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Caso 4

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CASO 4 – SEMANA 11

Cuando tenía tres años, la familia de Arnold Wilson había entrado a un programa de
protección de testigos. Por lo menos eso fue lo que le dijo al entrevistador de salud
mental.
Arnold era delgado, de estatura mediana y bien afeitado. Llevaba un gafete que
indicaba que era estudiante de Medicina. Su contacto visual era directo y estable, y
permanecía sentado tranquilamente mientras describía sus experiencias. “Eso se
debió a mi padre”, explicó. “Cuando vivíamos en el Este, él pertenecía a la mafia”.
El padre de Arnold, el informante principal, indicó más adelante, “OK, soy un banquero
dedicado a las inversiones. Usted puede pensar que eso es muy malo, pero no es la
mafia. Bueno, en todo caso, no es esa mafia”.
Las ideas de Arnold le habían llegado como una revelación dos meses antes. Estaba
en su escritorio, estudiando para un examen de fisiología, cuando escuchó una voz
justo detrás de él.
“Brinqué, y pensé que debía haber dejado abierta mi puerta, pero no había nadie en el
cuarto conmigo. Revisé la radio y mi iPod, pero todo estaba pagado. Luego volví a
oírla”.
La voz le era conocida. “Pero no puedo decirle de quién era. Ella me dijo que no lo
hiciera”.
La voz de la mujer le hablaba con mucha claridad y parecía desplazarse mucho. “En
ocasiones parecía que estaba justo detrás de mí. En otras, se paraba afuera de
cualquier habitación en la que yo estuviera”. Él aceptaba que ella hablaba utilizando
oraciones completas. “En ocasiones, párrafos completos. ¡Qué persona tan
parlanchina!”, señaló con una risa.
Al principio, la voz le decía que “necesitaba cubrir mis huellas, lo que fuera que eso
significara”.
Cuando trató de ignorarla, ella se puso “muy enojada, me dijo que le creyera o...”.
Arnold no terminó la oración. La voz señaló que su apellido, antes de tener 3 años, era
italiano. “Ya sabe, estaba comenzando a tener sentido”.
“La parte del cambio del nombre es real”, explicó su padre. “Cuando me casé con su
madre,
Arnold fue parte del acuerdo. Su padre biológico había muerto de cáncer renal. Los
dos pensamos que sería mejor si yo lo adoptaba”. Eso había ocurrido hace 20 años.
Arnold había tenido dificultades en la secundaria. Su atención vagaba, y también él.
Por ello pasaba mucho tiempo en la oficina del director. Aunque varios maestros se
desesperaban por su actitud, en la preparatoria le fue muy bien. Ahí tuvo calificaciones
excelentes, ingresó a una buena Universidad y luego fue aceptado en una mejor
escuela de Medicina. Ese otoño, justo antes de comenzar su primer año, su
exploración física (y una serie de pruebas en sangre) había sido del todo normal. Dijo
que su compañero de habitación podía atestiguar que no había utilizado drogas o
alcohol.
“Al principio fue confuso; me refiero a la voz. Me preguntaba si estaba volviéndome
loco.
Pero luego lo hablamos, ella y yo. Ahora parece claro”.
Cuando Arnold hablaba sobre la voz, se animaba, y hacía gestos apropiados con las
manos e inflexiones orales. Todo el tiempo prestó atención al entrevistador, excepto
en una ocasión en que giró su cabeza, como si estuviera escuchando algo. O a
alguien.

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