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El Boticario

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El boticario

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Category: M/M
Fandom: Harry Potter - J. K. Rowling
Relationships: Harry Potter/Severus Snape, Neville Longbottom/Draco Malfoy, Hermione
Granger/Pansy Parkinson
Characters: Harry Potter, Severus Snape, Draco Malfoy, Pansy Parkinson, Hermione
Granger, Neville Longbottom, Ron Weasley
Additional Tags: Boyfriends, Friends to Lovers, Friendship/Love, Age Difference, snarry,
Boys' Love, Feelfic, Fluff and Hurt/Comfort, Post-War
Language: Español
Stats: Published: 2022-11-13 Completed: 2022-11-14 Words: 17,923 Chapters:
12/12
El boticario
by Raescritora

Summary

Harry cree descubrir al verdadero Snape mientras cuida de él en el hospital, pero no está
preparado para exponerse al juicio de ese hombre cuando despierta. Tardará dos años en volver a
cruzarse en su camino por culpa de un ungüento para las quemaduras solares.

Historia de doce capítulos breves.Los personajes no son creación mía, pero me he divertido
bastante jugando con ellos. Eso si, mi único pago son las lecturas.
Capítulo 1
Chapter Notes
See the end of the chapter for notes

Verano postguerra, 1998

Harry paseaba por su salón. Grimmauld Place se había convertido en las últimas dos semanas en
un inesperado refugio. Y un objetivo, porque había muchos destrozos que reparar. Estaba claro
que tras su estancia allí, los mortífagos, y después los saqueadores, habían arrasado con el lugar.
Personalmente, él no echaría de menos las oscuras reliquias familiares desaparecidas, pero sí
había lamentado el estado en el que encontró la biblioteca y las habitaciones de los hermanos
Black.

Tener un objetivo le había mantenido centrado. Dieciseis horas al día de hechizos de limpieza,
intercalados con trabajo a lo muggle cuando el exceso de magia resultaba fatigoso. Barrer, fregar,
pintar, pulir. No era consciente de cuantas tareas había aprendido a realizar en su infancia. Y de lo
bueno que era estar tan cansado que pasaba las noches sin tan siquiera girarse en la cama.

Las cosas se torcieron la primera semana de junio. Estaba desayunando cuando una lechuza entró
volando por la ventana abierta de la cocina. El animal se posó en la mesa y le tendió la pata con
un gesto que le recordó a Hedwig, entre exigente e impaciente.

Tomó el mensaje bastante reticente. Para el público en general, estaba fuera del país. Había
permitido que Hermione filtrara a la prensa que estaba en un hospital en algún lugar de Alemania,
así que quien quiera que se estuviera dirigiendo a él sabía que no era verdad, pero no era una
lechuza conocida.

Desplegó el trozo de pergamino con un hechizo, desconfiado. Solo eran un par de líneas, escritas
con lo que parecía una pluma de ave en tinta negra. La letra era menuda y elegante. Y sintió un
sobresalto al identificar la firma.

"Quieren llevárselo al hospital de Azkaban. Tienes que impedirlo, se lo debes.

D.L. M"

Se pasó las manos temblorosas por el pelo. Snape. Los recuerdos de la batalla saltaron e
invadieron su cerebro con rapidez. Volvió a ver a Nagini atacando a su antiguo profesor, rápida y
mortal, el espantoso sonido de sus mandíbulas atravesando piel y músculo. Recordó sus propias
manos tratando de detener el sangrado del cuello desgarrado de Snape, la súplica en los ojos del
profesor para que recogiera sus recuerdos.

Con los ojos cerrados y las manos tras la cabeza, doblado sobre sí mismo, rememoró como sus
ojos quedaron vacíos, era una imagen que le había perseguido hasta el despacho de Dumbledore,
hasta que los pensamientos del pocionista lo ocuparon todo.

Horas después, con el cansancio de la batalla sobre sus hombros, volvió a la Casa de los Gritos.
Sin la tensión de morir y luchar, los ojos de Snape volvían a perseguirlo. Lo hizo solo, no se
sentía con fuerzas para explicarle a nadie cuánto le había trastornado descubrir la realidad tras esa
persona a la que había odiado con pasión los últimos años. Y se encontró de frente con otra de
esas figuras odiadas.

Arrodillado en el suelo, con el cabello rubio sucio y despeinado, Draco Malfoy abrazaba al
cadáver de su profesor. Por la forma en la que se movían sus delgados hombros, lloraba con
desconsuelo. Harry se acercó, sin pensarlo, una bola de angustia y tristeza en su propio pecho, y
le puso la mano sobre el hombro. Los ojos grises, enrojecidos, se fijaron en él y descubrió en ellos
la misma vulnerabilidad que el día que estuvo a punto de matarlo con un Sectumsempra.

— Lo siento, Malfoy —le dijo, arrodillándose con cansancio junto a él—. Lo siento muchísimo.

— Llegué tarde. Estaba ocupado escondiéndome y llegué tarde —sollozó, abrazando más fuerte
el cuerpo inerte—. Yo tenía el antídoto, él me preparó para este momento, me dijo que no me
despegara de él, pero le fallé.

Harry miró de nuevo al cadaver. Tenía los ojos cerrados, supuso que gracias a Malfoy, y parecía
dormir, parecía en paz. Había algo... había algo allí que no cuadraba. Con el ceño fruncido, acercó
la mano hasta la cara de Snape y puso un dedo bajo su ganchuda nariz.

— Malfoy... ¿has llegado a darle el antídoto? —preguntó con voz estrangulada.

El rubio volvió a mirarle, confuso.

— ¿Has llegado a dárselo? —volvió a preguntar, agitándolo un poco.

— Sí. ¿Qué...?

Por respuesta, tomó una de sus manos y puso un largo y pálido dedo bajo la nariz de Snape.

— Creo que respira —le dijo, la voz teñida de esperanza.

Draco parpadeó, aún un poco ido, mientras la mano morena de Harry se colocaba en el pecho de
Snape. Vio la cara de Potter llenarse de una sonrisa.

— ¡Late! ¡Voy a buscar ayuda!

Entró en la enfermería de Hogwarts llamando a gritos a Madame Pompfrey, que se hizo


rápidamente cargo de la situación. Hasta ahí llegaron las fuerzas de Harry. Aún miraba hacia la
puerta por la que la sanadora había desaparecido cuando sintió que su energía se agotaba y el
mundo daba una vuelta mientras se desmayaba.
No había vuelto a ver a Malfoy ni a Snape. Despertó en la enfermería treinta y seis horas después,
repuesto de la fatiga, pero apenas preparado para lo que se le vino encima las dos semanas
siguientes: funerales, juicios, visitas, reuniones. Hasta que volvió a colapsar. En ese momento
tomó la decisión de encerrarse en casa. Y esas dos líneas quizá eran una de las pocas cosas que
podían hacer que eso cambiara.

Antes de enclaustrarse en su casa, una de las cosas que había hecho Harry, seguramente la única
por propia voluntad, había sido usar su nombre para declarar en tres juicios: el de Pansy
Parkinson, el de Draco Malfoy y el de Narcissa Malfoy. Había querido también hacerlo en el de
Severus Snape, pero el juicio se había pospuesto porque el hombre estaba incapacitado, en coma.

Aún así, había entregado todas las pruebas que tenía para limpiar el nombre de su antiguo
profesor. En concreto se las había entregado al nuevo ministro de magia, porque confiaba en la
integridad de Kingsley, por eso se dirigió directamente a su despacho tras recibir el mensaje de
Malfoy.

La antesala de la oficina del ministro estaba llena de gente. Al escuchar los murmullos de
reconocimiento, estuvo a punto de dar un paso atrás y marcharse. Metió las manos en los bolsillos
y encorvó los hombros un poco, en un vano intento de hacerse pequeño y que todas esas personas
ignorasen su presencia, pero entonces sus dedos tocaron el pergamino de la nota. La había cogido
sin pensar antes de salir, quizá necesitaba el impulso que le daban las palabras de Malfoy.

Apretó los dientes y caminó en línea recta hacia la puerta, ignorando las miradas sorprendidas por
su cambio de actitud. Golpeó dos veces y entró sin esperar respuesta.

— ¡Harry! —saludó Shacklebolt sorprendido, poniéndose de pie tras su mesa abarrotada— ¿Todo
bien? —preguntó, exteniendo su gran mano para saludarle.

— Necesito hablar contigo —contestó directo, estrechando su mano con fuerza.

— Sí claro, lo que sea. ¿Quieres sentarte? —Le señaló la silla a un par de pasos.

Harry se sentó con un suspiro y estiró la espalda contra el respaldo. Miró al nuevo ministro con el
ceño fruncido, una mirada determinada que hacía un tiempo que nadie veía.

— Me han dicho que queréis trasladar a Snape a Azkaban.

La sonrisa amable desapareció rápidamente del rostro del ministro, sustituida por un gesto mucho
menos agradable.

— El tribunal considera que es donde tiene que estar —contestó con su voz grave.

— Me dijiste que el juicio se pospondría hasta que Snape despertara. Puse las pruebas en tus
manos, confié en ti, Kingsley. Ese hombre es inocente y dudo mucho que la enfermería de
Azkaban esté preparada para los cuidados que necesita —se aventuró, inclinándose hacia delante
y golpeando con el índice el escritorio—. ¿Les has mostrado todo el material que te di?

— El tribunal no ha pedido pruebas, Harry. Mató a Dumbledore y a pesar de todo hay mucha
gente en el Wizengamot que apreciaba a Albus.

— ¿Vais a hacer lo mismo que con Sirius? ¿condenarlo sin un juicio justo? ¿para eso ha servido
una guerra?—respondió, perdiendo los nervios, levantándose de la silla para apoyarse en el
escritorio con ambas manos y gritarle casi en la cara.

— En primer lugar, —Kingsley se puso de pie, haciendo resonar las patas de la silla contra el
suelo de madera— yo no soy el tribunal, así que no vengas aquí acusándome de nada. Recibo
muchas presiones, Harry, no te olvides de que Snape era un mortífago y un asesino. Los
sanadores no saben cuanto tiempo va a estar en esas condiciones y ya se ha pasado el tiempo que
marca la ley para un indigente.

— ¿Indigente? ese hombre no era un indigente.

—¡Pero no hay nadie pagando por sus cuidados!

— ¿En serio me estás poniendo el dinero como excusa para mandarlo a la cárcel? —le preguntó,
estrechando los ojos— Venga, hombre.

— Te estoy diciendo que eso es una parte del problema. Sé razonable, Harry. estará bien en
Azkaban, hay buenos profesionales en la enfermería.

— ¡Y una mierda, Kingsley! ¿Hay que pagar sus cuidados? yo me haré cargo. Y si no quieres
llevar las pruebas a su favor al Wizengamot, lo haré yo mismo.

— Todo esto no es necesario, Harry —Trató de mostrarse conciliador el ministro.

— ¡Sí lo es! Severus Snape es la persona que hizo que yo ganara, lo sacrificó todo para que yo
pudiera acabar con Voldemort. Merece mucho más que una cama dentro de una celda. Y si tú
como ministro no piensas hacer nada al respecto, discúlpame, pero me arrepiento de haber
confiado en ti y de haber creído que serías mejor dirigente que los que se sentaron en esa silla
antes que tú.

Y salió del despacho dando un portazo, poniendo la guinda a la impresión que la gente en el
exterior del despacho se había llevado de su visita.

Chapter End Notes

Ya estoy aquí de nuevo, con un montón de topicazos para vosotres. El primero: un Harry que
se aísla en su casa después de la guerra.

Por si la aparición de Draco da lugar a dudas o no habéis leído descripción y etiquetas, esto
es un Snarry. Escribo muchísimo sobre Severus, pero este ship en concreto es poco habitual
porque me cuesta la diferencia de edad.
Capítulo 2
Chapter Notes
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Diez días después, tras otra oportuna intervención del contacto de Hermione en El Profeta, Harry
se encontraba en administración de San Mungo firmando la documentación para el pago de las
facturas de ingreso de Severus Snape. Estaba agotado, pero había conseguido lo que quería: el
Wizengamot había cerrado el proceso contra su exprofesor.

Entregó los papeles al administrativo y salió de la oficina con pasos cansados. Un poco
desorientado, giró la cabeza a ambos lados, buscando la manera más rápida de salir de allí. Y
entonces lo vio: una figura alta y delgada vestida de negro, con brillante pelo rubio al fondo del
pasillo.

Fue un dejavú de su sexto año. Cuando quiso darse cuenta estaba haciendo el gesto de echarse por
encima una capa invisible que no llevaba encima y siguiendo los pasos de Malfoy a prudente
distancia. Tres pasillos, dos escaleras y una puerta batiente despues alcanzo a verlo desaparecer
por la puerta de una habitación. solo entonces se dio cuenta de que estaba en el pasillo de
"Accidentes causados por criaturas". No pudo evitar una sonrisa irónica por la palabra accidente.

Una vez allí, se preguntó qué hacer. Estaba delante de la puerta cerrada de una habitación
individual, pagada de su bolsillo, en la que Draco Malfoy acompañaba a Severus Snape. Había un
toque de surrealismo en aquella situación. Entonces, la puerta se abrió y se quedó allí congelado
bajo la mirada gris de su ex compañero de escuela.

— Potter —le saludó por fin, con una pequeña inclinación de cabeza.

— Malfoy. Yo... ¿cómo está?

Malfoy se apartó de la puerta y le hizo un gesto con el brazo, invitándole a entrar.

— Igual. Pero al menos seguirá aquí. Gracias.

Harry entró y se quedó mirando la mano que Malfoy tendía hacia él. De nuevo no lo pensó, se
limitó a dar un par de pasos hacia él y estrechar esa mano, sacando una mínima sonrisa al rubio.

— ¿Qué dicen los sanadores? —preguntó con voz un poco ronca.

— Hasta ahora, nada —respondió Malfoy, sentándose cerca de la cama, con los ojos fijos en el
enfermo—. Esta mañana han venido por primera vez y me han explicado que esto puede
alargarse. Y no saben si la pérdida de sangre y el veneno han atacado su cerebro.

— Lo siento, eso es...

— ...una mierda, sí. Si hubiera llegado antes quizá...

Lo hizo callar una mano en su hombro. La misma cálida sensación que le había acompañado en la
Casa de los Gritos. Suspiró, no tenía caso seguir machacándose por lo que no había pasado, eso
decía el gesto de apoyo de Potter.
— ¿Te quedas un rato? —preguntó después de un largo minuto silencioso, señalando una silla al
otro lado de la cama.

— No puedo, tengo... tengo cosas que hacer. Solo quería verificar que estaba todo bien —
respondió Harry, dando un paso atrás.

Malfoy le miró. La mirada acerada del rubio le decía con claridad que sabía que mentía, que
simplemente estaba huyendo. Y era cierto, dentro de su cerebro había una voz que decía que
saliera de allí y volviera a la quietud de su casa, al silencio. Miró hacia la cama, Snape parecía
dormido, tumbado bocarriba, los brazos a lo largo del cuerpo, las manos sobre las mantas. Captó
los detalles, el largo cabello cuidadosamente cepillado, las uñas pulcramente recortadas, el
mentón perfectamente afeitado.

— Estás cuidando de él —murmuró—. ¿Por qué?

— Porque es mi padrino. Él cuidó de mí cuando lo necesité, y creéme que le he dado trabajo.

— No tiene a nadie más —entendió.

— Nadie.

Harry asintió. Él sabía, podía entender, había vivido diez años de su vida sin tener a nadie. Quizá
fue por eso por lo que dio la vuelta a la cama y se sentó. O porque, tal y como le había recordado
Malfoy, se lo debía, le debía muchísimo Snape.

Pasaron los primeros días en silencio. Al principio iba una vez a la semana, luego dos y después
dejó de contarlas. Se le fueron muchas horas sentado junto a su cama, gran parte de ellas
acompañado de la tranquila figura de Malfoy. La quietud era reconfortante. Entraba y salía con la
capa invisible, siempre por las tardes, porque por la mañana pasaban los sanadores y Malfoy
aseaba al enfermo.

Su compañero siempre tenía un libro entre las manos, él comenzó a llenar el tiempo con la prensa
que Malfoy recibía a diario, y después con novelas muggles. Se quedaba hasta que se marchaba el
otro a la hora del té y regresaba a su casa también silenciosa pero un poco más solitaria.

Un día, tras encontrarse con una noticia especialmente estúpida, comenzó a leerle al yacente la
prensa en voz alta. Empezó leyéndole los reportajes sobre él, esperando que Malfoy hiciera
comentarios o que el propio Snape se despertara para burlarse de la prosa florida de los
periodistas de El Profeta. Se abstuvo de leer las noticias sobre los juicios a mortífagos, por
respeto, hasta que el propio Malfoy le bufó cuando pasaba las hojas buscando algo adecuado.
— No es necesario que me protejas, Potter. Leo la prensa cada mañana desde los siete años.

— Entonces es innecesario que lo repita en voz alta —respondió, porfiado, todavía pasando hojas
del periódico.

— Lees para él, ¿no? quizá quiera saber que todos sus esfuerzos como espía han funcionado y
generado condenas. ¿Le has dicho que has aportado los recuerdos que te dejó como pruebas?
¿Que eso me ha librado a mí de una condena y ha condenado al menos a veinte de los mortífagos
supervivientes? Está muy bien que le leas que le han concedido una Orden de Merlín, pero te
aseguro que Severus preferiría saber que toda la gente que podría seguir la estela del Señor
Oscuro es detenida.

A pesar de su aspereza, poco a poco, con el paso de los días, el rubio comenzó a comentar con él
las noticias, con su característico sarcasmo, haciéndole reír en más de una ocasión. Salvo cuando
se metía con él.

— ¿No piensas hacer nada útil con tu vida? —le preguntó una mañana de final de agosto.

— Aún no tengo claro qué quiero hacer.

— Pero no vas a volver a la escuela.

— No —negó con la cabeza, parcialmente oculto tras el periódico.

— ¿Demasiado esfuerzo para ti? ¿Ser El Salvador del mundo mágico te ha agotado? —se burló,
usando un tono grandilocuente y gesticulando con las manos como si lo reverenciara.

No le contestó. Eso no le puso freno, por supuesto, sino al contrario, incitó a Malfoy a dedicar su
tiempo acompañando a Snape a meterse con él.

— ¿Y tú? —acabó por saltar.

— Yo voy a volver a Hogwarts porque tengo que ser un buen chico para que tus amigos del
ministerio me dejen en paz.

— No son...

— ... tus amigos, ya sé. De ser así no estarían metiéndose contigo en la prensa por perder el
tiempo aquí en lugar de haciendo proselitismo para ellos.

Su reacción a la palabra desconocida, entre avergonzado y frustrado, le hizo recordar que Malfoy
le llevaba mucha ventaja en educación a todos los niveles.
Llegó setiembre y Malfoy partió hacia Hogwarts, igual que Hermione, y Ron a la academia de
aurores. Él se quedó atrás, atrapado por la sensación de que ya no tenía urgencia de ir a ningún
sitio. No había responsabilidad loca pesando sobre su cabeza.

Fue la mañana del 1 de noviembre. Entre todas la fechas posibles, Snape abrió los ojos esa
madrugada y encontró a Harry junto a su cama, con la mirada perdida en un rincón de la
habitación.

— Potter —murmuró.

Dio un ridículo brinco en la silla al escuchar su nombre en los labios del hombre. Porque en esos
meses, además de comentar los artículos de la prensa, Draco se había lanzado a contarle cosas de
su infancia con su padrino. Había reído y se había emocionado descubriendo esa faceta de su ex
profesor. Y había repasado mil veces en casa sus recuerdos. Sentía que había accedido a una
parcela de Snape que muy pocos conocían y había reaccionado abriéndose el también.

No había sido una decisión consciente. Un día que estaba especialmente frustrado por un artículo
de Skeeter poniendo en duda su salud mental, en el que entre otras cosas le llamaba fenómeno,
estalló en un torrente de palabras acerca de su infancia. Al día siguiente, cuando llegó a visitarlo,
suspiró, culpable pero tranquilo porque el hombre seguía en coma. Y le habló de su terrible año
viajando y escapando.

Así que, aquella mañana cuando abrió los ojos y pronunció su nombre, Harry entró en pánico al
darse cuenta de que se había abierto en canal con un hombre que solo existía en su imaginación,
porque no conocía realmente a Severus Snape. Le había adjudicado las virtudes que Draco le
adjudicaba y había querido ver en sus recuerdos detalles ocultos que le hacían más amable a sus
ojos. Pero la realidad era la de esos ojos que le miraban con odio.

Por eso reaccionó como reaccionó, o al menos eso se repitió a sí mismo muchas veces los meses
siguientes: levantándose y avisando al primer sanador que encontró mientras huía del hospital.

Chapter End Notes

Segundo tópico: Harry cuidando a Snape en el hospital. Pero, ay, este Harry está para que lo
cuiden a él.

Yo empecé esto con idea de que fuera un OS, supongo que no os sorprende que se
desmadrara, ¿verdad? Mañana saltito en el tiempo.
Capítulo 3
Chapter Notes
See the end of the chapter for notes

Verano de 2000

— ¡Auch! —masculló Harry.

Hermione no dijo nada, se limitó a acercarse y tocar su hombro con un solo dedo.

— ¡Mione! —protestó su amigo, apartándose un poco, con los brazos aún atrapados por la
camiseta que no acababa de decidirse a ponerse.

— Te has quemado. Te dije que te pusieras protector —le riñó.

— En vez de renegarme, podrías darme una solución.

Su amiga negó con la cabeza.

— ¿Cómo que no? Tú siempre tienes una solución —preguntó Harry mientras apretaba los
dientes para ponerse la camiseta.

— Te van a salir ampollas, necesitas algo más que mi crema muggle me temo —contestó su
amiga, recogiendo la ropa de baño mojada del suelo y saliendo del aseo para ir a tenderla—. Creo
que he visto una botica en el pueblo, necesitas un ungüento.

Harry bufó. Ir a la botica implicaba atravesar las dos pequeñas calles que concentraban la
población mágica de Bournemouth, algo que había evitado a toda costa desde que habían llegado.

Hacía algo más de dos años del final de la guerra, pero la atención mediática sobre él no había
disminuido. Lo odiaba, odiaba esa fama estúpida. Él quería vivir en paz. Por eso Hermione le
había llevado a ese viaje, los dos necesitaban desconectar y qué mejor que playa, clases de surf y
excursiones en kayak.

Volvió a bufar mientras se acababa de vestir y se calzaba unas chanclas. Dudó un momento si
llevarse la varita, con aquella ropa veraniega no había manera de ocultarla. Como si le hubiera
leído el pensamiento, Hermione entró a la habitación y le tendió una bandolera.

— No puedes ir por esa zona sin varita. Y toma.

Miró con las cejas alzadas las gafas de sol y la gorra.

— Voy a parecer un turista muggle, Hermione —refunfuñó.

— Mejor eso que una muchedumbre pidiendo un autógrafo al gran héroe —respondió ella de
vuelta.

Le hizo caso, claro, porque cuando no se lo hacía acababa por ejemplo como estaba en ese
momento, chamuscado. Parapetado tras la gorra y las gafas de sol, apretando los dientes por el
roce de la ropa contra la espalda, caminó los apenas diez minutos que les separaban del barrio
mágico.

No fue difícil encontrar la botica. Era la única tienda sin escaparate, una fachada sobria pintada de
oscuro y un cartel que anunciaba "Pociones e ingredientes". Abrió la puerta y entró, agradecido
por el fresco del interior. Inhaló profundamente, recordando el olor del aula de pociones de su
infancia.

— ¿Puedo ayudarle? —preguntó una voz a su espalda.

Harry podía ser muy despistado, pero nunca olvidaba una voz. Estuvo tentado de no contestar y
simplemente marcharse, pero ella insistió, con esa voz un poco aguda e impertinente que intentó
entregarle a Voldemort.

— ¿Señor?

Se giró, mientras se quitaba la gorra y las gafas y las metía en la bandolera. Sin disimulo, dejó la
mano dentro, sujetando la varita.

— Parkinson —saludó, con una mínimamente cortés inclinación de cabeza.

Ella le miró con gesto muy neutro, nada de esa mueca desagradable que llevaba siempre en el
pasado, esa que daba la impresión de que iba por la vida oliendo caca.

— Potter. —Le devolvió el saludo con la misma sequedad— ¿En qué podemos ayudarte?

Avanzó hasta el mostrador, con la mano aún en la bolsa.

— Necesito algo para las quemaduras.

— ¿Qué tipo de quemaduras? —preguntó ella con voz que trataba de ser profesional.

— Solares. Fuimos a hacer kayak y no me puse crema.

Vio la sonrisa fugaz de la morena antes de que recuperara su máscara neutra mientras salía del
mostrador y se acercaba a él.

— ¿Me las muestras?

— ¿Qué? —exclamó con voz aguda por la cercanía de la bruja— No, claro que no. Dame un
ungüento o algo para que pueda volver a casa.

Parkinson negó con la cabeza, estirando la mano para levantarle la camiseta. Él trató de sujetarla
por la muñeca, pero ella fue más rápida y movió la prenda lo suficiente para poderle ver el pecho
enrojecido, acercándose a examinarlo casi hasta rozarle con la nariz.

— ¿Qué demonios está pasando aquí? —preguntó una voz profunda de repente, haciendo que
Harry diera un brinco y se esforzara por bajarse de nuevo la ropa.

— Quemaduras solares. Potter cree que las personas de piel oscura no necesitan ponerse
protección —contestó Pansy con calma, volviendo a colocarse tras el mostrador—. Necesitas un
ungüento, si esperas un momento te lo traigo —le dijo a Harry, escapando por la puerta por la que
acababa de salir su jefe sin esperar una respuesta.

Los dos hombres se quedaron solos, el boticario con los ojos oscuros clavados en el más joven,
Potter mirando fijamente los dedos de sus pies.

— Ha pasado un tiempo —murmuró por fin.

Snape no respondió, siguió mirándolo con los brazos envueltos en mangas de tela negra sobre el
pecho. Cuando Harry lo miró, sintió un escalofrío al evocar el desagradable recuerdo de la época
en la que era su maestro de pociones.

— Aquí tienes. —La voz aguda de Parkinson rompió la tensión— Debes aplicarlo tres veces al
día y no volver a vestirte hasta que haya penetrado completamente. ¿Me estás escuchando, Potter?

Harry apartó la mirada de la figura oscura y la centró en Pansy, que le tendía a través del
mostrador un botecito de cristal lleno de una sustancia amarillenta.

— Disculpa, sí. Le pediré a Hermione que me ayude.

La alusión a su amiga generó un pequeño brillo en los ojos verde oscuro de la pocionista justo en
el mismo momento en el que la puerta tras el mostrador se cerraba con fuerza.

Salió a pasear, solo. Hermione estaba enfrascada con un libro y él se sentía inquieto, necesitaba
aire, la luna sobre el mar era preciosa en ese momento. Caminó descalzo sobre la arena aún
cálida, tratando de respirar al ritmo del lento oleaje.

Severus Snape. Habían pasado casi dos años desde que lo había visto por última vez. O mejor
dicho, desde que había huido del hospital sin mirar atrás cuando el hombre había salido del coma.

Suspiró, deteniéndose a mirar la luna llena con las manos profundamente metidas en los bolsillos.
No había vuelto a verlo, tampoco a Malfoy. ¿Los había extrañado? Definitivamente. Pero dentro
de su cruzada personal por vivir en paz había optado por renunciar a todo aquello que le generara
incertidumbre. ¿Para qué buscar la amistad de Draco? Seguro que aquello no podía salir bien. ¿Y
tratar de conocer al verdadero Snape? Na, no había manera de que ese hombre inteligente y
valiente quisiera conocerle a él.

— Tiene usted tendencia a proyectar sus sentimientos en los demás, Potter —le interpeló una voz
a su espalda.
Cerró los ojos fuerte. ¿Cuántas posibilidades había de que Snape estuviera allí, a unos metros, con
el legeremens preparado para captar sus más patéticos sentimientos?

— Parece que tanto intentar enseñarle nos puso en sintonía. Y en respuesta, suelo pasear muchas
noches por aquí, el sol no me va muy bien, demasiados años de ser un murciélago de las
mazmorras.

Aún con los ojos cerrados, respiró hondo y trató de cerrar su mente.

— ¿Qué tal sus quemaduras?

— Bien —respondió con voz un poco temblorosa.

— ¿No va a mirarme? ¿O gastó toda su valentía en derrotar al señor oscuro?

— Seguramente —musitó, girándose despacio.

La figura vestida de negro seguía siendo alta e imponente como en la escuela, con un rictus de
desagrado en el rostro.

— Me alegro de verle, Potter —dijo por fin Snape, con una amabilidad en su voz que chocaba
con su gesto adusto.

No atinó a responder, solo asintió torpemente con la cabeza.

— ¿Dónde quedó su verborrea impertinente?

— Supongo que en el mismo sitio que mi valentía —contestó por fin—. Yo también me alegro de
verle, profesor, así tan... recuperado.

— Ya no soy su profesor, Potter.

— Ni yo su alumno, pero es la fuerza de la costumbre.

El hombre soltó aire por la nariz, un poco frustrado.

— Se me olvida que no está usted educado para charlas intrascendentes.

— La verdad es que no tuve la mejor educación.

— Lo sé.

Harry parpadeó, un poco molesto.

— Me refiero a que conozco los detalles de su infancia, usted me los contó.

Tragó saliva, con los ojos muy abiertos. Realmente en las últimas semanas junto a su cama, le
había contado cosas que no había contado a nadie nunca.

— ¿Podía oírme? —preguntó con voz ahogada por la vergüenza.

Por toda respuesta, Snape se tocó la sien con su largo índice.


Harry cerró los ojos, esperando que su piel oscura y la poca luz ocultasen su profundo sonrojo, y
se frotó la nuca con una mano. Al volver a abrirlos, se encontró con la oscura mirada y un gesto
que le pareció desaprobador. Comenzó a entrar en pánico, se pellizcó la mano, aquello no podía
estar pasando de verdad. El dolor le recordó que todo era real, la guinda de su desastrosa relación
con el mundo exterior. Por eso no salía de casa, fuera de casa pasaban cosas así. Cerró los ojos
con fuerza y se desapareció, dejando a Severus Snape con la palabra en la boca.

Chapter End Notes

Este chico y la manía de largarse.

Quería escribir a un Snape de carácter más cercano al canon, así que depende de la
perspectiva del narrador lo vamos a ir viendo dar una cara un poco diferente. Próximo
capítulo: la idea no canónica más repetida, la relación de padrino-ahijado con Draco.
Capítulo 4
Chapter Notes
See the end of the chapter for notes

Septiembre del 2000

La infancia y adolescencia de Draco olía a laboratorio de pociones. Hacer compañía a su padrino


mientras trabajaba había sido su escape y su lugar de desahogo en multitud de ocasiones. Había
aprendido a coger un cuchillo con apenas cuatro años y desde entonces siempre le relajaba ver a
Severus trabajar.

Había aparecido una tarde de final de setiembre, por sorpresa, aunque el boticario no se había
inmutado al encontrárselo sentado en una esquina del pequeño laboratorio en la trastienda de la
botica después de cerrar y mandar a Pansy a casa. Draco conocía su rutina y sabía que pasaría una
hora haciendo pociones antes de subir a su casa a cenar. Y había decidido atacarle en el terreno en
el que se sentía más cercano a él.

— Severus... —fue a saludarle, mientras se ponía de pie y se acercaba.

— No es buen momento —le ignoró su padrino mientras se ponía a trabajar en la mesa de corte.

— ¿Pero por qué?

— Déjame trabajar Draco.

— Las conversaciones más importantes que he tenido contigo han sido siempre cerca de un
caldero. Puedes hablar y trabajar a la vez.

Su padrino no contestó, solo gruñó.

— Pansy me lo ha contado —prosiguió Draco, una vez que estuvo seguro de que no iba a echarle.

— No os metáis en mis asuntos.

— ¿Es un asunto haberte encontrado con Potter?

Recibió otro gruñido por respuesta. No era una cosa nueva, Severus seguía siendo brusco y
hermético como cuando era niño, pero a él eso no le amedrentaba. La sorpresa era lo que había
relatado Pansy acerca de la reacción de su padrino al encontrarse de repente a Potter después de
dos años.

Según su amiga, Severus se había alterado bastante. Y nada alteraba a ese hombre. Draco
necesitaba saber qué diantres había hecho Potter esta vez para sacar de balance a su padrino, por
si tenía que ir a saltarle los dientes al desgraciado.

— ¿Cómo van tus estudios? —inquirió Severus, claramente tratando de cambiar de tema.

Draco se sentó en una banqueta al otro lado de la mesa, lejos de la zona de trabajo y observó los
movimientos del pocionista. Los cortes de ingredientes seguían siendo minuciosos y precisos.
— He conocido a alguien.

Eso si consiguió que su padrino apartara la vista de las hojas que cortaba en cuadrados perfectos.

— ¿En la facultad?

— No. Y bueno, no es que sea alguien nuevo —prosiguió Draco, rascando con la uña una
pequeña mancha en la madera de la vieja mesa.

— Por las vueltas que estás dando, imagino que no me va a gustar quién es él. ¿O es ella esta vez?

— ¿Importa eso?

— Sería bastante hipócrita por mi parte que así fuera.

El muchacho se quedó mirando a su padrino con la boca un poco abierta por la sorpresa. Nunca,
nunca, habían hablado de la vida íntima de Severus, hasta ahí le llegaba el hermetismo. Lo único
que sabía era que vivía solo, porque su casa estaba sobre la botica y Pansy entraba y salía
continuamente aunque tuviera su propia casa.

— Es él.

Severus lo miró fijamente unos segundos y luego volvió a sus ingredientes.

— Por tu cara es un Gryffindor. Y por tu reticencia, es Longbottom o alguno de los Weasley.

— Hay más Gryffindor —protestó Draco, descubriendo parte de su secreto.

— Aparte de los del equipo de quidditch y los de tu año, dudo que identifiques a algún otro león.

Draco suspiró y jugueteó nervioso con el anillo en su dedo.

— No sé si es buena señal tu actitud, parece que te avergüenzas.

— ¡No es eso! —protestó su ahijado— Es solo que... igual es pronto para pensar en... espera, ¿me
estás dando cuerda para que deje de preguntar por Potter? —preguntó con tono de sospecha,
entrecerrando los ojos.

En el rostro seco de Severus se dibujó una mínima sonrisa.

— Estás perdiendo reflejos Slytherin, Draco. ¿Demasiado roce con Gryffindors?

— Aún va a resultar que tienes sentido del humor. ¿Qué ocurre con Potter? —insistió, dispuesto a
no salir de allí sin entender lo que estaba pasando.

— Nada. ¿A qué viene tanto insistir?

— Neville dice que vive encerrado en su casa.

Se dio cuenta de su resbalón cuando vio brillar los ojos de Severus.

— ¿Eso dice Longbottom? Pues será verdad.


— ¿De verdad no hablaste con él? ¿No le preguntaste por qué se marchó de aquella manera?

— No, Draco, no pregunté —contestó Severus, ya al límite de su paciencia—. ¿Qué es eso de que
no sale de casa?

Severus no vio la sonrisa de triunfo en los labios de su ahijado.

— Por lo que me ha contado Neville, solo ha salido de casa el tiempo que iba a verte al hospital.
Estas vacaciones han sido un logro por parte de Granger y compañía, pero las interrumpió el día
que os encontrasteis y volvió a la antigua casa Black. Neville dice que ha rehabilitado la casa.

— ¿No ha estudiado? se suponía que sería auror.

— No. De hecho no hace apenas magia. Vive de su herencia y de escribir cuentos para niños
muggles sobre un grupo de escolares que resuelve misterios.

Observó detenidamente a su padrino, que seguía con su trabajo de corte minucioso, deseando
poder interpretar su expresión.

— Sus amigos están preocupados, dicen que ni tan siquiera les deja visitarlos. Granger debe estar
tirándose de los pelos por el resultado de su intento de sacarlo de casa. Han tratado todo este
tiempo de que hablara con un profesional, pero desde que la prensa empezó a especular sobre su
salud mental, él se ha cerrado en banda con el tema.

— ¿Has venido para ver si yo estoy bien o para sacarme información para Longbottom? —
preguntó Severus al cabo de unos minutos de silencio, tras añadir los ingredientes recién cortados
al agua que hervía.

— ¿De verdad me lo preguntas? —respondió ofendido— He venido porque Pansy me dijo que
verlo te alteró.

— Pero también te preocupa Potter. Vamos, Draco, le aprecias, te tomaste como una ofensa que
desapareciera también de tu vida.

Draco se puso de pie y se paseó por el laboratorio. Severus siempre golpeaba en el blanco. Claro
que le había molestado, creía que eran amigos. Incluso le había escrito, pero las lechuzas siempre
venían devueltas. Nunca le había contado eso a nadie, era de esperar que su padrino lo averiguara
solo con mirarlo.

— No voy a airear lo que hablé con él, es personal —concluyó Severus por fin, mientras bajaba el
fuego y comenzaba a recoger—. ¿Vas a quedarte a cenar?

Su ahijado soltó aire con frustración. Era absurdo pensar que él tuviera la capacidad de sacarle
ninguna información a Severus Snape, eran años de entrenamiento y hermetismo. Asintió,
molesto aún, y salió del laboratorio para subir las escaleras hasta el apartamento sobre la botica.
Severus se sentó aquella noche delante del escritorio, con la pluma en la mano. Había hecho ese
gesto infinidad de veces desde que salió del hospital: coger un pergamino nuevo, untar la pluma
en el tintero y quedarse con ella en el aire, goteando sobre el pergamino en blanco, buscando las
palabras para darle las gracias a Potter por todo lo que había hecho por él, o para asegurarle que
no había vergüenza en necesitar ser escuchado cuando se ha vivido todo lo que él había vivido en
sus pocos años.

Era cierto que le había alterado el encuentro. Ver a Potter allí, escuchar sus pensamientos... le
había hecho recordar todo lo que no había hecho por él en esos dos años. Y ahora esto, saber que
era un ermitaño, escondido en lugar de estar viviendo la vida que merecía. Era... frustrante.

"Estimado sr. Potter" escribió. No, demasiado formal.

"Querido Harry ". No, aquello no era él para nada.

El sonido de un piquito golpeando en la ventana le hizo levantar la mirada del papel. Se quitó las
gafas que había empezado a usar para leer y escribir, se levantó y la abrió. No era una lechuza,
sino el azor que le había regalado a Draco unos meses atrás.

"Potter está hospitalizado. No saben exactamente qué veneno es, quizá puedas ayudar, los
sanadores están un poco perdidos y parece grave"

Chapter End Notes

Debo que confesar que me gusta mucho esta relación padrino-ahijado, ya la he usado en
otras historias porque creo que Severus tiene un lado paternal muy explotable.

Draco con Neville... hasta ahora solo los había juntado en una historia en trieja con Harry,
pero me he quedado con las ganas de saber cómo ha llegado a pasar esto.
Capítulo 5
Chapter Notes
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La cara de Granger, Weasley y Longbottom cuando llegó a la sala de espera debería haberle
reportado una mínima satisfacción. Entró con paso fuerte, la túnica negra ondeando tras él, como
hacía cuando asustaba niños en sus clases de pociones, hasta plantarse delante de Granger.

— Emmm, buenas noches profesor —saludó la chica con un intento de voz firme, pero
evidentemente sorprendida de verlo allí.

— Buenas noches, Granger. ¿Cómo está?

— Hace un rato que nadie nos dice nada —contestó en su lugar Longbottom, tendiéndole la mano
a su antigua bestia negra con bastante seguridad—. Gracias por venir, señor.

Agradablemente sorprendido por el temple de su ex alumno, le estrechó la mano.

— ¿Saben qué ha ocurrido exactamente?

— Su elfo lo trajo hace tres horas. Por lo que ha explicado, Harry ha recibido esta mañana un
paquete que en teoría le enviaba yo, por eso ha pasado su filtro. Al abrirlo ha salido algún tipo de
sustancia que ha inhalado —intervino Weasley—. El paquete lo tienen los sanadores ahora, pero
parece que no saben qué es.

— Ese es el sanador—señaló Granger con el dedo extendido.

Años de profesor en Hogwarts hacía que buena parte de los magos británicos más jóvenes que él
hubieran sido alumnos suyos. Reconoció al estirado Ravenclaw a pesar de no haberlo visto desde
que se había graduado en su cuarto año dando clases. Caminó con seguridad hacia él, con más
revoloteo de túnicas negras.

— Sanderson —lo llamó con su voz profunda cuando el sanador ya se alejaba hacia la zona
restringida.

Percibió el sobresalto en el hombre al verlo, aunque lo cubrió rápidamente con un gesto adusto.

— Profesor, cuánto tiempo. ¿Qué puedo hacer por usted? tengo mucho trabajo.

— Me han llamado los amigos de Potter, vengo a ofrecer mi ayuda.

— ¿Disculpe? —preguntó con aparente indignación.

— Sanador Sanderson —la voz de Snape era acero cubierto de terciopelo cuando se acercó para
hablarle más bajo—, he trabajado durante años con venenos, aprovéchese de mi experiencia como
mortífago. No querrá ser el responsable de la muerte de Harry Potter.

El sanador se puso pálido. Miró a los amigos del Salvador y de vuelta a su antiguo profesor de
pociones y, finalmente, asintió.
— Venga conmigo.

Con el tiempo en contra, le hicieron un hueco en el laboratorio de San Mungo y le dieron una
muestra del veneno que Potter había inhalado. Durante horas, trabajó deseando haber pedido que
le permitieran hacer eso mismo en su propio laboratorio, con su material y, sobre todo, con sus
libros de consulta, porque esa sustancia estaba fuera de lo usado habitualmente como veneno. Y
además con los aurores observándolo, alguien les había avisado de su presencia y había
escuchado claramente a Weasley a sus espaldas dando explicaciones y evitando que le molestaran
con preguntas estúpidas sobre la posibilidad de su vinculación con el atentado.

Llevaba ya cinco horas seguidas cuando alguien puso cerca de él una taza de café y un
emparedado. Desvió la vista de la mesa de trabajo para descubrir que era Longbottom.

— Ya sé que no se come en el laboratorio, profesor, pero necesita un descanso y despejar la


mente. Aquí no se puede respirar.

No le faltaba razón, los pocos pocionistas que seguían trabajando de madrugada tenían los
calderos trabajando a tope y soltando todo tipo de vapores. Severus asintió, tomó la taza y el plato
y caminó hacia una esquina más tranquila.

— Pensaba que estarían ustedes descansando.

— Hermione está aún en la sala de espera, no creo que se mueva de ahí llueva o truene. Ron se ha
unido a la investigación de los aurores.

— Por eso han desaparecido los que había por aquí —adivinó mientras daba un sorbo tentativo al
café.

— Sí, se los ha llevado. ¿El café está bien?

— Sí. ¿Y usted? ¿A cuidar al anciano pocionista?

Neville incluso sonrió.

— Draco puede ser muy persuasivo. ¿Hay algún avance?

— He desentrañado parte de la receta. Hay un ingrediente que no tengo ni idea de lo que es —


Tuvo que reconocer, molesto.

— ¿Es vegetal?

— Parece que sí.


— Igual puedo ayudar en eso. Soy botánico, estoy trabajando en Hogwarts con Sprout mientras
acabo mis estudios.

Severus admiró la tranquilidad de su antiguo alumno, mientras fue su profesor el muchacho le


temía como a la muerte. La guerra había hecho madurar a esos chicos de una manera
sorprendente.

— Es posible.

Y comenzó así una conversación llena de términos botánicos en latín, en la que Severus puso a
prueba los conocimientos de Neville mientras comía y bebía. Hasta que, tras veinte minutos,
Neville nombró una hierba de origen tibetano utilizada como alucinógeno por los magos de la
zona contra los invasores chinos.

— Eso...eso tendría sentido —masculló el pocionista, cerrando la distancia a la mesa de trabajo


en tres zancadas, el plato y la taza abandonados en manos de Neville.

El muchacho lo estuvo viendo trabajar un buen rato, tan concentrado que podría haber ardido el
laboratorio y Snape no se habría enterado. A pesar de que había sido su profesor durante siete
años, no conocía esa faceta intensa del pocionista, ese ceño fruncido, ese hablar para sí mismo
como la persona que acostumbra a trabajar sola.

Vio el gesto triunfal cuando, empezando a amanecer, terminó de escribir la fórmula del veneno. Y
a continuación la del antídoto. En unas horas, Severus Snape había vuelto a salvarle la vida a
Harry Potter.

Harry abrió los ojos con esfuerzo, sentía que le pesaban, le costaba parpadear. Cuando consiguió
mantener los ojos abiertos, lo primero que registró fue que no llevaba las gafas. Lo normal cuando
uno se despierta por la mañana, diría cualquiera, pero Harry muchas noches se quedaba dormido
en el sofá, vestido y con gafas, y solía relacionar esa sensación de entumecimiento con eso.

— Harry —escuchó la voz antes de que Neville entrara en su campo de visión—, ey, ¿puedes
oirme? parpadea dos veces si puedes oirme.

El enfermo parpadeó dos veces, demasiado cansado como para preguntar nada.

— Te han mantenido dormido tres días. No te preocupes por nada, estás bien, el sanador dice que
el cansancio es normal, gastaste mucha energía física y mágica luchando contra el veneno.
Descansa, yo voy a avisar.
Volvió a cerrar los ojos. ¿Le habían envenenado? ¿cómo? la confusión que sentía por el cansancio
le hacía sentir que su cerebro era una gran madeja enredada de lana. Tres días durmiendo... pues
no recordaba haber soñado, le habrían dado pociones buenas para dormir sin sueños, no esa cosa
que tomaba él. Estaba claro que Hermione le engañaba con las pociones. Hermione, qué raro que
no estuviera ella al despertar, Neville debería estar en la escuela. Neville hablando con alguien
junto a su cama. ¿Con quién? abrió los ojos, la habitación estaba vacía. Pero él estaba seguro de
que era Neville. Volvió a cerrarlos y pensó en su amigo.

Sí que era Neville, hablando con alguien junto a su cama de venenos, hierbas y tratamientos. Con
una voz que le sonaba pero no conseguía ubicar. Habla, desconocido, habla, sé que te conozco.
"Pero no vas a volver a la escuela". Eso no, eso no iba ahí, eso era del pasado, era... Malfoy. La
voz era de Malfoy ¿Qué hacía Malfoy en su habitación de enfermo con Neville?

La entrada de alguien en la habitación le hizo abrir otra vez los ojos, sobresaltado, había estado a
punto de dormirse dándole vueltas a la presencia de Malfoy. Un hombre con aspecto estirado, de
unos treinta y cinco años, ejecutaba una serie de hechizos varita en mano. A un par de pasos, la
presencia de Neville le tranquilizó, ese sería el sanador.

—Señor Potter —se dirigió el hombre a él—, soy el sanador Sanderson. Está usted en San Mungo
desde hace tres días. Los aurores aún están investigando el atentado que sufrió, hasta ahora lo que
sabemos es que abrió un paquete del que salió un veneno en forma de gas. Va a recuperarse, lo
que necesita es descanso. Volveré a verle en unas horas.

El tipo salió, sin un mínimo gesto hacia Neville, que avanzó hasta sentarse en la misma butaca en
la que estaba cuando Harry había despertado.

— El tío tiene un palo en el culo —comentó, con una mínima sonrisa—. Se le ha olvidado decir
que no tenían ni idea de los componentes del veneno ni de como contrarrestar su efecto.

Con esfuerzo, Harry alzó las cejas, interrogante.

— Draco avisó a Snape. Él vino, puso en su sitio al sanador y consiguió que le dejaran
investigarlo. Me temo que les debes la vida otra vez, Harry.

Neville volvió a sonreír, esta vez un poco más abierto al ver a su amigo suspirar e intentar poner
los ojos en blanco.

— ¿Draco aquí? —consiguió susurrar Harry, después de tragar saliva varias veces.

No recibió una respuesta inmediata. Siguió a Neville con la mirada mientras se levantaba de la
silla y tomaba un vaso con agua y una cuchara. Abrió la boca instintivamente cuando entendió
que la cucharada de agua era para él. Tragó con ansia el líquido y volvió a abrir la boca varias
veces, pidiendo más.

— Estuvo aquí al día siguiente. Puso como excusa ver que a su padrino le estaban tratando bien,
pero yo creo que también quería ver que estabas bien.

Harry quería preguntarle por la relación entre ellos, pero no había energía para tanto y volvió a
cerrar los ojos.
Chapter End Notes

Neville es otro de mis personajes preferidos. Hace poco, en otro fin, dije de él que es el
héroe anónimo. Y es que es el chico de la segunda fila, pero sin él tampoco habría historia.
En este caso lo he visualizado canónico, que el actor está guapetón pero en realidad el
personaje es rubio y gordito.

¿Cómo han conectado estos dos? pues por Hermione, que estudia con Draco. Yo diría que
Neville se ha hecho el duro una temporada, porque salir con Malfoy es mucho tomate.
Capítulo 6
Chapter Notes
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Confusión. Los primeros días tras despertar en el hospital eran confusos. Le costaba mantenerse
despierto más de unos minutos seguidos y tenía la sensación de que en su cerebro se mezclaban
las conversaciones. Era difícil distinguir lo que había escuchado mientras estaba despierto y lo
que registraba su memoria mientras estaba en ese estado de sueño poco profundo.

Era la madrugada del quinto al sexto día en el hospital. Despertó por algo que estaba soñando,
con el corazón latiendo muy rápido. Abrió los ojos y miró alrededor. En el sillón junto a la cama
dormía Hermione, todavía con un libro en las rodillas.

Cerró los ojos, tratando de concentrarse para recordar el sueño. Respiró despacio, buscando
calmarse, y entonces apareció una frase: "Potter... no debe avergonzarse. Yo ya tenía un concepto
muy elevado de usted, lo que pude captar en mis meses en coma no hizo sino mejorarlo".

Abrió los ojos de golpe. Snape. ¿Era un recuerdo? ¿Había estado allí, junto a su cama? Volvió a
mirar a Hermione, tentado de despertarla y preguntarle, pero le dio vergüenza, como todo lo que
tenía que ver con Snape en realidad. No le había contado a nadie que los meses visitándolo en el
hospital, sobre todo las últimas semanas a solas, habían generado en él sentimientos hacia su
antiguo profesor que no sabía clasificar. Mucho menos acerca de su reacción cuando el hombre
despertó de su coma o cuando se lo había topado en la playa. No le había explicado a nadie lo
pequeño que se sentía bajo esa mirada oscura.

Intentó de nuevo calmarse y concentrarse, para, si era una conversación, conseguir recordar más.
La voz de Snape siempre le había parecido hipnótica, era baja y sedosa. "He tomado la pluma
muchas veces en estos años para escribirle, no le he dado realmente las gracias por todo lo que
hizo por mí. Y por Draco y Pansy. Nosotros, los Slytherin no somos buenos pidiendo perdón ni
dando las gracias, Harry. Pero no olvidamos, para bien o para mal."

"¿Cómo ha acabado así? Encerrado entre cuatro paredes. Este no es el chico que yo conocí, con el
que yo peleé tantas veces. El sanador me ha dicho que el veneno podría haber sido letal. Si no
tuviera usted esa extraordinaria capacidad mágica que tiene, estaría muerto, porque sus exámenes
físicos dan resultados preocupantes. Sé que sus amigos están preocupados, pero creo que no son
conscientes de cómo está usted tratándose a sí mismo."

Perdido en el recuerdo de la voz de Snape, Harry no fue consciente de que había comenzado a
llorar, silenciosamente.

"Harry, yo... sé mucho de autodesprecio. Sé de culpabilidad, sé de tener una infancia difícil. Usted
y yo nos parecemos en muchas cosas, incluida la tendencia a aislarnos. No puedo darle lecciones
sobre nada, pero quiero rogarle que busque ayuda. Yo ya no puedo recuperar mi juventud, pero
usted es apenas un chico, debería estar viviendo la vida que merece, porque pocas personas
merecen más que usted"

— Harry, Harry —Hermione le llamaba por su nombre y le agitaba, pero él no quería salir de ese
recuerdo en el que Snape, mudo ya, le apartaba con cuidado el pelo de la frente.
Finalmente, abrió los ojos porque su amiga sonaba realmente asustada.

— Hermione, ¿estuvo aquí?

Ella volvió a sentarse, con la mano en el pecho, respirando un poco fuerte todavia.

— ¿Quién?

— Snape.

Hermione parpadeó dos vecea, sorprendida.

— Sí. Se ofreció a quedarse contigo mientras yo iba a casa a ducharme y dormir un poco. Estuvo
aquí un par de horas, luego ha escrito varias veces preguntando, tuvo que volver a su trabajo.
¿Estás bien? Llorabas.

— Sí. Vuelve a dormir, no pasa nada.

No tenía ganas de explicar más, en parte porque lo poco que había hablado ya le había fatigado,
en parte porque deseaba volver a dormir o a la duermevela, y recordar más cosas sobre la visita de
Snape.

La tarde del décimo día había conseguido que Hermione se fuera a casa, argumentando que estaba
muchísimo mejor y ella necesitaba volver a sus estudios. Neville había tenido que volver también
a sus estudios y trabajo y Ron se pasaba por allí entre turnos.

Estaba tratando de concentrarse en los ejercicios físicos que le había recomendado el sanador
cuando unos nudillos golpearon la puerta.

— Entre —dijo, mientras volvía a taparse con las mantas que había apartado para mover las
piernas.

No esperaba esa visita. Ya estaba al tanto de la relación entre Malfoy y Neville. Su amigo parecía
feliz, y eso le tranquilizaba. Pero no había razón aparente para que estuviera allí en su habitación
de hospital.

— Tan locuaz como siempre, Potter —le saludó Malfoy, envarado, cuando llevaba ya un minuto
allí de pie sin que Harry dijera nada.

— Discúlpame. Aún estoy un poco lento. ¿Quieres sentarte?


El otro joven tomó asiento en la butaca junto a la cama sin variar el gesto seco. Harry no pudo
menos que pensar en la dulzura de Neville y el contraste que hacían esos dos.

— ¿Cómo te encuentras?

— Mejor, gracias. Y gracias por pedirle a Snape que vinieran, me han dicho que me salvasteis la
vida los dos.

Malfoy hizo un gesto con la mano quitándole importancia.

— El mérito es de Severus. Y de Neville.

— Toda ayuda cuenta. Me alegro de verte, Malfoy —dijo en un tono más bajo, preocupado por la
reacción del rubio.

— Yo también. No esperaba que hicieran falta dos años y que estuvieras a punto de morirte.

Harry se mordió el interior de la mejilla. Era lo menos que merecía. Y era el tono que el rubio
habría gastado con él dos años atrás.

— Lo siento.

— ¿Sientes que casi te maten? Por cierto, ¿han conseguido averiguar algo los miembros de
nuestro excelso cuerpo de seguridad?

Ahí sí que se le escapó a Harry una risita.

— Ron dice que saben quien es, lo siguen ya de cerca. Por lo visto, Snape les dio nombres de
personas que podrían traficar con ese ingrediente que no identificaban, porque aquí no se
encuentra.

— Severus es así. Creo que no eres consciente de que es de esas personas que una vez que está de
tu lado, lo está para siempre.

El tono de Malfoy había cambiado, era más cálido al hablar de su padrino.

— Potter... —Draco cambió de gesto a uno menos frívolo, más serio— él está preocupado por ti.
Tus amigos están preocupados, hasta yo estoy preocupado.

— Lo sé.

— Saberlo no lo soluciona. Tú siempre has sido un hombre de acción.

Harry miró a Draco un largo minuto, tratando de decidir si confiaba en él.

— He hablado con el sanador Sanderson. Voy a... —carraspeó un poco, la palabra no quería salir
—, voy a empezar a ver a un terapeuta.

Draco se inclinó hacia delante, con el ceño un poco fruncido.

— No eres el único que ha necesitado ayuda, no es vergonzoso. Y deja que tus amigos te apoyen.

— ¿Incluido tú?
Eso sí que pilló a Malfoy por sorpresa.

— He echado de menos nuestras conversaciones. En realidad he echado de menos tu compañía —


se animó a confesar.

— Vaya Potter, me dices esto cuando ya estoy pillado. Tú siempre tan lento.

Harry soltó una carcajada que hizo que incluso Malfoy sonriera.

— ¿Pillado? Creía que lo vuestro era algo informal —le provocó, con un brillo burlón en los ojos
verdes.

— Pero yo soy un hombre de palabra, Potter. Además, no eres mi tipo, te falta carne sobre los
huesos.

— ¿Me estás diciendo que sales con mi amigo porque está mullido? —fingió escandalizarse.

— En todos los sitios correctos —contestó Draco, levantando un poco la barbilla, pero también
con los ojos brillantes de diversión.

Potter volvió a reír. En ese momento se abrió la puerta y entró Neville con una bolsa de papel
muy conocida y cara de sorpresa.

— Errr, ¿hola? —saludó mientras dejaba la bolsa y la capa a los pies de la cama, dejando ver la
túnica de maestro—. Se te oye reír desde el pasillo.

Harry no le contestó, sólo miró a Draco, que tenía la barbilla levantada como si esperara un beso.
Al ver que Neville no se daba por aludido, señaló con un dedo disimuladamente. Sonrojado, su
amigo se inclinó y besó suavemente al rubio en los labios antes de sentarse en el filo de la cama.

— ¿Honeydukes? —preguntó Harry intrigado.

— Sí. Minerva ha sabido que estabas enfermo y te manda un variado. Poppy me ha dicho que te
insista en que comas dulces con moderación, ya sabes.

— Ya sé. ¿Hay ranas de chocolate?

Neville le tendió la bolsa. Él y Draco vieron a Harry revolver entre los envoltorios de dulces,
sonriente como un niño.

Chapter End Notes

Ya sé que los preferimos como pareja, pero me encanta escibirlos como amigos. Y más con
Severus por medio.

Estamos en la mitad ya, pero estos chicos son taaaan lentos. No se dejan llevar los
condenados.
Capítulo 7
Chapter Notes
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Invierno de 2001

No era fácil. La terapia dolía, literalmente. Sentía que su cuerpo se rebelaba, náuseas, mareos, una
sensación perpetua de tener un puño estrujándole el estómago. Sanderson seguía revisando su
salud física cada dos semanas y le aseguraba que estaba bien. Comía mejor, dormía mejor sin
pociones, pero llevaba tres meses quejándose de esos malestares y el sanador le decía que no eran
físicos, sino manifestaciones de la ansiedad que le estaba generando salir de casa e ir a terapia.

Su terapeuta estaba de acuerdo con el sanador. Era... no sabía definirlo, ¿duro? ¿Exigente?. Le
decía las cosas claras, no había intentos de ser su amigo, pero tampoco daba cosas por sentadas en
base a lo que se había publicado de él.

En tres meses se había planteado abandonar al menos seis veces, porque abrir ese cajón que había
creado en su mente en el que guardar todo lo que dolía... había días que al volver a casa lo único
que quería era acurrucarse en el sofá a llorar.

Era uno de esos días, en enero. Afuera nevaba con intensidad, Harry estaba con una manta en el
sofá y la mirada perdida en el fuego, las palabras de la última sesión todavía dando vueltas en su
cabeza. Sonó el timbre y dejó que Kreacher se ocupara, aunque la verdad era que no le apetecía
ver a nadie.

— Amo, tiene una visita. Es el maestro Snape.

Giró la cabeza por encima del respaldo con tanta fuerza que escuchó un crujido. Allí estaba, junto
al elfo, vestido de negro, alto e imponente, el gesto adusto.

Harry se levantó de un salto del sofá, pero se quedó allí, plantado, sin saber qué decir. Había
recibido una carta semanal desde que salió del hospital, a las que respondía con torpeza. Pero no
lo había visto en persona.

— Té, Kreacher, por favor —consiguió balbucear al final—. ¿Quiere sentarse, profesor?

El hombre se quitó cuidadosamente la capa y se la entregó al elfo y caminó con pasos silenciosos,
algo admirable en la vieja madera crujiente, hasta sentarse en un sillón.

— ¿Qué le trae por aquí?

— He venido a comer con Draco, por mi cumpleaños.

— Oh, felicidades —atinó a decir, sentado en el sofá de nuevo, mientras usaba la varita para
desaparecer los pañuelos de papel usados y doblar la manta.

De hecho, Snape había comentado la semana anterior ese plan, pero no había dicho nada de
visitarle.
— Ya que estaba en Londres, he pensado verle. ¿Se encuentra bien?

Harry hizo un intento de sonreír, pero sólo le salió una mueca. De todos los días que había ido a la
consulta del terapeuta, en ese último era justamente en el que habían estado hablando de ese
hombre frente a él. ¿Por qué? Porque Harry estaba frustrado consigo mismo por no haber
contestado en su carta que ya que estaba en Londres, podrían verse.

El terapeuta le había planteado una cuestión básica sobre su interés por Snape: ¿padre, amigo o
romance?, a la que no había sabido contestar. Lo que tenía claro era que su presencia le imponía
tantísimo que era imposible pensar siquiera en romance.

— ¿Harry? —insistió Snape, echándose un poquito hacia delante, preocupado.

— Sí, sí, disculpe. Es... he llegado de terapia hace un rato.

La aparición del juego de té rompió la ligera tensión mientras servía para ambos y daban el
primer sorbo.

— He traído un poco de tarta —le dijo, justo antes de que apareciera sobre la mesa—. El
chocolate tiene muchas propiedades positivas contra la tristeza.

Y empujó el platito con un tenedor hacia él por encima de la mesa.

Severus miró a Harry comiendo tarta a pequeños bocados. No tenía planeado presentarse en su
casa. Había esperado que, tras deslizar en su carta que estaría en la ciudad, Harry le propondría
verse.

En realidad, cuando envió la primera carta, ni tan siquiera esperaba una respuesta. Cuando la
recibió, le generó una inesperada ternura la esforzada letra desigual. Reconoció la prosa sencilla
que utilizaba en sus libros. Y siguió sorprendiéndose las siguientes semanas cuando el chico, en
su mente aún era un chico, se abría a él por escrito y le hablaba de lo duro que estaba resultando
el proceso de la terapia.

Lo observó mientras comía, entre sorbos de su propio té, y se percató de los cambios físicos.
Parecía haber ganado algo de peso y tenía mejor color. Una de las cosas que el terapeuta le había
prescrito eran paseos y le constaba que era lo menos pesado del tratamiento, porque le hablaba en
sus cartas de la sorpresa de descubrir el barrio en el que llevaba viviendo más de dos años.

— ¿Quiere contarme qué le ha alterado hoy? —preguntó por fin con prudencia.
Para su sorpresa, Harry enrojeció hasta las orejas. Y respondió con algo que no tenía nada que
ver.

— ¿Se sentiría incómodo si nos tuteamos?

Dejó el platillo y la taza con cuidado sobre la mesa y se apoyó un poco más contra el mullido
respaldo. La habitación no se parecía en nada al recuerdo que tenía de ella de los tiempos en los
que era el cuartel de la Orden. Era cálida y confortable, claramente su habitación preferida a tenor
de las fotos y los libros.

— No. —El gesto esperanzado de Harry decayó e inmediatamente se sintió mal— Me refiero a
que no me sentiría incómodo, Harry —aclaró.

La cara morena se llenó con una sonrisa y por primera vez pareció realmente feliz por su
presencia allí. Severus se relajó un poco más y cruzó las piernas.

— Se me va a hacer raro al principio llamarte Severus. Pero... —cogió aire—, mi terapeuta dice
que tengo que aprender a pedir lo que necesito y a valorar a mis amistades en lugar de apartarlas.

— Muy lógico.

— ¿Cómo está Draco? —cambió de tema mientras dejaba el platito vacío sobre la mesa—
Gracias por la tarta, por cierto, está estupenda.

— De nada, la eligió él. Está bien. La escuela de leyes es un reto positivo para su temperamento
—respondió mientras descruzaba las piernas para volver a inclinarse y tomar la taza.

Harry volvió a sonreír mientras cogía también su taza.

— Bueno, he oído que compite con Hermione. Ella dice que de un modo divertido, que pelean a
base de ingenio.

— Para mí es muy... tranquilizador verlo así, por encima ya de todo lo que pasó.

— Nunca le he preguntado por sus padres —comentó después de una pausa para rellenar su taza
—. No he vuelto a leer la prensa desde que, bueno, desde que te la leía a ti en el hospital. ¿Siguen
en el país?

— No tiene relación con ellos apenas —le explicó Severus, frunciendo los labios—. Después de
la guerra se apartó, comparte piso con amigos.

— Nos vimos hace tres semanas, parece que él y Neville están bien.

Severus asintió, apurando su té mientras se hacía un silencio.

— He estado leyendo tus libros —confesó a bocajarro, sin pensarlo.

Su anfitrión enrojeció de nuevo y comenzó a tirar del borde de sus mangas mientras clavaba la
mirada en la alfombra.

— Harry —llamó su atención, buscando su mirada—. Me gustan. ¿De dónde salió la idea?
— De Hermione, por supuesto. Un día le hablé de que cuando era niño, por las noches creaba
cuentos en mi cabeza para ayudarme a dormir. Y bueno, me gustan las novelas de detectives.
Encontré en el cuarto de Sirius un montón de novelas. He tenido mucho tiempo libre para leer y
escribir.

Se hizo otro silencio, solo interrumpido por el chasquido del fuego en la chimenea y los roces de
la taza y el platillo de porcelana.

— Hiciste un gran trabajo con la casa, está irreconocible —dijo Severus por fin.

— Severus... tú tampoco eres bueno en lo de la charla intrascendente —bromeó Harry,


recordando su conversación en la playa.

Una carcajada sorprendió a Harry. Miró a Severus sorprendido, jamás le había visto reir, la cara
entera le cambiaba, era más fácil recordar que en realidad era un hombre joven.

— Te queda bien reir —le dijo, relajado— ¿Más té?

Chapter End Notes

Yo y mi manía de hacer ir a los personajes a terapia. Pobre Harry, cómo le entiendo.

¿Se aprecia aquí bien el cambio de punto de vista? En realidad Severus también tiene mucho
guardado dentro. Es cierto que se parecen mucho, por eso se entienden tan bien.
Capítulo 8
Chapter Notes
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Julio de 2001

— No sé si he hecho lo correcto al invitarle —dijo Harry nada más entrar a la consulta.

El sanador Moss miró a su paciente un breve momento, mientras Harry se dejaba caer en su silla.

— ¿A quién? ¿A qué? como saludo la verdad es que no me convence. Y como enunciado de una
duda, falta información.

Harry suspiró. Había llegado a su cita semanal con la cuestión del cumpleaños dando vueltas en la
cabeza como una lavadora muggle y no había dicho ni buenas tardes.

— Buenas tardes, Marius. Es mi cumpleaños la semana que viene, voy a hacer una cena en casa
con mis amigos y no sé si invitar a Severus ha sido una buena idea.

— Buenas tardes, Harry. ¿No sabes si invitarlo porque no es un amigo? ¿O porque no sabes si
estará cómodo con tus otros amigos?

— Por lo segundo. Sí somos amigos. —Defendió con vehemencia— De hecho... nos contamos
cosas que no hablamos con nadie más.

— De acuerdo —concedió el psicomago— ¿Cómo saludas a tus amigos?

— Con un beso en la mejilla o un abrazo —respondió Harry, sin entender.

— Incluso a Draco.

— Bueno, él es más distante —contestó despacio, empezando a entender por dónde iban los tiros
—, hasta ahora nos damos la mano.

— ¿Y a Severus? ¿también le abrazas o le das la mano?

— No, a él no.

— No qué, Harry, especifica —le recordó Marius.

— No le toco.

— ¿Por qué? ¿Da corriente o algo?

— Porque es Snape. Yo... solo le he tocado cuando creí que se moría. Traté de taponar la herida
con las manos. Y además creo que no le gusta que le toquen, él tampoco ha hecho nunca mención
—explicó, mientras recordaba que eso no era del todo verdad, Severus sí le había tocado mientras
estaba en coma, para apartarle el pelo de la cara, y lo había hecho con un mimo que aún le
conmovía.
— Pero no está muerto y lo consideras tu amigo. No te estoy diciendo que ahora te tengas que
poner a abrazarle a cada paso, solo me pregunto si no lo haces por respeto a los que crees que son
sus límites o por otra cosa.

— Lo somos, somos amigos, yo lo respeto —insistió Harry, molesto.

— Ajá. ¿Entiendes que temer a un amigo no es sano?

— Yo no temo a Severus. El solo... me intimida.

— Harry, tú has luchado en una escalera

— Sí.

— ¿Hay una desventaja táctica?

— Sí, bueno, depende.

— En las relaciones también . Lo más sano es planteárselas en el mismo plano, el mismo escalón.
—Marius colocó las dos manos planas, paralelas al suelo, y luego las movió hasta simular dos
alturas diferentes— Tú tiendes a colocarte de inicio en un escalón inferior. Con tus amigos de
siempre ese rasgo se ha ido suavizando con los años, aunque aún crees que Hermione es más
inteligente, Ron más valiente y Neville el que tiene más don de gentes. ¿Me sigues?

— Creo que sí.

— Estoy seguro de que tus dos nuevos amigos son personas con defectos y virtudes como todas.
Lo que me gustaría es que te plantearas si les tratas de un modo diferente al de tus otros amigos
porque crees que ellos lo necesitan o porque no te sientes en el lugar necesario para para hacerlo
de otra manera.

Severus abrió la carta de Harry un poco sorprendido. Ya había recibido la carta semanal, su
amistad epistolar había seguido avanzando los últimos meses, pero siempre era solo una carta.
Sacó el pliego de papel y lo abrió. La letra apresurada le hizo sonreír, le recordó a los trabajos de
Harry en la escuela. El contenido le borró un poco la sonrisa.

"Estimado Severus,

me han recordado hoy que es mi cumpleaños en unos días. Estoy tan distraído con el libro que no
sé en qué día vivo. Voy a hacer una cena en casa con amigos y me gustaría, si te apetece, que
vinieras. El 31 de julio, a las seis.
Un abrazo,

Harry"

Pansy estaba, con toda su cara, leyendo por encima de su hombro. No se dio cuenta, así de
concentrado estaba, hasta que la chica habló.

— ¿Se puede llevar acompañante? ¿Me llevas? Seguro que Granger estará.

— Creo que he escuchado la puerta, Pansy.

La chica lo miró con un batir de pestañas, pero su jefe levantó una ceja y señaló con la cabeza a la
puerta que unía la rebotica con la tienda. Finalmente, ella suspiró y se marchó, desde allí la pudo
escuchar diciendo "Buenos días, ¿en qué podemos ayudarle?"

Volvió a releer la nota. Él sí tenía presente la fecha, de hecho arriba en casa, al resguardo de la
curiosidad de Pansy, tenía un regalo ya preparado. "¿Quiero ir a esa celebración?", se preguntó a
sí mismo mientras pasaba al laboratorio, la nota bien guardada en su bolsillo. ¿Sería extraño
sentarse a la mesa con sus ex alumnos?

Llevaba un buen rato trabajando, de hecho ya había acabado con las pociones que eran encargos
para ese día y había comenzado con las que quería reponer para el almacén, cuando llegó una
tercera carta. Perplejo, la abrió.

"Estimado Severus,

lamento estar interrumpiendo tu trabajo de esta manera hoy. Desde que he enviado la nota no he
dejado de pensar en si era una buena idea, si rechazarías mi invitación porque no te agrada la idea
de cenar con mis amigos. Realmente me gustaría que vinieras, solo estaremos unos pocos,
incluído Draco, y quisiera que ellos también tuvieran la oportunidad de conocerte.

Espero tu respuesta,

Harry"

Severus miró a la lechuza, que esta vez había recibido órdenes de esperar, y tomó un trozo de
papel y una pluma.

"Ahí estaré,

Severus"
No se arrepintió. Había salido de la chimenea en el salón de Grimmauld Place a las seis en punto
de la tarde. Le sorprendió encontrarlo vacío, pero igualmente se sacudió la ceniza con la varita,
estiró las mangas de su camisa blanca, se pasó la mano por la melena oscura y salió de la
habitación.

En el pasillo enseguida escuchó las voces que provenían de la cocina, en la planta baja. Siguió las
risas y las conservaciones hasta la amplia estancia que solía ser el lugar de las reuniones de la
orden. La larga mesa seguía allí, y en ese momento había sobre ella varias fuentes con comida.

— Severus —le saludó Harry con una gran sonrisa mientras se limpiaba las manos con un paño
de cocina—. Pasa, pasa, siéntate. Estamos cocinando.

— Ya lo veo. Señorita Granger —saludó con un gesto de cabeza—, auror Weasley.

Recibió una sonrisa de vuelta de Hermione, que estaba batiendo con energía algo que parecía una
salsa.

— Un placer verle, profesor —respondió la chica—. Ron, ponle algo de beber.

El joven pelirrojo había dejado la casaca del uniforme olvidada en el respaldo de una silla y
llevaba una camiseta vieja con pinta de haber sido agrandada con magia para su musculoso torso.
Se levantó del banco en el que estaba sentado, con una cerveza y una tabla en la que cortaba
queso, y se acercó a la moderna nevera.

— ¿Vino, profesor? hay blanco, el tinto lo traían Neville y Malfoy, que llegan tarde como
siempre.

Sorprendido por la afabilidad de los dos chicos y la falta de incomodidad por su presencia allí, se
desabrochó los puños de la camisa y los dobló.

— Ya no soy su profesor —contestó—. Una cerveza estará bien, Weasley. ¿Puedo ayudar con
algo?

Captó la sonrisa de Harry, que seguía junto a la cocina, mientras Weasley le servía una cerveza y
le entregaba los ingredientes de la ensalada. Pronto estaba cortando lechuga y tomates mientras
los otros tres retomaban la conversación que su entrada había interrumpido, que parecía una
actualización del pelirrojo sobre las vidas de sus hermanos. Todo aquello sonaba a que Harry no
había recuperado aún su relación con la familia de su amigo, que él mismo había observado allí
mismo años antes que lo trataba como a un hijo más.

Draco y Neville aparecieron unos minutos después, recibidos con comentarios jocosos sobre la
relación entre su impuntualidad y el sonrojo que ambos mostraban. Severus dio un par de sorbos a
la cerveza mientras veía a Harry abrazarlos a los dos. Percibió el ligero envaramiento en la
espalda de Draco justo antes de que respondiera al abrazo y le dijera, con su característico
sarcasmo, "Feliz cumpleaños, Harry. Pero sigo estando pillado".

La cena transcurrió entre conversaciones cruzadas. Los chicos le incluían, al principio un poco
más prudentes, escuchando con respeto sus opiniones, después, conforme el vino hacía efecto,
comenzaron a tomarle el pelo como hacían entre ellos. Varias veces miró a Harry y lo encontró
sonriente, feliz. Por eso no se arrepintió de haber ido a la cena.
Ni le pareció extraño que Harry le propusiera una última copa cuando los demás se retiraron. Se
sentó en el que ya era su sillón y observó al chico del cumpleaños moverse por el salón
preparando dos vasos con hielo y el licor de grosellas que compraba de propio para él.

— ¿Puedo hacerte una pregunta? —le dijo Harry, mientras se sentaba en su rincón favorito del
gran sofá, con las piernas encogidas bajo el trasero y el vaso de licor rojizo en la mano.

— Te escucho.

— ¿Te molestan las muestras de afecto?

— ¿En general? —planteó, pillado por sorpresa,— es una pregunta bastante amplia, Harry.

Harry escuchó la voz de Marius en su cerebro: tienes que ser concreto.

— Cuando has saludado a los demás, no has dado la mano, ni siquiera a Draco... o a mí. Creo que
no te he visto nunca tener contacto físico con nadie.

— Me he acostumbrado a que no haya nadie que sea cercano —respondió con voz un poco ronca
—, reconozco que no me sale natural y menos cuando son cosas protocolarias.

— Entonces te incomodaría que yo te saludara con, por ejemplo, un abrazo.

Severus dejó el vaso que tenía en la mano y se inclinó hacia delante.

— ¿La verdad? no sé cómo reaccionaría, Harry.

Harry se levantó y dio dos pasos hasta quedarse delante del sillón de Severus.

— ¿Puedes ponerte de pie?

Despacio, el hombre se estiró, tratando de no traslucir en su rostro la incertidumbre que toda esa
conversación le estaba generando. Exhaló todo el aire que estaba reteniendo cuando Harry,
bastante más bajo que él, le abrazó fuerte por la cintura y apoyó la cara en su pecho. Y Severus
reaccionó como el humano con corazón que era en el fondo: devolviendo el abrazo.

— ¿Está bien? —preguntó Harry sin separarse.

— Sí.

Demasiado bien, pensó para sí mismo Severus. Oh Merlín, estaba metido en un lío, uno muy
grande.

Chapter End Notes


A ver, que os veo: en la última frase está hablando del tema emocional, no de la cosa grande
que pensais.

Empiezan a salir sentimientos a flote. Y algunos necesitan que la gente que los quiere les dé
un empujón.
Capítulo 9
Chapter Notes
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Agosto de 2001

Un año después, Hermione y Harry estaban de vuelta en Bournemouth. Las circunstancias habían
cambiado de una manera tan increíble que costaba creerlo.

Hermione alquiló la misma casa, rezando en silencio que en esa ocasión completaran la semana
de vacaciones sin incidentes. Tenía la sensación de que se estaba cociendo algo en la cabeza de
Harry, pero no había conseguido sacarle información. Si lo hubiera sabido, se habría caído de
espaldas de la sorpresa.

Harry se presentó la primera tarde en la botica. Sin avisar. Cuando Pansy lo vio entrar, lo primero
que hizo fue mirar por detrás de él, y su cara mostró desilusión al ver que venía solo.

— Buenas tardes, Parkinson.

— Buenas tardes, Potter. ¿Necesitas protector solar?

Harry sonrió abiertamente y señaló la puerta que llevaba a la parte de atrás.

— ¿Está?

— En el laboratorio.

Le agradeció con una inclinación de cabeza y entró tranquilamente tras el mostrador. Cuando ya
estaba en la puerta, se giró hacia la Slytherin, con una sonrisa diferente, más pilla.

— Deberíamos cenar los cuatro esta semana algún día.

— Comprobaré mi agenda —contestó Pansy, en un intento de ocultar cuanto le gustaba su


propuesta.

El visitante se despidió con un movimiento de cabeza y atravesó la puerta. Atravesó el pequeño


almacén, tan ordenado como cabía esperar tratándose de esos dos profesionales y al girar en un
pasillo se encontró de frente con una imagen que no había visto en años: Snape inclinado sobre un
caldero.

El gesto concentrado y serio, el pelo apartado de la cara con una cola de caballo, las mangas
dobladas bajo el codo. Se quedó allí unos segundos, viéndolo moverse entre la mesa con
ingredientes cortados y el caldero, los largos dedos manejando el agitador despacio entre el
líquido burbujeante o añadiendo con gestos medidos las hierbas cortadas.

— ¿Vas a quedarte ahí? —le preguntó bruscamente, sin mirarle.

Harry metió las manos en los bolsillos de sus bermudas y se acercó a la mesa.
— No quería molestarte.

— Me molesta más que estés ahí de mirón —gruñó Severus, aún con la vista puesta en el caldero
—. Draco suele sentarse ahí.

Y señaló con el codo la banqueta alta situada al otro lado de la mesa. Harry se movió despacio,
dando la vuelta a la gran mesa hasta acomodarse.

— No había vuelto a entrar en un laboratorio de pociones. Verte trabajar es como volver al


pasado.

— No sé si eso es bueno o malo. ¿He olvidado que habíamos quedado?

— Quería darte una sorpresa. Hemos venido de vacaciones otra vez.

— Terminaste el libro entonces.

— Lo están corrigiendo. ¿Va todo bien? —preguntó Harry con el ceño fruncido— Lo del libro te
lo conté en la carta de la semana pasada. La que no contestaste.

— Hemos tenido mucho trabajo.

— Aja. Entonces mejor te dejo trabajar.

Y se bajó de la banqueta para marcharse, desconcertado por la hostilidad de Severus. Pero


entonces el hombre hizo un ruidito de molestia, dejó lo que llevaba en la mano y se plantó en dos
largas zancadas delante de él, atrapándolo en un abrazo inesperado.

— Déjame acabar esto y tomamos un té —le murmuró, ablandando un poco el tono mientras
Harry apoyaba la frente en su pecho—. Me alegra que hayas venido.

Harry apretó un poco más el abrazo antes de soltarle y volver a subirse a la banqueta, con un
sonrojo que Severus no percibió porque estaba concentrado en su propia reacción al abrazo. Y
esta vez no podía decirse que era el alcohol. O que era la única persona que lo abrazaba así.

Definitivamente su cuerpo reaccionaba al abrazo, agradeció llevar túnica y delantal. Lo que hacía
su corazón, su estómago, su pecho, esa reacción era la que, como hombre tremendamente
racional, entendía menos y temía más.

A Harry no le sorprendió que la casa de Severus fuera austera. Mientras el hombre se ponía
cómodo y preparaba el té, Harry se paseó por el pequeño salón. Había muchos libros, como
también cabía esperar. Sobre el escritorio, alineadas con la pluma, había unas gafas e imaginó a
Severus inclinado allí con ellas puestas, respondiendo a sus cartas.

En la ventana que daba a la calle sobre la puerta de la botica había varias plantas verdes, que
parecían cuidadas con mimo. Todo en la habitación hablaba de pulcritud y soledad, no había una
mota de polvo, pero tampoco había ni una fotografía o cuadro.

— Le he dicho a Pansy de cenar los cuatro esta semana. ¿Crees que está interesada en Hermione?
—comentó mientras daba el primer sorbo al té.

— A tenor de las veces que la nombra, es probable. ¿Ahora te vas a meter a casamentero?
Pensaba que Granger y Weasley...

El desordenado pelo oscuro de Harry se movió cuando negó con la cabeza.

— No me metería con otras personas, pero Hermione lleva mucho tiempo sola. Ellos rompieron
cuando Ron se fue a la Academia en lugar de volver a Hogwarts con ella.

— Parece que se llevan bien —cuestionó Severus, recordando la noche de la cena de cumpleaños,
en la que no había detectado una mínima tensión en la pareja.

— Si. Mejor que yo con Ginny —murmuró Harry a la par que estiraba la mano para tomar una de
las galletas de chocolate que había puesto su anfitrión en un platito.

Severus levantó las cejas, era la primera vez que nombraba a la familia de su amigo.

— ¿Qué pasó con ella? —preguntó con suavidad.

Le respondió una sonrisa triste y pesarosa entre pequeños mordiscos a la pasta. Se había dado
cuenta hacía tiempo de que Harry comía despacio en general pero los dulces en particular los
estiraba todo lo posible, algo que siempre le revolvía por dentro porque le recordaba las
privaciones que había pasado de niño.

— Que yo tampoco volví a Hogwarts y me convertí en un tío que no salía de casa más que para ir
al hospital a verte —le respondió por fin, desviando un poco la mirada hacia la ventana.

— ¿Por qué lo hacías? —interrogó el pocionista después de un silencio triste también— La


prensa te atacó y tus amigos no lo entendieron.

Los ojos verdes se giraron de nuevo hacia él, mientras todavía mordisqueaba la galleta.

— Inicialmente, porque Draco me recordó que te debía muchísimo. Después... no podía no ir.

Los ojos entrenados de Severus reconocieron la mentira en su cara, pero no quiso presionarlo.

— ¿La querías?

— Creía que sí, sobre todo mientras huíamos. Pensar en ella era de las pocas cosas que me
recordaban que aquello tenía un propósito. Pero luego fue sorprendentemente fácil dejarla ir.

— ¿Y a su familia? Recuerdo que Molly te consideraba un hijo más. ¿Sabías que Arthur habló
con Dumbledore cuando estabas en la escuela para que le ayudara a solicitar tu custodia?
La cara de Harry se descompuso bastante al escucharlo, no lo sabía, pero no hacía falta que
Severus le dijera que Dumbledore se encargó de impedirlo.

— Después de lo de Ginny, y lo de Fred... —se detuvo a aclararse la garganta con un poco de té—
tenía la sensación de que no podría mirarles a la cara.

— ¿Qué dice Moss al respecto?

— Que en algún momento tengo que darles una explicación y la opción de reprochármelo si lo
necesitan, si es que realmente creo que tienen cabida en mi vida. Lo mismo que a Andrómeda
Tonks.

— ¿Andrómeda Tonks? —preguntó sorprendido Severus.

— Remus me pidió que fuera el padrino de su hijo —le explicó avergonzado—. Y bueno, no he
hecho un gran trabajo.

— Pero Harry...

— Lo sé. Me puse en contacto con ella hace un par de semanas, mejor no te cuento la carta que
me escribió. ¿Sabías que Draco sí tiene relación con ella? Por lo visto mi ahijado lo adora.

— Sí que lo sabía. Ella le acogió en su casa un tiempo, hasta que acabó la escuela y se fue a
compartir piso.

— Me sorprende que no me haya reñido nunca.

Severus guardó silencio unos minutos. Se sentía mal al ver que sus preguntas habían entristecido
a Harry. Mientras su exterior se mantenía adusto, por dentro estaba buscando una conversación
que cambiara el ánimo en la habitación.

— ¿No te gustan los cuadros?

La pregunta le pilló desprevenido, la cara de Harry era de genuina curiosidad.

— No demasiado.

— Tampoco las fotografías. Te he traído una de las que hicimos en mi cumpleaños, pero no es
necesario que la pongas en ningún lado.

Al día siguiente, dentro de su costumbre de colarse en su casa cuando le placía, Pansy subió tras
él a la hora del almuerzo, sin cesar de hablar de la invitación a cenar de Potter.
La estaba ignorando, porque la quería como a una hija, pero le ponía la cabeza como un caldero
hirviendo, hasta que la chica entró en la cocina agitando algo.

— ¿Y esto? —preguntó, casi metiéndole en las narices lo que llevaba en la mano, que no era otra
cosa que la foto enmarcada que había colocado sobre su escritorio.

La había tomado Neville mientras recogían entre todos la mesa. Severus había aprovechado ese
momento de distracción para darle a Harry su regalo. La imagen en movimiento recogía el
instante en que le daba el paquete envuelto y la reacción de felicidad infantil de Harry arrancando
papel, sonrisa con hoyuelos y sonrojo incluidos. Incluso se le veía a él sonreír un poco.

— Una foto, Pansy —contestó seco, apartándole la mano.

— ¿Tú has visto la cara de Potter cuando te mira? —cuestionó ella, volviendo a ponerle la foto
delante— Le salen corazoncitos por los ojos.

Severus frunció el ceño, pero miró. Al final de la secuencia, Harry tenía el libro en la mano y, tras
abrirlo y ver qué era una primera edición de "Estudio en escarlata", volvía a cerrarlo y levantaba
la mirada hacia él.

— Ahí —señaló Pansy con una uña pintada de carmesí la cara de Harry en ese preciso momento
—. El chico está colgadisimo por ti. Como tú de él. ¡Qué emoción!

Esta vez le apartó la mano con un poco más de violencia y volvió a la sartén en la que estaba
haciendo pescado.

— Pon la mesa si piensas quedarte a comer.

— Jefe...

— Te he dicho un millón de veces que no me llames así —le gruñó—. La mesa. Y sin magia, la
última vez rompiste una copa.

Chapter End Notes

Gruñón Snape en acción. Creo que decir que está asustado es poco.

Esto se acaba y los malditos aún no se han besado. Lo sé, son odiosos.
Capítulo 10
Chapter Notes
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— Estás muy guapa.

Harry observó a Hermione mientras se movía por la habitación acabando de meter cosas en el
bolso. Llevaba un vestido corto verde de tirantes que dejaba ver sus piernas morenas.

— Gracias, tú también. No te había visto esa camisa, ¿es nueva?

— Sí —contestó alisándola con las palmas de las manos—. Draco y Neville me obligaron a ir de
compras hace unos días para la presentación del libro.

— Muy propio de Draco —comentó mientras se pintaba los labios frente al espejo del vestíbulo.

— Fue divertido, cenamos en un asiático y bueno, los palillos... no son lo mío.

Su amiga le miró con una pequeña sonrisa. Cogió el bolso y le tendió la mano para salir.

— Me alegra verte así.

— ¿Así cómo? —preguntó cerrando la puerta con llave.

— Con ganas de probar cosas nuevas, de salir. Y feliz, creo que no eres consciente de cuánto
sonríes últimamente.

Le salió sonreírle en respuesta y apretar la mano que todavía sujetaba. Besó su mejilla y echaron a
andar fuera del edificio.

— Estoy mejor. Al comienzo la terapia fue muy difícil pero... parece que funciona. No sé si lo
habría conseguido sin vuestro apoyo, Mione.

Su amiga soltó su mano y se agarró a su brazo para caminar.

— Lo de esta noche es seguramente la guinda de todo lo que ha pasado este año, ¿sabes? —
comentó un poco divertida—. Creo que inesperado como poco.

— Bueno, he oído que tú diste el primer empujón a Neville para que saliera con Draco. Te hago
responsable de esto de normalizar ser amigos de los Slytherin.

Hermione soltó una carcajada y apretó un poco más su brazo.

— El primer paso lo diste tú yendo al hospital a cuidar de Snape. Creo que ahí se dio cuenta
Draco de que los Gryffindor también podemos ser buenas amistades.

Harry abrió la boca para contestar, pero no llegó porque una voz femenina les llamó a unos
metros.
Delante del restaurante en el que iban a cenar, un modesto italiano, Pansy agitaba la mano para
llamar su atención. A su lado, alto y serio como siempre, Severus miraba también en su dirección.
Harry parpadeó varias veces, tratando de asegurarse de que lo que estaba viendo eran unos
vaqueros azul oscuro y una camisa granate. Jamás había visto al hombre con ropa que no fuera
formal, normalmente pantalón negro y camisa blanca o la túnica de trabajo.

— ¡Hola! —saludó Pansy, ajena al sobresalto de Harry, extendiendo la mano hacia ellos—
Cuanto tiempo, Granger.

Hermione le devolvió la sonrisa gatuna a Pansy. Harry miró de la una a la otra mientras el apretón
de manos se alargaba, consciente de repente de que ahí se cocía algo.

— Harry —saludó Severus, tendiéndole la mano también.

Volvió la atención a su amigo y estrechó su mano, sintiendo el calor subir por el brazo.

— ¿Preparados para cenar?

El peso de la conversación recayó enseguida en ambas chicas. Conforme las escuchaba hablar, a
Harry le iba quedando más claro que había sido una buena idea juntarlas. De hecho, sospechaba
desde hacía un tiempo que Hermione en su último año en Hogwarts había construido puentes
hacia personas cuya amistad quizá en otro momento no se habría planteado. Al no estar ellos,
especialmente Ron, que era el más intolerante hasta ese momento, había estrechado su amistad
con Neville, incluso con Lavender y Parvati, y parece que también con personas de otras casas,
porque la manera en la que charlaban las dos delataba que no era su primera conversación.

Al acabar la cena, Pansy propuso tomar una copa. Por un momento Harry pensó que Severus diría
que no, porque se trataba de un local en el que la música estaba alta y las chicas se lanzaron de
cabeza a la pista de baile.

— Lo que haces por Pansy... —bromeó, los dos junto a la barra esperando a las copas.

— Creo que los dos sabemos que esto es una cosa excepcional —respondió con su voz grave
haciendo cosas en las tripas de Harry.

— ¿No te gusta bailar? —preguntó, girándose hacia la pista de baile para poder concentrarse en
mantener altas sus barreras mentales, no era el mejor momento para que Severus captara alguno
de sus pensamientos.

— No esta música. Soy un poco más clásico.


— Ohh. ¿Mozart o Beethoven?

— Van Halen.

Harry rio. Era propio de Severus dejarlo descolocado.

— ¿Guitarras eléctricas? Yo te veía tomando el té con un libro mientras escuchas a Mozart.

— Bueno, también hay días en los que la música clásica acompaña.

Se llevó el botellín de cerveza a los labios y se permitió observar a Severus de reojo llevarse
también un vaso a los labios con los ojos perdidos en las personas que se movían en la pista. El
perfil duro, protagonizado por la nariz aguileña, era... atractivo. Había un cuerpo de músculos
largos y definidos debajo de la túnica habitual, el cuerpo de un hombre aún joven.

— ¿Y a ti no te gusta bailar? —le interrogó Severus.

— Sí, me gusta... a solas en casa. Hermione ha intentado enseñarme muchas veces, pero ya me ha
dejado por imposible.

Charlaron distendidamente, apoyados en una mesa alta, sin perder de vista a las chicas que
bailaban entre risas con una copa en la mano. Harry se sentía tremendamente consciente del calor
del cuerpo de Severus, sus brazos se rozaban de cuando en cuando. Con las defensas bien en alto,
se permitió pensar en lo que pasaría si le decía que quería salir a la pista y bailar con él tan
pegados como Pansy y Hermione.

— Creo que voy a retirarme ya —le sacó la voz de su amigo de sus pensamientos.

— Ohh, ¿tan pronto? —no pudo evitar responder con un pequeño puchero.

Severus le enseñó la esfera de su sencillo reloj.

— Es más de la una.

— Voy a despedirme de Hermione y te acompaño.

— No hace falta. Quédate y diviértete —respondió Severus, apurando su copa.

Envalentonado, Harry se puso de puntillas, le puso la mano en el hombro y le habló al oído.

— Quiero irme contigo.

Y al apartarse le echó una mirada tan significativa como el sonrojo que la acompañaba.

— ¿Estás seguro? —inquirió Severus con un brillo diferente en los ojos.

— ¿Me vas a hacer suplicar?

— Solo quería estar seguro de que no era el alcohol el que hablaba.

— Si estuviera borracho, seguramente no estaría tan cortado ahora —contestó aún más sonrojado,
haciendo un esfuerzo por no apartar la mirada.
Severus solo le respondió con una inclinación de cabeza hacia la pista para que fuera a despedirse
de las chicas.

Salieron a la calle y caminaron muy cerca el uno del otro en silencio. Harry sentía que le latía el
corazón tan fuerte que Severus tenía que escucharlo por fuerza. Finalmente, alejados ya de la
zona de bares, no pudo evitar que su inseguridad volviera a salir a la luz.

— ¿Te estoy poniendo en un compromiso? No sé, parece que...

Su exprofesor se paró en seco, lo detuvo tirando de su mano y lo hizo girar hacia él, con el ceño
fruncido.

— Sé decir no, Harry —le recordó.

— ¿Puedes entonces mostrar algo de emoción?

El hombre contestó con un gruñido, la cogió la cara con las dos manos y le besó. No un besito,
no, un beso intenso, labios y lengua, la cabeza inclinada hacia un lado para que no chocaran sus
narices, los largos dedos enganchados en el pelo de su nuca.

— Wow —fue lo único que consiguió decir Harry cuando le liberó y se dio cuenta de que estaban
en el salón del apartamento de Severus.

— ¿Quieres tomar algo más?

Harry le siguió a la cocina y se lo encontró con las dos manos apoyadas en el mostrador y la
cabeza un poco gacha.

— Agua —Cogió él mismo un vaso y lo llenó en el grifo al ver que Severus no variaba la postura
—. Aún me tiemblan las piernas.

— No voy a disculparme.

— No deberías. —Harry se bebió de un trago medio vaso de agua— De hecho no me importaría


otra muestra.

— Realmente estás aprendiendo a verbalizar lo que quieres. — Se giró con gesto determinado, le
quitó el vaso de la mano y lo dejó sobre la mesa.

Con un brazo lo sujetó de la cintura y con la otra mano alzó su barbilla hasta que sus labios se
encontraron. Con un gemidito de aceptación, Harry le pasó las manos por detrás del cuello y le
devolvió el beso. No tenía mucha experiencia, pero sí muchas ganas.
A Harry le despertó un movimiento en la cama, unas pocas horas después. Desconcertado, miró
hacia la ventana, apenas amanecía, y luego al hombre que se vestía en silencio con la espalda
encorvada.

— ¿Severus? ¿Qué haces? —preguntó al darse cuenta de que se estaba poniendo la túnica que
usaba para trabajar un domingo.

— Necesito bajar al laboratorio.

Se incorporó en la cama, tratando de cubrirse con la sábana, la frialdad que desprendía la figura
vestida de negro le hacía sentir pequeño y expuesto.

— Vuelve a la cama, por favor —suplicó.

Severus no contestó, sólo negó con la cabeza.

— No hagas esto, no te vayas así.

En lugar de responder, Severus simplemente siguió vistiéndose.

— ¿Entonces ya está? —A Harry le salió la voz aguda por la tensión— ¿Olvidamos esta noche y
seguimos adelante? ¿O hasta aquí ha llegado también nuestra amistad?

— ¿Y qué alternativa hay? —le contestó por fin, sentándose en el borde de la cama para mirarle
por primera vez.

— ¡Estar juntos! Yo quiero estar contigo, Severus. Me ena...

— No lo digas —le pidió, poniéndole dos dedos sobre los labios—. Esto es una locura, Harry —
susurró mientras le apartaba el pelo de la frente.

Y así, sin decir nada más, dejó un beso junto a la famosa cicatriz, y se marchó.

Chapter End Notes


De nuevo os estoy escuchando protestar por la falta de escena sexual. Sorry, creo que el tono
del fic no es propicio para meter de repente una escena de tórrida pasión.

Solo diré que Harry tuvo una buena primera vez y que en algún momento, perdido en el
calor de la pasión, se le escapó un "te quiero" que es la causa del insomnio de Severus y de
su huída hacia delante.
Capítulo 11
Chapter Notes
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Septiembre de 2001

Era como un dejavú. Un año después, Draco sentado de nuevo en la misma esquina del
laboratorio.

— Tienes ojeras, padrino. ¿Problemas de sueño?

— ¿Qué quieres? Tengo mucho trabajo —respondió con sequedad, dándole la espalda para
preparar el material sobre la mesa.

— Eso dice Pansy, que estás trabajando demasiado. Ella en su burbuja de enamoramiento feliz no
está dándose cuenta de que te estás castigando.

— Déjame en paz, Draco. No te metas en mis cosas.

Escuchó los pasos a su espalda y vio por el rabillo del ojo como su ahijado daba la vuelta a la
mesa y se sentaba en la banqueta de siempre, la que había ocupado Harry un mes antes.

— Lo de intimidarme con tu mirada fiera y tu tono más sombrío dejó de funcionar hace años,
Severus. ¿No quieres hablar conmigo? Tienes cara de estar a punto de estallar.

Su padrino no contestó, con los labios apretados. Draco se quedó allí, con los codos apoyados en
la mesa y la cara entre las manos, mirándole fijamente.

— Vete a casa, no hay nada de lo que hablar —le dijo al cabo de unos minutos, aún sin levantar la
vista del caldero humeante.

— No. ¿Tienes al menos idea de lo que has hecho? ¿De cómo le ha afectado a él?

Ahí fue cuando Severus sí reaccionó y le miró de frente. A esa distancia, las ojeras eran más
pronunciadas y los ojos oscuros se veían opacos.

— ¿Qué crees que no me deja dormir? —le interrogó con voz ronca.

— Oh, eso es muy tú, preocuparte por cómo estará Harry, pero no hacer nada por averiguarlo. ¿Y
tú? ¿Tus sentimientos? Ni siquiera te molestes en negarlo, padrino, —Draco levantó una mano
con la palma levantada hacia él cuando lo vio abrir la boca— es más que obvio lo que sientes por
Potter y que estás asustado como un crío por lo que implica.

— ¿Te mandan a reñirme?

— No. En realidad me manda Harry para saber que estás bien. ¿Qué pasó? Lo único que sé es que
volvió ya de día a casa y se negó a explicarle a Granger nada.

— Es entre él y yo, no os incumbe— respondió, la atención de nuevo en el caldero.


— Nos incumbe porque os apreciamos a los dos —suavizó Draco el tono—. Y es obvio que
ninguno de los dos está bien. Aunque Potter lo disimula mejor, la verdad.

Severus suspiró y dejó de simular que trabajaba.

— Pasamos la noche juntos y... me marché por la mañana. Es tan joven, Draco —explotó por fin,
con ambas manos apoyadas en la mesa y la cabeza gacha.

Draco se levantó de la banqueta y dio la vuelta a la mesa hasta tenerlo al alcance de la mano.
Pensó en abrazarle, pero al final optó por ponerle la mano en el brazo y buscar su tono más
empático, conmovido por el evidente desasosiego del héroe de su infancia.

— Harry ha vivido para llenar varias vidas, padrino. No me pongas excusas con la edad, ni él es
tan joven ni tú tan mayor como te empeñas. Y ni lo intentes con el argumento de que puede tener
algo mejor, porque te quiere a ti.

— Estuve enamorado de su madre, y él lo sabe. Ni siquiera sé cómo ha podido pasar esto.

— ¿Y?

— ¿No te parece raro? —preguntó, levantando la cabeza para clavar sus ojos negros en él.

— A estas alturas nada me parece raro. Creo que verte a ti gimotear porque estás enamorado de
Harry Potter acaba de fulminar mis registros de cosas raras.

— ¡Draco! —le riñó, liberando su brazo.

— ¡Severus! —imitó su tono y volvió a agarrarlo— Eres humano y tienes derecho a tener miedo,
pero ese chico está colgado por ti desde que te leía en el hospital. Dale un poco de crédito y deja
de esconderte. Aún no puedo creer que lo dejaras tirado de esa manera, por Merlín, a mister
problemas de abandono.

— ¡Draco! —volvió a reñirle.

— Tengo razón y lo sabes, no solo te escondes, es que te fustigas porque sabes que lo has hecho
muy mal. Deja de preocuparte por él y piensa por un momento en ti y en si realmente quieres
renunciar a lo que podéis llegar a ser.

La fila de padres con niños salía por la puerta de la librería. Con un suspiro de rendición, se puso
el último y ojeó mientras el libro en su mano. Por supuesto, lo había comprado el mismo día de su
salida.
Su mirada volvió inevitablemente a la dedicatoria y no pudo evitar sonreír y acariciar las letras
impresas con la punta de los dedos.

"A S. :el amor sigue siendo la respuesta"

Había tenido que aguantar incontables bromas de Draco y de Pansy. El gesto aún lo llenaba de
sorpresa, después de como se había portado.

La fila avanzó cuando se abrieron las puertas. Por encima de las pequeñas cabezas vio al fondo de
la gran sala una mesa y tras ella a un hombre pelirrojo. A pesar de que sabía que para las firmas
siempre alteraba su aspecto, no pudo evitar un pequeño pellizco de desilusión.

Lo observó mientras los lectores se acercaban a él con sus libros en la mano. Sonreía a los niños
de un modo tranquilizador, los pequeños se veían emocionados cuando se alejaban de la mesa con
el libro firmado. Algunos pedían fotos, otros se entretenían un poco más contándole algo, el caso
era que la fila iba despacio.

Cuando quedaban ya solo cinco niños por delante, comenzó a latirle el corazón un poco más
rápido. No era su pelo, o sus manos, pero eran sus gestos, esa manera de inclinarse hacia los niños
para escucharles mejor, o la sonrisa. Y eran sus ojos los que brillaron cuando lo vio en la fila.

— Eres mi fan más adulto, ¿lo sabes? —le preguntó mientras abría su ejemplar y tomaba el
bolígrafo.

— Creía que era tu mayor fan directamente.

— Ten cuidado Severus, el exceso de sentido del humor quizá sea perjudicial para la salud —
bromeó mientras escribía la dedicatoria— Toma —le tendió el libro.

Lo abrió y sonrió. Se despidió con una pequeña inclinación de cabeza y salió de la librería.

"Las protecciones de mi casa todavía te reconocen. Hoy me iría fenomenal cenar con buena
compañía, y quizá una copa junto a la chimenea".

Cuando Harry llegó a casa, Severus estaba sentado en su sillón con su libro entre las manos, las
gafas puestas y un vaso vacío en la mano.

— Kreacher debe estar muy concentrado en la cena si permite que tengas un vaso vacío en la
mano —comentó, tratando de sonar divertido a pesar de que le temblaba la voz.

Severus se quitó las gafas, dejó todo sobre la mesa y se levantó.


— No sé cómo disculparme, Harry —dijo con gravedad, dando un paso hacia él.

— A los Slytherin no se nos da bien dar gracias o pedir perdón, dijiste. Bueno, estás aquí, lo
tomaré como una disculpa.

— No, te mereces más. Yo...

Harry, ya con su aspecto recuperado, negó con la cabeza y se acercó. Levantó la mano derecha,
con el índice y el corazón extendidos, y los puso sobre sus labios.

— Tuviste miedo. Puedo entenderlo. Tú fuiste el que dijo que nos parecemos mucho. Yo tenía
miedo de que desaparecieras, pero me obligué a tener fe en ti, por eso te di tiempo y espacio.
Bueno, y puede que le pidiera a Draco que se asegurara de que estabas bien.

Severus soltó una carcajada y lo abrazó, fuerte como siempre, dejando a Harry esconderse en su
pecho. Besó con cuidado entre el pelo alborotado y respiró su olor.

— Te amo, Severus. Es muy loco, pero cierto —le escuchó, amortiguado por su camisa.

Soltó el abrazo y lo cogió con ambas manos de la cara para besarle.

— Yo también.

— ¿Me amas? —preguntó Harry con los ojos brillantes.

— Sí.

— Dilo, las palabras no muerden.

El hombre volvió a reír. Besó su frente y le apartó el pelo de la cara con dedos suaves, acariciando
piel a su paso.

— Si lo dice un escritor habrá que creerlo. Te amo, Harry. Y si, es tan loco como cierto.

Esta vez fue Harry el que se colgó de su cuello para besarle. La cena puede esperar, pensó
mientras sacaba la varita para bloquear la puerta del salón.

Chapter End Notes

Ya veis que soy buena y no he alargado la agonía del pobre Severus. Ala, que ya está, a
quererse y esas cosas.

No me miréis así, que claro que hay epílogo, ¿cuando os privo yo del capítulo azucarado
para cerrar? venga va, pero solo uno ehh.
Epílogo
Chapter Notes
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Un año después.

Aún entre las sábanas, Harry veía a Severus vestirse. Le gustaban sus gestos precisos, la
costumbre de ponerse la camisa y abrocharse primero los puños, los largos dedos manejando los
botones y luego sacando la melena negra por fuera del cuello antes de comenzar a abotonar los
del cuello.

— ¿Vas a dormir un rato más? —le preguntó mientras se subía los pantalones.

— No, me levanto y desayuno contigo.

Severus se inclinó hacia él y le dejó un beso suave en los labios y otro en la frente.

— Todo va a ir bien, Harry. No estes nervioso.

Harry hizo un intento de sonreír mientras se bajaba de la cama para ponerse una bata. Pero al
ponerse de pie sintió con claridad algo que bajaba por su pierna.

— Creo que me voy a dar una ducha rápida mientras preparas el desayuno —comentó, sonrojado,
metiéndose en el baño.

Bajo el agua, se enjabonó con brío, tratando de no pensar en la noche anterior y las causas de esa
humedad. Severus le había sorprendido con una celebración de aniversario. Habían salido a cenar
y luego habían hecho algo que a Harry le hacía muchísima ilusión: subir a la London Eye.

Podía parecer muy tonto, porque ambos habían sobrevolado en algún momento la ciudad gracias
a ser magos, pero también ambos eran mestizos aunque él tenía un apego mucho mayor a su parte
muggle.

Sonrió, sonrojado, mientras se acababa de aclarar, recordando el viaje en la gran noria. De noche,
con las vistas de Londres iluminada, Severus había sacado con disimulo su varita para crear
música e invitarle a bailar. Nadie le creería si contara que ese hombre tan serio tenía un lado
romántico escondido. Tampoco le creerían si contara el resto de la celebración, ya en casa.

Entró a la cocina y se lo encontró apoyado en el mostrador, con la primera taza de café entre las
manos, mirando por la ventana.

— Toma —le tendió un frasquito.

Harry miró la etiqueta. Ese era el Severus que cuidaba, el que sabía que la actividad de la noche
anterior le habría dejado seguramente un poco agarrotado y dolorido.

Se lo tomó de un trago, sin dudar.


— Gracias —se puso de puntillas para besarle con cuidado, no era buena idea derramar el café
sobre la blanca camisa.

— ¿Desayuno?

— Por supuesto. ¿Qué planes tienes para hoy? —preguntó mientras preparaba otra cafetera.

— Nada concreto. Revisar la contabilidad y lavar ropa.

Harry se mordió el labio. No quería pedirle que le acompañara. Podía lidiar el solo con un niño de
tres años.

— Claro que puedes.

El radar de Severus aún funcionaba a veces espontáneamente y Harry había aprendido a no


molestarse por eso, sabía que no había mala fe, solo conexión. Comenzó a poner la mesa, aún
mordiéndose el labio. Sintió la presencia confortable de su compañero tras él justo antes de que le
abrazara por la cintura.

— Ha ido bien cuando has estado en su casa. Edward ya te conoce, confía en ti. Y Andromeda
también. Te has asegurado de llenar tu casa de medidas de seguridad, tienes todo tipo de cosas
para tenerlo entretenido. Va a ir bien.

— ¿Vendrás por la tarde?

— Iré a cenar contigo, como cada domingo.

— Acerca de eso...—dejó de colocar platos y tazas y se giró para quedar de frente a él—
¿podríamos pensar en alguna manera de... vernos más? Las semanas a veces son muy largas.

Severus besó su frente y se apartó para volver a su puesto junto a la sartén.

— No puedo ir y venir a Londres a diario, Harry.

— Realmente yo puedo trabajar en cualquier lugar —respondió mientras retiraba la cafetera del
fuego.

— Has trabajado mucho para rehabilitar esa casa, ¿la cambiarías por vivir aquí?

— ¿Contigo? Claro. Y aún podemos quedarnos allí los fines de semana. No voy a desprenderme
de la casa, es la herencia de mi ahijado. Pero me gustaría despertarme cada día así, ¿a ti no? no
quiero invadir tu espacio, Severus si no estás preparado.

El hombre apagó el fuego y repartió los huevos y el bacon en dos platos. Pero en lugar de
cogerlos, le pasó a Harry, aún junto a él con la cafetera en la mano, el brazo por los hombros y le
dejó un beso en la sien.

— Probemos —fue lo único que dijo mientras cogía los platos y los dejaba sobre la mesa.
Cuando sonaron las seis de la tarde en el reloj sobre la chimenea, una de las pocas cosas que se
habían rescatado de la casa de sus padres, Harry se dejó caer con cansancio en el sofá con una
taza de té.

Había sobrevivido a seis horas seguidas de ahijado, con almuerzo incluido. Severus había tenido
razón al decir que iría bien, pero desde luego cuidar a un niño pequeño era agotador.

Entre sorbo y sorbo observó su nueva decoración de pared. Habían estado pintando juntos, idea
de Hermione, y ahora un gran pliego de papel los representaba a los dos jugando a la pelota en el
jardín de la casa de Andrómeda.

Su ahijado era un niño alegre y vivaz, a Harry le recordaba mucho a su madre, pero cuando se
concentraba en algo, como en pintar, fruncía las cejas como Remus. Miró la foto que tenía en la
repisa, también sacada de la casa de sus padres. Era de su primera navidad, posiblemente la
última vez que sus padres y él se habían reunido con Remus y Sirius. Las sonrisas eran cansadas y
todos parecían arremolinarse protectoramente alrededor del bebé que saludaba con la manita a la
cámara.

El flu sonó cuando Harry dejaba la taza vacía sobre la mesa. Le sorprendió porque Severus solía
aparecerse directamente, pero aún le sorprendió más darse cuenta de que no eran sus piernas las
que aparecían en la chimenea.

Se puso en pie, varita en mano, pero la dejó caer en la mesa al darse cuenta de que la que salía del
flu era Molly Weasley. Mudo de impresión, se quedó allí, plantado, viendo salir tras ella a su
marido y finalmente a Severus.

— Hola, Harry —saludó el patriarca Weasley.

Más de tres años habían pasado. Pero parecieron desaparecer cuando se echó a los brazos de
Molly y volvió a recibir su abrazo maternal.

— Oh, querido —la escuchó murmurar en su oído—. Mi querido muchacho.

— Lo siento mucho, señora Weasley —respondió sin deshacer el abrazo.

— Severus dice que estás mejor.

Harry se separó y miró a su compañero, que se mantenía un poco alejado, con su eterno gesto
impertérrito.
— Lo estoy. ¿Quieren sentarse? —preguntó después de estrechar la mano de Arthur—. Iré a
pedirle a Kreacher que traiga té. ¿Se quedarán a cenar con nosotros?

Severus se adelantó hasta él.

— Yo me ocupo —le dijo, dando un pequeño apretón en su brazo.

Lo retuvo un momento y lo abrazó.

— Gracias, Severus —susurró contra su pecho.

Él le devolvió el abrazo, bien apretado, y luego salió del salón y Harry imaginó el revoloteo de
una túnica negra tras él.

Chapter End Notes

Se acabó. Gracias por llegar hasta aquí. No son los mejores días para escribir en este
fandom, así que se agradece vuestra compañía, es la motivación para seguir. Nos leemos
pronto, un gran abrazo.
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