Revista de Economía Institucional
ISSN: 0124-5996
ISSN: 2346-2450
Universidad Externado de Colombia
Forster, E.M.
LA MÁQUINA SE DETIENE*
Revista de Economía Institucional, vol. 23, núm. 44, 2021, Enero-Junio, pp. 265-294
Universidad Externado de Colombia
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LA MÁQUINA SE DETIENE *
E.M. Forster
I
LA NAVE AÉREA
Imagine, si puede, un cuarto pequeño, de forma hexagonal, como la
celda de una abeja. No está iluminado por ventanas ni lámparas, pero
está lleno de un suave resplandor. No tiene aberturas de ventilación,
pero el aire es fresco. No hay instrumentos musicales, pero al momento
de empezar mi reflexión el cuarto vibraba con sonidos melodiosos.
Un sillón en el centro y a su lado un escritorio son todo el mobiliario.
Y sobre el sillón descansa un bulto envuelto; una mujer de poco más
de metro y medio de altura, con la cara pálida como un hongo. A ella
le pertenece aquel pequeño cuarto.
Sonó un timbre eléctrico.
La mujer oprimió un interruptor y la música cesó.
“Creo que debo ver quién es”, pensó, y puso su silla en movimien-
to. La silla, igual que la música, funcionaba con maquinaria y la hizo
rodar hasta el otro lado del cuarto, donde el timbre sonaba de manera
inoportuna.
“¿Quién es?”, preguntó con un tono de irritación, pues fue inte-
rrumpida varias veces desde que la música empezó. Conocía a varios
miles de personas; en algunos sentidos la interrelación humana había
avanzado notablemente.
* Publicado originalmente como The machine stops, Oxford and Cambridge
Review, 1909. Traducción de Alberto Supelano.
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Pero cuando escuchó la voz por el receptor, en su rostro pálido se
dibujó una sonrisa, y dijo:
“Muy bien. Hablemos. Me pondré en aislamiento. No espero
que ocurra nada importante en los próximos cinco minutos; porque
puedo darte cinco minutos completos, Kuno. Después debo dar mi
conferencia sobre “Música durante el periodo australiano”.
Presionó el botón de aislamiento, para que nadie más le pudiera
hablar. Luego oprimió el botón de iluminación, y el cuarto se sumió
en la oscuridad.
“Date prisa”, exclamó, de nuevo con irritación. “Date prisa Kuno,
aquí estoy a oscuras, perdiendo el tiempo”.
Pero pasaron quince segundos antes de que la placa redonda que
sostenía en sus manos comenzara a brillar. La placa centelleó con
una tenue luz azul, que se oscureció hasta tornarse púrpura, y pronto
pudo ver la imagen de su hijo, que vivía al otro lado de la tierra, y él
pudo verla.
“Kuno, qué lento eres”.
Él sonrió, con seriedad.
“Creo que en realidad disfrutas perdiendo el tiempo”.
“Te llamé antes, madre, pero siempre estabas ocupada o en aisla-
miento. Tengo algo particular que decirte”.
“¿Qué querías decirme, querido? Date prisa. ¿Por qué no pudiste
decírmelo por correo neumático?”
“Porque prefiero decir en persona estas cosas. Quiero…”
“¿Qué quieres?”
“Que vengas a verme”.
Vashti vio su rostro en la placa azul.
“¡Pero puedo verte!”, exclamó”. ¿Qué más quieres?”
“Quiero verte, no a través de la Máquina”, dijo Kuno. “Quiero
hablar contigo, no a través de esta Máquina fastidiosa”.
“¡Oh, calla!”, le dijo su madre, algo sobresaltada. “No debes decir
nada contra la Máquina”.
“¿Por qué no?”
“Porque no se debe”.
“Hablas como si un dios hubiera hecho la Máquina”, exclamó
Kuno.
“Creo que le rezas cuando eres infeliz. La construyeron los hu-
manos, no lo olvides. Grandes personas, pero tan solo humanas. La
Máquina es muchas cosas, pero no lo es todo. Veo una imagen tuya
en esta placa, pero no te veo a ti. Escucho una voz parecida a la tuya
en este teléfono, pero no te escucho a ti. Por eso quiero que vengas.
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Hazme una visita, para que podamos encontrarnos cara a cara y hablar
de mis anhelos”.
Ella contestó que era difícil sacar tiempo para una visita.
“La nave aérea tarda apenas dos días desde donde tú estás”.
“No me gustan las naves aéreas”.
“¿Por qué?”
“Me disgusta ver la horrible tierra marrón, el mar y las estrellas
cuando está oscuro. No tengo ideas en una nave aérea”.
“Yo no las tengo en ninguna otra parte”.
“¿Qué tipo de ideas te puede inspirar el cielo?”
Él vaciló un instante.
“¿No conoces esas cuatro grandes estrellas que forman un cua-
drilátero, con tres estrellas muy juntas en medio del cuadrilátero, y
colgando de ellas otras tres estrellas?”
“No, no las conozco. Me disgustan las estrellas. ¿Pero te inspiraron
una idea? Qué interesante; dímela”.
“Se me ocurrió que parecían un hombre”.
“No entiendo”.
“Las cuatro estrellas grandes son los hombros y las rodillas. Las
tres estrellas del medio son como los cinturones que antes usaban los
hombres, y las tres estrellas colgantes son como una espada”.
“¿Una espada?”
“Los hombres portaban espadas, para matar animales y a otros
hombres”.
“No me parece una idea muy buena, pero es sin duda original.
¿Cuándo se te ocurrió?”
“En la nave aérea…”. Kuno calló, y ella pensó que él estaba triste.
No podía estar segura, pues la Máquina no transmitía los matices
de la expresión. Solo daba una idea general de las personas; una
idea suficientemente buena para todo fin práctico, pensó Vashti. La
Máquina ignoraba apropiadamente el brillo imponderable que, se-
gún una filosofía desacreditada, era la esencia real de la interacción
humana, así como los fabricantes de frutas artificiales ignoraban el
brillo imponderable de la uva. Desde hacía mucho tiempo nuestra
especie juzgaba aceptable lo “suficientemente bueno”.
“La verdad” –continuó él– “es que quiero volver a ver esas estrellas.
Son estrellas curiosas. No quiero verlas desde la nave aérea, sino desde
la superficie de la tierra, como hacían nuestros antepasados hace miles
de años. Quiero ir a la superficie de la tierra”.
Ella volvió a sobresaltarse.
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“Madre, debes venir, así solo sea para que me expliques el peligro
de ir a la superficie de la tierra”.
“No es peligroso”, le respondió, controlándose. “Pero no es prove-
choso. La superficie de la tierra es solo polvo y lodo, no es benéfica.
La superficie de la tierra es solo polvo y lodo; no hay vida allí, y ne-
cesitarías un respirador, o el frío del ambiente exterior te mataría. En
el ambiente exterior se muere de inmediato”.
“Lo sé; tomaré todas las precauciones, por supuesto”.
“Y además…”
“¿Qué?”
Ella reflexionó un momento, y eligió sus palabras con cuidado.
Su hijo tenía un temperamento extraño, y ella quería disuadirlo de
la expedición.
“Es contrario al espíritu de la época”, afirmó.
“¿Con eso quieres decir contrario a la Máquina?”
“En cierto sentido, pero…”
La imagen de Kuno en la placa azul se desvaneció.
“¡Kuno!”
Él se había puesto en aislamiento.
Vashti se sintió sola por un momento.
Luego encendió la luz, y la vista de su cuarto, lleno de resplan-
dor y tachonado de botones eléctricos, la reanimó. Había botones e
interruptores por todos lados; para pedir comida, música y ropa. Un
botón para el baño caliente, que al oprimirse hacía salir del suelo una
bañera de mármol rosado (de imitación), llena hasta el borde con
un líquido tibio sin olor. Un botón para el baño frío. Un botón para
la literatura. Y, por supuesto, los botones para comunicarse con los
amigos. Aunque el cuarto no contenía nada, estaba en contacto con
todo lo que a ella le importaba en el mundo.
El siguiente paso de Vashti fue apagar el interruptor de aisla-
miento, y le llegaron todos los mensajes acumulados en los últimos
tres minutos. El cuarto se llenó con el ruido de los timbres y tubos
de conversación. ¿Cómo estuvo la nueva comida? ¿Podrías recomen-
darla? ¿Tuviste alguna idea últimamente? ¿Alguien le había contado
sus ideas? ¿Harías el compromiso de visitar las guarderías públicas
en una fecha cercana, quizá este mes?
Respondió con irritación a la mayoría de las preguntas, una acti-
tud cada vez más común en esa época acelerada. Dijo que la nueva
comida era horrible. Que no podía visitar las guarderías públicas
porque tenía demasiados compromisos. Que no tenía ideas propias,
pero que acababan de decirle que cuatro estrellas y tres en el medio
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parecían un hombre; dudaba que esa idea tuviera algún valor. Luego
desconectó a sus interlocutores, pues era hora de dar su conferencia
sobre música australiana.
El burdo sistema de reuniones públicas se había abandonado
hacía mucho tiempo; ni Vashti ni su audiencia salían de sus cuartos.
Ella hablaba sentada en su sillón, mientras que ellos la escuchaban
suficientemente bien desde sus sillones, y la veían suficientemente
bien. Comenzó con un comentario humorístico sobre la música en
tiempos pre mongoles, luego describió el gran estallido de la canción
que siguió a la conquista china. Por remotos y primitivos que fueran
los métodos de I-San-So y de la escuela de Brisbane, ella pensaba
(así dijo) que su estudio podía beneficiar a los músicos de hoy: tenían
frescura y, sobre todo, ideas. Su conferencia, que duró diez minutos,
fue bien recibida, y al finalizarla, ella y muchos integrantes de su
audiencia escucharon una conferencia sobre el mar; había ideas que
el mar podía inspirar; el conferencista consiguió un respirador y la
había visitado hacía poco. Ella luego comió, habló con varios amigos,
se bañó, conversó otra vez y pidió su cama.
La cama no le gustaba. Era muy grande, y anhelaba una cama
pequeña. Era inútil quejarse, las camas eran del mismo tamaño en
todo el mundo y fabricar un tamaño distinto implicaría grandes alte-
raciones en la Máquina. Vashti se puso en aislamiento –era necesario,
porque bajo tierra no existían ni el día ni la noche– y repasó todo lo
que había sucedido desde la última vez que había pedido la cama.
¿Ideas? Apenas alguna. Sucesos. ¿Era la invitación de Kuno un suceso?
A su lado, sobre el pequeño escritorio, había una reminiscencia
de la edad de la basura; un libro: el Libro de la Máquina. Contenía
instrucciones contra toda posible contingencia. Si sentía frío o ca-
lor o tenía dispepsia o no recordaba una palabra recurría al Libro, y
este le decía qué botón oprimir. Lo publicó el Comité Central y, de
acuerdo con un hábito cada vez más extendido, estaba lujosamente
encuadernado.
Se sentó en la cama, y lo tomó en sus manos con reverencia. Miró
en torno al cuarto resplandeciente como si alguien la observara. Luego,
medio avergonzada y medio alegre, murmuró: “¡Oh, Máquina!”, y se
llevó el volumen a los labios. Tres veces lo besó, tres veces inclinó su
cabeza, tres veces sintió el delirio de sumisión. Terminado el ritual,
pasó a la página 1367, que daba la hora de salida de las naves aéreas
desde la isla del hemisferio sur, debajo de la cual vivía, a la isla del
hemisferio norte, bajo la que vivía su hijo.
“No tengo tiempo”, pensó.
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Hizo oscurecer el cuarto y durmió; se despertó e hizo iluminar el
cuarto, comió e intercambió ideas con sus amigos, escuchó música y
algunas conferencias; hacía oscurecer el cuarto y dormía. Sobre ella,
debajo de ella y alrededor de ella, la Máquina zumbaba eternamente;
no notaba el ruido, porque nació con él en sus oídos. La tierra la trans-
portaba y zumbaba como si se acelerara en el silencio, ora llevándola
hacia el sol invisible, ora hacia las estrellas invisibles. Se despertó e
hizo iluminar el cuarto.
“¡Kuno!”
“No hablaré contigo”, respondió él, “hasta que vengas”.
“¿Estuviste en la superficie de la tierra desde la última vez que
hablamos?”
Su imagen se desvaneció.
Ella volvió a consultar el Libro. Se puso nerviosa y se recostó en
la silla palpitando. Imagínela sin dientes ni cabello. Luego dirigió la
silla hacia la pared y oprimió un botón que le era poco familiar. La
pared se deslizó lentamente. A través de la abertura vio un túnel que
se curvaba ligeramente, de modo que no se podía ver el final. Si fuese
a ver a su hijo, este sería el comienzo del viaje.
Ella sabía todo sobre el sistema de comunicación, por supuesto.
No tenía nada misterioso. Pediría un carro y la llevaría volando por
el túnel hasta el ascensor que se comunicaba con la estación de naves
aéreas: este sistema había estado en uso durante muchos, muchos
años, mucho antes del establecimiento universal de la Máquina. Y,
por supuesto, había estudiado la civilización precedente; la civilización
que confundió las funciones del sistema y lo usó para llevar personas
a las cosas, en vez de llevar cosas a las personas. Esos extraños días
antiguos, cuando la gente iba a cambiar de aire, ¡en vez de cambiar el
aire de sus cuartos! Y, sin embargo, le tenía miedo al túnel: no lo veía
desde el nacimiento de su último hijo. Se curvaba, pero no tal como
recordaba; era brillante, pero no tanto como sugirió un conferencista.
Vashti fue asediada por los terrores de la experiencia directa. Volvió
al cuarto, y la pared volvió a cerrarse.
“Kuno”, dijo ella, “no puedo ir a verte. No me siento bien”.
De inmediato un aparato enorme cayó sobre ella desde el techo y
puso automáticamente un termómetro sobre su corazón. Ella yacía
impotente. Unas compresas frías calmaron su fiebre. Kuno había
telegrafiado a su médico.
De modo que las pasiones humanas aún se agitaban alocadamente
en la Máquina. Vashti tomó la medicina que el médico le puso en la
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boca, y la Máquina volvió al techo. Se escuchó la voz de Kuno pre-
guntando cómo se sentía.
“Mejor”. Luego, con irritación: “¿Pero por qué, en cambio, no
vienes tú?”
“Porque no puedo dejar este lugar”.
“¿Por qué?”
“Porque en cualquier momento puede ocurrir algo terrible”.
“¿Ya estuviste en la superficie de la tierra?”
“Aún no”.
“¿Qué es, entonces?”
“No te lo diré a través de la Máquina”.
Ella reanudó su vida.
Pero no podía dejar de pensar en Kuno cuando era bebé, en su
nacimiento, en su traslado a las guarderías públicas, en la visita que
ella le hizo allí, en las visitas que él le hizo; visitas que cesaron cuando
la Máquina le asignó un cuarto al otro lado de la tierra. “Las obli-
gaciones de los padres”, decía el Libro de la Máquina, “terminan en
el momento del nacimiento. P.422327483”. Cierto, pero había algo
especial en Kuno –de hecho, había algo especial en todos sus hijos– y
después de todo, ella debía afrontar el viaje si él lo deseaba. Y ¿qué
significaba “puede ocurrir algo terrible”? Disparates de un joven, sin
duda, pero aun así debía ir. De nuevo oprimió el botón poco familiar,
la pared se volvió a deslizar y ella vio el túnel que se curvaba más
allá de la vista. Aferrándose al Libro, se levantó, trastabilló por la
plataforma y pidió un carro. El cuarto se cerró detrás de ella: el viaje
al hemisferio norte comenzó.
Fue muy fácil, por supuesto. El carro llegó y en él encontró sillo-
nes iguales al suyo. Cuando se le indicó, el carro se detuvo, y ella se
dirigió tambaleando hacia el ascensor, en el que había otro pasajero,
el primer compañero que veía cara a cara en meses. Pocas personas
viajaban en esos días, porque gracias al avance de la ciencia la tierra
era exactamente igual en todas partes. La rápida intercomunicación,
de la que la civilización anterior tanto esperaba, terminó por derrotarse
a sí misma. ¿De qué servía ir a Pekín cuando era igual a Shrewsbury?
¿Por qué regresar a Shrewsbury cuando todo sería igual a Pekín? Las
personas rara vez movían su cuerpo: toda la agitación se concentraba
en el alma.
El servicio de naves aéreas era una reliquia de una época anterior.
Se mantuvo activo, porque era más fácil conservarlo que limitarlo o
desmantelarlo, pero ahora superaba las necesidades de la población.
Nave tras nave salían de los corredores de Rye o de Christchurch
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(utilizó los nombres antiguos), levantaban vuelo hacia el cielo conges-
tionado y se dirigían a los muelles del sur, vacías. Tan bien funcionaba
el sistema, era tan independiente del estado meteorológico, que el
cielo, despejado o nublado, parecía un vasto caleidoscopio donde se
repetían una y otra vez los mismos patrones. La nave en la que Vashti
viajó partía a veces al atardecer y otras al amanecer. Pero siempre,
mientras pasaba sobre Rheas, volaba al lado de la nave que operaba
entre Helsingfors y los Brasiles, y, cada tercera vez que sobrevolaba
los Alpes, la flota de Palermo cruzaba detrás de ella. Día y noche,
vientos y tormentas, mareas y terremotos ya no eran obstáculos para la
humanidad, que había domado al Leviatán. Toda la literatura antigua,
con su culto a la naturaleza y su temor a la naturaleza, sonaba falsa,
como el balbuceo de un niño.
Pero cuando Vashti vio el largo costado de la nave, manchado por
la exposición al ambiente exterior, volvió a sentir el horror a la expe-
riencia directa. No se veía como la nave aérea del foto- cine. Por un
lado tenía olor, ni fuerte ni desagradable, pero sí olía, y con sus ojos
cerrados debería haber sabido que cerca de ella había algo novedoso.
Luego tuvo que caminar del ascensor a la nave, y someterse a las
miradas de los demás pasajeros. El hombre de enfrente dejó caer su
Libro; nada grave, pero los inquietó a todos. Si el Libro caía en los
cuartos, el piso lo elevaba mecánicamente, pero el pasadizo que llevaba
a la nave aérea no estaba preparado para eso, y el sagrado volumen
permaneció inmóvil. Se detuvieron –era algo imprevisto– y el hom-
bre, en vez de recoger lo que era suyo, se tocó los músculos del brazo
para ver porqué le habían fallado. Luego alguien dijo, dirigiéndose
directamente a ellos: “llegaremos tarde”, y se apresuraron a abordar;
Vashti pisó las páginas mientras corría.
En el interior, su ansiedad aumentó. La decoración era anticuada
y rústica. Incluso había una azafata a quien se debían comunicar las
necesidades durante el viaje. Por supuesto, una plataforma móvil
cruzaba a lo largo de la nave, pero se esperaba que Vashti caminara
desde allí hasta su cabina. Algunas cabinas eran mejores que otras, y
no obtuvo la mejor. Pensó que la azafata fue injusta, y su cuerpo se
estremeció de ira. La compuerta de cristal se cerró, y no hubo vuelta
atrás. Al final del pasillo vio el ascensor en que ascendió, que subía y
bajaba en silencio y vacío. Debajo de los corredores de paneles brillan-
tes había cuartos, capa tras capa, hundiéndose en las profundidades
de la tierra, y en cada cuarto había un ser humano sentado, comiendo,
durmiendo o produciendo ideas. Y enterrado en lo profundo de la
colmena estaba su cuarto. Vashti sintió miedo.
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“¡Oh, Máquina!”, murmuró, y se tranquilizó acariciando su Libro.
Después, las paredes del pasillo parecieron fundirse, así como las
imágenes que vemos en sueños, el ascensor desapareció, y el Libro que
había caído se deslizó hacia la izquierda y se desvaneció, las baldosas
pulidas corrieron por el suelo como un torrente de agua; hubo una
leve inclinación y la nave aérea, surgiendo del túnel, se remontó sobre
las aguas del océano tropical.
Era de noche. Por un momento pudo ver la costa de Sumatra
delineada por la fosforescencia de las olas y poblada de faros que aún
emitían destellos de luz que nadie atendía. Los faros se esfumaron, y
solo la distrajeron las estrellas. No estaban inmóviles, sino que iban
de un lado a otro sobre su cabeza, amontonándose de una claraboya
a otra, como si se estuviera moviendo el universo, y no la nave aérea.
Y, como suele ocurrir en las noches despejadas, ahora parecían estar
en perspectiva y ahora en un plano; ahora apiladas capa sobre capa en
el cielo infinito, ahora ocultando el infinito, un techo que limita para
siempre la visión humana. En todo caso era una visión insoportable.
“¿Debemos viajar en la oscuridad?”, exclamaron los pasajeros con eno-
jo, y la azafata, que se había descuidado, encendió las luces y cerró las
persianas de metal flexible. Cuando se construyeron las naves aéreas,
aún persistía en el mundo el deseo de ver las cosas directamente. De
ahí, el elevado número de claraboyas y ventanas, para gran incomo-
didad de quienes eran civilizados y refinados. En la cabina de Vashti
incluso se asomaba una estrella a través de un defecto de la persiana,
y después de unas horas de sueño difícil, fue perturbada por un brillo
poco familiar; el del amanecer.
A medida que la nave se desplazaba hacia el oeste, la tierra giraba
hacia el este con más rapidez y arrastraba a Vashti y sus compañeros
hacia el sol. La ciencia podía prolongar la noche, pero solo un poco,
y se abandonaron las nobles esperanzas de neutralizar la rotación
diurna de la tierra, junto con otras esperanzas quizá más elevadas.
“Mantener el paso del sol”, e incluso superarlo, fue el objetivo de la
civilización anterior. Con ese fin se construyeron aeroplanos de ca-
rreras, que podían volar a gran velocidad guiados por los más grandes
intelectos de la época. Giraban alrededor del globo, vuelta tras vuelta,
hacia el este, siempre hacia el este, en medio de los aplausos de toda la
humanidad. En vano. La tierra siempre giraba hacia el este con más
rapidez; ocurrieron terribles accidentes, y el comité de la Máquina,
que en ese momento adquiría fama, declaró ilegal esa actividad no
mecánica, y que se castigaría con el Desamparo.
Se hablará del Desamparo más adelante.
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Es indudable que el comité tenía razón. Pero el intento de “derrotar
al sol” fue el último interés común de la humanidad con respecto a
los cuerpos celestes y, de hecho, con respecto a cualquier otra cosa.
Fue la última vez que se congregó para pensar en un poder fuera de
este mundo. El sol triunfó, pero fue el fin de su dominio espiritual.
El amanecer, el mediodía, el crepúsculo, el camino del zodiaco, ya no
tocaban la vida ni el corazón de las personas, y la ciencia se retiró a
tierra firme para concentrarse en problemas de los que estaba segura
que podía resolver.
De modo que cuando Vashti vio su cabina inundada por un rayo
de luz rosada, se molestó e intentó ajustar la persiana. Pero esta se
elevó por completo, y a través de la claraboya vio pequeñas nubes
rosadas se movían sobre un fondo azul, y a medida que el sol ascendía
su brillo entraba directamente, desbordándose por la pared como un
mar dorado. La luz solar ascendía y descendía con el movimiento de
la nave aérea, así como las olas ascienden y descienden, pero avanzaba
firmemente, como avanza la marea. Si no tenía cuidado, la luz le caería
en la cara. La sacudió un espasmo de terror y llamó a la azafata. La
azafata también estaba aterrorizada, pero no podía hacer nada; su
función no era arreglar la persiana. Solo podía sugerir que la dama
cambiara de cabina, y ella se preparó para ese cambio.
Las personas eran casi idénticas en todo el mundo, pero la azafata,
quizás debido a sus tareas excepcionales, se había alejado un poco de
lo común. A menudo se debía dirigir a los pasajeros en forma directa,
y esto le había dado cierta brusquedad y originalidad a sus modales.
Cuando Vashti se apartó rápidamente de los rayos del sol con un grito,
la azafata tuvo un gesto de barbarie; extendió su mano para sostenerla.
“¡Cómo se atreve!”, exclamó la pasajera. “¡Guarde la distancia!”
La mujer quedó confundida, y se disculpó por no haberla dejado
caer. La gente no se tocaba entre sí. Esa costumbre se volvió obsoleta
a causa de la Máquina.
“¿Dónde estamos ahora?” preguntó despectivamente Vashti.
“Sobre Asia”, contestó la azafata, esforzándose por ser cortés.
“¿Asia?”
“Disculpe mi forma común de hablar. Me habitué a llamar por sus
nombres no mecánicos a los lugares por los que paso”.
“¡Oh, recuerdo!, Asia. Los mongoles vinieron de allí”.
“Debajo de nosotros, al aire libre, había una ciudad que un vez se
llamó Simla”. “¿Escuchó hablar de los mongoles y de la escuela de
Brisbane?”
“No”.
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“Brisbane también estaba al aire libre”.
“Esas montañas a la derecha; déjeme mostrárselas”. Levantó la
persiana metálica y la cadena principal del Himalaya quedó a la vista.
“A esas montañas una vez se las llamó el “Techo del Mundo”.
“Debe recordar que, antes de los albores de la civilización, parecían
una pared impenetrable que tocaba las estrellas. Se suponía que nadie
excepto los dioses podía vivir en sus cumbres. ¡Como avanzamos
gracias a la Máquina!”
“¡Como avanzamos gracias a la Máquina!”, dijo Vashti.
“¡Como avanzamos gracias a la Máquina!”, hizo eco el pasajero que
dejó caer su Libro la noche anterior, y que estaba de pie en el pasillo.
“¿Y esa sustancia blanca en las grietas?, ¿qué es?”
“Olvidé su nombre”.
“Cubra la ventana, por favor. Esas montañas no me inspiran nin-
guna idea”.
La cara norte de los Himalaya estaba cubierta por una profunda
sombra: en la ladera de la India el sol acababa de despuntar. Los
bosques fueron destruidos en la época literaria para hacer pulpa de
papel periódico, pero la nieve estaba despertando a su gloria matinal
y aún se podían ver las nubes sobre las faldas del Kanchenjunga. En
la llanura se veían ruinas de ciudades, con ríos casi secos que cruzaban
sus muros, y en sus costados a veces había señales de corredores, que
indicaban las ciudades de hoy en día. En la perspectiva de conjunto,
las naves aéreas volaban, cruzando el espacio con aplomo increíble,
y se elevaban con despreocupación cuando querían evitar las pertur-
baciones de la atmósfera inferior y atravesar el “Techo del Mundo”.
“¡Realmente hemos avanzado gracias a la Máquina!”, dijo la azafata
y ocultó los Himalaya detrás de la persiana metálica.
El día transcurrió tristemente. Los pasajeros permanecían en sus
cabinas, evitando a los demás con una repulsión casi física y anhelando
estar de nuevo bajo la superficie de la tierra. Había unos ocho o diez,
principalmente hombres jóvenes, enviados de las guarderías públicas
para que ocuparan los cuartos de quienes habían muerto en otras par-
tes de la tierra. El hombre que dejó caer el Libro viajaba de regreso a
casa. Había sido enviado a Sumatra con el propósito de propagar la
especie. Vashti era la única que viajaba por voluntad propia.
Al mediodía volvió a mirar la tierra. La nave aérea cruzaba otra
cadena montañosa, pero no pudo ver mucho debido a las nubes. Por
debajo, parecían flotar masas de roca negra que se mezclaban indis-
tintamente con color grisáceo. Sus formas eran fantásticas; una de
ellas parecía un hombre postrado.
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“Eso no me inspira ninguna idea”, murmuró Vashti, y ocultó el
Cáucaso detrás de la persiana metálica.
En la tarde volvió a mirar. Cruzaban un mar dorado, en el que
había muchas islas pequeñas y una península. Ella volvió a pensar:
“Aquí no hay ideas”, y ocultó a Grecia detrás de la persiana metálica.
II
EL APARATO REPARADOR
Después de pasar por un pasillo, un ascensor, una vía férrea tubular,
una plataforma y una puerta corrediza, en un camino inverso al de su
partida, Vashti llegó al cuarto de su hijo, que era exactamente igual
al suyo. Bien podía decir que la visita era superflua. Los botones,
las perillas, el escritorio y el Libro, la temperatura, la atmósfera, la
iluminación, todo era exactamente igual. Y aunque el mismo Kuno,
carne de su carne, estaba al fin a su lado, ¿cuál era el beneficio? Ella
estaba muy bien educada para darle la mano.
Desviando la mirada, le habló así:
“Aquí estoy. Tuve un viaje terrible que ha retrasado mucho el de-
sarrollo de mi alma. No tiene sentido, Kuno. Mi tiempo es demasiado
valioso. Quedé casi expuesta a la luz solar, y me encontré con la gente
más grosera. Solo puedo quedarme unos minutos. Di lo que quieres
decir, pues debo volver.
“Fui amenazado con el Desamparo”, dijo Kuno.
Entonces lo miró directamente.
“Fui amenazado con el Desamparo y no podía decírtelo a través
de la Máquina”.
El Desamparo significa la muerte. La víctima es expuesta al am-
biente exterior, y muere.
“Estuve fuera desde la última vez que hablamos. El hecho terrible
ocurrió y me descubrieron”.
“¿Pero por qué no deberías salir?”, exclamó ella, “Es perfectamente
legal, perfectamente mecánico, visitar la superficie de la tierra. Hace
poco oí una conferencia sobre el mar; no hay objeción a eso; uno
simplemente pide un respirador y obtiene un permiso de salida. No
es el tipo de cosas que hacen las personas con mentalidad espiritual,
y te supliqué que no lo hicieras, pero no hay ninguna objeción legal”.
“No pedí permiso de salida”.
“¿Entonces cómo saliste?”
“Encontré mi propio camino”.
La frase no tenía sentido para ella, y él tuvo que repetirla.
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“¿Un camino propio?”, murmuró. “Pero eso estaría mal”.
“¿Por qué?”
La pregunta la conmocionó profundamente.
“Estás empezando a adorar a la Máquina”, dijo él con frialdad.
“Piensas que es irreligioso haber encontrado mi propio camino.
Fue justamente lo que el Comité pensó cuando me amenazó con el
Desamparo”.
Al escuchar esto se enfureció. “¡No adoro nada!”, exclamó. “Soy
muy avanzada. No creo que carezcas de religión, porque ya no hay
religión. Todo el miedo y la superstición que una vez existieron fueron
suprimidos por la Máquina. Solo quise decir que encontrar un camino
propio era… Además, no hay una nueva salida”.
“Eso es lo que siempre se pensó”.
“Es imposible salir, salvo a través de los corredores, para lo cual se
debe tener un permiso de salida. El Libro así lo dice”.
“Bueno, entonces el Libro está equivocado, porque salí por mis
propios medios”.
Kuno poseía cierta fortaleza física.
En esos días era un demérito ser musculoso. Cada bebé se exami-
naba al nacer, y todos los que mostraban señales de fortaleza indebida
eran sacrificados. Los humanitarios podían protestar, pero no habría
sido bondadoso dejar vivo a un atleta; nunca habría sido feliz en las
condiciones de vida que la Máquina le exigía, habría anhelado árboles
para trepar, ríos para bañarse, prados y colinas para probar su destreza
corporal. El ser humano se debe adaptar a su entorno, ¿no es así? En
los albores del mundo los débiles eran ejecutados en el monte Taige-
to, en su ocaso los fuertes sufrirán la eutanasia para que la Máquina
pueda progresar, para que la Máquina pueda progresar eternamente.
“Sabes que perdimos el sentido del espacio. Decimos “el espacio
fue aniquilado”, pero no aniquilamos el espacio, sino su sentido. Per-
dimos una parte de nosotros mismos y decidí recuperarla. Empecé
caminando arriba y abajo por la plataforma del tren que está fuera
de mi cuarto. Arriba y abajo, hasta que me cansé, y así recuperé el
significado de “Cerca” y de “Lejos”. “Cerca” es un lugar al que puedo
llegar rápidamente a pie y no un lugar al que el tren o la nave aérea
me llevan rápidamente. “Lejos” es un lugar al que no puedo llegar
rápidamente a pie; el corredor está “lejos”, aunque puedo llegar allí
en treinta y ocho segundos pidiendo el tren. El hombre es la medida.
Esa fue mi primera lección. Sus pies son la medida de la distancia,
sus manos la medida de lo que posee y su cuerpo la medida de todo
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lo que es amable, deseable y sólido. Luego fui más allá: fue entonces
cuando te llamé por primera vez, y no quisiste venir”.
“Como sabes, esta ciudad está construida en las profundidades de
la tierra, y en la superficie solo sobresalen los corredores. Después de
pasear por la plataforma fuera de mi cuarto, tomé el ascensor hacia la
plataforma siguiente, por la que también paseé, y así cada vez, hasta
que llegué a la más alta, sobre la cual comienza la tierra. Todas esas
plataformas eran exactamente iguales, y lo que obtuve al visitarlas
fue desarrollar mi sentido del espacio y mis músculos. Debería haber
quedado satisfecho con eso –no es poca cosa–, pero mientras caminaba
y cavilaba se me ocurrió que nuestras ciudades fueron construidas en
tiempos en que las personas aún respiraban la atmósfera exterior, y
que debían existir ductos de ventilación para los trabajadores. Solo
podía pensar en esos ductos de ventilación. ¿Fueron destruidos por
los tubos de comida, los tubos de medicina y los tubos de música que
la Máquina construyó después? ¿O quedaron algunos rastros? Una
cosa era segura, si los encontraba en algún lugar, sería en los túneles
de ferrocarril de los pisos superiores. En los demás lugares, todo el
espacio estaba controlado”.
”Estoy contando mi historia rápidamente, pero no pienses que
no fui cobarde o que tus respuestas nunca me deprimieron. No es
correcto, no es mecánico, no es decente caminar por los túneles del
tren. No temía pisar un riel eléctrico y morir. Temía algo mucho más
intangible, hacer lo que la Máquina no había contemplado. Entonces
me dije a mí mismo: “El hombre es la medida”, y proseguí, y luego
de varias visitas encontré una hendidura”.
“Los túneles estaban iluminados, por supuesto; todo es luz, luz
artificial; la oscuridad es la excepción. De modo que cuando vi una
rendija oscura en las baldosas, supe que era una excepción y me alegré.
Introduje el brazo – al principio no pude introducir más–, y lo agité
de un lado a otro en éxtasis. Aflojé otra baldosa, introduje la cabeza
y grité en la oscuridad: “Estoy llegando, lo conseguiré”, y mi voz re-
tumbó por los pasillos interminables. Creí oír que los espíritus de los
trabajadores muertos que retornaban cada día a la luz de las estrellas,
con sus esposas, y de todas las generaciones que habían vivido al aire
libre me respondían: “Lo vas a conseguir, ya estás llegando”.
Hizo una pausa, y, por absurdo que fuera, sus últimas palabras la
conmovieron.
Porque Kuno había pedido autorización para ser padre, y su soli-
citud había sido rechazada por el Comité. No era el tipo de persona
que la Máquina deseara perpetuar.
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“Después pasó un tren. Me pasó rozando, pero pude introducir
la cabeza y los brazos en el agujero. Había hecho suficiente por un
día, así que me arrastré de vuelta a la plataforma, bajé por el ascensor
y pedía la cama. ¡Ah, qué sueños! Te llamé otra vez, y de nuevo te
negaste a venir”.
Ella sacudió la cabeza y dijo:
“No, no digas esas cosas terribles. Me haces sentir miserable. Estás
echando la civilización a la basura”.
“Pero recuperé el sentido del espacio, y ya no se puede descansar
después. Decidí meterme en el agujero y escalar por el ducto. Para
eso ejercité mis brazos. Día tras día hice ejercicios ridículos, hasta que
me dolió la carne, y logré colgarme de las manos y sostener extendi-
da durante varios minutos la almohada de mi cama. Luego pedí un
respirador y me puse en marcha”.
“Al principio fue fácil. El mortero se había podrido, y pronto pude
empujar unas baldosas más y trepar tras ellas hacia la oscuridad;
los espíritus de los muertos me consolaban. No sé qué quiero decir
con eso. Solo digo que lo sentí. Por vez primera sentí que se alzaba
una protesta contra la corrupción, y que mientras los muertos me
consolaban yo consolaba a quienes aún no habían nacido. Sentí que
la humanidad existía, y que no necesitaba ropa. ¿Cómo explicarlo?
Que la humanidad estaba desnuda, que vivía en la desnudez, y que
todos esos tubos, botones y maquinarias no llegaron al mundo con
nosotros, que no nos seguirán y que no son de suma importancia
mientras estemos aquí. Si hubiera sido fuerte, me habría arrancado
todas las prendas y habría salido al exterior desnudo. Pero esto no es
para mí, ni quizá para mi generación. ¡Ascendí con mi respirador, mi
ropa desinfectada y mis pastillas dietéticas! ¡Mejor así que no salir!
“Había una escalera, hecha de un metal primitivo. La luz del túnel
se reflejaba en los peldaños más bajos y vi que llevaba hacia arriba,
sobre los escombros del fondo del pozo. Es posible que nuestros
ancestros subieran y bajaran por ellos una docena de veces al día,
durante la construcción. A medida que ascendía, los bordes filosos
atravesaban mis guantes y mis manos sangraban. La luz me ayudó un
poco, luego llegó la oscuridad y, peor aún, el silencio que traspasaba
mis oídos como una espada. ¡La Máquina zumba! ¿Sabías eso? Su
zumbido penetra en nuestra sangre, e incluso puede guiar nuestros
pensamientos. ¡Quién sabe! Me estaba alejando de su control. En-
tonces pensé: “¡Este silencio significa que estoy obrando mal!” Pero
oí voces en el silencio, y de nuevo me fortalecieron”. Kuno se rió. “Las
necesitaba. Un momento después me golpeé cabeza con una cosa”.
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Vashti suspiró.
“Era una de esas tapas neumáticas que nos protegen de la atmós-
fera exterior. Puede que las hayas visto desde la nave aérea. Negra
oscuridad, mis pies sobre los peldaños de una escalera invisible, mis
manos cortadas; no puedo explicar cómo logré superar esa parte, pero
las voces me animaban”, y tanteé para ver si encontraba algún cierre.
Supongo que la tapa tenía ocho pies de ancho. Deslicé la mano tan
lejos como pude. Era totalmente liso. Llegué casi al centro, no exac-
tamente al centro porque mi brazo es muy corto. Entonces la voz
dijo: “¡Salta! Vale la pena. Puede que haya una manija en el centro y
que puedas agarrarla y llegar a nosotros por tus propios medios. Y si
no hay manija alguna, y caes y te haces pedazos, vale la pena: aun así
vendrás a nosotros a tu manera”. Entonces salté. Había una manija y…”
Kuno hizo una pausa. Los ojos de Vashti se llenaron de lágrimas.
Sabía que su hijo estaba condenado. No había muerto, pero pronto
moriría. No había lugar en el mundo para una persona como él. Y a la
piedad se unió el enojo. Sentía vergüenza por haber dado a luz un hijo
así; ella, que siempre había sido tan respetable y tan llena de ideas. ¿Era
realmente el niño al que le había enseñó a usar sus botones y palancas,
a quien le había dado las primeras lecciones sobre el Libro? El vello
que desfiguraba sus labios mostraba que estaba retrocediendo a un
estado salvaje. La Máquina no puede tener piedad con los atavismos.
“Había una manija, y la agarré. Quedé colgado en el vacío oscuro
y escuché el zumbido de la Máquina como si fuese el último susurro
en un sueño agonizante. Todas las cosas que me habían importado
y todas las personas con las que había hablado a través de los tubos
parecían infinitamente pequeñas. Entre tanto, la manija giró. Mi peso
puso algo en movimiento y me levantó con lentitud; luego…
No puedo describirlo. Estaba acostado de cara al sol. Brotaba
sangre de mi nariz y mis oídos y escuché un rugido tremendo. La
tapa, conmigo aferrado a ella, salió despedida de la tierra, y el aire que
fabricamos aquí escapó por el agujero hacia el aire superior. Brotó
como una fuente. Me arrastré de regreso, porque el aire exterior hace
daño, y, por decirlo así, tomé aire a bocanadas desde el borde. Mi
respirador voló, Dios sabe a dónde, mi ropa estaba desgarrada. Me
recosté con los labios cerca del agujero, y tomé aire hasta que la sangre
se detuvo. No puedes imaginar nada más extraño. Esa hondonada
cubierta de yerba –hablaré de ella en un momento– alumbrado por
el sol, no con un brillo intenso, sino a través de nubes jaspeadas; la
paz, la indiferencia, el sentido del espacio y, rozando mis mejillas, ¡la
fuente rugiente de aire artificial! Pronto divisé mi respirador, subiendo
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y bajando en la corriente muy por encima de mi cabeza, y aún más
arriba había muchas naves aéreas. Pero nadie mira hacia abajo desde
las naves aéreas, y en todo caso no podían haberme recogido. Ahí
estaba, varado. El sol alumbraba un poco el interior del pozo y dejaba
ver el peldaño más alto de la escalera, pero era imposible alcanzarlo.
Podía ser arrojado nuevamente por el escape o caer al vacío y morir.
Solo podía recostarme en la yerba, tomando aire una y otra vez, y
mirando a mi alrededor de vez en cuando”.
“Yo sabía que estaba en Wessex, porque tuve el cuidado de oír
una conferencia sobre el tema antes de comenzar mi exploración.
Wessex está encima del cuarto en que estamos hablando ahora. Una
vez fue un estado importante. Sus reyes dominaban toda la costa sur,
de Andredswald a Cornwall, mientras que el terraplén Wandsdyke
los protegía en el norte, extendiéndose sobre el terreno elevado. Al
conferencista solo le interesaba el surgimiento de Wessex, así que
no sé cuánto tiempo se mantuvo como potencia internacional, y ese
conocimiento no me habría sido de ninguna ayuda. A decir verdad,
en esa parte no podía hacer más que reír. Allí estaba yo, con una tapa
neumática a mi lado y un respirador flotando sobre mi cabeza, los
tres aprisionados, en una hondonada cubierta de yerba y bordeada
de helechos”.
Su rostro se ensombreció nuevamente.
“Por fortuna para mí era una hondonada, y el aire comenzó a caer
de nuevo en ella y a llenarla así como el agua llena un tazón. Podía
gatear por el lugar. Luego me puse de pie. Cada vez que intentaba
escalar la ladera respiraba una mezcla de aire, en la que predominaba
el aire dañino. Eso no era tan malo. No perdí mis pastillas y seguía
estando ridículamente alegre, y había olvidado del todo a la Máqui-
na. Ahora mi único objetivo era llegar a la cima, donde estaban los
helechos y ver los objetos que estaban más allá”.
“Me apuré a subir la cuesta. El aire nuevo aún era demasiado
amargo y caí rodando, después de una visión momentánea de algo
grisáceo. La luz del sol se atenuó, y recordé que estaba en Escorpión;
también había oído una conferencia sobre ese tema. Si el sol está en
Escorpión y uno está en Wessex, eso significa que hay que darse prisa
porque pronto oscurecerá. (Este es el primer trozo de información útil
que obtuve de una conferencia, y espero que sea el último). Esto me
llevó a tratar frenéticamente de respirar el aire nuevo, y de avanzar
tan lejos como pudiera si me atrevía a salir de mi cuenco de aire. La
hondonada se llenaba con mucha lentitud. A veces me parecía que la
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fuente de aire perdía vigor. Mi respirador parecía danzar más cerca
del suelo; el rugido disminuía”.
Kuno interrumpió su relato.
“No creo que esto te interese. El resto te interesará aún menos. No
hay ideas en esta historia, y desearía no haberte pedido que vinieras.
Somos muy diferentes, madre”.
Ella le dijo que continuara.
“Ya era de noche antes de escalar la ladera. En ese momento el sol
ya casi había desaparecido del cielo y no podía obtener una buena vista.
Tú, que acabas de cruzar el Techo del Mundo, no querrás escuchar el
relato de las pequeñas colinas que vi; colinas bajas e incoloras. Pero
para mí estaban vivas y el césped que las recubría era como una piel,
bajo la cual se entrelazaban sus músculos, y sentí que en el pasado
esas colinas habían atraído a las personas con una fuerza incalculable,
y que a ellas les encantaban. Ahora duermen; quizá para siempre. Se
comunican con la humanidad en sueños. Feliz el hombre y feliz la
mujer que despiertan las colinas de Wessex. Porque aunque duerman,
jamás morirán”.
Su voz se alzó con pasión.
“¿No puedes ver, no pueden ver todos tus profesores, que somos
nosotros los que estamos muriendo y que aquí abajo lo único que
realmente vive es la Máquina? Creamos la Máquina, para que hiciera
nuestra voluntad, pero ahora no podemos hacer que haga nuestra
voluntad. Nos robó el sentido del espacio y el sentido del tacto, bo-
rró toda relación humana y redujo el amor a un acto carnal, paralizó
nuestro cuerpo y nuestra voluntad, y ahora nos obliga a adorarla. La
Máquina se perfecciona, pero no conforme a nuestras mentiras. La
Máquina avanza, pero no hacia nuestro objetivo. Solo existimos como
corpúsculos de sangre que fluyen por sus arterias, y si pudiera funcionar
sin nosotros, nos dejaría morir. ¡Oh!, no tengo opción – o, al menos,
solo una– decir a todos una y otra vez que vi las colinas de Wessex así
como las vio Alfredo el Grande cuando venció a los daneses”.
“Entonces el sol se ocultó. Olvidé mencionar que un cinturón de
niebla se extendía entre las colinas, y que era de color perla”.
Kuno volvió a interrumpir su relato.
“Continúa”, insistió su madre.
Él se negó girando la cabeza.
“Continúa. Nada de lo que digas puede angustiarme ahora. Ya
me endurecí”.
“Tenía la intención de contarte el resto, pero no puedo; sé que no
puedo; adiós”.
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Vashti quedó perpleja. Sus blasfemias le hacían escocer cada fibra
de su cuerpo. Pero al mismo tiempo sentía curiosidad.
“Esto es injusto”, se quejó”. Me pediste que cruzara el mundo
para escuchar tu historia, y la escucharé. Dime –del modo más breve
posible, ya que es una desastrosa pérdida de tiempo–, dime cómo
volviste a la civilización”.
“¡Oh, eso!”, dijo para empezar. “Quieres escuchar acerca de la
civilización. Seguramente. ¿Llegué hasta el momento en que se me
cayó el respirador?”
“No, pero ahora entiendo todo. Te pusiste el respirador, y lograste
caminar por la superficie de la tierra hasta un corredor, y allí tu com-
portamiento fue reportado al Comité Central”.
“De ninguna manera”.
Se pasó la mano por la frente, como si disipara una fuerte impre-
sión. Luego se volvió a animar y reanudó su relato.
“Mi respirador cayó al suelo al atardecer. Mencioné que la fuente
de aire parecía más débil, ¿cierto?”.
“Sí”.
“La fuente dejó caer el respirador al atardecer. Como dije, me
había olvidado por completo de la Máquina, y no le presté mucha
atención al tiempo, ocupado en otras cosas. Tenía mi cuenco de aire,
en el que me podía sumergir cada vez que la atmósfera enrarecida se
volvía insoportable, la cual quizá persistiría varios días, si no soplaba
viento que la dispersara. Solo entendí qué implicaba la tapa de escape
demasiado tarde. La salida del túnel había sido reparada; ¡el Aparato
Reparador!, el Aparato Reparador estaba detrás de mí”.
“Tuve otra advertencia, pero la pasé por alto. En la noche el cielo era
más claro que en el día, y la luna, que estaba casi a medio cielo detrás
del sol, por momentos iluminaba la hondonada con mucho brillo. Yo
estaba en mi lugar habitual –en el límite entre las dos atmósferas–
cuando creí ver que algo oscuro se movía por el fondo de la hondonada
y desaparecía en el pozo. En mi locura, corrí hacia abajo. Me agaché
y escuché; me pareció oír un ligero roce en las profundidades”.
“Ante esto me alarmé, pero era demasiado tarde. Decidí ponerme
el respirador y salir de la hondonada. Pero mi respirador había des-
aparecido. Sabía exactamente donde había caído –entre la tapa y la
abertura– e incluso podía sentir la marca que dejó en el césped. No
estaba allí, y comprendí que estaba ocurriendo algo terrible, y que era
mejor escapar hacia el otro aire, y si debía morir, moriría corriendo
hacia la nube de color perla. Nunca empecé. Fuera del pozo… es de-
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masiado horrible. Un gusano, un largo gusano blanco, salió del pozo
y se deslizaba sobre la yerba iluminada por la luna.
“Grité. Hice todo lo que no debí haber hecho, pisoteé a la criatura
en vez de escapar de ella, y de inmediato se enroscó en mi tobillo.
Luego luchamos. El gusano me dejó correr por la hondonada, pero
subía por mis piernas mientras corría. “¡Auxilio!”, grité. (Esa parte es
atroz. Pertenece a la parte de la historia que nunca sabrás.) “¡Auxilio!”,
imploré. (¿Por qué nunca podemos sufrir en silencio?) “¿Auxilio!”.
Cuando mis pies quedaron amarrados me caí, fui arrastrado lejos
de los helechos y de las colinas vivas, y pasé al lado de la gran tapa
metálica (esta parte sí te la puedo contar), y pensé que podía salvarme
de nuevo si agarraba la manija. También estaba amarrada, ¡el gusano
también la había amarrado! ¡Oh!, toda la hondonada estaba llena de
cosas. Buscaban en todas direcciones, la estaban deshojando, y por el
pozo se asomaban los hocicos blancos de otras criaturas, preparadas
si era necesario. Se llevaban todo lo que se podía mover –arbustos,
manojos de helechos, todo–, y todos entrelazados fuimos arrastrados
hacia el infierno. Las última cosas que vi, antes de que la tapa se ce-
rrara detrás de nosotros, fueron unas estrellas, y sentí que una persona
como yo vivía en el cielo. Porque luché, luché hasta el final, y solo
me sosegué cuando mi cabeza golpeó contra la escalera. Desperté en
este cuarto. Los gusanos habían desaparecido. Estaba rodeado de aire
artificial, de luz artificial, de paz artificial, y mis amigos me llamaban
a través de los tubos de comunicación para saber si últimamente se
me habían ocurrido nuevas ideas”.
Aquí terminó su historia. Era imposible discutirla, y Vashti se dio
la vuelta para salir.
“Terminará en el Desamparo”, dijo en voz baja.
“Desearía que así fuera”, replicó Kuno.
“La Máquina ha sido muy misericordiosa”.
“Prefiero la misericordia de Dios”.
“¿Con esa frase supersticiosa, quieres decir que podrías vivir en
el aire exterior?”
“Sí”.
“¿Alguna vez has visto, alrededor de los corredores, los huesos de
quienes fueron expulsados después de la Gran Rebelión?”
“Sí”.
“Los dejaron donde perecieron como ejemplo edificante. Algunos
se alejaron, pero también perecieron; ¿quién puede dudarlo? Y así
sucede con los desamparados de nuestros días. La superficie de la
tierra ya no es el sostén de la vida”.
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“En efecto”.
“Los helechos y un poco de yerba pueden sobrevivir, pero toda
forma de vida superior pereció. ¿Alguna vez una nave aérea ha de-
tectado señales de vida superior?”
“No”.
“¿Algún conferencista ha hablado de ellas?”
“No”.
“¿Entonces porque esta obstinación?”
“Porque las vi”, estalló.
“¿Qué viste?”
“Porque la vi en el crepúsculo, porque ella vino en mi ayuda cuando
la llamé, porque ella también fue atrapada por los gusanos, y, con más
suerte que yo, murió cuando uno de ellos le cortó el cuello”.
Él estaba loco. Vashti se fue, y en las dificultades siguientes no
volvió a ver su rostro.
III
LOS DESAMPARADOS
En los años que siguieron al escape de Kuno ocurrieron dos cambios
importantes en la Máquina. En apariencia eran revolucionarios, pero
en todo caso la mente de las personas había sido preparada de ante-
mano, y solo reflejaban tendencias latentes.
El primero de ellos fue la abolición de los respiradores.
Los pensadores de avanzada, como Vashti, siempre comentaron
que visitar la superficie de la tierra era una tontería. Las naves aéreas
podían ser necesarias, ¿pero de qué servía ir afuera por mera curio-
sidad y alejarse uno o dos kilómetros en un vehículo terrestre? Ese
era un hábito vulgar y quizás algo impropio: no producía ideas, y no
tenía conexión con los hábitos que realmente importaban. Así que se
abolieron los respiradores, y con ellos –por supuesto– los vehículos
terrestres, y salvo unos pocos conferencistas, que se quejaron por la
pérdida de acceso a su objeto de estudio, este cambio fue aceptado
tranquilamente. De todas maneras, quienes quisieran saber cómo
era la tierra podían escuchar un gramófono o ver foto cine. Incluso
los conferencistas lo aceptaron cuando descubrieron que una confe-
rencia sobre el mar era igualmente estimulante cuando compilaba y
comentaba otras conferencias sobre el mismo tema. “¡Cuidado con
las ideas de primera mano!”, exclamó uno de los más avanzados. “Las
ideas de primera mano no existen realmente. No son más que impre-
siones físicas producidas por la vida y el temor, y ¿quién puede basar
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una filosofía sobre tan craso fundamento? Dejen que sus ideas sean
de segunda mano, y si es posible de décima mano, porque entonces
estarán más lejos de ese elemento perturbador: la observación directa.
No aprendan nada sobre mi tema: la revolución francesa. Aprendan,
en cambio, lo que pienso que Enicharmon pensó que Urizen pensó
que Gutch pensó que Ho-Yung pensó que Chi-Bo-Sing pensó que
Lafcadio Hearn pensó que Carlyle pensó que Mirabeau dijo sobre
la revolución francesa. Por medio de estas ocho grandes mentes, la
sangre que se derramó en París y las ventanas que se rompieron en
Versalles será clara una idea que les será útil en su vida cotidiana.
Pero asegúrense de que los intermediarios sean muchos y variados,
porque en la historia una autoridad existe para contrarrestar a otra.
Urizen debe contrarrestar el escepticismo de Ho-Yung y Enichar-
mon, yo debo contrarrestar la impetuosidad de Gutch. Ustedes que
me escuchan en mejor posición para juzgar la revolución francesa
que yo. Sus descendientes estarán en una posición aún mejor que
ustedes, porque aprenderán lo que ustedes piensan que yo pienso, y
se añadirá otro intermediario a la cadena. Y con el tiempo” –su voz
se elevó– “llegará una generación que esté más allá de los hechos,
más allá de las impresiones; una generación absolutamente incolora,
una generación
seráficamente libre
de la mácula de la personalidad,
que verá la revolución francesa no como sucedió, no como le gustaría
que hubiera sucedido, sino como habría sucedido si hubiese tenido
lugar en los tiempos de la Máquina”.
Esta conferencia recibió un tremendo aplauso, que no hizo más
que expresar un sentimiento ya latente en la mente de las personas:
el sentimiento de que los hechos terrenales se debían ignorar, y que
la abolición de los respiradores era un avance. Se sugirió incluso que
también se abolieran las naves aéreas. Eso no se hizo porque las naves
aéreas de algún modo funcionaban dentro del sistema de la Máqui-
na. Pero año tras año se usaban menos, y las personas reflexivas las
mencionaban menos.
El segundo gran cambio fue el restablecimiento de la religión.
Este cambio también se mencionó en la famosa conferencia. Nadie
podía confundir el tono reverente con el que concluyó la perorata,
y encontró un eco receptivo en cada corazón. Quienes durante mu-
cho tiempo habían adorado en silencio, ahora empezaron a hablar.
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Describieron la extraña sensación de paz que los inundaba cuando
tomaban en sus manos el Libro de la Máquina, el placer de repetir
ciertos numerales, por poco que fuese el significado que transmitían al
escuchados, el éxtasis al oprimir un botón, aunque fuese insignificante,
o al oír el sonido del timbre eléctrico, así fuese superfluo.
“La Máquina”, exclamaron, “nos alimenta, nos viste y nos aloja;
a través de ella nos hablamos, a través de ella nos vemos, en ella
reside nuestro ser. La Máquina es amiga de las ideas y enemiga de
la superstición: la Máquina es omnipotente y eterna; bendita sea la
Máquina”. Y en poco tiempo esta alocución fue impresa en la primera
página del Libro, y en las ediciones posteriores el ritual se convirtió
en un complejo sistema de alabanza y oración. La palabra “religión”
se evitó minuciosamente, y, en teoría, la Máquina siguió siendo una
creación y una obra humana. Pero en la práctica, con excepción de
algunos retrógrados, era adorada como una divinidad. No se adoraba
en forma unánime. Un creyente se podía sentir impresionado por las
placas ópticas azules a través de las cuales veía a otros creyentes; otro,
por el aparato reparador, al que Kuno, el pecador, comparó con los
gusanos; otro, por los ascensores y otro, por el Libro. Y cada uno le
rezaría a esto o a aquello, y le pediría que intercediera por él ante la
Máquina en su conjunto. También había persecución; no generalizada,
por razones que se expondrán en breve, sino latente. Y todos los que
no aceptaban el mínimo conocido como “Mecanismo no confesio-
nal” vivían en peligro de ser castigados con el Desamparo que, como
sabemos, significa la muerte.
Atribuir esos dos grandes cambios al Comité Central, es tener una
visión muy estrecha de la civilización. El Comité Central anunció
los cambios, es cierto, pero no fue su causa así como los reyes de la
época imperial no causaron las guerras. Más bien, cedió a una presión
incontenible, que nadie sabía de dónde venía, y que una vez satisfecha
era seguida por otra presión igual de incontenible. A tal estado de
cosas es conveniente darle el nombre de progreso. Nadie confesó que
la Máquina estaba fuera de control. Año tras año se la servía con más
eficiencia y cada vez menos inteligencia. Cuanto mejor conocían las
personas sus obligaciones con ella, menos entendían las obligaciones
con sus semejantes, y en el mundo no había nadie que entendiera al
monstruo en su conjunto. Las mentes brillantes capaces de entenderlo
habían perecido. Dejaron instrucciones completas, es cierto, y cada
uno de sus sucesores se especializó en una parte de esas instrucciones.
Pero la Humanidad, en su deseo de comodidad, fue demasiado lejos.
Explotó en exceso las riquezas naturales. Silenciosa y complaciente,
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se hundió en la decadencia, y el progreso llegó a significar el progreso
de la Máquina.
En lo que atañe a Vashti, su vida continuó en paz hasta el desastre
final. Hacía oscurecer su cuarto y dormía; se despertaba y lo hacía
iluminar. Dio conferencias y asistió a conferencias. Intercambió ideas
con sus numerosos amigos y creyó que se volvía más espiritual. De
vez en cuando a un amigo se le autorizaba la eutanasia, quien dejaba
su cuarto para ir al Desamparo que está más allá de la imaginación
humana. A Vashti no le importaba mucho. A veces, después de una
conferencia infructuosa, ella solicitaba la eutanasia. Pero no se permitía
que la tasa de mortalidad superara la de natalidad, y hasta entonces
la Máquina se la había negado.
Los problemas empezaron silenciosamente, antes de que ella fuera
consciente de ellos.
Un día se sorprendió al recibir un mensaje de su hijo. Nunca se
comunicaban, pues no tenían nada en común, y ella solo había oído
en forma indirecta que él seguía vivo y había sido transferido del
hemisferio norte, donde se había comportado tan mal, al sur, a un
cuarto no muy lejos del suyo.
“¿Quiere que lo visite?”, pensó. “Nunca más, nunca. Además, no
tengo tiempo”.
No, era otro tipo de locura.
Él se negó a mostrar su cara en la placa azul, y hablando solem-
nemente desde la oscuridad dijo:
“La Máquina se detiene”.
“¿Qué dices?”
“La Máquina se está deteniendo. Lo sé, conozco los signos”.
Ella estalló en una carcajada. Él la escuchó y se enfureció, y no
hablaron más.
“¿Puedes imaginar algo más absurdo?”, le dijo ella a un amigo”.
“Un hombre que era mi hijo cree que la Máquina se está deteniendo.
Sería impío si no estuviera loco”.
“¿La Máquina se está deteniendo?”, replicó su amigo. “¿Qué sig-
nifica eso? “Esa frase no me dice nada”.
“Ni a mí”.
“Supongo que él no se refiere al problema que ha habido última-
mente con la música”.
“Oh no, claro que no. Hablemos de música”.
“¿Presentaste la queja a las autoridades?”
“Sí, me dijeron que se debe reparar, y me remitieron al Comité
del Aparato Reparador. Me quejé de esos curiosos suspiros entrecor-
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tados que desfiguran las sinfonías de la escuela de Brisbane. Suenan
como alguien adolorido. El comité del Aparato Reparador dice que
se solucionará pronto”.
Un tanto preocupada, reanudó su vida. Por una parte, la imper-
fección de la música la irritaba. Por otra parte, no podía olvidar el
comentario de Kuno. Si él sabía que la música estaba fuera de servi-
cio –pero no podía saberlo porque detestaba la música–; si sabía que
funciona mal, “la Máquina se detiene” era exactamente el venenoso
comentario que habría hecho. Por supuesto, lo había dicho al azar,
pero la coincidencia la molestó, y con cierta petulancia se dirigió al
Comité del Aparato Reparador.
Igual que antes, le respondieron que pronto la repararían.
“¡Pronto! ¡Ya mismo!”, replicó ella. “¿Por qué me debería preocupar
por las imperfecciones de la música? Las cosas siempre se arreglan de
inmediato. Si no las reparan ya, elevaré mi queja al Comité Central”.
“El Comité Central no recibe quejas personales”, respondió el
Comité del Aparato Reparador.
“¿A través de quién debo dirigir mis queja, entonces?”
“A través nuestro”.
“Entonces, transmitan mi queja”.
“Su queja será trasladada a su debido tiempo”.
“¿Otros se han quejado?”
Esta pregunta no era “mecánica”, y el Comité del Aparato Repa-
rador se negó a responderla.
“¡Esto es muy grave!”, le dijo a otro de sus amigos.
“Nunca hubo una mujer tan desafortunada como yo. Ahora nunca
puedo estar segura de mi música. Empeora cada vez que pido música”.
“¿Qué es lo que pasa?”
“No sé si está en mi cabeza o dentro de la pared”.
“Quéjate, en todo caso”.
“Me quejé y mi queja será elevada al Comité Central cuando le
llegue el turno”.
El tiempo pasó, y las fallas dejaron de molestar a las personas. Las
imperfecciones no fueron reparadas, pero en esos últimos días los
tejidos humanos se habían vuelto tan obsecuentes, que se adaptaban
fácilmente a cada capricho de la Máquina. El suspiro en el clímax de
la sinfonía de Brisbane ya no irritaba a Vashti; lo aceptó como parte
de la melodía. El ruido discordante, fuera en la cabeza o en la pared,
ya no molestaba a su amigo. Y así ocurría con la fruta artificial en-
mohecida, con el agua de baño que comenzó a apestar y con las rimas
defectuosas que no tardó en emitir la Máquina de poesía. Al comienzo
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todos se quejaron con amargura, y luego aceptaron y olvidaron. Las
cosas fueron de mal en peor sin cuestionarlas.
Ocurrió lo contrario con la falla del aparato para dormir. Su mal
funcionamiento fue más grave. Llego un día en que en todo el mundo
–en Sumatra, en Wessex, en las innumerables ciudades de Courland y
Brasil– las camas no aparecían cuando las pedían sus cansados dueños.
Puede parecer un asunto ridículo, pero a partir de él podemos fechar
el colapso de la humanidad. El Comité responsable de la falla fue
atacado por los denunciantes, a quienes remitió, como de costumbre,
al Comité del Aparato Reparador, que a su vez les aseguró que sus
quejas serían trasladadas al Comité Central. Pero el descontento
creció, porque la humanidad aún no estaba suficientemente adaptada
a dejar de dormir.
“Alguien está obstruyendo el funcionamiento de la Máquina…”
empezaron a decir.
“Alguien está tratando de convertirse en rey, para reintroducir el
elemento personal”.
“Castiguen a esa persona con el Desamparo”.
“¡Al rescate! ¡A vengar la Máquina! ¡A vengar la Máquina!”
“¡Guerra! ¡Muerte al saboteador!
Pero el Comité del Aparato Reparador se adelantó, y disipó el pá-
nico con bien elegidas palabras. Confesó que lo que se debía arreglar
era el Aparato Reparador.
El efecto de esta franca confesión fue admirable.
“Por supuesto”, dijo un famoso conferencista –el de la revolu-
ción francesa, que doraba la píldora a cada signo de decadencia–;
“por supuesto, ahora no presionaremos para que escuchen nuestras
quejas. El Aparato Reparador nos ha tratado tan bien en el pasa-
do que todos simpatizamos con él, y esperaremos con paciencia
su recuperación. A su debido tiempo reanudará sus tareas. Entre
tanto prescindamos de nuestras camas, de nuestros periódicos y de
nuestras demás pequeñas necesidades. Estoy seguro que esa sería
la voluntad de la Máquina”.
A miles de kilómetros de distancia, su público aplaudió. La Má-
quina todavía mantenía en contacto a las personas. Bajo los océanos,
debajo de las bases de las montañas, pasaban los cables a través de
los cuales veían y oían, los enormes ojos y oídos que eran su herencia
y el zumbido de tantos mecanismos cubría sus pensamientos con
una capa de servilismo. Solo los viejos y los enfermos se mostraban
desagradecidos, porque corría el rumor de que la Eutanasia también
estaba fuera de servicio, y de que las personas volvían a sentir dolor.
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Se hizo difícil leer. Una plaga entró en la atmósfera y opacó su
luminosidad. A veces Vashti apenas podía ver a través de su cuarto.
El aire también era asqueroso. En voz alta fueron las quejas, los
remedios impotentes y heroico el tono del conferencista mientras
gritaba: “¡Ánimo!, ¡valor!, ¿qué importa mientas la Máquina fun-
cione? Para ella, la luz y la oscuridad son una”. Y aunque las cosas
volvieron a mejorar después de un tiempo, el antiguo resplandor
jamás reapareció, y la humanidad nunca se recuperó de su entrada
en el ocaso. Se habló con histeria de “medidas”, de “dictadura provi-
sional”, y se pidió a los habitantes de Sumatra que se familiarizaran
con el funcionamiento de la estación central de energía, situada
en Francia. Pero en su mayor parte, reinó el pánico, y las personas
dedicaron su esfuerzo a rezar a sus Libros, pruebas tangibles de la
omnipotencia de la Máquina. Hubo gradaciones de terror –a veces
llegaron rumores de esperanza–: el Aparato reparador estaba casi
reparado, los enemigos de la Máquina habían sido controlados, se
estaban desarrollando nuevos “centros nerviosos” que harían el tra-
bajo con más magnificencia que antes. Pero llego un día en que, sin
la más mínima advertencia, sin ningún indicio previo de debilidad,
todo el sistema de comunicación se derrumbó, en todo el mundo, y
el mundo, como lo entendían, terminó.
Vashti estaba dando una conferencia en ese momento, y sus co-
mentarios anteriores fueron recibidos con aplausos. Cuando continuó,
su audiencia se quedó en silencio, y al final no hubo sonido. Un poco
molesta, llamó a un amigo que era especialista en simpatía. Ningún
sonido: sin duda, el amigo estaba durmiendo. Y así sucedió con el
siguiente amigo al que intentó llamar, y con el siguiente, hasta que
recordó el críptico comentario de Kuno, “La Máquina se detiene”.
La frase aún no le decía nada. Si la Eternidad se detuviera muy
pronto se pondría en marcha, por supuesto.
Por ejemplo, aún había un poco de luz y de aire; la atmósfera ha-
bía mejorado unas horas antes. Todavía estaba el Libro, y mientras
estuviera el Libro habría seguridad.
Luego se derrumbó, porque con el cese de la actividad llegó un
terror inesperado: el silencio.
Vashti no había conocido el silencio, y su llegada casi la mata;
mató a miles de personas de inmediato. Desde su nacimiento había
estado rodeada por el zumbido constante. Este era para el oído lo que
el aire artificial era para los pulmones, y sintió dolores de agonía en
la cabeza. Y sabiendo apenas lo que hacía, se inclinó hacia adelante
y oprimió el botón poco familiar, el que abría la puerta de su celda.
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La puerta de la celda funcionaba con su propia cerradura. No estaba
conectada a la estación eléctrica central, que se apagaba en la lejana
Francia. La puerta se abrió y despertó falsas esperanzas en Vashti,
porque pensó que la Máquina había sido reparada. Se abrió, y vio el
oscuro túnel que se curvaba muy lejos hacia la libertad. Una mirada,
y volvió atrás, porque el túnel estaba lleno de gente. Ella fue casi la
última de esa ciudad en sentir alarma.
La gente le causaba repulsión en todo momento, y era la pesadi-
lla de sus peores sueños. La gente se arrastraba, gritaba, gimoteaba,
jadeaba, se tocaba, se desvanecía en la oscuridad, y era empujada
desde la plataforma hacia los rieles. Algunos forcejeaban cerca de los
timbres eléctricos, intentando pedir trenes que no llegarían. Otros
pedían a gritos respiradores o la Eutanasia, o blasfemaban contra
la Máquina. Otros, como ella, se paraban en la puerta de sus celdas
temiendo quedarse allí o alejarse. Y detrás de todo esa confusión
estaba el silencio; el silencio que es la voz de la tierra y de las gene-
raciones desparecidas.
No; aquello era peor que la soledad. Volvió a cerrar la puerta y se
sentó a esperar el final. La desintegración continuó, acompañada de
crujidos y estruendos horribles. Las válvulas que sujetaban el Apa-
rato Médico se debieron debilitar, porque se había soltado y colgaba
horriblemente del techo. El piso se sacudió y la arrojó de la silla. Un
tubo reptó hacia ella como una serpiente. Y por fin llegó el último
horror: la luz empezó a menguar, y ella supo que el largo día de la
civilización llegaba a su fin.
Caminó desorientada, rezando para ser salvada, a cualquier costo,
besando el Libro y oprimiendo botón tras botón. El alboroto aumen-
tó afuera, e incluso traspasó la pared. El brillo de su celda se apagó
lentamente y desaparecieron los reflejos de los interruptores de metal.
Ahora no podía ver el escritorio ni tampoco el Libro, aunque lo sos-
tenía en sus manos. La luz siguió el camino del sonido, el aire siguió
a la luz y el vacío original volvió a la caverna de la que había sido
expulsado durante tanto tiempo. Vashti siguió dando vueltas, como
los devotos de una antigua religión, gritando, rezando, golpeando los
botones con las manos en carne viva.
Fue entonces cuando abrió su prisión y escapó; escapó en espí-
ritu: al menos así me parece, antes de terminar mi meditación. No
puedo decir que escapara corporalmente. Por casualidad accionó el
interruptor que abría la puerta; la ráfaga de aire fétido en su piel y
los murmullos punzantes y estremecedores le dijeron que estaba de
nuevo frente al túnel, y a esa horrible plataforma donde había visto
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personas forcejeando. Ya no batallaban. Solo quedaban murmullos y
quejidos sollozantes. Morían por centenares en la oscuridad.
Se echó a llorar.
Otras lágrimas le respondieron.
Ambos lloraron por la humanidad, no por ellos mismos. No podían
soportar que este fuera el final. Antes del silencio total abrieron sus
corazones y supieron qué había sido importante en la tierra. El ser
humano, la flor de la carne, la más noble de las criaturas visibles, el ser
humano que una vez hizo a dios a su propia imagen, y creyó ver refle-
jada su fuerza en las constelaciones, el hermoso ser humano desnudo
estaba muriendo, estrangulado por las vestiduras que había fabricado.
Se había esforzado un siglo tras otro, y esta era su recompensa. Es
cierto que al comienzo esas vestiduras parecían celestiales, adornadas
con los colores de la cultura, tejidas con los hilos de la abnegación. Y
fueron celestiales mientras las personas pudieron arrojarlas a volun-
tad y vivir conforme a la esencia de su alma, y conforme a la esencia,
igualmente divina, de su cuerpo. El pecado contra el cuerpo –fue por
eso que lloraron ante todo, por los siglos de agravios a los músculos
y a los nervios, y a esos cinco portales mediante los que podemos
percibir lo que nos rodea– encubierto con la excusa de la evolución,
hasta que el cuerpo se volvió una pulpa blanquecina y hogar de ideas
igualmente incoloras, últimos y conmovedores residuos de un espíritu
que había entendido las estrellas.
“¿Dónde estás?”, sollozó ella.
La voz en la oscuridad dijo, “Aquí”.
“¿Kuno, hay alguna esperanza?”
“Ninguna para nosotros”.
“¿Dónde estás?”
Se arrastró sobre los cuerpos de los muertos. La sangre de Kuno
brotó en sus manos.
“¡Más rápido!”, exclamó él. “Me estoy muriendo; pero nos estamos
tocando, y estamos hablando, no a través de la Máquina”.
Y la besó.
“Hemos vuelto a lo nuestro. Morimos, pero recuperamos la vida,
como fue en Wessex, cuando Enfrid derrotó a los daneses. Sabemos
lo que saben los de afuera, los que viven en la nube de color perla”.
“Pero Kuno, ¿es cierto? ¿Todavía hay seres humano en la superficie
de la tierra?, ¿este túnel, esta venenosa oscuridad, no es el final?”
Él respondió:
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“Los vi, hablé con ellos, sentí amor por ellos. Se esconden entre
los helechos hasta que nuestra civilización se detenga. Hoy son des-
amparados, mañana…”.
“¡Oh!, mañana; algún idiota mañana volverá a encender la Má-
quina”.
“Nunca”, dijo Kuno, “nunca más. La humanidad aprendió la lec-
ción”.
Mientras él hablaba, toda la ciudad se rompía como una colmena.
Una nave aérea atravesó el corredor hasta un muelle en ruinas. Se
estrelló y cayó por el pozo, explotando a medida que avanzaba y des-
garrando galería tras galería con sus alas de acero. Por un momento
ambos vieron las naciones de los muertos, y, antes de unirse a ellos,
jirones de cielo inmaculado.
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