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Proteger A Dallas Krista Wolf

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Contents

Title Page
Copyright
Other Books
1 - Dallas
2 - Dallas
3 - Dallas
4 - Maddox
5 - Dallas
6 - Dallas
7 - Austin
8 - Dallas
9 - Dallas
10 - Dallas
11 - Dallas
12 - Dallas
13 - Kane
14 - Dallas
15 - Dallas
16 - Dallas
17 - Dallas
18 - Dallas
19 - Dallas
20 - Maddox
21 - Dallas
22 - Dallas
23 - Dallas
24 - Austin
25 - Dallas
26 - Dallas
27 - Dallas
28 - Dallas
29 - Maddox
30 - Dallas
31 - Dallas
32 - Dallas
33 - Dallas
34 - Dallas
35 - Kane
36 - Dallas
37 - Dallas
38 - Dallas
39 - Dallas
40 - Dallas
41 - Dallas
42 - Dallas
43 - Austin
44 - Dallas
45 - Dallas
46 - Dallas
47 - Dallas
48 - Dallas
49 - Dallas
50 - Kane
51 - Dallas
52 - Dallas
53 - Dallas
54 - Dallas
55 - Dallas
56 - Maddox
57 - Dallas
58 - Dallas
59 - Dallas
60 - Dallas
61 - Austin
62 - Dallas
63 - Kane
64 - Maddox
65 - Dallas
66 - Dallas
Epílogo
Servico Cuádruple
Sobre la Autora
Proteger a Dallas

Un Romance Militar
de Harén Inverso

Krista Wolf
Copyright © 2019 Krista Wolf

Todos los derechos reservados. Queda prohibido reproducir, distribuir o


transmitir cualquier parte de esta obra de ninguna manera sin el
consentimiento previo de la autora.
Imagen de la portada: imagen de stock; la historia no tiene nada que ver con
el tema o los modelos

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~ Otros Libros de Krista Wolf ~

La Niñera de los Rangers del Ejército


Un Bebé Secreto para los Navy SEALs
Una Esposa Secreta para las Fuerzas Especiales
Contrato con mi Exnovio
Una Esposa para los Marines
Servico Cuádruple
Servicio Cuádruple O todo, o nada
El Juguete Navideño
Proteger a Dallas

(en Inglés)

Snowed In
Unwrapping Holly
The Arrangement
Three Alpha Romeo
What Happens in Vegas
Sharing Hannah
Unconventional
Saving Savannah
The Wager
One Lucky Bride
Theirs To Keep
Corrupting Chastity
Stealing Candy
The Boys Who Loved Me
Three Christmas Wishes
Trading with the Boys
Surrogate with Benefits
The Vacation Toy
The Switching Hour
Secret Baby for the Navy SEALs
Given to the Mercenaries
Sharing Second Chances
Baby for the Mercenaries
Best Friends Never Kiss
The Auction
Sharing the Nanny
~1~

DALLAS

Me desperté en medio de la oscuridad y un escalofrío se apoderó de mí. Me


recorrió la espina dorsal, erizándome todos y cada uno de los pelos de la
nuca.
No estás sola.
El pensamiento llegó al instante, sin tan siquiera dudarlo un
momento. Una corazonada. Instinto.
Fue aterrador.
¡Dallas, levántate!
Poco a poco, mis ojos se adaptaron a la penumbra y percibí el
techo. Sin embargo, permanecí inmóvil. Si me estaban observando,
acechando o algo por el estilo, moverme solo…
El corazón me dio un vuelco cuando lo distinguí: una figura
oscura, situada a los pies de mi cama.
—PERO QUÉ…
Se irguió de repente y solté un grito escalofriante. Pero aquel
hombre de negro solo se detuvo durante un instante. Iba vestido como la
noche, de pies a cabeza, confundiéndose con las sombras.
Un instante era todo lo que necesitaba.
Rodé hasta caer al frío suelo, con un pie primero. Luego, sin
perder el impulso, giré la otra pierna hacia arriba…
…y le di una patada en los huevos.
—¡Unnnfff!
Fue un grito ahogado, pero igual de satisfactorio. Detuvo la
embestida a mitad de camino y lo lanzó hacia arriba y hacia atrás. Lo oí
caer de rodillas a mis espaldas, pero no pude verlo, porque ya había
atravesado la puerta de mi habitación y volaba por el pasillo.
—¡SOCORRO!
Tanteé en busca de las luces por el camino. Creo que incluso
acerté a darle a un interruptor, pero, por alguna razón, todo seguía a oscuras.
—¡SOCOOORRO!
¡El móvil!
Joder. Seguía en el dormitorio. Podría haberlo cogido, lo podría
tener en la mano ahora mismo. Solo me habría llevado un segundo más, tal
vez dos. Un tiempo del que disponía, sin duda, a juzgar por la fuerza con la
que había golpeado la entrepierna del intruso.
—¡SOCOOOOOOO…!
Mi tercer grito quedó interrumpido cuando una mano me tapó la
boca con fuerza. Detuvo mi ímpetu de forma brusca, sorprendiéndome
mientras me precipitaba hacia la cocina.
—¡Shhhh!
Fue un siseo, en algún punto cercano a mi oído. Un segundo
atacante. Alguien más en mi casa… que ahora me rodeaba con ambos
brazos mientras yo me revolvía, pataleaba y luchaba por liberarme.
—CALMA —soltó la voz próxima a mi oreja—. No tienes que…
Mordí… Fuerte.
—¡MIERDA!
El nuevo agresor me soltó en un acto reflejo, apartándome de su
cuerpo. Me giré hacia él, al tiempo que el cálido y cobrizo sabor de la
sangre me llenaba la boca…
¡CRASH!
Me cubrí la cara con los dos brazos para protegerme de la
repentina explosión de la ventana de la cocina. El cristal y los trozos rotos
del marco lo inundaron todo. Se esparcieron por el suelo, resplandecían
sobre la encimera a la luz de la luna como diamantes puntiagudos.
—¡COGEDLA!
Desde algún lado, otro hombre me agarró por los brazos. Como al
que había mordido, no llevaba guantes. No vestía de negro…
—¡Sacadla de aquí! Ya, antes de que…
No llegó a terminar la frase. El hombre de la habitación se
abalanzó sobre él, golpeándolo por la espalda. Distinguí patadas y
puñetazos mientras las dos figuras forcejeaban en el suelo. Uno sacó un
cuchillo. El otro… una elegante pistola negra.
¡Dallas!
Me retorcí con ganas, pero estaba muy bien sujeta. El que me
tenía agarrada era fuerte, increíblemente fuerte, quizá incluso más que mi
hermano, Connor.
Pero mi hermano no estaba aquí. Y eso es porque había muerto.
¡PUM!
Sonó un disparo. El estallido amarillo producido por el cañón de
la pistola iluminó mi diminuta cocina, con un estruendo sumamente
desagradable. Durante el segundo que alumbró toda la estancia alcancé a
ver a dos hombres más. También estaban peleándose, empujándose contra
la pared, mientras los otros se revolcaban por el suelo lleno de escombros…
¡PUM! ¡PUM! ¡PUM!
La oscuridad volvió a reinar por un momento y, de repente, estaba
fuera. Notaba el fresco viento del desierto, que cortaba la piel. Seguía
resistiéndome, pataleando y gritando, pero ya era demasiado tarde. Me
estaban arrastrando. Por mi jardín…
…hasta donde me esperaba un enorme furgón negro, con las
puertas ya abiertas.
—¡NOOO!
Volví a patalear, esta vez dirigiendo el pie hacia abajo. Pisé con
fuerza la bota del hombre que me sujetaba y sentí que su agarre se relajaba
un poco.
—SUELTA…
Otro pisotón, y esta vez me acordé de hacer fuerza con los dedos
de los pies. Golpeé duro con el hueso del talón, con suerte destrozándole el
metatarso al dueño de aquella gran bota estilo militar.
—AY… ¡JODER!
Las manos que me asían los brazos se tensaron, los dedos se
convirtieron en dolorosas garras. De pronto, perdí el contacto con el suelo:
me estaba llevando en volandas esos últimos tres o cuatro metros antes de
arrojarme, como un saco de patatas, a la parte trasera de aquella siniestra
furgoneta.
—Hijo de…
Me precipité dentro, justo cuando otros dos tipos salían a todo
correr de casa, perseguidos por los de negro. Entraron a toda prisa. Uno se
colocó a mi lado y el otro en el asiento del copiloto.
Ambos cerraron con fuerza las puertas, lo cual nos apartó del caos
exterior.
—¡VAMOS, VAMOS, VAMOS!
Con el chirrido de los neumáticos y una lluvia de grava,
arrancamos, calle abajo. Ahora estaba completamente rodeada por mis
captores. Los tres, y yo.
Esto es el fin, me decía la voz de mi cabeza. Estás acabada.
Me resistí una última vez, intentando zafarme. De nuevo, me
inmovilizaron. Me agarraron por las muñecas.
Nunca volverás a casa.
Apreté los dientes y solté un escupitajo. ¡Mi voz interior me
estaba enfureciendo! Me desafiaba.
Dallas…
De algún modo, logré echar un vistazo por encima del hombro, y
toda la energía me abandonó de golpe. Sentí que se me formaba un nudo del
tamaño de un puño en la garganta. El corazón se me rompió en pedazos…
Mi casa estaba completamente envuelta en llamas.
~2~

DALLAS

—¿Estamos todos bien? ¿Algún herido?


El hombre del asiento del copiloto se secó el sudor con un
antebrazo enorme. Se apartó una mata de pelo rubio y se volvió para
mirarnos.
—Negativo —respondió el que iba sentado a mi lado—. Pero
creo que le he dado unas cuantas veces a uno de ellos, masa central.
El conductor se limitó a negar con la cabeza.
—¿Chalecos?
—Oh, sí.
—Joder, entonces.
El rubio dirigió sus preciosos ojos azules hacia mí,
examinándome de arriba abajo. Evaluándome. Tal vez incluso tratando de
determinar si también estaba herida.
—¡Mi casa! —grité— ¿Por qué está mi casa…?
De repente me vi libre, recuperé la posesión de mis brazos.
Empecé a frotarme las muñecas, que me dolían muchísimo, mientras
miraba con odio al tipo de la perilla que tenía al lado.
—Dallas…
Intenté no fruncir el ceño ante la mención de mi nombre, pero me
resultó demasiado complicado. Volví a echar un vistazo hacia atrás y
distinguí el humo oscuro que se elevaba a lo lejos, tapando una gran franja
de estrellas brillantes y titilantes.
—Dallas, escucha —me dijo el rubio, con voz apaciguadora—.
Necesito que sepas…
Todo sucedió en un instante, tal y como lo había planeado.
Primero distraje al tío que tenía al lado acercándole una mano a la cara y
luego le arrebaté la pistola de la funda.
—¡Eh… EH!
Quité el seguro de la Glock 19 con un movimiento suave y
deslicé el dedo por el guardamonte. A partir de ahí, fue cuestión de mover
con rapidez el brazo… y ya tenía el cañón encajado en la parte posterior del
cráneo del conductor.
—PARA EL COCHE —le ordené con firmeza—. O decoro el
parabrisas con tus sesos.
El de la perilla levantó las manos despacio. El rubio también.
—Calma, Dallas. Estamos de tu lado…
—¡Y una mierda! —espeté—. Si de verdad estuvierais de mi
lado, volveríais a mi casa y me ayudaríais a apagar el fuego.
Se miraron entre ellos y luego volvieron a mí.
—Creedme —continué—. El seguro está quitado. Y si pensáis
que estoy de coña…
Antes de que pudiera darme cuenta, el rubio del asiento delantero
me había desarmado. Deslizó las manos sobre las mías, me dobló la muñeca
hasta hacerme daño y me arrancó la pistola del puño abierto.
Mierda.
Aunque parezca increíble, tiró de la corredera hasta que hizo clic
y me la devolvió.
—Toma —me dijo—. Ahora tienes una en la recámara. Y sin
seguro, así que ten cuidado.
Durante medio segundo, me quedé con la boca abierta. Después,
acerqué el arma a la nuca del conductor, esta vez presionando el cañón
contra la piel de su ancho cuello.
—PARA. EL. COCHE.
Para mi sorpresa, lo hizo. Redujo la velocidad con suavidad y
detuvo el vehículo en el arcén de la carretera.
—Dallas —repitió el hombre de la parte delantera—. No hemos
venido a hacerte daño…
Tenía los dientes apretados.
—¡Mi casa está ardiendo!
—Nosotros no somos los responsables —contestó.
—Entonces, ¿por qué me secuestráis?
—No te estamos secuestrando —respondió el de la perilla—. Te
estamos salvando.
Me reí a carcajadas. Sonó como un ataque de nervios.
—¿Salvándome de qué? ¿De la luz que me habéis cortado? ¿Del
incendio que habéis provocado para matarme?
—Como he dicho, no es cosa nuestra —replicó el rubio—. Piensa
en ello. Somos los buenos. A ver, ¿quiénes son los malos?
Torcí el gesto de mala gana. No contesté.
—Los de negro eran los malos —continuó el de la perilla—. Los
que iban vestidos con equipo táctico nocturno de la cabeza a los pies, con
lentes de visión infrarroja.
—Con los que estábamos peleándonos —prosiguió el tipo de
delante—. De los que te separamos para sacarte de allí.
Recordé todo el follón, empezando por el gilipollas que estaba
junto a mi cama. Sin duda, era uno de los malos. Igual que el que se coló
por la ventana, también de negro.
Pero no el que me tapó la boca con la mano. Ese era uno de estos
gilipollas.
Dirigí una mirada al conductor. Sus manos seguían apoyadas en el
volante. Una de ellas sangraba. Podía apreciar una marca perfecta de mis
dientes superiores…
—Sí, te cogimos —añadió el rubio. Era como si me leyera la
mente—. Pero lo hicimos para que salieras. Para mantenerte a salvo. —
Bajó la cabeza hacia la pistola—. ¿Por qué te crees que tienes las manos
libres? ¿O, sin ir más lejos, estás consciente? —Su boca se curvó hasta
formar una media sonrisa—. Si de verdad fuéramos los malos, ¿te
devolvería un arma de fuego cargada?
Dudé… y luego descendí la pistola muy despacio. En cuanto lo
hice, el conductor pisó el pedal y el furgón volvió a ponerse en marcha.
—Eres Dallas —afirmó el hombre de la parte delantera—. Soy
Maddox. El que está a tu lado es Austin. —Le dio un golpecito al conductor
—. Y este es Kane.
Kane, que aún no había abierto la boca, se incorporó al tráfico.
—Servimos con Connor. Todos.
Me relajé y bajé los hombros. La forma en que actuaban, la forma
en que se movían… ahora todo tenía sentido. ¡Eran SEAL! Como mi
hermano…
—Venga —intervino el de la perilla, extendiendo la mano con
expectación—. ¿Me la das?
¡CLIC!
Con un movimiento de muñeca tiré de la corredera, haciendo que
el primer cartucho saliera disparado hacia arriba. Voló por los aires, de un
extremo a otro, hasta que lo atrapé ágilmente en mi otro puño.
—Muy bien, entonces —gruñí—. Hablemos.
Le tendí el arma por la culata, con la recámara abierta y vacía. El
chico guapo de delante me observó, tan fascinado como impresionado.
—Hostia —maldijo en voz baja—. Resulta que sí es hermana de
Connor…
~3~

DALLAS

El enorme furgón se adentró en el desierto, donde la contaminación


lumínica daba paso a mil millones de estrellas. A veces me gustaba
conducir hasta aquí, cuando no tenía nada que hacer. Para alejarme de los
suburbios de Las Vegas o, simplemente, ir en dirección contraria al centro.
—¿Agua?
Negué con la cabeza mientras el chico de delante —Maddox, dijo
que se llamaba— le quitaba el tapón a una gran petaca de acero inoxidable.
La guardó y yo volví a mirar por la ventana.
Connor.
Ya había pasado más de un año. Hacía más de catorce meses que
mi único hermano había muerto en combate. Ese era el informe oficial de la
Armada, en cualquier caso. Todas las demás respuestas que había intentado
sonsacarles habían sido vagas y frustrantes.
Oh, Connor…
Cerré los puños y esperé a que las uñas se me clavaran hondo en
las palmas. Me permitía concentrarme en el dolor. Me distraía de lo que
realmente quería hacer, que era derrumbarme y llorar.
Pero no iba a hacerlo delante de esos tipos. De eso ni hablar.
¿Qué coño te ha pasado?
¿Eso de que la vida te da limones? La mía me había arrojado tres
bien gordos. Tres tremendos «jódete» espaciados de forma bastante
uniforme a lo largo de mi existencia, empezando a los diez años, cuando mi
madre contrajo un cáncer. Falleció cuando yo cumplí doce años, y papá
murió tres años después… presumiblemente por un corazón roto.
Nuestra pequeña familia de cuatro se vio reducida a la mitad justo
a tiempo para mis tiernos dieciséis años, que fueron tan dulces como
morder un limón. Pero durante todo esto, e incluso después, al menos tenía
a Connor.
¡AY!
Me miré las palmas de las manos. Había vuelto a hacerme sangre.
Esta vez en ambas.
Me las limpié en los pantalones de chándal y volví a mirar al
exterior. La luna tan solo brillaba con tres cuartos, pero era suficiente para
cubrir todo el horizonte desértico con una luz azul nebulosa.
Connor había sido el mejor hermano del mundo, antes y después
de la muerte de nuestros padres. Y también una figura paterna. Era lo
bastante mayor como para asumir mi tutela y pudimos quedarnos en la casa
en la que crecimos. Nos traía recuerdos. Recuerdos de diversión y familia.
Recuerdos de vacaciones, y de mamá, y de papá…
Mi hermano no me crio a mí, nos criamos el uno al otro. Éramos
un equipo, inseparables del todo. Unidos por la sangre, pero también por
nuestro bautismo de fuego. Todo lo que había pasado yo, lo había pasado
él… y viceversa.
Con gentileza y altruismo, Connor dejó de lado sus sueños de
alistarse hasta después de mi decimoctavo cumpleaños. Tenía veintiún años
cuando llegó al campo de entrenamiento básico. Superó las pruebas físicas
con tanta facilidad que ingresó por la vía rápida en la especialidad de
Guerra Naval Especial.
Connor se convirtió en SEAL y yo me vi totalmente
independiente. No es que antes no lo fuera, pero ahora estaba sola del todo.
Sin embargo, todavía tenía a mi hermano. Seguíamos hablando,
mandándonos mensajes y llamándonos por Skype cada vez que podíamos.
A veces incluso volvía a casa, entre despliegues o temporadas fuera. Entre
las cosas increíblemente peligrosas que hacía y de las que nunca quería
hablar, y de los lugares en los que yo no podía localizarlo.
Esos eran mis recuerdos favoritos: las veces que nos quedábamos
en casa viendo películas antiguas. Hablando de mamá y papá, mientras
quemábamos juntos diferentes platos. Los dos éramos malísimos
cocinando. Por suerte, se nos daba genial pedir comida a domicilio.
Cuando eres crupier de blackjack, ya no te atrae nada del centro.
Se convierte en trabajo. Se convierte en algo normal. Las únicas ocasiones
en que realmente disfruté de Las Vegas fue cuando Connor estaba aquí.
Porque cuando nos aburríamos de recordar —o de perseguir a los fantasmas
de nuestro pasado por casa—, salíamos a quemar los bares. O como se diga.
Pero ahora…
Ahora Connor estaba muerto. Se había ido para siempre, como
todos los demás integrantes de mi vida. Era algo de lo que nunca me
recuperaría, ni quería, ni siquiera lo intentaba. Pero, de alguna manera,
todavía me despertaba todos los días. Seguía arrastrándome al trabajo,
repartiendo cartas durante nueve horas y aguantando distintos grados de
sandeces de mi jefe solo para volver a casa y caer rendida en la cama.
Y ahora mi cama también había desaparecido…
Me olvidé por completo de mis manos. Las lágrimas empezaron a
brotar, a pesar de que yo no quería, y lo siguiente que recuerdo es que
estaba sollozando contra mis palmas cubiertas de sangre.
—Ey…
Una mano enorme se posó en mi hombro. Me la quité de encima.
—¿E-estás bien?
No, no estaba bien. Estaba condenadamente lejos de estar bien.
Mis padres se habían ido, mi hermano estaba muerto y ahora todo cuanto
poseía era un montón de cenizas humeantes. Ahora lo veía: las luces
parpadeantes, las sirenas, los paramédicos, los bomberos y la policía…
todos de pie, rascándose la cabeza. Intentaban averiguar si había estado allí
o no.
Mierda, ya podría haber estado.
—Ya hemos llegado —me dijo el conductor, y escuché su voz por
primera vez.
Se giró para mirarme, rudo y masculino… pero la mirada de su
rostro era amable y gentil.
—Voy a preparar un poco de café.
~4~

MADDOX

Estaba sentada en el centro de nuestra cocina, pero no como un cachorro


asustado o un gatito indefenso. No, Dallas Winters dominaba el espacio. De
la misma manera que lo habría hecho su hermano si hubiera estado aquí.
—¿A esto lo llamáis café?
Volvió a escupir en la taza que le habíamos dado y la apartó. El
líquido negro se detuvo en el borde de la mesa, agitándose de un lado a otro
por el impulso.
—Está recién hecho —protestó Austin.
—Es soluble —casi se burló ella—. Porquería disuelta en agua
hirviendo.
—¿Y?
Se echó a reír, pero me di cuenta de que era una de esas risas para
ocultar otra cosa. Una tapadera. Un tapón para mantener el resto de sus
emociones bajo control.
—No pasa nada —dijo, más para sí misma que para nosotros—.
Tres adultos. Militares. Y ni una cafetera a la vista.
Me senté frente a ella, asimilándolo todo. Dallas Winters. En
carne y hueso. En nuestra cocina. Madre mía.
Al otro lado de la estancia, Kane se apoyaba en la encimera,
cruzado de brazos. Tenía la mirada fija en ella. La observaba tan
intensamente como lo había hecho miles de veces antes, solo que nunca en
persona. Nunca tan de cerca…
—Así que, a ver, contadme —dijo Dallas—. ¿Cómo lo
descubristeis?
—¿El qué? —preguntó Austin.
—Cuándo iban a entrar en mi casa esos tíos, a las dos de la puta
mañana.
Nos miramos, uno a uno. Nadie abrió la boca. No nos habíamos
preparado para este momento.
—Lo sabíais, obviamente —añadió Dallas—. Que iban a entrar.
Más silencio.
—¿No estaríais pasando por la calle, de casualidad, los tres?
¿Mirando las casas? —preguntó con suficiencia—. ¿Por si tal vez alguien
necesitaba refuerzos contra intrusos armados que ven en la oscuridad?
Hombres vestidos de negro, con… ¿cómo lo llamaste? ¿Equipo táctico
nocturno?
—Vale, vale —respondí—. Lo sabíamos.
—Sí, ¿pero cómo lo sabíais?
—Porque te estábamos vigilando.
Las palabras salieron de Kane. Las pronunció en tono lento y
uniforme. Sin el menor atisbo de disculpa.
—¿Vigilándome?
—Sí —contestó Austin—. Y menos mal, porque…
—¿Y cómo me estabais vigilando? —quiso saber Dallas—. No,
espera… —Se sentó en la silla—. ¿Podríamos empezar por el motivo de tal
vigilancia?
Austin estaba de pie, pero ahora acercó una silla. Le dio la vuelta
y se sentó en ella hacia atrás, apoyando los brazos en el respaldo.
—Te estábamos vigilando porque nos lo pidió tu hermano —
explicó.
Dallas se estremeció de manera visible ante la mención de
Connor. Su rostro se torció y frunció el ceño.
—Mi hermano está muerto.
—Sí —afirmó Austin, procurando ser paciente—. Fue antes de
morir. El último mensaje que nos dejó…
Me miró y negué con la cabeza ligeramente. Lo hice casi de un
modo imperceptible, esperando que Dallas no se diera cuenta.
—En cualquier caso —continuó Austin—, nos dijo que
cuidáramos de ti. Que nos aseguráramos de que estabas bien, porque
podían… —Dudó—. Podían…
—Podían asesinarlo —soltó Dallas con aire sombrío.
Austin asintió.
—Sí.
La cocina quedó sumida en el silencio durante un largo momento.
Entonces, casi como si se le encendiera una bombilla, el comportamiento de
Dallas cambió.
—Entonces sabéis lo que le pasó —comentó esperanzada—. Me
podéis contar qué… cuando él…
Veía cómo luchaba. La búsqueda de respuestas, la curiosidad
inagotable… frente a la vocecita que le gritaba en lo más recóndito de su
mente que no quería saberlo. No realmente. No de verdad.
Porque, una vez que cruzara ese umbral, nunca podría volver
atrás.
—Esperad —añadió Dallas—. ¿Cuándo os lo pidió? Hace un año
que se fue.
Austin calló. Kane se aclaró la garganta.
—¿Me estáis diciendo que lleváis más de un año vigilándome?
Me crucé de brazos. Llegados a este punto, solo nos quedaba ser
sinceros.
—Sí.
—¿Lleváis un año vigilando mi casa? ¿Pasando en coche a
medianoche? Buscando indicios de peligro, esperando a que alguien entrara
en mi dormitorio mientras dormía, solo para…
—No es así —replicó Austin—. No nos hace falta pasar en coche.
Parecía confusa. Absolutamente perdida. Pero también notaba la
ira, que se acumulaba en su interior. Aflorando.
Oh, oh.
—Hay cámaras —comentó Kane con indiferencia—, instaladas
en tu casa.
Ni siquiera pareció inmutarse cuando Dallas giró la cabeza hacia
él. Se quedó boquiabierta.
—Te hemos estado viendo a distancia.
~5~

DALLAS

—¿Me habéis estado VIENDO? —grité, levantándome de la silla—. ¿En


mi CASA?
—Tranquilízate —contestó Maddox—. No es como si…
—¿Durante todo un AÑO?
Me quedé de piedra. Aturdida. Absolutamente furiosa. Pero
también…
También estaba confusa.
—¡No me creo que hayáis puesto cámaras en mi casa! —exclamé
—. No me creo…
—No en todas partes —aclaró Austin, con las manos levantadas
en actitud defensiva—. No en tu habitación, por supuesto. En el baño
tampoco.
—¿Y eso hace que esté bien? —pregunté, incrédula—. ¿Hablas
en serio? Esa es tu justificación: ni en mi dormitorio, ni en mi baño… ¿pero
sí en cualquier otro sitio?
—Y no instalamos nosotros las cámaras —continuó—. Fue tu
hermano. Ya estaban, era una medida de seguridad de Connor.
Rebusqué en mi memoria. No encontré nada.
—Connor nunca me habló de ninguna cámara —aseguré.
—No tuvo oportunidad —explicó Maddox. Se inclinó demasiado
rápido y un mechón de pelo rubio se soltó sobre uno de sus ojos azul
cristalino—. Tu hermano los colocó allí poco antes de… bueno…
Miré hacia abajo, a mi regazo. Por suerte, se detuvo.
—Pero eso no os da derecho a acceder a ellas —espeté por fin—.
Solo porque estuvieran ahí, solo porque…
—Dallas, para.
Todos nos giramos a la vez. El tipo al que llamaban Kane seguía
apoyado contra la encimera. Todavía tenía los brazos cruzados. Pero ahora
nos miraba fijamente.
—Escúchalos —me pidió Kane con su voz profunda y áspera—.
Tu hermano también era hermano nuestro. Mucho más de lo que crees.
Me miró a los ojos y, por alguna extraña razón, me calmó. Su
mirada contenía verdad. Y también algo más…
Algo parecido a la pena.
—Tu hermano quería que hiciéramos esto —prosiguió Kane—.
Su última voluntad fue que cuidáramos de ti.
Las palabras surgieron de forma lenta y uniforme. Eran casi
angustiosas. Me volví a sentar de un modo mecánico.
Su última voluntad…
—Pero yo…
—No solo hemos estado pendientes de ti —explicó Maddox—.
Hemos controlado el perímetro exterior de tu casa para detectar señales de
ellos.
Ladeé la cabeza.
—¿Los hombres de negro?
—Sí.
Ahora estábamos avanzando.
—¿Quiénes son?
—No estamos del todo seguros. Pero sabemos que tuvieron algo
que ver con la desaparición de Connor. Con lo que finalmente le pasó.
Señalé la puerta.
—Para empezar, ¿por qué coño estamos aquí? Si ellos tienen las
respuestas, ¿por qué huimos?
—Porque ellos eran más —respondió Maddox—. Y
probablemente tenían más armas. Salimos volando de la cama y nos
dirigimos a tu casa lo más rápido que pudimos. En cuanto Kane los vio
aparecer y reunirse frente a ella.
—Aun así…
—Huimos también por ti —añadió Austin—. Teníamos que
sacarte de ahí. Garantizar que estuvieras a salvo. Esa era la máxima
prioridad.
El resto del grupo asintió al unísono.
—Se lo debíamos a Connor.
De repente me entraron ganas de volver, de enfrentarme a los
hombres que habían irrumpido en mi hogar y lo habían incendiado. Quería
zarandearlos. Obligarlos a decirme quiénes eran y qué querían.
Por encima de todo, necesitaba saber qué le había pasado a
Connor…
—Nos encargaremos de ellos —prometió Austin, removiéndose
en su silla—. Confía en nosotros. Pero por ahora…
—Por ahora tienes que pasar desapercibida —concluyó Maddox
—. No nos han seguido hasta aquí, lo cual es bueno. Pero esta gente es
perseverante. Están bien financiados. Y tienen acceso a recursos con los que
nosotros no contamos.
Entrecerré los ojos.
—Entonces, ¿sabéis quiénes son?
—No con certeza. Pero conocemos algunos datos. Y estamos
recomponiendo otros.
—Igual que hacía tu hermano —musitó Kane—. Cuando se lo
llevaron.
Tragué con fuerza. De pronto me sentí muy consciente de mí
misma y de lo que me rodeaba. La casa era grande y vieja, por dentro y por
fuera. Estaba sentada en una cocina destartalada, llevaba puestos unos
pantalones de chándal manchados de sangre y una camiseta. Aparte del
pequeño colgante en forma de diamante que siempre me colgaba del cuello
—regalo de Connor—, esas eran todas mis posesiones.
Menos mal que ya no dormía desnuda.
—¿Cuánto hace que vivís aquí? —pregunté.
La pregunta debió de parecer casual. Los chicos no contestaron
enseguida.
—Algo más de un año.
—Desde que Connor falleció…
Asintieron despacio.
—Sí —contestó Maddox.
—Así que habéis estado haciendo esto… —Señalé a mi alrededor
—, ¿solo por mí?
—Lo hacemos por Connor —declaró Austin—. Todos tenemos
una enorme deuda con tu hermano. Pero sí, también por ti. Protegerte es
fundamental para pagársela.
Los chicos me miraron durante otro medio minuto, como si se
estuvieran acostumbrando a mi presencia. Me di cuenta de que verme en
carne y hueso debía resultarles extraño. Tenerme aquí, entre ellos, después
de haberme observado a través de una pantalla durante tanto tiempo.
—¿Crees que podrás quedarte dormida? —preguntó Maddox.
—Joder, no.
Echó un vistazo a los demás, que también negaron con la cabeza.
Maddox se encogió de hombros y sonrió.
—Pues todo el mundo a desayunar.
~6~

DALLAS

Los chicos tenían un café horrible y una casa aún más horrible. La cocina
hasta tenía una luz horrible.
Pero en lo que respectaba al desayuno…
La primera comida del día era la especialidad de mi hermano y la
única que podía preparar sin quemarla. El plato que tenía delante me
recordaba justo a aquello: un montón de huevos revueltos, salchichas,
gofres recién hechos, crujientes panecillos y un vaso de zumo de naranja
bien fresquito para bajarlo todo.
Me hizo preguntarme cuántas veces habían hecho esto con
Connor, igual que yo.
No pensaba que pudiera comer, pero resultó que me equivocaba.
Me lo terminé todo. Limpié el plato y repetí de inmediato. Cuando también
me lo hube acabado, empecé a mirar a mi alrededor en busca de beicon.
—Tenías hambre.
Asentí. No había mucho más que decir. Llenarme la barriga fue
una distracción bienvenida y aproveché el relativo silencio (a pesar de los
cuchillos y los tenedores chocando contra los platos de cerámica) para
evaluar a mis posibles salvadores.
Maddox parecía ser el «líder» de los tres, si se le podía llamar así.
Era alto y muy musculoso, con una barba incipiente y una frondosa melena
rubia, mucho más larga de lo que permitía el Ejército. Eso significaba que
era un ex-SEAL, en todo caso. O tal vez había llegado tan lejos en la cadena
de mando de la Armada que habían dejado de preocuparse por su corte de
pelo.
En cuanto a Austin, su conducta me pareció algo más estricta y
rígida. Era él quien limpiaba y recogía las cosas, incluso lavaba y guardaba
las sartenes nada más Maddox terminaba de usarlas. Su cabello oscuro y su
piel aceitunada hacían que resultara increíblemente atractivo, y la precisión
militar con la que se acicalaba una perilla impecablemente cuidada me
decía todo lo que necesitaba saber sobre sus hábitos diarios.
Solo quedaba Kane, que era mucho más difícil de descifrar. Era
absolutamente descomunal, con un pecho ancho y poderoso y unos
hombros como los de Atlas, sobre los que podría descansar el mundo. Sus
enormes brazos apenas cabían en una camisa verde que se estiraba al
máximo mientras engullía los huevos y las salchichas. Su rostro era de una
belleza sumamente masculina.
Pero, a diferencia de los demás, Kane estaba callado. No habló en
toda la comida, se limitó a comer, escuchar y observar. En un momento
dado, me pilló mirándolo fijamente. Yo esperaba que apartara rápidamente
la vista. En lugar de eso, me aguantó la mirada con una confianza
desbordante y su boca se ensanchó hasta formar la misma sonrisa amable de
antes.
De alguna manera, a pesar de todo lo que me había pasado, le
devolví la sonrisa.
El sol por fin se abrió camino en el cielo y los chicos fueron
desapareciendo uno a uno. Volvieron completamente vestidos y afeitados.
Listos para lo que fueran a hacer a continuación.
—Kane y yo tenemos que comprobar algunas cosas —dijo
Maddox—. Volveremos antes del atardecer.
Me froté los ojos. No podía ni imaginarme el aspecto que tenía.
—Si haces una lista, Austin irá a buscar lo que necesites. Ropa lo
primero, por supuesto. Champú, cepillo de dientes… cualquier otro artículo
de aseo, apúntalo y…
—No voy a apuntar una mierda.
Maddox me miró como si acabara de hablarle en arameo. Se
rascó la cabeza.
—Eh… ¿qué?
—¿Por qué iba a escribir nada? —pregunté—. Voy con él.
Los chicos se dirigieron miradas de incomodidad.
—No vas a ir con él.
—¿Ah, no? —Me reí—. Todo lo que he tenido en la vida ha
quedado reducido a un montón de cenizas incandescentes. Necesito cosas.
Muchas. Para empezar, me hará falta un teléfono nuevo. Tengo que llamar a
mi jefe, a ver si puede conseguirme unos cuantos uniformes nuevos antes de
esta noche…
—¿Tu jefe?
—Sí. Del casino. —Me crucé de brazos—. Me habéis vigilado el
tiempo suficiente para saber que soy crupier de blackjack, ¿no?
—Por supuesto —respondió Austin—. Pero…
—No vas a ir a trabajar —intervino Maddox.
Me llevé las manos a las caderas, con los dedos separados.
—Y una leche que no.
—Dallas, no puedes volver al trabajo. Esta gente te encontrará.
Joder, es probable que ya estén en el casino, esperando a que aparezcas. Al
igual que seguramente estén apostados en las inmediaciones de tu calle,
aguardando a que te acerques y rebusques entre las cenizas… Quiero decir,
los restos de…
Se le cortó la voz. Austin le dio un codazo en las costillas.
—Mira, dime todo lo que necesitas y te lo traeré —propuso—.
También me ocuparé de la compra. Cogeré comida, víveres, ya sabes.
Cualquier cosa que te guste, dímelo y la conseguiré.
—La conseguiremos —lo corregí—. Cuando nos vayamos.
Suspiró profundamente.
—Dallas, no es seguro.
—Nada es seguro —repliqué—. Mira mi casa.
—Sí, pero…
—Pero nada. No voy a quedarme aquí sentada mientras vosotros
tres resolvéis esto. —Señalé la cocina desnuda pintada de blanco—.
¿Cuánto tiempo habéis dicho que lleváis aquí?
Esta vez contestó Kane.
—Trece meses.
Tras un breve silencio, me eché a reír.
—Estáis como cabras si os creéis que…
—Dallas, por favor —suplicó Maddox—. Al menos por ahora,
deja que Austin…
—También necesito cosas de chicas, ¿sabéis? —dije con una
sonrisa, lanzando un golpe de efecto—. Y tengo que elegirlas yo. Voy a
necesitar camisas de diferentes tallas, pantalones de distintos estilos… ah, y
voy a necesitar sujetadores… ropa interior…
Los hombros de Austin se desplomaron. Parecía incómodo.
Maddox se mostraba preocupado.
Kane, sin embargo, esbozaba una ligera sonrisa.
—Productos femeninos —continué—. Muchos. Y también…
—Pero…
—Mirad —pronuncié alzando la voz, con un suspiro—. Me
recogeré el pelo y me pondré un sombrero. Llevaré gafas de sol y un puto
bigote postizo si queréis, pero no pienso quedarme aquí sola todo el día.
Antes de que pudieran responder, los empujé hacia lo que parecía
la sala de estar. Era grande y estaba vacía, tan austera como la cocina, con
las paredes y el suelo casi completamente desnudos. Al menos tenían sofás.
—¿Alguien va a decirme dónde está la ducha? —Lancé la
pregunta en su dirección. Llegué a la escalera en silencio y me quedé
mirando hacia arriba—. ¿O me dedico a ir abriendo puertas hasta que la
encuentre?
~7~

AUSTIN

Era tozuda hasta decir basta, había que reconocerlo. De carácter fuerte e
inteligente, incapaz de aceptar un no por respuesta.
En resumen, era igualita que Connor.
No pude evitar mirarla durante el viaje de vuelta, con una pierna
apoyada en el salpicadero, mientras se pintaba las uñas de los pies. Dallas
me había arrastrado por nueve tiendas diferentes, incluidos tres
supermercados y un sitio para comer. Tres tacos de pescado más tarde ya
casi estábamos en casa, sin mayor percance.
Dios, es preciosa.
De verdad que lo era. Es decir, la conocíamos desde hacía siglos…
al principio por las fotos que Connor nos enseñaba, luego por verla en el
monitor durante tanto tiempo. Pero ahora estaba aquí. ¡Aquí de verdad! A
mi lado, en el asiento del copiloto, con la ventanilla bajada y el pelo rubio
alborotado sobre su bonita cara.
—¿Paramos a tomar una cerveza?
Negué con la cabeza. Ya estábamos muy cerca de casa y ya había
salido demasiado. En lo de mantener cierta discreción, habíamos fracasado
estrepitosamente ya el primer día.
Además, aunque no tuviéramos una despensa enorme en casa… la
cerveza era lo único que nos sobraba.
—Tengo unas cuantas cajas en el sótano —comenté, aprovechando
la conversación como excusa para echar un vistazo a la derecha—. Subiré
algunas cuando volvamos.
¡Deja de mirarla!
Era imposible. Era tan guapa como Connor, que era increíblemente
atractivo, pero con unos pómulos más bonitos y unos labios carnosos y
besables. Aunque tenía sus ojos. Los mismos impresionantes globos azules
que ardían con un fuego especial. Un carisma abrasador que te dejaba
mudo; una magia que automáticamente te hacía querer complacerla, sin que
ella tuviera que pronunciar ni una maldita palabra.
Dallas ahora vestía unos pantalones cortos y una camiseta sin
mangas, además de unas gafas de sol espejadas de alta calidad que
probablemente nos habían costado una fortuna. No tenía ni la más remota
idea, a decir verdad. No había mirado los tickets de nada. Me había limitado
a darle la tarjeta, la que compartíamos todos, y ya nos preocuparíamos del
recibo más tarde, cuando llegara.
—¿Cuánto tiempo serviste con mi hermano?
Me extrañó que hubiera tardado tanto en preguntármelo. De
momento, nuestras conversaciones se habían limitado a las compras y el
tiempo.
—Los ocho años que estuvo dentro.
Se giró para mirarme. Lo único que veía era mi propio reflejo en sus
gafas de sol.
—¿Así que lo conocías bien?
—Era como un hermano para mí —respondí con sinceridad—. Para
todos, en realidad. Pero sí. Pasamos juntos las pruebas físicas. Antes de la
formación… —Hice una pausa—. ¿Sabes cómo va?
—Sí, sí —contestó, desviando la vista. Volvió, despreocupadamente,
a la ventanilla del copiloto—. Lo sé.
Se me fueron los ojos de nuevo y tuve que apartarlos a la fuerza de
sus piernas. A propósito, pensé en Connor. La culpa me inundó.
—Sí, después nos metimos juntos en la escuela —proseguí—. Ahí
es donde conocimos a Maddox y Kane. Comunicaciones tácticas, formación
de francotiradores, certificación de asalto… todo, los tres juntos.
—¿Estabais asignados a la misma unidad?
—Sep. Tuvimos suerte —reconocí—. Mucha.
Dallas movió las piernas y yo agarré con más fuerza el volante. Esta
vez tuve la fortaleza suficiente para mantener la mirada al frente.
—Allá donde íbamos, tu hermano lo petaba, ¿sabes?
—Oh —soltó con indiferencia—, lo sé.
Me reí. Nunca he visto a nadie tan en forma como él. Siempre nos
hacía quedar mal, hiciéramos lo que hiciéramos. Era un fenómeno de la
naturaleza.
Podría haber seguido. Podría haberle contado que Connor Winters
siempre corría más rápido, llegaba más lejos y saltaba más alto que
cualquiera de nosotros. Que no creía haberlo visto sin aliento en todo el
tiempo que lo conocí. Que podía aguantar bajo el agua casi un minuto más
que nadie…
—Lo queríamos mucho —afirmé, en su lugar—. Todos.
Dallas se quedó callada, ajustándose las gafas de sol. Me di cuenta
de que mis palabras le habían tocado la fibra. Si era algo bueno o malo, lo
ignoraba.
—S-siento todo lo que te ha pasado.
El sol se ocultó un poco más en el horizonte y los kilómetros se
sucedieron sin respuesta. No es que necesitara una. Solo debía decírselo.
—A la mierda —solté de repente, saliendo de la carretera principal
—. Paremos a tomar una cerveza.
A mi lado, noté que mi pasajera se animaba un poco. Su boca
incluso se curvó en el menor atisbo de una sonrisa.
—De todas formas, la del sótano debe de ser muy vieja.
~8~

DALLAS

—Vale, tengo que deciros un par de cosas….


Hacía una hora que habíamos terminado de comer y ahora solo
estábamos relajados en torno a la mesa. La cerveza estaba helada y bajaba
con demasiada facilidad. Lo cierto es que tocar fondo suele provocar que
todo baje con facilidad, quieras o no.
Anímate, Dallas.
La mala noticia era que lo había perdido todo… y me refiero a
todo. Probablemente, incluso mi trabajo en el casino, porque no tenía ni
idea de cuánto tiempo tendría que mantenerme al margen.
La buena noticia, sin embargo, era que desde aquí solo podía ir a
mejor.
—En primer lugar, quería daros las gracias —dije, tratando de ser
sincera—. Sé que ayer estuve un poco borde, pero pasé mala noche. Muy
mala noche.
—Es totalmente comprensible —comentó Maddox. Parecía algo
ebrio. Tenía las mejillas sonrojadas, como si no estuviera acostumbrado a
beber tanto. La disciplina militar, quizá, y todo ese rollo.
—Sí —añadió Austin—. Y te aseguro que no tienes que
agradecérnoslo.
—Oh, pero lo hago porque quiero —continué—. Me he dado
cuenta de que estaría muerta si no hubierais aparecido. Que al cumplir la
promesa que le hicisteis a mi hermano, aunque eso significara acosarme
durante todo un año… —Sonreí un poco al oír esa parte—, me habéis
salvado el pellejo desinteresadamente.
Los chicos ahora me miraban de una forma un poco distinta.
Mucho más relajada. Austin levantó su botellín a modo de brindis y los
demás se unieron.
—Además, quiero daros las gracias por hacerme sitio en vuestra
casa. Sé que es probablemente una molestia, tenerme aquí…
—En absoluto —soltó Austin—. De hecho…
—Dame unos días —lo interrumpí—, y te prometo que entraré en
tu lista negra. Seguro que hago algo que te cabrea; atascar el desagüe de la
ducha con mis pelos, dejar la tapa del váter bajada todo el rato… cosas de
esas.
Los chicos me miraban, dejándome a mi aire. Cediéndome el
protagonismo, por así decirlo.
—Necesito que me hagáis algunas promesas —les pedí—, si voy
a quedarme aquí. Y quiero que los tres estéis de acuerdo.
Ahora parecían intrigados, al menos Maddox y Austin. Kane se
limitó a observarme, impasible, mientras retorcía la chapa de su quinta o
sexta cerveza.
—Primero, necesito transparencia total. Lo que sea que estéis
haciendo para encontrar a mis agresores o a quienes atacaron a Connor,
quiero saberlo.
Maddox entrecerró los ojos, confundido
—¿A qué te refieres con «saberlo»?
—Me refiero a que compartáis toda la información conmigo —
respondí—. Me mantenéis al corriente. Nada de tonterías tipo «no te lo
hemos dicho por tu seguridad». Si averiguáis algo, por malo o alarmante
que sea, debo saberlo. Y esto funciona en los dos sentidos.
—¿Los dos… sentidos? —preguntó Austin.
—Mirad, ya he decidido que, digáis lo que digáis, voy a ayudar
—repliqué—. Puede que no tenga vuestras habilidades de campo o vuestro
físico, pero cuatro cabezas siempre piensan más que tres. Me dais
información, vuestras teorías, lo que tengáis, y juntos intentamos
reconstruir lo que está pasando. —Volví a levantar el botellín y me lo acabé,
antes de dejarlo sobre la mesa—. Puede que no lo hayáis notado al verme
desfilar por casa en ropa interior, pero soy un puto cirujano en asuntos de
Internet.
Los tres se sonrojaron al instante, sabiendo que lo que había dicho
era cierto. Después de largos turnos en el asfixiante uniforme del casino,
quedarme en ropa interior siempre había sido mi forma de relajarme. Por
increíble que parezca, fue Kane quien se puso más colorado.
Tendré que recordarlo en el futuro…
—Entonces, ¿estamos todos de acuerdo? —pregunté.
Poco a poco, fueron intercambiando miradas, cada uno asintiendo
para señalar una especie de aprobación.
—Sí —respondió Maddox al fin—. Nos parece bien. —Se detuvo
un momento, antes de encogerse de hombros con aire adormilado—. Suena
justo.
Asentí durante varios segundos, para dejarlo claro.
—Bien. Ahora pasemos a lo siguiente…
—Eres bastante exigente, ¿lo sabías? —bromeó Austin.
—Lo sé.
—Sin ánimo de ofender ni nada.
—No me molesta. —Me recliné en la silla—. Ahora, hablemos de
la casa…
Me habían hecho falta varias horas de reflexión y de mirar al
techo para darme cuenta de que los chicos tenían razón; si no me quedaba
aquí y pasaba desapercibida, me convertiría en un blanco fácil. Me dolía
admitirlo, pero también tenía que aceptarlo y seguir adelante si quería
ayudarles a encontrar a los asesinos de Connor.
Y, sin duda, quería.
—No os lo toméis a mal —empecé—, pero este sitio necesita un
poco de cariño por todas partes.
—¿Cariño? —espetó Austin, con cara de indignación—. Te
informo de que…
—Sí, sí —lo corté—. Sé que está limpísimo. Está perfecto en
cuanto a higiene, pero no es muy… hogareño.
Ahora parecían aún más confundidos, y no solo por el pedo que
llevaban. Básicamente, eran hombres. Militares. Por muy apañados que
fueran, no tenían ni idea de a qué me refería.
—Mirad a vuestro alrededor —solté, con un suspiro—. Esto
parece un orfanato. Casi no hay muebles. Las paredes están desnudas. Ni
lámparas, ni alfombras, ni nada que lo convierta en un hogar. Parece como
si lo hubierais decorado con el Kit básico del soltero. Como si hubierais
comprado un sofá, un televisor y unas cuantas bolsas de patatas y luego os
hubierais sentado y hasta ahí.
Los tres se quedaron callados. No sabría decir si estaban
sorprendidos u ofendidos. Tal vez ambas cosas.
—Esta mañana metí la cabeza en la nevera y había eco. Abrí un
cajón y salieron polillas volando.
—Entonces, ¿a dónde quieres llegar? —preguntó Maddox.
Desvié la mirada hacia Austin.
—Esa tarjeta de crédito que hemos usado hoy, ¿de quién es?
—De todos —aclaró—. De la cuenta de la casa.
—Así que compartís gastos.
—Sí. Lo compartimos… casi todo. —Se encogió de hombros.
—Bien —dije—. Si voy a estar aquí todo el día, voy a necesitar
una copia. Algo tendré que hacer.
Maddox se rascó su incipiente perilla.
—¿Hacer?
—Sep.
—¿Cómo qué?
—Oh, veamos… —Comencé a contar con los dedos—. Comida,
para empezar. Y no solo para un par de días, sino para hacer acopio de lo
imprescindible.
—¿Qué más?
—Vuestro papel higiénico solo tiene una capa —añadí, con un
gesto de disgusto—. No es aceptable. La mitad de las bombillas de la casa
están fundidas; esto es una cueva. Las paredes necesitan una manita de
pintura.
—¿De qué habitación estás hablando…?
—¡De todas! —exclamé—. Todo es blanco. O gris. O marrón
caca. Y no sé en vuestros cuartos, pero la ropa de cama del mío raspa como
una lima. Un número de hilos tan bajo debería estar prohibido por ley.
—Vaya. —Maddox sonrió—. Cuéntanos cómo te sientes
realmente.
—Todo está desorganizado —proseguí—. Hace un año que os
mudasteis y todavía tenéis montones de cajas por ahí. Necesitáis estanterías,
librerías, marcos de fotos…
Austin levantó la mano.
—¿Marcos de fotos?
—Cortinas, toallas de más calidad para el baño…
Kane se echó a reír.
—Os dije que esas toallas eran una mierda.
—Un equipo de música, o al menos un par de altavoces…
—Eso. —Austin asintió—. Estoy de acuerdo.
—Un par de cojines. Tal vez unas velas aromáticas…
Me quedé sin dedos. Cuando terminé, me estaban mirando todos.
—Mirad, si vais a cuidar de mí durante un tiempo, lo mínimo que
puedo hacer es echar una mano —aseguré—. No quiero complicar las
cosas. Pero si no tengo otra cosa que hacer…
Sacudí las manos de forma ansiosa, tratando de que me
entendieran. Nada de esto era fingido, en realidad. Tendía a volverme loca
mucho más rápido que la mayoría de mis conocidos.
—Toma.
Kane metió la mano en su bolsillo trasero y me tendió una tarjeta
de crédito, sacándola como si fuera un árbitro de fútbol. Los tres se
sorprendieron cuando la atrapé ágilmente con los dedos.
—Repartes muchas cartas —adivinó Maddox—. ¿Cierto?
—Ni te lo imaginas —respondí, y me la guardé en el bolsillo.
~9~

DALLAS

Las siguientes semanas fueron, como poco, interesantes. Incluso estando


encerrada en una casa vieja perdida en alguna parte del desierto.
Como compañeros de piso, los chicos eran muy majos. Los
conocí mucho mejor, y ellos a mí, mientras compartíamos comidas,
historias y tragos, tanto en la cocina como fuera de ella.
Incluso descubrí más cosas sobre mi hermano. Muchas,
muchísimas más. Fue asombroso enterarme de la otra cara de la vida de
Connor. No me cansaba de oír historias sobre los lugares exóticos en los
que había estado y todas las increíbles experiencias que había vivido allí. Y
ellos nunca se guardaban nada. Nunca se cansaban de explicármelo.
Tampoco se les acababan las batallas.
Resultaba que mi hermano era un auténtico fenómeno, algo que
yo ya sabía. Pero por lo visto era el Rey de todos los Fenómenos y, después
de lo que habían pasado juntos, Maddox, Austin y Kane lo veneraban casi
como a una especie de deidad.
—Si no hubiera sido por tu hermano —me dijeron en más de una
ocasión—, ninguno de nosotros estaría aquí.
Lo expresaban con solemnidad. Serios. Sin alardear ni presumir,
ni siquiera esbozar una sonrisa. Y, aunque ninguno de ellos quiso
profundizar demasiado en los detalles de las misiones de combate en las
que participaron con Connor, todos tenían anécdotas sobre sus sacrificios y
su inquebrantable valentía.
Me enteré de que Maddox se había apartado del Ejército y
trabajaba en el sector privado. Austin y Kane seguían alistados,
técnicamente, pero habían recibido un permiso temporal de alta
especialización.
—No vamos a volver hasta que resolvamos esto —me había
asegurado Austin con suavidad—. Y tú tampoco.
En cuanto a mí, me mantenía ocupada. El «trabajo» de la casa
consistía en todo lo que había dicho y más; pintar, cambiar la decoración,
ordenar todo… La vivienda ahora se veía más grande y luminosa, con
bombillas más potentes y lámparas que iluminaban todas las estancias con
una luz cálida y acogedora. Había pedido sillas, mesas y alfombras.
Armarios, vitrinas y estanterías. Y, por supuesto, había pintado… Todas las
habitaciones y todos los techos, incluidos los dormitorios de los chicos.
Hasta había limpiado y restaurado la vieja chimenea, que al
parecer se había utilizado en su día para calentar toda la casa. La primera
vez que la encendí fue todo un acontecimiento; todos nos fuimos al salón a
cenar contemplando las llamas.
Había un ordenador en un rincón, conectado a Internet a través de
una VPN cifrada. Resultó que Austin era el informático y se encargaba
también del mantenimiento de las cámaras y los sistemas de alarma. Había
sido él quien había pinchado el sistema de seguridad de Connor, con el que
todos se habían turnado para vigilarme. Y observarme. Y observarme…
Todo lo que quería, lo pedía. Para lo que necesitara ver en
persona, me llevaban a la ciudad. Los chicos se turnaban para cuidarme, a
veces dos a la vez mientras el tercero estaba fuera. Era su única condición:
que nunca me dejarían sola. Eso, y el teléfono que me obligaban a llevar
siempre encima. No había ningún contacto más que ellos, pero les permitía
localizarme y comunicarse conmigo cuando quisieran.
Al principio era extraño no vivir mi antigua vida. Pero, con el
tiempo, me di cuenta de lo desconectada que estaba del mundo. No tenía
familia, ni trabajo, ni jefe. Mis amigos eran colegas del trabajo, del casino.
Por extraño que suene, incluso después de tres semanas fuera, seguía sin
echarlos de menos.
—Tenemos que salir —repetía una y otra vez—. Tenéis que
llevarme a cenar, o a un bar, o quizá…
—Es demasiado peligroso —me respondían siempre—. Los
hombres que te buscan esperarán que aparezcas en esos sitios. Habrán
pagado a gente para que te vigile, preparada para llamarlos al momento.
Aquella parte era un asco, tener que quedarme siempre en «casa».
Mi único consuelo era decirme que era temporal. Los chicos estaban
haciendo algunos progresos, aunque fueran lentos. Estaban averiguando
más cosas sobre el tipo de organización que había aparecido en mi casa
aquella noche, y ninguna de las noticias era buena.
—Son militares —comentó Austin una noche, sin venir a cuento
—. Y es muy probable que Connor se enterara de algo que no debía…
Me hizo enfurecer, hasta el punto de llorar. Unas lágrimas que, sin
embargo, no podía mostrar; no quería correr el riesgo de parecer débil. De
parecer incapaz de afrontar lo que me pusieran por delante.
En lugar de eso, lloraba por las noches, contra la almohada.
Llantos cargados de furia y frustración que, cuando por fin me dejaban
dormir, siempre acababan en horribles pesadillas.
Aun así, con el tiempo, fui estrechando lazos con cada uno de
ellos. Austin y yo nos compenetrábamos en todo lo relacionado con la
tecnología. Juntos montamos un equipo de música que me daba un poco de
miedo confesarles cuánto había costado. Maddox y yo compartíamos un
profundo afecto por Connor y nos contábamos anécdotas relacionadas con
mi hermano. A él le encantaba oír cómo era durante nuestra infancia y
adolescencia. Yo me divertía con todas las cosas graciosas que hacía en la
Armada, desde gastar bromas a los chicos de su unidad hasta algunos de sus
detalles más personales, que nunca llegué a conocer.
En cuanto a Kane… él y yo compartíamos una conexión aún más
profunda e íntima. Hablaba mucho menos que los demás, así que cuando lo
hacía sus palabras tenían mucho más peso. Cuando estábamos solos, sin
importar lo que hiciéramos, parecíamos comunicarnos en un plano
silencioso muy personal. Había muchas similitudes entre nosotros, sobre
todo entre nuestras infancias, que nos unían. También compartíamos el
insomnio, algo de lo que hablábamos a altas horas de la madrugada en más
de una noche en vela.
Con el tiempo, los chicos pasaron de tratarme como a una
hermana pequeña (la de Connor, al menos) a verme más como a una
compañera de piso y una igual. El amplio espacio físico que me concedían
al principio también se estaba acortando a toda velocidad. Cada vez nos
cruzábamos con menos ropa por los pasillos, y ellos se disculpaban de vez
en cuando por ir sin camiseta, en calzoncillos o incluso en toalla.
Y, poco a poco, las excusas fueron desapareciendo, porque hasta
yo empecé a hacerlo.
Para mí no era para tanto; compartíamos todos el mismo cuarto de
baño, así que divisar un poco de piel era prácticamente inevitable. Y, desde
el punto de vista físico, mis compañeros de piso tampoco tenían nada de
malo. Al contrario, los tres tenían una figura magnífica, unos cuerpos
esbeltos y fuertes, perfeccionados durante años por el entrenamiento físico
más duro del planeta. Habían convertido parte del salón en un gimnasio
doméstico —el único lugar de la casa que no me estaba permitido reformar
—. Además, todos se sometían a un programa diario de ejercicio y pesas
que me cansaba solo de verlo.
Y, joder, me encantaba verlos…
Era otra realidad inevitable: mi atracción por ellos, que asomaba
su fea cara. Estaba encerrada sola en una casa con tres hombres guapísimos,
definidos y musculosos, todos con la constitución de un adonis. Así que, si
no podía evitar babear con los abdominales de Maddox… el pecho y los
hombros magníficos de Kane, o los fuertes brazos y la deliciosa piel
aceitunada de Austin…
¿Qué culpa tenía yo?
~ 10 ~

DALLAS

Soñé, y en mi sueño estaba de vuelta a casa. Era pequeña otra vez. Tenía
unos ocho o nueve años. Mi casa era cálida, acogedora y estaba llena de
gente que no conocía.
Todos hablaban y reían, pero no conmigo. Y, por mucho que
buscara, por muchas habitaciones en las que me metiera, no encontraba a
mi madre, ni a mi padre, ni tampoco a Connor.
Me adentré más y más en el corazón del hogar de mi infancia y
las cosas empezaron a cambiar. Los rostros de todos iban desapareciendo,
los extraños se desvanecían a cada paso, hasta que solo quedaron sus voces.
Y entonces también se apagaron… y me quedé total y
completamente sola.
Una luz me llamó la atención y me descubrí mirando a través de
una ventana que no debería estar allí. No era tanto una ventana como un
resplandeciente charco de oscuridad líquida, lleno a rebosar con mil
millones de astros centelleantes.
Vi estrellas brillantes. Estrellas infinitas, que se extendían en
todas direcciones. Pero entonces también desaparecieron. Una a una fueron
cayendo, hasta que al final me quedé observando la nada.
En mi sueño, me giré y mi casa también se había esfumado. Todo
había quedado vacío. Un vacío frío e ilimitado de pura nada oscura… y,
cuando abrí la boca para gritar, la negrura se derramó en mi alma.
¡DALLAS!
Algo siseó mi nombre, de una forma tan fría y siniestra que me
puso cada centímetro cuadrado de la piel de gallina, al instante. Me desperté
helada al tacto, temblando.
Es solo un sueño, nada más.
Me quedé varios segundos mirando al techo, tratando de
convencerme. Luego, con los dientes prácticamente castañeteando, me
envolví con la manta y me senté.
Un sueño, o tal vez el viento.
Dormir ya no era una opción. No esta noche. Quizá tampoco en
toda la semana, si estaba condenada a tener pesadillas como esta…
Dirigí la cabeza hacia un sonido: el viento, azotando mi ventana.
Lo oía rugir con fuerza en el exterior. Arremolinándose y golpeando el
cristal.
Salí al pasillo, que parecía aún más frío que el dormitorio.
Arrastraba la manta. Iba hacia la escalera, mi cuerpo y mi mente ahora
estaban completamente despiertos.
Tal vez el fuego no se haya apagado.
Era solo la una de la mañana. Si todavía quedaban brasas, quizá
podría reavivarlo. Podría acurrucarme en el sofá. Intentar ponerme lo
suficientemente cómoda como para…
Mi cuerpo se quedó congelado a mitad de un paso. En lo más
hondo del pecho, el corazón se me detuvo y volvió a latir.
Había alguien en la ventana.
—¿K-Kane?
Estaba en el otro extremo del pasillo, mirando hacia la oscuridad
color azul pálido. Llevaba unos pantalones de chándal holgados. Y nada
más.
Me llevé una mano hasta mi agitado pecho.
—Me has dado un susto de muerte.
Se giró cuando me acerqué y me puse a su lado. Luego volvió a
centrar la vista en el exterior, mientras el viento aullaba.
—Buena tormenta, ¿eh?
El enorme militar asintió, rascándose la barbilla. Casi de
improviso, se levantó una ráfaga de viento. Sacudió el armazón de la
ventana y lanzó una ola de arena contra el cristal.
—Esto me recuerda a las tormentas de polvo que solía haber —
dijo sin inmutarse—. Eran salvajes, allí en Afganistán. —Guardó silencio
unos segundos—. Y en Somalia también.
Me deslicé a su lado, subiéndome la manta hasta la barbilla.
Mecánicamente, le ofrecí un extremo y lo cogió.
—Gracias —me dijo, mientras me rodeaba con un gran brazo.
Entre el frío y mi persistente pesadilla, su tacto me sentó
inmensamente bien. Un momento después, estaba acurrucada en el hueco
de su brazo. Su pecho desnudo estaba caliente, era maravilloso.
—Es una noche fría —comenté—. En esta casa hay corriente.
—Sí.
La arena azotaba fuera, formando diminutos remolinos de polvo
que nacían y se desmoronaban con la misma rapidez. Contra el paisaje
iluminado por la luna, todo parecía extrañamente bonito.
—¿No puedes dormir? —pregunté, aturdida.
—No —admitió. Luego añadió, tras una pausa muy larga—:
Pesadillas.
Asentí con gravedad. Con Maddox o Austin, habría hecho falta
más. Les habría preguntado todos los detalles del sueño y quizá incluso les
habría contado el mío.
Pero no con Kane. Cuando estábamos juntos, ninguno de los dos
necesitaba decir nada. En su lugar, nos quedamos allí en silencio.
Fuera, la arena arreciaba tanto que era difícil ver el horizonte,
incluso a la luz de la luna. La casa en la que vivíamos era de principios del
siglo pasado, estaba situada al final de una larga calle, casi abandonada. Era
un vecindario que ya había visto morir sus días de gloria y ahora había
entrado en un profundo declive. La mayoría de las propiedades cercanas ya
se habían demolido.
—Duerme conmigo.
Las palabras eran simples. Cayeron de mis labios sin pensarlo.
Kane cambió el peso de un pie a otro y luego me miró a los ojos.
Todo un mar de información pasó entre nosotros, en silencio, sin palabras…
—Vamos —insistí, deslizando mi mano entre las suyas. Tiré
suavemente de él en dirección a su dormitorio y me siguió—. Vamos a
darnos calor el uno al otro.
~ 11 ~

DALLAS

Bajo las mantas de Kane, el mundo era suave y cálido, la presencia de su


cuerpo resultaba abrumadoramente tranquilizadora. Estábamos envueltos en
los brazos del otro. Cara a cara entre las sombras azules de la noche,
disfrutando del calor combinado que emanaban nuestros cuerpos.
—Qué bien se está —suspiré, acurrucándome contra él.
Gruñó para mostrar su acuerdo y deslizó una enorme pierna entre
las mías. Era una locura, parecía que no existían barreras entre nosotros.
Con qué facilidad habíamos pasado a tener total intimidad, tanto en lo físico
como en lo emocional.
—Entonces… —susurré—. ¿Soy todo lo que pensabas que sería?
Desde su almohada, Kane levantó una ceja.
—En carne y hueso —añadí, pinchándolo—. Después de verme
durante un año entero en todas esas cámaras… me preguntaba si tal vez…
Los labios de Kane se cerraron sobre los míos y, de repente, nos
estábamos besando. Él me besaba. Yo le devolvía el beso. Nuestros cuerpos
se retorcían piel contra piel. Nuestras bocas se agitaban, rodaban con
pasión, la una contra la otra…
¡Dallas!
Su cuerpo se movió y de repente me estaba besando fuerte e
intensamente. La pasión y la química del instante eran increíbles. Podía
notar el calor de su pecho, apretado contra el mío. Sus labios se movían con
insistencia, separando los míos para dejar espacio a su lengua…
¿Deberías hacer esto?
La acepté dentro de mi boca de buen grado, incluso con hambre,
deslizando mi propia lengua contra la suya. Gemí suavemente cuando su
mano descendió, atravesando la cinturilla de mis cómodos pantalones de
pijama. Su palma era grande y áspera. El contraste era asombroso cuando se
deslizaba sobre una de mis cálidas nalgas…
Mmmmmm…
Kane alzó la otra mano para acariciarme la cara, apartándome
suavemente el pelo para poder seguir besándome como es debido. La mano
que estaba en mi culo ahora se había convertido en cinco dedos
individuales, que apretaban y amasaban mi suave y flexible carne. Su tacto
era autoritario e insistente. Deliciosamente posesivo. En respuesta, me
retorcí aún más fuerte contra su pecho, saboreando el tamaño y el poder de
sus inmensos pectorales.
Qué pasada.
Era una locura. Era incluso peor que una locura, porque sabía con
absoluta certeza que estaba a punto de cometer un error colosal.
Son tres, Dallas. Tres.
Los dedos de Kane tantearon hacia arriba, deslizándose por la
parte baja de mi espalda y sobre mi cadera. Luego bajaron… sobre mi
estómago tenso y tembloroso…
Tres, en la misma casa.
En el mejor de los casos, estaba a punto de provocar mucho
resentimiento y celos. En el peor, abriría una brecha entre tres hombres que
estaban unidos para siempre como hermanos. Una brecha que incluso
podría afectar a su vínculo. Que podría…
—Ohhhh…
Jadeé cuando la mano de Kane se introdujo entre mis piernas.
Con un dedo, tiró de mi tanga hacia un lado. Los otros…
Los otros dieron con mi cálida y húmeda rajita.
Dios, qué gusto…
Era demasiado tarde. Demasiado tarde para dar marcha atrás.
Llevaba demasiado tiempo sin novio, sexualmente frustrada hasta reventar.
Lo había perdido todo en el incendio, incluidos mis juguetes. Y durante la
mayor parte del último mes, había estado rodeada por tres guapos,
atractivos, musculosos…
—Te he deseado —me gruñó Kane al oído—, desde la primera
vez que te vi…
Dos gruesos dedos se deslizaron maravillosamente dentro de mí.
¿O era uno? Joder, sus manos eran tan grandes que ni siquiera podía
afirmarlo con seguridad.
—¿Ah, sí? —jadeé.
Asintió y me mordió el hombro. Me masturbaba con la mano. Me
llenaba una y otra vez con esos pedazo de dedos magníficos. Los enroscaba
con suavidad para rozarme el punto G.
—La… hostia…
Estaba arañando las sábanas a ambos lados de mi cuerpo. Estaba
empapada como una fuente.
—Dios… dios…
Era brutal lo rápido que había llegado al punto de no retorno. Con
qué velocidad habíamos pasado de besarnos, a liarnos, a perder los papeles
por completo.
¡DIOS mío de mi vida!
Mis orgasmos solían empezar en el vientre, revoloteando hacia
arriba y expandiéndose por todo mi cuerpo a medida que me excitaba más y
más. Pero ahora no. Esta vez no.
Hosssssstia…
Esta vez, mi clímax surgió como una ola rebelde que se abatió
sobre mí en una fracción de segundo de euforia pura y candente.
Oh, joderrrr…
Kane rodó contra mí y me tapó la boca con una mano gigante
para que me callara. Solo consiguió que me excitara más. Le mordí la
palma de la mano, lo bastante fuerte como para que doliera, pero sin llegar
a cortar. Sus ojos se encendieron. Encontraron los míos y nos quedamos
embobados, sabiendo lo que tenía que pasar.
—No hagas ruido —me gruñó en la cara—. A menos que quieras
que entren los demás.
Asentí de cualquier manera, mientras mi coño seguía
contrayéndose alrededor de sus dedos. Estaba en los últimos coletazos de
un orgasmo colosal. Seguía moviendo las caderas, apretándome con fuerza
contra su mano.
Joder, joder, joder, joder…
Sus nudillos me rozaban el clítoris con cada movimiento. No
paraban de provocarme deliciosas réplicas, que se disparaban hacia arriba,
hasta los centros de placer de mi cerebro.
Jesús, Dallas…
Lo busqué y mi mano se cerró sobre algo grande, cálido y duro.
No sé cómo, ya estaba desnudo. O se había quitado el chándal y no llevaba
ropa interior, o…
Oh… oh, guau…
Kane me arrancó las bragas mientras lo acariciaba. De punta a
base, su polla era larga y gruesa, absolutamente increíble.
Te va a hacer daño.
Una parte de mí deseaba que lo hiciera. La otra parte, de alguna
manera, sabía que sería suave.
Esto… esto es…
Kane se abalanzó sobre mí, separándome los muslos fácilmente
con su enorme rodilla. Ahora lo tenía entre las piernas. Listo para tomarme.
Estaba frotando la cabeza bulbosa de su enorme pene arriba y abajo por mi
surco, mirándolo maravillado.
Era tan grande. Y estaba tan pero tan mojada…
La mano sobre mi boca se deslizó hasta mi mejilla. Kane se
inclinó, empujando su frente contra la mía. Sus ojos eran imposiblemente
oscuros, con unas pestañas largas como un abanico.
—¿Es esto lo que quieres?
Sus iris estaban fijos en los míos. Me estaba mirando. Pasaba a
través de mí, como si me contemplara el alma.
—Sí —susurré.
Nuestros labios se rozaron y él se movió hacia adelante,
empujando despacio hacia mi interior. Notaba la cabeza de su miembro,
hinchada y palpitante. Su corazón latía a través de él, mientras partía mi
flor.
—SÍ… —repetí, esta vez asintiendo.
Otro centímetro. Otro gemido. Ahora había entrado en frenesí,
desesperada por tenerlo dentro de mí. Empujaba con las caderas hacia abajo
para metérmelo dentro… pero era Kane quien tenía el control completo y
total.
—Dilo —gruñó, sujetándome los hombros contra la cama—.
Dime que…
—¡LO QUIERO! —le grité en la cara—. Kane, ¡por favor!
Necesito…
El resto de la frase terminó en un gorgoteo, mientras él se metía
hasta el fondo.
Era como si me clavaran una lanza hasta las entrañas.
—OHHHhhhHHHhhhHHHhhh…
Mis manos se convirtieron instintivamente en garras y mis uñas
se clavaron en la carne de su gigante espalda. Entonces, empezó a bombear.
Poco a poco, al principio, para que me acostumbrara a su grosor, y luego
más deprisa, entrando y saliendo de mi cuerpo cuando toda la longitud de
su miembro se empapó de humedad.
—Oh… guau —exhalé. Se me saltaban las lágrimas—. Ay, Dios,
Dios, Dios…
La mano de Kane regresó, presionándome los labios. Me
desafiaba a morderlo de nuevo mientras me aplastaba a tope contra la cama,
dándome hasta hacerme llorar conforme me follaba sin piedad.
Esto… esto es…
Lo sentía muy dentro de mí, tan increíblemente profundo que casi
dolía. Casi, pero no del todo.
Esto no está mal, no es un error…
No podía serlo. Era maravilloso. Como un picor irrefrenable que
por fin se rasca. Como una larga sed saciada, de una forma tan plena y
satisfactoria que las lágrimas me caían a ambos lados de la almohada.
—Kane…
Pronuncié su nombre, saboreándolo. Le iba perfecto. Su
personalidad, su comportamiento… todo su magnífico cuerpo.
—Oh, joder, Kane…
Estaba murmurándole en la boca porque me estaba besando de
nuevo; nuestras lenguas se batían en un ardiente duelo mientras follábamos.
Y ahora lo besaba como un amante. El tipo de beso reservado solo para
quien ha estado muy dentro de ti, llenándote, conectando contigo en el más
íntimo e irrevocable de todos los niveles posibles.
Esto… es increíble…
Mi coño palpitaba mientras él me taladraba hasta el fondo, la
cama se hundía debajo de nosotros. Cada embestida me dejaba sin aire en
los pulmones. Cada beso me lo devolvía. Gemía. Jadeaba. Lloraba…
Debería llevar semanas haciendo esto.
La voz de la razón se había esfumado por completo. Esfumado
porque la había mandado a la mierda. Esfumado porque, a estas alturas, no
había forma de que ninguno de los dos pudiéramos volver atrás.
—Kane… —jadeé—. Yo…
Me levantó con brusquedad y cayó de espaldas sobre la cama,
tirando de mí. Ahora estaba a horcajadas sobre él. Cabalgándolo tan fuerte
y profundo como quisiera. Mi mente experimentaba un nuevo placer
mientras me deleitaba en el control, recorriendo con las manos su increíble
pecho duro como una roca…
Sentí una punzada de dolor. Un dolor creciente, en algún lugar
profundo de mi interior, donde sabía que él había llegado a lugares donde
nadie había llegado antes. Admitirlo fue duro, incluso humillante. Solo me
hizo machacarlo más fuerte.
—Eres… eres…
Me cogió los pechos con las manos y los levantó. Los sostuvo con
cariño durante un momento, antes de pasar las palmas de las manos por mis
pezones erectos. Estaban supersensibles y el contacto me produjo
escalofríos. Apreté los muslos en respuesta, abrazándome a sus costados
mientras me penetraba desde abajo.
—Tan… tan jodidamente…
Era completamente incapaz de articular una frase. Perdida en el
momento, hasta el punto de delirar. En lugar de decir nada más, cerré los
ojos y me dejé llevar, saboreando la sensación de sus manos sobre mi
cuerpo…
Y, con la misma rapidez, me dio la vuelta. Caí bruscamente sobre
mis manos y rodillas…
De repente, Kane me agarró por las caderas y volvió a penetrarme
desde atrás. Fue lo mejor del puto mundo.
—Ohhhhhhhhhhh…
Me tomó de una forma primitiva. Animal. Empleaba los brazos
tanto como las caderas y el culo, me atraía con esos grandes bíceps y tríceps
para recibir cada empujón que me agitaba el vientre. La sensación era aún
más profunda, si cabe. La penetración resultaba aún más placentera. Me
folló así durante un buen rato, haciéndome rebotar en la punta de su
magnífica polla mientras yo gruñía, gemía y murmuraba un torrente de
insultos ininteligibles.
Dios mío, esto es…
Grité cuando me rodeó la barbilla con ambas manos desde atrás.
Tiró, obligándome a levantar la cabeza. Apretándome contra él.
Dominándome por completo…
De repente, bruscamente, todo se detuvo.
El culo de Kane dejó de empujar. Su cuerpo dejó de moverse. Se
aferró a mi barbilla, con la verga enterrada en su totalidad dentro de mí.
¿Qué…?
Abrí los ojos de golpe. Me encontré mirando al frente…
…al otro extremo de la habitación, donde dos figuras me miraban
con gran decepción.
~ 12 ~

DALLAS

Maddox y Austin estaban de pie, medio en la sombra, medio a la luz de la


luna. Pero podía distinguir sus expresiones. También leía su lenguaje
corporal.
—Maldita sea, Kane.
Los cuatro nos quedamos congelados, mirándonos unos a otros.
Yo con la barbilla echada hacia atrás, a cuatro patas. Kane pegado a mi
cuerpo, aún enterrado dentro de mí desde atrás…
Los otros dos estaban sin camiseta, solo en calzoncillos.
Era como si el tiempo se hubiera detenido.
Durante varios segundos, nadie pronunció una sola palabra. Nadie
se movió, ni cambió de postura, ni siquiera respiró. Era casi como si nos
hubieran lanzado un hechizo, e incluso el más mínimo gesto podría
romperlo y hacer que todo se desvaneciera.
Entonces, por increíble que suene…
Kane empezó a bombear de nuevo.
Madre mía.
Mi cuerpo, caliente y ruborizado por nuestro coito, permaneció
completamente inmóvil. Me quedé justo donde estaba, mirando a Maddox y
a Austin. Disfrutaba del suave rebote producido por mi amante al darme por
detrás, mientras el resto de la habitación permanecía sumida en un extraño e
inquietante silencio.
La mirada de Maddox pasó de Kane a mí. El movimiento fue casi
imperceptible. Pero yo sabía que había ocurrido.
Dallas… espera…
Con el corazón acelerado, la sangre bombeando… le hice un
gesto para que se acercara.
¡Dallas!
Fue algo ínfimo. Un cruce de miradas, una inclinación de barbilla.
Pero se movió. Despacio, sin vacilar, se acercó al borde de la cama.
Detrás de mí, Kane seguía taladrándome. Me soltó la barbilla,
pero mantuvo una mano enredada en mi pelo. La otra cayó sobre mi cadera,
apretándola suavemente, guiándome atrás y adelante contra él.
Maddox llegó al borde de la cama, donde mi cara quedaba a la
altura de su entrepierna. Noté un bulto, que cubría la tela. Luchaba contra la
seda, mientras él estaba allí, paralizado.
Extendí una mano… y la introduje por el agujero frontal. Se cerró
sobre algo cálido y pesado. Gimió suavemente cuando lo saqué.
Santo cielo, Dallas…
Su polla era preciosa. Larga, recta y perfectamente recortada, la
acaricié arriba y abajo varias veces para sentirla. Con la mirada fija en sus
ojos azules como el hielo, me la acerqué despacio a la boca.
—Joder…
La voz de Maddox se quebró cuando la rodeé con los labios. Oí
una fuerte bocanada de aire. Un siseo de placer.
¡No puede ser que estés haciendo esto!
Una vez más, la voz de mi cabeza estaba equivocada. Lo estaba
haciendo. E iba a disfrutarlo, también.
Suspiré quedamente cuando Kane volvió a acelerar el ritmo.
Había reducido la velocidad de forma temporal, dándome tiempo para
adaptarme. Nos permitió a Maddox y a mí disfrutar de nuestro momento
juntos, del contacto visual, de la conexión física e incluso emocional a
medida que comprendía la gravedad de lo que estábamos a punto de hacer.
Te estás follando a dos tíos. Dos tíos a la vez.
La voz de mi cabeza tenía razón. Sin duda. Y fue tan increíble
como pensé que sería. Tan excitante y sensual y sí, incluso bonito, como
había fantaseado que podría ser… durante todos los años que me lo había
imaginado.
Kane apretó los nudillos y me agarró del cabello con fuerza. Me
sentía maravillosamente sucia. Me excitaba muchísimo cómo ejercía una
suave presión hacia delante, empujándome la cabeza hacia abajo, contra el
rabo de su amigo.
Dios, ¿habían hecho esto antes?
Me daba igual. En el fondo, siempre había querido probarlo.
Hasta tuve un novio que me sugirió la idea hace unos años y la usó varias
veces mientras me follaba como un loco.
Pero nunca lo había cumplido. Siempre se echaba atrás. Nuestra
búsqueda de un tercero había fracasado antes de empezar; no importaba
cuántas veces lo hiciéramos hablando de ello, todo quedó en una fantasía.
Pero ahora no…
No, desde luego que no. Ahora mismo estaba viviendo el
momento. Gozando de la travesura de ver a un amante taladrándome el
coño mientras otro me la metía hasta la garganta. Me estaban haciendo la
Torre Eiffel; la terminología era algo con lo que estaba extrañamente
familiarizada. Entre dos hombres increíblemente cachondos, con
increíbles…
Maddox se apartó de mi boca con un húmedo «plop». Levanté la
vista, preguntándome si iban a cambiar de posición…
…y me quedé mirando fijamente los ojos azules y verdes de
Austin.
¡AUSTIN!
¡No podía creerme que me hubiera olvidado de él! Pero con toda
la emoción…
Mi tercer sexi militar se había quitado los calzoncillos. Estaba de
pie a un lado, tocándose despacio un tronco liso y perfecto. Su polla era
morena, como su piel moca. Gruesa y pesada, tan espléndida como él.
Me moví hacia él. Maddox se apartó, haciéndole sitio.
—Santo cielo, Dallas…
Su voz era más grave de lo normal, casi ahogada por la lujuria.
Nos había estado mirando mientras follábamos. Esperando pacientemente
su turno. Y aquí estaba, complaciéndolo. Complaciendo a los tres…
—¿La quieres tumbada?
Había una conversación a mis espaldas; Kane y Maddox.
Hablando de mí. Decidiendo mi destino…
—No. Quiero follármela así.
Noté que la cama se movía bruscamente y, luego, las manos de
Maddox se posaron en mis caderas. Empujó su pene cubierto de saliva
contra mi brillante entrada y, con un solo empujón de cadera, me penetró
hasta el fondo.
—MMMmmMMMmmm…
Si intentaba formar una palabra, se perdía alrededor de Austin.
Tenía su pene en lo más profundo de la garganta, deslizándose con suavidad
sobre la parte posterior de mi lengua. Succionaba con fuerza, manteniendo
los labios apretados. Tratando de hacérselo bien.
Entonces, Maddox empezó a darme fuerte desde atrás y todo el
cuerpo se me quedó paralizado por el placer.
~ 13 ~

KANE

No era algo que hubiera planeado; simplemente, sucedió. Solo que había
ocurrido con tanta estridencia que llamó la atención de los demás, a pesar
de que eran casi las dos de la madrugada.
Y ahora también estaba pasando con ellos.
Había pensado en estar con ella miles de veces. Lo había
imaginado una y otra vez, tratando de adivinar cómo sería. A veces era
romántico, la coronación de un noviazgo o una conexión cuidadosamente
forjada. Pero otras…
Otras, había sido justo así. Crudo, instintivo y lleno de una lujuria
incontenible.
Ahora la observaba, estirada como una gata sobre mi cama.
Bocabajo, con el culo hacia arriba. Follándome su magnífico trasero, en
lentos y agitados círculos que hacían que los ojos de Maddox se pusieran en
blanco…
Dios, era tan excitante.
Bueno, no hay duda de que la deseabas, dijo sarcásticamente la
voz de mi cabeza. Ahora la tienes.
Sí, supongo que sí. Pero al igual que Maddox. Y Austin…
Los tres. Madre mía.
Sin duda, era una liada. No obstante, al mismo tiempo resolvía
muchos problemas. Por un lado, no tendría que ocultar lo que habíamos
hecho. Ya temía tener que despertarme y poner cara seria, sobre todo con
Dallas. Habría sido difícil, si no imposible, ocultárselo a los chicos.
Excluirlos.
Bueno, ahora están incluidos, eso seguro.
Se cambiaron de nuevo y Austin se colocó en el lugar de Maddox.
Esta vez la pusieron bocarriba. El exquisito cabello rubio de Dallas se
esparcía por la cama, tenía la cara sonrojada y los labios carnosos, húmedos
y apetecibles.
Me incliné para volver a besarlos. Para sentir su calor contra el
mío. Sus piernas se abrieron de par en par y Austin la penetró con facilidad
mientras ella gritaba en mi boca. Pero no paramos. Seguimos besándonos,
gimiendo y compartiendo aliento.
¿Cuántas veces la había imaginado en mi cuarto? Uf, ni siquiera
podría contarlas. Recordé todas las largas noches en vela sentado frente a
los monitores. Incontables horas cambiando continuamente de una vista a
otra, del exterior al interior, observándola con tanta atención como había
dedicado a buscar señales de problemas.
Te enamoraste de ella, Kane. Así de simple.
Sí, exactamente así. Viéndola a distancia, incluso siguiéndola al
trabajo de vez en cuando. Mirándola repartir cartas a miles de extraños, o
llegar a casa sola, a veces para acurrucarse con un libro o sentarse frente al
televisor. Y en otras ocasiones…
La habíamos pillado en momentos más íntimos. Dallas Winters
no era nada recatada y le gustaba pasearse semidesnuda por todas las
estancias de su hogar. Y yo había mirado. Lo había hecho sin pudor, sin
vergüenza. Lo había hecho a sabiendas de que era la hermana de Connor; a
diferencia de a los demás, no me molestaba.
Tal vez porque la veía como lo que era: una mujer. Una mujer
fuerte y guapa, tan sexi como independiente, y no iba a sentirme ni un poco
mal por la atracción que me despertaba.
—Mmmmm…
Se puso de lado, mientras Austin empezaba a clavársela.
Entonces, de repente, tenía su boca encima. Fue increíble mirar hacia abajo
y descubrir aquel hermoso rostro. Verla chupármela con avidez, deslizando
la lengua por la parte inferior de mi pene y guiñándome un ojo cuando por
fin me pilló.
Dios, es perfecta.
La sujeté con firmeza mientras Austin se la follaba, aprisionando
entre los dos su agitado cuerpo femenino. Su piel era como la leche fresca.
Suave y pura. Nos turnábamos para apartarle el pelo de la cara, ajustarle las
caderas o lo que fuera necesario para sentir el mayor placer posible.
Y también le estábamos dando placer a ella. Lo notaba en sus ojos
entrecerrados, vidriosos, llenos de desenfreno. Estaba disfrutando tanto
como nosotros, como si lo hubiera hecho antes o lo hubiera deseado toda su
vida. También había sido ella la que les hizo señas para que se acercaran…
Fue eterno o, al menos, me lo pareció. El viento aullaba y el cielo
seguía oscuro, y los tres continuábamos follándola, besándola, devorándola
con avidez. Dallas respondía de la misma manera, negándose a dejarse
doblegar. Nos devolvía todo lo que recibía, sin importar cuántas veces nos
moviéramos o cambiáramos de posición. Se revolvió contra nosotros
mientras la penetrábamos por turnos, llenándola de calor y humedad por
ambos extremos.
Maddox terminó primero, dejándose ir en su garganta caliente y
sedienta. Sentí una oleada de excitación al verla tragárselo, bombeando con
el puño, vaciándolo hasta la última gota. Por fin se derrumbó hacia atrás,
exhausta, con los labios formando una maldición y una sonrisa.
Austin siguió casi de inmediato, al límite tras lo que acabábamos
de presenciar. Eyaculó sobre su magnífico cuerpo, salpicándole los pechos
y el cuello. Por último, dejó que ella tomara el mando con su delicada
mano, dirigiendo el recorrido del semen y terminando por untárselo de
forma sensual en su areola rosada.
Dallas tenía una pierna sobre mi hombro y yo estaba metido hasta
los huevos en sus calientes pliegues. Estaba cerca. Los demás ya habían
acabado y se habían retirado, así que ahora tenía toda la atención. Me
dirigía una sonrisa perversa.
Dentro, gritaba en silencio.
Santo cielo, eso era todo lo que me hacía falta. Aquella cara
bonita mirándome. Esos ojos penetrantes, clavados en los míos. La idea de
estallar dentro de ella, de explotar por fin después de tanto tiempo…
—¡UNGHH!
Me introduje en su interior una última vez y reventé como un
volcán enfurecido. Los ojos azules de Dallas se abrieron de par en par al
notar mi jugo caliente salpicando su interior. Pintándole las paredes del
vientre, llenándola con un flujo constante y eufórico de mi esperma cálido y
espeso, mientras yo gruñía, gemía y alzaba la cara hacia el cielo.
—¡JODER!
Era el paraíso: un millón de explosiones brillantes, todas a la vez.
Todo un universo de deseo y necesidad… la culminación de la obsesión de
un año, por fin hecha realidad entre sus hermosas piernas abiertas.
Me desplomé sobre ella, corriéndome sin parar. Colmándola a
rebosar, hasta que sentí que nuestra humedad combinada nos empapaba a
los dos. Dallas respondió rodeándome con los brazos e imitando mis
movimientos. Entrelazó los dedos de ambas manos en mi nuca y me atrajo
hacia ella, susurrándome al oído todo el rato, con tanta pasión que creí que
me volvería loco de placer.
—Sí, cariño… —murmuró—. Lléname. Mmmmm… eso es,
amor. Justo así…
Ya me daba igual que los demás estuvieran mirando. Este
momento era nuestro y solo nuestro. Notaba cómo su cuerpo se retorcía
debajo de mí, cómo su coño se contraía alrededor de mi verga,
ordeñándome hasta dejarme seco.
—SÍ…
Se me nubló la vista, unos contornos grisáceos se cernían sobre
mí. Terminé en una nebulosa, vagamente consciente de que Dallas me
besaba la cara. Ahora me cogía con una mano cada mejilla. Me colocaba de
forma que pudiera mirarla a los ojos o, mejor dicho, que ella pudiera
observar directamente los míos.
—¿Estás bien? —Sonrió con picardía.
Asentí, entumecido.
—Eh… puede que te hayamos perdido por un momento.
De fondo, oía las risitas de Maddox y Austin. También habrían
podido aplaudir, me daba igual. Transcurrieron unos segundos turbios y fui
ligeramente consciente de que salían de la habitación.
—Ha sido la hostia —exhaló Dallas, flexionando los muslos a
ambos lados de mí. Me besó una vez más, ahora en la frente—. Pero creo
que ya puedo irme a dormir.
~ 14 ~

DALLAS

—¡Buenos días!
Entré directamente en la cocina, pasando por delante de Maddox
y Kane. Justo al lado de Austin, que ya estaba aclarando su tazón de los
cereales en el fregadero.
Fue como arrancar una tirita.
—Umm… Buenos días —respondió Maddox con voz débil. Me
di cuenta de que su lenguaje corporal ya había cambiado. Parecía rígido e
incómodo, sostenía una sartén. —¿Querías huevos?
—Si los vas a hacer tú, claro.
Cogí una taza y me serví un buen café. Café de verdad. Recién
molido y humeante, goteando de una cafetera que yo misma escogí.
—Podríamos hacer beicon también —vaciló Austin—. Si te
apetece.
—Estaría bien.
Me senté en la silla de siempre y me recogí el pelo. Los tres
miraban hacia abajo, ahora. Y hacia arriba. A cualquier parte, menos a mí.
—Entonces, ¿vamos a hablar de ello?
Las palabras sonaron con fuerza en la silenciosa estancia.
Parecían aún más incómodos, si es que era posible. Solo que ahora también
se estaban poniendo rojos.
—¿Hablar de qué?
—De lo de anoche —respondí, poniéndome de pie—. ¿Vosotros
lo habíais hecho antes?
Al levantarme, había decidido que esto podía suceder de dos
maneras: de la manera incómoda o de la muy incómoda. No estaba segura
de cuál era cuál, pero esta vía era más de mi estilo.
—Hacer…
—Hacerlo todos con una chica —interrumpí a Austin
bruscamente—. Ya sabéis, juntos.
La cocina no podría haberse quedado en mayor silencio si el
mundo se hubiera acabado ahí fuera. Durante un buen rato, nadie abrió la
boca.
—¿Alguna vez has hecho algo así tú? —preguntó Maddox.
—No —contesté, encogiéndome de hombros—. Pero mentiría si
dijera que no lo he deseado. Es obvio que era una fantasía para mí…
aunque siempre me imaginé que ocurriría con dos chicos antes que con tres.
Austin dejó escapar una risa corta y nerviosa.
—Parecías bastante contenta.
—Oye —dije—. Cuando la vida te da limones…
Maddox empezó a echar los huevos en la sartén.
—Anoche no estábamos haciendo limonada precisamente. —
Sonrió satisfecho.
—No —estuve de acuerdo—. Desde luego que no. Pero cuando la
vida te da tres compañeros de piso buenorros que duermen prácticamente
desnudos, y resulta que dos de ellos irrumpen en el dormitorio mientras te
estás follando al tercero…
Kane escupió sobre su taza, casi derramando el café por el suelo.
Joder, qué tonta había sido por ponerme nerviosa. En realidad, me lo estaba
pasando bien.
—Sí, bueno, Kane la cagó anoche —comentó Maddox, y echó
una mirada de advertencia a su amigo—. Rompió nuestra regla. La única.
Levanté una ceja.
—¿Y cuál es?
—Juramos no liarnos contigo —contestó—. Los tres.
—Oh —solté, con dificultades para reprimir una sonrisa.
Volvieron a mirarse, tal vez en busca de ayuda. Fue bastante
tierno.
—Cuando te viniste a vivir aquí —continuó Maddox—, todos
prometimos que ninguno ligaría contigo. Ni siquiera coquetearía. Desde
luego, que ninguno jamás…
—¿Me follaría? —pregunté, asomándome por encima de mi taza.
Los tres volvieron a quedarse en silencio. Austin tenía cara de
estar intentando tragarse una pelota de béisbol. Maddox estaba cocinando
de más los huevos. Kane, sin embargo, parecía estar disfrutando de la
conversación tanto como yo. Tal vez más.
—Debería haberte dejado en paz —añadió Maddox, buscando
una espátula—. Nunca debió…
—Técnicamente —interrumpió Kane—, mantuve mi promesa. —
Desvió la vista hacia mí—. Fue Dallas la que se metió en mi cama anoche.
Me miraron y asentí.
—Culpable.
—Aun así —intervino Austin—. No tenías que…
—Mirad —repliqué, volviendo a sentarme—. Sois soldados. De
la Armada. Hermanos de armas. Habéis aguantado un entrenamiento físico
agotador juntos, habéis combatido juntos. Hasta vivís juntos, compartís
casa, gastos… incluso tenéis objetivos comunes.
Austin me miró con los ojos entrecerrados. De repente, me di
cuenta de que se había olvidado del beicon.
—¿A dónde quieres llegar?
—Lo que quiero decir —continué—, es que lo compartís todo.
Mi énfasis en la última palabra cayó como un mazazo. El único
sonido en la cocina era el de los huevos chisporroteando.
Me encogí de hombros.
—Y ahora me habéis compartido a mí.
Era una locura lo lógico que había conseguido que sonara. Joder,
incluso parecía racional en mi propia cabeza. Por supuesto, había tenido
tiempo de pensarlo. Un rato muy divertido de recuerdos, mientras me
dormía mirando al techo.
—Aquí nadie ha hecho nada malo —afirmé, poniéndome de pie
—. De hecho, todo estuvo bastante… bien.
Me paseé por la cocina con mis pantaloncitos de pijama, que me
quedaban demasiado cortos. La camiseta que llevaba solo me cubría media
barriga. Dejaba ver mi plano vientre. El ombligo…
Claro que me lo había puesto a propósito antes de bajar. Pero eso
ellos no lo sabían.
O tal vez sí.
—Quizá lo de anoche fue algo puntual. —Me encogí de hombros
con indiferencia—. Nos desahogamos un poco. Lo pasamos bien.
Kane se aclaró la garganta de forma audible.
—¿Bien?
—Vale, MUY bien. —Sonreí—. Mejor de lo que una pobre
sintecho y tres militares deberían divertirse juntos. Aunque quizá… no. Tal
vez esta noche era justo lo que necesitábamos. Y puede que sea el principio
de algo más.
Me acerqué a Austin y tracé una lenta línea descendente por su
pecho con un dedo. La siguió con los ojos como si estuviera en trance.
—¿Algo… más? —preguntó Maddox.
Asentí y brinqué hacia donde estaba sentado Kane.
—Ajá —reconocí—. Algo guay. Algo divertido. Algo… que
quede entre nosotros.
Di media vuelta y me dejé caer en el regazo de Kane. Me rodeó
con los brazos de forma protectora. Me retorcí un poco, presionándole la
entrepierna con el culo unos segundos, antes de levantarme de nuevo.
—Tal vez incluso lo repitamos —propuse tentadoramente—. Es
decir, ya sabéis… si a vosotros os apetece.
Como era de esperar, todos clavaron los ojos en mí. Recorrieron
mis piernas, mi estómago. Siguieron cada uno de mis pasos. Se recrearon en
cada curva.
—Por supuesto, podríamos volver a imponer vuestro juramento.
Es otra opción.
Kane me quiso agarrar, pero me aparté. Me acerqué a Maddox. Le
pasé la mano por la camisa y noté cómo el corazón le latía con fuerza en lo
más profundo del pecho.
—No hace falta que contestéis ahora —dije con un guiño—.
Tomaos un tiempo, pensadlo. Pero al menos ya conocéis mi postura. Lo que
yo opino.
Mi «postura» la había decidido dos minutos después de
escabullirme de la habitación de Kane la noche anterior. Todavía notaba sus
manos en el cuerpo, me olía su aroma en la piel. ¡Los sentía en mi interior!
Abriéndome. Llenándome…
Aprisionándome entre ellos. Aplastándome…
No tenía ninguna duda. Lo quería repetir.
Con destreza, le arrebaté la sartén a Maddox. Tiré todo lo
quemado a la basura, cogí un trapo y empecé a limpiarla.
—Por ahora —añadí, dándoles la espalda—. Será mejor que me
dejéis hacer los huevos a mí.
~ 15 ~

DALLAS

Los chicos desaparecieron durante el resto del día, lo que me dio tiempo
para descansar y relajarme. También les permitió a ellos procesar lo que les
había dicho y pensar en cómo querían afrontar nuestro futuro, todos bajo el
mismo techo.
La buena noticia era que no parecía existir ningún tipo de celos, al
menos de cara al exterior. Lo que más me preocupaba era «gustarle» de
verdad a uno (o varios) y que, teniendo en cuenta lo que habíamos hecho,
ahora estuviera molesto con los demás. Lo último que quería era
interponerme entre ellos. Excepto físicamente, claro.
No obstante, ese era el riesgo cuando los hombres se acercaban
tanto. Estos tíos eran hermanos, en todos los sentidos de la palabra. Los
hermanos discutían todo el tiempo, y yo había jurado que no sería así. Si lo
que habíamos hecho iba a repetirse, era la única manera de manejarlo.
Me pondría a disposición de los tres… o de ninguno.
Otra cosa que me preocupaba era que me trataran diferente por
ser la hermana de Connor. Que, de alguna extraña manera, acostarse
conmigo fuera una traición a su memoria. Me alegré de que tampoco
pareciera ser el caso, porque sabía que lo querían tanto como yo. Lo
respetaban y admiraban lo suficiente como para dedicar el último año de
sus vidas a protegerme, incluso después de que él ya no estuviera.
¿Cómo no iba a amarlos por ello?
Amor.
Era una palabra tan rara, la desconocía por completo. Quise a mis
padres, por supuesto, y a mi hermano más que a ningún otro hombre en
toda mi vida. Pero, en cuanto a relaciones, nunca había sentido amor de
verdad. Había tenido novios de corta duración e incluso un par de historias
más largas. Desde follamigos hasta colegas con derecho a roce, pasando por
un afortunado con el que celebré un segundo aniversario.
Pero nunca fue amor.
Cavilaba sobre todo esto mientras me remojaba en la bañera con
patas de águila y observaba el vapor, que se dirigía poco a poco hacia el
techo. El agua estaba tan caliente que apenas podía soportarlo; un grado
más y me escaldaría la piel. Pero me gustaba así. Las duchas también.
Estos chicos querían mucho a Connor.
Distraídamente, acaricié el colgante de mi hermano con el pulgar.
Sí que le querían, y quizá por eso me sentía tan atraída por ellos, incluso
más allá de por lo obvio. Físicamente eran espectaculares, cada uno a su
manera. Maddox era el tío bueno rubio que siempre me había puesto, con
unos abdominales en los que podría perderme durante días. Austin era
moreno y guapo, tan pulcro y bello como puede serlo un hombre. Hasta
Kane, con su tamaño, su fuerza y su naturaleza oscura y melancólica, me
resultaba irresistiblemente cautivador. La forma en que había tomado el
control me había excitado como nunca, incluso antes de que los demás se
unieran.
Pero, más allá de lo externo, sentía que también se estaba
formando una conexión emocional. Un vínculo invisible entre ellos tres y
yo. Un parentesco especial… todo por Connor.
Suspiré, levanté una pierna y me pasé la esponja jabonosa por la
pantorrilla. Los chicos habían puesto mala cara al ver mi lufa colgando del
grifo de la ducha. Tuve que explicarles lo que era, sin dejar de reírme.
Son tan brutos, pensé para mis adentros. Tan toscos.
Quizá por eso me gustaban tanto. Había salido con hombres… y
había salido con hombres. Los tres con los que estaba viviendo ahora, sin
duda, pertenecían al segundo grupo. Como soldados eran refinados,
disciplinados, letales. Pero como hombres…
Como hombres eran enormes y preciosos trozos de arcilla, listos
para que mis manos ansiosas los moldearan.
Sí, claro.
Volví a partirme de risa en la bañera y me pregunté si me estaba
volviendo loca. Tal vez, me dije. Desde luego, era posible.
Por otra parte, cuando se había perdido tanto como yo, en tan
poco tiempo… Había que aprovechar cualquier placer.
Y, oh, yo planeaba disfrutar de mis placeres.
Poco a poco mis pensamientos volvieron a la noche anterior. Lo
que habíamos hecho los cuatro juntos había sido indescriptiblemente
excitante. Perduraría en mi memoria para siempre: las sombras azul pálido,
el aullido de la tormenta de arena en el exterior…
Tres militares musculosos, follándote hasta dejarte sin sentido…
Sí, eso también. Por supuesto.
Todo había sido tan sucio, tan pícaro, tan inesperado. Y también
guarro. Pero de una manera muy poderosa.
Te adoraron. Te trataron como a una diosa.
Lo hicieron, de veras. Los tres habían sido dominantes pero
cariñosos. Fuertes e insistentes, pero delicados donde importaba. Me habían
cuidado. Se aseguraron de que estuviera bien durante todo nuestro sucio
espectáculo y me lo preguntaron al menos cuatro veces, que yo contara.
Solté la esponja y dejé que mi mano se deslizara bajo el agua. Se
hundió en mi vientre, con la respiración entrecortada, y se adentró en el
tierno valle entre los muslos.
Te los follaste a los tres.
Sí, lo hice. Y fue increíble.
Uno a uno. De dos en dos…
Cerré los ojos, imaginándome qué aspecto debía de tener. Deseé
que hubiera habido un espejo en la habitación de Kane, para poder verme
retorciéndome entre ellos. Necesitaba visualizar mejor sus cuerpos
apretando y bombeando. Necesitaba contemplarme a mí misma penetrada
por ambos lados.
Arrastré desganadamente el dedo corazón por mi cálida raja. Sí,
puede que fuera guarro. Pero en el mejor de los sentidos.
—Mmmmm…
Mi pausado ronroneo de satisfacción resonó en las paredes de
azulejo blanco. Seguí explorándome, profundizando. La respiración se me
aceleraba conforme el extremo del dedo chocaba tortuosamente contra mi
dolorido clítoris…
¡BIP BIP!
Me incorporé al oír el lejano sonido de la puerta principal. El
doble pitido indicaba que alguien había entrado tras introducir
correctamente el código de la alarma.
—¿Dallas?
—¡Aquí arriba!
La voz de Maddox vino precedida por sus pesadas pisadas en la
escalera. O pisotones. O lo que fueran.
—Oh, ahí estás.
Había dejado la puerta del baño abierta a propósito. No había
necesidad de tener vergüenza, en realidad. Ya no. No después de anoche.
Joder, hasta andar por casa en ropa interior había vuelto al orden
del día.
Estaba de espaldas a la puerta cuando sentí su presencia. Incliné
el cuello sobre el filo de la bañera y le sonreí al revés.
—¿Qué pasa?
Se detuvo, incómodo, tratando de no mirar. Luego se dio cuenta
de que podía y noté que sus ojos empezaron a desviarse.
—Eh… te necesitamos abajo. Para hablar de unas cosas.
Mierda.
—¿Es por lo de anoche? —pregunté, vacilante. Esperaba con toda
mi alma que no hubieran cambiado de opinión.
Maddox se quedó pensativo un momento, luego su expresión
cambió por completo.
—Ah, ¡no, no! No es sobre eso —se apresuró a decir—.
Queríamos hablar contigo de otros asuntos.
—Otros asuntos…
—Sí —respondió, acercándose. Joder, qué guapo estaba. Y olía
bien. Pantalones de camuflaje y una camiseta blanca. Limpio. Sencillo.
Atractivo.
—Hemos encontrado algo —explicó, con voz repentinamente
excitada.
Abrí los ojos de par en par. Cogí una toalla.
—Es sobre Connor.
~ 16 ~

DALLAS

Todavía tenía el pelo mojado cuando me aproximé a la mesa de la cocina,


sin más ropa que un suave albornoz de rizo. Poco a poco, iba recuperando
posesiones. Un buen albornoz era otro de mis caprichos.
—Ummm, ¿quieres cambiarte o algo? —sugirió Austin. Me echó
una ojeada rápida, de arriba abajo—. Podemos esperar si…
—Nah. Estoy bien.
Los tres estaban sentados alrededor de un ordenador portátil.
Maddox tenía algunos papeles delante. Y fotografías.
—Bueno —arrancó—, ya sabes que hemos estado tratando de
averiguar quién destrozó tu casa.
Asentí y me eché hacia delante. Fuera estaba oscuro, ya era tarde.
Aun así, oía cómo se hacía el café. También lo olía.
Buenos chicos.
—Después de todo el follón —continuó—, intentamos encontrar
cabos sueltos en todos los sitios obvios. Informes policiales. Ambulancias,
bomberos. Austin revisó los historiales del hospital en busca de cualquier
indicio de que hubieran llevado a algún herido, tal vez con un par de
agujeros de bala o algo así. —Negó con la cabeza—. Pero no, nos
quedamos bloqueados.
—Lástima —coincidí.
—Sí. Era una apuesta arriesgada, pero teníamos que comprobarlo.
Estos tíos eran profesionales. Tenían chalecos y armaduras antibalas,
seguramente lo último en fibra de carbono flexible.
No tenía ni idea de lo que significaba todo aquello, pero pillé lo
esencial. Asentí para que continuara.
—Así que volvimos a repasar todas las grabaciones de seguridad
—prosiguió Austin, tomando el relevo—. Lo que pasó dentro de casa
obviamente no lo vimos, porque cortaron la luz al entrar. Pero mira esto.
Pulsó unas teclas y aparecieron una serie de fotos fijas. Reconocí
una vista exterior de mi casa. Una escena en la calle. De noche.
—Estaba demasiado oscuro para ver gran cosa, pero conseguimos
una matrícula parcial. —Señaló un todoterreno muy grande y muy negro—.
Juuuuusto… aquí.
Entrecerré los ojos con fuerza. Apenas se diferenciaba nada.
—No puedo…
Austin presionó otra tecla y todo se iluminó. Ahora sí lograba
distinguir los bordes oscuros de la inscripción. Números.
—Es una placa militar —aclaró Maddox—. Eran vehículos del
Ejército.
Sentí un lento y desagradable cosquilleo en la boca del estómago.
Mi cara también debió de tornarse sombría.
—Entonces… ¿a Connor lo mataron los suyos?
—Bueno, no nos precipitemos —se apresuró a decir Austin—. Lo
único que sabemos con certeza es que los vehículos eran militares. De la
base de Nellis. Extendió unas cuantas fotografías. Todoterrenos negros,
exactamente iguales a los de las imágenes de las cámaras.
Seguía confusa.
—Kane tiene contactos que nos sacaron los listados de vehículos
—dijo Maddox—. Ninguno de estos quedó registrado esa noche. Lo que
significa que se borraron los archivos, o que nunca se guardaron.
—Lo que implica que alguien está encubriendo algo —solté con
frialdad.
—Sí.
Se quedaron callados un segundo, mientras Kane me servía una
taza de café. Me tendió el azúcar y la leche y me dio una cucharita.
—¿Te he dicho alguna vez que eres el mejor? —bromeé.
—No —respondió, volviendo a acomodarse en su silla—. Pero lo
daba por hecho.
Austin lo golpeó con una pierna. Maddox esbozó una mueca antes
de continuar.
—Y ahora hablemos de Connor…
Me detuve a medio sorbo. Me incorporé más.
—Los enseres personales de tu hermano se esfumaron casi de
inmediato tras su desaparición —añadió Maddox—. Su teléfono, su portátil,
hasta su coche.
—¿Se llevaron su coche? —pregunté, incrédula—. ¿Aquella
antigualla?
—Como su pariente más cercano, ¿nunca te preguntaste qué le
había pasado?
Despacio, negué con la cabeza.
—Supuse que lo habían desguazado. Quiero decir, era muy viejo.
—No era viejo —aclaró Kane mientras se cruzaba de brazos—.
Era un clásico. Esos no van al desguace.
Mierda, parecía casi ofendido. Volví a encogerme de hombros.
—De todas formas, por fin han llegado los extractos telefónicos
de tu hermano —comentó Austin—. Otros contactos de Kane pudieron
recuperar una copia digital, guardada horas antes… —Se detuvo justo a
tiempo—. Antes del último uso del que se tiene constancia.
Sacó un smartphone y lo encendió. Se iluminó y me quedé
boquiabierta al reconocer el fondo de pantalla.
Era una foto mía y de Connor.
—¿Es… es su teléfono?
—Sí y no —explicó Austin—. Es una copia de su teléfono,
grabada en una tarjeta SIM, instalada en el mismo modelo básico. —Lo
deslizó en mi dirección—. Contiene toda su información, todos sus
contactos, todos sus mensajes de texto. También todas sus fotos, por si las
quieres.
Tenía un nudo en la garganta. No cabía duda de que iba a llorar.
—¿P-por qué me lo dais?
—Porque dijiste que querías formar parte de esto, Dallas. Dijiste
que querías ayudarnos.
Tragué con fuerza y las lágrimas cayeron. De alguna manera,
ahora estaba bien. No era en absoluto como la primera vez, que intenté no
mostrar debilidad ante tres cuasi desconocidos.
No, ahora las cosas eran muy, pero que muy diferentes entre
nosotros.
—Tómate tu tiempo —me dijo Maddox—, y repasa todo lo que
hay en el dispositivo. —Alargó una mano y la cerró suavemente sobre la
mía—. Aunque sea difícil, Dallas. Aunque duela. Nadie conocía a Connor
como tú, ni siquiera nosotros. Tal vez encuentres algo que se nos haya
pasado. Algo importante.
Lo miré con ojos vidriosos. Ya no había pena en su expresión, ni
condescendencia. Solo simpatía. Simpatía y amor.
—D-de acuerdo —respondí.
Me concedieron un momento para recuperarme. Kane me ofreció
un pañuelo. Aproveché ambas cosas, agradecida, y me soné la nariz.
—Por último, debes saber esto —afirmó Austin—. Según el
móvil de tu hermano, ha estado varias veces en el desierto. En medio del
desierto, donde no hay nada que ver ni nadie alrededor.
Alcé la mirada con curiosidad.
—Y eso no es todo —siguió—. Estuvo usando una aplicación
militar para rastrear códigos de transpondedores. Y, de algún modo, un par
de ellos están conectados a dos de estos tres todoterrenos. —Volvió a
golpear las fotografías—. Estos vehículos no suelen llevarlos, a no ser que
alguien como Connor los haya puesto ahí.
Mi café me observaba con resentimiento, totalmente intacto.
Nada de aquello tenía sentido.
—Estos coches también han estado en el desierto —intervino
Maddox—. Y pararon justo en el mismo sitio que tu hermano, en las
mismas fechas. Exactamente a las mismas horas.
Otro espacio de silencio se apoderó de la cocina. De repente,
fruncí las cejas.
—Entonces, ¿qué estás diciendo? —solté furiosa—. ¿Que mi
hermano colaboraba con esos tipos?
Maddox parecía decepcionado de veras.
—Por supuesto que no —dejó claro—. Todos sabemos que
Connor nunca haría algo así.
Los demás se agitaron, asintiendo con fervor. Me sentí imbécil.
—¿Entonces qué?
—Todo lo contrario —intervino Austin—. Que, fuera lo que fuera
lo que estaba pasando allí, tu hermano lo estaba siguiendo. Reuniendo
información por su cuenta. Tal vez incluso preparándose para entregarla.
—Independientemente de lo que fuera —agregó Maddox—,
creemos que Connor estaba intentando pararlo.
Sentí cómo un escalofrío me recorría el cuerpo. Las manos
empezaron a temblarme.
—Y tal vez —añadió Kane siniestramente—, eso fue lo que
provocó que lo mataran.
~ 17 ~

DALLAS

Esa noche me dejaron sola, relativamente. Nos quedamos en casa,


devoramos con ganas comida italiana para llevar y es probable que
comiéramos más de la cuenta. Luego nos quedamos un rato frente al
televisor, hasta que, uno a uno, mis magníficos compañeros militares se
marcharon a dormir.
Vaya, pues no era lo que esperaba.
Permanecí sentada en el sofá, revisando el contenido del teléfono
de Connor. Miré cada foto media docena de veces, y se remontaban a hace
casi dos años y más allá.
Cada imagen suya sonriendo me dolía en el corazón.
Mierda, Connor.
Durante la primera hora, más o menos, me enfadé con él. Era
obvio que había subestimado a quienes lo mataron. Como hombre, como
soldado, como puto SEAL de la Armada, por cojones, conocía mejor que
cualquiera la fuerza y el valor de un equipo. Lo odiaba por exponerse solo,
solito, en un desierto perdido de la mano de Dios.
¿Por qué mi hermano tenía que ser el justiciero? ¿No podía haber
dejado las cosas como estaban?
Era desquiciante. Me quedé mirando las últimas fotos que
teníamos juntos, de dos veranos atrás, cuando volvió a casa de permiso.
Habíamos hecho paracaidismo, algo en lo que me había iniciado en cuanto
tuve edad para ello. Allí estábamos, sonriendo, felices. Todavía con los
paracaídas y los arneses. Levantando los pulgares…
Mi hermano…
Mi único hermano.
Las lágrimas brotaron y esta vez no las corté. No fue culpa suya,
decidí al fin. Era de quienquiera que fuese el villano que, en última
instancia, le había hecho esto.
Y, fuera quien fuera, le esperaba un infierno.
Connor…
Me sorbí los mocos y limpié las lágrimas que habían caído sobre
la pantalla del teléfono. En la foto en la que me había quedado, mi hermano
aún parecía fuerte, feliz, seguro. Totalmente indestructible.
Ojalá hubiese sido cierto.
No, decidí entonces. Si estaba metido en algo, no tenía sentido
que no hubiera ido a pedir ayuda. Habría hecho algo. Habría tomado algún
tipo de precaución para que no lo atraparan, sobre todo si se dirigía hacia
Dios sabe dónde para pillar o desenmascarar a la gente que lo mató.
Lo mató. Ya está. Por fin lo has dicho.
Fue difícil reconocerlo, había evitado pronunciarlo en voz alta por
miedo a lo que pudiera significar. Matar significaba que alguien había
encontrado por fin su talón de Aquiles. Que el legado de fuerza e
invencibilidad de mi hermano mayor se había visto finalmente empañado
por la sombra de algo —o alguien— que había acabado con lo mejor de él.
Matar significaba que había que vengar a Connor.
Lloré un poco más, haciéndome un ovillo. Me llevé las piernas al
pecho y tiré el móvil a la otra punta del sofá como si quemara.
—Ey…
Levanté la cabeza y allí estaba Maddox, arrodillado ante el sofá.
De alguna manera, había cruzado la habitación sin que me diera cuenta.
—¿Estás bien?
Me puso una mano en el hombro y, una vez más, no lo vi venir.
Retrocedí una fracción de segundo, hasta que me di cuenta de lo que era.
—¿Qué eres, un ninja? —sollocé.
Maddox se limitó a encogerse de hombros en la oscuridad.
—Podría ser.
Su sonrisa bobalicona era perfecta para romper el hielo. Me hizo
reír. Me impulsó a echarle los brazos encima y abrazarlo, cuando vi que ya
había abierto los suyos.
—Venga —dijo—. Vamos.
Me cogió de la mano y entrelazó sus dedos con los míos. El gesto
era simple, pero tremendamente tierno. Significaba algo de lo que no me
había dado cuenta.
Caminamos por el pasillo en dirección a mi dormitorio. Sin
embargo, antes de llegar, me atrajo hacia él.
—Shhh… —susurró—. Se supone que esta noche te íbamos a
dejar tranquila.
Lo seguí adentro, casi de puntillas, mientras él cerraba la puerta.
Era como si volviéramos a ser niños, escabulléndonos por la casa durante
una fiesta de pijamas a medianoche.
—¿Y eso? —pregunté.
Maddox se encogió de hombros.
—Imagino que porque no queríamos agobiarte.
El corazón se me ablandó.
—Ay. Eso es…
—¿Una estupidez?
—No, en realidad es bastante bonito.
Un minuto más tarde estábamos bajo las mantas, piel con piel.
Maddox me abrazaba desde atrás, me hacía sentir segura, cálida y
protegida, toda envuelta en sus fuertes brazos.
—No eres la única que quería a Connor —me aseguró con un
suspiro. Mi mirada se volvió más y más intensa mientras me apretaba
contra él—. Todos lo hacíamos.
~ 18 ~

DALLAS

—Y yo te digo que a tu hermano le encantaba el sushi.


Austin levantó la barra por encima de su cabeza tres veces más,
sus hombros chillaban por el esfuerzo. Me di cuenta de que las últimas
repeticiones habían sido dolorosas. Pero le valía la pena. Sus deltoides y sus
trapecios parecían hinchados y musculosos.
—Connor odiaba el pescado —reiteré—. Solía meterlo en una
bolsa y esconderlo debajo de la mesa cada vez que mi madre lo preparaba.
Austin se echó a reír.
—Y tú te chivabas, ¿verdad?
—Por supuesto. Si no, ¿para qué están las hermanas pequeñas?
—Soplona.
—Vete a la mierda.
Era muy divertido hablar de la vida de mi hermano con las
personas que más tiempo habían pasado con él. No importaba cuántas
conversaciones mantuviéramos sobre Connor, siempre me parecía que me
enteraba de algo nuevo.
—Es imposible que comiera sushi —dije—. Quizá fue sin querer,
o…
—¿Quieres que apostemos?
Sonreí con satisfacción e hice otra sentadilla, dejando que las
pesas colgaran libremente de mis brazos. Ya me ardían los muslos. El dolor
me hacía sentir bien.
—¿Qué nos jugamos? —pregunté socarronamente.
—Tú dirás.
Hmmm, reflexioné en silencio. Esto se está poniendo interesante.
Gruñí durante el resto de mi serie y luego me levanté con una
larga exhalación. Me agarré un pie y lo pegué al culo, estirando los
cuádriceps de uno en uno.
—Te apuesto lo que quieras a que Connor no comió pescado
crudo —lo reté.
Austin dejó de doblar el brazo hasta el hombro por un momento.
Enarcó una ceja.
—¿Lo que quiera?
Puse los ojos en blanco.
—Claro.
Extendió la mano. Suspiré y se la estreché. Era imposible no
quedarse hipnotizada admirando la parte superior de su cuerpo. Cada
centímetro de piel desnuda que asomaba por la camiseta de tirantes estaba
cubierto por una fina capa de sudor.
—Recuerda. —Me guiñó un ojo—. Me has dicho…
—¡Eh!
Ambos nos giramos y descubrimos a Maddox colgado en la
puerta. Parecía apurado. Con prisas.
Sus ojos estaban clavados en Austin.
—Ehm… tenemos que movernos.
Austin se acercó sin vacilar, sin detenerse siquiera a coger una
toalla. Era increíble lo rápido que podían actuar los SEAL cuando querían.
Había visto a Connor hacerlo, y siempre me recordaba que aquellos
hombres no eran simples soldados.
Eran soldados de élite.
Recogí deprisa y me dirigí a la cocina. Cuando llegué, ya estaban
los tres vestidos y casi listos.
—¿Pero se puede saber qué está pasando? —pregunté con
firmeza.
Maddox y Kane se echaron una mirada de preocupación. Austin
estaba ocupado atándose las botas.
—¿Sabes esos transpondedores de los que hablamos? —explicó
Maddox.
—¿Sí?
—Uno de ellos se ha movido.
Subí volando las escaleras, de dos en dos. Volví en un instante,
con unos pantalones oscuros y una sudadera negra con capucha.
—¿Qué te crees que estás haciendo? —preguntó Austin.
—Acompañaros.
Me calcé mis botas, que no eran muy diferentes a las suyas.
Connor me las había dado hacía años.
—Sí… ni de coña.
—¿Ah, no? —gruñí—. ¿Y por qué no?
—Porque es demasiado peligroso —aclaró Maddox—. Vamos a
por la gente que te persigue, Dallas. Hemos jurado protegerte, no entregarte
directamente a ellos.
—¡Pero ni siquiera sabéis si me quieren a mí! —grité—. Por lo
que sabemos, querían algo de Connor. Algo que todavía está en casa.
—No hay tiempo para discusiones —dijo Austin con firmeza—.
Te quedas.
Vestían ropa de camuflaje marrón, con chalecos y cinturones.
Armas en las caderas. Y rifles colgados, los tres.
Resultaba un poco excitante.
¡Dallas!
—¿Así que me vais a dejar aquí sola? —pregunté con timidez—.
¿Del todo?
Maddox parecía preparado para mi queja. Revisó el seguro y me
pasó una Glock, una de las tres pistolas que habían comprado para sustituir
la que perdí en el incendio.
—Activa la alarma cuando salgamos —me ordenó—. No salgas
de casa, no hagas nada excepto esperar sentada a que te llamemos.
Me mofé de él.
—¿Crees que eso servirá de algo si vienen a por mí?
—No van a venir a por ti. Llevas aquí semanas y nadie ha…
—Sí, pero ahora habéis estado indagando —le indiqué—. Lo
habéis dicho vosotros mismos, estos tipos son profesionales. Tienen
vínculos militares, los mismos que vosotros. ¿Y sabéis lo que pasa cuando
escarbas?
Maddox miró su cronógrafo y luego bajó los hombros,
exasperado.
—¿Qué?
—Dejas huellas.
Miré a Kane. Ya estaba poniendo una mueca.
—Sabéis que seguramente tiene razón.
Maddox sacudió la cabeza con desagrado. Parecía enfadado.
—No podemos protegerla si no estamos cerca —continuó Kane
—. Y no podemos permitirnos perder a nadie. Tal vez sea mejor…
—VALE.
Maddox espetó la palabra y salió precipitadamente de la estancia.
Cuando regresó, me arrojó algo: un chaleco táctico.
—Póntelo —ladró—. Luego súbete atrás, siéntate muy abajo y
mantén la cabeza agachada todo el tiempo. ¿Entendido?
Introduje los brazos por los agujeros y tiré del fino material para
ajustarlo a mi cuerpo.
—Sí, señor —dije, haciendo un saludo militar.
~ 19 ~

DALLAS

Era un poco surrealista ir en la parte trasera de la furgoneta. Casi como estar


en una película. Estaba rodeada de soldados blindados y bien armados,
siguiendo una señal GPS que se movía a toda velocidad en plena noche.
—Han vuelto a girar —dijo Austin, que guiaba a Maddox por las
calles oscuras—. Hacia el oeste.
Me quedé mirando por la ventanilla mientras pasábamos Rock
Springs, directos a Monterrey. Era emocionante. En el sentido de que
encontraríamos respuestas, sí. Pero también era fascinante formar parte de
todo aquello.
Son un equipo, no dejaba de recordarme. Vas a tener que apartarte
de su camino.
Era un buen consejo, excepto por el hecho de que yo también
participaba en esto. Los hombres de negro, si es que eran ellos a quienes
estábamos persiguiendo, tenían que ver con la muerte de mi hermano. Me
habían privado de Connor; sin hogar, sin dinero y sin nada que perder.
Y había algo muy temerario, muy peligroso en ello.
—Ve más despacio —pidió Austin—. Han parado.
Nos encontrábamos en Summerlin: una comunidad
magistralmente diseñada con un eje central circular. Un antiguo ex me
había traído aquí unas cuantas veces. El centro siempre estaba limpio,
luminoso y bullicioso, pero de una manera muy diferente a las avenidas
principales de Las Vegas. Menos hortera. Más real.
—Recordad —advirtió Maddox—. Esto podría quedarse en nada.
Ese todoterreno pertenece al parque móvil de la base de Nellis. Es posible
que lo hayan cogido un par de pilotos esta noche para salir de marcha
—Sí. —Austin se mostró de acuerdo—. Salvo que este vehículo
en particular no deja de ir a los mismos tres sitios, una y otra vez. Y este es
uno de ellos.
Un clic a mi lado me avisó de que Kane había cargado una bala.
Su habitual conducta despreocupada había quedado sustituida por una
mucho más fría. Estaba callado pero vigilante. Totalmente consciente y
alerta.
—Ahí.
Avanzábamos por una serie de callejones cuando el camión frenó
de repente. Maddox apagó las luces mientras nos deteníamos. Todo estaba
en silencio. Se podría oír cómo caía un alfiler, literalmente.
Más adelante, había dos vehículos aparcados, uno enfrente de
otro. Reconocí al instante uno de los enormes todoterrenos negros de las
fotografías. El otro era un Jeep color arena.
—¿Listos?
Austin y Kane asintieron. Al parecer, habían abierto las puertas
antes de que se apagara el motor, y ahora bajaban en un silencio quirúrgico.
Maddox permaneció al volante, con la ventanilla abierta, escuchando.
—¿Qué están…?
Me hizo callar poniéndome un dedo sobre los labios.
Esforzándome por ver, me pasé al asiento delantero, desafiante.
—¡Tenías que quedarte atrás! —siseó.
Negué con la cabeza.
—Una mierda.
Noté que me empujaba hacia abajo la cabeza. Siguió haciéndolo
hasta que mis ojos quedaron por debajo del nivel del salpicadero.
—Oigo voces —susurré.
Asintió.
—¿Qué dicen?
—¿No entiendes el concepto de estar callada?
Me sonrojé como una tonta, pero Maddox ni siquiera me estaba
mirando. Estaba totalmente concentrado en Kane y Austin, que ahora
saltaban entre los coches aparcados y avanzaban por la avenida.
Era fascinante observarlo. Se desplazaban con movimientos bien
ensayados, con una precisión militar. Ambos tenían el rifle desenfundado.
Ambos estaban preparados para cualquier cosa.
Transcurrieron unos largos y angustiosos segundos. Al final ya no
distinguíamos nada. Maddox y yo nos quedamos sentados, aguzando el
oído, intentando concentrarnos en los lejanos sonidos de voces, incluso de
carcajadas.
De repente, las risas cesaron.
—Dallas…
El susurro de Maddox se vio interrumpido por una ráfaga de
disparos. Todo pareció suceder a la vez. Los cañones de los rifles emitían
destellos. Había hombres corriendo, gritando. Chillando.
—¡AL SUELO!
La furgoneta arrancó y se lanzó hacia delante, tirándome contra el
asiento. Ocupé el puesto del copiloto, ya que Maddox estaba demasiado
liado para discutir mientras pisaba el acelerador y se precipitaba hacia la
acción.
—HE DICHO…
Tres hombres salieron corriendo hacia un callejón, disparando a
su paso. Pude distinguir a Kane devolviendo los tiros desde una posición
fija. Austin avanzaba para flanquearlos, atacando mientras huía hacia el
lateral de un edificio de ladrillos.
¡ÑIIIIIIIIIIIII!
Los dos vehículos se alejaron a toda pastilla. Ambos en
direcciones diferentes. El todoterreno pasó junto a nosotros y Maddox
intercambió tiros con él desde la ventanilla.
—¡Ve tras ellos! —le gritó Austin a Maddox.
Un momento más tarde, él y Kane habían desaparecido, corriendo
como locos por el oscuro callejón. Maddox me miró de reojo y luego
arrancó en la dirección que había tomado el Jeep.
—Ponte el cinturón —gruñó.
—Pero…
—¡YA!
~ 20 ~

MADDOX

El Jeep nos llevaba una ventaja considerable. Quien lo conducía era rápido
y decidido, y la diferencia de tamaño entre nuestros vehículos le facilitaba
aún más serpentear entre el tráfico.
—¡Se han desviado a la izquierda!
Entrecerré los ojos con fuerza mientras agarraba el volante. Tener
un segundo par de ojos siempre era buena cosa. Pero que ese segundo par
de ojos sea Dallas Winters…
Eres gilipollas, Maddox.
Lo oía en mi cabeza tan claro como el agua. La voz de Connor.
¡Se suponía que debías protegerla, no meterla en este lío!
—Me cago en todo —escupí con rabia—. ¡Nunca nos contaste
nada! Te has metido en algo que deberías haber…
—¿Qué? —Dallas me miraba como si tuviera cinco cabezas.
—Nada.
—¿Con quién coño estás hablando?
—Con nadie —gruñí—. Estaba…
¡PUM! ¡PUM!
Me agaché de manera instintiva al oír los disparos. Dallas miraba
al frente, con la boca abierta y los ojos fijos.
—¡AL SUELO!
Tiré del volante con fuerza, girando a izquierda y derecha.
Intentando convertirnos en un blanco más difícil, mientras con la mano
izquierda…
¡PUM! ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM!
La pistola giraba en mi mano con cada golpe y cada sacudida. Era
imposible apuntar y esquivar. Cualquier ángulo era malo.
¡PUM! ¡PUM!
Divisé el destello de las chispas contra el parachoques trasero del
Jeep, pero no mucho más. Más adelante, alcancé a distinguir al tío del
asiento del copiloto recargando munición…
—¡Déjame conducir!
Dallas ya tenía una pierna encima de la mía. Se agarró al asa de la
ventanilla del conductor y la usó para acercarse a mí.
—¿ESTÁS MAL DE LA CABE…?
—¡Déjame conducir y así puedes disparar! —gritó.
Seguía firme en mi asiento. Ella ya estaba casi completamente
sentada en mi regazo.
—Pero…
—¡Quítate de una puta vez!
Fue un acto reflejo, como si obedeciera una orden. Joder, lo había
dicho con suficiente contundencia.
—Dallas…
—NO HAY TIEMPO —me gritó. Apretó un botón y la ventanilla
del pasajero bajó—. ¡Vamos!
Por increíble que parezca, le hice caso. Tiré del receptor de mi
SCAR y saqué todo el torso por la ventanilla para apoyarme.
—¡Mantenlo quieto un segundo! —grité—. Dame un buen…
La primera bala me atravesó el hombro justo por encima de la
clavícula. La segunda y la tercera me rozaron, desgarrando dos franjas en la
chaqueta a lo largo de la parte superior del brazo.
Sentí al instante cómo se me humedecían las heridas. Aquello
solo provocó que rechinara los dientes con más fuerza mientras apretaba el
gatillo…
¡PUM-PUM-PUM-PUM!
El pasajero retrocedió bruscamente por el impacto, sus brazos
salieron disparados hacia delante y soltó el arma. Salió despedida por la
acera, mientras él quedaba inerte contra el lateral del Jeep.
Casi de inmediato, alguien arrastró a mi objetivo de vuelta al
interior.
—¡Le has dado!
Volvimos a girar, esta vez tan bruscamente que me pensaba que el
Jeep volcaría. No lo hizo, pero estuvo muy cerca. Y, de alguna manera,
Dallas ganó terreno en la curva.
¿Es piloto profesional o qué…?
El Jeep viró de nuevo, esta vez hacia la calle principal. El centro
del pueblo formaba un gran círculo, cuyos radios terminaban en un enorme
eje. Había gente por todas partes, paseando por la acera. Vi grupos
numerosos, de viejos y jóvenes. Parejas cogidas de la mano…
Bajé el rifle.
—¡Ponte a su lado! —grité.
Me escocía el brazo. Pero más el orgullo. El rojo había aflorado a
través de la camisa y me goteaba hacia el codo.
—¿TE HAN DADO?
Dallas tenía la cara muy blanca, llena de preocupación. No dejaba
de echarme miradas al hombro herido.
—No es nada. Estoy bien —le aseguré. —Oye, no pierdas de
vista la carretera…
Le di un tirón al volante… justo a tiempo para evitar chocar con
una furgoneta. Dallas echó la cabeza hacia delante, con los hombros
encorvados. Noté que la furgoneta se hundía debajo de nosotros cuando
pisó el acelerador a fondo.
Dios, esto es una maldita locura…
Era una locura. Las calles estaban llenas de coches; las aceras,
repletas de gente. Oía el chirrido de los neumáticos del Jeep al pasar por la
rotonda del centro de la ciudad, casi levantándose sobre dos ruedas a
medida que nos acercábamos.
La expresión de Dallas era de sombría determinación. Se
deslizaba entre los huecos del tráfico. Iba de un carril a otro. Cada
movimiento que hacía estaba a unos centímetros de provocar un desastre. A
estas alturas tenía miedo incluso de hablarle, por no desconcentrarla.
Mierda, estamos avanzando.
Al acercarnos al lateral del Jeep, nuestros parachoques se
aproximaron peligrosamente. Desenfundé el arma. Ni siquiera sabía qué iba
a hacer con ella…
Dallas se apartó el pelo de la cara con un movimiento rápido. Su
expresión era colérica. La vi curvar los labios en un gruñido y, de repente,
supe lo que iba a hacer.
—¡Dallas, NO!
Tiró del volante con violencia y se produjo una unión brusca e
irrevocable. Nuestro parachoques mordió con fuerza la trasera del Jeep…
…y giró perpendicular a la carretera a más de 100 km/h.
DIOSMÍODEMIVIDA…
Jadeé horrorizado, viendo cómo los neumáticos del vehículo se
enganchaban. Se puso de lado, volcó… rodaba entre el tráfico como un
proyectil infernal, desprendiendo trozos de metal y plástico por el camino.
Dallas pisó el freno y ambos nos precipitamos hacia delante. El
Jeep siguió dando volteretas sin parar. Impulsado por el ímpetu y el hecho
de que prácticamente había quedado destrozado en el lapso de medio latido.
—HIJOS DE PUTA.
La observé mientras nos deteníamos. Sus ojos parecían salvajes,
venenosos. Y no mostraban ni el más mínimo remordimiento.
—Dallas…
No respondió, al menos no de inmediato. Había visto expresiones
como la suya en el campo de batalla. Miradas en los rostros de aliados y
camaradas que habían perdido gente antes, que ahora exigían una especie
de venganza por sus seres queridos.
—¡DALLAS!
Apenas reaccionó cuando le cogí la mano. Volví a colocarla sobre
el volante.
—Tenemos que irnos —dije. El tráfico ya se amontonaba a
nuestro alrededor. En unos instantes, quedaríamos atrapados—. ¡Ahora,
Dallas!
Parpadeó varias veces y volví a tenerla de vuelta. Giramos a toda
velocidad hacia el arcén y nos alejamos apresuradamente por la curva.
Tomamos la primera salida, justo a tiempo para evitar las luces y sirenas:
media decena o más de vehículos de emergencias corrían hacia el lugar del
accidente.
Mi teléfono empezó a sonar en cuanto volví a sacarlo. Pulsé el
botón del altavoz.
—Cuéntame algo bueno.
—No puedo —contestó Austin. Ya percibía la decepción en su
voz—. Los hemos perdido.
~ 21 ~

DALLAS

El trayecto de vuelta a casa en el asiento trasero fue todo cuero y sombras.


Todo pólvora y acero, sudor y adrenalina.
Ah, sí, y sangre.
Maddox sufrió tres heridas de bala distintas; por suerte, ninguna
de ellas era ni remotamente mortal. Dos de ellas eran superficiales;
arañazos paralelos en el contorno de un deltoides. La tercera era un agujero
que le atravesaba el hombro, pero la bala había entrado y salido por encima
del hueso, por debajo del músculo.
—Cabrón con suerte —se mofó Kane, esta vez desde el asiento
delantero. Austin conducía y yo le presionaba la herida.
—Siempre tiene la fortuna de cara —comentó Austin con una
risita—. Acuérdate de Kosovo…
Escuché a medias mientras se sumergían en otra de sus largas
historias. Eran tantas que había perdido la cuenta. Aun así, me alegraba
oírlos tan animados. Aunque nuestra misión, en general, hubiera sido un
fracaso.
¿Misión, Dallas? ¿Así lo llamaremos?
La verdad es que lo era. Había entrado en una auténtica situación
de combate con ellos.
Como Connor.
Me sentí como si hubiera completado una especie de rito de
iniciación. Me habían sometido a una gran presión y había salido victoriosa.
Por otra parte, había hecho que perdiéramos la única oportunidad
que teníamos de conseguir algunas respuestas. Tal vez si me hubiera
controlado un poco más…
—¿Cómo te lo han hecho? —preguntó Maddox.
—Kane tiene una talla 50 de pie —gruñó Austin—. Seguro que se
pensaban que Bigfoot se les acercaba sigilosamente.
El grandullón del asiento delantero se echó a reír.
—¿Les vas a contar lo de la roca que has chutado sin querer?
—Eso no era una roca. Era una piedrecilla.
—Era un trozo de hormigón del tamaño de un ladrillo.
—Ni de coña.
—Lo has hecho patinar por el suelo —prosiguió Kane—, y
entonces han levantado la vista.
Siguieron discutiendo durante varios minutos, Kane culpando a
Austin de su acercamiento fallido, Austin culpando a Kane de la derrota en
la persecución a pie.
—No podías seguir el ritmo —dijo mientras conducía—. Si no
fueras tan lento, ahora…
Desde el sombrío reino de la parte trasera, le cambié el vendaje a
Maddox por uno nuevo. La hemorragia había menguado casi hasta
detenerse. Había intentado que lo viera un médico, pero me había hecho un
gesto de rechazo. Igual que los demás.
Personalmente, creo que solo querían verle la cara mientras lo
cosían.
—Así que esta noche hemos perdido —suspiró Austin—. No
hemos conseguido nada.
—No, no del todo.
Todos volvieron la mirada hacia mí. No de manera acusatoria,
como cuando Maddox les contó cómo había maniobrado con el Jeep en
fuga. Esta vez era más curiosidad.
—Entonces… ¿el vehículo que perseguimos?
—¿Sí? —respondió Kane con escepticismo—. ¿El que mandaste
al cielo de los todoterrenos?
Asentí.
—Tengo el número de la matrícula.
Se hizo el silencio por un momento. La mueca de dolor de
Maddox se transformó en una sonrisa.
—Joder, ¿en serio?
—A7X-271.
Kane dejó escapar un largo y acalorado suspiro.
—Coño. Eso es… eso es…
—¿Utilísimo? —le sugerí.
—Sí.
Un par de kilómetros después, giramos, varias manzanas antes de
lo necesario. Austin vagó por calles secundarias hasta que se aseguró de que
no nos seguían. Luego nos dirigimos a casa.
—Ah, sí —dijo Austin bruscamente—. ¿Os acordáis de la vez
que Connor nos arrastró a ese restaurante de sushi?
Maddox se rio.
—¿Cuál?
—Ese en el que se pidió todo lo que había en el menú —continuó
Austin—. Y sacaron…
—Sacaron aquel puto barco de madera. —Kane soltó una
carcajada—. Cubierto por completo de arroz y pescado. Tenía mástiles y
velas y todo. Por Dios, aquella cosa ocupaba toda la mesa.
—Ciertamente —concordó Maddox, riendo—. Ninguno de
nosotros lo quiso tocar. Solo Connor.
Con un velo de derrota, mi mirada se dirigió a Austin. Estaba
observando por encima de su hombro y ya sonreía. Sus ojos mostraban
regocijo.
Vale, vale, pensé mientras llegábamos a la vía de acceso. Tú
ganas.
Kane intentó ayudar a Maddox a entrar, pero enseguida se lo
quitó de encima. Atravesaron juntos la puerta principal, erguidos.
—Los niveles de hombría de esta casa están por las nubes —
solté, poniéndole los ojos en blanco a Austin.
—¿Esto te parece mucho? Espera a que lo cosamos y haga como
si no le doliera.
Me partí de risa, imaginándolo perfectamente. Era justo lo que iba
a pasar.
Cuando recorrimos juntos la pasarela de cemento resquebrajado,
Austin me rodeó con el brazo. Me apretó contra él.
—Oye, ¿recuerdas nuestra apuesta? —murmuró—. ¿Lo que
quiera?
Tenía una voz de terciopelo. Un tacto dulce pero insistente.
—Sí —respondí, titubeando. Noté su olor: almizclado, varonil y
delicioso. El corazón ya me latía más deprisa—. ¿Por? ¿Ya sabes lo que
quieres?
La mano de Austin descendió hasta tocarme el culo. Cuando me
acercó los labios a la oreja, lo estrujó de forma prometedora.
—Te quiero en mi habitación esta noche —susurró roncamente—.
Más tarde. Cuando nos acostemos.
Un escalofrío eléctrico me recorrió entera. Me invadieron
sentimientos de nerviosismo y excitación. Entusiasmo… y anticipación.
—V-vale.
—Al fin y al cabo —masculló, girándose para dedicarme una
sonrisa—, un trato es un trato.
~ 22 ~

DALLAS

La casa estaba sumida en un silencio sepulcral cuando llegué al pasillo de


arriba. Maddox estaba lleno de puntos y se había tomado algo para el dolor.
Él y Kane dormían a pierna suelta, con las puertas cerradas.
Pasaba de medianoche cuando entré en la habitación de Austin.
Las luces eran agradablemente tenues. La temperatura resultaba cálida y
acogedora.
—Ey…
El corazón se me aceleró cuando cerré la puerta y me di la vuelta.
Austin estaba tumbado en una silla suave de respaldo alto. Su increíble
cuerpo lucía gloriosamente desnudo, excepto por un bóxer ajustado.
—Quítatelos —me dijo con toda tranquilidad, apuntándome con
un vaso de whisky corto. Señalaba mis pantaloncitos de pijama.
—¿Sí? —bromeé.
—Oh, sí.
Me moví con aire seductor y los dejé caer. Luego metí los
pulgares a cada lado del tanga, separando las tiras unos centímetros de mis
caderas.
—¿Esto también?
Pareció pensárselo un momento mientras daba un pequeño sorbo
al líquido ámbar. Los cubitos de hielo resonaron.
—No —respondió finalmente—. Eso puede quedarse.
Dejé que las tiras volvieran a su sitio. Con las manos en las
caderas, esperé sus próximas instrucciones.
Esto es divertido…
—¿Estás dispuesta a hacer lo que yo quiera? —preguntó,
enarcando una ceja.
—Para eso estoy aquí.
—Bien. Ahora ponte a cuatro patas.
Avancé dos pasos sobre una fina alfombra persa antes de
colocarme en el suelo, obediente. En todo momento, mantuve el contacto
visual.
—¿Y ahora qué? —le pregunté con dulzura.
—Gatea hasta aquí —me indicó—. Despacio.
Un lado de mi boca se curvó, formando una sonrisa. Seguía
mirándome fijamente. Seguía atravesándome con esos increíbles ojos azules
y verdes, que de algún modo parecían imposiblemente brillantes y preciosos
en contraste con su pelo y su tez, más oscuros.
—Ahora, Dallas.
Me moví. Ocurrió sin pensarlo; un segundo estaba arrodillada
ante la puerta y al siguiente me arrastraba poco a poco hasta donde él estaba
sentado. Austin abrió las piernas, mostrando dos muslos tonificados y
morenos. Eran varoniles, tremendamente fuertes y musculosos. Mierda, las
piernas de un tío jamás me habían parecido tan sexis.
Eso es porque las tienes a la altura de los ojos, dijo la vocecita de
mi cabeza. Estás prácticamente arrodillada entre sus piernas.
Lo estaba, y no me importaba en absoluto. Sobre todo teniendo en
cuenta el bulto que sobresalía en medio, apretándose contra la tela de sus
calzoncillos grises.
—¿Quieres tocarlo?
Me había pillado. Al parecer, había perdido nuestro pequeño
concurso de miradas.
—Puedes, ¿sabes?
Austin se inclinó un poco hacia delante, aún más relajado en la
silla. Volví a oír el tintineo del hielo mientras daba otro sorbo a la bebida.
Suspiré para mis adentros, dejando que mis ojos lo recorrieran.
Era literalmente perfecto. Agradecí en silencio a los instructores de los
SEAL que hubieran perfeccionado y esculpido su magnífico cuerpo,
dotándolo de una esbeltez y una fuerza cinceladas que me hacían desear
saborear cada delicioso centímetro. Me encantaba el olor de su piel.
Aquellos abdominales perfectos y definidos…
Es impresionante.
Fui subiendo, besando suavemente aquel hermoso vientre. Le
besé el pecho, rodeando un pezón oscuro con mi lengua. Le lamí el cuello
hasta llegar a esa perilla impecablemente recortada y, de repente, presioné
mis labios contra los suyos. Respiraba su aliento al tiempo que le acariciaba
la cara y nuestras lenguas chocaban.
Dios…
Tenía la boca dulce y deliciosa por el bourbon, el whisky o lo que
estuviera bebiendo. En cualquier caso, me encantaba; cada milímetro de él
sabía a hombre. Me mareé. Sentía la cabeza embotada…
Podría besarlo así para siempre.
Austin me pasó la mano por la cabeza y, de pronto, volvió a
empujarme hacia abajo. Firmemente. Insistentemente…
Un recordatorio no muy sutil: yo estaba allí para él.
—Esta es mi chica…
Gimió mientras enterraba la cabeza en su regazo. Por un
momento lo molesté, frotando la cara contra su miembro caliente y tenso.
Lo acaricié y apreté suavemente a través de la tela que aún lo aprisionaba,
mientras le besaba el interior de los muslos.
—Dallas…
Su frase terminó en un gemido cuando me lo comí.
—Ohhhhh…
Fue sencillo sacar la polla por el orificio delantero de sus
calzoncillos. Metérmela hasta la garganta era otra cosa. El miembro de
Austin era cálido y grueso, encajaba a la perfección en la parte trasera de mi
cuello. Lo introduje todo lo que pude, dejándolo reposar allí unos gloriosos
segundos antes de apretar la base y arrastrar los labios con fuerza por toda
su longitud, de abajo arriba.
—Oh, no me jodas.
Me reí para mis adentros. Era lo que quería, por supuesto. Pero no
exactamente lo que pretendía decir con esas palabras. Al menos, de
momento.
Durante los siguientes minutos me concentré en hacerle la mejor
mamada de mi vida. Se la chupé a Austin con pericia, desde todos los
ángulos y cambiando de velocidad. Bombeé con fuerza, hasta el tope. Con
la mano libre, le acaricié suavemente los huevos.
Sabe tan bien…
Bajé aún más la boca, haciendo que todo quedara resbaladizo,
húmedo y rico. Gimoteaba en torno a él mientras mi melena se agitaba en
su regazo. Cuando lo sorprendí observándome, le sostuve la mirada. Lo
follé con los ojos sin detenerme, pasando la lengua despacito por la parte
inferior de su pene.
Dios, ¡debes de parecer una auténtica zorra!
También me sentía como una, y esa parte era brutal. Me estaba
deleitando con todo el acto. Disfrutando de su disfrute…
Cuando empezaron las palpitaciones, supe que estaba cerca. Me
esforcé el doble, chupando y bombeando, pero Austin tenía otros planes.
—Tu turno…
~ 23 ~

DALLAS

De golpe y porrazo, mi amante se puso de pie, levantándome con él. Le


pasé los brazos por encima de los hombros. Deslicé las piernas alrededor de
sus costados, a horcajadas en su cintura.
Estaba admirando su cuerpo, su pecho, su rostro precioso. Trataba
de averiguar dónde besar a continuación, mientras la polla le latía y
palpitaba, atrapada firmemente entre nosotros.
—¡AH!
Me arrojó sobre la cama antes de que me diera cuenta. Reboté
fuerte y acomodé la cabeza en algún lugar cerca de las almohadas. De
pronto, noté que Austin me agarraba con su inmensa mano los dos tobillos,
a la vez.
Pero qué…
Jadeé cuando me empujó las piernas hasta quedarme por encima
de la cabeza, con los muslos bien sujetos. Me estiró de maravilla. Me
levantó el trasero de la cama…
—OHHHHHHHHHHHHHHH…
El aire abandonó mis pulmones de un gemido cuando tiró del
tanga… y enterró la cara en mi coño.
Oh, ¡JOOODER!
Su lengua estaba por todas partes, bañándome el sexo de arriba a
abajo. Me estremecí cuando plantó una serie de suaves besos alrededor de
mi hinchado clítoris. Temblé cuando movió la lengua en sentidos
ascendente y descendente, con trazos amplios y deliberados.
Me metió un dedo y comenzó a deslizarlo lentamente, dentro y
fuera. Los ojos se me pusieron en blanco. Recliné la cabeza sobre la
almohada…
Dios…
Estaba disfrutando de todo; desde la sensación de su perilla
rozando mi sensible piel, hasta lo increíblemente grueso que notaba su dedo
dentro de mí. Las piernas permanecían firmemente juntas, con los tobillos
en el aire. Me estaban estirando y devorando. Besando y lamiendo y
chupando…
Es. Jodidamente. Genial.
De repente sentí una descarga… y jadeé en voz alta cuando una
sensación completamente nueva me llegó al cerebro. Era un efecto
paralizante y helado. Una ráfaga de frío contra una zona que estaba
condenadamente caliente. Volví a oír el tintineo del vaso y comprendí el
motivo:
mi amante tenía un cubito de hielo en la boca.
—MMMMmmmmm…
La intensidad del contraste era asombrosa. Nuevos escalofríos me
sacudieron mientras Austin apretaba el hielo entre los dientes, recorriendo
mi acalorado canal. Siguió dándome con el dedo. Usaba el cubito, que se
derretía rápidamente, para rodear y acariciarme el sensible capuchón del
clítoris.
—Joder, cariño…
Me retorcí sin querer, tratando de zafarme. Intentaba escapar de
aquel frío paralizante, aunque mi cabeza me decía que era agradable, al
mismo tiempo. No tardé en enroscar el coño contra él. Recibía con ganas el
entumecimiento gélido pero maravilloso de sus labios y su lengua, que
luego volvía a hundir, para que sintiera cómo se derretía dentro de mí.
—SÍ.
Me estaba acostumbrando cuando, finalmente, me soltó. La mano
libre de Austin me separó los muslos para acceder mejor, mientras
continuaba lamiendo. El dedo se había convertido en dos, atormentándome.
Y yo estaba, de nuevo, apretándome contra sus labios y su cara.
Machacándome contra su lengua inquisitiva y penetrante…
¡JODER!
Estaba a punto de correrme cuando hundió las manos bajo mi
culo. Repentinamente, me giró y me puso bocabajo. Me abrió las nalgas con
sus fuertes manos, mientras yo me agarraba a la almohada, anticipándome a
lo que vendría.
Austin volvió a enterrar el rostro entre mis muslos. Solo que esta
vez… desde atrás.
Guau…
La experiencia era absolutamente exquisita. Indescriptiblemente
ardiente.
—OHH…
Ahora tenía la cara de Austin incrustada en el culo. Lo recorrió
con la lengua de arriba abajo, desde las profundidades de mi coño
semiadormecido hasta mi apretado agujerito. Podía notar cómo empujaba y
hurgaba allí. Me bañaba en calor y saliva, y en la suave y deliciosa
sensación de su lengua caliente y contoneante.
Oh, guau…
Aquello era increíble. Nunca había experimentado nada igual.
Nunca imaginé poder hacerlo, pero de algún modo, en el fondo, sabía que
siempre lo había deseado.
Esto… esto es…
Volví a gritar cuando me metió dos dedos desde atrás. Austin me
lamía el ano y me follaba al mismo tiempo. Pasaba su húmeda lengua por
toda la zona, mientras penetraba mi empapado coño con dos largos dedos.
Madre mía, ¡esto es una puta locura!
Las manos se me habían convertido en garras, aferrada a su
almohada. Tenía los brazos estirados por encima de la cabeza mientras
echaba el cuerpo hacia atrás, intentando metérmelo aún más adentro en mi
punto más sucio y travieso…
—¡Más hondo!
Las palabras me brotaron con fuerza de la garganta. No podía
creerme que lo hubiera dicho.
—Así… así… —resollé, totalmente fuera de control—. ¡Por
favor!
Mi amante me escuchó y obedeció. Me agarró por la parte
delantera de los muslos y tiró de mí, obligándome a retroceder. Me apretó
más contra su juguetona lengua.
—Ay, Dios mío…
Veía estrellas. Fogonazos literales de blanco y plata, que entraban
por las esquinas de la poca visión que me quedaba.
—¡La VIRGEN!
El orgasmo fue una explosión que comenzó en lo más profundo
de mi ser. Noté que Austin empujaba con fuerza una última vez, quizá con
tres dedos o incluso cuatro… y de repente estaba corriéndome… y
corriéndome… y corriéndome… en toda su cara.
Oh, Dallas…
Mi mente abandonó mi cuerpo y, durante medio minuto, perdí
toda apariencia de control. El clímax fue total, toda yo temblaba con la
euforia blanca y pura de la liberación definitiva.
—OHHhHHhHhHHhh…
Grité mientras mi vagina sufría espasmos alrededor de sus dedos,
al igual que el resto de mí se enroscaba alrededor de aquella hermosa
lengua. Austin soportó la tensión, quedándose pegado a mí, mientras
sobrellevaba cada prodigiosa contracción. Hasta el último estertor y
espasmo, hasta el último gemido gutural y grito de victoria, o éxtasis, o el
puto plano del nirvana que mi cerebro acababa de alcanzar gracias a sus
talentosos dedos, boca y lengua.
Me tumbé de lado, absolutamente exhausta, tras haber
experimentado el primer orgasmo de cuerpo entero de mi vida. Toda la
superficie de la piel me temblaba de placer. Hasta agotada, me sentía
recargada y viva.
—Yo…
Me falló la voz. No tenía palabras, porque en realidad no había
nada que decir. Lo único que podía hacer era mirar fijamente a Austin,
amándolo con los ojos. Suspiré con suavidad mientras mi cuerpo se agitaba,
mi pecho subía y bajaba a medida que los sentidos, uno a uno, iban
regresando.
—Yo… —jadeé cuando por fin pude volver a hablar—. No me
creo…
—¿Que nunca te hayan hecho esto antes? —Austin me devolvió
la sonrisa.
Me reí. Asentí. Caí de espaldas, flácida y rendida.
—Es lo que quería. —Se encogió de hombros, echándose de
nuevo hacia delante.
Ronroneé de satisfacción cuando me separó las piernas. Me
inmovilizó las muñecas contra la cama y se subió a mí con facilidad.
—Parte de lo que quería, en realidad.
~ 24 ~

AUSTIN

Su respiración volvió a entrecortarse cuando me hundí en ella, estirándola


esta vez desde dentro. Parecía el paraíso líquido. Caliente y húmedo,
hinchado y estrecho de un modo indecible.
La miré fijamente, meneando la cabeza de pura incredulidad. Esta
chica…
No es una chica, es una mujer.
Vale, bien. Esta mujer. Esta preciosa, increíblemente sexi, más
que atractiva mujer…
Y tampoco es cualquier mujer, me recordó la voz de mi cabeza.
Estás frente a Dallas Winters.
Madre mía.
Te estás follando a Dallas Winters.
Se me escapó un gruñido gutural al tocar fondo, sintiendo el calor
de sus profundidades. Era una auténtica locura, si lo pensaba. La hermana
de nuestro mejor amigo. Nuestro hermano de armas.
Estaba casi prohibido. Un auténtico tabú. Debería haberme
sentido culpable, pero por alguna razón no pude. Tal vez fue porque Connor
se había ido hacía mucho tiempo. Aún estaba en nuestras cabezas, en
nuestros corazones…
Pero su hermana estaba aquí, ahora, acostada en mi cama.
Mirándome fijamente a los ojos mientras la aplastaba desde arriba, con las
piernas bien abiertas. Gimiéndome suavemente en el hombro. Agarrándome
con desesperación mientras la taladraba.
Dallas…
¡Llevábamos un año siguiéndola! ¿En serio había pasado tanto
tiempo? La vigilábamos, la protegíamos y sí, algunos incluso la
deseábamos. Kane, sin duda. Yo también, aunque nunca lo he admitido ante
los demás. Incluso Maddox…
Madre mía.
Si lo pienso, todos la deseábamos. Y tal vez por eso habíamos
llegado a un acuerdo, igualando el campo de juego al decidir no participar.
Nadie va tras ella. Nadie liga con ella. Nadie siquiera coquetea
con ella. Palabras de Maddox. Todo el mundo está tranquilo.
Habíamos estado tranquilos, al menos un tiempo. Pero entonces
sucedió todo esto. Podíamos culpar a Kane si lo intentábamos lo suficiente,
pero era más que nada una escapatoria. En resumen, todos la queríamos.
Todos lo sabíamos. Y la razón era simple:
era Dallas Winters.
Reflexioné sobre ello mientras se contorsionaba desnuda debajo
de mí, arañándome el culo para hundirme más. Movía las caderas al
máximo en cada embestida, para meterme más dentro de ella.
Joder.
Era la mujer perfecta. Fuerte, inteligente, guapa. Inteligente e
independiente, pero también una bomba sexual; todo curvas femeninas y
cabello suave y perfumado. Labios carnosos y apetecibles sobre un rostro
de porcelana.
Pero, más allá de eso, Dallas Winters tenía arrojo. Una confianza
fresca y una actitud de no coger prisioneros que todos reconocimos de
inmediato, porque la habíamos visto miles de veces en cientos de misiones
diferentes.
Era igual que su hermano.
Solo que no del todo.
Los tres queríamos muchísimo a Connor. Tanto que, cuando
murió, fue como si una parte de nosotros muriera con él.
Mierda, Connor.
Los militares somos así, sobre todo cuando envejecemos. Cada
vez que perdíamos a alguien, dejaba un agujero. A veces podías taparlo, al
menos temporalmente. Otras, se quedaba ahí para siempre, una herida
abierta que solo podías esforzarte por ignorar.
Sí, había deseado a Dallas, como los demás. Quería tenerla.
Poseerla. Hacerla encajar de algún modo en esa parte de nuestra vida en la
que solía residir Connor, aunque solo fuera porque se parecía a él en
muchos aspectos.
Seguí follándola, clavándola en la cama con golpes profundos y
potentes. Sus iris estaban fijos en los míos. Su tacto era suave, sus
movimientos dulces y tranquilizadores mientras me acariciaba la cara.
Podría acostumbrarme a esto.
En cierto modo, era triste. Hacía años que no tenía novia formal.
E incluso cuando la tuve…
Podría hasta amarla.
La idea era peligrosa. Las sirenas de advertencia me retumbaron
en la cabeza, desviando la atención de nuevo a la tarea que tenía entre
manos. Empecé a hacérselo aún más fuerte. Le separé aún más las piernas
para poder arrancarle todo lo que necesitaba de ella.
Dallas gimió bajito mientras le daba más allá del punto de no
retorno. Abrí los ojos, suplicante. Se mordió el labio, asintiendo…
Tres embestidas más tarde estaba inundándole el coño,
aferrándome violentamente, hasta la saciedad, conforme me descargaba en
lo más profundo de su vientre.
¡JODERRR!
La llené casi de inmediato; mi semen brotaba de lo más profundo
de su feminidad. Fiel a su estilo, Dallas siguió moviéndose, siguió
follándome con el mismo desenfreno salvaje y loco. Nuestros jugos se
mezclaron hasta formar una crema espumosa que me recorría todo el
miembro.
Nunca había estado tan caliente, tan loco por liberarme. Tan
desesperado por correrme.
Quizá porque nunca me había sentido tan conectado.
Olvídalo, Austin.
Iba a hacerlo, pero no. Olvidarlo.
No es para ti. No es para nadie.
Me desplomé sobre ella, queriendo creerlo. Necesitaba entender
que solo era sexo —sexo y solo sexo—, nada más que dos personas usando
el cuerpo del otro para satisfacerse y desahogarse.
Sí, claro.
Dallas me apretó con fuerza contra ella, tenía la cara enterrada
entre sus pechos. Estaba caliente y era maravilloso. Perfumado, seguro y
con el constante y reconfortante latido de su corazón.
—Ya entiendo por qué mi hermano te quería —susurró en voz
baja, pasándome los dedos distraídamente por el pelo. La palabra flotaba en
el aire, entre nosotros—. A todos.
~ 25 ~

DALLAS

—Hola, bella durmiente —me dijo Maddox, poniéndome una taza de café
en las manos—. Siéntate, llegas justo a tiempo.
Parpadeé ante la luz excesiva de la cocina y me tambaleé en
dirección a mi silla. Kane me la acercó. Asentí con gratitud.
Maddox tenía un brazo en cabestrillo. Con el otro, manejaba la
gofrera. Los demás tenían platos casi vacíos con trozos de gofre cubiertos
de sirope. Por el nivel de la cafetera, me di cuenta de que ya iban por la
segunda ronda.
—¿Para qué llego justo a tiempo? —pregunté, soñolienta.
—Reunión familiar.
—¿Así que ahora somos una familia? —Entrecerré los ojos,
enarcando una ceja.
—Bueno, desde luego que algo somos, ¿no te parece?
En lugar de contestar, tomé un sorbo de café. Para mi sorpresa,
estaba justo como me gustaba. Por lo visto, mis chicos me estaban cuidando
bien… en todos los sentidos.
—Vale, estábamos hablando de lo de ayer…
Un gofre aterrizó delante de mí, humeante. Austin me pasó el
sirope.
—Hemos estado viendo las noticias y llamando a los hospitales,
pero hasta ahora no ha aparecido ningún informe del accidente —continuó
Maddox—. Lo que todos sabemos que es imposible, teniendo en cuenta lo
que pasó. Y eso solo puede significar una cosa.
—Una tapadera.
Asintió y se acomodó en el asiento de mi lado.
—Lo pillas rápido.
—No hace falta ser Colombo —apunté.
Austin se recostó en su silla.
—Por favor, dime que acaba de hacer una referencia a
Colombo…
Maddox asintió.
—Así es.
—Dios, me encanta esta chica.
Correspondí a la sonrisa de Austin. Colombo había sido una de
las muchas series de televisión que veíamos juntos Connor y yo. Nos
habíamos tragado todas las temporadas, todos los episodios. Era antiguo
pero atemporal.
—De cualquier modo —prosiguió Maddox—, vamos a salir hoy
para buscar más información. Ya tenemos a alguien investigando la
matrícula que nos diste. Kane y Austin van a visitar algunos hospitales y
clínicas cerca de Summerlin y yo voy a la base a hacer algunas consultas.
—¿Vas a Nellis? —pregunté.
—Sep.
—Entonces iré con Kane y Austin.
—Lo siento, pero no. —Maddox frunció el ceño—. Esta vez te
quedas aquí.
—Ni de coña…
—Dallas.
La voz de Kane era firme, pero no condescendiente. Me miraba
fijamente bajo dos cejas oscuras.
—Esto será mucho más fácil si estamos solos, al menos hoy. Y
cuanto antes salgamos, antes volveremos.
—Pero…
—Sé que quieres venir. Sé que quieres ayudar… —Sus ojos
castaños se suavizaron a mitad de frase—. Pero, de momento, necesitamos
que no te muevas. ¿De acuerdo?
Mi boca se abrió y luego se cerró. Asentí a regañadientes.
—Vale —terminé diciendo. Desvié la mirada hacia Austin—. De
todas formas estoy un poco cansada.
La boca de Austin se torció en una media sonrisa. Si los demás se
dieron cuenta, no lo verbalizaron.
—Por cierto, ¿cómo tienes el hombro? —le pregunté a Maddox.
—Bien —respondió—. El cabestrillo es solo de apoyo.
—¿Seguro que no puedo ir contigo? —insistí—. Podría llevarte a
la base, al menos.
—No te dejarán entrar —aseguró—. No a donde yo voy. Además,
¿no condujiste suficiente anoche?
La pregunta era mitad sarcasmo, mitad admiración. No requería
respuesta.
—Por favor, no vuelvas a intentar algo así.
Le hice un gesto para que dejara de parlotear.
—Funcionó, ¿verdad?
—Sí, pero…
—Sí pero nada. Los cogí, los detuve.
—Los aniquilaste —replicó Maddox—. No cogiste a nadie. Ese
Jeep debió volcar diez, doce… tal vez quince veces.
—¿Y?
—Así que seguro que alguien salió herido. Puede que incluso
muerto.
Ahora me estaba observando y me di cuenta de que todos lo
hacían. Estaban pendientes de mi respuesta. Esperando ver mi reacción.
—¿Te sientes bien con ello? —me presionó Maddox.
Aparté el sirope y mordí el gofre. Estaba crujiente y delicioso.
—¿Estáis seguros de que esos tipos estuvieron involucrados en lo
que le pasó a Connor?
Maddox asintió con gravedad.
—Por supuesto que sí.
—Entonces sí. Me importan un bledo.
Austin cruzó un brazo sobre la mesa y le pasó algo a Kane.
Aunque parezca increíble, me di cuenta de que era un billete de veinte
dólares.
—Te lo dije —afirmó Kane, embolsándose el dinero.
—Hostia puta, ¿ahora apostáis por mí?
Kane se echó a reír con aspereza.
—¿Ahora? —Entrecruzó dos antebrazos grandes y peludos y los
apoyó sobre la mesa—. Llevamos apostando por ti desde antes incluso de
que llegaras.
Tardé un momento en asimilar el significado.
Te han estado espiando durante todo un año, me recordó la voz de
mi cabeza. En todo ese tiempo… ¿quién sabe por qué coño han apostado?
Intenté enfadarme o incluso ofenderme. Nada de eso me gustó.
En su lugar, sonreí.
—¿Qué otras apuestas tenéis entre manos? —Sonreí—. A lo
mejor quiero participar.
Austin soltó una carcajada. Kane se rio entre dientes.
—Es mejor que no lo sepas…
~ 26 ~

DALLAS

Fue un día agitado y de mierda. El típico que siempre se alarga, cuando lo


único que quieres es que se acabe.
Con los chicos fuera y la alarma activada, no podía hacer otra
cosa que esperar. Intenté entretenerme limpiando, empezando por el piso de
arriba y recorriendo metódicamente todas las estancias de la casa.
El problema, por supuesto, era que vivía con tres SEAL de la
Armada. Como militares, todas sus pertenencias estaban ya en su sitio. Me
puse a fregar los platos, pero el resto de la cocina estaba irritantemente
impecable. Austin era un maniático del orden un poco germofóbico y
padecía un trastorno obsesivo-compulsivo incurable.
No podía culparlo. Yo había sido así la mayor parte de mi vida:
una serie de hábitos adquiridos por vivir con Connor. Me pregunté
distraídamente cuántos de los rasgos de los chicos eran aprendidos de mi
hermano. En qué medida, al igual que yo, sus vidas estaban moldeadas por
la convivencia con él.
A mediodía ya estaba en el sofá, cambiando de un canal a otro.
Cuanto más permanecía allí sentada, más insatisfecha me sentía, así que me
levanté y paseé un poco por la casa.
¿Tal vez debería llamar a alguno?
Era una idea egoísta. Aunque no me habían dicho expresamente
que no lo hiciera, quería dejarlos en paz. Su trabajo ya era lo bastante
importante como para que pareciera necesitarlos. Era lo último que quería.
¡El ordenador!
Lo encendí tal y como Austin me había enseñado, iniciando
sesión a través de una serie de conexiones remotas diseñadas para ocultar
mi historial de búsquedas y mi ubicación. Entonces me puse manos a la
obra para intentar averiguar todo lo que pudiera sobre lo que había ocurrido
ayer, en Summerlin y más allá.
Podrías haber herido a alguien. ¿Te sientes bien con ello?
Había dicho que no me importaba y, sin duda, iba en serio.
Quienquiera que me hubiera arrebatado a mi hermano no era alguien por
quien debiera sentirme apenada o culpable de haberle hecho daño.
No obstante…
Investigué a fondo, tratando de encontrar algún registro del
accidente que había provocado. Cuando las búsquedas obvias resultaron
vacías, me metí en foros locales y tablones de anuncios de la zona. Grupos
de redes sociales de la comunidad, en plan de vigilancia vecinal. Incluso
llegué a encontrar una página de técnicos de emergencias solo para Las
Vegas y alrededores. Aun así… nada.
Estos tipos están más conectados de lo que pensábamos.
Tenían que estarlo, por eso ir a Nellis parecía tan peligroso. O la
gente que sacó el todoterreno del parque móvil de la base sabía cómo evitar
dejar rastros, o eran de tan alto rango que no importaba. Y no estaba segura
de qué opción era peor.
Apagué el ordenador a media tarde y empecé a cenar temprano.
Cocinar era otra tarea que podía aprovechar para pasar el tiempo, pero el sol
se ponía, el día terminaba y la comida se enfriaba en los fogones…
…y seguía sin saber nada de ninguno de ellos.
A la mierda.
Cogí el teléfono y me dispuse a marcar números cuando vi un
destello de faros en el exterior. Se dirigían hacia mí, hacia nuestra manzana
vacía.
Gracias a Dios.
El alivio me inundó. Incluso la felicidad. Tenía unas ganas locas
de verlos aparecer. Mis chicos. Mis SEAL.
Mis amantes.
Desconecté la alarma y abrí la puerta de golpe… pero la entrada
estaba vacía. Igual que la calle. Todo estaba oscuro.
Al salir al porche para ver mejor, me invadió una sensación de
frío. Las luces de alerta parpadearon en mi cerebro.
Dallas…
Sin embargo, no vi nada en ninguna dirección. La ciudad estaba
silenciosa y vacía.
Tal vez alguien se equivocó de camino. Di la vuelta…
—¿Dónde está?
La voz era grave y ronca, la arrastraba el viento. No podía decir
de inmediato de qué dirección venía. Pero sabía una cosa.
No pertenecía a ninguno de mis hombres.
—Te doy una oportunidad —decía la voz en tono siniestro—. Lo
cojo… o te cojo a ti.
Un individuo emergió de las sombras. Era absurdamente alto,
mediría unos dos metros, tenía el pelo cano y una cara que no parecía
corresponder a su cuerpo.
—Dallas, escucha…
Me replegué, dando la vuelta y corriendo hacia la seguridad de la
puerta. Por el rabillo del ojo vi que el intruso avanzaba de un salto. Se
abalanzó hacia mi cuello…
—¡DALLAS!
De alguna manera, conseguí colarme. Entré en tromba y cerré la
puerta de un empujón. La golpeé tan fuerte con la cadera que una punzada
de dolor me recorrió todo el cuerpo, al tiempo que buscaba el cerrojo con la
mano opuesta.
Pero no oí el clic de la cerradura. Con creciente horror, me di
cuenta de que la puerta había rebotado.
Había un pie atrancado en ella.
—Lo único que quiero es…
Sin pensarlo, pisé fuerte, aplastando los dedos del intruso con el
talón. Se oyó un grito de dolor, pero no se apartó. Se quedó justo donde
estaba, mientras yo lo machacaba aún más.
—¡Puta!
Volví a presionar con la cadera y ahora también con el hombro.
La puerta se dobló. Se deslizó otro centímetro hacia la posición de cierre,
pero apenas se notó.
Entonces volvió a apretar… y estuve a punto de caer de culo.
¡Mantente firme! gritó la voz de la supervivencia. ¡Si te caes, se
acabó!
Rechinando los dientes, amplié mi posición. Mis ojos exploraron
a la desesperada en busca de algo que clavar a través de la abertura. Algo
afilado. Algo largo…
Pero no había nada… así que le pegué otro pisotón.
—¡JODER!
Esta vez escuché un crujido o, más bien, lo sentí. El pie
retrocedió. Cerré de golpe.
El corazón me retumbaba. Tres veces me traicionaron los dedos
buscando a tientas el cerrojo…
CLIC.
Suspiré aliviada y me desplomé contra la puerta. Al otro lado,
vibraba violentamente. Oía gritos. Patadas…
Entonces, de repente, todo se detuvo.
¡Las ventanas!
Eran bajas y anchas, fáciles de romper. Si este tío quería entrar, no
habría forma de mantenerlo alejado.
¡Corre! ¡Coge tu pistola!
Regresé a toda prisa a la cocina y abrí el penúltimo cajón. La
cubertería voló por todas partes, tintineando estrepitosamente contra el
suelo de baldosas. Metí la mano, revolví hasta el fondo…
…y saqué mi Glock.
Me hundí contra la nevera, sujetando el arma con ambas manos.
Quité el seguro. Cargué una bala.
Sentí el frío del acero inoxidable contra la piel mientras esperaba.
Pasó un minuto. Luego dos. Tres. Me esforcé por percibir el más
mínimo sonido: la rotura de un cristal, el crujido de una puerta o una
ventana al deslizarse contra su marco. Pero no oí nada. No vi a nadie.
—¡DALLAS!
La voz volvió a provenir de la puerta. Sonaba muy fuerte.
Temblorosa. El griterío era más potente que nunca.
—Dallas, ¡ABRE!
Ladeé la cabeza.
—¿MADDOX?
—¡Sí! ¡Soy yo! —El picaporte se sacudió con violencia—. ¡Abre!
Volé hacia la puerta y accioné el cerrojo. Maddox penetró en el
vestíbulo con una mirada salvaje, el pecho agitado, sin aliento.
—¿Estás bien?
Me lancé a sus brazos, con cuidado de mantener la pistola
apuntando lejos de él. Entonces, empecé a temblar. Todo el cuerpo se me
sacudía mientras me fundía con él.
—Eh, eh… —me dijo, estrechándome entre sus grandes brazos
—. Tranquila. Te tengo. —Me alisó el pelo con las manos—. Te tengo.
Con cautela, agarró la pistola y le puso el seguro antes de
deslizármela de nuevo en la palma. Me acercó las manos a los hombros.
—Había un hombre —solté a toda prisa—. ¡Salió de la nada! Y
estaba…
—Lo sé. Lo he visto. —Sus ojos escrutaron en todas direcciones
—. Lo perseguí tres manzanas, por lo menos, tal vez más. Ya se ha ido.
—Vale…
—¿Alguien más?
Negué con la cabeza.
—Creo que no, vamos.
—De acuerdo —respondió, todavía con la vista puesta en todas
partes a la vez—. Coge lo que necesites. Nos vamos. Ya.
—¿Adónde?
—A cualquier sitio que no sea este —contestó, muy pegado a mí.
~ 27 ~

DALLAS

Diez minutos y varios kilómetros después, aún tenía el pulso acelerado. Sin
embargo, la fría compostura de Maddox me estaba calmando.
—¿Quién era ese tío?
—Un scout.
—¿Un scout?
Debió de sonar un poco borde, porque Maddox frunció el ceño.
—Te estaba buscando, Dallas.
—Yo diría que me encontró.
—Sí —afirmó—. Te encontró y se entusiasmó un poco más de la
cuenta. Lo cual nos vino bien.
—Bien para… —Arrugué la frente—. Espera. ¿Por qué bien?
—Porque si hubiera esperado primero a los refuerzos, ambos
estaríamos jodidos.
Mi héroe nos siguió guiando, serpenteando a través de un
entramado de callejones y callejuelas, para asegurarse de que no nos
seguían. Miraba por la ventanilla, insensible, mientras atravesábamos el
centro hacia el otro extremo de la ciudad.
—Nos han encontrado por lo de anoche, ¿no?
—Cómo no.
—Así que ahora saben dónde vivimos…
—Sep.
Todavía estaba entumecida, pero recuperé la compostura lo
suficiente como para sacar el teléfono. Maddox lo vio de inmediato.
—¿Qué estás haciendo?
—Llamar a Kane y a Austin —respondí—. Es obvio que tenemos
que avisarlos. Si se presentan en…
—Kane y Austin no van a volver esta noche —explicó, poniendo
su mano sobre la mía—. Además, después de esta noche vamos a necesitar
móviles nuevos. Todo nuevo.
Antes de que me diera cuenta, me arrebató el teléfono de la mano
y lo tiró por la ventana. Luego sacudió la cabeza en un gesto de frustración.
—Debería haberlo hecho hace kilómetros.
Era de locos vivir así. Sabía lo que era no tener un lugar, un
hogar, una familia. Pero durante las últimas semanas, de alguna manera,
había encontrado todo eso otra vez.
—¿Y ya está? —pregunté, enfadada—. ¿Simplemente nos
largamos? No volvemos nunca a…
—Yo no he dicho eso —me interrumpió Maddox—. No
adelantemos acontecimientos. —Me observó un momento y luego me
apretó la mano para tranquilizarme—. Confía en mí, Dallas, lo
solucionaremos todo. Pero, ¿esta noche? Mejor pasar desapercibidos.
Se me relajaron los hombros, pero solo un poco. Si estaba
intentando convencerme de que había luz al final del túnel, parecía más
bien un mínimo puntito.
—Bueno, ¿y qué te ha dicho?
Recordé. Volví a repasar el terrorífico episodio, intentando
mantener la calma.
—Lo oí hablar. Lo vi gritar. Le machaqué el pie —indiqué.
—Lo sé. Casi lo atrapo gracias a eso.
—¿Casi?
—Sep —admitió, avergonzado—. El cabrón tenía unas piernas de
metro y medio. Dos zancadas suyas eran tres mías.
Asentí en señal de consuelo.
—Debería de ser bastante fácil averiguar quién es —señalé—. No
hay mucha gente tan alta.
—Buen argumento —concedió Maddox—. Entonces… ¿qué
dijo?
—Me parece que buscaba algo.
—¿Algo de casa?
Negué con la cabeza.
—No. Por algún motivo, no creo.
—¿Qué, si no?
Hurgué un poco más en mi memoria, pero era difícil. Con cada
kilómetro que pasaba, todo se volvía más y más confuso.
—Sonaba a algo que yo tendría —comenté mecánicamente—.
Como si me estuviera sacudiendo. Igual que si yo supiera dónde había algo.
Maddox agarró el volante mientras giraba de nuevo. Advertí que
sus ojos, como siempre, se dirigían al espejo retrovisor.
—¿Alguna idea de lo que podría ser?
—Nada.
—Piensa, Dallas. Es importante.
Me eché a reír, y la risa no fue precisamente de las buenas.
—¿Qué coño podría tener yo, Maddox? —me mofé—. Aquella
noche llegué a ti prácticamente desnuda, sin nada más que la ropa con la
que había estado durmiendo. El fuego destruyó el resto de mis pertenencias.
Se le tensó la boca. Noté que se contenía.
—Si esos hombres buscan algo, no va a ser mío —añadí—. Tal
vez sea de Connor, claro. Pero ahora todas sus cosas han desaparecido.
Avanzamos en silencio un rato, lo que probablemente fue
positivo. Me dio la oportunidad de calmarme.
—Mira —dije en tono de disculpa—. No quería ponerme así.
—No pasa nada.
—No, en serio. Normalmente no soy así. Es que… es que es
tremendamente frustrante.
Bajé la barbilla hasta tocarme el pecho, justo cuando Maddox me
pasaba un brazo por los hombros. Tiró de mí sobre el asiento, hacia su lado
del vehículo.
—Está bien —insistió mientras me abrazaba. Dimos un suave
bote al entrar en un aparcamiento—. Olvidémonos de esto por ahora.
Estamos aquí.
Volví a levantar la barbilla. El hotel que había elegido era bonito,
alto y elegante. No me había alojado en él, pero conocía a gente que sí. Era
muy caro.
Maddox se dio cuenta de que me había quedado boquiabierta y se
echó a reír.
—No te encariñes —me pidió—. Aquí solo aparcamos.
Lo miré con extrañeza.
—¿Aparcar aquí?
—Sí —me dijo—. Como distracción.
Seguía confusa.
—¿Por qué necesitamos una distrac…?
—Porque conocen el vehículo —se limitó a contestar—. No
podemos correr el riesgo.
Suspiré con fingida frustración. O tal vez era real, ya casi no
podría asegurarlo.
—Muy bien, entonces, ¿dónde coño vamos a dormir?
Maddox me tendió la mano y se la cogí. Sonrió diabólicamente.
—Vi un sitio de mierda a un kilómetro y medio en esa dirección.
~ 28 ~

DALLAS

Maddox tenía razón; era un sitio de mierda. Una habitación de mierda de un


motel de mierda en una zona de mierda, en la parte más mierdosa de…
—Toma, ve a por hielo.
Me dio un fino cubo de plástico con una grieta en un lado. Me reí
en su cara.
—De acuerdo —suspiró, cogiéndolo él—. Ahora lo traigo.
En cuanto salió de la habitación, me desplomé sobre la cama.
Estábamos en uno de esos moteles temáticos. El cuarto que habíamos
cogido era uno de los dos últimos que quedaban: «Escapada hawaiana».
Me contemplé en el techo de espejo y giré la cabeza para ver el
resto de las instalaciones. Las paredes estaban empapeladas con bonitas
escenas de playa y horizontes oceánicos. O al menos eran bonitas… hace
unos veinte años. Ahora, el tiempo las había descolorido y los bordes
estaban despegados.
Escapada hawaiana, me reí para mis adentros. Madre mía.
Había un bar Tiki mal hecho en un extremo de la estancia. Una
palmera falsa en la esquina más alejada. Era tan plasticosa y raída que no
sabía si reírme a carcajadas o arrugar la nariz por el polvo.
Eh. Al menos aquí estarás a salvo.
De eso estaba bastante segura. La habitación hawaiana del
Fantasy Eighteen era probablemente el último lugar de la Tierra donde
alguien esperaría encontrarnos, incluidos nosotros mismos. Si los malos
podían rastrearnos hasta aquí, merecían atraparnos.
—La máquina de hielo está rota —anunció Maddox, volviendo a
entrar. Cerró la puerta y echó el pestillo—. Pero las cosas de la máquina
expendedora están frías.
Sostuvo en alto un par de botellas de agua y media docena de
bolsitas de pretzels y patatas fritas. Joder, era mejor que nada.
—Gracias.
Nos repartimos el botín. Nos llenamos la barriga. Diez minutos
después estábamos tumbados bocarriba, observándonos en el techo de
espejo. Cruzamos miradas… y ambos estallamos en carcajadas al mismo
tiempo.
—Estamos muy jodidos, ¿no? —pregunté al final.
—Todo apunta a ello.
Suspiré, agradecida por la sinceridad.
—Bueno, al menos estamos en el paraíso.
Quería romper con el estrés. Cambiar el humor. Entre esto y la
caminata de quince minutos que acabábamos de darnos, volví a sentirme
algo mejor.
—Esta es sin duda la mejor habitación de Escapada hawaiana en
la que he estado —bromeó Maddox. Tosió—. Y la más limpia.
Me giré hacia él y solté una risita.
—Sí, bueno, aún no has visto la ropa de cama.
—¿Ah, sí?
Asentí.
—Hasta las manchas tienen manchas.
Volvió a reírse.
—Qué puto asco.
—¿Entonces por qué te ríes?
Siguió, incapaz de controlarse. Lo vi reírse hasta que se le
formaron lágrimas en las comisuras de los ojos.
—Joder, ni siquiera lo sé.
El asunto empezó a resultar contagioso y pronto estábamos
partiéndonos de risa juntos como unos adolescentes. En cierto modo era
catártico. Una liberación de emociones y adrenalina, al final de un día muy
largo y realmente extraño. Lo hacía para animarme. Para que volviera a
sentirme segura, a pesar de la situación horrible por la que acababa de pasar.
Y estaba funcionando.
Por fin, Maddox se apoyó en un codo. La risa se fue apagando y
me miró con gravedad desde su lado de la cama.
—Mira, Dallas. Quiero que sepas que lo siento.
Dios mío, ¡era tan guapo! Sobre todo así. No podía dejar de mirar
esos pómulos altos. La cantidad perfecta de barba incipiente. La curva de su
mandíbula…
—¿Qué sientes?
—Que hayas tenido que pasar por todo esto —contestó. Negó
poco a poco con la cabeza—. No puedo ni siquiera imaginarme lo que debe
de ser para ti perderlo todo. Tu casa, tus cosas… —Se mordió el labio antes
de continuar—. Tu hermano…
Advertí la profundidad de la compasión en sus ojos. Empatía
legítima, no lástima. Pero también había un dolor subyacente. Un dolor que
conocía demasiado bien.
—Tú sabes algo de eso —dije para consolarlo—. Tú también
perdiste a Connor. Todos lo hicisteis.
Me acurruqué contra él. Todo lo que estaba fuera del ámbito de
nuestra pequeña habitación de hotel era de repente intrascendente. Todo lo
que había más allá del silencio parecía muy lejano.
—Sí, pero siempre tuve a Austin y a Kane. He podido compartir
esos recuerdos con alguien, mantenerlos vivos. Pero tú…
Se detuvo y buscó mi mirada.
—Tú solo te has tenido a ti misma —continuó—. Ni siquiera a tus
padres…
Vi cómo se le ponían los ojos vidriosos. ¡Se estaba emocionando!
Dios, era la cosa más tierna de todo el puto mundo.
—Quiero que sepas que ahora nos tienes a nosotros —me dijo—.
Nos has tenido, pero no lo sabías, y ahora… bueno, ahora….
Alargué la mano para tocarle la cara, con dureza pero con
suavidad. A estas alturas lo estaba consolando tanto como él a mí.
—Lo sé.
Se inclinó y plantó sus labios sobre los míos, haciendo
desaparecer el resto del mundo. Maddox me besó despacio, profundo,
provocando una descarga de excitación que revitalizó mi cansado cuerpo.
Maldita sea…
Hacía mucho tiempo que no sentía nada así; quizá nunca lo había
hecho, en realidad. Ni una conexión así. No había dejado que ninguna
persona se acercara tanto a mi corazón… Alguien con quien estuviera
dispuesta a abrirme en cuerpo, mente y alma.
Y mucho menos tres personas.
Suspiré mientras apoyaba la cabeza en la almohada. Maddox se
me echó encima en un instante, besándome con más fuerza al tiempo que
mis manos recorrían extensos mechones de abundante cabello rubio. Separó
la boca de la mía para luego introducir la lengua de nuevo, con besos
profundos y conmovedores que me hicieron jadear, queriendo más.
Ahora nos tienes a nosotros.
Las palabras eran maravillosas, aunque no me atrevía a
creérmelas del todo. Y sin embargo, hasta ahora, estos hombres me habían
protegido. Habían dedicado el último año de sus vidas a vigilarme, por la
mera promesa a un hermano de armas fallecido, y ya me habían salvado la
vida en más de una ocasión.
Y estaban unidos. Eran tan íntimos y cercanos como podían serlo
tres hombres. En la vida, en la guerra…
…en el dormitorio…
Seguía gimiendo en la boca de Maddox, con la mente girando
vertiginosamente hacia un feliz olvido mientras lo ponía bocarriba.
Cruzamos miradas y, tras un momento de entendimiento, nuestras manos se
movieron rápidamente hacia nuestros cuerpos. La ropa voló por todas
partes, en una actividad frenética. Regó la cama. El suelo…
Y entonces me subí sobre él, a horcajadas en sus muslos cálidos y
musculosos.
—¿De verdad te parece bien? —le pregunté, rozando sus labios.
Podía notar su virilidad palpitando entre mis piernas. Rozando mi entrada…
—¿Bien, el qué?
—Compartirme —respondí sin aliento—. Con los demás.
La melena me caía a ambos lados, uniéndonos. Se meció
suavemente mientras él embestía hacia arriba, lo que me arrancó un grito
ahogado cuando me penetró hasta el fondo.
Ohhhhhhh…
—Sí —afirmó Maddox, cuando estuvo enterrado por completo
dentro de mí—. Total y plenamente.
Gemí sonoramente cuando llevó las manos a mis pechos,
empujándome hacia atrás para cargar todo el peso de mi cuerpo. La metió
del todo y tocó fondo, mientras yo dirigía las palmas a su magnífico pecho.
—Compartir es lo que mejor se nos da —añadió en voz baja—. Y
contigo se han abierto nuevas puertas, en ese sentido.
En algún lugar de mis adentros, la polla le palpitaba y se
agitaba… como si estuviera a punto de correrse. Notaba lo increíblemente
rígida que estaba. Asombrosa y maravillosamente dura.
—Te deseamos, Dallas —me dijo, haciéndome rebotar
suavemente—. Todos. Cada parte de nosotros.
Deslizó las manos por mi cuerpo, arrastrándolas de un modo
delicioso sobre mis pezones antes de posarlas sobre mis caderas desnudas.
Desde allí me guiaba arriba y abajo, tomando el control con aquellos brazos
imposiblemente fuertes.
—Cada parte de ti.
Chillé mientras me embestía con fuerza al final de la frase,
estirándome desde dentro. Tiró hacia abajo de mis caderas para maximizar
la penetración, mientras hacía entrar el resto de su cuerpo en mí.
Dios…
—Vamos a protegerte, Dallas —susurró con voz ronca—. Los
tres.
¡Qué adentro estaba! Tan dolorosa y maravillosamente hundido
en mi vientre. Sin aliento, lo sentía palpitar. Latiendo. Retorciéndose…
—Y nunca tendrás que estar sola…
~ 29 ~

MADDOX

Tirárnosla juntos había sido increíble. Verla retorcerse bajo nosotros.


Observar su expresión de éxtasis mientras la follábamos juntos, los tres,
haciéndole el amor desde todos los lados, desde todos los ángulos.
Pero hacerlo a solas…
La hostia.
Bueno, eso también fue divertido.
Era todo lo que podía hacer para contenerme, viendo a Dallas
subir y bajar rítmicamente sobre mi dura polla. Su cuerpo era cálido e
imponente, los pechos le rebotaban firme e hipnóticamente con cada
empujón. Me daban ganas de consumar de inmediato nuestra unión
explotando gloriosamente dentro de ella. Quería llenarla… y luego ver
cómo los restos de mis jugos se escurrían por su precioso coño rosado.
Me lo imaginaba: el éxtasis dulce y cegador de mi inevitable
orgasmo. El grito de victoria que haría temblar las paredes de nuestra
pequeña habitación en un motel de mierda. Pero, por increíble que fuera,
sería aún más divertido esperar. Sería mejor hacerla llegar al clímax
primero, antes de lanzarme a por lo que sería la amante más húmeda y
apretada de la que jamás había tenido el placer de disfrutar.
—Más despacio… —gruñí, más que dije.
Dallas se limitó a sonreír y luego movió el cuerpo para acercarse
y acariciarme los testículos.
¡Dios santo!
Era un tormento lento y arduo. Observar su precioso cabello,
cayendo en cascada alrededor de su bonita cara. El tacto de sus uñas,
acariciando con suavidad mi piel más sensible. Seguí follándomela,
penetrando cada vez más hondo en los cálidos y mojados recovecos de su
cuerpo ágil y femenino…
Entonces su mano se cerró sobre mí, apretándome delicadamente
los huevos.
—Suéltalo. —Me guiñó un ojo.
Mi expresión de asombro fue correspondida con otra sonrisa o,
más exactamente, con una diabólica. Estuve a segundos de inundarla.
Milisegundos…
No. Todavía no.
La empujé y la volví a tumbar en la cama. Un momento después
tenía sus tobillos en las manos, las piernas abiertas formando una «V».
Volví a introducirme en ella con un gruñido, presionando y bombeando en
ángulos en los que sabía que tendría todo el control. Podría darle como es
debido y verla disfrutar.
O la tenemos todos o no la tenemos ninguno. No hay término
medio.
Palabras mías, tal y como se lo expresé a los demás. Después de
lo que pasó esa primera noche, fue necesaria una pequeña reunión
improvisada.
Todos estábamos de acuerdo en que lo sucedido había surgido de
manera espontánea y no había culpables. Sin planearlo en absoluto. Y sí, tal
vez, incluso fue un poco jodido. Sobre todo si teníamos en cuenta a Connor.
Quiero decir, mierda, después de todo…
—Fóllame… —gimió Dallas, tirando de mí aún más dentro de
ella. Ahora me clavaba las uñas en el culo, y no me importaba lo más
mínimo—. Más fuerte, cariño. Por favor…
Aumenté el ritmo, igualando sus movimientos, hasta que echó la
cabeza hacia atrás con un suspiro. Con los ojos cerrados y los labios
entreabiertos parecía una diosa. Tenía unos rasgos perfectos propios de una
estatua griega, una carne rosada de piedra esculpida.
Tenemos que aceptarlo. Todos y cada uno de nosotros.
Mis palabras volvieron a sonar severas y autoritarias. Aunque me
hablaba sobre todo a mí mismo.
Todos o ninguno.
Kane había aceptado de inmediato, con un gruñido y un
movimiento de cabeza. La había deseado durante tanto tiempo que no había
forma de que se echara atrás. Austin se había mostrado un poco más reacio,
pero solo porque aún estaba conmocionado por lo sucedido. Cuando lo
hablamos… discutimos las reglas y sus razones…
Es más natural de lo que suena, me aseguró la voz interior de mi
cabeza. Para vosotros tres, al menos. No es más que una extensión de otras
mil cosas que habéis compartido como soldados. Como hermano de
armas…
Sí, eso podría ser verdad. Pero esto era una persona. Una con
emociones, con sentimientos.
Llegamos solo hasta donde se sienta cómoda y ni un centímetro
más allá, recordé haber dicho. Joder, ella podía acabar con todo
inmediatamente. Podía fingir que nunca había pasado.
Sin duda, era un riesgo. Una salida obvia. Si Dallas quería, así
sería, sin resentimientos ni preguntas.
Y, lo que quiera, tenemos que respetarlo. Se acabó de
inmediato… para los tres.
Cuatro, en realidad, pero ¿quién llevaba la cuenta? Lo importante
era lograr que Dallas se sintiera cómoda. Considerar nuestro pequeño acto
lascivo solo eso: una noche de libertinaje, algo de una sola vez. Una
curiosidad satisfecha. Tal vez hasta una fantasía cumplida.
Excepto que a ella le gustó. Se enfrentó a ello e incluso lo acogió.
Y quería repetirlo.
—¡MmmmMMmMMMMMM!
Volví a mirarla a los ojos, en la antesala de su clímax. Las piernas
le temblaron con violencia. Arqueó la espalda, abrió la boca y, de repente,
se corrió.
Jodidamente brutal.
Lo era, de verdad. Estaba tan firme, tan increíblemente bella, que
no pude evitar acabar al mismo tiempo. Su coño se contrajo a mi alrededor,
estrujándome como un torno mientras la penetraba por última vez. Entonces
yo también me vine, disparando y chorreando, pintándola desde dentro con
un torrente constante de esperma caliente y fluido.
Cuatro descargas… cinco… seis…
Cada latido era puro éxtasis blanco. Cada sacudida me provocaba
una nueva oleada de placer en el cerebro, agitado por las endorfinas.
Grité y empecé a meterla y sacarla de nuevo. Seguí follándola…
besándola… aplastándola bajo mi duro pecho mientras le abría tanto las
piernas que pensé que se partiría en dos.
Pero no lo hizo. Dallas Winters aguantó todo lo que le di,
chillando, gimiendo y aferrándose a mí. No dejó de moverse ni un solo
segundo, aprisionándome contra ella hasta vaciar hasta la última gota de mí
en su interior.
Dios, quiero esto.
Lo supe entonces, la primera vez que estuvimos juntos. Joder, de
alguna manera lo sabía incluso antes de eso.
Más vale que los demás estén en el mismo plan, sentencié.
Porque… Bueno, porque…
—Hostia puta… —Dallas se derrumbó mientras nos
desplomábamos juntos. Nuestros cuerpos quedaron maravillosamente
enredados. Toda la estancia apestaba a sexo—. Esto ha sido…
—¿Revelador?
Una risita escapó de su preciosa garganta. Asintió.
—Iba a decir una experiencia religiosa.
Sonreí y volví a besarla.
—Casi.
~ 30 ~

DALLAS

Volvió a tomarme en mitad de la noche, tumbándome bocarriba. Me folló


salvajemente en la penumbra, bajo la luz rosada del horrible cartel de neón
del motel.
Medio dormida, todavía goteando por el coito previo, abrí las
piernas para él. Maddox se hundió en mí como un sensual torpedo,
atravesándome hasta mis cálidas y acogedoras —aunque aún muy doloridas
— profundidades.
Y me encantó.
Era maravilloso que me utilizaran así. Que me complacieran así.
Con todos los años que había estado sola, no estaba acostumbrada a la
cercanía. La intimidad física de dormir desnuda con alguien; la proximidad
de un novio cálido, o un amante, o lo que demonios fuera.
En ese momento, estaba demasiado extasiada como para
preocuparme por ello. Miré soñadoramente hacia el techo de espejo, mi
cabeza apenas era visible por encima de su enorme hombro. Observé los
músculos de su ancha espalda retorcerse al unísono mientras me clavaba en
la cama. Permanecí irremediablemente cautivada por cada movimiento de
aquel perfecto culo respingón, que se tensaba y relajaba mientras se
introducía entre mis muslos estirados.
Quieren compartirme. Los tres.
Era como un sueño. Un sueño muy húmedo, muy sucio, muy
prohibido.
Y, sin embargo…
¿Podrías hacerlo de verdad?
Bueno, lo estaba haciendo. La única pregunta que restaba era si
podría hacerlo funcionar o no. O mejor dicho, si podríamos hacerlo
funcionar: mis tres sexis SEAL, más yo.
Pero ¿podría tenerlos a los tres satisfechos?
El jurado aún no se había pronunciado al respecto, eso seguro.
Pero apuesto a que sería divertido intentarlo.
Se preocupan por ti, Dallas.
De verdad. De eso sí que estaba convencida. Y, aún mejor, se
preocupaban por mí de una forma que nadie lo había hecho antes. Ni
antiguos novios. Ni amigos con derecho a roce. Ni siquiera Mark, el vecino
guapo y divertido que venía a cenar una vez al mes el año pasado y que no
solía marcharse sin acabar desnudo en mi cama.
Mark, que se había mudado cuando le ofrecieron un trabajo mejor
en una ciudad más agradable. Que se me había escapado de las manos…
como todo el mundo en la vida.
Sí, pero estos chicos siguen aquí, Dallas.
Era como si la voz de mi cabeza quisiera atormentarme. O, al
menos, darme falsas esperanzas.
Y han estado ahí para ti, incluso cuando no lo sabías.
Salió el sol y me quedé mirando a Maddox mucho tiempo. Me
pasé media hora contemplando su respiración, lenta y rítmica. Grabé cada
línea y cada curva de sus anchos hombros, de sus brazos tensos y
musculosos, levantados mientras yacía bocabajo contra almohada.
¿Podrías ser feliz con ellos?
Era una fantasía pensar que podía. O, mejor dicho, que ellos
podrían ser felices conmigo. Los tres. Compartiendo la misma novia.
Me reí ante la falsa puesta de sol hawaiana. Yo era una novia
cojonuda, eso estaba claro. Aunque… quizá no tanto.
—Buenos días —soltó Maddox de repente, con los ojos aún
cerrados. Se giró, se estiró y sonrió—. ¿Qué tal has dormido?
—A ratos. —Le devolví la sonrisa.
—Ah, eso —dijo—. Los ronquidos.
—Entre otras cosas, sí.
Se incorporó con rapidez y facilidad y su abdomen se onduló
formando una ola deliciosa. Dios, quería hundir la cabeza en su regazo.
Mirar esos músculos de cerca, estudiarlos detenidamente antes de alargar la
mano…
—¿Haces café?
Giré la cabeza hacia el bar Tiki e hice una mueca.
—¿En ese chisme?
Maddox gruñó.
—Es una cafetera, ¿no?
—No según mi definición.
Mi amante dejó escapar un largo silbido de insatisfacción. Luego
se levantó, buscó los calzoncillos y empezó a ponérselos.
—Qué vergüenza —comenté, enroscando el tapón de una botella
de agua tibia.
—¿El qué?
—Que tapes ese culo.
Se detuvo con los pulgares aún en la cinturilla.
—¿Quieres que pare?
Lo medité un momento. El agradable escozor que sentía en la
entrepierna habló por mí.
—Ahora no —respondí—. Más tarde, seguro.
Asintió y continuó vistiéndose, contorsionándose para ponerse el
resto de la ropa. Maldita sea, no conseguía encontrar ni un gramo de grasa
en todo ese cuerpo.
—¿Tienen aquí una sala Emperador o algo así? —preguntó
despreocupadamente—. Podríamos jugar a Julio César y Cleop…
TOC. TOC, TOC, TOC.
Me levanté al instante. Mirando fijamente a la puerta, me desperté
de golpe.
—Relájate —me dijo Maddox—. Solo es Austin.
Me invadió el alivio y, luego, la confusión. No lo había visto
hacer ninguna llamada ni revisar sus mensajes. Joder, ni siquiera había
cogido el teléfono.
—Créeme.
Me levanté y abrí la puerta. Austin entró seguido de Kane. Los
dos me dieron un breve abrazo y luego echaron un vistazo a la desordenada
habitación.
—¿Hawái?
—Sí —refunfuñó Maddox, mientras se abrochaba las botas—.
Era esto o la Sala de la Luna.
—¿Sala de la Luna? —Me reí—. Quieres decir que podríamos
haber…
—Sí.
—Bueno, mierda. —Solté una risita, agarrando mi ropa—. ¡La
próxima vez votamos!
Me puse de pie, dejando caer las sábanas que cubrían mi cuerpo
semidesnudo. Sentí el peso de sus ojos sobre mí. Por extraño que suene, no
me resultó extraño en absoluto.
—No habrá una próxima vez —dijo Kane, su voz sonaba
distraída.
—¿Ah, no?
—No —replicó Kane—. Nos han hecho huir durante demasiado
tiempo. Nos han jodido a cada paso; en tu casa, en la nuestra….
Me contoneé para subirme los pantalones, sin ninguna vergüenza.
En realidad, era divertido.
—Pero, a partir de ahora —prosiguió Kane—, después de lo que
descubrimos anoche…
Su mirada era sombría, pero exhibía un atisbo de sonrisa.
—Nosotros somos los que jodemos.
~ 31 ~

DALLAS

—Justo aquí. Esto es lo máximo que podemos acercarnos.


La furgoneta se detuvo silenciosamente a casi una manzana de la
casa en cuestión. Era igual que todas las del barrio. Ni más grande ni más
pequeña.
Me incliné hacia adelante desde mi lugar en el asiento trasero,
esforzándome por ver.
—¿Qué estamos buscando?
—Esa casa pertenece a Evan Miller —explicó Austin.
—¿Y quién es ese?
—¿Te acuerdas del Jeep que echaste de la carretera hace dos
noches? —preguntó Maddox.
—¿El destrozado? Sí.
—Pues estaba registrado a su nombre.
Me quedé callada, mirando por encima del enorme hombro de
Kane. La casa estaba a oscuras, la entrada vacía. Eran solo las nueve,
demasiado pronto para irse a dormir.
—¿Y dónde está?
—Probablemente en la morgue —espetó Kane.
La idea era un poco tétrica, incluso para mí.
—Tal vez en un hospital —sugirió Austin—, pero según nuestras
averiguaciones tendría que estar en algún sitio clandestino.
—También existe una tercera posibilidad —añadió Maddox.
—¿Cuál?
—Que se haya ido de la ciudad.
Maddox me propinó un golpe con la pierna, desde donde estaba
sentado, a mi lado.
—Dallas, piensa. Evan Miller. —Me clavó la mirada—. ¿Te
suena su nombre?
Sacudí la cabeza despacio, reflexionando. Estaba completamente
en blanco.
—¿Connor lo mencionó, tal vez? ¿Habló de él de pasada?
—No que yo recuerde. Lo siento.
En el asiento delantero, los dos cruzaron una mirada. Me di
cuenta de que me ocultaban algo.
—Vamos —les pedí—. Soltadlo.
—¿Qué?
—Sabéis algo. Algo que no me estáis contando.
Era casi irritante que me escondieran cosas. Que incluso ahora,
después de todo lo que habíamos pasado, después de todo lo que yo había
pasado, intentaran dejarme al margen de algo.
—Miller es un SEAL de la Armada, como nosotros —aclaró
Maddox—. Operaciones especiales. Muy secreto.
—¿Y?
—Así que está metido en cosas que no podríamos averiguar. Solo
que Connor quizás lo supiera. —Parecía incómodo—. Porque…
—Porque él y Connor vivían juntos —comentó Kane con frialdad
—. Cuando estaban destinados en Nueva Orleans.
Se me hizo un nudo en la garganta. La idea de que a Connor lo
traicionara un amigo… y encima un compañero soldado. Simplemente, no
era algo que se me hubiera pasado por la cabeza.
—¿Recuerdas cuando Connor estaba en Nueva Orleans?
—Sí —contesté, entumecida.
Austin se rascó la barbilla.
—Era una misión desconocida, hace unos años. Estuvo allí seis
meses, creo.
—Ocho —lo corregí.
—Fue una de las pocas veces que estuvo destinado lejos de
nosotros —añadió Kane—. Quizá la única.
—No sé qué hacía allí. Si me estáis preguntando cuáles eran sus
funciones, nunca me lo dijo. —Hice una pausa—. Y yo nunca le pregunté.
En realidad, había aprendido a no preguntar. La única vez que
Connor me contó una historia sobre sus operaciones, me había muerto de
miedo por las cosas que había hecho. No me asusté por la gente a la que
había herido o matado; supuse que todos eran enemigos y, naturalmente, se
lo merecían.
No. En lugar de eso, me asustaba el peligro que corría.
Me volvía loca de preocupación lo cerca que había estado de
perderlo. Saber que mi hermano estaba a una bala, una granada o un paso
fatal de que me lo arrebataran para siempre, como a todos los demás. Como
SEAL de la Armada, siempre fui consciente de la posibilidad de que
pudiera resultar herido. Pero esto era la cruda y detallada realidad…
Esa historia me había tenido despierta noches enteras. Y, aunque
había salido victorioso, le había pedido que no volviera a contarme nada
así. Fiel a su palabra, no lo había hecho.
Y ahora me iba a salir el tiro por la culata.
—JODER.
La mano de Maddox se cerró sobre la mía.
—¿Qué?
—¡No lo sé! —exclamé—. Mierda, ¡no sé nada de lo que hizo, ni
adónde fue, ni qué coño le pasó!
Me estaba empezando a cabrear. Notaba un resentimiento familiar
brotando de ese lugar vacío de mi interior. Un resentimiento que no había
sentido desde la muerte de Connor.
—No sirvo para nada —gruñí—. Nunca me contó nada. Nunca
me contó… —me detuve en seco a mitad de frase. Ladeé la cabeza.
—¿Qué? —preguntó Austin—. ¿Qué sucede?
—Creo… creo que recuerdo…
Maddox abrió la boca para hablar, pero la mirada de Kane lo
frenó. Guardó silencio, mientras yo buscaba en el gran archivador
desordenado de mi cerebro.
—Connor cambió de apartamento dos veces —les indiqué—,
mientras estuvo destinado allí. Dijo que era porque se iba tras su compañero
de piso.
Austin entornó los ojos.
—¿Tras?
—Sí.
—¿Esa es la palabra que usó?
—Eso… creo. En aquel momento pensé que era raro. Pero supuse
que había conocido a alguien con quien se llevaba bien. Alguien que le caía
lo bastante bien como para cambiar de piso. —Me encogí de hombros—.
Tal vez para buscar un sitio más grande, o tenían problemas con el casero,
o…
—Sí, pero ¿dos veces? —preguntó Maddox—. ¿Así que se mudó
a tres sitios en ocho meses?
Seguía asintiendo, seguía haciendo memoria. Los chicos se
comunicaban entre sí de forma silenciosa, como solían hacer los soldados
que pasaban mucho tiempo juntos. Con miradas. Con expresiones.
—Nunca le escuché mencionar el nombre del tipo —aclaré—.
Pero Connor a veces hablaba de su compañero. Decía que estaban en la
misma misión. Tenían permiso para vivir fuera de la base, pero pasaban
mucho tiempo haciendo el mismo tipo de cosas.
—Iba detrás de él —soltó Kane.
—¿Qué?
—De ese tío, Miller. Tu hermano no estaba metido en eso solo
para hacer tonterías, sino que seguía a ese tipo para vigilarlo.
Miré hacia la casa de nuevo. La ira se había disipado con los
recuerdos, pero el resentimiento seguía ahí.
—¿Crees que este hombre… es la razón…? —Apreté la
mandíbula. Me tragué el nudo que se me estaba formando en la garganta—.
¿Por la que Connor está muerto?
Nadie abrió la boca. Finalmente, Austin asintió.
—Una de ellas, sí.
Era todo lo que necesitaba. Abrí de golpe la puerta del coche y
salí.
—Entonces vamos a darle su merecido.
~ 32 ~

DALLAS

Estaba a medio camino de la casa cuando por fin me alcanzaron. Noté una
mano en la muñeca y otra en el hombro.
Me sorprendió lo fácil que me resultó zafarme.
—¡Dallas!
Fue un siseo y un grito al mismo tiempo. Una orden severa de
alguien que intentaba guardar silencio.
—No podemos coger y…
—¿No podemos qué? —grité, dándome la vuelta. Los tres
retrocedieron un poco, sorprendidos. Fue extrañamente satisfactorio.
—Si este tío sabe que vamos tras él, las cosas serán aún más
difíciles —suplicó Austin—. Y si…
—Tiene razón.
Todos se volvieron para mirar a Kane, incluida yo.
—O está muerto —declaró Kane—, o no está en casa. Sea lo que
sea, vamos a averiguar algo.
—¿Y si sí está en casa? —exigió saber Austin.
Las manos de Kane se cerraron en dos gigantescos puños.
—Mejor aún.
El corazón se me hinchó de amor. Amor real. El amor que sientes
cuando has estado cerca de alguien el tiempo suficiente para saber que
quieres quedarte a su lado mucho más.
—Bien —maldijo Maddox, mirando a su alrededor—. Al menos
larguémonos de la puta calle.
Se movieron de nuevo, esta vez pasando a mi lado, con un
propósito. Y ahora también andaban como soldados. Me recordó a cómo se
arrastraron en el callejón.
Rechazamos la puerta principal y nos dirigimos al jardín trasero.
Tras examinar cada centímetro del marco de una ventana baja, Maddox se
quitó el chaleco de camuflaje y empezó a enrollárselo en una mano.
—No hay alarma —comentó con evidente desagrado—. O es
tonto o se confía demasiado.
—O las dos cosas —señaló Austin.
Un minuto después estábamos dentro, con las armas
desenfundadas, pasando con cuidado por encima de todos los cristales
rotos. La casa estaba limpia y bien cuidada. No había muchos muebles, ni
desorden, ni nada de nada, en realidad.
—La encimera está limpia —indicó Maddox, recorriendo la
cocina—. No hay correo. Nada de nada.
Kane ya estaba en el pasillo, con la pistola en alto. Pasamos un
baño y entramos en un despacho. El escritorio estaba limpio, los cajones
prácticamente vacíos. Ni siquiera había ordenador.
—Alguien ha estado aquí ya —dijo Austin.
Se agachó y levantó cuatro o cinco cables. Uno de ellos estaba
conectado a un monitor, tirado bocabajo en el suelo. Tocó algo más. Un
módem inalámbrico.
—Dormitorio —ordenó Maddox, haciendo un gesto con la
cabeza.
El corazón me latía tan fuerte que lo notaba en el cuello. En cierto
modo, era emocionante estar aquí con ellos. Verlos trabajar. Observar sus
movimientos y las señas que hacían con las manos, la forma en que
entraban en cada habitación, agachándose y comprobando las esquinas.
Son impresionantes.
Era algo que había pensado muchas veces en las últimas semanas.
Y, sobre todo, en los últimos días.
Son hombres increíbles… como Connor.
Por extraño que suene, nunca había salido con un militar. Había
estado cerca de varios, gracias a Connor, pero supongo que siempre me
vieron como algo prohibido.
Pero estos chicos eran diferentes. No eran simples pretendientes,
me protegían. No solo me querían o me admiraban, estaban entregados a mí
de un modo que nadie más podría estarlo jamás.
Solo por eso, me asombraban.
Sí… ¿pero los amas?
Los deseaba, eso estaba claro. Sus cuerpos duros y esbeltos,
cuando se fanfarroneaban semidesnudos por los pasillos de la casa que
compartíamos. La forma en que me besaban. Me tocaban. Cómo me
manejaban en el dormitorio, pasándome de uno a otro…
¿Pero qué hay del amor, Dallas?
Sí, claro. Los amaba. Quería a cada uno de ellos como quería a mi
hermano, pero ahora también había algo más. Algo desconocido e
intangible que me rondaba por la cabeza. Algo que hacía saltar alarmas y
silbatos de advertencia… pero que también producía otras emociones más
excitantes.
—El armario está limpio —comentó Maddox desde su lado del
cuarto.
—El baño también —dijo Austin, volviendo.
Kane levantó el colchón. Subió con facilidad, y su instantánea
sonrisa me aceleró el corazón.
—Bueno, me voy a rebozar en la mierda.
Todos miramos hacia abajo. Sobre el somier había un ordenador
portátil, elegante y oscuro.
—Malditos vagos —gruñó Kane, cogiéndolo. Se lo dio a Austin y
volvió a dejar la cama como estaba.
Maddox sacudió la cabeza.
—No me creo que se les pasara esto.
—¿A quiénes? —pregunté.
—A los otros tíos implicados con Miller. Probablemente, los
mismos que perseguimos en el callejón.
Austin ya estaba girando el ordenador entre sus manos
enguantadas. Lo abrió, lo cerró y luego asintió.
—¿Contentos? —preguntó Kane.
—Dando putos saltos de alegría. —Austin sonrió.
~ 33 ~

DALLAS

Austin tardó solo una hora en acceder al extraño portátil. Pasamos otras tres
mirando por encima de su hombro, observando cómo rebuscaba en el
contenido, mirando archivos, fotos e información del historial de búsqueda.
Al terminar, había muy poco que relacionara a Evan Miller con
Connor. Y mucho menos con la Armada.
—Es un aparato relativamente nuevo, por desgracia —suspiró
Austin—. Tiene un par de meses.
—Entonces… ¿nada?
—Todavía no, al menos. —Se frotó las sienes. Ya era pasada la
medianoche—. Aparte de unos pocos inicios de sesión gubernamentales, de
los cuales voy a tener que hacer ingeniería inversa de la contraseña. Si entro
en el sistema de la base con sus credenciales, podré decirte un montón de
cosas sobre a qué se ha dedicado. Pero, en cuanto al resto de lo que hay
aquí…
Volvió a teclear rápidamente unas cuantas veces más y, de
repente, se detuvo. La expresión de Austin cambió por completo. Entrecerró
los ojos.
—¿Qué sucede?
—Yo… —Se aclaró la garganta—. Me pareció ver algo, pero no.
—Fue a cerrar el portátil—. No es nada…
Mi mano salió disparada tan rápido que saltó en la silla. Agarré el
ordenador por uno de los bordes redondeados. Evité que lo cerrara.
—Ni de coña.
—No, en serio. —Fingió un bostezo—. Es solo que…
Intenté empujar para volver a abrirlo. La otra mano de Austin me
detuvo.
—Suéltalo.
—Dallas, escucha. Tienes que saber algo…
Moví la mano hacia delante. De repente, los demás se habían
despertado.
—He dicho que lo sueltes de una puta vez.
Austin miró a Kane en busca de ayuda, luego a Maddox. Maddox
se mostraba confuso.
—¿Pero se puede saber qué está pasando?
—Hay un… archivo ahí —explicó Austin incómodo.
Las cejas de Maddox se juntaron.
—¿Qué clase de archivo? Es algo que podríamos… —Inspiró con
rapidez y se detuvo. Fuera lo que fuese, de repente lo entendió. Intentó
desviarse a mitad de la frase—. Oh, sí. V-vale. Tal vez sería mejor si…
—Enséñaselo.
La voz de Kane era baja e insistente. No daba lugar a discusión.
—¿Sí? —preguntó Austin—. ¿De verdad crees que es buena
idea?
—Se merece verlo —argumentó Kane, encogiéndose de hombros.
Poco a poco, miró hacia mí con sus ojos marrones—. Aunque va a ser duro
—añadió—. Va a costarte superarlo.
Una sensación de hundimiento se apoderó de todo mi cuerpo. Me
sentí como si me hubiera tragado algo amargo.
—¿Q-qué pasa?
—Es una copia de lo último que nos envió tu hermano —dijo
Maddox con gravedad—. Un mensaje… de Connor.
Me sentí débil. Floja. Mareada. El brazo con el que sostenía
abierto el portátil me temblaba.
—¿Es… malo?
—No es bueno —admitió Austin.
Solté el ordenador y me hundí en la silla. Tenía la piel de gallina.
Se me erizó cada pelo de los brazos.
Un mensaje. De Connor.
Intenté respirar, pero no podía. Me daba la sensación de tener a
alguien sentado sobre el pecho.
El último mensaje…
Durante un buen rato, nadie abrió la boca.
—Escucha —me dijo Kane, rompiendo el silencio—. Si quieres,
podemos contarte lo que dice. Palabra por palabra.
—¿Dice? —Se me quebró la voz.
—Sí —contestó Maddox. Había una compasión genuina en sus
ojos—. Es un mensaje de vídeo. Y… bueno… —Tragó en seco—. Tendrás
que verlo.
Los demás me miraban fijamente, como tratando de hacerme
entender. Ya no intentaban disuadirme. Más bien querían… prepararme.
Connor…
Pensé en mi hermano, valiente y fuerte. Mi hermano, que se había
enfrentado a la muerte una y otra vez sin pestañear. Que había matado él
mismo, sin vacilar, sin comprometerse. Que hasta les había salvado la vida
a estos mismos hombres que ahora intentaban protegerme.
Mi hermano, el guerrero, que no temía a nada.
—De acuerdo —solté, inhalando un largo y tembloroso soplo.
Con el dorso de la mano, me enjugué las lágrimas que
amenazaban con acumularse en las comisuras de mis ojos.
—Enseñádmelo.
~ 34 ~

DALLAS

No me esperaba que el vídeo empezara a oscuras, pero así era. Me resultó


chocante. Esperaba ver a Connor, me preparaba mentalmente para la
imagen del rostro de mi hermano. El sonido de su voz…
Tranquilízate, Dallas.
Tuve que obligarme a dejar de temblar. A evitar que todo el
cuerpo se me estremeciera.
Eso no es lo que habría querido Connor.
Cuando la cámara ajustó la iluminación, pude distinguir una
habitación pequeña y anodina. No había detalles ni marcas distintivas.
Podría haber sido un cuarto cualquiera, en cualquier parte. Pero, por las
reacciones de los demás, me di cuenta de lo contrario.
Esa iba a ser la habitación.
Madre mía.
La habitación en la que murió mi hermano.
Noté una mano reconfortante en el hombro. Los dedos de
Maddox eran cálidos y su agarre, firme. Austin se sentó a mi lado. Kane
estaba apretado contra mi otro costado.
¿Estás segura de que quieres hacer esto?
Rechacé el pensamiento. Miré fijamente la estancia, la pantalla.
Quien hubiera colocado la cámara debía de haberlo hecho desde fuera del
encuadre. Ahora oía ruido. El sonido de portazos.
Voces.
Disparos.
Jadeé cuando Connor entró en la habitación. Se acercó desde un
flanco, moviéndose con la rápida urgencia de quien es víctima de una
persecución, o una caza, o un problemón.
Corrió directamente hacia la cámara. Casi hasta tal punto que
esperaba que la agarrara y la sacudiera. Pero se detuvo en seco, con las
manos en las rodillas, respirando hondo. Parecía agotado. Estaba cubierto
de suciedad, grasa o algo igual de extraño…
¡Connor!
Las lágrimas amenazaban con caer, pero las reprimí. Me
concentré en sentarme erguida, en mantener la espalda recta y las piernas
juntas. En cualquier cosa, menos en las emociones que sentía en ese
momento.
—Escuchad…
Levantó la cabeza y empezó a hablar, todavía sin aliento. De
repente, me miraba fijamente con aquellos enormes ojos azules.
Mis ojos.
—No tengo mucho tiempo —dijo Connor. Su voz sonaba tensa y
apurada—. Para cuando recibáis esto… —Tragó saliva con dificultad—. Ya
me habré ido. Así que no hagáis el tonto. No creáis que ninguno de vosotros
puede salir corriendo y salvar…
¡ZAS!
Connor giró la cabeza hacia la derecha. En algún lugar fuera de la
pantalla, se escuchaba el inconfundible sonido de una puerta aporreada…
Golpeada por varias personas.
—Si me queréis —continuó Connor a toda prisa—, encontraréis a
mi hermana y la protegeréis.
Estaba cubierto de sangre. Ahora lo distinguía. No parecía
necesariamente suya, pero era sangre igualmente.
—Mi hermana tiene…
Las voces se oían ahora más fuerte. Había más golpetazos, más
gritos. Alguien disparó varias veces con una pistola, por lo que el resto de
su frase resultó ininteligible.
—Buscad a Dallas y protegedla —insistía Connor—. Pase lo que
pase, ¡tenéis que encontrarla! —Ahora sí cogió la cámara. La agarró y la
sacudió—. Id con ella y mantenedla a salvo…
¡PUM!
La puerta se abrió de par en par. Una lluvia de polvo y escombros
pasó volando junto a mi hermano en el fondo. Hubo más alaridos. Más
chillidos…
Me cubrí la cara con las manos.
—Yo…
En ese momento, algo irrumpió en el plano: tal vez una persona, o
algo más. Le dio a mi hermano lo bastante fuerte como para tirar la cámara
—y a él— directamente al suelo.
¡CONNOR!
Todo giró como un torbellino mientras desaparecía de la vista. El
ruido cesó. Los gritos se interrumpieron. La cámara estaba bocabajo, o
apagándose, o ya no funcionaba.
Después, todo se volvió negro.
El símbolo de «pausa» apareció en pantalla, señalando el final del
vídeo. En realidad, fue un acto de misericordia. Me faltaban pocos
segundos para echarme a llorar.
Austin extendió la mano y cerró la ventana de visualización.
Volvió a coger el portátil y lo apagó. Esta vez no se lo impedí.
—Lo siento mucho, Dallas.
Maddox me apretó suavemente. Bajó la cara para plantarme un
beso en la mejilla… justo cuando me arrojé al abrazo combinado de los
tres.
Ahora las lágrimas corrían, y no solo las mías. Veía cómo se
esparcían por la cara de Austin. De Maddox. Incluso los ojos de Kane
estaban vidriosos.
Fue inesperadamente reconfortante. Compartir mi dolor con las
únicas personas en la tierra que podían identificarse con él.
—Todos lo sentimos.
~ 35 ~

KANE

Estaba en algún lugar templado y húmedo, inmerso en el calor y la


comodidad. Flotando. Dando vueltas.
Feliz.
No había estrés ni preocupaciones. Esas cosas me eran ajenas,
aunque sabía que debía sentirlas. De algún modo, se habían disuelto en la
estela de la complacencia y la gratificación. Estaba relajado más allá de
toda relajación. Total y completamente libre.
Y entonces supe que estaba soñando.
Me desperté despacio, consciente del movimiento. Consciente del
calor y la satisfacción.
Consciente de la boca ardiente que subía y bajaba lentamente
entre mis piernas…
Dios… santo…
Torcí el cuello para mirar hacia abajo y allí estaba. Dallas me la
estaba chupando, de la punta a la base, con la boca empapada, los labios
apretados y su precioso pelo rubio rozándome el estómago.
Buenos días para MÍ.
Durante un rato, me quedé mirándola, totalmente paralizado.
Disfrutando del calor de su talentosa boca. La sensación de su lengua
caliente al deslizarse por la parte inferior de mi pene erecto.
Me agité y me miró. La vi sonreír con maldad.
Luego volvió a bajar y se concentró en su tarea.
Bueno, esta es nueva.
Dejé que mis manos se dirigieran a su cabeza y hundí los dedos
en su sedoso cabello. No la guie en absoluto, sino que seguí sus
movimientos. Me limité a dejar que tomara su propio ritmo, volviéndome
loco poco a poco con cada febril roce.
Joder. Cualquier hombre podría acostumbrarse a esto.
Yo podría, por supuesto. Solo que no estaba solo yo. Nosotros
éramos tres, y ella solo una. Y aun así…
Y aun así te encanta. Todavía te sientes bien con ello, ¿verdad?
La verdad es que sí. Y no solo me parecía bien, sino que me
habría decepcionado que se acabara, de alguna manera. Si, por alguna
razón, todos decidiéramos dejar de hacer lo que estábamos haciendo. O si
Dallas…
Si Dallas se daba cuenta de que esto no era para ella.
Quiero decir, sería una mierda, ¿verdad? Era una locura. ¿Quién
coño hace algo así? ¿Tres hombres enamorándose de la misma mujer?
Todos dispuestos a compartirla con los demás, sin sentir envidia ni celos ni
ninguna de las otras emociones primarias que podrían destrozar un acuerdo
tan delicado.
Pero luego estaba esa otra parte de mí. La que me decía que no
era tan descabellado. Que para nosotros —Maddox, Austin y yo— las
reglas eran diferentes. Que llevar una relación como esta sería fácil debido a
nuestro entrenamiento, nuestras experiencias, nuestro largo historial
viviendo, trabajando y sobreviviendo juntos en las peores condiciones
imaginables.
—Mmmmmm… —gimió Dallas, su boca vibraba al tenerme
enterrado en lo más profundo de su garganta. Bajé de nuevo la mirada hacia
ella y me guiñó un ojo.
¡Dios!
Vale, quizá «fácil» no era la palabra. Plausible. Mejor. Tal vez
incluso «probable». Joder, habíamos compartido todo lo demás. Incluso
decidimos vivir juntos después del servicio, cuando podíamos haber
seguido caminos separados. Pero éramos mejores juntos. Mejores como
equipo. En la Armada, en la vida civil…
Y ahora, por lo visto, también en una relación.
¿Esto es lo que es? ¿Una relación?
Bueno, sin duda algo era. Y yo estaba dispuesto a llevarlo tan
lejos como Dallas quisiera. En última instancia, dependería de ella cuánto
tiempo durara y cuándo terminara. O incluso si terminaba.
Sentí una punzada de ilusión al pensarlo. Pero, con la misma
rapidez, la reprimí. No. No iba a hacerme ilusiones. Lo que tuviera que
pasar, pasaría.
Me tensé. Las piernas se me bloquearon cuando mi excitación
alcanzó su punto álgido, la sensación de su maravillosa boca me llevó al
límite…
—¡UNGHHH!
El grito me brotó del cuerpo, de algún lugar profundo cerca de mi
interior. Entonces me corrí… llenándole la boca repetidamente con lo que
me parecieron litros de mi caliente y pegajosa simiente.
¡Dios santo!
La cabeza de Dallas se detuvo cerca de la punta, tragando todo lo
que le daba, directo a la garganta. Me agarró con fuerza mientras engullía
una, luego dos y finalmente tres veces, antes de volver a bajar con los labios
y limpiarme los restos.
El orgasmo fue apocalíptico. La pureza del placer era asombrosa.
Joderrrr… gemí para mis adentros, mientras seguía subiendo y
bajando. Dallas me la chupó durante un minuto más, como si no quisiera
soltarla. Cuando por fin lo hizo, la abandoné con un satisfactorio «pop».
Nuestros ojos se cruzaron entre una maraña de pelo rubio
revuelto. Ahora tenía los labios carnosos e hinchados. Parecían aún más
espectaculares que de costumbre.
—Buenos días, cariño. —Me sonrió, mientras me recogía un
mechón detrás de la oreja.
—Ya te digo que lo son —le respondí sonriendo.
—Estabas soñando —comentó Dallas—. Al menos, cuando
llegué.
Asentí, entumecido. Después del orgasmo alucinante que me
acababa de regalar, no tenía ni puta idea de qué iban mis sueños.
—Entonces… ¿qué ha sido esto, exactamente? —pregunté,
señalándome la polla, consumida—. No es que me queje, eh.
Dallas soltó una tierna risita.
—¿Un regalo de despedida?
Fruncí el ceño, pero solo un momento. Luego recordé.
—Ah, sí —dije, dándome cuenta—. Nueva Orleans.
—Ajá.
Se encaramó y me plantó un beso en el pecho. Luego otro. Luego
un tercero, y un cuarto. Su contacto era tan dulce como eléctrico.
—El vuelo sale en dos horas —se lamentó Dallas, gimiendo
contra mi pezón—. Debería ducharme.
Fue a levantarse, pero yo tenía una mano en su culo desnudo. Le
di un fuerte apretón que le hizo abrir mucho los ojos.
—Entonces, ¿cuándo me darás este regalo? —pregunté.
Dallas se estremeció ante mis caricias. Me pasó la lengua muy
despacio alrededor de un pezón, lo que me hizo aflojar el agarre. Luego me
mordió juguetonamente y se puso en pie de un ágil salto.
—Cuando me des la bienvenida a casa. —Me guiñó un ojo y salió
de la habitación dando saltitos.
~ 36 ~

DALLAS

Estaba sentada entre Austin y Maddox, volando confortablemente a diez


mil metros de altura. Pensaba en el giro que había dado mi vida respecto a
hace un mes y cómo no la cambiaría por nada del mundo.
Mierda, con tal de llegar a donde estaba ahora, yo misma habría
incendiado la casa. Aparte del peligro inminente de que me mataran, vivir
con mis tres SEAL de la Armada había llenado mis días de acción, emoción
y, por supuesto, de cantidades casi ilimitadas de sexo sucio y pervertido.
Solo que no era solo sexo, y mentiría si dijera lo contrario. Ahora
también había sentimientos; emociones y apegos que surgían al estar tan
cerca de ellos. Los chicos eran divertidos, graciosos, adorables y
guapísimos. Y me protegían con ferocidad. Eran cariñosos y amables, pero
también lo bastante alfas como para devolverme hasta el último gramo de
sarcasmo y vaciles que les soltaba.
Y, Dios, estaban tan buenos…
Ir a Nueva Orleans había sido idea de Maddox, a partir de la
información que habían reunido hasta el momento. Necesitábamos
averiguar más sobre Evan Miller. Y eso significaba investigar los lugares
donde había estado destinado y los comandantes por encima de él. Hasta
dónde había vivido, lo que por supuesto significaba una cosa:
estaría siguiendo los pasos de Connor.
En Nueva Orleans podíamos descubrir un montón de detalles y
esperábamos entender los últimos días de mi hermano. La grabación de su
aparente muerte me había dejado un poco descolocada, pero me había
recuperado enseguida. Tanto por el bien de Connor como por el mío.
Protegerme a mí misma —y ahora a mis tres increíbles amantes—
era algo que todos le debíamos a Connor. Teníamos que descubrir quién le
había hecho daño y qué pretendía. Sobre todo, quería saber por qué.
Salir de este embrollo iba de la mano con vengar la muerte de mi
hermano; dos pájaros de un tiro. ¿Y si escarbábamos lo suficiente como
para liarla un poco más? Quizá fuera necesario alborotar el avispero para
saber exactamente dónde incendiarlo todo.
—¿Otra, señorita?
Sonreí con amabilidad cuando la azafata me tendió una botella de
vodka. Aún me quedaba suficiente zumo de arándanos para alegrarme la
próxima hora. Austin miraba por la ventanilla como un zombi y Maddox
estaba dormido como un tronco. Su cabeza descansaba tan adorablemente
sobre mi hombro que ni siquiera me importaban las babas.
Dejar atrás a Kane había sido una decisión difícil, pero aún
quedaba mucho por hacer en Las Vegas. Tenía pistas sobre quién podría
estar controlando el todoterreno negro de Nellis y también planeaba seguir a
cualquiera relacionado con Miller. Y, aunque nos preocupaba que fuera un
blanco fácil, había prometido dormir en la base el tiempo que estuviéramos
fuera.
¿A quién pretendía engañar? Si algo sabía de Kane era que nunca
se echaría atrás. No se escondería con el rabo entre las piernas, y menos con
tanta información todavía sin recabar. Lo más seguro es que se quedara
despierto todas las noches, observando las imágenes de las cámaras del
exterior mientras limpiaba sus pistolas, con un rifle M4A1 completamente
cargado sobre el regazo.
La escena me arrancó una sonrisa. Igual que el recuerdo de la
mamada de despedida de esta mañana.
Suspiré satisfecha, recostándome en el asiento, mientras la tercera
botellita de vodka me bajaba sin dificultad por la garganta.
Sí, era una chica feliz.
Incluso con la tormenta que nos azotaba.
~ 37 ~

DALLAS

Nueva Orleans era aún más fantástica e impresionante de lo que hubiera


podido imaginar. Para empezar, en mi mente ya era preciosa.
Aterrizamos a media tarde y nos acomodamos directamente en la
habitación del hotel, que estaba limpia, era bonita y tenía dos camas de
matrimonio. El estómago me dio una voltereta de placer al preguntarme si
acabaría en una o en otra al caer la noche.
O, muy posiblemente, en ambas.
—Vosotros dormís ahí. —Me reí, señalando el segundo colchón,
mientras reclamaba el primero—. Él ronca —le dije a Maddox, antes de
mover el dedo de Austin a él—. Y él acapara las mantas.
Los chicos se limitaron a mirarse y negar con la cabeza.
Obviamente, sus planes eran diferentes. Yo haría lo que ellos quisieran, por
supuesto, pero no tenían por qué saberlo. Al menos, no ahora.
Rezongué, abandoné la bolsa en el suelo y me dejé caer con
pesadez en la mullida cama.
Nueva Orleans, suspiré para mis adentros, mirando al techo. Qué
pasada.
La verdad es que sí. La ciudad estaba en mi lista de lugares que
visitar antes de abandonar este planeta, y aún me quedaba mucho para eso.
De momento, vaya.
—Levanta ese bonito culo —me ordenó Austin, ofreciéndome la
mano. La cogí y dejé que me levantara—. Tenemos trabajo.
Nos refrescamos deprisa y bajamos al vestíbulo. Luego, en trío,
pasamos el resto del día explorando el extremo norte de la ciudad. El coche
que alquilamos era pequeño y discreto; a pesar de mis intentos de que
eligieran un descapotable, acabamos en un sencillo sedán de cuatro puertas.
—Qué aburrido —me quejé, sacándole la lengua a Maddox. Su
cara de malhumor fingido era bastante mona, pero me gustó sobre todo que
Austin me pusiera las manos en las caderas… y prácticamente me empujara
dentro del coche.
—Conduce —me espetó Maddox, dejándome estupefacta al
darme las llaves—. Y nada de esas tonterías de carreras que hiciste en casa.
Trabajaban con sus móviles mientras avanzaba entre el tráfico.
Nuestra primera parada fue un contratista del gobierno para el que Connor
había trabajado una vez y con el que Maddox había estado intercambiando
mensajes de texto. Sus contactos nos guiaron en otra dirección y acabamos
bastante lejos del hotel para cuando anocheció.
La ciudad tenía aún mejor pinta en la oscuridad. La mezcla de
arquitectura antigua e iluminación moderna le confería a todo un aire
tenebroso y espeluznante. Algunas áreas estaban más apagadas que otras y
siempre se sabía cuándo entrabas en una zona vieja.
Y había mucho ajetreo. Montones de gente, montones de coches.
Mucho ruido también, para ser un lugar tan antiguo e histórico.
—El primer apartamento de Connor está aquí arriba —comentó
Maddox, señalando a través del parabrisas—. Gira a la izquierda pasadas
tres calles más.
Lo hice y nos detuvimos ante el armazón ennegrecido de una
estructura de tres pisos muy grande, muy vieja y muy destripada.
—Joder.
Un incendio había arrasado todo, y no uno especialmente
amistoso. Había calcinado por completo el edificio al que nos habían
guiado y parte del contiguo.
—Callejón sin salida —soltó Maddox, decepcionado. Aunque
parecía ausente, sus ojos seguían escudriñando con agudeza en todas
direcciones—. Vale, ¿qué es lo siguiente?
—La parte este —respondió Austin, indicando con el dedo—.
Cinco kilómetros en esa dirección.
Marcó una nueva ubicación y puso el teléfono en el soporte del
salpicadero. Todos nos habíamos hecho con uno nuevo inmediatamente
después de nuestro primer encontronazo con el todoterreno negro. Y,
mierda, me empezaba a acostumbrar al anterior.
—¿Tu hermano vivía aquí y nunca te invitó a venir? —preguntó
Maddox.
—Nope.
—Entonces debía de estar metido en alguna mierda —señaló—.
Connor siempre hablaba de ti. —Sonrió con alegría—. Y siempre estaba
deseando volver a casa.
Le dediqué otra sonrisa, deseando poder retroceder en el tiempo.
Deseando poder arreglar las cosas con una simple advertencia, algo que
pudiera cambiar el triste camino que acabó con su vida.
Conteniendo las emociones, seguí las instrucciones de la pantalla,
que nos dirigían hacia el segundo piso de mi hermano. Conduje despacio a
propósito, para poder contemplar la ciudad lo máximo posible.
—Maldita sea —exclamó Austin bruscamente desde el asiento
trasero—. Ojalá tu hermano se hubiera puesto en contacto con alguno de
nosotros.
Maddox asintió.
—O con todos —dijo—. Fuera lo que fuera lo que se proponía,
fue una tontería por su parte intentar cargar con todo él solo.
Pareció arrepentirse enseguida de sus palabras y me miró con
algo más que un poco de miedo. Pero yo solo me reí.
—¿No conocías a Connor? —bromeé—. ¿Desde cuándo es
famoso por dejarse ayudar en algo?
Maddox sonrió. Austin asintió para mostrar acuerdo.
—Tu hermano siempre estaba dando ayuda, en lugar de pedirla
—dijo—. Es probable que por eso le costara tanto buscar apoyo.
Continuamos y la conversación tomó una deriva cariñosa hacia
Connor. Las pequeñas cosas que hacía. Sus manías e idiosincrasias, como
dejar siempre la televisión encendida o no cerrar la puerta del baño cada vez
que lo usaba. Era reconfortante saber que no era la única que tenía que
sufrirlo. Ellos también lo habían vivido.
De un modo extraño pero distante, mantenía vivo su recuerdo.
—¿Te metía todos los condimentos en cajones aleatorios de la
nevera? —preguntó Austin.
—Siempre. —Me reí—. Nunca encontraba nada.
—Creo que lo hacía a propósito. —Maddox sonrió—. Ni siquiera
tomaba kétchup, pero siempre lo estaba guardando en algún sitio.
Escondiéndolo y…
La frase se detuvo tan bruscamente que me volví hacia él. Su
expresión se había tornado seria, de repente. Peor aún, tenía los ojos fijos en
el espejo retrovisor.
—¿Ves lo que yo veo?
—Sí —afirmó Austin desde el asiento trasero.
Oí el clic de un seguro al desactivarse. El chirrido de una bala al
cargarse.
Oh, mierda.
Yo también miré por el retrovisor. Había otro vehículo, a unos tres
coches de distancia, circulando a la misma velocidad. Agarré el volante con
fuerza durante un instante y luego recordé que debía relajarme. Si tenía que
actuar rápido, tener los brazos bloqueados y los hombros tensos podía
suponer un grave problema.
—¿Qué hago?
—De momento, nada —respondió Maddox. Había abandonado el
espejo y ahora miraba hacia atrás—. Ponte a la derecha tan pronto como
puedas.
Lo hice, y sin señalizar la maniobra. De forma metódica, el otro
vehículo me imitó.
—Esta carretera ataja —explicó Austin, consultando la pantalla
de su teléfono—. Pero antes se estrecha.
Los dos se miraron fijamente y entre ellos transcurrió toda una
conversación. Austin sonrió con satisfacción. Maddox asintió.
Di un pequeño respingo cuando me metieron con cuidado una
tercera arma en el regazo. Me di cuenta de que ya estaba amartillada y
cargada.
—Pisa a fondo el freno cuando te lo digamos —ordenó Maddox
—, y detente enseguida.
Estaba nerviosa. Asustada. Algo confundida.
Pero también emocionada.
—Es hora de recibir alguna puta respuesta.
~ 38 ~

DALLAS

Esperamos a pasar el punto de confluencia, hasta que la vía lateral terminó


de estrecharse y estaba a punto de abrirse de nuevo. Fue entonces cuando
Maddox me dio un doble golpe en la rodilla y paré.
Una fracción de segundo después, todo sucedió al mismo tiempo.
Los hombres salieron del coche por ambos lados, las puertas se
abrieron de golpe mientras se abalanzaban sobre el vehículo que teníamos
detrás. Sonaron dos disparos rápidos al aire, en lugar de a un objetivo.
Bajé por mi lado, encorvada detrás de la puerta y empuñando el
arma. Maddox y Austin avanzaron a toda pastilla hacia el vehículo que
habíamos atrapado en el callejón. No tenía otra salida que retroceder.
Apenas había espacio a ambos lados para abrir las puertas sin golpear el
ladrillo.
—¡Despacio!
El coche se detuvo y dos tipos salieron con las manos en alto. Mis
SEAL los encañonaron, los cachearon para asegurarse de que no estuvieran
armados y los tumbaron sobre el capó de lo que parecía ser un viejo Ford
Bronco.
—¿Por qué nos estáis persiguiendo? —exigió saber Maddox,
agarrando a uno por el cuello—. ¿Qué estáis intentando…?
—Órdenes.
Poco a poco, bajé el arma. Mis dos amantes se miraron.
—Solo estamos siguiendo órdenes, señor —dijo el más bajito de
los ahora prisioneros—. El suboficial Woodward nos ha enviado para daros
una advertencia. Mandar un mensaje y…
Maddox tensó el agarre y se abalanzó sobre él. El conductor del
otro coche gritó de dolor.
—¿Una advertencia? —escupió, enfadado—. ¿Quién cojones es
Woodward para…?
—¡No viene de nosotros, señor! De… de…
—Relájate, hermano —dijo Austin, haciendo que Maddox
levantara la mirada. Asintió con firmeza—. Conozco a Woodward. Al
menos un poco. Es buena gente. Si manda a estos dos, son fiables.
Todos nos fuimos relajando. Medio minuto después, estábamos
allí de pie. El chico que conducía el Bronco aún se frotaba el cuello.
—Perdonad si os asustamos —soltó el copiloto. Era más alto que
el conductor y estaba bien afeitado, tenía la cabeza rapada y todo. Ambos
vestían ropa informal—. Woodward nos dijo que vendríais. Nos pidió que
os buscáramos y concertáramos una reunión con él.
Maddox seguía confuso.
—¿Y quién es Woodward? —preguntó, más a Austin que a los
demás.
—Uno de los oficiales a cargo de algunos temas por aquí —
respondió Austin—. Programas especiales. Biodinámica, creo. —Miró al
copiloto—. ¿Estoy en lo cierto?
—Sí, señor —contestó él—. El Laboratorio Naval de
Biodinámica está prácticamente cerrado, pero todavía hay muchos asuntos
pendientes. El suboficial Woodward se encarga de rematar todo. Pero no
está aquí ahora. No lo estará durante unos días.
—Por eso nos enviaron a nosotros —agregó el otro soldado—.
Teníamos que encontraros. Daros esto.
Se metió la mano en un bolsillo de la camisa y sacó un móvil. No
era un smartphone. Era uno de esos dispositivos precargados con tapa, sin
ninguna función. Justo lo que la policía y los narcotraficantes de las
películas siempre llaman «teléfonos de usar y tirar».
—El suboficial Woodward necesita veros —dijo el conductor—.
Os llamará en el momento oportuno. Hasta entonces, nos ordenó pediros
que paséis desapercibidos. Ya os vigilan…
Al escuchar eso, los cuatro escudriñaron el pequeño callejón
sombrío. Todo estaba en silencio, excepto por el sonido ambiental de la
ciudad, muy lejano.
—¿Vigilan? —preguntó Austin con escepticismo—. Acabamos
de llegar, joder.
—Lo sabemos. Hicisteis el check-in en el Sierra hace un par de
horas.
Maddox maldijo con todas sus fuerzas, toda una retahíla de
palabrotas que acabaron con él negando con la cabeza.
—El coche tampoco sirve —soltó uno de los soldados—. Nos han
ordenado que os lo cambiemos.
Le lanzó a Austin un juego de llaves y él las atrapó hábilmente.
Los dos SEAL me miraron y luego se miraron entre sí.
—Entonces, ¿qué hacemos ahora? —preguntó Maddox—. ¿Nos
quedamos de brazos cruzados hasta que llame Woodward?
—Más o menos —se disculpó el calvo—. El suboficial opina que
deberíais cambiar de guarida. Marchaos al barrio francés, donde la multitud
facilita pasar desapercibido. Os hemos conseguido un sitio donde podéis
desaparecer durante las próximas 36 a 48 horas, hasta que suene el teléfono.
—Relajaos un poco —dijo el otro. Incluso sonrió—. Disfrutad del
Mardi Gras.
Me quedé boquiabierta.
—¿Mardi Gras?
De repente, todo cobró sentido. El ruido. El tráfico. La avalancha
de gente. Nos habíamos quedado en la parte alta de la ciudad, así que no
habíamos recorrido las zonas de fiesta más importantes. Pero ahora…
—Mardi Gras… —repetí, asombrada.
Ahora los cuatro chicos me miraban fijamente. La boca de
Maddox se torció en una sonrisa burlona.
—¿En serio no te habías dado cuenta de qué mes es?
~ 39 ~

DALLAS

Una vez que llegamos al corazón de la ciudad, fue como sumergirse en el


esplendor. Para empezar, era viernes por la noche. El fin de semana antes
del Martes de Carnaval. El GRAN finde, según había leído y visto en
decenas de vídeos espectaculares por Internet.
Sin embargo, ninguno de ellos hacía justicia de verdad a esta
fiesta.
El barrio francés era una impresionante variedad de arquitectura
de estilo español del siglo XVIII, salpicada con un toque moderno. Caminar
por sus calles con trescientos años de antigüedad ya era impresionante de
por sí, sin tener que chocarse con dragones, zombis y atractivos hombres y
mujeres enmascarados. Todo lo que veía me dejaba sin aliento; la diversión
y la emoción de la despreocupada jarana, la explosión de imágenes, olores y
sonidos que componían la fiesta del Mardi Gras, que duraba semanas.
Era todo brutalmente impresionante.
La mejor parte era el anonimato. Nos mezclábamos perfectamente
en una multitud de miles y, además, podíamos llevar disfraces. Después de
beber y comer algo en la calle, avanzamos por Bourbon Street. Caminamos
de la mano para evitar separarnos, conmigo feliz en el medio.
—¿Máscaras? —preguntó Austin, acercándose a un vendedor—.
¿Solo para estar más seguros?
Maddox se encogió de hombros.
—¿Por qué no?
Unos minutos después, mis dos amantes lucían unas elaboradas
máscaras que les cubrían ambos ojos y la nariz. La de Austin era una
especie de demonio negro y rojo, tan feroz como genial. La de Maddox
estaba pintada para parecer de metal, con pernos, remaches y placas de
acero entrelazadas que formaban la mueca de un guerrero.
—Ahora tú —dijo uno de ellos.
—Yo voy un paso por delante.
Los llevé hasta otro vendedor que pintaba caras. Tomé asiento
mientras me aplicaba capa tras capa de color alrededor de los ojos y las
mejillas. Cuando finalmente me pasó un espejo, me vi reflejada con una
máscara de pavo real en tonos azules y dorados, delicada, emplumada y
preciosa.
—Perfecto —dijo Maddox, volviendo a entrelazar la mano con la
mía. Su agarre era fuerte y su sonrisa, cálida—. Ahora ya podemos
divertirnos.
Seguimos caminando, abriéndonos paso entre gentes alegres y
felices. Me habría resultado difícil esquivar a todo tipo de borrachos listos
para pisarme… si no hubiera sido por Maddox y Austin. Con los dos, de
más de metro ochenta y bastante imponentes, tenía un montón de espacio.
Incluso en la plaza central, donde la mera cantidad de cuerpos ondulantes
amontonados habría provocado un ataque al corazón hasta al jefe de
bomberos más curtido.
Pero todo iba bien y eso era parte de la escena. Vimos tres
desfiles diferentes, cada uno más bonito y maravilloso que el anterior.
Pasaban lentamente junto a la multitud ebria y animada, lanzando abalorios
en todas direcciones como si fueran serpentinas.
Pesqué más de lo que me correspondía y ni siquiera tuve que
levantarme la camiseta. No es que no lo hubiera hecho. Después de entrar
en varios bares para tomarnos unas copas y unos chupitos, no sentía dolor
alguno.
—¿Ya estás feliz? —Austin sonrió y me besó mientras el público
aplaudía el paso de otra carroza.
—¡En el séptimo cielo! —le grité prácticamente en el oído, antes
de morderlo juguetonamente.
Ambos me besaban todo el rato. Me agarraban, me abrazaban, me
atraían hacia sus cuerpos fuertes y esbeltos. En cualquier otra circunstancia,
hubiera sido totalmente escandaloso: dos hombres musculosos
compartiendo a la misma mujer, besándola en público, caminando cada uno
con una mano en cada nalga.
Pero aquí, en Carnaval… nadie miraba siquiera.
Joder, quería vivir aquí.
Bebimos un poco más, pero los chicos fueron lo bastante
disciplinados como para conservar siempre el control. Yo misma era lo
suficientemente lista como para mantenerme hidratada. Llevaba una botella
de agua conmigo a dondequiera que íbamos y la llenaba siempre que podía.
También ayudó el hecho de que por fin pudiéramos «cenar». Era muy tarde
y nos sentamos a comer algo con las manos en una bonita cafetería al aire
libre que estaba a punto de cerrar por ese día.
La noche avanzaba. Las calles se vaciaban. Ya pasaba de
medianoche, ¡pero ni siquiera estaba cansada! Tenía el corazón acelerado y
la piel enrojecida por la sangre que me corría por las venas. No quería que
terminara. No quería que acabara nunca. Era todo demasiado perfecto.
—Nuestro hotel —señaló Maddox con la barbilla, tratando de no
derramar su última cerveza— está justo ahí.
Me volví para mirar el antiguo edificio retorcido. Con siglos de
antigüedad, era absolutamente espectacular. Balcones de hierro forjado
entrelazaban la estructura de varios niveles, que se encontraba a mitad de
una callejuela, justo al lado de la avenida principal.
El brazo de Austin me rodeó por detrás, atrayéndome hacia él. Me
acercó los labios directamente al oído.
—¿Llevamos la fiesta adentro? —gruñó, insinuante.
En ese momento, estaba cachondísima. El alcohol me había
soltado, al igual que todos los besos y caricias. Mi encuentro matutino con
Kane me había puesto caliente como una plancha. Si nuestro avión no
hubiera estado a punto de despegar, me habría dado la vuelta y lo habría
puesto duro de nuevo… y lo hubiera montado y cabalgado hasta que ambos
viéramos las estrellas.
Dios, ¿fue esta mañana en serio? Este había sido el día más largo
y glorioso de mi vida.
A modo de respuesta, me giré y me abracé a ambos. Los besé por
turnos, con pasión y fuego, metiendo la lengua en cada una de sus bocas.
Cuatro manos se dirigieron a mi cuerpo. Veinte dedos exploraron en sentido
descendiente, deslizándose sobre mis costillas, mis caderas, mi vientre…
Ay, Dios mío.
…y aún más abajo.
—Sí… —susurré, con la voz ahogada por el ruido de la multitud.
Austin me apretó más contra él. Una mano atravesó mi cinturilla,
dos dedos avanzaron hasta posarse sobre mi monte. Ya tenía las bragas
empapadas.
—No te hemos oído.
—Oh, joder… —gemí, retorciéndome entre sus brazos. Luego,
solté más alto—: He dicho que SÍ.
—¿La has oído, tío? —se burló Austin—. Creo que ha dicho algo.
Maddox me cogió la cara. Acercó sus labios a los míos y me dio
el beso con la boca abierta más caliente y húmedo de mi vida.
La hostia.
Un dedo se coló en mi interior. Entró con tanta facilidad que noté
los jugos acumularse en la cara interna de mis muslos.
Si no hacía algo pronto, me iban a follar en la calle.
—Llevadme a la habitación —les ladré a los dos—. AHORA.
Austin enarcó una ceja. Maddox se echó a reír.
—¿Te llevamos y qué?
Puse una mano en cada una de sus entrepiernas. Ambos estaban
ya empalmados.
—Llevadme a nuestra habitación —gruñí, dándoles un apretón a
cada uno—. Y folladme hasta dejarme sin sentido.
~ 40 ~

DALLAS

Nuestro segundo hotel era más pequeño y acogedor que el primero. Nos lo
habían facilitado los hombres de Woodward, que también habían traído
nuestras cosas. Con menos espacio, tenía una gran ventaja: una sola cama
de matrimonio.
—Será mejor que no llevéis ropa —grité desde el pequeño cuarto
de baño.
La voz de Maddox flotó entre risas.
—Sal y lo verás.
Me ajusté las medias de rejilla hasta el muslo. Terminaban en un
ribete de encaje, sujeto a un liguero rojo y negro por correas con cierres a
presión. Un sujetador de satén rojo cereza y un tanga a juego completaban
mi atuendo, junto con mis abalorios de carnaval.
Muchos abalorios.
—¡Ven aquí o iremos a por ti!
—Sí. —Oí que Austin estaba de acuerdo—. ¡Hasta que llegues
somos solo dos tíos incómodamente juntos en la cama!
Esa última parte me hizo soltar una risita. Apagué la luz y me
contoneé hacia delante, deteniéndome en el umbral de la puerta. Moví las
caderas a izquierda y derecha y di una vuelta lenta para que pudieran
apreciar todo el efecto.
—Dios MÍO… —juró Austin.
Maddox silbó. Los dos estaban tumbados a ambos lados de la
cama, desnudos, salvo por el bóxer. El abultado bóxer. Apenas podía apartar
la vista de esa parte.
—¿Habéis cambiado de máscara? —Sonreí con satisfacción,
acercándome a la cama. Maddox ahora era el demonio y Austin el guerrero
—. ¿Creíais que no me daría cuenta?
O lo habían hecho para divertirse o intentaban engañarme de
verdad. Lo cual era ridículo, por supuesto, porque ya conocía cada delicioso
centímetro de sus cuerpos.
—No se te escapa nada —comentó Maddox.
—Nope.
Me arrodillé en la cama y me arrastré hacia ellos. Entre ellos. Mis
amantes tenían un aspecto increíble en la penumbra titilante: todo músculo
y nervios y carne masculina caliente y deliciosa. La mínima gota de sudor
resaltaba cada magnífica ondulación de sus planos estómagos, rasgados con
unos prietos abdominales.
¡Santo cielo, Dallas! maldijo mi mente.
Austin se bajó los calzoncillos y su polla se liberó. La cubrió con
la mano y empezó a acariciarla despacio hacia arriba y hacia abajo… una
visión que me hizo humedecerme al instante.
¿Qué coño has hecho para merecer esto?
Más allá de nuestro pintoresco balconcito, el sonido de las risas y
de la fiesta seguía apagándose a lo lejos. Los chicos se acercaron a mí, cada
uno poniéndome una mano en la cara. La palma de Maddox estaba tibia, me
acariciaba suavemente la mejilla. Cerré los ojos y me incliné complacida
hacia ella, justo cuando Austin me deslizaba su pulgar lenta y sensualmente
en la boca.
Guau…
Ya sentía que se me entrecortaba la respiración. Las últimas
veinticuatro horas habían sido el culmen de mi existencia; el mejor día de
mi vida. Y la cosa estaba a punto de mejorar…
Me empujaron hacia delante, entre los dos, contra la mullida
cama. Entonces, empezaron a besarme. Una y otra vez, sus manos
exploraron libremente mi cuerpo, mi piel, el satén y la seda de mi lencería.
Me besaron sin parar hasta que me mareé, hasta que mi cabeza nadó en
lujuria, necesidad y deseo.
Y también había algo más. Algo que me hizo subir de
temperatura y sentir un hormigueo. Casi hasta náuseas.
Te estás enamor…
Una mano se deslizó entre mis piernas y separaré los muslos
automáticamente. Estaba tumbada mirando hacia arriba. Contemplando dos
de los rostros más guapos y delineados que jamás había presenciado. Austin
me pasaba la lengua por el cuello. Me besaba en los puntos más sensibles,
mientras su aliento caliente me producía escalofríos.
Y Maddox…
Ay, Dios mío.
Maddox me iba mordisqueando el estómago. Me lamía cada vez
más abajo, hasta que llegó a la fina franja de piel entre el liguero y la
braguita, que ya estaba tan húmeda que era dos tonos más oscura que
cuando me la había puesto.
Su boca se cerró sobre mi monte. Entonces arqueé la espalda,
arañé las sábanas debajo de mí mientras él insuflaba un chorro constante de
aire caliente a través del tanga y directamente sobre mi coño.
—¡Unnnnghhhhhhh!
Salió como un gruñido; crudo, fuerte y totalmente puro. No había
necesidad de discreción. No había que callar. Podía gritar si me apetecía;
podía dejar que me machacaran, me aplastaran y me destrozaran bajo sus
cuerpos. Podía chillar mientras me aprisionaban entre ellos, destruyéndome
por los dos extremos…
Y nadie en el mundo entero lo sabría, excepto nosotros.
Me bajaron el sujetador y una boca caliente se cerró sobre unos
de mis pezones. Austin me besaba un pecho mientras amasaba el otro.
Hacía rodar el duro botón firmemente entre sus dedos, mientras trazaba
círculos alrededor de la areola con la punta de su caliente lengua.
Pero más abajo…
—MmmmMMmmmMmmm…
Maddox me estaba volviendo loca. Seguía chupando, pero ahora
también tarareaba. Me comía a través de las bragas, lamiéndome,
besándome y succionándome el coño con nada más que una diminuta y
húmeda tira de tela separando su ansiosa boca de mi dolorida y palpitante
rajita.
¿Cómo narices he llegado hasta aquí?
Era una pregunta justa. Si los hubiera conocido hace un año y
medio, habría sido en calidad de hermanos de armas de Connor. Nos
habríamos dado un cordial apretón de manos y habríamos sonreído, quizá
tomado unas copas y contado historias. Pero eso habría sido todo. Hasta ahí
hubiera llegado nuestra relación, porque eran amigos de mi hermano… y
los amigos de mi hermano siempre habían estado vedados.
Pero ahora…
Jadeé cuando la lengua de Maddox se deslizó en mi interior. Por
fin me había quitado la ropa interior y se había lanzado a devorarme como
era debido. Sus manos se dirigieron a mis piernas cubiertas por las medias,
abriéndolas aún más.
Tragué saliva, superando las palpitaciones de mis frenéticos
latidos. No, ahora las cosas eran diferentes. Ahora me sentía tan cerca de
aquellos hombres como Connor, si no en el combate, al menos mental y
emocionalmente. Y físicamente…
Bueno, físicamente le ganaba.
Esto es una locura, esto es una locura, esto es una locura…
La cabeza me iba de un lado a otro mientras enterraba los puños
en el pelo de Maddox. Ahora me empujaba contra él. Movía las caderas
como una perra codiciosa y necesitada. Miré hacia abajo y vi que un
demonio me lo estaba comiendo. La imagen era tan excitante que quería
grabármela a fuego en el cerebro…
Mis cuentas resonaron ruidosamente cuando Austin las apartó.
Me acariciaba los pezones, alternando entre lamer uno y tirar del otro. La
forma en que me masajeaba las tetas era maravillosa. Sus manos y sus
dedos me parecían perfectos, tan fuertes, tan masculinos.
Dios, podría vivir la vida así…
El pensamiento surgió al azar, a través de la bruma de la euforia.
Por primera vez, me lo planteé. Si los chicos me quisieran como yo a ellos,
podía ser así. Los cuatro podíamos conseguir que funcionara… tal vez. Al
menos un tiempo.
Pero ¿tú podrías?
Suspiré, mordiéndome el labio, mientras nuevos niveles de
excitación surgían de mi interior. Sin previo aviso, me retorcía, estremecía y
corría en la cara de mi amante. Le bañé los labios y la lengua con un chorro
de jugos calientes, hice squirt por primera vez desde mis intentos fallidos en
la universidad.
—¡DIOS MÍO!
Me volví literalmente loca. Estrellé la cabeza contra la almohada
mientras mi cuerpo se agitaba y apretaba incontrolablemente un buen
puñado de la hermosa melena rubia de Maddox. Sin soltarlo, grité hacia un
cielo imaginario, sin dejar de eyacular, sin dejar de chorrear. Apenas era
vagamente consciente del calor y la humedad, me encontraba en algún lugar
más allá de la pura euforia deslumbrante del estremecedor clímax.
Cuando volví en mí, me dolía el pecho. El estómago se me
revolvía con cada respiración entrecortada. Miré hacia abajo con aprensión
y todo estaba empapado. Incluido Maddox.
—Siento el desastre. —Sonreí a modo de disculpa—. Yo…
—No te preocupes.
Abrí los muslos para él cuando se coló entre ellos. La erección
que Maddox tenía entre las manos era muy dura, con la cabeza hinchada y
enorme. Parecía una manzana pequeñita cuando me la acercó a mi sexo
palpitante y brillante… mientras Austin me sostenía la cabeza en su regazo
cálido y desnudo.
—Esto ni siquiera empieza a describir el desastre que vamos a
hacerte…
~ 41 ~

DALLAS

Ya estaba delirando cuando empezó a follarme. Mis gemidos de placer se


convirtieron directamente en jadeos cuando Maddox me clavó hasta el
fondo la polla, cuya cabeza palpitante se arrastraba de un modo maravilloso
contra mis paredes internas.
Levanté la vista hacia él y percibí un hambre nueva en sus ojos,
una necesidad irrefrenable de tenerme. Ahora iba a por todas. Se entregaba
por completo a la tarea que tenía entre manos, que en ese momento incluía
entrar y salir de mi tierno cuerpo con fuerza y rapidez.
Mmmmm…
Distraídamente, me pregunté si su expresión sería así en el campo
de batalla. El divertido Maddox… de repente intensamente concentrado, sin
risas. Ahora me estaba penetrando con embestidas potentes y enérgicas, sin
darse cuenta de que sus dedos se estaban convirtiendo en garras mientras
me sujetaba las rodillas a ambos lados de la cabeza. Rebotaba
deliciosamente contra su cuerpo duro como una piedra. Lo contemplaba con
asombro y admiración, con felicidad y lujuria y sí… incluso con amor.
Amor.
Joder, otra vez esa palabra.
Me invadió una sensación de calor y cosquilleo que me produjo
nuevas mariposas en el estómago. Decidí aparcar esas emociones por el
momento. Dejarlas a un lado y concentrarme en la labor que me ocupaba.
—Mierda, hermano . —Austin se reía entre dientes—. La vas a
romper.
El agradable dolor que sentía por dentro me hubiera dicho que era
cierto, incluso aunque no estuviera viendo cómo Maddox me estaba dando.
Un dedo —no, un pulgar— entró en mi boca y giré la cabeza para chuparlo.
Austin me agarraba la cara por los dos lados. Me recogió el pelo por encima
de las orejas mientras succionaba su grueso dedo con mi boca hambrienta y
ansiosa.
Maddox me follaba cada vez más hondo, hasta que sentí que se
me llenaban los ojos de lágrimas de alegría. En alguna parte de mi mente,
me dolían las piernas. Sin duda, sus dedos me estaban dejando
magulladuras en la parte inferior de los muslos y mañana me molestarían
los músculos de las piernas por haberlos estirado más allá de límites
normales.
Joder… joder…
Dios mío, iba a correrme otra vez. Si seguía follándome así…
—¿Vas a dejarla pronto? —se burló Austin—. ¿O voy a tener que
quitártela?
Maddox bombeó una decena de veces más antes de reaccionar a
la declaración de su amigo. Parecía frustrado al retirarse.
—Dale la vuelta —propuso Austin—. Se me ha ocurrido una
idea.
Me giraron entre los dos, con la misma facilidad con la que
lanzarían una almohada. Austin me cogió por las muñecas, pasándome los
brazos por encima de la cabeza. Luego me arrastró hacia abajo, a una
esquina de la cama.
—Baja la cabeza.
Lo obedecí. Estaba bocabajo, con el culo mostrando mi humedad.
A cuatro patas, con el coño palpitando aún, dispuesta a todo.
De repente noté un tirón. Un instante después, Austin estaba
cogiendo mis cuentas y pasándomelas por encima de la cabeza. Debía de
haber unas cuantas decenas; collares de carnaval de plástico barato pintados
de todos los estilos y colores imaginables.
Juntó unos cuantos y empezó a enrollármelos en las muñecas…
Oh, guau.
Solos eran finos y frágiles. Juntos, formaban una especie de
cuerda trenzada muy resistente. Austin unió varios, atándome las muñecas
hasta que quedaron apretadas, la una contra la otra. Luego pasó más
collares a través de ellas y lo amarró todo a la esquina del cabecero de la
cama.
—Eso es. Ya está lista.
Me retorcí un poco, comprobando las ataduras. Se mantenían
firmes. Mucho más firmes de lo que había pensado, para ser un puñado de
abalorios de plástico.
—Venga —dijo—. Intenta zafarte.
Tiré con más ahínco, pero el resultado fue el mismo. Estaba
irremediablemente inmovilizada en la cama, bocabajo, con los brazos en
alto.
Una mano áspera se dirigió a mi culo. Me frotó la piel despacio,
formando círculos tentadores. El contacto era grandioso… hasta que me
abandonó y cayó con fuerza, con una sonora palmada.
—¡OHHH!
—Vamos —gruñó Austin, mientras se colocaba detrás de mí—.
Vas a divertirte.
No tanto como tú, quise decir, pero no lo hice. Ya estaba sin
aliento. Completamente excitada por lo que estaba a punto de sucederme.
Su mano bajó una segunda vez, luego una tercera. Me sobresalté
cada una de ellas, pero ahora apretaba la mandíbula a causa del maravilloso
y exquisito dolor. Hacía siglos que no me azotaban. Y nunca así… Nunca
como…
—JOOOOOOOODER.
Austin escupió la palabra como si fuera un insulto mientras se
hundía en mí. Sentí como si me partiera por la mitad. Estaba más enorme y
duro que nunca, y el ángulo descendente hacía que tuviera el coño tan
apretado que apenas podía completar el recorrido. Si no estuviera tan
caliente, jugoso y húmedo…
Se apretó contra mí hasta que percibí sus abdominales tensos
contra el culo. Intenté tragar, pero tenía una pelota de béisbol en la
garganta.
—Te gusta que te llenen así, ¿verdad?
Su voz sonaba áspera e irregular, como la grava. Sus labios
ardientes me rozaban la oreja.
—Sí.
Me salió un poco débil, demasiado manso para él. Volvió a bajar
la mano, me azotó el culo y grité de dolor y placer.
—¡SÍ! —repetí, esta vez asintiendo y mordiéndome el labio.
Austin aceptó la respuesta y fue directo a follarme. Cada empujón
era puro placer. Cada embestida me oprimía contra las ataduras. Las cuentas
chocaban entre sí, al ritmo constante del acto sexual. Y esto no era hacer el
amor. Me estaban dando duro.
Esto es lo que querías, ¿no?
Mierda, sí que lo era. Hasta lo había pedido.
Ten cuidado con lo que deseas…
De pronto, me di cuenta de que mi otro amante estaba de pie ante
mí, a los pies de la cama. Extendí la mano hacia él, justo lo necesario para
tirar de su miembro. Abrí la boca. Esperé al momento perfecto y me lo
introduje entre los labios.
—Allá vamos —gruñó Austin. Me dio otra palmada, pero esta fue
más alentadora que amonestadora—. Joder, tomarte juntos, así… —Me
empotró con fuerza, metiéndome a su amigo hasta el fondo de la garganta
—. Es tan puto excitante.
Continué así; chupándosela a uno, follándome al otro. Ambos se
hundían en mi cuerpo una y otra vez, tanto por delante como por detrás.
Estaba maravillosamente aprisionada entre ambos. Cumpliendo la fantasía
más honda y oscura de toda chica.
Qué rico…
Todo era abrasadoramente sensual. Superaba tanto la esfera de la
realidad que apenas conservaba los sentidos. Gritaba contra el muslo de
Maddox mientras Austin me penetraba. Me agarraba a la base de su polla,
más para impulsarme que por placer.
¡Qué maravilla, joder!
Tenía la piel colorada y los ojos desorbitados. De repente,
Maddox retrocedió y me agarró del pelo, levantándome la cabeza para que
lo mirara. Me clavó aquellos ojos demasiado azules.
—Mira.
Me cogió la barbilla y dirigió mi cabeza. Había un espejo de
cuerpo entero en la habitación y, hasta entonces, no me había dado cuenta
de que lo habían cambiado de sitio. Desde el ángulo en que estaba, nos veía
a los tres, perfectamente centrados.
—Qué elegancia —dije, sonriendo y asintiendo.
Maddox soltó una risita malévola.
—Pensamos que te gustaría.
Me besó de forma húmeda y volvió a sumergirse en mi boca. Sin
embargo, yo seguía con la vista fija en el espejo, observándome mientras
iba y venía entre ellos. Suspiré, deleitándome en la obscenidad de dejarme
llevar, de postrarme ante esos dos hombres fuertes y poderosos. De
permitirles que me tomaran como quisieran. Habría dicho cualquier cosa
que me pidieran. Habría hecho cualquier cosa…
¡Qué puta eres!
La palabra no tenía ninguna connotación negativa aquí. Era la
sensación más increíble del mundo, dejarme compartir libremente de esta
manera. La liberación total; el placer sin juicios, ni expectativas, ni…
—Estoy a punto…
La voz de Austin llegó flotando desde algún punto a mis espaldas,
donde seguía taladrando. El ritmo era el mismo, pero la respiración le había
cambiado. Por alguna razón, me sentí orgullosa. Orgullosa de poder cansar
a alguien como él. Un SEAL de la Armada, en excelente condición física…
Vas a… correrte otra vez…
Delante, estaba haciéndolo lo mejor que podía. Sin dejar de
rodear con los labios a Maddox mientras su amigo, su hermano de armas,
me estiraba de lo lindo desde atrás.
—No puedo… No puedo aguantar…
—Entonces no lo hagas —repliqué, girando la cabeza para mirar
a Austin. Le sonreí de forma diabólica—. Acaba, cariño. Lánzamelo.
Las manos de Austin estrujaron mis caderas y ahí estaba: su
rugido de placer, de triunfo, de penúltima liberación. Empujó una última
vez y luego se quedó completamente inmóvil, enterrado hasta los cojones
en mi coño.
—¡NNNNGHHH!
Sentía cómo palpitaba y latía, cómo estallaba dentro de mí. Me
llenaba con su fuego líquido. Desencadenó mi propio clímax, que me
recorrió todo el cuerpo. Me dominó. Durante unos breves y brillantes
segundos, borró todo lo demás del universo… la cama, el dormitorio, el
pene de Maddox, que seguía agarrando con fuerza. Todo se desvaneció,
como polvo en el huracán de mi orgasmo violento.
Y luego, en medio de todo eso, empezó a llover. Caían gotas
gruesas y cálidas por todas partes, conforme el semen de Maddox me
salpicaba acaloradamente las mejillas, la barbilla, el cuello y la frente.
Ohhhhh…
Algunas de las cuentas que conformaban mis cadenas se habían
roto, dándome la suficiente holgura para tocarme. Me incliné y pude
deslizarme una mano entre las piernas. Metí dos dedos en las profundidades
de mi revuelta vagina, prolongando el clímax mientras Austin seguía
follándome, con su polla resbalándome entre los dedos.
Nos derrumbamos al mismo tiempo, convertidos en un montón de
sudor, sexo y esperma. Todos exhaustos. Todos con una sonrisa.
—Bueno… —murmuró Maddox cuando recobró el aliento.
Ladeó la cabeza hacia mí y sonrió sin fuerzas—. Dijiste «sin sentido».
~ 42 ~

DALLAS

Volvieron a compartirme y, después, otra vez. El tiempo transcurría y el


ruido del exterior se atenuaba, pero dentro de nuestra pequeña habitación de
hotel las cosas se calentaban.
En cierto modo, era casi como una competición. Parecía como si
cada uno de mis amantes intentara demostrar algo al otro: lo duro o
profundo que podía llegar, lo rápido que podía recuperarse.
O eso, o es que sencillamente no se cansaban de mí.
Perdí la cuenta de cuántas veces me lo hicieron. Me follaron en la
cama, en el suelo, incluso de pie contra la pared. Austin me tapó la boca
con la mano mientras Maddox me daba sobre el brazo de un sillón
antiguo… para luego cambiar de sitio y volver a empezar.
Sin embargo, de todo aquello, mi parte favorita fue el balcón.
Era tarde, muy tarde, cuando me sacaron fuera y me inclinaron
sobre la barandilla de hierro forjado. El aire era frío, las vistas y los olores
de la ciudad por fin se habían calmado. La muchedumbre de la plaza casi se
había dispersado, salvo por algunos borrachos rezagados que deambulaban
por calles secundarias como la nuestra.
Fue tan atrevido como divertido follar a la vista de todos. Allí de
pie, con la cara pintada y las medias hechas jirones colgando de las piernas,
mientras se turnaban para penetrarme desde atrás.
¡Dios, Dallas! ¡Mírate!
El cuerpo me temblaba de tanta adrenalina. Hacía tiempo que me
habían quitado los ligueros y las bragas. Me habían vuelto a atar las manos
a la barandilla con cuentas, solo que ahora la mayoría estaban rotas.
Solo imagínate esto, pensé.
Todos. Los. Días.
Sí, todos los días… así. Solo que aún más, porque Kane también
estaría allí. Satisfacer las necesidades físicas y emocionales de tres fornidos
especialistas de la Armada parecía un sueño hecho realidad. Excepto que no
era un sueño y podía hacerse realidad y, de repente, comprender todas estas
cosas a la vez me asustó.
El orgasmo que experimenté en el balcón fue muy parecido al
primero, solo que este me agotó por completo. Gemí como una puta,
provocando que un trío de curiosos levantara la vista en el callejón. Lo que
estábamos haciendo era inconfundible, pero nuestro público estaba
demasiado ebrio para preocuparse. Además, era carnaval. Y, encima, las
tres o cuatro de la madrugada.
Uno a uno, mis amantes acabaron dentro de mí, con tanta
violencia que pensé que iba a desmayarme. En lugar de eso, me aferré a la
barandilla de hierro trenzado y me sostuve con todas mis fuerzas, tan
firmemente que estaba segura de que doblaría los barrotes.
Entonces, nos dejamos caer en la cama. Me desplomé, exhausta,
sobre las mantas y el suave edredón de plumas.
El sueño se apoderó de mí antes de que mi mejilla pudiera
siquiera encontrar la almohada.
Me desperté bocabajo en la penumbra del inminente amanecer,
con la sensación de que una polla dura se abría paso lentamente hacia mi
interior. Desde este ángulo no sabía si era Maddox o Austin. No es que
importara. Abrí las piernas de buena gana, dejando escapar un gemido de
satisfacción y aturdimiento cuando me penetraron fácilmente desde atrás.
—MMMMmmmm…
Todo era tan húmedo. Tan cálido, cómodo y confortable. Mi
amante estaba apretado contra mi espalda, piel con piel, aplastándome
contra la mullida cama. Notaba que el coño le chorreaba a su alrededor.
Goteando sexo.
Todavía lo deseo.
Era más que obvio por la forma en que reaccionaba mi cuerpo. A
pesar de lo agotada que estaba, sentía un hormigueo. Los pezones se me
pusieron duros.
Dios, todavía lo necesito.
—Ábrete para mí —gruñó una voz—. Más.
Todavía no podría adivinar quién era, y eso era lo más excitante
de todo. El anonimato de que me follaran así… de fingir que podía ser un
completo extraño. Alguien que ni siquiera conocía, violándome, solo
aprovechándose de mi cuerpo caliente y privado de sueño.
Un par de labios me mordisquearon la oreja. Me pasaron un brazo
por el vientre, levantándome el culo, ajustando el ángulo de penetración. Mi
amante se introdujo; entró y salió. Fue lento. Perezoso. Bello.
Gemí quedamente, con la cabeza inclinada hacia un lado. La vista
se me había adaptado lo suficiente como para distinguir la piel suave y
oscura del hombre que estaba a mi lado. Austin dormía en paz, ajeno a lo
que ocurría a escasos centímetros de su cuerpo medio tapado.
Entonces es Maddox. Es él quien está dentro de mí.
Moví el trasero de un modo juguetón, enroscándolo de nuevo
contra él. Me gustaba tanto que casi ronroneaba. Él seguía penetrándome,
retirándose cada vez que su duro cuerpo tocaba fondo contra mi blando y
flexible culo. Estaba a punto de correrse. A punto de descargar otro chorro
en mí y mezclarse con los demás. Con mis propios jugos calientes, e
incluso…
De repente, me abandonó. Esperé a que me la clavara de nuevo o,
en su lugar, la tibia sensación del semen cayéndome sobre la espalda
desnuda. En cambio, me llevé una sorpresa muy distinta:
estaba presionando la punta de su miembro contra mi resbaladizo
y apretado ano.
Jadeé, con los ojos como platos del asombro. Era solo la puntita.
Lo justo para entrar lo más mínimo. Abrí la boca hasta la mitad…
…y de repente empezó a eyacular.
¡DIOS mío de mi vida!
Me quedé sin aliento cuando lo sentí explotar, disparándome
densos chorros de esperma directamente en el culo. Estaba calentito y
pegajoso. Era algo totalmente sucio y prohibido.
Y, de alguna manera, me encantó.
Era increíblemente guarro que me llenaran así. Allí tumbada, con
la cara pegada a la almohada, mientras mi amante se sujetaba la polla contra
mí… llenándome el ano con su leche hirviente.
Pero. Qué. Coño.
Maddox continuó masturbándose, vaciándose las bolas por
completo. Bombeó hasta que terminó, momento en que rompió el sello
entre mi culo y la punta de su miembro.
Gruñó de satisfacción antes de darse la vuelta, dejándome usada y
temblando. Estaba en la misma posición que cuando me despertó… solo
que ahora, un flujo constante de semen caliente me goteaba del trasero.
Me quedé dormida mirando el amanecer. Me preguntaba cómo
íbamos a levantarnos para afrontar el día, o si podríamos correr las cortinas
y quedarnos dormidos, acurrucados.
La humedad seguía brotando por detrás, recorriendo mi cálido y
dolorido coño. Cerré los ojos, deleitándome en aquel momento.
Era, con diferencia, lo más excitante que nadie me había hecho
nunca.
~ 43 ~

AUSTIN

Caminamos bajo una ligera lluvia, entre lo que podrían haber sido oficinas,
barracones o cualquier otra cosa. La base era una amalgama de lo viejo y lo
nuevo. De estructuras modernas, más recientes, y de edificios de ladrillo
antiguos.
—Hay un mirador aquí arriba —dijo el hombre al que seguíamos
—. Podemos hablar allí.
El suboficial Woodward era un hombre de corta estatura, con la
constitución subyacente de alguien más fornido en la juventud. Llevaba con
orgullo una melena rala, con un peinado que no trataba de disimularla.
También caminaba más rápido que la mayoría de los hombres que conocía,
aunque tuvieran las piernas el doble de largas.
Maddox arrastraba el culo, lo que me hizo gracia. Me habría reído
de él, pero yo estaba igual. Los dos estábamos exhaustos, completamente
agotados por las actividades de las dos últimas noches. Además, nos
habíamos acostumbrado a dormir la primera mitad del día y a estar de fiesta
toda la noche.
Pero bueno, era Mardi Gras.
—Vale —dijo Woodward, al llegar por fin a nuestro destino—.
Aquí podemos hablar con libertad.
El Laboratorio Naval de Biodinámica de la Armada
estadounidense existía desde principios de los años 70, sobre todo como
centro de investigación médica. En los 90 se transformó parcialmente para
albergar otras oficinas navales, entre ellas las que dirigía Woodward.
Ahora mismo nos encontrábamos en un viejo mirador, erguido de
forma desafiante, incluso en un ángulo ligeramente torcido. Antaño, hace
mucho, habría sido muy bonito. En este momento, sin embargo, estaba muy
descuidado. Tenía más pintura que madera.
—Si va a decirnos que su oficina tiene micrófonos… —empezó
Maddox.
—¿Quieres que te sea sincero? —preguntó Woodward—. ¿Quién
coño sabe? Hoy en día no me fío de nadie. Me limito a cumplir el resto de
mi condena, a terminar mis treinta y cinco.
Se encogió de hombros y se apoyó en una de las viejas
barandillas de madera. Pero no sin antes tantearla con la mano.
—Están sucediendo muchas cosas repulsivas —señaló Woodward
—. Hay gente en sitios donde no debería estar. Ascensos repentinos,
descensos aún más rápidos. Rangos que salen de la nada.
Miró a su alrededor, echando un vistazo por encima de ambos
hombros. No era exactamente una mirada nerviosa, pero tampoco buena.
—En resumen, yo ni siquiera estaría haciendo esto, excepto en
persona. Y no lo haría con nadie, salvo con gente que sé que es de fiar.
Maddox se rascó la cabeza.
—¿Y… eso usted cómo lo sabe?
—Porque Winters lo garantizaba —aseguró Woodward con
firmeza—. Y Winters era de lo mejorcito que hay.
Entre nosotros se produjo un largo momento de silencio y respeto.
Una pausa tácita entre soldados.
Al final, el viejo veterano sacó algo de su bolsillo y lo golpeó con
fuerza varias veces. Abrió el recipiente verde y sacó una pizca de tabaco
negro.
—Vuestro amigo Connor se topó con algo —murmuró,
metiéndose la bolita entre la mejilla y las encías—. Algo que no debía.
—Esta parte ya la sabíamos —repliqué, impaciente.
—Y, mientras la mayoría de la gente habría reculado poco a poco
—continuó Woodward, ignorándome—, él insistió más que nunca.
Maddox me lanzó una mirada de reojo. Por lo tensa que tenía la
boca, estaba pensando lo mismo que yo.
—¿Está diciendo que hizo oídos sordos? —lo desafié—. ¿Que lo
dejó hacer a solas?
—Estoy diciendo que fue demasiado lejos, demasiado rápido —
espetó el hombre—. Y que, cuando me lo contó, ya era demasiado tarde.
Me quedé allí de pie en el frío, cerrando y abriendo los puños,
intentando mantener la calma con la mirada fija en la lluvia. Intenté
imaginarme cómo era la base en sus mejores tiempos, cuando estaba llena.
Cómo habrían sido de verdes los árboles y el césped. Lo lisas que estarían
las aceras agrietadas, animadas por la gente. Los vastos aparcamientos
vacíos, abarrotados de vehículos.
—Intenté ayudarlo —contó Woodward—. En realidad, lo ayudé,
pero él no paraba. Siguió escarbando incluso después de que tapara sus
huellas, siguió abriéndose paso a través de las capas de estiércol. —Negó
poco a poco con la cabeza—. Tengo familia. Esposa, hijos, algunos en la
universidad. No podía de ninguna…
—Lo entendemos —gruñí—. Lo dejó ahí, a su suerte. Lo
abandonó para que…
—¡Lo INTENTÉ, joder! —volvió a escupir el suboficial, y esta
vez su saliva era un grasiento líquido negro—. ¡Lo defendí! Cuando
descubrí que lo estaban vigilando, le busqué otro domicilio. Cuando me
contó lo que tenía, incluso se lo comuniqué a mis superiores.
Me acerqué, expectante.
—¿Y?
—Y lo desestimaron —contestó con impotencia—. Tan pronto
como lo recopiló, ellos… ellos….
Maddox me dio un codazo cuando el hombre dejó caer la cabeza
entre las manos. Casi estaba llorando. Casi.
Para mí, no bastaba.
—Díganos lo que pasó —gruñí—. Y cuéntenoslo todo. No omita
nada.
Woodward se aproximó al centro del mirador y nos instó a
avanzar. Se levantó una brisa y bajó la voz.
—Hay mucho hardware antiguo por aquí —dijo en tono
confidencial—. Tecnología de alto nivel, depositada en lugares viejos,
reposando en unidades de disco. Enterrada en las profundidades de edificios
clausurados —continuó—, información copiada y olvidada… solo que no
por todo el mundo.
—Entonces… ¿secretos? —preguntó Maddox.
—Sí.
—Alguien está robando secretos —repetí.
El hombre asintió.
—Robándolos y vendiéndolos, aunque nunca lo averigüé todo.
Winters se guardó casi todo para sí. Cuando se dio cuenta de lo peligroso
que era, no quiso que me involucrara más. Ni siquiera cuando fui a por él y
traté de que hablara conmigo; básicamente, me ignoró.
Por mucho que quisiera cabrearme, sonaba a Connor. Era lo que
él hubiera hecho: anteponer las necesidades de los demás a las suyas
propias. Sin duda, como en el campo de batalla. Parecía que lo estaba
haciendo aquí, con Woodward, hasta que murió.
—¿Qué tipo de información puede darnos? —pregunté.
—Mejor aún —intervino Maddox—, ¿quién nos vigila?
—Eso no lo sé —explicó Woodward, volviendo a mirar a su
alrededor—. Pero quienquiera que fuera tras Winters lo persiguió hasta
Nevada. Y son de la Fuerza Aérea, no de la Armada. Con base en Nellis. Al
menos eso me dijo.
Sacudí la cabeza hacia Maddox. Se sacó el teléfono del bolsillo y
le mostró una foto.
—¿Conoce a este tipo?
El suboficial respondió de inmediato.
—Por supuesto. Es Evan Miller.
—¿Está metido en esto?
Observé con atención cómo se encogía de hombros. El gesto
parecía auténtico.
—No… no me lo imagino. Era amigo de Connor. Y su
compañero de piso, si mal no recuerdo.
—¿Alguna vez dijo algo malo de él?
—¿Quién?
—Connor.
—No que yo me acuerde. —Se quedó pensativo un momento y se
llevó un dedo a la barbilla—. Pero…
—¿Pero qué?
—Pero recuerdo que Miller estaba un poco enfadado cuando se
fue Connor. Pidió el traslado casi de inmediato. Supuse que se habían
peleado, pero el traslado fue a Fallon, así que…
Maddox dio un lento paso atrás. Fallon era una estación aérea del
condado de Churchill, en Nevada. Allí se llevaba a cabo el entrenamiento
de búsqueda y rescate en combate, solo para SEAL.
Un traslado como ese tenía sentido. Solo que lo situaba a seis o
siete horas de distancia de Connor.
—Escuchadme —nos pidió Woodward, en una voz tan baja que
apenas era audible—. Lo que fuera que quisieran estos tíos, Connor ya lo
tenía. Y era importante para ellos. Lo buscaban, lo achuchaban para
encontrarlo.
Entrecerré los ojos con fuerza.
—¿Y eso usted cómo lo sabe?
—Porque revolvieron su casa dos veces…
Y porque destinaron a Miller con él para buscarlo también, pensé
en silencio.
Se levantó una ráfaga de viento que atravesó el viejo mirador.
Silbó de forma inquietante a través de los desperfectos de las elegantes
cornisas superiores.
—Ahora que Connor está muerto —comentó Maddox—. ¿Cree
que siguen buscándolo?
El suboficial volvió a escupir. Miró más allá de nosotros, a algo
en el horizonte invisible, y luego asintió lentamente.
—Puedes apostar a que, hasta que no lo encuentren, no van a
parar.
~ 44 ~

DALLAS

Los chicos aparecieron poco después de que pidiera al servicio de


habitaciones. Fue una putada no comer hasta que llegaron, pero de alguna
manera me las arreglé.
—¿Cómo ha ido?
—Te lo cuento en un minuto —respondió Austin, y se frotó el
estómago—. Mientras comemos, claro.
Estábamos todos hambrientos. Y cansados. Agotados, en realidad,
pero quién llevaba ya la cuenta.
Maddox entró detrás de él, olisqueando el ambiente. Tenía las
puertas del balcón abiertas de par en par. Los sonidos y olores de la
creciente multitud llegaban desde fuera.
—Sábanas nuevas. —Maddox sonrió, mirando a su alrededor con
aprobación—. Y mantas también.
—Las necesitábamos. —Solté una risita.
—Sin duda.
—Anoche me mancillasteis —comenté con una sonrisa burlona
—. Y la anterior también, ahora que lo pienso.
Austin se hizo crujir los nudillos antes de coger una cuchara. Se
sentó en la mesita ante un gran bol de jambalaya.
—Si no recuerdo mal, te mancillaste bastante tú solita.
—Puede que sí. —Me encogí de hombros.
—Ya te lo digo yo —insistió Maddox—. No es que nos
quejemos, eh.
Empezó a levantar las tapas metálicas y a echar un vistazo a cada
plato. Tras quince minutos de darle vueltas al menú, había pedido
prácticamente un plato de cada.
En un principio no dije nada, me limité a dejarlos comer. Maddox
inhaló dos hamburguesas, al tiempo que alejaba los aros de cebolla que las
acompañaban. Austin picoteaba un poco de todo, comiendo un poco de este
plato, un poco de aquel otro.
—¿No hay cerveza?
Señalé con la cabeza un cubo de acero inoxidable situado en el
suelo. Estaba lleno de botellines helados, envueltos en un mar de hielo
derretido.
—Eres la repera, ¿lo sabías?
—Lo sé.
Austin abrió tres. Me dio uno a mí y otro a Maddox. Incliné la
cabeza hacia atrás, dejando que el frío líquido se deslizara por mi garganta.
Mi mente vagaba por los acontecimientos de la noche anterior, que de algún
modo habían sido incluso más sucios y carnales que los de la primera,
cuando llegamos.
Cuando estampé el botellín contra la mesita, la cerveza estaba a
medio terminar. El gas todavía me quemaba en el esófago.
—Entonces… sobre Connor…
Maddox respiró hondo y me informó de los acontecimientos del
día. Habló de Woodward, de su encuentro, del viaje de vuelta desde la base
naval. De cómo Connor había estado en peligro inminente y nadie había
hecho nada por ayudarlo.
Me molestó, luego me enfadó y después me entristeció. Intenté
mantener la calma, entender por qué mi hermano había hecho lo que hizo.
Me cabreé, no con Connor, ni siquiera con Woodward por no poder
socorrerlo, sino con la gente que me había arrebatado de mi vida a la última
persona que me quería.
—No es culpa suya —comentó Maddox, haciéndose eco de mis
propios pensamientos—. De Woodward, digo. Por lo que hemos entendido,
hizo lo que pudo. Intentó proteger a Connor. De eso estamos seguros.
Asentí con desgana. Todo el asunto era jodido, de principio a fin.
No necesitaba saber los detalles de lo que Connor había estado haciendo;
solo que le importaba tanto como para arriesgar su vida por ello. Lo único
que necesitaba averiguar era quién era el responsable.
—Estamos llegando, Dallas —decía Austin—. Solo va a llevar un
poco de tiempo.
Puse unos huevos revueltos en una tostada y me la metí entera en
la boca. Aunque ya pasaba de mediodía, todavía tenía ganas de desayunar.
Joder, solo llevaba despierta poco más de una hora.
Anoche había estado… bueno, ocupada.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
—Tenemos un par de asuntos que zanjar —respondió Maddox.
Había un doble sentido en alguna parte. Señaló nuestro no tan humilde
banquete—. Justo después de esto.
—¿Cómo qué?
Le lanzó una mirada rápida a Austin.
—Como volver al último apartamento de Connor —dijo—. Aún
no hemos podido verlo todo. Quizá nos hayamos dejado algo.
Mastiqué un poco de beicon y me levanté.
—Bien. Voy a ducharme y…
—Ducha, sí —me interrumpió Maddox—. ¿Venir con nosotros?
No. Tú te quedas aquí.
—Y una mierda…
—Dallas —añadió Austin—, no puedes venir con nosotros a
todas partes. Además, necesitamos que nos hagas las maletas. Iremos
rápido, menos de una hora.
Levanté las cejas.
—¿Nos vamos?
—Seguramente, sí —confirmó Maddox—. Aquí no hay nada más
que nos interese. Deberíamos regresar a casa, a ver qué ha conseguido
averiguar Kane.
Casa. De repente, volvía a ser una palabra agradable. Una palabra
cálida. La idea de volver a ver a Kane también me emocionaba.
Pero seguía queriendo acompañarlos.
Abrí la boca, con una protesta ya en mente. Pero estaba
demasiado cansada. Demasiado agotada para siquiera discutir.
—Vale —suspiré, dejándome caer sobre la cama—. Me quedaré a
recoger las cosas.
Austin sonrió.
—Como he dicho, eres la…
—Repera —gruñí, mientras mi boca delataba el más leve indicio
de una sonrisa—. Lo pillo. Lo que coño signifique eso.
Volví a arrebujarme en la suavidad de nuestro último edredón,
con el fresco aroma del detergente comercial aún flotando en la superficie.
Estiré los brazos y las piernas en cuatro direcciones distintas y gemí,
complacida.
—Cuando volváis…
Ambos dejaron de comer a la vez. Muy bruscamente, tenía toda
su atención.
—¿Me mancilláis otra vez?
Austin se limpió la barbilla despreocupadamente con una
servilleta. Maddox esbozó una sonrisa de satisfacción.
—Al fin y al cabo —ronroneé—, no podemos desperdiciar estas
sábanas tan limpias.
~ 45 ~

DALLAS

La ducha era como un bautismo; un chorro casi hirviente de bendita agua


caliente que me limpiaba la mente, el cuerpo y el alma. Lástima que no
pudiera arrastrar mis pecados. No con esa presión, eso seguro.
¿Qué pecados, Dallas?
Me reí mientras cerraba el grifo y me agaché para sacudirme el
pelo. Seguro que había hecho algo mal. Pero también debía de haber hecho
algo bien. Por muy horrible que fuera, una chica no acababa en mi situación
sin tomar también algunas decisiones acertadas por el camino.
Era extraño volver a tener opciones. Por fin podía tomar
decisiones por mí misma, en lugar de dejarme llevar por el destino. Desde
que perdí a Connor, se puede decir que las cosas solo me sucedían. La
muerte de mi hermano, la destrucción de mi casa, mi trabajo, mi vida… la
ilusión del libre albedrío había desaparecido, sustituida por una serie de
terribles acontecimientos que escapaban a mi control.
Y ahora…
Ahora tenía a Maddox, a Austin y a Kane. Tres hombres que me
atrevería a decir que me querían o, al menos, que estaban enamorados de la
idea de mantenerme a salvo.
Y yo también los quería.
Me había dado cuenta de ello anoche, mirando al techo.
Acurrucada entre ellos, sintiendo el lento ritmo de su respiración a ambos
lados… todo aquello me había hecho reflexionar profundamente.
¿Estaba bien amarlos? Connor sin duda lo había hecho. Los había
querido como amigos, como camaradas, como hermanos.
Y, sin embargo, para nosotros cuatro ese barco había zarpado. Ya
estábamos demasiado lejos para volver atrás. Estábamos demasiado
entrelazados en el sentido físico y emocional como para fingir que no
habíamos conectado en los niveles más íntimos… o que no habíamos
follado como locos en un balcón con vistas a una callejuela, en pleno barrio
francés.
Pero sí, los amaba por lo que eran y por lo que habíamos
compartido. Sospechaba que lo mismo le pasaba a mi hermano. Ojalá haber
podido verlo cerca de ellos.
Pensé en todo esto mientras avanzaba por nuestra pequeña y
pintoresca habitación, vestida con el viejo y raído albornoz que nos había
proporcionado el hotel. También llevaba una toalla alrededor del pelo,
cuando salí al balcón y miré hacia la plaza central.
Incluso ahora, la muchedumbre era ingente. Era domingo, el día
del desfile de Orfeo. La víspera del Lundi Gras. Dos días antes del Martes
de Carnaval, cuando todo, incluido el callejón que había debajo de mí, se
volvería un puto caos.
Joder. Me hubiera gustado quedarme a verlo.
Me apoyé feliz contra la barandilla, concediéndome unos últimos
minutos de relax antes de prepararme para recoger. Quería recordar este
lugar. Joder, quería recordar este balcón. Esta barandilla. Esta…
Mis pensamientos se interrumpieron cuando distinguí a alguien
en medio de la multitud. Era un hombre. Un hombre muy alto y
larguirucho, que llevaba lo que parecía ser una extraña máscara de animal.
Se parecía a cualquiera de las otras cien personas que lo rodeaban por todos
lados.
Solo que este hombre me miraba directamente a mí.
No, no puede ser que esté mirando…
Estaba segura.
Tragué saliva y di un paso atrás, sin apartar los ojos del
desconocido enmascarado. Se quedó ahí mirándome fijamente,
completamente inmovilizado. Absolutamente inmóvil y desubicado,
mientras la muchedumbre se agitaba, se revolvía y se ondulaba a su
alrededor.
Entonces, empezó a caminar hacia mí, y el corazón me dio un
vuelco.
No te ve, me amonestó la vocecilla de mi cabeza. Es imposible.
Desde luego, no parecía imposible. Sobre todo porque estaba
aumentando la velocidad. Y seguía caminando en mi dirección. Se dirigía
exactamente a este callejón, cuando seguramente tenía una decena más para
elegir.
Dallas…
El hombre seguía acercándose y me di cuenta de que tenía el
cuerpo congelado por el terror. Sentía los pies pegados al suelo del balcón.
De repente, todos los músculos de las piernas dejaron de funcionarme a la
vez.
¡Dallas!
El hombre enmascarado llegó al final de la plaza e irrumpió en el
callejón. Mi callejón. Ahora prácticamente corría y seguía subiendo por la
calle lateral. Seguía dirigiéndose con sombría determinación directamente
hacia la puerta de nuestro hotel.
Se dio un manotazo en la cara y la máscara salió volando. Se me
cortó la respiración.
Era él.
Cuando lo reconocí, ya estaba dentro, ya había desaparecido por
la entrada principal. Me lo imaginé cruzando el vestíbulo a toda velocidad.
Penetrando en la escalera, con sus largas piernas subiendo los escalones de
tres en tres.
Viniendo a por mí…
Era demasiado tarde para quedarme allí maldiciendo mi inacción.
El hotel era pequeño y los pasillos estrechos. Peor aún, el ascensor era lento
y antiguo. Cabía la posibilidad de que llegara hasta las escaleras… pero
también de que él subiera por ellas, dispuesto a atraparme.
En lugar de eso, cerré la puerta con llave y pasé el pestillo. Era un
débil trozo de cadena de acero, pero mejor eso que nada. Las manos me
traicionaron y la dejé caer tres veces antes de por fin engancharla. Cuando
lo hice, el corazón se me salía del pecho.
Tenía menos de un minuto para prepararme.
Con dedos temblorosos, tanteé el cajón de la mesilla de noche.
Sabía, con un noventa y nueve por ciento de certeza, que me había dejado el
arma en la guantera del Bronco.
Se abrió… totalmente vacío.
¡MIERDA!
Ahora oía unos pasos avanzando por el pasillo. Solo tenía unos
segundos. Corrí al baño y luego volví frenéticamente a la habitación. El
arma que había elegido era muy ridícula, pero era mejor que nada.
Me quedé detrás de la puerta, mirando el pomo, esperando a que
se moviera. Buena parte de mí estaba paralizada por el miedo. Pero otra, la
que cada vez estaba más cabreada por tener que huir o esconderse,
empezaba a calentar.
El pomo de cristal antiguo se sacudió con fuerza, pero solo un
instante. Tras dos segundos de silencio, la madera estalló en una lluvia de
trozos de pintura y astillas.
~ 46 ~

DALLAS

El hombre del pelo blanco irrumpió por la puerta abriéndose paso con las
piernas, impulsado por la patada. El ruido fue fuerte. Violento. Con las
prisas, tropezó con algunos añicos de la madera centenaria, lo que lo
desequilibró solo un instante.
Pero fue todo lo que necesité.
Grité como una loca mientras descargaba la tapa de la cisterna del
váter en la parte posterior del cráneo del intruso. Impactó con fuerza, con un
crujido repugnante y satisfactorio. El golpe lo dejó inconsciente antes de
que pudiera recuperarse, lo que lo hizo volar por la habitación y chocar de
cabeza contra la pared de enfrente.
Entonces, se desplomó en un montón de sangre y polvo.
Miré hacia abajo y me encontré con un trozo roto de porcelana.
Los dos tercios superiores de la tapa habían desaparecido, hechos mil
pedazos.
Dejé caer el arma improvisada. El hombre estaba inmóvil. Sin
vida. Volví a apoyarme contra la pared, preguntándome si tal vez había
matado a otra persona que intentaba matarme a mí.
Dios, eso esperaba.
Cerré los ojos un momento, deleitándome con un nuevo y extraño
sentimiento de superioridad. El vanaglorioso triunfo de haber vencido a un
enemigo, en una contienda al más alto de los niveles posibles: la vida o la
muerte.
La adrenalina me invadió y me produjo temblores. Me pregunté si
también les pasaría lo mismo a mis SEAL de la Armada. Si Maddox, Austin
y Kane habrían experimentado el mismo tipo de sensaciones en el campo de
batalla. La misma euforia y alivio y exaltación ante un adversario. Incluso,
si compartieron esos sentimientos con mi hermano.
Mierda, Connor. ¿Ahora también me haces matar a gente?
Me eché el pelo hacia atrás con una mano, con los dedos
separados. Hiciera lo que hiciera, volvía a caerme sobre la cara.
Deberías haberte quedado con nosotros.
A medida que pasaba el tiempo, me daba cuenta de que echaba
cada vez más de menos a mi hermano. Tal vez tenía algo que ver con los
chicos. Mantenían vivo su recuerdo, hablando constantemente de él,
mencionándolo. No dejaban que me olvidara de él. No permitían que los
recuerdos —o el dolor que implicaban— se desvanecieran.
Y quizá eso tampoco fuera tan malo.
Me llevé la mano a su colgante para sentir algo de consuelo y
tranquilidad. Lo notaba cálido en la palma de la mano.
Connor, ojalá…
¡Una mano se cerró sobre la mía! Abrí los ojos y lo que vi fue
aterrador. ¡Ese tipejo estaba sobre mí! De alguna manera se había
arrastrado, con los ojos desorbitados y el pelo pegado a la cabeza por un
casco de sangre coagulada.
—¡OHHH!
Intenté apartarlo, pero era demasiado fuerte. Intenté zafarme de
él, pero era demasiado grande. Le golpeé la espalda con los puños.
Entonces dirigió las manos a mi cuello, con los dedos separados,
temblorosos… intentando…
Le di una patada y conseguí apartarme lo suficiente para que
fallara. Pero su mirada, a pesar de estar desenfocada, iba ganando fuerza y
coherencia.
Entonces, se puso de pie.
—¡DALLAS!
Me giré y percibí un movimiento borroso. Alguien voló por
encima de mí y chocó de cabeza contra el hombre. Salieron despedidos por
la habitación, en dirección al balcón.
Pero qué…
Vi a Austin, a mi lado. Tenía la pistola en la mano, pero no estaba
apuntando. En cambio, estaba dándole la vuelta, con la culata por delante.
Dio un paso, con la intención de utilizarla como un palo…
¡Fiusss!
El intruso se le escapó de las manos a Maddox. Sin mirar atrás,
saltó por encima de la barandilla y cayó dos pisos hasta la calle, aterrizando
con un ruido sordo.
Sonó la alarma de un coche. Corrimos hasta el borde del balcón,
justo a tiempo para verlo levantarse. De algún increíble modo, un vehículo
había amortiguado la caída. O había roto el automóvil, o se habían roto el
uno al otro, o…
—¡No!
Maddox sacó la mano justo cuando Austin estaba a punto de
disparar. La cerró sobre el cañón y empujó hacia abajo, desviando el arma
hacia el suelo.
—No podemos hacerlo, tío —jadeó—. Demasiada gente.
Austin rugió de frustración, poniendo el grito en el cielo. Aun así,
sabía que Maddox tenía razón. Juntos observamos cómo el hombre de pelo
blanco huía por el callejón, dejando tras de sí gotas de brillante sangre roja.
Se dirigió de inmediato al grupo de fiesteros más cercano. Alcanzó el
extremo de la calle y cojeó entre la multitud, como otro rostro extraño que
se fundía en el caos.
—¡MIERDA!
Austin seguía cabreado. Se volvió hacia Maddox, con una
expresión llena de ira.
—No pude retenerlo —se disculpó Maddox. Levantó un par de
manos manchadas de sangre—. Demasiado resbaladizo.
Unas cuantas personas se nos quedaron mirando. Algunos incluso
nos habían vitoreado, probablemente borrachos, pensando sin dudar que
nuestra lucha formaba parte de algún numerito.
Al final, cerramos las puertas del balcón. Tardamos uno o dos
minutos más en calmarnos y, entonces, los chicos se me echaron encima de
inmediato.
—¿Te ha hecho daño?
—No. —Negué con la cabeza—. No, estoy bien. Él… él entró,
quiero decir, irrumpió, y forcejeamos, y…
—¿Y qué le pasó? —preguntó Maddox, mirando a alrededor.
—Lo golpeé.
Los chicos seguían incrédulos. Había escombros por todas partes.
Astillas de madera, trozos del marco de la puerta. Cientos de fragmentos
dentados de porcelana blanca pura…
—¿Con qué cojones le has dado? —preguntó Austin.
—Con la tapa de la cisterna del váter.
—Dios bendito —maldijo con admiración. Por fin recuperó la
sonrisa—. ¡Muy buena!
—Gracias —suspiré—. Lo vi una vez en una película.
Una joven pareja cruzó el pasillo. Echaron un vistazo a través de
la puerta rota —a mí todavía en bata, a los chicos de pie en medio del
campo de batalla— y siguieron caminando.
—Tenemos que salir de aquí —dijo Maddox—. Y rápido.
Asentí, mirando mi albornoz salpicado de sangre. Me giré para
irme al baño, cuando me golpeó en el pecho un montoncito de ropa.
—Deberías ponerte algo. —Austin sonrió.
~ 47 ~

DALLAS

Salimos de Nueva Orleans a toda prisa, cogimos un taxi directo a la


terminal y nos subimos al primer vuelo disponible de vuelta a Las Vegas.
Llegamos a la puerta justo cuando el avión estaba a punto de abandonar la
rampa de embarque, y nos acomodamos en nuestros asientos cuando
empezaba a rodar para despegar.
A los veinte minutos, los dos estaban dormidos como troncos
sobre mis hombros.
Me revolví en el asiento y, esta vez, preferí que la azafata me
sirviera agua en lugar de alcohol. Había sido un fin de semana de locos. Un
torbellino de sexo y desenfreno, y de serpentear entre la muchedumbre, de
correr, reír y huir, de pelear y derramar sangre.
Tal y como siempre imaginé que sería el Mardi Gras.
—Deberías haber estado aquí, Connor —suspiré, levantando el
vaso de plástico y brindando por mi hermano invisible. Luego, tras mirar a
izquierda y derecha a mis dos amantes dormidos, añadí—: Umm… aunque
quizá no.
El vuelo fue tranquilo y terminó rápido. Tras coger las maletas,
nos dirigimos a casa. El aire fresco del desierto rejuveneció nuestros
cuerpos cansados cuando llegamos a la entrada de casa.
Kane estaba allí para recibirnos, cómodamente recostado en una
de las sillas del porche. Un rifle descansaba con naturalidad sobre su
regazo; lo acariciaba distraídamente con la mano como si fuera un gato. Me
hizo preguntarme si se había quedado ahí todo el tiempo que habíamos
estado fuera.
Solo se levantó cuando llegué a la puerta y me estrechó entre sus
fuertes brazos. Me apretó con potencia, pero con suavidad, contra su
maravilloso pecho, antes de coger mi equipaje y llevarlo dentro.
—El café está listo —dijo, sacando una de las sillas de la cocina.
Vi que ya se había servido una taza.
—¿Tú primero? —le preguntó Maddox.
Kane se rascó la barbilla, recubierta de una barba incipiente de
unos tres días.
—Claro —acabó refunfuñando—. ¿Por qué no?
Nos sentamos y le escuchamos repasar su fin de semana, en el
que había pasado el mismo tiempo en casa que en la base. Por lo visto, ya
había «terminado de correr» y cualquiera que quisiera un trozo de él podía
«acercarse y cogerlo». Austin soltó una carcajada. Maddox, una risita. Sin
embargo, los tres sabíamos, bromas aparte, que hablaba muy en serio.
—Esto estaba muerto —dijo, señalando con la cabeza la pared
más cercana—. Todo el fin de semana. Ni un pitido, ni un golpe, nada de
nada.
—¿Incluso cuando no estabas? —preguntó Austin—. ¿En la
base?
Kane asintió desde su rincón de la cocina.
—Comprobé las cámaras y ninguna mostraba nada. Todas las
tomas, todos los ángulos. —Se cruzó de brazos y se reclinó en la silla—. A
menos que hayan hecho un túnel, no vino nadie.
Los chicos se miraron entre sí. Maddox enarcó una ceja.
—Ya sabes lo que quiere decir eso.
Kane volvió a asentir. Pero ahora estaba confusa.
—¿Qué? —exigí saber—. ¿Qué significa eso?
—Significa que quienquiera que viniera aquí —explicó Austin—,
perdió todo interés después de que te fueras.
Fruncí el ceño. Seguía sin entenderlo.
—¿Por qué iban a perder…?
—Porque van a por ti, Dallas —respondió Maddox—. Eres su
objetivo principal. Nos siguieron hasta Nueva Orleans y seguro que
volverán tras nosotros.
La confusión se tornó en comprensión. De repente, me encontré
fatal.
Los estás poniendo en peligro.
Las palabras eran escalofriantes, pero también decían la verdad.
Estos hombres, que de repente me importaban tanto… estaba poniendo sus
vidas en riesgo.
Lo que sea que esta gente busque, tiene que ver contigo.
—¿Qué quieren de mí? —supliqué—. Ya cogieron a Connor. ¿Por
qué iban a perseguirme, hasta después de la muerte de mi hermano?
—¿Venganza? —propuso Austin.
Pero Kane negó con la cabeza.
—No es venganza.
—¿Cómo lo sabes?
—Creedme —afirmó mi protector más grande—. Simplemente,
lo sé.
Austin no parecía convencido. Arrugó la nariz en señal de
incredulidad. Sin embargo, fue Maddox quien deslizó su silla hacia mí.
—Piensa, Dallas —dijo, y no por primera vez—. Te quieren… o
quieren algo de ti.
Estaba luchando con todas mis fuerzas para mantener el control,
para evitar que los sentimientos más violentos se apoderaran de cualquiera
de los dos extremos de mi espectro emocional. Quería reír. Quería llorar.
Quería destrozar todas las paredes de la casa.
—¿Qué podrías tener que ellos quisieran? —intervino Austin—.
Algo. Cualquier cosa…
—¡No tengo absolutamente nada! —grité, rompiendo a llorar—.
¿O es que no os acordáis?
Los tres se callaron y me miraron con lástima. Yo no quería su
lástima. Me daban ganas de hacer una bola con ella y metérsela por el
hocico.
—Estuvisteis allí, los tres. ¡Visteis cómo lo perdía todo! Mi casa,
mis cosas, hasta mi última posesión. —Inhalé con fuerza, intentando
respirar—. No me queda nada. Perdí mi móvil, mi ordenador… hasta los
álbumes de fotos familiares.
Esa última parte fue como un puñal en el corazón. Una punzada
de dolor que me recordaba algo que había intentado olvidar con todas mis
fuerzas.
—Yo… ya ni siquiera tengo fotos de ellos. —Lloré—. Mi madre,
mi padre… se han ido hace tanto que se están desvaneciendo de mi mente.
Se desvanecen de mi corazón. —Tragué con fuerza—. ¡No quiero que
ocurra eso con Connor! Necesito recordar a mi hermano. Y vosotros tenéis
que ayudarme. Pero yo… supongo…
Toda la impotencia se fue de golpe. La ira me inundó. Estaba
furiosa por todo, todo a la vez. Me levanté tan rápido que volqué la silla.
—Dallas…
—¡No me vengas con «DALLAS»! —le grité al que lo hubiera
dicho—. Al menos os tenéis los unos a los otros. Siempre os tendréis. Pero
Connor… Connor se ha ido. Se ha ido para siempre de mi vida, como todos
los demás.
Les devolví la mirada con tono acusador; su compasión no hacía
más que aumentar mi rabia.
—Dallas, escucha…
—¡No, escucha tú! —chillé—. Ni te imaginas cómo es. No
sabes…
—¡DALLAS! —bramó alguien.
Me detuve en medio de mi desvarío, con todo el cuerpo
temblando y las lágrimas cayéndome por ambas mejillas. Dos se
precipitaron simultáneamente por ambos lados de mi cara, compitiendo
entre sí hasta caer al suelo.
—Dallas —repitió Kane, esta vez en voz un poco más baja—.
¿No dijiste que viniste aquí sin más que la ropa que llevabas puesta?
No era una afirmación, era una pregunta… y una con poco
sentido. Ladeé la cabeza y lo miré con frialdad. Mis ojos eran desafiantes.
—Sí —prácticamente escupí—. ¿A dónde quieres llegar?
Despacio, Kane levantó el brazo. Alargó un dedo grueso y me
apuntó directamente.
—Entonces, ¿qué es lo que llevas en el cuello?
~ 48 ~

DALLAS

Sin pensarlo, alcé la mano y la cerré por reflejo sobre el pequeño colgante
en forma de diamante. El colgante de mi hermano.
—Me lo dio Connor —dije a la defensiva.
—¿Cuándo?
Tuve que reflexionar un momento.
—Por mi cumpleaños —respondí, haciendo memoria—. Me lo
envió por mi cumpleaños.
—¿Te lo envió?
—Sí —afirmé, bajando la cabeza. La pena amenazaba con
apoderarse de mí de nuevo—. Fue… fue…
—Lo último que te mandó antes de morir —terminó Kane por mí.
Asentí sombríamente. Pasaron unos instantes de silencio y
Maddox recogió mi silla. El único ruido en toda la cocina era el tictac del
reloj de pared hecho de plástico barato. Tendría que haber comprado uno
mejor.
—¿Lo acompañaba alguna nota? —preguntó Kane—. ¿Una
tarjeta o algo así?
Volví a sorberme los mocos. Las lágrimas seguían brotando.
—No.
—Hermano —intervino Maddox—, basta con las preguntas sobre
Connor, ¿eh? Está triste. Está…
Kane detuvo la frase de su amigo con una mirada dura y
aterradora. De mala gana, pero sin dudarlo, Maddox dio marcha atrás.
—Ni nota, ni tarjeta —respondí, recordando—. Solo el colgante.
Ahora que lo pensaba, era algo que me había parecido raro en
aquel momento. Connor siempre me enviaba felicitaciones. También le
gustaba escribirme, insinuando dónde estaba o a qué se dedicaba.
—Un colgante… —dijo Kane, entrecerrando los ojos— ¿O un
medallón?
Tardé un momento en reaccionar a lo que estaba planteando.
Cuando me di cuenta de lo que quería decir, parpadeé.
—¿Puedo verlo?
Levanté poco a poco la mano y desabroché la fina cadena de
plata. El colgante brilló, suspendido en mi mano, pesado. Por primera vez
desde que me lo puse, lo miré de verdad.
Nunca había sido especialmente bonito, pero tampoco era feo. Era
más grueso de lo que parecía, con los bordes lisos y redondeados. Y tal vez
no tenía forma de diamante, al fin y al cabo. Quizá era un cuadrado con
aristas.
El brazo me tembló ligeramente al entregárselo a Kane. Todos se
acercaron mientras él le daba vueltas en la palma de la mano.
—Mirad. Tiene bisagras.
Intentó abrirlo, primero con cuidado y luego con más presión.
Pero tenía los dedos demasiado grandes, gruesos y callosos.
—Dame —dijo Austin—. Déjame intentarlo.
Nos quedamos de pie en la cocina, esperando en silencio mientras
Austin introducía las dos uñas de los pulgares en un pliegue casi invisible
frente a las bisagras ocultas. Apretó con fuerza durante unos segundos…
CLIC.
El colgante —ahora medallón— se abrió. Los cuatro casi nos
chocamos las cabezas intentando ver el interior.
Lo agitó con suavidad contra la palma de la mano. A la tercera
sacudida, salió algo.
—Hostia puta —juró Austin—. ¡Es un chip!
Maddox entrecerró los ojos.
—¿Un qué?
—¡Un chip de memoria! —exclamó.
—¿Quieres decir como una tarjeta SIM?
—En absoluto —explicó Austin. Lo levantó para que todos
pudiéramos verlo—. Es una memoria flash NOR. Militar.
Kane le cogió el colgante y lo cerró. Con una suave sonrisa,
volvió a ponérmelo en la mano.
—¿Qué crees que contiene?
—¿Quién coño sabe? —contestó Austin—. Pero algo bueno.
Algo grande.
Me aclaré la garganta.
—Algo por lo que mi hermano murió…
La cocina volvió a sumirse en un silencio sepulcral. No pretendía
ser dramática, simplemente me salió así.
—Solo digo.
Todos me miraron mientras me colgaba el medallón del cuello.
Cuando se aseguraron de que estaba bien, volvieron a contemplar el
pequeño chip negro.
—¡Un momento! —gritó Maddox de repente—. ¡Eso es!
Fruncí el ceño en señal de confusión.
—¿El qué?
—¡Eso es lo que Connor quería decir en la grabación! —soltó—.
La parte que se corta. Cuando dice «mi hermana tiene»…
Todos nos miramos. Una a una, nuestras expresiones adoptaron la
misma actitud sombría.
—Así que lo has tenido todo el tiempo —maldijo Austin—. Todo
este tiempo. Eso es lo que intentaba decirnos.
Me froté con fuerza los ojos. Todo estaba sucediendo muy rápido.
—Vamos a meterlo en el ordenador —propuso Maddox,
entusiasmado—. A ver qué hay.
Pero Austin negó con la cabeza.
—No funciona así.
—¿Y eso? —pregunté, alarmada—. ¿No podemos ver lo que
contiene?
—No con el equipo que tengo actualmente —manifestó—. Es
tecnología más vieja. Finales de los 80. —Puso los ojos en blanco. Era algo
que siempre hacía cuando pensaba—. Pero conozco a un tío…
—¿Un tío?
—Sí. Es de la vieja escuela. Un antiguo hacker, de los días de los
módems y los sistemas BBS y…
—¿Dónde está ese tipo? —lo interrumpió Kane—. Llámalo. Que
venga.
Austin soltó una carcajada.
—Oh, créeme. No sale mucho de casa.
Maddox se encogió de hombros.
—Entonces iremos a verlo. Ahora mismo, si todavía está
despierto.
—Seguramente lo esté —dijo Austin—. Solo que está en Los
Ángeles.
A todos se nos hundieron los hombros.
—Iré mañana —sugirió Austin—. A primera hora.
—Bien —declaré—. Vamos todos.
Austin puso una mueca. No era buena. Era el tipo de cara que
siempre precedía a las malas noticias.
—¿Qué? —exigí saber—. ¿Me estás diciendo que tengo que
quedarme aquí?
—No, no solo tú —aclaró—. Todos.
—¿Por qué? —preguntó Maddox—. Esto es muy importante,
joder. Ahora que sabemos lo que buscan esos imbéciles deberíamos ir
todos. Juntos podríamos…
—Este tío —le cortó Austin— se asusta fácilmente. Confía en mí,
pero se resistirá si traigo a alguien. No es exactamente… bueno…
—¿Normal? —pregunté.
—Eso —reconoció—. Y algunas cosas más.
Dejé escapar un largo y exasperado suspiro.
—¿Así que es el hacker paranoide número uno que vive en el
sótano de casa de su madre y habla contigo y solo contigo? —pregunté
astutamente.
—Todo eso, salvo lo del sótano de su madre —dijo Austin—.
Este tío tiene dinero. Mucho. —Negó con la cabeza—. Y tampoco es dinero
precisamente legal, por eso es tan cuidadoso.
Maddox se frotó el cuello.
—De acuerdo, bien.
—Además —añadió Austin—, tiene una larga lista de razones
para ser tan paranoico. Motivos justificados.
—Ya es suficiente —comentó Kane—. Lo pillamos. Vas tú solo.
Austin palpó el chip y asintió.
—Son seis horas de trayecto. Saldré temprano y estaré de vuelta
al anochecer. —Sacudió la mano en la que llevaba el chip—. Quizá al día
siguiente, dependiendo de si los datos están encriptados o no.
Todo eso me sonaba a chino. Y, si me preguntaran, a Connor
también le habría sonado a chino.
De nuevo, había muchas cosas de mi hermano que todavía
desconocía.
—¿Y si está cifrado? —pregunté.
Austin esbozó una amplia sonrisa. La emoción que reflejaban sus
ojos era bastante tierna.
—Entonces mi conocido tiene un conocido…
~ 49 ~

DALLAS

Era poco más de medianoche cuando salí de mi habitación, arrastrándome


con sigilo por el pasillo. Estaba desesperadamente inquieta. Ni siquiera
cansada. Sobre todo porque nos habíamos acostado muy tarde las últimas
noches y me estaba acostumbrando al horario nocturno.
Pero también era por algo más.
Quería ver a Kane.
Me sorprendió encontrarlo al final del pasillo, mirando por el
mismo ventanal una vez más. La luz era tenebrosa esta noche. Más púrpura
que azul, con menos luna que antes.
Me acerqué despacio y me pregunté si debía hablar. Volvía a estar
sin camiseta. Y parecía en trance, casi dormido mientras se apoyaba en el
viejo marco. Pero entonces vi que se movía y giraba la cabeza en mi
dirección. Me reí en silencio de mí misma por llegar a pensar que podía
sorprender a un SEAL de la Armada.
—¿Hay algo bueno esta noche ahí fuera?
Me acerqué a él y me rodeó con el brazo. El movimiento me
resultó familiar, como si lleváramos años haciéndolo.
—Polvo. Suciedad. Desierto.
Divisé el exterior junto a él.
—Un poco aburrido.
—Sí.
Me pregunté qué era lo que no le dejaba dormir por las noches.
Con qué clase de fantasmas estaría luchando en su cabeza. Podría haber
sido simple insomnio, por supuesto. Pero también algo peor.
De cualquier manera, no iba a preguntar. Ya me lo diría si le
apetecía. En lugar de eso, suspiré suavemente y cambié de tema.
—¿Crees que los atraparemos antes de que nos atrapen?
El corpulento soldado ni siquiera percibió la pregunta, salvo
porque su boca se estiró hasta formar una media sonrisa tensa.
—Oh, sí.
La forma en que lo dijo fue tranquilizadora. Con confianza, no
bravuconería.
—El truco es cogerlos a todos —explicó Kane. Los músculos de
los hombros se le contrajeron un poco, incluso mientras los admiraba—. De
una forma u otra.
Abrí la boca y luego la cerré, dándome cuenta de que mi siguiente
pregunta era una tontería. Ya sabía exactamente lo que quería decir.
—¿Te parece bien? —preguntó.
Me estrujé contra él.
—Más que bien.
—Buena chica.
¡Dios, qué sensación tan increíble! Era tan grande, fuerte y seguro
de sí mismo. Físicamente era un guerrero. Emocionalmente, conectamos en
silencio, algo que jamás podría llegar a entender.
Me sentía tan a salvo con él. Por estar cerca de él. Y también era
sabio. Hablaba con tan poca frecuencia que cada palabra que pronunciaba
tenía mucho más peso.
Lo amas.
¡Lo hacía, de verdad! Al igual que amaba a los otros, pero de un
modo diferente. Con Kane, no necesitábamos ratificar o reafirmar
constantemente nuestro vínculo.
Por dentro y por fuera, era el hombre perfecto.
—Nunca me lo perdonaré —soltó bruscamente, sin dejar de mirar
por la ventana—. Lo que le pasó a Connor.
Se me cayó el alma a los pies. ¡Quería abrazarlo! Rodearlo con
los brazos y hacerle comprender que estaba allí, que nadie lo culpaba y que
Connor había tomado decisiones de mierda por su cuenta.
—Kane —le dije—. No puedes…
—Lo sé —contestó enseguida—. Y lo entiendo. Aun así…
Todo el cuerpo se le tensó a la vez, cada uno de los músculos se le
contrajo en un despliegue aterrador de fuerza y poder. Incluso apretó la
mandíbula. Las siguientes palabras que pronunció fueron concisas e
inquebrantables.
—Voy a pillar a todos los implicados en su traición —gruñó en
tono siniestro—. Cada. Puta. Persona.
Asentí contra su pecho, indicándole que lo comprendía. Que
estaba a sus espaldas. A su lado. Pasara lo que pasara.
No sé cuánto tiempo permanecimos allí. Si fueron otros cinco
minutos, o quince, o cincuenta. Lo importante era abrazarnos. Mirar
fijamente aquel oscuro horizonte desolado, mientras nuestras almas
dialogaban largo y tendido.
—He hablado con Maddox y Austin —comentó al fin—. Parece
que os habéis… divertido este fin de semana.
Levanté la vista y vi su sonrisa cómplice. No pude más que
devolvérsela.
—Sí —contesté con una risita—. Supongo que tú y yo tenemos
que ponernos al día.
—De hecho, tengo que darte la bienvenida a casa. —Kane asintió
—. ¿O te has olvidado?
Volví a reírme.
—¿Olvidarme? Por favor. —Me puse de puntillas y me apreté
contra él—. Para empezar, por eso he salido de la habitación esta noche.
Kane me miró a los ojos y me levantó como si no pesara nada. Le
pasé los brazos por los hombros y rodeé su torso desnudo y cálido con las
piernas.
Luego nos besamos, con hambre e intensidad. Una y otra vez, en
la silenciosa santidad de nuestro umbrío saloncito.
—Llévame a tu cuarto —susurré, cuando por fin me liberé de sus
labios.
Mi amante negó con la cabeza y sonrió.
—Esta vez toca en el tuyo —dijo, guiándonos en esa dirección—.
Huele a ti, y es mucho más dulce y agradable.
~ 50 ~

KANE

Su interior estaba tan jodidamente calentito. Tibio y húmedo, espectacular.


Me sentía absolutamente increíble con su cuerpo acurrucado contra el mío,
pasándole el brazo firmemente alrededor de la cintura, apretándola contra
mí mientras le mordisqueaba el hombro.
Me resultaba muy cómodo follármela de costado. Por un lado,
podía besarla tanto como me apeteciera. Besarla mientras la penetraba hasta
el fondo, inclinándole la barbilla hacia mí mientras seguía dándole.
—Cariño…
Sus gemidos eran suaves. Apenas susurros de palabras. Cada vez
que un suspiro caliente abandonaba sus pulmones, lo notaba en mis propios
labios.
—Oh, amor…
Llevábamos mucho tiempo haciéndolo. Despacio, con pereza,
abrazándola mientras se la metía desde atrás. Tenía las manos libres para
recorrer esos pechos perfectos. Se abrieron camino hasta su cuello, donde
apliqué la presión justa para dejarla jadeando de placer, incluso mientras me
succionaba, uno a uno, los dedos de la mano libre con su boca mojada y
desesperada.
—Joder, Kane —resolló con avidez—. Fóllame…
Cielos, cómo la había echado de menos. Mucho más de lo que
hubiera querido. Mucho más de lo que pensaba, a pesar de que solo había
estado fuera un par de días.
Una parte de mí me decía que eso era un problema. Que me
estaba involucrando demasiado, demasiado rápido. Que me estaba
encariñando excesivamente con alguien que podía, en cualquier momento,
literalmente ser arrancada de mi vida.
Como Connor.
Rugí y empujé con más fuerza, sacando todas las frustraciones,
preocupaciones y miedos. Dallas respondió gimiendo aún más fuerte y
pidiéndome que la follara todavía más a fondo.
Después de lo que le había pasado a su hermano, nada me
impediría protegerla. Había confiado en Maddox y Austin lo bastante como
para que la cuidaran mientras yo me quedaba atrás. Y, sin embargo, por las
historias que me contaron, ella casi había sido… casi había sido…
—Unnhhhnnnhhhnnnhhh…
Doblé el brazo cuando se corrió, tirando de ella hacia mí con tanta
fuerza que la dejé sin aire en los pulmones. Sentía su culo suave y flexible
apretándose contra mí. Las rítmicas contracciones de su coño me ordeñaban
sin cesar, en una serie de inolvidables pulsaciones y palpitaciones
orgásmicas.
No. Eyacules. Todavía.
Joder, era más fácil decirlo que hacerlo. Tenía todas las
terminaciones nerviosas del cuerpo en tensión, diciéndome que estallara.
Dándome permiso para reventar dentro de ella, inundándola con el jugo de
tres agonizantes días.
De alguna manera, por obra de un milagro, no lo hice. Y eso se
debió únicamente a que estaba disfrutando demasiado. Saboreaba la
sensación de estar dentro de ella mientras la abrazaba, de dejar que mi polla
palpitante marinara felizmente en lo más profundo de su vientre.
—Cariño… —suspiró Dallas. Giró la cabeza para mirarme de
nuevo, con la piel perfumada de jazmín y aquel suave pelo rubio—. Puedes
soltarlo…
Tenía los labios gruesos y carnosos, un poco húmedos por haberse
mordido el inferior. Me acerqué y la besé, y todo mi cuerpo estalló por la
calidez y el amor.
Adelante. Hazlo.
Tenía tantas ganas de correrme dentro de ella. Ya lo había hecho
en una ocasión y no había sido suficiente. La última vez había sido una
especie de batalla campal, una orgía de deseo, lujuria y cruda necesidad
sexual. Pero esto… ahora mismo…
Ahora mismo quería consumar nuestra unión. Quería llenarla de
mí, sí, pero quería besarla mientras.
Quería que supiera lo que sentía de verdad. Necesitaba que se
diera cuenta de la magnitud de mis sentimientos.
Díselo.
Mi mente me gritaba que dejara de comportarme como un idiota.
Que no podía ser así. Pero mi corazón le pedía que cerrara la boca.
Díselo y ya.
No podía contenerme más. La corrida me hervía en los testículos.
En cuestión de segundos brotaría de mi interior. Se derramaría dentro de
ella en un momento glorioso de puro éxtasis, desbordándola.
¡DILO!
Teníamos las bocas entrelazadas y nuestras lenguas seguían
bailando con ardor. Pero, en el último momento, eché la cabeza hacia atrás.
En esos últimos segundos, cuando mi polla se agitaba con esa primera
pulsación eufórica, en mis labios y mi lengua seguían formándose las
palabras que no me atrevía a pronunciar en voz alta.
Te qui…
Me quedé paralizado… y allí estaba Dallas, con sus ojos clavados
en los míos. Lucía un rostro radiante. Su expresión era conmovedora,
sonriente.
—Yo también te quiero —me respondió con una sonrisa y, luego,
me besó—. Ahora, córrete dentro de mí…
No solo exploté, detoné.
Me agarró la cabeza mientras me impulsaba hacia delante,
taladrándola hasta el fondo. Cada sacudida me producía más euforia, cada
latido me acercaba agónicamente al cielo. Volvimos a danzar con nuestras
lenguas y nos besamos con intensidad, con mi pene hinchado bañando su
coño, devorándonos mutuamente en una tormenta de calor y pasión. Seguí
disparando y convulsionando, metiéndome tan profundo, tan dentro de ella,
que si el mundo se acabara en ese preciso instante a ninguno de los dos nos
habría importado una mierda.
Parecía no tener fin. Como si siguiera vertiéndome en ella gracias
a la intimidad de nuestra conexión y Dallas me agarrara fuerte, besándome
mientras el planeta giraba a nuestro alrededor.
Cuando por fin terminó, no nos movimos ni un milímetro. La
estreché contra mí, rodeándola con mi cuerpo sin romper la conexión.
Percibía la tibieza de su feminidad palpitando a mi alrededor.
Mientras los latidos se ralentizaban y la respiración se acompasaba, nos
quedamos dormidos como troncos, juntos, abrazados.
~ 51 ~

DALLAS

La luz que entraba por las ventanas de la cocina era infernal. Me tapaba los
ojos con el brazo como si fuera un vampiro. Maddox se echó a reír mientras
me acercaba una taza de café. Kane me dio algo más: una bolsa de papel
blanco.
—¿Qué es esto? —gruñí.
—La comida.
Me di cuenta de que estaba leyendo un periódico, a la vez que
engullía una hamburguesa con queso gruesa y jugosa. Además, era buena,
de uno de los mejores restaurantes de comida rápida. Arrugué la nariz.
—Pero ¿qué hora es?
—Tarde —dijo Maddox. Señaló hacia arriba mientras se hundía
en su silla.
El reloj de plástico de la pared marcaba la una y media.
¡Santo cielo!
—¿Te vas a comer eso? —preguntó Kane, apuntando al resto de
las patatas fritas de Maddox.
—Nah.
—Más para mí, entonces.
Era increíble que me hubiera dormido tan tarde. Que hubiera
descansado tan bien, porque ya me sentía viva, despierta y fresca. Incluso
con solo unos sorbos de café.
Tienes que agradecérselo a Kane.
Sin duda, eso era cierto. Después de lo que habíamos compartido,
tanto en la ventana como en mi cama, había dormido como un bebé en sus
brazos.
—Así que… ¿os lo pasasteis bien anoche, chicos? —Maddox
soltó una risita, levantando los pies.
Le saqué la lengua y me concentré en el café. No tenía ningún
interés en lo que contuviera la bolsa blanca. Todavía.
De pronto se me ocurrió una cosa.
—¿Ha dicho algo Austin?
—Aún no —respondió Maddox—. Salió a las 5. Ya debería haber
llegado. Pero ya conoces el tráfico de Los Ángeles. —Sacudió la cabeza
con desagrado—. La autovía debe de ser uno de los siete niveles del
infierno. No consigo imaginarme cómo alguien puede vivir allí.
—Nueve niveles —lo corrigió Kane.
—¿Nueve? —Maddox entrecerró los ojos—. ¿Estás seguro?
Kane siguió masticando sin levantar la vista del periódico.
—Sep.
—Círculos —acabé diciendo, sumándome a la conversación sin
sentido.
—¿Qué?
—Son círculos del infierno, no niveles. Según Dante, al menos.
Maddox me miró con extrañeza.
—¿Quién narices es Dant…?
—Chicos, ¿queréis ir al desierto esta noche?
Era una pregunta de lo más rara, sobre todo viniendo de Kane.
Maddox y yo nos miramos incrédulos y luego volvimos a mirarle a él.
—¿Al desierto? ¿Por?
—Porque estuve investigando un poco cuando os fuisteis los tres
—respondió—. Y descubrí algunas cosas.
—¿En serio? —preguntó Maddox sin creérselo.
Kane asintió, llenándose la boca de patatas fritas.
—¿Y por qué no has dicho nada?
Se encogió de hombros.
—Nadie me preguntó.
Maddox me miró con la boca abierta. Estaba tan divertido que me
eché a reír.
—Entonces… ¿vas a iluminarnos? —le pedí.
Kane se limpió la boca con la servilleta y apartó los restos de
comida.
—Claro.
Durante los siguientes minutos nos contó más cosas sobre su fin
de semana. Sobre el tiempo que había pasado en Nellis, recabando toda la
información posible. Sus contactos eran impresionantes; hasta en la base de
las Fuerzas Aéreas, muchos le debían favores. Nos explicó que había gente
incluso de más arriba que le debía una y, a cambio, se lo cobró todo a la
vez.
Me recordó a algo que dijo Connor en una ocasión, sobre cómo
salvarle la vida a alguien podía cambiar el protocolo. Cuando te das cuenta
de que tu propia existencia en el planeta tierra se la debes a otro individuo,
tiendes a satisfacer sus necesidades, sean cuales sean. Aunque signifique
romper las reglas.
Sobre todo si significaba romper las reglas.
—Me colé en el aparcamiento —prosiguió—. El todoterreno que
estaba rastreando Connor, ¿el que perseguimos? El dispositivo ya no está.
Lo encontraron.
—Era de esperar —opinó Maddox.
—Iba a colocar otro —añadió Kane—. De hecho, iba a poner uno
en cada maldito vehículo de ese garaje. Pero entonces a un colega se le
ocurrió algo mejor. Algo mucho más útil.
Se agachó y sacó una tableta de una funda negra plana. Tras
pulsar unos botones, la giró para que quedara frente a nosotros.
—Tenía esto cargado con los datos de los últimos tres años de
SVG. Y luego me hice una puta tonelada de café y lo repasé.
Ladeé la cabeza.
—¿SVG?
—Seguimiento de vehículos del Gobierno —aclaró Kane—.
Lleva un registro de todos los vehículos gubernamentales equipados con un
sistema GPS, que a estas alturas son casi todos.
Maddox dejó escapar un silbido bajo.
—Joder.
—Sí.
La pantalla que nos enseñaba parecía sacada de Matrix: exhibía
un montón de letras y números dispuestos en interminables columnas
verticales.
—Todo eso está muy bien —dije entre risas—, ¿pero qué estamos
viendo?
—Aquí —indicó Kane, dando golpecitos a la pantalla.
Vi más números, más letras. Seguía confusa.
—Este vehículo —afirmó—, ha salido al mismo punto del
desierto que el todoterreno que perseguimos. —Movió un poco el dedo—.
Las coordenadas coinciden exactamente.
—¿Cuántas veces…?
—Cada dos semanas —respondió Kane—. Desde hace más de
dos años. Siempre el mismo día de la semana, este, y siempre a la misma
hora de la noche.
Maddox se acercó a la mesa. Extendió la mano y señaló.
—Estos son números de identificación de servicio.
—Sep.
Los ojos de Maddox se abrieron de par en par en señal de
emoción.
—¡Así que podemos averiguar quién es este tipo!
Kane meneó lentamente la cabeza arriba y abajo. Sin embargo, no
parecía tan entusiasmado como su camarada.
—Ya lo he hecho.
Poco a poco, Maddox se hundió en la silla.
—La hostia.
—Estoy pensando algo parecido, sí.
El corazón volvía a latirme deprisa, la sangre fluía. Ahora sí que
notaba el progreso, como si por fin nos estuviéramos aproximando a la
verdad sobre Connor.
—Entonces… ¿quién es? —pregunté, vacilante.
Vi que los ojos de Kane bajaban hacia el suelo. Enseguida supe
que algo iba mal. Kane nunca miraba hacia abajo.
Pero yo no era la única persona de la sala que lo intuía.
—Es alguien que conocemos —soltó Maddox con solemnidad—.
¿O no?
Kane se aclaró la garganta de forma incómoda. Ahora tenía los
brazos cruzados sobre el pecho.
—Alguien con quien prestamos servicio… —prosiguió Maddox.
Muy despacio, casi con dolor, Kane asintió.
—Dímelo —exigió Maddox. Su expresión era ahora de furia e ira
—. Dime qué rata de mierda hijo de….
—Es Dietz.
~ 52 ~

DALLAS

El viaje hasta el desierto fue sombrío y extraño. Me senté sola en el asiento


trasero, en silencio la mayor parte del tiempo, escuchando la conversación
de Maddox y Kane.
Hablaron largo y tendido sobre un hombre llamado Dietz.
Dietz… Dietz…
Por alguna razón, el nombre me sonaba. O Connor me lo había
mencionado directamente, o le había oído hablar de él de pasada. En
cualquier caso, el tipo era un soldado al que todos conocían y al que, por lo
visto, querían.
Peor aún, era alguien en quien todos confiaban.
—¿Cómo coño pudo Dietz irse con los malos? —decía Maddox.
Estaba sentado en el asiento del copiloto y parecía tan dolido como confuso
—. ¿Y cómo pudo ponerse en contra de Connor?
Kane apenas abría la boca, pero apretaba la mandíbula y
flexionaba los puños. Antes de terminar el viaje, estaba segura de que haría
polvo los puntos del volante en que apoyaba las manos.
Salimos temprano, horas antes de lo que solían indicar los
registros del GPS. No teníamos seguimiento en tiempo real de nuestro
objetivo, ni forma de saber con certeza si acudirían. Pero si seguían el
patrón ya establecido y las coordenadas visitadas anteriormente…
Llegaríamos mucho antes que ellos.
Kane ya había metido la ubicación en el localizador de su
teléfono. Era un destello en un mapa digital, un lugar que se acercaba
infinitesimalmente con cada piedra y guijarro que salían disparados. Hacía
media hora que habíamos abandonado la carretera. Bajo los neumáticos, las
crestas y las pendientes eran de arena dura, casi como cemento, a medida
que descendíamos hacia lo que parecía un valle diminuto y pedregoso.
—Ahí —señaló Maddox cuando nos acercábamos al final del
trayecto—. Esa loma tiene buena pinta.
—Buena, no —murmuró Kane—. Perfecta.
Ascendimos mientras seguían comentando la presunta traición de
su antiguo hermano de armas. Me di cuenta de que se estaban callando algo.
A veces la conversación bajaba de tono durante una o dos frases, como si
contaran algo que no querían que yo oyera.
En circunstancias normales, me habría enfadado. Ahora mismo,
sin embargo, estaba bastante insensible.
Connor vino aquí.
Era lo único en lo que podía pensar mientras miraba a mi
alrededor. Todo lo que veía. Fuera lo que fuera lo que había provocado la
muerte de mi hermano, todo empezó aquí, en esta pequeña franja de
desierto. Esta estúpida franja de nada, en la que había metido las narices
donde no debía.
No seas así, me amonestó con severidad la voz interior. Tu
hermano era un puto héroe.
En el asiento delantero, la conversación de los chicos volvió a
bajar de tono. Aunque sabía que intentaban proteger mis sentimientos,
quizá había llegado el momento de volver a recordarles que habíamos
quedado en que no habría secretos.
Por fin coronamos la última subida y Kane nos llevó hasta una
polvorienta parada. Aparcó lejos del borde del acantilado, a unos buenos
treinta pasos.
—Vamos a echar un vistazo —propuso Maddox.
Caminé con ellos sin mediar palabra, escuchando el silencio
sordo del desierto. El sol agonizante me resultaba agradable en la cara. El
viento desprendía un leve aroma a vainilla cuando me revolvía el pelo.
Ambos se sacaron unos prismáticos militares de aspecto muy caro y los
adaptaron un poco al apuntar hacia el valle.
—Allí —comentó Kane—. Justo cerca del saliente.
Apreté los ojos, esforzándome por ver.
—Podríais haber traído tres pares de prismáticos, eh.
Kane me ignoró por completo. Maddox giró uno de los diales con
el dedo índice.
—Sí —contestó de forma distante—. Lo siento.
Empecé a pensar en Connor. Me preguntaba si mi hermano había
estado en este mismo mirador, contemplando la misma parte del valle.
Decidí que probablemente así fue. Todos habían seguido el mismo
entrenamiento, compartían las mismas tácticas y conocimientos básicos.
Puede que fuera mi hermano de sangre… pero también era su
hermano en todos los demás sentidos de la palabra.
Sentí un golpecito; Kane me estaba pasando sus binoculares. Eran
tres veces más pesados de lo que parecían. Eché un vistazo, intentando ver
lo mismo que ellos.
—Mira ese punto —me murmuró al oído—. ¿Donde la arena es
un poco más oscura?
Lo distinguí. Asentí.
—¿Qué más ves?
Me fijé. Escaneé. Concentré.
—Huellas de neumáticos.
—Sep.
Suspiré y le devolví el equipo a Kane.
—¿Y ahora qué?
Maddox bajó sus propios lentes y se frotó el puente de la nariz.
—Ahora… a esperar.
~ 53 ~

DALLAS

El primer grupo de faros apareció mucho después del anochecer. En la clara


noche del desierto los veíamos venir a kilómetros de distancia, rebotando
por el valle.
—Furgón Chevrolet —comentó Maddox, mirando a través de los
prismáticos. Ya había cambiado a un ajuste de visión nocturna—. Marrón.
Tal vez azul.
Kane y yo nos acurrucamos en la fría loma, justo a su lado y
ligeramente detrás. El vehículo se acercó lentamente. Cuando quedó bajo el
afloramiento rocoso, se detuvo y las puertas se abrieron.
—Tres hombres —explicó Maddox—. Todos ellos armados. —
Bajó la voz—. Están explorando los alrededores. Quedaos completamente
quietos.
Transcurrieron segundos, con solo el lento chasquido de los
binoculares como señal del paso del tiempo. Y luego:
—Están descargando algo —prosiguió Maddox—. Cuatro
paquetes. Ahora seis…
Intentaba no estremecerme. Al principio pensé que mi cuerpo
revivía con la emoción del peligro, el subidón de adrenalina, pero enseguida
me di cuenta de algo totalmente distinto:
hacía un frío que pelaba.
—Entra en la furgoneta —me instó Kane.
—No, estoy bien.
—Al menos te resguardarás del viento.
—He dicho que estoy bien.
Podía discutir todo lo que quisiera. No me iba a perder esto por
nada.
—Estás temblando como una hoja.
Apreté la mandíbula con fuerza para evitar que me castañetearan
los dientes.
—Que te follen.
Kane me dedicó una media sonrisa rara.
—Más tarde —resopló el enorme SEAL.
Maddox siguió mirando, contando. Llegó a treinta y ocho
paquetes y se detuvo.
—Muy bien, aquí viene alguien más.
Todos juntos observamos cómo llegaba un segundo vehículo, esta
vez desde el norte. Era el mismo todoterreno de antes, o un modelo muy
parecido. Del mismo color. Tenía que ser del parque móvil.
—Ahora están todos juntos —confirmó Maddox—. Están
hablando.
Callarse se convirtió en un esfuerzo de equipo, ya que todos
contuvimos la respiración y nos esforzamos por escuchar. Las voces
ascendían desde el pequeño cañón. Hasta una carcajada profunda y
amenazadora.
En un momento dado, la puerta trasera del todoterreno se abrió y
salió un hombre. Parecía mucho más corpulento que los demás. También
tenía un porte muy diferente.
Kane, que miraba a través de sus prismáticos, se puso rígido de
repente.
—¿Es él?
Maddox levantó la mano para hacer el símbolo de «afirmativo».
—Suficiente.
Kane se giró… y de repente sacó un largo rifle de francotirador
color beige. Era elegante y ondulado, con una mira de aspecto siniestro
montada a lo largo del lado superior.
—¡Espera, no!
Maddox se revolvió al oír mi voz. Extendió la mano bruscamente
y agarró el cañón justo cuando Kane estaba apuntando.
—Hermano, ¡espera! —siseó—. ¿Qué estás haciendo?
—Justo lo que hay que hacer.
Maddox se deslizó hacia abajo, hasta que él y su camarada
quedaron cara a cara. Sacudió la cabeza, pero los labios de Kane se
curvaron en un gruñido.
—Suelta. Vete.
—¿Y Austin?
—Austin ya es mayorcito —espetó Kane—. Puede cuidar de sí
mismo.
—Pero prometimos no hacer nada sin él.
Kane corrió el cerrojo hacia atrás y luego lo llevó hacia delante,
recargando una bala.
—¡Kane! —insistió Maddox—. Venga ya, ¡esto es una locura! No
puedes matar a Dietz, ni siquiera hemos…
—En lo que a mí respecta, ya está muerto.
Las cosas iban mal, y muy rápido, además. Los ojos de Kane eran
homicidas. Me indicaban que, si Maddox no soltaba pronto el rifle, iba a
arrancarle los dedos de él uno a uno.
—¿Qué sucede con ella? —suplicó Maddox.
Kane se congeló por un momento, luego su mirada se desvió de
mala gana hacia mí.
—No podemos hacer esto ahora —dijo Maddox—. No con ella
aquí, y no sin Austin.
—Solo son cinco —gruñó Kane—. Estoy bastante seguro de que
puedo acabar con todos.
—Seis —replicó Maddox—. Acaba de salir uno más de ese
todoterreno. —Despacio, apartó la mano del cañón del arma—. Y sí, tal vez
puedas darles a todos. O quizá no. Quizá uno de esos vehículos se escape.
—Se encogió de hombros—. Y, aunque los cosas a todos a balazos, no
averiguaremos absolutamente nada.
Algo cambió en el fondo de los ojos de Kane. Lo veía reflejado
en la luz de la luna.
—Cogeremos a Dietz —le aseguró Maddox—, pero no ahora
mismo. El riesgo es demasiado grande.
Dejé escapar un largo suspiro de alivio cuando la tensión
desapareció de los hombros de Kane. Deslizó el seguro hacia atrás. Sacó la
bala.
Cuando hubo guardado el rifle, el espectáculo del barranco ya
había terminado. Los vehículos se alejaron en distintas direcciones, el
rumor de los neumáticos sobre la grava se iba apagando poco a poco.
—Ha sido la decisión correcta —afirmó Maddox, dándole una
palmada en el hombro—. Tendremos una oportunidad mejor.
Pero Kane no parecía muy convencido.
—Me pregunto si Connor esperó demasiado —comentó
siniestramente—. Aguardando él mismo una oportunidad mejor.
~ 54 ~

DALLAS

Tras la última visión de sus luces traseras, esperamos cinco minutos. Diez
minutos después, ya habíamos descendido la pendiente y estábamos bajo el
afloramiento rocoso.
—Este es el punto —señaló Maddox.
Las huellas de los neumáticos eran tenues, tanto que tenías que
saber que estaban ahí para verlas. El suelo que rodeaba toda la zona era
duro como el cemento.
—Mirad a vuestro alrededor —indiqué—. Quizá se hayan dejado
algo.
—Probablemente no —negó Kane.
—¿Por?
—Fue un simple intercambio —explicó—. Se reunieron aquí por
el anonimato, para que no los vieran.
—Entonces, ¿por qué estaban descargando cosas?
Kane me miró y se encogió de hombros.
—¿Productos a cambio de dinero? —supuso—. El comprador
tenía que contarlos. Tenía que ver lo que se llevaba.
—Sí, pero su furgón tenía plataforma —añadí—. Y un portón
trasero.
—¿Y?
—Entonces, ¿por qué iban a descargar todo en el suelo?
Todos bajamos la mirada al mismo tiempo. Aquello era raro, me
di cuenta por el hecho de que ninguno de los dos tenía una respuesta
concreta.
—Y ese primer camión —dije—. Vimos las luces de marcha
atrás. En realidad, retrocedió hacia algo.
Kane y Maddox se miraron con cara de «joder». Sentí otra oleada
de orgullo.
Todos esos episodios de Colombo… finalmente daban sus frutos.
—¿Dónde estaba aparcado el primer camión? —quiso saber
Maddox.
Los tres nos movimos de un lado a otro, barriendo con las
linternas. Nos costó un poco, pero por fin encontramos unas marcas más
profundas que las otras, como si fueran dobles. También terminaban
abruptamente.
—Aquí.
Kane se arrodilló y empezó a hurgar en el suelo. Maddox lo imitó.
Yo también.
Pasaron cinco minutos. Diez. Estábamos a cuatro patas, alisando
la grava endurecida. Golpeábamos la tierra del desierto con nuestros puños
desnudos, que empezaban a magullarse.
—Me he fijado más en sus caras —dijo Maddox—. Tratando de
reconocer a alguien. En realidad no miraba hacia abajo…
Dejó de hablar cuando todo su cuerpo se congeló. Luego alzó la
vista.
—¿Qué?
Maddox levantó la mano del polvo. En su puño había un trozo de
cuerda color arena.
—Joder.
Kane se acercó y entre los dos la agarraron. Tiraron a la vez con
fuerza y, de repente, todo el suelo del desierto se movió.
O, al menos, una sección de metro y medio por metro y medio.
¡Hostia puta!
Era un agujero. Tallado en la arenisca, excavado en la arcilla.
Tendría un metro de profundidad y las esquinas cuadradas.
—Tiene que ser una puta broma.
Maddox se sujetaba el pelo para que no le cayera sobre los ojos.
En el hueco había varias decenas de paquetes, todos envueltos en papel de
estraza. Estaban apilados cuidadosamente, como ladrillos, todos atados con
cordel.
—¿Qué es esto? —pregunté, aun sabiendo la respuesta.
—Drogas.
—¿Seguro? Quizá es dinero.
Kane resopló con repugnancia.
—Nunca es dinero —espetó—. Siempre son drogas.
—No me lo creo —decía Maddox—. ¿Qué hacemos ahora?
—Lo dejamos —murmuramos Kane y yo; la misma frase, al
mismo tiempo. Nos miramos el uno al otro en señal de confirmación.
—Por ahora, al menos —añadió.
Un ruido de arañazos llegó flotando desde la lejanía, tal vez un
animal o un eco de más allá. Confirió una urgencia repentina al ambiente
general.
—No me puedo creer que hayamos encontrado esto —repitió
Maddox.
—Nosotros no hemos encontrado una mierda —replicó Kane. Me
señaló con la cabeza—. Ha sido ella.
—Lo que sea. —Maddox se volvió hacia mí—. Joder, Dallas.
Podría besarte ahora mismo.
—Más tarde —le respondí, y Kane asintió—. Después de enterrar
esto tal y como lo encontramos.
~ 55 ~

DALLAS

La televisión estaba encendida, pero ninguno la seguía viendo, en realidad.


Echaban algún oscuro drama cuya trama requería total atención, no las
inquietas divagaciones de tres mentes cansadas.
—¿Otra cerveza? —preguntó Maddox.
Kane y yo negamos con la cabeza. Ya nos habíamos tomado un
par, pero no parecía que aquello fuera a calmarnos. Seguíamos demasiado
nerviosos, demasiado agotados. La adrenalina aún no había abandonado
nuestros cuerpos.
Así que nos quedamos allí, sentados a altas horas de la
madrugada, estirados juntos en el sofá. Austin no iba a volver. Había
llamado para confirmarlo incluso antes de que partiéramos hacia el desierto;
al parecer, su «amigo» aún necesitaba más tiempo.
Yo estaba, como siempre, pensando en Connor. Pero Maddox y
Kane…
Pensaban en Dietz.
Había intentado que hablaran del tema, que me contaran más
cosas sobre ese tipo que posiblemente traicionó a mi hermano. Sin
embargo, cada historia, cada relato… solo parecía ponerlos más tensos, más
heridos y enfadados. Y no solo con Dietz, sino también con ellos mismos.
Era algo con lo que desgraciadamente estaba familiarizada: la
culpa del superviviente. El estrujarse los sesos todo el tiempo dándole
vueltas a lo que se podría haber hecho de otra manera. Como deseando
volver a ese día, o a aquel día, y de alguna manera arreglarlo todo.
Aquello era una madriguera sin fondo.
Maddox volvió y se hundió con pesadez en su extremo del sofá.
Sentada entre ellos, me desperecé… y me recosté sobre ambos.
—Ven aquí.
Levanté el brazo y le acaricié el cabello a Maddox. Lo atraje
hacia mí y lo besé, metiéndole la lengua en la boca, demostrando una
necesidad emocional de estar cerca, de estar con él, aunque fuera de esta
manera tan nimia.
Entonces me devolvió el beso… y supe lo que tenía que hacer.
Me senté y apoyé la mano en su maravilloso pecho. Luego lo
empujé contra el sofá y me deslicé hasta el suelo.
—Relax. —Le sonreí, desabrochándole el cinturón mientras Kane
miraba. Puse una mano sobre cada uno—. Los dos.
En la lenta y parpadeante oscuridad, masajeé dos bultos
crecientes desde abajo. Me ponía verlos allí tirados. Observar cómo la
tensión desaparecía de sus grandes y fuertes cuerpos, cómo la inquietud se
transformaba en curiosidad y luego en pura excitación. Ambos estaban
empalmados cuando le bajé los pantalones a Maddox hasta los tobillos. Le
saqué la polla por el agujero del bóxer… y me incliné hacia delante para
tragármela entera.
Mmmmmm…
Era una mezcla de almizcle, sal y sudor. Varonil, pero no
desagradable. Me moví arriba y abajo, disfrutando de mi segunda parte
favorita de cualquier mamada: la sensación de tener a un hombre
poniéndose tieso y duro en mi boca.
Dirigí la mirada a Kane. Bajé la vista hacia su entrepierna, que
seguía tocando y frotando. Él captó la indirecta y se desabrochó el cinturón.
Con los dientes bien apretados, Maddox dejó escapar un largo y
acalorado suspiro. Separó los muslos. Llevó la mano a mi cabeza,
masajeándomela suavemente mientras se la chupaba.
Luego pasé a Kane, que ya tenía el rabo fuera.
Dios bendito, Dallas.
Era asombroso lo poderosa que me sentía de rodillas. Cómo tenía
el control total sobre estos dos hombres imparables; el objeto inamovible
aprisionado entre la fuerza irresistible de sus cuerpos duros y definidos. Se
la mamaba a uno mientras masturbaba al otro, alternando cuando me
apetecía.
Luego también me puse guarra.
Le guiñé un ojo a Maddox mientras se la chupaba a Kane. Miraba
a Kane a los ojos mientras sacaba la lengua y le lamía la polla a su amigo.
De un lado a otro, de un lado a otro, acariciándolas y succionándolas hasta
que las ya considerables erecciones de cada uno estuvieran lo bastante
firmes como para machacar clavos.
O, preferiblemente, para machacarme a mí.
Por maravilloso que sonara, no quería que me machacaran. Era
tarde, una hora perezosa. Eh, y quería ser yo la que mandara. Quería hacer
que se corrieran.
Kane se movió para levantarse primero, y me anticipé al
movimiento. Antes de que pudiera abandonar el sofá, ya le estaba apretando
la mano contra el pecho, con los dedos separados, empujándolo contra los
cojines.
Luego me puse de pie, me quité las bragas y me senté… sobre la
brillante y dura verga de Maddox.
Se introdujo completamente en mí con un suspiro de
agradecimiento.
Dos sensuales manos de SEAL se dirigieron a mis caderas. Las
aparté y las volví a colocar a ambos lados del sofá. Podría haberlas posado
en mis pechos doloridos y turgentes. Podría haber disfrutado de la sensación
de esos dedos acariciándome los pezones mientras subía y bajaba encima de
él, follándomelo a fondo, retorciéndome contra su cuerpo cada vez que
descendía.
En vez de eso, le pasé los brazos por encima de los hombros y me
lo tiré como una puta necesitada y codiciosa.
Kane observaba sentado. Recorría mi cuerpo con ojos
hambrientos mientras le daba a su amigo, captando cada uno de mis
movimientos, escuchando cada gemido y cada suspiro. Tenía la mano
moviéndose arriba y abajo por su propio miembro, con una cabeza tan
hinchada y congestionada que parecía a punto de estallar.
Dios…
Me moría de ganas de sentarme encima. No podía esperar a
subirme a su regazo y follármelo. Pero no hasta terminar con Maddox. No
hasta que hubiera hecho lo que me había propuesto.
—Santo cielo, Dallas…
Resultó que no tardó mucho. Maddox levantó el culo del sofá al
inundarme de semen, subiendo y entrando en mí de la forma más deliciosa.
En el fondo, todavía notaba el dolor del Mardi Gras. El escozor de dos días
de satisfacción ininterrumpida, seguidos del increíble encuentro de anoche
en mi cama.
Por fin dejé que me manosease mientras mi primer amante
culminaba, con los dedos apretando y soltando mi culo desnudo mientras
soportaba unas últimas contracciones eufóricas. Luego, todavía goteando su
semen, me subí al regazo de Kane…
…y me hundí hasta los cojones en aquella erección de acero.
Ohhh… ohhh, JODER…
No había planeado correrme yo también. Lo único que me
interesaba era su placer, disfrutar de cómo se metían dentro de mí.
Sin embargo, de repente, las cosas habían cambiado.
—Dios, estás hecha un puto desastre…
Kane me estaba besando el cuello, mordisqueándome el hombro.
Me sujetaba contra él mientras yo subía y bajaba. No lo detuve. Mierda, no
podría aunque quisiera.
Dallas…
Mi orgasmo se iba gestando como una tormenta que se avecinaba.
Mi amante me penetraba desde abajo, hacia arriba y hacia mi interior, tanto
como yo me apretaba contra él. Tenía la cabeza echada hacia atrás, la cara
hacia el techo. Una boca se cerró sobre la mía y después Maddox me estaba
besando… incluso mientras la lengua de Kane me recorría el cuello, con su
polla profundamente enterrada en mi coño empapado de semen, caliente y
húmedo y sucio y…
—¡OHHHHHHHHH!
Grité la palabra en voz alta. O, más bien, me la arranqué de las
profundidades de la garganta.
—¡HOSSSTIA!
Sucedió justo en medio de mi clímax: las manos de Kane se
cerraron formando puños y se descargó dentro de mí. Su miembro saltó,
golpeó y palpitó, llenándome de esperma. Sumando su carga a la de
Maddox, me colmó de tanta leche que la noté correr por mis muslos, los
suyos, el sofá… por todas partes a la vez.
Rodé y me agité sobre su miembro, sacudiendo la melena de un
lado a otro. De algún modo, seguía besando a Maddox, que me abrazaba.
Dios mío…
Alguien me estaba acariciando los pechos por debajo de la
camisa, arrastrándome unas manos ásperas por los pezones. Podría haber
sido cualquiera de ellos. Podrían haber sido ambos. Me encontraba tan
sumida en el éxtasis que me daba igual que fuera el mismísimo demonio…
y, a juzgar por mi comportamiento de los últimos tiempos, era una
posibilidad que no descartaba.
El delirio y la euforia se convirtieron en placer y este, a su vez,
dio paso a la realidad. Me escurrí del regazo de Kane, dejándome caer entre
los dos. Junté los muslos con fuerza mientras ambos se retiraban, al tiempo
que el pecho me bullía por el esfuerzo de follármelos a los dos.
—Hemos roto la tensión —resoplé, sonriendo—. Era necesario.
~ 56 ~

MADDOX

La alarma del perímetro sonó alrededor del mediodía.


Era extraño, porque no habíamos detectado señales de
movimiento. No había nadie fuera, no se veía nada en ningún lugar de la
propiedad. Después de comprobar las imágenes, ninguno de los monitores
mostró actividad en el bloque, tampoco.
TOC, TOC, TOC.
Kane ya estaba en la puerta, con la pistola desenfundada. Yo tenía
el seguro de mi subfusil MP5 quitado, justo al lado de la ventana sur. En
una posición perfecta para cubrirlo.
Durante un buen rato, no hicimos nada. Entonces, justo después
de que llamaran por segunda vez, Kane echó un vistazo por la mirilla.
—Mecagoenlaputa.
Agarró el picaporte y abrió la puerta de golpe. Antes de que me
diera cuenta, había agarrado a la persona que estaba en el umbral y la había
metido en casa, estampándola contra la pared más cercana.
—¡TRANQUILO! ¡TRANQUILO!
El hombre se puso de puntillas, con las manos en alto sobre la
cabeza. Era grande. Grande como nosotros. Pelo rubio, hombros cuadrados.
Todavía no podía verle la cara, pero la pistola de Kane estaba tan encajada
bajo su barbilla que tenía la lengua prácticamente fuera de la boca.
—¡Tranquilo, joder! —gruñó.
Esa voz…
Ya le había apuntado. Ahora intervine y le clavé violentamente el
cañón en las costillas. Se dobló de dolor y, en un instante, Kane cerró la
puerta de una patada y lo golpeó en la mandíbula con la culata de su Sig
Sauer.
—He visto mucha mierda —gruñó Kane, hincándole la rodilla en
la espalda. Le agarró los brazos y se los sujetó por detrás del torso—. ¡Pero
nunca a nadie con tantas ganas de morir!
—Hijo de puta —gritó el tipo desde el suelo. Se había quedado
sin aire en los pulmones. Resollaba con fuerza, intentando recuperar el
aliento—. Cállate ya de una puta vez… y escuchad.
Madre mía.
Dietz.
—¿Escuchar qué? —refunfuñó Kane—. ¿Cómo nos traicionaste?
¿Cómo hiciste que mataran a Winters?
—Yo no…
—¿La basura turbia que has estado haciendo en el desierto con
tus amigos? —añadí.
Saqué un par de gruesas bridas blancas. Kane ató al hombre de
pies y manos en cuestión de segundos, que seguía tosiendo, tumbado de
lado.
—Cachéalo.
Lo hicimos juntos. Todo sucedió rápido, de manera quirúrgica.
Como si lo hubiéramos hecho mil veces.
Lo que, por supuesto, era cierto.
—Está limpio. Ni siquiera una navaja.
Dietz volvió a toser y, en esta ocasión, se manchó los labios de
sangre. Kane acercó una silla y juntos lo levantamos y lo pusimos recto.
—Imbéciles —escupió Dietz, y se le salió un diente. Patinó
ruidosamente por el suelo de baldosas—. ¿Así es como abrís la puerta?
—Solo cuando aparece un traidor.
Karl Dietz parecía una mierda recalentada. En parte se debía a su
desaliñada perilla, que estaba a medio camino entre el afeitado y una barba
respetable. La otra era su cara llena de suciedad. El pelo cubierto de polvo.
La espuma rosada de sangre que goteaba del labio inferior, partido…
Bueno, supongo que esto último era culpa nuestra.
—¿Cómo cojones tienes siquiera el valor de asomar por aquí? —
exigí saber. Todavía tenía mucha rabia. Me entraron ganas de clavarle la
culata del rifle en la mandíbula y llevarme otro diente.
Dietz volvió a escupir. En el suelo de la cocina, claro.
Maldita sea, me estaba haciendo enfadar.
—He venido a advertiros —soltó—. ¿Por qué cojones os pensáis
que estoy aquí?
—¿Quién coño sabe? —preguntó Kane—. Mucha gente ha
venido por aquí, incluidos algunos de tus amigos. No te has rodeado de muy
buenas compañías últimamente.
—He venido solo —aseguró Dietz—. Desarmado. De puto día.
—¿Y?
—¡Pues que uséis la cabeza! —prácticamente gritó.
—Que te follen.
Negó con la cabeza y se echó a reír.
—Increíble. —Sus ojos se encontraron con los de Kane—. Nunca
fuiste el más listo, ¿verdad?
El segundo golpe provino del puño de Kane, no de su pistola. La
cabeza de Dietz se desvió hacia un lado tan rápido que el pelo se quedó
quieto justo donde estaba. Me di cuenta de que Kane se estaba conteniendo
tan solo por el mero hecho de que nuestro captor no tenía el cuello roto.
—¡HostiaPUTA! —gritó Dietz de dolor—. Joder, ¡PARA ya! —
Puso una mueca de dolor, pero parte de su rebeldía había desaparecido—.
¡Y que alguno me traiga una puta aspirina!
Ninguno de los dos se movió. Ninguno de los dos dijo nada.
—¿A qué te refieres con «advertirnos»?
Kane y yo nos giramos al oír la voz de Dallas. Estaba de pie a
medio pasillo, con el pelo aún mojado por la ducha.
Y matando con la mirada al hombre atado en nuestra cocina.
—Van a venir pronto —soltó Dietz siniestramente—. Todos ellos.
Todos a la vez.
Kane me lanzó una mirada cargada de preocupación.
—¿Ahora? —quise saber.
—No. Ahora no. Pero quizá esta noche, quizá mañana. No estoy
seguro, y… —Hizo una pausa y volvió a poner una mueca de dolor—. ¿Me
podéis traer un vaso de agua, al menos?
Para mi sorpresa, Dallas le sirvió uno. Se movió descalza por la
cocina, aún en albornoz. Incluso se quitó la toalla de la cabeza y la utilizó
para limpiarle la sangre de los labios antes de inclinar el vaso para que
pudiera beber.
—Gracias —gruñó Dietz—. Joder, al menos alguien tiene algo de
sentido común aquí.
—Tienes suerte de que no te eche lejía por la garganta —advertí
—. Es Dallas Winters. La hermana de Connor.
Dietz soltó una risita a través del diente que le faltaba.
—Sé quién es.
—¡Tú eres el culpable de que su hermano esté muerto! —chilló
Kane. Le faltó medio segundo para pegarle por reírse—. Tú y tus ami…
—¡No! —saltó Dietz, enfadado—. ¡Yo NO! Yo jamás le haría
daño a Winters. —Sus ojos se desviaron brevemente hacia Dallas y, luego,
de nuevo hacia nosotros—. Lo habéis entendido todo al revés.
—¿Ah, sí? —Me reí—. ¿Así que no eras tú el que estaba en el
desierto anoche?
—Claro que era yo. Joder, debería daros vergüenza. Una banda de
adolescentes podría haber hecho menos ruido en esa loma.
Cerré los ojos. Joder.
—¿Qué, creéis que nadie se dio cuenta?
Kane siseó con los dientes apretados y se movió, incómodo. El
gesto era sutil, pero perceptible.
—Yo me di cuenta —continuó Dietz—. Pero ellos no. Solo yo. —
Se encogió de hombros—. Es la única razón por la que seguís vivos. La
única razón por la que he venido. De hecho…
—¿Le hiciste daño a mi hermano?
Las palabras de Dallas surgieron con una calma mortal. Sin
embargo, había una tensión subyacente, una sensación de que en cualquier
momento su determinación podría quebrarse.
—No.
—¿Saben quién lo hizo?
Karl Dietz bajó la barbilla hasta el pecho. Su expresión se
suavizó. Parecía preocupado.
Dallas se acercó. Se arrodilló y se puso en cuclillas hasta que su
cara quedó a escasos centímetros de la de él. El brazo que aún sostenía el
vaso de agua temblaba.
—He dicho —rugió—, que si sabes quién…
—ALTO, ALTO, ALTO…
Austin entró volando en la cocina, sorprendiéndonos a todos.
Tenía ambas manos extendidas, parecía apresurado, apurado. Ni siquiera se
molestó en cerrar la puerta tras de sí.
—Basta —dijo—. Parad todos.
Sacó su navaja. Vi cómo se acercaba a nuestro cautivo, sentado en
la silla…
Con un rápido movimiento, cortó las bridas. El hombre en el
centro de la cocina comenzó a frotarse las muñecas.
—Confiad en mí —comentó Austin mientras envainaba su
cuchillo—. Dietz no es malo.
~ 57 ~

DALLAS

No estaba segura de lo que estaba pasando, de dónde había salido Austin ni


de cómo había llegado la situación a este punto. Sin embargo, solo sabía
una cosa.
El tipo de la cocina parecía cabreado.
—¿Tenéis algo que no sea agua? —gruñó, sin dejar de sostenerse
la toalla contra la boca.
Maddox fue a la nevera y volvió con una cerveza. Dietz la cogió
sin darle las gracias, quitándole el tapón con una manaza.
Todos los demás permanecimos de pie, mientras saludábamos a
Austin por turnos. Cuando llegó a mi lado, le di el abrazo más fuerte que
pude.
—¿Todo bien?
Asintió y sonrió.
—Sí. Mejor que bien.
Me relajé un poquitín. Al menos eran buenas noticias.
—¿Quién habla primero? —preguntó Kane, de brazos cruzados
—. Parece que no tenemos mucho tiempo.
—No lo tenéis —confirmó Dietz—. Así que… yo.
Dejó el botellín sobre la mesa. Ya se había bebido la mitad de la
cerveza. Inspiró profundamente y empezó a contar su historia.
—Todo empezó hace un par de años…
El desconocido de nuestra cocina hablaba y los cuatro
escuchábamos. La mayor parte de lo que contó al principio fue en jerga
militar; cosas que yo solo entendía a medias. Lo esencial era que se había
juntado con gente mala. O, más bien, «juntado» era una palabra equivocada.
Se había infiltrado en algo para ganarse su confianza y obtener información,
a instancias de uno de sus oficiales al mando.
Y luego, a mitad de camino … ese oficial al mando había muerto,
asesinado.
—Para entonces ya estaba muy metido —dijo Dietz—.
Demasiado como para salir. Al menos no de inmediato. No sin llamar la
atención.
—¿Qué tipo de atención? —preguntó Kane.
—Del tipo que hizo que mataran a mi comandante.
El hombre asesinado era Wesp. Su muerte se declaró oficialmente
un accidente. Dietz estuvo a punto de llevar todo el asunto al hombre que
estaba por encima de él, pero entonces ese también se presentó en el círculo
de los malos.
—Estaban intercambiando secretos —explicó Dietz—. Proyectos
fallidos de armas biológicas. Inteligencia de alto nivel del viejo laboratorio
de Nueva Orleans que la gente había olvidado. Pero no estos tipos. Había
un veterano del laboratorio, un tal Cameron, que informó a todo el mundo
de lo que tenían. Pensó que podría ser útil. Pero no creo que se diera cuenta
de lo que iban a hacer con ello.
—Estás hablando de él en pasado —señaló Maddox.
—Sí —asintió Dietz con gravedad—. Bien visto.
Prosiguió, relatando en detalle el desarrollo de los
acontecimientos. A partir de ahí, la historia no hizo más que empeorar.
—Con Cameron fuera de juego, nadie sabía qué se hacía. Tenían
vía libre para manejar la vieja base de datos. Dos tíos empezaron a
desmenuzarla y un tercero se puso a buscar compradores. Llegaron a un
acuerdo con alguien al otro lado de la frontera. Empezaron a pasar la base
de datos a algunos personajes muy peligrosos, a cambio de…
—Drogas —terminó Kane.
Dietz asintió en señal de confirmación.
—Han conseguido fichar a un gran traficante de Las Vegas que
compra todo al por mayor. Lo recoge en el desierto y su red lo vende a los
turistas. —Su labio se curvó en un gesto de asco—. Si os dijera cuánto
dinero ganan, os volveríais…
—Eso no me importa —gruñó Kane—. Solo me interesan los que
se dedican a extraer y vender secretos de armas biológicas.
—Los que mandaron matar a Connor —añadió Austin.
Dietz asintió en señal de comprensión. Indicó que quería otra
cerveza y Maddox le trajo una.
—Entonces, ¿cómo estás implicado tú? —preguntó Maddox—.
¿Por qué estabas allí anoche?
—Porque tengo una autorización completa de seguridad —
explicó Dietz—, para el laboratorio y para otros lugares. Eso me convierte
en alguien muy valioso para ellos.
Kane se burló de él.
—¿Y cuándo coño ibas a dejar de cambiar secretos militares por
drogas?
—Ya lo ha dejado —le cortó Austin. Levantó una pequeña
memoria USB gris—. Según Connor.
Todos nos volvimos hacia Austin. Dietz inclinó el botellín hacia
él, agradecido.
—El chip del collar de Dallas contiene un informe completo de
todo lo que ocurrió —explicó Austin—. Toda la operación encubierta,
incluidos los archivos de Wesp hasta su muerte, que también consta.
La sala enmudeció por un momento. Los detalles llegaban con
rapidez y había algunas preguntas cuyas respuestas no sabía si quería
conocer. De todos modos, di un paso adelante y solté un suspiro
tembloroso.
—¿Y qué tiene que ver mi hermano?
Dietz me miró y su expresión cambió por completo. Parecía
realmente triste.
—Yo involucré a Connor en esto —se lamentó—. Ya había
descubierto algunas cosas por sí mismo, y se estaba metiendo en un lío. Los
demás se estaban dando cuenta. Hablaban de… de…
—Sabemos de qué hablaban —comenté con calma—. Continúa.
Dietz asintió con un gesto de agradecimiento.
—Llegué a él antes que ellos —nos contó—. Fue entonces
cuando se lo conté todo. Le di todo, todo, y le pedí que se lo entregara a
alguien lo bastante arriba en la cadena como para que realmente importara.
Maddox asintió.
—Lo intentó. Solo que no funcionó.
—Woodward —confirmó Dietz—. Sí.
—¿Y qué pasó después?
Dietz se frotó su descuidado corte de pelo. Había demostrado ser
duro todo el tiempo que llevaba aquí, pero esta parte era difícil. Me di
cuenta de que estaba afligido.
—Connor volvió con una idea —explicó—. Seguiríamos adelante
y continuaría dándome datos del laboratorio. Tenía la misma autorización
que yo. Podía conseguir lo mismo, así que logró que lo trasladaran a Nueva
Orleans.
Kane negó con la cabeza, severo.
—De ninguna manera vas a convencerme de que Connor reveló
secretos.
—No lo hizo —aseguró Dietz—. Manipuló los datos. Cogió lo
que había y lo alteró lo suficiente como para que resultara inútil. —Sonrió
un poco al recordarlo—. Joder, fue genial. Nunca se enteraron. Incluso
ahora, siguen sin saberlo.
—Pero lo van a averiguar —dijo Austin. Era una afirmación, no
una pregunta.
—Sí. Muy pronto, además.
—Por eso quieres escapar.
Dietz hundió la cabeza entre las manos.
—He buscado la manera de largarme todo el tiempo —replicó—.
¿No os dais cuenta? En cuanto Wesp se fue, yo estaba jodido. Connor y yo
intentamos destaparlo todo, pero Woodward no cumplió y entonces… y
entonces llegaron a Connor…
—Ey.
La voz no parecía mía. Dietz miró hacia abajo y se dio cuenta de
que le había puesto la mano sobre la suya. El contacto físico pareció
relajarlo, aunque solo fuera un poco.
—¿Quién mató a mi hermano?
El hombre me miró, con los ojos cargados de tristeza.
—Un tío alto. Pelo blanco. Casi albino, creo.
Se me cerraron los ojos. Un escalofrío me recorrió el cuerpo.
—Un tal Alacard.
~ 58 ~

DALLAS

Resultó ser un día de lo más raro.


Me pasé la mayor parte en el tejado, vigilando el barrio con
Austin. Hablando de lo que contenía el chip de memoria de mi hermano:
toda una serie de secretos digitales que provocaron su muerte. No estaba
segura de qué era más irónico: que yo tuviera la respuesta a su asesinato
todo el rato o que, de algún modo, la hubiera llevado colgada del cuello sin
saberlo.
—¿Seguro que estás bien?
Asentí por quinta y última vez.
—Confía en mí —le dije, echándome la manta alrededor de los
hombros—. Con toda la mierda por la que he pasado, es agradable tener por
fin respuestas.
Hacía frío en el tejado. Estaba cansada. Dolorida. Incluso
hambrienta. Además, para colmo, se me estaba durmiendo el culo.
—¿Cuándo crees que volverán los demás?
Austin movió el rifle que descansaba en su regazo; el tiempo
suficiente para echar un rápido vistazo a la pantalla del teléfono. Luego
volvió a estar atento.
—Maddox y Dietz ya casi están aquí —contestó—. Kane… no
sé.
Me giré y apoyé la espalda contra la suya. Miré fijamente los
restos de las casas de nuestra manzana que antaño fueron bonitas y
estuvieron concurridas.
—¿Qué va a pasar cuando todo esto termine?
El tiempo pasaba. El viento me revolvía el pelo contra la cara.
Austin permaneció en silencio, hasta que por fin soltó:
—Ni idea.
Era una pregunta que no se esperaba. O tal vez estaba cavilando
la respuesta. En cualquier caso, todo iba llegando a un punto crítico. Mi
vigilancia se había convertido en protección, lo que a su vez se había
tornado en una investigación en toda regla que nos había traído hasta aquí,
hasta este momento. Y ahora…
Ahora estábamos a punto de resolver las cosas, de una manera u
otra. O la gente implicada en la muerte de Connor acabaría en un ajuste de
cuentas colosal…
O lo haríamos nosotros.
—¿Quieres la mitad?
Me pasó una barrita de chocolate envuelta en papel de aluminio.
O, mejor dicho, un trozo de una.
—¿La mitad? Te has comido tres cuartas partes.
—Demándame.
Por alguna razón me hizo reír, y se unió a mí. Me sentí bien,
riendo contra el viento, con su ancha espalda sacudiéndose contra la mía.
Joder, era extremadamente catártico.
—¿Crees que lo tenemos? —pregunté, poniéndome seria de
repente.
Austin hizo una pausa.
—Podría ser.
—Dime las probabilidades.
—Sesenta-cuarenta.
—¿Nosotros o ellos?
Sentí que se giraba para mirarme.
—¿De verdad quieres saberlo?
Suspiré sin volverme.
—En realidad, no.
—Eso es.
El cielo era de un color púrpura intenso y el sol estaba casi a ras
del horizonte. En el desierto, la temperatura bajaba muy rápido. A veces
tardaba un poco en subir, pero el frío…
—Dallas.
Me moví de nuevo, esta vez para poder verlo. Ahora, Austin
estaba frente a mí. Ignoraba por completo la mitad del vecindario que se le
había encomendado vigilar.
—Te quiero.
Parpadeé, estupefacta. No por la confesión, sino porque se
produjo en el momento más extraño de todos los posibles.
—Yo también te quiero —le respondí.
Ahora estábamos casi cara a cara. Mejilla contra mejilla. El
viento me lanzó una ráfaga de frescor que me hizo estremecer.
—¿Cuándo lo supiste? —me preguntó.
Me quedé pensativa unos segundos.
—Cuando me dijiste cuánto querías a mi hermano.
Reinó el silencio. Transcurrió un instante entre nosotros… de
sentimientos, emociones, amor compartidos.
—El rato que pasamos en el balcón tampoco estuvo de más —
bromeé.
Me besó y, de repente, ya no hacía tanto frío. Estábamos los dos
solos, sentados en la cima del mundo. Mirando al vacío y abrazados,
mientras el resto del universo se iba a la mierda a nuestro alrededor.
Lo amas, Dallas.
Fue fantástico, aunque solo fuera durante minuto, olvidarme de
todo lo demás. Estampar los labios contra los suyos, sentir el fuego y el
calor de su cuerpo contra el mío.
Los amas a todos.
Volví en mí, aturdida, preguntándome cómo había oscurecido
tanto de repente. Si la habríamos cagado de alguna manera, o si unos ninjas
se habrían descolgado de los árboles del desierto y ahora mismo estaban
trepando por las paredes para pillarnos por todos los flancos.
Aparecieron unos faros y volvimos a colocarnos espalda contra
espalda. Austin apretó con fuerza el rifle… y luego se relajó en el
transcurso de un solo latido.
—Vamos —me dijo, poniéndose de pie. Me tendió la mano y se
la cogí—. Ya ha llegado Maddox.
~ 59 ~

DALLAS

—Entonces, ¿has contactado con alguien de la lista? —preguntó Austin.


Maddox negó con la cabeza desde su extremo de la mesa, donde
se dedicaba a limpiar diversas armas. No era buena señal. Ni un buen
comienzo.
—¿Y Flynn?
—No está en la ciudad.
—¿Sully?
—Nada.
Dietz se encontraba de nuevo ante la nevera, rebuscando entre
nuestras escasas provisiones. Supuse que querría otra cerveza, pero apareció
con un bote de leche.
—Hemos preparado lo que nos dijiste —le comentó a Austin—.
¿Cómo lo llamaste?
—Un dispositivo de hombre muerto.
—Sí —afirmó—. Eso.
Me estremecí cuando Dietz empezó a beberse la leche
directamente del cartón. Era casi tan terrible como la idea de que nos
aniquilaran y tuviéramos que depender de un ordenador para liberar la
información que mi hermano recopiló.
—¿Cómo vamos a hacerlo? —preguntó.
—Con una emboscada, preferiblemente —respondió Austin—.
Como es obvio.
—No vamos a quedarnos sentados, esperando a que vengan —
continuó Maddox—. Atacamos primero. Y atacamos fuerte.
Dietz se limpió la boca con el dorso del brazo y dejó la leche en
su sitio. Volví a poner una mueca de dolor.
—Sí, pero…
—Los atraeremos de nuevo al desierto —añadió Austin—. A los
compradores, a los vendedores, a los traficantes… a todos.
Dietz se echó a reír.
—¿Con qué? ¿Con queso?
—Mejor que con queso —replicó Maddox—. Tú te encargarás de
que salgan.
—No lo creo —contestó Dietz—. No tengo ni de lejos el poder
que vosotros os imagináis. No vendrán.
La puerta se abrió de par en par y Kane entró en la cocina. Ya
llevaba puesta su ropa de camuflaje para el desierto. Además, iba cargado
de armas y Kevlar, bien equipado y blindado hasta los dientes.
—Lo harán si se lo pides —aseguró Kane.
Dietz volvió a negar con la cabeza, como si tratara de explicarle
algo sencillo a un niño pequeño. A un niño que no lo pillaba.
—¿Y qué cojones te hace suponer eso?
Kane levantó el brazo y dos grandes ladrillos cayeron sobre la
mesa. Una nube de polvo los precedió, iban atados y envueltos en papel de
estraza.
—Porque vas a decirles que sus drogas han desaparecido —
declaró Kane. Señaló por encima del hombro con un pulgar cubierto de
tierra—. Y es algo que seguramente querrán comprobar por sí mismos.
Karl Dietz ya era de piel clara. Pero ahora se había quedado
blanco como un fantasma.
—¡Santo cielo! —graznó—. Estamos todos muertos.
Maddox soltó una carcajada desde el lugar donde recolocaba la
culata de su rifle. Austin le dio una palmadita de consolación en el hombro.
—¿De verdad quieres vivir para siempre?
Su antiguo camarada seguía con la mirada perdida hacia la mesa,
como si estuviera en shock.
—Bueno… más bien quería un poco más de tiempo.
—Entonces, sigue el plan —le indicó Austin—. No te desvíes. No
vaciles. Y, hagas lo que hagas, no parpadees ni entres en pánico.
La cámara del móvil de Kane emitió un chasquido al fotografiar
un primer plano de los dos ladrillos polvorientos. Pulsó algunos botones y
se oyó otro pitido proveniente de la cadera de Dietz.
—Ya está. Acabo de enviarte la foto.
—¿Y…? —La voz de Dietz seguía quebrada.
—Dentro de más o menos una hora, se la enviarás. Diles que
proviene de un número desconocido.
Vi cómo la nuez del hombre se endurecía al tragar saliva. Dietz
tenía miedo. De verdad.
—¿Y luego qué?
—Y luego esperamos —respondió Maddox—. En posición, por
supuesto.
—Van a venir a buscarme de inmediato —alegó Dietz—. Van a
arrastrarme hasta el desierto con ellos.
—Eso está muy bien. Enviarás el mensaje desde tu casa.
Los ojos de Dietz se abrieron de par en par de un modo ridículo.
—¿BIEN? ¿Cómo cojones va a estar eso bien?
—Porque vas a actuar con calma —le explicó Kane—. Con
mucha calma.
—Con tu mejor cara de póker —añadió Austin.
—Como si te fuera la vida en ello —matizó Maddox, dejando su
cepillo para cañones.
Para entonces, Dietz ya parecía un ciervo deslumbrado por unos
faros. A pesar de todo, seguía negando con la cabeza.
—Esto no está bien —dijo—. Aunque no me maten directamente,
me dispararán como a un perro cuando lleguemos allí y falte la droga.
—No si juegas bien tus cartas —gruñó Kane.
—No —espetó Dietz—. ¡No lo comprendes! No entendéis a esta
gente…
El chasquido seco producido por un arma al amartillarse hizo que
todos giráramos la cabeza en dirección a Maddox. Puso su Barrett
completamente montada sobre la mesa. Era tan larga que el cañón casi
rozaba el techo.
—No pretendemos entenderlos —sentenció Maddox.
~ 60 ~

DALLAS

El desierto resultaba algo más cálido en esta ocasión, o quizá fuera porque
venía preparada. El cielo nocturno era cristalino. Al mirar hacia arriba
desde nuestra posición en la loma, parecía que estábamos bajo un millón de
estrellas.
—¿Recuerdas lo que te hemos dicho? —me preguntó Maddox.
Era más una orden que una pregunta.
—Sí.
—Vas a quedarte atrás, pase lo que pase. Mantente
completamente fuera de la línea de fuego.
—Lo sé.
—No intervengas a menos que la cosa se ponga fea. —Su voz se
tornó inquietantemente grave—. Muy fea. Como que estemos ya…
—Basta ya. Lo pillo.
Me miró con dureza. El viento le agitaba el pelo rubio contra la
mejilla barbuda. Quería besársela. Quería notar su tibieza en los labios,
mientras aún estuviera a salvo, mientras aún fuera mío…
—De acuerdo —respondió Maddox—. Con eso en mente, vente
conmigo.
Volvió al vehículo y lo seguí con toda solemnidad. Estábamos los
dos solos en la loma. Todavía tenía un nudo en la garganta por haberme
despedido de los demás.
Dallas… no.
Era difícil no pensar así, no imaginar lo que podía pasar. Pero, si
quería ser de alguna utilidad, tenía que quitármelo de la cabeza.
Maddox cogió un maletín negro de la parte trasera del vehículo.
Le quitó los seguros con dos chasquidos y lo abrió.
—¿Sabes qué es esto?
Me quedé mirando el arma. Como un fantasma del pasado, me
devolvió la mirada.
—Es un SCAR.
Asintió despacio, impresionado.
—En efecto. Es un rifle de batalla SCAR-H, Mark 17. ¿Alguna
vez has disparado uno?
Ahora me tocaba a mí asentir.
—Sí, un montón de veces. El de Connor.
—Este es el de Connor.
La piel de los brazos se me puso de gallina. Durante una fracción
de segundo traté de convencerme de que era por el viento. Pero no lo era.
—No… no me he dado cuenta…
Maddox levantó el arma sin esfuerzo y me la puso en los brazos.
Por alguna razón, estaba caliente. La empuñadura encajaba a la perfección
en mi palma, como si estuviera hecha para mi mano.
—Tu hermano me salvó la vida con este rifle —declaró Maddox
con gravedad—. A Kane y a Austin también.
El rifle de Connor…
Miré el arma con ojos nuevos. Estaba sosteniendo un pedazo de
mi hermano. Una prolongación de su vida, un artefacto que había
sobrevivido a su cuerpo, pero no a su leyenda.
—Hubo otros también —continuó Maddox—. Nombres que
hubieras conocido. Hermanos nuestros por los que Connor estaba dispuesto
a sacrificarse, y…
¡BRZZZ!
La radio que Maddox llevaba en la cadera emitió un chasquido
estático. Se la sacó del cinturón justo cuando sonó la voz de Austin.
—LUCES DELANTERAS. A TRES KILÓMETROS.
Maddox me miró. Nuestros ojos se quedaron fijos.
—Solo si se da el caso —añadió en tono severo—. ¿Me lo
prometes?
Asentí despacio mientras comprobaba el cargador del arma de mi
hermano.
Mi amante profirió un juramento en voz baja.
—No es suficiente. Dilo, Dallas.
—Te lo prometo.
Me abrazó y me besó, estrechándome contra él. Olía a guerra; a
hierro, cuero y fuego.
—No eres simplemente la hermana de Connor —murmuró—.
Eres mucho más que eso para nosotros.
Tenía la frente pegada a la suya. La mirada de Maddox era
penetrante. Sus iris brillantes y vivos se clavaban en los míos.
—Estamos enamorados de ti, Dallas.
El nudo me volvió a la garganta. Esta vez era del tamaño de una
pelota de béisbol. Quería hablar, pero apenas podía respirar. Había tantas
cosas que decir…
—DOS KILÓMETROS —escupió la radio.
Me contemplaba como nadie lo había hecho en toda mi vida. No
solo como Dallas Winters, sino como mujer. Como amante.
—Saldremos de esta —me aseguró Maddox—. Todos.
Logré tragar saliva a pesar del nudo en la garganta.
—Por Connor —acerté a decir.
Estábamos perdidos juntos en un mar de viento, estrellas y fresco
aire nocturno. Apuntando las armas hacia abajo con un brazo,
sosteniéndonos con el otro.
—Por Connor —coincidió Maddox.
~ 61 ~

AUSTIN

La columna se extendía en la oscuridad de la noche; tres furgones, luego


cuatro, luego cinco. Más de lo que nos imaginábamos.
Muchos más.
Observaba tumbado en el suelo, mirando por encima de la loma
con los visores nocturnos. Los vehículos se unían a los que ya estaban allí,
los que venían del oeste. Y los que llegaron desde el norte, aunque esa
«columna» consistía en un único Cadillac Escalade que apareció antes que
nadie.
Era curioso lo oscuro que estaba todo. Todos los coches, furgones
y todoterrenos estaban pintados de negro o azul marino. Como si estuvieran
anunciando su propia maldad, al amparo de la noche.
No es posible que se crean que pasan más desapercibidos.
Me hizo gracia esa parte. Lo más probable es que así fuera. Sin
embargo, a la luz de la luna del desierto, destacaban como una hormiga
oscura en una colina de color arena.
—VEO A DIETZ.
La voz de Maddox me respondió desde la otra colina, en el lado
opuesto del cañón. Nos habíamos pasado a los auriculares. Todo lo demás
estaba en silencio, salvo el murmullo en el valle de abajo.
Dios, deben de ser una veintena.
Escudriñé entre la creciente multitud. Al menos una docena de
hombres portaban rifles. Otros pocos también cargaban armas cortas. Ya
habían destapado el compartimento oculto y estaban abriéndolo.
—YO TAMBIÉN TENGO A DIETZ —murmuré, aunque no era
necesario hablar en voz baja. Con todo lo que se decía y discutía allí abajo,
podía ponerme a silbar si me apetecía.
Contemplé cómo se detenían los últimos vehículos. El humo se
disipó y quedaron dispuestos en un tosco semicírculo. Volví a distinguir a
Dietz entre la multitud, reduciendo un poco el aumento para seguirlo.
—KANE ESTÁ EN POSICIÓN.
Para eso tenía que confiar en Maddox. Kane estaba situado justo
debajo de mí, a casi 100 metros, escondido en el terreno. Desde la loma
original, Maddox podía verlo. Yo no.
Espero que esto funcione…
Desde luego, no era lo ideal. «Esperar» algo no estaba en nuestro
manual; preferíamos planificar. La esperanza era para los débiles, los
perezosos, los mal preparados. Por supuesto, siempre nos quedaba rezar,
pero eso venía en la última página, era el último recurso. Y, por lo general,
no era mejor que la esperanza a la hora de determinar los resultados.
Persona a persona, fui examinando el grupo, pulsando el botón
«guardar» de mi visor en cada uno. Estaba fotografiando a los malos. Unas
imágenes digitales que se convertirían en registros que probarían su
participación esta noche… siempre y cuando alguien llegara a descargarlas.
Eso, por supuesto, dependería de quién ganara y quién perdiera.
¿Cuál era el viejo dicho? ¿La historia siempre la escriben los vencedores?
Mis ojos volvieron a Dietz. Parecía rígido. Nervioso. Inquieto…
Maldita sea, Dietz, cálmate.
Proyecté mentalmente las palabras. Si las escuchó, no se notó en
su lenguaje corporal. Me alegró comprobar que aún llevaba su arma. Si aún
no se la habían quitado, no podían sospechar demasiado de él.
Entonces… junto a Dietz…
—TENGO A ALACARD.
Pronuncié las palabras en voz baja, como si intentara que no las
oyera Dallas. Lógicamente, eso era una tontería. Dallas también tenía un
auricular.
Era raro lo serena que se había tornado después de saber quién
mató a Connor. Como si la información hubiera aliviado la ira, en lugar de
liberar toda la rabia, la pena y otras emociones contenidas.
Sin embargo, yo sabía que no era así. En todo caso, se estaba
conteniendo aún más. Era algo de lo que al final tendría que hablar, para al
menos desahogarse. Y cuanto más tiempo permaneciera en silencio…
—DIETZ SE ESTÁ MOVIENDO.
La última frase de Maddox me hizo soltar los prismáticos. Cogí el
arma y eché un vistazo por la mirilla, donde todo parecía más pequeño y
lejano, pero igual de claro. Tener por fin un objetivo apuntando a esos
capullos me sentó condenadamente bien. Cambié de blanco en blanco,
asignándoles un valor a cada uno. Evaluándolos en términos de nivel de
amenaza.
Básicamente, pensando a cuál de ellos eliminaría primero.
—PREPÁRATE…
Llevaba meses preparado. Algo más de un año, para ser precisos.
—ESPERA LA SEÑAL…
No podía estar más preparado.
—DIETZ ESTÁ…
¡PUM!
Una explosión sacudió el áspero valle de piedra, levantando una
espesa columna de polvo. A continuación se oyó otro sonido más familiar:
¡BBBRRRRAAAAPPP!
¡Metralla! Fuego totalmente automático.
El agitado barullo del cañón se transformó de repente en frenesí,
y la mitad de los hombres cayeron instantáneamente al suelo. La otra mitad
se apresuró a ponerse a cubierto.
—¡MIERDA! —Oí a Maddox insultar por nuestro canal.
Más polvo se arremolinaba, azotando el aire. Demasiado polvo.
Alguien había hecho estallar algo: una granada de conmoción o tal vez un
pequeño artefacto explosivo. En medio de la confusión, perdí a todo el
mundo: a Dietz, a Alacard, al tipo de la Kord 12,7 mm al que quería
disparar primero. No, error. Al tipo al que necesitaba pillar primero, porque
si no la ametralladora pesada rusa nos haría pedazos a todos.
¡MIERDA!
Mi sentimiento coincidía exactamente con el de Maddox. Solo
podía confiar en que aún tuviera a Kane. Que conservara mucha mejor vista
que yo y que, de algún modo u otro, entre todo el caos, pudiera cubrir a
nuestro amigo.
Allí abajo, todo era un auténtico desastre. El hervidero de gente se
dispersaba, sin que nadie supiera en qué dirección correr. Los inteligentes
huyeron a sus vehículos para cubrirse. Los tontos…
Barrí la zona con la mira. Alcancé a ver a Dietz derribando a
alguien con la culata de su rifle. No podía decir quién, pero el hombre
llevaba traje. Traje. En pleno desierto.
¡PUM! ¡PUM!
El agudo sonido del calibre .50 de Maddox sonó desde arriba.
Levanté la vista, atisbando el otro extremo del cañón. Murmurando en voz
baja que, hiciera lo que hiciera, pasara lo que pasara, más le valía
mantenerla a salvo.
Entonces distinguí lo que estaba pasando allí… y una punzada de
terror me atravesó.
~ 62 ~

DALLAS

Llegué al furgón en cuestión de segundos. Con un rápido giro de llave, se


puso en marcha, llenando de polvo todo a mi alrededor cuando metí la
marcha.
El corazón casi me estalla de terror cuando avanzó a
trompicones… directo hacia el borde del acantilado.
¡Oh, MIEEEEERDA!
Pisé a fondo el freno con ambos pies. Los neumáticos chirriaron
hasta detenerse, pero la inercia siguió impulsándome, deslizándome,
arrastrándome inexorablemente hacia delante. Empujándome hasta el
mismísimo límite de la aterradora caída de cien metros…
—¡DALLAS!
El grito de Austin casi me destroza el tímpano. Levanté el brazo
en un acto reflejo para quitarme el auricular, pero mi mano volvió a
aferrarse al volante corriendo.
Se acabó…
En el último segundo, el vehículo se detuvo. Vi a Maddox por la
ventanilla del copiloto, tumbado bocabajo, agarrado a su rifle. Giró la
cabeza, con una expresión de total incredulidad congelada en el rostro.
—DALLAS, PERO QUÉ…
No oí nada más. Ya había dado marcha atrás, con los neumáticos
derrapando por el terraplén mientras miraba enloquecida por encima del
hombro. ¡No me creía que estuviera haciendo esto! Y lo que era aún más
increíble: casi me caigo por un puto barranco en el proceso.
—¡VUELVE AQUÍ! NI SE TE OCURRA…
Ahora sí que me arranqué el audífono y lo arrojé al suelo. Sonaba
fuerte, me distraía y, de todas formas, nada de lo que pudieran decir me
detendría. Después de presenciar el caos de abajo, solo pensaba en Kane.
Seguía allí, solo, con Dietz como único potencial aliado.
Y lo último que había visto antes de la explosión… media docena
de hombres, con las armas desenfundadas, acercándose a su posición.
¡Deprisa!
El furgón rugió colina abajo, cogiendo velocidad. Ya temblaba,
cada bache se multiplicaba por diez. Apretaba con todas mis fuerzas el
volante. Sacudiéndome a izquierda y derecha, arriba y abajo…
¡Más rápido!
—¡AYY!
Grité cuando me golpeé la cabeza contra el techo. Ya estaba
sobrepasando los límites. Cada guijarro era una roca a esta velocidad. Cada
escombro era…
¡PUM!
Ni siquiera vi al primer tío con el que choqué. Lo único que
distinguí fue su rifle, atravesado en el parabrisas, mientras él rodaba por
encima del techo.
¡Mierda mierda mierda mierda!
Otro golpe, esta vez a un lado. Vi a dos malos, muy sorprendidos,
literalmente rebotando contra el guardabarros. Sus caras de total asombro
me hicieron reír a carcajadas.
¿De qué coño te ríes?
El corazón se me salía del pecho. El miedo, la adrenalina y
muchas otras emociones me inundaban todo el cuerpo y ni siquiera podía
pararme a pensar.
¿Cómo vas a encontrarlo?
No tenía ni la más remota idea. Ahora mismo era como conducir
a través de una tormenta de polvo, maniobrando a ciegas. Apunté el morro
en la dirección en la que sospechaba haber visto a Kane por última vez.
Pero si estaba en lo cierto o no…
¡BBBRRRRAAAAPPP!
Algo estridente e insoportable estalló en algún lugar a mi
izquierda. Me alejé, solo vagamente consciente de que probablemente
estaba bordeando el precipicio.
Tenía que aminorar la marcha. Pero no podía; había gente por
todas partes. No los veía, pero los oía: gritaban, chillaban, incluso
disparaban, aunque no creía que estuvieran tan a ciegas como yo. Y,
entonces, de repente…
¡FIUSSSS!
Salí de la nube de polvo. A campo abierto. Vi a tres hombres
reaccionar de inmediato, alzando las armas hasta que estuvieron a la altura
de mi furgón.
¡JODER!
Me agaché y di un fuerte tirón al volante. Unos impactos potentes
y los rebotes resonaron en uno de los laterales del vehículo. A continuación,
oí dos crujidos agudos, a lo lejos. Cuando volví a levantar la vista, dos
habían caído.
Guau.
El tercero corría como un demonio en dirección contraria.
—¡UMMP!
Me di la vuelta y, de repente, allí estaba Kane. De espaldas,
cubierto de mugre. Retorciéndose… con otra persona inmovilizada a
cuestas.
Abrí la puerta de golpe y corrí hacia él, sin siquiera pensarlo.
Cuando me acerqué, comprendí lo que pasaba. Tenía a un tío agarrado por
el cuello, mientras otros dos le daban patadas en las costillas. Un tercero
permanecía de pie junto a mi amante, con la culata del rifle en alto. Listo
para dejarlo caer sobre su cráneo en cualquier momento…
—¡KANE!
Se sobresaltaron y me di cuenta al instante de que gritar
probablemente no era la mejor opción. Ni siquiera le había quitado el
seguro al arma.
—¿Dallas?
Vi cómo la ancha espalda de Kane se contorsionaba con saña y el
tipo con el que había estado luchando, de pronto, dejó de moverse. La mitad
de los hombres que estaban frente a mí se dieron la vuelta. Los otros
levantaron sus rifles.
¡PUM!
Una bala atravesó un hombro enemigo. Esta vez vino desde el
costado, en lugar de desde arriba. Otro hombre avanzaba tranquilamente,
con una dentadura muy blanca en la penumbra de su rostro.
Era Dietz.
¡Gracias a Dios!
El otro se echó hacia un lado, disparando mientras corría.
Mientras él y Dietz intercambiaban disparos, yo seguí adelante… justo
cuando Kane agarraba la pierna de su oponente más cercano y lo tiraba al
suelo.
Eso dejaba al tipo del rifle, que se giró para mirarme. Su mirada
captó la mía y hubo un instante de conmoción… y luego de reconocimiento.
ALACARD.
Aún tenía el rostro magullado y la frente llena de costras por
nuestra refriega en Nueva Orleans. No pareció inmutarse. De hecho, su
boca se curvó en la más perversa de las sonrisas.
Dallas…
Ahora se movía despacio, como una serpiente. No… como un
encantador de serpientes, manteniéndome atrapada con su mirada de trance.
Reteniéndome con unos ojos negros y brillantes, sin poder moverme ni
hacer nada o…
¡DALLAS!
En una fracción de segundo, bajó el arma y me apuntó con ella.
Lo hizo de forma robótica, como si tuviera un brazo hidráulico…
¡PUM!
El rifle cobró vida en mis manos. Mierda, parecía haberse
disparado solo.
Alacard agachó la mirada hacia el agujero rojo que se le estaba
abriendo en el pecho. Una mancha oscura se iba extendiendo, con un
aspecto negruzco a la luz de la luna.
Lo mejor de todo es que la cara se le contrajo en una máscara de
completa sorpresa.
¡PUM! ¡PUM! ¡PUM!
Se tambaleó un par de veces y retrocedió. Luego se desplomó,
justo cuando Kane se puso de pie.
—¡Dallas!
¡PUM PUM PUM PUM PUM PUM!
—¡DALLAS!
Conseguí detenerme antes de vaciar el cargador. Pero por los
pelos.
—Santo cielo, Dallas. —Kane cerró la mano sobre el cañón,
empujándolo hacia abajo—. Nunca te he visto moverte tan rápido —juró.
Nunca me has visto repartir blackjack.
El pensamiento apenas me resonó en lo más recóndito de la
mente. Seguía entumecida. Sin palabras. Con un hormigueo en todo el
cuerpo.
Mi amante me rodeó la cintura con el brazo y tiró de mí en
dirección al precipicio.
—Vamos.
—P-Pero el coche… —me las arreglé para decir—. Es por ahí.
Kane dijo algo, pero casi no lo oí. Pensé que tal vez me había
quedado sorda por el ruido de los disparos, pero entonces comprendí que el
sonido atronador se estaba produciendo encima de mí. Y cada vez era más y
más intenso.
—Olvida el furgón —prácticamente me gritó Kane al oído—. Por
aquí, necesitamos cobertura.
—¿Qué está pasando? —chillé.
El polvo se arremolinaba de nuevo, solo que esta vez había
tormenta. O al menos eso me pareció cuando levanté la cabeza, tratando de
encontrar zonas reconocibles de cielo nocturno despejado.
Me temblaba todo el cuerpo. Incluso me vibraban los tímpanos.
—¿Pero se puede saber qué está pasando? —grité.
El aliento de Kane me llegaba caliente al oído. Hablaba en un
tono alto pero tranquilo.
—Helicópteros.
~ 63 ~

KANE

Fue bonito ver cómo se desarrolló todo. Observar a todo el pelotón salir de
los dos Sikorskys, insertándose con suavidad y sin esfuerzo en la lucha.
Lo único que lamenté fue que acabara demasiado pronto; menos
de cinco minutos después de la llegada del primer helicóptero, que aterrizó
sano y salvo sobre la arcilla endurecida. Trece SEAL y dos oficiales se
encontraban de pie junto a una fila de prisioneros desarmados y maniatados,
tumbados bocabajo en el desierto.
—Medina, ¿verdad?
El hombre que se dirigió a mí por mi apellido tenía un aspecto
muy tosco. Se acercó pisando fuerte, con su cabello oscuro entrecano
asomando por debajo del sombrero.
—Sí, señor —lo saludé.
Me tendió la mano. Se la estreché, mientras él me medía con la
mirada.
—Jefe Rogan. Equipo Cuatro, pelotón tercero.
—Sé quién es, señor.
—Bien. ¿Y ahora por qué cojones sonríe?
Ni siquiera era consciente de ello. Se quedó esperando una
respuesta y no pude hacer otra cosa que encogerme de hombros.
—La verdad es que no creía que fueran a venir.
El Jefe frunció el ceño y se quitó el sombrero.
—¿Me tomas el pelo, hijo? ¿Con lo que nos habéis contado?
Me entraron ganas de reírme. No de él, sino de la situación. Era
todo tan absurdo, tan descabellado. Tardaría un día entero en explicarlo, y
otra semana en…
—¡Claro que hemos venido! Woodward insistió bastante. Entre él
y lo que leí en tu hoja de servicio, no podíamos no venir. —Hizo una pausa
—. Aunque hubo algunas reticencias….
Permaneció pensativo unos segundos, como si estuviera
sopesando algo desagradable. Luego sacudió la cabeza.
—Esto es un puto follón, hijo —espetó, mirando a su alrededor
—. ¿Lo sabes?
—Oh, lo sé, señor.
—Déjate de chorradas de «señor» y dime qué coño está pasando.
Conforme se iban apagando los motores de los helicópteros,
repasé lo esencial. Los detalles podían esperar. Me llevó un minuto
identificar a las partes implicadas, señalando hombres, jefes, vehículos…
—Dos furgones se escabulleron —solté bruscamente—. Creo que
se dirigieron al este, mientras estábamos en medio de…
—¿La explosión de mierda? —terminó por mí—. No te
preocupes, lo sabemos todo. Ya tenemos dispositivos para interceptarlos.
Caray, se trata de una operación conjunta, entre el Ejército y Nellis y…
—¡SEÑOR!
Ambos giramos la cabeza al mismo tiempo. Dos tipos habían
descubierto el escondite y estaban de pie sobre un foso de ladrillos
envueltos en papel de estraza perfectamente apilados. El Jefe enarcó una
ceja.
—¿Cocaína?
—Eso suponíamos, sí.
—¿Entonces esto es por drogas?
Negué con la cabeza.
—Mucho más que eso.
El hombre se detuvo y se llevó las manos a las caderas. Soltó un
largo y profundo suspiro.
—Así que… —Me miró con los ojos entrecerrados—. Eso que
nos contaba Woodward…
—Todo cierto, señor. Hasta el último detalle.
Recorrió de nuevo el lugar con la vista, mirando a todos, a todo.
Sus ojos se clavaron en los hombres que estaban bocabajo. Contrajo la cara
en una mueca.
—Jesús —maldijo en voz alta.
—Y María y José —añadí.
~ 64 ~

MADDOX

Transcurrieron varias horas hasta que todo terminó. Antes de que todos los
sospechosos se marcharan en la parte trasera de un coche de policía, o peor
aún, esposados de pies y manos y arrastrados por la policía militar. El
Departamento de Policía de Las Vegas quería que los siguiéramos para
prestar declaración, por supuesto, pero el Jefe nos sacó de allí alegando que
éramos «su gente».
Al final, solo quedó uno de los helicópteros.
—Informe completo —ladró Rogan, mientras caminaba de vuelta
al vehículo—. A mi oficina, todos. Cuando esté listo.
Kane respondió con una ligera inclinación de cabeza. Pareció
satisfacer al hombre.
—Por ahora —dijo el Jefe—, descansad un poco.
Dos hombres se apartaron rápidamente para dejarlo pasar y
desapareció en su transporte. Me maravilló su aspecto casi surrealista.
Como si estuviera sacado de una película.
—Así que esto ha sido cosa tuya, ¿eh? —interrogué a Kane. Era
la primera conversación que manteníamos desde que empezó el caos.
—Sep.
—Muy bien. ¿Cómo lo lograste?
Austin y Dietz se acercaron. Ambos estaban bastante interesados.
Dallas ya estaba a mi lado, colgada de uno de mis hombros. Seguramente
intentando enmendar el incidente del furgón.
—Bueno, primero contacté con Woodward —explicó Kane—. Le
dije que la olla estaba a punto de estallar, y que él estaba demasiado cerca
como para que no le salpicara.
La analogía me hizo reír.
—¿Y por qué no se apartó y ya?
—No le di la opción —respondió Kane—. Le advertí de que si
caíamos, él era el siguiente. Sin dudarlo.
—¿Y te creyó?
—No le quedó más remedio. Sobre todo cuando le conté que
Dietz había oído cosas. Cosas malas. Más concretamente, que nos estuvo
largando información en Nueva Orleans.
Austin se frotó la mandíbula.
—Guau, qué sucio.
—Tiempos revueltos —reconoció Kane.
—¿Y entonces qué pasó? —preguntó Dallas.
—Woodward se puso en contacto con todos los nuevos
superiores. Entre los dos, por no hablar de Dietz desde dentro, sacudimos el
avispero lo suficiente como para soltar un pelotón.
—Y acabamos con Rogan.
—Sí —afirmó Kane.
—Tuvimos suerte —añadió Dietz—. Suerte de que sea buena
gente.
—Ya lo creo —coincidió Kane—. Porque esto casi no sucede.
Hay oficiales implicados que ni siquiera están aquí ahora mismo. Gente que
estuvo intentando impedirlo en todo momento.
—De no ser por Rogan… —teorizó Dallas.
Kane asintió despacio.
—Sí. De no ser por Rogan…
Todo aquello era una caja de pandora. Una caja sucia, manchada
de mierda, podrida, que nadie querría tocar.
Pero ya estaba abierta. Y no había forma de cerrarla.
—¿No se te ocurrió avisarnos? —le espeté a Kane.
—¿Avisaros de qué?
—Oh, no sé… —ironicé—. ¿Quizás que tenías preparado al
Equipo Cuatro de los SEAL?
—Nah.
—¿Y por qué cojones no?
—No quería que os hicierais ilusiones.
Seguía sin dar crédito. Todavía no entendía cómo todo podía
complicarse tanto, tan rápido.
—En el chip de datos de Connor hay bastante para acabar con
algunos operadores de muy alto nivel —prometió Austin—. Y aquí ha
venido demasiada gente esta noche como para que esto se esconda bajo la
alfombra.
Gracias a Dios, pensé.
—¿Así que la cosa se va a poner fea?
Dallas señaló con el pulgar hacia atrás.
—¿Eso no era feo? —exclamó.
—Por supuesto que no —bromeé—. Lo teníamos todo bajo
control… hasta que cogiste el volante otra vez.
Austin no pudo reprimir una risita. Hasta Kane sonrió.
—Sí, ¿alguien le quita las llaves de una vez?
Mientras se calmaban las risotadas estudié la expresión de Dallas.
Todavía seguía sonrojada por la tensión y la adrenalina. Pero no estaba
triste. No estaba alterada, ni conmocionada, ni angustiada, ni nada parecido.
Teniendo en cuenta por lo que había pasado y lo que acababa de
hacer, era casi un milagro.
Y eso es precisamente por lo que la amas.
Me di cuenta de que así era. Dallas tenía cabeza, coraje y fuerza.
Una combinación rara y maravillosa en cualquier persona, y mucho más en
un alma gemela. Y eso sin tener en cuenta el resto de sus cualidades.
—¿Y ya está? —preguntó Dietz finalmente—. ¿Ya ha terminado?
Nos miramos unos a otros durante unos instantes, los cinco
formando un círculo. El único ruido era el suave zumbido del Sikorsky
durante el prevuelo.
—Eso parece. —Austin se encogió de hombros.
Kane escupió una gota de sangre a través de su labio partido.
—Más vale que así sea —añadió.
Dallas daba patadas contra el suelo. No decía gran cosa.
—Puedo irme a casa —dijo Dietz. Su voz ahora sonaba diferente.
Más suave—. Por fin soy libre.
Alargué la mano y se la puse en el hombro.
—Van a quedar algunos cabos sueltos —le comenté—. Muchos,
probablemente. Pero nada que no pueda arreglarse.
En el horizonte, asomaba el primer atisbo de color rosa del cielo.
Estaba amaneciendo. Me rugió el estómago.
Fue Austin quien tomó la palabra al final.
—¿Alguien quiere tortitas?
~ 65 ~

DALLAS

Dos semanas. Eso es lo que tardamos en escudriñar entre las cenizas. Dos
semanas de reuniones e interrogatorios.
La policía quería respuestas, por supuesto. Pero como Las Vegas
se atribuía el mérito de una de las mayores incautaciones de droga de la
historia de Nevada, sus entrevistas consistían en buen café y sonrisas aún
más agradables.
Sin embargo, con la policía militar, las cosas fueron mucho más
complicadas.
No supimos nada de Rogan hasta después de una serie de
arrestos. Todo era un asunto interno. Muy feo. El tipo de mierda de alto
nivel que la Armada y las Fuerzas Aéreas querían mantener en secreto.
Cuando por fin nos convocaron, el proceso duró varios días. Pero, entre
Woodward y Dietz y los archivos que mi hermano había guardado,
empezaron a encajar las últimas piezas de un rompecabezas realmente
jodido.
Alacard, por suerte, se había ido. Al igual que Evan Miller,
aunque nunca supe si fue por mi culpa o por la de otros. En cualquier caso,
tres capitanes y dos suboficiales se habían marchado literalmente
encadenados. Habría algo más que consejos de guerra: habría tribunales
militares. Y estos, me aseguraron, tendrían lugar a puerta muy cerrada.
Faltaban pocos días para que comenzara abril cuando concluyó
todo. Dietz había regresado finalmente a Norfolk, llevándose incluso su
diente. Llegaron los cheques de mi seguro: el dinero para la estructura y el
contenido incendiados. Números y comas en dos papelitos… todo lo que
quedaba de mi hogar de la infancia.
Una tarde me quedé mirando a los chicos, observando cómo
revoloteaban por casa. Ahora parecían inquietos. Como si lucharan por
encontrar algo que hacer.
Llevan tanto tiempo protegiéndote, me dijo la vocecita de mi
cabeza. No saben qué viene a continuación.
Era una constatación cruda. Una que ni siquiera había
contemplado o para la que no me había preparado.
Entonces, ¿qué viene ahora, Dallas?
Supuse que tenía que seguir adelante, tal vez empezar de cero.
Seguramente podría recuperar mi trabajo, pero por alguna razón seguir
repartiendo cartas ya no me parecía tan atractivo.
Tampoco Las Vegas.
Tenía demasiados recuerdos aquí. Demasiados fantasmas.
Demasiados sentimientos agridulces…
—¿Dallas?
Levanté la vista y Maddox estaba apoyado en la puerta, más
impresionante que de costumbre. Tenía los brazos hinchados. Debía de
haber hecho ejercicio.
Joder.
Me entretuve unos segundos contemplándolo. No tenía mucho
tiempo últimamente. En estas semanas, no habíamos tenido margen para…
—¿Puedes acompañarme un momento?
Sonreí mientras lo seguía por el pasillo. Me tendió la mano y se la
cogí con alegría mientras me llevaba a la cocina.
Los demás también estaban allí. Ninguno se había sentado. Austin
permanecía de pie a un lado de la mesa, con los brazos cruzados. Kane, en
el otro, recostado en su lugar habitual contra la encimera.
—¿Otra reunión familiar? —bromeé.
—Algo así.
Bajé la vista y me di cuenta de que había una caja sobre la mesa.
Una caja de regalo de color rojo y blanco, atada con una cinta.
—Bueno, no es mi cumpleaños —aclaré.
—Lo sabemos.
La caja parecía de tarta, la verdad, pero más elegante. Me sonrojé
un poco al acercarme. Austin me sacó una silla.
—Ah, ¿así que voy a tener que sentarme?
Los chicos se miraron entre sí, los tres.
—Es probable —me respondió Kane—. Sí.
Me senté. Tiré del lazo. Se soltó y levanté la tapa, preguntándome
qué me estaban regalando entre todos.
Dentro de la caja había un precioso libro encuadernado en cuero.
Lo saqué y me sorprendió su peso. Lo pesado y cálido que lo sentí entre las
manos.
—Ábrelo.
Le di la vuelta a la cubierta y allí estaba: Connor. Mirándome a
través del tiempo. Luciendo la más bonita y maravillosa de sus sonrisas…
una que casi había olvidado. Casi, pero no del todo.
Creo que solté un grito ahogado. Me tapé la boca con las manos.
Pero luego me puse a hojear el libro, página tras página, foto tras foto de mi
estupendo hermano en la flor de la vida.
Enseguida se me saltaron las lágrimas y luego empezaron a
brotar. Me corrían por las mejillas tan deprisa que tuve que echarme hacia
atrás para evitar que cayeran sobre aquellas hermosas páginas en relieve.
—Toma.
Uno me alcanzó un pañuelo, pero no era suficiente. Tal vez
necesitaría un centenar.
—Yo…
La frase no me salió. Las palabras carecían de sentido. Seguí
pasando páginas y sollozando sobre el conjunto de fotos más impresionante
que jamás había contemplado. Connor, con varios uniformes, ropa de
camuflaje y de trabajo. De pie o arrodillado en los escenarios más exóticos.
Sonriéndome, primero desde un barco, luego desde el desierto, luego desde
una playa tropical con un cielo azul brillante.
Había decenas de imágenes. Cientos. En muchas también salían
los chicos. Instantáneas de Connor y Maddox sosteniendo sus rifles,
hombro con hombro. Fotos de mi hermano con Kane y Austin, jugando a
las cartas en una cabaña.
—Continúa —me pidió Maddox.
Seguí mirando y, de repente, me vi a mí misma. Era una imagen
de cuando éramos adolescentes, o al menos de cuando yo lo era. Connor y
yo estábamos juntos, abrazados y riendo, como si el fotógrafo hubiera
hecho algo divertido. O como si los dos compartiéramos una broma secreta
en silencio.
Extendí la mano a ciegas para buscar más pañuelos. Me los daban
tan rápido como podía cogerlos.
—Hay más.
En las últimas páginas, las imágenes eran mucho más antiguas.
En ellas, era pequeña. Connor también. Y además…
—Dios santo…
Ahora aparecían mis padres, sonriéndome. Mi madre y mi padre
parecían terriblemente jóvenes, como yo los recordaba. Había veinte o
treinta fotos como esa. De la familia. Imágenes de fiestas de cumpleaños,
pícnics y vacaciones. De barbacoas al aire libre, acampadas, excursiones y
patinaje sobre ruedas.
Me paré en una particularmente bonita; Connor y yo abriendo los
regalos la mañana de Navidad. Ahogué aún más las lágrimas al recordar
aquel día en concreto.
—Estas eran algunas de las cosas de tu hermano —señaló
Maddox—, que de alguna manera nunca llegaron a ti. Las tenía en la base.
Las guardaba en un sobre especial y se lo llevaba a todas partes.
Ahora estaba sonriendo. Incluso me reía. Reía entre sollozos.
—Deberías haberlas recibido hace mucho tiempo, desde luego —
afirmó Austin—. Pero después de lo que pasó… es una bendición que no
fuera así.
Pensé en el incendio. En cómo habrían desaparecido por
completo. Sentí una punzada de pánico al imaginarlo, pero ahora estaban
aquí. Aquí, donde debían estar, a salvo en mis manos.
—Yo… no sé qué…
—¿Decir? —sugirió Kane, rematando la frase.
Se había apartado de la encimera y estaba arrodillado a mi lado.
Me enjugué los ojos e inhalé.
—Di que vas a construir aún más recuerdos con nosotros —
comentó Kane con suavidad—. Suma páginas a este libro. Que añadirás
otro álbum de fotos, y luego otro.
Lo miré, luego a Austin, luego a Maddox. Mi guapo SEAL rubio
me sonrió y asintió.
—Di que te quedarás… y nos ayudarás a preservar juntos el
recuerdo de Connor.
~ 66 ~

DALLAS

Me senté allí estupefacta, tratando desesperadamente de comprender lo que


ocurría. Intentando asimilar lo que decían… lo que de verdad significaban
las palabras que salían de sus bocas.
—¿Q-queréis que me quede?
Asintieron de forma colectiva.
—¿Con todos?
—Por supuesto —respondió Austin.
Me miraban con despreocupación, como si acabaran de
proponerme algo tan sencillo como ir al cine. Como si no me hubieran
lanzado una oferta increíble que cambiaría mi vida, con la misma
tranquilidad con la que me preguntarían qué pizza quería.
—Quedarme con vosotros —repetí—. Como una… como una…
—Novia —terminó Austin—. Sí.
—Aunque eres más que eso —gruñó Kane—. Mucho más.
Tenía la boca seca. La cabeza me daba vueltas.
—¿Por qué es tan difícil de entender? —preguntó Maddox,
sonriendo—. Te queremos. Te necesitamos. —Se encogió de hombros—.
Queremos estar contigo.
Ahora toda la cocina me daba vueltas. Apoyé la mano en la mesa
para detenerla.
—Pero… no es justo para vosotros —respondí, dándome una
patada mientras lo decía—. Todos tenéis vuestra vida. O, mejor dicho,
teníais vida antes de todo esto, y renunciasteis a ella por mí.
La estancia volvió a sumirse en el silencio, excepto por el tictac
del reloj. Ese dichoso reloj. Quiero romperlo.
—Lleváis tanto tiempo protegiéndome que no tenéis nada más —
añadí—. Quizás no me queréis. Quizás solo estáis acostumbrados a mí. Ya
sabéis, a tenerme por aquí. En los monitores al principio, y luego en casa.
—Tragué en seco—. Y luego… bueno…
—¿Tú nos amas? —preguntó Kane de golpe. La pregunta me
pareció aún más repentina viniendo de él.
—Con todo mi corazón —respondí de inmediato.
—Entonces, eso es lo único que importa.
Me sentí acalorada, pero era un calor agradable. Una calidez
envolvente que traía consigo paz y consuelo.
—Escucha, Dallas —dijo Maddox—. Podríamos ir cada uno por
su lado. Quizá conocer a otras personas, incluso enamorarnos. Nos
casaríamos con mujeres diferentes. Formaríamos familias…
Sentí una punzada de celos. Surgió de la nada y me golpeó con
fuerza, sorprendiéndome por completo.
—Pero entonces viviríamos vidas distintas —continuó Austin—.
Nos separaríamos para siempre. Eternamente divididos por trayectorias
opuestas. —Hizo una pausa—. Sin embargo, contigo…
—Contigo permaneceríamos juntos —terminó Maddox por él—.
Como una unidad. La unidad que siempre hemos sido.
—La unidad en la que somos mejores —añadió Kane.
Una mano me tocó la mejilla. Ahora Maddox estaba arrodillado,
girándome la cara hacia la suya.
—Ya te queremos Dallas —me dijo—. Y tú nos quieres a
nosotros. Podría funcionar, los cuatro juntos. Seríamos más inseparables
que cualquier pareja. Seríamos un equipo.
Juntos. Inseparables…
Las palabras se me quedaron flotando en la mente, brillando con
fuerza.
—Y, si alguien sabe lo que es un equipo, esos somos nosotros. —
Austin sonrió.
—Quédate con nosotros —me pidió Maddox—. Olvídate de todo,
olvídate de todos los demás. Sé nuestra y te daremos el mundo. Y a cambio
nos tendrás a nosotros.
El corazón se me aceleró. Sentí que se abría… y que el calor
entraba a raudales.
—Y volveríamos a tener un Winters en nuestro equipo —añadió
Kane en tono solemne—. Como siempre lo tuvimos. —Noté que su rostro
se contraía, tratando de contener emociones intensas—. Igual que antes.
Me quedé allí sentada, de piedra. Eufórica. Exultante.
Los completas, Dallas.
Emocionada. Ilusionada hasta lo indecible.
Y eso no tiene nada de malo.
Me levanté despacio. Crucé la cocina, cogí el reloj de la pared y
lo estampé contra el suelo. El momento fue casi apocalíptico: estalló en mil
fragmentos de plástico.
—Podemos mudarnos, ¿no? —sugerí—. ¿Largarnos de aquí?
Los tres se quedaron boquiabiertos, mirándome asombrados.
Kane soltó una carcajada corta y estridente.
—¿Quieres decir irnos de Las Vegas?
Asentí.
—Joder, sí —contestaron todos a la vez.
Estaba reprimiendo la más amplia de las sonrisas. Y ahora la
solté. Me recorrió la cara, dividiéndola de oreja a oreja.
—Entonces me apunto —contesté, extendiendo los brazos.
Menos de tres segundos después, me aplastaban en un abrazo de
oso triple.
Epílogo

DALLAS

—Uno…
Permanecía impotente, a ciegas, con el pulso acelerado por la
expectativa de poder volver a ver.
—Dos…
Sentía todo el cuerpo recargado y vivo. Ardiente.
Chisporroteante.
—¡Tres!
La venda cayó y, durante un momento, todo quedó borroso.
Entonces parpadeé tres veces seguidas y me tapé la boca con ambas manos.
—Ay, DIOS mío…
La habitación era increíblemente bonita. Decorada con un estilo
femenino perfecto, pero con un toque de hombre muy distintivo.
O debería decir un toque de hombres.
—¡Ostras! Es… es…
—¿Perfecto? —propuso Austin.
—¡SÍ!
Desde las cortinas de seda que besaban el suelo de madera, hasta
la alfombra persa colocada junto a la cama con dosel, era todo lo que podía
desear. Mis chicos habían hecho un buen trabajo. Muy bueno.
—¡Me encanta! —grité prácticamente, mientras me daba la vuelta
poco a poco—. Oh, guau. Chicos… de verdad que os habéis superado.
Era nuestro primer día en la nueva casa. ¡Nuestra primera noche
en mi nuevo dormitorio! O mejor dicho, nuestro nuevo dormitorio, porque
habíamos convertido el cuarto principal en una zona lo bastante grande y
amplia como para caber los cuatro.
Y ahora también estaba decorado.
—En cierto modo te hace olvidar que el resto de la casa sigue
guardada en cajas, ¿verdad?
—¡SÍ! —volví a chillar, aún asimilándolo todo. La habitación era
acogedora y confortable. Quizá porque las luces estaban apagadas y habían
colocado estratégicamente una decena o más de velas encendidas por toda
la estancia.
Pero quién iba a llevar la cuenta.
—Chicos, sois…
El resto de mis palabras se perdieron cuando la boca de Maddox
se cerró sobre la mía. Comenzó a besarme con suavidad, de forma sensual,
con su cálida lengua deslizándose eróticamente por mi boca húmeda y
deseosa.
¡Oh!
Tres pares de manos se dirigieron a mi cuerpo a la vez.
Empezaron a quitarme la ropa. Me bajaron todo menos las braguitas.
Sí…
Di un paso adelante y me deshice de lo que quedaba. Llevaba
cachonda toda la semana. Cachonda toda la mudanza, cruzando el país
hasta nuestra preciosa casa nueva, enclavada perfectamente en nuestro
terreno de cinco hectáreas en el bosque.
Nuevo Hampshire había sido una de nuestras elecciones; uno de
los cuatro dardos que lanzamos contra un mapa colgado en la pared. Por
muy aleatorio que pareciera, resultó una decisión increíble. Los cuatro
queríamos empezar de cero. Un lugar acogedor, con estaciones y nieve.
Algún sitio distinto, en el que ninguno hubiera estado nunca.
Y la casa…
La casa era una preciosa vivienda antigua de montaña, con pilares
y frontones y cálidas molduras de madera barnizada. Bastante grande para
todos nosotros… y alguno más.
Cada uno tenía su propia habitación, su propio espacio, pero la
mía era especial. Era esta; lo suficientemente acogedora para cuando
quisiera retirarme a ella, lo bastante espaciosa para acomodar a dos… o
tres… o cuatro…
Oye, una chica tiene que hacer lo que pueda para no pasar frío.
Y había oído que las noches aquí arriba podían ser muy, muy
heladas.
De repente Austin me estaba besando, y luego Kane. Uno a uno
compartían mis labios, girándome la cabeza de aquí para allá. Me iban
acercando cada vez más a la cama, mientras sus manos recorrían mi cuerpo,
tocándome por todas partes a la vez, hasta que los sentidos se me
sobrecargaron de placer.
—Oh, joder… —murmuré en voz baja.
—Muy pronto, sí —soltó uno de ellos con una risita.
Me sobresalté cuando algo me goteó en el hombro; algo húmedo
pero cálido, algo vagamente familiar, nada desagradable. Tardé un instante
en darme cuenta de lo que era.
Me estaban cubriendo de aceite.
Así era, y resultaba absolutamente magnífico. Cuatro manos me
frotaban de arriba abajo los lados izquierdo y derecho del cuerpo,
untándome por completo con aceite caliente y perfumado de jazmín.
Mientras tanto, Kane seguía besándome. Tenía las manos en mis tetas,
amasándolas delicadamente, apretándolas con sus grandes manos hasta que
alguien vertió aceite allí también…
—Mmmmmm… —ronroneé, satisfecha—. Ay, qué agradable.
En realidad, era más que agradable. Me sentía envuelta por el
calor. Recubierta por todas partes de una calidez profunda y relajante que
parecía irradiar a través de la piel hacia el interior del cuerpo. Enseguida me
di cuenta de que, cuanto más frotaran, más ardiente se pondría todo.
—Dale la vuelta.
Lo hicieron y no tardaron en sobarme tanto por detrás como por
delante. Si había algo más agradable que un par de manos aplicándote
aceite efecto calor por todo el culo, eran dos o tres pares trabajando de
forma simultánea. Bajaron las palmas hasta mis piernas. Apretaron
alrededor de los muslos, subiendo agónicamente…
Oh, guau.
Me sentía como una princesa. Como una reina.
Esto es vida.
Cerré los ojos poco a poco, apagando el resto de mis sentidos,
excepto el del tacto. Su roce era cada vez más atrevido, sus dedos más
insistentes. De algún modo, también me habían movido a mí. Estaba de pie,
al borde de la cama.
—Túmbala.
Me inclinaron hacia atrás y me sostuvieron mientras caía. Fue la
máxima expresión de confianza. Lo más sensual que había experimentado
jamás.
—Con cuidado…
Un par de labios me rozaron la oreja. Otro se pegó a mi pecho
izquierdo. Alguien me susurró algo picante y sucio, tan bajo y ronco que
apenas pude entenderlo.
Entonces un par de manos se dirigieron a mis piernas…
abriéndome los muslos.
—¿Quieres esto?
Asentí con ganas. Notaba un pequeño charco de aceite caliente
instalado en el hueco de la garganta.
—Cógelo, entonces.
Una mano guio la mía y, de repente, estaba acariciando una polla
larga y gruesa. La de Maddox, tal vez. O la de Kane, a juzgar por el tamaño
y la cabeza. Alguien me echó aceite en la palma y todo se volvió mucho
más fácil… y divertido.
—Yo también.
Un segundo par de manos condujo mi otra palma y cerré los
dedos sobre otro pene. Ahora los acariciaba a los dos. Pasándomelos por las
manos empapadas de aceite mientras un tercer amante enterraba la lengua
en mi interior.
VIRGEN SANTÍSIMA.
Todo era tan puto excitante. Tan mojado y resbaladizo. Seguí
besando y masturbando, contorsionándome sobre mi espalda empapada en
aceite entre las sábanas empapadas en aceite, mientras quienquiera que
estuviera en mi entrepierna me lo comía con pericia. Sabía que tenía que ser
Austin, solo por la técnica. Pero mantuve los ojos cerrados. Seguí el juego
del glorioso anonimato de toda aquella increíble fantasía.
—Será mejor que te la folles pronto, o lo haré yo.
Ese era Maddox. A mi derecha. Jugando con un pezón mientras el
de mi izquierda se divertía con el otro. Kane, por supuesto. Me di cuenta
por el grosor de las manos, la aspereza de las yemas de los dedos.
Tenía las piernas separadas y abrí los ojos. Austin estaba allí de
pie, empujando el miembro contra los pétalos aceitosos de mi palpitante
flor. Se inclinó hasta traspasar la entrada y me llenó de polla dura y
palpitante.
Jadeé mientras me penetraba. Luego se desplazó hacia delante…
hacia arriba y sobre mí también. La abundante cantidad de aceite que me
manchaba el cuerpo impregnó el suyo, y pronto resbalábamos el uno contra
el otro. Follábamos como conejos ante los demás, que me sujetaban las
rodillas a la altura de las orejas mientras yo, a cambio, los masturbaba.
—Jesús —gruñí, aunque fue más bien un gemido—. Estás
profundo.
El aceite no solo actuaba como lubricante, también contribuía a
que no hubiera fricción. Sentía el calor del pecho de Austin contra el mío.
Mi propio vientre se deslizaba de un modo delicioso contra sus marcados
abdominales, aumentando la temperatura entre nosotros, mientras me
embestía hasta el fondo en cada acometida.
JODER…
Austin me miró fijamente a los ojos, haciéndose con todo el
control. Me estaba follando tanto con la mirada como con la verga.
—Bienvenida a casa —me dijo, sonriéndome. Entonces puso los
ojos en blanco…
…y se corrió directamente en mi coño.
Ohhhh, ¡joder!
La forma en que se dejó llevar, en silencio, fue lujuriosamente
sucia. Con sus manos clavó las mías en la cama, apretando y aflojando los
dedos mientras me llenaba de leche.
Me sentía indefensa debajo de él. Tenía los hombros firmemente
sujetos a la cama por el agarre de Maddox y Kane.
Me la metía una y otra vez, convirtiendo el aceite y el semen en
una mezcla caliente que le recubría el pene y los testículos. Los dos
bajamos la vista cuando por fin se retiró, admirando la pura obscenidad de
lo que acabábamos de hacer.
—¿Quién va ahora? —soltó con una sonrisa.
Kane se incorporó, se bajó de la cama y me cogió por los tobillos.
Su enorme rabo sobresalía como un clavo de ferrocarril, robusto y
espléndido, reluciente por el aceite.
Madre mía.
Todavía me temblaban las piernas y mi débil respiración hacía
que el vientre se me volviera cóncavo y convexo en cada aliento. Kane y yo
cruzamos miradas y todas las mariposas de mi estómago levantaron el vuelo
a la vez.
Entonces se inclinó… y con un solo movimiento de sus enormes
brazos me puso bocabajo al instante.
Me aplicaron más aceite, esta vez mis otros amantes. Me lo
echaron generosamente por el culo. Lo masajeaban con las manos,
amasando mis flexibles nalgas y abriéndolas.
Sentí que Kane se acercaba y palpaba delicadamente con las
yemas de los dedos. Por algún motivo, aún llevaba puesto el tanga. Me
habían follado con él. Me habían llenado con él. Ahora se tensó de golpe,
apretándome la cintura, cuando lo cogió entre sus gruesos dedos…
¡ZAS!
Se partió como una frágil goma elástica, provocando una onda
expansiva de dolor y excitación que me recorrió el cuerpo. El dolor solo
duró unos breves segundos. La excitación permaneció…
La yema del pulgar de Kane presionó mi apretado y estrecho ano.
Entre el calor, la lubricación y lo relajada que estaba ya, se coló por la
abertura y empujó lenta y deliciosamente hacia dentro.
Ohhhhhhhh…
—Llevaba mucho tiempo deseando esto —gruñó Kane,
echándose sobre mi espalda. Casi estaba haciendo una flexión encima de
mí. Su pulgar se introdujo otro centímetro en mi culo—. Ahora lo estoy
disfrutando.
Me sentía tan caliente y llena debajo de él. Tan increíble y
maravillosamente dominada.
—Es tuyo —jadeé.
Apoyó su cara contra la mía un momento y me besó la mejilla con
ternura. Luego retiró el pulgar y lo sustituyó por la gruesa cabeza en forma
de seta de su polla.
Ay, Dios mío…
La sensación era de locura conforme empujaba. Era como intentar
meter una manzana en una manguera de jardín. Sin embargo, de alguna
forma, me estiré para adaptarme a él. Me hundí por completo en la cama
mientras las nalgas se me abrían y el esfínter se me relajaba para permitir
que mi amante entrara. Solo me sobresalté una vez, cuando encajó la
cabeza. Y entonces Kane se metió… muy despacio… hasta el fondo de mi
apretado y reluciente culito.
¡Hosssssstia!
Tenía las manos en alto, apretando las sábanas, enredándolas en
mis palmas. Cada milímetro era una dulce y dichosa agonía. Cada
centímetro, una magnífica victoria.
Cuando estuvo completamente dentro, totalmente en mi interior,
sentí que habíamos ganado algo. Solté una risita delirante contra la tela
empapada de aceite… y entonces Kane empezó a follarme el culo con
embestidas enérgicas y profundas.
—Joder, qué excitante —resopló Austin. Por el tono de su voz,
lamentaba haberme soltado tan pronto.
Kane gruñó, estrujándome el culo con las manos. Se le escurrían
los dedos por todas partes y luchaba por mantener el agarre, al tiempo que
me arrancaba una serie de gemidos y quejidos no tan flojos.
Estuvimos un buen rato dándole a un ritmo de lo más alucinante.
El placer ocupó el lugar de la incomodidad. La imprudencia se imponía a la
cautela a medida que aumentábamos la velocidad.
Ahora gritaba. Decía cosas; algunas incoherentes, todas obscenas.
Una mano empapada en aceite me agarró del pelo y, de repente, me
encontré cara a cara con el torso bellamente definido de Maddox. Tenía la
verga en una mano y me la estaba restregando por toda la cara. La deslizó
por debajo de mi barbilla, contra mis mejillas… sobre mi nariz y mi frente,
formando amplios círculos, untándome con aceite por todas partes.
Estaba empapada de arriba a abajo. Completamente sucia e
incontrolablemente salvaje. Esto iba más allá de lo sensual: superaba los
límites de cualquier pensamiento lascivo o fantasía perversa que hubiera
tenido jamás.
—Joder… —gemía Maddox—. Hostia puta, esto es tan…
jodidamente…
Abrí la boca y metió el pene. Estaba húmeda y resbaladiza,
caliente y palpitante. Cerré los labios y me concentré en ordeñarlo, en
arrastrar la cabeza con fuerza arriba y abajo por su tronco mientras Kane me
taladraba por detrás. Ahora me clavaba contra él. Me lo incrustaba en el
culo mientras sus pelotas me golpeaban en el coño y las de Maddox me
rozaban el mentón.
Me cago. En la. Puta.
Estaban usando mi cuerpo… y yo el suyo. Un calor familiar se
elevó en mí al retorcerme y empujarme hacia adelante y hacia atrás entre
ellos.
—¡FOLLADME!
Las palabras eran mías, pero a la vez no lo eran. Eran extrañas.
Ajenas. Pertenecían a otra persona.
—OH, DIOS… —jadeé, cerrando los ojos—. ¡FOLLADME!
Kane se clavó en mí, rozando nuevos puntos, provocándome
placeres desconocidos mientras la gruesa polla de Maddox me llenaba la
garganta. Estaba eufórica perdida. Completamente consumida por la lujuria.
Habría seguido para siempre. Habría hecho cualquier cosa…
—Ven —dijo Kane, metiéndome las manos bajo el vientre—.
Métete dentro de ella.
Me levantó por el culo y Maddox se salió de mi boca. Quedé
firmemente aprisionada contra él. El ano me palpitaba y convulsionaba
alrededor de su rabo, como si estuviera desesperado por conseguir más.
Entonces Maddox se deslizó completamente debajo de mí… y
comprendí al instante lo que pretendían hacer.
—Ay, Dios… —exhalé, tratando de recuperar el aliento—. No
sé…
Me sujetaron entre ambos y eso facilitó las cosas. Me colocaron
exactamente donde necesitaban que estuviera, al tiempo que las piernas de
Maddox se colaban entre las mías.
—Chicos… ay, joder… ay, mierd…
Abrí los ojos de par en par cuando Maddox me empaló,
introduciéndose en mí con delicadeza desde abajo. Su polla resbaló a la
perfección dentro de mi coño empapado en semen. Se incrustó a las mil
maravillas en mi cálida carne rosada, tocando ese último punto de mi
interior que nadie había alcanzado aún…
—DIOS BENDITO, QUÉ RICO —chillé, con la cara partida en
una sonrisa de éxtasis. El placer, la euforia, el alivio me inundaron el
cerebro—. ¡MUY RICO!
Austin estaba encima de nosotros, cogiéndome por la barbilla.
Besándome el cuello. Mordisqueándome el hombro…
—OHHHH…
Hasta el último gramo de preocupación se desvaneció. Estaba
justo donde tenía que estar. Exactamente donde me correspondía.
—AY, DIOS…
Estaba atrapada entre mis tres increíbles amantes. Una enorme
polla enfundada confortablemente en mi coño, la otra enterrada hasta los
cojones en mi culo…
Aquella intensidad me tenía flotando al límite de la conciencia.
Los labios de Austin giraban contra los míos, arrastrándome al abandono
hedonista. Abajo, montaba a horcajadas a Maddox con mis muslos
resplandecientes. Me balanceaba hacia delante y hacia atrás contra su
estómago musculoso, controlando el ángulo de penetración. La profundidad
y la presión de tenerlos a los dos dentro de mí…
—¡UNNNGGHHHH!
El orgasmo no solo me sacudió, sino que me desgarró como un
ciclón. Me retorcí entre ambos, con la vagina apretando con fuerza a uno, y
el culo estrujando al otro con tanta intensidad que fue cuestión de segundos
sentir que me inundaba por dentro.
OHHHHHH…
Kane se ensañó con una última embestida. La polla se le sacudía
violentamente al vaciarse en mi canal prohibido. Estalló una y otra vez,
llenándome las entrañas con chorros espesos de cálido y reconfortante
semen.
Mi propio clímax no cesaba, con una sucesión de exquisitas
contracciones que transportaban a mi cerebro hambriento de sexo en un
cegador paseo por el paraíso. Chillé. Lloré. Arañé el pecho de Maddox…
recorriendo con las uñas sus pectorales perfectos justo cuando su propia
polla estallaba en mi coño hirviente.
—¡Vamos! —le grité, apenas consciente de que estaba hablando
—. Dios mío, cariño… ¡vamos!
Me bombeó hasta el fondo, apretándome las caderas con las
manos hasta que los cojones le quedaron secos y vacíos. Me sacudí. Me
enrosqué en él, hasta que los sonidos y olores de nuestro sexo conjunto
impregnaron mi dormitorio virgen…
—Mmmmmm…
El suspiro de satisfacción que solté fue orgásmico en sí mismo,
como el primer suspiro hondo de una corredora al finalizar una maratón.
Seguí moviéndome, incluso después de que Kane me abandonara. Trazaba
lentos círculos contra Maddox, mientras mis otros dos amantes me
contemplaban con sereno asombro.
—Joder… —susurró Kane.
Ahora todos miraban hacia abajo, y yo también lo sentía. El
semen de mis amantes rezumaba. Goteaba de mis agujeros bien follados, al
tiempo que me desplomaba sobre el pecho de Maddox.
Estábamos cara a cara, aliento contra aliento. Como nuestros
labios se tocaban, sonreí y lo besé, aunque no creo que tuviera fuerzas para
hacer otra cosa.
Al final caí de lado, sobre las cálidas mantas empapadas de aceite.
Rodeada por todos lados de calor. De músculos. De amor.
—Bueno, ¿qué opinas? —preguntó Maddox finalmente, cuando
todos pudimos volver a hablar.
—¿De esto? —Quería darle un puñetazo en el brazo.
—No, tonta. De tu cuarto.
Miré al techo y solté una risita.
—Es mi habitación favorita de la casa hasta ahora.
—Lo mismo digo —gruñó Kane. Estaba abriendo una botella
grande de agua.
Maddox me recorría el pecho con un dedo, dibujando líneas en
los brillantes charcos de aceite. Me rodeó un pezón, provocador, mientras
Austin me acariciaba un enmarañado cabello.
Tres amantes, Dallas. Tres novios SEAL de la Armada.
Era surrealista. Más que surrealista.
Todos para ti.
Sacudí la cabeza con incredulidad, como si nada de esto fuera
siquiera posible. Como si estuviera soñando y me fuera a despertar en
cualquier momento.
Madre mía.
Meneé la cabeza… y los chicos seguían ahí.
Una nueva vida. Un nuevo comienzo.
Me vinieron a la mente recuerdos de Las Vegas. De mi familia, de
mi hermano. De mi vida anterior.
Ahora eran todos buenos. Todos recuerdos felices.
Nuevos inicios.
Recuerdos que me llevaría conmigo al futuro.
Kane estaba de pie junto a mí, sonriéndome. Me ofreció un poco
de agua y la acepté, agradecida.
—Así que… —pregunté con toda inocencia, y dejé que el
refrescante líquido me bajara por la garganta—. ¿Vamos a hacer esto en
todas las estancias de la casa?
Austin se echó a reír a carcajadas, poniéndose los calzoncillos.
Kane ya estaba medio vestido. Uno de ellos le dio a Maddox en la cara con
una camiseta, haciendo que por fin se incorporara.
—¿Después de que terminemos de desembalar cien puñeteras
cajas? —Kane se encogió de hombros.
Mis amantes exhibían unos brazos y unos hombros hinchados y
llenos; la piel aún les brillaba por el aceite. Parecían un trío de cincelados
dioses romanos.
—No veo qué demonios nos podría detener.

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Capítulo 1
SAMMARA

El muy capullo llegaba un cuarto de hora tarde; quince minutos largos de


cojones. Ni una llamada, ni un mensaje. Nada. Y, como bien sabe toda chica
que haya tenido que sentarse sola en un bar abarrotado de gente, quince
minutos pueden parecer una eternidad.
«Márchate y ya está.»
La idea era tentadora, pero es que me había gustado mucho ese
chico. O, para ser precisa, me había gustado su perfil: parecía un morenazo
que salía guapo incluso en esos selfis raros de por encima de la cabeza que
debía de haber repetido mil veces hasta quedarse conforme.
Además, en los pocos mensajes que habíamos intercambiado,
parecía ocurrente y mono. ¿Qué chica puede resistirse a eso?
La puerta se abrió... y otra parejita feliz entró en el local, riendo.
Al menos alguien parecía estar pasándolo bien. Mi boca se torció en un
gesto de decepción, mientras los últimos restos de sal que quedaban en la
copa de mi margarita se diluían y me decidía a llamar la atención del
barman.
«¿Hasta cuándo te esperas en una situación así?»
No tenía ni idea, la verdad. Nunca lo había hecho.
«¿Diez minutos más? ¿Otros quince?»
—Otra copa —decidí en voz alta. El barman sonrió y me sirvió
otra. Me acercó la copa y yo la levanté hacia él a modo de saludo—. Y
luego...
—¿Y luego qué?
Me giré y estuve a punto de derramar mi nueva bebida por
encima del borde escarchado a la perfección. Y eso hubiera sido un crimen.
Más todavía si llego a perder la rodaja de limón.
Reconocí inmediatamente a la persona que estaba a mi lado: un
hombre alto y esbelto, bien proporcionado, que había estado sentado en una
mesa cercana, solo. Ya lo había mirado unas cuantas veces desde que
llegué.
—Y bien, ¿cuál es el veredicto? —preguntó.
—¿Eh?
—¿Qué pasa después de tomarte otra copa?
Me sonrió por debajo de sus ojos grises como el acero y sentí que
el hielo de mi interior se derretía un poco. Tenía una sonrisa realmente
preciosa. También unos ojos preciosos.
—Veo que ya estás cabreada —observó, con una seriedad fingida
—. Entonces, ¿qué pasa luego? ¿Te cabreas todavía más?
—Solo si alguien me da una razón —le contesté.
Él me echó una mirada perspicaz, examinándome de arriba abajo.
En circunstancias normales, me hubiera sentido cohibida. ¿Pero esa noche?
Esa noche iba vestida para triunfar. Esa noche tenía una cita...
O, al menos, casi una cita.
—Te han dado plantón, ¿verdad?
—No —respondí inmediatamente.
Él se limitó a sonreír un poco más.
—Puede —suspiré finalmente. Se acabó la farsa—. Vale, sí.
—¿Y qué? —dijo, encogiéndose de hombros—. No es para tanto.
—Para ti, quizá —reí—. No es a ti a quien han dado plantón.
Él se sentó e hizo unas señas al barman. Al mismo tiempo, dejó
caer unas cuantas monedas sobre la barra.
—Lo gracioso es que... —rio entre dientes— te equivocas.
Eché un vistazo a su mesa vacía.
—¿Tú también?
—Pues sí. Aunque, para serte sincero, no tenía muchas
esperanzas de que apareciera—se frotó la barba incipiente de su barbilla—.
Es... bueno, es complicado.
Fruncí las cejas, confundida. Ese hombre estaba para mojar pan:
alto y musculoso, pero no con los típicos músculos hinchados que los tíos
consiguen en el gimnasio solo para presumir; no, lo suyo eran músculos
útiles. Era fuerza. Era poder. Mi mirada se clavó en sus fuertes brazos,
donde su camiseta de manga corta apretadísima rodeaba sus bíceps
gigantescos.
¿Quién coño sería capaz de darle plantón?
—Los dos somos demasiado atractivos para que nos planten —
coqueteé—. Me parece que debes de estar mintiéndome.
Llegó una cerveza y él la envolvió con una mano enorme. Pude
ver las duricias. Parecía un obrero, o quizás...
—¿Eres un soldado?
Él asintió.
—Del Ejército, especializado en el comando Ranger.
Lo volví a mirar, esta vez con otros ojos. Los soldados y los
hombres de uniforme eran mi debilidad. Siempre lo habían sido.
Pero un soldado Ranger...
—¿Te incomoda?
—No, no —me apresuré a responder—. En absoluto. De hecho,
me parece genial.
Él rio y tomó un sorbo de su cerveza.
—Para algunas cosas, sí lo es —dijo. Observé cómo la nuez de su
cuello subía y bajaba de una forma muy sexi al tragar. Incluso su cuello
tenía músculos—. Pero para otras cosas...
—¿Como salir con alguien?
—Sí —confirmó—. Para salir con alguien, es una mierda.
—Bueno, no sé yo —lo desafié—. Yo diría que debes de tenerlo
bastante fácil con las chicas. Al menos, lo que es a mí, los soldados siempre
me han parecido bastante atractivos.
—¿Alguna vez has salido con uno?
Sacudí la cabeza. Aunque la base militar se encontraba bastante
cerca, por alguna razón, nunca había salido con un soldado.
—Si lo hubieras hecho, te habrías dado cuenta de que hay...
complicaciones.
—¿Por eso te han dejado plantado? —pregunté.
—No. —Pensó un momento—. Y sí. Algo así.
—¿Algo así?
Apuró su cerveza, sin quitarme el ojo de encima en ningún
momento. Me sentí fascinada por él, atrapada en su mirada. Incapaz de
apartar la mía.
—Oye —dijo, apartando a un lado el vaso vacío—. ¿Te apetece
salir de aquí?
Pestañeé.
—Supongo. Claro. ¿Pero no vas a...?
Él sacudió la cabeza.
—No, ya no. Ahora mismo, ya ni siquiera quiero que mi cita se
presente.
Me reí.
—Yo tampoco.
Mi soldado buenorro se puso en pie y me tendió la mano. La
tomé. Era más suave de lo que imaginaba: cálida y agradable. Juntos, nos
dirigimos hacia la puerta.
—Por cierto, me llamo...
—¡Sammara!
El grito sonó a nuestras espaldas. Casi me di un manotazo en la
frente: era el chico de la web de citas.
«Mierda.»
—¡Eh, Sammara! Joder, siento muchísimo haber llegado tarde.
No te creerás lo que...
Se interrumpió a mitad frase, bajando la mirada hacia el lugar
donde mi nuevo amigo y yo nos tomábamos de la mano.
—Yo... Esto...
—Ahórratelo —dijo mi galán, colocando una mano en el hombro
del que hubiera sido mi cita, con gesto consolador—. Lo siento, amigo,
pero creo que has perdido el tren.
Él pareció confundido. Luego, furioso. A continuación, después
de mirar un par de veces al tipo que sostenía mi mano... desolado.
Mientras pasábamos por delante de él sin mediar palabra, mi casi-
cita hundió la barbilla en el pecho. Sentí pena por él, pero solo un momento.
Después recordé que el muy imbécil me había tenido esperándole durante
casi media hora y ni siquiera se había molestado en llamarme.
—Ah, y un consejo —añadí mientras nos alejábamos—. Deja de
hacerte fotos desde ángulos raros para esconder lo alto que eres.
Mi soldado sonrió con satisfacción y apuntó:
—O lo alto que no eres.

Capítulo 2

KYLE
Su pelo era rubio y sus ojos, azules: todo lo opuesto al tipo de
chica que normalmente elegiría. Aunque sí que tenía unas piernas
larguísimas y un culo que se veía bonito hasta en el taburete de la barra. Y
también tenía una piel increíble, como de porcelana, con un tono tan blanco
que parecía casi de alabastro.
Para ser honestos... esos rasgos también me gustaban.
Fue una estupidez por mi parte intentar ligar con ella. Por no
hablar de lo tremendamente estúpido que fue sacarla del bar. Sabía desde un
principio (incluso desde antes del principio) cómo iba a terminar. Sabía que
daba igual lo bueno o mágico que fuese el tiempo que pasásemos juntos,
porque no daría resultado... Al menos, no de la forma que querríamos.
Decidí besarla de todos modos.
Ocurrió a unas cinco manzanas, mientras íbamos andando y
charlando muy juntos. La conversación se detuvo un momento, y eso fue
todo lo que hizo falta: nuestras mentes y expresiones se quedaron
completamente en blanco. Fuimos acercando las caras despacio,
inclinándonos el uno hacia el otro inexorablemente, mientras las fuerzas
irresistibles de la atracción y el instinto tomaban el control...
No sabría decir si fue ella quien puso sus labios sobre los míos, o
al revés.
El beso fue ardiente: lleno de fuego y pasión, y la promesa de
algo más. Su mandíbula giraba lentamente contra la mía, incluso cuando
nuestras lenguas se encontraron y empezaron a bailar en nuestras bocas. Por
encima de todo, su aroma era una delicia: olía a sol, o a coco, o a la brisa
del mar.
«Madre mía...»
¡Y su pelo me tenía loco! Era tan increíblemente largo, tan
inconcebiblemente suave... No podía parar de deslizar los dedos entre esos
tirabuzones dorados, hundiendo las manos en ellos mientras estrechaba su
cuerpo contra el mío.
A medida que nuestro beso se prolongaba, la aparté de la acera y
la llevé hacia la relativa privacidad de un recoveco cercano. Nuestros
cuerpos se fundieron en uno solo bajo el saliente que nos cubría y sus
manos se posaron con delicadeza a los lados de mi cara. Ella era preciosa.
La criatura más hermosa del mundo me devolvía la mirada con esos ojos de
azul oceánico, sin dejar de besarme, una y otra vez, mientras suspiraba
suavemente en mi boca.
«Mierda, estoy bien jodido.»
Lo tuve claro desde un primer momento. Lo tuve claro sin
siquiera tener que preguntármelo. Esa chica no estaba ahí para encontrarse
conmigo. No tenía ni la menor idea de quién era yo, de lo que quería, o de
lo que le pediría antes de tan siquiera considerar volver a verla.
Y aun así... al mismo tiempo, no me importaba. Besar a esa
hermosa diosa rubia era enteramente liberador, así como sentir el creciente
calor de sus muslos, apretados contra los míos, mientras nuestras manos se
encontraban y se entrelazaban.
Saboreé la sensación de estar tan cerca de alguien otra vez. O tan
solo de abrazar a alguien. O dejar que mi cuerpo disfrutase del placer de la
intimidad con otro, a la vez que mi mente se refugiaba en el olvido,
absolviéndome de cualquier responsabilidad futura.
Cuando se terminó, ambos estábamos sin aliento. Ella tenía un
aspecto adorable en ese hueco: su pecho se estremecía, sus mejillas se
habían ruborizado por el repentino flujo de sangre y sus labios se habían
vuelto más gruesos de lo que ya eran. La tomé de la mano y la conduje por
una calle lateral, hasta un pequeño parque que sabía que estaba bien
iluminado, pero aislado del tránsito peatonal de la avenida principal.
Terminamos sentados en un banco, todavía con las manos
entrelazadas, mirándonos con ese tipo de mirada voraz, que anticipa otra
explosión de pasión en cualquier momento.
—Sammara es un nombre de la hostia, por cierto —dije, antes de
verme obligado a besarla otra vez.
Ella se sonrojó.
—Gracias. Pero yo todavía no sé el tuyo.
—Es Kyle.
—Ah... hola, Kyle.
—Adelante, puedes decirlo. Kyle es un nombre de mierda.
Eso la hizo reír con ganas, y riendo estaba todavía más guapa.
—Bueno, dime, Sammara —continué—. ¿Cómo es que no tienes
novio?
Ella se tomó un momento antes de contestar:
—Mmm... ¿Porque los tíos son lo peor?
—La mayoría lo somos —coincidí—. Verdad.
Ella soltó una risita.
—Tú por lo menos eres sincero.
—A no ser que esté mintiendo —contesté—. Ya sabes, diciéndote
lo que quieres oír para poder llevarte a la cama.
Sus ojos se abrieron de par en par.
—Joder, ¿vas a ser sincero hasta sobre eso?
—Podría estar mintiendo sobre lo de mentir —rebatí,
encogiéndome de hombros—. Nunca se sabe.
La mirada de Sammara se perdió en la lejanía. Era tan perfecta,
tan inmaculada, que la imaginé como una bonita muñeca de porcelana.
—He tenido muchos novios —confesó—, pero ninguno que
valiese mucho la pena. O que estuviese conmigo durante más de un año o
eso.
—¿Quizá sea por ti?
Ella rio otra vez.
—Podría ser, pero lo dudo. Yo soy una tía genial.
—Y muy modesta.
Sus ojos relucieron a la luz de la farola. Estrujó mi mano.
—Yo prefiero la palabra realista.
«Tienes más razón que una santa», quise decir, pero no lo hice.
—¿Quizá no estés saliendo con el tipo de chico adecuado,
entonces?
Sammara se encogió de hombros.
—Bueno, suelo salir con dos tipos de chicos. Casi
exclusivamente.
—Soy todo oídos.
—El primero es el capullo inseguro. Las cosas van bien al
principio: mucha atención y buenos ratos... luego, de repente, quiere
controlarme. Tiene que saber dónde estoy y qué estoy haciendo. Por qué no
estoy con él. Por qué resulta que tengo una vida sin él. —Suspiró,
claramente recordando—. Eso degenera muy rápido en paranoia, celos,
inseguridad... ese tipo de cosas.
—Muy poco atractivo —acepté.
—Pues sí.
—¿Y el otro?
Ella respiró hondo.
—El otro tío es el típico chico malo narcisista. Es atento al
principio, pero muy pronto la relación pasa a ser toda sobre él. Cuanto más
intento complacerlo, más difícil se vuelve, porque el chico malo narcisista
no quiere que lo complazcan. Quiere que lo persigan.
—Ya veo.
—Las cosas se van a pique muy rápido en ese caso. Al final, todo
se desmorona porque la base de la relación no era sobre nosotros...
—Era sobre él —completé.
—Exacto.
Noté que tiritaba. Me di cuenta de que seguramente tenía frío, así
que me quité la chaqueta y la puse sobre sus hombros.
—También eres un caballero —dijo, arrebujándose en mi
chaqueta—. Gracias. Tus acciones acaban de subir unos cuantos puntos.
—Conque mis acciones, ¿eh? ¿Ya es hora de venderlas?
—Todavía no.
Podía ver su aliento, solo un poco, en el aire frío. Sus labios eran
increíbles: carnosos y pintados de rojo cereza. Los quería de nuevo, de mala
manera.
—Y, Kyle, ahí en el bar... ¿a quién estabas esperando? Has dicho
que era complicado.
—Oh, lo es —aseguré—. Muy complicado.
Sammara dejó caer los hombros.
—Ah —dijo, con expresión decepcionada—. Estás casado.
—Pues no.
—¿Tienes novia, entonces?
—Otra vez no.
—¿Novio?
Me reí.
—¿Después de ese beso? ¿Tú qué crees?
Sammara rio y encogió los hombros.
—Mierda, me he quedado sin ideas. Debe de ser súper
complicado, entonces. —Sammara puso los ojos en blanco de forma
dramática mientras movía los dedos—. ¡Y misterioso!
—Te estás riendo de mí, ¿no?
—Un poco.
—Vale, pues solo por eso, te lo diré.
Le devolví la mirada y vi que me observaba atentamente. Tan
atentamente, que no pude resistirme:
—Unos traficantes de antigüedades colombianos secuestraron a
mi amante —dije, con sencillez—. Y si no les devuelvo una esmeralda
gigante que robamos de una cueva en la jungla, la darán de comer a los
caimanes.
Sammara asintió con la cabeza, aunque con demasiada lentitud.
—Ah... Parece que tienes el mismo problema que el protagonista
de Tras el corazón verde.
Me quedé de piedra.
—Vaya. ¿En serio conoces esa película?
—Claro que la conozco. Y eran cocodrilos, no caimanes.
Parpadeé muy rápido unas tres o cuatro veces.
—Hostia.
—Sí. De hecho, me sorprende que tú la conozcas, teniendo en
cuenta que es una peli romántica y eso.
—Bueno, es que Michael Douglas era un genio —expliqué—.
Mató un cai... un cocodrilo, quiero decir, solo con las manos y luego se hizo
unas botas con él.
—Eso es bastante genial —admitió Sammara—. Y eso que ni
siquiera era un Ranger del Ejército.
Me estrechó la mano y la puso sobre su regazo. Con los dedos de
la otra mano, me obligó a mirarla a la cara.
—Vale, ahora dime por qué —dijo, y no había ni un asomo de
sonrisa en su rostro—. Pero esta vez, en serio.
«En serio...»
Asentí a desgana. Saqué mi teléfono móvil.
Y se lo enseñé.
Capítulo 3

SAMMARA

—No... ¿En serio?


Miré con los ojos entrecerrados la pantalla brillante del móvil y
releí atentamente las pocas líneas de texto. Para mi sorpresa, decían lo
mismo también la segunda vez.
—Te estás quedando conmigo, ¿no?
Kyle sacudió la cabeza.
—Me temo que no.
—¿Quieres decir que esto va en serio de verdad? —Alcé la vista
para mirarlo—. ¿Tú de verdad harías algo como esto?
El gran soldado que estaba sentado al otro lado del banco se
encogió de hombros.
—¿Si fuera la chica indicada? —reflexionó—. Sí. Sin pensarlo
dos veces.
El anuncio que acababa de leer era un completo disparate. Volví a
leerlo por tercera vez, solo para asegurarme.

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—Venga —sonreí, mirando alrededor—. ¿Dónde está la cámara?


Pero Kyle se limitó a sacudir la cabeza.
—Tengo veintiséis años. ¿Sabes por cuántas relaciones he
pasado? —preguntó—. ¿Lo difícil que es mantener una novia cuando
pueden movilizarte en cualquier momento y enviarte lejos durante medio
año o más?
Me encogí de hombros.
—Sí, vale. Entiendo lo que quieres decir, pero aun así...
—¿Sabes cuántos matrimonios de militares terminan funcionando
en realidad? ¿Cuántas mujeres renuncian a sus relaciones porque no pueden
soportar estar solas más tiempo?
No tenía ni idea. Aunque sí que podía imaginar que el porcentaje
sería alto.
—¿Y con soldados Ranger como nosotros? —sacudió la cabeza
—. Es todavía peor. Desaparecemos en mitad de la noche, prácticamente.
Regresamos sin avisar. Cualquier pareja termina de los nervios. Y no es que
la culpe por ello.
Tuve que reírme.
—¿Y lo que quieres es que una pobre chica sufra cuatro veces esa
pena?
—No —dijo—. En realidad, es todo lo contrario. Al hacerlo así
—señaló la pantalla de su teléfono—, solo sufres una cuarta parte de dolor,
porque...
—...porque tienes tres amantes más —terminé por él.
—Exacto.
Lo miré y vi verdad en su mirada. Lo que para él era la verdad, al
menos. Él creía en todo eso en serio. Lo veía como un método racional.
—¿Y vivís todos juntos en esa... casa del lago?
—Es más como una vieja mansión —respondió—. Juntamos
nuestros ahorros y la compramos el año pasado. Es un sitio increíble. Le
hace falta una buena reforma, eso sí.
Un hormigueo repentino me recorrió la nuca. Eso me había
llamado la atención.
—Los cuatro somos como hermanos —prosiguió Kyle—, Dakota
y yo servimos en la misma unidad. Ryan también. Y Briggs... bueno, él
solo...
—Un momento —lo interrumpí—. Rebobina.
No podía creerlo, pero aquello iba en serio. El anuncio iba en
serio. Ellos de veras estaban dispuestos a hacer algo así.
—Tú y tus amigos...
—No son «amigos». Son hermanos de armas.
—Bien —dije—. ¿Tú y tus hermanos de guerra en serio os
planteáis llevar a cabo algo así? ¿Compartiríais una chica? De manera...
bueno, ya sabes...
—¿Si la compartiríamos sexualmente? Por descontado.
Se me formó un nudo en la garganta. En algún punto de mi
estómago, todo un enjambre de mariposas alzó el vuelo.
—¿Y eso no provocaría celos? —planteé—. Quiero decir... otros
tíos, ya sabes, estando con tu chica mientras no estás.
—Otros tíos no —dijo Kyle—. Nosotros cuatro somos como una
sola persona. Seríamos como una unidad. Un núcleo familiar. Más o menos
lo mismo que somos cuando nos movilizan, pero también en casa.
Kyle se fijó en que la chaqueta se me estaba deslizando por el
hombro. Antes de seguir, alargó el brazo y me cubrió mejor con ella.
Me pareció un gesto muy dulce.
—Y en cuanto a la chica, recibiría cuatro veces más amor —Kyle
se encogió de hombros—. Cuatro veces más atención. Cuatro veces más...
bueno...
Dejó la frase a medias con una sonrisa lobuna.
—Lo pillo.
Kyle se echó hacia atrás sobre el respaldo del banco y alzó la
mirada hacia el cielo nocturno.
—Mira, tú me has preguntado. Así que te lo he enseñado.
Tragué saliva. El nudo no se deshacía de ningún modo.
—Sé que parece una locura. No espero que lo entiendas. Y... —se
giró para mirarme—. Siento haberte besado. Lo digo porque tú sin duda no
estabas ahí en respuesta a nuestro anuncio, así que no ha sido justo.
—Yo te he devuelto el beso —admití—. Tampoco es que sea
totalmente inocente.
—Puede. ¿Pero para lo que buscamos? Tú obviamente eres
territorio prohibido.
«Territorio prohibido...» Las palabras resonaron en mi cabeza.
Casi como un reto.
—Tú solo eras una espectadora que estaba en ese bar de
casualidad. Una que resultó ser preciosa, y estar sola, así que yo...
—¿Me rescataste de mi cita de mierda? —completé con una
sonrisa de satisfacción.
—Bueno, pues sí —confirmó, soltando una carcajada—.
Tampoco es que tú quisieras tener hijos de altura reducida y engañosa con
ese tío, ¿verdad?
—No —admití—. Ni de lejos.
—Pues entonces no se ha echado nada a perder —dijo Kyle,
apagando la pantalla de su teléfono. Mientras se lo metía de nuevo en el
bolsillo, noté una sensación de decepción. De oportunidad desperdiciada.
No quería que se fuera.
—¿Estás completamente seguro de que no te interesa una novia
particular? —pregunté con timidez fingida.
Él exhaló un largo suspiro.
—Lo siento, cielo. Lo he intentado demasiadas veces. La
mismísima definición de la demencia es...
—¿Repetir exactamente lo mismo una y otra vez y esperar un
resultado distinto?
Él suspiró con tristeza.
—Mierda. De verdad eres mi tipo de chica.
Yo no podía parar de revivir nuestro beso en mi cabeza; o, mejor
dicho, nuestra sucesión de besos. Todo había sido tan perfecto que casi
parecía un sueño. No había sentido ese tipo de electricidad o conexión
instantánea en Dios sabe cuánto tiempo.
«Déjalo correr, Sammara.»
Mi voz interior volvía a ser severa y me advertía como una madre
demasiado estricta. La aparté a un lado con rebeldía y miré hacia abajo,
donde nuestras piernas seguían tocándose.
—¿Y si me subiera a tu regazo? —dije, subiéndome a su regazo
—. ¿Y luego te besara hasta que te olvidaras de tu estúpido anuncio?
Bajé mis labios hasta los suyos y volví a beber de él. Kyle me
devolvió el beso sin dudarlo y sus manos fueron directamente a mis
caderas. A horcajadas sobre él, podía sentir el aire fresco de la noche en el
interior de los muslos. Mi minúsculo vestido de tubo rojo me estrechaba las
piernas, tirante, pero no me importaba.
—Eres tentadora —murmuró Kyle entre besos—. Eres tan
jodidamente tentadora...
Besé su cara: su mejilla sombreada por la barba y la línea afilada
y masculina de su mandíbula. Besos suaves. Besos dulces.
—Entonces, ¿por qué resistirte?
—Porque hicimos un pacto —murmuró, dentro de mi pelo. Ahora
su boca estaba en mi hombro. Besándolo. Mordiéndolo.
Me revolví encima de él. Un bulto se había formado en su regazo,
en algún punto bajo la curva de mi culo.
—¿Y no puedes cambiar de opinión? —suspiré en su oído.
Reposé las manos a ambos lados de su rostro con delicadeza. Me eché un
poco para atrás para mirar dentro de esos ojos grises como una tormenta—.
¿No puedo hacerte cambiar de opinión?
Kyle suspiró con suavidad dentro de mi boca. Nuestros labios se
rozaron con una suavidad indescriptible. El calor entre nuestros cuerpos era
abrasador.
—Lo siento, pero no —dijo—. Les di mi palabra de que
intentaríamos eso.
Había una tristeza genuina en su mirada. Yo me sentí
decepcionada también, pero, al mismo tiempo, llena de admiración por el
hecho de que él pudiera ser tan fuerte. Qué leal...
—Déjame tu teléfono otra vez.
Me observó fijamente durante cinco segundos completos, viendo
a través de mí, hasta el interior de mi alma. Entonces se movió y sentí que
me ponía el teléfono en la mano.
«¿Qué coño estás haciendo?»
La pantalla todavía mostraba el anuncio. Esa locura de anuncio.
Volví a leerlo y me quedé sin aliento, incluso mientras él encajaba el
prominente bulto de su polla, cada vez más dura, entre las cálidas nalgas de
mi culo, cubierto por un tanga.
—Esto... —dije, mientras accedía a la página de Mensajes—, es
por si quiero ponerme en contacto contigo.
Me envié un mensaje a mí misma para que ambos tuviéramos la
información del otro. En lugar de texto, envié una captura de pantalla del
propio anuncio.
«¡Sammara, para!»
Kyle me apretó las caderas con diez fuertes dedos que se hundían
en mi carne blanda, bajo el vestido. Imaginé cómo sería si él estuviera
dentro de mí, en lugar de apretado contra mí... Las escasas capas de tela que
nos separaban eran un incordio.
—¿Así que me das tu número —murmuró—, en caso de que
renuncie a toda esta locura y decida que quiero una novia de nuevo?
—Tal vez...
Moví las caderas en círculos y le provoqué un gemido.
—Tal vez no.
Kyle jadeó cuando descargué mi peso sobre él, con fuerza, una
última vez. Entonces me deslicé fuera de su cálido regazo y volví a la
seguridad platónica del frío banco del parque.
De alguna manera, me las arreglé para ponerme de pie sobre mis
piernas flojas. Me quité su chaqueta, se la devolví y me incliné hacia
delante hasta que estuvimos de nuevo frente a frente.
—Esto es por salvarme esta noche —le dije, y lo besé por última
vez.
Las mariposas volvieron a volar, seguidas de chispas. Fuegos
artificiales. Erupciones volcánicas...
Cuando me puse recta de nuevo, sus ojos estaban entrecerrados.
—Buenas noches, mi soldado sexi —dije, levantando la mano en
señal de saludo. Kyle sonrió ampliamente y me devolvió el saludo.
—Buenas noches, mi princesa de marfil —le oí decir mientras me
alejaba.

Capítulo 4

SAMMARA

—Bueno... ¿Cómo fue tu cita?


Melissa me miró expectante por encima de su taza de café
humeante. Estaba emocionada por mí. Entusiasmada.
Casi odié tener que decepcionarla.
—Fue... interesante.
Sus ojos resplandecieron y me di cuenta de mi error: había
interpretado en seguida que me había acostado con él.
—Bueno, no tan interesante. Pero, aun así, no fue lo que
esperaba.
Pasé a los detalles, contándole cómo me habían dejado plantada
(o, mejor dicho, parcialmente plantada) y luego me había ido del bar con un
soldado llamado Kyle. Le conté sobre la duración del beso. Joder, me puse
a mil de nuevo, solo con recordarlo.
—¿Y después dices que fuisteis a un parque?
—Sí.
—¿Y qué pasó ahí? ¿Más besuqueo?
—Sí, más o menos. —Eché el freno un poco, intentando decidir
qué contar y qué no. Podría enseñarle el anuncio. Lo tenía justo en el
teléfono. Sería fácil. Lo explicaría todo...—. Y después digamos que
intercambiamos los teléfonos y nos fuimos —dije, finalmente.
Su expresión cambió por completo. Se había quedado hecha
polvo.
—¿Y ya está?
—Sí, es lo que hay.
Melissa era mi mejor amiga. Ella ya estaba casada, sin embargo,
así que me utilizaba para vivir emociones. Podría darle algo de vidilla a su
día. Podría contárselo todo sobre la turbadora idea de Kyle de compartir
novia, y cómo funcionaría, y decirle que los otros tres soldados que vivían
en la casa del lago en esa hacienda, seguramente, eran igual de cachas,
fuertes y guaperas que Kyle.
Pero no le conté nada.
«¿De qué te escondes, Sammara?»
Ahí estaba la vocecita otra vez, tocando las narices. Sabía
exactamente qué se cocía en el fondo de mi mente y lo sacaba a relucir
tanto como podía.
«Estás pensando en llamarlo, ¿verdad?»
Pues sí. Sin duda. Y seguramente era una mala idea.
«Es una mala idea», me amonestó la voz. «Deberías borrar su
número ahora mismo.»
—¿¡Hola!?
Parpadeé mientras volvía al mundo real, como si acabara de salir
de un trance. Melissa me observaba con curiosidad.
—Entonces, volverás a salir con él, ¿o qué? —preguntó,
probablemente por segunda o tercera vez.
—No —respondí de inmediato—. Que no lo creo, quiero decir.
—¿Y por qué diablos no? —exclamó—. Has dicho que era
guapísimo. Y que estaba cachas. ¡Y que besaba muy bien!
—Besaba de diez.
—¡Pues con más razón! —rio ella—. ¿Por qué no llamarlo?
«Tú ya sabes por qué...»
Tomé una larga bocanada de aire, que luego solté en forma de un
suspiro interminable.
—Bueno, es... es complicado.
Me reí interiormente al usar la misma explicación que Kyle.
—Dime por qué —dijo Melissa. Me miró intensamente durante
un momento y luego sus ojos se abrieron de par en par—. ¡Hostia! —gritó
—. ¡Está casado!
—No, no —dije—. No está casado ni tiene novia.
—¿Te echa para atrás que sea soldado?
—No...
—Joder, es que a mí tampoco me importaría —sonrió Melissa. Se
reclinó contra el respaldo de su silla—. ¡Yo siempre he querido un novio del
Ejército! O incluso de los Marines. O de la Armada. O de...
—Hay algo sobre él —dije—, que simplemente lo convierte en
territorio prohibido.
Ella me echó una mirada de astucia, con su pelo liso y oscuro
cayéndole sobre un ojo. Melissa me conocía lo suficiente como para saber
cuándo estaba ocultando algo. Pero, por suerte, no era una de esas amigas
odiosas que tienen que saberlo todo. También sabía cuándo dejarme en paz.
—Pues vale, entonces —suspiró ella—. De vuelta a la casilla de
salida.
Asentí con la cabeza mientras hundía la cara en la taza. «Una
pena.»
—Todavía no entiendo cómo alguien llega media hora tarde a una
cita contigo —rio—. Quiero decir... ¿en qué coño estaba pensando ese tío?
—No sé —reí.
—Eres lista, guapísima, triunfadora...
Sacudí la cabeza.
—No me siento lista. Tampoco me siento guapa.
«Y no he triunfado ni la mitad de lo que crees...», pensé
sombríamente.
—Tonterías —dijo Melissa—. Puede que te sientas de ese modo,
vale, pero eso es solo porque eres demasiado dura contigo misma.
Sabía que mi amiga se estaba esforzando al máximo por
animarme. En ese momento, sin embargo, no lo quería. Casi prefería
sentirme miserable. Casi prefería simplemente estar sola. Para pensar en
Kyle...
Ella golpeteó la mesa con una uña pintada. Vi claro que su mente
estaba en funcionamiento otra vez.
—¿Todavía no quieres que te presente a uno de los amigos de
Rich?
—No.
—Solo lo digo porque puede que sea mejor que mover fichas a
ciegas en una de esas páginas de citas —razonó.
—Creo que voy a esperar un tiempo —dije—. Estoy bastante bien
sola. Y, de todos modos, el trabajo me tiene demasiado ocupada. Dawn me
ha estado apretando las tuercas con toda esa publicidad comercial, y se
supone que tengo que aprobar un montón de cosas antes de...
—Que le den a Dawn. Que le den al trabajo. Que le den a todo
eso —dijo Melissa, con desdén—. Tienes que sacar tiempo para ti,
Sammara. Te mereces a alguien. Te mereces ser feliz fuera del trabajo.
Asentí y acepté el sermón. O, más bien, el discurso motivacional
de mamá.
—Además, Dawn no es tu jefa, es tu socia de negocios.
Dejé escapar una carcajada.
—Pues que alguien se lo diga.
Melissa me agarró la mano y la apretó.
—No, Sammara. Díselo tú.
Levanté la vista y vi que su expresión se había vuelto muy seria
de repente.
—Sí, sí —dije—. Lo sé.

Capítulo 5

SAMMARA
Leí el anuncio otra vez. Y otra. Y después otra vez más. Y cada
vez que lo leía... me ponía más y más cachonda.
Noté un nudo en el estómago con solo pensarlo: no uno, ni dos, ni
siquiera tres... sino cuatro hombres. Todos para mí. Todos a la vez.
«¿A la vez?»
Tenía que admitirlo: la fantasía era atrayente.
Y, aun así, en el fondo sabía que eso era todo lo que era: una
fantasía estúpida. Durante la universidad, ya hice alguna incursión en el
terreno de los tríos, cuando las relaciones eran mucho más casuales y había
manga ancha en cuanto a responsabilidades. Pero esto no era un trío de una
noche loca. Tampoco era uno de esos vídeos crudos, viscerales, de sexo
grupal que había visto en el ordenador, mientras me preguntaba cómo una
chica llegaba a meterse en una situación como esa, en realidad.
No, esto era la vida real.
Y, al fin y al cabo, quizás precisamente por eso me atraía tanto.
Por el hecho de que podría pasar de verdad. Porque había un tío bueno
guapísimo por ahí, con tres amigos posiblemente igual de guapos, que no es
que quisiera compartir una chica una noche o durante un fin de semana,
sino convertirla en la novia de todos de manera permanente.
«Novia...»
Leí el anuncio de nuevo. «Novia compartida.» «Mujer con
madera de esposa.» «Relación a largo plazo en exclusiva.»
Me estiré en la cama y se me escapó una risita entre los labios. Lo
gracioso es que creía que podría hacerlo. Que se me podría dar bien ser la
novia de cuatro tíos a la vez. Después de todo, yo era la reina de la
multitarea. Y sin duda me manejaba bien con los tíos. Si acaso, eran ellos
los que literalmente me habían dicho que yo les resultaba demasiado difícil
de manejar. Lo cual sería perfecto en esta situación hipotética porque habría
cuatro veces más manos masculinas para manejarme, de todos modos.
Y mi deseo sexual... bueno, creo que eso tampoco sería un
problema.
Deslicé los dedos hacia abajo, por encima de mi vientre, y
atravesé la cinturilla de encaje de mis braguitas...
El sexo siempre resultaba ser una fuente de discusiones para mí.
Mis exnovios solían quejarse de que quería hacerlo demasiado y, a los más
inseguros, les molestaba mi historial de experiencias sexuales previas. Por
supuesto, también había habido un grupo selecto de chicos que sí habían
conseguido seguirme el ritmo, sobre todo al principio. Con algunos de ellos,
había mantenido el contacto hasta después de que la relación se fuera al
garete. Porque, mira, una tiene necesidades.
A pesar de todo, nada me había funcionado. Los tíos eran tíos, y
normalmente querían estar al mando. Querían ser los que iniciaran. Querían
decidir cuándo y dónde, y cualquier desviación de su plan solía provocar
que su frágil autoestima se tambalease.
Pero cuatro tíos...
Permití que mis dedos se paseasen por mi piel y se deslizasen por
la apertura húmeda de mi vagina. Me había sentido cachonda desde la
noche anterior; desde que me había duchado y me había subido a la cama
para leer el dichoso anuncio una vez más (¿o cinco veces más?) antes de
dormir.
Cuatro tíos. Cuatro tíos militares, que seguro que no tenían tantos
problemas de autoestima.
«Déjalo correr, Sammara.»
El atractivo de aquel plan iba más allá de lo puramente físico. Se
ocuparían de mantenerme sexualmente satisfecha, sí, pero además de eso,
tendría cuatro amantes fornidos que me protegerían y cuidarían de mí.
Y yo de ellos...
Cerré los ojos e introduje el primer dedo. La presión era deliciosa.
El tacto era cálido, sedoso y, oh, extraordinariamente caliente.
¡RRRR!
Mi teléfono empezó a vibrar. Molesta, lo aparté de una patada con
el tacón y volví a abrir las piernas.
¡RRRR! ¡RRRR!
Suspirando, alargué el brazo para silenciar la intrusión. Solo
tardaría un segundo en apagarlo. Tardaría un segundo en volver a...
Había un mensaje en la pantalla, de un número desconocido. Solo
me costó un segundo caer en quién era:
«¡Kyle!»
Me levanté de un salto. Mi corazón dio un vuelco mientras le
daba al botón que abriría su mensaje.

¡Feliz aniversario de 24 horas


desde nuestra casi-cita!

Su sentido del humor era mordaz. De una forma adorable, eso sí.
Mi coño palpitó, suplicándome que continuase. Consideré apartar
el teléfono por el momento, pero sabía que sería incapaz de concentrarme.
Al menos hasta que respondiese.

Ooooh, qué mono. Eres un romántico.

Él se puso a escribir de nuevo en seguida, tal como indicaba el


pequeño bocadillo parpadeante, que dejó paso a:

¿Lista para pasarte al lado oscuro?

Me reí. Si esa era su manera de persuadirme, tendría que


currárselo un poco más.

¿Lado oscuro? ¿Vamos a llamarlo así?


Para mí, todo aquel asunto podía describirse con muchos
calificativos. «Oscuro» no era uno de ellos.

Puedes llamarlo como quieras,


siempre que mires por tu ventana.
Estoy fuera.

Dejé caer el teléfono. Un escalofrío de emoción me recorrió por


dentro.
«¿En serio?»
Me acerqué a las cortinas y las aparté hacia atrás poco a poco.
Efectivamente, fuera en la calle, un gran vehículo rectangular reposaba en
la zona de estacionamiento.
«Hostia puta.»
El teléfono sonó, ¡y casi me da un infarto! Lo descolgué al tercer
o el cuarto tono y lo puse contra mi oreja.
—Ya era hora —dijo Kyle—. ¿Dónde aparco este trasto?
—¿Eso...? ¿Eso es un todoterreno Hummer?
—Precisamente. Aunque no es mío. Es del Tío Sam. —El gruñido
de Kyle resonó en mi oído mientras giraba el volante y se metía en una de
las plazas—. Una de las ventajas de conocer a alguien de la flota de
vehículos.
—No puedes aparcar ahí —dije, observándolo—. Estás ocupando
dos plazas. Además, ese aparcamiento está reservado para los inquilinos del
edificio y las plazas están numeradas. Llamarán a la grúa.
Mi soldado sexi se limitó a reír.
—Ya, claro que lo harán.
Salió del coche, miró hacia arriba, y me indicó con un gesto que
abriera la ventana. Como él ya no estaba al teléfono, tuve que hacerlo.
—Hola, preciosa —sonrió.
—Eh... Hola.
Desde el segundo piso, sus anchos hombros parecían gigantescos
y su bonito rostro estaba enmarcado por cabello suave, de tono arenoso. El
viento se levantó y una corriente de aire frío se coló en mi habitación. Pero
su sonrisa, incluso desde ahí abajo, era cálida y radiante.
—¿Vas a dejarme subir? —preguntó Kyle—. ¿O tengo que
hacerme con un radiocasete y darte una serenata primero?

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Sobre la Autora

Krista Wolf es una amante de la acción, la fantasía y todas las películas de


terror buenas… además de una romántica empedernida con un lado
insaciable.

Escribe historias de suspense y misterio llenas de giros y sorpresas muy


calientes. Historias en las que heroínas testarudas e impetuosas constituyen
una fuerza irresistible contra el objeto inamovible de héroes musculados y
poderosos.

Si te gusta el romance inteligente e ingenioso, aderezado con un toque


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