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El Collar Indigo

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El teniente Pat Abbott y su esposa Jean se hallan transitoriamente en Nueva Orleans,

la pintoresca capital de Louisiana llena de reminiscencias de la época colonial.


Superpoblado a la sazón el famoso Barrio Francés, Pat y Jean tienen que alojarse en
la casa de una familia de abolengo criollo, cuyo apego a los rancios
convencionalismos aristocráticos no es más que un telón que oculta una verdadera
tormenta de odios intestinos. Y el drama que flota en la atmósfera del caserón se
confirma trágicamente. Una noche Jean encuentra un cadáver casi en la puerta de su
dormitorio. Los acontecimientos se desencadenan, y la simpática pareja tiene más de
una ocasión de ayudar al detective encargado de esclarecer el misterio.

Página 2
Frances Crane

El collar índigo
Pat y Jean Abbott - 07

ePub r1.0
Café mañanero 03-06-2024

Página 3
Título original: The indigo necklace
Frances Crane, 1958
Traducción: Ricardo Fernández
Portada de Coll

Editor digital: Café mañanero


Primera edición EPL, 06/2024
ePub base r2.1

Página 4
Página 5
Este libro es para mi hermano, el doctor Tom Kirkwood, de
Lawrenceville, Illinois.

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1

Me desperté con la sensación de que había alguien en la habitación contigua. La


sensación era tan aguda que inmediatamente me despabiló. Permanecí absolutamente
quieta en el enorme lecho de cuatro columnas, escuchando expectante y recordando
que aquella era la tercera vez que me habían despertado de aquella manera insólita en
la semana que llevaba viviendo en la casa.
Y, como las otras veces, no parecía haber ninguna razón para ello.
En el antiguo jardín francés se oía el chirrido de los insectos. En el río Misisipí, a
unas cuantas manzanas de casas, un barco rumbo al mar hacía sonar una melancólica
sirena. Un ferryboat lanzaba una monótona serie de ruidos. A lo lejos sonó una aguda
campanilla.
Un momento después, las argentinas e imponentes campanas del reloj de la
catedral de San Luis dieron las tres menos cuarto.
Hacía tres horas que se había marchado mi marido, el teniente Patrick Abbott,
perteneciente a la Marina de los Estados Unidos. Había sido llamado poco antes de
medianoche. Me formulé a mí misma una serie de preguntas. ¿A dónde se dirigía?
¿Con qué propósito? ¿Por qué había sido destinado a Nueva Orleans? No era
seguramente para dedicarle al tranquilo trabajo de oficina que desempeñaba durante
el día en el Cuartel General de Marina. Patrick había prestado servicio en Europa, en
el Intelligence Service. Nueva Orleans era un puerto de mucha importancia. Y así
seguía contestándome a todas las preguntas.
Continué escuchando.
La habitación, cuadrada y de techo alto, se hallaba sumida en suave penumbra.
Por dos de sus lados la flanqueaban verandas, que allí llamaban galerías; mejor dicho,
se trataba de una sola galería que corría a lo largo de aquella ala del edificio,
flanqueando el patio y dando la vuelta a lo largo de la parte trasera del jardín. Una
escalera de caracol, situada en el ángulo, ponía nuestra galería en comunicación con
la de abajo. En nuestro dormitorio se abrían altas puertas vidrieras, que daban a la
galería. Las puertas estaban abiertas, pero las persianas de madera se hallaban
cerradas y con la falleba echada. La luz de la luna, que se filtraba por entre las
rendijas, iluminaba la habitación lo suficiente para ver el enorme armario de caoba, la
gran mesa escritorio, la chimenea de mármol negro, las oscuras colgaduras que
adornaban las ventanas, el bonito espejo de gusto francés enmarcado de oro y el
negro espacio cuadrilongo de la puerta abierta, que daba al pequeño hall que a su vez
daba a la sala de estar.
El ruido que me había despertado procedía quizá de la sala de estar.
Apoyada en un codo, me incorporé. Pero la nueva postura no produjo mucha
diferencia. Los insectos chirriaban un poco más fuerte, la sirena del río parecía sonar

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más cerca, y más lejos la aguda campanilla. Una ligera ráfaga de viento golpeó
súbitamente en los postigos y llevó a la habitación una bocanada de penetrantes
perfumes que procedían de las flores, flores de verano: rosas, alhelíes, petunias
blancas y claveles.
Quedé persuadida de que nada me había despertado. No estaba bastante
acostumbrada al lugar. Tal vez un gato se había paseado por la galería, por nuestra
galería, o quizás alguna persona había andado por la de Roger Clary, situada abajo, o
por alguna de las galerías fuera del ala principal que se extendían a lo largo del ancho
patio. La casa estaba llena de galerías. Acaso miss Clary, tía Rita para la familia,
había dado un paseo nocturno. Tal vez alguna de sus dos sobrinas nietas, Carol y Ava
Graham, había vuelto tarde a casa. Quizá se trataba de tío George. Tío George —Mr.
Sears para nosotros— tenía la costumbre de rondar de noche por la casa, y a pesar de
su enorme gordura, paseaba ligero como una pluma sobre sus pies sorprendentemente
pequeños. Tía Dollie, esposa de tío George, era hermana de tía Rita, a la cual
pertenecía la casa. O acaso se trataba de la enfermera.

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Sí, era muy probable. La enfermera debía de haber prestado algún servicio
nocturno a su paciente Mrs. Roger Clary, que se encontraba en la habitación situada
debajo de la nuestra. La enfermera era una negra de raro aspecto, natural, según nos
había dicho Roger, de la Martinica. Se trataba de una mujer delgada y próxima a los
cuarenta años, según mi parecer. Llevaba un blanco uniforme almidonado, un blanco
pañuelo o tignon anudado alrededor de su cabello y blancos zapatos de enfermera.
Llevaba también un collar de cuentas de color índigo. En cuanto la negra avanzaba
hacia nosotros se veta en su garganta el brillo de las azules piedras. La piel de la
enfermera tenía un lustroso color negro azulado, parecido al suave color de la ciruela.
El pensar en la enfermera me llevó a preguntarme de nuevo qué sería lo que
aquejaba a Mrs. Clary. Roger había dicho tan sólo que su esposa estaba enferma y
que esperaba que hubiera sitio en el hospital. En Nueva Orleans, por aquellos días, se
tenía que aguardar para todo y en todas partes, ya que todo estaba lleno de gente, así
que era perfectamente lógico que también tuviera que aguardarse para lograr una
cama en una clínica. Y era asimismo lógico que en una gran casa antigua y francesa,
que se extendía alrededor de un patio y de un jardín, que poseía pequeñas casas
anexas y departamentos para los criados y que albergaba a un gran número de
personas de distintas edades, se produjeran ruidos por la noche. Completamente
lógico.
Todo, pensé bostezando, resulta lógico eventualmente.
Pero aunque no lo fuera, me dije por centésima vez, ¿qué iba yo a hacer para
remediarlo? ¡Era una esposa de guerra con una endiablada suerte teniendo un
alojamiento como aquél! Si Patrick no se hubiera tropezado con el comandante Roger
Clary, y si entre ellos no se hubiera producido la simpatía que los unió, yo me hallaría
aún en aquella pequeña habitación sin ventilación del hotel. ¡El comandante Roger

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Clary! Debía de ser muy listo, ya que era comandante médico a los veintiocho años.
Había pasado dos años al otro lado del mar, y ahora estaba destinado a las salas de
cirugía de uno de los grandes hospitales militares situados junto al lago Pontchartrain.
Y Roger Clary estaba enamorado de Carol Graham.
¡Oh, querido! No deseaba llegar a decir esto. ¿Qué pasa con la esposa de Roger?
Pero, de todas formas, es verdad. Roger estaba enamorado de Carol y también lo
estaba, cosa rara, Toby Wick, el personaje de ojos verdes que andaba y que ocupaba
dos habitaciones en nuestra ala que daban a la misma calle. Toby regentaba el
elegante «Bar del Ángel Bueno», situado en la calle Bourbon. Y Ava Graham, la
hermana mayor de Carol, bebía los vientos por Toby Wick. Figuraos qué enredo. Ava
ama a Toby, el cual ama a Carol, la cual ama a Roger, el cual también la ama pero
tiene esa esposa invisible.
Todo esto no era lógico.
El sitio era muy interesante. Poseía un gran encanto. En su superficie había
tranquilidad, pero bajo tierra pasaban extrañas corrientes. Roger Clary tenía una
esposa inválida. La esposa tenía una enfermera. Esta enfermera sólo hablaba francos.
Tía Dollie y tío George le habían hecho a tía Rita una visita que había durado siete
años, pero esperaban regresar a París. Las muchachas Graham llamaban a la casa «su
hogar». Y Toby Wick regentaba un lugar para el que parecía no haber nacido. Todo
era muy interesante. Y era una suerte estar allí.
No sé si dormité hasta que me volví a despertar de nuevo completamente. Ahora
sí que andaba alguien en nuestra sala de estar.
Unos dedos manipularon en las persianas de la puerta vidriera. Las persianas se
abrieron. La luz de la luna entró en la habitación procedente del patio.
Luego, las persianas se cerraron cuidadosamente y se oyó el ruido de la falleba.
A lo largo de nuestra galería sonaron unos pasos tan suaves como la seda, los
cuales dejaron de oírse cuando llegaron a la parte superior de la escalera de caracol.
Las imponentes campanas de argentino sonido de la catedral dieron la hora, y una
campana más grave sonó tres veces.

Un baño me hace siempre sentirme lógica. El mejor sitio para pensar es


probablemente la bañera, con el agua suavemente perfumada. A la mañana siguiente
a lo relatado anteriormente, dos o tres horas después que Patrick hubo dejado de
nuevo la casa tras estar en ella lo que podía pasar por el descanso de una noche, yo
me extendía en la bañera y resolvía firmemente no decirle a mi marido que alguien
había andado durante la noche por nuestra sala de estar.
A Pat le gustaba aquella casa. Decía que en estos tiempos resultaba algo único, ya
que no solamente era antigua la casa, sino que ofrecía además la particularidad de que
la habitaba aún la familia que la había construido.

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Por otro lado, las habitaciones, amplias y de altos techos, respondían a su anhelo
de espacio. Patrick había nacido en Wyoming. Hasta que la guerra nos puso en
movimiento, nuestro hogar había estado en la cima de una colina, en San Francisco.
En el barrio francés de Nueva Orleans no había ni colinas ni espacios abiertos, pero
algo eran unas inmensas habitaciones.
Temerosa de que la suculenta alimentación estilo criollo que nos servían en
aquella casa me hubiera hecho engordar, me miré sumergida en el agua, todavía sin
enjabonarme. Luego decidí que sería tonto dejar aquella hermosa casa sólo porque a
alguien se le ocurriese pasear por nuestro cuarto de estar cuando llegaba la noche. Tal
vez se tratase de un fantasma. Un fantasma no produce el menor terror a la mañana
siguiente, sobre todo cuando sólo se trataba de la idea de un fantasma. Una casa de
aspecto aristocrático y que albergaba a gentes aristocráticas tenía derecho a poseer un
fantasma.
Y, fuera lo que fuera, volvíamos siempre a lo mismo: no había otro sitio a donde
ir.
Me incorporé, busqué el jabón, me froté con el cepillo, me cuidé del cabello,
realicé luego todas las operaciones ante el tocador y, antes de ponerme las horquillas,
salí a la galería para secarme el pelo. Era una hermosa mañana de sol, pero no
demasiado calurosa. La vida en la gran casa se deslizaba por sus habituales cauces. El
viejo Hugo, el mayordomo negro, estaba limpiando los cristales de las ventanas de la
alcoba de tía Rita, que se encontraba justamente en la otra ala del edificio, frente a
nosotros. Paulette, su hija, cuya piel era de color de chocolate, limpiaba el comedor,
que se encontraba inmediatamente debajo de la alcoba de tía Rita. Marie, la esposa de
Hugo, era la cocinera y estaba ocupada en la cocina del jardín, cerca de la casita de
verano. Tía Rita Clary estaba paseando al fondo del jardín, cerca de la casita de
verano. Llevaba un traje estampado cuyo dibujo eran ramas de espliego. Se trataba de
una anciana de más de setenta años según mi parecer, delgada, de recta espalda, con
todo el cabello blanco. Sus largos y oblicuos ojos se abrían en un pequeño rostro
triangular; tenía unas manos exquisitas y una voz de mujer joven, clara como la de
una campana. Todos los Clary tenían los ojos oblicuos. Los de Roger eran
exactamente como los de tía Rita. Los de tía Dollie eran verdes y un poco
prominentes, pero se alzaban en las comisuras exteriores como los de los demás.
Tía Dollie era más joven que tía Rita y también más alta. Sus largas piernas
soportaban un cuerpo en forma de barril. Llevaba siempre zapatos con tacón alto para
aumentar más su estatura. Tenía los cabellos teñidos de rojo. Tía Dollie y tío George
habían vivido en el extranjero durante gran parte de su vida, así que sus trajes, su
hablar y sus modales resultaban, según creía yo, muy cosmopolitas. Mientras
esperaba que mi cabello se secara, pude escuchar la voz de tía Dollie, la cual hablaba
por los codos, como de costumbre, en la estancia llamada la habitación de la mañana,
situada junto al comedor. Quizás estuviera hablando con Ava Graham o con tío
George.

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Entonces vi a la enfermera.
La pequeña enfermera de color de ciruela salió del departamento que se
encontraba inmediatamente debajo del nuestro, atravesó el patio y, utilizando un
sendero del jardín, se dirigió a la apartada cocina, que la otra ala de la casa ocultaba a
mi vista. Paulette interrumpió su trabajo el tiempo suficiente para dirigir a la
enfermera una mirada malévola. Hugo no se dió cuenta de su presencia. En cuanto a
la enfermera, no se dió cuenta de la presencia de los otros dos. La enfermera regresó
poco después llevando una bandeja que, por lo cargada, parecía pesar mucho, pues la
portadora echaba la cabeza hacia atrás para guardar el equilibrio; yo vi cómo
brillaban las cuentas azules contra la negra piel de su garganta.
La enfermera no habló con nadie, y, sin fijarse en las siniestras miradas que le
dirigía Paulette, no atrajo la atención de nadie, salvo la mía.
Pasó una semana.
Si alguien se paseó de nuevo por nuestro departamento, yo no me di cuenta de
ello. La vida continuaba discurriendo en la casa por sus cauces normales. Yo conocía
ahora su rutina superficialmente, pero, a excepción de Carol Graham, no había
intimado con nadie. Éramos, definitivamente, unos intrusos.
Sentía verdadera simpatía hacia Carol. Esta era una hermosa muchacha de casi
veintiún años, y no solamente desempeñaba un empleo en la defensa pasiva, sino que
era ayudante de enfermera. Ava, la belleza de la familia, tenía dos años más que
Carol. Ambas vivían con tía Rita desde que sus padres murieron en un accidente de
automóvil, ocurrido cuando Carol contaba diez años. La abuela materna de las
muchachas había sido hermana de las dos tías.
—Tía Rita ha mantenido unida a esta familia —decía Carol—. Está muy apegada
a la casa. Y, sin embargo, tuvo que alquilar algunas de sus habitaciones para aumentar
su renta. La casa ha sido siempre el hogar para toda la familia, y ahora,
prácticamente, toda la familia que queda vive en ella.
Roger era un «primo retirado», según continuó diciendo Carol, pero el joven
también llamaba tía Rita a miss Clary.
Por entonces mi curiosidad respecto a Mrs. Roger Clary había aumentado. Nunca
la veíamos y nadie la mencionaba. Y aún no había podido marchar a la clínica.
Las cosas empezaron a ocurrir un sábado por la noche, poco más de dos semanas
después de lo que queda relatado.

Patrick había quedado libre desde aquel sábado al mediodía hasta el lunes siguiente.
Salimos a pasar la velada del sábado —la primera de las dos noches de alegre
juerga que habíamos planeado— en «Arnaud’s», donde llegamos a las nueve en
punto, tras haber estado en Pat O’Brien, donde tomamos los cocktails. Fué una cena
maravillosa. A mí me gusta todo en aquel restaurante, desde su fantástico aspecto
exterior y su mayordomo Michel, con su almidonada pechera arqueada, hasta el

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auténtico coñac francés que sirven a la gente junto con el negro café de Nueva
Orleans.
Patrick había encargado la cena con antelación. Comimos una especie de canapé
de cangrejos, truchas asadas con almendras, pollo a la papillote (que es pollo cocido
dentro de una bolsa de papel encerado) y, para postre, melocotones frescos quemados
con coñac a nuestra vista. Como aperitivo tomamos el cocktail Maidenblush, especial
del restaurante; y como bebida, champaña, un Clicquot del 28.
Pat disfrutó mucho. En su moreno y delgado rostro brillaban sus grandes ojos
azules y sus blancos dientes. Llevaba su uniforme caqui de verano. Yo, por mi parte,
vestía un traje de seda estampada tan atractivo que se había ganado incluso la
admiración de la tía Dollie.
—Estás luciendo a tu esposa, Pat.
—Me gusta lucirla, Jeanie.
—Eso es un liso y llano cumplido, querido.
—Soy un mamarracho lisa y llanamente, encanto.
—Nada de eso. No puedes ser un mamarracho aunque te lo propongas. El que es
un mamarracho es Toby Wick. Esta tarde me he cruzado con él en el patio y me ha
parado para decirme que mis ojos eran como miel en panal. Azúcar…
—¿Me llamas Azúcar a mí?
—Sabes muy bien que no. Sabes de sobra quién es el que me lo ha llamado a mí.
Esos hombres del sur…
Patrick enarcó las cejas.
—Dicen que Wick procede de Chicago.
—¿Eso dicen?
—Es un hombre al que, al parecer, rodea algún misterio. Pero creo que tiene
mucha suerte. Su bar prospera.
—Es un fullero, ¿no te parece? Ava me ha dicho que aumenta los precios de sus
mercancías, pues dice que eso es hacer una buena acción a la gente. Según él, cuando
se le hace pagar doble a un hombre por una bebida, éste regresa más pronto al
honrado hogar de donde ha salido.
Patrick sonrió con torcida sonrisa.
—Es un punto de vista.
—¡Es atroz!
—Ava está enamorada de Toby, ¿no es cierto?
—Lo sabes de sobra. Le mima constantemente. Pero no adelantará nada con tal
técnica. A Toby le gusta más Carol que Ava. Ya te lo dije. Cuando Carol está
presente, Toby se muestra más brillante, pues desea impresionarla. En cambio, nunca
desea impresionar a Ava.
—Carol es una muchacha muy agradable —dijo Patrick.
Yo sentí la pequeña punzada que siento siempre que mi marido elogia a alguna
mujer, aunque se trate de una a quiero mucho.

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—Carol está verdaderamente en primer lugar. No tiene la encantadora belleza de
Ava, pero a mí me gusta mucho contemplar su rostro. Toby ama a Carol y Ava ama a
Toby; Carol ama a Roger, y Roger tiene una esposa…
—¿Cómo?
—Lo siento. Sospecho que sé demasiado.
—Quizá no haya nada que saber, Jeanie.
—Tal vez. Quizá todo esto que digo sea una consecuencia de haber bebido
champaña. Quizá se deba a este excelente coñac.
Patrick permaneció un rato mirándome solemnemente.
—Roger y Carol son primos —dijo.
Eran primos, pero tan lejanos que apenas si ellos mismos lo sabían.
—Claro que todo depende del grado de parentesco. Todos los que viven en la casa
son primos, o bien tío o tía de alguien, excepto tú y yo y Toby Wick, y aun éste llama
tía a tía Dollie y tío a tío George, aunque parece sentir miedo de tía Rita, ya que, por
lo general, llama a ésta con más propiedad, o sea, miss Rita. Ava sale mucho con tía
Dollie y con tío George, y van mucho al bar de Toby, así que éste tal vez piensa que
tiene con ellos la suficiente amistad para llamarles tío y tía, o quizás es que toma a
Ava más en serio de lo que aparenta. Escucha, ¿no menciona Roger nunca a su
esposa?
—Nunca.
—Tampoco la menciona ninguna persona más. ¿Verdad que es raro? ¿No piensas
que es muy extraño, encanto?
—Tal vez está enferma hace mucho tiempo. Nosotros llevamos aquí sólo dos
semanas. Alguna vez tendrán que hablar claro.
Cuando salimos de «Arnaud’s» era ya cerca de medianoche. Ir a un club nocturno
después de haber saboreado aquella cena habría sido contraproducente, así que nos
dispusimos a regresar a casa.
El viejo barrio francés suele estar encantador a medianoche, pero aquella noche
había algo raro en el aire. Lo notamos en cuanto volvimos de la calle Bienville a la
Royal. El día había sido espléndido, muy fresco para la estación y oreado por una
suave brisa. Esta brisa no corría ya entonces. Una fina niebla rojiza se alzaba del
pavimento hasta la altura de los faroles, y proyectada hacia arriba, desfiguraba
extrañamente las dobles y triples galerías de hierro que se alineaban a ambos lados de
la estrecha calle Royal. La escena parecía entrevista durante una pesadilla. Yo me
estremecí y me estreché contra Patrick.
Cuando salimos del restaurante hablábamos alegremente, pero cuando llegamos a
la calle St. Peter la rara atmósfera actuó de tal forma sobre nosotros que dejamos de
hablar en absoluto, y yo, por lo menos, pisaba con cautela, ya que gracias a aquella
extraña niebla no solamente lo que veía estaba desfigurado, sino también lo que oía.
Las personas con las que nos cruzábamos ofrecían un raro aspecto. También nosotros

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debíamos de ofrecer un aspecto extraño, pues dichas personas se apartaban de
nosotros cuanto les era posible en la estrecha y húmeda acera.
En St. Peter volvimos a la normalidad. Teníamos por costumbre pasar ante la
catedral y luego atravesar la calle Chartres hasta Dumaine. Andábamos así media
manzana más, pero nos gustaba cruzar la plaza Jackson. Habíamos avanzado unos
cuantos pasos por la calle Chartres cuando vimos a una muchacha que venía del lado
de la catedral y que se encontró con un hombre alto vestido de uniforme, que
esperaba bajo un farol. Se besaron.
Patrick me hizo dar inmediatamente media vuelta y me condujo hacia la calle
Royal.
El reloj dió las doce de la noche. Yo guardé silencio hasta que llegamos a la calle
Royal.
—Creo que con esta niebla no nos habrán reconocido, Pat.
—Creo que no.
—Estaban debajo de un farol.
—Sí.
—Supongo que te habrás fijado en quiénes eran.
—¡Hum!
—Ya te lo dije, Pat.
—Creo que tenías razón, Jean.
—Obra muy mal.
—Exacto.
—No tiene derecho a ello. Está casado, su esposa está enferma y ya tiene
veintiocho años. Carol es joven, y es de la clase de muchachas que se enamoran
profundamente y no se curan jamás del daño recibido. Me disgusta que le suceda esto
a Carol.
—Quizá no pueden remediarlo.
Estas palabras hicieron arder mi sangre escocesa.
—Siempre se pueden remediar las cosas. Roger es el único al que hay que echar
las culpas. Es él quien está casado… y con una mujer enferma. Escucha, querido,
¿qué enfermedad crees que padece Mrs. Clary?
—¿Qué ha sido de nuestra hermosa velada? —respondió Patrick—. ¿Qué se ha
hecho de mi bella libertad, que habíamos empezado a gozar?
—¿Sabes la enfermedad que padece Mrs. Clary, sí o no?
—No —contestó mi marido con expresión preocupada—. No lo sé. Sospecho que
se trata de algo muy serio, pues de lo contrario Roger me lo habría dicho.
—Esos hombres del sur…
Mi marido acogió mis palabras con tal explosión de risa que un tímido peatón que
iba a cruzarse con nosotros a través de la niebla se dirigió prudentemente hacia la otra
acera.

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En el trabajo de hierro forjado que embellecía los dobles balcones de la casa
Clary, el monograma RC, correspondiente a Roger Clary que construyó el edificio, se
mezclaba, formando un dibujo aparte, con delicadas margaritas de hierro, pues su
esposa había sido la primera Margarita de la familia.
Los balcones eran considerados como de los mejores del barrio. Yo, siempre que
salía o entraba en la casa, admiraba su trabajo de forja, y en aquella ocasión, mientras
Patrick buscaba las llaves, me dirigí a la mitad de la calle para echar mi acostumbrada
ojeada.
En una ventana situada al nivel de la acera, a la derecha de la entrada principal,
alguien movió una cortina.
Me apresuré a reunirme con Patrick.
—¿Has notado algo raro? —me preguntó éste.
—No. O quizá sí. Supongo que ha sido cosa del tío George, que estaba atisbando
por la ventana de su salón. Yo sólo miraba el hierro forjado de los balcones, pero
Dios sabe lo que él va a pensar ahora. Me ha disgustado que él espíe de esta manera.
—Quizás es que no sabe cómo matar el tiempo.
—¡Querido! —exclamé indignada—. Me niego a pensar bien de la gente que
fisga. El tío George fisga. Tú puedes, si quieres, llamar a eso insomnio, pero yo he
visto fisgar al tío George.
Entramos en un pasillo ancho y embaldosado. Patrick cerró la puerta.
Inmediatamente parecimos estar fuera del mundo. Aquel pasillo había sido antaño
la calzada para carruajes que llevaba hasta el enlosado patio, desde el cual se pasaba,
atravesando el jardín, a las cocheras, que ahora eran despensas y estaban situadas más
allá de la cocina. Cuando tía Rita y tía Dollie eran jovencitas, bajaban saltando los
dos tramos de cinco escalones de mármol que llevaban a esta calzada desde las dos
alas de la casa. Las niñas subían desde allí a su carruaje. Una vez fuera de la casa,
nunca se las veía solas en un lugar público.
Estas escalinatas se encontraban exactamente debajo del lugar donde aquel pasaje
se ensanchaba para formar el patio. Sobre nuestras cabezas, la biblioteca formaba una
especie de puente que unía la casa en el piso superior. Pero en la actualidad las dos
alas no se comunicaban, pues la puerta de la biblioteca había sido condenada para dar
independencia al dormitorio de Toby. Las dos habitaciones de éste, situadas una sobre
otra, quedaban completamente independientes del resto de la casa y tenían una
entrada particular por la calle.
Nos detuvimos cerca de los escalones que llevaban a nuestro hall para echar una
ojeada a la parte trasera de la casa y al jardín, envuelto en aquella rara niebla.
Pero no se veía nada. La niebla parecía allí más espesa que en la calle. Incluso el
patio, tan cercano a nosotros, se hallaba absolutamente envuelto en un borrón rojizo.
Reinaba el más profundo silencio. Aquella noche no se oía ni a un insecto ni se movía
ninguna hoja.

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A mí me parecía que toda aquella extraña noche se había introducido en la
antigua casa de los Clary y permanecía acurrucada en ella.

Página 17
2

El tramo de escaleras del lado izquierdo conducía a un hall que servía para nuestro
departamento y para el de los Clary.
Patrick encendió las luces. El hall, casi desprovisto de muebles y con las paredes
pintadas de blanco, tenía una escalera de caracol que ascendía, airosamente adornada
por una parra, desde junto a la entrada del cuarto de Roger Clary hasta la puerta de
nuestra habitación, situada en el piso superior. Los balaustres y las contrahuellas
estaban pintados de blanco, y la barandilla y los escalones eran de caoba.
En el fondo del hall inferior había un espejo con marco dorado, colocado encima
de un gran mueble de caoba tallada. El espejo había sido colocado por conveniencia
en un lugar inadecuado, pues lo natural habría sido que estuviera frente a la entrada
de los Clary para poderse ver al salir de la habitación o al terminar de bajar la
escalera. Pero el estuco ligeramente desigual del fondo del hall indicaba el lugar
donde antaño había existido una puerta que ponía en comunicación el hall con el
departamento de Toby.
Cuando Patrick dió vuelta a la llave en la cerradura Yale, que era de presumir
aseguraba nuestra puerta, recordé que alguien más tenía otra llave de aquella puerta,
alguien que se había deslizado en nuestro departamento tres veces por lo menos. Las
puertas vidrieras tenían pestillo, pero ahora que estaban siempre de par en par debido
al calor no había necesidad de abrir la puerta del departamento para entrar en él. Las
fallebas aseguraban las persianas, pero podían hacérseles saltar desde el exterior a
través de las tablillas.
Estábamos en nuestro hogar. La habitación olía a hogar. En cuanto encendiéramos
las luces aparecerían ante nuestra vista algunos de nuestros útiles de uso diario.
Un ligero tintineo, que se anticipó al zumbido del disimulado teléfono, sonó en la
estancia. Patrick veía en la oscuridad como los gatos. Cogió el teléfono para
contestar, esperando que yo encendiera una lámpara. En nuestro departamento no
había interruptores de pared.
Dos de las persianas estaban ligeramente abiertas. Lo primero que hice fué
acercarme para cerrarlas. Desde allí pude ver perfectamente la otra ala de la casa.
Entonces salí a la galería. La causa de aquella claridad era que la niebla no llegaba
hasta nuestro piso. La luna estaba a punto de aparecer por alguna parte, y pude ver los
irregulares y viejos tejados de las casas de la calle inmediata.
Cuando volví a entrar en nuestro salón, Patrick corría hacia el cuarto de baño con
tanta rapidez como le permitía la poca luz. Nos encontramos a medio camino, y mi
marido me abrazó.
—Mis vacaciones no han durado mucho, Jeanie.
—Querido…

Página 18
—Recuerda que no puede remediarse.
—Ya lo sé. Pero has trabajado tanto y…
Patrick me besó.
—Tengo todo lo que puedo desear, y debo abandonarlo.
—¿Te refieres a mí o a la casa, querido?
Sentí que su sonrisa rozaba una de mis mejillas.
—¡Hermosa casa! En ella se encuentran todas las comodidades. Incluso tiene un
médico.
—Pero el doctor no está nunca en la casa, ¿recuerdas? El doctor se halla siempre
en algún otro sitio.
Patrick me besó de nuevo, esta vez con fuerza. Luego se marchó.
Me sentí muy decaída. Con la imaginación contemplaba a mi marido cruzando el
amarillo y brumoso Misisipí persiguiendo a algún espía, y luego cayendo en la
trampa de algún serpeante brazo de río. Y esto antes de que Patrick hubiera llegado a
la puerta de la casa.
Encendí un cigarrillo, apagué la luz del cuarto de baño y salí a la galería a fumar.
Cuando tomé asiento junto a la escalera de hierro cubierta de hojas de parra, daban
las doce y cuarto en el reloj de la catedral.
Un solo soplo de viento empezó a mover las hojas de la parra. La niebla, abajo,
era cada vez menos densa. Por lo menos, desde mi altura lo veía todo perfectamente.
Distinguía muy bien nuestro pórtico, así como la balaustrada que había en lo alto de
la escalera de caracol. Las madreselvas y las buganvillas que podaban para dar paso a
la luz y al aire resaltaban oscuras sobre el hierro de la barandilla.
Un pájaro nocturno pasó volando tan cerca de mi cabeza que pude oír el roce de
sus alas.
Acabé mi cigarrillo, busqué con la vista un cenicero y terminé arrojando la colilla
al suelo. Ahora me sentía cansada y resignada con mi suerte, y también sentía algo de
sueño.
En aquel momento oí que alguien andaba a lo largo de la galería correspondiente
al dormitorio de Roger Clary, en el piso de abajo.
Procuré despabilarme y escuchar. Se trataba de un ruido de pasos que no parecía
tener principio ni fin. Puede que se abriera y cerrara alguna puerta, pero no oí
ninguna. No percibí ningún gozne ni ningún ruido que indicara que subían o bajaban
por las escaleras, aunque el que andaba debía ya de hacerlo por el patio o por el
jardín. El piso bajo de la casa se hallaba cinco escalones más alto que el jardín.
Escalinatas de cinco escalones bajaban, en cada ala del edificio, unas hacia el patio y
otras hacia el jardín.
¿Quién andaba de aquella forma tan cautelosa?
La enfermera. Debía de llevar suelas de goma; era pequeña y, además, habría
adquirido el hábito, por su profesión, de pisar así.

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También tío George andaba ligeramente. Era tan grueso que parecía una pelota,
pero usaba unos pequeños y brillantes zapatos ingleses hechos a mano.
Toby Wick, por su parte, andaba como un gato de patas de terciopelo. Y su
manera de hablar era tan suave como su andar. «Mi especialidad no es la botánica,
encanto», me había dicho el otro día, cuando, estando yo en el trozo de jardín donde
estaban plantadas las hierbas, apareció él a buscar un poco de menta. A mí se me
había ocurrido preguntarle cómo se llamaba cierta planta. Al oír su respuesta,
repliqué un poco secamente: «Creo que es albahaca». Sus ojos verdes y oblicuos
pestañearon rápidamente. «Entonces es albahaca, ojos de miel. Si usted dice que es
albahaca, albahaca es para mí, mujer de ensueño».
¡Dios mío! ¡Vaya unas cosas para recordarlas a esta hora de la noche!
En el reloj de la catedral dieron las doce y media.
Los pasos habían dejado de oírse. No había ninguna duda de que se trataba de la
enfermera. Olvidé el incidente y me dispuse a entrar en mi cuarto.
Pero me mantuve inmóvil antes de haber podido dar ningún paso. Alguien subía
la escalera de la galería. Aquella era nuestra escalera, pues no servía más que para
llegar a nuestras habitaciones.
Iba a descubrir el secreto de aquellos paseos nocturnos por nuestro departamento.
Me sentí irritada, pero procuré contenerme.
Apareció una mujer vestida de blanco. Cuando me vió se detuvo, pero poco
después comenzó de nuevo a avanzar tímidamente. Era esbelta y aproximadamente
de mi estatura. Su cabello debía de ser rubio a la luz del día. Cuando estuvo cerca de
mí pude darme cuenta de que el traje que vestía no era más que una blanca Camisa de
noche. Estaba descalza. Comprendí inmediatamente que se trataba de Mrs. Clary, y,
sintiendo una súbita compasión, vi que me había equivocado.
Mrs. Clary me contemplaba con ojos desprovistos de toda expresión; no habría
podido decir el color exacto de aquellos ojos.
Yo me preguntaba qué era lo que debía hacer. No sirvo para gritar, y, por otra
parte, no quería poner en conmoción la tranquila casa. La enfermera debía de andar
muy lejos de allí. Procuraría acercarme a la barandilla y llamaría a la enfermera
cuando ésta descubriera la ausencia de su paciente. La persona que yo había oído
andar por la galería de abajo era seguramente la enfermera, y ésta descubriría de un
momento a otro que Mrs. Clary no estaba en su habitación y saldría a buscarla. Yo
entonces podría llamarla con toda tranquilidad.
—¿Cómo está usted? —me dijo Mrs. Clary.
Poseía una agradable voz que desarmaba completamente; parecía la de una mujer
en su sano juicio.
—¿Cómo está usted? —dije a mi vez.
Seguía acercándome a la barandilla y escuchaba con toda atención, por si oía a la
enfermera.

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—Siento no poder hacerle una visita en traje apropiado —dijo Mrs. Clary—. ¿Ve
usted? Me falta el sombrero. Me marcho. —Hizo una amable inclinación de cabeza y
añadió—: Hasta la vista.
Yo respondí también: «Hasta la vista», y ella se marchó por donde había venido.
Sus pies, al rozar las baldosas, producían un ruido suave, como de seda.
Me fijé en que, al bajar por la escalera de caracol, la enferma ponía los pies en el
centro de los escalones en lugar de hacerlo cerca de la orilla. Yo siempre me tenía que
agarrar fuertemente a la barandilla a causa de la desigualdad de los escalones en
forma de segmento.
Me apresuré a penetrar en nuestro departamento. Até cuidadosamente las fallebas
de las persianas y entré en el cuarto de baño para desnudarme. Me había enterado de
quién era la persona que se paseaba por nuestras habitaciones durante la noche. La
enfermera no vigilaba bien a su enferma. Mrs. Clary debía de poseer alguna llave.
Aunque, en aquella casa, las llaves eran algo tonto, ya que todas las habitaciones
daban a las galerías. Todo el mundo podía entrar en la habitación que se le antojara,
excepto en las dos, una arriba y otra abajo, de Toby Wick. Claro que nos quedaba el
consuelo de poder atar fuertemente las fallebas de las persianas.
Tendría que contárselo todo a Patrick.
¡Vaya una tragedia! Ya no sentía tanta irritación hacia Roger. ¡Pobre Carol! Todos
los individuos de la familia, incluso tío George y aquella especie de lobo de Toby
Wick, suponiendo que éste estuviera enterado del asunto, habían procedido con
mucha galantería al no ponemos en antecedentes sobre cuál era la enfermedad que
aquejaba a la esposa de Roger.
La cosa se aclararía ahora entre nosotros. Patrick pondría la cara triste y se lo
contaría todo a Roger. Aunque quizá, pensé mientras me limpiaba los dientes, no
deberíamos decir nada, después de todo. Sí, sí debíamos… No, no debíamos
hacerlo… No debíamos.
Me cepillé el cabello y me lo anudé, para que no me diera calor, en lo alto de la
cabeza. Me puse luego un pijama de seda blanca y, después de asegurar bien las
fallebas de las persianas del dormitorio, me metí en la cama. El teléfono dejó oír su
tintineo precursor de una llamada.
Patrick fué el que habló primero.
—¿Estás ahí? —preguntó.
—¡Hola, encanto!
—¿Sin novedad, Jeanie?
—Sin novedad, ¿por qué?
—Tu voz tiene una inflexión desacostumbrada, y has respondido antes de que
sonara el timbre.
—Querido, es que soy una clarividente.
—¡El cielo nos ayude! Escucha, estaré ahí…
—¿Cuándo?

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—Pronto, muy pronto, en cuanto haya salvado la poca distancia que nos separa.
Pensé que debía hacértelo saber.
—Eres muy amable. Ten cuidado, querido. Guárdate de la niebla.
—¿Niebla? No hay niebla ahora. Se ha levantado el viento.
—Pues entonces guárdate del viento. Y date prisa.
Patrick rió suavemente. Nos despedimos, colgué el receptor y me sentí muy feliz.
Contemplé la esfera luminosa del reloj. Era la una menos cuarto. Si Patrick estaba tan
cerca como decía, llegaría seguramente poco después de la una. Le esperaría
despierta, naturalmente.
Tenía razón en lo del viento, el cual había comenzado a soplar mientras yo me
arreglaba para meterme en la cama. En el jardín, las hojas de un grupo de plátanos
chocaban secamente entre sí.
Algunas de las tablillas de las persianas estaban flojas y el viento las hacía sonar.
Era un rumor muy diferente del que producían unos dedos queriendo levantar la
falleba. ¡Ah, el incidente de la galería! Hasta que no fuera de día no hablaría a Patrick
de Mrs. Clary. La tristeza era una nube que amenazaba mi felicidad.
Para olvidar a Mrs. Clary me puse a pensar en Patrick, que estaría cruzando a
largos pasos, por entre el recién levantado viento, las antiguas calles de balcones del
barrio francés.
De repente me pareció que ocurría algo extraño.
Me senté en la cama y miré el reloj. Eran las dos menos tres minutos. Había
pasado más de una hora desde que Patrick telefoneó. Yo me había quedado dormida
después. Y, al parecer, había sido despertada por la persiana de una de las ventanas
que daban al jardín. La persiana se había soltado y se balanceaba movida por el
viento.
Me levanté rápidamente y crucé la habitación para cerrar la persiana.
Cuando puse mi mano sobre la falleba, oí un ruido que procedía de abajo, un
ruido como si algo fuera arrastrado, seguido de un seco golpe final.
Este golpe final parecía venir de cerca del parterre de hierba que había bajo este
lado de nuestra galería. Abrí la persiana y anduve de puntillas hasta las barandillas.
La luna, que lucía en el cielo, brillaba claramente sobre algo blanco derramado
sobre la hierba, que parecía negra. Pensé que se trataba de Mrs. Clary.
Mientras corría a mi alcoba en busca de una bata y de unas zapatillas, las
campanas de la catedral dieron las dos.
Mrs. Clary yacía sobre un costado, a unas dos yardas aproximadamente del tramo
de escaleras. Inclinándome, le dirigí la palabra en voz baja, pero ella no se movió.
Tenía el cuello torcido y su rostro se hallaba boca arriba. Sus ojos se hallaban abiertos
de par en par y miraban fijamente.
Tuve la suficiente presencia de ánimo para buscar una de sus muñecas y tomarle
el pulso. Su brazo estaba cubierto por algo viscoso y de color negro que me manchó

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los dedos. El viscoso líquido había formado una gran mancha negra en un lado de su
blanca camisa de raso.
Su pulso no latía. Me incliné sobre Mrs. Clary y apoyé mi cabeza sobre su pecho.
No parecía respirar.
Me erguí, y durante algunos segundos no hice nada en absoluto.
Luego volví sobre mis pasos y me dirigí a la galería inferior para buscar a la
enfermera. En la habitación que caía debajo de nuestro dormitorio había una puerta
vidriera que permanecía abierta. Titubeé mucho antes de entrar, pero como no
deseaba poner en conmoción a toda la casa, acabé por pasar silenciosamente el
umbral de aquella habitación.
Esta era literalmente un abismo de negrura. No se veía nada en absoluto. Olía a
cuarto mal ventilado.
—¡Enfermera! —llamé en voz baja.
La negra y mal ventilada habitación contestó con un eco a mi llamada, pero no
hubo contestación de ningún alma viviente.
De repente percibí otro olor, algo aromático y fresco.
—¡Roger! —llamé—. ¡Roger!
Hice que mi bisbiseo fuera lo más fuerte posible.
No hubo respuesta. El aromático perfume se hizo más fuerte y más fresco.
De repente, sin haber ninguna razón para ello, sentí miedo. Tenía que salir, fuera
como fuera, de aquella habitación. Presa del pánico, intenté andar hacia atrás,
desandar así el camino que había hecho al entrar.

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Me dieron a oler yodoformo.


Abrí los ojos. Sobre una mesa próxima había una lámpara encendida. Roger Clary
se había arrodillado a mi lado. Vestía de uniforme, pero no llevaba la gorra.
—¡Hola! —dije.
Sus labios se curvaron.
—¡Hola! —me contestó—. ¿Qué ha sucedido?
—Creo que algo cayó sobre mi cabeza.
En efecto, me dolía la cabeza y me sentía aturdida y cansada.
—Se cayeron las cortinas —dijo Roger, que me estaba tomando el pulso—.
Supongo que la barra la alcanzó a usted. Por el aspecto, debe de pesar una tonelada.
¿Ha ocurrido algo que la obligara a usted a bajar?
Me acordé de Mrs. Clary e intenté incorporarme.
Roger me cogió por los hombros y me obligó a echarme de nuevo.
—Si no quiere usted ponerse enferma, estese quieta —dijo con cierta brusquedad.
—Se trata de su esposa —dije—. Está… está ahí fuera, en el jardín.
Roger me miró si hablar. Luego, tras de volverme a recomendar que permaneciera
echada, se puso en pie y salió rápidamente de la habitación.
Era muy guapo. Así lo pensé, a pesar de mi dolor de cabeza. Roger Clary parecía
el original de algún retrato pintado a mediados del siglo pasado. En su rostro moreno
y delgado brillaban unos ojos oblicuos y soñadores. Su cabello era sedoso y muy
negro. No sonreía muy a menudo, pero cuando lo hacía su sonrisa era como una luz
cordial que iluminara su moreno rostro.
La habitación en que me encontré era muy parecida a la que nosotros ocupábamos
en la casa. Había en ella una alta cama provista de su correspondiente dosel —las
colgaduras de éste eran de color de rosa en lugar de azul—, un enorme armario de
caoba, un escritorio con tablero de mármol y muchas mesas y sillas. El suelo estaba
cubierto por una alfombra de paja. Largos y rígidos cortinajes de brocado
enmarcaban las cuatro altas puertas vidrieras. Las ropas de la cama se hallaban en
orden, como si nadie hubiera dormido en ella.
Cuando Roger se hubo marchado me di cuenta de que, además de yodoformo,
olía a polvo. El olor a polvo debía ser consecuencia de la caída de los cortinajes.
Estos habían sido recogidos y colocados sobre una silla. La gruesa barra de bronce
brillaba entre ellos a la luz de la lámpara.
Como Roger tardaba tanto en volver, me incorporé de nuevo y un momento
después, apoyándome en el marco de una de las puertas, me puse en pie.
Sentí que el marco de la ventana estaba pegajoso. No, era mi mano. Había sangre
en mi mano, en mis dos manos, y también había una mancha de sangre en mi bata.

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Sentí un principio de náusea y me agarré fuertemente al marco. Luego salí a la
galería.
En aquel momento apareció Roger, que venía del jardín.
—¡Le dije que se estuviera usted quieta!
Hablaba en voz baja, pero se le notaba enfadado.
—Quería lavarme.
—Ya se lavará usted cuando llegue la hora. —Me llevó hasta una silla que había
en la galería—. ¡Ahora, siéntese aquí! Le tengo mucho miedo a los golpes en la
cabeza, ¿me oye?
—Bien, pero no necesita usted emplear esas maneras.
—¡Lo siento!
Entró en la habitación. Poco después volvió a salir llevando dos mantas y dos
maletines de medicina, y se dirigió al parterre donde yacía su esposa. También llevó
consigo una antorcha. A la luz de ésta pude ver a la mujer, que yacía tan inmóvil
como antes. Roger sacó su estetoscopio e, inclinándose sobre su esposa, lo aplicó a su
pecho. Yo me hallaba algo trastornada, y sentí otro principio de náuseas. Sabía
positivamente que aquella mujer estaba muerta. Y me ponía enferma ver a Roger
escuchando un corazón que ya no latiría nunca.
El reloj de la catedral de San Luis, a un par de manzanas de allí, dió un cuarto. Un
cuarto ¿de qué hora? ¿Cuánto hacía que estaba yo en aquella habitación? ¿Por qué
razón se habían caído los cortinajes? ¿Dónde se hallaba la enfermera? ¿Dónde estaba
mi marido?
Roger cubrió a la mujer con las mantas.
Yo me puse en pie y empecé a caminar en dirección a la escalera que conducía a
nuestras habitaciones. Pero Roger Clary debía de tener ojos en la nuca, pues me gritó
que me estuviera quieta.
—¡Maldita sea! ¿No puede usted esperar? —exclamó.
Aquello fué lo primero que se dijo en voz alta, e inmediatamente —demasiado
inmediatamente, según pensé más tarde— tío George Sears apareció en la galería
baja de la otra sala.
Tío George tenía una voz aguda, y algunas veces tartamudeaba.
—¿Qué… qué… pasa? —preguntó.
Roger dejó a su esposa y dió algunos pasos en dirección a tío George.
—¡Chitón! No despierte usted a nadie. Helen se ha caído por la escalera.
—¿Qué… qué escalera?
—Eso no importa ahora. Llame a Carol y dígale que telefonee al doctor Postgate
y le ruegue que venga enseguida. ¡Oh, ahora que me acuerdo! No suba usted la
escalera. Tenga cuidado con su corazón. Llame a la tía Dollie y que ella despierte a
Carol. Entonces dígale a Carol que venga. Y que, de paso, traiga botellas de agua
caliente.
—¡Me encargaré de todo eso, Roger!

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La aguda voz de tío George parecía vibrar de complacida excitación.
—Tenga cuidado con su corazón —repitió Roger.
Corrió de nuevo hacia su esposa y volvió a aplicarle el estetoscopio y a tomarle el
pulso. ¿Qué significaba aquello? Yo ya le había tomado el pulso. No soy una experta
en estas cosas, pero empleé el tiempo suficiente y, después de haberlo buscado
cuidadosamente, había notado que no latía. Aquella mujer estaba muerta. El
espectáculo de Roger manipulando sobre la forma envuelta en las mantas a la luz de
la antorcha me ponía enferma.
Permanecí inmóvil y concentré todas mis fuerzas en dominar el malestar de mi
estómago.
En la galería superior de la otra ala apareció miss Marguerite Clary. Se adelantó
hacia la barandilla situada frente a su dormitorio, el cual se hallaba, lo mismo que el
nuestro, en la parte posterior del segundo piso de aquella ala. Miss Clary habló en
francés. La elegancia de su acento y la claridad de su voz resultó algo sorprendente
en aquellos momentos.
—¿Te puedo ayudar en algo, querido Roger?
—En nada, tía Rita. Siento que se haya usted despertado.
—Carol se despertó cuando tú estabas hablando con George. Ahora está
telefoneando al doctor.
—Bien —contestó Roger, que continuaba inclinado sobre su mujer—. ¿Ha estado
esta noche Postgate, tía Rita?
—No le vi. ¿Dónde está Victorine?
Roger contestó en voz baja y con acento irritado.
—¡Cómo! ¿Es que esta muchacha se marchó dejando sola a Helen?
—Al parecer así ha sucedido. Pero ahora da ya lo mismo.
—To… to… todo está en ma… ma… marcha —gritó George desde el otro
extremo de la galería superior—. Ca… ca… rol llamó al doctor. Enseguida estará
aquí. Ahora bajo, Roger. Te… te ayudaré a llevarla.
—¡Dios mío! —gruñó Roger para sí.
Roger no lo deseaba, pero lo cierto es que todos los habitantes de la casa se
habían despertado. Las luces se iban encendiendo, incluso las pintorescas pero
ineficaces y viejas lámparas del jardín. Hugo, el negro, llegó procedente de la casa de
los criados, y un momento después apareció Paulette frotándose los ojos y
murmurando algo con disgusto. Se abrían y se cerraban puertas. Oí la fuerte y bien
timbrada voz de tía Dollie preguntando qué diablos sucedía. Nadie le respondía, pero
esto era algo que solía suceder muy a menudo tratándose de tía Dollie. Esta hablaba
continuamente, pero como la música en el cine, se acordaba uno de ella sólo cuando
dejaba de oírse. Oí a tío George encargarle a Hugo que fuera a una habitación que
Victorine había alquilado —y que debía de haber utilizado muy poco— en la calle
Dauphine y viera si estaba allí. Hugo contestó: «Sí, señor», y no había acabado de

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llegar a la puerta principal cuando ésta se abrió dando paso a Patrick, quien avanzó
unos cuantos pasos. Pero al darse cuenta de que sucedía algo anómalo, se detuvo.
—Llega usted oportunamente, teniente Abbott —exclamó tío George
apresurándose a salir al encuentro de Patrick—. No hay duda de que te… tenemos
que entrarla. Así, pues, échenos una ma… mano, te… te… teniente.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó Patrick.
—¿Tiene la bondad de acercarse, Pat? —rogó Roger—. Quédese usted donde
está, tío George.
Las palabras dirigidas al tío George fueron pronunciadas autoritariamente. Tío
George obedeció.
Carol llevando dos botellas de agua caliente, bajo por la escalera de la otra galería
que daba al jardín. La joven llevaba pantalones y camisa.
Ava Graham no apareció por ninguna parte.
Patrick pasó por el sitio en donde yo me hallaba, pero como lo hizo por el patio,
que estaba a un nivel más bajo que la galería, no me rió; así lo pensé por lo menos.
Tío George dió algunos pasos tras él, pero Roger, que le espiaba, le ordenó que se
estuviera quieto. El obeso individuo se escondió tras una adelfa, a mi derecha, y
permaneció inmóvil, escuchando con avidez.
Patrick se inclinó junto a Roger Clary y tomó una de las muñecas de Helen.
—Está sangrando, Roger —dijo.
—Lo estaba. Eso no es lo importante. Una pequeña herida cuando cayó, según
creo.
—¿Cuándo cayó?
—Sí, por esos escalones. Y ahora no comprendo lo que le sucede. Se trata de un
shock, según creo, pero eso no lo explica todo. No tiene pulso, pero su corazón late
débilmente, y respira, pero tan tenuemente que no me atrevo a moverla ni siquiera
para ponerle una manta debajo.
Patrick colocó de nuevo la mano de Helen debajo de la manta.
Tío George, de puntillas, se trasladó a otra adelfa, desde donde podía ver mejor.
No noté la presencia de Toby Wick hasta que éste estuvo tan próximo a la barandilla
que cuando habló lo hizo literalmente junto a mi oído.
—¿A qué viene todo este trastorno? —preguntó con su insolencia acostumbrada.
—Es… es… Helen —contestó tío George en voz baja—. Se ha caído, según
parece.
La risa de Toby fué como un profundo tableteo en su garganta.
—¿Y no la empujó nadie?
Tío George emitió una pequeña carcajada nerviosa.
—Nadie, que yo sepa —contestó.
Toby sacó un paquete de cigarrillos y se puso a juguetear con él.
—El suceso ha sido muy oportuno. Muy oportuno.
Tío George rió de nuevo.

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Siguió un prolongado silencio. Tío George, dando un significado especial a sus
palabras, preguntó luego:
—Toby, ¿en dónde está Ava?
Tía Rita fué la que, inesperadamente, contestó. Tía Rita se hallaba entonces, en
compañía de tía Dollie, en medio del patio, y su voz fué más fuerte que el monólogo
de tía Dollie, la cual estaba excitada pero hablaba en voz baja.
—Ava se encuentra en su habitación, George.
Tía Rita se había expresado en inglés.
—No… no… esta… taba cuando yo he mirado, ahora mis… mismo —replicó tío
George.
—¡Claro que si estaba! —repitió tía Rita.
—Es posible que estuvieras demasiado excitado para fijarte bien, querido —dijo
tía Dollie.
Tía Dollie llevaba una bata rosada con grandes amapolas estampadas. Debido a la
escasa iluminación del patio no podían distinguirse los colores, pero yo había visto a
menudo aquella prenda cubriendo el cuerpo de tonel y las largas piernas de tía Dollie.
—Creo que Ava demuestra tener muy buen juicio permaneciendo en su
habitación —dijo tía Rita—. Creo que los demás debíamos seguir su ejemplo.
—Estoy de acuerdo —asintió Roger.
En medio de la tensión del momento se oyó llamar a la puerta principal. Como
Hugo no estaba en la casa y, a lo que parecía, Paulette había vuelto a desaparecer, tío
George fué a abrir y nadie le detuvo. Apareció un doctor provisto de grandes patillas.
El doctor Postgate se dirigió, todo lo de prisa que le permitía su dignidad
profesional, hacia donde se encontraba la enferma. Toby Wick, mientras tanto, se
acercó aún más a mi silla. Noté que su aliento olía a licor.
Toby se puso a hablar en voz baja a mi oído.
—Quizá no sientan verse libres de ella. Posee una de las mayores fortunas de
Louisiana. ¡Tanto dinero y la cabeza vacía! —Hizo una pausa y luego añadió—:
Debía constituir una tentación constante, sobre todo para un médico.
Experimenté la sensación de que aquello constituía el prólogo de muchas más
cosas parecidas. Mi cabeza empezó de pronto a dolerme de un modo insoportable.
También me dolía el estómago. Estaba segura de que iba a ponerme enferma. Me
puse en pie y eché a correr escaleras arriba. Roger Clary, si me vió, no intentó esta
vez detenerme.
Cuando entré en nuestras habitaciones —lo hice utilizando la puerta cuya
persiana suelta me había despertado un poco antes de las dos— vi que eran las dos y
treinta y cinco. Así que el cuarto que había oído sonar después de recobrarme de lo
que puede llamarse mi aventura de la barra de los cortinajes, era el de las dos y
cuarto. En treinta y cinco minutos pueden ocurrir muchas cosas.
Arrojé a un cesto mi bata manchada de sangre y mi pijama, me froté las manos
hasta dejármelas limpias, me duché, tomé dos tabletas de aspirina, me peiné y, al

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palpar el chichón que me había salida en lo alto de la cabeza, pensé que había tenido
una gran suerte habiéndome peinado con el cabello hecho un moño en la coronilla, ya
que esto había aminorado mucho el golpe. Me recogí de nuevo el cabello, me puse un
pijama limpio y me senté en la cama preguntándome qué ocurriría entonces. Patrick
no tardó en presentarse. Arrojó su gorra y su guerrera sobre una silla e hizo ademán
de volverse a marchar.
—Sólo quería ver cómo estabas —dijo.
—¿No te has enterado de que estaba abajo, encanto? —le pregunté.
—Ya te vi.
—¡Oh! ¿Y cómo está Mrs. Clary?
—Creen que se muere. La hemos llevado a su cama. Han enviado a buscar un
pulmotor, y, mientras tanto, van a intentar la respiración artificial. Voy a ayudarlos.
—Me lanzó una mirada inquisitiva y añadió—: Lo que me pregunto es qué es lo que
pasa.
—Está loca.
Mi marido me dirigió una rápida mirada en la que se leía el enfado.
—¿Y por qué no lo decían?
—Yo no lo supe hasta esta noche, querido. ¿Lo sabías tú?
—Naturalmente que no. —Continuaba muy enfadado—. Roger dice que tú eres la
primera persona que la encontró después que cayó.
—Oí un golpe sordo, me acerqué a la barandilla a mirar y la vi tendida sobre la
hierba. Bajé corriendo y me pareció muerta. No pude encontrarle el pulso. Y
entonces… entonces… Bien, entonces llegó Roger, y yo estuve dando vueltas sin
objeto hasta que Toby Wick empezó a hablar aquí arriba. Entonces subí.
—¿Estaba Wick en el jardín cuando tú bajaste?
—¿Por qué iba a estar? No sé si estaba. No vi a nadie, excepto a Mrs. Clary.
Estaba muy oscuro; no había más luz que la de la luna. ¿Por qué me lo preguntas?
El rostro de Patrick mostraba una expresión grave.
—Wick nos ha ayudado a llevar a Mrs. Clary a su cama. En esa habitación hay
una gran araña, la cual estaba encendida e iluminaba bien la escena. Me he dado
cuenta de que los zapatos de Wick estaban húmedos y tenían pequeñas briznas de
hierba pegadas a la suela. En el barrio no hay muchos sitios, a excepción de los
jardines privados, en que la hierba se le pegue a uno a los zapatos.
—¿No hay un jardín en el «Ángel Bueno» de Toby? —pregunté. Mi marido me
respondió con un movimiento de cabeza. Yo añadí—: Además, ¿qué iba a estar
haciendo aquí a estas horas, Pat? Su negocio está en su apogeo a estas horas, sobre
todo los sábados. Siempre se está quejando de que no tiene bastantes empleados.
Pero Patrick estaba pensando de nuevo en Helen Clary.
—Postgate se ha fijado mucho en el cuello de la enferma cuando la llevábamos a
la cama. Nos ha dicho que los músculos del cuello estaban relajados de una forma
muy extraña. Parecía muy preocupado.

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—Querido, Mrs. Clary estaba muerta cuando yo la encontré.
Patrick negó con la cabeza.
—Dice Postgate que respiraba, y ha podido advertir con el estetoscopio unos
perceptibles latidos durante algunos minutos después que la dejamos en la cama.
Estás muy pálida, Jeanie.
—¡Oh, lo que ha pasado me ha trastornado! —Ya le contaría más tarde lo de la
barra de los cortinajes. La aspirina había calmado algo mi dolor de cabeza—.
¿Todavía no ha encontrado Hugo a la enfermera?
—La enfermera no estaba en su habitación. Dios sabe en dónde está. Pero, por
una vez, los fisgoneos de tío George van a servir para algo. Parece que tío George vió
salir a la enfermera poco después de las dos. Roger dice que el reloj dió el primer
cuarto poco después de haber llegado él, así que… Escucha, querida, ¿estás segura de
que te encuentras bien?
—Me encuentro perfectamente.
Hice todo lo posible para que pareciera verdad lo que decía pero lo cierto era que
no podía dejar de pensar en la enfermera. Si ésta salió de la casa entre las dos y las
dos y cuarto, ¿dónde estaba cuando Helen Clary yacía tendida sobre la hierba y yo
me encontraba desmayada a consecuencia del golpe recibido con la barra del
cortinaje?
—No tardaré, querida. Quizá no me necesiten.
Dejó una luz encendida en el salón y bajó hasta la calzada de coches, acercándose
a la puerta principal, la cual abrió y cerró dos veces para estar seguro de que el
pestillo funcionaba perfectamente. Me di cuenta entonces de que mi marido pensaba
que en el piso de abajo había algo que no marchaba como era debido.
No era, pues, Toby el único que consideraba sospechosa la muerte de Helen
Clary. ¡También lo creía Patrick!
¿Qué era lo que Toby sabía? ¿En dónde estaba éste cuando Helen rodó por la
escalera? ¿Por qué, si aquella hierba de sus zapatos procedía de nuestro jardín, no se
presentó enseguida para prestar ayuda?
Quizá la había matado él, o bien lo había intentado, empujándole junto a la
escalera. En el brazo de Helen había sangre. Quizás esta sangre no procediese tan
sólo de un simple arañazo.
Pero ¿por qué? ¿Cuáles podían ser sus móviles?
Bien, ya había intentado hacer recaer sospechas sobre Roger, ¿no era así? ¿Y por
qué hacía tal cosa? No era difícil imaginarlo. Toby deseaba a Carol, y si Roger era
acusado de haber asesinado a su esposa, Carol no seguiría interesándose por Roger…
Aunque quizá sí… Si ésa era la idea de Toby, tal vez se equivocara por no conocer
bien a Carol.
Carol era una muchacha admirable; tenía carácter, lo mismo que tía Rosa. Ava,
por su parte, se parecía en todo a tía Dollie, aunque costaba trabajo imaginarse que tía
Dollie hubiera poseído alguna vez una belleza parecida a la de Ava. Pero Ava, como

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tía Dollie, era superficial, aunque mucho menos bondadosa que la tía. Esta era una
anciana muy habladora, pero una no podía menos de sentir simpatía hacia ella y de
admirarla por su devoción hacia el grueso tío George. Y, además, el hecho de hacer
una visita de siete largos años a tía Rita quiere decir algo… ¡Dios mío!
¿Dónde estaría aquella enfermera?
Por entonces yo no sentía por Roger otra cosa que piedad, así como compasión
por Carol. En muchos Estados no se puede obtener el divorcio por estar uno casado
con una persona loca, y así debía de ocurrir en Luisiana; mas aunque se hubiesen
hallado en otro Estado, habría habido, de todos modos, gran número de
«considerandos» y de «teniendo en cuenta». Y, por encima de todo, Roger, al
desembarazarse rápidamente de su mujer, no habría quedado en una posición muy
airosa. Roger también tenía carácter. Roger, Carol y tía Rita poseían el mismo
carácter.
Roger no habría tenido, naturalmente, que tener a su esposa en la casa.
Bien, ¿y por qué no? Helen parecía muy dócil y muy infantil. Además, tenía que
ingresar en una clínica en cuanto hubiera sitio. Todos lo habían dicho, aunque sin
precisar la clase de clínica.
¡Pobre mujer! ¿Sería verdad que era muy rica?
Si era así, ¿por qué disponían sólo de una enfermera para su cuidado?
¡Vaya una pregunta! Todo el mundo sabía que en aquellos días escaseaban las
enfermeras. Helen había tenido mucha suerte al disponer de una para ella sola.
Yo debía contar a Pat lo dócil y lo infantil que era la enferma.
Pero, sin embargo, no debía contarle los paseos que ésta llevaba a cabo por
nuestro salón cuando él estaba fuera. ¿De qué hubiera servido? Si la enferma no
moría entonces —quiero decir, si conseguían curarla—, se la llevarían seguramente
de allí, pues ya no sentirían confianza suficiente para dejarla al cuidado de aquella
enfermera. Tratarían de encontrar cuanto antes un sitio para ella en una clínica. El
peligro, o más bien, la posibilidad de que la enfermera se introdujera de nuevo en
nuestras habitaciones había pasado.
No, no le diría nada.
Opté por considerar como un accidente todo el asunto de aquella noche. La
enfermera, debido a alguna razón especial, abandonó a la paciente, la cual
vagabundeó por la casa hasta que se cayó por la escalera. Esto era una explicación
satisfactoria.
Recordé cómo la enferma había bajado por nuestra escalera de caracol sin
acercarse a la barandilla. Sin duda, se había dado un golpe en la cabeza al caerse por
el corto tramo de escaleras, y Roger tenía razón al decir que padecía un shock. La
gente se muere a veces de shock.
Apagué la lámpara que se hallaba junto a la cama y permanecí observando las
peculiares sombras proyectadas por los macizos muebles merced a la luz procedente
de la habitación contigua. Aquella luz era producida por la lámpara que había a la

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derecha de la puerta. Patrick, antes de marcharse, había reducido su luz para que no
molestara mis ojos al filtrarse a través del hall.
De repente oí que una llave abría la cerradura Yale. La puerta se abrió. Supuse
que el que entraba era Patrick.
La puerta fué cerrada sin hacer el menor ruido. ¡Qué cuidadoso era! ¡Qué amable!
Apagaron la luz.
Siguió un corto silencio. Unos dedos manipularon luego en una de las persianas
del salón. La abrieron y luego la cerraron. Oí el ruido de la falleba al echarse.
Después percibí unas suaves pisadas por la galería.

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Esta vez sabía perfectamente que no era Helen Clary la que andaba por la habitación,
a menos que hubiese revivido. Aquello me preocupó.
Me levanté inmediatamente y me puse el primer vestido con que tropezaron mis
manos, que resultó ser el estampado de color verde y amarillo que había llevado la
noche anterior, y estaba a punto de bajar para encontrarme con Patrick cuando éste
apareció acompañado de Roger Clary. En los rostros de ambos había una expresión
grave. Mi marido me dijo que Helen acababa de morir, y yo, dirigiéndome a Roger, le
dije que lo sentía. Roger llevaba su maletín negro.
—Roger me ha dicho que recibiste un golpe en la cabeza —dijo Patrick.
Parecía preocupado. Repuse que no había sido nada y que lo había olvidado. Pero
Roger me hizo sentar bajo una luz fuerte para examinarme. Aún llevaba su
estetoscopio colgando del cuello. Me miró el blanco de los ojos, me tomó la presión
de la sangre y me hizo algunas preguntas. Le preguntó si era para tanto el golpe que
había recibido, y él me contestó, otra vez con cierta impaciencia, que no le gustaban
los golpes en la cabeza. Patrick permanecía apoyado en la chimenea, observándome
con interés. Roger acabó metiendo algunas tabletas dentro de un sobre y escribiendo
en éste la forma en que había de tomarlas. A continuación me dijo, como los médicos
suelen decir estas cosas, que permaneciera tranquila.
Roger guardó sus aparatos y, ya con el maletín en la mano, dijo:
—Me parece que les debo a ustedes una disculpa.
—¿Por qué? —pregunté yo.
—Porque permití que alquilaran ustedes las habitaciones sin explicarles la
enfermedad que padecía Helen.
—Y no le faltaba a usted razón —saltó Patrick.
Intenté cambiar una mirada con mi marido, pero sus ojos estaban clavados en los
de Roger.
Este dijo entonces:
—Temí que si les decía la verdad no quisieran venir a vivir aquí. Y,
naturalmente…
Patrick contestó:
—Si lo hubiese sabido no habría permitido que Jean viviera aquí a ningún precio.
—Helen era totalmente inofensiva. —Repuso Roger—. No podía hacerles el
menor daño, así que…
—Usted sabe perfectamente que todas las enfermedades mentales son peligrosas
en potencia.
Los ojos oscuros de Roger brillaban.

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—Haga el favor de dejarme hablar. El doctor Postgate esperaba podérsela llevar a
su clínica de un momento a otro. Ya conoce usted la situación actual de los hospitales
y de las enfermeras, Pat. El doctor Postgate la tenía aquí bajo observación mientras
arreglaba las cosas. Iba a llevársela el lunes, es decir, hoy. Jamás habíamos tenido
menos de dos enfermeras, pero una de ellas se marchó poco antes de llegar ustedes a
esta casa, y no hubo forma de reemplazarla. Cuando teníamos a las dos enfermeras,
Helen nunca se quedaba sola. Tía Rita fué la que propuso que Helen estuviera bajo el
cuidado del doctor Postgate. Su consultorio no está muy lejos de aquí. Nosotros
habíamos vivido en el partido de St. Martin. Hasta hace dos meses, Helen había
estado siempre en nuestra casa. Acostumbrábamos a tener dos o tres enfermeras. Lo
que esta noche ha sucedido es algo que no puedo comprender. Victorine ha
permanecido cuatro años con nosotros. Cuando nos casamos era nuestra cocinera y
nuestra ama de llaves, y cuando Helen empezó a sentirse enferma (su mal comenzó
con una infección en el cerebro, a los dos meses de habernos casado) Victorine fué
gradualmente ocupándose del cuidado de la enferma. No es una enfermera
diplomada. Además, se trata de una negra, por lo que Postgate había dicho que
cuando Helen entrara en la clínica no admitiría a Victorine. Esto disgustaba mucho a
Victorine. Quería a Helen entrañablemente, de la forma en que los negros saben
querer a veces, y había tomado a Postgate una gran antipatía; siempre decía que ese
médico haría daño a la enferma. —Las cejas de Roger se unieron, formando una sola
línea negra—. El doctor Postgate ha pedido que se lleve a cabo una investigación
judicial —añadió dirigiéndose a mí, ya que Patrick conocía la noticia.
—¿Cree usted que Victorine hizo algo a Mrs. Clary? —pregunté.
—No lo creo —contestó Roger—. Pero el doctor Postgate, impelido por ciertas
razones, desea que se haga una investigación. Victorine, que se ha marchado de esa
forma tan rara, no va a servir de nada, desgraciadamente. Además…
Roger se interrumpió.
—Además, ¿qué? —preguntó Patrick irritado.
Mi marido estaba muy enfadado con Roger porque éste no nos había comunicado
antes la enfermedad de su esposa. Pero yo sólo tenía ahora piedad hacia él.
—Bien —contestó Roger con inquietud—. Victorine es muy supersticiosa.
Sospecho que practica algo de magia negra, y como el doctor Postgate piensa que el
estado en que esta noche encontramos a Helen sugiere un envenenamiento con
curare…
Yo le interrumpí.
—¿Curare? ¿Se refiere usted al veneno que los indios ponen en sus flechas? —
Aquello iba poniéndose novelesco—. ¿De dónde diablos puede la enfermera haberlo
sacado?
Roger contestó secamente:
—En Nueva Orleans puede encontrarse por todas partes. Y siento decir que
Postgate piensa que la enfermera robó el curare de su propio maletín.

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—Pero ¿por qué llevaba curare en su maletín?
Roger contestó rápidamente:
—Usa curare en sus prácticas. ¿Les había dicho que es especialista en
enfermedades mentales? Pues sí, es uno de los mejores especialistas. En algunos de
sus tratamientos usa extracto de curare. Y hace unos cuantos días faltaron en su
maleta un par de ampollas del peligroso líquido. Esta es una de las casas que visitó
aquel día, y en cuanto ha visto a Helen esta noche ha imaginado que Victorine le robó
las ampollas, envenenó con ellas a Helen y luego, asustada de lo que había hecho,
desapareció. Así, pues, ha llamado a la policía. Y tiene derecho a hacerlo,
naturalmente.
Permanecimos un momento en silencio. Yo me preguntaba si Helen se habría
levantado de la cama después de haber tomado la droga administrada por Victorine, y
también después de haber sido abandonada por ésta. ¿Cuánto tardaba aquella droga
en actuar? ¿Cómo se las habría arreglado Helen para tambalearse en el pórtico y venir
luego a caer en la escalera?
¿Había visto tío George que la enfermera salía de la casa después que yo había
descubierto a Helen en el jardín? El asunto estaba feo para la pobre Victorine. ¿Pobre
Victorine? Sí, sentía piedad por ella. Si era tan adicta a la pobre Helen Clary, habría
hecho aquello impelida por la mejor intención. Si su supersticiosa mente africana la
había empujado al asesinato, resultaba algo trágico.
El ruido que yo había percibido cuando me levanté para cerrar la persiana era un
ruido efectuado por algo al ser arrastrado. No se trataba de pasos arrastrando los
pies, sino del ruido de algo pesado arrastrado por una persona.
Roger siguió hablando:
—Victorine sabía hacer pociones y líquidos extraídos de las hierbas y de las
raíces. Cuando estaba fuera de nuestra jurisdicción tenía algunos pequeños asuntos
con gente de color, y yo acostumbraba a acusarla, bromeando, de hacerme la
competencia. Pero en esta casa no se ha entregado a ninguna de esas prácticas. Claro
que Victorine se peleaba continuamente con Paulette a propósito de las hierbas del
jardín. Paulette acusa a Victorine de hacer brujerías. Paulette dice que el collar de
cuentas que Victorine lleva siempre está embrujado. Yo no sé nada sobre esto, pero…
pero sería mejor para Victorine, en esta ocasión, que los servidores de tía Rita la
quisieran. Estoy muy preocupado a propósito de esto y la verdad es que no sé qué
hacer.
—Bien, pero si la enfermera salió y dejó sola a su esposa… —empezó a decir
Patrick.
—¡No puedo creer tal cosa! —dijo Roger. Luego añadió—: Es seguro que la
policía la interrogará a usted. Jean. Ya puede usted figurárselo. Usted fué la que
encontró a Helen en el jardín. Tome la cosa con calma. Se lo digo por su propio bien.
Después de todo, ha recibido usted un golpe en la cabeza, y aunque no hay motivo r

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ara alarmar a nadie, a mí me gusta ordenar a todos los pacientes que han recibido
golpes en la cabeza que se queden en la cama durante algún tiempo…
Una luz verdosa brilló en los ojos de Patrick.
—Si Jean necesita quedarse en la cama, dígalo. La policía puede venir a
interrogarla aquí. Y pueden aplazar hasta mañana todo interrogatorio serio.
—No está mal —dijo Roger—. No creo que haya ningún peligro para Jean; el
golpe que ha recibido no es nada serio. Pero creo que si sufre dolor de cabeza o
simplemente se siente nerviosa, le asisten todas las razones para que, por esta noche,
sea excusada su presencia. Puede usted decir que yo lo he ordenado así. Ahora me
voy abajo. —Dió un paso hacia la puerta. Luego se volvió y dijo tranquilamente—:
Nos vieron ustedes a Carol y a mí cerca de la iglesia esta noche, ¿no es verdad? Sé
que nos vieron. Me di cuenta al ver cómo cambiaban súbitamente de camino.
¿Quieren ustedes hacer el favor de no mencionar esto en las declaraciones?
—Claro que no lo mencionaremos —contesté.
Patrick, que se sentía todavía irritado y no lo disimulaba, guardó silencio.
—Después de todo fue mía la culpa —dijo Roger—. Nunca nos habíamos
encontrado fuera de casa de esa forma. Nunca habíamos salido solos. Y… anoche…
Bien, yo lo arreglé. No hay que pensar mal de Carol.
—No, si no le vimos —murmuró Patrick, que estaba ya casi tranquilo—. ¿Quiere
usted beber algo, Roger?
—No, gracias. Si no le importa, lo dejaremos para otro día.
Y salió por la puerta de la galería.
Patrick permaneció inmóvil, apoyado en la chimenea. Yo estaba sentada en un
sofá cercano.
—¿Qué es, exactamente, lo que sucedió después que encontraste a Helen en el
jardín, Jean?
—Nada. Pensé que estaba muerta. Corrí a buscar a Roger, a la enfermera o a
alguien y, al atravesar el umbral de la puerta caí desmayada.
Patrick echó una rápida mirada a una de nuestras puertas vidrieras. Luego me
miró a mí.
—¿Viste u oíste algo?
—No. ¡Oh!, sí, oí una especie de crujido; los cortinajes, seguramente. Y también
olí algo, algo aromático y fresco… —Recordé que había visto a la enfermera entre las
matas de hierbas aromáticas—. Querido —continué—, la enfermera estaba siempre
tras esas hierbas. Lo que olí cuando entré en esa habitación sería seguramente un
manojo de hierbas frescas. Cuando volví en mí dejé de olerlas, pero Roger, que
estaba a mi lado, me daba a oler yodoformo, y éste despide un olor más fuerte que el
de las hierbas.
—Roger pondría las manos en el fuego por esa enfermera —dijo Patrick después
de una pausa—. He oído cómo la defendió de los ataques de Postgate.
—¿Cómo es el doctor Postgate?

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—Un individuo con aspecto de hombre importante. Tiene los ojos castaños y las
patillas del mismo color, con muchas canas.
—¡Oh!, entonces, ya sé cómo es. No me gustan las patillas, querido. ¿Me
prometes que nunca te dejarás las patillas?
—Te lo prometo. Con patillas o sin ellas, Postgate es sin duda un hombre de muy
buena reputación, y va a molestar mucho a esa enfermera.
Pero existía algo más.
—Pat, ¿es éste uno de los Estados en que uno no se puede divorciar de una
persona loca?
—No lo sé exactamente. Supongo que sí. En Luisiana hay todavía muchas leyes
extremadamente cómicas que datan del tiempo de Napoleón.
—¿Sería incurable la enfermedad de Mrs. Clary, Pat? Si era incurable, es una
suerte que haya muerto. Roger es un buen chico, y no era justo que se acabara la vida
para él. Y, además, está Carol…
Esa es la cuestión —dijo Patrick—. No me sorprendería nada que Wick diera
mucho que hacer a ese respecto. Le he visto abajo. Andaba alrededor de los médicos
mientras éstos prodigaban sus cuidados a mistres Clary. También estaba allí Carol…
Parece que es ayudante de enfermera, por lo que Roger ha querido que los ayudara.
—¿Se ha presentado Ava por fin?
—Los doctores no dejaban entrar a nadie en la habitación de la enferma, excepto
a Wick, a Carol y a mí. Tío George tomó asiento en el umbral y miraba al interior de
vez en cuando, pero no entraba en la habitación.
—Me intriga lo de Ava —dije—. Tío George ha dicho que Ava no estaba en su
habitación cuando él fué a despertar a Carol. Pero yo me inclino a creer que tío
George tiene razón. Tía Rita es tan amante de la familia que ha querido decir que Ava
estaba en su habitación para protegerla, caso de que lo necesitase.
—Es como una abuela —dijo Patrick.
El oído de mi marido era más fino que el mío, así que él oyó antes que yo a una
persona que se acercaba por la galería. Alguien llamó levemente a la persiana. Patrick
la abrió y dejó entrar a Carol Graham.
La joven llevaba todavía la camisa y los pantalones que se había puesto cuando
Roger la llamó desde el jardín para que la ayudara. Se volvió un momento para
observar si Patrick cerraba las piernas tras ella, y luego cruzó la habitación hacia la
chimenea. Dijo que no tenía tiempo para sentarse.
Carol era una muchacha de regular estatura, de ojos azules, cejas y pestañas
oscuras y espesas y una abundante cabellera de color castaño oscuro, que llevaba
cortada en flequillo sobre la frente, cayendo luego, larga y rizada, por su espalda.
Tenía una nariz corta y una boca amplia y bien formada, con lindos y blancos dientes.
Ava era muy hermosa, pero Carol poseía un rostro de los que cada vez gustan más.
La joven fué derecha al asunto que le llevaba allí.

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—Me vieron ustedes anoche con Roger, ¿no es verdad? —preguntó con voz
emocionada y temblorosa—. Estoy segura de que Roger no sabe que ustedes nos
vieron, pues de haberlo sabido habría hablado de ello inmediatamente. Yo me di
cuenta de que eran ustedes cuando se volvieron con tanta celeridad. He venido a
rogarles que no digan nada de esto a esos policías que van a venir a hacer una
investigación. Si pensaran que hay algo entre Roger y yo… Y no lo hay. Anoche fué
la primera y única vez que nos encontramos solos fuera de esta casa.
De repente se echó a llorar. Patrick, amablemente, la hizo sentar, le dió su propio
pañuelo y le dijo:
—Claro que no diremos una palabra.
—¡Qué tonta soy! —exclamó Carol enjugándose las lágrimas.
—No, no es cierto —le dije.
—Son ustedes muy amables —contestó Carol—. Me alegro de que fueran ustedes
quienes nos vieron.
—¿Alguna cosa más? —preguntó Patrick.
—¡Oh, no! Estuvimos juntos muy poco rato. Las puertas de Jackson Square
estaban abiertas y entramos allí a sentarnos durante algunos minutos. Entrar en esa
plaza después de las once de la noche es ir contra las ordenanzas, y creo que todo el
mundo obedece las leyes excepto nosotros. Me preocupo por Roger. Nosotros,
naturalmente, no sabíamos que Helen fuera a morir. Pero de la forma en que han
ocurrido las cosas, si la policía hiciera preguntas… Bien, si sospechan algo y la cosa
trasciende…, sería terrible para Roger. El asunto arruinaría su carrera. ¡Tanto cuidado
como tuvimos! Ni siquiera dejé a Roger que me acompañara hasta casa. Me vine
sola, y él se fué a dar un paseo antes de regresar, por si…
—Por si… ¿qué?
—No es muy agradable decir esto —continuó Carol—, pero tío George está
siempre dando vueltas por la casa y fisgando. Estoy segura de que cuando llegué a
casa estaba mirando por la ventana, pues al llegar al hall me lo encontré. Por cierto
que le pregunté si no le parecía que había tardado muy poco desde el hospital. —
Carol sonrió tristemente—. Conoce mis horas de salida, ¿saben? ¿Qué se apuestan a
que en este momento está ahí fuera, en el jardín, preguntándose qué diablos tengo que
decirles a ustedes?
—Puede decirle que recibí un golpe en la cabeza y que ha venido usted a
prestarme sus servicios.
Carol me dirigió una extraña mirada, y, de repente, se puso en pie y se marchó.
—¡Pobres muchachos! —exclamé compadecida. Patrick me preguntó de nuevo
qué clase de parentesco tenían y yo le contesté que si ellos no lo sabían, ¿cómo
diablos iba a saberlo yo? En aquel momento, un joven policía de uniforme pulsaba el
timbre de nuestra puerta para decirnos que abajo nos necesitaban.

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Nos dirigimos a la puerta a través del corredor, brillantemente iluminado por la araña
de cristal colocada en lo alto del hueco de la escalera de caracol.
La puerta del departamento de los Clary estaba abierta, y entramos.
Un hombre bajito, con patillas grises y vestido de gris, se hallaba frente a otro
individuo de abultadas y encarnadas mejillas, y vestido con el traje de verano de la
Marina, separados por la cama de Helen Clary.
Era una cama con barandas, como la de un niño. Muy cerca se veía una cama
portátil que debía de haber sido utilizada por la enfermera. Las sábanas estaban
cuidadosamente dobladas, pero en la cama de campaña no parecía haber dormido
nadie aquella noche.
El cuerpo de Helen Clary había sido cubierto con otra sábana, dejando fuera el
rostro. La muerta ofrecía un aspecto muy atractivo. Su pequeño e infantil rostro
aparecía tranquilo, con los ojos cerrados; su piel era clara y su corto cabello rizado
naturalmente, caía sobre su serena frente. En su boca había una sonrisa que sugería
un apacible carácter. Parecía tener veinte años. Más tarde me sorprendí cuando Roger
dijo que su mujer tenía veintisiete años. «¡Qué lástima! —pensé—. ¡Una juventud
malograda!».
Patrick hizo que me sentara en una silla junto a la puerta. Más tarde, debido a una
razón desconocida, me tocó en un hombro y me hizo una seña para que le siguiera
hasta el fondo de la habitación.
Desde aquel lugar podía ver perfectamente el rostro del detective. Este tenía los
ojos azul pálido y, bajo ellos, unas bolsas color castaño, lo cual se debía
probablemente a mal funcionamiento del hígado, lo que hacía que pareciera que
miraba de una manera especial e inquietante. Tenía los brazos demasiado cortos para
su grueso cuerpo. Sus manos eran muy pequeñas y las movía como se mueven las
aletas de los peces.
Carol Graham se encontraba no lejos del detective, y Roger Clary estaba cerca del
doctor Postgate.
Este tenía ojos de color de ágata, y al hablar movía sus rojos labios entre su
espesa barba. Estaba tan rígido que parecía inclinarse hacia atrás, y su barbilla
permanecía tan tiesa que parecía señalar un punto importante del cielo. Hablaba de
cosas que yo no comprendía, como metrazol, la terapia del shock, terapéutico,
hidrolizable y prostigmina. El detective tampoco sabía lo que tales palabras
significaban, y, moviendo sus manos, le interrumpía a menudo.
—¿En dónde compra usted el curare? —preguntó después de nuestra llegada.
El doctor Postgate contestó pacientemente:

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—Lo pido directamente al fabricante de Nueva York. Es muy importante recibirlo
fresco.
—¿Fresco? Yo pensé que el curare lo hacían los indios del Brasil o de cualquier
otro lugar.
—Sí, lo hacen los indios —repuso el doctor Postgate—, pero nuestros
comerciantes de drogas purifican y estandarizan el producto, que reciben en crudo,
para que pueda usarse en prácticas médicas con tranquilidad. Eso es lo que he
intentado decirle a usted. De mi maletín fueron robadas dos ampollas de extracto de
curare, que es la forma purificada. Pero ni siquiera en esa forma puede ser usada sin
peligro por nadie que no sea un médico de experiencia…
—¿Y cuáles son sus efectos?
—Paraliza los músculos. Una dosis elevada es peligrosa porque los músculos que
controlan la respiración quedan paralizados y el paciente se ahoga. Incluso para un
médico experto hay peligro en la droga, aunque ésta se halle en forma purificada, ya
que existe un estrecho margen entre una dosis que produzca algún efecto y la
cantidad que causa depresión respiratoria.
El capitán Jonas hizo un movimiento con la mano.
Perfectamente, perfectamente. Y usted cree que esta señora tomó demasiado, ¿no
es verdad?
—Así es. ¿Por qué si no iba a hacer llamar a la policía?
—¿Qué cantidad había en sus…? ¿Cómo las llama usted, doctor?
—Ampollas. Son botellas pequeñas. Temo que en las dos botellas hubiera
suficiente para matar a varias personas.
—¿Y usted cree que hace bien en llevar un líquido como ése en su maletín?
El doctor Postgate lanzó una exclamación.
—¡Mi querido señor! Todo maletín de módico lleva varias clases de drogas
peligrosas. No es frecuente que nadie robe en el maletín de un médico, pero lo cierto
es que yo tengo mucho cuidado con el mío. Mas algunas veces se ha de entrar en la
habitación contigua a la del paciente para decir algo que no desea que éste oiga. Por
lo general, la presencia de una enfermera es la salvaguardia de nuestro maletín. En
este caso no sé con seguridad lo que ha sucedido. Sólo sugiero que, considerando los
síntomas de la paciente y la sospechosa desaparición de la enfermera…
—Muy bien —contestó el capitán Jonas, el cual, volviéndose al joven de
uniforme, añadió—: Tome nota de la dirección y de las señas personales de la
enfermera, así como de todo lo que se relacione con ella. Y usted, comandante Clary,
cuénteme todo lo que sepa.
El joven policía era taquígrafo y sacó un cuaderno de notas.
Roger avanzó un paso, y, evitando mirar al cadáver de su esposa, declaró que el
apellido de Victorine era Delacroix. Victorine tenía unos treinta y cinco años, según
creía. Había nacido ciudadana francesa, pero recientemente se había naturalizado
como norteamericana. No estaba casada, según sus noticias. Sólo hablaba francés, lo

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cual le bastaba en aquel barrio donde, por lo general se empleaba solamente un patois
francés. Era bajita —su estatura no llegaba a los cinco pies—, delgada y tan negra
que parecía azul. Su carácter era más bien taciturno. Tenía alquilada una habitación
en la calle Dauphine, donde guardaba sus cosas y le servía para dormir cuando, por
haber dos enfermeras en la casa, era relevada con regularidad. Había llegado al país
en compañía de una familia francesa de la que era niñera, y se había quedado en él
porque creyó que en los Estados Unidos vivirían mejor. En casa de los Clary había
desempeñado al principio el cargo de cocinera y de ama de llaves. Mistress Clary se
puso enferma, y así permaneció mucho tiempo, casi cuatro años, y cuando, a causa de
la guerra, empezaron a escasear las enfermeras, Victorine Delacroix desempeñó el
cargo con tal pericia que Roger se había quedado asombrado.
—Cumplía las prescripciones con toda exactitud. Y, lo que era mejor, había
tomado gran cariño a mi esposa. Eso es muy raro tratándose de un paciente con las
facultades mentales trastornadas —añadió Roger.
El doctor Postgate, por su parte, estuvo de acuerdo en que era muy raro sentir
cariño por un paciente loco, pero añadió que no estaba seguro de que la enfermera
siguiese minuciosamente las prescripciones facultativas. Concedió, sin embargo, que
la enfermera había cuidado bien a su paciente y que no la dejó sola en ninguna
ocasión anterior. Luego habló Roger de nuevo. Dijo que, según creía, Victorine no
tenía pacientes en el país, ni tampoco amigas, pues no era mujer que hiciera
fácilmente amistad con nadie. El joven policía escribió todo lo que se dijo. El hogar
de los Roger Clary estaba situado en Martinville.
—¿Qué es lo que le hace a usted pensar que Mistress Clary fué envenenada con
curare? —preguntó Jonas al doctor Postgate.
Este suspiró.
—Los síntomas generales, y, sobre todo, la extrema relajación de los músculos
del cuello. Nos fijamos en esto. ¿Lo recuerda?
—¿Cómo administraba usted la droga?
—Ya le dije que en inyecciones intravenosas.
—¿Había en el cuerpo de la difunta alguna señal de una inyección reciente?
—Ninguna. Pero al caer por la escalera se hirió en un brazo.
—Borrando así la evidencia de una señal de inyección, ¿verdad? ¡Qué
coincidencia! ¿Cuánto tiempo hace que le administraba usted esa droga a Mrs. Clary?
El doctor Postgate se mordió sus rojos labios, escondidos en el nido formado por
la grisácea barba.
—Sólo usaba el curare en mi clínica. Ya se lo dije a usted. Y también le dije que,
en este caso, no había empleado todavía el extracto. Esta medicina, ¿comprende
usted?, se administra, durante el shock terapéutico, para…
El detective movió las manos y exclamó:
—No, no comprendo. Guarde todas esas fantasías para el médico forense, doctor.
¿Puede cualquiera comprar ese veneno en una farmacia?

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—Debo confesar que si —contestó el doctor Postgate.
—¿Sabía eso la enfermera?
—Lo ignoro. —El doctor Postgate se está poniendo nervioso—. Lo que sí sé es
que la enfermera me oyó un día discutir acerca del curare con el doctor… con el
comandante Clary.
—Pensé que la enfermera hablaba sólo el francés.
—¡También yo hablo el francés!
—¿Y hablaban usted y el comandante en francés en esa ocasión?
—¡Claro que no! —El especialista en enfermedades mentales se irritaba cada vez
más—. Pero el curare se llama curarine en francés, y esta palabra suena de un modo
muy parecido a como nosotros llamamos al veneno. Se dice que el curare se usa en
las brujerías tan comunes en las Indias Occidentales, y si es verdad que esta
enfermera había practicado la magia negra, puede haber cogido mi curare con la idea
de preparar algún brebaje de los que hace la gente ignorante, con la idea de curar a
Mrs. Clary… Esto ya se lo dije al principio, ¿no lo recuerda?
—Escriba todo esto —dijo el detective al joven policía.
A continuación hizo que escribiera una descripción de las ampollas: pequeñas
botellas de vidrio claro llenas de líquido transparente y con un tapón de goma, en el
que se clava la aguja de una jeringuilla de inyecciones para llenarla.
—Muy bien —dijo finalmente—. Con esto basta. Ahora vamos a lo que importa
en realidad. ¿Quién podía desear que Mrs. Clary muriera?
Se oyó un rumor que terminó en un pequeño golpe que sonó en las cerradas
persianas de una de las puertas vidrieras.
El detective avanzó hacia la puerta. Patrick aprovechó este movimiento del
detective para agacharse, coger algo que había escondido antes bajo su pie, y
metérselo en el bolsillo.
El detective abrió una de las hojas de la persiana. En la parte exterior, parecido a
un globo con su blanco albornoz, estaba tío George.
El detective fijó su extraña mirada en Mr. Sears durante un momento; después le
invitó a entrar.
—Entre usted también —añadió dirigiéndose a alguien que estaba más lejos.
Toby Wick, que era el interpelado, contestó con su acostumbrada insolencia desde
la veranda:
—Me hallo perfectamente donde estoy, gracias.
—¿Qué está usted haciendo aquí, Wick?
—Da la casualidad de que vivo aquí —contestó Toby.
—Algunas personas no parecen estar muy bien educadas —replicó Jonas.
El detective cerró de nuevo las persianas y volvió al lado de la cama. Como no
había ninguna silla lo suficientemente amplia para que el tío George pudiera sentarse,
éste se quedó en pie, cerca de la puerta. Sus pequeños ojos lo inspeccionaban todo
con atención.

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—¿Tiene usted algún inconveniente en que se cubra el rostro de mi esposa? —
preguntó Roger de pronto.
—No, ninguno —contestó Jonas, que levantó un extremo de la sábana y tapó
delicadamente el rostro de la muerta—. Vamos a ver —prosiguió—: Hablábamos de
los posibles motivos. ¿A quién favorecería la muerte de esta mujer? —Miró en torno
suyo y sus ojos se detuvieron en Roger—. Tengo un hermano en el barrio de
St. Martin —dijo—. A veces voy por allí a pescar. He oído por casualidad que su
esposa era muy rica, que poseía dinero propio, comandante Clary. —Cerró una de sus
pequeñas manos y dió con los nudillos en la palma de la otra—: ¿Se beneficia la
enfermera con esta muerte? —preguntó.
—¿Beneficiarse? Preguntó Roger a su vez.
—¿Se menciona a la enfermera en el testamento de Mrs. Clary?
—Mi esposa no ha hecho testamento —contestó Roger.
—Ya —dijo Jonas.
Pero sus claros ojos no se apartaron de Roger.
—¿Muchos parientes? —volvió a preguntar.
—No tiene ni un pariente en el mundo.
—Entonces, sólo usted sale beneficiado con su muerte.
—¿Por qué dice usted esas cosas tan terribles? —terció Carol Graham dando un
paso hacia el detective.
Los redondos ojos de éste se posaron en Carol y estudiaron a la joven.
—El asesinato es un asunto muy feo, señorita. Tal vez es usted demasiado joven
para darse cuenta de ello.
Tío George volvió a lanzar otra de sus oportunas carcajadas.
El doctor Postgate se mezcló en la conversación.
—Vamos, oficial. No me gusta que meta en ningún lio a esta familia. Es una
buena familia, una de las mejores y más antiguas, como seguramente sabe usted muy
bien. Pedí que viniera la policía sólo porque sospechaba de esa enfermera. No es que
ahora quiera decir que esté seguro de que es culpable. El comandante Clary insistió
en que era digna de toda confianza, pero a mí no me ha convencido. La ignorancia es
algo muy peligroso. —Hizo una pausa para dejar bien sentado lo que acababa de
afirmar. Yo, en mi fuero interno, resolví que miraría en mi diccionario, en cuanto
tuviera ocasión, el significado de las palabras metrazol, hidrolizable y prostigmina.
Postgate continuó hablando—: Bien, oficial, la enfermera se ha marchado. ¿A dónde?
¿Por qué? Abandonó a su paciente, que parecía hallarse completamente indefensa. La
verdad es que la tal mujer es poco más que una salvaje…
—¡Oh, doctor! —protestó Roger.
—Una salvaje capaz de sentir cariño —corrigió el doctor Postgate—. Pero con la
superstición de una salvaje. La práctica de la hechicería, o brujería, si lo prefiere así,
está muy extendida en las islas de las Indias Occidentales. Algunos dicen que se

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practica mucho en Nueva Orleans. Pero lo que yo digo es que debemos encontrar a la
enfermera y obrar en consecuencia.
—Bien, todo esto me suena a griego —dijo alegremente Jonas—. Pronto estará
aquí el médico forense y ya se las entenderá usted con él, doctor. ¿Cómo empezó la
enfermedad de su esposa, comandante Clary?
Roger, haciendo un esfuerzo para dominar su turbación, contestó con voz
tranquila:
—Empezó con un ataque de encefalitis.
—¿Y qué es eso?
Una especie de inflamación del cerebro. Le parecerá a usted un poco vago, pero
creo que el doctor Postgate estará de acuerdo conmigo en que sabemos muy poco
sobre las infecciones del cerebro; algún día sabremos más. Por entonces, mi esposa
estuvo grave durante algunas semanas. Cuando se levantó de la cama había perdido
completamente la memoria. Quedó como un niño. Nunca se mostraba violenta ni se
sentía desgraciada.
—Un caso muy interesante —afirmó el doctor Postgate.
—¿Y nunca pensó usted en recluirla en alguna clínica o casa de salud? —
preguntó Jonas.
Roger titubeó un poco antes de contestar.
—Vivíamos en una casa muy grande…
—Sí, ya sé —respondió Jonas—. Todo el mundo conoce la finca Winwood en su
demarcación, comandante Clary. Su esposa era una Winwood, ¿no es verdad?
—Puesto que lo sabe usted todo —exclamó Roger ásperamente—, sabrá usted
también que en aquella casa había espacio suficiente para que mi esposa dispusiera de
un ala entera para ella, exclusivamente para ella y sus enfermeras. Después de todo,
se trataba de su casa y de su dinero, ¿sabe usted?
—Me alegro mucho de que reconozca usted esto, comandante. ¿Ha dicho usted
enfermeras? ¿Llama usted enfermera a una negra que cree en brujerías?
—¡Vaya usted a paseo! —exclamó Roger de súbito.
El policía joven no dejó de anotar en su cuaderno la última frase de Roger.
Miré a Carol. La joven dirigía a Roger una mirada suplicante en la que se leía su
cariño y su ruego de que obrase con cautela.
Los ojos de tío George iban de uno a otro, escudriñándolo todo.
Patrick, un poco desdeñoso, conservaba la serenidad.
—¿Es necesario que permanezcamos en esta habitación? —preguntó Roger.
El detective, sin hacerle caso, empezó a dirigirme preguntas. Le conté lo del
ruido. Mi apresurada bajada al jardín y mi creencia, después de haberla examinado,
de que Mrs. Clary estaba muerta. Conté lo de la sangre. Jonas volvió a interrogar a
los otros a propósito de la sangre. El doctor Postgate corroboró lo dicho por Roger
sobre el arañazo que Helen se había producido en el antebrazo. Yo acabé mi
declaración contando lo de mi entrada en la casa en busca de ayuda y lo relativo a mi

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desmayo, resultado de la caída de la barra del cortinaje, así como mi despertar
oliendo yodoformo. Pude precisar la hora exacta: las dos. El comandante Clary se
había reunido conmigo poco antes de que el reloj diera las dos y cuarto, así que yo
había estado desmayada muy poco tiempo, de tres a seis minutos solamente.
—¿Venía usted de su hospital, comandante Clary? —preguntó Jonas.
—Sí.
—¿A qué hora salió usted del hospital?
—No lo sé con exactitud —contestó Roger.
—¿Toman nota allí de las entradas y salidas?
—¿Cómo? ¡Ah, sí, naturalmente! Se trata de un hospital militar.
—Vino usted en autobús.
—No, en mi coche —le interrumpió Roger con impaciencia—. Lo dejé en el
garaje.
—¿Qué garaje es?
—El Monteleone, en la calle Iberbille. ¿Qué tiene que ver eso?
—Es un buen sitio para dejar su coche en estas circunstancias, comandante Clary.
En ese garaje toman nota de la entrada de todos los coches. Ahora, si una vez
comprobada la hora en que salió usted del hospital y la hora en que dejó el coche en
el garaje, le queda tiempo razonable, tendrá usted una coartada excelente,
comandante.
Carol Graham dió una patada en el suelo.
—¡Habla usted como si fuera un criminal!
El capitán Jonas dirigió a la joven una larga mirada.
Se oyó un ligero ruido tras de la puerta y apareció un hombrecito de facciones
enjutas que vestía un arrugado traje. Era el doctor Ambrose Durand, médico forense
de la policía.

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Fué en aquel momento cuando el detective capitán William Henry Jonas empezó a
tratar a Patrick como a un experto asesor en el caso del asesinato de Helen Clary. El
detective tenía una excelente memoria y reconoció a Patrick por las fotografías que
habían sido publicadas con motivo de un asesinato ocurrido en California algunos
años atrás, caso que Patrick había resuelto satisfactoriamente, realizando lo que el
capitán llamaba un bonito trabajo.
Más tarde, cuando los otros no nos oían, preguntó si mi marido era Patrick
Abbott, el detective privado de San Francisco. Manifestó que los militares estaban
procediendo con su natural torpeza al mantener a un hombre como Patrick en Nueva
Orleans. Luego, con una agudeza que no tardamos en darnos cuenta que nunca le
faltaba, añadió que Alemania sabía lo que hacía cuando poco antes de la guerra envió
a uno de tus más inteligentes diplomáticos como cónsul a Nueva Orleans, lo que
probaba que se había dado cuenta de la complicada red de comunicaciones marítimas
que avanzan por Luisiana procedentes del Golfo. Patrick se limitó a asentir.
La camaradería que el capitán Jonas mostró con nosotros hizo que me sintiera
molesta.
—Escucha —le susurre a Patrick mientras estábamos en la habitación de Helen
Clary, poco después de haber entrado el forense—, nosotros somos los únicos que no
formamos parte de la familia en esta casa, exceptuando a Toby Wick. Debemos tener
mucho cuidado.
Patrick asintió en silencio. Poco después salió de la habitación para ir a nuestro
departamento, regresando al poco rato.
El capitán Jonas, una vez hubo puesto en antecedentes al forense de la policía,
vino hacia nosotros y propuso a Patrick tomar una taza de café en el «Morning Call»,
situado en el mercado francés. Patrick respondió que yo no estaba en disposición de ir
tan lejos después de haber recibido un golpe en la cabeza. El detective, un poco
corrido por no haberme incluido en la invitación, se vió obligado a decir que
podríamos utilizar su coche. Mientras tanto, tío George, se había trasladado a otro
lugar, desde donde podía oírlo todo con más comodidad. Insistí en que, de todas
maneras, no debíamos ir. Pero acabamos por aceptar.
Cuando salimos de la casa en compañía del capitán Jonas, Roger Clary nos vió
marchar y enarcó las cejas.
En la casa no quedó ningún policía. En un puesto estratégico de la calle Dumaine
se hallaba uno vestido de paisano, pero Jonas no se arriesgó a decírnoslo a causa de
mi presencia. En realidad, no sentía ánimos para salir, pero tuve que hacerlo porque
Patrick pensaba que lo que había ocurrido no era ni más ni menos que un asesinato, y

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deseaba saber lo que el detective tenía que decir; por otro lado, no quería dejarme
sola en nuestro departamento.
En las cercanías del mercado, el barrio francés pierde su elegancia y se convierte
en un lugar a propósito para que paseen por él pillos y ladronzuelos. En aquella
madrugada, la luz amarilla de la luna jugaba con los complicados trabajos de forja de
los balcones de las antiguas casas. Los faroles, demasiado espaciados en aquel lugar,
ardían con luz débil. En la oscuridad distinguíanse puertas enrejadas y patios
malolientes. Pero el depresivo olor del mercado de pescado dominaba todos los
demás olores.
Patrick decía siempre que aquella parte de Nueva Orleans le hacía pensar en
Marsella a causa de su olor y también porque eran frecuentada por los sin hogar y los
vagabundos e incluso, en muchas ocasiones, como sucedía en aquélla, por marineros
franceses, todos con su roja borla en la gorra.
A pesar de ser las tres y media de la madrugada, las calles de los alrededores del
mercado estaban llenas de automóviles y de peatones, y en el café veíanse muchos
trabajadores del mercado, pescadores, noctámbulos todavía en traje de noche y
mujeres de vida alegre, amén de más marineros franceses y americanos. En dicho
café servían unos sabrosos buñuelos, cuyo agradable olor, mezclado con el del café,
llenaba la atmósfera del local.
El capitán Jonas se las arregló para encontrar enseguida una mesa. Yo me tomé
algún tiempo en admirar, como siempre, el viejo y pulido mármol de los mostradores,
los grandes espejos de las paredes y los inmensos azucareros de plata.
—Ya sabía yo que no estaba de humor para trabajar esta noche, teniente Abbott
—dijo Jonas, mientras un camarero dejaba sobre la mesa tres tazones de café y una
bandeja con seis buñuelos. Jonas los espolvoreó con azúcar y se comió dos. Luego
dijo—: Cuando recibí el aviso me encontraba en el banquete de los Roosevelt, pues
uno de los muchachos ha venido con permiso a su casa procedente del otro lado del
mar.
Siguió hablando. No dijo nada más del invitado de honor, o sea, del muchacho
recién llegado, pero nos contó relamiéndose todo lo que sirvieron para comer. Una de
sus pequeñas manos jugaba con el clavel que adornaba su solapa azul.
—Habíamos empezado a tomar los licores cuando telefoneó el jefe. Así, pues, no
me presenté de muy buen humor en la escena del crimen. —Y añadió—: Porque ha
habido un crimen.
Para cambiar de conversación y no hablar del crimen, yo conté que, por nuestra
parte, habíamos cenado en «Arnaud’s», y que para la noche siguiente, o sea, para la
noche de aquel día, teníamos reservada una mesa en «Antoine’s».
—¡Felices ustedes! —exclamó el capitán Jonas con verdadera envidia.
Mostró luego una expresión pensativa, mientras se comía dos buñuelos más de
los que nos correspondían a nosotros. Cuando pasó un camarero le pidió más
buñuelos.

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—Teniente Abbott, ¿qué sabe usted sobre los criollos? —preguntó después.
—Sé que son blancos, y, por lo general, de origen francés —contestó Patrick.
—No puede usted menos de saber, además, lo que la gente dice sobre ellos —
tercié yo—. La gente de aquí cree que los del norte piensan que los criollos son
negros.
—No me refiero a eso —dijo Jonas—. Me refiero a la manera de actuar entre
ellos. Nunca se delatan unos a otros cuando existe un lazo de sangre. Los criollos
aman dos cosas: su familia y su dinero. También les gusta guardar las apariencias.
Son capaces de hacer que una niña lleve durante años y años nada más que vestidos
hechos de tela de saco para poder celebrar dignamente el día de su boda. La idea es
ahorrar dinero mientras es pequeña, para que pueda vestir de seda y de raso durante
su luna de miel.
—Eso demuestra carácter —dije.
Jonas me miró extrañado. Me di cuenta de que no creía que una muchacha tuviera
que tener carácter.
El detective continuó hablando:
—Si en el mundo hay algo difícil es enfrentarse con un caso en el que intervienen
criollos. Y no cabe duda de que esa mujer ha sido asesinada, teniente. La razón está
clarísima. Tenía mucho dinero y estaba mal de la cabeza. Una inteligencia criolla
podía figurarse que no tenía ningún sentido recluir a la enferma en una costosa casa
de salud, desperdiciando la cantidad que ello costaría, cuando era tan fácil quitarla de
en medio. Vamos a los hechos: ¿qué es lo que saben ustedes?
Sus fríos e inquisitivos ojos no dejaban de observarnos.
Yo miraba mi tazón de café. Patrick, por su parte, nos ofreció cigarrillos y nos dió
lumbre.
—Temo que no pueda ayudarle mucho, capitán Jonas —dijo Patrick—. Hace muy
poco tiempo que vivimos en la casa. Incluso ignorábamos cuál era la enfermedad que
aquejaba a Mrs. Clary; no lo hemos sabido hasta esta noche.
El detective sonrió.
—¡Hubiera apostado algo a que no lo sabían ustedes! ¿Cuánto pagan ustedes de
alquiler?
Patrick se lo dijo y el detective continuó:
—Demasiado. Ustedes no habrían alquilado las habitaciones a ese precio si
hubieran sabido que había una loca en el piso de abajo, ¿no es cierto?
—Claro que no lo habríamos alquilado —contestó Patrick—, pero no por el
precio sino por la loca. El departamento es excepcionalmente hermoso, muy fresco y
muy cómodo, pero yo no habría querido que mi esposa se quedara sola en esa ala del
edificio habiendo una loca en el piso de abajo. Así se lo he dicho a Clary esta noche.
—¿Sabe Clary que es usted detective en la vida privada?
El capitán Jonas se sintió halagado por la sonrisa de Patrick.
—Usted es el primero en Nueva Orleans que me ha hablado de ello.

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—Pensé que quizá Clary le llevó a vivir a la casa a propósito, teniendo el
asesinato ya planeado con la idea de utilizar sus servicios cuando llegara la hora. ¿Le
aprecia usted?
—Mucho. Y también le admiro. Está llevando a cabo en su hospital un excelente
trabajo.
Jonas se dedicó a aligerar una nueva bandeja de buñuelos.
—Mientras más listo sea, más difícil será cazarle. Pero quizá no sea tan listo.
—¿Cree usted que Roger Clary mató a su mujer, capitán Jonas?
—¿Por qué no iba a hacerlo? Estaba loca. Más parecía muerta que viva. Él es
médico. Conoce muchos caminos para llevar a cabo tal cosa. ¡Curare!… ¡Cómo en
las novelas! —Y Jonas movió las manos según su costumbre—. Su equivocación ha
sido hacer desaparecer a esa enfermera. Si ésta no ha abandonado a su paciente
durante años, ¿por qué iba a hacerlo cuando daba la casualidad de que ésta iba a
morir, sin que hubiera alguna causa especial? Alguien le diría que se marchara. Sería
un milagro que no se haya llevado una fuerte suma en el bolsillo. Y eso no es, en
modo alguno, un signo de listeza, teniente. Clary hubiera debido arreglárselas sin
desembarazarse de la enfermera, para que ésta pudiera declarar en su favor.
—¿Cree usted que el comandante Clary robó el curare al doctor Postgate?
El capitán negó con la cabeza.
—No. Ese descuidado perdió el líquido en cualquier parte. Lo natural es que el
comandante empleara su propio extracto de curare, Mrs. Abbott. Quizá lo compró en
una tienda de drogas. Tal vez lo sacó del hospital, donde debe de haber tanto como
para no echarlo en falta.
—Pero usted puede encontrar a la enfermera, ¿no es verdad? —preguntó Patrick.
—Escuche, teniente. Nueva Orleans mantiene un record en todo el país en lo que
respecta al descubrimiento de homicidios. —Yo fruncí el ceño, y el capitán procedió
a explicar lo que había dicho—. Tenemos un porcentaje bajísimo de asesinatos sin
resolver. Encontraremos a la enfermera. No perderemos ese record por cruzarnos de
brazos y tomar las cosas tranquilamente. Esta es una ciudad muy poblada, y resulta
difícil localizar a las personas, pero nosotros conocemos bien nuestro oficio.
Extenderemos una red. Encontraremos a la enfermera y hablará. Los periódicos no
hablarán de este caso hasta que no esté resuelto. Lástima de que se trate de una mujer
procedente de las Indias Occidentales, pues son más difíciles de dominar que los
negros de Luisiana. Pero ya encontraremos el medio de hacerla hablar.
Sentí piedad de la enfermera.
—¿Es verdad que los indios occidentales usan curare en la magia negra?
Jonas movió una de sus manos.
—Probablemente, pero eso no representa nada en este caso. Clary mató a su
esposa. Es muy listo. Quizá fué él mismo el que deslizó en la vieja mente de Postgate
la idea de que la enfermera robó el curare, así como lo de la magia negra y todo lo

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demás. —De nuevo escudriñó nuestros rostros con sus fríos ojos—. ¿Qué hay entre el
comandante Clary y esa muchacha de cabello castaño?
Pisé a mi marido por debajo de la mesa y me apresuré a responder.
—¿Carol? ¡Oh, son parientes!
Jonas me miró significativamente.
—Actúan como criollos, Mrs. Abbott. Procuran que el dinero se quede en la
familia.
—¿Está usted seguro de que la enfermera dejó la casa? —preguntó Patrick—.
Tengo entendido que no ha hecho usted un registro.
—No hay necesidad de hacer un registro. Sólo hay una puerta para entrar y salir
de la casa, así que, en mi opinión, es más juicioso hacerse el tonto y tener a un
hombre observando quién sale y quién entra en ella. Pero el viejo George Sears a vió.
Alguna vez les contaré algo sobre George Sears. Sears dice que la enfermera salió
diez minutos después de las doce, y que él la vió a través de una ventana de la
fachada principal. Vamos, hablen claro. ¿Qué me ocultan ustedes sobre Clary y la
muchacha de cabello castaño?
—¡Nada! —contestamos ambos a la vez.
Jonas sonrió amargamente y no insistió.
—¿Se dan ustedes cuenta de que la muerte de su esposa convierte a Clary en un
hombre muy rico?
—No creo que a él le importe mucho el dinero —contesté.
—Señora —replicó él—, si piensa usted eso es que no sabe nada sobre los
criollos franceses. A todos les gusta el dinero.
—Bien, con un poder notarial, él podía disfrutar de todo el dinero de su esposa sin
necesidad de asesinarla —dijo Patrick—. Y si ella no tenía parientes, ¿qué
inconvenientes había?
—Escuche, teniente Abbott: al comandante Clary le estorbaba su esposa. He aquí
por qué les he preguntado antes qué había entre él y la muchacha del pelo castaño.
Esta ha salido siempre en su defensa cuando yo le interrogaba. Y es muy bonita,
aunque no tan bonita como la otra. A propósito, ¿en dónde se había escondido la otra?
—Patrick y yo dijimos que lo ignorábamos. Jonas continuó—: Por lo general,
siempre que Wick está en la casa, la otra no tarda en aparecer. ¡Qué cosa tan rara
tratándose de mujeres bonitas! Más que muchachas formales y de su casa parecen
unas casquivanas. Recuérdenme más tarde que tengo que decirles algo sobre nuestro
amigo Toby Wick. Ahora volvamos a Clary. Si su esposa se había vuelto loca después
de casados, él podía haber hecho que se anulase el matrimonio o bien irse a otro
Estado y hacer que le divorciaran para casarse con esa otra muchacha. Yo no le
hubiera criticado por ello. La muchacha es muy bonita, aunque su hermana lo sea
más. Pero si la loca se moría, él podía casarse con la otra inmediatamente y, además,
quedarse con todo el dinero. ¿Está esto claro?

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—Me hago cargó de su punto de vista —dijo Patrick—. Pero, sin embargo, mi
esposa tiene razón al afirmar que el dinero deja indiferente a Clary.
—Eso no es más que guardar las apariencias; ya le he dicho antes que las
guardan, teniente. Eso es como los trajes de tela de saco para causar sensación veinte
años después. Los criollos nos ofrecerán de beber o algo por el estilo, y después, en
privado, se impondrán las mayores privaciones para equilibrar aquel despilfarro.
—Es posible —contestó Patrick.
Me hubiera gustado que Patrick no le diera la razón. Jonas me infundía miedo.
Era demasiado terco. Hablaba como si sólo hubiera una clase de criollos; es decir,
que todos, sin excepción, eran amantes de su familia, amantes del dinero y les
gustaba fanfarronear un día. Pero, bien mirado, aquellos descendientes de los
franceses eran americanos hacía ciento cincuenta años, así que debían de haberse
americanizado un poco. Quiero decir que no serían tan parecidos uno a otro como
Jonas afirmaba, el cual parecía creer que había vivido en una isla incomunicada.
—¿Y en esa casa no hay ninguna otra persona que se beneficie con la muerte de
Mrs. Clary? —preguntó Patrick.
—Claro que sí —contestó Jonas—. Todos se beneficiarán. Son parientes. Clary se
cuidará de que no les falte nada. Pero no olviden que hay dos personas además de
ustedes, que no llevan su sangre; el viejo George Sears y Toby Wick.
—¿Y los criados?
—No cuentan. Los negros sirvientes en una familia criolla son más criollos que
los mismos criollos. Ya hablaremos de Sears a su debido tiempo. La prisa hace a
veces desperdiciar tiempo, como usted sabe muy bien, teniente Abbott.
El detective se bebió una tercera taza de café y volvió a pedir buñuelos. Instigada
por él, volví a relatar mi historia sobre el encuentro del cuerpo de Mrs. Clary y sobre
el golpe que recibí en la cabeza. Me sentía aburrida de tanto repetirlo. Jonas escuchó
atentamente y no hizo ningún comentario.
No dije que alguien andaba por nuestro departamento por las noches debido a la
simple razón de que no se lo había contado a Patrick. Además, aquello no tendría
seguramente ninguna relación con la muerte de Mrs. Clary.
—Háblenos por fin de Mrs. Sears —dijo entonces Patrick.
—Sears ha derrochado dos grandes fortunas —dijo Jonas—. Procede de otra
antigua familia de aquí, una de las familias enriquecidas por el azúcar, que edificaron
esos hermosos edificios en Garden District hace ochenta o noventa años. Heredó
mucho dinero, tanto de su padre como de su madre. Sospecho que cuando misa
Dollie Clary se casó con George Sears todos pensaban que hacía una buena boda.
Esto pertenece a un tiempo no conocido por mí, pero sé perfectamente la forma de
trabajar de sus mentes. Pero parece que George no tardó en verse apurado. Jugaba. Y
acabó siendo expulsado del club a que pertenecía por habérsele descubierto haciendo
trampas. ¿Se ha fijado usted en sus manos, teniente? Están hechas para manejar
diestramente los naipes. —Era verdad. Se trataba de unas hermosas manos, flexibles

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y con los dedos largos, que contrastaban con aquel cuerpo en forma de globo—. Mr.
Sears y su esposa estuvieron siempre haciendo viajes de aquí a París y de París aquí,
y reconozco que, después de lo que pasó en el club, tendría que serles más agradable
vivir en el extranjero. Sea lo que fuere, permanecieron mucho tiempo fuera de aquí.
Llegaron dos años antes de estallar la guerra, y la vieja miss Clary los acogió en su
casa… como era natural, ya que eran de la familia. Los criollos miran mucho por su
parentela.
—¡Creo que eso es algo excelente! —exclamé.
—Nadie dice que no lo sea, Mrs. Abbott. Admiro, lo mismo que usted, esa
cualidad. Sólo que, naturalmente, ellos obran así con objeto de mantener un frente.
Los Sears dicen que vinieron a casa de miss Clary en plan de visita y que ahora están
esperando que se acabe la guerra para regresar a Francia.
—¿Y cómo está usted tan enterado respecto a Sears? —preguntó Patrick.
Jonas sonrió.
—Cuando acepté el cargo que ocupo sabía muy bien cuál era mi obligación. Y
ahora sigo enterándome con mucho interés de todo lo que pasa en el barrio. Sigue
siendo mi obligación. Además, dicho sea entre nosotros, Sears se vió envuelto en un
pequeño asunto feo el año pasado a propósito de una deuda. Falsificó la firma de un
amigo suyo en un cheque. La cosa no trascendió, ya que lo arreglaron entre ellos,
pero yo me enteré y lo archivé en mi memoria. De su esposa no hay nada que decir.
Es un poco tonta, se tiñe el pelo, se acicala y se pone de veinticinco alfileres, pero no
hay nada que decir de ella. En cuanto a miss Marguerite Clary, es una anciana
admirable, sólo que…
—¿Qué? —preguntó Patrick cuando Jonas se interrumpió.
Jonas iba a explicarse, pero antes de que tuviera tiempo de hacerlo se presentó el
camarero para decir que llamaban por teléfono al capitán. Este se apresuró a acudir al
aparato, situado cerca de la caja. El teléfono estaba a la vista de todos los que se
encontraban en el café, y el capitán, después de cambiar unas frases con el que le
había llamado, colgó el aparato y salió del café camino de Decatur Street. Iba a
llamar desde un teléfono privado, según supimos más tarde.
—Tiene muy imbuida la idea de que Roger es el asesino —dije.
—Eso parece —contestó Patrick.
—¿Es de buen detective mostrar las cartas de esa forma?
—Quizá no se las mostraría a cualquiera. No me gustaría estar en lugar de Roger.
—Tú sabes que no ha cambiado el crimen, querido —dije. Patrick me miró con
expresión preocupada—. Pero… ¡si él no pudo hacerlo, querido! Él es… Bien, es tu
amigo, así que… ¿Por qué soy la única en defenderle? En realidad, estoy más
preocupada por Carol que por él. Es tan buena muchacha… Y apostaría algo a que es
la primera vez que se enamora y que todo lo que pasa la impresiona terriblemente…
¡Querido, debes hacer algo!
—Ahora estoy muy atareado —contestó Patrick secamente.

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Recordé que, efectivamente, estaba muy atareado. Los asuntos de guerra debían
ser primero.
—¡Oh, querido! ¿Por qué… por qué nos encontramos metidos en este lío? Lo
probable es que estemos aquí solamente unas cuantas semanas… La ciudad es muy
interesante… ¿Por qué no nos podemos divertir sin preocupaciones, comiendo en los
restaurantes franceses y admirando las antigüedades de la calle Royal como las
demás personas?
—Aquí llega Jonas —dijo Patrick.
—Garçon! —llamó Jonas mientras se acercaba a nosotros.
El capitán poseía, al andar, un magnífico aspecto. Sus piernas parecían más
eficaces que sus flotantes manos.
—La cuenta, garçon —dijo— y de prisa. —Tomó asiento y continuó diciendo—:
Parece que el especialista de enfermedades mentales, o sea, Postgate, desea asistir a
la autopsia del cadáver, pues quiere observar bien el cerebro. Seguramente es una
buena idea. Si observa ese cerebro, tal vez pueda curar algún otro caso. Pero resulta
que le han llamado urgentemente de su hospital, y ahora desea saber si pueden hacer
la autopsia a las ocho de la mañana. Ahora son las cuatro de la madrugada. Le he
dicho que muy bien. Después de todo, no hay miedo de que Mrs. Clary se escape.
—Cuando se marchó usted a telefonear iba a decir algo sobre tía Rita, o sea, miss
Margarite, según creo —dije.
Jonas me miró. Las oscuras bolsas que había bajo sus ojos contrastaban con el
azul pálido de sus pupilas.
—Dije que era una anciana admirable.
—Mas añadió usted un pero.
La torcida sonrisa de Jonas ensanchó sus quijadas.
—Es usted una damita muy inquisitiva. Bien, acabaré lo que iba a decir. ¿Por qué
permite que Toby Wick viva en su casa? ¿Y por qué deja que su sobrina, la más
hermosa, no salga del «Ángel Bueno»? Ese lugar es peor de lo que parece. Es uno de
los peores sitios de la ciudad. Y créame que en ella hay muchos sitios malos.
—Quizá la tía no sepa que Ava va allá —dije.
—Todos lo saben. Claro que ella también debe de saberlo. Se lo habrá dicho su
hermana, Mrs. Sears. Mrs. Sears sale y entra, ¿sabe usted? Ella y George van allá
muy a menudo. Sin duda siente mucha simpatía por Wick, pero reconozco que él los
aprecia y que no les cobra lo que consumen. Pierde algún dinero con ello, pero así se
entera de cómo van las cosas. Mrs. Sears tiene el aire de una persona que ha viajado
mucho, y también el viejo George. Quizá piense Wick que vale la pena dar algún
licor de ínfima clase a cambio de que tales personas vayan a su establecimiento, en
especial, los días de gran afluencia de público. Hey, garçon! L’addition, s’il vous
plait!
—Dijo usted a Pat que le recordara que tenía que hablarnos de Wick —dije,
temiendo que se marchara sin decirnos rada.

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El camarero nos llevó la cuenta, que ascendía a un dólar y diez centavos. Patrick
la pagó, y yo, aunque se trataba de una cantidad tan pequeña, sentí que la escocesa se
alzaba dentro de mí, ya que Jonas era el que nos había invitado, habiendo, además,
consumido grandes cantidades de café y de buñuelos. Pensé que la esplendidez
occidental de Patrick había ido demasiado lejos. Pero nada podía hacer para
remediarlo. El detective no dijo nada más por el momento en relación con Toby
Wick. Jonas había dejado su coche en un lugar en forma de V en que se juntaban dos
calles frente al café. Subimos al coche, y ya había vuelto hacia la calle Dumaine
cuando dijo:
—¿Qué les parecería a ustedes si en nuestro camino hacia casa nos detuviéramos
en el bar de Wick?
—Me gustaría hacerlo —repuso Patrick.
—Bien. Dejaremos antes a Mrs. Abbott.
—No olvide que, si ha habido asesinato, mi mujer fué la que descubrió el cuerpo
—dijo Patrick significativamente.
—Eso es verdad —contesto Jonas—. Sólo que ese sitio de Wick a esta hora…
Aunque el «Ángel Bueno» siempre está presentable aparentemente —afirmó Jonas.
Puso en marcha el coche y no tardó en pasar ante la casa de Clary, ahora con todas las
luces apagadas, que dejamos atrás—. Sí, Mrs. Abbott encontró el cuerpo. Mrs.
Abbott recibió un golpe en la cabeza producido por la barra de un cortinaje. ¡Qué
coincidencia!
Siguió murmurando mientras conducía el automóvil con todo el cuidado que se
necesita para manejar un coche a través de las estrechas calles del barrio.

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El bar «Ángel Bueno» ocupa una antigua casa de la calle Bourbon, cerca de la de St.
Ann. Era una casa verdaderamente antigua, que databa quizá de una fecha anterior a
la de Clary. Sólo que ésta no había sido cuidada ni remozada nunca, así que cuando
se la contemplaba parecía como si hubiera bebido uno demasiado whisky verde o
demasiado ron del que se servía en el bar, o bien que hubiera pasado por allí un
terrible huracán capaz de deteriorar y aun inclinar las paredes. Los muros eran de
tosco yeso por la parte de dentro y de tosco estuco por la parte de fuera.
El bar se extendía al fondo del salón y formaba en uno de los extremos una
especie de curva. Había mesas en los espacios libres. Todas las luces tenían pantalla,
y la apariencia general del salón resultaba ligeramente exótica, pero esto, si uno se
fijaba bien, debíase a la clientela, pues muchos de los que la formaban tenían un
aspecto distinguido, que era lo que daba al «Ángel Bueno» su especial carácter y lo
que desconcertaba a los policías.
Cuando llegamos eran más de las cuatro de la madrugada. El salón estaba lleno de
personas elegantemente vestidas que hablaban a voz en grito unas con otras; las que
callaban en aquel momento estaban esperando que las otras callaran para hablar ellas
a su vez.
Un grupo de marineros franceses bebían vino apoyados en el mostrador del bar.
La gramola automática tocaba un disco importado: Lily Marlene.
Toby Wick, acaparado por un coronel de infantería que estaba algo bebido, se
hallaba mezclado entre la multitud y no lejos de la puerta por donde entramos. Sus
ojos de lince nos vieron inmediatamente, y se apresuró a alzar su vaso, a la manera
antigua, para saludarnos. Cuando llegamos al bar observamos que él llegaba al
mismo tiempo que nosotros; había abandonado su vaso para servirnos personalmente.
Nos ofreció mejor whisky que el que esperábamos, gracias seguramente a que
íbamos con el capitán Jonas.
—Veo que ha regresado usted al bar —le dijo éste.
—No hubiera debido moverme de aquí en toda la noche —contestó Toby.
—¿Y por qué lo hizo?
—Sufrí un accidente. Alguien, jugando, me arrojó el contenido de una copa de
jerez y me manchó la espalda de mi chaqueta blanca, por lo que tuve que ir a casa a
cambiarme. Fué una casualidad que estuviese allí durante el jaleo.
—Una coincidencia —dijo Jonas.
—Eso es —repuso Toby.
El joven poseía mucha sangre fría y era muy calculador, y cuando se encontraba
en el bar procuraba mostrar un aspecto serio, pero era innegable que tenía lo que en
una mujer hubiéramos llamado atractivo.

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Hablábamos en voz alta, pero en medio de aquella algarabía era como si lo
hiciésemos en voz extremadamente baja.
Wick se irguió de pronto, dió una excusa y fué a charlar con tres parroquianos, los
cuales, sin embargo, no tardaron en ausentarse. Entonces Toby se reunió de nuevo
con nosotros; iba frotándose las manos.
—¿Va bien su negocio? —preguntó Jonas con cara de inocente.
Wick se encogió de hombros.
—Este negocio no es precisamente un lecho de flores. Yo procuro ayudar con mi
trabajo. Supongo que están enterados de la escasez de trabajadores. La cosa afecta
también a los camareros.
La gramola automática dejó de sonar. Toby volvió a excusarse y fué a tocar en
ella otra serie de motivos franceses. Aquella música resultaba dulce y nostálgica. Yo
no había estado nunca en París, pero estaba sintiendo deseos de visitarlo.
Cuando Toby volvió de nuevo, Jonas le dijo que, al parecer, trataba bien sólo a los
oficiales. Toby contestó que trataba a todo el mundo lo mismo, pero que era verdad
que los hombres sin graduación no iban mucho por allí, debido quizás a que a los
oficiales les había dado por ir.
—Quizá los militares sin graduación no puedan pagar los precios que piden aquí
—sugirió Jonas.
Toby se limitó a encogerse de hombros. Jonas preguntó entonces cómo los
marineros franceses podían pagar los precios de la casa, ya que su paga es modesta.
Toby respondió que los franceses pertenecían a una raza frugal y bebían solamente
vino.
—Además, y que esto quede entre nosotros, les damos un trato especial —añadió
Toby—. A la gente le gusta verlos aquí.
—¿Y en qué consiste ese trato especial? —preguntó Jonas.
—Pues en que pagan lo que quieren pagar.
Bien, los marineros franceses resultan muy elegantes con sus cuellos azules, sus
blancos petos y la roja y alegre borla que adorna sus gorras blancas. He aquí por qué
los quería Toby en el establecimiento, pensé. Ellos daban al lugar su color
característico. Ahora comprendía por qué ponía Toby en la gramola sentimentales
motivos franceses. Todo aquello atraía a las mujeres de edad madura que llevaban
sombreros de mucho precio. Sus acompañantes eran a veces cojos, pero la
explicación de ello es que había guerra.
No había duda de que Toby era listo. Allí se ganaba el dinero porque Toby era
listo.
Pero Jonas no parecía impresionado. Nos marchamos pocos minutos después —
no nos cobraron nada— y, según mi parecer, no fuimos a hacer nada allí. Durante el
camino Jonas dijo que no se explicaba la popularidad de aquel establecimiento. ¿Por
qué iba allí la gente? ¿Por qué pagaban a Toby el doble de lo que hubiera pagado en
«Pat O’Brien’s» o en el «Nut Club»? No había atracciones. No había muchachas

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bonitas. Bien, averiguar aquel enigma no incumbía —todavía— a la policía, pero
respecto a Toby Wick…
Y de nuevo guardó silencio.
—No es que diga que él tenga nada que ver con este asunto de los Clary —
continuó mientras se apartaba en la calle Royal para dejar paso a un camión—. Lo
único que digo es que es un individuo al que es necesario observar. ¿Regresó a la casa
sólo para cambiarse de chaqueta? ¿Por qué se quedó allí entonces? ¿Qué asunto se
traería entre manos? Y ahora vamos a otra cosa: ¿por qué le tiene esa admirable
anciana viviendo en su casa?
—Es verdad, ¿por qué le tiene viviendo aquí? —pregunté a Patrick cuando ya
estábamos en nuestra habitación.
—Creo que no es necesario ser criollo para tener consideraciones con un
realquilado que paga un buen alquiler —dijo mi marido mientras se desnudaba—. Y
recuerda que Ava está enamorada de Toby.
—Si hemos de ser sinceros, ese bar no es un sitio adecuado para ella, querido. ¿Te
has fijado en que había en él muchas mujeres maduras acompañadas de hombres
jóvenes? Las mujeres maduras tenían caras de estar curadas de espanto, y los jóvenes
no llevaban uniforme.
—¿Crees que los han declarado inútiles por tontos?
—No me refiero a eso. Eran muchachos que tenían un aspecto algo raro. Pero es
imposible imaginar que Toby pudiera desear la muerte de Helen. Es muy difícil que
desease que Clary quedara libre para casarse con Carol, ya que él la deseaba para sí.
—Eres una experta en amor, Jeanie.
—Deja de bromear —exclamé—. Estoy cansada. Me duele la cabeza. No querría
por nada del mundo que volviesen a hablarme de esta noche.
Patrick dejó de desnudarse, me ayudó a mí a hacerlo y, finalmente, me metió en la
cama. Sentía lo de mi pobre cabeza. Pensaba que me había descuidado, según dijo, y
añadió que si me empeñaba en levantarme temprano me daría una zurra. Sin hacerle
caso, me puse a hablar de Toby:
—Es muy listo. Lleva a marineros franceses a que beban vino de California y a
que den color al local. Quizá sea tan listo que haya pensado que asesinando a Helen
Clary las sospechas recaerían sobre Roger. Por eso estuvo aquí anoche, querido. Y
cuando yo estaba sentada en la galería, a la hora en que viniste tú, cuando Helen
continuaba aún tendida en el jardín, deslizó en mi oído acusaciones contra Roger…
—A dormir, niña —dijo Patrick con ternura.
—Eres un encanto, querido.
—Por lo general, te preocupas de las cosas más de lo que debes —dijo Patrick Y
esta vez estás intentando ayudar a la policía.

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Cuando me desperté noté que olía a café. Salté de la cama y, tal como estaba, es decir,
con un pijama de seda blanco, fuí a la pequeña cocina que había en nuestro
departamento, donde Patrick trajinaba. Mi marido se había afeitado ya y llevaba una
camisa caqui con cuello abierto y unos pantalones de algodón como los que usan los
marineros. Los pantalones de la Marina no tienen bolsillos en las caderas, y, por lo
tanto, favorecen mucho, especialmente a los hombres altos y delgados como Patrick.
Mi marido me besó, y como todavía no estaba hecho el café, me duché y volví a la
cocina llevando mi bata de color terracota. Tomé asiento y me dispuse a tomar jugo
de naranja.
—¿Qué hora es? —pregunté.
—Las nueve menos cuarto.
Me sentí defraudada. Nos habíamos acostado a las cinco de la madrugada.
¡Levantarse tan temprano un domingo y con Patrick en casa!
—¿Por qué te has levantado tan temprano?
—Preocupaciones, querida.
—¿Te referías a… lo de anoche? —Claro que se refería a tal cosa—. A propósito,
¿no notaste que el capitán Jonas no creyó que mi golpe fuera producido por la caída
de una barra?
Patrick contempló las puertas vidrieras de nuestro salón, abiertas de par en par a
la galería, donde el sol de la mañana brillaba a través de las madreselvas.
—Todas las puertas vidrieras de esta casa se abren hacia dentro. Si las cortinas
hubieran caído cuando tú entraste en la habitación del piso inferior, la barra habría
quedado apoyada a medias en la parte superior de alguna de las puertas. Claro que
podía haberte alcanzado, pero no con la fuerza necesaria para dejarte sin sentido.
¿Cuánto habías avanzado por la habitación?
—Apenas un paso bien medido. ¿Por qué no me dijiste eso anoche?
—No quería asustarte, querida. Soportaste el trastorno de haberte encontrado a la
muerta (pensaste que lo estaba, ya que el shock le producía el aspecto de la muerte) y
luego fuiste derribada. Me pareció mejor no hablar anoche de ello. Te lo digo ahora
porque tienes que tener cuidado con cada paso que des. Alguien puede pensar que
sabes más de lo que realmente sabes. Y no sabes más, ¿verdad?
—No… no. No vi nada sospechoso, nada absolutamente.
—Anoche no te habría dejado sola cuando bajá a auxiliar a los médicos si hubiera
sabido que habías sido atacada. No supe que te habían golpeado hasta que Roger
cogió su maletín y dijo que tenía que examinarte. Estabas pálida y parecías
preocupada, pero creí que era debido a la impresión producida por el encuentro del
cadáver. Por lo visto, era mi cabeza la que necesitaba arreglo.
—Pero tú parecías sospechar algo, ¿verdad, Pat? Echaste un vistazo en esta
habitación antes de bajar. Te oí.
—Pensaba en la enfermera. Creí que podría estar aquí. Me aseguré de que la
puerta que da al hall se hallaba cerrada. Tío George estaba por entonces observando

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desde el patio, y pensé que él podía hacer el papel de un guardia que observara
nuestra entrada por la galería. Pero si hubiera sabido que te habían dado un golpe en
la cabeza, no te habría dejado sola, Jeanie. Ya lo sabes.
Al oírlo me sentí como una planta cuidada por su dueño. Me gustaba que me
tratasen con tantos miramientos. Sintiéndome débil, decidí decirle que alguien había
andado por nuestras habitaciones.
—Cuando tú estabas abajo la primera vez, alguien entró en este salón y salió
luego por la galería. —Patrick frunció el ceño—. Por eso me levanté y me vestí.
Estaba vestida cuando entraste con Roger para que éste me examinara la cabeza,
¿recuerdas? Sospeché que habías creído que me vestí porque había olvidado algo
abajo y quería ir a buscarlo. Pero la verdad es que tenía miedo. ¿Sabes?, no era la
primera vez que alguien había andado por nuestro departamento. Pero la última vez
oí todos los rumores que hicieron al entrar. Oí el ruido de la llave al abrir la puerta,
abrir las persianas, los pasos al atravesar el umbral…
—Yo dejé una lámpara encendida.
—El que entró la apagó. Pero yo volví a encender todas las luces para vestirme.
—Continúa.
—No hay nada más. No sé si el intruso bajó por la escalera de nuestra galería o
no. Sólo oí el rumor de pasos ante la puerta de nuestro dormitorio. —Fruncí el ceño y
miré a Patrick—. ¿Será tío George?
Patrick sonrió.
—No tiene el tipo a propósito para andar de un lado a otro, Jeanie. Padece del
corazón. No subiría y bajaría escaleras sin que hubiera un motivo plausible.
—Sí, pero se desliza tan ligero como una pluma.
Patrick no sonreía ya, y en sus ojos había una expresión preocupada.
—Jeanie, ¿por qué no me lo dijiste? ¿Dices que eso ya había sucedido antes?
—Te gustaba tanto esta casa… También a mí me gustaba.
No dije, por demasiado sabido, que tampoco había sitio a donde ir.
El enjuto rostro de mi marido se contrajo.
—¿Estás segura de que el desconocido entró por el hall? —Hice un ademán de
asentimiento—. ¿Cuándo ocurrió exactamente? Quiero decir, ¿cuánto tiempo había
transcurrido desde que yo bajé?
—Me vestí dos segundos después de haberse ido el intruso, y había acabado de
vestirme cuando apareciste tú y Roger. Así que puedes calcular por ti mismo.
—Perfectamente. Cuatro o cinco minutos antes de que yo llegara, alguien había
estado aquí. —Asentí con la cabeza—. Sólo hay tres puertas que den a ese hall: la
nuestra, la de la habitación donde murió Helen Clary y la puerta que conduce a la
calzada de carruajes. Nadie salió a ese hall desde la habitación de Helen Clary
mientras yo estaba allí. La puerta estaba cerrada, así que el desconocido debió de
llegar a él desde la calzada de carruajes. —Pat se mostraba más preocupado de lo
necesario—. Pero ¿por qué? ¿Para asustarte a ti?

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—No lo creo. Anduvo con mucho sigilo. ¿Crees que se trata de un hombre y no
de una mujer?
—Es un decir. Ahora, vamos a ver. Según creo, tío George permaneció todo el
tiempo en el patio. No vi a Wick. El doctor Postgate y yo nos quedamos en el
dormitorio de Helen Roger… —Patrick titubeó un momento e hizo una pausa—.
Roger salió de la habitación para telefonear a la policía cuando el doctor Postgate
insistió en que debía llevarse a cabo una investigación.
—El teléfono de Roger está en su dormitorio, ¿no es así?
—No utilizó el suyo. Creí que lo hacía para evitar el fisgoneo de tío George. Se
dirigió hacia el ala opuesta, y tardó en volver más tiempo del necesario. Dijo que se
había tomado unos minutos para contar a miss Rita lo de la policía, y que luego fué
en su compañía a contárselo a las otras.
—¿Podía haberse deslizado hasta la escalera de nuestra galería Rin que tú le
vieras?
—Ciertamente; sin embargo dudo mucho que hubiese podido pasar inadvertido a
tío George. Pero quizá por entonces ya no estaba tío George en su puesto. Tío George
subió algunos minutos a sus habitaciones para cambiarse el batín que llevaba puesto
por un traje blanco.
—¿Es posible que Roger haya matado a Helen?
Patrick encendió lentamente un cigarrillo.
—Jeanie, Roger estaba en casa. Su condición de médico le permite realizar esa
clase de asesinato. Tenía la oportunidad, y por otra parte, tenía motivos para desear la
muerte de su mujer.
Me sentí profundamente desolada.
—¿Entonces estás de acuerdo con Jonas? —pregunté. Patrick no me respondió—.
Pero, Pat —continué—, yo no olí ciertamente a yodoformo cuando entré en la
habitación de abajo, sino a otra cosa, a algo fresco y aromático.
—Muchas medicinas huelen, lógicamente a hierbas, querida. Roger es médico.
Por otra parte, el olor a hierbas podía venir del jardín.
Patrick se puso en pie de pronto, entró en el dormitorio y no tardó en regresar.
Llevaba un grueso libro con tapas negras y un pequeño sobre blanco.
Dejó el libro encima de la mesa. Luego, con el dedo medio r el pulgar, cogió el
sobre con la boca hacia abajo y lo sacudió suavemente. Sobre el blanco mantel cayó
una brizna de algo azul y brillante.
—Fuí muy afortunado al encontrar esto —dijo sentándose y señalando con un
dedo la brillante brizna—. Si no hubiéramos bajado por el hall no lo habría
encontrado, pues se hallaba debajo del borde de la alfombra. Los pasos de la gente lo
habían metido allí. —Hablaba con su habitual modestia, pero lo cierto es que él lo
veía todo—. Fuí a esa habitación mucho antes que tú y luego volví en tu compañía. Y
siempre mantuve los ojos muy abiertos. —Ahora sí que estaba diciendo algo exacto

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—. Pero no di con esta brizna azulada hasta que, al llegar procedente del hall, la vi
brillar por darle la luz de lleno. ¿Puedes figurarte qué es esto?
—No tengo la más remota idea.
—Es algo vítreo, un trocito de cristal opaco, según creo. Parece muy duro, y en
efecto, lo es al tacto. Es posible que haya sido separado del resto por un golpe. Miré
aquello, pero no caí en la cuenta de lo que podía ser —continuó mi marido—. De un
collar de encantamiento si lo prefieres.
—¿Te refieres al collar de Victorine?
—Victorine lleva siempre un hilo de cuentas azules.
—¡Oh! —Miré atentamente el trocito de piedra—. Y el libro, ¿qué es?
—Trata de levantarlo.
Cogí el libro con una mano, pensando que lo levantaría fácilmente, pero todo lo
que pude hacer fué alzarlo a unas cuantas pulgadas de la mesa.
—Ese libro tiene ochocientas cincuenta y siete páginas de papel grueso, Jeanie.
Las tapas son pesadas y duras. Fíjate en que un pico aparece ligeramente aplastado.
El libro puede servir de tosco instrumento de ataque. Tiene el peso necesario, se
puede manejar con relativa facilidad y posee unas tapas lo bastante rugosas para que
no queden bien impresas en ellas las huellas dactilares… Y el título del libro no
favorece mucho a Roger: Prácticas de Medicina, volumen X.
Contemplé el libro. Llevaba como subtítulo Enfermedades mentales.
—¿Qué quieres decir, Pat?
—Creo que fué con esto con lo que te dieron en la cabeza. Tal vez lo usaron
también contra Victorine. Quizá fué el libro lo que rompió una de las cuentas de su
collar.
—Pero Victorine se ha marchado, ¿no es así? ¿Dónde encontraste el libro?
—Anoche, mientras Jonas y Postgate hablaban junto al cuerpo de Helen, me
entretuve en observar cuidadosamente la habitación buscando algo que hubiera
podido utilizarse para asestar un golpe. Pero debían de temer que Mrs. Clary se
volviera furiosa en determinado momento, pues en el cuarto no había nada que
pudiera servir para el caso. Así que cuando tú estabas en el pórtico con Jonas, poco
antes de salir para ir a tomar café, entré un momento en la habitación de Roger. En el
suelo, cerca de la puerta vidriera que da a la galería, estaba el libro. La puerta se
hallaba todavía abierta. Los cortinajes continuaban plegados sobre la silla. Y el libro,
que, como ves, es negro para que no pudiera verse en la oscuridad, se encontraba
exactamente en el lugar en que podía haber caído caso de haberte pegado con él en la
cabeza.
Intenté bromear.
—Bien, apuesto algo a que soy la única mujer a quien han golpeado en la cabeza
con un libro que trata de enfermedades mentales ¡Qué cosa tan rara! Por lo general se
utiliza una badila. O una botella. A propósito, ¿en dónde estaba Toby Wick?
Recuerda que cuando tío George lanzó una de sus carcajadas y fué invitado por el

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detective a entrar en el cuarto, Toby Wick se hallaba tras él. Quizás acabase de llegar
allí procedente de esta habitación.
—¡Chitón! —exclamó Patrick.
Sus oídos habían percibido ruido de pisadas. Metió el trocito azul en el sobre, que
guardó en el bolsillo de su camisa y colocó el libro sobre una silla, de manera que
quedara oculto por el tablero de madera.
Nuestro visitante era Roger Clary. Mostraba el aspecto de un hombre deprimido.
Todavía no se había afeitado. En su delgado rostro de oscuros ojos resaltaba la negra
sombra de su barbilla sin afeitar.
Invitado por mí, tomó asiento en una cuarta silla, que estaba de espaldas al salón,
y aceptó una taza de café después que yo insistí dos veces.
—Acabo de enterarme del resultado de la autopsia —dijo a Patrick—. No se han
encontrado restos de veneno. El doctor Postgate me lo ha telefoneado. El doctor
ayudó al cirujano de la policía. Dice que quiso estar presente para observar el
cerebro. Afirma que mi esposa no tenía posibilidad de curarse. El mal, que databa de
cuatro años, había ya destruido la corteza, así que ningún tratamiento podía curarla.
Postgate ha firmado el certificado de defunción, y una empresa de pompas fúnebres
se ha hecho cargo del cuerpo.
—Siento mucho lo que ha pasado —dije—. Lo siento por usted, Roger.
Roger me dió las gracias con la cabeza de una forma más bien seca.
—Ahora me dedicaré a buscar a Victorine —dijo.
—¿No hay ninguna pista? —preguntó Patrick, con tal frialdad que le miré
sorprendida.
Roger, que no se dió cuenta de ello, respondió:
—Ninguna. He ido a la casa de la calle Dauphine, donde Victorine tenía alquilada
una habitación. De allí vengo ahora. La policía ha estado en ella esta mañana y se ha
llevado un cajón lleno de lo que la patrona llama objetos peculiares. Y han hecho esto
—continuó Roger con los ojos brillantes de enfado— después que la autopsia ha
demostrado que mi esposa murió de muerte natural.
—¿Cómo puede usted estar tan seguro de que fué de muerte natural, Roger?
—¿Qué quiere usted decir? —preguntó Roger.
—Que según mis noticias, no puede uno fiarse del resultado de la autopsia. Tal
vez el curare no deje huella en el cuerpo. Esto ocurre con algunos venenos. Pero que
no haya señales de veneno no prueba que su mujer muriera de lo que se llama muerte
natural.
Roger frunció el ceño.
—Ahora no me interesa discutir eso. He de hacer todo lo posible para encontrar a
Victorine. Tío George me ha dicho que Jonas le preguntó a usted si era un famoso
detective. Si lo es usted, ayúdeme a encontrar a Victorine.
—Temo que mis deberes me lo impidan, Roger —contestó Patrick.
—Si usted no me ayuda… no me ayudará nadie —dijo Roger.

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—¿Por qué dice usted eso?
—Ese detective, Jonas, piensa que he matado a Helen. Es un detective que goza
de buena reputación, pues siempre encuentra al culpable. No dejará que el resultado
de la autopsia afecte a sus planes. Se ha metido en la cabeza que soy un asesino, y sus
hombres me andan vigilando. Cuando he salido de esta casa he visto que me seguía
uno de sus hombres. Había otro en la casa donde vivía Victorine, y también me ha
seguido. Volví la cabeza para asegúrame y le vi. La patrona de la casa donde vivía
Victorine me ha dicho que la policía le ha hecho muchas preguntas sobre mí, y
también si Victorine había dicho que yo quería verme libre de mi esposa. La verdad
es que Victorine no decía nunca nada de nada, y eso no aclara las cosas ni mucho
menos. La patrona de Victorine no quería a ésta porque es de raza diferente a la suya,
y me parece que se figura que era muy raro que tuviéramos a esa negra como
enfermera.
—Tío George está completamente seguro de que Victorine salió anoche de esta
casa, ¿verdad? —preguntó Patrick.
—Lo jura. Se lo he vuelto a preguntar esta mañana.
—¿Goza de buena memoria?
—Perfecta. Está enfermo del corazón, pero de nada más.
—¿Cree usted que mentiría?
—¿Por qué se interesa usted tanto por ello?
—Puede ser muy importante. Imagínese usted que Victorine cometiera alguna
equivocación, con tas medicinas de su esposa, por ejemplo, y entonces se asustara y
lo echase todo a rodar.
—No lo creo. Y si hubiera cometido alguna equivocación habría regresado, o por
lo menos me habría telefoneado. No me tiene miedo, Pat.
—¿Y si no le hubiese localizado a usted?
—¿Cómo que no? He estado aquí todo el tiempo, desde que…
—Desde que llegó usted anoche, ¿no es así? ¿A qué hora fué?
—Ya lo sabe usted. Cuando… Vine directamente y encontré a Jean tendida en el
umbral de la puerta de mi habitación. Y eso ocurrió unos cuantos minutos después de
las dos. Poco después oí dar el cuarto.
—¿Puede usted probar eso?
—¿Probarlo? Si Jean recuerda que el reloj dió el cuarto…
—Retrocedamos un poco —dijo Patrick. Su voz seguía teniendo un tono
inflexible. Era demasiado duro con Roger. Traté de que nuestras miradas se
encontraran, pero no tuve suerte—. Se encontró usted con Carol cerca de la iglesia
poco antes de medianoche, Roger. ¿Dónde había estado usted antes?
—Salí del hospital de Lake Pontchartrain a las once y media. Llevé el coche al
garaje, fui de la calle de Iberville a la de Chartres, y Carol se reunió conmigo un
minuto después de haber llegado a la iglesia.
—¿Cuánto tiempo permaneció con Carol?

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—No mucho tiempo. Nos sentamos algunos minutos en un banco de Jackson
Square. Carol pensó que debía regresar a casa, y yo estuve de acuerdo. Había aún
mucha niebla, así que la seguí un poco hasta que vi que podía llegar con toda
seguridad a la casa. Luego me fui a dar un paseo.
—¿Por dónde?
—Por ahí. Finalmente me sentí tan cansado (me encontraba entonces junte al río,
al final de la calle Canal) que creí que no podría levantar un pie. No encontré ningún
taxi, por lo que me encaminé a casa. Durante todo el paseo estuve reflexionando
profundamente. Hay muchas personas peores que uno, y si usted no lo cree así dese
un largo paseo hasta el río por la noche, cuando salen los maleantes a pasear. Al
llegar a casa había tomado una decisión. Estaba casado y continuaría estándolo, y
Carol se alegraría alguna vez de que hubiese tomado esta resolución.
—¿Notó usted algo anormal cuando entró en la casa?
—Sólo una cosa. En la habitación de Helen no estaba encendida la luz que se deja
en ella todas las noches. Me hice el propósito de ir a echar un vistazo cuando hubiese
encendido la luz de mi cuarto. Entonces casi tropecé con Jean tendida en el umbral.
—Jean dice que olió a yodoformo.
—Probablemente. Había estado operando. Escúcheme, Pat, estamos malgastando
el tiempo. Tengo que encontrar a esa enfermera.
—No la encontrará usted corriendo de un lado para otro como un loco. La cosa no
es tan fácil como parece.
—Quizá se haya marchado de nuevo a nuestro partido.
—Si lo ha hecho, la policía la habrá encontrado ya a esta hora. ¿Estaba usted
enamorado de su esposa o de Carol?
Roger se ruborizó intensamente.
—¿Qué tiene eso que ver con la muerte de mi esposa?
—Eso es algo que la policía querrá poner en claro. Debe usted, desde ahora,
enfrentarse con esa pregunta.
—¡Pero si nadie sabe lo de Carol! —contestó Roger. Luego, con más suavidad,
añadió—: Nadie, excepto usted y Jean. Hasta anoche no nos habíamos encontrado
nunca fuera de casa. Esa fué la única vez que hemos estado solos.
—¡Oh, Roger —exclamé sin poder contenerme— el detective habló de ello
anoche! Carol estuvo tratando de defenderle a usted, y el detective sospechó la
verdad.
Roger se mostró terco de nuevo.
—Bien, no podrán probar nada, así que…
—¿Cómo arregló usted la cita con Carol? —preguntó Patrick.
—Le telefonee a su hospital. Se encontraba prestando servicio como ayudante de
enfermera, y yo le dije que estaba libre y que la esperaba.
—¿Usó usted un teléfono privado? ¿Habló usted directamente con ella desde el
principio?

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—No. Encargué a la telefonista del hospital que me pusiera en comunicación con
ella… ¡Dios mío! —Roger se horrorizó de pronto al comprender lo que aquella
llamada significaba—. En su hospital me contestó otra telefonista, y pude oír sus
llamadas y sus frases preguntando en dónde se encontraba mis Graham. ¡Dios mío!
Roger continuó hablando en voz baja.
—Me ha preguntado usted si estaba enamorado de mi mujer. Cuando nos casamos
estábamos muy enamorados. Ella, entonces, carecía de dinero. Había heredado de su
familia la casa y la plantación anexa, que era entonces una tierra plantada de cipreses
que nadie hubiera querido comprar. Después de la boda tuvimos que entramparnos
para pagar los impuestos. Yo no los hubiera pagado, pero a Helen parecía
entristecerla tanto la idea de que si no los pagaba tendría que ir pensando en perder la
herencia… La verdad, nunca me hubiera podido imaginar lo que pasó después, pues
mi experiencia en cosas del campo dejaba mucho que desear. Helen oyó enferma;
tenía una inflamación del cerebro, y durante mucho tiempo no viví nada más que para
cuidarla. Apenas presté atención al hecho de que encontraran petróleo en la finca y a
que, por lo tanto, mi esposa se convertía en una mujer rica. Claro que me alegré
mucho de poder cuidarla mejor, tener muchas enfermeras y los mejores médicos,
pero, por lo que a mí respecta, el dinero me dejaba completamente indiferente. Pienso
ahora dedicar ese dinero a la construcción y sostenimiento de una clínica para
enfermos mentales donde puedan ser estudiados y cuidados los enfermos que
padezcan enfermedades análogas a la que padecía mi mujer… Nunca se me había
ocurrido que pudiera enamorarme de nuevo. Nunca hasta… hasta hace poco. Esto
ocurrió precisamente cuando ustedes vinieron a vivir a la casa, y ocurrió de repente…
Bien, no comprendo lo que me sucedió.
—¿Cuánto tiempo hace que conoce usted a Carol?
—¡Más de diez años! Desde que tía Rita se trajo a las muchachas, cuando sus
padres murieron. Las chicas, antes de vivir aquí, vivían en Louisville, Kentucky. Pero
aun cuando vinieron aquí yo sólo las veía de vez en cuando y durante muy poco rato.
Eran unas chiquillas. Yo venía a visitar a tía Rita. Ellas estaban algunas veces. Si yo
hubiera sentido algún presentimiento… ¿Creen ustedes que si yo hubiera
experimentado algún presentimiento me habría venido a vivir aquí y hubiera traído a
Helen? ¿Qué clase de desahogado creen ustedes que soy?
Pensé que la gente no iba a comprender aquello. La gente no comprende que uno
se enamore de una persona a la que se conoce hace mucho tiempo; la gente
comprende solamente el flechazo, que es algo que no ocurre tan a menudo como lo
otro. Eso es lo que por lo menos creo yo. Bien es verdad que yo me enamoré a las
primeras de cambio.
—Cuando encontró usted a su esposa en el jardín, ¿no sospechó que la habían
envenenado con curare? —preguntó Patrick.
—No. No he utilizado nunca el curare en mis experimentos.
—¿A qué atribuyó usted el estado de su esposa?

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—Francamente, no sabía a qué atribuirlo. Un pulso bajo y una respiración muy
débil se encuentran en muchos casos: el shock es uno de ellos. Pensé que se había
caído por la escalera y que el miedo le había producido un shock, ya que, como
ustedes saben, no razonaba. Si le hubiera hecho más pronto la respiración artificial
habría sabido de qué se trataba. Y tal vez la hubiese podido salvar.
—¿La habría usted salvado de haber podido?
—¡Naturalmente! —exclamó Roger—. ¡Vaya una pregunta!
Yo, con toda naturalidad, tercié en la conversación y dije rápidamente:
—Después de haber estado en este piso, Helen bajó esa peligrosa escalera de
caracol, sin agarrarse a la baranda, así que no me extraña que se cayera luego.
Quizá…
Los ojos de Patrick se clavaron en mí.
—¿Helen estuvo aquí?
—Te lo iba a decir, querido. Pero hemos tenido tanto de qué hablar…
—¿A qué hora? —gritó el marido.
A las doce y media. Oí el reloj.
Roger se puso en pie de un salto, dió a la mesa un empujón que la hizo chocar
contra la silla en que se hallaba el libro y éste cayó al suelo, quedando a los pies de
Roger, que lo miró fijamente; luego nos lanzó una mirada inexplicablemente hostil y,
sin pronunciar una palabra, salió de la habitación.

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Patrick cogió el libro y lo metió en un cajón del armario de la cocina. Antes de que yo
pudiera decirle algo más de la visita que la noche anterior me había hecho Helen
Clary, se presentó el sargento Callahan. Venía a decirnos que había llegado el capitán
Jonas, que éste se encontraba en el salón de abajo y que deseaba hablar con alguien.
Me apresuré a vestirme, poniéndome el traje de hilo amarillo, que no está tan
descotado como otros que tengo, pues me pareció que así estaba más apropiada para
ser interrogada por la policía.
Cuando cruzábamos el patio, el capitán Jonas llamó aparte a Patrick.
Yo seguí andando y esperé en la calzada de carruajes.
La biblioteca situada en el piso superior, formaba un puente sobre la calzada de
carruajes, enlazando uno de los salones con la habitación del piso superior de Toby
Wick que tenía la puerta condenada. Permanecí esperando bajo la sombra de aquel
puente. A pesar de que no daba allí el sol, notaba calientes las baldosas bajo mis pies.
Iba a ser un día terrible para mí. A la blanca luz del día, todavía no muy fuerte, la
casa tenía un marchito color rosado, y en las dobles galerías las hojas de las
buganvillas y de las madreselvas, expuestas al sol, empezaban ya a amarillear. Decidí
entrar en la casa y esperar a Patrick gozando de la relativa frescura que reinaba en
ella.
El hall principal de la casa era más ancho y tenía detalles más delicados que el de
nuestra ala, y la escalera de caracol que había allí era más airosa y bella que la
nuestra. Subí lentamente hasta el salón. Fué en aquella gran estancia, que tenía cuatro
hermosas y altas puertas que se abrían a los balcones de la calle, donde tía Rita nos
recibió cuando nos presentamos para alquilar el departamento. Nos había ofrecido
café y deliciosas pastas, y había hablado con cariño de la casa. Hubiera querido
enseñamos inmediatamente toda la casa, pero no me acuerdo por qué razón no hubo
tiempo de ello. Recuerdo que el reloj y los dos jarrones que había sobre la repisa de
mármol blanco de la chimenea eran antiguos Sèvres de un color azul que tía Rita
llamaba bleu céleste. Eran un regalo de boda hecho a sus abuelos paternos. Los
delicados muebles de caoba y de palo de áloe que llenaban la estancia procedían
todos de Francia, y muchos de ellos estaban firmados por varios de los mueblistas
más famosos de París de principios del siglo XIX Tía Dollie se había apresurado a
decir que aquellos objetos no tenían precio. Los ojos negros de tía Rita se avivaron
cuanto Patrick preguntó si habían tenido éxito al esconder la plata de los Clary
durante la guerra civil americana, de acuerdo con lo que cuentan en las novelas sobre
este período. Sí, ciertamente, había replicado ella. Patrick sugirió sonriendo que no
había duda de que la casa estaba llena de habitaciones secretas, escondrijos en las
paredes, etc., y tía Rita declaró mientras nos servía más café que loe Clary habían

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sido más originales que todo eso. También había en el salón una gastada alfombra
granate; la tapicería, también de color granate, estaba menos deteriorada que la
alfombra. Las paredes de este salón, de la biblioteca contigua, del hall y del comedor
estaban llenas de retratos de los Clary.
Ava Graham estaba sola en el salón cuando yo entré en él. Se hallaba sentada en
uno de los divanes que había junto a la chimenea, y fumaba un cigarrillo con su
habitual tranquilidad.
Ava era muy bella. Tenía un cuerpo esbelto, y un rostro ovalado; su piel era como
la de las hojas de la magnolia; sus ojos, intensamente negros, y su cabello rubio.
Llevaba un traje de crespón azul y zapatillas de color de jerez. Me saludó con su
atractiva voz y dijo que aquello se estaba poniendo feo.
—¿Está todavía su enamorado confabulándoos con el enemigo? —preguntó.
—Temo que si —contesté.
Tomé asiento cerca de Ava. Tío George, que entró poco después en la habitación,
me saludó con su habitual galantería y se sentó a su vez en un diván para dos
personas y en el que a duras penas cabía él.
—¿Qué cu… cuentan de nu… nuevo? —tartamudeó. Siempre que pensaba que
iba a satisfacer su curiosidad, brillaban sus ojos azules.
—Parece que no encuentran a Victorine —contestó Ava—. Pero, aunque la
encuentren, ¿qué diferencia habrá? ¿Cree usted que Roger la mató, tío George?
—¡Chitón! —exclamó tío George. Pero parecía sorprendido y encantado—. Ten
cuidado que… querida. —Se inclinaba hacia adelante con los ojos muy brillantes—.
¿Te refieres a si ma… mató a Victorine, Ava?
Ava, con un lánguido movimiento, dejó caer la ceniza de su cigarrillo en el
cenicero más cercano.
—No tergiverses las cosas, tío George. Sabes perfectamente que no me refiero a
Victorine.
—Ten cui… cuidado, criatura.
—Y bien, ¿por qué no iba a hacerlo? La loca está muerta. Helen no era ya más
que un estorbo.
Tío George la escuchaba con un oído, y con el otro lo que pasaba en el resto de la
casa.
—En teoría, no te falta razón, Ava. Pe… pero en la vi… vida real no… no se
procede de esta forma, según mi… mi parecer.
—Sí, para hacer una cosa así se necesita ser muy listo, tío George. Hay que cuidar
bien todos los detalles, incluso los más pequeños. Claro que siendo médico la cosa es
más fácil, pues puede saberse cómo se ha de actuar.
Tío George sonrió alegremente.
—En un asesinato, muchacha, pueden sa… salir las cosas de manera muy di…
diferente a como se han planeado. —Extendió sus largas manos y sonrió—. Recuerdo

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un caso célebre que su… sucedió en Dijon. Fué cuando fui por primera vez a vi…
vivir a Francia.
—Deja de hablar de Francia, querido tío —le interrumpió Ava bostezando—.
Haces que me sienta desgraciada. ¿No sabes que deseo apasionadamente ir allá?
—Bien, ya irás. Ahora no tardarás mu… mucho en hacerlo, Ava.
—¡Estás tú bueno! —exclamó Ava.
Dejó de nuevo la ceniza en el cenicero. De pronto levantó la cabeza sorprendida:
Toby Wick acababa de entrar en la habitación.
El joven estaba muy elegante con su blanco traje deportivo de una tela gruesa
parecida al hilo. Llevaba zapatos de piel de Suecia de color castaño. Parecía
fastidiado, y mostraba señales de cansancio y de sueño. Ni siquiera se molestó en
contestar a nuestro saludo.
Sólo nos hizo con la cabeza un pequeño saludo y se dirigió al otro sofá, dejándose
caer en uno de los ángulos. «Este muchacho sería un pésimo marido», pensé. E
inmediatamente me di cuenta de lo raro que era que yo, una mujer completamente
feliz en su matrimonio, pensara que la que se casase con Toby no lo sería. Es decir,
que lo que para mí era felicidad iba a resultar un veneno para otra mujer. Alguien
debía de advertir a Ava.
De pronto descubrí algo interesante.
El único defecto que tenía la perfecta Ava, era el cariño perruno que sentía por
Toby. En cuanto éste aparecía, los hermosos ojos de la muchacha se clavaban en él
semejantes a los de un perro fiel. Pero esto no sucedió en aquel momento. Los negros
y aterciopelados ojos de la joven se posaron en Toby, pero no apareció en ellos la
expresión que solían tener cuando le miraba. «Ahora parece estar segura de él —
pensé súbitamente—. ¿Desde cuándo?».
—Le he preguntado a Roger cuál era el resultado de la autopsia —dijo tío George
—. Pe… pero ese resultado no prueba na… nada absolutamente. Ese… ese Postgate
ha firmado el certificado de defunción, y el enti… tierro será mañana. Espero que
Ro… ger me perdone que no asista. No me siento con ánimos, con este corazón, de ir
hasta el partido de St. Martin.
—¿Por qué diablos ha de asistir la gente al entierro? —gruñó Toby.
—¡Mi que… querido joven! —exclamó tío George.
—Me alegro de que haya usted venido, querido —dijo Ava dirigiéndose al recién
llegado. Pronunciaba la palabra «querido» de la manera más natural, como si no
significase nada—. Me hallo ante un frente de moralistas. Jean y el tío George
piensan que es un pecado desembarazarse del inútil.
—No recuerdo haber dicho tal cosa —dije—, pero es verdad que pienso así.
—¿Qué yo he dicho eso? —saltó tío George—. Nunca…
—¿El inútil? —preguntó Toby.
—Estábamos hablando de la misteriosa muerte de Helen —dijo Ava sonriendo.

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Toby se encogió de hombros con indiferencia y se dispuso a encender un
cigarrillo.
—¡Va… vamos por partes, Ava! —exclamó tío George—. No me has entendido
bien. Yo… yo me refería al pe… peligro de ser cogido. La Ley está con… contra ti,
querida.
—¿Dice usted que la autopsia no prueba nada? —preguntó Toby dirigiéndose a
tío George—. ¿Es que el curare no deja huellas?
—Así es —contestó tío George, haciendo todo lo posible por hablar con voz
grave—. A lo que parece, no es tan fácil conseguir extracto de curare. He preguntado
por teléfono —añadió confidencialmente—. Pocas tiendas de drogas lo tienen. Se
pone rancio, según dijeron. Algunos se ofrecieron a pedirlo a los almacenistas. Ni
siquiera me preguntaron si yo era médico.
—¡Qué macabro te has vuelto, tío George! —dijo Ava.
Tío George pareció complacido.
—Lo hice por Roger —repuso—. Utilicé éste te… teléfono esta mañana, mientras
él estaba fuera, y pregunté a to… todas partes. Deseaba saber si era fácil obtener ese
veneno. Y no es fácil. Por lo cual creo que lo en… enfermera se lo robó al doctor
Postgate. Todo está claro ahora, creo que la sentencia contra ella será de mu… mu.,
muerte.
—Tu cerebro desvaría, tío George. ¿La enfermera? No creo que la enfermera
tenga nada que ver con todo esto. Estoy segura de que la convencieron para que
desapareciese. Ella desapareció, y eso fué todo. Era muy obediente. Roger siempre lo
dice.
La joven dejó de hablar, pues habían entrado tía Rita y tía Dollie.
Las dos viejas hermanas formaban un marcado contraste. No podían llevarse
muchos años, pero su aspecto y sus modales las hacían completamente distintas. Se
parecían sólo en los ojos oblicuos, en su acento y en algún ocasional movimiento.
Pero esto era todo.
Bajita, muy erguida y con pelo blanco, tía Rita, vestía un traje blanco con lilas y
cintas encaracoladas estampadas. Llevaba zapatos de fina piel blanca. Movía sus
manos con soltura, e incluso sus breves buenos días tenían elegancia. Toby se levantó
para ofrecer asiento a las damas, atendiendo primero a tía Rita.
Tía Dollie, más grande, más ruidosa y con las piernas más largas, se había puesto
un traje estampado de estambre y zapatos rojos de alto tacón. Lucía una flor en su
cabello teñido de rojo, que llevaba peinado formando un alto moño. Iba muy pintada,
lo que hacía que pareciera que tenía los ojos hundidos. Fumaba un cigarrillo con una
larga boquilla de ébano.
—Lo que yo quisiera saber —dijo tía Rita después de saludarnos y de haber
hablado del tiempo— es lo que ha de decirnos ese policía a nosotros.
—No han encontrado a Victorine, tía Rita —dijo Ava—. Nos van a preguntar
todo lo que sabemos de ella y otras cosas por el estilo, y van a apuntar

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cuidadosamente en un papel cualquier indicio de culpabilidad que aparezca en
nuestros rostros.
—¿Culpabilidad? —exclamó tía Dollie sin quitarse la boquilla de la boca—.
¡Dios mío! ¿Es que crees que ellos piensan…?
—Claro que ellos no piensan —dijo tío George lanzando una carcajada.
—Supongo que eso es lo que llaman rutina —dijo Toby—. Seguirán indagando
sea como sea, puesto que ya han empezado. Postgate pidió que llevaran a cabo una
investigación y no van a detenerse ahora porque la autopsia no haya dado ninguna
luz.
—Apostaría cualquier cosa a que la policía desea lucirse —dijo tía Dollie
accionando con la boquilla—. Ya sabéis cómo son.
—Bien; espero que encontrarán pronto a Victorine —dijo tía Rita— y que
pondrán todo en claro, tanto en lo que respecta a ella como en lo que respecta a
Roger. Ese inspector quiere también interrogar a Hugo, a Marie y a Paulette. Ya les
he encargado que digan la verdad. Hugo y Marie no tienen la menor idea de cómo es
exactamente Victorine. Apenas se han fijado en ella, y Paulette siente hacia ella una
antipatía injustificada. Tengo miedo de que hable mal de ella al inspector. Paulette es
capaz de hacerlo. Las dos muchachas acostumbraban a pelearse a propósito del
abrótano. En la parte del jardín donde están sembradas las hierbas aromáticas había
una mata de esta planta. Paulette la utilizaba para perfumar nuestros armarios de ropa
blanca. Según parece, Victorine cogía algunos tallos de esa mata para hacer filtros
amorosos y Paulette se enfadaba, lo que era causa de las peleas entre ellas. Y, como
consecuencia de ello, Paulette acusa a Victorine de practicar lo que ella llama
brujería.
—¡Esas mujeres! —gruñó Toby empezando a expresarse a su manera.
Tía Rita continuó.
—Le he hablado muy seriamente a Paulette. En mis tiempos, muchas muchachas
de mi esfera habíamos guardado manojos de abrótano debajo de las almohadas o en
los bolsillos para tener suerte en amor. En mi opinión, se trata de una pequeña
superstición inocente, y he advertido a Paulette que no acuse a Victorine de hacer
brujerías sólo porque usara la albahaca y el abrótano para hacer filtros amorosos.
—¡Qué original es usted, tía Rita! —exclamó Ava.
—¿Original? —inquirió cortésmente tía Rita.
—Quiero decir, ¿por qué se toma usted tanto trabajo?
—Porque Paulette se porta injustamente —replicó tía Rita—. A ti te parecerá que
las peleas entre ellas no tenían importancia, pero la policía va a tomar las cosas en
serio. La brujería es algo muy diferente a poner ramas de abrótano debajo de la
almohada…
—La brujería no es más que un grupo de negros que han ingerido demasiado
alcohol de maíz —dijo Toby.
Tío George se golpeó una de sus redondas rodillas y rompió a reír.

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—Cuando yo era joven… —empezó a decir.
—No, George, no cuentes esa terrible historia —le interrumpió amablemente tía
Dollie—. Además, no la cree nadie. Nadie cree que un blanco haya visto alguna vez
cosas de brujería…
—Perdona, Dollie —dijo miss Rita—. Siento interrumpirte, pero el inspector va a
subir de un momento a otro, y debo repetirte que espero que nadie diga nada que sea
desfavorable para esa pobre muchacha.
—Lleva un collar embrujado —dijo Ava.
—¿Estás segura de ello, chiquilla? A mí me parece que el tal collar no es más que
un hilo de cuentas azules. Debo rogarte que tengan mucho cuidado. Yo, por mi parte,
voy a hacer todo lo que pueda en favor de Victorine. Cuando vuelva le ofreceré un
empleo en esta casa. Ya he quedado con Paulette. Victorine es una excelente
sirvienta. Habla un francés muy puro, lo que me hace suponer que estuvo con una
buena familia en su isla natal. Y sus modales son todavía mejor que su acento. Me
siento muy disgustada al pensar que nuestros criados la han tratado sin amabilidad
sólo porque era diferente a ellos.
—Bien, ¿y por qué se… se… marchó? —preguntó tío George…
—No lo sé, como es natural. Pero empleando la sospecha y la opresión no
encontraréis la verdad. Si se fué es que había alguna buena razón para ello. Roger
insiste en que nunca hizo nada semejante. Tiene confianza en ella, y, por lo tanto,
también la hemos de tener nosotros.
—Todo lo que pido —dijo tía Dollie con ademán de importancia— es que esa
enfermera se apresure a regresar para que tengamos un poco de paz. ¡Con este día tan
caluroso que hace hoy! ¿Suponéis que la policía irá con nosotros mañana al entierro?
Porque supongo que tendremos que ir, ¿verdad, Rita? Tiemblo al pensar en el largo
camino. Bien, creo que es un fastidio que nos veamos envueltos en este asunto sólo
porque una muchacha negra es… ¡Ay, me equivoqué! Quise decir que nos vemos
envueltos, porque sí, sin comerlo ni beberlo.
La ceniza de su cigarrillo cayó sobre el borde superior de su traje de estambre de
color de púrpura.
De repente, en el pintado rostro de tía Dollie se dibujó un gesto de horror.
—Supongo, Rita, que nos vas a obligar a ahogarnos haciéndonos vestir de luto.
Después de todo, aunque Roger nos llame tía, se trata de un parentesco muy lejano.
—¿Luto? —repitió Ava con asombro—. ¡Vamos, tía Dollie! ¡Vaya unas ideas
macabras que se te ocurren!
—Además, por aquí no puede una encontrar nada decente que ponerse —añadió
tía Dollie—. En las tiendas no hay nada, y si lo hay se trata de un verdadero
esperpento. En París, naturalmente, puede una ponerse lo que se vende, pero es que
París es capaz de hacer un traje elegante de un saco. Además, en París es elegante
hasta el luto.

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—No, no tengo el propósito de llevar luto —dijo tranquilamente tía Rita—. Pero
esto, naturalmente, no tiene que ver nada con el asunto que nos preocupa.
—Aunque no sea por otra cosa, hemos de dar gracias a Dios por eso —dijo tía
Dollie—. Vosotros os sentís bien con cualquier cosa que os ponéis, pero yo… Ríen,
me gusta el color. Me siento feliz cuando llevo un traje alegre.
—Así es… es… la mujer —aprobó tío George.
En aquel momento se presentó Carol Graham, que vestía un traje estampado azul
y blanco. Llevaba desnudas sus esbeltas y tostadas piernas, y usaba unas sandalias de
un azul más oscuro que el del vestido.
Aquella mañana veía a Carol por primera vez, y la joven contestó a mi sonrisa
con una breve y fría mirada. ¿Qué significa aquello? ¿Qué diablos le había yo hecho
a Carol Graham?

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Sin dirigir una palabra a nadir. Carol empujó una otomana hasta cerca del extremo del
sofá donde estaba sentada tía Rita y se dejó caer en ella. Tía Dollie estaba entonces
hablando de lo que ocurrió una vez en cierta tienda donde ella había intentado
comprar una boutonniére, la cual le había sido literalmente arrancada de las manos.
Tío George escuchaba a su mujer con gran interés, y tía Rita oía a su hermana con
cortesía. Tía Rita había ya renunciado, según pensé, a intentar que su familia pensara
en serio sobre el aprieto en que se encontraba la negrita enfermera.
Toby, al entrar Carol en la habitación, había mirado a la joven con la extraña
mirada de deseo que resultaba tan curiosa en él. Inmediatamente adoptó el aspecto de
un hombre precavido, y, tras aquella primera y reveladora mirada, evitó volver a
mirar a la joven.
Ava continuaba indiferente. Estaba ahora segura de él. En los zapatos del joven
había hierba la noche anterior, así que había andado por algún sitio que no eran los
pavimentos que se tienen que recorrer desde el «Ángel Bueno» a la casa, adonde,
según él, fué a cambiarse de ropa. ¿Qué es lo que Ava sabía?
Entraron el viejo Hugo, Marie, la de las gafas, y Paulette, la rolliza y oscura hija
de ambos. El sargento Callahan, que los precedía, les dijo dónde debían tomar
asiento, y así lo hicieron, en el fondo de la habitación. El sargento, después que los
criados se hubieron sentado, volvió a salir. En aquel momento apareció el joven de
uniforme que actuaba como el secretario del capitán Jonas. Hizo como si no viera a
nadie, y con gran tranquilidad quitó de una mesa una lámpara de cristal y unas
cuantas chucherías, llevó hasta ella un par de sillas antiguas, una para su superior y
otra para él, tomó asiento junto a la mesa y preparó su libro de notas.
Roger Clary y Patrick llegaron juntos, y, después de un corto intervalo, hizo su
entrada el detective.
Llevaba un traje de verano de color castaño claro y lucía en su solapa un ramito
de aciano. Sus anchas mandíbulas habían sido cuidadosamente afeitadas y
empolvadas. Parecía estar de buen humor. Hizo una reverencia al grupo, tomó asiento
junto a su secretario y pronunció un discurso.
—Bien, ya estamos aquí. La enfermera no ha sido encontrada, pero tengo
esperanzas de hallarla. —Algunos de los presentes se miraron entre sí. Tía Dollie
tosió—. Siento las molestias que todo esto les ocasiona, pero pronto resolveremos las
cosas. No lo duden. Ustedes quizás ignoren lo que voy a decir. Mucha gente ignora lo
que ocurre en su propia ciudad. Pero Nueva Orleans tiene el mejor record de los
Estados Unidos en esto de atrapar al que ha cometido un asesinato.
La palabra asesinato produjo en los presentes el efecto acostumbrado, y cada cual
reaccionó a su manera, unos encogiéndose de hombros y otros carraspeando,

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haciendo gestos o bien guardando un terco silencio.
—Supongo que se refiere usted a que en Nueva Orleans se producen más
asesinatos que en los demás Estados —dijo Toby Wick.
—Quiero decir que se descubre la mayor parte de ellos. Y no resolvemos las
cosas con ayuda de espejos. Procuramos no cometer equivocaciones. Trabajamos
todo lo que podemos, y he aquí los resultados.
Todos escuchaban con rostro inexpresivo, incluso yo, que me sentía atontada, ya
que ni siquiera podía pretender que comprendía lo que estaba escuchando.
Jonas movió sus manos, que no parecían servirle para nada.
—Ya he hablado con ustedes, uno por uno, a su tiempo. —Por lo visto, había
estado ya en la casa a primera hora de la mañana—. Ahora que están ustedes reunidos
quiero volver a interrogarlos. Quizás alguno de ustedes haya observado algún
pequeño detalle que forme parte de algún pequeño pero importante episodio que ha
pasado inadvertido.
Fué un discurso que produjo mucha impresión. Y el detective nos arengaba de
una forma que hacía que sus ojos azul pálido, contrastando con aquellas bolsas que
denotaban mal funcionamiento del hígado, fueran decididamente siniestros.
Tío George intentó protestar.
—Pero, pero, escuche. ¡Yo creí que la autopsia había descartado el asesinato!
—La autopsia no tiene ningún valor, Sears.
—Entonces, ¿por qué la ha… hacen?
—Es algo rutinario —contestó Jonas—. ¿Está usted poniendo obstáculos a esta
investigación, Mr. Sears?
—¡Qué tontería! —exclamó tía Dollie con el cigarrillo en la mano—. Si la
autopsia no ha dado el resultado que ustedes esperaban, ¿a qué santo nos molestan?
—La autopsia forma parte de la rutina —dijo Jonas, que ya no parecía gozar de
tan buen humor como antes—. Y ahora continuará esta investigación hasta… bien,
hasta que quede oficialmente cerrada. Así que hagan el favor de no interrumpir con
preguntas inútiles. Seguimos buscando a la enfermera. Hemos buscado por
Martinville y por todos los sitios de Nueva Orleans por donde lógicamente podía
haber andado. Y ahora mis hombres están registrando esta casa.
Siguió un expectante silencio. Toby Wick buscó nerviosamente sus cigarrillos.
Tía Dollie carraspeó. Roger se inclinó hacia adelante y frunció el ceño. En los ojos de
Ava Graham apareció un raro brillo, y Carol pareció fastidiada. Tío George dijo algo
a propósito de un registro autorizado, y el detective, encantado ante el efecto
producido, sonrió de nuevo jovialmente y dijo:
—Registro la casa no solamente con la debida autorización, sino con el permiso
de miss Clary.
La tía enarcó las cejas.
—No creo que mi permiso tenga mucha importancia, ¿no es verdad? Creo que su
autorización es perfectamente legal, ¿no es así? En tal caso, ¿qué falta hacía mi

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consentimiento? Pero yo no sabía que iba usted a registrar con el conocimiento de
todo el mundo. Les presento mis disculpas a todos.
—Verdaderamente, es, es… ri… ridículo —exclamó tío George—. ¿Cómo podía
escon… conderse esa mu… muchacha todo este tiempo en la ca… casa? Y, sobre
todo, yo la vi marcharse.
Jonas le miró.
—Puede haber regresado. No habrá usted estado sentado toda la noche ante esa
ventana, ¿no es verdad, Mr. Sears?
Tío George hizo un movimiento. El precioso diván en que estaba sentado se
bamboleó y crujió. Pero el que lo ocupaba no respondió a la pregunta.
—Ahora, vamos al grano y repasemos la pequeña prueba que poseemos —dijo
Jonas en tono paternal—. Veremos si las cosas están en orden. Mrs. Abbott oyó que
Mrs. Clary caía por la escalera y bajó. Pensó que Mrs. Clary estaba muerta, volvió
entonces a la casa y, al entrar en la habitación del comandante Clary, recibió un golpe
en la cabeza producido por la caída de la barra de un cortinaje. —Hizo una pausa y
nos miró, observándonos uno por uno. El diván donde estaba sentado tío George
crujió, pero ningún otro ruido rompió el silencio—. Y ahora. Mrs. Abbott, dígame
qué hora era cuando encontró usted a Mrs. Clary.
—Las dos.
—¿Está usted segura de ello?
—Cuando empecé a bajar la escalera, las campanas habían empezado a dar las
dos. Cuando me desperté había ya mirado la hora en mi propio reloj.
El capitán hizo una pequeña inclinación de cabeza y se dirigió a Mr. Sears.
—Mr. Sears, ¿qué hora ora cuando vió usted a la enfermera salir de casa?
—Poco más de las dos.
—¿No lo sabe usted con exactitud?
—No. Nunca pres… presto mucha atención a la hora. En estas noches tan
calurosas no duermo a gusto, y anoche me levanté un poco después de medianoche y
también alrededor de las dos. Y vi que la enfermera se mar… marchaba.
—¿Eran las dos y cuarto?
—Tal vez.
—El comandante Clary dice que llegó poco antes de las dos y cuarto. ¿Vió usted
llegar al comandante a esta casa, Mr. Sears?
—No hay ninguna razón para que le viera —contestó Mr. Sears. Pero su mirada
se hizo menos firme—. Sobre todo si vino por la calle Chartres…
—Efectivamente, por esa calle vine —dijo Roger.
—¡Naturalmente! —exclamó Mr. Sears con una especie de tono triunfal—. La
enfermera se fué por el otro lado, hacia la calle Royal, y, por lo tanto, la vi. No pude
me… menos de verla. Pero Roger no pasó ante mi ventana, así que es muy
comprensible que no le viese. Por otra parte me fui a la ca… ca… cama cuando vi
pasar a la enfermera. Quizá me había acostado ya cuando Roger entró.

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—¿Qué vestido llevaba la enfermera, Mr. Sears?
—¡Oh! El que siempre lleva. El blanco, con la toca en la cabeza.
—¿Está usted seguro de que fué Victorine la que vió? ¿No sería alguna otra
enfermera? Hay muchas mujeres de color que llevan traje y toca blandos, míster
Sears.
—Cla… claro que estoy seguro —contestó tío George.
—Si Victorine salió después de las dos y cuarto, el comandante Clary estaba ya
en la casa, según él.
—Quitó fuera más temprano. Tal vez fuesen las dos y diez.
—Sí que es usted exacto.
El comandante Clary se echó hacia atrás en su silla.
—Capitán Jonas, yo opino que Victorine salió de esta casa poco después de
medianoche.
Nadie escuchaba más atentamente que el capitán Jonas.
—Pe… pe… pero yo la vi —insistió tío George—. Estaba en la ven… ventana.
—Acaso se equivoque usted en la hora, tío George —dijo Roger con amabilidad
—. Déjeme usted explicar por qué creo que está usted equivocado. Anoche, a las
doce y media, Helen salió de su cuarto y subió la escalera hasta llegar a la galería de
los Abbott.
Tía Dollie carraspeó, y tío George, siempre curioso, se sintió arrastrado por una
nueva excitación.
—¡Qué trastorno para usted, querida! —me dijo tía Dollie.
—¿Por qué no me dijo usted eso antes? —me preguntó Jonas.
Me sentí un poco molesta.
—No creía que importara mucho.
—¿Importar? —exclamó Jonas mirándome—. Siga —dijo a continuación
dirigiéndose a Roger—. ¿Y bien? —añadió antes de que Roger hubiera tenido tiempo
de proseguir.
—Estoy seguro de que Victorine se marchó antes de que Helen subiera la escalera
—dijo Roger—. Si la enfermera hubiese estado en la casa, Helen no habría podido
pasear arriba y abajo. Por eso he sugerido que quizá tío George había visto salir a la
enfermera poco después de medianoche en lugar de verla después de las dos. Esto no
explica, sin embargo, el motivo por el cual se fué la enfermera. No adivino la razón
que le impulsó a hacerlo.
—¿Y por qué diablos no me dijo esto anoche? —me preguntó Jonas de nuevo.
—Pensé que debía decírselo primero a mi marido.
—¡Dios mío! —exclamó el capitán Jonas—. Dígame lo que sucedió.
—No sucedió nada. Mi… mi marido estaba fuera, y yo me encontraba sentada en
nuestra galería, fumando un cigarrillo, cuando subió Mrs. Clary. Pero no tardó en
bajar.
—¿Cómo se comportó?

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—Muy amablemente.
—¿Quiere usted decir que no parecía loca?
—Eso es demasiado macabro —exclamó Ava Graham.
Jonas se volvió hacia ella con gesto de enfado, pero en sus ojos apareció una
mirada de admiración, y a regañadientes se volvió hacia mí.
—Claro que parecía loca —dije—, pero una loca pacífica.
—Ya le he dicho a usted que parecía un niño débil —dijo Roger dirigiéndose a
Jonas.
—Usted me ha ocultado deliberadamente un hecho importante —me dijo Jonas
con acento acusativo. Antes de continuar lanzó dos resoplidos—. Bien, el motivo de
habernos reunido aquí es el aclarar algunos puntos, así que…
—El motivo por el que estamos aquí reunidos —dijo Toby Wick— es que usted
desea que sus hombres puedan registrar toda la casa sin que nosotros los estorbemos.
Le hago saber que mi departamento es completamente independiente del resto de la
casa, y que nadie, ni siquiera miss Clary, tiene derecho a darle permiso para entrar en
él. Por lo tanto, si no tiene usted un mandamiento judicial, va usted a oírme.
—Yo no he dado permiso al inspector para que registrara su departamento, Toby
—dijo tía Rita.
—No soy ningún aficionado —afirmó Jonas—. Tengo completa autoridad para
hacer aquí todo lo que crea necesario, así que frene sus ímpetus, Wick. Bien,
comandante Clary, ¿cree usted, pues, que la enfermera salió dos horas o más antes del
momento en que míster Sears dice que la vió?
Tío George hizo un gesto de énfasis.
—Pero yo la vi irse. Estoy seguro de ello.
—¿No podía haberse quedado dormido, Roger? —preguntó tía Rita—. Quiero
decir a las doce y media, cuando vieron paseando a Helen.
—Es posible.
—¡Ah! Ahora piensa usted que se quedó dormida, ¿no es verdad, comandante? —
dijo Jonas.
—Es usted injusto —exclamó Carol poniéndose de pie con aspecto ofendido—.
¿No da lo mismo una cosa que otra? ¿Qué tiene que ver esto con el asesinato, que es
lo importante?
—¿Así pues, cree usted que se trata de un asesinato, jovencita? —preguntó Jonas
con suave entonación.
Roger se aclaró la garganta e hizo una seña con la cabeza a Carol. Naturalmente,
el joven policía que actuaba de secretario lo apuntó todo en su libro.
—Me sorprenden ustedes —dijo Ava—. ¿Por qué no buscan a la enfermera y se
dedican a investigar una vez la hayan encontrado? No sé lo que los demás piensan de
todo esto, pero por mi parte estoy profundamente fastidiado. Márchense a su casa y
déjennos tranquilos.

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El detective deseaba replicarle, pero, una vez más, su enfado se trocó en
admiración y dejó de responder a la insolencia como se merecía.
En la puerta apareció un policía alto que yo no había visto hasta entonces. El
recién llegado entregó al sargento Callahan un par de pliegos de papel y desapareció.
El sargento llevó los mensajes hasta la mesa y se los entregó al taquígrafo, quien los
leyó atentamente y luego se los pasó al capitán Jonas. Este leyó el primero sin que se
produjera ningún cambio en su expresión. El segundo mensaje hizo que sus labios se
contrajeran inmediatamente se puso en pie y abandonó la estancia.
—Les voy a decir a ustedes todo —anunció con voz fuerte Paulette desde su
asiento, un instante después de haber salido el capitán—. Victorine fué anoche a la
parte del jardín donde están sembradas las plantas aromáticas creyendo que yo estaba
dormida en mi cama. Una vez allí cogió las hierbas que quiso. Supongo que fué
entonces cuando la pobre Mrs. Clary empezó a vagar por la casa en la oscuridad.
—¡Paulette! —exclamó tía Rita en voz baja.
—¿Qué desea, miss Rita? —preguntó Paulette.
El capitán Jonas apareció e hizo señas con la cabeza al sargento Callahan.
Estuvieron hablando al otro lado de la puerta entreabierta, y luego el capitán Jonas
asomó la cabeza y dijo:
—Teniente Abbott, ¿quiere usted hacer el favor de salir al hall con su esposa?
Me puse en pie. Observé que todos me miraban sin el menor signo de amistad.
Tía Dollie nos miraba asombrada. Tío George sospechaba algo, y esto le era
profundamente agradable. Los oblicuos ojos de Toby no me miraban ahora
dulcemente. Ava parecía fastidiada, incluso lo educada tía Rita parecía desaprobar lo
que ocurría. En cuanto a Carol, no me miraba siquiera; parecía pensar que si me
hubiera mirado se habría puesto enferma.
No era agradable ser los únicos extraños en un hogar criollo sobre el que
gravitaba la sombra de un asesinato.
Cuando salimos al hall, Jonas cerró la puerta y, haciéndonos señas de que nos
apartásemos de ella un poco, nos dijo en voz baja:
—Hemos encontrado a la enfermera.

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El capitán Jonas dejó la casa y sus ocupantes a cargo del sargento Callahan, y
nosotros le seguimos escaleras abajo hasta la calzada de carruajes. Según nos dijo, la
enfermera se encontraba en el Hospital de la Caridad. Había dado otro nombre, y el
capitán deseaba que nosotros fuéramos con él para identificarla. Patrick repuso que
nunca se había fijado en la enfermera, pero yo no tenía tal excusa. Objeté, sin
embargo, que no me gustaba nada el papel, debido a la situación en que me colocaría
frente a la familia. Ya nos miraban con bastante prevención. Si las miradas pudieran
matar, nos hubieran matado las miradas que nos escoltaron al salir del salón. Jonas
sonrió y me dijo, llamándome damita, que las miradas no pueden matar, y que como
no deseaba que la familia supiera que había encontrado a la enfermera hasta que
llegase el momento oportuno, nosotros éramos los únicos que podíamos identificarla.
Yo sugerí que podía sustituirme la patrona de la habitación que tenía alquilada la
enfermera. Pero el capitán Jonas estaba resuelto a que fuera yo quien la identificase.
—Me ahorrará también mucho tiempo —dijo—. Querría tener resuelta esta
cuestión antes de las once, pues mi esposa no está en la ciudad y yo he de comer
fuera de casa, y si no se va a un buen restaurante a las once y media hay que esperar
un buen rato hasta que le dan a uno una mesa. Me gustaría ir al «Galatoire’s». Si no
va uno al «Galatoire’s» muy temprano tiene que aguardar una hora o dos. Ha sido una
suerte haber descubierto a la enfermera. Me parece que ahora daré con la solución.
Cuando llegábamos a la puerta de la calle se oyó un ruido de pasos precipitados, y
Carol Graham salió a la calle seguida del sargento Callahan, que jadeaba y tenía el
rostro como un pimiento.
—¡Vuélvase! —pidió el sargento cogiendo a la muchacha por el brazo—. ¡Haga
el favor de volver a su habitación, señorita! Nadie puede salir de casa ahora. ¿No es
verdad, capitán Jonas?
Al vemos, Carol se detuvo y nos miró fríamente en silencio.
Roger Clary apareció.
—¡No la toque! —gritó al policía.
El policía obedeció.
Carol siguió mirándonos; al parecer, estaba demasiado furiosa para poder hablar.
Roger avanzó y puso un brazo en los hombros de la muchacha.
—Entra, Carol —dijo sin mirarnos.
La muchacha entró sin pronunciar una palabra. En sus ojos sólo había compasión
y adoración.
Salimos a la calle.
—¿Qué le pasa? —preguntó Jonas.

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—Me ha tomado antipatía por alguna razón —repuse—. Ignoro cuál puede ser.
Que yo sepa, no he hecho nada.
—¡Oh! En casos como el presente, todos sienten antipatía por todos —dijo Jonas.
Cerró la puerta tras de nosotros y a continuación dijo con expresión pensativa—:
También ella es muy guapa —y añadió con un ligero asomo de envidia—: ¡y está
enamorada del muchacho!
—Es un muchacho admirable —dijo Patrick.
—Ella sí que es admirable —dije yo.
Subimos al gran coche que permanecía junto a la estrecha acera.
—Eso no hará que las cosas sean más fáciles —repuso Jonas con acento de queja
—. A mí no me gustan ciertas cosas que me veo obligado a hacer a veces.
El coche, que había estado al descubierto todo el tiempo, era ahora como un
horno. El sol brillaba a través de lo que debía de ser una fina niebla. El resultado era
que no había sombra y que el calor resultaba bochornoso.
El capitán Jonas volvió por la calle Royal y condujo a la enorme velocidad que
todos los conductores creen que pueden permitirse en las estrechas calles del barrio.
Bajo los antiguos balcones de hierro, la gente parecía andar lánguidamente, o bien se
reunían en pequeños grupos aislados. La calle del Canal, ancha y sin árboles,
resultaba deslumbradora y fríamente moderna con sus edificios de hormigón. El
capitán tocó la sirena y pasamos rápidamente ante las luces rojas. Hasta el sonido de
la sirena era pesado como el calor.
—¿Cómo se las ha arreglado usted para encontrar a la enfermera? —preguntó
Patrick al capitán Jonas.
—Rutina. Hemos recorrido los hospitales…
—¿Y por qué no han dado con ella antes?
—La han internado en el hospital hace menos de una hora, borracha perdida.
—¿Borracha? —pregunté.
—Así es, Mrs. Abbott. Siento tenerla que llevar a ver a una mujer en tal estado.
Yo había visto borrachos, aunque nunca había visto de cerca a una negra
borracha. La cortesía del detective me pareció extraña en aquellos días en que tanta
gente bebía.
—¿Tendrían ustedes inconveniente en almorzar conmigo en «Galatoire’s»?
—¡Oh, es tan temprano! —dije yo.
—No será temprano cuando nos sirvan la comida —repuso el capitán Jonas,
cuyos modales se habían tomado un tanto juguetones—. Deseo tener una larga
conversación con usted, joven dama. Creo que sabe más de lo que dice. No es que
insinúe que usted me oculta algo deliberadamente, pero quizá si estamos todos
reunidos tranquilamente una buena comida recuerde usted cosas que ha olvidado.
—Una buena comida a mediodía suele darme sueño, capitán Jonas.
Patrick guardó silencio. Mientras el detective conducía el coche a toda velocidad,
utilizando la sirena para apartar el tráfico, mi marido permanecía con la vista fija ante

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él. Pronto estuvimos en el hospital, donde nos condujeron a un lugar donde se
encontraba una negra de mediana edad tendida en una cama blanca. Llevaba algo que
había sido un traje blanco y también un hilo de cuentas de cristal azul. Pero no era
Victorine Delacroix.
—Bien, eso era todo —dijo el capitán Jonas cuando nos encontramos de nuevo en
la caliente acera y entramos en el asfixiante coche.
Condujo el auto hacia la calle del Canal.
—Voy a almorzar. No han dicho ustedes que sí, pero yo debo «insistir» en que me
acompañen los dos.
—No es necesario que insista —repuso Patrick—. Le acompañaremos.
—No puedo ir a almorzar sin mi bolso y mis cosas, capitán Jonas —dije—. He de
ir a casa primero.
—Si lo hace usted así tendremos que esperar luego, Mrs. Abbott. —Jonas
adelantó la mandíbula. No iba a hacer cola por causa mía.
—¿Por qué no tomamos nosotros un coche y nos vamos a casa en busca de un
lápiz de labios mientras usted va al restaurante?
El detective se mostró de acuerdo con esta proposición y nos dejó en el cruce, de
las calles Carondelet y Canal. Tuvimos suerte de encontrar enseguida un taxi.
Durante todo el trayecto hasta llegar a casa —por la calle Chartres— me estuve
quejando de tener que almorzar con el capitán Jonas. El calor aumentaba por
momentos. Los senderos sembrados por los árboles de Jackson Square estaban
desiertos. Todos los postigos de las casas estaban cerrados y bajados todos los toldos.
Cuando abandonamos el interior del taxi, la sirena de un barco sonaba en el río, y
hasta este ruido me pareció molesto y ardiente. Me sentía fastidiada y oprimida.
—¿Cómo has podido aceptar? —le dije enfadada a Patrick.
—¿Cómo podíamos dejar de hacerlo? Representa a la ley.
—Sospecho que Jonas cree que voy a decirle algo muy importante si me paga un
cocktail. Yo no sé nada. ¿Crees que pensaba que esa mujer borracha era Victorine?
Nos ha sacado de paseo por algún motivo.
—Camina, damita —dijo Patrick.
Me puse furiosa. Pero no dije nada, porque Toby Wick se acercaba a nosotros con
un manojo de hierbabuena en la mano.
Agitó el manojo y sonrió con su habitual sonrisa des ganada y suficiente.
—¡Hola, matrimonio Abbott! Vengan a mi departamento, que les haré un julep[1].
—Es un día muy a propósito para un julep —repuso Patrick—. Voy a hablar por
teléfono y enseguida estaremos con usted.
—Puede usted telefonear desde mi cuarto —sugirió Toby.
—Se trata de un asunto de negocios y tengo mis notas arriba —musitó Pat.
—Bien, pero usted, ojos dulces, no ha de ayudarle a telefonear, ¿verdad?
Dominé un estremecimiento de repugnancia.

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—Vinimos a casa para que yo pueda cambiarme de ropa, Toby. Pat ha perdido la
memoria.
Me sentía muy irritada, pero Pat hizo como que no lo notaba.
—Cuando me habla de julep, Jeanie, pierdo la memoria.
—Bien, ya saben ustedes en dónde tengo la habitación —dijo Toby.
Salió por la puerta principal. Andaba como un gato y balanceaba un poco la
cabeza. Subimos a nuestro departamento. La tapa de la gran arca de caoba que había
en el fondo del hall había sido levantada y el arca estaba abierta. Nos acercamos y
miramos en su interior: estaba vacía.
—Supongo que la abrieron los policías —dije.
Estremeciéndome, me pregunté qué era lo que buscaban. Una vez arriba, Patrick
se encaminó directamente a la cocina. El volumen X de las Prácticas de Medicina de
Tice había desaparecido del cajón en donde lo dejó. Patrick fué abriendo todos los
demás, pero no estaba en ninguno. Supuse que los policías se lo habían llevado.
Patrick se agachó de repente y cogió del suelo dos pequeñas briznas oscuras. Las
puso en la palma de su mano y me las acercó para que yo las oliera.
—Es eneldo —dije—. Crece en el trozo de jardín dedicado a las hierbas. Eso es la
semilla.
Patrick cogió otro sobre del escritorio. Uno de los míos… ¡Un papel que
escaseaba y era muy difícil de encontrar!
—¿También les darás tu trocito de cuenta azul, querido?
—Lo tengo en el bolsillo.
—Dime: ¿qué hay del almuerzo con el capitán Jonas?
—¡Oh, gracias por recordármelo! —dijo Patrick.
Se dirigió al teléfono, llamó al restaurante y dijo que llegaríamos algo tarde.
—¡Qué ideas más cómicas se te ocurren! —exclamé mientras me subía el traje
para sacármelo por la cabeza. Luego me quité todo lo demás y me di una ducha.
Después de ponerme una bata y calzarme unas zapatillas, busqué otra ropa interior.
Aquella temperatura resultaba infernal para un reducido guardarropa de tiempo de
guerra. Elegí mi traje de chantung blanco, que resultaba de un aspecto tan fresco y
elegante llevándolo junto con mi anillo de boda, formado con una esmeralda.
Después me puse mis zarcillos de esmeraldas de imitación, y mis zapatos ribeteados
de verde. Como de costumbre, me pregunté cuánto duraría, con aquel calor, el tinte
«New Mexican» que me había dado en las piernas y que hacía el papel de medias.
Cuando me hube puesto el vestido, me pinté los labios y me arreglé el cabello.
Cuando Patrick salió del cuarto de baño, llevaba el cabello húmedo y vestía un traje
veraniego.
—Escucha —le dije—. Te quiero decir algo sobre Ava. Pat. —Elegí algunas
flores blancas y amarillas para ponérmelas en la cabeza en lugar de sombrero—. Ava
ha cambiado algo en relación con Toby. En lugar de lanzarle miradas de camero
degollado a cada minuto, le lleva ahora atadito con una cadena.

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—Quizás él se haya dado cuenta al fin de lo atractiva que es esa muchacha,
Jeanie.
Sentí un arrebato de celos, pero repliqué, según creo, con toda tranquilidad:
—Es algo más. Le tiene cogido. Ava está ahora tan segura de él que le castiga.
¡Habrías tenido que verla en el salón, antes que entrarais tú y Jonas!
Patrick se estaba poniendo su chaqueta o blusa, como la llamaban en la Marina.
—A va sería feliz con Toby —dijo.
—¡Dios mío! Nadie lo sería.
—Está enamorada de él, ¿no es así?
—¡Amor! Quieres decir atracción animal.
—¿Y tú te muestras contraria a tal cosa?
—Bien, es muy agradable querer a alguien sintiendo esa atracción.
—Muy agradable.
Y me besó. Yo murmuré: «¡Idiota!».
Pasó un rato.
Patrick echó una ojeada por todo el departamento. Yo arreglé de nuevo las flores
de mi cabeza, me volví a pintar los labios y dije:
—Como íbamos diciendo…
—Fíjate en tío George y en tía Dollie —continuó Patrick, que seguía paseándose
por la habitación—: ¿Crees que su unión fué estrictamente espiritual? Pues se han
llevado muy bien. A Toby y Ava les puede pasar lo mismo. No debes ponerte a
teorizar sobre esto. A Toby, naturalmente, no le gustaría ser atrapado. A ningún
hombre gusta. —Yo di un respingo—. Pero Ava es una muchacha muy guapa, y Toby
estará encantado. Ya lo verás, Jeanie.
Cogí el bolso verde que hacía juego con mis zapatos.
—Pat —dije—, ¡Toby fué quien mató a Helen Clary! Estoy segura de ello.
¿Recuerdas la hierba de sus zapatos? Ava lo sabe, y esto hace que le tenga cogido. A
ella no le importa lo que él ha hecho. Todo lo que desea es tener a Toby. Pero éste
desea a Carol, y, para quitar de en medio a Helen, ha empleado el extracto de curare
utilizado por los médicos, con objeto de que acusen a Roger Clary y éste sea
electrocutado, o lo que hagan en Luisiana, y poder así casarse con Carol. Pero Ava se
ha enterado y así le tiene ahora seguro. Querido, no me mires como si hubiera
perdido la razón. Tú no has estado aquí día tras día viendo las miradas que Ava
dirigía a Toby; parecía un gato enfermo. Y hoy, de pronto, se muestra triunfante y
contenta e incluso castigadora. Es mucha coincidencia, como diría tu amigo Jonas.
No creo que la asesina sea Ava. Claro que podía haber matado a Helen para que
Roger y Carol pudieran casarse y le dejaran a ella el campo libre con Toby, pero…
—Si no tienes inconveniente —me dijo Patrick enarcando las cejas—,
simplificaremos esto diciendo que la asesina fué tía Dollie. Y ahora vamos a beber
los julep.
—¡No bromees! A lo mejor, Toby ha puesto curare en el julep.

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—No lo hará —dijo Patrick cogiéndome por el brazo y llevándome hacia la salida
de la galería—. Wick puede ser un lobo, pero no es un tonto. No nos va a matar en su
propio departamento mientras la policía ronda por ahí.
Al llegar al final de la escalera, se detuvo. Tía Rita estaba subiéndola, seguida de
una belicosa Paulette.
—¿Ha registrado la policía su departamento? —preguntó tía Rita cuando llegó
arriba. Paulette, para dejar paso, había vuelto a bajar cortésmente los escalones.
Contestamos negativamente—. Me alegro —contestó tía Rita, que jadeaba un poco
como resultado de su ascensión—. A mí me han dejado las habitaciones patas arriba.
Esto significa mucho trabajo para el pobre Hugo y para Paulette. —Despidió a
Paulette, la cual contestó «Sí, señora» y se apresuró a atravesar el patio camino de la
cocina—. Después que se fueron ustedes registraron la biblioteca y el salón. No
dejaron nada por mirar. ¿Es que piensan que Victorine puede estar escondida en los
títulos de propiedad de la casa?
—Se trata de lo que ellos llaman rutina, miss Clary —dijo Patrick—. ¿Recuerda
usted que nos ha ofrecido varias veces enseñarnos toda la casa? ¿Puede usted hacerlo
esta tarde? —La anciana enarcó las cejas y no contestó. Yo tiré de la chaqueta de
Patrick—. Le advierto, miss Clary, que voy a hacer un verdadero registro, pero nada
quedará en desorden.
Las manos de la anciana permanecían enlazadas. Sólo sus negros ojos se
mostraban asombrados y ofendidos.
—Soy detective en la vida privada —dijo Patrick—, y Roger me ha pedido que le
ayude.
Tía Rita parecía aturdida, pero su expresión iba cambiando lentamente.
—¿Un detective? —preguntó—. ¡Qué suerte! Claro que haré de buena gana todo
lo que pueda para ayudar a Roger, teniente Abbott. Pero la casa ya ha sido registrada.
Le aseguro que no han dejado ningún rincón por mirar. Han mirado por toda la
maleza del jardín y registrado minuciosamente la despensa. Han mirado en todas las
arcas y en todos los armarios. Han golpeado todas las paredes y todos los suelos. Han
sacado los libres de sus estantes. No es posible que Victorine esté en la casa.
—Pero en la casa puede haber alguna pista que nos indique dónde se puede hallar
algo que no haya sido visto y que yo tenga la suerte de encontrar, miss Clary.
Tía Rita asintió lentamente con la cabeza, y luego, renunciando por primera vez a
la serenidad que le caracterizaba, exclamó conmovida.
—¡Sería espléndido que encontrase usted a Victorine, teniente Abbott! La policía
sospecha de Roger. Pero no es posible que él haya hecho una cosa así. Es muy
bondadoso. Fué idea suya la de traer aquí a Helen para que gozara de comodidad y de
amabilidad y no fuera maltratada, aunque hubiera sido por poco tiempo, como a
menudo son maltratados los enfermos mentales, en alguna institución poco simpática.
Una vez en la casa de salud del doctor Postgate, habría estado perfectamente

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atendida. Roger la trajo aquí por esa única razón. Si hubiera podido sospechar… No,
no, es demasiado bondadoso.
Patrick guardaba silencio.
—Temo haberle estado entreteniendo más de la cuenta. Lo siento.
Toby tenía ya los vasos de julep en la nevera, pero quiso enseñarnos su
departamento antes de que bebiéramos. A mí me remordía la conciencia —aunque no
demasiado— el tener al capitán Jonas esperándonos, pero me alegró que Patrick
hubiera querido visitar aquellas habitaciones, que constituían algo sorprendente en
aquella casa, ya que no había nada antiguo en ellas, salvo un espejo y la barandilla de
hierro de la ligeramente curvada escalera que llevaba a la habitación de arriba, o sea
al dormitorio. Dicha barandilla tenía el mismo monograma y las margaritas del
balcón. Había un lujoso baño moderno y una cocina disimulada. Las gruesas
alfombras, las sillas y las paredes hasta incluso los muebles eran de color cervatillo.
Toby, cuyo rostro tenía también aquel color, iba de un lado para otro enseñándonos
orgullosamente sus cosas. El antiguo espejo que había en el salón era uno de los
mejores que había en la casa.
—Verdaderamente, era demasiado bueno para colocarlo en la despensa —admitió
Toby, sonriendo como si acabara de decir un chiste—. Los demás muebles que había
aquí pertenecían a los primeros tiempos de Nueva Orleans; eran de caoba, pesaban
toneladas y le recordaban a uno demasiado a la muerte. Sospecho que en las
habitaciones de ustedes debe de haber muebles de ésos. Los hay en toda la casa. Le
dije a tía Rita que si quería que yo viniera aquí tenía que llevarse esos muebles de
estas habitaciones. —Estábamos de nuevo en la habitación de abajo, y Toby sacó los
vasos, que estaban helados y mostraban la menta vívidamente verde en su cima—.
¿Qué eligen para sus juleps, whisky de centeno o de maíz?
Patrick dijo que lo que deseaba era ron.
Yo por mi parte, elegí whisky de centeno.
Toby se decidió por ajenjo. Había puesto hielo picado en un viejo vaso de cóctel,
llenándolo una tercera parte de él. Dejó luego que el ajenjo resbalase sobre el hielo
gota a gota, sin cesar de removerlo con una cucharilla hasta que se heló.
Yo no había probado todavía el julep, que, naturalmente olía a menta fresca, por
lo que percibía claramente el olor del ajenjo, el cual me fascinaba. De pronto lo
reconocí. ¡Era lo que había olido la noche anterior cuando recibí en la cabeza el
golpe dado con la barra del cortinaje!
Con el libro de medicina, quiero decir.

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Echamos a correr inmediatamente después de habernos bebido los juleps, pero así y
todo, desde que el teniente Abbott, de la Marina de los Estados Unidos y Mrs. Patrick
Abbott se separaron del detective Jonas, en la calle del Canal, hasta que se reunieron
de nuevo con él en el restaurante francés «Galatoire’s», habían transcurrido
veinticinco minutos. El detective se había bebido dos vasos de vino Dubonnet, pero
cuando llegamos empezaba a sentirse impaciente. Sin embargo, toda su irritación
desapareció cuando el camarero colocó ante nosotros una fantástica colección de
cangrejos y de entremeses, cuyo conjunto se llama, según creo, una Dinkelspiel
Salad. Según Jonas, era demasiado tarde para tomar un aperitivo antes de aquel
primer plato, pero, a pesar de ello, nos recordaba que tomásemos uno. Cuando le
confesamos lo de los juleps, movió la cabeza con desconsuelo. Quizá los juleps no
eran lo más indicado para beber antes de aquel plato, pero debo confesar que éste me
gustó muchísimo. Empecé a sentir bastante simpatía hacia el capitán Jonas. Era muy
simpático. Su rostro era demasiado ancho por abajo, sus labios demasiado estrechos,
y sus ojos resultaban un tanto misteriosos sobre aquellas bolsas de enfermo del
hígado, pero, en conjunto, estaba muy bien. Me sentí ruin por haberme disgustado
aquella madrugada, cuando Patrick se apresuró a pagar el café y los buñuelos que
tomamos en el bar.
El restaurante se hallaba lleno. La gente comía, y los camareros no paraban de
servir. Oíase ruido de cubiertos y de platos, y percibíanse distintos y exquisitos
olores. Pero los ventiladores del techo refrescaban, o lo parecían, el ambiente. El
detective no tardó en decir que no le importaba que hubiéramos tardado. Había
empleado el tiempo en concentrarse y en estudiar el caso. Continuaba en contacto,
naturalmente, con la jefatura. No se sabía lo que había sido de Victorine, pero el
análisis de lo que se encontró en un cajón en la habitación de la calle Dauphine había
probado que se trataba de una mezcla de hierbas aromáticas en la que no existían ni
sapos ni serpientes, cosas que, según parece, se requieren para practicar la brujería.
Aunque se dicen muchas fantasías acerca del voodoo. Sus hombres —lo sabíamos,
¿no es verdad?— habían registrado concienzudamente la casa de Clary, incluyendo
las habitaciones de Toby, y no se había encontrado nada sospechoso. Lo habían
llevado a cabo tan de prisa que lo dejaron todo muy desordenado, excepto las
habitaciones de Toby, las cuales, según aseguró Jonas con ojos brillantes, quedaron
tan ordenadas que no parecían haber sufrido ningún registro.
Mientras Jonas hablaba, yo recordé que cuando sorbía el julep y pensaba en el
ajenjo de Toby, Patrick se había dedicado a escudriñarlo todo sin que Toby se diera
cuenta de ello. En efecto, Toby había estado, según su costumbre, dirigiendo
insolentes preguntas a mi marido y éste había respondido aparentemente con

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modestia, pero, en realidad, dirigiendo, a su vez, preguntas que Toby no sabía que lo
fueran. Y yo pensé con satisfacción que, después de todo, también sospechaba Patrick
de Toby. Pero quizás era todo obra del julep. Una buena bebida le hace a uno creer
durante algún tiempo que todo lo ve extrañamente claro, y más tarde comprende que
lo que ha pensado y dicho durante aquel tiempo no era ni claro ni importante.
—Pero no han registrado sus habitaciones —continuó Jonas—. Me figuré que ya
lo harían ustedes. Ustedes supieron antes que yo que se había cometido un asesinato.
¡Así, pues, la policía no había registrado nuestro departamento!
¿Quién quitó entonces el libro? ¿Quién quitó las Enfermedades mentales de Tice,
volumen X?
Patrick movió la cabeza y dijo que el registro había trastornado a tía Rita a causa
del trabajo que representaba volver a colocar las cosas en su sitio, y el detective
contestó que lo sentía mucho, pero que el tiempo apremiaba y que no tenía muchos
hombres a sus órdenes.
—Ya hemos desperdiciado bastante tiempo en las habitaciones de Wick, donde lo
dejamos todo en orden. No veo por qué hemos de mezclarle en esto, pero es un tipo al
que hay que vigilar.
—Su nombre no es Wick —dijo Patrick.
El capitán Jonas dirigió una rápida mirada a mi marido.
—¿Lo sabe usted, teniente Abbott?
—Por más que intento, no puedo recordar su verdadero nombre, capitán Jonas —
dijo Patrick, mientras pinchaba un trozo de huevo duro sazonado deliciosamente con
caviar—. Me he estado devanando los sesos y no doy con él. —Como Jonas no decía
una palabra, Patrick continuó—: Me parece que era un nombre que se parecía
bastante a Wick.
La gente seguía entrando en el restaurante. El maître recibía en aquel momento a
una dama que llevaba un maravilloso sombrero de los que se ven en Londres, a la que
acompañó hasta una mesa cubierta con blanco mantel que había en un ángulo de la
sala. En los restaurantes de Nueva Orleans se ven siempre a algunas ancianas
fantásticas.
Jonas miró cautelosamente en torno suyo.
—Se llama Villers. Cambió de nombre cuando vino a Nueva Orleans.
—Hace ahora tres años, ¿verdad? —preguntó Patrick.
—Cerca de tres. No sabía que tuviera noticias de él, teniente.
Patrick se limitó a mover la cabeza. Fingía estar enterado de todo aquello para
sonsacar al detective. ¿O es que estaba enterado de veras?
—Golpeó y echó a alguien de su bar de Chicago, ¿verdad?
—Sí, golpeó a alguien, pero no lo echó. Lo malo fué que la víctima era hijo de
uno de los más conspicuos políticos de Chicago, y el padre echó a Toby de la ciudad.
—Yo creía que la víctima había muerto.

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—Y tiene usted razón —repuso Jonas—. Wick sostuvo que había sido en defensa
propia, y salió absuelto. Pero tuvo que cerrar el establecimiento. Sólo queda por
aclarar el porqué vino aquí. Existen otras muchas ciudades buenas para ganar dinero.
Pero Wick vino aquí, alquiló las habitaciones en casa de miss Clary y se dedica a
expender cocktails de menta a precios elevados. ¿Por qué? No parece hacer mucho
caso de esa muchacha. Esta mañana he estado observándolos. Es un muchacho muy
afortunado que no parece prestar mucha atención a ello. —El capitán Jonas movió
una mano—. Bien, seguiremos jugando con la boca cerrada y los ojos abiertos.
—¿Por qué no está movilizado? —pregunté.
—En primer lugar, es sordo de un oído. Además, ha pasado de la edad.
Repuse que no lo parecía, y Jonas cambió de conversación, volviendo a hablar de
la comida cuando el camarero sirvió las truchas, el filet de truite Marguery que
«Galatoire’s» preparaba, al decir de Jonas, mejor que nadie en el mundo. ¿No
habíamos probado su bouillabaise? También hacían un suculento plato criollo a base
de cangrejos sazonados con muchas hierbas: tomillo, laurel, ajo, si se quiere, y
perejil. «Hierbas». La menta es una hierba. El olor que percibí la noche anterior, antes
de ser golpeada con un libro, era, lo recordé de pronto, olor a anís. El ajenjo olía
como el anís. El anís es una hierba.
—Clary cometió el asesinato —dijo Jonas. Y de nuevo miró cautelosamente en
torno suyo—. En cuanto encuentre a la enfermera, le acusaré. No es que diga que
Carol Graham supiera lo que él estaba dispuesto a hacer cuando se encontró con él
anoche en Jackson Square, pero después de ello Clary se fué a su casa y mató a su
mujer. El asunto está claro, teniente.
Me sorprendí tanto al enterarme que el detective sabía lo del encuentro de los
jóvenes que me quedé mirándole con el tenedor en la mano.
Patrick pareció tan sorprendido como yo. Pero no porque Jonas supiera que los
jóvenes se habían encontrado, sino de que se hubieran encontrado. Se hubiera dicho
que no sabía una palabra.
—¿Cómo se ha enterado usted de eso, capitán Jonas? —preguntó después de un
momento.
—Alguien telefoneó a la jefatura. Fué una llamada anónima llevada a cabo por
una mujer, según cree nuestro telefonista, que fué el que tomó el mensaje. Este
consistía simplemente en la noticia de que dos jóvenes que se parecían al comandante
Clary y a cierta muchacha habían sido vistos hacia medianoche en Jackson Square.
Hemos hecho las averiguaciones rutinarias, y un guardián, por cierto nuevo en el
oficio, recordó haberlos visto. Parece que la pareja se sentó en un banco, cerca de la
puerta que da frente a la iglesia. Su descripción fué muy minuciosa, y esta mañana los
ha identificado en la casa, sin que ellos se hayan dado cuenta. Dice que cuando los
vió en Jackson Square, la niebla empezaba a desaparecer y que no se atrevió a
echarlos del parque porque era nuevo en el oficio y odiaba tal deber. Además, no se
ponían melosos ni nada por el estilo; hablaban, parece que hay que reconocerlo, con

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absoluta serenidad. Cuando dejaron la plaza, la muchacha marchó delante y el
comandante siguió detrás. Ni siquiera entonces se fijaron en el guardián. Este podía
oír lo que decían, pero pensó que hablaban en francés, pues no entendió nada. Esta
mañana he hablado a Carol del asunto y lo ha confesado. Claro que se ha enfadado
bastante.
—Y Clary, ¿también lo ha confesado?
—No he hablado a Clary del asunto. La muchacha lo hará por mí; así lo he
dispuesto. Mientras más loco volvamos a Clary, más equivocaciones cometerá.
El camarero nos sirvió pequeñas limas de color verde, patatas y una ensalada tan
verde como mi esmeralda; luego escanció el seco vino blanco.
—Un buen burdeos —dijo el capitán Jonas—. Está ahora muy escaso.
El camarero nos dejó de nuevo, y Jonas, extendiendo sus pequeñas manos, que
ahora me parecían graciosas, debido quizás a la bebida que había ingerido o tal vez a
la influencia de una buena comida (en realidad, todo en Mr. Jonas me parecía ahora
agradable), dijo:
—Hemos investigado todo lo que hizo el comandante Clary. Salió del hospital a
la hora que dijo, llegó a la ciudad y dejó su coche en el garaje cuando faltaban siete
minutos para la medianoche. Desde esa hora perdemos su pista, hasta que el policía le
ve en el parque, pero en él estuvieron tan sólo unos cuantos minutos, cuatro o cinco,
lo cual está de acuerdo con lo que dice Carol. Se encontraron en la esquina que hay
cerca de la iglesia, o quizá, más concretamente, cerca del Cabildo, pues la cita era en
la calle St. Peter, esquina a la de Chartres. Entonces fueron a sentarse en el banco.
Clary, naturalmente, debía de sentirse impulsado al asesinato. Su esposa se hallaba
loca sin remedio…
—Entonces no sabía que no tenía cura —dijo Patrick—. Es verdad que no la
tenía, pero los doctores no han podido asegurarlo hasta que Postgate examinó el
cerebro durante la autopsia.
—Eso no es más que un detalle —dijo Jones extendiendo las manos—. Lo cierto
es que desde hace mucho tiempo tenía la intención de matar a su mujer. Deseaba su
dinero y deseaba a Carol Graham. Lo planeó todo minuciosamente. Quería usar el
curare, que quitó del maletín del doctor Postgate, y…
—No tenía que robar el curare —dije—. Es médico. Podía comprar el curare por
sí mismo.
—¿Y eso hubiera sido prudente? No. No es muy corriente comprar curare, y en
las tiendas recuerdan al que lo hace. Y si lo hubiera sacado del hospital en donde
presta sus servicios, habría sido muy fácil averiguarlo. Creo que podemos asegurar
sin temor a equivocarnos que Clary se las arregló de alguna manera para robarle al
doctor dos botellitas con vistas al cuidadoso plan que había trazado para cometer el
asesinato. La enfermera era un obstáculo, naturalmente, pero no muy serio, pues
Clary había dado últimamente varias veces permiso a la enfermera para que ésta fuera
a pasar la noche a la calle Dauphine ya que él se quedaba en la casa toda la noche. La

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casera de Victorine me ha enterado de tal cosa. Lo había planeado todo muy bien, y
sabía que habría parecido mucha casualidad que su esposa hubiera fallecido la
primera noche que se quedó sola con él. Anoche decidió hacerlo. Sólo que cometió
algunas equivocaciones. En primer lugar, llamó a la muchacha por teléfono. La
llamada quedó registrada en su hospital y también en el lugar donde la joven presta
sus servicios como ayudante de enfermera. Luego se encontraron junto a la iglesia, y
ella me lo ha confirmado. Clary se encontraba probablemente abrumado por la
perspectiva del asesinato. Y pensó que tenía que verse con la muchacha, besarla tal
vez, para tener fuerzas para matar a su mujer. Clary no ha nacido asesino. Wick, por
el contrario, se las hubiera arreglado mejor, caso de que alguien le estorbara. Lo
único que le habría preocupado era no dejarse coger. Wick no hubiera cometido la
equivocación de encontrarse con la muchacha. Tampoco se habría arriesgado a que el
nerviosismo le delatase. No, Wick no habría procedido de esta forma. No se habría
fiado de nadie, y mucho menos de ninguna mujer.
Clary, pues, se había hecho gradualmente la idea de matar a su mujer, y estaba
resuelto a hacerlo costase lo que le costase. Puedo decir en favor de Clary lo
siguiente: no creo que lo hubiera hecho sólo por el dinero. Necesitaba el incentivo de
la muchacha. Aunque seguramente también sentía remordimientos a cuenta de la
muchacha. Su conciencia debía de molestarle, aunque su esposa estuviera loca. De
ningún modo debía de serle agradable matarle. Todos los sentimientos que sintiera
por la mujer con la que se había casado habrían desaparecido a causa de que su mujer
no era ya, naturalmente, la misma de antes. —Jonas hizo una pausa y luego continuó
—: Bien, después de haberse encontrado con Carol estuvo paseando durante un par
de horas, lo cual prueba que lo que iba a hacer le costaba lo suyo. Según su
declaración, estaba preocupado por alguna cosa, y estuvo paseando desde que dejó el
coche hasta que entró en la casa, encontrándose entonces con Mrs. Abbott, que yacía
sin sentido en la entrada de su dormitorio. —Se detuvo para recobrar el aliento y
luego continuó—: No ha mencionado la entrevista con Carol, y nosotros tampoco le
hemos dicho nada, pues quiero que sea ella la que le diga que estoy enterado de todo.
—Entonces, cree usted que fué Clary quien golpeó a mi esposa en la cabeza con
la barra del cortinaje, ¿verdad? —preguntó Patrick.
Los ojos de Jonas echaron chispas.
—No fué con la barra del cortinaje —respondió—. Fué con otra cosa. Todavía no
tenemos el objeto. Usted debía habérnoslo dicho todo, Mrs. Abbott. Bien, dió un
golpe en la cabeza o Mrs. Abbott y luego se subió a una silla, desde la que pasó a la
parte alta de ese mueble que hay junto a la ventana, y desde allí tiró la barra y los
cortinajes para hacer creer que se trataba de un accidente. Fué una buena idea por su
parte, sólo que no cayó con que las ventanas se abren hacia dentro, cosa que echaba a
perder su buena idea. No es que tuviera intención de matarla, Mrs. Abbott, pero le dió
lo suficientemente fuerte para que perdiera el conocimiento. El pánico se había
apoderado de él, lo cual es muy comprensible. Bien, ya conoce usted el resto. Su

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bajada al patio cuando vió a Mrs. Clary fué el principio de una serie de
acontecimientos y causa de que toda la casa se pusiera en conmoción. Y entonces el
doctor Postgate se acordó de sus dos ampollas y pidió una investigación. Y aquí nos
tiene usted buscando a una enfermera… y tratando de cazar a un médico, a un médico
militar, lo cual significa una complicación.
—¿Cree usted que la enfermera salió de la casa antes de que Roger entrara en
ella? —pregunté.
—No, Mrs. Abbott. Aunque este aspecto es lo que falta aclarar.
—¿Cree usted entonces que tío George ha mentido?
El detective movió su ancha cabeza.
—Quizá sí, quizá no. Tío George, como le llaman ustedes, es un antiguo conocido
mío, pero no le hemos podido coger en ninguna contradicción en su declaración.
Puede haber visto cómo la enfermera salía de la casa, pero quizás esté equivocado en
cuanto a la hora. Me parece que Clary llegó a la casa antes de que ella saliera. Tío
George no lo vió porque Clary venía de la calle Chartres, por lo cual pasó ante las
ventanas del departamento de Toby, pero no ante las de tío George. Así, pues, Clary
pudo haber entrado en la casa sin ser visto por el otro, aun teniendo en cuenta que ese
curioso estaba en una ventana situada muy cerca de la acera. O quizá dió la
casualidad que tío George no miraba a la calle cuando Clary llegó… Bien, Clary
entró, despidió a la enfermera y dió principio a su fea labor, haciéndolo cuanto antes
por miedo a cambiar de pensamiento. Tuvo suerte en una cosa, y fué la forma en que
empujó a su mujer escaleras abajo para simular un accidente. La enferma recibió
entonces una herida en el brazo que destruyó la huella de una reciente inyección. Pero
su suerte no le duró mucho, pues, el viento movió una persiana, y esta damita se
levantó para cerrarla, oyendo un ruido sospechoso abajo… Bien, ya saben ustedes lo
demás. No he pedido el postre, pensando que a ustedes les gustará elegir por sí
mismos. ¿Qué desean?
Íntimamente horrorizada, me di cuenta de que sin un temblor, a pesar de haber
escuchado toda aquella horrible historia, me decidía por la Baked Alaska, que era lo
que el camarero nos había sugerido. La comida, o bien la bebida, de Nueva Orleans
era tan buena que se podía estar escuchando una horrorosa historia, que significaba
una condena para Roger y la seguridad de que Carol sería ya desgraciada para toda su
vida, sin haber dejado de comer. Mi imaginación y mi espíritu se hallaban
trastornados, pero ni estómago estaba indecentemente normal y complacido.
Tomamos café y un buen coñac, y mi estómago continuaba perfectamente.
—Ahorraré a la muchacha todos los disgustos que pueda —siguió Jonas mientras
encendía un cigarro. Patrick me ofreció un cigarrillo—. La encuentro muy bonita.
Tiene un rostro que cada vez le gusta a uno más. —Dió una profunda chupada a su
cigarro y añadió tranquilamente mientras sorbía su coñac—: No me gusta trabajar en
un caso de criollos. Pero estos criollos saben cocinar.

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Cuando el capitán Jonas nos dejó en casa eran las dos y diez; la una y diez según
la hora solar.
El calor era agobiador. El cielo estaba encapotado y no lucía el sol. Las nubes
agrupadas parecían aplastar sin misericordia a la vieja ciudad. El calor era más cruel
y más intenso que a la cruda luz del sol. Nos apresuramos a refugiarnos en el
sombreado interior de la casa.
Mientras subíamos los escalones que llevan de la calzada de carruajes hasta el
hall inferior, me di cuenta de que en la galería del cuarto de Roger Clary se movía
algo, algo tan ligero que quizá no existiera; tal vez fuese una mala pasada que me
jugaban mis ojos. ¿Era cierto que se había abierto ligeramente una puerta vidriera y
que luego se había vuelto a cerrar rápida y furtivamente? Se trataba de la puerta por
donde yo entré en la oscuridad buscando socorro para Helen Clary.
En el hall de nuestro piso, el arca de caoba había sido cerrada de nuevo. Patrick
se acercó a ella, levantó la tapa y miró en el interior. «¡Qué macabro!», pensé, como
Ava Graham. Me encontraba subiendo la escalera de caracol y a medio camino de
ella pude ver el interior del arca; estaba vacía, y no había razón para que no lo
estuviera. No había razón para que hubiese algo dentro de ella ni para que yo pensara
que resultaba macabro que alguien levantara la tapa y mirase. El calor era
seguramente lo que me ponía los nervios de punta.
Ya en nuestras habitaciones, Patrick se dirigió resueltamente al dormitorio,
quitándose la ropa a medida que andaba. Era lo que debía hacer. Cuando se está en
privado puede uno despojarse de casi toda la ropa y tomar varios baños para resistir el
calor. Patrick decía siempre que con un calor como aquel era preferible estar
trabajando en una oficina que permanecer ocioso. Pero yo ardía de curiosidad por
enterarme de quién había movido aquella puerta. ¿Habría sido una ilusión mía? Si era
verdad que la puerta se había movido, ¿por qué la habían cerrado? ¿Acaso el que la
movía nos había reconocido? ¿Por qué hacía Roger aquello si Patrick era su amigo y
estaba dispuesto a ayudarle? Abrí sigilosamente una persiana y salí a la galería,
acercándome a la barandilla. El caluroso resplandor del día me hacía parpadear.
No veía un alma. La cegadora y cruel luz despojaba de todo color el patio y el
jardín. Las galerías se hallaban desiertas y cerradas todas las persianas, que tenían las
tablillas bajadas para impedir que la luz entrara en las habitaciones. Ya me había
vuelto para volver a entrar en nuestro salón cuando oí la voz de tío George, que venía
de la galería del piso inferior. La aguda voz de falsete hablaba más fuerte de lo que tal
vez pensaba su dueño, y dijo:
—Todo lo que necesito son cinco mil, Roger, y te prometo que te los devolveré y
que nunca volveré a pedirte nada. ¿Qué son cinco mil para ti ahora, muchacho?
Roger, con voz que denotaba irritación, respondió:
—De acuerdo, de acuerdo.

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La cocina era el lugar de nuestro departamento que resultaba más fresco, o, por lo
menos, menos caluroso, pues tenía el suelo de linóleo y unas modernas y sencillas
sillas y mesas de madera de arce. Nos sentamos en la cocina, encendimos un
cigarrillo y yo conté a Patrick lo que tío George había estado diciendo a Roger
cuando salí a nuestra galería. Mi marido pareció no dar mucha importancia a aquello.
Contestó que era muy natural que tío George hiciera tales sugestiones, pero añadió
que no era de muy buen gusto expresarlas tan pronto. Habría debido, por lo menos
esperar al día siguiente y no decir nada durante el domingo.
A continuación le conté a Patrick lo del olor del ajenjo de Toby, es decir, que me
parecía el mismo que percibí antes de que me dieran el golpe en la cabeza. Toby, que
despedía olor a ajenjo, sugerí —o, mejor dicho, lo di por seguro—, fué el que me
propinó el golpe. Pero Patrick dudaba de que el recuerdo de un olor pudiera llamarse
una buena prueba.
Realmente, hay muchas cosas cuyo olor recuerda el del ajenjo, o sea, el de anís.
En el jardín había anís, naturalmente. Las semillas eran usadas en pastelería. A los
criollos les gustaba el anisete, y seguramente cultivaban la hierba para hacerlo. Lo
que olía podía ser tal vez anisete o simplemente matalahúva.
Conté luego a mi marido que había visto que se movía una ventana, aunque no
estuve segura de ello hasta que la voz del tío George dirigiéndose a Roger no hubo
completado la impresión.
Después preguntó a Patrick de qué forma se había enterado de la vida y milagros
de Toby Wick.
—Yo no sabía nada sobre Wick, Jeanie.
—¡Pero hablaste a Jonas como si estuvieras enterado de todo! Estaba segura de
que te inventaste parte de ello, pero…
—Wick me había dicho que venía de Chicago. No cabe duda de que es un experto
en la tarea de regentar un bar, así que deduje que éste había sido su trabajo antes de
venir aquí. Le gusta tener dinero, y, por lo tanto, es muy raro que se le hubiera
ocurrido venir a establecerse en Nueva Orleans para hacerle la competencia a los
antiguos lugares populares de por aquí, sobre todo antes de que la guerra hubiera
hecho que cualquier sitio sea bueno para instalar un bar. Es fácil, pues, hacerse una
idea de por qué vino. Ahora tengo interés en saber si tiene intención de continuar aquí
después de la guerra. Quizá piense continuar. Te habrás dado cuenta de que atrae a la
gente de gusto exótico, y no hay duda de que hay aquí mucha gente de este tipo,
sobre todo teniendo en cuenta el número de habitantes. Esto se debe a la mezcla de
sangre. Nueva Orleans está llena de gente viciosa.
—¿Y no sabías que había cambiado de nombre?

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—¡Claro que no! Me limité a sonsacárselo a Jonas. Probablemente cambió de
nombre a causa del lío de Chicago.
Reflexioné durante unos momentos.
—Villers, o algo así. ¿Será descendiente de franceses?
—Es muy posible.
—¿Y tampoco sabías nada sobre la pelea de Chicago?
—Tampoco. Jonas bromeó con él una vez en «Ángel Bueno», preguntándole en
tono significativo si quería probar sus propios puños. Y el incidente quedó en mi
memoria.
—¡Oh! Jonas no cree que Toby es el asesino, ¿verdad?
—No lo sé.
—¡Oh! ¿Tú crees…?
—Creo que el capitán Jonas está tratando de ganar tiempo. No puede probar que
Helen fué asesinada; no puede probarlo todavía, a menos que tenga un as en la manga
que no ha enseñado todavía, esperando para hacerlo a que las cosas estén maduras.
Probablemente sabe más de lo que dice.
—Quizá sepa ya dónde está la enfermera. Me ha parecido, durante el almuerzo,
que había llegado a una conclusión. Se ha mostrado muy amable. Y no ha intentado
catequizarme para que hablara en la forma que yo esperaba. Ha desplegado mucha
simpatía. Pensé que se debía a la comida.
—Lo atribuiremos a la comida, Jeanie.
—Ese almuerzo, naturalmente, fué planeado para que nos sintiéramos satisfechos
y nuestras lenguas se desataran Parecía positivamente inspirado, querido. No se
mostraba tan torpe y tan descortés como antes. Lo que te digo: intentaba sonsacarnos.
—Patrick parecía embebido en sus pensamientos y no contestó. Yo me enjugué el
sudor que corría por mi frente a consecuencia de mi esfuerzo al hablar—. Y siempre
hay homicidas maniáticos que…
—Es verdad. La próxima vez que Toby nos invite a tomar un julep, recuérdame
que le he de preguntar si él es uno de ellos.
—No bromees, querido. Hace demasiado calor, y, además, no tenemos tiempo
para ello. El capitán Jonas puede detener a Roger aunque sólo sea por sospechas.
Quizás está esperando para ello a que el día refresque. —La sonrisa de Patrick me
irritó—. Y bien, ¿por qué no? ¿Por qué no puede estar esperando a que haga menos
calor? Y tenías razón: es muy listo. Ya has visto cómo estaba enterado de que Carol y
Roger se habían encontrado cerca de la iglesia.
—Eso es elemental —dijo Patrick con cierta impaciencia—. Roger la citó desde
su hospital, donde se registran las llamadas. Pero de todas formas ha tenido suerte de
que el guardián de la plaza los recordase.
—Pero ¿y esa llamada anónima hecha por una mujer según dice Jonas? ¿Quién
puede haber hecho una cosa tan fea como ésa? —Patrick no contestó—. ¿Habrá sido
Ava Graham?

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Ava, la hermosa y perfecta Ava, podía haber representado un papel repulsivo en
todo aquello.
—Carol y Roger nos dijeron que nadie los vió excepto nosotros —dijo Patrick—.
Pero deben de estar equivocados.
De súbito caí en la cuenta de por qué estaba Carol enfadada conmigo. Sin duda
creía que era yo la que había telefoneado a la policía.
—No hay duda de ello —dijo Patrick como si desde hacía tiempo hubiese llegado
a la misma conclusión—. Tenemos que aclarar este asunto con Carol más tarde.
Dudo, sin embargo, que sea Ava la de la llamada anónima a la policía. No sé cómo
iba a saber ella que Carol y Roger se encontraron, a menos que se lo dijera la propia
Carol, lo cual es posible.
Yo moví la cabeza.
—No lo creo así, querido. No creo que entre ellas haya mucha intimidad, pese a
ser hermanas. Son muy diferentes. Pero, por otra parte, Carol es terriblemente
indiscreta. —Me sequé el sudor de la frente y me pregunté cómo se las arreglaría
Patrick para aparentar que no sentía calor. Quizá fuera porque podía pensar mientras
descansaba. No me sucedía a mí lo mismo, pues hice varios gestos y me sentía
fatigada por el calor. Me muevo mucho cuando pienso, y cada vez, por lo tanto,
siento más calor—. Pat, ¿no crees que podemos aplazar la hora convenida con tía
Rita para visitar la casa? Las tres es la hora en que más calor hace de todo el día; la
casa estará oscura, y sus ocupantes echando la siesta y…
—Fué tía Rita la que marcó la hora, querida. Quizá está deseosa de acabar cuanto
antes. Ya sabes que está preocupada por Roger. Y supongo que no lo dijo por decir.
—Escucha: ¿crees que Jonas dice la verdad cuando aseguró que sus hombres no
habían registrado este departamento? En tal caso, ¿quién cogió el libro?
—Si yo supiera quién cogió el libro —dijo Patrick mientras echaba la ceniza en el
cenicero— y además pudiera probarlo, no estaría ya envuelta en el misterio la muerte
de Helen Clary. —Siguió un corto silencio—. No —añadió Pat—, pero no soy lo
bastante buen sabueso para adivinarlo.
—¡Oh, sí! Naturalmente. El que me golpeó con el libro pensaría constantemente
en él. Quizá vió que tú lo cogías. Debió de echarlo de menos de… del lugar en que tú
lo encontraste. —Me refería a la habitación de Roger. Se trataba de un libro de Roger.
Roger había visto luego que el libro estaba en nuestro departamento. Todo acusaba
siempre a Roger—. El que sacó el libro, de esta habitación debió de haber estado
antes entre las hierbas aromáticas del jardín, ya que encontramos esas dos semillas de
eneldo en el linóleo. El libro fué sacado de aquí mientras acompañábamos a Jonas
para ver si la mujer del hospital era la enfermera. Los policías estaban todavía a esa
hora registrando la casa. Cuando volvimos encontrarnos a Toby tan presumido como
siempre y con un manojo de menta en la mano. Había ido a buscar la menta al jardín.
Las semillas de eneldo habían venido asimismo del jardín.
Patrick se movió enigmático y muy poco impresionado.

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—Todo el mundo pasa entre las hierbas aromáticas del jardín, querida. Paulette va
con frecuencia a aquel lugar. Y se encontraba arreglando este departamento ruando tú
estabas en el salón. Tía Rita está también a menudo entre las hierbas aromáticas. Lo
mismo ocurre entre las hierbas que forman parte del sendero general del jardín. Tío
Roger, Hugo, tú, yo, los policías…, cualquiera puede haber llevado adheridas a la
suela de sus zapatos las semillas de eneldo. Los eneldos son muy pequeños, Jeanie.
Era verdad.
—Sea lo que fuere, muchas de esas personas que has nombrado no tienen excusa
que justifique su subida a estas habitaciones, Pat. Tía Dollie, Carol, Ava o tío George
no podían venir aquí sin un motivo justificado, y les hubiese sido muy difícil entrar
estando nosotros fuera con la casa llena de policías. Esto en lo que toca a la familia. A
Toby, por su parte, le hubiera sido muy difícil entrar por la puerta, subir hasta aquí y
luego salir sin llamar la atención de nadie. Me he hecho un lío. ¡Qué complicado es
esto de las semillas, querido!
Patrick dejó su cigarrillo.
—No te preocupes. Yo todavía le estoy dando vueltas a lo del trozo de la cuenta
azul.
—¿Crees que es importante?
—Puede serio.
Volvió el rostro hacia la puerta que daba al hall. Como de costumbre, había oído
antes que yo un ligero ruido.
De súbito sonó estridentemente el timbre de la puerta. Mientras Patrick iba a
abrir, yo tuve la sensación de que había sido espiada, y que me habían estado oyendo.
La puerta no estaba muy cerca de nosotros, pero no habíamos tomado la precaución
de bajar la voz.
¡Eva Carol Graham!
—Tía Rita me ha rogado que les recuerde que tienen que ver la casa a las tres en
punto —dijo Carol desde el umbral con voz baja y tensa.
—Gracias —contestó Patrick dando un paso hacia la puerta y manteniéndola
abierta—. ¿No quiere usted entrar. Carol?
—No, no quiero entrar —dijo Carol.
Seguía mostrándose enfadada y se portaba infantilmente. Volvió a mirarme como
si mi presencia la pusiera enferma.
—Deseo hablar con usted —dijo Patrick con mucha tranquilidad. La joven,
después de un momento de vacilación, hizo con las manos un pequeño ademán
despreciativo y entró. Patrick cerró la puerta—. Pase y siéntese —añadió.
Carol se acercó a la puerta de la cocina y permaneció en pie, siempre evitando
mirarme.
—Si continúa usted procediendo como una niña —dijo Patrick en el tono en que
se acusa a una criatura, lo cual puso a la joven en guardia— sólo porque piensa que

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fuimos nosotros los que dijimos a la policía que usted y Roger se vieron anoche, está
usted completamente equivocada, Carol.
Un lento rubor subió al rostro de Carol, tiñendo sus diminutas y lindas orejas bajo
el espeso cabello castaño, peinado hacia arriba a causa del calor. Llevaba un fresco
traje de color de rosa con volantes sobre los hombros que dejaban desnudos los
atractivos brazos de la muchacha.
Carol quiso seguir mostrándose enfadada, pero no había duda de que su enfado
decrecía.
—La gente que da citas por un teléfono público no debe ser tan rápida en acusar
—dijo Patrick—. Además, alguien más podía haberlos visto a ustedes. —Carol
movió la cabeza—. ¿A qué hora salió usted anoche del hospital?…
—No creo que…
—¡Conteste! —exclamó Patrick—. Y continúe en pie si quiere; yo voy a
sentarme.
Hizo dar media vuelta a la silla, se sentó en ella a horcajadas y cruzó los brazos
sobre el respaldo.
Carol continuó en pie.
—Si no fuera por eso, es decir, si no hubiéramos sido delatados, la policía no
hubiera tenido motivos para seguir espiando a Roger. Y lo están haciendo. Hay un
policía en la calle, igual que antes…
—Eso ya lo sabemos. Le he preguntado que a qué hora salió anoche del hospital.
—A las once y media…
—En tal caso, esperó usted un buen rato cerca de la iglesia, ¿no?
—No.
—¡Oh! Entonces es que fué usted a algún otro sitio.
Carol hizo un ademán de fastidio.
—¿Qué tiene que ver eso? Fuí andando hasta la calle Bourbon, y cuando llegué a
la esquina de St. Ann miré la ventana del bar de Toby y distinguí en ella a Ava, que
estaba sentada sola ante una mesa. Entré y estuve sentada un rato con ella.
—¿Le dijo usted que se iba a encontrar con Roger?
—No. ¡Claro que no!
—¿Y de qué hablaron?
—¿De qué hablamos? ¿Y eso qué tiene que ver?
—Conteste a la pregunta, Carol.
—Le diré, ya que lo desea usted saber, que la mayor parte del tiempo hablamos
de Toby. Yo, por mi parte, no hablé mucho, pues todo se lo dijo ella, que estuvo
hablando de Toby y de lo atareado que estaba con tanta gente en su establecimiento.
Yo, al fin, me avergüenzo de decirlo, me olvidé de mí misma y me atreví a darle un
consejo.
—¿Un consejo?

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—Le dije a Ava que si no hubiera demostrado tan pronto su amor por Toby
hubiera podido atrapar a éste más fácilmente.
—Así, pues, la volvió usted loca, ¿eh? Debe de haber seguido su consejo. —
Patrick hizo una pausa y luego continuó—: Ahora lleva a Toby atado de una cuerda,
Carol.
Mi marido había sabido esto por mí, pero era lo mismo.
Carol palideció.
—¡Oh! No creo que mi sugestión fuera a producir efecto tan pronto. Creí que era
cosa de tiempo. Me limité simplemente a sugerir que ponía demasiada carne en el
asador, pero, en realidad, no es que el asunto me importara mucho; es cosa que atañe
sólo a ella, después de todo. Pero yo me encontraba un poco impaciente y se lo dije
claramente. Lo sentí, enseguida, pues mi hermana se irritó. Se puso en pie y se
marchó, dejándome sola en la mesa. El camarero se presentó. Yo me encontré hecha
un lío, y esperé, creyendo que Ava volvería; pero pronto me di cuenta de que no
regresaba. Pensé que habría salido por alguna otra puerta, así que pagué mi
consumición y fui a encontrarme con Roger.
—¿Qué camino siguió usted entonces?
—Seguí por la calle Bourbon hasta la de Orleáns, y entonces, por la Avenida
Orleáns, llegué hasta la iglesia, frente a la puerta del Cabildo. Roger estaba ya allí.
Cuando ustedes nos vieron acababa yo de llegar.
—¿No vió usted a Ava más tarde?
—Cuando vine a casa, Ava ya se encontraba en ella —dijo Carol.
La joven se acercó a una silla y tomó asiento. Patrick le dió un cigarrillo y le
ofreció lumbre. Pero ella seguía sin mirarme.
—¿A qué hora fué eso?
—No lo sé exactamente. Mi habitación comunica por un lado con la de tía Rita y
por otro con la de Ava. Todas las habitaciones de esta casa se comunican unas con
otras, ¿saben? Para hacer independiente el departamento de Toby tuvieron que
condenar tanto la puerta que daba a la biblioteca como las dos que dan al hall de
ustedes. Yo asomé la cabeza en las dos habitaciones que comunican con la mía y di
las buenas noches. Tía Rita contestó, pero no Ava; yo veía a esta última, que estaba
ya en la cama, y pensé que no me contestaba porque se encontraba enfadada
conmigo. Estaba arrepentida de haber hablado. No era asunto mío. Creo que Ava vale
más que Toby, pero repito que no es asunto mío.
—Es una lástima que no sepa usted qué hora era entonces.
Carol reflexionó durante unos momentos.
—Bien, Roger y yo no estuvimos mucho rato juntos. Por cierto que en esta
galería de ustedes estaba hablando alguien…
—Debía de tratarse de Helen Clary —dije a Patrick—. Si Carol hubiera entrado
entonces, yo no me habría dado cuenta, aun en el caso de que la recién llegada no

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hubiera andado con cuidado, ya que mi atención estaba pendiente de Helen Clary.
Supongo que, además, debía de encontrarme un poco asustada.
—Roger ya me ha hablado de eso —dijo Carol—. Lo siento.
—Y yo siento que usted pensara que nosotros los delatamos, Carol.
—También yo siento haber sido tan tonta como para pensarlo —contestó Carol.
Su sospecha se había desvanecido como por encanto—. Bien, pues después me metí
en la cama y entonces… entonces… Bien, eso es todo.
—¿Sí? —preguntó Patrick.
Carol pareció abstraerse en sus pensamientos.
—¡Qué noche tan extraña! Primero la niebla; luego, aquel cómico viento. Había
alguien que paseaba por la casa… Era Helen, supongo. Aunque quizá los pasos que
oí fueran producto de mi imaginación, o tal vez fuese el viento, que comenzó a
mover, como siempre, las persianas que habían quedado abiertas. La gente deja las
persianas abiertas, y, al levantarse viento, hacen ruido. Por lo general, no me
despiertan esos ruidos, pero anoche permanecí despierta…, aunque no siempre, pues
cuando tío George entró en mi cuarto para decirme que Helen estaba muerta y que me
necesitaba, yo estaba profundamente dormida.
—¿Le dijo tío George que Helen estaba muerta? —preguntó Patrick.
La súbita luz verde que se había encendido en sus rasgados ojos desmentía el tono
indiferente con que la pregunta había sido formulada.
Los francos ojos azules de Carol se posaron un momento en mi marido, y yo tuve
la sensación de que, en su respuesta, quiso recoger velas.
—¡Oh!, no sé exactamente si dijo tal cosa. Quizá se trata de una impresión tan
sólo. Quiero decir que como la enferma estaba continuamente bajo el cuidado de una
enfermera, una pensaba, al ser despertada súbitamente durante la noche, que se
trataba de lo peor.
—Usted deseaba que sucediera tal cosa, ¿verdad, Carol? —preguntó
tranquilamente Patrick.
Brillaron las lágrimas en los azules ojos de la muchacha.
—¿Cómo puede usted decir eso? —exclamó con voz helada—. Pero es verdad.
Pensé en ello porque… Pero, créame, no pensaba en mí. Consideré que Helen perdió
la razón sólo unas cuantas semanas después de su matrimonio, y en todo este tiempo
no…
—No creo que el hecho de haber perdido tan pronto el uso de sus facultades
mentales vaya a ayudar mucho a Roger, Carol. Le hablo con claridad porque sé que
es usted capaz de enfrentarse con lo que sea. La situación de Roger es bastante
comprometida.
—Pero no lo será —contestó la joven con terquedad y levantando la barbilla—
cuando encuentren a la enfermera. Victorine adora a Roger y dirá la verdad exacta.
La muchacha creía que pensar que Roger pudiera hacer algo mal hecho, no sólo
un crimen, sino lo que fuera, era una verdadera injusticia que denotaba la bajeza y la

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vileza de la gente.
El timbre de nuestro departamento sonó insistentemente. Eran las tres en punto.
Pensé que aquella tarde estaba subiendo todo el mundo por el hall, admirándome al
mismo tiempo del vigor que denotaba tía Rita al mantener el dedo apoyado en el
timbre tanto rato, pues éste no dejó de sonar hasta que Patrick abrió la puerta.
Pero el que entró fué Roger Clary, que iba solo.
Miró a Carol con enfado, como preguntándole qué diablos estaba haciendo allí, y
a continuación preguntó con malos modos a Pat por qué se le había ocurrido hacer
recorrer a tía Rita toda la gran casa a las tres de la tarde de un día tan caluroso como
aquel. ¿No se daba cuenta Patrick de que tía Rita tenía ya setenta y cinco años? Todo
se podía conciliar. Si Patrick quería registrar la casa, lo cual era sencillamente tonto
después que la policía lo había ya hecho pulgada a pulgada, ¿por qué no esperaba a
que el tiempo refrescara?
Roger se detuvo para tomar aliento.
En el hall sonó la clara voz de la tía Rita; parecía algo cansada por haber subido
la escalera.
—No haga usted caso de Roger, teniente Abbott —dijo en voz alta—. El calor no
me molesta. Estoy acostumbrada a él. —La anciana apareció en la puerta, esbelta,
erguida, con su fresco vestido de color claro y su cabello blanco—. Ya te dije, Roger,
que yo misma fijé la hora.
La agresividad y la irritación de Roger cedieron un tanto.
—Pero es una locura, tía Rita. La policía ha registrado ya. Ya te he dicho por qué
deseaba que esperaras. Dentro de poco va a llover, y el aire se refrescará. No se
preocupe usted por mí, Pat. Cuando Victorine regrese —yo me pregunté si el titubeo
de Roger era debido a la necesidad de tomar aliento— se pondrá todo en claro.
Mientras tanto, deje las cosas como están.
Pero tía Rita se mostró partidaria de recorrer la casa.
—Roger, mientras tú esperas, me gustaría ocuparme en algo. Siempre, cuando
tengo alguna preocupación, me entrego a pequeñas tareas, como limpiar cajones y
llevar a cabo pequeños trabajos en la casa. Ven con nosotros, Roger. Que venga
también Carol.
Empezamos a bajar la escalera detrás de tía Rita. Roger iba un poco delante de
ella, como si temiese que pudiera caerse, pero tía Rita avanzaba con un paso, quizá
más firme que él, según me pareció. Carol, con expresión terca, marchaba la última.
Tía Rita nos iba diciendo que aquella ala de la casa había sido dedicada a lo que
ellos llamaban la garçonnière, o sea, unas habitaciones para el uso exclusivo de los
muchachos; mas, a pesar de ello, no se había omitido en ellas ningún detalle para
hacerlas tan agradables como las de la parte principal de la casa. Pero las barandillas
habían sido diseñadas por otro artista, y las de aquel lado no eran tan hermosas como
las del lado de enfrente. El espejo que había en el hall era uno de los muchos que
habían sido fabricados en Francia, según un dibujo especial. Y todos estos espejos se

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hallaban atornillados a las paredes. Muchos de ellos, después de un siglo,
conservaban su luna en perfecto estado. El arca de caoba, según siguió diciendo tía
Rita, procedía de la Habana y había sido llevada allí en el siglo pasado. Continuó
diciendo que el hall ofrecía ahora un aspecto muy raro, al carecer de la puerta que en
otro tiempo comunicaba con el salón del departamento de Toby Wick, pero que,
naturalmente, había sido necesario borrar toda huella de la puerta, así que se
construyó una pared idéntica a las restantes del hall y esa pared se enyesó y se pintó.
El salón de Toby había sido el despacho del primer Roger Clary, y se caracterizaba
por el original trabajo de forja de su escalera, que llevaba al ahora dormitorio de Toby
y que en otro tiempo conducía a la biblioteca del piso superior, así como a las demás
habitaciones principales de la casa.
Patrick, mientras la anciana hablaba había dado algunos pasos por el hall. De
repente se irguió, fijó la mirada en un punto y se dirigió resueltamente al arca cuya
tapa abrió. ¡En el interior del arca se encontraba el contraído cuerpo de la enfermera
de Helen Clary!

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Nadie gritó.
El parecido familiar, fué, durante un momento, verdaderamente asombroso. Tres
pares de ojos parpadearon y tres bocas se contrajeron.
Tía Rita se acercó lentamente a la balaustrada buscando apoyo, y Roger dió un
paso hacia ella y la cogió del brazo.
—¡Pobre, pobrecilla!
El rostro de Carol reflejó diferentes emociones y, al final, se puso muy pálida. La
joven bajó hasta la calzada de carruajes, y como había dejado la puerta abierta vi,
desde donde me encontraba, que atravesaba el patio y entraba en la otra ala del
edificio. Se oyó la voz de tío George, el cual preguntó a Carol qué pasaba. —Y no
podía ser de otra manera— tío George fué el primero en llegar hasta nosotros.
Patrick, mientras tanto, se inclinaba sobre el arca que servía de ataúd a la
enfermera.
—El rigor mortis es completo —dijo—. Hace más de seis horas que está muerta y
menos de dieciséis. Y a las dos y diez no se encontraba en esta arca.
Es decir, menos de una hora antes, cuando volvíamos de almorzar con el capitán
Jonas.
Patrick se irguió, sacó con naturalidad su pañuelo del bolsillo de su camisa y se
limpió el sudor de la frente. Su voz, cuando volvió a hablar, seguía siendo serena.
—Será mejor que le eche una ojeada, ¿no es verdad? —dijo a Roger.
—Mejor será que primero lleve a tía Rita a su habitación y le dé un calmante —
contestó Roger.
—Me gustaría que me dejaras hacer lo que quisiera, Roger —dijo tía Rita en
francés—. Y no deseo tomar ningún calmante. ¿Por qué se le ocurrió a usted abrir el
arca, teniente Abbott?
La tapa del arca estaba un poco entreabierta, y el cuerpo no… no era exactamente
de la medida del arca.
Roger frunció el ceño.
Hace mucho calor, tía Rita. Esto es un trastorno para ti, así que…
Pero la tía se sintió irritada por aquella intromisión.
—Claro que es un trastorno. Pero ¿por qué voy ahora a echar a correr y a
esconderme en mi habitación? Mi sitio está aquí.
—Aquí no se puede hacer nada, miss Clary —dijo Patrick en tono suave. Luego,
dirigiéndose a Roger, añadió—: Tendrá usted que llamar a la policía.
—¿A la policía? —preguntó tío George desde la puerta. Llevaba un batín de seda
de la que sirve para las corbatas de los marineros y adornado con detalles blancos.
Entro en el hall y exclamó—: ¡Por Júpiter! Lo que yo digo, Rita…, y tú, Roger.

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—¡Vaya enseguida a llamar a la policía! —gritó Roger Clary a tío George.
Obediente, el grueso individuo dió media vuelta y salió del departamento.
—Observe usted el cuerpo, ¿quiere, Roger? —dijo Patrick.
Roger insistió en que tía Rita tomara asiento en la escalera, cerca del fondo, desde
donde no viese el cuerpo de la enfermera, y entonces se reunió con Patrick, que
continuaba junto al arca. El examen de la enfermera fué superficial, pero parecía
como si Roger sintiera repugnancia en tocar a la enfermera. Dijo que no debiera
moverse el cuerpo. Ningún médico podía hacer nada.
—En el rostro se notan síntomas de asfixia —dijo Patrick. Roger no contestó—.
Veo que una de las cuentas de su collar está rota. ¿Cree usted que le dieron un golpe
en la parte posterior de la cabeza o en el cuello?
Roger miró las cuentas azules, pero no las tocó, ni tampoco examinó la toca
blanca que envolvía la cabeza de la enfermera. Esta tenía un aspecto horrible. Su
cuerpo, envuelto en traje blanco, era un informe montón, con las rodillas levantadas,
los codos pecados al cuerpo, los antebrazos tiesos y las manos como garras. Tenía
algo en uno de los puños. La muerta tenía los ojos en blanco. Su lengua asomaba
entre los labios. El espléndido color de ciruela de su rostro se había metamorfoseado
en una negrura sin vida; como si su piel hubiese sido espolvoreada con una especie de
pelusa gris.
Yo había dado un paso hacia adelante para ver de más cerca a la enfermera, pero
después de mirarla retrocedí hasta quedar cerca de la tía Rita. Me sentí enferma. El
esfuerzo que hubiera necesitado hacer para subir la escalera y el miedo de perder la
cabeza me impidieron, según creo, devolver todo lo que había comido, que era lo que
estaba haciendo Carol.
—Pero ¿no había visto tío George que la enfermera salía de la casa? —preguntó
Roger.
—No hay duda de que volvió —respondió Patrick.
Roger no replicó. Se irguió y volvió la espalda a la enfermera.
—¿Qué es lo que tiene en la mano? —preguntó Patrick.
—¿Tiene algo en la mano? —preguntó Roger a su vez.
Pero no se volvió para mirar a la difunta, y Patrick, después de haberse inclinado
de nuevo, dijo:
—Es una rama de albahaca. No estoy muy fuerte en hierbas, pero da la casualidad
que conozco ésta.
—¿Albahaca? —exclamó tía Rita. Luego añadió—: ¡Oh, pobrecilla!
La pasión que aquel pobre ser había sentido hacia las hierbas hizo que volviera a
vivir en el recuerdo de tía Rita.
Todas las personas que vivían en la casa se habían reunido en la calzada de
carruajes, y cada una de ellas se comportaba según su temperamento, pero ninguna
podía entrar en el hall ya que la puerta de éste se hallaba completamente obstruida
por tío George, que parecía un dique con su bata del tamaño de una tienda de

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campaña. Tía Dollie hizo con su educada voz una serie de preguntas sin esperar las
respuestas. Ava encendió un cigarrillo. El viejo Hugo temblaba y permanecía mudo.
Paulette gruñía y refunfuñaba. Toby Wick, cuando llegó, hizo que tío George le
dejara sitio, y después de echar una ojeada a la enfermera se encogió de hombros y
volvió a marcharse. Entonces se presentó el capitán Jonas y ordenó a todos que se
marcharan del hall.
—Que nadie salga de la casa. Serán ustedes interrogados cuando les llegue el
turno —dijo.
La policía llenó pronto el hall y se diseminó por el patio. Yo esperé en la
habitación de Helen Clary. El capitán Jonas vestía un limpio traje blanco, pero esta
vez no llevaba ninguna flor en el ojal. A través de la abierta puerta podía yo ver que
un fotógrafo tomaba fotografías. Un especialista en huellas dactilares buscaba
huellas. El seco y bajito médico forense anunció un chichón en la base del cráneo,
pero, por otra parte, estimó que la muerte se debía a la estrangulación. Jonas preguntó
si una dosis de extracto de curare, ese veneno de flechas de indios que ahora está en
boga —e hizo un gesto despreciativo— podría producir aquel aspecto en una difunta.
El doctor contestó que no podía decirlo exactamente. Lo malo era que no se tenía
ninguna experiencia con el curare. Se conocía el arsénico, el cianuro, el ácido
fénico…, pero no el curare, que era algo diferente.
Patrick fué llamado por el capitán Jonas. Yo fuí autorizada a permanecer en la
habitación de Helen Clary, ya que Patrick no habría permitido que me marchase
arriba; temía que fuera atacada y decía que me había dejado andar demasiado arriba y
abajo.
Las persianas se encontraban abiertas de par en par, y la blanca y ardiente luz del
día penetraba a raudales en la gran habitación vacía. Carente de todo adorno
superfluo, a excepción de la araña de cristal, la habitación estaba amueblada sólo con
los tristes muebles que se consideran a propósito para los enfermos mentales; pero, a
pesar de ello, la gran habitación blanca conservaba la noble dignidad de todas las
estancias de la casa. En sus proporciones había grandeza y poesía.
Pero aquella habitación producía un raro sentimiento; no era como si no hubiera
estado ocupada por nadie, pero, al mismo tiempo, aunque vacía y solitaria, no dejaba
de sugerir un ocupante. Incluso poseía un olor especial y vacío que la hacía parecer
una tumba o un asilo. Reflexioné sobre esto y descubrí que las tumbas y los asilos
parecen siempre deshabitados.
Cuando Patrick y el capitán se reunieron conmigo, me alegré.
—Esta habitación me ataca los nervios —dije.
—A mí también —contestó Jonas—. Y no tiene nada de extraño que así sea. Dos
asesinatos en lugar de uno, indican que, efectivamente, se trataba de un crimen. El
asesinato de la enfermera aleja toda duda que hubiera podido haber sobre si Helen
Clary fué o no asesinada. ¡Nada de fotografías todavía! —exclamó por encima del
hombro dirigiéndose a un hombre que llevaba una máquina—. Y, por ahora, nada de

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publicidad tampoco. —El hombre refunfuñó algo entre dientes—. ¡Ya ha oído usted
lo que he dicho! —añadió el detective. Nos quedamos solos durante algunos minutos,
y Jonas, bajando la voz añadió—: La enfermera se hallaba escondida en una de estas
habitaciones. Yo suponía que ella estaba aquí, pero el viejo Sears insistió en que salió
de la casa, y yo no me atreví a meterme aquí a levantar los suelos por temor a que el
jefe me echara una reprimenda si por casualidad aparecía luego la enfermera andando
por la ciudad sana y salva. Sears espera sacarle algo a Clary, naturalmente, y por eso
le favorece. —Recordé que había oído la aguda voz de tío George: «¿Qué son ahora
para ti cinco mil, muchacho?». Y la pregunta la había formulado con una terrible
jovialidad, que significaba que su petición había tenido éxito. Jonas continuó—:
Cuando se construyó esta casa no había bóvedas y cosas por el estilo para guardar
joyas, excepto lo que cada hombre se arreglaba por sí mismo. —Y el detective,
seguido por nosotros, entró en la habitación vecina, que era el dormitorio de Roger
Clary—. Encontraremos sin mucho trabajo el sitio en que el criminal dejó a la
enfermera…, pero no se puede hacer nada, excepto aguardar, hasta que veamos lo
que le ocurrió a ésta. La cual, por cierto, no se encontraba en esa arca esta mañana.
—A las dos y diez de la tarde no estaba tampoco en el arca —dijo Patrick.
—Patrick miró el interior del arca cuando volvíamos de almorzar —dije.
—¿Esperaba usted encontrarla allí, teniente Abbott? —preguntó Jonas con súbita
suspicacia.
Patrick sonrió.
—Nada de eso. Pero cuando pasamos, un poco antes de encontrarnos con usted
para almorzar, vimos que el arca estaba abierta. Y cuando luego volvimos a pasar,
miré de nuevo impulsado por pura curiosidad. No había nada.
—Bien, ella no pudo meterse ahí por su propia iniciativa —dijo Jonas.
—Desde luego.
—Las dos y diez. ¿Dice usted que encontró el cadáver cuando se disponía a
visitar toda la casa en compañía de la muchacha, del comandante Clary y de miss
Marguerite?
—Eso es. Eran las tres y cinco.
—Así, pues, fué colocada en el arca durante esos cincuenta y cinco minutos. ¿En
dónde estuvieron ustedes en todo ese tiempo?
—En nuestro departamento —contesté.
—¿En el salón?
—Unas veces en una habitación y otras veces en otra —dijo Patrick—.
Cambiábamos de habitación a causa del calor. Nos duchamos y luego tomamos
asiento en la cocina.
—¿Podrían ustedes haber oído algún rumor que se produjera en el hall inferior?
—preguntó Jonas.
—Creo que no. Lo cierto es que no lo oímos.

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—El criminal debía de tener algún cómplice, alguien que vigilaba, mientras él
cargaba con el cuerpo —dijo Jonas—. ¿No notaron ustedes nada sospechoso?
—Nada —contestó Patrick.
Mi marido faltaba a la verdad. Carol, sin aliento y llena de pánico, había subido
por aquel hall.
—¿Quién se encargó de poner la casa en orden? —preguntó Jonas—. Ya saben
que nuestros hombres la dejaron completamente desarreglada.
—La arreglaron Hugo y Paulette —dije—. Paulette estaba de muy mal humor.
Creo que debe usted alegrarse de que ninguno de sus hombres estuviera aquí mientras
ella llevaba a cabo su cometido, capitán Jonas.
Jonas me miró sin sonreír.
—Se trata de una muchacha muy arisca —me contestó con ademán pensativo—.
Sentía mucha antipatía hacia la enfermera. No hay nada parecido a las relaciones
entre los hijos de Nueva Orleans y los negros. Entre ellos se ha ido desarrollando una
lealtad sorprendente. Están unidos los unos a los otros sin reparar en la diferencia de
color. Me hago cargo de lo que ha sucedido. Paulette y Hugo habrán estado gruñendo
todo el rato, pero mientras gruñían habrán trabajado de firme; hubieran muerto antes
de no trabajar con ahínco. —Jonas nos miraba, pero, al mismo tiempo, reflexionaba
profundamente—. ¡Paulette! —exclamó—. Me pregunto qué era lo que le pasaba.
Miss Clary me ha dicho que a Paulette, al principio, le gustaba vivir junto a Victorine.
¿A qué se debe la reacción contra ella que siguió? Paulette no simpatizaba con
Victorine. Hay mucho que reflexionar en este asunto. La enfermera tenía en una de
sus manos una rama de hierba de la que era causa frecuente de riñas entre ellas… —
Jonas se interrumpió de repente—. Clary fué el que lo hizo —exclamó de pronto,
como si en él hubiera dos personas y esas dos personas no estuviesen de acuerdo.
Patrick le pidió que le dejara examinar la hierba, y Jonas sacó un sobre del
bolsillo. Patrick me tendió el contenido del sobre, rogándome que lo oliera.
—¿Te recuerda alguna cosa? —me preguntó.
Olía como a savia y a otras hierbas. Moví la cabeza negativamente. Patrick le
devolvió la hierba a Jonas, y éste se volvió a meter el sobre en su bolsillo.
El detective echó una ojeada por la habitación de Roger.
Las persianas se hallaban también abiertas, y la cruda luz entraba a través de las
ventanas, robando el color al grueso brocado de los cortinajes y de las tapicerías, que
eran rosados, pero, al mismo tiempo, poniendo de manifiesto su soberbia calidad. El
tiempo no había marchitado demasiado la tela, pese a que, en algunos sitios la seda
empezaba a deshilacharse.
—Fué Clary —respiró Jonas—. Si confesara nos ahorraría tiempo a nosotros y
dinero al Gobierno, a la vez que salvaría quizá la cabeza. Pero no lo hará. Conozco
bien a estos criollos. Luchan hasta el último instante. Y los otros le favorecerán lo
que puedan. Pero una cadena es fuerte mientras no haya ningún eslabón débil… Y tío
George es, en este caso, el eslabón débil.

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Patrick hizo con la cabeza un movimiento que denotaba preocupación. Miraba a
la barra del cortinaje de nuevo en su lugar y los cortinajes que pendían de ella
encuadraban otra vez la alta puerta vidriera. Luego se dedicó a contemplar el
escritorio con tablero de mármol que había a la izquierda de la puerta. Después
observó una librería.
Mi mirada siguió la dirección de la suya. Y el corazón me empezó a latir
desordenadamente.
¡El volumen X de las Prácticas de Medicina de Tice se hallaba de nuevo junto al
volumen IX!
No pude menos de dirigir una rápida mirada al capitán Jonas. Los pálidos y
redondos ojos de éste no se fijaban particularmente en nada. El detective se hallaba
embargado en sus propios pensamientos. Se había tornado brusco y desatento. No se
parecía en nada a nuestro inspirado anfitrión del almuerzo. Aquel hombre no se
preocupaba ya de si sabíamos o no más de lo que estábamos declarando. Se hallaba
ya seguro de sí mismo y no nos necesitaba. Su intuición había encontrado el buen
camino. Sabía quién era el culpable y le echaría el guante.
Me embargó la tristeza, no sólo pensando en Roger Clary, sino también en
Patrick, ya que el juicio de éste se había visto ensombrecido en su amistad con Roger.
El joven policía que actuaba como taquígrafo de Jonas apareció en una de las
puertas de la galería.
—Dicen que el comedor es la habitación más fresca de la casa —declaró.
—Perfectamente —contestó Jonas—. En primer lugar, interrogaré a Sears. Diga a
Callaban que se encargue de Roger Clary y que cuide de que éste no se comunique
con nadie. Ese salón me parece un buen lugar para el caso.
—Muy bien.
Y el taquígrafo desapareció.
—Vamos al comedor —dijo Jonas.
Fuera, el calor no había disminuido, pero en la luz había habido un pequeño
cambio y en el aire parecía vibrar una sombría amenaza.
—¿Puedo hacerle un par de preguntas al comandante Clary? —dijo Patrick.
Jonas, que marchaba a lo largo del patio, no se detuvo.
—Puede usted formular todas las preguntas que desee —contestó.
—En privado.
Jonas aminoró su paso y dirigió a Patrick una inquietante mirada. Pero, sin duda,
se sintió tranquilizado por la naturalidad que reflejaba él rostro de Patrick.
—Claro que sí. Pero espero que me dirá usted cuáles son sus preguntas y qué es
lo que él ha respondido.
—Naturalmente —contestó Patrick.
—Se lo comunicaré a Callahan —afirmó Jonas.
Llegamos antes que Roger al piso superior. El salón se encontraba desierto. Sus
maderas de palo de áloe y de caoba, sus dorados, la superabundancia de frágiles

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tesoros pertenecientes a la familia Clary, parecían a la vez teatrales e irreales.
El sargento Callahan abrió la puerta y dejó pasar a Roger Clary. Luego cerró la
puerta y Roger quedó solo con nosotros.
Parecía triste y deprimido. Apenas notó nuestra presencia. Patrick le ofreció
cigarrillos, y sólo después del penoso intervalo de algunos segundos se dió cuenta de
ello y movió la cabeza.
Las preguntas fueron muy breves.
—¿Fué usted el que cogió el libro de nuestra cocina? —preguntó Patrick.
—Sí, fui yo —contestó Roger con los ojos brillantes y despreciativos—. Vaya
enseguida a contárselo al capitán Jonas.
—¿Había alguien que tuviera alguna razón para creer que no vendría usted
anoche a casa? —volvió a preguntar Patrick.
—¡Vaya usted al diablo! —contestó Roger.

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En aquella ala, la principal de la casa, había una puerta que se abría directamente del
hall a la galería. Inmediatamente oímos la educada voz de tía Dollie, que sonaba en la
habitación que comunicaba con el comedor. Al pasar, vimos que tía Dollie
permanecía al lado de una de las altas puertas vidrieras; tía Rita y Ava Graham le
escuchaban. Tía Dollie hablaba siempre tanto y decía tan poco que debía de serle
muy difícil con aquel calor, interesar a las otras. Pero tía Rita tenía costumbre de
escuchar siempre con atención, y en cuanto a Ava estaba habituada a mostrar el
aspecto de una persona que está al cabo de la calle de todo, hábito contraído en el
dorado mundo del cocktail, de los vestidos elegantes y de Toby Wick.
Cuando tía Dollie nos vió, dejó de hablar.
Nos dirigió una mirada de enfado, volvió la cabeza y miró a otra parte.
Como seguimos andando, dejamos de verla casi inmediatamente. «¡Oh, querido!
—pensé—. Hasta tía Dollie nos odia».
Todos nos iban a odiar, ciertamente, antes de que terminara la horrorosa pesadilla.
El odio de Roger era terrible. Nos habíamos ganado a Carol, es verdad, pero
volveríamos a perderla. Y tía Rita nos iba a odiar mis aún, aunque no lo demostrara.
Con gran sorpresa raía, Patrick pasó de largo a través del comedor, donde se
encontraba tío George, el cual protestaba excitadamente a causa de que uno de los
grandes abanicos producía al abanicar un molesto ruido. Bajamos los cinco escalones
que llevaban al jardín.
Una senda embaldosada volvía hacia la derecha y luego hacia la izquierda,
atravesando el lugar donde estaban sembradas las hierbas aromáticas, situado frente a
la despensa, departamento en que antaño habían estado las caballerizas. Las matas
verde claro de las albahacas se alzaban ante el fondo formado por las oscuras hojas de
las camelias. Sin detenerse, Patrick se agachó y con el pensamiento en otra parte
arrancó una pequeña mata. Cuando dimos toda la vuelta al jardín había llegado a
arrancar un par de rosas y algunas ramas de adelfas.
Estábamos ya de vuelta en nuestro departamento antes de que aquel pequeño
ramo significara algo. Patrick lo arrojó todo en un cesto de papeles excepto la
albahaca, que me ofreció.
—Machácala ligeramente con una mano, Jean —dijo—. Luego huélela y di lo
primero que se te ocurra.
Obedecí.
—¡Ajenjo! —exclamé, tan excitada que me olvidé del calor.
—¿Y anís?
—Quizá… Y también regaliz.
Patrick me miró fijamente.

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—Y quizá también anisete —dijo—. El anisete se hace y se usa mucho en los
hogares de Nueva Orleans. Bien, ¿en qué quedamos? ¿Huele a ajenjo, a matalahúva,
a anisete, a regaliz o a albahaca?
—Ahora me he hecho un lío —exclamé dejando la albahaca y quitándome en el
lavabo el perfume que me había quedado en las manos—. Me has hecho una
jugarreta, Patrick.
Patrick se dirigió a la nevera, sacó de ella dos botellas de Coca Cola, y limas,
cogió una botella de Bacardí que había en el estante más alto del armario y, mientras
yo me sentaba junto a la mesa de la cocina con un cigarrillo en las manos, se dispuso
a preparar unos Cuba libres.
—Me parece que estoy ofuscada, Patrick.
—¿Por qué?
—Ya sabes tú por qué. Al principio estaba segura de que era Toby el que había
matado a Helen Clary. Estaba segurísima. Y sólo pensaba en la forma en que Roger
se las arreglaría para verse libre de las sospechas y de qué manera se descubriría la
culpabilidad de Toby. Pero ahora te digo honradamente que Jonas ha tenido razón
desde el principio. Roger me está pareciendo cada vez más un demonio. Ni siquiera
se ha preocupado de portarse decentemente. ¡Precisamente cuando estábamos
intentando ayudarle! Corre a nuestro cuarto e intenta detenernos para que no
viéramos la casa, pues sabía que el cuerpo estaba en el arca. ¡Naturalmente! ¡Cómo
que él mismo lo llevó allí! Sospecho que envió a Carol arriba para que nos
entretuviese mientras llevaba el cadáver desde el sitio que antes estaba escondido.
¿Recuerdas que cuando abriste la puerta Carol parecía sin aliento? Yo lo achaqué a
que había oído algo de nuestra conversación. Pero era porque estaba preocupada por
lo que sabía. Mientras ella nos tenía entretenidos, Roger debía efectuar el traslado del
cadáver. Carol está enterada. Esto la convierte en una cómplice. Y si estamos seguros
de ello, tenemos que empezar inmediatamente a buscarnos otro alojamiento, si es que
lo hay.
Patrick agitó suavemente la coctelera. El hielo tintineaba dentro de ella, y el olor
de las limas era ahora más intenso que el de la albahaca.
—Fué una estupidez por mi parte suponer que había sido Toby Wick —reconocí
—. Por enamorado que estuviera de Carol o de cualquier otra mujer, nunca se
mezclaría en un lío como el presente para obtenerla. No le daría tan fuerte como para
cometer un asesinato, y si le daba, habría asesinado también a Ava cuando ésta
empezó a tratarle como si le llevara atado con una cuerda. —Reflexioné un instante y
luego añadí—: ¿Qué habrá sucedido para que Ava se sienta de pronto tan segura de
Toby?
—¿Por qué no se lo preguntamos a ellos? —exclamó Patrick.
—¿Crees —pregunté de nuevo excitada— que existe todavía alguna posibilidad
de que Toby lo hiciera?

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—Wick, en estado sobrio, no cometería ciertamente ningún asesinato por una
mujer. Tienes razón. Pero el ajenjo es una bebida especial, afecta directamente al
cerebro y hace que sus habitués, estoy por decir adictos, hagan cosas especiales. —El
hielo seguía haciendo ruido dentro de la coctelera—. Te ofrecí la albahaca como
algo… que debías tener en cuenta. La prueba de la albahaca no significa que anoche
no olieras a albahaca, o a ajenjo, o a otra cosa cualquiera. Eso no quita que Wick
pueda estar mezclado en el asunto.
—Había hierba en sus zapatos.
—Ya he pensado en esa hierba.
—Victorine no ha podido hacerlo, ¿no es verdad, querido? —dije—. Era muy
rara. ¿Y si se hubiera escondido en ese cuarto, armada con el libro…?
—¿Y luego se hubiera fracturado su propio cráneo, metiéndose a continuación en
los archivos secretos de la casa y saliendo de allí doce horas más tarde para meterse
en el arca? Esto habría sido verdadero woodoo, y Victorine sería una auténtica
hechicera…
—¿Cómo?
—Estoy tratando de hacerte comprender que Victorine no es sospechosa. Vamos a
ocuparnos de Ava. Me gustaría saber más a fondo de qué pie cojea. —El rostro de
Patrick se ensombreció—. Y… no tenemos mucho tiempo…
—¿Quieres decir que…?
—Temo que el capitán Jonas quiera dejar esto listo cuanto antes por miedo a tener
que hacer cola para cenar.
No era ningún chiste. Patrick, al decirlo, tenía un aspecto sombrío.
Me di cuenta enseguida de que Patrick se sentía desalentado. Se puso en pie y
empezó a pasear lentamente por la estancia; andaba a largos pasos y, al hacerlo,
sacaba la mandíbula; las arrugas que surcaban sus tostadas mejillas se habían hecho
más profundas, y el color azul verdoso de sus ojos se había oscurecido.
Seguía haciendo el mismo calor de antes. Desde donde me encontraba llegaba
perfectamente a la única ventana de la cocina, cuyas persianas abría de par en par.
Pude entonces contemplar el cielo, ahora completamente encapotado y de un color
plomizo. Las enredaderas se estaban quedando sin hojas, pues éstas, secas, se
desprendían.
Asomé la cabeza y pude ver a Ava Graham, que se encontraba en la galería
inferior del ala de enfrente, hablando con el capitán Jonas, aunque, en realidad, lo que
la joven hacía era escuchar.
Patrick, a quien conté lo que veía, se acercó a una de nuestras ventanas para echar
un vistazo. Colocó el oído junto a un intersticio de las tablillas y dijo:
—No creo que tía Dollie esté en este momento por ahí. Por lo menos no oigo
hablar a nadie. Voy a invitar a una copa a Jonas y a Ava.
Y, uniendo la acción a la palabra, los invitó. Jonas titubeó un momento, pero
contestó a la invitación negando tristemente con la cabeza.

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—Pero no hay razón para que miss Graham no se reúna con ustedes —añadió
galantemente.
—¡Dios mío, me han salvado ustedes la vida! —exclamó Ava dos minutos
después en nuestra habitación. La joven sostenía su copa con una mano exquisita. Sus
largas uñas rojas (tan extremadamente largas que siempre me producían verdadero
asombro, ya que para que se mantuvieran así era necesario que su dueña no hiciera
nada en absoluto con sus manos) formaban un elegante contraste con el sencillo traje
blanco que lucía la joven. Llevaba unos pendientes y un par de brazaletes de granates,
joyas heredadas, seguramente, y en las uñas de sus pies, puestas al descubierto por las
abiertas sandalias blancas de alto tacón, brillaba el mismo tono rojo—. Estoy
fastidiada, muchachos. No se burlen. Tío George está en un aprieto. Yo podría
ayudarle, pero me da miedo hacerlo. Me parece que tiene razón, y yo, aunque odio
mostrarme cariñosa y sentimental, adoro a tío George.
—¡Claro que le adora usted! —exclamó Patrick haciendo como si estuviera
convencido de que todo el mundo adoraba a tío George.
Ava sonrió. Llevaba recogido su rubio cabello, pero un montón de rizos se
encrespaban sobre su frente. Sus hermosos ojos oscuros parecían tristes hasta cuando
sonreía.
Pero, al hablar, lo hacía con su tranquilidad habitual.
—Pero si hablo para ayudar a tío George, mi buen nombre se verá por los suelos,
chicos. ¿Qué puedo hacer entonces?
—Nada, a menos que pueda usted, en realidad, ayudar a tío George.
El tono de voz de Patrick hacía pensar que también él era sobrino de tío George.
Ava reflexionó.
—¿Debo consultarlo con usted? —pensó en voz alta—. Francamente, las tías no
tienen confianza en ustedes dos. Sospecho que ya están ustedes al cabo de la calle.
Hacen ustedes demasiadas migas con ese detective.
—Aquí, entre nosotros, Ava —dijo Patrick—, le diré que es el detective el que
hace migas con nosotros. Y no creo que sea porque nos tenga simpatía, sino porque
se figura que Jean sabe más de lo que dice y que… Bien, ése es el secreto, según mi
parecer, de la fatal atracción que Jonas siente hacia nosotros.
Ava le escuchaba con atención.
—Y no me extrañaría que la razón de haberla dejado venir de tan buena gana
fuese que espera que descubra usted alguna pista. Él cree que luego podrá sonsacarla.
Clavé la vista en el interior de mi copa mientras me preguntaba qué idea guiaba a
Patrick.
Pero ¿es que le guiaba alguna idea?
No cabía duda, sin embargo, de que Jonas era muy hábil. Lo probable era que no
pensase realmente que Roger fuera el asesino.
Patrick no me descubría su verdadero pensamiento. ¿Sería debido a que no
deseaba que supiese lo peligroso que era el lugar donde nos encontrábamos?

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Me tenía realmente intrigada.
Sea lo que fuere, mi marido consiguió despertar en Ava suficiente confianza para
hacerla hablar. Debía de ser cierto que estimaba mucho a tío George.
—Da la casualidad de que sé algo que podría ser una ayuda para tío George —
dijo.
Patrick intentó ahora que se detuviera.
—Más vale que piense las cosas dos veces —dijo—. Quiero decir que no deseo
que piense que le hemos dicho al detective lo que usted nos cuente…, si luego lo sabe
por otro conducto.
—No se preocupe, Pat. Si se lo digo es porque tengo intenciones de decírselo
también a la policía. Deseo que me dé usted su opinión sobre si es o no importante el
detalle en cuestión. Estoy preocupada por tío George. La policía le acababa de
apremiar mucho con sus preguntas, y padece del corazón. Tía Dollie está fuera de
quicio.
—¿Por eso parecía enfadada con nosotros, Ava?
—Sí. Pero ya se le pasará. Los ataques de locura no le duran nunca mucho. Le
tengo cariño a tía Dollie. Ya sé que su aspecto no es muy agradable y que habla
demasiado, pero a su manera, se ha conservado joven. Es muy buena y adora a tío
George. Los dos son buenas personas. ¡Es una lástima que sean pobres sólo porque
les ha gustado divertirse, mientras que otras personas de la misma familia no lo son!
Pero volvamos a lo de tío George. Este no faltó a la verdad cuando declaró que
Victorine salió anoche de casa.
—¿De veras? —preguntó Patrick.
—Claro que sí. ¡Yo también la vi!
—¿Desde su habitación? —preguntó Patrick.
—No, querido. Yo… estaba fuera de la casa. Sí, amigos, resulta increíble, pero
estaba fuera y la vi marcharse. Y también la vi volver.
Siguió un corto silencio.
Ava rió sin ganas.
—Se trata de una de esas tontas coincidencias que ocurren a veces. Anoche tenía
que encontrarme con mis amigos en el bar de Toby, y me presenté allí (un poco
temprano, por cierta razón), tomando asiento a una mesa situada en un rincón, desde
donde vi a mi hermana Carol, que no tardó en reunirse conmigo. Empezamos a
hablar, y al poco rato comenzó a hacerme advertencias sobre mi proceder, cosa que,
como saben ustedes, no es de su incumbencia. Bien, yo no podía permanecer
tranquila escuchando aquello, así que me bebí mi copa y me dirigí a la barra del bar,
o más bien, a un lugar situado cerca del mostrador, en donde, a causa de la gente, no
podían encontrarme los ojos de mi hermana. En aquel sitio había un gran número de
marineros franceses, los cuales se pusieron galante conmigo, por lo que Toby se me
acercó y me dijo que me marchara a casa. Se preocupa mucho de mi reputación,

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¿saben ustedes? —Ava dijo esto con cierto orgullo juvenil—. Somos novios,
naturalmente…
—¿Son ustedes novios? —grité.
—¡Chitón! No somos. No se lo he dicho siquiera a tía Dollie, por miedo a que se
lo cuente a tía Rita, la cual no siente por Toby la simpatía que debiera… ¿Guardarán
ustedes el secreto?
—Claro que sí.
—Bien, sea lo que fuere —continuó Ava—, lo cierto es que me molestó que Toby
se sintiera tan preocupado por mi reputación. También me sentía enfadada con Carol,
de modo que me marché a casa. A esas horas no puede irse a ningún sitio el sábado
por la noche sin que surjan complicaciones… Desde la guerra, los sábados por la
noche en el barrio…
—¿Pasó usted por Jackson Square al venir a casa? —pregunté.
Patrick me dió un pisotón por debajo de la mesa, pero era demasiado tarde.
—No. ¿Por qué iba a hacerlo? No está de paso. Una vez en casa me metí en la
cama. Pero más tarde pensé que había procedido como una idiota, arreglé la cama
para que pareciera que estaba acostada y abandoné la casa. Entonces… Bien, no
estaba muy lejos cuando salió Victorine.
—¿Qué hora era, Ava?
—Poco después de las dos.
—¿Está usted segura de que habían dado las dos?
—Completamente segura, Pat.
—¿Oyó usted la caída de Helen Clary en el jardín? ¿Y la conversación que siguió
después?
—No. Quizá fuera un poco antes de las dos. Sí, en efecto, lo era. Ahora me
acuerdo. Oí más tarde el reloj de la catedral. Yo estaba ya en la acera.
—¿Fué usted directamente al establecimiento de Toby?
—No exactamente. Empecé a andar hacia la calle Royal Entonces se me enfriaron
los ánimos. Sabía que a Toby no le sentaría bien que yo anduviera sola por el barrio a
esa hora. Cuando llegué a la calle Royal cambié de idea y me volví de nuevo hacia
casa. Hice esto dos o tres veces.
—¿No vió usted a tío George en la ventana?
—No. No estaba en ella cuando yo salí de la casa, y, naturalmente, cada vez que
regresaba no llegaba hasta la casa, pues no quería que la familia se enterase de los
paseos que daba intentando poner en orden mis ideas. Tía Rita hubiese pensado que
mi proceder no era el de una dama. Sea lo que fuere, el caso es que yo vi salir a
Victorine. Anduvo unos cuantos pasos, cruzó la calzada y al llegar a la calle Royal
torció hacia la derecha.
—Ese camino no es el de la habitación que tenía alquilada.
Ava le miró como si fuera a preguntarle qué tenía que ver aquello. Luego, con la
mayor lentitud, dijo:

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—¿Por qué volvió? —Todos guardamos silencio durante un momento—. ¡Fué tan
raro! Cuando volvió lo hizo muy pegada a las paredes de la casa, y procedente de la
calle Chartres. Sus ademanes eran muy raros, como furtivos. Entró utilizando su
llave.
—¿Podía ella haber visto cómo la observaba tío George cuando salió?
—No me lo pregunte. Yo no le vi cuando salí de casa. Pero ¿por qué tenía que
volver Victorine de aquella forma furtiva y extraña? Bien, ésta es mi historia. Se la he
contado a ustedes porque creo que Victorine mató a Helen y más tarde se hirió a sí
misma en la cabeza y, herida, se arrastró hasta algún escondite, donde murió.
Patrick guardó silencio durante un momento. Luego dijo:
—¿Y en dónde está ese escondite?
Se oyeron unos pasos largos y cautelosos como los del leopardo. Patrick se puso
en pie para recibir a Toby, que venía por la galería.
—Ava, tía Rita quiere que vayamos al comedor —dijo después de hacernos una
ligera inclinación de cabeza—. A lo que parece van a desmenuzar esta vieja mansión
—hablaba dirigiéndose a Ava, a la que miraba fijamente; a continuación nos miró a
nosotros y acabó la frase—, para ver si encuentra el lugar en que la enfermera estuvo
escondida durante doce o más horas.
Ava se estremeció, miró a Patrick, dijo que tenía que marcharse y comenzó a
andar. Pero de pronto se detuvo.
—¿Por qué no me esperas aquí, Toby? —preguntó a éste—. Tengo que hablar
contigo. Si cuando vuelva nos encontramos aquí, nuestra entrevista no parecerá
premeditada. ¿Qué te parece?
—Siéntese, Toby —dijo Patrick—. Le prepararé a usted un cocktail.
Toby rehusó el cocktail, pero estuvo de acuerdo en esperar allí a Ava, y tomó
asiento en la silla que ésta había dejado vacante.
Parecía nervioso. Rechazó nuestros cigarrillos y sacó uno de los suyos; noté que
sus dedos temblaban, lo que hacía también temblar el cigarrillo mientras lo encendía.
Patrick encendió otro a su vez y se retrepó en la silla.
—Me alegro de tener la oportunidad de hablar con usted a propósito de esa cripta
—dijo con naturalidad. Yo estaba asombrada. Toby permanecía completamente
tranquilo. Su macizo y a la vez flexible cuerpo se hallaba hundido en la silla; tenía las
piernas cruzadas. Colocaba el cigarrillo ante sus labios y el humo subía en línea recta
en la caliente y tranquila habitación. Sus oblicuos ojos verdes se hallaban fijos en
Patrick—. Quizá llaman ustedes a eso una bóveda —añadió Patrick.
—Está usted sonsacándome —dijo Toby.
—Supongo que, originariamente, sería una bóveda —prosiguió Patrick con la
misma tranquila entonación de antes—. El salón de usted era un despacho, según dice
tía Rita. No hay duda de que el primer Roger Clary había construido el lugar dentro
de las paredes para guardar en sitio seguro dinero, papeles, etcétera. La estratagema
para disimular el escondite denota mucha habilidad; esos espejos, uno en el hall de

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abajo y otro en el salón de usted… —Toby siguió fumando sin hacer el menor
comentario—. He estado pensando si el haber tantos espejos en esta casa obedece a
que el que la edificó sentía pasión por los espejos franceses o bien porque poniendo
tantos en la casa disimulaba los dos que guardaban el escondite.
Toby movió una mano, dejando que la ceniza cayera sobre el linóleo.
—Excúseme si me río —dijo.
Patrick enarcó las cejas.
—¿Se ríe usted?
—Tía Rita —dijo Toby— piensa que nadie sabe nada de esa bóveda excepto ella.
Ni siquiera sabe que yo estoy enterado. ¿Cómo lo supo usted?
—Ese espejo del hall de abajo no está en el lugar en que debía hallarse —contestó
Patrick—. El hecho me inspiró curiosidad…, y he aquí por qué me enteré.
—¿Cuándo fué eso?
Eso era lo que yo me estaba preguntando. ¿Por qué Patrick no me había dicho
nada?
—¡Oh, hace una semana o cosa así!
—Fué usted más listo que yo —admitió Toby—. Descubrí el escondite por
casualidad. Me hallaba quitando el papel a su alrededor con objeto de dejar la
habitación lista para que trabajasen en ella los decoradores cuando me di cuenta de
que el espejo grande se hallaba atornillado. Cogí un destornillador y… descubrí el
escondite, que me pareció algo curioso. Volví a colocar el espejo en su sitio y… le
dije a tía Rita que me gustaba mucho. Ella se puso muy contenta, y más todavía
cuando añadí que no deseaba que el espejo fuera quitado. ¡Caramba, caramba! ¿Así
que lo sabía usted durante todo ese tiempo?
Me esforcé en mostrar una expresión indiferente, pero lo cierto es que me estaba
preguntando cómo y por qué me había estado Patrick ocultando aquello.
—Ese escondite era un lugar perfecto para ocultar el cuerpo, Wick —dijo Patrick
suavemente.
Toby se encogió como un gato dispuesto a saltar.
—¡Jesucristo! —murmuró. Luego añadió—: ¡No!
Patrick se llevó la mano al bolsillo de la camisa.
—A lo que parece una de las cuentas azules de la enfermera se rompió en trocitos.
Quizá, después de todo, hay algo de brujería en esas cuentas azules.
Miré fijamente a Patrick. ¿Había encontrado otro trozo de cuenta en el escondite?
¿Por qué no me lo había dicho? ¿Cuándo lo había encontrado?
—¿No bromea? —La voz de Toby sonó completamente inexpresiva—. Bien,
¿qué desea usted saber?
—¿Fué usted el que trasladó el cuerpo, Wick? —preguntó Patrick.
Me hallaba tan fascinada por el brillo verde de los ojos de mi marido que no me
fijé en Toby, hasta que un rápido y furtivo movimiento de éste atrajo mi mirada como
si se hubiera tratado de una serpiente.

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Toby continuaba en la misma postura de antes, pero en su mano derecha
empuñaba una pistola automática.
—¡Manos arriba, Abbott! —dijo balanceando el arma.
Patrick alzó las manos. Yo le imité.
—¿Por qué me ha preguntado usted eso? —continuó Toby.
—Deseaba saberlo.
—Bien, pues no trasladé el cuerpo. Y no vaya a meterle esa idea a la policía. Ya
han empezado a sospechar de mí.
—Ya lo sé.
—No me gusta la forma en que dice usted eso.
Y movió el arma de manera que ésta apuntó al sitio en que yo me encontraba en
lugar de apuntar a Patrick. Pero seguía vigilando a éste. Me puse a temblar.
De pronto, rápido como un relámpago. Patrick se agachó, levantó violentamente
la mesa empujándola con el hombro izquierdo, interponiéndola entre Toby y yo, dió
un salto y, mientras le propinaba un puñetazo en la barbilla con una mano, le torcía
con la otra el brazo con que empuñaba el arma, la cual cayó sobra el linóleo.
Me agaché a cogerla, aterrorizada al pensar que pudiera dispararse mientras la
sostenía, y se la entregué a Patrick.
Toby, sentado en el suelo, se frotaba la cara.
—Concédame un respiro, compañero —pidió—. Puedo explicarlo todo. No vaya
con el cuento a Jonas, por el amor de Dios. Lo explicaré todo. Deme una oportunidad.
No iba a disparar…
Dejó de hablar, porque de la otra ala de la casa llegaron unos chillidos que
taladraban los oídos. El volumen y la agudeza de los chillidos subieron de punto,
formando un espantoso crescendo, cuando la mujer que los profería salió al patio.

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En una de las dos antiguas camas que había en la gran habitación delantera de la
planta baja, situada exactamente debajo del salón, yacía tío George con su enorme
rostro lívido. Su grueso cuerpo estaba envuelto en un fresco traje de verano; calzaba
sus brillantes zapatos hechos a mano, llevaba una corbata Charvet bajo su doble
papada y un pañuelo con sus iniciales asomaba de una manga.
Aquel cuarto había sido antaño la habitación de los niños de Clary, y aunque sus
muebles no eran en ningún modo inferiores a los de los demás cuartos de la casa,
exceptuando el salón, tenía, sin embargo, un aspecto más pobre y revuelto. Pero esto
se debía a que estaban en él los maletines, los baúles y los objetos pertenecientes a los
Sears, como si éstos acabaran de llegar o estuviesen a punto de marcharse. Siempre
había sido así, según nos dijo Carol más tarde. Tía Dollie y tío George se sentían
realmente como unos visitantes, siempre con la maleta a medio hacer, siempre a
punto de volver a París.
Tío George no vería ya más París. Su corazón le había fallado.
—Yo tengo la culpa —sollozó tía Dollie cuando entramos en la habitación.
Estaba apoyada en el hombro de Carol—. No debía habérselo dicho.
Su voz no parecía ahora tan educada. De pronto sonaba tenue y débil como la de
tía Rita, aunque no tan clara.
Fué tía Dollie la que lanzó el grito que nos llevó allí.
Habíamos bajado por la escalera de caracol, arriesgando probablemente nuestras
vidas, pues lo hicimos demasiado de prisa y sin asirnos a la barandilla. Estaba
refrescando, pero no lo notamos. El cielo seguía estando oscuro y amenazador. Las
hojas de las enredaderas crujían y se desprendían de las ramas. Pero no notamos
siquiera que Toby, andando despacio como si fuera de paseo, salió por la puerta
principal —por lo menos, yo no lo noté— mientras seguíamos a tía Dollie, a Carol
Graham, a Roger Clary y a tres policías hacia la habitación con balcón a la calle.
Se trataba de la estancia con ventana a la misma calle donde también daba el
salón de Toby. Desde una de aquellas altas ventanas, tío George había estado mirando
a la calle; una de aquellas cortinas se había movido la noche anterior cuando
regresamos Patrick y yo. ¡Y aquellos pequeños ojos azules vieron marcharse a la
enfermera y no la vieron regresar!
¿Era verdad que no la había visto regresar? ¿O bien ocultaba aquella minúscula
prueba para utilizarla particularmente? «Quinientos no es nada para ti ahora, Roger»,
había dicho. O algo muy parecido. Y ahora había muerto.
Roger se hallaba junto a él cerrando sus mandíbulas, apoderándose de un espejo
que había sobre el tocador con objeto de acercarlo a los labios de tío George,
encargando a Carol que le llevara su maletín de urgencia…

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—Tráigame los dos —dijo con voz clara y tono profesional.
Carol regresó enseguida con los dos maletines, el de cirugía y el de medicina.
—¿Ha muerto? —preguntó Jonas mientras Roger se inclinaba con su estetoscopio
sobre el inmóvil pecho de tío George.
—¡Haga el favor de callarse! —exclamó Roger, todavía con los nervios en
tensión.
El capitán obedeció.
Aguardamos en silencio junto a una de las dos puertas del hall, desde donde se
veía perfectamente la cama en que se encontraba el pobre tío George, mientras Roger
intentaba encontrar en el cuerpo de éste alguna prueba de que todavía había vida en
él.
Las dos camas de la habitación eran muy parecidas a las de nuestro dormitorio, es
decir, de caoba maciza, cuyos pies estaban al mismo nivel que el grueso colchón y
con elevados doseles sostenidos por columnas. En medio de las dos camas habla una
puerta que daba a un moderno cuarto de baño, instalado allí, según supimos más
tarde, especialmente para tío George, ya que éste no podía subir escaleras.
Me di cuenta de que tío George era, al parecer, muy ordenado en sus cosas, ya
que no vi en el revuelto cuarto ninguna de sus prendas, viendo, en cambio, muchas de
tía Dollie diseminadas. Sobre las sillas estaban los brillantes trajes y batas de la
aturdida mujer; sus cajas de polvos y de pinturas se hallaban destapadas sobre el
mármol del tocador, y su peine y su cepillo estaban fuera de su sitio. Pensé que el
cuarto de baño se hallaría completamente desordenado, lleno de bolsas de agua
caliente y cosas por el estilo.
Tía Dollie, presa de un ataque, permanecía con el rostro enterrado en sus manos,
mientras Roger buscaba un signo de vida en el corazón de tío George. Carol, con el
rostro contraído por la compasión, la sostenía, Ava tardó bastante en bajar. Tía Rita
tampoco estaba presente, cosa extraña, ya que tenía la costumbre, siempre que pasaba
algo, de presentarse inmediatamente. Los negros esperaban fuera del hall. El capitán
Jonas y el sargento Callahan se encontraban en la habitación tratando de interponerse
entre nosotros y la cama.
Roger, tras de inyectar un estimulante cardíaco a tío George, dijo:
—¿Quiere llamar al doctor Lamont, Carol?
—¿Quién es el doctor Lamont? —preguntó Jonas.
—El médico de la familia —contestó Roger, auscultando de nuevo el corazón de
tío Roger.
—Busque el número y llámelo usted mismo, Callahan —dijo Jonas.
Este no debía tener confianza en Carol.
Carol dijo el número en voz baja y el sargento salió de la habitación.
—¡Yo tengo la culpa! —exclamó tía Dollie entre sollozos—. ¡No debía haberle
dicho nada de lo de los cinco mil dólares!
—¿Cómo? —exclamó Jonas.

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—¡Chist! —rogó Roger desde su sitio, al lado de la cama—. Tiene que haber
silencio. ¡Sáquelas usted de la habitación, Jonas!
Callahan volvió entonces y dijo a Jonas que el doctor Lamont no estaba en casa.
—Traiga entonces a Postgate —dijo Roger—. Vive en la manzana siguiente.
Necesitará usted consultar otra opinión además de la mía, naturalmente —añadió con
ironía—. ¡Ahora, salga usted, de aquí!
¡Oh! ¿Por qué no se comportaba Roger con más cordura? Desde que empezaron
loe sucesos andaba irritando a la gente.
Cuando el sargento Callahan volvió de nuevo con la noticia de que el doctor
Postgate no tardaría en presentarse, Jonas le dirigió una mirada en la que se leía
claramente el encargo de que no perdiera de vista a Roger. Hecho esto, Jonas
preguntó a tía Dollie si quería salir al hall.
—Venga usted con ella —me dijo. Luego, volviéndose a Carol, añadió—:
Quédese usted aquí por si la necesitan.
Luego envió a los criados a la cocina. Así cumplía, a su manera, las órdenes del
médico.
El aire del hall estaba ya más frío a causa de la inminencia de la lluvia.
Precedidos por Jonas, salimos a la galería inferior.
Tía Dollie, alentada por la esperanza que parecía mostrar Roger de que todavía
había vida en tío George, se había recobrado algo. La pintura daba al rostro de la
dama un aspecto de payaso, pero ella ya no volvería nunca a sentirse alegre. ¡Pobre
tía Dollie! ¿Qué iba a hacer sin su marido?
—Deseo saber qué es eso de los cinco mil dólares, Mrs. Sears —dijo Jonas.
—Los ganó George en las carreras.
—¿En las carreras?
—En un lugar del norte. No me pregunte dónde —contestó tía Dollie.
—Ya comprendo. ¿Hizo una apuesta por medio de un agente?
—Naturalmente.
Y tía Dollie levantó la barbilla y adoptó el aire del que oye una pregunta tonta.
—¿Cuánto dinero apostó? —preguntó Jonas.
Su pálido rostro continuaba impasible; los desplantes de la dama no le afectaban
en lo más mínimo.
—¡Vamos! —exclamó tía Dollie—. ¿Cómo puedo saberlo?
—¿Cuál es el nombre del agente?
—No tengo la menor idea —reputó tía Dollie. Luego, impelida por la costumbre,
añadió—: Tendrá usted que preguntar a George. —Entonces comenzó a llorar de
nuevo—. El agente telefoneó —dijo entre sollozos—. Eso es todo lo que sé. Me
encargó que le comunicara a George que su caballo había llegado el primero, y cómo
se pagaban a razón de diez por uno, le correspondían cinco grandes.
De aquello se desprendía que había apostado quinientos dólares. Esa cantidad fué
la que Roger le entregó. La apostó toda a un caballo, y había ganado cinco mil.

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—Tomé el recado en el salón y fuí a decírselo a George. Este se estaba vistiendo,
es decir, estaba ya vestido, tal como ustedes lo ven ahora; me miró y me dijo:
«Dollie, tomaremos el primer vapor que nos dejen», y entonces dió media vuelta y
tomó asiento a los pies de la cama. Añadió que esta noche iríamos a celebrarlo a
«Fountain Room». Yo entré en el salón donde nos había indicado usted que
esperáramos. Iba dispuesto a contarles a Ava y a mi hermana lo del dinero, pero
cuando me presenté, ellas no estaban ya allí.
—¿Dónde está su hermana?
—No lo sé. Cuando marché a decirle a George lo del dinero se quejaba de
cansancio. Supuse que usted la había autorizado para que se acostara.
Jonas, pensativo, se tiró del lóbulo de una oreja.
—¡Debí haberme quedado con George! —exclamó tía Dollie entre sollozos—.
Quizá hubiera podido prestarle socorro. Toma digital cuando sufre un ataque, pero
quizá no lo tenía entonces al alcance de la mano. Y mientras yo me hallaba aquí o en
el salón, se estaba muriendo en nuestra habitación.
Volvió a sollozar.
—¿Cuánto tiempo hace de esto? —preguntó Jonas.
—Una media hora. No, no tanto. Quizá veinte minutos.
Jonas miró su reloj, frunció el ceño y dijo luego:
—Sospecho que se acerca a una media hora, Mrs. Sears. Cuando usted se hallaba
en su habitación diciéndole a su marido lo de la llamada telefónica, miss Clary subió
a su alcoba para acostarse y yo permanecí un momento en este pórtico en compañía
de miss Ava. Luego marchó ésta a la habitación de los Abbott y yo me fui al comedor.
Me hallaba interrogando a miss Carol cuando… cuando usted descubrió a su marido.
Me acordé de que había oído el timbre del teléfono, y pensé que debía poner a uno de
mis hombres para que respondiera cada vez que llamasen. Supongo que hay otros
teléfonos auxiliares, ¿verdad?
—Uno en la habitación de mi hermana y otro en la cocina, para que pueda
utilizarlo Hugo.
—¿Utilizan éste su marido y usted?
—Siempre. Esta habitación es realmente nuestro salón. Nadie más lo usa.
Apareció Roger acompañado de Patrick. El sargento Callahan los seguía. Roger
tenía la boca contraída y uno de sus ángulos subía un poco.
En aquel instante tenía el aspecto de lo que era; un profesional de la medicina, de
buena familia, poseedor de una gran sensibilidad, y muy trastornado en aquellos
momentos.
Patrick representaba a otro tipo de norteamericano, el sencillo tipo de los
primeros tiempos: alto y delgado, muy dueño de sí mismo en una crisis, lo contrario a
Roger, que a causa de su sangre latina se sentía trastornado.
Pero Roger se mostró tranquilo cuando dijo a tía Dollie que no había esperanza.
Ella corrió hacia él y se arrojó en sus brazos. Empezó a hablar de nuevo del dinero y

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de que tío George había dicho que tomarían el primer barco y que cuando la policía
se marchara aquella noche irían a «Fountain Room», en el Roosevelt Hotel. Él ya no
tomaba cocktails, así que era lo que se llamaba echar una cana al aire. Y ahora…
ahora…
Apareció Carol, y Roger le dijo:
—Lleva a tía Dollie arriba y haga que se acueste en su habitación, Carol. ¿Tiene
usted algún sedante? ¿Luminal o bromural?
Jonas le interrumpió.
—Callahan, busque al doctor Postgate y haga que éste se encargue de Mrs. Sears.
Puede usted hacerla acostar, miss Carol. Ya le mandaré al médico. Pero procure que
Mrs. Clary no le dé ningún sedante, si es que son necesarios.
Patrick dirigió al capitán una breve y enigmática mirada.
Carol se llevó a tía Dollie, que seguía diciendo que ella tenía la culpa y que no
debía haber dicho a George tan de pronto lo del dinero.
Jonas esperó a que Mrs. Sears estuviera en el hall y por lo tanto no pudiera oírle.
Luego preguntó:
—¿Cuánto le dió usted a Sears, comandante Clary?
Roger contempló con serenidad los fríos ojos del detective.
—¿Cuánto qué?
Jonas se encogió de hombros.
—¿Es que le dió usted algo además de dinero?
El rostro de Roger se ensombreció.
—La autopsia pondrá esto en claro.
—No lo puso la última vez, Clary.
Roger no contestó.
De pronto empezó a llover. Caían gruesas gotas, que salpicaban al chocar contra
las baldosas. La cortina de lluvia era tan espesa que apenas se veía el ala opuesta. Nos
guarecimos bajo el techo de la galería y observamos cómo caía el agua. Aquel
chaparrón aliviaba la tensión y el horror del momento, como si se tratase de algún
bálsamo especial.
Ava salió del hall.
—¡Oh, Roger! ¿Está usted aquí? ¡Venga enseguida! La tía Rita está… Algo no
marcha como es debido.
Roger se precipitó hacia la casa. El sargento Callahan miró a su jefe esperando
órdenes, enarcó las cejas y salió tras de Roger.

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El capitán Jonas y Patrick siguieron a los otros camino de la habitación de tía Rita, y
en la galería quedarnos solas Ava y yo.
—Vamos a sentarnos aquí —dijo Ava—. ¿Quiere usted un cigarrillo?
Sacó su pitillera y me dió uno. No tenía cerillas. Fué al salón, situado detrás de
donde estábamos sentadas, y volvió con un par de cajas, las cuales, una vez nos
hubieron servido para encender nuestros cigarrillos, guardó en el bolsillo de su
vestido, junto con la pitillera. La joven se hallaba trastornada, aunque procuraba
disimularlo con su habitual indiferencia.
Le pregunté qué era lo que le había sucedido a tía Rita, y Ava me contestó que se
creía que se trataba de un desmayo.
—Quizá le ha dado un ataque —continuó—. No me pregunte nada. Me trastorno
mucho cuando veo algún enfermo. Siempre procuro marcharme muy lejos de su
habitación. Cuando todo el mundo se hallaba en el cuarto de tío George, yo subí…
Una vez arriba decidí cambiarme de peinado, para lo cual necesitaba unas horquillas
de que carecía; entré en el cuarto de Carol a buscarlas, y… desde allí oí que en la
habitación de tía Rita pasaba algo raro. Está a continuación de la de Carol. La puerta
estaba abierta y… entré en ella. Tía Rita se hallaba tendida en la cama y respiraba
trabajosamente. ¡Uf!
La joven llevaba el cabello exactamente igual que media hora antes, cuando
estaba con nosotros.
—Siento lo de tío George, Ava.
—Bien, esto tenía que suceder alguna vez —dijo Ava, mientras exhalaba el humo
por los agujeros de su bonita nariz en un gesto nada bonito—. Quiero decir —añadió
— que estaba enfermo del corazón, que tenía demasiada grasa y que todo el mundo
sabía que esto podía sucederle en cualquier momento.
—Pero, aun así, es un rudo golpe.
—¡Oh, naturalmente! —Adoptó de nuevo el gesto de antes—. Pero… ¡qué bien le
vendrá el dinero a tía Dollie! ¿No es algo magnífico?
—Quizá lo apueste también en las carreras y lo pierda —dije.
—¡Oh, no! Tía Dollie no hará eso. Tiene mucho de francesa. Tendrá cuidado con
el dinero. Procurará que le dure. Pero se divertirá un poco con él.
—Tía Rita es verdaderamente especial, Ava.
Ava afirmó con la cabeza.
—Sí. Pero hay que tener en cuenta que ha pasado lo suyo. —Ava bajó la voz—.
No voy a decir a Jonas que vi regresar a Victorine. ¿De qué serviría ahora? Lo iba a
decir sólo para que no siguiera molestando a tío George. Pero ahora que ya no puedo
ayudarle, sería inútil. Ello serviría para tranquilizar a tía Rita a causa de esa excursión

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nocturna, y como ya no puedo ayudar a tío George, y como, después de todo, ya
saben de sobra que la enfermera volvió…
—Pero van a pensar que tío George mintió. Creerán que la enfermera no se movió
de la casa.
—Bien, ¿y qué importancia tiene eso? La enfermera ha muerto. Tío George ha
muerto. Así, pues, ¿qué importa?
—No está bien que la familia piense siempre que tío George mintió.
—¡No se meta a predicadora, querida! ¿No comprende que el asunto atañe a
Toby? Vamos a casarnos, y no quiero que tía Rita se oponga a nuestra boda. Tía Rita
no sabe que yo voy por la noche al «Ángel Bueno». Me escabullo de vez en cuando,
y vuelvo a una hora en que ella no puede encontrarme. Así, pues, ¿qué sacaríamos
con decir que habíamos visto a Victorine?, la tía empezaría a preocuparse por mí en
relación a Toby. Si no puede usted verlo desde mi punto de vista, véalo desde el
suyo… Quiero decir, ¿porqué tiene que preocuparse tía Rita de cosas que no le
incumben?
No había duda de que aquel punto de vista era el suyo propio, no el de tía Rita.
—¿Parecía muy enferma? —pregunté.
—No me lo pregunte. No sé nada sobre enfermedades.
—¿Parecía que estaba… que se estaba muriendo?
—Si le he de decir la verdad, no lo sé.
—¿No le tomó usted el pulso ni hizo nada?
—¿De qué hubiera servido, querida? Además, Roger estaba abajo.
Se oyeron unos pasos y apareció Toby. Iba vestido con un fresco traje de verano
de color azul. Su rizado cabello rubio se hallaba cuidadosamente cepillado y brillaba
en el aire lavado por la lluvia. Tenía el rostro hinchado por un lado a consecuencia del
golpe que le había propinado Patrick. Su aspecto era cómico.
Ava se levantó de un salto.
—¿Dónde has estado? —le preguntó. Parecía una esposa regañona—. Han
ocurrido cosas terribles, Toby. ¿En dónde estabas?
—Me he afeitado, me he bañado y me he cambiado de ropa —contestó Toby,
muy en su papel de marido.
—¡Toby! ¡Tío George ha muerto!
Toby buscó su pitillera, la sacó del bolsillo, extrajo de ella un cigarrillo y buscó
una cerilla, todo ello sin apartar los ojos de los de Ava. Pero, contra su costumbre, no
se mostró despreciativo ni siquiera indiferente. No habló hasta que no hubo
encendido el cigarrillo y dado dos chupadas. No había duda de que estaba
impresionado.
—¿Un ataque cardíaco? —preguntó finalmente.
—Sí —contestó Ava, lanzándole una mirada a la vez ardiente y cautelosa, réplica
exacta de la de él—. Un ataque cardíaco. Ganó una cantidad y la emoción le ha
matado.

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—Esta tarde me pidió detalles a propósito de un agente de apuestas —dijo Toby.
Ava se puso a temblar.
—¿De veras? Ganó cinco mil dólares, y cuando tía Dollie se lo dijo dejó de
existir sin más ni más.
La siguiente pregunta de Toby fué formulada en voz muy baja.
—¿Estaba ella presente cuando le dió el ataque, Ava?
Ava hizo una pausa antes de contestar.
—No. Había regresado al salón, donde el capitán Jonas nos había ordenado que
estuviéramos para interrogarnos a propósito de la enfermera. Sospecho que, al ver
que tío George no salía de su cuarto tan pronto como esperaba tía Dollie, ésta fué a
buscarle y le encontró muerto en la cama. Mientras tomaba un Cuba Libre en
compañía de los Abbott, tío George se estaba muriendo.
Ava lanzó un pequeño sollozo.
—Tal vez tío George supiera mucho más de lo que decía —dijo Toby lentamente.
—¿Cómo es posible, querido?
Toby sonrió felinamente.
—A tío George no se le escapaba nada, Ava. Lo sabes de sobra. Tenía ojos de
lince y una inteligencia aguda. Lástima que hubiera desperdiciado su vida…
Ava le interrumpió airadamente.
—¿Qué ha desperdiciado su vida? Tanto él como tía Dollie han llevado una vida
maravillosa.
La joven se atrevía incluso a contradecirle, y de nuevo se veía claro el porqué.
¡Tenía ciertamente algún poder sobre él!
¿Por qué había regresado Toby? ¿Llevaba otra pequeña arma de fuego en un
bolsillo de su traje azul? Yo temía ahora por Patrick, que durante todo el tiempo había
estado temiendo por mí.
Todas las palabras que Ava le había dicho parecían una especie de advertencia.
Tenían un doble sentido, y querían decir: «Ten cuidado».
Me fijé en sus zapatos, castaños y blancos; estaban inmaculados. Eran unos
zapatos que no habían estado en ningún jardín durante una húmeda noche de niebla,
ni tenían adherida ni una brizna de hierba. No es tan fácil que a uno se le pegue
hierba en los zapatos en el barrio. ¿Era cierta mi idea primera? ¿Había matado a
Helen Clary para que recayesen las sospechas en Roger y así poder tener él a Carol?
¿Aceptaba ahora a Ava porque ésta sabía la verdad?
—Siéntate, querido —dijo Ava—. Creo que tío George ha muerto sin sentir el
menor dolor. —Toby no se sentó, y Ava, dirigiéndose a mí, que también permanecía
de pie, preguntó—: Jean, ¿le dará Roger a Pat un montón de dinero si éste consigue
que no le condenen?
Aquella conducta me indignó.
—¿Dinero? ¿Si no le condenan? Pat no es abogado, Ava.

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—Bien, a usted le gusta el dinero, ¿no es verdad, querida? ¿Dejará usted que Pat
trabaje gratis, Jean?
Me gusta el dinero. Es mi debilidad, y, naturalmente, ella lo había descubierto.
Pero Patrick no corría tras el dinero en el presente caso.
—¿Qué espera sacar usted de Roger, Ava? —dije, insultándola, según creía, lo
mismo que ella acababa de hacer conmigo.
Pero me engañaba.
—¿Yo? Una dote, quizá. Tendrá suficiente dinero para ello.
—¡Ava! —exclamó Toby.
—Todo está perfectamente —dijo Ava—. Jean no dirá nada. Sabe lo que le
conviene. Ya lo verás.
Me estaba sacando de quicio, y sentía intenciones de arañarla.
Los dejé y subí la escalera.
El salón estaba desierto. Salí a la galería superior utilizando una puerta parecida a
la de abajo. El primer dormitorio que había a mi derecha era el de Ava. Patrick y
Roger Clary estaban de pie en él. Entré.
Era una habitación más pequeña que nuestro dormitorio y más elegantemente
amueblada, con una cama colonial de cuatro columnas y sillas y armario del mismo
estilo. Sobre la cama había una colcha blanca, y el dosel era de la misma tela, así
como las cortinas. El papel de la pared era de color de rosa. Ava era otra desaseada.
Detesto el excesivo orden, pero me irrita ver los trajes, la ropa interior y los polvos
para la cara dejados al cuidado de una sirvienta. Patrick me cogió de un brazo y, sin
abandonar su conversación con Roger, me dijo que precisamente me estaba
esperando.
Luego añadió dirigiéndose a Roger:
—Le repito que no me lo ha dicho usted todo, Roger.
Este frunció sus negras cejas.
—Le dicho todo lo que sé.
—Me ha dicho usted lo que deseaba decirme, Roger.
—Le he dicho que si le di el dinero a tío George fué porque si no se lo daba me
hubiera estado molestando sin cesar.
—Esa no es razón suficiente en estas circunstancias.
—Para mí es bastante.
—Ese dinero era un soborno, Roger. ¿Por qué?
—Llámelo como quiera. Yo deseaba paz. Eso es lo que sigo deseando.
Patrick, con la voz tan fría como el hielo, continuó:
—La tendrá usted cuando se aclare este asunto a satisfacción de todos, incluso
mía.
—No veo por qué tiene usted que meterse en esto…
—Pues ya ve que me meto. Sabe usted perfectamente que si no hubiera tenido la
suerte de llevar un moño en la parte alta de la cabeza, habríamos encontrado a Jean

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con el cerebro fracturado. No tenemos necesidad de volver a hablar de ello. Después
de todo, es usted médico. Y al principio mostró cierta inquietud ante el golpe que
había recibido mi esposa. Ahora no desea usted otra cosa que desentenderse de todo.
Bien, ellos no quedarán satisfechos, ¿me oye? —Roger había apartado la mirada.
Patrick continuó—: ¿Tenía tío George la costumbre de darle sablazos?
—Sí, de vez en cuando.
—¿Le daba usted a menudo quinientos dólares?
—¡No, por Dios! Solamente…
—Solamente cuando iba usted a heredar mucho dinero, ¿no es verdad?
—Ya le dije que voy a emplear el dinero de Helen en fundar y sostener un
hospital —contestó Roger dominándose.
—¿Le habría usted dado esa cantidad a tío George si no hubiera estado a punto de
heredar una fortuna?
—¡Por el amor de Dios! —exclamó Roger. Luego, con más tranquilidad, añadió
—: Después de todo, era mi deber, Pat. ¿Se da usted cuenta de ello? Tía Rita ha
cuidado siempre de todos, y ahora me llega a mí la vez, ¿comprende? Además, si tío
George ganó, yo también gané. He corrido el riesgo de perder el dinero. Cinco mil
dólares son más que quinientos, yo me alegro si él tiene cinco mil. Deseo que sean
felices. Deseaba que tío George fuera dichoso, que ganase dinero para marcharse a
Francia, que es lo que le habría hecho feliz. Tenía la esperanza de poderle
proporcionar tal gusto. Cinco mil dólares no le habrían durado mucho, pero es algo.
No sabía que hubiera ganado, naturalmente. Y estaba disgustado y preocupado al
pensar que tendría que decirle hoy mismo que me devolviera el dinero. Pero… ¡ahí
tiene usted!
—Supongo que le entregaría usted un cheque firmado.
—Sí, naturalmente. ¿Qué iba a hacer si era domingo?
Patrick lanzó un profundo suspiro.
—Hizo usted todo lo que no debía hacer, Roger. Se encontró usted con Carol
fuera de casa, después de haber hablado con ella por teléfono de manera que la cita
fuera fácilmente descubierta. Llegó usted a casa a tiempo para que le pudieran acusar
de haber matado a su esposa. No puede usted explicar la ausencia de la enfermera. —
Roger apretó los labios—. Dió usted dinero a tío George, dinero que la policía tomará
por un soborno para que no dijera que había visto regresar a la enfermera o,
probablemente, otras cosas que sabía. Su muerte significa un retraso para la policía,
pero seguirá trabajando y tratando de encontrar cargos contra usted que den con lo
que imaginan deseaba usted que callase tío George. Dirán incluso que ha asesinado
usted a tío George dándole píldoras envenenadas o cualquiera otra cosa para que no
le perjudicara con sus declaraciones. —Siguió un corto silencio—. ¿Fué usted —
preguntó luego Patrick— el que llevó el cuerpo desde el escondite, esa bóveda de la
pared, hasta el arca?
Roger palideció.

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—¿Qué está usted diciendo, Pat?
—¡Dios mío! —exclamó Patrick.
Sonaron pasos en la galería, y apareció el doctor Postgate, que entró en la
habitación. Me saludó cordialmente con un movimiento de cabeza y, manoseando su
canosa barba, dijo:
—La prostigmina lo ha arreglado todo. Su diagnóstico era correcto. Se trata de
curare, doctor. —Roger recibió esta noticia en silencio. Patrick era todo oídos—. ¿Me
oye usted, doctor? —siguió Postgate—. Miss Clary se ha recobrado pronto. Una cosa
característica del extracto del curare es que el paciente se recobra pronto y
completamente. No queda ni sueño ni atontamiento. No tardará en sentirse
perfectamente. Con ella están Carol y Mrs. Sears.
—Tía Dollie debía permanecer acostada —dijo Roger.
—Está más distraída teniendo algo en qué ocuparse —contestó el doctor Postgate
—. Volviendo al curare, le diré que ha sido inyectado hipodérmicamente, según creo.
Hay una marca en el brazo de miss Clary. Me gustaría saber si miss Clary poseía su
propia jeringuilla de inyecciones.
—Seguramente —dijo Roger.
—¿Cree usted que ella misma puede haberse inyectado el curare, doctor
Postgate? —preguntó Patrick.
—No discutamos eso ahora, por favor —dijo Roger.
Pero el doctor Postgate contestó a la pregunta.
—¡Oh, no lo sé! —dijo—. Mas si tuviera formada una opinión sobre este asunto,
que no la tengo, me guardaría mucho de hacerla pública, teniente Abbott.
—¿Le ayudará esto a formarse una opinión? —preguntó Patrick, mientras
mostraba una pequeña jeringuilla medio envuelta en un papel. Los dos médicos la
contemplaron—. ¿Reconocen esto alguno de los dos?
—Esta jeringuilla es probablemente mía —dijo Roger con voz velada.
—¿No lo sabe usted de cierto?
—No, no lo sé. Veré si falta alguna en mis maletines.
El capitán Jonas llamó desde la galería.
—Deseo que todo el mundo se reúna en el salón —dijo con voz que llegaba a
todos los de la casa—. ¡Callahan! ¿Dónde está usted?
El sargento salió a la galería para contestar a su jefe, pero antes se oyó un rumor
en la habitación de Carol. Miré a Patrick. ¡El sargento Callahan, la sombra de Roger,
había oído toda la conversación de éste con Patrick!
Sólo Roger no pareció darse cuenta de ello. Mientras seguía escuchando al doctor
Postgate, atravesó la habitación de Carol, camino de la de tía Rita.
Me quedé un minuto sola con Patrick, a quien dije que Ava había decidido no
declarar que vió regresar a la enfermera, ya que ahora esto no podía ayudar a tío
George. También encargué a Patrick que tuviera mucho cuidado con Toby Wick.
Patrick envolvió de nuevo la jeringuilla y se la guardó en el bolsillo de la camisa.

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Jonas nos vió y se acercó a nosotros.
—Y bien, teniente Abbott, ¿qué hay de nuevo?
—Miss Clary está mejor, capitán Jonas.
—Más asuntos feos, ¿verdad? —preguntó Jonas—. Y cada vez se pone peor el
asunto para el comandante Clary. Bien, voy a ponerlo todo en claro antes de
marcharme de aquí esta noche, aunque me quede sin cenar —dijo con amargura—.
Cuando acabe, no quedará ya nada para comer en ninguna parte. ¡Un domingo por la
noche en Nueva Orleans!
—¿Por qué no nos acompaña usted al «Antoine’s»? —le preguntó Patrick.
A Jonas le brillaron los ojos.
—¿No bromea usted, teniente? ¡Oh, no podríamos ir allí! Hay que tener reservada
la mesa con varias semanas de anticipación.
—Creo que lo podría arreglar —dijo Patrick—. Ya indiqué que sería probable que
fuéramos tres.
Lo que acababa de decir no era cierto, pero Jonas se sentía muy contento cuando,
una vez más marchamos hacia el salón.

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17

Nos detuvimos en nuestro camino para subir un momento a nuestro departamento,


donde Patrick tenía que telefonear al «Antoine’s» para tratar de arreglar lo de llevar
un comensal más. No eran todavía las seis, y teníamos reservada la mesa para las
ocho.
Después de una pequeña conversación y una corta espera, Patrick dió las gracias
y, entrando en el cuarto de baño, en donde yo me estaba pintando, me dijo:
—Ya está arreglado. Pero no podemos ir hasta las ocho y media. Quizá sea mejor
para nosotros. Podemos necesitar esos treinta minutos.
—Resulta muy agradable el cambio de tiempo —dije.
Había cesado de llover. La atmósfera estaba limpia y fresca. Las hojas del patio
centelleaban. El cielo libre de las grises nubes tormentosas, mostraba el brillante
color azul que precede a la puesta del sol.
Yo llevaba todavía el traje de playa, que constaba de una blusa, unos pantalones
cortos y una falda abierta abotonada por delante.
—¿Me visto ahora o más tarde, Pat?
—Más tarde. Volveremos a nuestras habitaciones.
—Perfectamente. ¡Qué curioso es lo de Roger!, ¿verdad?
—¿Lo de Roger?
—Sí. Envió a buscar al doctor Postgate, y el doctor Postgate administró
inmediatamente a la enferma prostigmina, que es el antídoto del curare. Creo que,
después de todo, no ha sido más que una coincidencia, una curiosa coincidencia.
Envenenan a tía Rita, e inmediatamente se le administra el antídoto por mano del
experto médico de las pastillas, que es quien entiende en asuntos de curare. ¡Diantre
con el curare! ¡Y diantre con el doctor Postgate!
—Roger llamó a Postgate cuando se enteró de que el médico de la familia no
podía venir. Jeanie —dijo Patrick—. Postgate había venido a confirmar el diagnóstico
de Roger en el caso de tío George. Y dió la casualidad de que estaba aquí cuando tía
Rita se puso enferma.
—¿Y cómo desde el primer momento supo Postgate que la habían envenenado?
—Postgate lo sospechó a causa del extraordinario relajamiento de los músculos
del cuello de la enferma Además, existía lo de la inyección. Ese líquido tiene un olor
débil, pero característico.
—¡Oh! ¿Los médicos estén seguros de lo de la inyección?
—Sí.
—Ava estuvo con tía Rita.
—Sí.

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—Ava es una criatura completamente amoral. No posee ningún sentimiento de los
que la gente decente debe tener. Es… es una mujer terrible.
—Temo que tengas razón, querida.
—¡Oh, querido, tú sabes quién lo hizo! Quién lo está haciendo, quiero decir.
—Sí, creo que sí —contestó Patrick con aspecto sombrío—. Al fin. Pero ¿cómo
nos vamos a arreglar para cazar a la serpiente si a las ocho y media vamos a cenar?
Jonas se ha formado ya su opinión. Está tan seguro de que el asesino es Roger Clary
que no ve el bosque a causa de los árboles. Y efectuará un arresto antes de cenar, le
cueste lo que le cueste.
—¿Le van a hacer la autopsia a tío George?
—No lo sé. Jonas ha estado de acuerdo en llamar a un médico de los que las
hacen, pero no me ha confiado lo que le iba a decir a ese médico. Es domingo por la
noche. Sospecho que Jonas, por alguna razón no piensa más que en ganar tiempo. A
tío George pueden hacerle la autopsia en cualquiera de los ratos comprendidos entre
las diez y la una. Vamos, Jean.
Bajamos la escalera, pero sólo para volver a subir la del ala opuesta, camino del
salón. El forense había llegado y se disponía a llevarse el cuerpo de tío George. Sus
empleados llevaban la camilla que usualmente empleaban a tal fin, y yo me pregunté
—mis pensamientos se me volvían morbosos— si tío George cabría en ella.
Pero era mejor que el cuerpo no estuviera en la casa. Se oían los sollozos de tía
Dollie, que se encontraba en la habitación de tía Rita. También se oían los consuelos
que le prodigaban Roger y el doctor Postgate.
El sargento Callahan permanecía discretamente en la puerta, y, al pasar, le vimos.
Me alegré que se llevaran el cuerpo de tío George. Esperaba que hubiera muerto
realmente de un ataque al corazón. Ya habíamos tenido bastantes asesinatos.
Ava, Carol y Toby, así como el policía que hacía las veces de secretario, estaban
ya en el salón cuando nosotros entramos en él.
La luz de la tarde favorecía mucho el aspecto de los antiguos muebles y de toda la
habitación, acentuando el tono granate de los cortinajes y la excelente calidad de la
alfombra.
Ava estaba sentada en el mismo sitio en que lo había hecho la última vez que
estuvimos juntas allí. Fumaba un cigarrillo y pretendía, aunque no lo lograba del
todo, mostrarse tan fría e indiferente como por la mañana. Carol, en cambio, no
ocultaba su desazón. Sus ojos parecían agrandados bajo la recta orla de su espeso
cabello castaño.
Toby, a su vez, parecía preocupado. Se hallaba sentado en el otro extremo del sofá
donde estaba Ava. Carol se encontraba en la otomana, frente al fuego. El pequeño
sofá, para dos, tan a propósito para el tamaño de tío George, estaba desocupado.
Todos, conforme habían ido llegando, habían evitado sentarse en él. El sofá
ocupaba un lugar bastante visible, cerca del extremo de uno de los divanes.

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Fué Roger Clary el que lo apartó a un lado, colocando en su lugar un sillón
destinado al doctor Postgate.
El sofá en que tía Rita tenía la costumbre de sentarse se hallaba también ocupado.
Patrick y yo tomamos asiento en dos sillas, un poco apartados de los demás, a medio
camino de éstos y la mesa que el policía había ya preparado para Jonas.
El sargento Callahan, que había entrado siguiendo a Roger Clary, ocupó su sitio
junto a la puerta.
De pronto se oyó un rumor en el pasillo y apareció tía Rita, seguida de tía Dollie.
Los dos médicos mostraron una expresión de consternación, se pusieron en pie y se
apresuraron a ayudar a las dos damas en su camino hasta el sofá vacante. Uno tras
otro tomaron el pulso a tía Rita, contando los latidos de su corazón. Pero el aspecto
de tía Dollie era mucho peor que el de su hermana. De su ajado rostro había
desaparecido todo rastro de pintura. Era casi seguro que caería enferma antes de que
el asunto estuviera terminado, ya que tenía la costumbre de apoyarse para todo en tío
George, y, además, carecía de la fuerza interior necesaria para sobrellevar las
desgracias. Tía Rita estaba muy pálida, pero aparecía tranquila.
El sargento Callaban se apartó para dejar paso a Hugo, que llevaba una gran
bandeja de plata. Tras Hugo entró Paulette con otra bandeja, y un momento después
tía Rita pidió a Toby que preparara la mesa que había delante de donde se encontraba
Ava Graham.
—Tendrán ustedes que servirse, queridos, pues a mí no me es posible hacerlo —
dijo con su afectada vocecita francesa.
En las bandejas había café, emparedados y pastas. Hugo, después de haber dejado
las tazas, salió de nuevo para volver con otra bandeja que contenía una polvorienta
botella de coñac y vasitos. La vida nos pareció inmediatamente más rosada y más
llena de esperanza.
El capitán Jonas, que llegó oportunamente, se tomó tres tazas de café y un gran
número de emparedados, pero sólo una pequeña cantidad de coñac, y eso a
regañadientes; a pesar de ello, sus manos mejoraron sensiblemente.
Sus ojos nos observaron uno por uno. El secretario preparó su libro de notas.
—Les he pedido que se reunieran aquí porque deseo más información sobre
Victorine Delacroix —dijo Jonas. El secretario anotaba todo—. Siento que nos
hayamos retrasado por… la desgracia de la muerte de míster Sears. Él era nuestro
mejor testigo, como ustedes no podrán menos que admitir, ya que vió cómo la
enfermera dejaba la casa sola, un poco después de las dos de la madrugada de hoy. La
muerte de Mr. Sears representa una gran coincidencia. —Sus pupilas pálidas y
penetrantes, sobre las bolsas de enfermo del hígado, miraron de nuevo a todos y se
detuvieron unos momentos sobre los tres criados, que se hallaban sentados en el otro
extremo de la habitación. Reinaba un profundo silencio. La taza de tía Dollie hizo un
ruido sobre el plato, y el doctor Postgate se acarició la barba y se aclaró la garganta
—. Bien, debido a la muerte de Mr. Sears, hemos de empezar por el principio. Es una

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lástima. Si la enfermera dejó la casa… —e hizo un ademán con sus pequeñas manos
—. Ahora deseo saber quién de ustedes vió anoche a la enfermera y, si es posible, a
qué hora.
Después de un momentáneo silencio, tía Rita dijo que había visto a la enfermera
cuando subió a su habitación, o sea, un poco después de las once. Tía Dollie la había
visto también a la misma hora. Roger Clary no la había visto desde las cuatro de la
tarde, hora en que él se marchó al hospital. «¿No es una hora extraña para ir al
hospital?», preguntó Jonas, a lo que Roger contestó que todas las horas daban lo
mismo mediando una llamada. El doctor Postgate no había visto a la enfermera desde
hacía tres días, o sea, desde el día en que hizo su última visita profesional a Mrs.
Clary. Carol no la había visto en todo el día anterior. Ava declaró que sí la había visto
andando por la casa, pero no podía recordar a qué hora. Hugo declaró lo mismo, y
Paulette, con algo de su acostumbrada indignación, declaró que a última hora de la
noche oyó que la enfermera andaba por entre las hierbas aromáticas del jardín.
—Cuando pensaba que yo estaba dormida, acostumbraba a meterse entre las
hierbas —acabó Paulette.
Aquella declaración era muy importante. Parecía explicar el porqué estaba la
albahaca todavía fresca cuando yo la olí al entrar en la habitación de Roger la noche
anterior. Fué albahaca lo que olí. Probablemente había arrancado una mata antes de
irse de la casa. Si es que dejó la casa… Pero sí la dejó, pues Ava la vió regresar.
—Mrs. Abbott —me dijo el capitán Jonas—, cuando anoche bajó usted la
escalera después de haber visto a Mrs. Clary rendida en la hierba, ¿vió usted a la
enfermera?
—No.
—¿No la había usted visto durante la velada?
—No. Estuvimos fuera toda la noche. Entramos en la casa después de
medianoche.
—¿Y no la vió ni oyó después de medianoche?
—Bien, creo… creo que la oí. Alguien anduvo por la galería a las doce y media.
No, era antes de esa hora, pues Mrs. Clary subió después…
Jonas se agarró resueltamente a aquello.
—Queda demostrado que la enfermera salió de la casa antes de las doce y media,
¿verdad?
—Nada de eso —dijo Roger—. Helen se las arreglaba a veces para burlar la
vigilancia de Victorine durante algún corto tiempo. Eso pudo ocurrir también anoche.
—Quizá cuando esa enfermera estaba entre mis hierbas —nos recordó Paulette.
Acaso tenía razón Paulette. La albahaca, metida en agua, podía haberse
mantenido completamente fresca desde las doce y media hasta las dos.
—¿Oyó usted que la enfermera andaba por la galería inferior? —me preguntó
Jonas.

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—No sé si era la enfermera —contesté—. Era alguien que andaba con mucha
ligereza. Quienquiera que fuese, llevaba zapatos de suela muy fina, según creo, que
producían muy poco ruido. Podía haber sido cualquier otra persona.
Era cierto. Todos andaban con ligereza en aquella casa, incluidos tío George, tía
Rita, Ava, Carol, Roger, Toby Wick y mi propio marido.
—¿Qué personas podían estar en la galería a esa hora? —preguntó Jonas.
—Cualquier persona de las que viven en la casa —contestó tía Rita con expresión
de impaciencia—. El jardín pertenece a toda la casa.
—Pero ese pórtico pertenece exclusivamente al departamento de los Clary,
¿verdad?
—Los Clary eran parte de la familia —dijo tía Rita—. Otra cosa sería si los pasos
se hubieran oído en la galería de los Abbott.
Jonas se humedeció sus largos labios.
—¿Hacia dónde se dirigía esa persona, Mrs. Abbott?
—No tengo la menor idea. Caminaba. No sé más.
—Hugo mantiene engrasados todos los goznes de las puertas —dijo tía Rita—.
Lo hace por consideración a mí y también a los demás. Tengo el sueño muy ligero, y
a menudo me levanto por la noche y doy una vuelta por la casa, y cuando hago eso no
me gusta que los goznes de las puertas despierten a los otros. Digo esto porque,
quienquiera que fuese el que paseaba, podía haber salido o entrado por las puertas sin
hacer el menor ruido.
—¿Paseó usted por ese pórtico poco después de medianoche, miss Clary?
—¡No!
El detective siguió interrogándome a propósito de los pasos oídos, interesándose
por saber cómo eran y la hora exacta en que se oyeron. Esto último no pude decirlo
con exactitud, pero sabía que fué muy poco tiempo después de cuando Helen subió
hasta nuestro departamento. Y esto sí lo sabía con certeza, ya que oí el reloj de la
catedral. Quedamos en que los pasos debieron de oírse a las doce y treinta y siete
aproximadamente.
—Desgraciadamente —se apresuró a declarar voluntariamente tía Rita—, anoche
fué una de las raras noches que he dormido bien.
—Dice usted bien: desgraciadamente —corroboró Jonas.
El taquígrafo anotó también las últimas frases.
—También es una desgracia —añadió el detective— que abriguemos alguna duda
sobre si el difunto testigo Mr. Sears decía la verdad.
—¡Decía la verdad! —exclamó tía Dollie.
—¿Está usted segura de ello, Mrs. Sears?
—Claro que lo estoy. ¿Por qué iba a mentir? ¡Oh!, ya sé qué la gente decía cosas
terribles acerca de mi pobre marido, pero esas cosas no eran verdad. Era el hombre
más admirable y más bondadoso del mundo.

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—¿Estaba usted despierta cuando su marido vió que la enfermera salía de la casa?
—preguntó Jonas con más amabilidad que antes.
—No. Yo duermo bien. Y si no me duermo enseguida, tomo una píldora; pero mi
pobre marido no podía hacerlo, a causa de su corazón. ¡Era muy cuidadoso! No
encendía ni una luz para no molestarme. A veces se sentaba en la galería, pero anoche
no pudo hacerlo por la humedad que hubo, por lo menos las primeras horas de la
noche. Si dijo que vió a la enfermera marcharse de la casa, es que la vió.
Tía Dollie hacía todo lo que podía en favor del honor de su marido. Dirigí a Ava
una furtiva mirada. Había llegado su momento. Ella había visto regresar a la
enfermera. Una palabra de ella, y tía Dollie quedaría tranquila.
Pero Ava permaneció callada. Vió que yo la miraba, y sus negros ojos no me
dieron la menor respuesta. Pensó que tenía mucha desfachatez. Acaso hubiera yo
debido descubrirla. Patrick, en mi caso, lo habría hecho. Todo es justo cuando se trata
de un asesinato.
Ava seguía callada. Sostenía su taza de café, fumaba y echaba tranquilamente la
ceniza en el platillo. Quería a tío George y a tía Dollie, su afecto no era lo
suficientemente fuerte para inducirla a hablar, pues sentía miedo de los pequeños
inconvenientes que le acarrearía su declaración. Aunque, después de todo, no sería
tanto el miedo que tía Rita le inspiraba. En estos tiempos, la reputación de una
muchacha no padece lo más mínimo por salir de su casa a hora desusada, ni tampoco
por quedarse largo tiempo en una calle del barrio, sobre todo teniendo en cuenta que
en aquella calle estaba su casa. El silencio de la joven debía de obedecer a algo más, a
algo peor.
—Bien, lo que se desprende de la declaración de Mrs. Abbott —dijo Jonas— es
que sospecha que la enfermera anduvo por el pórtico un poco antes de las doce y
treinta. Así que…
Alguien había llegado a la puerta por la parte de fuera, y el sargento Callahan se
acercó al capitán Jonas, el cual salió de la habitación.
Se produjo un silencio, durante el cual todo el mundo descansó.
—Al parecer —dijo luego Ava—, fué usted la última en oír a la enfermera, Jean.
En la voz de Ava vibraba la malicia.
Sentí un arrebato de mal humor.
—No estoy segura de que fuera la enfermera. A lo mejor era Toby.
Me arrepentí enseguida de haberlo dicho, pero ya no había remedio.
Toby hizo un movimiento. Recordé de súbito la pequeña arma de fuego que había
apuntado a Patrick, y sentí miedo.
—¡Es usted una asquerosa serpiente! —exclamó Ava después de una breve pausa.
Tía Rita, horrorizada, se volvió para mirarla:
—¿Cómo se atreve usted a decir tal cosa? Ya sabe que no es verdad.
—¿Y por qué no es verdad? —pregunté.

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—Pues porque Toby estaba en el «Ángel Bueno». No puede dejar aquello a esa
hora.
—Estuvo aquí un poco más tarde, poco después de las dos. Estaba aquí cuando
Helen murió, Ava.
—¡Vino a cambiarse de ropa!
—¿Y por qué tenía hierba en sus zapatos, Ava? —pregunté.
—¡Cállense las dos, por el amor de Dios! —exclamó Toby.
—¡No me callaré! —respondió Ava—. Jean y Pat quieren sacar a Roger del
atolladero para hacer su agosto. Al matrimonio les gusta el dinero; Jean no se recata
de decirlo.
Miré a Patrick, cuyos ojos tenían una expresión de cinismo; seguí su mirada y me
di cuenta de que el taquígrafo había anotado toda la conversación. Me sentí
trastornada. Habría querido que la tierra me tragara.
Tía Dollie no escuchaba. Tía Rita parecía aturdida. Roger parecía disgustado, y el
doctor Postgate intentó hacer el papel del que se encuentra en un lugar en extremo
agradable. El hinchado rostro de Toby, con sus oblicuos ojos, parecía un mapa
defectuoso, si es que alguna vez había yo visto un mapa defectuoso. En cuanto a
Carol, se hallaba francamente preocupada.
—¿Me ha ofrecido usted alguna recompensa, Roger? —preguntó Patrick.
—No, que yo sepa. Pero…
—Gracias. Estoy movilizado, Ava, y no me está permitido aceptar pagos
privados.
—¡Naranjas de la China! Ustedes saben muy bien lo que les conviene. Trabajan
ustedes juntos. ¡Esta tarde me han hecho ustedes caer en una maldita trampa!
—¡Ava! —exclamó tía Rita.
Ava se encaró con tía Rita.
—¿Es que no tienes ojos en la cara? Todos son astutos como ladrones. Roger no
estará en combinación con ellos, pero Carol sí lo está. ¿Pensabais que Pat iba a
admitir que aceptaría dinero de Roger? Pat es muy listo.
—También tú has pasado esta tarde algún tiempo con los Abbott, Ava —dijo tía
Rita.
—¡Me han tendido un lazo! Es lo que estaba intentando deciros antes. Me
hicieron subir y quisieron sonsacarme. Quisieron que admitiera una serie de cosas
que no son verdad. Y todo eso porque odian a Toby.
—¿Y qué es lo que admitiste? —preguntó tía Rita rápidamente y con voz firme.
—¡Déjalo correr, Ava! —murmuró Toby.
Tía Rita se volvió hacia mí.
—¿Qué ha querido usted significar cuando ha dicho que Toby tenía hierba en sus
zapatos, Mrs. Abbott?
Me estremecí, sin saber qué contestar, y miré a Patrick en busca de consejo. Mi
marido me contestó haciendo un movimiento afirmativo con la cabeza.

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—Bien, creo que era algo muy raro el hecho de que hubiera hierba anoche en los
zapatos de Toby. En el camino que hay que recorrer desde el «Ángel Bueno» hasta
aquí no hay hierba, miss Clary. En el Barrio Viejo sólo hay hierba en jardines
privados y en Jackson Square. Si tenía tanto trabajo, ¿dónde diablos se mojó los
zapatos y se le adhirió hierba en ellos?
—Toby, ¿dónde se te adhirió hierba en los zapatos? —preguntó tía Rita.
—¡Qué cosa más chusca! —exclamó Ava—. ¡Vaya absurdo!
—¡Contéstame, Toby! —insistió tía Rita. Toby la miró con ojos aduladores y
suplicantes. La anciana se volvió a mí—: ¿Está usted segura?
—Sí, lo estoy. A primera hora de la noche hizo mucha humedad, y los zapatos de
Mr. Wick estaban húmedos y tenían hierba adherida. Pensé…, pensé que había estado
en el jardín cuando… cuando Helen fué asesinada.
—¡Eso es una maldita mentira! —exclamó Toby.
El taquígrafo lo anotó todo.
—No es ninguna mentira que hubiera hierba en sus zapatos, Wick —dijo Patrick
—, pero yo tengo otra idea sobre dónde la recogió usted. Cuando Carol dejó su
establecimiento, la siguió usted y la vió encontrarse con Roger cerca de la catedral. Y
usted se deslizó hasta Jackson Square, entrando por otra puerta que ellos y
escuchando tras un arbusto toda la conversación de la pareja. —Todos los presentes,
incluso el doctor Postgate, miraban ahora a Patrick—. Y estoy seguro de más cosas
aún: fué usted quien informó a la policía de tal cita, Wick.
Toby se retrepó en su silla.
—La información fué hecha por una mujer.
—¿Cómo lo sabe usted?
—Así lo dijeron —contestó Toby.
Pero su respuesta no resultó muy convincente.
Tía Rita agitó sus manos y tía Dollie se echó a llorar. Ava intentó dejar en la
mesita su taza, pero ésta cayó al suelo, haciéndose añicos. Paulette se acercó a
recogerlos, refunfuñando con su suave y poderosa voz africana.
Patrick se sentía irritado y dijo a Roger:
—Se ha negado usted a responder a una pregunta. ¿Sabía alguien en esta casa a
qué hora vendría usted a ella anoche?
—Ya le dije —contestó tercamente Roger— que yo era aquí esperado entre las
doce y la una y que Victorine tenía que irse a su casa, es decir, a esa habitación que
había alquilado, cuando yo llegara.
—No me refiero a eso. Llegó usted aquí más tarde de lo que pensaba. ¿Sabía
alguien de la casa que usted tardaría en llegar más de lo acostumbrado?
Roger no contestó. Jonas tenía razón cuando opinaba sobre aquellos criollos.
—¿Algunos de ustedes —preguntó Patrick dirigiéndose a los demás— contestó a
una llamada telefónica después de medianoche? ¿Oyeron ustedes, por lo menos, el
timbre del teléfono?

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Nadie contestó una palabra. Pensé que, decididamente, Jonas tenía razón. Y no
pude menos de sentir simpatía hacia ellos. Formaban un verdadero clan.
Permanecerían unidos y caerían o se elevarían juntos. Incluso los negros, incluida la
habladora Paulette, eran una tumba.

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18

El capitán Jonas no tardó en volver y, tras echar una ojeada al reloj, se dirigió de
nuevo hacia su sitio ante la mesa. El reloj de Sèvres que había sobre la repisa de la
chimenea marcaba las siete en punto, y su campanilla sonó con un argentino tono tan
elegante como el de la voz de tía Rita en el preciso momento en que el capitán
tomaba asiento con objeto de continuar el interrogatorio. Me pregunté qué pensaría
cuando leyera todo lo que su secretario había estado apuntando.
Pero antes de que el detective empezara a hablar, Ava, con expresión contrita y
con los ojos llenos de lágrimas, dijo:
—Capitán Jonas, tengo una confesión que hacer: dije una mentira a los Abbott. —
El detective la miró inquisitivamente—. ¿Recuerda usted que me invitaron a una copa
cuando estaba con usted esta tarde en nuestra galería? Bien, pues les dije una cosa
que no era verdad. Habían empezado a sonsacarme, y yo, preocupada por tío George,
les manifesté que anoche salí a las dos y que vi que la enfermera volvía a esta casa,
después que cuando tío George la vió salir. Bien, pues no era cierto. Es cierto que
salí, pero no vi a la enfermera. Mentí cuando dije que la vi regresar. Lo hacía en
beneficio de tío George. Sabía que estaba enfermo del corazón, y sabía asimismo que
usted le estaba mareando con sus preguntas, así que, para favorecerle, les dije una
mentira a los Abbott pensando que ellos se encargarían de poner a usted en
antecedentes.
—¿Y dijo usted que vió regresar a la enfermera? —preguntó Jonas. Ava afirmó
lentamente con la cabeza—. ¿Y no era verdad? —Ava movió la cabeza de un lado a
otro—. Comprendo. Pero no debía usted haber hecho tal cosa, miss Ava.
—Ya lo sé.
—Ya resulta esto bastante duro para cualquiera diciendo la verdad, conque
calcule si dice mentiras…
—Lo siento.
—¿Y dónde fuiste a esa hora, Ava? —preguntó tía Rita.
—¡Si no salí de casa, tía Rita!
—Eso es verdad —terció tía Dollie—. Cuando encontramos a Helen, George dijo
que Ava no estaba en su habitación, pero tú, Rita, afirmaste que sí estaba, ¿te
acuerdas?
—También yo… —empezó a decir tía Rita. Por un momento pareció como si
aquella unidad de criollos fuera a resquebrajarse—. También yo dije una mentira,
Dollie. Ava no estaba en su habitación a aquella hora. Pero poco después noté que se
hallaba acostada en su cama; no la había oído llegar.
—Di un pequeño paseo.
Y el hermoso rostro de Ava mostró una expresión de reproche hacia sí misma.

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—¡Querida! —exclamó tía Dollie—. No debiste hacerlo.
—Ya lo sé. Fué algo estúpido. Pero me había peleado con Toby y estaba
preocupada. Pensé que debía ir a hablar con él de nuevo, pero cuando ya estaba en la
calle me di cuenta de que Toby se pondría furioso al enterarse de que había andado
sola por las calles a aquella hora, sobre todo tratándose de un sábado, así que di una
pequeña vuelta por los alrededores y luego volví a casa.
El capitán Jonas miró su reloj.
—Muy bien —dijo—. Si nadie corrobora lo declarado por Mr. Sears, es decir,
que la enfermera dejó esta casa poco después de las dos, tenemos que dar por falsa
esa declaración y creer que Victorine no salió de casa anoche. —Ava le escuchaba
con aduladora atención—. Creo que nadie se atreverá a negar que la enfermera tuvo
que ser asesinada dentro de la casa. —Hizo una pausa, pero nadie pronunció la menor
palabra—. Claro que está dentro de lo posible —añadió— que la asesinaran fuera de
aquí y la trajesen luego, pero ¿a santo de qué iba a hacer nadie esto? Me parece que
podemos dar por sentado que la enfermera fué asesinada en un lugar bastante cercano
al sitio en que se encontró su cuerpo esta tarde, cuerpo que había sido encerrado en
algún escondite, donde permaneció hasta que lo llevaran al arca del hall. ¿Hay en esta
casa un escondite a propósito?
Nadie respondió. Los oblicuos ojos de todos los Clary miraban al capitán Jonas
con expresión de inocencia.
—Perfectamente —siguió el detective con naturalidad—. Aténganse a las
consecuencias. Voy a hacerles una advertencia: o me indica alguno de ustedes dónde
fué escondido el cuerpo, o pondré esta vieja casa patas arriba de una forma que dudo
mucho que encuentren bastantes servidores para ponerla en orden en unos días.
Tampoco esta vez respondió nadie.
De repente, el detective dió unos cuantos puñetazos sobre la antigua mesa.
—¿Dónde estuvo escondido el cuerpo? —gritó estentóreamente.
Yo tenía los nervios de punta. Roger Clary miraba al suelo. Tía Dollie lanzó un
ligero chillido, y tía Rita enarcó súbitamente las cejas, como si la violencia de la voz
del detective le hubiera producido un dolor físico. Carol se hallaba sentada muy
rígida. El hinchado rostro de Toby Wick intentaba mostrar una expresión
despreciativa, lo cual no dejaba de resultar cómico.
Pero nadie respondía.
Jonas se humedeció los labios, consultó su reloj, miró de soslayo a su secretario, y
dijo:
—Perfectamente. Si es necesario, la casa será arrasada. Recuerden que ya les
había avisado.
Tía Rita tomó la palabra.
—Ya hemos tenido hoy un ejemplo del vandalismo de ustedes, capitán Jonas.
Sospecho que es un pequeño preludio de lo que puede suceder. Así que, en
consideración a mi casa, voy a contarle a usted un secreto que sólo ha sido trasmitido

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de jefe a jefe de nuestra familia desde que se construyó esta casa. Sí, hay un escondite
secreto.
El capitán Jonas la miró complacido.
—Por fin adelantamos algo.
—En vista de las circunstancias —prosiguió tía Rita—, le llevaré hasta el lugar en
que se halla y se lo enseñaré, capitán Jonas. Pero tiene usted que prometerme que
guardará el secreto.
—No puedo, miss Clary. Este es un caso de asesinato, y me es imposible callarme
una prueba como ésa.
Tía Rita mostró una expresión de terquedad.
—Entonces no le enseño el escondite —dijo.
Jonas puso de nuevo cara de fastidio. Movió la cabeza y las manos.
—¿Quién de ustedes sabe algo sobre ese escondrijo? —preguntó. Nadie
respondió. El detective añadió—: ¡Vamos, hablen!
—Siento ser el único que hable, misa Clary —dijo Patrick—, pero tengo que
decir que sé en dónde se encuentra el escondite. —Tía Rita mostró una expresión de
incredulidad—. Lo encontrará usted en nuestro hall, capitán Jonas, entre el gran
espejo que hay frente a la escalera y otro espejo parecido que se encuentra en el salón
de Wick.
—Veo que soy una vieja estúpida, capitán Jonas —exclamó temblorosa tía Rita
—. Lo que dice el teniente Abbott es la pura verdad. —Su voz se debilitó—. ¿Cómo
se ha enterado usted? —preguntó a Patrick.
Este, con toda naturalidad, miró a Toby.
—Mr. Wick me puso en antecedentes.
—¡Eso es una maldita mentira! —exclamó Toby.
—No es una mentira —afirmó Patrick.
—Lo sabía usted antes de que yo se lo dijera —insistió Toby—. Quiere usted
aparentar que no ha estado examinando la casa a fondo…
—No, no sabía nada de cierto —dijo Patrick con voz grave y con los ojos
clavados en Toby—. Sospeché que el escondite, bóveda o cripta, como quieran
ustedes llamarlo, estaba en donde he dicho, y usted confirmó mis sospechas. El
cuerpo tenía que haber sido escondido en algún lugar cercano a esa arca. Las
habitaciones del comandante Clary habían sido registradas por la policía, y
probablemente el registro había sido minucioso. En el hall no había otra cosa que el
espejo y el arca; no había ni siquiera un armario, y el salón de usted, Wick, había
servido en una ocasión como despacho cuando el jefe de la familia llevaba desde aquí
sus negocios. Además, usted había permitido que en su salón quedara el espejo, a
pesar de que había hecho sacar todas las antigüedades que debía de haber antes en la
habitación. Todo esto hizo nacer mis sospechas. Claro que podía haberme
equivocado.

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—No dejes que te induzca a decir nada contra tu voluntad, Toby —dijo Ava—.
Ten cuidado. Esta tarde han querido sonsacarme, pero yo fui más lista que ellos y les
conté el cuento de que vi regresar a la enfermera…
—Usted vió regresar a la enfermera, Ava —dijo Patrick.
—No, no la vi.
—¡Claro que sí! Y no estaba usted en la calle, sino en el departamento de Toby,
desde donde vió, a través de las ventanas, pasar a la enfermera de regreso a la casa.
—Toby, ¿es verdad que dijiste al teniente Abbott lo del escondrijo? —preguntó
tía Hita.
—Me lo sacó, tía Rita.
—No me llames tía Rita, Toby, por favor. ¿Por qué no dijiste que habías
descubierto el escondite? Yo entonces te habría advertido que se trataba de un secreto
de familia. No es que ahora importe mucho tener un escondite en la casa, pero ¡era
tan agradable pensar que se había seguido guardando el secreto! No te has portado
con corrección en muchos aspectos, Toby. Insisto en que te vayas de mi casa. Insisto
en que debes volver a usar tu verdadero nombre y enfrentarte con tu pasado…
Toby dió un respingo.
—¿Mi pasado? Ya le dije a usted que estaba un poco mal visto en Chicago, pero
nunca pudieron probarme nada. El borracho se hallaba armando escándalo y yo le
llevé hasta la puerta y le di un pequeño empujón, cosa que le hizo caer, fracturándose
el cráneo contra los adoquines. El padre del muerto tenía mucha influencia política e
hizo que las cosas se me pusieran mal. Demasiada suelte tuve con poder salir como lo
hice. Yo…
—Insisto en que recobres tu nombre y te enfrentes con la vida como un hombre
—repitió tía Rita—. No hablemos más de ello. Aunque sólo me hubieras
decepcionado en lo de no saber guardar el secreto del escondrijo, habrías tenido, de
todos modos, que abandonar mi casa.
Toby hizo un ademán despreciativo.
—¿Cree usted que hubiera dejado que ese maldito y feo espejo estuviera en mi
habitación ni un solo día si no se hubiera tratado de una salida secreta?
—Sí, era una salida —dijo Jonas—. De esa manera tenía usted acceso al resto de
la casa. Y a usted le gustaba eso, ¿no es verdad, Wick? No habría usted vivido en un
departamento con una sola puerta.
—¡Maldita sea! —exclamó Toby buscando sus cigarrillos.
Ava quiso hablar para defender a su novio, pero tía Rita alzó una mano y,
dirigiéndose al detective, dijo con tono de resignación:
—Es verdad. El escondite se halla entre los dos espejos. —Luego miró a Patrick
—. Es usted muy listo, joven —añadió secamente.
—¿Y nadie conocía el escondite —preguntó Jonas— excepto usted y el que se
llama a sí mismo Toby Wick? Bien, esto facilita mucho nuestro trabajo, miss Clary.

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—Yo también sabía lo del escondite, tía Rita —dijo Roger—. Lo siento… Sabía
que a usted le gustaba mantener esto en secreto, pero lo he sabido siempre. Mi padre
lo sabía y me lo contó.
Yo estaba segura de que mentía.
—Ya veo —contestó tía Rita. Y añadió en francés—: Bien, nada de esto nos
importa ahora.
Jonas se echó a reír.
—Es importante. Perfectamente. Vamos a hacer un resumen. La enfermera fué
asesinada. ¿Dónde? Seguramente en una de las habitaciones de Roger Clary. El
cuerpo fué luego llevado al escondite. ¿Y por qué fué sacado de allí? Voy a decírselo
a ustedes. La policía había ya registrado la casa, y el asesino se sentía seguro. Así,
pues, el asesino metió el cuerpo en el arca, y no se necesita mucha imaginación para
adivinar que el arca hubiera salido de la casa poco después para hacer desaparecer el
cuerpo. ¿Habría planeado el asesino salar el cadáver y conservarlo algún tiempo en la
despensa? —Miró en torno suyo—. Y ahora, vamos a ver: ¿Cuántos de ustedes
sabían lo del escondrijo? —Nadie contestó. Jonas miró su reloj—. ¡Vamos! ¡Hablen!
Si no hablan voy a tener que detenerlos a todos. —Continuaron sin responder—. No
tengo tiempo que perder —dijo Jonas—. Casi estoy tentado de ponerlos a todos
ustedes a la sombra.
—¿A la sombra? —preguntó tía Rita.
—Se refiere a la cárcel, querida —le explicó tía Dollie.
—Capitán Jonas —dijo Patrick—, si el cuerpo de la enfermera estaba ya en el
escondite a las tres de esta madrugada, alguien silencia una importante prueba. Es
muy posible que una persona asesinara a la enfermera y que otra se hiciese cómplice
del asesino por no contar a las autoridades que sabía que el cuerpo de la enfermera se
hallaba escondido en el lugar secreto.
—¿Y que es lo que le hace a usted pensar tal cosa? —preguntó Jonas.
—Lo siguiente: alguien atravesó el pasadizo secreto esta madrugada a las tres
subiendo la escalera y viniendo a esta parte de la casa utilizando nuestro
departamento —dijo Patrick.

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—Me pareció oír de nuevo la llave en la cerradura Yale de nuestro departamento y


abrirse la puerta. Vi que la lámpara se apagaba y oí que unos dedos hurgaban la
falleba de los postigos y que unos pasos se alejaban suavemente.
—Yo no estaba presente —dijo Patrick—. Era Jean la que estaba en la habitación
contigua, despierta. Nuestra puerta principal fué abierta con una llave, alguien apagó
la lámpara (probablemente para evitar que lo vieran desde la otra ala del edificio),
abrió luego las persianas y anduvo por la galería. Si las circunstancias eran
favorables, esta persona podía bajar sin ser vista por las escaleras exteriores, salir al
patio y pasar a la otra ala.
—¿Y quién iba a querer hacer tal cosa? —preguntó A va.
—¿Cómo que quién? —preguntó Patrick.
Ava dejó la ceniza de su cigarrillo en un cenicero y luego dijo:
—Siguen con su juego, capitán Jonas. No crea una palabra de lo que digan. Lo
harían todo por el dinero.
—Esa persona tuvo que ser usted. Ava —continuó Patrick—. Se ha probado
dónde se encontraban todos los demás a esa hora. —Ava no hizo ningún caso de la
insinuación—. Usted tenía una llave del departamento de Wick y otra del nuestro. No
es la primera vez que ha usado usted nuestro departamento como medio de entrar en
la casa. Siento por miss Clary hacer esto en público, pero creo que lo mejor que
puede usted hacer es admitir lo que he dicho o bien probar que estoy equivocado.
Los oscuros ojos de Ava se fijaron en los del detective, pero esta vez no
produjeron el efecto acostumbrado, pues la mirada de Jonas permanecía fría y
acerada.
—Está mintiendo —dijo la joven.
—¿Pasó usted por el departamento de ellos o no pasó? —preguntó de pronto el
detective.
Ava movió la cabeza, pero contestó afirmativamente.
—Sí. Pasé. Tenía las llaves. Al salir tomé las llaves, porque viniendo a casa por la
calle Chartres y deslizándome a través del departamento de Toby y luego por el de los
Abbott, llegaba al jardín y podía finalmente meterme en mi habitación sin que tía Rita
se enterara de lo tarde que era. Tía Rita es tan anticuada… Tiene tan arraigadas las
viejas costumbres…
El capitán Jonas parecía aturdido.
—¿Y anoche pasó usted por donde ha dicho? Encontraría el cuerpo…
Ava mostró una expresión de fastidio.
—No había ningún cuerpo en el escondite. El pasadizo es muy estrecho, y con un
cuerpo en él no quedaría sitio para que pasara una persona. ¡Oh, de encontrarme con

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el cuerpo me habría muerto de miedo! ¿Cómo puede usted pensar una cosa así?
—Entonces, ¿el cuerpo no estaba allí a las tres de la madrugada?
—No, seguro que no estaba.
—Quizá nunca estuvo allí, teniente —dijo el detective—. Quizá…
—Un momento, capitán Jonas —dijo Patrick. Luego, dirigiéndose a Ava,
continuó—: ¿Vió usted a la enfermera regresar a la casa?
Ava se encogió de hombros.
—Bien, la vi —contestó.
El capitán Jonas sacó la barbilla e hizo un movimiento hacia adelante para mirar
fijamente a Ava.
—¿Por qué no pensar por el momento que miss Graham está diciendo la verdad
en lo que concierne al pasadizo, capitán Jonas? —dijo Patrick—. Acaso estaba el
cuerpo en el arca cuando ella usó el pasadizo para entrar en la casa.
—El cuerpo no podía pasearse solo de acá para allá, teniente Abbott. Y cuando
mis hombres registraron la casa esta mañana no estaba en el arca.
—¿Miraron ustedes anoche en el arca?
—No. Anoche no sabíamos que la enfermera estuviese muerta. Pensamos que se
había ido de la casa. Creímos lo que dijo Sears.
—Sears dijo la verdad —afirmó Patrick. Tía Dollie le dirigió una mirada de
agradecimiento—. La enfermera dejó la casa aproximadamente a la hora que dijo Mr.
Sears. Pero regresó a ella. ¿Por qué regresó? —No se oyó ninguna opinión—. Quizá
volvió a buscar algunas hierbas aromáticas. Cuando esta tarde la encontramos
apretaba en una mano un tallo de albahaca. Quizá penetró en el jardín a las doce y
media, cuando Jean oyó pasos, para coger la albahaca aprovechando el sueño de
Paulette. Quizá conservó fresca la albahaca poniéndola en agua hasta que salió de la
casa, poco después de las dos, pero al salir se olvidó de las hierbas y volvió a
buscarlas. —Nadie habló—. Sólo que si fué como digo, ¿por qué volvió a la casa
viniendo de la calle Chartres? Porque vino por esa dirección, ¿no es verdad, Ava?
—Sí —contestó Ava.
—Así que sólo dió la vuelta a la manzana —continuó Patrick—. Volvió
furtivamente, pegada a las paredes, como si no quisiera ser vista por tío George. ¿Está
usted de acuerdo con esto, miss Ava?
—Sí —volvió a contestar Ava con expresión de fastidio.
—Entonces debe usted admitir, capitán Jonas, que lo importante para nosotros es
averiguar por qué regresó la enfermera.
El doctor Postgate, cuya voz no se había oído en mucho tiempo, tomó la palabra y
dijo:
—La enfermera volvió probablemente porque temía que el extracto de curare no
hubiera producido efecto. No estaba segura de que su paciente hubiera muerto. Pensó
probablemente que Mrs. Clary podía recobrar la razón y contar lo sucedido.

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—Pero, doctor Postgate —dijo Patrick—, la enfermera fué asesinada
precisamente cuando regresó. Pagó con la vida el haber vuelto a esta casa. Quizá no
nos debemos preguntar por qué volvió, sino, en primer lugar, por qué se marchó de
aquí.
—Ya estamos al cabo de la calle en esto —dijo secamente el capitán Jones—. No
hay duda de que le ordenaron que se marchara.
—¿Y quién dió esas órdenes?
Nadie contestó, pero las miradas se fijaron un momento en Roger.
—Mi opinión —dijo Patrick— es que la enfermera fué atacada en la alcoba de
Roger Clary pocos minutos antes de que Jean penetrara en la habitación y fuese
atacada a su vez. Se puede presumir que la enfermera volvió a la casa poco después
que su paciente, débil e inconsciente a consecuencia de la inyección de curare, fué
arrastrada a lo largo de la galería y empujada por los escalones que conducían al
jardín. El asesino volvió al departamento por alguna razón, penetrando en él por la
alcoba. Allí se encontró con la enfermera. Reinaba la oscuridad, un poco atenuada
por la luz de la luna, pero sus ojos estaban habituados a ella. Al ver a la enfermera, el
asesino buscó y encontró en la mesa un objeto oscuro y le dió con él en la cabeza. La
enfermera echa la cabeza hacia adelante y luego la echó hacia atrás, como demuestra
su clase de conmoción. Se había desmayado. Entonces Jean bajó hasta el jardín,
encontró a Mrs. Clary y se apresuró a entrar en la alcoba en busca de Roger Clary. El
asesino, agazapado en la habitación y todavía con el rudo instrumento entre sus
manos, dejó caer éste sobre la cabeza de Jean. Luego escondió el cuerpo de Victorine
y desapareció de la escena.
—¿Y cuál era ese rudo instrumento? —preguntó Jonas secamente.
—El volumen X de las Prácticas de Medicina de Tice —contestó Patrick.
—¿Un libro? —Jonas se mostraba incrédulo—. Tendría que tratarse de un libro
de respetable tamaño. ¿Qué le hace a usted pensar eso, teniente Abbott?
—El hecho de haberlo encontrado en el suelo cerca del lugar en donde cayó Jean.
Me lo llevé arriba, a mi cuarto. Más tarde fué sacado de un cajón de la cocina. Creí
que lo había cogido la policía.
—Su departamento no fué registrado —dijo Jonas—. Un libro de medicina, ¿eh?
¿A quién pertenecía?
—El libro es mío —contestó Roger Clary.
—¿Fué usted el que lo cogió del departamento de los Abbott?
Roger titubeó un momento y luego respondió:
—Sí, yo fuí. Lo vi esta mañana, cuando subí al departamento, y mientras ellos
estaban fuera almorzando subí de nuevo y me lo llevé a mi librería.
—Mira usted mucho por su cabeza, comandante Clary.
Roger no respondió.
—Si se me permite continuar —dijo Patrick—, creo que el asesino llevó el cuerpo
de la enfermera hasta el arca de nuestro hall, dejándolo allí temporalmente, pues el

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comandante Clary entró en la casa muy poco después, encontrando desmayada a Jean
y el cuerpo de su mujer en el jardín, por lo que toda la casa se puso en conmoción.
—¿Y por qué piensa usted que Clary se hallaba ausente durante todo ese tiempo?
—preguntó Jonas.
Patrick contó entonces al detective lo del olor a anís y también el fuerte olor a
yodoformo que yo percibí cuando recobré el conocimiento.
El especialista reflexionó un momento y estuvo de acuerdo con mi marido. Pero
Jonas se limitó a decir que quizá Clary se había apresurado a impregnarse de olor a
yodoformo mientras yo me hallaba desmayada. Patrick sonrió y expresó su opinión
de que aquello habría requerido una presencia de espíritu casi sobrehumana, ya que
Roger habría tenido que suponer que la atacada se había dado cuenta del olor a anís.
—Volvamos a la enfermera. Creo que su cuerpo fué metido en el arca. La
enfermera no recobró el conocimiento y, probablemente, murió asfixiada en el
interior del arca antes de que la llevaran al pasadizo secreto.
—¿Y cuándo fué eso? —preguntó Jonas todavía con sequedad.
—Mientras nosotros tomábamos café en el Mercado Francés.
—¿Y por qué no fué metido el cuerpo de la enfermera en el pasadizo secreto
desde el principio?
—Tal vez el asesino no pensó en ello. Tuvo que obrar con gran rapidez. Toda la
casa estaba en conmoción. Además, no creía que iba a haber investigación policíaca;
ésta hizo que el pasadizo secreto resultara un lugar más seguro para esconder el
cuerpo.
—Mire, teniente —dijo Jonas—, está usted soñando sobre una serie de cosas que
no son esenciales para resolver este asunto. Tenemos poco tiempo. Deseo formular
unas cuantas preguntas. ¿Oyó alguien que el cuerpo de la enfermera era llevado por
ahí a las cuatro de esta madrugada? —Nadie respondió—. Comandante Clary,
¿durmió usted en su habitación?
—No dormí en ella. Paulette me arregló un lecho en el diván que hay en el salón
contiguo al comedor.
—¿Y durmió bien en él?
—No dormí en absoluto.
—Entonces habría tenido usted que oír que alguien llevaba el cuerpo desde el
arca al escondite, ¿no es así?
—No sé por qué habría tenido que oírlo —contestó Roger.
Jonas lanzó un suspiro.
—Miss Ava, ¿estaba el cuerpo en el escondite cuando usted atravesó éste,
viniendo de la habitación de Wick, a las tres de la madrugada?
—No, no estaba —gritó Ava, la cual perdió de pronto su dominio sobre sí misma
—. ¿Cómo se atreve usted a pensar que miento? ¿Cómo se atreve a acusarme así?
Piense que no tenía más remedio que atravesar el pasadizo. Tenía usted policías fuera
y dentro de la casa, y yo estaba en la habitación de Wick como cogida en una trampa.

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No sabía qué hacer. Así que volví a la casa por medio del pasadizo abierto entre los
dos espejos. Eso es lo único que he tenido que ver en este asunto. Ni siquiera estaba
allí cuando ocurrieron los hechos.
—¡Que se vaya al diablo el escondite! —exclamó Roger Clary—. Además,
¿quién puede saber si realmente la enfermera estaba metida allí? ¿Quién la vió? ¿Y
qué diferencia hay?
De pronto, Patrick se puso en pie y se acercó a la mesa de Jonas. Una vez junto a
ella, extrajo un sobre del bolsillo de su camisa, tomó una hoja del cuaderno del
secretario y lentamente dejó que el pequeño trocito procedente de una cuenta de color
índigo resbalara desde el interior del sobre hasta el papel.
Allí quedó el trocito. Algo pequeñito, vívidamente azul. El objeto más pequeño,
más importante y más dramático que había en la hermosa habitación.
Todos los ojos se posaron en él.
—Creo que reconocerá usted que esto procede de una de las cuentas embrujadas
de la enfermera —dijo Patrick. Hizo una pausa y luego continuó—: Tal vez sea
verdad que estas cuentas son mágicas. Quizá debido a este trocito sabremos el lugar
donde fué escondido el cuerpo de quien las llevaba y, de paso, nos diga quién fué el
asesino.
La familia Clary permanecía silenciosa, a excepción de tía Dollie, que sollozó de
nuevo. Los tres sirvientes, incluida Paulette, empezaron a suspirar.
Yo estaba muy preocupada. Esperaba que Patrick no se viera envuelto en sus
propias redes. Aquel trozo de cuenta había sido encontrado en la habitación de Helen
Clary. Podía no tener la menor relación con el asesinato en realidad, Patrick no había
visto nunca el pasadizo secreto. Lo que decía no eran más que sugestiones. ¡Oh,
querido!
Roger Clary fué el que habló primero:
—No sé lo que va usted a deducir, Pat, pero habría deseado que no se metiera en
cosas que no son de su incumbencia y dejara este asunto en manos de la policía.
—Con mucho gusto dejaría de meterme en esto —dijo Patrick— si usted
explicara claramente todo lo que sabe.
Los ojos de Jonas brillaron de satisfacción.
—No sé a qué se refiere —dijo Roger.
—Lo sabe usted de sobra —contestó Patrick—. Está usted ocultando una prueba.
Por eso dejó usted que tío George le diera un sablazo de quinientos dólares. Todo su
afán es proteger a alguien.
—Debe usted de estar loco.
—¡Hable claro, Roger!
Roger no respondió. El silencio era tan profundo que se habría oído el vuelo de
una mosca. Pero nada ocurrió.
—Entonces voy a decirlo por usted, Roger —continuó Patrick suavemente—.
Está usted tratando de proteger a su… a su tía Rita.

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Tía Rita permaneció un rato muy rígida, y luego, después de lanzar un pequeño
suspiro, cayó al suelo cuan larga era. A tía Dollie se le recrudeció su ataque de
histerismo. Los doctores se apresuraron a correr en ayuda de las dos damas. Carol
salió rápidamente de la habitación en busca de toallas frías y mientras corría, mandó a
Paulette que fuera a buscar hielo a la cocina. Ava clavó la vista en Toby, y éste le
devolvió la mirada, pero no había amor en sus ojos.
El capitán Jones se aproximó a nosotros. Movía las manos desgarbadamente,
según su costumbre.
—¿Pueden ustedes atar cabos? ¡No me sorprendería que todavía no hubieran
terminado las sorpresas! —Se volvió a su secretario—. Llame de nuevo a la familia
del doctor. Y haga que éste, si puede ser localizado, se presente inmediatamente aquí.
Llame también a la oficina del médico forense y dígales que envíen enseguida a un
par de ayudantes. Necesito médicos para que observen a esos malditos médicos. —
De nuevo, mientras el secretario iba a cumplir sus órdenes, se volvió a nosotros—.
No puedo ir a cenar con esta ropa. Me iré a cambiar. Vivo a unos diez minutos de
aquí. Pero ¿por qué no me espero aquí a que estén ustedes vestidos? Se han de vestir
ustedes, ¿verdad? —Sonreí e hice un ademán de asentimiento, mientras pensaba en el
vestido de playa que todavía llevaba y también en que el traje caqui de hilo de Patrick
se hallaba, después de llevarlo toda la tarde, mojado de sudor. Yo pensaba ponerme
mi mejor traje de crespón blanco. Patrick, por su parte, se pondría otro traje veraniego
idéntico al que llevaba, pero ambos necesitábamos un baño—. Supongo —continuó
Jonas— que puedo subir a buscarlos a sus habitaciones después de hablar con
Callaban, ¿verdad? Le dejo en la casa ocupando mi puesto. Y ustedes y yo
hablaremos mientras nos dirigimos a mi casa y, más tarde, camino de «Antoine’s».
Mientras Jonas hablaba, yo no podía menos de pensar en todo lo ocurrido. Así,
pues, todo fué cosa de tía Rita. Naturalmente. Había tenido la oportunidad, el motivo,
y había robado los medios del maletín del doctor Postgate.
—Acláreme una cosa —dijo Patrick mientras se acercaba al doctor Postgate, el
cual trataba de tranquilizar a tía Dollie—. ¿Había en las dos ampollitas de usted
extracto suficiente para matar a tres personas, doctor Postgate?
El especialista se acarició la barba.
—No, seguro que no. Tal vez hubiera suficiente para matar a dos personas, pero
no a tres.
—¿Habría muerto miss Rita si usted no le hubiera administrado la postigmina?
—Lo creo muy probable, teniente. Al parecer, le habían administrado una buena
dosis. Pero, afortunadamente, lo echó pronto fuera. Ahora no tiene ya nada que temer.

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—Perfectamente. —Y Patrick, volviéndose a Jonas, dijo—: ¿No va usted a
encargar que le hagan la autopsia a Sears? Ya sé que dicen que ha muerto del
corazón, pero quizá no haya sido su enfermedad la causa de su fallecimiento. Tal
vez…
—Si se trata de otro asesinato con extracto de curare, ¿para qué va a servir la
autopsia? Ese extracto no se encuentra en el análisis, teniente. Pero reconozco que
debo ordenar una autopsia, aunque no sea más que por rutina.
—La autopsia demostraría si su enfermedad del corazón ha tenido algo que ver en
su muerte —dijo Patrick.
—Se impone la autopsia, no hay que darle vueltas —dijo Jonas con voz apenas
perceptible—. Es que, ante la familia, tenía cuidado con mis palabras.
Y señaló con la cabeza a tía Dollie.
Mientras mi marido y yo nos íbamos a nuestro departamento para vestirnos, el
detective se quedó dando algunas órdenes al sargento Callahan.
Cuando salimos al patio había anochecido ya. El aire estaba fresco y llegaba hasta
nosotros el perfume de las flores del jardín. Me sentía aturdida y deprimida. ¡Tía Rita
había sido la autora de todo! Atravesamos las baldosas frías por la lluvia y, una vez
más, subimos por la escalera de caracol. Hubiera debido darme cuenta desde el
principio. En el fondo de mi pensamiento, ya había sospechado siempre de la tía Rita.
La anciana quería demasiado aquella casa y, además, adoraba a Roger Clary. Este se
parecía lo bastante a su tía para haber podido pasar por su sobrino carnal. Muchas de
las admirables características de la dama estaban reproducidas en él. Ambos poseían
un fanático apego a la familia y una extraordinaria entereza de carácter. ¡Dios mío,
qué carácter! Incluso el plan de asesinar a Helen Clary para allanarle el camino a
Roger y a Carol era una prueba de carácter.
Fuí la primera en bañarme, y mientras lo hacía me imaginé todo lo que la anciana
había pensado. Una vez desaparecida Helen, Roger disfrutaría del dinero suficiente
para asegurarse una hermosa carrera. Se casaría con Carol. Tía Rita amaba a Carol
tanto como Roger. Los jóvenes heredarían la casa. Ella, la tía, era ya vieja. No
deseaba ser atrapada, aunque sólo fuese por consideración a la familia, pero si lo era
le quedaba tan poco tiempo de vida que, de no ser por el escándalo, casi estaba
dispuesta a pensar que no le importaba lo más mínimo. Había enviado fuera de la
casa a la enfermera y… Pero ¿cómo sabía que Roger volvería tarde?
Patrick había preguntado a Roger si alguien de la casa sabía que él iba a regresar
tarde la noche anterior. ¿Habría telefoneado diciendo que no le esperasen?
Y Roger no había contestado a la pregunta. Sabíamos ahora el porqué. Estaba
protegiendo a tía Rita.
Bien, Roger había acabado por llegar a casa. Y la enfermera, por alguna razón,
también regresó. Y habían ocurrido los asesinatos. Tía Rita los había llevado a cabo.
Ahora nos tendríamos que mudar de casa, tanto si encontrábamos alojamiento
como si no.

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Me puse el albornoz y Patrick pasó a su vez al cuarto de baño para darse una
ducha mientras yo me vestía en la alcoba. Había acabado de hacerlo, y sólo me
faltaban los últimos toques, cuando el capitán Jonas llamó a la puerta del pasillo.
Patrick estaba ya vestido e introdujo al detective en nuestro salón, al mismo tiempo
que yo me disponía a pintarme los labios ante el anticuado tocador con tablero de
mármol del dormitorio. Me había puesto un traje blanco y lucía en las orejas mis
esmeraldas falsas y en mi dedo la auténtica esmeralda de mi anillo de boda. Me
habría gustado tener también mi brazalete de esmeraldas, pero habíamos tenido que
dejar de pagar los plazos a causa de los impuestos de guerra de nuestro Banco de San
Francisco.
Comencé a pensar con nostalgia en nuestro perro, en nuestro gato, en los tres
cuadros verdaderamente buenos que poseíamos y también en nuestra falta de capital
para mantener tales lujos. Suspiré y me sentí invadida por la depresión.
A través de las cerradas persianas que daban a la galería, una voz de mujer me
llamó quedamente.
Me quedé sin aliento. ¡Era tía Rita!
—Salga aquí —murmuró a través de las tablillas—. ¡Venga, querida!
Me puse a temblar como una hoja. Me di cuenta de que ella también estaba
trastornada. Debía de haberse escabullido como habría podido, apartándose de los
demás. Quizá intentaba matar a Patrick. Este no debió haber dicho a Roger lo que le
dijo. La anciana llevaba tal vez, un arma de fuego. Seguramente me veía a través de
las persianas. ¡Acaso me mataría primero a mí!
—Espere un minuto, miss Clary —contestó.
Apagué la lámpara. La habitación quedó envuelta en tinieblas. Di unos pasos en
dirección al salón. Patrick y el capitán Jonas sostenían en voz baja una seria
conversación.
—Soy yo, Dollie Sears —insistió la voz.
¡Ah, qué tonta! Mi miedo se desvaneció instantáneamente. La voz de tía Dollie se
parecía bastante a la de tía Rita; ya lo había notado en otras ocasiones, sobre todo
cuando tía Dollie se olvidaba del artificial tono que por lo general imprimía a su
manera de hablar. ¡Pobre tía Dollie, la que se había quedado sin timón! Me dirigí
inmediatamente al halcón y abrí las persianas.
—¿No quiere usted entrar? —pregunté.
Tía Dollie, con algo de su anticuada manera de hablar, contestó:
—Salga a la galería, querida. No vengo de visita. He llegado hasta aquí en una
escapada y he tenido que hacerla a escondidas. La casa rebosa de policías, o, por lo
menos, hay dos o tres, los cuales le preguntan a una hasta los menores detalles de las
cosas. Escuche, he venido a rogarle a usted que interceda cerca de su marido. Me
refiero a lo de la autopsia.
—¿Y qué tiene que ver mi marido en lo de la autopsia?

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—Querida, su marido ha amansado completamente a ese policía. ¡Qué cosa tan
rara!
Negué con la cabeza.
—¡Oh, no, no es así, Mrs. Sears!
La galería se hallaba envuelta en sombras. La oscuridad era casi completa. El
jardín era un frío agujero de donde no llegaba el menor soplo de viento. Aumentó la
fragancia de las flores.
—Insisto —dijo tía Dollie con acento dramático—. Debe usted intentarlo. Es la
única oportunidad.
—Se lo pediré a mi marido —dije—. Pero dudo que mi intervención tenga éxito,
Mrs. Sears.
—Claro que tendrá éxito —contestó la dama. Parecía aliviada—. Su marido la
quiere a usted mucho.
—Bien, pero el capitán Jonas no me quiere tanto —contesté—. Piensa que soy el
garbanzo negro de la olla. Sólo que… me parece que no debería usted oponerse a que
le hicieran la autopsia…
—¡Murió de un ataque al corazón!
—Bien, no entiendo mucho de estas cosas, pero creo que con una autopsia se
puede saber si una persona murió de un ataque al corazón.
Tía Dollie se me acercó. Yo me fijé en la línea de su mandíbula, que tenía muy
acusada. Una se figura siempre que las mandíbulas muy acusadas pertenecen a
personas de mucho carácter, pero en este caso la mandíbula acusada pertenecía a una
persona desprovista en absoluto de carácter.
—¡No quiero que se la hagan! —exclamó con voz sibilante.
—Pero suponga usted que hubiera sido realmente envenenado…
—No fué envenenado. Murió de un ataque al corazón. ¡Esta terrible excitación ha
tenido la culpa! ¡Qué cosas tan horribles han pasado aquí! Fué demasiado para su
pobre corazón. Y no quiero que mutilen su cuerpo, ¿lo oye? Si el difunto fuera su
marido, ¿le gustaría que una legión de médicos (médicos forenses, a los que usted ya
conoce seguramente) le colocaran sobre una tabla y empezaran a abrirlo en canal?
—Si pensaba que podía haber sido asesinado, no me importaría.
—No fué asesinado —dijo tía Dollie con seguridad—. ¿Hará usted lo que le pido,
sí o no?
Se acercó más aún a mí. Era más alta que yo, y parecía que se curvaba sobre mi
cabeza.
—He llegado al límite de mi paciencia —dijo.
Me encogí e intenté escabullirme, pero ella me cogió por los brazos y sus
huesudas manos de largos dedos se me clavaron en la carne. Me encontraba
indefensa. Me tenía como atornillada. Me sacudió violentamente. Por fin aflojó la
presión de sus dedos, pero no me dejó marchar.
Luego habló, y lo hizo con su educada forma de antes.

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—Gracias, querida. Y ahora he de volver con mi pobre hermana. No se forme de
ella una opinión demasiado mala, ¿quiere, querida? La cabeza no le funciona muy
bien. Su obsesión ha sido siempre esta casa. Podía haber llevado una vida maravillosa
si hubiera querido desprenderse de ella, o, por lo menos, de algo de lo que hay en
ella. ¡Esos muebles de salón!… Querida, cada mueble le hubiera proporcionado lo
suficiente para pasar todo un año en París. Pero se encerró en este viejo caserón y se
dedicó a acondicionar en 61 departamentos independientes para que le produjeran
algo. ¿Puede usted imaginar una cosa así? Creo que mi pobre hermana está algo
trastornada.
Sus dedos aflojaron completamente la presión. Me dolían los brazos. Me hallaba
indefensa a causa del terror. No sabía qué hacer. Me imaginaba que tía Dollie había
perdido el juicio. Permanecía allí, a mi lado, más oscura que la misma oscuridad,
manteniéndome cautelosamente cogida.
Entonces hice un descubrimiento. Tía Dollie olía a anís. No, era a ajenjo.
Hice un movimiento para escapar. Todo estaba ya claro para mí.
Sus dedos se clavaron de nuevo en mis brazos.
—¿Adónde quiere usted ir? —me preguntó recelosamente. Luego, tras sacudirme
de nuevo, se estremeció—. ¡Qué tonta soy! —Y lanzó una horrible carcajada—. Así,
pues, ¿lo sabía usted desde el principio? Me vió usted en la habitación de Roger antes
de que la golpeara con el libro, ¿verdad? Se lo dije a George, pero él no estuvo de
acuerdo conmigo. —Sus manos se clavaron en mi garganta—. Perfectamente. ¡Ahora
le toca a usted! —exclamó.
Oí unos pasos a mi izquierda y apareció otra sombra. Un oscuro brazo agarró a tía
Dollie. Esta me soltó tan violentamente que perdí el equilibrio, y habría caído al suelo
de no ser por Pat. Tía Dollie se libertó del brazo que la aprisionaba, dió media vuelta
y corrió hacia la escalera de caracol. Pero sus altos tacones la hicieron tropezar al
empezar a bajar los desiguales peldaños de la vieja escalera. Lanzó un chillido y cayó
dando tumbos hasta la galería del pino de abajo.

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21

Eran las nueve de la noche. El capitán Jonas, Patrick y yo nos hallábamos sentados a
una mesa del comedor principal de «Antoine’s» y tomábamos un cocktail hecho con
aguardiente de manzana, jugo de limón y granadina. El cocktail se llamaba Sonrisa
de Antoine. Lo mejor que tenía aquella bebida, según el capitán Jonas, era que, a
pesar de ser muy fuerte, no embotaba el paladar. El detective lanzó a Patrick una
mirada inquisitiva, como tratando de averiguar si mi marido sabía lo bastante sobre
buenas comidas para haber pedido dicha bebida por la razón apuntada anteriormente,
o bien debía agradecer el cocktail al camarero.
Todos nos hallábamos contentos de poder hablar sobre un cocktail. Acabábamos
de pasar una hora de prueba. Tía Dollie había bajado rodando la escalera de caracol.
Toda la familia, excepto tía Rita, que dormía bajo los efectos de una droga, se había
puesto en conmoción. Médicos… Policías… Tía Dollie se había roto la columna
vertebral, pero vivió lo suficiente para poder atar los cabos sueltos. Cuando salimos
de la casa, el sargento Callahan quedó encargado de ella. Sólo faltaba aclarar algunos
detalles referentes a Ava Graham y Toby Wick, los cuales habían admitido que
sabían, varias horas antes de que la policía descubriera el cuerpo de la enfermera, que
éste se hallaba en el escondrijo secreto. Pero tía Dollie fué la que había llevado el
cuerpo al arca. Llevó a cabo dicha operación después del almuerzo, durante aquella
calurosa hora en que todo el mundo se hallaba en sus habitaciones. El arca era fácil
de trasladar, y tía Dollie pensaba en la forma de llevársela de allí. Jonas dijo que,
entre todos, hubieran encontrado la forma de hacerlo. Esto, naturalmente, si es que
llegaban a ponerse de acuerdo. ¿Habrían estado los demás conformes en encubrir un
crimen? Patrick y yo pensábamos que no, pero el policía nos dijo que no conocíamos
bien a los criollos.
La excelente bebida había desatado nuestras lenguas.
—Reconozco que no deberíamos hablar de crímenes durante la comida —dijo el
capitán Jonas—, pero, dígame, ¿sabía usted que la asesina era Dollie? ¿Lo sabía usted
desde el principio?
—Nada de eso —contestó Patrick.
Parecía que al capitán se le había quitado un peso de encima. Estaba como
rejuvenecido. En una escapada había ido a su casa, donde se había puesto un limpio
traje blanco. En su solapa lucia una pequeña rosa. Llegamos al restaurante con
veinticinco minutos de retraso, pero las personas que comieron en la mesa destinada a
nosotros durante el turno anterior llegaron también con mucho retraso, así que todo
salió perfectamente.
—¿Y de quién sospechaba usted, teniente? —preguntó respetuosamente el capitán
Jonas.

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—A decir verdad —dijo Patrick—, pensé desde el principio en que la asesina era
tío Rita. Tenía motivos, medios, determinación para ello y, asimismo, oportunidad. El
asesinato estaba concebido con mucha habilidad. Si la enfermera no hubiera
regresado a la casa, la causa de la muerte de Helen no habría podido ser probada.
—Yo no podía quitarme de la cabeza la idea de que el asesino era el comandante
Clary —dijo Jonas.
—De todos modos —dije—, Roger no se ha comportado muy limpiamente.
—Yo me ponía en su lugar —continuó Jonas—. Una esposa con las facultades
mentales perturbadas… y rica… Esa muchacha tan bonita… ¿Cómo no sospechó
usted de él, teniente?
—No estaba en su carácter hacer una cosa así, capitán Jonas. Además, si hubiera
sido él quien despidió a la enfermera, ésta no habría regresado de la manera en que lo
hizo. Cuando Ava nos contó que había visto regresar a la enfermera, añadió que lo
hizo de una manera furtiva, y yo pensé inmediatamente que había sospechado que
algo había ocurrido, y volvía para cerciorarse. Y otra cosa: Roger no debía haberse
precipitado. Habría debido esperar. Nunca habría empujado a Helen para que ésta se
cayera por la escalera. Sabía de sobra que una mujer con bastante cantidad de curare
en el cuerpo moriría tranquilamente en la cama y que luego la autopsia no revelaría
nada. Roger tiene el genio vivo, pero, en una crisis, conserva la cabeza en su sitio. Si
alguna vez comete un asesinato, cosa que dudo, no echará las cosas a perder.
—Todo lo planeó el viejo Sears. Había nacido criminal, teniente.
—No pensó en matar a la enfermera, capitán Jonas. Lo que sí ideó fué hacer que
recayeran sospechas en la enfermera y en las prácticas de magia a que ésta se
dedicaba. Esto, naturalmente, en el caso de que se descubriese que la muerte se debía
a un asesinato.
—Sí. Dollie admitió esto. Siento lástima por la vieja Dollie.
—También yo —dije—. La pobre no era más que un juguete en manos de tío
George. Ninguno de sus pensamientos era realmente de ella. Su cerebro era débil, y
adoraba a su marido.
—Y él sabía lo que su mujer era capaz de hacer cuando estaba saturada de ajenjo
—dijo Jonas—. Es una bebida muy poco recomendable.
—Supongo que Sears estaba desesperado —dijo Patrick—. Sabía que no iba a
vivir mucho. La guerra se está acabando. Y él estaba deseando poder volver a París.
Contaba con que el complaciente Roger le facilitaría el dinero necesario… una vez
que la fortuna de Helen perteneciera legalmente a su marido. Sabía que él no podía
encargarse de matarla, pues era posible que su corazón no resistiera la impresión, así
que utilizó a tía Dollie. Pero ella, como era de esperar, echó a perder el asunto.
—El asunto ha estado a punto de salirle bien —dijo Jonas de improviso—. No se
acusan unos a otros. Estos criollos miran mucho por la familia. Por más que la vieja
miss Clary se ha salvado de una buena. ¡Ha estado también a punto de ser asesinada!

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—Cuando tío George ganó el dinero —continuó Patrick—, tía Rita sospechó la
verdad. Tía Dollie subió a la habitación de su hermana para decir a ésta que habían
tenido mucha suerte. Tía Rita le preguntó de dónde habían sacado el dinero para
hacer la apuesta, y entonces tía Dollie, ni corta ni perezosa, fué a buscar la jeringuilla,
que conservaba el resto del extracto de curare, y empleando la fuerza, ató y amordazó
a tía Rita, poniéndole luego la inyección. A esa hora estaban las dos solas en aquella
parte de la casa, y tía Dollie no tuvo ningún inconveniente en dominar a su hermana.
—¿Y dónde tenían escondido el curare? —pregunté, ya que no había oído la
confesión de tía Dollie.
—La jeringuilla estaba en la habitación de tía Rita. Cuando el matrimonio vió que
las cosas no seguían el camino que ellos habían planeado, decidieron que tenía que
haber una víctima. Sabían que Roger sospechaba de tía Rita. Después que la casa fué
registrada por la policía, pusieron la jeringuilla en un cajón del cuarto de tía Rita y
luego tío George llevó aparte a Roger y le dijo que él había visto cómo Rita daba la
droga a Helen y cómo la empujaba por la escalera. He aquí el truco que empleó para
conseguir los quinientos dólares. Y dejaron la jeringuilla, con el resto del curare, en el
cajón, así que tía Dollie la tuvo muy a mano cuando se vió acusada por su hermana.
Lo más curioso es que tía Rita continúa teniéndoles lástima.
—La gente resulta cómica, después de todo —dije.
—¡Qué me va usted a decir! —exclamó Jonas.
—¿Creen ustedes que otra Sonrisa de Antoine echaría a perder nuestro paladar?
—Podemos hacer la prueba —contestó el capitán con amplitud de criterio.
Las bebidas fueron servidas a continuación. Los vasos llenos resultaban
acariciadores a la vista, y su dulzura era un regalo para el paladar.
—La que ahora me preocupa es Ava —dijo Jonas—. No me gusta ver mezclada
en un escándalo público a una muchacha tan atractiva como ella. La gente no olvida
nunca esas cosas. Después de todo, la joven nos dijo con toda franqueza que quiso
ponernos en antecedentes de que el cuerpo se hallaba en el escondrijo. Pero luego se
llevaron el cuerpo de allí, y Ava, confundida, no dijo nada.
—Cierto —contestó Patrick.
Sentí deseos de protestar. Ava era una persona de cuidado, pero si lo decía
pensarían que sentía envidia hacia ella.
—Wick es un individuo muy poco recomendable —dijo Jonas—. Ahora se
disculpa con que deseaba decimos la verdad en cuanto descubrió el cuerpo, o sea,
esta mañana, y que Ava no le dejó. Y añade que la muchacha le dijo que el buen
nombre de ella quedaría en entredicho si se sabía que atravesó el pasadizo durante la
noche. Se calló, pues, y más tarde, cuando tía Dollie llevó el cuerpo al arca
aprovechando la siesta general, pensó, según él, que no tenía ninguna necesidad de
decir que el cadáver había estado en al escondrijo. Dice que no creía que tal cosa
pudiera ser probada. No sabía el infeliz que usted tenía ese trocito de una de las

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cuentas del collar de la negra, teniente. Eso sí que fué algo que le cortó el juego a
Toby.
Patrick sonrió.
—Tengo una confesión que hacerle, capitán Jonas —dijo—. No encontró en el
escondrijo el trocito de cuenta.
—¿Qué?
—Lo encontré anoche en la habitación de Helen. Nunca he visto ese pasadizo
secreto. Pero no quería que la policía volviese a perder el tiempo registrando la casa y
haciendo averiguaciones para saber en dónde fué escondido el cuerpo. Lo que hice
fué un poco fuerte, pero dió resultado. De no proceder como lo hice, no hubiéramos
podido llegar a «Antoine’s» a buena hora para cenar.
El capitán Jonas hizo un gesto de asombro.
—No debió usted hacer eso, teniente.
El camarero nos sirvió en aquel momento el primer plato: Crevettes à la
Mariniére, o sea, camarones guisados en vino blanco y servidos con una salsa
parecida a la de Newburg. El policía olfateó el manjar. Luego dijo:
—Soy de su misma opinión. Sí, habría sido una lástima no haber podido llegar
aquí a tiempo. ¿Montrachet? —preguntó un momento después, cuando el camarero
sirvió el vino—. ¿Cómo ha podido usted lograr esto, teniente? Después de cinco años
de ocupación alemana en Francia, ¿cómo ha podido usted conseguir en Nueva
Orleans una botella de Montrachet? —Una sonrisa cruzó sus poderosas mandíbulas.
Su mirada se suavizó. Las bolsas que tenía bajo los ojos parecieron menos
desagradables. Continuó hablando—: No es cuestión de hacer ninguna acusación
contra él ni contra la muchacha. Si acusáramos a Toby, echaría a Ava la culpa de
haberse callado, y buscaría a un abogado hábil para probarlo. Fué usted muy listo al
sospechar que Toby pertenecía a la familia, teniente.
—¿Toby pertenece a la familia? —pregunté.
—Sí, eso salió a relucir cuando tomábamos a tía Dollie la última declaración —
contestó Jonas—. El teniente preguntó a Wick a bocajarro qué clase de parentesco le
unía a las dos damas, y tía Rita contestó que la finada abuela del joven fué prima de
ellas. Debí haber sospechado tal cosa. Pero no paré atención en el parecido de
familia.
—Es un parecido que se nota en los ojos —dijo Patrick.
—Sí, sí —dije—. Son parecidos en la forma, pero no en el color.
—Se me ocurrió de pronto que debían de ser parientes —dijo Patrick—. Sírvase
más vino, capitán Jonas. Sepa que hay otra botella en el lugar de donde ésta ha
venido.
—Lo tendré en cuenta —dijo Jonas.
Cuando fué servida la salsa a la Pontchartrain, el policía nos contó entusiasmado
todo lo que sabía acerca de la salpa, el más suculento pescado que había en el Golfo.

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Luego llegó la ensalada: Salade Chapon à la Antoine. Quedé admirada: ¡cuántas
clases de lechuga! Y la exacta cantidad de ajo.
Nos sirvieron más vino.
—Estemos acabando esta maravillosa cena, o bien estemos tan sólo en su mitad
—dije—, no olvide que yo no oí la confesión de tía Dollie. Me faltan datos para atar
muchos cabos. Creo que debe usted contármelo todo. Empiece por el principio.
Quiero decir, por el plan que se habían trazado los asesinos.
—Fué Sears el que lo planeó todo —dijo el capitán Jonas—. Todos sabían que el
doctor Postgate se proponía comenzar un tratamiento especial con la enferma en
cuanto ésta ingresara en la clínica. El caso había sido discutido concienzudamente por
la familia. Y sabían que el shock producido por el tratamiento podía muy bien
acarrear la muerte. El matrimonio había curioseado a placer los libros de medicina y
de toxicología de Roger. Sabían también que Postgate llevaba siempre en su maletín
el extracto de curare, pues tal líquido servía a las mil maravillas en caso de que una
paciente diera pruebas de sufrir locura furiosa o bien se viera aquejada de
convulsiones. Los Sears acecharon una oportunidad, y al fin robaron del maletín las
dos ampollas. No creían que fueran echadas de menos. Entonces aguardaron que se
presentara la ocasión para dar el golpe. Tenía que ser cuando estuvieran ausentes
tanto Roger como la enferma. Clary telefoneó a la casa (tenía usted razón en esto,
teniente) poco después de separarse de Carol. Tía Dollie respondió a la llamada desde
el teléfono del salón, y Roger creyó que la que respondía era tía Rita. Cuando tía
Dollie no hablaba de manera afectada, la voz de las dos hermanas se parecían mucho.
Entonces tío George hizo que su mujer tomara mucho ajenjo y la envió luego a decir
a la enfermera que Roger estaba al llegar y había dicho que Victorine tenía que irse a
su habitación. La enfermera obedeció. Tío George declaró más tarde que la vió salir
de la casa. Se sentó junto a la ventana a propósito, para poder asegurar el hecho y
poder señalar la hora exacta cuando Helen fuera encontrada muerta.
Desgraciadamente, no vió regresar a la enfermera. Esta, cuando entró en la casa,
encontró a tía Dollie asesinando a la enferma. La asesina, al darse cuenta de la
presencia de la enfermera, esgrimió el libro y la acometió con él. Tanto tía Dollie
como su marido habían leído en los libros de medicina el peligro de que el cuello se
rompiera bajo la influencia de la droga. Presa de pánico por haber sido cogida
infraganti por la enfermera y también porque no sabía a ciencia cierta si Helen había
muerto o no, tía Dollie la arrastró hasta la galería y la empujó para que rodara por los
escalones. Y ahora entra usted en escena, Mrs. Abbott. Tía Dollie esperó en la alcoba
de Roger, siempre armada con su grueso libro. Después de haberle dado a usted en la
cabeza, llevó arriba a la enfermera y la metió en esa arca. Eso es todo lo que pudo ya
hacer, pues el comandante Clary entró en la casa. Tía Dolly atravesó furtivamente el
patio y se fué a su cuarto, donde se metió en la cama. Y el detestable tío George
quedó de guardia para ver venir los acontecimientos. Así, cuando estuvimos
convencidos de que había sido asesinato, George se apresuró a aprovecharse de que

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Roger pensaba que era su tía Rita la que le había respondido al teléfono, y sacó al
joven los quinientos dólares.
—He aquí —dijo Patrick— por qué el comportamiento de Roger era sospechoso
para la policía.
—Prefiero no acordarme de ello —dije—. Llegué a sentir antipatía por Roger.
¡Así, pues, Roger hacía todo aquello por su tía Rita! Esto es una muestra de carácter,
capitán Jonas.
El detective me miró significativamente.
—Tenían que echar la culpa a alguien —continuó—. Querían culpar a la
enfermera, pero ésta había muerto. Así, pues, se ensañaron con tía Rita. Es curioso
que tía Rita pensara que ella era la única que estaba enterada de lo del escondrijo.
—Tía Dollie se enteró de él por Ava —me explicó Patrick—. Ava salía mucho a
escondidas y volvía a casa a altas horas de la noche, y necesitaba que alguien de la
casa protegiera sus escapadas y apoyara sus mentiras caso de ser descubierta, por lo
que puso a su tía al corriente de lo del escondrijo. Ava y Toby habían quitado los
tornillos especiales, que estaban escondidos bajo un adorno de las molduras doradas,
así que era fácil abrir los dos espejos. La enfermera era pequeña, y la pared es muy
gruesa: no hubo, pues, ningún inconveniente en meter allí el cadáver.
—No fué, por lo tanto, albahaca lo que olí en la habitación de Roger, ¿verdad?
—Lo más probable es que no lo fuera. La enfermera fué atacada en el lugar donde
yo encontré el trocito de cuenta. Cuando la enferma volvió, tía Dollie se metió en la
habitación de Roger, pero la negra la había visto, por lo que la asesina cogió el libro,
que se hallaba sobre la mesa, se dirigió a la habitación de Helen y atacó a la
enfermera. Cuando tú apareciste en escena, tía Dollie usó el mismo pesado
instrumento. Lo que oliste era ajenjo, Jeanie. Mi esposa tiene un olfato muy fino,
capitán Jonas.
—Y una nariz de una forma muy linda —contestó galantemente el capitán Jonas
—. Tiene también agallas, si me permiten expresarme así. Cuando esa vieja bruja la
iba a ahogar en la galería, no dijo usted ni pío, Mrs. Abbott.
—¡Dios mío! Me hallaba demasiado asustada. No tenía idea de que ustedes se
hallaban tan cerca.
—El teniente se fijó en que se apagó su luz. Está siempre alerta, Mrs. Abbott.
—Hay que estarlo —contestó Patrick enarcando las cejas.
Hice un mohín y repetí del plato de pescado. Se trataba de un cangrejo a la
cazuela que había merecido de Jonas el calificativo de morrocotudo. Era un delicado
plato que a no ser por los criollos de Nueva Orleans habría sido completamente
desconocido en el mundo.
—Si yo fuera realmente hábil —dijo Patrick— habría mirado en ese escondrijo
antes de lo que lo hice. En realidad (lo admito sin reservas), estaba tan seguro de que
la asesina era tía Rita que, con toda intención y para ver cómo procedía, la

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comprometí para que me enseñara toda la casa. Y antes de que comenzáramos, la
enfermera fué trasladada al arca.
—Clary conocía el escondrijo —dijo Jonas.
Patrick movió la cabeza.
—No —contestó—. Mentía.
—Insistías en lo de hacer la autopsia a tío George para hacer saltar a su mujer,
¿verdad, Pat?
—Temo mucho que así sea.
—Ava me da lástima —afirmó Jonas.
—Ahora no se casará ya con Toby —dije—. Se odian mutuamente. Eso es lo que
les pasa a la gente así. En cuanto se arma una trapatiesta, sólo miran por sí mismos.
Claro que es porque no se aman realmente, de la forma en que, por ejemplo, se aman
Carol y Roger.
Jonas me miró fijamente.
—¿Cree usted que ha acabado todo entre ellos? —me preguntó—. Me refiero a lo
que había entre Wick y Ava.
—Estoy segura de ello —contesté.
—Mi esposa acierta siempre en estas cosas —explicó Patrick al detective—. En
cuanto a mí, debo decir que no me gusta que se hagan públicos casos como éste,
capitán Jonas. La publicidad no traerá ningún bien y hará mucho daño a los vivos.
Los que cometieron los asesinatos han muerto.
—Pero podemos fastidiar a Wick, depurar su actuación.
Wick se sinceraría cumplidamente. Y, encima, le quedaría agradecido a usted,
pues lograría con ello una gran propaganda gratis para el «Ángel Bueno». Sabría
echar toda la culpa a Ava Graham. Saben ustedes muy bien que, aunque no sea otra
cosa, es listo.
Jonas asintió con la cabeza; mostraba una expresión sombría.
El policía no capituló hasta que sirvieron las Cerezas Jubileo. Las lustrosas y
oscuras cerezas fueron quemadas al coñac en nuestra propia mesa. Todas las luces de
la habitación disminuyeron momentáneamente de intensidad. Las llamas azules
iluminaron el rostro del viejo camarero, el de Patrick, tan delgado y guapo, y el del
capitán Jonas, tan reservado y con tanta expresión de agudeza. Sirvieron el helado de
vainilla y colocaron abundantes cerezas sobre él. Nunca había comido nada tan
exquisito.
Hasta que nos sirvieron el café y el coñac con que pusimos fin a la cena, no
volvimos a hablar de los Clary. El capitán Jonas dijo que odiaba la tarea de echar a
perder las posibles oportunidades matrimoniales de una muchacha tan bonita. Patrick
y yo estábamos seguros de que el policía no llevaría a cabo tal tarea. Aunque Ava no
se merecía tales consideraciones.
Cierta noche, unos quince días más tarde, Patrick y yo regresábamos a casa
después de haber disfrutado de otra soberbia cena. Faltaba poco para la medianoche.

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Al doblar la esquina de la calle Royal notamos que del suelo se alzaba de nuevo una
rojiza niebla. Era una noche extraña, en la que no corría ni un soplo de aire. La niebla
llegó tan solo hasta el cuello de las anticuadas farolas del alumbrado público. Estas
arrojaban su pálida luz hacia arriba, dando un peculiar relieve al fantástico trabajo de
forja de los antiguos balcones y produciendo extrañas y grotescas sombras. Me
estremecí, apretándome contra Patrick.
Cuando doblábamos la esquina de la calle St. Peter empezaron a sonar en el reloj
de la catedral las campanadas de la medianoche. Las campanadas de sonido agudo y
argentino dieron los cuartos, y la de sonido más grave dió la hora.
Al llegar a la esquina de la calle Chartres vimos que una esbelta muchacha
vestida con el uniforme de ayudante de enfermera surgía de la niebla y se encontraba
con un alto oficial que esperaba bajo un farol. Se besaron. Sabían seguramente que
alguien se hallaba cerca, pero no nos prestaron la menor atención. Enlazaron sus
brazos y comenzaron a andar lentamente y con aire de felicidad a lo largo de la calle
Chartres, en dirección a la de Dumaine y a la casa Clary. Nosotros los seguimos a
discreta distancia.
—¿Has visto lo mismo que yo? —pregunté.
—¡Hum! —contestó Patrick alegremente.
—¡Qué felices son! —exclamé sintiéndome dichosa.
Patrick me besó.
—Nueva Orleans es la tierra de la felicidad —dijo.
—¡Hum!, incluso con policías.

FIN

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FRANCES KIRKWOOD CRANE (27 de octubre de 1890 - 6 de noviembre de 1981)
fue una autora de misterio estadounidense creadora de los personajes del investigador
privado Pat Abbott y su esposa Jean. Los Abbotts investigaron crímenes en un total
de 26 novelas cada una vinculada con un color en el título.
Crane nació en Lawrenceville, Illinois, y provenía de una familia rica y bien educada;
se graduó en la Universidad de Illinois y realizó estudios de posgrado en la
Universidad de Chicago. Su marido era el acaudalado ejecutivo de publicidad Ned
Crane, y durante su matrimonio Frances publicaba regularmente artículos en The New
Yorker, donde se hizo conocida por su seco y sofisticado sentido del humor. Tuvo una
estadía prolongada en Alemania hacia fines de la década de 1930, pero sus opiniones
liberales y su franqueza pronto la pusieron en conflicto con la marea creciente del
nazismo; Una vez fue reprendida después de burlarse de un discurso de Hitler que se
transmitía por altavoces, y en otra ocasión intentó convencer al personal de un
restaurante antisemita de que era judía (de hecho, su familia era descendiente de
presbiterianos escoceses). Fue expulsada de Alemania tras el arresto de su ama de
llaves judía y del hijo de la mujer, supuestamente por «crímenes contra el estado».
Frances escribió furiosos artículos en los que denunciaba al régimen nazi. Después de
dejar atrás la Alemania, de divorciarse, y de enfrentarse a las crecientes facturas
universitarias de su única hija, Nancy, Frances comenzó a escribir historias de
detectives.
Frances publicó su primera novela policíaca, The Turquoise Shop, en 1941, después
de enterarse de un incidente de la vida real en una joyería, y posteriormente produjo
25 novelas de misterio más, y se jubiló anticipadamente en 1968. Murió en una
enfermería de Albuquerque, Nuevo México, casa, donde había pasado los meses
anteriores debido a su mala salud. Sus cenizas se esparcieron por su ciudad natal de
Lawrenceville.

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Notas

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[1]«Mint julep». Bebida alcohólica hecha con whisky, hielo y hojas de menta. (N. del
T.). <<

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