Con esta tercera entrega concluye Abel Arana sus Historias de
Chueca, una trilogía en la que, entre mil risas por página y un
desenlace tan inesperado y contundente como sensacional y
melancólico, el emblemático barrio gay de Madrid se muestra tal
como es. O quizás tal como ha sido, al menos para Alejandro, el
deslenguado, feroz, lúcido y, en efecto, sensible narrador y
protagonista de este desopilante y, a la postre, emocionante adiós a
ese paraíso frenético y explosivo, aunque no siempre de color rosa,
y a su fauna enloquecida y ruidosamente adorable, aunque no
siempre feliz.
Enraizado en el intenso modelo valleinclanesco de los espejos
deformantes, el relato de Chueca que ahora remata Abel Arana está
lleno de personajes disparatados, pero inconfundibles; de sueños
naturales o inducidos, de carcajadas y petardeo y músculos a granel
con insospechadas punzadas en el corazón, de situaciones
desternillantes que de pronto hacen hueco a recuerdos dolorosos y
conmovedores y al vértigo del porvenir. La nostalgia del Pasapoga
convive con la evocación del primer beso y el primer amor; la
necesidad de sentirse deseado y no sentirse solo alterna con las
ganas de ser lo más sin interrupción. Vuelve, en un sostenido
homenaje a la amistad, el elenco completo de las entregas
anteriores —Miguel, Felipe, el increíble niño Stephan, el gran
JuanGa, Matilde y su bombero porno, Celeste...— y aparece Javí,
un encanto ambulante del que se enamoraría cualquiera. Y vuelven,
claro, en la lengua fulgurante y destrozona de Alejandro, toda la
corte celestial y todo el bestiario terrenal de cualquier chuequero
que se precie.
Perspicaz, descarado, vibrante, hilarante, repleto de ingenio
malvado y de repentina calidez sentimental, en este brillante adiós
narrativo a Chueca, vuelve Abel Arana a demostrar su implacable
talento para la farsa y su sorprendente apuesta por la lucidez y la
emoción.
Eduardo Mendicutti
Abel Arana
Telón
Historias de Chueca 3
ePUB v1.0
Polifemo7 28.06.11
BARCELONA - MADRID
© Abel Arana, 2010
© Editorial EGALES, S.L. 2010
Cervantes, 2. 08002 Barcelona. Tel.: 93 412 52 61 Hortaleza, 64. 28004 Madrid.
Tel.: 91 522 55 99 www.editorialegales.com
ISBN: 978-84-92813-30-8 Depósito legal: M-49852-2010
© Fotografía de portada: White Party, David Morgan, 1990 © Fotografías de
contraportada y solapa: Enrique Toribio
Maquetación: Cristihan González
Diseño de cubierta: Nieves Guerra
Imprime: Top Printer Plus. Pol. Industrial Las Nieves C./ Puerto Guadarrama, 48.
28935 Móstoles (Madrid)
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transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus
titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro español
de derechos reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún
fragmento de esta obra.
Abel Arana es comunicador. Tras su paso por los medios de
comunicación más importantes de España se dedicó durante una década a la
música, produciendo a artistas como Kylie Minogue, Cher, Santana, Mónica
Naranjo o Marta Sánchez. Tras su paso por la música comenzó a trabajar
frente a la cámara presentando programas para Fashion TV y empezando a
escribir su hoy ya famoso blog, La Columna de Abel Arana, que cuenta con
más de 100.000 lectores mensuales. Además, desde finales del 2009 trabaja
como guionista para Televisión Española. Telón es su tercera novela y la
parte final de la trilogía de Chueca que se inició con Historias de Chueca y
continuó después con Más, ambas publicadas con gran éxito por la Editorial
Egales.
Para Pablo Robledo y su madre;
ella encendió el fuego, él lo mantiene vivo.
AGRADECIMIENTOS
Muchas personas han sido cómplices (inocentes) en la redacción de este
libro sin saberlo, y su presencia me ha acompañado en gran parte del
camino. De nuevo, unos vienen y otros se van porque todo se mueve, y
gracias a Dios por ese movimiento, que la vida sería un terror de otra
manera. Habrá más o quizá incluso sobren algunos, pero las personas que
nombro a continuación han sido verdaderamente importantes mientras yo
escribía esta novela. Por eso están aquí y no en un libro de recetas de
cocina, leches.
A mi hijo Sam Arana, un gato quinqui con una paciencia infinita al que
quiero con toda mi alma. Gracias a Alberto Urbaneja por demostrarme
todos los días que sí, que es posible, te quiero... eres una de las personas
más valientes que he conocido. También a la familia Robledo (Luis &
Víctor) por cuidar de mí, por hacerme de comer, de chófer y de lo que
hiciera falta, sois un regalo en mi vida. Para Zoe, Theo, Lúlu y Matilda... os
voy a querer siempre. Para Juan Ramón Fernández Villanueva, por la
grandeza de sus ojos y su corazón y por ser mi consultor literario y mi
médico en la distancia, pocas veces me han cuidado tanto. Para mi
«hermanardo» Ángel del Olmo por cuidar de lo que yo más quiero. Para
José Castañ, porque quiero tenerte cerca siempre. Para Eduardo Mendicutti,
por su generosidad en el tiempo. Para mis editoras Mar y Mili y las chicas
de BCN que confían en mí a ciegas. Para Belén Zárraga y María Calle, mis
representantes en Nova Agentes. Para Santiago Tabernero, porque de mayor
quiero ser como él (besos a Paz y a tu mami) y tenerlo todo «crunchi». Para
Ana Mazuecos, porque seremos siempre amigos y me hace falta que me
grites. Para mi amiga Janneth Muñoz de Kiehl's Fuencarral (por todo lo que
los dos sabemos) y para Tony Para Carlos Del Tronco Luaces, el perfecto
marido (heterosexual) y Carla. Para Gabriel Gómez Llano, espero verte
crecer cada día un poco más porque no hay límite para tu talento ni para tu
flequillo. Para José Galisteo, Jordi Tarré, Érica Magdaleno (quiero verte
llegar) y Soraya Amelas. Para Paco Viejo, Enric Escudé, Alex Casanova y
Antonio García Collado y Sonia, por lo bien que me tratan siempre. Para
Juan Marrero (yeah man!) y Enrique Toribio, dos personas que hacen de
este mundo un lugar más bello. Para Antonio Albella, todo mi cariño. Para
Víctor Sandoval y Nacho Polo, desde Miami con amor. Para Leopoldo
Alas, que no se borra de mi recuerdo. Para Eliseo y Eloy, os deseo felicidad.
Para Juanjo y Joy, Triz Vega (talento y belleza) y su papi, por ser familia.
Para Philippe Servais y su madre Genevieve Englebert, cómplices desde el
principio. Para mi padre, mi hermana y para Abril, que espero que algún día
abra los ojos y vea todo lo que le quiere su tío (tengo millones de besos
guardados para ti). Para mi gente en TVE: Anne, Ainhoa, Carlos Mochales,
Iris, Rebeca, Carmen, Pepe Payueta, Óscar Denia, Reboredo y todos los que
me habéis ayudado tanto cuando las cosas se ponían difíciles. Unas gracias
especiales a las miles de personas que cada día me leen en «La columna de
Abel Arana», sois la hostia, estoy muy orgulloso de teneros cerca todos los
días. Para Nando Gordillo y Ana Lapi por todas las cosas que nos quedan
por hacer juntos. Para Aitor Crash, porque nos queremos en la distancia.
Besos especiales a María Novo, Dolly, Rubén Bésametonto (eres grande),
Eva Roy, Ma José Giner (mi ciberamiga), Daniel Dicenta, Nuria Herrera,
Manuel Ordóñez y Tony, los chicos de «Justica Sangrienta» e Izak Amancio
y Enrique Toribio (por lo bien que me entiendes y las fotos tan chulas que
haces). Un cariño especial para Pepa Fuster, Mónica Ochoa, Isabel y María
José Pérez-Campoy. Para todos los miembros del club de fans (estáis
chalados, mejor estaríais siendo fans de Lady Gaga). Y que no se me olvide
una cosa: gracias a aquellos que pasaron por mi vida y me defraudaron, no
sabréis nunca cuánto me habéis ayudado, gracias de corazón y que Dios
reparta suerte, bonitos, que os va a hacer falta.
Disculpas gigantescas para Marta, Mónica, Nawja, Merche, Nena
Daconte y demás cantantes mencionadas en este libro. No hablo yo, hablan
los personajes, a mí me gustáis mucho todas.
Y como siempre, para Maribel y Raimundo, porque yo respiro todos los
días para que os sintáis orgullosos de mí.
PARA LOS LECTORES
Parece mentira, pero hemos llegado al final de HISTORIAS DE
CHUECA. Y estas líneas las quiero aprovechar para explicar el porqué de
este libro y el porqué de este final que a más de uno le va a tocar las narices.
La historia que estáis a punto de empezar a leer es una historia de
despedidas. Y las despedidas, por muy buen sabor de boca que haya
quedado, son siempre duras. Especialmente si ha quedado un buen sabor de
boca.
Justo cuando empecé a escribir esta tercera y última parte, nació mi
primera sobrina. Y ese momento en mi vida me hizo pensar mucho. Esa
niña ha nacido en un mundo muy complicado, muy duro, muy difícil y muy
descarnado. Demasiado descarnado a veces. Cualquiera que me conozca un
poco sabe que yo daría todo lo que tengo para que ella tenga una vida feliz
y sana. Pero ese es el problema: no importa lo que yo haga o lo que yo
quiera para ella. Su vida es suya y tendrá momentos duros. Igual que esta
novela.
Esto lo cuento como si quisiera pedir disculpas, pero no. Este capítulo
final es el que resume toda la historia y termina de la manera en que
siempre lo imaginé. Tengo que confesar que escribí otro final alternativo,
inseguro de mi primera intención. Y lo leí y releí trescientas veces, pero
siempre tenía la sensación de que se me iba a ver el plumero y que alguien
se rascaría la cabeza y se daría cuenta de que todo era muy postizo y que las
cosas no encajaban. Y yo me debo a mis lectores y a mí mismo. Por eso, la
historia que termina en este libro es la más honesta que he podido contar.
Espero asimismo que ahora se entienda de una vez que ninguno de los
tres libros ha sido autobiográfico y que todo es producto de esta cabeza
enferma que tengo. Los cientos de mails que he recibido de lectores han
sido, en cierta manera, la gasolina que necesitaba para despedirme de estos
personajes que me han hecho tan feliz. Gracias a ellos y sus historias yo he
podido escribir esto y ya son como una familia alternativa que vive en otra
realidad. Un poco como lo de «Avatar», pero con más lentejuelas y crema
hidratante.
Incluso una parte de mí, como escritor, se despide con este libro. Por
supuesto, no me voy a dedicar a escribir cosas serias porque el que nace
payaso muere payaso. Pero en este libro he querido mostrar un poco la
intimidad del payaso. Lo que el payaso hace cuando cree que nadie le ve. Y
por eso invito a que se lea entre líneas. De nuevo hay muchas risas porque
no soy Antonio Gala (ya me gustaría...), pero debajo de esas risas hay otras
muchas cosas que no son lo que parecen.
No quiero despedirme sin daros las gracias más grandes que puedo a
vosotros, los lectores. Nunca nadie imaginará cuánto ha significado el
cariño y el apoyo que he recibido en los casi cinco años que he tardado en
contar la historia de Alejandro, Miguel y el resto de la familia. Hoy es un
día triste para mí porque la historia se ha acabado y se acaba aquí. Lo que
estáis a punto de empezar a leer lo he escrito con el corazón y las tripas. Y
tan solo espero seguir con vosotros después de este final del viaje. De otra
manera me sentiría infinitamente solo. El payaso más solo del mundo.
Gracias.
Abel Arana. Verano del 2010.
FLASH FORWARD
Joder. Debo de tener un pedo del quince porque ahora mismo no sé ni
dónde estoy, ni qué hago, ni cómo he llegado aquí. Supongo que anoche en
la fiesta se me fue la mano con el alcohol, con las drogas y hasta con la
colonia, porque me viene un tufo a perfume de azahar que tira de espaldas.
Y es que me encuentro en una habitación blanca con cuatro sillas y estoy
sentado en la del medio. Es todo tan blanco que es horroroso y seguro que
alguien me echó bebida en la droga y resulta que me ha dado un jamacuco,
o lo mismo he pegado a alguien y me han metido en un manicomio. Y en
estas estoy yo pensando cuando se abre una puerta que ni había visto y
entra por la puerta... Lady Gaga.
—Hola cariños —me dice con acento de Andújar.
Yo, por supuesto, no le puedo ni contestar sobre todo cuando me doy
cuenta de que sí, ella es Lady Gaga, pero habla con el acento y la voz de
María José Cantudo. Y entonces debe de ser que estoy soñando y que esto
no tiene nada que ver con las drogas.
—Corassón... ¿qué es esa manchas que tienes en el jerseys? —me
pregunta mientras se pega un candelabro al moño.
Y ahí me miro y resulta que yo también estoy vestido entero de blanco y
esto sí que es raro porque toda la ropa está planchada. Pero justo a la mitad
del pecho tengo una mancha roja. Vamos, que soy la versión despistada de
la bandera de Japón. Entonces le veo a la pobre Lady Gaga que se ha
sacado una Black & Decker del bolso y se está haciendo un piercing en la
ceja y le pongo cara de que no sé qué decir.
Y en ese momento se vuelve a abrir la puerta y aparece Kylie Minogue
despeinada y con cara de malas pulgas. Y esta no huele a azahar ni a
romero. Esta huele a cubata.
—Oy oy oy —dice Kylie—, mira cómo es la paya con los
complementos...
Efectivamente, Kylie es Kylie, pero habla como la Chuki, una gitana de
Almendralejo que, según tengo entendido, es muy graciosa.
—No es un complementos cariños, es un sacrificios que hagos por los
fans y que a la vez representa lo sufrida que es estas carerras del pops —le
dice Lady Gaga mientras se explota una bolsa del Caprabo en la cara llena
de Doritos Tex Mex. Y yo que la hacía mucho más del Mercadona.
—Ay, paya —le dice Kylie—, tú lo que tiés k'aser es cogerte un buen
hombre pa que te estrujé bien estrujá y dejarte de tanto amosessuá que
t'estás volviendo chalá...
Lady Gaga hace como que la ignora y, de repente, se abre la puerta con
un estrépito que ni La Corcho cuando se enteró de que no la podían
convertir en hermafrodita conceptual. Y entra Madonna. La mismísima
Madonna, que me mira a los ojos y me dice.
—Mira, por la pencoleta der coño me paso a estas dos que yo vengo
aquí más que ná por educassión que pa algo soy una estrella.
Nadie me lo va a creer, pero Madonna habla con la voz de La Veneno y
se rasca la entrepierna mientras me mira y me dice:
—¿Tú, aparte de psicólogo, eres maricón del tó?
—Un poco —le digo.
—¿Un poco maricón o un poco psicólogo, mi arma? Pos vamos a
empezar la terapia que a luego he quedao con un rumano pollón que me ha
disho que me va a dejar preñá de trillizas, digooooo...
No sabes el pánico que te invade el cuerpo cuando ves que la puerta por
la que han entrado estas tres ha desaparecido y, aunque sabes que debes de
estar soñando o drogado como una ardilla en una discoteca de pokeros, no
puedes escapar de la situación.
—Pues ya me diréis qué hacemos, bonitas... — les digo.
—Si en realidad no hay ná que hasser, maricóooooon —me dice
Madonna.
—Ya está la viejas con los método de dominios —dice Lady Gaga.
—Ay, que me viene er vómito, Santo Cristo de la Luz, Virgen Santísima
—dice Kylie.
Y entonces me doy cuenta de todo rollo abducción mariana y me pongo
a hablar.
—Solo una puede salir de aquí coronada como reina del pop del mundo
homosexual. Solo una. Por lo tanto, vamos a tratar de establecer un diálogo
y encontrar una solución que os deje a todas dignas y satisfechas, que no es
cuestión de llegar al insulto.
Y, mientras digo esto, oigo cómo dentro de mí la voz de JuanGa que
dice «ay, cari, qué desgracia más gorda la cara que se le ha quedado». Por
supuesto, pienso que en mi pedo JuanGa es Dios y que se refiere a la cara
de Lady Gaga llena de Doritos Tex Mex, que habla la primera.
—Mira, Madonnas, tú ya llevas 50 años de reinas del pop y, chica, ya va
siendo horas de que haya sangres nueva que no nos vamos a pasar toda la
vida con el «Papa don prich» de los cojones —y esto lo dice mientras le
salen llamas de las tetas y fuegos artificiales de la oreja derecha.
—So puta, que tengo ná más que 43 años así que cómo coño llevo yo 50
cantando maricón, que paresses Jerónimo maricón con esas piernas de
futbolistaaaa.
—Reina del pos debería ser la menda, que vosotras no sus habéis tenío
un cánser y ya hase falta una reina gitana que sois toas mu blancas y mu
poco rasiales y hase falta un aje, un volante, un «cangelluauofmaijed» en
condisiones —dice Kylie, que se ha sacado del maxi bolso una Singer y se
ha puesto a hacer los bajos de unas cortinas.
—Yo soy las heredera y punto pelota —dice Lady Gaga.
—Por enssima de mi cadáver, maricón —contesta Madonna.
—Mal sapo os escupa en el culo y os venga la muerte a peos —remata
Kylie.
Y justo en el momento en que Lady Gaga saca una motosierra de una
mochila del Pulí & Bear preciosa y le corta una pierna a la Kylie, que ya
definitivamente tiene la altura de un taburete de puticlub, va Madonna y le
dice mientras se hace un porro:
—Mira maricón, como me sarpique la sangre de la cangura esta yo te
arrastro...
Y entonces la habitación se ilumina a lo bestia, rollo concierto, y en el
techo aparece la cara en formato panorámico de JuanGa que mira
asombrado y dice: —¿Cari?
UNOS MESES ANTES
PALMA DE MALLORCA
CONNECTION
—Mira, señor Cari —le dice JuanGa al policía—, usted me puede
encerrar perfectamente, pero da la casualidad de que ahora soy famoso
porque resulta que salgo en la tele y es que hágase a la idea de la
repercusión mediática que esto va a tener con la piel horrorosa que usted
tiene y lo que engordan las cámaras...
—¿Señor Cari? —pregunta el policía a la vez que se le hinchan las
aletas de la nariz.
—Bueno hija, pues sargenta o coronela o lo que quiera que sea usted...
cari.
—Está usted tocándome los cojones —le interrumpe el policía.
—Más quisieras, guapa —le dice JuanGa mirándose las uñas.
—JuanGa, por favor —le interrumpo—, que estamos en una comisaría
detenidos y no es cuestión de insultar al señor de la autoridad...
—Esta es más señora que nosotros tres juntos, cari...
—¡A tomar por culo! ¡Hostia puta ya! —bramó el policía—. Peláeeeez,
llévate a estos tres maricones y encárgate de que pasen una noche jodida en
el calabozo...
—¿Dónde los meto? —pregunta Peláez que tiene paquetón.
—Ponlos en la celda de la redada de travestís —dice el policía.
—¡Esto es homofobia! A mí que me pongan en una celda con hombres
de verdad con uniformes ajustadoooos —se pone a gritar JuanGa cuando
Peláez nos empuja por un pasillo.
—¡Nosotras parimos, nosotras decidimos! —sigue gritando.
—JuanGa, por dios, que eso es de las feministas —le dice Miguel, que
sigue confundido...
—¡No nos da la gana... gratis Dolce y Gabbana! —sigue chillando el
otro.
Y, a empujones, nos vemos metidos en un calabozo donde cuatro
hombres transformistas con barba de dos días (y un maquillaje un poco
exagerado, todo hay que decirlo) nos esperan con los brazos en jarras y con
cara de hacernos pasar una noche un poco flamenca.
—Uy. Mira, maricón —dice la que parece ser la jefa de las travestís—,
han llegao las «destinis chail».
OCHO HORAS ANTES
Y es que hay que explicarlo todo. La última vez que conté algo, íbamos
rumbo a Palma de Mallorca a cumplir la última voluntad de la madre de
JuanGa. Miguel se puso nervioso por unas turbulencias y le dio por pedirse
whiskies, JuanGa optó por hacerse asesor de belleza a bordo y casi tenemos
un Cristo de cojones porque se puso a depilarle las cejas a una gorda y en
medio de una turbulencia pues casi le saca un ojo y no es plan. Y yo, pues
en mi estilo porque le dije a un azafato alucinante que si me podía echar la
leche en la cara. Y resulta que el azafato era belga y todo el mundo sabe,
porque esto lo ha dicho Lydia Lozano innumerables veces, que los belgas
tienen el sentido del humor en el culo, y eso cuando lo tienen, porque un
chiste a un belga es como el álgebra a la Veneno. Una cosa ajena, vamos.
Todo esto para contar que el belga no entendió la ironía accidental y se lo
tomó a pecho. Educadísimo, me hizo un guiño de ojo como para que le
siguiera y yo otra cosa no, pero obediente con los azafatos cachas, lo he
sido toda mi vida.
Ahí estoy, sobrevolando los mares y entrando a un compartimento del
avión que uno no se imagina que exista. Es un cuartito que tiene una
especie de nichos literas donde los azafatos en vuelos largos se echan un
ratillo para descansar. Una vez introducidos ambos en el cubículo, muy
seriamente me dice:
—Ponte de godillas, pog favog.
—¿Perdona?
—Tu quigues leche en la caga y yo te voy a dag leche en la caga...
—Por dios, si es que se me escapó y era una manera de hablar... —le
digo.
—De eso nada, monpetit chou —me dice con un tono de voz plano—,
ponte de godillas para guesibir el ímpetu del pueblo belga en tu caga
española...
Y en ese momento, en cuanto oigo eso, me viene a la cabeza Fabiola de
Bélgica, que es una versión Opus Dei de Marge Simpson y que mogollón de
veces he pensado que está muerta y que, como le cae bien a todo el mundo,
la Familia Real Belga la tiene embalsamada y con un ordenador por dentro
y la sacan en los actos oficiales teledirigida y así. Vamos, un pensamiento
que te corta el rollo mogollón.
—Es que... —le digo— fíjate si entra alguien, que es que estoy un poco
incómodo...
—No te pgeocupes, maguicón español, nadie nos va a molestag...
—Mira que te digo que casi prefiero irme...
Y en ese momento me da un bofetón de agárrate y no te menees con la
mano abierta. Y con la otra mano se baja la bragueta y manipula sus
genitales y yo, en medio del dolor me doy cuenta de que lo mismo es cierto
que los de Centroeuropa son caballunos porque, después de lo que veo, casi
prefiero que me zurre con la mano que con el rabo, que aquello me puede
fracturar la mandíbula.
—¡Todos los españoles sois unas peggas! —me grita mientras se
manipula su cosa.
¿Qué coño hace uno cuando un belga se masturba en su cara con un
apéndice desproporcionado y al mismo tiempo le da bofetadas y le hunde el
orgullo nacional? Pues nada, en ese momento, respirar hondo, cerrar los
ojos y pensar que como algún día vayas a Bruselas vas a prender fuego al
Palacio Real y con Fabiola dentro que, con la cantidad de laca que lleva esa
mujer, es un detonador en sí misma.
Quiero aclarar en este momento que el salpicón belga es de una
magnitud que llego a ser él y les juro que lo envaso y lo distribuyo. ¡Qué
cantidad, por el amor de dios! Deben de ser los gofres y los mejillones
porque aquello no se explica de otra manera.
—¿Te ha paguesido plasentego? —me pregunta mientras se pasa un
kleenex por las pelotas.
—Tu puta madre, bonito —le digo yo.
Me mira levantando las cejas y con un dedo me señala la salida del
cubículo. Por supuesto, estoy hecho una hiena y quiero ir al asiento a
contárselo a Miguel y a JuanGa que, cuando a uno le humillan sexualmente
en un nicho de avión, solo encuentra consuelo en sus amigos más cercanos.
Y, cuando llego a mi asiento, veo que Miguel tiene una borrachera tan
grande que parece hasta heterosexual, y al sentarme a su lado me mira la
camiseta y me doy cuenta de golpe de que tengo a media central lechera
belga en el pecho y miro a la cara de Miguel que me dice:
—¿Eso es... lef...?
Y, antes de terminar la palabra, le bizquean los ojos, tiene cara de asco
como de oler mierda en la punta de un palo, se pone pálido y se intenta
levantar con tan mala suerte que termina vomitando encima de una pareja
de recién casados sordomudos que iban de luna de miel a Mallorca.
Obviamente, Miguel es un hombre de suerte porque los sordomudos
(benditos ellos) solamente le pegaron, pero sin hacer ningún ruido ya que
gritaban en playback, lo cual alivia una barbaridad a bordo, que una
psicosis colectiva en un avión es una cosa muy seria. Y al mismo tiempo
oímos un ¡zas! tremendo y vemos que la rubia gorda a la que JuanGa le
estaba depilando la ceja está sangrando de una sien y a su lado está el
propio JuanGa con un kit de manicura estampado en la cara.
Pero, a pesar de todo, llegamos sin incidentes a Palma. Yo, mareado,
humillado y con unos 139 millones de espermatozoides belgas muertos en
el pecho, Miguel recién vomitado con esa cara fatal que se te queda, y
JuanGa haciendo un alegato contra la obesidad y el tinte rubio que llega a
estar allí Ma Teresa Campos y le mete dos balas en la cabeza.
Llegamos al hotel y no quiero ni contar la cara que nos pusieron en
recepción al vernos entrar. La chica estaba tan acojonada que nos miraba de
reojo y JuanGa, que no estaba de humor, va y le dice:
—Mira, guapa, por llamarte algo, que hay que ver el valor de bigote que
tienes... en vez de mirarnos tanto y ponernos verdes por dentro, porque se te
ve en la cara, bonita, podrías hacer más rápido tu trabajo y darnos las putas
habitaciones que lo mismo tu jefe te premia por rápida y te da tiempo a
llegar al Stradivarius antes de que cierren...
Ella se quedó entre sorprendida y alucinada de que JuanGa hubiese
adivinado el nombre de su tienda favorita y nos dio las habitaciones
enseguida. Subimos cada uno a dejar las cosas y quedamos en vernos en el
hall en una hora con el mapa y las cenizas. Y es que todo esto era porque la
madre de JuanGa había pedido que echásemos sus cenizas en un punto de la
isla donde ella perdió la virginidad con un chico irlandés. Y un sudafricano.
Y un judío de Brooklyn. Todo al mismo tiempo. JuanGa había metido las
cenizas en una caja preciosa de Christian Dior porque su madre no se
merecía menos y Miguel llevaba el mapa porque yo soy fatal para
orientarme. Y tan frescos salimos a la calle a buscar un taxi para que nos
llevara al punto indicado.
—Ustedes donde quieren ir es al hotel de las Hermanas Flovitz —nos
dice el taxista mientras no le quita ojo al tupé de JuanGa, que se ha puesto
un velo rollo mantilla de Semana Santa para despedir a su madre. También
hay que decir que el taxista tiene un ojo morado y la cara un poco hinchada.
Las hermanas Flovitz son una de las fortunas más grandes del mundo y,
a pesar del apellido, son españolas. Ellas, cuando se aburren, lo mismo te
abren una cadena de hoteles de lujo que se inventan una clínica donde te
introducen ozono en la sangre y así, si te haces una rinoplastia, un lifting y
un estirado de ojos, cuando vuelves a Madrid lo único que dices es que te
has cambiado la sangre y que se te nota una barbaridad en la piel. Claro que
las Flovitz también son famosas porque una vez las pillaron robando bragas
de color carne en un Corte Inglés disfrazadas de Sonia y Selena. Y eso fue
un escándalo enorme que en directo, al contarlo, a Chelo García Cortés (un
periodista de los de antes) casi le da un exceso de salivación.
—No, no, cari —le dice JuanGa—, nosotros necesitamos ir al punto de
la isla que está señalado con un pintalabios...
—Pues eso, coño, el hotel —repite el taxista...
—Que no, naranjas de la china —le contesta JuanGa—, que ahí hay un
acantilado que da al mar que es donde vamos a tirar a mi madre muerta.
—Ese mapa tiene que ser de hace mucho tiempo —dice el taxista—,
que el hotel lleva ya abierto cinco años por lo menos...
—Usted llévenos y punto —dice Miguel que, por cierto, hay que ver el
pestazo a marihuana que echaba encima, y es que desde que vivía en Villa
Robledo le gustaban las hierbas una barbaridad y decía que no había nada
mejor para cortar el vómito que un porro de marihuana. El problema era
que como el vómito había sido un poco intenso, mientras esperaba en la
habitación se había fumado cuatro cogollos y se le había quedado un poco
la cara del cantante de El Canto del Loco.
Arrancamos por una carretera un poco especial de esas que bordean la
costa y tienen muchas curvas. Y no te haces idea de lo que es ir en un taxi
mallorquín con JuanGa vestido de viuda techno pop y el otro que era la
reencarnación musculoca de Bob Marley.
—¡Hala! Que ya hemos llegado —nos dice el taxista.
Y nos vemos frente a un hotel de esos de mucho lujo y mucha
barandilla dorada y mármol suficiente para hacerte diez o doce tanatorios.
Nos pusimos un poco a bordear el perímetro y nos dimos cuenta de que el
lugar exacto donde la madre de JuanGa quería que tirásemos sus cenizas era
el final de una piscina infinity inmensa.
—Pues a ver cómo lo hacemos, caris, porque yo una cosa tengo clara, la
voluntad de mi madre se respeta sí o sí...
—Yo no sé si es buena idea —le digo.
—Cari, por dios, un poco de voluntad y arrojo... y si dudas te haces la
pregunta definitiva —me contesta.
—¿Y cuál es la pregunta definitiva? —pregunta Miguel.
—Muy fácil, cari. Cuentas hasta diez y te preguntas ¿esto lo haría Lady
Gaga? Y ya está.
Y cuando a JuanGa se le mete en la cabeza una cosa, es imposible
quitársela. Como aquella vez que insistió en que el negro y el magenta eran
una combinación adecuadísima para ir a un torneo lésbico de Golf donde
todas las bolleras iban de blanco inmaculado y parecían una mezcla de una
portada de disco de Rosana y una congregación santera de Salvador de
Bahía, pero con palos y pelotas en la mano. Y es que yo creo que las
felpudistas juegan al Golf porque es la única vez que van a tener unas
pequeñas pelotas en las manos en público sin que nadie las llame
«camionero».
Total, que con todo el morro del mundo nos metimos en el hotel y en
recepción dijimos que JuanGa era el estilista personal de Lady Gaga y que
veníamos a ver el sitio porque lo mismo rodábamos allí el nuevo videoclip.
Por supuesto, el relaciones públicas del hotel, al oír «Lady Gaga», casi se
mea encima y nos hizo un tour del edificio que aquello era interminable.
Menos mal que no se dio cuenta de que Miguel vomitó en dos papeleras y
un ficus, respectivamente, del ciego que llevaba. El hombre iba llevándonos
arriba y abajo diciendo frases como:
—Este balcón es maravilloso para que Doña Gaga ruede una escena
como de suicidio atada a un dóberman mientras baila tektonik...
Y llegamos a la piscina y ahí se produjo la madre de todos los desastres.
Un grupo de multimillonarias tirolesas estaba haciendo aquagym con un
monitor macizo que no te lo crees, a los lados de la piscina varias parejas de
ricachones ingleses con sus correspondientes putas rusas bebían el cóctel
del día que se llamaba «Soy rumana y mis dientes son de oro on the rocks»
y nosotros en el medio con la caja de Dior y la madre de JuanGa dentro sin
decir ni mú, por supuesto. Hay que reconocer que la vista era espectacular y
que sobrecogía. Tanto, que nos sobrecogimos los tres a la vez. Yo, por el
profesor de aquagym que me miró con cara de decir «te voy a poner las
nalgas al rojo vivo», Miguel se sobrecogió porque estaba a punto de
descubrir que los cogollos de marihuana realmente inducen al vómito y
JuanGa porque se vio junto al horizonte con el cadáver de su madre en una
caja de un diseñador fino y con un modelo que hacía que Karmele
Marchante pareciese el colmo del minimalismo informal.
Y entonces pasó.
Lo recuerdo todo a cámara lenta. El monitor sudado y con los músculos
tensos me guiña un ojo y delicadamente se pelliza un pezón mientras me
demuestra que su lengua le llega a la barbilla; Miguel empieza a tener unas
convulsiones como de parto, se pone pálido en menos de diez segundos y
mira a los lados buscando una papelera o un ficus donde desahogarse; y
JuanGa, con el velo y emocionado, grita:
—¡Madre, tú y yo juntos hasta el final!
Y dicho esto, tira el bolso de mano (que le cae en la cara a un fontanero
londinense que ganó los Euromillones), se aparta el velo de la cara como
J.Lo pasada de anfetaminas y empieza a coger carrerilla al mismo tiempo
que abre la caja. Hay que tener en cuenta que estábamos en una piscina y
que JuanGa llevaba tacón de aguja que, por lo visto, es lo único decente
para ir a un funeral. Y ese tacón de aguja se engancha en una grieta entre la
piedra natural y, en menos de diez segundos (cronometrados según el
informe policial), JuanGa acaba estampado en la piscina encima de una
gorda austríaca y las cenizas de su madre van a caer accidentalmente
encima de otra gorda austríaca que resulta ser la primera ministra de Austria
y que, a pesar de ser primera ministra, se da cuenta de que tiene en la cara el
cadáver de una mujer española y se pone a gritar como las locas. Y es que,
otra cosa no, pero las políticas son rapidísimas en la asociación de ideas.
Miguel, al ver la escena, no puede evitar el somatizarlo todo y ya, con
lágrimas en los ojos y viendo que todo está perdido, decide vomitar la
vomitona más grande que yo he visto en mi vida (y eso que he visto «El
Exorcista» en widescreen) encima del marido de la primera ministra y seis
prostitutas ucranianas vestidas de Roberto Cavalli para H&M que
comentaban en ese momento que la carrera musical de Nawja Nimri no va a
ningún sitio con ese acento inglés malasañero.
—¡Mi madreeeeeee! —gritó JuanGa en medio de la piscina mientras
apartaba a hostias a la gorda encima de la que había caído...
—¡Tengo un cadáver en la caraaaaaa! —gritaba la primera ministra en
austríaco.
—¡Tiene un cadáver en la caraaaaaa! —gritaban las compañeras de
aquagym también en austríaco.
—Pero ¿tú qué has comido maricón? —le dijo en austríaco el marido de
la primera ministra a Miguel justo antes de que se desmayara.
—Tía, le ha potado una loca española encima —le dijo en ruso una puta
a otra.
—¡Al suelo! ¡Al suelo! —nos dijeron la policía y el equipo de seguridad
de la primera ministra.
—A mí, ni te me acerques, maricón —me dijo el profesor de aquagym.
Y media hora después, aquí estamos, en un calabozo de la comisaría de
Palma de Mallorca rodeados de unos travestís que han decidido que somos
las «destinis chail». Y, gracias a dios, lo que tiene la juventud es que te saca
de cualquier percance porque fue ver a las travestís y JuanGa les dijo:
—De acuerdo, caris, estamos enchironadas, pero eso no es motivo ni
disculpa para que me lleves ese vello facial, que una en la cárcel tiene que
estar en condiciones, que mira tú el vídeo de la Lady Gaga con la Beyonsí.
Y ahí las dejó muertas. Porque a una travestí transformista le encanta
que en todo momento le asesoren de belleza y nos hicimos todos
amiguísimos. Incluso cuando nos sacaron del trullo fuimos a un cajero y
sacamos pasta para pagar la fianza a las travestís y que pudieran salir del
calabozo, que resulta que estaban detenidas porque un taxista se había
negado a llevarlas a un bolo que tenían en un pueblo de la isla y le habían
forrado a hostias.
Al final, no nos denunciaron y ahí estoy yo muy agradecido a los
políticos corruptos porque resulta que la primera ministra estaba en el hotel
con las amigas y las putas rusas cuando debería estar en una convención
sobre la necesidad de abolir el burka en los países modernos. Y encima la
muy penca se había pagado el viaje con dinero del estado y eso iba a ser un
escándalo que le iba a perjudicar más a ella que a nosotros, por no hablar de
su marido confraternizando con un grupo de pilinguis del este. Su equipo de
seguridad fue súper amable con nosotros al contárnoslo. Tan amable que
uno de ellos me lo explicó personalmente y desde entonces pienso que
Austria es un país mucho más acogedor que Bélgica y que, además, te dan
las gracias por todo y te piden el teléfono y siempre llevan kleenex encima.
Con las mismas, después de una noche memorable en un bar que se
llama «Queens» donde debuté en un escenario haciendo de Pastora Soler,
oficiamos una misa de salida travesti a la madre de JuanGa. Yo canté la
Salve Rociera, Miguel interpretó a capella (porque se jodio el karaoke) la de
«Rufino» de Luz Casal y JuanGa despidió a su madre cantando «Y sin
embargo te quiero» versión Marta Sánchez, y aquí ya las travestís se
vinieron abajo con la ovación y los llantos. Así, de after hours y un poco
maquillados como una folclórica en el «Cantares» de Lauren Postigo, nos
volvimos a Madrid.
Y claro, no teníamos ni idea del pollo que nos esperaba.
LO DE MATILDE
Que me he separado y que estoy fenomenal porque ha sido una decisión
muy meditada.
Así cuenta las cosas Matilde, a toro pasado y como si fuera Rocío
Jurado cuando contó lo del cáncer. Con una dignidad aplastante, pero con
todo el sufrir en la cara.
—No entiendo nada, Matilde —le digo.
—A mí me has dejado muerto —le dice Miguel.
—Joder, lo flaca que está la Linsi Lojan —dice Celeste mirando el
Cuore.
—Celeste, por favor, a ver si estamos a lo que estamos que de bollera
estabas bastante más despierta, hija —le digo.
Celeste tuerce el morro, abre el bolso y saca una china para hacerse un
porro y lo hace con ansiedad porque resulta que, como tiene un novio
policía, pues ni de coña se hace los canutos delante del otro que es un poco
obsesivo con el cumplimiento de la ley incluso en el dormitorio de su casa.
JuanGa nos dijo una vez que como Celeste le intente tocar el culo, con lo
hetero que es el poli, lo mismo la esposa y le pone una multa por asalto
ojetil a la autoridad.
—Pues chica, di que sí —le dice Matilde—, que un porro nos va a venir
fenomenal, que me tienen las gemelas un poco frita.
Celeste me mira con cara de «¿ves? Te jodes» y lía el porro con un
orgullo y una mano experta que la ven los de Rolex y la contratan de jefa de
taller.
—Pero ¿qué ha pasado, Matilde? Si es que yo os veía fenomenal... y
fíjate por todo lo que habéis pasado juntos —le dice Miguel— si hasta le
has perdonado un pasado en el porno gay.
—Ya, hijo, ya —dice Matilde dando una calada al porro y mirando al
techo...
—Chica, por dios, di algo y explícanos... —le digo—. ¿Dónde está
Juanjo?
—Creo que en casa de su madre en Azuqueca de Henares.
—¿Cómo que creo? ¿No sabes dónde está? —le pregunto.
—La semana pasada estaba en casa de su madre. Supongo que seguirá
allí, con lo tradicional que es...
—Hija —le dice Miguel—, ¿no habrá vuelto al porno?
—Uy... qué va... ya me gustaría a mí —dice Matilde ya con el ojo un
poco pipa del canuto.
—Pues chica, tú dirás...
—Si es que yo creo que la culpa es vuestra en el fondo —nos dice.
—¿Perdona? —le digo.
—Hombre, vuestra vuestra no, es un poco culpa del mundo
homosexual...
—¿Hay alguien homosexual que se ha tirado a tu marido? —le pregunta
Miguel.
—Me dicen a mí que a la J.Lo le iba a hacer un bombo el hombre este
tan delgado que parece Skeletor y no doy crédito —dice Celeste viendo un
Diez Minutos antiguo.
—Hija, Celeste, yo estoy espesa, pero lo tuyo es de un disperso que
asusta —le dice Matilde—... deja esa revista, mujer, que es de hace cuatro
años y se las guardo a mi madre, que como tiene un punto de falta de riego
no se entera mucho de la actualidad y el otro día me entró en la cocina
hecha una hidra diciendo que se acababa de morir Lady Di y que no decían
nada en los telediarios...
—Lady Di... ¿es la de Inglaterra, no? —pregunta Celeste.
—Da igual, hija, da igual —le corta Miguel.
Yo ya me estaba poniendo un poco nervioso porque el olor a porro me
da acidez de estómago y Matilde seguía sin soltar prenda.
—Matilde, en serio... ¿Qué ha pasado? —le pregunto.
—No ha pasado nada. Absolutamente nada —me dice.
—¿Entonces? —le dice Miguel.
—Pues eso, cariño, que no ha pasado nada.
—No lo pillo —le digo— y tampoco pillo lo de que la culpa es del
mundo homosexual.
—Ya —me dice ella— porque para ti es el pan de todos los días, pero
para nosotras las heteros vuestra vida es alucinante y por eso siempre
tenemos amigos gays porque, la verdad, es de un cómodo y un refrescante a
nivel de biorritmos que asusta...
—¿Te has dado un golpe en la cabeza? —le digo.
Ella siguió a su rollo, un poco en serio, pero ya con el pedo del porro en
ebullición.
—Para vosotros es normal tener dos novios al año y que encima la cosa
termine con un drama de cojones cada vez que os separáis. Porque luego
volvéis a salir, os agarráis unos pedos del quince, folláis como locos a dúo,
en trío, en grupo o lo que sea, os compráis ropa nueva, vais a los rayos uva
y os hacéis limpiezas de cutis porque hay que volver a estar guapo para
pillar a otro chulo... vamos, una agitación alucinante... sois un poco como la
carrera discográfica de Mónica Naranjo, que es como de ahora me hundo,
ahora triunfo, pero siempre estoy entretenida.
—Matilde, eso nos pasa porque no somos capaces de encontrar a un
buen hombre como el padre de tus hijas o el marido de Miguel, que ya vino
con hijo en el pack, que nos estabilice de una puta vez y nos deje tranquilos,
que nos encontramos mucho mamarracho y, claro, la cosa no funciona y por
eso hay que seguir buscando...
—Ya, pues yo creo que debo de ser homosexual —dice ella.
—Oye, guapa, que ahora que me he desapuntado yo de lesbiana, que no
me parece de recibo que vengas tú a ocupar la plaza —le dice Celeste— por
mucho que te guste Jodie Foster.
—No, no, que yo lo que creo que soy es un poco maricón —dice
Matilde.
En ese momento, Miguel puso los ojos en blanco mirando al techo un
poco como cuando se finge un orgasmo y dice que se va a la cocina a
preparar unos cafés y que casi mejor que Matilde me lo cuente a mí porque
se está poniendo de los nervios y piensa que a ella lo que le hace falta es
una terapia de electroshock o de escuchar canciones de Celine Dion, que
viene a ser lo mismo.
—A ver, Matilde —le digo en tono conciliador—. Cuéntame a mí qué te
pasa...
—Vale —me dice—, pero lo cuento una vez que hay que ver lo lenta
que me ha dejado el porro y no sé si voy a ser capaz de hilarlo todo...
—Inténtalo —le digo.
—Pues es que no ha pasado nada y Juanjo es un tío de puta madre, pero
es que ¿sabes lo que pasa?
—Dime.
—Pues que me he visto con 34 años y con tres crios y que de repente el
culo se me estaba cayendo y que los sábados por la noche me los paso en
casa amorrada a Juanjo preguntándome qué coño le ha pasado en la cara al
presentador de La Noria para tener ese cutis... mientras él ronca.
—¿En serio te preguntas eso?
—Eso y por qué aún no le han dado un Oscar al peluquero de María
Antonia Iglesias, porque ese señor no es estilista capilar, ese señor es un
ingeniero capacitado para mandar cohetes a la Luna... ¡Qué dominio del
volumen y la gravedad!
—¿Y? —le digo.
—¿Te parece que exagero con lo de María Antonia Iglesias? —me
pregunta.
—No, hija. Si tienes más razón que un santo, pero sigue con lo otro —le
digo.
—¿Lo del de «La Noria»?
—No, coño... Lo de tu marido y tu homosexualidad espontánea...
—Pues que se me escapa la vida y que yo no he nacido para ser una tía
que se queda en casa con tres crios mientras él sale a ganar la pasta fuera.
Que no, que lo mismo de tanto estar con vosotros resulta que tengo la
cabeza muy homosexual y que necesito que pasen cosas en mi vida, que ya
sé que Juanjo está muy bueno y que la tiene como un brazo y encima gana
fenomenal de bombero y que si un día se me quema la cocina la cosa se va
a solucionar en un pis pas, pero no, Alejandro, no puedo con esta vida de
maruja...
Y ahí se pone a llorar.
—Es que no sé qué decirte, Matilde...
—Mejor no me digas nada, que en realidad lo que necesito es contárselo
a alguien y que no me diga que estoy como un cencerro...
En ese momento entra Miguel con la bandeja de los cafés y observa con
estupor cómo Celeste (que ya va por el segundo porro) le pasa un salvaslip
a Matilde para que se suene los mocos.
—¡Es que yo también quiero una vida excitante! —dice levantando la
voz—, yo también quiero salir y agarrarme un pedo, y follar y tener un
trabajo alucinante de «culjanter» o colorista capilar de estrellas del pop de
lunes a viernes, y salir a inauguraciones de bares y a estrenos de películas y,
y, y...
Y otra vez con la lágrima. Y yo mudo. Y Celeste confundiendo la
bolsita del té con un támpax y desbordando un vaso. Y Miguel que dice que
va a la cocina para coger la fregona. Y yo mudo. Y Celeste víctima de una
risita incontrolable de porrera ex lesbiana.
—¿Pero esto lo has hablado con Juanjo? —le digo ignorando a Celeste
que se ha hecho un poco de pis de la risa.
—Pues claro —me dice agarrando el segundo salvaslip.
—¿Y?
—Pues que no lo entiende, que piensa que lo tenemos todo y que me
quejo de vicio... «inconformista de mierda» creo que me llamó... y luego va
y me dice que soy una inconsciente porque a este paso cualquier día me
hago drag queen y dejo a los niños con la señora del ropero de la disco.
—Hombre, mona —le dice Miguel—. Es que tal como lo cuentas suena
un poco a eso...
—Miguel... —le digo.
—¡Ni Miguel ni pollas! —me contesta enfadado—. Es que no, es que
no se puede ser así, la vida no es así...
—Y esto me lo dice uno que se ha caído por las escaleras del Pasapoga
vestido de sireno y con los anabolizantes de un equipo ruso de halterofilia
metidos en el cuerpo y más hidratado que un aceitunero de Jaén —le dice
ella con un odio pasmoso de esos que dan los porros.
—Oye, guapa, que he venido a ayudar, no te pases un pelo —le dice
Miguel.
—¿Ahora entendéis por qué es ideal leer el Cuore? —dice Celeste
mientras intenta hacerse una flor en el pelo con el támpax explotado y así
parecer Gloria Estefan en la portada de Mi tierra.
Para el que no se haya enterado, lo explico. La población femenina
heterosexual tiende a pensar que los truchos tenemos una vida como de
súper espía internacional. Sexo, drogas y música disco sin parar, y encima,
como está bien visto que un homosexual se ponga botox hasta en los
dientes, pues prolongas la juventud una barbaridad aunque al final termines
pareciendo un mix raro entre Pedro Piqueras y Hannah Montana. Y
Matilde, que además era mariliendre diplomada, sentía que la vida se le iba
de las manos y, según nos confesó más tarde, en sus momentos más bajunos
había barajado la posibilidad de ir a «El diario de Patricia» un día que se iba
a llamar «O cambias o te va a aguantar tu puta madre, salao». Por supuesto,
fue oír el nombre del programa y nos dimos cuenta de que Matilde estaba
fatal. Pero fatal, fatal. Porque, en el mundo homosexual, cuando uno va a
ese programa es que la muerte cerebral ya es un hecho. Y, por lo tanto,
decidimos urdir un plan que nos llevaría unas semanas, pero que iba a ser
mano de santo porque para una vez que teníamos a una amiga bien colocada
(no hablo del porro ahora) nos encontrábamos en la obligación de proteger
ese matrimonio como fuera. Y creo que es la única vez que hemos tenido
algo en común con Rouco Varela, por lo de los valores de la familia, digo.
Por supuesto, para lo que íbamos a hacer necesitábamos la colaboración
de todo nuestro entorno para traicionar por su propio bien a Matilde. Porque
sí, es cierto, los maricones somos muy liantes.
—Cari... ¿la gogó la quieres rubia o morena? —preguntó JuanGa.
Y era el primer paso del plan. Llamamos a un fotógrafo amigo y le
dijimos que le teníamos que hacer un falso robado al marido de Matilde. Y
con una tía buena que no nos cobrase. Obviamente, pensamos en una gogó,
que es una especie de ser humano compuesto de tetas de silicona, tres kilos
de extensiones, tinte rubio, lentillas de color y ciento cincuenta gramos de
gloss en los labios de plástico que pone morritos y baila mal encima de una
tarima a 75 euros la noche. Y la leyenda urbana esta vez es cierta: las gogós
no piensan. Su vocabulario se reduce a «amore», «cari», «fashion»,
«pelazo» y «¿lo cualo?». Jenny, nuestra candidata elegida, vino a
regañadientes porque no se terminaba de creer que Juanjo el bombero era
primo del productor de «Mujeres Hombres y Viceversa», y bien que hacía
la pobre en no creérselo. Pero ella vino al estudio y nada más entrar ve al
bombero y le dice:
—Jo, me va a ser extra chungui fingir el amor contigo... ¿A que soy
súper guapis?
Verídico. Con todas esas palabras. Total, que hicimos las fotos y el
fotógrafo que nos debía un favor (declaramos en un juicio diciendo que
vimos a una gitana rumana meterle en su casa una bolsa con 748
anfetaminas y esconderla dentro del DVD de «Merche Live») les puso un
fondo falso con el photoshop como de discoteca hetero a las tantas de la
madrugada. Y las fotos daban el pego total. Uno veía esa foto y juraría por
la salud de toda su familia que Juanjo era un cabrón del quince.
Al mismo tiempo, JuanGa había convencido a Matilde de que ella podía
ser una gran maquilladora y, si se apuntaba a un cursillo, él se la llevaría de
asistente a los desfiles y sesiones. Y la otra se emocionó más que si a
Cristiano Ronaldo le regalaran cien pares de rodilleras. Por supuesto, para
jugar al fútbol. Mientras Matilde se hacía el cursillo exprés, nosotros nos
compramos un móvil de esos sin contrato y empezamos a mandar estos
mensajes y en este orden: «L stoi kmiend el pyn a tu mrido» «Tía no te
puedo decir quién soy pero me caes bien y tu marido te la pega con una
rubia operada»
«T mrido msta kmiend el kñ»
«Manda SAETA al 7887 y disfruta de la Semana Santa en tu móvil»
(este fue para despistar).»
«Tía, soy tu amiga anónima, muy fuerte tu marido en la Joy Eslava.
Quítale la custodia ya»
«Un amg mió sesta trndo a tu mrido y yo miro. Besis»
«la manguera me altera»
Vamos que Matilde ya estaba un poco mosca y ya el acabose fue cuando
nos hicimos una cuenta falsa de correo (un gay es especialista en saber
manejar 39 e-mails a la vez con sus correspondientes contraseñas) y le
mandamos a Matilde las fotos donde su marido parecía que se tocaba con
Guapis (la gogó). Una vez hecho esto, nos pusimos como mi madre cuando
termina de preparar el bizcocho. Lo mete en el horno, se sienta enfrente
leyendo el Pronto con una sonrisa de superioridad y sabe que todo es
cuestión de tiempo.
—¡Yo lo matoooooooo!
En cuanto oímos a Matilde gritar esto, por supuesto que supimos que la
situación estaba salvada. El fantasma de los celos se le apareció a nuestra
amiga con la rotundidad de La Veneno pasada de Soberanos. Y, para
rematar el plan, lo último que teníamos que hacer era meterlos juntos en
una habitación donde ocurriría lo siguiente:
1.Matilde se haría la digna delante de Juanjo como si la cosa no tuviera
nada que ver con ella y todo fuese muy normal.
2.Nosotros interrumpiríamos la conversación con una llamada al móvil
de Juanjo haciéndonos pasar por la Guapis. Juanjo tenía bien claro lo que
tenía que contestar para provocar que:
3.Matilde se pone como una loca y le dice que es la madre de sus hijos y
que cómo ha podido hacerle esto en público y delante de sus amigos gays
(...la pobre).
4.Juanjo en ese momento le paga un morreo ensayado de la escena final
de Oficial y Caballero, le arranca las bragas como en la escena final de
Instinto Básico y, durante treinta minutos más o menos, recrean las mejores
escenas de El fontanero, su mujer y otras cosas de meter: De luxe Edition.
Y punto pelota. Y que nadie me joda diciendo lo machistas que somos,
que a partir de entonces Matilde encontró una profesión freelance
maravillosa donde ganaba pasta porque encima era muy buena con la
pestaña postiza, Juanjo siguió manteniendo a su familia unida y nosotros
estuvimos la mar de entretenidos durante unas semanas porque un complot
es lo que tiene.
Lo malo vino cuando durante una cena, dos semanas más tarde y en
medio de una borrachera de vino blanco, JuanGa (que cuando bebe se pone
como Kim Basinger en Cita a ciegas) le cuenta a Matilde que todo ha sido
una conspiración para salvar su matrimonio y todos sabemos cómo
reacciona Matilde cuando hay algo que ella debería saber y resulta que todo
el mundo se lo oculta.
«Hijoslagranputamalparidosdeloscojonjesyooswarrancolosputosintestin
osmariconesdemierdacerdosdelinfierno...»
Y así durante cuarenta y cinco minutos que se nos hicieron eternos, pero
ella se quedó relajadísima e incluso al despedirnos nos puso unos trozos de
sushi que había sobrado en papel albal. Una maravilla de amiga, síndrome
de Tourette incluido.
CONCLUSIONES
—Por supuesto que es lícito mentir, engañar, manipular, tergiversar y
liar lo que haya que liar con tal de salvar un matrimonio heterosexual con
tres retoños. Incluso la Conferencia Episcopal estaría de acuerdo con
nosotros.
—De hecho, siempre hemos sospechado que la Conferencia Episcopal
tiene demasiadas cosas en común con nosotros.
—Si un familiar se vuelve loco y en el hospital les dan a elegir entre
electroshock o lo de Celine Dion, elijan siempre el electroshock... es mejor
quedarse hecho un vegetal que lo otro. Y sé de lo que hablo.
—Los salvaslips absorben muchísimo más moco que 6 kleenex
normales. Comprobado.
—Las gogós en absoluto son malas personas. Hay que quererlas y
valorarlas. Quizá igual que a un geranio, pero hay que quererlas.
—«Mujeres Hombres y Viceversa» debería ponerse en las facultades de
psiquiatría como demostración de lo que pasa cuando alguien ha elegido lo
de Celine Dion en vez del electroshock.
HA NACIDO UNA ESTRELLA
Una vez arreglado completamente lo de Matilde, pasaron unos meses de
esos que a un homosexual moderno le ponen de los nervios porque no hay
nada destacable que contar. Todos seguíamos con nuestras vidas de una
manera u otra, excepto JuanGa, porque lo de JuanGa fue una explosión.
Casi sin enterarnos y de golpe y porrazo JuanGa se convirtió en una estrella
mediática a un nivel brutal. El maquillador y estilista de las estrellas era
como le anunciaban cada vez que iba a un plató. Y la cosa llegó a tanto que
incluso en el programa de las mañanas le dieron su propia sección donde
enseñaba a las mujeres del país a transformarse cada día con muy poco
dinero y con psicología aplicada. Y para muestra un botón:
(Fragmento de la intervención de JuanGa, miércoles 13 de marzo)
«Caris mías, no podemos seguir tolerando que nuestros maridos nos
tengan hechas unas esclavas y hoy os vengo a demostrar que el maquillaje
os puede ahorrar horas y horas de trabajo. Tan solo necesitáis una barra de
labios magenta porque el magenta es el color de la década y es el nuevo
negro digan lo que digan, caris. También necesitáis fumaros un paquete de
Marlboro Light y guardar la ceniza, un poco de leche hidratante y un
conjunto de lencería cara. Y las que seáis pobres utilizad las bragas y el
sujetador que os ponéis para ir a las bodas. Vosotras, caris, ya me entendéis.
Por lo tanto, estáis hasta el coño, ¿se puede decir coño a estas horas,
caris?... Es igual, estáis muy hartas de tanto limpiar y de esos maridos que
perpetúan la tradición de la mujer en casa y el marido en la calle, y ni hablar
del peluquín porque tenéis que recordar que "nosotras parimos y nosotras
decidimos, caris". Entonces, una mañana cualquiera os levantáis de la cama
y os dais cuenta de que no os apetece un pimiento poneros a pasar la
aspiradora, ni la plancha ni los azulejos de la cocina, que hay que ver la
grasa que se puede acumular en una grieta, que esto lo dijo Madonna al ver
el culo de la J.Lo. Resumiendo, caris, que no queréis trabajar y que
necesitáis unos días para cosas verdaderamente importantes como hacer
Pilates, gastar dinero en tiendas, comprar cosas inútiles en el chino o hacer
algo peligroso, como escuchar el nuevo disco de Bustamante ¿no? Pues
JuanGa os va a salvar de una vida de esclavitud sexista. En cuanto los niños
se hayan ido al colegio, poneos en la mesa de la cocina e hidrataros con
crema de cuerpo el ojo derecho, que siempre la derecha es más de impacto.
Una vez que esté el ojo pastosillo con la crema de cuerpo, comenzad a
trazar un círculo con el pintalabios magenta y que quede una mezcla un
poco chunga. Mientras esa base se funde, podéis llamar a una amiga y
contarle este truco. Con la base ya un poco seca, os mojáis los dedos con
hidratante y los metéis en el cenicero donde habéis guardado la ceniza del
Marlboro Light. Si sois putas, también podéis usar ceniza de Nobel, que
funde maravilloso. Y con los dedos embadurnados de ceniza os empezáis a
dar golpecitos en la órbita del ojo y... \voilá\ Tenéis un ojo morado que ni la
Doctora Ochoa sabría distinguir de uno verdadero. Aquí tengo que
indicaros que si se os ha metido algo de crema en el ojo y escuece que te
cagas, caris, pues no preocuparse que se os va a poner lo blanco un poco
rojo y eso da un realismo enorme al ojo en sí mismo. En ese momento, os
ponéis la lencería fina y llamáis a vuestros maridos al trabajo de mierda ese
donde están y ponéis voz de ardilla mareada y les decís que habéis tenido
un accidente con la puerta de la nevera y que os encontráis malísimas.
Vuestros maridos llegarán a casa asustados y os encontrarán un poco una
mezcla entre Jessica Rabitt y Poli Díaz. Y, claro, vosotras en la cama
tumbadazas diciendo el dolor de cabeza que tenéis y ellos, asustados ante la
posibilidad de que se muera la que le cocina, le plancha, le lava la ropa y le
todo, caris, pues se dedicará a cuidaros durante unos cuatro días que os van
a venir de perlas para hacer lo que os dé la gana. Y, por favor, si os ducháis,
volved a maquillaros el mismo ojo, caris, que algunas sois un despiste y por
la mañana estáis fatal del derecho y por la noche del izquierdo, que, como
os pillen, vais a tener que ver mucho partido de fútbol de penitencia. Y no,
caris. El fútbol recordad que es tan solo una cosa para que los borregos de
vuestros maridos no molesten mientras vosotras os zumbáis al vecino de
abajo. Recordad, ¡mujeres accidentadas, vacaciones ganadas! Nos vemos la
semana que viene, caris.»
Tal cual. Y el éxito fue tan grande que incluso el gobierno tuvo que
intervenir porque el falso ojo morado se convirtió en súper moda y la calle
parecía que estaba llena de campeonas de kick boxing. Hubo hasta debates
en la tele donde decían que JuanGa era un instigador de la violencia de
género y en un canal de la tele que se llamaba «Microeconomía» le llegaron
a decir que le iban a gasear enfrente del Bernabéu. Pero claro, lo importante
en estas cosas es que hablen de uno, incluso para decir que hay que
gasearlo, aunque JuanGa contestó que no entendía lo de gasear porque él
solo usa laca en spray que no daña al ozono. Y JuanGa se hizo muy famoso
e incluso sus fans más radicales querían que les arrease una hostia en el ojo
para llevar un morado natural hecho por el maestro. Teníamos en la puerta
de casa todos los días a decenas de amas de casa que querían fotos,
autógrafos y lo que hiciese falta. No nos dejaban dormir, JuanGa tenía
ataques de ansiedad y decía que un día se iba a hartar e iba a salir a la calle
con un pantalón de pinzas y una camisa de cuadros de Ralph Lauren. Eso
para JuanGa equivalía a la muerte social en vida por decirlo de alguna
manera. Y un día que lo noté especialmente raro tuve que llamar
urgentemente a Miguel porque la cosa se puso fatal:
—Oye, que JuanGa y yo necesitamos tu ayuda urgente —le digo.
—¿Con quién se ha metido ahora? ¿Con las monjas que no van
suficientemente maquilladas? —me contesta.
—¿Perdona? —le digo.
—¿Pero no le viste el día que hizo aquello de «De clausura sí, pero
como puertas»?
—Pues no, la verdad, intento mantenerme ajeno...
—Bueno, ¿entonces qué pasa?
—Que necesitamos huir de Chueca —le explico— porque tenemos el
descansillo, el portal y los alrededores repletos de maris y aspirantes sarasas
a estilistas deseando hablar con JuanGa... y el pobre lleva ocho horas
encerrado en su dormitorio gritando que a ver por qué no se hizo carpintero,
que todos los carpinteros son un cuadro y que al de «Bricomanía» esto no le
pasa...
—Ya...
—¿Podemos irnos unos días a Villa Robledo? —le digo.
—Pues claro, además Stephan en cuanto se entere de que venís se va a
poner tremendo...
Y esa era otra cosa. Stephan estaba creciendo a una velocidad
vertiginosa y todo le crecía al mismo ritmo, incluida la pluma. Miguel lo
llevaba un poco nervioso porque, claro, siendo tan maricón como era
Miguel a ver cómo cojones le dices tú a un crío que se corte con el giro de
muñeca, porque tenía un giro de muñeca que ya lo querría Arantxa Sánchez
Vicario que, dicho sea de paso, era mil veces más masculina que Stephan.
La salida de casa fue una cosa genial porque JuanGa tenía que ir
camuflado y nosotros no teníamos garaje ni nada por donde escapar. Menos
mal que Bernardo, un amigo al que JuanGa resucitó tirándole un secador
mojado a una bañera (creo), tuvo una idea:
—Pos bien fásil... que se pinte la JuanGa de muhé y que salga a la cashe
como si fuera la kili minou...
Y es que el mundo del travestismo, siendo francos, ha salvado a las
celebridades de muchos desastres. Michael Jackson, Brad Pitt o incluso
Chelo García Cortés son algunos nombres de famosos que se han tenido
que disfrazar de mujer para pasar desapercibidos. Porque nadie ha visto
nunca una foto de Chelo con falda y tacones, y eso es verdad porque lo ha
dicho una amiga de María José Campanario que es una famosa que trabaja
haciendo de doble de Fiona, la de Shrek, en un pueblo de Andalucía.
Resumiendo, que nos pasamos varias horas pensando de qué famosa se iba
a caracterizar JuanGa para pasar desapercibido y no encontrábamos ninguna
que molara lo suficiente; así que JuanGa, como siempre, nos dio una
solución lógica, coherente y relativamente fácil.
—Hoy voy a ser mi madre —nos dijo.
Y dicho y hecho. Porque JuanGa, como cualquier homosexual muy
unido a su madre, guardaba sus cosas personales y decidió que iba a copiar
un look que su madre había usado una vez en una fiesta en Ibiza. Lo que
JuanGa no sabía era que en aquella fiesta su madre, que seguía de hippy,
había probado por primera vez el sexo con una mujer. Y dos hombres. Y un
enano chipriota que hablaba gallego como si fuese del mismo Lugo. Todo a
la vez.
Comenzó la operación «Salvad a JuanGa». Y ahora yo entiendo mucho
el mal carácter de las estrellas del pop. Porque la presión mediática es
insoportable. Al principio les hace mucha gracia, pero luego todas
desarrollan un odio hacia sus fans que si los pobres se enteraran se cortarían
las venas con el último maxi single de su artista favorita.
Matilde y Celeste llegaron puntuales y vestidas de enfermeras. Y es que
nos habíamos inventado que para poder salir del portal sin que nos pisaran
la cabeza las hordas de fans, lo más lógico es que vieran a una mujer mayor
un poco perjudicada ayudada por dos enfermeras y que la dejaran espacio
para llegar hasta la furgoneta. Y prometo que el maquillaje de JuanGa era
súper convincente. De hecho me dio un poco de yuyu verle porque
realmente se parecía a su madre que ahora descansaba (entre otras partes)
en el estómago de una primera ministra austríaca.
—No das mucho el papel de enfermera —le dijo Matilde a Celeste.
—Ni tú el de ingeniera agrónoma, guapa —le contestó la otra.
—Si más que nada lo digo porque llevas el ojo maquillado de color azul
piscina, la bata del uniforme más corta que una falda de Paulina Rubio y,
generalmente, las enfermeras no llevan piercing en la lengua, en el labio y
en la nariz.
—Ya, bonita, ya, pero si vives cerca de la calle Montera... esto es lo
único que he encontrado en una tienda de despedidas de soltera... hazte
cargo.
Entramos en el ascensor las dos enfermeras, Bernardo (el amigo
electrocutado), JuanGa reviviendo a su madre y yo. Estábamos todos con
unos nervios un poco excesivos. Lo digo más que nada porque de repente se
paró el ascensor y el grito de espanto de todos se oyó hasta en la casa de
Mariah Carey, que también se disfraza de enfermera.
—¡Santo Cristo de la luz! —gritó Bernardo.
—¡Su puta madre! —gritó Matilde.
—Yo, no es por joder, caris —dijo JuanGa—, pero que sepáis que tengo
un poco de claustrofobia y o esto arranca enseguida o me autolesiono
entero...
—Yo tengo una cosa que nos va a tranquilissssar musho, ozú —dijo
Bernardo.
—¿El qué? —le pregunté.
Y sacó un frasco de poppers del bolsillo y, claro, yo pegué un respingo
para atrás del espanto que solo me faltó gritar «atrás satanás». Pero
Bernardo se explicó:
—Pisha, er poppers pa fosar te pone asín como oranubilá, pero en
situassiones de riesgo te relaha una barbaridá, no me seas maricón y dale un
poco, pisha...
Y yo no sé si era por los nervios o por qué, pero todos le hicimos caso y
nos pusimos de la botellita hasta el culo. Y nos empezó a dar una risa
nerviosa y un mareo que ni nos enteramos de que el ascensor había
funcionado, de que habíamos llegado a la planta baja y de que se habían
abierto las puertas. Y nos encontramos de golpe y porrazo frente a una
multitud que veía a través de los cristales del portal a dos hombres, una
mujer mayor vestida de negro y dos enfermeras que no podían parar de reír,
histéricas perdidas.
—Serenidad, por dios —dije yo como pude.
Y empezamos a avanzar por el pasillo del portal y en la calle no se oía
ni un alma. Estaban todos callados como las católicas esas que van a un
monte a esperar que se les aparezca una Virgen que solo se aparece en fines
de semana y que siempre les pide pasta.
—Ay, hija, yo es que me meo —decía Celeste—. ¡Qué risa por favooor!
—O te callas o te reviento, so penca —le contestaba Matilde.
Y llegamos a la puerta. Y abrimos la puerta. Y la multitud nos hace una
especie de pasillo para que vayamos avanzando.
—¡Dejad pasar que es una abuelilla! —gritó un fan.
Y empezamos a avanzar. Y yo por el rabillo del ojo veo que Celeste
pone una cara rara y aquí tengo que recordar que Celeste es una chica que
tiene una hipersensibilidad burra a las drogas y que uno nunca sabe cómo le
van a sentar.
—Ay... ji ji ji —dice Celeste por lo bajinis—, que me meo...jijiji...
—Calla, puta —le dice Matilde con cara de bulldog.
—No, en serio, ja ja ja —dice Celeste.
Y Matilde, atrapada entre el poppers y el síndrome de Tourette, suelta a
la supuesta madre de JuanGa y le agarra de los hombros a Celeste y le
chilla:
—¿Pero no ves que nos van a pillar, hija de la gran puta?
Y en ese momento, y a carcajada limpia, Celeste se empieza a mear.
Literalmente. Y la peña flipando con el numerazo de la enfermera
incontinente. Y JuanGa, el pobre, solo acertó a decir:
—Pero... ¿qué haces, cari?
Y al oír la palabra «cari», una fan de Alcalá de Henares que se llamaba
Fuencisla ató cabos y nos descubrió el pastel. Nadie se puede imaginar lo
que una fan con sobrepeso puede conseguir hacer en unos tres segundos,
pero lo explico. Una fan loca puede:
—Bloquear a 147 personas y saltar por encima de ellas.
—Sacudir dos puñetazos al estilo Jackie Chan a dos mujeres vestidas de
enfermeras (una de ellas meada).
—Intentar morderle una oreja al amigo del artista mientras saca la
cámara del iPhone.
—Llegar hasta JuanGa, arrancarle la peluca y gritar «es la madre de
Psicosiiiiiiiiis en modernaaaaaaaa».
—Sacarse una foto con JuanGa mientras aparta a hostias a las otras
fans.
El tumulto que se organizó fue sensacional. A mí solo me rompieron la
manga de la camisa. A Matilde la dejaron medio calva a base de tirones de
pelo. A Celeste, tirada en el suelo, meada hasta el cuello y muerta de la risa,
no se le acercó nadie. Bernardo salió por patas llevándose a JuanGa que se
empotró contra un poste de la luz porque no sabe correr con tacón bajo. Así
que como pudimos salimos a toda leche hacia la Gran Vía seguidos por una
marabunta que quería que JuanGa los tocase, los peinase o incluso las
dejara embarazadas, porque sí, igual que hay muchas que juraban lo de
Ricky Martin, JuanGa también tenía fans que juraban por sus santas madres
que era completamente heterosexual, pero dotado de una «alta
sensibilidad».
Total, que en Gran Vía intentamos parar un taxi y, claro, cuando nos vio
con esas fachas salió corriendo y nos llamó travestis. Menos mal que un
chico que había sido road manager de los Locomía y que ahora trabajaba
de repartidor de pollos pasaba por allí, nos conoció y nos gritó que
subiéramos a la furgoneta.
El chico fue súper amable y solo nos pidió que le hiciésemos una foto
con JuanGa que su madre era muy fan. Nos llevó hasta el barrio de Aluche
donde JuanGa y yo por fin pudimos coger un taxi que nos llevó a Villa
Robledo. Celeste y Matilde cogieron taxis por separado porque Matilde
decía que el olor a pis le despertaba el síndrome de Tourette y lo mismo la
mataba delante del taxista. Bernardo dijo que se iba en el metro que
últimamente se ligaba mucho.
Una vez que llegamos, Miguel no quiso ni preguntar qué narices había
pasado. Al vernos así, se le puso la cara de cuando va a vomitar, pero
gracias a dios no hizo nada. Nos sentamos enfrente de la tele en silencio y
nos quedamos un poco alucinados con lo rara que era la nariz nueva de
Belén Esteban cuando llegó Stephan del colegio y se puso como los locos
de alegría a gritar:
—«¡Ay, qué bien, qué de gente, que han llegado el tío Alejandro y el tío
JuanGa vestido de Esperanza Roy!»
No tengo ni la más remota idea de cómo Stephan sabía quién era
Esperanza Roy, como tampoco sabía en ese momento que el niño me iba a
remover la conciencia a base de bien esos días por culpa de una pregunta de
lo más inocente.
—Tito... ¿y tú de pequeño ya eras así?
FLASHBACK (I)
—Tito... ¿y tú de pequeño ya eras así?
Eso es lo que me preguntó Stephan con los ojos muy abiertos. Y
entonces empecé a recordar.
Santander siempre se me hizo una ciudad maravillosa, con todo en su
sitio, pero, desde luego, yo ya con cuatro años no quería vivir allí. Aún
recuerdo cómo mis tías siempre dicen que con menos de cinco años me
planté en jarras en la puerta de la cocina y dije:
—Vale, yo hago la comunión, pero si nos vamos a vivir a Hollywood.
Y me acuerdo de mi tía Yolanda mucho. Porque las demás, que eran
más burras que un arado, me reían la gracia y le decían a mi madre que
tenía que dejarme ver menos la tele. Recuerdo que por aquel entonces la
primera vez que noté que lo de abajo servía para algo más que para el pis
fue viendo a Miriam Díaz Aroca, que presentaba un programa para niños
que se llamaba «Cajón de sastre». Aquello se puso duro durísimo. Y yo que
he sido siempre un poco hipocondriaco, me bajé los pantalones
asustadísimo y me fui a la cocina con una camiseta que me había regalado
un primo mío de Naranjito y así, en pelotas, erecto y con Naranjito me
presenté en la cocina y le dije a mi madre: —Ay, que me ha dado un cáncer
en la pilina. Porque eso es otra. Cuando eres pequeño, «aquello» no se
llama nunca polla ni cosas así. Aquello es «la pilina», «el pitilín», «la
pilila», «la colita» o el «pipi». Y, si eras andaluz, a veces era «la churra».
Con menos que eso, Julio Médem te hace un película.
—Joder... ¡si se ha empalmado! —dijo la prima Mariló. Mi madre se
quedó muda. Desde entonces he pensado si haría lo mismo al ver a mi padre
empalmado. Y entonces la tía Yolanda me llevó a la sala, me puso los
pantalones y me dijo que no me preocupara, que aquello no era un cáncer
para nada. Que aquello se había hinchado porque se tenía que hinchar y que
no me tenía que preocupar nada. Que a ella se le hinchó una teta de pequeña
y no pasó nada. Por eso quería yo mucho a la tía Yolanda, porque era
modernísima, tenía amigas muy modernas también y se iba siempre de
vacaciones a Londres con otras amigas a hacer lo más moderno del mundo,
que yo no sabía lo que era, pero tenía claro que de mayor lo quería hacer
todo el tiempo: abortar.
Porque yo escuchaba a mi tía hablar en voz baja por el teléfono y decía
cosas como:
—¡Bueno, me parece súper fuerte que vaya otra vez a abortar a Londres
y no me haya avisado para ir con ella! ¡Menuda lagarta es!
Entonces yo un día en el colegio cuando nos preguntaron a ver cómo
íbamos a ser de mayores, yo dije que quería vivir en Inglaterra, ser negro
como Michael Jackson y abortar todo el rato. Y en menos de dos horas mi
madre estaba en el colegio asustada por una llamada de la directora. Por lo
visto, la cosa era de suma gravedad porque yo era muy creativo y la
directora le dijo a mi madre que me metiera en vereda porque como las
cosas siguieran así era incluso posible que yo saliera (en voz baja y con cara
de horror)... artista.
Los años fueron pasando muy lentos, porque en Santander todo pasa
lento, y el pito se me seguía poniendo con cáncer cada vez que veía a
Miriam Díaz Aroca. Y mi primera crisis sexual vino cuando aquel
programa se acabó y, por lo tanto, yo me sentí libre del cáncer. Pero todo
cambió cuando terminé la EGB y me mandaron a los Jesuítas a estudiar
BUP Fue una etapa tremenda en todos los sentidos porque ahí ya me sentía
mayor, me habían salido pelos al lado de la pilila (que también había
crecido) y empecé a ponerme rebelde, a fumar y a faltar a las clases. Todo
aderezado con unas grescas en casa enormes.
Y aquí llega el momento en el que cuento cómo fue la primera
eyaculación y, de paso, explico el enorme cariño que tenía a mi tía Yolanda.
Resulta que una vez me quedé de pequeño el fin de semana en casa de la tía
y mientras ella se fue a comprar unos inciensos yo me fui a su cuarto y le
empecé a revolver lo cajones, que aquello era como la cueva de Alí Babá. Y
debajo de un montón de bragas encontré una revista que se llamaba Lib y en
cuya portada salía una señora en tetas. Y al abrir la revista descubrí que la
señora en tetas tenía una vagina abundantemente frondosa (por entonces no
se llevaba lo de las ingles brasileñas) y resulta que la señora se lo pasaba de
ordago con dos señores que, visto lo visto, tenían unos cánceres enormes de
pito. Y yo me puse duro y me saqué la cosa y, en menos que canta un gallo,
aquello se desbordó. Me quedé un poco mareado, pero con un gustirrinín
que si cierro los ojos soy capaz de recordar hasta el olor del ambientador
que tenía la tía en el baño. Total, que supongo que no tengo ni que contar
que aquel fin de semana la señora no depilada y sus amigos tuvieron un
homenaje mío cada media hora. Y desde entonces siempre he sido así, que
cada vez que me gusta una cosa, la cojo con unas ganas que asustan.
—¿Te vienes a la fiesta del cuarto oscuro en casa de Cristina?
Esto me lo dijo un año después un compañero de colegio que estaba
conmigo en el equipo de Judo (mi madre había decidido que menos tele y
más Judo). Por aquel entonces las fiestas de cuarto oscuro consistían en que
cuando los padres de alguno se marchaban de fin de semana, los demás
íbamos a sus casas con alguna botella de vino robada a nuestros padres y
nos emborrachábamos. Luego, se apagaban las luces y nos besábamos y
frotábamos con alguna chica que nos dejara. Y aquella noche me tocó Paula
la «triple G». La llamaban así por Guarra, Gorda y Golfa. Y aquella misma
noche, la «triple G» me enseñó los misterios del amor heterosexual. Porque
en aquel cuatro oscuro (qué premonitorio... cada vez que lo pienso), la
«triple G» me quitó todo menos la cartera. Me da un poco de cosa contar lo
de la pérdida de la virginidad, pero es así. Y como no le quiero dar morbo al
asunto, que es muy íntimo, pues lo explico por puntos.
—Paula se me acerca y me pasa la mano por el hombro. Paula echa un
pestazo a vino del quince.
—Yo no puedo dejar de mirar a mi compañero el de Judo que le toca las
tetas a una que se llama Elena. Y lo del cáncer se me pone enorme mirando
a mi amigo.
—Paula se da cuenta del bulto y pide que apaguen las luces.
—Paula me baja la bragueta, me saca la cosa y al ver el cáncer dice «uy,
es más gorda que la de Alberto». No sé quién es Alberto, pero me siento
bien dentro de lo que cabe.
—En la penumbra veo que mi compañero de judo se ha puesto de pie y
se ha bajado los calzoncillos. Y a mí el cáncer se me pone que ya es una
metástasis terminal.
—Paula, emocionada pensando que me excita tanto, se cree Jennifer
López, que en aquel momento no existía, pero es para hacerme entender, y
me dice: «Te voy a enseñar lo que es tocar la flauta».
—Mi compañero de judo le da besos en las tetas a su amiga y me mira y
me guiña un ojo.
—Paula, a estas alturas, no está tocando la flauta. Ahora está ya con la
sinfónica entera en la boca.
—Mi compañero de judo tumba a su amiga en el suelo y oigo cómo le
dice que abra las piernas. Su amiga protesta un poco, pero accede.
—Yo, por supuesto, y para no quedar por menos, le digo lo mismo a
Paula, que antes de que termine la palabra «suelo» ya está espatarrada viva.
—Mi amigo hunde su cabeza entre las piernas de su amiga. Y lo hace de
tal manera que yo le veo el culo.
—Yo hago lo mismo y Paula me dirige la cabeza hacia el sitio donde
tengo que ir. Un sitio que, aunque no siempre huele raro, aquel día sí que
olía raro, pero como mi amigo está que parece una vaca pastando, pues yo
le imito.
—Sigo viendo el culo de mi amigo que ya es un no parar de moverse
con su amiga, y entonces Paula me levanta y me dice: «Ahora me vas a
dejar que yo te haga un hombre». Y yo creo que en aquel momento pensé
por primera vez que quería hacerme un hombre. O incluso varios hombres.
Pero hacérmelos.
—Paula me tumba en el suelo y se pone en cuclillas encima de mí. Me
pasa la vagina por la cara y no protesto porque Paula es como la chica del
Lib. O sea, frondosa.
—Mi amigo sigue culeando y yo le observo entre las piernas de Paula,
que ya no sé si goza o está bailando una Lambada en mi cara.
—Paula decide que ha llegado el momento, se aparta el flequillo de la
cara y justo cuando descubro que tiene un acné horroroso me dice «te lo
voy dar todo». Y sin mediar palabra me coge «la cosa» y se la pone en «su
cosa».
—A mi amigo también se lo están dando todo, pero lo que más me
perturba es que me mira y me sonríe con cara de «hay que ver lo machos
que somos» y yo intento que no se me note en la cara las ganas que tengo
de apartar de una patada a su amiga y ponerme yo en su sitio.
—Mi amigo grita «me voy» y yo me asusto, pero inmediatamente
comprendo que «me voy» es sinónimo de «me corro» y yo me dispongo a
hacer lo mismo mientras Paula, que es una histérica y arrítmica chilla y
gime como Godzilla antes de que lo maten.
Y así perdí la virginidad. Y, tengo que admitirlo, tampoco fue horroroso.
Es más, en alguna ocasión quedé con la «triple G» para que repitiéramos el
numerito y, cada vez que ella se me ponía encima, yo lo único que tenía que
hacer era pensar en mi compañero de judo y cuanto más me acordaba yo,
más contenta se ponía la chica.
Me puse a pensar en qué habría sido de la «triple G» y de repente
recordé que alguien me dijo que se había casado con un pijo del Opus Dei y
que llevaba toda la vida pagando por sus pecados.
FIN DEL FLASHBACK
—Hoy cenamos fuera que hace una noche estupenda —me dijo Felipe
que había llegado de trabajar.
—Vale —le dije despertándome mientras Stephan me mira con cara rara
y me dice:
—Todavía no me has dicho si has sido siempre así...
—Anda —le digo—, vamos a ayudar a tu padre a poner la mesa que
luego nos riñe...
—¿Pero luego jugamos al Singstar de Lady Gaga?
No me digas que no es para que te dé un soponcio.
EL PRINCIPIO DE ESTRELLA
Lo de la popularidad siempre trae cosas malas. Siempre. Aparte de lo de
JuanGa, que ya era un clamor popular, sin comerlo ni beberlo nos íbamos a
ver metidos en una cosa realmente grande.
—Tenemos que reunirnos urgentemente —me dijo Miguel un día por
teléfono.
También me dijo que no me quería contar nada hasta que nos viésemos
cara a cara, pero que la cosa me iba a parecer espectacular. Me dijo que me
pusiera un traje y que le esperase en tres horas en una dirección del centro
de Madrid donde, casualidad, estaba una discográfica importantísima. Y en
menos de lo que uno dice «maxi single», Miguel y yo estábamos sentados
enfrente del presidente de la discográfica. Un hombre muy de colegueo que,
para demostrarnos lo moderno que era, se hacía un porro a la vez que nos
hablaba.
—Bueno, bueno, bueno... —nos dijo— estoy encantado de que estéis
aquí porque juntos solo podemos hacer algo grandísimo.
—Yo no termino muy bien de comprender de qué se trata —dije.
—Es que no he tenido tiempo de explicarle nada —dijo Miguel—. Ya
sabe, con las prisas y lo repentino que ha sido todo...
—Pues yo te hago el briefing—dijo el presidente mientras su secretaria,
que tomaba nota de todo, intentaba apartar el humo del porro que le daba en
toda la cara.
Y así, de repente, nos dice:
—Vosotros dos vais a fabricar el primer ídolo musical para los
homosexuales.
—¡Uy, por dios! —se me escapó—, pero si para eso ya están Mónica
Naranjo y Marta Sánchez...
—Ni hablar del peluquín —dijo el presidente—. Mónica surgió
espontáneamente para los maric..., perdón, para los gays y Marta
absolutamente lo mismo. Y las dos ya están caducas y mayores. Una porque
se ha vuelto gótica y quiere hacer rock, y mis estudios de mercado
demuestran que un homosexual de mediana edad prefiere asesinar a su
propia madre antes que escuchar un disco de rock, porque según las
estadísticas los homosexuales tienen un gen que les hace alérgicos a las
guitarras eléctricas, ya ven qué cosas. Y Marta Sánchez resulta que ahora
canta dúos con Carlos Baute que es una cosa apropiada para bodas y
banquetes, o simplemente para cuando uno está borracho y necesita
restregarse con una invitada a un ágape.
A todo esto, Miguel y yo nos mirábamos con cara de estar flipándolo. Y
la secretaria, con pinta de ser lectora acérrima del Hola y de ir a misa todos
los días, estaba flipándolo también, por eso y por el segundo porro que ya
directamente se lo estaba esnifando en contra de su voluntad.
—Y aquí es donde entran ustedes dos, que quiero que sean los
directores de este proyecto: ¡la primera cantante fabricada en una
discográfica para los gays! —nos gritó.
—O sea, ¿un poco como Frankenstein? —le dije.
—Exactamente, solo que esta ya está viva.
—O sea, que ya tienen ustedes elegida a la artista —dijo Miguel.
—Por supuesto que sí. Una maravilla de muchacha que lo tiene todo.
Incluso nuestros expertos en marketing se la han llevado a Tailandia, que es
un país lleno de homosexuales que se pintan de mujer, y le hemos montado
un concierto allí y las reacciones no han podido ser más positivas. Es más,
tres de cada cuatro travestis tailandeses se declararon absolutamente
partidarios de que ella se besara en la boca con una mujer, dos hombres y
un mastín del Pirineo en su primer videoclip. Vamos, para quedarse
pasmado.
—Y tanto —no pude evitar decir...
—Entonces es cuando entráis vosotros a los que, si aceptáis el trabajo,
nombraré productores ejecutivos y directores artísticos del proyecto. Y
todo, claro, con una estupenda remuneración económica porque os vamos a
necesitar mucho por estas oficinas... siendo franco, vosotros dos sois los
encargados de darle vida a esto porque, si no podéis vosotros, no puede
nadie. Y yo y nuestros expertos en marketing estamos seguros del éxito
monstruoso que vamos a alcanzar.
Y en ese momento, no sé si por la conciencia o por el porro que me
tenía atufado, tuve un pinchazo en el estómago; no sé si por mis dotes de
Aramís Fuster o simplemente por una fabada del día anterior. Pero tuve un
pinchazo que me hizo pensar que algo grande iba a pasar. No
necesariamente bueno, pero por lo menos excitante, lo mismo que cuando te
llevas un chulo a casa y estás a punto de descubrir si la cosa es grande o no.
Y casi siempre es no.
—Y la explosión mediática —seguía el presidente— será el día del
Orgullo Gay frente a todos los maric... perdón, gays que van a venir a la
capital de España a celebrar que son una pandilla de m..., vamos que son
nuestro público potencial.
—Pero —le interrumpí—, si es que solo queda medio año para el
Orgullo, oiga...
—Efectivamente. Pero no os preocupéis. La cosa ya está en marcha y lo
primero que tenemos que hacer es retocar las letras de sus canciones para
que las pueda grabar la semana que viene en Los Ángeles, adonde vosotros
la acompañaréis y supervisaréis esa grabación...
—¿Es coña? —se me escapó.
—Pues no, no y no —dijo el presidente liándose su cuarto porro e
ignorando el hecho de que la secretaria estaba vomitando en una papelera,
eso sí, sin dejar de tomar nota de todo—. Ahora mientras les hablo están
ustedes recibiendo en sus domicilios y por mail la hoja de ruta del proyecto
con todos nuestros estudios y encuestas.
—Pero ¿por qué nosotros? —preguntó Miguel entre risas nerviosas.
—Miguel, no seas humilde, cabronazo —le dijo el presidente—. Desde
que hiciste la campaña aquella del Banco color rojo, todos saben que eres
un genio del marketing y que eres capaz de vender lo que sea...
Y entonces me mira a mí.
—Y, Alejandro, no hay un periodista musical con más aceptación que tú
en todo el mercado de maric... homosexuales, y tengo hasta ocho
estadísticas que lo prueban. Eres una enciclopedia musical y tus críticas
siempre se adelantan al éxito o el fracaso de un disco. No solo la gente
admite como credo tus recomendaciones musicales. Es más, un 14,3 por
ciento de los encuestados preferiría, y cito textualmente, penetrarte
analmente y repetidamente antes que ir a comprar medicinas para sus
madres. Y eso en mi negocio se llama «credibilidad»...
—Vaya —le dije—, pues muchas gracias... no era yo muy consciente de
esta cosa...
—Y como sé —continuó él ignorándome— que son ustedes como dos
hermanos, pues no existe un dúo mejor para llevar este proyecto a buen
puerto. Porque, si trabajamos todos juntos, el éxito está asegurado...
—Bueno —le pregunté—. ¿Y quién es ella?
—¡Ajá! —gritó el presidente—. ¡Belindaaaaa!
Y en ese momento nos enteramos de que la secretaria, que ya iba más
pedo que Alfredo, se llamaba Belinda. Y Belinda nos miraba con esa
sonrisilla que alguien te pone justo antes de acribillarte a cuchilladas. Es
decir, los porros causaban un efecto psicópata en Belinda, una mujer recta
que se había visto drogada por contrato. Un poco como lo de Britney
Spears, pero de perfil más bajo y sin extensiones rubias.
—Dígame, presidente...
—¡Dígale a nuestra estrella que paseeeeeeeeee!
Ese es uno de esos momentos que a uno no se le van a olvidar en la vida
pase lo que pase porque, cuando el presidente emporrado de una de las
discográficas más grandes del planeta grita así, es que algo va a pasar.
Belinda la pobre salió por la puerta del despacho no sin antes troncharse un
tacón, confundir su BlackBerry con un pisapapeles de promoción de un
grupo de niñatos y estamparse con la puerta de un armario...
—A esta mujer —nos dijo el presidente por lo bajinis— no sé qué le
pasa, pero cada día la veo más descentrada... yo para mí que le pega al
frasco.
Pasaron aproximadamente unos dos minutos. Eternos. Porque cuando a
uno le van a presentar a la estrella que va a revolucionar el mundo de los
gays, pues tiene una anticipación y unos nervios más grandes que si Paloma
San Basilio se te pone enfrente y te dice que sus labios son naturales. Y
encima, si eres un poco pitoniso como yo, pues ya directamente te pones
histérico. Y la puerta se abrió y apareció una muchacha con un mono azul...
—Perdone, pero estamos reunidos —dijo el presidente.
Hijo mío... ¡qué susto! Es la típica cosa que te pasa, que estás esperando
que aparezca Cher por la puerta y aparece la limpiadora a vaciar las
papeleras. Y estaba empezando a respirar cuando me doy cuenta de que la
limpiadora se queda en la puerta con cara de póquer y el presidente, en una
décima de segundo, reacciona y grita:
—¡Estrellaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!
Y entonces Miguel y yo nos miramos asombrados y mantenemos una
conversación sin hablar, que es una cosa terriblemente de homosexuales
conectados, que sin mover un solo labio pueden contarse una cosa más
larga que Lo que el viento se llevó. Para contarlo exactamente, esto es lo
que nos dijimos Miguel y yo sin abrir la boca y con el parpadeo estilo
código Morse.
—Es la limpiadora.
—No es posible, tía.
—Pero si la ha llamado Estrella.
—Ya, pero aun así es imposible.
—Madre del amor hermoso, ¿has visto ese pelo?
—Ya, y esos pendientes dorados...
—Y el azul del mono le queda como una patada en tol chirri.
—Menudo cuadro.
—Y tiene demasiado culo.
—Eso lo dijeron también de Beyoncé.
—¿Seguro que el fumado este no se ha confundido del pedo que lleva?
—Pues hijo, es que ya no lo sé...
—Si esta es un ídolo gay yo soy Mary Carmen y sus muñecos.
—Un poco Mary Carmen sí que eres...
—Y tú un poco hijo de puta.
—Pero ¿en serio esta va a ser una ídola?
—Hombre, en el gremio de las limpiadoras es posible, siempre hay un
nicho de mercado.
—Ya, fíjate Rosa de España...
—¿La que anuncia cosas de adelgazar?
—Esa misma.
—Por cierto, qué fuerte el pedo de la secretaria.
—Ya, y qué porros más buenos hace el cabrón este y no invita.
—Nos despistamos, tía.
—¿Cómo coño va a ser la choni esta un ídolo sarasa?
—Muriéndose y volviendo a nacer con el cuerpo de Cameron Díaz y los
dientes de Merche.
—Por ejemplo.
—Bueno, retiro lo de Merche...
—Es que se te va, se te va...
—Pues eso.
(Nota para el lector heterosexual) Esta es una de las habilidades rollo
bonus track que a uno le viene con la homosexualidad. Podemos incluso
mantener conversaciones en dos idiomas distintos sin tener que abrir la
boca. Somos un poco como Carrie con la telequinesis, pero sin cubos de
sangre y con mejor cutis.
—¡Estrellaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! —seguía gritando el presidente.
Y la chica allí parada con cara de «pero si yo soy la telefonista» y
nosotros con cara de alegría cuando en realidad no dábamos crédito a lo que
veíamos.
—¡Aquí la tienen! —seguía el otro emocionado—, les presento a...
¡Estrellaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!
Ya no había vuelta atrás ni margen de error. Ella era la elegida. Y se
llamaba Estrella. Y yo me quería desmayar. Pero Belinda me tomó la
delantera y se desmayó encima de un fax lleno de pegatinas del «Mari Trini
World Tour».
—¿Estrella? —preguntamos los dos al unísono.
FRANKENSTRELLA
—¡Estrellaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!
El presidente seguía repitiendo «Estrellaaaaaaaaaaaaaaaaa» como si
fuese un mantra. Y en aquella habitación la situación era surrealista. Porque
en cuanto nos dimos cuenta de que ella iba a ser la primera ídola gay
fabricada por una multinacional, Miguel y yo nos levantamos como si
hubiésemos visto a Nacho Vidal en pelotas, sonriendo y con un paquete de
condones en la mano. Es decir, emocionados, pero con muchísimo miedo.
Porque si lo de Nacho daba miedo, lo de Estrella era un terror.
—Encantados de conocerte, bonita —dijo Miguel.
—Es un honor —dije yo.
—Bueno, yo encantada también, tías.
Dijo la palabra «tías». En femenino. Y eso es una señal de alarma que
Miguel interpretó igual que yo: un peligro. Porque (y esto va para las
lectoras mariliendres) a estas alturas uno ya debería saber que a un gay solo
le puede hablar en femenino otro gay. El resto del mundo no tiene derecho.
Por muy lesbiana que una sea. Porque eso era lo primero que saltaba a la
vista, que Estrella era un poco bollera. Bueno, para ser francos, Estrella
tenía un perfil acojonante para anunciar cosas en el Leroy Merlin, pero no
la veía yo precisamente haciéndole la competencia a Marta Sánchez con
tacones y vestida de Versace frotándose con bailarines. A Estrella lo que de
verdad le pegaba era un buen taladro y un botellín de cerveza, y, de fondo,
algo de Aute, que es un músico de alta aceptación en el mundo felpudista.
Vete tú a saber por qué.
—Os hemos preparado una comida en un restaurante de aquí al lado
para que empecéis a conoceros y a discutir el proyecto que vamos pilladitos
de tiempo —dijo el presidente— y ya tenéis mi coche en la puerta a vuestra
disposición para que os lleve y, si hace falta cualquier cosa, llamáis a
Belinda y ella os proporcionará lo que necesitéis. Lo que sea ¿eh? —
terminó guiñándonos un ojo.
En ese momento Belinda nos miró sonriendo y, a continuación, volvió a
vomitar encima de una edición especial de Mecano que se llamaba
«Mecano: Lo de siempre pero al revés: Versión De luxe».
Así que nos fuimos los tres en el coche y muy calladitos. Porque de
repente nos vimos envueltos en una historia que daba un vértigo terrible,
pero, claro, como con lo de gay te viene un espíritu manipulador que te
mueres, pues para Miguel y para mí era un subidón terrible el trabajo este y
con una multinacional. Y si encima lo haces con tu mejor amigo, pues ya ni
te cuento. Entonces llegamos al restaurante y ya, un poco más relajados,
Estrella (después de rascarse varias veces la parte del cuerpo donde los
hombres tenemos testículos) nos empieza a contar su historia, y este es un
momento para recordar, sobre todo porque creo que es la única vez en su
vida que Estrella ha sido sincera.
—La cosa es —comenzó— que yo de toda la vida he cantado de
cojones de bien y siempre he estado cerca de la música. Tan cerca que con
el paso del tiempo me hice primero fan y luego presidenta del club de fans
de una cantante lesbiana que era de unas islas y a los dos meses terminé
haciéndole los coros y comiéndole el parrús, por ese orden. Y la otra muerta
de envidia porque yo cantaba mejor que ella y el parrús se lo trataba como
no se lo había tratado nadie en la vida, que era bollera, pero muy poco
viajada, así que la puse en una situación de que me necesitaba (por lo del
parrús), pero al mismo tiempo representaba una amenaza enorme para ella
por mi timbre de voz...
Obviamente, no puedo comentar aquí quién es la cantante en cuestión
porque se trata de que yo cuente esta historia, no de que un juez secuestre el
libro y me entrulle de por vida. Pero la mandíbula la teníamos ya a la altura
de los tobillos.
—Y la muy hijaputa se cansó de mí a los cuatro meses, pero para zorra
yo y para entonces ya me había hecho muy colega de un road manager que
ella llevaba en las giras y, a lo tonto a lo tonto, también me lo acabé tirando.
Porque sí, mi hábitat natural son las vaginas, pero si para triunfar hace falta
acercarse a un pene, yo respiro hondo y ¡hala!... con dos cojones.
—Hija mía, ¡qué carrerón! —se le escapó a Miguel.
—Entonces —ella seguía haciéndose un «Hormigas Blancas»—, la cosa
es que el pavo este se pilló de mí como en la vida había pensado. Y
teniendo en cuenta que con las tías me iba fatal y que este me comía el coño
de maravilla y encima tenía una agenda llena de contactos, pues decidí darle
una oportunidad y, de paso, dármela a mí misma y convertirme en mucho
más famosa que la otra pedorra y así amargarle la vida, porque las bolleras,
con lo tranquilas que parecemos, podemos alimentar un odio de por vida. Y
la semana pasada nos casamos el road manager y yo porque el presidente
me dijo que si iba a ser una ídola para los bujarras pues que tenía que
casarme porque si mezclábamos mi imagen final con un matrimonio
estable, pues aquello iba a ser la hostia...
Hay que ver lo mal que hablan algunas lesbianas, por dios.
—¿Y nosotros qué podemos hacer? —pregunté un poco incómodo.
—Pues bien fácil, mira, yo compongo y canto de la hostia, pero es que
tengo un problema —nos dijo.
—¿Y ese problema es? —pregunté.
—Pues que yo solo sé componer copla para lesbianas... eso sí,
cojonuda... pero copla.
—¿Perdona? —dijo Miguel asombrado.
—Pues que me salen unos dramas carcelarios entre mujeres que parecen
escritos por Quintero, León y Quiroga, y el presidente quiere que os dé mis
maquetas para que vosotros cambiéis las letras y luego llaméis a un
productor moderno para convertir mi copla en pop para las masas
homosexuales. Porque necesito un sonido muy como de autos de choque
para llegar al gran público, pero que a la vez sea muy innovador. Es decir,
copiando de discos antiguos y así pretendemos que recupero una época
dorada del pop cuando lo que hago es copiar como una perra. Lo que pasa
es que yo soy muy cateta y a mí de Chavela Vargas no me sacas. ¡Con lo
que me gusta a mí un poncho!
Y de la mochila de cuero (porque ella llevaba una mochila de cuero
como de mercadillo) sacó unos CD y unos papeles que nos entregó.
—Pero, vamos a ver —le dije—, ¿tu marido sabe queee... que te gustan
las chicas?
—Uy, pues claro —me contestó—, pero si a él le gusta más un rabo que
a un tonto un lapicero, pero está un poco traumatizado porque siempre ha
sido road manager de rock y por lo visto son todos muy machos y él lo ha
llevado todo a escondidas y por eso lo único que hace es comerme la vagina
porque es incapaz de enfrentarse a la penetración. Tiene el síndrome de la
«vagina dentata».
—¿Lo cualo?
—Pus un síndrome que sufren algunos machos que, resumiendo,
piensan que los coños tienen dientes por dentro y les van a morder cuando
metan ahí su cosa.
—Chica... ¡qué historia! —dije yo.
—El plan es que así conseguimos una tapadera para los dos y yo tener
el coño relajado, dicho sea de paso, porque ¡vaya lengua tiene el maldito!
—Fíjate —dijo Miguel como si la otra le hubiera recitado la lista de la
compra.
—Entonces es un arreglo buenísimo para los dos porque encima no os
he contado lo más gordo...
—Ah... —dije yo—, ¿hay más?
—Es que mi padre es senador de un partido de derechas y no lleva nada
bien que (literalmente) «los chochos me vuelvan loca».
Así lo dijo: «los chochos me vuelven loca». Una boca sucia como la de
un marinero.
—Pero vosotros dos no os preocupéis que me sé hacer la heterosexual
muy bien. Ni os imagináis la cantidad de veces que he tenido que fingir en
mi casa que me gustaban los hombres. Que cuando una vive con un padre
que tiene una escopeta de caza debajo de la cama junto a un retrato
dedicado de Fraga, una de repente desarrolla una capacidad camaleónica
que lo flipas, maricón.
Si cuento la verdad, tengo que decir que Estrella daba un mal rollo que
tiraba de espaldas, y Miguel y yo salimos de aquella comida un poco con la
moral por los suelos. Estaba siendo todo muy rápido y demasiado intenso.
Así que nos fuimos cada uno a su casa y quedamos en que nos veríamos al
día siguiente en una cafetería de Chueca para comentar las impresiones
después de haber oído las maquetas de Estrella, que antes de irse nos
preguntó si teníamos alguna amiga bollera de confianza que, como se iba a
hacer famosa, ella necesitaba (y cito literalmente) «la ración diaria de
almeja», pero, claro, tenía que ser con alguien discreto, que lo único que le
habían ofrecido era liarse con una alcaldesa del norte de España del mismo
partido de su padre, y no era plan, que aquella lo mismo se santiguaba antes
de «bajarse al pilón».
Llegué a mi casa con la cabeza un poco embotada y decidí que antes de
meterme a escuchar el CD iba a revisar los mails del curro. Y me llegó un
mensaje que me llamó mucho la atención. Esto es lo que decía el mail.
«De [email protected]
Para: [email protected]
Asunto: Propuesta de casting.
Hola, Alejandro:
No puedo decirte quién soy y, si sigues leyendo el mensaje,
entenderás por qué. El caso es que formo parte de un grupo de sexo
solo para gente vip y varios miembros han mostrado su interés en que
te unas a nosotros. Somos un grupo de perfiles altos, muy altos y muy
públicos, y tan solo se puede acceder a nuestro grupo mediante un
proceso de casting. Que recibas una invitación no quiere decir que seas
directamente aceptado. Para nosotros es esencial la confianza y la
seguridad de que nuestros miembros se encuentran en un ambiente
seguro durante nuestras reuniones semanales.
Todas las semanas organizamos encuentros sexuales en un piso del
centro de Madrid con grandes medidas de seguridad. Nuestros
encuentros son comunicados por esta cuenta de mail y tan solo se
acude a ellos confirmando por esta cuenta y después el acceso se
permite diciendo una contraseña que te enviaremos al teléfono móvil
45 minutos antes de la cita.
Una vez que llegues al lugar indicado, una persona de la
organización te recibirá y serás desprovisto de todo lo que lleves
encima. Tan solo se te permite entrar con un cockring, y no tienes que
preocuparte por el poppers, las sustancias chispeantes y los
preservativos. Eso corre todo por cuenta de la organización y nunca
faltará de nada.
Te tengo que avisar que si quieres pasar el casting tan solo tienes
que contestar a este mail con un «SÍ» y te enviaremos otro con las
instrucciones pertinentes. Gracias por tu atención. Quedo a la espera
de tu respuesta, X»
Cáete muerto, maricón. Lo tuve que leer un par de veces porque no
estaba dando crédito al mail. Y, qué quieres que te diga, en un momento
vital donde no hay candidatos a novios ni nada que se le parezca, pues esto
era una aventura en toda regla. Por supuesto tardé menos de cinco minutos
en enviar este mail:
«De: [email protected]
Para: [email protected]
Asunto: Sí. Súper Sí.»
No daba crédito al día tan intenso que estaba llevando. Y a los
homosexuales modernos nos pasa lo mismo, que tenemos un deseo
irrefrenable de contarlo. Porque si no lo contamos es como si nunca hubiera
sucedido. Y empecé con Matilde. En cuanto me cogió el teléfono me puse a
contarle primero lo de la cantante gay, a lo que ella, muy fina, respondió:
—Maricón, ¡qué arte!
Y después le conté lo del grupo de sexo secreto solo para vips. Y ella
me dijo:
—Maricón, ¡qué arte!
Pero se lo pensó y me dijo inmediatamente:
—Más te vale darme pelos y señales de quiénes son los miembros en
cuanto los conozcas o te juro que no vuelves a ver a tus sobrinas en la vida.
¡Ay, por dios! Si ya lo estoy viendo, que lo mismo hay ministros y
presentadores de programas de corazón.
—Pues chica, ministros igual sí, pero presentadores de programas de
corazón lo dudo mucho —le dije.
—¿Y eso? —me preguntó.
—Pues hija, no entiendo yo mucho el secreto de este grupo entonces.
Porque los del corazón de la tele son una cuadrilla de locas que dan miedo.
Y es público y notorio lo locas que son con esos peinados y esas cejas
depiladas que parecen versiones adulteradas del espectro de María Félix...
—Hombre, pensado así... —me dijo ella.
—Yo creo que es una cosa más como de empresarios millonarios
casados, miembros del Opus Dei o futbolistas...
—¿Más futbolistas gays? —dijo Matilde gritando—. Hijo, a este paso a
un equipo que yo me sé le van a tener que poner una carroza el día del
Orgullo.
—Tampoco es para tanto, chica...
Y luego estuvimos hablando un rato de sexo femenino infantil. Bueno,
más en concreto estuvimos hablando de que una de las gemelas de Matilde
había descubierto los placeres de frotarse «la pesetilla» (Matilde dixit)
contra cualquier objeto o superficie.
—A esta edad tan temprana y fíjate qué disgusto que la cría me ha
salido pajillera —me dice a berrido limpio.
—Chica, yo creo que es más un acto impulsivo que un deseo sexual en
sí —le contesté.
—Sea lo que sea es una cosa muy comprometida, que el otro día me
llama la de la guardería y me dice literalmente que pase a recoger a la cría
porque se lo está dando todo a un muñeco de Bart Simpson y es imposible
desengancharla...
—¡No jodas!
—Eso mismo pensé yo —dice ella—. ¿Bart Simpson? ¡Qué vergüenza!
Si por lo menos hubiera sido un madelman, pero... ¿Bart Simpson? Por
favoooor...
Colgué a Matilde porque ella seguía empeñada en lo de Bart y ya solo
me quedaba una llamada por hacer, la de JuanGa, que se iba a poner como
loco de contento cuando le contara que él iba a ser el creador de la imagen
de Estrella. Me daba un poco de pereza la llamada porque, conociéndole, la
conversación, por llamarla de alguna manera, iba a consistir en:
—Ochocientos «Ahhhhhh» y trescientos «Oooooooohhhhh».
—Seis mil «caris».
—Ciento cincuenta veces de «No te puedo creer, maricón».
—Otros seis mil «caris».
—Setecientos de «lo tengo, lo tengo... ya lo estoy viendo».
—Y cuatro millones de «Divinaaaaaaa... va a ser divinaaaaa».
Por lo tanto, en vez de llamarle al móvil pensé en bajarme al gimnasio a
entrenar a ver si me lo encontraba allí, pero no. No estaba. Así que entrené
como un burro, más que nada por quitarme el estrés de encima, y decidí
volver a casa para ponerme a escuchar con tranquilidad las canciones de
Estrella y ver qué se podía hacer.
Justo cuando iba a pulsar el botón del play escuché un pitido del
ordenador que me avisaba de que tenía un nuevo correo electrónico. Me
levanté de un salto del sofá y lo vi. Había un mail. Y su encabezado decía:
De: [email protected]
Asunto: INSTRUCCIONES PARA CASTING
Uf.
PENES Y CANTANTES
El mail lo leí como ciento cincuenta veces y aluciné en colores porque
me mandaban, además, varias fotos de esas sin cabeza para que fuera
viendo el percal que me esperaba. Por supuesto, tuve que llamar a JuanGa
porque esto lo tenía que contar y Matilde era ya un síndrome de Tourette de
pies a cabeza.
—Yo creo que este es el de las noticias, cari —dijo JuanGa mirando una
de las fotos donde se veía un abdomen definido y un pene hipertrofiado.
—No sé —le dije.
—Que sí, cari, que en la tele he oído por los pasillos que le llaman «el
asno del amor».
Y nos pasamos un rato entretenidos intentando poner cara a los penes y
los culos que salían en las fotos. Pero el asunto es que yo tenía que acudir a
una cita en una cafetería del centro y pedirme un café con hielo. Una vez
allí, alguien se me acercaría con un sobre con instrucciones precisas para el
proceso del casting. Un casting para un grupo de sexo de personalidades de
alto standing. Y claro, JuanGa decidió que me iba a acompañar, pero se nos
añadía el problema de que yo debía ir solo y que JuanGa era muy famoso.
Así que se disfrazó de Christina Aguilera (una travesti siempre pasa
desapercibida en Chueca, cari) y entró a la cafetería diez minutos antes que
yo.
Iba andando a la cafetería y escuchando en el iPod las maquetas de
Estrella, y la verdad es que eran alucinantes. Temazos como para grabar tres
discos del tirón. Y al final la chica iba a ser lista, porque lo único que hacía
falta era cambiar las letras y darle un rollo tecno choni. Teníamos que
intentar mezclar a Lady Gaga con Mónica Naranjo y el éxito iba a ser
bestial. Porque a los gays no hay nada que les guste más que una cantante
sobreproducida en todos los aspectos. Un travesti del siglo XXI con una voz
de coplera, ese era el concepto.
—Cuando llegué a la cafetería, había muy pocas mesas ocupadas y pude
ver al fondo a JuanGa mesándose los rizos rubios de la peluca mientras
hacía algo con su móvil. Y entonces me llego un sms.
—«Cari, te tengo cubierta.»
Y yo le contesté:
—«Que no me hables en femenino.»
Y él me escribe:
—«Ese rechazo al femenino de las cachas solo responde a que estáis
inseguras de la vida de vuestra masculinidad y en realidad estáis como locas
por poneros una braga y un sujetador que os haga los pechos aún más
grandes, porque tú sabes que una musculoca es deseable solo hasta el
primer giro de muñeca, el primer gritito o la primera caída de pestañas.»
Flipo con la facilidad de algunos gays de teclear con el móvil. Y
mientras en mis cascos Estrella gritaba «maldita bicha, soy yo la que te
desata», apareció un motorista y se acercó a mi mesa sin quitarse el casco.
—¿Alejandro? —me preguntó.
—Sí, soy yo.
—Esto es para usted. Buenos días —dijo y se fue como había entrado.
Me entregó un sobre plastificado de gran tamaño que me ardía en las
manos. Estaba como si me hubiesen dado la fórmula de la Coca-Cola. Así
que pagué el café y salí a la calle mientras seguía escuchando las canciones
de Estrella, que cada vez me gustaban más. A diez pasos por detrás me
seguía JuanGa que iba haciendo un playback de «Genio en la botella». Más
o menos como una película de espías, pero con pollas y pelucas. Y una vez
en el ascensor JuanGa gritó:
—¡Abre ese sobre, cari!
—Espera a que lleguemos a casa.
Y arrancándose la peluca me dijo:
—Ni casa ni caso, trae p'acá el sobre, maricón.
—¡Que no!
—¡Que sí!
Y zas. El sobre se rasgó y se cayeron al suelo unas veinte fotografías de
penes y orificios anales solos o en compañía de otros. Y al mismo tiempo se
abrió la puerta y allá estaba de pie la vecina fundamentalista católica del
segundo con un cigarro en la boca que se quedó ojiplática mirando las fotos
en el suelo del ascensor.
—¡Ay, Virgen María! —dijo.
—La Virgen María lo que te va a mandar es una ceguera y un cáncer de
pulmón por cotilla y viciosa —le dijo JuanGa— que en la Biblia se condena
muchísimo a las fumadoras que extienden su humo por la vida de jóvenes
inocentes como yo y nos envenenan...
Todo esto lo decía vestido de Christina Aguilera, pero sin la peluca. Es
decir, un poco como Christina Aguilera pasada de quimioterapia.
—Hay vicios peores y Dios lo sabe —dijo la vecina.
—Sí guapa, como teñirte el pelo tú sola en casa —dijo JuanGa.
—La soberbia es un pecado —contestó la vecina.
—Y la raíz negra debería tener pena de muerte —le contestó JuanGa.
A todo esto, yo recogí las fotos genitales y arrastré a JuanGa fuera del
ascensor porque me veía que en dos minutos la vecina iba a sacar una cruz
del bolso gritando «atrás Satanás» y el otro iba a intentar meterle un bote de
Laca Nelly por donde no sale el sol. Y de fondo, en mis cascos Estrella
cantaba «no te quiero más con esa cara de póquer, so cerda daltónica».
Precioso.
Una vez instalados en la sala nos pusimos a repasar las fotos y la carta
que venía con ella. Allí se me emplazaba a acudir a un piso en la zona de
Chamberí esa misma tarde para «pasar el proceso de selección». Y me entró
una especie de nervio por el cuerpo que no te quiero ni contar.
—Yo voy contigo y te espero en el portal —dijo JuanGa.
—Claro, porque si te vistes de Madonna en la portada de «Like a
Prayer» y te llevas una cruz ardiendo va a ser muy discreto.
—No te pongas así que para estos casos tengo un disfraz infalible —me
dijo.
—¿Ah sí? ¿Y de qué es? —le pregunté.
—Pues una peluca básica, una camiseta con un grupo heavy y un
pantalón de pinzas, es decir, de Chelo García Cortés.
Y claro, es que es imposible contestar a eso. O le estampas una botella
gorda de coñac en la cabeza o no le contestas. Y de fondo, la voz de Estrella
gritando «si se te ha muerto el amor, yo te voy a matar el resto, maldita».
¿Y qué hace un homosexual moderno cuando se enfrenta a una
situación única como esta? Pues tirar para los básicos, que nunca fallan. Por
lo tanto me puse a depilarme, a hidratarme, a ducharme (cinco veces), a
recortarme el vello genital (¿flequillo o freestyle?) y a hacerme cualquier
cosa que Halle Berry se haría para ir a los Oscar.
Y a la hora convenida, pero dos horas antes de los nervios, me dirigí a la
dirección que me habían dado con JuanGa siguiéndome por detrás vestido
de Chelo García Cortés. En un bar que había debajo del edificio me tomé
seis tilas en menos de media hora y el camarero a esas alturas ya debía de
pensar que o se había muerto mi madre o era esquizofrénico perdido. Y
JuanGa, en otra mesa, mandándome mensajes de texto:
—¿Has hecho caca, cari? En caso de que no, deberías, que lo mismo del
miedo y la emoción te vas por la pata abajo en medio del casting.
Y llegó la hora. No se puede ni contar los nervios que llevaba en el
ascensor que casi me quería poner a gritar.
Porque aquella situación era muy erótico-social y yo tenía que ser
admitido en ese club. Porque, claro, si te admiten, eso debe de querer decir
que estás bueno, que eres un profesional de perfil alto y que follas de
maravilla, lo cual al ego de una gay es como la falta de inteligencia a un
concursante de Gran Hermano, es decir, esencial.
El edificio era muy muy de lujo, con mucho mármol, mucho cristal y
mucha cámara de vigilancia. Y, cuando llegué a la puerta, pulsé el botón y
sonó una voz:
—Contraseña, por favor.
Y yo dije la contraseña que era:
—«Ni Cristiano ni Mariano».
Y la puerta se abrió. Estaba en un recibidor súper moderno de esos
blancos con solo un mueble que debe de costar una pasta porque lo ha
diseñado una gafapasta esquizofrénica noruega que sale en Wallpaper. Oí
unos pasos que se acercaban y para cuando me di cuenta ya estaba a mi
espalda un tiarrón de unos dos metros, a lo ancho y a lo largo, con pinta de
guardaespaldas.
—Acompáñeme, por favor —me dijo.
Por dios, lo cansado que tiene que ser vivir como los ricos, porque los
pasillos de aquella casa no se acababan nunca.
—Por aquí, por favor —me dijo.
Y entramos a un dormitorio. Todo blanco, todo minimal, pero con un
espejo diseñado por una bipolar miope y argentina que costaba 6.000 euros.
—Permítame que le explique —comenzó el maromo—. En esta
habitación se tiene que desnudar usted antes de continuar...
—¿Del todo?
—La ropa interior es opcional, eso sí, si antes me deja usted
inspeccionarla —me contestó.
Así que me quedé primero en gallumbos ante la atenta mirada de
Tarzán, después me los quité y se los di, él los miró de arriba abajo yo creo
que para comprobar que no llevaba ningún objeto insertado y me los
devolvió. Me los puse y dijo:
—Acompáñeme.
Y dale con los pasillos, que me estaba dando ya una incontinencia
urinaria que lo llego a saber y en vez de los Calvin Klein me pongo una
Tena Lady. Al final, entramos en una habitación enorme, con un espejo de
pared a pared, una cama, una silla y un iPod con altavoces. Todo blanco. Ya
no sabía si estaba en un sitio de sexo o en un manicomio. Y, de repente, se
oyó una voz:
—Buenas tardes, Alejandro —se oyó.
Lo mismo que en Gran Hermano cuando te habla el súper.
—Quiero darte la bienvenida y las gracias por venir a nuestra prueba.
—Encantado —dije.
—Detrás del espejo estoy junto a diez miembros de nuestro club y, si te
parece bien, nos gustaría que te pusieras un antifaz que está sobre la cama
para que podamos entrar y ellos puedan verte de cerca. Pasado este
momento, si deciden que eres de su agrado, podrás quitarte el antifaz y
desde ese momento, ya con plena confianza, pasarás a ser miembro del
club.
—Vale —dije—. Solo una cosa...
—Dime —me dijo la voz.
—Esto... ¿es gratis total o se paga una cuota?
—Completamente gratis, Alejandro.
—Fenomenal, pues ya mismo me pongo la venda.
Me puse la venda y me quedé allí en medio parado. Y oí cómo se abría
la puerta y se acercaban a mí. Y de los nervios, porque esto te da mucho
nervio, me puse palote. Y noté cómo me bajaban el Calvin Klein y noté
muchas cosas más. Pero claro, esto sí que no lo pienso contar porque espero
que algún día hagan una serie de tele de esto y no podríamos rodar esta
escena de ninguna de las maneras.
Pero sí, me hicieron instantáneamente miembro del club. Allí mismo, y
sin foto de carné, me convertí en miembro (erecto) de un club de folleteo
para famosos, millonarios y vips varios. Tres horas después, salí a la calle
donde JuanGa seguía esperando vestido de Chelo García Cortés.
—Cari, ya pensaba que te habían matado y te estaban haciendo una
película snuff de esas —me dijo.
—¡Hay que ver lo exagerado que eres! —le dije.
—Bueno, pues larga...
—Hijo...
—Ni hijo ni nada, tú larga que yo quiero saber...
Y entonces le conté quiénes eran los miembros del club que yo había
conocido «a fondo» ese día. Y casi le da un desmayo muy grande cuando le
comento que entre otros hay un futbolista de un equipo muy importante que
resulta que es el novio del protagonista de una serie de televisión muy
famosa y que forman parte del club porque se aburren ellos solos y quieren
abrirse a nuevas experiencias. Y vaya que sí se abren, sobre todo el
futbolista, al que deberían dedicar un acueducto con su nombre. Eso, o
ponerle su nombre a una marca de dilatadores. ¡Qué agilidad y que
capacidad de estiramiento tiene el cuerpo humano!
Y de camino a casa me suena el móvil y era Miguel:
—Dime.
—Oye, ¿qué haces?
—Nada hijo —le mentí—, que he salido con JuanGa a tomar un café...
—¿Va de incógnito?
—No, se ha disfrazado de Karmele Marchante.
Y en ese momento el otro me estampa un bolsazo en la cara.
—¡Soy Chelo, cojones! —me grita.
—Bueno pues eso —le digo a Miguel—, que va de Chelo.
—¿De J.Lo? —me pregunta.
—Miguel, hijo, vamos a lo que vamos...
—Pues que he escuchado las canciones de Estrella.
—¿Y?
—Que las he puesto en el iPod de la cocina y a los diez segundos tenía a
Stephan como hipnotizado delante del equipo de música, y cuando ha
terminado me ha dicho «Lady Gaga ha muerto: viva Estrella» llevándose la
mano al pecho y apartándose el flequillo...
—¡Qué cosas! —le dije.
—Ya te digo, y lo más fuerte es que le he contado al crío que tú y yo
vamos a trabajar con ella para cambiarle las letras y que el tito JuanGa le va
a hacer la imagen y me ha dicho que le deje solo media hora y que le
prepare una hamburguesa de tofu que luego me va a dar una cosa...
—¿Y bien?
—Pues que el crío ha escrito letras alternativas para TODAS las
canciones y poco menos que me ha hecho un estudio de mercado con lo que
tenemos que hacer...
—¿En serio?
—Como lo oyes. Te estoy mandando ahora mismo las cosas al mail y
míralo rápido porque yo creo que es todo acertadísimo.
—Pues ahora mismo vamos a casa y le echamos un vistazo, faltaría
más...
—Llámame en cuanto lo veas ¿ok?
—Hecho.
Agarré a JuanGa y nos metimos en un taxi y, en menos de lo que tarda
Malena Gracia en ser expulsada de un reality show, nos encontrábamos
frente al ordenador leyendo esto:
PROYECTO MEGA SECRETO DE LA CANTANTE ESTRELLA
Querido Tito Alejandro: Te mando esto que le ha gustado mucho a mi
padre. Si te gusta mucho me tienes que comprar todos los vídeos de Zac
Efron, la línea de complementos de Miley Cyrus y, si pasas por el H&M de
Gran Vía, me compras unas gafas de sol azules como las que lleva el más
enano de los Jonas Brothers, que viviendo en el campo me cuesta mucho
ser moderno.
1. UNA BIOGRAFÍA FALSA
Todas las artistas de Disney que luego se hacen modernas y drogadictas
tienen una. Y nadie dice nada. Si esa que te gusta dice que ha conocido a
Dalí, tú lo tienes que superar y Estrella tiene que haber sido prima de
Picasso, aunque sea lejana.
2. NOVIOS
A mí me recuerda un poco a Amelia, esa vecina tuya que tenías que un
día se apuntó a lo de lesbiana y llevaba bigote postizo los sábados por la
noche y hablaba con la voz de Antonio Resines. Buscarle novios futbolistas
o jugadores de tenis, que ahora es más moderno tener un novio tenista. Y
que diga que ha abortado varias veces y que lo lleva fatal.
3. LAS CANCIONES
Aquí sí que ya me creo que es lesbiana del todo, tito. Y las lesbianas o
te cantan con una guitarra y vestidas de negro canciones que hablen de que
se les ha muerto el perro y se les ha incendiado el garaje o no hay nada que
hacer. Por eso he escrito una letra alternativa para la canción que más me ha
gustado. Te pongo la original y la mía ¿vale?
ATRÁPAME (canción original de ESTRELLA)
Tengo el culo quemado de tanto martirio ya
Tus pechos de miel ya no me saben a ná
El olor de tus bragas me lleva a la soledad
Tus nalgas son pasaje lunar
Puente
Amor, soy yo la que te ama a ti
Y en tu vagina
Yo soy feliz, feliz, feliz
Estribillo
Atrápameeeeeee
Y no te duches nunca
Yo necesito olerte a hembra feroz
Restriégateeeeeeee
Como una perra en celo
Y chúpame la flooooooor Suéltate el pelooooo Suéltalooooooooo
Y esta es la que he escrito yo, tito
ESPÓSAME A LA DISCO (la de Estrella, pero con mi letra)
Los tacones quemados de tanto zorronear
Quiero beber en esta disco guay
Estoy tirada en un baño y me siento mujer fatal
Y una gogó me dice sin parar
Puente
Ya ves, el pódium no es para ti
Te quito el novio y
Soy tan feliz, feliz, feliz...
Estribillo
Espósameeeeeee
A la bola de espejos
Deja las drogas y ven a haceeerte un flashdance
Reinvéntateeeeeeeeeeeeee
Andando con tacón
Sin mirar atrás
Sé la más perraaaaaaaa
Ladra yaaaaaaaa
Espero que te guste, tito.
También tengo letras de las otras canciones.
Te quiero Stephan.
JuanGa y yo nos quedamos mudos y acto seguido nos pusimos a
cantarla con el instrumental de Estrella. Y la cosa estaba clara. Tenía que
llamar a Miguel.
—¿Sí? —me dice.
—Miguel, soy yo y esto es la hostia...
—Yo estoy a cuadros con el crío...
—Organízalo todo, llama a la compañía, llama a Estrella y dile que
mañana mismo lo grabamos.
—¿En serio?
—Más en serio no te he hablado en la vida... con decirte que JuanGa
está ya ensayando la coreografía con un escurre pasta en la cabeza...
—Genial entonces, ya me ocupo yo de los detalles... —me dice.
—Ah —le digo—, una cosa más.
—¿El qué?
—Tenemos que llevar a Stephan al psicólogo. Urgente.
—¿Tú crees? —me dice.
—Eso, o en menos de tres años le tienes con tetas y vestido de Beyoncé
en el clip de «Survivor».
—Mañana hablamos... —me dice.
—Y te tengo que contar lo del grupo de sexo —le digo.
—¿Perdonaaaaaaaaa? —me dice.
—Mañana te lo cuento todo —le digo.
—¿Perdonaaaaaaaaaaaaa? —me vuelve a decir.
Total, que se lo tuve que contar. Y el otro con los detalles morbosos, que
hay que ver cómo se puso cuando le confirmé que Macario Vázquez, el del
telediario, tenía una afición desbocada por las triples penetraciones vestido
de portero de la selección española.
Y así, de golpe y porrazo, empezamos una semana que iba a cambiar
nuestras vidas de una forma que no esperábamos.
LOS MICROFONOS
Meterse en un estudio de grabación durante cuatro días puede sonar
excitante y moderno, pero es un coñazo. Es una habitación doble llena de
aparatos que dan muchísimo calor y con unos señores (ingenieros de
sonido, productores, músicos, etc.) que no son precisamente la alegría de la
huerta y que actúan como si estuvieran a punto de salvar el mundo. Y
nosotros, para balancear el asunto, nos tuvimos que llevar a Stephan de
director artístico porque era el que mejor había pillado el punto de la
cantante y en los ratos libres, entre canción y canción, JuanGa se la llevaba
a una habitación y le probaba varios estilismos. Y de fondo, el presidente de
la discográfica que se pasaba a vernos y gritaba:
—Estrellaaaaaaa, vas a ser muy grandeeeeee.
Y esto lo repetía cada cinco minutos y estábamos todos hasta el frenillo
de su entusiasmo. Pero también tuvimos momentos de crisis enormes como
cuando Estrella se enteró de que el que le escribía las letras era Stephan.
—O sea, que tu «mini yo» es el que me escribe lo que tengo que
cantar... —dijo con cara de malas pulgas.
—¿Qué me has llamado, guapa? —contestó Stephan.
—«Mini yo» —le dijo la otra.
—A mí eso me lo podrías decir si te afeitaras el bigote en condiciones,
marimacho.
—Mejor marimacho que un preadolescente con el culo de Mari Cielo
Pajares.
Entonces Stephan se puso como un energúmeno y le soltó en cinco
minutos lo inconveniente que era ser estrella del pop y lesbiana al mismo
tiempo, y que como se enterasen le iban a tirar llaves inglesas y ladrillos en
los conciertos y que, por supuesto, iba a ser repudiada por las de su misma
especie por hacerse la heterosexual con lo que le gustaba a ella un martillo
neumático. También le dijo que hacía falta valor para ser adicta a las
vaginas poco depiladas. Y que tenía los tobillos gordos. Y se lo dijo de
carrerilla, sin mirarla a la cara y pasando las páginas de una revista de
adolescentes donde salen cantantes homosexuales con novia. Pero Estrella,
en vez de ponerse hecha una lesbiana furiosa, se quedó patidifusa, le miró a
Stephan a los ojos y le dijo:
—Por fin un hombre con los cojones suficientes para hablarme en
condiciones.
Y desde ese momento, el niño y la futura estrella, amigos íntimos. Y es
que existe la teoría de que a las cantantes de pop hay que ponerlas como un
trapo siempre porque, como ellas están rodeadas de admiradores que les
dicen todo el rato lo guapas que son, solo les llama la atención que alguien
las llame «mala puerca» sin levantar la vista del Súper Pop.
Stephan le escribió unas letras muy acertadas y basadas siempre en la
cultura pop que un niño de doce años superdotado quería escuchar. Y es que
Stephan llevaba un par de años aislado en Villa Robledo, pero como había
aprendido a manejar Internet con una habilidad que ya la quisieran los del
CESID, pues estaba al loro de los estilismos, las canciones, los vídeo clips
y, en su pequeña cabecita, tenía una enciclopedia del pop que directamente
podía llamar pueblerina a Madonna y quedarse más ancho que largo. Y con
razón, porque Madonna está últimamente muy asilvestrada.
—Mira, Estrella, la cosa es muy fácil —le dijo—. Tú no quieres
terminar como Merche o mucho peor...
—¿Hay algo más duro que lo de Merche? —le preguntó Estrella.
—Sí —dijo Stephan—, podrías terminar (y bajó la voz dramáticamente)
como Roser, grabando un clip con Javier Sardá haciendo de malo...
—¡Joder! ¡Qué espanto! —dijo ella—. Antes me hago un falso robado
con María del Monte en trikini...
—¡Y tanto! —dijo el crío.
Y la verdad es que Estrella era curranta y no se quejaba de nada. Solo
nos pidió que pusiésemos muchas velas, incienso (esto es muy de lesbiana,
que lo dijo una vez Lydia Lozano y lo que ella diga va a misa) y mucho té
con limón. Cantaba canción tras canción y aprendiéndose las nuevas letras
al mismo tiempo. Y Miguel y yo estábamos detrás de los monitores con los
ojos desorbitados porque el que dirigía el cotarro era Stephan. Y como le
diéramos un poco más de cuerda al niño, este terminaba de presidente del
gobierno y haciendo cantar el himno nacional a Miley Cyrus en versión
remix.
—Ese grito no me gusta —dijo Stephan—. Prueba a pensar en Megan
Fox untada de miel y agárrate los pechos mientras cantas...
Y funcionaba. Sorprendentemente, Stephan sabía cómo poner en
funcionamiento a una lesbiana con carácter. Y luego estaba JuanGa, que
cada día se presentaba con 14 pelucas distintas para encontrar el pelo que
Estrella debería llevar. Y era complicado porque en el pop español había un
antes y un después de la melena rubia de Marta Sánchez y el momento
bicolor de Mónica Naranjo. Pero un día se le encendió la bombilla.
—¡Lo tengo, caris! ¡Lo tengooooooooooooo! —nos dijo a gritos.
Nos pidió que le dejáramos a Estrella una tarde para él solo y nos
prometió que a las diez de la noche nos devolvería a una superstar. El
presidente de la compañía le dijo que por supuesto que sí, pero que por
favor que no enseñara los pezones porque entonces no nos iban a sacar ni
en la MTV ni en el programa de Carmen Sevilla que antes presentaba
Parada.
Nosotros, mientras tanto, nos pasamos la tarde entera opinando sobre
programaciones, maxi singles y planes de marketing. Y a las diez de la
noche acudimos ansiosos a la cita que JuanGa nos había preparado en Cool,
una discoteca gay de esas en las que hay más musculocas que personas.
Una vez que llegamos allí tuvimos casi que esposar a Stephan a la silla
porque era su primera vez en un club y no paraba de dar saltos y, claro, no
era cuestión de que alguien nos viera con un crío en ese garito, que lo
mismo llamaban al defensor de Andreíta y nos metían al trullo por
modernos.
Pero JuanGa lo tenía todo organizado y la sorpresa iba a ser mayúscula.
En aquel momento unas mil personas, entre gays, travestís y un grupo de
chicas de una despedida de soltera de Zaragoza, estaban en la discoteca. Y,
de repente, se apagó la luz y la gente empezó a gritar. Y JuanGa apareció en
el escenario micrófono en mano. Y nosotros temblando.
—«A ver si os calláis un poco, maricones, que hay que ver lo que os
gusta un escándalo —comenzó—. Esta noche sois unos privilegiados. Esta
noche estáis a punto de compartir el nacimiento de una nueva estrella. Una
mujer que pisará sin piedad la cabeza de todas las cantantes pop
homosexualmente correctas que hayáis conocido hasta ahora. Una mujer
tremenda, enorme, brutal, espasmódica...»
—¿Ha dicho espasmódica? —preguntó Miguel.
—Efectivamente —le dije.
—¿Y eso qué quiere decir? —me preguntó.
—No lo sé, pero suena fenomenal.
—«Una fuerza de la naturaleza —continuaba JuanGa—, una diosa, un
huracán con pechos naturales y una voz capaz de romper la vajilla de siete
familias cristianas al mismo tiempo. Es la hora de abrir los ojos y descubrir
a... Estrellaaaaaaaa.»
El presidente de la discográfica estaba con la boca abierta. Stephan
aplaudía como los locos mientras yo le hacía ojos a un gogó sin papeles,
Miguel se puso las gafas de ver de lejos y yo, sinceramente, no sabía qué
pensar. Todo estaba a oscuras y la gente no dejaba de murmurar y silbar
como si aquello fuera un concierto de rock. Y de repente se oyó la voz de
Estrella que dijo:
—¡A callarse, mamones!
Y empezó un musicón atronador. Y se enciende un foco en el medio del
escenario y aparece ella. Y ahí nos caímos redondos todos. La lesbiana del
Leroy Merlin se había transformado en una mujer capaz de convertir al
heterosexualismo al mismísimo RuPaul. Para hacerse una idea, se podría
decir que Gisele Bundchen a su lado era un clon de Paz Padilla.
Empezamos a recorrerla con la mirada desde los pies. Estrella llevaba
unas botas que le llegaban hasta medio muslo con unos tacones
interminables. Y no llevaba falda. Directamente se había puesto unas bragas
negras de las que le salía una cola de demonia roja. Llevaba un sujetador de
leopardo con unas luces de Navidad que se encendían y se apagaban al
ritmo de la música, y el pelo (una peluca que pesaba dos kilos) era una
especie de melena surfera con todos los colores del arco iris. O sea, de la
bandera gay. Y en la espalda, entre el tirante del sujetador y las bragas, tenía
un tatuaje falso que ponía «tenme miedo». Vamos, sencilla a la par que
cómoda.
Y empezó a cantar lo que sería su primer single que se llamaría «Soy yo
tu vagina asesina» y que contaba la historia de una mujer con el corazón
destrozado que se implantaba un cortacésped dentro de su vagina y
asesinaba a todos los hombres que la habían tratado mal haciéndoles
practicar sexo oral. Y al mismo tiempo que cantaba, daba patadas a los de la
primera fila, escupía y reventó a dos que intentaron subir al escenario con
unas patadas de kárate que ya quisiera Jackie Chan.
Terminó la canción y se hizo un silencio absoluto. Estrella se quedó
como paralizada en el escenario, JuanGa se desmayó de la emoción y
Stephan, sin pestañear, comentó:
—Pelín underground para mi gusto. El escupitajo sobraba.
El presidente de la discográfica se llevó las manos a la cabeza como si
le hubiera dado un trance terrible y Miguel me miró con cara de «la hemos
cagado, bonito». Yo estaba aún tratando de asimilar lo que había visto
porque esto no tenía nada que ver con la lesbiana machirula que nos habían
presentado hacía unos días. Pero, en un segundo, la discoteca reaccionó y se
puso como loca. Los gritos de «Estrella péganos» aún retumban en esas
paredes y Estrella tuvo que volver a cantar su tema a la vez que freía a
bofetones a sus primeros fans que intentaban acercarse a ella. Estrella era la
primera cantante que pegaba a sus fans sin deshacerse el estilismo.
Puñetazos, patadas de kick boxing o llaves de judo. Y todo sin soltar el
micrófono, sin desafinar, y con la peluca de dos kilos impoluta. Y para
terminar el show intentó estrangular a una de las de la despedida de soltera
de Zaragoza con el rabo de diabla.
Cuando volvimos a casa, youtube estaba inundado de vídeos de la
actuación de esa noche y en Facebook ya tenía un club de fans con 6.000
miembros. El poder de Internet era una cosa incontrolable ya. Si se hacían
las cosas bien, se podía crear un monstruo mediático en menos de lo que
Mila Ximénez llama «sarcófaga» a Karmele y le intenta estampar un tacón
en la diadema. Incluso al día siguiente nos enteramos de que había un grupo
que se llamaba «Señoras que quieren que Estrella les reviente los
empastes». Alucina.
—¡Esto es un fenómeno imparableeeeeee! —nos gritaba el presidente
de la discográfica a través del teléfono.
Y es que aquello se convirtió en una maquinaria muy bestia. Se llamó a
los mejores maquilladores, estilistas y peluqueros para que hicieran un
montón de sesiones de fotos, y todos controlados por JuanGa y por Stephan,
que cuando salía del colegio le mandábamos mails para que contestase
entrevistas como si fuese la propia Estrella. Y Estrella encantada porque
ella era lista y sabía que aquello iba a ser la bomba.
—Ya tenemos confirmadas las portadas de Shangay, de Oh My God! y
de Juventud Cristiana —dijo el presidente.
—Joder, qué modernas se han vuelto las monjas —se me escapó.
—Y... ¡tachaaaaaan! El desembarco de Estrella será en el Orgullo Gay.
Acabamos de cerrar un acuerdo con los promotores de esa fiesta gay tan
importante... —nos decía emocionado mientras Belinda, su secretaria,
intentaba clavarse una chincheta en la frente.
—¿Qué fiesta? —preguntó Miguel.
—Nuestros estudios de mercado demuestran que cuatro de cada siete
coma cinco maric... homosexuales asistirán a «Más gay imposible», la
fiesta sarasa de todas las fiestas. Pueden ir hasta gays en silla de ruedas que
han puesto unas rampas estupendas...
—¿Gays en sillas de ruedas? —preguntó Miguel otra vez.
—Por mí como si van vestidas de copleras con patines, cualquiera que
haya succionado un pene y tenga a una mujer escondida dentro de su cuerpo
es un futuro cliente de Estrella...
—Oiga, por dios, que los gays no somos así —le dije.
—Todos lleváis una mujerzuela dentro, te lo digo yo que tengo un hijo
gay y cuando cree que no le vemos se hace playbacks de Rocío Jurado para
disgusto de su madre...
—No me extraña —dije.
—Es que su madre es más de la Pantoja, pero él nos ha salido
totalmente de Rocío.
—¿Y qué canta? —le pregunté.
—El «Como una ola»...
—Muy fuerte —le dije.
—Y tanto —contestó—, me ha salido mariquita y obvio. Yo esperaba
que hiciese «Señora» o «Se nos rompió el amor».
—Ya te digo...
Resumiendo, que tardamos una tres semanas en recopilar el material
suficiente como para lanzar a Estrella a bombo y platillo en la fiesta de
«Más gay imposible». Todo debería estar preparado para la noche del
Orgullo y el posterior impacto al día siguiente en los medios de
comunicación porque nos iban a llamar hasta del Vaticano para lanzarnos
maldiciones gitanas y excomuniones varias. Incluso nos tuvimos que ir
cinco días a un plato de televisión a las afueras de Burgos para que Estrella
grabase su primer videoclip donde aparecía disfrazada de monja con una
cortadora de césped, siete culturistas con tangas dorados que terminaban
decapitados entre sus piernas y una vaca al fondo que sonreía y se tiraba un
pedo (esto lo hicieron en posproducción) cada vez que ella mataba a
alguien. Al final del vídeo ella terminaba morreándose y fugándose con la
vaca a Las Vegas en un descapotable igualito al de Thelma & Louise. Lo de
la vaca aún no lo he pillado, pero el director del vídeo dijo que le daba un
toque muy «del nuevo extremismo francés». Obviamente, el director era
idiota.
Y como trabajábamos a destajo, me encontraba un poco sobrepasado
con el asunto del mundo pop, y encontré tiempo para seguir asistiendo a las
reuniones vips de sexo que se celebraban una vez por semana en el mismo
piso donde pasé el casting. Porque con tanto estrés y tan poco tiempo libre,
lo único que me relajaba era asistir a aquellas citas que terminaban
pareciéndose a una feria de ganado vacuno versión hardcore, que es una
palabra que escuché en el programa de Punset y sirve para expresar cuando
algo se pasa de bruto. Aquellas bacanales finas me servían para muchas
cosas, para sentirme deseado, para no sentirme solo y de paso para liberar
tensiones y quemar calorías, porque yo no he sudado tanto en toda mi vida.
Y se ahorra una barbaridad de tiempo, porque si yo hubiese querido reunir a
todos esos chulos en una habitación, hubiera tardado una eternidad y no me
hubiera salido igual de bien, para qué nos vamos a engañar.
Y un día, en medio de todo aquello, ocurrió algo que me puso del revés.
Literalmente.
FLASHBACK (II)
Celeste insiste mucho en que existe la «memoria olfativa», y le tengo
que dar la razón. Mientras estaba en una sala de posproducción donde se
daban los toques finales al clip de Estrella, entró un técnico que tenía
«aquel olor». Un olor que nunca se me iba a olvidar y un olor que me
devolvería un recuerdo que no estaba seguro de querer recordar. El olor de
Macassar de Rochas.
BARCELONA. HACE MUCHOS AÑOS.
En contra de la opinión de mis padres, y movido por ese afán brutal por
la música que tenía, desde muy jovencito empecé a viajar para ver
conciertos. Y uno de ellos era de Madonna, así que me fui a Barcelona con
un grupo de gays que eran bastante mayores que yo y que me cuidaban
mucho. Los llamaban «las Ewing» (igual que a la familia de la serie
«Dallas») porque todos eran hijos de familias de pasta, y aunque mi familia
era muy de clase media y bastante desestructurada, ellos me acogieron
como si fuera hijo de la mismísima Carolina de Monaco.
Viajar con «las Ewing» era toda una aventura para mí. Los veía
modernos, con pasta y divertidísimos, y mi aspiración en la vida era ser
como ellos. «Las Ewing» en Santander eran los reyes de la noche, claro
que, bien pensado, en Santander en aquella época cualquiera que hubiese
mezclado el azul marino con el verde billar era poco menos que punk. Y allí
estaba, con dieciocho años recién cumplidos y diez mil pesetas en el
bolsillo, en medio de Barcelona y disfrutando del concierto de Madonna.
Fue apoteósico. Porque, en aquella época, Madonna hacía conciertos de
los de antes, no las idioteces que hace ahora con 90 años y colgada de un
arnés vestida de geisha. Madonna entonces se tocaba las tetas, se hacía la
lesbiana y daba la impresión de estar más salida que el pico de una puerta.
Ella era la sublimación de cualquier homosexual y parecía lanzar un
mensaje que dijera «Boba, si yo que soy de un puto pueblo de Michigan he
llegado a esto, tú también puedes». Y funcionaba. Porque en aquellos
momentos yo hubiera sido incluso capaz de escuchar un disco entero de los
Modern Talking sin vomitar con tal de salir de Santander.
Tras el concierto nos fuimos a una discoteca que era lo más de lo más
porque nos dijeron que los bailarines de Madonna iban a ir allí a tomarse las
copas tras el concierto. Por supuesto, los bailarines no fueron, pero yo me
quedé alucinado viendo a un maricón negro de tres metros bailar el
«Vogue» como si la vida le fuera en ello. El tío era impresionante, pero lo
que más me llamó la atención era que tenía una pluma por la que en
Santander le hubiesen fusilado nada más salir a la calle y él estaba tan
maravilloso y tan cómodo. Y yo tenía ganas de tener amigos así, viajados,
modernos, decadentes, súper homosexuales. Y cuando terminó la fiesta,
Benito, una de las Ewing, se me acercó y me dijo:
—Hoy te vas a bautizar en el mundo de los vapores...
—Pero si no tengo catarro —le dije.
—¡Ay, por dios, lo que me ha dicho la pequeñaaaaa! —gritó a los otros
que se morían de la risa mientras yo no entendía el chiste.
—Una sauna, cariño, que te vamos a llevar a una sauna para que pegues
un polvo.
Y entonces lo comprendí. Creo que este era el equivalente homosexual
a cuando un padre lleva al hijo a una puta de confianza para que pierda la
virginidad. El padre le habla a la puta con familiaridad y rollo colega
(aunque nunca explica por qué es tan amigo de la puta) y le dice algo así
como «Aquí tienes a mi Alejandro. Trátalo bien y devuélvemelo hecho un
hombre». Menos mal que mi padre no fue nunca de esos, porque me llega a
pasar y me encuentro dando un cursillo de techno pop a la puta en cuestión
y explicándole que George Michael tenía mucho más futuro en solitario que
con Wham.
—Nunca has estado en una sauna, ¿verdad?
—Sí, una vez en un balneario, con mi madre, pero de pequeño y ya no
me acuerdo...
—Hay que ver lo pavo que eres —me dijo Benito—. Hoy te vamos a
llevar a una sauna gay.
Me tiemblan todavía las piernas al recordar el trayecto en el taxi. Pocas
veces he estado tan nervioso. Porque cuando uno es tan de pueblo como yo
lo era, uno piensa que lo mismo le violan entre tres animales o que te
drogan o lo que sea, pero muy de perdición. Y estaba completamente
acojonado aunque, claro, como iba con las Ewing, yo empeñado en
hacerme el mayor como si lo hubiera hecho toda la vida.
—No te preocupes que en realidad no pasa nada —me dijo Manuel—.
En realidad solo follas si quieres, que tampoco es obligatorio, pero ya es
hora de que te enteres de cómo funcionan las cosas y mucho mejor si lo
haces con nosotros.
—¿Te-tenemos que fo-fo-follar todos juntos? —le pregunté.
—Ay, por dios, qué angustia, que no, hombre, que no... ya verás qué
fácil es todo cuando estemos allí.
La entrada a la sauna era igualita que la de un gimnasio, con la
diferencia de que allí había cola para entrar. Cuando nos acercamos a la
taquilla, un señor me preguntó por el número de pie y me entregó una bolsa
que contenía unas chanclas horrorosas y dos toallas un poco pequeñas. Yo,
por supuesto, iba el último y hacía todo lo que hacían los demás. Y
temblando por dentro como un ruiseñor enfrente de una anaconda.
—¿Estamos ya todos listos? —dijo Manuel—. Pues hala, p'adentro.
La sauna en realidad no daba tanto miedo y tenía mucha más luz de la
que yo pensaba. Había un bar con una barra donde todo el mundo estaba en
toalla y con aquellas chanclas horrorosas. Y en cosa de pocos minutos me
vi solo. Porque las Ewing serían muy pijos, pero iban completamente
salidos y en muy poco tiempo todos ellos habían desaparecido.
La cosa se me iba poniendo incómoda por minutos. Pasé por varias
habitaciones llenas de duchas, un pequeño gimnasio donde tres hombres
con barba estaban haciendo cosas que hubieran matado de un ataque
fulminante a una senadora del PP. Paseaba y paseaba y no hacía nada.
Varios hombres me miraban, pero, sinceramente, aquello me daba mucho
miedo. Y entonces... pasó.
Me empezó a dar un agobio muy grande y se me puso un dolor de
cabeza enorme porque me daba miedo perderme del resto del grupo. Y
siempre que me ha dolido la cabeza desde pequeño me tengo que poner en
una habitación a oscuras. Entonces vi un pequeño cuartito que tenía una
colchoneta y estaba vacío y me tumbé.
A los pocos minutos noté que alguien entraba y me dio mucho pánico.
Ni me movía ni hablaba. Y entonces le distinguí en la oscuridad. Y vi al
chico más guapo que había visto nunca. Era moreno, tenía el pelo rizado y
era un poco más corpulento que yo. Y su mano estaba en mi muslo.
—Hola —me dijo.
—Hola.
—¿Qué tal? —me preguntó.
—Aquí, intentando descansar, que he venido con unos amigos y estoy
esperando a que acaben...
—¿Eres de aquí?
—Pues no —le dije—. Soy de Santander y he venido al concierto de
Madonna.
—¡Anda, si yo soy de un pueblo de al lado, de Laredo!
—¡Vaya coincidencia! —le dije—. Y qué bien hueles.
—Se llama Macassar, es una colonia de Rochas.
Y no me dejó hablar más. Se me acercó y me dio un beso. Un beso que
hoy soy capaz de recordar perfectamente si cierro los ojos. Porque ese fue
el primer beso de amor que di. Y esa fue la primera vez que hice el amor. Y
nunca se me olvidará. Por mucho que lo intente, y mira que lo he intentado.
Se llamaba Javier y trabajaba en una agencia de publicidad de aprendiz,
lo que ahora se llama «becario». Había terminado el instituto y no quería
estudiar una carrera, así que sus padres le colocaron de chico para todo en la
agencia de unos amigos. Y Javier fue la persona que me robó el corazón.
Porque yo creo que, desde entonces, nunca nadie lo ha tenido como lo tuvo
él.
Aquella noche me fui a su hotel porque en la pensión yo compartía
cuarto con uno de las Ewing (nunca entendí que tuviesen pasta y fueran a
pensiones) y quedé en que me recogerían al día siguiente para regresar a
Santander. Pero es que Javier tenía coche y se iba a quedar dos días más en
Barcelona y yo decidí quedarme allí con él, ante las risas de las Ewing que
gritaban:
—La pequeña se ha enamoradooooo, la pequeña se ha enamoradooooo.
Y vaya que sí. Enamorado y hasta las trancas. Y aquellos fueron los dos
días más felices de mi vida. Me sentía mayor. Estaba fuera de mi casa y
nadie me decía lo que podía o tenía que hacer. Y Barcelona me parecía la
ciudad más bonita del mundo, sobre todo cuando Javi me llevaba por el
Borne y me daba un beso a escondidas en un portal.
Supongo que por aquellos recuerdos siempre que voy a Barcelona me
pongo triste.
Y tuvimos que volver a nuestras casas y aquello fue un drama que no
podíamos parar de llorar. Nos pasábamos las horas hablando por teléfono y
planeando qué íbamos a hacer el fin de semana. Incluso, para extrañeza de
mis padres, les pedí que me compraran una tienda de campaña porque me
iba de acampada con unos amigos. Y recuerdo otro fin de semana en Castro
Urdiales, acampados junto a la playa y sin nadie alrededor. Y todo era
perfecto. Porque, cuando se te despierta el amor, todo te sobra y no quieres
ni que te roce el aire porque tú vives, comes y respiras por el otro. Así
supongo que es el primer amor, o así me pasó a mí.
En mi casa, la verdad, estaban con la mosca detrás de la oreja porque
me pasaba el día ocupando la línea (entonces no tenía móvil) y no
alcanzaban a entender por qué cada vez que llamaba mi amigo Javi me
pillaba el supletorio y me encerraba en el baño a hablar en voz baja. Y sí,
tengo que reconocer que hubo momentos de «cuelga tú» y el otro decía
«Que no, que cuelgues tú» y yo otra vez «cuelga tú» y así se nos pasaban
las horas.
Hasta un día en que todo se estropeó. Javi llevaba dos días sin llamarme
y yo estaba destrozado de los nervios. Por supuesto, en su casa igual que en
la mía, nadie sabía nada de nada, a pesar de lo evidente. Y cuando llamaba
a su casa, nadie cogía el teléfono. Y eso, en aquella época, era enormemente
raro. Hasta el tercer día. Ya no podía más y llamé por quinta vez, y entonces
me contestaron.
—¿Dígame? —me dijo una voz de hombre.
—Hola. ¿Se puede poner Javi?
—¿De parte de quién? —me dijo.
—De Alejandro.
—Mira, maricón de mierda, Javier se va mañana a estudiar a un
internado y más te vale no volver a llamar si no quieres que hable con tus
padres, maricón... ¿me oyes? ¡Maricón de mierda!
Y me colgó el teléfono. Y en ese momento creo que es cuando el
corazón se me rompió para siempre porque nunca más he vuelto a sentir lo
mismo.
Al día siguiente no fui al instituto y me cogí un autobús hasta el pueblo
de Javi y me fui a la puerta de su casa con la esperanza de poder verle. Me
senté un par de portales más allá del suyo y tuve que esperar siete horas
hasta que salió por la puerta acompañado de lo que yo pensé que eran sus
padres y un hermano mayor. Me incorporé y él me vio, pero no me pudo
decir nada y se veía que estaba disimulando. Se metieron en un Ford Escort
de color rojo y arrancaron. Y nunca se me olvidará la cara con la que me
miró mientras el coche se alejaba.
Por supuesto, nunca le volví a ver. Jamás se puso en contacto conmigo,
e incluso un verano que estaba en Santander, ya viviendo en Madrid, me fui
hasta Laredo a pasear por si le veía. Pasé por la puerta de su edificio, pero
me dije a mí mismo que era un idiota y que a ver qué cojones estaba
haciendo allí. Pero si cierro los ojos, aún recuerdo ese beso en la sauna y
todavía tengo guardadas, en una caja bien escondida, unas fotos que nos
hicimos junto a la tienda de campaña en la playa. Y cuando las veo, me veo
tan niño, tan enamorado y tan lleno de vida que siempre pienso que al final
me he vaciado y que los ojos ya nunca más me brillarán como en esa foto.
¿ORGULLO GAY?
Esta vez no voy a contar ningún desastre en medio de la manifestación
del Orgullo Gay ya que si existió, que lo más seguro es que sí, yo no me
enteré. Porque el día del Orgullo, nosotros estábamos todos histéricos desde
primera hora de la mañana preparando la presentación oficial de Estrella en
la madre de todas las fiestas Un montón de medios de comunicación se
habían puesto en contacto con la discográfica pidiendo entrevistas, fotos,
imágenes del clip o lo que fuese. Tenían hambre de Estrella y el rollo viral
por Internet estaba funcionando. La compañía había contratado a un experto
en marketing que se pasaba diez horas al día alimentando foros con bulos,
rumores y supuestas fotos robadas. Una campaña creada por Miguel que
estaba teniendo un éxito espectacular. Y todo con un click.
El mismo día del Orgullo, el club de fans de Estrella ya tenía más de
ciento cincuenta mil miembros en España y Latinoamérica, y los treinta
segundos que se habían filtrado de «Soy yo tu vagina asesina» encabezaban
el top de descargas ilegales, que era un top mucho más importante que el
oficial. Su vídeo de la presentación en Cool había sido el vídeo más visto en
España en youtube durante dos semanas seguidas y las calles de Chueca se
habían llenado con un cartel que ponía «¿Quién es Estrella? La respuesta
este sábado por la noche en "Más gay imposible"». Y en el cartel se veía a
Estrella haciendo un corte de mangas a la vez que daba una patada lateral a
una monjita a la que se le caía la dentadura del golpe. Estrella, sin darse
cuenta, se estaba convirtiendo en un fenómeno parecido a Susan Boyle,
pero a escala nacional y sin retención de líquidos.
El plan para la noche estaba perfectamente organizado. A mitad de la
fiesta, todas las luces se apagarían y unas pantallas gigantes pondrían las
palabras «Vagina Asesina» como si fuera el tráiler de una película de terror.
Entonces, unos aspersores repartidos por todo el pabellón comenzarían a
disparar agua helada para despertar a los homosexuales colocados. En ese
momento se pondría una música de Carl Orff que se llamaba «Carmina
Burana», el techo del recinto se abriría y un helicóptero aterrizaría en medio
del escenario. Todo muy como de película de Vietnam. Entonces, Estrella
saldría, se colocaría justo en el centro de escena y el helicóptero
abandonaría el recinto. En ese momento, todo se vería inundado de
pantallas que alternaban las palabras «Estrella», «Asesina» y «Masacre» en
rojo sobre fondo negro. A continuación, Estrella insultaría a su público y
comenzarían a sonar los primeros acordes de la versión extendida del
single. En el escenario aparecerían 40 culturistas con corta céspedes y
simularían el acto sexual con las máquinas mientras Estrella les disparaba
con una metralleta que sacaba de un maxi bolso. Al final de la actuación,
ella gritaría «la heterosexualidad ha muerto» y ciento cincuenta litros de
sangre falsa explotarían encima del público.
Pero las cosas se pusieron raras esa misma mañana. Intenté llamar a
Estrella varias veces, pero era imposible dar con ella. Siempre me salía su
buzón de voz. Le dejé varios recados, pero no obtuve respuesta. Y lo mismo
le pasó a Miguel.
—¿Has conseguido hablar con ella? —le pregunté.
—Pues no, y encima Felipe me dice todo el rato que la tía le da muy
mal rollo y Stephan está como un poseso aporreando la pantalla del
ordenador y no me hace ni caso.
—Yo para mí que lo mismo le ha dado pánico escénico...
—¿Estrella pánico? Esa no le tiene pánico a nada —me dijo Miguel—.
Mira que insistir en morrearse con la vaca de verdad para el videoclip...
—Pero... ¿no era un efecto especial? —le pregunté.
—Para nada, se metieron las dos la lengua hasta el gaznate, y el caso es
que hubo una cosa que se me ha olvidado comentarte y que me dio muy mal
rollo...
—¿El qué?
—Pues que cuando le dije que no hacía falta, ella me contestó «No
importa, Estrella lo hace por el arte y la gloria».
—No entiendo —le dije.
—Pues que estaba hablando de ella misma en tercera persona. Y cuando
alguien hace eso, es que empieza a estar mal de la cabeza...
—Chico, no sé... Mónica Naranjo lo hace todo el rato.
—Por eso lo digo, bonito.
—Tú dirás lo que quieras, pero yo a Mónica la veo centradísima.
—¿Has tomado la medicación o es un chiste? —me contestó.
—Bueno, te dejo que tengo ahora que ponerme con la lista de los
periodistas vips...
—Hablamos luego...
—Sí, pero digas lo que digas, Mónica mola.
—Lo que tú digas, churri.
Y me colgó. Yo me quedé con un poco de mal rollo, qué quieres que te
diga. No me cansaré de repetir que soy un poco Aramís Fuster (pero con
mejor pelo y mucho mejor culo) y que huelo las desgracias a kilómetros. Y
ese día tenía la sensación de que nos iba a pasar algo chungo a pesar de que
no íbamos a ir a la manifestación. Y Estrella sin responder al teléfono.
Me fui a la ducha para relajarme un rato y elegir el modelazo que me
iba a poner para la fiesta porque esa noche había mucho photocall y tenía
que estar bien guapo. Miguel, JuanGa y yo íbamos a ser presentados como
el equipo de Estrella y eso era un momento culminante en nuestras vidas.
Todo el mundo homosexual se iba a poner a los pies de una cosa que
habíamos cocinado entre los tres. Mientras me estaba duchando, oí que
sonaba el teléfono. Al salir vi que ya habían colgado y me habían dejado un
mensaje de voz.
«Buenos días, me llamo Jesús Taberna y soy el abogado de la señorita
Estrella. Es deseo de la artista que ni usted ni ninguna persona de su equipo
aparezcan esta noche en la fiesta "Más gay imposible", y de paso aprovecho
para comunicarle que la señorita Estrella desea romper cualquier relación
comercial y artística con usted y su equipo. Al no tener entre ambos un
contrato de carácter comercial, la artista ha pedido a la compañía que usted
y su entorno sean despedidos de inmediato, a lo que la compañía ha
accedido ante el riesgo de perder a la artista. Le ruego encarecidamente que
no trate de ponerse en contacto con Estrella o se interpondrá una demanda
por acoso. Desde este mismo momento, usted y su equipo están fuera del
proyecto por expreso deseo de la artista y su compañía discográfica. Todo
esto se lo está enviando ahora mismo mi secretaria mediante un burofax que
recibirán en las próximas horas. Muchas gracias por su atención y, para
cualquier cosa, no duden en ponerse en contacto conmigo, nunca con la
artista en el teléfono.»
Mi cuerpo reaccionó con angustia, terror e indignación. Llamé varias
veces al presidente de la discográfica y pasaba lo mismo, no había
respuesta. No es que se me saliese el corazón por la boca. Es que en aquel
momento quería meterle la mano por la boca a Estrella y arrancarle los
intestinos y hacerme una burger barbacoa. Tres minutos más tarde sonó mi
móvil. Y era Miguel.
—Ale —sonaba histérico—, acabo de hablar con un tipo que dice que
es el abogado de Estrella...
—A mí me ha dejado un mensaje en el contestador —le dije.
—Estoy que me llevan los demonios, y encima tengo a Felipe en mi
cuello diciéndome que ya se lo esperaba, que la tía tiraba de espaldas, y eso
que solo la vio cinco minutos...
—Pero... ¿te ha dado alguna razón? —le pregunté.
—Pues no, lo que me dice es que tú y yo somos maricones de siempre y
como él ha ejercido mucho menos de gay pues que por lo tanto no es nada
mitómano y sabe ver las cosas desde la distancia. Y debe de ser verdad
porque Felipe lleva años diciendo que la carrera de Sarah Jessica Parker se
va a la mierda y fíjate qué desastre «Sexo en Nueva York 2», que Garci ha
hecho más taquilla.
—Lo mismo tiene razón y todo... eso sí —me acordé de repente—, no le
digas nada a Stephan, que el pobrecillo se va a hacer una idea del mundo
del pop que va a desear quedarse sordo para siempre...
—Si es que ya se ha enterado —me dijo—. Me he puesto hecho un
basilisco y para desahogarme he estado dando gritos diciendo del mal que
se iba a morir la hijaputa, y, claro, el crío me ha oído... y se lo he tenido que
explicar todo.
—¿Y qué ha dicho? —le pregunté.
—Pues eso es lo más curioso, se ha quedado como si le hubiese dicho
que las cejas de Zac Efron son naturales y solo ha dicho «ah»...
—¿Ah? —le pregunté—. ¿Eso es lo único que ha dicho? Joder, hay que
ver la pachorra que tiene el niño.
—Pues sí, y luego me ha pedido el teléfono porque dice que quería
consolar al tío JuanGa que estaría nerviosito y, cuando me lo ha devuelto,
me ha dicho que le prestara mi portátil que iba a ver Internet un rato y que
le dejáramos tranquilo.
—Cuánto tenemos que aprender de tu hijo —le dije—, pero... ¿qué
hacemos esta noche?
—Pues lo que hay que hacer —me dijo Miguel furioso—.
Ir a la puta fiesta y montarle un escándalo que se acuerde toda su vida...
Y en ese momento me acordé de un rumor que circulaba por la
industria. Había una leyenda negra en torno a una artista que sacó disco a la
vez que Mónica Naranjo, Coral y Marta Sánchez y que quería ocupar el
hueco de las tres. Aquella artista formó un equipo y les robó literalmente su
trabajo. Las canciones que habían compuesto un par de chicos jóvenes, de
repente, eran de su autoría, robó los patrones de los diseños de un
diseñador, despidió a los asesores de imagen que la habían creado e incluso
se negó a pagar al director de sus videoclips. En la industria de la música se
daba por hecho que esto era verdad sobre todo porque cada vez que ella
concedía entrevistas nos pasaban un papel donde se nos prohibía
preguntarle sobre casi todo. Resumiendo, que el asunto no era nuevo y que
nosotros habíamos sido idiotas por no haberle hecho firmar un contrato
porque, un rato más tarde, un representante de la discográfica nos confirmó
por teléfono que nuestros servicios ya no eran requeridos y que les
mandáramos una factura por los dos meses de trabajo.
Por supuesto nos enteramos de que estábamos vetados en la fiesta y de
que nuestra entrada había sido prohibida, pero resulta que el marido de
Matilde, el bombero ex porno, iba a estar allí trabajando junto a policía y
ambulancias y conseguimos que nos «prestara» un par de uniformes para
colarnos. Bueno, en realidad no nos los prestó por las buenas, lo que pasó es
que como la cosa era muy de urgencia le dijimos que o nos colaba o
Matilde se iba a enterar de que una vez rodó una película en Rumania
donde se lo zumbaban siete enanos vestidos de Blancanieves. Y, tras
escuchar esto, aceptó inmediatamente y empatizó con nuestra desgracia,
claro.
De JuanGa no había rastro y Miguel había oído que para olvidar el
desastre se iba con La Corcho a tomarse unas copas. Y nos entró un miedo
terrible porque La Corcho era sinónimo de desastre, y más desgracias no
nos hacían falta.
Llegamos a «Más Gay Imposible» justo cuando faltaba una hora para la
actuación de Estrella y es maravilloso comprobar la de puertas que te abre
un uniforme de bombero. Era como un pase «All Access» con el que
podíamos ir a todos lados con la excusa de comprobar el perímetro y que se
cumpliera la normativa de seguridad civil. Juraría que en un pasillo me
crucé con JuanGa y La Corcho vestida de Sinnead O'Connor, pero Miguel
me dijo que no, que era imposible porque JuanGa jamás iría vestido con
traje y corbata. Llamamos al camerino de Estrella, pero ella ya no estaba
allí. Debía de estar a las afueras del recinto a punto de montarse en el
helicóptero.
Yo no podía parar de mirar el reloj y ya solo faltaban 15 minutos para el
gran momento. El recinto estaba a reventar y, cuando echamos un vistazo a
la pista, vimos que la gran mayoría estaban colocados hasta las trancas,
sudando y sin camiseta. Y es que, desde hacía un par de años, todos
tomaban una droga que se llamaba Ketamina y que, por lo visto, era un
anestésico para caballos. Y si se te iba la mano con la dosis te podías caer
redondo. Y vaya si se caían.
A Miguel le llegó un mensaje al móvil y me dijo que tenía que ver
urgentemente al marido de Matilde, que le esperara al borde del escenario y
que no me moviera de allí. Minutos más tarde, cuando conseguí llegar a la
boca del escenario, que era inmenso porque allí tenía que aterrizar un
helicóptero, pude distinguir a lo lejos a Miguel y el marido de Matilde al
borde del foso manipulando algo, les hice señas, pero no me vieron.
Y, de repente, se apagó la luz. Y el techo comenzó a abrirse.
La música de Carmina Burana inundó el recinto y al mirar arriba
observé que el helicóptero ya estaba situado sobre el escenario.
—«Hija puta, así te caigas y revientes» —pensé.
Y justo al otro lado del escenario estaba Miguel que me había visto y
me hacía señas con la mano como para que me calmara. Y yo estaba hecho
un dóberman y pensaba que, en cuanto la otra se bajara del helicóptero, iba
a ir y le iba a quitar la peluca a hostias.
El helicóptero aterrizó ante la mirada alucinada de la peña. Yo no sé si
estaban flipados con el aparato o con el pedo de Ketamina que llevaban
encima. La puerta del helicóptero se abrió y Estrella bajó haciendo cortes de
mangas y escupiendo a los bailarines que ya lamían los corta céspedes. La
verdad es que estaba tremenda y se notaba la mano de JuanGa en el
vestuario. Pero, justo antes de empezar la canción, sucedió algo. De
repente, y sin previo aviso, el 90 por ciento de los musculosos que llenaban
el recinto se cayeron desmayados y los pocos que no se habían drogado se
llevaban las manos a la cabeza y chillaban corriendo de un lado a otro
gritando cosas como «¡Noooooooo, por Diooooos!» y «¡Es el fin del
mundoooooo!» mientras pisaban los cuerpos de los cachas ketaminizados.
Yo no entendía nada y cuando miro al frente veo a Estrella
completamente desconcertada que, con el micrófono abierto, dice:
—«No te jode que me han hecho un flash mob los maricones estos».
Y al fondo del escenario, Miguel haciéndome señas de que mirara a las
pantallas. Total, que me acerqué y me quedé a cuadros cuando leí:
«Ultima hora: Lady Gaga fallece en un accidente de tráfico a las afueras
de Wisconsin».
Y entonces, no me digas cómo, pero lo entendí. Con lo colocados que
iban, leer la noticia de la muerte de su cantante favorita les había provocado
una especie de semiinfarto y se habían caído todos redondos a la vez. Lo
que yo no sabía era que La Corcho y JuanGa habían dejado noqueado al del
vídeo wall con un maxi bolso de Dolce & Gabbana y se habían hecho a los
mandos. Y, a continuación, el marido de Matilde pulsó un botón y aquellas
toneladas de sangre falsa que iban destinadas al público se estamparon
encima de Estrella y los cincuenta gogós. Habían cambiado la orientación
de los surtidores y los explosivos, y le reventó todo en la cara a la muy
puerca. Un poco como Carrie de Brian de Palma, pero con esteroides. Y
con el problema de que Estrella llevaba conectado un micrófono
inalámbrico y le dio una descarga tan grande que la peluca de dos kilos
salió disparada y fue a caer encima de un comisario de policía que años
antes había sido casi violado por un grupo de osos en celo.
Estrella, con el impacto de la descarga, no se había dado cuenta de que
seguía conectada a megafonía y los cuatro que quedaban sin desmayar
oyeron perfectamente cómo ella decía:
—«Malditos maricones de mierda... así os entre un sida a todos...
cabrones... os odio».
Y al mismo tiempo en las pantallas, gracias a la rapidez de JuanGa y la
Corcho, se podía leer:
«Estrella es un fraude. Estrella odia a los maricones. Estrella homófoba.
Hay que matar a Estrella».
Y los drogados y desmayados que ya se estaban recuperando se dieron
cuenta de lo que pasaba y se pusieron a asaltar el escenario con la sana
intención de asesinarla y descuartizarla. Y la otra allí, en el suelo, sin la
peluca, con una teta fuera medio quemada y jurando en hebreo como si
fuera Mel Gibson pasado de gintonics. Por supuesto, el cuerpo de bomberos
en pleno apareció sobre el escenario y vaciaron todos sus extintores y sus
mangueras encima de Estrella, a la que el micrófono le dio otra descarga
que le puso los pezones como tapas de cazuela, por decirlo de una manera
fina.
Pero aún había más porque, mientras nosotros asistíamos al espectáculo
de la primera cantante para gays electrocutada y despelucada, Felipe y
Stephan lanzaban desde Villa Robledo una nota de prensa donde se
explicaba con todo detalle lo que la artista había hecho. Y, por si alguien
dudaba de la veracidad del asunto, Stephan había colgado un vídeo en
youtube que le había grabado en secreto a Estrella con el portátil donde la
cantante ponía verde al mundo gay, afirmaba lo lesbiana que era, contaba lo
de la ex novia artista y decía que era una pena que a Hitler no le hubiese
dado por los gays en vez de por los judíos». Y claro, la otra nunca se enteró
del asunto porque ella sería muy hijaputa, pero nunca se imaginó que un
niño de doce años con una imaginación brutal para escribir letras gays le iba
a hacer una filmación oculta con la cam del portátil por si las cosas se
ponían chungas. Y es que en estos días hay que tener un cuidado con los
niños que lo flipas porque son capaces de levantar y hundir la carrera de
una artista en menos de lo que Zac Efron se depila una ceja.
CUESTA ABAJO
Por supuesto, nunca se volvió a saber nada de Estrella. Hay quien
afirma que trabaja de camarera en un chiringuito de Caños de Meca, pero
también se comenta que está de reponedora en la sección de bricolaje en un
Caprabo a las afueras de Badalona. Y todo puede ser posible porque
Estrella se esfumó. La discográfica se deshizo de ella al día siguiente como
si fuese una patata caliente y no hubo un solo telediario que no pusiera las
imágenes del desastre una y otra vez. «Hecatombe Gay» lo llamaron en un
canal de esos de derechas. A Miguel y a mí, durante un tiempo, nos
estuvieron rondando los de la tele para que fuéramos a contar la historia,
pero lo único que queríamos era alejarnos de ella lo más posible. Nos había
dejado realmente un mal sabor de boca.
Yo estaba, para decir la verdad, con la moral por los suelos. Lo de
Estrella había significado para mí algo especial. Por primera vez me
involucraba en el negocio de la música y entrando por la puerta grande,
como productor ejecutivo. Iba a ser partícipe y artífice de algo que se
suponía iba a tener mucho éxito y nadie sabía la ilusión que me hacía ver mi
nombre impreso en los créditos de un disco. Desde que era pequeño
devoraba con ansiedad los créditos de los CD que me compraba y me sabía
de memoria los nombres de los mejores estudios, músicos, coristas,
mezcladores y demás trabajadores del mundillo. Y todo se desvaneció en el
aire por culpa de Estrella. Todas las ilusiones y el soñar despierto con
recoger un Grammy mientras Paulina Rubio me besaba rollo amiga se
evaporaron en un abrir y cerrar de ojos.
Por lo tanto, debía volver a la revista, debía volver a coordinar miles de
reportajes sobre cantantes de mierda que hoy sacaban un disco y mañana
nadie sabía de ellos. Pero antes de volver a la rutina, decidí pasar 15 días en
Villa Robledo con Miguel, Felipe y Stephan.
—Tito —me dijo un día el crío—, no tienes que estar así de triste...
—No estoy triste —le dije—. Estoy enfadado, estoy deprimido.
—No, si yo te comprendo —me contestó—. Cuando yo vi a Miley
Cyrus cantando con bragas y tacones un repertorio de rock and roll
espantoso, comprendí que Hannah Montana había muerto para siempre y
que un zorrón con mechas había nacido...
—¿Y? —le contesté.
—Pues que entonces me hice fan de Rihanna.
—No entiendo.
—Jolín, tito —siguió el niño— pues es que Rihanna sacó un disco que
era una mierda y luego su novio le pegó una paliza. Y con ese desastre a
Rihanna le hacen falta muchos fans porque la pobre tiene una vida que es
un asco y sale con unos estilismos que no los hace el tito JuanGa ni
borracho...
—¿Rihanna?
—Por mí como si se llama Mari Carmen, tito. Lo que quiero decir es
que el año que viene habrá una estrella nueva y yo me habré olvidado de
Hannah Montana y de Rihanna. Porque los preadolescentes vivimos a una
velocidad súper rápida y si el año pasado estaba de moda el minimalismo
tecno, pues ahora toca Lady Gaga, que es igual de travestí que Mónica
Naranjo aunque mucho más como de Beverly Hills, pero al final es lo
mismo, una mujer no muy agraciada pintada como una puerta e intentando
montar el numerito como sea y a costa de lo que sea...
—Mira que os ha dado a tu padre y a ti con meteros con la Naranjo, ni
que os debiera dinero —le dije.
—Tito, es que Mónica es muy como de 1996, o eso dicen en los foros
de Coral, que es la archienemiga de Mónica.
—¡Lo que nos faltaba!
Y en el fondo, Stephan tenía razón. Había que mirar hacia el futuro con
optimismo. Siempre habría una nueva estrella del pop, un nuevo temazo y
algún día, si todos teníamos suerte, Nawja Nimri se quedaría (más) afónica
y dejaría de grabar discos. Pero me costaba. Tenía que volver a la misma
oficina de mierda, con los mismos compañeros, las mismas ruedas de
prensa y los adelantos de discos de Bisbal que eran como para querer
arrancarse los oídos con unas tenazas oxidadas. Y lo peor de todo es que, si
lo mirabas desde fuera, me iba fenomenal, estaba en boca de todo Chueca
por lo de Estrella, tenía un dúplex cojonudo, un trabajo bastante bien
pagado y con la edad me había puesto hasta guapo. No tenía ningún
derecho a quejarme.
Pero por dentro... completamente vacío.
Me fui de Villa Robledo y, mientras conducía por la carretera de los
pantanos, pensaba que en realidad yo era el único fracasado de todos mis
amigos. Miguel, Felipe y Stephan habían sabido retirarse a tiempo y darse
la oportunidad de ser una familia normal y corriente en un ambiente no
tóxico. Matilde y Juanjo cada día estaban más unidos desde lo del bache.
Matilde había empezado a trabajar como asistente de JuanGa y tenía más
tiempo para ella. JuanGa, por su parte, vivía la vida como solo se puede
vivir cuando eres tan joven y tan atrevido: a tope. Disfrutaba de ser una
estrella mediática, disfrutaba del dinero que estaba ganando y disfrutaba de
un novio nuevo cada quince días con su correspondiente drama. Porque los
novios no le duraban nada de nada, por muy moderno que fuera. Hasta
Celeste había sido capaz de encontrar un buen hombre que soportara sus
bajones de porros y sus subidones de profesora de aeróbic, que son un tipo
de subidón que debería ser considerado una patología aguda con tanto
saltito, tanto gritito y tanta sonrisa.
Estaba claro que yo era un fracaso. Volvía a mi apartamento
completamente solo y sin nadie que me esperase con los brazos o las
piernas abiertas, que tampoco era cuestión de ponerse exigente. Todo era
muy bonito, pero todo era un coñazo. Incluso me cambié de gimnasio con la
esperanza de conocer gente nueva, pero es que es ir a cualquier gimnasio en
el centro de Madrid y los conoces a todos. Y eso me daba un poco de
angustia, como si fuera uno de los protagonistas de «Perdidos» que tengo
que vivir en un sitio que cada día se hace un poco más pequeño y viendo las
mismas caras y los mismos dramas. Que si fulanito se tira al novio de
menganito, que si el gogó de no sé dónde resulta que es chapero y, además,
estudia para delineante y que si hay un vídeo de Internet súper secreto que
tenía las imágenes de lo de Ricky con el perro, la fan y la mermelada.
Fíjate, hasta Ricky Martin había sabido parar a tiempo y dar a luz dos
hijos.
Y allí estaba, un domingo por la tarde, sentado en el suelo de mi casa
viendo cómo atardecía y completamente solo. Pero con esa soledad que te
da por dentro, que es la peor de todas.
Al día siguiente, me despertó el teléfono.
—¿Sí? —contesté.
—¿Dónde coño te metes con la que tenemos encima?
Era mi jefe. Miré el reloj y eran casi las doce del mediodía.
—Perdona... es que me he quedado dormido...
—¡Hay que joderse!... con la que tenemos encima...
—¿Qué ha pasado?
—Pues que Ricky Martin ha dicho que es trucho —me soltó.
—¿En serio? —le dije ya despierto del todo—. Fíjate que anoche estaba
pensando en él.
—Pon la tele, los colaboradores de Ana Rosa están lubricando todos
con la noticia... no los van a poder despegar de las sillas...
—Vaya novedad —le dije—. Si todo el mundo lo sabía... hasta mi
madre lo decía.
—Bueno, ya —me cortó—, pero es que han llamado de arriba y nos han
dado la orden de que el próximo número tiene que estar dedicado a
cantantes gays...
—¿Otra vez?
—Eso mismo he dicho yo —me contestó.
—¿Y qué coño quieren que hagamos? —le pregunté.
—Joder, pues como Ricky ya ha dicho que no va a hacer declaraciones,
RuPaul no tiene disco en el mercado y no creo que Freddy Mercury se
levante de la tumba para darte una entrevista, el jefe supremo ha dicho...
—¡Ay, por dios! —se me escapó.
—Ya, tío, ya... prométeme que no me vas a gritar...
—¿Tan malo es? —le dije.
—Peor...
—Escupe, Guadalupe...
—Tienes que hacer una entrevista en profundidad a Falete.
—Por encima de mi cadáver —le dije.
—Pues dime la talla de ataúd porque de esta no podemos librarnos.
Eso era justo lo que me faltaba. Entrevistar a Falete. Y encima
agradecido de que no nos hubieran pedido un posado en bikini que lo
mismo se nos plantaban los de Greenpeace en la sesión para boicotearnos
por abusar de una ballena varada.
La mala hostia me salía por los poros y en la redacción se debían de dar
cuenta porque la gente me evitaba por los pasillos. Y es que no estaba para
chistes y ni siquiera yo era capaz de montar un especial «Cantantes Gays»
con Falete. Porque una portada con Falete, por mucho photoshop que le
pongas, siempre termina pareciendo un anuncio de Natur House. Así que
monté un escándalo enorme y conseguí quedarme de coordinador del
especial y la entrevista a Falete se la iba a hacer una becaria de Málaga que
era hija de la presidenta de un club de fans de la Jurado.
El miércoles por la noche me llevé una alegría porque Miguel apareció
en la revista y me dijo que se quedaba a dormir en casa que tenía una
reunión al día siguiente y no quería pegarse el madrugón. Nos fuimos a
cenar al Vips de la calle Fuencarral porque la comida sabía siempre igual y
era un sitio donde se ligaba una barbaridad.
—Estás raro —me dijo metiéndose una croqueta en la boca.
—No —le dije.
—A mí no me la pegas.
—No te oculto nada.
—Bueno, algo hay...
—Es que no hay nada, solo que estoy... cansado.
Y me puse a llorar.
—Pero... ¿ha pasado algo? —me dijo Miguel agarrándome la mano.
—No, nada de nada, y eso es lo peor...
—Es que no siempre tienen que pasar cosas, Ale.
—Es que no sé qué narices hacer. Estoy incómodo. Con decirte que el
otro día me fui al cine y entre 12 películas no pude decidirme por una y me
volví a casa. Ni eso pude decidir...
—¿Y JuanGa? —me preguntó.
—Pues va a estar quince días fuera grabando un especial sobre gente
que antes tenía celulitis y ahora son triunfadores en la vida, creo...
—Vaya plan... ¿y por qué no te vienes a vivir una temporadita con
nosotros al campo?
—Porque estoy seguro de que allí también me sentiría incómodo y
terminaría prendiendo fuego a un bosque o así.
—Hijo, hay que ver lo dramático que te pones cuando quieres... con lo
que has sido tú de mirar p'alante... igual es que tienes que follar más...
—Mira, no me hables de follar que no tengo ganas...
—Eso sí que es grave...
—Con decirte que los del grupo de sexo vip me han llamado para una
fiesta que hacen mañana por la noche y que no pienso ir...
—¿Esto te pasa desde la portada de Falete o ya viene de antes? —me
preguntó.
—De antes. —Ah.
—Y es que ya no me apetece ni follar, ni salir, ni nada de nada, pero me
quedo en casa y es todavía peor, y de repente me doy cuenta de que me he
quedado pillado de un anuncio de la teletienda y entonces me parece que mi
vida es una porquería.
—Hijo, contándolo así...
—Si te digo una cosa... ¿prometes que no te vas a descojonar en mi
cara?
—Claaaaro —me mintió.
—Pues es que en lo que va de semana ya me he comprado un pela
patatas automático, una sauna portátil y un vibrador de estimulación
vaginal...
—¿Un vibrador de estimulación vaginal?
—Como lo oyes, pero es que parece un pisapapeles de Philippe Stark y
no veas lo molón que me ha quedado en la oficina encima de mi mesa.
Y la verdad que aquella noche cenando con Miguel me animé un poco.
Me hizo recordar las primeras noches que pasábamos juntos hablando de
cómo íbamos a dominar el mundo (esto es una herencia horrible de la penca
de Madonna). Y a la mañana siguiente ya llegué a la oficina con los ánimos
más calmados.
Mientras miraba el reportaje fotográfico que la habían hecho a Falete
vestido de María del Monte en la Alhambra de Granada, me llegó un mail
urgente de los del grupo de sexo diciéndome que aquella noche iba a ser
especial porque todo iba a estar a oscuras. Y fíjate por donde que aquella
bobada me animó lo suficiente como para ir al gimnasio, depilarme, volver
a hacerme la peluquería genital (hay que ver lo que le crece a uno el pelo
entre los muslos cuando está deprimido) e incluso darme unos rayos uva
que decían que daban cáncer. Y bienvenido el cáncer porque desde luego yo
no quería tener esa noche el tono de piel de Karmele Marchante y Nicole
Kidman.
Antes de acudir a la fiesta, me pasé por una tienda de esas de lencería
para homosexuales y me compré unos gallumbos que se suponía que te
hacían un efecto lifting y que te subían tanto el culo que tu propia madre
juraría que eras brasileño.
Y allí me fui, directo a la perdición, escuchando en los cascos una
canción de Cher que se llamaba «After All» y que hablaba del amor
verdadero. Yo de camino a una orgia y Cher haciendo de María Ostiz.
Planazo.
A CIEGAS
La pesada de Cher seguía cantando a dúo con Peter Cetera las
maravillas del amor verdadero, y yo, cada vez que se acababa la canción, la
volvía a repetir en el iPod. Y mira que la letra me tocaba los cojones.
Porque oír una letra que habla de lo maravilloso que es enamorarse cuando
estás tan solo como yo, es como ser huérfano y que los del Corte Inglés te
frían a anuncios de Navidad con la familia perfecta. Te pone en un estado
de irritación que ni la Veneno cuando Ricky Bastante le dijo que su culo
tenía el tamaño del Santiago Bernabéu. Pero claro, como cuando te apuntas
a gay te regalan una dosis extra de drama, pues yo estaba venga a darle con
la cancioncita de los cojones, que llego a tener a Cher delante y le hubiera
dicho cuatro cosas y todas malas.
No deja de ser gracioso que no me apeteciese nada ir a la fiesta «a
oscuras», pero mi lado autodestructivo me empujaba a ello. Cuando se tiene
la moral por los suelos, uno debería quedarse en su casa y ver
Intereconomía, que es un canal maravilloso, porque si te pasas solo cinco
minutos viéndolo llegas a la conclusión de que, en el fondo, ni eres tan mala
persona como alguno de sus tertulianos, ni tu vida es un absoluto desastre
por culpa de la ignorancia y el odio. Yo utilizo mucho ese canal cuando me
siento como el culo porque es verlo un ratito y vuelvo a salir a la calle
convencido de que soy una buenísima persona. Y eso sí que es un drama de
verdad, que te tengas que levantar la moral viendo ese canal o comprando
estimuladores vaginales de diseño en la tele tienda a las cuatro de la
madrugada.
Y, aun así, me resistía a ir a la fiesta. La llamo fiesta porque,
sinceramente, si digo la palabra orgía me siento aún peor. Porque aquello
era un despiece de vacuno en toda regla. Todos serían muy vips, muy
guapos, muy ricos y con las nalgas muy turgentes, pero, en cuanto se caían
las ropas, eran igual de animales que todo el mundo. Hasta pasé por delante
de una librería y me metí dentro para hacer un poco de tiempo porque me
pasaba un poco que, aunque estaba destinado a ir, si tengo que decir la
verdad, pensaba que formar parte de aquello me empujaba un poco más al
abismo de la idiotez. Porque si hay una cosa que está sobrevalorada en el
mundo gay (atención lectores heterosexuales) es el sexo. El sexo tiene la
culpa de casi todas las desgracias homosexuales. Y me explico: si una chica
heterosexual lleva cuatro meses sin echar un polvo, todo el mundo lo va a
entender e incluso sus amigas le van a decir algo como:
—Si es que es normal, Piluca, que el mercado está fatal. Los guapos se
han hecho gays y los heteros que quedan o están casados o van a «Hombres
Canguras y Viceversa» o son un susto.
Y tan tranquilas se quedan. Pero si un gay lleva cuatro semanas (no
meses) sin pegar un polvo, sus amigos le dirán cosas como:
—¿Estás enfermo?
—Yo para mí que tienes una depresión enorme.
—¿Cuatro semanas? ¿Y no te has suicidado?
—¿Se te ha caído la polla a trozos?
—¿Tienes gonorrea?
—¿Has vuelto a ponerte un CD de Celine Dion?
Porque te juro que te miran raro. Cuando uno es gay y su pene se
supone que funciona con una normalidad, si no folla es porque hay algo que
va mal, terriblemente mal. Y ese día, hasta las narices de que Cher me
gritara que el amor verdadero existe, preferí ser dominado por mi parte gay
en vez de por la parte humana.
Toqué el portero automático completamente seguro de que estaba
haciendo las cosas fatal. Incluso dentro del portal llamé a JuanGa para que
me llamase mamarracho y me amenazara con gritar si no volvía a casa
inmediatamente, pero me salió el contestador automático. Por lo tanto, me
metí en el ascensor y pulsé el botón del ático. Salí del ascensor andando
lento, como si fuera un condenado a muerte. Pulsé el botón del piso y una
voz me dijo:
—Contraseña, por favor.
Y yo contesté:
—«Mariano y Ricky han pegado un kiki».
No sé quién coño hacía las contraseñas, pero debía de tener los niveles
creativos al nivel del alcantarillado municipal. La puerta se abrió y el
mismo armario de cuatro cuerpos, perfectamente trajeado, me recibió:
—Hola, buenas tardes, Alejandro.
—Muy buenas... ¿por cierto, cómo te llamas?
—Es que yo... no tengo nombre —me dijo.
—¿Cómo?
—Pues que los organizadores quieren que haya la menor información
posible y, por lo tanto, pues no tengo nombre...
—¡Jesús! ¡Qué cosas!
—¿Te apetece tomar algo antes de pasar al salón? —me preguntó.
—Pues hombre, un café con leche no me vendría mal.
—Perfecto, yo lo preparo mientras te cambias.
Me metí en la habitación blanca de siempre para desnudarme y entregar
mis efectos personales al hombre sin nombre con la puerta abierta. Y, justo
cuando me quitaba las zapatillas, pasó por delante, empalmado como un
burro, un presentador de deportes en una cadena nacional.
—¡Qué bien! —me dijo—. Ya estás aquí... ya estamos todos... y hoy
hay gente nueva que ya verás qué maravilla.
—Pues sí —le dije.
—Toma, bebe un traguito...
Me ofreció un vaso.
—¿Qué es? —le pregunté.
—¿Qué va a ser? —y se reía—. Agua, es agua...
Y como con los nervios se me había quedado la boca reseca, pues me lo
bebí de un trago.
—¡Ay, joder! —dijo el presentador.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
—Pues que no me ha dado tiempo a decirte que le hemos puesto GHB
al agua...
—¿Ge hache qué? —le pregunté.
—Pues un líquido que te pone literalmente como una perra en celo y te
da un poco de calor por todos lados...
—¡No me jodas!
—Claro que te voy a joder, ja ja ja —me contestó.
Y salió por la puerta igual que había entrado, empalmado y sonriente. Y
en ese momento entró el hombre sin nombre con una bandeja, el café, la
leche, azúcar y una taza de porcelana como de abuela que no pegaba nada
con aquel sitio de perdición.
—Aquí tienes el café. ¿Azúcar o sacarina?
—Oye —le dije—, que me han dado una cosa que se llama ge hache
be...
—¿Y has bebido mucho?
—Pues un vaso de agua entero...
—Uf —contestó.
—¿Uf?
—Hombre, aquí hemos tenido a varios miembros del grupo que se les
ha ido la mano alguna vez y han terminado inconscientes...
—¡Santo cristo de la luz!
—Lo mejor que puedes hacer es beber mucha agua y mantenerte en un
sitio ventilado —me aconsejó.
—¡Pero si vamos a estar en una habitación a oscuras!
—Pues no te alejes mucho de la entrada.
—Bueno, ya —le dije mientras me empezaba a dar un calor en la frente
—. ¿Y si me encuentro mal?
—Ya estaré yo pendiente cerca de la puerta por si pasa algo...
Y el calor ya me llegaba a la altura de los testículos y me daba un poco
de risa, de repente.
—Ya... ¿y si necesito pedir socorro a quién llamo? —le pregunté.
—Pues a mí.
—Pero si es que no sé cómo te llamas...
—Ricardo —me dijo en voz baja—, pero, por favor, no lo comentes.
—Vale —le dije—. Oye, Ricardo...
Tenía a estas alturas ya un calor y un empalme que daba gloria bendita
verme. —¿Sí?
—¿Tú eres gay?
—Pues no.
—Pues vaya, qué pena.
—Eso me suelen decir, y a mi mujer le hace mucha gracia.
Y Ricardo me acompañó hasta la puerta de entrada al salón. Y yo con
un mareo y una risilla a la vez que era un poco demasiado.
—¿Seguro que estás bien? —me preguntó—. Lo mismo te viene bien
una ducha fría.
—No, no —mentí—, que yo controlo.
Se abrió la puerta y no se veía absolutamente nada. Y de repente me
pasó algo que me desconcentró completamente. En ese momento no pude
identificar lo que era porque el EGB ese de los cojones me tenía ya con la
cabeza del revés, pero allí había algo que me perturbaba.
Me debí de quedar allí, parado y de pie un buen rato esperando una
respuesta a mi incomodidad, pero, como no pasaba nada, decidí avanzar un
poco en la oscuridad. Por supuesto, antes de llegar al centro de la habitación
me estampé contra piernas, brazos y un jarrón con flores precioso. Y digo
yo ¿qué coño hacía un jarrón con flores en una habitación a oscuras llena de
hombres repartiendo justicia?
El mareo y la risilla iban en aumento igual que la temperatura. Por lo
tanto pensé que o me ponía a berrear el nombre de Ricardo para que me
sacara de allí o me ponía en un rincón donde no hubiese nadie y me
tranquilizaba un poco hasta que se pasase el efecto de la droga. Y todo esto
sin poder quitarme de la cabeza aquella cosa que me ponía incómodo y que
no podía identificar. Es un poco como cuando intentas acordarte del nombre
de alguien, o de una película, y a pesar de que lo tienes en la punta de la
lengua no lo puedes decir. Y esta sensación estando colocado con el EGB
era pelín incómoda.
Y no se veía nada de nada. Habían puesto de fondo música de ascensor
(o sea, chill out) y si me concentraba mucho podía ver una montaña de
cuerpos que me recordaba mucho a un videoclip de Kylie Minogue. Decidí
sentarme en un rincón de la habitación y ver lo poco que se veía desde
lejos, porque de repente no tenía yo el cuerpo para fiestas. Y entonces pude
ver que del grupo una figura se separaba y avanzaba hacia mí.
Y la sensación de incomodidad me estaba creciendo por segundos.
Y se acercaba más. Y, aunque estaba completamente a oscuras, pude
darme cuenta de que me estaba mirando. La risilla floja había desaparecido
y de repente me estaba poniendo triste.
Me estaban entrando unas ganas de vomitar enormes y un calor
insoportable me abrasaba de pies a cabeza.
Veía una silueta de un hombre grande, como con mucho pelo en la
cabeza. Y ahora estaba seguro de que se acercaba. Y yo cada vez más
incómodo y más mareado.
Estaba sentado en el suelo y ya tenía sus rodillas a la altura de mi cara.
—¿Estás bien? —me preguntó.
Y justo en ese momento entendí por qué estaba tan incómodo y me
desmayé.
LOVE HANGOVER
Joder. Debo de tener un pedo del quince porque ahora mismo no sé ni
dónde estoy, ni qué hago, ni cómo he llegado aquí. Supongo que anoche en
la fiesta se me fue la mano con el alcohol, con las drogas y hasta con la
colonia, porque me viene un tufo a perfume de azahar que tira de espaldas.
Y es que me encuentro en una habitación blanca con cuatro sillas y estoy
sentado en la del medio. Es todo tan blanco que es horroroso y seguro que
alguien me echó bebida en la droga y resulta que me ha dado un jamacuco,
o lo mismo he pegado a alguien y me han metido en un manicomio. Y en
estas estoy yo pensando cuando se abre una puerta que ni había visto, y
entra por la puerta... Lady Gaga.
—Hola cariños —me dice con acento de Andújar.
Yo, por supuesto, no le puedo ni contestar sobre todo cuando me doy
cuenta de que sí, ella es Lady Gaga, pero habla con el acento y la voz de
María José Cantudo. Y entonces debe de ser que estoy soñando y que esto
no tiene nada que ver con las drogas.
—Corassón... ¿qué es esa manchas que tienes en el jerséis? —me
pregunta mientras se pega un candelabro al moño.
Y ahí me miro y resulta que yo también estoy vestido entero de blanco y
esto sí que es raro porque toda la ropa está planchada. Pero justo a la mitad
del pecho tengo una mancha roja. Vamos, que soy la versión despistada de
la bandera de Japón. Entonces la miro a la pobre Lady Gaga que se ha
sacado una Black & Decker del bolso y se está haciendo un piercing en la
ceja y le pongo cara de que no sé qué decir.
Y en ese momento se vuelve a abrir la puerta y aparece Kylie Minogue
despeinada y con cara de malas pulgas. Y esta no huele a azahar ni a
romero. Esta huele a cubata.
—Oy, oy, oy —dice Kylie—. Mira cómo es la paya con los
complementos...
Efectivamente, Kylie es Kylie, pero habla como la Chuki, una gitana de
Almendralejo que, según tengo entendido, es muy graciosa.
—No es un complementos cariño, es un sacrificios que hagos por los
fan y que a la vez representa lo sufrida que es estas carreras del pops —le
dice Lady Gaga mientras se explota una bolsa del Caprabo en la cara llena
de Doritos Tex Méx. Y yo que la hacía mucho más del Mercadona.
—Ay, paya —le dice Kylie—. Tú lo que tiés k'aser es cogerte un buen
hombre pa que te estrujé bien estrujé y dejarte de tanto amosessuá que
t'estás volviendo chalá...
Lady Gaga hace como que la ignora y, de repente, se abre la puerta con
un estrépito que ni La Corcho cuando se enteró de que no le podían
convertir en hermafrodita conceptual. Y entra Madonna. La mismísima
Madonna, que me mira a los ojos y me dice.
—Mira, por la pencoleta der coño me paso a estas dos que yo vengo
aquí más que ná por educassión que pa algo soy una estrella.
Nadie me lo va a creer, pero Madonna habla con la voz de La Veneno y
se rasca la entrepierna mientras me mira y me dice:
—¿Tú, aparte de psicólogo, eres maricón del tó?
—Un poco —le digo.
—¿Un poco maricón o un poco psicólogo, mi arma? Pos vamos a
empezar la terapia que a luego he quedao con un rumano pollón que me ha
disho que me va a dejar preñá de trillizas, digooooo...
No sabes el pánico que te invade el cuerpo cuando ves que la puerta por
la que han entrado estas tres ha desaparecido y, aunque sabes que debes de
estar soñando o drogado como una ardilla en una discoteca de pokeros, no
puedes escapar de la situación.
—Pues ya me diréis qué hacemos, bonitas... —les digo.
—Si en realidad no hay ná que hasser, maricóooooon —me dice
Madonna.
—Ya está la viejas con los método de dominios —dice Lady Gaga.
—Ay, que me viene el vómito, Santo Cristo de la Luz, Virgen Santísima
—dice Kylie.
Y entonces me doy cuenta de todo el rollo abducción mariana y me
pongo a hablar.
—Solo una puede salir de aquí coronada como reina del pop del mundo
homosexual. Solo una. Por lo tanto, vamos a tratar de establecer un diálogo
y encontrar una solución que os deje a todas dignas y satisfechas, que no es
cuestión de llegar al insulto.
Y, mientras digo esto, oigo como dentro de mí la voz de JuanGa que
dice «ay, cari, qué desgracia más gorda la cara que se le ha quedado». Por
supuesto, pienso que en mi pedo JuanGa es Dios y que se refiere a la cara
de Lady Gaga llena de Doritos Tex Mex que habla la primera.
—Mira, Madonnas, tú ya llevas 50 años de reinas del pop y, chica, ya va
siendo horas de que haya sangres nueva que no nos vamos a pasar toda la
vida con el «Papa don prich» de los cojones —y esto lo dice mientras le
salen llamas de las tetas y fuegos artificiales de la oreja derecha.
—So puta, que tengo ná más que 43 años así que cómo coño llevo yo 50
cantando maricón, que paresses Jerónimo maricón con esas piernas de
futbolistaaaa.
—Reina del pos debería ser la menda, que vosotras no sus habéis tenío
un cánser y ya hase falta una reina gitana que sois toas mu blancas y mu
poco rasiales y hase falta un aje, un volante, un «cangelluauofmaijed» en
condisiones —dice Kylie que se ha sacado del maxi bolso una Singer y se
ha puesto a hacer los bajos de unas cortinas.
—Yo soy las heredera y punto pelota —dice Lady Gaga.
—Por enssima de mi cadáver, maricón —contesta Madonna.
—Mal sapo os escupa en el culo y os venga la muerte a peos —remata
Kylie.
Y justo en el momento en que Lady Gaga saca una motosierra de una
mochila del Pulí & Bear preciosa y le corta una pierna a la Kylie, que ya
definitivamente tiene la altura de un taburete de puticlub, va Madonna y le
dice mientras se hace un porro:
—Mira, maricón, como me sarpique la sangre de la cangura esta yo te
arrastro...
Y entonces la habitación se ilumina a lo bestia, rollo concierto, y en el
techo aparece la cara en formato panorámico de JuanGa que mira
asombrado y dice:
—¿Cari?
Y otra vez.
—¿Cari? ¿Me oyes?
Abro los ojos como puedo y veo la cara de JuanGa que grita.
—¡Está vivoooooooo! ¡Está vivoooooo!
Y, claro, con semejante berrido, reacciona hasta el más templado. Y ya
con los ojos abiertos me doy cuenta de que estoy en una habitación blanca,
pero no es la del piso de la fiesta. Es una habitación de hospital.
—A...gua...por...fa...vor —dije como pude.
Y llegó una enfermera guapísima y me trajo un vaso con una pajita. Y,
de repente, aparece la cabeza de Matilde por detrás de la enfermera y le
oigo que dice:
—Yo te mato, maricón, en cuanto te pongas bueno, jolagranputa...
—Señora, por dios... ¡qué lengua! —le dijo la enfermera.
—Es que en situaciones extremas —le explicó JuanGa a la enfermera—
a ella le pasa algo en el cerebro que le da el síndrome del no sé qué...
—De Tourette, mamón —dijo Matilde—, de Tourette.
—Pues eso, que la da un pitango y se le pone la boca de un marinero —
sentenció JuanGa.
Entonces la enfermera les avisó de que tenían que salir porque el
médico tenía que estar a solas con el paciente. Y llegó el médico y no, no
era guapo. Era el Gollum, pero con una verruga mal colocada en una
mejilla. Pero era un encanto. Y es que el encanto de la fea la guapa la desea,
o algo así.
—Vamos a ver... ¿cómo te encuentras?
—Pues muy mareado —le dije.
—Eso es normal teniendo en cuenta la circunstancia.
—¿Qué me ha pasado?
—Ha tenido usted una intoxicación grave de Gamahidroxibutirato...
—¿Perdón?
—Una sobredosis de GHB.
Entonces me vino todo a la cabeza de un mazazo. La fiesta a oscuras. El
presentador de los informativos. Ricardo. Y un olor que me ponía triste. Y
un olor que no podía dejar de oler y que ya lo tenía clavado en las
meninges.
—Vaya —es todo lo que pude decir.
Estaba muerto de vergüenza. Una sobredosis a mi edad. Fíjate que yo
nunca lo había probado porque cuando vas a los clubes y ves a los que lo
han tomado pues te dan una pena terrible porque se les queda un poco cara
de subnormales y de vaca mirando al tren.
—¿Lo consume usted con mucha frecuencia? —me preguntó el doctor.
—Pues no, es la primera vez.
—¿Estás seguro de eso?
—Completamente, de hecho —le expliqué—, ni siquiera fui consciente
de que lo estaba tomando... me ofrecieron un vaso de agua.
—Entiendo. Te quiero decir que hemos seguido el procedimiento
habitual y te confirmo que no has sido agredido sexualmente...
—¿Cómoooo?
—Hombre, para nosotros —me explicó—, el GHB es la «droga de la
violación» por eso cuando un paciente nos llega con signos de intoxicación
le aplicamos ese protocolo por si hubiese sucedido algo...
—Es que tampoco me acuerdo de mucho, solo sé que me dieron un vaso
de agua...
—Suele pasar, pero no te obsesiones con eso. El GHB, entre otros
efectos, produce cambios en la presión sanguínea que pueden llevar a un
deterioro del juicio o incluso a alucinaciones... ¿notas algo de eso?
—No —le contesté—, solo hay una cosa...
—Cuéntame.
—Hay un olor, un olor que lo tengo como clavado dentro y que no dejo
de respirarlo...
—¿Tomaste también nitrito de amilo? —me preguntó.
—¿Y eso qué es?
—Poppers.
—¡Ah! —pues no, que yo recuerde no, la verdad... otras veces sí, pero
esta casi juraría que no...
—¿Viagra? ¿Cialis? ¿Algún otro estimulante sexual?
—Nada de nada —le contesté.
—Entonces no lo entiendo muy bien. Dices que es un olor que no
puedes dejar de oler.
—Eso es exactamente.
—¿Y ahora mismo lo estás oliendo? —me preguntó.
—Mucho, es como si estuviera impregnado a mi alrededor...
—¿Me permites? —me dijo el doctor.
Y, acto seguido, hundió su nariz en la almohada y las sábanas. Levantó
la cabeza, puso cara de pensar y me dijo:
—¿Huele como a azahar? —me dijo.
—Sí —le contesté extrañado—. ¿Tú también lo hueles?
—La verdad es que sí. Lo mismo es un perfume de las enfermeras.
—No puede ser, lo recuerdo desde anoche, es más, me pongo triste cada
vez que lo huelo...
—Voy un momento a preguntar —me dijo y salió por la puerta.
Me quedé mirando al techo y oí unos golpecitos en el cristal. Eran las
caras de Miguel y Felipe. Miguel me hizo una seña con la mano como de
que me iba a dar una paliza y me pareció que Felipe le decía que se
calmara. Yo creo que puse la misma cara del gato de Shrek porque seguía
sin saber por qué estaba triste y no tenía nada que ver con el hospital, ni con
el GHB ni con nada...
Y el doctor volvió.
—¿Sabes cómo has llegado hasta aquí? —me preguntó.
—Pues la verdad es que no.
—¿No recuerdas quién te ha traído?
—No.
—Te trajeron dos hombres que nos han dicho que son amigos tuyos.
—De verdad —le dije—, no recuerdo nada, ni idea... ¿Por qué me
preguntas eso?
—Porque uno de ellos atufa a azahar.
—¿De verdad? ¿Y quién es?
—No les he preguntado sus nombres. Uno de ellos es como muy grande
y va vestido con traje y corbata. El otro es el que se ha pasado la noche
contigo hasta que han llegado tus amigos y esa chica que me llama «hijo
perra» cada dos minutos.
Entonces pensé que ese debía de ser Ricardo que al final sí se había
preocupado por mí y me había traído aquí. Pero... ¿y el otro?
—No lo sé, de verdad —le dije.
—Si quieres, les digo que pasen un momento para que les des las
gracias y así vemos si recuperas la memoria porque ese espacio en blanco
me tiene un poco preocupado.
—Me parece bien.
El doctor salió por la puerta y me empezó a doler el estómago. Me
daban unos pinchazos grandes. Regresó en muy poco tiempo y, detrás de él,
entró, efectivamente, Ricardo.
—Hombre, me alegro de verte con un poco de color. ¡Vaya susto! —me
dijo.
Pero Ricardo y el doctor se apartaron para que yo viese a mi otro amigo.
Y entonces entendí el olor.
Y la tristeza.
Y me volví a desmayar.
REENCUENTRO
—Pero —le preguntó Felipe a Javi mientras los demás intentaban
reanimarme— ¿tú quién eres exactamente?
—Soy un amigo de hace muchos años, de Santander —intentó explicar
Javi.
—Mira que yo conozco a Alejandro y no es de desmayarse así por las
buenas —le contestó Felipe.
—Es que supongo que ha sido un shock para los dos después de tanto
tiempo...
—O sea que sois amigos desde pequeños —le dijo Felipe.
—Más o menos.
—¿Y dónde os conocisteis? —le preguntó intentando entender.
—En una sauna —contestó Javi.
—No, no me refiero a lo de anoche...
—No —explicó Javi—, lo de anoche era una orgía. Alejandro y yo nos
conocimos la primera vez en una sauna...
—Joder —dijo Felipe—, ¿no había parques o discotecas?
—Supongo que son todo casualidades —se rió Javi.
Mientras, yo estaba en la habitación con Matilde y Miguel. JuanGa se
había ido a por unos cafés con Stephan porque decía que ya no podía con
tanta intensidad y que se le estaba rizando el flequillo por momentos.
—Ahora no te voy a arrancar la puta cabeza por lo de las putas drogas,
joputa —empezó Matilde—, pero ¿se puede saber qué coño haces
desmayándote sin parar?
Y yo miraba hacia el pasillo y veía a Felipe hablando con Javi y solo
tenía ganas de llorar. De emoción. Porque le miraba la cara y seguía viendo
la misma cara de aquellos días en Barcelona. Habían pasado casi dos
décadas y nunca se me había olvidado su olor, su cara, su presencia, sus
besos. Entonces me tuve que poner a contar toda la historia resumida
mientras Miguel me pasaba kleenex y Matilde decía «hostia puta» cada diez
segundos.
—Pero —me dijo Miguel— ¿por qué nunca me habías contado esto?
—Supongo que por todo lo que me dolía, por los malos recuerdos del
final, por lo desesperado que estuve... mira que solo de pensarlo me entra
mucha angustia... y ahora, ahí está... en el pasillo y hablando con Felipe
como si todo fuera normal...
Y en ese momento entró Celeste por la puerta.
—Madre del amor hermoso —dijo—, que casi pensaba que te habías
muerto, que hay un pavo abrazado a Felipe llorando a lágrima viva en el
pasillo.
—¿El otro también llora? —dijo Matilde—, amos no me jodas.
Entonces creo que todos comprendieron que era el momento de que Javi
entrara y por fin pudiésemos hablar a solas y sin desmayos de por medio.
Cuando todos habían salido, Stephan entró a todo correr, me dio un beso
y un abrazo y me dijo:
—Te quiero, tito.
Y venga otra vez con la lágrima y, al mismo tiempo, pensando que vaya
cuadro flamenco que tenía encima que Javi iba a entrar y yo debía de tener
un aspecto un poco como el Amy Winehouse cuando se le va la mano.
Se quedó parado en la puerta y me dijo:
—¿Puedo pasar?
Y yo le dije:
—Claro.
Y entonces se acercó a la cama, se sentó en un lado y me agarró la
mano.
—¿Cómo estás? —me preguntó.
Y yo le quería contestar que estaba mejor que nunca en mi vida, que el
olor ya no me ponía triste y que quería que el tiempo se parase para
quedarme allí siempre sentado mientras él me agarraba la mano. Porque yo
miraba la mano y no podía creer que fuera la suya después de tantos años.
Quería decirle que nada había cambiado, que seguía teniendo la misma cara
de niño y que parecía que el tiempo no había pasado. Quería decirle que
tenía que haber venido antes a buscarme. Quería decirle que por su culpa
nada había tenido sentido.
Pero no pude decirle nada de nada. Los ojos se me encharcaron y, cada
vez que abría la boca para intentar decir algo, las lágrimas se me salían. Y
él tampoco podía hablar. Y también lloraba. Y entonces me dio un abrazo.
No sé cuánto tiempo estuvimos allí abrazados, pero fue mucho. Y con ese
abrazo entendí, sin que me dijera nada, que a él también le había pasado lo
mismo, que también le había dolido mucho todo y que tampoco se quería ir.
Y oí un carraspeo a mi espalda. Era el médico, que era más feo que un
dolor, pero majísimo.
—Alejandro, que he pensado que te puedes ir ya a casa.
—Muy bien —le dije con una cara que ya la quisiera la Macarena.
—Eso sí, intenta descansar un par de días y, sobre todo, mantente
hidratado. Es muy importante que bebas mucha agua en las próximas 48
horas.
—Lo haré —le contesté—. Lo prometo.
Entraron todos y me ayudaron a vestirme y a recoger mis cosas. Y en un
momento, Javi me dijo:
—Le he dejado a Felipe mi tarjeta con mi número de teléfono.
Y me entró una risa nerviosa pensando que si, por una casualidad,
Felipe perdía ese papel, Stephan se iba a quedar huérfano de golpe.
—Vale —le dije.
—Es que tengo que ir a la oficina, pero...
—¿Sí?
—Me gustaría mucho prepararte una cena esta noche si te parece bien
—me dijo.
—Claro que sí...
—Perfecto, entonces.
Y me dio un beso. Y el olor de Macassar ya se me incrustó
definitivamente.
—Oye —le dije mientras salía por la puerta—, una cosa...
—Dime.
—Dime que no tienes novio —le dije. Se rió y me contestó.
—Pues no. No tengo novio. Y mira que tengo ganas.
—¿Sí?
—Claro que sí —me contestó—. Tú sabes que sí. Y se dio la vuelta y
salió de la habitación.
Los chicos me ayudaron a recoger todo y fui con Miguel en el coche a
casa. Y, cuando abrí la puerta de casa, era como si fuera otra. Había mucha
luz. Nada más llegar, Stephan encendió la tele y puso la MTV
—Es que dan un especial de Lady Gaga —me dijo.
—Hijo mío —dijo Miguel—, cambias más de ídolo que el tío Alejandro
de novio.
—¿Perdona? —le dije.
—Es una broma...
—Yo tengo una cosa que contaros —dijo Stephan.
—Espera un poco, churri —le dijo Miguel—, que voy a ayudar al tío.
—Es queeee... —dijo el niño.
—Ahora volvemos, Stephan.
Me fui con Miguel al dormitorio.
—Que sepas que me parece fatal que nunca me hayas contado lo de Javi
—me dijo.
—No era plan.
—¿No era plan? —me contestó—. Pues me parece horrible porque tú lo
sabes todo de mí, hasta lo del esteticista francés que se ponía lencería fina y
quería que lo inseminase...
—Esto era distinto, mira.
Y saqué una caja que tenía debajo de la cama.
—¿Esto qué es? —me preguntó.
Y le enseñé el contenido de la caja que me había traído desde Santander.
Es más, creo que es lo único que conservo desde entonces. Bueno, eso y un
VHS de Jeff Stryker que es una obra maestra y que se llama «23
centímetros: uncut edition». Dentro de la caja tenía cuatro cartas que Javi
me había escrito cuando nos conocimos porque éramos tan espesos que,
aparte de pasarnos las horas al teléfono, nos escribíamos cartas. También
tenía un reloj estropeado que me había regalado, un cásete con nuestras
canciones favoritas, una rana pequeña de peluche que había ganado
disparando en una caseta de feria y las fotos. Las fotos de aquel fin de
semana acampando junto a la playa.
—¿Este eres tú? —me preguntó.
—Sí.
—¡Virgen Santa! ¡Qué flequillo!
—Miguel, por dios, que esto es lo más íntimo que tengo y pareces
JuanGa comentando los estilismos...
—Ya, ya... hay que ver la cara de niñato bobo que tenías...
—Hace tanto tiempo...
—Oye... ¿tú te has puesto botox?
—Pues no... ¿por qué?
—Pues hijo, si es que Javi y tú estáis muy parecidos y no me parece
normal...
Y miraba las fotos y era verdad. Tampoco habíamos cambiado tanto.
Las caras de niño se habían convertido en caras de hombre, pero con los
mismos rasgos. Quitando mi flequillo, que era culpa de mi madre,
estábamos igual.
—¿Y ahora qué vas a hacer? —me preguntó Miguel.
—No lo sé, para empezar esta noche vamos a cenar juntos y voy a
intentar no desmayarme...
—Ya, hijo, ya, que vas a parecer la dama de las camelias...
En menos de media hora, ya estaban en casa Matilde, JuanGa, Juanjo el
bombero, las gemelas, Celeste, el novio policía (y bailarín) y Miguel. Solo
había faltado llamar a las lesbianas del cuarto y a la extremista católica para
celebrar la sobredosis.
Como estaba un poco agobiado, me escondí en el baño y llamé a Javi,
que me dijo que ya había terminado y que, si me parecía bien, iba a pasar a
recogerme por casa. Vaya que si me parecía bien. Me pareció tan bien que
me puse siete mascarillas en la cara para volver a parecer una persona
humana mientras Matilde, ya más calmada, pronunció siete frases sin decir
un solo taco. JuanGa hablaba por el móvil diciendo que, como no cambiara
las cortinas del salón, era capaz de no volver a entrar en mi casa. Y
Stephan, con el morro torcido, sentado en el sofá viendo como Lady Gaga
hacía de lesbiana con Beyoncé.
—¿Todo bien? —le pregunté.
—Pues no —me dijo—, es que no me hacéis caso...
—Ahora vuelvo.
Me puse en medio del salón con los brazos en jarras y les dije que Javi
estaba a punto de llegar. Les dije que para mí era importante y que, por
favor, intentaran disimular lo más posible que éramos una familia de
discapacitados, que había tardado una barbaridad en volver a encontrarle y
no era plan de que se fuera corriendo del susto.
—¡Manda cojones! —dijo Matilde.
—Oye, cari, que tampoco estamos tan mal —dijo JuanGa.
—¿Podemos fumar porros delante de él? —preguntó Celeste.
—A ver si por fin alguien me hace caso —dijo Stephan.
Y Javi llegó y con él la típica situación incómoda porque, además de
nuestro reencuentro, se tuvo que tragar a toda mi «familia» de golpe y
porrazo. Gracias al síndrome de Matilde, las cosas se relajaron cuando ella
dijo:
—¡Hostia puta! ¡Eres guapo de cojones! ¡Y menudo culazo!
Nos tomamos una café allí y pasó la tarde poco a poco hasta que
Stephan se colocó en medio del salón y dijo a grito limpio:
—Pero bueno, ¿me vais a hacer caso o no?
—¿Qué pasa, churri? —le dije.
Miguel y Felipe se miraron entre ellos con cara de no entender nada.
—Es que quiero contaros una cosa —nos dijo y se puso rojo como un
tomate.
—¿Es malo? Que yo estoy muy nerviosa últimamente —dijo Celeste.
—Tú naciste nerviosa, cari —le dijo JuanGa.
—Es que... —empezó Stephan—yo...
—¡Ay, dios mío, que lo va a decir! —comentó por lo bajo Miguel.
Y Javi en medio de todo aquello sin entender nada.
—Yo... —seguía el crío.
—¿Yo qué cariño? ¿Yo quéeeee? —bramó la tía Matilde.
—Pues que yo también estoy enamorado... —y ya iba a explotar de rojo
que estaba.
—¿Cómo? —dijo su padre.
El silencio era sepulcral. Un niño en medio de una salón con un tío
recién salido de una sobredosis, una tía con la boca de un marinero, un
policía, un bombero con dos gemelas en los brazos, un estilista y el amor de
toda la vida del tío de la sobredosis. Y eso si no contamos a sus dos padres.
Esto lo llega a ver algún tertuliano de Intereconomía que yo me sé y nos
gasea.
—Pues, cariño —le dijo Celeste—, si eso es preciosoooooo, por
favooooor.
—Ya —dijo Stephan—, pero no quiero que os enfadéis conmigo...
—¿Y por qué nos íbamos a enfadar, churri? —dijo Miguel.
—A ver, caris, que estáis aturullando al crío —dijo JuanGa—. A ver,
Stephan, vamos a hacerlo de golpe, que duele menos...
Stephan puso cara de póquer (debía de ser por Lady Gaga) y asintió con
la cabeza.
—¿Edad? —preguntó JuanGa.
—Doce, como yo.
—Bien. ¿De dónde es?
—De aquí.
—¿Es guapo?
—Mmm... no. No es guapo.
—¿Cómo se llama?
—Andrea.
—¿Italiano?
—No, que ya te he dicho que es de aquí, jolín...
Y el niño estaba agobiándose por segundos. Y nosotros con el alma en
vilo porque no entendíamos nada. Coño, que el niño se había echado un
novio con nombre italiano y punto...
—Es que igual os sienta mal... —dijo.
—A ver, Stephan —le dijo su padre—. ¿Por qué nos iba a sentar mal?
—Es que Andrea...
—¿Síííííííí? —dijimos todos a la vez.
—Es una chica —dijo Stephan.
—Ahhhhhh —dijo JuanGa—. Por dios, no pasa nadaaaa.
Y, de repente, reaccionó.
—¿Qué has dicho que es una quéeeeeee? —le preguntó.
—...una...chica...
—Resumiendo —dijo Javi—, que el niño tiene novia...
—¿El niño es hetero? —preguntó el bombero.
—Pues sí, y la quiero mucho —dijo Stephan.
—¡Mecagüenlavirgensanta! —dijo Matilde.
Y entonces, para repartir responsabilidades, fue JuanGa el que se
desmayó.
UNOS MESES DESPUÉS
La verdad es que nos quedamos un poco a cuadros cuando Stephan nos
soltó en la cara que era heterosexual. Y es que nosotros estábamos
convencidos de que el niño, como poco, nos iba a salir drag queen o
vicepresidente del gobierno, que también es muy vistoso y dramático. Pero
luego, si le aplicas una sencilla regla de tres, es justo lo que tenía que
suceder, y lo explicó muy clarito JuanGa un día:
—A ver, cari, cari, cari... si es que el chiquillo tenía que salir hetero a la
fuerza —me dijo.
—Pues no sé por qué —le dije.
—Bien fácil, cari. Si todos los gays somos hijos de heteros pues
entonces un hijo de dos gays, por pura lógica, tenía que salir aficionado a
las vaginas.
—Hombre —le dije—, mirado así...
—Las matemáticas, cari, las matemáticas que son la clave de la vida.
Yo, desde que aprendí que sumando volúmenes de agua oxigenada con tinte
conseguías unos colores increíbles para el pelo, me he vuelto muy
partidario de las matemáticas...
Y es que, claro, Stephan había vivido con dos papás, en vez de con un
papá y una mamá. Y la cultura que se respiraba en esa casa era gay, sobre
todo por parte de Miguel porque Felipe era un gay como despistado. En su
casa no había discos de Motorhead ni de Sabina; estaba la discografía
completa de Madonna y de Kylie. Y eso es lo que escuchaba el crío desde
su infancia, por lo que se podría decir que, culturalmente, el niño era gay,
pero, a efectos físicos, Stephan era de un hetero que asustaba porque un día
que le dejamos a solas con su amiga Andrea el niño no se cortó un pelo a la
hora de tocarle las tetas y darle un morreo que nos dejó a todos pálidos.
Heterosexualidades aparte, la vida nos había cambiado a casi todos una
barbaridad. No todo era bueno, por supuesto. Pero el vaso siempre estaba
medio lleno. Y es que al final es todo una cuestión de actitud. Puedes
perfectamente ver el vaso medio vacío, es tu decisión, pero no vas a sacar
nada de ello. Además, desde que leí en un artículo del Cosmopolitan que ser
optimista evita un diez por ciento de las arrugas faciales pues no me lo
pienso. Yo era completamente feliz con Javi y, si tengo que contar detalles,
me sería muy difícil. Igual es porque la felicidad, así como concepto, es
imposible de explicar. Pero es que no tenía nada que contar en particular.
Había rendido mis cuentas con el pasado y se me había regalado una
segunda oportunidad que, por supuesto, ambos aprovechamos.
***
La vida nos cambió mucho una noche de domingo en Villa Robledo
donde todos habíamos subido para celebrar el cumpleaños de Miguel.
Charlando, nos dimos cuenta de que, aunque todos estábamos bastante
estabilizados sentimentalmente (que da miedo pensarlo si te fijas en lo
chalados que estamos), la cuestión laboral nos tenía a todos a un paso del
sopor. Yo estaba al límite de mi paciencia en la revista y, desde la portada
de Falete, las cosas no habían sido iguales. Cada día discutía más con el
súper jefe y el tío me estaba cogiendo una tirria enorme, y con razón porque
la revista necesitaba estar pegada a la actualidad y la actualidad
últimamente era una mierda. La única alegría musical había sido que Celine
Dion se había pegado una hostia del quince con su último disco que, por lo
visto, ni su propia familia quería escuchar. Y JuanGa que, aunque esté como
un cencerro, a veces tiene genialidades, tuvo una idea.
—Yo creo que deberíamos montar todos juntos una empresa —dijo.
—¿Para qué? —preguntó Matilde.
—Para salvar el mundo de la música española...
—Pfíf... —dijo Felipe—. Ya estamos...
—Ni fú ni fá, Felipe —siguió JuanGa—, que llevo meses dando vueltas
a la cabeza a una cosa y, mira, me parece el momento perfecto para
largarlo...
—Tú dirás —le dije.
—Vamos a ver, el pop español es una verdadera indignación y todo el
mundo está hasta la diadema, caris, pero es que nadie hace nada...
—¿A qué te refieres? —le preguntó Miguel.
—Pues bien sencillo. Tenemos que hacer al pop español lo que le
hicieron a Aznar con el «No a la guerra»...
—No entiendo —dijo Celeste—, no pensaba que el conflicto entre
Marta y Mónica hubiera llegado ya a niveles de la OTAN...
—Hija, de verdad —le dijo JuanGa—, a veces me dan unas ganas de
estamparte una sartén de las de Belén Esteban que no te haces idea...
Y continuó:
—El Canto del loco llevan toda la vida grabando el mismo disco y ya
aburren a los muertos, Alex Ubago es un chico al que uno le quiere tomar el
pulso para comprobar que no ha fallecido mientras canta, Amaya Montero
parece un reloaded de Bárbara Rey en la época del bingo y no para de
retener líquidos de tanta balada monjil, Pereza hacen honor a su nombre,
Merche... con lo que ha sido esa chica, sale a cantar... ¡con una guitarra!, a
Nawja Nimri en algún país islámico ya la hubieran asesinado por cantar
esas cosas y ya no te quiero ni contar con las de OT que parecen unas
replicantes chungas vestidas por el estilista de Terelu... resumiendo, el pop
español está súper muerto, mega muerto, híper muerto, caris...
—Llevas una parte de razón en lo que dices, pero... ¿qué tenemos que
ver nosotros con todo eso? —le preguntó Javi con cara de curiosidad.
—Pues que las personas que estamos en esta habitación podemos salvar
a España de este desastre musical —contestó.
Yo, que no me cansaré de repetir que soy muy médium, intuía por dónde
iban las cosas y la verdad es que JuanGa tenía más razón que un santo. Era
una locura, claro, pero tenía razón.
—Si unimos fuerzas, podemos hacerlo —dijo JuanGa soplándose el
flequillo.
—¿Y qué propones? —preguntó Felipe.
—Pues muy fácil, hacer lo mismo que hacen en Inglaterra o en Estados
Unidos, crear una empresa de cantantes de éxito porque desde Julio Iglesias
no existe ni un solo cantante español al que se conozca más allá de
Atapuerca...
Y eso era verdad. No hacíamos música exportable. Y no podíamos
engañarnos. En España era imposible fabricar una cosa como Lady Gaga o
Madonna. En España, Miguel Ríos y Luis Eduardo Aute son como los
Bruce Springsteen y Simón & Garfunkel en USA. Y sí, las comparaciones,
en este caso, no solo son odiosas, es que dan mucha risa. Vivimos en un
país donde cuanto más cutre y peor vestido vayas, más oportunidades tienes
de triunfar y de ser tomado en serio porque serás un guarro greñudo, pero
eres auténtico. No hay nada que dé más miedo que la lista de los 40
Principales.
—O sea —dijo JuanGa—, que tenemos que unir fuerzas. Por ejemplo,
yo no conozco a nadie que tenga la cultura musical y el oído de Alejandro.
Alejandro sabe lo que puede funcionar, lo que la gente quiere cantar. Y lo
mismo para Miguel y el marketing, porque Miguel es la única persona que
conozco capaz de convencer a una mujer calva de que su vida sin una
diadema es un horror. Matilde, a pesar de esa boca, se ha convertido en una
maquilladora tremenda porque, al aplicar esa violencia verbal interna al
mundo del pincel, consigue unos maquillajes que hacen que David Bowie
en los 70 parezca una prima de pueblo de Candy Candy. Luego está Javi,
que no te voy a engañar, nos viene de coña marinera que trabajes de jefe de
marketing en un canal de televisión porque así nos podemos aprovechar de
ti (en el buen sentido) y colocar a nuestros artistas en tu canal. Hasta
Celeste nos viene de perlas porque un cantante que triunfe tiene que estar
mega tonificado, cari, y una no es nadie hasta que tiene su propia
entrenadora personal y sale a hacer footing con ella y unas gafas de Prada
de cuatrocientos euros...
—¿Y yo? —preguntó Felipe.
—Pues, cari —le dijo JuanGa—, tú, como eres una cosa rara que hasta
el niño te ha salido hetero, eres una pieza fundamental para tenernos a todos
controlados. Hay que ver cómo tienes la casa de bien y tu marido dice todo
el rato que solo aprendió a ahorrar cuando te conoció. Así que tú harías
como de administrador y de la persona que nos grita cuando se nos va la
pinza...
Esa noche nos volvimos todos a casa dándole vueltas a la idea en la
cabeza. Y, justo antes de meterme en la cama, mientras Javi mandaba unos
mails de curro se lo pregunté:
—¿Te parece muy descabellada la idea de JuanGa?
—La verdad es que no, es más, me parece cojonuda.
—¿En serio? —me quedé asombrado porque Javi era bastante
conservador para las cosas de trabajo.
—Sí. Yo creo que JuanGa, Miguel y tú lleváis muchos años acumulando
conocimientos. Y ahora es el momento de capitalizar todo eso y poner para
vuestro propio beneficio todo lo que habéis aprendido...
—Ya, pero es que me da un poco de vértigo lo de dejar un trabajo fijo...
—Pero si te mueres de ganas de prender fuego a la redacción de la
revista —me contestó.
—Hombre, estoy ya muy cansado, es mucho tiempo y ya he llegado
hasta donde podía llegar...
—Por eso lo digo —me contestó—, ahora es un buen momento para que
empieces otro camino, el tuyo...
—Ya, ya... pero me da bastante miedo el tema de las pelas...
Y, en realidad, era lo único que me daba miedo. Al vivir en Chueca, uno
conoce a un montón de gente que tienen «profesiones liberales» (y no, no
hablo de chaperos o camellos, que esos sí tienen buenos ingresos) y una
economía inestable es muy difícil de llevar. Y yo no estaba seguro de ser lo
suficientemente fuerte para encarar un futuro chungo de pelas.
—Oye... —me dijo Javi—. Nosotros estamos bien, ¿verdad?
—No entiendo.
—Quiero decir, que lo nuestro tiene pinta de ir para largo...
—Para siempre —le dije— o eso espero yo...
—Entonces quiero que me dejes ayudarte.
—¿En qué?
—Mira, si te parece bien, podríamos irnos a vivir juntos. Y, mientras
JuanGa, Miguel y tú lo ponéis todo en marcha y empezáis a ver algo de
pasta, yo podría correr con todos nuestros gastos —me dijo.
—Ni hablar del peluquín —le contesté.
—Ale, tengo un dinero ahorrado que, sinceramente, no hace nada en el
banco. No sé invertir en bolsa ni estoy enganchado a las tragaperras...
—Bueno ¿y? Es tu dinero...
—Por ahí no vamos bien —me dijo con el morro torcido—. Si nosotros
tenemos planes, esos planes lo abarcan todo. Si tú estuvieras en mi lugar
harías lo mismo, estoy seguro.
—Sin duda, lo haría —le dije.
—Pues no hay más que hablar.
—Javi... ¿no se estropeará la cosa si nos vamos a vivir juntos?
—Pero si ya vivimos juntos prácticamente —y se rió.
—Hombre, no es lo mismo.
—Dentro del corazón —me contestó—, sí es lo mismo. Me da igual
dónde cuelgo los trajes. Lo que no me da igual es dónde dejo mi corazón.
Y aquí ya me salto un rato la historia porque si tu novio te suelta una
cosa así lo único que puedes es... pues eso. Y que, aparte de todo, no creo
yo estar muy capacitado para contar cosas eróticas y románticas, que me da
un pudor tremendo. Fíjate que en otro momento me hubiese encerrado con
cuatro jugadores de rugby en un vestuario y lo hubiese contado todo con
pelos y señales. Sobre todo con pelos. Pero lo que hacía con Javi sería
incapaz de contarlo, aparte del hecho de que no me da la gana, que siempre
hay que guardarse algo para uno mismo, que es lo que las lesbianas cultas
llaman «el jardín secreto» o algo parecido.
Me pasé muchas noches sin dormir dando vueltas a la cabeza sobre si
estaba preparado para dar el paso. Me inquietaba dejar atrás una seguridad
económica y saltar a una piscina que no sabía si estaba llena. De hecho,
muchas noches soñaba que saltaba de un trampolín y me despertaba justo
antes de llegar al agua. Pero un día me dije a mí mismo que el mundo era de
los valientes y que era mejor morir de pie que vivir de rodillas, aunque no
entiendo el refrán porque ha habido veces que yo me lo he pasado de
maravilla de rodillas. Y me fui con JuanGa y Miguel una noche a cenar y se
lo dije:
—Pues mira, que sí...
—¿En serioooooo? —me gritaron los dos al unísono.
—Sí.
—Ay, caris, caris, caris... ¡qué emoción!
Inmediatamente, pedimos una botella de champagne y la camarera nos
dijo:
—¿Tengo yo cara de tener champán, monos?
—No sé, hija. Trae algo, cari —le dijo JuanGa.
—¿Orujo de hierbas casero?
—Vale, lo que sea, pero que tenga alcohol que hoy es un día grande —
dijo Miguel.
Y así, más pedos que Alfredo y en un restaurante barato de la calle
Hortaleza, nació SSS.
Es decir, Star Studio Spain.
MELON Y JAZMIN
Si tengo que ser sincero, me hubiese encantado que, a partir de aquí,
alguien hubiese escrito por mí lo que queda de nuestra historia. Supongo
que, conforme vayan pasando las cosas, se comprenderá lo que quiero decir.
Porque hay cosas que está muy bien que las cuente uno, pero hay otras
cosas que son prácticamente imposibles de contar en primera persona.
JuanGa, Miguel y yo, una vez decididos a montar SSS, nos pusimos a
buscar una oficina por el centro de Madrid y encontramos justo lo que
queríamos en la calle Montera, rodeados de putas y de una actividad
frenética. Felipe nos ayudó a decorarla y le dio un toque orgánico porque si
hubiera sido por JuanGa aquello hubiera parecido la mezcla de un Bershka
y un puticlub en fucsias y amarillos.
—Hijo, parece un banco esto —me dijo.
—No te preocupes, Felipe nos ha hecho una decoración básica y luego
nosotros le damos nuestro toque personal a cada despacho.
—Pues menos mal, cari, porque tanta planta natural, tanto tronco y tanto
material orgánico me dan un poco de alergia, que me gusta a mí un plástico,
una textura industrial y un color imposible, por dios, cari...
Una vez que tuvimos lista la oficina, Miguel se encargó de preparar un
dossier de prensa para enviar a nuestros futuros clientes. Y fue una época
frenética porque, como gastamos bastante pasta en la inversión, tuvimos
que continuar una temporada en nuestros trabajos para seguir generando
dinero hasta que tuviésemos algún ingreso en SSS. Yo no veía la hora de
pirarme de la revista que estaba llegando a extremos tan degenerados que
por los pasillos se decía que la nueva portada se iba a llamar «Nena
Daconte: el futuro de la canción que no protesta». Vamos, que hasta una
entrevista sobre el conflicto de los Balcanes a Rebeca (la del «Duro de
pelar») hubiera tenido más sentido.
Y JuanGa fue el que nos consiguió el primer cliente. Dos hermanas
hijas de un multimillonario (sector textil) que, con el apoyo de su padre, se
habían grabado un disco a todo trapo que había costado un pastizal y, ahora,
no sabían cómo seguir su carrera y lanzar el disco. No tenían compañía
discográfica, no tenían mánager ni perrito que les ladrase. Y ahí,
precisamente, entrábamos nosotros.
JuanGa las había conocido en un desfile donde su padre les había
mandado para espiar los modelos y luego copiarlos en menos de una
semana para colocarlos en las tiendas y allí mismo, en el «kissing room», se
hicieron amigos íntimos, que es la única clase de amigos que JuanGa
conoce. Tiene unos 400 amigos íntimos más o menos y es que, como él me
explicó, «no soy puta, soy sociable». Y luego nos contó con detalle cuál
había sido su primera impresión al conocerlas.
—Yo lo vi claro, cari, híper claro, mega cari claro —nos dijo—.
Alguien que se haga una diadema con tetra brik de tomate Orlando y lo
combine con una baguette de Fendi y unos Jimmy Choo con calcetines
color carne... esa persona tiene estilo, gusto y clase. Y la otra iba
maravillosa, con una bata de boatiné de andar por casa color magenta, unas
katiuskas verde caqui y bragas, sujetador y ligueros. Y las dos en primera
fila con cara de ir en el último vagón de metro después de una noche
movidita...
—¿Y qué medicación toman? —le preguntó Miguel.
—Pues, cari, yo qué sé, lo típico, Orfidal para dormir y Prozac para no
matar a la gente cuando les lleven la contraria...
—Entonces todo fenomenal —le contesté—. ¡Qué tranquilidad!
—Muy bien, JuanGa —me interrumpió Miguel—, pero... ¿estas qué
coño cantan?
Y entonces JuanGa, que sabía que tenía un as en la manga (japonesa)
fue hacia su maxi bolso y sacó un DVD que nos vino de perlas para
inaugurar el pedazo de plasma que habíamos puesto en la sala de reuniones.
—Atención, caris...
Y pulsó play.
Lo primero que vimos fue un garaje como de urbanización con un
Mercedes descapotable de caerte al suelo. Y allí estaban ellas, despeinadas,
vestidas de leopardo y con una camiseta que decía «Me paso a Marlango
por el Fandango», lo cual inmediatamente ganó mi simpatía. Y comenzó
hablando la rubia:
—Hola, somos Melón y Jazmín. Bueno, yo me llamo Covadonga, pero
mi nombre artístico es Melón y me encargo de la voz principal y la guitarra.
Soy Capricornio con ascendente Piscis y creo que mi virtud principal es que
primero grito y luego pregunto, es decir, soy una tía sincera y directa. Claro,
que nosotras nos podemos permitir ser sinceras todo el rato porque estamos
forradas hasta las patas... a ver quién es el guapo que nos dice que no.
La otra la interrumpió:
—Yo soy Jazmín y mi nombre artístico es Jazmín, toco los teclados y
hago los coros a mi hermana, y soy Escorpio con ascendente Escorpio,
vamos, una pesadilla horrorosa. Y chica, es que estamos hasta la vulva
(literal) de esta cosa de las cantautoras para pobres. ¡Como si los ricos no
tuviésemos problemas! Y ahí está nuestro rollo. España está llena de nuevos
ricos que necesitan canciones que hablen de sus problemas. A nosotras no
nos afectan ni el paro, ni la crisis, ni si Belén Esteban se opera y se le queda
la cara de Míster Potato, que hay que ver lo torcida que le han dejado la
tocha... lo nuestro es más de angustia social, de tenerlo todo y, sin
embargo... querer un poco más. Que ser rica te vuelve súper insegura.
Melón volvió a hablar:
—Nosotras somos en nosotras mismas un target buenísimo porque entre
los hijos de los corruptos, de los políticos, de los políticos corruptos, de los
especuladores inmobiliarios, de los hijos de los curas, los de los
empresarios del ladrillo y así, tenemos un hueco en el mercado con gente de
dinero que jamás se descargarían nuestros discos de Internet porque eso es
de pobre y de cutre. Hijo, si no tienes pasta, pues cómprate un disco, pero
no te descargues quince, bonito, que hay que ser muy chusco y muy off para
hacer eso. Hay que tener pocas cosas, pero buenas. Y si tienes muchas, pues
que sean buenas también, que nosotras nos hemos hecho unas fotos a-co-jo-
nan-tes con David LaChappelle para el disco y si te lo bajas de Internet
pues no vas a poder vernos comiéndonos la boca con una monja que en
realidad en un hombre andrógino, que las ricas también tenemos nuestro
punto canalla y sindicalista...
¿Sindicalista? Yo en este momento del vídeo estaba fascinado porque
eran una mezcla de Paris Hilton y Lindsay Lohan con el look de Debbie
Harry y la lengua de María Patiño; es decir, una ídola tras otra. Y
terminaban el vídeo diciendo:
—Bueno, pues eso, que somos Melón y Jazmín y este es nuestro primer
single que se llama «La corrupción es mi solución». Esperamos que os
guste.
Y vaya que si nos gustó. Era un poco como si a Britney Spears le
hubiera dado por mezclar el techno con las guitarras y nos flipó mucho que
las dos cantaban estupendamente bien. Y, lo mejor de todo, era un producto
muy para todo el mundo, sobre todo si tenían pasta. Esto no era una cosa
para gays, aunque estaba claro que lo iban a flipar, pero iba más allá de lo
gay, y eso era buenísimo porque aún tenía mucho resquemor y mala sangre
encima por lo de Estrella.
—La verdad es que son distintas —dijo Miguel—, no me las había
imaginado así.
—Y encima las dos votan al PSOE —dijo JuanGa.
—¿Estas dos son socialistas? —pregunté.
—Para nada, cari, lo hacen para joder al padre que quería que las niñas
continuasen la saga textil de la familia y ellas hasta se han hecho de
Izquierda Unida porque, por una parte, ven a Pilar Bardem como una mujer
con carácter y por otra saben que le provocan un soponcio al padre. Y es
que creo que ellas no saben lo que es la política, fíjate lo que te digo...
—Vamos, que si fueran pobres estarían en «Hombres Mujeres y
Viceversa» —dijo Miguel.
—Un poco igual sí, cari.
Cuando llegué a casa esa noche le puse a Javi el vídeo y el primer
single, y a los dos minutos estaba llorando de la risa y pensaba que eran
fantásticas. Me dijo también que a nivel de televisión tenían un potencial
increíble y que no veía problemas para que entraran muy fácil en su canal.
Y es que ¡qué bien me iban las cosas con Javi! Y esta vez no es tontería.
La vida directamente se enfoca en él y en el trabajo. No hay nada más allá
que me importe o que necesite. Y cuando está dormido y le veo, además de
pensar lo guapo que es, pienso que me he enamorado de lo buena persona
que es, y eso me hace sentirme orgulloso de mí. Se supone que he tenido
que madurar para enamorarme de algo que no se ve a primera vista. Y
muchas noches, cuando en la habitación solo entra un poco de penumbra y
estamos en silencio mirándonos, le veo la misma cara que tenía cuando nos
conocimos. Y es como quedarse suspendido en el tiempo y como si nada
hubiera pasado en casi veinte años.
Además, me he vuelto hasta cariñoso, cosa que me da una vergüenza
enorme confesar, que los del norte somos un poco herméticos. Hace poco
me sorprendí sentado enfrente de una ventana y emocionado porque ya se
me había pasado esa impresión de ser un fracaso. Y no solo yo, Javi entró
en mi «familia» como si siempre hubiera estado allí. Felipe y él hicieron
muy buenas migas y, como Felipe era paisajista, Javi le propuso para un
programa de jardinería en su cadena, lo que hizo que le salieran los clientes
como churros. Con Celeste se moría de la risa, era entrar Celeste por la
puerta y Javi ya estaba a carcajadas.
—Estás consiguiendo que me sienta muy Paz Padilla —le decía Celeste.
Y el otro a carcajadas. Y así con todo porque Javi se entregaba a la
gente por completo. Casi le da un Terelu enorme a JuanGa cuando Javi le
pidió una vez que le hiciera del personal shopper. Llegó a casa cuatro horas
más tarde con unos modelos que daban escalofríos.
—Tú... ¿no te vas a poner esto, verdad? —le pregunté.
—Pues no, pero qué risa de tarde que hemos pasado, tenías que haber
visto a JuanGa amenazando a una dependienta del Zara Taras porque no
tenían no sé qué de un color verde flúor...
—¿En el Zara Taras? —le pregunté.
—Sí, porque JuanGa me ha explicado que hay dos corrientes que
chocan en el mundo de la moda. Por una parte, las tendencias cambian a
una velocidad pasmosa y de esto dice JuanGa que la culpa la tiene Inditex,
o sea que, si te descuidas un poco, una camiseta que te has comprado en
enero ya está pasada de moda en mayo. Peeeero, por otro lado, está muy en
boga el «vintage» y como la moda va a esta velocidad pues algo de finales
del 2009 ya es un clásico directamente y lo puedes recuperar. Por lo tanto,
el Zara Taras es ahora mismo un templo para los estilistas. Fíjate que se han
encontrado allí dos y uno al otro le ha dicho «Qué maravilla de minipull, es
absolutamente taaaaan julio del 2008».
—¿En serio? —le pregunté.
—Con esas mismas palabras, lo que me ha hecho pensar que nosotros,
como gays, somos muy distintos ¿no? Porque yo no te recuerdo ni a ti ni a
mí con esa pluma y esa locura constante y esa obsesión por Sarah Jessica
Parker...
—Era otra época y nosotros vivíamos en una ciudad pequeña, Javi...
—Pero tú sigues igual de guapo que entonces, te miro y estás brillante
—me dijo.
—¿Cómo?
—Sí, que nos brilla la cara, la mirada... todo brilla desde que estamos
juntos.
Y hala, otro polvo.
DÍAS MÁS TARDE
Decidimos firmar el contrato de promoción y representación con Melón
y Jazmín, y nos puso mucho las pilas por fin tener a nuestro primer cliente.
Y estas no iban a tener ningún problema para pagar el pastizal que les
cobrábamos.
Primero de todo empezamos por la imagen. JuanGa se puso las pilas
como nunca le había visto en su vida y hasta hacía publicidad en su
programa de las chicas prometiendo (palabras textuales) que: «el mundo iba
a descubrir que se puede vestir perfectamente de arriba abajo de animal
print y no parecer la tía de Mari Cielo Pajares, esa mujer que si le quitas los
labios pesa cuatrocientos gramos menos». Yo, por mi parte y
aprovechándome de un test de fotos que les había hecho un fotógrafo
modernísimo, colé un pequeño artículo en la revista hablando de ellas como
la nueva sensación «disco indie» que me quedaba fenomenal para
describirlas.
Javi nos aconsejó hacerles una serie de vídeos caseros y colgarlos en
youtube para luego redirigirlos a blogs, páginas de Facebook, myspace y de
todo, porque si no estás en Internet estás muerto. Y es que hoy en día es
mucho peor ser anónimo que pobre, que esto lo he oído yo en una serie de
televisión donde también dicen que los delfines en realidad son tiburones
gays, que es una cosa que cualquier persona normal ha pensado alguna vez.
Y les hicimos los vídeos, vaya que sí. El primero de todo lo hicimos
falseando un retrato de su padre con ellas poniéndole pestañas postizas y
mucho gloss y mucha sombra de ojos azul piscina. Y mientras se morían de
la risa diciéndose la una a la otra: «A papá le va a dar un nervous
breakdown de la hostia». Y poco a poco, Melón y Jazmín empezaron a estar
en boca de la gente. Esta vez no fue inmediato, como lo de Estrella y, de
hecho, no hubo ninguna discográfica que quisiera firmarlas. Nos dijeron
que había una crisis terrible y que nadie se atrevía a invertir pasta, sobre
todo después de lo de Estrella. Vamos, que nuestro reciente pasado nos
cerró más puertas de las que queríamos admitir. Por lo tanto, decidimos
pasar de las compañías y formar una a medias con las chicas porque, si hay
que decir la verdad, no nos interesaba para nada tener el disco en el Corte
Inglés, nos interesaba estar en iTunes, con lo que nos ahorrábamos el coste
de fabricar el CD físico y con esa pasta las niñas querían un videoclip. Así
que llamamos a un chico que había hecho vídeos para Mónica Naranjo y le
dijimos que tenía que conocer a las chicas y ver qué le parecían. Y a los dos
días nos llamó completamente entusiasmado:
—¡Son la hostia, maaaaan! —nos decía al teléfono con mucho acento
de Miami, aunque era más canario que Rosana—. Estas dan el reventón...
en menos de una semana os mando el storyboard que es la pollaaaaaa,
maaaaaan.
En menos de dos meses conseguimos hacer un hueco a Melón y Jazmín
en la escena más moderna y esta vez decidimos que sus primeras
actuaciones fueran en el barrio de Malasaña, que ya llevaba un tiempo
superando a Chueca en modernidad, que hay que ver lo mal que estaba
Chueca últimamente. El barrio se había convertido definitivamente en un
Disneylandia Gay, que esto ya lo dijo hace muchos años Alaska, y Alaska
siempre tiene razón. Las tiendas buenas se estaban empezando a ir a la calle
Fuencarral y la calle Hortaleza, que yo creo que es la calle más marica del
mundo. Tenía restaurantes gays (donde servían filetes de vacas lesbianas),
tiendas de esas donde venden de todo con los colores de la bandera gay (sí,
incluso fundas para misales) y la eterna tienda de batidos de proteínas que
era el clásico absoluto de la zona. Pero era todo como de gay de plástico y
no avanzaba con el tiempo.
«La corrupción es mi solución» poco a poco empezó a sonar en un
montón de garitos y las chicas caían bien allá por donde iban porque, a
pesar de su aspecto de Paris Hilton racial, eran bastante auténticas y lo
único que nos pidieron al firmar el contrato fue que no intentáramos
convertirlas en algo que no fueran. Más concretamente, Covadonga (Melón)
nos dijo:
—Mira, chato, nosotras somos lo que somos y ya está. Si la cosa esta
nos sale mal, pues nos ha salido mal y seguiremos cantando en el jacuzzi de
papá en Puerto Banús, pero lo que no nos apetece es que, para meternos en
un bolo de los 40 Principales, alguien nos diga que tenemos que vestirnos
como Amaia Montero porque entonces nos salen las arrabaleras que
llevamos dentro y se va todo a la mierda, que nosotras tenemos educación
hasta cierto punto, que somos nuevas ricas, no ricas de toda la vida... no sé
si me entiendes.
Y claro que la entendía. Melón y Jazmín, a pesar de tener una situación
económica sólida, en el fondo querían poder subirse a un escenario y que
las oyeran cantar. Jamás las escuché fantasear con ganar un Grammy o tener
el pelo de Merche, por ejemplo. Y, si las chicas lo manejaban bien, podrían
tener una carrera larga. Además, las juntamos con un nuevo talento que
habíamos descubierto a través de youtube, una muchacha gallega que se
llamaba Érica Magdaleno y que era el cuerpo de Divine con el espíritu de
Miley Cyrus. Érica pesaba cien kilos y era rubia platino, pero se miraba al
espejo y veía a Nelly Furtado, y tenía una actitud muy parecida a Melón y
Jazmín, por lo que enseguida se hicieron amigas e incluso un día nos
sorprendieron grabando un temazo a tres bandas que se llamaba «No estás
gorda, eres ancha» que se convirtió en una especie de himno de aceptación
del cuerpo de la mujer con curvas gracias a un programa de la mañana de
esos con muchos colaboradores homosexuales con cejas depiladas y
camisetas apretadas.
Y, justo cuando íbamos a comenzar la gira de las chicas, decidí que ya
era el momento de pirarme de la revista. Me dio un poco de pena, no lo voy
a negar, e incluso me sorprendió que varias compañeras echaran unas
lagrimillas mientras recogía las cosas de mi despacho. Mis jefes me dijeron
que si quería podía trabajar menos y estar entre mi negocio y la revista, pero
no acepté la oferta. Tenía algo dentro de mí que me decía que también en
este aspecto debía empezar de cero. Me veía por delante con una
oportunidad gigante para dar el vuelco que mi vida necesitaba. Javi, por
supuesto, había sido un detonante para que yo me decidiera. Estar junto a él
me hacía sentirme como nunca. Pensaba que, aunque las cosas me fueran
mal, él siempre estaría allí para apoyarme y, de una manera u otra,
terminarían arreglándose. Estar junto a Javi me hizo mirar al futuro con una
valentía que desconocía. Y, a ratos, tenía verdaderos ataques de pánico
pensando que todo aquello se podía acabar de golpe. Verdaderos ataques de
pánico de que pudiera pasar algo que derrumbara mi castillo. Si las cosas se
estropeaban, yo no tendría la fuerza suficiente para volver a mi antigua
vida. Me angustiaba pensar que Javi se podía cansar de mí, que podía
descubrir algo que no le gustaba y se quisiese ir. Una noche que me quedé
solo en la oficina, hice algo que tenía ganas de hacer. Una tontería, es
cierto, pero, después de hacerla, me sentí mucho más tranquilo. Ya lo
contaré más tarde.
Aquella noche volví a casa dando un paseo por Chueca y descubrí que
era un sitio distinto para mí. Ahora la calle era como una especie de
decorado por el que yo paseaba, absorto en mi felicidad. Una felicidad que
me había arrancado de cuajo de ese decorado lleno de hombres musculosos
y bronceados en enero, modernos con flequillo y pantalones pitillo y osos
que, al abrir la boca, se convertían en una concursante de «Se llama copla».
Paseando me di cuenta de que ya no pertenecía a ese gigantesco decorado.
Había un montón de cosas que ya no me permitían integrarme allí. Y esa
sensación era maravillosa, significaba que una parte de mi vida había sido
superada con un aprobado. Incluso al girar entre Hortaleza y Augusto
Figueroa, pasé la mano por un edificio, como acariciándolo, y dije:
—Gracias.
Era mi manera de dar las gracias al barrio. Apoyé mi cara contra la
pared fría y le volví a dar las gracias. Y, de repente, oí una voz a mi espalda.
—Alejandro... ¿qué haces?
Me di la vuelta y era Javi, que acababa de aparcar el coche.
—Eh... nada —le dije—. Iba dando un paseo de camino a casa...
—Me ha parecido que te estabas dando el lote con esa pared —me
dijo...
—¡Estás chalado! —le contesté rojo como un tomate.
—Bueno, pues vamos para casa, que tengo ganas de llegar.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Sí, pero... tenemos que hablar Alejandro... Cuando uno dice «tenemos
que hablar Alejandro» es que hay probablemente algo que no me va a
gustar escuchar. Ya me parecía a mí que tanta felicidad no era posible. Y
volvimos a casa sin abrir la boca.
UN PASO ADELANTE
—¿Es malo? —le pregunté en la puerta del Mercado de Fuencarral.
Es que iba acojonado porque, cuando alguien pone tu nombre de pila en
una frase, a mí siempre me ha parecido que las cosas se ponen serias, y
pocas veces para bien.
—No, no creo que sea malo —me dijo—. ¿Por qué tendría algo malo
que decirte?
—No lo sé, lo mismo te has cansado de mí.
—No me gusta cuando me dices esas cosas, te veo inseguro y no me
gusta...
—No estoy nada inseguro —le dije—. Todo lo contrario, lo que estoy es
un poco acojonado pensando que igual algún día te cansas de mí...
—Pues eso tiene fácil arreglo, hazme feliz y no creo que me canse
nunca.
Y es que en el fondo tenía razón. Yo era un privilegiado porque la vida
me había regalado una segunda oportunidad de vivir el primer amor. A
veces pensaba que me daba tanto miedo perderle que no le disfrutaba lo
suficiente, y ese era tiempo perdido. Así que intenté relajarme, llegamos a
casa y yo me duché mientras él hacía la cena. No quería presionarle con
nada aunque me moría de ganas de saber lo que quería decirme. Pero él
solito, al encenderse el cigarro de después de cenar, empezó:
—Pues bueno —comenzó.
Y yo con el corazón a punto de salirme por la boca.
—La cosa es que me gustaría preguntarte cómo estamos...
—No entiendo.
—Que quiero saber si eres feliz, si esto es lo que querías y si cuando
cierras los ojos te ves haciéndote mayor conmigo...
Tuve que tragar saliva para responderle.
—Pues, fíjate, de eso he estado hablando con Miguel esta tarde... —le
dije— de que no me imaginaba haciendo nada si no estabas tú y que me da
miedo convertirme en un novio obsesivo y psicópata de esos.
Javi se rió.
—Le he estado contando —continué— que todos los días por la noche
cuando entras en casa y oigo que la puerta se cierra, hay unos segundos en
los que me falta como el aire y se me agita la respiración, y hasta que no te
veo, y hasta que no te huelo el cuello, es como que no me quedo tranquilo.
Se quedó callado y yo me quedé con la sensación de que había sido un
cursi de cojones. Pero es que eso es de verdad lo que me pasaba. Y era
como la primera vez que nos vimos. Se podría decir que tenía una
necesidad física de él.
—Creo que es lo mejor que me podías haber dicho. Y que sepas que me
pasa lo mismo —me contestó.
—¿De verdad?
—No dudes tanto de esto, Alejandro, no hace falta, créeme que no es
necesario.
—Lo intentaré —le contesté—, pero sigo pensando en qué querías
decirme...
—Quiero que demos un paso adelante juntos.
La hostia puta. ¿Me iba a pedir que nos casáramos? Ay, por dios, que se
me iba la cabeza y en menos de diez segundos ya me había imaginado la
boda con dos trajes de Gucci azul marino y una luna de miel en la Polinesia.
Pero no. No me dijo eso.
—Me gustaría que fuésemos pensado en vivir juntos —me dijo.
—Pero si prácticamente vivimos juntos.
—Ya, pero pasamos las noches en mi casa o en la tuya. Y me gustaría
que tuviésemos «nuestra casa», algo que hayamos elegido los dos y que no
haya nada de mi pasado ni del tuyo. Me gustaría crear un hogar para
nosotros partiendo de cero, no sé si me entiendes...
—Sí, claro que te entiendo.
—¿Y? —me preguntó.
—Pues que me hace muy feliz lo que me has dicho —y se me
emborronaron los ojos.
—Fíjate que yo pensaba que tú lo mismo creías que te iba a pedir que
nos casáramos —y se reía.
Y, claro, se me notó en la cara.
—¿De verdad pensabas que te iba a pedir que nos casáramos? —me
dijo a carcajadas—. No me jodas, ja ja ja.
Y yo, mintiendo como un bellaco.
—Para nada.
Pero la risa me delataba, lo que hacía la situación cachonda, pero me
daba un poco de vergüenza ser tan obvio. Porque los gays tenemos un
sentido de la dignidad 137,6 por ciento más alto que un heterosexual
cualquiera, y esto debe de ser verídico porque Kiko Matamoros no protestó
cuando lo dijo en la tele una que es cuñada de Rocío Jurado, que lleva el
pelo de Madonna en «Hung Up» y que huye de los tejidos lisos como del
demonio. Lo que le gusta un estampado de leopardo a esta señora, por dios.
Y nos fuimos a la cama esa noche a las tantas porque, de repente, nos
entró un frenesí de meternos en Internet y ver qué casas había disponibles y
si entraban dentro de un presupuesto razonable. Javi solamente me pidió
una cosa.
—Si no te importa, preferiría que fuese en otro sitio distinto de Chueca.
Y ni siquiera le tuve que preguntar nada. Entendía perfectamente por
qué me lo estaba pidiendo y no podía estar más de acuerdo. Cada vez estaba
más claro que, desde que me volví a cruzar con él, todo volvió a empezar.
Después de darnos el beso de buenas noches, lo último que me dijo
antes de dormir fue:
—Pues yo lo mismo sí me casaba contigo.
Por supuesto, no recuerdo haber dormido una noche igual de bien en mi
vida.
UNA SEMANA DESPUÉS
—¿En serio nos dan la portada? —me dijeron las dos mirándome como
si les hubiera dicho que existía actividad cerebral en Sonia Monroy.
—Hoy mismo me lo han confirmado. El jueves que viene hacemos las
fotos y allí mismo haremos la entrevista —afirmé orgulloso.
Y es que resulta que en mi antiguo trabajo se habían enterado de lo de
Melón y Jazmín y me habían dicho que les molaban una barbaridad y que
nos daban la portada si corríamos con los gastos de las fotos y yo les hacía
la entrevista. Y a una portada no se dice que no jamás de los jamases. Y no
me jodas, después de lo del Especial Falete, esto iba a ser como hablar de
Mick Jagger.
Así que nos pusimos las pilas porque esto había que hacerlo bien. «La
corrupción es mi solución» con el bonus track del tema con Érica
Magdaleno ya se había colado en el top 20 de ventas de iTunes y teniendo
en cuenta cómo estaban las cosas, era una muy buena noticia. Por supuesto,
las radios más importantes no querían ponernos hasta que no diéramos
pasta. Pero las chicas se negaban y a mí me parecía muy bien.
—Cariño —me dijo Jazmín—, nosotras tenemos pasta para comprarnos
la emisora y quedarnos más anchas que largas, pero es que no es plan. Si les
gusta y les parece tan buena la canción que la pongan gratis, y si no, pues
que no la pongan, pero como comprenderás no les vamos a pagar una pasta
para que nos pongan entre Alex Ubago y la del Sueño de Morfeo porque
eso ya es de casquería... ¿es que no puede nadie decirle a la del Sueño de
Morfeo que se dedique a gastarse la pasta de su marido y se quede callada
de una puta vez?
—Más razón que un santo tenéis, caris —dijo JuanGa—. Hala, y ahora
nos vamos al showroom de una diseñadora argentina que os quiere vestir de
frutas y flores para la portada. No le hagáis mucho caso porque, además de
argentina, es una lesbiana ex protestante y ella vuelca toda la angustia en
diseñar. Es como para matarla, pero cada vez que se come una vagina,
como se siente culpable, esta, en vez de fustigarse, diseña unos modelos que
te mueres...
Y aproveché para entrar en la oficina de Miguel que estaba con el morro
torcido porque, ahora que las chicas empezaban a ser conocidas, varias
compañías que antes nos habían dicho que no ahora se mostraban
interesadas en aliarse con nosotros. Y Miguel se negaba:
—Mira, si no confiaron desde el principio en las chicas, no es mi culpa.
Parte del negocio de las discográficas también consiste en adelantarse a los
acontecimientos y descubrir antes que nadie a los nuevos talentos, y no se
lo pensaron ni dos minutos antes de darnos con la puerta en las narices...
—¿Se lo has contado a Melón y Jazmín? —le pregunté.
—Pues claro.
—¿Y ellas qué dicen?
—Pues chico, yo no sé si esto es el karma y nos estamos recuperando de
lo de Estrella, pero es que da gusto trabajar con las dos. Tienen una
sensación como de déjà vu para todo que no se alteran por nada y siempre
ven un camino claro hacia la salida. De hecho, ellas me han dicho que están
encantadas con nosotros y que hay que ver el buen rollo que tenemos todos
aquí. Y que, mientras hacen los bolos, que le van a escribir unas canciones a
Érica Magdaleno porque ellas piensan que tiene mucho futuro, que ya hay
demasiadas cantantes delgadas y que Érica (textualmente me lo han dicho)
es el otro lado del espejo de Rosa de España y eso solo puede ser bueno...
—Ya ves... siempre hay luz al final del túnel —le dije.
—Eso parece... ¿Cómo vais Javi y tú con la búsqueda de piso? —me
preguntó.
—Bueno, ya lo hemos reducido a tres y quería pediros a Felipe y a ti si
os venís con Stephan para ayudarnos a elegir.
—Pues me parece fenomenal porque, como el sábado tenemos que estar
aquí por el cumpleaños de Matilde, pues estupendo ¿no?
—Sí... tengo que pensar a ver qué coño le compramos a Matilde.
—Oye —me dijo con cara rara—, oye...
—Dime.
—Pues que te quiero mucho —me dijo emocionado—. Y que ahora
entiendo muchas cosas y que hay veces que cierro los ojos y me gustaría
que todos nos quedáramos así y recordar este momento siempre...
—A mí me pasa lo mismo, de hecho el otro día hice una cosa... —le
dije.
Pero Miguel seguía hablándome ensimismado.
—Estamos todos bien, tenemos salud y disfrutamos de una felicidad
más que razonable... ¿Te acuerdas de la primera noche que nos conocimos
en el restaurante aquel?
—Claro que sí. No podría olvidarme de eso...
—Por eso estoy feliz, porque han pasado los años y aquí seguimos tú y
yo. Y no sabes cuánto me ayuda eso. Mira que cada día estoy más unido a
Felipe y a Stephan le quiero como si lo hubiese parido yo mismo. Pero lo
nuestro es distinto...
—Es verdad —le contesté porque sabía lo que me quería decir.
—Hemos tenido mucha suerte los dos porque mira que esta ciudad ha
sido dura a veces con nosotros, ¿eh?
—Es una ciudad dura, pero al final nos está tratando bien —le dije.
Y nos pusimos a recordar anécdotas de nuestros primeros tiempos en
Chueca, incluida aquella maravillosa caída por las escaleras del Pasapoga
vestido de sireno y con una sobredosis de aceite hidratante. Y nos dimos
cuenta de que el Pasapoga había cerrado y que una parte de nosotros se
había quedado allí, escondida entras las luces, las risas y el desmadre de una
discoteca vacía. Y habíamos salido ilesos porque mal de la cabeza siempre
estuvimos, pero al menos no empeoramos.
Terminamos de recoger las cosas y acompañé a Miguel hasta el parking
y en un momento nos dio un ataque de risa porque pasaron dos musculocas
bronceadas hasta el melanoma y nos miraron de arriba abajo con cara de
«Os lo damos todo. Aquí. Ahora». Y nos descojonábamos porque nos
veíamos ya con otras cosas en la cabeza.
—Mira que lo mismo nos estamos haciendo mayorcísimos y estos dos
cachas querían robarnos pensando que llevábamos una caja de Viagra en el
bolsillo —me decía.
Y llegamos al parking, y Miguel me dijo que si quería que me acercase
a casa, pero decidí que no porque en muy poco tiempo me iba a ir de
Chueca y quería pasear otra vez hasta casa acariciando esas paredes y
dándole al barrio las gracias por haberme dejado crecer... y salir vivo.
Antes de meterse en el coche, nos fumamos un cigarro comentando
unas tonterías de los pisos y, justo cuando nos íbamos a despedir, me lo
dijo:
—¿Sabes lo que nunca se me podrá olvidar?
—¿El qué? —le pregunté.
—Pues que hace muchos años me dijiste que nos merecíamos un final
feliz y al final vas a tener razón y todo.
Y me fui a casa andando por las calles de Chueca, una noche más, una
probablemente de mis últimas noches en el barrio pensando que la tontería
que había hecho igual no era tan tontería después de todo.
EL CUMPLEAÑOS DE MATILDE
—Por Dios, cari... ¡hay que ver lo bonita que tienes la casa! —le dijo
JuanGa a Matilde.
—Pues que siga así, cariño. Que como se os caiga una sola ceniza de
cigarro os arranco la cabeza de un golpe de kárate —le contestó Matilde.
Y la verdad es que la tenía muy chula. Matilde y Juanjo vivían cerca de
la zona de Alonso Martínez en un bajo que tenía una especie de jardín
interior. Y aquella noche pusieron unas bombillas de iluminación exterior y
allí nos encontrábamos todos para celebrar su cumpleaños. Vinieron hasta
Melón, Jazmín y Érica Magdaleno para cantarle una versión de «Feliz
Cumpleaños» que habían compuesto para la ocasión.
—Mirad, guapas —les dijo Matilde—, yo lo que quiero es que os hagáis
todas famosas rápido para irme de gira con vosotras y salir un poco de aquí,
que, chica, tanto cemento me está volviendo loca, y eso que estoy
mejorando muchísimo que llevo cuatro días sin decir ni «hostia» ni «puta»,
lo cual es un avance...
—¡Qué arte! —le contestó Érica mientras se ponía unas bolas de
navidad de pendientes.
Y allí estábamos para celebrar que Matilde cumplía un año más. Hacía
una temperatura agradable y nos pasamos la noche comiendo como cerdos
porque Matilde sería una mujer muy moderna, pero tenía alma de madre
vasca y allí había comida como para tres regimientos de infantería.
—Nosotros también tenemos que contaros algo —dijo Javi.
—¿Os vais a casar? —preguntó Stephan.
—¡Hay que ver la perra que tiene todo el mundo con la boda, por dios!
—contesté—. Si es que ya no hace falta casarse...
—Anda que no te gustaría a ti, bonito —me dijo Miguel con sorna.
—Me da lo mismo —le contesté.
—Ya, y yo soy Samantha Fox.
—Pues hale, Samantha, ya que estás ahí, acompáñame a la cocina y
vamos a preparar la tarta y diles a Javi y a Felipe que preparen a las chicas
para que le canten la canción.
Y ese momento lo recuerdo como en las películas, a cámara lenta.
JuanGa apagó las luces del jardín y Celeste encendió la de un improvisado
escenario casero donde, cuando Miguel y yo entramos con la tarta con las
velas encendidas, ellas empezaron a cantar su canción. Entonces miré a
Matilde y es de las pocas veces que ha abierto sus ojos como para que sus
amigos podamos mirar dentro y saber que, detrás de esa boca sucia y ese
manojo de nervios, hay una mujer digna de admiración.
Matilde, sintiéndose el centro de atención, se puso colorada y se le
humedecieron los ojos. Juanjo, con una gemela en cada brazo, la esperaba
al final de la mesa y Stephan ya estaba sirviendo el champán.
—¡Felicidades, tía Mati! —le dijo.
—Ay, cariño, la alegría que le has dado a la tita de no salir maricón —le
contestó ella—. Que ya somos muchas... eso sí, como dejes preñada a
alguna, yo te arrastro...
Stephan la miró con cara rara y siguió sirviendo el champán.
—Os decía que nosotros también queremos contaros algo —volví a
repetir.
Y cuando me hicieron caso les conté que, por fin esa tarde, Javi y yo
habíamos encontrado nuestra casa. Felipe, Miguel y Stephan se quedaron
maravillados con la luz en cuanto entraron. Era un ático en la zona alta de
Ópera y tenía unas vistas alucinantes de los tejados de Madrid. Recuerdo
que me hizo ilusión comprobar que desde una esquina del salón se veían los
tejados de Chueca, así no estaría tan lejos y mirando por la ventana vería mi
antiguo barrio.
El ático era muy bonito y tenía dos habitaciones muy grandes. Una para
nosotros y otra para los invitados. Y, en un altillo, habíamos preparado una
especie de mini dormitorio pensando en Stephan, que se puso como loco de
contento cuando lo vio.
—¿Este es mi cuarto? —nos preguntó.
—Pues claro —le dijo Javi—. Que si te quieres venir con nosotros a
pasar los fines de semana y salir con amigos, pues de maravilla.
—¡Mira, papá, mi cuarto! —gritó Stephan.
Y en ese momento, porque nadie le dio importancia, Miguel y yo nos
quedamos parados. Stephan le había llamado «papá» a Miguel. Y lo hizo
como lo hacen los preadolescentes, sin darle importancia y de una manera
natural. Pero yo vi la cara que se le quedó a Miguel. Y es en esos momentos
cuando uno descubre lo importante que es ser amigos. Miguel me miró a los
ojos y yo entendí todo lo que me quería decir, él entendió lo que yo me
alegraba y los dos entendimos que las cosas estaban bien así. Y sin decirnos
una sola palabra.
El cumpleaños también lo aprovechamos para celebrar que «La
corrupción es mi solución» por fin había entrado en el top 10 de las ventas
digitales y que la portada de la revista había dado una cierta relevancia a las
chicas que, al final, habían sido una verdadera sorpresa para nosotros. Eran
dos tías encantadoras que lo único que querían era cantar, y de ello doy fe
porque las acompañamos a varios garitos que eran como para salir
corriendo, pero ellas se lo tomaban con una alegría y una energía que
parecía que estaban actuando en el Santiago Bernabéu. Y, al final, el
público conectaba con ellas y se entregaba.
Solo hubo una cosa que me pareció rara durante la fiesta de Matilde, y
es que pillé varias veces a Javi hablando como a escondidas con los chicos.
No entendía muy bien por qué y no sabía qué tramaba, pero tampoco me
importaba un pimiento. Estábamos allí tan bien todos juntos que sabía que
podía confiar en todos y, fuese lo que fuese, estaría bien.
DOS SEMANAS MÁS TARDE
El contrato de la casa lo firmamos una tarde a las siete en la calle
Cardenal Cisneros y, cuando salimos de allí, con las llaves de la casa, nos
agarramos las manos y nos quedamos paralizados en el portal de la notaría.
—Bueno, pues ya está —me dijo Javi.
—Pues sí...
—¿Estás contento? —me preguntó.
—Mucho. Estoy muy feliz.
Me revolvió el pelo como si fuera un niño pequeño y me dijo que
entonces estaba todo bien, que las cosas tenían que ser así, que bastante
teníamos con los curros y con los problemas de la vida como para no
disfrutar a tope de las buenas decisiones que a veces podíamos tomar.
Decidimos irnos andando hasta la nueva casa con el sol del atardecer y
en un momento le dije que una de las cosas que más me gustaban de él era
la actitud tan positiva que tenía ante todo.
—Eso, en parte, es culpa tuya —me contestó.
—¿Culpa mía?
—Sí. Cuando el cabrón de mi padre me apartó de ti, de mi casa, de mi
familia y de todo, nadie se imagina lo jodido que lo pasé. Igual lo malo es
que eso no se me va a olvidar nunca y es posible que tenga un rencor
grande porque el muy cabrón ni siquiera tuvo la decencia de decirme que
todo estaba bien antes de morirse. Se murió renegando de lo que yo era.
Nunca le importó lo que yo sufrí entonces por no estar contigo, nunca
preguntó... era un asno de mierda...
—No hables así de tu padre después de tanto tiempo... —le dije.
—No, Alejandro, una cosa es que yo tenga una actitud positiva y
optimista ante la vida, pero me niego a ser un hipócrita, al menos contigo.
Mi padre era una mala persona, un sinvergüenza al que yo decepcioné por
ser maricón. Daba igual que yo fuese el que más éxito y dinero tuviera de
todos mis hermanos. Siempre me negó. Jamás tuvo la decencia de
preguntarme si yo era feliz.
—Pero, en el fondo, seguro que se sentía orgulloso de ti...
—Nadie me creerá, pero mi padre jamás se sintió orgulloso de mí. Hubo
un tiempo en que me esforcé y, cada cosa que conseguía, cada nuevo puesto
de trabajo, cada subida de sueldo... todo lo comentaba en casa para ver si él
reaccionaba de alguna manera y mostraba un poco de orgullo. Pero no había
manera. Nunca reaccionó. Y creo que cada subida que yo realizaba en la
vida le enfadaba aún más.
—¿Y eso? —le pregunté.
—Pues muy fácil. Porque mi éxito era su fracaso. Era tan mala persona,
tan ciego de espíritu que no entendía que un maricón como yo, encima,
tuviera éxito. Te juro que le estomagaba. Y entonces pasé de intentar ganar
su respeto a pasarle por la cara todo lo que yo había conseguido en la vida,
y te prometo que le hice sudar tinta...
—Pero todo eso ya está muy atrás. Si te fijas, parece que el mismo
destino se ha vengado de tu padre porque aquí estamos tú y yo juntos... y
eso es lo que importa.
—Precisamente por eso nunca quiero olvidarme —me contestó— de
que hay gente mala. Y no me sirve la excusa de mi madre, que dice que el
pobre era un ignorante. Perdóname, pero para querer a un hijo no hay que
ser licenciado en derecho. Uno no necesita cultura para querer.
Para querer solo hace falta un corazón y un poquito de alma.
No le quise contestar y fuimos andando cogidos de la mano hasta
nuestra nueva casa. Y, cuando abrimos la puerta, decidimos que los dos
entraríamos con el pie derecho porque eso nos iba a traer buena suerte.
Y nuestra primera noche la pasamos allí. Viendo cómo caía la noche
con una manta en el suelo y dos velas. Y juro que no hacía falta nada más.
Lo único que me había dejado un poco de mal sabor de boca había sido la
conversación sobre el padre de Javi. Yo había intentado varias veces que él
me hablase de cómo fue su vida cuando le mandaron al internado «a que se
hiciese un hombre», pero él evitaba la conversación siempre y me decía que
no había que mirar atrás ni siquiera para coger impulso.
Unos días después, habíamos trasladado todas nuestras pertenencias al
nuevo piso y, cuando salí por última vez del portal de la que ya era mi
antigua casa, me entraron muchos nervios. Ese camino de la casa vieja a la
nueva, que tampoco era para tanto y andando lo hacías en veinte minutos,
significaba una distancia enorme entre la vida que poco a poco estaba
dejando atrás y la que estaba llegando. Pero lo hice con el paso firme y
mirando de frente porque sabía que, de una manera o de otra, me estaba
encaminando al sitio donde debería haber ido desde el principio.
Teníamos tantas ganas de estrenar la casa nueva que ese día Javi y yo no
fuimos a trabajar y nos pasamos el día desembalando cajas, viendo fotos
antiguas y encontrando lugares en común para nuestras cosas que ahora sí
estaban definitivamente mezcladas.
Y justo cuando terminamos de cenar, y antes de que se encendiera el
cigarrito, me lo preguntó: — ¿Te gustaría casarte conmigo?
LA SORPRESA FINAL
Han pasado varios meses desde que me hizo esa pregunta, a la que, por
supuesto, contesté que sí. Y lo curioso es que, desde que le dije que sí, Javi
nunca me volvió a sacar el tema, y a veces pensaba que lo hizo porque lo
mismo se sentía un poco inseguro él también a veces y aquella noche había
querido reafirmarse en lo nuestro.
Y ahora es cuando tengo que volver a repetir que ojalá estos capítulos
los pudiera escribir otra persona porque, al contarlo yo, no va a ser lo
mismo. Y es que, sin yo saber absolutamente nada de nada, todo el mundo
que estaba a mi alrededor sabía algo que yo no sabía. Y me ponía nervioso.
Un día, le pillé a JuanGa hablando por teléfono cuando él creía que yo
no estaba escuchando.
—Yo a las ceremonias no iría nunca de blanco porque eso es como de
cateta, cari, y es que o pareces una antigua de esas de celebrarlo todo en
Ibiza con el coñazo de la moda ad-lib, que es una excusa para llevar ropa
floja y que no se vea lo gorda que estás, o se te pone cara de narco
sudamericano, que hay que ver el daño que ha hecho Miami a la moda
mundial en ceremonias... Bueno, Miami y Shaila Dúrcal, que es una
pesadilla de tendencias en sí misma, que si hoy me inspira Frida Khalo y
que si mañana voy más de catálogo de Avon...
Y justo cuando JuanGa me vio, se puso blanco y colgó el teléfono
inmediatamente.
—¿Tienes una ceremonia? —le pregunté.
—Noooo, cariii —me dijo—. ¿Una ceremonia yo? Vamos, que estás
chalado. Es una amiga de una chica que trabajaba en el programa que me
estaba comentando las fotos de la boda de Lolita y entonces, pues...
entonces, nada, cari, que hablábamos de lo mal que le quedaba el traje
blanco al novio y que encima no eran vírgenes ninguno de los dos...
—JuanGa —le dije—, ¿tú has fumado algo?
—¿Yo? ¿Yo? ¿Yooooo? —me contestó.
Resumiendo, que le había pillado en algo en lo que no quería ser
pillado, pero en aquel momento tampoco le di demasiada importancia. Igual
era verdad y todo, porque no se me ocurre otra persona en el mundo que
dedique tanto tiempo a hablar del estilismo del marido de Lolita.
Y se me quedó mirando con ojos de comadreja anabolizada y tardó en
reaccionar. Y eso es imposible en él porque, una vez que se estaba peinando
con laca, alguien encendió un mechero en la misma habitación y si no llega
a ser por la rapidez de respuesta de JuanGa acabamos todos protagonizando
un rato de «España Directo». Es decir, JuanGa nunca es pillado
desprevenido. Excepto aquel día.
Días después me pasó lo mismo con Matilde a la que sorprendí
diciéndole a Juanjo.
—Cariño, si te parece bien, tratamos a las gemelas como si fueran
yorkshires, les damos un Orfidal y las metemos en una jaula de perro, que,
total, en la bodega del avión van a ir de lo más fresco, no te jode...
Y le pregunté:
—¿Os vais de viaje?
Y, chico, la misma cara de comadreja anabolizada que el otro.
—Nooooo, mi vida... ¿de viaje nosotros?
Y aquí ya a punto del grito porque, que yo sepa, Matilde solo es capaz
de decir «mi vida» cuando se lo está dando todo a su marido bombero.
Porque ella no es así, y punto.
Y es que varias de esas cosas me pasaron con casi todos, si no recuerdo
mal, y una noche se lo dije a Javi:
—Me tienen los chicos mosqueado...
—¿Y eso? —me preguntó sin levantar la vista del sudoku que estaba
haciendo.
—Pues no sé, la verdad, es que tengo la sensación de que hay algo que
no me cuentan, los he pillado varias veces como hablando de cosas que no
querían que oyera...
—¿No estarás flipando? —me dijo.
—Que no, coño, que los conozco de siempre y ellos no son así.
—Pues pregúntales.
—Ya se lo he preguntado a Miguel.
—¿Y qué te ha dicho? —me dijo levantando la vista por fin del sudoku.
—Que estoy flipando.
—Pues va a ser eso... no me imagino yo a Miguel guardándote un
secreto.
—Ya, pero aun así... —le dije.
—Anda, déjate de tonterías y vámonos a la cama.
Y nos fuimos a la cama.
Y ahora viene la parte de la historia que yo no debería contar, pero
como no tengo ni tendré un negro que haga estas cosas por mí pues no me
quedan más narices.
Desde que Javi me preguntó si me quería casar con él y yo le dije que sí,
por lo visto, lo único que había en su cabeza era nuestra boda, y ya ves, yo
ajeno a todo lo que se estaba cociendo a mi alrededor. Por supuesto, él se
encargó de compincharse con toda nuestra familia para que la sorpresa
fuera mayúscula. La boda se iba a celebrar fuera de Madrid y él solo quería
que fuese una cosa tremendamente privada. Mis amigos, sus amigos y
nosotros. Quería una boda como en las películas, y así se lo dijo una tarde a
JuanGa y a Miguel:
—Necesito vuestra ayuda...
—Escupe, Guadalupe —le dijo JuanGa.
—Me voy a casar con Alejandro —y bajó la cabeza con timidez— y
espero contar con vuestra aprobación, lo primero de todo, porque vosotros
sois su familia...
Y entonces habló Miguel porque JuanGa se había quedado mudo.
—Javi, yo te agradezco mucho el detalle, pero a la vez no hace ni falta
que lo pidas. Precisamente nosotros, que hemos compartido la vida con
Alejandro cuando tú no estabas... nosotros somos los testigos de que solo tú
le hacías falta. Has llegado tú y ha sido como si el círculo se cerrase... tú
también eres parte de nosotros... porque igual que me pasó a mí con
Felipe... tú eres la mitad de Alejandro ahora...
Y JuanGa, con el flequillo cardado, mirándolos con el ojo emborronado,
porque últimamente le había dado por pintarse la raya del ojo que decía que
le hacía más intrigante. Y si uno llora con el ojo pintado, pues termina
pareciendo un mapache.
—Quiero que pensemos entre todos un sitio bonito, cerca del mar donde
estemos a gusto... —empezó Javi—. No hay problema con la pasta porque
tengo unos ahorrillos, pero lo que quiero es que lo organicemos entre todos
y un día sin avisarle, engañarle para que tenga que venir donde estemos y se
encuentre con la sorpresa...
—A mí me haces eso y me dan tres infartos y se me riza el pelo —dijo
JuanGa tirando el cuarto kleenex.
—¿Creéis que le gustará? —les preguntó.
—Cómo no le va a gustar, que por mucho que se haga el duro —se rió
Miguel— tiene una drama queen escondida y eso le va a volver loco...
Fíjate que ahora que lo pienso Felipe no me ha organizado a mí nada así...
—Pues nos ponemos manos a la obra, entonces.
Y vaya si se pusieron. Después de darle muchas vueltas, eligieron
Palma de Mallorca y el hotel donde tuvimos el conflicto con la primera
ministra austriaca como escenario. Reservaron la zona de la piscina durante
todo un día para organizado todo. Y Javi no dejó ni un detalle sin
comprobar. Durante semanas me estuvo preguntando por canciones que
habían sido importantes en mi vida, cuál era mi comida favorita, si me
gustaba más el amanecer o el atardecer... Había días que tenía la sensación
de que me utilizaba para hacer encuestas porque, claro, yo era ajeno a todo,
seguía metido hasta las trancas en la promoción de Melón y Jazmín y
también (todo hay que decirlo) buscando un papel pintado que hiciera juego
con la cabecera de la cama, que nadie sabe lo complicado que es el mundo
del papel pintado, por favor.
Tiempo más tarde, todo estaba preparado para el gran día y yo estaba en
la oficina chillando por teléfono a un promotor que quería que las chicas
fueran a un festival de música independiente para greñudos. El caso es que
el promotor quería que cantasen en playback y yo insistía en que se gastaran
la pasta para poner músicos de verdad y la voz en directo porque las chicas
cantaban bien. Al final le dije que lo mejor que podía hacer era contratar a
Sonia y Selena o resucitar a las Sex Bomb que también eran muy indies y
alternativas y se ajustaban mucho más a lo que él buscaba. Y, cuando le
colgué el teléfono, me sonó el móvil y era Javi, que aquellos días, fíjate qué
casualidad, estaba de trabajo fuera de Madrid. Aunque en realidad estaba en
Palma de Mallorca ya con los chicos terminando de preparar «la sorpresa».
—Hola, cariño —me dijo.
—Hola... te echo de menos, y encima hace un calor en Madrid...
—Pues yo tengo una sorpresa para ti.
—¿Ah sí?
—Pues sí, fíjate que he pensado que te cojas un avión mañana por la
mañana y te vengas aquí, que, como total, mañana es viernes...
—Ya, churri —le dije—, pero estoy solo en la oficina, JuanGa está
rodando un programa sobre «La maldición de la espinilla» con antiguas
cheerleaders y Miguel y Felipe se han ido con Stephan porque tenía puente
en el colé a no sé dónde...
—¿Y Matilde y Celeste? —me preguntó haciéndose el loco, claro.
—Pues, mira, Matilde se ha ido con Juanjo y los crios a ver a su suegra
a un balneario en Badajoz, que no me parece nada exótico, y Celeste y el
poli están en Barcelona participando en un concurso de bailes de salón...
—Vamos, que te han dejado solo —me dijo.
—Sí... y encima con lo que te echo de menos —le dije.
—Pues entonces decidido.
Me volvió a llamar media hora más tarde para decirme que me había
enviado por mail el billete electrónico del vuelo del día siguiente.
Cerré la oficina y salí a la calle, y, aunque ya apretaba el calor un poco,
al subir por la calle Montera me fijé en algo en lo que no me había fijado
hacía mucho tiempo: la entrada del metro de Gran Vía, de donde yo salí,
sobreexcitado y muerto de miedo al mismo tiempo mi primera noche en
Madrid, que fue la que me hice amigo de Miguel. Al pasar junto a la
entrada, rocé con mis manos la barandilla y me di cuenta de que un chico
con el pelo rizado y una maleta que debía de pesar mucho trataba de subir
las escaleras que daban a la calle.
—Espera, que te ayudo —le dije.
—Joder, tío, muchas gracias —me dijo mientras le ayudaba.
—¿Qué —le pregunté— de vuelta de vacaciones?
—Qué va, es que me he venido a vivir aquí y voy a una casa de unos
colegas en la zona de Tribunal —me dijo.
No pude evitar que me diese un vuelco el corazón y verme a mí mismo
reflejado en aquel chico con los ojos con hambre de comerse la ciudad, de
pasárselo bien y de hacerse grande.
—Tribunal está muy cerca de aquí —le dije.
—Oye, tío —me dijo—, muchas gracias. Ojalá todo el mundo sea tan
amable como tú en Madrid.
Y no lo sé explicar muy bien, pero en ese momento pensé que, por fin, y
por azar del destino, le había pasado el relevo a aquel chico y que mi
historia ya estaba definitivamente en otra parte.
Al llegar a casa, me preparé algo de cenar e hice unas últimas llamadas
de trabajo. Me sorprendió también saber que Melón y Jazmín estaban en un
aeropuerto y me dijeron que se iban a ver a una tía enferma que tenían en
Bruselas y que el lunes ya estarían de vuelta. Por supuesto, las dos iban de
camino a Palma de Mallorca.
Antes de meterme a la cama, salí a la pequeña terraza del piso y estuve
un rato mirando lo chulo que estaba el cielo. Después cogí una bolsa del
armario y empecé a meter las cosas justas para el fin de semana, y estaba
encantado de pensar que en menos de 24 horas estaría en la playa con Javi,
cenando algo rico y olvidándonos un poco del estrés de Madrid.
Me levantó el sonido del teléfono y era JuanGa:
—Cariiiiiii —me gritó—, ya estás despiertooooooooo....
—Pues sí, hijo, con semejantes gritos como para no despertarse.
Y entonces le conté que no podía enrollarme mucho porque me iba al
aeropuerto para encontrarme con Javi en Palma de Mallorca, que estaba allí
currando en una cosa de la tele.
En cuanto me colgó el teléfono, les contó a los otros que ya salía de
casa.
Ya haciendo la cola para embarcar, volvió a sonar el móvil y era
Matilde.
—¿Dónde estás, coño? ¡Qué ruido! —me dijo.
—A punto de embarcar —le dije—, que me voy con Javi a pasar el fin
de semana en Palma de Mallorca...
—Bueno, pues me llamas en cuanto aterrices que ya sabes que una
cuando es madre de repente le entra un pánico a los aviones que te mueres.
—Vale, te llamo.
Y cuando me senté en el asiento, cuando iba a apagar el móvil, volvió a
sonar el teléfono y esta vez era Javi:
—Hola... ¿ya estás en el avión? —me preguntó.
—Pues sí, de hecho iba a apagar el teléfono y menos mal que me has
llamado tú porque si no se me hubiera olvidado, que me han llamado
JuanGa y Matilde y se me va el santo al cielo...
—Ya tengo muchas ganas de que llegues aquí.
—Y yo, me parece una idea maravillosa lo del fin de semana... si al
final siempre tienes razón —le dije.
—Tengo tantas ganas de abrazarte, Alejandro.
Y había algo raro que noté en su voz.
—Yo también —le contesté—. ¿Estás bien?
—Claro que sí —me dijo—. Solo que quiero tenerte ya aquí... conmigo.
—Yo siempre voy a estar contigo, tonto —le dije.
—¿De verdad? —me preguntó.
—Ni lo dudes...
Pasó un azafato con unas increíbles cejas depiladas que me hizo señas
de que tenía que apagar el teléfono.
—Te tengo que dejar —le dije.
—Vale.
—Te quiero —me dijo—. Te quiero mucho...
Colgué el teléfono ante la mirada complacida del azafato. Por
megafonía anunciaron que íbamos a despegar y creo que iba tan relajado y
tan feliz que me dormí mientras el avión iba a la pista para despegar.
Y entonces... fue cuando pasó.
El cielo era de color rojo.
ULTIMA HORA
Esto es lo que dijeron en las noticias de TVE aquella noche:
«Tenemos una noticia de última hora. Un avión que partía esta tarde del
aeropuerto de Barajas con destino a Palma de Mallorca se ha estrellado
pocos minutos después de despegar. Aunque las primeras informaciones
aún son confusas y la compañía no ha hecho un comunicado oficial,
Seguridad Civil nos informa de que no hay muchas probabilidades de que
haya supervivientes. Estamos en directo desde la terminal del aeropuerto y
permanecemos toda la noche con conexiones de lo que parece ser el peor
accidente aéreo de la historia de España...».
DESDE DONDE ESTOY
Efectivamente, estoy muerto. Y, por favor, que nadie me venga ahora
con que resulta que esto es más chusco que el final de «Perdidos». Yo no
había planeado morirme en ningún momento. Bueno, sobre todo en ese
momento. Pero las cosas son así. ESTOY MUERTO. Y no, no voy a
resucitar en el siguiente capítulo. En la historia de mi vida han pasado
muchas cosas, pero no doy para tanto como para una resurrección. No soy
tan especial. Los maricones también nos morimos todos los días. Cánceres,
accidentes de coche, asesinatos, catástrofes naturales... nosotros nos
morimos como todo el mundo. Que por ser gay no te dan un menú a elegir
de muertes glamurosas. Mira tú Michael Jackson que la ha cascado por
meterse una sobredosis de morfina. Y Farrah Fawcett, la única mujer que
me ponía nerviosito, con el cáncer. Uno nunca se imagina que sus ídolos
vayan a morir. E incluso ellos se mueren cuando menos te lo esperas. Por
eso no es nada sorprendente que yo esté ahora mismo muy muerto.
Por eso, varios capítulos atrás decía que para mí hubiese sido mucho
mejor que todo esto lo escribiera alguien en vez de hacerlo yo. Porque
morirse tampoco es nada del otro mundo, aunque también es una mentira
enorme eso de que cuando uno se muere deja de sufrir, al menos en mi caso.
Y eso que yo tuve suerte. Morí sin enterarme y para aquellos que disfruten
con los detalles morbosos... pues no, no morí carbonizado ni desfigurado.
Hubo un golpe seco y se apagó todo. Así de fácil y así de rápido. Pero,
después de morirme, empecé a sufrir.
Desde el sitio donde estaba lo pude ver todo. Una parte de mí estaba en
el Anatómico Forense y es que al morir de esa manera fui exactamente el
segundo cuerpo (cadáver me parece una palabra horrorosa) en ser
identificado. Y fue Miguel, en Palma de Mallorca, el que primero sintió que
algo iba mal. Desde el sitio donde estaba le vi coger su móvil y marcar mi
número una y mil veces a escondidas. Histérico, sudando y aún
escondiendo a todos lo que sospechaba que podía haber pasado. Cuando ya
no pudo más, y apenas pudiendo tragar saliva, consiguió disimular y sacó a
Felipe de la piscina donde estaban terminando los preparativos de mi boda
y se lo llevó camino de su habitación. Pero se rompió mientras esperaban al
ascensor.
—¿Qué ha pasado? Miguel, por favor... me estás acojonando —le dijo
Felipe.
Miguel le miró con los ojos llenos de lágrimas.
—En la tele —le dijo—, hay un accidente...
—Miguel —se puso nervioso Felipe—, no entiendo qué pasa...
—El avión de Alejandro... el avión donde estaba Alejandro...
Y no podía parar de llorar. Le agarró por el brazo y se lo llevó a la
habitación como pudo. Y, al entrar allí, se encontraron a Stephan paralizado
delante de la tele. Se dio la vuelta y, aunque parezca mentira, por la cara de
Stephan terminaron de entenderlo todo.
«Está completamente descartado a estas horas —decía la locutora— que
haya supervivientes. Aviación Civil y la compañía aérea harán, cada uno
por su lado, una declaración y queremos recordarles el número de teléfono
que ambas organizaciones han puesto a disposición de los familiares de los
fallecidos en la que ya es la mayor catástrofe aérea de nuestro país...»
—¿No hay supervivientes? —preguntó Stephan.
Miguel se sentó en la cama con la cabeza entre las manos y no dejaba de
repetir.
—No es posible... Alejandro, joder... no es posible...
Stephan, entonces, miró a su padre y le dijo que él se iba a quedar con
Miguel. Y yo, que veía todo desde donde estaba, me sentí orgulloso de que
el niño, en ese momento, pudiera hacerse cargo de la situación.
—Papá —le dijo.
Pero no pudo hacer nada. Miguel estaba de pie mirando por la ventana
que daba a la piscina y a Stephan solo le quedó ponerse de puntillas para
abrazarle todo lo alto que podía. Desde la ventana Miguel vio cómo Felipe
se acercaba a todo el grupo y hablaba con ellos. Stephan seguía abrazándole
fuerte. También vio cómo Matilde se quedó blanca y se cayó al suelo.
JuanGa se llevó la mano a la boca y se quedó paralizado. Miguel tuvo la
sensación de que todos ellos en ese momento eran parte de un macabro
juego de dominó e iban cayendo uno por uno. Javi en ese momento se
quedó con una especie de sonrisa absurda en la cara. El tipo de sonrisa que
pones cuando crees que alguien te está tomando el pelo. Juanjo el bombero
le apartó del grupo, le llevó a un lado de la piscina, se arrodilló junto a él y
le dio un poco de agua. Y desde donde yo estaba no podía parar de sufrir.
No por mí. Yo sufría por ellos.
Minutos después, Felipe se hizo cargo de la situación y llamó al
teléfono que aparecía en televisión para los familiares de los afectados.
Aunque, al poco rato, el teléfono de Miguel sonó y era mi madre para
decirle que un portavoz de la compañía aérea se había puesto en contacto
con la familia para comunicarles que yo también me había muerto en el
avión.
Inmediatamente, todos se pusieron en marcha para regresar a Madrid lo
antes posible. Menos mal que en la compañía aérea trabajaba un chico que
había tenido un lío con JuanGa y, cuando este le contó lo que les estaba
pasando, el chico se sensibilizó con la situación y les consiguió pasajes a
todos. Y, desde donde yo estaba, viajé con ellos en el avión y pude ver el
viaje más largo que habían hecho en toda su vida. Si hubiera seguido
latiendo, el corazón se me hubiera roto cuando pude ver cómo Stephan fue
al baño y, una vez solo, se puso a llorar.
Del aeropuerto se fueron al Anatómico Forense y allí ya estaban mis
padres. Y, claro, fue un trago enorme para Miguel y Matilde explicarles a
mis padres que el chico con el pelo rizado que no podía parar de llorar era
mi futuro marido. Mi padre, que dicho sea todo, no lloró, se acercó hacia
Javi y se presentó.
—Siéntate con nosotros —le dijo.
Mis amigos no se separaron de mí ni un solo momento. No dejaron de
estar con mi familia, la otra familia. Por la noche, mi madre salió a dar un
pequeño paseo sola, a pesar de la insistencia de Matilde.
—Si solo voy a coger un poquillo de aire —le dijo.
Y, una vez en la calle, mi madre vio la espalda de Javi sentado en un
banco. Y se acercó.
—¿Cómo estás, hijo? —le preguntó.
—No se preocupe...
Y mi madre se quedó a su lado, tragándose las lágrimas, hasta que le
pudo preguntar.
—¿Cómo era mi Alejandro?... ¿Le querías mucho?
Y entonces Javi le dijo que yo era lo mejor que le había pasado nunca y
le recordó que él era aquel chico que llamaba a todas horas a su casa cuando
yo era un adolescente.
—Yo me di cuenta, el padre no —dijo mi madre—, pero yo sí me di
cuenta...
Desde donde yo estaba pude oír cómo Javi hablaba de mí. Pude
escuchar lo orgulloso que estaba, la rabia con la que decía que al final
nosotros habíamos ganado y que estábamos juntos. Y lo decía en presente.
Y nadie se imagina lo que eso reconforta a alguien que se acaba de morir
camino de su boda. Mi madre le cogió la mano y se la acariciaba. Porque mi
madre, como todas las madres, sacó fuerza de donde no había y solo
flaqueó para apoyar su cabeza en el hombro de Javi un instante. Un instante
para recuperar el aliento tratando de asumir todo lo que se había perdido.
Incluso yo, desde donde estaba, decidí apartarme y dejarlos allí solos.
Porque llegaba el momento de despedirme. Volví a la sala del tanatorio y
me encontré a mi «familia de verdad» reunida alrededor de unos cafés
recordando anécdotas. Matilde contaba que una vez me dieron una paliza en
una sauna y se moría de la risa, a la vez que no podía parar de llorar.
JuanGa contó lo de la inundación del piso y la resucitación de su amigo
Bernardo con el método del secador enchufado en la bañera. Estaban allí
todos en círculo y era maravilloso, de verdad. Al final había conseguido
provocarles una sonrisa y mantenerlos juntos.
Y en ese momento decidí, porque incluso cuando te mueres esto se
sabe, que ya me tenía que marchar. Me despedí de ellos desde la puerta y
decidí alejarme en silencio aunque, claro, nadie me iba a oír.
Salí al jardín del tanatorio y vi que mi padre se llevaba a mi madre a
tomar un café. Como pude, intenté acariciar la cara de mi madre y casi
parece que lo notó. Y, al final del todo, me acerqué al banco y me puse
enfrente de Javi, que no paraba de mirar al cielo.
—Al final —le dije—, todo ha empezado y ha terminado contigo.
Desde donde estoy, estoy feliz. Porque no he dejado nada pendiente,
excepto cuidarte el resto de mi vida y darle un primo a Stephan. Pero es
muy poco comparado con lo que tenía esta mañana cuando me monté en el
avión. Nunca esperé que nadie me quisiera como me quieres tú.
Y ahora mismo me volvería a morir para que me escucharas, para que
supieras que desde donde yo estoy, siempre te voy a cuidar. Hablaré con
quien sea, pero te cuidaré. Y nunca me iré mientras mi recuerdo te haga
falta. Porque me da igual donde estoy, Javi. Me lleven donde me lleven, me
he quedado en tu corazón, en el corazón de los chicos. Y créeme... no
podría estar en un sitio mejor. Te quiero.
Y me fui, dejándole allí, con los ojos fijos en el cielo.
EPILOGO. VARIOS DÍAS DESPUÉS
Por supuesto que esto no se iba a acabar así, por supuesto que no. Los
que me hayan leído con atención sabrán algunas cosas que repito de mí
mismo sin cesar. La primera de todas, que soy un poco Aramís Fuster con
mejor pelo y muchísimo mejor culo. Y otra cosa que conviene recordar en
este momento es que algunos capítulos atrás dije que una noche hice una
cosa que me parecía una tontería, pero que podría no serlo. Al final,
desgraciadamente, no ha sido una tontería, nada más lejos de ello. Yo me
había ido, pero no del todo. Y un timbrazo en la puerta puso en
funcionamiento aquella tontería.
Villa Robledo estaba viviendo un maravilloso día de primavera y
Miguel estaba sentado en el porche de verano con una taza de café. Miguel,
por supuesto, no se había recuperado. Vivía con la sensación de alguien que
pierde un brazo y se siente incompleto para siempre. La promoción de
Melón y Jazmín se había parado por decisión propia de las chicas y él
pasaba las horas mirando al fondo del lago, como intentando encontrar una
solución. En el jardín, Stephan estaba preparando la mesa y Felipe se
ocupaba de trasplantar una planta de hierba Luisa que yo le había regalado
una vez a Miguel.
—Es que es el olor de mi abuelo —le expliqué—. En su casa siempre
había plantas de hierba Luisa y siempre antes de salir de casa arrancaba un
par de hojas y se las metía en el bolsillo del pantalón. Siempre que mi
abuelo me cogía la cara o estaba cerca de mí, olía a hierba Luisa...
Felipe había decidido poner la planta justo debajo del dormitorio de los
dos.
—Así estará un poco más cerca y más presente —le dijo—, y no te
preocupes, que yo me voy a encargar de que sea la planta de hierba Luisa
más grande del mundo.
Miguel le quiso contestar, pero no le salían las palabras. Hacía días que
había dejado de llorar y ahora estaba en un momento melancólico. Y tenía
que ponerse las pilas porque esa tarde iban a llegar todos para hacer una
cena en mi honor y todavía no se había metido en la cocina. Justo cuando
iba hacia allí pensando en qué cocinar, sonó el timbre.
Abrió la puerta y se encontró con un mensajero y una chica joven
vestida de traje. La chica le sonaba vagamente, pero no la terminaba de
recordar.
—Hola —dijo ella—, soy Maribel...
—Perdona —dijo Miguel—, pero no recuerdo...
—De la notaría.
Entonces cayó. Maribel era una chica que trabajaba en la notaría donde
ellos habían hecho lo de la empresa y recordó que se llevaba fenomenal
conmigo.
—¿Queréis pasar? —les dijo Miguel.
—Es bastante difícil encontrar esto —dijo ella—, casi nos perdemos un
par de veces...
—Una vez que encuentras el camino ya no te equivocas nunca más —le
contestó.
Les invitó a tomar un café en la cocina y ella, mientras se encendía un
cigarro, empezó a hablar.
—Mira, te traigo una cosa que supongo que es muy delicada ahora
mismo... —la pobre estaba incómoda.
—No entiendo, Maribel...
—Te traigo una cosa de Alejandro.
—¿Cómo? —Miguel se giró de golpe.
—Pues sí —empezó ella—. Te parecerá curioso, ya sabes que, aunque
nos conocimos poco, la verdad es que nos llevábamos fenomenal...
—Sí —dijo Miguel—, eso lo sé...
—Y es que —siguió ella— una mañana a primera hora hace ya meses
Alejandro se me plantó en la notaría con un paquete en la mano y me dijo
que se lo tenía que guardar.
—¿Un paquete? —preguntó Miguel.
Y Maribel abrió el bolso y extrajo un sobre plastificado, grande y de
color cartón.
—Este paquete.
—¿Y es para mí?
—Es para ti...
—Pero ¿cómo te lo dio? —le preguntó Miguel.
—La verdad es que fue un poco raro. Me dijo que, si alguna vez a él le
pasaba algo, tú deberías recibir esto poco después. El caso es que se me
olvidó llevarlo el día del funeral y desde entonces he estado muy pillada de
trabajo y no he podido venir hasta hoy. Porque Alejandro me pidió que te lo
entregara yo personalmente en mano.
Y le dio el sobre.
Miguel se quedó quieto y puso el sobre en la mesa. Por supuesto,
porque Miguel siempre ha sido un poco ansioso, en cuanto pudo los
despidió.
—Todos lo hemos sentido mucho, tan joven —dijo ella al despedirse.
Y Miguel se quedó en la puerta viendo cómo el coche se alejaba.
Después, bajó hasta la piscina y les dijo a Stephan y Felipe que necesitaba
un ratito a solas y que se iba a tumbar en el sofá. Ellos, por supuesto, no
dijeron ni una palabra.
Las escaleras que llevaban de la piscina a la casa se hacían eternas y
Miguel solo quería volver a la cocina y abrir el sobre. Y, cuando lo
consiguió, todo lo que encontró dentro fue un DVD regrabable y una foto.
Se dirigió al salón, enchufó la tele (había que ver cómo le temblaban las
manos) y metió el DVD en el reproductor. Y, a continuación, se sentó justo
delante de la tele y pulso play.
Lo primero que se vio fue a mí intentando ver si la cosa estaba grabando
bien. Y entonces me senté en la mesa y empecé a hablar:
—«Hola... —y me reí— menos mal que no te tengo enfrente porque
probablemente estarías gritándome.
Bueno, aunque bien pensado, pues la verdad es que no, porque si te ha
llegado este DVD está muy claro que no me tienes enfrente. De hecho, algo
terrible ha tenido que pasar para que tú estés viendo esto, que lo mismo
cuando termine de grabarlo me arrepiento y lo borro. Y mira que te tengo
dicho que soy un poco visionario y es que llevo unos días un poco raro,
Miguel. Estoy feliz. Estoy lleno de felicidad... probablemente ni me
atrevería a decírtelo a la cara. Pero es que me levanto por las mañanas
pensando que no sé qué coño he hecho para merecerme todo lo que tengo...
todo lo que me está pasando. Todo es perfecto, Miguel. Al final todo tiene
sentido y ahora entiendo que teníamos que pasar por lo de antes para llegar
a esto. Y me da miedo. Me despierto a veces en mitad de la noche y toco el
otro lado de la cama para comprobar que Javi sigue ahí, le toco el pelo para
comprobar que es él y no es otro. Y a veces tengo el terror de que un día me
despertaré y no me encontraré nada. Ni siquiera estarás tú. Por eso, en cierta
manera, estoy grabando esto y lo hago por una doble razón. Por una parte
para darme cuenta dentro de unos meses de que soy un histérico y un idiota
y, por otra parte, si algo de lo que temo ocurriera, al menos tú te enterarías
de todo esto. Porque nadie sabe más cosas de mí que tú —me estaba
emocionando—, me acuerdo de nuestra primera noche en Madrid, en
aquella casa de comidas... me acuerdo de tantas cosas. Y ahora mismo
pienso que con lo burro que soy no sé si te he dicho lo suficientemente que
te quiero y que tengo la vida que tengo porque siempre has estado a mi
lado. Y ya sé que muchas veces he sido imposible, aunque tú también has
tenido lo tuyo, porque tu época de los anabolizantes era para estamparte
directamente, bonito. Pero fíjate en nosotros, los dos con una pareja que nos
quiere y encima tú con el hijo más maravilloso del mundo... que hay que
ver qué fuerte que te haya salido hetero, por cierto».
Miguel esbozó, por primera vez en muchos días, una sonrisa y siguió
escuchándome.
«Espero que te estés riendo, maricón, que al final hemos sido como la
versión sarasa de Don Quijote y Sancho Panza por mucho que Celeste diga
que somos más Sonia y Selena con penes incrustados en el cerebro. Pero
bueno, vuelvo al principio porque me lío y no hay quien me pare... necesito
contarte que te quiero y llamándote hermano me siento hasta fatal porque
hay muchos hermanos que se llevan mal y nosotros somos los que mejor
nos llevamos del mundo. Fíjate, estoy sentado en MI despacho en
NUESTRA empresa. Y, de verdad, me cuesta creerlo. Nos hemos
convertido en unos hombres hechos y derechos y, encima de todo, somos
unos tíos de puta madre. Estará mal que yo lo diga, pero para lo que hay en
la calle... somos la hostia. Y por eso te quiero tanto, porque tú has hecho
que yo sea mejor estando conmigo a lo largo del camino. Y hoy me
encuentro con que he recuperado al amor de mi vida, con que tengo un
trabajo contigo y que las cosas empiezan a marchar, veo a Stephan crecer
tanto y tan bien y veo a Felipe como una roca a tu lado. Y me emociona
eso. Mucho. Pero me da miedo, y perdona que sea así de pesado. Tengo
miedo de que esto no exista y yo sea como uno de esos de las series de
televisión que al final todo era un sueño. Yo no quiero que esto sea un
sueño, pero a veces, como esta noche, no sé qué hacer para convencerme de
que es real. Y por eso estoy haciendo lo único que he podido hacer en la
vida cuando no he podido yo solo con algo: hablar contigo. Nunca te
imaginarás lo que me has ayudado en esta ciudad que me asustaba tanto. Si
yo hubiera sabido que aquella primera noche tú ya ibas a estar allí, hubiera
subido las escaleras del metro de Gran Vía menos acojonado porque no te
lo he dicho nunca, pero Madrid me acojonaba una barbaridad. Y me sigue
acojonando a veces, es inevitable. Soy provinciano. Por eso, te quiero
contar todo esto por si lo mismo mañana me atropella un camión o así, que
nunca se sabe. Porque como ahora todo es tan perfecto pues sería una
putada enorme desaparecer del mapa sin haberte dicho esto a ti. Porque
Felipe te querrá mucho y lo mismo Javi a mí, pero tú eres y siempre serás lo
más grande que yo tengo. No tengo palabras ni las quiero buscar para
decirte lo importantes que somos el uno para el otro. Tú, mi amigo, me diste
lo que nunca me dio nadie y que es la seguridad de que nunca voy a estar
solo. Para mí eso ha sido tan fundamental o más que recuperar a Javi. Eres
la única persona en el mundo a la que no tengo miedo de contarle nada. Y
esta noche, en la que todo está así de bien, quería decírtelo y de paso
hacerte un regalo. Solo quiero pedirte alguna cosa que otra a cambio,
porque si tú estás viendo este DVD es porque yo no estoy contigo y, qué
quieres que te díga... me parece que tengo derecho y morro suficiente como
para pedírtelo. En caso de que alguna vez me pase algo, quiero que siempre
cuides de la planta de hierba Luisa que te regalé. En cierta manera, yo huelo
así. Solo tienes que acariciarla para que el olor se te quede en las manos. No
seas burro, acaríciala y llévate las manos a la cara. Después, y esto te va a
parecer raro, pero tienes que tener en cuenta que la debo de haber palmado,
pues quiero que cada vez que pases por la Gran Vía y te acuerdes, vayas a
la boca del metro y acaricies la barandilla, que esa barandilla es la que me
llevó a ti y que, si ya no estoy aquí, a veces he tenido la idea de que me
gustaría quedarme allí, en la puerta del metro viendo cómo van llegando a
Madrid chicos tan asustados y con tantas ganas de triunfar como yo. Me
gustaría recibirlos y decirles que todo va a ir bien y que nunca se olviden de
ser personas, que es más importante que lo de maricón. Porque tú y yo lo
hemos conseguido justo cuando dejamos atrás al maricón y salió el
hombre...»
Miguel seguía sentado, escuchándome, y tenía las manos como
tapándose la boca. No parpadeó ni una sola vez. No se movió.
«Y claro, si yo no estoy, ahora estás tú y solo quiero saber que vas a
cuidar de todos y que los vas a querer siempre, cuida de las chicas y cuida
de JuanGa, ayuda mucho a JuanGa y, si yo no me equivoco, en cuanto se le
pase la locura de los tintes y los peinados, descubrirás que se parece mucho
a mí. Y, después de esto, verás que en el paquete hay una foto. Y esa foto
quiero que la tengas siempre tú porque eres la única persona en el mundo
que ha sabido verme de verdad y desde el primer momento. En toda mi
vida, solo ha habido una foto donde yo me he reconocido y quiero que la
tengas. En el momento en que se hizo esa foto, yo era tan feliz como lo soy
ahora. Pero no estabas tú. Y teniéndola ahora, me da la sensación de que se
cierra el círculo y, aunque sigo acojonado, pues me siento más tranquilo. Y
ya no sé qué más decirte, Miguel... cuida de Javi, cuídale como lo haría yo
y no le dejes nunca solo. Y tú, por favor, no te preocupes. Si estás viendo
esto es que ya ha pasado todo y, al final, yo era el que tenía razón y Aramís
Fuster es un horror en predicciones a mi lado. Supongo que estoy bien,
supongo que estoy en un sitio tranquilo donde respiro bien y puedo sonreír.
Y si no estoy allí... estaré en la puerta del metro de Gran Vía, o en el olor de
la hierba Luisa, o en la foto, o en los ojos de tu hijo... Estaré por todos
lados, pero siempre cerca de ti... te quiero mucho, mucho, mucho y como
me voy a poner a llorar... pues voy a cortar ya... ¿vale?»
Clic.
Miguel empezó a llorar con hipo, se levantó y sacó el DVD del aparato
y lo volvió a llevar al sobre. Y entonces se quedó mirando una foto. Una
foto que Javi me había hecho aquel fin de semana en que nos escapamos a
la playa. Era la foto de un niño lleno de ilusión y, si le mirabas muy de
cerca a los ojos, sabías que ese día era el más feliz de su vida. Apretó la foto
contra su pecho y luego la devolvió al sobre. Se fue al dormitorio y lo
guardó en su mesilla de noche. Después se fue a la ducha y, debajo del agua
caliente, notó que volvía a respirar. Se puso una camisa blanca y unos
pantalones vaqueros y descalzo salió al jardín, donde ya le esperaba nuestra
familia.
Estaban justo delante de la ventana del dormitorio de Felipe y Miguel y
el olor de la hierba Luisa lo llenaba todo. Se pusieron todos mirando hacia
el lago y, como en un ritual no preparado, se cogieron las manos y miraron
hacia el frente, como para que yo, desde donde estoy, los viera a todos allí,
juntos. Para siempre.