DeSimone 99
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Introducción
Para llevar adelante este trabajo es necesario acercarnos a un concepto muy utilizado hoy en día:
el concepto de cuidado, asociado generalmente a una dimensión emocional del ser humano, más
precisamente de las mujeres.
En el período de la Pre-Revolución Industrial el mundo estaba claramente dividido entre los
universos de la producción y de la reproducción, siendo las mujeres responsables del segundo. Sin
embargo, algunos años después, luego de la Revolución Industrial y debido a un mayor ingreso de
las mujeres al mercado laboral y al ámbito profesional -en otras palabras a la esfera pública- se
generaron nuevos emergentes en relación a la intervención social.
El objetivo de este trabajo es encontrar las causas de esa asociación del Trabajo Social con las
mujeres como así también las nuevas visiones y las rupturas que se encuentran a partir de nuestra
intervención profesional de larga data, dándole así una nueva óptica a dicha profesión.
Por esta razón, en primer lugar intentaremos definir el concepto de cuidado, necesario para
comprender el por qué de la asociación con el género femenino. Luego realizaremos una
contextualización histórica mundial -y argentina- respecto a la génesis de la profesión del Trabajo
Social.
A continuación, problematizaremos sobre dos posturas vinculadas con la legitimidad -o falta de
legitimidad- de la profesión de Trabajo Social. Y por último, intentaremos echar luz sobre una
nueva visión sobre un campo profesional no tan actual del Trabajo Social, pero que pareciera
brindarle el reconocimiento tan esperado en el área de intervención que menos podría imaginarse.
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adicionamos:
“en tanto producción de bienes y actividades que permiten a las personas alimentarse,
educarse, estar sanas y vivir en un hábitat propicio, abarca tanto el cuidado material que
implica un trabajo, el cuidado económico que implica un costo y el cuidado psicológico
que implica un vínculo afectivo. Por otra parte, la especificidad del trabajo de cuidado es
la de estar basado en lo relacional, ya sea en el contexto familiar o por fuera de él. En el
marco de la familia, su carácter a la vez obligatorio y percibido frecuentemente como
desinteresado le otorga una dimensión moral y emocional”.
El cuidado constituye una práctica social sedimentada en la cultura de las relaciones con uno
mismo, con los otros y con el entorno. El cuidado representa una condición natural del ser humano
de autoprotección y protección afectiva. Al mismo tiempo es una construcción social, dinámica y
contextual que incluye razonamientos, sentimientos, imaginarios y aspectos relacionados al valor
que se le asigna a dicha función. Cabe mencionar que esta construcción se centró históricamente en
la mujer.
Cuando se pregunta para qué y por qué, surge la preocupación ética. Y al definir la
responsabilidad para su realización incorporamos al Estado, el que establece la orientación de las
políticas del cuidado centradas en la realización de la justicia social como sustento de las políticas
públicas para el desarrollo humano y social. En palabras de Dohm y Tolosa (2015):
“Detrás de las tareas de cuidado existen relaciones sociales que están atravesadas por
construcciones de género en torno a las responsabilidades, roles y funciones que se
asignan a varones y mujeres. Históricamente, y con anclaje en la división sexual del
trabajo las tareas vinculadas con lo doméstico reproductivo fueron establecidas como
labores femeninas”.
El rol y función de cuidado estuvo asociado a las mujeres y se fue naturalizando a partir de la
división sexual del trabajo. La simple condición de ser mujer garantizaba la eficacia y eficiencia de
las tareas de cuidado y crianza, también denominado el cuidado directo. Por lo general, estas
funciones no son remuneradas ya que, como se mencionó anteriormente, es una función ligada a la
mujer, por lo tanto a la maternidad, por ello al amor y a su característica natural. Pero estudios
feministas visibilizaron el valor económico que no es remunerado en relación al trabajo del
cuidado, que sostiene o permite la organización productiva y reproductiva del sistema capitalista.
En palabras de Rodríguez E. (2015), “El trabajo de cuidado cumple una función esencial en las
economías capitalistas: la reproducción de la fuerza de trabajo (…) Sin este trabajo cotidiano, el
sistema simplemente no podría reproducirse.” En contrapartida, en esta división sexual del trabajo
se le adjudicó al varón la tarea de proveedor en relación a los ingresos resultantes del trabajo
realizado fuera de sus hogares, también denominado cuidado indirecto. En palabras de Faur (2014),
“A partir de esta dinámica, se construyó un modelo de trabajador (industrial y de tiempo
competo) en clave masculina: sobre la imagen de un sujeto empleado de por vida, y único
sostén económico del hogar. Por lógica, esta responsabilidad eximiría a los hombres de
participar en las tareas del hogar y la crianza, labores asignadas a las mujeres como
principales responsables del funcionamiento del mundo privado”.
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1 Entendemos por patriarcado al sistema de dominación, que somete a la mujer al control absoluto del varón. Y la
familia nuclear patriarcal, es aquella que los integrantes de la misma están supeditados al poder del padre patriarca.
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utiliza Guillaumin (1978) llamado “Sexage”, intentando visibilizar la doble apropiación que
transita la mujer luego de la división sexual del trabajo: la apropiación colectiva e individual de su
cuerpo. Con esto queremos decir que si bien “gracias” al sistema capitalista y patriarcal la mujer ha
salido al mundo social y público, por otro lado sus cuerpos siguen siendo controlados, manipulados
y limitados por nuestra condición biológica de ser mujeres, por lo que la labor profesional y/o
desempeño de las trabajadoras sigue siendo condicionada y menospreciada o puesta como
secundaria. Sobre esta afirmación hay varios estudios feministas que lo confirman, exponiendo que
-comparando mismo puesto, misma profesión y estudios académicos, mismas responsabilidades,
entre varones y mujeres- hay diferentes salarios y condiciones laborales, sin considerar que durante
la competencia por ese puesto laboral, la probabilidad de que el elegido sea un varón es más
elevada debido a que no “necesita” tomarse licencia por maternidad, sesgándose el análisis a que la
labor de cuidados es un trabajo negado y no remunerado.
Concluyendo, y siguiendo a la politóloga Carole Pateman, si bien el Estado intenta en diferentes
oportunidades proporcionarnos elementos normativos y políticas públicas para así poder culminar
con la discriminación por cuestiones de género, pareciera ser que también es el mismo Estado el
que nos condiciona para poder seguir creciendo y avanzando en el ámbito público, pero
limitándonos desde el ámbito privado/familiar con la imposibilidad de decidir sobre nuestros
propios cuerpos. Por ejemplo, con la no aprobación de la legalización del aborto o con el registro
de licencias por violencia de género que se consignan de ese modo revictimizando y
estigmatizando a la mujer que transitó por esa situación, marcando a fuego su legajo profesional y
laboral, como si la violencia de género siguiera siendo una problemática del ámbito privado; entre
otras. Socialmente se nos sigue asignando indiscutidamente la capacidad y aptitud innata del
cuidado dentro del ámbito familiar, así como fuera de éste.
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índices de participación femenina y que por tal motivo éste ya es un primer indicador de subsidiaria
frente al concepto socialmente naturalizado del paradigma patriarcal. Destaca que la labor llevada
adelante por las profesionales sostiene una especie de doble asistencialismo. Por un lado, asistir a la
población que demanda o requiere algún tipo de intervención y por otro lado, asistencia a otros
profesionales, quedando siempre en un nivel secundario a la hora de la intervención (Montaño
1998,90).
De este modo, y aportando otro análisis sobre las palabras del autor, podríamos afirmar que
además de ser una profesión que tiene un doble carácter asistencial, también tendría un doble
carácter de subrogación: por un lado, ser mujer con lo que eso implica en una sociedad patriarcal;
por el otro, seguir siendo subalternas en relación a otras profesiones, ya que hoy en día, a pesar de
que existen leyes -normas que indican y exigen que dentro de los equipos profesionales e
interdisciplinarios de la mayoría de los organismos estatales debe existir el rol y figura del/de la
trabajador/a social visualizando así la importancia de nuestra mirada e intervención- tenemos un
nivel mayor de desventaja por ser mujeres profesionales. Aunque la capacitación para ejercer una
profesión esté respaldada en una certificación expedida -en la mayoría de los casos- por una
Universidad Nacional en igualdad de condiciones -conceptuales y teóricas- con cualquier varón,
estamos circunscriptas a cumplir un rol menor en una sociedad patriarcal que dice -en forma
hipócrita- que se “esfuerza” por erradicar dichas diferencias.
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destacar que cuando una persona está privada de su libertad, hay una sentencia que ejecuta el
recorte del derecho a la libertad por considerar que sus conductas atentan contra el ordenamiento
social. Siguiendo a Kisnerman (1998) el Trabajo Social dentro del sistema penitenciario debe:
“deconstruir la situación que llevó a la intervención judicial, aportando todos aquellos
elementos que permiten comprender esa situación. Le corresponde trabajar vínculos
internos y externos, entre la institución y el contexto social en la que está emplazada y
entre los institucionalizados y sus familias, construyendo redes soportes entre las
organizaciones sociales, para lograr trabajos, facilitar el acceso a centros de estudio,
trabajar con el personal a fin de mejorar las relaciones con los internos, crear proyectos de
animación cultural. Y sobre todo educar para que la prevención y la rehabilitación sean
una construcción social que asumamos todos” (Kisnerman, 1998: 143).
El trabajo más importante que se realiza junto al interno se enfoca a que pueda visualizar su
potencial capacidad de modificar su situación, que internalice que es el/la responsable de tomar
decisiones que se orienten a una transformación superadora y que esta instancia por la que está
atravesando se trata de una situación en el marco de su trayectoria vital. Con esto nos referimos a
que es posible modificar aquellas conductas que lo/a llevaron a trasgredir la ley. Por esta razón, no
acordamos con las teorías que afirman que las instituciones totales son de reinserción social o de
resocialización. En ese “re” estamos condicionando a ese sujeto a que no pueda revertir su
situación inicial. En palabras de Zaffaroni (1991),
“descartar los discursos “re” no significa en modo alguno optar por la ilimitada
inflicción de deterioro a los presos, como pretenden las tendencias autoritarias, sino dejar
de lado lo que se ha convertido en un mero pretexto, para optar por lo único que es
posible: tratar la vulnerabilidad que es la causa de la criminalización”.
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Lo que posibilita esta perspectiva es responsabilizar al Estado y a las instituciones para que no se
recorten más derechos de los recortados por la pena ya impuesta y garantizar así la condición de
sujeto a la persona privada de su libertad.
Es necesario aclarar que en ese trabajo de transformación también resulta fundamental poder
recuperar las historias de vida de estos sujetos. Con ello hacemos referencia a su niñez, a su
adolescencia, a sus experiencias por fuera del sistema penitenciario. Esto permite problematizar las
causas de las conductas transgresoras y poder conocer y reflexionar acerca del acceso a derechos
que tuvo durante toda su vida extramuros. Por lo general, estas intervenciones se construyen desde
el discurso, desde la palabra, haciendo énfasis en sus fortalezas y debilidades, para así también ir
diseñando juntos un plan de vida fuera del sistema. En palabras de la Dra. Barreyro (2020),
“Por lo general no es población que ha tenido libre acceso a lo que debería tener, que
podríamos englobar en DESC, entonces hay una cuestión de acceso a la educación, a la
salud, al trabajo que obviamente tiene sus dificultades, hay muchas veces problemas de
consumo problemático u otras dolencias que requieren un acompañamiento desde el área
de la salud mental por lo que se busca vincular esa necesidad que se puede identificar con
algún recurso que se pueda hacer de algún modo asegurar la promoción, prevención y
protección de derechos, a restitución de derechos. ¿Ese trabajo es fundamental, y también
es fundamental el trabajo con la persona para identificar sus herramientas, qué fortalezas
tiene?”.
También es importante aclarar que estas historias generalmente se repiten familiarmente. Por lo
anteriormente explicado, continúa diciendo la Dra. Barreyro,
“Tenemos a la mujer que hoy está en arresto domiciliario y que cuando estuvo detenida
en la unidad a cargo de sus hijos estaba su mamá, pero a su vez cuando ella era niña era
su mamá la que estaba detenida y estuvo con sus abuelos o en la calle. Bueno estas
historias se repiten y no es casual, no es obra del azar. Hay mucha cuestión para ahí
abordar, pero es clave entender qué trajo. Cómo llegó esa persona hasta acá para poder de
algún modo mover ese hilo que cambie la trama. Poder invitarla a pararse desde otro
lugar acompañar ese proceso.”
Conclusiones
Como hemos expuesto a lo largo del escrito, la profesión del Trabajo Social desde sus inicios fue
invisibilizada y relegada. Esto se debe a que fue una profesión adjudicada a la “condición natural
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de las mujeres”, como así también considerando su propia historia desde la época del ejercicio de la
caridad pasando por la filantropía, la escuela de “visitadoras de higiene”, la denominación de
Asistentes sociales y finalmente el periodo de la reconceptualización, en que estuvo “al servicio
de...”.
El Trabajo Social ha pasado de ser sólo una práctica ligada al asistencialismo -o a prácticas
religiosas- a ser, a lo largo del tiempo y en virtud de una posición más activa de nuestro rol y
desempeño en cada intervención en las distintas áreas de ejercicio profesional, una práctica social y
profesional en la que, además, construye su propio marco teórico. Pero sin duda, “la práctica”, la
intervención concreta en los diferentes campos de actuación, es lo que la identifica y la distingue.
En las diferentes áreas de trabajo o desempeño profesional, si bien se exige mediante leyes y
estatutos la incorporación al equipo profesional de un/a trabajador/a social, sigue existiendo la
lucha por el poder, los conflictos institucionales y burocráticos e incluso la puja entre las diferentes
profesiones.
La intervención del Trabajo Social dentro del sistema penitenciario rompe con esta lógica de
constante subrogación de la disciplina ya que cuenta con una doble legitimidad: por un lado, la ley
nacional Nº 24660 considera esencial la labor de la/del Trabajadora/or Social dentro de las
unidades; por otro, queda legitimado por las diferentes profesiones con las que se trabaja
mancomunadamente. En esta área de inserción, el trabajo social ocupa un lugar central, porque a
pesar de considerarse parte del personal de la fuerza de seguridad, el vínculo que se genera con el
interno está sostenido por una escucha atenta, por una intención de trabajar junto a él/ella y junto a
su familia para sortear las dificultades planteadas en ese momento. Inclusive, cuando el fin de la
intervención no es lo planificado, algo de esa intervención “fallida” queda para el sujeto.
Lo llamativo de esta situación es que la profesión del Trabajo Social comienza a tomar
relevancia aun siendo mayormente mujeres quien la ejercen. Y resulta aún más llamativo cuando
hablamos de que esto ocurre dentro del sistema penitenciario, en el Poder Judicial, que tiene una
lógica verticalista, conservadora y patriarcal. Siempre trabajamos subsidiariamente en relación al/ a
la juez/a. Y hoy pareciera que, en realidad, a pesar de que quien dicta sentencia, quien tiene la
última palabra es la autoridad judicial, no puede hacerlo sin nuestro trabajo, sin nuestras
apreciaciones, sin nuestra expertis.
Se podría pensar también que seguimos siendo funcionales a la mantención del status quo,
intentando sostener aquellos sujetos que se cayeron del mapa del Estado o aquellos que salieron por
diferentes decisiones que tomaron. Seguimos siendo una profesión que intenta sostener el sistema
capitalista. Progresivamente parece que vamos ganando terreno y lo hacemos en lugares
impensados; porque algunas batallas hay que darlas desde adentro, ¿no?
Bibliografía
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