulas sudoríparas. Aquello le preocupó durante unos segundos,
pues sabía que si deseaba poder pasar por Kraiklyn sin levantar sospechas, tendría
que copiar sus huellas dactilares y palmarias, por lo que necesitaba que su piel
estuviera en una condición de cambio perfecta. Un instante después se rio de sí
mismo por preocuparse pensando en aquello cuando lo más probable era que no
llegase a ver el ocaso de aquel día.
Pensó vagamente en suicidarse. Podía hacerlo. Unos pequeños preparativos
internos le permitirían utilizar uno de sus propios dientes para envenenarse. Pero
mientras hubiera alguna posibilidad de salir con vida, no podía considerar seriamente
aquella solución. Se preguntó cómo se encararían con la guerra las gentes de la
Cultura. Se suponía que ellas también podían tomar la decisión de morir, aunque los
rumores afirmaban que en su caso el suicidio requería algo más complicado que un
veneno. Pero ¿cómo se las arreglaban aquellas almas blandas y mimadas por la paz?
¿Cómo podían resistir el deseo de morir? Horza las imaginó entrando en combate y
practicando la autoeutanasia apenas oían los primeros disparos y veían las primeras
heridas. La idea le hizo sonreír.
Los idiranos poseían un trance de muerte, pero solo se usaba en casos de extrema
humillación y caída en desgracia o cuando la obra de una vida estaba completa o ante
la amenaza de una enfermedad incurable y muy dolorosa. Y a diferencia de la Cultura

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—o de los cambiantes—, los idiranos no poseían inhibidores incorporados al
genotipo, por lo que sentían todo el dolor de la situación sin nada que lo amortiguase.
Los cambiantes opinaban que el dolor era una especie de residuo semirredundante de
la evolución animal y la Cultura se limitaba a temerlo, pero los idiranos lo trataban
con una especie de orgulloso desprecio.
Los ojos de Horza recorrieron la playa, dejaron atrás las dos canoas y se posaron
en las puertas traseras de la lanzadera. Dos pájaros de plumaje multicolor iban y
venían por su techo con leves movimientos ritualizados. Horza les observó durante un
rato mientras el campamento de los devoradores iba despertando y el sol de la
mañana brillaba cada vez con más fuerza. La niebla brotaba de la jungla y había unas
cuantas nubes perdidas en lo más alto del cielo. El señor Primero salió de su tienda
bostezando y estirándose, sacó la pesada pistola de proyectiles que llevaba debajo de
la túnica y disparó al aire. Aquello parecía una señal para que los devoradores
despertaran y emprendieran sus tareas cotidianas, suponiendo que aún no lo hubieran
hecho.
El ruido de la tosca arma asustó a los dos pájaros posados sobre el techo de la
lanzadera enviada por la Cultura, que emprendieron el vuelo y se alejaron sobre los
árboles y la maleza dirigiéndose hacia el otro lado de la isla. Horza les vio
desaparecer, dejó que sus ojos se posaran sobre la arena dorada y empezó a respirar
de una forma lenta y profunda.
—Tu gran día, desconocido —dijo el señor Primero con una sonrisa yendo hacia
él.
Metió la pistola en la funda que llevaba debajo de la túnica. Horza le miró, pero
no dijo nada. «Otro banquete en mi honor», pensó.
El señor Primero caminó alrededor de Horza observándole atentamente. Horza le
fue siguiendo con los ojos siempre que podía y esperó a que se diera cuenta de los
daños que el sudor ácido hubiera logrado infligir a las ataduras que rodeaban sus
muñecas, pero el señor Primero no dio señales de haber visto nada que se saliera de lo
habitual. Cuando reapareció en el campo visual de Horza, sus labios seguían
curvados en la misma sonrisita de antes. Asintió con la cabeza, aparentemente
convencido de que el hombre atado al tronco seguía siendo incapaz de moverse.
Horza tensó los músculos de sus brazos al máximo intentando romper las ataduras de
sus muñecas. Las fibras no cedieron ni una fracción de milímetro. No había
funcionado. El señor Primero se marchó para supervisar la botadura de una canoa
pesquera.

Fwi-Song emergió de la jungla sentado en su litera poco antes del mediodía, justo
cuando la canoa volvía de su expedición.
—¡Regalo de los mares y del aire! ¡Tributo de la inmensa riqueza del gran Mar
Circular! ¡Observa el maravilloso día que te aguarda! —Fwi-Song se hizo transportar

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hasta Horza y ordenó que le depositaran al otro lado de la hoguera. Miró al cambiante
y le sonrió—. Has tenido toda la noche para pensar en lo que te reserva este día; has
podido contemplar los frutos del vacío durante todas las horas de la oscuridad. Has
visto los espacios que se extienden entre las estrellas, y has comprendido lo
abundante que es la nada y lo escasa que es la vida. ¡Ahora puedes apreciar qué honor
se te ha concedido; lo afortunado que eres al haberme sido ofrecido como signo y
ofrenda!
Fwi-Song dio una palmada de puro placer y su inmenso cuerpo tembló en todas
direcciones. Sus manos regordetas subieron hasta su boca mientras hablaba y los
pliegues de carne que había encima de sus ojos se alzaron durante una fracción de
segundo para revelar el blanco de las órbitas.
—¡Jo, jo, jo! ¡Ah, cómo vamos a divertirnos!
El oráculo hizo una señal y los porteadores le llevaron al mar para la ceremonia
de lavarle y ungirle.
Horza observó cómo los devoradores preparaban su comida. Destriparon los
peces arrojando la carne a un lado y recogiendo las entrañas, pieles, cabezas y espinas
en recipientes. Sacaron los crustáceos de sus caparazones y tiraron todas las partes
comestibles. Después trituraron los caparazones y conchas hasta formar un puré que
también contenía algas y algunas orugas marinas de muchos colores. Horza observó
cómo todo aquello ocurría ante él y se dio cuenta de hasta dónde llegaba la
desnutrición y debilidad de los devoradores. Vio las costras y llagas, las
enfermedades causadas por las deficiencias alimentarias y la debilidad general que les
dominaba. Los temblores y toses, la piel escamada y los miembros parcialmente
deformados indicaban una dieta cuyo resultado final solo podía ser la muerte. La
carne y los animales marinos fueron devueltos a las aguas mediante grandes cestos
manchados de sangre. Horza lo observó todo tan atentamente como se lo permitían su
mordaza y la distancia, pero no vio que ninguno de los devoradores mordiera
disimuladamente algún pedazo de carne cruda mientras la arrojaban de los cestos a
las olas.
La litera de Fwi-Song estaba en la arena a poca distancia de donde rompían las
olas. El oráculo contempló cómo la comida era arrojada al mar y asintió en señal de
aprobación, animando de vez en cuando a su rebaño con alguna que otra palabra de
aliento. Después dio una palmada y la litera fue transportada lentamente a lo largo de
la playa hasta la hoguera y el cambiante.
—¡Objeto de la ofrenda! ¡Benefacción! ¡Prepárate a ti mismo! —trinó Fwi-Song,
acomodándose en su litera con pequeños movimientos que hicieron ondular los
inmensos pliegues y curvas de aquel cuerpo colosal.
La respiración de Horza se aceleró. Su corazón palpitaba con fuerza. Tragó saliva
y luchó con las ataduras que le inmovilizaban las manos. El señor Primero y las dos
mujeres estaban cavando en la arena para desenterrar los sacos que contenían sus
atuendos.

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Todos los devoradores se congregaron alrededor de la hoguera mirando fijamente
a Horza. Sus ojos parecían bolas de negrura o se limitaban a mostrar un vago interés,
nada más. Sus acciones y expresiones estaban envueltas en un aura de abatimiento y
apatía que Horza encontraba todavía más deprimente de lo que le habrían parecido el
odio declarado o la alegría del sadismo.
Los devoradores empezaron a canturrear. El señor Primero y las dos mujeres
estaban envolviendo sus cuerpos con aquella especie de túnicas. El señor Primero
miró a Horza y sonrió.
—¡Oh, momento feliz de los últimos días! —dijo Fwi-Song, alzando las manos y
subiendo el tono de voz. Sus palabras crearon ecos que se alejaron hacia el centro de
la isla. La pestilencia de la repugnante cocina de los devoradores volvió a invadir las
fosas nasales del cambiante—. ¡Hagamos que la disolución y sublimación de esta
criatura sea un símbolo para nosotros! —siguió diciendo Fwi-Song, y dejó que sus
brazos cayeran sobre los inmensos rollos de carne blanca. Las superficies de un
marrón dorado reflejaban la luz del sol. El oráculo entrelazó sus gordos dedos—.
¡Que su dolor sea nuestro deleite, así como nuestra disolución será nuestra unión; que
su despellejamiento y consumación sean nuestra satisfacción y delectación!
Fwi-Song alzó la cabeza y empezó a canturrear en el lenguaje que hablaban sus
seguidores. El cántico se hizo más potente y su ritmo se alteró. El señor Primero y las
dos mujeres se aproximaron a Horza.
Horza sintió cómo el señor Primero le quitaba la mordaza de la boca. El hombre
de la piel blanquecina se volvió hacia las dos mujeres, les dijo algo y fue hacia las
ollas donde burbujeaba el líquido pestilente. Horza sentía que la cabeza le daba
vueltas. Su garganta estaba saturada por un sabor que le resultaba terriblemente
familiar, como si parte del ácido de sus muñecas hubiera logrado encontrar un camino
que lo había llevado hasta su lengua. Luchó contra las ataduras sintiendo cómo le
temblaban los músculos. El cántico seguía y seguía; las mujeres estaban llenando
recipientes con aquel potaje repugnante. Su estómago vacío ya empezaba a protestar.

Hay dos formas básicas de escapar a las ataduras aparte de las que
están abiertas a los no-cambiantes [decían los textos de la Academia]:
mediante la pulsación de sudor ácido a un nivel sostenido allí donde la
sustancia de la que están compuestas las ataduras es susceptible a tal
ataque; y mediante el adelgazamiento preferencial maleable del
extremo del miembro involucrado.

Horza intentó exprimir un poco más de energía de sus cansados músculos.

Un exceso de sudor ácido puede dañar no solo las superficies de


piel adyacentes, sino también el cuerpo como conjunto a través de la
peligrosa alteración que suponen los desequilibrios químicos. El
exceso en el segundo método supone correr el riesgo de que los

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músculos se vean sometidos a tal consunción y el hueso se debilite de
tal forma que su uso subsiguiente puede verse severamente restringido
tanto a corto como a largo plazo después del intento de evasión.

El señor Primero estaba acercándose con los trozos de madera que metería en la
boca de Horza. Un par de los devoradores más corpulentos se habían puesto en pie y
dieron unos cuantos pasos hacia adelante, listos para ayudar al señor Primero si lo
necesitaba. Fwi-Song ya estaba metiendo la mano detrás de su espalda. Las mujeres
empezaban a alejarse de las ollas burbujeantes.
—Ábrela bien, desconocido —dijo el señor Primero enseñándole los dos trozos
de madera—. ¿O quieres que usemos una palanqueta?
El señor Primero sonrió.
Horza tensó los brazos. Uno de sus antebrazos se movió. El señor Primero captó
el movimiento y se quedó quieto durante un momento. Una de las manos de Horza
logró liberarse de sus ataduras. La mano giró en una fracción de segundo con las uñas
listas para arañar el rostro del señor Primero. El hombre de piel blanquecina
retrocedió, pero no fue lo bastante rápido.
Las uñas de Horza se engancharon en las ropas del señor Primero cuando estas se
separaron de su cuerpo al encogerse para esquivarle. Horza, que había tensado sus
músculos al máximo para alejarse lo más posible del tronco, sintió cómo sus uñas se
abrían paso a través de las dos capas de tela sin entrar en contacto con la carne que
había debajo. El señor Primero retrocedió tambaleándose y chocó con una de las
mujeres que traían los cuencos de líquido apestoso. Las manos de la mujer dejaron
caer el cuenco. Una de las cuñas de madera salió disparada por los aires y aterrizó en
la hoguera. El brazo de Horza completó su giro justo cuando los dos devoradores que
se habían puesto en pie acababan de recorrer la distancia que les separaba de él y
agarraban al cambiante por la cabeza y el brazo.
—¡Sacrilegio! —gritó Fwi-Song. El señor Primero miró a la mujer con la que
había chocado, a la hoguera, al oráculo y, finalmente, le lanzó una mirada de furia al
cambiante. Alzó un brazo e inspeccionó los desgarrones de su atuendo—. ¡El regalo-
asura profana nuestras vestimentas! —gritó Fwi-Song. Los dos devoradores seguían
sujetando a Horza y empezaron a retorcerle el brazo para devolverlo a su posición
original mientras le obligaban a pegar la cabeza al tronco. El señor Primero dio unos
pasos hacia Horza, sacó la pistola que llevaba debajo de la túnica y la cogió por el
cañón como si fuera un garrote—. ¡Zeñor Primero! —dijo secamente Fwi-Song. Su
grito hizo que el hombre de piel blanquecina se quedara tan inmóvil como una estatua
—. ¡Atráz! Guarda eza arma; ¡yo le enzeñaré a ezte niño traviezo cómo tratamoz a
loz de zu claze!
Los dos devoradores tiraron del brazo de Horza hasta dejarlo extendido ante él.
Uno de los devoradores pasó una pierna por detrás del tronco, apoyó el cuerpo en él y
atrapó la otra mano de Horza con su peso. Fwi-Song se había puesto el reluciente

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juego de dientes de acero con agujeros. Miró fijamente al cambiante, y el señor
Primero retrocedió sosteniendo la pistola de proyectiles por el cañón. El oráculo hizo
una seña con la cabeza a otros dos devoradores que se acercaron a Horza y le
obligaron a abrir los dedos de la mano atándole la muñeca a un palo. Horza podía
sentir cómo todo su cuerpo temblaba. Desconectó toda las sensaciones de aquella
mano.
—¡Traviezo, traviezo regalo del mar! —dijo Fwi-Song.
Se inclinó hacia adelante y el dedo índice de Horza desapareció dentro de su
boca. Fwi-Song cerró el juego de dientes con agujeros sobre él atravesando la carne y
se echó hacia atrás en un movimiento muy rápido.
El oráculo masticó y tragó sin apartar los ojos del rostro del cambiante y frunció
el ceño.
—¡No ez muy zabrozo, bendición de laz corrientez del océano! —El oráculo se
lamió los labios—. Y, dezde luego, tampoco ha zido zuficiente para dejarme
zatizfecho, ¿verdad que no? Veamoz qué otro bocado puede zatizfacerme…
Fwi-Song volvió a fruncir el ceño. Los ojos de Horza fueron más allá de los
devoradores que le sujetaban y se posaron en la mano atada al palo y el dedo índice
despojado de su carne. Los huesos colgaban fláccidamente y la sangre goteaba del
extremo del último huesecillo.
Fwi-Song se quedó inmóvil en su litera frunciendo el ceño con el señor Primero a
su lado. El señor Primero no apartaba los ojos de Horza y seguía agarrando el arma
por el cañón. El silencio de Fwi-Song se prolongó durante tanto rato que el señor
Primero acabó volviéndose hacia el oráculo.
—Veamoz zi…, zi otro bocado… —dijo Fwi-Song.
Alzó la mano con cierta dificultad y se quitó los dientes agujereados de la boca.
Los dejó junto a los demás juegos encima del harapo que tenía delante y se llevó una
mano regordeta a la garganta y la otra al vasto hemisferio de su vientre. El señor
Primero siguió contemplándole durante unos momentos y se volvió hacia Horza,
quien hizo cuanto pudo por sonreír. El cambiante abrió las glándulas de sus dientes y
chupó veneno.
—Señor Primero… —empezó a decir Fwi-Song. Apartó la mano de su vientre y
la extendió hacia su lugarteniente. El señor Primero no parecía saber qué hacer. Se
pasó la pistola de una mano a otra y cogió la mano que le ofrecía el oráculo con la
que tenía libre—. Creo que yo…, yo… —dijo Fwi-Song y sus ojos empezaron a
abrirse. Las rendijas se convirtieron en pequeños óvalos. Horza podía ver cómo su
cara empezaba a cambiar de color. «Pronto perderá la voz. En cuanto las cuerdas
vocales reaccionen…»—. ¡Ayúdeme, señor Primero!
Los dedos de Fwi-Song se cerraron sobre uno de los rollos de grasa que cubrían
su garganta como si intentara aflojarse un chal demasiado apretado; se metió los
dedos en la boca introduciéndolos hasta su garganta, pero Horza sabía que eso no le
serviría de nada. Los músculos estomacales del oráculo ya estaban paralizados. No

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podía expulsar el veneno vomitándolo. Los ojos de Fwi-Song se habían convertido en
dos círculos blancos; su rostro estaba volviéndose de un gris azulado. El señor
Primero estaba contemplando al oráculo como si no pudiera creer lo que veía y
seguía sosteniendo su manaza. Sus dedos habían quedado enterrados en las
profundidades del gran puño dorado de Fwi-Song.
—¡A-a-ayu-da! —graznó el oráculo.
Un instante después ya solo podía emitir jadeos ahogados. Los círculos blancos
de sus ojos se desorbitaron todavía más, el inmenso cuerpo se estremeció y la cabeza
en forma de cúpula se volvió de color azul.
Alguien empezó a gritar. El señor Primero miró a Horza y alzó su enorme pistola.
Horza tensó el cuerpo y escupió con todas sus fuerzas.
El escupitajo cayó sobre el rostro del señor Primero abarcando desde la boca
hasta una oreja en una especie de hoz que también cubría un ojo. El señor Primero
retrocedió tambaleándose. Horza inhaló una bocanada de aire, chupó más veneno y
escupió y sopló al mismo tiempo: el segundo chorro de saliva venenosa cayó justo
sobre los ojos del señor Primero. El señor Primero se llevó la mano al rostro dejando
caer el arma. Su otra mano seguía atrapada entre los dedos de Fwi-Song. El obeso
oráculo temblaba y se estremecía. Sus ojos estaban muy abiertos, pero no veía nada.
Los devoradores que mantenían sujeto a Horza vacilaron; el cambiante captó el
estremecimiento de sus cuerpos. Ahora había más personas gritando. Horza retorció
la espalda y lanzó un nuevo escupitajo al rostro de uno de los hombres que sostenían
el palo al que estaba atado. El hombre dejó escapar un chillido estridente y cayó de
espaldas; los demás soltaron el palo y huyeron a la carrera. Fwi-Song estaba
empezando a ponerse azul del cuello para abajo. Seguía temblando y agarrándose el
cuello con una mano y al señor Primero con la otra. El señor Primero estaba de
rodillas con el rostro inclinado hacia el suelo. Gemía e intentaba quitarse la saliva
venenosa de la cara para aliviar la insoportable sensación de quemadura que estaba
consumiéndole los ojos.
Horza miró rápidamente a su alrededor. Los devoradores miraban fijamente a su
oráculo y su primer discípulo o a él, pero no hacían nada para ayudarles o para
impedirle escapar. No todos gritaban o lloraban; algunos seguían cantando con voz
rápida y temerosa, como si alguna de las palabras que salían de sus labios pudiera
detener aquellos acontecimientos terribles que estaban teniendo lugar ante ellos. Pero
todos estaban empezando a retroceder, alejándose poco a poco del oráculo y el señor
Primero, así como del cambiante. Horza tensó el brazo intentando liberar la mano que
seguía atada al palo; podía notar cómo las ligaduras empezaban a ceder.
—¡Aah!
El señor Primero alzó la cabeza con la mano tapándose un ojo mientras gritaba
con toda la fuerza de sus pulmones. La mano que seguía atrapada entre los dedos del
oráculo se tensó en un intento de liberarse. Pero Fwi-Song seguía sin soltarle aunque
su cuerpo temblaba y se ponía azul y sus ojos estaban cada vez más desorbitados.

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Horza logró soltarse la mano; tiró de las ligaduras que le sujetaban al tronco e hizo
cuanto pudo con su mano herida para desatar los nudos. Los devoradores estaban
gimiendo. Algunos seguían canturreando, pero todos habían empezado a alejarse.
Horza lanzó un rugido dirigido en parte a ellos y, en parte, a los tozudos nudos que
había a su espalda. Varios devoradores echaron a correr. Una de las mujeres vestidas
con aquella especie de túnicas gritó, lanzó su cuenco de líquido pestilente hacia
Horza sin acertarle y se derrumbó sollozando sobre la arena.
Horza sintió que las cuerdas empezaban a ceder. Logró liberarse el otro brazo y
un pie. Se puso en pie con bastante dificultad y observó cómo Fwi-Song gorgoteaba y
se asfixiaba mientras el señor Primero aullaba moviendo la cabeza a un lado y a otro
mientras movía el brazo aprisionado como en una monstruosa parodia de un apretón
de manos. Los devoradores habían echado a correr hacia las canoas o la lanzadera, y
algunos se arrojaban de bruces sobre la arena. Horza logró liberarse del todo y avanzó
hacia el dúo grotescamente disparejo de hombres unidos por la mano. Saltó hacia
adelante y se apoderó de la pistola caída sobre la arena. Mientras se arrodillaba y se
ponía en pie, Fwi-Song emitió un último gorgoteo que se convirtió en un sonido
balbuceante, como si sus ojos hubieran recuperado la capacidad de ver a Horza, y se
fue derrumbando lentamente hacia el señor Primero, que seguía tirando de él. El
señor Primero volvió a caer de rodillas sin dejar de gritar mientras el veneno
destrozaba las membranas de sus ojos y atacaba los nervios que había detrás de ellas.
Fwi-Song seguía cayendo como una montaña que se moviera a cámara lenta. Su
mano y su brazo se fueron aflojando y el señor Primero alzó la cabeza y miró a su
alrededor con el tiempo justo de ver el inmenso cuerpo del oráculo precipitándose
hacia él. Lanzó un aullido, una especie de inhalación de aire muy prolongada, y logró
liberar su mano de aquellos dedos rechonchos que se habían convertido en una masa
azulada. Empezó a incorporarse, pero Fwi-Song rodó sobre sí mismo y cayó sobre él
aplastándole contra la arena. Antes de que el señor Primero pudiese emitir otro
sonido, el inmenso oráculo ya había caído sobre su discípulo, hundiéndole en la arena
desde la cabeza hasta las nalgas.
Los ojos de Fwi-Song se fueron cerrando lentamente. La mano que se había
llevado a la garganta aleteó sobre la arena y acabó llegando a la hoguera, donde
empezó a chamuscarse.
Las piernas del señor Primero golpearon espasmódicamente la arena y el último
de los devoradores huyó corriendo, saltando tiendas y hogueras para alejarse hacia las
canoas, la lanzadera o la jungla. El flaco par de piernas que asomaba bajo el cuerpo
del oráculo sufrió una última serie de espasmos y, pasado un rato, se quedó quieto.
Ninguno de sus movimientos había conseguido que el cuerpo de Fwi-Song se
desplazara un solo centímetro.
Horza sopló sobre la pesada arma para quitarle los granos de arena que se le
habían pegado y fue en la dirección del viento para escapar al hedor a carne quemada
que brotaba de la mano del oráculo. Examinó el arma y contempló la extensión de

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playa desierta donde estaban las hogueras y las tiendas. Las canoas estaban siendo
lanzadas a las aguas. Algunos devoradores se agolpaban ante las puertas de la
lanzadera enviada por la Cultura.
Horza estiró sus doloridos miembros y echó una mirada a los huesos de su dedo.
Se encogió de hombros, se puso la pistola debajo de un sobaco, rodeó los huesos con
su mano buena y tiró de ellos haciéndolos girar. Ya no le servían de nada. Los huesos
se desprendieron de la articulación y Horza los arrojó al fuego.
«De todas formas, el dolor no es real», se dijo, y trotó hacia la lanzadera de la
Cultura.

Los devoradores que habían entrado en la máquina le vieron venir hacia ellos y
empezaron a gritar. Salieron corriendo y algunos fueron hacia la playa para internarse
entre las olas en pos de las canoas que huían mientras otros se dispersaban por la
jungla. Horza aflojó el paso para darles tiempo de que escaparan y contempló
cautelosamente el hueco de las puertas traseras. Podía ver asientos más allá de la
corta rampa, luces y un mamparo al final del compartimento. Tragó una honda
bocanada de aire, subió por la leve pendiente de la rampa y entró en la lanzadera.
—Hola —dijo una voz no muy bien sintetizada.
Horza miró a su alrededor. La lanzadera parecía bastante vieja y daba la
impresión de haber sido muy utilizada. Estaba prácticamente seguro de que había
sido fabricada en la Cultura, pero no tenía el aspecto impoluto y flamante que la
Cultura tanto apreciaba en sus productos.
—¿Por qué te tenían tanto miedo?
Horza seguía mirando a su alrededor, preguntándose a quién debía dirigirle la
palabra y en qué dirección.
—No estoy muy seguro —dijo encogiéndose de hombros. Estaba desnudo y
seguía blandiendo el arma. El dedo mutilado por el oráculo apenas conservaba dos
tirillas de carne, pero la hemorragia había cesado enseguida. Horza pensó que su
aspecto debía resultar bastante amenazador, pero quizá la lanzadera no tuviese
medios para verle—. ¿Dónde estás? ¿Qué eres? —preguntó, decidiendo fingir
ignorancia.
Miró a su alrededor de la forma más obvia y teatral posible, e incluso se tomó la
molestia de asomar la cabeza por la puerta del mamparo para examinar la zona de
control que había al otro lado.
—Soy la lanzadera. Su cerebro. ¿Qué tal estás?
—Estupendamente —dijo Horza—, estupendamente… ¿Y tú?
—Considerando las circunstancias, muy bien, gracias. No es que me aburriera,
pero siempre resulta agradable tener a alguien con quien conversar. Hablas un marain
excelente. ¿Dónde lo aprendiste?

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—Ah… Hice un cursillo —respondió Horza, y siguió mirando a su alrededor—.
Oye, no sé adónde mirar cuando te hablo. Eh… ¿Hacia dónde debería mirar?
—Ja, ja —se rio la lanzadera—. Supongo que será mejor que mires hacia aquí…
El mamparo y un poco más adelante. —Horza así lo hizo—. ¿Ves esa cosita redonda
que hay en mitad del techo? Es uno de mis ojos.
—Oh —dijo Horza. Saludó con la mano y sonrió—. Hola. Me llamo… Orab.
—Hola, Orab. Yo me llamo Tsealsir. La verdad es que eso es solo una parte del
nombre con que se me designa, pero puedes llamarme así. ¿Qué ha ocurrido ahí
fuera? No he estado observando a las personas que vine a rescatar; me dijeron que no
debía hacerlo porque eso podía hacer que se pusieran nerviosas, pero cuando se
acercaron oí gritos y cuando entraron parecían bastante asustadas. Después te vieron
y echaron a correr. ¿Qué llevas en la mano? ¿Es un arma? Tendré que pedirte que me
la entregues para que te la guarde. Estoy aquí para rescatar a la gente que quiera ser
rescatada y escapar a la destrucción del orbital, y no podemos tener armas peligrosas
a bordo. Alguien podría salir malparado, ¿no te parece? Oye, ¿te has hecho daño en el
dedo? Dispongo de un equipo médico excelente. ¿Quieres utilizarlo, Orab?
—Sí, quizá sea buena idea.
—Estupendo. Está al otro lado de la puerta que lleva a mi compartimento frontal,
a la izquierda.
Horza fue hacia el morro del aparato dejando atrás las hileras de asientos. Pese a
su antigüedad, la lanzadera olía a… No estaba seguro de a qué olía. Supuso que debía
de ser cosa de los materiales sintéticos con que había sido fabricada. Comparado con
los olores naturales pero increíblemente repugnantes de la playa, el olor de la
lanzadera era muy agradable, por mucho que fuese un objeto fabricado en la Cultura
y, por lo tanto, propiedad del enemigo. Horza acarició el arma que sostenía como si le
estuviera haciendo algo.
—Acabo de poner el seguro —le explicó al ojo del techo—. No quiero que se
dispare por accidente, pero esas personas de ahí fuera intentaron matarme hace un
rato, y me siento más seguro con ella en la mano. ¿Comprendes a qué me refiero?
—Bueno, Orab… La verdad es que no del todo, pero… —dijo la lanzadera—. Sí,
creo que te comprendo. Aun así, tendrás que entregarme el arma antes de que
despeguemos.
—Oh, claro. Tan pronto como cierres esas puertas.
Horza ya había llegado a la puerta que separaba el compartimento principal de la
pequeña zona de control. En realidad era un pasillo muy corto —menos de dos
metros de longitud— con una puerta que daba a cada compartimento. Horza miró
rápidamente a su alrededor, pero no pudo ver ningún otro ojo. Un instante después
vio abrirse un panel a la altura de su cadera. Dentro había un equipo médico muy
completo.
—Verás, Orab, si pudiera cerraría esas puertas para hacer que te sintieras más
seguro, pero debes comprender que he venido para rescatar a las personas que

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quieran ser rescatadas y que no deseen estar aquí cuando llegue el momento de
destruir el orbital, por lo que cualquiera que desee entrar tiene derecho a hacerlo. La
verdad es que no logro comprender que alguien pueda tener razones para no querer
escapar, pero me dijeron que si algunas personas decidían quedarse no debía
preocuparme por ello. Aun así, debo decir que eso me parece más bien estúpido por
su parte… ¿No opinas lo mismo, Orab?
Horza estaba hurgando en el equipo médico, pero sus ojos no paraban de recorrer
los marcos de las puertas incrustadas en la pared de aquel corto tramo de pasillo.
—¿Hmmm? —murmuró—. Oh, sí, desde luego. De todas formas… ¿Cuándo está
previsto que ocurra?
Asomó la cabeza por la esquina que daba al compartimento de control o puente
de vuelo, y vio otro ojo colocado en la misma posición que el ojo del compartimento
principal, pero este había sido situado de tal forma que pudiera observar el otro lado
de la gruesa pared que los separaba. Horza sonrió, saludó con la mano y se retiró.
—Hola. —La lanzadera se rio—. Bueno, Orab, me temo que nos veremos
obligados a destruir el orbital dentro de cuarenta y tres horas estándar. A menos que
los idiranos se den cuenta de que están actuando como unos estúpidos, entren en
razón y retiren su amenaza de utilizar Vavatch como base militar, claro está…
—Oh —dijo Horza.
Estaba observando el marco de una puerta situada junto al panel que contenía el
equipo médico. Por lo que podía ver, los dos ojos quedaban separados por el grosor
de la pared que había entre los dos compartimentos. A menos que hubiese un espejo
que no podía localizar, mientras permaneciera en aquel corto tramo de pasillo la
lanzadera no podía verle.
Se volvió hacia el hueco de las puertas traseras. El único movimiento visible era
el del humo procedente de las hogueras y algún que otro temblor en las copas de unos
árboles lejanos. Comprobó el arma. Los proyectiles parecían estar ocultos en una
especie de cargador, pero un pequeño dial circular con una aguja indicaba que o bien
quedaba una bala o solo se había gastado una de las doce que había en el arma.
—Sí —dijo la lanzadera—. Es lamentable, naturalmente, pero supongo que en
tiempos de guerra… Bueno, no hay más remedio que hacerlo, ¿no te parece? No es
que pretenda entender mucho de esas cosas, claro está. Después de todo, no soy más
que una humilde lanzadera. La verdad es que me cedieron como regalo a un
megabarco porque era demasiado anticuada y tosca para la Cultura, ¿sabes?
Personalmente, creo que podrían haberme modernizado, pero no quisieron hacerlo; se
limitaron a regalarme. Bueno, tanto da… Ahora vuelvo a ser necesaria, y debo decir
que eso me alegra mucho. Tenemos entre manos una tarea inmensa, ¿sabes?
Transportar a toda la gente que quiere salir de Vavatch, nada menos. Sentiré verlo
desaparecer; me lo he pasado muy bien aquí, créeme… Pero supongo que así es la
vida, ¿no? Por cierto, ¿qué tal va ese dedo? ¿Quieres que le eche una mirada? Coge el
equipo médico y llévalo a uno de los dos compartimentos para que pueda echarle un

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vistazo. Quizá pueda ayudarte, ¿sabes? ¡Oh! ¿Estás tocando algún otro panel del
pasillo?
Horza estaba intentando abrir la puerta más cercana al techo usando el cañón del
arma como palanca.
—No —dijo mientras seguía intentándolo—. No me he acercado a ninguno.
—Qué raro… Habría jurado que he sentido algo. ¿Estás seguro?
—Pues claro que estoy seguro —dijo Horza, dejando caer todo su peso sobre el
cañón del arma.
La puerta cedió revelando tubos, conductos de fibras, botellas metálicas y más
maquinaria irreconocible, así como sistemas eléctricos, equipo óptico y unidades de
campo.
—¡Ay! —dijo la lanzadera.
—¡Eh! —gritó Horza—. ¡Se ha abierto solo! ¡Ahí dentro hay algo que arde!
Alzó el arma con las dos manos. Apuntó cuidadosamente… Sí, más o menos por
esa zona.
—¡Fuego! —chilló la lanzadera—. ¡Pero eso es imposible!
—¿Crees que no sé reconocer el humo en cuanto lo veo, maldita máquina
enloquecida? —gritó Horza.
Apretó el gatillo.
La detonación le hizo retroceder e impulsó sus brazos hacia arriba. El ruido de la
exclamación de la lanzadera quedó ahogado por el estrépito del proyectil al dar en el
blanco y estallar. Horza se tapó la cara con un brazo.
—¡No puedo ver! —gritó la lanzadera.
El humo estaba empezando a brotar del compartimento que Horza había forzado.
El cambiante entró tambaleándose en el compartimento de control.
—¡También estás ardiendo por aquí! —gritó—. ¡Sale humo de todas partes!
—¿Qué? Pero… No puede ser…
—¡Estás ardiendo! ¡No comprendo cómo es posible que no lo notes o lo huelas!
¡Vas a quedar convertida en cenizas!
—¡No confío en ti! —gritó la máquina—. Suelta esa arma o…
—¡Tienes que confiar en mí! —gritó Horza.
Sus ojos recorrieron el área de control buscando el cerebro de la lanzadera. Podía
ver pantallas y asientos, hileras de indicadores e incluso el sitio donde podían estar
ocultos los controles manuales, pero no había ninguna señal de dónde estaba el
cerebro.
—¡Hay humo por todas partes! —repitió, intentando que su voz sonara lo más
histérica posible.
—¡Aquí! ¡Coge el extintor! ¡Voy a conectar el mío! —gritó la máquina.
Un panel giró sobre sí mismo y Horza cogió el grueso cilindro unido a la parte
interior del panel. Los cuatro dedos sanos de su mano herida apretaron con fuerza la

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culata del arma. Oyó una especie de siseo y vio una neblina parecida a vapor
brotando de varios puntos del compartimento.
—¡No sirve de nada! —gritó Horza—. Hay montones de humo negro y…
¡Aarghhh! —Fingió toser—. ¡Aaarghhh! ¡Se está haciendo más espeso!
—¿De dónde viene? ¡Rápido!
—¡Sale de todas partes! —gritó Horza mientras sus ojos recorrían el área de
control—. Cerca de tu ojo… Debajo de los asientos, encima de las pantallas, debajo
de las pantallas… No puedo ver…
—¡Sigue! ¡Estoy empezando a oler el humo!
Horza se volvió hacia la casi imperceptible humareda grisácea producida por el
pequeño incendio del hueco al que había disparado. Las hilachas de humo estaban
empezando a filtrarse en el área de control.
—Viene de…, de esos sitios, y de las pantallas de datos que hay a cada lado de
los asientos del final, y… Justo encima de los asientos, en las paredes laterales, allí
donde hay esa especie de protuberancia que…
—¿Qué? —gritó el cerebro de la lanzadera—. ¿La de la izquierda que sobresale
hacia adelante?
—¡Sí!
—¡Empieza por ese! —chilló la lanzadera.
Horza dejó caer el extintor y volvió a agarrar el arma con las dos manos
apuntando el cañón hacia el abultamiento de la pared que había sobre el asiento de la
izquierda. Apretó el gatillo: una vez, dos, tres veces. Las detonaciones del arma
hicieron temblar todo su cuerpo; chispazos y fragmentos de maquinaria salieron
despedidos por los agujeros de sus disparos.
—EEEeee… —dijo la lanzadera.
Luego, el silencio.
Una leve humareda brotó del abultamiento de la pared y se unió a la que llegaba
del pasillo para formar una leve capa que se fue acumulando debajo del techo. Horza
bajó lentamente el arma, miró a su alrededor y aguzó el oído.
—Blanco —dijo.

Usó el extintor manual para apagar los pequeños incendios en la pared del pasillo y el
hueco que había albergado el cerebro de la lanzadera. Después salió al
compartimento de pasajeros y se sentó junto a las puertas para esperar a que el humo
acabara de disiparse. Sus ojos recorrieron la playa y la jungla, pero no pudo ver a
ningún devorador. Las canoas también habían desaparecido. Buscó los controles de la
puerta y los encontró. Las puertas se cerraron con un siseo y Horza sonrió.
Volvió al área de control y empezó a pulsar botones y abrir paneles hasta
conseguir que las pantallas cobraran una vida parcial. Las pantallas se encendieron
cuando estaba jugueteando con los botones situados en el brazo de uno de aquellos

[Link] - Página 167


asientos parecidos a divanes. El ruido de oleaje que invadió el puente de vuelo le hizo
pensar que las puertas volvían a estar abiertas, pero no eran más que los micrófonos
externos transmitiendo el sonido del exterior. Las pantallas parpadearon llenándose
de diagramas y cifras, y los paneles situados delante de los asientos se abrieron sin
hacer ruido. Las palancas y las ruedas de control brotaron de los huecos y se
colocaron en posición de ser usadas. Horza las contempló. Llevaba muchos días sin
sentirse tan feliz. El cambiante dio comienzo a una búsqueda de alimentos que acabó
siendo coronada por el éxito, pero que demostró ser bastante más larga y frustrante.
Tenía un hambre terrible.

Una multitud de insectos estaba desfilando en hileras impecables por el inmenso


cuerpo derrumbado sobre la arena. Una mano calcinada y ennegrecida yacía entre las
agonizantes llamas de una hoguera.
Los insectos empezaron comiéndose los ojos hundidos en las órbitas. La
lanzadera despegó y se alzó por el aire con una lenta serie de sacudidas, aceleró
trazando un giro bastante desgarbado sobre la montaña y se alejó de la isla con un
rugido atronador hendiendo el cielo de comienzos del atardecer. Los insectos apenas
si le prestaron atención.

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Interludio en la oscuridad

La Mente tenía una imagen favorita para ilustrar su capacidad de acumular


información. Le gustaba imaginarse los contenidos de su almacén de memoria como
si estuvieran escritos en tarjetas; trocitos de papel cubiertos de caracteres minúsculos
que apenas si eran lo suficientemente grandes para que un humano pudiera leerlos.
Suponiendo que los caracteres tuvieran un par de milímetros de altura y que cada
tarjeta tuviera unos diez centímetros cuadrados de superficie y estuviera escrita por
los dos lados, cabrían unos diez mil caracteres en cada una. Un cajón de un metro de
longitud lleno de esas tarjetas podría almacenar un millar de cuadraditos de papel:
diez millones de datos. Un cuartito que tuviera unos metros cuadrados de superficie
con un pasillo central de la anchura justa para que pudieras abrir uno de esos cajones
te permitiría contar con mil cajones colocados dentro de archivadores pegados los
unos a los otros: diez mil millones de caracteres en total.
Un kilómetro cuadrado de esas pequeñas celdas abarrotadas de cajones contendría
cien mil cuartitos; mil pisos de un kilómetro cuadrado darían como resultado un
edificio de dos mil metros de altura con cien millones de cuartitos. Si seguías
construyendo esas torres cuadradas pegándolas las unas a las otras hasta que
cubrieran toda la superficie de un mundo tamaño promedio tirando a grande —mil
millones de kilómetros cuadrados aproximadamente—, tendrías un planeta con un
trillón de kilómetros cuadrados de espacio para archivos, cien cuatrillones de
habitaciones repletas de tarjetitas, treinta años luz de pasillos y un número de
caracteres almacenados lo suficientemente grande para hacer vacilar la mente de
cualquiera.
En base diez ese número sería un uno seguido por veintisiete ceros, e incluso esa
cifra tan vasta solo representaba una fracción de la capacidad de la Mente. Para
igualarla necesitarías mil mundos como ese; sistemas enteros de ellos, un conjunto de
globos repletos de información…, y esa inmensa capacidad estaba contenida en un
espacio físico más pequeño que uno solo de esos cuartitos minúsculos, dentro de la
Mente…

La Mente aguardaba en la oscuridad.


Había contado el tiempo que llevaba esperando hasta ahora, y había intentado
calcular el tiempo que debería esperar en el futuro. Sabía el tiempo que llevaba en los
túneles del Sistema de Mando con una precisión que llegaba hasta la fracción de
segundo más pequeña imaginable, y pensaba en ese número con más frecuencia de lo
que habría necesitado hacerlo, viendo cómo crecía dentro de sí misma. Suponía que

[Link] - Página 169


era una forma de sentirse mínimamente segura, como un pequeño fetiche; algo a lo
que aferrarse…
Había explorado los túneles del Sistema de Mando recorriéndolos y
analizándolos. Estaba debilitada, había sufrido daños y se encontraba casi totalmente
impotente; pero echar un vistazo por el laberíntico complejo de túneles y cavernas
había valido la pena aunque solo fuese para apartar su atención del hecho de que se
encontraba allí en calidad de refugiada. Los lugares a los que no podía acceder por sí
misma fueron visitados por el único robot manejado a control remoto que le quedaba,
y eso le permitió averiguar cómo eran y ver cuanto había que ver en ellos.
Y todo lo que contenían era al mismo tiempo aburrido y terriblemente
deprimente. El nivel de tecnología alcanzado por los constructores del Sistema de
Mando era realmente muy limitado; todo lo que había en los túneles funcionaba
mecánica o electrónicamente. Engranajes y ruedecillas, cables eléctricos,
superconductores y fibras ópticas… No cabía duda de que todo aquello era muy
tosco, y la Mente se dio cuenta de que no había nada susceptible de interesarle. Un
rápido vistazo a cualquiera de las máquinas y artefactos que había en los túneles le
bastaba para desentrañar todos sus misterios: de qué estaban hechas, cómo habían
sido fabricadas e, incluso, el objetivo para el que habían sido fabricadas. No había
ningún misterio, nada en que utilizar sus facultades.
Además, la inexactitud de que estaba rodeada contenía algo que la Mente
encontraba casi aterrador. Podía contemplar alguna pieza de metal cuidadosamente
torneada a máquina o un trozo de plástico delicadamente moldeado sabiendo que para
los ojos de los humanoides que habían construido el Sistema de Mando aquellos
objetos eran exactos y precisos, que habían sido fabricados para alcanzar las
tolerancias más sutiles con líneas perfectamente rectas, filos impecables, superficies
lisas y ángulos rectos inmaculados. Pero incluso teniendo sus sensores dañados, la
Mente podía ver las irregularidades de los contornos y captar la tosquedad de las
partes y las piezas que formaban aquellos objetos. Oh, sí, habían sido lo bastante
buenos para las gentes de su época, y no le cabía ni la más mínima duda de que
habían satisfecho el criterio más importante de todos: funcionaban.
Pero eran toscos y poco elegantes, y habían sido diseñados y manufacturados de
una forma terriblemente imperfecta. La Mente no sabía por qué, pero aquello la
obsesionaba y la preocupaba.
Y tendría que utilizar esta vieja y tosca tecnología surgida de talleres y fabricas
que rezumaban aceite. Tendría que entrar en conexión con ella…
Había analizado la situación en todas sus facetas, y decidió trazar planes para
enfrentarse a la posibilidad de que los idiranos consiguieran hacer que alguien
cruzase la Barrera del Silencio, amenazando con descubrirla.
Se armaría y crearía un lugar donde esconderse. Ambas acciones implicaban
dañar el Sistema de Mando, por lo que no actuaría hasta no estar absolutamente

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segura de que se hallaba amenazada. En cuanto supiera que lo estaba, se vería
obligada a actuar y correr el riesgo de irritar al dra’azon.
Pero quizá no llegara a ser necesario. Tenía la esperanza de que no lo fuera.
Trazar planes era una cosa; ejecutarlos era otra y muy distinta. Además, era
improbable que tuviera mucho tiempo para armarse o esconderse. Las circunstancias
podían obligarla a poner en práctica ambos planes de una forma bastante tosca,
especialmente si las únicas herramientas de que disponía para manipular las
instalaciones del Sistema eran un robot dirigido por control remoto y unos campos
internos bastante maltrechos.
Aun así, siempre eran mejor que nada. Tener problemas era mucho mejor que
permitir que la muerte los eliminara…
Aparte de eso, había descubierto otro problema de relevancia menos inmediata
pero intrínsecamente más preocupante, y el problema quedaba implícito en una sola
pregunta: ¿quién era?
Sus funciones más elevadas se habían visto obligadas a desconectarse cuando se
transfirió del espacio tetradimensional al espacio tridimensional. La mayor parte de
datos de que disponía estaba almacenada en forma binaria dentro de espirales
compuestas por protones y neutrones; y cuando se encontraban fuera de un núcleo o
cuando se hallaban fuera del hiperespacio, los neutrones sufrían un proceso de
conversión (se convertían en protones, ja, ja; poco después de haber entrado en el
Sistema de Mando la inmensa mayoría de su memoria se habría reducido a un
mensaje asombrosamente revelador: «000000000…»), por lo que la Mente congeló
su memoria primaria y sus funciones cognitivas envolviéndolas en campos que
evitaban tanto la degradación como el uso. Ahora la Mente estaba trabajando con
psicocircuitos de reserva que funcionaban en el espacio real, y se veía obligada a usar
la luz del espacio real para pensar (qué humillante).
De hecho, seguía pudiendo acceder a toda esa memoria almacenada (aunque el
proceso era complicado, y demasiado lento), por lo que no había perdido todo cuanto
contenían. Pero en cuanto a pensar y ser ella misma…, eso era otro asunto muy
distinto. La Mente no era la de siempre. Era una tosca copia o abstracción de sí
misma, un simple plano básico con el que construir toda la complejidad laberíntica de
su auténtica personalidad. Aquel plano constituía la copia más fiel posible que su
limitada escala actual era teóricamente capaz de proporcionar, y la Mente seguía
siendo consciente de sí misma; consciente incluso según las pautas de medida más
rigurosas aplicables. Aun así, un índice no era el texto, un plano de calles no era la
ciudad, y un mapa no era el terreno que representaba.
Por lo tanto, ¿qué era?
No la entidad que creía ser, esa era la respuesta, y resultaba de lo más
desconcertante, porque sabía que el yo en que se había convertido jamás podría
pensar en todas las cosas que su antigua personalidad era capaz de abarcar con el

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pensamiento. La Mente se sentía indigna de sí misma. Se sentía falible, limitada y…
torpe.
«Pero hay que pensar de forma positiva. Pautas, imágenes, la analogía
indicadora…, sácale el máximo provecho a aquello de que dispones. Limítate a
pensar que…».
Si no era ella misma, entonces sería algo distinto.
Entre su estado actual y lo que había sido antes había la misma distancia que entre
ella y el robot (hermosa comparación).
El robot sería algo más que sus ojos y oídos en la superficie, dentro o en las
proximidades de la base de los cambiantes; sería más que un mero vigilante y un
ayudante en los indudablemente frenéticos preparativos para equiparse y esconderse
que se producirían si daba la alarma. Sería algo más que eso. Y algo menos.
«Mira el lado bueno de las cosas». ¿Acaso no había obrado de una forma muy
astuta? Sí, claro que sí.
Su huida de la nave de guerra improvisada con los componentes disponibles había
sido asombrosamente brillante y genial, aunque fuera ella misma quien aplicara esos
términos. Su valerosa utilización del campo distorsionador a tales profundidades de
un pozo gravitatorio habría sido extremadamente temeraria salvo en el terrible
conjunto de circunstancias dentro del que se había visto atrapada, pero no cabía duda
alguna de que había sabido manejarlo de una forma soberbiamente hábil… Y su
asombrosa transferencia del hiperespacio al espacio real no se limitaba a ser un acto
más brillante e incluso más valeroso que cualquiera de los que había llevado a cabo
hasta entonces, sino que también era casi indudablemente una primicia cósmica. Su
vasto almacén de información no contenía ni un solo dato indicador de que alguien
hubiera hecho eso antes. La Mente estaba orgullosa de sí misma.
Pero después de todo eso ahora estaba aquí, atrapada; una lisiada intelectual,
convertida en una mera sombra filosófica de su antiguo yo.
Ahora lo único que podía hacer era dejar transcurrir el tiempo, y albergar la
esperanza de que quien viniera a su encuentro estuviera animado por intenciones
amistosas. La Cultura debía saber lo que le había ocurrido; la Mente estaba segura de
que su señal había funcionado y de que habría sido recogida en algún sitio. Pero los
idiranos también sabían dónde estaba. La Mente no creía que intentaran llegar hasta
allí por la fuerza. Los idiranos sabían tan bien como ella que enemistarse con los
dra’azon era una pésima idea. Pero ¿y si los idiranos lograban encontrar una forma de
llegar hasta ella y la Cultura no? ¿Y si toda la región de espacio que rodeaba al Golfo
Sombrío había caído bajo el dominio idirano? La Mente sabía que si caía en manos
idiranas solo podía hacer una cosa, pero no solo tenía razones puramente personales
para no querer autodestruirse, sino que además tampoco quería autodestruirse en las
proximidades del Mundo de Schar por la misma razón por la que los idiranos jamás
se presentarían allí con una flota de combate. Pero si era capturada en el planeta, esos
podían ser los últimos momentos en que tendría una posibilidad de autodestruirse.

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Cuando se la llevaran del planeta, los idiranos quizá hubieran dado con alguna forma
de impedir que se autodestruyera.
También cabía la posibilidad de que huir hubiese sido un error. Quizá debería
haberse destruido junto con el resto de la nave, ahorrándose todas aquellas
complicaciones y problemas. Pero cuando fue atacada y descubrió que se encontraba
tan cerca de un Planeta de los Muertos… Bueno, le pareció como si el mismo cielo le
enviara una posibilidad de escapar. La Mente quería vivir, desde luego, pero dejar
pasar por alto una ocasión tan soberbia… Aun suponiendo que su supervivencia o su
destrucción no le importaran en lo más mínimo, habría seguido siendo un auténtico
desperdicio.
Bueno, ahora ya no podía hacer nada al respecto. Estaba aquí y no le quedaba más
remedio que esperar. Esperar y pensar, considerar todas las opciones de que disponía
(pocas) y las posibilidades existentes (muchas). Tenía que hurgar en las memorias
disponibles buscando cualquier cosa que pudiera ser relevante y que pudiera
ayudarla. Por ejemplo (y el único dato realmente interesante no le hacía concebir
muchas esperanzas), había descubierto que existían muchas probabilidades de que los
idiranos pudieran contar con los servicios de un cambiante que había trabajado una
temporada con los cuidadores asignados al Mundo de Schar. Naturalmente, el
cambiante podía estar muerto o muy ocupado con otra misión, o demasiado lejos, o
—para empezar— también era posible que la información fuese incorrecta y que la
sección de recogida de datos de la Cultura hubiera cometido un error…
La creencia de que la información nociva no existía —salvo en términos muy
relativos— estaba incorporada a todos los niveles de la estructura de la Mente, pero a
medida que pasaba el tiempo iba deseando con más fervor que sus bancos de
memoria no hubiesen contenido aquella brizna de información. Preferiría no haber
sabido nada sobre aquel hombre, el cambiante que conocía el Mundo de Schar y que
probablemente trabajaba para los idiranos. (Y, en una muestra más de perversidad,
también se encontró deseando saber el nombre de aquel cambiante).
Pero si tenía un poco de suerte, la información resultaría ser irrelevante, o la
Cultura llegaría al Mundo de Schar primero. O el dra’azon se daría cuenta de que una
Mente estaba en apuros, se conmovería ante su parentesco espiritual y la ayudaría,
o… cualquier cosa.
La Mente aguardaba en la oscuridad.

Cientos de aquellos planetas se encontraban vacíos; los cien millones de torres


repletas de cuartitos estaban allí; los cuartitos, los archivadores y los cajones y las
tarjetas y los espacios para los números y las letras estaban allí; pero las tarjetas
estaban en blanco y no contenían ni un solo signo… (A veces la Mente se distraía
imaginando que viajaba por los angostos pasillos que separaban las hileras de
archivadores con uno de sus robots flotando entre los archivos de memoria

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acumulados en aquellos corredores, de una habitación a otra, de un piso a otro,
kilómetro tras kilómetro, recorriendo continentes enterrados de habitaciones, océanos
repletos de habitaciones, cordilleras convertidas en llanuras, bosques talados,
desiertos de habitaciones). Esos sistemas enteros de planetas oscuros y esos trillones
de kilómetros cuadrados de papel en blanco representaban el futuro de la Mente;
todos los espacios que llenaría durante la existencia que la aguardaba.
Si es que tenía algún futuro.

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7
Una partida de daño

—Daño… el juego prohibido en toda la galaxia. Esta noche los jugadores se reunirán
en ese edificio sin nada de particular que se encuentra bajo la cúpula al otro lado de la
plaza… El grupo más selecto de psicópatas millonarios de toda la galaxia humana ha
venido aquí para tomar parte en el juego que es a la vida real lo que los folletines a la
tragedia.
»Estamos en la ciudad biportuaria de Evanauth, en el orbital Vavatch, el mismo
orbital Vavatch que será convertido en átomos dentro de unas once horas estándar a
contar desde ahora cuando la guerra entre Idir y la Cultura llegue a una nueva cima
de intensidad en el aférrate-a-tus-principios-pase-lo-que-pase y se produzca un nuevo
abismo en el sentido común en esta parte de la galaxia, cerca del Acantilado
Resplandeciente y el Golfo Sombrío. Lo que ha atraído a estos buitres escatológicos
es esa destrucción inminente, no la fama de los megabarcos o los milagros
tecnológicos color azul del Mar Circular. No, estas personas se encuentran aquí
porque todo el orbital está condenado a desaparecer dentro de pocas horas, y porque
están convencidas de que jugar una partida de daño —un juego de cartas normal y
corriente con algunos embellecimientos para que quienes sufren trastornos mentales
lo encuentren atractivo— en lugares que se hallan al borde de la aniquilación es
mucho más divertido que hacerlo en otros sitios.
»Han jugado en mundos que estaban a punto de sufrir lluvias de meteoros o el
choque con un cometa de gran tamaño, en calderas volcánicas a punto de hacer
erupción, en ciudades que iban a sufrir bombardeos nucleares en el marco de guerras
rituales, en asteroides que se dirigían hacia el centro de una estrella, ante acantilados
de hielo o lava en movimiento, dentro de misteriosas naves espaciales alienígenas
vacías y abandonadas por sus tripulantes cuyos cursos las llevaban hacia agujeros
negros, en inmensos palacios a punto de ser asaltados por turbas de androides y en
prácticamente cualquier sitio imaginable en el cual ustedes preferirían no estar justo
después de que ellos se hayan marchado. Quizá les parezca una forma muy extraña de
divertirse, pero supongo que en una galaxia tiene que haber de todo, ¿no creen?
»Y esa es la razón de que esos hiperricachones superaburridos hayan venido hasta
aquí en sus naves alquiladas o en sus yates particulares. En estos momentos se
encuentran recobrando la sobriedad o superando los efectos de las drogas,
sometiéndose a cirugía plástica o a terapia conductual —o a las dos simultáneamente
—, con el fin de resultar aceptables en lo que pasa por ser la sociedad normal incluso
en estos círculos de atmósfera tan rarificada después de meses enteros sumidos en la
carísima e improbable perversión o libertinaje que más atractivo les resulta o que más
de moda está en un momento determinado… Al mismo tiempo, ellos y sus secuaces

[Link] - Página 175


están acumulando todos sus créditos aoish —dinero cantante y sonante, nada de
papeles— y recorriendo los hospitales, los asilos y los almacenes de congelamiento
en busca de nuevas vidas.
»El cortejo que sigue a los jugadores también está aquí…, los que buscan fortuna,
los que enloquecen por tocar a un jugador o por hacer alguna cosa más con él, los que
han fracasado en partidas anteriores y anhelan desesperadamente tener otra
oportunidad si consiguen reunir el dinero y las vidas…, y esos desechos humanos que
solo se encuentran flotando alrededor del daño: los emóticos, víctimas de los residuos
emocionales desprendidos por el juego; los yonquis mentales que solo viven para
devorar las migajas de éxtasis y angustia que caen de los labios de sus héroes, los
jugadores del juego.
»Nadie sabe con exactitud qué sistemas emplean todos estos grupos tan distintos
para enterarse de que va a haber una partida o cómo se las arreglan para presentarse a
tiempo, pero el rumor siempre llega a oídos de quienes realmente necesitan o quieren
oírlo, y ellos acuden en bandada como necrófagos dispuestos a gozar del juego y de
la destrucción.
»Originalmente, el daño se jugaba en tales ocasiones porque solo el
derrumbamiento de la ley y la moralidad y la confusión y el caos que suelen rodear a
los acontecimientos finales permitían que la partida pudiera desarrollarse en algún
lugar que guardara un remoto parecido con la galaxia civilizada; y lo crean o no, a los
jugadores les gusta creer que forman parte de ella. Ahora, la inminencia de una nova,
la destrucción de un mundo o cualquier otro cataclismo es vista como una especie de
símbolo metafísico que representa la mortalidad de todas las cosas, y como las vidas
que toman parte en una partida completa son siempre voluntarias, un montón de sitios
—como el buen y viejo orbital Vavatch, siempre permisivo y orientado a la
consecución del placer— permiten que se celebren con el beneplácito de las
autoridades; incluso hay quien dice que se ha convertido en una especie de farsa
representada en beneficio de los medios de comunicación, pero yo afirmo que sigue
siendo un juego para los locos y los pervertidos; los ricos y aquellos para quienes
nada tiene importancia; un juego para los que tienen un tornillo flojo…, pero que
gozan de buenas relaciones. La gente sigue muriendo en el daño, y las víctimas no se
limitan a las vidas o al círculo de los jugadores.
»Se ha afirmado que es el juego más decadente de toda la historia. Lo único que
se puede decir en defensa suya es que sirve para mantener ocupadas las mentes
deformes de algunas de las personas más extrañas y retorcidas de la galaxia que lo
prefieren a la realidad. Solo los dioses saben a qué se dedicarían si el juego no
existiera… Y en cuanto a si el juego hace algún bien aparte de recordarnos —como si
necesitáramos que nos lo recordaran— las locuras que puede llegar a cometer el
carboniforme bípedo que respira oxígeno, no olvidemos que de vez en cuando un
jugador queda fuera de la circulación para siempre y los demás pasan una temporada
bastante asustados. Muchas personas consideran que vivimos tiempos de locura, y

[Link] - Página 176


cualquier reducción o atenuación de la locura quizá sea algo por lo que debamos estar
agradecidos.
»Volveré a informarles en algún momento durante el desarrollo de la partida
desde dentro del auditorio, si consigo entrar en él. Pero mientras tanto, adiós y
cuídense. Sarble el Ojo ha estado con ustedes desde Ciudad Evanauth, Vavatch.
La imagen de un hombre inmóvil bajo la luz del sol que caía sobre una plaza se
esfumó de la pantalla de muñeca. El rostro juvenil medio cubierto por una máscara
desapareció.
Horza guardó la pantalla de su terminal en la manga. El reloj parpadeaba
lentamente con la cuenta atrás de la destrucción de Vavatch.
Sarble el Ojo, uno de los reporteros que trabajaban por cuenta propia más
famosos de toda la galaxia humanoide y también uno de los que mejor sabía
introducirse en aquellos sitios donde no se deseaba su presencia, debía estar
intentando entrar en el auditorio donde iba a celebrarse la partida…, si es que no lo
había conseguido ya. La retransmisión que Horza acababa de presenciar había sido
grabada esa tarde. No cabía duda de que Sarble iría disfrazado, por lo que Horza se
alegró de haber conseguido acceso mediante el soborno antes de que la retransmisión
del reportero fuese difundida y los guardias de seguridad que rodeaban el lugar
extremaran aún más su vigilancia. Incluso sin Sarble, las cosas ya habían resultado
bastante difíciles.
Horza —en su nueva personalidad de Kraiklyn— había fingido ser un emótico,
uno de los yonquis emocionales que iban siguiendo el errático y sigiloso deambular
de las grandes partidas por los confines más dudosos y menos respetables de la
civilización, y no tardó en descubrir que el día anterior ya se habían agotado todas las
plazas salvo las más caras.
Los cinco créditos aoish con que contaba esa mañana se habían reducido a tres;
aunque también tenía algo de dinero en dos tarjetas de crédito que había comprado,
pero el valor real de aquel dinero iría disminuyendo a medida que se acercara el
momento de la destrucción.
Horza tragó una honda y satisfactoria bocanada de aire y contempló la gran arena
que le rodeaba. Había subido lo más arriba posible mediante los peldaños, pendientes
y plataformas, usando el intervalo de tiempo que precedía al comienzo de la partida
para hacerse una idea general de la zona.
La cúpula de la arena era transparente y dejaba ver las estrellas y la línea brillante
que era el lado más distante del orbital, ahora bañado por la luz diurna. Las luces de
las lanzaderas que iban y venían —la mayoría se marchaban, naturalmente—
trazaban líneas a través de los puntos inmóviles. Debajo de la cúpula flotaba una
mezcla de humo y niebla iluminada por las luces parpadeantes de una pequeña
exhibición de fuegos artificiales. La atmósfera vibraba con los ecos creados por el
cántico de un coro de escaliconos que ocupaba el otro extremo del auditorio. Los
humanoides que componían el coro eran idénticos en todo salvo en la estatura y en

[Link] - Página 177


los sonidos que producían mediante sus largos cuellos y sus torsos abombados.
Parecían ser los culpables de todo el estrépito ambiental, pero cuando miró hacia
abajo, Horza pudo distinguir débiles resplandores color púrpura que flotaban en el
aire e indicaban la existencia de otros campos de sonido más localizados. Los campos
de sonido se cernían sobre escenarios de tamaño más reducido donde los danzarines
danzaban, los cantantes cantaban, los artistas del porno se desnudaban y los
boxeadores boxeaban, aunque también había algunos donde solo se veían grupos de
personas charlando.
La parafernalia del juego que se agrupaba a su alrededor hacía pensar en una
gigantesca tormenta. Debía de haber entre diez y veinte mil personas, la mayoría de
ellas humanoides, pero también había seres totalmente distintos, incluyendo una
buena cantidad de máquinas y unidades, que estaban tumbadas, sentadas, de pie o
caminando mientras observaban a los magos, malabaristas, luchadores, inmoladores,
hipnóticos, acoplantes, actores, oradores y cien categorías más de profesionales del
entretenimiento que ofrecían sus números. Algunas de las terrazas más grandes
estaban llenas de pabellones; las demás contaban con hileras de asientos y divanes.
Muchos escenarios de pequeño tamaño ardían con el resplandor de las luces, las
humaredas y los destellos de hologramas y solidogramas. Horza vio un laberinto
tridimensional que abarcaba varias terrazas lleno de tubos y ángulos, algunos
transparentes y otros opacos, algunos en movimiento y algunos inmóviles. Sombras y
siluetas borrosas se deslizaban lentamente por su interior.
Un acto de trapecio con animales a velocidad lenta iba alcanzando gradualmente
su apogeo por encima de su cabeza. Horza reconoció a los animales que lo
ejecutaban; más tarde se convertiría en un número de combate.
Algunas personas pasaron junto a Horza; eran humanoides de considerable
estatura vestidos con atuendos fabulosos que relucían como el abigarrado paisaje
nocturno de una ciudad vista desde el cielo. Hablaban entre ellos con voces tan
agudas que casi resultaban inaudibles, y una fina red de tubos de color dorado que se
desparramaba alrededor de sus rostros rojo fuerte y púrpura oscuro emitía nubéculas
de gas incandescente que se enroscaba alrededor de la desnudez de sus hombros y sus
cuellos semiescamosos, deshilachándose lentamente en una aureola anaranjada que se
iba disipando a su espalda. Horza les vio pasar. Sus capas ondulaban dando la
impresión de pesar tan poco como el aire a través del que avanzaban, y se encendían
y se apagaban continuamente mostrando la imagen de un rostro alienígena. Cada capa
mostraba una parte de una inmensa imagen en movimiento, como si un proyector
situado en los cielos enfocara con su haz las capas del grupo. El gas anaranjado
invadió las fosas nasales de Horza y el cambiante sintió que la cabeza le daba vueltas
durante un segundo. Dejó que sus glándulas inmunológicas se encargaran de anular
los efectos de la sustancia narcótica y siguió observando la arena.
El ojo de la tormenta —el punto de calma e inmovilidad central— era tan
pequeño que habría sido fácil pasarlo por alto incluso examinando todo el auditorio

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despacio y con mucha atención. No estaba en el centro, sino en un extremo del
elipsoide de terreno llano que formaba el nivel visible más bajo de la arena. Un dosel
de unidades de iluminación que aún no funcionaban casi ocultaba una mesa redonda
del tamaño justo para acomodar a los dieciséis sillones de varios estilos que la
rodeaban. Cada sillón estaba encarado a una cuña de color colocada sobre la
superficie de la mesa. Delante de cada sillón había una consola incrustada en la mesa
sobre la que se encontraban arneses de sujeción y otros artilugios para inmovilizar a
las personas. Detrás de cada sillón había una zona de espacio despejado en la que se
encontraban doce asientos bastante más pequeños que el sillón. Una valla de escasa
altura los separaba del sillón que tenían delante, y otra valla circundaba los doce
asientos, separándolos de una zona mucho más extensa donde ya había bastantes
personas —la mayoría emóticos— que aguardaban en silencio.
La partida parecía llevar cierto retraso. Horza se sentó en lo que era un asiento
excesivamente adornado o una escultura no muy imaginativa. Estaba en el comienzo
del último nivel de las terrazas que circundaban la arena, y tenía una buena vista de
casi todas las demás. No había nadie cerca. Metió la mano bajo la gruesa tela de su
blusa y arrancó un pedazo de piel artificial de su abdomen. Enrolló la piel hasta
formar una pelota y la arrojó a un macetero con un arbolito situado justo detrás de
donde estaba sentado. Después comprobó los décimos de crédito aoish, la tarjeta
negociable con memoria, la terminal de bolsillo y la pistola láser ligera que habían
estado ocultas bajo la barriga formada por la piel falsa. Miró por el rabillo del ojo y
vio a un hombrecillo vestido con ropas oscuras que se le acercaba. El hombrecillo se
detuvo a unos cinco metros de distancia, observó durante unos momentos a Horza
con la cabeza ladeada y siguió viniendo hacia él.
—Eh, ¿quieres ser una vida?
—No. Adiós —dijo Horza.
El hombrecillo soltó un bufido y se alejó por la explanada de paseo, deteniéndose
a unos metros de distancia para empujar con el pie una silueta que yacía al extremo
de una terraza muy angosta. Horza miró hacia allá, y vio cómo una mujer alzaba la
cabeza con expresión de aturdimiento y la meneaba lentamente haciendo bailotear los
largos e hirsutos mechones de su cabellera canosa. La luz de un reflector hizo que su
rostro resultara visible durante una fracción de segundo. Era hermosa, pero parecía
agotada. El hombrecillo volvió a dirigirle la palabra, pero la mujer meneó la cabeza y
agitó una mano. El hombrecillo se marchó.

El vuelo en la exlanzadera de la Cultura apenas si tuvo acontecimientos dignos de


mención. Horza pasó por una etapa inicial de confusión y acabó logrando ponerse en
contacto con el sistema de navegación del orbital. Descubrió dónde estaba en relación
a la última posición conocida del Olmedreca y se dirigió hacia allí para averiguar si
quedaba algo del megabarco. Mientras se atracaba con las raciones de emergencia de

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la Cultura, logró acceder a un nuevo servicio y encontró un informe sobre el
Olmedreca en el índice de temas. Las imágenes mostraban el barco, un poco escorado
y con una pequeña parte de las proas debajo del agua, flotando en un mar de aguas
tranquilas rodeado de hielo. El primer kilómetro de su casco parecía haber quedado
enterrado bajo el inmenso iceberg en forma de meseta. Varios aerodeslizadores
ligeros y unas cuantas lanzaderas estaban suspendidas o volaban alrededor del
gigantesco despojo como moscas yendo y viniendo sobre los restos de un dinosaurio.
El comentario que acompañaba a las imágenes hablaba de una misteriosa segunda
explosión nuclear a bordo del barco. También informaba de que cuando los vehículos
de la policía llegaron al lugar, descubrieron que el megabarco estaba abandonado.
Nada más oírlo Horza decidió cambiar el destino que había fijado.
Hizo girar la lanzadera y puso rumbo a Evanauth.
Horza llevaba encima tres décimos de un crédito aoish. Vendió la lanzadera por
cinco décimos. El precio resultaba ridículamente barato, sobre todo teniendo en
cuenta que la destrucción del orbital era inminente, pero tenía prisa y no cabía duda
de que la comerciante que se quedó con el aparato corría un cierto riesgo. Estaba
claro que la lanzadera había sido construida en la Cultura y estaba igualmente claro
que el cerebro había sido destrozado a tiros, por lo que apenas si podía haber dudas
de que era un vehículo robado; y para la Cultura destruir la conciencia de una
lanzadera era un delito tan grave como asesinar a un ser humano.
En solo tres horas Horza había vendido la lanzadera y había comprado ropas,
tarjetas, un arma, un par de terminales y cierta información.
Salvo la información, todo lo demás le había salido francamente barato.
Ahora sabía que una nave cuya descripción encajaba con la de la Turbulencia en
cielo despejado se encontraba en el orbital o, mejor dicho, debajo de él, dentro del ex
Vehículo General de Sistemas de la Cultura llamado Los fines de la inventiva. Le
resultó bastante difícil de creer, pero no había ninguna otra nave cuya descripción se
pareciera lo suficiente. Según la agencia de información, una nave que encajaba con
la descripción de la Turbulencia en cielo despejado había sido llevada a bordo por
uno de los armadores de Puerto Evanauth para efectuar ciertas reparaciones en sus
unidades de campo. Cuando la nave fue remolcada hasta allí hacía ya dos días, solo
podía utilizar los motores de fusión. Horza no logró averiguar cuál era su nombre o el
lugar exacto donde se encontraba.
Horza tenía la impresión de que la Turbulencia en cielo despejado había sido
utilizada para rescatar a los supervivientes del grupo de Kraiklyn. Debía de haber
volado sobre el muro del orbital guiada por control remoto utilizando sus unidades de
campo. Había recogido a la Compañía Libre y había vuelto por el mismo camino,
sufriendo alguna avería en sus motores de campo durante el proceso.
Tampoco había conseguido averiguar cuál podía ser el paradero de los
supervivientes, pero daba por sentado que Kraiklyn debía ser uno de ellos. Nadie más
podía haber guiado la Turbulencia en cielo despejado por encima del muro. Tenía la

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esperanza de encontrar a Kraiklyn en la partida de daño, pero pasara lo que pasase,
Horza había decidido que en cuanto terminara iría a la Turbulencia en cielo
despejado. Seguía teniendo intención de dirigirse hacia el Mundo de Schar, y la
Turbulencia en cielo despejado era la mejor forma de llegar hasta allí. También
esperaba que la información de que Los fines de la inventiva estaba totalmente
desmilitarizada fuese cierta, y que el volumen de espacio cercano a Vavatch estuviera
libre de naves de la Cultura. Después de todo el tiempo transcurrido y teniendo en
cuenta lo astutas que eran las Mentes de la Cultura, Horza las creía muy capaces de
haber descubierto que la Turbulencia en cielo despejado se encontraba en el mismo
volumen de espacio que La mano de Dios 137 cuando fue atacada y haber establecido
una o dos conexiones entre esos hechos.
Se reclinó en su asiento —o en la escultura— y se relajó, dejando que la pauta
interna del emótico abandonara su mente y su cuerpo. Tenía que empezar a pensar
como Kraiklyn. Cerró los ojos.
Pasados unos minutos pudo oír cómo empezaban a ocurrir cosas en los niveles
inferiores de la arena. Abrió los ojos y miró a su alrededor.
La mujer de la cabellera canosa que había estado tumbada en la terraza contigua
se había levantado y estaba bajando con paso algo vacilante hacia la arena. La gruesa
tela de su túnica iba barriendo los peldaños.
Horza se puso en pie y bajó rápidamente por las escaleras siguiendo el rastro de
su perfume. Cuando pasó junto a ella, la mujer no le prestó ninguna atención. Estaba
muy ocupada jugueteando con la tiara torcida que llevaba en la cabeza.
Las luces situadas sobre la mesa de colores donde iba a celebrarse la partida ya se
habían encendido. Algunos de los escenarios estaban empezando a cerrarse o a
disminuir la intensidad de sus focos. El público iba gravitando gradualmente hacia la
mesa de juego, los asientos, las zonas de recreo y áreas para los espectadores de a pie
que daban a ella.
Siluetas muy altas vestidas con túnicas negras se movían lentamente bajo el
resplandor de las luces comprobando las piezas del equipo necesario para el juego.
Eran los adjudicadores y árbitros ishlorsinami. Su especie tenía la reputación de ser la
más poco imaginativa, honesta, estirada, incorruptible y carente de sentido del humor
que podía encontrarse en toda la galaxia, y siempre desempeñaba las funciones
administrativas y auxiliares en las partidas de daño porque no había ninguna otra raza
en quien se pudiera tener más confianza.
Horza se detuvo ante un puesto de comida para hacer acopio de provisiones y
bebidas. Esperó a que le entregaran lo que había pedido, y mató el tiempo observando
la mesa de juego y las figuras que se movían a su alrededor. La mujer de la túnica y la
larga cabellera canosa pasó junto a él y siguió bajando por las escaleras. Había
conseguido que la tiara quedase casi recta, aunque la tela de su larga túnica estaba
muy arrugada. Cuando pasó junto a Horza, este la vio bostezar.

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Horza pagó con una tarjeta y siguió a la mujer hacia la creciente multitud de
personas y máquinas que empezaba a congregarse junto a todo el perímetro exterior
de la zona de juego. Volvió a dejarla atrás medio corriendo y medio caminando, y
cuando le vio pasar junto a ella, la mujer le lanzó una mirada suspicaz.
Horza sobornó a un acomodador para que le dejara entrar en una de las mejores
terrazas. Sacó el capuchón de su gruesa blusa del compartimento del cuello
tensándolo sobre su frente y echándolo un poco hacia adelante para que su rostro
quedara oculto entre las sombras. No quería que el auténtico Kraiklyn le viese ahora.
La terraza dominaba unos cuantos niveles situados más abajo e iba descendiendo en
ángulo, proporcionando un excelente panorama de la mesa y las armazones metálicas
del equipo de iluminación que había encima de ella. La mayor parte de las zonas
protegidas por vallas que rodeaban la mesa también eran visibles. Horza se instaló en
un sofá junto a un grupo bastante ruidoso de trípedos extravagantemente vestidos que
no paraban de gritar y escupir dentro de un gran recipiente situado en el centro del
círculo formado por el grupo de divanes que se mecían suavemente, donde se habían
acomodado para contemplar la partida.
Los ishlorsinami parecían haberse convencido de que todo funcionaba y de que
nadie había intentado hacer trampas. Las siluetas vestidas con túnicas negras bajaron
por una rampa incrustada en la superficie del suelo elipsoidal de la arena. Algunas
luces se apagaron; un campo de silencio fue eliminando lentamente los ruidos
procedentes del resto del auditorio. Horza aprovechó aquella pausa para examinar
rápidamente los alrededores. Algunos escenarios y estrados seguían iluminados, pero
sus luces ya estaban empezando a apagarse. Pero el acto de trapecio con animales a
cámara lenta seguía desarrollándose entre la oscuridad que se acumulaba bajo las
estrellas. Los inmensos y pesados cuerpos de los animales volaban por los aires entre
los destellos de sus arneses de campo. Giraban sobre sí mismos y daban saltos
mortales, pero ahora cada vez que sus evoluciones aéreas les hacían encontrarse con
otro animal extendían sus patas terminadas en garras, lanzando silenciosos y lentos
zarpazos dirigidos al pelaje de su adversario. Nadie más parecía estar observándoles.
Horza se sorprendió al ver que la mujer a la que había dejado atrás dos veces en
las escaleras volvía a pasar junto a él y se dejaba caer sobre un sofá vacío con la señal
de reservado en la parte delantera de la terraza. No le había parecido lo bastante rica
para poder permitirse el estar en aquella zona.
Los Jugadores de la Víspera de la Destrucción aparecieron subiendo por la rampa
que llevaba al suelo de la arena guiados por un ishlorsinami. Su llegada no estuvo
acompañada por ninguna clase de fanfarria o anuncio. Horza echó un vistazo a su
terminal. Faltaban siete horas estándar exactas para la destrucción del orbital.
Aplausos, vítores y —al menos cerca de Horza— sonoros abucheos acogieron a los
jugadores, aunque los campos de silencio se encargaron de que los ruidos apenas
resultaran audibles. Los jugadores fueron emergiendo de entre las sombras que

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cubrían la rampa. Algunos saludaban a la multitud que había acudido para verles
jugar, mientras que otros no le prestaban ninguna atención.
Horza reconoció a unos cuantos. Los que conocía —o aquellos de los que había
oído hablar— eran Ghalssel, Tengayet Doy-Suut, Wilgre y Neeporlax. Ghalssel, de
los Incursores de Ghalssel…, probablemente la Compañía Libre con más éxitos en su
haber. Horza había oído llegar a la nave mercenaria desde más de once kilómetros de
distancia mientras estaba haciendo el trato con la mujer que le compró la lanzadera.
La mujer se había quedado como paralizada y se le vidriaron los ojos. Horza no quiso
preguntarle si creía que aquel ruido indicaba la llegada de la Cultura y la destrucción
del orbital unas horas antes de lo anunciado o, sencillamente, que venían a por ella
por haber comprado una lanzadera de procedencia dudosa.
Ghalssel era un hombre de aspecto corriente, lo bastante corpulento como para
que estuviera claro que había nacido en un planeta de alta gravedad, pero sin la
apariencia de poder contenido y compacto que suelen poseer la mayoría de esas
personas. Vestía con sencillez y llevaba la cabeza totalmente afeitada. Los rumores
afirmaban que solo las estrictas reglas de una partida de daño podían obligar a
Ghalssel a quitarse el traje espacial que era su eterno atuendo.
Tengayet Doy-Suut era muy alto. Tenía la piel oscura y también vestía con
sencillez. El Suut era el campeón de daño, tanto en promedio de partidas como en
ganancias y créditos máximos. Llegó de un planeta que había sido Contactado
recientemente, hacía veinte años.
Se rumoreaba que en su mundo de origen también era un gran campeón de todos
los juegos basados en el azar y el farol. Allí era donde se había hecho extirpar la cara,
sustituyéndola por una máscara de acero inoxidable. Solo los ojos seguían teniendo
vida: dos joyas blandas carentes de expresión incrustadas en el metal bruñido. La
máscara tenía un acabado mate para impedir que sus oponentes vieran el reflejo de
las cartas en ella.
Wilgre necesitó la ayuda de unos cuantos esclavos de su séquito para subir por la
rampa. El gigante azul de Ozleh vestía una túnica espejo, y daba la impresión de ir
siendo propulsado por las minúsculas siluetas humanas que le seguían, aunque de vez
en cuando el extremo de su túnica se movía para mostrar cómo sus cuatro piernas
rechonchas luchaban por impulsar su inmenso cuerpo rampa arriba. Sus manos
sostenían un gran espejo y un látigo de plomo en cuyo extremo había un rogothur
cegado —sus cuatro patas estaban recubiertas de metales preciosos, su hocico
quedaba oculto por un bozal de platino y sus ojos habían sido sustituidos por
esmeraldas— que hacía pensar en una esbelta pesadilla del más puro color blanco. La
gigantesca cabeza del animal se movía de un lado para otro mientras utilizaba su
sentido ultrasónico para captar lo que le rodeaba. Las treinta y dos concubinas de
Wilgre ocupaban una terraza situada casi en línea recta ante la de Horza. Cuando
vieron a su señor arrojaron a un lado sus velos corporales y se dejaron caer sobre las
rodillas y los codos para adorarle. Wilgre las saludó moviendo el espejo. Casi todos

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los teleobjetivos de aumento y micro-cámaras que habían logrado entrar en el
auditorio burlando la vigilancia de los guardias giraron sobre sus ejes para enfocar a
las treinta y dos hembras de aquel harén que tenía la reputación de ser el más
soberbio y escogido de toda la galaxia conocida.
Neeporlax ofrecía un cierto contraste con los demás. Su flaca y desgarbada silueta
vestida con una túnica no muy limpia avanzó por la rampa parpadeando bajo las luces
de la arena mientras su mano aferraba un muñeco de peluche. El chico era el segundo
mejor jugador de daño de la galaxia, pero siempre regalaba sus ganancias y hasta el
hotel de taxicamas más mugriento se lo habría pensado dos veces antes de admitirle
como cliente. Neeporlax estaba medio ciego, sufría incontinencia urinaria, tenía
aspecto de encontrarse seriamente enfermo y era albino. Solía perder el control de su
cabeza en los momentos más tensos del juego, pero sus manos sostenían las
holocartas tan firmemente como si estuvieran incrustadas en un peñasco. Neeporlax
también necesitó ayuda para subir por la rampa. Una joven le acompañó hasta su
sillón, le peinó, le dio un beso en la mejilla y fue a la zona de los doce asientos,
colocándose inmediatamente detrás de Neeporlax.
Wilgre alzó una de sus rechonchas manos azules y arrojó unos cuantos
centésimos a la multitud que se había congregado detrás de las vallas. Los
espectadores lucharon entre sí para apoderarse de las monedas.
Wilgre tenía la costumbre de arrojar unas cuantas monedas de valor bastante más
alto entre los centésimos. Antes de una partida celebrada hacía varios años dentro de
una luna que se dirigía hacia un agujero negro, arrojó un millardo junto con la
calderilla, desprendiéndose de lo que bien podía ser una décima parte de su fortuna
con un mero giro de la muñeca. Wilgre, un vagabundo de los asteroides en plena
decrepitud que había sido rechazado como vida porque solo tenía un brazo, había
acabado convirtiéndose en propietario de un planeta entero.
El resto de los jugadores formaban un grupo variopinto, pero Horza no les
conocía…, con una excepción. Tres o cuatro de ellos fueron acogidos con vítores y
algunos fuegos artificiales, por lo que era de suponer que tenían cierta fama; el resto
eran nuevos o fueron recibidos con un silencio desdeñoso.
El último jugador que subió por la rampa era Kraiklyn.
Horza se reclinó en su diván y sonrió. El líder de la Compañía Libre se había
hecho practicar una pequeña alteración facial temporal —probablemente un
estiramiento—, y se había teñido el cabello, pero no cabía duda de que era él. Vestía
un traje de una sola pieza de color claro, iba afeitado y tenía el cabello castaño. Los
otros tripulantes de la Turbulencia en cielo despejado quizá no le hubieran
reconocido, pero Horza le había observado con mucha atención, fijándose en sus
movimientos, su forma de caminar y la estructura de sus músculos faciales. Para el
cambiante, Kraiklyn destacaba entre los demás jugadores de forma tan estridente
como un peñasco en un campo cubierto de guijarros.

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Cuando todos los jugadores hubieron ocupado sus puestos, las vidas de cada uno
fueron acompañadas hasta los asientos situados detrás de cada jugador.
Todas las vidas eran humanoides. La mayoría daban la impresión de estar ya
medio muertos, aunque físicamente todos estaban intactos.
Fueron llevados uno a uno hasta sus asientos y se les ató con los arneses de
sujeción. Sus cabezas desaparecieron bajo los cascos negros ultraligeros que cubrían
todo su rostro con excepción de los ojos. La mayoría se dejaron caer hacia adelante
en cuanto se les ató al asiento. Unos pocos mantuvieron la postura erguida, pero
ninguno alzó la cabeza ni miró a su alrededor. Todos los jugadores regulares
disponían del complemento máximo de vidas permitido; algunos las hacían adiestrar
en instituciones especiales, otros dejaban que sus agentes les proporcionaran el tipo
de personas que deseaban. Los jugadores menos ricos y no tan bien conocidos —
como Kraiklyn— tenían que conformarse con la cosecha de las prisiones y los asilos,
y con unos cuantos depresivos a sueldo que legaban su cuota de las posibles
ganancias a otra persona. Los miembros de la secta del Abatimiento solían dejarse
convencer con bastante facilidad para actuar como vidas, tanto gratuitamente como a
cambio de una donación para su causa, pero Horza no vio ninguno de los tocados de
varios niveles o los símbolos del ojo sangrante que distinguían a los devotos de esa
secta.
Kraiklyn solo había conseguido encontrar tres vidas, por lo que daba la impresión
de que su presencia como jugador en la partida no sería muy larga.
La mujer de la cabellera canosa que ocupaba el diván reservado en la parte
delantera de la terraza se puso en pie, se estiró y empezó a pasear por la terraza,
moviéndose entre los divanes y sillones con una expresión de aburrimiento en el
rostro. Cuando estaba acercándose al diván de Horza, se produjo un altercado en una
terraza situada detrás de ellos. La mujer se detuvo y se dedicó a observarlo. Horza se
dio la vuelta. El campo de silencio no bastaba para ahogar los gritos que profería una
voz masculina. Al parecer se había producido una pelea. Dos guardias de seguridad
intentaban separar a dos personas que rodaban por el suelo. Los otros ocupantes de la
terraza habían formado un círculo alrededor de los combatientes y les observaban,
repartiendo su atención entre los preparativos de la partida de daño y los puñetazos
intercambiados ante sus ojos. Los guardias lograron levantarles, pero en vez de
detener a los dos, solo sujetaron al más joven. Horza tuvo la impresión de que su
aspecto le era vagamente familiar, aunque parecía haber intentado disfrazarse con una
peluca rubia que estaba empezando a deslizarse sobre su cráneo.
El otro combatiente sacó lo que parecía una tarjeta del bolsillo y se la enseñó al
joven, que seguía gritando. Después, los dos guardias uniformados y el hombre que
había enseñado la tarjeta se alejaron llevándose al joven. El hombre de la tarjeta pasó
la mano por detrás de una de las orejas del joven y se apoderó de un objeto diminuto.
El joven fue medio llevado medio arrastrado hacia un túnel de acceso. La mujer de la
larga cabellera canosa cruzó los brazos delante de su pecho y siguió paseando por la

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terraza. El círculo de espectadores de la terraza volvió a cerrarse sobre sí mismo
como un agujero en una nube.
Horza observó cómo la mujer se abría paso por entre los divanes hasta que
abandonó la terraza y la perdió de vista. Alzó los ojos. Los animales seguían girando,
saltando y luchando por los aires. La sangre de color blanco que manchaba sus
flancos velludos parecía brillar. Los animales gruñían en silencio y se atacaban
moviendo sus largas patas delanteras, pero tanto sus acrobacias como su puntería se
habían deteriorado considerablemente. Estaban empezando a cansarse y se movían
con creciente torpeza. Horza volvió la cabeza hacia la mesa de los jugadores. Todos
estaban preparados, y la partida iba a empezar.

El daño no era más que un juego de naipes bastante complicado. Exigía un poco de
habilidad, un poco de suerte y un poco de osadía y capacidad para engañar a los
adversarios. Lo que lo hacía tan interesante no eran solo las grandes sumas que se
jugaban y ni tan siquiera el hecho de que cada vez que un jugador perdía una vida
perdía una vida —un auténtico ser humano consciente que respiraba y se daba cuenta
de lo que le ocurría—, sino el uso de complejos campos electrónicos que alteraban la
conciencia en dos direcciones alrededor de la mesa.
Cuando tenía las cartas en su mano, un jugador o jugadora podía alterar las
emociones de un adversario, y a veces de varios. Miedo, odio, desesperación,
esperanza, amor, camaradería, duda, júbilo, paranoia…
Prácticamente todos los estados emocionales que el ser humano era capaz de
experimentar podían ser utilizados en beneficio propio o irradiados hacia un
adversario. Si se estaba lo bastante lejos o rodeado por un escudo protector, el juego
podía parecer un mero pasatiempo para mentes trastornadas o no demasiado
inteligentes. Un jugador con una mano de cartas obviamente buena podía arrojarla
sobre la mesa negándose a utilizarla; alguien que no tenía ni un solo naipe útil podía
apostar todos los créditos de que disponía; los jugadores se echaban a llorar o reían
incontrolablemente sin previo aviso y sin razón que lo justificara.
Podían enamorarse locamente de un jugador a quien todos conocían como su peor
enemigo o debatirse desesperadamente intentando romper los arneses de sujeción
para atacar a su mejor amigo.
O podían suicidarse. Los jugadores de daño debían estar aprisionados en sus
sillones durante toda la partida (si alguno conseguía liberarse, un ishlorsinami le
disparaba inmediatamente con una potente pistola aturdidora), pero podían destruirse
a sí mismos. Cada consola de juegos —el sitio desde el que las unidades emotoras
irradiaban las emociones relevantes, sobre el que se jugaban las cartas y en el que los
jugadores podían ver el tiempo y el número de vidas que les quedaban— contaba con
un botoncito hueco en cuyo interior había una aguja envenenada lista para inyectar su
dosis mortal en el dedo que lo pulsara.

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El daño era uno de esos juegos en los que no resulta prudente hacerse demasiados
enemigos. Solo quienes tenían una inmensa fuerza de voluntad podían resistir el
impulso apremiante de suicidarse implantado en sus cerebros por el ataque
concertado de media mesa de jugadores.
Al final de cada mano, el jugador que tenía más puntos recogía el dinero
apostado, y todos los jugadores que habían participado en la apuesta perdían una
vida. Cuando no les quedaba ninguna, debían abandonar la partida, igual que ocurría
si se quedaban sin dinero. Las reglas decían que la partida terminaba cuando solo
quedaba un jugador que siguiera disponiendo de alguna vida, aunque en la práctica
terminaba cuando los jugadores no eliminados hasta el momento se ponían de
acuerdo y decidían que si la partida duraba más tiempo, lo más probable era que
perdiesen sus propias vidas a causa del desastre inminente bajo cuya sombra se había
celebrado toda la partida. La proximidad del momento de la destrucción podía hacer
que el final de una partida resultara muy interesante. Si la mano había durado cierto
tiempo y había una gran cantidad de dinero apostado, era muy posible que uno o
varios jugadores no estuvieran dispuestos a dar la partida por terminada. Ese era el
momento en que los sofisticados quedaban separados de los simios, y la partida de
daño se convertía más que nunca en un juego de nervios.
Algunos de los mejores jugadores de daño del pasado habían perecido intentando
superarse los unos a los otros en circunstancias semejantes.
Desde el punto de vista de un espectador, el atractivo especial del daño consistía
en que cuanto más cerca estuvieras de la unidad emotora de algún participante, más te
afectaban las emociones que estaba experimentando. Los escasos centenares de años
transcurridos desde que el daño se convirtió en un juego tan selecto pero popular
habían hecho surgir toda una subcultura de personas adictas a esas emociones y
sentimientos de tercera mano: los emóticos.
Había otros grupos que también jugaban al daño. Los Jugadores de la Víspera de
la Destrucción eran el más famoso y el más rico. Los emóticos podían obtener su
dosis de droga emocional en montones de sitios esparcidos por toda la galaxia, pero
las experiencias más intensas solo podían obtenerse en una partida celebrada al filo
de la aniquilación y donde participaran los mejores jugadores (más algunos que
aspiraban a tal categoría). Cuando descubrió que el pase de acceso más barato
costaba el doble de la cantidad de dinero que había ganado vendiendo la lanzadera,
Horza estaba haciéndose pasar por uno de aquellos infortunados. Sobornar al guardia
de una puerta le había costado mucho menos dinero.
Los auténticos emóticos se amontonaban detrás de la valla que les separaba de las
vidas. Dieciséis grupos de personas sudorosas y aspecto muy nervioso —casi todos
varones, como ocurría entre los jugadores— se debatían e intentaban conseguir un
sitio en primera fila, lo más cerca posible de la mesa y de los jugadores.
Horza les observó mientras el ishlorsinami repartía las cartas. Los emóticos daban
saltos intentando ver lo que ocurría, y los guardias de seguridad provistos de cascos

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dispersores que repelían las radiaciones de las unidades emotoras patrullaban el
perímetro de las vallas, moviéndose con mucha cautela y rozando ocasionalmente
algún muslo o la palma de la mano de un emótico con aguijones neurónicos.
—Sarble el Ojo… —dijo alguien cerca de él, y Horza se dio la vuelta.
Un humano de aspecto cadavérico tumbado en un diván situado un poco detrás y
a la izquierda de Horza estaba hablando con otro y señalaba hacia la terraza donde se
había producido el altercado de unos minutos antes. Horza oyó las palabras «Sarble»
y «descubierto» unas cuantas veces más procedentes de varias direcciones distintas a
medida que la noticia se iba difundiendo. Volvió a concentrar su atención en el juego,
y vio que los jugadores estaban inspeccionando las cartas que les habían tocado en
suerte. Las apuestas empezaron unos instantes después. Horza pensó que era una
pena que hubiesen descubierto al reportero, pero eso quizá hiciera que los guardias de
seguridad relajaran un poco su vigilancia, dándole más posibilidades de pasar
desapercibido y de que nadie le pidiera su pase.
Horza estaba sentado a cincuenta metros del jugador más cercano, una mujer
cuyo nombre había oído mencionar pero que ya no recordaba. A medida que se
desarrollaba la primera mano, su mente captó versiones muy tenues de lo que estaba
sintiendo y lo que los demás jugadores le estaban haciendo sentir. Aun así la
experiencia le pareció bastante desagradable, por lo que conectó el campo dispersor
del diván usando el pequeño control incrustado en uno de sus brazos. De haberlo
querido habría podido eliminar el efecto producido por la jugadora detrás de la que
estaba sentado y sustituirlo por los efectos de cualquier otra unidad emotora de la
mesa. La intensidad del efecto así obtenido era mucho menor de la que
experimentaban los emóticos o las vidas, pero no cabía duda de que le habría dado
una buena idea de lo que estaban sintiendo los jugadores. La mayoría de quienes le
rodeaban estaban utilizando los controles con ese fin, pasando de un jugador a otro en
un intento de evaluar el estado general de la partida. Horza se concentraría en las
emociones de Kraiklyn cuando la partida llevara cierto tiempo, pero por ahora solo
quería captar el aura general de emociones que rodeaba al juego.
Kraiklyn se retiró de la primera mano lo bastante pronto para asegurarse de que
no perdería una vida cuando llegara a su fin. Tenía tan pocas vidas a su disposición
que ese era el rumbo de acción más prudente, a menos que la suerte le entregara una
mano de cartas realmente magnífica. Horza observó atentamente a Kraiklyn mientras
este se reclinaba en su asiento y se relajaba. Su unidad emotora no estaba
transmitiendo prácticamente nada. Kraiklyn se lamió los labios y se pasó la mano por
la frente. Horza decidió que durante la siguiente mano conectaría con Kraiklyn para
saber qué se sentía jugando al daño.
La mano llegó a su fin. Wilgre fue el ganador. Saludó con el brazo agradeciendo
los vítores de la multitud. Algunos emóticos ya se habían desmayado; el rogothur
rugía dentro de su jaula al otro extremo del elipsoide. Cinco jugadores perdieron
vidas; cinco humanos que habían permanecido inmóviles presa de la desesperanza y

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el abatimiento mientras los efectos de los campos emotores aún vibraban dentro de
ellos quedaron repentinamente fláccidos en sus asientos cuando los cascos saturaron
sus cráneos con una descarga neural lo bastante fuerte para aturdir a las vidas que
estaban sentadas junto a ellos. Los emóticos más cercanos se encogieron sobre sí
mismos, igual que el jugador a quien pertenecía cada una de las vidas perdidas en la
mano.
Los ishlorsinami abrieron los arneses que mantenían sujetos a los humanos
muertos y se los llevaron por la rampa de acceso. Las vidas restantes se fueron
recobrando poco a poco, pero siguieron tan inmóviles y abatidas como antes. Los
ishlorsinami afirmaban comprobar de la forma más rigurosa que cada vida estaba
realmente decidida a desempeñar tal función, y decían que las drogas que les
administraban solo servían para impedir que se pusieran histéricas, pero se rumoreaba
que había algunas formas de engañar al proceso de verificación empleado por los
ishlorsinami, y que algunas personas habían logrado librarse de sus enemigos
drogándolos o hipnotizándolos y haciendo que se ofrecieran como «voluntarios» para
participar en el juego.
Nada más empezar la segunda mano, Horza ajustó el monitor de su diván para
experimentar las emociones de Kraiklyn. La mujer de la cabellera canosa apareció
por el pasillo y volvió a ocupar su sitio delante de Horza en la parte frontal de la
terraza, dejándose caer con una expresión de cansancio sobre el diván como si
estuviera aburriéndose terriblemente.
Horza no sabía lo suficiente sobre el daño en tanto que juego de cartas como para
poder seguir de forma exacta el desarrollo de la mano, ya fuese leyendo las
emociones que iban circulando por la mesa o analizando cada mano después de que
hubiera terminado —como estaban haciendo con la primera mano los ruidosos
trípedos que tenía al lado— cuando los datos sobre cómo habían sido repartidas y
jugadas las cartas aparecían en los circuitos de transmisión interna de la arena. Aun
así, decidió sintonizar las emociones de Kraiklyn para hacerse una idea de lo que
estaba ocurriendo en el interior de su cabeza.
El capitán de la Turbulencia en cielo despejado estaba siendo atacado desde
varias direcciones distintas a la vez. Algunas de las emociones eran contradictorias,
por lo que Horza supuso que no se estaba haciendo ningún esfuerzo concertado con
Kraiklyn como objetivo. Por el momento, solo tenía que soportar los efectos del
armamento secundario de los demás jugadores. Había un considerable impulso de
sentir simpatía por Wilgre. Ese color azul tan atractivo…, además, con esas cuatro
patitas diminutas no podía ser ninguna amenaza demasiado seria… La verdad es que
pese a todo su dinero resultaba bastante cómico e inofensivo. En cambio la mujer que
estaba sentada a la derecha de Kraiklyn… Desnuda hasta la cintura, sin pechos y con
la vaina de una espada ceremonial colgando de través en su espalda… Había que
vigilarla atentamente… Claro que, después de todo, aquello era más bien risible…
«Nada tiene importancia; todo es una broma, un chiste; la vida es una broma, el juego

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es una broma… Si lo piensas con detenimiento todas las cartas se parecen mucho,
¿no? Bah, para lo que importa tanto da que las arrojes al aire…». Ya casi le había
llegado el turno de jugar… Primero esa puta con el pecho tan liso como una tabla…
Oh, chico, tenía una carta que iba a acabar con ella…
Horza desconectó el monitor. No estaba seguro de si había captado lo que
Kraiklyn pensaba de la mujer o lo que algún adversario estaba intentando hacerle
pensar de ella.
Volvió a sintonizar los pensamientos de Kraiklyn más avanzada la mano, cuando
la mujer ya había quedado fuera y estaba relajándose con los ojos cerrados y la
espalda apoyada en el sillón. (Horza le lanzó una breve mirada a la mujer de la
cabellera canosa reclinada en el diván que tenía delante; parecía estar observando la
partida, pero tenía una pierna pasada sobre el brazo del diván y la balanceaba hacia
atrás y hacia adelante, como si su mente estuviera muy lejos de allí). Kraiklyn se
sentía estupendamente. Para empezar, la zorra había quedado fuera de la mano, y
estaba seguro de que eso se debía a alguna de las cartas que había jugado, pero
también había una especie de júbilo interior… Aquí estaba, jugando al daño con los
mejores jugadores de toda la galaxia… Los jugadores, nada menos. Él. Él,… (un
repentino pensamiento inhibitorio bloqueó el nombre que su mente iba a formar), y la
verdad es que no lo estaba haciendo nada mal… Estaba logrando mantenerse a su
altura… De hecho, esta mano tenía un aspecto condenadamente bueno… Ah, sí, las
cosas empezaban a ir bien… Por fin… Iba a ganar algo… Ya había tenido
demasiados problemas…, bueno, estaba eso de… «¡Piensa en las cartas!» (de
repente) «¡Piensa en el aquí y el ahora! Sí, las cartas… Veamos… Puedo liquidar a
esa vaca azul con…». El cambiante cortó la conexión.
Estaba sudando. Nunca había llegado a imaginarse la clase de retroalimentación
procedente del cerebro del jugador que se alcanzaba en aquellas situaciones. Había
creído que solo recibiría las emociones; no había soñado que pudiera meterse hasta
tal punto en la mente de Kraiklyn. Y, aun así, esto solo era una pequeña parte de todo
lo que Kraiklyn, los emóticos y las vidas que había detrás de él estaban recibiendo.
Era una auténtica retroalimentación, solo que bajo control y deteniéndose cuando le
faltaba muy poco para convertirse en el equivalente emocional del sonido que emite
un altavoz saturado, aumentando de nivel incesantemente hasta llegar a la
destrucción… El cambiante comprendió el atractivo del juego, y por qué algunas
personas habían llegado a enloquecer durante una partida.
Y por mucho que le hubiera disgustado la experiencia, Horza sintió un nuevo
respeto hacia el hombre a quien como mínimo pretendía suplantar…, y, muy
probablemente, matar.
Kraiklyn poseía una cierta ventaja. Las emociones y pensamientos que recibía
emanaban en parte de su propia mente, mientras que las vidas y los emóticos tenían
que soportar chorros de emisiones extremadamente potentes surgidos de mentes
totalmente distintas a las suyas. Aun así, vérselas con lo que estaba claro que

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soportaba Kraiklyn debía exigir una considerable fuerza de voluntad o un largo y
duro entrenamiento. Horza volvió a sintonizar su monitor. «¿Cómo se las arreglan los
emóticos para aguantarlo?», pensó. Y un instante después se dijo: «Ten cuidado.
Puede que todos empezaran así…».

Kraiklyn perdió la mano dos rondas de apuestas más tarde. Neeporlax, el albino
medio ciego, también fue derrotado y el Suut recogió sus ganancias. La luz reflejada
en los créditos aoish que tenía delante hacía brillar su rostro de acero. Kraiklyn se
dejó caer contra el respaldo de su asiento. Horza sabía lo que estaba sintiendo: quería
morirse. Una lenta ondulación de agonía resignada y casi agradecida atravesó a
Kraiklyn desde atrás cuando su primera vida murió, y Horza también pudo sentirla.
Tanto sus rasgos como los de Kraiklyn se retorcieron en una mueca.
Horza desconectó el monitor y echó una mirada a su terminal. Había pasado
menos de una hora desde que logró burlar la vigilancia de los guardias situados ante
las puertas exteriores. Tenía algo de comida sobre una mesita junto a su diván, pero
se puso en pie y subió por la terraza yendo hacia el paseo más cercano donde le
esperaban los bares y puestos de comida.
Los guardias de seguridad estaban comprobando los pases. Horza les vio ir de una
persona a otra por la terraza. Mantuvo la vista hacia el frente, pero sus ojos se fueron
desplazando de un lado para otro observando los movimientos de los guardias. Una
guardia de seguridad estaba casi directamente en su camino, inclinándose para pedirle
su pase a una hembra de apariencia bastante avejentada tumbada sobre una cama de
aire que emitía vapores perfumados alrededor de la delgada desnudez de sus piernas.
La mujer estaba observando el juego con una gran sonrisa en los labios, y tardó un
poco en captar la presencia de la guardia. Horza apretó el paso para dejar atrás a la
guardia de seguridad cuando volviera a erguirse.
La anciana enseñó su pase y volvió a concentrar toda su atención en el juego. La
guardia extendió un brazo ante Horza.
—¿Me permite ver su pase, señor?
Horza se detuvo y sus ojos recorrieron el rostro de la corpulenta joven. Después
volvió la cabeza hacia el diván en el que había estado sentado.
—Lo siento, creo que me lo he dejado en mi sitio… Volveré dentro de un
segundo. ¿Puedo enseñárselo entonces? Tengo un poco de prisa.
Desplazó el peso de un pie a otro y dobló ligeramente la cintura.
—Me dejé llevar por las emociones de la última mano, ¿sabe? Bebí demasiado
antes de que empezara la partida. Siempre igual… Nunca aprenderé. ¿Le importa?
Extendió las manos con su mejor expresión de inocencia fingiendo que iba a darle
una palmadita en el hombro. Volvió a desplazar su peso de un pie al otro. Los ojos de
la guardia de seguridad fueron hacia el diván donde Horza decía haberse dejado el
pase.

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—Bien, señor…, por ahora. Ya lo veré luego. Pero no debería dejar olvidado su
pase en cualquier sitio. No vuelva a hacerlo.
—¡Claro, claro! ¡Muchas gracias!
Horza dejó escapar una carcajada y se alejó rápidamente por el paseo circular
hasta encontrar un lavabo, por si la guardia de seguridad había decidido seguir
observándole. Se lavó la cara y las manos, escuchó cómo una borracha canturreaba
una melodía irreconocible en la sala de ecos, salió por otra puerta distinta a la que
había usado para entrar y fue a otra terraza donde compró algo de comer y se tomó un
refresco. Después sobornó al guardia de otra terraza. Esta era todavía más cara que
aquella en la que había estado antes, pues se encontraba junto a la ocupada por las
concubinas de Wilgre. Una pared de un reluciente material negro había sido erigida
en la parte trasera y los flancos de su terraza para protegerlas de las miradas
indiscretas más cercanas, pero aun así el olor de sus cuerpos podía captarse en toda la
terraza a la que acababa de acceder. El genotipo de las hembras del harén había sido
manipulado con el fin de que resultaran asombrosamente atractivas para una amplia
gama de varones humanoides, y también poseían feromonas cargadas de afrodisíacos.
Antes de que Horza pudiera comprender lo que ocurría ya estaba teniendo una
erección, y su cuerpo había vuelto a cubrirse de sudor. La mayoría de hombres y
mujeres que le rodeaban se hallaban en un obvio estado de excitación sexual, y los
que no seguían el juego en una especie de doble drogadicción exótica estaban muy
ocupados con los preliminares del acto amoroso o practicando el coito. Horza volvió
a activar sus glándulas inmunológicas y caminó con paso envarado hasta llegar a la
parte delantera de la terraza. Dos varones y tres hembras acababan de dejar libres
cinco divanes y estaban rodando por el suelo detrás de la valla. Sus ropas yacían
esparcidas sobre el suelo de la terraza. Horza se sentó en uno de los divanes que
habían dejado libres. Una cabeza femenina perlada de sudor emergió del amasijo de
cuerpos convulsos el tiempo suficiente para mirar a Horza.
—Adelante, adelante, como si fuera tu diván —jadeó—, y si tienes ganas de…
Puso los ojos en blanco y lanzó un gemido. La cabeza volvió a desaparecer entre
la masa de cuerpos.
Horza meneó la cabeza, soltó una maldición y se abrió paso hacia la salida. Su
intento de recuperar el dinero que había gastado en el soborno para entrar fue
recibido con una risita y una mirada de compasión.
Horza acabó sentándose en un taburete delante de una combinación de garito de
apuestas y bar. Pidió un cuenco de drogas e hizo una pequeña apuesta con Kraiklyn
como ganador de la siguiente mano mientras su cuerpo iba liberándose gradualmente
de los efectos provocados por las glándulas sudoríparas manipuladas de las
concubinas. La velocidad de su pulso fue bajando y su respiración entrecortada se
normalizó; las gotas de sudor dejaron de rodar por su frente. Tomó sorbos del cuenco
de drogas e inhaló los vapores mientras observaba cómo Kraiklyn perdía primero una
mano y luego otra, aunque en la primera abandonó lo bastante pronto para no perder

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una vida. Aun así, ahora solo le quedaba una vida. Si no disponía de nadie sentado a
su espalda, un jugador de daño podía apostar su propia vida, pero era algo bastante
raro, y en aquellas partidas donde los mejores se enfrentaban a los aspirantes —como
ocurría en esta—, los ishlorsinami tenían tendencia a prohibirlo.
El capitán de la Turbulencia en cielo despejado no quería correr riesgos. Se retiró
de cada mano antes de que pudiera perder una vida.
Estaba claro que esperaba una mano casi imposible de superar, y que no haría la
que bien podía ser su última apuesta en el juego hasta que el azar no se la hubiera
proporcionado. Horza comió. Horza bebió. Horza aspiró vapores de drogas. A veces
intentaba distinguir la terraza donde había estado al principio y a la mujer de aspecto
aburrido, pero las luces se lo impedían. De vez en cuando alzaba los ojos hacia los
animales que luchaban en los trapecios. Estaban bastante cansados, y habían sufrido
un considerable número de heridas. La elaborada coreografía de sus primeros
movimientos había desaparecido, y ahora ya solo eran capaces de aferrarse a su
trapecio con una pata mientras usaban la otra para atacar cada vez que el azar les
hacía acercarse lo bastante a un adversario. Gotas de sangre blanca caían de lo alto
como copos de nieve dispersa y se posaban sobre el campo de fuerza invisible que
había veinte metros más abajo.
Las vidas fueron muriendo gradualmente. La partida seguía. El tiempo pasaba
lentamente o se movía a la velocidad del rayo, dependiendo de dónde estuvieras. El
precio de las bebidas, las drogas y la comida iba subiendo lentamente a medida que
se aproximaba el momento de la destrucción. Las luces de las lanzaderas que
abandonaban Vavatch creaban breves estallidos de llamas visibles a través de la aún
transparente cúpula de la vieja arena. Dos apostadores empezaron a pelear delante del
bar. Horza se puso en pie y se alejó antes de que los guardias de seguridad se
presentaran para separarlos.
Contó su dinero. Le quedaban dos décimos de crédito aoish y un poco de dinero
acreditado a las tarjetas negociables, que iban volviéndose cada vez más difíciles de
utilizar a medida que los ordenadores de la red financiera del orbital capaces de
aceptarlas iban dejando de funcionar.
Se apoyó en la barra del bar de una pasarela circular y observó el progreso de la
partida en la mesa de abajo. Wilgre iba ganando; el Suut le seguía de cerca. Los dos
habían perdido el mismo número de vidas, pero el gigante azul tenía más dinero. Dos
de los aspirantes habían abandonado la partida, uno después de haber intentado
persuadir al ishlorsinami que actuaba como árbitro de que podía permitirse el lujo de
jugar apostando su propia vida y no haber conseguido convencerle.
Kraiklyn seguía aguantando; pero el primer plano de su cara que Horza captó
fugazmente en la pantalla de un bar de drogas ante el que pasó le dijo que el hombre
estaba teniendo serias dificultades para resistir.
Horza jugueteó con uno de los décimos de crédito aoish. Deseaba que la partida
llegara a su fin o, por lo menos, que Kraiklyn abandonara. La moneda se le pegó a la

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mano y Horza bajó los ojos hacia ella. Era como contemplar la entrada de un tubo
infinito de un diámetro minúsculo con una lucecita brillando en el fondo. Si la
colocabas ante uno de tus ojos y cerrabas el otro podías sufrir un ataque de vértigo.
Los aoish eran una especie de banqueros natos, y los créditos eran su máximo
invento. La galaxia no contaba con ningún otro medio de intercambio universalmente
aceptado, y cada crédito daba derecho a quien lo poseyera a convertir una moneda en
un peso dado de cualquier elemento estable, un área en un orbital libre o un
ordenador de una capacidad y velocidad previamente determinadas. Los aoish
garantizaban la conversión y que, se supiera, siempre habían sido fieles a su palabra,
y aunque el índice de intercambio podía sufrir variaciones más considerables de las
oficialmente permitidas —como había ocurrido durante la guerra entre Idir y la
Cultura—, en conjunto podía afirmarse que el valor real y teórico de la moneda
siempre era lo bastante predecible para que resultara un medio de protección muy
sólido contra tiempos inciertos, y no el mero sueño de un especulador. Los rumores
—como ocurre siempre, estaban tan alejados de la realidad visible que resultaban
sospechosamente dignos de credibilidad— afirmaban que en toda la galaxia no había
ningún grupo que poseyera más cantidad de monedas que la Cultura, la sociedad más
militantemente antidinero de todo el escenario civilizado. Pero Horza no creía en esos
rumores. De hecho, pensaba que eran justamente el tipo de rumores sobre sí misma
que la Cultura disfrutaría propalando.
Vio que Kraiklyn extendía el brazo hacia el centro de la mesa y arrojaba algunas
monedas sobre el ya considerable montón acumulado.
Horza se guardó el dinero en un bolsillo interior de su blusa. El cambiante fue
hacia el bar-puesto de cambios más cercano observando con mucha atención todo lo
que le rodeaba, recibió ocho centésimos a cambio de un décimo (la comisión
resultaba exorbitante incluso para lo que solía ser habitual en Vavatch) y utilizó parte
del cambio como soborno para entrar en una terraza donde había algunos divanes
vacíos. Una vez allí sintonizó los pensamientos de Kraiklyn.
«¿Quién eres?». La pregunta surgió de la nada y se adentró en las profundidades
de su ser.

La sensación participaba del vértigo y del mareo más terrible. Era un equivalente
considerablemente aumentado de la desorientación que pueden sufrir los ojos cuando
se concentran en un dibujo sencillo y muy regular, y el cerebro acaba no sabiendo
calcular la distancia que le separa de ese dibujo. El foco falso parece tirar de los ojos,
los músculos luchan contra los nervios y la realidad se debate contra lo que se da por
seguro. No era que la cabeza le estuviese dando vueltas. Tenía la impresión de estarse
hundiendo, como si manoteara en el vacío.
«¿Quién eres? (¿Quién soy?). ¿Quién eres?».

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Golpe, golpe, golpe; el sonido de barrotes cayendo para encerrarle, el sonido de
puertas cerrándose; ataque y encarcelamiento, explosión y derrumbe al mismo
tiempo.
No era más que un pequeño accidente. Un ligero error. Una de esas cosas que
pasan. Una partida de daño y un impresionista de alta tecnología…, qué combinación
tan infortunada. Dos productos químicos inofensivos por separado que al
mezclarse… Retroalimentación, un aullido que se parecía al dolor y algo que se
rompía…
Una mente entre espejos. Estaba ahogándose en su propio reflejo (algo que se
rompía), cayendo a través de él. Una parte de su ser que estaba desvaneciéndose —
¿la parte que no dormía? ¿Sí? ¿No?— gritó desde las oscuras profundidades del pozo
en el que estaba cayendo: «Cambiante…, cambiante…, cambiante… (eee)…».

El sonido fue disminuyendo hasta convertirse en un susurro, y el susurro se


desvaneció para convertirse en el gemido del aire estancado moviéndose por entre los
árboles muertos de un desolado solsticio de medianoche, el alma del invierno en
algún lugar tranquilo y de pétrea dureza.
Sabía…
(«Vuelve a empezar…»).
Alguien sabía que en algún lugar había un hombre sentado en un sillón en un
inmenso auditorio en una ciudad en… un lugar muy grande, un lugar muy grande
amenazado por algún peligro; y el hombre estaba jugando…, estaba jugando a un
juego (un juego que mataba). El hombre seguía allí, vivo y respirando… Pero sus
ojos no veían y sus oídos no captaban ningún sonido. Ahora solo conservaba un
sentido, el que se encontraba dentro de él, aprisionado…, ahí, en las profundidades de
su ser.
Un murmullo: «¿Quién soy?».
Se había producido un pequeño accidente («la vida es una sucesión de accidentes;
la evolución depende de los errores y los tropiezos; todo el progreso es una mera
función de que las cosas vayan mal…»).
Él («y olvida quién es este “él”, limítate a aceptar el término carente de nombre
mientras esta ecuación se resuelve a sí misma…»), él es el hombre sentado en el
sillón en el gran auditorio, el que ha caído en alguna sima dentro de sí mismo, en
algún lugar de su ser…, otro. Un doble, una copia, alguien que finge ser él.
Pero en esta teoría hay algo que no encaja…
(«Vuelve a empezar…»).
«Haz acopio de fuerzas».
«Necesito pistas, puntos de referencia, algo a lo que agarrarme».
El recuerdo de una célula dividiéndose vista fotograma por fotograma, el
mismísimo comienzo de la vida independiente que, aun así, sigue siendo dependiente.

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«Retén esa imagen».
«Palabras (nombres); necesito palabras».
«Todavía no, pero… algo está a punto de moverse y dar la vuelta; un lugar…».
«¿Qué estoy buscando?».
Mente.
«¿La mente de quién?».
(Silencio).
«¿La mente de quién?».
(Silencio).
«¿La mente de quién?…».
(Silencio).
(«… Vuelve a empezar…»).
«Escucha. Todo esto es cosa del shock. Te han dado, y con mucha fuerza. Esto no
es más que alguna forma de shock, y te recuperarás».
«Eres el hombre que está jugando al juego (como todos)… Aun así, algo anda
mal, hay algo que falta y, al mismo tiempo, hay algo que no estaba antes. Piensa en
esos errores vitales; piensa en esa célula que se divide, la misma y distinta a la vez, el
lugar que está vuelto del revés, el grupo de células que se vuelve del revés a sí
mismo, el que parece un cerebro partido en dos (sin dormir, moviéndose). Escucha
con atención a quien intenta hablar contigo…».
(Silencio).
(Y esto llega desde ese abismo de noche, desnudo en la tierra baldía, el gemir del
viento helado su única protección y atuendo, solo en la oscuridad bajo un gélido cielo
de obsidiana):
«¿Quién ha intentado hablar conmigo? Nadie lo ha intentado, nunca. ¿Cuándo
escuché? ¿Cuándo fui nada salvo yo mismo, cuándo me preocupé por alguien que no
fuera yo mismo?».
«El individuo es el fruto del error; por lo tanto solo el proceso tiene validez…
Bien, ¿quién va a hablar en su nombre?».
El viento aúlla, y su gemir carente de significado se lleva consigo el calor y acaba
con toda la esperanza, distribuyendo el calor de su cuerpo agotado por los negros
cielos, disolviendo la llama salada de su existencia, helándole hasta el núcleo,
erosionando y frenando. Vuelve a sentir que está cayendo, y sabe que esta vez el
abismo es aún más profundo y que solo terminará allí donde el silencio y el frío son
absolutos, allí donde nunca se oye gritar ninguna voz, ni tan siquiera esta…
(Una voz que es como el aullido del viento): «¿Hubo alguien a quien le importara
lo suficiente para hablar conmigo?».
(Silencio).
«¿Hubo alguien…?».
(Silencio).
«¿Hubo…?».

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(Un murmullo): «Escucha: “Los Jinmoti de…”».
«… Bozlen Dos».
Dos. Alguien había hablado en una ocasión. Era el cambiante, era el error, la
copia imperfecta.
Estaba jugando un juego distinto al del otro (pero seguía teniendo la intención de
acabar con una vida). Estaba observando, sintiendo lo que sentía el otro, pero
sintiendo más cosas que él.
Horza. Kraiklyn.
Ahora lo sabía. El juego era… el daño. El lugar era… un mundo donde una cinta
de la idea original había sido vuelta del revés… Un orbital: Vavatch. La Mente en el
Mundo de Schar. Xoralundra. Balveda.
¡La (encontró su odio y lo clavó en la pared del abismo, como si fuera un garfio
del que colgar una cuerda) Cultura!
Una brecha en la pared celular; las aguas abriéndose paso; la luz liberándose, la
iluminación… que llevaba al renacimiento.
Peso, frío y claridad, una luz brillante…
«Mierda. Bastardos… Lo he perdido todo gracias a un Abismo de Auto-Duda…».
Una ola de furia impotente recorrió todo su ser y algo murió.

Horza se arrancó la frágil conexión del monitor de la cabeza. Se quedó inmóvil en el


diván con el cuerpo tembloroso, los ojos irritados y llenos de legañas, contemplando
las luces del auditorio y los dos animales medio muertos que seguían luchando el uno
con el otro suspendidos de los trapecios. Se obligó a cerrar los ojos, y volvió a
abrirlos para escapar de la oscuridad.
El Abismo de la Auto-Duda. Kraiklyn había sido atacado por cartas que hacían
dudar de su propia identidad al jugador que era objeto de la ofensiva. A juzgar por el
tenor de los pensamientos de Kraiklyn antes de que se arrancara la conexión, el
cambiante tuvo la impresión de que Kraiklyn no se había dejado dominar por el
terror, sino de que había sufrido una mera desorientación momentánea. El ataque le
había distraído lo suficiente para perder la mano, y eso era todo lo que sus oponentes
pretendían. Kraiklyn había quedado eliminado de la partida.
El efecto sobre él, que intentaba ser Kraiklyn pero sabía que no lo era, había sido
bastante más severo. No había ningún misterio. Horza estaba seguro de que cualquier
cambiante habría tenido el mismo problema que él…
Los temblores empezaron a desvanecerse. Se sentó y puso los pies en el suelo.
Tenía que marcharse. Kraiklyn no tardaría en marcharse, y no le quedaba más
remedio que seguirle.
«Cálmate, maldita sea».
Bajó los ojos hacia la mesa. La mujer sin pechos había ganado.

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Kraiklyn le lanzó una mirada feroz mientras la mujer recogía sus ganancias y los
ishlorsinami le libraban del arnés de sujeción. Kraiklyn abandonó la arena y pasó
junto al cuerpo fláccido y todavía caliente de su última vida justo cuando la liberaban
de sus ataduras.
Pateó el cadáver y la multitud le abucheó.
Horza se puso en pie, giró sobre sí mismo y tropezó con un cuerpo muy duro que
resistió el impacto sin retroceder ni un milímetro.
—¿Puedo ver ese pase ahora, señor? —preguntó la guardia de seguridad a la que
había mentido antes.
Horza sonrió con nerviosismo. Era consciente de que aún temblaba un poco; tenía
los ojos enrojecidos y su rostro estaba cubierto de sudor.
La guardia de seguridad le contemplaba fijamente con el rostro inexpresivo.
Algunas de las personas que llenaban la terraza les estaban observando.
—Yo… Lo siento —dijo el cambiante hablando muy despacio mientras se
palmeaba los bolsillos con manos temblorosas.
La guardia de seguridad alargó el brazo y le cogió por el codo izquierdo.
—Quizá sería mejor que…
—Oiga —dijo Horza inclinándose hacia ella—, yo… No tengo pase.
¿Se conformaría con un soborno?
Empezó a meter la mano dentro de la blusa para coger sus créditos.
La guardia de seguridad le golpeó con la rodilla y le retorció el brazo izquierdo
por detrás de la espalda. Hizo todo aquello de la forma más experta concebible, y
Horza tuvo que dar un salto hacia atrás para que el rodillazo no fuera demasiado
doloroso. Permitió que su hombro izquierdo se desconectara y empezó a doblarse
sobre sí mismo, pero no antes de que su mano izquierda hubiera arañado ligeramente
el rostro de la mujer (y mientras se dejaba caer comprendió que eso había sido una
reacción instintiva y no algo razonado. No estaba muy seguro del porqué, pero le
pareció bastante divertido).
La guardia de seguridad le cogió por el otro brazo y le inmovilizó las dos manos a
la espalda usando su guante de sujeción para dejarlas atrapadas en esa postura. Alzó
la otra mano y se limpió la sangre del rostro. Horza había quedado de rodillas sobre la
superficie de la terraza, y estaba gimiendo como gemiría casi todo el mundo si tuviera
un brazo roto o dislocado.
—Tranquilos, no pasa nada. No es más que un pequeño problema con un pase…
Por favor, sigan divirtiéndose —dijo la guardia de seguridad.
Alzó el brazo y el guante de sujeción tiró de Horza obligándole a incorporarse.
Horza lanzó un chillido de dolor fingido y fue empujado por los peldaños que
llevaban al paseo con la cabeza gacha. —Siete tres, siete tres; varón código verde por
paseo siete en el sentido de la rotación— dijo la mujer por el micrófono de su solapa.
Horza sintió cómo su captora empezaba a debilitarse apenas llegaron al paseo.
Aún no podía ver a ningún otro guardia. Los pasos de la mujer que iba detrás de él se

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fueron haciendo más lentos y vacilantes.
La oyó jadear, y un par de borrachos apoyados en el mostrador de un autobar les
lanzaron una mirada de perplejidad. Otro cliente giró sobre su taburete para
observarles.
—Siete… tr… —balbuceó la guardia de seguridad.
Se le doblaron las rodillas. Horza se vio arrastrado con ella. Los músculos del
cuerpo de la mujer estaban relajándose, pero el guante de sujeción seguía tan rígido
como antes. Horza volvió a conectar las sensaciones de su hombro, ejerció presión y
se contorsionó. Los filamentos del campo contenido en el guante acabaron cediendo,
dejándole con el comienzo de unos moretones lívidos en sus muñecas. La guardia de
seguridad yacía de espaldas sobre el suelo del paseo con los ojos cerrados y respiraba
con dificultad. Horza pensó que debía de haberla arañado con una uña de veneno no
letal; pero no podía quedarse el tiempo suficiente para averiguarlo. Estaba seguro de
que no tardarían en venir más guardias, y no podía permitir que Kraiklyn le cogiera
demasiada delantera. Tanto si volvía a la nave —era lo que suponía que iba a hacer—
como si se quedaba para seguir observando la partida, Horza quería estar cerca de él.
El capuchón se le había caído cuando la mujer le arrastró al suelo.
Se tapó la cabeza, alzó el cuerpo de la guardia de seguridad y la llevó hasta el
autobar donde estaban los dos borrachos. La instaló en uno de los taburetes, le cruzó
los brazos por delante del cuerpo colocándolos sobre el mostrador y dejó que su
cabeza bajara hasta quedar apoyada en ellos.
El borracho que había estado observando lo ocurrido le sonrió.
Horza intentó devolverle la sonrisa.
—Bueno, cuide de ella —dijo.
Vio la capa que había junto al taburete del otro borracho, se volvió hacia su
propietario con una sonrisa en los labios y la cogió. El borracho estaba demasiado
ocupado pidiendo otra bebida y no se dio cuenta de nada. Horza colocó la capa sobre
los hombros de la mujer ocultando su uniforme.
—Para que no coja frío —le dijo al primer borracho, quien asintió con la cabeza.
Horza se alejó sin hacer ruido. El segundo borracho, que no se había fijado en la
mujer hasta entonces, cogió su bebida del panel que se había abierto ante él, vio a la
mujer cubierta con la capa apoyada en el mostrador y le dio un codazo.
—Eh, parece que te gusta mi capa, ¿verdad? —le dijo—. ¿Quieres que te invite a
tomar algo?
Antes de abandonar el auditorio, Horza miró hacia arriba. Los animales de
combate ya no volverían a luchar. Una de las bestias flotaba en un gran charco de
sangre lechosa bajo el aro reluciente que era el extremo más distante —y, por ahora,
diurno— de Vavatch. Los cuatro miembros de su inmenso cuerpo formaban una X
suspendida sobre la mesa de juego. El vello oscuro y la gran cabeza estaban
manchados de sangre y cubiertos de heridas. La otra criatura colgaba de su trapecio
balanceándose lentamente. Su cuerpo goteaba sangre blanca y giraba sobre sí mismo

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suspendido de una zarpa envarada por la rigidez cadavérica. Estaba tan muerto como
su adversario.
Horza se devanó los sesos, pero no logró recordar los nombres de aquellas
extrañas bestias. Meneó la cabeza y se alejó lo más deprisa posible.

Encontró la zona de jugadores. Un ishlorsinami estaba inmóvil ante los dos paneles
de una puerta en el comienzo de un pasillo situado muy por debajo de la superficie de
la arena. Una pequeña multitud de personas y máquinas esperaba de pie o sentada a
su alrededor. Algunas estaban haciéndole preguntas al silencioso ishlorsinami; la
mayoría hablaban entre ellos. Horza tragó una honda bocanada de aire y se abrió paso
a codazos por entre el gentío agitando sus ahora inservibles tarjetas de crédito
negociables.
—Seguridad, venga, apártense, déjenme pasar —iba diciendo—. ¡Seguridad!
La gente protestaba, pero se apartaba ante él. Horza se plantó delante del
ishlorsinami. Unos ojos que parecían hechos de acero le contemplaron desde un
rostro de rasgos muy delgado y expresión impasible.
—Tú —dijo Horza chasqueando los dedos—. ¿Adónde ha ido ese jugador? El
que viste un traje de una pieza color claro y los cabellos castaños.
El humanoide vaciló.
—Venga, venga —dijo Horza—. He estado persiguiendo a ese tramposo por
media galaxia, y no quiero perderle ahora que estoy tan cerca de él.
El ishlorsinami señaló con la cabeza hacia el pasillo que llevaba a la entrada
principal de la arena.
—Acaba de marcharse.
La voz del humanoide hacía pensar en dos trozos de cristal frotándose el uno con
el otro. Horza torció el gesto, pero asintió rápidamente, volvió a abrirse paso entre la
multitud y echó a correr por el pasillo.
En el vestíbulo del complejo de la arena, había una multitud todavía mayor.
Guardias, robots de seguridad provistos de ruedas, guardaespaldas privados,
conductores, pilotos de lanzadera, policías de la ciudad; gente con cara de
desesperación que agitaba tarjetas negociables; gente haciendo listas de las personas
que estaban comprando espacio en alguna de las lanzaderas-autobús o
aerodeslizadores que no tardarían en partir hacia la zona del puerto; gente que se
limitaba a rondar por allí para ver lo que iba a ocurrir o tenía la esperanza de ver
aparecer el taxi que habían solicitado; gente que vagaba de un lado para otro con
expresiones de aturdimiento en sus rostros; otros que sonreían y se pavoneaban
sosteniendo bolsas o maletines pegados a sus cuerpos, y que solían ir acompañados
por algún guardia particular al que acababan de contratar… Todos iban y venían por
aquel inmenso espacio atestado de cuerpos y ruidos que llevaba del auditorio

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propiamente dicho a la plaza y al aire libre bajo las estrellas y la línea iluminada del
extremo más alejado de Vavatch.
Horza tiró de su capuchón y se abrió paso a través de una barricada de guardias.
Los guardias parecían obsesionados con no dejar entrar a nadie incluso en esta etapa
final del juego y la cuenta atrás de la destrucción. Horza quería salir, y no le pusieron
ningún obstáculo. El cambiante contempló la masa remolineante de cabezas, capas,
cascos, tocados y adornos mientras se preguntaba cómo se las arreglaría para alcanzar
a Kraiklyn entre semejante confusión. Hasta verle parecía imposible.
Una cuña de cuadrúpedos uniformados pasó junto a él con algún alto dignatario
tumbado sobre una litera en el centro. Horza aún no había logrado recobrar el
equilibrio cuando un neumático se deslizó sobre su pie. El neumático pertenecía a un
bar móvil que iba pregonando su amplia gama de bebidas y drogas.
—¿Le gustaría tomarse algún cóctel de drogas, señor? —le preguntó la máquina.
—Vete a la mierda —respondió Horza, y se dio la vuelta para seguir a la cuña de
criaturas con cuatro patas que se dirigía hacia las puertas.
—Desde luego, señor. ¿Seco, normal o…?
Horza se abrió paso a codazos por entre la multitud siguiendo a los cuadrúpedos.
Logró alcanzarles, se pegó a su retaguardia y logró llegar hasta las puertas sin
demasiadas dificultades.
Fuera la atmósfera era sorprendentemente fría. Horza vio las nubecillas de su
aliento ante él mientras miraba rápidamente a su alrededor intentando localizar a
Kraiklyn. La multitud que había fuera de la arena parecía casi tan compacta y
numerosa como la del interior. La gente pregonaba sus mercancías, vendía entradas,
se tambaleaba o paseaba de un lado para otro, intentaba mendigar dinero de cualquier
desconocido, robaba carteras, observaba los cielos o los grandes espacios despejados
que había entre los edificios. Un desfile interminable de máquinas relucientes caía del
cielo con un rugido o emergía de los bulevares. Los aparatos se detenían unos
momentos y se alejaban a toda velocidad repletos de personas.
Horza no podía ver nada. Se fijó en un guardia gigantesco, un coloso de tres
metros con un traje espacial muy pesado que blandía una pistola enorme y miraba a
su alrededor con ojos inexpresivos. Tenía la piel muy pálida y unos mechones
pelirrojos asomaban por debajo de su casco.
—¿Estás libre? —preguntó Horza moviéndose en una especie de brazada para
atravesar un grupo de gente que estaba observando a unos insectos luchadores y
llegar hasta el gigante.
Aquel ancho rostro de rasgos toscos asintió solemnemente y el guardia se puso en
posición de firmes.
—Lo estoy —gruñó.
Tenía un vozarrón acorde con su estatura.
—Aquí tienes un centésimo —se apresuró a decir Horza, metiendo una moneda
en el guante del hombretón, donde pareció desvanecerse—. Deja que me suba a tus

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hombros. Estoy buscando a alguien.
—Muy bien —dijo el guardia después de pensárselo un segundo.
Fue doblando lentamente una rodilla extendiendo el rifle ante él para no perder el
equilibrio hasta que acabó apoyando la culata en el suelo.
Horza pasó las piernas sobre los hombros del gigante. El hombretón volvió a
erguirse sin esperar a que Horza se lo pidiera, y el cambiante se encontró bastante por
encima de las cabezas de la multitud. Volvió a taparse el rostro con el capuchón de su
blusa y sus ojos recorrieron el gentío buscando una silueta vestida con un traje de una
pieza de color claro, aunque sabía que Kraiklyn podía haberse cambiado de atuendo.
Incluso era posible que ya se hubiera marchado… Horza podía sentir cómo una
mezcla de tensión nerviosa y desesperación estaba empezando a agarrotarle el
estómago. Intentó tranquilizarse diciéndose que el haber perdido a Kraiklyn ahora no
tenía mucha importancia, que siempre podía dirigirse a la zona portuaria y llegar al
VGS donde estaba la Turbulencia en cielo despejado; pero sus entrañas se negaban a
dejarse calmar tan fácilmente. Era como si la atmósfera del juego y la excitación de
aquellas últimas horas de existencia del orbital, la ciudad y la arena hubieran alterado
su química corporal. Podía haberse concentrado en ella obligándose a relajarse, pero
ahora no podía permitirse el lujo de perder esos momentos. Tenía que buscar a
Kraiklyn.
Examinó la abigarrada colección de individuos que esperaban la llegada de las
lanzaderas en un área acordonada y después recordó uno de los pensamientos de
Kraiklyn que había captado, algo sobre haber desperdiciado un montón de dinero.
Apartó los ojos de allí y examinó el resto de la multitud.
Le vio. El capitán de la Turbulencia en cielo despejado estaba de pie en una cola
de gente que esperaba subir a los taxis y autobuses. Se encontraba a unos treinta
metros de distancia, con su traje color claro parcialmente cubierto por una capa gris,
los brazos cruzados ante el pecho y los pies bastante separados. Horza se inclinó
hacia adelante hasta que su cara casi rozó el rostro invertido del guardia.
—Gracias. Ya puedes bajarme.
—No tengo cambio —gruñó el hombretón mientras empezaba a inclinarse.
La vibración recorrió todo el cuerpo de Horza.
—No importa, quédate el resto.
Horza saltó de la espalda del guardia. El gigante se encogió de hombros y Horza
echó a correr, agachándose y haciendo fintas para esquivar a la gente, dirigiéndose
hacia el lugar donde había visto a Kraiklyn.
Echó un vistazo a la terminal que llevaba en la muñeca izquierda.
Faltaban dos horas y media para la destrucción. Horza empujó, se deslizó por los
huecos que encontraba, pidió excusas y se disculpó sin dejar de moverse por entre la
multitud, y durante el trayecto vio a muchas personas con los ojos clavados en
relojes, terminales y pantallas, oyó muchas vocecitas sintetizadas que graznaban la
hora y a muchos humanos nerviosos que la repetían.

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Allí estaba la cola. Horza pensó que parecía sorprendentemente ordenada, y unos
instantes después se dio cuenta de que estaba siendo supervisada por los mismos
guardias de seguridad que había visto dentro de la arena. Kraiklyn ya casi había
llegado al comienzo de la cola, y un autobús estaba acabando de llenarse. Varios
deslizadores y vehículos más pequeños esperaban detrás de él. Kraiklyn señaló hacia
uno de ellos mientras un guardia de seguridad con una pantalla de notas le decía algo.
Horza contempló la fila de siluetas que esperaban y supuso que debía de haber
varios centenares de personas en ella. Si se les unía perdería a Kraiklyn. Miró
rápidamente a su alrededor y se preguntó qué otra forma de seguirle podía haber.
Alguien chocó contra su espalda y Horza giró sobre sí mismo para encontrarse
con un grupo de personas que vestían ropas multicolores y hacían mucho ruido. Una
mujer enmascarada con un traje plateado muy ceñido estaba gritando e insultando a
un hombrecillo de expresión perpleja con una larga cabellera que llevaba unos
complicados aros de cordel verde oscuro por único atuendo. La mujer siguió gritando
incoherencias durante unos segundos y acabó abofeteando al hombrecillo.
Horza le vio retroceder meneando la cabeza. La gente estaba observándoles.
Horza se aseguró de que no le habían robado nada cuando sintió el choque en su
espalda y volvió a mirar a su alrededor en busca de algún medio de transporte.
Un aerodeslizador pasó ruidosamente por encima de su cabeza y dejó caer
panfletos escritos en un lenguaje que Horza no comprendía.
—Sarble… —dijo un hombre de piel transparente volviéndose hacia su
acompañante mientras los dos emergían de entre la multitud y pasaban junto a Horza.
El hombre estaba intentando ver las imágenes de una pequeña terminal mientras
caminaba. Horza captó un fugaz atisbo de algo que le sorprendió. Conectó su
terminal y sintonizó el canal adecuado.
Estaba viendo lo que parecía el mismo incidente al que había asistido en el
auditorio unas horas antes, el altercado de la terraza situada sobre la suya cuando oyó
comentar que Sarble el Ojo había sido capturado por los guardias de seguridad. Horza
frunció el ceño y acercó la pantalla de muñeca a sus ojos.
Era el mismo sitio y se trataba del mismo incidente, visto desde casi el mismo
ángulo y distancia aparente a que se encontraba cuando los había observado. Horza
contempló la pantalla torciendo el gesto e intentó imaginarse desde dónde podían
haber grabado la imagen que estaba viendo ahora. La escena llegó a su fin y fue
sustituida por varios planos de seres bastante excéntricos divirtiéndose en el auditorio
mientras la partida de daño seguía desarrollándose al fondo del plano.
«Si se pusiera en pie y diera unos cuantos pasos…», pensó Horza.
Era la mujer.
La mujer de cabellera canosa que había visto antes de pie en el último nivel de la
arena jugueteando con su tiara; la misma mujer que había estado en esa misma
terraza junto a su diván cuando se produjo el incidente que acababa de ver en la
pantalla. La mujer era Sarble el Ojo. La tiara debía de ser una cámara, y la persona de

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la terraza superior algún ayudante suyo cuya misión era despistar a los guardias de
seguridad.
Horza desconectó la terminal. Sonrió y meneó la cabeza como para desalojar
aquella pequeña e inútil revelación del centro de su atención.
Tenía que encontrar algún medio de transporte.
Empezó a caminar rápidamente por entre la multitud, abriéndose paso a través de
los grupos, filas y colas buscando un vehículo libre, una puerta abierta o los ojos del
encargado de algún servicio de taxis. Captó un fugaz vislumbre de la cola en que
estaba Kraiklyn. El capitán de la Turbulencia en cielo despejado se encontraba de pie
ante la puerta de un vehículo rojo, aparentemente discutiendo con su conductor y con
otras dos personas de la cola.
Horza notó el nacimiento de un mareo. Empezó a sudar. Sentía deseos de dar
patadas y apartar de su camino a toda la gente que se agolpaba a su alrededor. Volvió
sobre sus pasos. Tendría que correr el riesgo de sobornar a alguien para que le dejara
colocarse en los primeros puestos de la cola de Kraiklyn. Estaba a solo cinco metros
de la cola cuando Kraiklyn y las otras dos personas dejaron de discutir y se metieron
en el taxi, que se alejó a toda velocidad. Horza volvió la cabeza para seguirlo con los
ojos sintiendo un nudo en el estómago y apretando los puños, y justo entonces vio a
la mujer de la cabellera canosa.
Llevaba una capa azul con capucha, pero mientras intentaba abrirse paso por entre
el gentío apelotonado al borde de la calzada, la capucha se deslizó hacia atrás
revelando su rostro. Un hombre bastante alto le pasó el brazo por encima de los
hombros y señaló hacia la plaza. La mujer volvió a subirse la capucha.
Horza se metió la mano en el bolsillo hasta tocar su arma y fue hacia la pareja
justo cuando un aerodeslizador de color negro mate y contornos muy estilizados
emergía con un siseo de la oscuridad y se detenía ante ellos. Horza apretó el paso. La
puerta del aerodeslizador se abrió hacia arriba como si fuese un ala y la mujer que era
Sarble el Ojo se inclinó para entrar en el vehículo.
Horza alargó el brazo y su mano se posó sobre el hombro de la mujer, quien giró
en redondo volviéndose hacia él. El hombre alto dio un par de pasos hacia Horza y el
cambiante tensó la mano dentro de su bolsillo alzándola un poco para revelar el bulto
de su arma. El hombre se detuvo y miró hacia el suelo como si no supiera qué hacer.
La mujer se quedó paralizada con un pie sobre el umbral del vehículo.
—Creo que van en mi dirección —se apresuró a decir Horza—. Sé quién es. —
Movió la cabeza señalando hacia la mujer—. Sé qué es lo que lleva en la cabeza. Lo
único que quiero es que me lleven al puerto. Eso es todo. Si lo hacen no habrá jaleo.
Señaló con la cabeza a los guardias de seguridad que estaban controlando la cola.
La mujer miró al hombre alto y se volvió hacia Horza. Retrocedió lentamente.
—De acuerdo. Después de usted.
—No, usted primero.

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Horza movió la mano sin sacarla del bolsillo. La mujer sonrió, se encogió de
hombros y entró en el vehículo seguida por el hombre alto y Horza.
—¿Quién es…? —empezó a decir la conductora, una mujer calva y de expresión
más bien feroz.
—Un invitado —dijo Sarble—. Limítate a conducir.
El aerodeslizador se puso en movimiento.
—Vaya tan deprisa como quiera —dijo Horza—. Estoy buscando un vehículo de
superficie de color rojo.
Sacó el arma de su bolsillo y giró hasta quedar de cara a Sarble el Ojo y el
hombre alto. El aerodeslizador aceleró.
—Te dije que habían emitido la grabación demasiado pronto —siseó el hombre
alto.
Tenía una voz áspera y un poco estridente. Sarble se encogió de hombros. Horza
sonrió y se dedicó a contemplar el tráfico que se movía alrededor del vehículo en el
que viajaban, pero siguió vigilando a sus dos acompañantes por el rabillo del ojo.
—Mala suerte —dijo Sarble—. Cuando estaba en el auditorio no paraba de
tropezarme con este tipo.
—Entonces, ¿usted es realmente Sarble? —preguntó Horza.
La mujer no contestó y siguió con la cabeza vuelta hacia el hombre alto.
—Oiga —dijo el hombre alto volviéndose hacia Horza—, le llevaremos al puerto,
si es que ese coche rojo va allí, pero no intente nada raro, ¿de acuerdo? Si no queda
más remedio, nos resistiremos. No me da miedo morir.
El hombre alto parecía asustado e irritado al mismo tiempo; su rostro blanco
amarillento recordaba al de un niño que está a punto de echarse a llorar.
—Me ha convencido —dijo Horza sonriendo—. Y ahora, ¿por qué no intenta
localizar a ese coche rojo? Tres ruedas, cuatro puertas y tres personas en el
compartimento trasero. En cuanto le eche el ojo encima lo reconocerá.
El hombre alto se mordió el labio. Horza movió el arma unos centímetros
indicándole que mirase hacia adelante.
—¿Es ese? —preguntó la conductora calva.
Horza vio el vehículo al que se refería. Parecía el mismo en el que había subido
Kraiklyn.
—Sí. Sígalo, pero no de muy cerca.
El aerodeslizador redujo un poco la velocidad.
Entraron en la zona del puerto. Las siluetas iluminadas de las grúas y las
armazones metálicas brillaban en la lejanía. Vehículos de superficie, aerodeslizadores
e incluso lanzaderas estaban aparcados e inmóviles a ambos lados de la calzada. El
coche que seguían se encontraba justo delante de ellos, moviéndose lentamente detrás
de dos aerobuses que subían por una rampa bastante angosta. El motor de su
aerodeslizador emitió un gruñido cuando empezaron a subir por la superficie de la
rampa.

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El coche rojo abandonó la calzada principal y siguió una curva bastante larga
flanqueada por charcos de agua que emitían destellos oscuros.
—Así que es realmente Sarble, ¿eh? —dijo Horza volviéndose hacia la mujer de
la cabellera canosa, que seguía sin mirarle—. Delante del auditorio hace un rato…
¿Era usted? ¿O no? ¿Cuántas personas son Sarble?
Sus acompañantes guardaron silencio. Horza se limitó a sonreír sin apartar los
ojos de ellos y asintió levemente con la cabeza. El silencio que reinaba en el interior
del vehículo solo era roto por el rugido del viento.
El aerodeslizador abandonó la calzada y se dirigió hacia un bulevar, dejando atrás
grúas inmensas y las masas de maquinaria iluminada que se alzaban hacia el cielo
como torres colosales. Después aceleró por una carretera a cuyos lados había hileras
de almacenes sumidos en las tinieblas. Empezó a reducir la velocidad junto a un
muelle secundario.
—No se le acerque mucho —dijo Horza.
La mujer calva redujo todavía más la velocidad. El coche rojo se deslizó junto al
muelle pasando bajo las cajas cuadradas formadas por los soportes de las grúas.
El coche rojo se detuvo junto a un edificio brillantemente iluminado. Un conjunto
de luces que giraba alrededor de su base indicaba en varios idiomas que ahí estaba el
«ACCESO 54 A LA SUB-BASE».
—Estupendo. Pare —dijo Horza. El aerodeslizador se detuvo y sus faldones de
goma entraron en contacto con el suelo—. Muchas gracias.
Horza bajó del vehículo sin dar la espalda ni un solo momento al hombre alto y la
mujer de la cabellera canosa.
—No hemos intentado resistirnos. Puede considerarse muy afortunado —dijo el
hombre alto con voz irritada mientras asentía secamente con la cabeza.
Sus ojos emitían destellos iracundos.
—Ya lo sé —dijo Horza—. Adiós.
Le guiñó el ojo a la mujer de la cabellera canosa, quien se dio la vuelta y movió
un dedo hacia él en lo que Horza sospechó debía de ser un gesto obsceno. El
aerodeslizador ascendió unos centímetros, salió disparado hacia adelante, dio la
vuelta y se alejó rugiendo por el camino que habían seguido para llegar hasta allí.
Horza volvió los ojos hacia la entrada de la subplataforma. Las tres personas que
habían bajado del coche rojo estaban ante ella con sus cuerpos silueteados por las
luces del interior. Horza tuvo la impresión de que una de ellas acababa de volver la
cabeza hacia el muelle. No estaba seguro de si lo había hecho, pero el cambiante
retrocedió hacia las sombras proyectadas por la grúa que se alzaba sobre él.
Dos de las personas que esperaban ante el tubo de acceso desaparecieron en el
interior del edificio. La tercera persona —que podía ser Kraiklyn— echó a caminar
hacia uno de los extremos del muelle.
Horza se metió el arma en el bolsillo y fue hacia allí moviéndose rápidamente
bajo las sombras de otra grúa.

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Un rugido casi idéntico al producido por el aerodeslizador de Sarble cuando se
alejó —pero mucho más potente y grave— llegó a sus oídos desde el interior del
muelle.
Un inmenso vehículo que se movía sobre un colchón de aire —similar en
principio al aerodeslizador que Horza había requisado, pero mucho más grande—
emergió de la oscura extensión del océano llenando el extremo del muelle que daba a
las aguas de luces y espuma. Los torbellinos de espuma bailotearon por los aires
envueltos en la luminiscencia lechosa de las estrellas, el resplandor del lado diurno
del orbital que se curvaba sobre el muelle y las luces del vehículo. La enorme
máquina avanzó lentamente por entre las paredes del muelle acompañada por el
gemido estridente de sus motores. Detrás de ella se podía ver otro par de nubes
también iluminadas desde el interior por luces parpadeantes. El vehículo avanzó por
el muelle envuelto en un estallido de fuegos artificiales. Horza logró distinguir una
hilera de ventanas y lo que parecía gente bailando al otro lado de ellas. Bajó la vista
hacia el muelle. El hombre al que estaba siguiendo había empezado a subir los
peldaños que llevaban hasta una pasarela situada bastante por encima del suelo.
Horza corrió sin hacer ruido agachándose para pasar por debajo de los soportes de las
grúas y saltando sobre los gruesos manojos de cables. Las luces del vehículo caían
sobre la negra superestructura de las grúas; el alarido de los reactores y las hélices de
propulsión creaban ecos entre las paredes de cemento.
Un vehículo mucho más pequeño —oscuro y silencioso, salvo por el chirriar que
su desplazamiento creaba al hendir la atmósfera— pasó sobre la cabeza de Horza
como si quisiera resaltar la comparativa tosquedad de la escena que tenía ante sus
ojos. El vehículo desapareció en el cielo nocturno convirtiéndose en una manchita de
existencia muy fugaz sobre la superficie del lado diurno del orbital. Horza la observó
durante la fracción de segundo que necesitó para desaparecer, y volvió a concentrar
su atención en la silueta iluminada por los focos del inmenso vehículo que seguía
desplazándose lentamente a lo largo del muelle. El segundo aerodeslizador ya estaba
enfilando el muelle para seguirle.
Horza llegó a los peldaños que llevaban hasta la pasarela del angosto puente
colgante. El hombre que caminaba como Kraiklyn y se cubría con una capa gris ya
había recorrido la mitad del trayecto. Horza apenas si podía ver lo que había al otro
lado del muelle, pero supuso que si dejaba que su presa recorriera el resto del puente
antes de que empezara a seguirla, había bastantes probabilidades de que la perdiese
de vista. Lo más probable era que aquel hombre —Kraiklyn, si es que era él— lo
hubiese comprendido. Horza supuso que debía haberse dado cuenta de que estaba
siendo seguido. Puso un pie en el puente. La superficie metálica osciló ligeramente
bajo su cuerpo. El ruido y las luces del gigantesco aerodeslizador estaban casi
directamente debajo de él. Los olores de agua estancada del muelle saturaban la
atmósfera. El hombre no se volvió hacia Horza, aunque debía de haber sentido cómo
sus pisadas se unían a las suyas para hacer vibrar el puente.

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La silueta llegó al otro extremo del puente. Horza la perdió de vista y echó a
correr con el arma delante de él. El movimiento del vehículo que tenía debajo estaba
creando ráfagas de aire y espuma que le dejaron empapado. La música de sus
cubiertas estaba tan alta que ni el aullido de los motores lograba ahogarla. Horza
llegó al final del puente y bajó corriendo la espiral de peldaños que llevaba al muelle.
Algo surgió de la oscuridad que había bajo la espiral y se estrelló contra su rostro.
Una fracción de segundo después algo chocó con su espalda y la parte trasera de su
cráneo. Horza cayó sobre algo duro y se preguntó confusamente qué había ocurrido
mientras las luces se movían por encima de él. El aire rugía y atronaba en sus orejas,
y oía una música distante. Un potente haz luminoso cayó sobre sus ojos y una mano
echó hacia atrás el capuchón que le cubría el rostro.
Oyó un jadeo ahogado de sorpresa, el jadeo de un hombre que aparta el capuchón
de un rostro para encontrarse con su propia cara. («¿Quién eres?»). Si se trataba de
eso, los efectos de la sorpresa harían que el hombre fuese vulnerable durante unos
pocos segundos («¿Quién soy?»)… Horza aún conservaba las energías suficientes
para lanzar una patada y acompañarla con un movimiento hacia arriba de los brazos.
Sus dedos encontraron una tela, y su pantorrilla entró en contacto con una ingle.
El hombre intentó saltar sobre Horza dirigiéndose hacia el muelle. Un instante
después Horza sintió cómo unas manos le cogían por los hombros, y cuando el
hombre al que había logrado agarrar cayó al suelo, el cuerpo de Horza giró por los
aires.
Ya no estaba en el muelle. El hombre había caído justo en el borde y había
resbalado arrastrando consigo a Horza. Estaban cayendo al agua.
Horza fue consciente de una sucesión de luces y sombras, de que seguía teniendo
agarrado al hombre por el traje o la capa y de que había una mano encima de su
hombro. Siguieron cayendo. ¿Qué distancia les separaba del agua? El ruido del
viento. Atento al sonido de…
Fue un impacto doble. Chocó con el agua, y después llegó una colisión de líquido
y cuerpo estrellándose contra algo más duro. Hacía mucho frío, y le dolía el cuello.
Estaba debatiéndose locamente, no muy seguro de dónde estaba el arriba y dónde el
abajo. Los golpes en la cabeza le habían dejado bastante aturdido. Algo tiró de él.
Horza lanzó un puñetazo y su mano chocó con algo blando. Logró erguirse y se
encontró de pie en un metro escaso de agua. Avanzó con paso tambaleante.
Aquello era un auténtico manicomio: luces, sonidos y espuma por todas partes, y
alguien que seguía agarrado a él y no parecía dispuesto a soltarle.
Horza volvió a manotear. Las nubes de espuma se disiparon durante un instante y
vio la pared del muelle dos metros a su derecha y, justo delante de él, la popa de
aquel inmenso vehículo que iba alejándose lentamente a cinco o seis metros de
distancia. Una potente ráfaga de aire que olía a aceite le hizo caer nuevamente al
agua, ahora de espaldas. La nube de espuma se cerró sobre él. La mano le soltó y
Horza volvió a encontrarse cayendo a través de las aguas.

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Horza logró incorporarse con el tiempo justo de ver cómo su adversario se abría
paso por entre la nube de espuma siguiendo el lento avance del aerodeslizador muelle
arriba. Intentó correr, pero el agua era demasiado profunda. Tenía que mover las
piernas hacia adelante a cámara lenta en la versión pesadillesca de una carrera,
colocando el torso en ángulo de tal forma que su peso le ayudase a avanzar. Horza
siguió al hombre de la capa gris retorciendo exageradamente el cuerpo de un lado
para otro, usando sus manos como si fueran remos en un intento de moverse más
deprisa. La cabeza le daba vueltas. Sentía un dolor terrible en la espalda, el cuello y la
cara, y veía borroso, pero al menos no había abandonado la persecución. El hombre
que corría ante él parecía mucho más deseoso de escapar que de plantarle cara y
pelear.
Los gases liberados por los motores del aerodeslizador aún en movimiento
crearon otro agujero en la nube de espuma y revelaron la cubierta que asomaba sobre
el muro bulboso de los faldones de la máquina. La cubierta quedaba a unos tres
metros de la superficie del agua y sobresalía por encima de ella. El chorro caliente de
humo y vapores asfixiantes cayó primero sobre el hombre que huía y luego sobre
Horza, empujándoles hacia atrás. La profundidad del agua estaba disminuyendo.
Horza descubrió que podía sacar las piernas del agua lo suficiente para avanzar
bastante más deprisa. El ruido y la espuma volvieron a envolverles, y Horza perdió de
vista al hombre que perseguía durante un momento. Después el panorama que tenía
delante volvió a hacerse visible y pudo contemplar cómo aquel inmenso vehículo se
movía sobre su colchón de aire hasta llegar a una zona de cemento seco. Las paredes
del muelle se extendían hasta una altura considerable a cada lado, pero el agua y las
nubes de espuma ya casi habían desaparecido. El hombre al que perseguía subió
tambaleándose por el corto tramo de rampa que nacía en el agua —ahora solo les
llegaba hasta los tobillos— y terminaba en el cemento. Tropezó y estuvo a punto de
caer, pero logró recobrar el equilibrio y dio comienzo a una vacilante carrera en pos
del aerodeslizador que iba acelerando sobre la zona de cemento dirigiéndose hacia el
cañón central del muelle.
Horza logró salir del agua con un último chapoteo y corrió detrás del hombre
siguiendo el aletear de la empapada capa gris.
El hombre tropezó, cayó y rodó sobre sí mismo. Horza saltó sobre él cuando
empezaba a levantarse y los dos cayeron al suelo. Lanzó un puñetazo a su rostro
ensombrecido por las luces que tenía a la espalda, pero falló. El hombre le pateó y
trató de levantarse. Horza se arrojó sobre sus piernas y volvió a derribarle. La capa
mojada aleteó sobre su cabeza. Horza logró ponerse a cuatro patas y le dio la vuelta
hasta poder verle la cara. Era Kraiklyn. Echó el brazo hacia atrás para golpearle. El
pálido rostro afeitado que tenía debajo estaba contorsionado por el terror y oscurecido
por las sombras de unas luces que se movían a espaldas de Horza, allí donde se oía
otro rugido colosal… Kraiklyn gritó.

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No estaba mirando al hombre que tenía su mismo rostro, sino detrás y por encima
de él. Horza giró en redondo.
Una masa negra envuelta en chorros de espuma venía rápidamente hacia él con
muchas luces ardiendo sobre ella. Oyó el aullido de una sirena y un instante después
aquel inmenso bulto negro estaba sobre él, golpeándole y aplastándole contra el
suelo, martirizando sus tímpanos con ruido y presión, más fuerte, más fuerte, más
fuerte… Horza oyó una especie de gorgoteo. La presión intentaba hacer que su
cuerpo se confundiera con el pecho de Kraiklyn. Los dos estaban siendo presionados
contra el cemento como si se hallaran bajo el peso de un pulgar gigantesco.
Era otro aerodeslizador, el segundo de la fila que había visto antes.
El peso desapareció de repente y su desaparición fue acompañada por una
llamarada de dolor que le recorrió desde los pies hasta la cabeza, como si un coloso
estuviera intentando apartarle del suelo con un inmenso cepillo. Las sensaciones de
hacía unos instantes fueron sustituidas por la oscuridad más absoluta, un ruido capaz
de reventar cráneos y las violentas turbulencias de la presión del aire.
Estaban bajo los faldones del vehículo. Se encontraba justo encima de ellos,
moviéndose lentamente hacia adelante o quizá —estaba demasiado oscuro para ver—
inmóvil sobre la explanada de cemento. Quizá se disponía a dejarse caer sobre esta
aplastándoles…
Un golpe hizo vibrar la oreja de Horza como si formara parte del torbellino de
dolor que le atormentaba. El impacto hizo que su cuerpo saliera despedido hacia otro
punto de la oscuridad. Rodó por la áspera superficie de cemento, giró sobre un codo
tan pronto como le fue posible y se apoyó en una pierna mientras extendía la otra
hacia la dirección de la que había venido el golpe. Sintió cómo su pie chocaba contra
algo que cedió.
Se puso en pie, y se agachó apenas recordó que las hélices de los propulsores
debían estar girando en algún lugar sobre su cabeza. Los remolinos y vórtices de aire
cálido saturado de aceite le hacían oscilar como si fuera un bote minúsculo perdido
en un mar agitado por la tormenta. Tenía la sensación de ser un títere controlado por
un borracho.
Avanzó tambaleándose con los brazos extendidos y golpeó a Kraiklyn.
Sintió que volvían a caer y le soltó, golpeando con todas sus fuerzas allí donde
supuso que debía de estar la cabeza de Kraiklyn. Su puño se estrelló contra un hueso,
pero no sabía dónde. Retrocedió un par de pasos para evitar el posible puñetazo o
patada de represalia. Sus tímpanos estaban a punto de estallar; sentía una terrible
opresión en la cabeza. Podía notar cómo le vibraban los ojos en las cuencas. Tenía la
impresión de que se había quedado sordo, pero podía sentir un lento palpitar en su
pecho y su garganta. Aquellas pulsaciones rítmicas estaban dejándole sin aliento y le
obligaban a jadear y toser. Logró distinguir una débil cinta de luminosidad que les
rodeaba por todas partes, como si estuvieran en pleno centro del aerodeslizador. Vio

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una zona de oscuridad pegada a esa frontera de luz y saltó hacia ella moviendo el pie
de abajo arriba. Su pie volvió a chocar con algo blando, y la zona oscura desapareció.
Una ráfaga de aire terriblemente fuerte le hizo perder el equilibrio.
Horza cayó sobre el cemento y chocó con Kraiklyn. Su última patada había
logrado derribarle. Horza recibió otro puñetazo en la cabeza, pero el golpe era muy
débil y apenas si le dolió. Buscó a tientas la cabeza de Kraiklyn y logró encontrarla.
La cogió entre sus manos, la golpeó contra el cemento y repitió la acción. Kraiklyn
intentó liberarse, pero sus manos rebotaron inútilmente en el pecho y los hombros de
Horza. La zona de claridad que había más allá de la penumbra del suelo estaba
aumentando de tamaño y parecía aproximarse. Horza volvió a estrellar la cabeza de
Kraiklyn contra el cemento y pegó su cuerpo al suelo. La parte trasera del faldón pasó
sobre él. Sintió una punzada de dolor en las costillas y tuvo la sensación de que
alguien estaba pisándole el cráneo. Las sensaciones desaparecieron en una fracción
de segundo y los dos combatientes volvieron a encontrarse al aire libre.
El inmenso vehículo se estaba alejando con un rugido atronador envuelto en
hilachas de espuma. Había otro cincuenta metros más abajo, y venía hacia él.
Kraiklyn seguía inmóvil a un par de metros de distancia.
Horza se puso a cuatro patas y reptó hacia el hombre caído en el suelo. Le miró a
los ojos y vio que sus pupilas se movían.
—¡Soy Horza! ¡Horza! —gritó, pero ni tan siquiera él podía oír su voz.
Meneó la cabeza. Los rasgos de aquel rostro que no le pertenecía se
contorsionaron en una mueca de frustración —lo último que vio el auténtico Kraiklyn
antes de morir—, agarró la cabeza del hombre que yacía sobre el cemento y la hizo
girar con todas sus fuerzas en una brusca rotación rompiéndole el cuello tal y como
había roto el de Zallin.
Logró arrastrar el cadáver hasta un lado del muelle con el tiempo justo para
escapar al avance del tercer y último aerodeslizador. La masa hinchada de sus
faldones pasó a dos metros de distancia de donde estaba Horza, medio sentado y
medio tumbado, jadeando y cubierto de sudor con la espalda pegada al frío cemento
mojado del muelle. Tenía la boca abierta al máximo y el corazón le latía como si se
hubiera vuelto loco.

Desnudó a Kraiklyn, cogió la capa y el traje de una pieza de color claro que llevaba,
se quitó la blusa desgarrada y los pantalones cubiertos de sangre y se puso la ropa de
Kraiklyn. También cogió el anillo que Kraiklyn llevaba en el dedo meñique de su
mano derecha. Luego tiró de la zona de piel de sus manos donde la palma se
convertía en muñeca. Toda la capa de piel que cubría su mano derecha entre la
muñeca y la yema de los dedos se desprendió limpiamente. Frotó la fláccida y pálida
palma de la mano derecha de Kraiklyn con un trozo de tela mojada y puso la piel
sobre ella apretando con todas sus fuerzas. Separó la piel con mucha cautela y volvió

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a colocarla sobre su propia mano. Después repitió la operación usando su mano
izquierda.
Hacía frío, y el proceso pareció requerir mucho tiempo y un considerable
esfuerzo. Horza acabó yendo con paso tambaleante hacia una escalera metálica
incrustada en la pared de cemento del muelle y subió por ella izándose con manos
temblorosas y pies algo inseguros mientras los tres vehículos de colchón de aire se
detenían y dejaban bajar a sus pasajeros medio kilómetro muelle abajo.
Se quedó tumbado en el suelo durante un rato, se levantó, subió por la espiral de
peldaños que llevaba al pequeño puente colgante, lo recorrió tambaleándose hasta
llegar al otro lado y entró en el acceso circular del edificio. Las personas de
expresiones nerviosas y ropajes multicolores que acababan de abandonar los
aerodeslizadores y aún seguían con bastantes ganas de juerga se callaron bruscamente
en cuanto le vieron detenerse ante las puertas del ascensor. La cápsula les llevaría
hasta la zona del espaciopuerto, a medio kilómetro por debajo de sus pies.
Horza apenas si podía oír nada, pero podía ver sus rostros preocupados y captaba
la incomodidad que estaba provocando con su cara ensangrentada y llena de heridas y
sus ropas empapadas de agua.
La cápsula llegó por fin. Los que habían asistido a la fiesta en los
aerodeslizadores fueron entrando en ella, y Horza entró también apoyándose en la
pared a cada paso que daba. Alguien le cogió del brazo para ayudarle, y Horza movió
la cabeza dándole las gracias. Una voz dijo algo que sus oídos convirtieron en un
murmullo distante. Horza intentó sonreír y volvió a asentir con la cabeza. La cápsula
empezó a bajar.
La zona subterránea les acogió con lo que parecía una vasta extensión de
estrellas. Pasados unos momentos, Horza fue comprendiendo que era la parte superior
tachonada de luces de una nave espacial mucho más grande que cualquiera de las que
había visto antes. De hecho, jamás había oído hablar de una máquina tan inmensa.
Tenía que ser Los fines de la inventiva, la nave desmilitarizada de la Cultura. A Horza
su nombre le importaba un comino. Se conformaba con subir a bordo y llegar hasta la
Turbulencia en cielo despejado.
La cápsula del ascensor se detuvo en un tubo transparente situado sobre una zona
de recepción esférica que colgaba en el vacío a cien metros bajo la base del orbital.
La esfera era el punto de origen de pasarelas y túneles tubulares que se alejaban en
todas direcciones llevando a las estructuras de acceso y los muelles abiertos y
cerrados de la zona portuaria propiamente dicha. Los muelles abiertos eran aquellos
donde las naves se limitaban a atracar, por lo que necesitaban estar provistos de
escotillas y se encontraban vacíos. El ex Vehículo General de Sistemas de la Cultura
Los fines de la inventiva había sustituido a todos esos muelles, ya que se encontraba
directamente debajo de toda la zona portuaria y su acceso quedaba muy cerca del área
de recepción circular. La inmensa llanura formada por su techo se extendía kilómetro
tras kilómetro en todas direcciones, ocultando casi totalmente el panorama de cielo y

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estrellas que se encontraba más allá. Sus sistemas de iluminación arrancaban
destellos a la parte superior de la nave y mostraban las conexiones establecidas entre
ella y los tubos de acceso y túneles del puerto.
La mente de Horza estaba empezando a captar por fin las dimensiones colosales
de aquella nave. El cambiante sintió que la cabeza le daba vueltas. Nunca había visto
un VGS y, naturalmente, jamás había estado en el interior de uno. Conocía su
existencia y sabía para qué servían, pero hasta ahora jamás había apreciado
debidamente el logro que representaban. Este ya no formaba parte de la Cultura, al
menos teóricamente. Horza sabía que estaba desmilitarizado, que había perdido casi
todo su equipo básico y que ya no poseía la Mente o Mentes que lo habrían
controlado en circunstancias normales; pero la estructura por sí sola era más que
suficiente para impresionar a cualquiera.
Los Vehículos Generales de Sistemas eran como mundos encerrados dentro de
una cápsula metálica. Eran algo más que meras espacio-naves de gran tamaño. Eran
hábitats, universidades, fábricas, museos, astilleros, bibliotecas…, incluso centros de
exhibición móviles. Representaban a la Cultura y eran la Cultura. Casi cualquier cosa
que pudiera hacerse en algún lugar de la Cultura era factible dentro de un VGS.
Podían crear cualquier objeto que la Cultura fuese capaz de fabricar, contenían todo
el conocimiento acumulado por la Cultura a lo largo de su existencia, llevaban dentro
o podían construir equipo especializado de todos los tipos imaginables para cualquier
eventualidad concebible, y siempre estaban manufacturando naves de menor tamaño:
normalmente Unidades Generales de Contacto; ahora, naves de guerra. Sus
complementos se medían como mínimo en millones. Las tripulaciones de las naves
que fabricaban surgían de su propio incremento de población. Eran las embajadoras
de la Cultura, sus ciudadanos más visibles y sus pesos pesados tecnológicos e
intelectuales, inmensas naves-mundo autosuficientes, independientes del exterior,
productivas y, al menos en tiempos de paz, dedicadas a un continuo intercambio de
información. Si alguien quería asombrarse y quedar impresionado ante la
sorprendente escala y el inmenso poder de la Cultura, no necesitaba viajar desde los
confines más lejanos y atrasados de la galaxia hasta algún planeta distante que
formara parte de la Cultura; un VGS podía traértelo todo directamente a tu puerta.
Horza siguió a las multitudes de ropajes multicolores a través de la frenética
actividad que se desarrollaba en el área de recepción. Había unas cuantas personas
uniformadas, pero no estaban allí para impedir el paso a nadie. Horza estaba tan
aturdido que tenía la impresión de ser un pasajero dentro de su propio cuerpo. Aquel
titiritero borracho imaginario en el que había pensado antes parecía haber recobrado
la sobriedad y estaba guiándole por entre la gente hacia las puertas de otro ascensor.
El cambiante intentó aclarar un poco sus pensamientos meneando la cabeza, pero el
gesto le hizo sentir una nueva punzada de dolor. Sus tímpanos estaban recobrando
lentamente la capacidad auditiva.

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Se miró las manos, y se quitó la piel que había usado para copiar las huellas
dactilares, frotándose cada mano contra una de las solapas de su traje hasta que se
desprendió y cayó al suelo del pasillo.
Cuando salieron del segundo ascensor se encontraron dentro de la nave espacial.
La multitud se fue dispersando por anchos pasillos decorados en tonos suaves, y la
cápsula del ascensor descendió rápidamente hacia el área de recepción. Un robot de
pequeño tamaño flotó hacia él.
Tenía las dimensiones y la forma de una mochila de traje estándar, y Horza lo
contempló con cautela, no muy seguro de si era un artefacto de la Cultura o no.
—Discúlpeme —dijo la máquina—. ¿Se encuentra bien?
Su voz era grave y firme, pero parecía amistosa. Horza apenas si podía oírla.
—Me he perdido —dijo Horza hablando en un tono de voz excesivamente alto—.
Me he perdido… —repitió en voz más baja, con lo que apenas pudo oírse a sí mismo.
Era consciente de que se tambaleaba ligeramente sobre sus pies, y sentía cómo el
agua se iba deslizando hacia el interior de sus botas y goteaba por la capa empapada
para caer sobre la blanda superficie absorbente que había debajo de sus pies.
—¿Adónde quiere ir? —preguntó el robot.
—A una nave llamada… —Horza cerró los ojos sintiendo una oleada de
cansancio y desesperación. No se atrevía a dar su auténtico nombre—… La
arrogancia del mendigo.
El robot guardó silencio durante un segundo.
—Me temo que no hay ninguna nave con ese nombre a bordo —dijo por fin—.
Quizá se encuentre en la zona portuaria, y no a bordo de Los fines de la inventiva.
—Es una vieja nave de asalto fabricada en Hron —dijo Horza con voz cansada
buscando algún sitio donde sentarse. Vio algunos asientos unidos a unos metros de
distancia, junto a la pared, y fue hacia ellos. El robot le siguió. En cuanto Horza se
hubo sentado, descendió unas decenas de centímetros para seguir a la altura de sus
ojos—. Mide unos cien metros de largo —siguió diciendo el cambiante, a quien ya no
le preocupaba demasiado la posibilidad de estar delatándose—. Estaba siendo
reparada por unos armadores del puerto. Sufrió una avería en sus unidades de campo.
—Ah… Creo que sé a qué nave se refiere. Está más o menos en línea recta yendo
desde aquí. No tengo registrado su nombre, pero parece la que anda buscando.
¿Puede llegar hasta allí por sus propios medios o quiere que le lleve?
—No sé si lo conseguiré —dijo Horza, y no mentía.
—Espere un momento. —El robot siguió flotando en silencio ante sus ojos
durante unos segundos—. Bien, acompáñeme —dijo pasado ese tiempo—. Bastará
con que bajemos solo una cubierta para llegar a un tubo de acceso.
La máquina retrocedió e indicó la dirección por la que debían ir emitiendo un
débil campo luminoso. Horza se puso en pie y fue detrás de ella.
Bajaron por un pequeño pozo provisto de un ascensor antigravitatorio, y
atravesaron una gran explanada donde estaban almacenados algunos de los vehículos

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con ruedas y propulsión sobre aire utilizados en el orbital. El robot le explicó que
serían conservados para la posteridad como ejemplo de los medios de transporte con
que contaba el orbital.
Los fines de la inventiva ya tenía un megabarco a bordo. La colosal embarcación
había sido colocada en una de sus dos Bodegas Generales y se encontraba trece
kilómetros más abajo, casi tocando el fondo de la nave. Horza no estaba muy seguro
de si debía creerle o no.
Llegaron a un nuevo pasillo situado en el otro extremo del hangar y una vez allí
entraron en un cilindro de unos trece metros de diámetro y seis de longitud. La puerta
se cerró en silencio, el cilindro giró sobre sí mismo y fue absorbido por la oscura
boca de un túnel. El interior estaba iluminado con luces indirectas. El robot le explicó
que las ventanas eran opacas porque si no estabas acostumbrado a tales experiencias,
un viaje por cápsula dentro de un VGS podía ponerte algo nervioso, tanto debido a la
velocidad como a la brusquedad con que se producían los cambios de dirección. El
ojo captaba esos cambios, pero el cuerpo no. Horza se dejó caer sobre uno de los
asientos abatibles que había en el centro de la cápsula, pero solo pudo reposar durante
unos segundos.
—Ya hemos llegado. Minibodega 27492, en caso de que necesite volver. Nivel
interno S-10-derecha. Adiós.
La puerta de la cápsula se hundió en el suelo. Horza saludó al robot con un
asentimiento de cabeza y salió a un pasillo de paredes transparentes. La puerta de la
cápsula volvió a subir por sus guías y la máquina se desvaneció. Horza tuvo una
fugaz impresión de algo que pasaba parpadeando junto a él, pero todo ocurrió tan
deprisa que quizá fuese una mera ilusión y, de todas formas, aún seguía viendo algo
borroso.
Miró hacia su derecha. Las paredes transparentes le permitieron contemplar un
espacio vacío. Kilómetros y más kilómetros de vacío… Había alguna especie de
techo muy por encima de su cabeza, con apenas una sugerencia de nubes
algodonosas. Unos cuantos vehículos diminutos se movían por aquella inmensidad. A
su altura, lo bastante lejos para resultar tan confusos como enormes, había hangares,
una gran cantidad de niveles unos encima de otros. Bodegas de carga, muelles,
hangares… El nombre que se les diera no tenía ninguna importancia. Las hileras de
niveles ocupaban todo el campo visual de Horza, extendiéndose a lo largo de muchos
kilómetros cuadrados, mareándole solo con su tamaño. Su cerebro ejecutó una
especie de salto mortal. El cambiante parpadeó y se estremeció, pero los niveles
seguían allí. Los vehículos se movían, las luces se encendían y se apagaban, una capa
de nubes situada muy por debajo de él hacía que todo resultara aún más confuso y
algo pasó a toda velocidad delante del pasillo en el que se encontraba: era una nave, y
debía medir sus buenos trescientos metros de largo. La nave pasó junto al nivel en el
que estaba, se alejó y giró a la izquierda cuando ya se encontraba a una distancia
considerable de él, moviéndose elegantemente por el aire para desaparecer en otro

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enorme pasillo brillantemente iluminado que parecía cruzarse en ángulo recto con el
que Horza estaba contemplando. En la otra dirección —aquella por la que había
aparecido la nave—, se alzaba un muro aparentemente liso y totalmente desnudo.
Horza lo observó con más atención y se frotó los ojos. Vio que el muro estaba
cubierto por una pauta de luces ordenadas en forma de rejilla: miles y miles de
ventanas, focos y balcones. Naves de menor tamaño iban y venían ante él, y los
puntos de las cápsulas que se movían por los tubos de viaje subían y bajaban a toda
velocidad o lo atravesaban en diagonal.
Horza tuvo la sensación de que no aguantaría muchas más sorpresas. Miró hacia
su izquierda y vio una rampa que descendía pasando por debajo del tubo dentro del
que viajaba la cápsula. Fue hacia ella con paso tambaleante, y entró en el
acogedoramente diminuto espacio de una minibodega de carga que tan solo tenía
doscientos metros de longitud.

Horza sintió deseos de llorar. La vieja nave reposaba sobre tres soportes achaparrados
en pleno centro de la bodega con algunas piezas y repuestos esparcidos a su
alrededor. Horza no pudo ver a nadie, solo maquinaria. La Turbulencia en cielo
despejado parecía vieja y maltrecha, pero estaba intacta y entera. A juzgar por el
aspecto de la bodega, las reparaciones ya habían terminado, o quizá aún no hubieran
empezado. El ascensor del compartimento principal estaba inmóvil al final de su
trayecto, reposando sobre el blanco suelo de la bodega. Horza fue hacia allí y vio una
escalerilla que llevaba hasta el interior brillantemente iluminado del compartimento.
Un insecto se posó unos segundos sobre su muñeca. Horza movió la mano y el
insecto se alejó volando. «Qué falta de higiene por parte de la Cultura», pensó
distraídamente Horza, «permitir que un insecto revolotee por una de sus impecables y
relucientes naves…». Claro que Los fines de la inventiva ya no pertenecía a la
Cultura, al menos oficialmente. Trepó lentamente por la escalerilla, estorbado por el
peso de la capa mojada y acompañado por el rechinar de sus botas.
El compartimento estaba lleno de olores familiares, aunque la ausencia de la
lanzadera hacía que pareciese extrañamente espacioso. No había nadie. Horza subió
el tramo de escaleras que llevaba a la zona de los camarotes. Fue por el pasillo que
terminaba en el comedor preguntándose quién seguiría con vida, quién estaría muerto
y qué cambios se habrían producido, suponiendo que los hubiese. Solo habían
transcurrido tres días, pero tenía la sensación de haber estado años fuera. Ya casi
había llegado al camarote de Yalson cuando la puerta se abrió bruscamente ante él.
La cabeza de Yalson asomó por el hueco con una expresión de sorpresa —y, sí,
incluso de alegría— empezando a formarse en sus rasgos.
—¿Qué…? —exclamó.
Se quedó callada, le contempló frunciendo el ceño, meneó la cabeza y murmuró
algo antes de volver a desaparecer dentro de su camarote.

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Horza se había detenido al verla.
Se quedó inmóvil pensando en que le alegraba verla con vida, y se dio cuenta de
que no había estado caminando como Kraiklyn. El sonido de sus pasos seguía siendo
el mismo de siempre. Una mano emergió del hueco de la puerta y un instante después
Yalson salió al pasillo. Se había puesto una bata de tela delgada. Los firmes rasgos de
su delgado rostro parecían algo preocupados, pero la expresión dominante en ellos
era la cautela.
—¿Qué diablos te ha ocurrido? —preguntó.
—Una pelea. ¿Es que no se nota?
La voz le salió bastante bien. Los dos se quedaron inmóviles observándose en
silencio.
—Si quieres que te ayude… —empezó a decir Yalson.
Horza meneó la cabeza.
—Ya me las arreglaré.
Yalson asintió con una media sonrisa y sus ojos le recorrieron de arriba abajo.
—Sí, claro… Bueno, pues ya te las arreglarás. —Señaló con el pulgar por encima
del hombro en la dirección general del comedor—. Tu nueva recluta acaba de subir
su equipo a bordo. Está esperándote en el comedor, aunque si vas a verla con el
aspecto que tienes ahora, quizá empiece a pensar que unirse a esta tripulación no ha
sido tan buena idea.
Horza asintió. Yalson se encogió de hombros, se dio la vuelta y fue por el pasillo
dejando atrás el comedor hasta llegar al puente. Horza la siguió.
—Nuestro glorioso capitán —le dijo a alguien mientras pasaba por el comedor.
Horza vaciló durante unos segundos ante la puerta del camarote de Kraiklyn,
siguió adelante hasta llegar al comedor y asomó la cabeza por el hueco de la puerta.
Vio a una mujer sentada al final de la mesa con las piernas apoyadas en una silla
delante de ella. La pantalla que había sobre su cabeza estaba encendida. Quizá la
había estado contemplando. El monitor mostraba una panorámica de un megabarco
que estaba siendo sacado de las aguas por centenares de pequeños remolcadores
agrupados a su alrededor y debajo del casco. Por su forma no cabía duda de que eran
máquinas de la Cultura de modelos ya bastante anticuados. Pero cuando asomó la
cabeza por el hueco, la mujer había apartado los ojos de la pantalla y estaba
mirándole.
Era delgada, alta y de piel bastante pálida. Parecía fuerte y sana, y sus ojos negros
brillaban en un rostro que estaba empezando a mostrar una mezcla de sorpresa y
preocupación provocada por la visión de aquel rostro maltrecho que la contemplaba
desde el umbral. Vestía un traje ligero. El casco del traje estaba encima de la mesa
delante de ella. Se había anudado un pañuelo rojo alrededor de la cabeza, justo por
debajo del nacimiento de su cabellera rojiza. Llevaba el pelo bastante corto.
—Oh, capitán Kraiklyn —dijo, bajando los pies del asiento e inclinándose hacia
adelante con la sorpresa y la compasión claramente visibles en sus rasgos—. ¿Qué le

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ha ocurrido?
Horza intentó hablar, pero se le había secado la garganta. No podía creer lo que
estaba viendo. Sus labios se movieron y se los lamió con una lengua que parecía un
estropajo. La mujer empezó a levantarse del asiento, pero Horza extendió una mano y
le indicó que se quedara donde estaba. La mujer volvió a dejarse caer lentamente
sobre la superficie del asiento.
—Estoy bien —logró decir Horza—. Ya la veré más tarde. Yo… Quédese…
Bueno, quédese aquí.
Se apartó del marco y fue tambaleándose por el pasillo hasta llegar al camarote de
Kraiklyn. Metió el anillo en la cerradura y el panel giró sobre sus goznes. El
cambiante estuvo a punto de caer al suelo.
Cerró la puerta sumido en algo bastante cercano a un trance, se quedó inmóvil
con los ojos clavados en el mamparo del otro extremo y acabó inclinándose
lentamente hasta quedar sentado en el suelo.
Sabía que seguía estando algo aturdido, sabía que veía borroso y que aún no oía
del todo bien. Sabía que era improbable…, o que si no lo era no cabía duda de que
era una pésima noticia. Pero estaba seguro.
Oh, sí, estaba absolutamente seguro, tan seguro como lo había estado sobre
Kraiklyn cuando le vio subir por la rampa que llevaba a la mesa donde se jugaría la
partida de daño en pleno centro de la arena del auditorio.
Como si no hubiera tenido bastantes emociones para una sola noche… Ver a la
mujer que estaba sentada al final de la mesa del comedor le había reducido al silencio
y había hecho que su mente dejara de funcionar. ¿Qué haría ahora? No podía pensar.
La sorpresa y la incredulidad seguían creando ecos dentro de su cabeza. La imagen
parecía haber quedado grabada para siempre detrás de sus ojos.
La mujer sentada a la mesa del comedor era Perosteck Balveda.

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8
Los fines de la inventiva

«Puede que sea un clon», pensó Horza. «Quizá es una coincidencia». Seguía sentado
en el suelo del camarote de Kraiklyn —ahora era su camarote—, con los ojos
clavados en las puertas de los armarios que había en la pared de enfrente. Era
consciente de que debía hacer algo, pero no estaba muy seguro del qué. Los golpes,
sacudidas y emociones sufridos a lo largo de la noche le habían dejado el cerebro
bastante maltrecho. Necesitaba quedarse quieto y pensar durante unos momentos.
Intentó convencerse de que estaba equivocado, de que no era realmente ella, de
que se encontraba cansado y confuso, de que estaba empezando a dejarse vencer por
la paranoia y tenía alucinaciones. Pero sabía que era Balveda, aunque lo
suficientemente alterada como para que solo un amigo íntimo o un cambiante pudiera
reconocerla. Aun así, no cabía duda de que era ella. Estaba viva, sana y,
probablemente, iba armada hasta los dientes…
Se puso en pie moviéndose como un autómata sin apartar los ojos de la pared de
enfrente. Se quitó las ropas mojadas, salió del camarote y fue hasta la zona de aseo,
donde dejó las ropas para que se secaran y se lavó. Volvió al camarote, encontró una
bata y se la puso. Empezó a inspeccionar aquel pequeño espacio repleto de cosas y
acabó dando con una pequeña grabadora de voz. La puso en marcha y escuchó.
—… ahhh…, incluyendo a…, ahhh…, Yalson —dijo la voz de Kraiklyn
emergiendo de la rejilla que había a un lado de la máquina—, quien supongo seguía
sin haber superado su…, hummm…, su relación con…, ahhh…, Horza Gobuchul. Se
ha mostrado… bastante brusca, y no creo que pueda contar con el apoyo…, que
ella…, que debería prestarme… Si las cosas siguen igual tendré unas palabras con
Yalson, pero…, ahhh…, por ahora, durante las reparaciones y todo lo demás…, no
me parece que vaya a servir de mucho… No lo estoy posponiendo… Ah…
Sencillamente, creo que esperaré a ver qué tal reacciona después de que el orbital
haya sido destruido y nos hayamos puesto en camino. Ahhh… En cuanto a la
nueva… Gravant… Parece eficiente. Tengo la impresión de que quizá necesite…, ah,
necesite… un poco de mano dura…, parece necesitar disciplina… No creo que vaya a
tener…, ah, conflictos con nadie. La que más me preocupaba era Yalson, pero no
creo…, ah… Creo que todo irá bien. Pero con las mujeres nunca se sabe, ah…,
naturalmente, así que… Pero me gusta… Creo que tiene clase y quizá… No sé…
Quizá pudiera ser una buena número dos, si sabe adaptarse.
»La verdad es que necesito más gente… Ummm… Las cosas han ido bastante
mal últimamente, pero creo que he sido… No me han apoyado lo suficiente.
Jandraligeli, obviamente…, y no sé; intentaré averiguar si puedo hacer algo con él,
porque… La verdad es que se ha portado… Ahhh… Me ha traicionado; no hay otra

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forma de expresarlo… Creo que se trata de eso; cualquiera estaría de acuerdo
conmigo. Puede que hable con Ghalssel durante la partida, suponiendo que se
presente… No creo que esté a la altura de lo que necesita, y pienso decírselo
francamente a Ghalssel dado que los dos estamos metidos… en el mismo…, ah…,
negocio, y yo… Sé que habrá oído rumores…, bueno, escuchará lo que tenga que
decirle, porque conoce las responsabilidades del liderazgo y…, ah…, mi forma de
actuar.
»Bueno… Reclutaré a unas cuantas personas más después de la partida, y después
de que el VGS haya partido dispondré de algún tiempo… Tendremos que pasar
bastante tiempo en esta bodega y haré correr la voz. Tiene que haber… montones de
personas con ganas de alistarse… Ah… Oh, sí; no debo olvidar lo de la lanzadera
mañana. Estoy seguro de que puedo conseguirla por un precio más barato. Ah,
naturalmente, podría ganar la partida… —La vocecita que brotaba de la rejilla se rio:
un eco metálico—. Sería increíblemente rico y… —La risa volvió a sonar, ahora aún
más distorsionada que antes—. Entonces toda esta mierda dejaría de importarme,
claro…, mierda, solo…, ja…, podría regalar la Turbulencia en cielo despejado al
primero que encontrara…, bueno, la vendería… y me retiraría… Ya veremos…
La voz se desvaneció. Horza desconectó la grabadora. La dejó donde la había
encontrado y frotó el anillo que llevaba en el dedo meñique de la mano izquierda.
Después se quitó la bata y se puso su traje, el que Kraiklyn le había robado. El traje
empezó a hablarle y Horza le ordenó que desconectara el sistema vocal.
Se contempló en el campo inversor de las puertas del armario, irguió los hombros,
se aseguró de que la pistola de plasma que colgaba de su muslo estaba activada,
guardó los dolores y el cansancio en las profundidades de su mente, salió del
camarote y fue por el pasillo hacia el comedor.
Yalson y la mujer que era Balveda estaban sentadas al extremo de la mesa debajo
de la pantalla. La habían apagado y estaban hablando. Cuando Horza entró en el
comedor las dos alzaron la cabeza y le miraron fijamente. Horza fue hacia ellas y se
sentó a dos sitios de distancia de Yalson, quien contempló su traje con expresión
pensativa.
—¿Vamos a algún sitio? —le preguntó.
—Quizá —dijo Horza mirándola a la cara durante unos segundos. Volvió la
cabeza hacia Balveda y sonrió—. Lo siento, Gravant, pero me temo que he cambiado
de opinión en cuanto a usted. No me queda más remedio que rechazarla. Lo siento,
pero no hay sitio para usted a bordo de la Turbulencia en cielo despejado. Espero que
lo comprenda…
Cruzó las manos sobre la mesa y volvió a sonreír. Balveda —cuanto más la
miraba más seguro estaba de que era ella— pareció tomárselo bastante mal. Abrió la
boca como si se dispusiera a hablar y sus ojos fueron de Horza a Yalson y volvieron a
posarse en Horza. Yalson estaba frunciendo el ceño.
—Pero… —empezó a decir Balveda.

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—¿De qué diablos estás hablando? —exclamó Yalson con voz irritada—. No
puedes…
—Verás —dijo Horza sonriendo—, he decidido que debemos reducir el número
de gente a bordo y…
—¿Qué? —gritó Yalson, golpeando la mesa con la palma de su mano—. ¡Pero si
solo quedamos seis! ¿Qué diablos se supone que podemos hacer siendo solo seis
si…? —No llegó a completar la frase. Cuando volvió a hablar lo hizo en un tono de
voz más suave, con la cabeza ladeada y los ojos entrecerrados como si quisiera verle
mejor—. ¿O es que hemos tenido suerte en un juego…, en un juego de azar, quizá, y
no queremos movernos en más direcciones de las que sean absolutamente necesarias?
Horza la contempló en silencio durante unos segundos y sonrió.
—No, pero he vuelto a contratar los servicios de un exmiembro de nuestra
tripulación —dijo—, y eso altera un poco los planes que me había trazado… El hueco
en la dotación de esta nave que tenía intención de llenar con Gravant ya no existe.
—¿Has conseguido que Jandraligeli vuelva con nosotros después de todo lo que
le dijiste?
Yalson se rio y se reclinó en el asiento.
Horza meneó la cabeza.
—No, querida mía —dijo—. Como habría podido explicarte hace ya bastante rato
si no me hubieras interrumpido a cada momento, cuando estaba en Evanauth me
encontré con nuestro amigo el señor Gobuchul, y tiene muchas ganas de volver con
nosotros.
—¿Horza? —Yalson pareció estremecerse levemente y su voz tembló a causa de
la tensión. Horza pudo ver cómo intentaba controlarse. «Oh, dioses», dijo una
vocecilla dentro de su mente, «¿por qué todo esto me resulta tan doloroso?»—. ¿Está
vivo? ¿Estás seguro de que era él? Kraiklyn, ¿estás seguro?
Los ojos de Horza fueron rápidamente de una mujer a otra. Yalson estaba
inclinada sobre la mesa con los puños apretados. Las luces del comedor hacían brillar
sus ojos. Su esbelto cuerpo parecía muy tenso, y el vello dorado que cubría su piel
morena relucía con destellos iridiscentes. Balveda parecía confusa, como si no
supiera qué hacer. Horza vio cómo empezaba a morderse los labios y se contenía
enseguida.
—Vamos, Yalson, jamás se me ocurriría gastarte semejante clase de bromas —le
aseguró Horza—. Horza está perfectamente, y se encuentra no muy lejos de aquí. —
Contempló la pantalla repetidora de la muñequera de su traje para ver qué hora era—.
De hecho, he quedado citado con él en una de las esferas de recepción del puerto a
las…, bueno, justo antes de que el VGS se marche de aquí. Me dijo que necesitaba
resolver un par de asuntos pendientes en la ciudad. También me pidió que te dijera
que…, ahhh…, esperaba que siguieras apostando por él. —Se encogió de hombros—.
Algo así…

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—¡No estás bromeando! —exclamó Yalson y sus labios se curvaron en una
sonrisa. Meneó la cabeza, se pasó una mano por el pelo y sus dedos golpearon
suavemente la superficie de la mesa un par de veces—. Oh… —dijo.
Volvió a apoyar la espalda en su asiento. Sus ojos pasaron de la mujer al hombre
y acabó encogiéndose de hombros sin decir nada más.
—Por lo tanto, Gravant, ya no te necesitamos —dijo Horza volviéndose hacia
Balveda.
La agente de la Cultura abrió la boca, pero Yalson se le adelantó con un leve
carraspeo.
—Oh, Kraiklyn, deja que se quede a bordo —dijo—. ¿Qué importancia tiene una
persona más o menos?
—La tiene, Yalson —dijo Horza con cautela, repasando mentalmente todo lo que
sabía sobre Kraiklyn—. Soy el capitán de esta nave y soy quien toma las decisiones.
Yalson dio la impresión de querer decir algo, pero lo que hizo fue volverse hacia
Balveda y extender los brazos con las palmas de las manos hacia arriba. Se reclinó en
su asiento, cerró los ojos y acarició la mesa con las yemas de los dedos. Estaba
intentando no sonreír.
—Bueno, capitán —dijo Balveda poniéndose en pie—, usted sabrá lo que le
conviene… Recogeré mis cosas.
Salió rápidamente del comedor. El ruido de sus pasos se mezcló con los de otra
persona, y tanto Horza como Yalson oyeron algunas palabras ahogadas. Un instante
después Dorolow, Wubslin y Aviger entraron en el comedor. Aviger abrazaba a la
pequeña y regordeta Dorolow. Todos iban vestidos con ropas multicolores, tenían el
rostro enrojecido y parecían muy contentos.
—¡Nuestro capitán! —gritó Aviger. Los dedos de Dorolow no se apartaban de la
mano que Aviger le había puesto en el hombro. Sonrió. Wubslin le saludó
distraídamente; el corpulento ingeniero parecía bastante borracho—. Veo que ha
estado en la guerra —dijo Aviger contemplando el rostro de Horza.
El cambiante había dado instrucciones a su organismo para que intentara reducir
los daños al mínimo, pero su rostro seguía indicando que había estado metido en una
pelea.
—¿Qué ha hecho Gravant, Kraiklyn? —graznó Dorolow.
También parecía muy animada, y su voz era todavía más estridente de lo que
recordaba.
—Nada —dijo Horza. Contempló a los tres mercenarios y les sonrió—. Pero
Horza Gobuchul ha vuelto de entre los muertos, por lo que he decidido que no la
necesitamos.
—¿Horza? —exclamó Wubslin, y su bocaza se abrió en una expresión de
sorpresa casi exagerada.
Los ojos de Dorolow fueron de Horza a Yalson, y la expresión de su rostro y su
sonrisa transmitían claramente la pregunta: ¿es cierto? Yalson se encogió de hombros,

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y le lanzó una mirada de felicidad y esperanza aún levemente teñida de suspicacia al
hombre que creía era Kraiklyn.
—Estará a bordo poco antes de que Los fines de la inventiva se marche de aquí —
dijo Horza—. Tenía algunas cosas que hacer en la ciudad. Quizá fuera algún asunto
turbio… —Horza les obsequió con la sonrisa condescendiente que Kraiklyn utilizaba
de vez en cuando—. ¿Quién sabe?
—Vaya —dijo Wubslin, tambaleándose ligeramente y contemplando a Aviger por
encima de Dorolow—. Puede que ese tipo estuviera buscando a Horza… Quizá
deberíamos advertirle.
—¿Qué tipo? ¿Dónde? —preguntó Horza.
—Tiene alucinaciones —dijo Aviger moviendo una mano—. Demasiado vino de
hígado.
—¡Tonterías! —exclamó Wubslin, asintiendo con la cabeza y mirando primero a
Aviger y luego a Horza—. Y un robot… —Puso las manos delante de su rostro, juntó
las palmas y las separó unos veinticinco centímetros—. Un cabroncete bastante
pequeño. No debía ser más grande que esto…
—¿Dónde? —Horza meneó la cabeza—. ¿Y por qué crees que alguien puede
andar detrás de Horza?
—Ahí fuera, debajo del tubo de viaje —dijo Aviger.
—Por la forma en que salió de la cápsula daba la impresión de que esperaba pelea
en cualquier momento —dijo Wubslin—. Estoy seguro de que ese tipo era un policía,
o algo parecido.
—¿Y Mipp? —preguntó Dorolow. Horza guardó silencio durante un segundo y su
frente se arrugó en un fruncimiento de ceño que no iba dirigido a nada ni a nadie en
particular—. ¿Dijo algo de Mipp? —le preguntó Dorolow.
—¿Mipp? —exclamó Horza alzando los ojos hacia Dorolow—. No. —Meneó la
cabeza—. No, Mipp no lo consiguió.
—Oh, lo siento —dijo Dorolow.
—Escuchad —dijo Horza mirando a Wubslin y Aviger—, ¿creéis que ahí fuera
hay alguien que anda detrás de uno de nosotros?
—Un hombre —dijo Wubslin asintiendo lentamente con la cabeza— y un
robotito minúsculo con pintas de ser todo un mal bicho.
Horza se acordó del insecto que se había posado unos instantes sobre su muñeca
en la bodega justo antes de subir a bordo de la Turbulencia en cielo despejado y se
estremeció. Sabía que la Cultura poseía máquinas e insectos artificiales de ese
tamaño.
—Hmmm —dijo Horza frunciendo los labios. Asintió para sí mismo y alzó los
ojos hacia Yalson—. Deprisa, asegúrate de que Gravant abandona la nave, ¿de
acuerdo? —Se puso en pie y le dejó el camino libre a Yalson, quien salió rápidamente
del comedor. Horza la vio alejarse por el pasillo hacia los camarotes. Miró a Wubslin

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y le indicó con los ojos que fuese hacia el puente—. Vosotros dos quedaros aquí —
dijo en voz baja volviéndose hacia Aviger y Dorolow.
Aviger y Dorolow se separaron lentamente el uno del otro y se sentaron. Horza
fue al puente.
Le hizo una seña a Wubslin para que ocupara el puesto del ingeniero y se sentó en
el del piloto. Wubslin dejó escapar un suspiro de cansancio. Horza cerró la puerta y
repasó a toda velocidad cuanto había descubierto sobre los procedimientos a seguir
en el puente durante las primeras semanas que había pasado como tripulante de la
Turbulencia en cielo despejado. Estaba inclinándose hacia el panel de
comunicaciones para conectar los canales cuando algo se movió junto a la consola
muy cerca de sus pies. Horza se quedó inmóvil.
Wubslin miró hacia abajo, se agachó con un esfuerzo claramente audible y metió
su cabezota entre las piernas. La nariz de Horza captó una vaharada de olor a alcohol.
—¿Todavía no has terminado? —preguntó Wubslin, con la voz ahogada por sus
muslos.
—Me asignaron otro trabajo; acabo de volver —protestó una vocecita artificial.
Horza se reclinó en el asiento y miró bajo la consola. Un robot que debía medir
unas dos terceras partes del tamaño del que le había escoltado desde el ascensor a la
bodega donde estaba la Turbulencia en cielo despejado emergió del laberinto de
cables que asomaba por una compuerta de inspección abierta.
—¿Qué es esa cosa? —preguntó Horza.
—Oh —dijo Wubslin con voz cansada dejando escapar un eructo—, es el mismo
que ha estado aquí desde… Lo recuerda, ¿no? Venga, tú —dijo volviéndose hacia la
máquina—. El capitán quiere hacer una prueba de comunicaciones.
—Oye, ya he terminado —dijo la máquina. Su voz sintetizada estaba impregnada
de irritación—. Estoy poniendo un poco de orden aquí dentro y acabando de limpiar,
¿entendido?
—Bueno, pues muévete —dijo Wubslin. Sacó la cabeza de debajo de la consola y
miró a Horza como pidiéndole disculpas—. Lo siento, Kraiklyn.
—No importa, no importa. —Horza movió la mano y conectó el comunicador—.
Ah… —Miró a Wubslin—. ¿Quién controla el movimiento del tráfico por aquí? He
olvidado con qué departamento he de hablar. ¿Y si quiero abrir las puertas de la
bodega?
—¿Tráfico? ¿Abrir las puertas? —Wubslin le miró con cara de perplejidad y
acabó encogiéndose de hombros—. Bueno, supongo que bastará con sintonizar el
canal del control de tráfico, como cuando llegamos…
—Claro —dijo Horza. Pulsó el interruptor de la consola—. Control de tráfico,
aquí… —dijo.
No llegó a completar la frase.
No tenía ni idea de qué nombre había dado Kraiklyn en vez del auténtico. La
información que había comprado no contenía ese dato, y era una de las muchas cosas

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que había tenido intención de averiguar sin perder ni un segundo en cuanto hubiese
llevado a cabo la tarea más urgente de echar a Balveda de la nave y, con suerte, hacer
que siguiera una pista falsa. Pero la noticia de que podía haber alguien buscándole en
esa bodega —o en cualquier otra, tanto daba— le había puesto muy nervioso.
—Aquí la nave de la minibodega 27492 —dijo—. Quiero permiso inmediato para
abandonar la bodega y el VGS; nos marcharemos del orbital independientemente.
Wubslin miró fijamente a Horza.
—Aquí control de tráfico del Puerto de Evanauth, sección temporal del VGS. Un
momento, minibodega 27492 —dijeron los altavoces incrustados a la altura de la
cabeza en el respaldo de los asientos de Horza y Wubslin.
Horza se volvió hacia Wubslin y pulsó el botón «transmitir» del canal de
comunicaciones.
—Este trasto se encuentra en condiciones de volar, ¿verdad?
—¿Qué…? ¿Volar? —Wubslin parecía perplejo. Se rascó el pecho y bajó la vista
hacia la unidad que seguía intentando meter los cables dentro de la consola—.
Supongo que sí, pero…
—Estupendo.
Horza empezó a activar todos los sistemas, motores incluidos. Vio que la hilera de
pantallas que daban información sobre el láser de proa estaba parpadeando junto con
las demás. Al menos Kraiklyn había hecho que las repararan.
—¿Volar? —repitió Wubslin. Volvió a rascarse el pecho y miró a Horza—. ¿Ha
dicho «volar»?
—Sí. Nos vamos.
Las manos de Horza se movieron rápidamente sobre los botones e interruptores
de los sensores ajustando los sistemas de la nave que iba despertando con tanta
precisión y seguridad como si realmente llevara años pilotando la Turbulencia en
cielo despejado.
—Necesitaremos un remolcador… —dijo Wubslin.
Horza sabía que el ingeniero tenía razón. La unidad antigravitatoria de la
Turbulencia en cielo despejado poseía la potencia justa para producir un campo
interno; estar tan cerca (de hecho, dentro) de una masa del tamaño de Los fines de la
inventiva haría estallar las unidades que creaban el campo distorsionador, y utilizar
los motores de fusión en un espacio cerrado sería una auténtica locura.
—Conseguiremos uno. Les diré que es una emergencia. Les diré que tenemos una
bomba a bordo… Lo que sea.
Horza vio encenderse la pantalla principal. La imagen de la parte trasera de la
minibodega ocupó lo que hasta entonces había sido un mamparo vacío situado
delante de él y Wubslin.
Wubslin encendió su monitor y la pantalla se iluminó con un diagrama muy
complicado que Horza acabó logrando identificar como un plano del nivel del
inmenso interior del VGS en el que se encontraban. Al principio se conformó con

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echarle un vistazo, pero no tardó en ignorar la pantalla principal, concentró toda su
atención en el plano y acabó poniendo un holograma de todo el interior del VGS en la
pantalla principal, memorizando rápidamente todo cuanto pudo.
—¿Y…? —Wubslin se calló, volvió a eructar y se frotó el vientre—. ¿Y Horza?
—Le recogeremos después —dijo Horza sin apartar los ojos del plano que
mostraba la estructura interna del VGS—. Hice algunos arreglos por si se daba el
caso de que no pudiera acudir a la cita que concertamos.
Horza volvió a pulsar el botón de transmisión.
—Control de tráfico, control de tráfico, aquí minibodega 27492. Necesito permiso
de emergencia para despegar. Repito, necesito permiso de emergencia para despegar
y un remolcador ahora mismo. Tengo una avería en un generador de fusión y no
consigo desconectarlo. Repito, avería en un generador de fusión nuclear acercándose
a la situación crítica.
—¿Qué? —chilló una vocecita. Algo chocó con la rodilla de Horza y la unidad
que había estado trabajando debajo de la consola se hizo visible. Los cables que le
cubrían hacían pensar en un juerguista envuelto en serpentinas—. ¿Qué has dicho?
—Cállate y sal de la nave ahora mismo —dijo Horza.
Conectó los circuitos de recepción. Un siseo estridente hizo vibrar la atmósfera
del puente.
—¡Será un placer! —dijo la unidad, y se sacudió para quitarse los cables que
cubrían su armazón metálica—. Como de costumbre, soy el último a quien le dicen lo
que está pasando, pero de una cosa sí estoy seguro y es de que no quiero quedarme
aquí ni un…
Seguía refunfuñando cuando todas las luces del hangar se apagaron al mismo
tiempo.
Al principio Horza creyó que la pantalla se había fundido, pero deslizó el control
de la longitud de onda hacia la parte superior de la escala y vio reaparecer los
contornos del hangar, ahora en infrarrojo.
—Oh, oh —dijo la unidad volviéndose primero hacia la pantalla y luego hacia
Horza—. Así que no habéis pagado el alquiler, ¿eh?
—Muerto —anunció Wubslin.
La unidad logró librarse del último cable. Horza se volvió hacia el ingeniero.
—¿Qué?
Wubslin señaló los controles del transceptor que tenía delante.
—Muerto. Alguien ha cortado nuestra conexión con el control de tráfico.
La nave vibró. Una luz empezó a encenderse y apagarse indicando que los
mecanismos automáticos del ascensor principal acababan de cerrar las puertas.
—Mierda —dijo Horza—. ¿Y ahora qué?
—Bueno, amigos, adiós —dijo la unidad.
Pasó junto a ellos moviéndose como un rayo, abrió la puerta y se alejó por el
pasillo en dirección a la escalera del hangar.

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—¿Descenso de presión?
Wubslin estaba hablando consigo mismo. Se rascó la cabeza, para variar, y
contempló la hilera de pantallas que tenía delante con el ceño fruncido.
—¡Kraiklyn! —gritó la voz de Yalson desde los altavoces incrustados en el
respaldo de los asientos.
La luz que parpadeaba en la consola indicaba que estaba llamando desde el
hangar.
—¿Qué? —preguntó secamente Horza.
—¿Qué infiernos está pasando? —gritó Yalson—. ¡Hemos estado a punto de
morir aplastadas! ¡La minibodega se está quedando sin aire y el ascensor del hangar
ha activado todos sus circuitos de emergencia! ¿Qué está pasando?
—Ya te lo explicaré —dijo Horza. Tenía la boca seca y sus entrañas parecían
haberse convertido en una masa de hielo—. ¿Gravant sigue estando contigo?
—¡Pues claro que sigue estando conmigo, joder!
—Bien. Quiero que las dos volváis al comedor sin perder ni un momento.
—Kraiklyn… —empezó a decir Yalson, pero fue interrumpida por otra voz que al
principio sonó más distante y se aproximó rápidamente al micro.
—¿Cerradas? ¿Cerradas? ¿Por qué están cerradas las puertas del ascensor? ¿Qué
está pasando en esta nave? Oiga, ¿puente? ¿Capitán? —Los altavoces incrustados en
los asientos emitieron un seco tap-tap y la voz sintetizada siguió hablando—. ¿Por
qué se me ponen obstáculos? Quiero salir de esta nave ahora mismo…
—¡Aparta, idiota! —gritó Yalson, y añadió—: Es ese maldito robot otra vez…
—Quiero que tú y Gravant subáis aquí ahora mismo —repitió Horza—. Ahora
mismo, ¿entendido? —Desconectó el circuito de comunicaciones con el hangar, se
levantó del asiento y puso la mano sobre el hombro de Wubslin—. Ponte el arnés. Ve
preparando la nave para volar. Activa todos los sistemas. —Cruzó el umbral. Aviger
había salido del comedor y venía por el pasillo hacia el puente. Abrió la boca para
decir algo, pero Horza pasó rápidamente junto a él dejándole atrás—. Ahora no,
Aviger.
Metió su guante derecho en la cerradura del compartimento donde estaban las
armas. El panel se abrió con un chasquido. Horza contempló su interior.
—Solo quería preguntar…
—¿… qué diablos está pasando?
Horza se encargó de completar la frase por él mientras cogía la pistola aturdidora
neurónica más grande que pudo encontrar. Cerró el panel dando un golpe seco y
volvió a toda velocidad por el pasillo, atravesó el comedor donde Dorolow se había
quedado dormida en un asiento y fue por el pasillo que llevaba a la zona de los
camarotes. Activó el arma, puso el control de potencia al máximo y la ocultó detrás
de su espalda.
El primero en aparecer fue la unidad. Subió volando por la escalera y empezó a
avanzar como un rayo por el pasillo flotando a la altura de los ojos de Horza.

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—¡Capitán! No me queda más remedio que protestar enérgicamente por…
Horza abrió una puerta con el pie, agarró a la unidad y la metió dentro del
camarote cerrando la puerta de un manotazo. Oyó voces que se aproximaban por la
escalera. Puso la mano sobre la manija de la puerta y la sujetó con firmeza. La unidad
intentó abrir la puerta, no lo consiguió y empezó a golpear el panel.
—¡Esto es insultante! —gimió su vocecita sintetizada desde el otro lado del
panel.
—Kraiklyn —dijo Yalson en cuanto apareció al extremo de la escalera. Horza
sonrió y sus dedos se tensaron sobre el arma que seguía manteniendo oculta detrás de
su espalda. La unidad volvió a golpear el panel. Horza sintió la vibración en la mano.
—¡Déjeme salir!
—Kraiklyn, ¿qué está pasando? —preguntó Yalson viniendo hacia él por el
pasillo.
Balveda ya casi estaba al final de la escalera. Horza vio que llevaba una mochila
bastante grande al hombro.
—¡Estoy perdiendo la paciencia y voy a ponerme furioso!
La puerta volvió a vibrar.
Un zumbido muy estridente surgió de la mochila de Balveda seguido por un
chisporroteo de estática. Yalson no oyó el zumbido…, que era una alarma. Una parte
del cerebro de Horza captó la lejana presencia de Dorolow removiéndose en el
comedor a su espalda. El chorro de estática —que era un mensaje o señal de alguna
clase altamente comprimido— hizo que Yalson empezara a volverse hacia Balveda.
Horza saltó hacia adelante soltando la manija de la puerta del camarote, alzó la
pesada pistola aturdidora y apuntó con ella a Balveda. La mujer de la Cultura ya
estaba dejando caer la mochila al suelo, y una de sus manos se movió con una
velocidad tan tremenda que ni tan siquiera Horza pudo seguir el movimiento. Los
dedos de Balveda rozaron su flanco. Horza hendió el aire pasando por el hueco que
había entre Yalson y el mamparo del pasillo y su cuerpo chocó con la mercenaria
arrojándola a un lado. Apuntó con la pistola aturdidora al rostro de Balveda y apretó
el gatillo. El arma zumbó en su mano mientras seguía volando por los aires y
empezaba a caer. Horza intentó mantener el arma apuntada hacia la cabeza de
Balveda durante todo el trayecto. Su cuerpo chocó con la cubierta una fracción de
segundo antes que el de la agente de la Cultura.
El impacto contra el mamparo había dejado un poco aturdida a Yalson. Horza se
pegó lo más posible a la cubierta y observó los pies y las piernas de Balveda durante
un segundo. Se incorporó rápidamente. La agente de la Cultura intentaba moverse.
Balveda abrió los ojos y su cabellera pelirroja rozó la superficie de la cubierta. Horza
volvió a apretar el gatillo de la pistola aturdidora, y lo mantuvo apretado sin apartar el
cañón de la cabeza de la mujer. El cuerpo de Balveda se convulsionó
incontrolablemente durante un segundo, un hilillo de saliva resbaló por una de las

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comisuras de su boca y sus músculos acabaron aflojándose. El pañuelo rojo cayó de
su cabeza.
—¿Te has vuelto loco? —gritó Yalson.
Horza se volvió hacia ella.
—No se llama Gravant. Se llama Perosteck Balveda, y es una agente de la
sección de Circunstancias Especiales de la Cultura. Ese es el eufemismo que utilizan
para referirse a su departamento de Inteligencia Militar, por si no lo sabías —dijo
Horza.
Yalson había retrocedido hasta la entrada del comedor. Sus ojos estaban llenos de
miedo y sus manos intentaban aferrarse al mamparo que había a cada lado de su
cuerpo. Horza fue hacia ella. Yalson se encogió sobre sí misma, y Horza se dio cuenta
de que estaba preparándose para atacarle. Se detuvo a medio metro de ella, hizo girar
la pistola aturdidora en su mano y se la ofreció con la culata por delante.
—Si no me crees lo más probable es que acabemos todos muertos —dijo mientras
movía el brazo acercando la pistola unos centímetros más a sus manos. Yalson acabó
cogiéndola—. Hablo en serio —le dijo—. Regístrala, puede que lleve armas encima.
Después llévala al comedor y átala a un asiento. Asegúrate de sujetarle bien las
manos y las piernas. Cuando hayas terminado siéntate donde quieras y ponte el arnés
de sujeción. Nos vamos. Ya te lo explicaré luego.
Se dispuso a pasar junto a ella, pero antes de dejarla atrás se dio la vuelta y la
miró a los ojos.
—Oh, y dispárale una ráfaga a máxima potencia de vez en cuando para que siga
inconsciente. Todas las personas que trabajan para Circunstancias Especiales son muy
duras, créeme.
Se dio la vuelta y fue hacia el comedor. Oyó el chasquido del control del arma.
—Kraiklyn —dijo Yalson.
Horza se quedó quieto y se volvió hacia ella. Yalson sostenía el arma con las dos
manos a la altura de sus ojos y estaba apuntándole con ella. Horza suspiró y meneó la
cabeza.
—No lo hagas —dijo.
—¿Y Horza?
—Está a salvo. Lo juro. Pero si no salimos de aquí ahora mismo, morirá. Y si ella
recobra el conocimiento… Bueno, eso tampoco sería nada bueno para Horza.
Movió la cabeza señalando a Balveda, quien seguía inmóvil en el suelo detrás de
Yalson. Se dio la vuelta y entró en el comedor. Su cabeza y la parte posterior de su
cuello esperaban recibir una descarga en cualquier momento, y Horza sintió el
cosquilleo nervioso que las recorrió.
Pero no sucedió nada. Dorolow alzó los ojos hacia él.
—¿Qué ha sido todo ese ruido? —le preguntó cuando Horza pasó junto a ella.
—¿Qué ruido? —replicó Horza mientras cruzaba el umbral que llevaba al puente.

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Yalson observó la espalda de Kraiklyn alejándose por el comedor. Se volvió hacia
Dorolow, le dijo algo y cruzó el umbral del puente. Fue bajando lentamente la pistola
aturdidora, acabó dejándola colgar de una mano y la contempló con expresión
pensativa.
—Yalson, muchacha, a veces creo que eres excesivamente leal —murmuró.
La puerta del camarote se abrió un par de centímetros y Yalson volvió a alzar el
arma.
—¿Puedo salir de aquí o aún no ha pasado el peligro? —preguntó una vocecita
sintetizada.
Yalson torció el gesto, acabó de abrir la puerta y contempló a la unidad, que
empezó a retroceder lentamente hacia el fondo del camarote.
—Sal de aquí y ayúdame a moverla, montón de engranajes cobardes —dijo
señalando con la cabeza hacia un lado.

—¡Despierta!
Horza pateó la pierna de Wubslin antes de volver a instalarse en su asiento.
Aviger estaba sentado en el tercer asiento de la cubierta de vuelo contemplando las
pantallas y controles con cara de preocupación. Wubslin dio un salto y miró a su
alrededor con expresión soñolienta.
—¿Eh? —dijo, y añadió—: Estaba descansando un poco los ojos.
Horza hizo emerger los controles manuales de la Turbulencia en cielo despejado
del hueco de la consola que los ocultaba. Aviger le miró con aprensión.
—Esos golpes que le han dado en la cabeza… ¿Fueron muy fuertes? —le
preguntó.
Horza le obsequió con una sonrisa helada. Examinó los controles lo más deprisa
posible y accionó los interruptores de seguridad de los motores de fusión de la nave.
Intentó ponerse en contacto con el control de tráfico. La minibodega seguía a oscuras.
El indicador de presión exterior marcaba cero. Wubslin hablaba consigo mismo
mientras iba comprobando los sistemas de la nave.
—Aviger —dijo Horza sin volverse hacia él—, creo que será mejor que te pongas
el arnés.
—¿Para qué? —preguntó Aviger en voz baja y mesurada—. No podemos ir a
ninguna parte. No podemos movernos. Estamos atrapados aquí hasta que llegue un
remolcador y nos saque, ¿verdad?
—Claro que sí —dijo Horza. Ajustó los controles de lectura de los motores de
fusión y puso los controles de los soportes de la nave en automático. Se volvió hacia
Aviger—. Te diré lo que vamos a hacer… ¿Por qué no vas a buscar la mochila de la
nueva recluta? Llévala al hangar y métela en un vactubo.
—¿Qué? —preguntó Aviger. Su ya bastante arrugado rostro adquirió nuevos
surcos en cuanto frunció el ceño—. Creí que iba a marcharse…

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—Iba a marcharse, pero la persona que intenta mantenernos atrapados aquí
empezó a evacuar el aire de la minibodega antes de que pudiera hacerlo. Quiero que
cojas su mochila y todo lo que pueda haber dejado por ahí y que lo metas en un
vactubo, ¿me has entendido?
Aviger se incorporó lentamente y miró a Horza con cara de preocupación.
—Está bien. —Se dispuso a salir del puente, vaciló y se volvió hacia Horza—.
Kraiklyn, ¿por qué he de meter su mochila en un vactubo?
—Porque estoy casi seguro de que ahí dentro hay una bomba de gran potencia,
por eso. Y ahora, haz lo que te he dicho.
Aviger asintió y se marchó con cara de estar todavía más preocupado que antes.
Horza volvió a concentrar su atención en los controles. Ya casi estaban preparados.
Wubslin seguía hablando consigo mismo y no se había puesto el arnés de sujeción,
pero parecía estar haciendo su parte de una forma más o menos competente, aunque
seguía eructando con frecuencia y se detenía de vez en cuando para rascarse el pecho
y la cabeza. Horza sabía que había estado posponiendo el siguiente paso, pero
también sabía que debía seguir adelante. Pulsó el botón de identificación.
—Aquí Kraiklyn —dijo, y tosió.
—Identificación completada —respondió el altavoz del monitor inmediatamente.
Horza sintió deseos de gritar o, por lo menos, de hundirse en su asiento con una
expresión de alivio en el rostro, pero no tenía tiempo para hacer ninguna de las dos
cosas, y Wubslin se habría extrañado bastante. De hecho, hasta el ordenador de la
nave podía extrañarse. Algunos ordenadores estaban programados para detectar
cualquier señal de alegría o alivio después de que la identificación formal hubiera
terminado, por lo que Horza no celebró su victoria y se limitó a ir elevando la
temperatura de los motores de fusión.
—¡Capitán! —La unidad entró como un rayo en el puente y se detuvo entre
Horza y Wubslin—. Déjeme salir inmediatamente de esta nave para que pueda
informar de las irregularidades que se están produciendo a bordo o de lo contrario…
—¿O de lo contrario qué? —le preguntó Horza mientras veía subir la temperatura
de los motores de fusión de la Turbulencia en cielo despejado—. Si crees que puedes
salir de la nave, por mí adelante. Aún suponiendo que lo consigas, lo más probable es
que esos agentes de la Cultura de ahí fuera te conviertan en átomos…
—¿Agentes de la Cultura? —replicó la máquina con cierto tonillo despectivo—.
Capitán, para su información este VGS es un navío civil desmilitarizado que se
encuentra bajo el control de las autoridades del cubo de Vavatch, y se rige por los
términos del Tratado de Conducción de la Guerra entre Idir y la Cultura redactado
poco después del comienzo de las hostilidades. ¿Cómo…?
—¿Entonces quién ha apagado las luces y ha dejado la bodega sin aire, idiota? —
preguntó Horza volviéndose un instante hacia la máquina.
Se volvió hacia la consola, conectó el radar de proa dándole la máxima potencia
disponible y empezó a hacer lecturas a través del muro trasero de la minibodega.

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—No lo sé —dijo la unidad—, pero dudo de que haya sido algún agente de la
Cultura. ¿Quién o qué cree usted que andan buscando esos supuestos agentes suyos?
¿A usted?
—Puede ser.
Horza echó otro vistazo al holograma que mostraba la estructura interna del VGS.
Usó el sistema de aumento durante unos segundos para ver con más claridad lo que
rodeaba a la minibodega 27492 antes de apagar la pantalla repetidora. La unidad
guardó silencio unos momentos y empezó a retroceder hacia el umbral.
—Estupendo. Estoy atrapado en una antigualla con un lunático paranoide… Creo
que voy a dar una vuelta por ahí para ver si encuentro algún sitio más seguro que
este.
—¡Hazlo! —gritó Horza mientras la unidad se alejaba por el pasillo. Volvió a
conectar el circuito de comunicación con el hangar—. ¿Aviger? —preguntó.
—Ya está —dijo la voz de Aviger.
—Bien. Vuelve al comedor lo más deprisa que puedas, siéntate y ponte el arnés.
Horza desconectó el circuito.
—Bueno… —dijo Wubslin, reclinándose en su asiento y rascándose la cabeza
mientras contemplaba la hilera de pantallas que tenía delante y el despliegue de
diagramas y planos que le ofrecían—. No sé qué pretende hacer, Kraiklyn, pero sea lo
que sea nunca estaremos más preparados para conseguirlo de lo que estamos ahora.
El corpulento ingeniero se volvió hacia Horza, apartó la espalda de su asiento y
fue colocando las tiras del arnés de sujeción sobre su cuerpo. Horza le sonrió
intentando dar la impresión de que estaba muy seguro de sí mismo. El arnés de
sujeción de su asiento era un poco más sofisticado, y le bastó con pulsar un botón
para que los brazos acolchados se colocaran en la posición adecuada y los campos de
inercia empezaran a funcionar. Alzó los brazos hacia el casco, lo hizo girar sobre sus
bisagras y oyó el silbido indicador de que los sellos se habían cerrado.
—Oh, Dios mío —dijo Wubslin. Su cabeza giró lentamente apartándose de Horza
para contemplar la superficie casi impoluta de la pared trasera de la minibodega que
aparecía en la pantalla principal—. Espero que no vaya a hacer lo que creo que va a
hacer…
Horza no dijo nada. Pulsó el botón que activaba el circuito del comedor.
—¿Todo bien?
—Más o menos, Kraiklyn, pero… —dijo Yalson.
Horza desconectó el circuito. Se lamió los labios, puso sus manos enguantadas
sobre los controles, tragó una honda bocanada de aire y sus pulgares presionaron los
botones que activaban los tres motores de fusión de la Turbulencia en cielo
despejado.
—Oh, Dios mío, va a… —dijo la voz de Wubslin antes de que el estruendo de los
motores la ahogara.

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La pantalla emitió un destello de luz blanca, se oscureció y volvió a brillar. Tres
chorros de plasma emergieron de la parte inferior de la nave y chocaron contra la
pared trasera de la minibodega saturándola de luz. Un ruido atronador hizo vibrar el
puente y reverberó por toda la nave. Los dos motores montados en el exterior del
fuselaje proporcionaban el empuje principal. Horza había dirigido su chorro hacia
abajo. Los motores escupieron torrentes de fuego que barrieron la cubierta de la
minibodega, dispersando el equipo y la maquinaria que había debajo de la nave y a su
alrededor. Las piezas y repuestos chocaron contra las paredes y el techo, y los
cegadores ríos de llamas fueron estabilizándose por debajo de la nave. El motor
interno del morro —que solo podía utilizarse en los despegues— se puso en marcha,
acompañado por toses y vacilaciones, pero no tardó en funcionar al máximo de
potencia, y las llamas que emitía empezaron a agujerear la delgada capa de material
ultradenso que recubría el suelo de la minibodega. La Turbulencia en cielo despejado
se sacudió como un animal que despierta, gimiendo, crujiendo y cambiando
levemente de posición igual que si desplazara su peso primero hacia un lado y luego
hacia el otro. La pantalla mostró una sombra inmensa moviéndose sobre la pared y el
techo. La luz infernal producida por el motor de fusión del morro ardía bajo la nave.
Las nubes de gas emitidas por la maquinaria al quemarse estaban empezando a
ocultarlo todo. Horza, asombrado, vio que las paredes de la minibodega seguían en
pie. Activó el láser de proa al mismo tiempo que aumentaba la potencia del motor de
fusión.
La pantalla se inundó de luz. La pared que había delante de la nave se expandió
como el capullo de una flor abriéndose fotograma por fotograma. Pétalos inmensos se
extendieron hacia la nave, y un millón de fragmentos metálicos pasaron disparados
junto al morro de la Turbulencia en cielo despejado impulsados por la onda
expansiva y la corriente de aire originada al otro lado de la pared que el láser había
destruido. La Turbulencia en cielo despejado despegó justo en ese instante. Las
lecturas indicadoras del peso soportado por las patas se pusieron a cero. Un instante
después las patas empezaron a introducirse en el fuselaje. El metal se había puesto al
rojo vivo, y los indicadores dejaron de dar lecturas. Los circuitos refrigerantes de
emergencia de la parte inferior del fuselaje entraron en acción con un zumbido
estridente. La nave empezó a deslizarse hacia un lado. El impulso de los motores y
los impactos de los escombros que giraban a su alrededor hicieron temblar su
estructura. La nube de gases y fuego que había ante ella se disipó.
Horza estabilizó la nave y activó los motores traseros, desviando parte de su
potencia hacia la popa y las puertas de la minibodega. Una de las pantallas traseras le
indicó que estaban empezando a ponerse al rojo blanco. Horza habría preferido ir en
esa dirección, pero invertir el chorro de los motores y embestir las puertas con toda la
masa de la Turbulencia en cielo despejado habría sido un auténtico suicidio, y dar la
vuelta a la nave en un espacio tan reducido era imposible. Seguir hacia adelante ya
iba a resultar bastante difícil…

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El agujero no era lo bastante grande. Horza vio cómo venía hacia él y lo supo
desde el primer momento. Puso un dedo tembloroso sobre el control de difusión del
láser incrustado en el semicírculo de los controles, colocó el nivel de dispersión al
máximo e hizo un segundo disparo. La pantalla volvió a inundarse de luz y todo el
perímetro del agujero desapareció envuelto en un resplandor insoportable. La
Turbulencia en cielo despejado metió primero el morro y luego su masa principal en
otra minibodega. Horza contuvo el aliento esperando que algo chocara contra los
lados o la parte superior del agujero al rojo blanco, pero no ocurrió nada. La nave
siguió adelante sosteniéndose sobre sus tres columnas de fuego, impulsando las olas
de luz, fragmentos metálicos, humo y gas ante ellos. Los chorros de oscuridad
cayeron sobre los fuselajes de las lanzaderas. La minibodega por la que avanzaban
estaba llena de lanzaderas de todos los tamaños y formas imaginables. La
Turbulencia en cielo despejado flotó sobre ellas, destrozándolas y convirtiéndolas en
montones de metal fundido con sus chorros de fuego.
Horza era consciente de la presencia de Wubslin. El ingeniero estaba sentado
junto a él con los ojos clavados en lo que tenían delante. Había subido las piernas
hasta tan arriba que sus rodillas sobresalían por encima de la consola, y tenía los
brazos tensos formando una especie de cuadrado sobre su cabeza, con cada puño
rodeando el bíceps del otro brazo. Horza se volvió a mirarle. El rostro de Wubslin se
había convertido en una máscara de miedo e incredulidad. Horza le sonrió. Wubslin
señaló con un dedo tembloroso hacia la pantalla principal.
—¡Cuidado! —gritó para hacerse oír por encima de aquel estruendo
ensordecedor.
La Turbulencia en cielo despejado temblaba y se sacudía. El chorro de materia
superrecalentada chocaba contra la parte inferior de su fuselaje y hacía oscilar toda la
nave. Ahora había aire disponible, y los motores debían estar usando aquella
atmósfera para crear plasma. El espacio relativamente reducido de las minibodegas
hacía que las turbulencias producidas fueran lo bastante fuertes para que la nave
temblara como si estuviera a punto de desintegrarse.
Había otra pared delante, y se aproximaba mucho más deprisa de lo que le habría
gustado a Horza. La nave se había desviado ligeramente del curso fijado. Horza
redujo el ángulo de dispersión del láser, disparó y alteró el curso de la nave mientras
lo hacía. Los contornos de la pared se iluminaron. El haz del láser se deslizó sobre el
suelo y el techo de la minibodega creando pequeños surtidores de llamas, y docenas
de lanzaderas estacionadas ante ellos se encendieron con estallidos de luz y calor.
La pared que tenían delante empezó a desplomarse lentamente hacia atrás, pero la
velocidad de la Turbulencia en cielo despejado era mayor que la del
desmoronamiento. Horza jadeó e intentó retroceder; oyó aullar a Wubslin una
fracción de segundo antes de que el morro de la nave chocara con el centro de la
pared, que seguía intacto. El impacto contra el material de la pared hizo que la
imagen de la pantalla principal se ladeara. Después el morro bajó bruscamente, la

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Turbulencia en cielo despejado se estremeció como un animal que se sacude para
quitarse el agua del pelaje y una serie de oscilaciones y cabeceos les llevaron al
interior de otra minibodega. Estaba totalmente vacía. Horza dio un poco más de
potencia a los motores, disparó un par de veces el láser contra la pared que tenían
delante y, asombrado, vio cómo en vez de caer hacia atrás igual que la anterior se
precipitaba hacia ellos como si fuese un inmenso puente levadizo de algún castillo.
La pared envuelta en llamas cayó sobre la cubierta de la minibodega vacía. Una
montaña de agua envuelta en un furioso torbellino de gases y vapores se deslizó sobre
ella y avanzó en una ola inmensa hacia la nave.
Horza se oyó gritar. Puso los motores a plena potencia y tensó el dedo sobre el
botón de disparo del láser apretándolo con todas sus fuerzas.
La Turbulencia en cielo despejado salió disparada hacia adelante. Pasó
velozmente sobre la cascada de agua y una parte del calor del plasma se estrelló
contra la superficie líquida, con lo que todo el espacio de las minibodegas que su
avance había puesto en comunicación se llenó de una niebla burbujeante. El agua
siguió invadiendo la minibodega en la que se encontraban, y la Turbulencia en cielo
despejado pasó sobre ella con un gemido estridente mientras la envoltura de aire que
rodeaba a la nave se iba llenando de vapor superrecalentado. El indicador de presión
externa subía tan deprisa que sus ojos no podían seguir el avance de la aguja. Los
disparos del láser hacían que el agua situada ante ellos emitiera todavía más vapor, y
la siguiente pared estalló delante de la nave con un trueno que hacía pensar en el fin
del mundo. El láser había ido debilitando el material, y este había acabado cediendo a
causa de la presión ejercida por las nubes de vapor. La Turbulencia en cielo
despejado emergió del túnel formado por las minibodegas como un proyectil
disparado del arma.
Avanzó rugiendo por un cañón lleno de aire con los motores escupiendo llamas
convertida en el centro de una nube de gas y vapores que no tardó en dejar atrás.
Estaban flanqueados por muros repletos de puertas que daban a hangares y secciones
de alojamiento, iluminando kilómetros enteros de paredes y nubes, aullando con sus
tres gargantas repletas de fuego, y daban la impresión de llevar a remolque una
especie de maremoto y una nube de gas, humo y vapores que se diría surgida de un
volcán. El agua cayó y la ola sólida se convirtió en una masa de espuma entre sólida
y líquida que se volvió primero rocío, luego lluvia y finalmente vapor de agua,
siguiendo el girar sobre sí mismo de la puerta de la minibodega, que cayó dando
vueltas por el vacío como si fuera un naipe gigantesco. La Turbulencia en cielo
despejado empezó a girar sobre su eje, hendiendo el aire con una loca serie de
cabeceos y oscilaciones en un intento de detener su loca carrera hacia la distante
pared llena de puertas de las minibodegas en la que terminaba el inmenso desfiladero
interno por el que estaban moviéndose. Un instante después sus motores se apagaron,
volvieron a encenderse durante un segundo y dejaron de funcionar. La Turbulencia en
cielo despejado empezó a caer.

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Horza dio más potencia a los circuitos de los controles, pero los motores de fusión
se negaron a funcionar. La pantalla le mostró la pared de puertas que daban a otros
hangares a un lado, después aire y nubes y, finalmente, la pared de puertas que había
al otro lado. Estaban girando sobre su eje. Horza se volvió hacia Wubslin mientras
seguía luchando con los controles. El ingeniero estaba contemplando la pantalla
principal con ojos vidriosos.
—¡Wubslin! —gritó Horza.
Los motores de fusión seguían sin funcionar.
—¡Aaaah! —Wubslin pareció despertar del aturdimiento en el que le había
sumido el hecho de que estuvieran cayendo y hubiesen perdido el control de la nave
—. ¡Siga igual que hasta ahora! —gritó—. ¡Intentaré accionar los circuitos de
arranque! ¡Los motores deben haberse desconectado por el exceso de presión!
Horza luchó con los controles mientras Wubslin intentaba volver a poner en
marcha los motores. Los muros giraron locamente en la pantalla alrededor de la nave,
y las nubes que tenían debajo estaban subiendo hacia la Turbulencia en cielo
despejado a toda velocidad. Estaban realmente debajo de ellos, toda una capa
achatada de nubes. Horza volvió a sacudir los controles.
El motor del morro cobró vida con un chisporroteo frenético e hizo que la nave
saliera despedida hacia un lado del acantilado artificial de muros y accesos a los
hangares. Horza lo desconectó. Logró controlar el giro usando las superficies de
control de la nave en vez de los motores, apuntó el morro hacia abajo y volvió a
poner los dedos sobre los botones del láser. Las nubes venían al encuentro de la nave.
Horza cerró los ojos y pulsó los botones.
Los fines de la inventiva era tan enorme que estaba construida en tres niveles casi
totalmente separados, cada uno de los cuales medía tres kilómetros de profundidad.
Los niveles estaban presurizados, porque si no lo hubieran estado, el diferencial de
presión existente entre el fondo y el techo de la nave gigante habría sido tan
considerable como el que hay entre el nivel del mar y la cima de una montaña situada
en algún punto de la tropopausa. Aun así, la diferencia de presión existente entre la
base y el techo de cada nivel era la correspondiente a unos tres mil metros y medio,
por lo que hacer desplazamientos rápidos de un nivel a otro mediante un tubo de viaje
no resultaba nada aconsejable. El centro hueco de la nave era una especie de inmensa
caverna donde los niveles de presión estaban indicados mediante campos de fuerza y
no por algún medio material, lo que permitía que los vehículos pudieran pasar de un
nivel a otro sin tener que desplazarse al exterior de la nave, y la Turbulencia en cielo
despejado estaba cayendo hacia una de esas fronteras indicadas por la presencia de
una capa de nubes.
Disparar el láser no sirvió de nada, aunque Horza solo llegó a saberlo más tarde.
El agujero que apareció en el campo de fuerza para dejar pasar a la nave fue obra de
un ordenador de Vavatch, que se había encargado del control y vigilancia internos
sustituyendo en dicha tarea a las Mentes de la Cultura. El ordenador siguió ese curso

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de acción guiado por la suposición —errónea— de que Los fines de la inventiva
sufriría menos daños si dejaba caer por su interior a la nave fuera de control que si
corría el riesgo de soportar una colisión con su masa.
La Turbulencia en cielo despejado emergió de la capa de aire que había al final de
un nivel de presión moviéndose en el centro de un torbellino de aire y nubes, y
empezó a abrirse paso por la tenue atmósfera de la parte superior del siguiente nivel
temblando y vibrando como si estuviera envuelta en su propio huracán particular. Un
vórtice de aire en el que había hilachas de nubes la siguió como una explosión
invertida. Horza volvió a abrir los ojos y sintió un inmenso alivio al contemplar el
distante suelo del cavernoso interior del VGS y las cifras de las pantallas que
mostraban los datos concernientes a los motores de fusión principales. Los números
iban haciéndose mayores a cada segundo que pasaba. Activó los motores principales
olvidándose del instalado en el morro. Los dos motores principales se pusieron en
marcha haciendo que Horza sintiera la presión de los campos restrictores y la fuerza
que intentaba aplastarle contra el respaldo de su asiento. Fue alzando el morro de la
nave, y vio cómo el suelo que tenían debajo iba desapareciendo para ser sustituido
por otra pared repleta de accesos a los hangares y bodegas. Las puertas eran mucho
más grandes que las de las minibodegas del nivel que acababan de abandonar, y los
escasos fuselajes que pudo ver saliendo o emergiendo de los interiores iluminados de
aquellos inmensos compartimentos eran tan grandes que solo podían pertenecer a
naves estelares.
Horza observó la pantalla mientras pilotaba la Turbulencia en cielo despejado
exactamente igual que si fuera un vehículo aéreo. Estaban avanzando a toda
velocidad por un gigantesco pasillo que debía tener un kilómetro de anchura, con la
capa de nubes colgando a unos quinientos metros por encima de ellos. Las naves
estelares se movían lentamente por el mismo espacio que ellos, algunas impulsadas
por sus campos antigravitatorios, la mayoría, por los campos de los remolcadores
ligeros. Todo se desplazaba muy despacio y sin hacer ningún ruido.
Lo único que turbaba la calma del interior de aquella nave descomunal era la
Turbulencia en cielo despejado y el aullido con que hendía la atmósfera, suspendida
sobre dos espadas gemelas de llamas que emergían de las cámaras de plasma al rojo
blanco. Otro acantilado repleto de puertas enormes apareció ante ellos. Horza se
volvió hacia la pantalla principal e hizo girar la Turbulencia en cielo despejado,
trazando una prolongada curva hacia la izquierda, e inclinó levemente el morro para
enfilar por un nuevo cañón todavía más ancho que el anterior. El muro de puertas y
accesos se inclinó hacia ellos cuando Horza manipuló los controles para que el giro
de la nave se volviera todavía más pronunciado. Horza miró hacia adelante y pudo
ver lo que parecía una nube de insectos: centenares de puntitos negros suspendidos en
el aire.
Muy por detrás de ellos, puede que a cinco o seis kilómetros de distancia, había
un kilómetro cuadrado de negrura ribeteado por una tira de luz blanca no muy intensa

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que se encendía y se apagaba. La tira de luz indicaba la salida de Los fines de la
inventiva. La distancia que les separaba de aquel cuadrado podía recorrerse en línea
recta.
Horza suspiró y sintió cómo todo su cuerpo se relajaba. A menos que fuesen
interceptados, lo habían conseguido… Si tenían un poquito de suerte incluso era
posible que lograran alejarse del orbital. Dio un poco más de potencia a los motores y
dirigió la nave hacia el cuadrado negro como la tinta que se recortaba ante ellos.
Wubslin se inclinó bruscamente hacia adelante luchando contra el tirón de la
aceleración y pulsó algunos botones. Su pantalla repetidora incrustada en la consola
aumentó la parte central de la pantalla principal mostrando lo que tenían delante.
—¡Son personas! —gritó.
Horza le miró frunciendo el ceño.
—¿Qué?
—¡Personas! ¡Esos puntitos son personas! ¡Deben llevar arneses
antigravitatorios! ¡Vamos a pasar justo por entre ellas!
Horza echó un rápido vistazo a la pantalla repetidora de Wubslin. Era cierto. La
nube negra que ocupaba casi toda la pantalla estaba compuesta de seres humanos que
revoloteaban lentamente de un lado para otro. Algunos llevaban trajes espaciales,
otros, ropas corrientes. Horza vio que había miles de ellos a menos de un kilómetro
de distancia, y se estaban acercando rápidamente. Wubslin seguía sin apartar los ojos
de la pantalla y había empezado a mover la mano frenéticamente.
—¡Apartaos! ¡Salid de en medio! —les gritaba.
Horza no logró ver ninguna forma de esquivar a la masa de seres humanos
voladores. No podían dar un rodeo, y no podían pasar por encima ni por debajo de
ella. No sabía si estaban practicando algún extraño juego aéreo o si solo estaban
divirtiéndose, pero eran demasiados, estaban demasiado cerca y se encontraban
demasiado dispersos.
—¡Mierda! —gritó.
Se preparó para desconectar los motores de plasma antes de que la Turbulencia en
cielo despejado atravesara la nube de seres humanos. Con un poco de suerte quizá la
hubieran dejado atrás antes de que se viera obligado a conectarlos de nuevo, y eso
impediría que incinerasen a tantas personas.
—¡No! —gritó Wubslin.
Se quitó el arnés de sujeción, saltó sobre Horza e intentó agarrar los controles.
Horza trató de apartar al corpulento ingeniero, pero no lo consiguió. Wubslin le
arrancó los controles de las manos y la imagen de la pantalla principal giró locamente
sobre sí misma. El morro de la nave se alejó del cuadrado negro de la salida del VGS
y la inmensa nube de humanos voladores para apuntar hacia el acantilado de entradas
brillantemente iluminadas que daban acceso a los hangares principales. El brazo de
Horza se estrelló contra la cabeza de Wubslin y el ingeniero cayó al suelo aturdido.
Horza recuperó los controles apartando los fláccidos dedos de Wubslin, pero ya era

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demasiado tarde para virar. Horza detuvo el giro de la nave y enfiló el morro lo mejor
que pudo. La Turbulencia en cielo despejado salió disparada hacia el acceso de un
hangar principal; cruzó velozmente el umbral y pasó sobre el esqueleto de una nave
estelar que estaba siendo reconstruida. Los motores de la Turbulencia en cielo
despejado provocaron incendios, chamuscaron cabelleras y ropas y cegaron todos los
ojos que carecían de protección.
Horza miró por el rabillo del ojo y vio a Wubslin yaciendo inconsciente en el
suelo. Su cuerpo se movía lentamente de un lado para otro mientras la Turbulencia en
cielo despejado recorría el medio kilómetro de longitud del hangar. Las puertas que
daban al hangar contiguo estaban abiertas, así como las del siguiente y el otro.
Estaban volando por un túnel de dos kilómetros de longitud, deslizándose sobre las
instalaciones de atraque y reparaciones de uno de los armadores que habían
abandonado Evanauth. Horza no tenía ni la más mínima idea de con qué iba a
encontrarse al otro extremo, pero se dio cuenta de que antes de llegar allí tendrían que
pasar por encima de una enorme nave espacial que ocupaba casi la totalidad del tercer
hangar. Horza cambió el vector de los chorros de fusión hacia adelante, reduciendo la
velocidad de la nave. Haces gemelos de fuego ardieron a cada lado de la pantalla
principal en cuanto la energía de fusión salió disparada hacia el morro. El cuerpo de
Wubslin resbaló sobre el suelo del puente y acabó quedando atrapado entre la consola
y su asiento. Horza levantó la proa de la Turbulencia en cielo despejado en cuanto
vio acercarse el morro romo y achatado de la nave espacial que ocupaba el hangar.
La Turbulencia en cielo despejado salió disparada hacia el techo del hangar
principal, pasó velozmente por entre este y la parte superior de la nave, bajó
bruscamente nada más llegar al otro lado y, aunque seguía frenando, recorrió el
último trecho del hangar y entró en otro pasillo vacío. El pasillo era demasiado
angosto. Horza volvió a bajar el morro, vio acercarse el suelo y disparó los láseres.
La Turbulencia en cielo despejado se abrió paso por entre una nube de fragmentos
metálicos al rojo vivo. Los golpes y sacudidas hicieron que el cuerpo de Wubslin
emergiera de debajo de la consola y resbalara hacia la parte trasera del puente.
Al principio Horza creyó que por fin estaban fuera, pero no era así. Acababan de
entrar en lo que la Cultura llamaba un Hangar General.
La Turbulencia en cielo despejado siguió bajando durante unos segundos y volvió
a nivelarse. Se encontraban en un espacio que parecía aún más grande que el interior
principal del VGS. Estaban volando por el hangar donde se encontraba el megabarco,
el mismo megabarco que Horza había visto pocas horas antes en una pantalla siendo
izado de las aguas por un centenar de viejos remolcadores de la Cultura.
Horza disponía de tiempo para mirar a su alrededor. Había montones de espacio y
tiempo más que suficiente para contemplarlo. El megabarco yacía en el suelo de
aquel hangar gigantesco como si fuera una pequeña ciudad sostenida por una inmensa
losa metálica. La Turbulencia en cielo despejado pasó sobre la popa del megabarco,
dejó atrás túneles repletos de hélices que medían decenas de metros, se deslizó junto

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al primer atracadero de la popa —donde las embarcaciones de recreo esperaban el
regreso al mar—, pasó sobre las torres y pináculos de la superestructura y se fue
aproximando a las proas. Horza miró hacia adelante. Las puertas —si es que eran eso
— del Hangar General estaban a dos kilómetros de distancia. Debían tener dos
kilómetros de altura, y como el doble de longitud. Horza se encogió de hombros y
volvió a preparar el láser. Se dio cuenta de que todo aquello empezaba a resultarle
casi aburrido, como si fuese una especie de rutina. «Qué diablos…», pensó.
Los láseres agujerearon el muro que tenían delante y fueron abriendo un orificio
de contornos cada vez mayores. Horza dirigió la nave hacia él. Un vórtice de aire
estaba empezando a formarse alrededor del agujero. La Turbulencia en cielo
despejado se aproximó a él y se vio atrapada por un pequeño ciclón horizontal de aire
que la hizo oscilar. Unos instantes después estaban en el espacio.

La nave emergió del Vehículo General de Sistemas envuelta en una burbuja de aire y
cristales de hielo que se dispersaron rápidamente, y avanzó por el vacío y la
oscuridad tachonada de estrellas que Horza tanto anhelaba ver. Un campo de fuerza
se deslizó sobre el agujero que los láseres habían perforado en las puertas del Hangar
General. Horza sintió cómo los motores de plasma empezaban a fallar al desaparecer
su suministro de aire exterior y volvían a funcionar normalmente gracias al aire
contenido en los tanques de la nave. Se disponía a desconectarlos y pasar al
procedimiento de activación de las unidades de campo de la nave cuando los
altavoces de su asiento emitieron un chisporroteo.
—Aquí la policía del puerto de Evanauth. Está bien, hijo de puta, sigue tu curso
actual y empieza a reducir la velocidad ahora mismo. Policía del puerto de Evanauth
a nave en situación irregular: deténgase ahora mismo. Un…
Horza tiró de los controles y la Turbulencia en cielo despejado trazó un inmenso
arco acelerando sobre la popa del VGS, dejando atrás el kilómetro cuadrado de salida
hacia la que se habían dirigido antes. Wubslin había empezado a gemir. El cuerpo del
ingeniero resbaló por todo el interior del puente golpeándose contra el equipo
mientras la Turbulencia en cielo despejado levantaba el morro para dirigirse hacia el
laberinto de muelles y grúas abandonadas que era el puerto de Evanauth. La nave
seguía girando lentamente a causa del impulso que le había dado el vórtice de aire
que escapó del Hangar General. Horza no detuvo la rotación hasta no estar muy cerca
del punto álgido de su trayectoria. Las instalaciones del puerto se aproximaron a toda
velocidad y empezaron a pasar rápidamente debajo de ellos en cuanto estabilizó el
rumbo.
—¡Nave en situación irregular! ¡Es el último aviso! —rugieron los altavoces—.
¡Deténgase ahora mismo o la haremos volar en pedazos! Dios, va hacia…
La transmisión se interrumpió. Horza sonrió para sí mismo. Sí, se dirigía hacia el
hueco que había entre la parte inferior del puerto y el techo del VGS. La Turbulencia

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en cielo despejado atravesó los espacios existentes entre las conexiones de los tubos
de viaje, pozos de ascensor, grúas portuarias, áreas de tránsito, lanzaderas que se
aproximaban al orbital y torres metálicas. Horza guio la nave por el laberinto con los
motores de fusión escupiendo llamas a su máxima potencia, y la Turbulencia en cielo
despejado recorrió los escasos centenares de espacio abarrotado que había entre el
orbital y el Vehículo General de Sistemas. El radar de popa captó los ecos que les
seguían y emitió un leve ping.
Las dos torres suspendidas debajo del orbital como dos rascacielos invertidos por
entre las que Horza tenía intención de pasar se cubrieron de luces y dejaron escapar
un montón de objetos minúsculos. Horza se encogió en su asiento y la nave atravesó
el espacio que separaba las dos nubes de objetos girando sobre su eje como si fuera
un sacacorchos enloquecido.
—Hemos apuntado por encima de la popa —chisporrotearon los altavoces—. Los
siguientes te abrasarán el culo, piloto de carreras.
La Turbulencia en cielo despejado empezó a sobrevolar la llanura de material gris
mate donde se iniciaba el morro del VGS. Horza hizo girar la nave sobre su eje, bajó
la proa y fue siguiendo la curvatura del inmenso vehículo. La señal enviada por el
radar de popa se desvaneció durante unos segundos y reapareció.
Horza volvió a hacer que la nave girara sobre su eje. Wubslin se vio arrojado
contra el techo del puente y quedó pegado a él, moviendo débilmente los brazos y las
piernas como si fuera una mosca mientras Horza guiaba la Turbulencia en cielo
despejado sobre una sección de un aro exterior.
La nave estaba alejándose de la zona portuaria del orbital y la inmensa masa del
VGS, dirigiéndose hacia el espacio. Horza recordó el equipo que llevaba Balveda y se
inclinó sobre la consola cerrando el circuito del vactubo desde allí. Una pantalla le
indicó que todos los vactubos habían girado. La pantalla trasera mostró algo ardiendo
en el interior de los chorros gemelos de fuego plasmático. El radar trasero seguía
haciendo ping con tozuda insistencia.
—¡Adiós, idiota! —dijo la voz que brotaba del respaldo de su asiento.
Horza viró a un lado.
La pantalla trasera se puso primero blanca y luego negra. La pantalla principal se
llenó de colores y líneas de estática. Los altavoces del casco de Horza y los
incrustados en el asiento emitieron un aullido. Todos los instrumentos de la consola
parpadearon o dejaron de dar lecturas durante unos segundos.
Horza creyó por un momento que les habían alcanzado, pero los motores seguían
funcionando, la pantalla principal estaba empezando a despejarse y el resto de
instrumentos también se estaban recuperando. Los medidores de radiación se
encendían y apagaban con un zumbido estridente. La pantalla trasera seguía sin
mostrar imagen. Un monitor de daños indicó que una considerable dosis de radiación
había dejado fuera de servicio a los sensores.

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El radar trasero volvió a funcionar pero ya no hacía ping. Horza empezó a
comprender lo ocurrido. Echó la cabeza hacia atrás y se rio.
Ahora estaba seguro de que la mochila de Balveda contenía una bomba. En
cuanto a si había estallado al verse atrapada en el chorro de plasma de la Turbulencia
en cielo despejado o porque alguien —la misma persona que había intentado
atraparles dentro del VGS— la había hecho detonar mediante control remoto en
cuanto la Turbulencia en cielo despejado estuvo lo bastante lejos del VGS para que la
detonación no causara demasiados daños, Horza no tenía forma alguna de saberlo. No
importaba. La explosión parecía haber pillado de lleno a las naves de la policía que
les perseguían.
Horza alteró el curso de la Turbulencia en cielo despejado, alejándola cada vez
más del gran círculo brillantemente iluminado que era el orbital y, sin dejar de reír
estruendosamente, la dirigió hacia las estrellas mientras iba preparando las unidades
de campo para que sustituyeran a los motores de fusión. Wubslin, que volvía a estar
en la cubierta con una pierna atrapada en su propio asiento, gemía débilmente.
—Mamá —murmuró—. Mamá, dime que solo es un sueño…
Horza rio aún más fuerte.

—Lunático —jadeó Yalson meneando la cabeza. Estaba contemplándole con los ojos
desorbitados—. Nunca te había visto cometer una locura mayor. Estás loco, Kraiklyn.
Me voy. Dimito con efecto inmediato… ¡Mierda! Ojalá me hubiera ido con
Jandraligeli cuando decidió unirse a Ghalssel… Puedes dejarme en el primer sitio al
que lleguemos.
Horza se reclinó cansadamente en el asiento que ocupaba la cabecera de la mesa
del comedor. Yalson estaba sentada al otro extremo, debajo del monitor sintonizado
con la pantalla principal del puente. La Turbulencia en cielo despejado llevaba dos
horas de viaje alejándose de Vavatch al máximo de velocidad que podían
proporcionarle sus unidades de campo. La destrucción de las naves de la policía
parecía haber puesto fin a todo intento de persecución, y la Turbulencia en cielo
despejado se iba aproximando gradualmente al curso fijado por Horza, adentrándose
en la zona de guerra con el Acantilado Resplandeciente y el Mundo de Schar como
objetivo final.
Dorolow y Aviger —aún visiblemente afectados— estaban sentados a un lado de
Yalson. Tanto la mujer como el anciano contemplaban a Horza con la misma
expresión que habrían puesto si este les apuntara con un arma. Tenían la boca abierta
y los ojos algo vidriosos. Al otro lado de Yalson, la fláccida silueta de Perosteck
Balveda se inclinaba hacia adelante con la cabeza gacha. El arnés de sujeción
impedía que su cuerpo resbalara por el asiento y cayera al suelo.
El comedor se hallaba en un estado caótico. La Turbulencia en cielo despejado no
había estado preparada para todas aquellas maniobras tan violentas, y todo estaba sin

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sujetar o asegurar. Platos y recipientes, un par de zapatos, un guante, algunas cintas
medio desenrolladas, carretes y objetos diversos yacían esparcidos sobre el suelo del
comedor. Yalson había chocado o sido golpeada por algo, y un hilillo de sangre se
había secado sobre su frente. Durante las últimas dos horas, Horza no había dejado
que nadie se moviera salvo para una breve visita a los lavabos. Usó el sistema de
megafonía de la Turbulencia en cielo despejado para decirle a todo el mundo que se
quedara donde estuviese mientras la nave se alejaba de Vavatch siguiendo un curso
errático y lleno de giros. Mantuvo los motores de plasma y los láseres preparados,
pero nadie intentó perseguirles. Horza suponía que se encontraban a salvo, y ahora
estaban lo bastante lejos de Vavatch para ir en línea recta hacia su objetivo.
Dejó a Wubslin en el puente para que se ocupara lo mejor posible de los
maltrechos sistemas de la Turbulencia en cielo despejado que había sometido a
abusos tan salvajes en las últimas horas. El ingeniero se disculpó por haber intentado
quitarle los controles y se mostró muy sumiso. No le miró a los ojos en ningún
momento, y se apresuró a recoger los objetos que se habían soltado de sus soportes e
intentó meter los cables sueltos dentro de la consola. Horza le dijo que había estado a
punto de matarles a todos pero, por otra parte, él también había estado a punto de
acabar con la nave, por lo que y sin que sirviera de precedente, creía que sería mejor
olvidarlo todo. Habían logrado escapar sanos y salvos, y eso era lo importante.
Wubslin asintió y dijo que no sabía cómo lo habían conseguido. No podía creer que la
nave siguiera prácticamente intacta. Wubslin sí había sufrido daños. Tenía morados
por todas partes.
—Me temo que nuestra primera parada es un sitio más bien lúgubre y muy poco
poblado —dijo Horza volviéndose hacia Yalson en cuanto se hubo reclinado en el
asiento y hubo apoyado los pies sobre la mesa—. No estoy muy seguro de que
quieras que te dejemos allí.
Yalson dejó la pesada pistola aturdidora sobre la superficie de la mesa.
—¿Y adónde diablos vamos? ¿Qué está pasando, Kraiklyn? ¿Qué ocurrió
exactamente a bordo del VGS? ¿Qué está haciendo ella aquí? ¿Qué hace la Cultura
metida en esto?
Yalson señaló con la cabeza a Balveda antes de finalizar su discurso, y cuando se
calló esperando una respuesta, Horza seguía contemplando a la agente de la Cultura,
quien continuaba inconsciente. Aviger y Dorolow también le estaban mirando con
expresión expectante.
La pequeña unidad emergió del pasillo que llevaba a la zona de camarotes antes
de que pudiera responder. Entró flotando a través del umbral, contempló el comedor y
acabó posándose en el centro de la mesa.
—¿He oído decir algo de que ha llegado el momento de las explicaciones? —
preguntó con su parte delantera apuntando hacia Horza.
Horza apartó los ojos de Balveda. Miró primero a Aviger y Dorolow y luego a
Yalson y la unidad.

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—Bueno, supongo que tanto da… Nos dirigimos hacia un lugar llamado el
Mundo de Schar. Es un Planeta de los Muertos.
Yalson puso cara de perplejidad.
—He oído hablar de esos planetas. Pero no nos dejarán llegar hasta allí.
—Esto empeora a cada segundo —dijo la unidad—. Capitán Kraiklyn, si
estuviera en su lugar invertiría el curso, volvería a Los fines de la inventiva y me
entregaría a las fuerzas del orden. Estoy seguro de que se le proporcionará un juicio
justo e imparcial.
Horza no le hizo ningún caso. Suspiró, recorrió el comedor con los ojos, estiró las
piernas y bostezó.
—Siento que os hayáis visto embarcados en esto, puede que contra vuestra
voluntad, pero he de ir allí y no puedo permitirme el parar en ningún sitio para
desembarcaros. Tendréis que venir conmigo.
—Oh, ¿de veras? —preguntó la pequeña unidad.
—Sí —dijo Horza mirándole fijamente—, me temo que sí.
—Pero si ni tan siquiera podremos acercarnos al planeta —protestó Aviger—. No
dejan pasar a nadie. Hay alguna especie de zona a su alrededor que no permite el paso
de las naves.
—Ya nos preocuparemos de eso cuando lleguemos allí.
Horza sonrió.
—No estás respondiendo a mis preguntas —dijo Yalson. Se volvió hacia Balveda
y bajó los ojos hacia la pistola que había dejado encima de la mesa—. He estado
soltándole descargas a esta pobre hija de puta cada vez que movía un párpado, y
quiero saber por qué he estado haciéndolo.
—Explicarlo todo requeriría bastante tiempo, pero intentaré resumirlo. En el
Mundo de Schar hay algo de lo que tanto la Cultura como los idiranos quieren
apoderarse. Tengo un… un contrato, una comisión de los idiranos para ir allí y
encontrar ese algo.
—Está paranoico —dijo la unidad con voz cargada de incredulidad. Despegó de
la mesa y se volvió hacia los demás—. ¡Es un verdadero lunático!
—¿Los idiranos nos han… te han contratado para que les consigas algo que
desean?
La voz de Yalson no podía estar más llena de incredulidad. Horza la miró y
sonrió.
—¿Pretendes hacernos creer que esta mujer fue enviada por la Cultura para unirse
a nosotros, para infiltrarse en…? —preguntó Dorolow señalando a Balveda—.
¿Hablas en serio?
—Hablo totalmente en serio. Balveda estaba buscándome, y también buscaba a
Horza Gobuchul. Quería llegar al Mundo de Schar o impedir que nosotros llegáramos
allí. —Horza se volvió hacia Aviger—. Por cierto, dentro de su mochila había una
bomba. Estalló unos segundos después de que la expulsara del tubo, y la detonación

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destruyó las naves de la policía. Todos hemos recibido una cierta dosis de radiación,
pero no es nada letal.
—¿Y Horza? —preguntó Yalson mirándole con cara de pocos amigos—. ¿Era
solo un truco o es cierto que le viste?
—Está vivo, Yalson, y no corre más peligro que nosotros.
Wubslin cruzó el umbral que llevaba al puente. Seguía poniendo cara de querer
pedir disculpas por lo ocurrido. Saludó a Horza con un gesto de cabeza y se sentó.
—Todo va bien, Kraiklyn.
—Estupendo —dijo Horza—. Estaba explicándoles que vamos al Mundo de
Schar.
—Oh —dijo Wubslin—. Sí, claro.
Se volvió hacia los demás y se encogió de hombros.
—Kraiklyn —dijo Yalson inclinándose hacia adelante y clavando los ojos en el
rostro de Horza—, hace muy poco tiempo has estado a punto de conseguir matarnos a
todos no sé cuántas veces. Es muy probable que mataras a bastantes personas durante
esas… esas acrobacias en interiores. Has conseguido que tengamos una agente
secreta de la Cultura a bordo. Estás secuestrándonos o poco menos para llevarnos a
un planeta en el que ni tan siquiera se nos permitirá poner el pie, situado en pleno
centro de una zona de guerra, para buscar algo que ambos bandos desean lo suficiente
como para… Bueno, si los idiranos han decidido contratar un grupo bastante
diezmado de mercenarios de segunda clase, deben estar realmente desesperados; y si
es cierto que la Cultura se encontraba detrás de ese intento de retenernos en la bodega
y si está dispuesta a correr el riesgo de violar la neutralidad de Los fines de la
inventiva y quebrantar algunas de sus preciosas reglas de guerra…, sí, supongo que
deben estar realmente cagados de miedo.
»Quizá creas saber muy bien lo que está ocurriendo y quizá creas que vale la pena
correr el riesgo, pero yo no, y esta sensación de que me ocultas cosas no me hace
ninguna gracia. Tu historial de los últimos tiempos ha sido francamente desastroso,
seamos sinceros. Arriesga tu propia vida si quieres, pero no tienes ningún derecho a
arriesgar las nuestras. Ya no… Puede que no todos queramos trabajar para los
idiranos, pero aun suponiendo que los prefiriésemos a la Cultura, no nos unimos a
esta Compañía Libre para empezar a luchar en pleno centro de la guerra. Mierda,
Kraiklyn, no estamos ni… ni equipados ni lo bastante bien entrenados para
enfrentarnos a esa clase de tipos.
—Ya lo sé —dijo Horza—, pero no deberíamos encontrarnos con ninguna fuerza
de combate. La Barrera del Silencio que rodea al Mundo de Schar tiene una extensión
tan grande que es imposible mantener vigilado todo su perímetro. Nos acercaremos
desde una dirección escogida al azar, y para cuando nos hayan localizado, tengan la
clase de nave que tengan, no podrán hacer nada al respecto. Ni una Flota de Combate
Principal podría impedirnos que llegáramos hasta allí… Cuando nos marchemos
ocurrirá lo mismo.

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—Lo que estás intentando decir es que entrar será fácil y salir será fácil, ¿no? —
replicó Yalson reclinándose en su asiento.
—Puede que sí.
Horza se rio.
—Eh —dijo Wubslin de repente contemplando la pantalla de la terminal que
acababa de sacarse del bolsillo—. ¡Ya casi es la hora!
Se puso en pie y desapareció por el umbral que llevaba al puente. Unos segundos
después la imagen de la pantalla del comedor fue desplazándose lentamente hasta
mostrar Vavatch. El gran orbital flotaba en el espacio, oscuro y brillante, lleno de
noche y día, azul, blanco y negro. Todos alzaron los ojos hacia la pantalla.
Wubslin volvió a entrar en el comedor y se sentó. Horza estaba muy cansado. Su
cuerpo quería descanso en dosis abundantes. Su cerebro seguía zumbando a causa de
la concentración y la cantidad de adrenalina que había necesitado segregar para
pilotar la Turbulencia en cielo despejado a través de Los fines de la inventiva hasta
salir al espacio, pero aún no podía permitirse el lujo de descansar. No estaba muy
seguro de qué hacer. ¿Debía decirles quién era? ¿Debía contarles la verdad,
explicarles que era un cambiante y que había matado a Kraiklyn? ¿Hasta dónde
llegaba la lealtad de cualquiera de ellos a un líder cuya muerte aún ignoraban? Yalson
quizá fuese la más leal a Kraiklyn; pero seguramente le alegraría saber que Horza
estaba vivo… Aun así, era quien había dicho que quizá no todos estaban de parte de
los idiranos… Antes nunca había dado ninguna muestra de que simpatizase con la
Cultura, pero quizá había cambiado de opinión durante el tiempo que Horza estuvo
fuera de la nave.
Incluso podía invertir el cambio. Tenían por delante un viaje tan largo que
dispondría del tiempo suficiente para alterar las fidelidades del ordenador de la
Turbulencia en cielo despejado, y puede que Wubslin estuviera dispuesto a ayudarle.
Pero ¿debía decírselo…, debía revelarles la verdad? Y también estaba Balveda. ¿Qué
iba a hacer con ella? Había pensado que quizá pudiera usarla para hacer un trato con
la Cultura, pero todo apuntaba a que habían logrado escapar y la siguiente parada era
el Mundo de Schar, donde Balveda sería un estorbo en el mejor de los casos. Tendría
que matarla ahora mismo, pero sabía que eso quizá no le gustara demasiado a los
demás, sobre todo a Yalson; y aunque no le gustara admitirlo, también sabía que
matar a la agente de la Cultura le resultaría bastante doloroso. Eran enemigos, ambos
habían estado muy cerca de morir y ninguno de los dos había hecho nada —o muy
poco— para salvar a su contrincante, pero matarla a sangre fría… sería muy difícil.
O quizá solo quería fingir que le resultaría muy difícil. Quizá sería lo más sencillo
del mundo, y la clase de incómoda camaradería que surgía de estar haciendo el
mismo trabajo aunque en bandos distintos no fuera más que una mentira. Horza se
volvió hacia Yalson y abrió la boca para ordenarle que volviera a disparar una ráfaga
aturdidora contra la agente de la Cultura.
—Ahora —dijo Wubslin.

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Y el orbital Vavatch empezó a desintegrarse.
La imagen visible en la pantalla del comedor era una versión hiperespacial
compensada, por lo que aun estando fuera del sistema de Vavatch, podían ir viendo
todo lo que ocurría en una secuencia muy aproximada al tiempo real. El Vehículo
General de Sistemas invisible y anónimo todavía militarizado al máximo que se
encontraba en algún lugar cercano al sistema planetario de Vavatch dio comienzo al
bombardeo justo en el momento anunciado. Horza estaba casi seguro de que debía ser
un VGS de la clase Océano, el mismo que había enviado el mensaje que todos habían
observado hacía unos días en la pantalla del comedor cuando se aproximaban a
Vavatch. La nave de combate debía de ser mucho más pequeña que Los fines de la
inventiva, un VGS que ya había quedado anticuado para todo efecto práctico. Una
clase Océano cabría en cualquiera de los Hangares Generales de Los fines de la
inventiva, pero a diferencia de su hermana mayor —que debía estar a una hora de
distancia del orbital—, no iba llena de gente. La clase Océano debía estar repleta de
armamento y navíos de combate.
El fuego de rejilla alcanzó al orbital. Horza vio cómo la pantalla se encendía de
repente. Toda su superficie emitió un destello cegador, pero la claridad solo duró el
tiempo que necesitaron los sensores para enfrentarse al repentino aumento de
intensidad luminosa y compensarlo. Horza había creído que la Cultura se limitaría a
esparcir el fuego de rejilla sobre toda la masa del orbital y que dispersaría los restos
con la AMC, pero el procedimiento seguido fue distinto. Un delgado haz de cegadora
luz blanca atravesó el lado diurno del orbital. El estilete llameante de aniquilación
silenciosa fue rodeado inmediatamente por la algo más deslustrada pero aún
perfectamente blanca capa de nubes. Ese haz luminoso era parte de la rejilla, la
matriz de energía pura oculta bajo la materia del universo visible que separaba este
cosmos del universo antimaterial ligeramente más joven y más pequeño que se
encontraba oculto debajo de él. La Cultura, al igual que los idiranos, estaba en
condiciones de controlar una parte de aquel impresionante poder, al menos lo
suficiente para utilizarlo como arma destructiva. Un haz de esa energía sacado de la
nada y superpuesto al universo tridimensional acababa de aparecer ante sus ojos. El
haz atravesó el orbital haciendo hervir el Mar Circular, derritiendo los dos mil
kilómetros de pared transparente y aniquilando el material de base sin desviarse ni un
centímetro a lo largo de los treinta y cinco mil kilómetros de su trayectoria.
El aro de catorce millones de kilómetros que era Vavatch estaba empezando a
perder su curvatura. La cadena había sido cortada.
Ahora ya no quedaba nada que pudiera mantener unida la estructura. Su rotación,
la fuente tanto de su ciclo diurno-nocturno como de su gravedad artificial, se había
convertido en la fuerza que estaba destrozándola. Vavatch empezó a estirarse por el
espacio a ciento treinta kilómetros por segundo como un resorte que deja de estar
sometido a tensión.

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El lívido haz de fuego volvió a aparecer una vez, y otra, y otra, moviéndose
metódicamente a lo largo del orbital desde el punto perforado por el primer impacto.
El orbital fue cortado limpiamente en cuadrados de treinta y cinco mil kilómetros de
lado. Cada uno de esos cuadrados contenía un bocadillo hecho con trillones de
toneladas del material ultradenso de base, agua, tierra y aire.
Vavatch estaba volviéndose de color blanco. El fuego de rejilla empezó
convirtiendo el agua en una frontera de nubes; después el aire que escapaba de cada
cuadrado inmenso como la humareda del estiércol que sale de un establo fue
convirtiendo su carga de vapor de agua en hielo. El océano ya no estaba contenido
por la rotación y empezó a cambiar de posición, derramándose con infinita lentitud
por los dos bordes de cada lámina del material que había servido de base a Vavatch.
Después se transformó en hielo y fue alejándose en lentos giros por el espacio.
El haz de fuego empezó a moverse en la dirección contraria al giro diseccionando
con infinita precisión las secciones del orbital que seguían conservando la curvatura y
continuaban girando mediante sus repentinos y letales destellos de luz, una luz que no
pertenecía a la textura normal de la realidad.
Horza recordó lo que había dicho Jandraligeli cuando Lenipobra se entusiasmaba
pensando en la destrucción del orbital.
«El armamento del fin del universo», había dicho el mondliciano. Horza observó
la pantalla y comprendió perfectamente a qué se refería con esas palabras.
Todo estaba desapareciendo. Todo, absolutamente todo. El Olmedreca, el iceberg
en forma de meseta con el que había chocado, los restos de la lanzadera de la
Turbulencia en cielo despejado, el cuerpo de Mipp, el de Lenipobra, lo que quedara
de los cuerpos de Fwi-Song y del señor Primero…, los devoradores que siguieran con
vida si es que no habían sido rescatados o si habían rechazado el serlo…, la arena del
auditorio donde se había jugado la partida de daño, los muelles y el cadáver de
Kraiklyn, el aerodeslizador…, animales y peces, pájaros, gérmenes, todo. Todo ardía
o se congelaba en una fracción de segundo repentinamente desprovisto de peso para
alejarse girando por el espacio, muriendo y perdiéndose en el infinito.
El implacable haz de fuego terminó su circuito del orbital volviendo casi al
mismo punto donde había empezado el trayecto. El orbital se había convertido en un
conjunto de cuadrados blancos que se iban distanciando lentamente unos de otros
para dirigirse hacia las estrellas. Las cuatrocientas losas de tierra, material de base y
agua en rápido proceso de congelación empezaron a seguir trayectorias angulares
situadas por encima o por debajo del plano formado por los planetas del sistema,
como si ellas mismas fuesen pequeños mundos achatados en forma de cuadrado.
Vavatch conoció su breve momento de gracia y murió en un solitario esplendor de
fuego. Un instante después la oscuridad de su centro se vio iluminada por una estrella
llameante. El cubo acababa de sufrir el impacto de la misma energía terrible que
había destrozado el mundo al cual servía de centro.
Vavatch empezó a arder como si fuese un blanco de tiro.

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Horza creía que la Cultura se conformaría con eso, pero la pantalla volvió a
encenderse. Cada naipe achatado y el cubo que habían formado la estructura del
orbital emitió una gélida oleada de brillantez parpadeante, como si un millón de
minúsculas estrellas blancas hubieran nacido detrás de cada fragmento.
La luz se desvaneció. Los cuatrocientos mundos achatados y su cubo central
habían desaparecido para ser sustituidos por una parrilla de siluetas en forma de cubo
que estaban alejándose velozmente las unas de las otras, así como del resto de
fragmentos creados por la desintegración del orbital.
Los fragmentos también se encendieron en un repentino diluvio de alfilerazos de
luz blanca que, al desvanecerse, dejó partículas tan pequeñas que ya no resultaban
visibles.
Vavatch era un disco deforme de escombros centelleantes que giraba en espiral,
expandiéndose muy lentamente contra el distante telón de fondo de las estrellas como
un anillo de polvo brillante. El deslumbrante resplandor emitido por el centro hacía
pensar en un inmenso ojo sin párpados que contemplaba impasiblemente la eternidad.
La pantalla se iluminó por última vez, pero ahora no hubo ningún punto de luz
que pudiera percibirse por separado. Fue como si toda la imagen confusa y
vagamente deformada del orbital desintegrado hubiera empezado a arder con un
extraño calor interno que la convirtió en una nube toroidal, un halo de luz blanca con
un iris desvaneciéndose poco a poco en su centro. El espectáculo terminó un instante
después, y la luz del sol volvió a ser la única encargada de iluminar el nimbo en
expansión del mundo aniquilado.
En otras longitudes de onda probablemente aún quedaría mucho por ver, pero la
pantalla del comedor estaba sintonizada para captar la luz normal. Solo las Mentes y
las naves estelares podrían contemplar una imagen perfecta y completa de la
destrucción; solo ellas serían capaces de valorar y apreciar cuanto tenía que ofrecer.
El ojo humano desnudo solo podía captar poco más del uno por ciento de la gama del
espectro electromagnético, una solitaria octava de radiación perdida en un teclado de
tonos inmensamente largo. Los sensores de una nave espacial lo verían todo, y
podrían recorrer el espectro captándolo con mucho más detalle y a una velocidad
aparente considerablemente más lenta. En el inmenso espectáculo de fuegos
artificiales que había sido la destrucción del orbital, solo había una pequeña parte que
pudiera ser captada por los ojos humanos. Los órganos de visión creados por la
evolución biológica eran incapaces de apreciarlo en su justo valor. «Una atracción
para máquinas», pensó Horza. Sí, eso era. Un espectáculo para divertir a las malditas
máquinas…
—Chicel… —dijo Dorolow.
Wubslin dejó escapar el aire y meneó la cabeza. Yalson se volvió hacia Horza y le
miró. Aviger seguía con los ojos clavados en la imagen de la pantalla.
—Es sorprendente lo que uno puede conseguir cuando aplica todos los recursos
de su mente y voluntad, ¿verdad…, Horza?

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Al principio Horza creyó que las palabras habían surgido de los labios de Yalson
pero, naturalmente, era Balveda quien había hablado.
La agente de la Cultura alzó lentamente la cabeza. Había abierto los ojos y sus
oscuras pupilas parecían capaces de ver con claridad. Daba la impresión de estar algo
aturdida, y su cuerpo seguía colgando fláccidamente de las tiras del arnés de sujeción.
Pero su voz había sonado clara y firme.
Horza vio cómo Yalson alargaba la mano hacia la pistola aturdidora que había
dejado encima de la mesa. Sus dedos se cerraron sobre el arma y la atrajeron hacia
ella, pero no la empuñó. Estaba contemplando a la agente de la Cultura con expresión
suspicaz. Aviger, Dorolow y Wubslin también se habían vuelto hacia ella.
—¿Qué le pasa a esa pistola aturdidora? ¿Es que tiene bajas las pilas o qué? —
preguntó Wubslin.
Yalson seguía contemplando a Balveda con los ojos entrecerrados.
—Estás algo confusa, Gravant, o quien quiera que seas —dijo Yalson—. Ese es
Kraiklyn, no Horza.
Balveda se volvió hacia Horza y le sonrió. Horza intentó que su rostro no dejara
traslucir nada de lo que pasaba por su cabeza. No sabía qué hacer. Estaba agotado. El
esfuerzo había sido excesivo. Si iba a ocurrir, que ocurriera. Estaba harto de tomar
decisiones.
—Bueno —dijo Balveda—, ¿vas a explicárselo o quieres que se lo explique yo
por ti?
Horza no dijo nada. Sus ojos no se apartaban del rostro de Balveda. La mujer
tragó una honda bocanada de aire.
—Oh, muy bien. Se lo contaré. —Se volvió hacia Yalson—. Este hombre se
llama Bora Horza Gobuchul, y ha adoptado la personalidad de Kraiklyn. Horza es un
cambiante de Heibohre y trabaja para los idiranos. Ha estado trabajando para ellos
durante los últimos seis años. Ha cambiado para convertirse en Kraiklyn. Supongo
que vuestro auténtico líder debe estar muerto. Lo más probable es que Horza le
matara o, por lo menos, que le dejara en algún lugar de Evanauth o los alrededores.
Lo siento muchísimo. —Sus ojos recorrieron los rostros de todos los presentes, sin
olvidar a la pequeña unidad—. Pero a menos que esté equivocada parece que vamos a
hacer un viajecito hasta un lugar llamado el Mundo de Schar. Bueno, al menos
vosotros… Tengo la sensación de que mi viaje puede ser un poco más corto… e
infinitamente más largo.
Balveda miró a Horza y le sonrió con ironía.
—¿Dos? —exclamó la unidad sin dirigirse a nadie en particular—. ¿Estoy
atrapado en una antigualla de museo llena de fugas y averías con dos lunáticos
paranoides?
—No eres Horza —dijo Yalson ignorando a la máquina y mirando fijamente a
Horza—. No eres Horza, ¿verdad? Está mintiendo.

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Wubslin se volvió hacia él. Aviger y Dorolow intercambiaron una rápida mirada.
Horza suspiró y bajó los pies de la mesa para erguirse en el asiento. Se inclinó hacia
adelante, puso los codos sobre la mesa y apoyó el mentón en las manos. Estaba
observando y captando las emociones, intentando calibrar los distintos estados de
ánimo de las personas que le rodeaban. Era consciente de sus distancias, de la tensión
de sus cuerpos y del tiempo que necesitaría para desenfundar la pistola de plasma que
colgaba de su cadera derecha. Alzó la cabeza, sus ojos recorrieron los rostros de los
presentes y acabaron posándose en el de Yalson.
—Sí, soy Horza —dijo.
El silencio se adueñó del comedor. Horza estaba esperando una reacción. No
hubo ninguna, solo el silbido de una puerta abriéndose en la zona de camarotes.
Todos se volvieron hacia el umbral.
Neisin entró en el comedor con unos pantalones cortos bastante sucios como
único atuendo. Su cabello era una masa de mechones que apuntaban en todas
direcciones, sus ojos eran dos rendijas, su piel parecía un retazo de zonas secas y
mojadas, y su rostro estaba muy pálido. El olor del alcohol fue invadiendo la
atmósfera del comedor. Neisin recorrió la habitación con los ojos, bostezó, les saludó
con la cabeza y señaló vagamente algunos de los objetos que seguían esparcidos por
el suelo.
—Este sitio tiene casi tan mal aspecto como mi camarote —dijo—. Viéndolo
cualquiera pensaría que hemos estado maniobrando o algo parecido… Lo siento. Creí
que era la hora de comer. Me parece que voy a volver a la cama.
Bostezó y salió del comedor. La puerta se cerró a su espalda.
Balveda estaba riendo suavemente. Horza vio que había lágrimas en sus ojos. Los
demás parecían confusos.
—Bueno, ese hombre tan observador y perspicaz que acaba de marcharse debe
ser la única persona de todo este asilo móvil que vive feliz y sin preocupaciones —
dijo la unidad. La máquina giró sobre la mesa para contemplar a Horza, arañando la
superficie en el proceso—. Entonces, ¿afirmas ser uno de esos fabulosos
suplantadores de humanos? —le preguntó con voz entre despectiva y burlona.
Horza bajó la vista hacia la mesa, alzó la cabeza y contempló el rostro de Yalson,
quien estaba observándole con expresión cautelosa y el ceño fruncido.
—Eso es justamente lo que soy.
—Se han extinguido —dijo Aviger meneando la cabeza.
—No se han extinguido —dijo Balveda. Su esbelta cabeza de rasgos finamente
moldeados se volvió unos segundos hacia el anciano—. Pero ahora se encuentran
dentro de la esfera de influencia idirana. Algunos siempre han apoyado a los idiranos.
El resto se marchó o acabó decidiendo que lo mejor sería unirse a ellos. Horza
pertenece al primer grupo. Odia a la Cultura. Os lleva al Mundo de Schar para
secuestrar a una Mente naufragada y entregársela a sus amos idiranos. Una Mente de

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la Cultura… Obra así porque quiere que la galaxia se vea libre de interferencias
humanas y que los idiranos tengan vía libre para…
—Basta, Balveda —dijo Horza.
La mujer de la Cultura se encogió de hombros.
—Eres Horza —dijo Yalson señalándole con el dedo. Horza asintió sin decir
nada. Yalson meneó la cabeza—. No puedo creerlo. Estoy empezando a pensar que la
unidad tiene razón. Los dos estáis locos. Te dieron varios golpes en la cabeza,
Kraiklyn, y en cuanto a usted, señora… —Miró a Balveda—. Bueno, supongo que
este trasto le ha afectado los sesos.
Yalson alzó la pistola aturdidora y volvió a dejarla encima de la mesa.
—No sé… —dijo Wubslin, rascándose la cabeza y mirando a Horza como si
fuese una rara pieza de colección exhibida en un museo—. Antes tuve la impresión
de que el capitán actuaba de una forma algo rara. Además, no me imagino a Kraiklyn
haciendo lo que hizo cuando estábamos dentro del VGS.
—¿Qué hiciste, Horza? —preguntó Balveda—. Parece que me he perdido algo.
¿Cómo lograste escapar de allí?
—Volando, Balveda. Usé los motores de fusión y el láser y me abrí paso como
buenamente pude.
—¿De veras? —Balveda echó la cabeza hacia atrás y volvió a reír. Siguió riendo,
pero la risa sonaba un tanto forzada y las lágrimas acudieron a sus ojos con excesiva
rapidez—. Jo, jo, jo. Bueno, confieso que estoy muy impresionada… Creía que por
fin habíamos conseguido atraparte.
—¿Cuándo lo descubriste? —le preguntó el cambiante en voz baja y suave.
Balveda dejó escapar un bufido e intentó limpiarse la nariz en el hombro.
—¿El qué? ¿Qué no eras Kraiklyn? —Se pasó la lengua por el labio superior—.
Oh, unos momentos antes de que subieras a bordo. Disponíamos de un microrrobot
que fingía ser una mosca. Estaba programado para posarse sobre cualquier persona
que se aproximara a la nave mientras estuviese dentro de la minibodega y tomar una
muestra suya. Una célula de piel, un cabello…, lo que fuese. Tus cromosomas nos
permitieron identificarte. Había otro agente fuera. Cuando se dio cuenta de que te
estabas preparando para zarpar debió usar su efector sobre los controles de la
minibodega. Se suponía que yo debía…, bueno, si aparecías debía hacer lo que
pudiese en aquel momento. Matarte, capturarte, averiar la nave…, cualquier cosa.
Pero cuando me avisaron ya era demasiado tarde. Sabían que si me avisaban alguien
podía captar la comunicación, pero supongo que debían estar muy preocupados.
—El ruido que oíste salir de su mochila justo antes de que la dejara sin sentido
debía ser la señal de aviso —dijo Horza volviéndose hacia Yalson—. Ah, Balveda,
por cierto, me he librado de tu equipo. Lo tiré por un vactubo. Tu bomba estalló.
Balveda pareció hundirse un poco más en su asiento. Horza supuso que debía
haber estado albergando la esperanza de que siguiera a bordo. Como mínimo, debía

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suponer que la bomba aún no había sido activada y que eso haría que su muerte no
fuera en vano o que alguien más muriese con ella.
—Oh, sí —dijo bajando los ojos hacia la mesa—. Claro, los vactubos.
—¿Qué ha sido de Kraiklyn? —preguntó Yalson.
—Está muerto —dijo Horza—. Le maté.
—Oh, bueno… —Yalson suspiró y sus dedos tabalearon suavemente sobre la
superficie de la mesa—. Conque esas tenemos… No sé si estáis locos o si estáis
diciendo la verdad. Francamente, las dos posibilidades me parecen igual de horribles.
—Sus ojos fueron de Balveda a Horza—. Por cierto, si eres Horza, volver a verte me
resulta mucho menos agradable de lo que había imaginado —añadió enarcando las
cejas.
—Lo siento —dijo Horza.
Yalson ladeó la cabeza apartando la mirada de él.
—Sigo pensando que lo mejor que podemos hacer es volver a Los fines de la
inventiva y dejarlo todo en manos de las autoridades competentes.
La unidad activó su campo, separándose unos centímetros de la mesa, y les miró.
Horza se inclinó hacia adelante y golpeó uno de los paneles con los nudillos. La
unidad se volvió hacia él.
—Máquina, vamos al Mundo de Schar —le dijo—. Si quieres volver al VGS, te
aseguro que me encantará meterte dentro de un vactubo y permitir que intentes llegar
hasta él por tus propios medios. Pero si te oigo decir una sola vez más todo eso de
volver y del juicio imparcial te volaré ese jodido cerebro sintético, ¿me has
comprendido?
—¿Cómo se atreve a hablarme así? —gritó la unidad—. Le hago saber que soy un
Artefacto Libre Acreditado y que he sido sometido a examen por la Administración
de Pautas Morales Unidas del Gran Vavatch, obteniendo la consideración de
plenamente consciente según la Ley de Libres Albedríos, lo cual me convierte en
ciudadano de pleno derecho de la Heterocracia de Vavatch. Además, me falta muy
poco para pagar mi Deuda de Generación. Cuando haya acabado de pagarla seré libre
de hacer lo que me dé la gana, y ya he sido aceptado como alumno en un curso para
obtener la licenciatura de parateología aplicada en la Universidad de…
—¿Quieres cerrar tu maldito… altavoz y escucharme? —gritó Horza
interrumpiendo el monólogo de la unidad, quien estaba aprovechando al máximo el
hecho de que no le era preciso tragar aire para hablar—. No estamos en Vavatch, y no
me importa lo condenadamente listo que seas o cuántas calificaciones distintas
poseas. Estás a bordo de esta nave y harás lo que yo diga. ¿Quieres marcharte? Pues
vete ahora mismo y vuelve flotando a los jodidos restos de ese precioso orbital tuyo.
Si te quedas obedecerás mis órdenes. Si no lo haces acabarás convertido en un
montón de chatarra.
—Entonces, ¿son esas mis opciones?
—Sí. Utiliza un poco de tu libre albedrío acreditado y decídete ahora mismo.

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—Yo… —El campo de la unidad la alzó un poco más sobre la mesa y volvió a
hacerla descender lentamente—. Hmmm —dijo—. Muy bien. Me quedo.
—Y obedecerás todas las órdenes.
—Y obedeceré todas las órdenes…
—Estupendo, y…
—… siempre que sean razonables.
—Máquina… —dijo Horza alargando la mano hacia la pistola de plasma.
—¡Oh, vamos, hombre! —exclamó la unidad—. ¿Qué quiere? ¿Un robot? —Su
voz estaba impregnada de desprecio—. No dispongo de un botón para desconectar
mis funciones de raciocinio; no puedo tomar la decisión de no tener libre albedrío,
¿comprende? Oh, claro, no me costaría nada jurar que obedeceré todas las órdenes sin
importarme sus consecuencias. Si me lo pide hasta podría jurar que sacrificaré mi
vida por usted, pero en tal caso estaría mintiendo para poder seguir con vida. Juro que
seré tan obediente y fiel como cualquiera de sus tripulantes humanos…, de hecho,
tanto como el más obediente y fiel de cualquiera de ellos. Venga, hombre, por el
raciocinio sagrado, ¿qué más puede pedirme?
«Bastardo escurridizo», pensó Horza.
—Bueno, supongo que tendré que conformarme con eso —dijo—. Y ahora,
¿puedo…?
—Pero estoy obligado a comunicarle que dados los términos de mi Acuerdo
Retrospectivo de Construcción, mi Contrato de Empleo y mi Acuerdo de Préstamo
Compensatorio de la Deuda Contraída, el que se me haya llevado por la fuerza
obligándome a abandonar mi puesto de trabajo le hace responsable del pago de dicha
deuda hasta mi regreso, y que también corre el riesgo de enfrentarse a acusaciones
civiles y criminales que…
—Joder, unidad —le interrumpió Yalson—. ¿Estás segura de que no quieres
estudiar derecho?
—Acepto todas esas responsabilidades, máquina —dijo Horza—. Y ahora,
cierra…
—Bueno, espero que tenga una buena póliza de seguros —murmuró la unidad.
—¡Cállate de una vez!
—¿Horza? —dijo Balveda.
—¿Sí, Perosteck?
Se volvió hacia ella sintiendo algo casi parecido al alivio. Los ojos de Balveda
brillaban. La agente de la Cultura volvió a lamerse el labio superior, inclinó la cabeza
y contempló la superficie de la mesa.
—¿Qué vas a hacer conmigo?
—Bueno, una de las posibilidades que se me han pasado por la cabeza es meterte
en un vactubo y echarte al espacio… —dijo hablando muy despacio. Vio cómo su
cuerpo se tensaba. Yalson también se puso tensa. Giró sobre sí misma hasta quedar de
cara a él, apretando los puños y abriendo la boca. Horza siguió hablando—. Pero

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puede que aún sirvas de algo y… Oh, llamémoslo sentimentalismo. —Sonrió—.
Naturalmente, tendrás que portarte bien.
Balveda alzó los ojos hacia él. Horza vio que estaban empezando a llenarse de
esperanza, pero también captó el temor de quien no se atreve a hacerse demasiadas
ilusiones.
—Espero que hables en serio —dijo en voz baja.
Horza asintió.
—Hablo en serio. Además, hasta que no haya descubierto cómo lograste huir de
La mano de Dios 137… Bueno, librarme de ti quizá fuera obrar de forma
excesivamente precipitada, ¿verdad?
Balveda se relajó y tragó una honda bocanada de aire. Su siguiente carcajada fue
muy suave. Yalson estaba contemplando a Horza con cara de pocos amigos, y sus
dedos seguían repiqueteando lentamente sobre la mesa.
—Yalson —dijo Horza—, quiero que tú y Dorolow llevéis a Balveda a un
camarote y… quiero que la desnudéis. Quitadle el traje y todo lo demás. —Era
consciente de que todos estaban mirándole. Balveda había enarcado las cejas
fingiendo sorpresa—. Después quiero que cojáis el equipo de cirugía, y en cuanto
esté desnuda quiero que le hagáis todas las pruebas y exámenes imaginables para
aseguraros de que no posee bolsas de piel, implantes o prótesis. Utilizad los
ultrasonidos, el equipo de rayos X, el aparato de resonancia magnética y todo lo que
tengamos a bordo. En cuanto hayáis terminado buscadle algo de ropa. Meted su traje
en un vactubo y echadlo al espacio. Haced lo mismo con las joyas o con cualquier
otra clase de objetos personales sea cual sea su clase o su tamaño, y por muy
inocentes e inofensivos que puedan pareceros.
—¿Alguna cosa más? ¿Quieres que la lavemos y la frotemos con aceites
aromáticos, que le pongamos una túnica blanca y la acostemos sobre un altar de
piedra? —preguntó Yalson con sarcasmo.
Horza meneó la cabeza.
—Quiero que esté limpia y que no disponga de nada que pueda ser utilizado
como arma o que pueda ser convertido en un arma. Entre los últimos inventos que la
Cultura ha puesto a disposición del personal de Circunstancias Especiales hay algo
llamado memoriformes. Pueden tener el aspecto de una insignia, de un medallón…
—Miró a Balveda, quien asintió irónicamente—. Bueno, el caso es que pueden
parecer cualquier cosa. Pero basta con que les hagáis algo, como tocarlos en el sitio
adecuado, mojarlos o pronunciar cierta palabra, para que se conviertan en un
comunicador, un arma o una bomba. No quiero correr el riesgo de llevar a bordo nada
más peligroso que la persona de la agente Balveda.
—¿Y cuando lleguemos al Mundo de Schar? —preguntó Balveda.
—Te daremos ropa de abrigo. Bien envuelta no tendrás ningún problema. Ni traje
ni armas.

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—¿Y el resto de nosotros? —preguntó Aviger—. ¿Qué se supone que debemos
hacer cuando llegues a ese sitio? Suponiendo que te dejen poner el pie allí, cosa que
dudo…
—Aún no estoy seguro —dijo Horza, y era sincero—. Quizá debáis venir
conmigo. Tendré que ver si puedo hacer algo para alterar las fidelidades de la nave.
Es posible que podáis permanecer a bordo; quizá tengáis que bajar al planeta
conmigo. De todas formas, allí hay otros cambiantes, personas como yo pero que no
trabajan para los idiranos. Si tengo que ausentarme durante algún tiempo, ellos
deberían ser capaces de atenderos razonablemente bien. Naturalmente —dijo mirando
a Yalson—, si cualquiera de vosotros desea venir conmigo, estoy seguro de que
podemos tratar este asunto como si fuera una operación normal en términos de
reparto y ese tipo de cosas. En cuanto haya dejado de necesitar la Turbulencia en
cielo despejado, quienes lo deseen pueden quedarse en ella y usarla para lo que les
parezca. Si queréis podéis venderla, eso es asunto vuestro. Ocurra lo que ocurra, en
cuanto haya cumplido con mi misión en el Mundo de Schar o haya hecho todo lo
posible por cumplirla, podréis hacer lo que mejor os parezca.
Yalson había estado mirándole, pero apartó la vista antes de que acabara de hablar
y meneó la cabeza. Wubslin tenía los ojos clavados en la cubierta. Aviger y Dorolow
se miraron el uno al otro. La unidad guardó silencio.
—Bien —dijo Horza poniéndose en pie con un cierto esfuerzo—. Yalson y
Dorolow, si tenéis la bondad de ocuparos de la agente Balveda… —Yalson suspiró y
convirtió el levantarse en una exhibición de reluctancia. Dorolow empezó a abrir las
tiras del arnés que sujetaba el cuerpo de la agente de la Cultura al asiento—. Y tened
mucho cuidado con ella —siguió diciendo Horza—. Que una de las dos esté a una
buena distancia apuntándola continuamente con el arma mientras la otra hace el
trabajo.
Yalson murmuró algo inaudible y se inclinó para coger la pistola aturdidora que
había dejado encima de la mesa. Horza se volvió hacia Aviger.
—Creo que alguien debería hablar con Neisin y contarle que se ha perdido unos
momentos llenos de grandes emociones, ¿no te parece?
Aviger vaciló y acabó asintiendo con la cabeza.
—Sí, Kraik…
La palabra se convirtió en un balbuceo y Aviger no añadió nada más. Se puso en
pie y fue rápidamente por el pasillo que llevaba a los camarotes.
—Kraiklyn, si no tienes objeción creo que abriré los compartimentos delanteros
para echar un vistazo a los láseres —dijo Wubslin—. Oh… Perdona, quise decir
Horza.
El ingeniero se puso en pie, frunció el ceño y se rascó la cabeza. Horza asintió.
Wubslin encontró un recipiente limpio que no había sufrido daños, bebió un trago del
líquido frío que contenía y se alejó por el pasillo atravesando la zona de los
camarotes.

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Dorolow y Yalson habían acabado de soltar a Balveda. La mujer de la Cultura
estiró su delgado cuerpo de piel pálida, cerró los ojos y arqueó el cuello pasándose
una mano por entre su corta cabellera pelirroja. Dorolow la observaba con cautela.
Yalson tenía la pistola aturdidora preparada. Balveda flexionó los hombros e indicó
que estaba lista.
—Bien —dijo Yalson, moviendo el arma para ordenarle que pasara delante—. Lo
haremos en mi camarote.
Horza se puso en pie para dejar pasar a las tres mujeres.
—¿Cómo lograste escapar de La mano de Dios 137, Balveda? —le preguntó
mientras la agente de la Cultura pasaba junto a él, caminando con zancadas tan largas
y gráciles como si no llevara puesto el traje.
—Maté al centinela —dijo Balveda deteniéndose ante él—. Después me quedé
sentada y esperé, Horza. El VGS consiguió capturar la nave intacta. Al cabo de un
rato, varias unidades de combate muy educadas se presentaron a rescatarme.
Se encogió de hombros.
—¿Mataste a un idirano provisto de una carabina láser y una armadura de
combate? ¿Sin ninguna clase de armas? —le preguntó Horza con cierto escepticismo.
Balveda volvió a encogerse de hombros.
—Horza, no he dicho que fuera sencillo, ¿verdad?
—¿Y Xoralundra? —preguntó Horza sonriendo.
—¿Tu viejo amigo idirano? Supongo que debió arreglárselas para escapar.
Algunos de ellos lo consiguieron. Al menos, no estaba entre los muertos ni entre los
que fueron capturados con vida.
Horza asintió y movió la mano indicándole que podía irse. Perosteck Balveda
avanzó por el pasillo con dirección al camarote de Yalson seguida por esta y
Dorolow. Horza se volvió hacia la unidad que seguía posada sobre la mesa.
—¿Crees que puedes servir de algo, máquina?
—Supongo, dado que obviamente tienes intención de mantenernos a todos dentro
de esta nave y llevarnos a esa bola de rocas situada en los confines de la nada que da
la impresión de ser tan poco atractiva. Por lo tanto, creo que haré cuanto pueda para
contribuir a que el viaje sea lo más seguro posible. Si quieres ayudaré en las tareas de
mantenimiento de la nave. Pero preferiría que me llamaras por mi nombre, y no por
esa palabra que tan hábilmente te las arreglas para hacer sonar como un insulto:
«máquina». Me llamo Unaha-Closp. ¿Es mucho pedir que te dirijas a mí usando ese
nombre?
—Eh… No, claro que no, Unaha-Closp —dijo Horza intentando que tanto su voz
como su expresión transmitieran el mensaje de que lamentaba sinceramente haberle
insultado—. Puedo asegurarte que a partir de ahora y en el futuro, siempre que me
dirija a ti utilizaré tu nombre.
—Puede que te parezca algo carente de importancia, pero a mí sí me importa, y
mucho —dijo la unidad mientras su campo la elevaba por encima de la mesa hasta

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dejarla suspendida a la altura del rostro de Horza—. No soy un mero ordenador, soy
un módulo unidad independiente. Poseo una conciencia y tengo una identidad
individual. Esa es la razón de que también tenga un nombre.
—Ya te he dicho que lo utilizaría —replicó Horza.
—Gracias. Iré a ver si tu ingeniero necesita alguna ayuda para inspeccionar los
sistemas del láser.
La unidad flotó hacia la puerta y el cambiante la siguió con la mirada.
Estaba solo. Se dejó caer en el asiento y contempló la pantalla incrustada en la
pared al otro extremo del comedor. Los despojos que habían sido Vavatch emitían un
gélido resplandor; aquella inmensa nube de materia seguía siendo visible. Pero estaba
enfriándose y empezaba a dispersarse girando lentamente por el espacio. Cada
segundo que pasaba le arrebataba un poco de sustancia y hacía que se fuera volviendo
menos real y más fantasmagórica.
Se apoyó en el respaldo del asiento y cerró los ojos. Esperaría un poco antes de
acostarse. Quería darles algo de tiempo para que pensasen en lo que acababan de
averiguar. Eso haría que resultaran más fáciles de interpretar, y le permitiría saber si
estaba a salvo o si tenía que seguir vigilándoles. También quería esperar hasta que
Yalson y Dorolow hubieran terminado con Balveda. Creer que seguiría con vida
durante un tiempo quizá haría que la agente de la Cultura se mantuviese inactiva,
pero también era posible que estuviera aguardando el momento propicio para actuar.
Horza quería estar despierto por si intentaba algo, no había decidido si debía matarla
o si podía permitir que siguiera con vida, pero ahora por lo menos él también tenía
algo de tiempo para pensar.

La Turbulencia en cielo despejado completó la última corrección de rumbo


programada enfilando su morro hacia el Acantilado Resplandeciente; no en la
dirección exacta donde se encontraba el Mundo de Schar, pero sí hacia sus
coordenadas generales.
Detrás de ella los innumerables fragmentos del orbital que había sido conocido
como Vavatch seguían expandiéndose y emitiendo radiación mientras se disolvían
lentamente en las inmensidades del espacio al que habían dado nombre. Las
partículas se iban alejando hacia las estrellas impulsadas por el viento estelar que
vibraba y torbellineaba con la furia provocada por la destrucción de todo un mundo.
Horza siguió sentado a solas en el comedor durante unos instantes más,
observando cómo se disipaban los fragmentos.
Luz recortándose contra la oscuridad; un toroide compuesto de nada y fragmentos
diminutos. Un mundo borrado de la existencia… No meramente destruido —el
primer impacto de las energías de la rejilla había bastado para eso—, sino
desmembrado con un cuidado y una precisión casi artísticas. La aniquilación
convertida en una experiencia estética…

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La gracia arrogante de aquel acto y la frialdad próxima al cero absoluto con que
había sido llevado a cabo ese sofisticado acto de aniquilación resultaban tan
impresionantes como aterradoras. A regañadientes Horza admitió que sentía una
cierta admiración.
La Cultura había sabido aprovechar al máximo su lección dirigida a los idiranos y
el resto de la comunidad galáctica. Sí, hasta aquel horrendo desperdicio de esfuerzo y
habilidad había sido convertido en un espectáculo hermoso y fascinante… Pero a
medida que la hiperluz recorriera velozmente la galaxia y la luz corriente se arrastrara
lentamente por ella, la Cultura iría lamentando el mensaje que había enviado.
Esto era lo que ofrecía. Esta era su señal, su anuncio y su legado: el orden
convertido en caos, la construcción convertida en destrucción…, la vida convertida
en muerte.
Vavatch podía acabar siendo algo más que su propio monumento. También
conmemoraría la última y terrible manifestación del idealismo mortífero que guiaba a
la Cultura, la admisión tan largo tiempo pospuesta de que no solo no era mejor que
las otras sociedades, sino que, en realidad, era muchísimo peor.
La Cultura pretendía eliminar todas las fuerzas ciegas e injustas que regían la
existencia, enmendando los errores incluidos en el mensaje de la vida, esa
transmisión que le daba un objetivo o un sentido de progreso (el recuerdo de la
oscuridad recorrió todo su ser, y Horza se estremeció)… Pero la Cultura había
cometido el error definitivo, la equivocación final e imposible de superar, y ese
mismo acto acabaría con ella.
Horza pensó en ir al puente para sintonizar la pantalla con el espacio real y ver el
orbital intacto tal y como había estado hacía unas cuantas semanas cuando la luz real
que la Turbulencia en cielo despejado estaba atravesando salió de allí. Pero acabó
meneando la cabeza lentamente —aunque no había nadie que pudiera ver su gesto—,
y siguió inmóvil en su asiento contemplando la pantalla silenciosa al otro extremo de
aquel comedor desierto donde nada estaba en su sitio.

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Situación de la partida: dos

El yate dejó caer el ancla en el interior de una bahía rodeada de árboles. El agua
estaba muy limpia, y el fondo arenoso era claramente visible diez metros por debajo
del cabrilleo de las olas. La bahía estaba rodeada por siempreazules de gran tamaño,
cuyas raíces de aspecto polvoriento se hacían visibles de vez en cuando asomando
por encima de la arenisca color ocre a la que se aferraban. También había algunos
riscos de la misma roca salpicados de flores multicolores desde cuyas alturas se
dominaban playas de arenas doradas. El yate blanco recogió sus velas y se balanceó
suavemente bajo la débil brisa que llegaba de un extremo de los bosques cruzando
toda la extensión de la bahía. Su largo reflejo hacía pensar en una llama silenciosa
que arrancaba destellos a las aguas.
La gente subió a las canoas o los botes para llegar hasta la playa, o saltó a las
cálidas aguas para hacer la travesía a nado. Algunos de los ceerevells que habían
escoltado al yate desde que abandonó su puerto de origen se quedaron para jugar en
la bahía; sus cuerpos rojizos hendían el agua por debajo del casco de la embarcación
y se movían velozmente a su alrededor, y su aliento jadeante creaba ecos en los riscos
que daban a las aguas. A veces se divertían dando algún que otro empellón a los botes
que se dirigían hacia la orilla, y algunos nadadores juguetearon con los animales de
cuerpos lustrosos y resbaladizos sumergiéndose para nadar junto a ellos, acariciarles
o montar a horcajadas sobre su grupa.
Los gritos de los que habían subido a los botes se fueron alejando poco a poco.
Las pequeñas embarcaciones llegaron a la playa, y sus ocupantes desaparecieron en
los bosques para dar comienzo a la exploración de la isla deshabitada. Las olitas del
mar interior siguieron lamiendo la arena sobre la que habían dejado impresas sus
huellas.
Fal 'Ngeestra suspiró, recorrió el perímetro del yate y acabó sentándose sobre un
asiento almohadillado junto a la popa. Jugueteó distraídamente con una de las cuerdas
atadas a la borda, frotándola con los dedos. El chico que había estado hablando con
ella cuando el yate se iba alejando del continente para dirigirse a las islas la vio y fue
hacia ella.
—¿No quieres ver la isla? —le preguntó.
Estaba muy delgado y parecía hecho de luz. Su piel brillaba con un tono amarillo
casi oro. El halo luminoso que le rodeaba producía la impresión de ser más grueso
que sus brazos y sus piernas, y cada vez que le veía, Fal tenía la impresión de estar
contemplando un holograma.
—No tengo ganas —dijo Fal.
No había querido trabar conversación con el chico antes y seguía sin tener deseos
de ello. Estaba empezando a lamentar el haberse dejado convencer para ir en aquel

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crucero.
—¿Por qué no? —preguntó el chico.
Fal no podía recordar su nombre. Cuando empezó a hablar con ella, apenas si le
había prestado atención, y ni tan siquiera estaba segura de que le hubiese dicho cómo
se llamaba, aunque suponía que se habría presentado.
—Porque no me apetece.
Se encogió de hombros. Seguía con la cabeza vuelta hacia las arenas de la playa.
—Oh —dijo él.
Guardó silencio durante unos momentos. Fal era consciente del sol que se
reflejaba en su cuerpo, pero siguió con la cabeza ladeada, observando los troncos
distantes, las olas y los cuerpos rojizos de los ceerevells que hendían la superficie de
las aguas cuando emergían para tragar aire, sumergiéndose un segundo después.
—Sé cómo te sientes —dijo el chico.
—¿De veras? —replicó Fal, y se volvió hacia él.
El chico puso cara de sorpresa y asintió con la cabeza.
—Estás harta y te aburres, ¿verdad?
—Quizá —dijo ella volviendo a apartar la mirada—. Sí, un poco.
—Oye, esa vieja unidad que te sigue a todas partes… ¿Por qué lo hace?
Fal le miró de soslayo. Jase estaba debajo de la cubierta. Había ido a traerle algo
de beber. Subió al yate con ella y siempre se había mantenido a escasa distancia de
Fal, protegiéndola sin estorbarla, como tenía costumbre de hacer. Fal volvió a
encogerse de hombros. Una bandada de pájaros emprendió el vuelo alejándose de la
isla. Fal observó cómo giraban en el aire y oyó los gritos con que se comunicaban.
—Cuida de mí —dijo.
Bajó los ojos hacia sus manos y observó el reflejo del sol en sus uñas.
—¿Necesitas que cuiden de ti?
—No.
—Entonces, ¿por qué te cuida?
—No lo sé.
—Eres muy misteriosa, ¿sabes? —dijo él. Fal no le miraba, pero creyó detectar
una sonrisa en su voz. Se encogió de hombros en silencio—. Eres como esa isla —
añadió el joven—. Eres tan extraña y misteriosa como ella.
Fal soltó un bufido e intentó fulminarle con la mirada. Un instante después vio
aparecer la silueta de Jase en el hueco de una puerta trayendo un vaso consigo. Se
levantó a toda prisa seguida por el chico, atravesó la cubierta y fue al encuentro de la
vieja unidad. Aceptó el vaso que le ofrecía y le sonrió, agradecida. Acercó su rostro
al vaso y tomó un sorbo de líquido, contemplando al chico a través del cristal.
—Bueno, jovencito, hola —dijo Jase—. ¿No piensas ir a ver la isla?
El tono jovial de la unidad y el que hubiera repetido casi exactamente las palabras
que le había dicho el joven hicieron que Fal sintiera deseos de darle una patada.
—Puede que acabe yendo a verla —dijo el joven, y miró a Fal.

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—Deberías ir —dijo Jase, y empezó a flotar hacia la popa. La vieja unidad
extendió un campo de forma curva que parecía una sombra sin nada que la
proyectara. El campo se alejó de su armazón y envolvió los hombros del joven—. Por
cierto, no he podido evitar oír lo que estabais diciendo antes… —añadió, ejerciendo
una casi imperceptible presión sobre los hombros del joven y guiándole hacia la
popa. La cabeza dorada del muchacho se volvió para contemplar a Fal por encima del
hombro. Fal seguía sorbiendo muy despacio su bebida y estaba empezando a seguir a
Jase y al joven, quienes le llevaban unos cuantos pasos de ventaja. El joven apartó la
vista y contempló a la unidad que flotaba junto a él—. Estabas hablando de que no te
habían admitido en Contacto…
—Así es. —El brusco cambio de tono producido en la voz del joven indicó que se
había puesto a la defensiva—. Estaba hablando de eso. ¿Y qué?
Fal siguió caminando detrás de la unidad y del joven. Hizo chasquear los labios.
El hielo que había dentro del vaso tintineaba suavemente.
—Parecías algo amargado —dijo Jase.
—No estoy amargado —se apresuró a decir el joven—. Sencillamente, creo que
no es justo, nada más.
—¿El que no te escogieran? —le preguntó Jase.
Estaban aproximándose a los asientos almohadillados esparcidos alrededor de la
popa, allí donde Fal había estado sentada hacía solo unos minutos.
—Bueno, sí. Es lo que siempre he deseado, y creo que cometieron un error. Sé
que sería un buen agente. Creía que con la guerra y todo lo que está ocurriendo
necesitaban más personal.
—Eh… Sí, cierto. Pero Contacto recibe muchas más solicitudes de las que puede
aceptar.
—Pero yo pensaba que una de las cosas que tomaban en consideración era hasta
qué punto deseabas trabajar para ellos, y estoy seguro de que nadie puede desearlo
más que yo. Siempre he querido trabajar para Contacto. Desde que tengo memoria…
No llegó a completar la frase. Ya habían llegado a los asientos. Fal se sentó en
uno de ellos y el joven la imitó. Fal estaba mirándole, pero no le escuchaba. Estaba
pensando.
—Quizá creen que aún no has madurado lo suficiente.
—¡Soy lo bastante maduro!
—Hmmm. Rara vez aceptan solicitudes de gente tan joven como tú, ¿sabes? Creo
que cuando aceptan a personas de tu edad es porque buscan una clase de inmadurez
muy especial.
—Bueno, eso es una estupidez. Lo que intento decir es… ¿Cómo sabes qué has
de hacer si no te explican lo que quieren de ti? ¿Cómo puedes prepararte? Creo que
es realmente muy injusto.
—En cierta forma, creo que es injusto porque ellos quieren que lo sea —replicó
Jase—. Reciben tantas solicitudes que no pueden aceptarlas todas, y el hecho de que

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haya tantas ni tan siquiera les permite usar el recurso de escoger a los mejores,
¿comprendes? Lo que hacen es elegir al azar. Después de todo, siempre puedes
presentar otra solicitud.
—No sé si lo haré —dijo el joven. Se inclinó hacia adelante, apoyó los codos en
las rodillas y puso la cabeza sobre las manos, clavando los ojos en la pulida superficie
de madera de la cubierta—. A veces creo que te dicen que puedes presentar otra
solicitud solo para que no te tomes tan a mal el que te hayan rechazado. Creo que
quizá sí aceptan a los mejores. Pero también creo que han cometido un error. Claro
que como se niegan a decirte lo que has hecho mal… ¿Qué puedo hacer al respecto?
Fal también estaba pensando en el fracaso.
Jase la había felicitado por su idea sobre cómo encontrar al cambiante. Se habían
enterado de lo ocurrido en Vavatch aquella misma mañana, cuando estaban bajando
del albergue en el viejo funicular de vapor. El cambiante llamado Bora Horza
Gobuchul había surgido de la nada, había escapado en la nave pirata y se había
llevado consigo a su agente Perosteck Balveda. Su corazonada había dado justo en el
blanco, y Jase la cubrió de elogios y se mostró muy efusivo, recalcando varias veces
que el hecho de que el cambiante hubiera escapado no era culpa suya. Pero Fal seguía
sintiéndose deprimida. A veces el estar en lo cierto, tener la idea correcta y emitir una
predicción que el tiempo demostraba era correcta le producía ese efecto.
Todo le había parecido tan obvio… Que Perosteck Balveda apareciera de repente
(en el VGS Energía nerviosa, algo maltrecho a causa del combate pero aun así
victorioso, que llevaba a remolque la mayor parte de un crucero idirano capturado) no
había sido un presagio sobrenatural ni ninguna otra tontería de ese estilo, pero el que
Balveda debiera ser la que fuera en busca del cambiante desaparecido le había
parecido tan… tan natural. A esas alturas ya tenían más información sobre lo ocurrido
en aquel volumen de espacio cuando se produjo ese combate en particular; y los
movimientos posibles y probables de varias naves habían acabado señalando (Fal
pensaba que también de una forma muy obvia) a la Turbulencia en cielo despejado,
un navío mercenario. Había otras posibilidades y también fueron exploradas dentro
de la medida en que lo permitían los recursos de la sección de Circunstancias
Especiales y la sobrecarga de trabajo a la que debían enfrentarse, pero Fal siempre
tuvo la seguridad de que si alguna de las posibilidades que se bifurcaban a partir de
los datos conocidos podía dar fruto, era la relacionada con Vavatch. El capitán de la
Turbulencia en cielo despejado se llamaba Kraiklyn y jugaba al daño. Vavatch era el
escenario más obvio para una partida de daño a gran escala de los últimos lustros. Por
lo tanto, Vavatch era el sitio más indicado para interceptar la nave, dejando aparte el
Mundo de Schar en el caso de que el cambiante ya hubiera conseguido hacerse con el
control de esta. Fal arriesgó su reputación y se jugó el cuello insistiendo en que
Vavatch era el sitio a vigilar, y en que la agente Balveda debía ser una de las personas
que fueran allí, y ahora los acontecimientos le habían dado la razón y comprendía

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que, en realidad, el riesgo corrido por su reputación y su cuello era más bien
insignificante comparado con el que estaba corriendo la agente Balveda.
Pero ¿qué otra cosa podía hacerse? El ritmo de la guerra se estaba acelerando y el
escenario de las hostilidades abarcaba un volumen de espacio cada vez más inmenso.
Había muchas otras misiones urgentes para el escaso número de agentes con que
contaba Circunstancias Especiales y, de todas formas, Balveda era la única agente
realmente buena con la que podían ponerse en contacto a tiempo. También disponían
de un joven que fue enviado a Vavatch con ella, pero solo era una promesa y aún
carecía de experiencia. Fal siempre había sabido que si la situación llegara a ponerse
realmente crítica y si el único medio de llegar hasta el cambiante —y, mediante él, a
la Mente— fuera infiltrarse en el grupo de mercenarios, Balveda arriesgaría su vida y
no la del otro agente. Su acto había sido muy valeroso, pero Fal tenía la sospecha de
que también había sido un error. El cambiante conocía a Balveda y había bastantes
posibilidades de que la identificara, por muchas alteraciones que ella hubiese hecho
en su apariencia (y no habían dispuesto del tiempo suficiente para que Balveda se
sometiera a un cambio físico radical). Si el cambiante se daba cuenta de quién era (y
Fal sospechaba que se había dado cuenta), Balveda tenía muchas menos posibilidades
de completar su misión que aquel agente novato, más nervioso y torpe pero mucho
más difícil de identificar. «Perdóname, señora», pensó Fal. «Si me hubiera sido
posible, habría intentado portarme mejor contigo…».
Llevaba todo ese día esforzándose por odiar al cambiante. Había intentado
imaginárselo y odiarle porque lo más probable era que hubiese matado a Balveda,
pero aparte del hecho de que le resultaba muy difícil imaginarse a alguien cuando no
tenía ni la más mínima idea de cuál era su aspecto físico (¿el de Kraiklyn, el capitán
de la nave?), una razón que se le escapaba impedía que el odio llegara a
materializarse. El cambiante no le parecía real.
Balveda… Hasta el sonido de su nombre era agradable. Balveda era una mujer
valerosa y llena de recursos y, pese a las abrumadoras posibilidades en contra, Fal
seguía albergando la esperanza de que Balveda estuviera con vida, de que hubiera
logrado sobrevivir a todo y de que algún día pudiera encontrarse con ella y llegar a
conocerla bien, quizá después de la guerra…
Pero aquello tampoco le parecía real.
No podía creer en esas fantasías. No podía imaginárselas tal y como se había
imaginado… digamos, por ejemplo, el que Balveda encontrara al cambiante. Había
visto ese encuentro en su mente y había deseado que se produjera. En su versión,
naturalmente, quien ganaba era Balveda y no el cambiante. Pero no podía imaginarse
a sí misma conociendo a Balveda, y sin estar muy segura de por qué, aquello le
resultaba vagamente aterrador, como si hubiera empezado a creer en su capacidad
profética hasta tal punto que su incapacidad para imaginarse algo de forma lo
suficientemente clara quisiera decir que ese algo jamás llegaría a ocurrir. Fuera por lo
que fuese, era muy deprimente.

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¿Qué posibilidades tenía la agente de sobrevivir a la guerra? Fal sabía que en
aquellos momentos sus posibilidades eran casi nulas, pero incluso suponiendo que
Balveda se las arreglara para salir con vida de la situación actual, ¿qué posibilidades
había de que muriese más tarde? Cuanto más durara la guerra, más probable era su
muerte. Fal tenía la impresión de que la guerra duraría décadas en vez de años, y el
consenso de opinión entre las Mentes que disponían de más datos también apuntaba
en esa dirección.
Más o menos unos cuantos meses, naturalmente. Fal frunció el ceño y se mordió
el labio inferior. No lograba imaginárselos consiguiendo recuperar la Mente. El
cambiante estaba ganando, y Fal se había quedado sin ideas. Lo único que se le había
ocurrido en las últimas horas era una forma —quizá, un mero quizá— de poner
obstáculos en el camino de Gobuchul. Lo más probable era que no sirvieran para
detenerle del todo, pero era posible que dificultaran su misión. Pero Fal no era muy
optimista al respecto, aun suponiendo que el Mando de Guerra de la Cultura
accediera a poner en marcha un plan tan peligroso, incierto y potencialmente caro…
—¿Fal? —preguntó Jase.
Fal se dio cuenta de que estaba contemplando la isla sin verla. El vaso se había
empezado a calentar en su mano, y tanto Jase como el chico la estaban mirando.
—¿Qué? —dijo, y tomó un sorbo de líquido.
—Estaba preguntándote qué pensabas de la guerra —dijo el chico.
Tenía el ceño fruncido y la contemplaba con los ojos entrecerrados. Los rayos de
sol caían en ángulo sobre su rostro, iluminando cada uno de sus rasgos. Fal observó
aquella cara abierta y franca y se preguntó cuántos años tendría. ¿Sería más viejo que
ella? ¿Más joven? ¿Sentía lo mismo que ella? ¿Deseaba envejecer, anhelaba ser
tratado como una persona madura y responsable?
—No te entiendo. ¿A qué te refieres? ¿Qué pienso de ella en qué aspecto?
—Bueno —dijo el joven—, ¿quién va a ganar?
Parecía irritado. Fal sospechó que su respuesta había dejado muy claro que no le
escuchaba. Miró a Jase, pero la vieja unidad no dijo nada, y el que no tuviera campo
de aura hacía que no hubiese forma alguna de saber lo que estaba pensando o cuál era
su estado de ánimo en un momento dado. ¿Estaría preocupado? ¿Se estaría
divirtiendo? Fal apuró el contenido del vaso.
—Nosotros, naturalmente —se apresuró a decir.
Sus ojos fueron del joven a Jase. El joven meneó la cabeza con expresión
dubitativa.
—Yo no estoy tan seguro —dijo frotándose el mentón—. No estoy demasiado
seguro de que tengamos la voluntad necesaria para ganar esta guerra.
—¿La voluntad? —exclamó Fal.
—Sí. El deseo de luchar. Creo que los idiranos son combatientes natos. Nosotros,
no. Lo que quiero decir es… Bueno, fíjate en nosotros.

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Sonrió, como si fuera mucho más viejo que ella y se considerara mucho más
sabio. Volvió la cabeza y movió la mano señalando la isla y las pequeñas
embarcaciones que yacían varadas sobre la arena.
Fal vio lo que parecían un hombre y una mujer copulando a unos cincuenta o
sesenta metros de distancia. Estaban acostados en los bajíos debajo de un pequeño
acantilado. Sus cuerpos subían y bajaban, y las manos morenas de la mujer rodeaban
la piel algo más pálida del cuello del hombre. ¿Era eso lo que intentaba mostrarle con
aquel gesto tan educado y reticente?
Santo cielo, la fascinación del sexo.
Oh, sí, no cabía duda de que resultaba muy divertido y agradable pero,
precisamente por eso, ¿cómo era posible que la gente se lo tomara tan en serio? A
veces casi envidiaba a los idiranos. Para ellos era algo que debía hacerse, y pasado un
cierto tiempo ya no tenía ninguna importancia. Los idiranos eran hermafroditas
duales. Cada mitad de la pareja impregnaba a la otra y, normalmente, cada una daba a
luz mellizos. Después de uno o dos embarazos y de haber criado a los pequeños, los
idiranos abandonaban su estado fértil para convertirse en guerreros. Algunos
afirmaban que su inteligencia aumentaba, otros decían que solo sufrían una pequeña
alteración genética. No cabía duda de que se volvían más astutos pero también más
estrechos de mente, más lógicos pero menos imaginativos, más implacables y menos
capaces de sentir compasión. Crecían un metro más; su peso casi se doblaba; la
queratina que cubría sus cuerpos se volvía más gruesa y dura; el tamaño y densidad
de sus músculos aumentaba considerablemente, y sus órganos internos se alteraban
para adaptarse a esos cambios que aumentaban su resistencia y fuerza física. Los
órganos reproductivos desaparecían en el interior del cuerpo y los idiranos se
convertían en seres asexuados. Todo resultaba muy lineal, simétrico y ordenado,
sobre todo si se lo comparaba con el enfoque escoge-el-camino-que-más-te-guste
típico de la Cultura.
Sí, aquel idiota larguirucho sentado ante ella que la contemplaba con su nerviosa
sonrisa de superioridad debía de encontrar realmente impresionantes a los idiranos.
Joven estúpido…
—Eso es… —Fal estaba enfadada, lo suficiente para necesitar unos segundos
antes de encontrar las palabras con que expresar lo que sentía—. Seguimos siendo los
mismos de siempre. No hemos evolucionado… Hemos cambiado mucho y nos hemos
alterado mucho a nosotros mismos, pero no hemos evolucionado nada desde los
tiempos en que corríamos por las selvas matándonos a nosotros mismos… Los unos a
los otros, quiero decir. —Tragó una honda bocanada de aire. Ahora estaba seriamente
irritada consigo misma. El joven continuaba contemplándola con una leve sonrisa de
tolerancia. Fal sintió que empezaba a ruborizarse—. Seguimos siendo los mismos
animales de siempre —insistió—. Somos combatientes natos, tanto o más que los
idiranos.
—Entonces, ¿por qué están ganando? —le preguntó el joven con voz burlona.

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—Gozaban de una cierta ventaja inicial. No empezamos a hacer los preparativos
necesarios para la guerra hasta el último momento. En su caso, la guerra se ha
convertido en un modo de vida al que están acostumbrados. Nosotros aún no la
dominamos tan bien porque han pasado cientos de generaciones desde la última vez
en que nos vimos obligados a combatir. No te preocupes —le dijo, contemplando su
vaso vacío y bajando ligeramente el tono de voz—, estamos aprendiendo muy
deprisa.
—Bueno, espera un poco y verás —dijo el joven moviendo lentamente la cabeza
—. Creo que acabaremos firmando la paz y dejaremos que los idiranos sigan con su
expansión…, o como quieras llamarla. La guerra ha sido una experiencia muy
emocionante. Ha cambiado las cosas, lo que siempre está bien, pero ya han pasado
casi cuatro años y… —volvió a mover la mano—. Aún no hemos conseguido muchas
victorias, ¿verdad? —Se rio—. ¡Lo único que hacemos es retirarnos cada vez más
deprisa!
Fal se puso en pie y se dio la vuelta por si se daba el caso de que no pudiera
contener el llanto.
—Oh, mierda —estaba diciendo el joven, que se había vuelto hacia Jase—.
Supongo que he hablado demasiado y he acabado metiendo la pata, ¿no? ¿Tenía
algún amigo o pariente que…?
Fal se alejó por la cubierta. Su pierna llevaba tan poco tiempo curada que empezó
a molestarla con un dolor distante parecido a un cosquilleo, y no tardó en cojear
levemente.
—No te preocupes —estaba diciendo Jase—. Déjala un rato a solas y se le
pasará…
Fal dejó su vaso dentro de uno de los oscuros y vacíos camarotes del yate y siguió
caminando por la cubierta yendo hacia la superestructura de proa.
Trepó por la escalerilla que llevaba a la garita del timón, subió por otra escalerilla
hasta llegar al techo de esta y se sentó allí cruzando las piernas (la que se había
fracturado hacía poco protestó, pero Fal no le prestó atención) y se dedicó a
contemplar el mar.
Lejos, a tanta distancia que casi se confundía con la calina, se alzaba un risco de
blancura iridiscente que temblaba en la atmósfera prácticamente inmóvil. Fal
'Ngeestra dejó escapar un largo y triste suspiro y se preguntó si aquellas siluetas
blancas —que probablemente eran visibles solo porque se encontraban muy arriba,
envueltas en aire más límpido— serían las cimas nevadas de una cordillera. Quizá
solo fuesen nubes. Sus recuerdos sobre la geografía de aquella zona eran demasiado
fragmentarios para que pudiera saberlo con seguridad.
Siguió sentada sobre la garita del timón pensando en aquellas montañas. Recordó
una ocasión en que descubrió algo que hizo memorable su paseo de aquel día
invernal. Estaba a bastante altura, allí donde un riachuelo de montaña se encontraba
con una especie de meseta pantanosa que iba recorriendo durante algo más de un

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kilómetro, serpenteando y saltando sobre la tierra húmeda recubierta de juncos y
maleza como si fuera un atleta que se estiraba y hacía ejercicios entre una
competición y la siguiente.
El hielo había estado formando quebradizas láminas transparentes junto al curso
del arroyo. Fal pasó un rato caminando por los bajíos, aplastando la delgada capa de
hielo con sus botas y viendo cómo se alejaba corriente abajo. No había salido a hacer
alpinismo, solo a caminar. Llevaba ropa impermeable y muy poco equipo. No sabía
por qué, pero el no estar haciendo nada peligroso o que exigiera un considerable
esfuerzo físico había hecho que tuviera la sensación de haberse vuelto a convertir en
una niña.
Llegó a un sitio donde el arroyo fluía sobre una terraza de roca, yendo de un nivel
del pantano a otro situado más abajo. La corriente había ido erosionando las rocas
hasta crear un laguito justo debajo de los rápidos. El agua caía menos de un metro, y
el arroyo era lo suficientemente estrecho para poder cruzarlo de un salto; pero Fal se
acordaba de aquel arroyo y aquel laguito porque flotando entre los torbellinos del
agua había un círculo de espuma congelada atrapado bajo el chapoteo de los rápidos.
El agua de aquella zona siempre arrastraba algo de tierra y turba, y a veces los
arroyos montañosos creaban un poco de espuma blancoamarillenta que era impulsada
por los vientos y acababa pegándose a los juncos, pero Fal nunca se había encontrado
con un círculo de espuma congelada como el que tenía delante. Al verlo se echó a
reír. Se metió en el arroyo, avanzó cautelosamente hasta llegar a él y lo cogió. Su
diámetro no era mucho más grande que la distancia existente entre su pulgar
extendido y su dedo meñique, y tenía unos cuantos centímetros de grosor. No era tan
frágil como había temido al principio.
El aire frío había congelado las burbujas de la espuma y casi había helado el agua,
creando lo que parecía un minúsculo modelo de una galaxia: una galaxia espiral de lo
más común, como esta, como la suya. Fal sostuvo en sus manos aquel objeto hecho
de aire, agua y productos químicos en suspensión que apenas pesaba nada y le fue
dando vueltas. Lo olió, sacó la lengua y lo lamió, contempló el pálido sol del invierno
a través de él y lo golpeó suavemente con el dedo para averiguar si tintineaba como el
cristal.
Su pequeña galaxia empezó a derretirse con mucha lentitud y Fal vio su propio
aliento moviéndose a través de ella, una breve imagen de su calor corporal
suspendida en el aire.
Acabó volviendo a ponerla donde la había encontrado, girando lentamente en el
laguito que había junto a la base de los pequeños rápidos.
La imagen de la galaxia pasó por su cabeza en aquel momento, y cuando estaba
allí pensó en lo parecidas que eran las fuerzas que habían moldeado tanto la pequeña
como la más vasta. «Y, realmente, ¿cuál es más importante?», había pensado
entonces, pero ahora casi le avergonzaba el que su mente hubiera sido capaz de
concebir una idea semejante.

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Pero de vez en cuando recordaba el pensamiento que había pasado por su cabeza
junto a aquel laguito, y con él llegaba la absoluta seguridad de que cada una tenía
exactamente la misma importancia que la otra. Un instante después cambiaba de
opinión y volvía a sentirse avergonzada.

Fal 'Ngeestra tragó una honda bocanada de aire y se sintió un poco mejor. Sonrió,
alzó la cabeza y cerró los ojos un momento observando el resplandor rojizo del sol
que ardía detrás de sus párpados. Después pasó una mano por entre su rizada
cabellera rubia, y volvió a preguntarse si las siluetas lejanas y temblorosas que
recortaban sus borrosos perfiles sobre las aguas iridiscentes eran nubes o montañas.

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9
El Mundo de Schar

Imaginad un inmenso océano visto desde una gran altura. Se extiende desde la curva
en que termina cada ángulo del horizonte con el sol ardiendo sobre un millón de
olitas minúsculas. Ahora imaginad una capa de nubes sobre el océano, un cascarón de
terciopelo negro suspendido muy por encima del agua que también se extiende hasta
el horizonte, pero conservad la luz que hace cabrillear el océano aunque no haya
ningún sol que pueda emitirla. Añadidle muchas lucecitas esparcidas sobre la base de
esa lámina de tinta como si fueran ojillos relucientes solos, en parejas o en grupos
más numerosos, cada lucecita o grupo de ellas muy muy alejadas de los otros puntos
brillantes.
Eso es lo que se puede ver desde una nave que recorre el hiperespacio mientras
vuela como un insecto microscópico, libre para moverse a su antojo entre la rejilla de
energía y el espacio real.
Las lucecitas brillantes que hay en la superficie inferior de la nube son estrellas;
las olas del mar son las irregularidades de la rejilla que es utilizada como plano de
tracción por los motores de campo de una nave que viaja a través del hiperespacio, y
ese centelleo es su fuente de energía. La rejilla y la llanura del espacio real se curvan
creando contornos bastante similares a los de las olas que se agitan en el océano; y la
nube hace pensar en la redondez de un planeta, pero su curvatura no es tan
pronunciada. Los agujeros negros son como los chorros de agua de una fuente
monumental, que serpentean yendo desde las nubes hasta el mar; las supernovas son
relámpagos que se deslizan sobre la capa de nubes, iluminando todos sus recovecos.
Las rocas, lunas, planetas, orbitales e incluso objetos tan grandes como los anillos y
esferas apenas si son visibles.
Las dos Unidades Rápidas Ofensivas de la clase Asesino Excedente comercial y
Revisionista surcaban el hiperespacio a toda velocidad, dos fuselajes metálicos que
centelleaban bajo la telaraña del espacio real como dos esbeltos peces relucientes
moviéndose en un profundo lago de aguas muy tranquilas. Dejaban atrás sistemas y
estrellas, manteniéndose lo bastante debajo de los espacios vacíos para que hubiese
muy pocas probabilidades de que fueran detectadas por el enemigo.
Los motores de cada nave eran un foco de energía casi inimaginable, y sus
doscientos metros de longitud contenían una potencia casi igual al uno por ciento de
la energía producida por un sol de pequeñas dimensiones. Los motores hacían que las
naves avanzaran por el espacio tetradimensional a una velocidad cuyo equivalente en
el espacio real habría sido levemente inferior a los diez años luz por hora. En aquella
época se consideraba que era una velocidad notablemente alta.

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Las naves captaron la presencia del Acantilado Resplandeciente y el Golfo
Sombrío que se extendían ante ellas. Alteraron el rumbo en un ángulo que las llevaría
hacia el interior de la zona de guerra, y enfilaron sus proas hacia el sistema donde se
encontraba el Mundo de Schar.
El grupo de agujeros negros que había creado el Golfo eran visibles en la lejanía.
Esos surtidores de energía habían pasado por aquella zona hacía ya varios milenios,
dejando tras ellos un espacio lleno de estrellas consumidas, trazando una larguísima
espiral que les llevaría hacia el centro de la isla de estrellas y nebulosas en lenta
rotación que era la galaxia. Su desplazamiento había ido creando un brazo galáctico
artificial.
El grupo de agujeros negros era conocido como el Bosque, tan cercanos estaban
los unos a los otros, y en caso de que fueran detectadas y perseguidas, las dos naves
de la Cultura habían recibido instrucciones de alterar el curso hacia ellos en un
intento de abrirse paso a través de aquellos mortíferos troncos retorcidos. La Cultura
sabía manejar los campos distorsionantes bastante mejor que los idiranos, por lo que
se consideraba que tenían más posibilidades de atravesar el Bosque, y cualquier nave
que las persiguiera podía preferir dejarlas escapar antes que meterse en el Bosque.
Era un riesgo terrible, pero las dos URO eran valiosísimas. La Cultura aún no había
construido muchas naves de ese tipo, y se había hecho todo lo posible para asegurar
que regresarían a su base sin sufrir daños o, en el peor de los casos, que se
autodestruirían sin dejar ni la más mínima huella de su existencia.
No se encontraron con naves hostiles. Cruzaron el lado interno de la Barrera del
Silencio en pocos segundos, expulsaron la carga que habían llevado hasta allí,
volvieron a cambiar el rumbo y se alejaron a velocidad máxima por entre las estrellas,
dejando atrás el Acantilado Resplandeciente para adentrarse en los cielos vacíos del
Golfo Sombrío.
Detectaron la presencia de naves hostiles situadas en las proximidades del sistema
que contenía el Mundo de Schar. Las naves se dispusieron a perseguirlas, pero habían
sido detectadas demasiado tarde y no tardaron en dejar muy atrás los haces de los
sistemas de guía de los láseres que intentaban localizarlas. Pusieron rumbo hacia el
otro extremo del Golfo. Habían logrado llevar a cabo su extraña misión. Las Mentes
que llevaban a bordo y la pequeña dotación de humanos de cada nave (quienes
estaban allí más porque lo deseaban que por lo útiles que podían llegar a ser) no
tenían ni idea de por qué estaban atacando el vacío con cabezas de guerra, disparando
sus SAERC contra los blancos expulsados por la otra nave, emitiendo nubes de AMC
y gases y enviando pequeñas naves sin tripulación con sistemas de señales y emisoras
que apenas si llegaban a la categoría de lanzaderas no tripuladas provistas de equipo
transmisor. El efecto de la operación que se les había encomendado se reduciría a
unos cuantos destellos y explosiones considerablemente espectaculares y a la
creación de unas cuantas ondas radioactivas y señales de banda ancha. Los idiranos

[Link] - Página 271


no necesitarían mucho tiempo para limpiar la zona de escombros, y destruirían o
capturarían a las naves no tripuladas.
Se les había pedido que pusieran en peligro sus vidas llevando a cabo una misión
que parecía fruto de un cerebro dominado por el pánico y daba la impresión de haber
sido concebida para convencer a quien pudiera visitar la zona de que esta había sido
el escenario de una inexistente batalla espacial. ¡Y lo habían conseguido!
¿Qué le estaba pasando a la Cultura? Los idiranos parecían adorar las misiones
suicidas. En cuanto les conocías un poco, empezabas a pensar que encomendarles
alguna misión que no perteneciese a esa categoría era una especie de insulto. Pero…
¿La Cultura? ¿Una sociedad donde hasta las fuerzas que libraban la guerra
consideraban que «disciplina» era una palabra tabú, donde las personas siempre
querían saber el porqué de esto y el porqué de aquello otro?
Las cosas debían de estar poniéndose bastante feas.
Las dos naves siguieron avanzando por el Golfo, comunicándose e
intercambiando argumentos y teorías. Los miembros de cada tripulación mantenían
animadas discusiones entre sí.

La Turbulencia en cielo despejado necesitó veintiún días para hacer el trayecto entre
Vavatch y el Mundo de Schar.
Wubslin aprovechó ese tiempo para llevar a cabo todas las reparaciones que
estaba en su mano hacer, pero lo que la nave necesitaba era otra revisión concienzuda
en un astillero bien equipado. La estructura no había sufrido daños y se podía confiar
en que aguantaría, pero los sistemas habían sufrido una degradación general que, por
suerte, no había culminado en ninguna avería catastrófica. Las unidades de campo no
funcionaban tan bien como antes, los motores de fusión no aguantarían un uso
prolongado dentro de una atmósfera —les llevarían hasta la superficie del Mundo de
Schar y les harían despegar, pero no podrían proporcionarles mucho tiempo de vuelo
—, y el número y eficiencia de los sensores de la nave había quedado reducido a un
nivel que casi rozaba el mínimo operacional.
Horza pensaba que habían tenido muchísima suerte.
Tener la Turbulencia en cielo despejado bajo su control le permitió desconectar
los circuitos de identidad del ordenador. Además, no tenía que consumir sus fuerzas
engañando a la Compañía Libre, por lo que a medida que pasaban los días fue
cambiando lentamente para irse pareciendo un poquito más a su antiguo yo. El
cambio tenía como objetivo hacer que Yalson y los otros miembros de la Compañía
se sintieran un poco más a gusto con su presencia. Su apariencia acabó llegando a un
compromiso hecho con dos tercios de Kraiklyn y el yo que había viajado a bordo de
la Turbulencia en cielo despejado antes de que atracaran en Vavatch. Había otro
tercio que fue dejando crecer dentro de él y que no permitió ver a ninguna de las
personas que viajaban con él, un tercio destinado a una cambiante pelirroja llamada

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Kierachell. Horza tenía la esperanza de que Kierachell sabría reconocer esa parte de
su aspecto cuando volvieran a encontrarse en el Mundo de Schar.

—¿Por qué creías que nos enfadaríamos? —le preguntó Yalson un día en el hangar de
la Turbulencia en cielo despejado.
Habían colocado una pantalla de blanco al otro extremo y estaban practicando
con los láseres. El proyector incorporado a la pantalla les mostraba imágenes contra
las que disparar. Horza se volvió hacia la mujer.
—Era vuestro líder.
Yalson se rio.
—Era una mezcla de gerente y encargado de personal. ¿Crees que hay muchos
jefes que les caigan bien a sus subordinados? Esto es un negocio, Horza, y ni tan
siquiera es un negocio boyante… Kraiklyn se las arregló para conseguir que la
mayoría del personal acabara jubilado prematuramente. ¡Mierda! La única persona a
la que necesitabas engañar era la nave.
—Sí, también lo hice por eso —dijo Horza, apuntando hacia una silueta humana
que corría por la pantalla. El punto del láser era invisible, pero la pantalla captó su
presencia y mostró un resplandor blanco allí donde se había posado. La silueta
humana tropezó, pero no llegó a caer. Horza le había dado en la pierna. Medio punto
—. Tenía que engañar a la nave, pero no quería correr el riesgo de que hubiera
alguien leal a Kraiklyn.
Era el turno de Yalson, pero no estaba mirando a la pantalla sino a Horza.
Las fidelidades de la nave habían sido burladas mediante un desvío en los
sistemas, y lo único que se necesitaba para darle órdenes era un código numérico —
ignorado por todos salvo por Horza— y el anillo que había pertenecido a Kraiklyn.
Horza les había prometido que si cuando llegaran al Mundo de Schar descubrían que
no había ninguna otra forma de abandonar el planeta, ajustaría el ordenador de la
Turbulencia en cielo despejado para que se liberara a sí mismo de todas las
limitaciones de fidelidad pasado un tiempo prudencial, con lo que si no lograba salir
de los túneles del Sistema de Mando, la Compañía Libre no se vería atrapada en el
planeta.
—Nos lo habrías dicho, ¿verdad, Horza? —le preguntó Yalson—. Habrías
acabado diciéndonoslo.
Lo que en realidad quería preguntarle era si se lo habría dicho a ella, y Horza lo
sabía. Bajó el arma y la miró a los ojos.
—Sí —respondió—. En cuanto hubiera estado seguro de la gente y de la nave.
Era la respuesta más sincera que podía darle, pero no estaba seguro de que fuera a
gustarle mucho. Necesitaba a Yalson, no solo por el calor de su cuerpo en la noche
roja de la nave, sino por la confianza y para sentir que alguien se preocupaba por lo
que pudiera pasarle. Pero Yalson seguía mostrándose distante.

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Balveda estaba viva. Si Horza no hubiera querido que Yalson volviera a ser la de
antes, quizá no seguiría con vida. Horza lo sabía, y el pensamiento era duro de
soportar. Le hacía sentirse cruel y rastrero. Incluso saberlo con seguridad habría sido
mejor que seguir sumido en la incertidumbre. No estaba seguro de si la fría lógica de
este juego ordenaba la muerte de la mujer de la Cultura o el que siguiera con vida, y
ni tan siquiera estaba seguro de si habría sido capaz de matarla a sangre fría en el
caso de que la primera opción resultara cómoda y claramente obvia. Había pensado
en ello muchas veces y seguía sin estar seguro. Su única esperanza era que ninguna
de las dos mujeres hubiera adivinado lo que pasaba por su mente.
Kierachell era otro motivo de preocupación. Sabía perfectamente lo absurdo que
resultaba preocuparse por sus asuntos personales en aquellos momentos, pero no
lograba dejar de pensar en la cambiante. Cuanto más se acercaban al Mundo de
Schar, más se acordaba de ella y más reales iban volviéndose sus recuerdos. Intentó
no poner demasiadas esperanzas en ella y trató de recordar lo aburrida que había sido
la existencia en la avanzadilla solitaria de los cambiantes, y lo inquieto y a disgusto
que se había sentido allí incluso gozando de la compañía de Kierachell, pero soñaba
con su sonrisa y recordaba toda la gracia fluida de su voz con el mismo anhelo
atormentado que caracteriza el primer amor de un adolescente. De vez en cuando
pensaba que Yalson quizá captara aquellas emociones, y una parte de su ser parecía
acurrucarse avergonzada dentro de él.
Yalson se encogió, se llevó el arma al hombro y disparó contra la sombra de
cuatro patas que se movía en la pantalla de práctica. La sombra se detuvo en seco y se
desplomó, pareciendo disolverse sobre el suelo borroso que ocupaba la parte inferior
de la pantalla.

Horza dio charlas.


Le hacía sentirse como un académico invitado a pronunciar conferencias en
alguna universidad, pero aun así lo hizo. Tenía la sensación de que debía explicarles
por qué estaba haciendo lo que hacía, por qué los cambiantes apoyaban a los idiranos
y por qué creía en aquellas cosas por las que estaban luchando. Horza les dio el
nombre de «sesiones de preparación» y su tema aparente era el Mundo de Schar y el
Sistema de Mando, su historia, su geografía y ese tipo de cosas, pero siempre (y de
forma totalmente intencionada) se las arreglaba para acabar hablando de la guerra en
general, o sobre aspectos de esta que no guardaban ninguna relación con el planeta al
que se estaban aproximando.
Las sesiones le proporcionaban una buena excusa para mantener encerrada a
Balveda dentro de su camarote mientras él iba y venía por el comedor con los
miembros de la Compañía Libre como público. No quería que esas charlas se
convirtieran en una discusión.

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Perosteck Balveda no les había dado problemas. Su traje, algunas joyas de
aspecto inofensivo y sus demás objetos personales fueron expulsados al espacio
mediante un vactubo. Fue examinada con todo el equipo disponible en la algo
limitada enfermería de la Turbulencia en cielo despejado. Los exámenes indicaron
que estaba limpia, y Balveda parecía más que dispuesta a comportarse como una
prisionera modelo, confinada dentro de la nave como lo estaban todos y, dejando
aparte las noches, con solo alguna que otra estancia breve encerrada dentro de su
camarote. Horza no la dejaba aproximarse al puente, por si acaso; pero Balveda no
dio señales de que quisiera familiarizarse con la nave tal y como había hecho Horza
cuando entró a formar parte de la Compañía y ni tan siquiera intentó hablar con los
mercenarios para que simpatizaran un poco más con su forma de ver la guerra y la
Cultura.
Horza se preguntaba hasta qué punto se sentía segura. Balveda se comportaba de
forma amable y jovial, y no daba la impresión de sentirse preocupada; pero había
momentos en que la miraba y creía captar un fugaz destello de una tensión interior
que casi rozaba la desesperación. En cierto aspecto aquello le aliviaba, pero en otro le
hacía sentir esa misma impresión de estar siendo desagradablemente cruel que había
experimentado cuando pensaba en las razones por las que la agente de la Cultura
seguía con vida. A veces tenía miedo de llegar al Mundo de Schar, pero a medida que
el viaje se iba prolongando, acabó anhelando entrar en acción y que los
acontecimientos le permitieran dejar de pensar.

Un día hizo venir a Balveda a su camarote después de que todos hubieran cenado en
el comedor. La mujer entró en el habitáculo y se sentó en el mismo sitio que el
cambiante había ocupado cuando Kraiklyn le hizo acudir a su camarote poco después
de haberse unido a la tripulación.
Balveda parecía muy tranquila. Se sentó elegantemente en aquel pequeño asiento
con su esbelto cuerpo relajado y, al mismo tiempo, listo para cualquier eventualidad.
Sus ojos oscuros contemplaron a Horza desde la delgada cabeza de rasgos finamente
moldeados. Las luces del camarote hacían brillar su cabello rojizo, que estaba
empezando a volverse negro.
—¿Capitán Horza? —sonrió y cruzó sus manos de largos dedos sobre su regazo.
Vestía una especie de larga túnica azul, lo más sencillo que habían podido
encontrar en la nave. La túnica había pertenecido a Gow.
—Hola, Balveda —dijo Horza.
Se sentó en la cama. Llevaba un mono muy holgado. Se había pasado los
primeros dos días con el traje espacial puesto, pero aunque el traje era lo bastante
sofisticado para no resultar demasiado incómodo, los recintos de la Turbulencia en
cielo despejado eran tan poco espaciosos que le resultaba difícil moverse, por lo que
acabó decidiendo olvidarse del traje hasta que hubieran llegado a su destino.

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Había pensado ofrecerle algo de beber, pero recordó que eso era justamente lo
que había hecho Kraiklyn y, sin saber muy bien por qué, le pareció que no sería
adecuado.
—¿Y bien, Horza? —dijo Balveda.
—Solo quería… Quería saber qué tal estabas —dijo Horza.
Había intentado ensayar de antemano lo que le diría. Le aseguraría que no corría
peligro, que le caía bien y que estaba seguro de que esta vez lo peor que podía
ocurrirle sería que acabara internada en algún campo para prisioneros de guerra y,
quizá, un intercambio final, pero las palabras se negaron a salir de su boca.
—Estoy estupendamente —dijo ella. Se pasó la mano por el pelo y sus ojos
recorrieron velozmente los contornos del camarote—. Estoy intentando ser una
prisionera modelo y no proporcionarte ninguna excusa para que te libres de mí.
Sonrió, pero Horza volvió a captar la tensión que había oculta bajo aquel gesto. Y,
aun así, sintió cierto alivio.
—No —rio, dejando que la carcajada hiciera oscilar su cabeza hacia atrás—. No
tengo ninguna intención de hacer nada semejante. Estás a salvo.
—¿Hasta que lleguemos al Mundo de Schar? —preguntó ella con voz tranquila.
—Y después también —dijo Horza.
Balveda parpadeó lentamente y bajó la vista.
—Hmmm… Me alegro.
Le miró a los ojos.
Horza se encogió de hombros.
—Estoy seguro de que tú harías lo mismo por mí.
—Creo que… Sí, probablemente lo haría —dijo ella, y Horza no supo si estaba
mintiendo o si decía la verdad—. Es una lástima que estemos en bandos distintos.
—Es una lástima que todos estemos en bandos distintos, Balveda.
—Bueno —dijo ella volviendo a cruzar las manos sobre el regazo—, hay una
teoría según la cual el bando en el que cada uno cree estar es el que acabará
triunfando.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Horza sonriendo—. ¿La verdad, la justicia y
todo eso?
—No, no se trata de eso. —Balveda sonrió sin mirarle a la cara—. Solo… —Se
encogió de hombros—. La vida, nada más. La evolución de la que hablabas. Dijiste
que la Cultura era un callejón sin salida, una especie de mar estancado. Si lo somos…
Bueno, puede que acabemos perdiendo.
—Maldita sea, Balveda, aún conseguiré que acabes pasándote al bando de los
buenos —dijo Horza, y en su voz solo había un leve exceso de jovialidad.
Balveda sonrió.
Abrió la boca para decir algo, se lo pensó mejor y volvió a cerrarla. Clavó los
ojos en sus manos. Horza no supo qué decir.

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Yalson se presentó en su camarote una noche cuando faltaban seis días para que
llegaran a su destino. La débil claridad del sistema de la estrella era visible incluso
sin sensores en el cielo por delante de la nave.
Horza ya no esperaba que viniera, y el sonido de sus nudillos llamando a la puerta
le hizo salir de un estado a medio camino entre el sueño y la vigilia de forma tan
brusca que le dejó desorientado durante unos momentos. Vio el rostro de Yalson en la
pantalla de la puerta y la dejó entrar. Yalson entró rápidamente cerrando la puerta a su
espalda y le abrazó con fuerza sin decir ni una palabra. Horza se quedó inmóvil,
intentando despertarse y comprender por qué estaba allí. No parecía haber ninguna
razón que explicara su presencia, ninguna acumulación de alguna clase de tensión
emocional entre ellos, ninguna señal o pista: nada.
Yalson había pasado todo aquel día en el hangar haciendo ejercicios físicos con el
cuerpo recubierto de pequeños sensores. Horza la había visto sudar hasta llegar al
agotamiento, observando lecturas y pantallas con cara de no estar demasiado
satisfecha, como si su organismo fuese algo tan mecánico como la nave y quisiera
averiguar de qué era capaz antes de que acabara siendo destruido por las pruebas a las
que lo estaba sometiendo.
Se acostaron en la cama, pero —como en una confirmación más de los agotadores
ejercicios físicos con que se había torturado durante todo aquel día— Yalson se
quedó dormida tan pronto como su cuerpo rozó la sábana. Se quedó dormida en sus
brazos mientras Horza la acariciaba y la besaba, respirando el perfume de su cuerpo
después de lo que le habían parecido meses enteros de separación. Horza siguió
despierto durante un rato oyéndola respirar, sintiendo como se removía levemente
entre sus brazos y cómo los latidos de su corazón se iban haciendo cada vez más
lentos a medida que iba sumiéndose en el sueño profundo.
Por la mañana hicieron el amor.
—¿Por qué? —le preguntó Horza mientras sus corazones iban calmándose.
Estaban abrazados y el sudor se iba secando sobre sus cuerpos—. ¿Qué te hizo
cambiar de opinión?
Los zumbidos y susurros de la nave les llegaban como desde una gran distancia.
Yalson le abrazó aún más fuerte que antes y meneó la cabeza.
—Nada —dijo—, nada en particular, nada importante. —Horza sintió cómo se
encogía de hombros. Yalson ladeó la cabeza hasta rozarle el brazo, volviéndose hacia
el suave zumbido del mamparo—. Todo —añadió con un hilo de voz—. El Mundo de
Schar.

Faltaban tres días para llegar. Horza estaba en el hangar viendo cómo los miembros
de la Compañía Libre hacían ejercicios físicos y disparaban sus armas contra la

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pantalla. Neisin no podía practicar porque seguía negándose a usar láseres después de
lo ocurrido en el Templo de la Luz. Había aprovechado sus escasos momentos de
sobriedad en Evanauth para hacer acopio de cargadores.
Después de la práctica de tiro, Horza hizo que todos los mercenarios probaran sus
arneses antigravitatorios. Kraiklyn había comprado un lote muy barato e insistió en
que los miembros de la Compañía Libre cuyo traje no llevaba incorporada unidad
antigravitatoria le compraran un arnés a lo que afirmó era el precio de coste. Al
principio Horza no estaba muy convencido de que fuese buena idea, pero las
unidades antigravitatorias parecían estar en condiciones de funcionar, y no cabía duda
de que serían muy útiles para registrar los pozos más profundos del Sistema de
Mando.
Horza había acabado convenciéndose de que, si era preciso, los mercenarios le
seguirían hasta las profundidades del Sistema de Mando. El largo tiempo transcurrido
desde las emociones de Vavatch y la aburrida rutina de la vida a bordo de la
Turbulencia en cielo despejado habían hecho que empezaran a anhelar experiencias
más interesantes. Tal y como lo había descrito —y era sincero—, el Mundo de Schar
no parecía un lugar demasiado malo. Al menos no había muchas probabilidades de
que se encontraran metidos en un tiroteo y nadie estaría muy dispuesto a hacer volar
las cosas por los aires, incluida la Mente en cuya búsqueda quizá acabaran
colaborando. No si había un dra’azon cerca que podía pedirles cuentas de sus actos…

El sol del sistema del Mundo de Schar ardía ante ellos convertido en el objeto más
brillante de todo el cielo. Seguían estando dentro del miembro de la espiral y se
dirigían hacia el exterior de esta, por lo que el Acantilado Resplandeciente aún no era
un rasgo visible de la extensión de cielo que tenían delante, pero lo que sí podía verse
era que todas las estrellas que había esparcidas ante ellos se encontraban o muy cerca
o a muchísima distancia. En el tramo de espacio que se extendía ante la proa de la
nave, no había ninguna.
Horza había alterado varias veces el curso de la Turbulencia en cielo despejado,
pero seguía manteniéndola en una dirección general que, salvo si viraban, acabaría
dejándoles a unos dos años luz del planeta. Al día siguiente haría virar la nave y la
dirigiría hacia el Mundo de Schar. De momento el viaje había carecido de todo
acontecimiento digno de mención. Habían volado a través de las estrellas sin
encontrarse con nada que se saliera de lo corriente. No hubo mensajes o señales, y
tampoco habían captado estelas dejadas por el paso de alguna nave o la luminosidad
emitida por alguna batalla distante. El espacio que les rodeaba parecía tranquilo y
desierto, como si cuanto ocurría en él fuera lo que siempre había ocurrido, desde el
nacimiento y la muerte de las estrellas hasta el lento giro de la galaxia, pasando por
las contorsiones de los agujeros y el remolinear de las nubes de gases. Aquel silencio
cargado de velocidades distintas y el falso ritmo del día y de la noche hacían que la

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guerra pareciese algo imaginado por sus mentes, una pesadilla inexplicable que
seguían compartiendo aunque hubiesen logrado escapar de ella.
Aun así, Horza mantenía en continuo estado de alerta a todos los sensores de la
nave y estaba dispuesto a dar la alarma general a la primera señal de problemas. Las
probabilidades de encontrar algo antes de que llegaran a la Barrera del Silencio eran
casi inexistentes, pero aun suponiendo que aquel lugar estuviera tan pacífico y vacío
como implicaba su nombre, Horza creía que seguir adelante en línea recta quizá no
fuese buena idea. Lo ideal sería localizar a las unidades de la flota idirana que se
suponía estaban aguardando en las proximidades. Eso resolvería la mayor parte de
sus problemas. Les entregaría a Balveda, se aseguraría de que Yalson y los demás
mercenarios no corrieran peligro —dejando que se quedaran con la Turbulencia en
cielo despejado— y recogería el equipo especializado que Xoralundra le había
prometido.
Ese escenario también le permitiría encontrarse con Kierachell a solas y sin la
distracción que supondría la presencia de los otros. Podría volver a ser el Horza que
había conocido Kierachell sin necesidad de hacer ninguna concesión al yo con el que
estaban familiarizados Yalson y la Compañía Libre.

Las alarmas de la nave empezaron a sonar cuando aún les quedaban dos días de
trayecto. Horza estaba dormitando en su cama. Salió corriendo del camarote y fue al
puente.
El volumen de espacio que tenían delante daba la impresión de haber servido
como laboratorio de pruebas a todos los tipos de armamento concebibles. La luz de la
aniquilación empezó a caer sobre ellos. Era la radiación creada por las detonaciones
de las armas, y los sensores de la nave la registraban tanto en estado puro como
mezclada, indicando los puntos donde las cabezas de guerra habían estallado por sí
solas o al entrar en contacto con algún otro objeto. La matriz del espacio
tridimensional temblaba y vibraba a causa de las cargas distorsionadoras, y los
sistemas automáticos de la Turbulencia en cielo despejado se vieron obligados a
desconectar sus motores cada dos o tres segundos para evitar que fuesen dañados por
las ondas distorsionadoras. Horza se puso el arnés de sujeción y activó todos los
sistemas subsidiarios. Wubslin cruzó el umbral que daba al comedor.
—¿Qué ocurre?
—Parece una especie de batalla —dijo Horza sin apartar los ojos de las pantallas.
El volumen de espacio afectado se encontraba más o menos directamente en el
lado interno de la Barrera del Silencio que rodeaba el Mundo de Schar. La ruta
directa de Vavatch pasaba por allí. La Turbulencia en cielo despejado se encontraba a
un año luz y medio de las perturbaciones, demasiado lejos de ellas para ser detectada
por nada que no fuese el delgado haz de un monitor de seguimiento y, por lo tanto,
apenas corría peligro; pero Horza observó las oleadas de radiación y sintió cómo la

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Turbulencia en cielo despejado se enfrentaba a las ondulaciones de aquel espacio tan
bruscamente alterado con una sensación de náusea que casi se aproximaba a la
derrota.
—Caparazón de mensaje —dijo Wubslin señalando una pantalla con la cabeza.
Una señal fue apareciendo poco a poco en la pantalla, distinguiéndose del ruido
de la radiación. Las palabras se fueron formando a razón de varias letras cada vez,
como un campo de plantas que crecen y acaban floreciendo. La señal se repitió unas
cuantas veces —y estaba siendo obstruida de forma activa, no sencillamente
interferida por el ruido de fondo de la batalla—, quedó completa y se hizo legible.
NAVE TURBULENCIA EN CIELO DESPEJADO. REÚNASE CON LAS UNIDADES DE
LA FLOTA NOVENTA Y TRES.
DESTINOS. 591134.45 MID. TODAS LAS UNIDADES INTACTAS.

—Maldición —jadeó Horza.


—¿Qué significa eso? —preguntó Wubslin. Introdujo los números de la pantalla
en el ordenador de navegación de la Turbulencia en cielo despejado—. Oh —dijo el
ingeniero reclinándose en su asiento—, es una de las estrellas cercanas. Supongo que
querían fijar el punto de cita a medio camino entre esa estrella y…
Se volvió hacia la pantalla principal.
—Sí —dijo Horza, y contempló el mensaje de la pantalla con cara de
preocupación.
Tenía que ser falso. No había nada que demostrara su origen idirano. Ningún
número de mensaje, código de clase, nave de origen, firma…, nada que tuviera la
más mínima apariencia de autenticidad.
—¿Esa señal ha sido enviada por los tipos de las tres patas? —preguntó Wubslin.
Introdujo un diagrama holográfico en otra pantalla. El diagrama mostraba estrellas
rodeadas por una parrilla esférica de finos trazos verdes—. Eh, estamos bastante
cerca de allí.
—Sí, ¿verdad? —replicó Horza.
Seguía observando los resplandores y oleadas de luz creados por la batalla.
Introdujo unas cuantas cifras en los sistemas de control de la Turbulencia en cielo
despejado. El morro de la nave giró hasta quedar enfilado hacia el sistema del Mundo
de Schar. Wubslin miró a Horza.
—¿Crees que no es de ellos?
—No estoy seguro —dijo Horza. La radiación estaba empezando a disiparse. El
enfrentamiento parecía haber llegado a su fin, o uno de los dos bandos estaba
huyendo—. Creo que si vamos allí quizá encontremos una UGC esperándonos. O una
nube de AMC.
—¿AMC? ¿Qué…? ¿Esa cosa con la que liquidaron Vavatch? —dijo Wubslin y
lanzó un silbido—. No, gracias.
Horza desconectó la pantalla en la que había aparecido el mensaje.

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Todo volvió a repetirse menos de una hora después, desde las oleadas de
radiación hasta las perturbaciones creadas por los campos distorsionadores, y esta vez
había dos mensajes, uno ordenándoles que no hicieran ningún caso de la primera
señal y otro proporcionando nuevas coordenadas para la cita. Ambos parecían
auténticos; ambos terminaban con la palabra «Xoralundra». Horza siguió masticando
la comida que se acababa de poner en la boca cuando oyó sonar la alarma y lanzó una
maldición. Un tercer mensaje dirigido personalmente a él apareció en la pantalla. Le
ordenaba que ignorara las dos señales anteriores y que dirigiera la Turbulencia en
cielo despejado hacia otras coordenadas de cita distintas.
Horza dejó escapar un grito de ira. Los fragmentos de comida salieron despedidos
de su boca y chocaron contra la pantalla. Desconectó el comunicador de banda ancha
y fue al comedor.

—¿Cuándo llegaremos a la Barrera del Silencio?


—Dentro de unas horas. Puede que medio día.
—¿Estás nervioso?
—No. Ya he estado allí antes. ¿Y tú?
—Si tú dices que todo irá bien… Te creo.
—Todo debería ir bien.
—¿Conoces a algunas de las personas que hay ahí?
—No lo sé. Han pasado unos cuantos años. No cambian al personal con mucha
frecuencia, pero la gente se va. No lo sé. Tendré que esperar a que lleguemos.
—Hace mucho tiempo que no ves a nadie de tu especie, ¿verdad?
—Sí. Desde que me marché de allí.
—¿No tienes ganas de volver a verles?
—Quizá.
—Horza… Mira, ya sé que te dije que no debíamos hacernos preguntas sobre el
pasado…, sobre todo lo que ocurrió antes de convertirnos en tripulantes de la
Turbulencia en cielo despejado, pero… eso fue cuando… antes de que muchas cosas
cambiaran…
—No nos ha ido mal, ¿verdad?
—¿Quieres decir que no quieres hablar de eso ahora?
—Puede. No lo sé. ¿Quieres que te hable de…?
—No. —Le puso la mano sobre los labios. Horza sintió el roce de sus dedos en la
oscuridad—. No, está bien. No tiene importancia. Olvídalo.

Estaba sentado en el asiento central. Wubslin ocupaba el asiento del ingeniero a la


derecha de Horza, y Yalson estaba a su izquierda. Los demás se habían quedado de

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pie detrás de ellos. Había dejado venir a Balveda. Ahora apenas si podía ejercer
ninguna influencia sobre lo que fuese a ocurrir. La unidad flotaba cerca del techo.
La Barrera del Silencio estaba aproximándose. Tenía el aspecto de un campo
espejo situado justo delante de ellos, y debía de medir como un día luz de diámetro.
Había aparecido de repente en la pantalla cuando se encontraban a una hora de ella.
Wubslin temía que estuviera indicando su posición, pero Horza sabía que ese campo
espejo solo existía en los sensores de la Turbulencia en cielo despejado. Allí fuera no
había nada visible.
Cuando estaban a unos cinco minutos de distancia, todas las pantallas se
ennegrecieron. Horza ya les había advertido de que ocurriría, pero en cuanto las
pantallas dejaron de mostrar las imágenes habituales, incluso él se puso algo
nervioso. Era como si se hubiera quedado ciego de repente.
—¿Estás seguro de que esto es normal? —preguntó Aviger.
—Si no hubiera ocurrido, me sentiría mucho más preocupado de lo que estoy
ahora —replicó Horza.
Aviger se agitó nerviosamente a su espalda.
—Creo que todo esto es increíble —dijo Dorolow—. Esta criatura es… es una
especie de dios. Estoy segura de que puede captar nuestros pensamientos y nuestros
estados de ánimo. Ya empiezo a sentirlo.
—Bueno, en realidad no es más que una colección de sistemas autoreferenciales
que…
—Balveda… —dijo Horza.
Se volvió hacia la mujer de la Cultura. Balveda no llegó a completar la frase. Se
llevó una mano a los labios y le miró con ojos que echaban chispas. Horza se volvió
hacia la pantalla vacía.
—¿Cuándo se supone que…? —empezó a decir Yalson.

NAVE QUE SE APROXIMA, dijo la pantalla en varios idiomas.

—Bueno, vamos allá… —dijo Neisin. Dorolow le hizo callar.


ESTÁS APROXIMÁNDOTE AL PLANETA LLAMADO MUNDO DE SCHAR, UN
PLANETA DE LOS MUERTOS DRA’AZON. EL AVANCE A PARTIR DE ESTE PUNTO
SE ENCUENTRA SOMETIDO A VARIAS RESTRICCIONES.

—Lo sé. Me llamo Bora Horza Gobuchul. Deseo que se me permita volver al
Mundo de Schar durante un breve período de tiempo. Hago esta petición con el
máximo respeto.
—No cabe duda de que sabes cómo convencer a la gente, ¿eh? —dijo Balveda.
Horza le lanzó una rápida mirada de soslayo. El comunicador solo transmitiría sus
palabras, pero no quería que olvidara su condición de prisionera.
HAS ESTADO AQUÍ ANTES.

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Horza no estaba muy seguro de si aquello era una pregunta o una afirmación.
—He estado en el Mundo de Schar antes —confirmó—. Era uno de los centinelas
cambiantes.
Explicarle cuándo había estado allí en calidad de centinela no serviría de mucho.
El idioma de los dra’azon poseía tiempos verbales, pero para los dra’azon cada
momento de la eternidad era «ahora». La pantalla quedó en blanco unos segundos
antes de repetir el mensaje anterior.
HAS ESTADO AQUÍ ANTES.

Horza frunció el ceño. No sabía qué decir.


—Senilidad irreversible, está claro —murmuró Balveda.
—Puedo sentirlo, puedo sentir su presencia —susurró Dorolow.
HAY OTROS HUMANOS CONTIGO.

—Muchísimas gracias —dijo Unaha-Closp desde algún punto cercano al techo.


—¿Veis? —dijo Dorolow casi gimoteando.
Horza oyó como Balveda lanzaba un bufido. Dorolow empezó a tambalearse.
Aviger y Neisin tuvieron que agarrarla para impedir que cayera al suelo.
—No he podido desembarcarles en ningún sitio antes de venir aquí —dijo Horza
—. Pido tu indulgencia. Si es necesario, se quedarán a bordo de esta nave.
NO SON CENTINELAS. SON DE OTRAS ESPECIES HUMANOIDES.

—Yo soy el único que necesita pisar el Mundo de Schar.


LA ENTRADA ESTÁ RESTRINGIDA.

Horza suspiró.
—Soy el único que pide permiso para desembarcar.
¿POR QUÉ HAS VENIDO AQUÍ?

Horza vaciló. Oyó el bufido casi imperceptible de Balveda.


—Busco a alguien que está allí.
¿QUÉ BUSCAN LOS OTROS?

—Nada. Vienen conmigo.


ESTÁN AQUÍ.

—Ellos… —Horza se lamió los labios. Todos sus ensayos anteriores y todo el
devanarse los sesos pensando en lo que diría cuando llegara aquel momento le
parecieron inútiles—. No están aquí por voluntad propia, pero no tenían alternativa.
Tenía que traerles conmigo. Si lo deseas, se quedarán a bordo de la nave en órbita
alrededor del Mundo de Schar, o un poco más lejos dentro del perímetro de la Barrera
del Silencio. Dispongo de un traje, puedo…

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ESTÁN AQUÍ CONTRA SU VOLUNTAD.

Que él supiera, el dra’azon nunca había interrumpido a nadie. Tuvo la impresión


de que no era buena señal.
—Las… circunstancias son… complicadas. Ciertas especies de la galaxia están
en guerra. En ese tipo de situaciones la libertad de elección queda severamente
limitada. Haces cosas que nunca harías en circunstancias normales.
AQUÍ HAY MUERTE.

Horza contempló las palabras que acababan de aparecer en la pantalla con tanta
atención como si fueran ojos capaces de ver en lo más profundo de su ser. El silencio
más absoluto se adueñó del puente durante unos segundos. Después oyó el sonido de
dos cuerpos removiéndose nerviosamente.
—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó Unaha-Closp.
—¿La… la hay? —preguntó Horza. Las palabras seguían en la pantalla. El
dra’azon estaba comunicándose en marain. Wubslin pulsó unos cuantos botones en su
parte de la consola. Normalmente esos botones servían para controlar lo que aparecía
en las pantallas situadas ante él, pero ahora todas repetían las palabras que iban
apareciendo en la pantalla principal. El ingeniero se reclinó en su asiento. Parecía
estar muy tenso, como si el asiento se hubiera vuelto repentinamente demasiado
pequeño para su cuerpo. Horza carraspeó en un intento de aclararse la garganta.
—Hubo una batalla… Un enfrentamiento cerca de aquí —dijo—. Justo antes de
que llegáramos. Quizá aún no haya terminado. Puede que haya muertes.
AQUÍ HAY MUERTE.

—Oh… —dijo Dorolow, mientras se derrumbaba en los brazos de Neisin y


Aviger.
—Será mejor que la llevemos al comedor —dijo Aviger mirando a Neisin—. Se
le pasará si puede acostarse un rato.
—Oh, de acuerdo —dijo Neisin.
Sus ojos recorrieron el rostro de la mujer. Dorolow parecía estar inconsciente.
—Quizá yo pueda… —empezó a decir Horza. Tragó una honda bocanada de aire
—. Si hay muerte aquí quizá yo pueda detenerla. Quizá pueda impedir que se
produzcan más muertes.
BORA HORZA GOBUCHUL.

—¿Sí? —preguntó Horza tragando saliva.


Aviger y Neisin transportaron el fláccido cuerpo de Dorolow a través del umbral
y se alejaron por el pasillo que desembocaba en el comedor. El mensaje de la pantalla
cambió:
ESTÁS BUSCANDO LA MÁQUINA QUE SE HA REFUGIADO EN EL PLANETA.

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—Jo, jo —dijo Balveda, volviendo la cabeza con una sonrisa en los labios
mientras se llevaba la mano a la boca.
—¡Mierda! —exclamó Yalson.
—Parece que nuestro dios no es tan estúpido —dijo Unaha-Closp.
—Sí —dijo secamente Horza. ¿Para qué seguir fingiendo? Al parecer no serviría
de nada—. Sí, estoy buscando esa máquina. Pero creo que…
PERMISO CONCEDIDO.

—¿Qué? —dijo la unidad.


—Bueno… ¡Yuuuupi! —gritó Yalson.
Se cruzó de brazos y apoyó la espalda en el mamparo. Neisin volvió a aparecer en
el umbral y se quedó quieto en cuanto vio el mensaje de la pantalla.
—Vaya, sí que han cambiado las cosas —dijo volviéndose hacia Yalson—. ¿Qué
le ha dicho?
Yalson se limitó a menear la cabeza. Horza sintió cómo una inmensa oleada de
alivio invadía todo su ser. Observó atentamente las dos palabras de la pantalla como
si temiera que aquel breve mensaje podía contener alguna negación oculta.
—Gracias —dijo sonriendo—. ¿He de bajar yo solo al planeta?
PERMISO CONCEDIDO.
AQUÍ HAY MUERTE.
CUIDADO.

—¿A qué clase de muerte te refieres? —preguntó Horza. El alivio estaba


empezando a desvanecerse. La obsesión del dra’azon con la muerte hizo que un
escalofrío recorriera todo su cuerpo—. ¿Dónde? ¿Quiénes han muerto o van a morir?
El mensaje de la pantalla volvió a cambiar. Las dos primeras líneas
desaparecieron. Ahora solo decía:
CUIDADO.

—Esto no me gusta ni pizca —dijo Unaha-Closp.


Las pantallas volvieron a funcionar como siempre. Wubslin dejó escapar un
suspiro y se relajó. El sol del sistema del Mundo de Schar brillaba ante ellos a menos
de un año luz de distancia. Horza comprobó los datos del ordenador de navegación
mientras su pantalla se encendía y apagaba hasta volver a la normalidad al mismo
tiempo que las demás, ofreciéndole todo un surtido de números, gráficos y
hologramas. En cuanto hubo terminado la comprobación, el cambiante se reclinó en
su asiento.
—Hemos pasado sin problemas —dijo—. Hemos atravesado la Barrera del
Silencio.
—Ahora nada puede tocarnos, ¿verdad? —preguntó Neisin.
Horza contempló la pantalla. La enana amarilla ocupaba todo el centro de la
imagen, un punto de luz que ardía sin vacilaciones ni parpadeos. Los planetas seguían

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siendo invisibles. Asintió con la cabeza.
—No, estamos a salvo. Al menos, nada que esté al otro lado de la Barrera del
Silencio puede hacernos daño…
—Estupendo. Creo que lo celebraré tomando un trago.
Neisin saludó con la cabeza a Yalson y su flaca silueta desapareció por el umbral.
—¿Crees que eso quiere decir que solo puedes bajar tú o podemos bajar todos? —
preguntó Yalson.
Horza meneó la cabeza sin apartar los ojos de la pantalla.
—No lo sé. Nos pondremos en órbita y entraré en comunicación con la base de
los cambiantes poco antes de que intentemos acercarnos con la Turbulencia en cielo
despejado. Si al señor Corrección no le gusta, estoy seguro de que nos lo hará saber.
—Vaya, has llegado a la conclusión de que es un varón, ¿eh? —dijo Balveda, y
Yalson habló casi al mismo tiempo que ella.
—¿Por qué no te pones en contacto con ellos ahora?
—Todo eso de la muerte no me ha gustado nada. —Horza se volvió hacia Yalson.
Balveda estaba junto a ella. La unidad descendió un poco para colocarse al nivel de
sus ojos. Horza miró a Yalson—. Es una precaución, nada más. No quiero
precipitarme. —Volvió la cabeza hacia la mujer de la Cultura—. Que yo sepa, la
transmisión regular de la base en el Mundo de Schar debía de haberse producido hace
unos días. Supongo que no tendrás ni idea de si ha sido recibida o no, ¿verdad?
Miró a Balveda. Su sonrisa indicaba que no tenía muchas esperanzas de recibir
respuesta o, por lo menos, de que esa respuesta fuese sincera. La agente de la Cultura
clavó los ojos en el suelo, pareció encogerse de hombros y acabó alzando la cabeza.
Sus ojos se encontraron con los de Horza.
—Sé que llevaba retraso —dijo.
Horza siguió contemplándola en silencio. Balveda no apartó la mirada. Los ojos
de Yalson fueron del uno al otro. Unaha-Closp acabó rompiendo el silencio.
—Francamente, nada de todo esto me inspira mucha confianza —dijo—. Mi
consejo es que… —Horza le miró con cara de pocos amigos y la unidad no llegó a
completar la frase—. Hmmm —dijo—. Bueno, no importa.
Flotó hacia la puerta y salió del puente.
—Parece que todo va bien —dijo Wubslin. Al parecer, no se dirigía a nadie en
particular. Se reclinó en el asiento y asintió para sí mismo—. Sí, la nave ya ha vuelto
a la normalidad.
Giró sobre sí mismo y les sonrió.

Fueron a buscarle. Estaba en un estadio jugando a la pelota en ingravidez. Creía


encontrarse a salvo, rodeado de amigos por todas partes (durante un segundo
parecieron flotar ante él como si fueran una nube de moscas, pero no le dio
importancia. Se rio, cogió la pelota, la arrojó y se anotó un tanto). Pero fueron a

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buscarle allí. Les vio llegar. Eran dos. Salieron por una puerta incrustada en una
angosta chimenea del estadio esférico sostenido por nervaduras. Vestían capas que
no tenían ningún color determinado, y fueron en línea recta hacia él. Intentó alejarse
volando, pero su arnés había dejado de funcionar. Estaba atrapado, flotando en el
aire incapaz de avanzar en ninguna dirección. Intentó nadar a través del aire y
quitarse el arnés para poder arrojárselo —quizá consiguiera darles, y de lo que sí
estaba seguro era de que el gesto serviría para hacerle salir despedido en dirección
opuesta—, pero le cogieron antes de que pudiera hacer nada.
Ninguna de las personas que le rodeaban pareció darse cuenta de lo que ocurría
y de repente comprendió que no eran amigos suyos. De hecho, no conocía a nadie.
Le cogieron por los brazos y un instante después, sin haberse movido y sin haber
atravesado ningún espacio, se las arreglaron para hacerle sentir que habían doblado
una esquina invisible y habían llegado a un lugar que siempre estaba allí pero que no
podía verse. Estaban en una zona de oscuridad. Cuando miró a lo lejos, vio aquellas
capas que no tenían ningún color definido destacando en la oscuridad. Estaba
indefenso, tan impotente como si se encontrara atrapado en un bloque de piedra,
pero podía ver y respirar.
—¡Ayudadme!
—No estamos aquí para eso.
—¿Quiénes sois?
—Ya lo sabes.
—No lo sé.
—Entonces no podemos decírtelo.
—¿Qué queréis?
—A ti.
—¿Por qué?
—¿Por qué no?
—Pero ¿por qué yo?
—No tienes a nadie.
—¿Qué?
—No tienes a nadie.
—¿Qué quieres decir con eso?
—No tienes familia. No tienes amigos.
—… ni religión. Ni creencias.
—¡Eso no es cierto!
—¿Estás seguro?
—Creo en…
—¿En qué?
—¡En mí!
—No es suficiente.
—De todas formas, nunca llegarás a saberlo.

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—¿El qué? ¿Qué es lo que nunca llegaré a saber?
—Basta. Hagámoslo ahora.
—¿Hacer el qué?
—Quitarte el nombre.
—Yo…
Se metieron dentro de su cráneo y le quitaron el nombre.
Y por eso gritó.
—¡Horza!
Yalson meneó la cabeza con tanta brusquedad que se la golpeó con el mamparo
que había sobre la pequeña cama, Horza despertó balbuceando algo incomprensible.
El gemido murió en sus labios. Su cuerpo se tensó durante un momento y se relajó.
Extendió los brazos y las yemas de sus dedos rozaron el vello que cubría la piel
de la mujer. Yalson puso las manos detrás de la cabeza de Horza y le abrazó
atrayéndole hacia su pecho. Horza no dijo nada, pero los latidos de su corazón fueron
haciéndose gradualmente más lentos hasta que acabaron acompasándose con los de
ella. Yalson le meció suavemente durante un rato. Después le apartó la cabeza, se
inclinó y le besó en los labios.
—Ya me encuentro mejor —dijo Horza—. Ha sido una pesadilla, nada más.
—¿Qué has soñado?
—Nada —dijo él.
Volvió a apoyar la cabeza en su pecho, colocándola entre sus senos con tanta
cautela como si su cabeza fuera un huevo inmenso y muy delicado.

Horza se había puesto el traje. Wubslin estaba sentado en su sitio de costumbre.


Yalson ocupaba el asiento del copiloto. Los dos llevaban puesto el traje. El Mundo de
Schar ocupaba la pantalla que había ante ellos. Los sensores incrustados en el vientre
de la Turbulencia en cielo despejado apuntaban hacia aquella esfera gris y blanca y
aumentaban su tamaño.
—Vuelve a intentarlo —dijo Horza.
Wubslin transmitió el mensaje grabado por tercera vez.
—Quizá ya no utilizan ese código —dijo Yalson.
Sus ojos no se apartaban de la pantalla. Se había cortado el cabello hasta dejar
una capa de solo un centímetro de grosor cubriéndole el cráneo, no mucho más
espesa que el vello esparcido sobre su cuerpo. El efecto amenazador producido por el
corte de pelo no encajaba demasiado bien con la pequeñez de la cabeza que asomaba
por el enorme cuello del traje.
—Es tradicional. Es más un lenguaje de ceremonia que un código —dijo Horza
—. Si captan la transmisión sabrán que soy un cambiante.
—¿Estás seguro de que hemos apuntado el haz hacia el sitio correcto?
—Sí —dijo Horza intentando no perder la calma.

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Llevaban menos de media hora en órbita, inmóviles sobre el continente donde se
encontraban los túneles del Sistema de Mando. Casi toda la superficie del planeta
estaba cubierta de nieve. El hielo ocultaba la península de mil kilómetros de longitud
bajo la que se había excavado el sistema de túneles que se extendía hasta el mar. El
Mundo de Schar había entrado en otra de sus eras glaciales periódicas hacía ya siete
mil años, y el océano había quedado reducido a una banda relativamente angosta que
ceñía el ecuador, deslizándose por entre los trópicos del planeta, todavía no muy bien
definidos. El cinturón gris acero del océano era visible ocasionalmente a través de los
remolinos de las nubes tormentosas.
Se encontraban a veinticinco mil kilómetros de la capa de nieve que cubría la
superficie del planeta, y su comunicador estaba lanzando un haz de señales hacia una
zona circular que tendría escasas decenas de kilómetros de diámetro situada entre los
dos brazos helados de mar que le proporcionaban una especie de leve cintura a la
península. Allí se encontraba la entrada a los túneles; allí era donde vivían los
cambiantes. Horza estaba seguro de que no había cometido ningún error, pero hasta el
momento su mensaje seguía sin obtener respuesta.
«Aquí hay muerte», pensaba una y otra vez. El frío del planeta parecía estar
invadiendo lentamente su cuerpo e introduciéndose en sus huesos.
—Nada —dijo Wubslin.
—Bien —dijo Horza. Sus manos enguantadas se posaron sobre los controles
manuales—. Vamos a bajar.
Los campos distorsionantes de la Turbulencia en cielo despejado se deslizaron
sobre la leve curvatura del pozo gravitatorio creado por el planeta y la nave fue
bajando cautelosamente por aquella pendiente invisible. Horza desconectó los
motores y dejó que volvieran a la modalidad solo-para-emergencias. Ahora ya no los
necesitarían, y en cuanto el gradiente gravitatorio hubiera aumentado un poco,
dejarían de ser utilizables.
La Turbulencia en cielo despejado fue cayendo cada vez más deprisa hacia el
planeta. Los motores de fusión estaban preparados. Horza observó los gráficos y
diagramas de las pantallas hasta quedar convencido de que seguían el curso correcto.
Se quitó el arnés y volvió al comedor mientras el planeta parecía ir girando
lentamente bajo la nave.
Aviger, Neisin y Dorolow llevaban los trajes y estaban sentados con los arneses
de sujeción asegurados. Perosteck Balveda también estaba inmovilizada por un arnés.
Llevaba una chaqueta bastante gruesa y unos pantalones de abrigo. Su cabeza
emergía por el cuello de una camisa blanca. La gruesa tela de la chaqueta le cubría el
torso hasta la altura de la garganta. Calzaba botas de montaña y un par de guantes de
piel esperaban sobre la mesa el momento de que se los pusiera. La chaqueta contaba
con una pequeña capucha que colgaba sobre su espalda. Horza no estaba muy seguro
de si Balveda había escogido aquella blanda e inútil parodia de un traje espacial como

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reproche o si había obrado de forma inconsciente impulsada por el miedo y la
necesidad de sentirse más segura y protegida.
Unaha-Closp estaba acostado en un asiento con la parte delantera apuntando hacia
el techo, envuelto en las tiras del arnés de sujeción.
—Confío en que no vayamos a pasar por otra exhibición de circo volante con
escombros incluidos como la que soportamos la última vez en que el capitán tomó los
mandos de este montón de chatarra —dijo la unidad.
Horza le ignoró.
—El señor Corrección no ha vuelto a ponerse en contacto con nosotros, por lo
que parece que podemos bajar —dijo—. Cuando lleguemos allí saldré de la nave para
echar un vistazo. Cuando vuelva decidiremos qué vamos a hacer.
—Supongo que eso significa que usted decidirá lo que… —empezó a protestar la
unidad.
—¿Y si no vuelves? —preguntó Aviger.
La unidad emitió una especie de siseo, pero no dijo nada. Horza contempló la
silueta del viejo. Su traje le daba el aspecto de un juguete mecánico.
—Volveré, Aviger —dijo—. Estoy seguro de que todos los cambiantes de la base
están perfectamente. Hasta les persuadiré de que nos preparen una comida caliente,
ya lo verás. —Sonrió, pero sabía que sus palabras no habían sonado demasiado
convincentes—. De todas formas y aunque me parece muy improbable —siguió
diciendo—, si algo va mal volveré enseguida a la nave.
—Bueno, esta nave es lo único con que contamos para salir de aquí —dijo Aviger
—. Procura recordarlo, Horza.
Parecía bastante asustado. Dorolow puso una mano sobre el brazo de su traje.
—Confía en Dios —dijo—. No nos ocurrirá nada. —Miró a Horza—. ¿Verdad,
Horza?
Horza asintió.
—Claro que no. Todo irá estupendamente.
Giró sobre sus talones y volvió al puente.

Estaban muy arriba, entre las nieves, observando el sol de mediados del verano que
iba hundiéndose en los mares rojizos de aire y nubes. Una ráfaga de viento frío hizo
que varios mechones de su cabellera se agitaran sobre el rostro de la mujer, castaño
rojizo acariciando la blancura de la piel, y el hombre alzó una mano casi sin pensarlo
para apartarlos de sus ojos. La mujer se volvió hacia él y apoyó la cabeza en el hueco
de su mano. Sus labios se curvaron en una leve sonrisa.
—Bueno, se acabó el día de verano.
Había hecho un día muy hermoso, con la temperatura todavía bastante por debajo
del punto de congelación, pero, aun así, lo suficientemente suave para que pudieran
quitarse los guantes y prescindir de la protección que les ofrecían las capuchas. El

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hombre sintió el calor de la piel de su cuello en la palma de la mano, y cuando la
mujer alzó la cabeza hacia él para mirarle, su lustrosa y pesada cabellera le rozó el
dorso de la mano. Su piel era blanca como la nieve, blanca como el hueso.
—Otra vez esa expresión… —dijo ella en voz baja.
—¿Qué expresión? —preguntó él, poniéndose a la defensiva y sabiendo muy bien
a qué se refería.
—Como si estuvieras muy lejos de aquí —dijo ella.
Le cogió la mano y se la llevó a la boca, besándola y acariciándola como si fuese
un animalito indefenso.
—Bueno, eso no es más que una opinión tuya, ¿no te parece?
La mujer apartó la vista y contempló la lívida bola rojiza del sol que estaba
ocultándose detrás de la cordillera.
—Es lo que veo —dijo—. Conozco muy bien tus expresiones. Las conozco todas,
y sé lo que significan.
El hombre sintió una punzada de rabia al ver lo fácil que le resultaba leer en su
interior, pero sabía que la mujer tenía razón, al menos en parte. Le conocía tan bien
que solo ignoraba aquello que ni él mismo sabía de su personalidad (aunque se dijo
que esa parte seguía siendo muy considerable). Hasta era posible que le conociera
mejor de lo que se conocía él mismo…
—No soy responsable de mis expresiones —dijo pasados unos segundos
intentando tomárselo todo a broma—. A veces consiguen sorprenderme incluso a mí.
—¿Y qué haces entonces? —preguntó ella. Los últimos rayos del sol caían sobre
su pálido y delgado rostro dándole un falso color sonrosado—. ¿Te sorprenderás
mucho cuando te marches?
—¿Por qué siempre das por sentado que voy a marcharme? —exclamó él con voz
irritada. Metió las manos en los bolsillos de la gruesa chaqueta y contempló el
hemisferio de la estrella que iba desapareciendo detrás de las montañas—. Ya te he
dicho no sé cuántas veces que soy feliz aquí.
—Sí —dijo ella—. No paras de repetírmelo.
—¿Por qué iba a querer marcharme?
La mujer se encogió de hombros, deslizó un brazo alrededor del suyo y apoyó la
cabeza en su hombro.
—Las luces brillantes, las multitudes, emociones y aventuras; otras personas.
—Soy feliz aquí contigo —dijo él.
Le puso el brazo sobre los hombros. Incluso llevando aquella chaqueta acolchada,
la mujer producía una impresión de delgadez que casi llegaba a la fragilidad.
La mujer guardó silencio durante unos momentos.
—Tienes razones más que suficientes para serlo, ¿no te parece? —dijo por fin en
un tono de voz muy distinto al de antes. Se volvió hacia él y le sonrió—. Y ahora,
bésame.

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La estrechó entre sus brazos y la besó. Sus ojos fueron deslizándose por encima
de su hombro hasta llegar al suelo y vio algo pequeño y rojo que se movía sobre la
nieve pisoteada junto a las botas de la mujer.
—¡Mira! —exclamó, apartándose de ella. Se agachó, la mujer se acuclilló junto a
él y se dedicaron a observar el pequeño insecto parecido a un palito que se deslizaba
lenta y laboriosamente sobre la nieve, otro ser viviente que se movía sobre la
desnudez del mundo—. Es el primero que he visto —dijo volviéndose hacia la mujer.
Ella meneó la cabeza y sonrió.
—No miras con la atención suficiente —le riñó bromeando.
El hombre alargó la mano y cogió al insecto en el hueco de su palma antes de que
la mujer pudiera impedírselo.
—Oh, Horza… —dijo ella, y en su voz había una huella casi imperceptible de
desesperación.
Horza la miró sin entender por qué se había puesto tan triste, mientras el calor de
su mano acababa con la existencia de aquella criatura de las nieves.

La Turbulencia en cielo despejado siguió bajando hacia el planeta, moviéndose en


círculos sobre las gélidas capas superiores de la atmósfera, yendo del día a la noche
para volver al día, acercándose un poco más al ecuador y los trópicos con cada nueva
espiral.
Poco a poco fue encontrándose con una atmósfera cada vez más consistente:
iones y gases, ozono y aire. Atravesó la delgada envoltura del planeta con una voz de
fuego, iluminando el cielo nocturno como si fuera un inmenso meteorito capaz de
alterar su rumbo, dejó atrás el terminador del alba, avanzó sobre mares color gris
acero, icebergs en forma de meseta, riscos de hielo, morenas y acantilados, costas
heladas, glaciares, cordilleras, tundras, más capas de hielo compacto y, finalmente,
fue descendiendo sobre sus columnas de llamas hasta llegar a una península de mil
kilómetros de longitud que asomaba del mar helado como un monstruoso miembro
fracturado envuelto en escayola.
—Ahí está —dijo Wubslin.
Estaba observando la pantalla del sensor de masas. Una luz se encendía y se
apagaba moviéndose lentamente sobre el diagrama. Horza miró por encima de su
hombro.
—¿La Mente? —preguntó.
Wubslin asintió con la cabeza.
—Tiene la densidad correcta. A cinco kilómetros de profundidad… —Pulsó
algunos botones y contempló los números que empezaron a desfilar por la pantalla—.
Está en el extremo más alejado de la entrada… y se mueve. —El puntito de luz
desapareció. Wubslin manipuló los controles durante unos momentos y acabó
reclinándose en el asiento mientras meneaba la cabeza—. El sensor necesita un buen

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repaso. Ha perdido mucha potencia y la Mente está demasiado lejos. —Se rascó el
pecho y suspiró—. También siento lo de los motores, Horza.
El cambiante se encogió de hombros. Si los motores funcionaran correctamente o
si el sensor de masas no estuviera en tan malas condiciones, alguien podría haberse
quedado a bordo de la Turbulencia en cielo despejado —en vuelo, si llegaba a ser
necesario— transmitiendo la posición de la Mente a los demás para que la buscaran
en los túneles. Ninguna de las reparaciones que había intentado llevar a cabo parecían
haber mejorado de forma significativa el estado de los motores o del sensor, y
Wubslin daba la impresión de sentirse algo culpable por ello.
—No te preocupes —dijo Horza contemplando las inmensas extensiones de hielo
y nieve que desfilaban por debajo de ellos—. Al menos ahora sabemos que está ahí.
La nave les había llevado hasta el lugar correcto. Horza había recorrido aquella
zona muchas veces en el pequeño aerodeslizador de la base, y la reconoció nada más
verla. Cuando la nave dio comienzo a su aproximación final, el cambiante se
mantuvo atento para ver si localizaba al aerodeslizador. Siempre era posible que
alguien estuviera usándolo.
La llanura recubierta de nieve estaba circundada por un anillo de montañas. La
Turbulencia en cielo despejado pasó por encima del desfiladero que se abría entre dos
picos, pulverizando el silencio y haciendo que chorros de nieve en polvo cayeran
desde los riscos y hendiduras de las rocas que había a cada lado. La nave redujo un
poco más la velocidad y fue bajando con el morro hacia arriba sostenida por el
trípode de fuego que emergía de sus motores de fusión. Siguieron bajando y los
chorros de aire caliente cayeron sobre la nieve que cubría el suelo helado, creando
surtidores de agua, nieve, vapor y partículas de plasma. La ventisca barrió la llanura
con un aullido estridente, haciéndose más y más fuerte a medida que la nave iba
descendiendo.
Horza estaba guiando la Turbulencia en cielo despejado con los controles
manuales. Contempló la pantalla que tenía delante, vio el falso viento y la tormenta
de nieve y vapor que estaban creando y, más allá, la entrada al Sistema de Mando.
Era un agujero negro incrustado en un promontorio rocoso de contornos
irregulares que asomaba de los riscos mucho más altos que tenía detrás, como si fuera
una avalancha solidificada. La tormenta de nieve se agitaba alrededor de la oscura
entrada como hilachas de niebla. Las llamas de la fusión empezaron a calentar el
suelo congelado de la llanura, derritiéndolo y haciéndolo saltar en un chorro de tierra
y barro que se fue mezclando con la tormenta hasta volverla de un color marrón.
La Turbulencia en cielo despejado entró en contacto con la superficie del Mundo
de Schar sin sacudidas ni golpes, y solo hubo una ligera vibración cuando las patas se
hundieron en la ahora algo viscosa y embarrada superficie de la llanura.
Horza clavó los ojos en la entrada del túnel. Era como una inmensa pupila oscura
que le devolvía la mirada.

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Los motores se apagaron y el vapor empezó a dispersarse. La nieve volvió a caer
al suelo, y unos cuantos copos nuevos se fueron formando a medida que el agua
suspendida en el aire volvía a congelarse. La Turbulencia en cielo despejado crujió y
se quejó a medida que iba perdiendo el calor provocado por la fricción de la reentrada
y sus propios chorros de plasma. El agua gorgoteó sobre la martirizada superficie de
la llanura, convirtiéndose en una mezcla de barro y nieve.
Horza activó el láser de proa de la Turbulencia en cielo despejado. No había
ninguna señal de movimiento procedente del túnel. La nieve y el vapor habían
desaparecido y podía verlo con toda claridad. Hacía un día soleado y sin viento.
—Bueno, aquí estamos —dijo Horza.
En cuanto las palabras salieron de su boca tuvo la impresión de que había dicho
una tontería. Yalson asintió sin apartar los ojos de la pantalla.
—Ajá —dijo Wubslin, asintiendo con la cabeza mientras sus ojos recorrían las
pantallas—. Las patas se han hundido medio metro. Tendremos que acordarnos de
poner en marcha los motores un rato antes de que intentemos despegar cuando
vayamos a marcharnos. Dentro de media hora todo volverá a estar helado.
—Hmmm —dijo Horza.
Estaba observando las pantallas. Nada se movía. El cielo de un azul claro estaba
totalmente desprovisto de nubes, y no había ningún viento que pudiera agitar la nieve.
El calor del sol no era lo bastante potente para derretir la nieve y el hielo, por lo que
no había agua en movimiento, y ni tan siquiera avalanchas en los lejanos picos de las
cordilleras.
Con la excepción del mar —que aún contenía peces, pero que ya no contaba con
ninguna especie de mamíferos—, las únicas cosas que se movían en el Mundo de
Schar eran unos cuantos centenares de especies de pequeños insectos, los líquenes
que iban cubriendo lentamente las rocas cerca del ecuador y los glaciares. La guerra
de los humanoides o la era glacial habían acabado con cualquier otra cosa capaz de
moverse.
Horza volvió a emitir el mensaje codificado. No obtuvo ninguna contestación.
—Bueno, voy a salir de la nave y echaré un vistazo —dijo levantándose del
asiento. Wubslin asintió. Horza se volvió hacia Yalson—. Estás muy callada —dijo.
Yalson no le miró. Estaba contemplando la pantalla y el ojo inmóvil que era la
entrada del túnel.
—Ten cuidado —dijo por fin, y alzó la cabeza hacia él—. Ten mucho cuidado,
¿de acuerdo?
Horza sonrió, cogió el rifle de Kraiklyn que había dejado en el suelo y fue al
comedor.
—Ya hemos llegado —dijo mientras cruzaba el umbral.
—¿Ves? —exclamó Dorolow volviéndose hacia Aviger.
Neisin tomó un trago de su petaca. Balveda contempló al cambiante con una leve
sonrisa mientras iba de una puerta a la otra. Unaha-Closp resistió la tentación de decir

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algo y empezó a librarse de las tiras que le sujetaban al asiento.
Horza bajó al hangar. Tenía la sensación de pesar menos que de costumbre. Había
desconectado el campo gravitatorio de la nave mientras sobrevolaban las montañas, y
la gravedad del Mundo de Schar era inferior a la gravedad estándar utilizada a bordo
de la Turbulencia en cielo despejado. Horza bajó por la rampa del hangar hasta llegar
al pantano en rápido proceso de congelación. La brisa era algo cortante, limpia y
fresca.
—Espero que todo vaya bien —dijo Wubslin.
Él y Yalson estaban observando a la pequeña silueta que avanzaba por entre la
nieve hacia el promontorio rocoso que tenían delante. Yalson no dijo nada, pero sus
ojos no se apartaban de la pantalla y no parpadeaba. La silueta se detuvo, puso una
mano sobre la muñeca del traje, despegó del suelo y empezó a flotar lentamente sobre
la nieve.
—Ah —dijo Wubslin, y se rio—. Me había olvidado de que aquí podemos usar
las unidades antigravitatorias. He pasado demasiado tiempo en ese maldito orbital.
—No nos servirán de mucho en esos jodidos túneles —murmuró Yalson.

Horza bajó junto a la entrada del túnel. Las lecturas que tomó mientras volaba sobre
la nieve le habían revelado que el campo de la entrada no estaba activado. El campo
servía para que el interior del túnel no se llenara de nieve y para resguardarlo del aire
frío, pero el campo no estaba en funcionamiento, y pudo ver que algo de nieve había
entrado en el túnel. Los primeros metros del suelo se encontraban cubiertos por una
especie de abanico blanco. El interior del túnel estaba mucho menos caliente de lo
que habría debido estar, y ahora que se hallaba tan cerca de él, la negra profundidad
del ojo se había convertido en una boca inmensa.
Se volvió hacia la Turbulencia en cielo despejado. La nave se alzaba a doscientos
metros de él, una reluciente masa metálica agazapada sobre las señales marrones
dejadas por los motores que interrumpían la blancura del panorama.
—Voy a entrar —dijo.
No quería emitir la señal con el comunicador, por lo que usó un haz muy delgado.
—De acuerdo —dijo la voz de Wubslin en su oído.
—¿No quieres tener a nadie ahí para que te cubra? —preguntó Yalson.
—No —replicó Horza.
Entró en el túnel manteniéndose pegado a la pared. El primer compartimento para
el equipo contenía algunos trineos y equipos de rescate, aparatos de seguimiento y
balizas para señales. Todo seguía estando prácticamente igual a como lo recordaba.
El segundo compartimento, que habría debido albergar al aerodeslizador, estaba
vacío. Horza fue al siguiente: más equipo. Se había adentrado unos cuarenta metros
en el túnel, y estaba a diez de la desviación en ángulo recto que le llevaría al pasadizo
más amplio dividido en segmentos donde se encontraban los habitáculos de la base.

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Se volvió hacia la boca del túnel y vio que se había convertido en un agujero
blanco. Alteró el haz de la señal para emitirlo al máximo de anchura.
—Todavía nada. Estoy a punto de entrar en la zona de los habitáculos. Si me
recibís, contestad con un zumbido, pero nada más.
Los altavoces de su casco emitieron un zumbido.
Antes de doblar la esquina, desprendió el sensor remoto del lado del casco y
asomó su pequeña lente por la esquina de roca tallada. Una pantalla interna le mostró
un breve tramo de túnel, el aerodeslizador posado en el suelo y, unos metros más allá
de él, la pared de láminas de plástico que ocupaba el túnel e indicaba el comienzo de
la sección de base destinada a los alojamientos del personal cambiante.
Junto al aerodeslizador había cuatro cuerpos.
No vio ni la más mínima señal de movimiento.
Horza sintió cómo se le formaba un nudo en la garganta. Tragó saliva con un gran
esfuerzo y volvió a colocar el sensor remoto en los soportes del casco. Avanzó por el
suelo de roca fundida hacia los cuerpos.
Dos de ellos vestían trajes ligeros desprovistos de blindaje. Eran hombres, y
Horza no conocía a ninguno de ellos. Uno había muerto a causa del disparo de un
láser. El metal y los plásticos del traje se habían derretido, mezclándose con la carne
y las entrañas que había dentro. El agujero dejado por el láser tenía medio metro de
diámetro. El otro hombre carecía de cabeza. Sus brazos estaban rígidamente
extendidos ante él como si se dispusiera a abrazar algo.
Había otro hombre vestido con ropas holgadas. Algo le había golpeado el cráneo
por detrás, destrozándolo, y tenía por lo menos un brazo roto. Yacía sobre un flanco,
tan congelado y muerto como los otros dos. Horza se dio cuenta de que conocía su
nombre, pero su mente era incapaz de recordarlo.
Kierachell debía de haber estado dormida. Su esbelto cuerpo yacía envuelto en un
camisón azul. Tenía los ojos cerrados y en su rostro había una expresión apacible.
Alguien o algo le había roto el cuello.
Horza la contempló durante unos momentos. Se quitó los guantes y se inclinó.
Había escarcha sobre sus pestañas. Horza sintió la presión que el sello interior del
traje ejercía sobre su antebrazo, y notó la frialdad del aire al que había expuesto sus
manos.
La piel de Kierachell estaba muy dura. Su cabello seguía tan suave como siempre,
y Horza dejó que resbalara entre sus dedos. Era más rojo de lo que recordaba, pero
eso quizá fuera un efecto producido por el visor del casco que aumentaba la escasa
luz existente en el túnel. Quizá debiera quitarse el casco para verla mejor, y usar las
luces incrustadas en…
Meneó la cabeza y se dio la vuelta.
Abrió la puerta que daba a la zona de los habitáculos, moviéndose con cautela
después de haber permanecido inmóvil durante unos segundos para oír cualquier
posible ruido al otro lado de la pared.

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El área abovedada donde los cambiantes guardaban sus ropas de abrigo, sus trajes
y algunos equipos de tamaño reducido estaba en orden, y no había nada que indicara
un ataque. Cuando se adentró en la zona de habitáculos, empezó a encontrar señales
de lucha: manchas de sangre seca; quemaduras de láser… En la sala de control se
había producido una explosión. Parecía como si una granada de no mucha potencia
hubiera estallado debajo del panel de los controles. Eso explicaba el que ni la
calefacción ni las luces de emergencia funcionaran. Las herramientas, repuestos y
cables esparcidos alrededor del panel hacían pensar que alguien había estado
intentando reparar los daños.
Examinó los cubículos y encontró señales de ocupación idirana en un par de ellos.
Los cubículos estaban vacíos, y había símbolos religiosos trazados con el haz de un
láser en sus paredes. El suelo de otro cubículo había sido recubierto con una especie
de gelatina seca. El cubículo olía a medjel, y había seis surcos bastante largos en la
capa de gelatina. El cubículo de Kierachell estaba intacto, con solo la cama deshecha.
Por lo demás, todo seguía igual que durante su estancia allí.
Horza salió del cubículo y fue al otro extremo de la zona. Una pared de plástico
indicaba el comienzo de los túneles.
Abrió la puerta con mucha cautela.
Un medjel muerto yacía al otro lado del umbral. Su cuerpo parecía señalar el
camino que llevaba a los pozos y túneles. Horza lo contempló en silencio durante
unos momentos, examinó el cuerpo (inmovilizado por el frío y la muerte), lo empujó
con el pie y acabó disparándole en la cabeza para asegurarse de que no le causaría
ningún problema.
El medjel vestía el uniforme habitual de las fuerzas de combate terrestres de la
flota, y había recibido una herida bastante grave hacía ya mucho tiempo. Por su
aspecto parecía haber sufrido de congelación antes de morir a causa de la herida y el
frío. Era un macho. La piel de un marrón verdoso se había vuelto casi tan dura como
el cuero a causa de la edad, y el largo hocico de su rostro y sus manecitas de aspecto
delicado estaban cubiertas de arrugas.
Horza contempló el tramo de túnel que se alejaba hasta perderse en la oscuridad.
La lisura del suelo de piedra, la suave curvatura de las paredes… El túnel se
adentraba en la montaña. Los contornos de las puertas de seguridad eran como
nervaduras que surcaban las paredes del túnel. Las guías y ranuras habían sido
talladas en la piedra del suelo y el techo. Horza podía ver las puertas del ascensor y el
punto de acceso a las cápsulas que se deslizaban por el tubo de servicio. Caminó por
el túnel dejando atrás las puertas de seguridad hasta llegar a los conductos de acceso.
Todos los ascensores se hallaban en el fondo; el tubo de tránsito estaba cerrado.
Todos los sistemas parecían desactivados y carentes de energía. Se dio la vuelta y
regresó a la zona de habitáculos, la atravesó y dejó atrás los cadáveres y el
aerodeslizador sin mirarlos, hasta acabar saliendo al exterior.

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Se sentó sobre la nieve junto a la entrada del túnel y apoyó la espalda en la roca.
Su silueta era claramente visible desde la Turbulencia en cielo despejado.
—¡Horza! —gritó Yalson—. ¿Te encuentras bien?
—No —dijo Horza apagando el rifle láser—. No, no me encuentro nada bien.
—¿Qué ocurre? —se apresuró a preguntar Yalson.
Horza se quitó el casco y lo dejó junto a él. El aire frío empezó a absorber el calor
de su rostro. La atmósfera era tan tenue que le costaba respirar.
—Aquí hay muerte —dijo alzando la cabeza hacia el cielo sin nubes.

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10
El Sistema de Mando: batolito

—Es lo que se llama un batolito, una intrusión granítica que emergió de las
profundidades como una burbuja de lava hasta adentrarse en las rocas sedimentarias y
metamórficas que ya estaban aquí hace cien millones de años.
»Los habitantes de este planeta construyeron el Sistema de Mando hace unos
once mil años dentro del batolito con la esperanza de que la capa rocosa les sirviera
como protección contra el impacto de las cabezas de fusión.
»Construyeron nueve estaciones y ocho trenes. La idea era que los políticos y los
jefes militares estarían en un tren y sus lugartenientes y ayudantes en otro, y cuando
hubiera una guerra, los ocho trenes se desplazarían constantemente por los túneles,
deteniéndose en una estación para ponerse en contacto mediante canales de
comunicación muy bien protegidos con los transceptores más cercanos. Estos se
pondrían en contacto con los transceptores repartidos por toda la nación, y eso les
permitiría dirigir el curso de la guerra. El enemigo tendría que esforzarse muchísimo
para abrirse paso a través de una capa de granito tan gruesa, pero acertar algo tan
relativamente pequeño como una estación sería aún más difícil, y nunca podrían estar
seguros de si había un tren en ella o de si estaba ocupado y, para colmo, no solo
tendrían que destruir el tren principal sino también el secundario.
»La guerra bacteriológica acabó con toda la población y el dra’azon llegó al
planeta no se sabe cuándo entre ese momento y hace diez mil años. Sacó el aire de los
túneles y lo sustituyó con gases inertes. Hace siete mil años empezó una nueva era
glacial, y unos cuatro mil años después, el planeta se enfrió hasta tal extremo que el
señor Corrección sacó el argón de los túneles y dejó que la atmósfera del planeta
volviera a entrar en ellos. La atmósfera es tan fría y seca que cuanto hay dentro de los
túneles lleva tres milenios sin sufrir los estragos de la oxidación.
»Hace unos tres mil quinientos años, los dra’azon llegaron a un acuerdo con la
mayor parte de Federaciones Galácticas rivales y permitieron que las naves en apuros
cruzaran las Barreras del Silencio. Las especies neutrales y relativamente
desprovistas de poder obtuvieron permiso para establecer pequeñas bases en la
mayoría de Planetas de los Muertos con el fin de proporcionar ayuda a esas naves en
apuros y —supongo— como una especie de consolación para las personas que
siempre habían querido saber qué aspecto tenían esos planetas. En el caso del Mundo
de Schar, el señor Corrección nos dejaba echar un vistazo al sistema cada año, y
siempre que bajábamos allí sin permiso oficial, hacía la vista gorda. Aun así, nadie ha
podido obtener grabaciones de los túneles. Cuando se sale de ellos, se descubre que
todos los datos han quedado inutilizables.

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»La entrada ante la que nos hallamos se encuentra aquí, en la base de la península
y encima de la estación cuatro, una de las tres estaciones principales. Las otras son la
uno y la siete. Las estaciones principales son las que cuentan con equipos de
mantenimiento y reparación. Las estaciones tres, cuatro y cinco están vacías. La
estación uno alberga dos trenes, la siete otros dos y hay un tren en cada una de las
restantes. Al menos, esa debería ser la situación… Los idiranos pueden haberlos
desplazado, aunque lo dudo.
»Hay de veinticinco a treinta y cinco kilómetros entre una estación y otra, y las
estaciones están unidas entre sí por un doble juego de túneles. El conjunto del
Sistema se encuentra a unos cinco kilómetros de profundidad.
»Llevaremos láseres y un aturdidor neurónico, además de algunas granadas de
fragmentación para protegernos. No iremos armados con nada más pesado. Neisin
puede llevarse su rifle de proyectiles; las balas de que dispone solo contienen
explosivos de poca potencia. Nada de micronucleares o cañones de plasma. Bien sabe
Dios que usarlos en los túneles ya resultaría bastante peligroso, pero también podrían
hacer que la ira del señor Corrección cayera sobre nosotros, y no queremos eso,
¿verdad?
»Wubslin ha adaptado nuestro sensor de anomalías de masa para que podamos
llevarlo con nosotros, lo cual nos permitirá localizar a la Mente. Además, mi traje
cuenta con un sensor de masas, por lo que no deberíamos tener ningún problema para
encontrar lo que andamos buscando, incluso suponiendo que se haya escondido.
»Si los idiranos no disponían de comunicadores propios, estarán usando los de los
cambiantes. Nuestros transceptores cubren sus frecuencias y una gama algo más
amplia, así que podremos oírles, pero ellos no podrán captar nuestras señales.
»Bueno, estos son los túneles… La Mente se encuentra en algún punto de ellos, y
es de suponer que también haya unos cuantos idiranos y medjels.
Horza estaba sentado a la cabecera de la mesa del comedor debajo de la pantalla.
La imagen mostraba un diagrama de los túneles superpuesto a un mapa de la
península. Todos estaban mirándole. El semitraje vacío del medjel que había
encontrado yacía en el centro de la mesa.
—¿Quieres que todos vayamos a los túneles? —preguntó lentamente Unaha-
Closp.
—Sí.
—¿Y la nave? —preguntó Neisin.
—La nave puede cuidar de sí misma. Programaré los mecanismos automáticos
para que nos reconozca y se defienda de cualquier otra presencia.
—¿Y quieres que ella también vaya? —preguntó Yalson señalando con la cabeza
a Balveda, que estaba sentada enfrente de su sitio.
Horza se volvió hacia la mujer de la Cultura.
—Prefiero tener a Balveda allí donde pueda verla —dijo—. Si la dejara a bordo
de la nave con alguno de vosotros, fuera el que fuese… Bueno, confieso que no me

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sentiría demasiado seguro.
—Sigo sin comprender por qué he de ir a esos túneles —dijo Unaha-Closp.
—Porque tampoco confío en ti lo suficiente para dejarte a bordo —dijo Horza—.
Además, quiero que te encargues de llevar unas cuantas cosas.
—¿Qué? —exclamó la unidad.
Parecía bastante enfadada.
—Mira, Horza, no sé si estás siendo totalmente sincero con nosotros —dijo
Aviger meneando la cabeza con cara de preocupación—. Según tú, los idiranos y los
medjels… Bueno, afirmas que están de nuestra parte. Pero ya han matado a cuatro
cambiantes, y crees que están en algún lugar de esos túneles vagabundeando de un
lado para otro… Además, se supone que son los mejores soldados de toda la galaxia,
¿no? ¿Y quieres que nos enfrentemos a ellos?
—Para empezar, yo estoy de su parte —suspiró Horza—. Todos andamos detrás
de lo mismo. En segundo lugar, me parece que no cuentan con mucho armamento,
pues de lo contrario puedes estar seguro de que ese medjel habría llevado algún arma
encima. Probablemente solo dispongan de las armas que les hayan podido quitar a los
cambiantes. Y a juzgar por el traje de ese medjel que tenemos aquí… —señaló el
traje cubierto de nervaduras que él y Wubslin habían estado estudiando desde que lo
subieron a bordo—, lo más probable es que la mayor parte de su equipo esté
inservible o haya estallado. Este traje está hecho un desastre. Lo único que funciona
son las luces y el sistema de calefacción. Todo lo demás se ha fundido. Mi teoría es
que debió ocurrir cuando cruzaron la Barrera del Silencio. Iban metidos dentro del
chuy-hirtsi, y su equipo de combate sufrió daños considerables. Si su armamento lo
ha pasado tan mal como sus trajes, están virtualmente inermes y tienen montones de
problemas. Nuestros láseres y esos flamantes arneses antigravitatorios hacen que
estemos mucho mejor equipados que ellos…, incluso en el caso bastante improbable
de que acabemos viéndonos obligados a combatir.
—Lo cual es muy probable, considerando que no les debe quedar ningún
comunicador capaz de funcionar —dijo Balveda—. Nunca conseguirás acercarte lo
suficiente para explicarles quién eres. Y aun suponiendo que lo consigas, ¿cómo
pueden estar seguros de que eres quien afirmas ser? Si son quienes crees, esos
idiranos llegaron aquí muy poco después que la Mente. Ni tan siquiera han oído
hablar de ti, y puedes estar seguro de que no te creerán. —La agente de la Cultura se
volvió hacia los demás—. Vuestro capitán en funciones os llevará a la muerte.
—Balveda —dijo Horza—, permitir que asistas a esta reunión ha sido un mero
gesto de cortesía por mi parte. No hagas que me enfade.
Balveda enarcó las cejas y guardó silencio.
—Bueno, entonces… ¿Cómo podemos estar seguros de que esos idiranos son los
mismos que llegaron aquí metidos dentro de ese animal tan raro? —preguntó Neisin
contemplando a Horza con expresión suspicaz.

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—¿Quiénes pueden ser si no? —replicó Horza—. Han logrado sobrevivir a la
represalia del dra’azon, por lo que pueden considerarse muy afortunados, y en cuanto
se dieron cuenta de lo que le había ocurrido a este contingente, ni tan siquiera los
idiranos se atreverían a correr el riesgo de enviar más fuerzas.
—Pero eso significa que llevan meses enteros allí abajo —dijo Dorolow—.
¿Cómo se supone que vamos a encontrar algo si ellos llevan todo ese tiempo dentro
de los túneles y todavía no han encontrado nada?
—Puede que sí lo hayan encontrado —dijo Horza, extendiendo los brazos y
sonriéndole. Cuando siguió hablando su voz se había teñido de un leve sarcasmo—.
Pero si no lo han encontrado, es muy posible que sea porque no cuentan con el equipo
adecuado. Tendrán que registrar todo el Sistema de Mando.
»Además, si ese animal realmente sufrió daños tan graves como he oído
comentar, no debían de tener mucho control sobre él. Lo más probable es que se
posaran a centenares de kilómetros de distancia y tuvieran que llegar hasta aquí
abriéndose paso por entre la nieve. En ese caso, puede que solo lleven algunos días
dentro de los túneles.
—No puedo creer que el dios haya permitido que ocurriera esto —dijo Dorolow,
meneando la cabeza y contemplando la superficie de la mesa que tenía delante—.
Aquí debe de haber oculto algo más de lo que sabemos. Pude sentir su poder y su…
su bondad cuando atravesamos la Barrera. El dios jamás permitiría que esas pobres
personas murieran de una forma tan horrible.
Horza puso los ojos en blanco.
—Dorolow —dijo, inclinándose hacia adelante y apoyando los nudillos sobre la
mesa—, el dra’azon apenas si es consciente de que se esté librando una guerra. Los
individuos les importan un rábano, tanto a él como a todos los de su especie. Sienten
un gran respeto por la muerte y la podredumbre, pero en cuanto a la esperanza y la
fe… Eso les importa muy poco. Mientras los idiranos o nosotros no destruyamos el
Sistema de Mando o hagamos volar el planeta, les da igual quién viva o quién muera.
Dorolow se reclinó en su asiento. No dijo nada, pero estaba claro que Horza no
había conseguido convencerla. Horza se irguió. Su discurso no había estado nada
mal. Tenía la impresión de que los mercenarios le seguirían, pero en lo más hondo de
su ser —una parte de él que apenas guardaba ninguna relación con el lugar de donde
brotaban las palabras—, se sentía tan desprovisto de vida y tan incapaz de sentir
interés por las cosas como la llanura cubierta de nieve que les rodeaba.
Horza había vuelto a los túneles acompañado por Wubslin y Neisin. Recorrieron
toda la zona de los cubículos y encontraron más señales de que había servido como
alojamiento a los idiranos. Parecía como si una fuerza muy pequeña —uno o dos
idiranos y quizá media docena de medjels— se hubiera quedado un tiempo en la base
de los cambiantes después de haberse apoderado de ella.
Al parecer se habían llevado consigo una considerable cantidad de raciones de
emergencia congeladas, los dos rifles láser y las pocas pistolas que le estaba

[Link] - Página 302


permitido poseer al personal de la base, así como los cuatro comunicadores portátiles
que estaban guardados en el almacén.
Horza cubrió a los cambiantes muertos con la tela reflectante que encontraron en
la base y desnudó al medjel muerto quitándole el semitraje. También inspeccionaron
el aerodeslizador para averiguar si estaba en condiciones de ser utilizado. No lo
estaba. Una parte de la micropila había desaparecido y el proceso había causado
daños bastante considerables. Como casi todo lo demás de la base, el aerodeslizador
se había quedado sin energía para funcionar. Cuando volvieron a la Turbulencia en
cielo despejado, Horza y Wubslin diseccionaron el traje del medjel y descubrieron el
sutil pero irreparable daño que se le había infligido.
Y, desde entonces, cada vez que dejaba de preocuparse pensando en sus
posibilidades y sus opciones o relajaba su concentración en lo que estaba mirando o
aquello en lo que se suponía había de pensar, veía un rostro congelado formando un
ángulo recto con el cuerpo al que estaba unido. Las pestañas de aquel rostro estaban
cubiertas por una capa de escarcha.
Intentó no pensar en ella. No serviría de nada. Ya no podía hacer nada por ella.
Tenía que seguir adelante. Tenía que cumplir la misión que se había impuesto, ahora
más que nunca.
Estuvo pensando largo rato en qué podía hacer con los otros ocupantes de la
Turbulencia en cielo despejado, y acabó decidiendo que no tenía elección. Debía
llevarlos al Sistema de Mando con él.
Balveda era un grave problema. No se sentiría seguro ni dejando a toda la
tripulación con ella para que la vigilara, y quería ir acompañado por los mejores
combatientes, no dejarlos a bordo de la nave. Podría haber resuelto el problema
matando a la agente de la Cultura, pero los demás se habían acabado acostumbrando
demasiado a su presencia. Balveda empezaba a caerles demasiado bien. Si la mataba
les perdería.
—Bueno, pues yo creo que bajar a esos túneles es una auténtica locura —dijo
Unaha-Closp—. ¿Por qué no esperamos aquí a que reaparezcan los idiranos con o sin
esa preciosa Mente?
—Para empezar —dijo Horza observando atentamente los rostros de quienes le
rodeaban por si alguien daba señales de estar de acuerdo con la unidad—, si no la
encuentran, lo más probable es que no reaparezcan. Son idiranos y, además, se trata
de un grupo de élite cuidadosamente seleccionado. Se quedarán allí abajo para
siempre. —Contempló el diagrama del sistema de túneles que aparecía en la pantalla
y se volvió hacia las personas y la unidad—. Pueden pasarse mil años buscando a la
Mente por ese laberinto, especialmente si no hay energía y si no conocen el
procedimiento que se sigue para volver a conectarla, como supongo que es el caso.
—Y tú sí sabes cómo volver a conectarla, naturalmente —dijo la unidad.
—Sí —dijo Horza—. Sé cómo hacerlo. Podemos volver a conectar la energía en
tres estaciones distintas: esta, la número siete o la número uno.

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—¿Crees que el equipo seguirá funcionando?
Wubslin no parecía estar muy seguro.
—Bueno, cuando me marché funcionaba. La electricidad es producida mediante
centrales geotérmicas situadas a gran profundidad. Los conductos de la energía tienen
más de cien kilómetros y atraviesan toda la corteza.
»De todas formas y como ya os he dicho, ahí abajo hay demasiado espacio para
que esos idiranos y los medjels tengan alguna posibilidad de registrarlo de forma
medianamente concienzuda sin ningún equipo detector. Un sensor de anomalías de
masa es el único instrumento con el que se puede localizar a la Mente, y los idiranos
no disponen de ninguno. Nosotros tenemos dos. Esa es la razón de que debamos bajar
a los túneles.
—Y luchar —dijo Dorolow.
—Probablemente no haga falta. Los idiranos disponen de comunicadores. Me
pondré en contacto con ellos y les explicaré quién soy. Naturalmente, no puedo
revelaros los detalles exactos, pero poseo ciertos conocimientos sobre el sistema
militar idirano, sus naves e incluso sobre algunos idiranos que ocupan puestos
destacados, y podré convencerles de que soy quien afirmo ser. No me conocen
personalmente, pero se les dijo que un cambiante sería enviado al Mundo de Schar
poco después que ellos.
—Estás mintiendo —dijo Balveda con voz gélida.
Horza sintió cómo la atmósfera del comedor cambiaba para volverse mucho más
tensa. La mujer de la Cultura estaba mirándole fijamente con los rasgos apretados en
una mueca de firmeza y decisión a la que también se mezclaba algo de resignación.
—Balveda —dijo en voz baja—, no sé qué te habrán contado, pero me
encargaron esta misión cuando estaba en La mano de Dios 137, y Xoralundra me dijo
que la fuerza de choque idirana enviada dentro del chuy-hirtsi sabía que pensaban
mandarme allí. —Habló en el tono de voz más tranquilo de que fue capaz—. ¿De
acuerdo?
—No fue lo que yo oí contar —replicó Balveda, pero Horza tuvo la impresión de
que no estaba demasiado segura de sí misma y de lo que decía.
Había corrido un gran riesgo abriendo la boca, probablemente con la esperanza de
conseguir que Horza la amenazase o hiciera algo que volviese en su contra a los otros
miembros de la tripulación. El truco no había funcionado.
El cambiante se encogió de hombros.
—Bueno, Perosteck, si los datos que te dieron en la sección de Circunstancias
Especiales antes de encargarte la misión no son exactos… Eso no es culpa mía,
¿verdad? —dijo Horza con una leve sonrisa. Los ojos de la agente de la Cultura se
apartaron del rostro del cambiante para posarse primero en la mesa y luego en los
rostros de quienes la rodeaban, como si quisiera averiguar a quién de los dos creían
—. Mira, no quiero morir por los idiranos, y solo Dios sabe por qué, pero el caso es
que he acabado sintiendo un considerable aprecio hacia ti —dijo Horza hablando en

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su tono de voz más razonable y sincero y extendiendo los brazos con las palmas de
las manos hacia arriba—. Jamás te llevaría allí en una misión suicida. No nos ocurrirá
nada. En el peor de los casos siempre podemos retroceder, ¿no? Volveremos a cruzar
la Barrera del Silencio en la Turbulencia en cielo despejado y nos dirigiremos hacia
algún lugar neutral. Podéis quedaros con la nave; yo habré capturado a una agente de
la Cultura. —Miró a Balveda. La mujer de la Cultura había cruzado las piernas, tenía
los brazos recogidos ante el pecho y la cabeza gacha—. Pero no creo que nos veamos
obligados a acabar haciendo eso. Creo que encontraremos a esa especie de
superordenador y conseguiremos que nos den una buena recompensa a cambio.
—¿Y si cuando salgamos con o sin la Mente descubrimos que la Cultura ha
ganado la batalla al otro lado de la Barrera y que sus naves nos están esperando? —
preguntó Yalson.
No parecía hostil, solo interesada. Horza tenía la sensación de que era la única en
quien podía confiar, aunque creía que Wubslin también le seguiría. Horza asintió con
la cabeza.
—Eso es altamente improbable. Me parece difícil que la Cultura decida resistir
justo aquí después de haberse retirado durante tanto tiempo, pero aun suponiendo que
lo hicieran, necesitarían muchísima suerte para atraparnos. No olvidéis que solo
pueden ver la Barrera en el espacio real, por lo que no tienen forma de averiguar por
qué punto de ella saldremos. Eso no es problema.
Yalson se reclinó en su asiento, aparentemente convencida. Horza sabía que daba
la impresión de encontrarse muy tranquilo, pero esperar la decisión final de los demás
hacía que por dentro estuviera terriblemente tenso. Su última respuesta había sido
sincera, pero el resto eran mentiras puras y simples o medio verdades.
Tenía que convencerles. Necesitaba que estuvieran de su lado. Era la única forma
de llevar a cabo su misión, y había recorrido demasiada distancia, matado a
demasiadas personas, hecho demasiadas cosas e invertido unas cantidades excesivas
de propósito y determinación para retroceder ahora. Tenía que encontrar a la Mente,
tenía que bajar al Sistema de Mando con idiranos o sin ellos y tenía que convencer a
los restos de lo que había sido la Compañía Libre de Kraiklyn para que le
acompañaran. Les miró. Yalson, severa e impaciente, deseosa de que la charla llegara
a su fin y de que pusieran manos a la obra. La sombra de su cabello le daba un
aspecto muy joven, casi infantil y, al mismo tiempo, la hacía parecer muy dura.
Dorolow, vacilante, mirando a los demás y rascándose nerviosamente una oreja.
Wubslin, reclinado cómodamente en su asiento con su robusto cuerpo irradiando un
aura casi palpable de relajación y tranquilidad. Cuando Horza describió el Sistema de
Mando, el rostro de Wubslin había mostrado señales de interés, y el cambiante se dio
cuenta de que para el ingeniero aquel gigantesco complejo ferroviario era algo
increíblemente fascinante.
Aviger parecía tener muchas dudas, pero Horza creía haber dejado bien claro que
la nave se iba a quedar vacía, y supuso que Aviger preferiría aceptar su decisión antes

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que tomarse la molestia de discutirla y correr el riesgo de un enfrentamiento personal.
En cuanto a Neisin… No estaba seguro. Neisin había estado bebiendo tanto como de
costumbre y Horza nunca le había visto tan callado y serio, pero aunque recibir
órdenes y ser llevado de un lado para otro no le hacía ninguna gracia, estaba claro que
se había hartado del encierro a bordo de la Turbulencia en cielo despejado, y mientras
Wubslin y Horza examinaban el traje del medjel, ya había salido a dar un paseo por la
nieve. A falta de otra razón mejor, Neisin era muy capaz de seguirle por puro
aburrimiento.
En cuanto a Unaha-Closp, no le preocupaba. Haría lo que se le ordenase, como
hacían siempre las máquinas. Solo la Cultura permitía que se desarrollaran hasta el
punto en que parecían poseer voluntad propia.
Y en cuanto a Perosteck Balveda, era su prisionera. Así de sencillo…
—Entrada fácil, salida fácil —dijo Yalson. Sonrió, se encogió de hombros y miró
a los demás—. Qué coño… Será una forma de matar el tiempo, ¿no os parece?
Nadie se mostró en desacuerdo con ella.

Horza estaba volviendo a reprogramar las fidelidades de la Turbulencia en cielo


despejado, introduciendo las nuevas instrucciones del ordenador mediante un tablero
manual bastante viejo pero aún utilizable, cuando Yalson entró en el puente. Se dejó
caer en el asiento del copiloto y le observó mientras trabajaba. La pantallita del
tablero proyectaba las sombras de los caracteres marain sobre el rostro de Horza.
—Marain, ¿eh? —dijo pasado un rato, observando los caracteres que iban
desfilando por la pantallita.
Horza se encogió de hombros.
—Es el único lenguaje preciso que esta antigualla y yo compartimos. —Tecleó
unas cuantas instrucciones más—. Eh… —Se volvió hacia ella—. No deberías estar
aquí mientras hago esto.
Sonrió para demostrarle que no hablaba en serio.
—¿No confías en mí? —preguntó Yalson devolviéndole la sonrisa.
—Eres la única persona de a bordo en quien confío —dijo Horza, volviendo a
concentrar su atención en el teclado—. Y, de todas formas y dado el tipo de
instrucciones que estoy introduciendo, no importa demasiado.
Yalson le observó en silencio durante unos momentos.
—¿Significaba mucho para ti, Horza?
Horza no alzó la cabeza, pero sus manos se quedaron quietas sobre el teclado. Sus
ojos contemplaron los caracteres de la pantallita sin verlos.
—¿Quién?
—Horza… —dijo Yalson en voz baja y suave.
Horza seguía sin mirarla.
—Fuimos amigos —dijo por fin, como si estuviera hablando con el teclado.

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—Ya… —dijo Yalson y, después de unos instantes de silencio, añadió—:
Supongo que debe ser bastante duro, ¿no? Quiero decir… Era gente de tu especie y
todo eso.
Horza asintió sin levantar la cabeza.
Yalson le estudió en silencio durante unos momentos más.
—¿La amabas?
Horza tardó un poco en replicar. Sus ojos recorrieron los contornos de aquellos
caracteres tan compactos y precisos con tanta atención como si la respuesta estuviese
oculta en alguno de ellos. Acabó encogiéndose de hombros.
—Quizá —dijo—. Quizá la amé. —Carraspeó, alzó los ojos hacia Yalson durante
un momento y volvió a bajarlos hacia el teclado—. Ya hace mucho tiempo de eso.
Yalson se levantó del asiento y le puso las manos sobre los hombros antes de que
el cambiante pudiera seguir tecleando más instrucciones.
—Lo siento, Horza. —Horza volvió a asentir y le acarició una mano—. Les
encontraremos —dijo—. Si es lo que deseas, claro. Pero si quieres que…
Horza negó con la cabeza y la miró.
—No. Iremos allí abajo, encontraremos la Mente y nos marcharemos. Si los
idiranos se interponen, no me importa lo que pueda ocurrirles, pero… No, ¿para qué
correr más riesgos? De todas formas… Gracias.
Yalson asintió lentamente.
—De acuerdo.
Se inclinó, le besó y salió del puente. Horza contempló la puerta cerrada durante
unos momentos y volvió a concentrar su atención en la pantalla repleta de caracteres
marain.
Programó el ordenador de la nave para que lanzara una salva de aviso seguida por
disparos láser letales dirigidos contra cualquier persona u objeto que se aproximara a
la Turbulencia en cielo despejado, salvo si podía identificarlos sin ningún lugar a
dudas como algún miembro de la Compañía Libre mediante la firma
electromagnética emitida por su traje. Además, haría falta el anillo de identidad de
Horza —o de Kraiklyn— para activar el ascensor de la nave y, una vez a bordo, para
asumir el control de esta. Cuando hubo terminado, Horza se sintió bastante más
seguro. La única forma de controlar la nave era a través del anillo, y confiaba en que
nadie conseguiría arrebatárselo…, al menos, no sin correr un riesgo superior al que
significaba enfrentarse con un grupo de idiranos hambrientos y enfurecidos.
Aun así, siempre cabía la posibilidad de que muriera y los demás lograran
sobrevivir. Horza quería que tuvieran alguna ruta de escape que no dependiera
totalmente de él…, sobre todo por Yalson.

Se llevaron consigo unas cuantas láminas de plástico de la base para transportar la


Mente si lograban encontrarla. Dorolow quería enterrar a los cambiantes muertos,

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pero Horza se negó. Llevó los cadáveres hasta la entrada del túnel y los dejó allí.
Cuando se marcharan los subiría a la nave y los transportaría a Heibohre. El
congelador natural que era la atmósfera del Mundo de Schar los conservaría hasta
entonces. Contempló el rostro de Kierachell durante un segundo a la pálida luz de
finales del atardecer. Un banco de nubes procedentes del mar helado estaba
acumulándose sobre las montañas, y el aire se iba volviendo más frío a cada
momento que pasaba.
Encontraría a la Mente. Estaba decidido a encontrarla, y tenía la corazonada de
que lo conseguiría. Pero si el proceso de encontrarla exigía que se enfrentara con los
culpables de aquella matanza… Bueno, no vacilaría. Hasta era posible que disfrutara
con ello. Balveda quizá no lo hubiese entendido, pero no todos los idiranos eran
iguales. Xoralundra era amigo personal suyo y su comportamiento como oficial
siempre había sido correcto —suponía que entre los de su raza, el viejo querl debía
estar considerado algo así como un moderado—, y Horza conocía y respetaba a otros
idiranos que ocupaban puestos diplomáticos o militares. Pero había idiranos que eran
verdaderos fanáticos y despreciaban a cualquier especie que no fuese la suya.
Xoralundra no habría matado a los cambiantes. Lo habría considerado un acto
innecesario y poco elegante. Pero, naturalmente, las misiones como esta no eran para
encomendárselas a los moderados. Si querías que se llevaran a cabo con éxito,
enviabas a un grupo de fanáticos. O a un cambiante.
Horza volvió con los demás. Había llegado al aerodeslizador —el aparato
inservible estaba rodeado con las láminas de plástico que habían arrancado de las
paredes, y su proa apuntaba hacia el agujero de la zona de habitáculos como si fuese a
entrar en un garaje— cuando oyó disparos.
Corrió por el pasillo que llevaba a la parte trasera de la zona de habitáculos
preparando su láser.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó por el micrófono del casco.
—Láseres. A bastante distancia por el túnel, desde los pozos —dijo la voz de
Yalson.
Horza entró corriendo en el área de almacenes donde estaban los otros. El agujero
que habían practicado en el recubrimiento de plástico tenía unos cuatro o cinco
metros de diámetro. En cuanto Horza emergió del pasillo, un chorro de llamas lamió
la pared, y vio los fugaces resplandores que los haces de láser dejaban en el aire, casi
rozando un flanco de su traje. Los haces habían atravesado el agujero de la pared y
venían del túnel. Estaba claro que fuera quien fuese el que disparaba, podía verle.
Horza se echó al suelo, rodó sobre sí mismo y acabó junto a Dorolow y Balveda,
quienes habían buscado refugio junto a una combinación de grúa y cabestrante móvil.
Las láminas de plástico de la pared se llenaron de agujeros que ardieron con un
brillante destello durante un momento y se apagaron enseguida. Los chasquidos y
siseos del láser crearon ecos que se esparcieron a lo largo de los túneles.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó mirando a Dorolow.

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Recorrió con los ojos el área de almacenamiento. Los demás estaban allí,
refugiándose donde podían. Estaban todos salvo Yalson.
—Yalson fue a… —empezó a decir Dorolow, y la voz de Yalson la interrumpió
antes de que pudiera terminar la frase.
—Entré por el agujero de la pared y alguien me disparó. Estoy tumbada en el
suelo. Me encuentro bien, pero me gustaría saber si puedo devolver el fuego. No
estropearé nada, ¿verdad?
—¡Dispara! —gritó Horza, y en ese mismo instante otro abanico de haces
luminosos creó una hilera de cráteres ardientes sobre la pared interior del área de
almacenamiento—. ¡Devuelve los disparos!
—Gracias —dijo Yalson. Horza oyó el chasquido de su arma y, a continuación,
los ecos producidos por el aire al calentarse bruscamente. Una explosión hizo vibrar
el túnel—. Hmmm —dijo Yalson.
—Creo que le ha… —dijo Neisin desde el otro extremo del área de
almacenamiento, pero se calló en cuanto nuevos disparos se estrellaron contra la
pared que tenía detrás.
La pared quedó salpicada de agujeros oscuros cuyos contornos burbujeaban.
—¡Bastardo! —gritó Yalson.
Volvió a disparar, ahora una serie de breves ráfagas láser.
—Impide que levante la cabeza —dijo Horza—. Voy a ir hasta la pared. Dorolow,
quédate aquí con Balveda.
Se puso en pie y corrió hacia el agujero que habían practicado en el recubrimiento
de plástico. Los agujeros humeantes del material indicaban la poca protección que era
capaz de ofrecer, pero aun así Horza se arrodilló, pegando el cuerpo a las láminas.
Podía ver los pies de Yalson a pocos metros de distancia. Las botas de su traje
parecían brotar del liso suelo de roca fundida. Oyó el sonido de su arma.
—Bien —dijo—. Deja de disparar el tiempo suficiente para que pueda ver de
dónde vienen los haces y vuelve a empezar.
—De acuerdo.
Yalson dejó de disparar. Horza asomó la cabeza por el hueco sintiéndose
increíblemente vulnerable y vio dos minúsculos destellos a bastante distancia túnel
abajo, casi junto a una pared. Alzó su arma y empezó a disparar. Yalson le imitó. El
traje de Horza emitió un silbido. Una pantalla se encendió junto a su mejilla
indicándole que le habían dado en el muslo. No había sentido nada. La pared del
túnel que estaba junto a los pozos de los ascensores palpitaba con mil chispazos
luminosos.
Neisin apareció al otro lado del agujero, se arrodilló y empezó a disparar con su
rifle de proyectiles. La pared del túnel estalló en un surtidor de humo y destellos. Las
ondas expansivas recorrieron toda la extensión del túnel haciendo vibrar las láminas
de plástico y creando ecos en los oídos de Horza.
—¡Basta! —gritó.

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Dejó de disparar. Yalson le imitó. Neisin disparó una última ráfaga y también se
detuvo. Horza corrió hacia el agujero, se metió por él y avanzó sobre el oscuro suelo
rocoso del túnel hasta llegar a la pared. Se pegó a ella intentando aprovechar al
máximo la pequeña protección ofrecida por una puerta de seguridad que había
algunos metros más adelante.
Su blanco ya no estaba allí. Horza vio un montón de objetos rojizos de contornos
irregulares que yacían sobre el suelo del túnel. Estaban empezando a enfriarse,
emitiendo el calor amarillo adquirido gracias a los disparos láser que los habían
arrancado de la pared. Horza usó la visión nocturna del casco y pudo ver una serie de
ondulaciones compuestas de humo caliente y gas que se deslizaban silenciosamente
bajo el techo del túnel procedentes de la zona dañada.
—Yalson, ven aquí —dijo. Yalson rodó sobre sí misma hasta que su cuerpo entró
en contacto con la pared justo detrás de Horza. El cambiante oyó cómo se
incorporaba rápidamente y se pegaba al suelo junto a él—. Creo que le hemos dado
—dijo por el transmisor del casco.
Neisin, que seguía arrodillado junto al agujero, asomó la cabeza para mirar. El
cañón del rifle de microproyectiles subió y bajó como si su propietario esperara otro
ataque procedente de las paredes del túnel.
Horza se puso en movimiento manteniendo la espalda pegada a la pared. Llegó a
la puerta de seguridad. La mayor parte de su metro de grosor estaba escondida en el
hueco de la pared, pero el panel asomaba como medio metro de este. Horza volvió a
observar el túnel que tenía delante. Los fragmentos seguían brillando como ascuas al
rojo esparcidas sobre el suelo del túnel. La ola de humo negro pasó sobre su cabeza y
se fue alejando lentamente. Horza se volvió hacia el otro lado. Yalson le había
seguido.
—Quédate aquí —le dijo.
Siguió avanzando con la espalda pegada a la pared hasta llegar al primer pozo de
ascensor. A juzgar por el agrupamiento de cráteres y señales que rodeaban sus puertas
considerablemente deformadas, habían estado disparando contra el tercer y último de
los pozos. Horza vio una carabina láser medio derretida tirada en el centro del túnel.
Apartó la cabeza de la pared y frunció el ceño.
Observó con más atención la zona de suelo que había ante el pozo del ascensor.
Estaba casi seguro de que… Sí, allí estaban, entre las puertas calcinadas y llenas de
agujeros, rodeadas por un mar de escombros que brillaban con un apagado resplandor
rojizo: un par de guantes. Los dedos eran cortos y gruesos y habían recibido un
impacto (el guante que estaba más cerca de él había perdido un dedo), pero no cabía
duda de que eran un par de manos. Parecía como si alguien estuviera colgando en el
vacío dentro del pozo agarrándose al reborde con las puntas de los dedos. Horza
dirigió el haz de su comunicador hacia la dirección en que estaba mirando.
—¿Medjel? ¿Medjel en el pozo del ascensor? ¿Me oyes? Contesta
inmediatamente.

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Las manos no se movieron. Horza se acercó un poco más.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Wubslin.
—Un momento —dijo Horza.
Siguió acercándose con el rifle preparado para disparar. Una mano se movió
ligeramente, como si estuviera intentando conseguir un asidero algo más firme en el
reborde que daba al suelo del túnel. El corazón de Horza latía a toda velocidad. Fue
hacia las puertas del ascensor aplastando con los pies los fragmentos recalentados.
Vio unos brazos, después vio la parte superior de un casco alargado con señales de
haber recibido varios impactos de láser…
Oyó el mismo ruido jadeante que había oído salir de la boca de los medjels
cuando cargaban durante una batalla y una tercera mano —Horza sabía que era un
pie, pero parecía una mano y sostenía una pequeña pistola— emergió del pozo del
ascensor acompañada por la cabeza y el torso del medjel. Horza empezó a agacharse.
La pistola emitió un chasquido y el chorro de plasma pasó a escasos centímetros de
su cuerpo.
Horza disparó rápidamente, agachándose y lanzándose a un lado. Un diluvio de
fuego cubrió la entrada del ascensor con los guantes como centro. Las manos
enguantadas se desvanecieron y un grito hizo vibrar la atmósfera. Una fugaz serie de
destellos luminosos parpadeó en el conducto circular. Horza corrió hacia adelante,
metió la cabeza por el hueco de las puertas y miró hacia abajo.
Las llamas que seguían consumiendo los guantes de su traje iluminaban la silueta
del medjel que caía por el conducto. No había soltado la pistola de plasma, y mientras
se precipitaba en el vacío, gritaba e iba disparando la pequeña arma. Los chasquidos
y los destellos de los chorros de plasma se fueron alejando a medida que la criatura
que empuñaba la pistola se perdió en la oscuridad, gritando y disparando sin dejar de
agitar sus seis miembros.
—¡Horza! —gritó Yalson—. ¿Te encuentras bien? ¿Qué coño ha sido eso?
—Estoy bien —dijo Horza.
El medjel era una silueta minúscula casi invisible en el túnel de noche vertical.
Sus gritos seguían creando ecos y las chispas microscópicas de sus manos envueltas
en fuego y su pistola de plasma seguían iluminando las tinieblas. Horza apartó la
vista. Unos cuantos golpes sordos le indicaron que la infortunada criatura había
empezado a rebotar en las paredes del túnel mientras caía.
—¿Qué ha sido todo ese ruido? —preguntó Dorolow.
—El medjel seguía vivo. Me disparó, pero he acabado con él —explicó Horza
alejándose de las puertas del ascensor—. Ha caído…, sigue cayendo por el pozo del
ascensor.
—¡Mierda! —jadeó Neisin, que seguía escuchando los ecos cada vez más débiles
y lejanos—. ¿Qué profundidad tiene ese conducto?
—Diez kilómetros, suponiendo que todas las compuertas de seguridad estén
abiertas —dijo Horza.

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Se volvió hacia los controles externos de los otros dos ascensores y la entrada a la
cápsula de tránsito. Estaban más o menos intactos. Las puertas que daban acceso a los
tubos de tránsito estaban abiertas. Cuando Horza inspeccionó la zona hacía un rato,
estaban cerradas.
Yalson se echó el arma al hombro y fue hacia Horza.
—Bueno —dijo—, hay que ponerse en marcha, ¿no te parece?
—Sí —dijo Neisin—. ¡Qué diablos…! Esos tipos no son tan duros, ¿verdad? Uno
de ellos ya ha caído.
—Sí, no cabe duda de que ha caído —dijo Yalson.
Horza inspeccionó los daños sufridos por su traje mientras los demás se
aproximaban por el túnel. El disparo que le había dado en el muslo derecho había
creado una quemadura de un milímetro de profundidad y unos dos dedos de anchura.
Salvo en el improbable supuesto de que recibiera otro disparo en el mismo sitio, el
traje seguía estando en perfectas condiciones.
—Un gran comienzo, si alguien quiere saber mi opinión al respecto —dijo la
unidad mientras seguía a los demás.
Horza fue hasta las maltrechas puertas del ascensor y miró hacia abajo. Con el
sistema de aumento al máximo, apenas si podía distinguir una chispita minúscula
situada muy muy por debajo de él. Los micrófonos externos del casco captaron un
ruido, pero estaba tan lejos que hacía pensar en el gemido del viento deslizándose a
través de una valla.

Estaban delante de un ascensor distinto a aquel por el que había caído el medjel. Las
puertas tenían dos veces la altura de cualquiera de ellos y les empequeñecían,
haciéndoles sentir que se habían convertido en niños. Horza había abierto las puertas
para echar un vistazo, bajó un trecho usando la unidad antigravitatoria del traje y
volvió a subir. No parecía haber ningún peligro.
—Yo iré primero —dijo volviéndose hacia los demás—. Si tenemos problemas,
lanzaremos un par de granadas y volveremos a subir. Nuestro objetivo es el nivel
principal del sistema, a unos cinco kilómetros de profundidad. Cuando hayamos
dejado atrás las puertas, estaremos a poca distancia de la estación número cuatro. Una
vez allí podremos volver a conectar la energía, algo que los idiranos no han sido
capaces de hacer. Después podremos usar las cápsulas de los tubos de tránsito para ir
de un sitio a otro.
—¿Y los trenes? —preguntó Wubslin.
—Los tubos de tránsito son más rápidos —dijo Horza—. Si encontramos a la
Mente, quizá tengamos que poner en marcha un tren. Eso dependerá del tamaño que
tenga. Además, a menos que los hayan desplazado desde la última vez que visité el
complejo, los trenes más cercanos estarán en la estación dos o en la seis, no allí. Pero

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la estación uno cuenta con un túnel en forma de espiral que puede utilizarse para
hacer subir un tren del Sistema.
—¿Y el tubo de tránsito que llega hasta aquí? —preguntó Yalson—. Si el medjel
vino por ese túnel, ¿qué impedirá a los demás que lo utilicen?
Horza se encogió de hombros.
—Nada. No quiero soldar las puertas por si se da el caso de que deseemos volver
hasta aquí en cuanto tengamos a la Mente, pero si uno de ellos sube por el conducto
hasta aquí… ¿Qué más da? Será uno menos del que tendremos que preocuparnos
cuando estemos allí abajo. De todas formas, uno de nosotros puede quedarse arriba
hasta que hayamos llegado al fondo sin problemas y seguirnos entonces. Pero no creo
que otro medjel se anime a subir tan poco tiempo después de que ese lo intentara.
—Ah, sí, el medjel al que no conseguiste convencer de que los dos estáis en el
mismo bando —dijo la unidad.
Horza se acuclilló y miró fijamente a la unidad. El montón de equipo que
transportaba hacía que Unaha-Closp fuera totalmente invisible desde arriba.
—Ese medjel no disponía de un comunicador, ¿vale? —dijo Horza—. En cambio
los idiranos que haya allí abajo tendrán a su disposición los comunicadores que se
llevaron de la base, ¿no es así? Y los medjels siempre hacen lo que les ordenan los
idiranos, ¿no? —Esperó a que la máquina contestara y al ver que guardaba silencio
añadió—: ¿Tengo razón o no?
Horza tuvo la impresión de que si la unidad hubiera sido un ser humano, habría
escupido.
—Lo que usted diga, señor —replicó la unidad.
—¿Y yo qué hago, Horza? —preguntó Balveda. Llevaba un mono de tela y una
chaqueta de piel—. ¿Piensas arrojarme por el pozo y decir que se te olvidó que no
disponía de arnés antigravitatorio, o he de ir a pie por el túnel de tránsito?
—Vendrás conmigo.
—Y si tenemos problemas, tú… ¿Qué harás? —preguntó Balveda.
—No creo que tengamos ninguna clase de problemas —dijo Horza.
—¿Estás seguro de que no había arneses antigravitatorios en la base? —preguntó
Aviger.
Horza asintió.
—De haberlos ese medjel habría llevado puesto uno, ¿no te parece?
—Puede que los idiranos se los hayan reservado para su uso personal.
—Los idiranos pesan demasiado.
—Podrían usar dos —insistió Aviger.
—No había arneses —dijo Horza tensando las mandíbulas—. Nunca se nos
permitió disponer de arneses. Se suponía que no debíamos entrar en el Sistema de
Mando salvo para la inspección anual, momento en el que teníamos permiso para
activar la energía de todos los sistemas. Naturalmente, íbamos allí de vez en cuando
aunque no teníamos permiso para ello. Bajábamos por la espiral hasta la estación

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cuatro siguiendo el mismo trayecto por el que debió subir ese medjel, y no se nos
permitía disponer de arneses antigravitatorios, ¿está claro? Habrían hecho que bajar
resultara demasiado fácil, ¿comprendes?
—Maldita sea, bajemos de una vez —dijo Yalson con impaciencia mirando a los
demás.
Aviger se encogió de hombros.
—Si mi sistema de antigravedad falla por culpa de toda esta basura que llevo
encima… —empezó a decir la unidad, su voz algo ahogada por el equipo que
transportaba.
—Máquina, como se te caiga algo por el pozo te aseguro que irás detrás de lo que
se te haya caído —dijo Horza—. Y ahora, reserva tus energías para flotar y no para
hablar. Irás detrás de mí. Mantente a unos quinientos o seiscientos metros de
distancia, ¿entendido? Yalson, ¿te quedarás aquí arriba hasta que abramos las
puertas? —Yalson asintió—. En cuanto a los demás, seguid a la unidad. No os
apelotonéis, pero intentad no separaros demasiado los unos de los otros. Wubslin,
quiero que estés cerca de la máquina y que tengas preparadas las granadas. —Horza
extendió una mano hacia Balveda—. ¿Señora?
La atrajo hacia él, y Balveda puso los pies sobre sus botas evitando mirarle.
Horza fue hacia el pozo y empezaron a descender por las profundidades sumidas en
las tinieblas.
—Os veré en el fondo del pozo —dijo Neisin por los altavoces del casco.
—No vamos al fondo del pozo, Neisin —suspiró Horza, cambiando ligeramente
la posición del brazo con que rodeaba la cintura de Balveda—. Vamos al nivel
principal del sistema. Os veré allí.
—Sí, bueno… Donde sea.
Siguieron descendiendo sin incidentes de ninguna clase hasta llegar a su objetivo,
y Horza forzó las puertas del nivel situado a cinco kilómetros por debajo del suelo.
Durante el trayecto solo había tenido un intercambio de palabras con Balveda, un
minuto o dos después de que empezaran a bajar:
—Horza…
—¿Qué?
—Si hay algún tiroteo…, si nos disparan desde ahí abajo, o si ocurre alguna cosa
y tienes que soltarme…, quiero decir si…, si me dejas caer…
—¿Qué estás insinuando, Balveda?
—Mátame. Hablo en serio. Dispárame. Prefiero eso antes que caer toda esta
distancia.
—Será un auténtico placer, te lo aseguro —dijo Horza después de unos segundos
de silencio.
Siguieron descendiendo por el túnel envueltos en el gélido y pétreo silencio de
aquella garganta negra, abrazados como una pareja de enamorados.

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—Maldita sea —dijo Horza en voz baja.
Él y Wubslin se encontraban en una habitación junto a la oscura bóveda llena de
ecos que era la estación cuatro. Los demás esperaban fuera. Las luces de los trajes de
Horza y Wubslin revelaban un espacio repleto de equipo para la transmisión de
electricidad; las paredes estaban cubiertas de pantallas y controles. Gruesos cables
serpenteaban sobre el techo y a lo largo de las paredes, y placas metálicas cubrían la
entrada de conductos donde había más equipo eléctrico.
La atmósfera de la habitación olía a quemado. Una larga cicatriz negra cubierta de
hollín atravesaba una pared por encima de los cables chamuscados y derretidos.
Notaron el olor apenas entraron en los túneles que conectaban el pozo con la
estación. Horza lo olió y sintió cómo la bilis intentaba subir por su garganta. El olor
era muy débil y no podría haber trastornado ni al más sensible de los estómagos, pero
Horza sabía lo que significaba.
—¿Crees que podremos arreglarlo? —preguntó Wubslin.
Horza meneó la cabeza.
—Lo más probable es que no. Esto ya ocurrió una vez en una prueba anual
durante mi estancia aquí. Activamos los sistemas siguiendo una secuencia equivocada
y nos cargamos ese mismo cableado. Si han hecho lo mismo que hicimos nosotros
entonces, los daños producidos en los niveles más profundos serán todavía peores
que los visibles aquí. Necesitamos semanas enteras para repararlos… —Horza meneó
la cabeza—. Maldición —dijo.
—Supongo que si esos idiranos han logrado averiguar tantas cosas sobre el
sistema, es que deben ser bastante listos, ¿no? —Wubslin subió el visor de su casco,
metió la mano dentro y se rascó la cabeza con cierta dificultad—. Lo que quiero decir
es… Bueno, si han conseguido llegar hasta aquí…
—Sí —dijo Horza, atizándole una patada a un transformador—. Son demasiado
listos.
Hicieron un breve recorrido del complejo de la estación, volvieron a la caverna
principal y se congregaron alrededor del sensor de masas que Wubslin había sacado
de la Turbulencia en cielo despejado. El sensor estaba rodeado por un amasijo de
cables y fibras ópticas, y en su parte superior había una pantalla canibalizada del
puente de la nave que Wubslin había unido al sensor mediante una conexión directa.
La pantalla se iluminó. Wubslin empezó a juguetear con los controles. El
holograma de la pantalla mostró una representación de una esfera con tres ejes
apareciendo en perspectiva.
—Eso son unos cuatro kilómetros —dijo Wubslin. Daba la impresión de estar
hablando con el sensor de masas, no con las personas que le rodeaban—. Probemos
con ocho… —Volvió a manipular los controles. El número de líneas de los ejes se
dobló.

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Una manchita de luz casi imperceptible empezó a parpadear junto a uno de los
bordes de la pantalla.
—¿Es eso? —preguntó Dorolow—. ¿Está en ese sitio?
—No —dijo Wubslin, volviendo a manipular los controles en un intento de
conseguir que la manchita luminosa apareciese con más claridad—. No es lo bastante
densa.
Wubslin volvió a doblar el alcance, pero no consiguió nada. La manchita
luminosa seguía allí, rodeada de estática y señales fantasma.
Horza miró a su alrededor orientándose mediante el diagrama que mostraba la
pantalla.
—¿Crees que ese trasto puede dejarse engañar por una pila de uranio?
—Oh, claro —dijo Wubslin asintiendo con la cabeza—. Dada la cantidad de
energía que estamos metiendo en el sensor, cualquier clase de radiación puede
trastornar las lecturas. Esa es la razón de que el alcance quede reducido a unos treinta
kilómetros, ¿comprendes? Todo este granito… Si hay algún reactor cerca, incluso
uno bastante viejo, aparecerá en la pantalla cuando las ondas lectoras del sensor
lleguen a él. Pero la imagen visible sería una mancha borrosa, como esta. Si la Mente
que buscamos solo mide unos quince metros de largo y pesa diez mil toneladas, la
imagen tendría que ser muy fuerte y nítida. Iluminaría toda la pantalla igual que una
estrella.
—Bien —dijo Horza—. Eso de ahí debe ser el reactor que hay en el último nivel
de servicio.
—Oh —dijo Wubslin—. ¿También tenían reactores?
—Formaban parte de un sistema de emergencia —dijo Horza—. Ese servía para
activar los ventiladores en caso de que la circulación de aire natural no bastara para
disipar el humo o algún gas. Los trenes también poseen reactores por si fallaba el
sistema geotérmico.
Horza comprobó la lectura de la pantalla con el sensor de masas incorporado a su
traje, pero el reactor de emergencia quedaba fuera de su alcance.
—¿Crees que deberíamos echar un vistazo? —preguntó Wubslin.
La luz de la pantalla bañaba su rostro.
Horza se irguió y meneó la cabeza.
—No —dijo con voz cansada—. Al menos, no por ahora.

Se sentaron en el suelo de la estación y comieron. La estación tenía algo más de


trescientos metros de longitud y dos veces la anchura de los túneles principales. Los
raíles metálicos sobre los que se desplazaban los trenes del Sistema de Mando se
extendían a través del suelo de roca fundida en un doble juego de vías que asomaba
de una pared por el hueco de una U invertida y desaparecía por otra pared, alejándose
hacia la zona de mantenimiento y reparaciones. A cada extremo de la estación había

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estructuras metálicas y rampas que casi llegaban hasta el techo. Cuando Neisin
preguntó para qué servían, Horza explicó que proporcionaban acceso a los dos pisos
superiores de los trenes cuando se encontraban detenidos en la estación.
—Me muero por ver esos trenes —farfulló Wubslin con la boca llena de comida.
—Si no hay luz no podrás verlos —dijo Aviger.
—Creo que es intolerable que siga estando obligado a llevar encima toda esta
basura —dijo la unidad. Había dejado la plancha del equipo en el suelo—. ¡Y ahora
se me dice que aún tendré que cargar con más peso!
—No peso mucho, Unaha-Closp —dijo Balveda.
—Oh, ya te las arreglarás —dijo Horza.
No podían volver a activar los sistemas, por lo que no les quedaba más remedio
que usar las unidades antigravitatorias para llegar hasta la próxima estación. Sería
más lento que el tubo de tránsito, pero seguiría siendo más rápido que el caminar. La
unidad tendría que cargar con Balveda.
—Horza… Estaba preguntándome si… —dijo Yalson.
—¿Qué?
—¿Cuánta radiación hemos recibido en los últimos tiempos?
—No mucha.
Horza activó la pantallita interior de su casco. El nivel de radiación no era
peligroso; el granito que les rodeaba emitía un poco de radiación, pero no habrían
corrido ningún peligro real ni aun suponiendo que fueran sin trajes.
—¿Por qué lo preguntas?
—Oh, por nada. —Yalson se encogió de hombros—. Es solo que… Con todos
esos reactores, y el granito, y la bomba que estalló después de que la echaras por el
vactubo de la Turbulencia en cielo despejado… Bueno, pensaba que quizá
hubiéramos recibido una dosis bastante alta, y además hay que añadir la dosis que
recibimos en el megabarco cuando Lamm intentó hacerlo volar en pedazos. Pero si tú
dices que no pasa nada, te creo.
—A menos que alguien sea especialmente sensible a la radiación, no tenemos por
qué preocuparnos.
Yalson asintió.
Horza estaba preguntándose si debía dividirles en dos grupos. ¿Qué sería mejor, ir
todos juntos o formar dos grupos para que cada uno fuese por uno de los túneles de
peatones que seguían el trazado de la línea principal y el tubo de tránsito? La división
no tenía por qué detenerse allí, claro. Podía hacer que una persona fuese por cada uno
de los seis túneles que llevaban de una estación a otra. Eso sería ir demasiado lejos,
pero demostraba cuántas posibilidades había. Si se dividían, estarían mejor
preparados para un ataque de flanco en el caso de que un grupo se encontrase con los
idiranos, aunque durante las primeras etapas del combate no dispondrían de la misma
potencia de fuego que si hubieran seguido juntos. Eso no aumentaría sus
probabilidades de encontrar a la Mente siempre que el sensor de masas funcionara,

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pero sí aumentaría sus probabilidades de encontrarse con los idiranos. Aun así, la idea
de mantenerse juntos dentro de un túnel hacía que Horza sintiera una mezcla de
claustrofobia y aprensión. Una granada podía acabar con todo el grupo de golpe; un
solo abanico de fuego láser de gran potencia bastaría para que todos acabaran
muertos o heridos.
Era como enfrentarse a un problema ingenioso pero improbable en uno de los
exámenes finales de la Academia Militar de Heibohre.
Ni tan siquiera estaba muy seguro de en qué dirección ir. Cuando inspeccionaron
la estación, Yalson vio huellas en la delgada capa de polvo que cubría el túnel para
peatones que llevaba a la estación cinco, lo cual sugería que los idiranos habían ido
hacia allí. Pero ¿debían seguirles o harían mejor yendo en dirección opuesta? Si les
seguían y si no lograba convencer a los idiranos de que estaba de su parte, no les
quedaría más remedio que combatir.
Pero si iban en dirección opuesta y conectaban la electricidad en la estación uno,
los idiranos también dispondrían de energía. No había ninguna forma de confinar la
energía a una sola parte del Sistema de Mando. Cada estación podía aislar su trazado
de vías del conector general, pero los circuitos habían sido diseñados para impedir
que un traidor —o un incompetente— pudiera desactivar la totalidad del Sistema. Los
idiranos también podrían utilizar los tubos de tránsito, los trenes y los talleres de
reparaciones… No, sería mejor encontrarles y hacer un intento de parlamentar con
ellos. Al menos así el problema de su presencia en los túneles quedaría resuelto de
una forma o de otra.
Horza meneó la cabeza. La situación estaba empezando a volverse demasiado
complicada. Los túneles, cavernas, niveles, pozos, escondites, encrucijadas, desvíos y
recovecos del Sistema de Mando parecían un diagrama de flujo infernal concebido
para que sus pensamientos corrieran en un eterno circuito cerrado.
Puede que dormir un poco le ayudara a ver las cosas con más claridad. Necesitaba
dormir, igual que los demás. Horza lo notaba. La máquina podía acabar averiándose o
quedándose sin energía, pero no necesitaba dormir, y Balveda parecía capaz de seguir
despierta durante mucho tiempo; pero los demás daban señales de necesitar un
descanso más profundo que un rato sentados en el suelo. Sus relojes corporales
indicaban que era hora de dormir. Exigirles que siguieran avanzando sería una
estupidez.
La carga de Unaha-Closp incluía un arnés de sujeción. Eso debería impedir que
Balveda pudiera intentar algo. La máquina montaría guardia, y Horza podía activar el
sensor remoto de su traje para que detectara cualquier movimiento producido en los
alrededores de la zona donde estaban. Esas precauciones deberían bastar para
mantenerles a salvo.
Acabaron de comer y todo el mundo estuvo de acuerdo en que lo mejor sería
dormir un rato. Balveda se dejó poner el arnés de sujeción y fue instalada en uno de
los almacenes vacíos que había junto a la plataforma. Unaha-Closp recibió órdenes de

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usar su sistema de antigravedad para subir a lo alto de una estructura de acceso y
quedarse allí sin hacer ningún movimiento a menos que oyera o viese algo extraño.
Horza colocó su sensor remoto cerca del sitio donde pensaba acostarse, sobre uno de
los soportes inferiores de un cabestrante automático. Quería hablar unos momentos
con Yalson, pero cuando hubo terminado de hacer esos arreglos, varios miembros del
grupo ya se habían quedado dormidos —Yalson incluida— con la espalda apoyada en
la pared o tumbados en el suelo y los visores opacados de sus cascos vueltos hacia
donde no llegaban las débiles luces de los demás trajes.
Horza observó durante un rato a Wubslin, que estaba vagabundeando por la
estación. El ingeniero acabó acostándose en el suelo y el silencio se adueñó del lugar.
Horza activó el sensor remoto ajustándolo para que diera la alarma si captaba
cualquier movimiento por encima de cierto nivel.
No durmió demasiado bien. Tuvo pesadillas, y los sueños acabaron
despertándole.
Los fantasmas le perseguían por muelles repletos de ecos y naves abandonadas
sumidas en el silencio, y cuando se daba la vuelta para enfrentarse con ellos, sus ojos
siempre estaban aguardándole, tan vacíos e inexpresivos como bocas o blancos de
tiro; y las bocas le engullían y Horza se precipitaba en la negra boca del ojo dejando
atrás el hielo que la rodeaba, el hielo muerto que recubría los contornos de aquel ojo
frío que le devoraba; y un instante después ya no estaba cayendo sino que corría,
corría con la lentitud de alguien que carga con un peso terrible o intenta avanzar entre
el cieno, corría por las cavidades de los huesos de su cráneo, y su cráneo estaba
desintegrándose lentamente; su cráneo era un planeta muy frío repleto de túneles que
siempre terminaban en un muro de hielo infinito, y los túneles se derrumbaban a su
espalda cada vez más deprisa hasta que terminaron atrapándole y Horza volvió a caer
en el frío túnel de aquel ojo, y mientras caía oyó un ruido que brotaba de la garganta
helada del ojo y de su propia boca, un sonido que le heló hasta la médula de los
huesos con un frío más terrible que cualquiera de los que podían provocar el hielo o
la nieve, y el ruido decía: EEEeee…

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Situación de la partida: tres

Fal 'Ngeestra estaba allí donde más le gustaba estar: en la cima de una montaña.
Acababa de terminar su primera escalada digna de tal nombre desde que se había
fracturado la pierna. La montaña no era demasiado imponente y había seguido la ruta
más fácil, pero ahora, deleitándose con el panorama visible desde la cima, hizo un
somero repaso de su estado físico y comprobó, abatida, que era pésimo. La pierna
fracturada seguía doliéndole un poco, naturalmente, pero aparte de eso los músculos
de las dos piernas le dolían con tanta intensidad como si hubiera acabado de escalar
una montaña dos veces más alta llevando una mochila con carga completa a la
espalda. Fal intentó animarse pensando que se le pasaría en cuanto hiciera algo de
ejercicio.
Estaba sentada en la cima contemplando los picachos blancos de menor altura, los
riscos de las cordilleras más altas y la suave curvatura de las lomas donde los árboles
se combinaban con la hierba. La llanura quedaba más lejos, con sus ríos centelleando
bajo la luz del sol, y en el extremo más distante se alzaban las colinas donde estaba el
albergue, su hogar. Los pájaros planeaban en la lejanía sobrevolando los valles que
había debajo de ella, y de vez en cuando, la llanura emitía un chispazo, como si
alguna superficie reflectante se estuviera moviendo por ella.
Una parte de su ser estaba atenta al distante dolor de huesos, evaluándolo y
analizándolo, hasta que se hartó de él y decidió no prestar más atención a las
sensaciones que la incomodaban. No quería distracciones. No había recorrido tanta
distancia solo para disfrutar del panorama. Había subido hasta aquí con un propósito.
El hecho de subir por una montaña arrastrando aquel saco de carne y huesos
durante todo el trayecto, llegar hasta la cima, pensar y existir en sí misma tenía un
significado muy especial para ella. Podía haber llegado a la cima en un
aerodeslizador durante cualquier momento de su convalecencia, pero no lo había
hecho, aunque Jase se lo sugirió varias veces. Resultaba demasiado fácil. Llegar hasta
aquí de esa forma no habría tenido ningún significado.
Se concentró, fue entornando los párpados y dejó que su mente repitiera el
cántico interno, aquel hechizo sin un solo átomo de magia que invocaba a los
espíritus enterrados en sus glándulas genoalteradas.
El trance llegó acompañado por una oleada inicial de mareo que le hizo extender
los brazos para apoyar las manos en el suelo, manteniendo el equilibrio de su cuerpo
aunque no necesitaba hacer ese gesto para conservarlo. Los sonidos que vibraban en
sus oídos —la circulación de su sangre, la lenta marea de su aliento— se fueron
haciendo más potentes y cobraron extrañas armonías. La luz que ardía detrás de sus
párpados empezó a palpitar siguiendo el ritmo de su corazón. Sintió que estaba
frunciendo el ceño y se imaginó su frente arrugándose hasta imitar los pliegues de las

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colinas, y una parte de su ser que seguía observándolo todo desde una gran distancia
pensó que aún no dominaba demasiado bien el proceso.
Abrió los ojos y el mundo había cambiado. Las colinas eran olas verdes y
marrones coronadas por crestas de espuma blanca. La llanura estaba inundada de luz,
y el dibujo de pastizales y bosquecillos que llegaba hasta el nacimiento de las
cordilleras parecía un mero camuflaje, inmóvil y en continuo movimiento, como un
edificio muy alto visto contra el telón de fondo de las nubes que se deslizan
rápidamente por el cielo. Los riscos boscosos eran divisiones en un inmenso y
atareado árbol-cerebro, y los picachos cubiertos de nieve y hielo que la rodeaban se
habían convertido en fuentes vibratorias emisoras de una luz que también era sonido
y olor. Fal experimentó una vertiginosa sensación de concentricidad, como si su
cuerpo fuera el núcleo alrededor del que giraba todo aquel paisaje.
Y allí, en el centro de aquel mundo vuelto del revés, un hueco invertido.
Parte de él. Nacido aquí.
Todo lo que era, cada hueso y órgano, célula, producto químico, molécula y
átomo, electrón, protón y núcleo, cada partícula elemental, cada ondulación de
energía, desde aquí…, no solo el orbital (un nuevo ataque de mareo y sus manos
enguantadas rozaron la nieve), sino la Cultura, la galaxia, el universo…
«Este es nuestro sitio y nuestro tiempo y nuestra vida, y deberíamos estar
disfrutándolo. Pero ¿disfrutamos de él? Contémplalo desde el exterior, pregúntatelo a
ti misma… Pregúntate qué estamos haciendo.
»Estamos matando lo inmortal, cambiando para conservar, haciendo la guerra
para conseguir la paz…, y con ello nos entregamos para siempre a aquello que
jurábamos haber rechazado por muy buenas razones que conocemos perfectamente».
Bueno, ya estaba hecho. Los miembros de la Cultura que tenían objeciones
realmente serias y fundadas a la guerra se habían marchado; ya no formaban parte de
la Cultura y no contribuían a su esfuerzo. Se habían convertido en neutrales, habían
formado sus grupos y adoptado nuevos nombres (o afirmaban ser la auténtica
Cultura; lo cual añadía un nuevo matiz a la confusión ya existente sobre cuáles eran
los verdaderos límites de la Cultura). Pero por una vez los nombres carecían de
importancia. Lo que importaba era la discrepancia, y los efectos nocivos producidos
por aquella separación.
«Ah, el desprecio… Ese inmenso tesoro de desprecio que parece hemos logrado
acumular. Nuestro propio desprecio encubierto hacia los “primitivos”, el desprecio de
los que abandonaron la Cultura cuando quienes habían decidido oponerse a los
idiranos declararon la guerra, el desprecio que un número tan grande de los nuestros
sienten hacia Circunstancias Especiales…, el desprecio que todos suponemos las
Mentes deben sentir hacia nosotros… y por todas partes, mires donde mires, el
desprecio que los idiranos sienten no solo hacia nosotros sino hacia todos los
humanos, y el desprecio humano hacia los cambiantes. Un disgusto federado, una
galaxia de desprecio y odios. Disponemos de una vida tan corta y lo único que se nos

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ocurre es malgastar los años compitiendo para averiguar quién es capaz de sentir más
desprecio hacia los otros.
»Y lo que los idiranos deben sentir hacia nosotros… Piensa en ellos: casi
inmortales, singulares e inmutables. Cuarenta y cinco mil años de historia en un
planeta con una sola religión-filosofía que lo abarca todo; eones de erudición y
estudio sucediéndose los unos a los otros, una era tranquila de devoción en ese lugar
sagrado sin interesarse por nada de lo que pueda haber fuera de él. Y de repente, hace
ya milenios, la invasión en otra guerra que hoy es historia; encontrarse de repente con
que se han convertido en meros peones movidos por el escuálido imperialismo de
otra especie. De la paz introvertida a la militancia extrovertida y el celo militante
gracias a eras de tormento y represión… Toda una fuerza moldeadora, desde luego».
¿Quién podía culparles? Habían intentado mantenerse a distancia y se habían
visto atrapados y casi destruidos en un torbellino de fuerzas mucho más grandes que
cualquiera de las que ellos podían crear o manipular. ¿Quién podía sorprenderse de
que hubieran decidido que la única forma de protegerse a sí mismos era atacar antes,
expandirse, hacerse cada vez más y más fuertes, extender sus fronteras lo más lejos
posible del sagrado tesoro que era Idir, su planeta natal?
«E incluso hay un modelo genético para ese cambio catastrófico de lo apacible a
la ferocidad, simbolizado en el paso que lleva del idirano capaz de reproducirse al
guerrero… Oh, sí, una especie noble y salvaje justificablemente orgullosa de sí
misma que se niega a modificar su código genético y que no se equivoca demasiado
cuando afirma que ya ha alcanzado la perfección. ¡Lo que deben sentir hacia el
enjambre de tribus bípedas que es la humanidad!».
Repetición. Materia y vida, y los materiales que podían soportar el cambio —que
podían evolucionar— repitiéndose eternamente: el alimento de la vida discutiendo
con la misma vida.
«¿Y nosotros? No somos más que otro eructo en la oscuridad. Sonido pero no
palabra, ruido que carece de significado.
»Para ellos no somos nada: meros biotómatas, y el ejemplo más terrible de esa
variedad. La Cultura debe parecerles una demoníaca amalgama de todo lo que los
idiranos siempre han considerado repugnante.
»Somos una raza de mestizos, nuestro pasado es una historia de enredos y
conflictos, nuestros orígenes son oscuros, nuestra tumultuosa evolución está repleta
de imperios codiciosos y cortos de miras y de diásporas tan crueles como
derrochadoras de recursos irrepetibles. Nuestros antepasados fueron los huérfanos
encontrados en el portal de la galaxia, reproduciéndose continuamente, matando y
rebelándose, con sus sociedades y civilizaciones atrapadas en el proceso interminable
del desmoronamiento y el volver a formarse… Sí, algo debía andar muy mal dentro
de nosotros, tenía que haber algún factor mutante en el sistema, algo demasiado
rápido, nervioso y frenético para nuestro propio bien o el de cualquier otro. Somos

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unas criaturas tan patéticamente carnosas, de vida tan breve, tan confusa y dominada
por el enjambre… Y a un idirano debemos parecerle pura y simplemente estúpidos.
»Ya tenemos la repugnancia física, pero aún faltaba algo peor. Somos capaces de
alterarnos a nosotros mismos, jugueteamos con el mismísimo código de la vida,
volvemos a escribir de forma distinta la Palabra que es el Camino, el encantamiento
del ser. Interferir con nuestra propia herencia e interferir en el desarrollo de otras
sociedades… ¡Ja! Al menos compartimos ese interés… Y hay algo todavía peor, lo
peor de todo, y es que no nos limitamos a producir, sino que acabamos entregándonos
al anatema final: las Mentes, las máquinas conscientes; la mismísima imagen y
esencia de la vida profanada y rebajada. La idolatría encarnada.
»No es extraño que nos desprecien. Somos unas lastimosas mutaciones enfermas,
miserables y obscenas, servidoras de las máquinas-demonios a los que adoramos. Ni
tan siquiera estamos seguros de nuestra propia identidad. ¿Qué o quién es la Cultura?
¿Dónde empieza y acaba exactamente? ¿Quién pertenece a la Cultura y quién está
fuera de ella? Los idiranos saben muy bien quiénes son. La raza única y pura, o
nada… ¿Y nosotros? Contacto es Contacto, el núcleo, pero ¿aparte de eso? El nivel
de manipulación genética varía; pese al ideal, no todo el mundo puede aparearse con
los que le rodean y producir descendencia. ¿Las Mentes? No hay ninguna pauta real.
También son individuos, y no resultan del todo predecibles…, son demasiado
precoces e independientes. ¿Vivir en un orbital fabricado por la Cultura, o en una
roca, o en alguna otra especie de mundo ahuecado, un pequeño vagabundo del
espacio? No; hay demasiados que se atribuyen alguna clase de independencia mayor
o menor. Así pues, la Cultura carece de límites claros; se limita a irse desvaneciendo
poco a poco, deshilachándose y, al mismo tiempo, extendiéndose cada vez más.
¿Dónde nos deja eso?».
El zumbido del significado y la materia que la rodeaban y la canción de luz
emitida por las montañas parecían hervir a su alrededor como el líquido en un
caldero, empapándola y sumergiéndola. Fal se percibió a sí misma como la mota
insignificante que era; un puntito, una minúscula fracción de vida imperfecta que
luchaba para no acabar extraviada en el inmenso desierto de luz y espacio que la
rodeaba por todas partes.
Sintió la fuerza congelada del hielo y la nieve que había a su alrededor, y se sintió
consumida por aquella frialdad que quemaba la piel. Sintió los rayos del sol que caían
sobre su cuerpo, y conoció el lento desmoronamiento de los cristales de nieve al
derretirse, conoció lo que sentía el agua mientras goteaba y corría y se convertía en
burbujas oscuras debajo del hielo y en gotas de rocío sobre los carámbanos. Vio los
hilillos de agua que acariciaban la vegetación, los arroyos que corrían veloces y los
ríos que se despeñaban en cataratas; captó el serpenteo del río cuando este remansaba
su curso y se movía con la tranquila lentitud de un buey hasta acabar llegando al lago
y el mar, allí donde el vapor de agua volvía a subir hacia los cielos.

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Y se sintió perdida dentro de todo aquello, y tuvo la sensación de estar
disolviéndose, y por primera vez en su joven existencia sintió auténtico miedo, y el
temor que la invadió allí en ese instante fue muy superior al que había sentido cuando
cayó y se fracturó la pierna o durante los breves momentos de la caída, el segundo del
impacto y el dolor que la dejaron aturdida o las largas y frías horas que le siguieron
cuando yacía hecha un guiñapo sobre la nieve y las rocas, temblando, intentando no
llorar y buscando algún refugio. Eso era algo para lo que se había ido preparando
desde hacía mucho tiempo; sabía qué estaba ocurriendo, había meditado en los
efectos que podía tener y las formas en que podía reaccionar. Era un riesgo que
corrías, algo que comprendías. Esto no lo era, porque ahora no había nada que
entender y quizá no existiera nada —incluida ella misma— que pudiera entenderlo.
«¡Socorro!». Algo gemía dentro de su ser. Fal escuchó sus gemidos, y no pudo
hacer nada para ayudarle.
«Somos hielo y nieve, somos ese estado atrapado.
»Somos el agua que cae, vaga e itinerante, el agua que siempre busca el nivel más
bajo, el agua que intenta acumularse y reunirse con más agua.
»Somos vapor que se alza pese a cuanto hagamos para impedirlo, vapor que se
convierte en masas nebulosas que serán arrastradas por el primer viento que empiece
a soplar. Para empezar de nuevo, en forma glacial o no».
(Podía escapar. Sintió cómo el sudor iba peinando su frente y cómo sus manos
iban creando moldes de sus contornos en la nieve que cedía bajo la presión de sus
dedos, y supo que había una salida, supo que podía bajar…, pero que rendirse
significaría bajar sin nada, sin haber descubierto, hecho o comprendido nada. No, se
quedaría y lucharía con todas sus fuerzas).
El ciclo volvió a empezar. Sus pensamientos giraron locamente y Fal vio el agua
que fluía por gargantas y valles o que se iba acumulando junto a los árboles, o que se
precipitaba en los lagos y el mar. Vio cómo caía sobre las praderas, los pantanos y los
páramos, y cayó con ella, terraza sobre terraza, esparciéndose sobre los rebordes
rocosos, espumeando y moviéndose en círculos (sintió cómo la humedad que cubría
su frente empezaba a congelarse y cómo el frío atravesaba su piel, y supo que corría
peligro, y volvió a preguntarse si debía salir del trance, cuánto tiempo llevaba sentada
allí y si la estarían observando o no). Sintió una nueva oleada de mareo y hundió las
manos un poco más en la nieve que la rodeaba. Sus guantes ejercieron presión sobre
los copos helados, y el recuerdo llegó junto con ese acto.
Volvió a ver la estructura de espuma congelada. Volvía a estar en pie sobre la fría
superficie del páramo, junto a la cascada minúscula y el laguito donde había
encontrado la lente de hielo espumoso. Recordó haberla sostenido en sus manos y
recordó que cuando la golpeó con la yema del dedo, no emitió ningún sonido, que
cuando la rozó con la lengua, sabía a agua y a nada más…, y que su aliento se deslizó
sobre ella igual que una nube, otra imagen que se arremolinaba en el aire. Y esa
imagen era ella misma.

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Eso era lo que significaba. Algo a lo que agarrarse.
«¿Quiénes somos?
»Los que somos. Aquello por lo que se nos acepta y considera, nada más. Lo que
sabemos y lo que hacemos. Nada más y nada menos.
»Información que es transmitida. Pautas, galaxias, sistemas estelares, planetas…,
todo evoluciona; la materia primigenia cambia y, en cierta forma, avanza y progresa.
La vida es una fuerza más rápida que reordena y halla nuevos nichos, que empieza a
cobrar forma; la inteligencia, la consciencia…, una magnitud más rápida, otro plano
distinto a los anteriores. Más allá estaba lo desconocido, lo que era demasiado vago
para ser comprendido (pregúntaselo a un dra’azon, quizá, y espera su respuesta)…,
todo se reducía a ir refinando las cosas, a un proceso de mejora y de dar con una
solución mejor (si es que podía considerarse que términos como “mejor” y “peor”
tenían algún significado)…
»Y si jugueteamos con nosotros mismos para alterar nuestra herencia, ¿qué
importa? ¿Acaso hay algo que nos pertenezca más que nuestra herencia? ¿Quién está
en condiciones de afirmar que la naturaleza se equivoca menos que nosotros? Si nos
equivocamos es porque somos estúpidos, no porque la idea fuese mala. Y si dejamos
de estar en la avanzadilla, si perdemos nuestro puesto en la cúspide de la ola…
bueno, mala suerte. Pasa el relevo con tus mejores deseos; que te diviertas, amigo.
»Todo lo que somos y todo lo que nos rodea, todo lo que sabemos y todo aquello
sobre lo que podemos llegar a saber algo se compone en última instancia de pautas y
modelos hechos de nada; esa es la verdad final, a eso se reduce todo. Por lo tanto,
cuando descubrimos que gozamos de cierto control sobre esas pautas y modelos, ¿por
qué no crear los más elegantes, los mejores y los más agradables según nuestros
propios términos? Sí, señor Bora Horza Gobuchul, somos hedonistas. Buscamos el
placer y nos hemos moldeado a nosotros mismos para poder sacar el máximo placer
de la vida. Lo admitimos. Somos lo que somos. Pero ¿y tú? ¿En qué te convierte eso?
»¿Quién eres?
»¿Qué eres?
»Un arma. Un objeto concebido para engañar y matar, algo creado por seres que
murieron hace mucho tiempo. Toda la subespecie de los cambiantes es un resto de
una vieja guerra, una guerra de hace tanto tiempo que nadie recuerda quién la libró, o
cuándo, o por qué. Ni tan siquiera recordamos si los cambiantes luchaban por el
bando que venció o por el que fue derrotado.
»Pero en cualquier caso lo innegable es que fuiste fabricado, Horza. No
evolucionaste de una forma que puedas calificar de «natural»; eres el producto de
cuidadosas meditaciones, de la manipulación genética, la planificación militar y un
propósito deliberado…, y de la guerra; tu mismísima creación dependió de ella. Eres
el hijo de la guerra, eres su legado.
»Cambiante, cámbiate a ti mismo…, pero ni puedes ni quieres hacerlo. Lo único
que puedes hacer es tratar de no pensar en ello. Y, sin embargo, el conocimiento está

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ahí. La información se encuentra implantada a gran profundidad en alguna parte de tu
ser. Aun así podrías vivir en paz con ella, y deberías hacerlo, pero no creo que seas
capaz de conseguirlo…
»Y me das pena, porque ahora creo saber a quién odias en realidad».
Fal emergió rápidamente del trance en cuanto las glándulas de su cuello y su
médula espinal dejaron de fabricar sustancias químicas. Los compuestos que habían
invadido las células cerebrales de la joven empezaron a descomponerse y sus efectos
se fueron desvaneciendo poco a poco.
La realidad sopló alrededor de ella y la fresca caricia de la brisa rozó su piel. Fal
se limpió el sudor de la frente. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Se las limpió,
resoplando, y se frotó su enrojecida nariz.
Otro fracaso, pensó con amargura. Pero su amargura era joven y extrañamente
inestable, una especie de falsificación, algo que asumía durante un tiempo como una
criatura que se prueba las ropas de un adulto. Disfrutó durante unos segundos de las
sensaciones que le producía el imaginarse vieja y desilusionada y se olvidó de ellas.
Aquel estado anímico no le sentaba bien. «Ya tendré tiempo más que suficiente para
disfrutar de su versión genuina cuando sea vieja», pensó con sarcasmo mientras
contemplaba la hilera de montañas que se extendía al otro extremo de la llanura.
Pero, aun así, había fracasado. Había albergado la esperanza de que el trance le
proporcionaría alguna idea nueva relacionada con los idiranos, Balveda, el cambiante,
la guerra o…, bueno, con lo que fuese.
Y, en vez de eso, el viaje del trance la había llevado por territorios que ya le eran
conocidos, mostrándole hechos aceptados y lo que ya sabía.
Un cierto disgusto ante el hecho de ser humana, una comprensión del orgulloso
desdén que los idiranos sentían hacia los de su especie, una reafirmación de que por
lo menos las cosas eran su significado, y una fugaz inmersión probablemente
equivocada y excesivamente benevolente en el carácter de un hombre al que nunca
había visto y al que jamás conocería, un hombre separado de ella por casi toda una
galaxia y toda una moralidad.
Fal volvería de su ascensión a la cima helada con las manos casi vacías.
Suspiró. El viento seguía soplando. Fal observó las nubes que se iban acumulando
sobre la cordillera. Tendría que empezar a bajar ahora mismo, o de lo contrario
acabaría atrapada en plena tormenta. Bajar con algún tipo de ayuda mecánica sería
como hacer trampas, y si su estado físico empeoraba hasta el punto de obligarla a
llamar un aerodeslizador para que la recogiera, Jase le daría una buena bronca.
Fal 'Ngeestra se puso en pie. El dolor de su pierna volvió a torturarla: señales
enviadas desde su punto débil. Se quedó inmóvil durante unos segundos evaluando el
estado de aquel hueso recién soldado, decidió que podría aguantar y empezó a
descender hacia el mundo libre de hielo y nieve que había debajo de ella.

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11
El Sistema de Mando: estaciones

Alguien le estaba sacudiendo suavemente para despertarle.


—Vamos, despierta. Venga, venga, despierta… Vamos, es hora de levantarse…
Reconoció la voz. Era Xoralundra. El viejo idirano estaba intentando
despertarle. Fingió que seguía dormido.
—Sé que estás despierto. Venga, ya es hora de levantarse.
Abrió los ojos con una falsa mueca de cansancio. Xoralundra estaba allí, en una
habitación circular azul provista de muchos divanes que ocupaban las pequeñas
alcobas esparcidas alrededor de las paredes. Alzó la cabeza y vio un cielo blanco
con nubes negras. La habitación estaba brillantemente iluminada. Se protegió los
ojos con una mano y miró al idirano.
—¿Qué ha sido del Sistema de Mando? —preguntó, recorriendo la habitación
circular de paredes azules con la vista.
—Ese sueño ha terminado. Lo has hecho estupendamente y se te ha concedido la
nota máxima. Tanto la Academia como yo estamos muy contentos de ti.
No pudo evitar el sentirse complacido. Un halo cálido pareció envolver su
cuerpo, y no pudo impedir que sus labios se fueran curvando en una sonrisa.
—Gracias —dijo. El querl asintió.
—Tu interpretación de Bora Horza Gobuchul fue soberbia —dijo Xoralundra con
su vozarrón de trueno—. Ahora deberías tomarte un poco de tiempo libre. Ve a
divertirte con Gierashell.
Cuando Xoralundra pronunció esas palabras, estaba bajando los pies de la cama
y se preparaba para ponerlos en el suelo. Se volvió hacia el viejo querl y le sonrió.
—¿Con quién?
Se rio.
—Con tu amiga Gierashell —dijo el idirano.
—Querrás decir Kierachell.
Se rio y meneó la cabeza. ¡Xoralundra debía estar haciéndose viejo!
—No, quiero decir Gierashell —insistió fríamente el idirano, dando un paso
hacia atrás y contemplándole con extrañeza—. ¿Quién es Kierachell?
—¿Quieres decir que no lo sabes? Pero ¿cómo es posible que no sepas
pronunciar bien su nombre? —exclamó.
El error cometido por el querl hizo que volviera a menear la cabeza. ¿O sería
parte de alguna otra prueba?
—Un momento —dijo Xoralundra. Contempló algo que tenía en la mano, un
objeto que proyectaba luces multicolores sobre su rostro. Después se llevó la otra

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mano a la boca y se volvió hacia él con una expresión de sorpresa y perplejidad en el
rostro—. ¡Oh, lo siento!
Se inclinó sobre él y lo empujó de vuelta hacia la…
Se irguió de golpe. Algo zumbaba en su oreja.
Se echó lentamente hacia atrás mientras observaba la textura granulosa de la
oscuridad para averiguar si alguien más había despertado, pero todas las siluetas
seguían inmóviles. Ordenó a la alarma del sensor remoto que se desconectara. El
zumbido se desvaneció. Unaha-Closp era visible en lo alto de la estructura de acceso
al tren.
Horza subió el visor de su casco y se limpió el sudor de la frente y las cejas.
Estaba seguro de que la unidad le había visto despertar. Se preguntó qué estaría
pensando y qué opinaría de él. ¿Podría ver lo bastante bien para darse cuenta de que
había sufrido una pesadilla? ¿Sería capaz de ver su rostro más allá del visor, de captar
los leves movimientos que agitaban su cuerpo mientras su cerebro iba construyendo
imágenes con los restos de todos los días que había vivido? Podía opacar el visor;
podía hacer que el traje se expandiera y tensar las articulaciones dejándolas rígidas…
Pensó en el aspecto que debía tener para Unaha-Closp. Un pequeño objeto blando
y desnudo que se retorcía dentro de aquel duro capullo de metal y plástico,
convulsionándose a causa de las ilusiones que le dominaban durante su coma…
Decidió seguir despierto hasta que los demás empezaran a moverse.

La noche llegó a su fin, y la Compañía Libre despertó para enfrentarse de nuevo con
la oscuridad y el laberinto. La unidad no dijo si le había visto despertar durante la
noche, y Horza no se lo preguntó. Se mostró falsamente alegre y jovial, rio y dio
palmaditas en la espalda de los demás, diciéndoles que hoy llegarían a la estación
siete y que una vez allí podrían activar los sistemas de iluminación y hacer funcionar
los tubos de tránsito.
—¿Sabes una cosa, Wubslin? —exclamó, contemplando al ingeniero con una
sonrisa en los labios. Wubslin estaba frotándose los ojos—. Intentaremos poner en
marcha uno de esos trenes. Solo para divertirnos un poco y ver cómo funcionan…
¿Qué te parece?
—Bueno… —Wubslin bostezó—. Si tú crees que no será peligroso, entonces…
—¿Por qué no? —dijo Horza extendiendo los brazos—. Creo que el señor
Corrección lo ha dejado todo en nuestras manos. Tengo la impresión de que ha
decidido hacer la vista gorda hasta que todo esto haya acabado. Pondremos en
marcha uno de esos supertrenes, ¿de acuerdo?
Wubslin se estiró, sonrió y asintió con la cabeza.
—Bueno, sí… Creo que es una idea magnífica.
Horza le obsequió con una gran sonrisa, le guiñó el ojo y fue a soltar a Balveda.
«Es como abrir la jaula de un animal salvaje», pensó mientras apartaba el enorme

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tambor de cable que había usado para bloquear la puerta. Casi esperaba descubrir que
Balveda había desaparecido, que había logrado liberarse milagrosamente de sus
ataduras y había salido del almacén sin abrir la puerta; pero cuando asomó la cabeza
por el umbral vio que estaba allí. La agente de la Cultura yacía tranquilamente
envuelta en sus ropas de abrigo. El arnés de sujeción había dejado señales sobre la
piel de la chaqueta, y la estructura metálica seguía unida a la pared, tal y como la
había dejado Horza.
—¡Buenos días, Perosteck! —dijo Horza con voz jovial.
—Horza —dijo la mujer con cara de mal humor, irguiéndose lentamente mientras
flexionaba los hombros y arqueaba el cuello—, veinte años viviendo con mi madre,
un montón de años que me gustaría olvidar como joven alocada disfrutando de todos
los placeres que la Cultura ha llegado a producir a lo largo de su existencia, uno o dos
de madurez, diecisiete en Contacto y cuatro en Circunstancias Especiales no han
conseguido hacer de mí una persona con la que sea fácil llevarse bien, y tampoco me
han enseñado a saltar de la cama alegremente por las mañanas. Supongo que no se te
habrá ocurrido traerme un poco de agua, ¿verdad? He dormido demasiado rato, no
estaba nada cómoda, hace frío y todo está oscuro, he tenido pesadillas que creí eran
realmente horribles hasta que despertaba y me acordaba de la realidad y… Hace un
momento he dicho algo de agua, ¿me has oído? ¿O es que ni tan siquiera puedo beber
un poco de agua?
—Iré a buscarte algo de agua —dijo Horza. Fue hacia la puerta y se detuvo junto
al umbral—. Por cierto, tienes toda la razón. Por las mañanas resultas realmente
insoportable.
Balveda meneó la cabeza en la oscuridad. Se metió un dedo en la boca y lo pasó
por un lado de esta, como si estuviera dándose masaje en las encías o intentando
limpiarse los dientes. Después se quedó inmóvil con la cabeza entre las rodillas,
contemplando el vacío negro azabache del frío suelo de roca fundida que había bajo
ella, preguntándose si este sería el día de su muerte.

Estaban en una inmensa estancia semicircular tallada en la roca contemplando el


oscuro espacio de la zona de mantenimiento y reparaciones de la estación cuatro. La
caverna medía trescientos metros cuadrados o quizá un poco más, y desde la galería
en la que se hallaban hasta el suelo cubierto de equipo y maquinaria de aquella
inmensa caverna, había una distancia de treinta metros en línea vertical.
Enormes grúas capaces de levantar y sostener en el aire todo un tren del Sistema
de Mando colgaban del techo sobre sus cabezas a otros treinta metros de distancia por
entre la penumbra. Una pasarela emergía de la caverna hasta llegar a una galería en el
otro lado, dividiendo en dos mitades la oscura masa de la caverna.
Estaban listos para moverse. Horza dio la orden.

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Wubslin y Neisin activaron sus unidades antigravitatorias y se dirigieron hacia los
pequeños túneles secundarios que llevaban al túnel principal del Sistema de Mando y
el tubo de tránsito, respectivamente. Una vez dentro de los túneles, se mantendrían a
la altura del grupo principal. Horza activó la unidad antigravitatoria de su traje, quedó
suspendido a un metro escaso del suelo y fue por un túnel que se originaba en la
galería donde se encontraban. Después fue avanzando lentamente por entre la
oscuridad con rumbo hacia la estación cinco, que se hallaba a treinta kilómetros de
distancia. El resto le seguiría flotando sobre el suelo gracias a sus unidades
antigravitatorias. Balveda compartiría la plancha con el equipo que habían traído
consigo.
Cuando vio a Balveda sentada sobre la plancha, Horza sonrió. La imagen le hizo
acordarse de Fwi-Song sentado sobre su litera en aquella espaciosa playa, con la luz
del sol que caía sobre un lugar ahora desaparecido. La comparación le pareció
maravillosamente absurda.
Horza siguió flotando a lo largo del túnel, deteniéndose para inspeccionar los
tubos laterales a medida que iban apareciendo y poniéndose en contacto con los
demás cada vez que inspeccionaba uno. Los sentidos mecánicos de su traje estaban
ajustados al máximo de potencia disponible. Cualquier emisión luminosa, el más leve
ruido, la alteración del movimiento del aire, incluso las vibraciones transmitidas por
la roca que le rodeaba… Todo era captado y analizado. Los olores que se salieran de
lo normal también eran captados por el traje, así como la energía que se desplazara
por los cables enterrados en las paredes del túnel o cualquier clase de transmisión
mediante ondas.
Horza pensó en si sería conveniente mandar señales a los idiranos mientras
avanzaba, pero acabó decidiendo no hacerlo. Había enviado una señal de muy corta
duración desde la estación cuatro sin recibir ninguna contestación, pero si (tal y como
sospechaba) los idiranos no estaban de humor para escucharle, enviar más señales
mientras se desplazaba sería demasiado peligroso.
Avanzó a través de la oscuridad como si estuviera sentado en un asiento invisible
con el SAERC acunado en sus brazos. Podía oír los latidos de su corazón, el sonido
de su aliento y el leve deslizarse de aquella atmósfera fría y un tanto estancada
alrededor de su traje. Los sensores captaban un vago telón de fondo de radiación
emitida por el granito que le rodeaba, puntuado ocasionalmente por algún que otro
rayo cósmico. El visor de su casco le ofrecía una fantasmagórica imagen radar de los
túneles a medida que iban serpenteando y extendiéndose por entre la roca.
Había tramos donde el túnel era totalmente recto. Si se daba la vuelta, podía ver al
grupo principal siguiéndole a medio kilómetro de distancia. En otros lugares el túnel
describía una serie de curvas muy pronunciadas, con lo que la imagen proporcionada
por el haz del radar quedaba limitada a doscientos metros o menos, y Horza tenía la
impresión de estar flotando en aquella negrura gélida.

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Cuando llegaron a la estación cinco, se encontraron con un campo de batalla.
Su traje había captado olores extraños. Esa había sido la primera señal: moléculas
orgánicas carbonizadas flotando en el aire. Horza ordenó a los demás que se
detuvieran y avanzó lo más cautelosamente posible.
Cuatro medjels muertos yacían junto a una pared de la oscura caverna. Sus
cuerpos quemados y desmembrados recordaban el agrupamiento de cadáveres
helados de los cambiantes que había encontrado en la base de superficie. Símbolos
religiosos idiranos trazados con láser cubrían las paredes por encima de los
cadáveres.
Aquel lugar había sido escenario de un encarnizado tiroteo. Las paredes de la
estación estaban repletas de pequeños cráteres y largas cicatrices dejadas por los
láseres. Horza encontró los restos de un rifle láser con un trocito de metal incrustado
en la culata. Los cuerpos de los medjels habían sido destrozados por centenares de
aquellos minúsculos proyectiles metálicos.
Fue al otro extremo de la estación, hasta los restos de una rampa de acceso medio
demolida, y encontró las piezas y componentes dispersos de una máquina bastante
tosca que parecía haber sido montada a toda prisa, una especie de cañón sobre ruedas
que hacía pensar en un vehículo blindado miniatura. Su maltrecha torreta seguía
conteniendo cierta cantidad de municiones, y aquella ruina destrozada por las llamas
estaba rodeada de pequeños proyectiles metálicos. Horza cogió algunos de aquellos
proyectiles no utilizados, los sopesó en la palma de la mano y contempló el vehículo
destrozado con los labios curvados en una débil sonrisa.

—¿La Mente? —exclamó Wubslin contemplando los restos del pequeño vehículo—.
¿La Mente fabricó este trasto?
Se rascó la cabeza.
—Tiene que haber sido ella —dijo Horza, observando cómo Yalson empujaba
cautelosamente un fragmento metálico con la puntera de su bota. Su arma estaba lista
para disparar—. Aquí abajo no había nada remotamente parecido a esto, pero no
habría costado mucho fabricarlo en uno de los talleres. Parte de la vieja maquinaria
sigue siendo capaz de funcionar. Resultaría bastante difícil, desde luego, pero si la
Mente conserva algunos campos y puede que una o dos unidades móviles…, podría
hacerlo. Desde luego, ha tenido tiempo más que suficiente para ello.
—Bastante tosco —dijo Wubslin, dando vueltas a una pieza del mecanismo que
hacía funcionar el cañón en la palma de su mano—. Pero no cabe duda de que ha sido
lo bastante eficaz —añadió contemplando los cuerpos de los medjels.
—Según mis cálculos, ya no quedan más medjels —dijo Horza.
—Aún quedan dos idiranos —dijo Yalson con voz irritada.

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Su pie golpeó una ruedecilla de goma, que rodó un par de metros sobre los
escombros y acabó deteniéndose junto a Neisin, quien estaba celebrando el
descubrimiento de los medjels muertos con un trago de su petaca.
—¿Estás seguro de que esos idiranos no siguen por aquí? —preguntó Aviger
mirando a su alrededor con cara de preocupación.
Dorolow también estaba inspeccionando la oscuridad que les rodeaba, y Horza
vio cómo hacía el Signo de la Llama.
—Sí, estoy seguro —dijo Horza—. Lo he registrado todo.
La estación cinco no había sido muy difícil de registrar. Era una estación
corriente, con unos cuantos compartimentos, una interrupción del doble trazado del
Sistema de Mando y un sitio para que los trenes se detuvieran y pudieran ponerse en
conexión con los equipos de comunicación que transmitían señales a la superficie del
planeta. Había unos cuantos almacenes y habitaciones junto a la caverna principal,
pero no había equipo para transmitir o acumular energía y la estación carecía de salas
de control o una gran zona de mantenimiento y reparaciones. Las señales visibles en
el polvo indicaban el punto donde los idiranos se habían alejado de la estación
después de la batalla con el tosco autómata de la Mente. Estaba claro que iban hacia
la estación seis.
—¿Crees que habrá un tren en la siguiente estación? —preguntó Wubslin.
Horza asintió.
—Tendría que haber uno.
El ingeniero asintió y contempló con rostro inexpresivo el doble trazado de raíles
de acero que relucía sobre el suelo de la estación.
Balveda bajó de la plancha y estiró las piernas. Horza seguía teniendo activado el
sensor infrarrojo del traje, y vio cómo el aliento de la agente de la Cultura emergía de
su boca formando una nubécula cálida que brillaba débilmente. Balveda dio unas
cuantas palmadas y golpeó el suelo con los pies.
—Sigue haciendo bastante frío, ¿no? —dijo Balveda.
—No te preocupes —gruñó la unidad desde debajo de la plancha—. Puede que
pronto empiece a sobrecalentarme. Eso debería hacer que te sientas cómoda hasta que
me quede colgado.
Balveda sonrió y volvió a sentarse sobre la plancha.
—¿Sigues pensando que podrás convencer a tus amigos trípedos de que todos
estáis en el mismo bando? —preguntó volviéndose hacia el cambiante.
—¡Ja! —exclamó la unidad.
—Ya veremos —se limitó a decir Horza.

Y, una vez más, el ruido de su aliento, los latidos de su corazón, la lenta caricia de la
atmósfera estancada…

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Los túneles se adentraban en la noche de aquella vieja roca como si fueran un
insidioso laberinto circular.
—La guerra no terminará con la victoria de un bando —dijo Aviger—. No, la
guerra solo acabará cuando no quede nadie que pueda seguir luchando, ya lo veréis.
Horza flotaba por el túnel escuchando distraídamente lo que decían los demás por
el canal general mientras le seguían. Había sintonizado los micrófonos externos de
los altavoces del casco para que dieran señal en una pantallita situada cerca de su
mejilla. De momento la pantalla no se había activado.
—No creo que la Cultura vaya a rendirse como afirma todo el mundo —siguió
diciendo Aviger—. Los idiranos tampoco se rendirán nunca. Seguirán luchando hasta
el último miembro de su raza, y ellos y la Cultura seguirán matándose los unos a los
otros hasta que las hostilidades se extiendan a toda la galaxia, y sus armas, bombas,
rayos y demás cacharros irán siendo cada vez más eficientes y terribles, y al final la
galaxia entera se convertirá en un campo de batalla. No pararán hasta haber hecho
volar en pedazos todas las estrellas, planetas y orbitales, y todo lo que sea bastante
grande para que puedas vivir encima, y luego cada bando destruirá todas las naves
grandes del otro, y luego destruirán todas las naves pequeñas, y al final todo el
mundo acabará viviendo dentro de trajes individuales, y seguirán atacándose los unos
a los otros con armas capaces de aniquilar planetas…, y así acabará todo.
Probablemente inventarán armas o unidades todavía más pequeñas, y al final solo
habrá máquinas cada vez más y más diminutas luchando por controlar lo que quede
de la galaxia, y no quedará nadie que sepa por qué empezó todo.
—Bueno —dijo Unaha-Closp—, eso suena muy divertido. ¿Y si las cosas van
mal?
—Venga, Aviger, esa actitud tuya es tan negativa que no merece ni ser discutida
—dijo la voz de Dorolow, tan estridente como siempre—. Tienes que ser más
positivo. La competición es un proceso formativo; la batalla es una prueba; la guerra
es una parte de la vida y del proceso evolutivo. Sus rigores permiten que nos
encontremos a nosotros mismos.
—Casi siempre para descubrir que la mierda nos llega al cuello —dijo Yalson.
Horza sonrió.
—Yalson, aunque tú no… —empezó a decir Dorolow.
—Callaos —dijo Horza de repente. La pantalla situada junto a su mejilla acababa
de emitir un parpadeo—. Que todo el mundo se quede quieto donde está sin hacer
ningún movimiento. Estoy captando sonidos delante de mí.
Horza dejó de avanzar, quedó suspendido en el aire y pasó el sonido a los
altavoces de su casco.
Un ruido grave y regular, como el oleaje oído desde una gran distancia o una
tormenta en una cordillera muy lejana.
—Bueno, ahí delante hay algo que hace ruido —dijo Horza.
—¿Cuánto falta para la próxima estación? —preguntó Yalson.

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—Unos dos kilómetros.
—¿Crees que son ellos?
Neisin parecía estar bastante nervioso.
—Probablemente —dijo Horza—. Bien, yo iré delante. Yalson, ponle el arnés de
sujeción a Balveda. Que todo el mundo compruebe sus armas y se asegure de que
funcionan. Nada de ruidos. Wubslin, Neisin, avanzad lentamente. Deteneos tan
pronto como podáis ver la estación. Intentaré hablar con esos tipos.
El ruido seguía retumbando delante de él, y le hizo pensar en una avalancha de
rocas oída desde el interior de una mina perdida en las profundidades de una
montaña.

Estaba bastante cerca de la estación. Vio aparecer una puerta de seguridad detrás de
un giro del túnel. La estación debía estar a solo cien metros de distancia. Oyó unos
cuantos ruidos metálicos envueltos en ecos que emergían de la oscuridad del túnel.
La distancia apenas disminuía su intensidad. Parecía como si alguien estuviera
uniendo los eslabones de una cadena colosal o como si accionara unos interruptores
de palanca inmensos. El traje captó la presencia de moléculas orgánicas flotando en el
aire: la atmósfera olía a idirano. Horza dejó atrás la puerta de seguridad y vio la
estación.
La estación seis disponía de luz. Era una débil claridad amarillenta, como la que
emite una linterna cuando se le están acabando las pilas. Esperó a que Wubslin y
Neisin le dijeran que podían ver la estación desde sus túneles y siguió avanzando.
La estación seis albergaba un tren del Sistema de Mando, un objeto enorme que
tenía tres pisos de alto y medía trescientos metros de longitud. El tren ocupaba la
mitad de aquella caverna cilíndrica. La luz procedía del extremo más alejado del tren,
allí donde estaba la sala de control. Los sonidos también venían del tren. Horza
avanzó unos metros más para poder ver el resto de la estación.
La Mente estaba suspendida en el aire flotando sobre el otro extremo de la
plataforma.
Horza la observó durante un momento y aumentó la imagen para estar
absolutamente seguro de lo que veía. Sí, tenía todo el aspecto de una Mente. Era un
elipsoide de unos quince metros de longitud y tres de diámetro al que la débil claridad
de la cabina de control del tren arrancaba destellos entre amarillos y plateados. La
Mente flotaba en aquella atmósfera estancada como un pez muerto en la superficie de
una charca. Horza echó un vistazo al sensor de masas del traje. El sensor mostraba
una débil mancha luminosa producida por las emisiones del reactor instalado a bordo
del tren, pero nada más.
—Yalson —dijo hablando en voz baja aunque sabía que no era necesario—,
¿detectas algo en ese sensor de masas?
—Nada salvo una mancha débil y borrosa. Supongo que debe de ser un reactor.

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—Wubslin —dijo Horza—, puedo ver lo que parece la Mente en la estación,
flotando al final de la plataforma. Pero no aparece en ninguno de los dos sensores.
¿Crees que su sistema de antigravedad puede hacer que escape a la detección?
—No debería hacerlo —respondió Wubslin. Parecía perplejo—. Eso podría
engañar a un sensor de gravedad pasiva, pero…
Horza oyó un fuerte ruido de algo metálico que se rompía dentro del tren. Su traje
captó un brusco aumento en la radiación local.
—¡Mierda santa! —exclamó.
—¿Qué está pasando? —preguntó Yalson.
Nuevos chasquidos y crujidos metálicos crearon ecos en toda la estación, y otra
débil luz amarillenta iluminó la parte inferior del vagón que contenía el reactor, hacia
el centro del tren.
—Están hurgando en el reactor, eso es lo que ocurre —dijo Horza.
—Dios —exclamó Wubslin—. ¿No saben lo vieja que es toda esta maquinaria?
—¿Y para qué están hurgando en el reactor? —preguntó Aviger.
—Quizá están intentando poner en marcha el tren —dijo Horza—. Locos
bastardos…
—Quizá son demasiado perezosos para volver a la superficie remolcando su
trofeo —sugirió la unidad.
—Esos… Esos reactores nucleares no pueden estallar, ¿verdad? —preguntó
Aviger.
Justo en ese instante una cegadora claridad azulada emergió de la parte central del
tren. Horza se encogió sobre sí mismo y cerró los ojos. Oyó la voz de Wubslin
gritando algo. Aguardó la onda expansiva, el ruido, la muerte.
Elevó la mirada. La luz seguía parpadeando debajo del vagón donde estaba el
reactor. Oyó una especie de silbido intermitente, como de estática.
—¡Horza! —gritó Yalson.
—¡Por las pelotas de Dios! —gritó Wubslin—. Ha faltado poco para que me
llenara los pantalones de orina.
—No pasa nada —dijo Horza—. Creía que habían hecho volar todo el maldito
tren… ¿Qué ha sido eso, Wubslin?
—Creo que están soldando algo —dijo Wubslin—. Parece un arco eléctrico.
—Sí, debe ser eso —dijo Horza—. Detengamos a esos locos antes de que nos
hagan volar a todos por los aires. Yalson, reúnete conmigo. Dorolow, ve con Wubslin.
Aviger, quédate con Balveda.
Los demás necesitaron unos cuantos minutos para obedecer sus órdenes. Horza
siguió observando el parpadeo de la luz azul que chisporroteaba bajo la parte inferior
del tren. La luz desapareció de repente. Ahora la estación solo estaba iluminada por
las débiles luces del vagón que albergaba el reactor y la sala de control. Yalson
apareció flotando por el túnel para peatones y se posó sin hacer ningún ruido junto a
Horza.

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—Listos —dijo Dorolow por el intercomunicador.
Una pantalla del casco de Horza emitió un destello; un altavoz zumbó en su oído.
Algo había transmitido una señal bastante cerca de ellos. La señal no venía ni de sus
trajes ni de la unidad.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Wubslin, y añadió—: Mirad, allí… En el suelo.
Parece un comunicador. —Horza y Yalson intercambiaron una rápida mirada—.
Horza —dijo Wubslin—, hay un comunicador en el suelo del túnel, y creo que está
activado. Debe haber captado el ruido que hizo Dorolow cuando se posó a mi lado.
Eso es lo que ha transmitido. Están usando el comunicador como sistema de alarma
para que les advierta de si se acerca alguien.
—Lo siento —dijo Dorolow.
—Bueno, no se os ocurra tocar ese trasto —se apresuró a decir Yalson—. Podría
ser algún tipo de trampa.
—Ahora ya saben que estamos aquí, ¿no? —dijo Aviger.
—De todas formas, no iban a tardar en saberlo —dijo Horza—. Intentaré hablar
con ellos. Que todo el mundo esté preparado por si no tienen ganas de conversar.
Horza desconectó su unidad antigravitatoria y fue hasta el final del túnel,
deteniéndose a pocos metros de donde empezaba la plataforma de la estación. Otro
comunicador colocado en el suelo transmitió su señal de aviso. Horza contempló la
inmensa masa oscura del tren y activó el altavoz exterior de su traje. Tragó una honda
bocanada de aire y se preparó para hablar en idirano.
Algo emitió un destello desde una ventana parecida a una tronera situada a un
extremo del tren. La nuca de Horza chocó con el recubrimiento interior de su casco
aturdiéndole y haciendo que le silbaran los oídos. Su cuerpo cayó al suelo. El sonido
del disparo creó ecos por toda la estación. La alarma del traje estaba zumbando
frenéticamente. Horza rodó sobre sí mismo hasta quedar pegado a la pared del túnel y
recibió unos cuantos impactos más que arrancaron destellos a su casco y al resto del
traje.
Yalson se agachó todo lo que pudo y corrió hacia él. Patinó hasta el comienzo del
túnel y lanzó una ráfaga contra la tronera desde la que procedían los disparos. Giró
sobre sí misma, cogió a Horza de un brazo y tiró de él haciéndole retroceder por el
túnel. Chorros de plasma se estrellaron contra la zona de pared junto a la que había
estado pegado.
—¿Horza? —gritó Yalson, sacudiéndole.
—Anulación de órdenes nivel cero —trinó una vocecita casi inaudible a causa del
zumbido que había invadido los oídos de Horza—. Este traje ha sufrido daños fatales
para el sistema, por lo que todas las garantías quedan automáticamente revocadas a
partir de este momento. Cualquier utilización posterior del traje puede suponer un
serio riesgo para el usuario. Disminución de energía.
Horza intentó tranquilizar a Yalson diciéndole que estaba bien, pero el
comunicador no funcionaba. Se señaló la cabeza con la mano para hacérselo

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entender. Un instante después la atmósfera del túnel vibró con el eco de nuevos
disparos y el ruido del tren. Yalson se arrojó al suelo y empezó a devolver el fuego.
—¡Disparad! —gritó por el canal general—. ¡Acabad con esos bastardos!
Horza vio cómo Yalson disparaba contra el final del tren. Los haces láser
emergieron parpadeando del lado izquierdo del túnel y los proyectiles trazadores del
derecho cuando los demás empezaron a usar sus armas. La estación se llenó de una
luz llameante y temblorosa. Las sombras bailaban y saltaban sobre las paredes y el
techo. Horza siguió inmóvil, aturdido y confuso, escuchando la cacofonía de sonidos
que se estrellaba contra su traje como las olas de un mar embravecido. Sus dedos
lucharon con los controles del rifle láser intentando recordar cómo dispararlo. Tenía
que ayudar a los demás. Sentía un dolor terrible en la cabeza.
Yalson dejó de disparar. La parte del tren sobre la que había concentrado su fuego
brillaba con un resplandor rojizo. Los proyectiles explosivos del arma de Neisin
habían destrozado la ventana de la que salieron los primeros disparos. Wubslin y
Dorolow habían salido del túnel principal y ya habían dejado atrás el promontorio
formado por la parte trasera del tren. Estaban agazapados junto a la pared, disparando
contra la misma ventana que Neisin.
El arma de plasma había dejado de disparar. Los humanos también dejaron de
disparar poco a poco. La estación se fue sumiendo en las tinieblas. Los ecos de los
disparos se fueron acallando. Horza intentó ponerse en pie, pero alguien parecía
haberle extirpado los huesos de las piernas.
—Que alguien… —empezó a decir Yalson.
Un diluvio de fuego cayó sobre Wubslin y Dorolow. Los disparos procedían de la
parte inferior del último vagón. Dorolow gritó y cayó al suelo. Los espasmos que se
adueñaron de su mano hicieron que el arma empezara a disparar contra el techo de la
caverna. Wubslin rodó sobre el suelo devolviendo el fuego. Yalson y Neisin también
empezaron a disparar. El ataque combinado hizo que el metal del vagón se cubriera
de agujeros y abolladuras. Dorolow seguía caída en la plataforma, gimiendo y
moviéndose espasmódicamente.
Una nueva salva de disparos brotó de la parte delantera del tren e hizo impacto
alrededor de las entradas del túnel. Un instante después algo se movió junto al último
vagón, cerca de la estructura metálica que daba acceso al tren. Un idirano salió
corriendo por el hueco de la puerta y empezó a subir por la rampa central. Alzó su
arma y disparó, primero contra Dorolow, que seguía caída en el suelo, y luego contra
Wubslin, que estaba tumbado cerca del tren.
El traje de Dorolow se incendió y empezó a rodar sobre el negro suelo de la
estación. El arma de Wubslin recibió un impacto. Un instante después la ráfaga
disparada por Yalson se dispersó sobre el traje del idirano, la estructura de la grúa y el
flanco del tren. Los soportes de la rampa cedieron bajo el traje blindado del idirano.
La grúa se fue ablandando y desintegrando a causa del torrente de fuego y acabó
derrumbándose. La plataforma superior de la rampa cayó encima del guerrero

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idirano, atrapándole bajo los escombros humeantes. Wubslin maldijo y empezó a
disparar contra el morro del tren y el segundo idirano que seguía intentando acabar
con ellos desde allí.
Horza yacía con el cuerpo pegado a la pared. Sentía un continuo rugir en los
oídos, y tenía la piel fría y cubierta de sudor. Estaba aturdido, como si todo lo que
estaba ocurriendo a su alrededor no guardara ninguna relación con él. Quería quitarse
el casco y tragar un poco de aire fresco, pero sabía que no debía hacerlo. Aunque
dañado, el casco seguía siendo capaz de protegerle de un segundo impacto. Se
decidió por un compromiso y subió el visor. Los sonidos invadieron sus oídos. Las
detonaciones y ondas expansivas tamborileaban sobre su pecho. Yalson le miró y le
hizo señas para que retrocediera un poco más por el túnel mientras una nueva ráfaga
de disparos se estrellaba en el suelo. Horza se puso en pie, pero cayó y perdió el
conocimiento durante una fracción de segundo.
El idirano situado en el morro del tren dejó de disparar unos momentos. Yalson
aprovechó la oportunidad para volverse hacia Horza, quien estaba caído en el suelo
del túnel moviéndose débilmente. Después se volvió hacia Dorolow. Su traje estaba
destrozado y echaba humo. Neisin casi había salido de su túnel y estaba disparando
ráfagas que se esparcían por la estación. El morro del tren desapareció bajo una
granizada de pequeñas explosiones. El ruido de su arma hizo vibrar la atmósfera, y
los ecos se desplazaron velozmente por toda la caverna, acompañados por una
especie de parpadeo luminoso que parecía originarse allí donde estallaban los
proyectiles.
Yalson oyó gritar a alguien. Era una voz de mujer, pero el arma de Neisin hacía
tanto ruido que no logró entender nada de lo que decía. Varios chorros de plasma
emergieron de la parte delantera del tren para barrer la plataforma. El tirador se
encontraba bastante arriba, cerca de la rampa de acceso. Yalson devolvió el fuego.
Neisin lanzó unas cuantas ráfagas en la misma dirección que ella y dejó de disparar.
—¡… no! ¡Alto! —gritó aquella voz de mujer en los oídos de Yalson. Era
Balveda—. Tu arma tiene problemas, va a… —Neisin volvió a disparar, y el ruido de
sus ráfagas ahogó la voz de la agente de la Cultura—. ¡Va a estallar!
Yalson captó toda la desesperación que había en el grito de Balveda, y un
segundo después una línea de luz y sonido pareció invadir toda la estación con Neisin
como punto final. El tallo de ruido y llamas se expandió y floreció hasta convertirse
en una explosión tan potente que Yalson pudo sentirla a través de su traje.
Fragmentos del arma de Neisin llovieron sobre toda la plataforma. Neisin salió
despedido hacia atrás y chocó contra la pared. Cayó al suelo y se quedó inmóvil.
—Mierda, mierda, mierda —se oyó decir Yalson.
Echó a correr por la plataforma hacia el morro del tren intentando abrir un poco
más el ángulo de tiro. Las ráfagas del enemigo bajaron de nivel para seguirla y se
interrumpieron. Yalson siguió corriendo sin dejar de disparar, y el segundo idirano
apareció en el último nivel de la rampa de acceso empuñando una pistola con las dos

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manos. El idirano alzó su arma sin hacer caso de las ráfagas de Yalson y Wubslin, y
disparó contra la Mente, que seguía inmóvil al otro extremo de la caverna.
El elipsoide plateado se puso en movimiento y avanzó hacia el túnel para
peatones más alejado. El primer disparo pareció atravesarlo, igual que el segundo; el
tercer disparo hizo que se desvaneciera, dejando una nubécula de humo minúscula
para indicar el sitio donde había estado.
Las ráfagas de Yalson y Wubslin dieron en el blanco. El traje del idirano empezó
a brillar. El guerrero se tambaleó. Giró sobre sí mismo como si quisiera disparar
contra ellos y el blindaje cedió justo cuando completaba el movimiento. El idirano
salió despedido hacia atrás y voló sobre la grúa. Uno de sus brazos desapareció en
una nube de llamas y humo. Cayó de la rampa y se estrelló contra el nivel central. El
traje estaba ardiendo, y una pierna quedó enganchada en la barandilla de la rampa
central. La pistola de plasma escapó de entre sus dedos. Nuevas ráfagas se estrellaron
contra el gran casco, agrietando el visor ennegrecido. El idirano siguió colgando en
aquella posición durante unos cuantos segundos, envuelto en llamas y sacudiéndose
con cada nuevo impacto de láser. La pierna que se había enganchado en la barandilla
y que estaba soportando todo su peso se desprendió del cuerpo y cayó al suelo de la
estación. El idirano chocó con la superficie de la rampa y se quedó inmóvil,
convertido en una masa de llamas y humo.

Horza estaba intentando oír algo. Seguía sintiendo un terrible zumbido en los oídos.
El silencio había vuelto a adueñarse de la estación. Una humareda acre compuesta
por los vapores del plástico quemado, el metal fundido y la carne chamuscada
invadió sus fosas nasales.
Había estado inconsciente y despertó con el tiempo justo de ver a Yalson
corriendo por la plataforma. Intentó proporcionarle fuego de cobertura, pero le
temblaban demasiado las manos y ni tan siquiera logró hacer funcionar el arma.
Ahora todo el mundo había dejado de disparar y el silencio era absoluto. Horza se
puso en pie y avanzó con paso tambaleante hacia la estación. El tren había quedado
envuelto en nubes de humo.
Wubslin estaba arrodillado junto a Dorolow, intentando quitarle uno de los
guantes con una sola mano. Su traje seguía humeando. El visor del casco estaba
manchado de rojo. La sangre había cubierto toda la parte interior, ocultando el rostro
de Dorolow.
Horza vio cómo Yalson volvía hacia ellos. Seguía manteniendo el arma en
posición de disparar. Su traje había recibido un par de impactos de plasma en la zona
central. Las señales en forma de espiral parecían cicatrices negras sobre la superficie
gris. Yalson alzó los ojos hacia las rampas de acceso traseras donde un idirano yacía
atrapado e inmóvil y las contempló con suspicacia. Después se subió el visor del
casco.

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—¿Te encuentras bien? —preguntó mirando al cambiante.
—Sí. Un poco aturdido. Me duele la cabeza —dijo Horza.
Yalson asintió y fueron hacia donde yacía Neisin.
Neisin seguía vivo, pero a duras penas. Su arma había explotado llenándole el
pecho, los brazos y la cara de metralla. Los gemidos emergían como burbujas de la
ruina carmesí en que se había convertido su rostro.
—Mierda, mierda —dijo Yalson.
Sacó un minibotiquín de su traje y metió la mano por entre los restos del visor de
Neisin para inyectar un calmante en el cuello del moribundo.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó la voz de Aviger. Venía del casco de Yalson—.
¿Ya no hay peligro?
Yalson miró a Horza, quien se encogió de hombros y asintió con la cabeza.
—Sí, Aviger, ya no hay peligro —dijo Yalson—. Puedes venir.
—Dejé que Balveda usara el micrófono de mi traje; dijo que…
—Ya lo oímos —dijo Yalson.
—Algo acerca de un… ¿Estallido del cañón? ¿Era eso…? —Horza oyó la voz de
Balveda diciendo que sí—. Creía que el arma de Neisin podía reventar o algo
parecido.
—Bueno, pues ha reventado —dijo Yalson—. Tiene bastante mal aspecto. —Se
volvió hacia Wubslin, quien estaba dejando la mano de Dorolow en el suelo. Wubslin
se dio cuenta de que Yalson estaba mirándole y meneó la cabeza—. Dorolow ha sido
alcanzada, Aviger —dijo Yalson.
El viejo guardó silencio durante unos momentos.
—¿Y Horza? —preguntó después.
—Recibió un disparo de plasma en plena cabeza. El traje está dañado; el
comunicador no funciona. Vivirá. —Yalson hizo una pausa y suspiró—. Pero parece
que hemos perdido a la Mente. Ha desaparecido.
Aviger guardó silencio unos momentos más antes de volver a hablar y cuando lo
hizo le temblaba la voz.
—Bueno, vaya catástrofe… Entrada fácil, salida fácil. Otro triunfo. ¡Nuestro
amigo cambiante ha sabido seguir dignamente los pasos de Kraiklyn!
La voz de Aviger se convirtió en un alarido de rabia que se extinguió en cuanto
desconectó el canal de su comunicador.
Yalson miró a Horza y meneó la cabeza.
—Viejo gilipollas —dijo.
Wubslin seguía arrodillado junto al cuerpo de Dorolow. Le oyeron sollozar un par
de veces antes de que él también desconectara el canal general de su comunicador. El
aliento de Neisin borboteaba abriéndose paso por entre una máscara de sangre y
carne, y se iba haciendo más lento e imperceptible a cada segundo que pasaba.

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Yalson trazó el signo del Círculo de Llamas sobre la neblina roja que ocultaba el
rostro de Dorolow y tapó el cuerpo con una sábana que había cogido de entre el
equipo. El aturdimiento que se había apoderado de Horza se fue desvaneciendo. Ya
no le zumbaban los oídos. Balveda, nuevamente libre del arnés de sujeción, estaba
observando cómo el cambiante se ocupaba de Neisin. Aviger estaba de pie junto a
Wubslin, a quien ya le habían curado la herida del brazo.
—Oí el ruido que hacía —explicó Balveda—. Es un ruido muy característico.
Wubslin le había preguntado cómo era posible que el arma de Neisin hubiera
estallado, y cómo sabía que iba a estallar.
—Yo también habría reconocido ese ruido si no hubiera recibido el impacto en la
cabeza —dijo Horza.
Estaba arrancando fragmentos de visor del rostro del hombre inconsciente y
rociando gelipiel sobre las zonas que sangraban. Neisin se hallaba sumido en un
profundo shock y lo más probable era que le faltase muy poco para morir, pero ni tan
siquiera podían sacarle del traje. La cantidad de sangre que se había coagulado entre
su cuerpo y los materiales del traje era tan grande que lo impedía. La sangre
coagulada taponaría de forma muy efectiva la enorme cantidad de pequeñas heridas
que había sufrido hasta que le sacaran el traje, pero en cuanto lo hicieran, Neisin
empezaría a desangrarse por tantos sitios a la vez que no podrían contener la
hemorragia. No tenían más remedio que dejarle dentro del traje, como si los daños
sufridos por ambos hubieran hecho que el humano y la máquina se convirtieran en un
solo organismo de considerable fragilidad.
—Pero ¿qué ha ocurrido? —preguntó Wubslin.
—El cañón de su arma reventó —dijo Horza—. Ese tipo de proyectiles están
preparados para detonar en cuanto reciban un impacto, pero los del arma de Neisin
debían haber sido ajustados para estallar ante un impacto demasiado suave, por lo que
empezaron a hacer explosión cuando se encontraron con la onda expansiva de los
proyectiles que los habían precedido en vez de al dar en el blanco. Neisin siguió
disparando, con lo que la onda expansiva fue retrocediendo hasta llegar a su arma.
—Las armas disponen de sensores para impedir que ocurra eso —añadió Balveda
torciendo el gesto como si estuviera sintiendo el dolor de Neisin cuando Horza
extrajo un fragmento de visor que se había introducido en uno de sus ojos—.
Supongo que los suyos no debían funcionar.
—Cuando compró esa arma ya le dije que se la habían vendido demasiado barata
—masculló Yalson, poniéndose junto a Horza.
—Pobre desgraciado —dijo Wubslin.
—Dos muertos más —anunció Aviger—. Espero que esté satisfecho, señor
Horza. Espero que esté complacido ante el comportamiento de esos «aliados» suyos
que…
—Aviger —dijo Yalson sin perder la calma—, cierra el pico.

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El viejo la miró con rabia durante un segundo y se alejó haciendo mucho ruido
con los pies. Fue hacia Dorolow y se quedó inmóvil ante ella, contemplándola
fijamente.
Unaha-Closp bajó de la rampa de acceso trasera.
—Ese idirano de ahí arriba sigue vivo —dijo, con la voz un poco más aguda que
de costumbre traicionando la sorpresa que sentía—. Tiene un par de toneladas de
escombros encima, pero aún respira.
—¿Y el otro? —preguntó Horza.
—Ni idea. No quiero acercarme demasiado. Toda esa zona ha quedado
destrozada.
Horza dejó a Yalson para que cuidara de Neisin y fue por la plataforma cubierta
de escombros hasta llegar al acceso posterior de la estructura.
Llevaba la cabeza al descubierto. El casco estaba destrozado, y en cuanto al traje,
había perdido la mayor parte de sus sentidos, así como la unidad antigravitatoria y la
energía motriz. Los sistemas de emergencia aún eran capaces de alimentar las luces y
la pantallita repetidora incrustada en una muñeca. El sensor de masas estaba dañado;
cuando la sintonizaba con el sensor, la pantalla de la muñeca se llenaba de estática e
interferencias, y apenas lograba registrar la señal emitida por el reactor del tren.
Al menos su rifle seguía funcionando, aunque no sabía muy bien para qué podía
servirle ahora.
Se detuvo unos instantes en el nacimiento de las rampas y sintió los restos de
calor emanados por los soportes metálicos allí donde habían dado los disparos de los
láseres. Tragó una honda bocanada de aire y subió por la rampa hasta donde yacía el
idirano. Su enorme cabeza asomaba a través de los escombros, atrapada entre los dos
niveles de la rampa. El idirano volvió lentamente la cabeza para mirarle y un brazo se
tensó ejerciendo presión sobre los escombros, que crujieron y se movieron unos
centímetros. El guerrero logró liberar el brazo del metal que le aprisionaba y abrió el
cierre del casco cubierto de señales y quemaduras, dejando que cayera al suelo. Aquel
enorme rostro en forma de silla de montar contempló al cambiante.
—Los saludos del día de la batalla —dijo Horza en su mejor idirano.
—Oh —atronó la voz del idirano—, el diminuto habla nuestra lengua.
—No solo eso sino que además estoy de vuestra parte, aunque no espero que me
creas. Pertenezco a la sección de inteligencia de la Primera Dominación Marina y
estoy a las órdenes del querl Xoralundra. —Horza se sentó en la rampa, y sus ojos
quedaron casi a la altura de los del idirano—. Fui enviado aquí para averiguar el
paradero de la Mente —siguió diciendo.
—¿De veras? —preguntó el idirano—. Lástima. Creo que mi camarada la ha
destruido.
—Eso he oído comentar —dijo Horza alzando su rifle láser y apuntando el cañón
hacia el enorme rostro atrapado entre las retorcidas planchas metálicas—. También
«destruisteis» a los cambiantes de la base. Yo soy un cambiante; esa es la razón de

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que los amos a quienes ambos servimos me enviaran aquí. ¿Por qué matasteis a mis
congéneres?
—¿Qué otra cosa podíamos hacer, humano? —replicó el idirano con impaciencia
—. Eran un obstáculo. Necesitábamos sus armas. Podrían haber intentado detenernos.
Éramos demasiado pocos. No podíamos hacerlos prisioneros.
El peso de la rampa que oprimía su torso y el cilindro de sus costillas hacía que la
voz del idirano sonara jadeante y tensa. Horza alzó el rifle un poco más.
—Bastardo asqueroso… Tendría que volarte esa jodida cabeza ahora mismo.
—Adelante, enano. —El idirano sonrió y la mueca hizo que su doble juego de
labios se distendiese—. Mi camarada ya ha caído valerosamente. Quayanorl ha
empezado su largo viaje a través del Mundo Superior. Yo he sido capturado, pero
también he logrado alcanzar la victoria, y ahora me ofreces el consuelo del arma. No
cerraré los ojos, humano.
—No hace falta que los cierres —dijo Horza bajando el cañón del arma.
Sus ojos escrutaron la oscuridad de la estación, intentando ver el cuerpo de
Dorolow, y acabaron posándose en la tenue luz medio oculta por el humo que brillaba
a lo lejos. El morro y la sala de control del tren seguían emitiendo su pálida claridad,
iluminando el trozo de suelo vacío sobre el que había estado flotando la Mente. Horza
se volvió hacia el idirano.
—Voy a llevarte con nosotros. Creo que sigue habiendo unidades de la Flota
Noventa y Tres al otro lado de la Barrera del Silencio. Tengo que informar de que he
fracasado y entregar una agente de la Cultura al Inquisidor de la Flota. Informaré de
que te excediste al matar a los cambiantes de la base, aunque supongo que hacerlo no
servirá de nada, ¿verdad?
—Tu historia me aburre, diminuto. —El idirano apartó la mirada y su cuerpo
volvió a tensarse contra el peso del metal retorcido que le cubría, pero el esfuerzo no
sirvió de nada—. Mátame ahora. Apestas, y tu discurso hace que me duelan los oídos.
Nuestro idioma no ha sido hecho para que lo empleen los animales.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Horza.
La cabeza en forma de silla de montar se volvió nuevamente hacia él. Los ojos
parpadearon lentamente.
—Xoxarle, humano. Ahora supongo que insultarás mi nombre intentando
pronunciarlo, ¿verdad?
—Bueno, Xoxarle, descansa y no te muevas de ahí. Como te he dicho hace un
momento, pienso llevarte con nosotros. Primero quiero averiguar si esa Mente que
habéis destruido era lo que parecía. Se me acaba de ocurrir una idea.
Horza se puso en pie. Sentía un dolor terrible en la parte de su cabeza que había
chocado con el recubrimiento interior del casco, pero ignoró las dolorosas
palpitaciones que atravesaron su cráneo y bajó por la rampa cojeando levemente.
—Tu alma es mierda —retumbó la voz del idirano llamado Xoxarle a su espalda
—. Tu madre debería haber sido estrangulada apenas entró en celo. Pensábamos

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comernos a los cambiantes que matamos, ¡pero apestaban!
—No malgastes el aliento, Xoxarle —dijo Horza sin mirar al idirano—. No voy a
dispararte.
Horza se encontró con Yalson esperándole al final de la rampa. La unidad había
accedido a cuidar de Neisin. Horza se volvió hacia el otro extremo de la estación.
—Quiero echar un vistazo al sitio donde estaba la Mente.
—¿Qué crees que le ha ocurrido? —preguntó Yalson, empezando a caminar junto
a él. Horza se encogió de hombros—. Quizá repitió su truco de antes. Puede que haya
vuelto a refugiarse en el hiperespacio. Quizá ha reaparecido en algún otro punto del
complejo de túneles.
—Quizá —dijo Horza. Se detuvo junto a Wubslin, le cogió por el codo y le apartó
del cadáver de Dorolow. El ingeniero había estado llorando—. Wubslin, vigila a ese
bastardo —le dijo—. Puede que intente provocarte para que le pegues un tiro, pero no
lo hagas. Eso es lo que quiere. Pienso llevar a ese hijo de puta con nosotros y
entregarlo a la flota para que le formen un consejo de guerra. Ensuciar su nombre es
un castigo; matarle sería hacerle un favor, ¿comprendes?
Wubslin asintió. Horza se alejó por la plataforma frotándose la zona dolorida de
su cabeza. Yalson le siguió.
Llegaron al sitio sobre el que había estado flotando la Mente. Horza encendió las
luces de su traje e inspeccionó el suelo. Se inclinó junto a la entrada del túnel que
llevaba a la estación siete y cogió un objeto de pequeño tamaño que daba la
impresión de estar medio calcinado.
—¿Qué es eso? —preguntó Yalson.
La mujer había estado observando el cadáver del idirano que yacía sobre la otra
estructura de acceso.
—Creo que es una pequeña unidad controlada a distancia —dijo Horza, dando
vueltas a la máquina todavía caliente que sostenía en el hueco de su mano.
—¿La Mente se la dejó olvidada al desaparecer?
Yalson se acercó para verla mejor. No era más que un montón de sustancia
ennegrecida con algunos tubos y filamentos asomando de la superficie irregular y
llena de bultos provocados por el impacto de los chorros de plasma.
—Sí, no cabe duda de que pertenecía a la Mente —dijo Horza. Miró a Yalson—.
¿Qué ocurrió exactamente cuándo dispararon contra la Mente?
—Cuando por fin logró darle, la Mente se desvaneció. Había empezado a
moverse, pero no hay forma de que pudiera alcanzar semejante aceleración. Habría
notado el impacto del aire que desplazaba. Sencillamente se desvaneció.
—¿Fue como si alguien apagara un proyector de hologramas? —preguntó Horza.
Yalson asintió.
—Sí. Y también hubo un poco de humo, no demasiado. ¿Qué estás sugiriendo?
—Cuando por fin logró darle… ¿Qué quieres decir con eso?

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—Quiero decir que necesitó disparar tres o cuatro veces para darle —dijo Yalson,
poniéndose una mano en la cadera y contemplándole con cara de impaciencia—. Los
primeros disparos pasaron a través de ella. ¿Estás intentando decirme que era una
proyección?
Horza asintió y alzó la pequeña máquina que sostenía en la palma de su mano.
—Te lo explicaré. Esta unidad controlada a distancia se encargó de producir un
holograma de la Mente. También debía poseer un campo de fuerza no muy potente
para que se la pudiera tocar y empujar igual que si fuese un objeto sólido, pero lo
único que había dentro era esto. —Contempló los restos de la unidad y sus labios se
curvaron en una leve sonrisa—. No me extraña que ese maldito trasto no apareciera
en nuestros sensores de masas.
—Entonces la Mente sigue estando en algún lugar de los túneles —dijo Yalson
contemplando la pequeña unidad.
El cambiante asintió en silencio.

Balveda vio cómo Yalson y Horza se adentraban en la oscuridad al otro extremo de la


estación. Fue hasta la unidad, que flotaba encima de Neisin controlando sus funciones
vitales. Unaha-Closp estaba examinando algunos frasquitos de medicinas que había
sacado del minibotiquín. Wubslin seguía apuntando con su arma al idirano atrapado
entre los escombros, pero usó el rabillo del ojo para mantener bajo observación a
Balveda. La mujer de la Cultura se sentó junto a la camilla y cruzó las piernas.
—Antes de que me lo preguntes… No, no puedes hacer nada por él —dijo la
unidad.
—Ya me lo había imaginado, Unaha-Closp —dijo Balveda.
—Hmmm… Entonces, ¿es que disfrutas con esta clase de espectáculos?
—No. Quería hablar contigo.
—¿De veras?
La unidad siguió inspeccionando los medicamentos.
—Sí… —Balveda se inclinó hacia adelante, colocó el codo sobre una rodilla y
apoyó el mentón en la mano. Cuando volvió a hablar lo hizo en un tono de voz
bastante más bajo que antes—. ¿Estás esperando el momento adecuado, o qué?
La unidad giró sobre sí misma hasta que su parte frontal quedó ante Balveda. Los
dos sabían que era un gesto innecesario, pero solía hacerse.
—¿Que si espero el momento adecuado?
—Hasta ahora te has limitado a permitir que te utilice. Me preguntaba hasta
cuando piensas seguir consintiéndoselo.
La unidad se alejó un poco de ella y volvió a quedar suspendida sobre el
agonizante.
—Puede que no se haya dado cuenta de ello, agente Balveda, pero mis opciones
en este asunto son casi tan escasas como las suyas.

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—Yo solo dispongo de dos brazos y dos piernas, y me atan y me encierran cada
noche. Tú te encuentras en una situación muy distinta.
—Tengo que montar guardia. Además, Horza posee un sensor de movimientos y
siempre lo deja conectado, por lo que si intentara escapar se daría cuenta enseguida.
Y suponiendo que lograra escapar… ¿Adónde iría?
—A la nave —sugirió Balveda sonriendo.
Se volvió hacia las tinieblas de la estación. Las luces de sus trajes le permitieron
ver a Yalson y al cambiante. Horza estaba agachándose para recoger algo del suelo.
—Necesitaría su anillo. ¿Quiere intentar quitárselo? Por mí adelante.
—Debes poseer un sistema efector. ¿No podrías engañar a los circuitos de la
nave? Bastaría con que lograras engañar a ese sensor de movimientos…
—Agente Balveda…
—Llámame Perosteck.
—Perosteck, soy un civil y se me utiliza en labores no especializadas. Poseo
campos de poca intensidad; el equivalente de muchos dedos sin ningún miembro
capaz de ejercer una fuerza considerable. Puedo producir un campo capaz de cortar
los objetos, pero su profundidad es de escasos centímetros y no es capaz de atravesar
ninguna clase de blindaje. Puedo entrar en conexión con otros sistemas electrónicos,
pero no puedo interferir con los circuitos protegidos del equipo militar. Poseo un
campo de fuerza interno que me permite flotar sea cual sea la gravedad, pero aparte
de para utilizar mi propia masa como arma no creo que sirva para mucho, ¿verdad?
De hecho, no soy especialmente fuerte. Cuando el trabajo que desempeñaba exigía
que lo fuese, tenía a mi disposición equipo con el que podía conectarme.
Desgraciadamente, cuando fui secuestrado no estaba trabajando con ninguna clase de
equipo pesado. De haberlo estado empleando, probablemente ahora no me
encontraría aquí.
—Maldición —dijo Balveda dando la impresión de que hablaba con las sombras
—. ¿No tienes ningún as guardado en la manga?
—Ni tan siquiera tengo mangas, Perosteck.
Balveda tragó una honda bocanada de aire y contempló la negrura del suelo con
expresión lúgubre.
—Oh, cielos —dijo.
—Nuestro líder se aproxima —dijo Unaha-Closp con un falso tono de cansancio
en la voz.
Giró sobre sí mismo y dirigió su parte frontal hacia Yalson y Horza, que volvían
del otro extremo de la caverna. El cambiante estaba sonriendo. Horza le hizo una
seña y Balveda se puso en pie con un solo y fluido movimiento.

—Perosteck Balveda —dijo Horza, en pie junto a los demás al comienzo de la


estructura de acceso posterior, extendiendo una mano hacia el idirano atrapado bajo

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los escombros—, te presento a Xoxarle.
—Humano, ¿esta es la hembra que, según tú, trabaja como agente para la
Cultura? —preguntó el idirano, moviendo la cabeza con un considerable esfuerzo
para contemplar al grupo que tenía debajo.
—Encantada de conocerle —murmuró Balveda, enarcando una ceja y alzando la
cabeza para observar al idirano atrapado.
Horza subió por la rampa dejando atrás a Wubslin, quien continuaba apuntando al
idirano atrapado con su arma. Horza seguía sosteniendo la unidad controlada a
distancia en el hueco de la mano. Llegó hasta el segundo nivel de la rampa y bajó los
ojos hacia el rostro del idirano.
—¿Ves esto, Xoxarle?
Alzó la mano que sostenía la unidad. Las luces de su traje le arrancaron destellos.
Xoxarle asintió lentamente.
—Es una pequeña pieza de alguna maquinaria, y parece considerablemente
estropeada.
Su vozarrón sonaba más ronco y jadeante que antes, y Horza pudo ver un hilillo
de sangre color púrpura deslizándose por el suelo de la rampa junto al cuerpo de
Xoxarle.
—Bien, este es el objeto contra el que vosotros dos, orgullosos guerreros,
disparasteis creyendo disparar contra la Mente. Allí no había nada más que esta
unidad manejada por control remoto y proyectando un solidograma de poca potencia.
Si hubierais vuelto a reuniros con la flota llevando esto, os habrían arrojado al interior
del agujero negro más cercano y habrían borrado vuestros nombres de los registros.
El que yo apareciera justo en ese momento… Bueno, puedes considerarte muy
afortunado.
El idirano contempló los restos de la unidad con expresión pensativa durante unos
segundos.
—Eres más rastrero y despreciable que cualquier alimaña, humano —dijo por fin
—. Tus mentiras y tus trucos patéticos harían reír hasta a una criatura de un año. Tu
grueso cráneo debe contener todavía más grasa de la que hay esparcida sobre tus
delgados huesos. No eres digno ni de ser vomitado.
Horza subió a la rampa que había caído sobre el idirano. Oyó cómo el ser tragaba
aire con un ronco jadeo por entre sus tensos labios y fue lentamente hasta donde el
rostro de Xoxarle asomaba por entre los escombros.
—Y tú, maldito fanático, no eres digno de vestir ese uniforme. Voy a encontrar
esa Mente que creías haber destruido, y te llevaré a la flota, donde si tienen algún
sentido común dejarán que el Inquisidor te ajuste las cuentas por estupidez pura y
simple.
—Que se… joda… tu… —el idirano tragó aire con un gemido de dolor— tu alma
animal…

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Horza apuntó con el aturdidor neurónico a Xoxarle y disparó. Después él, Yalson y
Unaha-Closp apartaron la rampa que había caído sobre el cuerpo del idirano y
dejaron que cayera por los aires hasta chocar con el suelo de la estación. Cortaron las
articulaciones de la armadura que cubría el cuerpo del gigante para poder quitársela,
le ataron las piernas con cable metálico y le ataron los brazos, dejándoselos pegados a
los costados. Xoxarle no había sufrido ninguna fractura, pero la queratina de uno de
sus flancos estaba agrietada y rezumaba sangre, y otra herida abierta entre las placas
de su cuello y la de su hombro derecho se había cerrado por sí sola en cuanto su
cuerpo dejó de soportar la presión de los escombros. Xoxarle era grande incluso para
ser idirano. Medía unos tres metros y medio de altura, y no estaba precisamente flaco.
Horza se alegró de que el gigantesco macho —según las insignias de la armadura que
llevaba su rango era el de líder de sección— tuviera muchas probabilidades de haber
sufrido heridas internas que le provocarían considerables dolores. Eso haría que el
problema de vigilarle en cuanto despertara no fuese tan grave. Xoxarle era tan
corpulento que el arnés de sujeción le quedaba pequeño.
Yalson estaba sentada en el suelo comiendo una barra de las raciones con el rifle
en equilibrio sobre una rodilla. El cañón del arma apuntaba al idirano inconsciente.
Horza estaba sentado al final de la rampa e intentaba reparar su casco. Unaha-Closp
seguía junto a Neisin, aunque la unidad podía hacer tan poco por él como cualquiera
de los demás.
Wubslin estaba sentado sobre la plancha del equipo haciendo algunos ajustes en
el sensor de masas. Ya había llevado a cabo una breve inspección del tren, pero lo que
realmente deseaba era ver uno funcionando, con más luz y sin radiaciones que le
impidieran echar un vistazo al vagón que albergaba el reactor.
Aviger había permanecido un rato junto al cadáver de Dorolow. Después fue
hacia la otra rampa de acceso. El cuerpo del otro idirano al que Xoxarle había
llamado Quayanorl yacía entre los escombros, maltrecho y lleno de agujeros. Había
perdido un brazo y una pierna. Aviger miró a su alrededor y creyó que no había nadie
observándole, pero tanto Horza —quien alzó los ojos del casco que intentaba
remendar— como Balveda —que iba dando vueltas de un lado para otro golpeando el
suelo con los pies en un intento de no pasar frío— vieron como el viejo alzaba el pie
y pateaba con todas sus fuerzas el casco que cubría la cabeza del cadáver. El casco se
desprendió del traje. El pie de Aviger se estrelló contra la cabeza del idirano. Balveda
miró a Horza, meneó la cabeza y siguió yendo de un lado para otro.
—¿Estás seguro de que ya no quedan más idiranos? —preguntó Unaha-Closp.
La unidad había flotado por la estación y había acompañado a Wubslin durante su
inspección del tren. Ahora estaba flotando delante de Horza, con su parte frontal
vuelta hacia él.

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—No queda ni uno —dijo Horza, sin apartar los ojos del confuso amasijo de
fibras ópticas deformadas y semifundidas que había dejado al descubierto en cuanto
quitó la placa externa del casco—. Ya viste las huellas.
—Hmmm —dijo Unaha-Closp.
—Hemos ganado, unidad —dijo Horza, con los ojos clavados en las entrañas del
casco—. Conectaremos la energía en la estación siete, y en cuanto lo hayamos hecho,
no tardaremos mucho en dar con la Mente.
—Tu «señor Corrección» parece no preocuparse en lo más mínimo por las
libertades que nos hemos tomado con su tren de juguete —observó la unidad.
Horza se volvió hacia los escombros esparcidos alrededor del tren, se encogió de
hombros y volvió a concentrar su atención en los sistemas del casco.
—Puede que no le importe —dijo.
—O quizá se lo está pasando en grande —dijo Unaha-Closp. Horza le miró—.
Después de todo, este lugar es un monumento a los muertos —siguió diciendo la
unidad—. Un lugar sagrado… Puede que tenga tanto de altar como de monumento, y
quizá nos estamos limitando a hacer un sacrificio a los dioses.
Horza meneó la cabeza.
—Máquina, creo que se les olvidó incluir algún fusible en tus circuitos de
imaginación —dijo, y volvió a concentrarse en la reparación del casco.
Unaha-Closp emitió una especie de siseo y volvió a observar a Wubslin, quien
seguía hurgando en el sensor de masas.
—¿Qué tienes contra las máquinas, Horza? —preguntó Balveda, interrumpiendo
sus paseos de un lado a otro para detenerse junto a él.
La agente de la Cultura se pasaba las manos por la nariz y las orejas de vez en
cuando. Horza suspiró y dejó el casco en el suelo.
—Nada, Balveda, mientras sepan quedarse en su sitio.
Balveda dejó escapar un bufido y reanudó sus paseos.
—¿Has dicho algo divertido? —le preguntó Yalson desde más arriba de la rampa.
—He dicho que las máquinas deberían saber quedarse en su sitio. No es la clase
de observación que le guste mucho oír a alguien de la Cultura.
—Ya —dijo Yalson sin apartar los ojos del idirano. Cuando lo hizo fue para
contemplar la quemadura que cubría la parte delantera de su traje, allí donde había
sido alcanzado por un chorro de plasma—. Horza, ¿podemos hablar? —le preguntó
—. Aquí no, en algún otro sitio…
Horza alzó los ojos hacia ella.
—Claro —dijo con cara de perplejidad.
Wubslin sustituyó a Yalson en la rampa. Yalson fue hacia Unaha-Closp, que
seguía flotando junto a Neisin. La unidad tenía las luces a la potencia mínima y un
campo que parecía una niebla casi imperceptible sostenía un inyector.
—¿Cómo está? —preguntó Yalson.
Unaha-Closp aumentó la intensidad de sus luces.

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—¿Qué aspecto tiene? —preguntó la unidad. Horza y Yalson no dijeron nada. La
unidad apagó sus luces—. Puede que dure unas cuantas horas más.
Yalson meneó la cabeza y fue hacia la entrada del túnel que llevaba al tubo de
tránsito. Horza la siguió. Yalson se detuvo una vez dentro del túnel, allí donde los
demás no podían verles, y se volvió hacia el cambiante. Daba la impresión de estar
buscando palabras con las que expresarse y de que no lograba encontrarlas. Acabó
meneando la cabeza, se quitó el casco y apoyó la espalda en la curvatura de la pared
del túnel.
—¿Cuál es el problema, Yalson? —le preguntó Horza. Intentó cogerle la mano,
pero Yalson se cruzó de brazos—. ¿Es que has cambiado de parecer? ¿No quieres
seguir adelante con esto?
Yalson meneó la cabeza.
—No; pienso seguir adelante. Quiero ver ese condenado supercerebro. No me
importa quién se apodere de él o si acaba hecho pedazos; pero quiero encontrarlo y
ver qué aspecto tiene.
—Vaya, no creía que te importara tanto.
—Ha llegado a ser importante. —Yalson apartó la vista durante unos segundos.
Cuando volvió a mirarle sonreía con expresión de incertidumbre—. Diablos, habría
venido de cualquier forma… Solo para cuidar de ti y evitar que te metieras en líos.
—Tenía la impresión de que durante los últimos tiempos nos habíamos
distanciado un poco —dijo Horza.
—Sí —dijo Yalson—. Bueno, la verdad es que no he estado… Ah… —Dejó
escapar un lento suspiro—. Qué diablos.
—¿Qué? —preguntó Horza.
Vio cómo se encogía de hombros. La pequeña cabeza casi desprovista de cabello
volvió a inclinarse y sus contornos se recortaron contra las luces distantes.
Yalson meneó la cabeza.
—Oh, Horza —dijo, y lanzó una carcajada que casi parecía un gruñido—. No vas
a creértelo.
—¿Qué es lo que no voy a creer?
—No estoy muy segura de que deba decírtelo.
—Dímelo.
—No espero que me creas; y si me crees no espero que te guste. Estoy
convencida de que no va a gustarte nada. Hablo en serio. Quizá no debería…
Parecía realmente preocupada. Horza dejó escapar una risita nerviosa.
—Vamos, Yalson —dijo—. Ahora no puedes callártelo. Acabas de decir que
estabas dispuesta a seguir adelante. ¿Qué ocurre?
—Estoy embarazada.
Al principio Horza creyó haberla entendido mal y estuvo a punto de hacer alguna
clase de broma sobre lo que creía haber oído, pero una parte de su cerebro le repitió

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los sonidos creados por la voz de Yalson, los repasó y Horza supo que eso era
exactamente lo que había dicho. Tenía razón. No lo creía. No podía creerlo.
—No me preguntes si estoy segura —dijo Yalson. Había vuelto a bajar la vista y
estaba jugueteando con sus dedos, contemplándoselos o mirando el suelo que se
perdía en la oscuridad. Se había quitado los guantes y sus manos asomaban de las
mangas del traje, estrujándose nerviosamente la una a la otra—. Estoy segura. —Le
miró, aunque Horza no podía verle los ojos y ella tampoco podía ver los suyos—.
Tenía razón, ¿verdad? No me crees, ¿eh? Quiero decir… Es tuyo. Por eso te lo he
contado. No habría dicho nada si…, si no fueras…, si fuese de otro. —Se encogió de
hombros—. Pensé que quizá lo adivinarías cuando te pregunté cuánta radiación
habíamos absorbido… Pero ahora estás preguntándote cómo ha podido ocurrir,
¿verdad que sí?
—Bueno —dijo Horza, carraspeando para aclararse la garganta y meneando la
cabeza—, desde luego no debería haber sucedido. Ambos somos… Pero nuestras
especies son muy distintas; no debería ser posible.
—Bueno, hay una explicación. —Yalson suspiró y siguió contemplando sus
dedos, entrelazándolos y retorciéndolos—, pero creo que tampoco te va a gustar.
—Ponme a prueba.
—Es… Verás, mi madre… Mi madre vivía en una roca. Una roca que se movía en
un enjambre con otras muchas rocas, ¿comprendes? Una de las más antiguas.
Llevaba… Puede que llevara unos ocho o nueve mil años dando vueltas por la
galaxia, y…
—Espera un momento —dijo Horza—. Una de las más antiguas… ¿qué? ¿A qué
sociedad pertenecían esas rocas?
—Mi padre era… era de otro lugar, de un planeta en el que la roca se detuvo una
vez. Mi madre dijo que volvería pasado algún tiempo, pero nunca regresó. Yo le dije
que volvería en alguna ocasión para verle, si es que seguía vivo… Supongo que fue
puro sentimentalismo por mi parte, pero dije que lo haría y volveré allí, aunque no sé
cuándo… Si salgo viva de todo esto, claro. —Emitió la misma mezcla de risa y
gruñido de antes y dejó de observar el movimiento de sus dedos durante un segundo.
Sus ojos recorrieron los oscuros confines de la estación. Después su rostro se volvió
nuevamente hacia el cambiante y su voz adoptó un tono apremiante, casi de súplica
—. Horza, por nacimiento… solo una mitad de mi herencia pertenece a la Cultura.
Me marché de la roca en cuanto fui lo bastante mayor para saber apuntar con un
arma. Sabía que la Cultura no era el lugar adecuado para mí. Así es como heredé los
genes alterados necesarios para el apareamiento con otra especie. Nunca había
pensado en ello antes. Se supone que es algo deliberado o, por lo menos, tienes que
dejar de pensar que no quieres quedar embarazada, pero esta vez no ha funcionado.
Puede que bajara la guardia, no lo sé… No fue deliberado, Horza, de veras, te lo
aseguro. Ni tan siquiera se me pasó por la cabeza. Sencillamente, ocurrió. Yo…
—¿Cuánto hace que lo sabes? —le preguntó Horza en voz baja.

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—Desde que estábamos a bordo de la Turbulencia en cielo despejado. Aún nos
faltaban unos cuantos días para llegar aquí. No recuerdo exactamente cuándo lo supe.
Al principio no lo creí. Pero ahora sé que estoy embarazada. Mira… —Se acercó un
poco más a él y su voz volvió a adoptar el tono suplicante de antes—. Puedo abortar.
Si quieres basta con que lo piense para abortar. Quizá ya debería haberlo hecho, pero
me hablaste de que no tenías familia, nadie que transmitiera tu apellido y yo pensé…
Bueno, mi apellido no me importa… Pero pensé que quizá tú…
Se calló antes de completar la frase. Echó bruscamente la cabeza hacia atrás y
volvió a entrelazar sus dedos.
—Bueno, Horza, te dejo escoger —dijo sin mirarle—. Puedo dejar que la cosa
siga adelante. Puedo dejar que crezca… Tú decides. Quizá no quiero verme obligada
a tomar la decisión. Lo que quiero decir es… Quizá no estoy siendo tan noble como
parece. Puede que no esté dispuesta a ese sacrificio, pero ahí está. Tú decides. No sé
qué extraña especie de mestizo puedo llevar dentro, pero pensé que debías saberlo.
Porque me gustas mucho y… porque… no sé… porque ya iba siendo hora de que
hiciese algo por otra persona. —Volvió a menear la cabeza y su voz sonó
simultáneamente confusa, resignada y compungida—. O quizá porque quería hacer
algo para ser más feliz y estar satisfecha de mí misma, como de costumbre. Oh…
Horza había empezado a rodearla con los brazos atrayéndola hacia él. Yalson se
lanzó hacia adelante y sus brazos le envolvieron apretándole con todas sus fuerzas.
Sus trajes hicieron que el abrazo resultara bastante incómodo y la postura algo
forzada hizo que Horza empezara a sentir dolor en la espalda, pero siguió
abrazándola y la meció suavemente hacia atrás y hacia adelante.
—Horza, si quieres solo será Cultura en una cuarta parte. Siento hacerte cargar
con el peso de esa decisión. Pero si no quieres saber nada del asunto… no me
importa. Volveré a pensar en ello y acabaré tomando mi propia decisión. Sigue siendo
una parte de mí, por lo que quizá no tenía ningún derecho a contártelo. Te juro que yo
no… —Dejó escapar un ruidoso suspiro—. Oh, Dios, no sé qué hacer, Horza, la
verdad es que no sé qué hacer…
—Yalson —dijo él, habiendo meditado muy bien lo que iba a decirle—, me
importa un comino que tu madre fuese de la Cultura. Me importa un comino el
porqué ha ocurrido lo que ha ocurrido. Si quieres seguir adelante… Bueno, por mí
estupendo. Y lo de que sea un mestizo también me importa un comino. —La apartó
unos centímetros de su cuerpo y contempló la oscuridad que era su rostro—. Me
siento muy halagado, Yalson, y también te estoy muy agradecido. Ha sido una buena
idea. Y, como tú dirías… ¡Qué diablos!
Horza se echó a reír y Yalson rio con él, y se abrazaron muy fuerte el uno al otro.
Horza notó como los ojos se le llenaban de lágrimas, aunque lo incongruente de toda
aquella situación hacía que sintiera deseos de reír a carcajadas. El rostro de Yalson
rozaba la dura superficie del hombro de su traje, muy cerca de la quemadura dejada
por un láser. Su cuerpo temblaba levemente dentro de su traje.

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Detrás de ellos, en la estación, el agonizante se agitó casi imperceptiblemente y
dejó escapar un gemido que se perdió en el frío y la oscuridad sin crear ni un solo
eco.
Horza siguió abrazándola durante unos momentos. Después Yalson se apartó y
volvió a mirarle a los ojos.
—No se lo digas a los demás.
—Claro que no. Si es lo que tú quieres…
—Por favor —dijo ella.
Las tenues luces de sus trajes hacían que el vello de su rostro y el escaso cabello
que cubría su cabeza parecieran brillar, como si fuesen un capa de atmósfera muy
tenue alrededor de un planeta visto desde el espacio. Horza volvió a estrecharla entre
sus brazos. No sabía qué decir. En parte era por la sorpresa, naturalmente…, pero
además estaba el hecho de que esta revelación hacía que lo existente entre ellos dos
—fuera lo que fuese— se hubiera vuelto súbitamente mucho más importante, y ahora
le preocupaba más que nunca el que pudiera decir algo equivocado. No quería
cometer ningún error. Tampoco podía permitir que aquello significara mucho para
él… Al menos, todavía no. Yalson acababa de hacerle el mayor elogio que había
recibido en toda su existencia, pero el valor que encerraba era tan grande que le
asustaba y hacía que no supiera cómo reaccionar. Horza tenía la sensación de que
fuera cual fuese la clase de continuidad para su apellido o su clan que estaba
ofreciéndole, aún no podía edificar sus esperanzas sobre ella. El brillo de aquella
sucesión potencial parecía demasiado débil y, aunque no estaba muy seguro del
porqué, también le parecía peligrosamente tentador, como si entregarse a él
significara perder la capacidad de enfrentarse a la eterna medianoche gélida de los
túneles.
—Gracias, Yalson. Terminemos con lo que nos ha traído a este sitio y después
podremos pensar con más claridad en lo que queremos hacer. Pero aun suponiendo
que luego cambies de parecer… Gracias.
Era todo cuanto podía decir.
Volvieron a entrar en la oscura caverna de la estación con el tiempo justo de ver
cómo la unidad cubría la inmóvil silueta de Neisin con una sábana.
—Oh, estáis ahí —dijo Unaha-Closp—. Me pareció que no valía la pena avisaros.
—Su voz era casi inaudible—. Nadie podría haber hecho nada por él.

—¿Satisfecho? —preguntó Aviger volviéndose hacia Horza después de que hubieran


colocado el cadáver de Neisin junto al de Dorolow.
Estaban junto a la estructura de acceso y Yalson había reanudado su vigilancia
junto al idirano inconsciente.
—Siento lo de Neisin y lo de Dorolow —dijo Horza—. Yo también les apreciaba,
y comprendo perfectamente que su muerte te haya alterado. No hace falta que sigas

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adelante con nosotros. Si quieres puedes volver a la superficie. Ahora ya no hay
ningún peligro. Hemos acabado con el enemigo.
—Y casi has acabado con nosotros, ¿verdad? —dijo Aviger con amargura—. Eres
igual que Kraiklyn.
—Cállate, Aviger —dijo Yalson desde lo alto de la estructura de acceso—. Sigues
vivo, ¿no?
—Y a ti tampoco te ha ido demasiado mal, ¿verdad, jovencita? —dijo Aviger
alzando la cabeza hacia ella—. Oh, no, tú y tu amiguito aquí presente os las habéis
arreglado muy bien…
Yalson guardó silencio durante un momento.
—Eres más valiente de lo que pensaba, Aviger —dijo por fin—. Pero recuerda
que el hecho de que seas más viejo y más débil que yo no me molesta en lo más
mínimo. Si quieres que te reviente las pelotas a patadas… —Asintió y frunció los
labios sin apartar los ojos del fláccido cuerpo del oficial idirano que yacía ante ella—.
Bueno, viejo amigo, será un auténtico placer.
Balveda fue hacia Aviger y pasó el brazo alrededor del suyo, tirando de él para
alejarle de allí.
—Aviger —dijo—, voy a contarte lo que me ocurrió cuando estaba en…
Pero Aviger la apartó con un encogimiento de hombros y se marchó para acabar
sentándose con la espalda apoyada en la pared de la estación delante del vagón que
contenía el reactor.
Los ojos de Horza recorrieron la plataforma hasta posarse en la silueta del viejo
sentado.
—Será mejor que vigile su contador de radiaciones —dijo volviéndose hacia
Yalson—. Los alrededores de ese vagón están bastante calientes.
Yalson empezó a mordisquear otra barra de las raciones.
—Oh, deja que se fría. Viejo bastardo… —murmuró.

Xoxarle acababa de despertar. Yalson vio cómo recobraba el conocimiento y agitó el


arma ante sus ojos.
—Oye, Horza, ¿quieres decirle a ese bicho que empiece a bajar lentamente por la
rampa?
Xoxarle miró a Horza y logró ponerse en pie con un considerable esfuerzo.
—No te molestes —dijo en marain—. Puedo ladrar esa miserable parodia de
lenguaje tan bien como tú. —Se volvió hacia Yalson—. Después de usted, caballero.
—Soy una hembra —gruñó Yalson, y movió el arma señalando hacia el final de
la rampa—. Y ahora, mueve ese culo tan raro que tienes y empieza a bajar.

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La unidad antigravitatoria del traje de Horza no volvería a funcionar y aunque
hubiera podido utilizarla, Xoxarle pesaba demasiado para Unaha-Closp, por lo que
tendrían que caminar. Aviger podía flotar, igual que Wubslin y Yalson, pero Balveda
y Horza tendrían que turnarse para ir en la plancha del equipo, y en cuanto a Xoxarle,
no le quedaría más remedio que recorrer a pie los veintisiete kilómetros que les
separaban de la estación siete.
Dejaron los dos cadáveres junto a los tubos de tránsito con la idea de llevárselos
cuando volvieran. Horza arrojó los restos de la unidad controlada a distancia al suelo
de la estación y los derritió con su láser.
—¿Te sientes mejor? —preguntó Aviger.
Horza alzó los ojos hacia el viejo. Aviger flotaba dentro de su traje listo para
entrar en el túnel con los demás.
—Voy a decirte una cosa, Aviger. Si quieres hacer algo útil, ¿por qué no subes
flotando hasta esa rampa de acceso y disparas unas cuantas veces contra la cabeza del
camarada de Xoxarle para asegurarte de que está muerto y bien muerto?
—Sí, capitán —dijo Aviger, y le saludó con expresión burlona.
Se alzó por los aires hasta llegar a la rampa donde yacía el cuerpo del idirano.
—Bueno, en marcha —dijo Horza volviéndose hacia los demás.
Entraron en el túnel justo cuando Aviger se posaba en el nivel central de la rampa
de acceso.
Aviger contempló al idirano. El traje blindado estaba cubierto de agujeros y
quemaduras. La criatura había perdido un brazo y una pierna. Charcos de negra
sangre coagulada estaban esparcidos a su alrededor. Uno de los lados de la cabeza del
idirano estaba chamuscado, y Aviger pudo ver la queratina agrietada debajo de la
cuenca del ojo izquierdo, allí donde la había pateado antes. El ojo muerto le miraba
fijamente. Daba la impresión de haberse desprendido de su hemisferio de hueso, y
había rezumado una especie de pus. Aviger apuntó con su arma a la cabeza ajustando
los controles para que no disparase a ráfagas. El primer chorro de energía hizo saltar
el ojo; el segundo agujereó el rostro de la criatura por debajo de lo que podría haber
sido su nariz. Un chorro de líquido verde brotó del agujero y se esparció sobre la
parte delantera del traje de Aviger. Aviger echó un poco de agua de su cantimplora
sobre la mancha y dejó que el líquido viscoso fuera goteando del traje.
—Qué asco —murmuró echándose el arma al hombro—. Todo esto es una
auténtica mierda.

—¡Mirad!
Llevaban recorridos menos de cincuenta metros de túnel. Aviger acababa de
entrar en él y se les aproximaba flotando cuando Wubslin lanzó su grito. Todos se
detuvieron y se volvieron hacia la pantalla del sensor de masas.

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La pantalla mostraba una mancha grisácea casi en el centro del apretado diagrama
de líneas verdes. Era la huella del reactor que ya estaban tan acostumbrados a ver. La
pila nuclear del tren que habían dejado atrás engañaba a los mecanismos del sensor,
haciéndoles creer que habían detectado lo que buscaban.
Pero casi pegada al borde de la pantalla, a unos veintiséis kilómetros de distancia,
había otro eco. No era ninguna mancha gris o una señal falsa. Era un puntito de luz
tan brillante que parecía una estrella.

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12
El Sistema de Mando: motores

—Un cielo que parecía hecho de hielo desmenuzado, un viento que se abría paso
hasta el centro de tu cuerpo. Durante la mayor parte del trayecto, hacía tanto frío que
no nevaba, pero nos encontramos con una ventisca que duró once días con sus
noches, una ventisca que volaba sobre el campo de hielo por el que caminábamos y
que aullaba como un animal capaz de morder con dientes de acero. Los cristales de
hielo fluían igual que un torrente sobre la tierra congelada. No podías contemplarla y
no podías respirar; incluso intentar mantenerse en pie resultaba casi imposible.
Hicimos un agujero en el suelo y nos acostamos allí hasta que el cielo volvió a
despejarse.
ȃramos como muertos que siguen caminando. Perdimos a algunos porque la
sangre se heló dentro de sus cuerpos. Uno desapareció de noche durante una tormenta
de nieve. Algunos murieron a causa de sus heridas. Les fuimos perdiendo uno a uno,
nuestros camaradas y nuestros sirvientes… Todos nos suplicaron que usáramos sus
cuerpos de la mejor manera posible cuando se hubieran marchado. Teníamos tan poca
comida… Todos sabíamos lo que querían decir. Todos estábamos preparados. ¿Se os
ocurre algún sacrificio más total o más noble?
»El aire era tan frío que cuando llorabas las lágrimas se congelaban sobre tu
rostro con un leve crujido, como el de un corazón al romperse.
»Montañas. Los desfiladeros por los que avanzamos, muriéndonos de hambre e
intentando respirar esa atmósfera tenue que cortaba como un cuchillo… La nieve era
un polvo blanco tan seco como la arenilla. Respirarla significaba congelarte por
dentro. Los torbellinos de nieve que caían de los riscos o la que era desplazada por
los pies de quienes iban delante te quemaban la garganta igual que un trago de ácido.
Vi arco iris en los velos cristalinos de hielo y nieve que iba creando nuestro avance, y
aprendí a odiar esos colores, esa sequedad congelada, la atmósfera irrespirable y los
cielos de un color azul oscuro.
»Atravesamos tres glaciares y perdimos a dos de nuestros camaradas en sus
gargantas. Cayeron hasta más allá de donde llegaban los ecos, escapando a la vista y
al oído.
»Nos internamos en un anillo de montañas y topamos con una ciénaga que yacía
en su hondonada como una letrina destinada a sepultar las esperanzas. Estábamos
agotados y nuestras reacciones se habían vuelto tan lentas que no pudimos salvar a
nuestro querl cuando se adentró en ella y se hundió. Pensamos que era imposible.
Con aquel aire tan frío que nos rodeaba, y pese a la pálida luz del sol… No, la
ciénaga no podía existir. Creímos que estaba congelada y la vimos tal y como nos
pareció que debía ser, y pensamos que nuestros ojos se aclararían dentro de un

[Link] - Página 357


segundo y que él volvería caminando a reunirse con nosotros, no que se desvanecería
bajo aquel líquido oscuro sin que pudiéramos hacer nada por impedirlo.
»Comprendimos demasiado tarde que era una ciénaga de brea y alquitrán, y
cuando nos dimos cuenta de ello, sus profundidades ya se habían cobrado un precio.
Al día siguiente seguíamos buscando una forma de atravesarla. El aire se volvió tan
frío que incluso aquel barro viscoso acabó congelándose, y pudimos cruzar
rápidamente al otro lado.
»Empezamos a morir de sed rodeados por aquella neblina hecha de agua helada.
Apenas teníamos nada con que calentar la nieve salvo nuestros propios cuerpos, y
absorber aquel polvo blanco hasta que nos entumecía las entrañas hizo que nuestras
reacciones se fueran volviendo aún más lentas, y el frío casi nos impedía hablar o
caminar. Pero seguimos avanzando, aunque el frío se pegaba a nosotros tanto si
estábamos despiertos como si intentábamos dormir, y el sol nos quemaba en las
planicies o arrancaba destellos blancos a la nieve torturando nuestros ojos con dolores
terribles. El viento nos hería, la nieve intentaba engullirnos, aquellas montañas que
hacían pensar en negros cristales tallados nos rodeaban por todas partes y las estrellas
que tachonaban el cielo en las noches despejadas parecían burlarse de nuestros
esfuerzos, pero aun así seguimos adelante.
»Casi dos mil kilómetros, diminuto, con solo la pequeña cantidad de comida que
pudimos llevar con nosotros después de habernos estrellado, con el escaso equipo que
la bestia de la barrera no había convertido en chatarra inservible, con nuestro firme
propósito de no rendirnos y seguir avanzando… Cuando abandonamos el crucero de
batalla éramos cuarenta y cuatro, y veintisiete cuando empezamos nuestro viaje a
través de las nieves: ocho de los míos, diecinueve del pueblo medjel. Dos de nosotros
y seis de nuestros sirvientes logramos completar el viaje.
»¿Te asombra que cayéramos como el rayo sobre el primer sitio que nos ofreció
luz y calor? ¿Te sorprende que nos limitáramos a tomar lo que necesitábamos sin
pedirlo? Habíamos visto cómo guerreros valerosos y fieles sirvientes morían de frío,
habíamos visto cómo nos íbamos consumiendo poco a poco, igual que si las ventiscas
heladas nos fuesen robando la sustancia; habíamos contemplado esos implacables
cielos sin nubes de un lugar muerto y extraño y nos preguntábamos quién se comería
a quién cuando llegara el alba. Al principio nos lo tomamos a broma, pero más tarde,
cuando llevábamos treinta días de viaje y la mayoría de nosotros habían acabado
inmóviles en los pasos helados, los desfiladeros de las montañas o dentro de nuestros
propios estómagos… Ya no nos parecía tan gracioso. Algunos de los últimos… Creo
que acabaron convenciéndose a sí mismos de que nuestra misión era una locura, y
creo que la desesperación les mató.
»Matamos a tus amigos humanos, a esos otros cambiantes. Yo maté a uno con mis
propias manos; otro, el primero, murió a manos de un medjel antes de despertar. El
que estaba en la sala de control luchó con bravura, y cuando supo que no lograría
salir con vida destruyó la mayoría de los controles. Le respeto y le saludo. Hubo otro

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que se enfrentó a nosotros en el lugar donde guardaban las cosas. También supo morir
con valor. No deberías sentir mucha pena por ellos. Me enfrentaré a mis superiores
con la verdad en mis ojos y en mi corazón. No me impondrán ningún castigo. Si
alguna vez vuelvo a estar ante ellos, sé que me recompensarán.
Horza estaba detrás del idirano, siguiéndole por el túnel para que Yalson pudiera
descansar un poco después de llevar tanto tiempo vigilando al inmenso trípedo. Horza
le había pedido que le contara lo que ocurrió después de que el grupo de idiranos y
medjels llegara al planeta dentro del animal chuy-hirtsi. El idirano había respondido
con una mezcla de sermón y plegaria.
—Ella —dijo Horza.
—¿Qué, humano?
La voz del idirano creó un torrente de ecos que rebotaron en las paredes del túnel.
Ni tan siquiera se había tomado la molestia de volverse hacia Horza. Cuando hablaba
se dirigía al aire del túnel que llevaba a la estación siete, y su potente voz de bajo
podía ser oída sin ningún problema incluso por Wubslin y Aviger, que formaban la
retaguardia de la pequeña y abigarrada expedición.
—Has vuelto a hacerlo —dijo Horza con voz cansada, con la nuca del idirano
como única interlocutora—. Ese cambiante al que matasteis mientras dormía… era
una mujer, una hembra.
—Bueno, fue el medjel quien acabó con ella. Los colocamos en el pasillo.
Descubrimos que una parte de sus provisiones eran comestibles; nos supieron a la
gloria del cielo.
—¿Cuánto hace de eso? —preguntó Horza.
—Creo que unos ocho días. Es difícil seguir el paso del tiempo aquí abajo.
Intentamos construir un sensor de masas nada más llegar, pues sabíamos que sus
servicios serían inapreciables, pero no lo conseguimos. Solo contábamos con el
equipo que había en la base de los cambiantes. La mayor parte de nuestro equipo
había sido dañado por la bestia de la barrera o tuvimos que abandonarlo cuando
dejamos al animal para dirigirnos hacia aquí, o nos fuimos desprendiendo de él
durante el trayecto a medida que íbamos muriendo.
—Debisteis pensar que habíais tenido mucha suerte, ¿no? Encontrar a la Mente de
una forma tan fácil…
Horza no apartaba el cañón de su rifle del cuello del corpulento idirano, y sus ojos
no cesaban de vigilar a Xoxarle ni un segundo. La criatura podía estar herida —Horza
sabía lo suficiente sobre su especie, y le bastaba con fijarse en su forma de caminar
para darse cuenta de que debía sufrir considerables dolores—, pero seguía siendo
peligrosa. Aun así, no le importaba oírla hablar. Eso le ayudaba a pasar el tiempo.
—Sabíamos que estaba dañada. Cuando la encontramos en la estación seis y no se
movió ni dio señal alguna de haber captado nuestra presencia, supusimos que era
porque había sufrido graves daños. Ya sabíamos que habíais llegado. De eso hace
solo un día. Aceptamos nuestra buena suerte sin pensar más en ella, y nos preparamos

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para salir de aquí. Nos detuviste cuando estábamos a punto de conseguirlo. Unas
cuantas horas más y habríamos logrado poner en funcionamiento ese tren.
—Lo más probable es que hubierais conseguido convertiros en una nube de polvo
radiactivo —dijo Horza.
—Piensa lo que te apetezca, diminuto. Sabía muy bien lo que estaba haciendo.
—Oh, sí, estoy seguro de ello —dijo Horza con escepticismo—. ¿Por qué os
llevasteis todas las armas y dejasteis a ese medjel de la superficie indefenso?
—Teníamos intención de capturar con vida a un cambiante para interrogarlo, pero
no lo conseguimos. Acepto nuestra culpa al respecto. Si lo hubiéramos conseguido
habríamos podido tener la seguridad de que el complejo de túneles estaba vacío.
Después de todo, habíamos tardado tanto en llegar hasta aquí… Nos llevamos todo el
armamento disponible y dejamos al sirviente en la superficie con solo un
comunicador para que…
—No encontramos el comunicador —le interrumpió Horza.
—Me alegro. Supongo que cuando no lo usaba debía mantenerlo escondido —
dijo Xoxarle—. La escasa potencia de fuego de que disponíamos estaba donde más
podíamos necesitarla. Cuando comprendimos que nos hallábamos solos en los
túneles, enviamos a un sirviente arriba con un arma y órdenes de entregársela al
centinela. Por desgracia para él, parece que llegó poco tiempo después de que
vosotros hicierais acto de presencia.
—No te preocupes —dijo Horza—. Se portó como un valiente. Estuvo a punto de
volarme la cabeza.
Xoxarle rio. El sonido hizo que Horza se encogiera ligeramente sobre sí mismo, y
no solo por su potencia. Aquella risa encerraba una crueldad que estaba ausente en la
de Xoralundra.
—Ah, así que su pobre alma de esclavo descansa en paz… —retumbó la voz de
Xoxarle—. Su tribu no puede pedir más.

Horza se negó a hacer un alto hasta que hubieron recorrido la mitad de la distancia
que les separaba de la estación siete.
Se sentaron en el suelo del túnel para descansar. El idirano estaba algo alejado de
los demás. Horza se sentó delante de él con el arma preparada, a unos seis metros de
distancia de la criatura. Yalson se sentó a su lado.
—Horza —dijo contemplando primero su traje y luego el de ella—, la unidad
antigravitatoria de mi traje es desmontable. Podríamos desprenderla de sus soportes y
colocarla en tu traje. Quizá no quede muy bonita, pero funcionaría.
Le miró a la cara. Horza apartó la vista de Xoxarle durante una fracción de
segundo y volvió a vigilarle.
—Estoy bien —dijo—. No hace falta, sigue usando tu unidad. —Le dio un suave
codazo con el brazo que tenía libre y bajó el tono de voz—. Después de todo, llevas

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un poco más de peso encima, ¿no? —Yalson le devolvió el codazo con la fuerza
suficiente para hacer que el cuerpo de Horza resbalara un par de centímetros sobre el
suelo. El cambiante lanzó un gruñido y se frotó el flanco del traje fingiendo dolor—.
Ay —dijo.
—Ojalá no te lo hubiera contado —gruñó Yalson.
—¿Balveda? —dijo Xoxarle de repente.
Su inmensa cabeza giró lentamente hacia el otro extremo del túnel. Sus ojos
dejaron atrás a Horza y Yalson, se deslizaron sobre la plancha del equipo y Unaha-
Closp, fueron más allá de Wubslin —que estaba observando el sensor de masas— y
Aviger hasta posarse en la agente de la Cultura, que estaba sentada en silencio con los
ojos cerrados y la espalda apoyada en la pared.
—¿Líder de sección? —dijo Balveda, abriendo sus ojos y contemplando al
idirano con expresión impasible.
—El cambiante dice que eres de la Cultura. Ese es el papel que te ha adjudicado.
Quiere hacerme creer que eres una agente secreta que se dedica al espionaje. —
Xoxarle ladeó la cabeza y sus ojos recorrieron el oscuro tubo del túnel hasta clavarse
en la mujer sentada con la espalda junto a la curvatura de la pared—. A mí me parece
que solo eres otra cautiva de este hombre. ¿Afirmas ser lo que él dice que eres?
Balveda miró primero a Horza y luego al idirano, contemplándoles con una calma
que casi rozaba la indolencia.
—Me temo que sí, líder de sección —dijo.
El idirano movió la cabeza de un lado a otro y parpadeó.
—Qué extraño —rugió su voz—. No consigo imaginarme ninguna razón por la
que todos queráis engañarme o que justifique el sorprendente dominio que este
hombre parece ejercer sobre todos vosotros. Y, aun así, su historia me resulta
increíble… Si realmente está de nuestro lado, se ha comportado de una forma que
puede dificultar el triunfo de nuestra gran causa y, quizá, incluso ayudar al triunfo de
la tuya, mujer, si es que eres quien dices ser. Qué extraño.
—Sigue pensando en ello —dijo Balveda.
Cerró los ojos y volvió a apoyar la cabeza en la pared del túnel.
—Horza no está a favor de nadie que no sea él mismo —dijo Aviger desde un
poco más allá.
Se dirigía al idirano, pero hacia el final de la frase sus ojos se posaron en Horza.
Bajó la cabeza, contempló el recipiente de comida que tenía al lado y cogió los
últimos restos que contenía.
—Como hacen todos los de vuestra especie —dijo Xoxarle, aunque el viejo no le
estaba mirando—. Habéis sido hechos para comportaros así. Todos debéis luchar para
pasar por encima de vuestros congéneres durante el breve espacio de tiempo que se
os permite estar en el universo, reproduciéndoos cuando os resulta posible para que
los rasgos evolutivos más fuertes sobrevivan y los más débiles mueran. No os culpo
por eso, como tampoco se me ocurriría predicar el vegetarianismo a un carnívoro

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desprovisto de conciencia. —Xoxarle miró a Horza—. Supongo que estás de acuerdo
conmigo en eso, aliado cambiante.
—Oh, sí, no cabe duda de que sois distintos —dijo Horza—. Pero lo único que
me gusta de vosotros es que estáis luchando contra la Cultura. Puede que a largo
plazo acabéis siendo un regalo de Dios o una verdadera plaga divina, pero lo que me
importa es que por el momento estáis contra ellos.
Se volvió hacia Balveda y le hizo una seña con la cabeza. Balveda no abrió los
ojos, pero sonrió.
—Qué actitud tan pragmática —dijo Xoxarle. Horza se preguntó si los demás
habrían captado el leve matiz de humor que había en la voz del gigante—. ¿Qué te ha
hecho la Cultura para que la odies de esa forma?
—Personalmente nada —dijo Horza—. Sencillamente, no estoy de acuerdo con
sus ideas.
—Vaya, vaya… —dijo Xoxarle—. Los humanos nunca dejaréis de sorprenderme.
Se encorvó bruscamente sobre sí mismo y un ruido terrible salió de su boca, como
si estuviera machacando rocas. Su inmenso cuerpo se estremeció. Xoxarle volvió la
cabeza y escupió en el suelo del túnel. Mantuvo la cabeza ladeada mientras los
humanos se miraban los unos a los otros, preguntándose cuál sería la auténtica
gravedad de las heridas sufridas por el idirano. Xoxarle guardaba silencio. Se inclinó
sobre lo que había escupido, emitió una especie de carraspeo distante envuelto en
ecos y se volvió hacia Horza. Cuando volvió a hablar su voz se había convertido en
un ronco jadeo sibilante.
—Sí, señor cambiante, eres realmente muy extraño. Y creo que permites un
exceso de disensiones en quienes te siguen.
Xoxarle alzó la cabeza y sus ojos se posaron en Aviger, quien se había erguido y
estaba contemplando al idirano con cara de temor.
—Bueno, de momento voy tirando —dijo Horza. Se puso en pie, se volvió hacia
los demás y estiró sus cansadas piernas—. Hora de seguir. —Se volvió hacia Xoxarle
—. ¿Estás en condiciones de caminar?
—Desátame y podría correr lo bastante deprisa para escapar de ti, humano —
ronroneó Xoxarle.
Su inmenso cuerpo fue irguiéndose lentamente. Horza alzó los ojos hacia la
gigantesca V oscura que tenía por rostro y asintió lentamente con la cabeza.
—Concéntrate en seguir con vida para que pueda entregarte a los altos mandos de
la flota, Xoxarle —dijo Horza—. La persecución y los combates se han terminado.
Ahora todos estamos buscando esa Mente, ¿entendido?
—Qué cacería tan miserable, humano —dijo Xoxarle—. Un final ignominioso
para toda esta empresa… Haces que me avergüence de ti, pero, naturalmente, no eres
más que un ser humano, ¿verdad?
—Oh, cállate y camina —dijo Yalson.

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Pulsó los botones de la unidad de control de su traje y se alzó por los aires hasta
que sus ojos quedaron a la altura de la cabeza del idirano. El idirano lanzó un bufido,
giró sobre sí mismo y empezó a avanzar con paso cojeante por el túnel. Los demás le
siguieron en fila de a uno.

Horza se dio cuenta de que el idirano empezaba a cansarse después de que llevaran
recorridos varios kilómetros. Las zancadas del gigante se volvieron más cortas.
Aparte de eso, movía con una frecuencia cada vez mayor las grandes placas de
queratina que cubrían sus hombros, como si intentara aliviar algún dolor interno, y de
vez en cuando meneaba la cabeza como si intentara despejarla. También se giró dos
veces y escupió sobre la pared. Horza contempló las manchas de fluido que se
deslizaban lentamente hacia el suelo: sangre idirana.
Xoxarle acabó tambaleándose y se desvió hacia un lado. Horza había estado un
rato encima de la plancha y ahora volvía a caminar detrás de él. En cuanto vio que el
idirano empezaba a vacilar frenó el paso y alzó una mano para advertir a los demás
de que debían imitarle. Xoxarle emitió una especie de gimoteo, empezó a girar sobre
sí mismo y cayó hacia adelante haciendo que los cables metálicos que le ataban los
pies se tensaran y zumbasen como las cuerdas de un instrumento musical. Su
inmenso cuerpo chocó ruidosamente contra el suelo y se quedó inmóvil.
—Oh… —dijo alguien.
—No os acerquéis —dijo Horza.
Avanzó cautelosamente hacia el inerte cuerpo del idirano. Contempló aquella
gran cabeza que yacía inmóvil sobre el suelo del túnel. La sangre estaba empezando a
brotar de ella formando un charco. Yalson se reunió con Horza y apuntó el cañón de
su arma hacia la criatura caída.
—¿Está muerto? —preguntó.
Horza se encogió de hombros. Se arrodilló y puso la mano desnuda sobre el
cuerpo del idirano en un punto cercano al cuello donde a veces era posible sentir el
movimiento de la sangre mientras circulaba, pero no captó nada. Abrió uno de los
ojos del idirano y lo cerró.
—No lo creo. —Las yemas de sus dedos rozaron el oscuro charco de sangre que
iba haciéndose más grande a cada segundo que pasaba—. Parece que tiene alguna
hemorragia interna bastante grave.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó Yalson.
—No mucho.
Horza se frotó el mentón con expresión pensativa.
—¿Y si le administramos algún anticoagulante? —preguntó Aviger desde el otro
extremo de la plancha.
Balveda estaba sentada junto a él y contemplaba la escena que se desarrollaba
ante sus oscuros ojos con expresión impasible.

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—Nuestros anticoagulantes no les hacen efecto —dijo Horza.
—Un poco de plastipiel —dijo Balveda. Todos se volvieron hacia ella. Balveda
asintió con la cabeza y miró a Horza—. Si disponéis de alcohol y algo de plastipiel,
mezcladlos a partes iguales. Si tiene alguna herida en el conducto digestivo puede
que eso le ayude. Si es alguna herida en el aparato respiratorio… Bueno, entonces es
como si ya estuviera muerto.
Balveda se encogió de hombros.
—No podemos quedarnos aquí todo el día, ¿verdad? Hagamos algo —dijo
Yalson.
—Vale la pena intentarlo —dijo Horza—. Si queremos echarle el líquido por la
garganta será mejor que le incorporemos.
—Supongo que el sujeto de ese «incorporemos» no es realmente plural y soy yo
quien debe incorporarle, ¿eh? —dijo la unidad con voz cansada desde debajo de la
plancha.
Flotó hacia adelante y dejó la plancha con el equipo junto a los pies de Xoxarle.
Balveda bajó de un salto antes de que la unidad transfiriese la carga de su parte
superior al suelo del túnel. Unaha-Closp fue flotando hacia Yalson y Horza, quienes
seguían junto al idirano caído en el suelo.
—Yo haré fuerza junto con la unidad —dijo Horza, y dejó su arma en el suelo—.
Sigue apuntándole.
Wubslin se había arrodillado sobre el suelo del túnel y estaba manipulando los
controles del sensor de masas, silbando suavemente para sí mismo. Balveda rodeó la
plancha del equipo para observarles.
—Ahí está —dijo Wubslin. Alzó los ojos hacia ella, sonrió y señaló el brillante
punto blanco que iluminaba la pantalla surcada de líneas verdes—. ¿A que es toda
una belleza?
—¿Crees que se encuentra en la estación siete, Wubslin?
Balveda encorvó sus esbeltos hombros y hundió las manos en los bolsillos de su
chaqueta. Observó la pantalla y arrugó la nariz. Lo que olía mal era ella misma.
Llevaban tanto tiempo allá abajo sin lavarse que todos olían mal y emitían una
variada gama de olores animales. Wubslin estaba asintiendo con la cabeza.
—Sí, tiene que estar ahí —dijo volviéndose hacia la agente de la Cultura. Horza y
la unidad estaban intentando incorporar el fláccido cuerpo del idirano hasta dejarlo
sentado. Aviger fue hacia ellos para ayudarles y empezó a quitarse el casco mientras
avanzaba—. Tiene que estar ahí —murmuró Wubslin, más dirigiéndose a sí mismo
que a Balveda.
La correa del arma se le deslizó por el hombro y Wubslin se la quitó,
contemplando con el ceño fruncido el atasco formado en la presilla que se suponía
debía mantener siempre tensa la correa. Dejó el arma sobre la plancha del equipo y
volvió a manipular los controles del sensor de masas. Balveda se le acercó un poco
más y atisbo por encima del hombro del ingeniero. Wubslin miró a su alrededor y

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alzó los ojos hacia ella mientras Horza y Unaha-Closp iban levantando lentamente a
Xoxarle del suelo. Wubslin alargó la mano, cogió el rifle láser que había dejado sobre
la plancha alejándolo un poco de Balveda y sonrió con cierta incomodidad. Balveda
le devolvió la sonrisa y retrocedió un paso. Se sacó las manos de los bolsillos, se
cruzó de brazos y siguió observando las manipulaciones de Wubslin desde una
distancia algo mayor.
—Este bastardo pesa lo suyo —jadeó Horza.
Él, Aviger y Unaha-Closp lograron desplazar a Xoxarle hasta que su espalda
quedó apoyada en la pared del túnel. La inmensa cabeza colgaba fláccidamente sobre
su pecho. Hilillos de líquido brotaban de las comisuras de su enorme boca. Horza y
Aviger volvieron a erguirse. Aviger estiró los brazos y dejó escapar un gruñido.
Xoxarle parecía muerto, y siguió pareciéndolo durante uno o dos segundos.
Después fue como si una fuerza colosal le hiciera salir despedido de la pared. Se
lanzó hacia adelante y hacia un lado alzando un brazo que se estrelló contra el pecho
del cambiante. El impacto hizo que Horza chocara con Yalson. Al mismo tiempo sus
piernas parcialmente flexionadas se estiraron de golpe, y el impulso hizo que el
idirano se alejara bruscamente del grupo que estaba más distanciado de la plancha,
dejando atrás a Aviger —que había chocado contra la pared del túnel— y a Unaha-
Closp, que fue derribado al suelo del túnel por la otra mano de Xoxarle. El idirano se
lanzó hacia la plancha del equipo.
Xoxarle pasó volando sobre la plancha. Uno de sus brazos y el gigantesco puño
en que terminaba empezaron a bajar. La mano de Wubslin ni tan siquiera había
iniciado el gesto de coger su arma.
El idirano dejó caer su puño con toda la fuerza de que disponía. El golpe aplastó
el sensor de masas. Su otra mano se movió velozmente para coger el láser. Wubslin
se arrojó hacia atrás instintivamente y chocó con Balveda.
La mano de Xoxarle se cerró alrededor del rifle láser como un cepo atrapando la
pata de un animal. El idirano rodó por el aire y cayó sobre el sensor, completando su
destrucción. El arma giró velozmente en su mano y el cañón apuntó hacia el extremo
del túnel, donde Horza, Yalson y Aviger seguían intentando recobrar el equilibrio y
Unaha-Closp empezaba a moverse. Xoxarle se irguió y el cañón del arma apuntó a
Horza.
Unaha-Closp se estrelló contra la mandíbula inferior del idirano como si fuera un
pequeño proyectil de contornos no demasiado aerodinámicos. El impacto hizo que el
cuerpo del líder de sección saliera despedido por los aires, le tensó el cuello sobre los
hombros y le obligó a juntar sus tres piernas en una sola masa de carne. Xoxarle
extendió los brazos hacia los lados, aterrizó con un golpe ahogado junto a Wubslin y
se quedó inmóvil.
Horza se agachó y cogió su arma. Yalson se agazapó y giró sobre sí misma
alzando el arma. Wubslin estaba empezando a erguirse. Balveda había retrocedido
tambaleándose unos pasos después de que Wubslin chocara con ella. Ahora estaba

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inmóvil, tapándose la boca con una mano y sin apartar los ojos de Unaha-Closp, que
flotaba sobre el rostro del idirano. Aviger se frotó la cabeza y contempló la pared del
túnel con expresión de resentimiento.
Horza fue hacia el idirano. Xoxarle tenía los ojos cerrados. Wubslin arrancó su
rifle de los fláccidos dedos del idirano.
—No está nada mal, unidad —dijo Horza asintiendo con la cabeza.
Unaha-Closp se volvió hacia él.
—Me llamo Unaha-Closp —dijo con voz exasperada.
—De acuerdo, de acuerdo… —suspiró Horza—. Bien hecho, Unaha-Closp.
Horza se inclinó sobre Xoxarle para inspeccionar los cables que le rodeaban las
muñecas. Los cables estaban rotos. Los de sus piernas seguían intactos, pero los
cables de los brazos y las muñecas se habían partido como si fueran hilos.
—No le he matado, ¿verdad? —preguntó Unaha-Closp.
Horza meneó la cabeza. El cañón de su rifle ejercía presión sobre la cabeza de
Xoxarle.
El cuerpo del idirano empezó a estremecerse y sus ojos se abrieron de golpe.
—No, amiguitos, no estoy muerto —tronó su vozarrón.
Su risa creó ecos que resonaron por los túneles. Xoxarle fue incorporándose
lentamente apartando su torso del suelo.
Horza le pateó el flanco.
—Tú…
—¡Diminuto! —se rio Xoxarle interrumpiendo a Horza antes pudiese decir nada
más—. ¿Es así como tratas a tus aliados? —Se frotó la mandíbula. El gesto hizo que
las placas de queratina rotas se movieran de un lado a otro—. Estoy herido… —
anunció su vozarrón, y Xoxarle dejó escapar una nueva carcajada. La inmensa cabeza
en forma de V se volvió hacia los restos del sensor de masas—. ¡Pero aún no me
encuentro en tan mal estado como vuestro precioso sensor!
Horza movió su arma y el cañón volvió a quedar pegado a la cabeza del idirano.
—Debería…
—Deberías volarme la cabeza ahora mismo. Lo sé, cambiante. Ya te he dicho más
de una vez que deberías hacerlo. ¿Por qué no dejas de perder el tiempo y lo haces?
Horza tensó su dedo alrededor del gatillo y contuvo el aliento. Después lanzó un
rugido —un grito carente de palabras y de significado dirigido hacia la figura sentada
en el suelo ante él— y se alejó.
—¡Atad a ese cabrón! —gritó.
El cambiante pasó junto a Yalson, quien giró sobre sí misma para verle marchar.
Después se volvió hacia el idirano meneando levemente la cabeza y observó cómo
Aviger —ayudado por Wubslin, quien seguía lanzándole miradas de pena a los restos
del sensor de masas— ataba los brazos de Xoxarle con varias vueltas de cable
metálico, dejándoselos pegados a los flancos. El idirano seguía temblando de risa.
—¡Creo que captó mi masa! ¡Creo que captó mi puño! ¡Ja!

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—Espero que alguien le haya contado a ese saco de mierda ambulante con tres patas
que mi traje cuenta con un sensor de masas —dijo Horza cuando Yalson se reunió
con él.
Yalson se volvió a mirar por encima de su hombro.
—Bueno, se lo dije, pero… tengo la impresión de que no me ha creído. —Miró a
Horza—. ¿Funciona?
Horza contempló la pequeña pantalla repetidora incrustada entre los controles de
su muñeca.
—No a esta distancia, pero funcionará en cuanto nos hayamos acercado un poco.
No te preocupes, encontraremos a la Mente.
—Oh, no estoy preocupada —dijo Yalson—. ¿Vas a volver con los demás?
Sus ojos se posaron nuevamente en el grupo de siluetas que les seguía a veinte
metros de distancia. Xoxarle iba delante, lanzando alguna que otra risita ocasional.
Wubslin iba detrás apuntando al idirano con la pistola aturdidora. Balveda estaba
sentada sobre la plancha y Aviger flotaba detrás de ella.
Horza asintió.
—Supongo que sí. Vamos a esperarles.
Se detuvo. Yalson, que había estado caminando en vez de flotar, le imitó.
Se apoyaron en la pared del túnel y vieron acercarse a Xoxarle.
—Bueno, ¿qué tal te encuentras? —preguntó Horza volviéndose hacia la mujer.
Yalson se encogió de hombros.
—Estupendamente. ¿Y tú?
—Me refería a… —empezó a decir Horza.
—Ya sé a qué te referías —dijo Yalson—, y ya te he respondido que me
encuentro estupendamente. Y ahora, deja de preocuparte tanto por mí. —Le sonrió—.
¿De acuerdo?
—De acuerdo —dijo Horza, apuntando con el arma a Xoxarle mientras el idirano
pasaba junto a ellos.
—¿Qué ocurre, cambiante? ¿Te has perdido? —gruñó el idirano.
—Sigue caminando —dijo Horza, y se puso a la altura de Wubslin.
—Siento haber dejado mi arma encima de la plancha —dijo el ingeniero—. Fue
una estupidez.
—Olvídalo —dijo Horza—. Xoxarle andaba detrás del sensor. El arma debió ser
una sorpresa agradable, nada más. Y, de todas formas, la unidad nos salvó la vida.
Horza emitió una especie de bufido bastante parecido a una carcajada.
—La unidad nos salvó la vida —repitió en voz baja, y meneó la cabeza.

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«… ah, alma mía, alma mía, ahora todo es oscuridad, ahora muero y me alejo y no
quedará nada de mí, estoy asustado, gran ser, ten compasión de mí, pero estoy
asustado. No he soñado con la victoria, solo mi muerte, oscuridad y muerte, el
momento de que todos se conviertan en uno, el instante de la aniquilación, he
fracasado, se me ha dicho y ahora lo sé. He fracasado. La muerte es demasiado buena
para mí. El olvido y la nada serán una liberación bienvenida, más de lo que merezco,
mucho más. No puedo rendirme a ellos, debo seguir aguantando porque no merezco
un final tan rápido fruto de mi voluntad, mis camaradas me aguardan, pero no
conocen hasta donde llega la magnitud de mi fracaso, no soy digno de reunirme con
ellos, mi clan debe llorar».
«ah, este dolor… oscuridad y dolor…».

Llegaron a la estación.
El tren del Sistema de Mando se alzaba sobre la plataforma. Las luces del
pequeño grupo de siluetas que entró en la estación arrancaron destellos a su oscura
masa.
—Bueno, aquí estamos por fin —dijo Unaha-Closp.
Se detuvo, dejó que Balveda bajara de la plancha con el equipo y los suministros
y la depositó sobre el polvoriento suelo de la estación.
Horza se volvió hacia el idirano, le ordenó que se colocara junto a la estructura de
acceso al tren más próxima y le ató a los soportes.
—Bien —dijo Xoxarle mientras Horza le sujetaba a los soportes metálicos—, ¿y
tu Mente, diminuto? —Bajó la cabeza hacia el humano que iba envolviendo su
cuerpo en rollos de cable metálico contemplándole con la expresión de reproche de
un adulto ante las travesuras de un niño—. ¿Dónde está? No la veo.
—Paciencia, líder de sección —dijo Horza.
Acabó de asegurar las vueltas de cable metálico, examinó la solidez de las
ataduras y retrocedió un par de pasos.
—¿Cómodo? —preguntó.
—Me duelen las tripas, tengo la mandíbula rota y sigue habiendo algunos
fragmentos de vuestro sensor de masas incrustados en mi mano —dijo Xoxarle—.
También me duele un poco la parte interior de la boca, allí donde me la mordí antes
para producir toda esa sangre tan convincente. Por lo demás me encuentro muy bien,
aliado. Gracias por preguntármelo.
Xoxarle inclinó la cabeza hasta donde se lo permitían los cables metálicos que le
sujetaban.
—No te vayas —dijo Horza sonriendo sardónicamente.
Dejó a Yalson con Xoxarle para que se encargara de vigilar al idirano y a Balveda
mientras él y Wubslin iban a la sala donde estaban los controles del sistema de
energía.

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—Tengo hambre —dijo Aviger.
Se sentó sobre la plancha del equipo y empezó a desenvolver una ración.
Una vez dentro de la sala, Horza estudió los medidores, palancas y diales durante
unos momentos y empezó a manipular los controles del sistema.
—Yo… Eh… —farfulló Wubslin, rascándose la frente. Llevaba el visor del casco
subido—. Horza, estaba preguntándome si… Ese sensor de masas de tu traje…
¿Funciona?
Un grupo de controles se llenó de luces: veinte diales que emitían un débil
resplandor. Horza observó los diales en silencio durante unos segundos.
—No —dijo por fin—. Ya lo he comprobado. Está recibiendo una lectura muy
débil del tren, pero no hay nada más. Ha estado dando esa lectura desde unos dos
kilómetros antes de llegar a la estación. O la Mente se ha esfumado en algún
momento del intervalo transcurrido desde que Xoxarle destruyó el otro sensor, o el de
mi traje no funciona como debería.
—Oh, mierda.
Wubslin suspiró.
—Qué diablos… —dijo Horza, accionando algunos interruptores y viendo
iluminarse más hileras de diales—. Vamos a dar la energía. Quizá se nos ocurra algo.
—Sí —dijo Wubslin asintiendo con la cabeza.
Se volvió hacia las puertas de la sala como si creyera que la estación ya se habría
inundado de luces. Lo único que pudo ver fue la espalda de Yalson inmóvil en la
penumbra de la plataforma. Detrás de ella se alzaban los tres pisos de un segmento
del tren.
Horza fue hasta otra pared de la sala y cambió la posición de algunas palancas.
Golpeó suavemente un par de diales con la yema de un dedo, observó una pantalla
que acababa de iluminarse, se frotó las manos y puso el pulgar sobre un botón de la
consola central.
—Bueno, allá va —dijo.
Dejó caer su pulgar sobre el botón.
—¡Sí!
—¡Eh, eh!
—¡Lo conseguimos!
—Si queréis que os diga lo que opino, ya iba siendo hora.
—Hmmm, diminuto, con que se hacía así…
—¡Mierda! Si hubiera sabido que la ración tenía este color jamás habría
empezado a comérmela…
Horza oyó sus voces excitadas y alegres. Tragó una honda bocanada de aire y se
volvió hacia Wubslin. El corpulento ingeniero estaba inmóvil parpadeando
lentamente bajo la brillante claridad que había inundado la sala de control. Wubslin le
miró y sonrió.

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—Estupendo —dijo. Sus ojos recorrieron la sala de control mientras asentía con
un movimiento regular de la cabeza—. Estupendo. Por fin…
—Bien hecho, Horza —dijo Yalson.
Horza pudo oír el sonido de otras palancas e interruptores de mayor tamaño que
se iban poniendo en funcionamiento bajo sus pies. Eran los sistemas automáticos
conectados al interruptor principal que había accionado. La sala de control se llenó de
zumbidos y siseos, y el olor del polvo calcinado se arremolinó a su alrededor como el
aroma y el calor de un animal que se despierta. Horza y Wubslin comprobaron las
lecturas de unos cuantos monitores y diales y salieron de la sala de control.
La estación era un mar de luz. Todo centelleaba. Las paredes de un negro grisáceo
reflejaban las hileras de luces y paneles brillantes que cubrían el techo. El tren del
Sistema de Mando, visible por fin en su totalidad, ocupaba la estación de un extremo
al otro: un reluciente monstruo metálico que parecía la inmensa versión androide de
un insecto segmentado.
Yalson se quitó el casco, deslizó los dedos por entre su corta cabellera, alzó los
ojos y miró a su alrededor, entrecerrando los párpados para proteger sus pupilas de la
brillante luz blancoamarillenta que caía del techo de la estación, situado muy por
encima de sus cabezas.
—Bien —dijo Unaha-Closp, flotando hacia Horza. Su cuerpo metálico relucía
bajo aquella nueva e intensa iluminación—. ¿Dónde se encuentra el artefacto que
estamos buscando? —Unaha-Closp se le acercó hasta quedar a pocos centímetros del
rostro de Horza—. ¿Aparece en el sensor de masas de tu traje? ¿Está aquí? ¿Lo
hemos localizado?
Horza apartó a la unidad con una mano.
—Dame un poco de tiempo, unidad. Acabamos de llegar. He conectado la
energía, ¿no?
Pasó junto a la unidad con Yalson detrás —quien seguía mirando a su alrededor—
y Wubslin, que también contemplaba cuanto les rodeaba, especialmente la reluciente
masa metálica del tren. El interior estaba iluminado. La estación vibraba con el
zumbido de los motores que esperaban ponerse en marcha y el siseo de los
ventiladores y sistemas que hacían circular el aire. Unaha-Closp giró sobre sí mismo
para seguir a Horza y flotó por los aires manteniéndose a la altura de su rostro.
—¿Qué quieres decir con eso? Supongo que te basta con echar un vistazo a esa
pantalla. ¿Puedes ver la señal de la Mente sí o no?
La unidad se acercó un poco más y bajó unos centímetros para inspeccionar los
controles y la pantallita incrustada en la muñeca del traje de Horza. El cambiante la
apartó de un manotazo.
—Estoy recibiendo algunas interferencias del reactor. —Horza miró a Wubslin—.
No es problema, ya nos las arreglaremos.
—Echa un vistazo por la zona de reparaciones y registra el lugar —dijo Yalson
volviéndose hacia la unidad—. Intenta ser útil.

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—No funciona, ¿verdad? —preguntó Unaha-Closp. Seguía manteniéndose a la
altura de Horza, con su parte frontal vuelta hacia el rostro del cambiante—. Ese
lunático de tres patas destrozó el sensor de masas de la plancha y ahora estamos
ciegos. Hemos vuelto a la primera casilla del juego, ¿eh?
—No —dijo Horza con impaciencia—. Nada de eso. Lo repararemos. Y ahora,
¿qué te parece si intentas servir de algo, aunque solo sea para variar?
—¿Para variar? —exclamó Unaha-Closp, dando la impresión de sentirse muy
ofendido—. ¿Para variar? ¿Olvidas quién os salvó la piel a todos en el túnel cuando
nuestro encantador oficial idirano empezó a comportarse como un salvaje
enloquecido?
—Está bien, unidad —dijo Horza tensando las mandíbulas—. Ya te di las gracias,
¿no? Ahora, ¿por qué no inspeccionas la estación para averiguar si estamos solos o si
hay alguien escondido por ahí?
—¿Cómo quién, por ejemplo? ¿Alguna Mente que no puedes detectar con tus
sensores estropeados? ¿Y qué pensáis hacer mientras yo me dedico a eso?
—Descansar y pensar —dijo Horza.
Se detuvo ante Xoxarle e inspeccionó las ataduras del idirano.
—Oh, estupendo —se burló Unaha-Closp—. De momento eso no ha servido de
mucho, creo yo…
—Unaha-Closp, por todos los… —dijo Yalson, y dejó escapar un lento suspiro—.
O te largas o te quedas con nosotros, pero hagas lo que hagas cierra el pico, ¿quieres?
—¡Comprendo! ¡Muy bien! —Unaha-Closp se apartó de ellos y empezó a subir
por los aires—. ¡De acuerdo, me largo! Tendría que haberlo hecho cuando…
Se alejó sin dejar de hablar.
—Antes de que te vayas, ¿oyes sonar alguna alarma? —gritó Horza intentando
hacerse oír por encima del continuo parloteo de Unaha-Closp.
—¿Qué?
Unaha-Closp se quedó inmóvil. El rostro de Wubslin adoptó una expresión entre
dolorida y absorta, y sus ojos recorrieron los muros de la estación como si estuviera
esforzándose para captar frecuencias de sonido superiores a las que sus oídos podían
detectar.
Unaha-Closp guardó silencio durante unos momentos.
—No —dijo por fin—. No hay ninguna alarma funcionando. Me voy.
Inspeccionaré el otro tren. Volveré cuando crea que se os ha pasado el mal humor.
Giró sobre sí mismo y se alejó a toda velocidad.
—Dorolow podría haber oído las alarmas —murmuró Aviger, pero nadie le oyó.
Wubslin alzó los ojos hacia el tren que brillaba bajo las luces de la estación y que,
como ella, parecía arder por dentro.

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«… ¿qué ocurre? ¿Es luz? ¿La estoy imaginando? ¿Me estoy muriendo? ¿Es esto lo
que ocurre? ¿Estoy muriéndome tan pronto? Creía que aún me quedaba un poco de
tiempo y no merezco que…».
«¡Luz! ¡Es luz!».
«¡Puedo volver a ver!».
Pegado al frío metal por su propia sangre coagulada, su cuerpo resquebrajado y
retorcido, mutilado y en plena agonía, abrió el único ojo que le quedaba todo cuanto
pudo. Una capa de mucosidades se había secado sobre él y tuvo que parpadear en un
intento de eliminarla.
Su cuerpo era una oscura tierra desconocida de dolor, un continente de tormentos.
Aún tenía un ojo. Y un brazo. Había perdido una pierna arrancada de cuajo. Una
pierna entumecida y paralizada, otra fracturada (intentó mover aquel miembro solo
para asegurarse; un dolor tan intenso que parecía un chorro de fuego recorrió todo su
cuerpo, como un relámpago deslizándose sobre aquella tierra sumida en las sombras
que era su cuerpo y su dolor), «y mi cara…, mi cara…».
Tenía la sensación de ser un insecto aplastado abandonado por algunos niños
después de una tarde de juegos crueles. Habían creído que estaba muerto, pero su
constitución era muy distinta a la de ellos. Unos cuantos agujeros no eran nada. Un
miembro amputado… Bueno, su sangre no brotaba a chorros como la de ellos cuando
perdía un brazo o una pierna (recordó una grabación de una disección humana que
había presenciado), y para el guerrero la conmoción no existía. No, su organismo no
se parecía en nada a aquellos pobres y blandos sistemas hechos de carne fláccida.
Había recibido un disparo en el rostro, pero el haz o el proyectil no habían logrado
atravesar la capa de queratina interna que protegía el cerebro y sus nervios seguían
intactos. Sus ojos también estaban destrozados, pero el otro lado de su cara estaba
intacto, y seguía siendo capaz de ver.
Tanta luz… Su visión se fue aclarando y contempló el techo de la estación. No
intentó moverse.
Podía sentir su lenta agonía. Era un conocimiento interno que quizá tampoco
estuviera al alcance de los humanos. Podía sentir el lento deslizarse de la sangre
dentro de su cuerpo, notaba el aumento de la presión en el interior de su torso y los
fluidos que se escapaban por las grietas de su queratina. Los restos del traje le
ayudarían a resistir un poco más, pero no bastarían para salvarle. Podía sentir cómo
sus órganos internos se preparaban para dejar de funcionar. El número de agujeros
entre un sistema y otro era excesivo. Su estómago jamás digeriría su última comida, y
su saco pulmonar anterior —que en circunstancias normales contenía una reserva de
sangre hiperoxigenada que podía ser utilizada cuando su cuerpo necesitara consumir
sus últimas reservas de energía— estaba vaciándose, y su precioso combustible
estaba siendo malgastado en esa batalla imposible de ganar que su cuerpo libraba
contra el descenso de su presión sanguínea.

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«Me muero…, me estoy muriendo… ¿Qué importa si muero en la oscuridad o
rodeado de luz?».
«Gran Ser, camaradas caídos, hijos y compañera… ¿Podéis verme mejor bajo esta
claridad extraña enterrada en las profundidades de la tierra?».
«Me llamo Quayanorl, Gran Ser, y…».
La idea ardió con más intensidad que el dolor que había sentido cuando intentó
mover su pierna fracturada, más intensamente que aquella luz silenciosa que parecía
contemplarle desde las paredes y el techo.
Habían dicho que se dirigían hacia la estación siete.
Era lo último que recordaba, aparte de la imagen de uno de ellos que se le
aproximaba flotando por el aire. Debió dispararle en la cara; no podía recordar aquel
momento, pero era la única teoría que tenía sentido… Le enviaron para asegurarse de
que estaba muerto. Pero estaba vivo, y acababa de tener una idea. Un disparo a
ciegas, aun suponiendo que consiguiera moverse, incluso si todo funcionaba según lo
previsto…, sí, un disparo a ciegas en todos los sentidos de la expresión… Pero
significaría hacer algo sin quedarse cruzado de brazos. Ocurriera lo que ocurriese
sería un final digno de un guerrero. Valdría la pena soportar el dolor.
Se movió rápidamente para no darse tiempo a cambiar de opinión, sabiendo que
le quedaban pocos minutos disponibles (si es que ya no era demasiado tarde…). El
dolor le atravesó como si fuera una espada.
Un grito se abrió paso por entre la sangre que llenaba su boca destrozada.
Nadie le oyó. Su grito creó ecos en la estación brillantemente iluminada. Después
llegó el silencio. Su cuerpo aún latía con las últimas vibraciones del dolor, pero sintió
que estaba libre. La capa de sangre coagulada que le unía al metal se había roto.
Podía moverse. Sí, podía moverse bajo aquella luz…
«Xoxarle, si aún estás vivo, puede que pronto tenga una pequeña sorpresa para
nuestros amigos…».

—¿Unidad?
—¿Qué?
—Horza quiere saber qué estás haciendo —dijo Yalson por el comunicador de su
casco mirando al cambiante.
—Estoy registrando el tren que hay en la zona de reparaciones. Si hubiera
encontrado algo, ya os lo habría dicho, ¿no? ¿Habéis conseguido reparar el sensor de
ese traje?
Horza contempló el casco que Yalson sostenía sobre sus rodillas y torció el gesto.
Alargó la mano y apagó el comunicador.
—Tiene razón, ¿verdad? —preguntó Aviger, que estaba sentado sobre la plancha
del equipo—. El sensor de tu traje no funciona, ¿eh?

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—Hay alguna interferencia provocada por el reactor del tren —dijo Horza—. Eso
es todo. Ya nos las arreglaremos.
Aviger no parecía demasiado convencido.
Horza abrió un recipiente de líquido. Se sentía exhausto, como si no le quedaran
fuerzas. Había logrado dar la energía, pero la Mente seguía invisible, y eso le hacía
sentir una especie de anticlímax. Maldijo a Xoxarle, al sensor de masas averiado y a
la Mente. No tenía ni idea de dónde podía estar, pero la encontraría. Aun así, por el
momento lo único que deseaba era seguir sentado y relajarse un poco. Necesitaba un
poco de tiempo para que su mente pudiera volver a funcionar con normalidad. Se
frotó la cabeza. Seguía sintiendo un leve pero molesto dolor interno allí donde se la
había golpeado contra el revestimiento interior del casco durante el tiroteo en la
estación seis. No era nada serio, pero si no hubiese sido capaz de desconectar las
terminaciones nerviosas afectadas, casi le habría impedido pensar.
—¿No crees que deberíamos registrar ese tren? —preguntó Wubslin, alzando los
ojos hacia las curvas relucientes que tenían delante y contemplándolas con expresión
anhelante.
La expresión del ingeniero hizo que Horza sonriera.
—Sí, ¿por qué no? —dijo—. Adelante, echa un vistazo.
Asintió con la cabeza y Wubslin, sonriendo, tragó un último bocado de comida y
cogió su casco.
—De acuerdo. Bueno… Creo que voy a empezar ahora mismo —dijo.
Se alejó con paso presuroso pasando junto a la silueta inmóvil de Xoxarle, subió
por la rampa de acceso y se metió en el tren.
Balveda estaba de pie con la espalda apoyada en la pared y las manos en los
bolsillos. Sus ojos fueron siguiendo la espalda de Wubslin hasta que desapareció
dentro del tren. Sonrió.
—¿Vas a dejar que ponga en marcha ese trasto, Horza? —preguntó.
—Puede que alguien tenga que hacerlo —dijo Horza—. Si vamos a ir en busca de
la Mente necesitaremos algún medio de transporte.
—Qué divertido —dijo Balveda—. Podríamos pasarnos toda la eternidad
moviéndonos en círculos.
—Yo no —dijo Aviger. Sus ojos fueron de Horza a la agente de la Cultura—. Me
vuelvo a la Turbulencia en cielo despejado. No pienso seguir buscando a ese maldito
ordenador.
—Buena idea —dijo Yalson contemplando al viejo—. Podríamos nombrarte
escolta especial de prisioneros y dejar que te llevaras contigo a Xoxarle. Vosotros dos
solitos… ¿Qué te parece?
—Iré solo —dijo Aviger en voz baja rehuyendo la mirada de Yalson—. No tengo
miedo.

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Xoxarle les escuchaba. Esas vocecitas chillonas y estridentes que parecían
graznidos… Volvió a tensar sus ataduras. El cable metálico se había incrustado un par
de milímetros en la queratina de sus hombros, muslos y muñecas. Le dolía un poco,
pero el dolor quizá valiera la pena. Xoxarle estaba rozándose silenciosa y
deliberadamente contra los cables metálicos, frotándolos con todas sus fuerzas en
aquellos lugares donde estaban más apretados; maltratando deliberadamente la
sustancia tan dura como el metal que cubría su cuerpo. Cuando le ataron tragó una
honda bocanada de aire y flexionó sus músculos al máximo, y eso le había dado el
espacio suficiente para moverse, aunque si quería tener alguna probabilidad de
soltarse necesitaría algo más de espacio en que maniobrar.
No tenía ningún plan o escala temporal por la que guiarse. No tenía ni idea de
cuándo podía presentarse alguna oportunidad, pero ¿qué otra cosa podía hacer?
¿Seguir inmóvil como un muñeco, portarse como un prisionero modelo mientras esos
gusanos de cuerpos blandos se rascaban la piel pulposa de sus cuerpos e intentaban
encontrar el paradero de la Mente? Un guerrero no podía hacer algo semejante; había
recorrido una distancia demasiado grande, había visto demasiadas muertes…

—¡Eh! —Wubslin abrió una ventanilla en el último piso del tren y asomó la cabeza
por ella—. ¡Los ascensores funcionan! ¡Acabo de subir hasta aquí en uno! ¡Todo
funciona!
—¿Sí? —Yalson le saludó con la mano—. Estupendo, Wubslin.
La cabeza del ingeniero desapareció por el hueco. Wubslin siguió avanzando por
el tren, tocándolo todo y haciendo pruebas, inspeccionando los controles y la
maquinaria.
—Impresionante, ¿no? —dijo Balveda—. Para la época en que fue construido…
Horza asintió y sus ojos recorrieron lentamente el tren de un extremo a otro.
Apuró el contenido del recipiente, lo dejó sobre la plancha del equipo y se puso en
pie.
—Sí, es impresionante. Pero no les sirvió de mucho, ¿verdad?

Quayanorl estaba reptando por la rampa.


Una capa de humo flotaba bajo el techo de la estación. La circulación del aire era
tan lenta que el humo apenas si se movía, pero los ventiladores del tren funcionaban y
el escaso movimiento visible en aquella niebla gris azulada procedía básicamente de
los puntos en que las puertas y ventanas abiertas expulsaban la calina acre de los
vagones, sustituyéndola por el aire limpio que brotaba de los filtros y sistemas de
ventilación del tren.
El idirano se arrastró a través de los escombros: fragmentos de pared y de tren,
incluso restos de su propio traje. El avance era lento y le resultaba muy difícil, y

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estaba empezando a temer que moriría antes de llegar al tren.
Sus piernas no servían de nada. Si hubiera perdido las otras dos, probablemente
habría estado en condiciones de avanzar más deprisa.
Siguió arrastrándose con el brazo que le quedaba, agarrándose al borde de la
rampa y tirando con todas sus fuerzas.
El esfuerzo suponía una auténtica agonía de dolor. Cada vez que tiraba de su
cuerpo, creía que el dolor habría disminuido un poco, pero no era así. Era como si
cada uno de aquellos segundos excesivamente largos de su ascenso por la rampa,
durante los que su cuerpo destrozado y ensangrentado subía un poco más por esa
interminable superficie repleta de escombros que le causaban nuevas heridas, hiciera
que sus venas se fuesen llenando de ácido. Meneó la cabeza y farfulló algo
ininteligible. Podía sentir la sangre que brotaba de las grietas de su cuerpo que se
habían curado mientras estaba inmóvil y habían vuelto a abrirse con el movimiento.
Sentía las lágrimas que caían del único ojo que le quedaba; notaba el lento deslizarse
del fluido curativo allí donde había estado su otro ojo, el que le habían arrancado de
la cara.
La puerta que tenía delante brillaba a través de la neblina y la débil corriente de
aire que surgía de ella creaba remolinos casi imperceptibles en la humareda. Sus pies
arañaban los escombros y la parte delantera de su traje iba empujando una pequeña
ola de escombros a medida que se movía. El idirano volvió a agarrarse al borde de la
rampa y tiró.
Intentaba no gritar, no porque creyera que hubiese alguien a quien sus gritos
pudieran poner sobre aviso, sino porque desde el primer momento en que logró
sostenerse en pie por sus propios medios, le enseñaron a sufrir en silencio. Lo
intentaba; podía recordar cómo el querl de su nido y su madre-padre le decían que no
debía gritar, y desobedecerles significaría cubrirles de oprobio y vergüenza, pero
había momentos en que el dolor resultaba excesivo. A veces el dolor estrujaba su
cuerpo hasta arrancarle un grito.
Algunas de las luces del techo habían sido alcanzadas por los disparos y no
funcionaban. Podía ver los agujeros y desgarrones en el reluciente fuselaje del tren, y
no tenía ni idea de qué daños internos habría sufrido, pero ahora ya no podía
detenerse. Tenía que seguir adelante.
Podía oír los sonidos que brotaban del tren. Podía oírlos tan bien como el cazador
que acecha su presa. El tren estaba vivo; herido —el zumbido irregular de algunos
motores parecía indicar que no funcionaban del todo bien— pero vivo. Quayanorl se
estaba muriendo, pero haría cuanto estuviera en sus manos para capturar a su bestia.

—¿Qué opinas? —preguntó Horza volviéndose hacia Wubslin.


Había seguido la pista del ingeniero hasta encontrarle debajo de uno de los
vagones. Wubslin estaba suspendido cabeza abajo para inspeccionar los motores de

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las ruedas. Horza le había pedido que echara un vistazo al pequeño compartimento
del pecho de su traje que albergaba la parte principal del sensor.
—No sé… —dijo Wubslin meneando la cabeza. Llevaba el casco puesto y el
visor bajado, con la pantalla en posición de aumento para ampliar la imagen que le
proporcionaba el visor—. Es tan pequeño que… Necesitaría llevarlo a la Turbulencia
en cielo despejado para poder examinarlo como es debido. No he traído conmigo
todas mis herramientas. —Chasqueó los labios—. Parece estar bien. A primera vista,
no hay nada estropeado. Puede que los reactores estén impidiendo que capte la señal.
—Maldita sea —dijo Horza—. Bueno, entonces tendremos que registrar los
túneles.
Dejó que Wubslin cerrara el pequeño panel de inspección que había en el pecho
de su traje.
El ingeniero se echó hacia atrás y alzó el visor de su casco.
—El único problema es que si se trata de una interferencia causada por los
reactores, usar el tren para buscar la Mente no servirá de mucho, ¿verdad? —dijo con
expresión lúgubre—. Tendremos que usar el tubo de tránsito.
—Empezaremos registrando la estación —dijo Horza.
Se puso en pie. Miró por la ventanilla. Yalson estaba en la plataforma de la
estación observando a Balveda. La mujer de la Cultura iba y venía lentamente por el
liso suelo de roca fundida. Aviger seguía sentado sobre la plancha del equipo.
Xoxarle casi se confundía con los soportes metálicos a los que estaba atado.
—¿Puedo subir a la sala de control? —preguntó Wubslin.
Horza contempló los rasgos toscos y francos del ingeniero.
—Sí, ¿por qué no? Pero no intentes moverlo todavía, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —dijo Wubslin, poniendo cara de felicidad.
—Cambiante… —dijo Xoxarle cuando Horza bajó por la rampa de acceso.
—¿Qué?
—Los cables están demasiado apretados. Me están haciendo daño.
Horza examinó atentamente los cables que rodeaban las muñecas del idirano.
—Qué lástima —dijo.
—Me han causado heridas en los hombros, las piernas y las muñecas. Si la
presión continúa, acabarán seccionando mis conductos sanguíneos. No me gustaría
morir de una forma tan poco elegante. Puedes volarme la cabeza cuando quieras, pero
cortarme en rebanadas con esta lentitud… no es digno de un guerrero. Te lo digo solo
porque estoy empezando a creer que realmente tienes intención de llevarme ante los
altos mandos de la flota.
Horza se colocó detrás del idirano para inspeccionar los cables que le
inmovilizaban las muñecas. Xoxarle estaba diciendo la verdad. Los cables se habían
hundido en la queratina como el alambre espinoso de una valla en la corteza de un
árbol. El cambiante frunció el ceño.

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—Nunca había visto nada semejante —dijo como si hablara con la nuca de la
cabeza del idirano, quien seguía sin moverse—. ¿Qué estás tramando? Tu piel es lo
bastante dura para resistir eso y más.
—No estoy tramando nada, humano —dijo Xoxarle con voz cansada. Dejó
escapar un suspiro de abatimiento—. Mi cuerpo ha sufrido daños e intenta
reconstruirse a sí mismo. Eso hace que se vuelva menos resistente y más flexible,
como si intentara reconstruir las partes dañadas… Oh, si no me crees no importa.
Pero no olvides que te he advertido.
—Pensaré en ello —dijo Horza—. Si el dolor llega a ser insoportable, grita.
Se abrió paso por entre el laberinto de vigas y soportes hasta volver al suelo de la
estación y se reunió con los demás.
—Tendré que pensar en eso —dijo Xoxarle en voz baja—. Los guerreros nunca
«gritan» por el mero hecho de que estén sufriendo cierto dolor.
—Bueno —dijo Yalson—. ¿Qué tal está Wubslin? ¿Es feliz con su juguete?
—Le preocupa no tener ocasión de conducir el tren —dijo Horza—. ¿Qué hace la
unidad?
—Sigue inspeccionando el otro tren. Parece que ha decidido tomarse su tiempo.
—Bueno, que siga allí —dijo Horza—. Tú y yo podemos registrar la estación.
¿Aviger?
Se volvió hacia el viejo, quien estaba usando un trocito de plástico para sacarse
los fragmentos de comida que se le habían quedado atrapados entre los dientes.
—¿Qué? —preguntó Aviger, alzando los ojos hacia el cambiante y
contemplándole con suspicacia.
—Vigila al idirano. Vamos a echar un vistazo por la estación.
Aviger se encogió de hombros.
—De acuerdo. Supongo que hacéis bien. De momento no parece que haya
muchos sitios adonde ir, ¿verdad?
Suspiró y se dedicó a inspeccionar el extremo del trozo de plástico.

Alargó el brazo, se agarró al final de la rampa y tiró. Su cuerpo se movió hacia


adelante entre una ola de dolor. Se aferró a la puerta del tren y volvió a tirar. Su
cuerpo se alzó de la rampa y cayó al interior del tren.
Cuando estuvo dentro descansó.
La sangre rugía dentro de su cabeza.
Su mano estaba exhausta y le dolía. No era el terrible dolor de sus heridas, pero le
preocupaba todavía más. Temía que su mano quedara entumecida, que se debilitara
hasta el extremo de que no pudiera coger nada. Eso le impediría seguir moviéndose.
Al menos ahora se encontraba en terreno llano. Tenía que arrastrar su cuerpo a lo
largo de un vagón y medio, pero no había ninguna pendiente que superar. Intentó
volver la cabeza hacia el sitio donde había yacido, pero solo consiguió echarle un

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fugaz vistazo antes de que el cansancio y el dolor le obligaran a relajar los músculos
del cuello. Un rastro de sangre serpenteaba por entre los escombros que cubrían la
rampa, como si una escoba empapada en pintura púrpura hubiese pasado por el centro
de la capa de polvo y restos metálicos esparcidos sobre aquella superficie inclinada.
Mirar hacia atrás carecía de objeto. Tenía que seguir adelante. Aún le quedaba un
trecho que recorrer. Dentro de media hora o quizá menos, estaría muerto. Si se
hubiera quedado acostado sobre la rampa, habría durado más tiempo, pero moverse
había acortado su vida, aumentando la velocidad con que las fuerzas de la destrucción
iban robándole su vitalidad y las escasas energías que le quedaban.
Empezó a arrastrarse por el pasillo.
Sus dos piernas destrozadas e inservibles le seguían deslizándose sobre una
delgada película de sangre.

—¡Cambiante!
Horza frunció el ceño. Él y Yalson habían empezado a registrar la estación. El
idirano le llamó cuando Horza se encontraba a pocos pasos de la plancha en que
estaba sentado Aviger. El viejo parecía harto y el cañón de su arma apuntaba en la
dirección aproximada de Balveda. La agente de la Cultura seguía paseando de un
lado para otro.
—¿Sí, Xoxarle? —dijo Horza.
—Estos cables… No tardarán en atravesar mi cuerpo. Menciono ese hecho solo
porque hasta ahora has hecho todo cuanto estaba en tus manos para mantenerme con
vida. Sería una lástima que muriese accidentalmente por culpa de un descuido, ¿no te
parece? Si estás haciendo algo tan importante que no puedes ser molestado… sigue
con ello, te lo ruego.
—¿Quieres que afloje esos cables?
—Solo una fracción de milímetro. Las fibras metálicas no tienen ninguna
flexibilidad, ¿comprendes? Poder respirar sin diseccionarme a mí mismo sería un
auténtico alivio.
—Si intentas algo te dejaré sin brazos y sin piernas y te llevaré a casa encima de
esa plancha —dijo Horza.
Fue hacia el idirano apuntándole a la cara con el arma.
—La repetida crueldad de tus amenazas me ha convencido, humano. Está claro
que sabes cuán vergonzosas consideramos las prótesis incluso si son resultado de
heridas sufridas en el combate. Me portaré bien. Basta con que aflojes un poco los
cables. Sé un buen aliado y aflójalos un poco…
Horza aflojó la tensión de los cables allí donde estos habían empezado a
incrustarse en el cuerpo de Xoxarle. El líder de sección flexionó los músculos y su
boca dejó escapar un lento y prolongado suspiro.

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—Ya me siento mucho mejor, diminuto. Mucho mejor… Ahora viviré para
enfrentarme al castigo que creas me corresponde, sea el que sea.
—Puedes estar seguro de ello —dijo Horza. Se volvió hacia Aviger—. Si hace
algo raro, aunque sea respirar como si tuviera ganas de pelea…, vuélale las piernas.
—Oh, sí, señor —dijo Aviger saludándole con falsa marcialidad.
—¿Esperas encontrar esa Mente escondida en algún rincón, Horza? —preguntó
Balveda.
Había dejado de pasear y estaba de cara a Horza y Yalson. Tenía las manos
metidas en los bolsillos.
—Nunca se sabe, Balveda —dijo Horza.
—Ladrón de tumbas —dijo Balveda, y sus labios se curvaron en una lenta
sonrisa.
Horza se volvió hacia Yalson.
—Dile a Wubslin que nos vamos. Pídele que vigile la plataforma y que se asegure
de que Aviger no se queda dormido.
Yalson habló con Wubslin por el comunicador.
—Será mejor que vengas con nosotros —dijo Horza volviéndose hacia Balveda
—. No me gusta dejarte aquí con todo este equipo en condiciones de funcionar.
—Oh, Horza… —dijo Balveda sonriendo—. ¿Es que no confías en mí?
—Ve delante y cierra la boca —dijo Horza con voz cansada.
Señaló la dirección en que quería ir. Balveda se encogió de hombros y empezó a
caminar.
—¿Tiene que venir con nosotros? —preguntó Yalson poniéndose a la altura de
Horza.
—Siempre podríamos encerrarla —dijo Horza.
Miró a Yalson, quien se encogió de hombros.
—Oh, qué diablos… —dijo.

Unaha-Closp flotaba por el interior del tren. Si miraba hacia fuera podía ver la
caverna de la zona de mantenimiento y reparaciones con toda su maquinaria
reluciendo bajo las fuertes luces del techo: tornos, forjas, equipos de soldadura,
brazos articulados, repuestos y piezas sueltas, estructuras capaces de sostener
vagones enteros, una inmensa grúa que colgaba del techo como un angosto puente…
El tren era bastante interesante. La vieja tecnología proporcionaba muchas cosas
que observar y que tocar o investigar, pero lo que más alegraba a Unaha-Closp era
que le ofrecía la ocasión de estar solo durante un tiempo. Pasados los primeros días,
la compañía de los humanos había empezado a cansarle, y lo que más le molestaba y
le irritaba era la actitud del cambiante. ¡Aquel hombre era un auténtico especista!
«Conque solo soy una máquina…», pensó Unaha-Closp. «¿Cómo se atreve?».

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Haber sido capaz de reaccionar el primero en los túneles, dejando sin sentido a
Xoxarle —con lo que quizá salvo las vidas de algunos humanos, y puede que incluso
la de aquel desagradecido cambiante—, le había hecho sentirse mejor durante un
tiempo. Por mucho que le disgustara admitirlo, cuando Horza le dio las gracias,
Unaha-Closp se sintió muy orgulloso de sí mismo. Pero, en realidad, la opinión del
cambiante no había variado mucho. Lo más probable era que acabase olvidando lo
ocurrido o intentara convencerse a sí mismo de que había sido una aberración
momentánea sufrida por una máquina confusa, una mera casualidad irrepetible. Solo
Unaha-Closp sabía cuáles eran sus sentimientos, y solo él sabía por qué se había
arriesgado a sufrir graves daños físicos para proteger a los humanos. «O, al menos,
debería saberlo», se dijo con sarcasmo. Quizá no debería haberse tomado la molestia
de actuar. Quizá debería haber permitido que el idirano acabara con ellos, pero en
aquel momento le pareció que solo había un curso de acción a seguir. «Eres un
auténtico idiota», se dijo a sí mismo.
Siguió flotando por los bien iluminados espacios del tren que zumbaba y vibraba,
como si fuera otra parte más de sus mecanismos.

Wubslin se rascó la cabeza. Se había detenido en el vagón del reactor cuando iba de
camino a la sala de control. Algunas puertas se negaban a abrirse. Debían contar con
alguna especie de cerradura de seguridad, probablemente controlada desde el puente,
o la cubierta de vuelo, o la cabina del maquinista, o como demonios se llamara la
parte del morro del tren desde donde se manejaban los mecanismos. Se volvió hacia
una ventanilla, recordando las órdenes de Horza.
Aviger estaba sentado sobre la plancha del equipo apuntando al idirano con su
arma. Xoxarle seguía inmóvil como una estatua junto a los soportes. Wubslin apartó
la mirada, hizo un nuevo intento de abrir la puerta que daba acceso a la zona del
reactor y meneó la cabeza.

La mano y el brazo se estaban debilitando. Las hileras de asientos situadas sobre su


cabeza tenían delante fila tras fila de pantallas apagadas. El idirano reanudó su
avance agarrándose a los soportes de los asientos. Ya casi estaba en el pasillo que
llevaba al primer vagón.
No estaba seguro de cómo se las arreglaría para salvar el tramo de pasillo. ¿A qué
podía agarrarse? Bueno, preocuparse de eso ahora carecía de objeto. Se agarró a otro
soporte y arrastró su cuerpo unos centímetros más.

Cuando llegaron a la terraza que dominaba la zona de reparaciones, pudieron ver el


tren en donde se hallaba la unidad. La reluciente masa metálica acunada en el

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semitúnel que corría junto a la pared más alejada daba la impresión de flotar sobre el
suelo del área de mantenimiento y hacía pensar en una nave espacial muy larga y
delgada. La roca oscura que lo rodeaba era como el espacio desprovisto de estrellas.
Los ojos de Yalson se posaron en la espalda de la agente de la Cultura y frunció el
ceño.
—Se comporta con demasiada docilidad, Horza —dijo, alzando la voz lo justo
para que el cambiante pudiera oírla.
—Por mí, estupendo —dijo Horza—. Cuanto más dócil mejor.
Yalson meneó levemente la cabeza sin apartar los ojos de la mujer que paseaba
lentamente por su campo visual.
—No, creo que actúa así para que nos confiemos. Hasta ahora no ha intentado
nada porque sabe que puede permitirse el lujo de dejar que los acontecimientos sigan
su curso. Tiene otra carta oculta que puede jugar cuando le convenga, y ha decidido
relajarse y pasar lo más desapercibida posible hasta que llegue el momento de
utilizarla.
—Todo eso son imaginaciones tuyas —dijo Horza—. Estás empezando a dejarte
dominar por tus hormonas… Te vuelven suspicaz, y como continúes así pronto
creerás que eres capaz de adivinar el futuro.
Yalson le miró, transfiriendo el fruncimiento de ceño con que observaba los
paseos de Balveda al cambiante.
—¿Qué has dicho? —preguntó entrecerrando los ojos.
Horza alzó la mano que tenía libre.
—Solo estaba bromeando.
Sonrió.
Yalson no parecía muy convencida.
—Está tramando algo. Lo sé —dijo, y asintió para sí misma—. Lo noto.

Quayanorl se arrastró por el pasillo. Abrió la puerta del vagón y reptó con una
lentitud agónica por el suelo.
Estaba empezando a olvidar por qué hacía todo esto. Sabía que tenía que seguir
adelante. Tenía que seguir arrastrándose, sí, pero ya no podía recordar con mucha
claridad el porqué. El tren era un laberinto de torturas diseñado para causarle dolor.
«Me arrastro hacia la muerte. Cuando llegue al final y no pueda seguir
arrastrándome, tendré que continuar avanzando. Recuerdo haber pensado eso antes,
pero ¿en qué estaba pensando? ¿Moriré cuando llegue a la zona de control del tren y
continuaré mi viaje hacia la muerte por el más allá? ¿Es eso lo que estaba
pensando?».
«Soy como una criatura recién nacida que se arrastra por el suelo… Ven, pequeño
mío, me dice el tren».

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«Estamos buscando algo, pero no consigo recordar… exactamente… el…
qué…».

Inspeccionaron la gran caverna y subieron el tramo de peldaños de la galería que


daba acceso a las zonas de almacenamiento y los habitáculos.
Balveda estaba inmóvil a un extremo de la gran terraza que corría alrededor de
toda la caverna a medio camino entre el suelo y el techo. Yalson observó a la agente
de la Cultura mientras Horza abría las puertas que daban acceso al área de
habitáculos. Balveda estaba contemplando la inmensidad de la caverna con las manos
apoyadas sobre la barandilla. El último barrote de esta quedaba a la altura de sus
hombros. A los constructores del Sistema de Mando, les habría llegado a la cintura.
Cerca de donde estaba, había una pasarela muy larga suspendida del techo
mediante cables que llevaba a la terraza del otro lado, donde un angosto túnel
brillantemente iluminado se internaba en la roca. Los ojos de Balveda recorrieron la
pasarela y acabaron posándose en la distante boca del túnel.
Yalson se preguntó si la mujer de la Cultura estaría pensando en usarlo para huir,
pero sabía que no se trataba de eso. Un instante después se preguntó si quería que
Balveda intentara huir para tener una excusa que le permitiera matarla de un disparo
y librarse de su molesta presencia.
Balveda apartó los ojos de la pasarela y Horza siguió abriendo las puertas del área
de habitáculos.

Xoxarle flexionó los hombros. Los cables se deslizaron sobre su cuerpo y volvieron a
tensarse.
El humano que habían dejado allí para que le vigilara parecía cansado, quizá
incluso soñoliento, pero Xoxarle no creía que los demás fueran a mantenerse alejados
durante mucho tiempo. No podía permitirse el lujo de excederse. Si lo hacía, en
cuanto volviera el cambiante podía notar que los cables se habían movido. De todas
formas, y aunque distaba mucho de ser el desarrollo más interesante que podían
seguir los acontecimientos, al parecer había bastantes probabilidades de que los
humanos no lograran encontrar ese ordenador supuestamente dotado de conciencia
que todos estaban buscando. En ese caso quizá el mejor curso de acción fuera no
hacer nada. Dejaría que los diminutos le llevaran a su nave. El que se llamaba Horza
quizá tuviera intención de pedir un rescate por él. Xoxarle creía que esa era la
explicación más lógica de que siguiera con vida.
La flota podía pagar por el regreso de un guerrero, aunque la familia de Xoxarle
lo tenía prohibido y, de todas formas, no eran ricos. Xoxarle no lograba decidir si
quería seguir viviendo y, quizá, expiar mediante sus hazañas futuras la vergüenza de
haber sido capturado y rescatado mediante un precio, o hacer todo cuanto estuviera

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en sus manos para escapar o morir. La acción le resultaba más atractiva, y eso era lo
que le dictaba el credo del guerrero. Cuando dudes, actúa.
El humano se levantó de la plancha y empezó a pasear. Se le acercó lo suficiente
para ser capaz de inspeccionar los cables, pero se limitó a echarles un vistazo.
Xoxarle contempló el arma láser del humano. Sus grandes manos atadas detrás de su
espalda se abrieron y cerraron lentamente sin que su mente hubiera llegado a
ordenárselo.

Wubslin acaba de llegar a la sala de control situada en el morro del tren. Se quitó el
casco y lo puso encima de la consola. Se aseguró de que no tocaba ningún control y
que solo tapaba algunos paneles apagados. Después se quedó inmóvil en el centro de
la sala, contemplando lo que le rodeaba con expresión fascinada.
El tren vibraba bajo sus pies. Diales, medidores, pantallas y paneles indicaban el
estado de la maquinaria. Los ojos de Wubslin recorrieron los controles situados ante
dos asientos inmensos que estaban de cara a la consola principal, tras la que se alzaba
el vidrio blindado que formaba parte de la abrupta curva hacia abajo seguida por el
morro del tren. El túnel que se extendía delante del tren estaba a oscuras, con solo
unas lucecitas ardiendo en las paredes.
A cincuenta metros había un complicado conjunto de desviaciones y agujas que
dividían el trazado de las vías, haciéndolas internarse en dos túneles. Una ruta estaba
obstruida por la parte trasera del tren que había un poco más allá y que Wubslin podía
ver; el otro túnel se curvaba evitando la caverna de reparación y mantenimiento y
proporcionaba un camino hasta la próxima estación.
Wubslin alargó el brazo sobre la consola de control para poder tocar la lisa y fría
superficie del cristal. Sus dedos la acariciaron lentamente. Sonrió para sí mismo.
Cristal, nada de una pantalla visora… Lo prefería. Los diseñadores de aquel tren
poseían pantallas holográficas, superconductores y levitación magnética —habían
usado todas esas técnicas en los tubos de tránsito—, pero cuando llegó el momento de
su obra principal no les avergonzó mantenerse fieles a una tecnología aparentemente
más tosca pero con mayor resistencia a los daños. Esa era la razón de que el tren
poseyera cristales blindados y se desplazase sobre vías de metal. Wubslin se frotó
lentamente las palmas de las manos y contempló la multitud de instrumentos y
controles que le rodeaba.
—Soberbio —murmuró.
Se preguntó si podría averiguar qué controles accionaban las cerraduras de las
puertas que daban acceso al vagón del reactor.

Quayanorl había logrado llegar a la sala de control.

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Estaba intacta. Por encima del suelo todo eran soportes metálicos que sostenían
asientos, paneles de control y las luces brillantes del techo. El idirano se arrastró por
el suelo balbuceando palabras que el dolor le impedía comprender e intentó recordar
por qué había recorrido toda aquella distancia.
Apoyó la cara en el frío suelo de la sala. El tren vibró bajo su rostro como si le
enviara un mensaje. Seguía estando vivo; había sufrido daños y, como él, no
mejoraría, pero seguía estando vivo. Quayanorl sabía que había tenido intención de
hacer algo, pero ahora todo estaba volviéndose borroso y empezaba a escapársele. La
frustración era tan intensa que sintió deseos de llorar, pero era como si ya ni tan
siquiera le quedasen energías para ello.
«¿Qué era?», se preguntó mientras el tren seguía vibrando bajo su rostro. «Yo
quería… yo… ¿qué?».

Unaha-Closp inspeccionó el vagón del reactor. Al principio la mayor parte le resultó


inaccesible, pero la unidad acabó dando con la forma de entrar y se abrió paso por el
conducto que protegía un grupo de cables.
Recorrió el vagón observando el sistema y su forma de funcionar. Las planchas de
sustancia absorbente impedían que la pila se recalentara, el recubrimiento del uranio
consumido había sido diseñado con el fin de proteger los frágiles cuerpos de los
humanoides, y las cañerías para el intercambio calórico tomaban el calor de la pila y
lo llevaban hasta las baterías de pequeñas calderas donde el vapor hacía girar
generadores para producir la energía que accionaba las ruedas del tren. Unaha-Closp
sacó la impresión global de que todo era muy complicado. Complicado y, al mismo
tiempo, muy tosco… Pese al gran número de sistemas de seguridad incluidos en el
diseño, había muchas cosas que podían averiarse o dejar de funcionar.
Al menos así, cuando los humanos tuvieran que desplazarse mediante aquellas
arcaicas locomotoras nucleares-eléctricas de vapor, utilizarían la energía del sistema
principal. La unidad descubrió que estaba de acuerdo con el cambiante. Los idiranos
que habían intentado poner en marcha aquel montón de chatarra milenaria debían
haber perdido el juicio.

—¿Dormían dentro de esas cosas?


Yalson alzó los ojos hacia las redes que colgaban del techo. Horza, Balveda y ella
estaban en la puerta de una gran caverna que había sido utilizada como dormitorio
por la raza extinguida que hacía ya mucho tiempo trabajó en el Sistema de Mando.
Balveda probó una de las redes. Eran como hamacas abiertas suspendidas entre
juegos de palos que colgaban del techo. Debía de haber como un centenar, y hacían
pensar en aparejos de pesca colgados a secar.

[Link] - Página 385


—Supongo que debían encontrarlas cómodas —dijo Horza. Miró a su alrededor.
No había ningún sitio que pudiera servir de escondrijo a la Mente—. Sigamos —dijo
—. Ven, Balveda…
Balveda se apartó de la red-cama que había estado inspeccionando, dándole un
último empujón que la hizo balancearse ligeramente, y se preguntó si habría algún
baño o ducha capaz de funcionar en algún lugar de aquel sistema de túneles.

Alzó el brazo hacia la consola. Tiró con todas sus fuerzas y consiguió apoyar la
cabeza en el asiento. Utilizó los músculos de su cuello y su cada vez más dolorido y
débil brazo para hacer palanca y erguirse. Logró que su torso girara sobre sí mismo.
Una de sus piernas se enganchó en la parte inferior del asiento y estuvo a punto de
hacerle caer. Quayanorl lanzó un respingo de dolor. Bueno, al menos ahora estaba en
el asiento.
Contempló las masas de controles, alzó los ojos hacia el cristal blindado y
observó el ancho túnel que se extendía detrás de la curva que formaba el morro del
tren. La negrura de las paredes quedaba interrumpida a intervalos regulares por las
luces; los raíles de acero se alejaban serpenteando hasta perderse en la distancia.
Quayanorl contempló aquel espacio vacío y silencioso y experimentó una leve
sensación de victoria. Acababa de recordar por qué se había arrastrado hasta allí.

—¿Es eso? —preguntó Yalson.


Estaban en la sala de control general, el lugar desde el que se dirigían todas las
complicadas funciones de la estación propiamente dicha. Horza había activado
algunas pantallas y comprobó las cifras que le daban. Después tomó asiento ante una
consola y usó las cámaras manejadas mediante control remoto de la estación para
echar un último vistazo a los pasillos, habitaciones, túneles, pozos y cavernas.
Balveda se instaló en otro de aquellos inmensos asientos y empezó a balancear las
piernas, haciendo pensar en una niña sentada en el butacón de un adulto.
—Así es —dijo Horza—. He comprobado toda la estación. A menos que se haya
ocultado en un tren, la Mente no se encuentra aquí.
Activó las cámaras de las otras estaciones y fue repasándolas por orden
ascendente. Se entretuvo un poco más con la de la estación cinco, que le proporcionó
una imagen de los cuatro medjels muertos y los restos del tosco vehículo de combate
fabricado por la Mente tomada desde lo alto de la caverna, y pasó a la cámara
instalada en el techo de la estación seis…

«Aún no me han encontrado. No puedo oírles como debería. Lo único que puedo oír
es el eco de sus pasitos. Sé que se encuentran aquí, pero no tengo forma de averiguar

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lo que están haciendo. ¿He logrado engañarles? Detecté un sensor de masas, pero su
señal se desvaneció. Hay otro sensor. Uno de ellos lo lleva encima, pero no puede
estar funcionando como debería. Quizá he logrado engañarles, como era mi
esperanza. Puede que el tren me haya salvado. Qué irónico…».
«Puede que hayan capturado a un idirano. Capto otro ritmo en sus pasos. ¿Todos
caminan o hay algunos con unidades antigravitatorias? ¿Cómo han logrado llegar
hasta aquí? ¿Será posible que sean cambiantes de la superficie?».
«Daría la mitad de mi capacidad de memoria por otra unidad manejable a
distancia. He logrado esconderme, pero estoy atrapada. No puedo ver y no puedo oír
tan bien como debería. Lo único que puedo hacer es sentir. Cómo odio todo esto…
Ojalá supiera qué está pasando».

Quayanorl contempló los controles que tenía delante. Antes de que llegaran los
humanos, ya habían logrado averiguar las funciones de un número considerable de
ellos. Ahora tenía que intentar acordarse de cuanto habían averiguado. ¿Qué debía
hacer primero? Se inclinó hacia adelante oscilando precariamente sobre aquel asiento
concebido para el cuerpo de otra especie. Activó una hilera de interruptores. Las
luces parpadearon; oyó varios chasquidos.
Le costaba tanto recordar… Movió palancas, pulsó botones y accionó
interruptores. Las agujas de los medidores y diales se desplazaron para dar nuevas
lecturas. Las pantallas se iluminaron y las cifras empezaron a parpadear en ellas.
Zumbidos, chirridos, siseos… El idirano creía estar haciendo lo que debía, pero no
podía estar seguro de ello.
Algunos controles se encontraban demasiado lejos y tuvo que colocar casi medio
cuerpo encima de la consola para llegar hasta ellos, moviéndose con mucho cuidado
para no alterar ninguno de los controles que ya había ajustado. Cuando lo hubo
conseguido volvió a reclinarse en el asiento.
El tren vibraba con más fuerza. Sintió cómo se removía. Los motores empezaron
a girar, el aire silbó, los altavoces emitieron chisporroteos y susurros. Sí, lo estaba
consiguiendo. El tren aún no se movía, pero iba impulsándolo lentamente hacia el
momento en que quizá lo hiciera.
Pero estaba perdiendo la vista.
Parpadeó y meneó la cabeza, pero su ojo estaba dejando de funcionar. Lo que
tenía delante se fue volviendo grisáceo y borroso. Tenía que mirar fijamente los
controles y las pantallas para ver algo. Las luces de la pared del túnel que se alejaban
hacia la distante negrura parecían estar perdiendo intensidad. Quayanorl podría
haberse consolado creyendo que la energía estaba fallando, pero sabía que no era así.
La cabeza le dolía de una forma terrible. Pensó que probablemente era por culpa de
estar sentado. Aquella posición debía dificultar todavía más el riego sanguíneo.

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Su agonía se estaba acelerando, y eso hacía que el apremio fuese todavía mayor.
Pulsó botones y movió algunas palancas. El tren tendría que haberse movido,
flexionando sus músculos mecánicos; pero seguía inmóvil.
¿Qué más tenía que hacer? Se volvió hacia su lado ciego y vio las luces de los
paneles que se encendían y se apagaban. Naturalmente: las puertas. Pulsó los botones
en las zonas de los paneles correctas y oyó el ruido de algo que se deslizaba
lentamente. La mayoría de paneles dejaron de parpadear, pero no todos. Algunas
puertas debían haberse quedado atascadas. Otro control le permitió desactivar sus
sistemas de seguridad y todos los paneles que seguían encendidos se oscurecieron.
Volvió a intentarlo.
Los trescientos metros de tren del Sistema de Mando se estremecieron muy
despacio, como un animal que se estira después de la hibernación. Los vagones se
acercaron un poquito más los unos a los otros y la estructura metálica se tensó
disponiéndose a funcionar.
Quayanorl captó aquel leve movimiento y sintió deseos de reír. El tren
funcionaba. Lo más probable era que hubiese tardado demasiado tiempo y que ahora
ya fuese tarde, pero al menos había logrado hacer lo que se había propuesto. Había
vencido todas las dificultades y el dolor. Se había convertido en el amo de aquella
inmensa bestia plateada, y con un poquito más de suerte al menos conseguiría que los
humanos tuvieran algo en qué pensar. Y le mostraría a la Bestia de la Barrera lo que
opinaba de su precioso monumento…
Puso la mano sobre la palanca que él y Xoxarle habían decidido controlaba el
flujo de energía a los motores de las ruedas principales y la empujó nerviosamente —
temiendo que el tren siguiera negándose a funcionar— hasta llevarla al límite de la
posición de arranque. El tren se estremeció, gimió y continuó inmóvil.
El único ojo que le quedaba empezó a llenarse de lágrimas que hicieron todavía
más borroso aquel panorama grisáceo que apenas si podía ver.
El tren vibró y Quayanorl oyó un ruido metálico detrás de él. Casi se vio arrojado
del asiento. Tuvo que agarrarse al borde de este y un instante después se inclinó hacia
adelante y volvió a poner su mano sobre la palanca del flujo de energía, que acababa
de regresar a la posición de apagado. El rugido de su cabeza se hacía más intenso a
cada segundo que pasaba. El nerviosismo y el agotamiento le hacían temblar. Volvió
a empujar la palanca hacia adelante.
El hueco de una puerta estaba lleno de escombros y había un equipo de soldar
debajo del vagón que contenía el reactor. Tiras de metal arrancadas de los flancos del
tren asomaban hacia las paredes del túnel como los pelos de un abrigo que necesitaba
un buen cepillado. Las dos pasarelas de acceso estaban flanqueadas por montones de
cascotes y escombros, y una rampa entera —aquella bajo la que Xoxarle había estado
aprisionado durante un tiempo— había caído encima de un vagón cuando los
humanos la cortaron.

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El tren volvió a oscilar hacia adelante, gimiendo y quejándose como si sus
intentos de moverse le resultaran tan dolorosos como lo habían sido los de
Quayanorl. Sus ruedas dieron medio giro y se detuvieron. La rampa incrustada en la
pasarela de acceso les impedía seguir adelante. Los motores del tren empezaron a
emitir un chirrido estridente. Las alarmas de la sala de control se pusieron en
funcionamiento, pero su sonido era tan agudo que el idirano apenas si podía oírlo.
Los medidores parpadearon, las agujas se aproximaron a las zonas de peligro y las
pantallas se llenaron de información.
La rampa empezó a desprenderse del tren, arrancando un pedazo de flanco del
vagón a medida que el tren iba abriéndose paso lentamente.
Quayanorl vio acercarse la boca del túnel.
Más escombros junto a la pasarela de acceso delantera. El equipo de soldadura
atrapado bajo el vagón del reactor arañó la lisura del suelo hasta que llegó al reborde
de piedra que rodeaba un pozo de inspección. Se atascó contra él y acabó soltándose
para caer con un ruido metálico al fondo del pozo. El tren seguía avanzando
lentamente.
La rampa enganchada en la pasarela de acceso trasera se desprendió con un
estruendo metálico, arrancando nervaduras de aluminio y tubos de acero y
desgarrando la piel de plástico y aluminio del vagón en el que había quedado
encajada. Una esquina de la rampa había quedado atrapada debajo del tren cubriendo
un raíl. Las ruedas llegaron a ese punto y vacilaron. Las conexiones que unían un
vagón a otro se tensaron hasta que el impulso del avance aumentó lo suficiente para
vencer la resistencia ofrecida por la rampa. La estructura de la rampa se dobló sobre
sí misma y se fue comprimiendo, las ruedas pasaron por encima de ella, cayeron
sobre el rail que había más allá con un golpe sordo y siguieron adelante. El juego de
ruedas que venía detrás pasó sobre el pedazo de rampa sin apenas ninguna dificultad.
Quayanorl se reclinó en el asiento. El túnel se fue acercando al tren y pareció
engullirlo. La estación fue desapareciendo lentamente. Las paredes oscuras
empezaron a desfilar a cada lado de la sala de control. El tren seguía
estremeciéndose, pero iba acelerando poco a poco. Una serie de choques y golpetazos
le indicó que los vagones le seguían por encima de los escombros, sobre el metal
reluciente de los raíles, dejando atrás los restos de las pasarelas y rampas, saliendo de
la estación…
El primer vagón la abandonó a la velocidad de un hombre que camina, el segundo
un poco más deprisa, el vagón del reactor moviéndose como un hombre que aprieta el
paso y el último iniciando una carrera. Una nube de humo se deslizó unos metros
detrás del tren, volvió atrás lentamente y acabó subiendo al techo para ocupar su
posición anterior.

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La cámara de la estación seis —allí donde habían mantenido el primer tiroteo, allí
donde Dorolow y Neisin habían muerto y habían dejado el cuerpo del otro idirano
dándole por muerto— no funcionaba. Horza pulsó el botón un par de veces, pero la
pantalla siguió sin dar imagen. Un indicador de averías había empezado a parpadear.
Horza hizo desfilar rápidamente las imágenes procedentes de las otras estaciones por
el circuito y apagó la pantalla.
—Bueno, todo parece ir bien. —Se puso en pie—. Volvamos al tren.
Yalson se puso en contacto con Wubslin y la unidad; Balveda bajó del gran
asiento en el que se había instalado y el trío abandonó la sala de control con la mujer
de la Cultura abriendo la marcha.
Detrás de ellos una pantalla que registraba el flujo de energía —una de las
primeras que Horza había encendido— estaba registrando un considerable consumo
de energía en los circuitos de aprovisionamiento de las locomotoras, lo que indicaba
que un tren estaba desplazándose por alguna parte del complejo de túneles del
Sistema de Mando.

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13
El Sistema de Mando: final de trayecto

—Puedes acabar leyendo demasiadas cosas en tus propias circunstancias. Eso me trae
a la memoria una raza que se opuso a nosotros hace… Oh, ya hace mucho tiempo,
antes de que nadie pensara en mi concepción. Afirmaban que la galaxia les
pertenecía, y justificaban esta herejía mediante una blasfema creencia relacionada con
el diseño de sus organismos. Eran seres acuáticos. Su cerebro y sus órganos
principales estaban alojados en una gran vaina central de la que brotaban varios
brazos o tentáculos de considerable longitud. Esos tentáculos eran gruesos junto a la
vaina y delgados en las puntas, y estaban provistos de ventosas. Se suponía que su
dios del agua había creado la galaxia a su imagen y semejanza.
»¿Comprendes? Creían que el poseer un cierto parecido físico con la gran lente
que es hogar de todos nosotros, llevaban la analogía al extremo de comparar las
ventosas de sus tentáculos con los grupos de estrellas, les convertía en sus
propietarios. Pese a la indudable estupidez de esa creencia pagana, el hecho es que
prosperaron y llegaron a ser bastante poderosos. De hecho, fueron unos adversarios
muy respetables.
—Hmmm —dijo Aviger—. ¿Cómo se llamaban? —preguntó sin alzar la vista.
—Hmmm —tronó el vozarrón de Xoxarle—. Su nombre… —El idirano guardó
silencio durante unos segundos y puso expresión pensativa—. Creo que se llamaban
fanch… Sí, eran los fanch.
—Nunca he oído hablar de ellos —dijo Aviger.
—No, es lógico —ronroneó Xoxarle—. Los aniquilamos.

Yalson se dio cuenta de que Horza estaba observando algo que había caído en el
suelo junto a las puertas que daban acceso a la estación.
—¿Qué has encontrado? —le preguntó, sin dejar de vigilar a Balveda.
Horza meneó la cabeza, empezó a agacharse para coger algo del suelo y se detuvo
antes de completar el gesto.
—Creo que es un insecto —dijo con incredulidad.
—¡Hala! —dijo Yalson, no muy impresionada.
Balveda fue hacia Horza para echarle un vistazo y Yalson cambió de posición
para seguir apuntándola con su arma. Horza meneó la cabeza y observó cómo el
insecto se arrastraba sobre el suelo del túnel.
—¿Qué diablos está haciendo aquí abajo?
La nota de pánico que había en la voz del hombre hizo que Yalson frunciera el
ceño.

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—Probablemente lo hemos traído nosotros —dijo Balveda y se incorporó—.
Apuesto a que ha viajado en la plancha del equipo o en el traje de alguien.
Horza dejó caer su puño sobre aquella criatura minúscula, la aplastó y esparció
los restos sobre la oscura roca del suelo. Balveda puso cara de sorpresa. El
fruncimiento de ceño de Yalson se hizo un poco más acentuado. Horza contempló la
mancha que había dejado sobre el suelo del túnel, se limpió el guante y alzó la cabeza
pidiéndoles disculpas con la mirada.
—Lo siento —dijo volviéndose hacia Balveda, como si se avergonzara de lo que
acababa de hacer—. No he podido evitar que me trajera a la memoria esa mosca con
la que me encontré en Los fines de la inventiva… Acabó resultando ser uno de tus
animalitos domesticados, ¿lo recuerdas?
Dio media vuelta y se alejó rápidamente hacia la estación. Balveda contempló la
manchita del suelo y asintió.
—Bueno —dijo enarcando una ceja—; ha sido una forma de demostrar su
inocencia.

Xoxarle observó cómo el macho y las dos hembras volvían a entrar en la estación.
—¿Nada, diminuto? —preguntó.
—Montones de cosas, líder de sección —replicó Horza, yendo hacia él y
comprobando los cables que le sujetaban.
Xoxarle lanzó un gruñido.
—Siguen estando un tanto apretados, aliado.
—Qué vergüenza —dijo Horza—. Prueba a dejar escapar el aire que tienes
dentro.
—¡Ja!
Xoxarle se rio y pensó que el humano quizá se había dado cuenta de lo que
intentaba hacer. Pero el cambiante se dio la vuelta para hablar con el viejo que le
había estado vigilando.
—Aviger, vamos al tren. Haz compañía a nuestro amigo. Intenta no quedarte
dormido.
—Lo dudo… No para de hablar —gruñó el viejo.
Los otros tres humanos entraron en el tren. El idirano siguió hablando.
En una sección del tren había murales con mapas iluminados que mostraban el
aspecto del Mundo de Schar cuando se construyó el Sistema de Mando, con las
ciudades y los estados indicados en los continentes; los objetivos, en un estado de un
continente; y los silos de misiles, las bases áreas y los puertos que pertenecían a los
diseñadores del Sistema indicados en otro estado de otro continente.
Los mapas mostraban dos pequeños casquetes polares, pero el resto del planeta
era estepa, sabana, desierto, bosque y jungla. Balveda quería quedarse y echar un
vistazo a los mapas, pero Horza tiró de ella haciéndole cruzar otro umbral más

[Link] - Página 392


cercano al morro del tren. Antes de salir, apagó las luces que había detrás de los
mapas, y la superficie cubierta de océanos azules, tierra verde, amarilla, marrón y
anaranjada, ríos azules, ciudades rojas y líneas de comunicación se fue desvaneciendo
lentamente hasta convertirse en una masa de oscuridad grisácea.

«Oh, oh. Hay más en el tren. Creo que son tres. Se acercan desde la parte de atrás. ¿Y
ahora qué?».

Xoxarle tragó una bocanada de aire y la dejó escapar. Flexionó los músculos y los
cables se deslizaron sobre la queratina de sus placas. Vio que el viejo venía hacia él
para inspeccionar sus ataduras y se quedó inmóvil.
—Eres Aviger, ¿verdad?
—Así me llaman —dijo el viejo.
Se plantó ante el idirano y sus ojos fueron desde los tres pies con sus tres dedos
en forma de losa hasta la inmensa cabeza en forma de silla de montar del líder de
sección y el rostro que se inclinaba contemplando al humano que tenía debajo,
pasando por la redondez de los tobillos, aquellas rodillas que parecían estar
acolchadas, el inmenso cinturón de placas pélvicas y la lisa superficie de su pecho.
—¿Temes que me escape? —retumbó la voz de Xoxarle.
Aviger se encogió de hombros y sus dedos apretaron el arma con un poco más de
fuerza.
—¿Qué me importa eso? —dijo—. Yo también soy un prisionero. Ese loco nos
tiene atrapados a todos aquí abajo. Lo único que quiero es salir de aquí. Esta no es mi
guerra.
—Una actitud muy inteligente —dijo Xoxarle—. Ojalá hubiera más humanos
capaces de comprender qué es suyo y qué no lo es. Especialmente en lo que respecta
a las guerras…
—Eh, supongo que tu gente debe ser más o menos igual de mala, ¿verdad?
—Digamos que somos distintos.
—Di lo que quieras. —Los ojos de Aviger volvieron a recorrer el cuerpo del
idirano y acabaron posándose en su pecho—. En cuanto a mí, me conformaría con
que todo el mundo se ocupase de sus asuntos. Pero las cosas no cambian. Todo
acabará de la peor forma posible.
—Aviger, creo que no deberías estar aquí.
Xoxarle asintió lentamente con la cabeza como si estuviera absolutamente
convencido de lo que decía.
Aviger se encogió de hombros, pero no alzó los ojos hacia el idirano.
—Creo que ninguno de nosotros debería estar aquí.
—El lugar de los valientes siempre está allí donde ellos deciden que está.

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La voz del idirano se había vuelto un poco más áspera.
Aviger contempló aquel inmenso rostro de piel oscura que se alzaba sobre él.
—Bueno, ya me imaginaba que dirías algo parecido.
Se dio la vuelta y fue hacia la plancha del equipo. Xoxarle le observó alejarse e
hizo que su pecho vibrara a gran velocidad, tensando los músculos y relajándolos.
Los cables se movieron un poquito más. Sintió cómo las ataduras que inmovilizaban
una de sus muñecas se aflojaban un par de milímetros.

El tren seguía acelerando. Apenas si podía ver los controles y las pantallas, por lo que
se dedicó a observar las luces incrustadas en las paredes de los túneles. Al principio
desfilaban lentamente, pasando junto a los grandes ventanales de la sala de control
más despacio que la lenta marea de su respiración.
Ahora cada vez que respiraba veía pasar tres o cuatro luces. El tren ejercía una
suave presión sobre su cuerpo, empujándole hacia el respaldo del asiento y
clavándole en él. La sangre —un poco, no demasiada— se había secado debajo de su
espalda, pegándole al recubrimiento del asiento. Tenía la sensación de que su destino
estaba fijado. Ahora solo le faltaba por hacer una cosa. Observó la consola,
maldiciendo la oscuridad que se acumulaba lentamente detrás de su único ojo.
Descubrió el control de las luces antes de encontrar el circuito que activaba el
freno de emergencia. El descubrimiento fue como un pequeño regalo de Dios. Los
faros del tren se encendieron con un chasquido y el túnel que tenía delante se llenó de
sombras y reflejos iridiscentes. El doble trazado de los raíles relucía, y pudo ver más
sombras y reflejos en las paredes del túnel perdiéndose a lo lejos, allí donde los tubos
de acceso se cruzaban con los túneles para peatones y las puertas de seguridad
ribeteaban las paredes de roca negra con sus estructuras.
Su vista seguía empeorando, pero el ser capaz de ver lo que ocurría fuera del tren
hizo que se sintiera un poquito mejor. Al principio sintió una leve preocupación casi
teórica ante la posibilidad de que los faros pudieran delatar la presencia del tren,
suponiendo que tuviera la suerte de atrapar a los humanos dentro de la estación. Pero
en realidad, el que los faros estuviesen encendidos o apagados apenas si tenía
importancia. El aire desplazado por el movimiento del tren no tardaría en advertirles
de lo que se les venía encima. Alzó la tapa de un compartimento situado junto a la
palanca que controlaba el flujo de energía y contempló lo que había en su interior.
La cabeza le daba vueltas y tenía un frío terrible. Observó el circuito durante unos
momentos y se dobló sobre sí mismo hasta que su cuerpo quedó encajado entre el
respaldo del asiento —la contorsión resquebrajó la película de sangre seca que había
entre su espalda y el asiento, e hizo que las heridas volvieran a sangrar— y el borde
de la consola. Pegó el rostro a la palanca que controlaba el flujo de energía, alargó el
brazo y puso la mano sobre el circuito que activaba el freno de emergencia. Colocó la
mano de tal forma que no resbalara, y la dejó inmóvil sobre el circuito.

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Su único ojo quedaba lo bastante por encima de la consola para ver el túnel. Las
luces se aproximaban aún más deprisa que antes. El tren oscilaba suavemente con un
ritmo que le adormilaba. El rugido estaba desvaneciéndose de sus oídos tan
inexorablemente como la vista que se le escapaba, como la estación que había dejado
atrás y que estaba cada vez más lejos, como el torrente de luces que pasaba a cada
lado del tren en un desfile que parecía inalterable y, al mismo tiempo, cada vez más
rápido…
No tenía ninguna forma de calcular cuánta distancia le quedaba por recorrer.
Había puesto en marcha el tren; había hecho todo cuanto podía. Ahora —por fin—,
nadie podía pedirle más. Cerró el ojo, solo para descansar.
El movimiento del tren le acunaba.

—Es magnífico. —Horza, Yalson y Balveda entraron en la sala de control y Wubslin


les acogió con una sonrisa—. Está listo para funcionar. ¡Todos los sistemas dan luz
verde!
—Bueno, no te mojes los pantalones por eso —dijo Yalson. Balveda se instaló en
un asiento y Yalson la imitó—. Puede que tengamos que desplazarnos mediante los
tubos de tránsito.
Horza pulsó unos cuantos botones y observó las lecturas que daban datos sobre
los sistemas del tren. Por lo que podía ver, Wubslin estaba en lo cierto. El tren
funcionaría.
—¿Dónde está esa maldita unidad? —preguntó volviéndose hacia Yalson.
—Eh, unidad… ¿Unaha-Closp? —dijo Yalson por el micrófono de su casco.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Unaha-Closp.
—¿Dónde te encuentras?
—Estoy admirando el interior de esta antigualla sobre ruedas. Tengo la impresión
de que estos trenes quizá sean un poco más viejos que vuestra nave.
—Ordénale que vuelva aquí —dijo Horza. Se volvió hacia Wubslin—. ¿Has
inspeccionado todo el tren?
Yalson volvió a ponerse en contacto con Unaha-Closp y le ordenó que volviera.
—Todo salvo el vagón del reactor —estaba diciendo Wubslin—. Hay algunas
zonas en las que no pude entrar. ¿Cuáles son los controles de las puertas?
Horza miró a su alrededor durante un momento e intentó recordar la disposición
de los controles del tren.
—Son esos de ahí.
Señaló una de las hileras de botones y paneles luminosos que había a un lado de
Wubslin. El ingeniero empezó a examinarlos.

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Le habían dado orden de volver. Como si fuera un esclavo, igual que un medjel
idirano. Como si no fuera más que una máquina… Bueno, que esperasen.
Unaha-Closp también había encontrado la sección de su tren que contenía los
murales con los mapas. Estaba flotando ante las superficies coloreadas de plástico
iluminado por detrás. Utilizaba sus campos manipuladores para accionar los
controles, haciendo encenderse pequeños conjuntos de luces que indicaban los
blancos de los dos bandos, las ciudades de mayor tamaño y la situación de las
instalaciones militares.
Ahora todo aquello no era más que polvo. Su preciosa civilización humanoide
había quedado convertida en ruinas ocultas por los glaciares o había sido barrida por
el viento y la lluvia y se había congelado hasta convertirse en masas de hielo…, toda
ella. Lo único que subsistía era este patético laberinto de tumbas.
«Bueno», pensó Unaha-Closp, «adiós humanidad o como quisieran llamarla».
Solo sus máquinas habían perdurado. Pero ¿sabrían comprender la lección encerrada
en ese hecho? ¿Comprenderían qué era realmente esta bola de rocas congeladas? ¡Oh,
sí, desde luego que no!
Unaha-Closp dejó los murales encendidos y salió del tren para volver por el túnel
que llevaba a la estación propiamente dicha. Los túneles estaban mucho más
iluminados, pero seguían igual de fríos, y Unaha-Closp tenía la impresión de que
aquella brutal claridad blanco amarillenta emitida por las paredes y el techo era como
una mezcla de dureza y salvajismo finalmente revelada. Era la luz de una sala de
operaciones, la luz que cae sobre una mesa de disección.
La unidad flotó por los túneles pensando que aquella catedral de oscuridad se
había convertido en una arena vidriada, una especie de crisol.
Xoxarle estaba de pie en la plataforma. Seguía sujeto a los soportes de la rampa
de acceso. La mirada que le lanzó el idirano en cuanto vio emerger de los túneles a
Unaha-Closp no le hizo ninguna gracia. Leer algo en la expresión de aquella criatura
era casi imposible —suponiendo que pudiera afirmarse que el idirano poseía algo
parecido a una expresión—, pero había algo en Xoxarle que no le gustaba nada. Tuvo
la impresión de que el idirano acababa de quedarse inmóvil, o que había dejado de
hacer algo que no quería fuese percibido por los demás.
Unaha-Closp se detuvo ante la boca del túnel y vio cómo Aviger alzaba los ojos
hacia él desde la plancha sobre la que estaba sentado. El viejo apartó la mirada un
instante después, y ni tan siquiera se tomó la molestia de saludarle.
El cambiante y las dos hembras estaban en la zona de control del tren junto con el
ingeniero Wubslin. Unaha-Closp les vio y fue hacia las rampas de acceso y la puerta
más próxima. Cuando llegó allí se quedó quieto. El aire se movía suavemente. La
corriente era casi imperceptible, pero estaba allí. Podía sentirla.
Haber vuelto a dar la energía habría activado algunos sistemas automáticos que
estarían trayendo más aire fresco de la superficie o sacándolo de las unidades de
filtrado atmosférico. Sí, debía de ser eso.

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Unaha-Closp entró en el tren.
—Qué máquina tan pequeña y desagradable —dijo Xoxarle volviéndose hacia
Aviger.
El viejo asintió vagamente. Xoxarle se había dado cuenta de que si le hablaba,
Aviger aún le miraba menos que si guardaba silencio. Era como si el sonido de su voz
le tranquilizara, asegurándole que Xoxarle seguía allí, inmóvil e incapaz de hacer
nada. Por otra parte, hablar —mover la cabeza para contemplar al humano, encogerse
ocasionalmente de hombros, lanzar una risita— le proporcionaba excusas para
moverse y aflojar los cables un poquito más. Siguió hablando. Con un poco de suerte
los demás se quedarían un rato dentro del tren, y quizá tuviera una posibilidad de
escapar.
¡Si lograba adentrarse en los túneles con un arma les proporcionaría la
persecución de sus vidas!

—Bueno, deberían haberse abierto —estaba diciendo Horza. Para empezar, según la
consola que Wubslin y él tenían delante, las puertas del vagón que albergaba el
reactor nunca habían estado cerradas. Horza se volvió hacia el ingeniero—. ¿Estás
seguro de que intentaste abrirlas siguiendo el procedimiento adecuado?
—Claro que sí —dijo Wubslin, poniendo cara de ofendido—. Sé cómo funcionan
los distintos tipos de cerraduras. Intenté hacer girar la ruedecilla incrustada en el
panel, y no lo conseguí. De acuerdo, mi brazo sigue un poco anquilosado, pero aun
así… Bueno, tendría que haberse abierto.
—Puede que el mecanismo esté averiado —dijo Horza. Se irguió y volvió la
cabeza hacia el final del tren, como si intentara atravesar el centenar de metros de
plástico y metal que se interponían entre sus ojos y el vagón del reactor—. Hmmm…
Ese vagón… No hay ningún espacio lo suficientemente grande para que la Mente
pueda haberse escondido en él, ¿verdad?
Wubslin alzó los ojos del panel que estaba contemplando con expresión absorta.
—No lo creo.
—Bueno, ya estoy aquí —dijo Unaha-Closp con voz adusta, y entró flotando por
la puerta de la sala de control—. ¿Qué quieres que haga ahora?
—Tardaste lo tuyo para registrar el otro tren —dijo Horza volviéndose hacia la
unidad.
—Hice un registro muy concienzudo. Más concienzudo que el vuestro, a menos
que no haya oído bien lo que estabais diciendo antes de que entrara. ¿Dónde puede
haber un espacio lo suficientemente grande para ocultar a la Mente?
—En el vagón del reactor —dijo Wubslin—. Algunas puertas se me resistieron.
Horza dice que según los controles deberían estar abiertas.
—¿Quieres que vaya allí a echar un vistazo? —preguntó Unaha-Closp, girando
sobre sí mismo hasta que su parte frontal quedó encarada a Horza.

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El cambiante asintió.
—Suponiendo que no sea pedirte demasiado, claro… —dijo con voz tranquila.
—No, no —dijo Unaha-Closp con falsa despreocupación mientras retrocedía
hacia la puerta por la que había entrado—. Esto de obedecer órdenes empieza a
gustarme. Déjamelo a mí.
Se alejó por el pasillo con rumbo hacia el vagón que contenía el reactor.
Balveda se volvió hacia el cristal blindado y contempló la parte trasera del tren
que tenían delante, el que acababa de ser inspeccionado por Unaha-Closp.
—Si la Mente estuviera oculta en el vagón del reactor, ¿no aparecería en tu sensor
de masas, o se confundiría con la señal emitida por la pila?
Volvió la cabeza lentamente para mirar al cambiante.
—¿Quién sabe? —replicó Horza—. No soy ningún experto en los mecanismos de
este traje, y menos ahora que ha sufrido daños tan considerables.
—Te estás volviendo muy confiado, Horza —dijo la agente de la Cultura con una
leve sonrisa—. Dejas que la unidad se encargue de perseguir a tu presa, ¿eh?
—Permito que se distraiga explorando un poco, Balveda —dijo el cambiante.
Se dio la vuelta y concentró su atención en los controles. Observó las pantallas,
diales y medidores y los gráficos y las lecturas que cambiaban sin cesar en un intento
de averiguar qué estaba ocurriendo en el vagón del reactor…, suponiendo que
ocurriera algo, naturalmente. Por lo que podía ver, todo parecía normal, aunque los
conocimientos sobre los sistemas del reactor que había adquirido durante su época
como centinela eran bastante más reducidos que los referentes al resto del tren.
—De acuerdo —dijo Yalson. Hizo girar su asiento, puso los pies sobre el borde
de la consola y se quitó el casco—. Bueno, suponiendo que la Mente no esté en el
vagón del reactor…, ¿qué vamos a hacer? ¿Empezamos a dar vueltas metidos en este
trasto, usamos los tubos de tránsito o qué?
—No estoy seguro de que viajar en uno de estos trenes sea muy buena idea —dijo
Horza. Miró a Wubslin—. Había pensado en dejaros a todos aquí y recorrer la
totalidad del Sistema usando un tubo de tránsito intentando localizar a la Mente con
el sensor de masas del traje. No necesitaría mucho tiempo, ni aun suponiendo que
hiciera el viaje dos veces para cubrir el doble trazado de vías que se extiende entre las
estaciones. Los tubos de tránsito no están provistos de reactores, por lo que no habría
ningún eco falso que pudiera interferir con el funcionamiento del sensor.
Wubslin, que estaba sentado ante los controles principales del tren, puso cara de
abatimiento.
—Entonces, ¿por qué no permites que volvamos a la nave? —le preguntó
Balveda.
Horza la miró.
—Balveda, no estás aquí para hacer sugerencias.
—Oh, solo intentaba ayudar.
La agente de la Cultura se encogió de hombros.

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—¿Y si no logras encontrarla? —preguntó Yalson.
—Volveremos a la nave —dijo Horza meneando la cabeza—. Es lo único que
podemos hacer. Cuando estemos a bordo, Wubslin podrá inspeccionar el sensor de
masas del traje y según lo que descubra volveremos aquí abajo o no. Ahora que la
energía está conectada, el trayecto será bastante corto y no requerirá ninguna clase de
ejercicio físico.
—Lástima —dijo Wubslin acariciando los controles—. Ni tan siquiera podemos
usar este tren para volver a la estación cuatro. El tren de la estación seis nos obstruye
el paso.
—Probablemente aún es capaz de moverse —dijo Horza volviéndose hacia el
ingeniero—. Si queremos usar los trenes, tendríamos que cambiar de vehículo en
algún momento u otro vayamos donde vayamos.
—Oh, bueno, qué se le va a hacer… —dijo Wubslin con expresión distraída.
Volvió a contemplar los controles y señaló uno de ellos—. ¿Es el control de
velocidad?
El cambiante dejó escapar una carcajada, se cruzó de brazos y le miró.
—Sí. Vamos a ver si conseguimos hacer un viaje corto…
Se inclinó sobre el panel y señaló un par de controles, explicándole que el tren
estaba listo para ponerse en marcha. Wubslin y Horza hablaron en voz baja durante
un rato, señalando distintos paneles y asintiendo con la cabeza.
Yalson se removió nerviosamente en su asiento y acabó volviéndose hacia
Balveda. La mujer de la Cultura estaba contemplando a Horza y Wubslin. Sonreía.
Balveda se dio cuenta de que Yalson estaba mirándola, volvió el rostro hacia Yalson y
su sonrisa se hizo un poco más ancha. Inclinó la cabeza un par de centímetros en
dirección a los dos hombres y enarcó las cejas. Yalson no pudo impedir que sus labios
le devolvieran la sonrisa y sus dedos disminuyeron un poco la presión que ejercían
sobre el arma.

Las luces llegaban muy deprisa. Desfilaban en un torrente casi continuo que creaba
una parpadeante pauta de luces estroboscópicas en la penumbra de la cabina. Lo
sabía. Había abierto el ojo y las había visto.
Mover ese párpado había requerido todas las fuerzas de que disponía. Quayanorl
se había quedado dormido durante un rato. No estaba muy seguro de cuánto tiempo.
Solo sabía que había estado dormitando. El dolor ya no era tan terrible como antes.
Había permanecido inmóvil durante un rato, con su cuerpo destrozado medio dentro y
medio fuera de aquel extraño asiento diseñado para los contornos de otra raza, con la
cabeza apoyada en la consola de control y la mano sostenida por la pequeña tapa del
compartimento contiguo a la palanca de control que había abierto, los dedos bajo la
palanca del freno contenida en el hueco.

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Había descansado. Aunque lo hubiese intentado no habría podido expresar lo
agradable que había sido aquel breve sueño después de su espantoso arrastrarse a
través del tren y el túnel de su propio dolor.
El movimiento del tren se había alterado. Seguía meciéndole, pero más deprisa
que antes, y el ritmo también había cambiado. La nueva vibración era bastante más
rápida, y hacía pensar en un corazón latiendo a toda velocidad. Quayanorl tenía la
impresión de que ahora no solo podía sentirla, sino que también podía oírla. Era
como el ruido del viento que soplaba por aquellos agujeros enterrados a gran
profundidad bajo la desolación barrida por las ventiscas de la superficie… O quizá
solo fueran imaginaciones suyas. No estaba muy seguro.
Volvía a tener la sensación de que era muy pequeño. Estaba viajando con sus
amiguitos y su viejo mentor querl y el movimiento le acunaba, adormilándole y
haciéndole entrar y salir de un sueño feliz y placentero.
«He hecho todo lo que podía hacer», pensaba una y otra vez. «Puede que no sea
suficiente, pero he hecho todo cuanto podía». Aquello le consolaba.
Le hacía sentirse más tranquilo y a gusto, como la disminución del dolor; le
adormilaba, como el movimiento del tren.
Volvió a cerrar el ojo. La oscuridad también era agradable y reconfortante. No
tenía ni idea de qué distancia había recorrido, y estaba empezando a pensar que no
importaba. Sintió que volvía a perder el contacto con el mundo real. Estaba
empezando a olvidar por qué había hecho todo esto. Pero eso tampoco importaba. Ya
estaba hecho. Mientras no se moviera, nada importaba. Nada.
Nada tenía la más mínima importancia…

Las puertas estaban atascadas, desde luego, igual que en el otro tren. La unidad acabó
perdiendo la paciencia y golpeó una puerta de la cámara del reactor con un campo de
fuerza. El retroceso la hizo oscilar y salir despedida hacia atrás.
El panel de la puerta ni tan siquiera se había abollado.

«Oh, oh».

De vuelta a los pasadizos y los conductos de los cables. Unaha-Closp giró sobre sí
mismo, se metió por un corto tramo de pasillo y por un agujero del suelo que acabó
llevándole a un panel de inspección situado debajo del nivel inferior.
«Y, naturalmente, al final siempre tengo que hacerlo todo yo. Debería habérmelo
imaginado. En resumidas cuentas, lo que estoy haciendo es perseguir a otra máquina
y, si doy con ella, llevársela en bandeja a ese bastardo. Tendría que hacerme examinar

[Link] - Página 400


los circuitos… Estoy pensando que si encuentro a la Mente, no se lo diré. Oh, sí, le
estaría bien empleado».
Levantó la compuerta de inspección y se metió por el angosto y oscuro espacio
que había debajo del suelo. La compuerta se cerró con un siseo detrás de Unaha-
Closp impidiendo el paso a la luz del exterior. Unaha-Closp pensó en dar la vuelta y
abrir la compuerta, pero sabía que el mecanismo automático haría que volviera a
cerrarse, y que eso le irritaría hasta el punto de que acabaría dañando el mecanismo,
con lo que se habría comportado de una forma tan ridícula como carente de objeto.
No, ese tipo de comportamiento quedaba reservado para los seres humanos.
Avanzó por el pasadizo dirigiéndose hacia la parte trasera del tren. El trayecto le
haría pasar por debajo del reactor.

El idirano estaba hablando. Aviger podía oír su voz, pero no le prestaba atención.
También podía ver al monstruo por el rabillo del ojo, pero no le estaba mirando.
Estaba contemplando distraídamente su arma, canturreando y pensando en lo que
haría si lograra apoderarse de la Mente. Era muy difícil, claro, casi imposible, pero…
Supongamos que todos los demás morían, dejándole en posesión de aquel artefacto.
Sabía que los idiranos probablemente estarían dispuestos a pagar muy bien por ella. Y
la Cultura también, desde luego; tenían dinero, aunque se suponía que no lo usaban
dentro de su civilización.
No eran más que sueños, pero la situación actual se había vuelto tan confusa que
cualquier desenlace resultaba imaginable. Nunca se sabe cómo va a caer la moneda.
Compraría un poco de tierra, una isla en algún planeta agradable alejado de la
guerra… Se sometería a algún proceso de rejuvenecimiento y criaría alguna especie
de animales de carreras supercaros, y sus relaciones comerciales le permitirían
conocer a la crème de la crème. No, pensándolo mejor contrataría a alguien para que
se encargara de todo el trabajo duro. Cuando tenías dinero podías permitírtelo. De
hecho, cuando tenías dinero podías permitirte cualquier cosa…
El idirano seguía hablando.
Su mano ya casi estaba libre. Era lo único que podía liberar por ahora, pero con
un poco más de tiempo quizá lograra soltarse el brazo. Aflojar los cables estaba
volviéndose más fácil a cada momento que pasaba. Los humanos llevaban bastante
rato dentro del tren. ¿Cuánto tiempo más pensaban quedarse allí? La pequeña
máquina no había tardado tanto. La había visto justo a tiempo cuando emergía de la
boca del túnel. Sabía que su sentido de la vista era bastante mejor que el suyo, y
durante un momento temió que le hubiera visto mover el brazo que estaba intentando
liberar, el que se encontraba más alejado del viejo humano. Pero la máquina había
desaparecido en el interior del tren y no había ocurrido nada. Xoxarle no apartaba los
ojos del viejo. El humano parecía absorto en sus fantasías. Xoxarle siguió hablando,
narrando victorias idiranas al aire que le rodeaba.

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Su mano estaba casi totalmente libre.
Un poco de polvo se desprendió de una viga situada a un metro por encima de su
cabeza, y medio cayó medio flotó lentamente por aquella atmósfera casi inmóvil,
siguiendo una trayectoria a la que le faltaba muy poco para ser perfectamente recta.
El polvo fue alejándose poco a poco de él. Xoxarle volvió a observar al viejo y tiró de
los cables que rodeaban su mano. «¡Libérate, maldita seas!».

Unaha-Closp tuvo que eliminar la esquina de un ángulo recto y convertirlo en una


curva para poder meterse por el pequeño pasadizo que tenía intención de utilizar. Ni
tan siquiera era un pasadizo propiamente dicho. Era un conducto de cables, pero
llevaba al compartimento del reactor. Examinó los datos que le ofrecían sus sentidos.
El nivel de radiación de aquí era idéntico al del otro tren.
Se metió por el conducto de cables, adentrándose en las entrañas de metal y
plástico del vagón sumido en el silencio.

«Puedo oír algo. Algo se me acerca por debajo…».

Las luces eran una hilera ininterrumpida que pasaba junto al tren tan deprisa que la
mayoría de ojos no habrían podido distinguir una de otra.
Las luces que había delante aparecían detrás de las curvas o al final de los tramos
rectos, aumentaban de tamaño, se unían a la hilera y dejaban atrás las ventanillas
como estrellas fugaces moviéndose en la oscuridad.
El tren había necesitado bastante tiempo para alcanzar su velocidad máxima.
Durante minutos interminables tuvo que luchar contra la inercia de los miles de
toneladas de su masa. La inercia ya había sido vencida, y ahora el tren se impulsaba a
sí mismo y a la columna de aire que llevaba delante tan deprisa como le era posible,
precipitándose por el túnel con un rugido muy superior al que ningún tren había
creado jamás en aquellos conductos. Sus vagones deformados ofrecían una
resistencia al aire no prevista por sus diseñadores o arañaban los bordes de las puertas
de seguridad, lo que reducía un poco la velocidad, pero aumentaba considerablemente
el ruido de su avance.
El aullido de los motores y las ruedas del tren, el de su maltrecho cuerpo metálico
hendiendo la atmósfera y el del aire que se arremolinaba en los agujeros de los
vagones semidestrozados creaban ecos en las paredes y el techo, las consolas, el suelo
y la curvatura del cristal blindado.
El ojo de Quayanorl seguía cerrado. Las membranas internas de sus oídos
vibraban con cada ruido del exterior, pero no transmitían ningún mensaje a su
cerebro. Su cabeza subía y bajaba como si aún estuviera vivo, siguiendo el ritmo de

[Link] - Página 402


las oscilaciones que hacían temblar la consola. Su mano temblaba sobre el circuito
que desactivaba el freno de emergencia como si el guerrero estuviera algo nervioso o
tuviera miedo.
Atrapado entre el asiento y la consola, pegado al respaldo por su propia sangre,
Quayanorl era como una extraña parte averiada más del tren.
La sangre se había coagulado. La hemorragia había cesado, tanto dentro de su
cuerpo como fuera de él.

—¿Qué tal va eso, Unaha-Closp? —preguntó Yalson.


—Me encuentro debajo del reactor y estoy muy ocupado. Si encuentro algo ya os
avisaré. Gracias.
Unaha-Closp apagó su comunicador y contempló las entrañas recubiertas de
plástico negro que tenía delante. Los cables y alambres desaparecían en el interior de
un conducto. Su número era bastante superior al del otro tren. No sabía si abrirse paso
por allí o buscar otra ruta.
Decisiones, decisiones.

Su mano estaba totalmente libre. Se quedó quieto. El viejo seguía sentado sobre la
plancha del equipo jugueteando con su arma.
Xoxarle se permitió un leve suspiro de alivio y flexionó los músculos de su mano
empezando por los dedos. Unas motitas de polvo se movieron lentamente junto a su
mejilla. Dejó de flexionar la mano.
Sus ojos siguieron el movimiento de aquellas motas de polvo.
Un aliento casi imperceptible, algo que no llegaba a brisa, acarició sus brazos y
sus piernas haciéndole cosquillas. «Qué extraño», pensó.

—Lo único que digo es que eso de que vuelvas aquí solo no me parece buena idea. —
Yalson miró a Horza y movió levemente los pies que había apoyado en la consola—.
Podría ocurrirte cualquier cosa.
—Me llevaré un comunicador y estaré en contacto con vosotros —dijo Horza.
Estaba sentado con los brazos cruzados y la espalda apoyada en el borde de un
panel de control; el mismo panel sobre el que Wubslin había dejado su casco. El
ingeniero estaba familiarizándose con los controles del tren, que eran bastante
sencillos.
—Horza, es una regla básica —dijo Yalson—. Nunca vayas solo. ¿Qué te
enseñaron en esa maldita Academia tuya?
—Si se me permite hablar… —dijo Balveda, cruzando las manos ante ella y
mirando al cambiante—. Me gustaría decir que creo que Yalson tiene razón, nada

[Link] - Página 403


más.
Horza contempló a la mujer de la Cultura con una mezcla de asombro y
preocupación.
—No, no se te permite hablar —dijo—. Oye, Perosteck, ¿de qué lado crees estar?
—Oh, Horza… —Balveda sonrió y se cruzó de brazos—. Llevamos tanto tiempo
juntos que empiezo a tener la sensación de que soy una más del equipo.

Una lucecita empezó a encenderse y apagarse rápidamente en la consola a medio


metro de la cabeza del Capitán-Subordinado Quayanorl Gidborux Stoghrle III, que
seguía meciéndose suavemente y estaba cada vez más fría. El parpadeo de la lucecita
precedió en una fracción de segundo a una estridente mezcla de zumbido y aullido
que hizo vibrar la atmósfera de la sala de control y creó ecos en todo el vagón
delantero. Varios centros de control esparcidos por el tren lanzado a toda velocidad se
encargaron de transmitirlo al resto de los vagones. El cuerpo del idirano se movió
lentamente hacia un lado cuando el tren tomó una larga curva, pero siguió
firmemente encajado entre el asiento y la consola. Si hubiera estado vivo, Quayanorl
apenas habría podido oír el ruido de esa alarma. Muy pocos humanos podrían haberlo
captado.

Unaha-Closp había cambiado de parecer. Cortar todas sus comunicaciones con el


mundo exterior parecía más bien imprudente, por lo que volvió a activar los canales
de su comunicador, pero nadie quería hablar con él. Empezó a ocuparse de los cables
que se adentraban en el conducto seccionándolos uno a uno mediante un campo de
fuerza tan afilado como un cuchillo. Se dijo que después de lo que le había ocurrido
al tren de la estación seis, preocuparse tanto por dañar los sistemas carecía de objeto.
Si daba con algo que fuese vital para el funcionamiento normal del tren, estaba
seguro de que el cambiante enseguida se pondría a chillar como un loco y, de todas
formas, no le costaría mucho reparar los cables.

«¿Una corriente de aire?».


Xoxarle pensó que debía habérselo imaginado, y luego pensó que debía ser el
resultado de algún sistema de ventilación que se había puesto en marcha hacía poco.
Quizá el calor desprendido por las luces y los sistemas de la estación requería una
ventilación extra que no se había activado hasta entonces.
Pero la corriente de aire estaba haciéndose más fuerte. Su intensidad fue
aumentando con mucha lentitud, tan despacio que casi resultaba imposible captar el
incremento. Xoxarle se devanó los sesos. ¿Qué podía ser? Un tren… No, imposible.
No podía ser un tren.

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Aguzó el oído pero no logró captar ningún sonido. Se volvió hacia el viejo
humano y descubrió que le estaba mirando. ¿Se habría dado cuenta?
—¿Se te han acabado las batallas y victorias? —preguntó Aviger con voz
cansada.
Sus ojos recorrieron al idirano de arriba abajo. Xoxarle se rio, y si Aviger hubiera
estado lo suficientemente versado en los gestos y los tonos de voz idiranos, quizá se
habría dado cuenta de que su risa era un poco demasiado fuerte, y hasta puede que
algo nerviosa.
—¡Nada de eso! —dijo Xoxarle—. No, solo estaba pensando que…
Se embarcó en otra historia sobre enemigos derrotados. Se la había contado a su
familia y la había narrado en comedores de nave y en compartimentos de lanzaderas
de ataque; habría podido repetirla incluso dormido. Su voz resonó por los espacios
brillantemente iluminados de la estación y el viejo humano bajó los ojos hacia el
arma que sostenía en sus manos, pero los pensamientos de Xoxarle estaban en otra
parte. Su mente intentaba averiguar qué sucedía. Seguía tirando de los cables que
sujetaban su brazo; ocurriera lo que ocurriese tenía que estar en condiciones de mover
algo más que su mano. La corriente de aire era cada vez más fuerte, pero seguía sin
oír nada. Un chorrito de polvo continuo caía de la viga que había encima de su
cabeza.
Tenía que ser un tren. ¿Podía haber algún tren en marcha por algún lugar del
sistema de túneles? Imposible…
«¡Quayanorl! ¿Y si dejamos los controles…?». Pero no habían intentado dejarlos
bloqueados en su posición de actividad. Lo único que hicieron fue averiguar cuáles
eran sus funciones y asegurarse de que todos se movían. No habían intentado hacer
nada más; no habían tenido tiempo para ello, y no había ninguna razón que justificara
semejante acto.
Tenía que ser Quayanorl. Esto era cosa suya. Debía seguir vivo. Había puesto en
marcha el tren.
Durante un segundo —mientras tiraba desesperadamente de los cables que le
aprisionaban y vigilaba al viejo sin parar de hablar—, Xoxarle imaginó que su
camarada seguía vivo en la estación seis, pero enseguida recordó lo graves que
habían sido sus heridas. Cuando yacía en la rampa de acceso, Xoxarle había pensado
que su camarada podía seguir estando con vida, pero después el cambiante habló con
el viejo —el mismo Aviger que le vigilaba— y le ordenó que acabara con Quayanorl
disparándole en la cabeza. Eso tendría que haber sido el fin de Quayanorl, pero,
aparentemente, no había sido así.
«¡Fracasaste, viejo!». La corriente de aire se convirtió en una brisa y Xoxarle
sintió una oleada de júbilo. Oyó una especie de gemido distante, tan agudo que casi
era imperceptible. Sí, ese sonido ahogado venía del tren. Era la alarma.
El brazo de Xoxarle ya casi estaba libre. Solo le quedaba por aflojar un cable
justo encima del codo. Se encogió de hombros y el cable se deslizó sobre la parte

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superior de su brazo hasta desparramarse encima de su hombro.
—Viejo… Aviger, amigo mío —dijo.
La interrupción de su monólogo hizo que Aviger alzara rápidamente la cabeza.
—¿Qué?
—Sé que esto va a sonarte ridículo, y si no te atreves no voy a culparte por ello,
pero estoy sufriendo el picor más infernal que puedas imaginarte en mi ojo derecho.
¿Te importaría rascármelo? Ya sé que la mera idea de un guerrero atormentado por un
picor en el ojo suena ridícula, pero te aseguro que durante los últimos diez minutos ha
estado a punto de volverme loco. ¿Quieres rascármelo? Si lo deseas puedes usar el
cañón de tu arma; si usas el cañón de tu arma te aseguro que no moveré un músculo
ni haré el más mínimo movimiento que pueda parecerte amenazador. Usa lo que
quieras, pero acaba con ese picor. ¿Querrás hacerlo? Te juro por mi honor como
guerrero que digo la verdad.
Aviger se puso en pie. Sus ojos fueron hacia el morro del tren.
«No puede oír la alarma. Es viejo. ¿Y los otros, los más jóvenes? ¿Podrán oírla?
¿Es demasiado aguda para ellos? ¿Y la máquina? Oh, vamos, viejo estúpido, acércate.
¡Ven aquí!».

Unaha-Closp apartó los cables que había cortado. Ahora podía meterse en el
conducto y seguir cortando.
—Unidad, unidad, ¿puedes oírme?
Esa mujer… Era Yalson otra vez.
—¿Y ahora qué? —preguntó Unaha-Closp.
—Horza ha dejado de recibir algunas lecturas procedentes del vagón del reactor.
Quiere saber qué estás haciendo.
—Maldita sea, pues claro que quiero saberlo…
La voz de Horza, más débil porque estaba más alejado del micrófono.
—He tenido que cortar algunos cables. Parece que es la única forma de llegar al
área del reactor. Si insistes ya los repararé luego.
El canal del comunicador quedó en silencio durante un segundo, y Unaha-Closp
creyó oír una especie de zumbido estridente. Pero no estaba seguro. «En los límites
de la sensación», se dijo a sí mismo. El canal volvió a activarse.
—Está bien —dijo Yalson—. Pero Horza quiere que le avises antes de que se te
ocurra volver a cortar algo, sobre todo cables.
—¡De acuerdo, de acuerdo! —dijo Unaha-Closp—. Y ahora, ¿queréis dejarme en
paz?
La comunicación se cortó. Unaha-Closp se quedó inmóvil durante unos
momentos. Acababa de pensar que quizá hubiera una alarma sonado en alguna parte,
pero en tal caso lo más lógico era que la sala de control recibiera el aviso, y cuando

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Yalson habló no había oído ningún ruido de fondo, dejando aparte el murmullo
irritado del cambiante. Por lo tanto, no había ninguna alarma.
Unaha-Closp metió un campo de fuerza en el conducto y se dispuso a seguir
cortando cables.

—¿Qué ojo? —preguntó Aviger.


Estaba bastante cerca del idirano. La brisa hizo que un mechón de su rala
cabellera amarillenta se deslizara sobre su frente. Xoxarle esperó en silencio a que
comprendiera lo que estaba ocurriendo, pero Aviger se limitó a ponerse el mechón en
su sitio y alzó la cabeza hacia el idirano con el arma preparada y cara de no saber qué
hacer.
—Este —dijo Xoxarle volviendo lentamente la cabeza.
Los ojos de Aviger se posaron en el morro del tren y volvieron al rostro de
Xoxarle.
—No se lo digas a ya-sabes-quién, ¿de acuerdo?
—Lo juro. Ahora, por favor… No puedo soportarlo.
Aviger dio un paso hacia adelante. Seguía estando fuera de su alcance.
—¿Me juras por tu honor que no se trata de ningún truco? —le preguntó.
—Lo juro por mi honor de guerrero. Por el nombre sin mácula de mi madre-
padre. ¡Por mi clan y por mi pueblo! ¡Que la galaxia entera se convierta en polvo si
miento!
—Vale, vale —dijo Aviger, alzando el arma—. Solo quería estar seguro,
¿comprendes? —Acercó el cañón al ojo de Xoxarle—. ¿Dónde te pica?
—¡Aquí! —siseó Xoxarle.
El brazo que había logrado liberarse salió disparado hacia el cañón del arma, lo
agarró y tiró de él. Aviger se vio arrastrado hacia adelante y chocó con el pecho del
idirano. El aliento escapó de sus pulmones, y un instante después el arma bajó
velozmente y se estrelló contra su cráneo. Cuando agarró el arma, Xoxarle ladeó la
cabeza por si se disparaba, pero no tendría por qué haberse molestado: Aviger ni tan
siquiera la había activado.
Xoxarle dejó que el cuerpo inconsciente del humano cayera al suelo. La brisa era
cada vez más fuerte. Sostuvo el rifle láser con su boca y usó la mano para ajustar los
controles en la posición de quemadura a baja intensidad. Arrancó el protector del
gatillo para que sus gigantescos dedos pudieran manipular más cómodamente el
arma.
Los cables serían fáciles de derretir.

El manojo de cables que había cortado un metro más adelante salió del conducto
como un montón de serpientes emergiendo de un agujero en el suelo. Unaha-Closp se

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metió en el angosto tubo y aplicó su campo de fuerza más allá de los extremos
pelados del siguiente tramo de cables.

—Yalson; aun suponiendo que decidiera volver acompañado, no te llevaría conmigo,


¿entiendes?
Le sonrió. Yalson frunció el ceño.
—¿Por qué no? —le preguntó.
—Porque te necesito en la nave para que te asegures de que nuestra amiga
Balveda y nuestro líder de sección se comportan como es debido.
Yalson entrecerró los ojos.
—Espero que esa sea la única razón —gruñó.
La sonrisa de Horza se hizo un poco más ancha, como si quisiera añadir algo más
pero tuviera razones que se lo impedían.
Balveda se había sentado en el borde de uno de aquellos asientos demasiado
grandes balanceando las piernas y seguía preguntándose qué estaría ocurriendo entre
el cambiante y la mujer morena con la piel cubierta de vello. Creía haber detectado
un cambio en su relación, un cambio especialmente visible en Horza y su forma de
tratar a Yalson. La relación había adquirido un elemento nuevo; algo que antes no
estaba allí y que influía en cómo Horza reaccionaba a la presencia de Yalson, pero
Balveda no sabía cuál podía ser. Era muy interesante, pero no la ayudaba en nada y,
de todas formas, tenía sus propios problemas. Balveda conocía muy bien sus
debilidades, y una de ellas había empezado a inquietarla.
Estaba empezando a tener la sensación de que formaba parte de aquel equipo.
Mientras observaba cómo Horza y Yalson discutían sobre quién debía acompañar al
cambiante si volvía al Sistema de Mando después de haber viajado hasta la
Turbulencia en cielo despejado, no pudo evitar el sonreírse. Aquella mujer decidida y
práctica le caía bien aunque el aprecio no fuese mutuo, y no lograba que Horza le
pareciese tan implacable como debería.
Y todo eso era culpa de la Cultura. La Cultura se consideraba demasiado
civilizada y sofisticada para odiar a sus enemigos. Lo que hacía era intentar
comprenderles y comprender sus motivos para poder superarles en ingenio, con lo
que cuando les venciera, estaría en condiciones de tratarles de tal forma que nunca
más volverían a ser enemigos. La idea era magnífica siempre que pudieras
mantenerte a cierta distancia del enemigo, pero cuando habías pasado cierto tiempo
con tus oponentes, aquel tipo de empatía podía acabar volviéndose en tu contra. Esa
compasión movilizada debía ir acompañada por una especie de agresión distante y
muy poco humana, y Balveda sentía que la estaba perdiendo.
Pensó que quizá se sentía demasiado segura. Quizá fuese porque ahora ya no
había ninguna amenaza significativa a la que enfrentarse. La batalla por el dominio

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del Sistema de Mando había terminado; la búsqueda estaba perdiendo su impulso
inicial, y la tensión de los últimos días se iba esfumando.

Xoxarle trabajó lo más deprisa posible. El delgado haz del láser puesto a mínima
potencia zumbó sobre cada cable haciendo que las fibras pasaran del rojo al amarillo
y al blanco, momento en el que le bastaba con tirar para que se rompieran con un leve
chasquido. El viejo que yacía a los pies del idirano se removía de vez en cuando y
gemía débilmente.
La débil brisa se había vuelto bastante fuerte. El polvo se agitaba debajo del tren
y empezaba a remolinear alrededor de los pies de Xoxarle. Colocó el láser sobre otro
haz de cables. Ya solo quedaban unos cuantos. Volvió la cabeza hacia el morro del
tren. Seguía sin haber rastro de los humanos o de la máquina. Giró la cabeza hacia el
otro lado, miró por encima de su hombro hacia el último vagón del tren y la boca del
túnel por la que brotaban las ráfagas de viento. No pudo ver ninguna luz, y seguía sin
oír ningún ruido. La corriente de aire hizo que su ojo experimentara una sensación de
frío.
Volvió a su posición anterior y colocó el cañón del láser sobre otro cable. La brisa
se apoderó de las chispas y las dispersó sobre el suelo de la estación y la espalda del
traje de Aviger.

«Típico. Como de costumbre, tengo que cargar con todo el trabajo…», pensó Unaha-
Closp. Sacó otro manojo de cables del conducto. El tramo de conducto que tenía
detrás estaba empezando a llenarse de alambres y trozos de cable cortado,
obstruyendo el camino que la unidad había seguido para llegar hasta la cañería en la
que estaba trabajando ahora.

«Se encuentra debajo de mí. Puedo sentir su presencia. Oigo los ruidos. No sé qué
está haciendo, pero puedo sentir su presencia, la oigo».
«Y hay algo más… otro ruido…».

El tren era un proyectil articulado inmensamente largo que se movía por el cañón de
un arma gigantesca; un grito metálico perdido en una garganta colosal. Avanzaba por
el túnel como un pistón en la mayor máquina jamás construida, doblando las curvas y
lanzándose por los tramos rectos, inundando el camino que tenía ante él durante un
segundo con sus luces y empujando una masa de aire que se extendía a lo largo de
kilómetros enteros por delante de su morro como si fuese la voz con que rugía y
aullaba.

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El polvo se alzaba de la plataforma y formaba nubes en el aire. Un recipiente vacío
rodó por la plancha donde Aviger había estado sentado y cayó al suelo. Siguió
rodando por la plataforma hacia el morro del tren y chocó un par de veces con la
pared. Xoxarle lo vio. El viento tiraba de su cuerpo. El último cable metálico se
rompió. Logró liberarse primero una pierna y luego otra. Su otro brazo ya estaba
libre, y los restos de cable cayeron al suelo.
Una lámina de plástico se deslizó sobre la plancha del equipo como si fuera un
gran pájaro negro de cuerpo achatado y acabó cayendo a la plataforma. Después
empezó a moverse sobre el suelo como si quisiera perseguir al recipiente vacío, que
ya había recorrido media estación. Xoxarle se agachó, cogió a Aviger por la cintura y
echó a correr por la plataforma sosteniendo sin ninguna dificultad el cuerpo del
humano en un brazo y el láser en el otro. Iba hacia la pared que había junto a la
entrada del túnel, allí donde el viento gemía al dejar atrás la curvatura que formaba la
parte trasera del tren.

—… o dejarlos encerrarlos aquí. Sabes que podemos hacerlo —dijo Yalson.


«Estamos cerca», pensó Horza, asintiendo distraídamente mientras Yalson seguía
hablando y le explicaba por qué necesitaba tenerla allí para buscar la Mente, pero en
realidad no la escuchaba. «Estamos cerca; estoy seguro, puedo sentirlo; falta muy
poco para que la encontremos. No sé muy bien cómo, pero nos las hemos
arreglado…, no, me las he arreglado para llegar hasta aquí. Pero aún no se ha
acabado, y bastará con un error minúsculo, un descuido, una sola equivocación, sí,
bastará con eso y se acabó: el fracaso, la gran cagada, la muerte. Hasta ahora hemos
logrado seguir adelante pese a los errores, pero es tan fácil dar un pequeño paso en
falso, pasar por alto algún detalle en la masa de datos, y una vez que lo has hecho ese
detalle se acerca sigilosamente cuando te has olvidado de él, cuando le das la espalda,
y acaba contigo». El secreto era pensar en todo o —porque quizá la Cultura estuviera
en lo cierto y solo una máquina fuese capaz de ello— seguir en sintonía con lo que
iba ocurriendo de tal forma que pensaras automáticamente en todas las cosas
importantes y potencialmente importantes e ignorases el resto.
Y, sorprendido, Horza comprendió que su obsesión particular de no cometer
jamás ningún error y pensar siempre en todo era bastante similar al anhelo fetichista
que tanto despreciaba en la Cultura, a esa necesidad de que todo fuera justo e igual y
de conseguir una existencia donde no hubiera sitio para el azar. La ironía le hizo
sonreír y sus ojos fueron hacia Balveda, quien seguía sentada observando como
Wubslin experimentaba con los controles.
«Al final acabas pareciéndote a tus enemigos», pensó Horza. «Puede que haya
alguna verdad oculta encerrada en ese hecho…».

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—Horza, ¿me estás escuchando? —le preguntó Yalson.
—Hmmm… Sí, claro que te escucho —dijo el cambiante, y le sonrió.

Balveda frunció el ceño. Horza y Yalson seguían hablando y Wubslin toqueteaba los
controles del tren. No sabía por qué, pero estaba empezando a sentirse algo nerviosa.
Un pequeño recipiente vacío pasó por delante del primer vagón, rodó a lo largo de
la plataforma sin entrar en el campo visual de Balveda y acabó chocando con la pared
que se extendía junto a la boca del túnel.

Xoxarle corrió hacia el fondo de la estación. El túnel del que habían emergido el
cambiante y las dos mujeres cuando volvieron de registrar la estación se encontraba
junto a la entrada del túnel para peatones, adentrándose en ángulo recto por la roca
detrás de la plataforma de la estación. Aquel túnel le proporcionaría el sitio ideal
desde el que observar. Xoxarle creía que allí lograría escapar a los efectos de la
colisión, y además se encontraría en una posición muy ventajosa que le permitiría
tener toda la estación a tiro de su arma. Podía quedarse allí hasta que se produjera el
choque. Si intentaban escapar acabaría con ellos. Comprobó el arma y aumentó la
potencia al máximo.

Balveda bajó del asiento, cruzó los brazos delante de su cuerpo y caminó lentamente
por la sala de control hasta llegar a las ventanillas laterales. Clavó los ojos en el suelo
de la estación y se preguntó por qué se sentía tan inquieta.

El viento aullaba por el espacio que había entre el tren y el final del túnel. Su fuerza
aumentó hasta convertirse en un auténtico vendaval de tormenta. El último vagón del
tren empezó a oscilar. Xoxarle estaba a veinte metros de él, arrodillado en el suelo del
túnel de peatones con una rodilla sobre la espalda de Aviger, quien seguía
inconsciente.

Unaha-Closp dejó de cortar el cable. Dos pensamientos cruzaron velozmente por su


conciencia. El primero era que, maldita sea, estaba oyendo un ruido extraño que no
era fruto de su imaginación; el segundo, que si una alarma hubiera sonado en la sala
de control, no solo sería inaudible para los humanos, sino que también había una
buena posibilidad de que el micrófono del casco de Yalson no fuese capaz de
transmitir un zumbido tan estridente.
Pero en tal caso… ¿No habría también algún tipo de advertencia visual?

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Balveda se volvió hacia una de las ventanillas laterales, aunque no llegó a mirar hacia
fuera. Acabó apoyándose en la consola y se volvió hacia los demás.
—… no comprendo que sigas tan decidido a encontrar ese maldito trasto —estaba
diciendo Yalson.
—No te preocupes —dijo el cambiante—. Lo encontraré.
Balveda se dio la vuelta y contempló la estación.
Y en ese instante los cascos de Yalson y Wubslin se activaron y la voz de Unaha-
Closp brotó de ellos. Balveda estaba distraída. Acababa de ver un trozo de algún
material negro que se deslizaba rápidamente por el suelo de la estación. Sus pupilas
se dilataron y abrió la boca.

El viento de tormenta se había convertido en un huracán. Un ruido lejano, como el de


una tremenda avalancha oída desde muy lejos, emergió por la boca del túnel.
Una luz apareció al final del túnel, allí donde empezaba la última recta del tramo
de vías que separaba la estación siete de la seis.
Xoxarle no podía ver la luz, pero podía oír el ruido. Alzó el arma y enfiló el
cañón hacia el flanco del tren. Los humanos eran estúpidos, pero no tardarían en
darse cuenta de lo que ocurría.
Los raíles de acero empezaron a vibrar y gemir.

Unaha-Closp retrocedió a toda velocidad por el conducto, arrojando los trozos de


cable que había cortado contra las paredes.
—¡Yalson! ¡Horza! —gritó por su comunicador.
Siguió avanzando lo más deprisa posible por el corto y angosto tramo de túnel. En
cuanto dobló la esquina que había recortado para pasar pudo oír el débil e insistente
zumbido quejumbroso de la alarma.
—¡Hay una alarma activada! ¡Puedo oírla! ¿Qué está pasando?
Seguía encontrándose dentro del pasadizo, pero aun así pudo oír y sentir el chorro
de aire que se deslizaba alrededor del tren y se metía por debajo de los vagones.

—¡Ahí fuera está soplando un auténtico vendaval! —gritó Balveda en cuanto la


unidad dejó de hablar.
Wubslin levantó su casco de la consola. El gesto reveló una lucecita anaranjada
que se encendía y apagaba. Horza la miró fijamente. Balveda estaba observando la
plataforma. Nubes de polvo se deslizaban sobre el suelo de la estación. El equipo más
ligero de la plancha estaba siendo arrastrado por el vendaval.

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—Horza —dijo Balveda en voz baja—, no puedo ver a Xoxarle. Aviger tampoco
está.
Yalson se había puesto en pie. Horza ladeó la cabeza durante un segundo para
mirar por una de las ventanillas laterales y sus ojos volvieron a la lucecita que
parpadeaba en la consola.
—¡Es una alarma! —gritó la voz de Unaha-Closp desde los dos cascos—. ¡Puedo
oírla!
Horza cogió su rifle y agarró el casco de Yalson por el borde.
—Es un tren, unidad —dijo—, es la alarma de colisión. Sal ahora mismo del tren.
Soltó el casco. Yalson lo puso rápidamente en su sitio y cerró los sellos de
sujeción. Horza movió la mano señalando la puerta.
—¡Moveos! —gritó.
Sus ojos se deslizaron sobre los rostros de Yalson, Balveda y Wubslin, quien
seguía sentado sosteniendo en sus manos el casco que había cogido de la consola.
Balveda fue hacia la puerta. Yalson iba detrás de ella. Horza dio un paso hacia
adelante, se detuvo, giró sobre sí mismo y miró a Wubslin, quien acababa de dejar su
casco en el suelo y estaba volviéndose hacia los controles.
—¡Wubslin! —gritó—. ¡Vamos, muévete!
Balveda y Yalson estaban corriendo por el pasillo del vagón. Yalson miró hacia
atrás y vaciló.
—Tengo que ponerlo en marcha —dijo Wubslin con voz apremiante sin volverse
a mirar a Horza.
Pulsó algunos botones.
—¡Wubslin! —gritó Horza—. ¡Sal de aquí ahora mismo!
—Cálmate, Horza —dijo Wubslin. Siguió pulsando botones y accionando
interruptores, observando pantallas y diales, torciendo el gesto cada vez que tenía que
mover el brazo herido y sin mirar a Horza en ningún momento—. Sé lo que hago. Sal
del tren. Conseguiré ponerlo en marcha; ya lo verás.
Horza se volvió hacia la parte trasera del tren. Yalson estaba de pie en el centro
del vagón, apenas visible a través del hueco de dos puertas abiertas. Miraba primero a
Balveda, que seguía corriendo hacia el segundo vagón y las rampas de acceso, y
luego a Horza, quien no se había movido de la sala de control. Horza vio cómo su
cabeza se movía de un lado a otro y le hizo señas para que saliera del tren. Después se
dio la vuelta, fue hacia Wubslin y le agarró por el codo.
—¡Maldito bastardo, te has vuelto loco! —gritó—. ¡Puede que esté moviéndose a
cincuenta metros por segundo! ¿Tienes alguna idea de cuánto tiempo se necesita para
que uno de estos trastos se ponga en movimiento?
Tiró del brazo del ingeniero. Wubslin giró rápidamente sobre sí mismo y golpeó a
Horza con la mano que tenía libre. Horza cayó al suelo de la sala de control, más
asombrado que herido. Wubslin volvió a concentrar su atención en los controles.

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—Lo siento, Horza, pero puedo llevarlo a esa desviación y quitarlo de en medio.
Sal del tren. Déjame en paz.
Horza cogió su rifle láser, se puso en pie y vio que el ingeniero seguía
manipulando los controles. Se dio la vuelta y echó a correr. Mientras corría, el tren
osciló como si flexionara sus músculos metálicos tensándolos al máximo.
Yalson siguió a la mujer de la Cultura. Horza le había hecho señas de que
corriera, así que le obedeció.
—¡Balveda! —gritó—. ¡Salidas de emergencia; abajo, en el último nivel del
vagón!
La agente de la Cultura no la oyó. Seguía corriendo hacia el siguiente vagón y las
rampas de acceso. Yalson lanzó una maldición y echó a correr detrás de ella.

Unaha-Closp salió despedido del suelo como si fuera un proyectil y se lanzó vagón
adelante en busca de la escotilla de emergencia más próxima.

«¡Esa vibración! ¡Es un tren! ¡Otro tren que se aproxima, y muy deprisa! ¿Qué han
hecho esos imbéciles? ¡Tengo que salir de aquí ahora mismo!».

Balveda patinó alrededor de una esquina, alargó una mano y se agarró al extremo de
un mamparo. Corrió hacia la puerta abierta que llevaba a la rampa de acceso central.
Podía oír los pasos de Yalson detrás de ella.
Salió a la rampa para encontrarse en el centro de una galerna infernal, como si
toda la atmósfera se hubiera convertido en un huracán donde no podía distinguirse
ninguna ráfaga de viento aislada. Una fracción de segundo después el aire que la
rodeaba se llenó de chispas y destellos luminosos. La luz estaba por todos lados, y los
soportes perdieron su firmeza para convertirse en masas de metal derretido. Balveda
se arrojó al suelo de la rampa, deslizándose y rodando a lo largo de su superficie. Los
soportes que tenía delante, allí donde la rampa giraba e iba bajando hacia el suelo de
la estación, ardían con las llamaradas del láser. Balveda se medio incorporó. Sus
manos y sus pies resbalaron sobre la rampa intentando encontrar algún asidero, y se
encontró nuevamente dentro del tren, un momento antes de que la línea de fuego se
moviera hacia un lado de la rampa, las vigas y las barandillas protectoras que había al
extremo de esta. Yalson tropezó con Balveda y estuvo a punto de caer. La mujer de la
Cultura alzó la mano y la cogió por el brazo.
—¡Alguien nos está disparando!
Yalson fue hacia el borde y empezó a devolver el fuego.
El tren volvió a moverse.

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El tramo de vía recta que separaba la estación seis de la siete medía unos tres
kilómetros de longitud. El tiempo transcurrido entre el punto donde las luces de la
locomotora habrían sido visibles desde el último vagón del tren inmóvil en la estación
siete y el instante en que el tren emergió de la oscuridad del túnel para entrar en la
estación no llegó al minuto.
Muerto, con el cuerpo del que seguía formando parte oscilando y balanceándose
pero tan firmemente atrapado entre el asiento y la consola que las sacudidas no
bastaban para hacerle caer al suelo, el frío ojo de Quayanorl, cerrado para siempre,
tenía delante una curva de vidrio blindado más allá de la cual había un espacio negro
como la noche en el que colgaban dos líneas gemelas de una cegadora luz casi sólida,
y enfrente de ellas había un halo de claridad que aumentaba rápidamente de tamaño,
un anillo de luminiscencia provisto de un grisáceo núcleo metálico.

Xoxarle lanzó una maldición. El blanco se había movido muy deprisa y había fallado.
Pero estaban atrapados en el tren. Les tenía cogidos. El viejo humano que había
debajo de su rodilla gimió e intentó moverse. Xoxarle aumentó la presión que ejercía
sobre él y se preparó para volver a disparar. El aire salía del túnel con un aullido
ensordecedor, chocaba contra la parte trasera del tren y se esparcía a su alrededor.
Unos cuantos disparos hechos al azar iluminaron el fondo de la estación, a mucha
distancia de él. Xoxarle sonrió. Un instante después el tren se puso en movimiento.

—¡Salid de aquí! —gritó Horza en cuanto llegó a la puerta donde estaban las dos
mujeres, una disparando y la otra agazapada arriesgándose a echar algún que otro
vistazo al exterior.
El rugido del aire torbellineaba por todo el vagón haciéndolo temblar.
—¡Debe ser Xoxarle! —gritó Yalson para hacerse oír por encima del estruendo de
la tempestad.
Asomó la cabeza por el hueco de la puerta y disparó. Una nueva oleada de
impactos recorrió la rampa de acceso y se estrelló contra los alrededores de la puerta.
Un diluvio de fragmentos recalentados entró por el hueco y Balveda retrocedió hacia
el interior del vagón. El tren pareció bambolearse y empezó a avanzar con mucha
lentitud.
—¿Qué…? —gritó Yalson volviéndose hacia Horza.
El cambiante se reunió con ella en el hueco de la puerta, se encogió de hombros y
se asomó para disparar contra la plataforma.
—¡Wubslin! —gritó.

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Mandó un diluvio de fuego hacia el fondo de la estación. El tren seguía
avanzando muy despacio. Un metro de la rampa de acceso ya había quedado oculto
por el fuselaje del tren. Algo centelleó en la oscuridad del túnel, donde el viento
aullaba levantando torbellinos de polvo y un ruido que hacía pensar en un trueno
interminable se aproximaba a toda velocidad.
Horza meneó la cabeza. Movió la mano indicándole a Balveda que fuese hacia la
rampa. El hueco de la puerta ya solo permitía acceder a la mitad de esta. Volvió a
disparar. Yalson asomó la cabeza y le imitó. Balveda dio un paso hacia adelante.
En ese instante una escotilla situada en el centro del tren salió despedida y un
inmenso tapón circular del fuselaje de ese mismo vagón se desprendió con un
considerable estruendo. La gruesa sección de pared chocó con el suelo de la estación.
Una pequeña silueta oscura emergió de la escotilla y un punto de luz plateada asomó
por el gran agujero circular y fue aumentando rápidamente de tamaño hasta
convertirse en un ovoide reluciente. Todo pareció ocurrir al mismo tiempo. El trozo
de tren chocó con la plataforma, Unaha-Closp pasó zumbando sobre sus cabezas y
Balveda echó a correr por la rampa.
—¡Ahí está! —gritó Yalson.
La Mente había salido del tren, estaba dando la vuelta y se disponía a ponerse en
movimiento. Los parpadeos del láser procedentes del otro extremo de la estación
cesaron durante una fracción de segundo y al reanudarse ya habían cambiado de
dirección. Los nuevos impactos hicieron que la superficie plateada del elipsoide se
cubriera de explosiones luminosas. La Mente pareció quedar suspendida en el aire
temblando bajo el chorro de haces emitidos por el láser; después se lanzó de lado
hacia la plataforma y su pulida superficie empezó a ondular y opacarse mientras
rodaba a través del torbellino de aire, cayendo hacia la pared lateral de la estación
como una aeronave averiada. Balveda estaba bajando a la carrera por la rampa y ya
casi había llegado al último nivel.
—¡Sal de aquí! —gritó Horza empujando a Yalson.
El tren ya estaba lejos de las rampas. Los motores gruñían, pero su sonido se
perdía en el rabioso ulular del huracán que asolaba la estación. Yalson se golpeó la
muñeca con la palma de la mano para activar su unidad antigravitatoria y saltó por el
hueco de la puerta sin dejar de disparar.
Horza se asomó al exterior y disparó por entre los soportes de la rampa de acceso.
Se agarró al tren con una mano, sintiéndolo temblar igual que un animal asustado.
Algunos de sus disparos dieron en los soportes de la rampa de acceso y crearon
chorros de escombros que el huracán se encargó de esparcir. El cambiante tuvo que
retroceder hacia el interior del vagón.
La Mente chocó con la pared de la estación y rodó sobre sí misma para acabar
alojándose en el ángulo existente entre el suelo y la curva de la pared. Un
estremecimiento recorrió su piel plateada y esta empezó a volverse mate.

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Unaha-Closp giró por el aire esquivando los disparos del láser. Balveda llegó al
final de la rampa y echó a correr por el suelo de la estación. El abanico de disparos
procedente del túnel para peatones pareció vacilar durante un segundo entre ella y la
silueta de Yalson, acabó alzándose y se concentró en la mujer que flotaba por los
aires. Yalson devolvió el fuego, pero los haces del láser acabaron encontrándola e
hicieron brillar su traje.
Horza saltó del vagón que avanzaba lentamente, chocó con el suelo de roca en un
impacto que le dejó sin aliento y dio varias vueltas de campana impulsado por el
chorro de aire que brotaba del túnel. Apenas pudo ponerse en pie corrió hacia
adelante y disparó a través del huracán hacia el otro extremo de la estación. Yalson
seguía volando, moviéndose por entre el torrente de aire y los chispazos creados por
el láser.
La parte trasera del tren estaba alejándose de la estación a la velocidad de un
hombre que camina. Chorros de luz caían sobre ella. El ruido del tren que se
aproximaba —tan potente que ahogaba cualquier otro sonido, hasta el de las
explosiones y disparos, con lo que todo daba la impresión de estar ocurriendo en un
silencio asombrado, envuelto en ese grito definitivo e imposible de superar— se hizo
aún más increíblemente intenso.
Yalson estaba cayendo. Su traje se había averiado.
Sus piernas empezaron a moverse antes de que entrara en contacto con el suelo, y
cuando lo hizo ya estaba corriendo hacia el refugio más próximo. Corrió hacia la
Mente, aquel ovoide de plata deslustrada que yacía junto a la pared.
Y cambió de parecer.
Giró sobre sí misma un segundo antes de que le fuera posible lanzarse detrás de la
Mente y corrió a su alrededor, dirigiéndose hacia los umbrales y nichos de la pared.
Los disparos del láser de Xoxarle volvieron a darle en cuanto empezó a darse la
vuelta, y ahora la coraza de su traje ya no podía absorber más energía. El blindaje
cedió y los haces del láser se deslizaron como relámpagos sobre el cuerpo de la
mujer, arrojándola por los aires y haciéndola extender espasmódicamente los brazos y
las piernas, sacudiéndola como a una muñeca atrapada en el puño de un niño irritado
y cubriendo su pecho y su abdomen con una nube carmesí.
El tren hizo impacto.
Entró en la estación como un rayo trayendo consigo una marea de ruido; emergió
del túnel rugiendo como un trueno hecho de metal solidificado, y dio la impresión de
atravesar el espacio que había entre la boca del túnel y el tren que se movía
lentamente ante él en el mismo instante de su aparición. Xoxarle era el que estaba
más cerca de todos y captó un fugaz atisbo del reluciente y afilado morro del tren
antes de que esa inmensa curva en forma de pala se estrellase contra la parte trasera
del otro tren.
Jamás habría creído que pudiera haber otro sonido más potente que el creado por
el tren cuando avanzaba dentro del túnel, pero el ruido de su impacto logró que

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incluso aquella cacofonía pareciese insignificante. Era como una estrella de sonido,
una nova cegadora donde antes solo había existido un tenue resplandor.

El tren hizo impacto a ciento noventa kilómetros por hora. El tren de Wubslin apenas
se había desplazado la longitud de un vagón, y la velocidad con que se movía aún era
inferior a la de un hombre al paso.
El tren que salió del túnel chocó con el último vagón, levantándolo de las vías y
prensándolo en una fracción de segundo. El vagón quedó empotrado en el techo del
túnel y sus capas de metal y plástico quedaron comprimidas en una apretada bola de
restos. El morro y el primer vagón se abrieron paso por debajo de los escombros
destrozando ruedas, rompiendo raíles y haciendo estallar la piel metálica del segundo
tren, que se esparció por toda la estación como si fuese la metralla surgida de una
granada gigantesca.
El tren siguió avanzando por encima y por debajo del segundo tren, desviándose
hacia un lado y descarrilando a medida que los segmentos destrozados de los dos
trenes salían despedidos hacia la pared que corría junto a las vías. La fuerza del
impacto hizo que la masa principal de los dos trenes se dirigiera hacia la zona central
de la estación, creando un amasijo de metal desgarrado y piedra machacada, mientras
los vagones se doblaban sobre sí mismos, comprimiéndose y desintegrándose al
mismo tiempo.
Y el tren seguía emergiendo del túnel. Los vagones dejaban atrás la boca de este
moviéndose con la velocidad del rayo para precipitarse hacia el caos de restos en
pleno proceso de desintegración que había ante ellos, subiendo por los aires,
chocando y patinando. Las llamas parpadearon entre los fragmentos; surtidores de
chispas se alzaron hacia el techo de la estación; el cristal se convirtió en añicos y
salió despedido de las ventanas; cintas de metal golpearon espasmódicamente las
paredes.
Xoxarle retrocedió hacia el interior del túnel, alejándose del sonido de aquella
destrucción.
Wubslin sintió el impacto. La fuerza del choque arrojó su cuerpo contra el
respaldo del asiento. Sabía que había fracasado. El tren, su tren, iba demasiado
despacio. Una mano inmensa surgida de la nada se estrelló contra su espalda. Sintió
un chasquido en los oídos y la sala de control, el vagón y el tren entero oscilaron a su
alrededor y, de repente, cuando la confusión y el ruido aún no habían cesado, vio que
la parte trasera del tren estacionado en la zona de mantenimiento y reparaciones venía
hacia él. Sintió cómo su tren dejaba atrás la curva que podría haberle permitido
escapar a la colisión. La aceleración seguía y seguía. Estaba atrapado en su asiento,
impotente y paralizado. El último vagón del otro tren fue hacia él como un rayo.
Wubslin cerró los ojos medio segundo antes de quedar aplastado como un insecto
dentro de los escombros.

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Horza estaba hecho una bola en una puertecita de la pared de la estación. No tenía
ni la más mínima idea de cómo había llegado hasta allí. No intentó ver lo que ocurría.
No podía verlo. Siguió gimiendo en su rincón mientras la devastación aullaba en sus
oídos, le rociaba la espalda de restos metálicos y hacía temblar las paredes y el techo.
Balveda también había logrado encontrar un sitio donde refugiarse, un pequeño
nicho en la pared, donde se había escondido con la espalda hacia el punto de impacto
y el rostro oculto en las manos.
Unaha-Closp se había refugiado en el techo de la estación aprovechando la
protección que le ofrecía la cúpula de una cámara. La unidad observó el desarrollo de
la catástrofe que se estaba produciendo debajo de ella. Vio cómo el último vagón
salía del túnel, vio cómo el tren recién llegado se abría paso a través del tren dentro
del que estaban hacía solo unos segundos, empujándolo hacia adelante hasta
convertirlo en una masa irreconocible de metal destrozado. Los vagones abandonaron
las vías y resbalaron sobre el suelo de la estación impulsados por la cada vez más
lenta oleada de destrucción. Arrancaron las rampas de acceso de la roca e hicieron
añicos las luces del techo; los restos metálicos salieron disparados hacia lo alto y la
unidad tuvo que esquivarlos. Vio cómo el cuerpo de Yalson era alcanzado por los
vagones que patinaban y daban vueltas sobre sí mismos, moviéndose por la superficie
de roca fundida envueltos en una nube de chispas. Los vagones siguieron
moviéndose, pasaron junto a la Mente casi rozándola y se llevaron consigo el cuerpo
destrozado de la mujer, enterrándolo bajo las rampas de acceso y estrellándolo contra
la pared. La masa de metal, vidrio y plástico chocó como un inmenso martillo contra
la roca negra que rodeaba la boca del túnel y un collar de restos fue hinchándose
lentamente sobre ella hasta que la colisión hubo gastado su último átomo de fuerza,
comprimiendo el metal y la piedra como si quisiera convertirlos en una sola cosa.
Las chispas brotaron de las vías; las luces de la estación parpadearon y el fuego
empezó a hacer estragos. Los restos que habían salido disparados hacia el techo
cayeron al suelo, y los ecos temblorosos del desastre reverberaron por toda la
estación. El humo empezó a acumularse, las explosiones hicieron vibrar el recinto y,
de repente, chorros de agua brotaron de los agujeros situados junto a las parpadeantes
hileras de luces esparcidas por toda la superficie de roca que formaba el techo,
haciendo que Unaha-Closp se llevara una nueva sorpresa. El agua se convirtió en
espuma y fue bajando por el aire como nieve caliente.
Los escombros y restos metálicos se fueron aposentando lentamente entre siseos y
gemidos. Las llamas se deslizaron sobre ellos, luchando con la espuma que caía del
techo e intentando hallar sustancias inflamables perdidas entre aquella confusión.
Unaha-Closp oyó un grito y miró hacia abajo por entre la niebla compuesta de
humo y espuma. Horza salió corriendo de un umbral de la pared, junto a la
plataforma que rozaba el comienzo de la masa metálica que estaba siendo devorada
por las llamas.

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El hombre subió corriendo por la plataforma cubierta de escombros, gritando y
disparando su arma. La unidad vio cómo la roca se resquebrajaba y estallaba
alrededor de la lejana entrada del túnel desde donde había estado disparando Xoxarle.
Esperó ver disparos de respuesta y presenciar la destrucción del hombre, pero no
ocurrió nada. Horza siguió corriendo y disparando sin dejar de lanzar gritos
incoherentes. La unidad no podía ver a Balveda.
Xoxarle había vuelto a sacar su arma por la boca del túnel en cuanto los ruidos se
desvanecieron. El hombre apareció justo en ese momento y empezó a disparar.
Xoxarle tuvo el tiempo suficiente para apuntar, pero no para hacer fuego. Uno de los
disparos de Horza dio en la pared muy cerca del arma y algo se estrelló contra la
mano de Xoxarle. El arma emitió una especie de balbuceo y dejó de funcionar.
Xoxarle examinó el arma y vio un fragmento de roca asomando de su armazón. El
idirano lanzó una maldición y arrojó el arma al otro lado del túnel. El cambiante
volvió a disparar y la boca del túnel quedó rodeada por un nuevo diluvio de impactos.
Xoxarle bajó la vista hacia Aviger, quien estaba moviéndose débilmente en el suelo.
El humano yacía de bruces, y sus miembros se agitaban en el aire o pegados a la roca
como alguien que intentara nadar.
Xoxarle había tenido intención de usar al viejo como rehén, pero ahora ya no le
serviría de nada. Yalson estaba muerta. Xoxarle la había matado, y Horza quería
vengar su muerte.
Xoxarle aplastó el cráneo de Aviger con uno de sus pies, se dio la vuelta y echó a
correr.
Estaba a unos veinte metros de la primera curva del túnel. Xoxarle corrió tan
deprisa como pudo, ignorando las punzadas de dolor que recorrían sus piernas y su
cuerpo. Oyó los ecos de una explosión procedente del recinto central. Un siseo
recorrió el techo y los chorros de agua del sistema de rociadores empezaron a caer de
la superficie de piedra.
Se lanzó hacia el primer túnel lateral y el aire se incendió con los destellos del
láser. La pared salió disparada hacia él y algo le golpeó en la espalda y en una pierna.
Xoxarle siguió adelante, medio corriendo y medio cojeando.
Vio unas cuantas puertas delante, a su izquierda. Intentó recordar el trazado de las
estaciones. Aquellas puertas debían de llevar a la sala de control y los dormitorios;
podía meterse por alguna de ellas, cruzar la caverna de reparaciones y mantenimiento
mediante el puente colgante y llegar hasta uno de los túneles laterales que daban
acceso al sistema de los tubos de tránsito. Aún podía escapar. Se lanzó contra una
puerta y la derribó con su hombro. Los pasos del cambiante resonaban a su espalda
en algún lugar del túnel.
La unidad vio cómo Horza corría por la plataforma moviendo las piernas a toda
velocidad, gritando, aullando y saltando sobre los escombros sin dejar de disparar ni
un solo segundo. El cambiante dejó atrás el sitio donde había yacido el cuerpo de
Yalson antes de ser arrastrado por la marea metálica de los vagones y siguió

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corriendo, precedido por el cono de luz que brotaba de su arma. Pasó junto al lugar
donde había estado la plancha del equipo, llegó al punto del otro extremo de la
estación desde el que había estado disparando Xoxarle y desapareció en el túnel
lateral.
Unaha-Closp empezó a bajar lentamente. Los escombros y restos metálicos
crujían y humeaban; la espuma caía del techo como un granizo suave. El olor
pestilente de algún gas ponzoñoso estaba empezando a invadir la atmósfera. Los
sensores de la unidad detectaron dosis de radiaciones entre medias y altas. Una serie
de pequeñas explosiones hizo temblar los restos de los vagones y originó nuevos
incendios que sustituyeron a los que habían sido apagados por la espuma, que cubría
el caos de metal retorcido como si fuera nieve yaciendo sobre los picachos de una
cordillera.
Unaha-Closp fue hacia la Mente. El ovoide estaba pegado a la pared. Su
superficie se había vuelto oscura y mate. Seguía cubierta de irisaciones que se
movían lentamente haciendo pensar en los colores del aceite sobre el agua.
—Apuesto a que te creías muy lista, ¿eh? —dijo Unaha-Closp en voz baja. Quizá
podía oír sus palabras, quizá estaba muerta; no tenía forma alguna de saberlo—.
Esconderte en el vagón del reactor… Apuesto a que también sé lo que hiciste con la
pila. La tiraste a uno de esos pozos que hay junto a los motores del sistema de
ventilación de emergencia, puede que el mismo que vimos en la pantalla del sensor
de masas el primer día. Después te escondiste en el tren. Oh, sí, apuesto a que estabas
muy orgullosa de ti misma… Pero mira dónde has acabado.
La unidad contempló la Mente silenciosa. La espuma que caía del techo iba
acumulándose sobre ella. La unidad activó un campo de fuerza para limpiarse.
La Mente se movió. Ascendió medio metro primero por un extremo y luego por el
otro, y el aire silbó y chisporroteó durante un segundo.
La superficie del artefacto se iluminó y Unaha-Closp retrocedió, no muy seguro
de qué estaba ocurriendo. Después la Mente descendió hasta quedar casi rozando el
suelo y su piel se cubrió de resplandores que se movían lentamente. La unidad captó
el olor del ozono.
—Has recibido una buena paliza, pero aún te quedan algunos recursos, ¿eh? —
preguntó.
Las nubes de humo estaban imponiéndose a las pocas luces que seguían intactas.
La estación empezó a quedar sumida en las tinieblas.
Alguien tosió. Unaha-Closp se dio la vuelta y vio a Perosteck Balveda que
emergía tambaleándose de un nicho. La mujer de la Cultura se dobló sobre sí misma
y siguió tosiendo. Tenía un corte en la cabeza y su piel se había vuelto de un gris
ceniciento. La unidad fue hacia ella.
—Otra superviviente —dijo, más para sí mismo que dirigiéndose a la mujer.
Se puso junto a ella y emitió un campo de fuerza para sostenerla. Los humos y
vapores que invadían la atmósfera le impedían respirar. La sangre brotaba de su

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frente, y Unaha-Closp vio una mancha roja que se iba extendiendo poco a poco por la
espalda de la chaqueta que llevaba puesta.
—¿Qué…? —tosió Balveda—. ¿Quién más?
Se tambaleó, y la unidad tuvo que sostenerla mientras avanzaba con paso
vacilante sobre los fragmentos de vía y los restos de vagón. El suelo estaba cubierto
de rocas arrancadas a las paredes de la estación por la fuerza del impacto.
—Yalson ha muerto —dijo Unaha-Closp como sin darle importancia—. Y
probablemente Wubslin también. Horza está persiguiendo a Xoxarle. En cuanto a
Aviger, no sé qué ha sido de él. No le he visto. Creo que la Mente sigue viva. Al
menos se movía.
Fueron hacia la Mente. De vez en cuando el ovoide movía lentamente uno de sus
extremos hacia arriba y hacia abajo como si intentara despegar del suelo. Balveda
intentó acercarse un poco más, pero Unaha-Closp la detuvo.
—No te acerques, Balveda —dijo, y la obligó a seguir hacia la plataforma. Los
pies de la mujer resbalaban sobre los restos. Seguía tosiendo, y su rostro estaba
convulsionado en una mueca de dolor—. Si intentas quedarte aquí, la atmósfera
acabará asfixiándote —dijo Unaha-Closp con voz amable—. Creo que la Mente
puede cuidar de sí misma, y si no… Bueno, ahora no puedes hacer nada por ella.
—Estoy bien —insistió Balveda.
Se quedó quieta e irguió el cuerpo. Su rostro recobró la calma de siempre y dejó
de toser. La unidad también se detuvo y la miró. Balveda se volvió hacia ella.
Respiraba con normalidad. Su rostro seguía estando de un color gris ceniza, pero su
expresión era serena. Apartó la mano cubierta de sangre que había estado
manteniendo sobre su espalda y usó la otra para limpiarse parte del fluido rojo de su
frente que había resbalado hasta su ojo. Sonrió.
—¿Lo ves?
Y un instante después cerró los ojos, se dobló por la cintura y su cabeza cayó
hacia el suelo de la estación al fallarle las rodillas.
Unaha-Closp la atrapó limpiamente con un campo de fuerza antes de que tocara el
suelo y la sacó flotando de la zona de la plataforma. Fue por la primera puerta lateral
que encontró y se dirigió hacia la sección donde estaban las salas de control y los
habitáculos.
Balveda empezó a recobrar el conocimiento en cuanto encontraron aire fresco.
Apenas llevaban recorridos diez metros de túnel. Las explosiones retumbaban detrás
de ellos, y el aire se movía en oleadas a lo largo de todo el túnel haciendo pensar en
los erráticos latidos de un corazón gigantesco. Las luces se encendían y se apagaban;
los rociadores del techo dejaron caer unas cuantas gotitas que pronto se convirtieron
en chorros.
«Es una suerte que no pueda oxidarme», pensó Unaha-Closp mientras flotaba por
el túnel que llevaba a la sala de control. La mujer se agitaba débilmente en su campo
de fuerza. Oyó ruido de disparos. Parecía un láser, pero el ruido transmitido por los

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conductos de ventilación que les envolvía hizo que no pudiera saber de dónde
procedían.
—¿Ves? Estoy… estupendamente —murmuró Balveda.
La unidad dejó que se moviera. Ya casi habían llegado a la sala de control. El aire
era respirable, y el nivel de radiación estaba disminuyendo. Nuevas explosiones
hicieron temblar la estación. La corriente de aire agitó la cabellera de Balveda y la
piel de su chaqueta. Unos cuantos copos de espuma cayeron al suelo. Los chorros de
agua seguían brotando del techo.
La unidad cruzó el umbral que llevaba a la sala de control. Las luces de la sala no
parpadeaban y la atmósfera estaba limpia. Los rociadores del techo no se habían
activado, y la única agua que cayó sobre el suelo de plástico era la que se escurría del
cuerpo de la mujer y las placas de Unaha-Closp.
—Eso está mejor —dijo Unaha-Closp.
Depositó a la mujer en una silla. Más detonaciones ahogadas hicieron vibrar la
roca y el aire.
La unidad manipuló el cuerpo de Balveda hasta dejarlo erguido, le fue inclinando
suavemente la cabeza hasta dejársela entre las rodillas y usó un campo de fuerza para
darle aire. Las explosiones retumbaban, haciendo vibrar la atmósfera de la sala con
un ruido muy parecido al que harían unos…, unos…, unos… ¡Unos pies lanzados a la
carrera!
Bum-bum-bum. Bum-bum-bum.
Unaha-Closp alzó la cabeza de Balveda, y estaba a punto de levantarla de la silla
cuando el volumen de las pisadas que sonaban al otro lado de la puerta aumentó
bruscamente al dejar de confundirse con las explosiones de la estación. La puerta se
abrió de golpe. Xoxarle entró como un cohete en la sala de control. Estaba herido,
cojeaba y el agua chorreaba de su cuerpo. Vio a Balveda y a la unidad y fue en línea
recta hacia ellos.
Unaha-Closp se lanzó hacia adelante con la cabeza del idirano como objetivo.
Xoxarle logró atrapar a la unidad con una mano y la estrelló contra un panel de
control, destrozando pantallas y paneles luminosos en una furiosa explosión de
chispas y humo acre. Unaha-Closp se quedó inmóvil, incrustado en la chisporroteante
masa de cables y circuitos medio fundidos que le fueron envolviendo en humo.
Balveda abrió los ojos y miró a su alrededor. Su rostro estaba cubierto de sangre y
el miedo distorsionaba sus rasgos. Vio a Xoxarle y dio unos pasos hacia él. Abrió la
boca, pero solo consiguió toser. Xoxarle la agarró, inmovilizándole los brazos a los
costados. Miró a su alrededor, quedándose quieto el tiempo suficiente para recobrar el
aliento, y sus ojos se posaron en la puerta por la que había irrumpido. Sabía que
estaba debilitándose. Los puntos de las placas que cubrían su cuerpo en donde le
habían alcanzado los disparos del cambiante apenas si tenían queratina, y también le
había alcanzado en la pierna, lo cual le hacía ir cada vez más despacio. El humano no

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tardaría en atraparle… Contempló el rostro de la mujer que sujetaba en sus brazos y
decidió dejarla seguir con vida por el momento.
—Quizá hagas que el diminuto se lo piense dos veces antes de apretar el gatillo…
—murmuró. Se echó a Balveda a la espalda sosteniéndola con un brazo y cojeó
rápidamente hacia la puerta que llevaba a los dormitorios y, después de ella, a la zona
de reparaciones. Abrió la puerta de un rodillazo y dejó que se cerrara a su espalda—.
Pero lo dudo —añadió.
Siguió cojeando por el corto tramo de túnel, cruzó el primer dormitorio y avanzó
bajo las redes que se balanceaban, moviéndose entre el vacilante parpadeo de las
luces mientras los rociadores empezaban a funcionar sobre su cabeza.
Unaha-Closp logró liberarse del panel de la sala de control en que había quedado
atrapado. Sus placas estaban cubiertas de alambres quemados y trozos de plástico
medio fundido.
—Bastardo asqueroso… —murmuró aturdido, bamboleándose por el aire
mientras se alejaba de la consola que echaba humo—. Asquerosa colección de células
ambulantes…
Unaha-Closp trazó un vacilante giro por entre el humo y fue hacia la puerta por la
que había entrado Xoxarle. Cuando llegó a ella vaciló un par de segundos y acabó
cruzando el umbral con un movimiento tembloroso extrañamente parecido a un
encogimiento de hombros. Entró en el túnel y fue por él, incrementando su velocidad
a cada metro que recorría.

Horza había perdido al idirano. Le había seguido por el túnel y había cruzado unas
cuantas puertas destrozadas. Entonces se le presentó una elección: izquierda, derecha
o hacia adelante; tres pasillos no muy largos con luces que parpadeaban y chorros de
agua cayendo del techo, con el humo arrastrándose en perezosas ondulaciones bajo el
sistema de rociadores.
Horza fue por la derecha, el camino que habría tomado el idirano si hubiera
decidido dirigirse hacia los tubos de tránsito, suponiendo que supiera en qué
dirección quedaban esos tubos y si no tenía algún otro plan.
Pero había escogido la dirección equivocada.
Sus dedos se tensaron sobre el arma. Las falsas lágrimas del agua que caía de los
rociadores se deslizaban por su rostro. El arma zumbaba con una vibración que podía
sentir a través de sus guantes. Una bola de dolor se desprendió de su vientre y subió
hasta invadir toda su garganta y sus ojos, llenándole la boca con un sabor rancio,
haciéndole apretar las mandíbulas y convirtiendo sus manos en plomo. Se detuvo en
otra encrucijada cerca de los dormitorios y sus ojos fueron de una dirección a otra en
una agonía de indecisión mientras el agua seguía cayendo, las luces parpadeaban y el
humo reptaba pegado al techo. Oyó un grito, y fue en esa dirección.

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La mujer se resistía. Era fuerte, pero no podía romper la presa de un idirano, por muy
debilitado que se encontrara este. Xoxarle avanzó cojeando por el pasillo que llevaba
a la gran caverna.
Balveda gritó e intentó liberarse. Después usó sus piernas para patear al idirano
en los muslos y las rodillas. Pero la presa era demasiado fuerte, y se encontraba muy
arriba en la espalda de Xoxarle. Tenía los brazos pegados a los flancos, y sus piernas
solo podían golpear la placa de queratina que emergía de la cadera del idirano. Detrás
de ella las redes usadas por los constructores del Sistema de Mando se balanceaban
suavemente impulsadas por las corrientes de aire que barrían el dormitorio a cada
nueva explosión que se producía en la zona de la plataforma y entre los restos de los
trenes.
Oyó disparos en algún punto detrás de ellos, y una puerta situada al otro extremo
de la gran estancia se abrió de golpe. El idirano también oyó el ruido. Su cabeza se
volvió hacia la dirección de la que había llegado un momento antes de que cruzaran
el umbral de la salida del dormitorio. Segundos después se encontraron en un corto
tramo de pasillo y emergieron a la terraza que corría alrededor de la inmensa caverna
de la zona de mantenimiento y reparaciones.
A un lado de la caverna había un amasijo de vagones destrozados y restos de
maquinaria envueltos en llamas. El tren que Wubslin había empezado a poner en
movimiento se había incrustado en la parte trasera del tren detenido en el gran nicho
que colgaba sobre el techo de la caverna. Fragmentos de los dos trenes se habían
esparcido por todas partes como si fueran juguetes, cayendo al suelo de la caverna,
amontonándose junto a las paredes o incrustándose en el techo. La espuma seguía
cayendo lentamente y chisporroteaba sobre los restos recalentados de la catástrofe.
Las chispas volaban por los aires y las llamas emergían de entre los vagones
aplastados.
Los pies de Xoxarle resbalaron sobre el suelo de la terraza y durante un segundo
Balveda creyó que los dos acabarían saliendo despedidos al vacío, pasando sobre las
barandillas para acabar estrellándose contra la confusión de maquinaria y restos de
trenes que cubrían el frío y duro suelo de la estación. Pero el idirano logró recobrar el
equilibrio a tiempo, giró sobre sí mismo y avanzó por la ancha pasarela que llevaba
hasta el viaducto metálico suspendido a través de la caverna y que terminaba al otro
extremo de la terraza en la boca de otro túnel…, el túnel que llevaba a los tubos de
tránsito.
Podía oír la ruidosa respiración del idirano. Sus oídos captaban el chisporroteo de
las llamas, el silbido de la espuma y el jadeo cada vez más entrecortado que escapaba
por entre los labios de Xoxarle. El idirano sostenía su cuerpo sin ninguna dificultad
aparente, como si no pesara nada. La frustración que sentía era tan intensa que se

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echó a llorar y retorció el cuerpo con todas sus fuerzas en un intento de romper su
presa o, por lo menos, de liberarse un brazo.
Llegaron al viaducto metálico y el idirano volvió a resbalar, pero logró agarrarse a
tiempo y recobró el equilibrio. Empezó a avanzar por aquella angosta pasarela. Su
paso cojeante y sus continuas vacilaciones hacían que vibrase, y toda la estructura no
tardó en resonar como un tambor metálico. Balveda siguió debatiéndose con tanta
rabia que sintió un agudo dolor en la espalda, pero la presa de Xoxarle continuó
siendo tan firme como antes.
El idirano se detuvo de golpe y la colocó ante su inmenso rostro en forma de silla
de montar. La sostuvo en vilo por los dos hombros durante un momento y después la
cogió por el codo derecho con una mano mientras la agarraba por el hombro derecho
con la otra.
Xoxarle adelantó una rodilla colocando el muslo de esa pierna en posición
paralela al suelo de la caverna, treinta metros más abajo. Balveda, sujeta por el codo
y el hombro, con el terrible dolor de su espalda y la mente sumida en la confusión,
sintió todo el peso de su cuerpo sostenido por ese brazo y comprendió repentinamente
lo que iba a hacer.
Y gritó.
Xoxarle colocó la parte superior del brazo de la mujer sobre su muslo y la partió
igual que si fuese una ramita seca. El grito de Balveda se quebró como un carámbano
que se rompe.
La cogió por la muñeca de su brazo sano e hizo girar su cuerpo sobre la pasarela,
colocándola debajo de él y obligándola a cerrar los dedos alrededor de un delgado
soporte metálico. Después la soltó. Todas aquellas maniobras requirieron tan solo uno
o dos segundos. Balveda empezó a balancearse como un péndulo bajo el viaducto
metálico. Xoxarle se alejó cojeando. Cada paso hacía temblar la estructura y el
soporte transmitía la vibración a la mano de Balveda, haciendo que su presa se
aflojara un poco más.
Balveda estaba suspendida en el vacío. El brazo fracturado que no podía usar para
nada colgaba junto a su flanco. Su mano aferraba la lisa y fría superficie manchada de
espuma del soporte. Sintió que la cabeza le daba vueltas. Olas de dolor que intentó
eliminar sin conseguirlo recorrieron su cuerpo. Las luces de la caverna se apagaron y
volvieron a encenderse. Otra explosión hizo temblar los restos de los vagones.
Xoxarle llegó al final de la pasarela, corrió cojeando por la terraza hasta llegar al otro
extremo de la gran caverna y se metió en el túnel. Su mano empezó a perder la
sensibilidad. Sintió como sus dedos resbalaban sobre el metal. Todo su brazo estaba
enfriándose, como si quisiera convertirse en un pedazo de hielo.
Perosteck Balveda se retorció en el aire, echó la cabeza hacia atrás y aulló.

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La unidad se detuvo. Ahora los ruidos venían de más atrás. Había tomado por la
dirección equivocada. Seguía estando algo aturdido. Así que después de todo Xoxarle
no había vuelto sobre sus pasos… «¡Soy un estúpido! ¡Tendrían que retirarme la
categoría de conciencia libre!».
Giró sobre sí mismo en el túnel que se alejaba de la sala de control y los
dormitorios y redujo la velocidad hasta detenerse. Después aceleró al máximo y
volvió por donde había venido. Podía oír disparos de láser.

Horza estaba en la sala de control. El lugar se encontraba limpio de agua y espuma,


aunque una consola mostraba un gran agujero del que salía humo. Vaciló durante
unos segundos, oyó otro grito —el sonido de una voz humana, una mujer— y echó a
correr hacia la puerta que llevaba a los dormitorios.

Balveda intentó balancear su cuerpo hasta colocar una pierna sobre la pasarela, pero
los músculos de la parte inferior de su espalda habían sufrido daños excesivos y no lo
consiguió. Las fibras musculares se desgarraron y el dolor inundó todo su ser. Seguía
suspendida en el vacío.
Había perdido toda la sensibilidad de la mano. La espuma se fue posando sobre su
rostro irritándole los ojos. Una serie de explosiones destrozó todavía más el amasijo
de vagones e hizo temblar la atmósfera a su alrededor. Su cuerpo bailoteó en el aire.
Podía sentir su lento resbalar. Sus dedos se deslizaron uno o dos milímetros sobre la
superficie del soporte, y su cuerpo bajó esa misma distancia hacia el suelo de la
caverna. Intentó agarrarse con más fuerza, pero sus dedos se habían vuelto totalmente
insensibles.
Oyó ruidos en la terraza. Intentó mirar a su alrededor y vio a Horza corriendo a lo
largo de la terraza con el arma preparada. Iba hacia la pasarela. El cambiante resbaló
sobre la espuma y tuvo que agarrarse con la mano libre para no perder el equilibrio.
—Horza… —intentó gritar, pero lo único que salió de su boca fue una especie de
graznido. Horza pasó corriendo por la pasarela mirando hacia adelante. Sus pasos
hicieron temblar su mano; sus dedos estaban volviendo a resbalar—. Horza… —
repitió, tan alto como pudo.
El cambiante la dejó atrás. Su rostro era una máscara indescifrable, sus manos
sostenían el rifle en alto y sus botas martilleaban el metal que había sobre la cabeza
de Balveda. La agente de la Cultura agachó la cabeza y miró hacia abajo. Cerró los
ojos.
Horza… Kraiklyn… Ese ministro geriátrico de Ultramundo en Sorpen… Ningún
fragmento o imagen del cambiante, nada y nadie de cuanto hubiera sido a lo largo de
su existencia podían albergar el más mínimo deseo de rescatarla. Xoxarle parecía
haber esperado que alguna compasión pan-humana haría que Horza se detuviese a

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salvarla, con lo que el idirano obtendría esos escasos segundos carentes de precio que
necesitaba para huir. Pero el idirano había cometido el mismo error de juicio
cometido por su especie respecto a la Cultura. Parecía que después de todo la
humanidad no era tan blanda. Si se les proporcionaba el estímulo adecuado, los seres
humanos podían ser tan duros, decididos e implacables como cualquier idirano…
«Voy a morir», pensó, y sintió casi más sorpresa que terror. «Aquí y ahora…
después de todo lo que ha ocurrido y de todo lo que he hecho… voy a morir. ¡Así de
fácil!».
Los dedos de su mano entumecida ya casi habían aflojado su presa alrededor del
soporte.
Los pasos que se movían sobre su cabeza se detuvieron y volvieron a acercarse.
Balveda alzó la vista.
El rostro de Horza estaba encima de ella, contemplándola.
Balveda siguió girando en el aire durante un segundo mientras el hombre la
miraba a los ojos con el cañón del arma muy cerca de su rostro. Horza miró a su
alrededor y sus ojos fueron hacia el otro extremo de la pasarela y el punto por el que
había desaparecido Xoxarle.
—… socorro… —graznó Balveda.
Horza se arrodilló sobre la pasarela, la agarró por la muñeca y tiró de ella.
—Tengo el brazo roto… —jadeó Balveda mientras él la cogía por el cuello de la
chaqueta y seguía tirando de su cuerpo hasta depositarlo en la superficie de la
pasarela.
Horza se incorporó y Balveda rodó sobre sí misma. La espuma flotaba entre las
luces parpadeantes y la oscuridad de la inmensa caverna llena de ecos, y las llamas
proyectaban sombras momentáneas cada vez que las luces fallaban.
—Gracias —tosió.
—¿Por ahí?
Los ojos de Horza fueron hacia la dirección que había estado siguiendo, la misma
por la que se había alejado Xoxarle. Balveda hizo cuanto pudo para asentir.
—Horza, olvídate de él —dijo.
Horza ya se había puesto en movimiento.
—No —dijo.
Meneó la cabeza, giró sobre sí mismo y se alejó. Balveda se enroscó hasta formar
una bola y su brazo entumecido fue hacia el brazo fracturado, aunque no llegó a
tocarlo. Tosió, se llevó una mano a la boca, hurgó en su interior y acabó escupiendo
un diente.
Horza llegó al final de la pasarela. Había recobrado la calma. Xoxarle podía
retrasarle cuanto quisiera; incluso podía permitir que el idirano llegara al tubo de
tránsito. Le bastaría con meterse en el conducto y disparar contra la cápsula que se
alejaba, o acabar con el suministro de energía mediante un par de disparos y dejaría
atrapado al idirano. No importaba.

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Cruzó la terraza y entró corriendo en el túnel.
El túnel se extendía en línea recta durante poco más de un kilómetro. El acceso a
los tubos de tránsito quedaba a la derecha, pero había otras puertas y entradas, lugares
en los que Xoxarle podía esconderse.
El interior del túnel estaba seco y bien iluminado. Las luces apenas si
parpadeaban, y el sistema de rociadores no había llegado a ponerse en
funcionamiento.
La idea de mirar al suelo pasó por su cabeza justo a tiempo.
Vio las gotas de agua y espuma mientras corría hacia un par de puertas opuestas,
una a cada lado del túnel. La hilera de gotas se detenía allí.
Estaba corriendo demasiado deprisa para frenar de golpe. Lo que hizo fue
agacharse.
El puño de Xoxarle emergió del umbral que había a la izquierda y hendió el aire
pasando sobre la cabeza del cambiante. Horza giró sobre sí mismo y alzó el arma
disponiéndose a disparar. Xoxarle salió del umbral y le lanzó una patada. Su pie
chocó con el arma y el cañón subió velozmente hacia el rostro del cambiante,
estrellándose en la boca y la nariz de Horza. El rifle se disparó y los haces láser
inundaron de luz el techo sobre la cabeza de Horza, haciendo que un diluvio de polvo
y trocitos de roca cayera sobre el idirano y el humano. Xoxarle alargó el brazo
mientras el aturdido cambiante retrocedía tambaleándose. Su mano se cerró sobre el
arma arrebatándosela a Horza. Le dio la vuelta y apuntó a Horza. El cambiante había
apoyado una mano en la pared. Su boca y su nariz estaban sangrando. Xoxarle
arrancó el protector del gatillo.

Unaha-Closp cruzó a toda velocidad la sala de control, giró sobre sí mismo, atravesó
la nube de humo y dejó atrás la puerta destrozada para lanzarse por el corto tramo de
pasillo. Voló a través del dormitorio abriéndose paso por entre las redes que se
balanceaban, se metió por otro corto tramo de túnel y salió a la terraza.
Había escombros y restos metálicos por todas partes. Vio a Balveda en la
pasarela. La mujer de la Cultura estaba sentada agarrándose un hombro con la otra
mano. Un instante después vio cómo ponía la mano sobre el suelo metálico. Unaha-
Closp se lanzó hacia ella, pero un segundo antes de que llegara a su lado —Balveda
estaba alzando la cabeza alertada por el silbido del aire—, oyó el sonido del láser al
otro lado de la caverna. La unidad volvió a cambiar de dirección y aceleró.

Xoxarle apretó el gatillo justo cuando Unaha-Closp le embestía desde atrás. El arma
aún no había empezado a disparar cuando Xoxarle se vio arrojado hacia adelante y
chocó con el suelo del túnel. Rodó sobre sí mismo mientras caía, pero el cañón del
arma se enganchó en la roca y durante un segundo tuvo que soportar todo el peso del

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idirano. El cañón se partió limpiamente en dos. La unidad se detuvo junto a Horza. El
cambiante intentó avanzar hacia el idirano, que ya estaba recuperando el equilibrio y
se incorporaba frente a ellos. Unaha-Closp volvió a ponerse en movimiento, primero
hacia abajo y luego acelerando al máximo en un intento de repetir el primer golpe con
el que había logrado alcanzar al idirano. Xoxarle apartó a la unidad con un barrido de
su brazo. Unaha-Closp rebotó en la pared como si fuese una pelota de goma y el
idirano volvió a golpearla. La unidad salió despedida por el túnel y se alejó girando
locamente sobre sí misma en dirección a la caverna. Su armazón estaba llena de
abolladuras, y apenas si podía controlar sus movimientos.
Horza se lanzó hacia adelante y Xoxarle dejó caer su puño sobre la cabeza del
humano. El cambiante giró sobre sí mismo, pero no fue lo bastante rápido. El golpe le
acertó de refilón en un lado de la cabeza y su cuerpo se derrumbó como un fardo,
deslizándose a lo largo de la pared hasta acabar en el hueco de una puerta.
Los rociadores de la zona alcanzada por los disparos del arma de Horza se
pusieron en funcionamiento. Xoxarle fue hacia el humano, que intentaba levantarse
con movimientos vacilantes. Las piernas de Horza apenas si le obedecían, y sus
brazos intentaban encontrar algún asidero en la lisa superficie de las paredes. El
idirano alzó una pierna para estrellar su pie contra el rostro del cambiante, lanzó un
suspiro y volvió a bajar la pierna. Unaha-Closp venía hacia él dejando detrás suyo un
reguero de humo, las placas llenas de abolladuras y señales. La unidad se movía muy
despacio y oscilaba incontrolablemente.
—Animal… —graznó Unaha-Closp.
Su voz se había convertido en un murmullo gutural.
Xoxarle alargó los brazos, agarró a la unidad por la parte delantera, la sostuvo sin
ningún esfuerzo con las dos manos sobre su cabeza, la colocó sobre la cabeza de
Horza —el hombre alzó la mirada, pero sus pupilas no parecían capaces de ver nada
con claridad— y la dejó caer hacia el cráneo de Horza.
Horza se apartó a un lado con una expresión casi de hastío, y Xoxarle sintió cómo
la máquina gimoteante entraba en contacto con la cabeza y el hombro de Horza. El
cambiante cayó sobre el suelo del túnel.
Seguía vivo. Una mano se movió levemente en un intento de proteger su cabeza
ensangrentada. Xoxarle giró sobre sí mismo y volvió a alzar la impotente unidad
sobre la cabeza del hombre.
—Y así… —dijo en voz baja mientras tensaba los brazos disponiéndose a bajar la
máquina.
—¡Xoxarle!
Alzó la mirada por entre sus brazos extendidos mientras la unidad se debatía
débilmente en sus manos, y el hombre caído a sus pies movió una mano lentamente
sobre su cabellera cubierta de sangre. Xoxarle sonrió.
Perosteck Balveda estaba de pie a la entrada del túnel, inmóvil sobre la terraza
que daba a la caverna. Estaba inclinada y su rostro parecía fláccido y cansado. Su

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brazo derecho colgaba junto a su flanco en una postura muy poco natural, con la
mano suspendida a la altura del muslo vuelta hacia fuera. Los dedos de su otra mano
parecían rodear un objeto diminuto con el que apuntaba al idirano. Xoxarle tuvo que
observarlo con mucha atención para darse cuenta de lo que era. Se parecía a un arma,
un arma hecha básicamente de aire; un arma de líneas y cables delgadísimos en la que
apenas había nada sólido, más parecida a un esbozo hecho con lápiz que hubiera sido
desprendido de la página y rellenado con la cantidad justa de materia para que una
mano pudiera sostenerla. Xoxarle dejó escapar una carcajada y su brazo descendió
arrastrando consigo a la unidad.
Balveda disparó el arma. Aquel cañón que parecía hecho de telarañas se iluminó
durante un segundo como una joya diminuta que captura los rayos del sol y emitió el
más leve de los sonidos imaginables, una especie de tosecilla seca.
Unaha-Closp apenas se había movido medio metro en el aire hacia la cabeza de
Horza cuando el torso de Xoxarle se volvió tan luminoso como una estrella. La parte
inferior del torso reventó y cien explosiones minúsculas la fragmentaron a la altura de
las caderas. La onda expansiva hizo que el pecho, la cabeza y los brazos del idirano
salieran despedidos hacia atrás y hacia arriba, primero para chocar con el techo del
túnel y después para caer al suelo. Los brazos se aflojaron y las manos se abrieron.
Las placas de queratina que cubrían la parte central de su cuerpo se partieron y el
vientre dejó escapar un chorro de entrañas que se desparramó sobre el suelo
manchado de agua del túnel, y toda la parte superior del cuerpo quedó esparcida
sobre los charquitos formados por la lluvia artificial. Lo que quedaba del tronco, las
enormes caderas y las tres piernas tan gruesas como el cuerpo de un ser humano,
permaneció en pie durante unos segundos mientras Unaha-Closp subía en silencio
hacia el techo y Horza seguía inmóvil bajo el agua que caía de los rociadores. Su
sangre y la del idirano hizo que los charcos se fueran volviendo de un color entre
púrpura y rojo.
El torso de Xoxarle se quedó inmóvil allí donde había caído, dos metros más allá
de donde estaban las tres piernas que aún seguían en posición vertical. Las rodillas se
fueron doblando lentamente, como si cedieran de mala gana al tirón de la gravedad, y
las caderas acabaron aposentándose sobre los pies del idirano. El agua empezó a caer
sobre el cuenco sanguinolento formado por la pelvis de Xoxarle, seccionada
limpiamente por el disparo del arma.
—Bala, bala, bala —farfulló Unaha-Closp, pegado al techo y goteando agua—.
Bala, balabalabalabala…, ja, ja.
El cañón del arma de Balveda seguía apuntando al cuerpo destrozado de Xoxarle.
La mujer de la Cultura caminó lentamente por el túnel atravesando los charcos de
color rojo oscuro.
Se detuvo junto a los pies de Horza y contempló desapasionadamente la cabeza y
la parte superior del torso de Xoxarle que yacían inmóviles sobre el suelo del túnel.
La sangre y los órganos internos del gigante seguían brotando de su pecho. Alzó el

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arma y disparó contra la enorme cabeza del guerrero, arrancándola de los hombros y
esparciendo fragmentos de queratina en un radio de veinte metros. La detonación
hizo que se tambaleara, los ecos resonaron en sus oídos y, finalmente, Balveda
encorvó los hombros y todo su cuerpo pareció relajarse. Alzó los ojos hacia la unidad
que flotaba pegada al techo.
—Aquí estoy, ni arriba ni abajo, cayendo hacia el techo, bala, bala, ja, ja… —dijo
Unaha-Closp y osciló lentamente de un lado para otro, como si no supiera adónde ir
—. Vaya, vaya. Mira, estoy acabado, estoy sencillamente… ¿Cómo me llamo? ¿Qué
hora es? Bala, bala, hey, oh hey. Agua, montones de… Casi toda abajo, ¿no? Ja, ja y
etcétera.
—Unidad —dijo Balveda intentando impedir que el cambiante volviera a caer en
un charco de agua—. Ayúdame. —Puso su mano buena sobre uno de los brazos de
Horza y usó el otro hombro para alejarle del agua. El gesto le arrancó una mueca de
dolor—. Unaha-Closp, maldito seas… Ayúdame.
—Bla, bala, bal. Hey, oh hey. Aquí estoy, estoy aquí y aquí estoy. ¿Cómo es que
no estás aquí conmigo? Techo, arriba, dentro y fuera. Ja, ja, bala, bala —farfulló
Unaha-Closp sin apartarse ni un centímetro del techo del túnel.
Balveda logró apoyar la espalda de Horza contra la roca. La falsa lluvia empezó a
caer sobre las heridas de su rostro, limpiando la sangre que había fluido de su nariz y
su boca. Horza abrió primero un ojo y luego el otro.
—Horza —dijo Balveda.
Se inclinó hacia adelante hasta que su cabeza quedó bajo el chorro de agua y
ocultó la luz que tenían encima. El rostro del cambiante estaba muy blanco salvo por
los hilillos de sangre que caían de su boca y sus fosas nasales. Una marea roja brotaba
de su nuca y un lado de su cabeza.
—Horza… —repitió Balveda.
—Has ganado —dijo Horza con voz pastosa, hablando tan bajo que sus palabras
casi resultaron inaudibles.
Cerró los ojos. Balveda no sabía qué responder. Cerró los ojos y meneó la cabeza.
—Bala, bala…, el tren que está llegando a la plataforma número uno…
—La unidad —murmuró Horza alzando los ojos e intentando ver más allá de la
cabeza de Balveda. Balveda asintió. Vio cómo sus ojos giraban en las cuencas, dando
la impresión de que el cambiante intentaba ver lo que estaba por encima de su frente
—. Xoxarle… —murmuró—. ¿Qué ha ocurrido?
—Le disparé —dijo Balveda.
—Bala, bala, tiren sus brazos, entren y salgan, una vez más y siempre igual… Eh,
¿hay alguien ahí dentro?
—¿Con qué?
La voz de Horza apenas era audible. Balveda tuvo que inclinarse un poco más
para comprender sus palabras. Sacó el arma minúscula que se había guardado en el
bolsillo.

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—Con esto —dijo. Abrió la boca y le enseñó el agujero de la parte de atrás de su
mandíbula que había contenido un diente—. Un memoriforme. El arma era parte de
mí; tiene todo el aspecto de un auténtico diente.
Intentó sonreír. Horza se encontraba tan mal que seguramente ni podía ver el
arma.
El cambiante cerró los ojos.
—Muy astuta —dijo con un hilo de voz.
La sangre seguía fluyendo de su cabeza, mezclándose con la oleada de líquido
púrpura que brotaba de los restos de Xoxarle.
—Te llevaré a la nave, Horza —dijo Balveda—. Te lo prometo. Te llevaré a la
nave… Te pondrás bien, estoy segura de que te pondrás bien… Te curarás.
—¿De veras? —preguntó Horza sin abrir los ojos—. Gracias, Balveda.
—Gracias, bala, bala, bala. Steckoper, Tsah-Hor, Ajá-Un-Clops… Hey, oh hey,
hey oh, hey, jo, jo por todo, sigue pensando. Pedimos que disculpen cualquier
molestia que podamos haberles causado… ¿Qué es él, dónde está él, cómo se
encuentra él quién donde cuándo por qué cómo, y etcétera?
—No te preocupes —dijo Balveda.
Alargó la mano y sus dedos acariciaron el rostro del hombre. El agua se deslizaba
por la nuca de la mujer de la Cultura y caía sobre la cara del cambiante. Horza volvió
a abrir los ojos y sus pupilas fueron de Balveda al tronco del idirano. Después
subieron hasta la unidad que flotaba pegada al techo y, finalmente, contemplaron las
paredes y los charcos de agua que le rodeaban. Murmuró algo sin mirar a la mujer.
—¿Qué? —preguntó Balveda acercándose un poco más a él.
Horza volvió a cerrar los ojos.
—Bala —dijo Unaha-Closp desde el techo del túnel—. Bala, bala, bala. Ja, ja.
Bala, bala, bala.
—Qué estúpido —dijo Horza con toda claridad, aunque su voz estaba haciéndose
cada vez más débil a medida que perdía el conocimiento y sus ojos seguían estando
cerrados—. Qué… maldito… estúpido…
Inclinó la cabeza ligeramente hacia un lado; el gesto no pareció resultarle
doloroso. El agua que caía del techo creaba salpicaduras de sangre roja y púrpura que
manchaban su cabeza y su rostro para desaparecer unos segundos después bajo el
impacto de un nuevo chorro.
—Los Jinmoti de… —murmuró.
—¿Qué? —volvió a preguntar Balveda, inclinándose hasta que su rostro casi rozó
el del cambiante.
—Danatre skehellis —anunció Unaha-Closp desde el techo—, ro vleh gra’ampt
na zhire; sko tre genebellis ro binitshire, na’sko voross ampt-fenir-an har. Bala.
Los párpados del cambiante se abrieron de golpe y su rostro adoptó una expresión
del más absoluto horror concebible, una expresión de terror y miedo tan impotente
que Balveda sintió un escalofrío, y el vello de su nuca se erizó pese a los chorros de

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agua que intentaban pegarlo a la piel. Horza alzó las manos y sus dedos convertidos
en garras se cerraron sobre la chaqueta de Balveda en una presa terrible.
—¡Mi nombre! —gimió, y la angustia que había en su voz era todavía más
terrible que la expresión de su rostro—. ¿Cómo me llamo?
—Bala, bala, bala —murmuró Unaha-Closp desde el techo.
Balveda tragó saliva y sintió el cosquilleo de las lágrimas que se agolpaban detrás
de sus párpados. Acarició una de aquellas manos blancas como el hueso que
aferraban su chaqueta.
—Horza —dijo con voz amable—. Te llamas Bora Horza Gobuchul.
—Bala, bala, bala, bala —dijo Unaha-Closp con voz adormilada—. Bala, bala,
bala.
Los dedos del hombre aflojaron su presa y el terror fue desapareciendo de su
rostro. Sus músculos se relajaron. Los ojos volvieron a cerrarse y los labios se
curvaron en lo que casi era una sonrisa.
—Bala, bala.
—Ah, sí… —murmuró Horza.
—Bala.
—… claro.
—La.

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14
Pensad en Flebas

Balveda estaba contemplando la llanura nevada que se extendía a su alrededor. Era de


noche. La luna del Mundo de Schar brillaba en la negrura del cielo tachonado de
estrellas. El viento se había calmado y hacía mucho frío. La Turbulencia en cielo
despejado era visible al otro extremo de la llanura blanca iluminada por la luna, una
masa metálica medio escondida bajo la nieve.
La mujer inmóvil ante la entrada que daba a los túneles contempló la noche y se
estremeció.
El cambiante seguía sin recobrar el conocimiento. Horza yacía sobre una camilla
hecha con láminas de plástico que había encontrado entre los restos de los trenes. La
unidad se encargaba de sostenerla, balbuceando incesantemente. Balveda le había
vendado la cabeza. No podía hacer nada más por él. Los equipos médicos y todo lo
que trajeron consigo se había perdido en la destrucción provocada por el choque de
los trenes, y ahora debían estar enterrados bajo los escombros cubiertos de espuma
que llenaban la estación siete. La Mente podía flotar. Balveda la encontró suspendida
en el aire sobre la plataforma de la estación. La Mente comprendía sus preguntas,
pero no podía hablar, emitir ninguna clase de señal o moverse por sus propios
medios. Balveda le dijo que mantuviera anulado su peso y fue empujándola y tirando
de ella hasta llevarla al tubo de tránsito más cercano, seguida por Unaha-Closp que
sostenía la camilla.
Una vez dentro de la pequeña cápsula, el viaje de regreso duró solo media hora.
Balveda no se detuvo para recoger los cadáveres.
Rodeó su brazo fracturado con unas cuantas tiras de tela y lo entablilló, se sumió
en un breve sueño-trance que solo duró una fracción del viaje y llevó su carga por los
túneles de servicio hasta llegar a la zona de habitáculos y la oscura entrada del túnel,
donde los cambiantes muertos seguían yaciendo como en un muestrario de los
distintos aspectos que podía cobrar un cadáver congelado. Después descansó unos
instantes en la oscuridad sentada sobre el suelo del túnel entre los montoncitos de
nieve traída hasta allí por el viento antes de dirigirse hacia la nave.
Sentía un dolor sordo en la espalda, la cabeza le latía lentamente y su brazo estaba
entumecido. Llevaba puesto el anillo que había cogido del dedo de Horza, y tenía la
esperanza de que su traje —y, quizá, los sistemas eléctricos de la unidad— sirvieran
para que la nave les identificara como amigos.
Si no les identificaba como tales… Bueno, entonces morirían.
Se volvió hacia Horza.
El rostro del hombre que yacía sobre la camilla estaba tan blanco e inexpresivo
como la nieve. Los rasgos seguían allí —ojos, nariz, cejas, boca—, pero daban la

[Link] - Página 435


impresión de no estar unidos por ningún tipo de relación. Parecían objetos
independientes, y eso hacía que el rostro cobrara una apariencia de anonimato
desprovista de todo carácter, animación o profundidad. Era como si todas las
personas, todas las suplantaciones y papeles que el cambiante había representado a lo
largo de su vida hubieran aprovechado el coma para escapar de su interior, como si
cada uno de ellos se hubiera llevado consigo una pequeña parte de su yo real,
dejándole vacío. El cambiante parecía una pizarra en blanco.
Unaha-Closp balbuceó algo en un idioma que Balveda no logró reconocer, pero
siguió sujetando la camilla. Su voz hizo que el túnel se llenara de ecos y acabó
desvaneciéndose en el silencio. La Mente seguía inmóvil suspendida en el aire, un
ovoide hecho de plata deslustrada. Balveda podía verse reflejada en algunos puntos
de aquella superficie parecida a un espejo iridiscente. La tenue luz del exterior, el
hombre y la unidad también eran visibles en la estructura elipsoidal.
Se puso en pie y fue empujando la camilla con una mano hacia la nieve iluminada
por la luna, hundiéndose en aquella masa blanca hasta los muslos. Cada movimiento
de la mujer hacía bailar su silenciosa sombra azul acero, y la sombra parecía querer
liberarse del cuerpo que la proyectaba para huir hacia la luna y las oscuras y distantes
montañas, donde un telón de nubes tormentosas colgaba del cielo como si fuese una
noche aún más negra. La mujer de la Cultura iba dejando un rastro de pisadas muy
profundas que nacían en la boca del túnel. El esfuerzo de seguir avanzando y el dolor
de sus lesiones hicieron que empezara a llorar, pero su llanto apenas podía oírse.
Durante el trayecto alzó un par de veces la cabeza hacia la oscura silueta de la
nave con una mezcla de miedo y esperanza en el rostro. Estaba aguardando el destello
luminoso y el impacto del láser indicadores de que los sistemas automáticos de la
nave habían decidido que era una enemiga; de que la unidad y el traje de Horza se
encontraban en tan mal estado que se habían vuelto irreconocibles para la nave; de
que todo había terminado y que estaba condenada a morir aquí, a cien metros de la
seguridad y de la única forma de abandonar el planeta, solo porque un conjunto de
circuitos automáticos tan fieles como incapaces de pensar le impedían subir a bordo
de la nave.
Colocó el anillo de Horza sobre los controles del ascensor y vio abrirse la puerta.
Tiró de la unidad y de la camilla con el hombre hasta meterlos en el compartimento.
Unaha-Closp murmuró algo ininteligible; el hombre estaba tan silencioso e inmóvil
como una estatua caída.
Su intención había sido desconectar los sistemas de vigilancia automática de la
nave y volver enseguida a por la Mente, pero la gélida inmovilidad del hombre la
asustó. Fue a coger el equipo médico de emergencia y conectó la calefacción, pero
cuando volvió a inclinarse sobre la camilla, el cambiante ya estaba muerto. Su rostro
seguía tan frío e inexpresivo como antes.

[Link] - Página 436


Apéndices
La guerra entre Idir y la Cultura

(Los tres pasajes siguientes han sido extractados de Breve historia de la guerra
idirana —versión en lengua inglesa/calendario cristiano, texto original 2110 AD, sin
alterar—, editada por Parharengyisa Listach Ja’andeesih Petrain dam Kotosklo. La
obra forma parte de un Paquete de Extro-Información Terrestre independiente no
encargado por la Cultura pero aprobado por la sección de Contacto).

[Link] - Página 437


Razones: La Cultura
La Cultura supo desde el principio que aquel conflicto iba a ser una guerra de religión
en el sentido más amplio del término. La Cultura fue a la guerra para proteger y
conservar su paz espiritual, y no por ninguna otra razón. Pero esa paz era la cualidad
más apreciada por la Cultura; y teniendo en cuenta que la Cultura alardeaba de no
profesar el más mínimo apego a los bienes materiales, es muy posible que fuese el
único tesoro por el que estaba dispuesta a luchar.
La Cultura se encontraba más allá de las consideraciones prácticas que se guiaban
por criterios de riqueza o de posesiones territoriales, tanto en la teoría como en la
práctica. La misma idea del dinero —que la Cultura consideraba una forma de
racionamiento tosca, poco eficiente y excesivamente complicada— resultaba
irrelevante dentro de aquella sociedad, pues la capacidad de los medios de producción
ubicuos y capaces de casi todo que poseía excedía cualquier demanda racional (y, en
algunos casos, puede que incluso irracional) que pudiera surgir de la considerable
imaginación de sus ciudadanos. Todas esas exigencias eran satisfechas desde dentro
de la misma Cultura…, con una excepción. Había cantidades más que suficientes de
espacio habitable, y la demanda era satisfecha básicamente mediante orbitales
fabricados a partir de sustancias baratas. La materia prima existía en cantidades
virtualmente inagotables tanto entre los sistemas estelares como dentro de estos; y las
disponibilidades de energía eran aún mayores gracias a la fusión, la aniquilación, la
misma rejilla o las estrellas (ya fuese tomada de forma indirecta, como radiación
absorbida en el espacio, o directamente mediante absorción del núcleo estelar).
Gracias a ello, la Cultura no sentía el más mínimo deseo de colonizar, explotar o
esclavizar.
El único deseo que la Cultura no podía satisfacer por sí misma era uno común
tanto entre los descendientes de su población humana original como entre las
máquinas a las que había dado origen (sin importar los intermediarios que hubieran
mediado en dicho proceso): la necesidad de no sentirse inútiles. La única justificación
que la Cultura podía ofrecer para la existencia relativamente hedonista y libre de
preocupaciones de que gozaban quienes vivían dentro de ella se hallaba en su
dedicación a la filantropía y las buenas obras; algo que se expresaba mediante el
evangelismo secular de la Sección de Contacto, la cual no se limitaba a descubrir,
catalogar, investigar y analizar a otras civilizaciones menos avanzadas, sino que
llegaba a interferir de forma abierta o subrepticia en el proceso histórico de esas
culturas siempre que las circunstancias parecían proporcionarle alguna justificación
para ello.
Con su típica mezcla de orgullo y modestia, Contacto —y, por lo tanto, la Cultura
— podía demostrar estadísticamente que esa utilización cautelosa y benevolente de la
«tecnología de la compasión» (por utilizar una frase muy en boga durante aquella

[Link] - Página 438


época) daba buenos resultados; en el sentido de que las técnicas de las que había
acabado dotándose para influir sobre el desarrollo de una civilización mejoraban de
forma significativa la calidad de vida de sus miembros sin que el contacto de dicha
sociedad con una cultura mucho más avanzada produjera resultados perjudiciales.
Cuando se encontró con una sociedad de inspiración religiosa decidida a extender
su influencia sobre todas las civilizaciones tecnológicamente inferiores que se
cruzaran en su camino sin tomar en consideración el precio inicial de la conquista o
las consecuencias subsiguientes de la ocupación, Contacto podía retirarse y admitir la
derrota —con lo que no solo desmentía su propia razón de existir sino también la
única justificación gracias a la que los mimados habitantes de la Cultura, siempre tan
autoconscientes de lo afortunados que eran, podían disfrutar de sus vidas con la
conciencia limpia— o podía pelear. Después de haberse preparado y formado a sí
mismo (y a la opinión popular) durante décadas, siguiendo un credo estrictamente
basado en el primer recurso, Contacto, tal y como hace prácticamente cualquier
organismo cuya existencia se ve amenazada, acabó recurriendo de forma inevitable al
segundo.
Pese a toda la perspectiva profundamente materialista y utilitaria de la Cultura, el
hecho de que Idir no tuviera intención de conquistar ninguna parte física de la Cultura
carecía de relevancia. La Cultura se hallaba amenazada de una forma indirecta pero,
aun así, tan definitiva como letal…, no con la conquista, la pérdida de vidas,
maquinaria, recursos materiales o territorios, sino con algo todavía más importante: la
pérdida de su propósito y su paz espiritual; la destrucción de su espíritu; la rendición
y el abandono de lo que formaba su alma.
Pese a todas las apariencias que apuntaban a lo contrario, era la Cultura y no Idir
quien estaba obligada a luchar, y el apremio inescapable de esa desesperación acabó
dándole una fortaleza que —incluso si se pudiera haber albergado alguna duda en
cuanto al resultado eventual— no podía tolerar ningún compromiso.

[Link] - Página 439


Razones: Los idiranos
Los idiranos ya se hallaban en guerra, pues habían emprendido la conquista de todas
las especies a las que consideraban inferiores y las subyugaban para incorporarlas a
un imperio primariamente religioso que, casualmente, también era un imperio
comercial. Su especie tuvo muy claro desde el principio que su Jihad para «calmar,
integrar e instruir» a esas especies y colocarlas bajo la atención directa del ojo de su
Dios tenía que continuar y expandirse, pues de lo contrario carecería de significado.
Un alto o una moratoria —cosa que podía tener una lógica muy considerable dentro
de una expansión continuada, tanto en términos militares como comerciales y
administrativos— negaría dicha hegemonización militante en tanto que concepto
religioso. El celo se impuso al pragmatismo y lo eliminó; como ocurría en la Cultura,
lo importante era el principio.
El alto mando idirano consideraba la guerra desde mucho antes de que fuese
declarada como una continuación de las hostilidades permanentes exigidas por la
colonización teológica y disciplinaria, y enfrentarse a las capacidades tecnológicas
relativamente equivalentes a las de su especie que poseía la Cultura solo exigió una
escalada del conflicto armado limitada, tanto en el aspecto cualitativo como en el
cuantitativo.
La especie idirana como un todo dio por sentado que la Cultura se retiraría
después de haber hecho aquel gesto simbólico, pero algunos de los políticos idiranos
que tomaban las decisiones previeron que en el caso de que la Cultura demostrara
estar tan decidida como en el «peor posible» de todos los escenarios extrapolados, se
podía alcanzar un acuerdo políticamente juicioso que permitiría salvar la cara a
ambos bandos y encerraría ventajas para los dos. Dicho acuerdo requeriría un pacto o
tratado en el que los idiranos accederían a limitar o reducir la velocidad de su
expansión durante un cierto período de tiempo, permitiendo con ello que la Cultura se
atribuyera un éxito no demasiado considerable. Aparte de ello, el pacto o tratado les
proporcionaría a) una excusa religiosamente justificable para la consolidación,
gracias a la cual la maquinaria militar idirana podría recuperar el aliento, y que
dejaría sin argumentos a los idiranos que se oponían a la expansión de su especie
basándose en la velocidad y crueldad con que se estaba llevando a cabo, y b)
ofrecería otra razón más para aumentar los gastos militares con el fin de garantizar
que en la próxima confrontación con la Cultura —o con cualquier otro oponente—,
sería posible obtener una victoria rápida y destruir al enemigo gracias a la decisiva
superioridad militar alcanzada. Solo las partes más fervientes y fanáticas de la
sociedad idirana estuvieron a favor de o llegaron a contemplar la posibilidad de una
guerra de exterminio total, y aun así se limitaron a aconsejar la continuación de las
hostilidades contra la Cultura después de y pese a las vacilaciones y disensiones que

[Link] - Página 440


debilitarían a la Cultura, y al intento de pedir una paz honrosa con Idir que —ellos
también— creían acabaría siendo inevitable.
Los idiranos extrajeron estas conclusiones «sin pérdidas» de la extrapolación
sobre el curso más probable de los acontecimientos, y declararon la guerra a la
Cultura sin vacilación y sin ninguna clase de dudas o temores sobre el resultado final.
Como mucho, es posible que los idiranos pensaran que la guerra dio comienzo en
una atmósfera de incomprensión mutua. No podían haber previsto el hecho de que su
enemigo poseía una comprensión casi perfecta de su especie, en tanto que ellos no
habían sabido aquilatar las fuerzas de la creencia, la necesidad —incluso el miedo—
y la moral que estaban operando en el interior de la Cultura.

[Link] - Página 441


Un breve resumen de la guerra (tomado del texto principal)
La primera disputa entre Idir y la Cultura tuvo lugar en el año 1267 A. D.; la segunda
en 1288. La Cultura construyó la primera nave de guerra realmente digna de tal
nombre de que había dispuesto en cinco siglos en el año 1289, aunque solo como
prototipo (la excusa oficial fue que las generaciones de modelos de naves de combate
generadas por las Mentes que la Cultura había ido desarrollando habían alcanzado un
estadio de evolución tan avanzada que era preciso someterlas a pruebas prácticas para
ver si la teoría en que se basaban estaba acorde con la realidad). En 1307 la tercera
disputa produjo varias bajas (máquinas). La guerra fue discutida públicamente dentro
de la Cultura como posibilidad por primera vez. En 1310 la sección de Paz de la
Cultura tomó la decisión de separarse de la inmensa mayoría de la población, y la
Conferencia del Pozo de Anchramin dio como resultado un acuerdo mutuo por el que
se llevaría a cabo una retirada de fuerzas (decisión que los ciudadanos más miopes de
Idir y la Cultura condenaron y aclamaron respectivamente).
La cuarta disputa empezó en 1323 y continuó (con la Cultura utilizando fuerzas
no pertenecientes a su sociedad) hasta 1327, cuando se produjo la declaración oficial
de guerra y tanto las naves como las poblaciones de la Cultura se vieron directamente
involucradas. El Consejo de Guerra de la Cultura del año 1326 tuvo como resultado
final el que otras partes de la Cultura anunciaran su separación formal de la sociedad,
proclamando que renunciaban al uso de la violencia fueran cuales fuesen las
circunstancias.
El Acuerdo de Conducción de la Guerra entre Idir y la Cultura fue ratificado en el
año 1327. En 1332 los homomda empezaron a tomar parte en la guerra como aliados
de Idir. Los homomda —otra especie trípeda de mayor madurez galáctica que la
Cultura o los idiranos— dieron refugio a los idiranos que se convirtieron en Restos
Sagrados durante el Segundo Gran Exilio (1345 - 991 antes de Cristo) que tuvo lugar
después de la guerra entre Idir y los skankatrianos. Los Restos y sus descendientes
acabaron llegando a ser las tropas de choque más aguerridas y fiables de los
homomda, y después del regreso sorpresa de los idiranos y su reconquista de Idir en
el año 990 antes de Cristo las dos especies trípedas siguieron colaborando en
términos que se fueron aproximando a la igualdad a medida que iba aumentando el
poder idirano.
Los homomda se pusieron de parte de los idiranos porque les inquietaba el
creciente poder de la Cultura (no eran la única especie que albergaba dicha
preocupación, aunque sí fueron la única que actuó abiertamente para oponerse a la
Cultura). Aunque tenían relativamente pocos desacuerdos con los humanos y aunque
ninguno de ellos era demasiado serio, los homomda se habían mantenido fieles
durante muchas decenas de miles de años a una política básica cuyo criterio de guía
era el intento de impedir que ningún grupo de la galaxia (situado dentro de su nivel

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tecnológico) llegara a ser excesivamente fuerte, y los homomda estaban convencidos
de que la Cultura se iba aproximando a tal situación. No hubo ningún momento en el
que los homomda consagraran todos sus recursos a la causa idirana; utilizaron parte
de su poderosa y muy eficiente flota espacial para ir llenando los huecos de calidad
que se producían en la flota idirana, y dejaron muy claro ante la Cultura que si los
humanos atacaban algún planeta homomdano la guerra se volvería total (de hecho, la
Cultura y los homomda siguieron manteniendo relaciones diplomáticas y culturales
limitadas durante la guerra, y el comercio entre ambas sociedades nunca llegó a cesar
del todo).
Hubo varios errores de cálculo. Los idiranos creían que estaban en condiciones de
ganar la guerra por sí solos, y contar con el apoyo de los homomda les hizo suponer
que serían invencibles. Los homomda pensaron que su influencia haría que el fiel de
la balanza se acabara inclinando en favor de Idir (aunque jamás estuvieron dispuestos
a poner en peligro su futuro para derrotar a la Cultura); y las Mentes de la Cultura
pensaban que los homomda no se aliarían con los idiranos, por lo que ninguno de sus
cálculos sobre la duración, costes y beneficios de la guerra tomaba en consideración
el que los homomda participasen en el conflicto.
Durante la primera fase de la guerra, la Cultura pasó la mayor parte del tiempo
retirándose ante la veloz expansión de la esfera de influencia idirana, completando el
cambio de sus factorías para adaptarlas a la producción bélica y construyendo su flota
de guerra. Durante esos primeros años, la guerra espacial en el bando de la Cultura
corrió a cargo de sus Unidades Generales de Contacto, que no habían sido diseñadas
para servir como naves de guerra, pero estaban lo bastante bien armadas y podían
alcanzar velocidades más que suficientes para convertirlas en dignas oponentes de la
nave promedio idirana. Además, la tecnología de campos de la Cultura siempre había
ido por delante de la idirana, con lo que las UGC poseían una ventaja decisiva en
términos de resistencia y capacidad de autoprotección. Puede afirmarse que esas
diferencias reflejaban hasta cierto punto la forma de pensar y los criterios culturales
básicos de ambos bandos. Para los idiranos, una nave era una forma de recorrer la
distancia existente entre dos planetas o un medio de protegerlos. Para la Cultura cada
nave era una auténtica demostración de habilidades y recursos, casi una obra de arte.
Las UGC (y las naves de guerra que fueron sustituyéndolas poco a poco) eran creadas
con una combinación de entusiasmo artístico y sentido práctico orientado al mejor
funcionamiento posible de la maquinaria, para el que los idiranos no tenían ninguna
respuesta disponible, aunque las naves de la Cultura nunca llegaron a estar en
condiciones de enfrentarse con éxito a los navíos más sofisticados de que disponían
los homomda. Aun así, durante esos primeros años las UGC se encontraron en una
abrumadora inferioridad numérica.
Ese estadio inicial también presenció algunas de las pérdidas de vidas más graves
de toda la guerra, pues los idiranos atacaron por sorpresa a muchos orbitales de la
Cultura —que no poseían ninguna importancia bélica y que no podían influir en el

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curso del conflicto—, llegando a causar miles de millones de bajas en un solo ataque.
Como táctica de choque destinada a sembrar el terror, los ataques a los orbitales
fracasaron. Como estrategia militar, su resultado principal fue dispersar los recursos
idiranos y aumentar todavía más el ya considerable número de tareas al que debían
enfrentarse los contingentes de los Grupos Principales de Combate de la armada
idirana, quienes no tardaron en descubrir lo difícil que resultaba localizar y atacar de
forma efectiva los orbitales de la Cultura, las rocas, las fábricas y los Vehículos
Generales de Sistemas que se encargaban de producir el equipamiento y materiales
bélicos de la Cultura. Al mismo tiempo, los idiranos estaban intentando controlar los
inmensos volúmenes de espacio y los grandes contingentes de aquellas civilizaciones,
normalmente reluctantes —y, a menudo, declaradamente rebeldes— que la retirada
de la Cultura había dejado dentro de su esfera de influencia. En 1333 el Acuerdo
sobre la Conducción de la Guerra fue modificado para prohibir la destrucción de
hábitats no militares que contaran con poblaciones fijas, y los enfrentamientos
siguieron desarrollándose de una forma algo más sometida a restricciones hasta el
final de la guerra.
La guerra entró en su segunda fase en el año 1335. Los idiranos seguían
intentando consolidar sus posiciones y conquistas; la Cultura ya había conseguido
llevar a cabo todas las alteraciones sociales y económicas necesarias para la guerra.
La Cultura atacó la esfera de influencia idirana y hubo un período bastante largo de
duros combates, durante el que la política idirana osciló entre el intento de defender
sus posiciones y acumular más recursos bélicos, y el enviar poderosas expediciones al
resto de la galaxia en un intento de golpear a un enemigo que estaba demostrando ser
irritantemente escurridizo e infligirle daños similares a los que estaba sufriendo Idir.
Las expediciones de castigo tuvieron como resultado colateral el debilitar seriamente
las defensas idiranas. La Cultura podía utilizar casi toda la galaxia como escondite.
Toda la esencia de su sociedad y su forma de vida era móvil; incluso los orbitales
podían cambiar de posición (o, sencillamente, ser abandonados), y siempre había otro
sitio al que trasladar las poblaciones. Los idiranos tenían la obligación religiosa de
conquistar el máximo espacio posible y mantenerlo bajo su control. Debían mantener
las fronteras y controlar los planetas y las lunas y, por encima de todo y fuera cual
fuese el precio, debían impedir que Idir sufriera ningún daño. Pese a las
recomendaciones hechas por los homomda, los idiranos se negaron a confinarse en
volúmenes de espacio más racionales y fáciles de defender o a emprender cualquier
discusión sobre un acuerdo de paz.
La guerra siguió desarrollándose durante treinta años con muchas batallas,
pausas, intentos de alcanzar un acuerdo pacífico a cargo de otras civilizaciones y de
los homomda, grandes campañas, éxitos, fracasos, famosas victorias, errores trágicos,
acciones heroicas y la conquista y reconquista de enormes volúmenes de espacio y un
gran número de sistemas estelares.

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Pero esas tres décadas de conflicto hicieron que los homomda acabaran
hartándose. La intransigencia de los idiranos como aliados estaba a la altura de la
fidelidad y devoción que habían mostrado en su calidad de mercenarios, y el
enfrentamiento con las naves de la Cultura estaba cobrándose un precio demasiado
alto sobre las preciadas flotas de combate de los homomda. Los homomda se
pusieron en contacto con la Cultura, pidieron ciertas garantías, las recibieron y
dejaron de tomar parte en el conflicto.
A partir de entonces los únicos que siguieron manteniendo dudas sobre cuál sería
el resultado final del conflicto fueron los idiranos. El poder de la Cultura había
aumentado de forma inmensa durante la guerra, y esos treinta años le habían
permitido acumular la experiencia suficiente (añadiéndola a las experiencias vicarias
que había ido recogiendo durante los milenios anteriores) para igualar y superar
cualquier posible ventaja que los idiranos pudieran llevarle en cuanto a falta de
escrúpulos, astucia o implacabilidad.
La guerra en el espacio llegó a su fin en el año 1367, y la guerra en los miles de
planetas controlados por los idiranos —llevada a cabo básicamente con máquinas por
el lado de la Cultura— terminó oficialmente en 1375, aunque los pequeños
enfrentamientos esporádicos en planetas distantes provocados por los idiranos y los
contingentes de medjels que ignoraban la firma del acuerdo de paz o no estaban
dispuestos a acatarlo siguieron produciéndose durante casi tres siglos.
Idir nunca fue atacado, y técnicamente hablando los idiranos jamás llegaron a
rendirse. Su red de ordenadores fue infiltrada lentamente y controlada mediante el
uso de armas efectoras, y —una vez liberada de las limitaciones incorporadas a su
diseño— fue autodesarrollándose hasta alcanzar la conciencia, convirtiéndose salvo
de nombre en una entidad idéntica a cualquier Mente de la Cultura.
En cuanto a los idiranos, algunos pusieron fin a su existencia, otros optaron por el
exilio en los planetas de los homomda (quienes accedieron a emplear sus servicios,
pero se negaron a prepararles para cualquier otro ataque posterior contra la Cultura),
crearon hábitats independientes nominalmente no militares dentro de otras esferas de
influencia (sometidas a la atenta vigilancia de la Cultura) o huyeron hacia partes poco
conocidas de las Nubes y la nebulosa de Andrómeda, o acabaron aceptando la derrota
y la forma de vida de quienes les habían vencido. Algunos incluso se incorporaron a
la Cultura, y hubo unos cuantos que se convirtieron en mercenarios suyos.

Estadísticas
Duración de la guerra: cuarenta y ocho años y un mes. Número total de bajas,
medjels, no combatientes y máquinas incluidas (evaluadas según una escala de
conciencia logarítmica): 851,4 miles de millones (más menos 0,3%). Pérdidas: naves

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(de todas clases situadas por encima de la categoría interplanetaria) 91.215.660 (más
menos 200); Orbitales 14.334; planetas y lunas mayores 53; Anillos 1; Esferas 3;
estrellas (solo se incluyen las que sufrieron una alteración en la posición de su
secuencia o una pérdida de masa significativa inducida) 6.

Perspectiva histórica

Fue una guerra breve y de poca importancia que raramente se extendió a más del
0,02% de la galaxia por volumen y al 0,01% por población estelar. Sigue habiendo
rumores de conflictos mucho más impresionantes que se desarrollaron a través de
extensiones espaciotemporales mucho más vastas… Aun así, las crónicas de las
civilizaciones más antiguas de la galaxia consideran que la guerra entre Idir y la
Cultura fue el conflicto más significativo de los últimos cincuenta mil años, y uno de
esos acontecimientos singularmente interesantes que tan pocas ocasiones de
presenciar tienen en estos tiempos.

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Dramatis personae

Después de que la guerra llegara a su fin, Juboal-Rabaroansa Perosteck Alseyn


Balveda dam T’seif se hizo colocar en un depósito de almacenamiento a largo plazo.
Había perdido a la mayoría de sus amistades durante el curso de las hostilidades, y
descubrió que ni las conmemoraciones ni los recuerdos eran de su agrado. Además, el
Mundo de Schar volvió para acosarla después de que se hubiera firmado la paz,
llenando sus noches con sueños de túneles oscuros y serpenteantes en los que
vibraban los ecos creados por algún horror sin nombre. Podría haber solicitado
asistencia médica, pero Balveda prefirió el sopor sin sueños del almacenamiento a
largo plazo. Dejó instrucciones según las cuales solo debía ser revivida cuando la
Cultura pudiese demostrar «estadísticamente» que la guerra había estado moralmente
justificada; en otras palabras, cuando hubiera transcurrido el tiempo suficiente —sin
conflictos armados— para que fuese probable que el número de muertes producidas
durante el curso previsible y extrapolado de la expansión idirana superase al número
de personas que habían muerto durante la guerra. Fue despertada el año 1813, junto
con varios millones de personas esparcidas por toda la Cultura que también habían
optado por los depósitos de almacenamiento y habían dejado instrucciones con el
mismo criterio de guía para indicar el momento en que debían ser revividas, la
mayoría con la misma mezcla de ironía y tristeza demostrada por ella. Pocos meses
después de ser revivida, Balveda se autoeutanasizó y fue enterrada en Juboal, su
estrella natal. Fal 'Ngeestra nunca llegó a conocerla.
El querl Xoralundra, padre-espía y guerrero sacerdote de la secta de las Cuatro
Almas, tributaria de Farn-Idir, estuvo entre los que sobrevivieron a la destrucción
parcial y captura del crucero ligero idirano La mano de Dios 137. Él y otros dos
oficiales lograron huir de la nave mientras la UGC clase Montaña Energía nerviosa
intentaba apoderarse de ella intacta. Su unidad de campo le llevó hasta Sorpen. La
Gerontocracia le sometió a un breve período de internamiento, y recobró la libertad a
cambio de un rescate puramente simbólico con la llegada de la Flota Noventa y Tres
idirana. Siguió en el servicio de Inteligencia y logró escapar a la Segunda Purga
Voluntaria cismática que siguió a la retirada del apoyo homomdano. Poco después
volvió a ser nombrado Oficial de Logística de Combate y murió poco antes del final
de la guerra durante los combates por el control del Brazo Uno-Seis en la que fue
conocida como Batalla de las Novas Gemelas.
Jandraligeli se unió a los Incursores de Ghalssel en Vavatch y se convirtió en un
lugarteniente relativamente importante y bien considerado dentro del grupo de
mercenarios del capitán. Se le acabó confiando el mando de la tercera nave de la
Compañía, la Superficie de control. La guerra fue muy provechosa para Jandraligeli,
igual que lo fue para todos los Incursores que lograron sobrevivir a las hostilidades.

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Jandraligeli abandonó a los Incursores poco después de la muerte de Ghalssel —que
tuvo lugar durante la Batalla de los Siete Estratos de Oroarche—, y pasó el resto de
sus días como director de un colegio de Consejería Vital en Luna Decadente, en el
sistema Pecado Siete de los Opulentos y Galantes Caballeros de los Actos
Infinitamente Alegres (reformado). Expiró —de forma placentera, ya que no pacífica
— en la cama de otra persona.
La unidad Unaha-Closp fue totalmente reparada. Solicitó unirse a la Cultura y
fue aceptada. Sirvió en el Vehículo General de Sistemas Apocalipsis irregular y en el
Vehículo Limitado de Sistemas Margen de beneficios hasta el final de la guerra,
momento en el que fue transferido al orbital Erbil para ocupar un puesto en el sistema
de transportes de dicho orbital. Actualmente está jubilada, y su afición es construir
pequeños autómatas de vapor.
Stafl-Preonsa Fal Shilde 'Ngeestra dam Crose sobrevivió a otro accidente
bastante serio mientras practicaba el alpinismo, siguió dejando perplejas a máquinas
que eran varios millones de veces más inteligentes que ella, cambió de sexo varias
veces, tuvo dos hijos, se unió a la sección de Contacto después de la guerra, pasó por
un período de primitivismo sin permiso en una etapa dos aún no contactada con una
tribu de amazonas salvajes, trabajó como esclava para un Hipersabio dirigible en la
aerosfera de Blokstaar, volvió a la Cultura para asistir a la transcorporación e
incorporación a una mente grupal de la unidad Jase, estuvo a punto de perecer bajo
una avalancha mientras hacía alpinismo pero sobrevivió para contarlo, aceptó una
invitación para unirse a la sección de Circunstancias Especiales de la Cultura y pasó
casi cien años como emisario varón ante la recientemente contactada Anarquía del
Millón de Estrellas de Soveleh. Posteriormente desempeñó el puesto de maestra en un
orbital situado en un pequeño grupo estelar cercano a la Nube menor, publicó una
autobiografía muy popular y elogiada por la crítica y desapareció poco tiempo
después, a los 407 años de edad, mientras hacía un crucero de vacaciones en solitario
a bordo de un viejo anillo dra’azon.
En cuanto al Mundo de Schar, volvió a ser visitado por seres humanos en una
ocasión, aunque solo después de que la guerra hubiera terminado. Después de que la
Turbulencia en cielo despejado despegara —más dirigida como un proyectil que
pilotada por Perosteck Balveda, en un rumbo que acabó llevándola a una cita con las
naves de guerra de la Cultura fuera de la zona de hostilidades—, tuvieron que pasar
más de cuarenta años antes de que una nave obtuviera permiso para atravesar la
Barrera del Silencio. Cuando esa nave, la UGC Conciencia protésica, atravesó la
barrera y desembarcó un grupo de investigación, el personal de Contacto que lo
formaba descubrió que el Sistema de Mando se encontraba en perfecto estado. Ocho
trenes impecables ocupaban ocho de las nueve estaciones absolutamente intactas. No
había ni la más mínima señal de averías o daños, y durante los cuatro días que la
UGC y sus equipos de investigación pudieron permanecer allí, no encontraron
cadáveres ni el más leve resto de la antigua base de cambiantes. Al final de ese

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período de tiempo, la Conciencia protésica recibió instrucciones de marcharse, y en
cuanto se hubo alejado, la Barrera del Silencio volvió a cerrarse para siempre.
Había escombros. Un montón de cadáveres y todo el material de la base de los
cambiantes, más el equipo extra traído por los idiranos y la Compañía Libre y el
cascarón reseco de un chuy-hirtsi, estaban enterrados bajo kilómetros de glaciar cerca
de uno de los polos del planeta. Comprimidos hasta formar una apretada bola de
escombros y cadáveres mutilados y congelados, entre los efectos personales hallados
en esa parte de la desaparecida base de los cambiantes que había sido el camarote de
Kierachell, había un pequeño libro de plástico con páginas de auténtico papel
cubiertas por caracteres minúsculos. Era un cuento fantástico, el libro favorito de
Kierachell, y la primera página del cuento empezaba con estas palabras: «Los Jinmoti
de Bozlen Dos…».
La Mente rescatada de los túneles del Sistema de Mando jamás consiguió
recordar nada de cuanto ocurrió entre su llegada a los túneles y su reparación y
reacondicionamiento a bordo del VGS Se acabaron las contemplaciones después de
que hubiera sido rescatada por Perosteck Balveda. Posteriormente fue instalada en un
VGS clase Océano y sobrevivió a la guerra, pese a tomar parte en muchas batallas de
considerable importancia. Una vez modificada se la instaló en un VGS clase
Cordillera, donde siguió conservando el nombre no muy corriente que había
escogido.
Los cambiantes fueron barridos como especie durante las últimas etapas de la
guerra.

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Epílogo

Gimishin Foug, sin aliento, tarde como de costumbre, considerablemente embarazada


y, casualmente, tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tataranieta de Perosteck
Balveda (así como poetisa en ciernes), subió al Vehículo General de Sistemas una
hora después que el resto de su familia. El vehículo les había recogido en el lejano
planeta de la Nube mayor, donde habían estado pasando las vacaciones, y debía
llevarles a ellos y a unos cuantos centenares de personas más al gigantesco y flamante
VGS clase Sistema Determinista, que no tardaría en efectuar el trayecto desde las
Nubes a la parte principal de la galaxia.
Foug estaba mucho más interesada en la nave a bordo de la que irían que en el
viaje propiamente dicho. Nunca había estado en una clase Sistema, y albergaba la
secreta esperanza de que la escala del navío, con sus numerosos componentes
separados suspendidos dentro de una burbuja de aire de doscientos kilómetros de
longitud, y su dotación de seis mil millones de almas, le proporcionarían alguna
inspiración. La idea era muy emocionante y su nuevo estado y sus responsabilidades
la preocupaban un poco, pero —aunque algo tarde—, cuando subió al vehículo de la
clase Cordillera, mucho más pequeño, recordó que debía ser cortés.
—Lo siento, no hemos sido presentados —dijo mientras bajaba del módulo y
ponía el pie en una minibodega iluminada con luces suaves e indirectas. Se dirigía a
una pequeña unidad dirigida por control remoto que la estaba ayudando con su
equipaje—. Yo soy Foug. ¿Cómo te llamas?
—Soy la Bora Horza Gobuchul —dijo la nave a través de la unidad.
—Qué nombre tan raro… ¿De dónde lo has sacado?
La unidad manejada por control remoto inclinó levemente su parte delantera en el
equivalente a un encogerse de hombros humano.
—Es una historia muy larga.
Gimishin Foug se encogió de hombros.
—Me gustan las historias largas.

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IAIN MENZIES BANKS (Dunfermline, Fife, Escocia, 16 de febrero de 1954 - 9 de
junio de 2013), escritor de novelas de literatura general (como Iain Banks) y de
ciencia ficción (como Iain M. Banks).
Nació en Fife, hijo único de un oficial del Almirantazgo y antiguo profesional de
patinaje sobre hielo. Estudió en la Universidad de Stirling literatura inglesa, filosofía
y psicología. En 1975 viajó por Europa, Escandinavia y Marruecos. Durante un año
trabajó como técnico de pruebas en la compañía British Steel, pasando una temporada
en la construcción de Nigg Bay, zona que le sirvió de inspiración para La fábrica de
avispas (1984), su elogiada novela sobre un adolescente depravado. A su regreso en
Escocia trabajó durante seis meses en la compañía IBM, y en 1979 se trasladó a
Londres.
Después de La fábrica de avispas, continuó publicando novelas, muchas dentro del
género de ciencia ficción. Entre ellas destacan Pasos sobre el cristal (1985) y Pensad
en Flebas (1987), considerada como una de sus mejores obras. Poco después publicó
dos novelas más de la serie de la Cultura, El jugador (1988) y El uso de las armas
(1989), y una colección de relatos donde dos de ellos pertenecen a la citada serie,
Última generación (1990). La narrativa de Iain Banks se caracteriza por su interés
por la tecnología, las armas peligrosas y el juego. Al margen del género policiaco
escribió El camino del cuervo (1992), a medio camino entre los ritos de paso y la
novela policiaca, con la típica tenebrosidad que le caracteriza. Cómplice (1993) es
una comedia negra en la que un misterioso asesino elige como víctimas a seres
moralmente en quiebra, como traficantes de armas o de pornografía. En 1995 publicó

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una novela de ciencia ficción, Whit, a la que siguieron Excesión (1996), Una canción
de piedra (1997), Inversiones (1998), El negocio (1999), A barlovento (2000), Aire
muerto (2002), Juegos de familia (2007) y Materia (2008).
En abril de 2013 el autor anunció que estaba enfermo de cáncer,​ enfermedad que
terminó con su vida el 9 de junio del mismo año. Su última novela fue The Quarry
(2013).

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