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Descartes

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DESCARTES, R.

: EL RACIONALISMO
Características de la corriente racionalista
Desde el siglo XIV al siglo XVI hubo numerosos esfuerzos de
liberar a la filosofía de la servidumbre a la teología que había
caracterizado el pensamiento medieval. Filósofos como Ockham,
Nicolás de Cusa o Giordano Bruno trabajaron en defensa de la
autonomía de la razón. Pero los filósofos modernos del siglo XVII
se propusieron sustituir la filosofía escolástica en su totalidad, y
para ello concentraron sus esfuerzos en dos objetivos
fundamentales que reflejan los intereses de la filosofía moderna:
1) encontrar un nuevo método para sustituir la lógica aristotélica
que había predominado en la Escolástica; y
2) establecer un nuevo criterio de verdad, en sustitución del
anterior, basado en Aristóteles y en la Iglesia.
Tanto racionalistas como empiristas rechazaron, con
argumentos parecidos, el método de la lógica aristotélica y lo
sustituyeron, los primeros por la intuición intelectual y la
deducción, y los segundos por al intuición sensible y la inducción,
como tendremos oportunidad de comprobar.
El segundo objetivo de la filosofía moderna era establecer un
nuevo criterio de verdad. Un criterio de verdad es una norma o
patrón para juzgar si un determinado juicio es verdadero o falso;
básicamente, podemos disponer de tres criterios:
1.- La autoridad.
2.- Un segundo criterio disponible es la experiencia, y fue el
utilizado por los filósofos empiristas modernos en sustitución
del criterio de autoridad.
3.- Un tercer criterio es el racional, y fue el establecido por
Descartes y demás racionalistas. El criterio de la experiencia,
pensaban, no es fiable porque la experiencia tiene sus límites:
nunca podremos estar seguros de que una verdad general
obtenida por inducción no vaya a ser desmentida por un nuevo
caso contrario a la verdad general; será improbable, pero no
imposible. La razón, en cambio, cuando funciona con rigor,
como ocurre en la matemática, sí obtiene verdades de validez
universal y absoluta acerca de las cuales puede estarse
absolutamente seguro. Así pensaba, como veremos, Descartes,
quien estableció como nuevo criterio de verdad la certeza
racional.

Características de la corriente racionalista


La época de la filosofía moderna está protagonizada por el
racionalismo y el empirismo. El movimiento racionalista fue
iniciado por el francés René Descartes y se extendió
preferentemente por los países del territorio continental europeo,
en los que resultó ser el movimiento dominante.
Esta corriente racionalista se caracterizó por los siguientes rasgos:
1. Una confianza absoluta en la autosuficiencia de la razón para
conocer la verdad. La razón, o entendimiento humano puede
elaborar las verdades primeras y básicas a partir de las cuales se
alcanzan las restantes verdades posibles acerca de la realidad. Los
racionalistas desconfían de las informaciones de los sentidos, que
son confusas o engañosas, mientras las obtenidas por la razón
proporcionan seguridad o certeza.
2. Esas verdades primeras son verdades o ideas innatas, no
aprendidas o adquiridas mediante los sentidos. Este innatismo no
significa que los racionalistas defendieran que la razón viene al
mundo, como pensaba Platón, en posesión ya de todos los
conocimientos, sino dotada de ciertos principios innatos de los que
la propia razón obtendrá las restantes verdades sin depender de la
experiencia, o sea, a priori.
3. Para la filosofía anterior, desde los griegos, la tarea de la razón
era conocer las realidades objetivas. Para la filosofía moderna, en
cambio, el entendimiento o razón no conoce directamente la
realidad externa, sino las ideas presentes en la mente, a la que
llaman también yo, conciencia o sujeto. Las cosas sólo son
conocidas indirectamente, a través de las ideas. La mirada del sabio
sólo puede dirigirse a las ideas de las cosas que están en la mente
del sujeto; de ahí arranca el saber. Este rasgo de la filosofía
moderna, que comparten racionalismo y empirismo, suele
denominarse subjetivismo.
4. Todos los seres humanos tienen capacidad racional para
distinguir lo verdadero de lo falso, y lo que diferencia a unos de
otros es la aplicación que hagan de esa capacidad; es decir, que
dispongan o no de un método adecuado. El método adecuado lo
hallaron los racionalistas en el propio funcionamiento de la razón,
que, cuando lo hace correctamente, como ocurre en las
matemáticas, consiste en una doble operación:
a) capta de modo directo e inmediato, por intuición, ciertas
verdades simples e innatas dadas en la propia razón, y
b) enlaza esas verdades con otras en sucesivas intuiciones, la
llamada por Descartes deducción.
Este método intuitivo-deductivo había dado resultados
excelentes en matemáticas y el racionalista Descartes pensó que
era hora de aplicarlo a la filosofía.
5. Si la razón obtiene sus conocimientos por sí misma, sin
necesidad de entrar en contacto con la realidad externa a través de
los sentidos, ¿cómo puede haber certeza de que los conocimientos
de la razón, las ideas, coinciden con la realidad extramental? El
problema lo resuelven los racionalistas aceptando que hay una
correspondencia entre las ideas y las cosas, entre lo pensado y la
realidad. Dios será considerado como la garantía, el aval de esa
identidad entre lo pensado y lo real, un Dios creador de todo y ser
bondadoso que no permite que un razonamiento correcto pueda
llevar al error.

LA FILOSOFÍA DE DESCARTES
Ciencia y razón: el método cartesiano.
A juicio de Descartes la Escolástica era inservible. Había que
desecharla y levantar en su lugar un nuevo edificio del saber que
descansara en cimientos (verdades) inconmovibles, en verdades tan
absolutamente ciertas que no fuera posible ponerlas en duda.
Lógicamente, para esa tarea el único instrumento aceptable para un
racionalista era la razón.
La idea de ciencia que tenía Descartes era la de un conjunto
articulado de conocimientos sobre materias diversas, tenía de la
ciencia una idea unitaria: La razón, la que construye la ciencia, es
única y la misma, sea cual sea la parcela de la realidad a la que se
aplique: es la misma razón la que permite distinguir lo verdadero
de lo falso que la que permite orientar la conducta en una
determinada dirección o resolver problemas técnicos o de salud. La
unidad de la razón, pensaba Descartes, da una estructura unitaria a
todas las ciencias: “Toda la filosofía es como un árbol, cuyas raíces
son la metafísica, el tronco es la física, y las ramas que salen de ese
tronco son todas las demás ciencias”.
Si las distintas ciencias son manifestaciones de un mismo y
único saber elaborado por la razón, para todas ellas ha de ser
posible utilizar un mismo método. La creencia cartesiana en un
método universal y único para todas las ciencias era una novedad
que chocaba con la concepción tradicional.
El método matemático era para Descartes la expresión del
modelo correcto de funcionamiento de la razón, que se despliega,
como hemos dicho, en intuiciones y deducciones. El proyecto
cartesiano debía iniciarse formulando el método y aplicándolo,
primero, a la raíz del saber (a la metafísica), luego a la física, y
después a las demás ciencias.
Descartes definió el método como “un conjunto de reglas ciertas
y fáciles, gracias a las cuales quienes las observen exactamente no
tomarán nunca lo falso por verdadero, y alcanzarán –sin fatigarse
con esfuerzos inútiles, sino incrementando progresivamente su
saber– el conocimiento verdadero de todo aquello de que sean
capaces”. La primera ventaja del método es que permite evitar el
error, y, en segundo lugar, que facilita aumentar los conocimientos.
Descartes sintetizó su método resumiéndolo en las cuatro
reglas o preceptos siguientes:
1º.- EVIDENCIA: En esta primera regla muestra una confianza
absoluta en la razón: la mente o espíritu sólo aceptará como
verdadero lo que se le muestre como evidente. La evidencia es
para Descartes el criterio de verdad, es decir, la regla para decidir
que algo puede aceptarse como verdadero sin posibilidad de
ponerlo en duda. ¿Cómo saber que algo es evidente a la razón? Lo
evidente va acompañado de dos características: claridad y
distinción. Una idea es “clara” cuando se hace “presente y
manifiesta a un espíritu atento”, y es “distinta” cuando se muestra
diferente de todas las demás.
2º.- La segunda regla, el ANÁLISIS, aconseja dividir todo
problema (dificultad) hasta llegar a sus elementos simples que ya
son indivisibles. Estos elementos indivisibles los capta la razón por
intuición, un modo de conocimiento racional e inmediato y que no
deja lugar a dudas. Es por intuición como sabemos que existimos,
que pensamos, etc.
3º.- La tercera regla, o regla de la SÍNTESIS, recomienda una
reconstrucción de la dificultad o problema partiendo de los
elementos simples e indivisibles a que nos ha llevado la regla
anterior. Del conocimiento evidente de una verdad captada por
intuición la mente va pasando a otra, y así sucesivamente. A ese
proceso de la mente que pasa del conocimiento intuitivo de una
verdad evidente a otra, de ésta a otra, etc., lo llama Descartes
deducción.
4º.- ENUMERACIÓN O COMPROBACIÓN: Esta cuarta y
última regla tiene como propósito poner la mente a cubierto de
posibles errores por fallos de la memoria. Si la enumeración de los
pasos dados de verdad a verdad (de eslabón a eslabón) no es
completa y se pasa por alto un error, se pone en peligro la certeza
de la conclusión. Y sabemos que Descartes buscaba verdades
seguras, sin asomo alguno de duda.

Aplicación del método a la metafísica: la primera verdad


cartesiana
El método formulado por Descartes debía comenzar su
aplicación por la metafísica. Esta era considera por Descartes la
parte de la filosofía que tenía como objetivo proporcionar los
principios de todo conocimiento, y descubrir cuáles eran esos
principios era el problema fundamental de su filosofía. Al aplicar
el método a la metafísica se perseguía encontrar una verdad tan
absolutamente evidente, tan clara y distinta, que, una vez intuida
permitiera derivar racionalmente de ella el resto de las verdades,
como propone el método.
¿Cómo encontrar esa primera verdad absolutamente cierta, de la
que no fuera posible dudar? Descartes empezó dudando y tomando
como si fuera falso todo aquello que pudiera ponerse en duda.
Comenzar su filosofía por la duda no fue un capricho ni tampoco
fruto de una actitud escéptica. Descartes no dudaba porque fuera
escéptico, sino porque buscaba una verdad firme, evidente, y una
verdad así era incompatible con cualquier posibilidad de duda.
Dudar de todo conocimiento meramente probable o verosímil era,
por otra parte, una exigencia de su propio método, y es por eso por
lo que la duda cartesiana se llama duda metódica. Los motivos
seguidos por Descartes para dudar fueron los siguientes:
1º) El primero tiene en cuenta los sentidos, cosa lógica, por otra
parte, en un racionalista. Los sentidos nos han engañado alguna
vez, y, por tanto, no son fiables. Para la mayoría de los hombres, lo
más probable es que los sentidos no nos engañen, pero Descartes
piensa que la probabilidad no equivale a certeza, y era certeza lo
que estaba buscando.
2º) Las cosas no son como los sentidos nos las muestran, pero
parece lógico pensar que las cosas existen. Sin embargo, se plantea
Descartes, me ha sucedido alguna vez haber soñado que estaba en
este mismo sitio haciendo lo que ahora hago, cuando en realidad
dormía plácidamente en mi cama. ¿No podría ser que también
ahora esté soñando y que todo lo que parece existir en realidad no
existe? La imposibilidad de distinguir si soñamos o estamos
despiertos fue el segundo motivo aducido por Descartes para
poner en duda la realidad de todo el mundo exterior.
3º) Aunque estuviera soñando y las cosas que creo estar viendo
fueran ilusiones, algunas cosas no ofrecen duda; por ejemplo, las
verdades matemáticas. Soñando o despiertos, seguirá siendo
igualmente verdad que un triángulo sólo puede tener un ángulo
recto. El argumento parece contundente, pero Descartes echa mano
de un motivo para dudar incluso de las verdades matemáticas que
roza lo extravagante: ¿y si mi entendimiento estuviera manipulado
por un “genio maligno” que se complaciera en engañarme
haciéndome tomar por verdadero lo que no lo es? Esta hipótesis de
un genio maligno que anulara la certeza de los propios
razonamientos matemáticos, tercer motivo de duda, hace
desvanecerse la posibilidad de hallar una verdad indubitable.
Descartes nos cuenta que cuando su situación de búsqueda de la
verdad se parecía a la de un náufrago en alta mar, “... advertí
enseguida que, aun queriendo pensar, de este modo, que todo es
falso, era necesario que yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa. Y al
advertir que esta verdad –pienso, luego soy– era tan firme y segura
que las suposiciones más extravagantes de los escépticos no eran
capaces de conmoverla, juzgué que podía aceptarla sin escrúpulos
como el primer principio de la filosofía que buscaba”.
El náufrago intelectual ha encontrado tierra firme, se ha topado
con su anhelada primera verdad: su existencia como algo que
piensa, es decir, que duda. Esa “firme y segura” verdad, PIENSO
LUEGO EXISTO, la ha encontrado Descartes en el corazón mismo
de la duda. En efecto, puede que las cosas en las que pienso no
existan, pero mi pensamiento de las cosas –mi error en ese caso– es
absolutamente indubitable. Los sentidos o el poderoso genio
maligno me pueden hacer dudar o equivocarme, pero no puedo
dudar de que dudo o de que me equivoco. Es decir, no puedo dudar
de que mi acto de pensar las cosas existe, aunque lo pensado por
mí pueda no tener correspondencia en el mundo real.
Con el descubrimiento del pensamiento ha encontrado una
primera verdad resistente a la duda, buscada por Descartes para
cimentar la nueva filosofía y ha encontrado también, el criterio
para decidir qué otras verdades podrá aceptar como absolutamente
ciertas si se encuentra con ellas: “me parece, dice Descartes, que
puedo establecer como regla general que todo lo que percibo clara
y distintamente es verdadero”.
A esa primera verdad absolutamente evidente, al pensamiento,
le atribuye inmediatamente un sujeto. No dice Descartes haber
descubierto el pensamiento, la duda, sino que ha encontrado una
cosa que piensa: una cosa, un yo, un espíritu o mente que es el que
alberga el pensamiento. A esa cosa que piensa la denomina
Descartes substancia pensante (res cogitans), término el de
substancia de importancia fundamental para él y para los demás
autores racionalistas. Define la substancia como “una cosa que
existe de tal modo que no necesita de ninguna otra cosa para
existir”, con lo que el sujeto que realiza la actividad de pensar es
concebido como una realidad independiente del cuerpo.

De la substancia pensante a las otras substancias: Dios y los


cuerpos
Cuando Descartes pudo afirmar sin dudas la existencia de un yo
que piensa, había encontrado una primera verdad, pero no había
terminado su tarea de edificar una nueva filosofía. El yo que piensa
está, al menos de momento, solo, por lo que, siguiendo su propio
método, el racionalista Descartes tiene que indagar en su yo para
ver si encuentra algo que le permita afirmar la existencia de
realidades distintas del yo.
El pensamiento es una actividad que apunta en muchas
direcciones. Piensa, por ejemplo, cosas que parecen existir
(colores, árboles, etc.), y otras que no parecen existir (seres
mitológicos). A todo contenido del pensamiento Descartes lo
denomina idea, y establece la siguiente clasificación de esos
contenidos o ideas:
 Ideas adventicias, aquellas que parecen llegadas de fuera de
mí, puesto que parecen representar realidades o cosas externas a
mí. Por ejemplo, ideas de hombre, de casa, de libro. etc. Dice
“parecen” porque Descartes aún duda de la existencia de
realidades exteriores.
 Ideas facticias, las ideas formadas por mi propia mente a partir
de ideas adventicias. Por ejemplo, la idea de Centauro, ser
mitológico mitad hombre y mitad caballo.
 Ideas innatas. Algunos contenidos del pensamiento –pocos,
pero muy importantes– no son de ninguna de las dos clases
anteriores. Por ejemplo, las ideas de pensamiento, de existencia,
de extensión, de infinitud, que también se encuentran en el yo.
Esta clase de ideas no proceden de la experiencia sensible ni las
he construido a partir de esa experiencia. Son innatas, dice
Descartes, “nacidas conmigo”.
A Descartes le interesaba especialmente la idea innata de
infinitud, que identificó con la idea de Dios. Una vez probado que
la idea de un Dios infinito que hay en la mente es innata, tenía que
demostrar que Dios existe, pero no sólo como idea innata en mi
mente, sino también y sobre todo como realidad extramental. Para
demostrar su existencia elaboró varios argumentos, de los que
exponemos una síntesis a continuación.

 A diferencia de Tomás de Aquino, que había rechazado su


validez, Descartes se sirvió del conocido argumento
“ontológico” de San Anselmo.
 Un segundo argumento: Encuentro en mí la idea de un ser
perfecto, infinito, por lo que es la idea más perfecta de todas
cuantas puedo concebir (tiene la máxima realidad objetiva).
Siguiendo en este punto la tesis tomista de que la realidad que se
encuentra en el efecto no puede ser superior a la realidad de la
causa, afirma Descartes que esa idea ha tenido que ser
producida por una causa que tenga, al menos, tanta perfección
como tiene el efecto o idea que hay en mí. Ahora bien, como yo
no soy perfecto, puesto que dudo, no he podido ser yo la causa
de esa idea de perfección; puedo entender que tal vez soy la
causa del resto de mis ideas, pero no de la idea de un ser
infinito. Y si es así, tiene que existir una causa proporcionada a
esa idea y que la haya producido. Luego existe Dios, como
causa eficiente de esa idea de perfección.
 Un tercer argumento: Yo existo, al menos, como ser que piensa,
y tengo en mí la idea de Dios. ¿De quién procede mi existencia?
De mí mismo, no, puesto que soy imperfecto, y de ser yo mi
propio autor me habría dado todas las perfecciones... ¿Soy
producto de mis padres o de alguna otra causa menos perfecta
que Dios? En ese caso, ¿de dónde procedería la idea de
perfección que encuentro en mi yo? Por tanto, el autor último de
mi existencia tiene que ser Dios. Luego Dios existe.
Cuando Descartes consideró probada la existencia de Dios
como ser perfecto, es decir, de infinito poder, de infinita sabiduría,
de infinita veracidad y bondad, tenía el camino abierto para poder
afirmar, superando la duda, que existía la realidad exterior o
mundo. En efecto, si Dios es el autor de mi naturaleza, y Dios es
infinitamente veraz y bueno, no puede complacerse engañándome,
no ha podido crear mi razón de tal modo que me induzca a tomar
como falso aquello que se me presente como evidente. La hipótesis
del genio maligno se desvanece, y ya no hay razones para temer
que cuando yo pienso que el mundo existe esté sufriendo un error.
Dios garantiza que a mis ideas adventicias les corresponde una
realidad extramental.
El Dios cartesiano, sin embargo, no garantiza la veracidad de
todas las ideas adventicias. Cuando veo un color o percibo un
aroma, por ejemplo, Dios no está avalando la existencia de esas
cualidades. Para Descartes, como para Galileo y para la física
moderna en general, sólo existen realmente las cualidades llamadas
primarias, es decir, la forma, la extensión y el movimiento (las
cualidades que se pueden describir matemáticamente). El resto de
las cualidades que captamos en los cuerpos (colores, sabores,
sonidos, olores, etc.), conocidas como cualidades secundarias, sólo
tienen existencia subjetiva. Por lo tanto, según Descartes, el Dios
autor de mi entendimiento sólo garantiza del mundo exterior
aquello de lo que puedo tener certeza, y certeza solamente se tiene
de lo que puede percibirse clara y distintamente.
El pensamiento, Dios y los cuerpos constituyen para Descartes
los tres ámbitos de realidad existentes: las sustancias pensantes o
res cogitans (yoes, almas, conciencias, mentes), la sustancia
divina o res divina (infinita, perfecta) y las sustancias extensas o
res extensa. La razón ha sido capaz de descubrir, sin ayuda
exterior, toda la realidad existente siguiendo el modelo intuitivo-
deductivo del método cartesiano.
El orden en que fueron descubiertas las tres clases de sustancias
no refleja el orden de importancia que tienen para Descartes. El yo
que piensa fue la primera realidad descubierta, pero no hay garantía
de que ese conocimiento alcance certezas, excepto la del cogito o
el propio sujeto en tanto que piensa, hasta que la existencia de
Dios, que es el creador de las sustancias pensantes, haya sido
demostrada. En consecuencia, el papel central en la filosofía de
Descartes lo desempeña Dios, la sustancia infinita creadora de las
demás sustancias. Es Dios quien, en última instancia, garantiza la
correspondencia entre el orden del pensamiento y el orden de la
realidad, como se indicaba en el apartado de las características del
racionalismo.
Descartes esbozó una teoría física a la que aplicó los principios
obtenidos en la metafísica.
Descartes había encontrado en los contenidos del yo aquellas
ideas que nos llegan desde las realidades externas hasta la
conciencia, las llamadas ideas adventicias. Son las ideas
correspondientes a los cuerpos y que han sido producidas en
nosotros por la facultad de sentir estímulos y sensaciones.
La presencia en la mente de esas ideas referidas a las realidades
corpóreas no puede explicarse como un engaño sufrido por la
facultad de sentir. Dios, ser perfecto y veraz, es el autor de nuestra
naturaleza y no puede consentir el engaño. Por ello, si mi facultad
de imaginar y sentir me atestigua la existencia de un mundo
exterior corpóreo, no hay razones para dudar de su existencia.
Dios es la garantía del mundo exterior, pero el método
cartesiano impone la obligación de aceptar solo aquellas ideas que
se puedan concebir de modo claro y distinto. Por lo tanto, de las
múltiples características que mis sentidos me muestran de las cosas
del mundo (figuras, colores, sabores, etc.) la única que puedo
concebir de manera clara y distinta es la extensión. Las demás
propiedades de los cuerpos (cualidades secundarias) presuponen
la extensión, mientras que la extensión (cualidad primaria) puede
concebirse de modo claro y sin confundirla con ninguna otra
propiedad.
El mundo físico se reduce a extensión como la única propiedad
objetiva. Las demás cualidades corpóreas son meras impresiones
subjetivas provocadas por estímulos del mundo físico, pero que no
existen en las cosas. Descartadas esas cualidades subjetivas, el
universo físico queda compuesto de materia extensa en
movimiento. Esta concepción de la materia como extensión en
movimiento tuvo en Descartes importantes repercusiones:
Todos los acontecimientos del universo, excepto los que son
controlados por la libre voluntad humana, son productos de
choques de partículas en movimiento. Esta interpretación
mecanicista de Descartes vale no sólo para los cuerpos inertes sino
igualmente para el calor, la luz, la fuerza magnética, el crecimiento
de las plantas o las funciones fisiológicas de los animales y del
cuerpo humano. En efecto, para la física cartesiana los cuerpos de
animales y de humanos y organismos vivos no son sino máquinas
complejas y su estudio encaja en la física, sin necesidad de una
ciencia especial como la biología.

La antropología cartesiana: El problema de la relación alma-cuerpo


La concepción cartesiana del cuerpo y del alma como
sustancias, es decir, como realidades independientes, que no se
necesitan mutuamente para existir, planteaba una seria dificultad:
cómo explicar la aparente y mutua influencia de una en la otra. Si
son dos realidades independientes, ¿cómo se entiende que algo
físico (un golpe) pueda ir seguido de dolor (algo anímico), o que
un estado anímico (la tristeza) pueda manifestarse en el cuerpo
(con lágrimas)?
La concepción cartesiana del hombre no era unitaria, como lo
había sido la concepción aristotélico-tomista. Más bien su
concepción era dualista, al estilo platónico: el hombre es cuerpo y
alma, pero ambas son realidades diferentes e independientes; el
alma es inextensa y libre, mientras el cuerpo, extenso, está sujeto
rigurosamente a las leyes físicas. ¿Cómo es posible que haya
interacción entre ambos?
El propio Descartes fue consciente del problema, que pasó a los
racionalistas posteriores. La explicación cartesiana, poco
satisfactoria, consistió en afirmar que el alma, aunque
independiente del cuerpo y viceversa, comunica con él a través de
la glándula pineal situada en la base del cerebro. A través de esta
glándula el alma recibe las impresiones del cuerpo y transmite a
éste sus decisiones. Esta manera de resolver el problema de la
interacción no resultaba muy convincente y fue matizado por
cartesianos posteriores con la teoría denominada ocasionalismo.

La teoría moral: la ética de Descartes


El resultado de la física cartesiana ofrece un mundo creado por
Dios y estrictamente dividido en un mundo de cosas pensantes y
un mundo de cosas extensas en movimiento. Este último está
rígidamente gobernado por unas estrictas leyes mecánicas que lo
asemejan a un mecanismo de reacciones perfectamente previsibles;
por eso, por negar la posibilidad de acciones libres en el ámbito de
la materia, la física de Descartes se dice que es mecanicista y
determinista. El primero de los mundos, el mundo de las cosas
pensantes es el mundo espiritual del yo, alma o conciencia, y para
él sí admite Descartes la libertad.
Saber orientar la conducta de acuerdo con los intereses de la
razón constituía para Descartes una tarea principal. De acuerdo con
su concepción unitaria del saber, la ciencia moral debía construirse
deductivamente aplicando el mismo método que al resto de los
saberes. En tanto que Descartes encontraba ese método único, que
debía ofrecer a la razón garantías acerca del camino a seguir en el
comportamiento, y puesto que no se puede paralizar la conducta
como si se tratara de un asunto teórico, elaboró unas reglas de
moral provisional, que aparecen resumidas al final de esta lección.
La intención cartesiana era la de redactar una moral definitiva,
es decir, que tuviese el mismo tono riguroso y deductivo que, por
ejemplo, la física; pero esa intención no se vio plenamente
cumplida. Sin embargo, de la obra de Descartes, especialmente de
las Pasiones del alma, pueden inferirse los que serían los
principios y preceptos básicos de su teoría moral.
El objeto propio de la moralidad es saber conducir los
pensamientos y regular las acciones de manera que promuevan la
felicidad, y el modo seguro de actuar como se debe para ser feliz es
actuar según la razón. Esta propuesta cartesiana de actuar de
acuerdo con la razón implica varios principios y aconseja ciertos
preceptos:
1.- En un universo creado por un Dios que es perfecto, y por
ello infinitamente bueno, como ha probado la metafísica cartesiana,
todo cuanto sucede es inevitable, pero sucede para bien nuestro,
incluidos los sucesos más penosos. La metafísica enseña a aceptar
confiadamente los acontecimientos, pues proceden en definitiva de
un Dios infinitamente bondadoso y amable.
2.- Un segundo principio, deducido también de la metafísica,
es el conocimiento de que tenemos un alma espiritual y
perfectamente distinguible del cuerpo. Ese alma, la res cogitans, es
independiente de la substancia corpórea o res extensa, se considera
de superior dignidad que el cuerpo, se sabe inmortal y capaz de una
felicidad superior a la que se puede disfrutar en esta vida. Este
conocimiento del alma permite conjurar el temor a la muerte y
relativizar los bienes de este mundo, como la riqueza, la belleza o
el poder, y ambas cosas son de interés en la moral.
4.- ¿Cómo debe conducir un hombre sus acciones en lo que
afecta a los otros? El principio cartesiano a este respecto propone
que, si bien cada uno es una persona separada de los demás y tiene
intereses distintos a los del resto, nadie puede subsistir solo, y por
esa razón debe subordinar sus intereses a los intereses legítimos del
todo (universo, estado, nación, familia) del que forma parte. El
sentimiento de pertenencia a un todo cuyo bien general tiene
preferencia sobre el propio es fuente de virtudes heroicas, siempre
que no se actúe por vanidad o temerariamente.
5.- Los seres humanos se ven con frecuencia afectados por la
irresolución: no se deciden por no ver con claridad lo que deben
hacer, y si se deciden, suelen hacerlo al azar. A veces, el resultado
de su abstención o de su precipitación tiene consecuencias
negativas que les provocan pesar o arrepentimiento. Para remediar
ese tormento de la conciencia, Descartes propone reflexionar sobre
las causas que nos impiden ver las decisiones moralmente
correctas; es decir, propone reflexionar sobre las pasiones.
6.- El control racional de las pasiones es un requisito
indispensable para liberarse de pesares y arrepentimientos, lo que
significa que una vida que se rige por las exigencias de la razón
tiene la recompensa de la paz del alma, es decir, la felicidad. Pero
en Descartes, además, acomodar la vida humana a los dictados de
la razón hace posible la libertad, y, con ella, la perfección.
Las dos cualidades más propias del alma son el
entendimiento y la voluntad. Esta última es libre y, para
Descartes, es la facultad de afirmar o negar. El problema surge
como consecuencia de que la voluntad, a diferencia del
entendimiento, no tiene límites, y por esta razón puede a veces
equivocarse afirmando una idea confusa o negando una idea clara.
¿Cuándo es libre la voluntad? Cuando elige el bien y la verdad que
le propone el entendimiento. No hay libertad en la negación ante
las opciones que se presentan, ni tampoco en la indiferencia ante
las mismas. La libertad consiste en elegir una alternativa entre
varias siguiendo el dictamen del entendimiento.

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