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Los Rios Profundos

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LOS RIOS PROFUNDOS

Los ríos profundos es la tercera novela de José María Arguedas. Algo de su trama y, sobre todo, su
personaje principal y narrador Ernesto, ya estaban esbozados en un cuento escrito en 1935: "Warma
kuyay". Publicada por la editorial Losada en 1958. Se trata de un relato de corte autobiográfico, en el
que Arguedas narra los viajes con su padre por los diversos pueblos de las sierras peruanas y, sobre
todo, sus años como estudiante en el colegio de Abancay. La novela indaga en las raíces culturales
del pueblo peruano; la “profundidad” de los ríos en el título tiene también este valor metafórico, en
relación a la profundidad de los orígenes de la cultura peruana, de su verdadera identidad, según
Arguedas, que es la identidad andina.
Considerada como la obra maestra de Arguedas, Los ríos profundos inaugura, junto con el escritor
Juan Rulfo y su Pedro Páramo, las bases para el movimiento neoindigenista en la literatura. El
indigenismo propiamente dicho ya venía pisando fuerte en la literatura peruana y sus luchas contra la
discriminación, y ganaba terreno en la literatura internacional. Por un lado, el neoindigenismo se
propone, además de describir los usos y costumbres, comprender desde dentro al indio y representar
su mirada. Por otra parte, pretendía darle más espacio a las transformaciones que la cultura indígena
atravesaba en la modernidad. En Los ríos profundos, el indio no es una entidad abstracta y aislada
para ser estudiada por catedráticos, sino que es una realidad material y objetiva, factible de ser
localizada social y culturalmente.
Los ríos profundos es bien recibida por la crítica por su proyecto literario de identificar y ahondar en la
cultura andina, pero también por su importante trabajo estético al intentar develar el componente
mítico de la cultura indígena. Es una novela de una carga poética muy fuerte, plagada de pasajes de
una imaginería muy compleja. En el año 1963 es nominada al premio norteamericano William
Faulkner y, a partir de ahí, consigue una buena proyección internacional. Es de las pocas novelas
con fuerte presencia de la lengua quechua que es traducida a varios idiomas.

Género: Narrativa
Subgénero: Novela
Tema: Identificación del mundo andino
Idioma: Castellano
País: Perú
Fecha de Publicación: 1958

Los ríos profundos comienza con la llegada de Ernesto y Gabriel, su padre, a la ciudad de Cuzco.
Padre e hijo han recorrido más de doscientos pueblos de las sierras peruanas debido al trabajo de
Gabriel: es abogado itinerante y va de pueblo en pueblo tomando casos de trabajadores de las
haciendas. Ambos arriban a Cuzco para pedirle un favor al Viejo. El Viejo es pariente de Gabriel, y es
conocido por ser un hombre rico pero avaro. Ernesto, por su parte, no se deja afectar por el trato
despectivo del Viejo, que dispuso hospedarlos en la cocina de los arrieros. Está entusiasmado con
conocer las ruinas incas, los muros antiguos que aún conserva la ciudad. El joven tiene una gran
sensibilidad y se conmueve ante los muros o el repicar de la campana de la iglesia. A pesar de que
no logran su cometido con el Viejo avaro, se van de Cuzco a Abancay con la frente en alto.

Al pueblo de Abancay llegan con el objetivo de matricular a Ernesto en el Colegio. Los recibe allí una
multitud que reza por el Padre Linares, el cura del pueblo que representa casi una divinidad. A los
pocos días de comenzar sus estudios, Ernesto se da cuenta de que su padre partirá pronto hacia otro
pueblo. La despedida es difícil; sabe que a partir de ahora estará solo frente a los obstáculos del
futuro próximo.
Finalmente Gabriel se va de Abancay con la promesa de conseguir una chacra donde recibir a su hijo
en verano. Ernesto comienza una convivencia con sus compañeros que no es fácil. Algunos de los
mayores tienen comportamientos abusivos con los más pequeños y, sobre todo, con Marcelina, una
mujer con una discapacidad mental a la que llaman “la opa”. Por las noches, algunos de ellos abusan
sexualmente de ella en los baños del patio, a la vista de los más pequeños, entre quienes se
encuentra Ernesto.

Para contrarrestar la opresión del Colegio, Ernesto va los domingos a recorrer la quebrada, la
hacienda de Patibamba, el río Pachachaca. Más adelante comienza a ir a las chicherías, donde pasa
los fines de semana escuchando a los músicos tocar huaynos de distintos pueblos. Todo esto ayuda
a despertar su memoria. Los recuerdos son para Ernesto su gran arma contra la soledad, la
desesperación y el maltrato.

En el Colegio se viven muchas situaciones de violencia social y racial que aplastan el espíritu de
Ernesto. Pero un día hay un gran revuelo en el pueblo: las chicheras de Abancay se rebelan contra
las autoridades porque en la hacienda se les da sal a las vacas y esa sal no está siendo entregada a
las personas. Armadas, van hasta la Salinera y se llevan los sacos de sal que encuentran allí
escondidos. Incluso, en un acto de justicia que emociona a Ernesto y lo hace involucrarse en la
acción, le llevan sal a los indios de la hacienda. Estos indios sumisos apenas hablan; temerosos,
reciben la sal de las chicheras casi sin salir de sus casas. A partir de esta situación, y a pesar de que
el éxito de la rebelión es efímero, Ernesto reafirma su identidad andina y sus convicciones: descubre
que puede haber justicia social a partir de la organización colectiva.

Poco a poco, en el colegio va forjando amistades. Su primer amigo, Ántero, le regala un trompo
mágico, el zumbayllu. Luego entabla un vínculo con Palacitos y Romero. Los tres comparten el
pensamiento mágico y el sistema de creencias; hablan quechua y además comparten el gusto por la
música de origen incaico, los huaynos. Por otra parte, varias veces se enfrenta a compañeros; al
abusivo Lleras, o a Rondinel, que lo llama “indiecito”. Incluso se enemista con el mismo Ántero
cuando las diferencias entre ellos se acrecientan, a partir de las opiniones contrapuestas alrededor
de la rebelión de las chicheras y la actitud lasciva que Ántero tiene con las niñas del pueblo.

Con la llegada del ejército a Abancay, con la función de reprimir la rebelión de las chicheras, llega la
peste. El tifus avanza rápido sobre el pueblo y llega al Colegio. Los indios que trabajan en la
hacienda, enfermos, a pesar de su temor y sumisión, y de la presencia del ejército, avanzan sobre el
pueblo para recibir la misa.

Por su parte, Ernesto, que asiste a Marcelina en su lecho de muerte, es encerrado por los Padres,
por miedo a que esté enfermo. Finalmente, para cuando el Padre Linares se da cuenta de que
Ernesto está sano, sus compañeros ya se han ido del pueblo sin despedirse, salvo Palacitos, que le
deja a Ernesto dos monedas de oro para que viaje a buscar a su padre, o para que pague su propio
entierro.

Finalmente, el Padre Linares libera a Ernesto y le dice que su pariente, el Viejo, lo espera en su
estancia y que debe irse caminando, solo. Ernesto se va, pero a último momento decide ejercer su
libertad y cambiar de rumbo hacia la cordillera.

2 Narradores
En la obra se distinguen dos narradores. El primero es el narrador principal, un hombre adulto
que evoca su niñez, es decir, una versión adulta de Ernesto. El segundo es una especie de
narrador cognoscitivo cuya intervención es esporádica, se encarga de completar y mejorar la
comprensión del lector respecto a los sucesos de la novela, aportando datos no conocidos por
los lectores, sobre todo en temas de etnología.

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