Biblia AT
Biblia AT
Muchas veces y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros antepasados por media
de los profetas, ahora en este momento final nos ha hablado por medio del Hijo (Heb 1 1-2). Es difícil
expresar con mayor concisión y c1aridad la noción cristiana de la revelación divina que, en su
dimensión escrita, coincide con la Biblia, unidad total (armada por dos grandes partes que conocemos
como Antigua y Nuevo Testamento). Dentro de este gran conjunto, el Antigua Testamento es la
expresión de las muchas y variadas “palabras antiguas” que Dios dirigió a unos hombres, “nuestros
antepasados”, por media de otros hombres, los “profetas” (y por extensión, todos los autores del
Antigua Testamento), pronunciadas en distintos momentos históricos y en lenguajes humanos variados
y diversos. Aunque las “Últimas palabras pronunciadas por el Hijo (Nuevo Testamento) aclaran y
completan las antiguas, no por eso las invalidan o suprimen (Mt 5 17), ni nos ahorran el esfuerzo de
leerlas y comprenderlas en toda su hondura y plenitud. Y es precisamente a partir de esta exigencia
cuando surgen las dificultades, porque el Antiguo Testamento aparece a nuestra mirada como un mundo
distante y diferente de este mundo nuestro que se encuentra en los inicios del siglo XXI.
Estas páginas introductorias pretenden reducir “las distancias” y ayudar a comprender “las
diferencias, ofreciendo para ello unas primeras claves que nos permitan entrar en el mundo del Antigua
Testamento con las mínimas condiciones exigidas para participar activamente en ese sublime dialogo
de amor que Dios establece con los hombres. Solo así, las “antiguas” palabras serán vivas y actuales,
los espacios distantes serán terreno familiar, la historia anterior formara parte de nuestra historia y los
lenguajes diferentes y variados se traducirán sin traición a nuestro idioma. Y entenderemos que Dios
tiene aún mucho que decirnos a través de estos textos.
1
l. EL MARCO HISTORICO DEL ANTIGUO TESTAMENTO
Los pueblos, como los hombres, son hijos de su tiempo y de, su espacio; e Israel, el pueblo del
Antigua Testamento, no es una excepción. En consecuencia, para conocer a fonda los escritos en que
este pueblo expresa sus vivencias y dar respuesta a los diversos problemas y necesidades que se le
plantean, hemos de aprender a situar correctamente esos escritos en el marco geográfico que los vio
nacer y en los distintos momentos, históricos en que fueron surgiendo; una geografía y una historia que
Israel compartió con otras culturas y otros pueblos.
2
Mesopotamia
Es la región comprendida entre los ríos Tigris y Éufrates (Mesopotamia significa "entre ríos") y
fue el primer gran foco de civilizaciones y culturas. Multitud de razas y pueblos se dieron cita en la
región y los imperios se sucedieron combatiéndose entre sí. Hacia el 3000 a.C., los sumerios
establecieron al sur de Mesopotamia la primera gran civilización que extendió su dominio sobre toda la
región. Los acadios, pueblo de origen semita procedente del desierto siro-arábigo, terminan con la
antigua civilización sumeria y fundan el imperio de Acad (2370-2230 a. C.). Después de 1a
desaparición de los acadios y el breve renacimiento sumerio de la magnífica dinastía III de Ur (2060 a.
C.), una nueva oleada de nómadas semitas, conocidos como los amorreos, se establece en la región,
dando origen a los grandes imperios de Asiria y Babilonia. La dinastía I de Babilonia (ss. XX-XVI a.
C.) Conocidos con su célebre rey Hammurabi un primer periodo de esplendor, llegando a dominar
Mesopotamia después de haber derrotado a Asiria y Mari.
Entre los siglos XVI y X a.C. ocupan o dominan la región una amplia gama de pueblos, como
casitas, hurritas, hititas y arameos, que en el s. IX a.C. dejan paso al resurgido imperio asirio,
convertido en la nueva gran potencia del Oriente Medio. Ya en el s. IX a.C. Asiria comienza su
expansión hacia el este y entre los años 735-721 a.C. acaba con los reinos de Damasco e Israel y reduce
a Judá a la condición de reino vasallo (701 a. C.). Pero en la segunda mitad del s. VII a.C. el imperio
asirio comienza a decaer y es definitivamente aniquilado por Babilonia: la capital, Nínive, cae el año
612 a. c. y los ejércitos asirios son totalmente derrotados el año 605 a. C. en Karkemis. De esta manera
entra en la escena política mundial el nuevo imperio babilónico que con Nabucodonosor conquista el
antiguo territorio asirio, aniquila a Judá (587 a. C.) y extiende su dominio hasta Egipto.
El tiempo del exilio babilónico coincide con los últimos años de este imperio, pues en el año
539 a.C. Ciro, rey del imperio persa, derrota a Nabonido y conquista Babilonia. Doscientos años más
tarde (331 a. C.) también el imperio persa sucumbe ante el empuje de Alejandro Magno. Mesopotamia
deja de ser el centro del poder y de la supremacía político-cultural, que ahora se desplaza al mundo
mediterráneo teniendo como protagonistas primero al imperio greco-macedónico y, posteriormente, al
imperio romano.
Egipto
Por su cercanía, su historia milenaria y su evolucionada civilización, Egipto fue probablemente
el pueblo que irradió un mayor influjo sobre Palestina. En el año 3000 a. C. Egipto era ya un gran
estado, pero sólo a partir del imperio medio (1900 - 1500 a. C.) se hizo efectivo su dominio sobre
Palestina, convertida durante siete siglos en una especie de protectorado o provincia egipcia. Entre los
años 17201570 a. C. el país estuvo gobernado por los hicsos, extranjeros semitas que, procedentes de
Palestina, se infiltraron por el delta del Nilo y llegaron al poder, estableciendo lazos de sangre, cultura
y religión entre los habitantes del valle del Nilo y los del Oriente Próximo asiática. Su expulsión
coincide con el comienzo del imperio nuevo (1500 a. C.), caracterizado por una fuerte presión inicial
sobre Palestina, un debilitamiento posterior en la época de Amarna, capital del faraón monoteísta Ame-
nofis IV (1364-1347 a. C.), que hubo de sufrir una serie de disturbios en Palestina (de los que dan fe las
"cartas de Amarna), y un nuevo control de la situación por parte de los faraones de la dinastía XIX
(1304-1184 a. C.), Seti, Ramses II y Mernefta, probables faraones del tiempo de la opresión israelita en
Egipto.
Con la invasión de los pueblos del mar, procedentes de las islas del mar Egeo, se inicia la
decadencia de Egipto, que en adelante habrá de contentarse con un papel secundario en la política
internacional. Aun así, Egipto seguirá ejerciendo un importante influjo en Palestina, durante los
tiempos de la monarquía unida, y más tarde en el Reino de Judá. Muchos elementos de la cultura, la
3
administración y la religión egipcias fueron importados y asimilados en mayor o menor escala a la vida
y a las instituciones del pueblo israelita.
Mundo greco-romano
Desde el segundo milenio Canaán había sufrido la influencia de la civilización egea y en el s.
XII a. C. se instalaron en territorio cananeo los filisteos, uno de los "pueblos del mar", que invadieron
la región procedentes del Egeo después de un fracasado intento de instalarse en Egipto. Esta influencia
egea sobre Palestina se acentuó en la época persa y alcanzó su momento más intenso a raíz de las
campañas de Alejandro Magno (333-323 a. C.), fundador del gran imperio greco-macedónico y de los
reinos helenistas que le sucedieron. Aquí tuvo su origen el helenismo, fenómeno socio-cultural,
caracterizado por la expansión de la lengua y civilización griegas, que ejercería una influencia decisiva
tanto en la comunidad judía residente en Palestina como en la dispersa por el mundo, conocida con el
nombre de "diáspora". Este influjo se mantendría incluso cuando los romanos, mandados por Pompeyo,
se apoderen de Palestina (63 a. C.) para no abandonar ya su dominio hasta el final de la nación judía en
tiempos del emperador Adriano (135 d. C.).
Pueblos vecinos
Tanto los antiguos pobladores de Canaán, anteriores a la ocupación de Israel, como los vecinos
posteriores, fueron pueblos pequeños que tuvieron un origen similar a los israelitas y que ejercieran
sobre Israel una influencia más próxima y directa. Sin embargo, a diferencia de las grandes potencias,
nunca llegaron a amenazar seriamente la existencia del pueblo hebreo.
Los cananeos eran un conjunto de tribus organizadas en ciudades-estado. Habitaron el país
antes que los israelitas e incluso después de la ocupación de estos. A pesar de tratarse de una población
muy mezclada, Canaán ofrecía, en contraste con su diversidad política, cierta unidad cultural y
religiosa: se hablaba una sola lengua, el cananeo, cuya forma antigua se adivina a través de algunas
glosas de las cartas de Amarna, mientras que su cultura y religión debieron ser muy parecidas a las
reveladas par los documentos ugaríticos de Ras Shamra, escritos en el s. XIV a. C.
Entre los pequeños reinos limítrofes, Edom, al sureste, ocupaba la meseta de Seír, el valle del
Araba y la región de Petra. Al este del mar Muerto se encontraba Moab y más arriba Amón y Basán.
Finalmente, al norte se encontraban los reinos arameos de Damasco y Jamat. A pesar de sus conflictos
permanentes con estos pequeños reinos, Israel los consideraba emparentados y expresaba el parentesco
por medio de genealogías: amonitas y moabitas se reconocían hijos de Amón y Moab, sobrinos de
Abrahán (Gn 1936-38), mientras que los edomitas y los arameos procedían de Esaú (Edom) y de
Labán, tío y suegro respectivamente de Jacob. Al oeste estaban los filisteos, llegados al país casi al
mismo tiempo que los israelitas. Fueron los extranjeros por excelencia y los enemigos internos más
incómodos de Israel hasta los tiempos de David. Finalmente, al noroeste se encontraban los fenicios,
marineros y comerciantes, con sus grandes ciudades costeras de Biblos, Tiro y Sidón. Sus relaciones
con Israel fueron generalmente amistosas y l1egaron a ejercer un notable influjo religioso en el reino
del Norte, especialmente durante la dinastía de Omrí.
4
Los orígenes
Se puede afirmar que Israel, como pueblo plenamente constituido, nace con la monarquía entre
los siglos XI-X a. C. También con la monarquía y sus nuevas instituciones (escribas, listas y archivos
de corte, anales reales) nace su historia escrita. Sin embargo, este momento ha estado precedido de un
largo periodo de formación, que abarca ocho o nueve siglos y que escapa casi por completo a1
historiador. De este largo periodo "constituyente" Israel ha conservado diversos recuerdos de
acontecimientos y personajes: son recuerdos transmitidos por tradición oral que, una vez contrastados
con otras Fuentes de la historia del antiguo Oriente Próximo y con los descubrimientos arqueológicos,
contienen información útil y pueden ofrecernos datos de importancia sobre los orígenes de Israel. En
estos recuerdos destacan tres momentos especialmente significativos: la historia de los patriarcas, el
tiempo de permanencia en Egipto, que culmina en la salida del país, y la conquista y progresivo
asentamiento en Canaán.
- Mi padre era un arameo errante... (Dt 26 5). Esta breve frase con la que comienza un antiguo
texto litúrgico es un acertado resumen de las tradiciones patriarcales contenidas en Gn 12-50, que
pretenden historizar los orígenes de Israel. Los antepasados o patriarcas de Israel están emparentados
con los semitas pastores semi-nómadas de ovejas y cabras, que circulan en la primera mitad del
segundo milenio por la franja semi-desertica del Creciente Fértil. Con el tiempo, estos pastores se
instalan y se hacen sedentarios, llegando incluso a dominar las regiones previa mente ocupadas (como
los amorreos en Mesopotamia y, más tarde, los arameos en Siria y Palestina). Las tradiciones bíblicas
sitúan en este amplio periodo las figuras de Abrahán, Isaac, Jacob-Israel y los hijos de este último que
dieron nombre a las doce tribus, identificados como sus antepasados más directos. Confrontando estas
tradiciones con los datos de la historia y la arqueología, se puede decir que estos antepasados
provenientes de Mesopotamia (Abran de Ur; Jacob de Jarán, en el media Éufrates) merodean par el
centro y el sur de Palestina entre los ss. XVIII-XVI a. C. Estos grupos se caracterizan por su
vinculación al "dios del padre" y por considerarse depositarios de importantes promesas para sus
descendientes. Una parte de ellos se establece finalmente en Egipto, junto con otros grupos semitas,
durante un periodo que oscila en torno a cuatro siglos y que tiene como fechas-marco dos importantes
acontecimientos: la llegada a Egipto de los hicsos, procedentes de Siria-Palestina (hacia el 1720 a. C.) y
el debilitamiento del poder egipcio en tiempos de Amenofis IV (1364-1347 a. C.).
- El Señor nos sacó de Egipto con mano fume y brazo poderoso... (Dt 26 8). La permanencia en
Egipto, la opresión y, sobre todo, la liberación ocupan un lugar destacado en el libro del Éxodo, que
convierte este último acontecimiento en el artículo centra1 del credo de Israel y en el punto de partida
de su historia como pueblo. El proceso que dio origen a este acontecimiento, descrito como la gran
epopeya de Israel, fue sin duda complejo y resulta difícil de comprobar, pues el fondo indudablemente
histórico del éxodo aparece revestido de abundantes rasgos legendarios y litúrgicos. Pudo comenzar
hacia el 1250 a. C., bajo Ramsés II, cuando diversos grupos de semitas establecidos en Egipto y
sometidos a trabajos forzados consiguen huir guiados por Moisés. Tres hechos adquieren especial
importancia: la salida de Egipto, atribuida a la intervención de Dios a través de distintos signos (Ex 7--
12), el paso del mar Rojo (Ex 14-15) y el encuentro de algunos de estos grupos con su Dios en el Sinaí,
encuentro en que se concluye una alianza (Ex 19-24). Las tradiciones israelitas presentan el Éxodo unas
veces como resultado de una huida masiva, y otras como consecuencia de una expulsión decretada por
las autoridades egipcias. Esto ha sugerido la posibilidad de que el relato actual sea una fusión de dos
tradiciones distintas: el éxodo-expulsión, vinculado a la expulsión de los hicsos hacia el 1570; Y el
éxodo-huida, protagonizado por el grupo de Moisés, que a la postre se convertiría en la tradición
predominante.
5
- ... nos traja a este lugar y nos dio esta tierra (Dt 26, 9). EI tercer gran momento que configura
los orígenes de Israel es su entrada e instalación en Canaán, presentadas, al igual que los
acontecimientos anteriores, como el resultado de nuevas intervenciones divinas. Los c1anes y tribus
procedentes de Egipto penetran en Palestina, unos por el sur y otros por el este. En general, se trata de
infiltraciones pacificas en regiones poco habitadas. Solo en contadas ocasiones los recién llegados han
de enfrentarse y luchar can los habitantes cananeos que les impiden el paso. En 1a mayoría de los
casos, la instalación en la nueva tierra se produce por vía de asimilación y de pactos con los moradores
cananeos. De estos hechos se han conservado dos versiones notablemente diferentes: según Jos. 1-12 la
conquista es producto de tres rápidas y victoriosas campanas de "todo Israel" comandado por Josué;
según Jue I, en cambia, la conquista fue un proceso lento y progresivo que en principio no afectó a los
enclaves cananeos mejor fortificados. Por lo demás, la época de los jueces queda envuelta entre brumas
y recuerdos épicos y legendarios, de carácter local. Van tomando forma las alianzas entre tribus
vecinas, en torno a santuarios comunes, sobre todo para hacer frente a diversas amenazas. Entre las
instituciones más representativas de la época, hay que mencionar a los limados "jueces menores", el
arca de la alianza y los santuarios tribales. Israel adopta algunos elementos cananeos, sobre todo
religiosos y culturales, y los adapta paulatinamente, dándoles una nueva configuración.
La monarquía
El sistema tribal se revelo insuficiente para dar respuesta a las diversas amenazas que debieron
afrontar las tribus: saqueadores nómadas, reinos trans-jordanos, ciudades cananeas y, sobre todo, la
presión filistea reclamaban una unidad más sólida y permanente. Sin embargo, la primera experiencia
monárquica con Saúl 1030-1010 a. C.) Fracasó, quizá porque la nueva institución no difería mucho de
las antiguas estructuras tribales y no contó con el apoyo y la legitimación suficientes. El mismo Saúl
aparece con rasgos de los antiguos jueces israelitas, solo aceptado por algunas tribus, sin una capital
permanente ni un ejército regular.
Fue David (1010-970 a. C.), un miembro de la tribu de Judá, quien logró consolidar e
institucionalizar en pocos años el modelo monárquico. Elegido rey en Hebrón por las tribus del sur, es
aceptado poco después por las tribus del norte, consumando así por primera vez la unidad nacional.
David fortalece el nuevo estado con sus victorias contra los reinos vecinos y la conquista de Jerusalén,
ciudad jebusea que pasa a ser la capital política y religiosa de todas las tribus. Impone además su
dominio sobre los reinos vecinos hasta el norte de Siria y establece las bases de una organización
interna estable: ejercito de mercenarios y cuerpo de funcionarios especializados que dan solidez y
prestigio a la institución monárquica.
Su hijo Salomón (970-931 a. C.) perfecciona la organización del estado, creando un aparato
administrativo, impulsando el comercio de transito como importante fuente de ingresos y promoviendo
abundantes obras de construcción, entre las que destaca el templo de Jerusalén, su obra por excelencia,
centro religioso de reunión de las tribus y signo de la presencia permanente de Dios en medio de su
pueblo. Aunque es casi seguro que ya existían algunos poemas y ciertos relatos, puede decirse que con
la monarquía, particularmente con Salomón, da comienzo y cobra impulso la actividad literaria en
Israel. Es también la época en la que se consolidan el profetismo y el sacerdocio, dos instituciones
especialmente influyentes en la historia del pueblo hebreo. El reinado de Salomón terminó, sin
embargo, con graves problemas internos y externos que tendrán como condescienda la división del
reino.
Los reinos divididos
Roboán, el hijo de Salomón, no supe satisfacer el descontento de las tribus del norte. Indignadas
por la opresión y el trato discriminatorio del nuevo rey (que ponía de manifestó la superficialidad y
6
debilidad de la unidad pretendida), las tribus del centro y del norte se separan en el 931 a. C. y se
constituyen en reino independiente al mando de Jeroboán (931-910 a. C.). Sólo las tribus de Judá y
Benjamín permanecen fieles al sucesor de David, Roboán (931-914 a. C.), en el nuevo reino de Judá.
Durante dos siglos el pueblo de Israel permanecerá dividido en dos reinos más o menos rivales.
EI reino del Norte (Israe1), formado por los territorios más ricos y pobladas del país, pero
sometido también a mayores presiones externas, conoció periodos de esplendor, especialmente bajo
Omrí (884-874 a. C.), fundador de Samaria, Ajab (874-853 a. C.) y Jeroboán II (782-753 a. C.), bajo
cuyo reinado surgen en la historia de Israel Amos y Oseas, los primeros "profetas escritores". Sin
embargo, su inestabilidad dinástica (se suceden nueve dinastías en 200 años) y su carencia de una
ideología legitimadora de la monarquía lo dejaron inerme ante la amenazadora expansión asiria y
terminó sometido a tributo por el rey asirio Teglatfalasar III en el año 738 a. C. La última resistencia es
vencida con la toma de Samaria en el 722 a. C.; una parte de la población es deportada y el territorio de
Israel se convierte en provincia asiria.
EI reino del Sur (Judá), más reducido y con menos recursos, tuvo en cambio una mayor
estabilidad, garantizada por la "teología de la sucesión davídica" y la menor presión enemiga. Por
proximidad geográfica, estuvo frecuentemente influenciado por la política egipcia. Como el reino del
Norte, también conoció momentos brillantes con reyes como Asa (911. 870 a. C.), Josafat (870-848 a.
C), Azarías/ Ozías (767-739 a. C.), Ezequías (727-698 a. C.), que llego a reunir los restos del reino del
Norte, y Josías (640-609 a. C.), que protagonizó el último paréntesis de independencia y importante
intento de reforma. También aquí florecieron destacadas figuras proféticas como Isaías, Miqueas,
Sofonías y Jeremías.
Tras librarse de la amenaza asiria en el 701 a. C., el pequeño reino sucumbe un siglo más tarde
ante la invasión babilónica en poco más de diez años el rey babilónico Nabucodonosor lanza dos
ataques contra Jerusalén (598 y 587 a. C.), destruye la ciudad y se lleva deportados a Babilonia a los
dirigentes y a un núcleo importante de población del reino de Judá.
El exilio
Las caídas sucesivas de Samaria y Jerusalén supusieron un duro golpe para el pueblo que,
confiado en la permanencia inmutable de las promesas divinas, vio en su frustrada historia el fracaso
rotundo de dichas promesas. El destino del pueblo fue diverso, según los grupos. En el país quedo un
buen núcleo de habitantes empobrecidos, desorganizados y religiosamente abandonados, que se
mezc1aron con los colonos llegados de fuera. Otros judíos lograron huir a Trans-jordania o a Egipto,
donde formaron colonias, las cuales dieron origen al fenómeno de la diáspora o dispersión judía, que
incluiría también al grupo de los deportados a Babilonia. Este grupo, formado por unos cuantos miles
de habitantes que representaban lo más selecto de la población de Judá, no fue excesivamente
maltratado y pudo reunirse por familias en las aldeas y ciudades babilónicas.
Si el pueblo, en su conjunto, logro sobrevivir a la gran crisis política y religiosa del exilio, fue
gracias a la labor de los profetas y sacerdotes que, reflexionando sabré el pasado, explicaron la
catástrofe en términos de responsabilidad nacional y descubrieron en las antiguas tradiciones nuevas
perspectivas de esperanza y continuidad. Con ello edificaron las bases de una nueva identidad más
religiosa que política. La circuncisión, el sábado, la observancia de 1a ley y la inquebrantable
afirmación de Yavé como único Dios serán las nuevas mediaciones que sustituyan a las instituciones
fracasadas. Ezequiel y e1 anónimo profeta conocido como el Deutero-Isaías (Is 40 - 55) serán los
grandes impulsores de la obra de restauración.
7
La comunidad judía postexílica
En menos de cincuenta años la situación internacional experimento un cambio rotundo: el año
539 a. C. Ciro, rey de los persas, conquista Babilonia. Mediante una política de tolerancia y un edicto
de repatriación (538 a. C.) permite a los deportados regresar a su tierra y reconstruir el templo.
Los judíos que han regresado del exilio forman una comunidad religiosa sometida política y
administrativamente al imperio persa. Esta comunidad se ha de enfrentar a 1a lenta y difícil tarea de
restauración y a la hostilidad de los ocupantes y vecinos. Sesbasar, Zorobabel y Josué, junto con los
profetas Ageo, Zacarías y el Tercer Isaías (Is 56-66) son los guías de esta comunidad que recibe su
organización definitiva y su estructura teocrática por medio de Esdras y Nehemías a finales del s. V a.
C. La ley, el templo y el sacerdocio serán los pilares fundamentales de esta comunidad que, aunque
tuvo poca influencia en el ámbito político, dejó profundas huellas en el ámbito religioso y literario (1a
mayor parte de los libros del Antiguo Testamento reciben en este periodo su forma definitiva).
En el año 333 a. C. Alejandro Magno derrota a los persas e instaura el imperio greco-
macedónico y la expansión de 1a lengua y civilización griegas. Es el fenómeno conocido como
"helenismo". Incorporada al nuevo imperio, la comunidad judía tendrá que sufrir las luchas entre los
sucesores de Alejandro, especialmente los Lágidas o Tolomeo, dueños de Egipto, y los Seleucidas;
dueños de Siria y Mesopotamia. Durante siglo y medio los judíos viven en paz con el mundo griego,
aunque empiezan a profundizarse las diferencias entre los judíos partidarios del helenismo y los que
permanecen radicalmente fieles a las propias tradiciones. Sin embargo, en el 167 a. C. se produce una
aguda crisis: el seleucida Antíoco IV pretende abolir el estatuto particular del que gozaban los israelitas
que habían regresado del exilio y prohíbe las prácticas religiosas judías en Jerusalén y en toda
Palestina. Los hermanos macabeos, apoyados por grupos de judíos piadosos (asideos), organizan una
rebelión armada que acaba por triunfar: Simón Macabeo, reconocido como sumo sacerdote, obtiene la
independencia política para Judá (141 a. C.). Sus descendientes, los asmoneos, retoman el título de
reyes y mantienen 1a situación durante poco más de setenta años en media de luchas fratri cidas, a las
que pone fin el ejército romano que, al mando de Pompeyo, se apodera de Jerusalén e1 año 63 a. C.
quedando Judea convertida en provincia romana. La nueva dominación, con el paréntesis del reinado
de Herodes el Grande, vasallo de Roma, se hará insoportable y después de las rebeliones de los años 70
y 135 d. C. provocara el fin de la nación judía.
En el trascurso de todo este periodo, dos hechos adquieren especial relevancia: la separación
progresiva de los samaritanos, que reúnen determinadas tradiciones de las antiguas tribus del centro y
del norte y rompen con Jerusalén y el judaísmo oficial; y la consolidación de 1a diáspora,
especia1mente favorecida por la expansión del helenismo. La población judía residente en el
extranjero, más numerosa que la población de Palestina, se agrupa en torno a sus sinagogas y, a pesar
de la distancia, mantiene su vinculación con Jerusalén y e1 templo. La diáspora confiere al judaísmo un
aspecto nuevo y lo prepara a superar la gran prueba que supuso su desaparición como nación.
8
II. LOS LIBROS DEL ANTIGUO TESTAMENTO
Como unidad Iliteraria, el Antiguo Testamento es una gran colección de 47 escritos (algunos tan
breves que difícilmente se puede considerar libros) de muy diversas épocas y autores, repartidos por
afinidad Iliteraria o temática en cuatro grandes grupos: Pentateuco, Escritos históricos, Escritos
proferidos y Escritos poéticos y sapienciales (división que coincide a grandes rasgos con la triple
denominación judía: Ley, Profetas y Otros Escritos). Esta gran colección es el resultado final de un
lento proceso de creación que duró más de un milenio. Sin embargo, la gran mayoría de estos escritos
no nacieron de una vez, ni proceden de un solo autor, ni fueron escritos siguiendo el or den que
actualmente tienen en nuestras Biblias. Toda esta literatura fue surgiendo al hilo de la vida y la historia
de un pueblo, Israel, abierto al influjo de otros pueblos y literaturas.
10
se atribuye la recopilación de antiguas colecciones de proverbios (Prov 25, 1-29, 27). Josías, por su
parte, impulsó una ambiciosa reforma, realizada a partir del descubrimiento del "libro de la ley” (2 Re
22 8), identificado con el nucleó del Deuteronomio. Es 1a primera vez que en la Biblia se da a un
escrito de carácter normativo o canónico. La importancia de este "Libro de la ley” no se agota en la
reforma: una escuela inspirada en el Deuteronomio (llamada por tanto deuteronomista) iniciará pacos
años después la composición de una gran obra histórica que comprende desde la conquista de la tierra
hasta 1a caída de Jerusalén, y que conocerá su última edición durante el exilio. Nuevos escritos
proféticos de Sofonías, Nahúm, Habacuc y Jeremías completan la aportación literaria del reino de Judá.
EI tiempo del exilio se convirtió en un periodo especialmente fecundo para el conjunto del
Antiguo Testamento: En Jerusalén se escriben las Lamentaciones y se concluye la historia
deuteronomista. En Babilonia los deportados entran en contacto directo con la cultura, la religión y la
literatura mesopotámicas y asimilan en parte algunos de sus elementos. Una escuela de inspiración
sacerdotal, la escuela de inspiración sacerdotal, reescribe de nuevo la historia del pueblo desde los
orígenes hasta Moisés, sirviéndose de las versiones anteriores, es decir, de la historia yavista y elohista.
Paralelamente, la actividad profética se intensifica con la aportación de dos grandes obras: Ezequiel y
el profeta anónimo conocido como Segundo Isaías. Pero lo más importante fue, sin duda, el nuevo
espíritu que estos grupos y sus obras contagiaron en los desterrados para afrontar con nuevos ánimos la
tarea de reconstrucción nacional y las bases religiosas que aportaron a la comunidad postexílica.
El periodo post-exílico
A pesar de la notable carencia de datos e información sabré la comunidad post-exílica durante
las épocas persa y helenística, este periodo resulta especialmente importante y decisivo en la
configuración del Antiguo Testamento. Después del exilio y los primeros trabajos de reconstrucción,
animados por los profetas Ageo, Zacarías y el Tercer Isaías, la reforma de Esdras, a finales del s. V,
supone la culminación del Pentateuco o Torá (Ley), que se convierte en el cuerpo literario normativo de
la comunidad teocrática. En los dos siglos siguientes (IV-III a. C.) se completan la colección de los
Profetas (anteriores: Jos, Jue, I-25m, 12 Re; y posteriores: Is, Jr, Ez y “los doce”), y buena parte de la
colección de Escritos: Sal, Prov, Job y los "cinco rollos" (Rut, Cant, Ecl, Lam y Est), a los que se añade
la obra del Cronista (1-2 Cr, Esd y Neh).
Dentro y fuera de Palestina, la expansión del helenismo obliga al judaísmo a un nuevo esfuerzo
de apertura y confrontación con la nueva cultura. Fruto de este dialogo es la traducción de la Tora al
griego, realizada en Alejandría, en tiempos de Tolomeo II (285-246 a. C.). Según una tradición judía, la
traducción corrió a cargo de setenta y dos sabios judíos (de ahí el nombre de Versión de los LXX). En
los siglos posteriores (II. I a. C.) se traducen los Profetas y el resta de Libros hebreos del Antiguo
Testamento, una vez completados el conjunto de los Otros Escritos con el libro de Daniel. La versión
griega añade, además, otros libros aparecidos en los dos últimos siglos: 1-2 Mac, Tob, Jdt, Bar, Eclo, y
Sab y los añadidos griegos a Est. y Dn (que la Iglesia católica acepta como deuterocanónicos, mientras
las Iglesias protestamos y el judaísmo los consideran apócrifos). Esta versión griega tendrá gran
importancia porque los primeros cristianos se servirán de ella, de sus términos y conceptos, a la hora de
formular la nueva fe cristiana, y porque constituye el verdadero punto de unión entre los dos
testamentas.
Así, a finales de la época veterotestamentaria y comienzos de la era cristiana queda
prácticamente constituido el Antiguo Testamento judío, aunque sigue abierto el proceso de aceptación
como Libros sagrados en lo que se refiere a la colección de los Otros Escritos. De hecho los distintos
grupos judíos adoptaron posiciones diferentes con respecto al canon de los Libros Sagrados, los
samaritanos solo aceptaban la Tora (el Pentateuco); los saduceos daban una importancia secundaria a
11
Profetas y Otros Escritos, excluyendo de estos últimos a Daniel; los esenios parece que no reconocían a
Ester, mientras que utilizaban Eclesiástico y algunos libros apócrifos; e incluso al final del siglo I d C.
se mantenían ciertas dudas sobre el carácter inspirado de Cantar y Eclesiastés. De todo esto se concluye
que los límites de la tercera colección del canon judío, es decir, de los Otros Escritos, no estaban
totalmente definidos.
III. EJES TEOLOGICOS DEL ANTIGUO TESTAMENTO
Esta gran colección de escritos que forma el Antigua Testamento, además de ser literatura
nacida y desarrollada al hilo de la vida y la historia, es Palabra de Dios y palabra sobre Dios. Así la han
recibido y reconocido los judíos que leyeron en ella la privilegiada relación de Dios can Israel. Así la
consideraron Jesús y la primera Iglesia, que leyeron esa palabra como anticipación y promesa de la
Palabra definitiva pronunciada en Jesús de Nazaret y convirtieron, además, el Antiguo Testamento en el
punto de partida para anunciar a Jesucristo. Es legítimo y necesario, por tanto, preguntarse por la
teología o teologías del Antiguo Testamento. Sin embargo más que referimos a todas las teologías o
perspectivas teológicas, lo que pretendemos es apuntar brevemente esas constantes temáticas que,
repitiéndose en varios cuerpos, nos permiten percibir una perspectiva global y unitaria de este conjunto
a primera vista heterogéneo y fragmentario.
f) Pluralidad de teologías...
En la redacción final de los escritos y colecciones del Antiguo Testamento se percibe una fuerte
tendencia a acentuar los elementos unitarios de la fe y religión de Israel. Sin embargo la religión de
Israel es plural. Solo al final de la época veterotestamemaria existe una clara unidad, un cuerpo de
creencias y vivencias amplio y consistente, pero esa unidad es fruto de una larga historia hecha de
asimilación e integrada de las aportaciones de distintos autores y grupos al patrimonio común. Por eso,
no resulta extraño que aun en su estadio final el Antiguo Testamento refleje indicios claros de esa
diversidad teológica. Así, son diferentes las perspectivas teológicas de las tradiciones que confluyen en
el Pentateuco. Como son también diferentes las perspectivas teológicas de la historia deuteronomista y
la cronística, dos síntesis históricas tan coincidentes, por otra parte, en multitud de datos. Esta
diferencia se advierte también en la teología de libros tan cercanos temáticamente como 1 y 2
Macabeos, o en la de profetas de la misma época como es el caso de Isaías y Oseas, o el de Jeremías y
Ezequiel, o el de este último y el Segundo Isaías. Tampoco debe extrañar que en una misma obra
existan visiones divergentes de un mismo tema (de la monarquía en 1 Sm 8, 12; del templo en 1 Re 8;
de los santuarios locales en 1.2 Re; o del mismo Dios en Gn 1.2). Por eso, hemos de acostumbramos a
contemplar cada Libro o cada perspectiva teológica como ópticas distintas que permiten percibir más
plenamente la riqueza de la revelación, o como instrumentos diversos que interpretan una misma
sinfonía.
g) ... y unidad de fe
La religión de Israel nació y se desarrolló en el ambiente politeísta de las distintas civilizaciones
del antiguo Oriente Próximo. Sin embargo, en todo el Antiguo Testamento late una firme convicción
monoteísta. Esta fe monoteísta se va perfilando progresivamente a lo largo de la historia, en contacta o
en conflicto con expresiones, fórmulas y elementos cultuales politeístas del entorno, que llegaron a
tener un fuerte arraigo popular. La predicación de algunos profetas como Oseas, Isaías y Jeremías
contribuye decisivamente a definir las exigencias del monoteísmo. Solo desde la reforma de Josías y,
sobre todo, a partir del exilio, la unidad de fe queda claramente formulada. Es entonces cuando la fe
monoteísta se retrotrae al momento del Sinaí (e incluso antes, a la época patriarca) y, a partir de ahí, va
jalonando una historia en la que acontecimientos muy determinados, como la asamblea de Siquén (Jos
12
24), la promesa dinástica a David (2 Sm 7) y la dedicación del templo (1 Re 8), se convierten en
momentos especialmente unificadores. El resultado de este proceso es el fuerte teocentrismo que
recorre y unifica todos los escritos del Antiguo Testamento, concebido finalmente como el gran libra de
la revelación de un único y mismo Dios, realizada a través de los acontecimientos (historia) y de 13
palabra (ley y profética).
h) Una fe histórica
Esta fe monoteísta y teocéntrica es fundamentalmente una fe histórica: Dios se ha revelado en la
historia y a través de acontecimientos históricos. Por eso la historia bíblica es, sobre todo, historia de
salvación. Los llamados "credos históricos" de Israel son la expresión cabal de esta profunda
convicción: Dios se ha dado a conocer en acontecimientos muy concretas de la historia del pueblo
como la Liberación de Egipto, la alianza sinaítica, el don de la tierra, la elección de David y Jerusalén.
Estos credos aparecen en textos variados: confesiones de fe (Dt 26, 5-10), resúmenes o sumarios (Jos
24. 2-13), catequesis (Dt 6, 20-23), salmos (Sal 78; 105; 136), oraciones (Neh 9, 5-37), discursos (Jdt 5
6-t9), etc. A su vez, presentan distintas secuencias y formulaciones. A la primera secuencia: elección
patriarca/liberación de Egipto/alianza sinaítica/entrada en la tierra, que conforma la tradición norteña
Maises-Sinaí, se añade una segunda secuencia: elección de David/Jerusalén/templo, elementos
esenciales de la tradición sureña David-Sión. Después del exilio el tema de la creación se incorpora a
las anteriores secuencias, como su primer acto. Finalmente, la cadena de intervenciones divinas se
convierte en el eje articulador de las grandes síntesis históricas (deuteronomista, sacerdotal y
cronística).
13
incapacidad de respuesta ira abriendo paso, a partir de Jr y Ez, a la idea de una "nueva alianza", más
espiritual y definitiva que la anterior, que pasará a engrosar el cuerpo de expectativas mesiánicas.
14