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4.

El Jardín de los Sueños


En una ciudad bulliciosa y moderna, había un rincón oculto que solo unos pocos conocían. Era un
jardín secreto, escondido detrás de altos muros de ladrillo en el centro de la ciudad. Este lugar era
conocido como el Jardín de los Sueños, un refugio de paz y belleza que contrastaba con el ritmo
frenético del mundo exterior.
El jardín era mantenido por una mujer llamada Isabella, una jardinera con un don especial. Desde
niña, Isabella había sentido una conexión profunda con las plantas y las flores. Podía escuchar sus
susurros y entender sus necesidades. Su habilidad no era solo para cultivar jardines hermosos, sino
también para crear espacios donde las personas podían encontrar consuelo y claridad.
Cada planta en el Jardín de los Sueños tenía un propósito específico. Había flores que inducían la
relajación, árboles que inspiraban creatividad y arbustos que ayudaban a sanar corazones rotos.
Isabella conocía cada rincón del jardín y sabía exactamente qué plantas eran necesarias para cada
persona que buscaba refugio allí.
Un día, un hombre llamado Daniel llegó al jardín. Estaba abrumado por el estrés de su trabajo y las
expectativas de su familia. Se había enterado del jardín por un amigo y decidió visitarlo, con la
esperanza de encontrar un respiro de su vida agitada. Al entrar, fue recibido por Isabella, quien lo
guió a un banco rodeado de jazmines y lavandas.
Daniel se sentó y cerró los ojos, inhalando el dulce aroma de las flores. Lentamente, comenzó a
sentirse más tranquilo, como si una pesada carga se hubiera aligerado. Isabella se sentó junto a él y
le habló suavemente, explicándole que el jardín estaba diseñado para ayudar a las personas a
reconectar con sus sueños y deseos más profundos.
Mientras Daniel se relajaba, Isabella le ofreció una taza de té hecho con hierbas del jardín. Al
beberlo, Daniel sintió una calidez que se extendía por todo su cuerpo, despejando su mente y
abriendo su corazón. Isabella le pidió que cerrara los ojos y se permitiera soñar, sin las restricciones
del mundo real.
Daniel, sorprendido por la sugerencia, cerró los ojos y se dejó llevar. Visualizó un lugar tranquilo,
donde podía ser él mismo sin las presiones de su vida cotidiana. Vio un futuro donde seguía su
verdadera pasión por la música, algo que había dejado de lado hace mucho tiempo. Al abrir los ojos,
sintió una claridad y determinación que no había experimentado en años.
Agradecido, Daniel le explicó a Isabella lo que había experimentado. Ella sonrió y le dijo que el
jardín había cumplido su propósito, ayudándole a reconectar con su verdadera esencia. Le sugirió
que volviera siempre que necesitara claridad o inspiración, y que recordara seguir sus sueños, sin
importar lo difícil que pareciera.
La historia de Daniel no era única. Muchas personas encontraban su camino al Jardín de los Sueños,
cada una con sus propias luchas y deseos. Isabella los acogía a todos, utilizando su don para crear
un ambiente donde pudieran sanar y descubrirse a sí mismos. A medida que pasaba el tiempo, el
jardín se convirtió en un lugar de peregrinación para aquellos en busca de paz y propósito.
Un día, una joven llamada Sofia llegó al jardín. Estaba luchando con la pérdida de un ser querido y
no podía encontrar consuelo en ninguna parte. Al entrar en el jardín, se sintió abrumada por la
belleza y la serenidad del lugar. Isabella la recibió y, al escuchar su historia, la llevó a un rincón
especial del jardín donde crecían lirios blancos y sauces llorones.
Isabella le explicó a Sofia que ese rincón estaba dedicado a aquellos que habían perdido a alguien.
Le pidió que se sentara y permitiera que el jardín la envolviera con su calma. Sofia, con lágrimas en
los ojos, se sentó y cerró los ojos. Sintió una brisa suave que parecía susurrarle palabras de
consuelo, y por primera vez desde la pérdida, se permitió llorar libremente.
Con el tiempo, Sofia encontró consuelo y fuerza en el Jardín de los Sueños. Volvía regularmente,
cada vez sintiéndose un poco más fuerte y más capaz de enfrentar su dolor. Isabella, siempre
presente, le ofrecía palabras de aliento y tazas de té reconfortante, ayudándola a sanar.
El jardín continuó siendo un santuario para todos aquellos que lo necesitaban. Isabella, con su don y
su amor por la naturaleza, siguió cuidándolo y manteniéndolo, asegurando que siempre estuviera
listo para recibir a quienes buscaban refugio. El Jardín de los Sueños se convirtió en un símbolo de
esperanza y renovación, un lugar donde los sueños podían florecer y los corazones podían sanar.
Y así, en medio de la ciudad bulliciosa, el Jardín de los Sueños permaneció como un oasis de paz y
belleza, recordándonos a todos que, no importa cuán difícil sea la vida, siempre hay un lugar donde
podemos encontrar consuelo y redescubrir nuestros sueños.
4o

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