VELADURAS
María Teresa Andruetto
A Josefina
¿Fui yo algo en alguna parte?
Dímelo, porque no tengo quien lo diga:
Ni madre, ni padre, ni memoria.
Horacio Castillo
CAPÍTULO I
Cuando vi a Gregoria se me vinieron
encima los recuerdos y el tiempo en que
vivía mi padre y llegábamos aquí a pasar
las fiestas con mi abuela; las fiestas y
también mi cumpleaños que es en febrero,
para la época de los carnavales.
Llegábamos a San Salvador y ya antes
de salir hacia Tumbaya se me aparecía el
silencio de los cerros. Hubiera podido
andar con los ojos cerrados, igual sabía
que estábamos en La Quebrada, porque el
silencio se me metía dentro de los huesos
y había como un olor a melaza y a
tamales por todas partes.
Mi abuela tocaba la quena y cantaba
bagualas, pero eso era antes, cuando mi
hermana y yo éramos chicas y veníamos
acá y mi papá golpeaba la caja y tocaba el
charango. Le había quedado eso de
cuando era un niño, la música, que aquí es
de la gente y es de todos.
Eso es algo que se le quedó adentro,
doctora; como le queda a la gente de acá,
y después lo guardó para siempre, en el
pecho lo guardó, y se fue para la ciudad,
buscando con qué ganarse el pan.
Así fue que mi padre llegó a Córdoba y
allá anduvo solo, de un lado para el otro,
sin casa y sin trabajo, haciendo un poco
de todo, changas más que nada, hasta que
se casó con mi mamá y consiguió ese
trabajo de portero en la escuela que está
pasando la costa del canal, cerca de donde
era antes nuestra casa.
Aunque se fue de aquí cuando era
joven, un muchacho casi, a mi padre se le
quedó en el alma todo esto y quiso que
nosotras guardáramos muy adentro la
música de la Quebrada, las bagualas que
son como un lloro de estas piedras, y el
amor a los colores de acá, y a las cosas
que tenía mi abuela, las cosas de adentro
de uno, del corazón, quiero decir. Es que,
como digo, se le habían quedado en el
alma estos cerros, y nos dio eso a nosotras
para siempre, porque no sé a mi hermana
pero lo que es a mí me vino para no irse el
amor a esta tierra.
Veníamos con mi madre y con mi
hermana y se nos amarraba el mundo de
mi padre y todo esto se hacía más grande
cada vez. Casi siempre llegábamos para el
nacimiento del Niño, o unos días antes,
para la época en que se preparan los
pesebres en las casas, y se cubren las
piedras con arpillera y después se
esparcen con arcilla y con ceniza, y los
pastores buscan sus trajes. Pero también
solíamos venir en febrero, para
carnavalear en las cacharpayas y para
comer empanadillas y beber agua de
chuño.
Siempre era así, como le digo, todas las
veces era así: veíamos el nacimiento del
Niño en el cerro y el pesebre que
mandaba hacer el cura de Susques que es
el poblado que está más cerca, y
mirábamos a los pastores bajando el
cerro, cabestreando las mulas bajo los
candiles, y a la Pachamama, Baltasar y
San José, bien acomodados en las laderas.
Después, cuando el Niño ya había
nacido, mi abuela nos llevaba hasta
Susques a oír la misa. Eso nos gustaba,
porque también en la iglesia había música
y nosotras teníamos el recuerdo de las
bagualas y de los huainos, y el sonido de
las quenas y los charangos y de todo lo
que es de acá. Más amarrados tuvimos
esos recuerdos que la memoria de mi
madre y la de mis abuelos de Córdoba,
más que ésa tuvimos esta memoria y todo
sucedió de esa manera porque mi padre
así lo quiso y a lo mejor porque lo quiso
también así mi madre.
Gregoria también era de acá, sí que lo
era, de aquí bien cerca, de estos cerros, y
cantaba con voz chillona que es como
cantan aquí las mujeres y nadie más canta
en ninguna parte, esa voz como de grito
que tenía mi abuela y que tienen las
mujeres acá...
Si me voy
pa’los cerros...
También a mí me gusta cantar, doctora,
pero no tengo buena voz. Me parece que
es por eso, porque Gregoria cantaba, que
las cosas pasaron de ese modo entre mi
padre y ella, que es como decir entre mi
padre y este mundo que no se parece a
ninguno. Digo esto porque mi mamá no
cantaba ni hacía sus cacharritos ni las
comidas que le gustaban a mi padre y que
también a mí me gustan; ella no sabía
hacer chanfaina, ni tamales, ni
empanadillas de pelones, ni tabletas, ni
dulces de cayote...
Cuando vi a Gregoria, camino a San
Pedrito, otra vez se me vinieron encima
los recuerdos. La vi de espaldas, un poco
achaparrada, pero era ella y llevaba a un
niño de la mano. Era de mañana, como las
diez. Yo había ido a San Salvador a
llevar estos ángeles que estoy reparando y
a mostrar cómo habían quedado las
pátinas. Como le digo, por el camino a
San Pedrito la vi, subiendo el cerro,
mientras arreaba a un niño de la mano. Un
momento nomás y luego me distraje y
entonces ella se volteó hacia alguna parte
y dobló en una calle y la perdí.
Cuando olvidé por fin mis extravíos,
quise apurarme y alcanzarla, pero ya no
estaba en ningún sitio. Pensé primero si
de verdad la habría visto, o si soy yo que
a veces me pierdo en estos pensamientos,
pero después me pregunté:
¿Cuántos años tendrá ese niño, Rosa?
Lo pensé un rato y me contesté que
cinco. Y entonces me dije:
Es ella.
No le vi la cara, porque estaba de
espaldas, pero sí las piernas y el cuello, y
me fijé también en el pelo, como me
fijaba antes, como la miramos aquella
tarde mi hermana y yo, desde la ventana
de nuestra casa, en Córdoba, viendo cómo
se llevaba sus cosas.
En ese tiempo, ella tenía el pelo
pesado, brillante, y le caía sobre la
espalda hasta la pollera. Se lo corría de la
cara con un amago, era como un vicio que
tenía de tirarse el pelo hacia atrás, porque
sabía que a mi padre y a nosotras nos
gustaba. Luego venían las piernas flacas y
un poco cortas y el cuerpo de colla, como
tiene mi hermana y como acá tienen todas
las mujeres.
Ahora el pelo ya no le cae hasta la
pollera y me parece que tampoco tiene el
brillo que tenía en aquel tiempo. Lo lleva
atado en la nuca y también lleva sombrero
de ala ancha. Yo, de atrás que estaba, le
miré el cuello y la espalda y vi la mano
que tomaba al niño y la manta de llama
que llevaba y entonces supe que era ella,
nomás la que era, como era antes.
No sé qué diría ahora mi padre si la
viera, porque me parece que ha cambiado
mucho, el andar que antes tenía se ha
vuelto seguro, firme, y hasta me parece
que no le ha quedado nada del miedo de
aquel tiempo, y muy poco, por no decir
nada, de la vergüenza que le daba mirar a
la gente a los ojos.
Todo eso me parece que se le ha ido,
que no le ha quedado ni siquiera un
ramalazo, y que ahora todo lo que tiene –
el andar, el pelo recogido y el sombrero
negro de ala– es del modo y la manera
que tienen las mujeres de acá.
Pienso en los ángeles de la Capilla y en
las labores que voy haciendo, y en las
veladuras y en las pátinas también pienso.
Es lo que me viene al pensamiento, ahora
que todo lo que tengo es lo que fue de mi
padre y de mi abuela, desde que mi abuela
Rosa arregló este rancho que era de su
madre para protegerse de las ventoleras y
aquí trajo sus llamas y sus guanaquitos y
se instaló, antes que pasara un hombre
que iba hacia el norte se instaló, antes que
la preñara el hombre, y desde aquel
tiempo esto fue de ella y de mi padre y
ahora es también mío.
En este último tiempo he aprendido a
hacer las veladuras y a dorar. Es lo que
encontré cuando vine a vivir al norte,
después que amainó la pelea con mi
madre y empezaron a acabar las
discusiones. En cambio, todo lo que le
cuento comenzó hace mucho, cuando
Gregoria fue a vivir a nuestra casa y
llegaron con ella los problemas, porque
no vino sola sino con todo lo que era, y
entonces pasó aquello con mi padre.
Como le digo, todo empezó por aquel
tiempo y terminó, es un decir, muchos
años después, cuando saqué el dinero de
la Casa de Descanso y me escapé.
Entonces fue que vine para este lado y
hablé con las monjas para hacer estas
pátinas y estos falsos acabados que bien
les quedan a sus ángeles y a los santos de
la Capilla.
Luego, una vez que arreglé lo del
trabajo en el taller de las hermanas, vine
hasta aquí, a vivir en los linderos de
Susques, a la casa que era de mi abuela, y
empecé a trabajar.
Desde entonces bajo una vez al mes
hasta Jujuy: me lleva un capataz que
viene desde Jama, el paso que está más
arriba, para el lado de Chile, y él mismo
me regresa al otro día cuando vuelve
hacia el alto. De este modo me traigo las
labores y hago los falsos acabados, en el
silencio de las piedras, lejos de los
chillidos de esos pájaros que me
perseguían en la ciudad, unos graznidos
que llegaban de quién sabe dónde y me
turbaban.
Estoy muy agradecida a las monjas,
porque fueron ellas las que me enseñaron
a arreglar lo que estaba roto, a componer
las imágenes y reparar lo más menguado,
lo que suele echarse a perder. Ahora que
he aprendido, me dan ya por fortuna las
imágenes y entonces yo las traigo aquí
donde trabajo, entre estos cerros, en estos
linderos que están cerca de Susques,
apenas más abajo del Paso de Jama, como
ha visto, en medio mismo del silencio,
lejos de los gritos de esos pájaros que
nunca supe si venían de afuera o venían
de adentro.
CAPÍTULO II
Cuando estaba allá en Córdoba, en la
Casa de Descanso, cerca de donde era
antes nuestra casa, donde viven mi
hermana y mi madre y donde también
vivía yo, una monja que se llama Estela, a
la que quiero mucho, me dijo que se
mudaba para el norte, y me indicó dónde
buscarla si yo estaba sola y llegaba a venir
para estos lados.
Así fue que llegué a San Salvador y
busqué la calle Virgen de las Nieves y en
la calle el taller de las hermanas y en el
taller a la hermana Estela, la que me dio la
estampa del Santo aquella vez para que yo
la compusiera.
La hermana Estela me había dicho que
la buscara a ella y eso es lo que hice.
Llegué sin nada, sin enseres ni ropa ni
nada, con mis solas ganas de venir para
acá, y con esa nada que traía fui al taller y
pregunté por ella. Lo recuerdo bien: me
hicieron que esperara y me quedé en la
sala, con un poco de frío y otro poco de
sueño por la mala noche, con la cabeza
sin pensar en nada.
Yo estaba sola, ¿sabe?, sola en el
mundo, sin padre, sin madre y sin
memoria, tratando de olvidar lo que había
vivido antes cuando estaba con mi madre
y discutíamos, y también lo que había
pasado con mi padre. Totalmente azorada
estaba, confundida todavía por lo
sucedido, cuando levanté la cabeza y vi,
por la puerta entreabierta, la sala del
convento y en la sala una mesa larga con
las patas torneadas, y encima de la mesa
unos botes con ungüentos.
Le aseguro que eso es algo que no se
puede olvidar. No se puede, doctora. Esos
colores en los potes, esos que vi con estos
ojos dando brincos. Así es como
sucedieron las cosas que le digo: me
levanté de donde estaba sentada y me
acerqué a la puerta, pasé al taller y me
arrimé a la mesa. Eran como coyuyos el
pan de oro, los ferrites y la purpurina, el
tierra sombra, el azul talo, el blanco de
titanio... y el mordiente con ese olor que
se le mete a uno adentro.
Había también un color plata, un azul
cobalto y el granate, eso es lo que supe
después, cuando aprendí a distinguir las
sustancias, los colores y las marcas; y vi
también que había óleos, témperas y
acrílicos, que no son naturales pero igual
relumbran.
Antes de eso, yo sólo había visto lo que
se usa en la escuela, colores de lápices o
témperas, y los que tenía aquí mi abuela
Rosa para sus cacharros, el negro y el
terracota, pero nunca jamás había visto el
pan de oro que es lo que se necesita en la
Capilla para cubrir las estampas de la
Virgen y para las composiciones de los
santos y las santas, ni tampoco conocía el
azul talo, ni el azul cobalto, ni otros
azules que existen, ni el granate.
Me gusta hacer las veladuras y también
los falsos acabados. Falsos acabados, así
es como los llaman, porque se pinta para
que parezca piedra, mármol o madera con
sus vetas, sus manchas y cogollos...
aunque no sean verdaderos a mí igual me
gustan, hacen que después de mucho
cubrir y sobar, todo quede al fin bastante
bien.
No sé qué piensa usted, doctora, pero a
mí se me hace que es también así la vida.
Yo se lo dije una vez al doctor Freytes,
cuando estaba allá en la Casa de
Descanso: primero uno cubre todo y
después va sobando de a poco lo que tiene
soterrado, que es siempre lo que duele y
hay que soliviar. Es de ese modo como se
cubre lo que estaba expuesto. Por eso
pienso algunas veces que si pudiera
hacerme yo misma a mí unas pátinas
como estas que les hacemos a los ángeles,
si pudiera pasarle pan de oro a lo que ha
perdido el brillo, si al alma de uno le fuera
bien hacerle veladuras, seguro que lo que
duele se pondría opaco y no se sufriría
más.
Me gustan estos menesteres, porque se
cubre lo que está debajo pero igual se ve.
Es lo que pasa con lo que está velado: se
ve mejor que cuando queda expuesto. Una
vez que recompongo y acomodo lo que se
ha deshecho, paso el pan de oro y luego
cubro con betún. Se llama betún de Judea
y es lo que me dan acá en San Salvador,
para que tape las imágenes y lo que es
nuevo se vuelva viejo y se cubra lo que
estaba roto.
Cuando se seca lo que he pintado, lo
sobo bien para que quede apenas un poco,
para que no se cubra por completo,
porque es así como se ve mejor. Todo
esto que he aprendido a hacer, estas
veladuras, son nomás para que lo nuevo
se vuelva viejo, como los ángeles de la
Capilla.
No sé qué piensa usted, pero a mí me
parece que es al revés de lo que pasa en la
vida, donde el dolor que a uno le ha
sucedido antes, y antes de antes, parece
que naciera siempre por primera vez.
Hubo un tiempo en que éramos felices
y yo estaba bien, tenía mis alegrías y me
sentía sana. Pero después pasaron esas
cosas que pasaron, y murió mi padre, y
Gregoria se fue sin decir una palabra, y
empezaron las discusiones con mi madre.
No fue cuando murió mi papá que me
enfermé sino más tarde, cuando pasó el
tiempo y vinieron las heladas y yo
empecé a darme cuenta de que él se había
ido para siempre de nosotras y de nuestra
vida y de que tampoco estaba Gregoria, ni
había alegría en nuestra casa como la
había habido antes.
Fue en aquel tiempo que empezó eso
que me subía a la cabeza, esos malos
pensamientos que me traían unas ganas
muy grandes de morirme también yo,
ganas de no estar ya en ninguna parte
porque no tenía dónde ir o no quería, ni
me gustaba vivir en nuestra casa, ni con
mi hermana y con mi madre.
La primera vez que me enfermé estaba
en la escuela: vinieron unos pájaros a
entrarse en mi cabeza y a barruntar mi
pena, y a mí me daban miedo. La
directora dijo que no había ningún pájaro
en ninguna parte pero como yo decía que
sí y que sí, ella llamó a los de emergencia
y me pusieron unas inyecciones y
entonces me dormí por muchos días.
Después de eso, me agarró una rabia
muy grande con mi madre, porque se
quiera o no se quiera, fue ella la que lo
dejó a mi padre, ella la que lo obligó a
irse con Gregoria. Mi madre dijo un día
que él tenía que vivir en otra parte, que no
se podía de otro modo. Y entonces yo,
aunque desmejorada y con mis medicinas,
quise irme con él y con mi abuela, pero no
podía porque ya no estaban.
En ese tiempo yo no sabía que vendría
a vivir a La Quebrada, no se me venía eso
a la cabeza, porque me había quedado
como sin pensamientos. Entonces
empecé a hablar de los muertos y buscaba
estar con ellos y todo eso la asustó a mi
madre hasta que, de tanto andar por todas
partes, se presentó a la oficina del
Gobierno y un doctor y la asistente me
llevaron a la Casa de Descanso donde
trabaja el doctor Freytes. Entonces me
internaron, y así fue como yo lo conocí al
doctor.
Estuve en aquella Casa muchos meses,
ya no recuerdo cuántos porque cuando se
sufre, el tiempo pasa de un modo extraño.
Sí recuerdo que me cuidaban las
hermanas para que yo no me dañara, hasta
que empecé a comprender cómo eran las
cosas y me fui curando un poco.
Una tarde, mientras tomaba la
merienda bajo la galería, vi una estampa
de San Gabriel en las manos de la
hermana Estela. Yo había soñado con el
santo en otra noche, y entonces le pedí la
estampa de la que hablo, pero la hermana
Estela dijo que el santo no, que el santo
estaba sano, y me mostró un ángel que ése
sí estaba roto. Y así fue que yo empecé a
repararlo, y le di comienzo a estas
labores, con estas ganas que me vinieron
poco a poco, de hacer estas cosas que me
gustan y estos menesteres que ahora hago.
Desde el comienzo, yo lo quise mucho
al doctor Freytes porque mi madre me
llevó hasta donde él estaba y apenas me
revisó y conversó conmigo –estando yo
presente– le dijo a ella que no se
resintiera, que todo lo que sucedía era que
yo estaba azorada y confundida por lo que
había pasado y que dejara de decir que yo
no era capaz de comprenderla, que era
ella la que tenía que entenderme a mí y a
mi dolor, hasta que cuajara.
Eso fue lo que dijo, doctora, que él
sabía bien que lo de mi padre nos dolía a
todas pero que peor era para mí, porque
yo estaba enferma, y así fue como hizo
que mi madre empezara a comprender y
ya no me reprendiera. Fue así, como le
estoy diciendo: ella dejó de decir que yo
no ponía fuerzas en curarme y todas esas
cosas que decía, y me dio al fin su
bendición.
El doctor Freytes fue también el que le
dijo a mi madre que amasar el barro y
cocinarlo y hacer las pátinas que ahora
hago era un buen remedio para mí, que
era el único remedio, dijo, y que era
bueno reparar los ángeles y todas estas
cosas que reparo, que me ocupaba la
cabeza en otra cosa y me hacía mirar
hacia adelante,
es el mejor remedio
dijo, y a mí eso me gustó porque así es
como fui aprendiendo yo estos menesteres
y estas labores que hago y bien me salen.
Por el tiempo en que Gregoria vino a
vivir con nosotros, mi madre empezó a
trabajar en lo de doña Crista, para
limpiarle la casa y hacer el lavado, porque
doña Crista se había puesto vieja y no
podía ya con todos sus quehaceres. Eso
fue, pienso yo, una parte del problema,
porque nosotras teníamos que ir a la
escuela en la mañana y nuestro padre
trabajaba por la tarde, así es que en las
mañanas se quedaba solo con Gregoria,
los dos cantando esas canciones, juntos
los dos, y entonces así ha de haber sido
que a mi padre le nació otra vez el amor
por esta tierra y el amor también por ella.
Pero de todo eso mi madre no se dio ni
cuenta, si no, yo creo que ella hasta
hubiera sido capaz de decirle que no a
doña Crista, por más que necesitara sus
pesitos.
Así fue, doctora, que todos seguimos
de ese modo, como si nada, mientras
Gregoria y mi padre se enamoraron,
porque mi madre no pensó que mi papá
era también nuestro, que nos pertenecía, y
que ella tenía que cuidarlo, por ella y por
nosotras. Así son las cosas, pienso yo, a
medida que me aquerencio aquí en el
norte. Por ejemplo esto que hago para los
santos y las santas no es un asunto sólo
mío, es también de los promesantes que
van a verlos en la Capilla y les rezan
pidiendo ayuda, porque nada es de uno
para siempre, como ha creído a lo mejor
mi madre, sino que cada cosa requiere su
cuidado.
Eso es, por lo menos, lo que siento yo,
y por eso le hago mis ruegos a la Virgen
de la Candelaria, porque uno es de
muchos y de nadie a un solo tiempo y a
una misma vez, y entonces, como pienso
algunas veces, yo soy de mi padre y de mi
abuela Rosa, pero también soy un poco de
mi madre, aunque a veces eso no me
guste.
Es en esto que trabajo yo, como lo ha
visto, en hacer que lo nuevo se vuelva
viejo, como de mucho antes, como si
estuviera viejo y vivo a la misma vez. Es
lo mismo pero distinto a lo que me
enseñaba el doctor Freytes, porque él me
dijo una mañana que lo que él hacía era
buscar, adentro de uno, los dolores viejos,
y ayudar a sacarlos fuera y a volverlos
nuevos, como si no hubieran pasado antes
sino ahora mismo. Al revés de lo que
hago con los ángeles, donde lo nuevo,
después de las labores se vuelve viejo, y
es nuevo y viejo a la misma vez.
Así es como estos ángeles y estos
cerros son ahora lo único que tengo.
Ahora que mi padre ya no está y que
tampoco está mi abuela, ahora que mi
madre se quedó en la ciudad, con mi
hermana Luisa y con los abuelos de
Córdoba, ahora que se enojó conmigo
porque no quiero estar con ella y que me
fui de la Casa de Descanso sin decir ni
preguntarle a nadie, y me vine para acá,
para estos cerros, sin consultarla y sin que
lo supiera nadie, hasta ahora que ha
venido usted.
Haber venido acá, a este lugar, es algo
que, como le digo, no le he consultado a
nadie. Tampoco al doctor Freytes, porque
si no, él se lo hubiera dicho a mi madre y
ella hubiera ido a buscarme o alguna otra
cosa hubiera hecho.
Salí de la Casa de Descanso a la hora
en que daban la merienda y fui hasta el
parador a tomar el micro que viene para el
norte, y mientras, me quedé apeñuscada
para que ninguno me viera. Hacía mucho
frío, me acuerdo, y yo tenía la cara bien
envuelta con una manta de mi abuela
Rosa, de lana de sus propias llamas. Por
eso sé muy bien que no me ha visto nadie.
Subí al micro y saqué pasaje hasta Jujuy
con un dinero que tenía de hace tiempo,
que había juntado y que era mío pero lo
habían guardado en la secretaría y yo lo
saqué en un descuido de la ecónoma.
Vine a Jujuy, a buscar a la hermana
Estela que estaba acá y traje el papel que
ella me había dado, con la dirección del
taller:
Taller de San Salvador. Calle Virgen
de las Nieves. Frente a la plaza.
decía ese papel.
La hermana Estela me había dicho que
la buscara y eso es lo que hice, porque
llegué así como me ve, sin nada, sin mis
enseres ni nada, con mis solas ganas de
venir para acá. Fui al taller y pregunté por
ella. Me hicieron que aguardara y yo
esperé, acurrucada y quietecita, sin
imaginar lo que vendría. Estaba sola,
como le he contado, sin padre, sin madre
y sin pensamientos, tratando de borrarme
de la cabeza lo que había vivido,
confundida por todo, cuando miré la
puerta y tras la puerta medio abierta, vi la
mesa del taller donde estaban expuestos
los ungüentos, los colores con su
algarabía, y comprendí que haría estas
labores para siempre.
Los colores en los potes: yo los vi con
estos ojos como coyuyos. Nunca había
sabido de algo así, nomás supe de las
témperas y los lápices que se usan en la
escuela y lo que tenía aquí mi abuela
Rosa, tinta negra o terracota, pero nunca
había visto en esta vida el pan de oro que
es lo que se usa en la Capilla. Tampoco
había olido nunca los mordientes, así que
sin saber qué hacer y como poseída, tomé
un pote y puse ahí la cara, estas narices, y
en eso entró la monja y me dijo que los
ungüentos suelen ser veneno, lo mismo
que algunos óleos, que no todo lo que se
ve lindo es bueno, que hay que tener
cuidado con el cadmio y el mixtion y con
muchas otras cosas también hay que tener
prudencia. Que lo que más importa es la
prudencia, dijo.
También en la vida lo que parece lindo
a veces es como un mordiente y lo feo en
algunas ocasiones dimana lindo, como
estas pátinas y estas veladuras que he
aprendido a hacer ahora.
Cuando me dan las láminas y las traigo
para la Quebrada, hacia esta hondonada
donde está mi casa, primero las reparo
bien con pegamento y las pulo con una
piedra lisa. Después paso témpera azul o
verde talo, y refriego todo con lana de
alambre como si me viniera mucha rabia.
Más luego echo nocina y sobo con pan de
oro y betún de Judea, y así es como
después de mucho maltratar las
pertenencias, todo queda bien.
Lo mismo le pasa a uno, me parece:
maltrata el alma hasta que la pena queda
lisa y toma su color de oro o de nogal.
Eso es lo que le dijo el doctor Freytes a
mi madre: que tenía que sobarme mucho
y entenderme, que ése era el modo en que
mentaba yo las cosas, como habían sido
para mí, y que tenía que darme su
bendición.
Es por todo esto que voy diciendo,
doctora, y por las discusiones con mi
madre, que yo he venido al norte, y que
empecé a hacer estos trabajos. Yo sé que
a esto que hago, a estas labores, mi madre
no las entiende. A ella le parece que yo
tendría que estar sana, que ya pasó lo que
pasó y que hay que ponerle el pecho a lo
hecho. Es lo que dice, y así también dicen
mis abuelos de Córdoba. Yo sé también
que ella lo quiso a mi padre, a eso no lo
discuto, sé que es así aunque a veces no
parezca, pero la vida de ella es de otro
modo y no es del mío, del de mi hermana
sí es, se quiera o no se quiera el de mi
hermana sí es el modo de mi madre.
Me pusieron el nombre de mi abuela,
así me llamo, y eso es lo primero que me
viene al pensamiento. El mismo nombre y
el apellido, que es también el apellido de
mi padre, porque mi padre no ha tenido
padre. Tengo su nombre y me gustan las
cosas que a ella le gustaban, y tengo estas
facilidades de hacer mis cacharritos como
ella hacía y de cocerlos con leña de llama
y de guanaco. Y también tengo de ella el
amor por estos cerros, por los ferrites y la
arena roja y amarilla... No sé qué cree
usted ni por qué será que pasó esto de
parecerme tanto a mi abuela Rosa, si es
porque me pusieron su nombre, o es
nomás porque así tuvo que ser.
Me llamo Rosa, como le digo. Y mi
hermana se llama Luisa. También mi
abuela se llamó Rosa. Rosa Mamaní. Y
crió solita a mi padre, lo que se dice sola.
Lo tuvo, dicen, de un hombre que pasaba,
que la preñó y siguió de viaje; de paso iba
y así siguió, y ni siquiera un nombre, ni el
apellido siquiera le dejó a mi padre. Era
un hombre blanco, dicen, por eso mi
padre es mezcla; pero mi abuela no, ella
era colla pura, verdadera.
Todo esto que le cuento pasó antes,
antes que mi padre se fuera a la ciudad,
antes que empezara como portero en la
escuela que está en el bajo, más allá del
canal de riego y trabajara ahí. Antes de
todo, digo, cuando vivía mi abuela y era
joven y pasó por acá un hombre que iba al
norte, más hacia el norte de la Quebrada
dicen que iba, para Bolivia, para el lado
de Santa Cruz dijo mi abuela, y entonces
la preñó, y así nació mi padre.
CAPÍTULO III
Vi a Gregoria y me vino esta
remembranza de mi padre y de mi abuela,
tal vez porque ella iba con su hijo de la
mano, su hijo que es también de nosotros,
se quiera o no se quiera.
Cuando yo era una niña y antes
todavía, cuando era una guagua, mi
abuela hacía barro y lo amasaba para
armar sus cacharritos, y me enseñó. Así
empecé yo a trenzar el barro, un chorizo
sobre otro hasta completar una vasija,
como ahora hago, como hace todavía acá
la gente, como se hacía en muchas partes
hasta hace un tiempo, antes que todo se
perdiera.
Luego mi abuela me prestaba un anillo
que tenía y yo lo mojaba con una
escupidita y sobaba el barro, hasta pulirlo.
Después hacíamos fuego las dos con leña
de llama, con el guano de sus propios
animales, y en el fuego cocíamos las
piezas que salían cada vez más lindas.
Tal vez por eso me llamo igual que
ella, porque me gustan las cosas que a ella
le gustaban, y acaso mi padre y mi madre
lo sabían y por eso me pusieron este
nombre. Aunque el doctor Freytes decía
que no es eso, que es al revés de todo esto
que digo, que a mí me gusta hacer las
piezas y cocerlas y practicar estos
menesteres porque me dieron este nombre
y entonces, aunque no me parezca a ella,
de la parte de afuera y de la cara, soy
como mi abuela Rosa y como mi padre, y
como Gregoria casi estoy diciendo, y esto
me pasa porque me llamo Rosa Mamaní,
como le he dicho, y me gustan estas cosas
que me gustan.
No sé qué dirá usted, pero eso es lo que
dijo el doctor Freytes, que no es al revés,
como decía yo, sino así como es, y que a
uno le gusta lo que quiere porque es así y
no por otra cosa.
Cuando a mi abuela le dio el ataque al
corazón y se murió, y se cerró esta casa
donde ahora vivo, y más aún después,
cuando murió mi padre, yo me quedé sola
y me enfermé, de la cabeza dicen que
enfermé pero yo digo que es del alma, y
entonces mi madre me llevó a la Casa de
Descanso, por un tiempo nomás dijo mi
madre, y ahí fue que me dieron unas
medicinas que yo tomaba sin pensar en
nada, a pura pena nomás, mirando hacia
las sierras, hacia la nada mirando sin
pensar, o pensando más bien cómo era
antes cuando todos estaban.
Mi madre no comprende que yo quiera
estar con los que han muerto y no con ella
y con mi hermana Luisa, ni tampoco que
yo sea de esta forma que tengo, de este
modo que tiene la gente de acá, de la
Quebrada. Así fue que de tanto no
entenderme nadie que estuviera vivo, yo
encontré ese ángel y lo reparé y desde
entonces dejé todo y me vine para acá,
para estos cerros.
Yo estaba en la Casa de Descanso, bajo
la galería, mirando hacia las sierras,
mientras esperaba que me dieran la
merienda, y entonces pasó la hermana
Estela con unos papeles en la mano, unos
papeles y una lámina. Era una imagen del
Arcángel Gabriel la que llevaba, y estaba
rota, pienso que tal vez la llevaría para
tirarla en un canasto, por eso fue que yo le
demandé la lámina y reparé lo que estaba
roto y eso me dio alegría.
El doctor Freytes le dijo a mi madre
aquella vez, que hacer cualquier trabajo
con las manos era bueno para mí, que me
llevara témperas, lacas, cartones y
papeles, para que yo reparara también
otras imágenes, así que ella tuvo que
comprender que eso me hacía bien, que lo
único que me curaba era ese trabajo con
las láminas, el único remedio.
El doctor Freytes también le dijo a mi
madre que me dejara venir a la Quebrada,
que acá yo iba a encontrar lo que buscaba,
que cualquier cosa fuera lo que yo
buscara estaba acá; pero mi madre dijo
que no,
no puede ser doctor, no puede ser
es lo que dijo, y otra vez que no, y por
eso yo no dije nada, nada de nada, y me
vine para estos lados, sin contarle a nadie.
No me parezco físicamente en nada a
mi padre, ni tampoco a mi abuela Rosa, y
eso es lo que me da rabia, doctora, porque
soy medio gringa del cuerpo y de la cara,
y todos dicen que soy parecida a mi
madre. En cambio mi hermana Luisa se
parece a ellos, de afuera digo, porque en
lo demás no quiere saber nada de este
mundo de acá que a mí me llama como
una voz de adentro.
A lo mejor mi hermana no quiere ser
de este mundo porque tiene la cara de
ellos, los ojos de mi padre y el mismo
color en el pelo y en la piel, y entonces,
así es más fácil decir que no le importa.
El doctor Freytes, el médico de la Casa
a la que me llevaron, dice que estos gritos,
estos chillidos en la cabeza, son por eso
que le pasó a mi padre, y así ha de ser
porque desde que mi padre hizo aquello
en el inquilinato, me viene a mí esto al
pensamiento.
Antes de que pasara lo del árbol, antes
de que Gregoria llegara a nuestra vida,
antes de ir nosotros a esa casa a donde él
se había ido para estar con ella, antes de
ver a mi padre ahí, como un muñeco sin
forma y sin mensura, antes de todo eso,
yo no era así ni se me iban de este modo
las ideas, ni me confundía, ni sentía estos
chillidos que ahora siento ni nada de lo
que se me viene ahora a la cabeza. Ni
tampoco me daba esta rabia que me da
algunas veces pensar en mi madre.
La bronca con mi madre empieza con
eso que ella hizo. Si lo hubiera cuidado a
mi padre, que era de ella y era de
nosotras, él no se habría ido con Gregoria
ni con nadie, pero mi madre insistió en
que tenía que vivir en otra parte, y no fue
capaz de hacer que él nos durara.
Es que ella no comprende que mi padre
no era sólo suyo, sino que era también
nuestro. Yo he hablado en un tiempo de
estas cosas con mi hermana Luisa pero no
hemos llegado nunca a algún acuerdo,
porque ella dice que no es así, que por
más que mi madre hubiera dejado que él
se quedara en nuestra casa, las cosas igual
no hubieran andado y lo mismo mi padre
hubiera hecho lo que hizo.
Eso es lo que dice mi hermana Luisa
cuando le da por hablar y es por eso que
ella y yo estamos ahora en desacuerdo.
Yo pienso en cambio que, se quiera o
no se quiera, la culpa es de mi madre que
dijo aquella tarde que mi papá tenía que
irse con Gregoria si la quería a ella, que
no podía estar con las dos en nuestra casa,
que eso no era bueno para nadie. Digo
que la culpa es de ella, porque yo le pedí
que no lo echara, me acuerdo bien de eso,
le rogué que lo dejara así como él quería,
del modo suyo nomás, así seguía con
nosotras, pero mi madre dijo que no, que
un hombre no puede tener a dos mujeres
en la misma casa, que a veces se puede sí,
que algunos lo hacen, pero en casas
distintas, porque si están todos juntos
después vienen los problemas.
Lo que pasó es que ella le dijo a mi
padre que se fuera y él manifestó que no
quería, porque las necesitaba a las dos y
también porque en la casa estábamos
nosotras. Y al fin, como le digo, por culpa
de mi madre, obligado por ella, él tuvo
que decir que se iba nomás.
Se hará como usted diga, Flora
es lo que dijo mi padre aquella tarde y
buscó una pieza en el inquilinato de Villa
Adela, uno que está sobre la calle
Azcuénaga, y para allá fue con Gregoria.
Recuerdo que nos llamó esa siesta y
nos sentamos bajo el emparrado, recuerdo
también que estuvo llorando con nosotras,
y que nosotras también lloramos. En un
momento de esa tarde, yo le pedí otra vez
que se quedara, pero él dijo:
No se puede contra lo que no se puede
y dijo también que Gregoria esperaba
un niño y que con eso ya estaba todo
dicho.
Ahora que ha pasado el tiempo, que
han pasado los años pero no la pena, a mí
me parece que fue eso lo que ahogó a mi
padre. La tristeza por mi madre y por
nosotras, por Gregoria y por los recuerdos
de este mundo de acá, de la Quebrada,
que era más el mundo de él que el de
nosotras, que era de Gregoria también y
de mi padre, como antes había sido de mi
abuela, este mundo y este modo que son
ahora también míos.
A veces pienso que cuando él vio a
Gregoria por primera vez y más tarde,
cuando ella vino a vivir a nuestra casa
porque la echaron de donde trabajaba o
porque el destino así lo quiso, él se
encontró tal vez con lo que era, con el
mundo de acá y el de mi abuela, con estos
cerros y estas bagualas que Gregoria
cantaba y que mi abuela había cantado
también en otro tiempo.
Ramito de albahaca,
Niña Yolanda,
dónde andará.
Mi padre la escuchaba cantar esos
cantos que él también cantaba, ha de
haber escuchado otra vez cómo suena este
mundo que él mentaba siempre, porque
no había en ninguna parte lunas como
éstas que nacen sobre el cerro, y porque –
bien sabe– el cielo de acá, de estos
linderos donde ahora estoy con mis
enseres, es más celeste que ninguno y
tiene su escarchado de estrellas por las
noches. Y también porque hay sobre estas
piedras colores que, en la ciudad, ni puede
uno imaginarse.
Yo sé que a mi padre le era difícil
renunciar a todo esto y que aquí estaban
sus cosas y su mundo, porque nosotras
tuvimos a nuestra madre, hay que decir lo
que es, la tuvimos, se quiera o no se
quiera, pero Gregoria no tenía a nadie.
Entonces es claro que él tuvo que quererla
a ella, más que a nosotras tuvo que
quererla, porque ella era del mundo de él,
del mismo mundo y del mismo modo era,
y estaba sola, porque cuando vino a
nuestra casa estaba sin familia y no tenía
padre, era como mi papá estoy pensando
ahora, porque la había criado su madre,
como mi abuela lo crió a mi padre, y
estaba con nosotros cobijada y entonces
pasó lo que pasó.
Dónde iba a estar Gregoria si no era
con mi padre, me pregunto yo, doctora,
ella tenía que estar con él, no había otra
manera, y así fue que sucedieron las
cosas.
Mi madre no fue capaz de entender
eso, ni de dejarlo en nuestra casa con
Gregoria y con todo lo que él quisiera,
hasta que ella se le alejara de los
pensamientos, para que así y de ese modo
mi padre no se fuera de nosotras, ni de
nuestra casa y no pasara después lo que
pasó.
Es por esto que pienso a veces que la
culpa de todo es de mi madre, y por eso es
también que me vine para la Quebrada a
hacer mis cosas y encontrarme con lo que
era mío, con esto que es como
encontrarme conmigo y con mi padre.
Culpa de mi madre es, yo pienso a
veces, porque se le había puesto en la
cabeza que Gregoria no podría estar en
nuestra casa, que si mi padre la elegía a
ella, no podíamos estar con él, por más
que mi madre lo quisiera perdonar, no se
podía. Que perdonarlo sí, decía mi madre,
pero vivir todos amuchados como él
quería, eso ya no, mi madre no podía.
No se puede contra lo que no se puede.
Y mi padre que en lugar de enojarse
lloraba con la cabeza sobre sus polleras y
le pedía que lo perdonara, y más que
perdonarlo que lo dejara quedarse con
Gregoria en nuestra casa, que Gregoria no
tenía con quién irse. Pedía eso que
cualquiera entiende y mi madre quieta,
con el corazón como de piedra, que no y
que no, decía.
CAPÍTULO IV
A lo mejor todo esto que le cuento
sucedió, doctora, porque mi madre creía
que lo más importante era ese niño, pero
ahora que lo pienso, el que he visto
camino a San Pedrito la otra tarde, tiene a
su madre que lo lleva de la mano y en
cambio yo no tengo a nadie, ni padre, ni
madre ni consuelo.
Mi hermana Luisa y yo, le rogábamos a
nuestra madre que fuera buena con mi
padre y con nosotras, que lo dejara hacer
como quisiera, que estuviera con Gregoria
en nuestra casa si quería, hasta que se le
pasara, hasta que ella se le fuera de los
pensamientos, y le pedíamos que no se
enojara con él. Porque a mí me parece que
el problema es que mi padre no podía
botar a nadie de su corazón ni tampoco
podía irse a cualquier parte con sus
poquitas cosas y sus remembranzas, ni
podía dejarla a mi madre ni a nosotras.
Pero todo sucedió así nomás, como le
digo, dale llorar y llorar mi padre con la
cabeza en las polleras de mi madre, sin
decidirse, ni por una ni por otra. Hasta
que se supo que Gregoria esperaba al niño
y entonces mi mamá le dijo que tenía que
irse nomás con ella y que todo estaba
como debía ser y que acabara el lío de una
vez. Y también se lo dijo a Gregoria: que
tenían que irse los dos si se querían, que
ya estaba bien, que era por el niño que
debían irse, que nosotras ya estábamos
crecidas. Que todo estaba bien así y que
nadie se iba a enojar con nadie, que se
haría como ellos quisieran pero en otra
parte, eso es lo que dijo, que no hacía
tanta falta que mi padre se quedara, que lo
más importante era el niño que venía, el
niño ése que era de los dos, y que ella
entendía todo, menos lo de vivir
amontonados, a todo lo demás ella lo
entendía.
Que si se iban estaba bien, dijo mi
madre, eso es lo que dijo. Pero a mí me
parece que no estaba nada bien, porque
después pasó lo que pasó y mi padre se
colgó del árbol en el patio de aquel
inquilinato y Gregoria se fue por su
cuenta y nunca, hasta la otra mañana en
que la he visto, supimos hacia dónde ni
con quiénes.
Esa noche misma, la noche del día en
que murió mi padre, Gregoria agarró sus
cosas y tomó la calle, y no supimos ni
hacia dónde iba.
Mi madre se ocupó de los menesteres
que debían hacerse y dijo en la funeraria
que el velorio iba a ser en nuestra casa, y
así es como se hizo.
Después las cosas fueron dimanando
entre la pena y estas añoranzas, hasta que
yo me enfermé de la cabeza, me llevaron
a la Casa de Descanso y empezó a
hablarme el doctor Freytes.
Así fueron las cosas, doctora, tal como
le cuento, porque Gregoria vino un
domingo a nuestra casa y nos trajo a todos
este dolor que se nos ha quedado adentro,
y esta rabia, y también el amor por estos
cerros, y esto que no sé cómo se llama y
que se me hace que no tiene nombre.
Llegó aquella vez a nuestra casa
porque la habían echado los vecinos,
después de un año de trabajar como
sirvienta, y eso a nosotras nos dio pena, la
cobijamos y nos hicimos las tres amigas
de ella. Mi madre, Luisa y yo, las tres
para quererla, hasta que mi padre también
la quiso y la llevó con él, y se fueron los
dos a vivir a ese inquilinato en Villa
Adela, sobre la calle Azcuénaga, apenas
pasando la avenida.
Salieron una mañana cuando Luisa y
yo dormíamos, pero más que dormir yo
me había hecho la dormida estando bien
despierta. Me quedé mirándolos por las
rendijas, con los ojos pegados a la espalda
de ella y a su pelo. Y la seguí mirando, en
la casa quieta, sin ladrido de perros ni de
nada, mientras mi hermana dormía y mi
madre estaba en otro cuarto. Y así seguí,
como le digo, con los ojos en las rendijas
de la ventana que da a la calle, hasta
perderme en estos pensamientos y cuando
quise verla otra vez, habían doblado la
esquina y ya no estaban.
Me quedé mucho tiempo viendo que no
veía nada, con los ojos pegados a la
ventana que da a la calle, hasta que mi
madre vino y me tocó la espalda, y me
puso una mano sobre el hombro y me
miró los pies descalzos y dijo que así me
iba a enfermar.
Se fueron a esa casa en Villa Adela y
vivieron los dos ahí por unos meses hasta
que a él le dio esa maña, y sin que
Gregoria ni nadie se diera cuenta, ni
nosotras tampoco adivináramos, se trepó
al árbol donde mi hermana y yo lo vimos
esa tarde, colgando como un muñeco,
como un pullay lleno de estopa o de
ceniza.
Mi padre era portero de la escuela
Gorriti, que es la que está en el bajo,
pasando la costa del canal de riego.
Cuando se fue a vivir con Gregoria, él
tuvo sus problemas, porque la gente
empezó a decir que ésas no son cosas que
pueda hacer un hombre que trabaja en una
escuela, dejar a una mujer y a sus dos
hijas para irse con una chiruza, eso es lo
que decía la gente; porque como tiene
lengua, la gente habla.
Pero después mi madre fue a la escuela
donde mi padre trabajaba y explicó cómo
eran las cosas, que no era como pensaban
sino que ella había estado de acuerdo en
que él se fuera y la cuidara a Gregoria
porque ella no tenía a nadie y nosotras en
cambio éramos tres y nos
acompañábamos, y que además, a nadie
tiene que importarle lo que uno hace ni
tiene que importarle a uno lo que hacen
los demás.
Gregoria volvió a nuestra casa, la tarde
aquella de nuestra desgracia, y dijo eso
que dijo, y yo sentí esta rabia y ese rumor
en la cabeza que no se me fue hasta que
llegué a esta tierra y sentí también este
dolor que se derrama pero no se acaba
nunca; este dolor como en los huesos.
Hay algo más que siento: celos dice mi
madre que son, y mi hermana dice que es
envidia, pero no es eso, es algo extraño lo
que siento, porque Gregoria lo quiso a mi
padre y él la quiso a ella, y todo eso me da
a mí como un temblor, algo que no sé
cómo se llama, que se me hace que no
tiene nombre.
Gregoria entró aquella vez a nuestra
casa como entraba antes, cuando vivía
con nosotros y éramos las tres amigas de
ella, mi madre, mi hermana Luisa y yo.
Entró, como le digo, como había hecho
siempre, pero era la primera vez que
llegaba a nuestra casa después de irse con
mi padre. No golpeó las manos, ni la
puerta, ni dijo nada.
Sólo dijo lo que venía a decir, sin llorar
ni nada lo dijo, como era ella en aquel
tiempo, muda como si fuera una piedra,
una estatua de piedras de aquí de la
Quebrada. Lo dijo y se fue, y nosotras nos
quedamos viendo cómo se iba: tenía el
caminar como en el aire. Llegó hasta
nuestra casa, entró por la puerta que da al
patio y se paró ahí mismo. Con su cuerpo
tapó la luz que venía desde el patio,
mientras decía eso que dijo, eso que me
martilla todavía, que no quisiera oír.
Para entonces, yo ya había cumplido
los catorce y acaso por ganarme a mi
padre o por no sé qué, ya la había dejado
entrar en mi corazón, así que me quedé
ahí, como le digo, mirándola, sin saber
qué hacer ni qué decir, escuchando eso
horrible que escuchaba, pensando que no
podía ser verdad lo que decía, que
Gregoria hablaba mentiras o no sé qué
cosas hablaba.
Me quedé, como le digo, sin
pensamientos ni decisión para echarla ni
para escucharla ni para ni abrazar a mi
madre, ni para salir corriendo.
Dijo eso nomás, con la cara extraviada,
como de piedra, y con los ojos fijos.
Extraviada, como si hablara alguien que
yo no conocía, una persona nueva pero
vieja, con una voz que venía como de
adentro de ella. Y después se fue, así
como vino, seca, y nos dejó a nosotras
también como de piedra.
Mi madre salió corriendo tras ella hacia
la casa donde Gregoria se había ido para
estar con mi padre; corriendo hasta la
pieza que habían alquilado en esa casa.
Primero se abrochó el vestido y salió
detrás de ella, pero después, cuando había
corrido un poco –en medio de la calle– se
dio vuelta y nos gritó que nos quedáramos
dentro de la casa, que por favor no la
siguiéramos.
Era como un ruego eso que decía mi
madre. Pero después demoró tanto para
regresar que allá fuimos Luisa y yo, y no
obedecimos más a nuestra madre porque
no podíamos.
Fuimos las dos hasta la casa: yo que
había cumplido los catorce y mi hermana
Luisa que tenía doce. Y pasamos al patio
a donde daban las piezas, y en el centro
del patio estaba el árbol. Había gente
alrededor y nadie hablaba o hablaban muy
despacio y nosotras no entendíamos.
Era un algarrobo enorme ese que
estaba en el centro del patio y ocupaba
todo lo que había. Un algarrobo con las
ramas hasta abajo, castigando el suelo.
Pero más castigaba la rama de más alto,
porque ahí estaba mi padre, colgado
estaba de la rama, como si fuera un pájaro
de esos que salen por la noche a chupar
sangre o como un muñeco desarrapado y
chueco, un muñeco de estopa o de ceniza
colgando sin fuerza como las piernas
mías.
Yo me di vuelta y con el pecho le tapé
los ojos a mi hermana que tenía doce, y
me tapé los ojos con las manos. Es por
eso, porque tenía las manos ocupadas, que
no pude taparme las orejas, y escuché a
nuestra madre que gritaba porque no
quería que lo viéramos de esa forma y en
lugar de enojarse con él o con Gregoria,
se enojaba con nosotras:
¿Por qué se han venido para acá, por
qué, por qué?
decía, y no paraba de decir eso, en
lugar de decir nada.
Gregoria estaba en la pieza, sentada en
una punta de la cama, con la cabeza baja
mirándose la panza. Y mi madre fue con
ella, a la pieza que era de mi padre y se
sentó del otro lado de la cama y las dos
lloraban.
Nosotras no llorábamos, no nos salían
las lágrimas, sino que estábamos ahí sin
decir nada, como digo, a los pies de ellas,
de nuestra madre y de Gregoria, las dos
mujeres de mi padre, y nadie podía hacer
más que estar en esa pena sin fondo y sin
medida, hacer nada de nada sin permiso
de la policía, que estaba ya en los
menesteres.
Ha de hacer de esto como unos cinco
años, o un poco más, por eso creo que era
ella la que iba camino a San Pedrito con
ese niño de la mano. Yo no le vi la cara al
niño, ni le vi nada, pero sé que era él, que
era ese que vivía ya en su panza cuando
mi padre se colgó del árbol.
Trajimos otra chica del norte
había dicho Tita Funes, en el barrio.
Tita vivía en una casa cerca de la nuestra
y había buscado a una chica para que
trabajara de sirvienta. Antes habían tenido
a otra que era de Santiago del Estero, pero
tuvo un ataque de epilepsia y se la
llevaron de regreso a su provincia. Por eso
Tita Funes, esa vecina nuestra, dijo
trajimos a otra chica del norte.
Ese día mi madre lo contó en la mesa y
mi padre dijo:
para servir, las de mi tierra
dijo eso, y también dijo carajo.
Lo dijo de una forma distinta a como
hablaba siempre, y se levantó de la mesa
y se sentó a fumar bajo la parra.
Como si hubiera sabido ya que la chica
que iba a trabajar a la casa de Tita Funes
iba a ser de su tierra, o como si hubiera
sabido entonces lo que nos iba a suceder a
todos. Pero no lo sabía, no, sino que ha de
haber sido puro instinto, o las cosas del
destino, como la gente dice a veces.
Así, de esa manera, fue que llegó
Gregoria a la casa de los Funes, cerca de
la que era en ese tiempo mi casa. Llegó
una tarde de verano. Yo la vi detenerse
bajo los paraísos para arreglarse el pelo,
venía hacia nosotros, hacia nuestra vida.
Venía con un bolso y una pollera clara,
mirando para todos lados, y yo que estaba
sentada en el umbral tomando fresco,
desde lejos la vi y me la quedé mirando.
La encontrábamos siempre los
domingos por la tarde, cuando salíamos
con Luisa y con mi madre a conversar
bajo los paraísos, o cuando íbamos a la
plaza del barrio.
Un domingo que yo había ido sin nadie
hasta la plaza, la encontré comiendo,
sentada en una hamaca y le pregunté qué
hacía siempre sola los domingos. Me dijo
que era su día libre pero que no tenía
dinero, ni tampoco a dónde ir, ni amigos
en la ciudad, ni conocía los lugares, y que
era por eso que se quedaba ahí hasta que
terminara el día.
Esa noche, le pregunté a mi madre si
Gregoria podía ir, en sus días libres, a
comer con nosotros en la casa y mi madre
dijo que por ella sí, pero que había que
preguntarle a nuestro padre. Por eso, a
veces pienso que a lo mejor fui yo la
causante de todo, yo más que mi madre,
porque fui yo quien le pedí a mi padre que
la dejara venir y también porque fui yo
quien la encontró en la plaza. No fue mi
hermana Luisa ni mi madre. Tampoco fue
mi padre. Él sólo dijo,
si usted lo quiere así, hija,
que venga a nuestra casa
Tiene razón, ¿qué va a hacer sola en la
plaza los domingos?
dijo. Y entonces así fue, como le estoy
contando, doctora. Yo le pregunté a mi
padre si me dejaba llevarla a nuestra casa
y él dijo que sí, y así es como sucedieron
las cosas.
Después cuando la dejaron sin trabajo,
mi madre pensó que una boca más no era
problema, y lo mismo pensó mi padre. Y
los dos dijeron que había que cobijarla en
nuestra casa. Ése fue el comienzo, así
como le cuento, y así fue también que
empezó todo.
Fue como le digo, por pura culpa mía
que empezó el problema y Gregoria se
metió en la vida de nosotros.
Llegaba en la mañana, los domingos,
muy temprano, a la hora en que mi
hermana y yo nos levantábamos, y
ayudaba a mi madre a limpiar y a lavar
trastos. Eso fue así, hasta que mi padre
dijo un día:
Es nuestra invitada, no es nuestra
sierva, Flora
le dijo así a mi madre, se lo dijo un
domingo y mi madre se enojó un poco, y
ya no le dio nada para hacer, nada de
nada, y tampoco nos daba a nosotras los
quehaceres, hacía todo ella sin pedir ni
decir una palabra. Sólo en la cocina
ayudábamos un poco a veces Luisa,
Gregoria y yo, hacíamos bollos de anís o
pasta frola, esas cosas.
Un día Gregoria hizo tortillas al
rescoldo, como solía hacer mi abuela
Rosa, amasó sobre la mesa que estaba en
el patio. Harina, grasa, agua caliente,
igual a como hacía mi abuela. Amasó
cantando las bagualas que aquí se cantan,
pero muy despacio, no como hacen acá
las mujeres, sino muy despacio para que
nadie la escuchara, pero mi padre la
escuchó esa tarde.
Oyó su voz y se le torció el destino, o
mejor dicho, se nos torció a todos: él se
acercó y le pidió que cantara fuerte. A ella
le dio vergüenza, me acuerdo bien de eso,
y primero dijo que no, que los vecinos
iban a oír y que ella no quería, pero
después dijo,
si usted quiere, Juan
y cantó una baguala de las que aquí se
cantan, con esa voz como de grito que
tienen las mujeres acá.
Desde aquel tiempo, Gregoria empezó
a cantar para nosotros, o mejor para mi
padre, y empezamos a comer las comidas
de aquí, humitas y tamales sobre todo, y
ya no más las otras cosas que cocinaba mi
madre.
Y las cosas siguieron de ese modo
hasta que un día mi papá llegó con una
caja, hecha con cuero de animal
manchado, curtida con escupitajos de
ginebra, según dijo, con palos de anchico
y buenos tientos, para acompañar a
Gregoria en sus cantares, y entre los dos
hicieron una música triste pero linda.
Ella ha de tener diez años o doce más
que yo y doce o más, tal vez catorce, que
mi hermana Luisa. Recuerdo que era
como diez años más grande que nosotras
y unos diez más chica que mi madre y
entonces, si yo ahora tengo dieciocho, ella
ha de estar yendo hacia los treinta.
Cuando vino a nuestra casa, habrá
tenido veinte, veintidós capaz que tuvo, y
yo diez o doce, y van que vienen las
cosas, pasó lo que pasó con mi padre
cuando ella tenía veinte, según parece que
eran, o veintidós capaz, y yo tenía doce o
trece. Así que nos hicimos amigas las tres:
mi hermana, ella y yo, y ella se hizo
amiga nuestra, y también un poco de mi
madre, pero más de mi padre se hizo
amiga, porque estaba en el medio de
nosotras por la edad que tenía y también
por otras cosas.
Así fueron, doctora, durante mucho
tiempo los domingos: ella llegaba y hacía
dulce de limón cidra o tortillas a las
brasas. Mientras, cantaba bagualas, para
mi padre cantaba, y él la acompañaba con
la caja y era ése el mundo que teníamos.
Ella estaba entre nosotros, como le
digo, lo estaba en aquel tiempo, y me
parece que sigue estando también ahora.
Yo tenía doce, como dije, doctora, y ella
los que le digo que tenía, mi madre como
diez más que ella, o doce capaz que eran,
y mi papá también, como doce, o tal vez
un poco más, y así seguimos todos, con
ella entre nosotros.
Después, como sin darnos cuenta,
sucedieron otras cosas, porque los vecinos
la dejaron sin trabajo y ella no tuvo a
dónde ir, y yo pedí permiso para llevarla a
nuestra casa, y mi padre y mi madre
dijeron que yo tenía razón, que no
podíamos dejarla así en la calle.
Hasta ahora, hasta esto que le he
contado a usted, nunca me había puesto a
recordarlo. Ni siquiera al doctor Freytes le
había contado toda la pena junta, enterita,
como se la estoy contando a usted. Ahora
que lo pienso es como si, repasando, y
repasando, me volvieran otra vez el
pensamiento y la memoria. Y entonces, de
este modo, creo que regresa todo lo que
ha habido antes. Regresan también mi
padre y mi abuela Rosa y todo esto que le
estoy contando, y vuelven el modo y la
manera en que Gregoria vino a nuestras
vidas y empezaron a suceder las cosas que
he contado, porque era así nuestro destino
o porque tenía nomás que ser. Regresan,
digo yo, las penas que tenemos para que
uno las repare, les ponga pegamento con
lo que sea y como fuera, con veladuras,
con betunes o con falsos acabados, como
se pueda se reparan, digo yo, que no es
como uno quiere, sino como se puede.
Vuelven las penas y penitas de uno, digo
yo, para que uno las sobe muchas veces,
hasta que queden lisas, suavecitas, y todo
se ponga bien.
En: Veladuras, Grupo Editorial Norma,
2005.