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Beowulf: El Desafío de Grendel

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BEOWULF

 NOMBRES Y APELLIDOS:
______________________________________________
 GRADO Y SECCIÓN: _________________

1
Beowulf
UNO
Con las primeras sombras de la tarde, las calles del pueblo comienzan a
volverse solitarias. Las puertas y ventanas son cerradas por dentro, mientras
un temeroso vigía husmea en cada rincón, asegurándose de que nadie se
quedara a la intemperie. En pocos minutos los alrededores de la fortaleza de
Hrothgar, rey de los daneses, lucían vacías.
El silencio se extendía por la ciudad, la tenue luz de las estrellas apenas
iluminaba el miedo dibujado en los rostros. Todos se miraban unos a otros sin
atreverse a hablar. Las mujeres les susurraban canciones de cuna a los más
pequeños para calmarlos, los ancianos se quedaban quietos, como inertes.
De pronto explotó el bullicio, se escuchaba el crujir de las tranqueras al
romperse. Los niños comenzaban a llorar y las madres con ellos. El miedo
doblegaba a los más valientes y los obligaba a esconderse debajo de sus
camas. En un instante todos comprendían que el insaciable monstruo,
llamado Grendel, había regresado ansioso de carne y sangre humana.
Los aldeanos se imaginaban lo que sucedía en el fortín del rey, en donde los
soldados trataban de detener a la bestia. Los optimistas juraban que esta vez
detendrían a Grendel, y que volvería la calma a los hogares. En cambio, los
miedosos solo recordaban las miles de noches que llevaban sometidos al
miedo y las muchas muertes que el troll había causado.
La verdadera batalla era mucho más cruenta y desigual de lo que suponía la
gente. El insaciable troll no daba tregua a los soldados que caían desgarrados
por su mortal zarpazo. Los soldados del rey Hrothgar peleaban con valentía,
pero ninguno tenía la fuerza necesaria para vencer a Grendel.
Durante doce inviernos, doce largos y fríos años los daneses se habían
enfrentado al troll, sin poder vencerlo.

DOS
La primera vez que el mundo tuvo noticias de Grendel fue durante una
madrugada en la que los soldados de Hrothgar celebraban la más reciente
victoria en el campo de batalla.
Por aquellos días el rey y sus guerreros enfrentaban constantemente a
ejércitos de invasores que los pretendían dominar y apropiarse de sus tierras.
Pero ni la más salvaje de las hordas enemigas se acercaba en violencia a lo
que les tocaría vivir esa noche.
Bajo el manto de la noche el troll les cayó de sorpresa, mientras los soldados
estaban cansados por la batalla y adormecidos por la cerveza.
Ágil como una anguila, el troll había nadado desde las profundidades del
océano subterráneo que aísla su mundo hasta la tierra de los humanos.
Buscando un agujero por donde salir a la superficie había encontrado un

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espacio iluminado, una laguna de aguas cristalinas, que desde el momento
que se asomó por ella, se tornó fangosa y maloliente.
El gran esfuerzo que había hecho el troll, le despertó el apetito, por lo que
olfateó en todas las direcciones buscando que comer. Un dulce olor a grasa
tibia guió su cuerpo, de pronto estaba ante una amplia fortaleza, se asomó
por una ventana y vio un grupo de hombres bebiendo y coreando canciones.
El olor dulzón que desprendían se hizo más intenso y un hincón en la panza
le hizo recordar que estaba hambriento. Derribó la entrada de un solo golpe y
atrapo con ambas manos al soldado que estaba más cerca de él. Uno de los
brazos del hombrecito se zafó y quedó entre los dedos del gigante, que al
morderlo lo saboreo y descubrió que de allí provenía el olor que lo había
atraído.
Los hombres del rey Hrothgar, fueron sorprendidos mientras festejaban,
tardaron unos minutos en coger sus armas y lanzarse contra la colosal bestia,
quien los superaba ampliamente en tamaño. El troll había entrado a la
fortaleza arrancando los goznes de las puertas, y ahora devoraba a otro
soldado más. Las espadas no parecían lastimar la escamosa piel de Grendel.
Durante el ataque uno de los soldados se resbaló y Grendel lo atrapó con su
enorme pie y lo aplastó. El pánico se apoderó de los demás soldados, que no
encontraban la forma de vencer a la bestia.
Alertado por sus hombres el rey Hrothgar, tomó su espada y corrió hacia el
salón donde él mismo había festejado horas antes. Pero Grendel ya no
estaba, se había marchado y solo quedaba un rastro de sangre que se perdía
en la oscuridad.
El monarca recorrió el salón con la mirada, las garras del troll habían dejado
surcos sobre las paredes de madera y la sangre de los guerreros estaba
encharcada en el piso. La macabra escena abatió al rey, quién cayó de
rodillas junto a los despojos de sus hombres. Pesadas lágrimas humedecieron
sus ojos y juró que se haría justicia por ellos.
El monarca apenas podía consolarse pensando en el Walhalla, el castillo de
Odín, padre de dioses, en donde las almas de los valientes guerreros muertos
en combate descansan eternamente.
- Las hermosas Valquirias conducen ahora a los valientes – arengó
Hrothgar a sus hombres – los llevan a través de los caminos empinados,
hasta el Walhalla del divino Odín. Allí su valentía será premiada.
Los lamentos del pueblo por los caídos duraron el resto de la noche y de la
mañana siguiente. Recién en la tarde todo estuvo dispuesto para celebrar los
funerales. Con sumo cuidado se acomodaron los cuerpos cercenados de los
soldados sobre la pira sepulcral, y fue el rey quien prendió fuego al montículo
de madera, como lo ordenaba el ritual.
El fuego no había terminado de consumir los restos, cuando Grendel atacó al
cortejo que estaba desprevenido. La gente gritaba y corría sin saber dónde
esconderse. Los soldados dispuestos a vengar a sus compañeros atacaron al

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troll, pero la bestia era veloz, y en solo unos minutos había huido, llevándose
consigo a una muchacha a la que sumergió en la fangosa laguna.
Los días siguientes estuvieron calmados. Pero el miedo de un nuevo ataque
mantenía en alerta al pueblo, se hicieron barricadas frente a la laguna y los
hombres se turnaban para hacer guardia, todos estaban decididos a atacar en
cuanto lo vieran, pero nada sucedió.
Al cabo de unos días de intensa vigilancia, la gente estaba somnolienta e
irritada. Comenzaron a discutir por motivos absurdos y el desorden se
apoderó de las calles. Pronto todo el pueblo era un caos.

TRES
Las penurias de los daneses y los crueles ataques de Grendel se convirtieron
en historias espeluznantes que los comerciantes llevaban de un pueblo a otro.
Cuando las noticias cruzaron el mar, no tardaron en llegar a oídos del rey de
los godos, el noble Hygelac, quien dispuso la partida del más fuerte de sus
hombres.
- Beowulf, protegido por los dioses, tú eres aquel que necesita el pueblo
danés. Solo tu fuerza e inteligencia pueden derrotar a la bestia. Ve hijo
de Ecgtheow, prueba tu valentía, lleva la paz a nuestros vecinos y
esparce la gloria sobre tu raza.
Alentado por su rey, el joven héroe se embarcó con quince bravos guerreros y
navegó toda la noche rumbo a su destino.
La pálida mañana se extendía sobre las costas danesas, cuando los godos
iniciaron el desembarco. En la playa solitaria las voces de los guerreros y el
ruido de sus armaduras asustaron a los alcatraces.
Pronto un vigía danés se acercó a ellos. Había bajado rápidamente por el
acantilado donde montaba vigilancia y demandaba información sobre los
recién llegados.
- ¿De dónde los trae el mar? ¿Por qué llevan arneses y armaduras de
guerra?
- Somos godos, servidores del venerable Hygelac – dijo Beowulf – hemos
cruzado el mar con honorables propósitos, venimos en auxilio de tu rey,
audaz hijo de Healfdene y protector de su pueblo.
Los modales y la figura del líder de los navegantes convencieron al centinela
de que no se trataba de una simple comitiva de soldados, por lo que le ofreció
guiarlos. Cerca de la entrada del palacio, el guía se despidió para volver a su
puesto y los dejó seguir solos.
Los godos avanzaron hasta las puertas del palacio. Allí acomodaron sus
arneses de guerra y se anunciaron ante el oficial mayor. El palacio estaba
envuelto en un escalofriante silencio, apenas se escuchaban los murmullos
del salón.
En cuanto el rey escuchó el nombre del recién llegado, ordenó que lo dejaran
pasar. Las noticias sobre su coraje y fuerza de Beowulf habían llegado a la

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corte de los daneses hacía mucho tiempo, por lo que el triste monarca
encontraba en él la esperanza de paz que su pueblo necesitaba.
- Vaya mi respeto para ti, honorable Hrothgar – dijo Beowulf – sé de tu
lucha contra Grendel y de cómo la muerte invade tus tierras al caer la
noche. Cinco veces he doblegado en combate a la raza de gigantes, he
acabado con monstruos marinos, y con ayuda de los godos, he
derrotado a criaturas malignas que amenazaban la calma de nuestra
gente. Ahora estoy aquí, distinguido monarca, solicitando tu permiso,
para aventurarme con mis valerosos guerreros y eliminar al ser maligno
que ataca tu palacio.
Conmovido por las palabras del joven guerrero, el rey lo invitó a unirse a ellos.
Aunque le advirtió que muchas veces sus hombres habían jurado venganza
contra Grendel, pero cada intento terminaba en charcos de sangre vertida en
el piso de su palacio y de tropas diezmadas de sus más valientes y bravos
soldados.
Beowulf no se atemorizó ante las palabras del rey, por el contrario, insistió
con valentía en su propósito.
- Si Grendel triunfa, devorará a mis hombres y a mí en los salones de tu
palacio, por lo que no habrá necesidad de preparar funerales para
nuestros restos. Si caigo en combate solo preocúpate por enviar a mi
soberano la cota de malla que protege mi corazón.
Un silencio se apoderó entre los hombres de Hrothgar, que solo Unferth, el
favorito del monarca se atrevió a romper. Su envidia lo empujó a cuestionar la
valentía del godo, recordándole que ya Breca, el rey de los brondings, lo
había vencido en un peligroso desafío marino propuesto por Beowulf.
- Breca salió victorioso, y cumplió la promesa de ser más fuerte que tú.
Ahora te esperan pruebas mucho peores, y me temó que pagarás un
alto precio si te atreves a embocar a Grendel.
- Aturdido por la cerveza amigo Unferth, exageras que Breca - respondió
el héroe – nos hicimos al mar cumpliendo un juramento de nuestra
juventud, durante cinco días navegamos juntos hasta que una
tempestad nos separó. Yo debí de enfrentar terribles bestias marinas,
sin más protección que una cota de malla labrada a mano y mi espada.
Fueron nueve los monstruos que aniquilé con mi estoque. Pero ¿Qué
me dices de ti? Tu nombre es ajeno a quienes cantan las proezas o
nobles batallas. Jamás en batalla tú o Breca han hecho honor a sus
espadas. Si hubieras tenido coraje, la furia de Grendel ya hubiera
acabado. Te demostraré en el combate el valor de mi pueblo.
El rey brindó a salud por el célebre guerrero, Unferth optó por retirarse detrás
de su monarca. Beowulf y sus guerreros se prepararon para esperar a
Grendel. El guerrero estaba dispuesto a medirse en fuerza con el troll, y
deseaba hacerlo sin tomar ventajas, por eso dejó en una esquina su escudo y
su espada, iba luchar cuerpo a cuerpo con la bestia.

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Uno de los guerreros se apostó en el portón principal para vigilar la entrada,
mientras que los demás se recostaron a un lado del salón.

CUATRO
En lo alto de la noche la luna brillaba, nada perturbaba el silencio que reinaba
en la noche, apenas el chirrido de los grillos resonaba en las casas vacías. El
centinela algo adormecido por la cerveza, pestañeaba cada vez más.
De pronto los grillos se callaron, el aire se llenó de un olor a humedad
fangosa, a podrido, luego se escuchó un resoplido pesado de una nariz
congestionada. El guardia no tuvo tiempo de reaccionar, una de las enormes
puertas cayó pesadamente sobre él. Quisa hubiera logrado sobrevivir, sino
fuera porque Grendel camino sobre los tablones caídos al entrar en la
fortaleza.
Los demás hombres salieron de su letargo, y de un brinco se lanzaron en
busca de sus armas. Estaban decididos a morir luchando contra el troll, quien
los miraba desde el portón. Pero Beowulf, no estaba dispuesto a perder a otro
soldado más, por lo que contuvo a sus hombres.
- Mis leales amigos, deténganse. Esta pelea es mía. Pero si falla mi brazo
en el ataque y mi vida termina en las fauces del monstruo, solo
entonces tomen sus armas y defiendan con honor al pueblo danés.
Sin perder el tiempo Beowulf se lanzó contra Grendel. El troll avanzaba hacia
ellos lentamente, pero quedó sorprendido ante la decisión de Beowulf, por lo
que se detuvo por unos segundos, era la primera vez en doce años que
alguien intentaba hacerle frente, sin sus armas. Sin duda era un loco
insensato, pero sería un buen primer bocado para empezar la noche.
El troll avanzó hacia Beowulf, no tenía dudas de que quebraría el cuerpo del
héroe, con la misma facilidad con la que había arrancado vidas en todos estos
años. Pero pronto supo que no sería así. Su primer zarpazo quedó
suspendido por el puño de Beowulf, que saltó sobre él sin miedo.
Recuperado de la sorpresa Grendel se enderezó y trató de sacudirse de
encima a su atacante, pero el godo estaba tan asido de las crines de su
espalda, y al lanzar por los aires al guerrero, este le arrancó un mechón de
pelos, que quedaron en su puño apretado. Un horrible chillido llenó cada
rincón del palacio y se extendió por todo el pueblo.
La sangre se heló en las venas de los daneses, que presuroso fueron a
trancar un poco más sus puertas y ventanas. Mientras tanto en la fortaleza del
rey, la lucha cuerpo a cuerpo entre el guerrero y el troll aumentaba en
intensidad.
Antes de que Beowulf pudiera incorporarse, el troll se lanzó sobre él
intentando sofocarlo con su peso. Pero el guerrero intuyó las intenciones de
Grendel y encogió rápidamente las piernas, transformándose en una catapulta
humana, y al primer contacto con el cuerpo de la bestia, lo arrojó contra las
paredes del palacio.

6
Las paredes de piedra soportaron el golpe, el gigante atontado por el golpe
trato de levantarse tambaleando. En ese momento Grendel sabía que su
oponente no era uno de esos daneses a los que había aterrado antes, es más
estaba convencido de que no era un humano cualquiera. Su primer
pensamiento fue huir, pero Beowulf le bloqueó el paso. El troll trato de
reanudar su ataque, pero su golpe fue detenido, una vez más, por el firme
puño del guerrero.
Era la primera vez en su vida, que el corazón se le aceleraba y un sudor
helado invadía su cuerpo. Estas nuevas emociones confundían a Grendel, y
quiso huir, sin embargo, la mano del godo sujetaba fuertemente su antebrazo
y no parecía dispuesto a soltarlo. Forcejeó, tratando de escaparse, pero fue
inútil, con cada intentó el godo parecía sujetarlo más.
Grendel se convenció de que este hombre no podía ser humano, ningún
hombre antes había sido capaz de enfrentarlo. El troll abrió la boca y gritó. El
rugido del troll estremeció los cimientos del palacio. Grendel parecía más
salvaje, sus puños se movían con más violencia. Los soldados godos
apretaron sus escudos preparándose para entrar en acción, la lucha entre la
bestia y Beowulf era cada vez más violenta, y aunque confiaban en la fuerza
de su líder, le temían al troll. Temían la posibilidad de enfrentarlo.
Beowulf no cedió ante los ataques del gigante. El combate había llegado a su
punto decisivo, el héroe sabía que no podía dejar con vida a la bestia, de
hacerlo el pueblo danés estaría en constante peligro. Por eso endureciendo
su puño, descargó un terrible golpe en la quijada del troll y con la otra mano
torció la garra del gigante hasta arrancarla de su lugar.
Grendel con las pocas fuerzas que le quedaban reempujó a Beowulf,
lanzándolo contra los cimientos del palacio, y aprovecho para escapar a la
laguna empantanada que usaba como puerta entre su mundo y el de los
humanos. Los soldados intentaron detener al gigante, pero este los golpeó
con el brazo que le quedaba intacto. Los guerreros salieron despedidos por el
aire como si fueran pequeñas figuritas de madera.
El troll desapareció en medio de la oscuridad, Beowulf soltó la garra que le
había arrancado y corrió tras él, pero solo alcanzó a ver como este se
sumergía en la laguna.
La batalla había terminado, Grendel no conseguiría reponerse de sus heridas
y era probable que en poco tiempo muriera. Por fin el pueblo danés
encontraría la paz que había anhelado por tantos años. Beowulf había
cumplido su palabra.

CINCO
La algarabía estalló entre el pueblo danés, se encendieron tantas antorchas
que la oscuridad desapareció. Pronto surgieron las primeras luces de la
madrugada y los más temerosos salieron de sus casas, con algo de miedo al

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principio. Pronto las calles estaban llenas y la gente coreaba el nombre del
héroe.
En el palacio el silencio se mantenía. El rey y sus hombres observaban las
huellas del combate, cimientos torcidos y paredes rotas. Beowulf estaba
satisfecho pero agotado. Se empeñaba en rescatar el cuerpo sin vida de su
soldado aplastado por los portones que el troll había quebrado, para entrar a
palacio.
Ante el monarca, Beowulf se lamentaba no haber retenido el cuerpo del troll
como garantía de su victoria. Nadie dudaba que el monstruo hubiera muerto.
La garra arrancada a Grendel fue colgada en la puerta de palacio, para que el
pueblo tuviera la certeza de que el terror había acabado.
Hombres, mujeres, niños y ancianos, no dejaron de celebrar la victoria de
Beowulf, los poetas incluyeron a Grendel entre las hazañas de Beowulf.
El rey de los daneses agradeció a Dios, por haber enviado al valiente guerrero
a su pueblo, ordenó recomponer el palacio y preparar un banquete para
Beowulf.
El señor de los daneses ordenó preparar un escudo adornado de oro, con una
cota de malla y su yelmo coronado con una banda de hierro con los cuales
agasajaría al guerrero durante su ceremonia.
Llegado el momento muchos presentes fueron entregados a Beowulf, ocho
excelentes caballos, adornados de oro y piedras preciosas.
Los festejos se extendieron durante todo el día, en la tarde el pueblo retornó a
sus casas por cansancio y costumbre. Los soldados del rey permanecieron en
el salón principal un poco más. Beowulf se marchó a la habitación que le
habían preparado cerca de los aposentos del monarca.
Grendel había muerto, pero su madre estaba dispuesta a vengar la sangre
derramada de su hijo. Sigilosa había seguido el olor inmundo de su hijo hasta
el palacio de Hrothgar, a través de una ventana vio con rabia y dolor la garra
cercenada de su hijo, prendida de una estaca a una de las paredes del salón.
Los soldados quedaron paralizados, no esperaban un nuevo ataque, pero a
diferencia del gigante destruido, la agresora era una sirena de una enorme
belleza.
Antes de que los soldados pudieran reaccionar, la troll ya se había lanzado
contra uno de los guerreros y le quebró el cuello con facilidad. Los soldados
con las espadas en alto corrieron hacia la bestia, quien arrancó la garra de su
hijo y se fue rápidamente.
Los gritos tardaron en llegar hasta la habitación del soberano, quien no pudo
contener las lágrimas, al saber que el terror no había acabado. Entonces
mandó a despertar a Beowulf y llevarlo ante él.
- Desde hace años mis súbditos hablan de dos monstruos que habitan en
las profundidades de las aguas. Grendel, el más grande fue vencido por
ti. Pero la otra más pequeña amenaza a nuestra gente. Solo tú puedes
librarnos de ella.

8
Sin cansancio alguno Beowulf se fue a la nueva batalla. Le pidió al rey la
protección de sus hombres si él faltara y enviar el oro a su monarca el oro que
le había entregado por su primera hazaña.
Beowulf conocía la fuerza de los gigantes, y sabía bien que la suya era mayor
que la de cualquier hembra. Sin embargo, tendría que bajar a las
profundidades del pantano y cruzar el océano subterráneo antes de encontrar
a la madre de Grendel, además en sus dominios ella tenía la ventaja de
conocer el lugar. Protegido tan solo de su cota de malla y de su espada, el
héroe se lanzó a las pestilentes aguas del pantano, nado por unos minutos
antes de encontrarse frente a la gigante, que, deformada por la ira y el deseo
de venganza, lo aguardaba en las profundidades.
Beowulf lanzó su primer ataque, pero su espada resbaló sobre la piel de la
madre de Grendel, sin lastimarla. Ella respondió con un golpe que le arrancó
el arma al guerrero. Desarmado como estaba Beowulf no se dio por vencido e
intentó vencerla con los puños. Pero ella lo atrapó antes de que pudiera
golpearla, y apretándolo contra su cuerpo intento sofocarlo.
Lo arrastró hasta la orilla del océano subterráneo, tierra donde comienza el
mundo de los trolls, ella extrajo una daga de entre sus ropas e intentó
acuchillarlo. Más la cota de malla protegió a Beowulf, y aprovechó para
zafarse del abrazo mortal.
La espada que Beowulf había perdido brilló sobre la arena, en un rápido
movimiento el héroe levantó su arma y la atacó con destreza, ella no resistió
la embestida y cayó muerta a los pies del godo.
Avanzó con cautela hasta la cueva que se abría cerca del mar, y encontró a
Grendel muerto. Y como prueba de que había logrado la paz para los
daneses Beowulf cortó un pedazo de la cabeza del troll, y se recostó al lado
del cadáver para descansar un rato, antes de emprender el regreso.
En la tierra los daneses tenían pensamientos fatales sobre la ausencia de
Beowulf, estos se multiplicaban con el paso del tiempo, por lo que el monarca
y sus guerreros supusieron la derrota.
Cabizbajos los daneses regresaron a sus casas. Solo los guerreros godos
que vinieron con Beowulf permanecieron tercos en la orilla del pantano,
esperando el regreso de su líder.
Ya casi había oscurecido, cuando un guerrero godo emergió de las aguas,
sus hombres corrieron a recibirlo, uno de ellos tomó la delantera y fue
anunciar al rey el regreso de Beowulf.
El pueblo volvió a festejar, esta vez Grendel y su madre habían sido
derrotados, las celebraciones se prolongaron por varios días, después de los
cuales Beowulf y sus guerreros volvieron a su tierra. La valentía de los godos
fue conocida hasta en los pueblos más lejanos.

SEIS

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El regresó al hogar no significaba el descanso para Beowulf, quien tuvo que
enfrentar en nombre de su raza el ataque de pueblos enemigos. Los largos
años de combate acabaron con los herederos del trono godo, y Beowulf, el
más valiente de entre todos los valientes, fue elegido para establecer el nuevo
linaje de su pueblo.
Durante cincuenta años reinó la paz sobre la tierra. Ningún bárbaro se atrevía
a enfrentar al valiente rey Beowulf, destructor de gigantes y monstruos
marinos.
Cuando los años ya habían blanqueado sus cabellos y su cuerpo se había
dejado de entrenarse en el combate, una nueva amenaza alertó a los godos.
Un pueblerino imprudente había despertado a un dragón de su pesado
letargo, celoso guardián de viejos tesoros, la bestia ahora amenazaba el
pueblo.
Beowulf sabía que ninguno de los hombres podía dominar al dragón, y que su
final estaba cerca. A pesar de que sus fuerzas eran superiores a las de
cualquier hombre, enfrentar a un dragón sería difícil, sin embargo, esto no
amedrentó al viejo guerrero.
Pidió que le reemplazarán los escudos de maderas por uno de hierro, para
que pudiera resistir el fuego. Así armados los soldados llegaron hasta la
cueva del dragón. Beowulf les ordenó que lo esperen en la cima de la
montaña, mientras él enfrentaba a la bestia. Solo si era vencido por el
lanzador de fuego, sus soldados deberían atacar al dragón y defender al
pueblo.
Sigilosamente Beowulf avanzó hasta la guarida del dragón, quien lo recibió
con una llamarada de fuego, pero Beowulf se protegió con su escudo. Pero la
bestia atacó nuevamente, debilitando sus armas.
El héroe de los godos descargó un golpe de su espada en la cabeza del
dragón, pero esta debilitada por el intenso calor se quebró en contacto con la
bestia, quien reanudó su ataque con un fuego más potente.
Wiglaf, uno de los más jóvenes soldados del rey y admirador desde su
infancia del bravo guerrero, había desobedecido al rey de mantenerse alejado
al combate, y al ver desarmado a Beowulf y a merced del fuego, alertó a sus
compañeros para que iniciaran el ataque.
Los soldados desde su refugio tiemblan, sin atinar a moverse. Acobardado
ante la cobardía de sus compañeros, Wiglaf se lanzó sobre su rey,
interponiendo su escudo ante una ráfaga incendiaria que amenazaba con
destruir a su rey. Movido por la furia el valiente guerrero descargó un potente
golpe de su espada sobre el dragón, que cayó muerto.
Wiglaf, volvió sobre su rey, pero lo encontró moribundo, quiso correr en busca
de ayuda, pero Beowulf, que yacía cerca de las divinas Valquirias, lo detuvo y
lo alcanzó a nombrar como heredero de su fuerza. Un suspiró más y la vida
abandonó para siempre el cuerpo del rey de los godos.

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