Graciela Salicrup: una vida continua
Inmóvil, sin siquiera parpadear, recorre los hexágonos del panal de abejas que la ha hipnotizado. Las
figuras geométricas perfectas se extienden una al lado de la otra, hasta llenar toda la superficie. Por
algunos instantes Graciela no presta atención a ninguna otra cosa, maravillada como una niña que
descubre la simetría de la naturaleza.
Graciela Salicrup (1935-1982) fue profesora e investigadora de la UNAM en Ciudad de México. La
imagen anterior quedó grabada en el recuerdo de sus amigos y familiares durante la visita que
realizaron en grupo a un criadero de abejas que mantenía como aficionado uno de los colegas de la
universidad. Hay varios testimonios de la dedicación con la que Graciela impartía clases e investigaba,
como si contemplara aquellos hexágonos en cada página de su cuaderno, en cada pizarra, concentrada
en un objetivo de manera total. Pero la verdad es que su trayectoria fue algo singular y no se dio
precisamente en línea recta, sino que tuvo varios giros antes de llegar a las matemáticas.
Cuando terminó la educación media, al parecer no contó con el apoyo de su familia para seguir la
disciplina que más la apasionaba: las matemáticas. No sabemos qué tan difícil fue para Graciela el que
sus padres no compartieran su entusiasmo, pero lo cierto es que tomó entonces una opción más
“tradicional” y estudió arquitectura. Se tituló en 1959 y, ya como arquitecta, escogió un camino algo
peculiar: incursionó en la arqueología.
Colaboró con Laurette Séjourné, arqueóloga y antropóloga italiana que había llegado a México a sus 31
años y habría de quedarse por el resto de su vida. En equipo con otros colaboradores, estudiaron la
arquitectura de Teotihuacan, la enorme ciudad cuyos restos incluyen las pirámides del Sol y de la Luna,
y que forma el sitio arqueológico que en nuestros días es el más visitado de todo México. Esta ciudad
fue el hogar de una civilización que tuvo su apogeo siglos antes del imperio mexica -también conocido
como azteca– y por supuesto, antes de la llegada de los españoles al continente. Los aztecas creían que
Teotihuacán, que significa ciudad de dioses, había sido construida por gigantes que todavía habitaban
la tierra, ocultos de ellos en alguna parte.
El misterio de la cultura teotihuacana se mantuvo por mucho tiempo y no solo para los aztecas, pues a
mitad del siglo XX no había casi ninguna certeza sobre su historia, y los trabajos de Séjourné se
convirtieron en importante referencia. En alguna de sus publicaciones en colaboración con Graciela,
podemos percibir una fascinación ante la geometría de las construcciones prehispánicas, vistas en este
caso a través de las descripciones de los pocos registros que llegaron a sus días. Podría decirse que las
autoras intentan resolver algo así como el problema inverso de descubrir la finalidad de los distintos
lugares a partir de su geometría: si este espacio fue una sala, si aquel una explanada, un lugar de
reunión, de oración. Todo ello a partir de los registros de las formas que parecen haber tenido:
descubrir el día a día de la ciudad a partir de las pocas descripciones de ella que quedaron registradas.
Reconstrucción del conjunto de departamentos de Zacuala, Teotihuacan, constituido por cuartos,
pórticos,
corredores y patios abiertos con muros pintados. Dibujo: Graciela Salicrup. Tomado de Séjourné, 1994.
Digitalización: Raíces. Color: Samara Velázquez / Raíces.
Después de algunos años dedicada a la arquitectura y a la arqueología, el camino de Graciela tomó otro
rumbo. Quizá inspirada por la geometría de la ciudadela o debido al esfuerzo de descifrar otros
lenguajes, lo cierto es que algo hizo reaparecer la pasión de Graciela por el universo de las
matemáticas. O en realidad tal pasión siempre estuvo ahí, el punto es que Graciela, con 30 años de edad
y siendo madre de tres hijos, tomó una decisión que haría dudar a cualquiera: regresar a la universidad,
ahora a estudiar matemáticas.
Terminó con éxito la carrera, seguramente gracias a su tesón y a su capacidad de concentrarse en los
temas que la maravillaban. Comenzó a impartir clases en la Facultad de Ciencias de la UNAM y se
acercó a la investigación como discípula de Roberto Vázquez, uno de los primeros topólogos
mexicanos, bajo cuya dirección realizó el doctorado y se convirtió en investigadora en matemáticas.
Podríamos decir que Graciela es la creadora, junto con otros colegas en el mundo, de la topología
categórica, un área de investigación donde se cruzan la topología y la teoría de categorías.
¿Qué es la topología? Para responder esta pregunta, pensemos en otra área que conocemos en la
escuela básica: la geometría, que estudia propiedades como la medida de un segmento, el ángulo entre
dos rectas y el área de una figura. Estas propiedades tienen algo en común: permanecen sin cambio
cuando se les aplican transformaciones rígidas, como una traslación o una rotación. Precisamente, la
geometría estudia las propiedades que no cambian bajo estas transformaciones.
Pues bien, la topología es un área de las matemáticas que estudia las propiedades que no cambian, pero
ahora bajo transformaciones continuas. Esto significa que dos objetos son topológicamente
equivalentes si uno puede transformarse en el otro por medio de una deformación que no tenga
cambios abruptos como cortes o saltos. Un trazo cerrado de un circulo es topológicamente equivalente
al de un triángulo y al de un rectángulo; los dibujos de las letras “x” y “k” son topológicamente
equivalentes entre ellas, pero no al dibujo de la letra “o”. Estos son ejemplos sencillos, pero sucede que
para ciertos fenómenos, son las diferencias topológicas las que cuentan, como en un circuito eléctrico:
no importa la distancia entre dos nodos, lo que interesa es la conectividad entre ellos. La topología
sistematiza estos invariantes que ocurren no solo en figuras del plano o del espacio, sino en conjuntos
abstractos, con elementos dados por números, vectores, funciones.
Tejiendo destellos: Imágenes de la vida de
Sylvia de Neymet
A principios de este mes recibí un cariñoso mensaje de la matemática Ma. de la Paz Álvarez
Scherer. Me comentaba que había tenido «el gusto y privilegio de ser alumna en Topología I
de Graciela Salicrup, y de sentir su solidaridad y apoyo siendo yo estudiante joven
embarazada y luego con hijos.»
También mencionaba que conocía personalmente a Mary Ellen Rudin, que fueron amigas y la
visitó en su famosa casa construída por el arquitecto Frank Lloyd Wright.
En su mensaje, me hablaba también de la gran pionera Sylvia de Neymet Urbina, la primera
mujer mexicana en doctorarse en matemáticas y gran amiga de Alejandra Jaidar. Ma. de la Paz
comentaba: «Trabajamos juntas y fue una maravilla ser su amiga. Le hicimos un homenaje
poco antes de que se jubilara y, precisamente mientras estaba realizando los trámites de
jubilación, falleció». Sylvia de Neymet Urbina (1938-2003) falleció el 13 de enero de 2003.
Ma. de la Paz me envío el enlace a un artículo que escribió en su honor en 2003
comentándome: «Si te sirve de base o si quieres usarlo en su totalidad, es todo tuyo».
Por supuesto, no he cambiado nada del texto original, que se reproduce debajo tal cual
apareció publicado en 2003 en la página de la UNAM dedicada a matemáticas y matemáticos
en México (se publicó en papel en Carta Informativa de la Sociedad Matemática Mexicana,
Sexagésimo Aniversario, abril 2003, 3-5). Solo he añadido algunos enlaces a personas y
lugares, y alguno aclarando alguna expresión coloquial mexicana que desconocía.
Un especial agradecimiento a Ma. de la Paz por escribir y permitir la reproducción de su
artículo en Mujeres con ciencia.
El siguiente texto es una adaptación del leído en el homenaje que la Facultad de
Ciencias dedicó a Sylvia de Neymet. Todas las historias fueron contadas por ella misma
en deliciosas conversaciones al calor de un café. Hoy, a casi un mes de su fallecimiento,
quisiera compartir la inmensa nostalgia de su ausencia.
Sylvia de Neymet.
La mamá de Sylvia quedó huérfana de padre, siendo muy joven, durante la Revolución. Su
madre la impulsó a estudiar en la normal. El primer trabajo que tuvo fue en un pueblo, hoy
comido por la ciudad, llamado Santiaguito al cual llegaba todos los días tomando un tren que
salía del Zócalo. Además de ser maestra tenía grandes inquietudes artísticas y estudió en La
Esmeralda, dedicándose a la escultura. Sus trabajos son orgullo de sus hijos y nietos. La
abuela paterna de Sylvia fue maestra muy reconocida del Colegio de las Vizcaínas. Sylvia
proviene, pues, de una estirpe de mujeres singulares de principio del siglo pasado: mujeres
cultas, mujeres trabajadoras, mujeres artistas.
El papá era ingeniero civil. Para llegar a su primer trabajo tomaba, todos los días, el mismito
tren en el Zócalo. Y así, tras largas jornadas viajeras, el ingeniero, delgado, formal, siempre de
sombrero, conquistó a la joven maestra. Desde entonces, vivieron en San José Insurgentes-
Mixcoac, en una casa llena de arte, de plantas y de pláticas interesantes. Así crecieron Sylvia y
sus hermanos.
Estando Sylvia en primaria, pocas cosas la desconcertaron más que el día que su mamá intentó
ayudarle en la tarea de aritmética. El problema era de los típicos: «si 15 manzanas cuestan 7
pesos, ¿cuánto cuestan 23 manzanas?» Y ahí estaba Sylvia a punto de empezar
a talachear cuando su mamá le pregunta «a ver, dime, ¿es más o menos?»
El asombro de Sylvia fue mayúsculo: «¿Cómo?»
«¿Cuestan más o menos?» volvió a preguntar su mamá.
Sylvia no pudo más y le dijo, «Mamá, en la escuela nos piden resultados EXACTOS, ¡no más
o menos!»
La mamá comprendió que nunca había discutido la maestra ninguna forma de razonamiento,
que sólo había enseñado procedimientos sin ton ni son y, pacientemente, volvió a formular la
pregunta conduciendo la discusión.
Esta situación cambió radicalmente y para bien en la secundaria. Sylvia entró a la Universidad
Femenina y su maestra de trigonometría, la que le mostró el placer de razonar fue, ni más ni
menos, que nuestra querida Manuela Garín. Más tarde, en la preparatoria, la extraordinaria
profesora Ma. Teresa Sánchez de Padilla, que también daba clases en la ENP, culminó el
proceso que enamoró a Sylvia de las matemáticas. Por cierto, el libro de Cálculo