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Reflexiones sobre la lectura y su impacto

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Barrera Pacheco Luis Antonio

ANÁLISIS DE TEXTOS
Grupo: 0002
Semestre: 2016- 1

Por el dedo de dios se escribió


No puedo sostener un libro en mis manos sin dejar que a través del tacto me
sienta satisfecho por saber que una u otra mano tiene entre sus dedos más
páginas que la otra. De esta manera, percibo en mi propia experiencia las
entrañas mismas de lo que creo podría ser el mal que aflige a nuestra cultura y
que la priva de disfrutar una lectura por sobre todas las cosas ávida. ¿Por qué
había de referirme a mi insignificante vicio de contar las hojas restantes hacia el
fin de una historia para explicar un fenómeno de carácter social que se cierne
sobre todos nosotros? ¿Por qué pensar que la forma que adquiere mi cuerpo está
inevitablemente relacionada con una conexión casi mística con el libro frente a
mí? Creo que estudiar de raíz la razón por la que no leemos requiere que primero
analicemos nuestra única y muy particular forma de establecer un vínculo con el
papel y con lo que tiene escrito. Y no estoy diciendo que debamos regirnos por
juicios psicológicos que determinen por ejemplo, que todo aquel individuo que
dobla las pastas de un libro mientras lo lee necesariamente ha perdido el respeto
por él. Lo que propongo es que hagamos un ejercicio de introspección enfocado
a nuestros hábitos de lectura y que este vaya más allá de los tristes parámetros y
estadísticas que responden a la trillada pregunta: Y tú… ¿Cuántos libros lees al
año? Si pretendemos obtener algo además de ese feo y vergonzoso número
debemos ofrecerle al problema algo más que una reflexión superficial. Es preciso
detenernos un momento y olvidar los escalones más altos de la pirámide de poder
que rige al mundo, en donde las grandes naciones lectoras están posicionadas en
la cima y la nuestra en la base. Olvidemos que de ser ejecutado, el transgresor
acto de la lectura proveería a la sociedad mexicana de una propulsión imparable
capaz de enviarla a los rincones más lejanos del cosmos. Pongamos de lado esos
destructivos pensamientos y tratemos de concentrarnos en el mejor libro que
jamás tocamos. Uno que realmente haya sido capaz de cautivar nuestros sentidos
de la misma manera que se cautivan al enamorarse. Una vez visualizado,
emulemos lo que a menudo hace nuestra conciencia al soñar e imaginemos que
una parte etérea de nosotros se desprende de nuestra espina dorsal y levita en el
aire de nuestra habitación, de tal manera que somos capaces de mirarnos a
nosotros mismos desde arriba al tiempo que distraemos el ojo en ese libro.
Respondamos a las preguntas ¿Cómo se ve nuestra cara? ¿Qué verdaderos
deseos ocultan nuestros ojos? ¿Suspiramos de vez en cuando? Si lo hacemos, ¿es
un suspiro de frustración o más bien uno de ensoñación? Si simplemente somos
capaces de identificar en qué momentos parecemos aburridos y en qué otros
entretenidos, estaremos un paso más adelante hacia la comprensión del porqué
Barrera Pacheco Luis Antonio
ANÁLISIS DE TEXTOS
Grupo: 0002
Semestre: 2016- 1

nuestra aversión a los libros. Yo por ejemplo, realizo la misma acción cuando
disfruto un libro que cuando me parece repugnante: sentir el peso de páginas
faltantes o avanzadas con la yema de mis dedos. No obstante, esta acción siempre
está acompañada de algunos guiños inconscientes que revelan la verdadera
percepción que tuve de la obra literaria. Cuando el efecto es placentero y los
personajes me envuelven, puedo verme a mí mismo sujetando el libro muy cerca
de mi cuerpo, durante uno de esos momentos en los que es necesario perder la
mirada en el vacío y esbozar una ligera sonrisa para asimilar toda la información.
Rasco el volumen de las páginas que he leído como si me sintiera un testigo
importante de todos los acontecimientos ahí relatados, como si acabar de vivirlos
me diera derecho de poner un alto al tiempo y hacer una pausa dentro de esa
ficción para apreciarla como se merece. Dividir el libro en dos partes me hace
sentir que convivo directamente con la narración y que tanto ella como yo
estamos suspendidos entre el pasado y el futuro, entre ese mamotreto de páginas
conocidas y ese otro por descubrir. Luego entonces, prestar atención a detalles
pequeños como este, constituye la auto-crítica necesaria para llegar al más
somero pero fundamental de los resultados: saber cuándo nos gusta y cuándo no
nos gusta leer. Identificar en nuestra adquisición de hábitos este dato sutil no solo
nos hace conocernos a nosotros mismos, sino que nos vuelve más sinceros y
menos pretenciosos. Podemos admitir que cierta novela de cierto autor es la más
aclamada por la crítica de todos los tiempos, y sin embargo si al leerla
contemplamos con ojos honestos nuestro reflejo, podremos encontrarnos con
maravillosas sorpresas como el hecho de que no nos agrada como a todos y lo
más importante: que eso no es una aseveración equivocada.
Una vez que estos dilemas están resueltos y han conciliado a los demonios que
habitan en nuestro fuero interno, resulta igualmente importante referirnos al
exterior como una fuente inagotable de excusas y limitaciones cuando de leer se
trata. Indudablemente, los medios de comunicación se han transformado en una
avalancha amenazadora que ha cambiado radicalmente la manera en la que
percibimos los discursos narrativos. Al día de hoy, contamos con modernos
dispositivos que con el delicado movimiento de nuestro dedo pulgar a lo largo de
una pantalla son capaces de referirnos a una realidad cambiante a cada segundo;
un mosaico de información y emociones donde a una noticia feliz puede
sobrevenirle una triste o un video divertido con la misma cantidad de
posibilidades. La manera de narrar se vuelve a fragmentar de la misma forma que
sucedió en tiempos del Romanticismo, donde el periódico suponía la oportunidad
de publicar un libro en varias entregas. Cada una diseñada para engatusar al
Barrera Pacheco Luis Antonio
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Grupo: 0002
Semestre: 2016- 1

lector y hacer que volviera la siguiente semana a conseguir más trozos de la


historia. La fragmentación equivalente de hoy en día, es constituida por una masa
ecléctica que dista mucho de los medios de comunicación románticos.
Información inmediata. Cualquier cosa que sea ignorada será solucionada por la
tecnología y tristemente, a menos que ese aprendizaje haya resultado
significativo, la mente lo desechará y seguirá adelante. Es por eso que cada vez
nos parecemos más a personas con cubetas en la cabeza, que andan de aquí para
allá regando información sin poder ni siquiera engullirla o digerirla. Se gritan
consignas en la calle que en realidad no parecen pasar más allá de un
razonamiento superficial. Nos hemos vuelto autómatas ávidos por la
comunicación a toda velocidad, propia de nuestro nuevo mundo. Nos cuesta
trabajo encontrar entretenido un libro cuando las emergentes tecnologías nos
ofrecen posibilidades infinitas de diversión y entretenimiento en un formato que
trasciende las simples letras.
Por otro lado, no nos podemos hacer mártires de nuestra contemporaneidad, por
mucho que a esta época y a la cultura mexicana les fascine el concepto del auto-
sufrimiento. Es nuestro deber en todo caso, aprender a usar en colosal poder que
nos ofrecen las tecnologías de la información y utilizarlo para descubrirnos a
nosotros mismos. Es nuestro deber preguntarle a Google qué tipo de literatura es
la qué me gusta, a qué corriente artística pertenece y hacer de ese un ejercicio
de comunión en el que no estamos en una constante pugna con todo lo que
significa ser una sociedad moderna.
Restaría enumerar el que creo que sería el último de los conflictos que ocasionan
un deterioro en el hábito de lectura y que se relaciona estrechamente con la
manera en la que percibimos a las figuras de poder. Específicamente me refiero
al escándalo alrededor del actual presidente que ha sido objeto de su ridículo
durante los últimos tres años. Hay que señalar que la palpitante consigna en
nuestras pancartas, en nuestros muros de Facebook, y en el imaginario colectivo
sobre lo imbécil que es dicho gobernante y sobre lo poco que lee, reporta
actitudes de ciudadanos altamente inmaduros que se jactan de reírse de un
fenómeno literario, que en general, no acontece. Idealizamos tanto a nuestros
líderes que hacemos escarnio de su similitud con el pueblo que gobiernan.
Preferiríamos asociarlos a la perfección cuando en realidad, nuestro modo de
conducirnos como ciudadanos es todo menos perfecto. Notemos que podemos
ser independientes de las fruslerías de la realeza y sólo entonces, habremos
cambiado verdaderamente.
Barrera Pacheco Luis Antonio
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Grupo: 0002
Semestre: 2016- 1

Reporte sobre la novela “A sangre fría” de Truman Capote.


¿Cuántos de nosotros no hemos considerado que el rumbo de nuestra vida
adopta caminos nada pedregosos y que por el contrario, transcurre sobre calles
pavimentadas con toda la comodidad posible? ¿Con cuantas anécdotas contamos
en nuestro baúl de memorias que nos enseñen un lado absolutamente
extraordinario de nuestro día a día? Resulta bastante sencillo agradecer la relativa
monotonía que destaca en el estilo de vida que llevamos si nos ponemos a pensar
que no querríamos transformarnos en una primera plana de la misma forma que
lo hicieron los Clutter esa madrugada de domingo. Por muy mecánica que a veces
resulte nuestra existencia preferiríamos el anonimato y el silencio muy por
encima de la sangre y la fama.
Cuando Truman Capote empieza por describirnos las llanuras de Holcomb, la
serenidad de sus habitantes y sus arbustos secos y livianos, no podemos dejar de
notar una excesiva diferencia con respecto a la metrópoli que nos acoge entre
sus garras el día de hoy. Nuestros bancos no están oxidados, nuestra población
no cabe en un estadio de futbol. Somos tan diferentes a Holcomb, y al mismo
tiempo tan parecidos. Gustamos de naturalezas distintas y sin embargo somos
iguales en un detalle tan pequeño como preocupante: si una serie de balazos se
escucharan en medio de la noche, pocos serían quienes despertarían. Pensemos
que en el caso de Holcomb esto se debe en gran medida al sueño profundo que
experimentaban sus inocentes pobladores, a la entrega total de sus cuerpos a la
comodidad de sus camas que forzosamente evitaba cualquier contacto con la
realidad. Traslademos la misma reacción a nuestra cultura, donde se antoja un
pueblo sonorense como un equivalente geográficamente inmediato a las llanuras
estadounidenses de Holcomb. ¿Qué sucede cuando un balazo no interrumpe el
sueño porque es un recurso sonoro que se ha vuelto tan cotidiano como el cantar
de los grillos? ¿Qué pasa cuando uno se acostumbra a dormir rodeado de
porquería e intranquilidad?
Debe alarmarnos la posibilidad de encontrar un hilo discursivo divergente muy
diferente al que planteaba Capote en un principio. Para nutrir esta idea
imaginemos que a partir de la visita de Dick y Perry el pueblo adquiere fama entre
los maleantes y se vuelve rápidamente un punto en que confluyen la mayoría de
ellos. Pensemos en asesinatos que ocurren una vez al mes y con los que la gente
aprende a convivir día con día. Ruidos extraños que resuenan en la noche tejen
un entramado de familiaridad en los oídos vecinos para que al final, ninguno de
ellos logre inmutarse por la brutalidad que de ellos se desprende. Partiendo de
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esa hipótesis en la que todos los pueblos alguna vez fueron como Holcomb,
podemos afirmar que debido a la creciente urbanización y a la violencia humana
que ella conlleva, nos hemos vuelto cada vez más difíciles de sorprender. Hemos
olvidado las eras doradas de bancos oxidados y no podemos hacer otra cosa sino
pensar en nuestra seguridad siendo arriesgada a cada minuto. No pretendo hacer
una profunda reflexión sobre cómo la sociedad contemporánea es un Holcomb
que ha perdido la confianza desde hace ya un largo tiempo, sino más bien
destacar las repercusiones que tiene el hecho de que seamos ciudades
consolidadas por la violencia que se genera dentro de ellas. De alguna manera
Holcomb resulta un pueblecito agradable porque todos y cada uno de sus
habitantes está consciente de la existencia del otro. Hay una visualización ética
que los rige a todos, cosa que no pasa más en las ciudades debido al crecimiento
demográfico que estas representan. Después de todo, es muy complicado tener
confianza en un vecino que difícilmente se conoce porque hay otros noventa que
juegan su mismo rol. Así, la existencia de un Holcomb que a primera instancia es
casi idílico nos obliga a pensar en la transformación de nuestras agrupaciones
urbanas y en como en ellas, la expansión de la violencia ocurre por un
desconocimiento y una pérdida de familiaridad entre sus habitantes.
En lo que respecta a los aspectos técnicos Truman Capote hace uso de una serie
de estrategias que dotan al narrador de toda la omnipresencia que pudiera tener
el dios más poderoso del Olimpo. En el amplio espectro de las creaciones
literarias, existen otro tipo de narradores igualmente omniscientes pero que sin
embargo parecieran saber más acerca del personaje principal de la historia que
de los demás. Hay información a la cual no tienen acceso y de la que se valen para
generar una sensación de intriga en el lector. El narrador de A sangre fría, sin
embargo, nos revela a un ser que todo lo sabe y que articula el relato de la acción
de tal manera que se obtengan todos los datos necesarios para que el lector
pueda emitir un juicio enriquecido con la perspectiva de todos los personajes
acerca de aquello que se cuenta. Haciendo uso de este recurso, Bonnie Clutter
puede empezar siendo objeto de la acción mientras se nos dice cómo hace
algunos veranos le sucedió un incidente desagradable mientras estaba recluida
en su habitación durante una de sus crisis nerviosas.
Por el calificativo para la situación que el autor emplea uno podría decir que el
narrador prácticamente se compadece de Bonnie a tal grado que es capaz de
describirnos su anécdota valiéndose de una palabra con la que la señora Clutter
estaría muy de acuerdo. Sin embargo al poco tiempo, Wilma Kidwell aparece en
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Semestre: 2016- 1

la escena y escucha llorar a Bonnie desde el piso de abajo. Alejándonos poco a


poco de lo que parecería ser el ojo exclusivo de Bonnie Clutter, se nos va
revelando la perspectiva que tiene del evento la señora Kidwell. La vemos subir
las escaleras en una actitud un tanto entrometida, a pesar de que tan solo hace
algunos momentos, le habíamos prestado más atención a los pesares que
aquejaban a la señora Clutter; esto, por absoluta decisión del narrador. Por si la
sensación de seguir a Wilma Kidwell de peldaño en peldaño no hubiera sido
suficientemente dinámica, Truman Capote decidió acotar enseguida que al abrir
la puerta, la atmosfera de la habitación era sofocante. Dicho término no hubiera
sido bien aceptado por Bonnie si hubiera sido verbalizado por Wilma. No
obstante, la verdadera naturaleza de la temperatura en la habitación se nos dice
como un secreto del cual debemos ser discretos frente a una persona que
presenta renuencia a aceptar dicha naturaleza: el calor. El autor hace uso de un
narrador hiper-omnisciente para mostrarnos una mirada que se vale de los
mayores puntos de vista posibles. Gracias a esto logramos hacernos un fiel esbozo
de cada uno de los personajes sin que se convierta en obstáculo el hecho de que
alguno de estos sea más importante que otro. Una descripción tan detallada de
cada individuo nos sitúa en una encrucijada en el momento en el que estamos a
punto de condenar a muerte a Dick y a Perry. Pero gracias a que conocemos bien
a cada uno por separado y al dúo disfuncional que juntos constituyen, gracias a
que estamos enterados de partes esenciales de sus pasados, no es tan sencillo
decir que son unos cerdos asesinos despiadados (a pesar de que lo sean).
Otro seguimiento cinematográfico del narrador sucede en la gasolinera camino a
casa de los Clutter, donde Dick y Perry se detienen antes de asestar su “golpe
maestro.” Mientras el casi tuerto Dick reflexiona sobre si eligió bien a su
compañero de crimen, se nos dice que Perry ha entrado al baño de la gasolinera.
Lo maravilloso del pasaje a continuación es que tiene una estructura parecida a
la que mencioné antes sobre la señora Clutter y que destaca a su vez, la maestría
con la que el narrador se parece cada vez más a un Dios silencioso. En ambos
escenarios hay dos personajes separados por una puerta, y sin embargo eso no
es impedimento para que el narrador los vea a ambos y su lente observador
traspase indefinidamente la madera de la puerta. Dick golpea la puerta, un poco
confundido. Un segundo después estamos observando a Perry tratando de
recuperarse del dolor que le provocan sus deformes piernas. Es como si la
perspectiva fuera una pelota de ping-pong que está continuamente siendo
llevada de aquí para allá con el único objetivo de concentrar la atención en el
contrincante que la golpea. Siguiendo esta premisa, el dinamismo que se alcanza
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Semestre: 2016- 1

es el mismo que el que puede ofrecer la partida de ping-pong. Nos forzamos a


prestar atención a ambos lados de la cancha y no a contemplarla como un terreno
melodramático donde de un lado reina la familia perfecta y del otro los malvados
asesinos. El hecho de que Capote incluya en sus antagonistas sueños
profundamente humanos nos habla de la misma preocupación por retratarlos
como los personajes complejos que son y no como un simple y uniforme cúmulo
de maldad.
Otro de los grandes aciertos que tuve la satisfacción de distinguir fue el alto nivel
de detalle que caracteriza la obra. Desde el principio identifiqué texturas,
ambientes, temperatura, y todo gracias a un exhaustivo relato milimétrico.
Probablemente este discurso tuviera mucho que ver con entender la obra como
una creación documental retomada de la vida real. Probablemente debamos de
prestar atención a la posición de todos los muebles, objetos de la casa y a las
costumbres de cada uno de sus integrantes para que más tarde, cuando se
conviertan en la escena del crimen, el dibujo mental de sus escenarios sea de fácil
acceso para nosotros y podamos atar cabos como seguramente lo hizo Capote. A
lo largo del libro reparé por ejemplo en la imagen de una manzana, y me sentí
completamente atraído por notar como cada vez que era mencionada una, yo la
visualizaba de un color diferente.
Después de analizar en mí el fenómeno de la percepción y sus manifestaciones
sensoriales, comprendí que probablemente las asociaciones las establecía en
función de las palabras que circundaban a manzana. De esta manera, la manzana
que era buena para comerse después del desayuno a base de leche del señor
Clutter me recordaba más a una manzana verde, puesto que es la única manzana
que yo he comido en un cereal con leche. Por el contrario, el manzano pegado al
río de Holcomb me hacía pensar más en una manzana roja: en la enumeración de
árboles frutales, manzano estaba seguido por cerezo.
El hábil manejo del lenguaje de la novela de Capote así como su forma de generar
relaciones entre las imágenes, hace que el lector haga la conexión entre una y
otra fácilmente. El señor Clutter muerde una fruta después de su desayuno, y
posteriormente son descritos los árboles frutales que crecen al rededor del río. El
ruido de los dientes hincándose en la superficie blanda y verde se produce al
mismo tiempo que la música del agua, raspando las rocas.
De alguna manera el cereal que yo asocié al desayuno del señor Clutter hace que
su personaje tenga una pertenencia en mi mundo y al mismo tiempo que me
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Semestre: 2016- 1

parezca cada vez más familiar, aunque en realidad es altamente probable que
deteste el cereal por la tremenda abundancia de este en la finca. De cualquier
manera, encontrarlo amordazado en el sótano es más triste de lo que podría ser
por la información que sabemos de él. Duele saber que Holcomb ha perdido a un
personaje entrañable y no a un desconocido cualquiera. Duele imaginar el señor
Clutter fracasó de la noche a la mañana en su riguroso plan para proteger a su
familia. Sin embargo, la manera en la que Kenyon arregló las flores de su madre,
el amor con el que Nancy ayudó a cocinar la tarta de cereza, la oportunidad que
tuvo Bonnie para volver a ser maternal, aunque fuera con una niña que no era su
hija, y el firme trazo del señor Clutter en la póliza de seguro, son todas
expresiones poéticas sublimes, dignas de alguien que va a morir sin nada que
temer de la muerte. Dado el título del libro, tal vez pensar que la muerte acabó
siendo algo no tan funesto no es lo más respetuoso, pero aun así es reconfortante
pensar que todas esas almas arrancadas de la tranquilidad flotan y giran sin parar
en un mundo mejor a este y que lo abandonaron de la más bella manera. Quizás
son todas imaginaciones mías, pero ¿Qué es leer sino imaginar? ¿Qué es leer sino
ver morir a un personaje y desear que ese ser narrativo fuera lo suficientemente
omnisciente como para seguirlo allá adónde va?
Truman Capote relata una historia que si bien la realidad del siglo XXI ha superado
en nivel de atrocidad, no deja de paralizar por el sencillo hecho de que nadie se
esperaba ver sangre en una región tan inhóspita como Holcomb. Eso es lo que
sorprende: nadie se esperaba que la locura pudiera desplazarse hasta territorios
ignorados por los vicios humanos. El asesinato de cuatro personas en esas
condiciones es semejante a los infortunios que puedan acaecer sobre una
comunidad sana y vigorosa en la que de repente y sin avisar comienzan a morir
personas por causa de alguna enfermedad pescada por un agente externo. Si la
acción hubiera transcurrido en una gran ciudad no hubiera llamado la atención
de nadie. Están justificados los asesinatos en grandes comunidades; pero lo
verdaderamente preocupante es que una de esas cepas infecciosas provenientes
de los maniáticos conglomerados humanos consiguió colarse en un pueblo
perfecto. Uno donde hasta la luz parecía entrar pacíficamente por las cortinas.
A pesar de lo anterior no me parece que la moraleja de A sangre fría sostenga
como principal dogma que debamos esforzarnos por proteger las atmósferas
bucólicas, inmaculadas de los males de un mundo globalizado. Creo que más bien,
el mensaje que hay que escuchar es el de una sociedad ávida de matar por matar,
Barrera Pacheco Luis Antonio
ANÁLISIS DE TEXTOS
Grupo: 0002
Semestre: 2016- 1

y reconocer en nuestra especie la naturaleza del mal y la destrucción, y abrazarlas


para que no nos hagan daño.
La figura de Holcomb, creo yo, surge para recordarnos que sería inútil en nuestros
días ir en busca de un mundo idealizado donde no existe el miedo, como lo era
Holcomb antes de ese domingo. Nos corresponde asumir nuestra maldad y
enfrentarla, de tal modo que ya no nos tome por sorpresa.
Aceptemos que los tiempos para pueblos marginados y perfectos se han ido.
Identifiquemos la maldad en todas sus formas: En la cama, en la mesa del
desayuno, en el salón de clases, en la iglesia... Porque si dejamos que ese enemigo
fatal continúe gestándose silenciosamente, un día será demasiado tarde. Un día
no hablará desde un ángulo predecible, sino desde lo más profundo de nuestras
entrañas y será muy tarde para notar un rifle en nuestras manos o un charco de
sangre.
Si algo nos demuestran Dick y Perry, es que matar es muy fácil una vez que el
cuerpo lo asimila como una conducta natural. Hemos luchado toda nuestra vida
para controlar pulsiones que en un contexto más salvaje nos serían útiles y vitales
para la supervivencia. El estado civilizado que ahora corre por nuestras venas, nos
insta que encontremos vías alternas para sosegar la ira animal que a todos nos
invade en algún momento del día. Así, mientras no llegue el momento en que se
nos exija la desobediencia como ley de vida, mientras los órdenes jerárquicos del
mundo no colapsen, tratemos de encontrar la manera de controlar nuestra
conducta. Recordemos a Holcomb en sábado, y sujetémonos a él como un ideal
imposible, sí, pero que nos hace preferir cocinar una tarta que matar a una
persona. Todos podemos ser Dick, Perry, Nancy o Kenyon. En nosotros reside no
enfermar, protegernos contra el virus de lo monstruoso y cocinar con la mierda
del mundo una deliciosa tarta de cereza.

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