TE LEO LA MANO, CHIQUILLO?
La vieja gitana toma nuestra mano, le da la vuelta, con la palma
hacia arriba, y la examina atentamente. Su sucio dedo recorre las líneas que la surcan, palpa las
ligeras protuberancias carnosas, examina los dedos, da de nuevo la vuelta a la mano, observa
nuestras uñas. Murmura palabras que nos suenan cabalísticas: «la línea de la vida», «el llano de
Marte», «el monte de Venus», «el dedo de Júpiter»... Luego hace su predicción: Nuestra vida será
larga pero accidentada; correremos aventuras, hallaremos nuestro amor en circunstancias difíciles,
será un amor que no durará mucho; ¿riquezas?, sí, pero con sudores; nada nos será fácil...
Mientras habla, su dedo recorre de nuevo nuestra palma, señala un lugar, luego otro, como si
leyera en ellos lo que nos está diciendo. Y, de hecho, lo lee. Para quien sabe interpretarla, la mano
humana es un libro abierto donde se puede leer no sólo quiénes somos y lo que somos, sino
también lo que nos depara nuestro futuro. Por supuesto, puede que la vieja gitana que nos está
«leyendo la buenaventura» esté trabajando solamente sobre una ciencia infusa, que ha heredado
de sus antepasados, de generación en generación, a través de deformaciones de un antiguo
significado. Sabe que debe halagar en cierto modo a su cliente para conseguir un buen pago:
nunca presentarle un futuro excesivamente esplendoroso para no despertar sospechas, pero
tampoco un futuro tétrico o deprimente, aunque vea una línea de la vida demasiado corta o una
inminente separación en la línea del matrimonio. Pero, en el fondo, está practicando un arte muy
antiguo que hoy en día tiene características de ciencia: la quirología, con todas sus derivaciones.
DE LA QUIROMANCIA A LA QUIROLOGÍA Hay cuatro palabras clave relativas a la mano y su
significado, y que forman las llamadas quirociencias, las ciencias de la mano. La más conocida es,
evidentemente, quiromancia. Procedente del griego (keir, mano, y manteia, adivinación), designa
la lectura, a través de las líneas y signos que aparecen en la palma de la mano, del pasado,
presente y futuro del propietario de esa mano. La quirología, por su parte (del griego keir, mano, y
logos, entender), tiene una curiosa historia. Originalmente era considerada tan sólo como el arte
de hablar y hacerse entender con las manos: en otras palabras, el lenguaje de los sordos o de
aquellos que no querían ser oídos por los demás. Sin embargo, aunque manteniendo aún este
significado, lo ha ampliado, hasta el punto de que hoy se entiende por quirología el estudio en
general de la mano, desde un punto de vista quiromántico, para extraer de ella sus distintos
significados ocultos. Según muchos autores, quirología y quiromancia son hoy prácticamente
sinónimos; sin embargo, hay una diferencia fundamental entre las dos palabras: la quirología se
dedica al estudio de la mano per se, mientras que podríamos definir la quiromancia como el
estudio práctico de la mano, con fines adivinatorios. La tercera palabra, la quirognomía (del griego
kier, mano, y gnosis, conocimiento), es en realidad una parte de la quirología: se ocupa
explícitamente del estudio analítico de las formas, características y dimensiones de la mano, a fin
de extraer de ellas el carácter de su propietario. Finalmente, y a un nivel mucho menos conocido y
más elevado, cabe citar la quirosofía, que, de un modo paralelo a la filosofía, se ocupa de
interpretar la naturaleza mística o trascendente de la persona a través de las características
peculiares de su mano.
UN ARTE QUE VIENE DE ANTIGUO ¿De dónde procede la quiromancia? Como todas las artes
adivinatorias, su historia viene de muy antiguo, y sus orígenes se emparentan con los de la
astronomía y las matemáticas. Se tienen indicios de que la quiromancia se practicaba ya en la
India, Mesopotamia, Egipto, China e India, e incluso entre las poblaciones de la América
precolombina. Sin embargo, la quiromancia antigua era más bien quirosófica: su finalidad no era
adivinar el futuro, sino que había en ella un componente místico, y muchas veces también
curativo. En el Vasishtha, un antiguo texto védico que data de 2000 años a.C., se menciona ya este
arte, que era «muy difundido y respetado». La propia Biblia la cita también: «Ello será como señal
sobre tu mano y como memorial ante tus ojos, para que la ley de Yahvé sea en tu boca, porque con
mano fuerte te ha sacado Yahvé de Egipto» (Éxodo, 13-9); «En la mano de toda la humanidad pone
[Yahvé] un sello, de suerte que todos los hombres conozcan su obra» (Job, 37-7). En China se han
hallado textos quirománticos anteriores al siglo IV a.C., que parecen hacer referencia a otros muy
anteriores aún, desgraciadamente perdidos. El origen de la quiromancia es pues oriental. Llegó a
Europa a través de la Grecia clásica y sus contactos con Oriente y sobre todo con Egipto, como
atestiguan algunos textos de Aristóteles y otros contemporáneos suyos. En ese punto se inició su
vertiente adivinatoria, puesto que los griegos mostraban una gran inclinación a todo lo oracular. De
ahí, el conocimiento pasó a Roma, que bebió abundantemente en las fuentes griegas. La
descomposición del imperio romano trajo consigo la decadencia de todo el esplendor alcanzado
por las civilizaciones antiguas, dando paso a la tenebrosidad de las edades oscuras. Durante la
Edad Media, los gitanos, ese extraño pueblo de origen incierto que se extendió en su vagabundear
por toda Europa, fueron prácticamente los únicos que mantuvieron encendida la llama de la
quiromancia, junto con la de otras artes tan secretas como prohibidas por la estricta e intolerante
iglesia Católica de la época. Evidentemente, eso trajo consigo una profunda degradación de la
antigua ciencia, que perdió buena parte, por no decir la totalidad, de su naturaleza mística y
filosófica, convirtiéndose en un mero instrumento de adivinación. Habría que esperar a los siglos
XIV-XV para ver el renacer de la quirología. El primer texto impreso de quiromancia que se
conserva fue publicado en 1475, aunque se supone que fue escrito algunas décadas antes: el Die
Kunst Chiromantie, de Johann Hortlich. A partir de entonces, el interés por esa disciplina fue
creciendo paulatinamente, no sólo a nivel esotérico, sino también y sobre todo a nivel científico.
Aparecen obras de quiromancia que tratan de sus aspectos filosóficos, medicinales y adivinatorios.
El Renacimiento, con su interés hacia todo lo nuevo y sorprendente, se ocupa profusamente de
ella, e incluso la imprenta del Vaticano traduce un antiguo texto griego sobre el tema. Los grandes
ocultistas, como Heinrich Cornelius Agrippa y su contemporáneo Paracelso, se ocupan de ella
también. En la corte francesa la quiromancia se pone de moda, e incluso Napoleón tiene a su
servicio una famosa quiromántica, Marie-Anne le Normand. En el siglo XIX la quirología adquiere
carta de dignidad, al empezar a ser estudiada desde un punto de vista cientifíco. Casimir
D'Arpentigny, que fue oficial del ejército de Napoleón, es la figura más sobresaliente de esta época,
y es considerado como el creador de la quirognomía; su obra “Les mysteres de la main”, aparecida
en 1859 con un enorme éxito de público, sienta las bases de la quirología como ciencia. A partir de
entonces, el desarrollo moderno de la quiromancia ha seguido dos caminos distintos y paralelos:
por un lado, la quiromancia «mística» y adivinatoria; por el otro, la quirología o quiromancia
«científica». De la quirología se derivó, gracias a los trabajos pioneros de Sir Francis Galton, el
estudio de las huellas dactilares, hoy de amplísimo uso en todo el mundo. El doctor William Behan
sentó las bases de la aplicación de la quirología en medicina. La doctora Charlotte Wolff hizo lo
mismo con la psicología. En la actualidad, la quiromancia es utilizada no sólo para leer la
personalidad y el futuro de una persona, sino también como apoyo para diagnósticos médicos,
localización de traumas psiquiátricos, etc.