Artículo 34: Sumario
Artículo 34: Sumario
Artículo 34
Introducción histórica
Por Luis René Guerrero Galván y José Gabino Castillo Flores
813
DR © 2016. Universidad Nacional Autónoma de México - Instituto de Investigaciones Jurídicas
Cámara de Diputados del H. Congreso de la Unión, LXIII Legislatura http://www.diputados.gob.mx/
M.A. Porrúa, librero-editor https://maporrua.com.mx/
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más no gozarían de los derechos otorgados por la ciudadanía. Como una forma de facili-
8
Proyecto de reforma de la Nación Mexicana, su religión, territorio, condición general de sus habitantes, forma de go-
bierno y división del Poder Supremo, 1840, disponible en http://www.biblioteca.tv/artman2/publish/1840_145/Proyecto_de_
reforma_de_la_Naci_n_Mexicana_su_relig_233_printer.shtml.
9
Primer Proyecto de Constitución Política de la República Mexicana, 1842, disponible en http://www.constitucion1917.
gob.mx/work/models/Constitucion1917/Resource/269/1/images/1er_proyecto_constitucion_25_08_1842.pdf.
10
“Son ciudadanos los mexicanos que hayan cumplido diez y ocho años, siendo casados, y veintiuno si no lo han sido,
y que tengan una renta anual de doscientos pesos por lo menos, procedente de capital físico, industria o trabajo personal
honesto. Los Congresos constitucionales podrán arreglar, según las circunstancias de los Departamentos, la renta que en cada
uno de estos haya de requerirse para gozar los derechos de ciudadano. Desde el año de 1850 en adelante los que llegaren a
la edad que se exige para ser ciudadano, además de la renta dicha antes para entrar en ejercicio de sus derechos políticos,
es necesario que sepan leer y escribir”. Bases Orgánicas de la República Mexicana, 1843, disponible en http://www.juridi-
cas.unam.mx/infjur/leg/conshist/pdf/1842.pdf.
11
Derechos del pueblo mexicano…, op. cit., p. 973.
12
Acta Constitutiva y de Reformas, 1847, disponible en http://www.ordenjuridico.gob.mx/Constitucion/1847.pdf.
13
Estatuto Orgánico Provisional de la República Mexicana, 1856, disponible en http://www.ordenjuridico.gob.mx/
Constitucion/1856.pdf.
de 1856.14 No obstante elaboró algunos cambios al señalar que se sumaría a los requi-
sitos de ciudadano el saber leer y escribir a partir de 1860, y no ya de 1850 como se
había señalado en 1842, muestra de que para entonces saber leer y escribir era todavía
raro entre gran parte de la población a la cual se estaba buscando instruir mediante la
creación de escuelas, colegios e institutos literarios en todo el país. No obstante, cuan-
do en 1857 se promulgó la Constitución, en su artículo 34 sólo se pusieron como re-
quisitos para ser ciudadano el “haber cumplido dieciocho años siendo casados, o
veintiuno si no lo son [y] tener un modo honesto de vivir”.15 No se contempló entonces
ni la renta ni la ausencia de alguna condena. Esto último, sin embargo, sí volvió a
contemplarse en el Estatuto Provisional del Imperio Mexicano de 1865 (art. 55).16
No obstante, dado que este último ordenamiento se dio por parte de Maximiliano
de Habsburgo durante el Segundo Imperio Mexicano, su alcance fue limitado por lo
efímero de su existencia como forma de gobierno. Tras desaparecer en 1867, la Cons-
titución de 1857 recobró su vigencia. El mismo texto de 1857, que se limitó a los
puntos de edad y modo honesto de vivir, fueron retomados en el Proyecto de Constitu-
ción de Venustiano Carranza de 1916, y se plasmaron en el texto del artículo 34 de la
Constitución de 1917.
14
Proyecto de Constitución Política de la República Mexicana, 1856, art. 40, disponible en http://www.biblioteca.tv/
artman2/publish/1856_149/Proyecto_de_Constituci_n_Pol_tica_de_la_Rep_blica__245.shtml.
15
Constitución Política de la República Mexicana de 1857, disponible en http://www.juridicas.unam.mx/infjur/leg/
conshist/pdf/1857.pdf.
16
Estatuto Provisional del Imperio Mexicano, 1865, disponible en http://www.ordenjuridico.gob.mx/Constitucion/
1865.pdf.
Artículo 34
Capítulo IV 34
De los Ciudadanos Mexicanos
Artículo 34. Son ciudadanos de la República los varones y mujeres que, teniendo la
calidad de mexicanos, reúnan, además, los siguientes requisitos:
17
Artículo reformado, dof: 17-10-1953, 22-12-1969.
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Artículo 34
Ya Aristóteles señalaba que el ser humano es un ser social por naturaleza, y esta so-
ciabilidad es fundamental en la concepción de ciudadano, ya que si toda persona
pertenece a una sociedad, resulta una necesidad que cada uno de sus miembros pueda
participar y ser escuchado por los demás. De esta concepción social del ser humano
nace la polis, como fuera llamada la forma de organización política fundamental de los
griegos, en cuya cultura por primera vez aparece en Occidente la ciudadanía.
Al respecto, es preciso tener presente que en Grecia la ciudadanía tuvo ciertas
características fundamentales: sólo pertenecía a una élite —la de los hombres libres—,
era hereditaria, estaba sujeta a la idea de libertad y representaba un vínculo de carác-
ter religioso. En otras palabras, la posibilidad de ser ciudadano no era concedida a
todos, sino únicamente a los hombres libres, derecho que se negaba no sólo a las mu-
jeres sino a la mayor parte de la población en condiciones de esclavitud. Es decir, sólo
algunos hombres griegos podían gozar de la ciudadanía, pues la Grecia antigua des-
cansaba sobre una amplia base esclavista.18 Ahora bien, en la relación con la ciudada-
nía la politeía representaba la condición y derechos de un ciudadano o la ciudadanía
misma, mientras que la condición de politeúomai se refería al ciudadano u hombre
libre. La historia nos muestra que estos conceptos estuvieron muy unidos al desarrollo
de la idea de democracia en las antiguas ciudades griegas.19
Asimismo, es importante señalar que en Grecia hubo algunos intentos para limitar
los privilegios creados por la ciudadanía. De esta manera, en el siglo v a.n.e., cuando
el estatus social y la situación económica eran determinantes para ejercer los derechos
ciudadanos, se implementaron políticas destinadas a proteger los derechos de algunos
sectores marginados, en el que no sólo no figuraron los esclavos, sino tampoco las
mujeres. Tales prácticas tampoco implicaron el reconocimiento de la ciudadanía para
estos últimos, con lo cual estas prácticas dejaron fuera de la participación política a
una gran parte del pueblo griego.
Alrededor del año 450 a.n.e., Pericles hizo aprobar una ley que restringió la ciu-
dadanía a sólo aquellos que hubiesen nacido de padre y madre griegos, con lo que se
Mariateresa Galaz, “Historia del concepto de ciudadanía en la Atenas clásica”, en Vicente Arredondo Ramírez (coord.),
19
Ciudadanía en movimiento, México, Universidad Iberoamericana-Biblioteca Francisco Javier Clavijero, 2000, pp. 53-81.
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Comentario | Artículo 34
tuvieran la nacionalidad griega, por lo que también se les negaba a los extranjeros. Esta
ley se dirigía sobre todo a los integrantes de las clases bajas (compuesta por un gran
número de extranjeros que habían emigrado a las ciudades griegas), pues a los griegos
les preocupaba la competencia que representaban los extranjeros para el desempeño
de cargos públicos.
Como en muchos otros aspectos torales de las instituciones políticas, el derecho
romano retomó muchos de los principios de la cultura helénica en relación con esta
noción esencial de la ciudadanía. Aunque en Roma no se estableció formalmente la
nacionalidad como elemento fundamental de la ciudadanía (ello debido en buena
medida a la expansión imperial de Roma, que la obligaba a estar en constante comu-
nicación con otros culturas y recibir en sus ciudades a muchos extranjeros), existió la
expresión civitas, así llamada por los romanos al conjunto de los cives o conciudadanos,
que al mismo tiempo expresaba la idea de pertenencia a Roma.
El ciudadano romano solamente podía ser el varón libre de potestad, es decir, no
sujeto a la tutela del padre, en virtud de lo cual los hijos de un ciudadano romano sólo
podían adquirir un patrimonio y la ciudadanía misma una vez que el pater familias
moría. Por lo que respecta a las mujeres, ellas podían adquirir la ciudadanía, pero no
podían ejercer activamente sus derechos políticos, por lo que en la práctica eran ex-
cluidas de las decisiones de la civitas romana.
La ciudadanía era requisito indispensable para participar en el gobierno romano,
y esta forma de participación democrática fue sobre todo importante durante la etapa
de la historia romana denominada de la República. En efecto, después de la decaden-
cia de la monarquía, tuvo lugar una nueva concepción de la ciudadanía y el tránsito
hacia una nueva forma de gobierno: la República, que prometía prácticas más demo-
cráticas, pues en los primeros siglos de la historia de Roma, las prerrogativas que traía
consigo la ciudadanía sólo eran concedidas a la clase aristocrática. Con la República,
la participación política de los ciudadanos romanos se amplió y permitió el florecimien-
to de la democracia romana.
No obstante lo anterior, esta práctica democrática fue desapareciendo con la pau-
latina instauración del Imperio, ya que durante esta etapa el gobierno fue férreamente
centralizado en los césares, quienes no obstante que siguieron tomando parecer al
pueblo romano en general y, al Senado en particular, centralizaron el poder y fueron
menos afectos a la política de los ciudadanos. Aunque con el paso del tiempo algunos
plebeyos pudieron obtener la ciudadanía, es necesario tener en cuenta que este fenó-
meno tuvo lugar primordialmente durante la época del Imperio, momento en el cual la
ciudadanía como forma de participación democrática había ya perdido la fuerza que
tuvo durante la República.
En efecto, la expansión imperial de Roma motivó que la ciudadanía fuese reconoci-
da a algunos miembros de aquellas regiones que iba conquistando el Imperio. De esta
manera, los derechos y obligaciones ciudadanas se otorgaron a todos aquellos hombres
libres que manifestaban su lealtad y obediencia al Imperio, aunque permanecieron cier-
tos usos para disciplinar a los nuevos ciudadanos: cada cinco años debían inscribirse e
inscribir a su familia en el censo y declarar cuánta riqueza poseían para que se pudiera
Sección tercera | Volumen VII
a) Si se nacía ciudadano, con lo cual los niños y las niñas obtenían el estatus político de
su padre,
b) Si se alcanzaba esa calidad en el transcurso de la vida, como era el caso de los esclavos
que podían obtener la ciudadanía si sus amos eran romanos y los liberaban mediante la
formalidad y la solemnidad requeridas,
c) Si el pueblo romano se la concedía a un extranjero,
d) Si un extranjero ayudaba a la República romana, jurándole lealtad o,
e) Si un extranjero era adoptado por un ciudadano romano.
Ahora bien, a partir del siglo i de nuestra era, vemos como paulatinamente va
creciendo al interior de las provincias romanas un movimiento religioso y político que
va a transformar de manera profunda la naturaleza de la ciudadanía romana, de la vida
política y del estatuto general de la persona en Occidente. En efecto, el cristianismo
como movimiento religioso-político, que tiene su origen en las provincias orientales del
Imperio romano, postulará la igualad intrínseca del ser humano y sostiene que todos
20
José Ledesma, “La ciudadanía en la experiencia jurídica de Roma”, en Vicente Arredondo Ramírez (coord.), op. cit.,
nota 2, p. 88.
los hombres y las mujeres son iguales ante los ojos del creador. Semejante proclama
Comentario | Artículo 34
igualitaria tuvo un profundo impacto al interior de la sociedad dominada por Roma que,
como hemos señalado, descansaba en una base social esclavista en la cual la mayoría
de la población era esclavo o esclava, con una minoría de ciudadanos libres.
Ciertamente, conforme el cristianismo se expandía por las provincias romanas, los
esclavos hacían suyo el discurso igualitario de la nueva religión. Desde luego, si con-
sideramos que en sus primeros momentos el cristianismo era una religión adoptada por
los esclavos, podrá comprenderse que la ciudadanía era, en estos momentos, conside-
rada como una institución creadora de la desigualdad entre los hombres, pues era
concedida sólo a los hombres libres. Ya hacia el final del Imperio y conforme se exten-
día cada vez más el cristianismo, la ciudadanía fue cada vez más asociada con la
desigualdad y los privilegios concedidos a los hombres libres, mientras el cristianismo
ganaba más adeptos entre los esclavos y, más tarde, entre algunos hombres libres,
ciudadanos de Roma.
A partir del siglo i y hasta principios del siglo iv de nuestra era, el cristianismo se
va extendiendo por todos los dominios romanos. Para principios de ese siglo iv, la po-
blación cristiana al interior de las provincias romanas era ya inmensa, lo cual hacía ya
muy difícil el gobierno de Roma y de sus provincias para el emperador y las élites
políticas romanas. En la misma ciudad de Roma se encontraban ya muchos cristianos,
que criticaban profundamente el privilegio de los ciudadanos libres. De esta forma y
con el propósito de ganarse a un pueblo que en buena medida se había convertido al
cristianismo, el emperador Constantino I inició el proceso de convertir al cristianismo
en una religión oficial.
El reconocimiento del cristianismo como religión oficial en las provincias romanas
por Constantino y las posteriores adaptaciones que fueron realizando otros emperadores,
como Dioclesiano, debieron tener un profundo impacto sobre la noción de ciudadanía.
En efecto, a partir de este momento, la ciudadanía como estatuto que favorecía únicamen-
te a los hombres libres, tal como en esencia había sido concebida durante siglos, tanto
en Roma como en Grecia, debió perder gran parte de su fuerza. En su lugar se fue cons-
tituyendo una noción de igualdad ante Dios, en la que la antigua distinción entre hombre
libre y esclavo desaparecía como noción esencial. Con la consolidación del cristianismo,
se inicia en Occidente el eclipse del ideal ciudadano activo y secular (la persona que se
afirma a través de la acción política) y principia la Edad Media, en la que el homus
politicus es sustituido por el homo credens de la fe cristiana.
En otras palabras, hay un paradójico resultado con el declive de la ciudadanía y
la aparición del cristianismo: si por un lado éste con su proyecto de igualdad tiende a
diluir la desigualdad institucionalmente reconocida en Roma entre ciudadanos libres
y esclavos; por otra parte, el ciudadano activo en el terreno político es desplazado,
desde el comienzo de la Edad Media, por el creyente y la noción de ciudadanía pierde
significativa importancia como institución que permite la participación política de los
iguales en el gobierno, para ser desplazada por una noción de igualdad teológica despro-
vista de participación política, en la cual las personas son iguales ante Dios pero carecen
de juicio para participar activamente en los asuntos públicos.
Comentario | Artículo 34
no como el eje fundamental de todo instrumento jurídico-político, al tiempo que hacía
hincapié en la necesidad de recuperar la participación de los hombres en sus gobiernos.
Este nuevo pensamiento se cristalizó en dos instrumentos clave para el desarrollo del
concepto contemporáneo de ciudadano: la Declaración de Independencia de Estados
Unidos y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, pro-
ducto de la Revolución Francesa. Estas declaraciones contienen una notable influencia
de pensadores como Locke, Rousseau y Montesquieu, cuyas ideas fueron fundamenta-
les para el desarrollo de una nueva concepción del derecho y de nuevas formas que
permitieran contrarrestar el abuso del poder existente durante el desarrollo de los go-
biernos monárquicos europeos.
En efecto, la paulatina desaparición de los regímenes monárquicos hizo necesaria
la creación de instrumentos que permitieran distribuir y controlar el poder político, lo
que era posible mediante la ciudadanía que era reconocida en estos documentos, pues
posibilitaba que los hombres participaran en el ejercicio del mismo poder político.
Surgió así una nueva relación político-jurídica: eran los ciudadanos quienes encomen-
daban al Estado vigilar y proteger los nuevos derechos del pueblo soberano. Este
nuevo contrato social restituía al pueblo la potestad soberana de destituir al gobierno
que no garantizara el cumplimiento de las funciones que le fueron delegadas (la posi-
bilidad de destituir al mal gobernante, ya venía siendo examinada por los pensadores
neoescolásticos del siglo xvi español). De esta manera, por medio de un escudo jurí-
dico se truncaba la posibilidad de que se restablecieran gobiernos tiránicos y se ponía
en el centro de la vida política el estatuto ciudadano.
En la Declaración de Derechos del Pueblo de Virginia, por vez primera los de-
rechos que se reclaman no son los “concedidos” al pueblo por el monarca, sino que
eran derechos inherentes al hombre por su propia naturaleza. En este tenor, los hombres
y mujeres se conforman como una organización política cuyo fin primordial consiste en
proteger esos derechos, pero para alcanzar este fin es inevitable que cedan parte de sus dere-
chos a la sociedad y a través de las leyes se establezcan las formas en que se protegerán.23
En la búsqueda de nuevos mecanismos que permitieran la participación y el con-
trol popular se inscribe el establecimiento del principio de representación que refor-
zaba la nueva concepción del “ciudadano”. De esta manera, la posibilidad de partici-
par activamente en las decisiones de la sociedad quedaba reservada a aquellos sujetos
que mejor representaran los intereses de sus electores, pues las dimensiones de los
Estados nacionales ya se habían consolidados para el siglo xviii, hacían indispensable
el ejercicio de los derechos ciudadanos a través de la figura de la representación.
En efecto, la democracia directa sólo fue posible en una sociedad política com-
puesta de pocos ciudadanos, como lo fue la polis griega; por el contrario, ya al entrar
a la edad moderna, los nacientes Estados nacionales europeos podían ser sociedades
políticas de millones de personas, en los que cualquier tipo de representación directa
23
José Antonio Caballero, “La idea de ciudadanía en la revolución de independencia de los Estados Unidos de Améri-
ca”, en Arredondo Ramírez (coord.), op. cit., nota 2, p.16.
24
R. Carré de Malberg, Teoría general del Estado, México, fce, 1948, p. 949.
25
George Jellinek, La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, México, Instituto de Investigaciones
Jurídicas-unam, 2000, p. 96.
26
Marcia Muñoz de Alba, “El concepto de ciudadano a partir de la Revolución francesa”, en Arredondo Ramírez
(coord.), op. cit., nota 2, p. 145.
Pero no sólo esta Declaración sentaría las bases para el otorgamiento de la ciudada-
Comentario | Artículo 34
nía a todos los integrantes del Estado, también la Revolución Francesa y su Declaración
serían las causantes de una gran conflagración militar europea que, en la práctica, haría
necesario el reconocimiento de la ciudadanía universal. Me explico, la caída definitiva
de la monarquía en Francia ponía en peligro a las otras monarquías europeas que temían
que el nuevo discurso ciudadano e igualitario llegara hasta ellas y pusiera en entredicho
la legitimidad de sus privilegios cortesano-monárquicos; en consecuencia, fueron hosti-
les al nuevo gobierno popular-burgués francés y le declararon la guerra.
La defensa inicial que puso en marcha Francia para defender su Revolución contra
las monarquías europeas y la posterior etapa de defensa y expansión que tuvo lugar con las
guerras napoleónicas, pusieron en armas a millones de hombres a todo lo ancho y largo
del continente europeo, lo que tuvo como consecuencia que estas guerras se convirtieran
en los movimientos bélicos que más seres humanos movilizaron hasta ese momento. De
aquí nació la idea de que cada ciudadano era a la vez un soldado en defensa de su patria,
en consecuencia, se debía reconocer la ciudadanía al mayor número de hombres como
fuera posible, pues las guerras que inauguraban el siglo xix así lo exigían.
Esta idea fue en particular importante en Francia y permitió a Napoleón cons-
tituir un ejército verdaderamente ciudadano, que pudiese rivalizar con las potencias
extranjeras que amenazaban los logros de la Revolución. De esta manera, no fue extraño
que en los ejércitos napoleónicos hubiese extranjeros que se alistaban con el único
propósito de obtener la ciudadanía, o bien ciudadanos franceses que consideraban
que luchar por la Revolución era la única manera de conservar su estatus igualitario,
pues si la Revolución fracasaba y la monarquía fuese restaurada, los privilegios, pen-
saban, serían restaurados.
El mismo Napoleón fue útil a este propósito, pues a diferencia del resto de la élite
militar europea, constituida esencialmente por nobles, Napoleón era un soldado que
había ascendido en la escala militar por sus propios méritos, en otras palabras, era un
simple ciudadano, un hijo del pueblo, como le decían los franceses. Inevitablemente,
el resto de los Estados europeos también se vio en la necesidad de incorporar a cientos
de miles e inclusive millones de hombres a sus ejércitos, lo que parecía imposible
mientras se mantuviera el antiguo estatus que consideraba el ejercicio de las armas
como privilegio de la nobleza; para incorporar al pueblo al ejército había necesidad de
hacerle sentir que era parte de la vida del Estado, y que los intereses de éste eran
también los suyos, es decir, había necesidad de incorporarlo a la vida política de su
sociedad. En este sentido, el reconocimiento de la ciudadanía universal era un exce-
lente instrumento. En síntesis, conforme la estrategia militar del siglo xix y de la pri-
mera mitad del siglo xx requerían de la presencia de millones de seres humanos en los
campos de batalla, esta noción político-militar de la ciudadanía se extendería, primero,
por toda Europa y después por el resto del mundo.27
27
Anthony Giddens, Modernity and self identity. Self and Society in the late Modern Age, Cambridge (GB), Polity Press,
1991. Hay traducción al español: Modernidad e identidad del yo: el yo y la sociedad en la época contemporánea, Barcelona,
Editorial Península, 2000.
nía, ésta, como ya hemos dicho más arriba, fue extendiéndose como un justo reclamo
de igualdad por toda Europa y en los nacientes Estados latinoamericanos que obtenían
su independencia a principios del siglo xix. De esta manera, las nociones de ciudada-
nía y soberanía popular serían esenciales en ese siglo, que es sin dudas, uno de los
momentos más importantes de consolidación del Estado nacional moderno. Estado
nacional y ciudadanía van juntas en este momento, como bien lo ha señalado Habermas:
a) La caída de los imperios coloniales, después del fin de la Segunda Guerra Mundial, y
b) La paulatina extensión del gobierno democrático a partir, principalmente, de la década
de 1980. Por lo que respecta a la caída de los imperios coloniales, hay que resaltar que
durante toda la etapa colonial a los habitantes de los territorios ocupados por las potencias
europeas en África y Asia, en particular, se les negó una plena ciudadanía, pues aunque
muchas veces eran reconocidos como ciudadanos de las metrópolis (como franceses o in-
gleses), en realidad no podían participar realmente en la vida política, pues estaban impo-
28
J. Habermas, “El Estado-nación europeo. Sus logros y sus límites. Sobre el pasado y futuro de la soberanía y la ciu-
dadanía”, en Alegatos, núm. 31, México, uam-Azcapotzalco, 1995, pp. 529-530.
29
Muñoz de Alba, op. cit., nota 2, p. 148.
sibilitados para elegir a sus representantes, tanto en sus naciones originales como en las
Comentario | Artículo 34
metrópolis imperiales. Una vez que las potencias coloniales comenzaron a retirarse de sus
antiguas colonias, éstas se constituyeron en Estados nacionales y comenzaron el proceso
de su consolidación ciudadana, permitiendo a sus nacionales ir participando en sus asun-
tos políticos, a través del reconocimiento pleno de la ciudadanía. Este es el caso de nacio-
nes como India, Vietnam o Argelia.
La segunda gran etapa de este último gran momento de expansión del estatuto
ciudadano tiene lugar, como dijimos, muy recientemente, en especial a partir de la
década de 1980. Entonces muchos Estados nacionales se integraron a ese gran movi-
miento global de expansión de las democracias, con lo que comenzaron a abandonar
poco a poco formas de gobierno autoritarias o cuasi-autoritarias y asumieron en su
lugar la democracia. En Europa tenemos los casos de España, Portugal y Grecia; des-
taca de manera particular el caso español, no sólo por la pacífica transición política,
sino también por su despegue económico.
También en Latinoamérica tenemos casos notables, como los de Argentina, Brasil
y Chile, pues su tránsito de dictaduras militares a democracias presidenciales tuvo
lugar de manera pacífica. México, dentro del contexto latinoamericano, es un caso
tardío de incorporación a la democracia, pues apenas hasta el año 2000 transitó de un
sistema de partido predominante a uno de verdadera competencia electoral. Sin em-
bargo, en el caso de los países latinoamericanos se ha insistido que el déficit social que
mantiene todavía a un porcentaje muy alto de la población en la pobreza pone en
riesgo a estas frágiles y nuevas democracias.
Finalmente, nos interesa destacar que el final del siglo xx y el principio del nuevo
milenio han presenciado un impresionante movimiento migratorio global, que incita a
repensar la noción de ciudadanía, pues ahora estamos observando cómo millones de
seres humanos viven fuera de sus lugares de origen y se han trasladado a otros Estados
nacionales en busca, principalmente, de mejores condiciones económicas y no gozan
de ninguno de los derechos políticos esenciales del estatus ciudadano, lo cual los co-
loca en una posición de franca desigualdad frente al resto de la población. Sólo con el
propósito de ilustrar la magnitud de este fenómeno, diremos que para 1995 la pobla-
ción extranjera de los países que integraban la Organización Europea para la Coo-
peración Económica y el Desarrollo era de 19 millones, de los cuales menos de siete
millones eran ciudadanos de la Unión Europea.
Los residentes extranjeros en Alemania sumaban 9 por ciento de la población; 19
por ciento en Suiza; 6 por ciento en Francia, y 1 por ciento en Japón. Los Estados
Unidos tenían 25 millones de residentes nacidos en el extranjero en 1996, 9 por cien-
to del total de la población; Canadá tenía 5 millones o 17 por ciento de su población;
Australia tuvo cuatro millones o 23 por ciento de su población.30 Además, han tenido
lugar fenómenos migratorios atípicos como el que se presenta entre México y los Esta-
dos Unidos, ya que, por ejemplo, para el año 2000 se estimaba que había 7’841,000
Stephen Castles y Alastair Davidson, Citizenship and Migration. Globalization and the politics of belonging, Malaysia,
30
personas residentes en ese país que habían nacido en México, por lo que los inmigran-
Sección tercera | Volumen VII
tes mexicanos constituían en ese año 27.69 por ciento de la población total estadouni-
dense nacida en el extranjero.
Asimismo, los hispanos representan 12 por ciento de la población estadounidense
total en el 2000, de los cuales dos tercios son de origen mexicano y se estima que re-
presentarán 25 por ciento de la población en 2040.31 Al respecto, es importante seña-
lar que casi todos los Estados nacionales han experimentado algún tipo de emigración
o inmigración y, frecuentemente, ambos fenómenos. En este sentido, parece claro que
no obstante los intentos para reducir la migración y controlar las fronteras de los Esta-
dos que mayor flujo de inmigrantes reciben, no hay razón para pensar que este fenó-
meno disminuirá en el futuro próximo.
El fenómeno migratorio mundial está compuesto, sobre todo, por dos grupos de
inmigrantes: la migración regular y la irregular. En el primer caso casi no tenemos
problemas, pues los inmigrantes han ingresado al Estado receptor bajo un programa
oficial que ampara su acceso y estancia legal, y es muy probable que a esos inmigran-
tes se les reconozca la ciudadanía después de un periodo de residencia. En cambio, en
el segundo grupo es donde aparecen los mayores problemas, ya que a los inmigrantes
irregulares se les niega de forma sistemática la ciudadanía (y la nacionalidad, según
que el sistema jurídico distinga entre ciudadanía y nacionalidad, como veremos más
adelante) y se les excluye casi permanentemente de la vida social y política.
La inmigración irregular está integrada, a su vez, por otros dos subgrupos: en el
primer subgrupo se encuentran todas aquellas personas que son admitidas sobre bases
humanitarias, como los refugiados, o que han adquirido la posibilidad individual de in-
migrar, como es el caso de los trabajadores admitidos para labores específicas. El segun-
do subgrupo está integrado por todos aquellos que se las arreglan para atravesar fronteras
de manera clandestina, o permanecer en el Estado nación que los ha recibido más tiem-
po del que les permite su visa. Al primer subgrupo, normalmente los Estados liberales
les niegan la residencia y cuando se les llega a conceder, entonces lo que se les niega es
el acceso a la ciudadanía, con lo que se les mantiene al margen de la sociedad.
A los miembros de la segunda categoría se les niega en definitiva tanto la residen-
cia como la ciudadanía, con lo que se les mantiene excluidos de la sociedad principal,
y cuando se les encuentra son deportados definitivamente. En ambos casos, la margi-
nación de estos inmigrantes irregulares nos enfrenta al hecho de que millones de seres
humanos vivan excluidos de la ciudadanía, y ello constituye en sí un elemento de terrible
desigualdad.32
Sin duda, el fenómeno de los inmigrantes indocumentados constituye en la actua-
lidad uno de los mayores problemas que enfrentan los Estados nacionales, y en parti-
cular las democracias contemporáneas en relación con el número de personas que no
gozan de ciudadanía, pues sus números son impresionantes. No existen cifras confiables
en el mundo; sin embargo, se estima que sólo en Estados Unidos para 2003 debió
31
Samuel P. Huntington, Quiénes somos, Barcelona, Paidós, 2004, cap. 9.
32
Rainer Baubock, Agner Heller y Aristide R. Zolberg, The Challenge of Diversity, EUA, Avebury, 1996, pp. 7-9.
Comentario | Artículo 34
estimaba que 4.8 millones eran mexicanos.33 En Europa el número de inmigrantes
indocumentados se aproxima al 10 por ciento de los residentes legales extranjeros, lo
cual puede arrojar una cifra de algunos millones de personas en los Estados desarro-
llados de Europa.34
El mayor número de trabajadores indocumentados que se debe encontrar en un
solo Estado nacional es en Estados Unidos, donde millones de trabajadores mexicanos,
y de otros muchos países, han sido empleados en la agricultura, la industria y los ser-
vicios desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, y en particular desde 1965 con la
ley de inmigración de ese año.35 Así, por ejemplo, las estimaciones del número de
mexicanos que logran entrar indocumentados cada año a Estados Unidos es de alrede-
dor de 105,000 cada año, según una comisión binacional mexicano-estadounidense, y
de 350,000 por año durante la década de 1990, según la autoridad migratoria de los
Estados Unidos. Conforme a fuentes estadounidenses, se estima que dos tercios
aproximados de los inmigrantes mexicanos que han ingresado a Estados Unidos desde
1975 lo han hecho como indocumentados.
En síntesis, este fenómeno migratorio nos obliga a repensar la necesidad de definir
a la ciudadanía, pues de otra manera dejaremos en los márgenes de esas sociedades
políticas a los millones de inmigrantes que se han trasladado a los Estados receptores
en busca de una mejor forma de vida. El hecho de no reconocerles la ciudadanía des-
pués de un periodo razonable de tiempo no sólo les niega el derecho de participación
política que todo Estado nacional necesita para gozar de legitimidad, sino que también
en paralelo les margina de toda igualdad socioeconómica frente al resto de la población.
La discriminación del estatuto tiene una larga tradición: sistemas de discriminación
institucionalizada como la esclavitud, el trabajo no regulado y el apartheid han sido
centrales en los tiempos modernos. Actualmente, la negativa de los Estados nacionales
a otorgar la ciudadanía y los derechos asociados con ella, ocasiona que diversas catego-
rías de personas en el mundo no disfruten de las condiciones mínimas para desarrollar
su personalidad en términos de justicia.36 En efecto, la ciudadanía constituye en la ac-
tualidad un requisito indispensable en los Estados nacionales para que las personas
gocen de los derechos y las libertades básicas que todo Estado democrático debe conce-
der. En consecuencia, la persistencia de los Estados en negarles la ciudadanía a millones
de trabajadores extranjeros, buscadores de asilo y trabajadores indocumentados y, con-
secuentemente, la negativa a reconocerles los más esenciales derechos y libertades bá-
sicas, contradice el principio de igualdad básico de todo Estado democrático.
En virtud de lo anterior, es necesario reflexionar en la nueva situación de la que
todos formamos parte en la actualidad, ya que a partir de la idea de globalización los
estándares y paradigmas que fueron determinantes para comprender nuestras socieda-
33
Samuel P. Huntington, “El desafío hispano”, en Letras Libres, abril de 2004, p. 14.
34
Castles y Davidson, op. cit., nota 12, pp. 71 y 72.
35
Sobre los trabajadores mexicanos irregulares en los Estados Unidos puede consultarse el muy comprensivo libro de
Jorge Bustamante, Migración internacional y derechos humanos, México, Instituto de Investigaciones Jurídicas-unam, 2002.
36
Castles y Davidson, op. cit., nota 12, pp. 69 y 70.
Actualmente todos nosotros vivimos en sociedades plurales que se alejan del formato de
nación Estado basado sobre una población más o menos homogénea culturalmente […]
pero escondida detrás de la fachada de la homogeneidad cultural aparece el mantenimien-
to opresivo de la cultura mayoritariamente hegemónica.37
Las concepciones sobre la ciudadanía han sido numerosas, cada sociedad establece
las pautas y los elementos que la conforman con base en su cultura, su historia y, más
aún, con base en el rumbo que desean darle a su organización política y jurídica. Sin
embargo, de manera muy general, podemos decir que ciudadanía es el estatuto a través
del cual se reconocen los derechos políticos esenciales a una persona para que parti-
cipe en la integración de su gobierno, o bien, forme parte del mismo gobierno. Ciuda-
dano, en consecuencia, es todo aquel habitante de un Estado que posee derechos po-
líticos y, además, tiene la posibilidad de ejercerlos.
Para empezar, es importante señalar que existen órdenes jurídicos que distinguen
entre ciudadanía y nacionalidad, como los de algunos países latinoamericanos, entre
37
Habermas, op. cit., nota 10, p. 533
Comentario | Artículo 34
sucede en la mayoría de los países con tradición jurídica angloamericana. En efecto,
en el primer caso, basta con que la persona obtenga la nacionalidad para que se le
reconozcan los derechos fundamentales que otorga la Constitución, y la ciudadanía es
una noción esencialmente referida a los derechos políticos, tal es el caso mexicano.
Otros órdenes normativos, en cambio, no distinguen entre nacionalidad y ciudadanía,
o más aún, sólo se refieren a la ciudadanía como el requisito esencial para gozar de los
derechos y las libertades fundamentales que reconoce la Constitución, al tiempo que
también se refiere al reconocimiento de los derechos políticos fundamentales. Como
bien dice Diego Valadés, la distinción entre ciudadanía y nacionalidad tiene su origen
en Latinoamérica:
Hecha la aclaración anterior, es importante hacer una breve reflexión sobre qué es
la noción de ciudadanía y qué significa ser ciudadano. Para ello examinemos qué es la
ciudadanía. La primera respuesta que podemos ofrecer es que la ciudadanía significa
“lo opuesto de ser un simple sujeto, [pues implica una relación] del individuo con el
Estado y sus autoridades, mediante la cual los gobernados disfrutan de derechos
básicos”.39 Esta primera respuesta equivale a la noción de nacionalidad en algunos de
los sistemas jurídicos latinoamericanos, como el mexicano, y por ella el individuo deja
de ser un objeto y se transforma en un sujeto de derechos, pues a través de la naciona-
lidad la persona adquiere los derechos y las libertades básicas. En este sentido, pode-
mos apreciar cómo en los sistemas jurídicos en los que no se distingue entre naciona-
lidad y ciudadanía, ésta se ha convertido en requisito indispensable para que las
38
Diego Valadés, Los derechos políticos de los mexicanos en Estados Unidos. Documento de trabajo, México, Instituto de
Investigaciones Jurídicas-unam, julio de 2004, p. 12.
39
Rainer Bauböck, Transnational Citizenship. Membership and rights in international migration, Reino Unido, Edward
Elgar Publishing, 1994, p. vii.
personas adquieran en los Estados nacionales los derechos y las libertades básicas que
Sección tercera | Volumen VII
Que las personas puedan ejercitar control directa o indirectamente sobre los gobiernos, ya
sea a través de su participación en las deliberaciones políticas, o a través del voto en temas
específicos o mediante la elección de sus representantes.
40
Idem.
a los que por no ser ciudadanos sencillamente se les retiraban estos beneficios, a pesar
Comentario | Artículo 34
de que pagaban los impuestos correspondientes. Tal situación crea un contexto de
franca desigualdad frente a la sociedad dominante que sí es ciudadana, ya que los
trabajadores indocumentados se ven obligados a ganar bajos salarios y carecer de se-
guridad social.
Ferrajoli ha llamado la atención sobre esta asociación actual entre ciudadanía y
derechos fundamentales cuando nos habla de la crisis en la que se encuentra precisa-
mente la ciudadanía, debido a las aporías o incompatibilidades que percibe entre el
Derecho internacional y el Derecho estatal:
Descritos los tres significados que puede asumir la ciudadanía, describamos las
tres concepciones principales mediante las cuales el estatuto legal de la ciudadanía
puede ser caracterizada. Estas concepciones son: la nacional, la republicana y la nues-
tra, que llamaré multicultural o incluyente. En la concepción nacional o nacionalista,
“la sociedad humana a ser incluida en la ciudadanía, tiene su propia vida cultural de
manera independiente al Estado en el cual está organizada”,42 pues existe una comu-
41
Luigi Ferrajoli, “Más allá de la soberanía y la ciudadanía. Un constitucionalismo mundial”, en Revista Alegatos,
núm. 31, México, septiembre/diciembre de 1995, p. 539.
42
John Rundell y Rainer Bauböck (eds.), Blurred Boundaries: Migration, Ethnicity, Citizenship, Hungría, Ashgate
Publishing Limited, European Centre Vienna, 1998, p. 33.
o bien una experiencia histórica compartida. Normalmente, esta cultura constituirá una
cultura dominante dentro del propio Estado y será impuesta como hegemónica a las
otras culturas minoritarias ubicadas en el espacio territorial del Estado nacional. De
esta forma, la ciudadanía se considera como:
Aunque el principio territorial (ius soli) también ocupa un lugar importante. Así las
cosas, la concepción nacionalista da lugar a la creación de la interpretación según la
cual la afinidad cultural e histórica se puede sintetizar en una homogénea identidad
nacional, de tal manera que el Estado como entidad política tendrá que adoptar y
promover esa cultura nacional dominante; en ocasiones este modelo uninacional pue-
de requerir, según el lugar donde se reproduzca, de una raza, de una cultura o de una
religión predominantes. Ahora bien, donde la cultura nacional, la descendencia étnica,
la religión o la raza marcan las fronteras de la sociedad receptora y los límites de la
ciudadanía, los inmigrantes serán preseleccionados para efectos de adquirir la ciuda-
danía con base en estos criterios, motivo por el cual permanecerán excluidos o inter-
namente segregados; asimismo, donde una lengua nacional o las tradiciones culturales
compartidas sean invocadas, los inmigrantes serán requeridos para asimilarse con el
propósito de calificar como ciudadanos plenos, lo que implicará para las minorías
etnoculturales un amplio costo en término del respeto a sus derechos culturales.
Al respecto, es importante señalar que dicha concepción nacionalista de la ciuda-
danía ha sido frecuentemente favorecida por los Estados modernos, pues ha sido común
que se privilegien aquellas posiciones que favorecen la creación de un marco unina-
cional estatal como única referencia a la sociedad política, desconociendo cualquier
posibilidad para crear una nación multicultural y pasando por alto las identidades
culturales de las minorías nacionales y etnoculturales. Entre los partidarios de este
modelo nacional tenemos, por ejemplo, el viejo caso de John Stuart Mill.45
En contraste con la concepción nacionalista de la ciudadanía, la concepción repu-
blicana alude en esencia “a la sociedad política que toma prioridad sobre otro tipo de
afiliaciones como pueden ser las afiliaciones étnicas, religiosas” o sobre cualquier otro
43
Sobre esta idea de una comunidad imaginada como base de la identidad nacional, véase, B. Anderson, Imaged Com-
munities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism, Londres, New Left Books, 1983. Hay traducción al español
realizada por el Fondo de Cultura Económica.
44
Rundell y Bauböck (eds.), op. cit., nota 24, p. 33.
45
John Stuart Mill, “Considerations on Representative Government”, en Geraint Williams y Everyman J.M. Dent (eds.),
Utilitarianism, Liberty, Representative Government, Londres, 1993, pp. 391-428. Hay varias traducciones al español, por
ejemplo, Consideraciones sobre el gobierno representativo, Madrid, Alianza, 2001.
tipo de vínculo cultural. Esta concepción alienta las virtudes patrióticas y cívicas, a la
Comentario | Artículo 34
vez que activa la participación política, por lo que la ciudadanía es considerada más
como una práctica para tomar parte en los asuntos públicos del Estado que como un
estatuto legal.46 Uno de los problemas de la concepción republicana es que privilegia
los derechos y las libertades políticas sobre cualquier otro tipo de derechos y libertades.
Así, por ejemplo, esta concepción consideraría plenamente ciudadanos a aquellas
personas que participan o han participado activamente en la política del Estado, en
consecuencia estarían excluidos de ella todos aquellos inmigrantes, regulares o irre-
gulares que pudiesen acreditar una residencia de varios años, ya que antes no habrían
estado en posibilidades de ejercer sus derechos políticos. Mientras que para la con-
cepción nacionalista sólo una cultura es relevante, para la concepción republicana,
ninguna cultura es relevante, por lo que tampoco esta última parece suficiente para
valorar las diferentes culturas que pudiesen convivir al interior de un Estado nacional
como producto de la inmigración internacional o de la existencia previa de pueblos
indígenas.
También para la concepción republicana es irrelevante una distribución igualitaria
de los bienes socioeconómicos y, peor aún, esta concepción ha tendido con frecuencia
a ser elitista. Por ejemplo, en el mundo antiguo y en la etapa temprana de la moderni-
dad las ciudades-Estado asumieron concepciones republicanas de la ciudadanía que
generalmente combinaban un elemento republicano con otro elitista (como podía ser
la propiedad) para definir a la sociedad política. De esta manera, la concepción repu-
blicano-elitista reconocía sólo como ciudadanos a aquellos que estaban calificados, es
decir, que tenían propiedad y estaban dispuestos a participar activamente en la políti-
ca, excluyendo de la ciudadanía primero a los esclavos, después a las clases trabaja-
doras, a las mujeres y cualquier minoría etnocultural.
A diferencia de las dos concepciones anteriores, una nueva concepción de la ciu-
dadanía se está abriendo espacio recientemente en los Estados contemporáneos, lla-
maré a esta concepción multicultural o incluyente de la ciudadanía, ya que tiende a
ser más flexible que las otras dos frente al creciente fenómeno de la inmigración inter-
nacional que impacta a los Estados nacionales en esta etapa de la globalización y de
las rápidas comunicaciones, pues reconoce la posibilidad de otorgar la ciudadanía a la
población que está sujeta, por un periodo constante y más o menos largo de tiempo, al
poder de un Estado. Con base en esta concepción, estarían en posibilidad de adquirir
la ciudadanía todos aquellos inmigrantes, indocumentados o no, que acreditaran una
residencia mínima en el Estado receptor (por ejemplo, de tres a cinco años, según el
país de que se trate) y que haga presuponer su deseo de permanecer en él, además de
haber iniciado su proceso de integración a la sociedad receptora.
A diferencia de las concepciones nacional y republicana que son más amables para
los integrantes de la sociedad de origen o sociedad dominante, la concepción multicul-
tural es la única que permitiría conceder la ciudadanía constitucional a aquellas mi-
norías etnoculturales que han sido generadas por la inmigración, ya sea ésta regular o
46
Rundell y Bauböck (eds.), op. cit., nota 24, p. 33.
en las fronteras internas que normalmente están bien delimitadas, una ciudadanía así
concebida es casi idéntica con la población residente en el Estado, por lo que sería, en
consecuencia, el único de los tres modelos que permitiría incluir a los trabajadores
extranjeros, a los buscadores de asilo y a los inmigrantes irregulares.47
Ahora bien, como se podrá apreciar, las tres concepciones de la ciudadanía tienen
diferentes implicaciones y respuestas para resolver la tensión existente entre la rigidez
territorial del sistema estatal, la estabilidad de su población originaria y la movilidad
transnacional de millones de personas producto de la migración internacional. La
posición nacionalista privilegia el ius soli, es decir, concede preponderancia al reclamo
de la población originaria que ha nacido en el territorio del Estado para ejercitar su
soberanía política; de igual manera, considera la regla del ius sanguinis como esencial
para el reconocimiento de la ciudadanía. En la posición nacionalista, también puede
suceder que la colectividad nacional se extienda más allá de sus fronteras presentes o
supuestas, a través de la inclusión dentro de su comunidad nacional, de poblaciones
que viven en exilio en otros territorios nacionales. Es el caso de las poblaciones de
origen mexicano que viven en los Estados Unidos. De esta manera,
Es claro que una concepción nacionalista introducirá una fuerte distinción entre diferentes
categorías de ciudadanos: en un extremo estarán aquellos que demandan una membresía
en la comunidad nacional y que disfrutan de un derecho moral para ser admitidos tanto en
el territorio como en la ciudadanía de su nación.48
En el otro extremo estarían los extranjeros y todos los grupos etnoculturales que se
hubiesen incorporado tardíamente a la cultura nacional dominante (como es el caso de
los inmigrantes), hubiesen llegado posteriormente al territorio del Estado o no posean
los vínculos de ius sanguinis, todos los cuales sólo podrían ser admitidos sobre una
base temporal y con fines limitados, pero nunca aceptados como miembros plenos. En
cambio, las concepciones republicanas de la ciudadanía generalmente “son más abier-
tas en lo interno para la naturalización” de lo que pueden ser las nacionalistas, pues
estas últimas tienden a rechazar a aquellos que no comparten la cultura dominante.
Asimismo, en las concepciones republicanas el deseo y la capacidad para contribuir
al bien común de la sociedad política son recompensados, normalmente, mediante el
reconocimiento de la ciudadanía a aquellos inmigrantes que han realizado ciertos es-
fuerzos para integrarse. De esta manera, las concepciones republicanas permiten a los
individuos atravesar algunas barreras que separan a los ciudadanos de los residentes
extranjeros y de los inmigrantes. En este sentido, semejante modelo para el reconoci-
miento de la ciudadanía es, en consecuencia, más benévolo para acomodar en términos
de justicia a los inmigrantes.
47
Idem.
48
Ibidem, p. 34.
Sin embargo, el problema con el modelo republicano es que “los republicanos son
Comentario | Artículo 34
generalmente hostiles a la transmisión de la ciudadanía a las generaciones que han
nacido fuera del país y que no han sido educados como ciudadanos”,49 pues en su
opinión como tales personas han participado en la vida pública del Estado no tienen
derecho a afectar con sus decisiones a lo que ellos consideran los “verdaderos” ciuda-
danos del Estado. A diferencia de las dos anteriores, una concepción multicultural o
incluyente de la ciudadanía será nuevamente la más abierta para resolver la tensión
existente entre la rigidez estatal y la movilidad territorial de los inmigrantes, “ya que
soportará tanto el umbral más bajo para atravesar los límites de la ciudadanía, como la
desaparición de tales límites”. En efecto:
Este modelo obviamente favorecerá la transmisión de la ciudadanía a través del ius soli
para los hijos de inmigrantes que hayan nacido en el territorio del Estado, en segunda o
tercera generaciones. Asimismo, para los inmigrantes de la primera generación, adquirir
la ciudadanía dependerá de un periodo de residencia. No obstante lo anterior, todavía en
este modelo la naturalización deberá implicar un acto de libre voluntad (documentada
normalmente por una aplicación individual), más que ser otorgada automáticamente por el
Estado receptor.50
49
Idem.
50
Ibidem, p. 35.
51
Para un análisis más detallado sobre los modelos de la ciudadanía y las reglas para la asignación de la ciudadanía,
véase Francisco Ibarra Palafox, Minorías etnoculturales y Estado nacional, México, unam-Instituto de Investigaciones Jurídi-
cas, cap. 4.
ius soli, produce un ciudadano de toda la vida, opera siempre que se haya nacido en
el país y para la mayoría de la población del Estado. La segunda regla, en cambio,
reconocerá como ciudadano a todo aquel que se ha establecido para vivir en el territo-
rio del Estado o hubiese vivido ahí por un cierto tiempo, y aplicaría principalmente
para los inmigrantes.
Mientras la primera regla deriva la ciudadanía desde el inicio de la vida de la
persona y está así orientada hacia el pasado, la segunda regla puede ser vista como
orientada hacia el futuro e implica un acto de voluntad de aquellas personas que han
decidido trasladarse a otro Estado en el que han decidido establecerse. Ésta sería la
manera más aproximada de acomodar en condiciones de justicia a los inmigrantes
irregulares, que lo único que poseen ciertamente es una residencia, y no como quieren
los modelos nacional o republicano, que les exigen una pertenencia a una cultura do-
minante —a la que apenas se están integrando—, o una serie de ejercicios políticos
que no han podido realizar por haber sido marginados.
Este modelo multicultural de la ciudadanía nos puede ayudar para crear una ciu-
dadanía abierta que se adapte al nuevo contexto global de los Estados nacionales, pues
como dice Javier de Lucas, debemos concebir:
52
Bauböck, op. cit., nota 21, p. 32.
53
Javier de Lucas, “Acerca del debate sobre inmigración y ciudadanía”, en Jurídica, núm. 33, México, 2003, pp. 101
y 102.
54
Ibidem, p. 104.
Comentario | Artículo 34
de ciertos deberes y derechos respecto de ésta, entre los últimos encontramos: libre
movilidad y residencia dentro del territorio de los miembros de la comunidad europea,
ciertos derechos políticos, como la posibilidad de elegir y ser electo representante en
el Parlamento europeo, el derecho de petición a este parlamento, la posibilidad de
acogerse en un Estado miembro y a la protección de sus autoridades consulares y di-
plomáticas. A estos derechos va aunado un intenso trabajo de creación y adecuación
de las instituciones de los distintos miembros de la Unión Europea, que ha demostrado
que el largo camino en esta nueva concepción de la ciudadanía es posible, no sólo
teóricamente, sino también en la praxis. En fin, la manera como se consolide la ciuda-
danía europea constituirá una de las formas que asumirá el estatuto ciudadano en este
siglo xxi, ante los inminentes cambios que nos presagia la nueva realidad mundial de
la inmigración y la interdependencia política y económica entre los Estados nacionales.
La redacción que se dio al artículo 34 constitucional en 1917 fue tomada casi literal-
mente del artículo 34 del proyecto de Constitución de 1856 (sin ningún tipo de deba-
te), el cual a la letra decía:
Son ciudadanos de la República todos los ciudadanos que teniendo la calidad de mexica-
nos reúnan además las siguientes: haber cumplido 18 años, siendo casados, o 21 si no lo
son, y tener un modo honesto de vivir. Desde el año de 1860 en adelante, además las cali-
dades expresadas, se necesitará la de saber leer y escribir.55
55
Cámara de Diputados. Congreso de la Unión. La Constitución del pueblo mexicano, México, Miguel Ángel Porrúa, 2004, p. 95.
La evolución del contenido del artículo que desarrollamos en este estudio nos
Sección tercera | Volumen VII
muestra la visión que se tenía sobre la ciudadanía desde los textos constitucionales
primarios de nuestro país, pues encontramos que, aunque han variado con el paso del
tiempo, muchos de los primeros elementos de la ciudadanía aún se conservan en nues-
tro texto vigente. Tal es el caso de la nacionalidad como componente originario de la
ciudadanía y que se ha preservado hasta nuestros días, por lo que en nuestro país este
requisito constituye una primera exigencia que permanece como principio sine qua non
de la ciudadanía, pues sólo los que posean la nacionalidad mexicana pueden obtener
la capacidad de ejercicio de sus derechos políticos, lo que como ya hemos dicho antes,
no es necesario en los regímenes jurídicos que no distinguen entre ciudadanía y na-
cionalidad. En este sentido, el texto original del artículo 34 estipulaba:
Son ciudadanos de la República todos los que, teniendo la calidad de mexicanos, reúnan,
además, los siguientes requisitos:
I. Haber cumplido dieciocho años, siendo casados, o veintiuno si no lo son, y
II. Tener un modo honesto de vivir.56
económica, similar a la del hombre, que la capacita para tener una eficaz y activa partici-
Comentario | Artículo 34
pación en los destinos de México, [que] la mujer mexicana, ejemplo de abnegación, de
trabajo y de moral, debe recibir estímulo y ayuda para su participación creciente en la vida
política del país, y que durante la pasada campaña electoral, al auscultar el sentir, no sólo
de los núcleos femeninos, sino de todos los sectores sociales, se puso de manifiesto que
existe un ambiente notoriamente favorable al propósito de equiparar al hombre y a la mu-
jer en el ejercicio de los derechos políticos;57 [entre muchas otras exposiciones que develan
las ideas que sobre la mujer se tenían, en el sentido de que la mujer mexicana merecía]
obtener el privilegio de la ciudadanía [gracias a su abnegación y sometimiento y más aún, a
que ya contaba con instrucción suficiente para decidir sobre el destino del país].
No se puede decir que esta concepción sea propiamente igualitaria, ya que, como
se puede apreciar, se concedía a la mujer la posibilidad de adquirir el estatus ciuda-
dano no en virtud de una noción de igualdad de la mujer y el hombre, sino como una
especie de recompensa por los servicios prestados al varón. A pesar de que hubo rasgos
todavía machistas, también debemos señalar que existieron argumentos que ponderaban
la urgencia de realizar la justa equiparación del hombre y la mujer en materia de de-
rechos políticos, por lo que finalmente podemos aplaudir que por medio de esta refor-
ma las mujeres mexicanas adquirieron por primera vez el estatus de ciudadanas y con
ello su derecho al voto. La reforma fue aprobada por unanimidad de votos; así, el artí-
culo 34 quedó de la siguiente manera:
Son ciudadanos de la República los varones y las mujeres que, teniendo la calidad de
mexicanos, reúnan, además, los siguientes requisitos:
I. Haber cumplido 18 años, siendo casados, o 21 si no lo son, y
II. Tener un modo honesto de vivir.58
En esta materia, algunos autores señalan que fue en El Salvador, en 1886, donde
se otorgó por primera vez en Latinoamérica la ciudadanía a la mujer y con ella el res-
peto y reconocimiento de sus derechos políticos.59 Asimismo, las mujeres chilenas
lograron ejercitar sus derechos políticos con el argumento de que la Constitución de
1833 no establecía taxativamente la prohibición del voto femenino. Sin embargo, esta
exigencia del reconocimiento de la ciudadanía y del voto femenino puede encontrarse
desde los mismos inicios de la Revolución francesa, cuando se hizo la Declaración de
los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana redactada por Olimpia de Gauges en 1791.
En México, desde la década de 1880, fue reclamado este estatus por mujeres que se
agrupaban para exigir el sufragio al preguntarse, ¿por qué en un gobierno “democráti-
co” la mitad de los individuos no son tomados en cuenta aun cuando se hallan igual-
mente sujetos a la obediencia de la ley?60
57
inehrm,
Congreso Constituyente 1916-1917. Diario de debates, México, 1985.
58
Diario Oficial de la Federación, 17 de octubre de 1953.
59
Edelberto Torres-Rivas, “Centroamérica, la transición autoritaria hacia la democracia”, en Crítica Jurídica, año 5,
núm. 9, Puebla, 1998.
60
Graciela Ledesma, “Participación política de la mujer: la lucha por el voto no termina”, en Concordancias, año 2,
núm. 4, Chilpancingo, 1997.
Sin duda, la conquista que logró la mujer mexicana en materia política ha sido en
Sección tercera | Volumen VII
Artículo 34. Son ciudadanos de la República los varones y las mujeres que, teniendo la
calidad de mexicanos, reúnan, además, los siguientes requisitos:
I. Haber cumplido 18 años, y
II. Tener un modo honesto de vivir.61
61
Cámara de Diputados. Congreso de la Unión. La Constitución del pueblo mexicano, op. cit., nota 37, p. 95.
Comentario | Artículo 34
así como de las posibles opciones políticas que existen y que pueden elegir para cons-
truir colectivamente el futuro de su país. De aquí que nazca la obligación estatal de
permitir y fomentar la circulación de información que facilite el discernimiento ciuda-
dano; potestad individual que sólo puede ser ejercida de forma discrecional.
Respecto de la expresión “modo honesto de vivir”, en México fue Mariano Otero,
en su Voto Particular al Acta Constitutiva y de Reformas, quien por primera vez intro-
duce la expresión “modo honesto de vivir” como un requisito para ser ciudadano, además
de otros señalamientos que estaban ligados a la idea de moral pública, como que la
persona que aspirara a detentar la ciudadanía no hubiera sido condenada a alguna “pena
infamante”.62 Este elemento propio de la ética jurídica, refleja la preocupación social
sobre las características que debe reunir un ciudadano, puesto que es él quien sobrelle-
va la responsabilidad del futuro de nuestra sociedad y quien hará posible la convivencia
social, porque se espera que una persona que tenga un “modo honesto de vivir” respe-
te las leyes y contribuya al mantenimiento de la legitimidad y el Estado de derecho. Al
respecto, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación ha señalado que por
modo honesto de vivir se debe entender lo siguiente:
modo honesto de vivir como requisito para ser ciudadano mexicano. concepto.— El
concepto de modo honesto de vivir ha sido uniforme en la evolución de las sociedades y de
las leyes, identificando con él a la conducta constante, reiterada, asumida por una persona
en el seno de la comunidad en la que reside, con apego y respeto a los principios de bien-
estar considerados por la generalidad de los habitantes de este núcleo social, en un lugar
y tiempo determinados, como elementos necesarios para llevar una vida decente, decorosa,
razonable y justa. Para colmar esta definición, se requiere de un elemento objetivo, consis-
tente en el conjunto de actos y hechos en que interviene un individuo; y un elemento
subjetivo, consistente en que estos actos sean acordes con los valores legales y morales
rectores del medio social en que ese ciudadano viva. Como se advierte, este concepto
tiene un contenido eminentemente ético y social, que atiende a la conducta en sociedad,
la cual debe ser ordenada y pacífica, teniendo como sustento la moral, como ingrediente
insoslayable de la norma jurídica. El modo honesto de vivir es una referencia expresa o
implícita que se encuentra inmersa en la norma de derecho, tal y como sucede con los
conceptos de buenas costumbres, buena fe, que tienen una connotación sustancialmente
moral, constituyendo uno de los postulados básicos del derecho: vivir honestamente. En ese
orden de ideas, la locución un modo honesto de vivir se refiere al comportamiento adecua-
do para hacer posible la vida civil del pueblo, por el acatamiento de deberes que imponen
la condición de ser mexicano; en síntesis, quiere decir buen mexicano, y es un presupues-
to para gozar de las prerrogativas inherentes a su calidad de ciudadano. Tercera Época:
Recurso de reconsideración. sup-rec-067/97.— Partido Revolucionario Institucional.— 19
de agosto de 1997.— Unanimidad de votos. Juicio de revisión constitucional electoral.
sup-jrc-440/2000 y acumulado.— Partido Acción Nacional.— 15 de noviembre de 2000.—
Unanimidad de votos. Juicio para la protección de los derechos político-electorales del
ciudadano. sup-jdc-020/2001.— Daniel Ulloa Valenzuela.—8 de junio de 2001.—Unani-
62
Tena Ramírez, Leyes fundamentales de México, 1808-1999, México, Porrúa, 1999.
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Sección tercera | Volumen VII
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pp. 134 y 135.
modo honesto de vivir. Carga y calidad de la prueba para acreditar que no se cumple
con el requisito constitucional.— El requisito de tener modo honesto de vivir, para los
efectos de la elegibilidad, constituye una presunción iuris tantum, pues mientras no se
demuestre lo contrario se presume su cumplimiento. Por tanto, para desvirtuarla, es al
accionante al que corresponde la carga procesal de acreditar que el candidato cuyo regis-
tro impugnó, no tiene un modo honesto de vivir ya que quien goza de una presunción a su
favor no tiene que probar, en tanto que, quien se pronuncia contra la misma debe acreditar
su dicho, con datos objetivos que denoten que el candidato cuestionado carece de las
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Artículo 34
Trayectoria constitucional
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Diario Oficial de la Federación: 17-X-1953
XLII Legislatura (1-IX-1952/31-VIII-1955)
Presidencia de Adolfo Ruiz Cortines, 1-XII-1952/30-XI-1958
Segunda reforma
Diario Oficial de la Federación: 22-XII-1969
XLVI Legislatura (1-IX-1964/31-VIII-1967)
Presidencia de Gustavo Díaz Ordaz, 1-XII-1964/30-XI-1970
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