Recuerdos y Pérdida en Gentilly
Recuerdos y Pérdida en Gentilly
Hace mucho tiempo dejé atrás todo aquello que un día fui. Muchas experiencias del pasado
marcaron mi vida para siempre. Me aislé, construyendo una pared casi impenetrable entre mis
sentimientos y el mundo. La verdad, no sé si queda algo de ellos en mí. Nací en Minnesota y
crecí en new Orleans en un barrio llamado Gentilly, bajo el seno de una familia que ha
trabajado duramente por construir la estabilidad que hoy en día tenemos. Mi padre es un
arquitecto calificado y contratado por una prestigiosa empresa, la misma que lo mantiene lejos
de casa para poder ayudarme con mis estudios universitarios, que hace poco inicié.
Mi hermosa madre era una doctora de medicina general que entregaba arduamente su vida
por los demás, sin distinción alguna. Siempre fue mi ejemplo, ya que me daba todo el amor del
mundo sin ninguna condición. Recuerdo una vez, cuando era niña, en su cumpleaños le
dediqué una canción frente a todos. Ella sonreía con lágrimas, orgullosa de lo que hacía por
ella. Pero admito que soy pésima cantando, porque no tengo buena afinación. En la actualidad,
siempre lo hago dentro de mi habitación o en el baño para liberar muchas cosas que llevo muy
ocultas debido a mi personalidad introvertida.
Me visto de una manera muy anticuada, adoptando mucho el estilo oscuro del rock pesado.
Más bien parezco una loca vestida de negro 24/7, con un mechón rojo en un lado de mi cabello
y maquillando mi blanca cara para ocultar mis feas pecas que literalmente he llegado a odiar.
Normalmente uso un outfit muy emo con una muñequera de púas, junto con mis suéteres de
franjas. Mi favorito es el de franjas rojas con negro. Muchos aman mi oscuro cabello por ser
largo hasta la cintura, pero me está perturbando muy a menudo y estoy considerando un
cambio de look para no llamar tanto la atención del público. Prefiero ser anónima para el
mundo y adoro estar sola.
Los que me conocieron en el pasado aún se sorprenden del cambio tan radical que ocurrió en
mi vida, pero no me juzgan porque perdí mi vida hace años, mi todo, mi adoración. "¿Mamá
estás allí?" ¡Ay mierda! Aún recuerdo aquella pregunta que hice cuando apenas tenía 8 años.
Esas malditas palabras resuenan en mi cabeza, sollozando lentamente hasta desaparecer en el
vacío infinito.
"Mamá murió en un trágico accidente donde iba la pequeña Cloed, ¡sí! esa soy yo. Todo
empezó una tarde de abril cuando papá apenas se despedía de nosotras para tomar un avión
hasta Nueva York y finiquitar un proyecto que asignado por la empresa donde el trabaja. Aquel
cálido beso y abrazo que se dieron él y mi madre jamás se me olvidarán en mi vida. Se amaban
con el corazón, siendo mi madre aquella que lo impulsó a ser lo que es. 'Era la luz de nuestras
vidas'. Salimos después de aquella emotiva despedida, mamá conversaba sobre cómo había
conocido a mi padre para luego enamorarse de él, cuando de repente vino un golpe y luego un
silencio total. Nos embistió un camión de carga al cual minutos antes le fallaron los frenos y
perdió el control, topándose con nuestro destino. ¡Qué destino tan maldito! Ella estaba ahí y yo
aprisionada con fuerza por el cinturón del asiento trasero, mareada por las vueltas que dimos
al volcar el auto. Recuerdo que estaba consciente y en ese momento una voz quebrada sin
aliento me preguntó:
"¿Cloed, estás bien?" - "Sí mamá", respondí muy asustada y confundida. De momento, su voz
se desvaneció y la miré ahí quieta, como si se hubiese dormido. En ese momento pregunté
repetidas veces: "¿Mamá, estás allí?", presentía que algo estaba mal. Lloraba y lloraba sin
parar, gritando "Mamá, mamá" incontables veces, hasta que unos hombres me sacaron de allí
y me llevaron en una ambulancia al hospital. Ahí comprendí que algo estaba mal. ¡Mi vida
entera estaba apunto de irse para siempre!
Llegando al hospital, me encontraba en shock por todo lo que había sucedido minutos atrás en
el auto que mamá conducía. De repente, saqué un poco de fuerza para hablar y preguntarle a
los paramédicos qué había pasado con mamá. Uno de ellos me dijo: “Cálmate, pequeña, trata
de descansar un poco. Debes estar muy confundida en estos momentos”. Tenía razón, parecía
que yo estaba en otra dimensión como si no existiera. Me preguntaba: ¿Será que estoy
muerta? ¿Qué lugar es este? Tiene mucha turbulencia y no comprendo el porqué. Los médicos
me llevaron a una habitación para colocarme una intravenosa. Al momento, vino una calma y
me dispuse a descansar un rato. Solo quería descansar en ese instante. “Quizás mamá también
está descansando en otra habitación”, exclamé con mucha calma.
Papá no sabía nada de lo sucedido hasta que aterrizó el avión en su destino. En ese momento,
al bajar del avión caminando rápido y riéndose de algunas anécdotas, recibió una llamada que
le borró la sonrisa de la cara. Su asistente personal llamado Frank le preguntó: “¿Qué ocurre
señor? ¿Alguna novedad?” Y él le respondió: “Tengo que volver, es un tema familiar muy
delicado”. Tomó un avión de regreso y como pudo llegó hasta el hospital donde lo estaban
esperando mis abuelos y algunos miembros de mi familia. El ambiente se colmó de un silencio
triste que literalmente paralizó el tiempo. Un médico se acercó a él para darle detalles de la
situación diciéndole: “Señor Benner, su hija se encuentra estable y está siendo atendida, pero
su esposa aún está en el quirófano. Sus lesiones fueron graves y estamos haciendo lo posible
por salvarle la vida y recuperar la sangre que perdió en el accidente”. En ese momento, papá se
desmoronó como si las torres gemelas volvieran a caer al suelo. Su amada esposa se debatía
entre la vida y la muerte y yo, inocente de todo aquello, dormía tranquila como los ángeles del
cielo.
Ahí dormida recordé muchas cosas que viví en el pasado, entre aquellos relatos que me
contaba mi amada madre Charlotte sobre su vida personal, entre otras cosas.
Recordé que mamá me contaba mucho la historia de cómo se enamoró de mi padre. Ella decía
que lo odiaba y le caía pésimo desde la primera vez que se vieron. Él le jugó una broma en
primaria dibujando la palabra “fea” en su morral, pero en realidad le gustaba mucho mamá y
no sabía cómo llamar su atención. Cada intento de acercarse a ella lo arruinaba con alguna
estupidez, haciendo que ella lo detestara aún más. Un día, papá vio que unos chicos de la
escuela estaban acosando a mamá, haciéndole llorar en un rincón. Él se metió a defenderla y
recibió una golpiza. Mamá le tendió la mano en señal de gratitud y le dio un beso en la frente.
A partir de ese día, papá y mamá se hicieron buenos amigos, compartieron secretos y
fortalecieron su vínculo. Finalmente, en la terraza de la escuela, papá le pidió a mamá que
cerrara los ojos y le dio su primer beso cuando estaban a punto de entrar a la secundaria.
Los años de secundaria fueron bastante difíciles para ellos. Mi padre estaba en una etapa de
cambios muy bruscos y consumía drogas, lo que le hizo perderse en un círculo social que lo
envolvió en una decadencia personal que arriesgó repetidas veces su relación con mamá. A
pesar de sus actitudes machistas, mamá nunca se apartó de él y le ayudó a cubrir sus tareas
para que no terminara de destruir su futuro estudiantil.
Una noche de invierno, mi padre caminaba sobre hielo delgado bajo el efecto de las drogas y el
alcohol, cayendo en las heladas aguas de un pequeño lago. Mamá lo buscaba
desesperadamente y lo encontró gracias a sus gritos de ayuda. Con una rama larga, logró
sacarlo del agua y llamar al 911 para trasladarlo al centro médico más cercano. En ese
momento, mi padre comprendió que mamá daba más de lo que él merecía recibir.
Después de salir de la secundaria, mamá quedó embarazada de mí, pero eso no impidió que
continuara con su carrera de medicina general. Papá logró entrar a la universidad para estudiar
arquitectura y graduarse con honores. Al año de su graduación, mamá y papá se casaron y tuve
apenas 4 años de edad. Ambos me criaron con amor y eso nunca faltó en casa.
Aquella pequeña niña de ojos azules, a quien mi abuela consentía en todos los sentidos, se
sentía como una verdadera princesa en el seno de nuestra familia. Sin embargo, mi abuela no
estaba del todo de acuerdo con la relación entre papá y mamá. Desde que conoció a papá por
primera vez, ella lo vio como una amenaza, ya que es sobreprotectora con sus hijos,
especialmente los más jóvenes. Mamá era la menor de tres hermanos: Emely, Jhonny y
Madison, quienes son excelentes profesionales y tienen personalidades encantadoras debido a
los valores inculcados por mi abuela durante su crianza. Cuando mamá quedó embarazada, su
primera reacción fue de shock. Aún vivía en casa de mi abuela y estaba estudiando en la
universidad. Según mamá, mi abuela se desmayó por unos minutos y luego expresó su
decepción con estas palabras: “¡Tanto esfuerzo que he hecho para que te alejes de ese
sinvergüenza y ahora me sales con esta Charlotte! ¿Dónde has metido la poca inteligencia que
tienes?”. Hubo una discusión acalorada por un tiempo, pero finalmente las aguas se calmaron y
solo quedó aceptar lo sucedido y seguir adelante.
Cuando estaba en el vientre, mamá cursaba los últimos años de su carrera y papá estaba a
punto de defender su tesis y graduarse de arquitecto. Este motivo era suficiente para que mi
abuela se calmara y apoyara a mamá en todo lo posible para que pudiera terminar su carrera
de medicina general, ¡y así lo hizo! En la defensa de tesis de mi padre, asistieron personas
importantes y algunos empresarios, papá se desenvolvió con mucha naturalidad, haciendo que
todo pareciera fácil. Al terminar, un empresario se levantó aplaudiendo enérgicamente,
animando a los demás a hacer lo mismo. Durante la celebración, ese hombre elegante que
aplaudió el trabajo de papá se acercó y le dijo: “Te felicito nuevamente por tu trabajo. Necesito
jóvenes talentosos como tú en mi empresa”. Le entregó una tarjeta con su número y mi padre
respondió con una sonrisa: “Gracias por valorar y reconocer mi potencial, señor”. Mamá no
pudo asistir a ese evento porque tenía muchas responsabilidades en la facultad de medicina.
Había sido admitida en el departamento de investigaciones y ese día tenía que prestar apoyo
en un proyecto en el que había estado trabajando durante dos años. Sin embargo, papá lo
entendió perfectamente y ambos se desearon buena suerte antes de despedirse con un largo
beso. Luego, papá se inclinó hacia el vientre de mamá para decir estas palabras: “Lo de hoy es
por ti, mi pequeña Cloed”.
Mi abuelo falleció cuando mi mamá era solo una bebé. A mi abuela le tocó enfrentar un
proceso difícil de adaptación para criar a la familia por sí sola después de la muerte de mi
abuelo. Decían que era un hombre de carácter fuerte pero atento a las necesidades del hogar,
especialmente de sus hijos. Tenía tendencias machistas, comunes en esa época, lo que se
reflejaba en su crianza estricta hacia los hijos varones. Su muerte fue repentina, sin tiempo
para llevarlo al hospital, debido a un infarto agresivo que lo mató instantáneamente. Mi abuela
quedó viuda con varios hijos por criar. A pesar de esta tragedia, las cosas no le fueron tan mal a
mi abuela. El trabajo de mi abuelo le otorgó un crédito y se le pagaron los años de servicio, lo
que le permitió ayudarse durante un tiempo considerable. A ella se le ocurrió la idea de
comprar un establecimiento y abrir una cafetería, donde tuvo éxito gracias a sus maravillosas
galletas que preparaba y ofrecía. Con el tiempo, remodeló el lugar varias veces para expandir el
negocio y ofrecer deliciosos desayunos al público. Contrató personal para hacer el trabajo más
sencillo y rentable. Cada día, el lugar se volvía más popular y los ingresos crecían, lo que le
permitió mantener a la familia y apoyar a mis tíos y a mi madre en su educación y futura
formación profesional. Mi abuela tuvo una buena dosis de suerte en esa época. Desde la
muerte de mi abuelo, ella decidió dedicarse por completo a su negocio y descartó la idea de
iniciar una nueva relación conyugal. Decía que eso no era necesario en su vida y vivió el resto
de sus días atendiendo su negocio y cuidando a sus hijos por las tardes.
Siempre le pido fortaleza a mi abuelo por las noches. A pesar de que no lo conocí en vida, sé
bien que él nos cuida desde el reino de las estrellas. Ahí el tiempo no debe existir y las cosas
que aquí conocemos allá no hacen falta porque todo se impregna de infinidad y belleza en
aquel vacío sin límites.
A veces pienso que nuestra vida se prepara a lo largo de los años para darle comienzo a otra en
algún mundo paralelo, siendo la misma persona con la mente en blanco para comenzar una
nueva aventura en la oportunidad que se le dio, para llegar al fin de esta, y cerrar el ciclo
comenzando uno nuevo en algún otro lugar.
-¿Abuelita, qué pasa cuando un animalito se va al cielo? ¿Crees que pueda vivir de nuevo?
-Debes estar en lo cierto, yo creo que todo lo que existe cuando llega a su final no lo hace para
irse para siempre sino para comenzar una nueva historia en algún lugar.
Yo respondí:
-Así como mi abuelito, él debe de estar viviendo una historia fantástica en este momento.
Ella respondió:
No hay respuesta alguna a este misterio que tanto se mete a mi cabeza para reflexionar sobre
la vida y el final de ella.
Rocczabeth fue la única persona que se atrevió a hablarme cuando comencé en el jardín de
niños de la primaria. Como todo niño, llegué tímida al lugar donde no acostumbraba a
quedarme sin mi mamá y me comunicaba poco con los demás. Rocczabeth se acercó a donde
estaba yo en el momento que nos permitían jugar. Con una sonrisa, me dijo:
Te presto mi muñeca. A ella le caíste muy bien y me dijo que quiere conocerte. Por eso vine
hasta aquí, porque te vemos muy solita. Pero ahora no lo estás, porque estamos aquí contigo
para que juguemos juntas las tres.
Yo le respondí:
Rocczabeth me respondió:
Tiffany. Además, le gustan mucho los chocolates y en mi bolso tengo varios de esos que mamá
mete para que meriende.
Yo le dije:
A mi mamá no le gusta que coma muchos dulces, por eso me prepara la lonchera con sándwich
y alguna fruta.
Rocczabeth me ofreció:
Desde ese día nos hicimos amigas hasta la fecha. Ella nunca me ha dejado sola, porque nuestra
amistad es lo más fuerte del planeta. Rocczabeth es como una luz en el camino que guía poco a
poco mis pasos y siempre está ahí en mi día a día.
Cada año, cuando llegaban las navidades, visitaba la casa de Rocczabeth para celebrar la noche
buena con ella. Era nuestra tradición, nacida de la amistad que unía a nuestras madres, que se
habían convertido en inseparables. Los sábados, la mamá de Rocczabeth venía a visitarnos y se
quedaba charlando con mi mamá de sus cosas, mientras nosotras nos divertíamos en el jardín,
meciéndonos en el columpio y contándonos nuestros sueños. Siempre hablábamos de lo que
haríamos después de terminar la secundaria, si seguiríamos siendo amigas para siempre, pase
lo que pase. Nos lo juramos mil veces, con la inocencia de dos niñas que no sabían lo que les
esperaba. Pero lo cierto es que el mundo de los adultos no tiene nada que ver con el que
imaginábamos entonces.
Mi papá solía viajar mucho y yo me quedaba en casa, furiosa y triste, deseando que se quedara
conmigo. Entre sollozos, le rogaba que no me abandonara, que no me hiciera sentir tan sola.
Aunque ya estaba acostumbrada a sus idas y venidas, cada vez que se despedía de nosotras era
como un puñetazo en el corazón, que me dejaba un eco de dolor y nostalgia. Le susurraba al
oído que lo quería mucho y que volviera pronto.
Cuando yo tenía solo dos años, mis padres decidieron mudarse a Gentilly, lejos de nuestra
familia, porque a mi mamá le habían ofrecido un trabajo allí. Ella acababa de terminar su
carrera de medicina y estaba muy ilusionada con ejercer su profesión. Mi mamá era una
supermamá, capaz de combinar su trabajo con su rol de madre, sin descuidar ninguno de los
dos. Ella decía que se había mudado a un lugar más tranquilo para poder atenderme mejor y
hacer lo que le gustaba. Mi abuela quería que nos quedáramos cerca de ella, para ayudarnos
en lo que hiciera falta, pero mi mamá le dijo que no se preocupara, que ya nos había dado todo
lo que podíamos pedirle y que la queríamos mucho.
Cuando mi mamá tenía vacaciones, mi abuela venía a visitarnos y nos enseñaba a hacer sus
famosas galletas. Eran unas galletas deliciosas, que se deshacían en la boca y llenaban el
paladar de amor. Cada bocado era una muestra del cariño que nos tenía mi abuela, que
siempre estaba pendiente de nosotras.
Mi familia paterna siempre fue muy distante y desunida, pero yo tuve la suerte de conocer y
compartir con mis abuelos y tíos que vivían en Minnesota. Cada vez que podíamos, viajábamos
hasta ese estado y nos alojábamos en su casa, disfrutando de su hospitalidad y cariño. Una vez,
organizamos una gran reunión familiar para pasar las vacaciones todos juntos. Allí, se
preparaban deliciosos platos, como los dulces caseros, los pasteles de la abuela y el asado al
aire libre. Los hombres se entretenían con sus juegos y bromas, mientras las mujeres nos
reíamos y bebíamos algo para relajarnos. Los niños nos juntábamos para bañarnos en la piscina
y aprovechar el calor que nos ofrecía el verano. Recuerdo que ese momento fue el más feliz y
armonioso que viví con mi familia, sin saber que dos años después perdería a lo que más
quería.
El año antes de que mi mamá muriera, pasaron muchas cosas en nuestra vida. Mi papá
consiguió un ascenso a gerente de proyectos, lo que significaba que tendría que diseñar y
supervisar obras arquitectónicas para la empresa en la que trabajaba. Le asignaron un equipo
de trabajo calificado y un proyecto importante: construir un edificio enorme en Nueva York,
que sería una de las sedes principales de la empresa. El pago sería de medio millón de dólares
por el diseño de esta edificación. Mi mamá estaba muy orgullosa de él y de su talento, era un
hombre admirable y exitoso. Yo ya era más grande y entendía la importancia de su trabajo para
nuestro bienestar, pero no estaba preparada para lo que vendría después.
El año en que mi mamá murió, mi papá tuvo un mes de vacaciones en noviembre del 2010.
Decidimos aprovechar ese tiempo para volver a Minnesota y visitar a nuestra familia. Solo
estaríamos una semana, porque yo tenía que regresar a clases. Fuimos a ver a mis abuelos, mi
abuela y mis tíos, pero la visita fue muy breve. Al volver, papá se dedicaba a ayudar a mamá en
lo que podía, y me llevaba a pasear en su auto con mi amiga Rocczabeth. A ella le caía muy
bien papá, por su amabilidad y tranquilidad. Ese mes, participé en varios escenarios y tuve el
privilegio de ver a mis dos padres aplaudiéndome y emocionándose con lágrimas en los ojos.
Me sentía la niña más feliz del mundo, teniendo todo lo que más quería.
El mes se acabó pronto, y el invierno se acercaba con su frío implacable. A mi papá le tocaba
volver a trabajar, y esta vez estaría fuera por dos meses seguidos. Era el proyecto más
importante de su carrera: diseñar y construir un edificio enorme en Nueva York, que sería una
de las sedes principales de la empresa. El pago sería de medio millón de dólares por el diseño
de esta edificación. Mi mamá estaba muy orgullosa de él y de su talento, era un hombre
admirable y exitoso. Yo ya era más grande y entendía la importancia de su trabajo para nuestro
bienestar, pero no estaba preparada para lo que vendría después.
La semana antes de que papá se fuera, mamá organizó su agenda para darle una grata
despedida a su amado esposo. Hicieron planes sencillos pero especiales, como salir después
del trabajo o abrazarse frente a la TV. Esa semana, mi papá cocinaba la cena, y lo hacía muy
bien. Yo lo abrazaba mucho, porque sabía que no lo vería por mucho tiempo. Mamá también lo
abrazaba mucho, demostrándole su amor y su apoyo. A veces me ponía celosa, porque era una
niña de nueve años que no sabía que a quien realmente tenía que despedirme no era a mi
papá. El día antes de que se fuera, mamá y papá prepararon una cena sorpresa de despedida.
Era un momento íntimo, pero a mi mamá se le ocurrió invitar a la familia de Rocczabeth para
compartir. Fue una noche muy divertida, cantamos, reímos y nos dijimos palabras de
agradecimiento en la mesa, que yo llamaba la mesa redonda de amistad. Era como una escena
de cuento de hadas, donde todos éramos felices y nos queríamos mucho.
Al día siguiente nos levantamos contentos pero melancólicos, recordando el mes maravilloso
que habíamos pasado juntos. El invierno ya estaba aquí, y teníamos que abrigarnos bien para
salir. Mamá se levantó temprano para preparar el desayuno, mientras papá dormía. Ese día nos
deleitamos con unos panqueques y un chocolate caliente. Papá se levantó y al rato yo también
lo hice para salir con mamá. Nos abrazamos un momento adentro para despedirnos y papá me
dijo: “Volveré en menos de lo que dura un rayo, mi pequeña Chloed. Todo esto lo hago por
ustedes y por tu futuro, mi pequeña princesa. No temas que papá estará bien y ustedes
también lo van a estar”. Lo abracé con todas mis fuerzas y mi madre nos miraba con lágrimas
en los ojos.
No quiero recordar lo que pasó después, fue el infierno en la tierra. Yo estaba ahí, tendida en
una camilla, aislada de la realidad. No sabía lo que pasaba, solo sentía un dolor insoportable
que me consumía. El calmante me hizo retroceder al pasado, como si viera una película en mi
cabeza, donde recordaba los momentos felices de mi infancia. Al despertar, me invadió la
confusión y el miedo, hasta que recordé que mamá estaba en el auto conmigo. Me pregunté
por qué mi mamá me había traído a su lugar de trabajo. Grité su nombre, esperando que
viniera a abrazarme. Pero quien entró a la habitación fue mi abuela.
Le pregunté a mi abuela:
Ella respondió:
-Tranquila, mi pequeña, todo va a estar bien. Ha pasado algo muy grave, pero te lo explicaré
más tarde.
Ella intentaba disimular, pero yo sabía que algo andaba mal en ese lugar. De repente, me
acordé del accidente que sufrimos y se lo conté todo a mi abuela. En ese momento, se le
rompió el alma y se echó a llorar sobre la camilla. Yo también lloré con ella y le pregunté:
-Ella está en otra habitación, luchando por su vida. Los médicos están haciendo todo lo posible
para salvarla, pero está muy grave. Era una niña, pero no era tonta.
En ese momento, ella me dijo que papá había regresado del viaje que tenía programado y que
estaba con el resto de la familia. Me dijo que él no quería decirme nada para no angustiarme
más. Traté de calmarme después de dejar de llorar, pero por dentro estaba destrozada. Mi
padre entró a la habitación y llorando me dijo:
-Me alegra verte despierta, no sé qué hubiera hecho si no volvía a ver esos hermosos ojos
abiertos. Mi Chloed, estoy aquí contigo, papá está contigo y no te va a dejar sola nunca. Ahora
solo falta tener a mamá de vuelta y estaremos juntos otra vez, mi princesa.
Le dije:
-Papá, cuídala también a ella, porque no sé qué haría si no despierta. ¿Cómo está mamá?
Papá me respondió:
-No te voy a mentir, ni nosotros sabemos nada. Los médicos van y vienen y ella sigue en el
quirófano, en medio de una cirugía. No nos dan respuestas concretas, solo que están haciendo
lo imposible para mantenerla estable.
Recuerdo que en ese momento me aferré tanto a Dios que solo le pedía que ayudara a mi
mamá a salir bien de su operación. Nuestras esperanzas estaban completamente en él y
presentía que necesitábamos un milagro en aquel preciso momento.
Pasé varias horas en esa camilla, descansando y preocupada a la vez. Solo quería levantarme y
estar con mi mamá, pero no sabía cómo estaba ni qué le habían hecho. Todo parecía pasar muy
lento, como cuando esperas algo con ansias y el tiempo se burla de ti. En ese lugar no
podíamos hacer nada más que esperar y rezar por un milagro. Mi abuela me trajo algo de ropa
y me dieron el alta porque solo tenía unos rasguños en la piel. Me uní a la espera familiar en
aquel hospital hasta que llegó Rocczabeth a verme. Corrió como una loca por el pasillo gritando
mi nombre hasta abrazarme con fuerza. Rocczabeth lloró y lloró mientras yo la acompañaba en
su llanto. No tengo palabras para describir ese momento. Ella era como la hermana que nunca
tuve porque yo era hija única.
Rocczabeth preguntó:
Le dije -No debe estar muy bien porque aún no sabemos nada de ella, pero mamá es fuerte y
sé que ella va a superar este obstáculo como siempre lo ha hecho.
Rocczabeth me respondió:
-Estoy aquí contigo, hermana, porque siempre estamos en todas. Nunca te dejo sola y mi
mamá que nos acompaña tampoco. Somos una misma familia.
Ella hablaba con una seguridad que no le correspondía a su edad, pero sé que ella quería
animarme con sus palabras. Mi padre daba vueltas y vueltas como un loco y no paraba de
fumar. Cuando él fumaba era para calmar la ansiedad. Al fin salió el cirujano diciendo que la
operación había sido un éxito y que habían detenido la hemorragia. En ese momento sentimos
un alivio momentáneo, pero era solo una ilusión. Le iban a transfundir sangre porque había
perdido mucha por la lesión y así la iban a terminar de estabilizar. El médico le explicó a papá
que la lesión era muy severa y que le había afectado algunos órganos de la zona abdominal.
Ese proceso de recuperación iba a ser muy largo y papá sabía que ese proyecto tenía que
esperar. Llamó a su jefe y le explicó la situación con detalles. Ellos acordaron que papá se iba a
encargar de terminar los planos en el tiempo que pudiera desde casa y se los mandaría al
equipo evaluador para adelantar y finiquitar algunas cosas.
Hasta que mamá no se estabilizara no podíamos entrar a verla, así que esperamos y esperamos
más tiempo. Mi abuela paterna me llevó a casa para que descansara un poco y papá se quedó
en el hospital pendiente de cualquier cosa. El resto de la familia se quedó en nuestra casa
descansando un rato y mi abuela paterna se fue a hacer unas compras para volver al hospital y
hacer turnos de descanso con mi padre. Así se acordó en el momento antes de regresar a casa.
Al día siguiente nos preparamos para ir al hospital, sobre todo yo, para decirle a la abuela y a
papá que regresaran un momento a descansar. Mientras tanto, mis tías y un tío se quedarían
en el lugar. Ese día fue el peor día de mi vida, el día que todo se derrumbó. Cuando llegamos a
la sala de espera, vimos un caos. Médicos y enfermeros corrían hacia la sala de terapia
intensiva. Papá estaba agachado en el suelo con la cabeza entre las manos, llorando
desconsoladamente. Mi abuela estaba nerviosa y no paraba de caminar. La bolsa que llevaba
en la mano con el desayuno especial de papá cayó al suelo y yo me quedé paralizada. Mis tíos
preguntaron qué pasaba y mi abuela respondió: No lo sé, ha recaído y los médicos han salido
corriendo por eso. Mamá, todo va a salir bien, tranquila, ella va a recuperarse.
¿Noooooo, por qué a nosotros? Mi hija, exclamó mi abuela con un grito desgarrador. Mamá,
tranquila mamá, decían mis tíos intentando consolarla. Yo me senté al lado de mi padre para
darle un fuerte abrazo entre un mar de lágrimas. Mi pequeña Chloed, tu madre es fuerte y tú
eres fuerte como ella. Vamos a salir de esta juntos, hijita mía, me susurró al oído.
Al cabo de 30 minutos, la sala de espera se quedó en silencio total. No se sabía nada hasta que
salió el médico de guardia, para darnos aquellas palabras que tanto odio. La verdad es que odio
esa noticia con todas mis fuerzas. Mi padre se acercó a él preguntando inmediatamente qué ha
pasado con Charlotte. El doctor bajó la mirada. Mi papá se puso la mano en la cabeza y dijo:
no, no, no, no lo creo. ¿Por qué mi Charlotte? Mi abuela cayó desmayada y grité con todas mis
fuerzas: ¡mamáaaaaaaa! Corrimos hasta el cuarto de terapias intensivas y miré a mi mamá, a
mi mamá. ¡Maldito sea aquel momento! Con un brazo tendido al lado de la cama, grité: mamá,
despierta. Te necesito. No me dejes sola. Por favor, mamá, no te vayas.
Todos lloramos en aquella habitación con la fuerza de dos huracanes llenando el espacio con
nuestro dolor y tristeza. No pude parar de llorar, no lo creía. ¿Qué carajo hacía yo ahí en ese
lugar? La realidad es que se había ido para siempre mi todo.
Al regresar a casa recordé cómo era mi vida antes de que todo esto pasara. Cómo me
despertaba cada mañana con el beso y el abrazo de mi mamá. Cómo me preparaba el
desayuno y me ayudaba con los deberes. Cómo me llevaba al colegio y me recogía por la tarde.
Cómo me contaba cuentos por la noche y me decía que me quería mucho. Cómo reíamos
juntas, jugábamos juntas y soñábamos juntas.
Ahora todo eso se había acabado. Ahora solo me quedaba el vacío, el dolor y la soledad.
Al meterme a la ducha, me miré al espejo y observé tanta destrucción en una niña que sería
algo difícil de explicar en palabras, pero lo que sé es que en mi habitación tuve una pequeña
discusión con Dios por no ayudar a mi madre en su agonía. Le dije muchas veces: ¿Por qué eres
tan malo conmigo? ¿Por qué te llevaste a mi mamá? ¿Qué te hicimos nosotros? ¿Qué te hice
yo para merecer este castigo tan inmerecido?
Mi abuela me regaló un crucifijo que colgaba en una repisa. Lo tomé lleno de rabia para tirarlo
por la ventana. En ese momento, hice a Jesús de un lado para nunca más volver a mencionar su
nombre en mi vida. No te necesito, dije mientras desechaba la cruz por la ventana. Tú eres
malo y abandonas a la gente buena. Me recosté para recordar a mi mamá y tenerla cerca
mientras mis lágrimas mojaban mi almohada.
¿Mamá estás ahí? Te necesito, decía la pequeña Chloed, toda una niña inocente viviendo una
agonía lenta y dolorosa.
Mamá te amo. Salúdame desde el lugar que estés, ¿porque me dejaste sola?, no fui tan buena
hija, mamá. Yo te amo. Te necesito recostada de mi lado. Todas estas cosas dije mientras el
cansancio me derrotaba y adormecía mis párpados hinchados, hasta finalmente me quedé
dormida en mi cama.
La casa estaba sumida en el silencio y el dolor al despuntar el día. Solo se escuchaba un sollozo
desde la sala, que resonaba por las escaleras hasta las habitaciones de arriba. Era el llanto de
mi abuelita, que no podía consolarse. Mi papá conversaba con uno de mis tíos sobre los
detalles del sepelio y el lugar donde se velaría el cuerpo. Yo grité que no, que no había ningún
sepelio porque mamá no se había ido, que estaba viva. Mi papá me dijo Chloed, pero yo salí
furiosa de ese ambiente opresivo y me fui al jardín a mecerme en el columpio. Otra vez oí que
me llamaba Chloed, ven hija, te comprendo, pero tenemos que arreglarnos, me decía con
lágrimas en los ojos. Yo le respondí que necesitaba estar sola, con una voz muy alta. Esa niña
no entendía ni aceptaba aquella pérdida. Qué acto más cruel aceptar la muerte de una madre.
Pasados unos minutos, me calmé un poco y subí a lavarme la cara y a seguir con aquella
tragedia despiadada. Me puse un vestido que mamá me había regalado, era blanco como la
nieve, pues me negaba a vestir de negro aunque me lo impusieran. Seguro que rompería la
ropa que me hubieran escogido para la ocasión. Bajé hasta la sala donde todos estaban
reunidos, con unas caras que parecían una noche sin estrellas que cubre con su oscuridad todo
el cielo de la tierra. Les dije en voz alta que si no usaban el color que yo llevaba puesto los
odiaría a todos con todas mis fuerzas. Mi abuela me dijo que esa no era forma de expresarse
en ese momento, que Chloed, entendía mi sufrimiento pero que entendiera el de ellos
también. Yo insistí y dije que si no los acompañaría a ninguna parte y los odiaría a todos, que ya
estaba bastante enfadada para ver un montón de familiares con trajes negros, que no quería,
que era mi mamá y que tenía el mismo derecho que ellos de elegir. Ella no hubiera querido
verlos así, dije llorando fuertemente hasta correr a mi habitación.
Mi padre comunicó a toda la familia y a los invitados que debíamos vestir de blanco en honor a
la pureza de mi madre. Contactó con la funeraria y les solicitó que colocaran su cuerpo en un
ataúd blanco y la vistieran del mismo color, para que todos fuéramos acordes al funeral y al
entierro de mamá. Al cabo de una hora, mi padre subió a la habitación y me dijo que era hora
de partir, que había respetado mi petición. Al bajar, vi que todos estaban vestidos de blanco y
abracé con fuerza a mis dos abuelas y al resto de la familia, entre sollozos y el dolor que me
desgarraba el corazón. Pensé que debía ser fuerte como mamá, con esa mirada sombría que se
iba dibujando en mi rostro, marcando el nacimiento de la nueva persona que soy ahora.
Llegamos a la capilla y el resto de los amigos se iban sumando, algunos vestidos de blanco y
otros no, pero no le di importancia porque mi mente estaba centrada en ser fuerte como
mamá. Vi aquel féretro y no lo podía creer, tragué saliva y mi abuela se derrumbó otra vez en
llanto, papá lloraba diciendo mi amor, mi vida, mi todo, ¿por qué? Nos sentamos alrededor del
féretro cerrado y muchos se acercaron a dar el pésame. Lloraba y lloraba sin cesar mientras
apretaba mis puños con fuerza, empezando a aceptar esa maldita realidad. ¿Cómo era posible
que mi madre un día estuviera bien y al otro estuviera muerta? Estaba tan confundida en aquel
lugar mientras el cielo estaba oscuro, mi alma se oscurecía cada vez más y sentía que no
quedaba nada dentro de mí, que el dolor se concentraba en mi pecho como si quisiera acabar
conmigo en esa agonía. Muchas personas se levantaron a decir unas palabras en el micrófono y
al recordar las cosas que hizo mamá, algunos llorando y otros no pudieron terminar su discurso
porque el llanto no los dejaba. Una de mis tías, muy devota, se levantó y dijo esas palabras que
me enfurecieron e hicieron hervir la sangre: Dios sabe el porqué de las cosas y ahora le dio un
lugar entre los ángeles del cielo. Me levanté gritando al frente y le dije: Dios no me quiere, no
está aquí, ¿por qué permitió que esto pasara?, ¿por qué se llevó a mi mamá?, ¿no podía
esperar? Mi padre me dijo: ven aquí Chloed, siéntate por favor hija. Me calmé y me senté.
Aquel lugar se quedó en silencio cuando me escuchó decir esas palabras, mi tía no supo qué
decir en ese momento.
Era la tarde del 30 de noviembre y el cielo nublado y oscuro cubría el paisaje con un velo gris.
Todos estábamos ahí, con la mirada perdida en el suelo, abrumados por la tristeza que nos
invadía. Yo estaba en la parte trasera de un auto, camino al cementerio, para darle el último
adiós al cuerpo de mamá. El corazón se me encogía a cada minuto, el pecho me dolía como si
me clavaran mil agujas, las lágrimas se me habían secado y parecía que no tenía más fuerzas
para llorar. Pasamos por el hospital donde mi madre trabajaba y murió, para rendirle un
homenaje antes de llevarla a su destino final. Muchos médicos y enfermeras salieron con sus
batas blancas y el director del hospital y otras personas se acercaron a la furgoneta con una
bandera que llevaba el símbolo de la medicina. Todos ellos eran los que estaban de guardia ese
día y no podían asistir al sepelio de mamá. Cantaron el himno nacional para honrar su memoria
y luego el director dio un breve pero emotivo discurso, que decía así: El trabajo que hacemos
aquí es el signo de que hay esperanza en un mundo lleno de sufrimiento. Nosotros somos un
puente de salvación para la vida de muchas personas y Charlotte fue el puente de muchos
pacientes que llegaron a nuestro hospital; lamentablemente a veces nuestro conocimiento y
capacidad no son suficientes para lograr ese objetivo y la vida termina su ciclo en la tierra, pero
de lo que estamos seguros es que dejamos huellas en el camino de muchas personas, así como
nuestra colega y amiga lo hizo durante años, eligiendo partir de su tierra natal hasta nuestro
distrito, sirviendo con amor al prójimo. Esto no es un adiós para siempre Charlotte, sino un
hasta pronto querida compañera de trabajo. Al escuchar ese discurso tan hermoso, se me
escaparon las lágrimas otra vez, de verdad que mamá hizo lo mejor en el East Jefferson General
Hospital, dejó huellas ahí como decía aquel discurso.
Terminado aquel homenaje a mamá, nos dirigimos al Magnolia Cemetery de New Orleans para
enterrar el cuerpo de mi madre. El frío nos envolvía porque se acercaba la temporada del
invierno, mientras que una leve llovizna empezaba a caer, haciéndose más intensa con el paso
de los minutos. Todos bajamos de los autos y unos compañeros de trabajo de mi madre se
pusieron sus largas batas de médico para colocar la insignia de la medicina sobre el ataúd. Solo
se escuchaba un silencio como el vacío infinito del espacio exterior, no había nada para mí, solo
silencio. Mi corazón se callaba y se callaba, aceptando esa maldita realidad.
No sé qué pasó en ese momento al llegar al hoyo que se tragaría para siempre a la imagen de
mamá, me desplomé cara al suelo al lado del hoyo negro que se llevaría a mi alma y a mi
corazón. La lluvia caía sobre nosotros, todos llorábamos y llorábamos, mi padre intentó
levantarme pero le dije que no, que me dejara quieta. A pesar de estar destrozado, estaba
pendiente de mi estado personal. Con la cara en el suelo, entre lágrimas ocultas por la llovizna,
me levanté poco a poco con ayuda de Rocczabeth, solté un llanto desgarrador y me dirigí al
ataúd abierto con una mano apretando mi pecho. Me armé de valor para ver el cuerpo de
mamá porque ni en el velatorio me atreví a tanto. La vi ahí, su cara como si estuviera dormida y
grité: ¡Mamáaaaaaaa! Entre llantos de locura, mi corazón se había roto completamente. Entre
sollozos le dije al cuerpo inerte de mamá: Te amaré por siempre. Mi padre y mis abuelas me
abrazaron con fuerza para darme consuelo y consolarse ellos mismos. Hasta que finalmente se
cerró el ataúd y empezó a descender en aquel hoyo. Mi corazón se había ido con él, ya no
quedaba nada en mí, solo un vacío indescriptible que no se puede expresar con ninguna
palabra.
Fue un momento fugaz pero se me grabó en la memoria como una escena que me desgarra el
alma, ya no hay alma en mí.