TIATULA
TIATULA
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Miguel de Unamuno
La tía Tula
Como se hace una novela
ePub r1.1
Emiferro 02.11.13
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Título original: La tía Tula
Miguel de Unamuno, 1921
Diseño de portada: Emiferro
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PRÓLOGO
(QUE PUEDE SALTAR EL LECTOR DE
NOVELAS)
«Tenía uno (hermano) casi de mi edad, que era el que yo más quería,
aunque a todos tenía gran amor y ellos a mí; juntábamonos entrambos a
leer vidas de santos… Espantábanos mucho el decir en lo que leíamos que
pena y gloria eran para siempre. Acaecíanos estar muchos ratos tratando
desto, y gustábamos de decir muchas veces ¡para siempre, siempre,
siempre! En pronunciar esto mucho rato era el Señor servido, me quedase
en esta niñez imprimido el camino de la verdad. De que vi que era
imposible ir adonde me matasen por Dios, ordenábamos ser ermitaños, y
en una huerta que había en casa procurábamos, como podíamos, hacer
ermitas poniendo unas piedrecillas, que luego se nos caían, y ansí no
hallábamos remedio en nada para nuestro deseo; que ahora me pone
devoción ver cómo me daba Dios tan presto lo que yo perdí por mi culpa».
……………………………………………
«Acuérdome que cuando murió mi madre quedé yo de edad de doce
años, poco menos; como yo comencé a entender lo que había perdido,
afligida fuime a una imagen de Nuestra Señora y supliquéla fuese mi
madre con muchas lágrimas. Paréceme que aunque se hizo con simpleza,
que me ha valido, pues conocidamente he hallado a esta Virgen Soberana
en cuanto me he encomendado a ella y, en fin, me ha tornado a sí».
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(Del capítulo I de la Vida de la santa Madre Teresa de Jesús, que
escribió ella misma por mandado de su confesor).
«Sea Dios alabado por siempre, que tanta merced ha hecho a vuestra
merced, pues le ha dado mujer, con quien pueda tener mucho descanso.
Sea mucho de enhorabuena, que harto consuelo es para mí pensar que le
tiene. A la señora doña María beso siempre las manos muchas veces; aquí
tiene una capellana y muchas. Harto quisiéramos poderla gozar; mas si
había de ser con los trabajos que por acá hay, más quiero que tenga allá
sosiego, que verla acá padecer».
Quijotesa
a lo divino, que dejó asentada
nuestra España inmortal, cuya es la empresa:
«sólo existe lo eterno; ¡Dios o nada!»
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No crea el lector, por lo que precede, que el relato que se sigue y va a
leer es, en modo alguno, un comentario a la vida de la santa española.
¡No, nada de esto! Ni pensábamos en Teresa de Jesús al emprenderlo y
desarrollarlo; ni en Don Quijote. Ha sido después de haberlo terminado,
cuando aun para nuestro ánimo, que lo concibió, resultó una novedad este
parangón, cuando hemos descubierto las raíces de este relato novelesco.
Nos fue oculto su más hondo sentido al emprenderlo. No hemos visto sino
después, al hacer sobre él examen de conciencia de autor, sus raíces
teresianas y quijotescas. Que son una misma raíz.
¿Es acaso este un libro de caballerías? Como el lector quiera
tomarlo… Tal vez a alguno pueda parecerle una novela hagiográfica, de
vida de santos. Es, de todos modos, una novela, podemos asegurarlo.
No se nos ocurrió a nosotros, sino que fue cosa de un amigo, francés
por más señas, el notar que la inspiración —¡perdón!— de nuestra nivola
Niebla era de la misma raíz que la de La vida es sueño, de Calderón. Mas
en este otro caso ha sido cosa nuestra el descubrir, después de concluida
esta novela que tienes a la vista, lector, sus raíces quijotescas y teresianas.
Lo que no quiere decir, ¡claro está!, que lo que aquí se cuenta no haya
podido pasar fuera de España.
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Se nos dirá que la sororidad equivaldría a la fraternidad, mas no lo
creemos así. Como si en latín tuviese la hija un apelativo de raíz distinta
que el de hijo, valdría la pena de distinguir entre las dos filialidades.
Sororidad fue la de la admirable Antígona, esta santa del paganismo
helénico, la hija de Edipo, que sufrió martirio por amor a su hermano
Polinices, y por confesar su fe de que las leyes eternas de la conciencia,
las que rigen en el eterno mundo de los muertos, en el mundo de la
inmortalidad, no son las que forjan los déspotas y tiranos de la tierra,
como era Creonte.
Cuando en la tragedia sofocleana Creonte le acusa a su sobrina
Antígona de haber faltado a la ley, al mandato regio, rindiendo servicio
fúnebre a su hermano, el fratricida, hay entre aquéllos este duelo de
palabras:
¿Es que acaso lo que a Antígona le permitió descubrir esa ley eterna,
apareciendo a los ojos de los ciudadanos de Tebas y de Creonte, su tío,
como una anarquista, no fue el que era, por terrible decreto del Hado,
hermana carnal de su propio padre, Edipo? Con el que había ejercido
oficio de sororidad también.
El acto sororio de Antígona dando tierra al cadáver insepulto de su
hermano y librándolo así del furor regio de su tío Creonte, parecióle a este
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un acto de anarquista. «¡No hay mal mayor que el de la anarquía!»,
declaraba el tirano. (Antígona, verso 672). ¿Anarquía? ¿Civilización?
Antígona, la anarquista según su tío, el tirano Creonte, modelo de
virilidad, pero no de humanidad; Antígona, hermana de su padre Edipo y,
por lo tanto, tía de su hermano Polinices, representa acaso la
domesticidad religiosa, la religión doméstica, la del hogar, frente a la
civilidad política y tiránica, a la tiranía civil, y acaso también la
domesticación frente a la civilización. Aunque ¿es posible civilizarse sin
haberse domesticado antes? ¿Caben civilidad y civilización donde no
tienen como cimientos domesticidad y domesticación?
Hablamos de patrias y sobre ellas de fraternidad universal, pero no es
una sutileza lingüística el sostener que no pueden prosperar sino sobre
matrias y sororidad. Y habrá barbarie de guerras devastadoras, y otros
estragos, mientras sean los zánganos, que revolotean en torno de la reina
para fecundar y devorar la miel que no hicieron, los que rijan las
colmenas.
¿Guerras? El primer acto guerrero fue, según lo que llamamos
Historia Sagrada, la de la Biblia, el asesinato de Abel por su hermano
Caín. Fue una muerte fraternal, entre hermanos; el primer acto de
fraternidad. Y dice el Génesis que fue Caín, el fratricida, el que primero
edificó una ciudad, a la que llamó del nombre de su hijo —habido en una
hermana— Henoc. (Gén., IV, 17). Y en aqueIla ciudad, polis, debió
empezar la vida civil, política, la civilidad y la civilización. Obra, como se
ve, del fratricida. Y cuando siglos más tarde, nuestro Lucano, español,
llamó a las guerras entre César y Pompeyo plusquam civilia, más que
civiles —lo dice en el primer verso de su Pharsalia— quiere decir
fraternales. Las guerras más que civiles son las fraternales.
Aristóteles le llamó al hombre zoon politicon, esto es, animal civil o
ciudadano —no político, que esto es no traducir— animal que tiende a
vivir en ciudades, en mazorcas de casas estadizas, arraigadas en tierra
por cimientos, y ese es el hombre y, sobre todo, el varón. Animal civil,
urbano, fraternal y… fratricida—. Pero ese animal civil, ¿no ha de
depurarse por acción doméstica? Y el hogar, el verdadero hogar, ¿no ha de
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encontrarse lo mismo en la tienda del pastor errante que se planta al azar
de los caminos? Y Antígona acompañó a su padre, ciego y errante, por los
senderos del desierto, hasta que desapareció en Colono. ¡Pobre civilidad,
fraternal, cainita, si no hubiera la domesticidad sororia!…
Va, pues, el fundamento de la civilidad, la domesticidad, de mano en
mano, de hermanas, de tías. O de esposas de espíritu, castísimas, como
aquella Abisag, la sunamita de que se nos habla en el capítulo I del libro I
de los Reyes, aquella doncella que le llevaron al viejo rey David, ya
cercano a su muerte, para que le mantuviese en la puesta de su vida,
abrigándole y calentándole en la cama, mientras dormía. Y Abisag le
sacrificó su maternidad, permaneció virgen por él —pues David no la
conoció— y fue causa de que más luego Salomón, el hijo del pecado de
David con la adúltera Betsabé, hiciese matar a Adonías, su hermanastro,
hijo de David y de Hagit, porque pretendió para mujer a Abisag, la última
reina con David, pensando así heredar a este su reino.
Pero a esta Abisag y a su suerte y a su sentido pensamos dedicar todo
un libro que no será precisamente una novela. Ni una nivola.
Y ahora el lector que ha leído este prólogo —que no es necesario para
inteligencia en lo que sigue— puede pasar a hacer conocimiento con la tía
Tula, que si supo de santa Teresa y de Don Quijote, acaso no supo ni de
Antígona la griega ni de Abisag la israelita.
En mi novela Abel Sánchez intenté escarbar en ciertos sótanos y
escondrijos del corazón, en ciertas catacumbas del alma, adonde no
gustan descender los más de los mortales. Creen que en esas catacumbas
hay muertos, a los que lo mejor es no visitar, y esos muertos, sin embargo,
nos gobiernan. Es la herencia de Caín. Y aquí, en esta novela, he intentado
escarbar en otros sótanos y escondrijos. Y como no ha faltado quien me
haya dicho que aquello era inhumano, no faltará quien me lo diga, aunque
en otro sentido, de esto. Aquello pareció a alguien inhumano por viril, por
fraternal; esto lo parecerá acaso por femenil, por sororio. Sin que quepa
negar que el varón hereda feminidad de su madre y la mujer virilidad de
su padre. ¿O es que el zángano no tiene algo de abeja y la abeja de
zángano? O hay, si se quiere, abejos y zánganas.
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Y nada más, que no debo hacer una novela sobre otra novela.
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I
Era a Rosa y no a su hermana Gertrudis, que siempre salía de casa con ella,
a quien ceñían aquellas ansiosas miradas que les enderezaba Ramiro. O, por
lo menos, así lo creían ambos, Ramiro y Rosa, al atraerse el uno al otro.
Formaban las dos hermanas, siempre juntas, aunque no por eso unidas
siempre, una pareja al parecer indisoluble, y como un solo valor. Era la
hermosura espléndida y algún tanto provocativa de Rosa, flor de carne que
se abría a flor del cielo a toda luz y todo viento, la que llevaba de primera
vez las miradas a la pareja; pero eran luego los ojos tenaces de Gertrudis los
que sujetaban a los ojos que se habían fijado en ellos y los que a la par les
ponían raya. Hubo quien al verlas pasar preparó algún chicoleo un poco más
subido de tono; mas tuvo que contenerse al tropezar con el reproche de
aquellos ojos de Gertrudis, que hablaban mudamente de seriedad. «Con esta
pareja no se juega», parecía decir con sus miradas silenciosas.
Y bien miradas y de cerca aún despertaba más Gertrudis el ansia de
goce. Mientras su hermana Rosa abría espléndidamente a todo viento y toda
luz la flor de su encarnadura, ella era como un cofre cerrado y sellado en que
se adivina un tesoro de ternuras y delicias secretas.
Pero Ramiro, que llevaba el alma toda a flor de los ojos, no creyó ver
más que a Rosa, y a Rosa se dirigió desde luego.
—¿Sabes que me ha escrito? —le dijo esta a su hermana.
—Sí, vi la carta.
—¿Cómo? ¿Que la viste? ¿Es que me espías?
—¿Podía dejar de haberla visto? No, yo no espío nunca, ya lo sabes, y
has dicho eso no más que por decirlo…
—Tienes razón, Tula; perdónamelo.
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—Sí, una vez más, porque tú eres así. Yo no espío, pero tampoco oculto
nunca nada. Vi la carta.
—Ya lo sé; ya lo sé…
—He visto la carta y la esperaba.
—Y bien, ¿qué te parece —de Ramiro?
—No le conozco.
—Pero no hace falta conocer a un hombre para decir lo que le parece a
una de él.
—A mí, sí.
—Pero lo que se ve, lo que está a la vista…
—Ni de eso puedo juzgar sin conocerle.
—¿Es que no tienes ojos en la cara?
—Acaso no los tenga así …; ya sabes que soy corta de vista.
—¡Pretextos! Pues mira, chica, es un guapo mozo.
—Así parece.
—Y simpático.
—Con que te lo sea a ti, basta.
—Pero ¿es que crees que le he dicho ya que sí?
—Sé que se lo dirás al cabo, y basta.
—No importa; hay que hacerle esperar y hasta rabiar un poco…
—¿Para qué?
—Hay que hacerse valer.
—Así no te haces valer, Rosa; y ese coqueteo es cosa muy fea.
—De modo que tú…
—A mí no se me ha dirigido.
—¿Y si se hubiera dirigido a ti?
—No sirve preguntar cosas sin sustancia.
—Pero tú, si a ti se te dirige, ¿qué le habrías contestado?
—Yo no he dicho que me parece un guapo mozo y que es simpático, y
por eso me habría puesto a estudiarle…
—Y entretanto si iba a otra…
—Es lo más probable.
—Pues así, hija, ya puedes prepararte…
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—Sí, a ser tía.
—¿Cómo tía?
—Tía de tus hijos, Rosa.
—¡Eh, qué cosas tienes! —y se quebró la voz.
—Vamos, Rosita, no te pongas así, y perdóname —le dijo dándole un
beso.
—Pero si vuelves…
—¡No, no volveré!
—Y bien, ¿qué le digo?
—¡Dile que sí!
—Pero pensará que soy demasiado fácil…
—¡Entonces dile que no!
—Pero es que…
—Sí, que te parece un guapo mozo y simpático. Dile, pues, que sí y no
andes con más coqueterías, que eso es feo. Dile que sí. Después de todo, no
es fácil que se te presente mejor partido. Ramiro está muy bien, es hijo
solo…
—Yo no he hablado de eso.
—Pero yo hablo de ello, Rosa, y es igual.
—¿Y no dirán, Tula, que tengo ganas de novio?
—Y dirán bien.
—¿Otra vez, Tula?
—Y ciento. Tienes ganas de novio y es natural que las tengas. ¿Para qué
si no te hizo Dios tan guapa?
—¡Guasitas no! ,
—Ya sabes que yo no me guaseo. Parézcanos bien o mal, nuestra carrera
es el matrimonio o el convento; tú no tienes vocación de monja; Dios te hizo
para el mundo y el hogar…, vamos, para madre de familia… No vas a
quedarte a vestir imágenes. Dile, pues, que sí.
—¿Y tú?
—¿Cómo yo?
—Que tú, luego…
—A mí déjame.
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Al día siguiente de estas palabras estaban ya en lo que se llaman
relaciones amorosas Rosa y Ramiro.
Lo que empezó a cuajar la soledad de Gertrudis.
Vivían las dos hermanas, huérfanas de padre y madre desde muy niñas,
con un tío materno, sacerdote, que no las mantenía, pues ellas disfrutaban de
un pequeño patrimonio que les permitía sostenerse en la holgura de la
modestia, pero les daba buenos consejos a la hora de comer, en la mesa,
dejándolas, por lo demás, a la guía de su buen natural. Los buenos consejos
eran consejos de libros, los mismos que le servían a don Primitivo para
formar sus escasos sermones.
«Además —se decía a sí mismo con muy buen acierto don Primitivo—,
¿para qué me voy a meter en sus inclinaciones y sentimientos íntimos? Lo
mejor es no hablarlas mucho de eso, que se les abre demasiado los ojos.
Aunque… ¿abrirles? ¡Bah!, bien abiertos los tienen, sobre todo las mujeres.
Nosotros los hombres no sabemos una palabra de esas cosas. Y los curas,
menos. Todo lo que nos dicen los libros son pataratas. ¡Y luego, me mete un
miedo esa Tulilla…! Delante de ella no me atrevo…, no me atrevo… ¡Tiene
unas preguntas la mocita! Y cuando me mira tan seria, tan seria…, con esos
ojazos tristes —los de mi hermana, los de mi madre. ¡Dios las tenga en su
santa gloria!—. ¡Esos ojazos de luto que se le meten a uno en el corazón…!
Muy serios, sí, pero riéndose con el rabillo. Parecen decirme: "¡No diga
usted más bobadas, tío!" ¡El demonio de la chiquilla! ¡Todavía me acuerdo
el día en que se empeñó en ir, con su hermana, a oírme aquel sermoncete; el
rato que pasé, Jesús Santo! ¡Todo se me volvía apartar mis ojos de ella por
no cortarme; pero nada, ella tirando de los míos! Lo mismo, lo mismito me
pasaba con su santa madre, mi hermana, y con mi santa madre, Dios las tenga
en su gloria. Jamás pude predicar a mis anchas delante de ellas, y por eso les
tenía dicho que no fuesen a oírme. Madre iba, pero iba a hurtadillas, sin
decírmelo, y se ponía detrás de la columna, donde yo no la viera, y luego no
me decía nada de mi sermón. Y lo mismo hacía mi hermana. Pero yo sé lo
que esta pensaba, aunque tan cristiana, lo sé. "¡Bobadas de hombres!" Y lo
mismo piensa esta mocita, estoy de ello seguro. No, no, ¿delante de ella
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predicar? ¿Yo? ¿Darle consejos? Una vez se le escapó lo de ¡bobadas de
hombres!, y no dirigiéndose a mí, no; pero yo le entiendo…».
El pobre señor tenía un profundísimo respeto, mezclado de admiración,
por su sobrina Gertrudis. Tenía el sentimiento de que la sabiduría iba en su
linaje por vía femenina, que su madre había sido la providencia inteligente
de la casa en que se crio, que su hermana lo había sido en la suya, tan breve.
Y en cuanto a su otra sobrina, a Rosa, le bastaba para protección y guía con
su hermana. «Pero qué hermosa la ha hecho Dios, Dios sea alabado —se
decía—; esta chica o hace un gran matrimonio, con quien ella quiera, o no
tienen los mozos de hoy ojos en la cara».
Y un día fue Gertrudis la que, después que Rosa se levantó de la mesa
fingiendo sentirse algo indispuesta, al quedarse a solas con su tío, le dijo:
—Tengo que decirle a usted, tío, una cosa muy grave.
—Muy grave…, muy grave… —y el pobre señor se azaró, creyendo
observar que los rabillos de los ojazos tan serios de su sobrina reían
maliciosamente.
—Sí, muy grave.
—Bueno, pues desembucha, hija, que aquí estamos los dos para tomar un
consejo.
—El caso es que Rosa tiene ya novio.
—¿Y no es más que eso?
—Pero novio formal, ¿eh?, tío.
—Vamos, sí, para que yo los case.
—¡Naturalmente!
—Y a ti, ¿qué te parece de él?
—Aún no ha preguntado usted quién es…
—¿Y qué más da, si yo apenas conozco a nadie? A ti, ¿qué te parece de
él?, contesta.
—Pues tampoco yo le conozco.
—Pero ¿no sabes quién es, tú?
—Sí, sé cómo se llama y de qué familia es y…
—¡Basta! ¿Qué te parece?
—Que es un buen partido para Rosa y que se querrán.
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—Pero ¿es que no se quieren ya?
—Pero ¿cree usted, tío, que pueden empezar queriéndose?
—Pues así dicen, chiquilla, y hasta que eso viene como un rayo…
—Son decires, tío.
—Así será; basta que tú lo digas.
—Ramiro…, Ramiro Cuadrado…
—Pero ¿es el hijo de doña Venancia, la viuda? ¡Acabáramos! No hay
más que hablar.
—A Ramiro, tío, se le ha metido Rosa por los ojos y cree estar
enamorado de ella…
—Y lo estará, Tulilla, lo estará…
—Eso digo yo, tío, que lo estará. Porque como es hombre de vergüenza y
de palabra, acabará por cobrar cariño a aquella con la que se ha
comprometido ya. No le creo hombre de volver atrás.
—¿Y ella?
—¿Quién? ¿Mi hermana? A ella le pasará lo mismo.
—Sabes más que san Agustín, hija.
—Esto no se aprende, tío.
—¡Pues que se casen, los bendigo y sanseacabó!
—¡O sanseempezó! Pero hay que casarlos y pronto. Antes que él se
vuelva…
—Pero ¿temes tú que él pueda volverse …?
—Yo siempre temo de los hombres, tío.
—¿Y de las mujeres no?
—Esos temores deben quedar para los hombres. Pero sin ánimo de
ofender al sexo… fuerte, ¿no se dice así?, le digo que la constancia, que la
fortaleza está más bien de parte nuestra…
—Si todas fueran como tú, chiquilla, lo creería así, pero…
—¿Pero qué?
—¡Que tú eres exceptional, Tulilla!
—Le he oído a usted más de una vez, tío, que las excepciones confirman
la regla.
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—Vamos, que me aturdes… Pues bien, los casaremos, no sea que se
vuelva él… o ella…
Por los ojos de Gertrudis pasó como la sombra de una nube de borrasca,
y si se hubiera podido oír el silencio habríanse oído que en las bóvedas de
los sótanos de su alma resonaba como un eco repetido y que va perdiéndose
a lo lejos aquello de «o ella …».
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II
Pero ¿qué le pasaba a Ramiro, en relaciones ya, y en relaciones formales,
con Rosa, y poco menos que entrando en la casa? ¿Qué dilaciones y qué
frialdades eran aquéllas?
—Mira, Tula, yo no le entiendo; cada vez le entiendo menos. Parece que
está siempre distraído y como si estuviese pensando en otra cosa —o en otra
persona, ¡quién sabe!— o temiendo que alguien nos vaya a sorprender de
pronto. Y cuando le tiro algún avance y le hablo, así como quien no quiere la
cosa, del fin que deben tener nuestras relaciones, hace como que no oye y
como si estuviera atendiendo a otra…
—Es porque le hablas como quien no quiere la cosa. Háblale como
quien la quiere…
—¡Eso es, y que piense que tengo prisa por casarme!
—¡Pues que lo piense! ¿No es acaso así?
—Pero ¿crees tú, Tula, que yo estoy rabiando por casarme?
—¿Le quieres?
—Eso nada tiene que ver…
—¿Le quieres, di?
—Pues mira…
—¡Pues mira, no! ¿Le quieres? ¡Sí o no!
Rosa bajó la frente con los ojos, arrebolóse toda y llorándole la voz
tartamudeó:
—Tienes unas cosas, Tula; ¡pareces un confesor!
Gertrudis tomó la mano de su hermana, con otra le hizo levantar la frente,
le clavó los ojos en los ojos y le dijo:
—Vivimos solas, hermana…
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—¿Y el tío?
—Vivimos solas, te he dicho. Las mujeres vivimos siempre solas. El
pobre tío es un santo, pero un santo de libro, y aunque cura, al fin y al cabo
hombre.
—Pero confiesa…
—Acaso por eso sabe menos. Además, se le olvida. Y así debe ser.
Vivimos solas, te he dicho. Y ahora lo que debes hacer es confesarte aquí,
pero confesarte a ti misma. ¿Le quieres?, repito.
La pobre Rosa se echó a llorar.
—¿Le quieres? —sonó la voz implacable.
Y Rosa llegó a fingirse que aquella pregunta, en una voz pastosa y
solemne y que parecía venir de las lontananzas de la vida común de la
pureza, era su propia voz, era acaso la de su madre común.
—Sí, creo que le querré… mucho…, mucho… —exclamó en voz baja y
sollozando.
—¡Sí, le querrás mucho y él te querrá más aún!
—¿Y cómo lo sabes?
—Yo sé que te querrá.
—Entonces, ¿por qué está distraído?, ¿por qué rehúye el que abordemos
lo del casorio?
—¡Yo le hablaré de eso, Rosa, déjalo de mi cuenta!
—¿Tú?
—¡Yo, sí! ¿Tiene algo de extraño?
—Pero…
—A mí no puede cohibirme el temor que a ti te cohíbe.
—Pero dirá que rabio por casarme.
—¡No, no dirá eso! Dirá, si quiere, que es a mí a quien me conviene que
tú te cases para facilitar así el que se me pretenda o para quedarme a mandar
aquí sola; y las dos cosas son, como sabes, dos disparates. Dirá lo que
quiera, pero yo me las arreglaré.
Rosa cayó en brazos de su hermana, que le dijo al oído:
—Y luego, tienes que quererle mucho, ¿eh?
—¿Y por qué me dices tú eso, Tula?
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—Porque es tu deber.
Y al otro día, al ir Ramiro a visitar a su novia, encontróse con la otra,
con la hermana. Demudósele el semblante y se le vio vacilar. La seriedad de
aquellos serenos ojazos de luto le concentró la sangre toda en el corazón.
—¿Y Rosa? —preguntó sin oírse.
—Rosa ha salido y soy yo quien tengo ahora que hablarte.
—¿Tú? —dijo con labios que le temblaban.
—¡Sí, yo!
—¡Grave te pones, chica! —y se esforzó en reírse.
—Nací con esa gravedad encima, dicen. El tío asegura que la heredé de
mi madre, su hermana, y de mi abuela, su madre. No lo sé, ni me importa. Lo
que sí sé es que me gustan las cosas sencillas y derechas y sin engaño.
—¿Por qué lo dices, Tula?
—¿Y por qué rehúyes hablar de vuestro casamiento a mi hermana?
Vamos, dímelo, ¿por qué?
El pobre mozo inclinó la frente arrebolada de vergüenza. Sentíase herido
por un golpe inesperado.
—Tú le pediste relaciones con buen fin, como dicen los inocentes.
—¡Tula!
—¡Nada de Tula! Tú te pusiste con ella en relaciones para hacerla tu
mujer y madre de tus hijos…
—¡Pero qué de prisa vas…! —y volvió a esforzarse en reírse.
—Es que hay que ir de prisa, porque la vida es corta.
—¡La vida es corta!, ¡y lo dice a los veintidós años!
—Más corta aún. Pues bien, ¿piensas casarte con Rosa, sí o no?
—¡Pues qué duda cabe! —y al decirlo le temblaba el cuerpo todo.
—Pues si piensas casarte con ella, ¿por qué diferirlo así?
—Somos aún jóvenes…
—¡Mejor!
—Tenemos que probarnos…
—¿Qué, qué es eso?, ¿qué es eso de probaros? ¿Crees que la conocerás
mejor dentro de un año? Peor, mucho peor…
—Y si luego…
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—¡No pensaste en eso al pedir la entrada aquí!
—Pero, Tula…
—¡Nada de Tula! ¿La quieres, sí o no?
—¿Puedes dudarlo, Tula?
—¡Te he dicho que nada de Tula! ¿La quieres?
—¡Claro que la quiero!
—Pues la querrás más todavía. Será una buena mujer para ti. Haréis un
buen matrimonio.
—Y con tu consejo…
—Nada de consejo. ¡Yo haré una buena tía, y basta!
Ramiro pareció luchar un breve rato consigo mismo y como si buscase
algo, y al cabo, con un gesto de desesperada resolución, exclamó:
—¡Pues bien, Gertrudis, quiero decirte toda la verdad!
—No tienes que decirme más verdad —le atajó severamente—; me has
dicho que quieres a Rosa y que estás resuelto a casarte con ella; todo lo
demás de la verdad es a ella a quien se la tienes que decir luego que os
caséis.
—Pero hay cosas…
—No, no hay cosas que no se deban decir a la mujer…
—¡Pero, Tula!
—Nada de Tula, te he dicho. Si la quieres, a casarte con ella, y si no la
quieres, estás de más en esta casa.
Estas palabras le brotaron de los labios fríos y mientras se le paraba el
corazón. Siguió a ellas un silencio de hielo, y durante él la sangre, antes
represada y ahora suelta, le encendió la cara a la hermana. Y entonces, en el
silencio agorero, podía oírsele el galope trepidante del corazón.
Al siguiente día se fijaba el de la boda.
22
III
Don Primitivo autorizó y bendijo la boda de Ramiro con Rosa. Y nadie
estuvo en ella más alegre que lo estuvo Gertrudis. A tal punto, que su alegría
sorprendió a cuantos la conocían, sin que faltara quien creyese que tenía muy
poco de natural.
Fuéronse a su casa los recién casados, y Rosa reclamaba a ella de
continuo la presencia de su hermana. Gertrudis le replicaba que a los novios
les convenía soledad.
—Pero si es al contrario, hija, si nunca he sentido más tu falta; ahora es
cuando comprendo lo que te quería.
Y poníase a abrazarla y besuquearla.
—Sí, sí —le replicaba Gertrudis sonriendo gravemente—; vuestra
felicidad necesita de testigos; se os acrecienta la dicha sabiendo que otros se
dan cuenta de ella.
Íbase, pues, de cuando en cuando a hacerles compañía; a comer con ellos
alguna vez. Su hermana le hacía las más ostentosas demostraciones de
cariño, y luego a su marido que, por su parte, aparecía como avergonzado
ante su cuñada.
—Mira —llegó a decirle una vez Gertrudis a su hermana ante aquellas
señales—, no te pongas así, tan babosa. No parece sino que has inventado lo
del matrimonio.
Un día vio un perrito en la casa.
—Y esto ¿qué es?
—Un perro, chica, ¿no lo ves?
—¿Y cómo ha venido?
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—Lo encontré ahí, en la calle, abandonado y medio muerto; me dio
lástima, le traje, le di de comer, le curé y aquí le tengo —y lo acariciaba en
su regazo y le daba besos en el hocico.
—Pues mira, Rosa, me parece que debes regalar el perrito, porque el
que le mates me parece una crueldad.
—¿Regalarle? Y ¿por qué? Mira, Tití —y al decirlo apechugaba contra
su seno al animalito—, me dicen que te eche. ¿Adónde irás tú, pobrecito?
—Vamos, vamos, no seas chiquilla y no lo tomes así. ¿A que tu marido
es de mi opinión?
—¡Claro, en cuanto se lo digas! Como tú eres la sabia…
—Déjate de esas cosas y deja al perro.
—Pero ¿qué? ¿Crees que tendrá Ramiro celos?
—Nunca creí, Rosa, que el matrimonio pudiese entontecer así.
Cuando llegó Ramiro y se enteró de la pequeña disputa por lo del perro,
no se atrevió a dar la razón ni a la una ni a la otra, declarando que la cosa no
tenía importancia.
—No, nada la tiene y lo tiene todo, según —dijo Gertrudis—. Pero en
eso hay algo de chiquillada, y aún más. Serás capaz, Rosa, de haberte traído
aquella pepona que guardas desde que nos dieron dos, una a ti y a mí otra,
siendo niñas, y serás capaz de haberla puesto ocupando su silla…
—Exacto; allí está, en la sala, con su mejor traje, ocupando toda una
silla de respeto. ¿La quieres ver?
—Así es —asintió Ramiro.
—Bueno, ya la quitarás de allí…
—Quia, hija, la guardaré…
—Sí, para juguete de tus hijas…
—¡Qué cosas se te ocurren, Tula…! —y se arreboló.
—No, es a ti a quien se te ocurren cosas como la del perro.
—Y tú —exclamó Rosa, tratando de desasirse de aquella inquisitoria
que le molestaba—, ¿no tienes también tu pepona? ¿La has dado, o deshecho
acaso?
—No —respondióle resueltamente su hermana—, pero la tengo
guardada.
24
—¡Y tan guardada que no se la he podido descubrir nunca…!
—Es que Gertrudis la guarda para sí sola —dijo Ramiro sin saber lo que
decía.
—Dios sabe para qué la guardo. Es un talismán de mi niñez.
El que iba poco, poquísimo, por casa del nuevo matrimonio era el bueno
de don Primitivo. «El onceno no estorbar», decía.
Corrían los días, todos iguales, en una y otra casa. Gertrudis se había
propuesto visitar lo menos posible a su hermana, pero esta venía a buscarla
en cuanto pasaba un par de días sin que se viesen. «¿Pero qué, estás mala,
chica? ¿O te sigue estorbando el perro? Porque si es así, mira, le echaré.
¿Por qué me dejas así, sola?».
—¿Sola, Rosa? ¿Sola? ¿Y tu marido?
—Pero él se tiene que ir a sus asuntos…
—O los inventa…
—¿Qué, es que crees que me deja aposta? ¿Es que sabes algo? ¡Dilo,
Tula, por lo que más quieras, por nuestra madre, dímelo!
—No; es que os aburrís de vuestra felicidad y de vuestra soledad. Ya le
echarás el perro o si no te darán antojos, y será peor.
—No digas esas cosas.
—Te darán antojos —replicó con más firmeza.
Y cuando al fin fue un día a decirle que había regalado el perrito,
Gertrudis, sonriendo gravemente y acariciándola como a una niña, le
preguntó al oído: «Por miedo a los antojos, ¿eh?». Y al oír en respuesta un
susurrado «¡sí!» , abrazó a su hermana con una efusión de que esta no la
creía capaz.
—Ahora va de veras, Rosa; ahora no os aburriréis de la felicidad ni de
la soledad y tendrá varios asuntos tu marido. Esto era lo que os faltaba…
—Y acaso lo que te faltaba… ¿No es así, hermanita?
—¿Y a ti quién te ha dicho eso?
—Mira, aunque soy tan tonta, como he vivido siempre contigo…
—¡Bueno, déjate de bromas!
Y desde entonces empezó Gertrudis a frecuentar más la casa de su
hermana.
25
IV
En el parto de Rosa, que fue durísimo, nadie estuvo más serena y valerosa
que Gertrudis. Creeríase que era una veterana en asistir a trances tales.
Llegó a haber peligro de muerte para la madre o la cría que hubiera de salir,
y el médico llegó a hablar de sacársela viva o muerta.
—¿Muerta? —exclamó Gertrudis—; ¡eso sí que no!
—¿Pero no ve usted —exclamó el médico— que aunque se muera el crío
queda la madre para hacer otros, mientras que si se muere ella no es lo
mismo?
Pasó rápidamente por el magín de Gertrudis replicarle que quedaban
otras madres, pero se contuvo e insistió:
—Muerta, ¡no!, ¡nunca! Y hay, además, que salvar un alma.
La pobre parturienta ni se enteraba de cosa alguna. Hasta que, rendida al
combate, dio a luz un niño.
Recogiólo Gertrudis con avidez, y como si nunca hubiera hecho otra
cosa, lo lavó y envolvió en sus pañales.
—Es usted comadrona de nacimiento —le dijo el médico.
Tomó la criaturita y se la llevó a su padre, que en un rincón, aterrado y
como contrito de una falta, aguardaba la noticia de la muerte de su mujer.
—¡Aquí tienes tu primer hijo, Ramiro; mírale qué hermoso!
Pero al levantar la vista el padre, libre del peso de su angustia, no vio
sino los ojazos de su cuñada, que irradiaban una luz nueva, más negra, pero
más brillante que la de antes. Y al ir a besar a aquel rollo de carne que le
presentaban como su hijo, rozó su mejilla, encendida, con la de Gertrudis.
—Ahora —le dijo tranquilamente esta— ve a dar las gracias a tu mujer,
a pedirle perdón y a animarla.
26
—¿A pedirle perdón?
—Sí, a pedirle perdón.
—¿Y por qué?
—Yo me entiendo y ella te entenderá. Y en cuanto a este —y al decirlo
apretábalo contra su seno palpitante— corre ya de mi cuenta, y a poco he de
poder o haré de él un hombre.
La casa le daba vueltas en derredor a Ramiro. Y del fondo de su alma
salíale una voz diciendo: «¿Cuál es la madre?».
Poco después ponía Gertrudis cuidadosamente el niño al lado de la
madre, que parecía dormir extenuada y con la cara blanca como la nieve.
Pero Rosa entreabrió los ojos y se encontró con los de su hermana. Al ver a
esta, una corriente de ánimo recorrió el cuerpo todo victorioso de la nueva
madre.
—¡Tula! —gimió.
—Aquí estoy, Rosa, aquí estaré. Ahora descansa. Cuando sea, le das de
mamar a este crío para que se calle. De todo lo demás no te preocupes.
—Creí morirme, Tula, aun ahora me parece que sueño muerta. Y me
daba tanta pena de Ramiro…
—Cállate. El médico ha dicho que no hables mucho. El pobre Ramiro
estaba más muerto que tú. ¡Ahora, ánimo, y a otra!
La enferma sonrió tristemente.
—Este se llamará Ramiro, como su padre —decretó luego Gertrudis en
pequeño consejo de familia—, y la otra, porque la siguiente será niña,
Gertrudis como yo.
—¿Pero ya estás pensando en otra ——exclamó don Primitivo— y tu
pobre hermana de por poco se queda en el trance?
—¿Y qué hacer? —replicó ella—; ¿para qué se han casado si no? ¿No es
así, Ramiro? —y le clavó los ojos.
—Ahora lo que importa es que se reponga —dijo el marido
sobrecogiéndose bajo aquella mirada.
—¡Bah!, de estas dolencias se repone una mujer pronto.
—Bien dice el médico, sobrina, que parece como si hubieras nacido
comadrona.
27
—Toda mujer nace madre, tío.
Y lo dijo con tan íntima solemnidad casera, que Ramiro se sintió presa
de un indefinible desasosiego y de un extraño remordimiento. «¿Querré yo a
mi mujer como se merece?», se decía.
—Y ahora, Ramiro —le dijo su cuñada—, ya puedes decir que tienes
mujer.
Y a partir de entonces, no faltó Gertrudis un solo día de casa de su
hermana. Ella era quien desnudaba y vestía y cuidaba al niño hasta que su
madre pudiera hacerlo.
La cual se repuso muy pronto y su hermosura se redondeó más. A la vez
extremó sus ternuras para con su marido y aun llegó a culparle de que se le
mostraba esquivo.
—Temí por tu vida —le dijo su marido— y estaba aterrado. Aterrado y
desesperado y lleno de remordimiento.
—Remordimiento, ¿por qué?
—¡Si llegas a morirte me pego un tiro!
—¡Quia!, ¿a qué? «Cosas de hombres», que diría Tula. Pero eso ya pasó
y ya sé lo que es.
—¿Y no has quedado escarmentada, Rosa?
—¿Escarmentada? —y cogiendo a su marido, echándole los brazos al
cuello, apechugándole fuertemente a sí, le dijo al oído con un aliento que se
lo quemaba: ¡A otra, Ramiro, a otra! ¡Ahora sí que te quiero! ¡Y aunque me
mates!
Gertrudis en tanto arrullaba al niño, celosa de que no se percatase —
¡inocente!— de los ardores de sus padres.
Era como una preocupación en la tía de ir sustrayendo al niño, ya desde
su más tierna edad de inconsciencia, de conocer, ni en las más leves y
remotas señales, el amor de que había brotado. Colgóle al cuello, desde
luego, una medalla de la Santísima Virgen, de la Virgen Madre, con su Niño
en brazos.
Con frecuencia, cuando veía que su hermana, la madre, se impacientaba
en acallar al niño o al envolverlo en sus pañales, le decía:
—Dámelo, Rosa, dámelo, y vete a entretener a tu marido.
28
—Pero, Tula…
—Sí, tú tienes que atender a los dos y yo sólo a este.
—Tienes, Tula, una manera de decir las cosas…
—No seas niña, ¡ea!, que eres ya toda una señora mamá. Y da gracias a
Dios que podamos así repartirnos el trabajo.
—Tula… Tula…
—Ramiro… Ramiro… Rosa.
La madre se amoscaba, pero iba a su marido.
Y así pasaba el tiempo y llegó otra cría, una niña.
29
V
A poco de nacer la niña encontraron un día muerto al bueno de don
Primitivo. Gertrudis le amortajó después de haberle lavado —quería que
fuese limpio a la tumba— con el mismo esmero con que había envuelto en
pañales a sus sobrinos recién nacidos. Y a solas en el cuarto con el cuerpo
del buen anciano, le lloró como no se creyera capaz de hacerlo. «Nunca
habría creído que le quisiese tanto —se dijo—; era un bendito; de poco llega
a hacerme creer que soy un pozo de prudencia; ¡era sencillo!».
—Fue nuestro padre —le dijo a su hermana— y jamás le oímos una
palabra más alta que otra.
—¡Claro! —exclamó Rosa—; como que siempre nos dejó hacer nuestra
santísima voluntad.
—Porque sabía, Rosa, que su sola presencia santificaba nuestra
voluntad. Fue nuestro padre; él nos educó. Y para educarnos le bastó la
transparencia de su vida, tan sencilla, tan clara…
—Es verdad, sí —dijo Rosa con los ojos henchidos de lágrimas—;
como sencillo no he conocido otro.
—Nos habría sido imposible, hermana, habernos criado en un hogar más
limpio que este.
—¿Qué quieres decir con eso, Tula?
—Él nos llenó la vida casi silenciosamente, casi sin decirnos palabra,
con el culto de la Santísima Virgen Madre y con el culto también de nuestra
madre, su hermana, y de nuestra abuela, su madre. ¿Te acuerdas cuando por
las noches nos hacía rezar el rosario, cómo le cambiaba la voz al llegar a
aquel padrenuestro y avemaría por el eterno descanso del alma de nuestra
madre, y luego aquellos otros por el de su madre, nuestra abuela, a las que
30
no conocimos? En aquel rosario nos daba madre y en aquel rosario te enseñó
a serlo.
—¡Y a ti, Tula, a ti! —exclamó entre sollozòs Rosa.
—¿A mí?
—¡A ti, sí, a ti! ¿Quién, si no, es la verdadera madre de mis hijos?
—Deja ahora eso. Y ahí le tienes, un santo silencioso. Me han dicho que
las pobres beatas lloraban algunas veces al oírle predicar sin percibir ni una
sola de sus palabras. Y lo comprendo. Su voz sola era un consejo de
serenidad amorosa. ¡Y ahora, Rosa, el rosario!
Arrodilláronse las dos hermanas al pie del lecho mortuorio de su tío y
rezaron el mismo rosario que con él habían rezado durante tantos años, con
dos padrenuestros y avemarías por el eterno descanso de las almas de su
madre y de la del que yacía allí muerto, a que añadieron otro padrenuestro y
otra avemaría por el alma del recién bienaventurado. Y las lenguas de manso
y dulce fuego de los dos cirios que ardían a un lado y otro del cadáver,
haciendo brillar su frente, tan blanca como la cera de ellos, parecían,
vibrando al compás del rezo, acompañar en sus oraciones a las dos
hermanas. Una paz entrañable irradiaba de aquella muerte. Levantáronse del
suelo las dos hermanas, la pareja; besaron, primero Gertrudis y Rosa
después, la frente cérea del anciano y abrazáronse luego con los ojos ya
enjutos.
—Y ahora —le dijo Gertrudis a su hermana al oído— a querer mucho a
tu marido, a hacerle dichoso y… ¡a darnos muchos hijos!
—Y ahora —le respondió Rosa— te vendrás a vivir con nosotros, por
supuesto.
—¡No, eso no! —exclamó súbitamente la otra.
—¿Cómo que no? Y lo dices de un modo…
—Sí, sí, hermana; perdóname la viveza, perdónamela, ¿me la perdonas?
—e hizo mención, ante el cadáver, de volver a arrodillarse.
—Vaya, no te pongas así, Tula, que no es para tanto. Tienes unos
prontos…
—Es verdad, pero me los perdonas, ¿no es verdad, Rosa?, me los
perdonas.
31
—Eso ni se pregunta. Pero te vendrás con nosotros…
—No insistas, Rosa, no insistas…
—¿Qué? ¿No te vendrás? Dejarás a tus sobrinos, más bien tus hijos
casi…
—Pero si no los he dejado un día…
—¿Te vendrás?
—Lo pensaré, Rosa, lo pensaré…
—Bueno, pues no insisto.
Pero a los pocos días insistió, y Gertrudis se defendía.
—No, no; no quiero estorbaros…
—¿Estorbamos? ¿Qué dices, Tula?
—Los casados casa quieren.
—¿Y no puede ser la tuya también?
—No, no; aunque tú no lo creas, yo os quitaría libertad. ¿No es así,
Ramiro?
—No…, no veo… —balbuceó el marido, confuso, como casi siempre le
ocurría ante la inesperada interpelación de su cuñada.
—Sí, Rosa; tu marido, aunque no lo dice, comprende que un matrimonio,
y más un matrimonio joven como vosotros y en plena producción, necesita
estar solo. Yo, la tía, vendré a mis horas a ir enseñando a vuestros hijos todo
aquello en que no podáis ocuparos.
Y allá seguía yendo, a las veces desde muy temprano, encontrándose con
el niño ya levantado, pero no así sus padres. «Cuando digo que hago yo aquí
falta», se decía.
32
VI
Venía ya el tercer hijo al matrimonio. Rosa empezaba a quejarse de su
fecundidad. «Vamos a cargamos de hijos», decía. A lo que su hermana:
«¿Pues para qué os habéis casado?».
El embarazo fue molestísimo para la madre y tenía que descuidar más
que antes a sus otros hijos, que así quedaban al cuidado de su tía, encantada
de que se los dejasen. Y hasta consiguió llevárselos más de un día a su casa,
a su solitario hogar de soltera, donde vivía con la vieja criada que fue de
don Primitivo, y donde los retenía. Y los pequeñuelos se apegaban con ciego
cariño a aquella mujer severa y grave.
Ramiro, malhumorado antes en los últimos meses de los embarazos de su
mujer, malhumor que desasosegaba a Gertrudis, ahora lo estaba más.
—¡Qué pesado y molesto es esto! —decía.
—¿Para ti? —le preguntaba su cuñada sin levantar los ojos del sobrino o
sobrina que de seguro tenía en el regazo.
—Para mí, sí. Vivo en perpetuo sobresalto, temiéndolo todo.
—¡Bah! No será al fin nada. La Naturaleza es sabia.
—Pero tantas veces va el cántaro a la fuente…
—¡Ay, hijo, todo tiene sus riesgos y todo estado sus contrariedades!
Ramiro se sobrecogía al oírse llamar hijo por su cuñada, que rehuía
darle su nombre, mientras él, en cambio, se complacía en llamarla por el
familiar Tula.
—¡Qué bien has hecho en no casarte, Tula!
—¿De veras? —y levantando los ojos se los clavó en los suyos.
—De veras, sí. Todo son trabajos y aun peligros…
—¿Y sabes tú acaso si no me he de casar todavía?
33
—Claro. ¡Lo que es por la edad!
—¿Pues por qué ha de quedar?
—Como no te veo con afición a ello…
—¿Afición a casarse? ¿Qué es eso?
—Bueno; es que…
—Es que no me ves buscar novio, ¿no es eso?
—No, no es eso.
—Sí, eso es.
—Si tú los aceptaras, de seguro que no te habrían faltado…
—Pero yo no puedo buscarlos. No soy hombre, y la mujer tiene que
esperar y ser elegida. Y yo, la verdad, me gusta elegir, pero no ser elegida.
—¿Qué es eso de que estáis hablando? —dijo Rosa acercándose y
dejándose caer abatida en un sillón.
—Nada; discreteos de tu marido sobre las ventajas e inconvenientes del
matrimonio.
—¡No hables de eso, Ramiro! Vosotros los hombres apenas sabéis de
eso. Somos nosotras las que nos casamos, no vosotros.
—¡Pero, mujer!
—Anda, ven, sosténme, que apenas puedo tenerme en pie. Voy a
echarme. Adiós, Tula. Ahí te los dejo.
Acercóse a ella su marido; le tomó del brazo con sus dos manos y se
incorporó y levantó trabajosamente; luego, tendiéndole un brazo por el
hombro, doblando su cabeza hasta casi darle en este con ella y cogiéndole
con la otra mano, con la diestra de su diestra, se fue lentamente así apoyada
en él y gimoteando. Gertrudis, teniendo a cada uno de sus sobrinos en sus
rodillas, se quedó mirando la marcha trabajosa de su hermana, colgada de su
marido como una enredadera de su rodrigón. Llenáronsele los grandes
ojazos, aquellos ojos de luto, serenamente graves, gravemente serenos, de
lágrimas, y apretando a su seno a los dos pequeños, apretó sus mejillas a
cada una de las de ellos. Y el pequeñito, Ramirín, al ver llorar a su tía, la
tita Tula, se echó a llorar también.
—Vamos, no llores; vamos a jugar.
De este tercer parto quedó quebrantadísima Rosa.
34
—Tengo malos presentimientos, Tula.
—No hagas caso de agüeros.
—No es agüero; es que siento que se me va la vida; he quedado sin
sangre.
—Ella volverá.
—Por de pronto, ya no puedo criar este niño. Y eso de las amas, Tula,
¡eso me aterra!
Y así era, en verdad. En pocos días cambiaron tres. El padre estaba
furioso y hablaba de tratarlas a latigazos. Y la madre decaía.
—¡Esto se va! —pronunció un día el médico.
Ramiro vagaba por la casa como atontado, presa de extraños
remordimientos y de furias súbitas. Una tarde llegó a decir a su cuñada:
—Pero es que esta Rosa no hace nada por vivir; se le ha metido en la
cabeza que tiene que morirse y ¡es claro!, se morirá. ¿Por qué no la animas y
la convences a que viva?
—Eso tú, hijo; tú, su marido. Si tú no le infundes apetito de vivir, ¿quién
va a infundírselo? Porque sí, no es lo peor lo débil y exangüe que está; lo
peor es que no piensa sino en morirse. Ya ves, hasta los chicos la cansan
pronto. Y apenas si pregunta por las cosas del alma.
Y era que la pobre Rosa vivía como en sueños, en un constante mareo,
viéndolo todo como a través de una niebla.
Una tarde llamó a solas a su hermana y en frases entrecortadas, con un
hilito de voz febril, le dijo cogiéndole la mano:
—Mira, Tula, yo me muero y me muero sin remedio. Ahí te dejo mis
hijos, los pedazos de mi corazón, y ahí te dejo a Ramiro, que es como otro
hijo. Créeme que es otro niño, un niño grande y antojadizo, pero bueno, más
bueno que el pan. No me ha dado ni un solo disgusto. Ahí te los dejo, Tula.
—Descuida, Rosa; conozco mis deberes.
—Deberes… deberes…
—Sí, sé mis amores. A tus hijos no les faltará madre mientras yo viva.
—Gracias, Tula, gracias. Eso quería de ti.
—Pues no lo dudes.
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—¡Es decir que mis hijos, los míos, los pedazos de mi corazón, no
tendrán madrastra! .
—¿Qué quieres decir con eso, Rosa?
—Que como Ramiro volverá a pensar en casarse…, es lo natural…, tan
joven… y yo sé que no podrá vivir sin mujer, lo sé… pues que…
—¿Qué quieres decir?
—Que serás tú su mujer, Tula.
—Yo no te he dicho eso, Rosa, y ahora, en este momento, no puedo, ni
por piedad, mentir. Yo no te he dicho que me casaré con tu marido si tú le
faltas; yo te he dicho que a tus hijos no les faltará madre…
—No, tú me has dicho que no tendrán madrastra.
—¡Pues bien, sí, no tendrán madrastra!
—Y eso no puede ser sino casándote tú con mi Ramiro, y mira, no tengo
celos, no. ¡Si ha de ser de otra, que sea tuyo! Que sea tuyo. Acaso…
—¿Y por qué ha de volver a casarse?
—¡Ay, Tula, tú no conoces a los hombres! Tú no conoces a mi marido…
—No, no le conozco.
—¡Pues yo sí!
—Quién sabe…
—La pobre enferma se desvaneció.
Poco después llamaba a su marido. Y al salir este del cuarto iba
desencajado y pálido como un cadáver.
La Muerte afilaba su guadaña en la piedra angular del hogar de Rosa y
Ramiro, y mientras la vida de la joven madre se iba en rosario de gotas,
destilando, había que andar a la busca de una nueva ama de cría para el
pequeñito, que iba rindiéndose también de hambre. Y Gertrudis, dejando que
su hermana se adormeciese en la cuna de una agonía lenta, no hacía sino
agitarse en busca de un seno próvido para su sobrinito. Procuraba irle
engañando el hambre, sosteniéndole a biberón.
—¿Y esa ama?
—¡Hasta mañana no podrá venir, señorita!
—Mira, Tula —empezó Ramiro.
36
—¡Déjame! ¡Déjame! ¡Vete al lado de tu mujer, que se muere de un
momento a otro; vete que allí es tu puesto, y déjame con el niño!
—Pero, Tula…
—Déjame, te he dicho. Vete a verla morir; a que entre en la otra vida en
tus brazos; ¡vete! ¡Déjame!
Ramiro se fue. Gertrudis tomó a su sobrinillo, que no hacía sino gemir;
encerróse con él en un cuarto y sacando uno de sus pechos secos, uno de sus
pechos de doncella, que arrebolado todo él le retemblaba como con fiebre.
Le retemblaba por los latidos del corazón —era el derecho—, puso el botón
de ese pecho en la flor sonrosada pálida de la boca del pequeñuelo. Y este
gemía más estrujando entre sus pálidos labios el conmovido pezón seco.
—Un milagro, Virgen Santísima —gemía Gertrudis con los ojos velados
por las lágrimas—; un milagro, y nadie lo sabrá, nadie.
Y apretaba como una loca al niño a su seno.
Oyó pasos y luego que intentaban abrir la puerta. Metióse el pecho, lo
cubrió, se enjugó los ojos y salió a abrir. Era Ramiro, que le dijo:
—¡Ya acabó!
—Dios la tenga en su gloria. Y ahora, Ramiro, a cuidar de estos.
—¿A cuidar? Tú…, tú…, porque sin ti…
—Bueno; ahora a criarlos, te digo.
37
VII
Ahora, ahora que se había quedado viudo, era cuando Ramiro sentía todo lo
que sin él siquiera sospecharlo había querido a Rosa, su mujer. Uno de sus
consuelos, el mayor, era recogerse en aquella alcoba en que tanto habían
vivido amándose y repasar su vida de matrimonio.
Primero el noviazgo, aquel noviazgo, aunque no muy prolongado, de
lento reposo, en que Rosa parecía como que le hurtaba el fondo del alma
siempre, y como si por acaso no la tuviese o haciéndole pensar que no la
conocería hasta que fuese suya del todo y por entero; aquel noviazgo de
recato y de reserva, bajo la mirada de Gertrudis, que era todo alma.
Repasaba en su mente Ramiro, lo recordaba bien, cómo la presencia de
Gertrudis, la tía Tula de sus hijos, le contenía y desasosegaba, cómo ante
ella no se atrevía a soltar ninguna de esas obligadas bromas entre novios,
sino a medir sus palabras.
Vino luego la boda y la embriaguez de los primeros meses, de las lunas
de miel; Rosa iba abriéndole el espíritu, pero era este tan sencillo, tan
transparente, que cayó en la cuenta Ramiro de que no le había velado ni
recatado nada. Porque su mujer vivía con el corazón en la mano y extendía
esta en gesto de oferta, y con las entrañas espirituales al aire del mundo,
entregada por entero al cuidado del momento, como viven las rosas del
campo y las alondras del cielo. Y era a la vez el espíritu de Rosa como un
reflejo del de su hermana, como el agua corriente al sol de que aquel era el
manantial cerrado.
Llegó, por fin, una mañana en que se le desprendieron a Ramiro las
escamas de la vista y, purificada esta, vio claro con el corazón. Rosa no era
una hermosura cual él se había creído y antojado, sino una figura vulgar,
38
pero con todo el más dulce encanto de la vulgaridad recogida y mansa; era
como el pan de cada día, como el pan casero y cotidiano, y no un raro
manjar de turbadores jugos. Su mirada, que sembraba paz, su sonrisa, su aire
de vida, eran encarnación de un ánimo sedante, sosegado y doméstico. Tenía
su pobre mujer algo de planta en la silenciosa mansedumbre, en la callada
tarea de beber y atesorar luz con los ojos y derramarla luego convertida en
paz; tenía algo de planta en aquella fuerza velada y a la vez poderosa con
que de continuo, momento tras momento, chupaba jugos de las entrañas de la
vida común ordinaria y en la dulce naturalidad con que abría sus perfumadas
corolas.
¡Qué de recuerdos! Aquellos juegos cuando la pobre se le escapaba y la
perseguía él por la casa toda fingiendo un triunfo para cobrar como botín
besos largos y apretados, boca a boca; aquel cogerle la cara con ambas
manos y estarse en silencio mirándole el alma por los ojos y, sobre todo,
cuando apoyaba el oído sobre el pecho de ella, ciñéndole con los brazos el
talle, y escuchándole la marcha tranquila del corazón le decía: «¡Calla,
déjale que hable!».
Y las visitas de Gertrudis, que con su cara grave y sus grandes ojazos de
luto a que se asomaba un espíritu embozado, parecía decirles: «Sois unos
chiquillos que cuando no os veo estáis jugando a marido y mujer; no es esa
la manera de prepararse a criar hijos, pues el matrimonio se instituyó para
casar, dar gracia a los casados y que críen hijos para el cielo».
¡Los hijos! Ellos fueron sus primeras grandes meditaciones. Porque pasó
un mes y otro y algunos más, y al no notar señal ni indicio de que hubiese
fructificado aquel amor, «¿tendría razón —decíase entonces— Gertrudis?
¿Sería verdad que no estaban sino jugando a marido y mujer y sin querer, con
la fuerza toda de la fe en el deber, el fruto de la bendición del amor justo?».
Pero lo que más le molestaba entonces, recordábalo bien ahora, era lo que
pensarían los demás, pues acaso hubiese quien le creyera a él, por eso de no
haber podido hacer hijos, menos hombre que otros. ¿Por qué no había de
hacer él, y mejor, lo que cualquier mentecato, enclenque y apocado hace?
Heríale en su amor propio; habría querido que su mujer hubiese dado a luz a
los nueve meses justos y cabales de haberse ellos casado. Además, eso de
39
tener hijos o no tenerlos debía de depender —decíase entonces— de la
mayor o menor fuerza de cariño que los casados se tengan, aunque los hay
enamoradísimos uno de otro y que no dan fruto, y otros, ayuntados por
conveniencias de fortuna y ventura, que se cargan de críos. Pero —y esto sí
que lo recordaba bien ahora— para explicárselo había fraguado su teoría, y
era que hay un amor aparente y consciente, de cabeza, que puede mostrarse
muy grande y ser, sin embargo, infecundo, y otro sustancial y oculto, recatado
aun al propio conocimiento de los mismos que lo alimentan, un amor del
alma y el cuerpo enteros y justos, amor fecundo siempre. ¿No querría él lo
bastante a Rosa o no le querría lo bastante Rosa a él? Y recordaba ahora
cómo había tratado de descifrar el misterio mientras la envolvía en besos, a
solas, en el silencio y oscuro de la noche y susurrándola una y otra vez al
oído, en letanía, un rosario de: «¿Me quieres, me quieres, Rosa?» , mientras
a ella se la escapaban síes desfallecidos. Aquello fue una locura, una necia
locura, de la que se avergonzaba apenas veía entrar a Gertrudis derramando
serena seriedad en torno, y de aquello le curó la sazón del amor cuando le
fue anunciado el hijo. Fue un transporte loco… ¡había vencido! Y entonces
fue cuando vino, con su primer fruto, el verdadero amor.
El amor, sí. ¿Amor? ¿Amor dicen? ¿Qué saben de él todos esos escritos
amatorios, que no amorosos, que de él hablan y quieren excitarlo en quien
los lee? ¿Qué saben de él los galeotos de las letras? ¿Amor? No amor, sino
mejor cariño. Eso de amor —decíase Ramiro ahora— sabe a libro; sólo en
el teatro y en las novelas se oye el yo te amo; en la vida de carne y sangre y
hueso el entrañable ¡te quiero!, y el más entrañable aún callárselo. ¿Amor?
No, ni cariño siquiera, sino algo sin nombre y que no se dice por confundirse
ello con la vida misma. Los más de los cantores amatorios saben de amor lo
que de oración los masculla-jaculatorias, traga-novenas y engulle-rosarios.
No, la oración no es tanto algo que haya de cumplirse a tales o cuales horas,
en sitio apartado y recogido y en postura compuesta, cuanto es un modo de
hacerlo todo votivamente, con toda el alma y viviendo en Dios. Oración ha
de ser el comer, y el beber, y el pasearse, y el jugar, y el leer, y el escribir, y
el conversar, y hasta el dormir, y rezo todo, y nuestra vida un continuo y
mudo «¡hágase tu voluntad!», y un incesante «¡venga a nos el tu reino!» , no
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ya pronunciados, mas ni aun pensados siquiera, sino vividos. Así oyó la
oración una vez Ramiro a un santo varón religioso que pasaba por maestro
de ella, y así lo aplicó él al amor luego. Pues el que profesara a su mujer y a
ella le apegaba veía bien ahora en que ella se le fue, que se le llegó a fundir
con el rutinero andar de la vida diaria, que lo había respirado en las mil
naderías y frioleras del vivir doméstico, que le fue como el aire que se
respira y al que no se le siente sino en momentos de angustioso ahogo,
cuando nos falta. Y ahora ahogábase Ramiro, y la congoja de su viudez
reciente le revelaba todo el poderío del amor pasado y vivido.
Al principio de su matrimonio fue, sí, el imperio del deseo; no podía
juntar carne con carne sin que la suya se le encendiese y alborotase y
empezara a martillarle el corazón, pero era porque la otra no era aún de
veras y por entero suya también; pero luego, cuando ponía su mano sobre la
carne desnuda de ella, era como si en la propia la hubiese puesto, tan
tranquilo se quedaba; mas también si se la hubiesen cortado habríale dolido
como si se la cortaran a él. ¿No sintió acaso en sus entrañas los dolores de
los partos de su Rosa?
Cuando la vio gozar, sufriendo al darle su primer hijo, es cuando
comprendió cómo es el amor más fuerte que la vida y que la muerte, y
domina la discordia de estas; cómo el amor hace morirse a la vida y vivir la
muerte; cómo él vivía ahora la muerte de su Rosa y se moría en su propia
vida. Luego, al ver al niño dormido y sereno, con los labios en flor
entreabiertos, vio al amor hecho carne que vive. Y allí, sobre la cuna,
contemplando a su fruto, traía a sí a la madre, y mientras el niño sonreía en
sueños palpitando sus labios, besaba él a Rosa en la corola de sus labios
frescos y en la fuente de paz de sus ojos. Y le decía mostrándole dos dedos
de la mano: «¡Otra vez, dos, dos…!». Y ella: «¡No, no, ya no más, uno y no
más!». Y se reía. Y él: «¡Dos, dos, me ha entrado el capricho de que
tengamos dos mellizos, una parejita, niño y niña!». Y cuando ella volvió a
quedarse encinta, a cada paso y tropezón, él: «¡Qué cargado viene eso! ¡Qué
granazón! ¡Me voy a salir con la mía; por lo menos dos!». «¡Uno, el último, y
basta!», replicaba ella riendo. Y vino el segundo, la niña, Tulita, y luego que
salió con vida, cuando descansaba la madre, la besó larga y apretadamente
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en la boca, como en premio, diciéndose: «¡Bien has trabajado, pobrecilla!»;
mientras Rosa, vencedora de la muerte y de la vida, sonreía con los
domésticos ojos apacibles.
¡Y murió!; aunque pareciese mentira, se murió. Vino la tarde terrible del
combate último. Allí estuvo Gertrudis, mientras el cuidado de la pobrecita
niña que desfallecía de hambre se lo permitió, sirviendo medicinas inútiles,
componiendo la cama, animando a la enferma, encorazonando a todos.
Tendida en el lecho que había sido campo de donde brotaron tres vidas,
llegó a faltarle el habla y las fuerzas, y cogida de la mano a la mano de su
hombre, del padre de sus hijos, mirábale como el navegante, al ir a perderse
en el mar sin orillas, mira al lejano promontorio, lengua de la tierra nativa,
que se va desvaneciendo en la lontananza y junto al cielo; en los trances del
ahogo miraban sus ojos, desde el borde de la eternidad, a los ojos de su
Ramiro. Y parecía aquella mirada una pregunta desesperada y suprema,
como si a punto de partirse para nunca más volver a tierra, preguntase por el
oculto sentido de la vida. Aquellas miradas de congoja reposada, de
acongojado reposo, decían: «Tú, tú que eres mi vida, tú que conmigo has
traído al mundo nuevos mortales, tú que me has sacado tres vidas, tú, mi
hombre, dime, ¿esto qué es?». Fue una tarde abismática. En momentos de
tregua, teniendo Rosa entre sus manos, húmedas y febriles, las manos
temblorosas de Ramiro, clavados en los ojos de este sus ojos henchidos de
cansancio de vida, sonreía tristemente, volviéndolos luego al niño, que
dormía allí cerca, en su cunita, y decía con los ojos, y alguna vez con un
hilito de voz: «¡No despertarle, no! ¡Que duerma, pobrecillo! ¡Que
duerma…, que duerma hasta hartarse, que duerma!». Llególe por último el
supremo trance, el del tránsito, y fue como si en el brocal de las eternas
tinieblas, suspendida sobre el abismo, se aferrara a él, a su hombre, que
vacilaba sintiéndose arrastrado. Quería abrirse con las uñas la garganta la
pobre, mirábale despavorida, pidiéndole con los ojos aire; luego, con ellos
le sondó el fondo del alma, y soltando su mano cayó en la cama donde había
concebido y parido sus tres hijos. Descansaron los dos; Ramiro, aturdido,
con el corazón acorchado, sumergido como en un sueño sin fondo y sin
despertar, muerta el alma, mientras dormía el niño. Gertrudis fue quien,
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viniendo con la pequeñita al pecho, cerró luego los ojos a su hermana, la
compuso un poco y fuese después a cubrir y arropar mejor al niño dormido,
y trasladarle en un beso la tibieza que con otro recogió de la vida que aún
tendía sus últimos jirones sobre la frente de la rendida madre.
Pero, ¿murió acaso Rosa? ¿Se murió de veras? ¿Podía haberse muerto
viviendo él, Ramiro? No; en sus noches, ahora solitarias, mientras se dormía
solo en aquella cama de la muerte y de la vida y del amor, sentía a su lado el
ritmo de su respiración, su calor tibio, aunque con una congojosa sensación
de vacío. Y tendía la mano, recorriendo con ella la otra mitad de la cama,
apretándola algunas veces. Y era lo peor que, cuando recogiéndose se ponía
a meditar en ella, no se le ocurrieran sino cosas de libro, cosas de amor de
libro y no de cariño de vida, y le escocía que aquel robusto sentimiento, vida
de su vida y aire de su espíritu, no se le cuajara más que en abstractas
lucubraciones. El dolor se le espiritualizaba, vale decir que se
intelectualizaba, y sólo cobraba carne, aunque fuera vaporosa, cuando
entraba Gertrudis. Y de todo esto sacábale una de aquellas vocecitas frescas
que piaba: «¡Papá!». Ya estaba, pues, allí, ella, la muerta inmortal. Y luego,
la misma vocecita: «¡Mamá!». Y la de Gertrudis, gravemente dulce,
respondía: «¡Hijo!».
No, Rosa, su Rosa, no se había muerto, no era posible que se le hubiese
muerto; la mujer estaba allí, tan viva como antes, y derramando vida en
torno; la mujer no podía morir.
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VIII
Gertrudis, que se había instalado en casa de su hermana desde que esta dio
por última vez a luz y durante su enfermedad última, le dijo un día a su
cuñado:
—Mira, voy a levantar mi casa.
El corazón de Ramiro se puso al galope.
—Sí —añadió ella—, tengo que venir a vivir con vosotros y a cuidar de
los chicos. No se le puede, además, dejar aquí sola a esa buena pécora del
ama.
—Dios te lo pague, Tula.
—Nada de Tula, ya te lo tengo dicho; para ti soy Gertrudis.
—¿Y qué más da?
—Yo lo sé.
—Mira, Gertrudis…
—Bueno, voy a ver qué hace el ama.
A la cual vigilaba sin descanso. No le dejaba dar el pecho al pequeñito
delante del padre de este, y le regañaba por el poco recato y mucha
desenvoltura con que se desabrochaba el seno.
—Si no hace falta que enseñes eso así; en el niño es en quien hay que ver
si tienes o no leche abundante.
Ramiro sufría y Gertrudis le sentía sufrir.
—¡Pobre Rosa! —decía de continuo.
—Ahora los pobres son los niños y es en ellos en quienes hay que
pensar…
—No basta, no. Apenas descanso. Sobre todo por las noches la soledad
me pesa; las hay que las paso en vela.
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—Sal después de cenar, como salías de casado últimamente, y no
vuelvas a casa hasta que sientas sueño. Hay que acostarse con sueño.
—Pero es que siento un vacío…
—¿Vacío teniendo hijos?
—Pero ella es insustituible…
—Así lo creo… Aunque vosotros los hombres…
—No creí que la quería tanto…
—Así nos pasa de continuo. Así me pasó con mi tío y así me ha pasado
con mi hermana, con tu Rosa. Hasta que ha muerto tampoco yo he sabido lo
que la quería. Lo sé ahora en que cuido a sus hijos, a vuestros hijos. Y es
que queremos a los muertos en los vivos…
—¿Y no, acaso, a los vivos en los muertos …?
—No sutilicemos.
Y por las mañanas, luego de haberse levantado Ramiro, iba su cuñada a
la alcoba y abría de par en par las hojas del balcón diciéndose: «Para que se
vaya el olor a hombre». Y evitaba luego encontrarse a solas con su cuñado,
para lo cual llevaba siempre algún niño delante.
Sentada en la butaca en que solía sentarse la difunta, contemplaba los
juegos de los pequeñuelos.
—Es que yo soy chico y tú no eres más que chica ——oyó que le decía
un día, con su voz de trapo, Ramirín a su hermanita.
—Ramirín, Ramirín —le dijo la tía—, ¿qué es eso? ¿Ya empiezas a ser
bruto, a ser hombre?
Un día llegó Ramiro, llamó a su cuñada y le dijo:
—He sorprendido tu secreto, Gertrudis.
—¿Qué secreto?
—Las relaciones que llevabas con Ricardo, mi primo.
—Pues bien, sí es cierto; se empeñó, me hostigó, no me dejaba en paz, y
acabó por darme lástima.
—Y tan oculto que lo teníais…
—¿Para qué declararlo?
—Y sé más.
—¿Qué es lo que sabes?
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—Que le has despedido.
—También es cierto.
—Me ha enseñado él mismo tu carta.
—¿Cómo? No le creía capaz de eso. Bien he hecho en dejarle: ¡hombre
al fin!
Ramiro, en efecto, había visto una carta de su cuñada a Ricardo, que
decía así:
«Mi querido Ricardo: No sabes bien qué días tan malos estoy
pasando desde que murió la pobre Rosa. Estos últimos han sido
terribles y no he cesado de pedir a la Virgen Santísima y a su Hijo
que me diesen fuerzas para ver claro en mi porvenir. No sabes bien
con cuánta pena te lo digo, pero no pueden continuar nuestras
relaciones; no puedo casarme. Mi hermana me sigue rogando desde
el otro mundo que no abandone a sus hijos y que les haga de madre.
Y puesto que tengo estos hijos a que cuidar, no debo ya casarme.
Perdóname, Ricardo, perdónamelo, por Dios, y mira bien por qué lo
hago. Me cuesta mucha pena porque sé que habría llegado a quererte
y, sobre todo, porque sé lo que me quieres y lo que sufrirás con esto.
Siento en el alma causarte esta pena, pero tú, que eres bueno,
comprenderás mis deberes y los motivos de mi resolución y
encontrarás otra mujer que no tenga mis obligaciones sagradas y que
te pueda hacer más feliz que yo habría podido hacerte. Adiós,
Ricardo, que seas feliz y hagas felices a otros, y ten por seguro que
nunca, nunca te olvidará
Gertrudis».
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—Nuestra, sí, y de nuestros hijos.
—Si tú quisieras…
—¡No hablemos de eso! —y se levantó.
Al siguiente día se le presentó Ricardo.
—Pero, por Dios, Tula.
—No hablemos más de eso, Ricardo, que es cosa hecha.
—Pero, por Dios —y se le quebró la voz.
—¡Sé hombre, Ricardo; sé fuerte!
—Pero es que ya tienen padre…
—No basta, no tienen madre…, es decir, sí la tienen.
—Puede él volver a casarse.
—¿Volverse a casar él? En ese caso los niños se irán conmigo. Le
prometí a su madre, en su lecho de muerte, que no tendrían madrastra.
—¿Y si llegases a serlo tú, Tula?
—¿Cómo yo?
—Sí, tú; casándote con él, con Ramiro.
—¡Eso nunca!
—Pues yo sólo así me lo explico.
—Eso nunca, te he dicho; no me expondría a que unos míos, es decir, de
mi vientre, pudiesen mermarme el cariño que a esos tengo. ¿Y más hijos,
más? Eso nunca. Bastan estos para bien criarlos.
—Pues a nadie le convencerás, Tula, de que no te has venido a vivir aquí
por eso.
—Yo no trato de convencer a nadie de nada. Y en cuanto a ti, basta que
yo te lo diga.
Se separaron para siempre.
—¿Y qué? —le preguntó luego Ramiro.
—Que hemos acabado; no podía ser de otro modo.
—Y que has quedado libre…
—Libre estaba, libre estoy, libre pienso morirme.
—Gertrudis…, Gertrudis —y su voz temblaba de súplica.
—Le he despedido porque me debo, ya te lo dije, a tus hijos, a los hijos
de Rosa…
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—Y tuyos…, ¿no dices así?
—¡Y míos, sí!
—Pero si tú quisieras…
—No insistas; ya te tengo dicho que no debo casarme ni contigo ni con
otro menos.
—¿Menos? —y se le abrió el pecho.
—Sí, menos.
—¿Y cómo no fuiste monja?
—No me gusta que me manden.
—Es que en el convento en que entrases serías tú la abadesa, la
superiora.
—Menos me gusta mandar. ¡Ramirín!
El niño acudió al reclamo. Y cogiéndole su tía le dijo: «¡Vamos a jugar
al escondite, rico!».
—Pero Tula…
—Te he dicho —y para decirle esto se le acercó, teniendo cogido de la
mano al niño, y se lo dijo al oído que no me llames Tula, y menos delante de
los niños. Ellos sí, pero tú no. Y ten respeto a los pequeños.
—¿En qué les falto al respeto?
—En dejar así al descubierto delante de ellos tus instintos…
—Pero si no comprenden…
—Los niños lo comprenden todo; más que nosotros. Y no olvidan nada.
Y si ahora no lo comprenden, lo comprenderán mañana. Cada cosa de estas
que ve u oye un niño es una semilla en su alma, que luego echa tallo y da
fruto. ¡Y basta!
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IX
Y empezó una vida de triste desasosiego, de interna lucha en aquel hogar.
Ella defendíase con los niños, a los que siempre procuraba tener presentes, y
le excitaba a él a que saliese a distraerse. Él, por su parte, extremaba sus
caricias a los hijos y no hacía sino hablarles de su madre, de su pobre
madre. Cogía a la niña y allí, delante de la tía, se la devoraba a besos.
—No tanto, hombre, no tanto, que así no haces sino molestar a la pobre
criatura. Y eso, permíteme que te lo diga, no es natural. Bien está que hagas
que me llamen tía y no mamá, pero no tanto; repórtate.
—¿Es que yo no he de tener el consuelo de mis hijos?
—Sí, hijo, sí; pero lo primero es educarlos bien.
—¿Y así?
—Hartándoles de besos y de golosinas se les hace débiles. Y mira que
los niños adivinan…
—Y qué culpa tengo yo…
—¿Pero es que puede haber para unos niños, hombre de Dios, un hogar
mejor que este? Tienen hogar, verdadero hogar, con padre y madre, y es un
hogar limpio, castísimo, por todos cuyos rincones pueden andar a todas
horas, un hogar donde nunca hay que cerrarles puerta alguna, un hogar sin
misterios. ¿Quieres más?
Pero él buscaba acercarse a ella, hasta rozarla. Y alguna vez le tuvo que
decir en la mesa:
—No me mires así, que los niños ven.
Por las noches solía hacerles rezar por mamá Rosa, por mamita, para que
Dios la tuviese en su gloria. Y una noche, después de este rezo y hallándose
presente el padre, añadió:
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—Ahora, hijos míos, un padrenuestro y avemaría por papá también.
—Pero papá no se ha muerto, mamá Tula.
—No importa, porque se puede morir…
—Eso, también tú.
—Es verdad; otro padrenuestro y avemaría por mí entonces.
Y cuando los niños se hubieron acostado, volviéndose a su cuñado le
dijo secamente:
—Esto no puede ser así. Si sigues sin reportarte tendré que marcharme
de esta casa aunque Rosa no me lo perdone desde el cielo.
—Pero es que…
—Lo dicho; no quiero que ensucies así, ni con miradas, esta casa tan
pura y donde mejor pueden criarse las almas de tus hijos. Acuérdate de
Rosa.
—¿Pero de qué crees que somos los hombres?
—De carne y muy brutos.
—¿Y tú, no te has mirado nunca?
—¿Qué es eso? —y se le demudó el rostro sereno.
—Que aunque no fueses, como en realidad lo eres, su madre, ¿tienes
derecho, Gertrudis, a perseguirme con tu presencia? ¿Es justo que me
reproches y estés llenando la casa con tu persona, con el fuego de tus ojos,
con el son de tu voz, con el imán de tu cuerpo lleno de alma, pero de un alma
llena de cuerpo?
Gertrudis, toda encendida, bajaba la cabeza y se callaba, mientras le
tocaba a rebato el corazón.
—¿Quién tiene la culpa de esto?, dime.
—Tienes razón, Ramiro, y si me fuese, los niños piarían por mí, porque
me quieren…
—Más que a mí —dijo tristemente el padre.
—Es que yo no les besuqueo como tú ni les sobo, y cuando les beso,
ellos sienten que mis besos son más puros, que son para ellos solos…
—Y bien, ¿quién tiene la culpa de esto?, repito.
—Bueno, pues. Espera un año, esperemos un año; déjame un año de
plazo para que vea claro en mí, para que veas claro en ti mismo, para que te
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convenzas…
—Un año…, un año…
—¿Te parece mucho?
—¿Y luego, cuando se acabe?
—Entonces… veremos…
—Veremos…, veremos…
—Yo no te prometo más.
—Y si en este año…
—¿Qué? Si en este año haces alguna tontería…
—¿A qué llamas hacer una tontería?
—A enamorarte de otra y volverte a casar.
—Eso… ¡nunca!
—Qué pronto lo dijiste…
—Eso… ¡nunca!
—¡Bah!, juramentos de hombres…
—Y si así fuese, ¿quién tendrá la culpa?
—¿Culpa?
—¡Sí, la culpa!
—Eso sólo querría decir…
—¿Qué?
—Que no la quisiste, que no la quieres a tu Rosa como ella te quiso a ti,
como ella te habría querido de haber sido ella la viuda.
—No, eso querría decir otra cosa, que no es…
—Bueno, basta. ¡Ramirín!, ¡ven acá, Ramirín! Anda, corre.
Y así se aplacó aquella lucha.
Y ella continuaba su labor de educar a sus sobrinos.
No quiso que a la niña se le ocupase demasiado en aprender costura y
cosas así. «¿Labores de su sexo? —decía—, no, nada de labores de su sexo;
el oficio de una mujer es hacer hombres y mujeres, y no vestirlos».
Un día que Ramirín soltó una expresión soez que había aprendido en la
calle y su padre iba a reprenderle, interrumpióle Gertrudis, diciéndole bajo.
«No, dejarlo; hay que hacer como si no se ha oído; debe de haber un mundo
de que ni para condenarlo hay que hablar aquí».
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Una vez que oyó decir de una que se quedaba soltera que quedaba para
vestir santos, agregó: «¡O para vestir almas de niños!».
—Tulita es mi novia —dijo una vez Ramirín.
—No digas tonterías; Tulita es tu hermana.
—¿Y no puede ser novia y hermana?
—No.
—¿Y qué es ser hermana?
—¿Ser hermana? Ser hermana es…
—Vivir en la misma casa —acabó la niña.
Un día llegó la niña llorando y mostrando un dedo en que le había picado
una abeja. Lo primero que se le ocurrió a la tía fue ver si con su boca,
chupándoselo, podía extraerle el veneno como había leído que se hace con el
de ciertas culebras. Luego declararon los niños, y se les unió el padre, que
no dejarían viva a ninguna de las abejas que venían al jardín, que las
perseguirían a muerte.
—No, eso sí que no —exclamó Gertrudis—; a las abejas no las toca
nadie.
—¿Por qué? ¿Por la miel? —preguntó Ramiro.
—No las toca nadie, he dicho.
—Pero si no son madres, Gertrudis.
—Lo sé, lo sé bien. He leído en uno de esos libros tuyos lo que son las
abejas, lo he leído. Sé lo que son las abejas estas, las que, pican y hacen la
miel; sé lo que es la reina y sé también lo que son los zánganos.
—Los zánganos somos nosotros, los hombres.
—¡Claro está!
—Pues mira, voy a meterme en política; me van a presentar candidato a
diputado provincial.
—¿De veras? —preguntó Gertrudis, sin poder disimular su alegría.
—¿Tanto te place?
—Todo lo que te distraiga.
—Faltan once meses, Gertrudis…
—¿Para qué?, ¿para la elección?
—¡Para la elección, sí!
52
X
Y era lo cierto que en el alma cerrada de Gertrudis se estaba
desencadenando una brava galerna. Su cabeza reñía con su corazón, y
ambos, corazón y cabeza, reñían en ella con algo más ahincado, más
entrañado, más íntimo, con algo que era como el tuétano de los huesos de su
espíritu.
A solas, cuando Ramiro estaba ausente del hogar, cogía al hijo de este y
de Rosa, a Ramirín, al que llamaba su hijo, y se lo apretaba al seno virgen,
palpitante de congoja y henchido de zozobra. Y otras veces se quedaba
contemplando el retrato de la que fue, de la que era todavía su hermana y
como interrogándole si había querido, de veras, que ella, que Gertrudis, le
sucediese en Ramiro. «Sí, me dijo que yo habría de llegar a ser la mujer de
su hombre, su otra mujer —se decía—, pero no pudo querer eso, no, no pudo
quererlo…; yo, en su caso, al menos, no lo habría querido, no podría haberlo
querido… ¿De otra? ¡No, de otra no! Ni después de mi muerte… Ni de mi
hermana… ¡De otra, no! No se puede ser más que de una… No, no pudo
querer eso; no pudo querer que entre él, entre su hombre, entre el padre de
sus hijos y yo se interpusiese su sombra… No pudo querer eso. Porque
cuando él estuviese a mi lado, arrimado a mí, carne a carne, ¿quién me dice
que no estuviese pensando en ella? Yo no sería sino el recuerdo… ¡algo peor
que el recuerdo de la otra! No, lo que me pidió es que impida que sus hijos
tengan madrastra. ¡Y lo impediré! Y casándome con Ramiro, entregándole mi
cuerpo, y no sólo mi alma, no lo impediría… Porque entonces sí que sería
madrastra. Y más si llegaba a darme hijos de mi carne y de mi sangre…». Y
esto de los hijos de la carne hacía palpitar de sagrado terror el tuétano de los
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huesos del alma de Gertrudis, que era toda maternidad, pero maternidad de
espíritu.
Y encerrábase en su cuarto, en su recatada alcoba, a llorar al pie de una
imagen de la Santísima Virgen Madre, a llorar mientras susurraba: «el fruto
de tu vientre…».
Una vez que tenía apretado a su seno a Ramirín, este le dijo:
—¿Por qué lloras, mamita? —pues habíale enseñado a llamarla así.
—Si no lloro…
—Sí, lloras…
—¿Pero es que me ves llorar…?
—No, pero te siento que lloras… Estás llorando…
—Es que me acuerdo de tu madre…
—¿Pues no dices que lo eres tú…?
—Sí, pero de la otra, de mamá Rosa.
—¡Ah, sí!; la que se murió…, la de papá…
—¡Sí la de papá!
—¿Y por qué papá nos dice que no te llamemos mamá, sino tía, tiíta
Tula, y tú nos dices que te llamemos mamá y no tía, tiíta Tula…?
—Pero ¿es que papá os dice eso?
—Sí, nos ha dicho que todavía no eras nuestra mamá, que todavía no
eres más que nuestra tía…
—¿Todavía?
—Sí, nos ha dicho que todavía no eres nuestra mamá, pero que lo
serás… Sí, que vas a ser nuestra mamá cuando pasen unos meses…
«Entonces sería vuestra madrastra», pensó Gertrudis, pero no se atrevió
a desnudar este pensamiento pecaminoso ante el niño.
—Bueno, mira, no hagas caso de esas cosas, hijo mío…
Y cuando luego llegó Ramiro, el padre, le llamó aparte y severamente le
dijo:
—No andes diciéndole al niño esas cosas. No le digas que yo no soy
todavía más que su tía, la tía Tula, y que seré su mamá. Eso es corromperle,
eso es abrirle los ojos sobre cosas que no debe ver. Y si lo haces por influir
con él sobre mí, si lo haces por moverme…
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—Me dijiste que te tomabas un plazo…
—Bueno, si lo haces por eso piensa en el papel que haces hacer a tu hijo,
un papel de…
—¡Bueno, calla!
—Las palabras no me asustan, pero lo callaré. Y tú piensa en Rosa,
recuerda a Rosa, ¡tu primer… amor!
—¡Tula!
—Basta. Y no busques madrastra para tus hijos, que tienen madre.
55
XI
«Esto necesita campo», se dijo Gertrudis, a indicó a Ramiro la conveniencia
de que todos ellos se fuesen a veranear a un pueblecito costero que tuviese
montaña, dominando al mar y por este dominada. Buscó un lugar que no
fuese muy de moda, pero donde Ramiro pudiese encontrar compañeros de
tresillo, pues tampoco le quería obligado a la continua compañía de los
suyos. Era un género de soledad a que Gertrudis temía.
Allí todos los días salían de paseo, por la montaña, dando vistas al mar,
entre madroñales, ellos dos, Gertrudis y Ramiro, y los tres niños: Ramirín,
Rosita y Elvira. Jamás, ni aun allí donde no los conocían —es decir, allí
menos—, se hubiese arriesgado Gertrudis a salir de paseo con su cuñado,
solos los dos. Al llegar a un punto en que un tronco tendido en tierra, junto al
sendero, ofrecía, a modo de banco rústico, asiento, sentábanse en él ellos
dos, cara al mar, mientras los niños jugaban allí cerca, lo más cerca posible.
Una vez en que Ramiro quiso que se sentaran en el suelo, sobre la yerba
montañesa, Gertrudis le contestó: «¡No, en el suelo, no! Yo no me siento en
el suelo, sobre la tierra, y menos junto a ti y ante los niños…». «Pero si el
suelo está limpio… si hay yerba…». «¡Te he dicho que no me siento así!».
«No, la postura no es cómoda…». «¡Peor que incómoda!».
Desde aquel tronco, mirando al mar, hablaban de mil nonadas, pues en
cuanto el hombre deslizaba la conversación a senderos de lo por pacto tácito
ya vedado de hablar entre ellos, la tía tenía en la boca un «¡Ramirín!» o
«¡Rosita!» o «¡Elvira!». Le hablaba ella del mar y eran sus palabras, que le
llegaban a él envueltas en el rumor no lejano de las olas, como la letra vaga
de un canto de cuna para el alma. Gertrudis estaba brizando la pasión de
Ramiro para adormecérsela. No le miraba casi nunca entonces, miraba al
56
mar; pero en él, en el mar, veía reflejada por misterioso modo la mirada del
hombre. El mar purísimo les unía las miradas y las almas.
Otras veces íbanse al bosque, a un castañar, y allí tenía ella que
vigilarle, vigilarse y vigilar a los niños con más cuidado. Y también allí
encontró el tronco derribado que le sirviese de asiento.
Quería atemperarle a una vida de familia purísima y campesina, hacer
que se acostase cansado de luz y de aire libres, que se durmiese, oyendo
fuera al grillo, para dormir sin ensueños, que le despertase el canto del gallo
y el trajineo de los campesinos y los marineros.
Por las mañanas bajaban a una pequeña playa, donde se reunía la
pequeña colonia veraniega. Los niños, descalzos, entreteníanse, después del
baño, en desviar con los pies el curso de un pequeño arroyuelo vagabundo e
indeciso que por la arena desaguaba en el mar. Ramiro se unió alguna vez a
este juego de los niños.
Pero Gertrudis empezó a temer. Se había equivocado en sus
precauciones. Ramiro huía del tresillo con sus compañeros de colonia
veraniega y parecía espiar más que nunca la ocasión de hallarse a solas con
su cuñada. La casita que habitaban tenía más de tienda de gitanos
trashumantes que de otra cosa. El campo, en vez de adormecer, no la pasión,
el deseo de Ramiro, parecía como si lo excitase más, y ella misma,
Gertrudis, empezó a sentirse desasosegada. La vida se les ofrecía más al
desnudo en aquellos campos, en el bosque, en los repliegues de la montaña.
Y luego había los animales domésticos, los que cría el hombre, con los que
era mayor allí la convivencia. Gertrudis sufría al ver la atención con que los
pequeños, sus sobrinos, seguían los juegos del averío. No, el campo no
rendía una lección de pureza. Lo puro allí era hundir la mirada en el mar. Y
aun el mar… La brisa marina les llegaba como un aguijón.
—¡Mira qué hermosura! —exclamó Gertrudis una tarde, al ocaso, en que
estaban sentados frente al mar.
Era la luna llena, roja sobre su palidez, que surgía de las olas como una
flor gigantesca y solitaria en un yermo palpitante.
—¿Por qué le habrán cantado tanto a la luna los poetas? —dijo Ramiro
—; ¿por qué será la luz romántica y de los enamorados?
57
—No lo sé, pero se me ocurre que es la única tierra, porque es una
tierra… que vemos sabiendo que nunca llegaremos a ella… es lo
inaccesible… El sol no, el sol nos rechaza; gustamos de bañarnos en su luz,
pero sabemos que es inhabitable, que en él nos quemaríamos, mientras que
en la luna creemos que se podría vivir y en paz y crepúsculo eternos, sin
tormentas, pues no la vemos cambiar, pero sentimos que no se puede llegar a
ella… Es lo intangible…
—Y siempre nos da la misma cara…, esa cara tan triste y tan seria…, es
decir, siempre ¡no!, porque la va velando poco a poco y la oscurece del todo
y otras veces parece una hoz…
—Sí —y al decirlo parecía como que Gertrudis seguía sus propios
pensamientos sin oír los de su compañero, aunque no era así—; siempre
enseña la misma cara porque es constante, es fiel. No sabemos cómo será
por el otro lado…, cuál será su otra cara…
—Y eso añade a su misterio…
—Puede ser…, puede ser… Me explico que alguien anhele llegar a la
luna…, ¡lo imposible!…, para ver cómo es por el otro lado…, para conocer
y explorar su otra cara…
—La oscura…
—¿La oscura? ¡Me parece que no! Ahora que esta que vemos está
iluminada la otra estará a oscuras, pero o yo sé poco de estas cosas o cuando
esta cara se oscurece del todo, en luna nueva, está en luz por el otro, es luna
llena de la otra parte…
—¿Para quién?
—¿Cómo para quién?
—Sí, que cuando el otro lado alumbra, ¿para quién?
—Para el cielo, y basta. ¿O es que a la luna la hizo Dios no más que para
alumbrarnos de noche a nosotros, los de la tierra? ¿O para que hablemos
estas tonterías?
—Pues bien, mira, Tula…
—¡Rosita!
Y no le dejó comentar la intangibilidad y la plenitud de la luna.
58
Cuando ella habló de volver ya a la ciudad apresuróse él a aceptarlo.
Aquella temporada en el campo, entre la montaña y el mar, había sido estéril
para sus propósitos. «Me he equivocado —se decía también él—; aquí está
más segura que allí, que en casa; aquí parece embozarse en la montaña, en el
bosque, y como si el mar le sirviese de escudo; aquí es tan intangible como
la luna, y entretanto este aire de salina filtrado por entre rayos de sol
enciende la sangre… y ella me parece aquí fuera de su ámbito y como si
temiese algo; vive alerta y diríase que no duerme…». Y ella a su vez se
decía: «No, la pureza no es del campo, la pureza es de celda, de claustro y
de ciudad; la pureza se desarrolla entre gentes que se unen en mazorcas de
viviendas para mejor aislarse; la ciudad es monasterio, convento de
solitarios; aquí la tierra, sobre que casi se acuestan, las une y los animales
son otras tantas serpientes del paraíso… ¡A la ciudad, a la ciudad!».
En la ciudad estaba su convento, su hogar, y en él su celda. Y allí
adormecería mejor a su cuñado. ¡Oh!, si pudiese decir de él —pensaba— lo
que santa Teresa en una carta —Gertrudis leía mucho a santa Teresa— decía
de su cuñado don Juan de Ovalle, marido de doña Juana de Ahumada. «Él es
de condición en cosas muy aniñado…». ¿Cómo le aniñaría?
59
XII
Al fin Gertrudis no pudo con su soledad y decidió llevar su congoja al padre
Alvarez, su confesor, pero no su director espiritual. Porque esta mujer había
rehuido siempre ser dirigida, y menos por un hombre. Sus normas de
conducta moral, sus convicciones y creencias religiosas se las había
formado ella con lo que oía a su alrededor y con lo que leía, pero las
interpretaba a su modo. Su pobre tío, don Primitivo, el sacerdote ingenuo
que las había criado a las dos hermanas y les enseñó el catecismo de la
doctrina cristiana explicado según el Mazo, sintió siempre un profundo
respeto por la inteligencia de su sobrina Tula, a la que admiraba. «Si te
hicieses monja —solía decirle— llegarías a ser otra santa Teresa… Qué
cosas se te ocurren, hija …». Y otras veces: «Me parece que eso que dices,
Tulilla, huele un poco a herejía; ¡hum! No lo sé…, no lo sé… porque no es
posible que te inspire herejías el ángel de tu guarda, pero eso me suena así
como a… qué sé yo …». Y ella le contestaba riendo: «Sí, tío, son tonterías
que se me ocurren, y ya que dice usted que huele a herejía no lo volveré a
pensar». Pera ¿quién pone barreras al pensamiento?
Gertrudis se sintió siempre sola. Es decir, sola para que la ayudaran,
porque para ayudar ella a los otros no, no estaba sola. Era como una
huérfana cargada de hijos. Ella sería el báculo de todos los que la rodearan;
pero si sus piernas flaquearan, si su cabeza no le mantuviese firme en su
sendero, si su corazón empezaba a bambolear y enflaquecer, ¿quién la
sostendría a ella?, ¿quién sería su báculo? Porque ella, tan henchida del
sentimiento, de la pasión mejor, de la maternidad, no sentía la filialidad.
«¿No es esto orgullo?», se preguntaba.
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No pudo al fin con esta soledad y decidió llevar a su confesor, al padre
Álvarez, su congoja. Y le contó la declaración y proposición de Ramiro, y
hasta lo que les había dicho a los niños de que no le llamasen a ella todavía
madre, y las razones que tenía para mantener la pureza de aquel hogar y
cómo no quería entregarse a hombre alguno, sino reservarse para mejor
consagrarse a los hijos de Rosa.
—Pero lo de su cuñado lo encuentro muy natural —arguyó el buen padre
de almas.
—Es que no se trata ahora de mi cuñado, padre, sino de mí; y no creo
que haya acudido a usted también en busca de alianza…
—¡No, no, hija, no!
—Como dicen que en los confesonarios se confeccionan bodas y que
ustedes, los padres, se dedican a casamenteros…
—Yo lo único que digo ahora, hija, es que es muy natural que su cuñado,
viudo y joven y fuerte, quiera volver a casarse, y mas natural, y hasta santo,
que busque otra madre para sus hijos…
—¿Otra? ¡Ya la tiene!
—Sí; pero… y si esta se va…
—¿Irme? ¿Yo? Estoy tan obligada a esos niños como estaría su madre de
carne y sangre si viviese…
—Y luego eso da que hablar…
—De lo que hablen, padre, ya le he dicho que nada se me da…
—¿Y si lo hiciese precisamente por eso, porque hablen? Examínese y
mire si no entra en ello un deseo de afrontar las preocupaciones ajenas, de
desafiar la opinión pública…
—Y si así fuese, ¿qué?
—Que eso sí que es pecaminoso. Y después de todo, la cuestión es
otra…
—¿Cuál es la cuestión?
—La cuestión es si usted le quiere o no. Esta es la cuestión. ¿Le quiere
usted, sí o no?
—¡Para marido…, no!
—Pero ¿le rechaza?
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—¡Rechazarle…, no!
—Si cuando se dirigió a su hermana, la difunta, se hubiera dirigido a
usted…
—¡Padre! ¡Padre! —y su voz gemía.
—Sí, por ahí hay que verlo…
—¡Padre; que eso no es pecado…!
—Pero ahora se trata de dirección espiritual, de tomar consejo… Y sí,
es pecado, es acaso pecado… Tal vez hay aquí unos viejos celos…
—¡Padre!
—Hay que ahondar en ello. Acaso no le ha perdonado aún…
—Le he dicho, padre, que le quiero; pero no para marido. Le quiero
como a un hermano, como a un más que hermano, como al padre de mis
hijos, porque estos, sus hijos, lo son míos de lo más dentro mío, de todo mi
corazón; pero para marido, no. Yo no puedo ocupar en su cama el sitio que
ocupó mi hermana… Y sobre todo, yo no quiero, no debo darles madrastra a
mis hijos…
—¿Madrastra?
—Sí, madrastra. Si yo me caso con él, con el padre de los hijos de mi
corazón, les daré madrastra a estos, y más si llego a tener hijos de carne y de
sangre con él. Esto, ahora ya…, ¡nunca!
—Ahora ya…
—Sí, ahora que ya tengo a los de mi corazón…, mis hijos…
—Pero piense en él, en su cuñado, en su situación…
—¿Que piense…?
—¡Sí! ¿Y no tiene compasión de él? ,
—Sí que la tengo. Y por eso le ayudo y le sostengo. Es como otro hijo
mío.
—Le ayuda…, le sostiene…
—Sí, le ayudo y le sostengo a ser padre…
—A ser padre…, a ser padre… Pero él es un hombre…
—¡Y yo una mujer!
—Es débil…
—¿Soy yo fuerte?
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—Más de lo debido.
—¿Más de lo debido? ¿Y lo de la mujer fuerte?
—Es que esa fortaleza, hija mía, puede alguna vez ser dureza, ser
crueldad. Y es dura con él, muy dura. ¿Que no le quiere como a marido? ¡Y
qué importa! Ni hace falta eso para casarse con un hombre. Muchas veces
tiene que casarse una mujer con un hombre por compasión, por no dejarle
solo, por salvarle, por salvar su alma…
—Pero si no le dejo solo…
—Sí, sí, le deja solo. Y creo que me comprende sin que se lo explique
más claro…
—Sí, sí que se lo comprendo, pero no quiero comprenderlo. No está
solo. ¡Quien está sola soy yo! Sola…, sola…, siempre sola…
—Pero ya sabe aquello de «más vale casarse que abrasarse…».
—Pero si no me abraso…
—¿No se queja de su soledad?
—No es soledad de abrasarse; no es esa soledad a que usted, padre,
alude. No, no es esa. No me abraso…
—¿Y si se abrasa él?
—Que se refresque en el cuidado y amor de sus hijos.
—Bueno, pero ya me entiende…
—Demasiado.
—Y por si no, le diré más claro aún que su cuñado corre peligro, y que
si cae en él, le cabrá culpa.
—¿A mí?
—¡Claro está!
—No lo veo tan claro… Como no soy hombre…
—Me dijo que uno de sus temores de casarse con su cuñado era el de
tener hijos con él, ¿no es así?
—Sí, así es. Si tuviéramos hijos llegaría yo a ser, quieras o no,
madrastra de los que me dejó mi hermana.
—Pero el matrimonio no se instituyó sólo para hacer hijos…
—Para casar y dar gracia a los casados y que críen hijos para el cielo.
—Dar gracia a los casados… ¿Lo entiende?
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—Apenas…
—Que vivan en gracia, libres de pecado…
—Ahora lo entiendo menos.
—Bueno, pues que es un remedio contra la sensualidad.
—¿Cómo? ¿Qué es eso? ¿Qué?
—Pero ¿por qué se pone así …? ¿Por qué se altera …?
—¿Qué es el remedio contra la sensualidad? ¿El matrimonio o la mujer?
—Los dos… La mujer… y… y el hombre.
—¡Pues, no, padre, no, no y no! Yo no puedo ser remedio contra nada.
¿Qué es eso de considerarme remedio? ¡Y remedio… contra eso! No, me
estimo en más…
—Pero si es que…
—No, ya no sirve. Yo, si él no tuviera ya hijos de mi hermana, acaso me
habría casado con él para tenerlos…, para tenerlos de él …; pero ¿remedio?
¿Y a eso? ¿Yo remedio? ¡No!
—Y si antes de haber solicitado a su hermana la hubiera solicitado…
—¿A mí? ¿Antes? ¿Cuando nos conoció? No hablemos ya más, padre,
que no podemos entendernos, pues veo que hablamos lenguas diferentes. Ni
yo sé la de usted ni usted sabe la mía.
Y dicho esto, se levantó de junto al confesonario. Le costaba andar; tan
doloridas le habían quedado del arrodillamiento las rodillas. Y a la vez le
dolían las articulaciones del alma y sentía su soledad más hondamente que
nunca. «¡No, no me entiende —se decía—, no me entiende; hombre al fin!
Pero ¿me entiendo yo misma? ¿Es que me entiendo? ¿Le quiero o no le
quiero? ¿No es soberbia esto? ¿No es la triste pasión solitaria del armiño,
que por no mancharse no se echa a nado en un lodazal a salvar a su
compañero …? No lo sé… no lo sé…».
64
XIII
Y de pronto observó Gertrudis que su cuñado era otro hombre, que celaba
algún secreto, que andaba caviloso y desconfiado, que salía mucho de casa.
Pero aquellas más largas ausencias del hogar no le engañaron. El secreto
estaba en él, en el hogar. Y a fuerza de paciente astucia logró sorprender
miradas de conocimiento íntimo entre Ramiro y la criada de servicio.
Era Manuela una hospiciana de diecinueve años, enfermiza y pálida, de
un brillo febril en los ojos, de maneras sumisas y mansas, de muy pocas
palabras, triste casi siempre. A ella, a Gertrudis, ante quien sin saber por
qué temblaba, llamábale «señora». Ramiro quiso hacer que le llamase
«señorita».
—No, llámame así, señora; nada de señorita…
En general parecía como que la criada le temiera, como avergonzada o
amedrentada en su presencia. Y a los niños los evitaba y apenas si les
dirigía la palabra. Ellos, por su parte, sentían una indiferencia, rayana en
despego, hacia la Manuela. Y hasta alguna vez se burlaban de ella, por
ciertas maneras de hablar, lo que la ponía de grana. «Lo extraño es —
pensaba Gertrudis— que a pesar de todo no quiera irse… Tiene algo de gata
esta mozuela». Hasta que se percató de lo que podría haber escondido.
Un día logró sorprender a la pobre muchacha cuando salía del cuarto de
Ramiro, del señorito —porque a este sí que le llamaba así— toda encendida
y jadeante. Cruzáronse las miradas y la criada rindió la suya. Pero llegó otro
en que el niño, Ramirín, se fue a su tía y le dijo:
—Dime, mamá Tula, ¿es Manuela también hermana nuestra?
—Ya te tengo dicho que todos los hombres y mujeres somos hermanos.
—Sí, pero como nosotros, los que vivimos juntos…
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—No, porque aunque vive aquí esta no es su casa…
—¿Y cuál es su casa?
—¿Su casa? No lo quieras saber. ¿Y por qué preguntas eso?
—Porque le he visto a papá que la estaba besando…
Aquella noche, luego que hubieron acostado a los niños, dijo Gertrudis a
Ramiro:
—Tenemos que hablar.
—Pero si aún faltan ocho meses…
—¿Ocho meses?
—¿No hace cuatro que me diste un año de plazo?
—No se trata de eso, hombre, sino de algo más serio.
A Ramiro se le paró el corazón y se puso pálido.
—¿Más serio?
—Más serio, sí. Se trata de tus hijos, de su buena crianza, y se trata de
esa pobre hospiciana, de la que estoy segura que estás abusando.
—Y si así fuese, ¿quién tiene la culpa de eso?
—¿Y aún lo preguntas? ¿Aún querrás también culparme de ello?
—¡Claro que sí!
—Pues bien, Ramiro; se ha acabado ya aquello del año; no hay plazo
ninguno; no puede ser, no puede ser. Y ahora sí que me voy, y, diga lo que
dijere la ley, me llevaré a los niños conmigo, es decir, se irán conmigo.
—Pero ¿estás loca, Gertrudis?
—Quien está loco eres tú.
—Pero qué querías…
—Nada, o yo o ella. O me voy, o echas a esa criadita de casa.
Siguióse un congojoso silencio.
—No la puedo echar, Gertrudis, no la puedo echar. ¿Adónde se va? ¿Al
hospicio otra vez?
—A servir a otra casa.
—No la puedo echar, Gertrudis, no la puedo echar —y el hombre rompió
a llorar.
—¡Pobre hombre! —murmuró ella poniéndole la mano sobre la suya—.
Me das pena.
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—Ahora, ¿eh?, ¿ahora?
—Sí; me das lástima… Estoy ya dispuesta a todo…
—¡Gertrudis! ¡Tula!
—Pero has dicho que no la puedes echar…
—Es verdad; no la puedo echar —y volvió a abatirse.
—¿Qué, pues?, ¿que no va sola?
—No, no irá sola.
—Los ocho meses del plazo, ¿eh?
—Estoy perdido, Tula, estoy perdido.
—No, la que está perdida es ella, la huérfana, la hospiciana; la sin
amparo.
—Es verdad, es verdad…
—Pero no te aflijas así, Ramiro, que la cosa tiene fácil remedio.
—¿Remedio? ¿Y fácil? —y se atrevió a mirarle a la cara.
—Sí; casarte con ella.
Un rayo que le hubiese herido no le habría dejado más deshecho que esas
palabras sencillas.
—¡Que me case! ¡Que me case con la criada! ¿Que me case con una
hospiciana? ¡Y me lo dices tú!…
—¡Y quién si no había de decírtelo! Yo, la verdadera madre hoy de tus
hijos.
—¿Que les dé madrastra?
—¡No, eso no!, que aquí estoy yo para seguir siendo su madre. Pero que
des padre al que haya de ser tu nuevo hijo, y que le des madre también. Esa
hospiciana tiene derecho a ser madre, tiene ya el deber de serlo, tiene
derecho a su hijo, y al padre de su hijo.
—Pero Gertrudis…
—Cásate con ella, te he dicho; y te lo dice Rosa. Sí —y su voz, serena y
pastosa, resonó como una campana—. Rosa, tu mujer, te dice por mi boca
que te cases con la hospiciana. ¡Manuela!
—¡Señora! —se oyó como un gemido, y la pobre muchacha, que
acurrucada junto al fogón, en la cocina, había estado oyéndolo todo, no se
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movió de su sitio. Volvió a llamarla, y después de otro «¡Señora!», tampoco
se movió.
—Ven acá, o iré a traerte.
—¡Por Dios! —suplicó Ramiro.
La muchacha apareció cubriéndose la llorosa cara con las manos.
—Descubre la cara y míranos.
—¡No, señora, no!
—Sí, míranos. Aquí tienes a tu amo, a Ramiro, que te pide perdón por lo
que de ti ha hecho.
—Perdón, yo, señora, y a usted…
—No, te pide perdón y se casará contigo.
—¡Pero señora! —clamó Manuela a la vez que Ramiro clamaba: «¡Pero
Gertrudis!».
—Lo he dicho, se casará contigo; así lo quiere Rosa. No es posible
dejarte así. Porque tú estás ya…, ¿no es eso?
—Creo que sí, señora; pero yo…
—No llores así ni hagas juramentos; sé que no es tuya la culpa…
—Pero se podría arreglar…
—Bien sabe aquí Manuela —dijo Ramiro— que nunca he pensado en
abandonarla… Yo le colocaría…
—Sí, señora, sí; yo me contento…
—No, tú no debes contentarte con eso que ibas a decir. O mejor, aquí
Ramiro no puede contentarse con eso. Tú te has criado en el hospicio, ¿no es
eso?
—Sí, señora.
—Pues tu hijo no se criará en él. Tiene derecho a tener padre, a su padre,
y le tendrá. Y ahora vete…, vete a tu cuarto, y déjanos.
Y cuando quedaron Ramiro y ella a solas:
—Me parece que no dudarás ni un momento…
—¡Pero eso que pretendes es una locura, Gertrudis!
—La locura, peor que locura, la infamia, sería lo que pensabas.
—Consúltalo siquiera con el padre Álvarez.
—No lo necesito. Lo he consultado con Rosa.
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—Pero si ella te dijo que no dieses madrastra a sus hijos…
—¿A sus hijos? ¡Y tuyos!
—Bueno, sí, a nuestros hijos…
—Y no les daré madrastra. De ellos, de los nuestros, seguiré siendo yo
la madre, pero del de esa…
—Nadie le quitará de ser madre…
—Sí, tú si no te casas con ella. Eso no será ser madre…
—Pues ella…
—¿Y qué? ¿Porque ella no ha conocido a la suya pretendes tú que no lo
sea como es debido?
—Pero fíjate en que esta chica…
—Tú eres quien debió fijarse…
—Es una locura…, una locura…
—La locura ha sido antes. Y ahora piénsalo, que si no haces lo que
debes el escándalo le daré yo. Lo sabrá todo el mundo.
—¡Gertrudis!
—Cásate con ella, y se acabó.
69
XIV
Una profunda tristeza henchía aquel hogar después del matrimonio de
Ramiro con la hospiciana. Y esta parecía aún más que antes la criada, la
sirvienta, y más que nunca Gertrudis el ama de la casa. Y esforzábase esta
más que nunca por mantener al nuevo matrimonio apartado de los niños, y
que estos se percataran lo menos posible de aquella convivencia íntima. Mas
hubo que tomar otra criada y explicar a los pequeños el caso.
Pero, ¿cómo explicarles el que la antigua criada se sentara a la mesa a
comer a los de casa? Porque esto exigió Gertrudis.
—Por Dios, señora —suplicaba la Manuela—, no me avergüence así…,
mire que me avergüenza… Hacerme que me siente a la mesa con los
señores, y sobre todo con los niños…, y que hable de tú al señorito…, ¡eso
nunca!
—Háblale como quieras, pero es menester que los niños, a los que tanto
temes, sepan que eres de la familia. Y ahora, una vez arreglado esto, no
podrán ya sorprender intimidades a hurtadillas. Ahora os recataréis mejor.
Porque antes el querer ocultaros de ellos os delataba.
La preñez de Manuela fue, en tanto, molestísima. Su fragilísima fábrica
de cuerpo la soportaba muy mal. Y Gertrudis, por su parte, le recomendaba
que ocultase a los niños lo anormal de su estado.
Ramiro vivía sumido en una resignada desesperación y más entregado
que nunca al albedrío de Gertrudis.
—Sí, sí, bien lo comprendo ahora —decía—, no ha habido más remedio,
pero…
—¿Te pesa? —le preguntaba Gertrudis.
—De haberme casado, ¡no! De haber tenido que volverme a casar, ¡sí!
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—Ahora no es ya tiempo de pensar en eso; ¡pecho a la vida!
—¡Ah, si tú hubieras querido, Tula!
—Te di un año de plazo; ¿has sabido guardarlo?
—¿Y si lo hubiese guardado como tú querías, al fin de él qué, dime?
Porque no me prometiste nada.
—Aunque te hubiese prometido algo habría sido igual. No, habría sido
peor aún. En nuestras circunstancias, el haberte hecho una promesa, el
haberte sólo pedido una dilación para nuestro enlace, habría sido peor.
—Pero si hubiese guardado la tregua, como tú querías que la guardase,
dime: ¿qué habrías hecho?
—No lo sé.
—Que no lo sabes…, Tula…, que no lo sabes…
—No, no lo sé; te digo que no lo sé.
—Pero tus sentimientos…
—Piensa ahora en tu mujer, que no sé si podrá soportar el trance en que
la pusiste. ¡Es tan endeble la pobrecilla! Y está tan llena de miedo… Sigue
asustada de ser tu mujer y ama de su casa.
Y cuando llegó el peligroso parto repitió Gertrudis las abnegaciones que
en los partos de su hermana tuviera, y recogió al niño, una criatura menguada
y debilísima, y fue quien lo enmantilló y quien se lo presentó a su padre.
—Aquí le tienes, hombre, aquí le tienes.
—¡Pobre criatura! —exclamó Ramiro, sintiendo que se le derretían de
lástima las entrañas a la vista de aquel mezquino rollo de carne viviente y
sufriente.
—Pues es tu hijo, un hijo más… Es un hijo más que nos llega.
—¿Nos llega? ¿También a ti?
—Sí, también a mí; no he de ser madrastra para él, yo que hago que no la
tengan los otros.
Y así fue que no hizo distinción entre uno y otros.
—Eres una santa, Gertrudis —le decía Ramiro—, pero una santa que ha
hecho pecadores.
—No digas eso; soy una pecadora que me esfuerzo por hacer santos,
santos a tus hijos y a ti y a tu mujer.
71
—¡Mi mujer!…
—Tu mujer, sí; la madre de tu hijo. ¿Por qué le tratas con ese cariñoso
despego y como a una carga?
—¿Y qué quieres que haga, que me enamore de ella?
—Pero ¿no lo estabas cuando la sedujiste?
—¿De quién? ¿De ella?
—Ya lo sé, ya sé que no; pero lo merece la pobre…
—¡Pero si es la menor cantidad de mujer posible, si no es nada!
—No, hombre, no; es más, es mucho más de lo que tú te crees. Aún no la
has conocido.
—Si es una esclava…
—Puede ser, pero debes libertarla. La pobre está asustada…, nació
asustada… Te aprovechaste de su susto…
—No sé, no sé cómo fue aquello…
—Así sois los hombres; no sabéis lo que hacéis ni pensáis en ello.
Hacéis las cosas sin pensarlas…
—Peor es muchas veces pensarlas y no hacerlas…
—¿Por qué lo dices?
—No, nada; por nada…
—¿Tú crees sin duda que yo no hago más que pensar?
—No, no he dicho que crea eso…
—Sí, tú crees que yo no soy más que pensamiento…
72
XV
De nuevo la pobre Manuela, la hospiciana, la esclava, hallábase preñada. Y
Ramiro muy malhumorado con ello.
—Como si uno no tuviese bastante con los otros… —decía.
—¡Y yo qué quieres que le haga! —exclamaba la víctima.
—Después de todo, tú lo has querido así —concluía Gertrudis.
Y luego, aparte, volvía a reprenderle por el trato de compasivo despego
que daba a su mujer. La cual soportaba esta preñez aún peor que la otra.
—Me temo por la pobre muchacha —vaticinó don Juan, el médico, un
viudo que menudeaba sus visitas.
—¿Cree usted que corre peligro? —le preguntó Gertrudis.
—Esta pobre chica está deshecha por dentro; es una tísica consumada y
consumida. Resistirá, es lo más probable, hasta dar a luz, pues la Naturaleza,
que es muy sabia…
—¡La Naturaleza, no! La Santísima Virgen Madre, don Juan —le
interrumpió Gertrudis.
—Como usted quiera; me rindo, como siempre, a su superior parecer.
Pues, como decía, la Naturaleza o la Virgen, que para mí es lo mismo…
—No, la Virgen es la Gracia…
—Bueno, pues la Naturaleza, la Virgen, la Gracia o lo que sea, hace que
en estos casos la madre se defienda y resista hasta que dé a luz al nuevo ser.
Ese inocente pequeñuelo le sirve a la pobre madre futura como escudo
contra la muerte.
—¿Y luego?
—¿Luego? Que probablemente tendrá usted que criar sola, sirviéndose
de un ama de cría, por supuesto, un crío más. Tiene ya cuatro; cargará con
73
cinco.
—Con todos los que Dios me mande.
—Y que probablemente, no digo que seguramente, a no tardar mucho,
don Ramiro volverá a quedar libre —y miró fijamente con sus ojillos grises
a Gertrudis.
—Y dispuesto a casarse por tercera vez —agregó esta haciéndose la
desentendida.
—¡Eso sería ya heroico!
—Y usted, puesto que permanece viudo, y viudo sin hijos, es que no
tiene madera de héroe.
—¡Ah, doña Gertrudis, si yo pudiese hablar!
—¡Pues cállese usted!
—Me callo.
Le tomó la mano, reteniéndosela un rato, y dándole con la otra suya unos
golpecitos añadió con un suspiro:
—Cada hombre es un mundo, Gertrudis.
—Y cada mujer, una luna, ¿no es eso, don Juan?
—Cada mujer puede ser un cielo.
«Este hombre me dedica un cortejo platónico» , se dijo Gertrudis.
Cuando en la casa temían por la pobre Manuela y todos los cuidados
eran para ella, cayó de pronto en cama Ramiro, declarándosele desde luego
una pulmonía. La pobre hospiciana quedóse como atontada.
—Déjame a mí, Manuela —le dijo Gerturdis—; tú cuidate y cuida a lo
que llevas contigo. No te empeñes en atender a tu marido, que eso puede
agravarte.
—Pero yo debo…
—Tú debes cuidar de lo tuyo.
—Y mi marido, ¿no es mío?
—No, ahora no; ahora es tuyo tu hijo que está por venir.
La enfermedad de Ramiro se agravaba.
—Temo complicaciones al corazón —sentenció don Juan—. Le tiene
débil; claro, ¡los pesares y disgustos!
—Pero ¿se morirá, don Juan? —preguntó henchida de angustia Gertrudis.
74
—Todo pudiera ser…
—Sálvele, don Juan, sálvele, como sea…
—Qué más quisiera yo…
—¡Ah, qué desgracia! ¡Qué desgracia! —y por primera vez se le vio a
aquella mujer tener que sentarse y sufrir un desvanecimiento.
—Es, en efecto, terrible —dijo el médico en cuanto Gertrudis se repuso
— dejar así cuatro hijos, ¿qué digo cuatro?, cinco se puede decir, ¡y esa
pobre viuda tal como está!…
—Eso es lo de menos, don Juan; para todo eso me basto y me sobro yo.
¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia!
Y el médico se fue diciéndose: «Está visto; esta cuñadita contaba con
volver a tenerle libre a su cuñado. Cada persona es un mundo y algunos
varios mundos. Pero ¡qué mujer! ¡Es toda una mujer! ¡Qué fortaleza! ¡Qué
sagacidaz! ¡Y qué ojos! ¡Qué cuerpo!, ¡irradia fuego!».
Ramiro, una tarde en que la fiebre, remitiéndosele, habíale dejado algo
más tranquilo, llamó a Gertrudis, le rogó que cerrara la puerta de la alcoba,
y le dijo:
—Yo me muero, Tula, me muero sin remedio. Siento que el corazón no
quiere ya marchar, a pesar de todas las inyecciones; yo me muero…
—No pienses en eso, Ramiro.
Pero ella también creía en aquella muerte.
—Me muero, y es hora, Tula, de decirte toda la verdad. Tú me casaste
con Rosa.
—Como no te decidías y dabas largas…
—¿Y sabes por qué?
—Sí, lo sé, Ramiro.
—Al principio, al veros, al ver a la pareja, sólo reparé en Rosa; era a
quien se le veía de lejos; pero al acercarme, al empezar a frecuentaros, sólo
te vi a ti, pues eras la única a quien desde cerca se veía. De lejos te borraba
ella; de cerca le borrabas tú.
—No hables así de mi hermana, de la madre de tus hijos.
—No; la madre de mis hijos eres tú, tú, tú.
—No pienses ahora sino en Rosa, Ramiro.
75
—A la que me juntaré pronto, ¿no es eso?
—¡Quién sabe …! Piensa en vivir, en tus hijos…
—A mis hijos les quedas tú, su madre.
—Y en Manuela, en la pobre Manuela…
—Aquel plazo, Tula, aquel plazo fatal.
Los ojos de Gertrudis se hinchieron de lágrimas.
—¡Tula! —gimió el enfermo abriendo los brazos.
—¡Sí, Ramiro, sí! —exclamó ella cayendo en ellos abrazándole.
Juntaron las bocas y así se estuvieron sollozando.
—¿Me perdonas todo, Tula?
—No, Ramiro, no; eres tú quien tienes que perdonarme.
—¿Yo?
—¡Tú! Una vez hablabas de santos que hacen pecadores. Acaso he
tenido una idea inhumana de la virtud. Pero cuando lo primero, cuando te
dirigiste a mi hermana, yo hice lo que debí hacer. Además, te lo confieso, el
hombre, todo hombre, hasta tú, Ramiro, hasta tú, me ha dado miedo siempre;
no he podido ver en él sino el bruto. Los niños, sí; pero el hombre… He
huido del hombre.
—Tienes razón, Tula.
—Pero ahora descansa, que estas emociones así pueden dañarte.
Le hizo guardar los brazos bajo las mantas, le arropó, le dio un beso en
la frente como se le da a un niño —y un niño era entonces para ella— y se
fue. Mas al encontrarse sola se dijo: «¿Y si se repone y cura? ¿Si no se
muere? ¿Ahora que ha acabado de romperse el secreto entre nosotros? ¿Y la
pobre Manuela? ¡Tendré que marcharme! ¿Y adónde? ¿Y si Manuela se
muere y vuelve él a quedarse libre?». Y fue a ver a Manuela, a la que
encontró postradísima.
Al siguiente día llevó a los niños al lecho del padre, ya sacramentado y
moribundo; los levantó uno a uno y les hizo que le besaran. Luego fue,
apoyada en ella, en Gertrudis, Manuela, y de poco se muere de la congoja
que le dio sobre el enfermo. Hubo que sacarla y acostarla. Y poco después,
cogido de una mano a otra de Gertrudis, y susurrando: «¡Adiós, mi Tula!»,
rindió el espíritu con el último huelgo Ramiro. Y ella, la tía, vació su
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corazón en sollozos de congoja sobre el cuerpo exánime del padre de sus
hijos, de su pobre Ramiro.
77
XVI
Apenas, fuera de la soberana, hubo abatimiento en aquel hogar, pues los
niños eran incapaces de darse cuenta de lo que había pasado, y Manuela, la
viuda casi sin saberlo, concentraba su vida y su ánimo todos en luchar, al
modo de una planta, por la otra vida que llevaba en su seno y aun repitiendo,
como un gemido de res herida, que se quería morir. Gertrudis proveía a todo.
Cerró los ojos al muerto, no sin decirse: «¿Me estará mirando
todavía…?». Le amortajó como lo había hecho con su tío, cubriéndole con
un hábito sobre la ropa con que murió, y sin quitarle esta, y luego,
quebrantada pór un largo cansancio, por fatiga de años, juntó un momento su
boca a la boca fría de Ramiro, y repasó sus vidas, que era su vida. Cuando
el llanto de uno de los niños, del pequeñito, del hijo de la hospiciana, le hizo
desprenderse del muerto a ir a coger y acallar y mimar al que vivía.
Manuela iba hundiéndose.
—Yo, señora, me muero; no voy a poder resistir esta vez; este parto me
cuesta la vida.
Y así fue. Dio a luz una niña, pero se iba en sangre. La niña misma nació
envuelta en sangre. Y Gertrudis tuvo que vencer la repugnancia que la
sangre, sobre todo la negra cuajada, le producía. Siempre le costó una
terrible brega consigo misma el vencer este asco. Cuando una vez, poco
antes de morir, su hermana Rosa tuvo un vómito, Gertrudis huyó
despavorida. Y no era miedo, no; era, sobre todo, asco.
Murió Manuela, clavados en los ojos de Gertrudis sus ojos, donde
vagaban figuras de niebla sobre las sombras del hospicio.
—Por tus hijos no pases cuidado —le había dicho Gertrudis—, que yo
he de vivir hasta dejarlos colocados y que se puedan valer por sí en el
78
mundo, y si no les dejaré sus hermanos. Cuidaré sobre todo de esta última,
¡pobrecilla!, la que te cuesta la vida. Yo seré su madre y su padre.
—¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Dios se lo pagará! ¡Es una santa!
Y quiso besarle la mano, pero Gertrudis se inclinó a ella, la besó en la
frente y le puso su mejilla a que se la besase. Y esas expresiones de gratitud
repetíalas la hospiciana como quien recita una lección aprendida desde niña.
Y murió como había vivido, como una res sumisa y paciente, más bien como
un enser.
Y fue esta muerte, tan natural, la que más ahondó en el ánimo de
Gertrudis, que había asistido a otras tres ya. En esta creyó sentir mejor el
sentido del enigma. Ni la de su tío, ni la de su hermana, ni la de Ramiro
horadaron tan hondo el agujero que se iba abriendo en el centro de su alma.
Era como si esta muerte confirmara las otras tres, como si las iluminara a la
vez.
En sus solitarias cavilaciones se decía: «Los otros se murieron; ¡a esta la
han matado…!, ¡la ha matado…!, ¡la hemos matado! ¿No la he matado yo
más que nadie? ¿No la he traído yo a este trance? ¿Pero es que la pobre ha
vivido? ¿Es que pudo vivir? ¿Es que nació acaso? Si fue expósita, ¿no ha
sido exposición su muerte? ¿No lo fue su casamiento? ¿No la hemos echado
en el torno de la eternidad para que entre al hospicio de la Gloria? ¿No será
allí hospiciana también?». Y lo que más le acongojaba era el pensamiento
tenaz que le perseguía de lo que sentiría Rosa al recibirla al lado suyo, al
lado de Ramiro, y conocerla en el otro mundo. Su tío, el buen sacerdote que
les crio, cumplió su misión de este mundo, protegió con su presencia la
crianza de ellas; su hermana Rosa logró su deseo y gozó y dejó los hijos que
había querido tener; Ramiro… ¿Ramiro? Sí, también Ramiro hizo su
travesía, aunque a remo y de espaldas a la estrella que le marcaba rumbo, y
sufrió, pero con noble sufrir, y pecó y purgó su pecado; pero, ¡y esta pobre
que ni sufrió siquiera, que no pecó, sino se pecó en ella y murió huérfana!…
«Huérfana también murió Eva…» , pensaba Gertrudis. Y luego: «¡No; tuvo a
Dios padre! ¿Y madre? Eva no conoció madre… ¡Así se explica el pecado
original…! ¡Eva murió huérfana de humanidad!». Y Eva le trajo el recuerdo
del relato del Génesis, que había leído poco antes, y cómo el Señor alentó al
79
hombre por la nariz soplo de vida, y se imaginó que se la quitase por manera
análoga. Y luego se figuraba que a aquella pobre hospiciana, cuyo sentido de
vida no comprendía, le quitó Dios la vida de un beso posando sus infinitos
labios invisibles, los que se cierran formando el cielo azul, sobre los labios,
azulados por la muerte, de la pobre muchacha, y sorbiéndole el aliento así.
Y ahora quedábase Gertrudis con sus cinco crías, y bregando, para la
última, con amas.
El mayor, Ramirín, era la viva imagen de su padre, en figura y en gestos,
y su tía proponíase combatir en él desde entonces, desde pequeño, aquellos
rasgos a inclinaciones de aquel que, observando a este, había visto que más
le perjudicaban. «Tengo que estar alerta —se decía Gertrudis— para cuando
en él se despierte el hombre, el macho más bien, y educarle a que haga su
elección con reposo y tiento». Lo malo era que su salud no fuese del todo
buena y su desarrollo difícil y hasta doliente.
Y a todos había que sacarlos adelante en la vida y educarlos en el culto a
sus padres perdidos.
¿Y los pobres niños de la hospiciana? «Esos también son míos —
pensaba Gertrudis—; tan míos como los otros, como los de mi hermana, más
míos aún. Porque estos son hijos de mi pecado. ¿Del mío? ¿No más bien el
de él? ¡No, de mi pecado! ¡Son los hijos de mi pecado! ¡Sí, de mi pecado!
¡Pobre chica!». Y le preocupaba sobre todo la pequeñita.
80
XVII
Gertrudis, molesta por las insinuaciones de don Juan, el médico, que
menudeaba las visitas para los niños, y aun pretendió verla a ella como
enferma, cuando no sabía que adoleciese de cosa alguna, le anunció un día
hallarse dispuesta a cambiar de médico.
—¿Cómo así, Gertrudis?
—Pues muy claro: le observo a usted singularidades que me hacen temer
que está entrando en la chochera de una vejez prematura, y para médico
necesitamos un hombre con el seso bien despejado y despierto.
—Muy bien; pues que ha llegado el momento, usted me permitirá que le
hable claro.
—Diga lo que quiera, don Juan, mas en la inteligencia de que es lo
último que dirá en esta casa.
—¡Quién sabe!…
—Diga.
—Yo soy viudo y sin hijos, como usted sabe, Gertrudis. Y adoro a los
niños.
—Pues vuélvase usted a casar.
—A eso voy.
—¡Ah! ¿Y busca usted consejo de mí?
—Busco más que consejo.
—¿Que le encuentre yo novia?
—Yo soy médico, le digo, y no sólo no tuve hijos de mi mujer, que era
viuda, y perdimos el que ella me trajo al matrimonio, ¡aún le lloro al
pobrecillo!, sino que sé, sé positivamente, sé con toda seguridad, que no he
de tener nunca hijos propios, que no puedo tenerlos. Aunque no por eso,
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claro está, me sienta menos hombre que otro cualquiera; ¿usted me entiende,
Gertrudis?
—Quisiera no entenderle a usted, don Juan.
—Para acabar, yo creo que a estos niños, a estos sobrinos de usted y a
los otros dos acaso…
—Son tan sobrinos para mí como los otros, más bien hijos.
—Bueno, pues que a estos hijos de usted, ya que por tales les tiene, no
les vendría mal un padre, y un padre no mal acomodado y hasta regularmente
rico.
—¿Y eso es todo?
—Sí, que yo creo que hasta necesitan padre.
—Les basta, don Juan, con el Padre nuestro que está en los cielos.
—Y como madre usted, que es la representante de la Madre Santísima,
¿no es eso?
—Usted lo ha dicho; don Juan, y por última vez en esta casa.
—¿De modo que…?
—Que toda esa historia de la necesidad que siente de tener hijos y de su
incapacidad para tenerlos, ¿le he entendido bien, don Juan?
—Perfectamente, y esto último, por supuesto, quede entre los dos.
—No seré yo quien le estorbe otro matrimonio. Y esa historia, digo, no
me ha convencido de que usted busque hijos que adoptar, que eso le será
muy fácil y casándose, sino que me busca a mí y me buscaría aunque
estuviese sola y hubiésemos de vivir solos y sin hijos; ¿le he entendido, don
Juan? ¿Me entiende usted?
—Cierto es, Gertrudis, que si estuviese sola lo mismo me casaría con
usted, si usted lo quisiera, ¡claro!, porque yo soy muy claro, muy claro, y es
usted la que me atrae; pero en ese caso nos quedaba el adoptar hijos de
cualquier modo, aunque fuese sacándolos del Hospicio. Pues ya he podido
ver que usted, como yo, se muere por los niños y que los necesita y los busca
y los adora.
—Pero ni usted ni nadie ha visto, don Juan, que yo haya sido y sea
incapaz de hacerlos; nadie puede decir que yo sea estéril, y no vuelva a
poner los pies en esta casa.
82
—¿Por qué, Gertrudis?
—¡Por puerco!
Y así se despidieron para siempre.
Mas luego que le hubo así despachado entróle una desdeñosa lástima, un
lastimero desdén de aquel hombre. «¿No le he tratado con demasiada
dureza? —se decía—. El hombre me sacaba de quicio, es cierto; sus miradas
me herían más que sus palabras, pero debí tratarle de otro modo. El
pobrecillo parece que necesita remedio, pero no el que él busca, sino otro,
un remedio heroico y radical». Pero cuando supo que don Juan se remediaba
empezó a pensar si era, en efecto, calor de hogar lo que buscaba, aunque
bien pronto dio en otra sospecha que le sublevó aún más el corazón. «¡Ah —
se dijo—, lo que necesita es un ama de casa, una que le cuide, que le ponga
sobre la cama la ropa limpia, que haga que se le prepare el puchero…, peor,
peor que el remedio, peor aún! ¡Cuando una no es remedio es animal
doméstico, y la mayor parte de las veces ambas cosas a la vez! Estos
hombes… ¡O porquería o poltronería! ¡Y aún dicen que el cristianismo
redimió nuestra suerte, la de las mujeres!». Y al pensar esto, acordándose de
su buen tío, se santiguó diciéndose: «¡No, no lo volveré a pensar…!».
Pero ¿quién enfrenaba a un pensamiento que mordía en el fruto de la
ciencia del mal? «¡El cristianismo, al fin, y a pesar de la Magdalena, es
religión de hombres —se decía Gertrudis—; masculinos el Padre, el Hijo y
el Espíritu Santo …!». Pero ¿y la Madre? La religión de la Madre está en:
«He aquí la criada del Señor; hágase en mí según tu palabra» y en pedir a su
Hijo que provea de vino a unas bodas, de vino que embriaga y alegra y hace
olvidar penas, y para que el Hijo le diga: «¿Qué tengo yo que ver contigo,
mujer? Aún no ha venido mi hora». ¿Qué tengo que ver contigo …? Y
llamarle mujer y no madre… Y volvió a santiguarse, esta vez con verdadero
temblor. Y es que el demonio de su guarda —así creía ella— le susurró:
«¡Hombre al fin!».
83
XVIII
Corrieron unos años apacibles y serenos. La orfandad daba a aquel hogar, en
el que de nada de bienestar se carecía, una íntima luz espiritual de serena
calma. Apenas si había que pensar en el día de mañana. Y seguían en él
viviendo, con más dulce imperio que cuando respirando llenaban con sus
cuerpos sus sitios, los tres que le dieron a Gertrudis masa con qué fraguarlo,
Ramiro y sus dos mujeres de carne y hueso. De continuo hablaba Gertrudis
de ellos a sus hijos. «¡Mira que te está mirando tu madre!» o «¡Mira que te
ve tu padre!». Eran sus dos más frecuentes amonestaciones. Y los retratos de
los que se fuéron presidían el hogar de los tres.
Los niños, sin embargo, íbanlos olvidando. Para ellos no existían sino en
las palabras de mamá Tula, que así la llamaban todos. Los recuerdos
directos del mayorcito, de Ramirín, se iban perdiendo y fundiendo en los
recuerdos de lo que de ellos oía contar a su tía. Sus padres eran ya para él
una creación de esta.
Lo que más preocupaba a Gertrudis era evitar que entre ellos naciese la
idea de una diferencia, de que había dos madres, de que no eran sino medio
hermanos. Mas no podía evitarlo. Sufrió en un principio la tentación de
decirles que las dos, Rosa y Manuela, eran, como ella misma, madres de
todos ellos, pero vio la imposibilidad de mantener mucho tiempo el
equívoco; y, sobre todo, el amor a la verdad, un amor en ella desenfrenado,
le hizo rechazar tal tentación al punto.
Porque su amor a la verdad confundíase en ella con su amor a la pureza.
Repugnábanle esas historietas corrientes con que se trata de engañar la
inocencia de los niños, como la de decirles que los traen a este mundo desde
París, donde los compran. «¡Buena gana de gastar el dinero en tonto!» , había
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dicho un niño que tenía varios hermanos y a quien le dijeron que a un
amiguito suyo le iban a traer pronto un hermanito sus padres. «Buena gana de
gastar mentiras en balde —se decía Gertrudis; añadiéndose—; toda mentira
es, cuando menos, en balde».
—Me han dicho que soy hijo de una criada de mi padre; que mi mamá
fue criada de la mamá de mis hermanos.
Así fue diciendo un día a casa el hijo de Manuela. Y la tía Tula, con su
voz más seria y delante de todos, le contestó:
—Aquí todos sois hermanos, todos sois hijos de un mismo padre y de
una misma madre, que soy yo.
—¿Pues no dices, mamaíta, que hemos tenido otra madre?
—La tuvísteis, pero ahora la madre soy yo; ya lo sabéis. ¡Y que no se
vuelva a hablar de eso!
Mas no lograba evitar el que se transparentara que sentía preferencias. Y
eran por el mayor, el primogénito, Ramirín, al que engendró su padre cuando
aún tuviera reciente en el corazón el cardenal del golpe que le produjo el
haber tenido que escoger entre las dos hermanas, o mejor el haber tenido que
aceptar de mandato de Gertrudis a Rosa, y por la pequeñuela, por Manolita,
pálido y frágil botoncito de rosa que hacía temer lo hiciese ajarse un frío o
un ardor tempranos.
De Ramirín, del mayor, una voz muy queda, muy sumisa, pero de un
susurro sibilante y diabólico, que Gertrudis solía oír que brotaba de un
rincón de las entrañas de su espíritu —y al oírla se hacía, santiguándose, una
cruz sobre la frente y otra sobre el pecho, ya que no pudiese taparse los
oídos íntimos de aquella y de este—, de Ramirín decíale ese tentador
susurro que acaso cuando le engendró su padre soñaba más en ella, en
Gertrudis, que en Rosa. Y de Manolita, de la hija de la muerte de la
hospiciana, se decía que sin su decisión de casar por segunda vez a Ramiro,
sin aquél haberle obligado a redimir su pecado y a rescatar a la víctima de
él, a la pobre Manuela, no viviría el pálido y frágil botoncito.
¡Y lo que le costó criarla! Porque el primer hijo de Ramiro y Manuela
fue criado por esta, por su madre. La cual, sumisa siempre como una res, y
ayudada a la vez por su natural instinto, no intentó siquiera rehusarlo a pesar
85
de la endeblez de su carne, pero fue con el hombre, fue con el marido, con
quien tuvo que bregar Gertrudis. Porque Ramiro, viendo la flaqueza de su
pobre mujer, procuró buscar nodriza a su hijo. Y fue Gertrudis la que le
obligó a casarse con aquélla, quien se plantó en firme en que había de ser la
madre misma quien criara al hijo. «No hay leche como la de la madre» ,
repetía y al redargüir su cuñado: «Sí, pero es tan débil que corren peligro
ella y el niño, y este se criará enclenque», replicaba implacable la soberana
del hogar: «¡Pretextos y habladurías! Una mujer a la que se le puede
alimentar, puede siempre criar y la naturaleza ayuda, y en cuanto al niño, te
repito que la mejor leche es la de la madre, si no está envenenada». Y luego,
bajando la voz, agregaba: «Y no creo que le hayas envenenado la sangre a tu
mujer». Y Ramiro tenía que someterse. Y la querella terminó un día en que a
nuevas instancias del hombre, que vio que su nueva mujer sufrió un vahído,
para que le desahijaran el hijo, la soberana del hogar, cogiéndole aparte, le
dijo: «¡Pero qué empeño, hombre! Cualquiera creería que te estorba el
hijo…».
—¿Cómo que me estorba el hijo…? No lo comprendo…
—¿No lo comprendes? ¡Pues yo sí!
—Como no te expliques…
—¿Que me explique? ¿Te acuerdas de lo de aquel bárbaro de Pascualón,
el guarda de tu cortijo de Majadalaprieta?
—¿Qué? ¿Aquello que comentamos de la insensibilidad con que recibió
la muerte de su hijo…?
—Sí.
—¿Y qué tiene que ver esto con aquello? ¡Por Dios, Tula…!
—Que a mí aquello me llegó al fondo del alma, me hirió profundamente
y quise averiguar la raíz del mal…
—Tu manía de siempre…
—Sí, ya me decía el pobre tío que yo era como Eva, empeñada en
conocer la ciencia del bien y del mal.
—¿Y averiguaste…?
—Que a aquel… hombre…
—¿Ibas a decir…?
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—Que a aquel hombre, digo, le estorbaba el niño para más cómodamente
disponer de su mujer. ¿Lo entiendes?
—¡Qué barbaridad!
Pero ya Ramiro tuvo que darse por vencido y dejó que su Manuela criara
al niño mientras Gertrudis lo dispusiese así.
Y ahora se encontraba ésta con que tenía que criar a la pequeñuela, a la
hija de la muerte, y que forzosamente había de dársela a una madre de
alquiler, buscándole un pecho mercenario. Y esto le horrorizaba.
Horrorizábale porque temía que cualquier nodriza, y más si era soltera,
pudiese tener envenenada, con la sangre, la leche, y abusase de su posición.
«Si es soltera —se decía—, ¡malo! Hay que vigilarla para que no vuelva al
novio o acaso a otro cualquiera, y si es casada, malo también, y peor aún si
dejó al hijo propio para criar al ajeno». Porque esto era lo que sobre todo le
repugnaba. Vender el jugo maternal de las propias entrañas para mantener
mal, para dejarlos morir acaso de hambre, a los propios hijos, era algo que
le causaba dolorosos retortijones en las entrañas maternales. Y así es cómo
se vio desde un principio en conflicto con las amas de cría de la pobre
criatura, y teniendo que cambiar de ellas cada cuatro días. ¡No poder criarle
ella misma! Hasta que tuvo que acudir a la lactancia artificial.
Pero el artificio se hizo en ella arte, y luego poesía, y por fin más
profunda naturaleza que la del instinto ciego. Fue un culto, un sacrificio, casi
un sacramento. El biberón, ese artefacto industrial, llegó a ser para Gertrudis
el símbolo y el instrumento de un rito religioso. Limpiaba los botellines,
cocía los pisgos cada vez que los había empleado, preparaba y esterilizaba
la leche con el ardor recatado y ansioso con que una sacerdotisa cumpliría
un sacrificio ritual. Cuando ponía el pisgo de caucho en la boquita de la
pobre criatura, sentía que le palpitaba y se le encendía la propia mama. La
pobre criatura posaba alguna vez su manecita en la mano de Gertrudis, que
sostenía el frasco.
Se acostaba con la niña, a la que daba calor con su cuerpo, y contra este
guardaba el frasco de la leche por si de noche se despertaba aquélla
pidiendo alimento. Y se le antojaba que el calor de su carne, enfebrecida a
ratos por la fiebre de la maternidad virginal, de la virginidad maternal, daba
87
a aquella leche industrial una virtud de vida materna y hasta que pasaba a
ella, por misterioso modo, algo de los ensueños que habían florecido en
aquella cama solitaria. Y al darle de mamar, en aquel artilugio, por la noche,
a oscuras y a solas las dos, poníale a la criatura uno de sus pechos estériles,
pero henchidos de sangre, al alcance de las manecitas para que siquiera las
posase sobre él mientras chupaba el jugo de vida. Antojábasele que así una
vaga y dulce ilusión animaría a la huérfana. Y era ella, Gertrudis, la que así
soñaba. ¿Qué? Ni ella misma lo sabía bien.
Alguna vez la criatura se vomitó sobre aquella cama, limpia siempre
hasta entonces como una patena, y de pronto sintió Gertrudis la punzada de la
mancha. Su pasión morbosa por la pureza, de que procedía su culto místico a
la limpieza, sufrió entonces, y tuvo que esforzarse para dominarse.
Comprendía, sí, que no cabe vivir sin mancharse y que aquella mancha era
inocentísima, pero los cimientos de su espíritu se conmovían dolorosamente
con ello. Y luego le apretaba a la criaturita contra sus pechos pidiéndole
perdón en silencio por aquella tentación de su pureza.
88
XIX
Fuera de este cuidado maternal por la pobre criaturita de la muerte de
Manuela, cuidado que celaba una expiación y un culto místicos, y sin
desatender a los otros y esforzándose por no mostrar preferencias a favor de
los de su sangre, Gertrudis se preocupaba muy en especial de Ramirín y
seguía su educación paso a paso, vigilando todo lo que en él pudiese
recordar rasgos de su padre, a quien físicamente se parecía mucho. «Así
sería a su edad», pensaba la tía y hasta buscó y llegó a encontrar entre los
papeles de su cuñado retratos de cuando este era un chicuelo, y los miraba y
remiraba para descubrir en ellos al hijo. Porque quería hacer de este lo que
de aquel habría hecho a haberle conocido y podido tomar bajo su amparo y
crianza cuando fue un mozuelo a quien se le abrían los caminos de la vida.
«Que no se equivoque como él —se decía—, que aprenda a detenerse para
elegir, que no encadene la voluntad antes de haberla asentado en su raíz viva,
en el amor perfecto y bien alumbrado, a la luz que le sea propia». Porque
ella creía que no era al suelo, sino al cielo, a lo que había que mirar antes de
plantar un retoño; no al mantillo de la tierra, sino a las razas de lumbre que
del sol le llegaran, y que crece mejor el arbolito que prende sobre una roca
al solano dulce del mediodía que no el que sobre un mantillo vicioso y graso
se alza a la umbría. La luz era la pureza.
Fue con Ramirín aprendiendo todo lo que él tenía que aprender, pues le
tomaba a diario las lecciones. Y así satisfacía aquella ansia por saber que
desde niña le había aquejado y que hizo que su tío le comparase alguna vez
con Eva. Y de entre las cosas que aprendió con su sobrino y para
enseñárselas, pocas le interesaron más que la geometría. ¡Nunca lo hubiese
ella creído! Y es que en aquellas demostraciones de la geometría, ciencia
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árida y fría al sentir de los más, encontraba Gertrudis un no sabía qué de
luminosidad y de pureza. Años después, ya mayor Ramirín, y cuando el
polvo que fue la carne de su tía reposaba bajo tierra, sin luz de sol,
recordaba el entusiasmo con que un día de radiante primavera le explicaba
cómo no puede haber más que cinco y sólo cinco poliedros regulares; tres
formados de triángulos: el tetraedro, de cuatro; el octaedro, de ocho, y el
icosaedro, de veinte; uno de cuadrados: el cubo, de seis, y uno de
pentágonos: el dodecaedro, de doce. «Pero ¿no ves qué claro?», me decía —
contaba el sobrino—, «¿no lo ves?, sólo cinco y no más, ¡qué bonito! Y no
puede ser de otro modo, tiene que ser así», y al decirlo me mostraba los
cinco modelos en cartulina blanca, blanquísima, que ella misma había
construido, con sus santas manos, que eran prodigiosas para toda labor, y
parecía como si acabase de descubrir por sí misma la ley de los cinco
poliedros regulares…, ¡pobre tía Tula! Y recuerdo que como a uno de
aquellos modelos geométricos le cayera una mancha de grasa, hizo otro,
porque decía que con la mancha no se veía bien la demostración. Para ella la
geometría era luz y pureza.
En cambio huyó de enseñarle anatomía y fisiología. «Esas son
porquerías —decía— y en que nada se sabe de cierto ni de claro».
Y lo que sobre todo acechaba era el alborear de la pubertad en su
sobrino. Quería guiarle en sus primeros descubrimientos sentimentales y que
fuese su amor primero el último y el único. «Pero ¿es que hay un primer
amor?», se preguntaba a sí misma sin acertar a responderse.
Lo que más temía eran las soledades de su sobrino. La soledad, no
siendo a toda luz, la temía. Para ella no había más soledad santa que la del
sol y la de la Virgen de la Soledad cuando se quedó sin su Hijo, el Sol del
Espíritu. «Que no se encierre en su cuarto —pensaba—, que no esté nunca, a
poder ser, solo; hay soledad que es la peor compañía; que no lea mucho,
sobre todo, que no lea mucho; y que no se esté mirando grabados». No temía
tanto para su sobrino a lo vivo cuanto a lo muerto, a lo pintado. «La muerte
viene por lo muerto», pensaba.
Confesábase Gertrudis con el confesor de Ramirín, y era para, dirigiendo
al director del muchacho en la dirección de este, ser ella la que de veras le
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dirigiese. Y por eso en sus confesiones hablaba más que de sí misma de su
hijo mayor, como le llamaba. «Pero es, señora, que usted viene aquí a
confesar sus pecados y no los de otros», le tuvo que decir alguna vez el
padre Álvarez, a lo que ella contestó: «Y si ese chico es mi pecado …».
Cuando una vez creyó observar en el muchacho inclinaciones ascéticas,
acaso místicas, acudió alarmada al padre Alvarez.
—¡Eso no puede ser, padre!
—Y si Dios le llamase por ese camino…
—No, no le llama por ahí; lo sé, lo sé mejor que usted y desde luego
mejor que él mismo; eso es… la sensualidad que se le despierta…
—Pero, señora…
—Sí, anda triste, y la tristeza no es señal de vocación religiosa. ¡Y
remordimiento no puede ser! ¿De qué …?
—Los juicios de Dios, señora…
—Los juicios de Dios son claros. Y esto es oscuro. Quítele eso de la
cabeza. ¡Él ha nacido para padre y yo para abuela!
—¡Ya salió aquello!
—¡Sí, ya salió aquello!
—¡Y cómo le pesa a usted eso! Líbrese de ese peso… Me ha dicho cien
veces que había agotado ese mal pensamiento…
—¡No puedo, padre, no puedo! Que ellos, que mis hijos —porque son
mis hijos, mis verdaderos hijos—, que ellos no lo sepan, que no lo sepan,
padre, que no lo adivinen…
—Cálmese, señora, por Dios, cálmese… y deseche esas aprensiones…
esas tentaciones del Demonio, se lo he dicho cien veces… Sea lo que es…,
la tía Tula que todos conocemos y veneramos y admiramos …; sí,
admiramos…
—¡No, padre, no! ¡Usted lo sabe! Por dentro soy otra…
—Pero hay que ocultarlo…
—Sí, hay que ocultarlo, sí; pero hay días en que siento ganas de reunir a
sus hijos, a mis hijos…
—¡Sí, suyos, de usted!
—¡Sí, yo madre, como usted… padre!
91
—Deje eso, señora, deje eso…
—Sí, reunirles y decirles que toda mi vida ha sido una mentira, una
equivocación, un fracaso…
—Usted se calumnia, señora. Esa no es usted, usted es la otra…, la que
todos conocemos… la tía Tula…
—Yo le hice desgraciado, padre; yo le hice caer dos veces: una con mi
hermana, otra vez con otra…
—¿Caer?
—¡Caer, sí! ¡Y fue por soberbia!
—No, fue por amor, por verdadero amor…
—Por amor propio, padre —y estalló a llorar.
92
XX
Logró sacar a su sobrino de aquellas veleidades ascéticás y se puso a
vigilarle, a espiar la aparición del primer amor. «Fíjate bien, hijo —le decía
—, y no te precipites, que una vez que hayas comprometido a una no debes
dejarla…».
—Pero, mamá, si no se trata de compromisos… Primero hay que
probar…
—No, nada de pruebas; nada de esos noviazgos; nada de eso de «hablo
con Fulana». Todo seriamente…
En rigor la tía Tula había ya hecho, por su parte, su elección y se
proponía ir llevando dulcemente a su Ramirín a aquella que le había
escogido, a Caridad.
—Parece que te fijas en Carita —le dijo un día.
—¡Pse!
—Y ella en ti, si no me equivoco.
—Y tú en los dos, a lo que parece…
—¿Yo? Eso es cosa vuestra, hijo mío, cosa vuestra…
Pero les fue llevando el uno al otro, y consiguió su propósito. Y luego se
propuso casarlos cuanto antes. «Y que venga acá —decía— y viviremos
todos juntos, que hay sitio para todos… ¡Una hija más!».
Y cuando hubo llevado a Carita a su casa, como mujer de su sobrino, era
con esta con la que tenía sus confidencias. Y era de quien trataba de
sonsacar lo íntimo de su sobrino.
Le obligó, ya desde un principio, a que le tutease y le llamase madre. Y
le recomendaba que cuidase sobre todo de la pequeñita, de la mansa,
tranquila y medrosica Manolita.
93
—Mira, Caridad —le decía—, cuida sobre todo de esa pobrecita, que es
lo más inocente y lo más quebradizo que hay y buena como el pan… Es mi
obra…
—Pero si la pobrecita apenas levanta la voz…, si ni se la siente andar
por la casa… Parece como que tuviera vergüenza hasta de presentarse…
—Sí, sí, es así… Harto he hecho por infundirle valor, pero en no estando
arrimada a mí, cosida a mi falda, la pobrecita se encuentra como perdida.
¡Claro, como criada con biberón!
—El caso es que es laboriosa, obediente, servicial, pero ¡habla tan
poco…! ¡Y luego no se la oye reír nunca…!
—Sólo alguna vez, cuando está a solas conmigo, porque entonces es otra
cosa, es otra Manolita…, entonces resucita… Y trato de animarla, de
consolarla, y me dice: «No te canses, mamita, que yo soy así…, y además,
no estoy triste…».
—Pues lo parece…
—Lo parece, sí, pero he llegado a creer que no lo está. Porque yo, yo
misma, ¿qué te parezco, Carita, triste o alegre?
—Usted, tía…
—¿Qué es eso de usted y de tía?
—Bueno, tú, mamá, tú…, pues no sé si eres triste o alegre, pero a mí me
pareces alegre…
—¿Te parezco así? ¡Pues basta!
—Por lo menos a mí me alegras…
—Y es lo que nos manda Dios a este mundo, a alegrar a los demás.
—Pero para alegrar a los demás hay que estar alegre una…
—O no…
—¿Cómo no?
—Nada alegra más que un rayo de sol, sobre todo si da sobre la verdura
del follaje de un árbol, y el rayo de sol no está ni alegre ni triste, y quién
sabe… acaso su propio fuego le consume… El rayo de sol alegra porque
está limpio; todo lo limpio alegra… Y esa pobre Manolita debe alegrarte,
porque a limpia…
—¡Sí, eso sí! Y luego esos ojos que tiene, que parecen…
94
—Parecen dos estanques quietos entre verdura… Los he estado mirando
muchas veces y desde cerca. Y no sé de dónde ha sacado esos ojos… No
son de su madre, que tenía ojos de tísica, turbios de fiebre… ni son los de su
padre, que eran…
—¿Sabes de quién parecen esos ojos?
—¿De quién? —y Gertrudis temblaba al preguntarlo.
—¡Pues son tus ojos …!
—Puede ser… puede ser.. No me los he mirado nunca de cerca ni puedo
vérmelos desde dentro, pero puede ser… puede ser.. Al menos le he
enseñado a mirar…
95
XXI
¿Qué le pasaba a la pobre Gertrudis que se sentía derretir por dentro? Sin
duda había cumplido su misión en el mundo. Dejaba a su sobrino mayor, a su
Ramiro, a su otro Ramiro, a cubierto de la peor tormenta, embarcado en su
barca de por vida, y a los otros hijos al amparo de él; dejaba un hogar
encendido y quien cuidase de su fuego. Y se sentía deshacer. Sufría
frecuentes embaimientos, desmayos, y durante días enteros lo veía todo
como en niebla, como si fuese bruma y humo todo. Y soñaba; soñaba como
nunca había soñado. Soñaba lo que habría sido si Ramiro hubiese dejado
por ella a Rosa. Y acababa diciéndose que no habrían sido de otro modo las
cosas. Pero ella había pasado por el mundo fuera del mundo. El padre
Alvarez creía que la pobre Gertrudis chocheaba antes de tiempo, que su
robusta inteligencia flaqueaba y que flaqueaba el peso mismo de su robustez.
Y tenía que defenderla de aquellas sus viejas tentaciones.
Cuando un día se le acercó Caridad y, al oído, le dijo: «¡Madre…!», al
notarle el rubor que le encendía el rostro, exclamó: «¿Qué? ¿Ya?». «¡Sí,
ya!», susurró la muchacha. «¿Estás segura?». «¡Segura; si no, no te lo habría
dicho!». Y Gertrudis, en medio de su goce, sintió como si una espada de
hielo le atravesase por medio el corazón. Ya no tenía que hacer en el mundo
más que esperar al nieto, al nieto de los suyos, de su Ramiro y su Rosa, a su
nieto, a ir luego a darles la buena nueva. Ya apenas se cuidaba más que de
Caridad, que era quien para ella llenaba la casa. Hasta de Manolita, de su
obra, se iba descuidando, y la pobre niña lo sentía; sentía que el esperado
iba relegándole en la sombra.
—Ven acá —le decía Gertrudis a Caridad, cuando alguna vez se
encontraban a solas, ocasión que acechaba—, ven acá, siéntate aquí, a mi
96
lado… ¿Qué, le sientes, hija mía, le sientes?
—Algunas veces…
—¿No llama? ¿No tiene prisa por salir a la luz, a la luz del sol? Porque
ahí dentro, a oscuras…, aunque esté ello tan tibio, tan sosegado… ¿No da
empujoncitos? Si tarda no me va a ver…, no le voy a ven.. Es decir: ¡si
tarda, no!, si me apresuro yo…
—Pero, madre, no diga esas cosas…
—¡No digas, hija! Pero me siento derretir…, ya no soy para nada… Veo
todo como empañado… como en sueños… Si no lo supiera no podría ahora
decir si tu pelo es rubio o moreno…
Y le acariciaba lentamente la espléndida cabellera rubia. Y como si
viese con los dedos, añadía: «Rubia, rubia como el sol …».
—Si es chico, ya lo sabes, Ramiro, y si es chica… Rosa…
—No, madre, sino Gertrudis… Tula, mamá Tula.
—¡Tula…, bueno …! Y mejor si fuese una pareja, mellizos, pero chico y
chica…
—¡Por Dios, madre!
—¿Qué? ¿Crees que no podrías con eso? ¿Te parece demasiado trabajo?
—Yo… no sé… no sé nada de eso, madre; pero…
—Sí, eso es lo perfecto, una parejita de gemelos… un chico y una chica
que han estado abrazaditos cuando no sabían nada del mundo, cuando no
sabían ni que existían; que han estado abrazaditos al calorcito del vientre
materno… Algo así debe de ser el cielo…
—¡Qué cosas se te ocurren, mamá Tula!
—No ves que me he pasado la vida soñando…
Y en esto, mientras soñaba así y como para guardar en su pecho este
último ensueño y llevarlo como viático al seno de la madre tierra, la pobre
Manolita cayó gravemente enferma. «¡Ah, yo tengo la culpa —se dijo
Gertrudis—, yo, que con esto de la parejita de mi ensueño me he descuidado
de esa pobre avecilla…! Sin duda en un momento en que necesitaba de mi
arrimo ha debido de coger algún frío …». Y sintió que le volvían las
fuerzas, unas fuerzas como de milagro. Se le despejó la cabeza y se dispuso
a cuidar a la enferma.
97
—Pero, madre —le decía Caridad—, déjeme que le cuide yo, que le
cuidemos nosotras… Entre yo, Rosita y Elvira le cuidaremos.
—No; tú no puedes cuidarla como es debido, no debes cuidarla… Tú te
debes al que llevas, a lo que llevas, y no es cosa de que por atender a esta
malogres lo otro… Y en cuanto a Rosita y Elvira, sí, son sus hermanas, la
quieren como tales, pero no entienden de eso, y además la pobre, aunque se
aviene a todo, no se halla sin mí… Un simple vaso de agua que yo le sirva le
hace más provecho que todo lo que los demás le podáis hacer. Yo sola sé
arreglarle la almohada de modo que no le duela en ella la cabeza y que no
tenga luego pesadillas…
—Sí, es verdad…
—¡Claro, yo la crie …! Y yo debo cuidarle.
Resucitó. Volvióle todo el luminoso y fuerte aplomo de sus días más
heroicos. Ya no le temblaba el pulso ni le vacilaban las piernas. Y cuando
teniendo el vaso con la pócima medicinal que a las veces tenía que darle, la
pobre enferma le posaba las manos febriles en sus manos firmes y finas,
pasaba sobre su enlace como el resplandor de un dulce recuerdo, casi
borrado para la encamada. Y luego se sentaba la tía Tula junto a la cama de
la enferma y se estaba allí, y esta no hacía sino mirarle en silencio.
—¿Me moriré, mamita? —preguntaba la niña.
—¿Morirte? ¡No, pobrecita alondra, no! Tú tienes que vivir…
—Mientras tú vivas…
—Y después…, y después…
—Después… no…, ¿para qué…?
—Pero las muchachas deben vivir…
—¿Para qué…?
—Pues… para vivir…, para casarse…, para criar familia…
—Pues tú no te casaste, mamita…
—No, yo no me casé; pero como si me hubiese casado… Y tú tienes que
vivir para cuidar de tu hermano…
—Es verdad…, de mi hermano…, de mis hermanos…
—Sí, de todos ellos…
—Pero si dicen, mamita, que yo no sirvo para nada…
98
—¿Y quién dice eso, hija mía?
—No, no lo dicen…, no lo dicen…, pero lo piensan…
—¿Y cómo sabes tú lo que piensan?
—¡Pues… porque lo sé! Y además, porque es verdad…, porque yo no
sirvo para nada, y después de que tú te me mueras yo nada tengo que hacer
aquí… Si tú te murieras me moriría de frío…
—Vamos, vamos, arrópate bien y no digas esas cosas… Y voy a
arreglarte esa medicina…
Y fue a ocultar sus lágrimas y a echarse a los pies de su imagen de la
Virgen de la Soledad y a suplicarla: «¡Mi vida por la suya, Madre, mi vida
por la suya! Siente que yo me voy, que me llaman mis muertos, y quiere irse
conmigo; quiere arrimarse a mí, arropada por la tierra, allí abajo, donde no
llega la luz, y que yo le preste no sé qué calor… ¡Mi vida por la suya,
Madre, mi vida por la suya! Que no caiga tan pronto esa cortina de tierra de
las tinieblas sobre esos ojos en que la luz no se quiebra, sobre esos ojos que
dicen que son los míos, sobre esos ojos sin mancha que le di yo…, sí, yo…
Que no se muera…, que no se muera… Sálvala, Madre, aunque tenga yo que
irme sin ver al que ha de venir…».
Y se cumplió su ruego.
La pobre niña enferma fue recobrando vida; volvieron los colores de
rosa a sus mejillas; volvió a mirar la luz del sol dando en el verdor de los
árboles del jardincito de la casa, pero la tía Tula cayó con una
bronconeumonía cogida durante la convalecencia de Manolita. Y entonces
fue esta la que sintió que brotaba en sus entrañas un manadero de salud, pues
tenía que cuidar a la que le había dado vida.
Toda la casa vio con asombro la revelación de aquella niña.
—Di a Manolita —decía Gertrudis a Caridad— que no se afane tanto,
que aún estará débil… Tú tampoco, por supuesto; tú te debes a los tuyos, ya
lo sabes… Con Rosita y Elvira basta… Además, como todo ha de ser
inútil… Porque yo ya he cumplido…
—Pero, madre…
—Nada, lo dicho, y que esa palomita de Dios no se malgaste…
—Pero si se ha puesto tan fuerte… Jamás hubiese creído…
99
—Y ella que se quería morir y creía morirse… Y yo también lo temí…
¡Porque la pobre me parecía tan débil…! Claro, no conoció a su padre, que
estaba ya herido de muerte cuando la engendró…, y en cuanto a su pobre
madre, yo creo que siempre vivió medio muerta… ¡Pero esa chica ha
resucitado!
—¡Sí, al verte en peligro ha resucitado!
—¡Claro, es mi hija!
—¿Más?
—¡Sí, más! Te lo quiero declarar ahora que estoy en el zaguán de la
eternidad; sí, más. ¡Ella y tú!
—¿Ella y yo?
—¡Sí, ella y tú! Y porque no tenéis mi sangre. Ella y tú. Ella tiene la
sangre de Ramiro, no la mía, pero la he hecho yo, ¡es obra mía! Y a ti yo te
casé con mi hijo…
—Lo sé…
—Sí, como le casé a su padre con su madre, con mi hermana, y luego le
volví a casar con la madre de Manolita…
—Lo sé… lo sé…
—Sé que lo sabes, pero no todo…
—No, todo no…
—Ni yo tampoco… O al menos no quiero saberlo. Quiero irme de este
mundo sin saber muchas cosas… Porque hay cosas que el saberlas mancha.
Eso es el pecado, original, y la Santísima Virgen Madre nació sin mancha de
pecado original…
—Pues yo he oído decir que lo sabía todo…
—No, no lo sabía todo; no conocía la ciencia del mal… que es ciencia…
—Bueno, no hables tanto, madre, que te perjudica …
—Más me perjudica cavilar, y si me callo cavilo…, cavilo…
100
XXII
La tía Tula no podía ya más con su cuerpo. El alma le revoloteaba dentro de
él, como un pájaro en una jaula que se desvencija, a la que deja con el dolor
de quien le desollaran, pero ansiando volar por encima de las nubes. No
llegaría a ver al nieto. ¿Lo sentía? «Allá arriba, estando con ellos —soñaba
—, sabré cómo es, y si es niño o niña… o los dos… y lo sabré mejor que
aquí, pues desde allí arriba se ve mejor y más limpio lo de aquí abajo».
La última fiebre teníala postrada en cama. Apenas si distinguía a sus
sobrinos más que por el paso, sobre todo a Caridad y a Manolita. El paso de
aquella, de Caridad, llegábale como el de una criatura cargada de fruto y
hasta le parecía oler a sazón de madurez. Y el de Manolita era tan leve como
el de un pajarito que no se sabe si corre o vuela a ras de tierra. «Cuando ella
entra —se decía la tía—, siento rumor de alas caídas y quietas».
Quiso despedirse primero de esta, a solas, y aprovechó un momento en
que vino a traerle la medicina. Sacó el brazo de la cama, lo alargó como
para bendecirla, y poniéndole la mano sobre la cabeza, que ella inclinó con
los claros ojos empañados, le dijo:
—¿Qué, palomita sin hiel, quieres todavía morirte…? ¡La verdad!
—Si con ello consiguiera…
—Que yo no me muera, ¿eh? No, no debes querer morirte… Tienes a tu
hermano, a tus hermanos… Estuviste cerca de ello, pero me parece que la
prueba te curó de esas cosas… ¿No es así? Dímelo como en confesión, que
voy a contárselo a los nuestros…
—Sí, ya no se me ocurren aquellas tonterías…
—¿Tonterías? No, no eran tonterías. ¡Ah!, y ahora que dices eso de
tonterías, tráeme tu muñeca, porque la guardas, ¿no es así? Sí, sé que la
101
guardas… Tráeme aquella muñeca, ¿sabes? Quiero despedirme de ella
también y que se despida de mí… ¿Te acuerdas? Vamos, ¿a que no te
acuerdas?
—Sí, madre, me acuerdo.
—¿De qué te acuerdas?
—De cuando se me cayó en aquel patín de la huerta y Elvira me llamaba
tonta porque lloraba tanto y me decía que de nada sirve llorar…
—Eso…, eso…, ¿y qué más? ¿Te acuerdas de más?
—Sí, del cuento que nos contaste entonces…
—A ver, ¿qué cuento?
—De la niña que se le cayó la muñeca en un pozo seco adonde no podía
bajar a sacarla, y se puso a llorar, a llorar, a llorar, y lloró tanto que se llenó
el pozo con sus lágrimas y salió flotando en ellas la muñeca…
—¿Y qué dijo Elvirita a eso? ¿Qué dijo? Que no me acuerdo…
—Sí, sí se acuerda, madre…
—Bueno, ¿pues qué dijo?
—Dijo que la niña se quedaría seca y muerta de haber llorado tanto…
—¿Y yo qué dije?
—Por Dios, madre…
—Bueno, no lo digas, pero no llores así, palomita, no llores así…, que
por mucho que llores no se llenará con tus lágrimas el pozo en que voy
cayendo y no saldré flotando.
—Si pudiera ser…
—¡Ah, sí! Si pudiera ser yo saldría a cogerte y llevarte conmigo… Pero
hay que esperar la hora. Y cuida de tus hermanos. Te los entrego a ti,
¿sabes?, a ti. Haz que no se den cuenta de que me he muerto.
—Haré todo lo que pueda…
—Y yo te ayudaré desde arriba. Que no se enteren de que me he
muerto…
—Te rezaré, madre…
—A la Virgen, hija, a la Virgen…
—Te rezaré, madre, todas las noches antes de acostarme…
—Bueno, no llores así…
102
—Pero si no lloro, ¿no ves que no lloro?
—Para lavar los ojos cuando han visto cosas feas no está mal; pero tú no
has visto cosas feas, no puedes verlas…
—Y si es caso, cerrando los ojos…
—No, no, así se ven cosas más feas. Y pide por tu padre, por tu madre,
por mí… No olvides a tu madre…
—Si no la olvido…
—Como no la conociste…
—¡Sí, la conozco!
—Pero a la otra, digo, a la que te trajo al mundo.
—¡Sí, gracias a ti la conozco; a aquella!
—¡Pobrecilla! Ella no había conocido a la suya…
—¡Su madre fuiste tú, lo sé bien!
—Bueno, pero no llores…
—¡Si no lloro! —y se enjugaba los ojos con el dorso de la mano
izquierda mientras con la otra, temblorosa, sostenía el vaso de la medicina.
—Bueno, y ahora trae a la muñeca, que quiero verla. ¡Ah! ¡Y allí, en un
rincón de aquella arquita mía que tú sabes… ahí está la llave… sí, esa,
esa!… Allí donde nadie ha tocado más que yo, y tú alguna vez; allí, junto a
aquellos retratos, ¿sabes?, hay otra muñeca…, la mía… la que yo tenía
siendo niña…, mi primer cariño… ¿el primero?…, ¡bueno! Tráemela
también… Pero que no se entere ninguna de esas, no digan que son tonterías
nuestras, porque las tontas somos nosotras… Tráeme las dos muñecas, que
me despida de ellas, y luego nos pondremos serias para despedimos de los
otros… Vete, que me viene un mal pensamiento —y se santiguó.
El mal pensamiento era que el susurro diabólico allá, en el fondo de las
entrañas doloridas con el dolor de la partida, le decía: «¡Muñecos todos!».
103
XXIII
Luego llamó a todos, y Caridad entre ellos.
—Esto es, hijos míos, la última fiebre, el principio de fuego del
Purgatorio…
—Pero qué cosas dices, mamá…
—Sí; el fuego del Purgatorio, porque en el Infierno no hay fuego… el
Infierno es de hielo y nada más que de hielo. Se me está quemando la
carne… Y lo que siento es irme sin ver, sin conocer, al que ha de llegar…, o
a la que ha de llegar…, o a los que han de llegar…
—Vamos, mamá…
—Bueno, tú, Cari, cállate y no nos vengas ahora con vergüenza… Porque
yo querría contarles todo a los que me llaman… Vamos, no lloréis así… Allí
están… los tres…
—Pero no digas esas cosas…
—¡Ah!, ¿queréis que os diga cosas de reír? Las tonterías ya nos las
hemos dicho Manolita y yo, las dos tontas de la casa, y ahora hay que hacer
esto como se hace en los libros…
—Bueno, ¡no hables tanto! El médico ha dicho que no se te deje hablar
mucho.
—¿Ya estás ahí tú, Ramiro? ¡El hombre! ¿El médico, dices? ¿Y qué sabe
el médico? No le hagáis caso… Y además es mejor vivir una hora hablando
que dos días más en silencio. Ahora es cuando hay que hablar. Además, así
me distraigo y no pienso en mis cosas…
—Pues ya sabes que el padre Álvarez te ha dicho que pienses ahora en
tus cosas…
104
—¡Ah!, ¿ya estás ahí tú, Elvira, la juiciosa? Conque el padre Alvarez,
¿eh?…, el del remedio… ¿Y qué sabe el padre Álvarez? ¡Otro médico!
¡Otro hombre! Además, yo no tengo cosas mías en qué pensar…, yo no tengo
mis cosas… Mis cosas son las vuestras… y las de ellos…, las de los que me
llaman… Yo no estoy ni viva ni muerta…, no he estado nunca ni viva ni
muerta… ¿Qué? ¿Qué dices tú ahí, Enriquín? Que estoy delirando…
—No, no digo eso…
—Sí, has dicho eso, te lo he oído bien…, se lo has dicho al oído a
Rosita… No ves que siento hasta el roce en el aire de las alas quietas de
Manolita. Pues si deliro…, ¿qué?
—Que debes descansar…
—Descansar…, descansar…, ¡tiempo me queda para descansar!
—Pero no te destapes así…
—Si es que me abraso… Y ya sabes, Caridad, Tula, Tula como yo…, y
él, el otro, Ramiro… Sí, son dos, él y ella, que estarán ahora abrazaditos…
al calorcito.
Callaron todos un momento. Y al oír la moribunda sollozos entrecortados
y contenidos, añadió:
—Bueno, ¡hay que tener ánimo! Pensad bien, bien, muy bien, lo que
hayáis de hacer, pensadlo muy bien…, que nunca tengáis que arrepentiros de
haber hecho algo y menos de no haberlo hecho… Y si veis que el que
queréis se ha caído en una laguna de fango y aunque sea en un pozo negro, en
un albañal, echaos a salvarle, aun a riesgo de ahogaros, echaos a salvarle…,
que no se ahogue él allí… o ahogaos juntos… en el albañal… Servidle de
remedio…, sí, de remedio… ¿Que morís entre légamo y porquería?, no
importa… Y no podréis ir a salvar al compañero volando sobre el ras del
albañal porque no tenemos alas…, no, no tenemos alas… o son alas de
gallina, de no volar…, y hasta las alas se mancharían con el fango que
salpica el que se ahoga en él… No, no tenemos alas…, a lo más de
gallina…; no somos ángeles…, lo seremos en la otra vida… ¡donde no hay
fango… ni sangre! Fango hay en el Purgatorio, fango ardiente, que quema y
limpia…, fango que limpia, sí… En el Purgatorio les queman a los que no
quisieron lavarse con fango…, sí, con fango… Les queman con estiércol
105
ardiente…, les lavan con porquería… Es lo último que os digo, no tengáis
miedo a la podredumbre… Rogad por mí, y que la Virgen me perdone.
Le dio un desmayo. Al volver de él no coordinaba los pensamientos.
Entró luego en una agonía dulce. Y se apagó como se apaga una tarde de
otoño cuando las últimas razas del sol, filtradas por nubes sangrientas, se
derriten en las aguas serenas de un remanso del río en que se reflejan los
álamos —sanguíneo su follaje también— que velan a sus orillas.
106
XXIV
¿Murió la tía Tula? No, sino que empezó a vivir en la familia, a irradiando
de ella, con una nueva vida más entrañada y más vivífica, con la vida eterna
de la familiaridad inmortal. Ahora era ya para sus hijos, sus sobrinos, la Tía,
no más que la Tía, ni madre ya ni mamá, ni aun tía Tula, sino sólo la Tía.
Fue este nombre de invocación, de verdadera invocación religiosa, como el
canonizamiento doméstico de una santidad de hogar. La misma Manolita, su
más hija y la más heredera de su espíritu, la depositaria de su tradición, no
le llamaba sino la Tía.
Mantenía la unidad y la unión de la familia, y si al morir ella afloraron a
la vista de todos, haciéndose patentes, divisiones intestinas antes ocultas,
alianzas defensivas y ofensivas entre los hermanos, fue porque esas
divisiones brotaban de la vida misma familiar que ella creó. Su espíritu
provocó tales disensiones y bajo de ellas y sobre ellas la unidad fundamental
y culminante de la familia. La tía Tula era el cimiento y la techumbre de
aquel hogar.
Formáronse en este dos grupos: de un lado, Rosita, la hija mayor de
Rosa, aliada con Caridad, con su cuñada, y no con su hermano, no con
Ramiro; de otro, Elvira, la segunda hija de Rosa, con Enrique, su
hermanastro, el hijo de la hospiciana, y quedaban fuera Ramiro y Manolita.
Ramiro vivía, o más bien se dejaba vivir, atento a su hijo y al porvenir
que podían depararle otros y a sus negocios civiles, y Manolita, atenta a
mantener el culto de la Tía y la tradición del hogar.
Manolita se preparaba a ser el posible lazo entre cuatro probables
familias venideras. Desde la muerte de la Tía habíase revelado. Guardaba
todo su saber, todo su espíritu; las mismas frases recortadas y aceradas, a las
107
veces repetición de las que oyó a la otra, la misma doctrina, el mismo estilo
y hasta el mismo gesto. «¡Otra tía!» , exclamaban sus hermanos, y no siempre
llevándoselo a bien. Ella guardaba el archivo y el tesoro de la otra; ella
tenía la llave de los cajoncitos secretos de la que se fue en carne y sangre;
ella guardaba, con su muñeca de cuando niña, la muñeca de la niñez de la
Tía, y algunas cartas, y el devocionario y el breviario de don Primitivo; ella
era en la familia quien sabía los dichos y hechos de los antepasados dentro
de la memoria: de don Primitivo, que nada era de su sangre; de la madre del
primer Ramiro; de Rosa; de su propia madre Manuela, la hospiciana —de
esta no dichos ni hechos, sino silencios y pasiones—, ella era la historia
doméstica; por ella se continuaba la eternidad espiritual de la familia. Ella
heredó el alma de esta, espiritualizada en la Tía.
¿Herencia? Se transmite por herencia en una colmena el espíritu de las
abejas, la tradición abejil, el arte de la melificación y de la fábrica del
panal, la abejidad, y no se transmite, sin embargo, por carne y por jugos de
ella. La carnalidad se perpetúa por zánganos y por reinas, y ni los zánganos
ni las reinas trabajaron nunca, no supieron ni fabricar panales, ni hacer miel,
ni cuidar larvas, y no sabiéndolo, no pudieron transmitir ese saber, con su
carne y sus jugos, a sus crías. La tradición del arte de las abejas, de la
fábrica del panal y el laboreo de la miel y la cera, es pues, colateral y no de
transmisión de carne, sino de espíritu, y débese a las tías, a las abejas que ni
fecundan huevecillos ni los ponen. Y todo esto lo sabía Manolita, a quien se
lo había enseñado la Tía, que desde muy joven paró su atención en la vida
de las abejas y la estudió y meditó, y hasta soñó sobre ella. Y una de las
frases de íntimo sentido, casi esotérico, que aprendió Manolita de la Tía y
que de vez en cuando aplicaba a sus hermanos, cuando dejaban muy al
desnudo su masculinidad de instintos, era decirles: «¡Cállate, zángano!». Y
zángano tenía para ella, como lo había tenido para la Tía, un sentido de
largas y profundas resonancias. Sentido que sus hermanos adivinaban.
La alianza entre Elvira, la hija del primer Ramiro que le costó la vida a
Rosa, su primera mujer, y Enrique, el hijo del pecado de aquel y de los
hospicianos, era muy estrecha. Queríanse los hermanastros más que
cualesquiera otros de los cinco entre sí. Siempre andaban en cuchicheos y en
108
secretos. Y esta a modo de conjura desasosegábale a Manolita. No que le
doliera que su hermano uterino, el salido del mismo vientre de donde ella
salió, tuviese más apego a la hermana nacida de otra madre, no; sentía que a
ella no había de apegársele ninguno de sus hermanos y complacíase en ello.
Pero aquel afecto más que fraternal le era repulsivo.
—Ya estoy deseando —les dijo una vez— que uno de vosotros se
enamore; que tú, Enrique, te eches novia, o que a esta, a ti, Elvira, te
pretenda alguno…
—¿Y para qué? —preguntó esta.
—Para que dejéis de andar así, de bracete por la casa, y con cuentecitos
al oído y carantoñas, arrumacos y lagoterías…
—Acaso entonces más… —dijo Enrique.
—¿Y cómo así?
—Porque esta vendrá a contarme los secretos de su novio, ¿verdad,
Elvira?, y yo le contaré, ¡claro está!, los de mi novia…
—Sí, sí… —exclamó Elvira a punto de palmotear.
—Y os reiréis uno y otro del otro novio y de la otra novia, ¿no es así?…,
¡qué bonito!
—Bueno, ¿y qué diría a esto la Tía? —preguntó Elvira mirándole a
Manolita a los ojos.
—Diría que no se debe jugar con las cosas santas y que sois unos
chiquillos…
—Pues no repitas con la Tía —le arguyó Enrique— aquello del
Evangelio de que hay que hacerse niño para entrar en el reino de los
cielos…
—¡Niño, sí! ¡Chiquillo, no!
—¿Y en qué se le distingue al niño del chiquillo …?
—¿En qué? En la manera de jugar.
—¿Cómo juega el chiquillo?
—El chiquillo juega a persona mayor. Los niños no son, como los
mayores, ni hombres ni mujeres, sino que son como los ángeles. Recuerdo
haberle oído decir a la Tía que había oído que hay lenguas en que el niño no
es ni masculino ni femenino, sino neutro.
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—Sí —añadió Enrique—, en alemán. Y la señorita es neutro…
—Pues esta señorita —dijo Manolita, intentando, sin conseguirlo, teñir
de una sonrisa estas palabras— no es neutra…
—¡Claro que no soy neutra; pues no faltaba más…!
—Pero ¡bueno, nada de chiquilladas!
—Chiquilladas, no; niñerías, eso, ¿no es eso?
—¡Eso es!
—Bueno, y ¿en qué las conoceremos?
—Basta, que no quiero deciros más. ¿Para qué? Porque hay cosas que al
tratar de decirlas se ponen más oscuras…
—Bien, bien, tiíta —exclamó Elvira abrazándola y dándole un beso—,
no te enfades así… ¿Verdad que no te enfadas, tiíta…?
—No; y menos porque me llames tiíta …
—Si lo hacía sin intención…
—Lo sé; pero eso es lo peligroso. Porque la intención viene después…
Enrique le hizo una carantoña a su hermana completa y cogiendo a la
otra, a la hermanastra, por debajo de un brazo, se la llevó consigo.
Y Manolita, viéndoles alejarse, quedó diciéndose: «¿Chiquillos? ¡En
efecto, chiquillos! Pero ¿he hecho bien en decirles lo que les he dicho? ¿He
hecho bien, Tía? —e invocaba mentalmente a la Tía—. La intención viene
después… ¿No soy yo la que con mis reconvenciones voy a darles una
intención que les falta? Pero, ¡no, no! ¡Que no jueguen así! ¡Porque están
jugando …! ¡Y ojalá les salga pronto el novio a ella y la novia a él!».
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XXV
El otro grupo lo formaban en la familia, no Rosita y Ramiro, sino la mujer de
este, Caridad, y aquella su cuñada. Aunque en rigor era Rosita la que
buscaba a Caridad y le llevaba sus quejas, sus aprensiones, sus suspicacias.
Porque iba, por lo común, a quejarse. Creíase, o al menos aparentaba creer,
que era la desdeñada y la no comprendida. Poníase triste y como preocupada
en espera de que le preguntasen qué era lo que tenía, y como nadie se lo
preguntaba sufría con ello. Y menos que los otros hermanos se lo preguntaba
Manolita, que se decía: «¡Si tiene algo de verdad y más que gana de mimo y
de que nos ocupemos especialmente en ella, ya reventará!». Y la preocupada
sufría con ello.
A su cuñada, a Caridad, le iba sobre todo con quejas de su marido;
complacíase en acusar a este, a Ramiro, de egoísta. Y la mujer le oía
pacientemente y sin saber qué decirle.
—Yo no sé, Manuela —le decía a esta Caridad, su cuñada—, qué hacer
con Rosa… Siempre me está viniendo con quejas de Ramiro; que si es un
orgulloso, que si un egoísta, que si un distraído…
—¡Llévale la hebra y dile que sí!
—Pero ¿cómo? ¿Voy a darle alas?
—No, sino a cortárselas.
—Pues no lo entiendo. Y además, eso no es verdad; ¡Ramiro no es así!…
—Lo sé, lo sé muy bien. Sé que Ramiro podrá tener, como todo hombre,
sus defectos…
—Y como toda mujer.
—¡Claro, sí! Pero los de él son defectos de hombre…
—¡De zángano, vamos!
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—Como quieras; los de Ramiro son defectos de hombre, o si quieres,
pues que te empeñas, de zángano…
—¿Y los míos?
—¿Los tuyos, Caridad? Los tuyos… ¡de reina!
—¡Muy bien! ¡Ni la Tía…!
—Pero los defectos de Ramiro no son los que Rosa dice. Ni es
orgulloso, ni es egoísta, ni es distraído…
—Y entonces ¿por qué voy a llevarle la hebra, como dices?
—Porque eso será llevarle la contraria. Lo sé muy bien. La conozco.
Cierta mañana, encontrándose las tres, Caridad, Manuela y Rosa,
comenzó esta el ataque.
ROSA.— ¡Vaya unas horas de llegar anoche tu maridito!
Nunca hablando con su cuñada le llamaba a Ramiro «mi hermano», sino
siempre: «tu marido».
CARIDAD.— ¿Y qué mal hay en ello?
MANUELA.— Y tú, Rosa, estabas a esas horas despieta.
ROSA.— Me despertó su llegada.
MANUELA.— ¿Sí, eh?
CARIDAD.— Pues a mi apenas si me despertó…
ROSA.— ¡Vaya una calma!
MANUELA.— Aquí Caridad duerme confiada y hace bien.
ROSA.— ¿Hace bien…? ¿Hace bien…? No lo comprendo.
MANUELA.— Pues yo sí. Pero tú parece que te complaces en eso, que
es un juego muy peligroso y muy feo…
CARIDAD.— ¡Por Dios, Manuela!
ROSA.— Déjale, déjale a la tía…
MANUELA.— Con el acento que ahora le pones, la tía aquí eres ahora
tú…
ROSA.— ¿Yo? ¿Yo la tía?
MANUELA.— Sí, tú, tú, Rosa. ¿A qué viene querer provocar celos en tu
hermana?
CARIDAD.— Pero si Rosa no quiere hacerme celosa, Manuela.
MANUELA.— Yo sé lo que me digo, Caridad.
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ROSA.— Sí, aquí ella sabe lo que se dice…
MANUELA.— Aquí sabemos todos lo que queremos decir y yo sé,
además, lo que me digo, ¿me entiendes, Rosa?
ROSA.— El estribillo de la Tía…
MANUELA.— Sea. Y te digo que serías capaz de aceptar el peor novio
que se te presente y casarte con él no más que para provocarle a que te diese
celos, no a dárselos tú…
ROSA.— ¿Casarme yo? ¿Yo casarme? ¿Yo novio? ¡Las ganas…!
MANUELA.— Sí, ya sé que dices, aunque no sé si lo piensas, que no te
has de casar, que tú no quieres novio… Ya sé que andas en si te vas o no a
meter monja.
CARIDAD.— ¿Y cómo lo has sabido, Manuela?
MANUELA.— Ah, ¿pero vosotras creéis que no me percato de vuestros
secretos? Precisamente por ser secretos…
ROSA.— Bueno, y si pensara yo en meterme monja, ¿qué? ¿Qué mal hay
en ello? ¿Qué mal hay en servir a Dios?
MANUELA.— En servir a Dios, no, no hay mal ninguno… Pero es que
si tú entrases monja no sería por servir a Dios…
ROSA.— ¿No? ¿Pues por qué?
MANUELA.— Por no servir a los hombres… ni a las mujeres…
CARIDAD.— Pero por Dios, Manuela, qué cosas tienes…
ROSA.— Sí, ella tiene sus cosas y yo las mías… ¿Y quién te ha dicho,
hermana, que desde el convento no se puede servir a los hombres…?
MANUELA.— Sin duda, rezando por ellos…
ROSA.— ¡Pues claro está! Pidiendo a Dios que les libre de
tentaciones…
MANUELA.— Pero me parece que tú más que a rezar «no nos dejes
caer en la tentación» vas a «no me dejes caer en la tentación…».
ROSA.— Sí, que voy a que no me tienten…
MANUELA.— ¿Pues no has venido acá a tentar a Caridad, tu hermana?
¿O es que crees que no era tentación eso? ¿No venías a hacerle caer en la
tentación?
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CARIDAD.— No, Manuela, no venía a eso. Y además sabe que no soy
celosa, que no lo seré, que no puedo serlo…
ROSA.— Déjale, déjale, Caridad, déjale a la abejita, que pique…, que
pique…
MANUELA.— Duele, ¿eh? Pues hija, rascarse…
ROSA.— Hija ahora, ¿eh?
MANUELA.— Y siempre, hermana.
ROSA.— Y dime tú, hermanita, la abejita, ¿tú no has pensado nunca en
meterte en un panal así, en una colmena…?
MANUELA.— Se puede hacer miel y cera en el mundo…
ROSA.— Y picar…
MANUELA.— ¡Y picar, exacto!
ROSA.— Vamos, sí, que tú, como tía Tula, vas para tía…
MANUELA.— Yo no sé para lo que voy, pero si siguiera el ejemplo de
la Tía no habría de ir por mal camino. ¿O es que crees que marró ella el
suyo? ¿Es que has olvidado sus enseñanzas? ¿Es que trató ella nunca a
encismar a los de casa? ¿Es que habría ella nunca denunciado un acto de uno
de sus hermanos?
CARIDAD.— Por Dios, Manuela, por la memoria de tía Tula, cállate
ya… Y tú, Rosa, no llores así…, vamos, levanta esa frente…, no te tapes así
la cara con las manos…, no llores así, hija, no llores así…
Manuela le puso a su hermanastra la mano sobre el hombro y con una voz
que parecía venir del otro mundo, del mundo eterno de la familia inmortal, le
dijo:
—¡Perdóname, hermana, me he excedido…, pero tu conducta me ha
herido en lo vivo de la familia y he hecho lo que creo que habría hecho la
Tía en este caso…, perdónamelo!
Y Rosa, cayendo en sus brazos y ocultando su cabeza entre los pechos de
su hermana, le dijo entre sollozos:
—¡Quien tiene que perdonarme eres tú, hermana, tú!… Pero hermana…
no, sino madre…, ni madre… ¡Tía! ¡Tía!
—¡Es la Tía, la tía Tula, la que tiene que perdonarnos y unirnos y
guiamos a todos! ——concluyó Manuela.
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