MANUEL MUJICA LAINEZ; “LA CASA CERRADA”- 1807
[LA CASA CERRADA pertenece a Misteriosa Buenos Aires, editada en 1951, contiene cuarenta y
dos cuentos sobre Buenos Aires y sus personajes desde la hambruna en el villorio de Pedro
Mendoza (1536) hasta la época de Rosas y la organización nacional. El ciclo termina en 1904, con
la historia de una arruinada señorona. Desfilan en esta obra costumbres, leyendas, hechos
históricos, superstición, hechicería, historias de seres humanos con sus sufrimientos y sus
pecados. Es una obra de arqueología literaria en la que la narración se torna tensa y dramática y
que demuestra un trabajo de investigación por parte del autor combinado con una escritura
elegante y moderna.]
El texto de esta confesión ha sido bastante modernizado por nosotros, suprimiendo párrafos
inútiles, condensando algunos y añadiendo aquí y allá un retoque. Ignoramos el nombre de su
autor. “... Quizá lo más lógico, para la comprensión plena de lo que escribo, fuera que yo le
hablara ante todo, Reverendo Padre, acerca de la casa que de niños llamábamos ‘la casa cerrada’ y
que se levanta todavía junto a la que fue del doctor Miguel Salcedo, entre el convento de Santo
Domingo el hospital de los Betlemitas. Frente a ella viví desde mi infancia, en esa misma calle,
entonces denominada de Santo Domingo y que luego mudó el nombre para ostentar uno glorioso:
Defensa.
¡Cuánto nos intrigó a mis hermanos y a mí la casa cerrada! Y no sólo a nosotros. Recuerdo haber
oído una conversación, siendo muy muchacho, que mi madre mantuvo en el estrado con algunas
señoras y en la cual aludieron misteriosamente a ella. También las inquietaba, también las
asustaba y atraía, con sus postigos siempre clausurados detrás de las rejas hostiles, con su puerta
que apenas se entreabría de madrugada para dejar salir a sus moradores, cuando acudían a la
misa del alba en los franciscanos y, poco más tarde, a la mulata que iba de compras. No necesito
decirle quiénes habitaban allí. Con seguridad, si hace memoria, lo recordará usted. Harto lo
sabíamos nosotros: eran una viuda todavía joven, de familia acomodada, y sus dos hijas. Nada
justificaba su reclusión. Las mozas crecieron al mismo tiempo que nosotros, pero jamás cambiaron
ni con mis hermanos ni conmigo ni con nadie que yo sepa, una palabra. Se rebozaban como onjas
para concurrir al oficio temprano. Luego conocí el motivo de su enclaustramiento. Por él he ufrido
mi vida entera; a causa de él le escribo hoy con mano temblorosa, cuando la muerte se aproxima.
Debí hacerlo antes y lo intenté en varias oportunidades, pero me faltó audacia.
En una ocasión -ellas tendrían alrededor de quince años pude ver el rostro de mis jóvenes vecinas.
La curiosidad nos inflamaba tanto, que mi hermano mayor y yo resolvimos correr la aventura de
deslizarnos hasta la casa frontera por las azoteas que la cercaban. ¡Todavía me palpita el corazón
al recordarlo! Aprovechamos la complicidad de un amigo que junto a ellas vivía y, silenciosos como
gatos, conseguimos asomarnos con terrible riesgo a su patio interior. Allí estaban las dos
muchachas, sentadas en el brocal del aljibe, peinándose. Eran muy hermosas, Reverendo Padre,
con una hermosura blanquísima, de ademanes lentos; casi irreal. Las mirábamos desde la altura,
escondidos por un enorme jazminero, y se dijera que el perfume penetrante ascendía de sus
cabelleras negras, lustrosas, tendidas al sol. Desde entonces no puedo oler un jazmín sin que en mi
memoria renazca su forma blanca y negra. Fue la única vez que las vi, hasta lo otro, lo que le
narraré más adelante, aquello que sucedió en 1807, exactamente el 5 de julio de 1807. La
circunstancia de haber nacido en Orense, aunque mis padres me trajeron a Buenos Aires cuando
empezaba a caminar, hizo que después de la primera invasión inglesa me incorporara al Tercio de
Galicia. Intervine con esas fuerzas en acontecimientos que ahora, tantos años después, su osadía
torna mitológicos. El 5 de julio de 1807 -habría transcurrido un lustro desde que entreví
fugazmente a mis vecinas en su patio- fue para mi vida, como lo fue para Buenos Aires, un día
decisivo. A las órdenes del capitán Jacobo Adrián Varela tocóme defender la Plaza de Toros, en el
Retiro. Me hallé entre los cincuenta o sesenta granaderos que a bayonetazos abrieron un camino
entre las balas, para organizar la retirada desde esa posición que cayó luego en poder del brigadier
Auchmuty. Nuestra marcha a través de la ciudad alcanzó un heroísmo que señalaron los
documentos oficiales. Jamás la olvidaré. Jamás olvidaré el fango que cubría las calles, pues había
llovido la noche anterior, y nuestro avance ciego entre las quintas abandonadas donde ladraban
los perros, mientras retumbaban doquier los cañones y la fusilería. Mi jefe perdió las botas en el
lodo; yo dejé un cuchillo, la faja... Nadie hubiera reconocido nuestro uniforme blanco y azul. Nadie
hubiera reconocido a nadie, cuando corríamos por las calles entre las lucecitas moribundas,
guiados por el clamor de los heridos y por la voz entrecortada de Varela que nos alentaba a seguir.
Llegamos así, negros de cieno y de sangre, hasta mi barrio. Allí nos enteramos de que Sir Denis
Pack, herido por los patricios, se había refugiado en Santo Domingo con sus hombres. Otros
refuerzos se le sumaron, encabezados por el general Craufurd. La confusión era atroz. Los carros
de municiones, volcados, interceptaban la marcha. Los brazos de los heridos aparecían entre los
sables y los fusiles tirados al azar. Aquí y allá, los trajes de los britanos coagulaban sus manchas
rojas. Desde la torre del convento, transformada en fortaleza, los ingleses sembraban el estrago.
Había soldados en todos los techos y también vecinos y muchas mujeres que arrojaban piedras y
agua hirviendo sobre los invasores. Varela entró a escape con la mitad de su tropa en la casa del
doctor Salcedo. A poco le vimos surgir entre los balaústres de la azotea, encendido, vociferante, y
abrir el fuego contra el campanario de los dominicos. Nos ordenó a gritos, a quienes todavía
quedábamos en la calle, que hiciéramos lo mismo desde la casa lindera. Esa casa, Reverendo
Padre, era la casa cerrada. Estaba cerrada como siempre. En la azotea distinguí a la dueña y sus
dos hijas. Iban y venían, enloquecidas, con tachos humeantes. Uno de los oficiales se acercó a la
puerta y trató de abrirla pero no pudo. Entonces nos comandó a otros dos granaderos y a mí -a mí,
precisamente a mí- que destrozáramos la cerradura. Fue una impresión extraña, independiente de
cuanto sucedía alrededor, algo que no tenía nada que ver con la guerra espantosa y que me
incomunicaba con ella. ¿Cómo explicárselo? Fue como si en ese instante comenzara mi guerra, mi
propia guerra personal, en el huracán de la otra, la grande, que por doquier me envolvía pero de la
cual me separaba una zona indefinible. Nos precipitamos hacia el interior, cruzamos como un
torbellino los dos patios y ascendimos al techo por una frágil escalerilla. Las mujeres nos recibieron
sin decir palabra. En verdad, no teníamos tiempo para ocuparnos de su actitud. Lo único que nos
movía era matar, matar rabiosamente. Y lo hicimos. El capitán Varela apareció entre nosotros. Se
dirigió a mí y a quienes me rodeaban.
-Vayan abajo -nos dijo brevemente- y secunden el tiroteo desde las ventanas.
De inmediato le obedecimos, mas cuando nos aprestábamos a lanzarnos por los peldaños, se nos
cruzó la señora. Advertí entonces, en un relámpago, que ella también debía haber sido muy
hermosa, acaso tan hermosa como sus hijas. Nos suplicó:
-No, abajo no...
De un empellón la hicieron a un lado. Y ya estábamos en las salas y en las alcobas, ya
arrastrábamos los muebles, ya entreabríamos los postigos con los caños de los fusiles.
-¡La otra habitación! -me ordenó un oficial- ¡La última!
¡Encárguese usted!
Penetré allí automáticamente. Todo se hacía automáticamente ese día en que nos ensordecían las
descargas y nos sofocaba la pólvora. Era un aposento pequeño. Estaba a oscuras. Calculé la
posición de la ventana por la fina hendidura que en torno del postigo dibujaba un hilo de luz. Me
adelanté a tientas y de un culatazo separé las hojas. No pensé más que en continuar matando,
pero entre tanto la atmósfera de la casa pesaba sobre mi nuca como algo viviente, sólido. Cuando
me detuve para cargar el arma, observé que a mi lado estaba la señora. La acompañaban sus dos
hijas. Me miraban con ojos dementes. Hice un movimiento para aproximarme y sosegarlas, y las
tres retrocedieron hacia el fondo del cuarto que yacía en penumbra. Detrás de ellas se levantó
algo que no puedo definir sino como un gruñido, un angustiado gruñido de animal. Por segunda
vez desde que había violado la clausura, me sobrecogió la sensación rarísima de que estaba
viviendo un episodio aparte de los que sacudían a la ciudad. Fue –claro que por un momento-
como si la lucha de las calles y de las azoteas no tuviera significado en sí misma, como si sólo
sirviera de encuadramiento remoto a otro drama, íntimo, agudo, sutil, del cual éramos los únicos
protagonistas.
Recordé entonces que antes, a lo largo de los años, había escuchado ese mismo grito ronco. Se
alzaba en mitad de la noche y me estremecía, en mi cuarto cercano, con su inflexión inhumana,
agorera. Di un paso hacia las mujeres.
-No -pronunció la señora-, por favor, por favor, no...
Detrás, en la sombra, vi al ser horrible. ¿Necesito describírselo, Reverendo Padre? Se trataba,
indudablemente, de un hombre. De hombre tenía la cabeza barbuda, pero su cuerpecito diminuto
era el de un niño, con excepción de las manos grandes, cubiertas de vello, obscenas. Clavó en mí
los ojos malignos, y por ellos reconocí su parentesco con las muchachas. Era su hermano. Ese
monstruo era su hermano. El tableteo de las balas ahogó mi exclamación. De un salto me
acurruqué en mi puesto de combate. Mientras apuntaba, el corazón me latía loco. A veinte pasos
cayó un inglés con los brazos extendidos, un inglés muy rubio, casi tan dorado el pelo como las
charreteras. En la habitación, la madre se echó a llorar. Gruñó el monstruo. Yo seguía tirando. Ya
lo comprendía todo. Ya poseía el secreto de la casa cerrada, de la prisión de esas mujeres jóvenes
y bellas, a quienes el feroz orgullo materno obligaba a encarcelarse para que nadie supiera lo que
yo sabía. El oficial bramó a través de la puerta:
-¡A la calle, a la calle, a Santo Domingo!
Me ajusté el cinturón. Mis compañeros me llamaban. Me volví para seguirles. Nada había
cambiado en el fondo del aposento. La madre, sentada en el lecho, gemía tapándose los oídos.
Detrás asomaba la cabeza diabólica, oscilante, babeante. Las dos hijas se abrazaban con miedo.
Me miraron y adiviné en su crispación anhelosa un ruego desesperado. Fue como si súbitamente
una oleada del fresco perfume de los jazmines me envolviera en pleno mes de julio. Todavía me
quedaba una bala en el fusil. Reverendo Padre, cualquier hombre hubiera hecho lo que hice. Un
tiro seco, un solo tiro seco... ¡A tantos otros había muerto ese mismo día desde la retirada de la
Plaza de Toros: oficiales fuertes y esbeltos, soldados que apenas salían de la adolescencia, a
tantos, a tantos! Cayó la cabeza espantosa, como en un juego, como si fuera una cabeza de cartón
y de lana...
Hasta hoy me persigue el alarido de la madre, hasta hoy, como me persiguió el 5 de julio de 1807
en mi fuga por la calle de Santo Domingo negra y roja de cadáveres, lejos de la casa cuyas puertas
había arrancado...”