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Anónimo. Congregados en El Nombre Del Señor

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Congregados

en el Nombre
del Señor
Una declaración concisa de principios
Congregados
en el Nombre
del Señor
Una declaración concisa de principios

Convencidos como están de la autoridad absoluta de la


Palabra de Dios y la entereza de sus enseñanzas, los
hermanos que se congregan hacia el Nombre del Señor
creen en la unidad de la Iglesia, formada sobre la tierra por el
Espíritu Santo y que incluye a todos los hijos de Dios.

Esta unidad es enseñada en las epístolas del apóstol Pablo,


quien la presenta bajo el símbolo notable de un solo cuerpo,
quiere decir, un organismo vivo, formado de muchos
miembros unidos en una unión inquebrantable (Romanos
12:4-8; 1 Corintios 10:17; 1 Corintios 12; Efesios 1:22-23; 2:16;
3:1-7; 4:1-16). El conocimiento de esta verdad es una de las
razones por que muchos cristianos salieron de las
denominaciones y las congregaciones independientes y el
conocimiento de que hay “un solo cuerpo” siempre fue una
de las razones más importantes de su posición actual.

Reunidos en diversos lugares alrededor del Señor como


miembros de su cuerpo, estos hermanos no han formado
organización eclesiástica alguna. Solamente han reconocido
lo que Dios mismo instituyó.

Cada asamblea local tiene la responsabilidad de velar para


que los derechos del Señor sean mantenidos tales como han
sido revelados en toda la Palabra de Dios. Así es que se
ejerce la disciplina en sujeción al Señor, de acuerdo con las
instrucciones dadas en Mateo 18:18-20; Juan 20:23; 1
Corintios 5:9-13; 2 Corintios 2:5-11. Se recibe con gozo para el
partimiento a cada hijo de Dios que desea andar de acuerdo
con el orden presentado en la primera carta a los Corintios,
que da las instrucciones precisas para el andar colectivo de
los cristianos. Es recibido como miembro del cuerpo de Cristo,
y no como miembro de una asamblea.

Los hermanos creen en la presencia y la dirección del Espíritu


Santo en la Iglesia, donde se reconoce como adoradores a
todos los hijos de Dios y donde cada uno de los redimidos
por Cristo es revestido de la dignidad de un sacerdote (1
Pedro 2:9; Apocalipsis 1:6). Consiguientemente, la libertad del
Espíritu es reconocida por los hermanos en las reuniones
para adoración, que son propiamente de acción de gracias y
alabanza. Se reconoce también la misma libertad en las
reuniones para oración.

Aquellos que tienen dones del Espíritu (Romanos 12:5-8;


Efesios 4:7,11) ejercen sus dones libremente con el debido
respeto y sumisión del uno al otro. Si un hermano llamado
por el Señor dedica su tiempo entero al ministerio de la
Palabra (3 Juan 7), se entrega a la obra con la aprobación de
los hermanos y la comunión de la asamblea (Hechos 13:1-3;
14:26), sin que esto de modo alguno suprima su
responsabilidad personal ante el Señor. El debe caminar por
la fe, y a la vez someterse, como cualquier otro hermano, a la
disciplina que la Asamblea debe ejercer bajo su
responsabilidad hacia el Señor.

De acuerdo con el mandamiento del Señor, las mujeres


deben quedar en silencio en las reuniones de las asambleas
(1 Corintios 14:34-35; 1 Timoteo 2:8-12).

Existen en nuestro país, y en otros países también, algunos


creyentes que caminan juntos en sumisión a estas verdades.
Para así obedecer al Señor, estos se apartan de toda
denominación establecida sobre principios que no están de
acuerdo con la Palabra de Dios. Por lo tanto, no pueden
permitir que aquellos que han sido recibidos para el
partimiento del pan en sumisión al Señor y a su Palabra,
partan el pan en otros lugares donde no se practican estos
principios bíblicos.

Aquellos que participan en la misma mesa expresan en su


acto su comunión y unidad. Esta verdad es presentada de un
modo especial en 1 Corintios 10:14-22, en relación con la
mesa del Señor. De modo que, dondequiera que se parta el
pan, cada persona que participa se identifica con todos los
que allí participan y con las doctrinas y prácticas profesadas
en aquel lugar. Así es que si alguien en Corinto participara de
los sacrificios a un ídolo, expresaría por tal su comunión con
los demonios (1 Corintios 10:19-21). En todo sitio donde no se
reconozca y no se someta a los derechos del Señor, o donde
el caminar de los creyentes no sea dirigido por el principio de
sumisión a la autoridad de la Palabra de Dios, allí es que, o se
entiende mal, o se rehúsa, la verdad relacionada con la mesa
del Señor.

También hay otro aspecto de la verdad relacionada con la


cena del Señor –el recuerdo personal de él– que sin duda es
muy precioso a todos los redimidos. Pero según Dios, la cena
y la mesa del Señor son inseparables. En otras palabras, no
se puede desligar la cena conmemorativa del hecho que
aquellos que participan juntos de ella expresan por el mismo
hecho su comunión y su unidad; porque el pan, que
representa el cuerpo personal del Señor, es también el
símbolo de la unidad de este cuerpo místico, la Iglesia.
Aquellos que participan de aquel “un pan” son una expresión
de la unidad de la Iglesia como lo es también el mismo pan,
porque, “siendo un solo pan, nosotros, con ser muchos
somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo
pan” (1 Corintios 10:17)

Conclusión
Siendo nosotros los objetos de la inmensa gracia de Dios,
que nos soporta cada día, debemos mostrar paciencia e
indulgencia hacia nuestros hermanos. Sin embargo, aquellos
que han sido recibidos para el partimiento del pan están
sujetos a la disciplina que la asamblea debe ejercer bajo su
responsabilidad al Señor. Así es que si alguien —que expresa
la comunión con la Asamblea en el partimiento del pan—
participa de la cena donde no se reconoce en práctica la
verdad de la unidad del cuerpo y la autoridad del Señor, es
inconsistente con el lugar que ha asumido en la Asamblea.
Así, lo reconozca o no, ha negado por tal práctica ese lugar y
ha comprometido el testimonio que se rinde a las verdades
en cuanto a la Asamblea de Dios. Después de ser exhortado y
advertido en amor, si persiste en su curso, él demuestra por
tanto un espíritu de independencia y terquedad que no
puede ser permitido si se desea mantener la verdad en
cuanto a la mesa del Señor.

Sin duda, cada persona que se ha arrepentido de sus


pecados y ha creído en su corazón en el Señor Jesús, es un
hijo de Dios y un miembro del cuerpo de Cristo. Además, es
cierto que entre aquellos creyentes de los cuales nos hemos
separado, hay algunos más piadosos y fieles en su camino
personal que algunos entre nosotros. Esto lo reconocemos
de buena gana. Por eso, es necesario entender que las
razones de nuestra separación son puramente de orden
eclesiástico, quiere decir, que nos sentimos responsables
ante Cristo como cabeza de su Iglesia, de reunirnos en su
Nombre solamente y de mantener los principios de su
Palabra dados para la dirección de su Iglesia, como también
de guardarnos en separación de toda organización que
ignore o rehúse tales principios. Si un creyente persiste en
mezclarse con tal orden de cosas, la separación de aquel
orden eclesiástico anti-escritural necesariamente exige la
separación de tal creyente, sin embargo, no como creyente,
sino por causa del lugar que él ocupa en un orden anti-
escritural del cual tenemos que caminar en separación, para
ser fieles al Señor.

Si los creyentes se congregan para partir el pan


sencillamente como miembros del cuerpo de Cristo, y
obedecen las instrucciones que el Señor ha dado en las
epístolas del Nuevo Testamento, reconocerán a todos los que
hacen lo mismo y por lo tanto existirá un vínculo de
comunión entre ellos. Si no es así, es porque no andan en
obediencia a los mismos principios. Reunirse como reunión o
asamblea independiente es una negación práctica de la
unidad del cuerpo de Cristo.

El asunto que se trata es este: Si el camino de las asambleas


deber ser regulado por la Palabra de Dios, y si su posición de
separación es el resultado de su obediencia al Señor, o si es
una posición propia obstinada. Sin duda, no podemos
jactarnos de nuestra obediencia, pero sí tenemos la
convicción que la gracia del Señor nos ha colocado en un
verdadero camino donde todo miembro del cuerpo de Cristo
tiene, como tal, su lugar.

La presencia del Señor Jesús que murió y resucitó, atrae a los


hijos de Dios y los congrega por el poder del Espíritu Santo.
Esto es lo que caracteriza una asamblea de Dios; porque es
así como nos reunimos hacia el Nombre del Señor (Mateo
18:20). Congregarnos así hacia su Nombre necesariamente
implica un reconocimiento de sus derechos, sumisión a su
autoridad y obediencia a su Palabra. Ahora bien, la posición y
la disciplina de la Asamblea que deben ser mantenidas —si
tenemos en realidad el carácter de una asamblea de Dios—
no son incompatibles con el amor que debemos a todos los
hijos de Dios. El amor verdadero, amor según Dios, es
medido por el patrón divino: “En esto conocemos que
amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios, y
guardamos sus mandamientos” (1 Juan 5:2-3).

Después de dar este desarrollo breve de los principios que


profesamos, tenemos que confesar con humillación que ni
nuestra marcha colectiva, ni nuestro camino particular ha
alcanzado siempre este nivel. Sin embargo, esto no nos
justifica en abandonar la verdad. Guardar el buen depósito
encomendado y retener lo que hemos recibido por la gracia
de Dios, deber ser considerado un privilegio inmenso para
nuestros corazones. Como también una responsabilidad para
nuestras conciencias.

Ediciones Bíblicas

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