Aventuras y Ficciones de Luciano
Aventuras y Ficciones de Luciano
LUCIANO DE SAMÓSATA
HISTORIAS VERDADERAS
Tomo II
Madrid 1889
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LIBRO PRIMERO........................................3
LIBRO SEGUNDO....................................13
LIBRO PRIMERO
1. Así como los atletas y los que se dedican a ejercicios corporales no se cuidan
exclusivamente del gimnasio y de conservar sus fuerzas, sino de oportunos descansos que
consideran como parte principal de su ejercicio, creo yo que a los consagrados a las letras les
conviene, después de largas y serias lecturas, dar algún reposo al pensamiento, vigorizándolo de
esta suerte para nuevos trabajos.
2. Y esta remisión de quehaceres les será provechosa, si leen obras no simplemente
recreativas por su ingenio y gracia, sino que reúnan la ciencia a la amenidad del arte, como sucede,
si no me equivoco, en la presente. Ésta, en efecto, ha de agradar a los lectores, no sólo por lo
peregrino de su asunto, por la gracia de la idea, por las variadas ficciones con visos de verdad que
en ella hemos introducido, sino porque en todos sus hechos se alude satíricamente a algunos
antiguos poetas, historiadores y filósofos autores de estupendos y fabulosísimos relatos. Hubiera
citado sus nombres, si no los debieseis comprender sin dificultad por la lectura.
3. Ctesias de Cnido, hijo de Ctesíoco, ha escrito de la India y de sus habitantes cosas que no
ha visto ni oído. Yámbulo ha referido muchos portentos del Océano en una obra cuya ficción es
evidente para todos, pero no desnuda de atractivo. Otros muchos siguiendo igual sistema, han
descrito como suyos ciertos viajes y aventuras, donde hablan de animales monstruosos, hombres
crueles y rarísimas costumbres. Jefe y maestro de esta bufonería es el Ulises de Homero, que cuenta
en casa de Alcinoo historias de la servidumbre de los vientos, de hombres monóculos devoradores
de carne cruda y salvajes a manta, de policéfalos monstruos, de metamorfosis de sus compañeros
por medio de ciertos filtros, y otras mil maravillas relatadas a los sencillos Feacios1.
4. Al leer todos estos autores, no los he vituperado agriamente por sus mentiras, considerando
que éstas son ya frecuentes en los preciados de filósofos, y sólo me ha pasmado en ellos el que
hayan creído que no iba a conocerse que no escribían la verdad. Por lo cual yo mismo, deseoso de
dejar algo mío a la posteridad, y de no ser el único que no ejercitase el derecho de fingir, me he
decidido, a falta de sucesos verdaderos que contar, pues no me ha ocurrido nada digno de mención,
a ejercitarme también en una mentira mucho más razonable que la de los demás; pues cuando
menos habrá una verdad en mi libro: la confesión de que voy a mentir. Con ella creo eximirme de la
acusación que a los otros narradores acabo de hacer. Cuento, pues, cosas que no he visto, aventuras
que no me han sucedido y que no he oído que hayan sucedido a nadie, y añado cosas que ni existen
ni pueden existir. Los lectores no deberán, por consiguiente, darles el menor crédito.
5. Partiendo un día de las columnas de Hércules2 hacia el Océano Occidental, navegué con
favorable viento. Causa e intención de mi viaje eran la vana curiosidad, el afán de ver cosas nuevas,
y el deseo de conocer cuál es el límite del Océano y cómo son los hombres de la orilla opuesta. Con
este objeto había embarcado muchas provisiones y suficiente cantidad de agua; me había asociado
cincuenta compañeros iguales a mí en edad y designios; me había provisto de gran número de
armas; por una gruesa suma había contratado a un buen piloto, y había hecho aparejar nuestro
navío, que era un navío de carga, de manera que pudiera resistir larga y violenta travesía.
6. Un día y una noche navegamos con viento favorable, sin perder de vista la tierra ni avanzar
violentamente; pero al día siguiente, al salir el sol, arreció el viento, hincháronse las olas, nos
envolvió la obscuridad y nos fue imposible recoger las velas. Obligados a entregarnos a merced del
viento, sufrimos el embate de la tempestad durante setenta y nueve días; pero al octogésimo brilló
de improviso el sol y descubrimos a corta distancia una isla elevada y selvosa, contra la cual se
rompían mansamente las olas, pues la tempestad ya casi había cedido. Nos dirigimos a la orilla,
desembarcamos, y como sucede tras larga fatiga, estuvimos echados mucho tiempo en tierra. Nos
levantamos por fin, designamos treinta compañeros para guardar el navío, y los otros veinte para
que me acompañasen a explorar el interior de la isla.
7. Penetramos a través de la selva, y a unos tres estadios 3 del mar, hallamos una columna de
bronce, sobre la cual, en caracteres griegos difíciles de leer y medio borrados, había la inscripción
siguiente: «Hasta aquí llegaron Hércules y Baco.» Cerca, en una roca, había la huella de dos pies 4,
una de una yugada, la otra más pequeña; me pareció que ésta sería de Baco, y de Hércules aquélla.
Adoramos a los dioses, y proseguimos. No habíamos avanzado mucho cuando encontramos un río
de vino muy semejante al de Quíos. Era ancho y caudaloso y a trechos navegable. Nos sentimos
mucho más inclinados a dar crédito al epígrafe de la columna, al ver tales señales de la presencia de
Baco. Antojóseme saber de dónde nacía el río, y dirigíme contra la corriente, pero no hallé fuente
alguna, sino muchas y grandes cepas llenas de racimos, de cuyo pie corría gota a gota un vino
líquido de donde se formaba el río. Vi en él muchos peces de gusto y color de vino. Pescamos
algunos y los comimos, pero nos embriagaron. Es de advertir que al abrirlos los encontramos llenos
de heces. En adelante tuvimos la precaución de mezclarlos con peces de agua para aminorar la
fuerza excesiva de este alimento.
8. Pasamos el río por un vado, y hallamos una prodigiosa casta de vides: el tronco, en la parte
próxima al suelo, era alto y grueso; y en la superior salían mujeres, cuyos miembros de la cintura
para arriba eran perfectos. Así suelen representarnos a Dafne, cambiada en laurel en el momento de
ser alcanzada por Apolo. De la extremidad de los dedos les nacían sarmientos llenos de racimos, y
en la cabeza, en vez de cabellos, tenían rizos llenos de uvas y pámpanos. Al acercarnos, nos
saludaban, nos estrechaban la mano y nos hablaban unas en lidio, otras en indio, y la mayor parte en
griego. Nos daban besos en la boca, y el que los recibía se embriagaba y perdía el juicio. No
permitían que cogiésemos de sus frutos, pues si se les arrancaba alguno daban gritos dolorosos.
Algunas nos brindaban al amor; pero dos de nuestros compañeros que aceptaron, quedaron sujetos
por el miembro viril: plantados junto a ellas, echaban raíces, y en un momento sus dedos se
transformaron en sarmientos y se retorcieron en pámpanos, y parecía que iban a dar fruto.
9. Los abandonamos y huimos a la nave, donde referimos a los que se habían quedado la
metamorfosis de los compañeros y su incorporación a las vides. Tomamos algunas ánforas e
hicimos provisión de agua, y al propio tiempo de vino sacado del río, junto al cual pernoctamos. A
la siguiente mañana zarpamos con viento poco fuerte. Pero hacia el mediodía, cuando ya no
veíamos la isla, una súbita borrasca asaltó nuestra nave con tal ímpetu, que la levantó a unos tres
mil estadios sin dejarla caer al mar, pues la fuerza del viento, obrando en las velas, nos hacía
navegar por el aire.
10. Siete días y siete noches caminamos de esta suerte, y al octavo vimos en el aire una gran
tierra, a manera de isla, brillante, esférica e iluminada por vivísima luz. Arribados a ella,
desembarcamos, reconocimos el país y lo hallamos habitado y cultivado. Durante el día no pudimos
distinguir nada desde allí; pero a la noche, vimos otras muchas islas próximas, mayores y menores,
todas de olor de fuego, y debajo de nosotros otra tierra con ciudades y ríos, mares, montañas y
bosques. Supusimos que esta tierra era la nuestra.
11. Pensábamos internarnos, cuando fuimos encontrados y cogidos por los allí llamados
Hipogipos5, que son unos hombres llevados por buitres enormes, de los cuales se sirven como de
caballos. Los buitres son grandísimos y de tres cabezas la mayor parte. Para tener idea de su
tamaño, baste saber que cada una de sus plumas es más larga y más gruesa que el palo mayor de un
gran navío de carga. Nuestros Hipogipos tenían orden de rondar por la isla y llevar al Rey a
cualquier extranjero que encontrasen. Nos apresan, pues, y nos llevan al monarca. Éste nos
examina, e imaginándose lo que éramos, por el traje, «Extranjeros, dijo, vosotros sois griegos.»
Nosotros lo confesamos. «¿Cómo, añadió, habéis venido atravesando tanto aire?» Nosotros le
contamos lo que nos había ocurrido. Él, a su vez, nos refirió su historia. Era hombre y se llamaba
Endimión6, y estando durmiendo había sido arrebatado de nuestra tierra y le habían nombrado a su
llegada rey de aquel país, que no era otro que el que nosotros llamamos aquí abajo la Luna. Nos dio
ánimo y nos aseguró que no corríamos peligro alguno, y prometió suministrarnos cuanto
necesitásemos.
12. «Si hago bien, prosiguió, la guerra que ahora emprendo contra los habitantes del Sol,
pasaréis a mi lado la vida más feliz.» Preguntámosle quiénes eran sus enemigos y la causa de la
disensión. «Faetón, nos dijo, rey de los habitantes del Sol (porque el Sol está habitado como la
Luna), nos hostiliza hace tiempo. Principió por el motivo siguiente: Había reunido yo todos los
pobres de mi reino, con intención de enviar una colonia al Lucero de la Mañana, que está
deshabitado y desierto; pero Faetón, por envidia, se opuso, y a mitad del camino nos salió al
encuentro con los Hipomirmecos7. Vencidos por la superioridad numérica, nos retiramos. Mas ahora
quiero emprender nuevamente la guerra y enviar la colonia. Podéis, si os place, tomar parte en mi
expedición. Os daré sendos buitres reales y el restante armamento. Mañana emprenderemos la
marcha.» «Se hará como te parece», le dije.
13. Nos quedamos a cenar en su palacio. Al amanecer del día siguiente nos levantamos y
formamos en batalla, advertidos por los espías de la proximidad del enemigo. Nuestro ejército tenía
cien mil soldados, además de los bagajeros, los maquinistas, la infantería y los auxiliares
extranjeros: de éstos eran ochenta mil Hipogipos y veinte mil montados en Lacanópteros 8. Son los
Lacanópteros unas aves grandísimas, cubiertas, en vez de plumas, de legumbres, con alas muy
parecidas a hojas de lechuga. Junto a ellos formaban los Cencróbolos 9 y los Escorodómacos10. De la
estrella del Norte habían venido también Psilotóxotes 11 y cincuenta mil Anemódromos12. Los
primeros cabalgan en enormes pulgas (de aquí su nombre), cada una del tamaño de doce elefantes:
los segundos son de infantería, y corren, sin alas, por el aire. He aquí como: llevan túnicas
rozagantes; las recogen; penetra en ellas el viento como en las velas y los empuja, a modo de
barcas, por el aire. Casi todos usan peltas13 en el combate. Decían también que habían de venir de
los astros que estaban sobre Capadocia setenta mil Estrutobalanos 14 y cincuenta mil Hipogeranos15.
Estos no los vi, pues no vinieron. No me atrevo, por tanto, a describirlos; porque contaban de ellos
maravillas increíbles.
5 Hipogipo, nombre formado de ἳππος, caballo, y γύψ, γυπός, buitre.
6 Pastor de la Caria, nieto de Júpiter: fue condenado a dormir treinta años. Diana bajaba del cielo todas las noches a
visitarle y tuvo de él muchos hijos.
7 De ἳππος, caballo, y μύρμηξ, μύρμηκος, hormiga.
8 De λάγανον, legumbre, y πτερόν, ala.
9 De κέγχρος, mijo, y βάλλειν, lanzar: jaculatores milii.
10 De σκόροδον, cabeza de ajo, y μαχεσθαί, pelear: alliis pugnantes.
11 De ψύλλα, pulga, y τοξότης, arquero: pulici sagittarii.
12 De ἄνεμος, viento, y δρομεύς, corredor: venticursores.
13 Escudos ligeros.
14 De στρουθός, avestruz, y βάλανος, bellota: passeriglandes.
15 De ἳππος, caballo, y γέρανος, grulla: equigrues.
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14. Estas eran las fuerzas de Endimión. Todos los combatientes tenían igual armamento: los
cascos eran de habas, que son muy grandes y duras en aquellos países; las corazas, en forma de
escamas, todas de altramuces, pues las hacen de pieles de altramuz cocidas, que allí son tan
impenetrables como el cuerno; los escudos y las espadas, semejantes a los griegos.
15. En el momento oportuno, el ejército se formó de la manera siguiente: en el ala derecha los
Hipogipos y el Rey, rodeado de los más valientes, entre los cuales figurábamos nosotros; en el ala
izquierda los Lacanópteros; en el centro las tropas aliadas, cada una en su sitio. Los infantes, cuyo
número sería de unos sesenta millones, fueron colocados de este modo: críanse allí infinitas arañas,
mucho mayor cada una que las Cícladas: ordenóles el Rey tejer una tela desde la Luna al Lucero
matutino, y en cuanto la hicieron, que fue pronto, se colocó en aquel campo de batalla la infantería,
mandada por Nicterión16, hijo de Eudianax17, con otros dos generales.
16. En el ejército enemigo ocupaba el ala izquierda Faetón con los Hipomirmecos, que son
unos animales con alas, parecidos a nuestras hormigas, excepto en el tamaño, pues el mayor de ellos
era por lo menos de dos yugadas. No sólo combaten los que los montan, sino ellos mismos con sus
cuernos. Habría cincuenta mil, según nos dijeron. En la derecha enemiga estaban los Aeroconapos 18,
también en número de unos cincuenta mil, todos arqueros, montados en mosquitos enormes; detrás
se colocaron los Aerocordacios19, infantería ligera, pero muy belicosos: lanzaban de lejos, con las
hondas, rábanos colosales; el combatiente a quien alcanzaban, resistía poco tiempo, pues le mataba
el hedor que despedían al instante sus heridas; decíase que untaban los dardos en jugo de malva.
Cerca de los Aerocordacios se colocaron diez mil Caulomicetes 20, hoplitas que peleaban de cerca,
cuyo nombre les viene de usar hongos para escudos, y cabos de espárragos para lanzas. A su lado se
pusieron los Kinobalanos21, enviados por los habitantes de Sirio, en número de cinco mil. Son
hombres con cabeza de perro, que combatían bajo grandes bellotas con alas. Decíase que faltaban
algunos auxiliares, los honderos de la Vía láctea y los Nefelocentauros 22. Estos llegaron cuando la
batalla estaba empeñada (¡ojalá no hubieran venido!) Los honderos no parecían, por lo cual se dice
que Faetón, irritado, abrasó su país más adelante. Con estas fuerzas se apercibía a combatir el rey
del Sol.
17. Llega el momento de pelear: yérguense las enseñas militares; los asnos de ambos ejércitos
rebuznan, pues los usan para clarines, y comienza la batalla. El ala izquierda de los Heliotos 23 huye,
sin poder resistir el empuje de los Hipogipos, y la perseguimos haciendo gran matanza: su derecha,
en cambio, arrolla nuestra izquierda y los Aeronócopos la atacan y llegan en su persecución hasta
nuestra infantería. Adelántase ésta para auxiliarla, y los obliga a retirarse en desorden, sobre todo al
comprender que su izquierda ha sido vencida. La fuga es general: son hechos prisioneros muchos, y
muchísimos son muertos, y la sangre llueve copiosamente sobre las nubes, que toman ese tinte
rojizo con que se coloran cuando el sol se pone. Mucha cayó hasta la tierra, por lo cual creo que
algún acontecimiento semejante, ocurrido en otra ocasión en las regiones celestes, sería el que hizo
pensar a Homero que Júpiter llovía sangre por la muerte de Sarpedonte24.
18. Vueltos de la persecución, levantamos dos trofeos, uno sobre la tela de araña, por el
combate de la infantería, otro en las nubes, conmemorativo de nuestra victoria aérea. En el
momento de concluirlos, anuncian los vigías la llegada de los Nefelecentauros, que debían haber
venido a auxiliar a Faetón antes de la batalla. Al acercarse, nos dejó por de pronto estupefactos la
vista de aquellos seres, mitad hombres y mitad caballos con alas. Su grandor es tal, que la parte
humana iguala a la mitad superior del Coloso de Rodas, y la de caballo al mayor navío mercante. Su
número tan grande, que no lo consigno, por temor de que no se me crea. Mandábalos el Sagitario
del Zodiaco. Apenas supieron la derrota de sus amigos, enviaron a decir a Faetón que reanudase el
combate; fórmanse ellos en batalla; caen sobre los Selenitas 25 desbandados, errantes y dispersos en
la persecución y despojo de los enemigos. Ponen en dispersión a todos; persiguen hasta la ciudad a
Endimión, y le matan casi todas las aves de combate. Derriban después los trofeos, recorren todo el
campo fabricado por las arañas y me llevan cautivo con dos de mis compañeros. Faetón llega en
aquel instante. Erigen otros trofeos nuestros vencedores, y nos llevan en el mismo día prisioneros a
los dominios del Sol, atadas atrás las dos manos con un hilo de araña.
19. No quisieron poner sitio a la ciudad. Limitáronse a volver y a construir en el espacio un
muro que impidiese a los rayos del Sol llegar hasta la Luna; este muro era doble y hecho de nubes;
y produjo en la Luna un eclipse total, y obscuridad perpetua. Endimión, agobiado por estos males,
envió una embajada suplicando que se derribase el muro y que no le hiciesen vivir en las tinieblas.
Prometía pagar tributos a Featón, ser su aliado, no hacerle la guerra, y ofrecía rehenes en prenda del
tratado. Faetón reunió dos veces su consejo: en la primera junta, llenos de ira, no cedieron en nada;
en la segunda opinaron de otro modo, y se ajustó la paz en estos términos:
20. «Se hace un tratado entre los Heliotas y sus aliados y los Selenitas y los suyos, con las
condiciones siguientes: los Heliotas demolerán el muro de interposición; no harán nuevas
irrupciones en la Luna, y devolverán los prisioneros mediante el rescate convenido para cada uno.
Los Selenitas por su parte respetarán la autonomía de los demás astros; no harán la guerra a los
Heliotas, auxiliándose mutuamente en lo sucesivo ambas naciones; el Rey de los Selenitas pagará al
de los Heliotas un tributo anual de diez mil ánforas de rocío y le dará en rehenes igual número de
súbditos. La colonización del Lucero matutino se hará en común por los que quieran de cada
pueblo. El tratado se grabará en una columna de ámbar, puesta en el aire, en el límite de ambos
estados. Han jurado, por los Heliotas: Pirónides, Tirites y Flogio 26; por los Selenitas: Níctor, Menio
y Polilampes27.»
21. Así se hizo la paz. El muro fue demolido y nosotros entregados. Cuando volvimos a la
Luna salieron a recibirnos nuestros compañeros, y nos abrazaron llorando. Lo mismo hizo
Endimión, el cual nos rogó que permaneciésemos a su lado y que nos estableciésemos en la colonia:
me prometió, además, la mano de su hijo, porque allí no hay mujeres. No me dejé persuadir, y le
supliqué que nos bajase al mar. Viendo que no podía convencerme, nos dejó partir al cabo de siete
días de obsequios.
22. Durante mi permanencia en la Luna, vi cosas estupendas y peregrinas, que voy a referir.
En primer lugar, allí no nacen de mujeres, sino de hombres: los matrimonios se verifican sólo entre
varones, pues ni siquiera de nombre saben lo que es mujer. Hasta los veinticinco años hacen todos
de esposas, y desde esta edad el opuesto papel. La gestación no se verifica en el vientre, sino en la
pantorrilla: verificada la concepción, la pantorrilla aumenta de volumen; poco después, en el plazo
conveniente, la sajan, y extraen un niño muerto; lo cuelgan al aire con la boca abierta, y así le dan
25 De Σελήνη, luna.
26 Pironides, de πὔρ, πυρός, fuego; Terites, de θέρος, estío; Flogio, de φλὸξ, φλογός, llama. En latín Igneus, Aestivus,
Flammeus.
27 Nictor, de νύξ, νυκτός, noche; Menio, de μήν, μηνὸς, mes; Polilampo, de πολύς, mucho, y λαμπας, lámpara. En
latín Nocturnus, Menstruus y Multilucius.
8
vida. De esto proviene, a mi ver, el nombre griego gastrocnemia28, pues la pantorrilla, en vez del
vientre, es la preñada allí. Pero aun contaré una cosa mayor. Hay en la Luna una casta de hombres
llamados Dendrites29, que nacen como voy a decir: cortan el testículo derecho de un hombre y lo
plantan en tierra; nace de él enseguida un árbol grande y carnoso, como un falo, echa hojas y ramas:
y sus frutos son bellotas de un codo de magnitud. Cuando están maduras, las cogen y sacan
hombres de ellas. Sus partes genitales son postizas; unos las tienen de marfil, otros, los pobres, de
madera; y cumplen con ellas lo relativo a la procreación.
23. Cuando un hombre llega a la vejez, no muere, sino se disuelve en el aire, como el humo.
Comen todos lo mismo: encienden fuego, y asan sobre las ascuas ranas volátiles, que se crían allí en
gran cantidad. Siéntanse en derredor del fuego como si fuera una mesa, aspiran el olor del asado y
así se regalan. Este es su alimento sólido. Su bebida consiste en aire comprimido en un vaso, en el
que da un líquido semejante al rocío. No orinan, ni defecan, ni tienen, como nosotros, conductos
para el caso. Sus muchachos no son accesibles al amor sino por las pantorrillas, donde está la
gastrocnemia. Entre ellos es hermoso ser calvo y no tener ni un pelo, pues tienen por las cabelleras
verdadero horror. En cambio en los Cometas, según contaron algunos viajeros, gozan los cabelludos
de mucha estimación. La barba les llega casi hasta la rodilla: carecen de uñas en los pies, y tienen
todos un solo dedo. Sobre las nalgas les nace una gran berza, a manera de cola, siempre verde, y
que no se rompe aunque caigan de espaldas.
24. De la nariz les fluye una miel acre; y cuando trabajan o se ejercitan, todo su cuerpo suda
leche, con la cual fabrican quesos, echándole un poquito de miel. Extraen de la cebolla un aceite
muy craso, aromático como un perfume. Tienen muchas viñas que dan agua, con uvas como
granizos; por lo cual creo yo que cuando el viento las agita, cae en nuestra Tierra el granizo, que
procede de aquellos racimos desgranados. El vientre les sirve de alforja, donde guardan cuanto
necesitan, pues lo pueden abrir y cerrar a voluntad: no se ven en él intestinos, ni hígado, sino que es
velloso y peludo por dentro, tanto que los recién nacidos se meten en él si tienen frío.
25. El vestido de los ricos es de cristal blando; el de los pobres un tejido de cobre: aquella
región produce mucho este metal, que trabajan como lana mojándolo un poco. Respecto a los ojos,
no sé si decir cómo los tienen, pues temo que por lo increíble de la cosa sospechen que miento.
Diré, sin embargo, esto. Los tienen separables, y el que quiere se los quita hasta que necesite ver
algo: entonces se los ponen y ven. Muchos cuando pierden sus ojos compran los de otros, y miran
con ellos. Los ricos suelen tener muchos de repuesto. Tienen las orejas de hoja de plátano, excepto
los nacidos de bellotas, que las tienen de madera.
26. En el palacio real vi otro prodigio. Era un grandísimo espejo colocado sobre un pozo no
muy profundo. Quien baja al pozo oye todo cuanto se dice en nuestra Tierra, y el que mira al espejo
ve todas las ciudades y todas las naciones como si estuviese en medio de cada una. Yo vi también a
mi familia y toda mi patria: no puedo asegurar si me verían a mí. Quien no lo crea, vaya allí, y verá
que digo la verdad.
27. Después de haber saludado al rey y a sus amigos nos embarcamos y partimos. Endimión
nos regaló dos túnicas de cristal y cinco de cobre, y una armadura completa de altramuces, pero
todo me lo dejé en la ballena. Nos dio también una escolta de mil Hipogipos, que nos acompañaron
quinientos estadios.
28. En la navegación costeamos otros muchos países, y arribamos al recién colonizado Lucero
matutino, donde desembarcamos para tomar agua. Dirigímonos al Zodiaco, dejando a la izquierda el
Sol, y navegamos casi a flor de tierra, pero sin poder bajar a ella, a pesar del vivo deseo de mis
amigos, por impedírnoslo el viento. Divisamos, sin embargo, una región verde, fértil, abundante en
agua, y llena de muchos bienes. Viéronnos, entonces, los Nefelocentauros, mercenarios de Faetón, y
volaron a nuestra nave; pero enterados de que estábamos comprendidos en la alianza, se retiraron.
29. También se habían retirado ya los Hipogipos. Navegamos una noche y un día, y al caer de
la tarde, después de habernos dirigido hacia abajo, llegamos a Licnópolis 30. Esta ciudad se halla
situada en el aire entre las Pléyades y las Hiades, bastante más abajo que el Zodiaco.
Desembarcamos y no vimos hombre alguno, sino muchas lámparas que andaban por la plaza y por
el puerto. Unas eran pequeñas, o como si dijéramos pobres; otras, pocas (los ricos y poderosos),
muy claras y brillantes. Tenía cada cual su habitación o linterna, y su nombre, como las personas.
Las oímos hablar. Lejos de hacernos daño, nos brindaron hospitalidad. Pero no nos atrevimos a
aceptarla, ni a cenar ni dormir ninguno. El palacio del rey se levanta en medio de la ciudad. El
príncipe está sentado en él toda la noche, llamando por su nombre a cada una, y la que no responde
es condenada a muerte, por abandono de su puesto. La muerte es ser apagada. Fuimos al palacio y
vimos lo que ocurría, y oímos las defensas de muchas que exponían la causa de su tardanza.
Reconocí entre ellas la lámpara de mi casa; le pregunté cómo estaba mi familia, y me dio noticias
de todo. Permanecimos allí aquella noche. Zarpamos al día siguiente y navegamos cerca de las
nubes. Descubrimos en ellas y admiramos la ciudad de Nefelecoccigia 31, pero no desembarcamos
por ser contrario el viento. Decíase que reinaba actualmente en ella Corono, hijo de Cotifión 32.
Recordé al poeta Aristófanes, hombre docto y veraz, a cuyos escritos se intenta inútilmente no dar
crédito. A los tres días vimos ya distintamente el Océano; pero ninguna tierra fuera de las del aire, y
éstas de color de fuego, y sumamente brillantes. A la mitad del cuarto día, el viento cedió y cesó
suavemente, y bajamos al mar.
30. Cuando tocamos el agua, ¡qué placer y qué alegría sentimos! Ante el gozo presente, lo
dimos todo por bien empleado; nos arrojamos al mar y nadamos. El tiempo estaba sereno y la mar
tranquila. Pero a menudo el mejoramiento de suerte suele ser principio de males mayores; porque
tras dos días de navegación plácida, al salir el sol del tercero, se presentaron de repente infinidad de
monstruos marinos y ballenas, de las cuales la mayor era de mil quinientos estadios. Venía hacia
nosotros nadando con la boca abierta, revolviendo el mar a gran distancia, levantando montes de
espuma, y mostrando los dientes, mucho mayores que nuestros falos, agudos como picas, y blancos
como el marfil. Nos dirigimos la postrer palabra, nos abrazamos y esperamos. Llegó la ballena y
nos tragó con nave y todo. Sin embargo, no nos hizo pedazos entre los dientes, y la nave se deslizó
por sus instersticios.
31. Dentro ya, estaba obscuro al principio y nada veíamos. Después, cuando abrió la boca el
cetáceo, vimos una gran caverna, muy alta y muy ancha, y capaz de contener una ciudad con diez
mil moradores. En el centro había un montón de peces pequeños, de restos de animales diversos, de
velas y ancoras de navíos, de huesos humanos y de cargamentos, y en el mismo lugar tierra y
colinas, formadas, a mi parecer, por el limo que la ballena deglutía. Habíase formado en ellas una
selva con árboles de toda especie; crecían también legumbres lozanas, y todo se asemejaba a un
campo en buen cultivo. El perímetro de aquella tierra era de doscientos cuarenta estadios. Veíanse
también aves marinas, gaviotas y alciones que criaban sus pollitos en los árboles.
32. Entonces lloramos copiosamente. Animo, por fin, a mis compañeros, anclamos la nave,
hacemos fuego por medio del pedernal, y preparamos la cena con lo que hallamos a mano: había
por allá peces de toda clase en abundancia, y nos quedaba todavía agua del Lucero matutino. Al día
siguiente, al levantarnos, siempre que abría la boca la ballena, veíamos unas veces tierras, otras
montes, otras sólo cielo, y a menudo islas, y conocíamos por esto que el monstruo recorría
rápidamente todos los mares. Habituados ya a nuestra morada, penetro en la selva con siete
compañeros para explorarlo todo. No habría andado cinco estadios 33, cuando encuentro un templo
consagrado a Neptuno, como su inscripción indicaba, y poco más lejos, muchos sepulcros con sus
cipos, todos cerca de una fuente de agua muy clara. Oímos además el ladrido de un perro, y vimos
humo a distancia , de lo cual colegimos que había por allí alguna casa.
33. Avanzamos rápidamente, y hallamos a un anciano y a un joven que trabajaban con afán en
una huerta, y en dirigir a ella el agua de la fuente. Alegres y espantados a la vez, nos detenemos:
ellos, conmovidos, como es de suponer, por iguales sentimientos que nosotros, se detienen también,
sin decir una palabra. Pasado un momento, pregunta el anciano: «¿Quiénes sois, extranjeros? ¿Sois
dioses marinos o mortales infortunados como nosotros? Porque nosotros somos hombres,
habitadores un día de la tierra y hoy del mar, en que nadamos dentro del monstruo que nos encierra ,
sin saber a ciencia cierta nuestra suerte; pues pensábamos que habíamos muerto, y creemos, sin
embargo, que vivimos.» Le respondí: «Nosotros, anciano, somos hombres recién venidos, tragados
antes de ayer con nuestra nave. Ahora veníamos a reconocer esta selva, que nos ha parecido dilatada
y frondosa. Un dios, sin duda, nos ha guiado para que te viéramos, y supiésemos que no éramos los
únicos encerrados en el monstruo. Pero cuéntanos tus aventuras; dinos quién eres y cómo has
entrado. Él repuso que nada nos diría ni nos oiría antes de que recibiésemos los dones de la
hospitalidad de que disponía; y cogiéndonos de la mano nos lleva a una casa que había logrado
hacer bastante cómoda, con sus lechos y otros muebles necesarios. Nos sirvió allí frutas, legumbres,
peces y vino, y después de saciado el apetito, preguntó qué nos había sucedido, y yo le referí, sin
omitir detalle, la tempestad, las aventuras de la isla, la navegación, la batalla y todo lo demás hasta
nuestra bajada a la ballena.
34. Lleno de admiración, comenzó el anciano a su vez la narración de sus aventuras.
«Extranjeros, dijo, yo soy natural de Chipre. Salí de mi patria, por negocios de comercio, con este
hijo que aquí veis y muchos servidores, y me dirigí a Italia, llevando mi cargamento en un gran
navío, cuyos restos habréis visto, quizá , en la boca de la ballena. Nuestra navegación fue feliz hasta
Sicilia. Asaltados allí por un fuerte viento, fuimos llevados en tres días al Océano, donde
encontramos esta ballena, y fuimos tragados los hombres y la nave, muriendo todos nuestros
compañeros y salvándonos nosotros dos sólo. Sepultamos nuestros muertos y erigimos un templo a
Neptuno, y empezamos a vivir cultivando legumbres en el huerto y comiendo, además, frutas y
peces. Esa selva, como veis, es muy extensa y tiene también muchas vides que dan vino gratisimo;
y ya habréis visto quizá una fuente de agua muy fría y clara. Hacemos la cama de hoja , tenemos
mucho fuego, cazamos las aves que vuelan en derredor nuestro, y pescamos peces vivos
metiéndonos por las branquias del cetáceo, en las cuales nos bañamos también cuando queremos.
No lejos de ellas hay, en efecto, una laguna de agua salada, como de veinte estadios 34 de circuito,
con peces de toda clase, en la cual nadamos, y nos paseamos en un pequeño esquife que yo he
hecho. Han pasado veintisiete años desde que fuimos tragados.
35. »Nuestra situación sería, sin embargo, tolerable; pero nuestros vecinos, que habitan cerca
de nosotros, son intratables, molestos, insociables y muy fieros.—¡Cómo!, le dije, ¿hay otros
habitantes en el cetáceo?—Muchos, me respondió, y muy inhospitalarios, y de horrible aspecto. Al
Occidente de la selva, hacia la cola, habitan los Taricános 35, gente de ojos de anguila y cara de
cangrejo, guerrera, audaz y crudívora. Al otro lado, hacia el costado derecho, están los
Tritonomendetes36, semejantes al hombre en la parte superior de su cuerpo, y en la inferior a la
comadreja. Son los menos feroces. En la izquierda viven los Carcinoquiros 37 y los Tinnocéfalos38,
unidos por una alianza ofensiva y defensiva. La parte media está ocupada por Pagúridas 39 y
Psetópodos40, raza batalladora y velocísima. Los países orientales, próximos a la boca, están casi
desiertos por motivo de las inundaciones marítimas. Yo disfruto de esta parte mediante un tributo de
quinientas ostras que pago anualmente a los Psetópodos.
36. Tal es el país. Tenemos que defendernos contra toda esa gente, y ver cómo nos
procuramos la subsistencia.―¿Cuántos son?, le pregunté.―Más de mil, dijo.―¿Qué armas tienen?
―Ninguna, sólo emplean espinas de pescados.―Pues lo mejor será atacarlos, ya que no tienen
armas y nosotros las tenemos. Porque si vencemos, podremos en adelante vivir tranquilos.» Así se
acordó, y fuimos a la nave a hacer nuestros preparativos. Motivo de la guerra sería el negarse al
pago del tributo, cuyo plazo vencía por suerte entonces. Ellos enviaron embajadores para cobrarlo,
y el anciano los despidió con altanería. Los Psetópodos y los Pagúridas, furiosos, vinieron los
primeros en tumulto contra Escintaro (así se llamaba el anciano).
37. En previsión del ataque, esperábamos armados y dispuestos, después de haber enviado
una avanzada de veinticinco hombres con orden de mantenerse emboscados hasta que el enemigo
los rebasase. Hiciéronlo así; cayeron sobre la retaguardia enemiga y la destrozaron. Nosotros, en
igual número de veinticinco, pues Escíntaro y su hijo se nos habían agregado, les salimos al
encuentro, y atacándolos vigorosa y denodadamente, trabamos un combate dudoso. Por fin les
hicimos huir, y les perseguimos hasta sus cavernas. El enemigo tuvo ciento setenta muertos:
nosotros solamente uno, el piloto, al que una especie de salmonete atravesó el costado.
38. Permanecimos aquel día y la noche siguiente en el campo de batalla, en el cual erigimos
un trofeo hecho con la seca espina dorsal de un delfín. Al otro día, los restantes, sabedores de lo
ocurrido, se presentan, ocupando el ala derecha los Tarícanos, a las órdenes de Pelamo 41; la
izquierda, los Tinnocéfalos, y el centro los Carcinoquiros. Los Tritonomendetes no se habían
movido y permanecían neutrales. Les salimos al encuentro cerca del templo de Neptuno. Les
acometimos dando grandes gritos, que retumbaban como en una caverna en el vientre del cetáceo.
Les hicimos huir por falta de armas, los perseguimos por la selva, y dominamos, por fin, la
comarca.
39. Poco después nos envían heraldos para recoger los muertos y hacer amistoso pacto. Nos
negamos a admitir tregua alguna, y al día siguiente invadimos sus tierras y damos muerte a todos,
excepto a los Tritonomendetes. Pero éstos, viendo lo ocurrido, saltan al mar, corriendo por las
branquias del cetáceo. Recorrimos todo el país, limpio ya de enemigos, y vivimos en él
tranquilamente, dedicados a diversos ejercicios, cazando mucho, cultivando las viñas y recogiendo
la fruta de los árboles, lo mismo, en fin, que personas que viven regaladas y libremente en una
cárcel inmensa, de donde es imposible fugarse. Así pasamos un año y ocho meses.
40. En el quinto día del noveno mes, hacia la segunda apertura de la boca de la ballena, pues
es de advertir que el cetáceo abría la boca a cada hora, lo que nos servía para medir el día; a la
segunda apertura, digo, oímos de repente un gran tumulto y gritería, como de maniobra y voces de
remeros. Turbados, como es natural, nos arrastramos hasta la boca del monstruo, y desde los huecos
de los dientes contemplamos el más extraño y maravilloso espectáculo que en mi vida he visto:
unos hombres como de medio estadio de altura, navegando, como en trirremes, sobre grandes islas.
Comprendo que esto parecerá increíble, pero lo diré, sin embargo. Las islas eran más largas que
altas, y tendría cada una sobre cien estadios de circuito. Las tripulaban ciento veinte de aquellos
37 De καρκίνος, cangrejo, y χείρ, mano: Cancrimani.
38 De θύννος, atún, y κεφαλή, cabeza: Thunnicipites.
39 De πάγος, costra y οὐπα, cola.
40 De ψῆττα, especie de rodaballo, y ποῦς, ποδός, pie: Rhombipedes.
41 De πηλαμύς, especie de atún.
12
gigantes. Unos, sentados a lo largo de la orilla, manejaban, a guisa de remos, grandes cipreses con
hojas y ramas; detrás, como en la popa, el piloto sobre una alta colina, manejaba el timón de bronce,
de un estadio de largo; en la proa, cubiertos de armas y como apercibidos a combatir, iban unos
cuarenta guerreros, enteramente iguales a los hombres, excepto en las cabelleras, que eran de fuego
y flameantes, por lo cual no necesitaban de casco. En vez de velas, cada isla tenía en el centro un
bosque espesísimo, en el cual penetraba el viento, llevándola a donde el piloto quería. Tenían un
jefe de remeros, y éstos trabajaban con vigor, como se acostumbra para mover los grandes navíos.
41. Al principio sólo veíamos dos o tres; después aparecieron unas seiscientas, que,
separándose en dos escuadras, comienzan un combate marítimo. Atácanse muchas proa a proa; la
violencia del choque echa a pique gran número; enlázanse otras fuertemente, y con dificultad se
sueltan; los combatientes de las proas alardean de audacia, saltan a las naves enemigas y matan sin
compasión. No se hace ningún prisionero. En vez de férreas mazas, arrójanse madejas de pulpos
enormes que, agarrándose a las selvas, detienen las islas; y se hieren con ostras grandes como
carros, y esponjas de la extensión de una yugada.
42. Mandaba una de las escuadras Eolocentauro42, y la otra Talasópotes43. Un robo era, al
parecer, la causa de la guerra. Decíase que Talasópotes había quitado a Eolocentauro muchos
rebaños de delfines. Así lo comprendimos por los gritos de los combatientes, que nos hicieron saber
también el nombre de los caudillos. Vencen, por fin, los soldados de Eolocentauro, que echa a pique
cerca de ciento cincuenta islas enemigas, y apresa tres con todos sus tripulantes. El resto huye, con
las popas quebradas. Los vencedores las persiguen algún tiempo, y vuelven a la tarde al sitio del
naufragio. Apodéranse de los restos de las naves enemigas y recuperan sus propios bienes, pues no
habían perdido menos de ochenta de las suyas. Erigen luego un trofeo conmemorativo de esta
batalla de islas, colgando una de los enemigos en la cabeza de la ballena. Pasan aquella noche junto
al cetáceo, sujetando en él sus amarras, sus fuertes áncoras de cristal muy grueso, y a la mañana
siguiente, después de ofrecer un sacrificio encima de la ballena y de enterrar en ella sus muertos,
parten gozosos, entonando una especie de himno de victoria. Así fue la batalla de islas.
LIBRO SEGUNDO
viene sin duda el nombre de Felópodos 46. Nos asombraba el que no se hundiesen en el agua, sobre
la cual se sostenían y caminaban sin miedo. Algunos se nos acercaron y nos saludaron en lengua
griega, diciéndonos que se dirigían a Felo, su patria, y nos acompañaron algún tiempo, corriendo
junto al navío. Luego cambiaron de dirección, y se despidieron de nosotros deseándonos feliz viaje.
Poco después vimos varias islas, y cerca de nosotros, a la izquierda, la de Felo, adonde aquéllos se
dirigían aprisa. Es una ciudad construida sobre un grandísimo corcho redondo. A lo lejos, un poco
más a la derecha, distinguimos cinco islas muy grandes y elevadas, de las cuales salía un fuego
continuo.
5. Hacia la proa había una ancha y baja, a unos quinientos estadios. Nos acercamos a ella, y
percibimos un olor admirable, suave y gratísimo, como el que dice que sale de la Arabia Feliz el
historiador Heródoto47. El perfume que regalaba nuestro olfato era tan suave como una mezcla de
rosa, narciso, jacinto, azucena, violeta, mirra, laurel y flor de vid. Deleitados por él, esperamos
hallar la dicha tras largos trabajos. Nos acercamos a la isla. La vemos llena de puertos grandes y
seguros, surcada de diáfanos ríos que desaguan plácidamente en el mar, y embellecida por praderas
y bosques. Infinitas aves de melodiosa voz cantan sin cesar en las orillas y en los árboles. Un aire
leve y suavísimo cercaba la comarca; las más dulces brisas removían blandamente las selvas y
producían entre el follaje prolongados y dulcísimos sonidos, semejantes a los de flautas oblicuas en
lugares solitarios. Mezclábase a ellos un rumor no desacorde y tumultuoso, sino como el que se
produce en un banquete, cuando a las notas de flautas y de cítaras se mezclan alabanzas y aplausos.
6. Arribamos, hechizados por todas estas cosas; anclamos en el puerto y desembarcamos,
dejando en la nave a Escíntaro, con dos compañeros. Nos adelantamos por un prado florido, y unos
guardas nos apresan y nos llevan al rey, atados con guirnaldas de rosas, que son las cadenas más
duras que allí se conocen. En el camino nos dijeron que aquella era la isla de los Bienaventurados,
regida por el cretense Radamanto. Nos presentaron a él, y se señaló para nuestra causa el cuarto
turno.
7. El primer juicio era el de Ayax de Telamón, sobre si había de ser admitido entre los héroes.
Se le acusaba de haberse suicidado en un arrebato de ira. Por fin, después de muchas alegaciones
por ambas partes, falló Radamanto que se le hiciese beber el heléboro y se le entregase al médico de
Cos, Hipócrates, y que cuando recobrase la razón se le admitiera al banquete.
8. El segundo juicio era una cuestión de amores. Teseo y Menelao litigaban acerca de Helena,
a cuya posesión aspiraban ambos. Radamanto se la adjudicó a Menelao, en atención a los muchos
trabajos y peligros que había sufrido con motivo de su matrimonio. Teseo, por otra parte, ya tenía
otras mujeres, la Amazona aquella y las hijas de Minos.
9. El tercero fue sobre preferencia entre Alejandro, hijo de Filipo, y el cartaginés Aníbal. Se
sentenció a favor de Alejandro, a quien se puso silla junto a Ciro I de Persia.
10. En cuarto lugar fuimos llamados nosotros. Se nos preguntó por qué causa habíamos
penetrado, aun vivos, en la región sagrada. Nosotros referimos todas nuestras aventuras. Ordenó
Radamanto que nos apartásemos un poco, y trató de nuestro asunto con algunos asesores. Estaban
presentes muchos, entre ellos el ateniense Arístides el Justo. Conforme a su parecer, se decretó que
a nuestra muerte se nos impondría por nuestra curiosidad y viaje el condigno castigo, y que por de
pronto pudiéramos detenernos en la isla y disfrutar del banquete de los héroes durante un plazo
determinado, pasado el cual partiríamos. Se dispuso que nuestra permanencia no podría exceder de
siete meses.
11. Entonces las guirnaldas que nos sujetaban se desataron por sí mismas, y fuimos llevados a
la ciudad y al festín de los Bienaventurados. Esta ciudad es toda de oro y la rodea un muro de
esmeralda. Tiene siete puertas, cada una de un solo trozo de cinamono: el pavimento es, de murallas
adentro, de marfil; todos los templos de los dioses están fabricados de berilo, y en sus aras, hechas
de una gran amatista, se inmolan hecatombes. Corre en derredor de la ciudad un río de perfumes: su
aroma es deleitoso; su anchura de cien codos regios, y su profundidad de cincuenta, de modo que se
nada en él perfectamente. Los baños son allí magníficos edificios de cristal, perfumados con
cinamomo: en vez de agua, las cisternas están llenas de rocío templado.
12. Usan trajes de sutilísimas telas de araña, teñidas de púrpura. Los bienaventurados no
tienen cuerpo, son impalpables, carecen de carne, son pura apariencia, y sin embargo de su carencia
de cuerpo, pueden estar de pie, moverse, pensar y hablar, pareciéndose, en suma, a un alma vestida
con una apariencia de cuerpo. Si no se les toca, no se convence uno de que aquello que ve no es
realmente cuerpo, pues son a modo de sombras erguidas, pero no sombras negras. Ninguno
envejece; todos conservan la edad que tenían a su llegada. Allí no hay noche, ni día del todo claro.
Un crepúsculo parecido al de la aurora, predecesora del sol, alumbra aquella tierra. Conocen una
sola estación en el año: allí es siempre primavera; y siempre sopla el mismo viento, el céfiro.
13. El campo está lleno de toda clase de flores y de plantas cultivadas y silvestres. La vid
fructifica doce veces al año, y se las vendimia una vez todos los meses. Los melocotoneros, los
manzanos y los demás frutales decían que daban anualmente trece cosechas, una doble en el mes
consagrado a Minerva. En vez de trigo, las espigas producen panes que se pueden comer sin más,
como los hongos. Alrededor de la ciudad hay trescientas sesenta y cinco fuentes de agua, otras
tantas de miel, quinientas de perfumes, aunque éstas más pequeñas, siete ríos de leche y ocho de
vino.
14. Destinado a festines, hay fuera de la ciudad un paraje llamado el Campo Elíseo. Es un
prado hermosísimo, rodeado de muchos árboles frondosos, a cuya sombra se tienden los convidados
sobre alfombras de flores. Los vientos están encargados de todo el servicio del banquete, menos de
escanciar el vino. Para esto no hacen falta, porque en torno del festín hay grandes árboles del cristal
más diáfano, llenos de frutos de diversas formas y tamaños que sirven para copas. Cada comensal,
al acercarse al banquete, coge una o dos de estas copas, las coloca delante de sí, y al momento se
llenan de vino, y así beben. En vez de coronas, los ruiseñores y otras aves cantoras dejan caer de sus
picos sobre los convidados flores recogidas en las vecinas selvas, y las esparcen como si fuesen
nieve, cantando y revoloteando al mismo tiempo. Perfúmase también de este modo: nubes densas
absorben los aromas de las fuentes y del río, se suspenden después sobre el lugar del convite, y
suavemente comprimidas por los vientos, llueven una especie de finísimo rocío.
15. La música y el canto amenizan el convite. Cántanse principalmente versos de Homero,
que se halla presente, y participa del festín, recostado un poco más arriba que Ulises. Los coros son
de muchachos y doncellas: los dirigen y conciertan Eunomo de Locres 48, Arión de Lesbos49,
Anacreonte y Estesícoro. Vi, en efecto, a éste, reconciliado ya con Helena. Cuando termina este
primer coro, viene otro de cisnes, golondrinas y ruiseñores. Mientras cantaba éste, toda la selva,
dirigida por los vientos, hacía un acompañamiento de flautas.
16. Pero lo que hace más agradables los festines, es que cerca del lugar donde se verifican hay
dos fuentes, una del Placer y otra de la Risa, de las cuales beben todos los comensales al principiar
el banquete, y pasan el resto de él llenos de placer y de risa.
17. Quiero deciros también todos los grandes hombres que allí he visto. Todos los semidioses
y los jefes de la guerra contra Troya, excepto Ayax de Locres, el cual era el único, decían, que
estaba castigado en el lugar de los impíos 50. De los bárbaros estaban los dos Ciros, el escita
48 Músico famoso.
49 Músico natural de Metimna en la isla de Lesbos. Se le atribuye la invención o el perfeccionamiento del ditirambo.
50 Por haber violado a Casandra.
16
Anacarsis, el tracio Zamolxis y el italiano Numa, y además Licurgo de Lacedemonia, los atenienses
Foción y Telo, y los sabios, a excepción de Periandro. Vi también a Sócrates, hijo de Sofronisco,
conversando con Néstor y Palamedes; y a su alrededor al lacedemonio Jacinto, al tespiense Narciso,
a Hilas y a otros muchos jóvenes hermosos. Me pareció prendado de Jacinto, pues todas las
apariencias parecían demostrarlo. Radamanto, según se decía, estaba muy irritado contra Sócrates, y
le había amenazado muchas veces con expulsarle de la isla, si no cesaba en su charla, y si durante el
festín no dejaba su perpetua ironía. Sólo faltaba Platón, el cual vive en su ciudad imaginaria usando
de la república y de las leyes por él escritas.
18. Aristipo y Epicuro disfrutaban de los más distinguidos honores, en consideración a su
dulzura, a su gracia, y a sus excelentes condiciones para comensales. Estaban también el frigio
Esopo, sirviendo de bufón a los demás, y Diógenes de Sínope, pero tan cambiado de costumbres
que se había casado con la cortesana Lais, y ebrio con frecuencia, se levantaba para bailar y hacía
todas las locuras propias de la embriaguez. No había ningún estoico: decíase que aun estaban
subiendo la ardua cuesta de la virtud. De Crisipo se susurraba que el ingreso en la isla le estaba
prohibido hasta que tomase el heléboro por cuarta vez, y de los académicos, que deseaban venir,
pero que se abstenían todavía y consideraban, por no haber podido comprender aún si realmente
existía la isla. Por otra parte, como niegan todo criterio, temen el juicio de Radamanto, a mi ver.
Contábase, sin embargo, que muchos habían tomado carrera para seguir a los que venían acá, pero
que desmayaron antes de conseguir la comprensión, y a mitad de camino se volvieron atrás.
19. Estos eran los presentes más dignos de mención. Honran en primer término a Aquiles, y a
Teseo después. Expondré ahora lo que piensan acerca de los placeres del amor. Hombres ó mujeres
se mezclan públicamente, en presencia de todos, no viendo en ello ninguna liviandad. Sólo Sócrates
protestaba con juramento de la pureza de su intención, pero la opinión de que juraba en falso era
muy común. Muchas veces Jacinto y Narciso lo confesaban, pero él se obstinaba en negar. Todas las
mujeres son comunes, y nadie tiene celos del vecino, siendo en esto platónicos a carta cabal. Los
muchachos son muy amables y no niegan ningún favor.
20. Aun no habían pasado dos o tres días, cuando me acerqué al poeta Homero, y estando los
dos sin qué hacer, le pregunté, entre otras cosas, de dónde era, diciéndole que ésta era entre nosotros
una obscurísima cuestión. Él contestó que ya sabía que unos le creían natural de Quíos 51, otros de
Esmirna y muchos de Colofón, pero que era de Babilonia, y que en su país no se llamaba Homero,
sino Tigranes; pero hallándose en rehenes52, en Grecia, cambió de nombre después. Preguntéle
además si había escrito los versos que solían quitarse de sus poemas, y me dijo que eran de él, por
lo cual no pude menos de censurar las insulsas discusiones de los gramáticos Aristarco y Zenódoto.
Satisfecha en este punto mi curiosidad, volví a preguntarle por qué había principiado su poema por
la palabra venganza, y él me dijo que porque era la primera que se le había ocurrido sin pensar.
Insistí en si, como muchos piensan, había escrito la Odisea antes que la Iliada, y contestó que no.
Respecto a que no fue ciego, como se asegura, lo sabía por mí mismo, pues tenía hermosa vista, lo
cual excusaba mi interrogación. Otras muchas veces cuando lo hallaba desocupado, le dirigí
preguntas y él me respondía siempre con prontitud, sobre todo desde que había sido absuelto de una
acusación. Térsites había presentado contra él querella de injurias por las burlas del poema; pero
Homero, defendido por Ulises, obtuvo la absolución.
21. Por aquel tiempo llegó el samio Pitágoras, metamorfoseado siete veces, después de haber
vivido en otros tantos cuerpos y de haber recorrido todos los períodos señalados al alma. Todo su
lado derecho era de oro. Se le juzgó digno de admiración, dudándose únicamente sobre si se le
51 Siete ciudades, según un antiguo dístico, se disputaban la gloria de ser cuna de Homero: Esmirna, Quios, Colofón,
Salamina, Ios, Argos y Atenas.
52 Ὅμηρος significa rehenes.
17
llamaría Pitágoras o Euforbo. Vino también Empédocles lleno de quemaduras y con todo el cuerpo
asado. No fue admitido a pesar de sus súplicas.
22. Andando el tiempo llegó el de celebrar los juegos allí llamados de las Tanatusias53. Aquiles
los presidía por quinta vez, y Teseo por séptima. Sus detalles serían largos de referir, y contaré sólo
lo más importante. El heráclida Caro venció en la lucha, ganando la corona a Ulises, que se la
disputaba. En el pugilato quedaron iguales los dos contendientes, Epeo y el egipcio Ario, cuyo
sepulcro está en Corinto. No hay allí premio para el pancracio: el de la carrera no recuerdo quién lo
consiguió. Entre los poetas, aunque Homero sobresalía realmente mucho por encima de Hesiodo,
fue éste declarado vencedor. Los premios de todos los certámenes son coronas hechas con plumas
de pavo real.
23. Apenas terminados los juegos, anuncian que los que sufrían castigos en el lugar de los
réprobos habían roto sus cadenas y atropellado sus guardias y se dirigían a la isla capitaneados por
Fálaris de Agrigento, Busiris de Egipto, Diomedes de Grecia, Escirón y Pitiocampto. Al oírlo forma
Radamanto los héroes en la costa, a las órdenes de Aquiles, Teseo y de Ayax Telamonio, que ya
había recobrado el juicio. Trábase la pelea, combátese con denuedo y vencen los héroes, gracias
principalmente al acertado mando de Aquiles. Sócrates, colocado en el ala derecha, se batió
denodadamente, mucho mejor que de vivo junto a Delium, pues al acercarse los enemigos, no sólo
no huyó, sino que ni volvió la cara. Por lo cual se le concedió, como premio distinguido a su valor,
un grande y hermoso jardín en el suburbio. Sócrates lo usó para reunir a sus amigos y discutir con
ellos, y llamó Necracademia54 a aquel sitio.
24. Los vencidos, apresados y encadenados, son devueltos para sufrir mayor castigo. Homero
describió la batalla en un poema que me dio al marchar para que se lo entregase a mis compatriotas.
Pero se me ha perdido con otras muchas cosas. El poema principiaba de este modo:
Ahora dime, oh Musa, la batalla
De los héroes muertos.
Cociéronse en seguida habas, según es uso allí cuando se termina felizmente una guerra; hubo un
banquete para solemnizar la victoria, y se celebró una gran fiesta. Pitágoras fue el único que no
participó del festín. Estuvo apartado sin comer, a causa de su aversión a las habas.
25. Habían transcurrido ya seis meses, y estábamos hacia la mitad del séptimo, cuando
aconteció un suceso imprevisto. Ciniras, hijo de Escántaro, hermoso y gallardo joven, estaba
prendado hacía tiempo de Helena, la cual daba a entender que también le amaba con vehemencia.
Se hacían señas a menudo en el banquete, brindaban el uno por el otro, y se levantaban de la mesa
para pasear solos en el bosque. La violencia de su pasión y la imposibilidad de satisfacerla de otro
modo, sugirieron a Ciniras la idea de robar a su amada y de huir con ella. Helena accedió, y
decidieron refugiarse en cualquiera de las islas vecinas, en Felo o en Tiroesa 55. Tiempo hacía que
contaban para el caso con la ayuda de mis tres más atrevidos compañeros. Ciniras no había dicho
nada a su padre, en la seguridad de que se opondría. Ejecutaron su proyecto como lo habían
concebido. Al hacerse de noche, en el momento en que yo no estaba presente, pues por casualidad
me había dormido de sobremesa, llegan a hurto de los demás, cogen a Helena y se apresuran a
alejarse.
26. A eso de media noche despertóse Menelao y observó que su mujer no estaba en el lecho.
Dio una gran voz, y en compañía de su hermano dirigióse al palacio de Radamanto. Al amanecer,
los vigías dijeron que a gran distancia ya se veía una nave. El Rey mandó en persecución de los
fugitivos un nave hecha de un solo trozo de asfodelo 56, tripulada por cincuenta héroes, los cuales
navegaron con tal ardor, que hacia la mitad de aquel día dieron caza a los prófugos cuando entraban
ya en el mar de leche de Tiroesa. ¡Tan poco faltó para que huyeran! Amarraron su navío con una
cadena de rosas y volvieron al puerto. Helena lloraba, se ruborizaba y se envolvía en el velo. Ciniras
y sus cómplices fueron interrogados por Radamanto acerca de si había algún otro complicado en el
rapto. Dijeron que no; y atados por las vergüenzas, fueron relegados a la región de los impíos,
previa una flagelación con malvas.
27. Decretóse al propio tiempo nuestra salida de la isla, permitiéndonos permanecer en ella
sólo hasta el día siguiente. Yo lloraba y me desesperaba al verme privado de tales bienes para volver
a caminar a la ventura. Los héroes, para consolarme, me decían que volvería dentro de pocos años,
y me señalaban mi silla y mi lecho futuros cerca de los más eminentes. Acudí suplicante a
Radamanto, rogándole que me predijera el porvenir y que me marcase la verdadera ruta. Me
respondió que tras largos viajes y trabajos volvería a mi patria; pero no quiso decirme cuándo, y
mostrándome unas islas próximas (cinco más cerca y otra a más distancia), añadió: «Esas islas
cercanas, de donde incensantemente sale fuego, son las de los impíos: la sexta es la ciudad de los
Sueños; después está la isla de Calipso, pero no la ves todavía; cuando las hayas pasado llegarás a
un gran continente opuesto al habitado por vosotros. Te acontecerán en él muchas cosas; recorrerás
diferentes países, tratarás con hombres salvajes, y llegarás por fin al otro continente.» Esto me dijo.
28. Y sacando de la tierra una raíz de malva, me la entregó, mandándome invocarla en los
peligros mayores. Me recomendó también que, si llegaba a esta tierra, nunca revolviese el fuego con
la espada, ni comiese altramuces, ni tuviese relaciones con mancebos de más de diez y ocho años.
Si cumplía estos preceptos, podía esperar volver a la isla. Hice entonces mis preparativos de viaje; a
la hora de comer tomé parte en el convite. A la mañana siguiente me acerqué al poeta Homero y le
pedí que me hiciera una inscripción en dos versos. La hizo y la grabé en una columna de berilo que
erigí en el mismo puerto. Este era el dístico:
Amado por los númenes, Luciano,
Vio estos lugares y tornó a su patria.
29. Permanecí, pues, aquel día en la isla. Al siguiente hice levar anclas. Los héroes nos
despidieron. Ulises me entregó, a hurto de Penélope, una carta para Calipso en la isla Ogigia.
Radamanto me dio por piloto a Nauplio, para que si arribábamos a aquellas islas no se nos apresase
por infundadas sospechas. En cuanto salimos del ambiente perfumado, sentimos un olor
insoportable, como de asfalto, azufre y pez quemados juntos, y nos vimos envueltos en un humo
irresistible y repugnante como de hombres quemados. El aire era obscuro y caliginoso, y destilaba
sobre nosotros rocío de brea. Oíase un espantoso ruido de azotes y de quejidos humanos.
30. No nos acercamos a todas las islas. Desembarcamos sólo en una cuya descripción
haremos. Rodeada completamente de un acantilado inaccesible, erizada de rocas y de picos, carece
de agua y de árboles. Arrastrándonos por los precipicios logramos subir, y llegamos, por un sendero
lleno de espinas y obstruido por zarzas, a una región de horrible aspecto. De allí fuimos llevados a
la cárcel, lugar de los suplicios. Nos admiraba en primer lugar la disposición del terreno. El suelo
produce en todas partes espadas y venablos. Lo cercan tres ríos, uno de fango, otro de sangre y el
tercero de fuego. Este es inmenso e infranqueable, corre como el agua y forma olas como
alborotado piélago; tiene muchos peces, semejantes unos a tizones encendidos y otros a ascuas:
llámanlos licniscos57.
31. Sólo hay una entrada angosta, guardada por Timón de Atenas. Entramos, no obstante,
guiados por Nauplio, y vimos castigar a muchos reyes y a muchos particulares, de los cuales
56 Asfodelo o gamón, planta de que los poetas llenaban los prados de los muertos. Cf. Homero, Odisea, XI.
57 Λυχνίσκος significa lámpara pequeña.
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conocimos a algunos. Entre estos a Cipiras, que colgado por las vergüenzas sufría fumigaciones
asfixiantes. Nuestros guías nos contaban las vidas de los precitos y las causas de sus tormentos. Los
más castigados eran los que en esta vida han dicho mentiras o escrito falsedades. Entre éstos se
hallaban Ctesias de Cnido, Heródoto y otros muchos. Al verlos, concebí lisonjeras esperanzas para
el porvenir, al no remorderme la conciencia por mentira alguna.
32. Regresé rápidamente al navío (aquel espectáculo me era insoportable); me despedí de
Nauplio, y zarpamos. A poco, vimos cerca la isla de los Sueños, muy borrosa y apenas perceptible.
Sucedía con ella lo mismo que con los sueños: se alejaba al acercarnos, se desvanecía, y aparecía
más lejos. La cogimos, por fin, y entramos en el puerto del Sueño, cerca de las puertas ebúrneas y
del lugar donde Alectrión58 tiene un templo. Desembarcamos de noche, entramos en la ciudad y
vimos muchos y variados sueños. Hablaré lo primero de esta ciudad, nunca antes de mí descrita.
Homero es el único que ha hecho mención de ella59, pero sin la exactitud necesaria.
33. Está completamente circuida de una selva, cuyos árboles son gigantescas adormideras y
mandrágoras, entre las cuales se crían infinitos murciélagos, único animal con alas que se conoce en
la isla. Cerca de ella corre un río llamado Nictíporo 60 por los naturales, y junto a las puertas fluyen
dos fuentes, cuyos nombres son Negretos y Panniquia 61. El recinto de la ciudad , alto y de diversos
colores, es semejante al iris. Las puertas no son dos, como dice Homero 62, sino cuatro. Dos de éstas
miran al campo de la Molicie, siendo una de hierro y otra de arcilla, y por ellas, según se nos dijo,
salen los sueños terribles, sangrientos y crueles; las otras dos, una de cuerno y otra de marfil, dan al
puerto y al mar. Nosotros entramos por la primera. Al entrar en la ciudad, se halla a mano derecha el
templo de la Noche, que es allí la divinidad más venerada, juntamente con Alectrión, cuyo altar está
en el puerto. A la izquierda se halla el palacio del Sueño. Este es el jefe del país, y lo gobierna por
medio de dos sátrapas, Taraxión, hijo de Mateógeno, y Plutocles, hijo de Fantasión 63. En medio de
la plaza pública está la fuente que llaman Careotis, y cerca los dos templos del Engaño y de la
Verdad. Tienen cada uno un santuario y un oráculo, cuyo sacerdote es el interpretador de sueños
Antifón, a quien el rey de la isla ha concedido este empleo.
34. La naturaleza y la figura de los Sueños no es igual: unos son largos, blandos, hermosos y
de buen aspecto; otros pequeños, duros y deformes; unos parecían de oro; otros, humildes y de poco
precio. Los hay con alas, extrañas formas, o vestidos como para una pompa triunfal; de reyes,
quiero decir, de dioses, o de personajes por el estilo. Reconocimos algunos que ya habíamos visto
hacía tiempo; se nos acercaron y nos saludaron como amigos; nos cogieron de la mano, nos
durmieron y nos trataron con discreción y esplendidez, tanto al recibirnos magníficamente, como al
prometernos reinos y satrapías. Algunos nos llevaban a nuestra patria, nos mostraban a nuestros
parientes y amigos y nos volvían en el mismo día.
35. Durante treinta días y otras tantas noches permanecimos allí durmiendo y comiendo.
Después, despertados súbitamente por un gran trueno, saltamos del lecho, acopiamos provisiones en
la nave y partimos. Al tercer día de navegación tocamos en la isla Ogigia y saltamos a tierra. Lo
primero que hice fue abrir la carta de Ulises y leer su contenido; era como sigue: «Ulises a Calipso,
salud. Sabrás que en cuanto me alejé de ti en la balsa 64, naufragué, y salvado trabajosamente por
Leucotea, llegué al país de los Feacios, que me llevaron a mi casa, donde encontré a mi esposa
asediada de pretendientes, que disfrutaban de mi caudal. Di a todos muerte; fui muerto después por
Telégono, hijo mío y de Circe, y habito ahora en la isla de los Bienaventurados. Mucho siento haber
dejado de residir al lado tuyo, y no haber aceptado la prometida inmortalidad. En la primera ocasión
huiré e iré a verte.» Esto decía la carta y algo de nosotros, recomendándonos a la deidad.
36. Me aparté algo de la costa, y hallé la gruta tal cual la describe Homero 65 y a la diosa
ocupada en hilar. Tomó la carta, la leyó y rompió a llorar; nos ofreció después hospitalidad y nos
trató magníficamente. Nos hizo preguntas acerca de Ulises y de Penélope, y de si era ésta tan
hermosa y tan discreta como Ulises le solía ponderar. Procuramos responderle lo que pudiese
agradarle.
37. Tornamos luego a la nave, y dormimos junto a la orilla. Por la mañana sopló el viento
fuerte y zarpamos. Dos días reinó un deshecho temporal; al tercero topamos con los
Coloquintopiratas. Son éstos una gente feroz, que, desde las islas próximas se dedica a robos de
mar. Usan para sus piraterías naves hechas con calabazas de sesenta codos de longitud. Cuando las
calabazas están secas, las excavan, después de quitarles el interior, y las botan a la mar; usan cañas
para mástiles, y en vez de velas hojas de cucurbitáceas. Se echaron sobre nosotros, y nos atacaron
con dos naves, hiriendo con pepitas de calabaza a muchos de mis compañeros. Tras largo combate
indeciso, vimos, cerca del mediodía, llegar por detrás de los Coloquintopiratas a los Carionautas.
Eran, como lo demostraron, pueblos enemigos; pues en cuanto los Coloquintopiratas los vieron
llegar nos dejaron y se fueron a atacarlos.
38. Nosotros desplegamos la vela y huimos, dejándolos mientras peleaban con furor. Era
evidente que vencerían los Carionautas, pues eran más en número (tenían cinco naves
perfectamente tripuladas) y con navíos de más sólida construcción. Estos navíos eran cáscaras de
nuez partidas por medio y vaciadas. Cada mitad tenía quince orgias de longitud. Cuando estuvimos
fuera de su vista, curamos nuestras heridos, y desde entonces estábamos siempre sobre las armas
por temor a una sorpresa. No fue precaución vana.
39. Apenas se había puesto el sol, vimos destacarse sobre nosotros, desde una isla desierta,
unos veinte hombres montados sobre grandes delfines. También eran piratas. Llevábanlos con toda
seguridad los delfines, que saltaban y relinchaban como caballos. Cuando estuvieron cerca se
dividieron en dos secciones, y nos dispararon calamares secos y ojos de cangrejos; pero cedieron a
nuestras saetas y dardos, y huyeron a la isla casi todos heridos.
40. Hacia la media noche, estando el mar tranquilo, tropezamos inadvertidamente en un
inmenso nido de alción. Tendría cerca de sesenta estadios de perímetro. En él bogaba, incubando los
huevos, una hembra poco menor que el nido. Al volar estuvo a punto de echar a pique nuestra nave
con el viento de sus alas. Huyó dando un grito lúgubre. Al amanecer bajamos al nido, que nos
pareció una almadía inmensa hecha con árboles corpulentos; contenía quinientos huevos, cada uno
mayor que una tinaja de Quios. Los pollos se rebullían ya y piaban bajo la cáscara. Rompimos un
huevo a hachazos, y sacamos un pollo implume, pero mayor que veinte buitres juntos.
41. Cuando nos apartamos unos doscientos estadios del nido nos ocurrieron diversos
prodigios estupendos. La figura de ganso de la proa sacudió de repente las alas y dio un graznido, y
al piloto Escíntaro, que era calvo, le volvió a salir el pelo. Pero esto es lo más asombroso: el mástil
de la nave se llenó de brotes, echó ramas y produjo en la punta higos y uvas grandes, sin madurar
todavía. Esto, como es de suponer, nos turbó extremadamente, y pedimos a los dioses que apartasen
de nosotros lo funesto que pudieran tener tales augurios.
42. Aun no habíamos avanzado quinientos estadios cuando vimos una grande y espesa selva
de pinos y cipreses. Creimos que era un continente; pero el mar carecía de fondo, y los árboles, sin
65 Odisea, V, v. 57.
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La isla se llamaba Cabalusa, y la ciudad Hidramardia 67. Cada mujer se llevó a uno de mis
compañeros y le dio hospitalidad en su casa. Yo vacilé un momento, porque el corazón nada bueno
me presagiaba, y mirando con atención en torno mío, vi muchos huesos y cráneos humanos. No
quise gritar, ni reunir a mis amigos, ni ponerlos sobre las armas. Saqué mi malva y le rogué
encarecidamente que me salvase de los peligros que me amenazaban 68. Poco después, estando
sirviéndome mi huésped, veo que sus piernas no son de mujer, sino que tiene pies de asno.
Desenvaino la espada, sujeto a mi huésped, la ato y la obligo a confesármelo todo. Ella, aunque
resistiéndose, me dice que son mujeres marinas, llamadas Onoscéleas 69, y que devoran a los
extranjeros que llegan a su isla. «Los embriagamos, añadió; los llevamos a nuestro lecho y los
matamos dormidos.» Oído esto, la dejo atada, subo al tejado y llamo con todas mis fuerzas a mis
compañeros. Acuden, les revelo todo, les hago ver los huesos, y los entro a donde mi cautiva, que
en aquel instante se convierte en agua y desaparece. Yo, por ver lo que era, hundo mi espada en
aquella agua, y sale del agua sangre.
47. Corremos a nuestra nave, y partimos. Al amanecer vemos un continente, que suponemos
será el opuesto al nuestro, al otro lado del mundo. Lo adoramos, le dirigimos nuestras súplicas, y
deliberamos lo que debe hacerse. Unos quieren que, tras breve permanencia, retrocedamos; otros
que, dejando allí la nave, nos internemos en el país y estudiemos sus moradores. Mientras
discutimos, estalla una tempestad que arroja la nave contra la costa y la hace pedazos. A duras
penas, con nuestras armas y con lo que cada que cual pudo coger, nos salvamos a nado.
Esto es lo que hasta mi llegada a aquel nuevo continente me sucedió en mi navegación a
través de las islas, en el aire y en la ballena; y después de salir de ésta, en el país de los Héroes, en
el de los Sueños, en el de los Bucéfalos y en el de las Onoscéleas. Mis aventuras en esta nueva tierra
se referirán en los libros siguientes70.
CLÁSICOS DE HISTORIA
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