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Mary Mallor Feminismo y Ecologia 1 62

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raaaBMPttiiKi
ambiente
y
democracia
traducción de
ANA MARÍA PALOS

revisión de
JOSEFINA ANAYA
FEMINISMO Y ECOLOGÍA
por
MARY MELLOR

3883
siglo
veintiuno
editores
siglo veintiuno editores, s.a. de c.v.
CERRO DEL AGUA 246. DELEGACIÓN COYOACÁN, 04310. MÉXICO. D.F.

DIFUNDE

Digitalizado por Piratea y Difunde.


Se alienta la reproducción total o parcial de esta obra sin permiso.
Viva la piratería como forma de resistencia contra la propiedad
privada de las ideas y de su difusión.
Anti copyright
portada de patricia reyes baca

primera edición en español, 2000


© siglo xxi editores, s. a. de c. v.
isbn 968-23-2227-8

primera edición en inglés, 1997


© mary mellor 1997
publicado por polity press en asociación con blackwell publishers
título original: feminism & ecology

impreso y hecho en mcxico / printed and made in mexito


ìndice

PREFACIO 9

AGRADECIMIENTOS 11

INTRODUCCIÓN 13

1. LAS MUJERES Y EL MEDIO AMBIENTE 29

2. PENSAMIENTO ECOFEMINISTA 63

3. MUJERES, BIOLOGÍA Y NATURALEZA EN EL PENSAMIENTO


FEMINISTA 95

4. MUJERES Y NATURALEZA: ¿PUNTO DE VISTA PRIVILEGIADO? 132

5. EL FEMINISMO Y EL MOVIMIENTO VERDE 161

6. ECOLOGÍA SOCIAL, ECOSOCIALISMO Y ECOFEMINISMO


social/ista 188

7. FEMINISMO Y ECOLOGÍA: UNA CONEXIÓN MATERIAL 220

BIBLIOGRAFÍA 243

[7]
PREFACIO

Los objetivos de este libro son explorar la relación entre feminismo


y ecología e identificar el potencial radical del pensamiento feminis­
ta y ecologista. El feminismo y la ecología coinciden en la afirmación
ecofeminista de que la subordinación de las mujeres y la degrada­
ción ecológica están ligadas. Esta idea se examina explorando el ac­
tivismo político en torno a las mujeres y el medio ambiente y la evo­
lución del pensamiento ecofeminista, junto con respuestas a éste de
parte de otras perspectivas radicales, feministas y verdes.
Cuando discuto el potencial radical de un vínculo entre feminis­
mo y ecología no afirmo que las mujeres estén de alguna manera
esencialmente más cerca de la “naturaleza”, sino más bien que no es
posible entender las consecuencias destructivas para la ecología de
las tendencias dominantes en el desarrollo humano sin comprender
su naturaleza de género. El tema central en este análisis es la mate­
rialidad de la existencia humana. Dicho sencillamente, los seres hu­
manos como animales humanos tienen un cuerpo que debe desa­
rrollarse y nutrirse. Este cuerpo, a su vez, está inserto en un medio
ambiente natural. Las teorías sociales que no toman en cuenta esta
característica esencial de la existencia humana parten de la falsa pre­
misa de que los actores humanos no están encarnados ni insertos.
No es sorprendente, en consecuencia, que en la práctica estos acto­
res resulten ser blancos, machos, móviles y relativamente autodeter-
minantes como resultado de privilegios económicos y sociales. Re­
presentan a quienes fueron capaces de aprovechar la ciencia y la
tecnología y los beneficios del “progreso” económico, dejando el
peso del tener cuerpo y estar inserto en otras personas, sobre otras
especies y sobre el planeta. Estas cargas las soportan mujeres sub­
privilegiadas y otros grupos subordinados, que desempeñan trabajos
necesarios para el mantenimiento del cuerpo, y la tierra, las especies
y los pueblos, que soportan las consecuencias ecológicas destructivas
de los altos niveles de producción, consumo y movilidad. El ecofe-
minismo reúne el análisis de las consecuencias ecológicas del “pro­
greso” humano desde el movimiento verde y la crítica feminista de
la desproporcionada responsabilidad de las mujeres por los costos y

[9]
IO PREFACIO

consecuencias de la encarnación humana, para mostrar en qué for­


ma las relaciones de desigualdad dentro de la comunidad humana se
reflejan en relaciones destructivas entre la humanidad y el mundo
natural no humano. Centrarse en la desigualdad basada en sexo/gé-
nero en este contexto no implica que un análisis basado en el racis­
mo, la explotación de clase o el colonialismo sería menos importan­
te o relevante.
El desarrollo de una teoría social radical basada en un marco fe­
minista y ecológico es particularmente vital en vista del éxito que la
derecha radical y varias críticas del “modernismo” han tenido en so­
cavar las teorías sustentadas en el análisis material o estructural del
poder y la desigualdad. Las teorías radicales se han asociado en la
práctica con los “pecados” del estatismo marxista/socialdemócrata
blanco y dominado por hombres, y con los marcos teóricos basados
en suposiciones irreales e injustificadas en la dirección del progreso
humano. Ciertamente hay motivos para estas críticas, de otra mane­
ra no habrían tenido tanto éxito en acallar mucha de la práctica y la
teoría radicales. Sin embargo, yo alegaría que no es necesario reco­
rrer el camino posmodernista o postsocialista. Es posible que los pos­
modernistas tengan razón en decir que la dirección de la historia hu­
mana no puede predecirse, y los postsocialistas pueden alegar que los
patrones tradicionales de solidaridad política ya no existen, pero eso
no quiere decir que no sea posible analizar las condiciones de la
humanidad tal como existe actualmente o buscar nuevas bases de so­
lidaridad. En este libro sostengo que los movimientos feminista y
ecologista, tal como los une el ecofeminismo, ofrecen bases espe-
ranzadoras para el análisis social crítico y la política del cambio
social.
AGRADECIMIENTOS

Deseo agradecer todos los recursos y a todas las personas conocidas


y desconocidas que me apoyaron y me proporcionaron espacio y
tiempo para escribir este libro.

[11]
INTRODUCCIÓN

El ecofeminismo es un movimiento que busca una conexión entre la


explotación y degradación del mundo natural y la subordinación y
opresión de las mujeres. Surgió a mediados de los setenta dentro de
la segunda oleada de feminismo y del movimiento verde. El ecofe­
minismo reúne elementos de los movimientos feminista y verde, y al
mismo tiempo representa un desafío para los dos. Del movimiento
verde retoma la preocupación por el impacto de las actividades hu­
manas sobre el mundo no humano y del feminismo la visión de la
humanidad como sexuada, con modos que subordinan, explotan y
oprimen a las mujeres.
El movimiento verde parte del axioma básico de la ecología, de
que todos los organismos vivientes deben verse en relación con su
ambiente natural. La humanidad debe verse siempre inserta en los
ecosistemas locales y globales. El ecosistema que envuelve a cual­
quier organismo vivo impone a éste condiciones limitantes. El fraca­
so de la humanidad en respetar los límites ecológicos de estas con­
diciones restrictivas es lo que ha causado la actual crisis ecológica
(McKibben, 1990). Los verdes están divididos entre los que creen que
la humanidad puede usar su capacidad tecnológica para superar es­
tas condiciones restrictivas o para adaptarse a ellas (ecología mode­
rada o ecología mesurada) y los que piensan que lo más fundamen­
tal y necesario para la humanidad es repensar su relación con el
mundo natural (ecología radical o ecología profunda).
Las ecofeministas tienden a compartir la perspectiva de los verdes
radicales de que la humanidad no sólo depende de su medio físico,
sino que el mundo natural, incluida la humanidad, debe verse como
un todo interconectado e interdependiente. Esto plantea cuestiones
fundamentales acerca del mundo humano sociocultural en relación
con el mundo natural no humano, incluyendo la propia existencia fí­
sica de la humanidad. Si bien el ecofeminismo comparte con los
verdes (moderados y radicales) la preocupación por los daños ecoló­
gicos causado.s por los sistemas socioeconómico y militar contempo­
ráneos, también señala la incapacidad del movimiento ecologista y de
su.s teóricos para encarar adecuadamente la dominación de los hom­

[13]
14 INTRODUCCIÓN

bres y la subordinación de las mujeres. Aunque los pensadores y ac­


tivistas verdes prestan más atención al feminismo que la mayoría de
las otras perspectivas políticas, las ecofeministas han argumentado
que estos pensadores y activistas verdes no son capaces de ver el pa­
pel fundamental de la desigualdad de género para crear la crisis eco­
lógica. Esta incapacidad es resultado principalmente de la domina­
ción de los hombres en los propios movimientos verdes (Salleh,
1984; Doubiago, 1989; Mellor, 1992c; Seager, 1993).
El desafío del ecofeminismo al feminismo radica en su afirmación
de que, en la medida en que las sociedades humanas están biológica
o socialmente definidas por género, hombres y mujere.s mantienen
una relación diferente con el mundo natural. La inserción en el me­
dio ambiente se relaciona directamente con la encarnación humana.
Los impactos ecológicos y las consecuencias se experimentan en los
cuerpos humanos en mala salud, muerte prematura, daños congéni-
tos y desarrollo infantil retardado. Las mujeres soportan de manera
desproporcionada las consecuencias de estos impactos en su propio
cuerpo (residuos de dioxina en la lecha materna, embarazos fallidos)
y en sus tareas como alimentadoras y cuidadoras. Algunas ecofemi­
nistas han ido má.s lejos y alegan que las mujeres tienen un aprecio
mayor de las relaciones de la humanidad con el mundo natural, del
hecho de estar insertas y tener corporeidad, en virtud de su propia
encarnación como mujeres. Esto pone sobre el tapete toda la cuestión
de la sociedad y la cultura humanas en relación con los cuerpos, la
biología y la naturaleza no humana. Muchas feministas consideran
que es peligroso argumentar que las mujeres como seres biológica­
mente sexuados o de género socialmente determinado están conecta­
das con el mundo natural o de alguna manera lo representan. Esto
socava la lucha que han venido sosteniendo contra la forma en que se
ha utilizado la identificación de las mujeres con la naturaleza para jus­
tificar su subordinación. Se ha considerado que las mujeres están li­
mitadas y determinadas por su cuerpo, y por consiguiente, excluidas
de representar un papel igual en la vida pública. Abrir la cuestión de
la asociación de la.s mujeres con la “naturaleza”, así como afirmarla
en definitiva, parecería un gesto regresivo. La razón ecofeminista
para hacerlo será el tema central de este libro.
Ha habido una tendencia a identificar el ecofeminismo con un uni­
versalismo esencialista. Es visto como si planteara una unidad basada
biológicamente entre las mujeres y el mundo natural que excluye a los
hombres y une a todas las mujeres por medio de su “naturaleza”
INTRODUCCIÓN 15

esencialmente dadora de vida y amante de la vida. Los críticos ale­


gan que semejante perspectiva es reaccionaria ya que esencializa y
naturaliza tanto a las mujeres como a la naturaleza. Esto presenta
una imagen de la “mujer” falsamente unlversalizada que ignora las
diferencias y desigualdades entre las mujeres. Gran parte de estas
críticas se han dirigido contra el ecofeminismo en Estados Unidos (y
particularmente su variante de la Costa Oeste), que ha sido fuerte­
mente identificado con el feminismo radical/cultural y el movi­
miento de espiritualidad feminista. Sin embargo, al ecofeminismo se
le ha recibido con profunda suspicacia en muchos lugares, aunque
se apoya más en el feminismo materialista o socialista que en el fe­
minismo cultural o espiritual (Hekman, 1990; Biehl, 1991; Agarwal,
1992; Evans, 1993; Jackson, 1995).
El vínculo del ecofeminismo con el feminismo cultural y espiritual
y enfoques más radicales de la ecología hicieron que muchas de las
primeras publicaciones ecofeministas, particularmente en Estados
Unidos, no distinguieran entre los escritos académicos y los poéti-
co/espirituales. Aunque muchos de los autores eran académicos,
parecía como si esa brecha reprodujera la división en la cultura oc­
cidental que permitió a la ciencia y a las formas especializadas de co­
nocimiento distanciarse de la vida ecológica y social. La introduc­
ción de una antología describe cómo:

Su coro de voces, (|ue reflejan la variedad de preocupaciones que desembo­


can en el ecofeminismo, desafía las fronteras que dividen géneros tales
como la ponencia académica del apasionado ensayo poético. Al hacer esto,
reconoce la visión poética como una forma de conocimiento y como uno de
los paso.s importantes en el proceso de la transformación global (Diamond
y Orenstein, 1990:vii).

Sin embargo, el poético y apasionado estilo de esta escritura dio


motivos para criticar al ecofeminismo de esencialista y místico. A me­
dida que el ecofeminismo ha ido madurando, sus escritos se han vuel­
to más académicos, aunque no menos apasionados, perdiendo algo
de la energía poética de los primeros trabajos, pero sentando una
teorización más clara de la vinculación entre un marco feminista y
otro ecológico (Mellor, 1992a; Plumwood, 1993; Mies y Shiva, 1993;
Warren, 1994). Aunque el ecofeminismo es un movimiento hetero­
géneo con diferencias en énfasis, y particularmente en retórica, yo
afirmaría que su lógica, tal como ha venido evolucionando en los
16 INTRODUCCIÓN

Últimos veinte años, ha producido una perspectiva teórica evidente y


muy valiosa sobre la relación entre la sociedad humana y su medio
ambiente natural que tiene implicaciones tanto para la teoría social
como para la práctica política.

EL ECOFEMINISMO COMO MOVIMIENTO

La historia del ecofeminismo puede hallarse en sus escritos y en la am­


plia participación de las mujeres en cuestiones ambientalistas y de lu­
chas de base en todo el mundo. La importancia y el impacto del eco-
feminismo como movimiento dependen en de qué tan ampliamente
se defina. Una definición muy estrecha abarcaría sólo a aquellas mu­
jeres (y a muy pocos hombres) que se identifican explícitamente como
ecofeministas. Muchas de éstas son académicas que contribuyen al
crecimiento de la literatura sobre ecofeminismo, tratando de situarlo
como una perspectiva y como un movimiento. Una definición más
amplia incluiría a todas las mujeres que participan en campañas sobre
temas ambientalistas o que unen las cuestiones feministas y ecológi­
cas, bien sea en acciones de base o en movimientos más formales. La
definición más amplia comprendería las campañas de mujeres sobre
cuestiones ambientalistas, aunque no se hayan expresado necesaria­
mente políticas específicamente feministas o ecofeministas.
Si bien el ecofeminismo como cuerpo de pensamiento definido
ha sido desarrollado principalmente (aunque no de forma exclusiva)
por las feministas del Norte, su surgimiento debe verse en el con­
texto de una intervención más amplia de las mujeres en luchas y
campañas interesadas en el medio ambiente en todo el mundo. Es
importante que el dominio del Norte sobre la literatura publicada
(de lo que este libro es un ejemplo más) no distorsione la historia del
ecofeminismo o dé la impresión de que es un movimiento unificado.
Como con todas las perspectivas y movimientos que emergen en un
marco de desigualdades sociales y económicas, el ecofeminismo aca­
rrea el peligro de reproducir esas desigualdades dentro de su propia
estructura y evolución (Amos y Parmar, 1984).
Desigualdades globales significa que mientras las mujeres pobres,
explotadas y marginadas cargan con el grueso del impacto físico,
económico y social de la degradación ecológica, y se comprometen en
luchas directas en su medio ambiente inmediato, aquellas privile-
INTRODUCCIÓN 17

giadas por su clase, nación y “raza” dominan y formulan el debate


que “nombra” y teoriza ese movimiento. Esto no significa subestimar
la contribución de las mujeres que han abandonado sus privilegios
para unirse a las luchas de base, pero los privilegios de que una vez
se gozó siempre siguen disponibles, aunque sólo sea como capital
cultural. Para las mujeres sin acceso ni siquiera a los bienes básicos
de la existencia no hay elección. El peligro de que el movimiento eco-
feminista sea dominado por una perspectiva nórdica es que suija
una visión distorsionada de la crisis ecológica y de la posición de las
mujeres. La crítica de Amos y Parmar del movimiento pacifista de
las mujeres podría fácilmente aplicarse al ecofeminismo:

Internacionalmente, mientras las mujeres negras y del Tercer Mundo luchan


batallas diarias por la supervivencia, la alimentación, la tierra y el agua, los
llamamientos de angustia o inquietud de las mujeres occidentales blancas
por preservar los niveles de vida para sus hijos y conservar el planeta para
las generaciones futuras suenan huecos (1984:17).

Salvar a las ballenas, preservar la naturaleza silvestre, reciclar o ha­


cer campañas para el consumo de productos naturales palidecen has­
ta la insignificancia frente a la necesidad inmediata de agua limpia,
comida, higiene y salud (Sen y Grown, 1987; Rao, 1989). Sin embar­
go, sería igualmente equivocado verlas en oposición. Amos y Parmar
no pretenden un rechazo de las campañas pacifistas, sino que las fe­
ministas occidentales vean los temas políticos que las afectan en un
contexto internacional. También argumentan contra un enfoque ex­
clusivamente feminista que no tome en cuenta el contexto económi­
co y político: “Una definición de las relaciones patriarcales que sólo
mira el poder de los hombres sobre las mujeres sin situarlo en un
marco político y económico más amplio tiene consecuencias serias
para la forma en que se ven las relaciones dentro de la comunidad ne­
gra” (1984:9). Angela Davis señala el punto igualmente importante
de que aquellos implicados en la lucha económica y política inme­
diata no deberían descuidar temas como la campaña contra las armas
nucleares: “La paz, hermanas y hermanos míos, es asunto de los ne­
gros y es asunto de las negras. Si no somos capaces de entender esto
muy bien puede costamos la vida” (1990:64). Ambos son argumentos
válidos. Las luchas en torno a la desigualdad socioeconómica deben
considerar el contexto ecológico, mientras que las preocupaciones de
las ecofeministas del Norte y las luchas de las mujeres en torno a cues­
IK IN'I RODUCCIÓN

tiones ambientalistas en el Sur deben ser igualmente vistas en un con­


texto político-económico internacional.

ECOKEMINISMO Y FEMINISMO

Muchas ecofeministas siguen al feminismo radical identificando al


patriarcado, y particularmente al patriarcado occidental, como fuen­
te principal de la destrucción ecológica global. La dinámica central
del patriarcado occidental se ve como la división de la sociedad en
dualismos jerárquicos. La cultura y la sociedad están separadas del
mundo natural; la ciencia y el conocimiento especializado desplazan
al conocimiento popular tradicional. De las complejidades de la exis­
tencia humana surge un apreciado mundo público, gran parte del
cual permanece en un mundo privado y doméstico. Sobre todo, el
macho/los hombres/lo masculino se valoran como lo opuesto de la
hembra/las mujeres/lo femenino. Sin embargo, el periodo histórico
en el que vemos el surgimiento del patriarcado va desde el 4000 a.C.
(Eisler, 1990), pasando por las ciudades-Estado griegas (Ruether,
1975), hasta la revolución científica (Merchant, 1983). Un espacio
histórico tan prolongado no aclara el tema del papel del patriarcado
en las sociedades preindustriales y no occidentales. Algunas femi­
nistas, especialmente en el Sur, han alegado que el ecoferninismo ha
fomentado una actitud afable hacia el patriarcado no occidental
(Agarwal, 1992). Se ha dicho también que el énfasis del ecoferninismo
en el patriarcado distrae la atención del racismo, el imperialismo y el
capitalismo como agentes de la opresión de género y de la destrucción
ecológica (Lorde, 1980; Agarwal, 1992). Mies et al. (1988), por su par­
te, afirman que las mujeres sufren desproporcionadamente en térmi­
nos sociales y ecológicos ahí donde hay patrones de explotación ba­
sados en el colonialismo, el racismo o la explotación laboral.
Aunque el pensamiento ecofeminista se apoya marcadamente en
el feminismo radical y en la crítica del patriarcado, las ecofeministas
discrepan en la apreciación de cómo las relaciones patriarcales es­
tructuran la relación entre las mujeres y el mundo natural. Las que
tienen antecedentes feministas culturales o espirituales tenderán a
destacar la dominación masculina per se, c incluso la masculinidad
misma, como causa del comportamiento ecológicamente destructivo
y socialmente opresivo. Las que tienen una formación feminista so­
INTRODUCCIÓN 19

cialista ven la división del poder, y particularmente del trabajo, en­


tre hombres y mujeres como la clave de patrones de desarrollo in­
sostenibles (Mellor, 1992a; Salleh, 1994). Ambos grupos difieren
también en la.s conexiones que ven entre las mujeres y el mundo na­
tural. Las de antecedentes feministas culturales y espirituales tende­
rán a destacar una conexión elemental entre las mujeres y la “natu­
raleza”, mientras que las que adoptan un punto de vista social más
construccionista de las relacione.s de género tenderán a destacar las
bases históricas y de contexto de esa conexión. Sin embargo, como
se verá claramente, las similitudes entre las ecofeministas en térmi­
nos de sus análisis básicos superan ampliamente estas diferencias,
que a menudo reflejan diferencias retóricas.
En relación con otra.s perspectivas dentro del feminismo, hay po­
siciones incompatibles con una perspectiva ecofeminista. Un ejemplo
es el argumento feminista liberal de oportunidades iguales en el ac­
tual sistema socioeconómico. Una de la.s fundadoras del movimien­
to, Ynestra King, resume el enfoque del ecoferninismo: “¿Qué senti­
do tiene obtener la igualdad en un sistema que nos está matando a
todos?” (1990:106). El ecoferninismo se opone también a los femi­
nismos marxista y socialista, que no impugnan las contradicciones
ecológica.s ni económicas del modo de producción capitalista. Para
las ecofeministas, la igualdad a través del crecimiento económico y
del “desarrollo" para las mujeres, para la clase trabajadora y para los
pueblos oprimidos racial y (neo)colonialmente no es posible desde el
punto de vista ecológico (Mellor, 1993; Mies y Shiva, 1993). Compar­
ten la crítica verde de que el crecimiento económico es una ilusión
peligrosa (Douthwaite, 1992). El nivel actual de destrucción econó­
mica causado por el industrialismo y el “desarrollo” ha beneficiado
considerablemente sólo a cerca de una quinta parte de la población
mundial. Incluso en países ricos como la Gran Bretaña o Estados
Unidos, entre la cuarta y la tercera parte de la población, principal­
mente mujeres y niños, viven en la mayor pobreza. Cualesquiera que
sean las demandas de las mujeres por la igualdad con los hombres,
para las ecofeministas no pueden ser sobre la base del consumo y la
producción tal como lo promete el capitalismo, ni siquiera de una
redistribución comunista de la riqueza en el actual modelo de pro­
ducción industrial y consumo de masas.
El ecoferninismo también es incompatible con una posición social
radicalmente constructivista, bien sea desde una perspectiva fenome­
nològica, socialista/marxista o posmoderna. Con esto quiero decir
20 INTRODUCCIÓN

una perspectiva que prioriza la sociedad/cultura humana no sólo


epistemológica sino también ontològicamente. Aunque algunas filó­
sofas ecofeministas han adoptado una crítica posmoderna de la cul­
tura occidental (Cheney, 1989) y muchas ecofeministas sostienen que
la subordinación de las mujeres y la devastación ecológica tienen cau­
sas sociales, la base ecológica del pensamiento ecofeminista exige un
rechazo de las perspectivas que responsabilizan completamente a la
sociedad y a la cultura humanas. Los significados pueden cambiar
con los discursos; el conocimiento humano o las relaciones de poder
son capaces de afectar las condiciones de vida físicas y sociales, pero
la materialidad física de la vida humana es real, independientemente
de si es descrita o “construida”. Para el ecofeminismo, el mundo na­
tural del que la humanidad forma parte posee su propia dinámica
más allá de la “construcción” o del control humanos.
Esta perspectiva realista es profundamente problemática para
aquellos feminismos que han intentado rechazar una construcción
biológica de la diferencia sexual a favor de una visión social o cultu­
ralmente constructivista tanto del sexo como del género. Sin embar­
go, un rechazo global del constructivismo social o cultural no signi­
fica un colapso en el determinismo ecológico o biológico. Lo que
resulta vital comprender tanto política como teóricamente es la co­
nexión entre las relaciones construidas socialmente y las realidades
físicas, bien sea de encarnación o de inserción. Es esta interacción la
que preocupa al ecofeminismo, la conexión entre los procesos bio­
lógicos y ecológicos que rodean a la sociedad humana y la subordi­
nación y opresión de las mujeres. Para las ecofeministas, la preocu­
pación por la vitalidad de la ecología del planeta está directamente
relacionada con la preocupación por la vida y las experiencias de las
mujeres. El dominio posmoderno/postestructuralista de la teoriza­
ción social contemporánea presenta una falsa opción entre el cons­
tructivismo social radical y diversos formatos de universalismo y
esencialismo. En este libro deseo sostener que la lógica de la posi­
ción ecofeminista exige un análisis materialista y realista radical.

LA TRAMA DEI. TEJIDO

Las primeras imágenes presentes en la literatura ecofeminista eran


de hilar y tejer (Daly, 1978; Henderson, 1983; Diamond y Orenstein,
INTRODUCCIÓN

1990) y los argumentos de este libro están igualmente entretejidos.


Un libro sobre ecofeminismo(s), feminismo(s) y ecologismo(s) debe
ser necesariamente un entramado de ideas, una urdimbre de mu­
chos hilos que a veces se enredarán en nudos caóticos o apuntarán
hacia numerosas direcciones. Gran parte de la confusión se dará en
torno al significado de las palabras. El de “Naturaleza” es en particu­
lar un concepto muy problemático (Soper, 1995). Algunas veces se
refiere a una idea metafísica de “Naturaleza”, entendida a menudo
como si fuera un ente intelectual consciente: la “mente de la natura­
leza”. En otros momentos se refiere al mundo físico, que es el “obje­
to” de estudio científico y de explotación material. En ocasiones se
ve solamente como aquel aspecto de la naturaleza no humana que no
ha sido contaminado por el “hombre”: la naturaleza como espacio
silvestre. En ocasiones se refiere a todo el ecosistema planetario, que
incluye a los seres humanos. Aunque, como se verá más adelante, yo
veo a la humanidad como parte de un mundo natural global, y pues­
to que gran parte del debate trata del divorcio entre la humanidad y
la naturaleza, usaré generalmente el término “naturaleza” para refe­
rirme al mundo natural no humano.
Referirse a la subordinación de las mujeres y a la dominación mas­
culina en la sociedad también es difícil sin presuponer la base de esa
dominación en las palabras que se emplean. Referirse al macho, a
los hombres, a lo masculino, o a la hembra, las mujeres y lo femeni­
no puede implicar un enfoque esencialista, bien sea en términos de
determinismo biológico (cuerpo de la mujer la hace pensar y actuar
de modos particulares) o de universalismo (todas las mujeres com­
parten experiencias y respuestas comunes), o aceptar aparentemen­
te las definiciones patriarcales. Igualmente, conceptos como patriar­
cado, subordinación y opresión demandan una explicación de la
dinámica de relación implicada. Por lo general emplearé “domina­
ción masculina” para referirme al hecho de que todas las sociedades
existentes tienen una mayoría de hombres en las posiciones de ma­
yor poder. Usaré también el término “patriarcado”, puesto que éste
es el concepto usado en muchos escritos ecofeministas aunque,
como quedará claro hacia el final de este libro, el término no me
gusta demasiado. Tampoco me satisface el uso de conceptos como
“dominio masculino” y “patriarcado” para prejuzgar la explicación
teórica de esos fenómenos. No pretendo que el uso de la palabra
“masculino” implique un determinismo biológico ni quiero decir
que todos los hombres están igualmente implicados en el proceso de
99 INTRODUCCION

dominación y que todas las mujeres están igualmente sometidas a él.


Sin embargo, no adopto la posición de que la dominación masculi­
na no tiene una base material o estructural y que no hay una cate­
goría importante de “mujer” que deba abordarse (Riley, 1988; Bu­
tler, 1990).
Otra área difícil es la descripción de la desigualdad masculino-
femenina en términos de sexo o género. Ha habido muchos debates
sobre estas palabras (Oakley, 1972; Gatens, 1991a; Delphy, 1993). La
división original de lo.s concepto.s fue entre el que se relacionaba con
la biología (sexo) y el que se refería a las características sociales (gé­
nero) (Oakley, 1972), aunque muy pronto se reconoció que no era
fácil mantener esas do.s ideas teóricamente separadas (Rubin, 1974).
Autores más recientes han afirmado cada vez más que el sexo, como
el género, debe verse como construido socialmente más que dado
biológicamente (Delphy, 1993; Butler, 1990). Como he afirmado,
desde una perspectiva ecofeminista este último enfoque es proble­
mático, puesto que no es posible ver el cuerpo como construido so­
cialmente (de forma total). Seguiré a Moira Gatens en su posición de
ver la corporeidad como un fenómeno material e histórico que no
puede perder el género por la socialización o la contrasocialización
(1991b). Es verdad que no hay un punto de Arquímedes desde el que
podamos averiguar qué parte del cuerpo es natural en contraposi­
ción a lo social. Sin embargo, las construccione.s sociales no parten
de cero.
Decir que los seres humanos como mamíferos reproductivos están
encarnados en cuerpos sexuados no implica nada acerca de la iden­
tidad sexual ni de la orientación sexual de ninguna persona en par­
ticular, ni siquiera de alguna forma corpórea unificada y singular del
macho o la hembra. La corporeidad es una condición humana uni­
versal, no un factor determinante en la esfera individual. También
es importante que la discusión no se limite al sexo, a la sexualidad o
a la reproducción. La corporeidad humana abarca todos los aspectos
de las necesidades y evoluciones biológicas humanas tales como el
hambre, la excreción, la maduración y la muerte. Si las realidades de
la corporeidad no se discuten en su contexto más amplio, tampoco
se abordarán las formas en que las consecuencias sociales de esta
corporeidad han afectado históricamente a hombres y mujeres de
modo diferente. Por esta razón utilizaré el concepto asociado de sexo/
género excepto cuando me refiera específicamente a cuerpos sexua­
dos o a relaciones sociales que pueden desligarse de la corporeidad
INTRODt CCIÓN '-'3

humana. También es interesante señalar con Donna Haraway que el


dilema sexo/género e.s único en inglés, y ha socavado la capacidad
de los angloparlantes para teorizar adecuadamente sobre el cuerpo
sexuado:

En el esfuerzo político y epistemológico por sacar a las mujeres de la cate­


goría de la naturaleza y situarlas en la cultura como sujetos de la historia
construidos y autoconstruidos, el concepto de género ha tendido a estar en
cuarentena debido a las infecciones del sexo biológico. Por consiguiente, ha
sido muy difícil teorizar sobre las construcciones en marcha de lo que con­
sidera como sexo o como femenino (1991:134).

La critica ecofeminista de la modernidad también es problemáti­


ca conceptual y lingüísticamente. Conceptos como avanzado, mo­
derno y desarrollado implican un valor positivo para las estructuras
socioeconómicas imperialistas occidentales. Preindustrial, premo­
derno y no occidental implican el sistema socioeconómico occiden­
tal como referente. Tercer Mundo implica que el sistema “occidental”
representa un “Primer” Mundo. Conceptos como Occidente y Norte
plantean una falsa geografía de privilegio. Hay sociedade.s ricas en el
Sur (Australia, Nueva Zelanda) y en el Este (Japón). Esta división geo­
gráfica ignora también las desigualdades dentro de las sociedades.
No todos en los países pobre.s son pobres ni todos son ricos en las
sociedade.s ricas. Siguiendo la literatura ecofeminista emplearé ge­
neralmente el concepto “Occidente” para representar la cultura eu­
ropea, y “Norte” para representar la economía capitalista global y los
Estados-nación dominante,s en el plano internacional. Hacia el final
de este libro desarrollaré lo que, espero, sea una forma má.s útil de
calificar las relacione.s socioeconómicas y ecológicas explotadoras.
El objetivo general de este libro es explorar la historia y evolución
de las diversas tendencias del ecofeminismo y sus relaciones con ele-
mentos de feminismo(s) y ecologismo(s). El ecofeminismo, como los
movimientos feministas y verdes, es uno de los “nuevos” movimientos
sociales que son cada vez más proclamados corno fuente de nuevas po­
líticas, de una sociedad civil regenerada para el siglo XXI (Wainwright,
1994). La.s cuestiones que plantea son vistas como si formulasen una
crítica radical al capitalismo industrial (O’Connor, 1988; O’Connor,
1994), o como si formaran la base de un nuevo movimiento radi­
cal (Merchant, 1992). Yo sostendré aquí, como ya lo hice en otras
oportunidades, que el ecofeminismo tiene mucho que ofrecer como
24 INTRODUCCIÓN

perspectiva radical, en particular como la base para un socialismo


reformulado (Mellor, 1992a, 1992b, 1993).
El siguiente capítulo examinará el surgimiento de movimientos y
perspectivas sociales que vinculan a las mujeres con el medio am­
biente. No sería justo subsumir todo esto bajo el encabezado de “eco-
feminismo”, puesto que abarca una amplia gama de acción ambien­
talista en diversas partes del mundo. Aunque el ecofeminismo ha
sido notablemente dominado por las voces e intereses políticos del
Norte, las voces, luchas y experiencias del Sur también son esencia­
les para su desarrollo. Estas luchas serán situadas en el contexto in­
ternacional del proceso evolutivo y de las respuestas de las mujeres
a ese proceso en toda la extensión del globo. En los movimientos de
base, en los movimientos políticos y en la actividad académica las
mujeres han llevado sus preocupaciones sobre el impacto del desa­
rrollo en las mujeres y en el medio ambiente al corazón del sistema
político internacional, aunque no necesariamente desde una pers­
pectiva explícitamente ecofeminista. El surgimiento y evolución del
ecofeminismo como movimiento se establecerá a lo largo de estas ac­
ciones y debates.
En el tercer capítulo examinaré los debates teóricos dentro del
movimiento ecofeminista, sobre todo, pero no exclusivamente, en el
Norte. La división central está entre aquellos que consideran la bio­
logía de las mujeres o la cultura como algo que crea una afinidad es­
pecial y directa entre las mujeres y el mundo natural y los que con­
sideran esta relación como construida socialmente, un debate al que
ya aludí antes. A pesar de los diferentes orígenes y orientaciones del
pensamiento ecofeminista, emergen temas centrales que serán trata­
dos en capítulos posteriores.
Los capítulos 4 y 5 estudiarán el pensamiento ecofeminista en re­
lación con la teoría feminista. El cuarto capítulo se ocupará del co­
razón del ecofeminismo: la relación entre la mujer y la naturaleza. Es
ahí donde el ecofeminismo entra en mayor conflicto con otros fe­
minismos, y examinaré en qué se basan esas diferencias, en particu­
lar con relación a la mujer/naturaleza y el cuerpo/biología. Para ha­
cer esto ha sido necesario volver a los primeros textos feministas y
repasar esos debates, así como el pensamiento feminista más recien­
te. Sostendré que las críticas del esencialismo que se le hacen al eco-
feminismo pueden responderse si conceptos tales como la corporei­
dad y su relación con el sexo/género son examinados dentro de un
marco materialista. El análisis ecofeminista muestra cómo ha sido
INTRODUCCIÓN 25

Utilizada la desigualdad sexo/género para crear la destructiva bre­


cha naturaleza/sociocultural. Acabar con la desigualdad sexo/géne-
ro es esencial si se quiere cerrar esa brecha.
En el quinto capítulo examinaré el ecofeminismo a la luz de los
debates recientes acerca de las mujeres y el conocimiento, la crítica
feminista de la epistemología occidental en general y de la ciencia en
particular. El ecofeminismo comparte la crítica epistemológica del
dualismo occidental y la base del conocimiento de la modernidad en
la ciencia y la tecnología con otras perspectivas radicales, incluyen­
do el posmodernismo. Sin embargo, al centrarse en las mujeres y
sus experiencias, el ecofeminismo, implícita o explícitamente, adop­
ta una postura particular. La idea de un conocimiento y cultura es­
pecíficos de las mujeres ha sido particularmente fuerte en el ecofe­
minismo espiritual (Spretnak, 1982, 1990; Starhawk, 1982, 1987,
1990) y también está representada en el argumento de Vandana Shi­
va sobre la importancia del saber innato de las mujeres (1989). Sin
embargo, los argumentos a favor de la experiencia de las mujeres
como base de un saber privilegiado son problemáticos, en particu­
lar desde una perspectiva posmoderna, como lo han mostrado algu­
nos debates recientes dentro de la epistemología feminista (Jaggar y
Bordo, 1989; Nicholson, 1990; Alcoff y Potter, 1993). Confío en de­
mostrar que un ecofeminismo materialista y realista puede trazar
una ruta que nos saque de este pantano teórico.
El sexto capítulo examinará la relación entre ecofeminismo y pen­
samiento verde, y en particular la ecología profunda. Mientras que las
ecofeministas han usado el pensamiento verde en combinación con
su feminismo, los pensadores verdes (mayoritariamente hombres)
han sido mucho más variados en su enfoque del pensamiento femi­
nista y con respecto al lugar que ocupan las mujeres en sus teorías y
visiones de la “buena sociedad”. En particular, ha habido un prolon­
gado debate entre ecofeministas y ecologistas profundos acerca de la
importancia relativa del androcentrismo (ccntralidad masculina que
refleja la dominación masculina sobre las mujeres y la naturaleza) en
contraposición al antropocentrismo (ccntralidad humana que refleja
la dominación humana sobre la naturaleza), en la ruptura de una.s
relaciones sustentables entre la sociedad humana y la naturaleza no
humana. El concepto central en la ecología profunda es el biocentris-
mo, o ecocentrismo, es decir, considerar la naturaleza o los procesos
naturale,s más importantes que los intereses o la existencia humanos
u ontològicamente previos a ellos. Los pensadores ecocéntricos con­
2(i INTRODUCCIÓN

sideran que todas las demás perspectivas políticas, incluido el ecofe-


minismo, están centradas en lo humano y por lo tanto dan prioridad
a los intereses humanos o pretenden que lo ontològico humano está
por encima del mundo natural no humano. Sostendré que hay una
ambivalencia en el concepto de ecocentrismo en el pensamiento eco­
lógico profundo que lo hace potencialmente idealista y dualista en
vez de materialista y bolista. Sin embargo, una concepción materia­
lista y bolista del ecocentrismo, como demostraré, puede ayudar a de­
finir un ecofeminismo materialista.
En el capítulo séptimo estudiaré el ecofeminismo con relación al
ecoanarquismo, el ecosocialismo y el marxismo. En particular, exa­
minaré las ideas de Murray Bookchin y la crítica del ecofeminismo
que se ha desarrollado a partir de su perspectiva ecoanarquista. Con
relación al marxismo, el ecomarxismo y el feminismo socialista, re­
gresaré una vez más al tema de la personificación y de la división del
trabajo en sexo/género, y sostendré que, aunque Marx puede ser cri­
ticado desde una perspectiva ecofeminista, su análisis materialista his­
tórico, particularmente en los Manuscritos económicos y filosóficos, sigue
siendo pertinente si puede reformularse sobre una base ecofeminista.
El capítulo final reunirá todas estas ideas y establecerá el marco
para un análisis ecofeminista materialista y realista. No afirmaré que
el ecofeminismo sea la solución, pues esto significaría adoptar la po­
sición reduccionista de que la desigualdad sexo/género es la base de
todas las demás opresiones. Sin embargo, sostendré que las percep­
ciones del ecofeminismo pueden dar forma a una perspectiva histó­
rica y materialista más amplia que explore las relaciones dialécticas
entre la humanidad y el mundo natural, así como la dinámica de la
sociedad humana. Junto con los pensadores verdes radicales veo a
la humanidad como parte de un mundo natural que posee su propia
dinámica, más allá del control de la humanidad contenida en él. A
pesar de todas las denuncia.s posmodernas de “teorías totalizadoras”,
defenderé que es necesaria una comprensión estructural de la exis­
tencia de la especie humana como seres corpóreos e insertos si que­
remos resolver la crisis ecológica y la subordinación de las mujeres.
Sin embargo, dentro de esta comprensión no puede haber una “ver­
dad” final acerca de la condición humana. Tampoco afirmaría yo un
“naturalismo” en el sentido de determinismo ecológico. La “natura­
leza” no posee voluntad ni destino. El mundo natural en su totalidad
tiene capacidad para actuar, pero no conciencia. Si bien la humani­
dad está inserta en el mundo natural, su interrelación con el medio
INTRODUCCIÓN 27

ambiente es un proceso histórico. Como seres consciente.s y social­


mente constructivos, el género humano se interrelaciona dialéctica­
mente con la naturaleza no humana en diferentes formas a lo largo
del tiempo y a través de las culturas. Ni la humanidad ni la “natura­
leza” son determinantes; lo que es inevitable son la.s consecuencias de
las dinámicas que se dan entre ellas.
Lo central del feminismo desde esta perspectiva es que se puede
decir que la.s mujeres juegan un papel mediador socialmente cons­
truido entre la humanidad y la naturaleza no humana. No obstante,
relativamente pocas mujeres juegan este papel puramente como mu­
jeres, sino más bien como personas atrapadas en una matriz de opre­
siones que también abarca a muchos hombres. Lo que revela el eco-
feminismo es un análisis más amplio de relaciones de mediación,
como entre “sociedad” y “naturaleza”. Semejante análisis abarcará
no sólo la dominación patriarcal/masculina, sino también otras do­
minaciones socioeconómicas, así como la dominación de la natura­
leza. Estas estructuras de mediación están entremezcladas de tal
modo que la mayor parte de las personas son explotadoras y domi­
nadoras en algunos contextos, y explotadas y dominadas en otros.
Por lo tanto, son las propias estructuras de mediación, más que las
sociedades particulares, grupos e individuos, las que han producido
los patrone.s de subordinación, explotación, opresión y exclusión
que afectan a tanta.s personas, incluyendo a la inmensa mayoría de
las mujeres, y al mundo natural no humano.
A lo largo de este libro espero demostrar que el ecofeminismo, en
su propio hilar y tejer, junto con los de otros movimientos y pers­
pectivas radicales, puede producir un análisis social y político que
proporcionará las bases para la acción política solidaria a escala glo­
bal que se necesita tan desesperadamente.
1. LAS MUJERES Y EL MEDIO AMBIENTE

El papel de las mujeres en las luchas y debates ecológicos desde el si­


glo XIX, igual que en todos los compromisos sociales y políticos de
las mujeres, ha quedado “oculto a la historia” (Rowbotham, 1973).
Las historias de la ecología en el Norte acreditan al alemán Ernst Hae-
ckel la acuñación del término en 1873 (Bramwell, 1989), mientras
que la contribución de su contemporánea, la ecologista y educadora
estadunidense Ellen Swallow, es generalmente ignorada, aunque
a ella podría considerarse de igual forma la fundadora de la ciencia
de la ecología (Clarke, 1973; King, 1983a). También es interesante
que mientras Haeckel eligió un nombre basado en el griego oikos, que
significa “hogar” o “habitación”, fue Ellen Swallow quien mostró la
conexión directa entre la vida doméstica cotidiana y el medio am­
biente (Hynes, 1985).
A comienzos de la década de 1870 Ellen Swallow fue la primera
mujer estudiante del Instituto Tecnológico de Massachusetts (mit), y
ahí se quedó hasta que se convirtió en la primera mujer instructora.
Era multidisciplinaria; química de agua, química industrial, meta­
lúrgica, mineralogista, ingeniera y experta en alimentación y nutri­
ción. Su objetivo era entender la dinámica ambientalista de la in­
dustrialización y proporcionar a la comunidad, especialmente a las
mujeres, la capacitación necesaria para controlar su propio ambien­
te, Fundó un laboratorio para mujeres en el MiT en 1876 y un pro­
grama de educación interdisciplinaria. Cabildeó en el gobierno para
conseguir un programa de nutrición y alimentos puros e hizo mucho
para reducir los riesgos en la industria. Para Swallow la importancia
de educar a las mujeres consistía en que en el hogar, todavía más que
en el centro de trabajo, era donde los recursos primarios tales como
nutrición, agua, drenaje y aire podían ser monitoreados. Afirmaba
que la ciencia debería ponerse en manos de las mujeres de manera
que “el ama de casa pueda saber cuándo debe asustarse” {ibid.: 292).
Las iniciativas únicas y de largo alcance de Swallow no fueron apre­
ciadas por un establishment científico que se estaba segmentando rá­
pidamente en diferentes disciplinas. Todavía menos comprendida fue
su insistencia en trabajar con mujeres. En consecuencia, su trabajo

[29]
31) LAS MUJERES Y EL MEDIO AMBIENTE

pionero y multidisciplinario con mujeres entró en los libros de his­


toria en el rubro de las “ciencias domésticas”.
Casi cien años más tarde otra científica de Estados Unidos fue
una de las figuras clave y pionera del movimiento verde a finales
del siglo XX. Rachel Carson, bióloga marina y periodista científica,
publicó sus advertencias sobre el peligro de la acumulación de pes­
ticidas y herbicidas en 1962. En forma muy semejante a lo que Swa-
llow predijo, Carson se inspiró en las observaciones de una amiga
suya para escribir su libro Sileni Spring, que denunciaba que las fu­
migaciones aéreas de DDT estaban matando a los pájaro.s cantores y
los tordos de su jardín. Carson aseguró que los herbicidas y pestici­
das se acumularían a lo largo de la cadena alimentaria, de manera
que los químicos diseminados en las cosechas envenenarían a los pá­
jaros y a los animales (incluyendo a los sere.s humanos) que se ali­
mentaran de aquéllas directa o indirectamente. La muerte de los pá­
jaros que hubieran comido las plantas e insectos envenenados con
químicos daría como resultado la primavera silenciosa a que alude el
título del libro. Carson señalaba que esos químicos nunca desapare­
cerían; por el contrario, se introducirían en el agua y la tierra, muy
a menudo acarreadas lejos del lugar donde fueron contaminadas.
Aunque Carson nunca manifestó una perspectiva feminista o ecofe-
minista, su crítica de los enfoques científicos del mundo natural pre­
sagiaban las posteriores críticas ecofeministas; “a medida que el
hombre avanza hacia su anunciado objetivo de la conquista de la na­
turaleza, va escribiendo un deprimente registro de destrucción, di­
rigido no sólo contra la tierra que habita sino contra la vida que
( «»ñiparte con ella” (Carson, 1985:83).
I -a respuesta del gobierno y la industria química a las advertencias
de ( iarson consistió en burlarse de ella y tildarla de fanática sensi­
blera, de solterona en zapatilla.s preocupada por los pájaros. Como
señala Hynes, la ciencia de Carson surgía de un amor a la naturale­
za i|iie la instaba a escribir una prosa poética imaginativa y conmo-
vedoia (1985:296). La ciencia, dominada por el hombre, no podía
.»(cplai la idea de que el amor y el conocimiento fueran compatibles
V se apoyaran mutuamente (Rose, 1994). Sin embargo, la labor de
Carson no fue silenciada, y su importancia ha sido reconocida en
mu« has ocasiones por el creciente movimiento ecofeminista, parti­
culai inenle en Estado.s Unidos. Se celebraron conferencias para cele­
brar el vigesirnoquinto aniversario de la publicación de Sileni Spring
y se dedil o una importante antología ecofeminista a la memoria de
I.AS MUJERES Y EL MEDIO AMBIEN TE

Carson como “una mujer notable y modesta” que pensaba que amar
al mundo natural era esencial para comprenderlo (Diamond y
Orenstein, 1990).
Otra de la.s primera.s críticas de la tecnología occidental, particu­
larmente en el campo de la evolución, fue Barbara Ward, académica
de origen británico. Ward evocó la imagen de “la tierra como nave
espacial” en 1966, y fue una crítica pionera de los efectos adversos
sobre el Sur del impulso modernizador hacia un desarrollo econó­
mico mundial. Señalando la interdependencia de todo.s los pueblos
del mundo, sostenía que los cambios económicos debían justificarse
moralmente y que debían mostrar cómo podía manejarse el cambio
de modo que se pudiera conservar el ambiente natural en el plane­
ta. La obra de Barbara Ward tuvo un enorme impacto internacional
y alentó a las Nacione.s Unidas a celebrar una conferencia sobre
Asentamientos Humanos y a desarrollar un Programa de Medio Am­
biente de las Naciones Unidas. El compromiso de la ONU no sólo re­
flejó el trabajo de Ward, quien, junto con René Dubos, publicó el in­
fluyente Only One Earth en 1972, sino que fue también una respuesta
a la creciente alarma por los límites al crecimiento económico seña­
lados por proyecciones computarizadas sobre tema.s como las reser­
vas de los recursos naturales, la polución y el área muy controverti­
da de la población (Meadows et al., 1972; Sen, 1994).
Mientras que mujeres como Rachel Carson y Barbara Ward plan­
teaban cuestiones ecológicas en la agenda nacional e internacional,
ciertamente en el Norte, las mujeres en toda la extensión del globo
estaban haciendo lo que Ellen Swailow había imaginado cien años an­
tes. Expresaban su preocupación por la degradación ecológica en sus
propias comunidades. La ecología, palabra derivada del término grie­
go para hogar, estaba cada vez más “llegando a casa” (Shiva, 1994a).

LUCHAS DE BASE

El movimiento ambientalista ele base amplía nuestro sentido no sólo de lo


que es posible, sino de lo que es necesario. Es un movimiento alimentado
por la tenacidad, resistencia, obstinación, pasión e indignación. Para el
mundo, es la historia de unas “amas de casa histéricas” que enfrentan a los
“hombres de razón”; en la multitud de disfraces en que ambos pueden pre­
sentarse (Seager, 1993:280).
32 LAS MUJERES Y EL MEDIO AMBIENTE

En los Últimos veinte años, las campañas de base en torno a la pro­


piedad, control y utilización del medio ambiente han tenido como
oponentes a los “hombres de razón” desde la cuenca del Amazonas
hasta los Himalayas, y desde Kenia hasta Estados Unidos (Epstein,
1993). En el Sur, las críticas feministas de la “fuerza arrolladora” de
la modernización tecnológica y el capitalismo global atrajeron la
atención hacia la amenaza que representa tanto para las mujeres
como para el medio ambiente el llamado “desarrollo”. Esas críticas
mostraron la forma en que las mujeres experimentaban dificultades
especiales a medida que la agricultura comercial, la explotación fo­
restal y la minería invadían su estilo de vida tradicional y se veían
arrastradas hacia formas de producción altamente explotadoras y
amenazadoras para la salud (Mitter, 1986; Mies, 1986; Sen y Grown,
1987; Shiva, 1989).
En el Norte, los peligros ecológicos del industrialismo y el milita­
rismo se hicieron cada vez más visibles y fueron subrayados por las
campañas de los movimientos por la paz y el medio ambiente, así
como mediante luchas de base. Los movimientos pacifistas en Euro­
pa y Norteamérica crecieron rápidamente en respuesta a la decisión
de la OTAN en 1979 de situar misiles de crucero en Europa. Hubo
una extensa preocupación no sólo acerca del peligro inmediato que
representaban las armas nucleares y sus consecuencias para la vida
humana, sino también acerca del peligro de que el polvo atmosféri­
co pudiera causar un “invierno nuclear”. El desarrollo del movi­
miento ecofeminista en el Norte tiene sus raíces tanto en el mo­
vimiento feminista como en el pacifista. El ecofeminismo en Estados
Unidos se reactivó súbitamente también a finales de los setenta por
el desastre en la central nuclear de Three Mile Island y la amenaza
para la salud por el derrame tóxico descubierto en Love Canal, Nía-
gara Falls, en el estado de Nueva York.
Es difícil decir por qué ejemplos particulares de la lucha de base
se convierten en símbolos de un movimiento social cuando hay tan­
tos ejemplos de campañas similares por todas partes (Merchant,
1992; Ekins, 1992; Seager, 1993). Sin embargo, algunas luchas pare­
cen iluminar cuestiones e inquietudes muy hondamente asentadas
en el corazón de aquellas campañas, y la forma en que la relación de
las mujeres con el mundo natural ha sido al mismo tiempo revelada
y construida a través de ellas. Esto es particularmente cierto respec­
to del movimiento Chipko en las aldeas de los Himalayas, el movi­
miento Creen Belt en Kenia y la campaña de Love Canal en Estados
LAS MUJERES \ El, MEDIO MIMEN l'E 3

Unidos. Shiva sostiene que los “movimientos ambientalistas como el


Ghipko se han convertido en símbolos históricos, porque han sido
alimentado.s con la energía de la visión ecologista y la fuerza política
y moral de la.s mujeres” (1989:67).

El movimienlo ('.hipko

El bosque es el hogar de nuestra madre, lo defenderemos con todas nues­


tras fuerzas; Mujeres de la aldea de Reni en las montañas Carhwal de la cor­
dillera de los Himalayas (Anand, 1983:182).

El movimiento Chipko en los Himalayas de Carhwal es probable­


mente la mejor documentada de todas las luchas que simbolizan la
relación entre las mujeres y el medio ambiente (Anand, 1983; Dan-
kelman y Davidson, 1988; Shiva, 1989; Jain, 1991). Chipko (que sig­
nifica “abrazar” en hindi) logró notoriedad mundial a mediados de
la década de los setenta gracias a las acciones de los aldeanos (prin­
cipalmente mujeres) de los Himalayas, que se abrazaban a los árbo­
les para impedir que los talaran. El movimiento tuvo cierto éxito al
conseguir que el gobierno de la India apoyara una moratoria contra
la tala de árboles y atendiera la necesidad que hay de los árboles au­
tóctonos de hoja ancha para evitar la erosión del suelo, en apoyo a
las economías de subsistencia de las aldeas locales. Los activistas de
Chipko argumentaban que la.s plantaciones comerciales de pino.s o
eucaliptos daban trabajo a algunos aldeano.s (principalmente hom­
bres), pero no satisfacían las necesidade.s de las mujeres que se ocu­
paban, casi todas, en los cultivos y contaban con los árboles para com­
bustible y como forraje para los animales (Shiva, 1989; Jain, 1991).
No obstante, la impresión que a veces se tiene de que el movi­
miento Chipko nació como una acción espontánea de las mujere.s
para preservar los árboles (Sontheimer, 1991; Ekins, 1992), el movi­
miento tiene una base política mucho más compleja. Su ejemplo ins­
pirador no fue resultado de la inmediata identificación física y espi­
ritual de las mujeres con el bosque sino que más bien nació de un
“mosaico de muchos acontecimientos y múltiples actores”, incluyen­
do la prolongada y decidida lucha de los seguidores de Gandhi polí­
ticamente comprometidos de esa región (Shiva, 1989:67-77). Shiva
sostiene también que los orígenes del acto de abrazar como una for­
ma de protesta se remonta a hace tresciento.s años, cuando un grupo
34 LAS MUJERES Y EL MEDIO AMBIENTE

de personas encabezado por una mujer sacrificaron su vida para


proteger un bosque de árboles sagrados (íZ>/í/.:67).
Es difícil averiguar la fecha exacta del resurgimiento de abrazar
los árboles. Anand la sitúa en 1974 en la aldea de Reni (1983:182);
Jain da la fecha de 1973 y da crédito a los trabajadores de una co­
operativa por la reinvención del abrazo como medio de protesta
(1991:168); Shiva la sitúa bastante más tarde, cuando las mujeres se
volvieron más notorias en las protestas. Cualquiera que sea la fecha
exacta, los orígenes del movimiento Chipko están en las organizacio-
ne.s gandhianas en la región de Garhwal del estado de Uttar Pradesh,
en los Himalayas hindúes. Mira Behn, un seguidor de Gandhi, se es­
tableció en los Himalayas en la década de los cuarenta y comenzó a
estudiar la ecología de la región. Otras mujeres, como Sarala Behn
y Bimala Behn, fundaron ashrams para la educación de las mujeres
montañesas, vinculando la relación tradicional de los montañeses
con su medio ambiente, la.s enseñanzas políticas y espirituales de
Gandhi y las necesidades materiales muy inmediatas de las mujere.s
locales.
Un segundo vínculo gandhiano fue con una cooperativa fundada
en 1960 que, originalmente, empleaba a hombres en las labores de
construcción, pero que a partir de 1964 buscó desarrollar industrias
forestales tales como la recolección de savia y los productos de ma­
dera. La cooperativa encontró grandes dificultades para lograr ac­
ceso a los árboles y se alarmó en abril de 1973 cuando el gobierno
otorgó a un contratista privado la concesión para talar en la aldea de
Gopeshwar. Según Jain (1991), la enérgica protesta de unas cien per­
sonas evitó la tala de los árboles. Pocos meses más tarde, en junio de
1973, los trabajadores de la cooperativa apoyaron otra protesta en
una aldea a 80 kilómetros de distancia, entrelazando sus manos al­
rededor de la parte amenazada del bosque.
Si bien en las primeras etapas del movimiento Chipko los hombres
y mujeres de las aldeas se unieron contra el desarrollo maderero co­
mercial, pronto sus intereses entraron en conflicto. Para Vandana
Shiva ésta fue la etapa crucial del movimiento. Mientras que los hom­
bres se interesaban en lograr acceso al bosque para el desarrollo co­
mercial de la aldea, las mujeres deseaban preservar el bosque para
sus necesidades tradicionales de subsistencia y para impedir la ero­
sión del suelo. Shiva ve también los orígene.s de la oposición de las
mujeres al desarrollo monetarista en sus luchas contra el alcoholismo
masculino en los sesenta. Sostiene que el momento decisivo llegó a la
LAS MUJERES Y EL MEDIO AMBIENTE 35

aldea de Adwani cuando la mujer del jefe de la aldea encabezó a las


mujeres para ir a abrazar los árboles del bosque oponiéndose a su
propio marido, que era el contratista local. Llegado a este punto fue
cuando el movimiento Chipko se volvió “ecológico y feminista” (Shi-
va, 1989; cursiva en el original).
Shiva, que estudió física nuclear, se inspiró en las acciones de las
mujeres del movimiento Chipko para abandonar su carrera original
y establecer la Fundación para la Ciencia, la Tecnología y las Políti­
cas de Recursos Naturales. Ha realizado campañas por todo el mun­
do no sólo para la protección de los bosques, sino para el reconoci­
miento del papel de las mujeres en la defensa más amplia del medio
ambiente en lugares en donde dependen de él para combustible, fo­
rraje y agua. Su ecofeminismo se basa en la observación de que, para
las mujeres rurales pobres del Sur, sus lazos con el mundo natural se
hallan en la realidad de su vida cotidiana; toda lucha es lucha ecoló­
gica (Shiva, 1989). En términos de esta actividad más amplia, Joni Se-
ager asegura que el movimiento Chipko “simboliza ahora la resis­
tencia del Tercer Mundo para cambiar la dirección del ‘desarrollo
internacional’ [...y] ha venido a simbolizar una lucha por librarse del
asfixiante control que la ciencia reduccionista occidental tiene sobre
el manejo de los recursos” (1993:266-267).
Estas luchas han revelado la importancia del papel político de la.s
mujeres, que ha empezado a ser reconocido más ampliamente en la
misma India, particularmente en los movimientos campesinos (Om-
vedt, 1989). En el estado de Maharashtra en la década de los noven­
ta empezaron a surgir concejos municipales formados totalmente
por mujeres, adoptando para sus campañas el lema “hirvi dharti, stri
shakti, manav mukti” (tierra verde, poder de las mujeres, liberación
humana) (Omvedt, 1994:106).

El movimiento del Cinturón Verde de Kenia

El movimiento del Cinturón Verde keniano también ha proporciona­


do inspiración para el movimiento ecofeminista global. Una vez más,
el movimiento no fue una acción espontánea por parte de las mujeres,
sino que miles de ellas fueron alentadas en 1977 por la iniciativa del
profesor de anatomía Wangari Maathai de lanzar un programa rural
de plantación de árboles. Los primeros árboles se plantaron el 5 de ju­
nio, Día Internacional del Medio Ambiente. El movimiento del Cintu­
3(1 I AS Ml jERES Y El. MEDIO .AMBIENl E

rón Verde se percibió siempre como un programa de la.s mujere.s y fue


organizado a través del Consejo Nacional de Mujeres. Su objetivo era
resolver el problema de combustible en las zona.s rurales, así como
prevenir la invasora desertificación y la erosión del suelo, rodeando
cada aldea con un “cinturón verde” de al menos un millar de árboles.
El movimiento proporcionaba los árboles y una pequeña suma para
emplear a una persona local que se encargara de su cuidado.
Las mujeres respondieron prontamente y se formaron cientos de
grupos plantadores de árboles integrados por mujere.s locales. Para
mediados de los ochenta se habían establecido seiscientos viveros,
que empleaban entre do.s y tres mil mujeres, y ya se había plantado
más de un millón de árboles. Los planes de cinturones verdes se es­
tán estableciendo igualmente en otros doce países africanos (Seager,
1993; Ekins, 1992; Merchant, 1992). Los vínculos globales de las ideas
y las luchas de las mujeres se demuestran por el hecho de que Wan-
gari Maathai citó a Barbara Ward como fuente de su inspiración
(Jones y Maathai, 1983). La iniciativa de Maathai ha tenido eco tam­
bién en Estados Unidos por la obra de Rachel Bagby, consistente en
llenar de verde los ambientes dentro de las ciudades (Bagby, 1990).
Bagby convirtió aproximadamente cinco acre.s de terreno.s urbanos
abandonados de un vecindario negro en parcelas ajardinadas y fun­
dó la Philadelphia Community Rehabilitation Corporation. Al igual
que Maathai, su propósito es combinar un programa verde con ob-
jetivo.s más amplios como proporcionar empleo y educación. Sin em­
bargo, un elevado perfil político y el compromiso en la.s luchas ra­
dicales no están exentos de peligros. Wangari Maathai, condenada a
arresto domiciliario en Kenia, a principios de los noventa sufrió un
atentado y resultó gravemente herida.

Love CMnal, Estados Unidos

En el Norte, la campaña contra los residuos tóxicos en el Love Canal


tuvo algo de la misma simbólica importancia que los movimientos
Chipko o del Cinturón Verde en el Sur. Coincidió con el accidente
nuclear en la central de energía de Three Mile Island en 1979 y au­
mentó la sensibilización frente al peligro inherente de la producción
industrial y de alta tecnología. La experiencia de los residentes de
Love Canal representa los temores de la gente de las sociedades in­
dustriales acerca de los peligro.s ocultos que los rodean.
LAS MUJERES Y El. MEDIO AMBIEN l E 37

Love Canal es un vecindario obrero de unas mil doscientas vi­


viendas en el suburbio de Niagara Falls, en el estado de Nueva York.
En 1978 una de la.s residentes, Lois Gibbs, empezó a preocuparse
por la salud de su vecindario cuando su hijo enfermó de epilepsia y
en su hija se desarrolló una rara enfermedad de la sangre. Luego
descubrió tjue entre sus vecinos se estaba produciendo una lasa de­
sacostumbradamente elevada de abortos, muertes durante el parto y
defectos de nacimiento. Lois Cibb.s creía que los problemas estaban
vinculados con el hecbo de que aquella zona habitacional estaba
construida junto a un basurero de más de veinte mil toneladas de
desperdicios tóxicos. Finalmente salió a la luz que las casas habían
sido edificadas cerca del sitio de una trinchera de una milla de lar­
go, quince yardas de ancho y de diez a cuarenta pies de profundidad.
Esta trinchera se había excavado originalmente en la década de 1890
como parte de un grandioso proyecto para un canal, aproximada­
mente por la época en que Ellen Swallow realizaba campañas por un
enfoque integral de los temas ambientalistas. La trinchera abando­
nada del proyectado canal se utilizó durante muchos años como ba­
surero químico, y cuando acabó de llenarse fue cubierta de tierra y
destinada a zona habitacional. Justamente sobre el lugar se constru­
yó una escuela (Hynes, 198.5). Los químicos también se habían fil­
trado hasta las corrientes subterráneas y se estaban extendiendo por
las tierras adyacentes, como habían previsto Ellen Swallow y Rachel
Carson.
Cuando las autoridade.s estatales rehusaron prestar crédito a sus
denuncias de que los problemas de salud del vecindario y el basure­
ro tóxico estaban relacionados, Lois Gibbs comenzó una lucha que
duró dos años pidiendo la reubicación. Sin embargo, no fue hasta
que las mujeres arrasaron de forma vandálica con un puesto de cons­
trucción, quemaron una efigie del alcalde y fueron arrestadas en
una acción de bloqueo cuando los funcional ios del gobierno empe­
zaron a tomar nota. Incluso entonces Lois Gibbs descubrió que su.s
evidencias de la mala salud de su propia familia y de otra.s personas
cercanas no habían sido tomadas seriamente, hasta que logró que un
científico pusiera todos esos “datos de ama de casa” en “raíz cua­
drada y toda esa basura” (Seager, 1993:265).
Las mujeres participantes en otras campañas locales también fue­
ron acusadas de ser “ama.s de casa histéricas” cuando intentaron
plantear cuestiones acerca de los vertedero.s de basura. Como dijo
una mujer negra del sur de Estados Unidos: “Tienen ustedes toda la
38 LAS MUJERES Y EL MEDIO AMBIENTE

razón, estoy histérica. Cuando se trata de cuestiones de vida y muer­


te, especialmente de la mía y la de mi familia, me pongo histérica”
(Newman, 1994:58). La participación en las luchas de base está po­
litizando a un número cada vez mayor de mujeres. Seager calcula
que, en todo el mundo, las mujeres constituyen del 60 al 80% de los
miembros de las organizaciones ambientalistas, aunque esto no
siempre es evidente desde el ángulo de la dirigencia (1993:263-264).
Señala también que la mayoría de las mujeres que participan en mo­
vimientos de base no realizaron actividades semejantes antes y a
menudo tienen que soportar acusaciones de ignorancia e histeria no
sólo de “expertos” y funcionarios, sino también de sus parientes va­
rones.
Lois Gibbs entra exactamente en esta categoría. Recuerda que
“creció en una comunidad obrera, era muy patriota... yo creía en el
gobierno” (cita Krauss, 1993:111). “Quería tener seis hijos y ser una
buena ama de casa. Me mudé a Love Canal y compré el sueño ame­
ricano... nunca pensé en mí como activista u organizadora. Yo era
un ama de casa, una madre, pero de repente se trataba de mi fami­
lia, de mis hijos, de mis vecinos” (Gibbs, 1993:ix). Basándose en la
experiencia de las mujeres en campañas de base, señala también las
tensiones que pueden surgir en familias en que los hombres sienten
amenazado su papel de protectores de familia:

En muchas familias, la mujer que se vuelve activista es considerada una ame­


naza para el macho “fuerte”. El encuentra que está perdiendo control sobre
“su mujer” y puede sentir que está siendo superado o “anulado” por su com­
pañera, problema que aflora si ella tiene éxito... Ella empieza a verse pre­
sionada a medida que intenta equilibrar su compromiso con la causa y las
conflictivas demandas que provienen de las necesidades emocionales de su
compañero varón (citado en Seager, 1993:27,5).

La experiencia de Gibbs en Love Canal y su desilusión con el pro­


ceso democrático la impulsó a establecer en 1981 la red nacional Ci­
tizens’ Clearinghouse for Hazardous Waste (CCHW), que ha apoyado
hasta ahora más de cuatro mil campañas de comunidades locales en
contra de residuos tóxicos.
LAS MUJERES Y EL MIDIO AMBIENTE 39

¿QUÉ TIENEN DE ESPECIAL LAS MUJERES?

Si acaso es verdad que las mujeres tienen una relación “especial” con
el mundo natural y una conciencia especial de los peligros ambienta­
les, ¿se aplica esto igualmente a todas las mujeres?, ¿y puede decirse
sólo de las mujeres? Si bien por todo el mundo surgen campañas de
base encabezadas por mujeres a propósito de una variedad de asuntos,
no en todas existe una relación explícita entre las mujeres y el medio
ambiente. También bay un gran número de campañas de base sobre
asuntos relativos al medio ambiente y en cuya base no están mujeres
(Ekins, 1992; Merchant, 1992). Mientras que la literatura ecofeminista
intenta subrayar la participación de las mujeres en las campañas am­
bientalistas de btse, los escritores verdes, predominantemente varo­
nes, tienden a ver éstas como campañas indígenas o “locales”.
En Estados Unidos, por ejemplo, la creciente conciencia de los pe­
ligros de los residuos tóxicos ha producido una preocupación cada
vez más extendida acerca del establecimiento de tiraderos de basura
en vecindarios pobres, negros e hispanos y en tierras de indios ame­
ricanos. Estados Unidos tiene que deshacerse del equivalente a 2 500
libras de desperdicios peligrosos por cada hombre, mujer y niño
cada año. Un tiradero grande que recibe desperdicios de cuarenta y
seis estados norteamericanos está situado en Emelle, Alabama, en
donde el 70% de la población es africano-americana y casi toda vive
por debajo de les niveles oficiales de pobreza (Seager, 1993:274).
Esta situación ha conducido a un creciente movimiento de justicia
ambientalista, uniendo a obreros, negros, indios y miembros de
otras comunidades locales en protesta contra el asentamiento de ti­
raderos tóxicos y de fábricas peligrosas en vecindarios pobres (Bu-
llard, 1990, 199.3 Hofrichter, 1993; Newman, 1994). La contamina­
ción nuclear también es un problema. Winona LaDuke, codirectora
de la Indigenous Women’s Network (Red de Mujeres Indígenas), que
agrupa a mujeres india.s norteamericanas y de las islas del Pacífico,
informa que quince de los dieciocho centros de almacenamiento nu­
clear estadunidenses están situados en terrenos de los indios ameri­
canos, en donde también se han realizado -principalmente en terri­
torio shoshone- todas las pruebas nucleares (LaDuke, 1993:99). Los
lugares de prueba contaminados han sido designados ahora por el
gobierno de Estados Unidos como “Zonas Nacionale.s de Sacrificio”,
un concepto que oscurece el hecho de que son las naciones indias
americanas las que han sido sacrificadas.
10 LAS MUJERES Y EL MEDIO AMBIENI E

Cuando las inujeres tienen un papel principal en esos movimien­


tos, ¿lo hacen como mujeres o como personas pobres, negras, his­
panas o indias? Aun cuando las mujeres están sobrerrepreseutadas
entre los pobre.s y también tienen una participación desproporcio­
nada en las luchas de base, especialmente en las comunidades, ¿sig­
nifica esto <iue el género debería priorizarse por encima de la clase
y la raza? .Aunque las mujeres están a la vanguardia en la.s campañas
de justicia social antitóxicos en Estados Unidos, su identificación po­
lítica se da usualmente en término.s de “raza” más que de género
(Epstein, 1993). Bina Agarwal y Cecile Jackson han expresado tam­
bién su preocupación por que un énfasi.s excesivo en la participación
de las mujeres en lucha.s como las del movimiento Chipko pueda dar
la falsa impresión de un interés específicamente femivista, má.s que
de la implicación de la.s mujeres en movimientos campesinos en ge­
neral (Agarwal, 1992; Jackson, 1995). .Agarwal se declara preocupa­
da también por que un énfasi.s excesivo en los movimiento.s de base
combinado con una crítica de los sistemas económicos occidentales
ignore las relaciones de clase y de propiedad en sociedades como la
de la India. En vez de subrayar la relación directa entre las mujeres
y la naturaleza, .Agarwal sostiene que: “el \inculo entre la.s mujeres y
el medio ambiente puede verse como si estuviera estructurado por
una organización de la producción, la reproducción y la distribución
de género y clase (casta/raza)” (1991, citado en Braidotti et al. 1994:
100). Por esta razón Agarwal prefiere el término “ambientalismo fe­
minista” al de ecofeminismo. Braidotti et al. se unen a Jackson y
Agarwal en la preocupación acerca de que una celebiación acrítica
de los movimientos de base distraiga la atención sobre la desigual­
dad y la opresión, particularmente contra las mujeres, en las comu­
nidades tradicionales. Ella.s ci itican “la tendencia a idealizar lo local
y lo tradicional al tiempo que se ocultan las estructuras indígenas de
explotación y dominación que ya estaban establecidas antes del ad­
venimiento del desarrollo” (1994:112).
Un énfasis excesivo en las mujeres puede oscurecer también el he­
cho de que es posible para las mujeres en las comunidades más pri­
vilegiadas aislarse de los tóxico.s y otro.s peligros ambientales, al me­
nos a corto plazo. La.s campañas NlMBY {nal in my hackyard-nn en mi
patio trasero) de las comunidades más acomodadas puede que no
conduzcan a campañas niaby {not in anyhody’s hackyard-no en el patio
trasero de nadie) sino al traslado de las actividade,s peligrosas a áreas
más pobres. Seager muestra igual preocupación por que las mujeres
LAS MUJERES Y El MEDIO AMBIEN I E 41

más acomodadas puedan desviar su preocupación hacia un consu­


mismo verde, una actividad que puede ser manipulada fácilmente
por una mercadotecnia astuta. De hecho, el consumismo verde po­
dría conducir a una nueva división entre “poseedores” y “desposeí­
dos” en términos del privilegio ambiental de estar a salvo de peligros
domésticos (1993:262). hales preocupaciones plantean el problema
central de las diferencias entre la.s mujeres en relación con lo.s peli­
gros ambientales y las campañas ambientalistas.
Haciendo eco a .Swallow, Seager sostiene que las mujeres tienen
un papel clave como mujeres en las campañas de base porque a me­
nudo son las primera.s en darse cuenta de que algo va mal:

En todo el mundo, las mujeres son frecuentemente las primeras en advertir


la degradación del medio ambiente. Las mujeres son las que primero notan
que el agua con que cocinan y con la que bañan a sus hijos tiene un olor pe­
culiar; son las primeras en enterarse cuando el agua empieza a escasear. Las
mujere.s son las primeras en enterarse cuando los niños llegan a casa con­
tando historias acerca de misteriosos barriles arrojados en la bai ranea: son
las primeras en darse cuenta cuando sus hijo.s desarrollan misteriosas en­
fermedades (1993:272).

Lo que hay de común en las campañas de base realizadas por mu­


jeres, tanto en el Norte como en el Sur, es la vulnerabilidad de la.s
mujeres ante los problemas ambientales y su falta de acceso a los cen­
tros de toma de decisiones, que son los que lo.s provocan. Si bien las
mujeres están desproporcionadamente representadas en l;is comuni­
dades pobres y vulnerables, los hombres están desproporcionada­
mente representados en las posiciones de poder e influencia. Esto
quiere decir que las mujeres (y muchos hombres) soportan las conse­
cuencias de las decisione.s gubernamentales, militares, industriales y
comerciales sin tener la posibilidad de influir en ellas. Su.respuesta
está siempre “al final del tubo”, no están en posición de conocer o in­
fluir en lo que sucede en la boca del tubo en primer lugar.
Cuando los verdes le piden a la gente pensar globalmente pero ac­
tuar localmente a menudo pasan por alto el hecho de que son las
mujeres las que viven localmente (Mellor, 1992c), que tienen pocas
opciones fuera de la de pensar localmente. Ellas viven junto a los ti­
raderos de desperdicios, el pozo envenenado o la fábrica que arroja
humos. Son las mujeres las que tienen que caminar kilómetros en
busca de agua o combustible si los recursos locales se han agotado,
42 LAS MUJERES Y EL MEDIO AMBIENTE

cuya movilidad es amenazada por las carreteras y el tráfico, cuyos


niños no pueden jugar a salvo. Son las mujeres las que cuidan a los
jóvenes, a los viejos y a los enfermos cuando éstos sufren por la con­
taminación del ambiente o por escasez. Este punto ha sido señalado
por mujeres tanto del Norte como del Sur en conferencias naciona­
les e internacionales, en foros y seminarios (Merchant, 1992; Wo­
men’s Environmental Network, 1989; Shiva, 1994).
Sin embargo, existen algunas diferencias en los asuntos ambien­
tales que enfrentan las mujeres del Norte y las del Sur. En las socie­
dades no industriales los problemas giran en torno al acceso al agua
limpia y otros recursos, así como a cuestiones de pobreza y salud
(Asian and Pacific Women’s Resource Collection Network, 1989). En
el Norte los problemas no siempre son tan inmediatos o tan visibles.
Como ha señalado Wangari Maathai, mientras que las mujeres del
Sur están luchando contra problemas visibles tales como la deserti-
ficación y la erosión del suelo, “a nivel global estamos luchando con­
tra un enemigo invisible” (Jones y Maathai, 1983:114). En el Sur las
necesidades inmediatas de supervivencia son las más importantes,
pero en el Norte los daños ecológicos están más ocultos. Están la­
tentes en el aire y el suelo, y aunque sus efectos pueden sentirse, par­
ticularmente en problemas de salud tales como el rápido aumento
del asma, la causa es difícil de probar y la sensación de riesgo es por
consiguiente más difusa (Beck, 1992). Las campañas tienen que reu­
nir evidencias científicas y de otro tipo que a menudo son difíciles
de obtener o están sujetas al secreto oficial o comercial. Sin embar­
go, una vez lanzadas las campañas pueden ser notablemente efecti­
vas, como en el caso de la British Women’s Environmental Network
(wen) cuando realizó una campaña contra el uso de blanqueadores
a base de cloro en los pañales desechables y otros productos de pa­
pel, argumentando que esto ocasiona residuos de dioxina en el cuer­
po humano y particularmente en la lecha materna (Costello et al.,
1989).
Lo que es cada vez más común en la participación de las mujeres
en las campañas ambientalistas es que se establece una crítica cohe­
rente al actual modelo de desarrollo basado en conocimientos cien­
tíficos, la tecnología industrial y la economía de mercado capitalista.
Las campañas en torno al medio ambiente se están uniendo a cam­
pañas sobre los derechos de las mujeres, la salud y el bienestar eco­
nómico.
LAS MUJERES Y El, MEDIO AMBIENTE 43

MUJERES, MEDIO AMBIENTE Y DESARROLLO

El desarrollo económico -esta fórmula mágica que busca sinceramente sa­


car a las naciones pobres de la pobreza- se ha convertido en el peor enemi­
go de las mujeres. Las carreteras llevan productos industriales, se llevan a
las jóvenes, los alimentos, el arte y la cultura tradicionales; las tecnologías
sustituyen a las mujeres, dejando a las familias todavía más empobrecidas.
Las manufacturas acaban con los recursos naturales (especialmente los ár­
boles), alejando aún más los recursos de combustible y forrajes, trayendo a
casa destructiva.s inundaciones o mortales sequías, y aumentando constan­
temente las cargas sobre las mujeres (Devaki Jain, miembro fundador de De-
velopment Alternatives with Women for a New Era [dawn] 1984; citado en
Pietilá y Vickers, 1990:35).

Los movimientos de base en el Sur en torno al impacto de los facto­


res ambientales sobre las mujeres están estrechamente asociados a
un movimiento más amplio interesado en la posición económica y
social de las mujeres dentro del “proceso de desarrollo” (Kabeer,
1994). Las evidencias del impacto del proceso de desarrollo tanto en
las mujeres como en el ambiente emergieron en los setenta y los
ochenta. Es en la crítica del desarrollo donde se ha demostrado más
claramente la conexión entre las experiencias de las mujeres y la cri­
sis del medio ambiente.
El presidente de Estados Unidos Harry Truman propuso la idea de
“desarrollo” en su discurso inaugural en enero de 1949. Más correc­
tamente, introdujo el concepto de “subdesarrollo”. Estados Unidos se
veía como la cima de una “escalera” de progreso que abarcaba el in­
dustrialismo y el bienestar derivado del abastecimiento. Sociedades
enteras deberían avanzar, con el tiempo, desde la subsistencia, desde
la vida rural sin bienestar, a formas de producción basadas en el tra­
bajo asalariado cada vez más urbanizadas y tecnológicamente sofisti­
cadas. La ruta hacia el progreso conducía de la pesca y la agricultura
hacia la moda y el automóvil. En la década de los cincuenta las Na­
ciones Unidas, a iniciativa de Estados Unidos, establecieron un Pro­
grama de Desarrollo para fundar y apoyar este proceso a través de
estructuras internacionales tales como el Banco Mundial. Tras el con­
cepto de desarrollo se hallaba la presunción de que el estilo de vida
occidental era superior a los estilos “atrasados” de las sociedades
no occidentales. El proceso de desarrollo se extendió también a la
agricultura, en donde la “revolución verde” prometía acabar con los
44 LAS mujeres y El. MEDIO AMBIEN TE

problemas del hambre y la pobreza mediante especies de semillas


manipuladas con ingeniería genética desarrolladas por laboratorios
del Norte. La ciencia occidental, igual que el estilo de vida occiden­
tal y el sistema económico del capitalismo industrial, era vista como
inherentemente superior a las prácticas y conocimientos de agricul­
tura indígena.
Como Sachs ha explicado, el proceso de desarrollo que siguió ha
sido un desastre para la mayoría de los países no occidentales: “la as­
piración de ponerse a la altura ha terminado en un desastre de pro-
porcione.s planetarias” (1993:5). Para la década de los ochenta el i’NB
de dos terceras partes de la humanidad representaba un 15% del to­
tal mundial, mientras que las naciones industriales, con el 20% de la
población mundial, devoraban el 80%. Esto se reflejaba también en
los patrones de consumo, al tiempo que las nacione.s industrializadas
absorbían la mayor parte de los recurso.s mundiales. Después de dra­
máticos incremento.s iniciales en los rendimientos de las cosechas, la
revolución verde también fracasó, cuando la elevada demanda de pes­
ticidas, fertilizantes y agua provocó cada vez mayores tensiones eco­
nómicas y ambientales (Shiva, 1989). Las naciones que habían sido
animadas a pedir préstamos de grandes sumas de dinero con la pro­
mesa de eventuales ganancias económicas se vieron obligadas a trans­
formar cantidades cada vez mayores de sus recursos en efectivo para
pagar sus deudas cada vez mayores. Según Chce Yoke Ling, del Ma-
laysian Friends of the Earth, a finales de los ochenta el 40% de las tie­
rras fértiles en el Sur se usaban para cultivos no alimentario.s para ex­
portación (WEN, 1989).
A medida que la economía de mercado global y el proceso de de­
sarrollo empezaron a introducirse en las comunidades tradicionales,
la posición económica de las mujeres se fue volviendo cada vez más
insegura (Afshar, 1985; Sen y Grown, 1987; Mies, 1986). Dentro de
la.s comunidades tradicionales el acceso de las mujeres a los recursos
estaba asegurado a menudo por el usufructo, es decir, por el dere­
cho a usar las tierras comunales o familiares y los recursos, sin que
hubiera una propiedad individual. Conforme la agricultura comer­
cial, la minería y la explotación de los bosques comenzaron a domi­
nar las economías locales <le los pueblos, las mujeres y el medio am­
biente empezaron a sufrir las consecuencias (Afshar, 1985; Sen y
Grown, 1987; Dankelman y Davidson, 1988; Shiva, 1989; Sonthei-
mer, 1991). La falta de acceso a la tierra, por la pérdida de las tie­
rras comunales y familiares en beneficio de la propiedad privada.
LAS MU|ERES Y EL MEDIO AMIilEN LE 45

volvió cada vez. más pobres y vulnerables a las mujeres, (’.orno la ma­
yoría de ellas eran responsables de proveer una parte sustancial (si
no es que la mayor) de la alimentación familiar mediante la agricul­
tura de subsistencia, se vieron obligadas más y más a trabajar tierras
cada vez más marginales e infértiles. Donde la explotación madere­
ra y la construcción de represas destruían las fuentes próximas de
agua y madera, las mujeres, como principales recolectora.s de com­
bustible y agua, tenían que caminar distancias mayores cada día
(Dankelman y Davidson, 1988). Los hombres eran cada vez más atra­
ídos, o bien eran forzados por las circunstancias económicas, a acep­
tar trabajos asalariados, a menudo a grandes distancias, dejando a
las mujeres con la responsabilidad de la familia en condiciones cre­
cientemente empobrecidas. La necesidad económica forzó también
a las mujere.s hacia el trabajo asalariado con sueldos sumamente ba­
jos, a menudo en condiciones peligrosas (Mies, 1986; Mitter, 1986).
Dada la estructura patriarcal tanto de la sociedad tradicional como
de los sistemas en vías de desarrollo, no tienen voz para expresar sus
preocupaciones.
Las camjjañas sobre el impacto del desarrollo en el medio ambien­
te y en las mujeres comenzaron a principios de los setenta. Una gran
oportunidad surgió con la declaración de 1973 como .Año Internacio­
nal de la Mujer y la proclamación de la Década de las Naciones Uni­
das para el Prtígreso de las Mujeres en México. A comienzos de la dé­
cada el foco principal de las protestas fue la falta de participación de
las mujeres en los programas de desarrollo. Para finales de la década
todo el concepto de desarrollo estaba siendo cuestionado. En 1975 la
principal crítica era que el desarrollo les había fallado a las mujeres al
hacer suposiciones totalmente falsa.s acerca de su papel en los sistemas
agrícolas y en la sociedad rural en general. Los programas de desa­
rrollo se habían apoyado en los supuestos básicos del modelo indus­
trial occidental de la división del trabajo según sexo y género, esto es,
que los hombres hacen el principal trabajo productivo, mientras las
mujeres se quedan en casa. Como señaló Haleh Afshar: “la expansión
masculina de los trabajadores a menudo lleva una imagen ideológica
de hogares con jefes de familia varones, el hombre trabajando la tie­
rra y la mujer meciendo la cuna y manteniendo el fuego del hogar”
(1985:xiii). Este no era el caso de la mayoría de las mujeres del Sur y
de las mujeres más pobres en el Norte.
En 1970 Ester Boserup publicó una investigación pionera que
mostraba que las mujeres en el .Africa subsahariana eran responsables
4C> LAS MUJERES Y EL MEDIO AMBIENTE.

de una gran proporción del trabajo agrícola. Demostraba también


cómo los procesos de desarrollo no sólo no ayudaban a las mujeres,
sino que a menudo les hacían la vida más difícil. A medida que la eco­
nomía formal atraía a los hombres, las mujeres se quedaban atrás en
el sector de subsistencia (Boserup, 1970). Otros ejemplos empezaron
a aparecer. Las estadísticas nacionales de Egipto en 1970 mostraban
que las mujeres formaban el 3.6% de la fuerza de trabajo agrícola,
mientras que las entrevistas con mujeres mostraban que 55 a 70%
de ellas trabajaba en la producción agrícola (Pietilá y Vickers,
1990:14). En 1972 las cifras del censo de Perú mostraban que las
mujeres constituían el 2.6% de la fuerza laboral rural, mientras que
un 86% de ellas trabajaba efectivamente en la agricultura {ihid.:l5).
Lo que se revelaba era la cantidad de trabajo de subsistencia no re­
munerado ejecutado por mujeres (Waring, 1989), así como un su­
bregistro de su trabajo asalariado. Cualquier programa de desa­
rrollo que no tomara en cuenta esta inmensa cantidad de trabajo
estaba destinado a traicionar a las mujeres y al medio ambiente.
Dankelman y Davidson describen el día típico de una mujer tra­
bajadora agrícola en la India:

Se levanta a las cuatro de la mañana. Limpia la casa, lava la ropa, prepara la


comida para su marido y sus hijos y sale al campo a las ocho. Trabaja allí
hasta las seis de la tarde, alimentando mientras tanto a lo.s niños más pe­
queños que llevó con ella. En su camino de regreso recoge leña y, si es ne­
cesario, agua para beber. Prepara la cena, se ocupa de los niños y atiende a
los animales. A las diez de la noche se acuesta. En un día como éste puede
haber ganado dos rupias (1988:.3).

La incapacidad para entender la posición económica de las muje­


res condujo también a que se les viera como perpetradoras del daño
ecológico. A medida que las mujeres agricultoras eran empujadas
hacia las tierras marginales y que las mujeres en general eran forza­
das a usar los casi agotados recursos de árboles y agua, daba la im­
presión de que eran ellas las responsables de la crisis ambiental más
que la explotación maderera, la minería y los cercados de tierras.
En 1972 empezaron a oírse voces del Sur en el escenario inter­
nacional y en la conferencia de las Naciones Unidas celebrada en
Estocolmo sobre el medio ambiente humano. Ésta fue una de las
conferencias inspiradas por los trabajos de Barbara Ward, entre
otros. De ahí surgió un modelo que llevaría hasta las Naciones Unidas
LAS MUJERES Y El. MEDIO AMBIENTE 47

iniciativas sobre medio ambiente y desarrollo, culminando en la


“Cumbre de la Tierra” de Río en junio de 1992. Las discusiones di­
rigidas por el gobierno en los debates formales encontraron eco en
las voces de organizaciones no gubernamentales (ONG) que daban
una alternativa, a menudo versiones de base, para el impacto de los
procesos de desarrollo en los medios naturales y comunidades lo­
cales (Braidotti et al., 1994). Uno de los grupos representados en
1972 fue el movimiento Chipko, dedicado a la preservación de los
bosques de los Himalayas. Como ya vimos, poco a poco este movi­
miento se fue identificando cada vez más estrechamente con la re­
lación de las mujeres con el medio natural y ha sido una inspira­
ción para muchas ecofeministas (Shiva, 1989; Merchant, 1992;
Seager, 1993).
El modelo de compromiso de las mujeres y otros grupos del Sur
en las reuniones de las ONC, -celebradas en paralelo a los debates de
la ONU- continuó. Mientras que las reuniones gubernamentales for­
males para la conferencia de la Década de las Mujeres organizada
por la ONU en México tuvo la participación de 1 200 delegadas, en la
conferencia paralela de ong hubo cuatro mil personas. En la reunión
de 1980 en Copenhague hubo siete mil personas, y se dijo que
16 000 asistieron a los foros de ONG de 1985 en la conferencia hacia
el final de la década en Nairobi (Ostergaard, 1992:5). Lo.s cálculos
de la conferencia de las Naciones Unidas para las Mujeres de 1995
en Beijing van de 25 mil a 40 mil asistentes a pesar de los intentos
del gobierno chino por minimizar el impacto de las ong sobre la con­
ferencia formal (Guardian, 19 de septiembre de 1995).

ALTERNATIVAS PARA EL DESARROLLO

Los problemas del medio ambiente y los de las mujeres no se unie­


ron inmediatamente. En la conferencia de la Década de las Mujeres
organizada por las Naciones Unidas en 1975 en México, y en confe­
rencias como la del Taller Internacional de las Mujeres celebrada en
Bangkok en 1979, y la del Nuevo Orden Internacional celebrada en Ho­
landa en 1982, el foco principal fue la posición económica de las
mujeres. Se exigió que sus necesidades económicas se tomaran en
cuenta y que se escucharan sus voces en el proceso de desarrollo.
Esta clase de campañas se conoció como Mujere.s en Desarrollo (WID,
4S LAS MUJERES Y EL MEDIO AMBIEN LE

Women in Development). El argumento básico del WID es que las ac­


tuales políticas de desarrollo no reconocen las relaciones de género
en los hogare.s y los papeles fundamentales que representan las mu­
jere.s en la.s economías informales, rurales y de mercado (Harcourt,
1994:3). Durante la década de los ochenta los argumentos del WlD
fueron adoptados por organizaciones ambientalistas, lo que tuvo por
resultado que el enfoque WlD fuera criticado por respaldar el proce­
so de desarrollo (Kabeer, 1994; Harcourt, 1994; Braidotti et al.,
1994). En particular, el enfoque ha sido criticado por llevar el “ba­
gaje histórico” de la supuesta superioridad del proceso de desarro­
llo y la inferioridad de aquellos que van a ser “ayudados” y animados
a participar (Apffel-Marglin y Simón, 1994:26).
Para los ochenta la noción entera de desarrollo estaba empezando
a ser cuestionada. La conferencia de 1982 en Holanda concluyó que:

Ahora necesitamos otro desarrollo tanto en el Norte como en el Sur. Por lo


tanto, tenemos que reconocer los puntos de vista y los intereses de las mu­
jeres y crear oportunidades para su plena participación en todos los niveles
de la sociedad. Entonces el desarrollo ya no tendría lugar únicamente en tér­
minos económicos, sino también en términos humanos (Pietilá y Vickers,
1990:90).

De la misma forma en que la obra de Ester Boserup y otras mu­


jeres fue muy influyente en destacar el problema de la falta de com­
promiso de las mujeres en el proceso de desarrollo en 1975, se mos­
tró otro conjunto de evidencias para la reunión de la Década de las
Mujeres celebrada por la ONV en Nairobi en 1985. Un grupo de vein­
tidós activistas, investigadores y responsables políticos de África,
Asia y América Latina se reunió en Bangalore, India, en 1984 para
preparar un informe independiente sobre la posición de las mujeres
en el Sur. El grupo se llamó a sí mismo dawn (Development Alter-
native.s with Women for a New Era, Alternativas de Desarrollo con
las Mujeres para una Nueva Era). El informe que presentaron. Deve­
lopment Crises and Alternatwe Visions, fue publicado dos años después
(Sen y Grown, 1987).
El informe de dawn sobre la posición de las mujeres a finales de
la Década de la.s Mujere.s concluyó que había empeorado considera­
blemente: “Con pocas excepciones, el acceso relativo de las mujeres
a los recursos económicos, al ingreso y al empleo ha empeorado, sus
cargas de trabajo han aumentado y su estatus de salud relativa, e
LAS MUJERES Y El, MEDIO AMBIENTE 49

incluso absoluta, nutricional y educacional ha declinado” {ibid.: 16).


Las crisis que este informe vio en el desarrollo eran el empobreci­
miento, la inseguridad y desabasto alimentario, “desorden” finan­
ciero y monetario, degradación medioambiental y presión demo­
gráfica. Este último problema se iba acentuando cada vez más para
las mujeres del Sur. A medida que la preocupación acerca del medio
ambiente había aumentado en el Norte, el dedo había apuntado a la
creciente población del Sur. Esto, por supuesto, ignoraba el hecho
de que las cifras de población en el Norte acababan apena.s de esta­
bilizarse después de más de un siglo de rápido crecimiento y de dis­
persión por la colonización (Hynes, 1993).
A finales de los sesenta y principios de los setenta empezaban a es­
cribirse libros con títulos tales como The Population Bomb (Erlich,
1972). Estados Unido.s también había ligado su programa de desa­
rrollo al control de población. Se adoptaban medidas altamente au­
toritarias para imponer el control de población a las mujeres del Sur,
a las que también se les daban métodos para el control de natalidad
que estaban prohibidos en el Norte o que eran experimentales. El
control de la natalidad se convirtió en una de las armas principales
para la lucha de las mujeres del Sur contra las “soluciones” impuestas
por el Norte. Para la cumbre de El Cairo de 1994 sobre población ya
se habían logrado algunos progresos y se acordó que estimular el pro­
greso económico y social de las mujeres (y particularmente la educa­
ción) era la forma más efectiva de promover el control de la natalidad.
Sin embargo, esto todavía no resuelve el problema de cómo es que las
mujeres en las culturas patriarcales van a poner en práctica su toma
del poder. Ni tampoco encara el problema de la educación de los
hombres que deben aceptar su parte de responsabilidad en el control
de la natalidad (Sen, 1994). Hynes se preguntaba si el enfoque de El
Cairo en realidad no constreñía el tema de los derechos de las muje­
res, evitando un cuestionamiento más profundo de las relaciones de
poder: “En camino hacia El Cairo, el tema de los derechos de las mu­
jeres había sido un medio retórico para un objetivo poblacionista
-una reducción de la gente más pobre de la Tierra- sin un cambio es­
tructural en el análisis” (1993:47). La implicación de que la población
es el problema crucial para la sustentabilidad de la vida humana evi­
taba también los problemas políticos de atacar la cuestión del sobre­
consumo en los países de población estable (Mellor, 1992a: 101 ss.).
Estos temas fueron planteados en el informe del daw’x que con­
cluyó que los cuerpos de las mujeres se han convertido en peone.s en
50 LAS MUJERES Y EL MEDIO AMBIENTE

las luchas entre estados, religiones, jefes de familia masculinos y cor­


poraciones privadas (Sen y Grown, 1987:49). Pedían que las mujeres
tuvieran derecho a controlar su propia fertilidad y el reconocimien­
to de que el llamado problema de población era principalmente re­
sultado de la pobreza y la falta de recursos. No era que la gente
hubiera sobrepasado la “capacidad de sustentación” de la tierra,
como los malthusianos del estilo de Garrett Hardin habían sugerido
(1968), era que a la gente se le había arrebatado la tierra.
La interacción del género y la clase en el contexto del colonialis­
mo fue un tema central en el informe de dawn. Los tres contribuye­
ron a la experiencia de las mujeres de empobrecimiento, explota­
ción, violencia sexual y marginación política y social. El capitalismo,
el colonialismo, el militarismo y el fundamentalismo eran estructu­
ras dominadas por los hombres y explotaban a las mujeres. Algo cen­
tral en el análisis de dawn era el papel de las mujeres en la provisión
de las necesidades básicas como fundamento de la reproducción en
las sociedades humanas: “por reproducción queremos decir el pro­
ceso por el que los seres humanos satisfacen sus necesidades bási­
cas y sobreviven de un día al otro” (Sen y Grown, 1987:50). Tanto
la marginación social y económica de las mujeres como la crisis am­
biental ocasionada por el proceso de desarrollo estaban socavando
los medios básicos de supervivencia de las mujeres pobres.
DAWN unió los temas de medio ambiente y económicos llamando
la atención sobre la crisis de alimentos-combustibles-agua que en­
frentaban las mujeres. El desarrollo comercial había pasado por alto
la interdependencia de los ecosistemas. La pérdida de tierras férti­
les, la canalización de los cursos de agua y la tala de árboles contri­
buían a la crisis de supervivencia. Como principales proveedoras de
alimentos, combustibles y agua, resultaba cada vez más y más difícil
para las mujeres sostenerse y sostener a sus familias. A menudo eran
las últimas en comer y su ración de alimento no era necesariamente
suficiente para compensar su creciente carga de trabajo (¿Z)¿d.:58).
DAWN afirmaba que, como las mujeres estaban en el centro de la cri­
sis de alimentos-combustibles-agua, una política coherente e integra­
da para hacer frente a la crisis necesitaría tener en su centro a las mu­
jeres, en especial a las más pobres y sin tierras.
La importancia del enfoque de dawn consistía en que no buscaba
que las mujeres fuesen incluidas en el proceso de desarrollo. Desa­
fiaba la noción entera de desarrollo. Por el contrario, presentaba
una visión de:
LAS MUJERES Y EL MEDIO AMBIENTE 51

lín mundo en el que la desigualdad basada en la clase, el género y la raza


esté ausente de todos los países... en donde las necesidades básicas y la
pobreza y todas las formas de violencia se hayan eliminado. Cada persona
tendrá la oportunidad de desarrollar todo su potencial y creatividad, y los
valores de las mujeres como proveedoras de alimentos y de solidaridad ca­
racterizarán las relaciones humanas... el cuidado de los niños será compar­
tido por hombres y mujeres... los medios de destrucción se desviarán para...
aliviar la opresión... la revolución tecnológica eliminará las enfermedades y
el hambre... el control seguro de la fertilidad por parte de las mujeres... los
procesos participativos democráticos, en donde las mujeres comparten la
determinación de prioridades y la toma de decisiones (¿6¿d.;80-81).

Aunque centrándose en las cuestiones ambientales, dawn no in­


corporó plenamente una perspectiva de “mujer y medio ambiente”
hasta 1992, cuando publicó un documento llamado Environment
and Development: Grass Roots Women’s Perspective (Braidotti et al.,
1994:101). Sin embargo, el análisis de dawn si vinculó la crisis del
medio ambiente a las necesidades de las mujeres y cuestionó el pro­
ceso de desarrollo.
El informe de dawn se debatió en seminarios y conferencias en todo
el mundo antes de presentarlo en la conferencia de 1985 en Nairobi,
en un foro sobre Las Mujeres y la Crisis del Medio Ambiente. En total,
más de dos mil mujeres debatieron el informe en varias reuniones
{ibid.'. 11). La conferencia de 1985 dio un perfil mucho más elevado a
las mujeres y al medio ambiente que la conferencia de México en 1975;
otras activistas muy conocidas como Vandana Shiva y Wangari Maat-
hai representaron un papel muy importante. Como perspectiva, el eco-
feminismo se ha vuelto cada vez más importante en el ámbito de la ac­
tividad en torno a las mujeres y el medio ambiente. Las campañas y
conferencias que vinculan a las mujeres, el medio ambiente y el desa­
rrollo fueron agrupando cada vez más a activistas de base del Norte y
el Sur, así como a investigadores, académicos, participantes en campa­
ñas ambientalistas y de desarrollo radical y activistas políticos. Como
conclusión de una conferencia en Managua, Nicaragua, en junio de
1989, se publicó una “Declaración de las Mujeres”;

Las mujeres de todo el mundo, reunidas en el IV Congreso Bienal sobre Fe


y Esperanza de la Tierra, reconocen que la crisis global de los “modelos de
desarrollo” erróneamente aplicados nos ha conducido al borde del desastre.
Esto puede verse en las abominables condiciones sociales, económicas, po­
52 LAS MUJERES Y EL MEDIO AMBIENl E

líticas y culturales que prevalecen en particular en el Tercer Mundo. Las mu­


jeres son quienes más sufren por estas condiciones.

L’n seminario internacional sobre Mujeres, Medio Ambiente y De­


sarrollo fue convocado también por WEN en Londres en marzo de
1989. Su portavoz principal, Vandana Shiva, sostuvo que las mujeres
no estaban marginadas del proceso de desarrollo por accidente. En
realidad, estaban cargando con los costos del desarrollo, tanto como
el medio ambiente:

Los costos ocultos relacionados con la pérdida de visibilidad, la pérdida de


la percepción de que las mujeres, como productoras, sostienen a la sociedad
en todo el mundo. También los costos de ser privadas de la base material
que hace posible la producción de provisiones; el bosque, el suelo, los re­
cursos genéticos (wen, 1989:5).

Este seminario desafió también la idea de que el crecimiento po­


dría traer la igualdad. Esto no era ecológicamente sustentable. Chee
Yoke Ling de Malasia exhortó al movimiento de liberación de las
mujeres a reconocer el dilema de la fuerza destructiva de la tecnolo­
gía y a abrazar el “minimalismo”.
Los talleres presentaron evidencias de todo el mundo sobre la re­
lación entre las mujeres, el medio ambiente, el desarrollo y las res­
puestas de base. Estas iban desde las organizaciones aldeanas en la
India, Zimbabue, Sudán y Ghana, pasando por las campañas contra
los pesticidas en Nicaragua y Malasia, hasta la participación de las
mujeres en movimientos políticos radicales en Brasil (WEN, 1989). El
seminario pedía una reconceptualización y redefinición del desarro­
llo para significar “un proceso de cambio que salvaguarda el medio
ambiente natural, permite la autopotenciación del papel de las muje­
res y equilibra las necesidades sociales y económicas” (ibid.A). Las
evidencia.s de los problemas ambientales que las mujeres enfrentaban
y las soluciones de base que estaban encontrando fueron reunidas y
publicada.s por Dankelman y Davidson (1988) y Sontheimer (1991).
Dankelman y Davidson afirmaban que sólo en Africa había seis mil
grupos de mujeres participando en diversas actividades “conserva­
cionistas” (1988:177). Sontheimer señalaba también en su introduc­
ción que;

PLl tema predominante que surge de una lectura de la literatura no es el de las


mujeres como víctimas de la crisis ecológica, sino más bien la extraordinaria
LAS MUJERES Y EL MEDIO AMBIENI E 5:í

habilidad de las mujeres para organizarse en el combate contra la destruc­


ción ecológica y realizar acciones que mejoran su vida y al mismo tiempo
hacen una contribución significativa al desarrollo de la comunidad local
(1991:prclims.).

Zed Pre.ss y Eai thscan Piiblicatioii.s en Londres lian proporciona­


do un canal especialmente importante para las voces del Sur, aun si
éstas han sido filtrada.s por activistas comprometidas. Como Dan­
kelman y Davidson señalan en el prefacio a su libro publicado por
Earthscan:

No ha sido posible, en este libro, comunicar adecuadamente el trabajo y el


sufrimiento que tantas mujeres del Tercer Mundo tienen que padecer en su
lucha diaria por sobrevivir y cuidar a sus familias. Tampoco hemos hecho
justicia a la extraordinaria resistencia y energía que estas mujeres despliegan
en lugares empobrecidos y a veces peligrosos. .Al escribir acerca de la vida
en el Sur, las mujeres del Norte pueden hacer muv poco más que tratar de
prestar un poco de voz a las que no la tienen ( 1988:prclims.).

Sin embargo, no hubo un giro universal en el pensamiento femi­


nista sobre el desarrollo. Un estudio sobre género y desarrollo, pre­
parado para la Unión Eurttpea y publicado en 1992, no menciona en
absoluto temas medioambientales y aconseja que toda la ayuda para
el desarrollo bilateral y multilateral deberá incorporar una perspec­
tiva WID (Ostergaard, 1992). No obstante, en 1993 el foro WID, parte
de la Sociedad para el Desarrollo Internacional (una de las más an­
tiguas ONG, formada a pi incipios de lo.s sesenta), convocó a una con­
ferencia de mesa redonda en La Haya para discutir sobre Mujeres,
Medio Ambiente y Alternativas para el Desarrollo. Se propuso que
WID debería convertirse en WED (Women, Enviroment and Develop­
ment -Mujeres, Medio Ambiente y Desarrollo) y los principales do­
cumentos de la conferencia se publicaron en el libro Perspectives on
Sustainable Development (Harcourt, 1994). La conferencia concluyó
que “la teoría y la práctica del desarrollo basado en las tendencia.s y
supuestos occidentales excluye tanto a las mujeres como a la natura­
leza de su entendimiento del desarrollo y, al hacer esto, ha contri­
buido a la actual crisis económica y ecológica” (¿/z/¿/.:3).
Aunque el enhtque de WED ha impugnado la idea de las mujeres
como “víctimas" y ha señalado por el contrario su fuerza y resisten-
t ia en la.s bases, no ha dejado de- expresar algunas preocupaciones.
54 LAS MUJERES Y EL MEDIO AMBIENTE

Braidotti et al. (1994) han señalado una tendencia a tratar a todas las
mujeres del Sur como si tuvieran las mismas experiencias y potencial,
así como a idealizar su situación, que distrae la atención de las es­
tructuras de poder que rodean y construyen las situaciones en que se
encuentran muchas mujeres. Al dejar de verlas como víctimas, las
mujeres están empezando a ser vistas como la solución: “La imagen
prevaleciente de las mujeres como agentes que luchan contra los
efectos de la crisis ecológica global las proyecta como la respuesta a
la crisis: las mujeres como conocedoras privilegiadas de lo.s procesos
naturales, provistas de recursos y ‘naturalmente’ aptas para propor­
cionar la ‘alternativa”’ (Häusler, 1994:149; cursivas en el original).
Braidotti et al. (1994) expresan reservas similares. Desde una pers­
pectiva posmoderna, afirman que se está presentando una nueva ima­
gen totalizadora de la valiente “Mujer del Tercer Mundo” que desvía
la atención de las divisiones entre las mujeres. Semejante imagen pue­
de también oscurecer la división entre el movimiento WED, principal­
mente integrado por activistas, académicos e investigadores, y los
miembros de la base. Braidotti et al. cuestionan incluso cuál es en
realidad el tamaño de la base. Desde una perspectiva estructuralista.
Bina Agarwal pide una lucha transformadora en torno a la relación
mujer-naturaleza más que una celebración de ella (1992).
A pesar de estas críticas, el proceso WED agrupó cuestiones im­
portantes que retaron directamente al programa internacional de
desarrollo patrocinado por las naciones industrializadas y las Nacio­
nes Unidas. La ONU, como muchas organizaciones desarrollistas, no
apoyó el giro tan crítico que estaban adoptando las campañas sobre
las mujeres y el medio ambiente, pero fue persuadida muy tardía­
mente a reconocer este movimiento creciente -en 1991 solicitó una
aportación específica de las mujeres en la Cumbre de la Tierra de
Río, en 1992. Se convocaron apresuradamente dos conferencias en
Miami en 1991. En la primera, Asamblea Global de las Mujeres para
un Planeta Sano, más de doscientas mujeres de todo el mundo pre­
sentaron sus experiencias de cómo tratar y proteger el medio am­
biente a quinientos delegados invitados de organizaciones desarro­
llistas. La segunda conferencia reunió a 1 500 mujeres de ochenta y
tres países con el fin de preparar una Agenda de Acción de las Mu­
jeres para la Cumbre de la Tierra. Braidotti et al. sostienen que las
conferencias de Miami representan un “avance de inmensa impor­
tancia” porque “por primera vez mujeres de todos los ámbitos polí­
tico-geográficos, de clase, de raza, profesionales e institucionales
LAS MUJERES Y EL MEDIO AMBIENTE

presentaron una crítica del desarrollo y una posición colectiva sobre


la crisis medioambiental, a la que llegaron en un proceso participa-
tivo y democrático” (1994:103). En forma paralela a la cumbre mis­
ma, en junio de 1992, la Coalición de Mujeres Brasileñas organizó
una conferencia de mujeres. Planeta Pernea, en el foro de las ONG en
Río de Janeiro. El resultado de esas reuniones fue una aportación a
la Agenda 21 de las resoluciones de la Cumbre de la Tierra, en donde
se manifestaba la posición de las mujeres, específicamente en el ca­
pítulo 24, y se reconocía la necesidad de un compromiso activo de
las mujeres en la toma de decisiones económicas y políticas. La rela­
tiva falta de importancia de las mujeres, sin embargo, se revela en el
hecho de que un cálculo de los costos de implementar la Agenda 21
fue de 600 mil millones de dólares para todo el programa, pero sólo
de 40 millones para programas relativos a las mujeres.
Sabine Häusler describió el resultado de la Cumbre de Río como
“un fracaso de proporciones globales” (1994:146) y en general los
activistas verdes lo definen como un costoso fracaso (Sachs, 1993).
Incluso el proceso de agrupar a las ong de una manera semiformal
fue problemático. Significaba que los pueblos indígenas del Amazo­
nas se estarían rozando con representantes de multinacionales. Aun
así, cualquier publicidad dada al foro de las ONG lo presentaba como
integrado por “idealistas sin remedio, indios exóticos y grupos de
mujeres sensibleras” (Häusler, 1994:148). Ni siquiera el grupo de
Planeta Pernea estaba libre de problemas. La notable unidad entre
todos los delegados con respecto a las mujeres y el medio ambiente
condujo a una falta de sensibilidad acerca de las divisiones y desi­
gualdades entre las mujeres. Las mujeres brasileñas negras plan­
tearon el problema del racismo y la falta de representación {ibid.:l50).
Häusler sostiene que la unidad de los delegados de las ONG tam­
bién les permitió ser cooptados por el proceso de la Comisión sobre
Medio Ambiente y Desarrollo de la ONU. El supuesto reconocimiento
de las mujeres en textos de la ONU se ha traducido en la aceptación
de una política en la que realmente todo sigue igual (/¿>¿rf.:151). Pin-
ger hizo una afirmación similar a propósito de la implicación de las
ONG en general, por lo que son vistas como si dieran su aprobación
tácita a lo que eventualmente llegó a ser una política muy descolori­
da (1993:36). Para Pinger éste es el proceso que estaba enjuego en la
preparación de la Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desa­
rrollo, Our Common Future, mejor conocido como el Informe Brund-
tland. Este informe contemplaba la posibilidad de un “desarrollo
5 t) LAS MUJERES Y EL MEDIO AMBIEN TE

sustentable”, definido como “un desarrollo que responde a las ne­


cesidades de la actual generación sin comprometer la capacidad de
las futuras generaciones para satisfacer sus propias necesidades”
(1987:43-44). El Informe Brundtland no enfocaba específicamente la
relación entre las mujeres y el medio ambiente y tampoco impugna­
ba el propósito general de “desarrollo”. Reconocía el papel de las
mujeres en la agricultura en una sección sobre “desatención al pe­
queño productor” {ibid.-. 124-125). El desarrollo sustentable se ha con­
vertido en un concepto de primer orden que tiende a significar
“todo sigue igual” o, según el Banco Mundial en 1992: “el desarro­
llo sustentable es el desarrollo que dura” (citado en Sachs, 1993:10).
Las voces de las mujeres todavía no se escuchan ni siquiera en los
grupos de presión alrededor de la ONU. Un documento publicado en
1991 por el Programa para el Medio Ambiente (pnuma) de las Na­
ciones Unidas, junto con el Fondo Mundial para la Naturaleza y la
LJnión Conservacionista Mundial, titulado Caring for (he Earth:. A
Sírategy for Sustainahle Living, no hace ninguna referencia a las muje­
res. Pide el apoyo de “organizaciones no gubernamentales y grupos
profesionales; líderes religiosos y educadores; empresarios, agricul­
tores y pescadores” (lUCN/UNEP/WWE, 1991:19). Incluso el debate so­
bre la plantación de árboles del “cinturón verde” se refiere sólo a
“voluntarios, especialmente niños” (¿6¿íZ.:12). Häusler sostiene que
la.s mujere.s muy probablemente se convertirán ahora en objetivos de
las próximas políticas de desarrollo sustentables y programas de po­
blación, y concluye: “La pasada experiencia de tales proyectos de de­
sarrollo mostró que imponen presiones más extenuantes a mujeres
campesinas ya sobrecargadas de trabajo, sin que ello conduzca for­
zosamente a los tan necesitados cambios legales y políticos”
(1994:151). A pesar de estas críticas, la Cumbre de la Tierra y Pla­
neta Pernea sentaron las bases para la creación de una red global de
participantes en campañas y activistas.
En los noventa las campañas sobre las mujeres y el medio ambien­
te se han seguido centrando en el proceso de desarrollo, en particular
el crecimiento de la biotecnología (Abramovitz, 1994). dawn convocó
recientemente a una plataforma basada en las mujeres y el medio am­
biente, sistemas económicos alternativos y campañas contra la inge­
niería reproductiva. Las preocupaciones sobre esta última han sido
planteadas por organizaciones como FINRRAGE (Feminist International
Network of Resistance to Reproductive and Genetic Engineering), crea­
da en 1985 en Vellinge, Suecia. En la India el problema específico de
LAS MUJERES Y EL MEDIO AMBIEN I E 57

Utilizar tecnologías reproductivas para la determinación del sexo ha


conducido a la formación de un Foro Contra la Determinación del
Sexo y Grupo de Preselección del Sexo (1994). El Asian and Pacifie
Women’s Resource Centre también ha investigado e informado sobre
la salud de las mujeres y los temas medioambientales más globalmen­
te (1989, 1992).
Estas cuestiones son de la mayor importancia para Mies y Shiva,
cuya impugnación del maldesarrollo económico y tecnológico occi­
dental “anormal” las ha llevado a abogar por una “perspectiva de
subsistencia” (1993:297). Con esto quieren decir una economía ba­
sada en necesidades que parte del trabajo de subsistencia no asala­
riado de las mujeres y los campesinos y que siempre que es posible
intenta evitar la economía de mercado commodifiei.d. Condenan ab­
solutamente también las nueva,s tecnologías de ingeniería reproduc­
tiva y genética: “Ya no podemos seguir discutiendo acerca de si la
tecnología reproductiva o genética como tal es buena o mala; los
principios básicos de esta tecnología deben criticarse no menos que
sus métodos” (¿/úd.:175). Mies condena las nuevas tecnologías por ra­
cistas, sexistas y en última instancia fascistas (¿Z<¿d.:176); a Shiva le ha
preocupado por mucho tiempo la amenaza que significan las nuevas
tecnologías para la biodiversidad: “La biotecnología... hace posible
colonizar y controlar aquello que es autónomo, libre y autorregene-
rador... la semilla, a ojo.s del patriarcado capitalista el cuerpo de las
mujeres, como sitio de poder regenerativo, se cuenta entre las últimas
colonias” (Shiva, 1994:129).
Abramovitz define la biodiversidad como “la suma de los genes, es­
pecies y ecosistemas coexistenles en la Tierra en cualquier momento”
(1994:198). Reúne una impresionante evidencia acerca de la pérdida
de especies incluso en formas "hechas por el hombre”. Por ejemplo,
el 96% de las variedades vegetales enlistadas en 1903 por el Departa-
meto de Agricultura de Estados Unidos están extintas ahora. En In­
donesia, 1 500 variedades locales de arroz se han extinguido en tos
últimos quince años {ibid.-. 199-200). Incluso cuando hay diversidad ge­
nética, las firmas comerciales quieren “colonizarlas” cada vez más y
patentarlas en el “Biodiversity-Biotechnology-Biobusiness link” (Weiz­
sàcker, 1993:121). Shiva declara que la biodiversidad y la diversidad
cultural van de la mano: “La diversidad es la característica de la na­
turaleza y la base de estabilidad ecológica. Diversos ecosistemas dan
origen a diferentes formas de vida y culturas variadas. La coevolu­
ción de las culturas, formas de vida y hábitat ha conservado la di­
58 LAS MUJERES Y EL MEDIO AMBIENTE

versidad biológica de este planeta” (1993:65). En la crítica de Shiva


ocupa un lugar central el papel de las mujeres en mantener la diver­
sidad, particularmente la del conocimiento (1989). Abramovitz tam­
bién ha pugnado por el reconocimiento del “importante papel que
desempeñan las mujeres en comprender y manejar la diversidad vi­
tal de su medio ambiente, y la importancia de esa diversidad para
sostener a las mujeres y a las familias que ellas mantienen”
(1994:198). Sin embargo, hay una amplia brecha entre identificar el
papel central de las mujeres como agentes de la sustentabilidad am­
biental y la creación de un movimiento que abarque estas ideas.

EL NACIMIENTO DEL ECOFEMINISMO

La participación de las mujeres en las luchas de base y en las campa­


ñas globales interesadas en el medio ambiente no puede proclamarse
automáticamente como prueba de la existencia de un movimiento
ecofeminista. Como ya señalé antes, las declaraciones relativas a la di­
mensión e importancia del movimiento dependen de si se toma la
noción más estrecha de aquellos que se identifican como ecofeminis-
tas, o bien si se adopta un punto de vista incluyente más amplio que
abarca a todas las mujeres comprometidas en movimientos ambien­
talistas de base aunque no abracen explícitamente una perspectiva fe­
minista o ecofeminista (Lahar, 1991). Como señaló Joni Seager:

Las mujeres que han asumido el liderazgo en las organizaciones comunita­


rias no son necesariamente feministas; no necesariamente están conscientes
o interesadas en los análisis feministas del poder, la cultura, la sexualidad, la
estructura. De hecho, muchas mujeres que están en medio de una lucha
contra una amenaza cotidiana expresan la opinión de que el cuestiona-
miento feminista las distrae (1993:237).

Las activistas de base, como ya hemos visto, a menudo eran perso­


nas que no habían estado comprometidas o implicadas políticamente,
aunque la experiencia de participar en campañas solía ser muy poli-
tizadora. Las mujeres que crearon el ecofeminismo como movimien­
to, por otra parte, tenían con frecuencia una larga historia de activis­
mo en otros movimientos feministas, pacifistas o políticos. Muchas
provenían incluso del ambiente académico, que abre el movimiento a
LAS MUJERES Y El. MEDIO AMBIENTE 59

acusaciones de ser una reserva de académicos blancos de clase media.


Éste es el dilema de muchos movimientos radicales en una sociedad
desigual. Sin desigualdad no habría movimientos radicales, pero aque­
llos con el mayor capital cultural para apoyar los movimientos son, a
su vez, a menudo relativamente privilegiados.
El ecofeminismo como movimiento y como perspectiva parece
emerger espontáneamente en distintas partes del mundo a mediados
de los setenta -en Francia, Alemania, Estados Unidos, Sicilia, Japón,
Venezuela, Australia y Finlandia (Kuletz, 1992; Salleh et al., 1991).
En Estados Unidos las nuevas organizaciones de base y los primeros
proponentes del ecofeminismo se reunieron en Las Mujeres y la Vida
en la Tierra: Conferencia sobre el Ecofeminismo en los ochenta, con­
vocada en respuesta a la crisis nuclear de Three Mile Island en 1979.
Una de las oradora.s fue Lois Gibbs, que señaló la importancia de la
politización de las mujeres en las acciones de base: “Las mujeres de
Love Canal ya no se sienten a gusto atendiendo la casa y el jardín...
mujeres que en otros tiempos miraban con desdén cómo los manifes­
tantes eran arrestados por actuar de manera radical están ahora ha­
ciendo esas mismas cosas” (citado en Merchant, 1992:193). La confe­
rencia, celebrada en marzo de 1980 en Amherst, Massachusetts, fue
organizada por la escritora Grace Paley y la dirigente ecofeminista
Ynestra King, ambas con una larga historia de activismo, junto con
otros organizadores (Spretnak, 1990).
Ynestra King, académica, feminista y pacifista, veía el objetivo de
la conferencia como la exploración de las conexiones entre el milita­
rismo, el feminismo, la salud y la ecología (1983a:9). Las seiscientas
mujeres que asistieron estaban unidas tanto por la esperanza como
por el temor, “un temor por la vida y los terribles poderes de des­
trucción alineados contra ella, y con esperanza, una esperanza por el
poder de las mujeres para resistir y crear” (¿¿>/6Í.:9). La resistencia fue
contra la violencia, “la violencia contra las mujeres en todas sus for­
mas -violación, violencia física, explotación económica e intimida­
ción... la violencia racista contra los pueblos indígenas... la violencia
contra la tierra” (ibid.'.W). Abriendo los procedimientos, King puso
firmemente en la agenda la relación entre ecología y feminismo;

Estamos aquí para decir la palabra ecología y anunciar que para nosotras
como feministas ésta es una palabra política; que se enfrenta a la economía
de los destructores y a la patología del odio racista. Es una forma de ser, que
comprende que existen conexiones entre todas las cosas viva.s y que de ver­
lid LAS MUJERES V EL MEDIO AMBIE.N I E

dad nosotras las mujeres somos la carne y la sangre de la posibilidad de co­


nexión (citado en CaldecoLt y Leland, 1983:6).

La conferencia de Amherst sentó las bases para las Acciones de la.s


Mujeres en el Pentágono, en noviembre de 1980 y 1981, cuando
las mujeres rodearon pacíficamente el Pentágono durante dos días en
cada ocasión. Una “Declaración de Unidad” adoptada por los orga­
nizadores de la acción manifiesta claramente las conexiones que se
estaban haciendo: “nos estamos reuniendo en el Pentágono el 16 de
noviembre porque tememos por nuestra vida. Tememos por la vida
de este planeta, nuestra Tierra, y por la vida de lo.s niño.s que son
nuestro futuro humano” (Caldecott y Leland, 1983:15). La acción del
Pentágono fue en respuesta a la decisión de escalar la guerra fría me­
diante el despliegue de misiles de crucero en diferentes lugares de
Europa. En Gran Bretaña los activistas pacifistas y antinucleare.s de
Carmarthen, Gales, siguieron el ejemplo de la,s mujere.s pacifista.s es­
candinavas que en protesta caminaron desde Copenhague hasta Pa­
rís. Los manifestantes (incluidos algunos hombres) marcharon desde
Cardiff hasta la base de misiles de crucero en Grecnham Common
bajo la bandera “Women for Life on Earth Peace March 1981”. Esto
condujo con el tiempo al establecimiento del campamento de la paz
sólo de mujeres en Greenham Common (Roseneil, 1995). A juzgar
por la evidencia, podría parecer que la marcha fue la decisión espon­
tánea de un grupo de mujeres y hombres de Gales, si no es que de
una sola mujer, Ann Pettit, que fue la primera en sugerir la idea. Sin
embargo, como ha señalado Jill Liddington, nació) de una larga his­
toria de campañas pacifista.s y antinucleares, lo que significa que ha­
bía “un largo camino hacia Greenham”, tanto para los marchistas
como para el movimiento pacifista de las mujeres como un todo
(1989).
Aunque la motivación primordial para la protesta de Greenham
era lo antinuclear y el antimilitarismo, la experiencia de vivir en el im­
presionante Common y muy literalmente pegados a la tierra alentó el
nacimiento de ideas ecofeministas, como ya señaló Roseneil. Esto se
reforzó con las visita.s de mujeres de Estados Unidos que habían par­
ticipado en las Acciones de las Mujeres en el Pentágono y con los tra­
bajos de Mary Daly y Susan Griffin, que circulaban ampliamente en el
campamento (Roseneil, 1995:67). Igual que en las acciones norteame­
ricanas, el imaginario de solteras y tejedoras era central en mucha.s de
las protestas de Greenham, y se estableció una organización en forma
I.AS MUJERES Y El, MEDIO AMBIEN l E 61

de red en todo el país que resultó muy efectiva. Como residente tem­
poral puedo alabar el impacto visual del Cominon, que me impulsó
fuertemente en la dirección del ecofeminismo. Vi también eviden­
cias de la influencia del feminismo espiritual en una estatua de una
"diosa” rodeada de ofrendas. Sin embargo, Greenham compartió
con otros movimientos feministas, ecofeministas y pacifistas una so-
brerrepresentación de activistas blancos y de clase media, y una sub­
representación de simpatizantes negros y de clase obrera (Brown,
1984).
Uno de los ejemplos más concretos y aparentemente exitosos del
vínculo entre el pensamiento feminista y el verde se dio en Alema­
nia, en donde die Grünen, el Partido Verde de Alemania occidental,
procuró de forma explícita adoptar una perspectiva feminista. Las
mujeres que habían participado en acciones de base a través de las
Iniciativas ciudadanas, el movimiento feminista y el movimiento pa­
cifista fueron las fundadoras más importantes del partido. La falle­
cida Petra Kelly es quizá la más conocida. Cuando el Movimiento
Verde conquistó una representación política significativa al obtener
veintiocho escaños en el Parlamento Federal alemán en 198.3, pare­
ció como si el feminismo estuviera en el centro de la política verde
en Alemania. Die Grünen había hecho un compromiso con el femi­
nismo y con el papel de las mujeres. Un rasgo central de su progra­
ma político fue el objetivo de alcanzar una representación de 50% de
mujeres en el partido. Reflejando el origen de muchos de sus miem­
bros en el movimiento feminista, die Grünen llamaba a crear una so­
ciedad “construida sobre la completa igualdad de los sexos en el con­
texto de una política ecológica global”, acabando así con la
“opresión, la explotación, la injusticia y la discriminación que las mu­
jeres han sufrido durante muchos mile,s de años” (Programa del Par­
tido Verde alemán, 198,3:40).
En 1984 el grupo parlamentario nacional de die Grünen. estaba en­
cabezado por un “Feminat” de seis mujeres. En 1987 las mujeres en­
cabezaban todas menos una de las listas electorales para el Bundestag,
y se eligieron veinticinco mujeres y diecinueve hombres. Sin embargo,
en la práctica esta política no tuvo éxito en última instancia. Enfrenta­
das a las expectativas de la política tal como había sido definida por
los hombres, las mujeres -en particular las que tenían responsabilida­
des domésticas- encontraban difícil tomar parte en términos iguales.
Ya desde 198.5 Charlene Spretnak y Fritjof Capi a informaban que la
política en favor de las mujeres no estaba respaldada por una com­
62 LAS MUJERES Y EL MEDIO AMBIENTE

prensión real, por parte de los hombres del movimiento, de las difi­
cultades encontradas por las mujeres al hacerse cargo de sus responsa­
bilidades públicas (1985:47). Para 1986 Petra Kelly informaba del efec­
to peijudicial para su salud de un perfil público muy elevado (Green
Line, núm. 48, 1986-7). Un perfil de 1989 de los verdes alemanes des­
cribe a las mujeres como “grupo de interés especial” más que como un
elemento central en la membresía y programa del partido (Parkin,
1989). La experiencia de los verdes alemanes se refleja lamentable­
mente en muchos otros partidos verdes y en el movimiento verde en
general (Mellor, 1992c; Seager, 1993). No puede decirse que el femi­
nismo esté en el centro de la política verde; si acaso, los verdes alema­
nes eran una excepción a este respecto. Pero, por supuesto, la presen­
cia de las mujeres en un movimiento verde tampoco puede implicar
que éste adoptará una perspectiva ecofeminista. La relación entre el
ecofeminismo y el movimiento verde se discutirá más ampliamente en
el capítulo 6.
A pesar de la participación de las mujeres en las luchas ambien­
talistas de base en diversas partes del mundo, incluyendo numerosas
conferencias de elevado perfil y de la formación de varias redes de
comunicación, no existe un movimiento ecofeminista formal. En la
medida en que incluso un movimiento informal existe, está repre­
sentado principalmente por una gama rápidamente creciente de pu­
blicaciones (Caldecott y Leland, 1983; Shiva, 1989; Plant, 1989; Dia­
mond y Orenstein, 1990; Mellor, 1992a; Plumwood, 1993; Mies y
Shiva, 1993; Warren, 1994). Es un movimiento de ideas, teorías y
prácticas, que se construye sobre las luchas reales de las mujeres. Si
bien estos escritos pueden criticarse por ser sobrerrepresentativos
de las mujeres blancas y de clase media del Norte, para mitigar esa
crítica puede alegarse que el cuerpo principal de la literatura ecofe­
minista constituye una alternativa crítica y radical a las perspectivas
tradicionales masculinas. Como sostuvo Peggj' Antrobus, otra de las
fundadoras de dawn, en la primera reunión de Miami en 1991;

La primera tarea para nosotras como mujeres es formular análisis que nos
ayuden a identificar las causas básicas de nuestros problemas ambientales. De­
bemos aclarar los vínculos entre la degradación ambiental y las estructuras del
poder social, económico y político (citado en Seager, 1993:280-281).

Esto es lo que se propone hacer el conjunto de la literatura que se


identifica a sí misma como ecofeminista.

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