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Al Otro Lado de La Mirada

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Al otro lado de la mirada

Carmen Vidal
Título: Al otro lado de la mirada
© 2019, María del Carmen Vidal Paredes
© Del libro y de esta edición: María del Carmen Vidal Paredes
:
1ª edición
Todos los derechos reservados

Queda prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la
reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento.
A Irene, guerrera amazona, por abrir una ventana en mi mundo y dejar entrar el aire fresco.
Índice
Praga
El refugio
La playa
El sueño
La cólera
Pilar Ortega
La Plaza de Abastos
Bar Tortuga
La historia
El cuerpo
La Comisaría
Un paso adelante
El beso
Marcos
El comienzo
La cruzada
Al otro lado de la mirada
Anotaciones
Praga

Los días fríos y lluviosos como el de hoy, en los que la humedad se adueña de los huesos y ya
tienes la certeza de que se quedará ahí durante el resto del día, hacen preguntarme cuánto tiempo
más permaneceré en Praga.
Son días llenos de nostalgia, en los que tus raíces tiran con un hilo invisible muy fuerte de ti, y
una voz suena martilleante en tu cabeza, «¡vuelve a casa Inés!»
Sigo anclada en esta preciosa ciudad, mientras camino por el casco histórico, designado
Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, desde 1972. Es como adentrarse en un típico cuento
de hadas, repleto de edificios con una arquitectura llena de detalles, rica y variada. Dicen que la
historia de Praga comenzó con la construcción de su castillo, en el siglo IX, la mayor fortaleza
medieval del mundo. Si impresiona hoy día tenerlo delante, no puedo ni imaginar cómo sería años
atrás, en una época en la que todas las demás edificaciones eran mucho más humildes e
insignificantes de las que puedes encontrar hoy en día a su alrededor, bellos palacios señoriales e
iglesias entre otros monumentos.
Mientras camino hacia el Café Jedna, intento vislumbrar lo que habrán visto esos
impresionantes muros de piedra, como el origen de la leyenda del Staroměstský orloj, el reloj
medieval astronómico más famoso del mundo, construido en 1410, por el maestro relojero Hanus
y perfeccionado por Jan Taborsky en el siglo XVI. La leyenda cuenta que para que fuera único en
el mundo y Hanus no pudiera duplicarlo en ningún otro lugar, los ediles decidieron dejarle ciego.
Su ayudante Jakub Čech para vengarlo, introdujo una de sus manos en el mecanismo para que el
reloj dejase de funcionar, a costa de quedarse manco. Desde entonces se cree que, si alguna vez el
mecanismo se parase, traería la mala suerte a la ciudad. Es una región verdaderamente llena de
rincones curiosos donde gracias a sus gentes agradables y hospitalarias, es fácil hacer amigos; aun
así… sigue sin ser mi hogar.
Hoy el Café Jedna está bastante tranquilo. Es un local muy amplio, de techos altos que le
otorga un aspecto despejado; está decorado con un estilo minimalista e industrial. Si a esto se le
añade el toque fresco que le dan los cuadros creados por pequeñas plantas con diferentes
tonalidades de verdes, que adornan sus paredes, se convierte en un lugar estupendo para hacer una
parada y reponer fuerzas; el café es cremoso y la tarta de zanahoria, perfecta en textura densa y
suave, siempre es un buen recurso para los días que necesitas un poco de dulzor extra.
Es increíble cómo han pasado los meses, parece que fue ayer cuando mi amiga Paula me habló
de una oportunidad que había surgido y que podría interesarme. Se trataba de un puesto de trabajo
el cual se había generado con fondos europeos, para hacer prácticas en el departamento de
administración, en las oficinas de la Galería Nacional de Praga.
La idea de moverme de Sevilla, de salir de mi letargo, me llenó de ilusión de inmediato, un
sentimiento que tenía más que olvidado por aquel entonces. La monotonía de la oficina en donde
trabajaba, con un contrato por obras y servicios, desde luego no me motivaba en absoluto. Probar
suerte en otro lugar, fuera de mi entorno obligándome a salir de mi zona de confort, sin lugar a
dudas me pareció una opción muy acertada en esos momentos.
La motivación con la que llegué a Praga me ayudó a integrarme rápidamente desde el primer
día, lo que facilitó poder coger el ritmo de la dinámica de trabajo en la primera semana. Aquí
desde luego se va a la oficina para trabajar, saben diferenciar muy bien los tiempos, el de las
responsabilidades y el del ocio.
Los días volaron y el periodo de prácticas finalizó antes de que me diera cuenta, así que tuve
que volver a replantearme qué hacer con mi vida. Y ahí sigo; mientras tanto, he aprovechado unas
clases que me han salido para impartir español, en un aula improvisada y bastante cómoda, en
dónde me estoy tomando el café cremoso y el extra de azúcar… el Café Jedna.
Mientras contemplo la espuma en la taza que sostengo entre mis manos, para entrar en calor,
siento que estoy cansada de estar aquí; ha sido una estancia positiva, pero con altibajos y ya se me
está antojando larga.
He de reconocer que al principio todo parecía ir de maravilla: un trabajo que mejoraba mi
currículo, buen sueldo y vivir con mi amiga Paula parecía el plan perfecto. Si a todo esto le
añades lo inspirador que resulta conocer a gente de diferentes países, con los que interactuar e
intercambiar pensamientos, compartiendo momentos llenos de risas y compañerismo, es una
experiencia totalmente enriquecedora.
La vida puede regalarte las amistades más insospechadas en los lugares que menos podrías
esperar. Siempre me ha llamado la atención, conocer a alguien que procede de una parte del
mundo lejana a ti y ser sólo suficiente un par de horas de conversación para darte cuenta de que
tenéis más cosas en común que cualquier vecino de tu localidad. Curioso.
Una noche fuimos a un concierto en una sala de fiesta ubicada en uno de los cientos de
antiguos y pintorescos edificios de la ciudad. Tocaban varias bandas urbanas y allí, pegando
saltos en un intento imposible de coger el ritmo, vi por primera vez a Bowie: un chico de Carolina
del Norte lleno de energía, rubio con el cabello largo alborotado que movía al ritmo de la música;
tenía una sonrisa increíble que te dejaba sin aliento, con dientes blancos y perfectos.
Me llamó la atención en cuanto lo vi. Era el alma del lugar, o por lo menos eso parecía
creerse; daba la impresión que conocía a todo el mundo. En un momento de la noche, me miró, se
acercó a mí y ya no volvió a separarse hasta la mañana siguiente. Me engatusó de tal marera que
llegué a creer cada palabra que salía de su boca. Estaba completamente colada por él. Pasábamos
los fines de semana metidos en su apartamento… conociéndonos mejor, mientras escuchábamos
canciones como “It Ain´t Over ´Til it´s Over¨, de Lenny Kravitz…. Maravillosa.
Lo malo fue cuando descubrí que era un patrón que repetía constantemente.
Le encantaba compartir esa energía con demasiadas chicas; nos hacía sentir únicas e
increíbles, hasta que sus ojos y su interés se posaban en alguien nuevo, también único e increíble,
que le aportase algo diferente. Hay muchos vampiros de su especie por ahí sueltos, de los que se
alimentan de tus emociones hasta que ya tienen suficiente. Se familiarizan tanto con ellas, que las
ganas y el entusiasmo se van volatilizando.
No sé por qué nos empeñamos en decir que controlamos situaciones cuando realmente se nos
están yendo de las manos. Quizás necesite más practica o quizás soy un caso perdido.
Bowie, trabaja cerca de la Galería Nacional, en un despacho de abogados y suele pasarse por
la cafetería casi a diario, no para verme a mí, más quisiera yo, viene por la comida y muchas
veces, demasiadas, acompañado de alguna amiga nueva.
Nuestra relación es estupenda, por lo menos eso se cree él. Somos grandes amigos, esto
también se lo cree él. El caso es, que cada vez me cuesta más verlo. Ha sido una transformación,
de un amor apasionado a el dolor producido por su falta de interés. Ahora sólo siento rabia.
«¿Cuándo llegara la indiferencia?» —pensé. Mientras espero, los días siguen pasando y siento
que el punto de inflexión debe estar a punto de llegar.
Con estos pensamientos rondando por la cabeza, me doy cuenta de que son casi la una de la
tarde y mi último alumno de hoy se ha marchado hace ya un buen rato. Este es un trabajo cómodo
para mí ya que no me supone prácticamente ningún esfuerzo, pero no gano lo suficiente… no tanto
para alguien que tiene que llegar a fin de mes, aunque comparta todos los gastos con Paula.
Mientras guardaba el portátil en la mochila, lo vi entrar por la puerta y una capa gris de
tristeza veló mi mirada.
—Hi Inés, ¿hoy te vas antes?
Me costó dejar de mirar su sonrisa mientras se esforzaba en hablar el español que yo le había
enseñado meses atrás, como por ejemplo mientras almorzábamos en las islas jardín del río
Moldava. Extendíamos una manta sobre la hierba y, nos solíamos llevar una botella de vino,
diferente cada vez, para jugar a encontrar la que más nos gustase de todas. Eran tiempos en los que
pensaba que no necesitábamos nada más y con la seguridad en mi interior de que todo aquello
duraría para siempre. Ahora comprendía lo equivocada que estaba.
—Hola Bowie, si tengo cosas que hacer —dije aparentando normalidad.
Allí estaba, el que hacía que mis días fueran buenos o malos dependiendo de las veces que me
lo encontraba. El que me enseñó la verdadera magia de la ciudad, mientras me besaba en cada
rincón de las callejuelas estrechas del Staré Mĕsto, la ciudad vieja.
—¡Look!, she is Rania —dijo mientras pasaba su brazo por la cintura de una pelirroja
despampanante —¡Resulta that… nosotros… have met again! Coincidimos hace años in Lisbon in
a… course on international law.
La miraba como si no hubiera nadie más en ese lugar. Madre mía, no podía soportarlo. Rania
es un nombre que proviene del árabe y significa encantadora, preciosa y reina... desde luego
podría haberlo sido perfectamente.
—Nice to meet you —murmuré mientras salía de allí antes de que pudieran decirme una sola
palabra más.
Comencé a andar sin rumbo, y cuando me di cuenta estaba sobre el Puente de Carlos, el más
antiguo de la ciudad, escoltada por sus 30 estatuas de piedra que contemplaban el río Moldava,
con sus Islas jardín donde Bowie y yo habíamos desconectado tantas veces del bullicio de la
ciudad. «Que hermosa es Praga» Al mirar hacia un lado tropecé con la imagen de San Juan
Nepomuceno. Por lo que me contaron, si pones la mano izquierda en la base de la estatua,
cualquier deseo que pidas te será concedido. Cerré los ojos y formulé en silencio el mío. Al
abrirlos, una lágrima furtiva y falta de fe, cayó por mi mejilla.
Sin pensarlo y de forma instintiva, saqué mi colgante de aguamarina y miré a través de él. Es
una piedra muy especial para mí y siempre procuro tenerla cerca. Me la regalo mi madrina María
cuando apenas tenía 10 años y parecía que en su interior se concentraba toda la fuerza y energía
que ella poseía.
—Llévala contigo Inés, te protegerá —me dijo mientras me abrazaba.
Me recuerda al mar, a mi mar, al de niña. Al que sana las penas y da abrazos profundos que te
limpian el alma.
«¿Qué hago aquí?», me dije.
Ese día hice las maletas.
“La soledad es el imperio de la conciencia”
Gustavo Adolfo Bécquer
El refugio

Seguro que conocéis esa sensación tan agradable que provoca meter los pies en la blanca y
fina arena, buscando el calor retenido por las horas de sol, mientras contemplas el horizonte y
sientes que te vuelves invisible; sólo tú y el océano.
Mis recuerdos siempre emergen en este lugar. Doy saltos sin orden en la línea del tiempo, de
las vivencias del pasado a cómo me catapultarán hacia el futuro… del futuro incierto al presente,
donde me encuentro, intentando visualizar los distintos caminos que podría tomar. Caminos desde
donde crear un nuevo comienzo.
Volví a España hace un par de semanas. Siempre es agradable volver a casa mientras ésta siga
siendo una zona de confort.
Tengo un pequeño estudio en el barrio León, en Triana, con una hipoteca casi pagada. El salón
es lo suficientemente amplio para poder quedar con amigos y pedir sushi mientras vemos una
película que nos haga reír o llorar. En el único dormitorio que tiene, hay una cama bastante
cómoda y una estupenda bañera para los días que necesitas sumergirte. Sevilla es una ciudad
preciosa y, las estaciones del año en ella suelen ser muy suaves si exceptuamos el mes de agosto,
en el que la temperatura puede superar con facilidad los 40ºC durante las horas más calurosas del
día. Cuando llega la primavera el olor de los naranjos entra por el pequeño balcón del salón,
pudiendo tocar casi las ramas con la punta de los dedos si alargas los brazos.
Es curioso como el olor a azahar puede transpórtame al pasado, a la niñez… por lo menos a la
mía. Es verdad que el olfato consigue llevarte a lugares que otros sentidos no lo hacen. Recuerdo
el comienzo del cambio estacional, camino al colegio, como la calle se iba transformando día a
día en un manto de flores, con una esencia inconfundible, dejando atrás los días grises del
invierno.
Sevilla es mi hogar, mi casa, donde he vivido casi toda mi vida, donde está mi familia y la
mayoría de mis grandes amigos, pero necesitaba un poco más de soledad, así que tardé poco en
coger el coche y en poco más de dos horas llegué a mi refugio. Ese lugar donde te sientes segura,
donde entras por la puerta y todo lo malo se queda fuera. Todo duele menos. Es más fácil
visualizar las posibles opciones y los problemas parecen perder fuerza.
Me encanta este piso, realmente también lo siento mi hogar. Siempre depende de ti el valor de
las cosas y, cuando toda la familia apuesta por el mismo valor, se crean espacios únicos, seguros e
incorruptibles.
Parece que las risas de mis hermanos siguen sonando por el pasillo. Parece que huelo en la
cocina el guiso de mi madre, con su delantal y tatareando alguna canción. Nunca se sabía las
letras, así que para qué cantarlas mal. También es curioso como tendemos a quedarnos sólo con
los buenos recuerdos. De vez en cuando se asoma alguno menos agradable al que miramos de
reojo. Esa caja no se abre.
Hoy es uno de esos días en los que necesito aclarar mis ideas y decidir un nuevo rumbo, desde
aquí, oliendo a mar. Sintiendo la humedad de la bruma que ha aparecido sin avisar y va avanzando
hacia la orilla, con intención de borrarlo todo a su paso. Se va cerrando el parámetro que me
rodea… disminuyendo poco a poco; se estrecha el área creando un espacio que se me antoja
mágico, íntimo… Sí, sólo el océano y yo.
La playa

Cádiz tiene una luz especial, una que te llena el alma de energía, de calma, de paz. Un paseo
en otoño por la orilla, sintiendo la suave brisa revolotear por el cabello… Sumado al mar, ese
mar que una vez rompe la ola, llega a tus pies casi con ternura, suavemente, como una caricia que
lo cura todo. Es mi mejor y más eficaz medicina.
A esta región la llaman la Costa de la Luz; lo que no saben es que es una luz sanadora, una luz
que en los amaneceres hasta las sombras no lo son, ya que se tornan anaranjadas y, en los
atardeceres el cielo se transforma en un universo de relieves, con capas superpuestas de tantas
tonalidades que, una vez que lo contemplas, vuelves al día siguiente con la necesidad de más. Este
lugar es mágico, no puede ser de otra manera.
En este preciso momento, tengo justo lo que necesito: mis pies descalzos buscando calor en el
interior de la tierra, ropa cómoda y el horizonte.
La bruma ha desaparecido con la misma rapidez con la que llegó. Miro al cielo despejado y
siento que es un lugar hermoso, apacible. El ruido de las olas, acompañado por el hablar de los
alcatraces, gaviotas y pardelas cenicienta, te hace sentir completamente en contacto con la
naturaleza, produciendo una intensa sensación de bienestar.
Mientras contemplaba como una pequeña pardela se zambullía buscando la suerte, una voz
inesperada me sobresalto, sacándome de mi ensimismamiento.
—Hoy hace un día precioso. Hace una temperatura muy agradable, ¿verdad?
Me miraba detenidamente, como si buscase algo en mí. Era una chica de unos 25 años, de
cabello oscuro y rizado. Sus ojos, de un verde grisáceo, me recordaban a alguien.
—Sí, hay que aprovechar las horas de sol… con el atardecer ya refresca —dije volviendo la
mirada hacia el horizonte.
Seguí mirando al mar, con los brazos rodeando mis piernas, intentado volver a mi mundo
secreto de sensaciones, pero ella se quedó allí, a mi lado, lo que me hizo sentir un poco incomoda.
No es que no me guste la gente, pero debo reconocer que necesito mi espacio, y en ese
momento parecía como si alguien lo estuviese invadiendo. Era mi momento de paz, de estar
tranquila, de escuchar lo que te regala los sentidos.
Se sentó a mi lado. «Vaya, esto va a más», pensé.
Un pequeño perrito blanco con suaves motas negras y marrones se acercó juguetón hasta la
orilla, después salto nervioso hasta ella, hundiéndose en su regazo buscando caricias.
—¡Bowie, para! —rio a carcajadas —¡me estas mojando!
—¿Bowie? —sin darme cuenta lo había dicho en voz alta, con un tono entre divertido e
incrédulo.
—Sí, se llama Bowie. Es de mi hermano, debe andar por aquí. —Se volvió mirando a su
alrededor.
Realmente creo en las señales y no sé si calificaría como señal que esa pequeña e inquita bola
de pelo se llamase igual que mi exnovio. Fuera lo que fuese, me divertía más que cualquier otra
cosa, algo que agradecía… un poco de buen humor.
Al mirar atrás, vi a un chico moreno acercándose sonriendo y a la vez con el ceño un poco
fruncido. Sin poder evitarlo sentí un calor repentino que me subía desde el estómago hasta
depositarse en las mejillas, sintiendo que mi rostro se encendía. Era Marcos… Cuando éramos
adolescentes, en la temporada de verano, bajábamos a la playa por el mismo sitio y lo observada
desde la distancia. También, solíamos coincidir en alguna que otra barbacoa en casa de alguna
amiga que tuviéramos en común. Siempre me había gustado en silencio, porque nunca pensé que
podría estar interesado en mí, la verdad. Él jugaba en otra liga, o por lo menos eso había pensado
siempre.
Recuerdo lo nerviosa que me ponía cuando aparecía y el esfuerzo que me suponía que no se
me notara. Sentía que temblaba y realmente nunca he sabido si era cosa mía o los que estaban a mi
lado también lo notaban. Nunca he vuelto a sentir ese estremecimiento.
Los amores adolescentes nunca se olvidan. Las emociones aparecen sin previo aviso y te
embullen completamente.
Se dirigió hacia la chica que estaba sentada a mi lado.
—Te he estado llamando, me tenías preocupado —dijo recriminándola con la mirada.
Aunque se le había endurecido el rostro, debo reconocer que me seguía impresionando… Esos
preciosos ojos verde grisáceos…
Llevaba un jersey de cuello de pico, azul marino, unos vaqueros un poco gastados que le
quedaban estupendamente y una correa de perro en la mano. Contuve la respiración por un
momento.
La chica que seguía sentada a mi dado lo miraba quitándole importancia a su queja.
—Estoy bien, no te preocupes, la noche no ha sido mala. —Ella le extendió la mano y él la
ayudo a levantarse; se sonrieron y entonces me miraron.
—¡Hola! – me sonrió. —Hace siglos que no te veía por aquí. Creo que hará más de 10 años,
por lo menos, desde que te vi pasear por la playa la última vez.
Me quede embobada mirándolo sin saber muy bien qué contestar y pensado si se me notaba el
sonrojado de la cara.
—¿Conoces a mi hermana Pilar? —dijo acercándose más.
—Mmm… no, realmente sólo hemos compartido un trozo de orilla y... algo de silencio.
—Bueno, ya es más de lo que llega a compartir mucha gente que se conoce de toda la vida,
como… tu y yo. —Me miraba sonriendo.
«Vaya sonrisa», pensé. Definitivamente me gustan las grandes sonrisas. En ese momento se me
paso por la cabeza que quizás las demás me gustaban sólo y únicamente porque me recordaban a
la suya.
Su hermana se giró hacia mí:
—Hola, soy Pilar, encantada. Veo que os conocéis —me dijo mirándome detenidamente. —La
verdad es que me sonaba tu cara.
—Inés, encantada… Bueno, he estado fuera unos años, pero realmente antes venía mucho por
aquí. —Volviéndole a él la mirada, proseguí. —Ahora tengo pensado pasar una temporada por
aquí.
Bowie se acercó y se sacudió justo delante de mí. Todos comenzamos a reír mientras que
Marcos intentaba atraparlo sin mucho éxito.
—Perdona, sólo tiene 7 meses y no para ni un momento —protestó un poco apurado.
—No pasa nada, no te preocupes. Voy directa a una ducha caliente —dije mientras me
incorporaba.
Se miraron. Pilar cogió sus botines y le pusieron la correa a Bowie.
—Bueno, seguramente nos veremos por aquí … Inés.
Cuando parecía que se iban a marchar, Marcos me miró de una forma intensa, de arriba abajo,
lo que me hizo sentir un poco incomoda. No se puede decir que fuese mi mejor momento. Llevaba
el pelo recogido en una cola mal hecha y un jersey bastante usado, muy acorde con el estado de
ánimo que me acompañaba desde que volví de Praga.
—Bowie te ha dejado bastante manchada.
—No te preocupes, ya tenía bastante arena encima.
—Bueno, pues… por cierto… —vaciló por un momento —tengo un bar en la Calle Altamira.
Se llama “Tortuga” … por lo visto antes había muchas en estas costas —matizó. —Me gusta
pensar que he conseguido crear un ambiente agradable. Si te gustan los libros tenemos una
pequeña zona de lectura, y también un invernadero.
—¿Un invernadero? Qué curioso, nunca lo habría imaginado —dije asombrada.
—Sí, siempre me han gustado las plantas. Dependiendo de la temporada, sembramos algunos
ejemplares.
—Qué opción más curiosa…
—Ja, ja, si… todo el que va puede echarles un vistazo, regar si toca, echar algún fertilizante…
lo que vayan necesitando las plantas y… también las personas, ya sabes, algo que cuidar, algo por
lo que preocuparse.
—Muy bien, pues gracias, seguro que me paso un día de estos —afirmé bastante animada.
—Eso espero Inés. Hoy martes es día de descanso —añadió sonriendo. —A partir de mañana
pásate cuando quieras.
Él cogió suavemente a su hermana del brazo y juntos se fueron hacia el paseo marítimo. Al
lado de él, ella parecía frágil, incluso débil. No me había dado cuenta hasta ahora.
Marcos volvió la mirada hacia mí, sólo un instante, y todo lo que había a mi alrededor
desapareció, como lo hizo momentos antes con la bruma… por un segundo que, por el contrario, a
mí me pareció eterno.
El sueño

Llegué a casa y lo primero que hice fue poner la calefacción. Mi padre instaló un sistema de
radiadores por todo el piso así que las tuberías de agua caliente se encargan de templar el piso,
convirtiéndolo en un lugar cálido y agradable también en las épocas más frías del año, para una
familia llena de niños como la nuestra. En cuanto se va el sol, el frío y la humedad llegan como un
enorme manto que lo cubre todo. Por la mañana el relente te hace dudar de si esa noche ha estado
lloviendo mientras dormías, ya que todos los cristales están mojados.
Me quité la ropa húmeda y llena de arena. Desde luego Bowie había hecho un buen trabajo
sacudiéndose encima mía. «Este sí que no tiene problemas para hacer amigos», pensé divertida.
Siguiendo con mi ritual de cada día, y una vez comprobado que el radiador del cuarto de baño
había hecho bien su trabajo, me preparé para aliviar mis continuos dolores de espalda con un
baño con sal. No puedo llegar a imaginar alguien que no disfrute de un baño caliente cuando
aparece el frío, y llegas helada a casa. Al meter el pie en el agua enjabonada, sientes como el
calor reconfortante devuelve los sentidos a tu cuerpo. Esto y una taza de chocolate caliente, no hay
tensión que se resista, o… eso pensaba hasta que mi hermana Nela me dio una formula mejor: la
sal. Llenas la bañera de agua caliente, echas un kilo de sal marina y 10 minutos dentro son
suficientes para salir del baño con un cuerpo nuevo.
Contemplé las luces que se veían flotar en algún lugar, entre el cielo y el mar, con una taza de
chocolate caliente entre mis manos. Reí al recordar como de pequeños, mi hermano Pablo y yo
inventábamos historias sobre luces como esas, intentado concretar si procedían de pesqueros o de
naves provenientes de otros planetas. Por supuesto, siempre ganaba la idea de los extraterrestres.
Me fui a la cama acompañada de esos reconfortantes recuerdos de mi niñez, pero a mitad de la
noche algo me despertó.
Un poco aturdida y empapada en sudor, miré a mi alrededor ya que por un momento pensé que
parecía que alguien hablaba en mi habitación y, sentada en la cama, no tardé en darme cuenta de
que era yo.
—¿Qué tormenta? —me escuché gritando en medio de la noche.
Estaba hablando en sueños y, bastante alto, tanto como para despertarme a mí misma.
Los recuerdos me venían al igual que cuando tiras del extremo de una cinta, en una caja llena
de lazos y provocas que vayan saliendo a borbotones, poco o a poco.
Recordé estar en una habitación oscura; alguien me cogía de la mano y me llevaba hacia la luz
que provenía de una ventana. Al acercarnos pude ver que quien me conducía era mi madrina;
estaba a mi lado y mirando hacia algún punto del exterior me decía: —¡Mira Inés, cuidado con la
tormenta! —Volviendo la mirada hacia mi continuaba diciéndome –mantén la distancia… que no te
alcance.
Desde hacía unos meses había soñado en varias ocasiones con ella. Siempre lo he achacado a
momentos en los que por algún motivo la echaba especialmente de menos o quizás, algún hecho
puntual me habría recordado a ella.
Los sueños eran siempre iguales: sentadas, yo la escuchaba mientras no paraba de contarme
historias de familia que, seguramente ya me habría contado cuando yo sólo era una niña. Esta vez,
el sueño era diferente.
Mi madrina María era menuda, delgada, su cara pálida estaba completamente curtida por las
arrugas y sus ojos profundos y hundidos siempre me habían fascinado. Los ojos de mi madrina
siempre habían sido como un universo para mí. Sentada en su regazo me perdía contemplando la
cantidad de colores que podía encontrar en su iris: un poco de verde, un poco de gris, un poco
miel, un punto más oscuro por un lado que por otro... Sí, el universo debía ser algo así, como sus
ojos.
Intenté volver a dormirme, pero me había despejado completamente. Decidí levantarme y
tomarme un vaso de leche caliente, siempre me había ayudado a dormir cuando no podía conciliar
el sueño por algún motivo. En Praga el motivo era Bowie.
«Si vuelvo a pensar en él ya sí que no voy a dormirme», pensé mientras volvía a la cama.
En algún momento de la noche, me quedé dormida.
La cólera

El día había amanecido nublado y en lo que respecta a Marcos, todo iba a seguir así.
—¡No voy a dejar pasar esto! —Dijo mientras miraba incrédulo a su alrededor. —Esta vez ha
llegado demasiado lejos.
Marcos estaba en el interior de su bar y no podía dar crédito a lo que tenía delante de sus ojos.
—¡Chiquillo tranquilízate! —Le pidió su hermana Pilar mientras lo sujetaba del brazo.
—¡No Pilar!, ya estaba hasta las narices de sus amenazas y su chantaje, pero… ¿destrozar el
bar? —Tenía los ojos llenos de ira.
—Pero, chiquillo ¿a dónde vas? —dijo Pilar aferrándose con más fuerza aún a su hermano.
—¡Déjame! –—le gritó apartándola de él.
—No hagas ninguna tontería, lo único que conseguirás es empeorar la situación y…
—¡Qué me dejes te digo! —La miraba con dureza.
—¡Eso es precisamente lo que él quiere chiquillo!... quitarte del medio. Sabe que conmigo
tardaría muy poco tiempo en quedarse con todo.
No había nada que hacer cuando su hermano perdía los estribos. La furia descontrolada se
había apoderado de él.
No era la primera vez que el antiguo socio de su padre le hacía una faena: las ruedas de la
moto pinchadas, pintadas desagradables en la fachada de su casa o enemistarlo con los
pescadores, eran algunas de las hazañas que Marcos y Pilar le atribuían a César Rincón.
Esa mañana al llegar al local, se lo había encontrado completamente destrozado, «¿hasta
cuándo?» se dijo, «¿dónde está el límite?»
Aparto a su hermana bruscamente y se lanzó sobre su moto. En poco más de 5 minutos había
llegado a una pequeña casa de piedra ostionera, cerca de la Cooperativa de Pescadores.
Marcos comenzó a aporrear la puerta.
—¡Abre de una vez miserable! Sé que estás ahí dentro —Pegándole una patada a la puerta,
siguió —¡Abre!, eres un cobarde. Da la cara por una vez en tu vida… ¡César!
Un hombre con voz ronca hablaba tranquilo desde el otro lado de la puerta.
—¿Qué quieres?... Por si te interesa he llamado a la policía. Estás trastornado Marcos,
siempre lo has estado.
—¡Sinvergüenza, abre!
—Que loco estas, todos en el pueblo lo saben y, tu hermana está peor que tú.
—¡No hables de Pilar!... ¡Canalla!
—Siempre haciéndose la enferma. Vaya familia que estáis hecha… mejor estar solo.
—¡Te voy a dar tu merecido!... ¡Abre!
—No me extraña… de tal palo tal astilla. —Unos pasos se alejaron en el interior de la casa.
Marcos estaba completamente fuera de sí y comenzó a pegar puñetazos a la puerta. Hicieron
falta tres policías para apartarlo de la entrada de la casa.
Más tarde, en el calabozo y con los puños completamente reventados y llenos de sangre,
intento apaciguarse.
La inspectora Teresa Martínez lo llamó a su despacho.
—Marcos, esto no puede seguir así. Cada vez tengo más claro que sería mejor que cojas a tu
hermana y os marchéis del pueblo.
—¡Eso es lo que él quiere! —gritó Marcos.
—No ¡lo queremos todos! —Soltó la Inspectora un poco alterada.
—Pero, ¿cómo puede decir usted eso? —le dijo incrédulo.
—Mira Marcos, a la vista de todos, tú eres el que va dando puñetazos en la puerta de la casa
de los demás. Tú eres el que va soltando amenazas y haciendo acusaciones absurdas, robando la
tranquilidad a este lugar.
—Pero… ¿Qué dice? Ese hombre abandonó a mi padre en alta mar, negándose a salir en su
búsqueda y dejó tirada a mi madre, empujándola a la desesperación de tener que criar a dos hijos
sin saber de dónde sacar. —La rabia le salía por cada poro de su piel.
—Mira, déjalo ya, muchacho —insistió la inspectora con tono cansado.
—¡La avaricia! todo por quedarse con los pesqueros. —Se apoyó sobre la mesa acercándose
más a Teresa.
—Te pediría que te controlaras —digo la inspectora poniéndose un poco nerviosa.
—Escúcheme bien, señora Inspectora, prefiero ver los pesqueros atracados antes de que ese
asesino o sus amigos pongan un pie en sobre ellos.
—Marcos, por enésima vez, lo que le pasó a tu padre fue un accidente.
—Eso es lo que usted dice —protestó sin apartar la vista de la agente.
—Fue mala suerte. No tienes ni una sola prueba de que César Rincón haya tenido algo que ver
en ese asunto. Ya hemos hablado de este tema muchas veces, pero veo que no te queda claro. Tu
padre tuvo un terrible accidente. Punto. Mientras antes lo aceptes mejor para todos.
—¿Si? ¿De verdad piensa eso? Y lo del bar… ¿Tampoco ha tenido nada que ver? ¿Ni hace un
mes cuando me encontré las ruedas de la moto llenas de clavos? –—La miró desafiante.
—Eso es una chiquillada… de algún niñato.
—Inspectora… ni mi padre tuvo un accidente, ni nos vamos a ir del pueblo. Dígale a “ese
ciudadano tan ejemplar” que se olvide de los pesqueros, así se pudran en el puerto. Antes de que
ponga un pie en ellos, los quemo —sentenció.
—Mira Marcos, cállate y escucha bien lo que te voy a decir. Voy a dejar que te vayas porque
no se han presentado cargos y de verdad, prefiero no tomarme todo este asunto en serio.
Por un momento guardo silencio y suavizando el tono continuó.
—Pilar te está esperando fuera. —Poniendo un tono maternal continuo —Piensa un poco en
ella. La enfermedad la tiene muy limitada… Insisto, estaríais mucho mejor en otro lugar, donde
seguro que tendría una atención más ajustada a sus necesidades.
Marcos miró a la inspectora, tensando la mandíbula para evitar decir nada más y salió de la
comisaría.
Pilar estaba apoyada en un coche; el abrigo que la cubría sólo dejaba a la vista su rostro, más
pálido de lo habitual, dónde unas manchas rojas se percibían por las mejillas y la frente; tenía los
ojos hinchados y las ojeras muy marcadas. Había entrado en brote y sabía lo que eso significaba.
Pilar Ortega

La vida se ve de otra manera cuando tienes una enfermedad, más aún cuando es una rara y ni te
cuento cuando ni la mayoría de los médicos la conocen.
Te llevas años pasando de consulta en consulta, explicando tu agotamiento, convenciéndoles
de que te has despertado tirada en el baño de casa sin saber muy bien qué ha pasado o que casi
todas las semanas tienes mal cuerpo. Hay momentos que te llevan al límite, como cuando te llevas
20 días de un mes pasando de la fiebre a la destemplanza constantemente y, sin fuerzas, tienes que
afrontar la insinuación del profesional de turno de que tal vez, realmente no te pasa nada, sino que
simplemente estás haciendo una llamada de atención.
El desconocimiento es casi total, tanto que sólo hace un par de años le pusieron nombre y
apellidos a una compañera de viaje que vive dentro de mi cuerpo, como dice mi gran amiga Irene.
Alguien que va cogida de mi mano y no piensa soltarme.
Una joven doctora, casi recién llegada al departamento de Medicina Interna, fue quien decidió
hacerme una prueba genética. Digo yo, que se le podría haber ocurrido a alguien antes, después de
estar nueve años pasando de una especialidad a otra, de haberme operado de apendicitis sin serlo
o después de estar toda mi corta vida con inflamaciones sin motivo aparente en cualquier órgano
de mi cuerpo.
La FMF, Fiebre Mediterránea Familiar, es una enfermedad autoinmune que te limita la vida. Es
una constante de pruebas, de ir de un lado a otro buscando respuestas que parece que nadie tiene.
El día de hoy ha sido duro. Cualquier alteración emocional que tenga desemboca en brote, así
que me esperan unos días seguramente bastante complicados.
—Perdóname Pilar. —Marcos abrazó a su hermana intentando contener sus emociones.
—Tranquilo, ya ha pasado.
—Es que no soporto más esta situación, ese demonio me está volviendo loco —dijo
llevándose las manos a la cabeza.
—¿No ves que esto no tiene sentido? Es un maltratador psicológico en toda regla. —Miró a su
hermano conteniendo las lágrimas —Se quitó de en medio a papa y acabó con los nervios de
mama. Ahora quiere hacer lo mismo contigo.
Se la veía menuda, frágil, había perdido peso. Últimamente se empeñaba en pasar mucho
tiempo sola. Había dejado de hacer planes con sus amigas porque estaba cansada de tener que
estar dando explicaciones a última hora del por qué no podía asistir a tal concierto, aunque
tuvieran las entradas compradas hacía dos meses o el por qué anular una cena con algún amigo
quince minutos antes de asistir a la cita.
Últimamente evitaba ir al bar y se dedicaba a dar largos paseos por la playa, muchas veces
acompañada de Bowie. Estaba mental y físicamente agotada.
Una de las decisiones más difíciles que tuvo que tomar fue cuanto se dio de baja en el Club de
Buceo Nautilus. Había convertido el submarinismo en una forma de vida, casi una necesidad ya
que ahí abajo, no había pasado, todo se quedaba al otro lado de la línea de flotación. Sólo existía
el mar y ella.
—Déjame que te lleve a casa, debes tomarte ya la colchicina y descansar. De ese interfecto me
encargo yo.
—¡Marcos!, no cometas ninguna tontería, eso es precisamente lo que él quiere, una excusa
para quitarte de en medio. Yo… tengo poco valor para él.
—No te preocupes, no voy a hacer nada que me aleje de ti. Sabes que siempre voy a estar a tu
lado. Pienso cumplir la promesa que le hice a madre, sobre todo porque te quiero. Eres la única
familia que tengo, lo único que me queda.
—Lo sé.
—Mi prioridad es que estés bien. Por ese mismo motivo, tengo que ocuparme de este asunto
de una vez por todas.
Le paso el brazo por el hombro y la acompaño hasta casa.
—¡Estas helada! Te vendría bien una ducha caliente.
—Sí.
—Te saco la crema de calabaza ahora mismo —dijo mientras se dirigía diligente a la cocina.
—Te tomas la medicina y a la cama Pilar. —Miró a su hermana con ternura. —Descansa por
favor.
—Deja de tratarme como a una niña Marcos. Aunque no lo creas, sé cuidarme.
Se quedó sentada en la cama. En una esquina de la habitación había amontonadas algunas
cosas que había puesto a la venta hacia un par de semanas, en las que se encontraba el traje de
buceo, las bombonas que debían estar vacías y las aletas. Cerro los ojos, sintiendo un vacío
enorme en su interior.
—Pilar, voy sacar a Bowie, no tardo.
Marcos necesitaba caminar, centrarse y sobre todo pensar. Coger distancia desde la calma e
intentar controlar la situación. Nunca había tenido claro qué hacer con su vida. Había dado tumbos
desde que falleció su padre, teniendo que ayudar en la economía familiar, pasando de un contrato
temporal a otro.
Al escuchar la puerta, Pilar miró hacia el pasillo instintivamente. Lo cierto es que no se había
enterado de nada de lo que le había dicho su hermano. Ella estaba en otro lugar, lejos de allí.
La vida a veces te empuja por caminos que jamás pensaste que recorrerías.
La Plaza de Abastos

La cafetería “La Manuela” de la calle Mina, sigue poniendo las mejores tostadas que podrás
probar en tu vida.
El pan… es pan de verdad; del que te cuesta encontrar hoy en día; del que cuando le hincas el
diente escuchas y sientes como cruje su corteza tostada en contraste con la blanca miga, esponjosa
y blandita. Si, además el pan va acompañado de la perfecta receta andaluza: un buen aceite de
oliva virgen extra, jamón ibérico de bellota, con sus inconfundibles pintitas blancas que te hablan
de calidad y, unas buenas rodajas de tomate maduro de la huerta, tienes un desayuno difícil de
mejorar. Si al mismo tiempo, acompañas la tostada con un café en taza bien caliente, te cargas de
energía de sobra para afrontar toda la mañana. «Esto sí que no lo encuentras en Praga», pensé.
En las ocasiones en las que regresas a los lugares de tu niñez, tan familiares y repletos de
momentos llenos de sensaciones maravillosas, los recuerdos retornan con tal fuerza que te atrapan,
provocando sin querer una sonrisa que se asoma desde lo más profundo de tu corazón.
En estos momentos, cierro los ojos y revivo la dulce y pausada voz de mi madre avisándonos
para desayunar. Revivo el olor a pan tostado que salía de la cocina, animándote a comenzar un
nuevo día lleno de juegos y baños interminables.
Los recuerdos, unos detrás de otro, me llevan al momento en el que le comenté a mama que
estaba pensando en pasar una temporada en Praga. Ella sabía que llevaba mucho tiempo
bloqueada y, a pesar del temor que vislumbre en sus preciosos ojos color miel, me animó a que
diera el paso, preocupándole sólo una cosa:
—Y si te pasa algo… ¿Quién me va a avisar? —Y antes de que pudiera responderle, generaba
la siguiente pregunta.
—¿Cómo voy a entenderme con el médico?
Si algo tengo claro en esta vida es que el lenguaje de las madres es universal. ¡Claro que se
habría hecho entender! No me cabe la menor duda.
Despojándome por un momento del pasado, salí de la cafetería rumbo a mi siguiente destino.
Por la calle Salado, el inconfundible olor a chicharrones recién hechos ya me indicaba la ruta
hacia el mercado, por estas calles estrechas, y casitas blancas sostenidas por gruesos muros que, a
pesar de los cuidados, están agrietados por las arrugas provocadas por el paso del tiempo.
Vuelvo de nuevo, a esa otra época, en la que cogida de la mano de mi madre iba de puesto en
puesto buscando los ingredientes para sus papas aliñadas, el gazpacho diario o un pollo de buen
tamaño para hacerlo en salsa con zanahorias. Unos tomates de Sanlúcar de aquí, unas patatas de
Chipiona de este otro y el pescado todavía vivo recién traído de la Cooperativa. Todo sabor y
olores. Y por supuesto, con un cartoncito de chicharrones en mi mano.
Me paré en seco.
—¡Caquis! —Un puesto de fruta, bien surtido, tenía un tesoro color rojo y piel brillante justo
delante de mí.
—¿Están dulces?
—¡Niña, esto es oro del bueno —sentenció el frutero.
—Por favor, póngame tres caquis. —Acompañado de una sonrisa y un tímido… —Que no
estén rotos… si puede ser.
Con sus manos anchas y dedos gruesos por un momento parecía que iba a estrujar la delicada
fruta, pero con un mimo que me sorprendió, puso con suma delicadeza los tres caquis en un cono
de papel de estraza.
Mientras, a mi lado, me llamó la atención dos señoras gruesas, provistas con delantales que
estaban metiendo naranjas en unos sacos:
—Niña, vaya tela lo que le ha pasado al Marquitos y a la Pili Ortega.
—No me digas... no me digas, que estoy que no me lo creo. Que mal fario tiene esa familia,
madre mía de mi vida.
—Dios nos coja confesaos —le decía una a otra mientras apretaba los labios— Esto te digo
yo que va a acabar mal, no hay por dónde cogerlo.
—Desde luego… el bar lo han reventao, después de lo bien que lo había dejao el chiquillo.
—Fíjate el disgusto que tendrá la Pili. Mira que me han dicho que otra vez esta mala.
—¿Qué me dice?
—Esta niña que blandita es, hija… no termina de arrancar.
Hubo una pausa y se quedaron calladas mirándome de arriba abajo. Esta costumbre mía de
quedarme embobada como si estuviera en el teatro, tenía que corregirla. Un poco avergonzada,
cogí mis caquis y con un ¨buenos días¨, me di la vuelta y salí del mercado.
Hoy era miércoles, ayer hacía una semana desde que me encontré con Marcos y Pilar Ortega
en la playa. Cogí mi móvil y tecleé en el buscador “Bar Tortuga”.
Bar Tortuga

Tuerza a la derecha. Continúe 180 metros hacia la calle Miramar. Coja la segunda salida.
Después de diez minutos de indicaciones, el bar “Tortuga” estaba justo delante de mí.
La reja negra, tipo ballesta, estaba reventada y había cristales por todas partes. Cuando me di
cuenta estaba cruzando el umbral del local, pisando con pies de plomo. Me encontré con un lugar
destrozado, había piezas de muebles por el suelo: la pata de una mesa, trozos de estantes rotos o
partes de una silla. En un lateral comprobé que había macetas volcadas con restos de diferentes
tipos de plantas. «El pequeño invernadero», recordé. La zona verde que con tanto cariño había
descrito Marcos la mañana que nos encontramos en la playa. Libros apilados en una esquina...
desde luego quien hiciese esto lo había hecho con saña.
Me adentré un poco más.
—¿Hola? ¿Marcos?
—Perdone, está cerrado. Estamos de reforma.
Me dijo una voz desde una habitación que se encontraba al otro lado de la barra.
—Si ya veo… Soy Inés. —Me acerqué un poco más —¿Es un mal momento?
—Hola, perdona, esta todo esto hecho un lío y no me había fijado ni quién había entrado.
Aunque se mostraba amable se podía ver la tristeza en su semblante. Se le veía realmente
agotado, el tipo de agotamiento que precede a la derrota. Conocía bien ese sentimiento, el que te
empuja al cambio de dirección o, más bien, a la huida o el abandono.
—Bueno, es una reforma un poco drástica. ¿Qué es lo que ha pasado? —pregunté con
suavidad, sin querer obligar a una respuesta sino más bien tendiendo una mano.
—Pues… básicamente, han entrado a robar —respondió endureciendo su mirada. —Por lo
menos esa es la versión oficial.
Me miró con curiosidad.
—¿Quieres tomar algo… querida Inés? levantando una cerveza que tenía en la mano mientras
sonreía.
—No sé si es mejor que vuelva en otro momento —le respondí mirando a mi alrededor.
—Déjame que te invite, es la hora perfecta para hacer un descanso. Mejor acompañado. ¿No
crees? —dijo guiñándome un ojo.
Asentí con la cabeza. Levanté un taburete que estaba tirado en el suelo y me senté lado de la
barra. Dejó su vaso y saco un par de botellines de cerveza bien fríos, disponiéndose seguidamente
a cortar un poco de mojama.
—Veo que el postre ya lo tenemos —me dijo más animado mirando el cartucho de caquis. —
Fruta de temporada, la mejor opción.
Le sonreí y me dispuse a coger un poco del aperitivo que estaba preparando.
—Mmm… que buena esta la mojama. ¿Es de Bárbate?
—Si, no está mal… —Mirándome fijamente a los ojos continuo —¿Me cuentas qué haces por
aquí?
Me quedé cortada, no supe qué contestar. No sabía exactamente a qué se refería. «¿Qué hacía
en el pueblo o qué hacia allí con él?», me pregunte.
—Te lo digo porque como nos comentaste en la playa que te ibas a quedar por una temporada.
Seguro que hay una historia detrás de esa decisión y me encantaría escucharla. —Mirando a su
alrededor me pidió —Ayúdame a evadirme un poco de todo esto.
Me sentí aliviada. Me apetecía saber de él, no sé si por aburrimiento o porque realmente había
estado esperando encontrármelo desde que nos volvimos a ver después de tanto tiempo, pero
tampoco quería que se me notara.
Antes de que me diera cuenta y después de unos cuantos botellines más, le había contado
prácticamente todas las peripecias más significativas de los últimos años de mi vida. Un viaje que
se había convertido en un proyecto de vida y que finalmente había desembocado en un absoluto
desastre. El abandono y falta de interés por parte del que pensaba había sido hasta entonces el
amor de mi vida y la necesidad de cambio.
—¿Bowie? Ja, ja. Creo que mi perro es más fiable que ese tipo. Sólo tienen en común el
nombre, le gana en lealtad con creces. —Nos reímos a carcajadas.
—Vaya, me alegro que por lo menos a alguien le divierta el asunto, aunque no me queda otra
que darte la razón.
—¿Una mujer dándome la razón? Vaya eso sí que no me lo esperaba —dijo con tono burlón.
—Bueno, yo creo que ahora te toca a ti —le dije con tono inquisidor. —¿Alguna chica que te
tenga atrapado?
—Pues… exactamente no sabría qué contestarte al respecto… Algo ha habido, pero nada
serio… hasta ahora.
Se quedó mirándome tan fijamente que resultaba perturbador. La intensidad de su mirada hizo
renacer el temblor olvidado que sentía cuando lo veía en mi época de juventud. Los miedos e
inseguridades volvieron al pensar que quizás me estaba poniendo en evidencia: «se está dando
cuenta de que tiemblo», pensé avergonzada.
Por un intento de recuperar el control cambie drásticamente de tema, sacándonos a los dos de
ese momento que me absorbía.
—¿Qué es lo que ha pasado aquí realmente? —dije mirando a mi alrededor. —Esto no parece
un simple robo. Un ladrón no se para en destrozar plantas o romper libros.
—Bueno, no sabría muy bien…
En ese preciso momento, sonó su teléfono móvil, provocando un cambio en su expresión
mientras leía el mensaje que le acababa de llegar.
—Lo siento Inés… pero tengo que salir. Es importante.
Me dedicó una breve sonrisa que desapareció debajo del casco y en dos segundos estaba sola,
mirando hacia una calle vacía.
Podría haberme llevado todo el día allí, con él. Quizás eran imaginaciones mías, pero sentía
que había una conexión entre los dos, que el tiempo se había parado en el interior del bar. Notaba
que me miraba de una forma… diferente, como si con su mirada quisiera decirme cosas que no
decía con su voz.
Por otro lado… me había despachado en dos minutos, por lo que muy posiblemente, todo
podía ser imaginaciones mías y ser yo la única de los dos a la que le nacían esos sentimientos.
Mientas bajaba la calle estrecha y angosta, camino de mi casa, me preguntaba cuándo lo
volvería a ver.
La historia

Pasaron tres días y no sabía muy bien qué hacer para saber de Marcos. No podía parar de
pensar en su intensa mirada, en sus labios cuando sonreía, en cómo pronunciaba mi nombre
alargando las silabas, como si quisiera decir algo más… A lo mejor eran imaginaciones mías o
quizás era el momento de experimentar eso de que una mancha de mora se quita con otra.
Como poco, sentía curiosidad, tenía ganas de más y, debo confesar que no conseguía
quitármelo de la cabeza.
El bar estaba cerrado. Lo sé porque dio la casualidad que tuve que pasar un par de veces por
allí porque me cogía de camino hacia una pastelería que había por la zona. La verdad es que esa
excusa no me la creía ni yo, pero algo tenía que decirme a mí misma para no sentirme ridícula.
«¿Cómo podría enterarme de qué es lo que paso en el bar?» Me pregunté.
En mi interior recordé algo que decía mi tía Lola: "no hay mejor sitio que una peluquería para
ponerte al día de todo lo que pasa en el barrio. Esto es algo que todo el mundo sabe, pequeña mía"
«El Salón de Estética Ana Saravia», pensé.
—Inés, no sabía que andabas por aquí cariño mío ¿Cómo está tu madre? ¿y tú tía Lola? Este
verano no se han pasado por aquí, corazón —dijo con retintín.
—Es que han venido poco Anita. Han estado de médicos y ya sabes que para todo hay que
tener ganas.
—Siéntate mi vida —Dijo mientras meneaba la cabeza. —Estas hecha un trapo. ¿Has venido
para el fin de semana? ¡Cariño mío, vaya pelo que me traes! Escúchame, que te voy a dejar como
nueva. ¡Así no te quiero ver más, eh! Este sábado me coges bien porque hay una feria de quesos en
la plaza del ayuntamiento porque si no…
Ana es la peluquera que lleva toda la vida peinando a las mujeres de mi casa cuando venimos
al pueblo: mi abuela, mi tía Lola, mi madre y, ahora a mi hermana y a mí. Si alguien sabe con
detalle todo lo que pasa en el pueblo es ella. En este lugar, sin prisa ninguna, las señoras arreglan
el mundo mientras Anita no para de pasar de una frase a otra sin casi respirar.
—Oye Anita, ¿qué es lo que ha pasado en el bar Tortuga? El que está en la calle Altamira…
—¡Madre mía del amor hermoso! —Abriendo mucho los ojos continuó —No sabes todo lo
que hay ahí detrás, corazón.
Tardo poco en ponerme al día de la vida de los Ortega.
Moisés, el padre de Marcos y Pilar, era propietario de dos pesqueros y se ganaba la vida
faenando. Los problemas llegaron cuando César Rincón volvió al pueblo y lo convenció de que le
iría mejor si compartía con él las responsabilidades. Cada uno se encargaría de un pesquero y
Moisés le daría un tanto por ciento de los beneficios a César. El acuerdo era bastante justo para
las dos partes. Al principio todo iba bien pero cada vez era más habitual verlos discutir en el
puerto. César quería quedarse en propiedad uno de los pesqueros, justificando que se lo había
ganado a pulso con su trabajo.
—¡Cariño, más de una vez me contaron las clientas que los habían visto a empujones, allí
mismo, delante de la tripulación! —Con los ojos más abiertos continuó —Y cada vez, peor, peor y
peor.
Se rumoreaba que el padre de Marcos quería romper el acuerdo ya que la situación se estaba
volviendo insostenible, pero un día partió de puerto para realizar pruebas de mar a un motor
nuevo, y no volvió.
—Cariño, ¡eso fue una locura! Apareció el barco a la deriva, a unas 40 millas sin nadie a
bordo.
—¡No me digas!, y ¿qué había pasado? —La animé a continuar.
—Decían que se había tenío que caer —Volviendo a abrir mucho los ojos sentenció —¡Un mal
golpe!
Por lo que me contó Anita, la manguera estaba en la cubierta así que seguramente estaría
baldeando. Se debió caer por un golpe de mar o un mal tropiezo.
—No te puedes imaginar cómo se volcó todo el pueblo para buscarlo, bueno… menos César,
que no movió un dedo.
Aquello fue una tragedia, dejando a Manuela, su mujer, sola con dos chiquillos.
—Pues sí que es una desdicha —dije afirmando con la cabeza.
—Cariño, te voy a hacer las uñas también que parece que vienes de la guerra. —Cogiéndome
las manos y sin dejarme contestar contiguo con su relato.
Lo que aconteció después fue el principio de una guerra constante entre dos familias. Cuando
César comenzó a decir que lo justo era que se encargara él de los dos pesqueros y que les daría
una parte a los Ortega para mantenerse, lo acusaron de querer aprovecharse de la situación e
incluso, de estar involucrado en la muerte de su padre y esposo. Lo acusaban de habérselo quitado
de en medio para quedarse con todo. César no podía negar la mala relación que ya tenían, las
peleas y las amenazas que se dedicaban eran constantes.
Evidentemente, la madre de Marcos y Pilar se había negado rotundamente a cederle ninguno
de los barcos. La reacción de César fue intentar aislar a la familia, poniendo a los pecadores en
contra para que no quisieran faenar a las órdenes de una mujer.
—¿Dónde se ha visto eso cariño? —sentenciando Anita —¡Eso da mala suerte! ¿Una mujer
patrón de un barco?
La madre paso sudores y lágrimas para sacar a delante a sus hijos. De tener una vida cómoda
paso a trabajar en todo lo que le salía: limpiar casas, remendar ropa o recoger remolacha
azucarera entre otras faenas. En cuanto Marcos tuvo edad y fuerza suficiente, no tuvo más remedio
que dejar los estudios, aparcar todos sus sueños y sin tener otra opción, ponerse a trabajar en todo
lo que pudiera ganar dos euros.
—La niña es otra cosa —dijo meneando la cabeza. —Esa chiquilla parece que se va a romper.
Cada vez está más pálida y más endeblita —Silbo y dijo: —¡Es un suspiro!
Me contó Anita que Pilar comenzó a enfermar a los 10 años y que ya no había parado. Había
épocas en las que parecía que estaba bien y no paraba de hacer cosas y otras en las que no podía
con su alma. La gente del pueblo decía que cada vez estaba peor, aunque últimamente la veían
pasear más por la playa con su perro.
—Y entonces ¿Qué crees que ha pasado en el bar de Marcos? —dije animándola a que me
contara más.
—Yo creo que César Rincón quiere que se vayan y que, si no ha sido él, lo habrá hecho
alguien por él. Este sabe guardarse bien las espaldas.
—¿Alguien por él? —dije asombrada —¿De verdad crees que es un tipo peligroso?
—Cariño, no me extrañaría nada de nada. Yo sólo te puedo decir que los Ortega son buena
gente, de toda la vida y que César ha estado mucho tiempo fuera y no sé, no sé... —Bajando un
poco la voz. —Algo he oído decir que lo habían visto en el penitenciario de Algeciras, en el
Botafuegos.
—¡Venga ya! ¿En serio?
—Mira corazón, seguro, seguro no hay nada en esta vida, pero sólo te digo lo que se escucha
por el pueblo. Ya si es verdad o no …. Ya ves tú lo que te quieras creer.
—Anita, yo ya me lo creo casi todo.
—Bueno, ¡yo creo que más cosas no te puedo hacer! Te he dejado como nueva, corazón —dijo
mientras me miraba el cabello.
—Pues la verdad es que sí —reí.
Me despedí de Ana, agradecida por el trato y por el trabajo realizado.
Pensativa, llegue a casa, asimilando toda la información que me había dado. Pobre familia,
realmente habían pasado unos años tremendos y, todavía estaban sufriendo las consecuencias de la
pérdida de su padre.
Con una taza de cacao caliente, contemplé el atardecer desde la ventana de la cocina.
La playa emanaba paz y calma, o por lo menos a mí me producía esa sensación.
Esa tarde, el cielo estaba pintado, como con una brocha, por nubes transparentes, con trazos
largos y delgados. Eran blancas, sin sombras internas y formaban líneas paralelas. Este tipo de
nube llamado cirros, también se conoce como “cola de caballo” por sus filamentos finos y
alineados. Cuando el cielo se llena de cirros te avisa de que probablemente en las próximas 24
horas haya un cambio brusco en el tiempo, siendo lo más probable que bajen las temperaturas. Es
curioso que uno de los resultados de contemplar cientos de atardeceres sea llegar a leer entre
líneas las señales que te ofrece el cielo.
Cuando contemplas el sol, mientras se va perdiendo lentamente entre los colores cálidos del
atardecer, vas entrando en un proceso de relajación sin apenas darte cuenta. Te vas olvidando de
todo lo que te rodea, es casi hipnótico, produciéndote una inmensa sensación de bienestar.
Lo difícil seria no amar todo esto.
Esa noche dormí profundamente. El efecto de la taza de cacao fue maravilloso, por ese mismo
motivo no me desperté con el sonido estridente de las sirenas en el silencio de la mañana como,
por el contrario, sí lo hicieron mis vecinos.
El cuerpo

La inspectora Teresa Martínez estaba delante de un cadáver junto a la orilla. Un cuerpo sin
vida había sido hallado esa mañana flotando en el agua, en la playa del Rosario. Un cuerpo que
conocía perfectamente.
Sobre las 8:21 horas, del lunes 18 de noviembre, en la playa del Rosario, un joven que corría
por la zona, había hecho una llamada a emergencias, informando de que había visto lo que parecía
el cadáver de una persona, flotando cerca de la orilla.
Inmediatamente el centro coordinador había informado a la Guardia Civil y a la Policía Local
del municipio. Cuando llegó la policía científica, se activó el protocolo de recuperación del
cuerpo, con la presencia de dos motos acuáticas.
Ni que decir tiene, la repercusión que tuvo todo esto en el pueblo. No tardaron en aparecer los
primeros curiosos y, la noticia se extendió como la pólvora.
Sobre las 13:00 horas, el juez decreto el levantamiento del cadáver y traslado hasta el
depósito de cadáveres para su identificación oficial y autopsia, si esta fuera necesaria.
La inspectora Teresa miraba fijamente cómo se llevaban el cadáver y, no apartó la vista hasta
que el coche oficial dejó de verse al perderse por detrás de las dunas.
Por un momento pareció romperse. Un escalofrió recorrió todo su cuerpo, helándole la sangre
y dejándole sin aliento. Detrás de su aspecto seguro y decidido, se encontraba una mujer rota.
Nunca se habría podido imaginar que esa mañana iba a enfrentarse al cuerpo sin vida del hombre
al que había amado durante tantos años, al único amor de su vida. Al que había conseguido sacar
de la cárcel años atrás, a costa de favores, estando la mayoría de ellos fuera del marco de la
legalidad.
Teresa Martínez y César Rincón se vieron por primera vez un 7 de julio, en la pescadería
Martínez, en la Plaza de Abastos del pueblo.
Todos los veranos, con la llegada de los veraneantes, ella ayudaba a su padre en el puesto de
pescado que había pasado a su familia de generación en generación.
Ese 7 de julio fue diferente. Un joven César, aún sin estar contaminado por la crudeza de la
vida, comenzó a trabajar en la Cooperativa de Pescadores, y le tocó llevar los encargos hasta el
mismísimo mostrador de una joven Teresa.
No tardaron en enamorarse el uno del otro. Fue un sentimiento tan profundo que ni el hecho de
que ella se fuera a Sevilla a estudiar criminología llegase a suponer un inconveniente para
cualquiera de los dos.
Más tarde, la situación se fue complicando más, cuando gracias a su licenciatura, Teresa pudo
optar por un puesto como Inspectora de Policía y, César por el contrario se complicase la vida
con el narcotráfico entre las dos costas vecinas.
A pesar de todo, nada pudo acabar con el amor que se tenían.
En numerables ocasiones ella intentó apartarlo de ese camino, pero era una misión imposible.
La última gota que colmó el vaso fue cuando lo detuvieron en el Puerto de Algeciras y ya no hubo
forma humana de tapar las evidencias.
César trabajaba de estibador en el Puerto, aprovechando este puesto para sacar de los
contenedores mercancía ilegal sin levantar sospechas. Le cayeron ocho años de cárcel, de los que
cumplió seis, aunque Teresa hizo todo lo posible para suavizarle la estancia, haciendo favores a
delincuentes para que no le complicasen la vida en prisión. Fueron unos años tremendamente
complicados.
Sabía que nunca podría volver a estar con él. Sabía que posiblemente, el César de hoy estaba
muy lejos de parecerse al muchacho fuerte y decidido al que había conocido tantos años atrás. Al
que le prometió que ella siempre sería lo primero en su vida. Al que había amado como nunca más
volvió a amar a un hombre.
Mientras miraba como se alejaba el coche en el que se encontraba el cuerpo sin vida de César,
pensó «¿Cómo hemos llegado a esa situación?»
Nadie de la Comisaría conocía el lazo que la unía al ex convicto y nadie iba a descubrirlo
ahora. Habían sido demasiadas las artimañas que había tenido que cometer por él y tenía que
hacer todo lo posible por evitar que su falta de autocontrol en estos momentos la delatara.
Conteniendo las lágrimas que amenazaban con romperla, pensó «Daría lo que fuera por saber el
instante justo en el que nuestros caminos comenzaron a separarse. Habría luchado con todas mis
fuerzas para cambiar justo ese preciso momento del destino»
La Comisaría

—¡Repíteme de nuevo! —ordenaba la Inspectora Teresa Martínez con sequedad. ¿Dónde


estabas hace dos noches?
Esa tarde la Policía Local había ido a buscar a Marcos a su negocio, obligándole a cerrar el
bar conduciéndolo a Comisaría, con la expectación que despertó el hecho en los vecinos de la
Calle Altamira.
La Inspectora Teresa había insistido en interrogarle personalmente, cosa que no solía ser lo
habitual.
—Inspectora, es la tercera vez que le digo que ayer domingo me quedé en el bar terminando de
arreglar unas cosas durante casi toda la noche, y terminé quedándome dormido en el sofá que
tengo en el almacén —respondió con tono cansado.
—¿Alguien puede corroborarlo? —insistió.
—De verdad que no puedo entender qué es lo que quiere que le diga. Todo el mundo sabe que
ha sido un accidente.
—Eso está por determinar todavía. ¿Es verdad eso que se rumorea que ahora que no está
César Rincón vais a empezar a faenar de nuevo? —dijo en tono agresivo. —¿Es verdad que no
han perdido el tiempo y a lo largo de la mañana os han llovido ofertas para sacar los pesqueros de
nuevo a faenar?
—Pero eso que tiene que ver con…
—¡Contesta a la pregunta! —La inspectora se levantó y se acercó a él desafiante.
Se abrió la puerta y apareció el Subinspector.
—Vamos, puedes marcharte— indicando con calma al joven la salida.
Marcos se levantó, cogió su chaqueta y salió de allí sin mirar atrás.
—¿Se puede saber que estás haciendo? —Mirando a su compañera incrédulo. — No hay
ningún motivo para interrogar a ese muchacho.
—Sé que está involucrado y sé que no ha sido un accidente —contestó ella evitando su
mirada.
—De verdad Teresa, no sé qué pensar, pero me tienes bastante preocupado. No le encuentro
sentido a tu reacción ante este caso. —Titubeo antes de seguir. —Me da la impresión de que te lo
estas tomando de forma personal.
—Simplemente estoy siguiendo el protocolo. Nada más.
—Esto no te lo crees ni tu ¿qué protocolo? Todos los indicios apuntan a que ha sido un
accidente.
—¿Un accidente? Ese tipo de accidente no le pasa a alguien con tanta experiencia como César.
¿De verdad me tengo que creer que su embarcación encalló en los corrales?
—El pesquero tenía las hélices completamente enredadas en una red. Es evidente que por eso
perdió el gobierno del buque y antes de que pudiera evitarlo, acabo en las piedras.
—Eso no se lo cree nadie –—dijo sosteniéndole la mirada. —César jamás se habría acercado
a esa zona.
—Pero no es imposible Teresa —suavizando su voz prosiguió —No quiero extralimitarme. —
Acercándose a ella continuó. —Sabes que te valoro. Te pido por favor, que dejes este asunto estar
porque ya estoy escuchando comentarios por Comisaría. ¿Os conocíais?
—Sólo del pueblo —respondió ella tajante.
—Pues he oído otra cosa …
—Bueno, si no te importa —Le indicó la puerta con la mirada. —Tengo trabajo.
Al quedarse sola, enterró su cabeza entre las manos, conteniendo las ganas de gritar, de
romper todo lo que se encontraba a su alcance.
Sabía que algún día, César se perdería por el camino que había elegido, que por mucho que
ella lo intentara, él ya era un caso perdido, lo que nunca habría podido imaginar era cuánto le iba
a doler.
¨Podemos imaginarlo todo, predecirlo todo, salvo hasta dónde podemos hundirnos¨.

Émil Michel Cioran


Un paso adelante

Fue poner un pie en la calle y rápidamente me percaté de que algo había pasado. Todo el
mundo parecía alterado.
En la panadería hablaban de que había aparecido un cuerpo en la playa del Rosario, cerca de
los arrecifes. Hacía muchos años que no ocurría un accidente de este tipo, sobre todo si se trataba
de un vecino del pueblo. Todos se conocían así que los rumores y conjeturas de lo acaecido,
volaban por la Villa.
—¿Quién ha fallecido? –pregunté
—¡Niño, dame dos barras de pan, que estén bien hechas, eh! —Solicitaba con premura una
clienta señalando unas piezas de pan en el mostrador. —Esa y …esa.
Una señora bastante corpulenta que estaba a mi lado se inclinó hacia mí y con tono confidente
me dijo.
—Niña, ha sido Cesar... Cesar Rincón, el que vive en la casa ostionera cerca del puerto. —Se
volvió hacia el panadero y terminó con su compra—También esas regañas.
Se escuchaban todo tipo de comentarios y diferentes versiones del suceso. Había quien
contaba que a Cesar le gustaba beber y que seguro que estando ebrio se tropezó y se cayó al agua.
Otros, por el contrario, opinaban que todo era muy extraño, argumentando que un tipo con tanta
experiencia no se cae, así como así y que sólo los extranjeros encallaban en aquella zona ¿Quién
iba a dirigirse hacia las piedras?
—Que no picha1, que por lo visto se cayó y luego el barco siguió hasta las rocas —explicaba
un vecino a otro.
—¿Te acuerdas hace un par de años que un velero encalló en esa misma zona?
—Si picha1, ¡pero eran guiris2!
Todos sabían algo, pero nadie lo sabía todo.
Subí a casa, pero el techo se me caía encima. Después de toda la información que había
recibido del pasado de los Ortega en los últimos días, la noticia del fallecimiento de César
Rincón me había dejado en ascuas. Si todo lo que había escuchado lo enlazaba con que hacía dos
días que no había conseguido ver a Marcos, por mucho que lo había intentado, me parecía como
poco sospechoso.
Una sensación inquietante me recorrió el cuerpo «¿y si ha tenido algo que ver?»
La última noticia que tuve estaba relacionada con una pelea que tuvieron los dos en la que por
lo visto tuvo que intervenir la policía. Creo que cronológicamente esto tuvo que ver con lo del
robo en el bar Tortuga.
Al atardecer, cuando casi se acababa el día, los últimos rayos de sol bañaban el horizonte.
Cogí mi colgante de aguamarina y miré a través de él.
Me fascinaba contemplar cómo traspasaba la luz a través de sus transparentes caras azuladas.
Las imágenes se reflejaban como espejismos, como en un teleidoscopio, una variante del
caleidoscopio, pero a diferencia de este, permite ver imágenes procedentes del exterior. La misma
imagen se repite en todas las caras de la piedra, pero desde ángulos distintos. Como si mirases
desde otra perspectiva.
«Una misma realidad, puede tener diferentes reflejos» pensé absorta mientras me perdía en el
interior del cristal.
Había venido a buscar paz, a encontrar de nuevo el camino, y resulta que lo que me encuentro
es a un antiguo amor adolescente, conflictos de familia y un cadáver en la playa.
Me puse el abrigo y decidí pasar de nuevo por el bar, esta vez caminando, así tendría más
tiempo para pensar que podría decirle a Marcos si finalmente lo encontraba.
Cuando la vista alcanzó a vislumbrar una tenue luz encendida, en el interior del local, sentí de
nuevo que el calor me subía desde el estómago, lo que hizo que me detuviera por un momento.
«Tranquila Inés, no pierdas el control»
Sin pensarlo dos veces, caminé hasta la entrada preguntándome si hacía bien acercándome
hasta allí. Realmente había muchas posibilidades de que Marcos estuviese implicado en el
incidente, en el caso de que este fuese provocado.
La necesidad de conocer la verdad a veces te empuja hasta situaciones poco seguras.
Di un paso adelante y traspasé el límite de la frontera de la entrada del local.
El beso

Al cruzar el umbral en silencio, me percaté de que no había nadie en el interior, todo estaba
bastante recogido; ya apenas había restos de muebles por el suelo. Una luz suave provenía de la
habitación que había al otro lado de la barra. Me dirigí hacia allí, pero me paré en seco al
escuchar un ruido a mis espaldas.
—Hola Inés. —Su voz parecía un susurro.
Me di la vuelta y en lo que parecía una rinconera, al fondo del local, en la oscuridad se
encontraba Marcos.
Al acostumbrarse la vista a la escasez luz, me cercioré de que tenía la mesa llena de botellines
vacíos de cerveza.
—Estoy de celebración. —Soltó mientras levantaba un botellín. —El mayor problema que ha
tenido mi familia se ha esfumado.
Se echó hacia atrás y continuó.
—Después de lo que hemos pasado… espero que podamos tener un poco de paz.
—¿Lo dices por la muerte de César Rincón? —mi voz sonó a desaprobación.
—Vaya, vaya, veo que no has perdido el tiempo.
—Bueno, sois bastante populares por aquí.
—Anda… ¿Por qué no te sientas conmigo? Ya sabes que no me gusta beber solo.
Dudé por un instante; no tenía muy claro qué hacer ya que lo encontraba un poco descarado y
era evidente que había estado bebiendo desde hacía un buen rato.
—No sé, creo que lo mejor es dejarlo para otro día.
—¡Vamos Inés, el mundo es nuestro! —se apoyó sobre la mesa —ven y comparte una cerveza
conmigo.
Aún no puedo explicar cómo todo mi cuerpo me empujaba hacia él. Me clavó su intensa
mirada y sentí una atracción que no había experimentado nunca anteriormente, salvo con él. No
tenía opción, así que me acerqué y me senté a su lado.
—Bueno querida Inés… es un gusto volverte a ver. La verdad es que lo estaba deseando —
apuntó sin apartar la mirada de mí. —Siempre me has parecido una chica preciosa…
—¿Yo?
—Sí, tu. Con ese aire… un poco distante de todos, inaccesible.
—Pero… ¿me estas tomando el pelo?
—Jamás haría eso.
—Pareces otra persona, y no el Marcos con el que hablé hace un par de días.
—¿Si? —rio. —Es que realmente soy otra persona. —Mirándome fijamente a los ojos
prosiguió. —Ahora soy libre… libre de hacer todo lo que quiera porque ya nadie va a destrozar
mis sueños.
—He escuchado muchas cosas en el pueblo en el día de hoy. —Vacilando continúe. —¿Tú
también crees que ha sido un accidente?
—¿Y a quién demonios le importa?
—¿Perdona? —Exclamé sorprendida.
—Inés, me da igual como haya pasado y… sí, me alegro de no tener que volver a mirarle a la
cara a ese malnacido.
—Hay un límite para todo… ¿Cómo puedes alegrarte de la muerte de alguien?
—No creo que puedas llegar a entenderlo… perteneces a otro mundo, al de los invidentes.
—¿Cómo dices? –solté incrédula.
—Sí, –prosiguió —existe un tipo de invidentes que ni siquiera saben que lo son, con la única
capacidad de ver el mundo a través su fácil y cómoda vida, ajenos a la realidad.
—Qué sabrás tú de mi vida…
—Algunas veces pienso que ese tipo de persona es afortunada, otras me doy cuenta de que
jamás sabrá lo que es verdaderamente llegar al límite y, a pesar de no tener esperanza ninguna, ser
papaz de dar un paso más, quizás el decisivo para hacer que todo cambie.
Intente interrumpirlo, pero no me dejó y continúo sentenciando:
—Detrás de tus quejas sin sentido y tus pantomimas, jamás llegaras a descubrir todo lo que
podrías llegar a ser, quedándote simplemente en un ser mediocre, con una existencia que realmente
valdría como media vida.
Me dejó completamente petrificada. Esta vez sus palabras me hicieron daño y provocaron un
sentimiento de decepción.
—Perdona… ¿acabas de insultarme? —dije sin dar crédito a todo lo que acababa de escuchar
—¿Acabas de decirme que soy mediocre y que no aprovecho mi vida?
—Eso… querida Inés, depende sólo de ti… de las ganas con las que quieras aferrarte a este
mundo. —Soltó dejándome alucinada completamente.
Después de un breve e incómodo silencio, me percaté de que el límite de lo cortés y lo
valiente ya se había sobrepasado con creces, así que me atreví a preguntarle sin dar más vueltas:
—¿Has sido tú? — le solté desafiante.
—¿A qué te refieres?
—¿Has tenido algo que ver con la muerte de César Rincón?
— ¿Piensas que he sido yo? —Se acercó a mí sonriendo. —¡Pues sí que eres valiente!
Querida Inés, a lo mejor estas al lado de un asesino.
—Mira, déjate de tonterías – dije moviéndome nerviosa en la silla.
—¿Has venido a averiguarlo? —Se acercó un poco más. —¿O... has venido a otra cosa?
—¿Qué dices? – respondí molesta.
—Querida Inés… no te puedes imaginar lo que he pensado en ti en estos últimos días.
— ¿En mí? —dije desairada. —¿A pesar de mi falta de miras?
—Creo que no eres consciente de lo que provocas en los demás… en mí.
—¿En ti?
—Sí, siento mucho que la otra vez tuviera que terminar tan pronto tu visita.
—Bueno… yo también.
—¿Si? Bueno pues entonces... estamos de acuerdo.
—¿En qué exactamente?
—En qué va a ser... ¡En besarnos!
—¿Perdona? —Dije como si hubiera perdido el hilo de la conversación.
—Si sigues mirándome así, no voy a tener más remedio que besarte… ¿vale?
Intente contestar, pero las palabras no salían de mis labios.
Me acerco a él con una suavidad que no esperaba y enredando sus dedos entre mis cabellos,
me miró a los ojos y sonrío.
—Inés, yo no le haría daño ni a una mosca, por mucho que esta se lo mereciera, ¿me crees?
Antes de poder responderle… me besó. Me besó como nadie me había besado antes. Un beso
profundo y apasionado. Sin prisas; sin pausas. Me sentía mareada, envuelta en una vorágine de
sentimientos que no quería reconocer.
Me deshice de sus brazos como puede y levantándome me parte de él.
—Lo siento, pero no tengo claro nada de esto.
—Inés, ¿cómo puedes decir eso? —Se levantó hacia mí. —Perdona por lo que te he dicho
antes, realmente no pienso que…
—Marcos, creo que has bebido demasiado y que has dicho demasiadas cosas que tengo que
asimilar.
—Espera Inés… no te vayas así.
Cogí mi bolso y salí de allí antes de que pudiera decir algo que me hiciera cambiar de
opinión.
«¿Había dicho en serio que se alegraba de la muerte de ese hombre? ¿Pensaba de verdad que
yo pertenecía a un tipo de persona que no era consciente de su vida? ¿Pero quién se había creído
que era para hablarme de esa manera?» Estaba ofuscada, pero lo peor de todo fue ser consciente
de que por encima de todo esto, estaba el beso, el cual había hecho temblar todos mis cimientos.
"Me beso sin pedir permiso y a mí me pareció la gloria. Le devolví el beso con hambre
atrasada"

Mario Benedetti
Marcos

Dejé la moto en el bar y fui caminando a casa; no me encontraba en condiciones de conducir y,


después de lo que había pasado con Inés, necesitaba aclarar mis ideas.
Esa chica me gustaba; más bien, me volvía loco. Desde que la conocí años atrás, en una de las
numerosas barbacoas que organizaban unos amigos del instituto, le había echado el ojo encima. El
problema era que no parecía muy comunicativa, cada vez que había intentado hablar con ella me
respondía de forma escueta y, sin aparente interés en mantener una conversación.
Mis amigos siempre me decían que pasara de ella, pero la verdad es que, aunque saliera con
otras chicas, nunca pude olvidarme de ella… de Inés.
«Esta chica… es especial, diferente a las demás adolescentes del pueblo», me dije. Me
gustaba cómo se movía, cómo se tocaba el pelo, cómo me miraba y sonreía desde la distancia…
me gustaba y, ahora convertida en toda una mujer… me gusta más de lo que podría
imaginar.
«¡Que estúpido he sido!”, me recriminé enfadado conmigo mismo. «¿Cómo he podido
desaprovechar una oportunidad así?».
Llegué a casa y encontré a Pilar adormilada en el sofá con Bowie y una manta por encima.
—Hola… ¿Cómo te encuentras?
—Uff, como si me hubieran dado una paliza.
Me senté a su dado y me tapé con un trozo de la manta, dejándome caer hacia atrás con aire de
derrota.
—Acabo de estar con Inés y… creo que he metido la pata.
—¿Con tu Inés? —Me miró divertida. —¿La chica de la playa?
—No te rías de mí, Pilar… realmente me gusta mucho.
—Pues deja de quejarte y piensa en cómo solucionarlo – soltó Pilar con tono fraternal.
Miré a mi hermana detenidamente. Tenía muy mala cara; llevaba un par de días que no podía
con su cuerpo. ¿Cuánto sufrimiento podría caber en una persona tan pequeña? Al lado mía
realmente parecía una niña.
La pérdida de mis padres había empeorado considerablemente su estado de salud y ahora,
parecía que yo no hacía nada más que darle disgustos y empeorar las cosas.
—Pilar…
—Dime hermano –me contestó con voz cansada.
—Quiero que sepas que… a pesar del altercado de la semana pasada, no he tenido nada que
ver con lo que le ha pasado a César.
—Lo sé.
—Sé que siempre has confiado en mí y por eso te pido que no te inquietes por nada, porque no
hay nada de qué preocuparse sobre ese asunto —le dije intranquilo.
—Lo sé Marcos, serénate. —Cogiéndome la mano. —Ha sido un accidente. No hay nada de
qué preocuparse. Al final la vida va poniendo todo en su sitio, sólo… hay q esperar un poco y…
dame el teléfono de Inés que le voy a contar lo burro que eres —rio burlándose de mí. —En
serio... dame su teléfono. Me apetece llamarla. Siempre es bueno tener una amiga con la que
hablar, además quiero estar segura de que es buena para ti.
—¡Qué controladora! —respondí medio en broma mientras le pasaba el contacto.
Me miró con ternura y cerró los ojos, mientras me decía.
—Querido hermano, creo que es hora de que siga mi propio camino.
Miré a Pilar sin entender muy bien lo que me estaba diciendo.
—Hoy he hablado con mi amiga Irene, la chica de Sevilla que conocí en una reunión de la
FMF. Me ha invitado a pasar una temporada con ella —me murmuró mientras volvía a dirigir su
fatigada mirada hacia mí.
—Pero… bueno… tendremos que hablarlo ¿no crees? —dije con desaprobación.
Pilar estaba decidida; Me fije que había una maleta y un par de bolsas de mano al lado del
aparador.
Sabía que había conocido a esta chica en un encuentro de pacientes diagnosticados de FMF,
Fiebre Mediterránea Familiar, hacía unos meses y que desde entonces habían estado en constante
contacto; No me había dado cuenta de que hubiesen intimado tanto hasta el punto de irse a vivir
juntas.
—Entiéndeme Marcos, —prosiguió después de una pausa, —las dos compartimos más cosas a
causa de esta enfermedad, que me va a acompañar durante toda la vida, de las que compartiré con
cualquier otra persona, pero…
—Pilar déjame que…
—No Marcos, déjame terminar –—me suplicó —sobre todo compartimos la forma con la que
debemos enfrentarnos al día a día.
Me di cuenta de que mi hermana pequeña, de quien había estado cuidando desde que tenía uso
de razón, acababa de dejarme fuera de su vida sin habérmelo consultado.
—Sabes que siempre voy a respetar cada decisión que tomes, aunque preferiría estar a tu lado
cuando tengas una recaída porque yo sé que hacer –añadí preocupado.
—Marcos, es hora de volar, de enfrentarme a la vida con mis propios medios. Si la cosa se
pone fea, no dudes en que vas a ser el primero que querré que este a mi lado.
—Pienso ir a verte a Sevilla cada vez que pueda —le solté en lo que sonó más a una amenaza.
—Claro que sí, pero… céntrate en tu vida, en tus ilusiones. Construye un futuro Marcos.

¨Se viaja no para buscar el destino sino para huir de donde se parte¨

Miguel de Unamuno
El comienzo

A primera hora del martes, aprovechando el día de cierre del bar y, a pesar de mi
desaprobación, me vi metiendo el equipaje de mi hermana en el maletero de mi viejo coche y
preguntándome mientras lo hacía cómo podía caber una vida en un maletero.
El camino a Sevilla se nos hizo corto. Pilar estaba nerviosa y no paraba de hablar, recordando
una anécdota tras otra, a cada cuál más divertida. Todo eso ya había quedado atrás.
El piso de su amiga Irene estaba en el barrio de Triana, «como el apartamento de Inés», pensé.
No tardé en darme cuenta de que se trataba de un lugar lleno de vida.
Las calles estaban repletas de comercios tradicionales y había bares, cafeterías y restaurantes
en cada esquina. Me resultó curioso que todos estaban llenos, con un bullicio constante de gente
entrando y saliendo de ellos.
Mi mente imaginó a Inés andando por aquellas calles, intentando vislumbrar cómo sería su
vida entre ellas.
—Marcos… ¿me ayudas?
La voz de mi hermana me sacó de mi ensoñación.
—Claro, perdona.
Irene estaba esperando en el portal de su casa. Era una chica altísima, pelirroja, con unos ojos
verdes impresionantes y, sobre todo, se mostraba verdaderamente feliz de tener una ilusión, un
nuevo comienzo haciendo equipo con mi hermana.
Subimos el equipaje y después de que Inés se acomodara en lo que iba a ser su nuevo hogar,
salimos a dar un paseo por el barrio.
A pesar de mi negativa, debo admitir que me alegraba verla tan animada. Esto me hacía
inmensamente feliz y me ayudaba a aceptar la decisión de Pilar.
Irene me miraba comprensiva:
—Tranquilo Marcos, por aquí la vamos a tratar muy bien.
—No lo dudo, el único problema es que no voy a estar cerca.
—Bueno, quizás ya es hora de soltarla un poquito… Como decimos por aquí… “Dale
vidilla3”
Nos reímos mientras caminamos hacia la Calle Betis. La vista desde allí de la otra orilla de la
ciudad era espectacular.
—¿Cuál es la historia de Triana? —Pregunté interesado.
—Uff, este barrio tiene muchas historias. Imagínate…desde la época de los romanos si habrán
pasado cosas.
Me llamó la atención enterarme de que había sido un barrio de pescadores y marineros. Que,
desde su orilla, el 10 de agosto de 1519, doscientos cincuenta hombres, en cinco naos a las
órdenes de Magallanes, dieron la primera vuelta al Mundo de la historia. Sólo consiguió volver
una embarcación, la Nao Victoria con 18 hombres, tres años después.
«La historia está llena de valientes, o quizás… la historia la escriben los valientes», pensé
mirando a mi hermana.
Sí, era el momento de que dejara a Pilar valerse por sí misma, apoyándola desde la distancia.
Yo también tenía mi propia batalla por la que luchar, la conquista de un corazón.
Me despedí de Irene y Pilar y, poniendo punto y final a una parte de nuestras vidas, me vi
comenzando el capítulo de otra etapa; estaba decidido a conseguir todos los objetivos que me
había propuesto; el primero de ellos era Inés.
Sobre las once de la noche ya había regresado. Me encontré aparcado debajo de la casa de
Inés. Sabía perfectamente dónde vivía, lo supe hace años. Es curioso que nunca encontré el valor
de confesarle mis sentimientos, pero ahora había llegado el momento
Desde el coche pude ver la luz tenue que salía de su apartamento.
«¿Subo?», me pregunté lleno de dudas sin tener claro si era el mejor momento.
Esta vez debía pensar mejor qué pasos dar. Quizás era la última oportunidad que tenía con ella
y tenía la esperanza de que había posibilidades por… cómo respondió a mis caricias… al beso.
Obligándome, arranqué el coche y pensé, «mañana».
La cruzada

Marcos:
Me desperté con el único pensamiento de hablar con Inés y solucionar el mal entendido que
generé la última vez que nos vimos.
Reconozco que el alcohol no es un buen compañero de viaje y te hace decir cosas de las que
más tarde puedes llegar a arrepentirte.
Un vecino salió por el portal, así que no me lo pensé dos veces y aproveché para subir. Tenía
que saber de una vez por todas si tenía alguna posibilidad con ella y… el beso… ese beso
correspondido a pesar de haber elegido el peor momento, me daba fuerzas para dar el paso.
Llamé a la puerta, más nervioso de lo que habría querido estar, con la sorpresa de que nadie
contestó al otro lado de la puerta. Por un momento temí: «¿y si se ha ido? ¿Si ha regresado a
Sevilla hasta no sé cuándo? Si es así, iré a buscarla y que ella entonces decida si vale la pena
darnos una oportunidad.
Volví a casa desanimado, pero sin querer perder la esperanza.
Allí, al otro lado de la cancela, sentada en los escalones previos al porche, estaba Inés.

Inés:
Estaba adormilada en el sofá, con un café con leche bien cargado entre mis manos mientras
meditaba qué hacer. La noche pasada había recibido un mensaje de Pilar. Me contaba que se había
ido a vivir a Sevilla, a mi barrio, con una buena amiga y que su hermano se había quedado aquí
solo. Me insistía en que estaba segura de que Marcos y yo debíamos intentarlo; que sólo había
bastado un momento a nuestro lado para tener la certeza de que lo nuestro podría funcionar. Sus
palabras se repetían en mi cabeza y quería creer con toda mi alma en ellas: “Inés, si dejas que mi
hermano te coja de la mano, te prometo que, si tú quieres, jamás te soltará. ¨
Sin dar más vueltas, llegué a la conclusión de que era hora de cerrar ya este capítulo,
asumiendo el resultado que tuviese, para bien o para mal y así, poder comenzar otro, con Marcos
o sin él. Así que, sin más dilación, salí temprano hacia su casa.
Sentada en los escalones de su porche, mientras acariciaba a Bowie, lo vi llegar y un
escalofrío me subió desde el estómago hasta la nuca cuando me miró y, allí plantado delante de
mí, me dedicó una sonrisa maravillosa.
—Inés… en primer lugar me gustaría pedirte disculpas por mi comportamiento la otra tarde.
No se puede ser tan torpe.
Lo miré y vi a un hombre lleno de emociones, con una mirada sincera y una pasión que llenaba
cada una de las palabras que pronunciaba.
—Disculpas aceptadas —Le contesté devolviéndole la sonrisa.
—Inés, me gustaría aclararte que, por supuesto no me alegro de la muerte de nadie, pero…
debes entender que ese hombre sólo ha traído desgracias a mi familia.
—Sí, eso me han dicho —le respondí un poco más relajada.
—Simplemente pienso que es el karma el que ha puesto a cada uno en su sitio y… pienso
que… también nos ha unido a nosotros.

Marcos:
Me senté a su lado, y me uní a las caricias que le brindaba a Bowie.
—Inés, no sé si alguna vez has pensado en mí de una manera diferente… si te he gustado —le
solté sin dar más rodeos.
—Pues…
—Por favor, déjame terminar. Hace mucho tiempo que deseaba hablar contigo, conocerte
mejor… creo que tú no has sido consciente de ese sentimiento. —Haciendo una pausa proseguí.
—Me gustas… me encantas, me resulta completamente imposible apartarte de mis pensamientos.
—Contemplé sus labios, besándola con la mirada.
—Si he venido hasta tu casa, ten por seguro que es porque me importas —respondió Inés
emocionada.
—Te propongo que dejemos atrás todas las experiencias malas del pasado y confíes en mí,
porque quiero comenzar de nuevo, contigo a mi lado.

Inés:
Mientras lo escuchaba, recordé aquel día en Praga, en el Puente de Carlos, junto a la imagen
de San Juan Nepomuceno… pidiendo un deseo que hasta entonces creía imposible.
Miré al hombre que tenía a mi lado. Con cada palabra se había ido acercado más y más a mí y
sólo necesité un instante para tomar una decisión, utilizando la misma frase que él había utilizado
días antes.
—Marcos, si sigues mirándome así, no voy a tener más remedio que besarte…
“El beso es un dulce movimiento que la naturaleza ha inventado para cerrar las
conversaciones cuando las palabras de vuelven inútiles”

Ingrid Bergman.

Inés y Marcos:
Juntos, comenzaron un nuevo camino lleno de retos, los cuales supieron superar. Decidieron
irse a vivir a la casa de Marcos ya que, con la partida de Pilar, tenían vía libre para poder
disfrutar de su amor con intimidad, en un lugar dónde antaño, había reinado la felicidad. Sin lugar
a dudas, formaban una buena pareja y pronto, la noticia de que esperaban un hijo, les llenó de
dicha.
«Quizás sí se cumplen los deseos después de todo», pensó Inés mientras cogidos de la mano
contemplaban la primera ecografía de su pequeño
—¡Hay que llamar a Pilar! —dijo Marcos emocionado mientras cogía su móvil.
Al otro lado de la mirada

Unos meses antes... Pilar se encontraba atrapada en sus pensamientos. «¿Dónde está ese lugar
dónde los miedos y la valentía se enfrentan en una pírrica batalla?»
Hay un refrán que me han repetido hasta la saciedad desde que era pequeña, que reza ¨lo que
no te mata, te hace más fuerte¨, pero yo me pregunto… ¿y si consigue matarte?... destruir tu alma,
tu alegría, haciendo que tu rostro olvide sonreír, haciendo que tus ojos olviden cómo llorar…
Mirar al espejo y no conseguir ver nada… Dime, ¿en qué te conviertes? Cuándo la persona que
has sido va desapareciendo lentamente, poco a poco, detrás de una recaída tras otra, de un ingreso
tras otro…
Después de buscar desesperadamente, durante demasiado tiempo, una respuesta que explicase
el porqué de todo aquello que te destruye e intentar encontrar el camino para pararlo, me di cuenta
de que la respuesta estaba en mí.
La realidad es que eres tú mismo el que puede definir cuál es el resultado final entre estas dos
opciones: o te conviertes en un ser sin vida y vas por el mundo sin rumbo, en manos del fracaso y
la derrota o, cruzas el umbral de la puerta de lo posible, dónde todo lo que te queda por vivir está
al alcance de tu mano.
Yo he elegido cruzar la puerta. He elegido ganar la batalla y conquistar el mundo. Redescubrir
todas y cada una se las emociones que fui perdiendo por un camino lleno de piedras, que me
hundían cada vez más en el río de la vida.
Ahora, nado en el inmenso y precioso mar de mis sueños. Libre de todo lo que me hacía daño,
simplemente porque he aceptado mi vida y todo lo negativo ha perdido todo el poder que tenía
sobre mí.
Esta tarde recibí una de las tantas llamadas de control que me hace Marcos para comprobar
como estoy. Me comentó que iba a quedarse a dormir en el bar porque quería terminar de arreglar
unas cosas y seguro que se le hacía tarde.
Hacía una noche clara, despejada. Me quedé mirando la tenue luz parpadeante que provenía de
un pesquero fondeado a poco más de milla y media de distancia.
No sabía cuándo iba a volver a tener esa oportunidad así que no dude en aprovecharla.
Comprobé que tenía todo lo que necesitaba en una mochila que tenía a mis pies y volví a
decirme a mí misma una frase que leí de George Bernald Shaw: ¨En una batalla todo lo
necesario para luchar es un poco de sangre caliente y el conocimiento de que es más peligroso
perder que ganar¨
«Vamos Pilar, vas a ganar esta batalla», inyectándome de coraje mientras introducía las aletas
en el agua, embutida en mi traje de neopreno.
La mar estaba en calma lo que, a pesar de mi agotamiento, me ayudó a llegar en poco más de
45 minutos a la embarcación.
César estaba sentado en una típica butaca de playa, con una botella sin etiqueta, casi vacía, de
lo que parecía algún tipo de orujo de los que solía beber.
No podría recordar cuánto tiempo tardé en recobrar el aliento y armarme de valor para sacar
la red de la mochila y enredarla en las hélices inmóviles del motor.
Ya no había vuelta atrás, golpeé la popa de la embarcación para llamar su atención.
—¿Qué pasa ahí? —balbuceó César casi ilegible.
Se levantó dando tumbos y maldiciendo. Intentando mantener el equilibrio, se asomó por el
pasamanos de popa y sin poder remediarlo, encontró por fin su destino.
Aún no puedo explicarme de dónde saqué las fuerzas para agarrarlo del cinturón y tirar de él,
hundiéndolo en la mar hasta que dejó de oponer resistencia.
Subí a bordo y tiré la manguera por la cubierta. Miré a mi alrededor jadeante, sintiendo que lo
más difícil ya estaba hecho. Puse el motor en marcha para enredar bien la red en las hélices y
dirigí el pesquero hacia las rocas.
Ahora tenía que conseguir que mis fuerzas no me abandonasen antes de regresar a la orilla.
Una nueva etapa se habría ante mí. Un camino en el que tanto Marcos como yo, podríamos
comenzar de nuevo. En mi caso… había decidido que fuese lejos de allí. Las grandes victorias a
veces necesitan grandes sacrificios.
Agradecimientos

A Jose María, por compartir sus conocimientos y siempre estar cuando lo necesito.
A Eva, por ser cómplice de mi vida. Por su objetividad y crítica, siempre constructiva.
A Carmen R., por creer en mí.
A Berta, por ese hilo invisible que nos une.
A Fernando, por su apoyo incondicional.
Anotaciones
(1) Picha: Término del saber popular de Andalucía, utilizado concretamente en la provincia
de Cádiz, cuyo significado viene a expresar, amigo, colega o compadre.
(2) Guiris : Persona que es extranjera.
(3) Dar vidilla: Expresión coloquial, utilizando el diminutivo de 'vida' para expresar dar más
libertad o espacio a una persona.

Nota de la autora: Esta obra es ficticia. Los sucesos y personajes descritos en este libro son
completamente ficticios. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, o con hechos
reales es pura coincidencia

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