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La mirada en Petrarca: amor y simbolismo

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Ojos Petrarca

vuestros ojos, señora, me prendieron.” (III)


“Cuando Amor su mirada al suelo inclina...” (CLXVII)
“Tal temo de esos ojos el asalto,” (XXXIX)
“Los ojos, que me hirieron de manera
que sólo ellos podrían sanar la llaga...” (LXXV)

La mirada de Laura es el otro elemento con el que Petrarca construye su mundo


simbólico, pues la epifanía nace de ella. Como si se tratara de un abrir los ojos por vez
primera, la mirada crea el mundo, lo ilumina y lo hace latente. El canto que da vida, es
decir, la poiesis, emerge de los ojos: “Si Virgilio y Homero hubiesen visto / aquel sol
que yo veo con mis ojos, / todas sus fuerzas para darle fama / habrían puesto, mezclando
los estilos.” (Petrarca 603) El desbordamiento es tal que un estilo sería insuficiente para
expresar esa belleza rodeada de misterio.

Este acto amoroso de mirar que nos lleva a la contemplación estética es doble, ya que la
mirada captura pero también es capturada. Por ello, el lance amoroso se representa
como un intercambio de miradas para contemplar y al mismo tiempo estar en el mundo
del otro. Aquel 06 de abril de 1327 marcado por Petrarca como un Viernes Santo dará
pie al poema III del Cancionero que nos situará en este juego de la mirada: “Era el día
en que al sol se le nublaron / por la piedad de su hacedor los rayos, / cuando fui
prisionero sin guardarme, / pues me ataron, señora, vuestros ojos.” (135). Los versos
marcan ingeniosamente el contraste entre la posible pérdida de la visión ante la
oscuridad del día por la muerte de Cristo con la iluminación reveladora por la presencia
de Laura. En segundo lugar apuntan a que el develamiento del poeta es también su
captura, siendo la propia mirada de Laura una red que lo ata.

La red simbolizará al amor pero también la lanza, pues serán esos mismos ojos las
flechas de Cupido que herirán de muerte al poeta. El mismo poema III nos dice más
adelante: “Hallóme Amor del todo desarmado, / con vía libre al pecho por los ojos, / que
de llorar se han vuelto puerta y paso…” (135) En el instante en que los ojos capturan la
mirada también la traspasan con agudeza hasta llegar al órgano vital que es el corazón.
De esta manera, en la mirada confluyen las dos armas fulminantes del amor.

En la imagen de un Eros que captura porque hiere, se propone la paradoja entre el sufrir
y el gozar. El amante permanece en la encrucijada de la huida y el encuentro, sabiendo
que a fin de cuantas está perdido, pues no se puede vivir ni con la mirada ni sin ella: “Si
me mata ese dulce mirar de ella, / y sus palabras suaves y prudentes, / y si Amor sobre
mí la hace tan fuerte / tan solo con hablar, o sonreírse, // ay de mí, ¿qué sería si ella
desvía, / o por malvada suerte o por mi culpa, / de Compasión sus ojos, y me reta / a
morir, donde ahora me preserva?” (597) Este estado intermediario entre “el estar” y “el
no estar” es lo que eleva la experiencia del poeta.
Por otra parte, la mirada de la mujer querida nos aparta del mundo y de nosotros
mismos: “Los ojos que cantara ardientemente, / y los brazos, las manos, pies y rostro, /
que tanto me apartaron de mí mismo, / volviéndome distinto de los otros.” (851) El
sentimiento amoroso es soledad, ausencia de los demás e incluso de nosotros. La
captura nos abstrae y nos confronta con nuestra verdadera existencia. Recordemos que
para Petrarca el sentimiento amoroso es una forma de la trascendencia y por lo tanto
liberación.

La ausencia de uno mismo se une a la virtud de Laura que puede observarse a partir de
la templanza aristotélica para formar todo un espectro de misticismo. El equilibrio entre
belleza y castidad nos coloca en el lugar del aura de lo sagrado debido a la tensión
construida por el deseo de prohibición y de trasgresión: “Dos grandes enemigos se
juntaron, / Belleza y Castidad, con paz tan grande / que nunca rebelión sintió aquel alma
/ después de que consigo fuesen juntas…” (861) La templanza también se acentúa en los
siguientes versos: “La flor antigua de armas y virtudes / ¡qué estrella tan igual tuvo con
esta / nueva flor de recato y de belleza!” (603). La descripción de la amada como una
flor de armas y virtudes se asemeja paralelamente a la flecha que hiere y la red que
cautiva por sus bondades. La mirada de Laura desde aquel día nos conmueve tan
certeramente por representar esa flor extraña, imposible y fulminante del deseo y del
recato.

Referencias

Petrarca, Francesco. Cancionero I. España: Ed. Cátedra, 2006.

Petrarca, Francesco. Cancionero II. España: Ed. Cátedra, 2004.

Rima 75

Los bellos ojos que me golpearon de manera


que ellos mismos podrían curar la llaga
y no el poder de hierba o arte mágico
ni de piedra extraída de nuestro mar,

me han cortado tanto la vía a otro amor


que sólo un pensamiento dulce apaga el alma;
y si la lengua no quiere seguirlo
la escolta puede ser burlada, no la lengua.

Estos son los bellos ojos que hacen


los impresos de mi señor victorioso
en todas partes y más por mi parte;
estos son los bellos ojos che están
siempre en el corazón con chispas encendidas
porque nunca me canso de hablar de ellos.

Hay ojos que miran, -hay ojos que sueñan,


hay ojos que llaman, -hay ojos que esperan,
hay ojos que ríen -risa placentera,
hay ojos que lloran -con llanto de pena,
unos hacia adentro -otros hacia fuera.

Son como las flores -que cría la tierra.


Mas tus ojos verdes, -mi eterna Teresa,
los que están haciendo -tu mano de hierba,
me miran, me sueñan, -me llaman, me esperan,
me ríen rientes -risa placentera,
me lloran llorosos -con llanto de pena,
desde tierra adentro, -desde tierra afuera.

En tus ojos nazco, -tus ojos me crean,


vivo yo en tus ojos -el sol de mi esfera,
en tus ojos muero, -mi casa y vereda,
tus ojos mi tumba, -tus ojos mi tierra.

Miguel de Unamuno

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