USHANAN-JAMPI ENRIQUE LÓPEZ ALBÚJAR (peruano)
La plaza de Chupán hervía de gente. El pueblo entero, ávido de curiosidad, se había congregado en ella desde las
primeras horas de la mañana, en espera del gran acto de justicia a que se había convocado la víspera,
solemnemente. Se habían suspendido todos los quehaceres particulares y todos los servicios públicos. Allí estaban el
jornalero, poncho al hombro, sonriendo con sonrisa idiota, ante las frases intencionadas de los corros; el pastor
greñudo, de pantorrillas bronceadas y musculosas, serpenteadas de venas, como lianas en torno de un tronco; el
viejo silencioso y taimado, mascador de coca sempiterno; la mozuela tímida y pulcra, de pies limpios y bruñidos como
acero pavonado, y uñas desconchadas y roídas, y faldas negras y esponjosas como repollo; la vieja regañona,
haciendo perinolear al aire el huso mientras barbotea un rosario interminable de conjuros; y el chiquillo, con su
clásico sombrero de falda gacha y capa cónica —sombrero de payaso—, tiritando al abrigo de un ilusorio ponchito
que apenas le llega al vértice de los codos.
Y por entre esa multitud, los perros, unos perros de color ámbar sucio, hoscos, héticos1 , de cabezas angulosas y
largas como cajas de violín, costillas transparentes, pelos hirsutos, miradas de lobo, cola de zorro y patas largas,
nervudas y nudosas —verdaderas patas de arácnido— yendo y viniendo incesantemente, olfateando a las gentes
con descaro, interrogándolas con miradas de ferocidad contenida, lanzando ladridos impacientes de bestias que
reclamaran su pitanza.
Se trataba de hacerle justicia a un agraviado de la comunidad, a quien uno de sus miembros, Conce Maille, ladrón
incorregible, le había robado días antes una vaca. Un delito que había alarmado a todos profundamente, no tanto por
el hecho cuanto por la circunstancia de ser la tercera vez que un mismo individuo cometía tal crimen. Algo inaudito en
la comunidad. Aquello significaba un reto, una burla a la justicia severa e inflexible de los yayas , merecedora de un
castigo pronto y ejemplar.
Al pleno sol, frente a la casa comunal y en torno de una mesa rústica y maciza, con una macicez de mueble incaico,
el gran concejo de los yayas, constituido en tribunal, presidía el acto, solemne, impasible, impenetrable, sin más
señales de vida que el movimiento acompasado y leve de las bocas chacchadoras, que parecían tascar un freno
invisible.
De pronto los yayas dejaron de chacchar, arrojaron de un escupitajo la papilla verdusca de la masticación,
limpiáronse en un pase de manos las bocas espumescentes, y el viejo Marcos Huacachino, que presidía el concejo,
dijo:
—Ya hemos chacchado bastante. La coca nos aconsejará en el momento de la justicia. Ahora bebamos para hacerlo
mejor.
Y todos, servidos por un decurión, fueron vaciando a grandes tragos un enorme vaso de chacta.
—Que traigan a Cunce Maille —ordenó Huacachino una vez que todos terminaron de beber.
Y, repentinamente, maniatado y conducido por cuatro mozos corpulentos, apareció ante el Tribunal un indio de edad
incalculable, alto, fornido, ceñudo y que parecía desdeñar las injurias y amenazas de la muchedumbre. En esa
actitud, con la ropa ensangrentada y desgarrada por las manos de sus perseguidores y las dentelladas de los perros
ganaderos, el indio más parecía la estatua de la rebeldía que la del abatimiento. Era tal la regularidad de sus
facciones de indio puro, la gallardía de su cuerpo, la altivez de su mirada, su porte señoril, que, a pesar de sus ojos
sanguinolentos, fluía de su persona una gran fuerza de simpatía: la simpatía que despiertan los hombres que
representan la hermosura y la fuerza.
—¡Suéltenlo! —exclamó la misma voz que había ordenado traerlo.
Una vez libre, Maille se cruzó de brazos, irguió la desnuda y revuelta cabeza, desparramó sobre el concejo una
mirada sutilmente desdeñosa y esperó.
—José Ponciano te acusa de que el miércoles pasado le robaste su vaca mulinera y que has ido a vendérsela a los
de Obas. ¿Tú qué dices?
—¡Verdad! Pero Ponciano me robó el año pasado un toro. Estamos pagados.
—¿Por qué entonces no te quejaste?
—Porque yo no necesito de que nadie me haga justicia. Yo mismo sé hacérmela.
—Los yayas no consentimos que aquí nadie se haga justicia. El que se la hace pierde su derecho.
Ponciano, al verse aludido, intervino:
—Maille está mintiendo, taita. El toro que dice yo le robé se lo compré a Natividad Huaylas. Que lo diga; está
presente. —Verdad, taita —contestó un indio, adelantándose hasta la mesa del concejo
—¡Perro! —dijo Maille, encarándose ferozmente a Huaylas—. Tan ladrón eres tú como Ponciano. Todo lo que tú
vendes es robado. Aquí todos se roban.
Ante la imputación, los yayas, que al parecer dormitaban, hicieron un movimiento de impaciencia al mismo tiempo
que muchos individuos del pueblo levantaban sus garrotes en son de protesta y los blandían gruñendo rabiosamente.
Pero el jefe del tribunal, más inalterable que nunca, después de imponer silencio con gesto imperioso, dijo:
—Cunce Maille, has dicho una brutalidad que ha ofendido a todos. Podríamos castigarte entregándote a la justicia
del pueblo, pero sería abusar de nuestro poder.
Y dirigiéndose al agraviado José Ponciano, que, desde uno de los extremos de la mesa, miraba torvamente a Maille,
añadió:
—¿En cuánto estimas tu vaca, Ponciano?
—Treinta soles, taita. Estaba para parir, taita.
En vista de estas respuestas, el presidente se dirigió al público en esta forma:
—¿Quién conoce la vaca de Ponciano?... ¿Cuánto podrá costar la vaca de Ponciano?
Muchas voces contestaron a un tiempo que la conocían y que podría costar realmente los treinta soles que le había
fijado su dueño.
—¿Has oído, Maille? —dijo el presidente al aludido.
—He oído, pero no tengo dinero para pagar.
—Tienes ganado, tienes tierras, tienes casa. Se te embargará uno de tus ganados, y como tú no puedes seguir aquí
porque es la tercera vez que compareces ante nosotros por ladrón, saldrás de Chupán inmediatamente y para
siempre. La primera vez te aconsejamos, te enseñamos lo que debías hacer para que te enmendaras y volvieras a
ser hombre de bien. No has querido. Te burlaste del yaachishum3 . La segunda vez tratamos de ponerte bien con
Felipe Tacuche, a quien le robaste diez carneros. Tampoco hiciste caso del alli-achishum4 , pues no has querido
reconciliarte con tu agraviado y vives amenazándole constantemente… Hoy le ha tocado a Ponciano ser el
perjudicado y mañana quién sabe a quién le tocará. Eres un peligro para todos. Ha llegado el momento de botarte, de
aplicarte el jitarishum5 . Vas a irte para no volver más. Si vuelves, ya sabes lo que te espera: te cogemos y te
aplicamos ushanan-jampi. ¿Has oído bien Cunce Maille?
Maille se encogió de hombros, miró al tribunal con indiferencia, echó mano al huallqui6 que, por milagro había
conservado en la persecución, y sacando un poco de coca se puso a chacchar lentamente.
El presidente de los yayas, que tampoco se inmutó por esta especie de desafío del acusado, dirigiéndose a sus
colegas, volvió a decir:
—Compañeros, este hombre que está delante de nosotros es Cunce Maille, acusado por tercera vez de robo en
nuestra comunidad. El robo es notorio; no lo ha desmentido, no ha probado su inocencia. ¿Qué debemos hacer con
él?
—Botarlo de aquí, aplicarle jitarishum —contestaron a una voz los yayas, volviendo a quedar mudos e impasibles.
—¿Has oído, Maille? Hemos procurado hacerte un hombre de bien, pero no lo has querido. Caiga sobre ti el
jitarishum. Después levantándose y dirigiéndose al pueblo, añadió con voz solemne y más alta que la empleada
hasta entonces: —Este hombre que ven aquí es Cunce Maille, a quien vamos a botar de la comunidad por ladrón. Si
alguna vez se atreve a volver a nuestras tierras cualquiera de los presentes podrá matarle. No lo olviden. Decuriones,
cojan a ese hombre y sígannos.
Y los yayas, seguidos del acusado y de la muchedumbre, abandonaron la plaza, atravesaron el pueblo y
comenzaron a descender por una escarpada senda, en medio de un imponente silencio, turbado solo por el tableteo
de los shucuyes. Aquello era una procesión de mudos bajo un nimbo de recogimiento. Hasta los perros, momentos
antes inquietos, bulliciosos, marchaban en silencio, gachas las orejas y las colas, como percatados de la solemnidad
del acto.
Después de un cuarto de hora de marcha por senderos abruptos, sembrados de piedras y cactus tentaculares y
amenazadores como pulpos rabiosos, senderos de pastores y cabras, el jefe de los yayas levantó su vara de alcalde,
coronada de cintajos multicolores y de flores de plata de manufactura infantil, y la extraña procesión se detuvo al
borde del riachuelo que separa las tierras de Chupán y las de Obas.
—¡Suelten a ese hombre! —exclamó el yaya de la vara.
Y dirigiéndose al reo:
—Cunce Maille: desde este momento tus pies no pueden seguir pisando nuestras tierras porque nuestros jircas se
enojarían y su enojo causaría la pérdida de las cosechas, y se secarían las quebradas y vendría la peste. Pasa el río
y aléjate para siempre de aquí.
Maille volvió la cara hacia la multitud, que con gesto de asco e indignación, más fingido que real, acababa de
acompañar las palabras sentenciosas del yaya, y después de lanzar al suelo un escupitajo enormemente
despreciativo, con ese desprecio que solo el rostro de un indio es capaz de expresar, exclamó:
—¡Ysmayta-micuy7 !
Y de cuatro saltos salvó las aguas del Chillán y desapareció entre los matorrales de la banda opuesta, mientras los
perros, alarmados de ver un hombre que huía, excitados por su largo silencio, se desquitaban ladrando furiosamente,
sin atreverse a penetrar en las cristalinas y bulliciosas aguas del riachuelo.
Si para cualquier hombre la expulsión es una afrenta, para un indio, y un indio como Conce Maille, la expulsión de la
comunidad significa todas las afrentas posibles, el resumen de todos los dolores frente a la pérdida de todos los
bienes: la choza, la tierra, el ganado, el jirca y la familia. Sobre todo, la choza.
El jitarishum es la muerte civil del condenado, una muerte de la que jamás se vuelve a la rehabilitación; que condena
al indio al ostracismo perpetuo y parece marcarle con un signo que le cierra para siempre las puertas de la
comunidad. Se le deja solamente la vida para que vague con ella a cuestas por quebradas, cerros, punas y bosques,
o para que baje a vivir a las ciudades bajo la férula del misti, lo que para un indio altivo y amante de las alturas es un
suplicio y una vergüenza.
Y Conce Maille, dada su naturaleza rebelde y combativa, jamás podría resignarse a la expulsión que acababa de
sufrir. Sobre todo, había dos fuerzas que le atraían constantemente a la tierra perdida: su madre y su choza. ¿Qué
iba a ser de su madre sin él? Este pensamiento le irritaba y le hacía concebir los más inauditos proyectos. Y exaltado
por los recuerdos, nostálgico y cargado su corazón de odio, como una nube de electricidad, harto en pocos días de la
vida de azar y merodeo que se le obligaba a llevar, volvió a repasar en las postrimerías de una noche, el mismo
riachuelo que un mes antes cruzara a pleno sol, bajo el silencio de una poblada hostil y los ladridos de una jauría
famélica y feroz.
A pesar de su valentía, comprobada cien veces, Maille, al pisar la tierra prohibida, sintió como una mano que le
apretara el corazón y tuvo miedo. ¿Miedo de qué? ¿De la muerte? ¿Pero qué podría importarle la muerte a él,
acostumbrado a jugarse la vida por nada? ¿Y no tenía para eso su carabina y sus cien tiros? Lo suficiente para
batirse con Chupán entero y escapar cuando se le antojara.
Y el indio, con el arma preparada, avanzó cauteloso, auscultando todos los ruidos, oteando los matorrales, por la
misma senda de los despeñaderos y los cactus tentaculares y amenazadores como pulpos, especie de vía crucis, por
donde solamente se atrevían a bajar, pero nunca a subir, los chupanes, por estar reservada para los grandes
momentos de su feroz justicia. Aquello era como la roca Tarpeya del pueblo.
Maille salvó todas las dificultades de la ascensión y, una vez en el pueblo, se detuvo frente a una casucha y lanzó un
grito breve y gutural, lúgubre, como el gruñido de un cerdo dentro de un cántaro. La puerta se abrió y dos brazos se
enroscaron al cuello del proscrito, al mismo tiempo que una voz decía:
—Entra guagua-yau , entra. Hace muchas noches que tu madre no duerme esperándote. ¿Te habrán visto?
Maille, por toda respuesta, se encogió de hombros y entró.
Pero el gran consejo de los yayas, sabedor por experiencia propia de lo que el indio ama su hogar, del gran dolor
que siente cuando se ve obligado a vivir fuera de él, de la rabia con que se adhiere a todo lo suyo hasta el punto de
morirse de tristeza cuando le falta poder para recuperarlo, pensaba: «Maille volverá cualquier noche de estas; Maille
es audaz, no nos teme, nos desprecia, y cuando él sienta el deseo de chacchar bajo su techo y al lado de la vieja
Nastasia, no habrá nada que lo detenga».
Y los yayas pensaban bien. La choza sería la trampa en que habría de caer alguna vez el condenado. Y resolvieron
vigilarla día y noche por turno, con disimulo y tenacidad verdaderamente indios.
Por eso aquella noche, apenas Conce Maille penetró a su casa, un espía corrió a comunicar la noticia al jefe de los
yayas.
—Cunce Maille ha entrado a su casa, taita. Nastasia le ha abierto la puerta —díjole palpitante, emocionado,
estremecido aún por el temor, con la cara de un perro que viera a un león de repente.
—¿Estás seguro, Santos?
—Sí, taita. Nastasia lo abrazó. ¿A quién podría abrazar la vieja Nastasia, taita? Es Cunce…
—¿Está armado?
—Con carabina, taita. Si vamos a sacarlo, iremos todos armados. Cunce es malo y tira bien.
Y la noticia se esparció por el pueblo eléctricamente… «¡Ha llegado Cunce Maille! ¡Ha llegado Cunce Maille!» era la
frase que repetían todos estremeciéndose. Inmediatamente se formaron grupos, los hombres sacaron a relucir sus
grandes garrotes —los garrotes de los momentos trágicos—, las mujeres, en cuclillas, comenzaron a formar ruedas
frente a la puerta de sus casas y los perros, inquietos, sacudidos por el instinto, a llamarse y a dialogar a la distancia.
—¿Oyes, Cunce? —murmuró la vieja Nastasia, que, recelosa y con el oído pegado a la puerta, no perdía el menor
ruido, mientras aquel, sentado sobre un banco, chacchaba impasible, como olvidado de las cosas del mundo—.
Siento pasos que se acercan, y los perros se están preguntando quién ha venido de fuera. ¿No oyes? Te habrán
visto. ¡Para qué habrás venido guagua-yau!
Conce hizo un gesto desdeñoso y se limitó a decir:
—Ya te he visto, mi vieja, y me he dado el gusto de saborear una chaccha en mi casa. Voime ya. Volveré otro día.
Y el indio, levantándose y fingiendo una brusquedad que no sentía, esquivó el abrazo de su madre, y, sin volverse,
abrió la puerta, asomó la cabeza a ras del suelo y atisbó. Ni ruidos, ni bultos sospechosos; solo una leve y rosada
claridad comenzaba a teñir la cumbre de los cerros.
Pero Maille era demasiado receloso y astuto, como buen indio, para fiarse de ese silencio. Ordenóle a su madre
pasar a la otra habitación y tenderse boca abajo, dio en seguida un paso atrás para tomar impulso, y de un gran salto
al sesgo salvó la puerta y echó a correr como una exhalación. Sonó una descarga y una lluvia de plomo acribilló la
puerta de la choza, al mismo tiempo que innumerables grupos de indios, armados de todas armas, aparecían por
todas partes gritando: «¡Muera Cunce Maille! ¡Ushanan-jampi! ¡Ushanan-jampi!».
Maille apenas logró correr unos cien pasos, pues otra descarga, que recibió de frente, le obligó a retroceder y escalar
de cuatro saltos felinos el aislado campanario de la iglesia, desde donde, resuelto y feroz, empezó a disparar
certeramente sobre los primeros que intentaron alcanzarle.
Entonces comenzó algo jamás visto por esos hombres rudos y acostumbrados a todos los horrores y ferocidades;
algo que, iniciado con un reto, llevaba trazas de acabar en una heroicidad monstruosa, épica, digna de la grandeza
de un canto.
A cada diez tiros de los sitiadores, tiros inútiles, de rifles anticuados, de escopetas inválidas, hechos por manos
temblorosas, el sitiado respondía con uno invariablemente certero, que arrancaba un lamento y cien alaridos. A las
dos horas había puesto fuera de combate a una docena de asaltantes, entre ellos a un yaya, lo que había enfurecido
al pueblo entero.
—¡Tomen, perros! —gritaba Maille a cada indio que tumbaba—. Antes que me cojan mataré cincuenta. Cunce Maille
vale cincuenta perros chupanes. ¿Dónde está Marcos Huacachino? ¿Quiere un poquito de cal para su boca con esta
shipina?
Y la shipina era el cañón del arma, que, amenazadora y mortífera, apuntaba en todo sentido.
Ante tanto horror, que parecía no tener término, los yayas, después de deliberar largamente, resolvieron tratar con el
rebelde. El comisionado debería comenzar por ofrecerle todo, hasta la vida, que, una vez abajo y entre ellos, ya se
vería cómo eludir la palabra empeñada. Para esto era necesario un hombre animoso y astuto como Maille, y de
palabra capaz de convencer al más desconfiado.
Alguien señaló a José Facundo. «Verdad —exclamaron los demás—. Facundo engaña al zorro cuando quiere y hace
bailar al jirca más furioso».
Facundo, después de aceptar tranquilamente la honrosa comisión, recostó su escopeta en la tapia en que estaba
parapetado, sentóse, sacó un puñado de coca, y se puso a catipar9 religiosamente por espacio de diez minutos
largos. Hecha la catipa y satisfecho del sabor de la coca, saltó la tapia y emprendió una vertiginosa carrera, llena de
saltos y zigzags, en dirección al campanario gritando:
—¡Amigo Cunce!, ¡amigo Cunce!, Facundo quiere hablarte.
Conce Maille le dejó llegar y una vez que lo vio sentarse en el primer escalón de la gradería le preguntó:
—¿Qué quieres, Facundo?
—Pedirte que te bajes y te vayas.
—¿Quién te manda?
—Yayas.
—Yayas son unos supaypa-huachashgan10, que cuando huelen sangre quieren beberla. ¿No querrán beber la mía?
—No, yayas me encargan decirte que si quieres te abrazarán y beberán contigo un trago de chacta en el mismo jarro
y te dejarán salir con la condición de que no vuelvas más.
—Han querido matarme.
—Ellos no; ushanan-jampi, nuestra ley. Ushanan-jampi igual para todos, pero se olvidará esta vez para ti. Están
asombrados de tu valentía. Han preguntado a nuestro gran jirca-yayag y él ha dicho que no te toquen. También han
catipado y la coca les ha dicho lo mismo. Están pesarosos.
Conce Maille vaciló, pero comprendiendo que la situación en que se encontraba no podía continuar indefinidamente,
que al fin llegaría el instante en que se le agotaría la munición y vendría el hambre, acabó por decir, al mismo tiempo
que bajaba:
—No quiero abrazos ni chacta. Que vengan aquí todos los yayas desarmados y a veinte pasos de distancia juren por
nuestro jirca que me dejarán partir sin molestarme.
Lo que pedía Maille era una enormidad, una enormidad que Facundo no podía prometer, no solo porque no estaba
autorizado para ello sino porque ante el poder del ushanan-jampi no había juramento posible.
Facundo vaciló también, pero su vacilación fue cosa de un instante. Y, después de reír con gesto de perro a quien le
hubieran pisado la cola, replicó:
—He venido a ofrecerte lo que pidas. Eres como mi hermano y yo le ofrezco lo que quiera a mi hermano.
Y, abriendo los brazos, añadió:
—Cunce, ¿no habrá para tu hermano Facundo un abrazo? Yo no soy yaya. Quiero tener el orgullo de decirle mañana
a todo Chupán que me he abrazado con un valiente como tú.
Maille desarrugó el ceño, sonrió ante la frase aduladora y, dejando su carabina a un lado, se precipitó en los brazos
de Facundo. El choque fue terrible. En vez de un estrechón efusivo y breve, lo que sintió Maille fue el enroscamiento
de dos brazos musculosos que amenazaban ahogarle. Maille comprendió instantáneamente el lazo que se le había
tendido, y, rápido como el tigre, estrechó más fuerte a su adversario, levantole en peso e intentó escalar con él el
campanario. Pero al poner el pie en el primer escalón, Facundo, que no había perdido la serenidad, con un brusco
movimiento de riñones hizo perder a Maille el equilibrio, y ambos rodaron por el suelo, escupiéndose injurias y
amenazas. Después de un violento forcejeo, en que los huesos crujían y los pechos jadeaban, Maille logró quedar
encima de su contendor.
—¡Perro!, más perro que los yayas —exclamó, Maille, trémulo de ira—, te voy a retacear allá arriba, después de
comerte la lengua.
Facundo cerró los ojos y se limitó a gritar rabiosamente:
—¡Ya está!, ¡ya está!, ¡ya está! ¡Ushanan-jampi!
—¡Calla, traidor! —volvió a rugir Maille, dándole un puñetazo feroz en la boca, y cogiendo a Facundo por la garganta
se la apretó tan rudamente que le hizo saltar la lengua, una lengua lívida, viscosa, enorme, vibrante como la cola de
un pez cogido por la cabeza, a la vez que entornaba los ojos y una gran conmoción se deslizaba por su cuerpo como
una onda.
Maille sonrió satánicamente, desenvainó el cuchillo, cortó de un tajo la lengua de su víctima y se levantó con
intención de volver al campanario. Pero los sitiadores, que, aprovechando el tiempo que había durado la lucha, lo
habían estrechamente rodeado, se lo impidieron. Un garrotazo en la cabeza lo aturdió; una puñada en la espalda lo
hizo tambalear; una pedrada en el pecho obligole a soltar el cuchillo y llevarse las manos a la herida. Sin embargo,
aún pudo reaccionar y abrirse paso a puñadas y puntapiés y llegar, batiéndose en retirada, hasta su casa. Pero la
turba, que lo seguía de cerca, penetró tras él en el momento en que el infeliz caía en los brazos de su madre. Diez
puñales se le hundieron en el cuerpo.
—¡No le hagan así, taitas, que el corazón me duele! —gritó la vieja Nastasia, mientras, salpicado el rostro de sangre,
caía de bruces, arrastrada por el desmadejado cuerpo de su hijo y por el choque de la feroz acometida. Entonces
desarrollose una escena horripilante, canibalesca. Los cuchillos, cansados de punzar, comenzaron a tajar, a partir, a
descuartizar. Mientras una mano arrancaba el corazón y otra los ojos, esta cortaba la lengua y aquella vaciaba el
vientre de la víctima. Y todo esto acompañado de gritos, risotadas, insultos e imprecaciones, coreados por los feroces
ladridos de los perros, que, a través de las piernas de los asesinos, daban grandes tarascadas al cadáver y
sumergían ansiosamente los puntiagudos hocicos en el charco sangriento.
—¡A arrastrarlo! —gritó una voz.
—¡A arrastrarlo! —respondieron cien más.
—¡A la quebrada con él!
—¡A la quebrada!
Inmediatamente se le anudó una soga al cuello y comenzó el arrastre. Primero, por el pueblo, para que, según los
yayas, todos vieran cómo se cumplía el ushanan-jampi; después, por la senda de los cactus.
Cuando los arrastradores llegaron al fondo de la quebrada, a las orillas del Chillán, solo quedaba de Conce Maille la
cabeza y un resto de espina dorsal. Lo demás quedose entre los cactus, las puntas de las rocas y las quijadas
insaciables de los perros.
Seis meses después, todavía podía verse sobre el dintel de la puerta de la abandonada y siniestra casa de los Maille,
unos colgajos secos, retorcidos, amarillentos, grasosos, a manera de guirnaldas: eran los intestinos de Conce Maille,
puestos allí por mandato de la justicia implacable de los yayas.