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La impronta del sur en Tlatelolco:
Etnotaxones y biogeografía en el CC-B
Alejandro de Ávila Blomberg
jardín etnobotánico de oaxaca
A l leer con atención las recetas que don Martín de la Cruz
dictó en 1552 para tratar diversos padecimientos, nos intri-
ga encontrar al ámbar,1 perlas,2 jade3 y otras pretiosi lapides (piedras
preciosas),4 oro5 y las piedras bezoares de aves difíciles de capturar,
como águilas y golondrinas,6 citados todos ellos como ingredientes
a pulverizar y administrar a la persona afectada, junto con ciertas
plantas. Se trata de materiales minerales de alto costo por su escasez,
que difícilmente podría sufragar un macehual. Las plantas mismas
ilustradas en el códice son, en muchos casos, especies que no forman
parte de la vegetación natural de la Cuenca de México, donde fue
1. Folio 28r del CC-B, poción contra el dolor de corazón. La única fuente conocida de resina
fosilizada en Mesoamérica se ubica en la región de Simojovel, en el actual estado de Chiapas
(Lowe, 2004), primer dato que apunta hacia el sur en este ensayo.
2. Folios 9v, remedio para fractura de la cabeza; 10v, tratamiento para ojos lacrados; 28v, po-
ción contra el calor del corazón; 30r, antídoto contra veneno; 35v, ungüento para la gota; 41r,
remedio contra la sangre negra; 42r, tratamiento para la fiebre; 50r, poción para pacientes
fulminados por un rayo; etcétera.
3. Folios 14v, preparación de gotas para oídos obturados; 28v, poción contra el calor del cora-
zón; 57v, tratamiento para facilitar el parto; etcétera.
4. Folios 7r, curación de la cabeza; 58v, lavado del vientre de la puérpera; etcétera.
5. Folios 28r, poción contra el dolor de corazón; 58r, emplasto para tratar el menstruo sangui-
nolento.
6. Folios 13r, curación de ojos hinchados; 25r, emplasto para aliviar un estruma; 33v, calmante
para los dolores de las ingles; 53r, remedio contra la “mente de abdera”; 62r, tratamiento
para una persona moribunda; etcétera.
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redactado e ilustrado el manuscrito, sino que crecen en regiones tro-
picales a menor altitud. Su recolección y transporte al gran mercado
de Tlatelolco requeriría un largo trayecto en las redes del comercio
indígena, encareciendo seguramente el precio. Deben ser, por esa ra-
zón, ejemplos de la herbolaria que estaba restringida para los pīpiltin,7
la nobleza mexica a la cual pertenecían tanto don Martín como su
traductor al latín, Juan Badiano, y todos los estudiantes del Colegio
de la Santa Cruz, a quienes tuvo encomendados como pacientes el
médico tlatelolca tras la epidemia del cocoliztli. El CC-B es entonces
testimonio de una medicina de élite,8 carácter acentuado por el hecho
de que el hermoso Libellus estaba destinado al rey de España.9
Así como resalta en el manuscrito la presencia del cacao,10 la
vainilla,11 la rosita de cacao,12 la flor de mayo13 y otras plantas de la
tierra caliente, brillan por su ausencia especies de amplia distribución,
abundantes hasta la fecha en el entorno de la Ciudad de México, que
7. En la transcripción de los términos en náhuatl, sigo la ortografía propuesta por Launey
(2011), quien se basa en el Arte de la lengua mexicana de Horacio Carochi (1645) y otros
registros cuidadosos de la lengua en su forma clásica. El macron, que ejemplifica la “ī” en
pīpiltin (plural de pilli, ‘persona perteneciente a la nobleza’), señala una duración mayor de
la primera vocal.
8. Los medicamentos para “la fatiga del que administra la república y desempeña un cargo
público” son un caso elocuente, que incluye diversas piedras preciosas y bezoares; la sangre,
cerebro y hiel de siete fieras distintas; y numerosas plantas tropicales, incluyendo cacao,
vainilla, orejuela, flor de mayo, etcétera (Folio 39v). Otro ejemplo lo podemos observar en la
“ayuda para el viajero”, preparada con flores de zonas cálidas como ingredientes principales
(Folio 56v).
9. El trigo, ingrediente de repetidas recetas que dictó don Martín (Folios 31r, 44r, 54r, 60r, 61r),
parece reafirmar la naturaleza aristocrática del Libellus y su paradero previsto en la corte. La
incorporación frecuente de almendras y laurel en las pócimas apunta en el mismo sentido,
aun cuando se refieren al cacao y al condimento nativo Litsea glaucescens Kunth, Lauraceae.
10. Tlapalcacahuatl [‘colorado-cacao’], Theobroma cacao L., Malvaceae (Folio 38v). Abundo en los
análisis etimológicos de la terminología en náhuatl del Libellus en trabajos previos (Clayton
y de Ávila, 2009; de Ávila, 2009; de Ávila, 2012; de Ávila, 2015).
11. Tlīlxōchitl [‘negro-flor’], Vanilla planifolia Jacks. ex Andrews, Orchidaceae (Folio 56v).
12. Cacahuaxōchitl [‘cacao-flor’], Quararibea funebris (La Llave) Vischer, Malvaceae (Folio 53v).
13. Cācālōxōchitl [‘cuervo-flor’], Plumeria rubra L., Apocynaceae (Folio 53r).
27
seguramente han sido empleadas desde la antigüedad como remedios
de primera necesidad para atender diarreas, parásitos intestinales,
infecciones respiratorias, padecimientos cutáneos, heridas y contusio-
nes laborales, entre otras aflicciones de las clases desposeídas. Ejem-
plos notables que no vemos ilustrados en el Códice ni mencionados en
sus textos son los chicalotes (chicalotl),14 el chipule (#ichpoli),15 el epazo-
te (epazōtl),16 los gordolobos (tzonpotōnic),17 diversos magueyes (metl),18
el sauco (xōmētl),19 las tianguispepetlas (tiānquizpēpetlâ)20 y los cabellos
de elote (xīlōtzontli).21 Parece significativo que ninguno de los nombres
nahuas para estas plantas nativas de uso medicinal frecuente, hasta
la fecha, en las comunidades campesinas y proletarias de las tierras
altas del centro de México, incorpore el marcador nominal para algún
etnotaxón, como lo es -xōchitl, ‘flor’, que vemos en tres de las plantas
tropicales que ejemplifican la herbolaria aristocrática de don Martín
de la Cruz.
14. Argemone spp., Papaveraceae. El nombre en náhuatl fue documentado por fray Alonso de
Molina en su Vocabulario de 1571, con la glosa “yerba que lleva abrojos o espinas”.
15. Pinaropappus roseus (Less.) Less., Asteraceae. El nombre en náhuatl fue registrado por Alonso
de Molina bajo “cerraja yerba”. Marco con un signo de numeral (#) las formas en náhuatl
donde no encuentro atestiguada la duración de las vocales en las fuentes primarias.
16. Dysphania ambrosioides (L.) Mosyakin & Clemants, Amaranthaceae. Molina anotó como glo-
sa del nombre nahua: “yerba buena desta Nueva España”.
17. Pseudognaphalium spp., Asteraceae. El nombre en náhuatl fue documentado por Francisco
Hernández (1572-1577), quien lo atribuyó a la gente de Huaquechula.
18. Agave spp., especialmente Agave salmiana Otto ex Salm-Dyck, Asparagaceae. Martín de la
Cruz recomienda en algunas recetas la ingestión de los ingredientes disueltos en octli: in uino
indico quam optimo teras, “en el mejor pulque que se halle” (Folio 29v, “remedio contra los
animalejos que descienden al vientre del hombre”), pero no menciona la aplicación externa
de las pencas asadas ni la administración interna de la savia de la planta para tratar golpes
y heridas, usos ampliamente difundidos de diversos magueyes en México.
19. Sambucus canadensis L., Adoxaceae. Francisco Hernández escribió que “los mexicanos” lla-
maban xumetl a “nuestro sauco” y lo empleaban como analgésico y antiespasmódico..
20. Alternathera spp., Amaranthaceae. Molina glosó el nombre en náhuatl como “yerba de la
golondrina”.
21. Zea mays L., Poaceae. El término en náhuatl fue registrado en el Vocabulario de Molina.
28
Entre los nombres de plantas que seguramente eran usadas por
los plebeyos para fines terapéuticos a mediados del siglo xvi, para
las cuales el manuscrito es notoriamente omiso, encontramos térmi-
nos primarios no analizables, como chicalotl, #ichpoli, metl y xōmētl, y
nombres compuestos cuya etimología es transparente, como epa-zō-
tl (‘zorrillo-punzar-abs’),22 tiānquiz-pē-petlâ (‘mercado-red-petate’)23
y tzon-potōni-c (‘cabello/cabeza-maloliente-adj’),24 pero las raíces que
los componen no incluyen marcadores nominales como ‘flor’, ‘reme-
dio’, ‘quelite’ y otros que atestigua el CC-B, y que circunscriben la
membrecía de etnotaxones particulares. Designo como etnotaxón a
toda agrupación, en una categoría inclusiva de cualquier nivel, en la
clasificación y nomenclatura de las plantas, animales y hongos en las
lenguas originarias y en español vernáculo. Brent Berlin, estudioso de
la percepción de la naturaleza a partir de su investigación seminal
acerca del conocimiento de las plantas en la comunidad maya tsel-
tal de Tenejapa, en Chiapas, propone que las “sociedades tradicio-
nales”, al residir en un hábitat específico, clasifican solamente a un
subconjunto de los seres vivos presentes en esa área; componen a este
subconjunto las especies que sobresalen en función de sus diferencias,
es decir, de las características biológicas que las hacen distintivas.25
Esos rasgos que nos permiten distinguirlas con facilidad son resultado
tanto de su divergencia evolutiva, con respecto a las especies empa-
rentadas con ellas, como de la variación fenotípica al interior de ellas.
La variación fenotípica se refiere a la variabilidad de su aspecto y de
su comportamiento.
Berlin asevera que “cuando los humanos fungen como etnobió-
logos, no construyen el orden, sino que lo disciernen”. Los seres vivos se
22. abs: sufijo absolutivo singular.
23. red: reduplicación, repetición de la sílaba inicial del sustantivo con alargamiento de la vocal
para marcar el plural, reemplazando el sufijo absolutivo singular con una pausa glotal.
24. adj: sufijo adjetival/participio verbal.
25. Berlin, 1992: 21.
29
le presentan a quien los observa con “discontinuidades”, cuya estruc-
tura, según arguye, es percibida del mismo modo por cualquier per-
sona, como hechos perceptuales que son “inmunes a las determinan-
tes culturales variables encontradas en otras áreas de la experiencia
humana”. Los sistemas de clasificación resultantes son “mayormente”
inconscientes, propone, por ser obvios y no ambiguos, y reflejan una
capacidad de categorización “probablemente innata”.26 Scott Atran,
otro investigador que ha abordado la teoría etnobiológica con base
en su experiencia al documentar el conocimiento ambiental en una
lengua maya, respalda la postura de Berlin y propone que la aprehen-
sión de los seres vivos se adquiere de manera “casi automática”, como
la percepción del espacio, el reconocimiento facial y la distinción de
los colores, y es una de varias “modalidades del pensamiento humano
bastante bien articuladas, componentes de la naturaleza humana in-
herentemente diferenciados, adquiridos a lo largo de millones de años
de evolución biológica y cultural”.27
Estos postulados teóricos, generados en buena medida a partir
de los dos estudios etnográficos referidos, realizados en comunida-
des hablantes de lenguas mayas en los Altos de Chiapas y el Petén,
han trascendido la literatura antropológica y han permeado al cog-
nitivismo en las universidades norteamericanas y europeas.28 Steven
Pinker, exponente destacado de esa línea y figura pública citada con
frecuencia en los medios de comunicación estadounidenses (quien al
momento en que preparo este texto acaba de publicar un artículo de
opinión acerca de la guerra en curso en Ucrania),29 escribió en 1994
de manera acrítica que:
26. Berlin, idem: 8.
27. Atran, 1990: ix-xi.
28. Vincent Descombes hace una caracterización crítica del cognitivismo como corriente de
pensamiento y examina sus limitaciones filosóficas; dedica un capítulo de su obra a reseñar
las investigaciones antropológicas de la mente, evaluación relevante para nuestra discusión
en torno a los postulados de Berlin, Atran y Pinker (Descombes, 2001: 47-65).
30
los antropólogos Brent Berlin y Scott Atran han estudiado las taxo-
nomías vernáculas de flora y fauna. Han encontrado que la gente,
de manera universal, agrupa a plantas y animales en categorías que
corresponden al nivel de género en el sistema de clasificación linnea-
na [...] A nivel superior, la gente también asigna estas categorías a
formas de vida como árbol, pasto, musgo [...] Todo esto les da a los
conceptos biológicos intuitivos de la gente una estructura lógica que
es diferente de la que organiza sus demás conceptos, tales como los
artefactos hechos por humanos.30
Pinker redactó este párrafo hacia el final del último capítulo del libro
The language Instinct, con el título “Diseño de la mente”. Para él, las gene-
ralizaciones de Berlin y Atran son un sustento clave del andamiaje con-
ceptual para su noción de un “instinto lingüístico” en nuestra especie.
Un esquema “universal” cuestionado
No podemos aplicar la metodología de Berlin o de Atran para diluci-
dar la clasificación de las plantas en el náhuatl que hablaban don Mar-
tín de la Cruz y Juan Badiano hace quinientos años, pero los nombres
que dictó el sabio tlatelolca nos ofrecen, por sí solos, pistas invaluables.
Berlin reconoce que “la nomenclatura etnobiológica representa un sis-
tema natural de denominación que revela mucho acerca de la manera
como la gente conceptualiza a los seres vivos en su medio ambiente”.31
Hace hincapié en que plantas y animales son reconocidos y nombra-
29. Pinker difundió este posicionamiento con motivo de la reedición de un libro que publicó
en 2011, dedicado a la disminución relativa de las guerras después de 1945: https://www.
bostonglobe.com/2022/03/02/opinion/is-russias-war-with-ukraine-end-long-peace/
30. Pinker, 1994: 422-423. Todas las traducciones y los subrayados en las citas de este capítulo
son míos.
31. Berlin, 1992: 26.
31
dos “muy independientemente de su utilidad actual o potencial, o su
significado simbólico”. Propone que las “formas de vida”, como ‘árbol’,
‘yerba’ o ‘trepadora’, son designados en cualquier lengua del mundo
mediante nombres primarios simples, es decir, términos no analizables.
Cuando examinamos el CC-B, encontramos varios ejemplos donde
las denominaciones de las plantas incorporan un sustantivo genérico,
que corresponde, en efecto, a alguna de las categorías que Berlin llama
“forma de vida”. Veamos algunos ejemplos:
I. -cuahuitl, “árbol, madero o palo” en el Vocabulario de Molina, como
en āyauhcuahuitl (50r),32 teōezcuahuitl (38v)33 y tlàcuilōlcuahuitl
(39r).34 En el CC-B encuentro 11 plantas designadas con esta
“forma de vida”.35 Cabe observar que la mayoría de los árboles,
citados en el Libellus, que crecen de forma natural en la Cuen-
ca de México, incluso en los bosques subalpinos, carecen de este
marcador nominal, como podemos apreciar en acxoyatl (52r),36
īlīn (46v),37 quetzalāhuexŏtl (57v),38 tlatzcan (47v)39 y otros.
32. ‘Niebla-árbol’: Pinus ayacahuite Ehrenb. ex Schldl., Pinaceae.
33. ‘Sagrado-sangre-árbol’: posiblemente Croton draco Schldl. & Cham., Euphorbiaceae, deno-
minado hoy día ezcuahuitl en la Huasteca. Tucker y Janick (2020: 154) lo identifican como
Bunchosia montana A. Juss., Malpighiaceae, sin más sustento que la semejanza que ellos per-
ciben con la imagen en el CC-B.
34. ‘Escrito-árbol’: probablemente alguna especie de Dalbergia, Fabaceae, árboles designados
actualmente en la Huasteca mediante un cognado del término que anotó Badiano. Tucker y
Janick (idem: 157-158) lo determinan como Bauhinia pauletia Pers., Fabaceae, con base en una
supuesta similitud con la representación que hizo el tlacuilo en el Libellus.
35. Incluyo en éste y los siguientes recuentos a las plantas mencionadas en el texto del CC-B,
aunque los tlacuilos no las hayan ilustrado. En el apéndice 1 identifico con una cruz los
casos cuya identidad parece inequívoca.
36. Término primario no analizable: posiblemente Pseudotsuga menziesii (Mirb.) Franco, Pin-
aceae.
37. Término primario no analizable: Alnus sp., Betulaceae.
38. ‘Enhiesto/precioso-agua-sauce’: Salix sp., Salicaceae.
39. Término primario no analizable: Cupressus lusitanica Mill. var. benthamii (Endl.) Carrière,
Cupressaceae.
32
II. -xihuitl, “yerba” según Molina, como en chiyāhuaxihuitl (54v);40
este marcador nominal es atestiguado también en su forma di-
minutiva despectiva, como en tlanēxtia xiuhtōntli (18r),41 y en su
forma poseída, como en āyauhtonān ixiuh (54r).42 En el Códice
ubico 28 plantas marcadas con este término. Para ser precisos,
esta categoría no es equivalente a la forma de vida “herb” en el
esquema de Berlin, porque excluye tanto a las especies cuyo folla-
je era consumido como verdura, como a las herbáceas con flores
vistosas, empleadas muchas de ellas en la vida ritual.
III. -mecatl, cuyo referente principal son las sogas y cordeles, como
apuntó Molina, pero que también se aplica a las plantas trepa-
doras: cōlōmecatl (43r).43 Éste es el único ejemplo así marcado que
localizo en el CC-B.
IV. -zacatl, “paja”, según Molina, que correspondería a la forma de
vida “grass” de Berlin, como en ēlōzacatl (31v)44 y tlàzolteōzacatl
(44v).45 Este marcador también es atestiguado en su forma poseí-
da: mētztli izacauh (38r).46 Encuentro cinco plantas cuyos nombres
se construyen a partir de este término en el códice.
En total ubico 45 plantas en el CC-B cuyos nombres se constru-
yen siguiendo los principios de Berlin para las “formas de vida”, con
40. ‘Engrasarse-yerba’: determinación en duda. Tucker y Janick (idem: 243-244) identifican a
esta planta como Sida acuta Burm. f., Malvaceae, y refieren que es tallada en agua y usada
como espuma para afeitar en otras regiones del mundo, lo cual parece ser congruente con
la etimología nahua.
41. ‘Resplandecer-yerbilla’: probablemente Eryngium carlinae F. Delaroche, Apiaceae (Bye y Li-
nares, 2013).
42. ‘Niebla-nuestra-madre su-yerba’; Tucker y Janick (idem: 241-242) proponen que la ilustra-
ción del tlacuilo corresponde a Polemonium melindae Rzed., Polemoniaceae, especie que cre-
ce en las montañas en torno a la Cuenca de México entre los 2700 y 3200 metros de altitud,
distribución que concuerda con el nombre en náhuatl.
43. ‘Alacrán-trepadora’: probablemente algún miembro de la familia Convolvulaceae.
44. ‘Elote-zacate’: Equisetum sp., Equisetaceae.
45. ‘Basura-deidad/sagrado-zacate’: identificación en duda.
46. ‘Luna su-zacate’: identificación en duda.
33
la salvedad que ya comenté en el caso de las “yerbas”. Se trata de una
cifra relativamente pequeña, si la comparamos con el número de plan-
tas cuyas designaciones incorporan términos donde la “utilidad actual
o potencial, o su significado simbólico” son decisivos. Es aquí donde la
nomenclatura de las plantas en náhuatl, tal como se hablaba en Tla-
telolco en 1552, pone en entredicho la universalidad de los postulados
acogidos por la escuela cognitivista, pues el número de etnotaxones y
su membrecía es sustancialmente mayor:
A. -xōchitl marca los nombres de especies donde las flores eran ofre-
cidas ritualmente o servían para dar aroma y sabor.47 También
figuran entre ellas algunas donde la flor perdura de modo simbó-
lico, como en el caso de la vainilla, tlīlxōchitl. En el CC-B identifi-
co 31 plantas cuyos nombres se basan en el término ‘flor’.
B. -pàtli rotula los nombres de plantas empleadas como remedio, ya
fuera para tratar diversos padecimientos, como para envenenar
animales dañinos, verbigracia itzcuīnpàtli (27v).48 Reconozco 20
plantas en el Libellus cuyos nombres incorporan este marcador
nominal.
C. -quilitl designa a las plantas, generalmente herbáceas, cuyo follaje
se come como verdura. Puede extrañarnos que los cardos erizados
47. Una lista transcrita por Sahagún (1547-1580: 127) hace palpable la relación entre las plantas
rotuladas como xōchitl y los rituales: al enumerar las flores que se recolectaban para ofre-
cerse a las deidades (principalmente Huitzilopochtli) en la fiesta de tlaxōchimāco, que daba
nombre al noveno mes del año mexica, quince de las diecisiete especies que recordaron los
informantes del fraile franciscano corresponden a ese etnotaxón. Figuran en esa lista el cā-
cālōxōchitl del folio 53r, el yōllòxōchitl del 53v y el cuauhēlōxōchitl relacionado con el ēlōxōchitl
en 39r, así como el ocoxōchitl y el xīlōxōchitl, que no fueron ilustrados por los tlacuilos en el
CC-B, pero los recetó don Martín en los folios 10v, 34v, 42r y 54r el primero, y 49r el segun-
do. La segunda excepción en la lista de Sahagún (tlapalātlācuezonan) parece representar una
forma distintiva de la primera (ātlācuezonan) por su color.
48. ‘Perro-remedio’: posiblemente Solanum pubigerum Dunal (sinónimo: Solanum cervantesii
Lag.), que se conoce a la fecha como “veneno de perro” y “yerba del perro” en la Cuenca de
México.
34
del género Cirsium (Asteraceae) ilustrados en el Códice (8v, 32r y
41r) reciban el nombre huitzquilitl [‘espina-quelite’], pero diversas
especies de este género, emparentado con las alcachofas, son co-
mestibles. Encuentro nueve plantas en el CC-B cuyos nombres se
construyen a partir de quilitl.
D. -xocotl nombra a plantas cuyos frutos agridulces se consumen
habitualmente. Una excepción en el Libellus es cohuāxocotl (38v),
que podríamos darnos la libertad de traducir como “ciruela de
víbora”, donde el fruto se liga con el reptil para denotar que no
es comestible.49 Veo cinco plantas rotuladas con este marcador
nominal en el Códice.
E. -tzapotl, contraparte de xocotl, marca a especies con frutos dulces y
carnosos. El CC-B ilustra un solo ejemplo: tetzapotl (33r).50
F. -tzītzicāztli es el término de base para generar el nombre de varias
plantas urticantes, pertenecientes a distintas familias, según la
clasificación linneana. Cinco de ellas fueron recomendadas por
don Martín de la Cruz; cuatro aparecen juntas en el folio 47r
como ingredientes de una cataplasma para tratar el dolor de las
articulaciones.
G. -camòtli designa a diversas plantas con tubérculos comestibles. El
Códice incluye una planta rotulada con este término: tlācacamòtli
(28v).51
H. -àmōlli designa a las especies utilizadas como jabón; en el Libellus
encontramos un ejemplo, xiuhàmōlli (9r).52
49. La identificación de esta planta está en duda. Tucker y Janick (op. cit.: 151-152) proponen
que representa a Bunchosia lindeniana A. Juss, Malpighiaceae; sostienen que las dos serpien-
tes, pintadas por el tlacuilo comiéndose los frutos, señalan la mirmecofilia de esa especie,
argumento que me parece poco plausible.
50. ‘Piedra-zapote’: identificación en duda. Tucker y Janick (idem: 112), siguiendo a Bye y Lina-
res (2013), ven representado aquí al mamey [Pouteria sapota (Jacq.) H.E. Moore & Stearn, Sa-
potaceae], sin tomar en consideración el hecho de que Sahagún (op. cit.: 663) y otras fuentes
registran su nombre como tezontzapotl.
51. ‘Hombre/macho-camote’: probablemente alguna especie de convolvulácea.
35
Cuento en suma 73 nombres en estas categorías “utilitarias” y
“simbólicas” en el CC-B, un 62% más que en los 45 casos que se aproxi-
man a las “formas de vida” de Berlin. Cabe advertir que he excluido de
este total a las 61 plantas que corresponden a grupos pequeños, tam-
bién designados a partir de un término genérico, que en algunos casos
constituyen casos análogos a los etnotaxones -xocotl y -tzapotl, como
los capulines y los tomates. Encuentro además 45 nombres primarios,
tanto simples como compuestos, para otras tantas plantas en el Libe-
llus que no forman parte de agrupaciones mayores marcadas de modo
explícito. El léxico que he examinado en el manuscrito suma así 224
términos en náhuatl.
Podemos cotejar estas cifras y porcentajes con un corpus más
extenso de nomenclatura botánica en náhuatl, recogido un par de
décadas después de que Juan Badiano tradujera al latín las palabras
del médico tlatelolca. El Thesaurus de Nardo Antonio Recchi (1649),
quien recopiló parte de la obra de Francisco Hernández, consigna al
menos 738 nombres de plantas en la lengua que nos ocupa;53 varios de
los vocablos que dictó don Martín, o formas análogas a ellos, apare-
cen en ese compendio romano. Sólo 93 de las 738 designaciones son
marcadas con términos que corresponden a categorías morfológicas,54
52. ‘Herbáceo/verde-jabón’: identificación en duda. Tucker y Janick (30-31) creen que se trata
de Ipomoea murucoides Roem, Convolvulaceae, determinación cuestionable porque dicha
especie recibe el nombre generalizado de cuauhzāhuatl (Karttunen, 1983: 66), planta abun-
dante en la vegetación xerófila de la Cuenca de México, cuando que el tlacuilo pintó agua al
pie del amole en 9r.
53. Incluyo en esta cifra los casos de sinonimia (nombres distintos para la misma especie, según
Hernández) y excluyo las instancias de homonimia (mismo nombre en náhuatl otorgado a
plantas diferentes). El magnum opus del Protomédico General de las Indias fue destruido por
un incendio en El Escorial en 1671, pero parte de la información, incluyendo xilografías ba-
sadas en las pinturas que habían elaborado los tlacuilos al servicio de Hernández, había sido
publicada por Recchi en Roma.
54. Forman parte de este total las plantas designadas tlacōtl, “jara, vardasca” según Molina, que
nombra a diversos arbustos erectos, aun si no encajan dentro de las cuatro “formas de vida”
principales de Berlin.
36
mientras que 265 van acompañadas de un rótulo que se refiere a su uso
o significación ritual.55 Es decir que aquí los etnotaxones utilitarios y
simbólicos representan el 284 % respecto de las “formas de vida”, una
proporción tres veces mayor a la que encontramos en el Códice. La
solidez estadística de esta diferencia entre ambas fuentes se confir-
ma cuando examinamos, a manera de grupo de control en un diseño
experimental, el porcentaje de plantas no afiliadas con respecto a la
composición de las diversas agrupaciones referidas, que en el Thesaurus
asciende al 51.5 %, proporción bastante cercana a la que encontramos
en el Libellus: 47.3 %.
La información reunida por el protomédico, dentro y fuera de
la Cuenca de México, buena parte de ella en comunidades pequeñas,
sugiere entonces que las élites de Tenochtitlan y Tlatelolco, que se con-
sideraban a sí mismas personas sofisticadas en su lengua y su cultura,
tendían a usar con mayor frecuencia términos compuestos a partir de
un vocablo genérico, con una incidencia más alta de nombres marca-
dos con raíces como ‘árbol’ o ‘pasto’ que entre la población rural. Aun
así, el CC-B revela que el volumen de la membrecía en las categorías
de carácter cultural (A - H en nuestra lista) rebasaba con mucho a los
etnotaxones “naturales” (I a IV), al menos en el terreno terapéutico,
transcurridas tres décadas después de la invasión europea.
El Códice parece ser, por lo que vemos, el documento más tem-
prano que contradice a los postulados pretendidamente universales
del pensamiento cognitivista ahora en boga. Las “formas de vida” no
son el único nivel donde la nomenclatura nahua de plantas refuta las
expectativas de Berlin. También en el rango que dicho autor llama
“géneros folk” encontramos contrapuntos. Un ejemplo notorio en el Li-
bellus es el tlayapalōni, que nombra a dos especies muy distintas.56 La
etimología nos provee de una explicación: podemos traducir el térmi-
55. De estos 265 nombres, 137 incluyen la raíz -pàtli y 95 incorporan el término xōchitl; los 33
términos restantes corresponden a -quilitl, -xocotl, -tzapotl, -tzītzicāztli, -camòtli y -àmōlli.
37
no como “lo que ennegrece a las cosas”, esto es, un tinte. Presenciamos
aquí una motivación netamente cultural para designar con el mismo
nombre a dos plantas disímiles en su morfología y su filogenia. No es
un caso excepcional, como lo atestiguan los tres diferentes tlātlancuāyê,
en 21v,57 41r58 y 46r (àhuiyāc tlātlancuāyê este último),59 si bien aquí el
nombre no alude a un uso, sino a las articulaciones sobresalientes en
los tallos: podemos interpretar el nombre como “poseedor/a de mu-
chas rodillas”.60 Otros ejemplos del Códice son los dos totōnquixōchitl
en 38r61 y los tlālāhuēhuētl en 7v y 46v, donde no está claro si las dife-
rencias en las hojas obedecen a las libertades tomadas por los tlacui-
los.62 En todos estos casos, como en los etnotaxones más inclusivos que
se basan en criterios culturales de clasificación, percibimos una pro-
56. La planta ilustrada con ese nombre en 7v es probablemente alguna especie de la familia
Vitaceae. La yerba representada en 44v (donde el texto en latín especifica que se trata de
tlayapalōni xiuhtōntli), en cambio, parece ser un llantén: alguna especie de Plantago en la
familia Plantaginaceae.
57. Probablemente alguna especie de Iresine en la familia Amaranthaceae.
58. Al parecer una especie de Peperomia en la familia de las piperáceas.
59. Identificación en duda. Tucker y Janick (op. cit.: 193) proponen que se trata de una variedad
cultivada de Capsicum annuum L. en la familia Solanaceae, identificación poco plausible al
no explicar por qué prescindiría esta planta del término genérico nahua chīlli, que designa
a todas las formas conocidas de ese género linneano.
60. Este término genérico del náhuatl clásico encuentra un paralelo en el Polygonum de
la nomenclatura botánica linneana, cuya etimología griega es análoga, si bien corresponde
a una familia distinta. El adjetivo àhuiāc se refiere a “cosa suave y olorosa, o cosa gustosa”,
según Molina.
61. ‘Caliente-flor’: la identificación de la primera está en duda, mientras que la segunda posi-
blemente represente a alguna especie de Ruellia en la familia Acanthaceae, género que in-
cluye a plantas que se conocen hoy día como “yerba de la calentura” y se usan como remedio.
Tucker y Janick (idem: 134-135 y 141-142) proponen que la primera corresponde a Calibrachoa
parviflora (Lam.) D’Arcy, en la familia Solanaceae, y que la segunda representa a Erythranthe
cardinalis (Douglas ex Benth.) Spach, en la familia Phrymaceae, sin otra justificación más
que la semejanza morfológica que ellos perciben con esas imágenes en el Libellus.
62. ‘Tierra/terrestre-ahuehuete’: la planta ilustrada… de la familia Lamiaceae. El ahuehuete se
refiere a Taxodium mucronatum: la planta ilustrada en 7v representa posiblemente una es-
pecie de Acalypha en la familia Euphorbiaceae, mientras que la imagen en 46v corresponde
quizá a Agastache mexicana (Kunth) Lint & Epling, de la familia Lamiaceae.
38
bable influencia sobre el náhuatl clásico de las lenguas otomangues
del sur, donde hemos documentado diversos prototipos utilitarios y
simbólicos a los cuales son referidas una serie de especies linneanas
disonantes,63 tema de la siguiente sección de este ensayo.
Innovación y difusión de los etnotaxones botánicos:
evidencia léxica
Solemos pensar que el náhuatl fue la lengua de mayor ascendencia en
el centro de México desde tiempos de Teotihuacan. Un análisis rigu-
roso del léxico tomado en préstamo por diversas lenguas mesoameri-
canas indica, sin embargo, que ninguna de las lenguas yuto-nahuas,
familia a la cual perteneció el habla de don Martín de la Cruz, fue
un referente cultural para esta compleja región sino hasta finales del
siglo xii de nuestra era, cuando el náhuatl central “se convirtió en el
vehículo de un estado poderoso y tendió así a influir en las variedades
vecinas del nahua”.64 A partir de la frecuencia de los préstamos tem-
pranos y con base en los patrones de modificación fonológica, al ser
éstos incorporados a varias lenguas mayas, otomangues y al propio
náhuatl, entre otras, Terrence Kaufman propuso que la élite de Teoti-
huacan hablaba una lengua zoqueana, mientras que la mayoría de la
población de la gran ciudad se comunicaba en totonaco.65 Respalda
esta deducción el hecho de que varios de los préstamos que se originan
en la familia mixe-zoque corresponden a los campos semánticos de la
63. De Ávila, 2010; van Doesburg, Swanton, de Ávila y DiCanio, 2021.
64. Kaufman, 2020: 17.
65. Kaufman, idem: 61. El phylum otomangue representa el linaje lingüístico más complejo y
diversificado en Mesoamérica, como veremos más adelante. Las lenguas zoqueanas confor-
man una de las dos ramas de la familia mixe-zoque, centrada históricamente en el Istmo de
Tehuantepec, y se hablan hoy día en el occidente de Chiapas, Tabasco, el sur de Veracruz
y el extremo oriental de Oaxaca. La familia totonaca-tepehua se restringe actualmente al
norte de Veracruz y zonas aledañas de Puebla e Hidalgo.
39
tecnología, el calendario, la astronomía y las prácticas religiosas,66
mientras que buena parte de los préstamos que provienen de la fa-
milia totonaca-tepehua se refieren al entorno natural, las prácticas
agrícolas, las ligas de parentesco y la vida cotidiana.67
El Libellus pone ante nosotros algunos ejemplos que alegrarían
al sabio lingüista a quien acabo de citar.68 El término zacatl, que da
pie al etnotaxón que reúne a las gramíneas y otras plantas afines en
su aspecto, debe haber sido tomado del totonaco saqat/seqet, ‘pasto’,69
de la misma forma como el náhuatl se apropió del totonaco pu:chu:t/
pú:chut, ‘ceiba’, y del tepehua/totonaco xu:nu/xu:nuk/xú:nak, ‘jonote’,70
para generar los términos pōchōtl y xōnōtl que designan a esas plan-
tas. A tono con la práctica elitista del médico tlatelolca, el etnotaxón
pàtli, ‘remedio’, tiene como antecedente la raíz proto-mixe-zoque *pa:,
‘yerba, planta’, que al parecer se vio reforzada por el verbo totonaco
pa’ks, ‘sanar, curarse’.71 Pàtli no sería el único término en el CC-B que
hace eco a la cultura de la antigua aristocracia teotihuacana: en 38v,
(tlapal)cacahuatl deriva, según los estudios de Kaufman y sus colabora-
dores, del proto-zoque *kakawa.72 Diversos autores han relacionado a
la familia lingüística mixe-zoque con el florecimiento cultural de La
Venta, San Lorenzo y Tres Zapotes en el periodo formativo. Las bebi-
das suntuarias de Theobroma y su uso como moneda refuerzan nuestra
66. Kaufman, idem: 80-84 y 87-89.
67. Kaufman, idem: 108-111.
68. Terrence Scott Kaufman falleció el 3 de marzo de 2022, cuando yo preparaba este texto.
69. Kaufman, idem: 109. El autor considera poco probable que el término nahua sea un cogna-
do de la raíz *sakaH, ‘sauz’, que parece restringirse a la división septentrional de la familia
yuto-nahua, en el occidente de los Estados Unidos. Los asteriscos en éste y los siguientes
ejemplos en otras familias lingüísticas indican que se trata de formas ancestrales hipotéticas,
reconstruidas a partir de las lenguas descendientes.
70. Heliocarpus spp., Malvaceae. Los dos puntos en los términos mixe-zoques y totonaco-tepehuas
señalan que la vocal es larga.
71. Kaufman, idem: 110.
72. Dakin y Wichmann (2000) sostienen que cacahuatl no es de origen mixe-zoque sino yuto-na-
hua, pero sus argumentos no nos convencen (Swanton, de Ávila y van Doesburg, 2011).
40
visión de los portadores del estilo artístico “olmeca” como matriz ci-
vilizatoria, asentada en las selvas tropicales húmedas del sureste de
México.
Si concordamos con Kaufman que zacatl y pàtli son términos que
el proto-nahua debe haber tomado en préstamo de familias lingüísti-
cas con un largo arraigo en la región medular de esta área cultural,73
podríamos pensar que algunos de los etnotaxones atestiguados en el
Códice, como ‘flor’, ‘quelite’ y ‘remedio’, tuvieron de igual modo su ori-
gen en zoque o totonaco, según se hablaban por lo visto en Teotihua-
can. Sin embargo, los parientes actuales de estas lenguas carecen de
agrupaciones copiosas rotuladas nominalmente, como las que observa-
mos en el Libellus. Cuando examinamos la nomenclatura para los seres
vivos en las distintas familias lingüísticas de toda Mesoamérica, tanto
en los registros del siglo xvi como hoy día, encontramos un patrón geo-
gráfico bastante claro: el náhuatl “clásico” que regía en la Cuenca de
México durante el periodo virreinal temprano, junto con las variantes
nahuas habladas actualmente en regiones vecinas, son la única instan-
cia en la familia yuto-nahua donde se ha documentado este sistema de
marcación nominal para un número sustancial de plantas.
El pipil de El Salvador, rama basal en la filogenia de las lenguas
nahuas,74 rotula como ‘flores’, ‘quelites’ y ‘remedios’ sólo a algunas de
las especies que esperaríamos exhibieran estos marcadores semánticos,
si tomamos como modelo los nombres transcritos por Juan Badiano,
73. Kaufman (op. cit.: 70) ubica al proto-nahua hacia el noroeste de las lenguas pames, en una
región del altiplano central que correspondería al occidente del actual estado de San Luis
Potosí y el oriente de Zacatecas, es decir, en pleno desierto chihuahuense, fuera del área
cultural mesoamericana. Su presencia en la Cuenca de México dataría de finales del siglo
VII de nuestra era, concurrente con el declive de Teotihuacan.
74. La divergencia del pochuteco, pariente extinto del náhuatl que se habló en la costa central de
Oaxaca, es más temprana que la del pipil (Kaufman la sitúa al finalizar el siglo vii). Si bien se
conocen pocos nombres de plantas en esa lengua y no encuentro compuesto alguno que nos
remita a los etnotaxones que nos ocupan en esta sección, los términos pochút (‘ceiba’) y sekét
(‘zacate’) confirman la antigüedad de los préstamos del totonaco (de Ávila, 2004: 518-519).
41
Bernardino de Sahagún, Francisco Hernández y otros estudiosos en el
siglo xvi.75 El hecho de que la variante nahua más divergente nombre
a diversas plantas sin dichos términos icónicos nos permite suponer
que el pipil se separó cuando el patrón nominal comentado comen-
zaba a imponerse en el hábitat del proto-nahua. Esta suposición se ve
reforzada cuando examinamos el vocabulario biológico de las lenguas
yutonahuas del occidente y norte de México. En las fuentes recientes
que he podido revisar no encuentro evidencia de los dos primeros tér-
minos como marcadores nominales en las lenguas wixárika (huichol)
en Jalisco y Nayarit, ralámuli raicha (tarahumara) en el occidente de
Chihuahua, ni yoremnokki (mayo) en el sur de Sonora. Sólo en ’oda-
mi (tepehuán del norte), hablado en el suroeste de Chihuahua, sirven
aquéllos para generar algunos de los nombres para los quelites y las
flores, como los codifico en las figuras 1 y 2 que acompañan este tex-
to.76 Dado que las lenguas citadas corresponden a tres ramas distintas
dentro de la división sureña de la familia yuto-nahua,77 es poco proba-
ble que el náhuatl haya mantenido las agrupaciones referidas como un
rasgo ancestral del proto-yuto-nahua, que se hubiera perdido en otros
miembros de la familia.78 Por lo visto, mesoamericanizar a la lengua
75. Tomo de Campbell (1985) los ejemplos chichikakaw y sēmpuwal como ‘flores’ no marcadas
con el término -xūchit; àkapâ, mu:sut (Sahagún, op. cit.: 668, registró el mōzōquilitl como una
yerba “muy verde y muy tierna… y muy sabrosa”) y chùle como ‘verduras’ no rotuladas -kilit;
e īxkwat y kukīxtilūni como ‘remedios’ no marcados con -pà. El pipil ofrece algunas pis-
tas para identificar, confirmar, o al menos cotejar, plantas enigmáticas en el CC-B, como
ēlusakat (véase ēlōzacatl en 31v), kamalut (#ācamallotetl en 61r), siwāpâ (cihuāpàtli en 57v), tālket-
sal (tlālquēquetzal en 24r), tsitsīkas (diversos -tzītzicāztli en 16v y 47r) y witskilit (huitzquilitl en
8v, 32r y 41r).
76. En estos mapas, que elaboré con base en un trabajo previo (de Ávila, 2010: 222-226), me
centro en las categorías ‘quelite’ ‘y flor’, porque parecen ser mucho más frecuentes que los
‘remedios’ en las lenguas de México, Guatemala y El Salvador.
77. Según la clasificación de Campbell (1997: 134), el ’odami forma parte de la rama tepimana,
y el ralámuli raicha y el yoremnokki pertenecen a la filiación taracáhita, mientras que la
lengua wixárika y el náhuatl corresponden a la rama corachol-nahua.
78. No pretendo negar las raíces yuto-nahuas de algunos marcadores nominales para plantas
en náhuatl; arguyo simplemente que la tendencia a generar una terminología copiosa con
42
de don Martín de la Cruz había significado aristocratizarla, al incor-
porarle, generaciones atrás, rasgos morfosemánticos de las lenguas de
prestigio, además de tomar en préstamo el léxico especializado para
ciertas plantas relacionadas con la élite, como el cacao.
Entre las lenguas documentadas en el siglo xvi en el centro y
occidente de México, donde he podido revisar la terminología bioló-
gica, sólo el purépecha, tal como fue registrado por Maturino Gilberti
(1559), muestra un esquema comparable al náhuatl para nombrar a
un buen número de plantas, de tal manera que en Michoacán -tsitsiqui
es la contraparte de -xōchitl y -xaqua de -quilitl, entre otros etnota-
xones paralelos.79 No parece ser una casualidad que estos ejemplos
provengan de la lengua dominante en la conformación política en
el segundo lugar de importancia al momento de la invasión europea,
sólo superada por la Triple Alianza. Podemos suponer que los súbdi-
tos del cazonci habían adoptado un sistema nominal equiparable al
náhuatl por efecto de la difusión cultural entre las élites durante el
periodo epi- o postclásico. El cuitlateco, en cambio, algunos de cuyos
hablantes pagaban tributo a Tzintzuntzan y otros al tlàtoāni, generó
algunos nombres de plantas a partir de túhtu, ‘flor’, pero no rotulaba
a la verdolaga, al “chipil” ni a otros quelites prototípicos, registrados
antes de que la lengua desapareciera en los años 1960.80
Observamos un panorama análogo hacia el oriente, donde el
totonaco predominaba en los siglos xv y xvi en un cacicazgo subor-
dinado a los señoríos de la Cuenca de México: xánat, ‘flor’, da pie a
un par de nombres de plantas, pero ninguno de los quelites que he-
base en ellos no es un rasgo ancestral en la familia, como parece subrayarlo la ausencia de
vocablos compuestos a partir de ‘flor’, ‘quelite’, etc., en la lengua wixárika, miembro de la
misma rama que el náhuatl, según Campbell (idem: 134).
79. A diferencia de las diversas especies rotuladas -pàtli en náhuatl, en el vocabulario de Gilber-
ti y en los términos botánicos purépechas recogidos, poco tiempo después, por Francisco
Hernández, no encuentro ejemplos construidos a partir de sipiati, “cosa de medicina o me-
dicinal”, o de alguna otra voz genérica que se refiera a los remedios.
80. De Ávila, 2011: 73. “Chipil(e)”, “chepil” y “chipilín” designan a Crotalaria spp., Fabaceae.
43
mos encontrado citados en las fuentes para esta lengua, muestra
un marcador equivalente al purépecha -xaqua.81 Si los préstamos re-
currentes caracterizados por Kaufman reflejan que el totonaco era
hablado por el grueso de la población en Teotihuacan, la rotulación
coherente de los etnotaxones en el náhuatl central, que describimos
a partir del CC-B, debe haber surgido después del eclipse de la gran
ciudad. Esta reflexión nos lleva a examinar las lenguas mixe-zoques
actuales, parientes del idioma de la élite teotihuacana, según dicho
autor. Encontramos un grupo marcado ‘flor’ (-püj en mixe, -jüyü’ en
zoque), pero sólo dos especies aparecen rotuladas como tsü’üp, “yerba
verde comestible” en la variante mixe mejor estudiada.82 En oluteco,
lengua mixeana del sur de Veracruz, el cognado tsü’pi se incorpora a
los nombres específicos del “chipile” y otro quelite, pero se ausenta de
algunas verduras arvenses donde esperaríamos hallarlo. Puedo hacer
la misma generalización a partir de los datos que he revisado en di-
versas variantes de zoque.83 La inconsistencia en la marcación de los
etnotaxones me hace concluir que tampoco las lenguas mixe-zoques
generaron el modelo de categorización botánica que seguía don Mar-
tín de la Cruz.
Podemos continuar nuestra búsqueda más al sur, al examinar
la terminología botánica en las lenguas mayas. Según el diccionario
etimológico recopilado por Kaufman, es factible reconstruir términos
ancestrales para las flores ‘cempazúchil’, ‘pericón’ y ‘girasol’, pero és-
tos se restringen a la rama central de la familia y todos los cognados
actuales que cita el autor carecen de un marcador genérico.84 De igual
forma, la raíz *ityaaj, ‘pot herbs’ (yerbas que se comen cocidas), sólo es
atestiguada en la división central y no se integra en las derivaciones
81. De Ávila, idem: 64.
82.Investigación doctoral de Gary J. Martin en Totontepec Villa de Morelos, Oaxaca, en de
Ávila, idem: 60.
83. De Ávila, idem: 61.
84. Kaufman, 2003: 1137 y 1142.
44
contemporáneas de dos términos distintos reconstruidos para ‘chipi-
lín’, como tampoco en los nombres para los bledos y la verdolaga.85
Nos queda entonces el phylum otomangue como último candidato
para acuñar el patrón nominal que nos interesa, si en efecto el ná-
huatl y el purépecha lo tomaron de alguna lengua vecina. Las len-
guas otomangues, que conforman siete familias con varios milenios
de divergencia una de otra, constituyen la agrupación más diversifi-
cada en Mesoamérica. Su distribución histórica, en correlación con
los vestigios más tempranos de domesticación de plantas conocidos
hasta ahora, nos hace suponer que los primeros horticultores en esta
región del planeta hablaban proto-otomangue.86 Como agricultores
incipientes, es probable que hayan generado un léxico especializado
para el manejo de las plantas, que puede haber influido en las lenguas
aledañas.
Dentro del phylum otomangue, la familia otopame incluye a las
lenguas que estaban en mayor proximidad geográfica con el náhuatl
y el purépecha, varios siglos atrás. Kaufman ubica el hábitat del pro-
to-nahua hacia el oeste de las lenguas pames, habladas históricamen-
te desde la Sierra Gorda en el actual estado de Hidalgo hasta el su-
roccidente de Tamaulipas.87 En xi’iuy (pame septentrional) no parece
haber hoy día marcadores nominales que podamos reconocer en los
nombres de plantas, como tampoco hay evidencia de ellos en los pocos
datos disponibles en uzá̱’ (chichimeco jonaz), el pariente más cercano
de las lenguas pames, hablado en el noreste de Guanajuato.88 En 1977,
Daniel Cazés empleó el léxico de ambos linajes y de otros miembros
de la familia para identificar una serie de cognados que pudieran
servir como un diagnóstico cultural del proto-otopame, para dedu-
85.Kaufman, idem: 1140-1141 y 1147-1148. Los bledos se refieren a Amaranthus spp., Amarantha-
ceae.
86. Winter, Gaxiola y Hernández, 1984: 65-108.
87. Kaufman, 2020: 70.
88. De Ávila, op. cit.: 58.
45
cir que sus hablantes practicaban la agricultura y la nixtamalización,
por ejemplo. Presentó así algunos nombres emparentados para diver-
sas plantas, tanto silvestres como cultivadas, pero no aparecen entre
ellos términos genéricos o específicos para flores ni quelites.89
Una vez que los portadores del proto-nahua incursionaron en
la Cuenca de México, hecho que Kaufman sitúa a finales del siglo vii
de nuestra era,90 la lengua otopame más próxima sería el proto-oto-
mí, precursor de las distintas variantes de ñöthó (otomí central) y
hñähñú (otomí del Mezquital) habladas a la fecha en el piedemonte
hacia el occidente y el norte, en comunidades sujetas a lo largo de
su historia a las configuraciones políticas asentadas alrededor de los
lagos endorreicos. Encontramos en las fuentes documentales tempra-
nas del hñähñú una terminología botánica análoga a la que describí
para las lenguas mixe-zoques: El vocabulario de fray Alonso Urbano
(circa 1605) transcribe diversos nombres de plantas compuestos a par-
tir de antaeni, “flor, generalmente, xochitl”. También registra algunos
términos que incorporan el genérico anccâni (“yerba comestible, qui-
litl”), mientras que otros quelites prescinden de él, como el berro, la
yerbamora y el notzintahâ, mexixquilitl en náhuatl, que los tlacuilos
ilustraron en el folio 20v del Libellum.91
El hecho que don Martín de la Cruz rotulara a esta última plan-
ta como miembro del etnotaxón de los quelites me parece particular-
mente significativo, puesto que Molina dio entrada en su vocabulario
tanto a mexixquilitl como a mexixin a secas,92 sin el marcador, glosando
89. Cazés, 1977: 82-83, 86 y 92-93.
90. La evidencia arqueológica (Beekman y Christensen, 2003) parece confirmar la fecha pro-
puesta por Kaufman (op. cit.: 70).
91. Lepidium sp., Brassicaceae. El berro, Rorippa nasturtium-aquaticum (L.) Hayek, pertenece a
la misma familia; Urbano registró su nombre en náhuatl como ātēzquilitl, cuya etimología
parece involucrar a ātēzcatl, “charco de agua”, según Molina.
92. Mexixin debe ser un término primario, no obstante, la interpretación de Ángel María Gari-
bay (1964a: 364), quien propuso que mexixquilitl, se compone de metl, xīxtli y quilitl, “hierba
comestible pungente como el jugo o la excrecencia del maguey”, etimología poco plausible
46
ambas formas como “mastuerzo”. Francisco Hernández confirma que
el mexixquilitl, “mastuerzo mexicano”, era usado como remedio, antes
de que fuera reemplazado por el pelonxōchitl (‘Perú-flor’) o pelon mexix-
quilitl,93 una vez que la especie andina fue introducida a México. Todo
indica que mexixin, como término simple, era el nombre original en
náhuatl de la planta nativa y que, al generalizarse el esquema de mar-
cación de los etnotaxones, se acuñó el término compuesto que anotó
Juan Badiano,94 mientras que los hablantes de hñähñú, por lo visto
más conservadores, mantuvieron vigente el nombre de antaño, sin
agregarle la raíz -ccâni. Estos datos sugieren que la lengua estudiada
por Urbano se inspiró en la nomenclatura del náhuatl para generar
su propia terminología biológica, y no a la inversa.95 La disparidad en
prestigio entre ambos idiomas refuerza esa probabilidad.
Influencia conceptual de los pueblos
otomangues meridionales
A diferencia de las lenguas otopames, en las seis familias otomangues
ubicadas hacia el sur y el oriente de la Cuenca de México: chinan-
tecana, tlapaneco-sutiaba, chiapaneco-mangue, amuzgo-mixtecana,
puesto que la segunda vocal es breve en el vocablo compuesto. Por otro lado, Molina glosa
xīxtli como “estiércol de hombre” y registra sólo los compuestos āxīxtli, “meados o orines”, y
tlaāxīxtli. “cosa cagada”.
93. Tropaeolum majus L., Tropaeolaceae.
94. El uso de Lepidium spp. como verduras está ampliamente documentado en distintas regio-
nes del mundo, lo que hace lógica su asignación al etnotaxón -quilitl, más que a -pàtli.
95. Wright (2011: 313) cita el término náhuatl quimichincapoli en la Relación Geográfica de Que-
rétaro de 1582, que representa un calco del otomí dese’ñoi, ‘capulín [de] ratón’, y que debe
haber designado a Karwinskia humboldtiana (Schult.) Zucc., Rhamnaceae, como podemos
inferir por la descripción del efecto paralizante al ingerir el fruto. Sin embargo, parece
tratarse de un préstamo con una distribución geográfica limitada, en fechas tardías: en
náhuatl clásico, se esperaría la forma quimichcapolin, en analogía con los compuestos quimi-
chtlapēhualli, ‘ratonera’, y āmacapolin, ‘fruto de morera’, recogidos por Molina.
47
popolocana y zapotecana,96 encontramos abundantes ejemplos de
terminología botánica que incorpora a los genéricos ‘flor’ y ‘quelite’,
que escogimos como referentes para esta discusión, y a varios marca-
dores más.97 Los miembros de la familia amuzgo-mixtecana, en parti-
cular, muestran un esquema muy rico y productivo en su nomenclatu-
ra botánica, especialmente las lenguas mixtecas, propiamente dichas.
Un primer criterio para proponerlas como modelo de categorización
nominal, que pudo haber inspirado al náhuatl y al purépecha, es el
hecho de que presentan una proporción muy alta de plantas designa-
das con términos compuestos con base en un marcador. En trabajos
previos he abordado la composición de las categorías rotuladas en
tu’un savi con los términos ita (‘flor’) y yua/yiva (‘quelite’), entre otros
etnotaxones.98 Ambas comprenden a grupos muy extensos y eclécticos
de especies, al parecer más diversos que las agrupaciones equivalen-
tes en náhuatl atestiguadas en el CC-B y otras fuentes desde el siglo
xvi al presente.99 Páginas atrás calculé que las plantas en el Libellus
que no pertenecen a una categoría marcada nominalmente, o que co-
rresponden a una agrupación pequeña, ascienden a 106 casos, lo que
representa el 47 % del inventario total, ilustrado o mencionado en el
manuscrito. En el corpus mixteco que he estudiado, la cifra equiva-
lente alcanza apenas el 18 %, incluyendo a la mayoría de los cultivos,
especies prácticamente ausentes en el códice que nos convoca.
Un segundo criterio para postular al esquema clasificatorio de
las lenguas mixtecas como modelo, que habrá tenido eco en el centro
de México, es una mayor variación en los etnotaxones que lo com-
ponen, especialmente las categorías de mayor relevancia cultural, es
96. Kaufman, 1990.
97. De Ávila, op. cit.: 39-56.
98. En la ortografía mixteca, los diacríticos no marcan la duración vocálica ni las pausas glo-
tales, como en náhuatl, sino los patrones tonales. Tu’un savi, ‘palabra [de la] lluvia’, es la
autodesignación para estas lenguas en algunas de sus variantes.
99. De Ávila, 2010: 153-168 y 168-188.
48
decir, las conformadas a partir del valor utilitario o el significado
simbólico de las plantas. Encontramos, por ejemplo, que algunas va-
riantes mixtecas distinguen a las verduras que se consumen crudas,
rotuladas con el término ndua o algún cognado. El vocabulario de fray
Francisco de Alvarado (1593) contrasta así yuvua, “hortaliza para co-
mer cocida”, y [n]duvua, “hortaliza para comer cruda”. De forma aná-
loga a la distribución del marcador para quelites en el área medular
de Mesoamérica en la figura 1, encuentro que ndua no aparece aquí y
allá de forma aleatoria, sino que se difunde en torno a un centro de
innovación, ubicado en este caso en la Mixteca Alta occidental.100
A la luz de la distinción entre yua y ndua, es significativo que
los informantes de Sahagún, al hacer un recuento de las plantas que
conocían, hayan enumerado primero “las hierbas comestibles cocidas”
y después “las hierbas que se comen crudas”, rotuladas la mayoría de
ambas como quilitl.101 Más aun, siete de los ocho miembros nominales
de ese etnotaxón representados en el Libellus (y que tienen una contra-
parte en la obra de Sahagún) aparecen entre las segundas, y ninguno
entre las primeras. Al describir así las yerbas que se consumían crudas,
los informantes del franciscano se refirieron al ēlōquilitl, relacionado
con el xiuhēlōquilitl, ilustrado en el folio 58v del CC-B; al tzayānalqui-
litl, dibujado en 44r; al iztācquilitl, vinculado con el teōiztācquilitl, que
aparece en 19r y 30r; al huitzquilitl, en 8v y 41r; al cuahuitzquilitl, que
parece corresponder al cuauhtlàhuitzquilitl en 32r; y al pāpālōquilitl en
20v, que se relaciona con el tepēpāpālōquilitl, en 56r. Ese mismo gru-
po registrado por Sahagún incluye al āyauhtonān del folio 54r, si bien
carece del marcador para los quelites. Por otro lado, en el grupo de
yerbas que se comían cocidas encontramos al māmāxtla de 34v, tam-
poco rotulado como quelite. Curiosamente, en la Historia General de
las Cosas de Nueva España, el ācacapacquilitl, de 44r, forma parte de las
100. De Ávila, idem: 221.
101. Sahagún, op. cit.: 668-670.
49
“hierbas que no son comestibles, ni medicinales, ni ponzoñosas”, lo
cual sugiere que la recomendación de esa planta que hizo don Martín
de la Cruz, en la poción para refrescar a un cuerpo acalorado, refleja-
ba su idiosincrasia como terapeuta y no correspondía a una práctica
médica generalizada en su época.102
Para reforzar el segundo criterio en comento (la mayor varia-
ción en los etnotaxones), la clasificación nominal de las plantas en las
lenguas mixtecas incluye categorías definidas por usos muy especia-
lizados: además de los quelites crudos, algunas de ellas distinguen a
otros etnotaxones ausentes en náhuatl, como las plantas cuya corteza
fibrosa sirve para atar manojos y ramos, designadas tundakua. En la
variante hablada hoy día en Coicoyán de las Flores, distrito de Juxt-
lahuaca, Oaxaca, corresponden a esta categoría léxica especies tan
disímiles como tundakua ná’nu, el mācpalxōchitl, recetado por don Mar-
tín en el folio 33r;103 tundakua váli, un arbusto pequeño;104 y tundakua
a secas, por ser la planta prototípica, que corresponde según creo al
cuauhalāhuac recomendada por el médico tlatelolca para facilitar el
parto, en 57v.105 En la comunidad de Jicayán de Tovar, municipio de
Tlacoachixtlahuaca, Guerrero, este marcador genera el nombre tun-
dakua yatia, llamado en náhuatl xīlōxōchitl, recetado en 49r para “la
purulencia ya agusanada”; su fibra sirve para tejer redes en Jicayán.106
Las cortezas textiles, los quelites que se comen crudos y otras categorías
utilitarias no son exclusivas de la familia amuzgo-mixtecana, pues al
menos una lengua chinanteca marca con un vocablo específico a las
verduras análogas al cilantro, y el chatino oriental, que corresponde a
102. Sahagún, idem: 689. Interpretamos la etimología de estos nombres en náhuatl en un trabajo
previo (Clayton y de Ávila, 2009).
103. Chiranthodendron pentadactylon Larreat., Malvaceae (de Ávila, 2010: 102). Ná’nu significa
‘grandes’, pues este árbol llega a alcanzar más de 20 metros de altura.
104. Triumfetta brevipes S. Watson, Malvaceae (de Ávila, idem: 102). Váli significa ‘pequeños’.
105. Heliocarpus terebinthinaceus (DC.) Hochr., Malvaceae; sinónimo: Heliocarpus reticulatus Rose.
106. Pseudobombax ellipticum (Kunth) Dugand, Malvaceae (de Ávila, idem: 103). Yatia se refiere
a los cabellos del elote.
50
la familia zapotecana, rotula como yka2 taa'4 a las plantas cuya corte-
za flexible se usa como “yaco”,107 pero es en las lenguas mixtecas donde
estos etnotaxones parecen alcanzar mayor diversidad y complejidad.
Una tercera y muy persuasiva línea de evidencia para creer que
las lenguas mixtecas proveyeron un modelo, que influyó en la nomen-
clatura de las plantas en otras lenguas otomangues y eventualmente
en el náhuatl y el purépecha, es que poseen un complejo sistema de
clasificación semántica. Este sistema se manifiesta en una serie de
categorías gramaticales en concordancia con categorías léxicas mar-
cadas de forma explícita. Grinevald (2000, 2015), siguiendo a Allan
(1977), ha estudiado a estos clasificadores como un fenómeno morfo-
sintáctico que está presente en muy pocas lenguas del mundo y que se
distingue de otros sistemas de clasificación nominal de carácter emi-
nentemente gramatical (verbigracia el género, como la marcación del
femenino y masculino en muchos sustantivos en español) o de natura-
leza fundamentalmente léxica (como los términos que diferencian las
dimensiones de los seres/objetos, o los adscriben a clases conceptuales
específicas). Los clasificadores difieren de los sistemas puramente lé-
xicos de categorización al marcar la clase a la que corresponde un sus-
tantivo por fuera de la palabra sustantival, es decir que señalan dicha
clase mediante un morfema independiente o un afijo incorporado a
otro elemento de la cláusula.
Las lenguas mixtecas y unos cuantos casos más documen-tados
hasta ahora en todo el mundo (popti’ y acateco en Guatemala, yidiny
en Australia) exhiben clasificadores sustantivales: “morfemas libres
presentes en una frase sustantival, junto al sustantivo mismo o dentro
de los límites de la frase, con otros determinadores del sustantivo”.108
107. “Yaco”, tomado en préstamo de alguna lengua mixteca y derivado de yakua/ndakua, desig-
na en el español campesino del suroeste de Oaxaca a la corteza fibrosa de diversos árboles
y arbustos (de Ávila, 2004: 528).
108. Grineval, 2000: 64; esta autora se basa en la investigación de Lourdes de León (1980, 1986)
para incluir a las lenguas mixtecas dentro de su tipología de clasificadores.
51
Un lexicógrafo hablante de tu’un savi en la variante de Cuatzoquiten-
go (municipio de Malinaltepec, Guerrero) nos provee un ejemplo para
ilustrar cómo operan estos morfemas libres:
Tú vaxi káa kúu karro ta Pedro.109
‘cla1 venir allá ser carro cla2 Pedro’
En este enunciado, tú es el clasificador para árboles y, por ex-
tensión semántica, también para los vehículos, como objetos fabri-
cados originalmente de madera. Ta, por su parte, es el clasificador
para personas del género masculino. Vicente Paulino Casiano Franco,
autor de este ejemplo, lo traduce como “El mueble que viene allá es su
carro de Pedro”.
El primer clasificador en el ejemplo citado es relevante para
nuestra discusión porque establece una concordancia con el pronom-
bre de tercera persona que se usa específicamente para árboles, como
puede apreciarse en un segundo ejemplo, donde se refiere en particular
a un grupo de especies representado en el Libellus por texcalāmacoztli
(38v) y chichic texcalāmatl (43v):
Ndeé ní síkún yitun tu-ñú’ún, sava-na yivi xáxi kui’i kúun nda’a-nú.110
‘fuerte muy alto árbol marc-amate, mitad-pron gente comer-crudo fru-
ta estar rama-pron’
En este segundo ejemplo, tu- es el marcador nominal que co-
rresponde al clasificador independiente tú del enunciado anterior y
que se incorpora a todos los nombres de plantas leñosas que he en-
contrado en las lenguas mixtecas.111 Al final de la oración, -nú es el
109. Casiano, 2008: 127; análisis de A. de Á. cla: clasificador. .
110. Casiano, idem: 129; análisis de A. de Á. marc: marcador sustantival; pron: sufijo pronominal.
111. En algunas lenguas mixtecas, este marcador nominal toma la forma nu-, homófona al sufijo
pronominal salvo por el tono.
52
sufijo pronominal exclusivo para árboles y objetos de madera. Tanto
el clasificador libre como el marcador nominal y el sufijo pronominal
se relacionan con el sustantivo yitun, ‘árbol’. Por otra parte, la distin-
ción entre kaxi/xaxi (“comer algo no guisado”) y kuxi (“comer algo co-
cido”) que muestra este ejemplo, debe subyacer el contraste que recién
vimos entre yiva y ndua en algunas lenguas mixtecas. Casiano Franco
traduce la oración como “Los amates son muy altos, algunas personas
comen los frutos de este árbol.”
El cuicateco y el triqui, que son las otras lenguas mixtecanas,
también presentan marcadores nominales en su terminología botáni-
ca y muestran de igual manera sufijos pronominales específicos para
animales112 y para entes inanimados en general,113 pero carecen, por lo
visto, de clasificadores para árboles y para otras categorías concep-
tuales, que deben ser una innovación del proto-mixteco. Al menos uno
de los descendientes de éste, la lengua que se habla hasta la fecha en
Tilantongo, en el distrito de Nochixtlán, en Oaxaca, ha ido más allá
y ha acuñado un marcador nominal específico para las flores, abre-
viado en algunos casos como prefijo, junto con el sufijo pronominal
correspondiente:
Ita yodo nani ita ya’a chi yodo-ta nuu yutnu.
‘flor estar:encima nombre flor aquí porque estar:encima-pron cara
árbol’
Este ejemplo es traducido como “Las plantas llamadas ita yódo
yútnú se llaman así porque trepan los árboles”.114
En la lengua mixteca de Tilantongo, el sufijo pronominal -ta
parece aplicarse exclusivamente a plantas nombradas ta-, como tavió
112. Bradley, 1991: 469; Hollenbach, 1992: 346-348.
113. Hollenbach, idem: 348.
114. Kuiper, 2003: 8. Se omitió en este caso la marcación tonal.
53
y tayídî, glosadas ambas como “poleo”;115 todo indica que la segunda
corresponde al ātōchietl en el folio 15v del CC-B.116 Como lo señala la
oración acerca de las trepadoras, el sufijo -ta aparece también ligado
a verbos que se refieren a plantas rotuladas con el término completo
(es decir, sin abreviar), como en ita núnî (‘flor maíz’), que corresponde
al cācālōxōchitl en el folio 53r.117 Un ejemplo elocuente de las analogías
y probables calcos en la lengua de Tilantongo y el náhuatl de Martín
de la Cruz es ita ndékâ (‘flor pegamento’), citada como #tzaucxōchitl
(‘pegamento-flor’) en el texto del mismo folio 53r.118 Precisamente fue
Tilantongo la sede del estado mixteco constituido en el siglo xi de
nuestra era por el señor 8 Venado, “Garra de Fiera”, saga detallada en
los códices prototípicos del estilo Nahua-Mixteco (también llamado
“Mixteca-Puebla”), el estilo gráfico que influiría en diversas culturas
desde Sinaloa hasta la península de Nicoya en Costa Rica, a lo largo
del periodo postclásico. Los tlacuilos mexicas que ilustraron el Libellus
compartían una tradición artística que había tomado forma pocos
siglos atrás, ligada con una reestructuración política de las socieda-
des mesoamericanas alrededor de ciudades-estado, entrelazadas en
115. Clinopodium spp., Lamiaceae.
116. La etimología del nombre que anotó Juan Badiano es ‘agua/humedad-conejo-tabaco’. En
este caso el náhuatl agrupa nominalmente a una lamiácea aromática junto con Nicotiana spp.
En purépecha, en cambio, el “poleo” forma parte de la categoría de los quelites: andumuqua
xaqua (Gilberti, 1559: 544). Este ejemplo indica que, si bien la marcación sustantival parece
inspirarse en el esquema mixteco de categorización, cada lengua adscribió las plantas a uno
u otro etnotaxón de modo independiente.
117. Ya mencioné en la nota 13 que la etimología de cācālōxōchitl involucra al cuervo, ave ligada
con el maíz en la agroecología y en la mitología mesoamericana, lo cual parece relacionarse
de modo simbólico con el nombre mixteco de esta planta.
118. Laelia spp. y Bletia spp., Orchidaceae. Otras ‘flores’ que parecen representar calcos semán-
ticos del mixteco al náhuatl son īzquixōchitl (folio 39r) a partir de ita yu’u (‘flor esquite’):
Bourreria spp., Boraginaceae (van Doesburg, Swanton, de Ávila y DiCanio, 2021); y chī-
chīhualxōchitl (Sahagún, op. cit.: 692) a partir de ita ndoso (‘flor teta’): Solandra spp., Solana-
ceae (Dehouve y de Ávila, 2020). Estas especies, originarias de climas cálidos, no se conocen
en Tilantongo, comunidad ubicada en tierra fría por encima de 2,200 metros sobre el nivel
del mar, pero las variantes de tu’un savi habladas en la Mixteca Baja, en la cuenca del Balsas,
pueden haber sido la fuente de esos calcos.
54
extensas redes de intercambio de manufacturas ostentosas: alfarería
bruñida, orfebrería, mosaicos de turquesa, plumaria y tejidos finos,
entre otras.
El estilo Nahua-Mixteco” se componía de símbolos altamente conven-
cionalizados que se caracterizaban por una precisión casi geométrica
de la línea y se manifestaban en la cerámica policroma, los códices y
otras obras de arte a pequeña escala [...] Los colores eran vívidos y la
imaginería compartía muchos atributos de las caricaturas de hoy día
[…] el estilo era empleado principalmente para transmitir narrativa
histórica o ritual. Ciertos símbolos eran reducidos a íconos sencillos
que significaban una idea o una palabra hablada. Como tal, el estilo
era una respuesta ingeniosa a las necesidades de las confederaciones
de ciudades- estado, cuyos líderes se comunicaban hasta en doce len-
guas distintas.119
Fue en esas ciudades-estado políglotas del sur del actual estado
de Puebla y el noroeste de Oaxaca donde el náhuatl estuvo en contac-
to íntimo con las lenguas mixtecas y popolocanas, las cuales también
poseen clasificadores léxicos relacionados con pronombres correferen-
ciados.120
Podemos suponer que la nomenclatura y clasificación de los
seres vivos en las lenguas otomangues meridionales influyó con ma-
yor fuerza en el náhuatl precisamente en las confederaciones mul-
tilingües de Cholula y Tlaxcala, el valle de Tehuacán, la región de
Coixtlahuaca y la Mixteca Baja, región entretejida estrechamente por
lazos de intercambio matrimonial y comercial.121 Estas comunidades
compartían, además, rasgos básicos en su cosmogonía y en el culto a
119. Fields, Pohl y Lyall, 2012: 26-31.
120. Veerman, 2004: 416-451..
121. Pohl, 2003b: 205-208.
55
sus héroes culturales.122 Es oportuno reiterar que no esperaríamos en-
contrar la adopción de términos de una lengua a otra, pues son poco
frecuentes los préstamos directos en Mesoamérica, a diferencia de los
calcos semánticos, el sistema numeral por veintenas y diversas pe-
culiaridades sintácticas, ampliamente distribuidas en esta región.123
La alta incidencia de calcos es uno de los rasgos que caracterizan a
Mesoamérica como un Sprachbund, es decir, un área de convergencia
lingüística.124 La distribución de los etnotaxones ‘quelite’ y ‘flor’ en
las figuras 1 y 2 me permite proponer que la nomenclatura botánica
representa una instancia más de interacción conceptual estrecha en el
Sprachbund mesoamericano, tal como se refleja en la terminología que
empleaba don Martín de la Cruz.
Una serie de documentos redactados veintiocho años después
del Libellus atestigua calcos semánticos de una lengua mixteca al ná-
huatl para nombrar plantas medicinales, precisamente. Las Relaciones
Geográficas de 1580 de Juxtlahuaca, en la Mixteca Baja, y los pueblos
de su jurisdicción en la Sierra Madre del Sur, en los actuales estados
de Oaxaca y Guerrero, registran 18 plantas curativas en ambas len-
guas.125 Es inequívoca la dirección del flujo de la información desde
la nomenclatura mixteca al náhuatl porque los mismos documentos
aclaran que pocas personas en la región hablaban la lengua “mexi-
cana”, y porque algunos de los términos en la primera incluyen datos
122. Pohl, 2003a: 55-59.
123. A lo largo de esta sección, he citado los términos para ‘flor’ y ‘quelite’ en distintas lenguas
para constatar que no parecen ser vocablos tomados en préstamo de una a otra, en caso
alguno. A diferencia de la adopción temprana de ciertos elementos del léxico zoqueano y
totonaco en otras familias mesoamericanas, donde las lenguas de origen presentan reperto-
rios fonémicos relativamente afines a las lenguas receptoras, en el caso del phylum referido,
los préstamos directos se dificultaban, seguramente, por la incidencia de vocales nasales,
los patrones tonales complejos, las consonantes prenasalizadas y otros rasgos fonológicos
ubicuos en varios de los miembros de las familias mixtecana y popolocana, al igual que en
otras lenguas otomangues meridionales (Campbell, 1997: 157).
124. Campbell, Kaufman y Smith-Stark, 1986: 530-570.
125. Acuña, 1984: 281-324.
56
que se omiten en los calcos a la segunda.126 Diez de los nombres reco-
gidos en náhuatl fueron rotulados -pàtli, mientras que los marcadores
genéricos incorporados a las designaciones en tu’un savi muestran
mayor diversidad,127 Retomaremos a una de estas denominaciones,
ytanunicahua (ita nuni kava, ‘flor maíz peña’), en la siguiente sección.
Huellas más tempranas de las culturas del sur:
evidencia biogeográfica
Al examinar por primera vez el Libellus, llaman la atención, junto con
las piedras preciosas, numerosas plantas que no crecen en la Cuenca
de México, requeridas en diversas recetas. La selección de especies para
curar a la aristocracia traídas de regiones lejanas, particularmente de
los bosques tropicales, encuentra un eco en los Cantares Mexicanos y los
Romances de los Señores de la Nueva España,128 testimonios de la poesía,
la música y la danza que disfrutaban los pīpiltin en sus convivios. En
esos poemas se alude reiteradamente a las aves de plumaje colorido y
a las flores de cacahuaxōchitl e īzquixōchitl, ilustradas como ya vimos en
los folios 53v y 39r del Códice, que perfumaban las bebidas de cacao
126. Un ejemplo de ello (Acuña, idem: 322) es yutñudocoñuhu (yutun ndoko ñu’un), ‘árbol anona
deidad terrestre’, que pasa al náhuatl como teōtzapotl, ‘sagrado-zapote’, donde la membrecía
del etnotaxón es más amplia e incluye a frutos que en diversas lenguas mixtecas son diferen-
ciadas como ndika, por su forma elíptica o alargada.
127. Esta observación parece explicar la mayor incidencia de nombres generados a partir de
-pàtli en la obra de Francisco Hernández que en el CC-B, como observamos en la nota 54,
toda vez que el protomédico viajó por diversas regiones en torno a la Cuenca de México y
transcribió numerosos nombres en náhuatl que deben haber sido calcos de otras lenguas,
incluyendo las variantes mixtecas habladas en Acatlán, Tonalá, Teposcolula, Tilantongo y
Yanhuitlán, comunidades que él visitó (de Ávila, 2015: 210). De hecho, Hernández registró al
menos cuatro de los términos compuestos citados en las Relaciones Geográficas en comento:
cōācihuizpàtli, palāncāpàtli, pōztecpàtli y tlacōpàtli, además de tres nombres no marcados, de
amplia distribución en el centro de México (#iztauhyatl, #picietl y tlāpātl).
128. León Portilla et al., 2011; Garibay, 1964b.
57
según las fuentes coetáneas. Un correlato ideológico de esta fijación
en las especies de las tierras bajas es la narrativa en torno al Tlālocān
(residencia de las deidades del agua) y el Tamoanchān (lugar de origen
del maíz), sitios sombreados por árboles como la ceiba y habitados
por criaturas como el caimán.129 Los biomas de las tierras altas y las
zonas áridas no figuran con la misma prominencia en este apartado
de la mitología mexica. Parece una paradoja que los gobernantes de
la Triple Alianza glorificaran a sus antepasados (ya fueran históricos
o míticos) como cazadores recolectores en los ecosistemas resecos del
norte, según se lee en el Códice Xólotl, el Mapa Quinatzin y la Histo-
ria Tolteca Chichimeca, al mismo tiempo que su imaginación elitista
se regodeaba en la rica biota del sur.
La abundancia de plantas de tierra caliente en el CC-B me in-
dujo a examinar las afinidades biogeográficas de todas las especies
ilustradas en el Libellus, o citadas por Martín de la Cruz, que podemos
identificar con alguna certeza. En México confluyen plantas y ani-
males con historias evolutivas diferentes: algunos linajes surgieron y
se diversificaron en Norteamérica y Eurasia durante el largo periodo
cuando ambos territorios estuvieron fusionados en el bloque nombra-
do Laurasia. Otros linajes se desarrollaron en Sudamérica, que estuvo
adherida por decenas de millones de años a un bloque continental dis-
tinto, denominado Gondwana. Una tercera agrupación se compone
de taxones que estuvieron restringidos por largo tiempo al territorio
que formaría eventualmente a México y que representaba una isla en
términos biológicos, diferenciada del resto de Norteamérica por su
ubicación latitudinal y su proximidad oceánica, y que se distinguía,
consecuentemente, por su clima y ecología tropical. La consolidación
del puente terrestre centroamericano entre quince y tres millones de
años atrás les permitió a esas floras y faunas tan disímiles encontrar-
129. López Austin, 1994; López Austin, 1997.
58
se y mezclarse.130 Este país es una de las regiones de mayor diversidad
biológica en el planeta, como resultado de esa historia tectónica tan
peculiar.131
Al examinar las plantas de alguna zona en particular, dentro
de nuestra área del continente, o como en este caso, las especies vin-
culadas con una cultura específica, es factible determinar qué propor-
ción de ellas son afines a congéneres hacia el norte, qué porcentaje
representa a grupos que se han difundido desde el sur, y cuántos co-
rresponden a linajes cuya historia evolutiva es local. En el Apéndice 1
presento un primer análisis, donde parto de la evidencia léxica para
identificar algunas especies enigmáticas del Códice y complementar
así los trabajos publicados en los años 1960 a 1990. Otros autores han
preparado dos estudios independientes, reexaminando taxonómica-
mente las plantas del CC-B con base en las ilustraciones hechas por
los tlacuilos.132 El producto de esas investigaciones son dos listas de bi-
nomios linneanos que difieren en varios casos de las identificaciones
que he propuesto. Aunque no concuerdo con ellos, he sometido esos
datos al mismo análisis biogeográfico, que presento en los Apéndices
2 y 3. Los resultados no discrepan en lo sustancial: en los tres casos,
las afinidades meridionales sobrepasan a las boreales en proporción
3:1, mientras que el porcentaje de linajes endémicos ronda por el 10 %.
Estas cifras serían improbables si la flórula medicinal de don
Martín de la Cruz se circunscribiera a las especies nativas del Valle de
México. Al habitar el fondo de una cuenca endorreica a 2,250 metros
de altitud, rodeada de montañas que sobrepasan los 4,000 msnm, es-
peraríamos que las plantas curativas que les eran más conocidas a los
ciudadanos de Tlatelolco y Tenochtitlan representaran de modo equi-
librado a las dos grandes provincias biogeográficas que convergen en
130. Montes et al., 2015.131.
131. Morrone y Márquez, 2003: 217-220; Halffter, Llorente y Morrone, 2008: 75-80.
132. Bye y Linares, 2013; Tucker y Janick, 2020.
59
Mesoamérica. En los bosques de pino y de encino, los tipos de vegeta-
ción predominantes a altitudes mayores de 1,500 metros sobre el nivel
del mar en nuestro país, el total de géneros de origen septentrional es
más o menos equivalente al número de taxones que se distribuyen des-
de el sur.133 En las diversas comunidades vegetales tropicales presentes
en altitudes menores, en cambio, los linajes con afinidades boreales
son poco importantes en términos numéricos. Significativamente, el
porcentaje de endemismo en los análisis de los Apéndices 1, 2 y 3 se
ubica en el rango estimado para nuestra flora en conjunto: 10 % de los
géneros si consideramos las fronteras políticas actuales, y 17 % si to-
mamos una delimitación geomorfológica y climática coherente, que
Jerzy Rzedowski (el mayor conocedor de la flora de México) llama
“Megaméxico”.134
La preponderancia desmedida de especies de afinidad tropical
en el Libellus pide una explicación, no sólo porque contraviene las ex-
pectativas biogeográficas, en el supuesto de que la farmacopea mexica
constituyera una muestra aleatoria de plantas de las tierras altas, sino
porque se contrapone a la tendencia documentada en fechas recientes
en dos floras medicinales de pueblos originarios del sur de México,
que privilegian a las especies de afinidad boreal.135 No esperamos, por
la misma razón, que la apoteca de los macehuales que entrevistó Her-
nández, en las pequeñas poblaciones que visitó en el altiplano, pre-
sente un sesgo tan marcado hacia las plantas tropicales que recetaba
don Martín de la Cruz. La parquedad de linajes de origen norteño no
es exclusiva de la medicina y la poesía de la antigua aristocracia. Es
evidente también en otros campos de la vida mesoamericana, como
133. Rzedowski, 1993: 140.
134. Rzedowski, idem: 134-138. El hecho de que la proporción de géneros endémicos sea con-
gruente en los tres estudios sugiere que las identificaciones propuestas, independientemen-
te de su veracidad en lo particular, reflejan un patrón robusto en las afinidades biogeográ-
ficas de las plantas que eligió el médico tlatelolca para el Códice.
135. Leonti et al., 2003; Moerman et al., 1999
60
los cultivos básicos, los condimentos y otros ingredientes de la comida,
las fibras y tintes textiles, los inciensos y otros insumos rituales, y se-
ñaladamente las materias primas para las artes suntuarias, como los
colorantes que sirvieron para pintar el propio Libellus.136
La predominancia de las afinidades meridionales se constata al
examinar las especies utilizadas como tintas y fijadores en los códices;
por ejemplo, los mucílagos llamados #tzauhtli 137 que estabilizaban los
pigmentos, las fibras de corteza con que se elaboraba el papel mismo
(āmatl),138 y el ōlli (hule), ingrediente de sendas recetas en los folios 31r
y 43v del Libellus, con que se pintaban sobre el amate las figuras de
los dioses a quienes se dedicaban las ofrendas, según las fuentes del
siglo xvi.139 Encontramos el mismo patrón biogeográfico en las ceras
y aceites empleados en el maque, como el āxin (aje),140 la chian (chía),
que el médico tlatelolca recomendó, junto con otras plantas, para tra-
tar la obstrucción de la uretra en 34r,141 y el chicalotl (chicalote).142 La
tendencia a privilegiar las especies tropicales es obvia, también, en los
adhesivos y las resinas usadas en el arte plumaria (como las aves mis-
mas), en los mosaicos de turquesa y en la orfebrería, entre los cuales
destacan los copales (incorporados al tratamiento de la sarna en 8v y
las venas hinchadas en 48v del CC-B),143 que se empleaban en la fun-
136. Zetina, Falcón, Arroyo y Ruvalcaba, 2012: 242-243; de Ávila, 2018.
137. Obtenidos de orquídeas de los géneros Bletia (afinidad neotropical) y Laelia (endémico),
según las ilustraciones en la recopilación que hizo Recchi (1649: 283 y 433) de la obra de
Francisco Hernández.
138. Ficus spp., Moraceae; género pantropical.
139. Castilla elastica Cerv., Moraceae; género de afinidad neotropical. El vocabulario de Molina
(1571: 76v) destaca la utilidad terapéutica del ōlli: “cierta goma de árboles medicinal, de que
hacen pelotas para jugar con las nalgas”.
140. Llaveia axin Llave, familia Margarodidae, orden Hemiptera; este género de insectos es en-
démico de México y el norte de Centroamérica.
141. Hyptis suaveolens (L.) Poit. y Salvia hispánica L., Lamiaceae; el género Hyptis es de afinidad
neotropical, mientras que Salvia es de distribución pantropical.
142. Argemone spp., Papaveraceae, género neotropical.
143. Bursera spp., Burseraceae; este género tiene su centro de diversidad y endemismo en la
vertiente del Pacífico, en el sur de México.
61
dición de metales a la cera perdida.144 La menor incidencia que tenían
tanto las plantas como los animales con afinidades boreales, entre
las materias primas del arte mesoamericano, sugiere que los procesos
técnicos más refinados se originaron en las altitudes bajas y medias
hacia el sur, no en las cuencas y valles por encima de los 2,000 msnm,
si bien éstas concentraban una mayor densidad demográfica desde el
periodo formativo.
El códice parece indicarnos que la materia médica misma, tal
como era practicada por la élite para la élite, había surgido a través
de un proceso histórico análogo a la tecnología para las manufacturas
lujosas, y no era un reflejo reciente de la expansión bélica y comercial
del estado mexica hacia ambas costas. El léxico del náhuatl, el pipil
y el pochuteco para plantas y animales del trópico evidencia, como
ya vimos, préstamos puntuales del zoque y del totonaco, varios siglos
antes de que los ejércitos de Itzcóatl (huēi tlàtoāni de 1428 a 1440) ini-
ciaran el sometimiento de comunidades en la cuenca del Balsas, y sus
sucesores lo prosiguieran en otras regiones de la vertiente del Pacífico
y del Golfo, hasta el Soconusco. Podemos entender que el corpus far-
macológico del Libellus, como sus vívidos colores,145 condensa milenios
de experiencia cultural por parte de diversos pueblos originarios, lar-
go trecho antes de la configuración del “imperio azteca”.
Las investigaciones arqueológicas y genéticas recientes indican
que dos de las especies que recetaba el médico tlatelolca provinieron
originalmente de un área situada a tres mil kilómetros hacia el sur.
El tlapalcacahuatl (38v) fue domesticado en la Cuenca Amazónica en
144. De Ávila, op. cit.
145. De Ávila, idem. Zetina, Falcón, Arroyo y Ruvalcaba (2012: 242-243) concluyen que: “Aun-
que no hemos identificado la fuente específica de los colorantes usados en el CCB, las
ilustraciones fueron hechas principalmente con pigmentos de base orgánica […] El punto
esencial de estas observaciones es que, si bien los pintores del CCB tenían acceso a pigmen-
tos usados comúnmente en la tradición europea, que fueron empleados en el texto mismo
del códice, decidieron no utilizarlos en su pintura”.
62
Sudamérica hace al menos 5,000 años,146 antes de ser introducido en
Mesoamérica, donde los residuos más antiguos de teobromina en la
cerámica parecen datar de veinte siglos más tarde.147 Es probable que
el pataxte, árbol emparentado con el cacao, cuya semilla se usa de
igual forma para preparar bebidas ceremoniales en el sur de México
y Guatemala, se haya traído también de los bosques tropicales de
Sudamérica.148 El tlapalāchiyotl,149 recomendado por don Martín como
un ingrediente de la poción para curar verrugas genitales (43v), fue
domesticado en la misma Cuenca Amazónica, donde la especie an-
cestral crece de forma silvestre,150 y debe haberse difundido después
hacia el norte bajo cultivo para elaborar pintura corporal, principal-
mente. En México el achiote se usa hasta hoy para colorear bebidas de
maíz y cacao como el tascalate chiapaneco, entre otros alimentos con
antecedentes prehispánicos.
La introducción temprana de estas especies sudamericanas debe
haber dado pie a un manejo intensivo e incluso al cultivo de diversas
plantas nativas que eran (y en algunos casos son todavía) usadas para
perfumar las bebidas de cacao en Mesoamérica, casi todas ellas ilus-
tradas en el Libellus, como cacahuaxōchitl, īzquixōchitl y tlīlxōchitl, que
ya vimos. Otras flores que servían para el mismo fin, según Hernando
de Alvarado Tezozómoc (nieto de Moctezuma Xocoyotzin y, por lo
tanto, miembro de la élite tenochca),151 eran huacalxōchitl,152 huēina-
caztli,153 mecaxōchitl154 y yōllòxōchitl.155 El xocoxōchitl registrado por Fran-
146. Zarrillo et al., 2018.
147. Henderson et al., 2007: 18937-18940. La teobromina es un alcaloide estimulante de sabor
amargo que constituye en peso un 1% de las semillas de cacao; al impregnarse en la arcilla,
su presencia en el registro arqueológico atestigua el consumo de bebidas precursoras del
chocolate.
148. Theobroma bicolor Humb. & Bonpl., Malvaceae.
149. ‘Colorado-achiote’, Bixa orellana L., Bixaceae.
150. Ambrósio et al., 2015: 127-135.
151. Alvarado Tezozómoc, 1598: 370-371.
152. ‘Huacal-flor’, Philodendron mexicanum Engl., Araceae: 18v.
63
cisco Hernández parece haber tenido el mismo uso.156 Sahagún agrega
a éstas al chīchīhualxōchitl157 y al ēlōxōchitl158; comenta, además, que ha-
bía dos clases de yōllòxōchitl: las primeras, designadas tlācayōllòxōchitl
(‘hombre-corazón-flor’), “úsanlas los señores y gente de arte”, mien-
tras que las segundas, llamadas en forma despectiva itzcuīnyōllòxōchitl
(‘perro-corazón-flor’), “de menos precio […] que ni son hermosas, ni
huelen y usan de ellas la gente baja”.159 Si bien el nombre que anotó
Juan Badiano no lo especifica, el tamaño y la forma de las flores en el
folio 53v indican que se trata del tlācayōllòxōchitl de los informantes de
Sahagún, quienes recalcaron que “antiguamente solamente los señores
las usaban”.
Además de confirmar el patrón biogeográfico de marras y ade-
más de poner en relieve, por enésima vez, las distinciones sociales en
la nomenclatura y los modos de uso de las plantas, las flores para el
cacao traen a colación un tema central en la etnobotánica mesoame-
ricana: la diferenciación entre las formas silvestres y cultivadas de di-
versas especies. En el folio 39v, don Martín recetó el cācālōxōchitl junto
con tlapalcacahuatl y varias otras plantas para aliviar “la fatiga del
153. ‘Grande-oreja’, Cymbopetallum penduliflorum (Sessé & Moç. ex Dunal) Baill., Annonaceae:
56v. Esta flor, llamada “orejuela” en Guatemala, da sabor al “batido” preparado con cacao
en las comunidades de lengua maya q’eqchi’ en la región de Cobán (Popenoe, 1919: 405-406).
154. ‘Mecate-flor’, Piper sp. o Peperomia sp., Piperaceae: 56v.
155. ‘Corazón-flor’, Magnolia mexicana (DC.) G. Don, Magnoliaceae: 53v.
156. ‘Agria-flor’, Pimenta dioica (L.) Merr., Myrtaceae. Cabe señalar que, salvo el huēinacaztli, los
otros nueve condimentos para el cacao forman parte del etnotaxón nominal xōchitl, si bien
en el caso del xocoxōchitl y el tlīlxōchitl la parte útil de la planta no era la flor, sino el fruto
seco o fermentado. En las lenguas otomangues meridionales encontramos otras “flores” que
no son tales.
157. Solandra spp., Solanaceae; véase nota 118. Sahagún también registró el nombre tecomaxō-
chitl (‘tecomate-flor’) para estas plantas.
158. ‘Elote-flor’, al parecer Magnolia dealbata Zucc., Magnoliaceae: 39r. “Hay también en las flo-
restas otros árboles de flores que se llaman ēlōxōchicuahuitl, en los cuales nacen unas flores
grandes […] son muy olorosas y también se beben con el cacao, y si echan mucha emborra-
cha, hase de echar poca” (Sahagún, 1547-1580: 691).
159. Sahagún, idem: 690-691.
64
que administra la república y desempeña un cargo público”; en otras
palabras, estamos de nuevo ante un tratamiento destinado a la clase
gobernante, que, además de flores tropicales, requería de la sangre,
sesos y hiel de ciertas fieras, junto con las piedras preciosas consabi-
das.160 En 53r, el tlacuilo ilustró dos formas de una misma especie, lla-
mada una cācālōxōchitl y la otra neucxōchitl (‘miel-flor’), si bien el sabio
terapeuta sólo alude a la primera en el texto acompañante. El artista
pintó rojas las corolas de ésta, mientras que los pétalos de la segun-
da son de color rosado. Ambas son resultado de la selección humana
bajo cultivo: la forma silvestre de este árbol, designada tepēcācālōxō-
chitl (‘cerro-cuervo-flor’, es decir, “flor del cuervo cerril”) en náhuatl e
ytanunicahua (ita nuni kava: ‘flor maíz peña’) en lengua mixteca, según
la Relación de Zacatepec de 1580,161 produce flores blancas inodoras. El
Códice parece señalar tácitamente que los mexicas conferían mayor
valor a las variedades domesticadas de ésta y otras plantas, como lo
deben haber hecho los pueblos que los precedieron.
¡A reexaminar el Libellus en la interdisciplina!
Las flores que perfumaban las bebidas de cacao nos invitan a hacer
una reflexión metodológica. Cristina Barros y Marco Buenrostro, es-
cribiendo acerca de las plantas aromáticas que servían para ese fin,
comentan cómo las fuentes del siglo xvi indican que huēinacaztli y
xōchinacaztli eran sinónimos; todavía a fines del siglo xvii, según fray
Agustín de Vetancurt (1698), “no hay otra cosa en los mercados de los
indios que más ordinario se halle, ni que por mayor estima tenga”.162
160. Las flores de cācālōxōchitl (Plumeria rubra L., Apocynaceae) sirven para condimentar el
bupu, bebida ceremonial de maíz y cacao, en las comunidades zapotecas del Istmo de Te-
huantepec, donde se conocen como guie’ chaachi.
161. Acuña, op. cit.: 322.
65
Vetancurt parece haber copiado estas palabras de Francisco Hernán-
dez,163 cuya ilustración del xōchinacaztli no deja lugar a dudas de que
el condimento en cuestión era la “orejuela”, empleada hasta la fecha
para dar sabor al “batido” de cacao en Guatemala.164 A pesar de la
vigencia de su uso en combinación con cacao, a pesar de la calca de su
nombre indígena al español y a pesar de su determinación linneana
inequívoca, a partir de la xilografía basada en la obra de Hernández,
los especialistas botánicos más destacados que han revisado el Códice
concluyen que el huēinacaztli en el folio 56v no puede ser identificado.165
La reticencia de estos taxónomos se debe sin duda a la represen-
tación caricaturesca que plasmó en este caso el tlacuilo, sin hoja algu-
na sobre la planta. Podemos sospechar que el dibujante nunca había
visto un árbol de esta especie por crecer en tierras cálidas lejanas, y
que sólo le eran familiares las flores secas que llegaban a los mercados
de la Cuenca de México, de la misma forma como pintó amarillas
las del cacahuaxōchitl en 53v.166 Recientemente, los dos profesores es-
tadounidenses cuyo trabajo resumo en el apéndice 3, propusieron que
la planta en cuestión es una yerba rastrera que crece en las dunas
arenosas de la costa del Golfo y la península de Yucatán,167 identifica-
ción poco plausible, dado que la literatura etnobotánica no registra
nombre ni uso alguno de esa especie que se relacionen con el cacao o
con una etimología auricular.
162. Barros y Buenrostro, 2016: 151. Como si tuviera frente a sí el folio 56v del CC-B, Sahagún
(1547-1580: 591) cita al huēinacaztli después del tlīlxōchitl y mecaxōchitl, como los tres aroma-
tizantes que han de beber con cacao “los que escupen sangre”.
163. Nascitur in calidis regionibus, nec quicquam est frequentius in Indorum emporiis inuenire, aut
maiori habitum in pretio, quam flos: celeberrimae potioni gratiam summam concilians, suauemq.
odorem, & saporem, & salubrem quandam naturam, potioni Cacaotl addens. (Recchi, 1649: 30).
164. Popenoe, op. cit.: 405-406.
165. Valdés, Flores y Ochoterena, 1992; Bye y Linares, 2013.
166. Las flores frescas de Quararibea funebris son blancas, pero al marchitarse se tornan ama-
rillentas, como puede observarse hoy día en los mercados del valle de Oaxaca, donde se
venden secas para dar sabor al tejate, bebida de maíz, cacao y pizle (semilla de mamey).
167. Scaevola plumieri (L.) Vahl, Goodeniaceae (Tucker y Janick, 2020: 251).
66
El mismo folio 56v nos ofrece otro ejemplo de determinaciones
taxonómicas problemáticas. El mecaxōchitl ha sido identificado como
una forma de vainilla,168 no obstante la descripción y el grabado to-
mados de Hernández,169 que no dejan duda de que se trataba de una
piperácea y no de una orquídea. Si extendemos la mirada a otros fo-
lios del CC-B, encontramos varios ejemplos más donde la obra del
“Protomédico General de las Indias”, la recopilación de Sahagún, el
vocabulario de Molina, las Relaciones Geográficas y otras fuentes coe-
táneas, así como las investigaciones etnobiológicas y lingüísticas re-
cientes, contradicen las determinaciones linneanas que han propuesto
los comentaristas botánicos. Molina, por ejemplo, glosa el ātōchietl
(‘agua/humedad-conejo-tabaco’) en 15v como “poleo, yerba conoci-
da”; el nombre “toche”, que probablemente deriva del término que
anotó Juan Badiano, perdura en el Estado de México para designar a
una planta que se conoce en amplias regiones del país como “poleo”,
misma que es llamada “tabaquillo” en el sur de la Cuenca de Méxi-
co.170 Al descontar esta evidencia, la ilustración que hizo el tlacuilo ha
sido identificada como un miembro de un género distinto,171 o incluso
como una planta perteneciente a otra familia botánica.172
A pesar de que las identificaciones citadas no se sostienen a
la luz de la información léxica y etnobotánica, los comentaristas del
Libellus han privilegiado los rasgos morfológicos de las plantas, según
las pintaron los tlacuilos, como si se tratara de fotografías o espe-
címenes herborizados. Esta tendencia se agudiza en la publicación
estadounidense referida, donde la determinación taxonómica se basa
168. Valdés, Flores y Ochoterena, op. cit.; Bye y Linares, op cit.
169. Bibitur cum Cocaoatl, gratumq; illi saporem cõciliat… (Recchi, op. cit.: 144).
170. Clinopodium macrostemum (Benth.) Kuntze, Lamiaceae (de Ávila, 2012: 507). En la nota 116
del presente capítulo comento las diferencias en los nombres de esta planta en náhuatl,
purépecha y las lenguas mixtecas.
171. Cunila lythrifolia Benth, Lamiaceae (Valdés et al., op. cit.; Bye y Linares, op. cit.).
172. Lippia alba (Mill.) N.E. Br. ex Britton & P. Wilson, Verbenaceae (Tucker y Janick, op. cit.: 51).
67
en los 185 “phytomorphs” (ilustraciones de plantas) del manuscrito, que
son cotejados uno por uno con sendas fotografías o ejemplares dise-
cados, después de descartar los datos que aporta la nomenclatura en
náhuatl, por considerar que en ella hay “desacuerdos sustanciales y
muchas duplicaciones”.173 Ignorar la evidencia etimológica lleva a di-
chos autores a aventurar identificaciones descabelladas, como propo-
ner que el tlàchinōlpan ixhua xihuitl en 25r representa a un junco, planta
de ambientes acuáticos,174 cuando el nombre en náhuatl indica que
se trata de una yerba que nace en terrenos quemados. El nōnōchtōn
āzcapan ixhua en 28r es identificado por ellos como una cactácea arbus-
tiva,175 si bien el diminutivo despectivo -tōn y la especificación de que la
planta crece en los hormigueros hacen inverosímil esa determinación.
Los norteamericanos tampoco aclaran por qué don Martín emplearía
dos nombres disímiles, tlācacamòtli en 28v y huēlicpàtli en 32r, para lo
que según ellos es la misma especie, una enredadera emparentada con
el quiebraplatos.176
En esta publicación abundan las identificaciones botánicas que
son desmentidas por la información codificada en los nombres indí-
genas:
En el tēmahuiztili cuahuitl, de 38v, los autores pasan por alto el
marcador para el etnotaxón de plantas leñosas, al asegurar que el
“fitomorfo” representa a una yerba.177 Es inverosímil que ācacapāquilitl
173. Tucker y Janick, idem: 11. En esta publicación no encuentro intento alguno por explicar los
factores que subyacen la homonimia botánica en náhuatl, como en otras lenguas dentro y
fuera de Mesoamérica.
174. Tanto el Vocabulario de Molina como la Historia General consignaron un término primario
(#xomalin/#xumalin, ilustrado en 59v en el CC-B) para designar a los “juncos como los de
España” (Sahagún, op. cit.: 689).
175. Pereskiopsis rotundifolia (DC.) Britton & Rose, Cactaceae (Tucker y Janick, 94-95), arbusto
que llega a alcanzar 4 metros de altura. Esta identificación es insostenible, porque la estatu-
ra de la planta se contrapone al diminutivo en el nombre náhuatl y porque su largo ciclo de
vida precluye una vinculación ecológica con los hormigueros.
176. Operculina pteripes (G. Don) O’Donell, Convolvulaceae (Tucker y Janick, idem: 96 y 110-111).
177. Castilleja integra A. Gray, Orobanchaceae (Tucker y Janick, idem: 147-148).
68
y tzayānalquilitl en 44r designen a un uvero178 y a un pariente cercano
del toloache,179 linajes de plantas tóxicas, cuando que el común deno-
minador del etnotaxón de los quelites es su comestibilidad. Identificar
como hule180 al āhuatl tepitōn (‘encino pequeño’) en 47v requiere justi-
ficar tanto la ausencia del nombre ōlli y la disparidad entre el gran
tamaño de ese árbol tropical y el calificativo tepitōn, como explicar
el nexo con los encinos. Del mismo modo, proponer que el tlālcācapol
en 49r representa al ramón,181 pasa por alto el epíteto ‘terrestre’, que
implica una talla reducida, al hacer a un lado el nombre ohoxtli u oxitl
para este árbol, tomado en préstamo del teenek (maya huasteco)182 y
citado por los propios autores.
Prosiguen las inconsistencias en las determinaciones taxonómi-
cas de la publicación referida: los autores consideran que el cimatl en
49r, especie ilustrada en la obra de Francisco Hernández y descrita por
Sahagún como una raíz comestible,183 representa al frijol ayocote,184 sin
explicar por qué don Martín no se refirió a esta planta como #ayecòtli,
que él mismo recetó en 29v y que los estadounidenses identifican como
la misma especie. La atribución del nombre #quetzalàtzonyatl en 51v a
un árbol tropical 185 es insostenible porque los cognados de #àtzonyatl y
la forma hispanizada “azomiate” designan a un arbusto de las zonas
altas de México y el norte de Centroamérica.186 No se justifica, por
la misma razón, la identificación del cihuāpàtli en 57v,187 nombre que
178. Cephalanthus occidentalis L., Rubiaceae (Tucker y Janick, idem: 180-181).
179. Datura quercifolia Kunth, Solanaceae (Tucker y Janick: 182-183).
180. Castilla elastica Sessé ex Cerv., Moraceae (Tucker y Janick: 207-208).
181. Brosimum alicastrum Sw., Moraceae (Tucker y Janick: 216-217).
182. Kaufman, 2020: 30.
183. Recchi, op. cit.: 265; Sahagún, op. cit., 665.
184. Phaseolus coccineus L., Fabaceae (Tucker y Janick, 218).
185. Ardisia escallonioides Schldl. & Cham., Primulaceae (Tucker y Janick, idem: 224-225).
186. Barkleyanthus salicifolius (Kunth) H.E. Robins & Brett., Asteraceae.
187. Dendromecon rigida Benth, Papaveraceae (Tucker y Janick, 255); no encuentro reporte al-
guno de la presencia de esta especie en estado silvestre en Mesoamérica, ni de su uso para
facilitar el parto entre los pueblos originarios.
69
perdura hasta hoy para un género de plantas con gran relevancia en
las prácticas obstétricas tradicionales.188 Los estadounidenses creen
que el tzōtzocaxihuitl en 52v representa un sauce,189 sin aclarar por qué
un árbol se rotuló como yerba y por qué no se designó como huexōtl, a
diferencia del quetzalāhuexōtl en 57v.
El zòzōyātic en 55v es identificado como un pariente de la piña,190
sin tomar en cuenta el testimonio gráfico de la obra de Hernández,
que no concuerda con esa familia de plantas, donde se consigna, ade-
más, el mismo uso que le daba don Martín a esta especie para com-
batir los piojos.191 La determinación del cuauhalāhuac en 57v como uva
gomosa192 tampoco se sostiene, a la luz de la evidencia histórica y
etnobotánica: Hernández comparó sus hojas con las de la ortiga. La
identificación del iztāc huitzcuahuitl en 59r y del huitzcuahuitl en 38v
como un pariente del “capulín de ratón”193 es inverosímil por las mis-
mas razones.
La determinación de tòmiyòxihuitl en 60r194 no es creíble porque
la etimología náhuatl indica que se trata de una yerba lanuginosa. No
terminan aquí las contradicciones en esta obra, cuyos autores se jactan
de proveer los binomios linneanos más confiables a la fecha, y cuya
edición exaltan como el benchmark (‘cota de referencia’) para futuras
investigaciones. Más bien parece un muestrario de identificaciones
inadmisibles por tomar la iconografía del CC-B a ciegas, ignorando
la evidencia léxica y etnobiológica.195
188. Montanoa spp., Asteraceae.
189. Salix lasiolepis Benth., Salicaceae (Tucker y Janick, idem: 231-232); esta identificación es du-
dosa, además, por la distribución geográfica de la especie, como comento en el apéndice 3.
190. Catopsis morreniana Mez., Bromeliaceae (Tucker y Janick: 245-246).
191. “ius verò decocti pediculos, si caput eo lauetur.” (Recchi, 144).
192. Cordia dentata Poir., Boraginaceae (Tucker y Janick: 253-254).
193. Condalia hookeri M.C. Johnst., Rhamnaceae (Tucker y Janick: 262). Respecto al “capulín de
ratón”, véase nota 95.
194. Echeandia flavescens (Schult. & Schult. f.) Cruden, Asparagaceae (Tucker y Janick: 268-269),
planta con hojas glabras.
70
Los autores susodichos escriben que fue el estudio de los “fito-
morfos” en el Códice Voynich (CV), manuscrito no descifrado de ori-
gen desconocido, lo que los condujo al Libellus.196 Aseguran que el CV
es “un compendio de conocimiento azteca con información sobre as-
trología, astronomía y cosmología”, pero consideran que es “predomi-
nantemente” un registro de herbolaria, “asociado”, según ellos, con el
Colegio de la Santa Cruz en Tlatelolco. Declaran haber identificado
166 plantas en el CV en un estudio publicado en 2018; sin embargo, su
metodología había sido desacreditada incisivamente desde 2014.197 El
fechamiento por carbono 14 mostró que el pergamino de ternera sobre
el cual fue plasmado el enigmático manuscrito data de la primera
mitad del siglo xv, lo cual hace muy improbable que provenga de Mé-
xico, entre otras líneas de evidencia que contradicen esta atribución
geográfica. De hecho, un estudio criptológico reciente sugiere que el
CV fue elaborado en Europa como una patraña medieval, generando
los “textos” en una lengua apócrifa.198
Años atrás, el investigador principal del benchmark y un coautor
distinto se habían aventurado a afirmar que ciertas inscripciones en
el CV pueden interpretarse como: 1) “nashtli”, variante según ellos de
nōchtli, alternancia vocálica inaudita en náhuatl; 2) “moe-choll-chi”,
donde creen ver “el español cholla más la raíz nahua chi”, para postu-
lar que el supuesto nombre de la planta allí ilustrada alude a la cabeza
de un búho, etimología espuria a todas luces, además de que no existe
195. Este comentario no niega el hecho de que algunas identificaciones propuestas por los au-
tores multicitados son congruentes con la nomenclatura en náhuatl, como lo reconozco en
las citas 40 y 42 de la primera parte de este capítulo.
196. Tucker y Janick, idem: 293.
197. Escribió esta reseña Nick John Pelling, programador informático y periodista enfocado
en las investigaciones históricas, autor de un libro esencial acerca del CV, quien descarta la
validez de las interpretaciones de Tucker y su colaborador por “su “ingenuidad histórica y
su botánico-centrismo demasiado confiado”: http://ciphermysteries.com/2014/01/21/brand-
new-new-world-nahuatl-voynich-manuscript-theory
198. https://www.tandfonline.com/doi/abs/10.1080/01611194.2019.1596999?journalCode=u-
cry20
71
tal raíz “chi” en náhuatl; 3) “tlacanoni”, que glosan como ‘remo’, tra-
ducción insostenible puesto que Molina y otras fuentes sólo registran
los términos āhuictli y tlanelōlōni para ese implemento y otras interpre-
taciones disparatadas.199 Peor aún, los norteamericanos propusieron
que la inscripción “namaepi” incorpora un préstamo de las lenguas
mixtecas, precisamente. En Coatzoquitengo y en otras variantes de
tu’un savi, nama designa al jabón y a las plantas saponíferas, pero
no conocemos un solo ejemplo del préstamo directo de éste o algún
otro término botánico otomangue a otra lengua mesoamericana. No
haría falta semejante empréstito, puesto que el náhuatl cuenta con el
genérico àmōlli (-àmul en pipil), marcador para un grupo variopinto
de plantas usadas como jabón. Este etnotaxón es atestiguado por el
nombre xiuhàmōlli que transcribió Juan Badiano en 9r, como ya vimos.
Para rematar las incoherencias en la interpretación del Voynich, el
epíteto “epi” es desconocido tanto en náhuatl como en las lenguas mix-
tecas. Si bien estos autores estadounidenses citan repetidamente al
CC-B y a Francisco Hernández, queriendo validar así sus identifica-
ciones fantasiosas de las quimeras vegetales del CV, podemos concluir
que sus especulaciones lingüísticas carecen de fundamento.
Volvamos una vez más a las plantas del Libellus: se ha propuesto
que la concordancia en las determinaciones taxonómicas en dos o más
estudios del CC-B refuerza su credibilidad.200 Mi experiencia me hace
dudar de este criterio porque en la mayoría de los trabajos sobre el
Códice publicados hasta ahora predomina el punto de vista de los ob-
servadores botánicos, sin considerar la información que aportan las
lenguas vivas, sin consultar tampoco a los filólogos ni tomar en cuen-
ta el corpus documental del cual forma parte el CC-B. Encontramos
199. Tucker y Talbert, 2013. “Tlacanoni” suena como una palabra en náhuatl, pero ninguno de
los diccionarios que he consultado la registra (Molina, 1571; Karttunen, 1983; Wood, 2000-
2022), y tampoco puede analizarse etimológicamente: tlācatl es ‘hombre, persona’, pero
“noni” no corresponde a raíz alguna en esta lengua.
200. Tucker y Janick, 288-292 y 297-307; Flores, Borsch y Ochoterena, 2022.
72
así que el xihuitl tōnalco mochīhua àhuachchô en 9v es identificado en
dos estudios201 como un pariente del #tlaquilin en 14v. Sin embargo, el
texto en náhuatl en 9v es una frase descriptiva, no un nombre propio,
como lo aclara el mismo Juan Badiano en la formulación del ungüen-
to para curar fracturas craneales: don Martín no parece referirse aquí
a una planta en particular, sino en general a “hierbas de verano con el
rocío natural”.202 Otras recetas piden de igual forma “hierbas de estío”,
verbigracia en 39v, así como en 18v el médico tlatelolca recomendó
cualesquiera “pedrezuelas o guijas del arroyo, de diversos colores”.
Del mismo modo como la identificación de las plantas en el
Libellus puede errar por tomar las ilustraciones de los tlacuilos con
demasiado celo, sin atender el texto que las acompaña, en otros casos
los fitotaxónomos concuerdan en un nombre linneano sin revisar las
fuentes coetáneas. Tres estudios coinciden así al identificar el coyōxi-
huitl tlaztalēhualtic en 35r como un mismo género, e incluso una misma
especie,203 para la cual no encuentro registrado vínculo nominal algu-
no con un cánido en el siglo xvi, ni en el presente. Sahagún cita al co-
yōxōchitl como una planta medicinal, determinada desde mediados del
siglo pasado como miembro de una familia distinta, especie conocida
hasta hoy como “yerba del coyote” en el Valle de México.204 A pesar
de ser adscrita a un etnotaxón diferente por los informantes de fray
Bernardino, originarios al parecer de otra área dentro de la Cuenca
de México, pienso que se trata de la misma planta que tenía en mente
201. Mirabilis sp., Nyctaginaceae (Bye y Linares, op. cit.); Mirabilis laevis (Benth.) Curran var.
crassifolia (Choisy) Spellenb. (Tucker y Janick, op. cit.: 31-33). En trabajos previos analizo la
composición de ésta y otras glosas en náhuatl (Clayton y de Ávila, op. cit.; de Ávila, 2012),
por lo que omito citarlas aquí.
202. Herbae aestate nascentes roscidae… (texto del folio 9v).
203. Salvia sp., Lamiaceae (Valdés et al., op. cit.); Salvia microphylla Kunth (Bye y Linares, op. cit.;
Tucker y Janick, op. cit.: 121-122).
204. Polanisia dodecandra ssp. uniglandulosa (Cav.) Iltis, Cleomaceae; de Ávila, 2012: 501-502. Sa-
hagún (op. cit.: 585) incluyó al coyōxōchitl entre los ingredientes para el tratamiento de la
caspa; Ángel María Garibay lo identificó como Polanisia uniglandulosa en la página 924 de
la misma edición.
73
don Martín de la Cruz en 35r. La flexibilidad en la afiliación etnota-
xonómica, adscribiéndola a la categoría -xihuitl en una comunidad
y a -xōchitl en otra, no sería un caso excepcional: Francisco Hernán-
dez registró dos sinónimos para una planta vinculada también con el
“adive”, que difieren en el marcador genérico: coyōpàtli y coyōtomatl.205
Por lo contrario, los autores estadounidenses multicitados proponen
que el coyōxihuitl tlaztalēhualtic corresponde a la misma especie que el
huītzitzilxōchitl en 37v, sin proveer argumento alguno para explicar por
qué el sabio tlatelolca usaría, casi enseguida en el librito, dos nombres
tan disímiles, adscritos a etnotaxones distintos por una sola persona
en una sola localidad, para una yerba poco variable.206
Otro ejemplo donde las tres fuentes referidas concuerdan en
la identificación, a nivel de género linneano, es el āquīztli, ilustrado
en 41v, ingrediente en la pócima contra la fiebre. Por la forma y la
coloración de las hojas y la inflorescencia, tal como las representó el
tlacuilo, dichos autores concluyen que se trata de un amaranto, sin
explicar por qué Juan Badiano no anotaría el nombre huāuhtli o quil-
tōnīlli para esa planta.207 De nueva cuenta, las fuentes coetáneas del
Libellus ponen en entredicho la determinación como un bledo porque
registran la aplicación del nombre āquīztli para una sola especie, des-
crita e ilustrada con precisión. Hernández destaca el hábito escan-
dente y la coloración rojiza de la planta,208 mientras que Sahagún
hace hincapié en su virulencia alergénica y su eficacia contra la virue-
205. Recchi, op. cit.: 297.
206. Tucker y Janick, op. cit.: 132-133. Como ya vimos páginas atrás, los autores tampoco aclaran
por qué don Martín emplearía dos nombres disímiles (tlācacamòtli en 28v y huēlicpàtli en
32r), que corresponden a etnotaxones diferentes, para lo que según ellos es la misma especie
[Operculina pteripes (G. Don) O’Donell, Convolvulaceae].
207. Valdés et al., op. cit., lo identifican como Amaranthus sp.; Bye y Linares, op. cit., especifican
que la planta representada es Amaranthus hybridus L., denominada “quintonil” en México;
en cambio, Tucker y Janick (173-174) opinan que es Amaranthus hypochondriacus L., llamada
huāuhtli y “alegría”.
208. “Scandit haec herba, caule rubro, maculis nigris consperso. Quisuis ramus tribus constat foliolis,
instar Clematidis. Folia etiam obscurè rubent.” (Recchi, op. cit.: 354).
74
la, al poco tiempo de que la pandemia ocasionada por este patógeno
causara una hecatombe en la Cuenca de México.209 En los años 1940,
la primera generación de estudiosos del Códice había concluido que
la especie representada en 41v es una anacardiácea210 (familia nota-
ble por contener diversos alérgenos), como lo hizo de modo paralelo
el editor de Sahagún en México, pocos años después.211 La xilografía
romana de 1649, basada en la obra de Hernández, confirma que el
āquīztli no era un amaranto.212
Un caso más que resalta los riesgos de basar la identificación de
la planta en la pintura del tlacuilo es el cōānenepīlli (‘víbora-lengua’) en
34r. La semejanza de la ilustración en el CC-B con una asterácea, y en
particular la representación de las hojas compuestas de tres foliolos,
convencieron a los autores de las tres publicaciones en comento que se
trata de una especie de dalia.213 Dos grabados sumamente detallados,
generados a partir de la obra de Hernández, no dejan lugar a dudas
que el cōānenepīlli que examinó el protomédico era una pasionaria.214
Así lo confirma el hecho de que en Teloloapan, comunidad de habla
náhuatl en la cuenca del Balsas en Guerrero, el nombre “cuanenepile”
designa hasta la fecha a una de las dos especies que más se asemejan a
esas xilografías.215 El editor mexicano de Sahagún llegó a la misma de-
terminación respecto a la planta medicinal registrada con ese nombre
por el fraile franciscano.216 Los tres estilos (estructuras reproductivas
209. “Hay una hierba que se llama aquiztli, tiene las ramas largas y delgadas, es como mata, y
tiene esta propiedad, que si alguno la mea o escupe luego se le hincha la cara y todo el cuer-
po; y si toca al cuerpo, luego hace ampollas. Es contra las viruelas; bebido el zumo de ella
échanlas fuera” (Sahagún, op. cit.: 667).
210. Emily Walcott Emmart y Blas Pablo Reko, citados por Clayton y de Ávila, op. cit.: 166.
211. Ángel María Garibay en Sahagún, op. cit.: 917.
212. Recchi: 354.
213. Dahlia coccinea Cav., Asteraceae (Valdés et al., op. cit.; Bye y Linares, op. cit.; Tucker y Janick:
117-118).
214. Passiflora jorullensis Kunth o Passiflora mexicana Juss., Passifloraceae; Recchi, op. cit.: 301-302.
215. Información reunida por Maximino Martínez, citado por de Ávila, 2012: 501.
216. Garibay en Sahagún, op. cit.: 922.
75
femeninas) al centro de la flor forman una Y, que recuerda la lengua
bífida de una serpiente, imagen que refuerzan las hojas bilobuladas
de ambas especies. Una pasionaria es empleada actualmente en la
medicina naturopática para relajar las contracciones en el tracto uri-
nario y aliviar los cólicos renales, uso congruente con la receta que
dictó don Martín de la Cruz en 34r, para tratar obstrucciones uretra-
les con ésta y otras plantas.217
El cuestionamiento frente a la identificación consensual del
cōānenepīlli crece al constatar que Hernández ilustró y describió una
planta que bien puede corresponder a la dalia antedicha, con flores
pallido rubescentes, nombrada ācōcòtli en Cuernavaca y #chichipàtli en
Tepoztlán.218 El vocabulario de Molina glosa el primer término como
“yerba que parece hinojo”, refiriéndose, según creo, a la semejanza en-
tre la dalia y esa planta europea por las hojas pinnadas. Don Martín
de la Cruz recetó el ācōcòxihuitl en 51v, ilustrado en el mismo folio
como ācōcòtli que, por lo visto, representa a una especie de la familia
del apio. Sahagún registra ācōcòtli y ācōcòxihuitl como yerbas medici-
nales, y ācōcòxōchitl como una de las flores recolectadas para la fies-
ta de tlaxōchimāco, que daba nombre al noveno mes del calendario
mexica. La dalia en cuestión es conocida hoy día como tecpinxōchitl
(‘pulga-flor’) en el Alto Balsas219 y recibe otros nombres en otras co-
munidades nahuas, pero no encuentro entre ellos cognado alguno
de cōānenepīlli. Tampoco parece haber evidencia experimental de la
acción de compuestos extraídos de alguna Dahlia para curar padeci-
mientos urinarios.
No terminan aquí los ejemplos donde el léxico nahua actual y
las fuentes históricas contradicen las identificaciones taxonómicas
propuestas en años recientes para las plantas ilustradas en el Libe-
217. De Ávila, op. cit.: 501.
218. Recchi, 31.
219. Amith, 2007.
76
llus. He entrado en los pormenores de algunas especies con miras a
proponer un procedimiento para evaluar la probabilidad de que una
determinación linneana sea acertada, tomando en cuenta otras lí-
neas de evidencia, además de la representación pictórica. En el caso
del cōānenepīlli, sostener su identificación como una dalia requiere: 1)
explicar por qué este nombre en náhuatl no fue registrado para plan-
tas que puedan corresponder a ese género botánico en las descrip-
ciones y las imágenes en las obras de Hernández, Sahagún, etcétera,
como tampoco es atestiguado para designar a alguna asterácea en las
investigaciones etnobotánicas que he revisado del siglo xx y xxi; 2)
proveer algún sentido al hecho que Francisco Hernández ilustró bajo
el mismo nombre a una especie incontrovertible de Passiflora; 3) justi-
ficar cómo perduró este nombre para la pasionaria, mientras que las
dalias reciben denominaciones muy disímiles a esta designación en
las variantes vivas del náhuatl; 4) aclarar cómo la etimología “lengua
de víbora” podría encontrar eco en la dalia, cuando en al menos dos
pasionarias mexicanas las hojas bilobuladas y los estilos fusionados
en la base evocan de modo obvio a una lengua bífida; 5) racionalizar
qué utilidad farmacológica o simbólica podría tener una dalia en dos
recetas distintas de don Martín,220 frente a las aplicaciones terapéuti-
cas bien conocidas de las Passifloras, como antiinflamatorios, sedantes
y ansiolíticos.221
En cambio, identificar a la planta ilustrada en el folio 34r como
una pasionaria enfrenta un solo contratiempo: la disparidad morfo-
lógica de esas especies con la representación de los tallos, las hojas
y las flores en el CC-B, incongruencia que puede entenderse como
una instancia de libertad artística por parte del tlacuilo. Recordemos
que trabajaba un documento de dimensiones reducidas (20.6 por 15.2
220. 34r: tratamiento cuando se ha tapado el conducto de la orina, y 44v: remedio para un
cuerpo maltratado.
221. Bokelmann, 2022: 515-522.
77
cm) y enfrentaba la premura de un encargo urgente. Contaba además
con escasos conocimientos de la flora de regiones lejanas, como lo
evidencian otras ilustraciones del Códice.222 Ante las dos opciones de
determinación botánica, Dahlia versus Passiflora, estamos obligados a
aplicar la navaja de Ockham, principio básico de la ciencia, para
elegir la explicación más sencilla como la más plausible.
La acumulación de evidencia es contundente para descartar al
cōānenepīlli como una dalia. En otros casos, los indicios son fragmen-
tarios o ambiguos, pero aun así puede ser útil el ejercicio de sope-
sar los datos léxicos, etnobotánicos y farmacológicos para juzgar la
fiabilidad de la identificación del “fitomorfo”. Un documento clave
para valorar nuestro patrimonio biocultural debe ser materia de tra-
bajo para todo un equipo interdisciplinario, sin privilegiar a un solo
punto de vista. Difiero del criterio consensual en las determinaciones
taxonómicas recientes del CC-B, porque el testimonio iconográfico
no merece, en mi opinión, más crédito que la información histórica,
filológica, etnográfica y bioquímica.
Un texto que representa el registro más temprano de una
tradición viva de conocimiento del mundo natural pide ser abordado,
entonces, a partir de la evidencia etnobiológica y lingüística. El Libe-
llus se distingue de los compendios equiparables de otras regiones del
mundo porque la lengua de don Martín de la Cruz sigue vigente y es
hablada por más de un millón de personas, como siguen vivas muchas
modalidades tradicionales de interacción de sus hablantes con los or-
ganismos verdes. Por desgracia, la nomenclatura y la narrativa en tor-
no a las plantas son un campo pobremente estudiado en la mayoría de
las lenguas yutonahuas contemporáneas. Contamos con información
más extensa para algunas de las lenguas mixtecas, mixe-zoques y to-
222. Verbigracia el huitzcuahuitl en 38v y el copalxocotl en 56v, donde difícilmente podría identi-
ficarse la especie a partir del dibujo, pero el nombre en náhuatl es específico y ampliamente
conocido en ambos casos.
78
tonacas, por ejemplo, que del náhuatl de los adultos mayores en la
alcaldía de Milpa Alta en cdmx o en las comunidades al oriente de
Texcoco en el Estado de México, las variantes más próximas hoy día
al habla del médico tlatelolca. Los jóvenes de esos poblados tienen en
sus manos la última oportunidad para hacer suyo el conocimiento de
unas pocas personas de edad avanzada que aprendieron el “mexica-
no” como lengua materna, al crecer en los campos y los bosques de la
Cuenca de México. Es probable que su memoria, más que otras fuentes,
permita resolver varios enigmas que guarda el códice.
Conclusión: romper el etnocentrismo mexica
El Libellus es un documento de importancia histórica, no sólo para la
medicina y la botánica, como el primer compendio de una flora y una
farmacognosia del hemisferio occidental; es también el testigo más
temprano que conocemos de una nomenclatura, y por lo tanto una
clasificación, fundamentalmente distinta del sistema occidental de
percepción de la naturaleza, basado éste en la terminología etnobio-
lógica de las lenguas romances, las germánicas y el griego. Dos siglos
después de que Juan Badiano puliera sus traducciones del náhuatl al
latín, la nomenclatura indoeuropea de plantas y animales daría pie
a la taxonomía linneana, y cien años más tarde cimentaría al pen-
samiento darwiniano. El Códice es, a nuestros ojos, un tesoro artís-
tico que enaltece una visión distinta, donde los criterios simbólicos y
utilitarios humanizan a las categorías naturales. Los etnotaxones de
origen otomangue meridional, según propongo, marcados de modo
explícito como -xōchitl, -quilitl, -pàtli y otros, son las pistas que nos
ofrece el CC-B para acceder a una conciencia de las diferencias con el
intelecto eurocéntrico.
Percibo una reticencia de algunos de nuestros colegas académi-
cos a aceptar los argumentos que he presentado aquí, debido, según
79
me parece, a un sesgo nahuatlista, mismo que proyecta a esta lengua
a Teotihuacan de forma retroactiva y presupone su dominancia sobre
toda Mesoamérica. Descartan así la probabilidad de que fueran, en
buena medida, la invasión europea y las necesidades administrativas
del imperio español, los factores que impulsaron al “mexicano” como
lingua franca en un territorio más extenso y propiciaron que la lengua
de don Martín de la Cruz permeara la cultura de otros pueblos, sobre
todo en las nacientes comunidades mestizas.
De manera paralela, entre nuestros compañeros formados como
biólogos veo una tendencia a tomar como definitivas las interpreta-
ciones etimológicas de los nombres de plantas, que propuso una gene-
ración anterior de nahuatlatos que examinaron el Códice. Al seguirlos,
nuestros colegas hacen a un lado los trabajos filológicos que desmien-
ten, en varias instancias, las transcripciones y las glosas aportadas en
los años 1960, y que ofrecen nuevos indicios para identificar plantas
específicas en el documento. Pienso que el hermoso librito nos pide
deshacernos de las viejas divisiones disciplinarias que nos encasillan
a pensar sólo como taxónomos o como lingüistas, del mismo modo
como las categorías nominales que usaba el sabio tlatelolca ponen en
entredicho la universalidad de los postulados del cognitivismo.
Sigue pendiente un estudio microscópico de las ilustraciones del
CC-B, que confirme o descarte la hipótesis planteada ya en 1992 de
que intervinieron al menos dos tlacuilos en su elaboración, con base
en las diferencias estilísticas observadas en las pinturas.223 Semejante
examen puede revelar patrones motrices distintos en las pinceladas,
223. Valdés, Flores y Ochoterena, 1992: 152. A partir de la variación de estilos y soluciones
técnicas, Zetina et al. (2012: 237 y 252-255) deducen que las ilustraciones del Códice pueden
haber sido hechas por todo un grupo de pintores en un taller gremial, conducidos por don
Martín de la Cruz y Juan Badiano como “réferis de la imagen”. En algunas figuras, como
en el huacalxōchitl, estos investigadores encuentran indicios de un boceto inicial al carbón
o grafito, seguido de aplicaciones sucesivas de distintos colorantes, con diferentes grados
de saturación. Esto refuerza la posibilidad de que el trazo y el coloreado de una sola figura
hayan estado a cargo de dos o más personas.
80
por ejemplo. Los análisis químicos no invasivos pueden determinar
si hay variaciones significativas en la composición de los pigmentos,
que podrían identificar la paleta de tal o cual pintor. De corroborarse
dicha hipótesis, el siguiente paso será relacionar las creaciones de una
y otra mano, para evaluar quién de los artistas parece haber tenido
más experiencia directa con las plantas y cuáles representaciones pue-
den ser, por lo tanto, más confiables. Ya hemos comentado que algu-
nas ilustraciones son más precisas, como la del huacalxōchitl en el folio
18v, mientras que otras son para nosotros excesivamente esquemáti-
cas e incluso imaginativas, como las hojas enteras del huitzcuahuitl en
38v o las flores multicolores del tōnalxōchitl en 38r. Hay aquí líneas
fascinantes de trabajo para la siguiente generación de estudiosos del
pequeño códice.
De mayor relevancia que la resolución de los misterios persis-
tentes en las imágenes plasmadas por los tlacuilos, una nueva mirada
interdisciplinaria a este maravilloso manuscrito nos debe hacer reva-
lorar su trascendencia como legado de una civilización que antecedía
por milenios la llegada del náhuatl a la Cuenca de México y que se ex-
tendía por cientos de kilómetros hacia el sur. Tanto en la biota, como
en las afinidades culturales, nuestros nexos con la gente del Neotrópi-
co rebasan con creces los vínculos hacia el norte. Al ponderar nuestro
futuro como sociedad, me parece que el Libellus nos insta, de modo
silencioso, a mantener siempre en mente estos lazos de largo aliento.
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Figura 1. Distribución del marcador para “quelite”
(de Ávila, 2010: 222-224, con datos adicionales de otras lenguas)
Lenguas donde se marcan la mayoría de los nombres de especies cuyo follaje es
consumido como verdura
Leguas donde se marcan sólo algunos de los nombres de esas especies
Lenguas donde no se ha registrado un marcador nominal para esas especies
89
90
Figura 2. Distribución del término para “flor”
(de Ávila, 2010: 223-226, con datos adicionales de otras lenguas)
Lenguas donde se marcan los nombres de la mayoría de las especies ofrecidas ritualmente
Leguas donde se marcan los nombres de algunas de esas especies
Lenguas donde no se ha registrado ese marcador nominal
91
APÉNDICE 1
Reúno aquí las identificaciones de plantas del Libellus que conside-
ro más confiables, con base en la congruencia entre la información
iconográfica y léxica del Códice (de Ávila, 2012: 508-513). Incluyo
también las plantas mencionadas en el texto del CC-B cuya identi-
dad me parece inequívoca, aunque no las hayan pintado los tlacuilos;
las marco con una cruz (+). Me baso en Halffter, Llorente y Morrone
(2008: 75-80) para asignar cada género linneano representado en el
Libellus a la categoría de afinidad biogeográfica que le corresponde;
en los casos en que el género en cuestión no aparece en esa fuente,
tomo como referencia la base de datos Tropicos (Missouri Botanical
Garden, sin fecha) para delimitar el área donde están presentes la
mayoría de sus especies, como una aproximación a su zona de origen.
Excluyo en este recuento (como en los Apéndice 2 y 3) a los musgos,
los helechos y sus parientes, y no tomo en consideración la informa-
ción biogeográfica para especies individuales de plantas superiores,
porque las afinidades de la flora mexicana han sido caracterizadas
al nivel de géneros completos para las fanerógamas, exclusivamente
(Rzedowski, 1998: 140).
I. Endémica:
Astianthus (ācuahuitl, 45r); Barkleyanthus (#quetzalàtzonyatl, 51v); Bursera
(copalcuahuitl, 8v; cuauhxiyōtl, 45r; tzīhuaccopalli, 48v); +Chiranthoden-
dron (mācpalxōchitl, 33r); Cyrtocarpa (copalxocotl, 56v); Datura (nexēhuac,
29r; tōloāxihuitl, 25r y 29r; tlāpātl, 14v); Echeveria (cēcentlàcol, 38r y temē-
metla, 22v); +Eysenhardtia (coàtli, 20v); Rhodosciadium (tzayānalquilitl,
44r); Pachycereus o Stenocereus (teōnōchtli, 17v).
II. Meridional (Neotropical):
Arracacia (acōcòtli, 51v); +Bixa (tlapalāchiyotl, 43v); +Bletia (#tzaucxō-
chitl, 53r); +Bocconia (cocōcxihuitl, 30v); Bourreria (īzquixōchitl, 39r); Ca-
92
lliandra (tlacōxīlōxōchitl, 21r); +Capsicum (nostro pipere, 20r, 30v y 45v);
+Castilla (ōlli, 31r y 43v); Cnidoscolus (cōlōtzītzicāztli y tetzītzicāztli, 47r);
Conostegia o Miconia (xococcuahuitl, 39r); Cucurbita (ayònelhuatl, 59r);
Cymbopetalum (huēinacaztli, 56v); Echinopepon (tetzītzilīn, 51v); Galinsoga
(xiuhēlōquilitl, 58v); Heliocarpus (cuauhalāhuac, 57v); +Hyptis (chian, 34r);
Jaltomata (xāltomatl, 10v); Lantana (piltzintēcuhxōchitl, 38r); Mentzelia
(huìhuītzmallōtic, 34r); Mirabilis (#tlaquilin, 14v); Montanoa (cihuāpàtli,
57v); +Nicotiana (pīcietl, 31v y 45v); Opuntia (tlatōcnōchtli, 49v); Passiflora
(cōānenepīlli, 34r); Phaseolus (#ayecòtli, 29v); Philodendron (huacalxōchitl,
18v); Plumeria (cācālōxōchitl y neucxōchitl, 53r); Porophyllum (pāpālōquilitl,
20v y tepēpāpālōquilitl, 56r); Prosopis (quetzalmizquitl, 49r); +Pseudobombax
(xīlōxōchitl, 49r); Psidium (xāxocotl, 31r); Quararibea (cacahuaxōchitl, 53v);
Schoenocaulon (zòzōyātic, 55v); Tagetes (copalìyāc xiuhtōntli, 30v); Theobro-
ma (tlapalcacahuatl, 38v); Tradescantia (zacamātlalin, 48r); Wigandia (pat-
lāhuac tzītzicāztli, 47r).
III. Asiática:224
+Buddleja (#tepozan, 45r); Magnolia (ēlōxōchitl, 39r y yōllòxōchitl, 53v);
+Spondias (ātōyācxocotl, 8v y 56v); Toxicodendron (āquīztli, 41v).
IV. Africana:225
Asclepias (tzītzictōn, 27v y 36v); Haematoxylum (huitzcuahuitl, 38v e iztāc
huitzcuahuitl, 59r); Iresine (tlātlancuāyê, 21v); Urera (ātzītzicāztli, 16v).
V. Pantropical:
Acacia (iztāccuahuitl, 38v); Begonia (cuauhtlà xōxocoyōlin, 8r y ohuaxo-
coyōlin, 12r); Cissus (tlayapalōni, 7v); Commelina (mātlalxōchitl, 10v) ;
224. En esta categoría, como lo hago también en los apéndices 2 y 3, agrupo a los géneros que se
distribuyen tanto en América tropical como en Asia, pero que no necesariamente tienen su
hábitat ancestral en este continente.
225. Reúno aquí, al igual que en los apéndices 2 y 3, a los géneros presentes en América tropical
y en África, ya sea que se originen en uno u otro continente.
93
Croton (teōezcuahuitl, 38v); Dalbergia (tlàcuilōlcuahuitl, 39r) ; Ficus (chi-
chīc texcalāmatl, 43v y texcalāmacoztli, 38v) ; Ipomoea (tlācacamòtli, 28v);
Mimosa (huīhuitzzò cochīxxihuitl, 13v) ; Peperomia (tlātlancuāyê, 41r); Piper
(mecaxōchitl, 56v) ; Portulaca (nōnōchtōn āzcapan ixhua, 28r); Ruellia (to-
tōnquixōchitl, 38r) ; +Salvia (tepēchian, 19v, etc.); Senna (xiuhèēcapàtli, 7r
y 37r) ; Vanilla (tlīlxōchitl, 56v).
VI. Boreal (Neártica y Holártica):
+Abies (oyametl, 39v); Achillea (tlālquēquetzal, 24r); Alnus (īlīn, 46v y quet-
zalīlīn, 39r y 62r); Arbutus (tomazquitl, 39r); +Artemisia (#iztauhyatl, 26r,
etcétera); Berberis (huitzcōlòtli, 20r); Cirsium (cuauhtlà huitzquilitl, 32r y
huitzquilitl, 8v y 41r); Cupressus (tlatzcan, 47v); +Liquidambar (xōchiocot-
zotl, 17v, etcétera); Muhlenbergia (malīnalli, 12v); Pinus (āyauhcuahuitl,
50r; ocotl, 39v); Polanisia (coyōxihuitl tlaztalēhualtic, 35r); Polygonum
(āchīlli, 37r); +Prunus (capollāxīpēhualli, 43v); Pseudotsuga (acxoyatl, 52r);
+Quercus (āhuatl, 39v); Rhamnus (tlālcācapol, 49r); Rumex (māmāxtla,
34v); Salix (quetzalāhuexōtl, 57v); Sedum (tetzmitl, 13r).
VII. Cosmopolita:
+Amaranthus (michihuāuhtli, 61r); Clinopodium (ātōchietl, 15v); Euphorbia
(memēyaxihuitl, 60r); Galium (centzonxōchitl, 41v); Heliotropium (totēuc
ixiuh, 59v); Lepidium (mexixquilitl, 20v); Oxalis (cuauhtlà xōxocoyōlin, 19v);
Phragmites (ācatl, 44r); Physalis (cōāxocotl, 38v); Plantago (tlayapalōni,
44v); Smilax (mazāyēlli, 14v); Solanum (itzcuīnpàtli, 27v); Typha (tōlpatlact-
li, 18r); Urtica (cuauhtzītzicāztli, 47r).
Afinidad biogeográfica I II III IV V VI VII total
Número de géneros 10 37 4 4 16 20 14 105
Al sumar el número de géneros asignados a cada categoría bio-
geográfica, encuentro que el componente neotropical (II) de la flora
94
medicinal representada en el CC-B se aproxima al doble de los taxones
de afinidad boreal (VI). Al agregar los linajes que se extienden a otras
regiones tropicales del mundo (III, IV y V), la proporción equivale a
3:1. El porcentaje de endemismo (I) se ubica justo en el rango estimado
para nuestra flora: 10% de los géneros, si consideramos las fronteras
políticas actuales; 17% si tomamos la delimitación geomorfológica y
climática que Rzedowski (idem: 134-138) llama Mega-México 3.
APÉNDICE 2
Presento ahora las afinidades biogeográficas de los géneros de plan-
tas representadas en el Libellus, según Robert Bye y Edelmira Linares
(2013). Estos autores no hacen referencia a las especies mencionadas
en el texto del CC-B que no fueron ilustradas por los tlacuilos. Me
baso nuevamente en Halffter, Llorente y Morrone (2008: 75-80) y en
Tropicos (Missouri Botanical Garden, sin fecha) para definir la afini-
dad biogeográfica de cada género. Agrego entre paréntesis los nom-
bres linneanos previos, en los casos donde los géneros identificados
por Bye y Linares son referidos ahora a otros taxones, como en el
ejemplo de los nardos, asignados anteriormente al género Polianthes,
en el que la nueva evidencia genética indica que dicho linaje no debe
separarse de sus parientes en el género Agave.
I. Endémica:
Agave (Polianthes) (mētztli izacauh, 38r); Barkleyanthus (#quetzalàtzonyatl,
51v); Bursera (tzīhuaccopalli, 48v); Cyrtocarpa (copalxocotl, 56v); Dahlia
(cōānenepīlli, 34r); Datura (āzcapan ixhua tlàzolpàtli, 13v, nexēhuac, 29r
y tōloāxihuitl, 25r y 29r); Dyssodia (copalìyāc xiuhtōntli, 30v); Echeveria
(cēcentlàcol, 38r y temēmetla, 22v); Eysenhardtia (iztāccuahuitl, 38v); Gym-
nosperma (tzītzictōn, 27v y 36v); Microsechium (tetzītzilīn, 51v); Stenocereus
(Isolatocereus) (teōnōchtli, 17v).
95
II. Meridional (Neotropical):
Arracacia (acōcòtli, 51v); Bourreria (īzquixōchitl, 39r); Bouvardia (ezpàtli,
20r); Calliandra (tlacōxīlōxōchitl, 21r); Cnidoscolus (cōlōtzītzicāztli y tet-
zītzicāztli, 47r); Conostegia (xococcuahuitl, 39r); Cucurbita (ayònelhuatl,
59r); Cunila (ātōchietl, 15v); Dalea (#coltotzin, 61r y tlālmizquitl, 24v); Dis-
tichlis (tequīxquizacatl, 13r); Echeandia (zòzōyātic, 55v); Heliocarpus (cuau-
halāhuac, 57v); Jaegeria (ācacapacquilitl, 44r); Jaltomata (xāltomatl, 10v);
Karwinskia (tlālcācapol, 49r); Lantana (piltzintēcuhxōchitl, 38r); Loeselia
(cuauhhuitzitzilxōchitl, 39r); Mentzelia (cochīxxihuitl, 14r y huìhuītzmallō-
tic, 34r); Mirabilis (chiyāhuaxihuitl, 54v y xihuitl tōnalco mochīhua àhua-
chchô, 9v); Montanoa (cihuāpàtli, 57v); Nama (totēuc ixiuh, 59v); Opuntia
(tlatōcnōchtli, 49v); Phaseolus (#ayecòtli, 29v y cimatl, 49r); Philodendron
(huacalxōchitl, 18v); Plumeria (cācālōxōchitl y neucxōchitl, 53r); Porophy-
llum (pāpālōquilitl, 20v, tepēpāpālōquilitl, 56r tlātlaōltōn, 27v); Prosopis
(quetzalmizquitl, 49r); Psidium (xāxocotl, 31r); Quararibea (cacahuaxōchitl,
53v); Schkuhria (tlacōpopōtl, 58v); Tabebuia (ācuahuitl, 45r); Tagetes (cuau-
hyauhtli, 50r); Theobroma (tlapalcacahuatl, 38v); Tigridia (xiuhpàtli, 38r);
Tillandsia (chicōmācatl, 44v); Zephyranthes (huetzcanixōchitl, 38r).
III. Asiática:
Litsea (tlacōèēcapàtli, 48v); Lycianthes (cuauhyayahual, 52r); Magnolia (Ta-
lauma) (ēlōxōchitl, 39r y yōllòxōchitl, 53v).
IV. Africana:
Asclepias (tezonpàtli, 8v y tlanēnpòpoloā xiuhtōntli, 33v); Haematoxylum
(huitzcuahuitl, 38v, iztāc huitzcuahuitl, 59r y tlàcuilōlcuahuitl, 39r); Iresine
(māmāxtla, 34v y tlātlancuāyê, 21v); Lippia (àhuiyācxihuitl, 58r); Urera
(ātzītzicāztli, 16v y cuauhtzītzicāztli, 47r).
V. Pantropical:
Amaranthus (āquīztli, 41v); Begonia (cuauhtlà xōxocoyōlin, 8r y ohuaxoco-
yōlin, 12r); Caesalpinia (xoxōuhquipàtli, 14v); Cissus (tlayapalōni, 7v); Com-
96
melina (mātlalxōchitl, 10v y zacamātlalin, 48r); Cordia (tlacōīzquixōchitl,
34v); Dioscorea (chipāhuacxihuitl, 7v y tēcuāmmāitl, 8v); Eryngium (tlanēx-
tia xiuhtōntli, 18r); Ficus (chichīc texcalāmatl, 43v y texcalāmacoztli, 38v);
Hibiscus (tēpāquiltixiuhtōntli, 38r); Ipomoea [cōlōmecatl, 43r, cōzcanānt-
zin, 38r, huēlic pàtli, 32r, tlācacamòtli, 28v, #tlaquilin, 14v, totōnquixōchitl
(primera), 38r xiuhàmōlli, 9v] ; Mimosa (huīhuitzzò cochīxxihuitl, 13v,
iztācpàtli, 16r y tlālhuāxin, 33r); Peperomia (tlātlancuāyê, 41r); Phytolacca
(itzcuīnpàtli, 27v); Pouteria (tetzapotl, 33r); Salvia (coyōxihuitl tlaztalēhual-
tic, 35r y huītzitzilxōchitl, 37v); Senna (xiuhèēcapàtli, 7r y 37r); Vanilla
(mecaxōchitl y tlīlxōchitl, 56v).
VI. Boreal (Neártica y Holártica):
Abies (acxoyatl, 52r); Achillea (tlālquēquetzal, 24r); Agastache (tlālāhuēhuētl,
7v y 46v); Alnus (īlīn, 46v y quetzalīlīn, 39r y 62r); Arctostaphylos (tomaz-
quitl, 39r); Berula (tzayānalquilitl, 44r); Cirsium (cuauhtlà huitzquilitl, 32r
y huitzquilitl, 8v y 41r); Cupressus (tlatzcan, 47v); Ipomopsis (āyauhtonān,
54r); Muhlenbergia (malīnalli, 12v); Packera (tòmiyòxihuitl, 60r); Penste-
mon [totōnquixōchitl (segunda) 38r]; Pinus (āyauhcuahuitl, 50r); Polygo-
num (āchīlli, 37r); Prunus (ēlōcapolin, 47v); Rhamnus (āhuatl tepitōn, 47v);
Rubus (#totoloctzin, 54r); Salix (quetzalāhuexōtl, 57v); Sedum (tetzmitl, 13r
y texiyōtl, 22v).
VII. Cosmopolita:
Bidens (tlàtlacōtic, 27r y xiuhēlōquilitl, 58v); Clinopodium (Satureja) (cuecuet-
zpàtli, 45v); Euphorbia (memēyaxihuitl, 60r); Galium (centzonxōchitl, 41v y
tzonpilihuixxihuitl, 15v); Hieracium (pozāhualixxiuhtōntli, 59v); Lepidium
(mexixquilitl, 20v y xoxōuhcapàtli, 36r); Oxalis (cuauhtlà xōxocoyōlin, 19v);
Afinidad biogeográfica I II III IV V VI VII total
Número de géneros 12 36 3 5 18 19 11 104
97
Plantago (tlayapalōni, 44v); Polygala (tlanēxtixiuhtōntli, 31v); Smilax (mazāyē-
lli, 14v); Typha (tōlpatlactli, 18r).
El grupo neotropical (II) alcanza de nuevo casi el doble de los
taxones de afinidad boreal (VI). Al sumar los géneros que se distri-
buyen en otras regiones tropicales (III, IV y V), la proporción supe-
ra 3:1. El porcentaje de endemismo (I) se ubica de nuevo dentro del
rango estimado para la flora de México. Estos resultados no difieren
significativamente del patrón que muestra el Apéndice 1, si bien la
identificación de las plantas varía en muchos casos. La concordan-
cia puede explicarse, en parte, por el número de especies cultivadas o
recolectadas en zonas más bajas que deben haber sido llevadas como
remedio al altiplano. En el Apéndice 1, ese grupo incluye a Astianthus,
Bixa, Bourreria, Bursera, Castilla, Cnidoscolus, Conostegia, Croton, Cym-
bopetalum, Cyrtocarpa, Dalbergia, Ficus, Haematoxylum, Heliocarpus, Phi-
lodendron, Piper, Plumeria, Pseudobombax, Psidium, Quararibea, Spondias,
Theobroma y Vanilla. El Apéndice 2 incluye a la mayoría de éstas y
agrega a Cordia, Pouteria, Tabebuia y Tillandsia.
APÉNDICE 3
Presento, por último, las afinidades biogeográficas de las plantas
representadas en el Códice, según Tucker y Janick (2020). Tampoco
estos autores se ocupan de las especies mencionadas en el texto del
CC-B que no fueron ilustradas. Al igual que en los apéndices previos,
me baso en Halffter, Llorente y Morrone (2008, 75-80) y Tropicos (Mis-
souri Botanical Garden, sin fecha) para definir la afinidad biogeográ-
fica de cada género.
I. Endémica:
Bursera (tzīhuaccopalli, 48v); Comarostaphylis (āxocotl, 44v); Cyrtocarpa
(copalxocotl, 56v); Dahlia (cōānenepīlli, 34r); Datura (āzcapan ixhua tlà-
98
zolpàtli, 13v, nexēhuac, 29r, tōloāxihuitl, 25r y 29r y tzayānalquilitl, 44r);
Dyssodia (copalìyāc xiuhtōntli, 30v); Echeveria (cēcentlàcol, 38r y temēmetla,
22v); Eysenhardtia (iztāccuahuitl, 38v); Microsechium (tetzītzilīn, 51v); Oe-
nothera (cuecuetzpàtli, 45v); Stenocereus (teōnōchtli, 17v);226 Zinnia (tlàtla-
cōtic, 27r, tōnalxōchitl, 38r y tzītzictōn, 27v)
II. Meridional (Neotropical):
Amphilophium (tōnacāxōchitl, 54r); Arracacia (acōcòtli, 51v); Bocconia
(cochīxxihuitl, 14r); Bonellia (tlacōehēcapàtli, 48v); Bourreria (īzquixōchitl,
39r y tlacōīzquixōchitl, 34v); Bouvardia (ezpàtli, 20r); Brosimum (tlālcā-
capol, 49r); Bunchosia (cōāxocotl, 38v y teōezcuahuitl, 38v); Calibrachoa
[totōnquixōchitl (primera) 38r]; Calliandra (tlacōxīlōxōchitl, 21r); Capsicum
(àhuiāc tlātlancuāyê, 46r); Castilla (āhuatl tepitōn, 47v); Catopsis (zòzōyā-
tic, 55v); Cestrum (itzcuīnpàtli, 27v y xoxōuhquipàtli, 14v); Cnidoscolus (tet-
zītzicāztli, 47r); Condalia (huitzcuahuitl, 38v e iztāc huitzcuahuitl, 59r);227
Cucurbita (ayònelhuatl, 59r); Cuphea (cuauhhuitzitzilxōchitl, 39r); Dalea
(#coltotzin, 61r y tlālmizquitl, 24v); Distichlis (tequīxquizacatl, 13r); Echean-
dia (pozāhualixxiuhtōntli, 59v y tòmiyòxihuitl, 60r); Heimia (piltzintēcu-
hxōchitl chiyāhua, 35v); Jaltomata (xāltomatl, 10v); Justicia (tēmahuiztili-
cuahuitl, 39r); Lantana (piltzintēcuhxōchitl, 38r); Leucaena (iztācpàtli, 16r);
Malvaviscus (tōnatiuh īxiuh àhuachchô, 25v); Mentzelia (huìhuītzmallōtic,
226. Los autores proponen que la planta representada en este folio es Stenocereus thurberi
(Engelm.) Buxb. Se trata de una cactácea endémica del desierto sonorense, por lo que la
identificación específica de Tucker y Janick (9-10 y 55-56) es poco plausible. Recurrir a
la flora de una región tan lejana pierde credibilidad, cuando un taxón de dicho género
es nativo de la Cuenca de México: Stenocereus dumortieri (Scheidw.) Buxb. Los artejos de
esta especie presentan espinas rojizas y aréolas que se oscurecen al madurar (<https://com-
mons.wikimedia.org/wiki/File:Stenocereus_dumortieri_in_Jardin_de_Cactus_on_Lanzaro-
te,_June_2013_%281%29.jpg>), los mismos rasgos que llevan a estos autores a suponer que el
tlacuilo pintó a un pitayo de tierras áridas y despobladas, ubicadas a 1,500 km al norte de
Tlatelolco.
227. Los autores (Tucker y Janick: 155 y 262) consideran que tanto el huitzcuahuitl como el iztāc
huitzcuahuitl corresponden a Condalia hookeri M.C. Johnston, Rhamnaceae, especie que sólo
se conoce de Tamaulipas, Nuevo León y Texas, lo que hace dudosas ambas determinaciones.
99
34r); Mesosphaerum (xoxōuhcapàtli, 36r); Miconia (xococcuahuitl, 39r);
Micropholis (#ācamallotetl, 61r); Mirabilis (#tlaquilin, 14v y xihuitl tōnalco
mochīhua àhuachchô, 9v); Nothoscordum (mētztli izacauh, 38r); Opuntia
(tlatōcnōchtli, 49v); Pectis (xiuhtlemāitl, 47r);228 Phaseolus (#ayecòtli, 29v y
cimatl, 49r); Philodendron (huacalxōchitl, 18v); Phoradendron (chicōmācatl,
44v); Plumeria (cācālōxōchitl y neucxōchitl, 53r); Porophyllum (pāpālōqui-
litl, 20v, tepēpāpālōquilitl, 56r y tlātlaōltōn, 27v); Prosopis (quetzalmizquitl,
49r); Psidium (xāxocotl, 31r); Quararibea (cacahuaxōchitl, 53v); Schkuhria
(cuappōquietl, 35v y tlacōpopōtl, 58v); Tabebuia (ācuahuitl, 45r); Tagetes
(cuauhyauhtli, 50r); Theobroma (tlapalcacahuatl, 38v); Tigridia (xiuhpàtli,
38r y tlàzolteōzacatl, 44v); Tradescantia (zacamātlalin, 48r); Zephyranthes
(huetzcanixōchitl, 38r).
III. Asiática:
Magnolia (Talauma) (ēlōxōchitl, 39r y yōllòxōchitl, 53v); Symphoricarpos
(quetzalxoxōuhcapàtli, 26r).
IV. Africana:
Asclepias (tezonpàtli, 8v y tzītzictōn, 36v); Iresine (māmāxtla, 34v y tlātlan-
cuāyê, 21v); Lippia (àhuiyācxihuitl, 58r y ātōchietl, 15v); Pavonia (tēpāquil-
tixiuhtōntli, 38r); Urera (ātzītzicāztli, 16v); Schultesia (tlanēnpòpoloā xiuh-
tōntli, 33v).
V. Pantropical:
Acalypha (tlālāhuēhuētl, 7v); Amaranthus (āquīztli, 41v); Ardisia (#quet-
zalàtzonyatl, 51v); Begonia (ohuaxocoyōlin, 12r); Bauhinia (tlàcuilōlcuahuitl,
39r); Begonia (cuauhtlà xōxocoyōlin, 8r); Cephalanthus (ācacapacquilitl,
44r); Commelina (mātlalxōchitl, 10v); Cordia (cuauhalāhuac, 57v); Dios-
228. La identificación del xiuhtlemāitl como Pectis angustifolia Torr., Asteraceae (Tucker y Ja-
nick: 202-203) es cuestionable porque esta especie se restringe al norte de México y al su-
roeste de Estados Unidos.
100
corea (chipāhuacxihuitl, 7v, mazāyēlli, 14v y tēcuāmmāitl, 8v);229 Eryngium
(tlanēxtia xiuhtōntli, 18r); Ficus (chichīc texcalāmatl, 43v y texcalāmacozt-
li, 38v); Ipomoea (cōzcanāntzin, 38r y xiuhàmōlli, 9v); Mimosa (huīhuitzzò
cochīxxihuitl, 13v y tlālhuāxin, 33r); Operculina (cōlōmecatl, 43r, huēlic pàtli,
32r y tlācacamòtli, 28v); Peperomia (mecaxōchitl, 56v y tlātlancuāyê, 41r);
Phyla (tzopēlicācococ, 21r); Pouteria (tetzapotl, 33r); Salvia (coyōxihuitl tlaz-
talēhualtic, 35r, huītzitzilxōchitl, 37v y patlāhuac tzītzicāztli, 47r); Scaevola
(huēinacaztli, 56v); Sida (chiyāhuaxihuitl, 54v); Solanum (cuauhyayahual,
52r, huitzcōlòtli, 20r y xiuhèēcapàtli, 7r y 37r); Vanilla (tlīlxōchitl, 56v).
VI. Boreal (Neártica y Holártica):
Achillea (tlālquēquetzal, 24r); Agastache (tlālāhuēhuētl, 46v); Alnus (īlīn, 46v
y quetzalīlīn, 39r y 62r); Arbutus (tomazquitl, 39r); Arctostaphylos (tēpàpā-
quilticuahuitl, 39r y tlanēxticuahuitl, 39r); Aureolaria (iztāc ocoxōchitl, 7r);
Castilleja (tēmahuiztili cuahuitl, 38v); Cirsium (cuauhtlà huitzquilitl, 32r y
huitzquilitl, 8v y 41r); Cupressus (tlatzcan, 47v); Dendromecon230 (cihuāpàt-
li, 57v); Diplacus (tzonpilihuixxihuitl, 15v);231 Ditrysinia (cuauhtzītzicāztli,
47r);232 Erysimum (teōiztācquilitl, 19r y 30r); Erythranthe [totōnquixōchitl
(segunda) 38r];233 Muhlenbergia (malīnalli, 12v); Penstemon (mocuepa-
229. Tucker y Janick (idem: 46) identifican al mazāyēlli como Dioscorea villosa L. (Dioscorea-
ceae), determinación improbable puesto que se trata de una especie restringida al oriente
de Estados Unidos y sureste de Canadá.
230. Dendromecon es un género de la familia de la amapola (Papaveraceae) con sólo dos espe-
cies, que se conocen únicamente de California y el norte de Baja California, por lo que esta
determinación taxonómica es cuestionable.
231. Tucker y Janick (50) identifican al tzonpilihuixxihuitl como Diplacus aurantiacus (Curtis)
Jeps (Phrymaceae), especie cuya distribución natural va de Baja California a Oregon, por lo
que parece muy poco probable que se conociera en la Cuenca de México.
232. Género monoespecífico de la familia de la nochebuena (Euphorbiaceae), que se distribuye
en el sureste de Estados Unidos y no se conoce en México; por otro lado, no encuentro
reportes de pelos urticantes en ese taxón, como los tienen las plantas nombradas tzītzicāztli
en náhuatl. La determinación taxonómica de Tucker y Janick (197-198) es por lo tanto in-
verosímil, una vez más.
233. Los autores (idem: 141-142) identifican la segunda totōnquixōchitl como Erythrante cardinalis
(Dougl. ex Benth.) Spach, Phrymaceae, especie reportada sólo de Baja California y el occi-
dente de Estados Unidos, lo que hace dudosa la determinación.
101
ni xōchitl, 38r); Phemeranthus (ehēcapàtli, 48r);234 Pinus (āyauhcuahuitl,
50r); Polemonium (āyauhtonān, 54r); Prunus (ēlōcapolin, 47v); Pseudotsuga
(acxoyatl, 52r); Rubus (cōlōtzītzicāztli, 47r y #totoloctzin, 54r); Salix (quet-
zalāhuexōtl, 57v y tzōtzocaxihuitl, 52v);235 Sedum (tetzmitl, 13r y texiyōtl,
22v); Vitis (tlayapalōni, 7v).
VII. Cosmopolita:
Bidens (xiuhēlōquilitl, 58v); Eleocharis (āzacatzontli, 44r); Euphorbia
(memēyaxihuitl, 60r); Galium (centzonxōchitl, 41v); Heliotropium (totēuc
ixiuh, 59v); Juncus (tlàchinōlpan ixhua xihuitl, 25r); Lepidium (mexixquilitl,
20v); Oxalis (cuauhtlà xōxocoyōlin, 19v y tōnatiuh īxiuh pepetlaca, 30r);
Persicaria (āchīlli, 37r); Phragmites (ācatl, 44r); Plantago (tlayapalōni, 44v);
Polygala (tlanēxtixiuhtōntli, 31v); Rhynchospora (#xomalin, 59v); Typha
(tōlpatlactli, 18r).
Afinidad biogeográfica I II III IV V VI VII total
Número de géneros 12 50 2 6 23 25 14 132
El grupo neotropical (II) alcanza aquí justo el doble de los taxo-
nes de afinidad boreal (VI). Al sumar los géneros que se distribuyen
en otras regiones tropicales (III, IV y V), la proporción supera 3:1, una
vez más. Estos resultados no difieren sustancialmente del patrón que
muestran los Apéndices 1 y 2, si bien la identificación de las plan-
tas no concuerda con ellos en varios casos. El endemismo (I) se ubica
ligeramente por debajo (9 %) del rango estimado para el país (10 a
234. Tucker y Janick (210-211) consideran que el ehēcapàtli representa a Phemeranthus auran-
tiacus (Engelm.) Kiger, Montiaceae, especie restringida al norte de México y el suroeste de
Estados Unidos.
235. Los autores (231-232) identifican al tzōtzocaxihuitl como Salix lasiolepis Benth., Salicaceae,
especie que se distribuye en el norte de México y el occidente de Estados Unidos, pero no
se ha reportado en estado silvestre en el centro del país.
102
17 %). Por otro lado, el total de géneros definidos en este estudio es
30 % mayor que en los dos análisis previos, lo que debería hacer más
robustos los resultados. Esto sugiere que las determinaciones de Tucker y
Janick son menos confiables, en términos estadísticos, si partimos del
supuesto que las plantas del códice representan una muestra aleatoria
de la flora de México. De hecho, me parece que estos autores sesgan la
proporción de afinidades, tanto neotropicales como neárticas, de las
plantas del CC-B, cuando pretenden identificar diversos “fitomorfos”
como especies que se restringen a regiones geográficas muy distantes
de Tlatelolco. En las notas a pie de página a lo largo de este tercer
apéndice, he comentado la improbabilidad de algunas de esas deter-
minaciones.
Los autores aseveran que los periplos de los mercaderes mexi-
cas se extendían hacia el norte hasta los actuales estados de Georgia
y Utah en el este y suroeste de Estados Unidos, y hasta los andes
peruanos hacia el sur: “Los viajes a larga distancia de los pochtecas
implican que las yerbas vendidas en los mercados (y el conocimiento
de sus usos) no tenía que venir sólo de México, sino del alcance de las
rutas de esos comerciantes”.236 La extensión de la red de intercambio
directo de los mercaderes mesoamericanos al momento de la invasión
europea es un tema controvertido. En todo caso, es difícil creer que
ese sistema siguiera operando con la misma amplitud geográfica en
las fechas cuando don Martín de la Cruz dictó sus recetas, ya transcu-
rridos treinta y dos años después de la caída de Tenochtitlan, cuando
la población era diezmada por una epidemia tras otra. Tampoco es
plausible que subsistieran en esas fechas los jardines de la élite mexica,
donde se cultivó una gran variedad de plantas, según los testimonios
de Hernán Cortés y Bernal Díaz del Castillo, que debieron decaer
236. “the long-distance travels of the pochteca imply that the herbs sold at the markets (and the
knowledge of their uses) did not have to come from Mexico alone but rather from the extent of the
trading routes of these merchants” (Tucker y Janick, idem: 297-288).
103
ante la falta del tributo que aportaban anteriormente los macehuales,
en especie y en trabajo, para su mantenimiento.237
Reconocimientos:
Agradezco a Alejandra Moreno Toscano su gentileza al invitarme a
participar en esta publicación y su paciencia para recibir mi entrega.
El Jardín Etnobotánico de Oaxaca es el espacio que me permite em-
prender éste y otros proyectos; les debo a mis colegas de ayer y de hoy
su apoyo para hacerlo, especialmente a Bertha Canseco Ruiz, Judith
Romero Ramírez, César Chávez Rendón y Geovanni Martínez Gue-
rra. Graciela Cervantes Bravo y Claudina López Morales han sido
personas clave en su creación; ciframos las esperanzas de un mejor
futuro para el Jardín en Elena Álvarez Buylla y Haydeé Reyes Soto.
María Isabel Grañén y Alfredo Harp Helú me han respaldado siem-
pre con gran generosidad. Francisco Toledo, “el último tlacuilo” como
lo llamaba Alfredo López Austin, impulsó desde un inicio mis sueños;
presencié la hermosa amistad entre ambos y dedico este trabajo a su
memoria.
237. Rodríguez Figueroa, 2021: 136-151.