Un enfoque integral en el tratamiento del síndrome del intestino irritable
Influencia de las emociones en la salud física
En toda enfermedad coexisten factores no sólo orgánicos sino
también emocionales, psicológicos, incluso sociales. A este
nuevo paradigma científico que tiene en cuenta no sólo la parte
física del ser humano sino también la psicológica y la
emocional, se le ha denominado Medicina Psicosomática.
Se ha demostrado que reacciones emocionales intensas y
mantenidas en el tiempo desencadenan niveles elevados de
activación fisiológica –mecanismos biológicos como la
segregación de determinadas hormonas, el aumento de la
frecuencia cardíaca o la respiratoria, la elevación de la presión
sanguínea, el incremento de los niveles de colesterol y
triglicéridos o la reducción del número de linfocitos, entre otros– que implican un deterioro de la salud
física.
Además, gran parte de la literatura científica sobre el estrés se está centrando en la relación entre los
sucesos vitales estresantes positivos o negativos –separación, muerte de un familiar cercano,
matrimonio, nacimiento de hijos…– y el desarrollo de problemas de salud física.
Cuando sentimos estrés, ansiedad, tristeza o preocupaciones muy intensas, durante largos periodos
de tiempo, podemos llegar a modificar nuestros hábitos vitales, que dejan de ser saludables:
descuidamos nuestra alimentación, abandonamos el ejercicio o iniciamos o incrementamos
adicciones como el tabaco o el alcohol, circunstancias que realimentan y agravan la situación y
producen un estado físico que consolida el malestar, haciéndonos pensar que ya es demasiado tarde
para cambiarlo o que es demasiado difícil.
De igual modo el círculo de malestar puede funcionar en la otra dirección, es decir, un estado físico
delicado, debido, por ejemplo, a enfermedades crónicas, genera un proceso emocional en el que se
incrementan emociones como la tristeza, la ira o la ansiedad, y que afectan y realimentan el malestar
físico, y de nuevo nos lleva a pensar en que no hay solución posible.
Hay un “lugar” por el que podemos
“romper” este círculo de malestar.
Realizar una buena gestión emocional nos va
a permitir identificar nuestras emociones,
reconocer su origen, comprenderlas y
aceptarlas, y a partir de ahí regularlas y
aprovechar el proceso para iniciar cambios,
introducir hábitos que mejoren la situación,
buscar y aplicar soluciones, manejando de un
modo más eficaz nuestros síntomas físicos. En
definitiva, evolucionar desde un círculo de
malestar “inmóvil”, a un camino que se dirija
hacia al bienestar, al mejor bienestar que
podríamos tener, aun conviviendo con una
enfermedad.
Afrontamiento del síndrome de intestino irritable
En muchas ocasiones, el tratamiento médico y farmacológico obtienen escasos resultados, por lo que
parece necesario proceder desde un abordaje donde se ofrezca al paciente una respuesta integral,
en la que se incluyan los cuidados psicológicos y emocionales. Es frecuente escuchar que los
pacientes con síndrome del intestino irritable u otros trastornos digestivos, empeoran sus síntomas
durante situaciones o periodos de estrés. El estrés y la ansiedad afectan a la sensibilidad visceral, los
movimientos del intestino, la permeabilidad intestinal, el tono y las respuestas de adaptación del
intestino. Esto a su vez suele conllevar que el paciente esté en un estado de alarma o
hipervigilancia hacia sus señales corporales, lo que le lleva a centrar toda su atención en estas
zonas de su cuerpo, haciendo que los síntomas físicos se noten con mayor intensidad.
La gestión emocional en el tratamiento del síndrome del intestino irritable
La experiencia de una enfermedad como el síndrome del intestino irritable está muy determinada por
los aspectos emocionales. Ante los síntomas físicos las respuestas más frecuentes son:
● Expresión emocional: ansiedad, ira, rabia, frustración, tristeza, desmotivación…
● Alteración de hábitos. Respuesta evitativa en el afrontamiento: abandono de actividades
gratificantes, aislamiento social, descuido de aspectos como la alimentación, los ritmos de
sueño, el ejercicio físico…
● Aumento de la rumiación o pensamientos obsesivos e improductivos, donde los síntomas son
interpretados y valorados, se hacen vaticinios terribles –derivar en enfermedades más
graves–. ¿Qué pienso sobre mis síntomas? Si pienso que no podré sobrellevarlos, si tengo
una actitud catastrofista, o interpreto que esto es el origen de una enfermedad aun más
grave, se incrementará el malestar, este incremento refuerza y avala las ideas catastrofistas
–profecía autocumplida– y alimenta el mecanismo circular.
Tratamiento del síndrome del intestino irritable desde la Psicología
Hay 2 términos que bien podrían resumir los objetivos de nuestro Programa de Psicología Clínica
en el tratamiento del Intestino Irritable: adaptación y control.
Adaptación: Adaptarse no significa no cambiar nada, no es inmovilidad, sino que implica buscar
activamente aquellas estrategias que permitan reducir el malestar generado por los síntomas,
minimizar las consecuencias adversas de la enfermedad y mejorar la calidad de vida.
Control. El objetivo es que el paciente controle la enfermedad y no que ella determine y condicione
toda su vida. Recuperar el control percibido también significa adquirir autoconfianza para tener una
respuesta activa de afrontamiento.
Heptágono vital
En las sesiones, cuando aplicamos
con nuestros pacientes el programa
clínico en el síndrome del intestino
irritable, nos gusta recurrir a una
imagen: es una estrella de siete
vértices, a la que llamamos el
«Heptágono Vital». Con esta imagen
queremos representar la “multiplicidad”
de la persona, la importancia de
comprendernos de un modo integral,
donde todas las áreas son esenciales.
Donde el bienestar de la persona es
equilibrio, es sintonía, es unidad… sencillez en la complejidad.