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Equilibrio de Poder en Relaciones Internacionales

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EQUILIBRIO DE PODER

EN RELACIONES INTERNACIONALES

Materiales para “La Realidad”, Alberto Mansueti

La disolución de la URSS (1989-91) fue el fin de la Guerra


L’Equilibre Europea, caricatura
Fría y el inicio de la Pax Americana: EEUU imperaba en la
política de 1866 (creada por Honoré
economía (Banco Mundial, FMI, dólar, etc.), en la diplomacia y
Daumier) que representa al equilibrio
en la fuerza militar. Aguijoneada por el terrorismo de Al
de poder como hombres en uniformes
Qaeda, emprendió dos guerras asiáticas (Afganistán e Iraq)
militares balanceando al mundo con
fallidas. Ya en el siglo XXI, China creció, abandonó la extrema
bayonetas.
pobreza, e hizo inversiones por todo el mundo.

EQUILIBRIO DE PODER

[Link]

El equilibrio de poder en las relaciones internacionales, o equilibrio de potencias, es una situación política
internacional en la que cada Estado (cada potencia) intenta mantener el denominado statu quo o al menos
una situación aproximada al equilibrio en sus relaciones con otros estados, a efectos de evitar/prevenir el
ejercicio en exclusiva del poder por alguno de ellos en particular. La ruptura del equilibrio en favor de uno
de esos estados, daría a este una situación de predominio, dominación, o hegemonía.

A través de la historia el equilibrio de poder ha sido un tema importante en la formulación y ejecución de


la política exterior en las relaciones internacionales. La comparación de las relaciones entabladas entre
las polis griegas del siglo V a. C. descritas por Tucídides (La historia de la guerra del Peloponeso), con las
que se dieron entre las potencias europeas desde el siglo XVII al XX (Tratado de Westfalia, Tratado de
Utrecht, Congreso de Viena, Sistema Metternich, Sistema Bismarck, Tratado de Versalles), o las que se
establecieron a nivel global durante el siglo XIX con motivo de la disputa por las colonias (colonialismo o
imperialismo); ejemplifican intentos pasados de establecer equilibrios de poder.

En la teoría política más reciente (a partir de la segunda mitad del siglo XX), el equilibrio de poder es un
concepto clave para la escuela realista, formulado a partir del comienzo de la Guerra Fría entre EEUU y
la URSS. Según la escuela del realismo político (realpolitik), el objetivo principal de cada estado es
maximizar su poder, pero de modo que si todos los estados actuaran de la misma manera se lograría un
equilibrio de poder entre ellos, de un modo semejante a como la teoría del liberalismo económico predice
la consecución de un equilibrio económico si se deja actuar libremente a los agentes económicos siguiendo
su propio interés en un mercado libre presidido por la ley de la oferta y la demanda.

Entre 1814 y 1919

Esta era abarca el período entre el final de las guerras napoleónicas y el Congreso de Viena (1814-15), al
final de la Primera Guerra Mundial y la Conferencia de Paz de París.

Entre los temas importantes de la época están la rápida industrialización y el creciente poder del Reino
Unido, Europa y más tarde, de los Estados Unidos, con Japón surgiendo como gran potencia e imperio al
final de este período. Esto llevó a una competición imperialista y colonialista por la influencia y el poder
por todo el mundo, cuyo impacto aún es amplio y con consecuencias que llegan a la época actual. El Reino
Unido estableció una red económica informal que, combinada con la Royal Navy, hizo de ella la nación más
influyente. En términos generales, no hubo conflictos graves entre las grandes potencias, siendo la mayor
parte de las guerras escaramuzas entre beligerantes dentro de las fronteras de países concretos. En
Europa, las guerras fueron mucho más pequeñas, más cortas y menos frecuentes que nunca. Este siglo
tranquilo se quebró al estallar la Primera guerra mundial (1914-18), que fue inesperada en cuanto a su
momento, duración, bajas, e impacto a largo plazo.

Primera PostGuerra Mundial

Estos propósitos, a pesar de los continuados esfuerzos de la diplomacia europea (Tratados de Locarno,
1925, Pacto Briand-Kellogg, 1928), fracasaron claramente en el convulso periodo que siguió a la crisis de
1929. Ya desde el inicio del periodo de entreguerras se venía dividiendo Europa en tres tipos de estados:
las democracias occidentales (democracias liberales con sistema capitalista), lideradas por Francia y Gran
Bretaña, la experiencia de construcción de un estado socialista en la URSS y los regímenes fascistas. El
fracaso de la política de apaciguamiento con que los estados democráticos pretendían controlar el avance
de la Alemania nazi, que desde la ocupación de poder por Hitler en 1933 comenzó un programa no oculto
de incumplimiento del Tratado de Versalles y de la legalidad internacional que representaba la Sociedad
de Naciones (rearme, implicación en la Guerra Civil Española -en la que las democracias habían querido
imponer el principio de no intervención-, remilitarización de Renania, Anschluss de Austria, crisis de los
Sudetes e invasión de Checoslovaquia), quedó patente en la Conferencia de Múnich de 1938, y en última
instancia condujo a la Segunda Guerra Mundial.

Se inició con un antinatural pacto germano soviético (1939), y acabó con una alianza temporal entre los
aliados occidentales (liderados por EEUU) y la URSS. Esa circunstancia determinó la división de Alemania
y toda Europa en dos zonas de influencia separadas por un telón de acero (negociadas en la Conferencia
de Yalta, 1944, y la Conferencia de Potsdam, 1945) entre las que figuraban una serie de estados tapón
neutrales (Finlandia, Suecia, Suiza, Austria, Yugoslavia).

Guerra Fría

En la era posterior a la Segunda Guerra Mundial, se estableció una política de bloques en la que la paz se
mantenía gracias a un equilibrio del terror sustentado por la certeza de la destrucción mutua asegurada
(ambos bloques poseían el arma nuclear), y en la que la posibilidad de una guerra convencional limitada en
un escenario europeo había quedado descartada, por la decisión con la que ambos bloques enfrentaron los
conflictos que fueron surgiendo (el más grave: bloqueo de Berlín de 1948). El Bloque del Este (denominado
Pacto de Varsovia) quedó construido en la Europa Oriental ocupada por la URSS (y ampliado con violentos
conflictos en espacios alejados de Europa, el Tercer Mundo -China, Corea, Vietnam, Cuba-). Y el Bloque
Occidental (la OTAN) quedó construido en Europa Occidental, liderado por los EEUU y en el que se fue
formando y ampliando un fructífero proyecto de unión económica: el Mercado Común Europeo.

La distensión entre los dos bloques se expresó en la convocatoria de la Conferencia sobre la Seguridad y
la Cooperación en Europa (llamada de Helsinki, 1975), que reafirmó la intangibilidad de las fronteras
diseñadas en Yalta, aunque permitió la consideración de los derechos humanos como un punto clave en las
relaciones internacionales, lo que en la práctica significó un reconocimiento del papel de la disidencia en
los países del Este, que con el tiempo se demostró decisivo en la crisis de los regímenes comunistas.

El último episodio de la guerra fría en Europa fue una carrera de armamentos protagonizada por el
despliegue de misiles de alcance intermedio (llamados euromisiles: los SS-20 soviéticos y los Pershing
estadounidenses -quienes también desarrollaron el misil de crucero-). La Unión Soviética no estuvo en
posición de soportar el deterioro económico que le produciría la continuidad de tal incremento de gasto
militar, lo que contribuyó a su opción por una solución reformista (la perestroika de Gorbachov).

El año 1989

La caída del muro de Berlín en 1989 precipitó la disolución de los regímenes comunistas de Europa del
Este y de la propia Unión Soviética (1991), el fin de la política de bloques y el comienzo de un nuevo orden
mundial en el que la centralidad de Europa quedó cuestionada en beneficio de otros espacios, como por ej.
Oriente Medio y el área del Pacífico (en especial por la proyección de China y otros países emergentes).

Se puso en duda incluso la capacidad de la ampliada Unión Europea para gestionar por sí misma los asuntos
continentales, como demostraron las sucesivas crisis internacionales debidas a la descomposición de
Yugoslavia (Guerras Yugoslavas), en las que la intervención de EEUU fue la decisiva. El peso económico de
la Alemania reunificada no se tradujo en un liderazgo político continental, manteniéndose el denominado
eje franco-alemán frente a la posición del Reino Unido, más proclive al mantenimiento de su relación
especial transatlántica con los EEUU.

Para el mantenimiento o la restauración de tal equilibrio, los gobiernos deben estar dispuestos a
acciones de política internacional, desde las pacíficas (negociaciones diplomáticas, planteamiento de
conflictos o crisis diplomáticas, establecimiento, ruptura o modificación de alianzas) hasta las
agresivas (amenaza o uso de la fuerza, en distintas escalas hasta la guerra -que se suele definir en
tales términos como guerra justa, legítima defensa como respuesta a una agresión o guerra preventiva,
según el caso-); o al menos suelen justificar sus acciones como necesarias para tal objetivo.

BIPOLARIDAD, UNIPOLARIDAD Y MULTIPOLARIDAD

[Link]

La polaridad en relaciones internacionales se refiere a la distribución del poder dentro de un sistema o


estructura internacional, y por eso concierne a la naturaleza del sistema internacional en un determinado
momento o un determinado período de tiempo. La polaridad depende básicamente del número de centros
con capacidad de actuación basados en indicadores como la capacidad de manejo de la energía nuclear, la
capacidad de ataque o contraataque, la influencia en los organismos internacionales, la imagen-país y las
cuestiones culturales, etc.
Hay tres modalidades o presentaciones principales de la polaridad de un sistema internacional:
BIpolaridad, UNIpolaridad, y MULTIpolaridad. Un sistema es unipolar cuando existe un solo estado que
prepondera en términos de capacidades militares y económicas. Desde el fin de la Guerra Fría se estima
que ese único polo de poder se encuentra en EEUU. Esta situación es más común en las regiones. Es el
caso de África Occidental (donde Nigeria es el único polo), África Austral (donde lo es Sudáfrica), y
América del Sur, (donde lo es Brasil).

La bipolarización sobre todo designa el período de la Guerra Fría, dominada a nivel mundial por el
enfrentamiento entre las dos superpotencias de la época, y sus respectivos bloques. Por su parte, el
mundo multipolar actual se caracteriza por un conjunto de actores y relaciones de poder dentro de una
red de interacciones. Las relaciones de poder entre los distintos países determinan la estructura del
sistema, que de acuerdo al número de éstos puede ser multipolar, en el cual se agrupan todos aquellos
países con capacidades equivalentes. Aunque los países son políticamente autónomos, indudablemente sus
relaciones son cada vez más interdependientes. La actual estructura del sistema internacional es tal vez
Uni-Multipolar, ya que EEUU puede ser unipolar por su poder militar y político, pero el globo es multipolar
porque a nivel económico está dominado por potencias emergentes.

El equilibrio de poder multipolar ha sido el más común a lo largo de la historia, sobre todo en los sistemas
interestatales regionales. Europa en los siglos XVI y XVII, o durante la mayor parte de los siglos XVIII
y XIX, tuvo un sistema multipolar, aunque dejó de ser multipolar por períodos relativamente cortos,
cuando se producían guerras continentales que cambiaban las cosas a una configuración de dos grandes
alianzas militares polarizadas por polos antagónicos, como en el caso de las Guerras Napoleónicas (siglo
XIX), o durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial (siglo XX), situaciones que podrían ser de una
bipolaridad temporaria, y siempre que quede claro que esa situación de guerra y de alianzas realmente
haya alterado la polaridad del sistema regional.

¿”Potencia”?

El término "potencia" se aplica a los Estados o agentes de las relaciones internacionales que han
alcanzado una situación militar victoriosa o un estado de seguridad nacional que proteja su soberanía o
intereses estratégicos de cualquier desafío dentro del sistema internacional. El término "poder", en la
esfera internacional, también se usa para describir los recursos económicos y capacidades de un Estado.
Este uso tiende a conformar una definición cuantitativa —del tipo de las que usan los geopolíticos y
militares— donde las capacidades se entienden en términos tangibles y mensurables.

Independientemente de la "cantidad" de poder, es determinante la posición relativa de una potencia


frente a las demás en una “escala de poder” o jerarquía de potencias. Gran parte de la bibliografía sobre
el tema se dedica a decidir qué Estados alcanzan determinados niveles dentro de la clasificación de
potencias, y al establecimiento de criterios de medición del poder internacional como una variable.

Algunos autores hacen principalmente referencia a aspectos ligados a la capacidad de actuación o


capacidad de proyección de poder de una determinado país —potencia global, potencia continental,
potencia regional, potencia local, potencia o hegemonía en ciertas áreas—, alusión a la "dimensión" o
"tamaño" o "alcance" del poder en cuestión: hiperpotencia, superpotencia, potencia mundial, potencia
regional, potencia intermedia, potencia emergente.

El estatus que se atribuye a cada una de las naciones origina numerosas controversias. Y parte de los
problemas se relacionan con los diferentes criterios y definiciones utilizados para especificar cuáles son
las características de poder que deben ser consideradas. Las controversias sobre los criterios relativos
al poder real, involucran definiciones distintas de lo que debe entenderse por poder, y también sobre
cómo mensurar el mismo, y sobre cuáles son los elementos de poder (real e inmediato, o potencial) más
relevantes, y además, sobre qué jerarquización de importancia deben ser considerados. Simplemente no
hay consenso sobre estas cuestiones, y por tanto no puede establecerse una corriente teórica única o
principal ni en las relaciones internacionales, ni en cuanto a los estudios de geopolítica, ni respecto de los
estudios estratégicos.

Mundo Unipolar

Característica de una fuerza recíproca existente en un grupo de estados en una determinada región,
continente, o sistema internacional, en donde existe una única superpotencia polarizando ese sistema.
Esta situación es más común en complejos regionales, y mucho más clara por ejemplo en el caso de
América del Norte, en donde solo existe un único y preponderante centro de poder, EEUU.

Tras el colapso y fragmentación de la URSS, en la era post-Guerra Fría existió por cierto una clara
unipolaridad en el sistema internacional, ya que EEUU fue de hecho la única superpotencia visible, pues no
había entonces signos claros de algún otro importante centro de poder, con alguna capacidad de oponerse
a acciones orquestadas por los estadounidenses.

“Hiperpotencia” es un término acuñado por el diplomático francés Hubert Védrine en los ‘90 para
“caracterizar un período particular, los años inmediatamente posteriores al fin de la URSS”. Se ha usado
para referirse a la situación de EEUU en un periodo donde ya no había bipolaridad y, grandes potencias
como China, Francia, India, el Reino Unido y Rusia, ejercían solamente una influencia regional, mientras
EEUU proyectaban su poder sobre el planeta, constituyendo una potencia global. No obstante, ya en los
años 2010, Védrine estimó que el mundo estaba “asistiendo al fin del monopolio del poder por parte de
EEUU y de Occidente” y que EEUU había dejado de ser “la hiperpotencia que era hace veinte años”.

EEUU es el ejemplo típico por excelencia de primera superpotencia, es el ejemplo por antonomasia. La
influencia mundial de este país es incontestable en la mayoría de los dominios que seguidamente se
indican: económico, financiero, monetario, tecnológico, diplomático, geopolítico, energético, comercial,
militar, educativo, cultural, mediático, deportivo. En consecuencia y en mayor o menor grado, los
diferentes autores establecen sus ideas sobre lo que es el poder y sobre lo que es una superpotencia,
pensando en EEUU y en la hegemonía estadounidense sobre el sistema mundial. Y muchos son los que
tratan ese asunto con eufemismos.

Mundo Bipolar

Hay apenas dos grandes focos de poder. El caso más conocido y patente es el de la Guerra Fría, en donde
la oposición entre EEUU y la URSS BIpolarizó todo el sistema internacional, aunque por cierto, siempre
han existido otras potencias regionales con fuerte influencia regional o local. También sería el caso de
América del Sur sobre todo durante la primera mitad del siglo XX, cuando Brasil y Argentina eran los
principales polos de poder regional, con capacidad de polarizar todo el continente; en alguna medida
siguen siendo los dos grandes de esta región, aunque Brasil ha ganado terreno respecto de Argentina, y
otros actores sudamericanos también han aumentado su fuerza y su presencia.

Otro ejemplo puede ser Gran Bretaña y Francia en el siglo XVIII, el primero como defensor del
parlamentarismo y la democracia y el segundo como defensor del absolutismo y el Antiguo Régimen.
También África Austral durante el fin de los años 1970 y los años 1980, cuando Sudáfrica y Angola
lideraban entonces grupos opuestos en confrontación directa, caso Guerra de la frontera de Sudáfrica,
Guerra civil angoleña.
A lo largo de la historia, se pueden observar otros casos de bipolaridad, como el que existió en la región
del Mar Mediterráneo, en los siglos III y II a. C., cuando Roma y Cartago eran los dos principales polos
de poder de la región y competían entre sí (Tratados entre Roma y Cartago).

Mundo Multipolar

Es el actual de sistema internacional, en oposición al mundo bipolar o de la Guerra Fría, Así, en el rango de
potencias con notoria visibilidad desde la era post-Guerra Fría, continúa sobresaliendo EEUU, aunque la
lista se alarga además con la Unión Europea, China, Japón, y Rusia.

Cuando son consideradas regiones segmentadas, es posible encontrar correlaciones de fuerza más
típicamente tripolares, como por ejemplo en Asia Oriental, en donde lideran China, Rusia, y Japón. Europa
por su parte ha vuelto a una situación multipolar, presentando en Europa Occidental tres grandes centros
de poder: Reino Unido, Francia, y Alemania, además de Rusia en Europa Oriental.

También hay sistemas multipolares en el continente africano, así como en Asia y en Oriente Medio. En
este sentido, el mundo multipolar tiene como principales emergentes a los países que integran el BRICS,
que tienen un importante liderazgo regional en sus respectivos continentes. Aunque estos países están
produciendo importantes impactos regionales, muchos de países que también pelean por liderazgo regional
les impiden tener el poder absoluto, como por ejemplo Pakistán, en Asia, en contra del liderazgo de India.

En el aspecto financiero, los países BRICS, destacadamente Rusia y China, han buscado alternativas a la
hegemonía del dólar estadounidense para sus transacciones económicas y financieras internacionales.
Incluso países fuertemente aliados de EEUU, como Reino Unido, alguna vez han expresado preocupación
por utilizar la moneda estadounidense como única moneda de reserva.

Por otra parte, cuando se considera el conjunto del sistema internacional, puede reconocerse la
existencia de tres potencias globales con capacidad militar de actuación global y capacidad nuclear
significativa: EEUU, Rusia, y China. En contrapartida, el proceso de refundación de la Unión Europea
iniciado en 2017 cuenta con ambiciones multipolares dentro de una búsqueda de autonomía estratégica.
Así mismo, es probable que tras la pandemia de COVID-19 se acentúe la tendencia a la multipolaridad y a
la diversidad ideológica a nivel mundial.

Mundo Apolar

Casos donde no sea posible identificar un centro de poder relevante o principal. Fueron comunes en
regiones no organizadas en forma de estados, a lo largo de la historia de la humanidad, tipo Edad Media, y
también en períodos más recientes, en regiones pequeñas y aisladas donde no se lograron formar
verdaderos centros de poder local, o donde los mismos se formaron pero luego se desbarataron.

Regiones que podrían ser catalogadas como apolares, en la actualidad, se restringirían a zonas por ejemplo
de África Central, en la faja que va desde la República Centroafricana y República Democrática del Congo
(ex-Zaire), hasta Uganda, Kenia, Tanzania, incluyendo Ruanda y Burundi. Esta situación pudo darse porque
el principal centro de poder regional, el antiguo Zaire, se involucró en una guerra civil, con intervención de
varios otros actores regionales y extrazona, lo que acabó por desmantelar o descolocar las capacidades
político-institucionales de esa región, fragmentando además la proyección y la disciplina de las fuerzas
militares intervinientes.

De todas maneras, una situación de apolaridad completa y total, en la actualidad y en sentido estricto,
solamente existe en la Antártida.
PAUL KENNEDY Y EL DECLIVE DE EEUU

“Auge y caída de las grandes potencias”, Paul Kennedy, publicado en 1987.

Ludmila Golman y Nicolás Martín Alesso, marzo de 2019

Paul Michael Kennedy (Wallsend, 1945) es un historiador británico especializado en la relaciones


internacionales y en el concepto denominado grand strategy, publicando libros destacados sobre la
historia de la política exterior británica y las luchas y el equilibrio entre potencias.

[Link]

“Auge y caída de las grandes potencias”, 1987, se enmarca en la perspectiva neorrealista e historicista.
Propone que el poder económico y militar han sido los pilares del ascenso y establecimiento de los estados
que entre los siglos XVI y XX se hicieron en las potencias “número uno”, lo que ha permitido la expansión
de sus intereses y compromisos. Pero cuando el poder económico pierde fuerza por la erosión provocada
por las dinámicas del sistema global, sumado a una excesiva extensión imperial, el poder militar también
es afectado y mermado, causando el declive. Así, enfocado en Washington, el autor proveyó sustento
histórico, así como variables teóricas, no para predecir el fin inminente de EEUU como potencia, sino su
progresiva decadencia en las próximas (o actuales) generaciones.

Su siguiente trabajo fue publicado en 1993. “Hacia el siglo XXI”, luego del fin de la Guerra Fría y
enfocado principalmente en EEUU, planteaba nuevos desafíos dentro de la estructura del sistema
internacional; los cambios demográficos, tecnológicos y medioambientales, así como el debate entre el
declive o el renacimiento de la potencia norteamericana, manteniendo en este punto el eje de análisis
entre sus rasgos internos, su política exterior y los movimientos en la atmósfera del sistema global.

“La fuerza existe, pero está siendo socavada por una combinación de debilidades: un millar de heridas que
nos resulta difícil curar”. Chancellor, 1990, citado por Paul Kennedy.

Estados Unidos y su relativa decadencia: el problema del “número uno”

Respecto a Washington y su despliegue internacional, la idea de excepcionalismo norteamericano es una


fuerza profunda estructurada por componentes culturales, institucionales y materiales que han forjado
su identidad nacional, ayudado a construir su política exterior y condicionado en gran medida todos los
escenarios internacionales del siglo anterior y el presente.

El debate sobre el declive (o no) del poder estadounidense abarca una extensa literatura desde el siglo
XX hasta nuestros días. Por ejemplo, Lippman (1943), uno de los primeros autores en abordar el asunto,
criticó la dirección que estaba tomando la política exterior norteamericana, extendiendo progresivamente
sus compromisos alrededor del globo y fallando en reajustar el balance entre estos y el poder nacional.

Tiempo después, desde los ‘60, esta corriente se hizo mayor, tomando como referencia las dinámicas que
estaban sucediendo en Washington y el resto del globo: la paridad nuclear con la URRS y la destrucción
mutua asegurada, el shock petrolero de 1973, la pérdida proporcional en la participación de la producción
mundial, los nuevos actores financieros y económicos transnacionales, el crecimiento económico de Japón
y Europa occidental, por nombrar algunos. Puertas adentro, la sociedad reflexionaba (y discutía) sobre el
síndrome de Vietnam, problemáticas productivas (como la migración de compañías nacionales a países con
menores costos de producción, como México), el sobrecargado gasto público durante la segunda Guerra
Fría de Reagan, endeudamiento externo, déficit presupuestario y carga tributaria, entre otros.

Ash (2008) sostiene que EEUU ha estado envuelto en una “guerra civil cultural” desde hace décadas, y
que no sólo abarca posturas partidarias, sino también asuntos sociales, económicos, religiosos, étnicos y,
por supuesto, de política exterior. Este proceso es tal que Buchanan lo definió como “una guerra cultural
(…) por el alma de Norteamérica” (Ash, 2008). Desde la post Guerra Fría, algunos de los hitos enmarcados
en esta idea ocurrieron durante el ascenso y consolidación de los “neocons” durante las presidencias de G.
W. Bush hijo o la administración Trump, demostrando una profunda discusión sobre la identidad, misión e
intereses de la política exterior.

Frente a este panorama, Kennedy define la realidad de la política exterior actual de EEUU como de
“excesiva extensión imperial” (1994), y permanece vigente. Adicionalmente, serán propuestos otros
conceptos del autor que se ajustan al complejo presente de Washington.

La excesiva extensión imperial

A lo largo de la historia, y en los días presentes, las fuerzas profundas le han dado a EEUU una identidad,
una misión y la necesidad de un enemigo: los tres ejes determinantes esenciales en su política exterior.

Se puede afirmar brevemente que sus características primigenias (como, por ejemplo, la doctrina
puritana de la predestinación) llamaron a EEUU a ser “la” -y no sólo “una”- luz en la oscuridad del mundo,
como la metáfora de Winthrop de la “ciudad sobre un monte”. Esta “luz” fue incluyendo los conceptos de
democracia, valores estadounidenses y capitalismo, entre otros. Así, a menudo Washington necesitó un
enemigo (visto como el mal desde el discurso moral) para actuar en empresas más allá de su territorio y
así desplegar sus intereses. En otras palabras, es imposible que se considere a sí mismo como policía
global sin tener un enemigo que amenace al mundo.

En la Guerra Fría, EEUU desplegó una serie amplia compromisos alrededor del globo con el fin de
contener el avance del comunismo y fortalecer su posición e intereses. Estos compromisos fueron
tomados en tiempo de crecimiento económico sostenido. No obstante, después de lo descrito en los
párrafos anteriores, se volvieron demasiado costosos para Washington. Así, una “excesiva extensión
imperial” brevemente se define como la situación en la que la suma total de los intereses, compromisos y
obligaciones globales del país “es mucho mayor que su capacidad para defender todos simultáneamente”.
Actualmente y de forma similar, Walt (2019) afirma que EEUU está sobreextendido.

Kennedy asumió que estos compromisos tenían tres orígenes. Algunos de ellos fueron tomados al ser
heredero del liderazgo global de la superpotencia previa; algunos nuevos fueron contraídos por “lo que
parecían razones muy plausibles en el momento”; y otros, sólo eran circunstancias apremiantes. Por tanto,
varios “decision-makers” sostuvieron que, en algunas partes del mundo, sus intereses pueden parecer más
costosos “de lo que eran hace unas décadas”.

Siguiendo esta idea, luego del colapso de la URSS, Washington emergió como la única superpotencia,
inaugurando un orden hegemónico. Sin embargo, después de la victoria, la economía tuvo que ser saneada
por el enorme gasto del proceso, lo que explica principalmente la victoria de Clinton sobre Bush padre,
centrando la atención en los problemas internos de la nación.

Clinton propuso como ejes el compromiso selectivo y la diplomacia preventiva, destacando la necesidad de
enfoques multilaterales en algunos asuntos. Pero cuando un país como EEUU otorga una gran cantidad de
recursos a la credibilidad, “se verá tentado a actuar en lugares que no importan, para convencer a otros
de que actuará en lugares que sí lo hacen” (Walt, 2019). A decir verdad, en los ‘90, los costos (no solo
económicos) pagados en las experiencias en Somalia y Haití, o las consecuencias (no tan) colaterales de
las operaciones en los Balcanes, son ejemplos convincentes. De esta manera, no todos los compromisos
pueden cancelarse y algunas retiradas tienen mayores consecuencias que quedarse y pagar los costos.
Otro punto es que, con la desintegración de la URSS, el mayor enemigo había desaparecido y no había una
nueva amenaza de alto nivel en el horizonte, al menos en términos militares. Pero a principios del siglo
XXI apareció una nueva amenaza: el terrorismo islámico y (algunos de) los Estados que lo patrocinan.

En resumen, este enemigo nuevo y no tradicional hizo lo que la URSS no podía hacer. Los ataques del 9/11,
provocaron que EEUU se involucrara más en la lucha actual en Medio Oriente. El gobierno de Bush lo llamó
“una cruzada” contra el mal, para difundir la democracia en una región “asombrosamente resistente a una
cualquier opción simple [de Washington]”, además de la dificultad histórica para un gobierno de lograr
“una política coherente y a largo plazo” allí (Kennedy, 1994: 628-629). Además, y según Walt (2019), los
Estados que proponen una ideología universalista “son especialmente propensos al exceso de compromisos
porque creen que sus principios políticos son válidos en todas partes”; esta creencia, sumada a un poder
unipolar, hace que EEUU sea “vulnerable a la arrogancia. Y con la arrogancia viene la tendencia recurrente
a hacer tonterías”. En el nuevo milenio, Washington asignó recursos nacionales a niveles históricos para
las nuevas guerras, intereses y compromisos.

En 2009, la sociedad estadounidense expresó que la crisis económica era más importante que Afganistán
e Irak, por lo que John McCain perdió las elecciones contra Barack Obama (no es la única explicación a la
victoria del candidato demócrata, pero configura una de las causas principales). De nuevo, como en los ‘90,
los problemas económicos causaron (en gran medida) que un veterano de guerra perdiera contra una nueva
generación de políticos jóvenes. Pero el gobierno de Obama no pudo retirarse de Afganistán ni de Irak.
Además, en 2011 intervino en Libia y en 2014, en Siria.

La presidencia de Trump y la introspección estadounidense

Resumiendo, las superpotencias, a menudo, han sido tentadas a asumir nuevas cargas ambiciosas y
extender su influencia a regiones más distantes mientras es mucho más fuerte que otros. Como se dijo
anteriormente, cuando Washington aun disfrutaba de su momento unipolar, proyectó nuevas misiones y
comenzó a extender garantías de seguridad.

Donald Trump desde 2017, comenzó gradualmente un giro introspectivo. Hacia el vecindario, por ejemplo,
definió su política a través de sus constantes ataques contra lo que representa la cultura mexicana y, por
extensión, latinoamericana. Planteó la ampliación y el fortalecimiento del muro en la frontera con México
para detener la migración ilegal y controlar el narcotráfico. Su campaña electoral avivó con éxito la idea
tradicional de que los inmigrantes, especialmente los indocumentados, representan maldad y peligro, al
nivel de considerarlos “animales” (USA Today, 2018). Ya en Washington, Trump continuó asociando los
males nacionales (incluidos desempleo crónico, crimen y terrorismo) con los extranjeros portadores de
“valores antiamericanos”.

En la campaña electoral de 2016, Make America Great Again fue el eslogan que abrazó las promesas
proteccionistas hechas por Trump. Algunas, además de la construcción del muro, fueron el final del
Obamacare, las prohibiciones de viaje, la deportación de indocumentados, la derrota de Daesh, la justicia
conservadora de la Corte Suprema, los recortes de impuestos, la creación de empleos, el fin del tratado
con Irán, revisión del papel de EEUU en la OTAN, la inversión para reconstrucción de la infraestructura
nacional envejecida, deshacerse del TLCAN y el TPP, la elección libre de escuelas y el fin de los Common
Core Standards en educación, entre otros.

Kennedy vio que el triunfo de cualquier gran potencia en un período, o el colapso de otra, ha sido
generalmente la consecuencia de una larga lucha de sus fuerzas armadas, y la utilización más o menos
eficiente de sus recursos económicos productivos en tiempos de guerra, de forma en que la economía
había estado creciendo o disminuyendo, en relación con las otras naciones líderes. Se puede afirmar que,
actualmente, EEUU -especialmente durante la presidencia de Trump- encaja en esta perspectiva. Como se
dijo anteriormente, las grandes potencias decaen debido a su sobreextensión imperial y Trump no está
buscando expansión en este momento, tal vez tratando de no pagar mayores consecuencias por el exceso
de compromisos. La retirada de tropas de algunos territorios de Medio Oriente es el ejemplo más claro.
Incluso, el anuncio de que sus tropas tenían entre sesenta y cien días para abandonar el territorio sirio
muestra una retirada apresurada.

Pero este tipo de retirada de ciertas áreas no es solo militar. Varios analistas sostienen que Trump volvió
al proteccionismo ante las amenazas reales del orden global neoliberal para los EEUU. En consecuencia,
con Trump como presidente, se auguró una menor tasa de comercio e inversión con algunas regiones. De
hecho, varios factores muestran estar combinados en este sentido: la “guerra económica” contra China o
la suspensión de acuerdos, como el Transpacífica -TPP- (que contemplaba la reducción de las barreras no
arancelarias, la armonización regulatoria y la creación de nuevos estándares para coordinar el comercio
digital) y la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte –TLCAN-.

Así, se aviva el debate sobre el declive o el renacimiento de la gran potencia actual. Sin embargo, más allá
del concepto de sobreestiramiento, es necesario observar la estructura del Sistema. De acuerdo con
esto, hay dos poderes que se levantan y desafían sus capacidades: Moscú y Pekín. El primero no es un
adversario económico, sino geopolítico, especialmente en algunos escenarios. Putin, desde principios del
nuevo milenio, ha resucitado la presencia rusa en el escenario mundial después de su casi desaparición en
1991. Casi dos décadas después, algunos analistas consideran la retirada de Medio Oriente como la
derrota de la Guerra Fría (Milbank, 2018), debido en parte al auge geopolítico ruso. Por otro lado,
Washington está alarmado (Velasco y Baños, 2019) por sus inminentes posibilidades de perder su
supremacía en la esfera económica debido al crecimiento de China. En este sentido, no es nuevo plantear
que uno de los objetivos de Beijing es convertirse en la principal potencia económica en 2030.

Washington está virando de un comportamiento inter- nacionalista a una actitud introspectiva, tratando
de enfrentar la “prueba de longevidad” que acontece a “todas las grandes potencias que ocupan la posición
de ‘número uno’ en los asuntos mundiales” (Kennedy, 1994: 627).

Reflexiones finales

Este desafío de longevidad tiene dos variables. Por un lado, Washington necesita revisar sus objetivos
militares y estratégicos y ver si puede sostener “un balance razonable entre los requisitos de defensa
percibidos de la nación y los medios que posee para mantener esos compromisos” (Kennedy, 1988: 514).
Por otro lado, deben ser las bases tecnológicas, de desarrollo y económicas de su poder preservadas de la
“erosión relativa” de los patrones de producción globales.

Vale preguntar si EEUU se dirige a ser simplemente algo más que un país desarrollado normal; de ninguna
manera, al menos no todavía. La nación norteamericana sigue siendo la economía más grande del mundo en
términos tradicionales y, aunque sus laureles serían ocupados por China en las próximas décadas, sus
recursos militares (armamento, fuerza y despliegue), sus compromisos y su diplomacia siguen estando
lejos de cualquier otra potencia. Pero la erosión del poder y la influencia es un verdadero desafío.

El colosal esfuerzo nacional en los ’80 ayudó a lograr su objetivo: la victoria en la Guerra Fría. Pero el
esfuerzo desproporcionado realizado desde 2002 no tiene resultados claros (excepto algo de sabor a
derrota), y la retirada gradual de Medio Oriente, que ya se planteó con Obama, además de no verse una
transferencia estratégica de recursos y atención a otra región (por ejemplo, para Washington, Venezuela
es un “movimiento” en el tablero, pero no un “juego”), predice que EEUU comienza un nuevo período de
introspección y, en su política exterior, una nueva fase de participación selectiva, aunque la retórica
seguirá siendo la misma al menos durante la administración Trump.

La Casa Blanca se encuentra hoy marcada por la personalidad del presidente, por lo que será prudente
esperar el cambio de ocupante para observar cuán profundo y complejo es este proceso, sin mencionar los
cambios en el sistema global. Para Kennedy (1988), la posibilidad de que EEUU deje de ser el número uno
es un hecho, pero tiene una parte de inescrutabilidad. Es por eso que delega en el liderazgo nacional, los
tomadores de decisiones, la responsabilidad de adaptarse a los cambios en la estructura del sistema para
sobrevivir a la erosión de su poder o, al menos, frenarla, evitando caer en la lucha burocrática interna. Sin
embargo, también es extremadamente difícil, incluso en este siglo, modificar aquellas ideas anquilosadas
que son culturalmente ciegas.

En resumen, a pesar de la hegemonía en los ‘90 y principios del siglo XXI, las “incertidumbres sobre el
papel global propio de EEUU” (Kennedy, 1998: 444) tienen un horizonte cada vez más amplio. Una de ellas
puede ser si los tomadores de decisiones de Washington continuarán negando el declive o si optarán por
la transformación. Y, si sucede lo segundo, ¿está EEUU dispuesto a transformarse para seguir siendo la
potencia número uno? La historia americana, la sociedad y el liderazgo tienen que decidirlo.

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