Piezas
(La mujer entra, empujando la puerta con su espalda, quedándose, luego de
cerrar, un rato atestada en la misma y con los ojos abiertos hasta el dolor:
después los cierra como resignada a un castigo severo, y, todo sin soltar la
gran funda firme entre sus brazos)
¿Me habrá seguido? ¿Sospechará algo?
(Va rápidamente a la ventana)
¡Dios mío, está parado justo frente al edificio! Pero no, estoy haciendo todo bien,
todo según lo planeado. (Ríe) Fue un trabajo perfecto, como sólo yo puedo
hacerlo.
¡Ju! ¡Estúpida, mil veces estúpida! Creía que podía ir por toda la casa ocupándose
de las cosas de Carlos, mientras yo tenía que pagarle por eso.
“Atiéndelo bien” –Le solía decir_ “No dejes que él tenga que ir a por su café con
leche, llévaselo a la cama, le gusta tomarlo caliente”.
Y la muy viva le llevaba el café con leche bien caliente a la cama, pero no se
conformaba con eso, no, no, no; era demasiado eficiente, junto al café con leche
también le entregaba placeres sexuales.
¡Ah, la Danesa, fiera silenciosa!
(Mira de nuevo por la ventana)
¿Cómo? Estaba fijo con la mirada hacia aquí y al verse sorprendido se puso a
disimular. Sí, ese tipo me está siguiendo los pasos. Debe saber algo, pero, ¿de
qué manera? No he dejado rastros. No, son cosas mías. No hay forma de que
sospechen nada.
(Sonríe nerviosa)
¡Calma, calma, mujer! No te dejes vencer por los nervios, calma.
(La sonrisa nerviosa se convierte en una risa bobalicona. Se sirve una copa
de alcohol. Toma entre risa hasta vaciar el contenido. La vuelve a llenar)
Sí, fue una idea fantástica. Sólo me quedan las piernas, cabrán en esta funda.
(Señala la funda de la mesa)
¡Mierda! Creí que lo más difícil sería la cabeza, pero no, son esas malditas
piernas, vaya que las tenía gruesas esa perra.
Aquella tarde, a mi regreso, estaba la puerta de la habitación abierta, sólo un
empujoncito y...
¡Allí estaba! Sus poderosas piernas aprisionando la cabeza de Carlos, y yo...
¡Diablos! Tuve ganas de matarlos allí mismo, porque era a los dos que quería
matar, pero pensé: “No, él no tiene la culpa de que lo embriague una cualquiera
para hacerlo caer en la cama”.
Así que cerré la puerta lentamente, y los dejé amarse como marido y mujer, dejé
que se burlaran de mí.
(Toma de un sorbo todo el licor. Vuelve a llenar la copa. Se acerca a la
ventana)
Todavía allí. No se mueve. A ver, lo he visto en algún lado. ¿Dónde? Bueno,
¿Qué más da? Debo pensar como trasladar las piernas antes de que Carlos
regrese. ¡Qué descuido, Dios mío, qué descuido! Quince largos días en que
Carlos está fuera del país, y yo dejo esas piernas justo para su llegada. Aunque
me queda una hora exacta para deshacerme de ellas.
(Termina la bebida y se sirve de nuevo. Se pone a buscar saliendo y
entrando continuamente. Finalmente se sienta, cansada)
¡Diablos! ¿Dónde habré metido esas piernas? No fue buena idea regar todas las
partes del cuerpo por diferentes lugares de la casa. ¿y qué iba a hacer si era el
modo como podía deshacerme de ella sin ser vista? No pensé en esto; no
imaginé que podría olvidar dónde dejé tiradas las piernas.
¡Ah! Siento que una rabia se me está calando. Es como aquel día... es la misma
sensación... la misma aceleración en el pecho, la misma fuerza contra mi propia
debilidad.
(Se para del asiento con brusquedad)
¡Tengo que deshacerme de esas piernas! ¿Por qué las habré dejado para último?
¿Dónde están?
(Está al borde del sollozo)
¿Dónde están esas piernas manchadas por el pecado?
(Grita)
¡Encontraré esas malditas piernas y las cortaré centímetro por centímetro!
(Se lleva las manos a la boca, temerosa de haber sido escuchada. Queda un
momento en silencio. Recoge su copa. Bebe, e inesperadamente ríe a
carcajada)
¡Qué tonta he sido! ¿Cómo pude olvidarlo? Esas sucias piernas que descubrí
bordeando el rostro angelical de Carlos, fue lo primero que eché en una funda de
basura.
Entonces, ¿Qué es lo que me falta? Sé que me falta algo.
(Se escucha una risa femenina)
¿Eh? ¿Quién anda ahí?
(Más risa)
¡Maldita! ¿Eres tú? ¡Perra! ¿Es que tu desgraciado espíritu aún está vagando?
¡No, no te acerques!
(Manotea a un ser imaginario que le está tratando de tocar)
¡No, déjame, no claves tus asquerosas uñas en mi piel... déjame, déjame!
(Su rostro asustado, semeja al de un infante, y sus ademanes desganados
tratan de mostrar un cansancio cursi. Termina por caer en el mueble, donde
cierra y abre los ojos como quien despierta de una pesadilla)
¡Ah! Estuvo aquí, sé que estuvo aquí... o fue...
(Ríe amargamente)
Sí, fue otra de mis alucinaciones. Debo controlarme, y claro que me voy a
controlar. No creo en apariciones de espíritus ni en tantas estupideces que creen
los demás.
Cuando era niña...
(Da unos brinquitos por toda la sala, alternando las piernas. Se detiene al
lateral derecho)
Cuando era niña, en la escuela me ganaba buenas notas en conducta, por
conducirme como una verdadera pendeja, y los demás niños se burlaban de mi
exagerada ingenuidad. Era entonces cuando creía en fantasmas.
(Abre un libro y adopta la posición correcta del niño lector)
“...Y el fantasma avanzó lentamente hasta donde estaba la dulce niña dormida. Y
bajo todo el frío de la noche tenebrosa, sus sarnosas manos se posaron sobre el
bello sueño de la criatura. El asqueante monstruo del monte misterioso, se llevó
hasta las profundidades de su enorme cueva a la niña. La colocó sobre su cama
de clavos afilados, buscó su machete, lo levantó y...”
(Hace silencio y, luego, lanza un grito histérico, escudándose en un brazo
del mueble)
¡Abráceme, maestra, abráceme, por favor!
¿Y ustedes, de qué se ríen ustedes? Maestra, ¿se están riendo de mí?
(Se pone de pie en posición de ataque)
¡Pero ahora, ya nadie se puede reír de mí! He cambiado, puedo descuartizar un
animal salvaje, está comprobado.
Carlos piensa que el doctor Camell me ha mejorado bastante. ¿Mejorarme de
qué? No estoy enferma, no tengo nada. Ese Camell es un psiquiatra de pacotilla,
que no le espera otra cosa, sino, abrasarse con Freud en las pailas del infierno. ¡Al
diablo Freud con sus estudios libidinosos!
(Adopta la voz del doctor Camell)
“Relájese, señora. Dígame, ¿ha habido algún acontecimiento de ayer para acá?
(Se sienta)
Doctor, anoche tuve un sueño: un hombre sin rostro acariciaba mis piernas,
besaba mis senos y... y... se deshacía sobre mi cuerpo. Luego apareció una
criatura diminuta, y sin palabra, sin un gesto; clavó con rabia entre mi vientre unas
tijeras.
Yo quería quitármelo de encima, pero en vez de que mis brazos lo rechazaran lo
atraía con fuerza hacia mi cuerpo; yo quería gritar, pero en vez de gritar lo que
hacía era reír y reír y reír y reír.
(Ríe)
No, no vuelva a decirme histérica, viejo panzudo. ¡No vuelva a abofetearme, coño!
(Ahora llora y se sienta sollozando)
María me lo dijo todo, me abrió los ojos:
“No, tú no estás enferma, es que te duele que una sirvienta te esté cogiendo el
marido. El único remedio es deshacerte de ella”.
Tenías razón, querida María. Has sido buena conmigo. Ya ella está muerta y
Carlos queda para mí sola. Y todo te lo debo a ti, querida
¡Maldición! ¡Debo encontrar la pieza que me falta!
(Va hacia la ventana)
¡Oh, no! Hay otro hombre con él. El primero le señalaba para acá... ¡Dios! Debo
hacer algo, pero qué... ¡Diablos!
(Se inclina al alféizar)
¡Vienen hacia acá! Han cruzado la calle
(Tiende a abrir la puerta del exterior)
No, si salgo por aquí me atraparán.
(Se escucha de nuevo la risa fantasmal, la mujer gira como si hubiera sido
golpeada)
¡Quita! ¿Qué haces? Ahora no tengo tiempo para soportarte... o, sí... aprovecharé
tu ingrata presencia para que me digas dónde está y qué parte de tu cuerpo es
que me falta por sacar de esta casa.
(Risa más fuerte)
¡Suéltame, suéltame, maldita!
(Lucha)
¿Quieres obligarme a hablar? ¿Es eso lo que quieres? Pues, bien, sólo
suéltame... Así está mejor.
Me cansé de ser tu sirvienta siendo tu hermana, es todo. En cuanto a Carlos, me
enamoré de él. Le di placeres que tú, con toda tu docta forma de ser, no podías
darle.
Por otra parte, tenía que salir de ti, no por él, sino por que me hacías creer que yo
estaba loca, hasta que convenciste a Carlos para que me llevara con el maldito
psiquiatra, y eso no podía seguir así.
Ahora dime, ¿Dónde está la pieza que me falta?
Se ha ido...
(De nuevo se acerca a la ventana e instintivamente se aparta)
¡No, no...! Me meterán a la cárcel, son muchos hombres. Me meterán a la cárcel...
Me llevarán a la silla eléctrica. Son hombres despiadados. Me van a hacer lo
mismo que le hice a Danesa: me cortarán la cabeza, los brazos, las piernas y me
partirán en cuatro el resto de mi cuerpo, y yo no quiero que eso suceda, y prefiero
morir por mi cuenta.
Estúpidos... ¿Creen que me atraparán con vida? Como asesiné a la Danesa no
me asesinarán a mí. Ahora pondré música fuerte y ellos creerán que estaré más
tiempo en este mundo.
(Pone música. Coge un filoso cuchillo, se para de espaldas al público y al
volverse, la muñeca de su mano derecha está sangrando a borbotones. Su
mirada es desorbitada. La música se interrumpe bruscamente y se escucha
una risa femenina)
Ahí estás...
(Más risa. La mujer está cada vez más débil. Sus ojos se van nublando)
¡No! Ahora te metes en la radio, pero no te daré la oportunidad.
VOZ: ¡Danesa, tranquilízate! Tú no has matado a nadie, deja de inventar historias
tan monstruosas. Mírame... soy tu hermana... soy tu hermana. Regresa al
hospital: allá te atenderán... te atenderán... te atenderán... te atenderán...
(La voz se convierte en ráfaga de ametralladora)
¡Cállate, cállate, cállate! No estoy loca, no me volverás loca. Yo te maté, tú no
puedes estar hablando ahora, yo te maté.
VOZ: (Grave y afectada) No me mataste estúpida, estoy de vacaciones con
Carlos.
(La mujer, que había escuchado atentamente, se precipita a la mesa y coge
el cuchillo)
Si no estás muerta, muy pronto lo estarás. ¿Sabes qué haré? Cortaré tus brazos,
tus piernas, la cabeza y el tronco: el tronco lo partiré en tres pedazos. Iré de
compras cada dos horas, traeré grandes fundas, y con ellas, me iré llevando cada
pieza de tu cuerpo, y las dispersaré por toda la ciudad, así nadie encontrará
huellas para acusarme.
(Se mira el brazo de donde sangra)
Desgraciada...
(Cae blandamente al suelo)
Te mataré y me quedaré con tu marido, así empezaré mi vida de señora.
(La voz repite con voz afectada: “señora, señora” hasta que se convierte en
redoble de campanas, al momento de la mujer expirar).