FACUNDO
O
CIVILIZACIÓN Y BARBARIE 33
ADVERTENCIA DEL AUTOR
DESPUÉS de terminada la publicación de esta obra, he recibido de
varios amigos, rectificaciones de varios hechos referidos en ella. Algu-
nas inexactitudes han debido necesariamente escaparse en un trabajo
hecho de prisa, lejos del teatro de los acontecimientos, y sobre un
asunto de que no se había escrito nada hasta el presente. Al coordinar
entre sí sucesos que han tenido lugar en distintas y remotas provincias,
y en épocas diversas, consultando a un testigo ocular sobre un punto,
registrando manuscritos formados a la ligera, o apelando a las propias
reminiscencias, no es extraño que de vez en cuando el lector argentino
eche de menos algo que él conoce, o disienta en cuanto a algún nom-
bre propio, una fecha, cambiados o puestos fuera de lugar.
Pero debo declarar que en los acontecimientos notables a que me
refiero, y que sirven de base a las explicaciones que doy, hay una
exactitud intachable, de que responderán los documentos públicos
que sobre ellos existen.
Quizá haya un momento en que, desembarazado de las preocupa-
ciones que han precipitado la redacción de esta obrita, vuelva a refun-
dirla en un plan nuevo, desnudándola de toda digresión accidental,
y apoyándola en numerosos documentos oficiales, a que sólo hago
ahora una ligera referencia.
1845
On ne tue point les idées.
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FORTOUL
A FINES del año 1840, salía yo de mi patria, desterrado por lástima,
estropeado, lleno de cardenales, puntazos y golpes recibidos el día
anterior en una de esas bacanales sangrientas de soldadesca y mazor-
queros. Al pasar por los baños de Zonda, bajo las armas de la patria
que en días más alegres había pintado en una sala, escribí con carbón
estas palabras:
On ne tue point les idées.
El Gobierno, a quien se comunicó el hecho, mandó una comisión en-
cargada de descifrar el jeroglífico, que se decía contener desahogos in-
nobles, insultos y amenazas. Oída la traducción, “¡y bien! —dijeron—,
¿qué significa esto?...”.
...................................................................................................................
Significa, simplemente, que venía a Chile, donde la libertad brillaba
aún, y que me proponía hacer proyectar los rayos de las luces de su
prensa hasta el otro lado de los Andes. Los que conocen mi conducta
en Chile, saben si he cumplido aquella protesta.
INTRODUCCIÓN
“Je demande à l’historien l’amour de l’humanité
ou de la liberté; sa justice impartiale ne doit pas 35
être impassible. Il faut, au contraire, qu’il souhai-
te, qu’il espère, qu’il souffre, ou soit heureux de ce
qu’il raconte”.
VILLEMAIN, Cours de littérature
¡SOMBRA terrible de Facundo, voy a evocarte, para que, sacudiendo el
ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos
la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas
de un noble pueblo! Tú posees el secreto: ¡revélanoslo! Diez años aún
después de tu trágica muerte, el hombre de las ciudades y el gaucho
de los llanos argentinos, al tomar diversos senderos en el desierto, de-
cían: “¡No; no ha muerto! ¡Vive aún! ¡Él vendrá!” ¡Cierto! Facundo no ha
muerto; está vivo en las tradiciones populares, en la política y revolu-
ciones argentinas; en Rosas, su heredero, su complemento: su alma ha
pasado a este otro molde, más acabado, más perfecto; y lo que en él
era sólo instinto, iniciación, tendencia, convirtióse en Rosas en sistema,
efecto y fin. La naturaleza campestre, colonial y bárbara, cambióse en
esta metamorfosis en arte, en sistema y en política regular capaz de
presentarse a la faz del mundo, como el modo de ser de un pueblo
encarnado en un hombre, que ha aspirado a tomar los aires de un ge-
nio que domina los acontecimientos, los hombres y las cosas. Facundo,
provinciano, bárbaro, valiente, audaz, fue reemplazado por Rosas, hijo
de la culta Buenos Aires, sin serlo él; por Rosas, falso, corazón helado,
espíritu calculador, que hace el mal sin pasión, y organiza lentamente
el despotismo con toda la inteligencia de un Maquiavelo. Tirano sin
rival hoy en la tierra, ¿por qué sus enemigos quieren disputarle el título
de Grande que le prodigan sus cortesanos? Sí; grande y muy grande
es, para gloria y vergüenza de su patria, porque si ha encontrado mi-
llares de seres degradados que se unzan a su carro para arrastrarlo por
encima de cadáveres, también se hallan a millares, las almas generosas
que, en quince años de lid sangrienta, no han desesperado de vencer
al monstruo que nos propone el enigma de la organización política
de la República. Un día vendrá, al fin, que lo resuelvan; y la Esfinge
Argentina, mitad mujer, por lo cobarde, mitad tigre, por lo sanguinario,
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morirá a sus plantas, dando a la Tebas del Plata, el rango elevado que
le toca entre las naciones del Nuevo Mundo.
Necesítase, empero, para desatar este nudo que no ha podido cor-
tar la espada, estudiar prolijamente las vueltas y revueltas de los hilos
que lo forman, y buscar en los antecedentes nacionales, en la fisono-
mía del suelo, en las costumbres y tradiciones populares, los puntos
en que están pegados.
La República Argentina es hoy la sección hispanoamericana que en
sus manifestaciones exteriores ha llamado preferentemente la atención
de las naciones europeas, que no pocas veces se han visto envueltas
en sus extravíos, o atraídas, como por una vorágine, a acercarse al
centro en que remolinean elementos tan contrarios. La Francia estuvo
a punto de ceder a esta atracción, y no sin grandes esfuerzos de remo
y vela, no sin perder el gobernalle, logró alejarse y mantenerse a la dis-
tancia. Sus más hábiles políticos no han alcanzado a comprender nada
de lo que sus ojos han visto, al echar una mirada precipitada sobre el
poder americano que desafiaba a la gran nación. Al ver las lavas ar-
dientes que se revuelcan, se agitan, se chocan bramando en este gran
foco de lucha intestina, los que por más avisados se tienen, han dicho:
“Es un volcán subalterno, sin nombre, de los muchos que aparecen en
la América: pronto se extinguirá”; y han vuelto a otra parte sus miradas,
satisfechos de haber dado una solución tan fácil como exacta, de los
fenómenos sociales que sólo han visto en grupo y superficialmente. A
la América del Sur en general, y a la República Argentina sobre todo,
le ha hecho falta un Tocqueville, que, premunido del conocimiento de
las teorías sociales, como el viajero científico de barómetros, octantes y
brújulas, viniera a penetrar en el interior de nuestra vida política, como
en un campo vastísimo y aún no explorado ni descrito por la ciencia,
y revelase a la Europa, a la Francia, tan ávida de fases nuevas en la
vida de las diversas porciones de la humanidad, este nuevo modo de
ser, que no tiene antecedentes bien marcados y conocidos. Hubiérase,
entonces, explicado el misterio de la lucha obstinada que despedaza a
aquella República; hubiéranse clasificado distintamente los elementos
contrarios, invencibles, que se chocan; hubiérase asignado su parte a
la configuración del terreno y a los hábitos que ella engendra; su parte
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a las tradiciones españolas y a la conciencia nacional, inicua, plebeya,
que han dejado la Inquisición y el absolutismo hispano; su parte a la
influencia de las ideas opuestas que han trastornado el mundo político;
su parte a la barbarie indígena; su parte a la civilización europea; su
parte, en fin, a la democracia consagrada por la revolución de 1810,
a la igualdad, cuyo dogma ha penetrado hasta las capas inferiores de
la sociedad. Este estudio que nosotros no estamos aún en estado de
hacer por nuestra falta de instrucción filosófica e histórica, hecho por
observadores competentes, habría revelado a los ojos atónitos de la
Europa, un mundo nuevo en política, una lucha ingenua, franca y
primitiva entre los últimos progresos del espíritu humano y los rudi-
mentos de la vida salvaje, entre las ciudades populosas y los bosques
sombríos. Entonces se habría podido aclarar un poco el problema de la
España, esa rezagada a la Europa, que, echada entre el Mediterráneo y
el Océano, entre la Edad Media y el siglo XIX, unida a la Europa culta
por un ancho istmo y separada del África bárbara por un angosto estre-
cho, está balanceándose entre dos fuerzas opuestas, ya levantándose
en la balanza de los pueblos libres, ya cayendo en la de los despoti-
zados; ya impía, ya fanática; ora constitucionalista declarada, ora des-
pótica impudente; maldiciendo sus cadenas rotas a veces, ya cruzando
los brazos, y pidiendo a gritos que le impongan el yugo, que parece
ser su condición y su modo de existir. ¡Qué! ¿El problema de la España
europea, no podría resolverse examinando minuciosamente la España
americana, como por la educación y hábitos de los hijos se rastrean
las ideas y la moralidad de los padres? ¡Qué! ¿No significa nada para la
historia y la filosofía, esta eterna lucha de los pueblos hispanoameri-
canos, esa falta supina de capacidad política e industrial que los tiene
inquietos y revolviéndose sin norte fijo, sin objeto preciso, sin que
sepan por qué no pueden conseguir un día de reposo, ni qué mano
enemiga los echa y empuja en el torbellino fatal que los arrastra, mal
de su grado y sin que les sea dado sustraerse a su maléfica influencia?
¿No valía la pena de saber por qué en el Paraguay, tierra desmontada
por la mano sabia del jesuitismo, un sabio educado en las aulas de la
antigua Universidad de Córdoba, abre una nueva página en la historia
de las aberraciones del espíritu humano, encierra a un pueblo en sus
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límites de bosques primitivos, y, borrando las sendas que conducen a
esta China recóndita, se oculta y esconde durante treinta años su presa,
en las profundidades del continente americano, y sin dejarla lanzar un
solo grito, hasta que muerto, él mismo, por la edad y la quieta fatiga
de estar inmóvil pisando un pueblo sumiso, éste puede al fin, con voz
extenuada y apenas inteligible, decir a los que vagan por sus inmedia-
ciones: ¡vivo aún!, ¡pero cuánto he sufrido!, ¡quantum mutatus ab illo!
¡Qué transformación ha sufrido el Paraguay; qué cardenales y llagas
ha dejado el yugo sobre su cuello, que no oponía resistencia! ¿No me-
rece estudio el espectáculo de la República Argentina, que, después
de veinte años de convulsión interna, de ensayos de organización de
todo género, produce, al fin, del fondo de sus entrañas, de lo íntimo
de su corazón, al mismo doctor Francia en la persona de Rosas, pero
más grande, más desenvuelto y más hostil, si se puede, a las ideas,
costumbres y civilización de los pueblos europeos? ¿No se descubre en
él, el mismo rencor contra el elemento extranjero, la misma idea de la
autoridad del Gobierno, la misma insolencia para desafiar la reproba-
ción del mundo, con más, su originalidad salvaje, su carácter fríamente
feroz y su voluntad incontrastable, hasta el sacrificio de la patria, como
Sagunto y Numancia; hasta abjurar el porvenir y el rango de nación
culta, como la España de Felipe II y de Torquemada? ¿Es éste un capri-
cho accidental, una desviación mecánica causada por la aparición de la
escena, de un genio poderoso; bien así como los planetas se salen de
su órbita regular, atraídos por la aproximación de algún otro, pero sin
sustraerse del todo a la atracción de un centro de rotación, que luego
asume la preponderancia y les hace entrar en la carrera ordinaria? M.
Guizot ha dicho desde la tribuna francesa: “Hay en América dos parti-
dos: el partido europeo y el partido americano; éste es el más fuerte”;
y cuando le avisan que los franceses han tomado las armas en Monte-
video y han asociado su porvenir, su vida y su bienestar al triunfo del
partido europeo civilizado, se contenta con añadir: “Los franceses son
muy entrometidos, y comprometen a su nación con los demás gobier-
nos”. ¡Bendito sea Dios! M. Guizot, el historiador de la civilización eu-
ropea, el que ha deslindado los elementos nuevos que modificaron la
civilización romana y que ha penetrado en el enmarañado laberinto de
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la Edad Media, para mostrar cómo la nación francesa ha sido el crisol
en que se ha estado elaborando, mezclando y refundiendo el espíritu
moderno; M. Guizot, ministro del rey de Francia, da por toda solución
a esta manifestación de simpatías profundas entre los franceses y los
enemigos de Rosas: “¡Son muy entrometidos los franceses!” Los otros
pueblos americanos, que, indiferentes e impasibles, miran esta lucha y
estas alianzas de un partido argentino con todo elemento europeo que
venga a prestarle su apoyo, exclaman a su vez llenos de indignación:
“¡Estos argentinos son muy amigos de los europeos!” Y el tirano de la
República Argentina se encarga oficiosamente de completarles la fra-
se, añadiendo: “¡Traidores a la causa americana!” ¡Cierto!, dicen todos;
¡traidores!, ésta es la palabra. ¡Cierto!, decimos nosotros; ¡traidores a
la causa americana, española, absolutista, bárbara! ¿No habéis oído la
palabra salvaje, que anda revoloteando sobre nuestras cabezas?
De eso se trata: de ser o no ser salvaje. ¿Rosas, según esto, no es
un hecho aislado, una aberración, una monstruosidad? ¿Es, por el con-
trario, una manifestación social; es una fórmula de una manera de ser
de un pueblo? ¿Para qué os obstináis en combatirlo, pues, si es fatal,
forzoso, natural y lógico? ¡Dios mío! ¡Para qué lo combatís!… ¿Acaso
porque la empresa es ardua, es por eso absurda? ¿Acaso porque el
mal principio triunfa, se le ha de abandonar resignadamente el terre-
no? ¿Acaso la civilización y la libertad son débiles hoy en el mundo,
porque la Italia gima bajo el peso de todos los despotismos, porque
la Polonia ande errante sobre la tierra mendigando un poco de pan y
un poco de libertad? ¡Por qué lo combatís!… ¿Acaso no estamos vivos
los que después de tantos desastres sobrevivimos aún; o hemos per-
dido nuestra conciencia de lo justo y del porvenir de la patria, porque
hemos perdido algunas batallas? ¡Qué!, ¿se quedan también las ideas
entre los despojos de los combates? ¿Somos dueños de hacer otra cosa
que lo que hacemos, ni más ni menos como Rosas no puede dejar
de ser lo que es? ¿No hay nada de providencial en estas luchas de los
pueblos? ¿Concedióse jamás el triunfo a quien no sabe perseverar? Por
otra parte, ¿hemos de abandonar un suelo de los más privilegiados de
la América a las devastaciones de la barbarie, mantener cien ríos nave-
gables, abandonados a las aves acuáticas que están en quieta posesión
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de surcarlos ellas solas ab initio ?
¿Hemos de cerrar voluntariamente la puerta a la inmigración euro-
pea que llama con golpes repetidos para poblar nuestros desiertos, y
hacernos, a la sombra de nuestro pabellón, pueblo innumerable como
las arenas del mar? ¿Hemos de dejar, ilusorios y vanos, los sueños
de desenvolvimiento, de poder y de gloria, con que nos han mecido
desde la infancia, los pronósticos que con envidia nos dirigen los que
en Europa estudian las necesidades de la humanidad? Después de la
Europa, ¿hay otro mundo cristiano civilizable y desierto que la Améri-
ca? ¿Hay en la América muchos pueblos que estén, como el argentino,
llamados, por lo pronto, a recibir la población europea que desborda
como el líquido en un vaso? ¿No queréis, en fin, que vayamos a invo-
car la ciencia y la industria en nuestro auxilio, a llamarlas con todas
nuestras fuerzas, para que vengan a sentarse en medio de nosotros,
libre la una de toda traba puesta al pensamiento, segura la otra de toda
violencia y de toda coacción? ¡Oh! ¡Este porvenir no se renuncia así no
más! No se renuncia porque un ejército de 20.000 hombres guarde la
entrada de la patria: los soldados mueren en los combates, desertan o
cambian de bandera. No se renuncia porque la fortuna haya favorecido
a un tirano durante largos y pesados años: la fortuna es ciega, y un día
que no acierte a encontrar a su favorito, entre el humo denso y la pol-
vareda sofocante de los combates, ¡adiós tirano!; ¡adiós tiranía! No se
renuncia porque todas las brutales e ignorantes tradiciones coloniales
hayan podido más, en un momento de extravío, en el ánimo de masas
inexpertas: las convulsiones políticas traen también la experiencia y
la luz, y es ley de la humanidad que los intereses nuevos, las ideas
fecundas, el progreso, triunfen al fin, de las tradiciones envejecidas,
de los hábitos ignorantes y de las preocupaciones estacionarias. No se
renuncia porque en un pueblo haya millares de hombres candorosos
que toman el bien por el mal, egoístas que sacan de él su provecho,
indiferentes que lo ven sin interesarse, tímidos que no se atreven a
combatirlo, corrompidos, en fin, que no conociéndolo se entregan a
él por inclinación al mal, por depravación: siempre ha habido en los
pueblos todo esto, y nunca el mal ha triunfado definitivamente. No se
renuncia porque los demás pueblos americanos no puedan prestarnos
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su ayuda; porque los gobiernos no ven de lejos sino el brillo del poder
organizado, y no distinguen en la oscuridad humilde y desamparada
de las revoluciones, los elementos grandes que están forcejeando por
desenvolverse; porque la oposición pretendida liberal abjure de sus
principios, imponga silencio a su conciencia, y por aplastar bajo su pie
un insecto que la importuna, huelle la noble planta a que ese insecto
se apegaba. No se renuncia porque los pueblos en masa nos den la
espalda a causa de que nuestras miserias y nuestras grandezas están
demasiado lejos de su vista para que alcancen a conmoverlos. ¡No!; no
se renuncia a un porvenir tan inmenso, a una misión tan elevada, por
ese cúmulo de contradicciones y dificultades: ¡las dificultades se ven-
cen, las contradicciones se acaban a fuerza de contradecirlas!
Desde Chile, nosotros nada podemos dar a los que perseveran en
la lucha bajo todos los rigores de las privaciones, y con la cuchilla ex-
terminadora, que, como la espada de Damocles, pende a todas horas
sobre sus cabezas. ¡Nada!, excepto ideas, excepto consuelos, excepto
estímulos; arma ninguna no es dado llevar a los combatientes, si no es
la que la prensa libre de Chile suministra a todos los hombres libres.
¡La prensa!, ¡la prensa! He aquí, tirano, el enemigo que sofocaste entre
nosotros. He aquí el vellocino de oro que tratamos de conquistar. He
aquí cómo la prensa de Francia, Inglaterra, Brasil, Montevideo, Chile
y Corrientes, va a turbar tu sueño en medio del silencio sepulcral de
tus víctimas; he aquí que te has visto compelido a robar el don de len-
guas para paliar el mal, don que sólo fue dado para predicar el bien.
He aquí que desciendes a justificarte, y que vas por todos los pueblos
europeos y americanos mendigando una pluma venal y fratricida, para
que por medio de la prensa defienda al que la ha encadenado! ¿Por
qué no permites en tu patria, la discusión que mantienes en todos los
otros pueblos? ¿Para qué, pues, tantos millares de víctimas sacrificadas
por el puñal; para qué tantas batallas, si al cabo habías de concluir por
la pacífica discusión de la prensa?
El que haya leído las páginas que preceden, creerá que es mi ánimo
trazar un cuadro apasionado de los actos de barbarie que han deshon-
rado el nombre de don Juan Manuel de Rosas. Que se tranquilicen los
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que abriguen este temor. Aún no se ha formado la última página de
esta biografía inmoral; aún no está llena la medida; los días de su hé-
roe no han sido contados aún. Por otra parte, las pasiones que subleva
entre sus enemigos son demasiado rencorosas aún, para que pudieran
ellos mismos poner fe en su imparcialidad o en su justicia. Es de otro
personaje de quien debo ocuparme: Facundo Quiroga es el caudillo
cuyos hechos quiero consignar en el papel.
Diez años ha que la tierra pesa sobre sus cenizas, y muy cruel y
emponzoñada debiera mostrarse la calumnia que fuera a cavar los se-
pulcros en busca de víctimas. ¿Quién lanzó la bala oficial que detuvo
su carrera? ¿Partió de Buenos Aires o de Córdoba? La historia explicará
este arcano. Facundo Quiroga, empero, es el tipo más ingenuo del
carácter de la guerra civil de la República Argentina; es la figura más
americana que la revolución presenta. Facundo Quiroga enlaza y esla-
bona todos los elementos de desorden que hasta antes de su aparición
estaban agitándose aisladamente en cada provincia; él hace de la gue-
rra local, la guerra nacional, argentina, y presenta triunfante, al fin de
diez años de trabajos, de devastaciones y de combates, el resultado de
que sólo supo aprovecharse el que lo asesinó.
He creído explicar la revolución argentina con la biografía de Juan
Facundo Quiroga, porque creo que él explica suficientemente una de
las tendencias, una de las dos fases diversas que luchan en el seno de
aquella sociedad singular.
He evocado, pues, mis recuerdos, y buscado para completarlos, los
detalles que han podido suministrarme hombres que lo conocieron en
su infancia, que fueron sus partidarios o sus enemigos, que han visto
con sus ojos unos hechos, oído otros, y tenido conocimiento exacto
de una época o de una situación particular. Aún espero más datos de
los que poseo, que ya son numerosos. Si algunas inexactitudes se me
escapan, ruego a los que las adviertan que me las comuniquen; porque
en Facundo Quiroga no veo un caudillo simplemente, sino una mani-
festación de la vida argentina, tal como la han hecho la colonización y
las peculiaridades del terreno, a lo cual creo necesario consagrar una
seria atención, porque sin esto, la vida y hechos de Facundo Quiroga
son vulgaridades que no merecerían entrar, sino episódicamente, en
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el dominio de la historia. Pero Facundo, en relación con la fisonomía
de la naturaleza grandiosamente salvaje que prevalece en la inmensa
extensión de la República Argentina; Facundo, expresión fiel de una
manera de ser de un pueblo, de sus preocupaciones e instintos; Fa-
cundo, en fin, siendo lo que fue, no por un accidente de su carácter,
sino por antecedentes inevitables y ajenos de su voluntad, es el per-
sonaje histórico más singular, más notable, que puede presentarse a la
contemplación de los hombres que comprenden que un caudillo que
encabeza un gran movimiento social, no es más que el espejo en que
se reflejan, en dimensiones colosales, las creencias, las necesidades,
preocupaciones y hábitos de una nación en una época dada de su his-
toria. Alejandro es la pintura, el reflejo de la Grecia guerrera, literaria,
política y artística; de la Grecia escéptica, filosófica y emprendedora,
que se derrama sobre el Asia, para extender la esfera de su acción
civilizadora.
Por esto nos es necesario detenernos en los detalles de la vida inte-
rior del pueblo argentino, para comprender su ideal, su personificación.
Sin estos antecedentes, nadie comprenderá a Facundo Quiroga,
como nadie, a mi juicio, ha comprendido, todavía, al inmortal Bolívar,
por la incompetencia de los biógrafos que han trazado el cuadro de
su vida. En la Enciclopedia Nueva he leído un brillante trabajo sobre
el general Bolívar, en el que se hace a aquel caudillo americano toda
la justicia que merece por sus talentos y por su genio; pero en esta
biografía, como en todas las otras que de él se han escrito, he visto al
general europeo, los mariscales del Imperio, un Napoleón menos colo-
sal; pero no he visto al caudillo americano, al jefe de un levantamiento
de las masas; veo el remedo de la Europa, y nada que me revele la
América.
Colombia tiene llanos, vida pastoril, vida bárbara, americana pura,
y de ahí partió el gran Bolívar; de aquel barro hizo su glorioso edifi-
cio. ¿Cómo es, pues, que su biografía lo asemeja a cualquier general
europeo de esclarecidas prendas? Es que las preocupaciones clásicas
europeas del escritor desfiguran al héroe, a quien quitan el poncho
para presentarlo desde el primer día con el frac, ni más ni menos como
los litógrafos de Buenos Aires han pintado a Facundo con casaca de
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solapas, creyendo impropia su chaqueta, que nunca abandonó. Bien:
han hecho un general, pero Facundo desaparece. La guerra de Bolívar
pueden estudiarla en Francia en la de los chouanes: Bolívar es un Cha-
rette de más anchas dimensiones. Si los españoles hubieran penetrado
en la República Argentina el año 11, acaso nuestro Bolívar habría sido
Artigas, si este caudillo hubiese sido tan pródigamente dotado por la
naturaleza y la educación.
La manera de tratar la historia de Bolívar, de los escritores europeos
y americanos, conviene a San Martín y a otros de su clase. San Martín
no fue caudillo popular; era realmente un general. Habíase educado
en Europa y llegó a América, donde el Gobierno era el revolucionario,
y podía formar a sus anchas el ejército europeo, disciplinarlo y dar
batallas regulares, según las reglas de la ciencia. Su expedición sobre
Chile es una conquista en regla, como la de Italia por Napoleón. Pero
si San Martín hubiese tenido que encabezar montoneras, ser vencido
aquí, para ir a reunir un grupo de llaneros por allá, lo habrían colgado
a su segunda tentativa.
El drama de Bolívar se compone, pues, de otros elementos de los
que hasta hoy conocemos: es preciso poner antes, las decoraciones y los
trajes americanos, para mostrar enseguida el personaje. Bolívar es, toda-
vía, un cuento forjado sobre datos ciertos: Bolívar, el verdadero Bolívar,
no lo conoce aún el mundo, y es muy probable que, cuando lo traduz-
can a su idioma natal, aparezca más sorprendente y más grande aún.
Razones de este género me han movido a dividir este precipitado
trabajo en dos partes: la una, en que trazo el terreno, el paisaje, el
teatro sobre que va a representarse la escena; la otra en que aparece el
personaje, con su traje, sus ideas, su sistema de obrar; de manera que
la primera esté ya revelando a la segunda, sin necesidad de comenta-
rios ni explicaciones.
Señor don Valentín Alsina:
CONSÁGROLE, mi caro amigo, estas páginas que vuelven a ver la luz
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pública, menos por lo que ellas valen, que por el conato de usted de
amenguar con sus notas, los muchos lunares que afeaban la primera
edición. Ensayo y revelación, para mí mismo, de mis ideas, el Facundo
adoleció de los defectos de todo fruto de la inspiración del momen-
to, sin el auxilio de documentos a la mano, y ejecutada no bien era
concebida, lejos del teatro de los sucesos y con propósitos de acción
inmediata y militante. Tal como él era, mi pobre librejo ha tenido la
fortuna de hallar en aquella tierra, cerrada a la verdad y a la discusión,
lectores apasionados, y de mano en mano, deslizándose furtivamente,
guardado en algún secreto escondite, para hacer alto en sus peregri-
naciones, emprender largos viajes, y ejemplares por centenas llegar,
ajados y despachurrados de puro leídos, hasta Buenos Aires, a las
oficinas del pobre tirano, a los campamentos del soldado y a la cabaña
del gaucho, hasta hacerse él mismo, en las hablillas populares, un mito
como su héroe.
He usado con parsimonia de sus preciosas notas, guardando las
más substanciales para tiempos mejores y más meditados trabajos, te-
meroso de que por retocar obra tan informe, desapareciese su fisono-
mía primitiva y la lozana y voluntariosa audacia de la mal disciplinada
concepción.
Este libro, como tantos otros que la lucha de la libertad ha hecho
nacer, irá bien pronto a confundirse en el fárrago inmenso de materia-
les, de cuyo caos discordante saldrá un día, depurada de todo resabio,
la historia de nuestra patria, el drama más fecundo en lecciones, más
rico en peripecias y más vivaz que la dura y penosa transformación
americana ha presentado. ¡Feliz yo, si, como lo deseo, puedo un día
consagrarme con éxito a tarea tan grande! Echaría al fuego, entonces,
de buena gana, cuantas páginas precipitadas he dejado escapar en el
combate en que usted y tantos otros valientes escritores han cogido
los más frescos laureles, hiriendo de más cerca, y con armas mejor
templadas, al poderoso tirano de nuestra patria.
He suprimido la introducción como inútil, y los dos capítulos últi-
mos como ociosos hoy, recordando una indicación de usted, en 1846,
en Montevideo, en que me insinuaba que el libro estaba terminado en
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la muerte de Quiroga.
Tengo una ambición literaria, mi caro amigo, y a satisfacerla con-
sagro muchas vigilias, investigaciones prolijas y estudios meditados.
Facundo murió corporalmente en Barranca-Yaco; pero su nombre en
la Historia podía escaparse y sobrevivir algunos años, sin castigo ejem-
plar como era merecido. La justicia de la Historia ha caído, ya, sobre
él, y el reposo de su tumba, guárdanlo la supresión de su nombre y el
desprecio de los pueblos. Sería agraviar a la Historia escribir la vida de
Rosas, y humillar a nuestra patria, recordarla, después de rehabilitada,
las degradaciones por que ha pasado. Pero hay otros pueblos y otros
hombres que no deben quedar sin humillación y sin ser alecciona-
dos. ¡Oh! La Francia, tan justamente erguida por su suficiencia en las
ciencias históricas, políticas, y sociales; la Inglaterra, tan contemplativa
de sus intereses comerciales; aquellos políticos de todos los países,
aquellos escritores que se precian de entendidos, si un pobre narrador
americano se presentase ante ellos como un libro, para mostrarles,
como Dios muestra las cosas que llamamos evidentes, que se han
prosternado ante un fantasma, que han contemporizado con una som-
bra impotente, que han acatado un montón de basura, llamando a la
estupidez, energía; a la ceguedad, talento; virtud a la crápula e intriga,
y diplomacia a los más groseros ardides; si pudiera hacerse esto, como
es posible hacerlo, con unción en las palabras, con intachable impar-
cialidad en la justipreciación de los hechos, con exposición lucida y
animada, con elevación de sentimientos y con conocimiento profundo
de los intereses de los pueblos y presentimiento, fundado en deduc-
ción lógica, de los bienes que sofocaron con sus errores y de los males
que desarrollaron en nuestro país e hicieron desbordar sobre otros…
¿no siente usted que el que tal hiciera podría presentarse en Europa
con su libro en la mano, y decir a la Francia y a la Inglaterra, a la Mo-
narquía y a la República, a Palmerston y a Guizot, a Luis Felipe y a
Luis Napoleón, al Times y a la Presse: “¡Leed, miserables, y humillaos.
¡He ahí vuestro hombre!”, y hacer efectivo aquel ecce homo, tan mal
señalado por los poderosos, al desprecio y al asco de los pueblos!
La historia de la tiranía de Rosas es la más solemne, la más sublime
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y la más triste página de la especie humana, tanto para los pueblos que
de ella han sido víctimas como para las naciones, gobiernos y políticos
europeos o americanos que han sido actores en el drama o testigos
interesados.
Los hechos están ahí consignados, clasificados, probados, docu-
mentados; fáltales, empero, el hilo que ha de ligarlos en un solo hecho,
el soplo de vida que ha de hacerlos enderezarse todos a un tiempo
a la vista del espectador y convertirlos en cuadro vivo, con primeros
planos palpables y lontananzas necesarias; fáltale el colorido que dan
el paisaje, los rayos del sol de la patria; fáltale la evidencia que trae la
estadística, que cuenta las cifras, que impone silencio a los fraseadores
presuntuosos y hace enmudecer a los poderosos impudentes. Fáltame,
para intentarlo, interrogar el suelo y visitar los lugares de la escena, oír
las revelaciones de los cómplices, las deposiciones de las víctimas, los
recuerdos de los ancianos, las doloridas narraciones de las madres, que
ven con el corazón; fáltame escuchar el eco confuso del pueblo, que
ha visto y no ha comprendido, que ha sido verdugo y víctima, testigo
y actor; falta la madurez del hecho cumplido y el paso de una época
a otra, el cambio de los destinos de la nación, para volver, con fruto,
los ojos hacia atrás, haciendo de la historia, ejemplo y no venganza.
Imagínese usted, mi caro amigo, si codiciando para mí este tesoro,
prestaré grande atención a los defectos e inexactitudes de la vida de
Juan Facundo Quiroga ni de nada de cuanto he abandonado a la pu-
blicidad. Hay una justicia ejemplar que hacer y una gloria que adquirir
como escritor argentino: fustigar al mundo y humillar la soberbia de los
grandes de la tierra, llámense sabios o gobiernos. Si fuera rico, fundara
un premio Monthion para aquel que lo consiguiera.
Envíole, pues, el Facundo sin otras atenuaciones, y hágalo que
continúe la obra de rehabilitación de lo justo y de lo digno que tuvo
en mira al principio. Tenemos lo que Dios concede a los que sufren:
años por delante y esperanzas; tengo yo un átomo de lo que a usted
y a Rosas, a la virtud y al crimen, concede a veces: perseverancia. Per-
severemos, amigo: muramos, usted ahí, yo acá; pero que ningún acto,
ninguna palabra nuestra revele que tenemos la conciencia de nuestra
debilidad y de que nos amenazan para hoy o para mañana, tribulacio-
48
nes y peligros.
Queda de usted su afectísimo amigo
DOMINGO F. SARMIENTO
Yungay, 7 de abril de 1851.
1. ASPECTO FÍSICO DE LA REPÚBLICA ARGENTINA Y
CARACTERES, HÁBITOS E IDEAS QUE ENGENDRA
L’étendue des Pampas est si prodigieuse, qu’au 49
nord elles sont bornées par des bosquets de pal-
miers, et au midi par des neiges éternelles.
HEAD
EL CONTINENTE americano termina al sur en una punta, en cuya
extremidad se forma el Estrecho de Magallanes. Al oeste, y a corta
distancia del Pacífico, se extienden, paralelos a la costa, los Andes chi-
lenos. La tierra que queda al oriente de aquella cadena de montañas y
al occidente del Atlántico, siguiendo el Río de la Plata hacia el interior
por el Uruguay arriba, es el territorio que se llamó Provincias Unidas
del Río de la Plata, y en el que aún se derrama sangre por denominarlo
República Argentina o Confederación Argentina. Al norte están el Para-
guay, el Gran Chaco y Bolivia, sus límites presuntos.
La inmensa extensión de país que está en sus extremos, es entera-
mente despoblada, y ríos navegables posee que no ha surcado aún el
frágil barquichuelo. El mal que aqueja a la República Argentina es la
extensión: el desierto la rodea por todas partes, y se le insinúa en las
entrañas; la soledad, el despoblado sin una habitación humana, son,
por lo general, los límites incuestionables entre unas y otras provin-
cias. Allí, la inmensidad por todas partes: inmensa la llanura, inmensos
los bosques, inmensos los ríos, el horizonte siempre incierto, siempre
confundiéndose con la tierra, entre celajes y vapores tenues, que no
dejan, en la lejana perspectiva, señalar el punto en que el mundo aca-
ba y principia el cielo. Al sur y al norte, acéchanla los salvajes, que
aguardan las noches de luna para caer, cual enjambre de hienas, sobre
los ganados que pacen en los campos y sobre las indefensas pobla-
ciones. En la solitaria caravana de carretas que atraviesa pesadamente
las pampas, y que se detiene a reposar por momentos, la tripulación,
reunida en torno del escaso fuego, vuelve maquinalmente la vista ha-
cia el sur, al más ligero susurro del viento que agita las yerbas secas,
para hundir sus miradas en las tinieblas profundas de la noche, en
busca de los bultos siniestros de la horda salvaje que puede, de un
momento a otro, sorprenderla desapercibida. Si el oído no escucha
rumor alguno, si la vista no alcanza a calar el velo oscuro que cubre
50
la callada soledad, vuelve sus miradas, para tranquilizarse del todo, a
las orejas de algún caballo que está inmediato al fogón, para observar
si están inmóviles y negligentemente inclinadas hacia atrás. Entonces
continúa la conversación interrumpida, o lleva a la boca el tasajo de
carne, medio sollamado, de que se alimenta. Si no es la proximidad
del salvaje lo que inquieta al hombre del campo, es el temor de un
tigre que lo acecha, de una víbora que puede pisar. Esta inseguridad
de la vida, que es habitual y permanente en las campañas, imprime, a
mi parecer, en el carácter argentino, cierta resignación estoica para la
muerte violenta, que hace de ella uno de los percances inseparables
de la vida, una manera de morir como cualquiera otra, y puede, quizá,
explicar en parte, la indiferencia con que dan y reciben la muerte, sin
dejar en los que sobreviven impresiones profundas y duraderas.
La parte habitada de este país privilegiado en dones, y que encie-
rra todos los climas, puede dividirse en tres fisonomías distintas, que
imprimen a la población condiciones diversas, según la manera como
tiene que entenderse con la naturaleza que la rodea. Al norte, confun-
diéndose con el Chaco, un espeso bosque cubre, con su impenetrable
ramaje, extensiones que llamaríamos inauditas, si en formas colosales
hubiese nada inaudito en toda la extensión de la América. Al centro, y
en una zona paralela, se disputan largo tiempo el terreno, la pampa y
la selva; domina en partes el bosque, se degrada en matorrales enfer-
mizos y espinosos; preséntase de nuevo la selva, a merced de algún río
que la favorece, hasta que, al fin, al sur, triunfa la pampa y ostenta su
lisa y velluda frente, infinita, sin límite conocido, sin accidente notable;
es la imagen del mar en la tierra, la tierra como en el mapa; la tierra
aguardando todavía que se la mande producir las plantas y toda clase
de simiente.
Pudiera señalarse, como un rasgo notable de la fisonomía de este
país, la aglomeración de ríos navegables que al este se dan cita de
todos los rumbos del horizonte, para reunirse en el Plata y presentar,
dignamente, su estupendo tributo al océano, que lo recibe en sus
flancos, no sin muestras visibles de turbación y de respeto. Pero estos
inmensos canales excavados por la solícita mano de la naturaleza, no
introducen cambio ninguno en las costumbres nacionales. El hijo de
51
los aventureros españoles que colonizaron el país, detesta la nave-
gación, y se considera como aprisionado en los estrechos límites del
bote o de la lancha. Cuando un gran río le ataja el paso, se desnuda
tranquilamente, apresta su caballo y lo endilga nadando a algún islote
que se divisa a lo lejos; arribado a él, descansan caballo y caballero, y
de islote en islote se completa, al fin, la travesía.
De este modo, el favor más grande que la Providencia depara a un
pueblo, el gaucho argentino lo desdeña, viendo en él, más bien, un
obstáculo opuesto a sus movimientos, que el medio más poderoso de
facilitarlos: de este modo, la fuente del engrandecimiento de las nacio-
nes, lo que hizo la celebridad remotísima del Egipto, lo que engran-
deció a la Holanda y es la causa del rápido desenvolvimiento de Nor-
teamérica, la navegación de los ríos o la canalización, es un elemento
muerto, inexplotado por el habitante de las márgenes del Bermejo, Pil-
comayo, Paraná, Paraguay y Uruguay. Desde el Plata, remontan aguas
arriba algunas navecillas tripuladas por italianos y carcamanes; pero el
movimiento sube unas cuantas leguas y cesa casi de todo punto. No
fue dado a los españoles el instinto de la navegación, que poseen en
tan alto grado los sajones del norte. Otro espíritu se necesita que agite
esas arterias, en que hoy se estancan los fluidos vivificantes de una
nación. De todos estos ríos que debieran llevar la civilización, el poder
y la riqueza, hasta las profundidades más recónditas del continente y
hacer de Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Córdoba, Salta, Tucumán y
Jujuy, otros tantos pueblos nadando en riquezas y rebosando pobla-
ción y cultura, sólo uno hay que es fecundo en beneficio para los que
moran en sus riberas: el Plata, que los resume a todos juntos.
En su embocadura están situadas dos ciudades: Montevideo y Bue-
nos Aires, cosechando hoy, alternativamente, las ventajas de su en-
vidiable posición. Buenos Aires está llamada a ser, un día, la ciudad
más gigantesca de ambas Américas. Bajo un clima benigno, señora
de la navegación de cien ríos que fluyen a sus pies, reclinada mue-
llemente sobre un inmenso territorio, y con trece provincias interiores
que no conocen otra salida para sus productos, fuera ya la Babilonia
americana, si el espíritu de la pampa no hubiese soplado sobre ella y
si no ahogase en sus fuentes, el tributo de riqueza que los ríos y las
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provincias tienen que llevarle siempre. Ella sola, en la vasta extensión
argentina, está en contacto con las naciones europeas; ella sola explo-
ta las ventajas del comercio extranjero; ella sola tiene poder y rentas.
En vano le han pedido las provincias que les deje pasar un poco de
civilización, de industria y de población europea: una política estúpida
y colonial se hizo sorda a estos clamores. Pero las provincias se ven-
garon mandándole en Rosas, mucho y demasiado de la barbarie que
a ellas les sobraba.
Harto caro la han pagado los que decían: “La República Argentina
acaba en el Arroyo del Medio”. Ahora llega desde los Andes hasta el
mar: la barbarie y la violencia bajaron a Buenos Aires, más allá del
nivel de las provincias. No hay que quejarse de Buenos Aires, que
es grande y lo será más, porque así le cupo en suerte. Debiéramos
quejarnos, antes, de la Providencia, y pedirle que rectifique la configu-
ración de la tierra. No siendo esto posible, demos por bien hecho, lo
que de mano de Maestro está hecho. Quejémonos de la ignorancia de
este poder brutal, que esteriliza para sí y para las provincias, los dones
que natura prodigó al pueblo que extravía. Buenos Aires, en lugar de
mandar ahora luces, riqueza y prosperidad al interior, mándale sólo
cadenas, hordas exterminadoras y tiranuelos subalternos. ¡También se
venga del mal que las provincias le hicieron con prepararle a Rosas!
He señalado esta circunstancia de la posición monopolizadora de
Buenos Aires, para mostrar que hay una organización del suelo, tan
central y unitaria en aquel país, que aunque Rosas hubiera gritado
de buena fe: “¡Federación o muerte ! ” , habría concluido por el siste-
ma unitario que hoy ha establecido. Nosotros, empero, queríamos la
unidad en la civilización y en la libertad, y se nos ha dado la unidad
en la barbarie y en la esclavitud. Pero otro tiempo vendrá en que las
cosas entren en su cauce ordinario. Lo que por ahora interesa conocer,
es que los progresos de la civilización se acumulan en Buenos Aires
solo: la pampa es un malísimo conductor para llevarla y distribuirla en
las provincias, y ya veremos lo que de aquí resulta. Pero sobre todos
estos accidentes peculiares a ciertas partes de aquel territorio, predo-
mina una facción general, uniforme y constante; ya sea que la tierra
esté cubierta de la lujosa y colosal vegetación de los trópicos, ya sea
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que arbustos enfermizos, espinosos y desapacibles revelen la escasa
porción de humedad que les da vida; ya, en fin, que la pampa ostente
su despejada y monótona faz, la superficie de la tierra es generalmente
llana y unida, sin que basten a interrumpir esta continuidad sin límites,
las sierras de San Luis y Córdoba en el centro, y algunas ramificaciones
avanzadas de los Andes, al norte. Nuevo elemento de unidad para la
nación que pueble, un día, aquellas grandes soledades, pues que es
sabido que las montañas que se interponen entre unos y otros paí-
ses, y los demás obstáculos naturales, mantienen el aislamiento de los
pueblos y conservan sus peculiaridades primitivas. Norteamérica está
llamada a ser una federación, menos por la primitiva independencia
de las plantaciones, que por su ancha exposición al Atlántico y las di-
versas salidas que al interior dan: el San Lorenzo al norte, el Mississipí
al sur y las inmensas canalizaciones al centro. La República Argentina
es “una e indivisible”.
Muchos filósofos han creído, también, que las llanuras preparaban
las vías al despotismo, del mismo modo que las montañas prestaban
asidero a las resistencias de la libertad. Esta llanura sin límites, que des-
de Salta a Buenos Aires, y de allí a Mendoza, por una distancia de más
de setecientas leguas, permite rodar enormes y pesadas carretas, sin
encontrar obstáculo alguno, por caminos en que la mano del hombre
apenas ha necesitado cortar algunos árboles y matorrales, esta llanura
constituye uno de los rasgos más notables de la fisonomía interior de la
República. Para preparar vías de comunicación, basta sólo el esfuerzo
del individuo y los resultados de la naturaleza bruta; si el arte quisiera
prestarle su auxilio, si las fuerzas de la sociedad intentaran suplir la
debilidad del individuo, las dimensiones colosales de la obra arredra-
rían a los más emprendedores, y la incapacidad del esfuerzo lo haría
inoportuno. Así, en materia de caminos, la naturaleza salvaje dará la
ley por mucho tiempo, y la acción de la civilización permanecerá débil
e ineficaz.
Esta extensión de las llanuras imprime, por otra parte, a la vida del
interior, cierta tintura asiática, que no deja de ser bien pronunciada.
Muchas veces, al salir la luna tranquila y resplandeciente por entre las
54
yerbas de la tierra, la he saludado maquinalmente con estas palabras
de Volney, en su descripción de las Ruinas: La pleine lune, à l’Orient
s’élevait sur un fond bleuâtre aux plaines rives de l’Euphrate. Y, en
efecto, hay algo en las soledades argentinas que trae a la memoria las
soledades asiáticas; alguna analogía encuentra el espíritu entre la pam-
pa y las llanuras que median entre el Tigris y el Eúfrates; algún paren-
tesco en la tropa de carretas solitaria que cruza nuestras soledades para
llegar, al fin de una marcha de meses, a Buenos Aires, y la caravana de
camellos que se dirige hacia Bagdad o Esmirna. Nuestras carretas viaje-
ras son una especie de escuadra de pequeños bajeles, cuya gente tiene
costumbres, idiomas y vestidos peculiares, que la distinguen de los
otros habitantes, como el marino se distingue de los hombres de tierra.
Es el capataz un caudillo, como en Asia, el jefe de la caravana:
necesítase, para este destino, una voluntad de hierro, un carácter arro-
jado hasta la temeridad, para contener la audacia y turbulencia de
los filibusteros de tierra, que ha de gobernar y dominar él solo, en el
desamparo del desierto. A la menor señal de insubordinación, el capa-
taz enarbola su chicote de fierro y descarga sobre el insolente, golpes
que causan contusiones y heridas; si la resistencia se prolonga, antes
de apelar a las pistolas, cuyo auxilio por lo general desdeña, salta del
caballo con el formidable cuchillo en mano, y reivindica, bien pronto,
su autoridad, por la superior destreza con que sabe manejarlo. El que
muere en estas ejecuciones del capataz, no deja derecho a ningún re-
clamo, considerándose legítima la autoridad que lo ha asesinado.
Así es, como en la vida argentina, empieza a establecerse por estas
peculiaridades, el predominio de la fuerza brutal, la preponderancia
del más fuerte, la autoridad sin límites y sin responsabilidad de los
que mandan, la justicia administrada sin formas y sin debates. La tropa
de carretas lleva, además, armamento: un fusil o dos por carreta y a
veces, un cañoncito giratorio en la que va a la delantera. Si los bárba-
ros la asaltan, forma un círculo, atando unas carretas con otras, y casi
siempre resisten victoriosamente a las codicias de los salvajes, ávidos
de sangre y de pillaje.
La árrea de mulas cae, con frecuencia, indefensa en manos de estos
55
beduinos americanos, y rara vez los troperos escapan de ser degolla-
dos. En estos largos viajes, el proletario argentino adquiere el hábito de
vivir lejos de la sociedad y a luchar individualmente con la naturaleza,
endurecido en las privaciones, y sin contar con otros recursos que su
capacidad y maña personal, para precaverse de todos los riesgos que
le cercan de continuo.
El pueblo que habita estas extensas comarcas se compone de dos
razas diversas, que, mezclándose, forman medios tintes impercepti-
bles, españoles e indígenas. En las campañas de Córdoba y San Luis,
predomina la raza española pura, y es común encontrar en los campos,
pastoreando ovejas, muchachas tan blancas, tan rosadas y hermosas,
como querrían serlo las elegantes de una capital. En Santiago del Es-
tero, el grueso de la población campesina habla aún la quichua, que
revela su origen indio. En Corrientes, los campesinos usan un dialecto
español muy gracioso. —Dame, general, un chiripá— decían a Lavalle
sus soldados.
En la campaña de Buenos Aires, se reconoce todavía el soldado
andaluz; y en la ciudad, predominan los apellidos extranjeros. La raza
negra casi extinta ya —excepto en Buenos Aires— ha dejado sus zam-
bos y mulatos, habitantes de las ciudades, eslabón que liga al hombre
civilizado con el palurdo; raza inclinada a la civilización, dotada de
talento y de los más bellos instintos de progresos.
Por lo demás, de la fusión de estas tres familias ha resultado un
todo homogéneo, que se distingue por su amor a la ociosidad e inca-
pacidad industrial, cuando la educación y las exigencias de una posi-
ción social no vienen a ponerle espuela y sacarla de su paso habitual.
Mucho debe haber contribuido a producir este resultado desgraciado,
la incorporación de indígenas que hizo la colonización. Las razas ame-
ricanas viven en la ociosidad, y se muestran incapaces, aun por medio
de la compulsión, para dedicarse a un trabajo duro y seguido. Esto su-
girió la idea de introducir negros en América, que tan fatales resultados
ha producido. Pero no se ha mostrado mejor dotada de acción la raza
española, cuando se ha visto en los desiertos americanos abandonada
a sus propios instintos.
Da compasión y vergüenza en la República Argentina comparar la
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colonia alemana o escocesa del sur de Buenos Aires y la villa que se
forma en el interior: en la primera, las casitas son pintadas; el frente
de la casa, siempre aseado, adornado de flores y arbustillos graciosos;
el amueblado, sencillo, pero completo; la vajilla, de cobre o estaño,
reluciente siempre; la cama, con cortinillas graciosas, y los habitantes,
en un movimiento y acción continuos. Ordeñando vacas, fabricando
mantequilla y quesos, han logrado algunas familias hacer fortunas co-
losales y retirarse a la ciudad, a gozar de las comodidades.
La villa nacional es el reverso indigno de esta medalla: niños sucios
y cubiertos de harapos, viven en una jauría de perros; hombres tendi-
dos por el suelo, en la más completa inacción; el desaseo y la pobreza
por todas partes; una mesita y petacas por todo amueblado; ranchos
miserables por habitación, y un aspecto general de barbarie y de incu-
ria los hacen notables.
Esta miseria, que ya va desapareciendo, y que es un accidente de
las campañas pastoras, motivó, sin duda, las palabras que el despecho
y la humillación de las armas inglesas arrancaron a Walter Scott: “Las
vastas llanuras de Buenos Aires —dice— no están pobladas sino por
cristianos salvajes, conocidos bajo el nombre de guachos (por decir
Gauchos), cuyo principal amueblado, consiste en cráneos de caballos,
cuyo alimento es carne cruda y agua y cuyo pasatiempo favorito es
reventar caballos en carreras forzadas. Desgraciadamente —añade el
buen gringo—, prefirieron su independencia nacional a nuestros algo-
dones y muselinas”.1 ¡Sería bueno proponerle a la Inglaterra, por ver,
no más, cuántas varas de lienzo y cuántas piezas de muselina daría por
poseer estas llanuras de Buenos Aires!
Por aquella extensión sin límites, tal como la hemos descrito, están
esparcidas, aquí y allá, catorce ciudades capitales de provincia, que si
hubiéramos de seguir el orden aparente, clasificáramos, por su coloca-
ción geográfica: Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes, a las
1. Life of Napoleon Buonaparte, tomo II, cap. I. (Nota de la 1.a edición).
márgenes del Paraná; Mendoza, San Juan, Rioja, Catamarca, Tucumán,
Salta y Jujuy, casi en línea paralela con los Andes chilenos; Santiago,
San Luis y Córdoba, al centro. Pero esta manera de enumerar los pue-
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blos argentinos no conduce a ninguno de los resultados sociales que
voy solicitando. La clasificación que hace a mi objeto es la que resulta
de los medios de vivir del pueblo de las campañas, que es lo que in-
fluye en su carácter y espíritu. Ya he dicho que la vecindad de los ríos
no imprime modificación alguna, puesto que no son navegados sino
en una escala insignificante y sin influencia. Ahora, todos los pueblos
argentinos, salvo San Juan y Mendoza, viven de los productos del pas-
toreo; Tucumán explota, además, la agricultura; y Buenos Aires, a más
de un pastoreo de millones de cabezas de ganado, se entrega a las
múltiples y variadas ocupaciones de la vida civilizada.
Las ciudades argentinas tienen la fisonomía regular de casi todas
las ciudades americanas: sus calles cortadas en ángulos rectos, su po-
blación diseminada en una ancha superficie, si se exceptúa a Córdoba,
que, edificada en corto y limitado recinto, tiene todas las apariencias
de una ciudad europea, a que dan mayor realce la multitud de torres y
cúpulas de sus numerosos y magníficos templos. La ciudad es el centro
de la civilización argentina, española, europea; allí están los talleres de
las artes, las tiendas del comercio, las escuelas y colegios, los juzgados,
todo lo que caracteriza, en fin, a los pueblos cultos.
La elegancia en los modales, las comodidades del lujo, los vestidos
europeos, el frac y la levita tiene allí su teatro y su lugar conveniente.
No sin objeto hago esta enumeración trivial. La ciudad capital de las
provincias pastoras existe algunas veces ella sola, sin ciudades meno-
res, y no falta alguna en que el terreno inculto llegue hasta ligarse con
las calles. El desierto las circunda a más o menos distancia: las cerca,
las oprime; la naturaleza salvaje las reduce a unos estrechos oasis de
civilización, enclavados en un llano inculto, de centenares de millas
cuadradas, apenas interrumpido por una que otra villa de considera-
ción. Buenos Aires y Córdoba son las que mayor número de villas han
podido echar sobre la campaña, como otros tantos focos de civiliza-
ción y de intereses municipales; ya esto es un hecho notable.
El hombre de la ciudad viste el traje europeo, vive de la vida ci-
vilizada, tal como la conocemos en todas partes: allí están las leyes,
las ideas de progreso, los medios de instrucción, alguna organización
58
municipal, el gobierno regular, etc. Saliendo del recinto de la ciudad,
todo cambia de aspecto: el hombre de campo lleva otro traje, que
llamaré americano, por ser común a todos los pueblos; sus hábitos de
vida son diversos; sus necesidades, peculiares y limitadas; parecen dos
sociedades distintas, dos pueblos extraños uno de otro. Aún hay más:
el hombre de la campaña, lejos de aspirar a semejarse al de la ciudad,
rechaza con desdén, su lujo y sus modales corteses, y el vestido del
ciudadano, el frac, la capa, la silla, ningún signo europeo puede pre-
sentarse impunemente en la campaña. Todo lo que hay de civilizado
en la ciudad, está bloqueado allí, proscripto afuera, y el que osara
mostrarse con levita, por ejemplo, y montado en silla inglesa, atraería
sobre sí las burlas y las agresiones brutales de los campesinos.
Estudiemos, ahora, la fisonomía exterior de las extensas campañas
que rodean las ciudades y penetremos en la vida interior de sus habi-
tantes. Ya he dicho,que en muchas provincias, el límite forzoso es un
desierto intermedio y sin agua. No sucede así, por lo general, con la
campaña de una provincia, en la que reside la mayor parte de su po-
blación. La de Córdoba, por ejemplo, que cuenta 160.000 almas, ape-
nas veinte de éstas están dentro del recinto de la aislada ciudad; todo
el grueso de la población está en los campos, que, así como por lo
común son llanos, casi por todas partes son pastosos, ya estén cubier-
tos de bosques, ya desnudos de vegetación mayor, y en algunas, con
tanta abundancia y de tan exquisita calidad, que el prado artificial no
llegaría a aventajarles. Mendoza, y San Juan sobre todo, se exceptúan
de esta peculiaridad de la superficie inculta, por lo que sus habitantes
viven principalmente de los productos de la agricultura. En todo lo
demás, abundando los pastos, la cría de ganados es, no la ocupación
de los habitantes, sino su medio de subsistencia. Ya la vida pastoril
nos vuelve, impensadamente, a traer a la imaginación el recuerdo del
Asia, cuyas llanuras nos imaginamos siempre cubiertas, aquí y allá, de
las tiendas del calmuco, del cosaco o del árabe. La vida primitiva de
los pueblos, la vida eminentemente bárbara y estacionaria, la vida de
Abraham, que es la del beduino de hoy, asoma en los campos argenti-
nos, aunque modificada por la civilización de un modo extraño.
La tribu árabe, que vaga por las soledades asiáticas, vive reunida
59
bajo el mando de un anciano de la tribu o un jefe guerrero; la sociedad
existe, aunque no esté fija en un punto determinado de la tierra; las
creencias religiosas, las tradiciones inmemoriales, la invariabilidad de
las costumbres, el respeto a los ancianos, forman reunidos un código
de leyes, de usos y de prácticas de gobierno, que mantiene la moral,
tal como la comprenden, el orden y la asociación de la tribu. Pero el
progreso está sofocado, porque no puede haber progreso sin la pose-
sión permanente del suelo, sin la ciudad, que es la que desenvuelve la
capacidad industrial del hombre y le permite extender sus adquisiciones.
En las llanuras argentinas no existe la tribu nómade: el pastor posee
el suelo con títulos de propiedad; está fijo en un punto, que le per-
tenece; pero, para ocuparlo, ha sido necesario disolver la asociación
y derramar las familias sobre una inmensa superficie. Imaginaos una
extensión de dos mil leguas cuadradas, cubierta toda de población,
pero colocadas las habitaciones a cuatro leguas de distancia, unas de
otras, a ocho, a veces, a dos, las más cercanas. El desenvolvimiento de
la propiedad mobiliaria no es imposible; los goces del lujo no son del
todo incompatibles con este aislamiento: puede levantar la fortuna un
soberbio edificio en el desierto; pero el estímulo falta, el ejemplo des-
aparece, la necesidad de manifestarse con dignidad, que se siente en
las ciudades, no se hace sentir allí, en el aislamiento y la soledad. Las
privaciones indispensables justifican la pereza natural, y la frugalidad
en los goces trae, enseguida, todas las exterioridades de la barbarie.
La sociedad ha desaparecido completamente; queda sólo la familia
feudal, aislada, reconcentrada; y, no habiendo sociedad reunida, toda
clase de gobierno se hace imposible: la municipalidad no existe, la po-
licía no puede ejercerse y la justicia civil no tiene medios de alcanzar
a los delincuentes.
Ignoro si el mundo moderno presenta un género de asociación tan
monstruoso como éste. Es todo lo contrario del municipio romano,
que reconcentraba en un recinto, toda la población, y de allí, salía a
labrar los campos circunvecinos. Existía, pues, una organización so-
cial fuerte, y sus benéficos resultados se hacen sentir hasta hoy y han
preparado la civilización moderna. Se asemeja a la antigua sloboda
esclavona con la diferencia que aquélla era agrícola, y, por tanto, más
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susceptible de gobierno: el desparramo de la población no era tan
extenso como éste. Se diferencia de la tribu nómade, en que aquélla
anda en sociedad siquiera, ya que no se posesiona del suelo. Es, en
fin, algo parecido a la feudalidad de la Edad Media, en que los barones
residían en el campo, y desde allí, hostilizaban las ciudades y asolaban
las campañas; pero aquí falta el barón y el castillo feudal. Si el poder se
levanta en el campo, es momentáneamente, es democrático: ni se he-
reda, ni puede conservarse, por falta de montañas y posiciones fuertes.
De aquí resulta, que aun la tribu salvaje de la pampa está organizada
mejor que nuestras campañas, para el desarrollo moral.
Pero lo que presenta de notable esta sociedad, en cuanto a su as-
pecto social, es su afinidad con la vida antigua, con la vida espartana
o romana, si por otra parte no tuviese una desemejanza radical. El ciu-
dadano libre de Esparta o de Roma echaba sobre sus esclavos, el peso
de la vida material, el cuidado de proveer a la subsistencia, mientras
que él vivía libre de cuidados en el foro, en la plaza pública, ocupán-
dose exclusivamente de los intereses del Estado, de la paz, la guerra,
las luchas de partido. El pastoreo proporciona las mismas ventajas, y
la función inhumana del ilota antiguo, la desempeña el ganado. La
procreación espontánea forma y acrece indefinidamente la fortuna; la
mano del hombre está por demás; su trabajo, su inteligencia, su tiem-
po, no son necesarios para la conservación y aumento de los medios
de vivir. Pero si nada de esto necesita para lo material de la vida, las
fuerzas que economiza no puede emplearlas como el romano: fáltale
la ciudad, el municipio, la asociación íntima, y, por tanto, fáltale la
base de todo desarrollo social; no estando reunidos los estancieros,
no tienen necesidades públicas que satisfacer: en una palabra, no hay
res pública.
El progreso moral, la cultura de la inteligencia descuidada en la tri-
bu árabe o tártara, es aquí no sólo descuidada, sino imposible. ¿Dónde
colocar la escuela para que asistan a recibir lecciones, los niños dise-
minados a diez leguas de distancia, en todas direcciones? Así, pues, la
civilización es del todo irrealizable, la barbarie es normal,2 y gracias,
si las costumbres domésticas conservan un corto depósito de moral.
La religión sufre las consecuencias de la disolución de la sociedad; el
61
curato es nominal, el púlpito no tiene auditorio, el sacerdote huye de
la capilla solitaria o se desmoraliza en la inacción y en la soledad; los
vicios, el simoniaquismo, la barbarie normal, penetran en su celda y
convierten su superioridad moral, en elementos de fortuna y de ambi-
ción, porque, al fin, concluye por hacerse caudillo de partido.
Yo he presenciado una escena campestre digna de los tiempos
primitivos del mundo, anteriores a la institución del sacerdocio. Ha-
llábame en 1838 en la sierra de San Luis, en casa de un estanciero,
cuyas dos ocupaciones favoritas eran rezar y jugar. Había edificado
una capilla en la que, los domingos por la tarde, rezaba él mismo el
rosario, para suplir al sacerdote y al oficio divino de que por años ha-
bían carecido. Era aquél un cuadro homérico: el sol llegaba al ocaso;
las majadas que volvían al redil, hendían el aire con sus confusos ba-
lidos; el dueño de la casa, hombre de sesenta años, de una fisonomía
noble, en que la raza europea pura se ostentaba por la blancura del
cutis, los ojos azulados, la frente, espaciosa y despejada, hacía coro, a
que contestaban una docena de mujeres y algunos mocetones, cuyos
caballos, no bien domados aún, estaban amarrados cerca de la puerta
de la capilla. Concluido el rosario, hizo un fervoroso ofrecimiento. Ja-
más he oído voz más llena de unción, fervor más puro, fe más firme,
ni oración más bella, más adecuada a las circunstancias, que la que re-
citó. Pedía en ella, a Dios, lluvia para los campos, fecundidad para los
ganados, paz para la República, seguridad para los caminantes… Yo
soy muy propenso a llorar, y aquella vez lloré hasta sollozar, porque el
sentimiento religioso se había despertado en mi alma con exaltación y
como una sensación desconocida, porque nunca he visto escena más
religiosa; creía estar en los tiempos de Abraham, en su presencia, en
la de Dios y de la naturaleza que lo revela. La voz de aquel hombre
2. El año 1826, durante una residencia de un año en la sierra de San Luis, enseñé a
leer a seis jóvenes de familias pudientes, el menor de los cuales tenía veintidós
años. (Nota de la 1.a edición).
candoroso e inocente me hacía vibrar todas las fibras, y me penetraba
hasta la médula de los huesos.
He aquí a lo que está reducida la religión en las campañas pastoras:
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a la religión natural; el cristianismo existe, como el idioma español, en
clase de tradición que se perpetúa, pero corrompido, encarnado en su-
persticiones groseras, sin instrucción, sin culto y sin convicciones. En
casi todas las campañas apartadas de las ciudades, ocurre que, cuando
llegan comerciantes de San Juan o de Mendoza, les presentan tres o
cuatro niños de meses y de un año para que los bauticen, satisfechos
de que, por su buena educación, podrán hacerlo de un modo válido; y
no es raro que a la llegada de un sacerdote, se le presenten mocetones,
que vienen domando un potro, a que les ponga el óleo y administre el
bautismo sub conditione.
A falta de todos los medios de civilización y de progreso, que no
pueden desenvolverse, sino a condición de que los hombres estén
reunidos en sociedades numerosas, ved la educación del hombre del
campo. Las mujeres guardan la casa, preparan la comida, trasquilan las
ovejas, ordeñan las vacas, fabrican los quesos y tejen las groseras telas
de que se visten: todas las ocupaciones domésticas, todas las industrias
caseras las ejerce la mujer: sobre ella pesa casi todo el trabajo; y gra-
cias, si algunos hombres se dedican a cultivar un poco de maíz, para
el alimento de la familia, pues el pan es inusitado como mantención
ordinaria. Los niños ejercitan sus fuerzas y se adiestran, por placer, en
el manejo del lazo y de las bolas, con que molestan y persiguen sin
descanso a las terneras y cabras; cuando son jinetes, y esto sucede
luego de aprender a caminar, sirven a caballo en algunos quehaceres;
más tarde, y cuando ya son fuertes, recorren los campos, cayendo y le-
vantando, rodando a designio en las vizcacheras, salvando precipicios
y adiestrándose en el manejo del caballo; cuando la pubertad asoma,
se consagran a domar potros salvajes, y la muerte es el castigo menor
que les aguarda, si un momento les faltan las fuerzas o el coraje. Con la
juventud primera, viene la completa independencia y la desocupación.
Aquí principia la vida pública, diré, del gaucho, pues que su educa-
ción está ya terminada. Es preciso ver a estos españoles, por el idioma
únicamente y por las confusas nociones religiosas que conservan, para
saber apreciar los caracteres indómitos y altivos, que nacen de esta
lucha del hombre aislado, con la naturaleza salvaje, del racional, con
el bruto; es preciso ver estas caras cerradas de barba, estos semblan-
63
tes graves y serios, como los de los árabes asiáticos, para juzgar del
compasivo desdén que les inspira la vista del hombre sedentario de las
ciudades, que puede haber leído muchos libros, pero que no sabe ate-
rrar un toro bravío y darle muerte; que no sabrá proveerse de caballo
a campo abierto, a pie y sin el auxilio de nadie; que nunca ha parado
un tigre, y recibídolo con el puñal en una mano y el poncho envuelto
en la otra, para meterle en la boca, mientras le traspasa el corazón y
lo deja tendido a sus pies. Este hábito de triunfar de las resistencias,
de mostrarse siempre superior a la naturaleza, desafiarla y vencerla,
desenvuelve prodigiosamente el sentimiento de la importancia indi-
vidual y de la superioridad. Los argentinos, de cualquier clase que
sean, civilizados o ignorantes, tienen una alta conciencia de su valer
como nación; todos los demás pueblos americanos les echan en cara
esta vanidad, y se muestran ofendidos de su presunción y arrogancia.
Creo que el cargo no es del todo infundado, y no me pesa de ello. ¡Ay
del pueblo que no tiene fe en sí mismo! ¡Para ese no se han hecho las
grandes cosas! ¿Cuánto no habrá podido contribuir a la independencia
de una parte de la América, la arrogancia de estos gauchos argentinos
que nada han visto bajo el sol, mejor que ellos, ni el hombre sabio ni
el poderoso? El europeo es, para ellos, el último de todos, porque no
resiste a un par de corcovos del caballo.3 Si el origen de esta vanidad
nacional en las clases inferiores es mezquino, no son por eso menos
nobles las consecuencias; como no es menos pura el agua de un río
porque nazca de vertientes cenagosas e infectas. Es implacable el odio
que les inspiran los hombres cultos, e invencible su disgusto por sus
vestidos, usos y maneras. De esta pasta están amasados los soldados
argentinos, y es fácil imaginarse lo que hábitos de este género pueden
3. El general Mansilla decía en la Sala, durante el bloqueo francés: “¿Y qué nos han
de hacer esos europeos que no saben galoparse una noche?”; y la inmensa barra
plebeya ahogó la voz del orador con el estrépito de los aplausos. (Nota a la 1.a
edición).
dar en valor y sufrimiento para la guerra. Añádase que, desde la in-
fancia, están habituados a matar las reses, y que este acto de crueldad
necesaria, los familiariza con el derramamiento de sangre, y endurece
64
su corazón, contra los gemidos de las víctimas.
La vida del campo, pues, ha desenvuelto en el gaucho, las faculta-
des físicas, sin ninguna de las de la inteligencia. Su carácter moral se
resiente de su hábito de triunfar de los obstáculos y del poder de la
naturaleza: es fuerte, altivo, enérgico. Sin ninguna instrucción, sin ne-
cesitarla tampoco, sin medios de subsistencia, como sin necesidades,
es feliz en medio de la pobreza y de sus privaciones, que no son tales,
para el que nunca conoció mayores goces, ni extendió más altos sus
deseos. De manera que si esta disolución de la sociedad radica honda-
mente la barbarie, por la imposibilidad y la inutilidad de la educación
moral e intelectual, no deja, por otra parte, de tener sus atractivos. El
gaucho no trabaja; el alimento y el vestido lo encuentra preparado en
su casa; uno y otro se lo proporcionan sus ganados, si es propietario;
la casa del patrón o pariente, si nada posee. Las atenciones que el ga-
nado exige, se reducen a correrías y partidas de placer. La hierra, que
es como la vendimia de los agricultores, es una fiesta cuya llegada se
recibe con transportes de júbilo: allí es el punto de reunión de todos
los hombres de veinte leguas a la redonda; allí, la ostentación de la
increíble destreza en el lazo. El gaucho llega a la hierra al paso lento
y mesurado de su mejor parejero, que detiene a distancia apartada; y
para gozar mejor del espectáculo, cruza la pierna sobre el pescuezo
del caballo. Si el entusiasmo lo anima, desciende lentamente del caba-
llo, desarrolla su lazo y lo arroja sobre un toro que pasa, con la veloci-
dad del rayo, a cuarenta pasos de distancia: lo ha cogido de una uña,
que era lo que se proponía, y vuelve tranquilo a enrollar su cuerda.
2. ORIGINALIDAD Y CARACTERES ARGENTINOS
Ainsi que l’océan, les steppes remplissent l’esprit
du sentiment de l’infini. 65
HUMBOLDT
SI DE LAS condiciones de la vida pastoril, tal como la ha constituido la
colonización y la incuria, nacen graves dificultades para una organiza-
ción política cualquiera y muchas más para el triunfo de la civilización
europea, de sus instituciones, y de la riqueza y libertad, que son sus
consecuencias, no puede, por otra parte, negarse que esta situación
tiene su costado poético, y faces dignas de la pluma del romancista. Si
un destello de literatura nacional puede brillar momentáneamente en
las nuevas sociedades americanas, es el que resultará de la descripción
de las grandiosas escenas naturales, y, sobre todo, de la lucha entre
la civilización europea y la barbarie indígena, entre la inteligencia y
la materia: lucha imponente en América, y que da lugar a escenas tan
peculiares, tan características y tan fuera del círculo de ideas en que
se ha educado el espíritu europeo, porque los resortes dramáticos se
vuelven desconocidos fuera del país donde se toman, los usos sorpren-
dentes, y originales los caracteres.
El único romancista norteamericano que haya logrado hacerse un
nombre europeo es Fenimore Cooper, y eso porque transportó la esce-
na de sus descripciones fuera del círculo ocupado por los plantadores,
al límite entre la vida bárbara y la civilizada, al teatro de la guerra en
que las razas indígenas y la raza sajona están combatiendo por la po-
sesión del terreno.
No de otro modo, nuestro joven poeta Echeverría ha logrado lla-
mar la atención del mundo literario español, con su poema titulado La
Cautiva. Este bardo argentino dejó a un lado a Dido y Argia, que sus
predecesores los Varela trataron con maestría clásica y estro poético,
pero sin suceso y sin consecuencia, porque nada agregaban al caudal
de nociones europeas, y volvió sus miradas al desierto, y allá en la
inmensidad sin límites, en las soledades en que vaga el salvaje, en la
lejana zona de fuego que el viajero ve acercarse cuando los campos se
incendian, halló las inspiraciones que proporciona a la imaginación, el
espectáculo de una naturaleza solemne, grandiosa, inconmensurable,
callada; y entonces, el eco de sus versos pudo hacerse oír con aproba-
66
ción, aun por la península española.
Hay que notar, de paso, un hecho que es muy explicativo de los
fenómenos sociales de los pueblos. Los accidentes de la naturaleza
producen costumbres y usos peculiares a estos accidentes, haciendo
que donde estos accidentes se repiten, vuelvan a encontrarse los mis-
mos medios de parar a ellos, inventados por pueblos distintos. Esto
me explica por qué la flecha y el arco se encuentran en todos los pue-
blos salvajes, cualesquiera que sean su raza, su origen y su colocación
geográfica. Cuando leía en El último de los Mohicanos, de Cooper, que
Ojo de Halcón y Uncas habían perdido el rastro de los Mingos en un
arroyo, dije para mí: “Van a tapar el arroyo”. Cuando, en La Pradera, el
Trampero mantiene la incertidumbre y la agonía, mientras el fuego los
amenaza, un argentino habría aconsejado lo mismo que el Trampero
sugiere al fin, que es limpiar un lugar para guarecerse, e incendiar a
su vez, para poderse retirar del fuego que invade, sobre las cenizas del
punto que se ha incendiado. Tal es la práctica de los que atraviesan la
pampa para salvarse de los incendios del pasto. Cuando los fugitivos
de La Pradera encuentran un río, y Cooper describe la misteriosa ope-
ración del Pawnie con el cuero de búfalo que recoge: “va a hacer la
pelota”, me dije a mí mismo; lástima es que no haya una mujer que la
conduzca, que entre nosotros son las mujeres las que cruzan los ríos
con la pelota tomada con los dientes por un lazo. El procedimiento
para asar una cabeza de búfalo en el desierto es el mismo que nosotros
usamos para batear una cabeza de vaca o un lomo de ternera. En fin,
mil otros accidentes que omito, prueban la verdad de que modifica-
ciones análogas del suelo traen análogas costumbres, recursos y ex-
pedientes. No es otra la razón de hallar, en Fenimore Cooper, descrip-
ciones de usos y costumbres que parecen plagiadas de la pampa; así,
hallamos en los hábitos pastoriles de la América, reproducidos hasta
los trajes, el semblante grave y hospitalidad árabes.
Existe, pues, un fondo de poesía que nace de los accidentes na-
turales del país y de las costumbres excepcionales que engendra. La
poesía, para despertarse, (porque la poesía es como el sentimiento reli-
gioso, una facultad del espíritu humano), necesita el espectáculo de lo
bello, del poder terrible, de la inmensidad, de la extensión, de lo vago,
67
de lo incomprensible, porque sólo donde acaba lo palpable y vulgar,
empiezan las mentiras de la imaginación, el mundo ideal. Ahora yo
pregunto: ¿Qué impresiones ha de dejar en el habitante de la República
Argentina, el simple acto de clavar los ojos en el horizonte, y ver… no
ver nada; porque cuanto más hunde los ojos en aquel horizonte incier-
to, vaporoso, indefinido, más se le aleja, más lo fascina, lo confunde y
lo sume en la contemplación y la duda? ¿Dónde termina aquel mundo
que quiere en vano penetrar? ¡No lo sabe! ¿Qué hay más allá de lo que
ve? ¡La soledad, el peligro, el salvaje, la muerte! He aquí ya la poesía:
el hombre que se mueve en estas escenas se siente asaltado de temores
e incertidumbres fantásticas, de sueños que le preocupan despierto.
De aquí resulta que el pueblo argentino es poeta por carácter, por
naturaleza. ¿Ni cómo ha de dejar de serlo, cuando en medio de una
tarde serena y apacible, una nube torva y negra se levanta sin saber de
dónde, se extiende sobre el cielo, mientras se cruzan dos palabras, y
de repente, el estampido del trueno anuncia la tormenta que deja frío
al viajero, y reteniendo el aliento, por temor de atraerse un rayo de dos
mil que caen en torno suyo? La obscuridad se sucede después a la luz:
la muerte está por todas partes; un poder terrible, incontrastable, le ha
hecho, en un momento, reconcentrarse en sí mismo, y sentir su nada
en medio de aquella naturaleza irritada; sentir a Dios, por decirlo de
una vez, en la aterrante magnificencia de sus obras. ¿Qué más colores
para la paleta de la fantasía? Masas de tinieblas que anublan el día,
masas de luz lívida, temblorosa, que ilumina un instante las tinieblas, y
muestra la pampa a distancias infinitas, cruzándola vivamente el rayo,
en fin, símbolo del poder. Estas imágenes han sido hechas para que-
darse hondamente grabadas. Así, cuando la tormenta pasa, el gaucho
se queda triste, pensativo, serio, y la sucesión de luz y tinieblas se
continúa en su imaginación, del mismo modo que cuando miramos
fijamente el sol, nos queda, por largo tiempo, su disco en la retina.
Preguntadle al gaucho, a quién matan con preferencia los rayos,
y os introducirá en un mundo de idealizaciones morales y religiosas,
mezcladas de hechos naturales, pero mal comprendidos, de tradiciones
supersticiosas y groseras. Añádase que, si es cierto que el fluido eléctri-
co entra en la economía de la vida humana y es el mismo que llaman
68
fluido nervioso, el cual, excitado, subleva las pasiones y enciende el
entusiasmo, muchas disposiciones debe tener para los trabajos de la
imaginación, el pueblo que habita bajo una atmósfera recargada de
electricidad hasta el punto que la ropa frotada, chisporrotea como el
pelo contrariado del gato.
¿Cómo no ha de ser poeta el que presencia estas escenas impo-
nentes:
Gira en vano, reconcentra
su inmensidad, y no encuentra
la vista en su vivo anhelo
do fijar su fugaz vuelo,
como el pájaro en la mar.
Doquier, campo y heredades,
del ave y bruto guaridas;
doquier cielo y soledades
de Dios sólo conocidas,
que Él sólo puede sondear.
ECHEVERRÍA.
O el que tiene a la vista esta naturaleza engalanada?
De las entrañas de América
dos raudales se desatan:
el Paraná, faz de perlas,
y el Uruguay, faz de nácar.
Los dos entre bosques corren,
o entre floridas barrancas,
como dos grandes espejos
entre marcos de esmeraldas.
Salúdanlos en su paso
la melancólica pava,
el picaflor y el jilguero,
69
el zorzal y la torcaza.
Como ante reyes se inclinan
ante ellos seibos y palmas,
y le arrojan flor del aire,
aroma y flor de naranja;
luego, en el Guazú se encuentran,
y reuniendo sus aguas,
mezclando nácar y perlas
se derraman en el Plata.
DOMÍNGUEZ.
Pero ésta es la poesía culta, la poesía de la ciudad. Hay otra que hace
oír sus ecos por los campos solitarios: la poesía popular, candorosa y
desaliñada del gaucho.
También nuestro pueblo es músico. Ésta es una predisposición na-
cional que todos los vecinos le reconocen. Cuando en Chile se anun-
cia, por la primera vez, un argentino en una casa, lo invitan al piano
en el acto, o le pasan una vihuela y si se excusa diciendo que no sabe
pulsarla, lo extrañan y no le creen, “porque siendo argentino —di-
cen— debe ser músico”. Ésta es una preocupación popular que acusa
nuestros hábitos nacionales. En efecto: el joven culto de las ciudades
toca el piano o la flauta, el violín o la guitarra; los mestizos se dedican
casi exclusivamente a la música, y son muchos los hábiles composito-
res e instrumentistas que salen de entre ellos. En las noches de verano,
se oye sin cesar la guitarra en la puerta de las tiendas, y, tarde de la
noche, el sueño es dulcemente interrumpido por las serenatas y los
conciertos ambulantes.
El pueblo campesino tiene sus cantares propios.
El triste, que predomina en los pueblos del Norte, es un canto fri-
gio, plañidero, natural al hombre en el estado primitivo de barbarie,
según Rousseau.
70
La vidalita, canto popular con coros, acompañado de la guitarra
y un tamboril, a cuyos redobles se reúne la muchedumbre y va en-
grosando el cortejo y el estrépito de las voces. Este canto me parece
heredado de los indígenas, porque lo he oído en una fiesta de indios
en Copiapó, en celebración de la Candelaria; y como canto religioso,
debe ser antiguo, y los indios chilenos no lo han de haber adoptado
de los españoles argentinos. La vidalita es el metro popular en que se
cantan los asuntos del día, las canciones guerreras: el gaucho compo-
ne el verso que canta, y lo populariza por la asociación que su canto
exige.
Así, pues, en medio de la rudeza de las costumbres nacionales, es-
tas dos artes que embellecen la vida civilizada y dan desahogo a tantas
pasiones generosas, están honradas y favorecidas por las masas mis-
mas, que ensayan su áspera musa en composiciones líricas y poéticas.
El joven Echeverría residió algunos meses en la campaña, en 1840, y la
fama de sus versos sobre la pampa le había precedido ya: los gauchos
lo rodeaban con respeto y afición, y cuando un recién venido mostraba
señales de desdén hacia el cajetilla, alguno le insinuaba al oído: “Es
poeta”, y toda prevención hostil cesaba al oír este título privilegiado.
Sabido es, por otra parte, que la guitarra es el instrumento popular
de los españoles, y que es común en América. En Buenos Aires, sobre
todo, está todavía muy vivo el tipo popular español, el majo. Descú-
bresele en el compadrito de la ciudad y en el gaucho de la campaña. El
jaleo español vive en el cielito: los dedos sirven de castañuelas. Todos
los movimientos del compadrito revelan al majo: el movimiento de los
hombros, los ademanes, la colocación del sombrero, hasta la manera
de escupir por entre los dientes: todo es aún andaluz genuino.
Del centro de estas costumbres y gustos generales se levantan espe-
cialidades notables, que un día embellecerán y darán un tinte original
al drama y al romance nacional. Yo quiero sólo notar aquí algunas que
servirán a completar la idea de las costumbres, para trazar enseguida
el carácter, causas y efectos de la guerra civil.
EL RASTREADOR
El más conspicuo de todos, el más extraordinario, es el rastreador. To-
dos los gauchos del interior son rastreadores. En llanuras tan dilatadas, 71
en donde las sendas y caminos se cruzan en todas direcciones, y los
campos en que pacen o transitan las bestias son abiertos, es preciso
saber seguir las huellas de un animal, y distinguirlas de entre mil, co-
nocer si va despacio o ligero, suelto o tirado, cargado o de vacío: ésta
es una ciencia casera y popular. Una vez caía yo de un camino de en-
crucijada al de Buenos Aires, y el peón que me conducía echó, como
de costumbre, la vista al suelo: “Aquí va —dijo luego— una mulita
mora muy buena…; ésta es la tropa de don N. Zapata…, es de muy
buena silla…, va ensillada…, ha pasado ayer…”. Este hombre venía de
la Sierra de San Luis, la tropa volvía de Buenos Aires, y hacía un año
que él había visto por última vez la mulita mora, cuyo rastro estaba
confundido con el de toda una tropa en un sendero de dos pies de
ancho. Pues esto, que parece increíble, es, con todo, la ciencia vulgar;
éste era un peón de árrea, y no un rastreador de profesión.
El rastreador es un personaje grave, circunspecto, cuyas asevera-
ciones hacen fe en los tribunales inferiores. La conciencia del saber
que posee le da cierta dignidad reservada y misteriosa. Todos le tratan
con consideración: el pobre, porque puede hacerle mal, calumniándo-
lo o denunciándolo; el propietario, porque su testimonio puede fallar-
le. Un robo se ha ejecutado durante la noche: no bien se nota, corren a
buscar una pisada del ladrón, y encontrada, se cubre con algo para que
el viento no la disipe. Se llama enseguida al rastreador, que ve el rastro
y lo sigue sin mirar, sino de tarde en tarde, el suelo, como si sus ojos
vieran de relieve esta pisada, que para otro es imperceptible. Sigue el
curso de las calles, atraviesa los huertos, entra en una casa y, señalan-
do un hombre que encuentra, dice fríamente: “¡Éste es!”. El delito está
probado, y raro es el delincuente que resiste a esta acusación. Para él,
más que para el juez, la deposición del rastreador es la evidencia mis-
ma: negarla sería ridículo, absurdo. Se somete, pues, a este testigo, que
considera como el dedo de Dios que lo señala. Yo mismo he conocido
a Calíbar, que ha ejercido, en una provincia, su oficio, durante cuarenta
años consecutivos. Tiene, ahora, cerca de ochenta años: encorvado
por la edad, conserva, sin embargo, un aspecto venerable y lleno de
dignidad. Cuando le hablan de su reputación fabulosa, contesta: “Ya
no valgo nada; ahí están los niños”. Los niños son sus hijos, que han
72
aprendido en la escuela de tan famoso maestro. Se cuenta de él, que
durante un viaje a Buenos Aires le robaron una vez, su montura de
gala. Su mujer tapó el rastro con una artesa. Dos meses después, Ca-
líbar regresó, vio el rastro, ya borrado e inapercibible para otros ojos,
y no se habló más del caso. Año y medio después, Calíbar marchaba
cabizbajo por una calle de los suburbios, entra a una casa y encuentra
su montura, ennegrecida ya y casi inutilizada por el uso. ¡Había en-
contrado el rastro de su raptor, después de dos años! El año 1830, un
reo condenado a muerte se había escapado de la cárcel. Calíbar fue
encargado de buscarlo. El infeliz, previendo que sería rastreado, había
tomado todas las precauciones que la imagen del cadalso le sugirió.
¡Precauciones inútiles! Acaso sólo sirvieron para perderle, porque com-
prometido Calíbar en su reputación, el amor propio ofendido le hizo
desempeñar con calor, una tarea que perdía a un hombre, pero que
probaba su maravillosa vista. El prófugo aprovechaba todos los acci-
dentes del suelo para no dejar huellas; cuadras enteras había marchado
pisando con la punta del pie; trepábase en seguida a las murallas bajas,
cruzaba un sitio y volvía para atrás; Calíbar lo seguía sin perder la pis-
ta. Si le sucedía momentáneamente extraviarse, al hallarla de nuevo,
exclamaba: “¡Dónde te mi as dir !”. Al fin llegó a una acequia de agua,
en los suburbios, cuya corriente había seguido aquél para burlar al
rastreador… ¡Inútil! Calíbar iba por las orillas sin inquietud, sin vacilar.
Al fin se detiene, examina unas yerbas y dice: “Por aquí ha salido; no
hay rastro, pero estas gotas de agua en los pastos lo indican”. Entra en
una viña: Calíbar reconoció las tapias que la rodeaban, y dijo: “Adentro
está”. La partida de soldados se cansó de buscar, y volvió a dar cuenta
de la inutilidad de las pesquisas. “No ha salido” fue la breve respuesta
que, sin moverse, sin proceder a nuevo examen, dio el rastreador. No
había salido, en efecto, y al día siguiente fue ejecutado. En 1831, al-
gunos presos políticos intentaban una evasión: todo estaba preparado,
los auxiliares de fuera, prevenidos. En el momento de efectuarla, uno
dijo: “¿Y Calíbar?” —“¡Cierto!” —contestaron los otros, anonadados,
aterrados—. “¡Calíbar!” Sus familias pudieron conseguir de Calíbar que
estuviese enfermo cuatro días, contados desde la evasión, y así pudo
efectuarse sin inconveniente.
73
¿Qué misterio es éste del rastreador? ¿Qué poder microscópico se
desenvuelve en el órgano de la vista de estos hombres? ¡Cuán sublime
criatura es la que Dios hizo a su imagen y semejanza!
EL BAQUEANO
Después del rastreador, viene el baqueano, personaje eminente y que
tiene en sus manos la suerte de los particulares y de las provincias.
El baqueano es un gaucho grave y reservado, que conoce a palmos,
veinte mil leguas cuadradas de llanuras, bosques y montañas. Es el
topógrafo más completo, es el único mapa que lleva un general para
dirigir los movimientos de su campaña. El baqueano va siempre a su
lado. Modesto y reservado como una tapia, está en todos los secretos
de la campaña; la suerte del ejército, el éxito de una batalla, la conquis-
ta de una provincia, todo depende de él.
El baqueano es casi siempre fiel a su deber; pero no siempre el
general tiene en él, plena confianza. Imaginaos la posición de un jefe
condenado a llevar un traidor a su lado y a pedirle los conocimientos
indispensables para triunfar. Un baqueano encuentra una sendita que
hace cruz con el camino que lleva: él sabe a qué aguada remota con-
duce; si encuentra mil, y esto sucede en un espacio de mil leguas, él
las conoce todas, sabe de dónde vienen y adónde van. Él sabe el vado
oculto que tiene un río, más arriba o más abajo del paso ordinario, y
esto en cien ríos o arroyos; él conoce en los ciénagos extensos, un
sendero por donde pueden ser atravesados sin inconveniente, y esto
en cien ciénagos distintos.
En lo más oscuro de la noche, en medio de los bosques o en las lla-
nuras sin límites, perdidos sus compañeros, extraviados, da una vuelta
en círculo de ellos, observa los árboles; si no los hay, se desmonta, se
inclina a tierra, examina algunos matorrales y se orienta de la altura en
que se halla, monta en seguida, y les dice, para asegurarlos: “Estamos
en dereceras de tal lugar, a tantas leguas de las habitaciones; el camino
ha de ir al Sur”; y se dirige hacia el rumbo que señala, tranquilo, sin
prisa de encontrarlo y sin responder a las objeciones que el temor o la
fascinación sugiere a los otros.
Si aún esto no basta, o si se encuentra en la pampa y la oscuridad
74
es impenetrable, entonces arranca pastos de varios puntos, huele la
raíz y la tierra, las masca y, después de repetir este procedimiento
varias veces, se cerciora de la proximidad de algún lago, o arroyo sa-
lado, o de agua dulce, y sale en su busca para orientarse fijamente. El
general Rosas, dicen, conoce, por el gusto, el pasto de cada estancia
del sur de Buenos Aires.
Si el baqueano lo es de la pampa, donde no hay caminos para
atravesarla, y un pasajero le pide que lo lleve directamente a un paraje
distante cincuenta leguas, el baqueano se para un momento, reconoce
el horizonte, examina el suelo, clava la vista en un punto y se echa
a galopar con la rectitud de una flecha, hasta que cambia de rumbo
por motivos que sólo él sabe, y, galopando día y noche, llega al lugar
designado.
El baqueano anuncia también la proximidad del enemigo, esto es,
diez leguas, y el rumbo por donde se acerca, por medio del movimien-
to de los avestruces, de los gamos y guanacos que huyen en cierta
dirección. Cuando se aproxima, observa los polvos y por su espesor
cuenta la fuerza: “Son dos mil hombres” —dice—, “quinientos”, “dos-
cientos”, y el jefe obra bajo este dato, que casi siempre es infalible.
Si los cóndores y cuervos revolotean en un círculo del cielo, él sabrá
decir si hay gente escondida, o es un campamento recién abandonado,
o un simple animal muerto. El baqueano conoce la distancia que hay
de un lugar a otro; los días y las horas necesarias para llegar a él, y a
más, una senda extraviada e ignorada, por donde se puede llegar de
sorpresa y en la mitad del tiempo; así es que las partidas de montone-
ras emprenden sorpresas sobre pueblos que están a cincuenta leguas
de distancia, que casi siempre las aciertan. ¿Creeráse exagerado? ¡No!
El general Rivera, de la Banda Oriental, es un simple baqueano, que
conoce cada árbol que hay en toda la extensión de la República del
Uruguay. No la hubieran ocupado los brasileros sin su auxilio; no la
hubieran libertado, sin él, los argentinos. Oribe, apoyado por Rosas,
sucumbió después de tres años de lucha con el general baqueano, y
todo el poder de Buenos Aires, hoy, con sus numerosos ejércitos que
cubren toda la campaña del Uruguay, puede desaparecer, destruido a
pedazos, por una sorpresa hoy, por una fuerza cortada mañana, por
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una victoria que él sabrá convertir en su provecho, por el conocimien-
to de algún caminito que cae a retaguardia del enemigo, o por otro
accidente inapercibido o insignificante.
El general Rivera principió sus estudios del terreno el año de
1804: y haciendo la guerra a las autoridades, entonces, como contra-
bandista; a los contrabandistas, después, como empleado; al rey, en
seguida, como patriota; a los patriotas, más tarde, como montonero;
a los argentinos, como jefe brasilero; a éstos, como general argentino;
a Lavalleja, como Presidente; al Presidente Oribe, como jefe proscrip-
to; a Rosas, en fin, aliado de Oribe, como general oriental, ha tenido
sobrado tiempo para aprender un poco de la ciencia del baqueano.
EL GAUCHO MALO
Este es un tipo de ciertas localidades, un outlaw, un squatter, un mi-
sántropo particular. Es el “Ojo de Halcón”, el Trampero de Cooper, con
toda su ciencia del desierto, con toda su aversión a las poblaciones
de los blancos, pero sin su moral natural y sin sus conexiones con los
salvajes. Llámanle el Gaucho Malo, sin que este epíteto lo desfavorezca
del todo. La justicia lo persigue desde muchos años; su nombre es te-
mido, pronunciado en voz baja, pero sin odio y casi con respeto. Es un
personaje misterioso: mora en la pampa, son su albergue los cardales,
vive de perdices y mulitas; si alguna vez quiere regalarse con una len-
gua, enlaza una vaca, la voltea solo, la mata, saca su bocado predilecto
y abandona lo demás a las aves mortecinas. De repente, se presenta el
gaucho malo en un pago de donde la partida acaba de salir: conversa
pacíficamente con los buenos gauchos, que lo rodean y lo admiran; se
provee de los vicios, y si divisa la partida, monta tranquilamente en su
caballo y lo apunta hacia el desierto, sin prisa, sin aparato, desdeñando
volver la cabeza. La partida, rara vez lo sigue; mataría inútilmente sus
caballos, porque el que monta el gaucho malo es un parejero pangaré
tan célebre como su amo. Si el acaso lo echa alguna vez, de improviso,
entre las garras de la justicia, acomete a lo más espeso de la partida, y a
merced de cuatro tajadas que con su cuchillo ha abierto en la cara o en
el cuerpo de los soldados, se hace paso por entre ellos, y tendiéndose
sobre el lomo del caballo, para sustraerse a la acción de las balas que
76
lo persiguen, endilga hacia el desierto, hasta que, poniendo espacio
conveniente entre él y sus perseguidores, refrena su trotón y marcha
tranquilamente. Los poetas de los alrededores agregan esta nueva ha-
zaña a la biografía del héroe del desierto, y su nombradía vuela por
toda la vasta campaña. A veces, se presenta a la puerta de un baile
campestre, con una muchacha que ha robado; entra en baile con su
pareja, confúndese en las mudanzas del cielito y desaparece sin que
nadie se aperciba de ello. Otro día se presenta en la casa de la familia
ofendida, hace descender de la grupa a la niña que ha seducido, y,
desdeñando las maldiciones de los padres que le siguen, se encamina
tranquilo a su morada sin límites.
Este hombre divorciado con la sociedad, proscripto por las leyes;
este salvaje de color blanco no es, en el fondo, un ser más depravado
que los que habitan las poblaciones. El osado prófugo que acomete
una partida entera es inofensivo para los viajeros. El gaucho malo no
es un bandido, no es un salteador; el ataque a la vida no entra en su
idea, como el robo no entraba en la idea del Churriador : roba, es cier-
to; pero ésta es su profesión, su tráfico, su ciencia. Roba caballos. Una
vez viene al real de una tropa del interior: el patrón propone comprar-
le un caballo de tal pelo extraordinario, de tal figura, de tales prendas,
con una estrella blanca en la paleta. El gaucho se recoge, medita un
momento, y después de un rato de silencio contesta: “No hay actual-
mente caballo así”. ¿Qué ha estado pensando el gaucho? En aquel mo-
mento, ha recorrido en su mente mil estancias de la pampa, ha visto y
examinado todos los caballos que hay en la provincia, con sus marcas,
color, señales particulares, y convencídose de que no hay ninguno que
tenga una estrella en la paleta: unos las tienen en la frente; otros, una
mancha blanca en el anca. ¿Es sorprendente esta memoria? ¡No! Napo-
león conocía por sus nombres, doscientos mil soldados, y recordaba,
al verlos, todos los hechos que a cada uno de ellos se referían. Si no
se le pide, pues, lo imposible, en día señalado, en un punto dado del
camino, entregará un caballo tal como se le pide, sin que el anticiparle
el dinero sea motivo de faltar a la cita. Tiene sobre este punto, el honor
de los tahúres sobre las deudas.
Viaja a veces a la campaña de Córdoba, a Santa Fe. Entonces se le
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ve cruzar la pampa con una tropilla de caballos por delante: si algu-
no lo encuentra, sigue su camino sin acercársele, a menos que él lo
solicite.
EL CANTOR
Aquí tenéis la idealización de aquella vida de revueltas, de civilización,
de barbarie y de peligros. El gaucho cantor es el mismo bardo, el vate,
el trovador de la Edad Media, que se mueve en la misma escena, entre
las luchas de las ciudades y del feudalismo de los campos, entre la vida
que se va y la vida que se acerca. El cantor anda de pago en pago,
“de tapera en galpón”, cantando sus héroes de la pampa, perseguidos
por la justicia, los llantos de la viuda a quien los indios robaron sus
hijos en un malón reciente, la derrota y la muerte del valiente Rauch,
la catástrofe de Facundo Quiroga y la suerte que cupo a Santos Pérez.
El cantor está haciendo, candorosamente, el mismo trabajo de crónica,
costumbres, historia, biografía que el bardo de la Edad Media, y sus
versos serían recogidos más tarde como los documentos y datos en
que habría de apoyarse el historiador futuro, si a su lado no estuviese
otra sociedad culta, con superior inteligencia de los acontecimientos,
que la que el infeliz despliega en sus rapsodias ingenuas. En la Re-
pública Argentina, se ven a un tiempo dos civilizaciones distintas en
un mismo suelo: una naciente, que, sin conocimiento de lo que tiene
sobre su cabeza, está remedando los esfuerzos ingenuos y populares
de la Edad Media; otra que, sin cuidarse de lo que tiene a sus pies, in-
tenta realizar los últimos resultados de la civilización europea. El siglo
XIX y el siglo XII viven juntos: el uno, dentro de las ciudades; el otro,
en las campañas.
El cantor no tiene residencia fija: su morada está donde la noche
lo sorprende; su fortuna, en sus versos y en su voz. Dondequiera que
el cielito enreda sus parejas sin tasa, dondequiera que se apura una
copa de vino, el cantor tiene su lugar preferente, su parte escogida en
el festín. El gaucho argentino no bebe, si la música y los versos no lo
excitan,4 y cada pulpería tiene su guitarra para poner en manos del
cantor, a quien el grupo de caballos estacionados a la puerta, anuncia
a lo lejos, dónde se necesita el concurso de su gaya ciencia.
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El cantor mezcla entre sus cantos heroicos la relación de sus pro-
pias hazañas. Desgraciadamente, el cantor, con ser el bardo argentino,
no está libre de tener que habérselas con la justicia. También tiene
que dar la cuenta de sendas puñaladas que ha distribuido, una o dos
desgracias (¡muertes!) que tuvo y algún caballo o una muchacha que
robó. El año 1840, entre un grupo de gauchos y a orillas del majes-
tuoso Paraná, estaba sentado en el suelo, y con las piernas cruzadas,
un cantor que tenía azorado y divertido a su auditorio, con la larga y
animada historia de sus trabajos y aventuras. Había ya contado lo del
rapto de la querida, con los trabajos que sufrió; lo de la desgracia y la
disputa que la motivó; estaba refiriendo su encuentro con la partida, y
las puñaladas que en su defensa dio, cuando el tropel y los gritos de
los soldados le avisaron que esta vez estaba cercado. La partida, en
efecto, se había cerrado en forma de herradura; la abertura quedaba
hacia el Paraná, que corría veinte varas más abajo: tal era la altura de
la barranca. El cantor oyó la grita sin turbarse; viósele de improviso
sobre el caballo, y echando una mirada escudriñadora sobre el círculo
de soldados con las tercerolas preparadas, vuelve el caballo hacia la
barranca, le pone el poncho en los ojos y clávale las espuelas. Algu-
nos instantes después, se veía salir de las profundidades del Paraná el
caballo, sin freno, a fin de que nadase con más libertad, y el cantor
tomado de la cola, volviendo la cara quietamente, cual si fuera en un
4. No es fuera de propósito recordar aquí las semejanzas notables que representan
los argentinos con los árabes. En Argel, en Orán, en Mascara y en los aduares del
desierto vi siempre a los árabes reunidos en cafés, por estarles completamente
prohibido el uso de los licores, apiñados en derredor del cantor, generalmente
dos, que se acompañan de la vihuela a dúo, recitando canciones nacionales,
plañideras como nuestros tristes. La rienda de los árabes es tejida de cuero y con
azotera, como las nuestras; el freno de que usamos es el freno árabe, y muchas de
nuestras costumbres revelan el contacto de nuestros padres con los moros de la
Andalucía. De las fisonomías, no se hable: algunos árabes he conocido que jurara
haberlos visto en mi país. (Nota de la edición de 1851).
bote de ocho remos, hacia la escena que dejaba en la barranca. Al-
gunos balazos de la partida no estorbaron que llegase sano y salvo al
primer islote que sus ojos divisaron.
79
Por lo demás, la poesía original del cantor es pesada, monótona,
irregular, cuando se abandona a la inspiración del momento. Más narra-
tiva que sentimental, llena de imágenes tomadas de la vida campestre,
del caballo y las escenas del desierto, que la hacen metafórica y pom-
posa. Cuando refiere sus proezas o las de algún afamado malévolo, pa-
récese al improvisador napolitano, desarreglado, prosaico de ordinario,
elevándose a la altura poética por momentos, para caer de nuevo al re-
citado insípido y casi sin versificación. Fuera de esto, el cantor posee su
repertorio de poesías populares: quintillas, décimas y octavas, diversos
géneros de versos octosílabos. Entre éstas hay muchas composiciones
de mérito y que descubren inspiración y sentimiento.
Aún podría añadir a estos tipos originales, muchos otros igualmente
curiosos, igualmente locales, si tuviesen, como los anteriores, la pecu-
liaridad de revelar las costumbres nacionales, sin lo cual es imposible
comprender nuestros personajes políticos, ni el carácter primordial y
americano de la sangrienta lucha que despedaza a la República Argen-
tina. Andando esta historia, el lector va a descubrir por sí solo dónde
se encuentra el rastreador, el baqueano, el gaucho malo o el cantor.
Verá en los caudillos cuyos nombres han traspasado las fronteras ar-
gentinas, y aun en aquellos que llenan el mundo con el horror de su
nombre, el reflejo vivo de la situación interior del país, sus costumbres
y su organización.
13. ¡¡¡BARRANCA - YACO!!!
El fuego que por tanto tiempo abrasó la Albania,
se apagó ya. Se ha limpiado toda la sangre roja, y 221
las lágrimas de nuestros hijos han sido enjugadas.
Ahora nos atamos con el lazo de la federación y
de la amistad.
COLDEN’S, Historia de seis naciones
EL VENCEDOR de la Ciudadela ha empujado fuera de los confines de
la República, a los últimos sostenedores del sistema unitario. Las me-
chas de los cañones están apagadas y las pisadas de los caballos han
dejado de turbar el silencio de la Pampa. Facundo ha vuelto a San Juan
y desbandado su ejército, no sin devolver en efectos de Tucumán, las
sumas arrancadas por la violencia a los ciudadanos. ¿Qué queda por
hacer? La paz es ahora la condición normal de la República, como lo
había sido antes un estado perpetuo de oscilación y de guerra.
Las conquistas de Quiroga habían terminado por destruir todo sen-
timiento de independencia en las provincias, toda regularidad en la
administración. El nombre de Facundo llenaba el vacío de las leyes; la
libertad y el espíritu de ciudad habían dejado de existir, y los caudillos
de provincias reasumídose en uno general, para una porción de la Re-
pública. Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca, La Rioja, San Juan, Mendoza
y San Luis reposaban, más bien que se movían, bajo la influencia de
Quiroga. Lo diré todo de una vez: el federalismo había desaparecido
con los unitarios, y la fusión unitaria más completa acababa de obrarse
en el interior de la República, en la persona del vencedor. Así, pues, la
organización unitaria que Rivadavia había querido dar a la República,
y que había ocasionado la lucha, venía realizándose desde el interior;
a no ser que, para poner en duda este hecho, concibamos que puede
existir federación de ciudades que han perdido toda espontaneidad y
están a merced de un caudillo. Pero, no obstante la decepción de las
palabras usuales, los hechos son tan claros, que ninguna duda dejan.
Facundo habla en Tucumán, con desprecio, de la soñada federación;
propone a sus amigos que se fijen para Presidente de la República, en
un provinciano; indica para candidato al Dr. D. José Santos Ortiz, ex
gobernador de San Luis, su amigo y secretario: “No es gaucho bruto
como yo; es doctor y hombre de bien —dice—. Sobre todo, el hombre
222
que sabe hacer justicia a sus enemigos, merece toda confianza”.
Como se ve, en Facundo, después de haber derrotado a los unitarios
y dispersado a los doctores, reaparece su primera idea antes de haber
entrado en la lucha, su decisión por la Presidencia y su convencimien-
to de la necesidad de poner orden, en los negocios de la República. Sin
embargo, algunas dudas lo asaltan. “Ahora, general —le dice alguno—,
la nación se constituirá bajo el sistema federal. No queda ni la sombra
de los unitarios”. —“¡Hum! —contesta meneando la cabeza—, todavía
hay trapitos que machucar.15 —Y con aire significativo añade: —“Los
amigos de abajo16 no quieren Constitución”. Estas palabras las vertía,
ya, desde Tucumán. Cuando le llegaron comunicaciones de Buenos
Aires y gacetas en que se registraban los ascensos concedidos a los
oficiales generales que habían hecho la estéril campaña de Córdoba,
Quiroga decía al general Huidobro: “Vea usted si han sido para man-
darme dos títulos en blanco, para premiar a mis oficiales, después que
nosotros lo hemos hecho todo. ¡Porteños habían de ser!”. Sabe que
López tiene en su poder su caballo moro sin mandárselo, y Quiroga se
enfurece con la noticia. “¡Gaucho, ladrón de vacas! —exclama— ¡caro
te va a costar el placer de montar en bueno!”. Y como las amenazas y
los denuestos continuasen, Huidobro y otros jefes se alarmaban de la
indiscreción con que se vierte de una manera tan pública.
¿Cuál es el pensamiento secreto de Quiroga? ¿Qué ideas lo pre-
ocupan desde entonces? Él no es gobernador de ninguna provincia;
no conserva ejército sobre las armas; tan sólo le quedaba un nombre
reconocido y temido en ocho provincias y un armamento. A su paso
por La Rioja, ha dejado escondidos en los bosques, todos los fusiles,
15. Frase vulgar tomada del modo de lavar de la plebe golpeando la ropa; quiere
decir que todavía faltan muchas dificultades que vencer.— Nota de la 1.a
edición.
16. Pueblos de abajo, Buenos Aires, etc., de arriba, Tucumán, etc.— Nota de la 1.a
edición.
sables, lanzas y tercerolas que ha recolectado en los ocho pueblos que
ha recorrido; pasan de doce mil armas. Un parque de veinte y seis
piezas de artillería queda en la ciudad, con depósitos abundantes de
223
municiones y fornituras; diez y seis mil caballos escogidos van a pacer
en la quebrada de Huaco, que es un inmenso valle cerrado por una
estrecha garganta. La Rioja es, además de la cuna de su poder, el punto
central de las provincias que están bajo su influencia. A la menor señal,
el arsenal aquel proveerá de elementos de guerra a doce mil hombres.
Y no se crea que lo de esconder los fusiles en los bosques es una fic-
ción poética. Hasta el año 1841, se han estado desenterrando depósitos
de fusiles, y créese todavía, aunque sin fundamento, que no se han
exhumado todas las armas escondidas bajo de tierra, entonces. El año
1830, el general Lamadrid se apoderó de un tesoro de treinta mil pesos
pertenecientes a Quiroga, y muy luego fue denunciado otro de quince.
Quiroga le escribía, después, haciéndose cargo de noventa y tres
mil pesos que, según su dicho, contenían aquellos dos entierros, que,
sin duda, entre otros, había dejado en La Rioja, desde antes de la bata-
lla de Oncativo, al mismo tiempo que daba muerte y tormento a tantos
ciudadanos, a fin de arrancarles dinero para la guerra. En cuanto a
las verdaderas cantidades escondidas, el general Lamadrid ha sospe-
chado después, que la aserción de Quiroga fuese exacta, por cuanto
habiendo caído prisionero el descubridor, ofreció diez mil pesos por
su libertad, y no habiéndola obtenido, se quitó la vida, degollándose.
Estos acontecimientos son demasiado ilustrativos para que me excuse
de referirlos.
El interior tenía, pues, un jefe; y el derrotado de Oncativo, a quien
no se habían confiado otras tropas en Buenos Aires, que unos cente-
nares de presidiarios, podía ahora mirarse como el segundo, si no el
primero, en poder. Para hacer más sensible la escisión de la República
en dos fracciones, las provincias litorales del Plata habían celebrado
un convenio o federación, por la cual se garantían mutuamente su in-
dependencia y libertad; verdad es que el federalismo feudal existía allí
fuertemente constituido en López, de Santa Fe, Ferré, Rosas, jefes natos
de los pueblos que dominaban; porque Rosas empezaba ya a influir
como árbitro en los negocios públicos. Con el vencimiento de Lavalle
había sido llamado al Gobierno de Buenos Aires, desempeñándolo
hasta 1832, con la regularidad que podría haberlo hecho otro cualquie-
ra. No debo omitir un hecho, sin embargo, que es un antecedente ne-
224
cesario. Rosas solicitó desde los principios, ser investido de facultades
extraordinarias, y no es posible detallar las resistencias que sus parti-
darios de la ciudad le oponían. Obtúvolas, empero, a fuerza de ruegos
y de seducciones, para mientras tanto durase la guerra de Córdoba;
concluida la cual, empezaron de nuevo las exigencias de hacerle des-
nudarse de aquel poder ilimitado. La ciudad de Buenos Aires no con-
cebía, por entonces, cualesquiera que fuesen las ideas de partido que
dividiesen a sus políticos, cómo podía existir un gobierno absoluto.
Rosas, empero, resistía blandamente, mañosamente. “No es para hacer
uso de ellas —decía—, sino porque, como dice mi secretario García
Zúñiga, es preciso, como el maestro de escuela, estar con el chicote en
la mano para que respeten la autoridad”. La comparación ésta le había
parecido irreprochable y la repetía sin cesar. Los ciudadanos, niños; el
gobernador, el hombre, el maestro. El ex gobernador no descendía,
empero, a confundirse con los ciudadanos; la obra de tantos años de
paciencia y de acción estaba a punto de terminarse; el período legal en
que había ejercido el mando le había enseñado todos los secretos de la
ciudadela; conocía sus avenidas, sus puntos mal fortificados; y si salía
del Gobierno, era sólo para poder tomarlo desde afuera por asalto, sin
restricciones constitucionales, sin trabas ni responsabilidad. Dejaba el
bastón, pero se armaba de la espada, para venir con ella más tarde, y
dejar uno y otro, por el hacha y las varas, antigua insignia de los reyes
romanos. Una poderosa expedición de que él se había nombrado jefe,
se había organizado durante el último período de su gobierno, para
asegurar y ensanchar los límites de la provincia hacia el sur, teatro de
las frecuentes incursiones de los salvajes. Debía hacerse una batida ge-
neral bajo un plan grandioso; un ejército compuesto de tres divisiones
obraría sobre un frente de cuatrocientas leguas, desde Buenos Aires
hasta Mendoza. Quiroga debía mandar las fuerzas del interior, mientras
que Rosas seguiría la costa del Atlántico con su división. Lo colosal y
lo útil de la empresa ocultaba, a los ojos del vulgo, el pensamiento
puramente político que bajo el velo tan especioso se disimulaba. Efec-
tivamente: ¿qué cosa más bella que asegurar la frontera de la República
hacia el sur, escogiendo un gran río por límite con los indios, y res-
guardándola con una cadena de fuertes, propósito en manera alguna
225
impracticable, y que en el Viaje de Cruz desde Concepción a Buenos
Aires había sido luminosamente desenvuelto? Pero Rosas estaba muy
distante de ocuparse de empresas que sólo al bienestar de la República
propendiesen. Su ejército hizo un paseo marcial hasta el Río Colorado,
marchando con lentitud y haciendo observaciones sobre el terreno,
clima y demás circunstancias del país que recorrería. Algunos toldos
de indios fueron desbaratados, alguna chusma hecha prisionera; a esto
limitáronse los resultados de aquella pomposa expedición, que dejó
la frontera indefensa como estaba antes y como se conserva hasta el
día de hoy. Las divisiones de Mendoza y San Luis tuvieron resultados
menos felices aun, y regresaron, después de una estéril incursión en
los desiertos del sur. Rosas enarboló entonces, por la primera vez, su
bandera colorada, semejante en todo a la de Argel o a la del Japón, y
se hizo dar el título de Héroe del Desierto, que venía en corroboración
del que ya había obtenido de Ilustre Restaurador de las Leyes, de esas
mismas leyes que se proponía abrogar por su base.17
17 . Estancieros del sur de Buenos Aires me han asegurado, después que la expedi-
ción aseguró la frontera, alejando a los bárbaros indómitos y sometiendo muchas
tribus, que han formado una barrera que pone a cubierto las estancias de las in-
cursiones de aquéllos, y que, a merced de estas ventajas obtenidas, la población
ha podido extenderse hacia el sur. La geografía hizo también importantes con-
quistas, descubriendo territorios desconocidos hasta entonces y aclarando muchas
dudas. El general Pacheco hizo un reconocimiento del Río Negro, donde Rosas se
hizo adjudicar la isla de Choelechel y la división de Mendoza descubrió todo el
curso del río Salado hasta su desagüe en la laguna de Yauquenes. Pero un gobier-
no inteligente habría asegurado de esta vez, para siempre, las fronteras del sur de
Buenos Aires. El Río Colorado, navegable desde poco más abajo de Cobu-Sebu,
cuarenta leguas distante de Concepción, donde lo atravesó el general Cruz, ofrece
en todo su curso, desde la cordillera de los Andes hasta el Atlántico, una frontera,
a poca costa, impasable para los indios. Por lo que hace a la provincia de Buenos
Aires, un fuerte establecido, en la laguna del Monte, en que desagua el arroyo
Guaminí, sostenido por otro, a las inmediaciones de la laguna de las Salinas hacia
el sur, otro en la sierra de la Ventana, hasta apoyarse en el Fuerte Argentino, en
Facundo, demasiado penetrante para dejarse alucinar sobre el ob-
jeto de la grande expedición, permaneció en San Juan, hasta el regreso
de las divisiones del interior. La de Huidobro, que había entrado al
226
desierto por frente de San Luis, salió en derechura de Córdoba, y a su
aproximación, fue sofocada una revolución capitaneada por los Casti-
llo, que tenía por objeto quitar del Gobierno a los Reinafé, que obede-
cían a la influencia de López. Esta revolución se hacía por los intereses
y bajo la inspiración de Facundo; los primeros cabecillas fueron desde
San Juan, residencia de Quiroga y todos sus fautores, Arredondo, Ca-
Bahía Blanca, habrían permitido la población del espacio de territorio inmenso
que media entre este último punto y el Fuerte de la Independencia, en la sierra
del Tandil, límite de la población de Buenos Aires al sur. Para completar este
sistema de ocupación, requeríase, además, establecer colonias agrícolas en Bahía
Blanca y en la embocadura del Río Colorado, de manera que sirviesen de merca-
do para la exportación de los productos de los países circunvecinos; pues, care-
ciendo de puertos, toda la costa intermediaria hasta Buenos Aires, los productos
de las estancias más avanzadas al sur se pierden, no pudiendo transportarse las
lanas, sebos, cueros, astas, etc., sin perder su valor en los fletes.
La navegación y población del Río Colorado adentro traería, a más de los produc-
tos que pueden hacer nacer, la ventaja de desalojar a los salvajes, poco numero-
sos, que quedarían cortados hacia el Norte, haciéndolos buscar el territorio al sur
del Colorado.
Lejos de haberse asegurado de una manera permanente las fronteras, los bárbaros
han invadido, desde la época desde la expedición al sur, y despoblado toda la
campaña de Córdoba y de San Luis; la primera, hasta la margen misma del Río
Tercero y la segunda hasta San José del Morro, que está en la misma latitud que
la ciudad. Ambas provincias viven, desde entonces, en continua alarma, con tro-
pas constantemente sobre las armas, lo que, con el sistema de depredación de
los gobernantes, hace una plaga más ruinosa que las incursiones de los salvajes.
La cría de ganados está casi extinguida, y los estancieros apresuran su extinción
para liberarse, al fin, de las exacciones de los gobernantes, por un lado de los
gobernantes, por un lado, y de las depedaciones de los indios, por otro.
Por un sistema de política inexplicable, Rosas prohibe, a los gobiernos de la
frontera, emprender expedición alguna contra los indios, dejando que invadan
periódicamente el país y asolen más de doscientas leguas de frontera. Eso es lo
que Rosas no hizo, como debió hacerlo, en la tan decantada expedición al sur,
cuyos resultados fueron efímeros, dejando subsistente el mal, que ha tomado,
después, mayor agravación que antes.— Nota de la 1.a edición.
margo, etc., eran sus decididos partidarios. Los periódicos de la época
no dijeron nada, empero, sobre las conexiones de Facundo con aquel
movimiento; y cuando Huidobro se retiró a sus acantonamientos, y
227
Arredondo y otros caudillos fueron fusilados, nada quedó por hacerse
ni decirse sobre aquellos movimientos; porque la guerra que debían
hacerse entre sí las dos fracciones de la República, los dos caudillos
que se disputaban sordamente el mando, debía serlo sólo de embos-
cadas, de lazos y de traiciones. Es un combate mudo, en que no se
miden fuerzas, sino audacia de parte del uno, y astucia y amaños por
parte del otro. Esta lucha entre Quiroga y Rosas es poco conocida, no
obstante que abraza un período de cinco años. Ambos se detestan, se
desprecian; no se pierden de vista un momento, porque cada uno de
ellos siente que su vida y su porvenir dependen del resultado de este
juego terrible.
Creo oportuno hacer sensible, por un cuadro, la geografía política
de la República desde 1832 adelante, para que el lector comprenda
mejor los movimientos que empiezan a operarse:
REPÚBLICA ARGENTINA
REGIÓN DE LOS ANDES LITORAL DEL PLATA
Unidad bajo la influencia de Federación bajo el pacto de la Liga
Quiroga Litoral
Jujuy Catamarca Corrientes — Ferré
Salta La Rioja Entre Ríos
San Juan Santa Fé López
Tucumán Mendoza Córdoba
San Luis Buenos Aires — Rosas
Fracción feudal
Santiago del Estero, bajo la dominación de Ibarra.
López de Santa Fe extendía su influencia sobre Entre Ríos, por me-
dio de Echagüe, santafecino y criatura suya, y sobre Córdoba, por
los Reinafé. Ferré, hombre de espíritu independiente, provincialista,
228
mantuvo a Corrientes fuera de la lucha hasta 1839; bajo el gobierno de
Berón de Astrada volvió las armas de aquella provincia contra Rosas,
que con su acrecentamiento de poder había hecho ilusorio el pacto de
la Liga. Ese mismo Ferré, por ese espíritu de provincialismo estrecho,
declaró desertor, en 1840, a Lavalle, por haber pasado el Paraná con
el ejército correntino; y después de la batalla de Caaguazú, quitó el
general Paz el ejercicio victorioso, haciendo, así, malograr las ventajas
decisivas que pudo producir aquel triunfo.
Ferré, en estos procedimientos, como en la Liga Litoral que en
años atrás había promovido, estaba inspirado por el espíritu provincial
de independencia y aislamiento, que había despertado en todos los
ánimos la revolución de la Independencia. Así, pues, el mismo senti-
miento que había echado a Corrientes en la oposición a la Constitución
unitaria de 1826, le hacía, desde 1838, echarse en la oposición a Rosas,
que centralizaba el poder. De aquí nacen los desaciertos de aquel cau-
dillo y los desastres que se siguieron a la batalla de Caaguazú, estéril
no sólo para la República en general, sino para la provincia misma
de Corrientes; pues, centralizado el resto de la nación por Rosas, mal
podría ella conservar su independencia feudal y federal.
Terminada la expedición al sur, o, por mejor decir, desbaratada,
porque no tenía verdadero plan ni fin real, Facundo se marchó a Bue-
nos Aires, acompañado de su escolta y de Barcala, y entra en la ciudad
sin haberse tomado la molestia de anunciar a nadie su llegada. Estos
procedimientos subversivos de toda forma recibida podrían dar lugar
a muy largos comentarios, si no fueran sistemáticos y característicos.
¿Qué objeto llevaba a Quiroga, esta vez, a Buenos Aires? ¿Es otra inva-
sión que, como la de Mendoza, hace sobre el centro del poder de su
rival? El espectáculo de la civilización ¿ha dominado, al fin, su rudeza
selvática, y quiere vivir en el seno del lujo y de las comodidades? Yo
creo que todas estas causas reunidas aconsejaron a Facundo, su mal
aconsejado viaje a Buenos Aires. El poder educa, y Quiroga tenía to-
das las altas dotes de espíritu que permiten a un hombre corresponder
siempre a su nueva posición, por encumbrada que sea. Facundo se es-
tablece en Buenos Aires, y bien pronto se ve rodeado de los hombres
más notables: compra seiscientos mil pesos de fondos públicos; juega
229
a la alta y baja; habla con desprecio de Rosas; declárase unitario entre
los unitarios, y la palabra Constitución no abandona sus labios. Su vida
pasada, sus actos de barbarie, poco conocidos en Buenos Aires, son
explicados entonces y justificados por la necesidad de vencer, por la
de su propia conservación. Su conducta es mesurada; su aire, noble
e imponente, no obstante que lleva chaqueta, el poncho terciado y la
barba y el pelo enormemente abultados.
Quiroga, durante su residencia en Buenos Aires, hace algunos en-
sayos de su poder personal. Un hombre, con cuchillo en mano, no
quería entregarse a un sereno. Acierta a pasar Quiroga por el lugar
de la escena, embozado en su poncho, como siempre; párase a ver,
y súbitamente arroja el poncho, lo abraza e inmoviliza. Después de
desarmado, él mismo lo conduce a la Policía, sin haber querido dar
su nombre al sereno, como tampoco lo dio en la Policía, donde fue,
sin embargo, reconocido por un oficial; los diarios publicaron, al día
siguiente, aquel acto de arrojo. Sabe, una vez, que cierto boticario ha
hablado con desprecio de sus actos de barbarie en el interior. Facundo
se dirige a su botica y lo interroga. El boticario le impone y le dice
que allí no está en las provincias para atropellar a nadie impunemente.
Este suceso llena de placer a toda la ciudad de Buenos Aires. ¡Pobre
Buenos Aires, tan candorosa, tan engreída con sus instituciones! ¡Un
año más, y seréis tratada con más brutalidad de la que fue tratado el
interior por Quiroga! La Policía hace entrar sus satélites a la habitación
misma de Quiroga, en persecución del huésped de la casa, y Facundo,
que se ve tratado tan sin miramiento, extiende el brazo, coge el puñal,
se endereza en la cama donde está recostado, y en seguida vuelve a
reclinarse y abandona lentamente el arma homicida. Siente que hay allí
otro poder que el suyo, y que pueden meterlo en la cárcel, si se hace
justicia a sí mismo.
Sus hijos están en los mejores colegios; jamás les permite vestir
sino frac o levita, y a uno de ellos, que intenta dejar sus estudios para
abrazar la carrera de las armas, lo pone de tambor en un batallón,
hasta que se arrepiente de su locura. Cuando algún coronel le habla
de enrolar en su cuerpo, en clase de oficial, a alguno de sus hijos: “Si
fuera en un regimiento mandado por Lavalle —contesta, burlándose—,
230
ya; ¡pero en estos cuerpos!…”. Si se habla de escritores, ninguno hay
que, en su concepto, pueda rivalizar con los Varela, que tanto mal han
dicho de él. Los únicos hombres honrados que tiene la República son
Rivadavia y Paz: “ambos tenían las más sanas intenciones”. A los unita-
rios, sólo exige un secretario como el doctor Ocampo, un político que
redacte una Constitución, y con una imprenta, se marchará a San Luis,
y desde allí, la enseñará a toda la República, en la punta de una lanza.
Quiroga, pues, se presenta como el centro de una nueva tentativa de
reorganizar la República; y pudiera decirse que conspira abiertamente,
si todos estos propósitos, todas aquellas bravatas no careciesen de
hechos que viniesen a darles cuerpo. La falta de hábitos de trabajo, la
pereza de pastor, la costumbre de esperarlo todo del terror, acaso la
novedad del teatro de acción, paralizan su pensamiento, lo mantienen
en una expectativa funesta que lo compromete últimamente y lo en-
trega maniatado a su astuto rival. No han quedado hechos ningunos
que acrediten que Quiroga se proponía obrar inmediatamente, si no
son sus inteligencias con los gobernadores del interior y sus indiscretas
palabras repetidas por unitarios y federales, sin que los primeros se
resuelvan a fiar su suerte en manos como las suyas, ni los federales lo
rechacen como desertor de sus filas.
Y mientras tanto que se abandona, así, a una peligrosa indolencia,
ve cada día acercarse el boa que ha de sofocarlo en sus redobladas
lazadas. El año 1833, Rosas se hallaba ocupado de su fantástica ex-
pedición, y tenía su ejército obrando al sur de Buenos Aires, desde
donde observaba al Gobierno de Balcarce. La provincia de Buenos
Aires presentó poco después uno de los espectáculos más singulares.
Me imagino lo que sucedería en la Tierra, si un poderoso cometa se
acercase a ella: al principio, el malestar general; después, rumores sor-
dos, vagos; en seguida, las oscilaciones del globo atraído fuera de su
órbita, hasta que, al fin, los sacudimientos convulsivos, el desplome de
las montañas, el cataclismo, traerían el caos que precede a cada una de
las creaciones sucesivas de que nuestro globo ha sido testigo.
Tal era la influencia que Rosas ejercía en 1834. El Gobierno de
Buenos Aires se sentía cada vez más circunscrito, en su acción, más
embarazado en su marcha, más dependiente del Héroe del Desierto.
231
Cada comunicación de éste era un reproche dirigido a su Gobierno,
una cantidad exorbitante exigida por el ejército, alguna demanda inusi-
tada; luego la campaña no obedecía a la ciudad, y era preciso poner a
Rosas la queja de este desacato de sus adictos; más tarde, la desobe-
diencia entraba en la ciudad misma; últimamente, hombres armados
recorrían las calles, a caballo, disparando tiros que daban muerte a
algunos transeúntes. Esta desorganización de la sociedad iba, de día
en día, aumentándose como un cáncer y avanzando hasta el corazón,
si bien podía discernirse el camino que traía desde la tienda de Rosas
a la campaña; de la campaña, a un barrio de la ciudad; de allí, a cierta
clase de hombres, los carniceros, que eran los principales instigado-
res. El Gobierno de Balcarce había sucumbido en 1833, al empuje de
este desbordamiento de la campaña sobre la ciudad. El partido de
Rosas trabajaba con ardor, para abrir un largo y despejado camino al
Héroe del Desierto, que se aproximaba a recibir la ovación merecida:
el Gobierno; pero el partido federal de la ciudad burla, todavía, sus
esfuerzos, y quiere hacer frente. La Junta de Representantes se reúne
en medio del conflicto que trae la acefalía del Gobierno, y el general
Viamont, a su llamada, se presenta, con la prisa, en traje de casa y se
atreve aun a hacerse cargo del Gobierno. Por un momento, parece que
el orden se restablece y la pobre ciudad respira; pero luego principia la
misma agitación, los mismos manejos, los grupos de hombres que re-
corren las calles, que distribuyen latigazos a los pasantes. Es indecible
el estado de alarma en que vivió un pueblo entero durante dos años,
con este extraño y sistemático desquiciamiento. De repente, se veían
las gentes disparando por las calles, y el ruido de las puertas que se
cerraban iba repitiéndose, de manzana en manzana, de calle en calle.
¿De qué huían? ¿Por qué se encerraban a la mitad del día? ¡Quién sabe!
Alguno había dicho que venían…, que se divisaba un grupo…, que se
había oído el tropel lejano de caballos.
Una de estas veces, marchaba Facundo Quiroga por una calle, se-
guido de un ayudante, y al ver a estos hombres con frac, que corren
por las veredas, a las señoras que huyen sin saber de qué, Quiroga se
detiene, pasea una mirada de desdén sobre aquellos grupos, y dice a
su edecán: “¡Este pueblo se ha enloquecido!”. Facundo había llegado
232
a Buenos Aires, poco después de la caída de Balcarce. “Otra cosa hu-
biera sucedido —decía— si yo hubiese estado aquí”. —“¿Y qué habría
hecho, general? —le replicaba uno de los que escuchándole había—;
S. E. no tiene influencia sobre esta plebe de Buenos Aires”. Entonces,
Quiroga, levantando la cabeza, sacudiendo su negra melena, y despi-
diendo rayos de sus ojos, le dice con voz breve y seca: “¡Mire usted!
Habría salido a la calle, y al primer hombre que hubiera encontrado,
le habría dicho: ¡Sígame!, y ese hombre me habría seguido!…”. Tal era
la avasalladora energía de las palabras de Quiroga, tan imponente su
fisonomía, que el incrédulo bajó la vista, aterrado, y por largo tiempo,
nadie se atrevió a despegar los labios.
El general Viamont renuncia, al fin, porque ve que no se puede
gobernar, que hay una mano poderosa que detiene las ruedas de la
administración. Búscase alguien que quiera reemplazarlo; se pide, por
favor, a los más animosos que se hagan cargo del bastón, y nadie
quiere; todos se encogen de hombros y ganan sus casas, amedren-
tados. Al fin, se coloca a la cabeza del Gobierno, el doctor Maza, el
maestro, el mentor y amigo de Rosas, y creen haber puesto remedio
al mal que los aqueja. ¡Vana esperanza! El malestar crece, lejos de
disminuir. Anchorena se presenta al Gobierno, pidiendo que reprima
los desórdenes, y sabe que no hay medio alguno a su alcance; que la
fuerza de la Policía no obedece; que hay órdenes de afuera. El general
Guido, el doctor Alcorta, dejan oír, todavía, en la Junta de Represen-
tantes, algunas protestas enérgicas contra aquella agitación convulsiva
en que se tiene a la ciudad; pero el mal sigue, y, para agravarlo, Rosas
reprocha al Gobierno, desde su campamento, los desórdenes que él
mismo fomenta. ¿Qué es lo que quiere este hombre? ¿Gobernar? Una
Comisión de la Sala va a ofrecerle el Gobierno: le dice que sólo él
puede poner término a aquella angustia, a aquella agonía de dos años.
Pero Rosas no quiere gobernar, y nuevas comisiones, nuevos ruegos.
Al fin halla medio de conciliarlo todo. Les hará el favor de gobernar, si
los tres años que abraza el período legal se prolongan a cinco, y se le
entrega la suma del poder público, palabra nueva, cuyo alcance sólo
él comprende.
En estas transacciones se hallaba la ciudad de Buenos Aires y Ro-
233
sas, cuando llega la noticia de un desavenimiento entre los gobiernos
de Salta, Tucumán y Santiago del Estero, que podía hacer estallar la
guerra. Cinco años van corridos desde que los unitarios han desapare-
cido de la escena política, y dos, desde que los federales de la ciudad,
los lomos negros, han perdido toda influencia en el Gobierno; cuando
más, tienen valor para exigir algunas condiciones que hagan tolerable
la capitulación. Rosas, entretanto que la ciudad se rinde a discreción,
con sus instituciones, sus garantías individuales, con sus responsa-
bilidades impuestas al Gobierno, agita, fuera de Buenos Aires, otra
máquina no menos complicada. Sus relaciones con López de Santa Fe
son activas, y tiene además una entrevista en que conferencian ambos
caudillos; el Gobierno de Córdoba está bajo la influencia de López,
que ha puesto, a su cabeza, a los Reinafé. Invítase a Facundo a ir a
interponer su influencia, para apagar las chispas que se han levantado
en el norte de la República; nadie sino él está llamado para desempe-
ñar esta misión de paz. Facundo resiste, vacila; pero se decide al fin.
El 18 de diciembre de 1835 sale de Buenos Aires, y al subir a la galera
dirige, en presencia de varios amigos, sus adioses a la ciudad. “Si salgo
bien —dice, agitando la mano—, te volveré a ver; si no, ¡adiós para
siempre!”. ¿Qué siniestros presentimientos vienen a asomar en aquel
momento a su faz lívida, en el ánimo de este hombre impávido? ¿No
recuerda el lector algo parecido a lo que manifestaba Napoleón al par-
tir de las Tullerías, para la campaña que debía terminar en Waterloo?
Apenas ha andado media jornada, encuentra un arroyo fangoso
que detiene la galera. El vecino maestre de posta acude solícito a pa-
sarla: se ponen nuevos caballos, se apuran todos los esfuerzos, y la ga-
lera no avanza. Quiroga se enfurece, y hace uncir a las varas, al mismo
maestre de posta. La brutalidad y el terror vuelven a aparecer desde
que se halla en el campo, en medio de aquella naturaleza y de aquella
sociedad semibárbara. Vencido aquel primer obstáculo, la galera sigue
cruzando la pampa, como una exhalación; camina todos los días hasta
las dos de la mañana, y se pone en marcha, de nuevo, a las cuatro.
Acompáñanle el doctor Ortiz, su secretario, y un joven conocido, a
quien a su salida, encontró inhabilitado de ir adelante por la fractura
de las ruedas de su vehículo. En cada posta a que llega, hace preguntar
234
inmediatamente: “¿A qué hora ha pasado un chasque de Buenos Aires?
—Hace una hora —¡Caballos sin pérdida de momento!” —grita Quiro-
ga. Y la marcha continúa. Para hacer más penosa la situación, parecía
que las cataratas del cielo se habían abierto; durante tres días, la lluvia
no cesa un momento, y el camino se ha convertido en un torrente.
Al entrar en la jurisdicción de Santa Fe, la inquietud de Quiroga se
aumenta, y se torna en visible angustia cuando en la posta de Pavón
sabe que no hay caballos y que el maestre de posta está ausente. El
tiempo que pasa antes de procurarse nuevos tiros es una agonía mortal
para Facundo, que grita a cada momento: “¡Caballos! ¡Caballos!”. Sus
compañeros de viaje nada comprenden de este extraño sobresalto,
asombrados de ver a este hombre, el terror de los pueblos, asustadizo
ahora y lleno de temores, al parecer, quiméricos. Cuando la galera lo-
gra ponerse en marcha, murmura en voz baja, como si hablara consigo
mismo: “Si salgo del territorio de Santa Fe, no hay cuidado por lo de-
más”. En el paso del Río Tercero, acuden los gauchos de la vecindad a
ver al famoso Quiroga, y pasan la galera, punto menos que a hombros.
Últimamente, llega a la ciudad de Córdoba, a las nueve y media de
la noche, y una hora después del arribo del chasque de Buenos Aires,
a quien ha venido pisando desde su salida. Uno de los Reinafé acude
a la posta, donde Facundo está aún en la galera, pidiendo caballos,
que no hay en aquel momento; salúdalo con respeto y efusión; suplí-
cale que pase la noche en la ciudad, donde el Gobierno se prepara a
hospedarlos dignamente. “¡Caballos necesito!”, es la breve respuesta
que da Quiroga. “¡Caballos!”, replica a cada nueva manifestación de
interés o solicitud de parte de Reinafé, que se retira, al fin, humillado,
y Facundo parte para su destino, a las doce de la noche.
La ciudad de Córdoba, entretanto, estaba agitada por los más ex-
traños rumores: los amigos del joven que ha venido, por casualidad,
en compañía de Quiroga, y que se queda en Córdoba, su patria, van
en tropel a visitarlo. Se admiran de verlo vivo, y le hablan del peligro
inminente de que se ha salvado. Quiroga debía ser asesinado en tal
punto; los asesinos son N. y N.; las pistolas han sido compradas en
tal almacén; han sido vistos N. y N. para encargarse de la ejecución, y
se han negado. Quiroga los ha sorprendido con la asombrosa rapidez
235
de su marcha, pues no bien llega el chasque que anuncia su próximo
arribo, cuando se presenta él mismo y hace abortar todos los prepa-
rativos. Jamás se ha premeditado un atentado con más descaro; toda
Córdoba está instruida de los más mínimos detalles del crimen que
el Gobierno intenta, y la muerte de Quiroga es el asunto de todas las
conversaciones.
Quiroga, en tanto, llega a su destino, arregla las diferencias entre
los gobernantes hostiles y regresa por Córdoba, a despecho de las
reiteradas instancias de los gobernadores de Santiago y Tucumán, que
le ofrecen una gruesa escolta para su custodia, aconsejándole tomar el
camino de Cuyo para regresar. ¿Qué genio vengativo cierra su corazón
y sus oídos y le hace obstinarse en volver a desafiar a sus enemigos,
sin escolta, sin medios adecuados de defensa? ¿Por qué no toma el ca-
mino de Cuyo, desentierra sus inmensos depósitos de armas a su paso
por La Rioja y arma las ocho provincias que están bajo su influencia?
Quiroga lo sabe todo: aviso tras de aviso ha recibido en Santiago del
Estero; sabe el peligro de que su diligencia lo ha salvado; sabe el nue-
vo y más inminente que le aguarda, porque no han desistido sus ene-
migos del concebido designio. “¡A Córdoba!”, grita a los postillones,
al ponerse en marcha, como si Córdoba fuese el término de su viaje.18
18 . En la causa criminal seguida contra los cómplices en la muerte de Quiroga, el
reo Cabanillas declaró en un momento de efusión, de rodillas, en presencia del
doctor Maza —degollado por los agentes de Rosas—, que él no se había pro-
puesto sino salvar a Quiroga; que el 24 de diciembre había escrito a un amigo de
éste, un francés, que le hiciese decir a Quiroga que no pasase por el monte de
San Pedro, donde él estaba aguardándole con veinticinco hombres para asesinarlo
por orden de su Gobierno; que Toribio Junco —un gaucho de quien Santos Pérez
decía: “Hay otro más valiente que yo: es Toribio Junco”— había dicho al mismo
Cabanillas que, observando cierto desorden en la conducta de Santos Pérez, em-
pezó a acecharlo, hasta que un día lo encontró arrodillado en la capilla de la Vir-
gen de Tulumba con los ojos arrasados de lágrimas: que, preguntándole la causa
de su quebranto, le dijo: “Estoy pidiéndole a la Virgen que me ilumine sobre si
Antes de llegar a la posta del Ojo de Agua, un joven sale del bos-
que y se dirige hacia la galera, requiriendo al postillón que se detenga.
Quiroga asoma la cabeza por la portezuela, y le pregunta lo que se
236
le ofrece. “Quiero hablar al doctor Ortiz”. Desciende éste, y sabe lo
siguiente: “En las inmediaciones del lugar llamado Barranca-Yaco está
apostado Santos Pérez con una partida; al arribo de la galera deben
hacerle fuego de ambos lados y matar, en seguida, de postillones arri-
ba; nadie debe escapar; ésta es la orden”. El joven, que ha sido en otro
tiempo favorecido por el doctor Ortiz, ha venido a salvarlo; tiénele
caballo allí mismo para que monte y se escape con él; su hacienda está
inmediata. El secretario, asustado, pone en conocimiento de Facundo
lo que acaba de saber, y le insta para que se ponga en seguridad. Fa-
cundo interroga de nuevo al joven Sandivaras, le da las gracias por su
buena acción, pero lo tranquiliza sobre los temores que abriga. “No ha
nacido todavía —le dice en voz enérgica— el hombre que ha de matar
a Facundo Quiroga. A un grito mío, esa partida, mañana, se pondrá a
mis órdenes y me servirá de escolta hasta Córdoba. Vaya usted, amigo,
sin cuidado”.
Estas palabras de Quiroga, de que yo no he tenido noticias hasta
este momento, explican la causa de su extraña obstinación en ir a
desafiar la muerte. El orgullo y el terrorismo, los dos grandes móviles
de su elevación, lo llevan, maniatado, a la sangrienta catástrofe que
debe terminar su vida. Tiene a menos evitar el peligro, y cuenta con el
terror de su nombre, para hacer caer las cuchillas levantadas sobre su
cabeza. Esta explicación me la daba, a mí mismo, antes de saber que
sus propias palabras la habían hecho inútil.
La noche que pasaron los viajeros de la posta del Ojo de Agua, es
de tal manera angustiosa para el infeliz secretario, que va a una muerte
cierta e inevitable, y que carece del valor y de la temeridad que anima
a Quiroga, que creo no deber omitir ninguno de sus detalles, tanto más
cuanto que, siendo, por fortuna, sus pormenores tan auténticos, sería
debo matar a Quiroga, según me lo ordenan; pues me presentan este acto como
convenido entre los gobernadores López de Santa Fe y Rosas, de Buenos Aires,
único medio de salvar la República”.— Nota de la 2.a edición.
criminal descuido no conservarlos; porque, si alguna vez un hombre
ha apurado todas las heces de la agonía; si alguna vez la muerte ha
debido parecer horrible, es aquella en que un triste deber, el de acom-
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pañar a un amigo temerario, nos la impone, cuando no hay infamia ni
deshonor en evitarla.19
El doctor Ortiz llama aparte al maestre de posta y lo interroga enca-
recidamente sobre lo que sabe acerca de los extraños avisos que han
recibido, asegurándole no abusar de su confianza. ¡Qué pormenores
va a oír! Santos Pérez ha estado allí, con su partida de treinta hombres,
una hora antes de su arribo; van todos armados de tercerola y sable;
están ya apostados en el lugar designado; deben morir todos los que
acompañan a Quiroga; así lo ha dicho Santos Pérez al mismo maestre
de posta. Esta confirmación de la noticia recibida de antemano no al-
tera en nada la determinación de Quiroga, que después de tomar una
taza de chocolate, según su costumbre, se duerme profundamente. El
doctor Ortiz gana también la cama no para dormir, sino para acordarse
de su esposa, de sus hijos, a quienes no volverá a ver más. Y todo, ¿por
qué? Por no arrostrar el enojo de un temible amigo; por no incurrir en
la tacha de desleal. A medianoche, la inquietud de la agonía le hace
insoportable la cama; levántase y va a buscar a su confidente: “¿Duer-
me, amigo? —le pregunta en voz baja—. ¡Quién ha de dormir, señor,
con esta cosa tan horrible! —¿Conque no hay duda? ¡Qué suplicio el
mío! —¡Imagínese, señor, cómo estaré yo, que tengo que mandar dos
postillones, que deben ser muertos también! Esto me mata. Aquí hay
un niño que es sobrino del sargento de la partida, y pienso mandarlo;
pero el otro… ¿A quién mandaré?, ¡a hacerlo morir inocentemente!”.
El doctor Ortiz hace un último esfuerzo por salvar su vida y la del
compañero; despierta a Quiroga, y le instruye de los pavorosos deta-
lles que acaba de adquirir, significándole que él no le acompaña, si se
obstina en hacerse matar inútilmente. Facundo, con gesto airado y pa-
19. Tuve estos detalles del malogrado doctor Piñero, muerto en 1846, en Chile, pa-
riente del señor Ortiz, compañero de viaje de Quiroga, desde Buenos Aires hasta
Córdoba. Es triste necesidad, sin duda, no poder citar sino los muertos, en apoyo
de la verdad.— Nota de la 2.a edición.
labras groseramente enérgicas, le hace entender que hay mayor peligro
en contrariarlo allí, que el que le aguarda en Barranca-Yaco, y fuerza
es someterse sin más réplica. Quiroga manda a su asistente, que es un
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valiente negro, a que limpie algunas armas de fuego que vienen en la
galera y las cargue: a esto se reducen todas sus precauciones.
Llega el día, por fin, y la galera se pone en camino. Acompáñale, a
más del postillón que va en el tiro, el niño aquel, dos correos que se
han reunido por casualidad y el negro, que va a caballo. Llega al punto
fatal, y dos descargas traspasan la galera por ambos lados, pero sin he-
rir a nadie; los soldados se echan sobre ella, con los sables desnudos,
y en un momento inutilizan los caballos y descuartizan al postillón,
correos y asistente. Quiroga entonces asoma la cabeza, y hace, por el
momento, vacilar a aquella turba. Pregunta por el comandante de la
partida, le manda acercarse, y a la cuestión de Quiroga “¿Qué significa
esto?”, recibe por toda contestación un balazo en un ojo, que le deja
muerto. Entonces Santos Pérez atraviesa repetidas veces con su espa-
da al malaventurado ministro y manda, concluida la ejecución, tirar
hacia el bosque la galera llena de cadáveres, con los caballos hechos
pedazos, y el postillón, que con la cabeza abierta se mantiene aún a
caballo. “¿Qué muchacho es éste? —pregunta, viendo al niño de posta,
único que queda vivo—. —Éste es un sobrino mío —contesta el sar-
gento de la partida—; yo respondo de él con mi vida”. Santos Pérez se
acerca al sargento, le atraviesa el corazón de un balazo, y en seguida,
desmontándose, toma de un brazo al niño, lo tiende en el suelo y lo
degüella, a pesar de sus gemidos de niño que se ve amenazado de un
peligro. Este último gemido del niño es, sin embargo, el único suplicio
que martiriza a Santos Pérez; después, huyendo de las partidas que lo
persiguen, oculto en las breñas de las rocas, o en los bosques enma-
rañados, el viento le trae al oído el gemido lastimero del niño. Si a la
vacilante claridad de las estrellas se aventura a salir de su guarida, sus
miradas inquietas se hunden en la oscuridad de los árboles sombríos,
para cerciorarse de que no se divisa en ninguna parte el bultito blan-
quecino del niño; y cuando llega al lugar donde hacen encrucijada dos
caminos, lo arredra ver venir por el que él deja, al niño animando su
caballo.
Facundo decía también que un solo remordimiento lo aquejaba: ¡la
muerte de los veintiséis oficiales fusilados en Mendoza!
¿Quién es, mientras tanto, este Santos Pérez? Es el gaucho malo de
239
la campaña de Córdoba, célebre en la sierra y en la ciudad por sus
numerosas muertes, por su arrojo extraordinario, por sus aventuras
inauditas. Mientras permaneció el general Paz en Córdoba, acaudilló
las montoneras más obstinadas e intangibles de la Sierra, y por largo
tiempo, el pago de Santa Catalina fue una republiqueta, adonde los
veteranos del ejército no pudieron penetrar. Con miras más elevadas,
habría sido el digno rival de Quiroga; con sus vicios, sólo alcanzó a ser
su asesino. Era alto de talle, hermoso de cara, de color pálido y barba
negra y rizada. Largo tiempo fue después, perseguido por la justicia, y
nada menos que cuatrocientos hombres andaban en su busca. Al prin-
cipio, los Reinafé lo llamaron, y en la casa de Gobierno fue recibido
amigablemente. Al salir de la entrevista, empezó a sentir una extraña
descompostura de estómago, que le sugirió la idea de consultar a un
médico amigo suyo, quien informado por él, de haber tomado una
copa de licor que se le brindó, le dio un elixir que le hizo arrojar, opor-
tunamente, el arsénico que el licor, disimulaba. Más tarde, y en lo más
recio de la persecución, el comandante Casanova, su antiguo amigo,
le hizo significar que tenía algo de importancia que comunicarle. Una
tarde, mientras que el escuadrón de que el comandante Casanova era
jefe hacía el ejercicio al frente de su casa, Santos Pérez se desmonta
en la puerta y le dice: “Aquí estoy; ¿qué quería decirme? —¡Hombre!
Santos Pérez, pase por acá; siéntese—. ¡No! ¿Para qué me ha hecho lla-
mar?”. El comandante, sorprendido así, vacila y no sabe qué decir en el
momento. Su astuto y osado interlocutor lo comprende, y arrojándole
una mirada de desdén y volviéndole la espalda, le dice: “¡Estaba seguro
de que quería agarrarme por traición! He venido para convencerme no
más”. Cuando se dio orden al escuadrón de perseguirlo, Santos había
desaparecido. Al fin, una noche lo cogieron dentro de la ciudad de
Córdoba, por una venganza femenil. Había dado de golpes a la que-
rida con quien dormía: ésta, sintiéndolo profundamente dormido, se
levanta con precaución, le toma las pistolas y el sable, sale a la calle
y lo denuncia a una patrulla. Cuando despierta, rodeado de fusiles
apuntados a su pecho, echa mano a las pistolas, y no encontrándolas:
“Estoy rendido —dice con serenidad—. ¡Me han quitado las pistolas!”.
El día que lo entraron a Buenos Aires, una muchedumbre inmensa se
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había reunido en la puerta de la casa de Gobierno. A su vista gritaba el
populacho: ¡Muera Santos Pérez!, y él, meneando desdeñosamente la
cabeza y paseando sus miradas por aquella multitud, murmuraba tan
sólo estas palabras: “¡Tuviera aquí mi cuchillo!”. Al bajar del carro que
lo conducía a la cárcel, gritó repetidas veces: “¡Muera el tirano!”; y al
encaminarse al patíbulo, su talla gigantesca, como la de Dantón, domi-
naba la muchedumbre, y sus miradas se fijaban, de vez en cuando, en
el cadalso como en un andamio de arquitectos.
El Gobierno de Buenos Aires dio un aparato solemne a la ejecución
de los asesinos de Juan Facundo Quiroga; la galera ensangrentada y
acribillada de balazos estuvo largo tiempo expuesta al examen del
pueblo, y el retrato de Quiroga, como la vista del patíbulo y de los
ajusticiados, fueron litografiados y distribuidos por millares, como tam-
bién extractos del proceso, que se dio a luz en un volumen en folio. La
Historia imparcial espera, todavía, datos y relaciones para señalar con
su dedo, al instigador de los asesinos...