La ESI es educación sexual con un enfoque integral, influida por diferentes factores: biológicos,
psicológicos, sociales, económicos, políticos, culturales, éticos, legales, históricos, religiosos y
espirituales. A ellos, para comprenderlos y analizarlos mejor, los vamos a reagrupar (sólo con fines de
aprendizaje) en 5 ejes:
1- Cuidar el cuerpo y la salud
2- Valorar la afectividad.
3- Garantizar la equidad de género.
4- Respetar la diversidad.
5- Ejercer nuestros derechos.
Cuidar el cuerpo y la salud
Las concepciones sobre qué es un cuerpo, cómo lo vivimos y cómo cuidamos nuestra salud, se han
ido transformando en diferentes momentos de la historia y siguen cambiando. Por ello, lo más
importante para empezar a pensar el cuerpo es que no está vinculado sólo con la dimensión biológica,
sino que también está constituido por los significados y valoraciones que se le otorgan en cada
sociedad y en cada momento histórico.
El cuerpo es una dimensión importante de nuestra identidad (personal y colectiva), por eso cuando
reflexionamos sobre él, debemos considerar la influencia del contexto histórico, la cultura, la condición
social, la forma de cuidarlo y de valorarlo, así como también las concepciones sobre el sexo y el género
que prevalecen en nuestra sociedad.
Desde la perspectiva de la ESI, las personas devenimos en sujetos sexuados porque transitamos un
proceso a lo largo de una historia personal, social, cultural y política, a partir de la cual el cuerpo se
constituye como parte fundamental de nuestra identidad. En este sentido, adquiere particular
relevancia el fortalecimiento de la autoestima y la autonomía, para que las personas puedan tomar
decisiones sobre la salud, en general, y la salud sexual y reproductiva, en particular, que les permitan
vivir una sexualidad sin ningún tipo de coacción, violencia, discriminación, enfermedad o dolencia.
La salud, según la Organización Mundial de la Salud, es un estado de completo bienestar físico,
mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades. En este sentido, no es
solamente una cuestión individual sino también un proceso grupal y comunitario, que incluye las
condiciones de vida y de trabajo, el derecho a la educación y el acceso a todos aquellos recursos que
hacen posible la vida humana.
Desde esta concepción integral de la salud se busca acompañar el desarrollo de niñas/os,
adolescentes y jóvenes y que, al crecer, aprendan distintas maneras de cuidarse y de cuidar a las/os
otras/os (por ejemplo, seleccionar los alimentos más nutritivos, incorporar hábitos de higiene, conocer el
funcionamiento del cuerpo y realizar actividad física).
Cuando nos referimos al cuidado del cuerpo desde la ESI, abarcamos una multiplicidad de temas
relacionados con el ejercicio de los derechos: el conocimiento y el respeto del propio cuerpo, y el
respeto por el cuerpo de la otra y del otro; el reconocimiento de la propia intimidad y la de las/os
otras/os; el ejercicio placentero y responsable de la sexualidad; la expresión de las emociones y la
afectividad a través del cuerpo; la promoción de buenos tratos; la construcción de la autonomía; la
reflexión sobre el modo en que las construcciones de género condicionan la percepción y valoración del
cuerpo y sus vínculos; la toma de decisiones conscientes y reflexivas sobre el propio cuerpo; y el
respeto por la diversidad y la protección de la salud, entre otras cuestiones.
Valorar la afectividad
Cuando pensamos en la ESI, es importante contemplar los aspectos relacionados con la afectividad:
las emociones, los sentimientos, los valores, la subjetividad, etc., puesto que la dimensión afectiva nos
atraviesa como personas individuales y colectivas. Encontrar modos de expresar los sentimientos y
emociones, entender lo que nos pasa y también leer en las/os otras/os sus expresiones de afectividad,
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reflexionar en conjunto sobre los vínculos humanos y su repercusión en la vida de cada persona, son
aprendizajes que nos llevan toda la vida y es importante abordar desde la escuela.
Algunos de los temas que abarca la dimensión afectiva de la ESI son la amistad y el enamoramiento;
las habilidades comunicativas de emociones, sentimientos, deseos, necesidades y problemas; la
reflexión y el desarrollo de habilidades psicosociales, como la escucha y la empatía; la resolución de
conflictos a través del diálogo; la toma de decisiones; y el pensamiento crítico y creativo.
Trabajar activamente lo que sentimos cuando estamos junto a otras/os nos da la posibilidad de
entender mejor lo que nos pasa y lo que les pasa a las/os demás, de comprender y de ponernos en su
lugar. Desde esta perspectiva, se busca reflexionar sobre las maneras que tenemos de manifestar el
afecto, poniendo especial atención en que esas formas no vulneren los derechos de nadie. Por ejemplo,
cuando en un vínculo afectivo una de las dos personas expresa que no desea tener una relación
sexual, esa decisión debe ser respetada por la otra persona. También suele ser común pensar que los
celos o las prácticas invasivas sobre la intimidad ajena son una demostración positiva del amor, pero no
obstante son un intento de ejercer poder y control sobre la/el otra/o.
Cuando en la escuela se favorece el análisis y la expresión de emociones y sentimientos, se crean
mejores condiciones para el abordaje de las distintas situaciones que pueden suceder. La afectividad se
asocia al cuidado y a la protección propia y de las demás personas; al respeto de la intimidad personal y
de otras/os; al rechazo de toda forma de violencia; y a poder decir “no” ante situaciones que vulneren
nuestros derechos. Así, tener presente el aspecto afectivo no implica anular o invisibilizar las tensiones
o los conflictos que existen en todos los vínculos sino, por el contrario, permite dar cuenta de esas
tensiones (que pueden manifestarse en enojos, peleas, cargadas, angustias asociadas a la sexualidad
o al crecimiento) y abordarlas de la mejor manera posible a través del diálogo, para que no se
resuelvan, por ejemplo, desde la violencia.
La escuela puede contribuir a fortalecer sus capacidades emocionales, brindando a niñas/os y
adolescentes herramientas para que cada una/o pueda identificar y decir lo que le sucede y lo que
siente. Para ello, es importante generar espacios de confianza y diálogo donde todas/os puedan
compartir emociones y sentimientos, reflexionar sobre las relaciones y fomentar la construcción de
vínculos más igualitarios, basados en el respeto, la solidaridad y el cuidado.
Garantizar la equidad de género
Desde que nacemos, según nuestros genitales, se nos trata como mujeres o como varones; así nos
llaman, nos visten y muchas veces nos enseñan a jugar con juegos “de nenas” o “de nenes”. Es decir,
se nos asigna un género y vamos aprendiendo, casi sin darnos cuenta (en la escuela, en la familia, en
el barrio, en los libros, en los medios de comunicación y en nuestra vida cotidiana), las pautas sociales
que se desprenden de esa manera de clasificarnos. Es por esto que muchas veces pensamos que
todas las personas solamente pueden ubicarse en una de estas dos categorías: varón o mujer, y que
además, esta manera de entenderlas es “natural” y la única forma posible. A esto se lo considera una
manera binaria de representar a las personas. Sin embargo, este modo de reflexión sobre nosotras/os
mismas/os y sobre las/os demás no es natural sino histórico, depende de circunstancias sociales y
culturales y, fundamentalmente, supone relaciones que otorgan más valor social a las masculinidades
que a las feminidades e identidades no binarias –es decir, aquellas que no se reconocen ni masculinas
ni femeninas–.
La desigualdad de género se puede ver en los usos del lenguaje, cuando al referirnos a un conjunto
de personas donde no todas son varones, usamos la forma masculina y no cuestionamos la norma, es
decir, lo vemos como algo “natural” o “normal”. Por ejemplo, cuando decimos “Todos al recreo” y nos
referimos tanto a chicas como a chicos; o cuando las notas de la escuela se dirigen “A los señores
padres” y no se contempla la diversidad de género ni de familias. El movimiento de mujeres, primero, y
los estudios de género, después, cuestionaron este particular modo de entender la construcción social
del género. El género está vinculado con una construcción social de la masculinidad y la femineidad,
porque las personas vamos aprendiendo a ser varones y mujeres. Es un proceso de construcción que
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no deriva de la naturaleza ni de la anatomía genital, sino que implica una forma de “leer” los cuerpos
sexuados en el marco de una cultura. En la medida en que el género se construye social e
históricamente, se expresa en relaciones de poder muy concretas y cotidianas. Por ejemplo, cuando nos
encontramos con una persona embarazada, una de las primeras cosas que le preguntamos es:“¿es
nene o nena?”, y en función de la respuesta sigue otra serie de conjeturas y opiniones referidas al
nombre, la crianza, los juegos, etc.
De un modo cotidiano, casi sin darnos cuenta, se aprende -y muchas veces, también enseñamos- que
la mujer usa ropa de un color distinto al de los varones; que un varón puede jugar con la pelota, pero si
quiere jugar con una muñeca, es muy probable que reciba algún llamado de atención, y viceversa; entre
muchos otros ejemplos.
Este llamado de atención aparece porque se ponen en juego los estereotipos de género. ¿A qué nos
referimos con los estereotipos de género?, a esas representaciones simplificadas, incompletas y
generalizadas que se realizan teniendo como base el sexo asignado al nacer. Estos estereotipos
funcionan a partir de asociar una pauta cultural (un rol esperado, una norma, un mandato, etc.) con un
hecho biológico. Por ejemplo, que las personas con capacidad de gestar sean quienes puedan llevar
adelante el embarazo no determina que “naturalmente” sean ellas quienes tengan que dedicarse al
cuidado de las/os hijas/os. Esta es una característica cultural que en nuestra sociedad suele estar
asociada a las mujeres y no a los varones.
La perspectiva de género constituye un modo de mirar la realidad y las relaciones entre las personas.
Estas relaciones, como todas las relaciones sociales, están mediadas por cuestiones de poder y,
muchas veces, esa distribución de poder pone en desventaja a mujeres, lesbianas, gays, bisexuales y
personas trans. Cuando esto sucede, suelen aparecer situaciones de vulneración de derechos, como
las violencias de género, entre otras. Todas las personas somos parte de un sistema de relaciones de
poder que sostenemos, ejercemos y reproducimos sin darnos cuenta. Por ejemplo, muchas de las
mujeres que trabajan afuera de su casa tienen, además, la responsabilidad del trabajo doméstico en sus
hogares y esto implica una doble
jornada de trabajo. Esto es algo que no suele pasar con los varones, dado que a ellos se los asocia con
la responsabilidad de traer el dinero al hogar y, de vez en cuando, ayudar con las tareas domésticas.
Todas las personas sostenemos, de una manera u otra, ese sistema desigual. Incorporar la perspectiva
de género implica revisar, reflexionar y cuestionar muchas de las ideas y concepciones que tenemos
sobre cómo nos relacionamos, qué esperamos unas/os de otras/os, qué lugares
ocupamos en las instituciones y en la sociedad, y también sobre las experiencias que quisiéramos
transitar unas/os y otras/os.
La inclusión de la perspectiva de género en la escuela supone revisar los modos en que
cotidianamente, de formas más o menos sutiles, tanto en lo dicho como en lo silenciado, la escuela
puede llegar a sostener un único modo posible de comprender y vivir la sexualidad. La perspectiva de
género, en tanto mirada crítica, requiere de instituciones educativas que puedan desafiar los límites de
lo instituido en pos de una mayor igualdad y justicia, y que colaboren con el despliegue de sexualidades
autónomas, plenas y placenteras.
Respetar la diversidad
Cuando hablamos de diversidad, nos referimos a las diferencias que hay entre las personas porque
asumimos que todas son distintas. Esas diferencias, también se expresan en el modo en que cada ser
humano piensa, siente, cree, actúa y vive su sexualidad. Compartir la vida con otras/os nos enriquece
en la medida en que nos pone en contacto con experiencias y trayectorias personales distintas a las
propias. El abordaje de este eje implica reconocer y valorar positivamente las múltiples
diferencias que tenemos todas las personas, por ejemplo, el origen étnico, la nacionalidad, las creencias
religiosas, las posiciones políticas, la edad, la condición social, la orientación sexual y la identidad de
género, entre otras.
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Si hablamos de diversidad sexual, en general hacemos referencia a la identidad de género y ala
orientación sexual de las personas: La identidad de género se relaciona con cómo nos sentimos y
vivimos nuestro género. Una persona puede identificarse con el género femenino o masculino que se
corresponde con el sexo asignado al nacer y se denominan "personas cis"; o bien puede identificarse
con otro género, tal es el caso de las "personas trans".
La orientación sexual se corresponde con la atracción física, sexual y afectiva que sentimos por
otras/os. Esto habla de las personas que nos gustan. Nos pueden atraer personas de un género distinto
al nuestro, del mismo género, de ambos, etc. Las personas podemos ser heterosexuales, gays,
lesbianas, bisexuales, que constituyen distintas orientaciones sexuales, y también podemos ir
cambiando nuestra orientación sexual a lo largo de la vida.
La diversidad de las personas también incluye la intersexualidad. Las personas intersex son aquellas
cuyos cuerpos (cromosomas, órganos reproductivos y/o genitales) no responden al modelo
convencional de "varón" o "mujer". La intersexualidad es independiente de la identidad de género y
de la orientación sexual. Los cuerpos intersex están bien tal como son y no deben ser intervenidos salvo
expreso consentimiento de la persona.
Es importante remarcar que hay determinadas identidades, relaciones y orientaciones que se han
construido históricamente como “normales” y legítimas (vinculadas a la orientación heterosexual);
mientras que otras han sido consideradas erróneamente como “patológicas” y problemáticas (por
ejemplo, la orientación homosexual o las identidades trans). Así, cuando hablamos de respetar la
diversidad, nos referimos a superar esta visión estigmatizante.
Llevar adelante la educación sexual desde una mirada integral supone hacer de las escuelas espacios
inclusivos y respetuosos, donde todas las personas tengan la libertad de vivir su orientación sexual y su
identidad de género sin temor a recibir ninguna forma de violencia. Se trata, entonces, de trabajar contra
la discriminación en el aula, en los patios y en toda la escuela, teniendo presente que en diversos
momentos pueden aparecer manifestaciones de homofobia y/o lesbofobia (rechazos,
miedos, prejuicios hacia homosexuales y lesbianas), bifobia (rechazo a personas bisexuales) o
transfobia (rechazo dirigido hacia las personas que tienen una identidad de género distinta a la del sexo
asignado al nacer).
El respeto por la diversidad en la escuela implica estar atentas/os a cuestiones concretas y profundas,
por ejemplo, respetar el nombre con que se presentan las personas (más allá del sexo asignado al
nacer) o no presuponer que todas/os con las/os que interactuamos son o deberían ser heterosexuales,
dado que no es la única manera de vivir la sexualidad.
En Argentina, en los últimos años, se promulgaron leyes que permiten que las personas del mismo
sexo puedan casarse (Ley de Matrimonio Civil N.° 26.618) y que reconocen los derechos y necesidades
de todas/os las/os que viven su género de un modo que no coincide con el sexo que les fue asignado al
nacer (Ley de Identidad de Género N.° 26.743). Estas normativas son herramientas con las que desde
las escuelas podemos comprometernos en la búsqueda de igualdad y respeto
para todas las personas.
Ejercer nuestros derechos
Este eje pone el foco en que las/os niñas/os, adolescentes y jóvenes son sujetos de derecho con
plena capacidad para participar, ser escuchadas/os y no discriminadas/os por ningún motivo, y define al
Estado y a las/os adultas/os como garantes de esos derechos.
Durante mucho tiempo, niñas/os, adolescentes y jóvenes fueron pensadas/os desde una mirada
tutelar, es decir, como personas que aún no habían completado el desarrollo de las capacidades
intelectuales y emocionales necesarias para discernir correctamente y que, por lo tanto, requerían de la
presencia tutelar de las/os adultas/os para que las/os guíen y protejan del entorno e incluso de sí
mismas/os. Así, eran concebidas/os como objetos de protección. La familia en primera instancia y
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luego el Estado, eran los encargados de cumplir ese rol. En el último cuarto del siglo XX, esta
concepción de la niñez y adolescencia tuvo fuertes críticas sociales que dieron lugar a otro enfoque
basado en la protección integral de derechos. Desde
esta perspectiva, niñas/os y adolescentes, tienen derechos particulares y son considerados sujetos
específicos de derechos. Esto significa que el Estado, en todas las acciones y decisiones que estén
vinculadas con ellas/os, debe garantizar que se preserve y promueva su desarrollo de una manera
integral.
Desde este enfoque, niñas/os y adolescentes tienen derecho, entre otras cosas, a la vida, a la salud, a
la educación, al acceso a la información, a la participación y a ser reconocidos como actores sociales
activos. Se establece, además, que deben ser protegidas/os, acompañadas/os, escuchadas/os y, sobre
todo, que sus opiniones deben ser tenidas en cuenta. Esta mirada no elimina la asimetría necesaria en
los vínculos entre las personas adultas y las niñas, niños y adolescentes, sino que promueve otras
maneras de que se vinculen, y ello implica construir otros modos de ejercer la condición de adultas/os y
la autoridad. ¿Qué significa esto? Que en la puesta en práctica de esta autoridad tiene que estar
representada la voz de las/os niñas/os y adolescentes, y para ello es necesario darles lugar en la
construcción de las normas, favorecer el diálogo y la escucha, establecer sanciones que no vulneren
sus derechos, entre otras acciones.
En este marco, la participación estudiantil en la vida escolar se vuelve un
aspecto central, ya que esta concepción implica reconocer a las/os niñas/os, adolescentes y jóvenes
como personas activas en el ejercicio de aquellos derechos que les corresponden, haciendo hincapié en
su cuidado y acompañamiento. Además, este enfoque impulsa a las/os niñas/os, adolescentes y
jóvenes a tomar decisiones con autonomía, para que puedan asumir gradualmente responsabilidades
y producir transformaciones institucionales que democraticen la escuela e incidan en la forma en que se
toman las decisiones que atañen a todas/os.
Desde 2006, cuando se sancionó la Ley N.° 26.150, quedó establecido que las/os estudiantes tienen
derecho a recibir ESI en todos los establecimientos educativos públicos, tanto de gestión estatal como
privada. Así, se las/os considera como sujetos de derecho de la ESI en consonancia con la perspectiva
mencionada, y se compromete a las instituciones educativas a abordarla en su complejidad, es decir,
contemplando todos sus aspectos: biológicos, psicológicos, sociales, afectivos y éticos. Este derecho,
además, se asocia al reconocimiento de otros derechos que tienen en tanto niñas/os y adolescentes:
- Recibir conocimientos pertinentes, precisos, confiables y actualizados para poder cuidar su
propio cuerpo y asumir conductas responsables y solidarias en relación con las/os otras/os.
- Habitar instituciones educativas en las que se respeten por igual los derechos de varones y
mujeres, sin estereotipos de género que promuevan desigualdades.
- Vivir sin violencia.
- Vivir libremente su sexualidad, sin discriminación de género y/o por orientación sexual.
- Expresar sus emociones y sentimientos.
- Decir “no” frente a situaciones de presión de pares o de adultas/os.
- Contar con adultas/os responsables que puedan acompañarlas/os y orientarlas/os en
situaciones de maltrato o abuso.