DEMONIO DE
MONTE
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NOMBRES Y APELLIDOS: ______________________________________________________
GRADO Y SECCIÓN: _________________
DANTE CASTRO
Dante Castro Arrasco (Callao, 1959) egresó
del programa de Derecho de la Pontificia
Universidad Católica y continuó estudios de
Literatura en la Universidad Nacional Mayor
de San Marcos, así como cursos de
postgrado (Literatura) en la Universidad de
La Habana.
Ha recibido distinciones en concursos
literarios nacionales, entre los que destacan:
Premio COPE (Petroperú, 1987); Premio
«Inca Garcilaso de la Vega» (1988),
auspiciado por la Casa de España y la embajada española en el Perú; Premio
«César Vallejo», del diario El Comercio (1994); Premio «Cuento de las mil
palabras», revista Caretas, en 1995 y 1997 respectivamente; Premio Nacional
de Educación «Horacio 97», y otros.
En 1992 conquistó el Premio Internacional Casa de las Américas. Ese mismo
año fue invitado como ponente al «Encuentro con César Vallejo», celebrado
en La Habana, ciudad en la que residió hasta 1994.
Ha publicado Otorongo y otros cuentos (1986); Parte de Combate (cuentos,
1991); Ausente medusa de cenizas (poesía, 1991); Tierra de Pishtacos (La
Habana, 1993, cuentos); Cuando hablan los muertos (cuentos, 1998) y una
segunda edición limeña de Tierra de Pishtacos en 1999.
Actualmente sus narraciones vienen siendo publicadas en revistas y
antologías especializadas.
DEMONIO DE MONTE (SINOPSIS) Un hombre viejo y ciego regresa algo borracho
a su pueblo, y se resbala por el monte, y cae a la corriente del río, de la que le
es imposible salir.
Pero recibe la ayuda de alguien, que luego de escuchar hablar cree
reconocer, pero es imposible, porque es hombre al que convoca su memoria,
se transformó en una cosa, en algo, en una especie de demonio que nadie en
su sano juicio quisiera tener cerca.
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DEMONIO DE MONTE
Recuerdo la tarde en que Epifanía pereció. Penosa fue su agonía, a causa de
la mordedura de una serpiente. No suplicó por su vida en ningún momento,
limitándose a conversar con los presentes, hasta que los ahogos y la parálisis
le entraron a la lengua. Mientras palmaba su frente acalenturada y sabiendo
que ya no había remedio para curarla, fui contándole la última historia del que
fue su marido. Mejor dicho, de lo que quedaba de José Perla, ese gran
cazador de otras épocas. En un chispazo de lucidez, doña Epifanía preguntó
cómo lo había visto si es que hace tantos años soy ciego. Le conté que
accidentalmente me perdí y que con el tacto y el oído supe reconocer a mi
salvador.
- A estas horas quiere jugarse con mi corazón, don Ezequiel… - suspiró
la moribunda.
- No, pero la historia que le voy a contar es real:
Recuerdo con amargura ese amanecer maldito, cuando resbalé por las
acequias cerca del puente. Ya me habían advertido que no este
vagabundeando, menos aún con unas copas encima, sin saber podía ser
mordido por una víbora o cualquier otra bestia. Ser ciego es peor que ser
guagua, menos que la mitad de hombre, casi como una lombriz bajo tierra. Ni
Dios sabe dónde perdí el bastón, llamando gente para que me ayudara.
Temblaba de miedo, porque nadie acudía en mi ayuda, lo peor es que el
terreno era disparejo y cada rato tropezaba. Cada vez que me levantaba me
sentía impotente, en una de esas rodé monte abajo, trate de agarrarme de la
vegetación, pero no podía, solo el agua amortiguó mi caída.
Estaba sumergido hasta la cintura, chapaleaba en medio de la corriente, el
agua me arrojó contra las rocas, parecía una hojita seca en el río. Solo Dios
sabe cómo llegué allí, sin sacarme los sesos. Nunca supe a qué distancia
estaba del ultimo pueblo. Estaba todo golpeado y sangrando por la caída,
pero al menos me encontraba en una orilla que no podía reconocer. Tampoco
pude ser saber cuántas horas me quedé inconsciente y tendido con la panza
al sol. Al despertar grité con todas mis fuerzas, para que alguien se acercara,
pero solo los pihuichos quejones escucharon mis gritos. Podía imaginarlos,
como cuando veía, volando y cubriendo el sol. Cuando ya no podía gritar,
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sentí algo frío recorriendo mi barriga. Culebra, dije. Y era una culebra
reptando en mi vientre, haciendo su camino sobre mi cuerpo.
- No se nueva, Ezequiel – me sorprendió una voz, que juraba conocer.
Quise llorar de algarabía, pero el frío de la culebra no me lo permitió, que
larga era la condenada. Podía adivinar los movimientos del desconocido
buscando un carrizo verde y flexible entre las totorillas.
- Es una faninga, nomás, hay que dejarla que se vaya. – dijo.
- Vela pues a la maldita – dije – llorando de nervios.
El bicho ya se había ido, pero el desconocido no se acercaba, de lejos me
observaba.
- No me vas a recoger, me van almorzar las hormigas.
- Es mejor que se quede quieto Ezequiel, mucho le ha maltratado el río.
- ¿Quién carajo eres? ¿Qué trata a un anciano con tanta confianza?
- Un amigo nomás – respondió
Yo trataba de acordarme de quién era esa voz, sabía que la había escuchado
antes.
- Si que tienes coraje, al hablarle así a un viejo ciego. A la gente se le
conoce con un nombre ¿acaso no te pusieron uno de chico?
- Consuélese con que soy un amigo. Ni pishtaco, ni ladrón, un amigo.
Una hora después, se animó a levantarme, llegamos a una pampita, donde
podía sentarme. Rompió arte de mi camisa y empapándola con agua me
limpió la cara y las heridas. Casi llegando la noche lo escuché masticar
cortezas y yerbas, para ponerlas en mis llagas. Quise agarrarle la mano,
para agradecerle, pero me esquivó.
- Seguro que te anda buscando la justicia, por eso siempre paras de
guardia.
- Ojalá fuera eso Ezequiel, yo no le hice daño a nadie.
- Eres bien hablado, igual que José Perla, que ya debe andar muerto.
Al oír ese nombre, mi salvador se quedó callado, como si le hubiera tocado
una fibra sensible en el corazón.
- Como me gustaría que fueras José Perla. Así sabría que un buen
hombre está vivo.
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Un silencio frío semejante al de la culebra reptando por mi barriga, invadió el
lugar. Solo se escuchaba el sonido de los zancudos y el sonido del río.
- Como quisiera verlo, pero estos ojos no me sirven,
Entonces le escuché llorar.
***
Por un buen rato no lo escuché, lo llamé, pero él no estaba cerca. Tal vez se
había ido dejándome abandonado a mi suerte y eso me espantó. ¿acaso
sería tan mal hombre? Solo el sonido del río me hacia compañía. De pronto
escuché el zumbido de un arco para prender fuego.
- ¿Quién es?
- Tranquilo estoy haciendo fuego, para pasar la noche.
- ¿tanto te has demorado? ¿has ido a comprar fósforos?
No contestó, seguro se le habían mojado los fósforos. Nadie ya usaba esas
mañas de chunchos para prender candela.
- ¿tú no eres de aquí? Tu forma de hablar es distinta ¿Quién te enseñó a
prender candela así?
- Cuando uno quiere aprende,
Olía a quemado, seguro que no agarraba bien la chispa. Seguía Frontado con
empeño, como si lo hubiera hecho toda la vida, luego escuché ramas secas
quebrarse, y al fin podía oler el humo que comenzaba a espantar los
zancudos.
- Te felicito.
- Se han inventado historias de José Perla, ¿qué sabe usted de ese
señor?
- Era un buen amigo.
- ¿por qué no me cuenta lo que se dice de él? Aunque sea para pasar el
rato.
- ¿me creerá?
- Sí.
- Yo le voy a contar algo de José Perla que nadie sabe. Un día él salió a
cazar a las tierras bajas, estaba muy orgulloso de los animales que
cazaba con su carabina, que se compró en Huancayo, por eso no hacia
caso de las advertencias. Uno debe de tener cuidado en la época de
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crecida. ¿usted fue quién le dijo que no bajara por los aguajales
pantanosos sin compañía? Pero terco, confiado en su juventud y buena
puntería, se fue por el sendero que no conocía bien. Él no quería matar
animales chicos, el confiaba en traer animales grandes. Se fue por
Playabamba, buscando el sendero que lo solo los antiguos y chunchos
conocían. Creyó que era fácil ir a tierras bajas, cuando lo difícil no es
llegar, sino regresar.
Después caminar todo el día quiso regresar, estaba amargo, porque no
había animales y ya solo le quedaba una hora de luz. Preocupado en
que la noche lo iba a recoger en medio del camino, tomo una trocha
cerca del río. Tremenda sorpresa se llevó, cuando a unos cien metros,
había una familia de huanganas retozando por donde estaba el agua.
Todos mansitos jugaban, casi una docena de chanchos peludos. Apuntó
bien a la más cebada y el estampido causó revoloteó en los pájaros,
pero no la mató.
- ¿Qué? ¿José Perla? Si era buen tirador – dudé.
- No la tumbó, la manada, se internó como yéndose a tierras bajas,
gotitas de sangre marcaban el sendero que habían tomado. José Perla,
nunca erraba ningún tito, por eso las fue siguiendo. Todavía quedaba
luz del sol, no le preocupaba mucho que la noche estuviera cerca. A
unos sesenta metros volvió a verlas reunidas, apuntó a la que tenía más
adelante y disparó. Los cueches se espantaron, buscando otras ramas
de dormidero, lo raro es que sus silbidos no parecían de miedo, sino de
burla. Otra vez José Perla falló el tiro.
- Es de no creer ¿Qué iba a fallar?
- Ni él podía creerlo, dos veces más le sucedió lo mismo, y de puro terco
siguió detrás de ellas, cada vez se internaba más en los aguajales.
Antes de que el sol se ocultara casi por completo volvió a verlas al otro
lado del río Ampiyacu.
- Nadie sabe como cruzaron los chanchos, parecía que ya no querían
seguir escapando, estaban a unos cincuenta metros de José Perla. Él le
disparó a una de las grandes, la vio caer muerta, cargó su arma de
nuevo y disparó a otra. Las restantes tropezaban unas con otras
confundidas, pero no se alejaban de las muertas. Ya no quiso tumbarse
otro chancho, quien le ayudaría a cargar los cuerpos. José Perla veía
las sombras de dos cuerpos sacudiéndose en agonía, mientras las otras
estaban alrededor. El sol se había ocultado y José Perla en la oscuridad
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imaginaba la cara de sus vecinos cuando les pidiera que lo ayudaran a
cargar los animales. Escogió un terreno pedregoso para dormir, sin que
lo molestaran las hormigas anayo o las víboras. Esa noche el cielo se
reventó, era el peor aguacero de todo el invierno. José dormía a ratos
debajo del chaparrón, asegurando su carabina entre sus piernas. Al día
siguiente José veía como la crecida del río devoraba la tierra. Cruzó al
otro lado, y perdió su machete, su sorpresa fue no encontrar a las
huanganas que mató el día anterior. Por sujetarse de unas ramas secas
perdió su carabina.
- Se habrá acordado de Dios el pobre.
- El río iba arrancando los árboles de raíz, buscó una restinga para
protegerse. Casualidades de la vida, el único pedazo de tierra que se
salvaba de las aguas, contenía a las huanganas que él estaba
persiguiendo. Temía que los chanchos la emprendieran contra él, al
verlo indefenso. Pero se arriesgó, así fueron pasando los días, la
creciente se llevaba árboles, animales muertos y hasta pedazos de
bosque como si fueran balsas. No tenía agua, tampoco alimento.
- Siempre le dije a José, que bebiera agua y comiera lo que comen los
monos.
- Pero los monos no se quedan a esperar la crecida, de rama en rama se
van a tierras más seguras. En la restinga no había monos. Solo
culebras, sapos, zancudos y las huanganas. Recordó que una vez le
dijeron que las huanganas buscan su propia muerte cuando todo está
perdido. Pero estas no, escarbaban en la tierra húmeda, para buscar
raíces, masticaban la marona y otras raíces, las unas a las otras se
lamían las heridas.
- No me digas que José terminó comiendo lo de las huanganas…
- Sí, en pocos días ya estaba buscando en las tierras las mismas raíces
que las huanganas y tomándose el agua de los bejucos. Los zancudos
le devoraban el cuello y los brazos, la barba y el cabello le estaban
creciendo. Las huanganas se acostumbraron a verlo, ya no se corrían
de él.
- Pero sabes que esos chanchos son bravos, cuando un cazador hiere a
uno, el resto lo ataca.
- Esos animales son bravo. Pero con José, eran mansos, quién sabe por
qué. La restinga se desprendió, la creciente se la llevó como un barco.
José Perla suplicó a Dios por primera vez. Sabia que lo matarían las
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fiebres o las culebras, o tan vez los murciélagos, que allá son del
tamaño de un gato. No volvería a ver a Epifanía, ni tampoco a sus
amigos de Tambochaque.
- Pobrecito mi compadre, sigue con la historia.
- José compartía la desgracia de la piara de huanganas, que antes había
correteado. Comía con ellas, hasta se abrigaba con ella, en los días de
lluvia.
- Pero si esos animales son ariscos.
- Es verdad, pero había algo bien raro en ellas, José no lo entendía, pero
trataba de vivir. Era una bestia más del montón, casi sin ropa, flaco, con
la barba y el cabello crecidos. Meses después cuando las lluvias
pararon y la corriente fue bajando, José bendecía al cielo por ayudarlo a
sobrevivir. Todo maltratado, lleno de ronchas y con llagas en las manos
y los pies. Quería regresar a su casa, para ver a su esposa y vecinos.
Cuando fue a la orilla para lavarse la suciedad, vio una figura en el
espejo del agua, gritó asustado, ahora tenía la cara de un puerco
peludo, y en vez de dientes tenia colmillos de huangana, por fuera de
los labios.
- Parece historia de chunchos lo que cuentas.
- Eso es lo que cuentan por ahí. José Perla desarmado y sin rumbo
buscaba el camino de regreso. Comía lo que había aprendido a comer
con las huanganas, bebía por donde lo hacían los monos. En esas
semanas de desgracia conoció los secretos del monte, y le acompañaba
una suerte rara, que lo salvaba de culebras y otros males. Llegó a salir
de los altos de Sogorno, sin saber cómo. La primera vez que se acercó
a humanos, su apariencia los asustó y salieron corriendo.
Igual pasaba cada vez que él quería pedir ayuda a sus semejantes.
Pronto escuchó desde el monte, que la gente se organizaba para
cazarlo. Así como el hacia antes con las bestias. Lo peor es que la
gente pensaba que era un demonio, y le echaban la culpa de las
enfermedades, plagas en el ganado y malas cosechas de café. Se fue
al monte, porque sabía que sus semejantes lo rechazaban por su
aspecto y que los animales le temían.
- ¿y las huanganas acaso no le habían agarrado confianza?
- Ni las huanganas lo querían después de que paró la lluvia, era algo raro,
quizás era un encantamiento.
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- Parece historia de chuncho todo lo que me cuentas. La gente inventa
esas cosas, he escuchado hablar a los cafetaleros del Huañuri, ese
demonio con el que nos asustaban de chicos.
- Así le dicen por estos lugares, y usted seguro no sabía que se trataba
de José Perla.
- Él ya debe de estar con Dios. La gente por ignorancia les achaca la
culpa a los muertos. Buena historia para pasar la noche, pero ¿quién
eres que lo nombras? No es bueno hablar de la gente…
Me dijo que iba a recoger leña, todo mi cuerpo seguía adolorido, el ruido del
río y el cansancio terminaron por adormecerme como a una guagüita. el frío
de la mañana termino por despertarme, soñé que estaba en mi casa, pero el
fresco de la mañana y el ruido de los pajaritos, hicieron que recordara el
accidente. Quería saber si el desconocido andaba cerca y lo llamé a gritos,
no me contestaba. ¿acaso iba a seguir jugando con uno? ¿Qué se creía?
- Otra vez gritando Ezequiel. Tranquilo – dijo acercándose.
Me molestaba su confianza, su juego de hacerse el desconocido. Iba a
insultarlo por su malcriadez, pero el sonido de un motor nos sorprendió a los
dos.
- ¿y eso? ¿estamos cerca de la carretera?
- Junto ala carretera, el río corre cerca ¿no te acuerdas?
- Acércame al camino para que lo hagas parar.
Era un camión, se escuchaba cada vez más próximo, pero el hombre de la
voz conocida parecía dudoso. Andaba de un lado a otro sin saber que hacer.
- ¿Qué esperas carajo? ¿Qué se vaya? – le insistí.
Me cargó por encima de su hombro, trepó la cuesta con facilidad, como si
cargara un saco de café. Había sido fuerte el condenado. Sentí el camión
frenando sobre el ripio de la carretera, lejos todavía de nosotros. Escuchaba
gritos de gentes y quedos o tres personas saltabas sobre la tierra. El hombre
me soltó de mala gana, haciéndome caer sobre las rodillas y las manos.
Luego de eso escuché el tiro de una escopeta.
- Si que es horrible.
- ¡Persíganlo que está herido! se ha ido por la cañada.
- ¡Ayayay carajo! ¿Quién me levanta? – grité
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Los del camión no se compadecían de mí. Al rato recién me cargaron, me
llevaron cerca del carro, que todavía tenía el motor encendido.
- Se ha salvado con las justas viejo ¿Dónde vive?
- ¿Qué es lo que pasa? ¡Soy ciego! y vivo en Tambochaque.
- ¿No sabe de la que lo hemos salvado? Era el Huañuri.
- ¿Cuál Huañuri huevones? Si me ha venido cargando un hombre. Él me
ha salvado de morir en el río.
- Lo que pasa, es que no ve abuelo. Mejor así ¿no le ha hecho nada?
Mientras me reponía del dolor de las rodillas, pensé en la historia que me
contó la noche anterior. Recordé a José Perla, al desconocido que me salvó,
y la cabeza comenzó a darme vueltas.
- Llévenme a mi casa, por favor. Estoy algo mareado. Si es que son
buenos cristianos a Tambochaque.
Los que bajaron a perseguirlo regresaban, se lamentaban de que no pudieron
matarlo. Decían que estaba herido, que iban a regresar con más hombres
para cazarlo, yo me alegre en el fondo de mi alma que el Huañuri hubiera
escapado…
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