TARDES DE AGOSTO
José Emilio Pacheco
Nunca vas a olvidar esa tarde de agosto. Tienes catorce años y estás
en secundaria. Tu padre ha muerto, tu madre trabaja en una agencia
de viajes. Ella te despierta a las siete. Queda atrás el sueño de
combates en la selva, desembarcos en islas enemigas. Entras en el día
en que es preciso ir a la escuela, crecer, al abandonar la infancia. Por la
noche, al terminar la cena, las tareas, la hora compartida ante el
televisor, te encierras a leer los libros de la colección Bazooka, esas
novelitas de la Segunda Guerra Mundial que transforman en hechos
heroicos los horrores del campo de batalla. En la colección Bazooka
siempre hay una mujer que recompensa con su amor a quien esté
dispuesto a dar la vida por la causa.
De lunes a viernes el trabajo de tu madre te obliga a comer en casa de
su hermano. Es hosco, te hace sentir intruso y exige un pago mensual
por tus alimentos. Sin embargo, todo lo compensa la presencia de Julia.
Tu prima estudia ciencias químicas, te ayuda en las materias más
difíciles de la secundaria, te presta discos. Es la única que te toma en
cuenta , sin duda, por compasión a quien ve cómo el niño, el huérfano,
el sin derecho a nada. Piensas: Julia no puede amarte. Nos separan seis
años y el ser primos hermanos.
Un día te presenta a un compañero de la Universidad, el primer novio a
quien se permite visitarla en su casa. Pedro te desprecia y te considera
un estorbo. Destruye la relación establecida con Julia. Ahora no tienes
tiempo de vigilar tus tareas ni hablar de discos ni van al cine. No
sientes rencor hacia
ella, te limitas a odiar a
Pedro.
Aquella tarde en que
Julia cumple veinte
años, cuando se
levantan de la horrible
comida de aniversario,
Pedro la invita a pasear por los alrededores de la ciudad. Te ordenan
acompañarlos. Suben al coche. Te hundes en el asiento posterior. Julia
se reclina en el hombro de Pedro. Él la abraza y maneja con la izquierda.
La música trepida en la radio del automóvil. El sol de las cuatro te
parece una ofensa más.
Pasan los cementerios y los últimos lugares habitados. Para no ver que
Julia besa a Pedro y se deja acariciar, miras los árboles a orillas de la
carretera: cipreses, oyameles, pinos desgarrados por la luz del verano.
Se detienen ante el convento perdido en la soledad de la montaña.
Bajas con ellos y caminan por corredores y galerías desiertas. Se
asoman a la escalinata de un subterráneo en tinieblas. Se hablan y
escuchan (ellos, no tú) en los huecos de una capilla que transmite
susurros de una esquina a otra. Y mientras Julia y Pedro pasean por los
jardines tú que no tienes nombre y no eres nadie inscribes en la pared
cubierta de moho: Julia, 19 de agosto, 1954, Salen de las ruinas del
monasterio, se internan en el bosque húmedo, bajan hasta un arroyo
de aguas heladas. Un letrero prohíbe cortar flores y molestar a los
animales. El bosque es un parque nacional. Quien desobedezca
recibirá su castigo.
Vibran las frondas con el aire que revive tus sueños. Por un instante
vuelves a ser el héroe de la colección Bazooka, el vencedor o el
derrotado de Narvik, Tobruk , Midway, Iwo Jima , El Alamein, Stalingrado,
Varsovia, Monte Cassino, las Ardenas... Te imaginas combatiente en la
caballería polaca o en el Afrka Korps, soldado capaz de actos heroicos
que una mujer
premiará con su
amor. Julia
descubre una
ardilla en la
punta de un
árbol. Me
gustaría
llevármela, dice.
Las ardillas no se dejan atrapar, contestó Pedro, y si alguien lo intentará
hay guardabosques para impedirlo y encarcelan a quien se atreva. Yo
la agarro, aseguras sin pensarlo, y te subes al árbol a pesar de que
Julia quiere detenerte. La corteza hiere tus manos, la resina te hace
resbalar. La ardilla asciende aún más alto. La siguiente hasta poner los
pies en una rama. Miras hacia abajo y ves acercarse al guardabosques
y a Pedro que se pone a hacerle conversación. El guardabosques no
alza la mirada hacia el árbol en el que estás inmóvil y oculto a medias
en el follaje. Julia intenta no traicionarte con la vista. Pedro tampoco te
delata: se propone algo más cruel. Retiene al guardabosques con
pregunta tras pregunta, le da algunos billetes, lo deja hablar de sí
mismo, quejarse de los paseantes y de lo poco que gana . Así te impide
el triunfo y prolonga tu humillación.
Han pasado diez o quince minutos. La rama empieza a ceder bajo tu
peso. Sientes miedo de caer desde esa altura y morir ante Julia o
romperte los huesos y quedar inválido para siempre. O de otro modo,
date por vencido, dejar que el guardabosques te lleve preso.
Atrapado por Pedro, el guardabosque no se va. La ardilla te desafía a
medio metro de la rama crujiente. En seguida baja por el tronco con
agilidad que nunca será tuya y corre a perderse en el bosque. Julia se
ha soltado a llorar, lejos del guardabosque y de la ardilla pero de ti más
lejos e imposible. Al fin el guardabosque agradece la propina de Pedro,
se despide y vuelve al convento. Entonces bajas, muerto de miedo,
pálido, torpe, humillado, con lágrimas. Pedro se ríe de ti. Julia no llora: le
reclama y lo llama estúpido. Suben otra vez al automóvil. Julia no se
deja abrazar por Pedro y nadie habla de nada de nada ni una palabra.
Bajas en cuanto llegan a la ciudad, caminas sin rumbo muchas horas y
al llegar le cuentas a tu madre lo que ocurrió en el bosque y subes a la
azotea y quemas en el boiler la colección Bazooka. Pero no olvidas
nunca esa tarde de agosto. Esa tarde, la última en que tú viste a Julia.