Maira Alejandra Ramos
Leonardo Da vinci.
La virgen de las rocas.
Esta obra maestra forma parte de las principales
pinturas presentes en el Louvre. Elaborada por Leonardo
da Vinci y los hermanos de Predis, Evangelista y
Ambrogio, fue encargada en 1483 por la Cofradía
Franciscana de la Inmaculada Concepción para decorar
una capilla en la iglesia de San Francesco Grande en
Milán. Este óleo sobre tabla estaba destinado a ocupar
el lugar central de un tríptico.
Existe otra versión más reciente de la tabla, expuesta en
la National Gallery de Londres.
Esta obra celebra el misterio de la Encarnación con los
siguientes personajes: María, Cristo, San Juan Bautista.
El tema de la pintura es interesante: no representa
ningún episodio de los evangelios, por lo que está sujeto
a diversas interpretaciones. En realidad, la Virgen de las Rocas hace referencia a una
leyenda que recrea el encuentro entre San Juan Bautista y Jesús durante su exilio en
Egipto. Como San Juan Bautista era huérfano, Dios le asignó al arcángel Uriel como
protector. Su encuentro tuvo lugar en una cueva, momento en el cual el arcángel Uriel
pidió a María que acogiera a San Juan Bautista bajo su protección. San Juan Bautista
destaca en la tabla, señalado por el arcángel Uriel y ubicado justo al lado de María.
La ultima cena.
La última cena es una pintura mural realizada entre los años 1495 y 1498 por el
multifacético artista italiano Leonardo da Vinci (1452-1519).
Fue encargada por Ludovico Sforza para el refectorio del Convento de Santa Maria delle
Grazie en Milán, Italia. La escena recrea la última comida entre Jesús y sus apóstoles, a
partir del relato descrito en el evangelio de Juan, capítulo 13.
En su versión de la última cena, Leonardo quiso mostrar el momento exacto en que Jesús
declara la traición de uno de los presentes (Jn 13, 21-31). La conmoción se puede apreciar
en el dinamismo de los personajes que, en lugar de permanecer inertes, reaccionan
enérgicamente ante el anuncio.
Así, introduce este tipo de dramatismo y tensión entre los personajes, cosa nada habitual
en el arte del periodo. De todos modos, el dinamismo no le impide lograr que la
composición goce de gran armonía, serenidad y equilibrio, con lo que preserva los valores
estéticos del Renacimiento.