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Duelo y Fantasmas del Pasado

Relato sobre al experiencia de la viudez, original de Alejandro Rubio

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TODOS TUS FANTASMAS

Alejandro Rubio

Una vez quise creer en fantasmas. Ocurrió una mañana a finales de febrero: me despertó el
maullido de un gato, un gato amarillo con las patitas blancas. Desde el ventanal de la habitación
lo vi aparecer y desaparecer entre los arbustos que ordenaste en espiral al centro de nuestro
pequeño jardín, un conjunto al que solíamos llamar “el caracol” y en cuyo centro, meses atrás,
deposité tus cenizas. Tras un momento el gato se acercó a la jacaranda, trepó ágilmente y saltó a
la barda de la casa vecina.

La casa se quedó en silencio, un silencio profundísimo, como si todo el universo se hubiera


apartado de ella y todo en su exterior estuviera igualmente lejos. Quiero decir: como si todo lo
que no fuera la casa estuviera allí presente pero inalcanzable.

Tras ese lapso, en el que todavía me preguntaba si había soñado un gato en el jardín o lo había
visto, me di cuenta por enésima vez que no estabas a mi lado. En los meses que siguieron a tu
muerte - ocurrida en octubre - y hasta ese día, viví muchas veces la actualización de tu ausencia,
sobre todo en las mañanas. El despertar como reset.

Al principio era violento. Un pensamiento súbito como una bocanada de aire inesperadamente
fría. Solo una vez soñé contigo. En el sueño te acercabas y me decías: "Todo está bien". Y ya,
así fue el sueño.

Poco a poco, extrañarte fue menos cruel pero mucho más triste. El duelo hizo el aire espeso a mi
alrededor y todo me costaba: moverme, hablar, respirar. Ahora agradezco la puntualidad de los
ritos funerarios que se gestionan casi automáticamente. En las 48 horas que siguieron a tu
muerte todo sucedió a mi alrededor prácticamente sin mi intervención. Yo estuve en tu velorio y
luego en la cremación, y a cada evento asistí como un fantasma.

Tardé una semana en decidir qué hacer con la urna, eso no lo habíamos pensado o no habíamos
podido planearlo. Tampoco lo hablamos antes de que viniera la operación y el breve lapso de
mejoría antes del coma, cuando nos dedicamos a dibujar un futuro que no sucedería: si
tendríamos perro otra vez o iríamos por fin a tu amado Trieste. Fantasmas del futuro que no
tuvimos.

Llevé la urna a casa, tus amigas ya habían colocado las muchas flores del velorio alrededor del
“caracol” hasta cubrir casi todo el espacio del jardín, con velas hicieron un camino y un borde
luminoso; una escena hermosa ante la que callamos hasta que amaneció. Con el sol llegaron las
mariposas blancas en gran número, atraídas por las rosas, los acapulcos y crisantemos. No sentí
nada extraordinario en su presencia pues son una especie común en la ciudad. Ahora me alegra
topármelas con frecuencia y, al verlas, pienso en ti.

Yo había perdido muchísimo peso en los días del hospital, lo suficiente para que la familia,
preocupada por mi salud, alquilara una casa en Acapulco y me llevara allí a pasar diciembre.
Cuando regresé a casa, tu ropa ya no estaba en el closet y tus cajones estaban vacíos. Agradecí
que tus hermanas me evitaran esa tarea, no sé si hubiera tenido fuerza para emprenderla solo,
pero aún faltaba desmontar tu consultorio y en ello había algo de profanación, pues ese era tu
espacio exclusivo, mi frontera en nuestra casa.

Comencé con los libros, ya que los había prometido a la escuela donde enseñaste. De pronto, una
hoja con tu caligrafía cayó de entre los tomos de tus ajadas “Obras completas de Sigmund Freud”
me resistí a leerla, pensé que nada en ese lugar estaba destinado a mis ojos. En un cajón:
paquetes con cartas, sobres con fotos. En otro: el álbum de tu primera boda, postales. ¿A dónde
van los secretos que se quedaron sin dueño? ¿A dónde tu vida antes de mí, al margen de mí? Y
¿qué hacer con las decenas de libretas en las que tomabas notas de las sesiones? Qué mar de
intimidades, qué concierto de confesiones. No sabré nunca de su contenido, tras mucho pensarlo
las entregué al fuego. Me despedí de tu consultorio recordando un verso de las “Elegías de
Duino” de Rilke: En ningún lugar, amada, existirá el mundo sino adentro.

Dicen que las personas que sufren una amputación pueden percatarse de sensaciones como
comezón o dolor, aún cuando el miembro no está más allí. Son los “dolores fantasma”.
Durante muchos meses extrañarte fue una sensación totalmente física: era acunar la mano en la
forma con la que tomaba la tuya cuando nos quedábamos en silencio algunas tardes, a cierta hora
en la que la luz entraba por las ventanas ovaladas de la sala. Era dormir en el extremo de mi lado
de la cama, era que yo siguiera pensando en tu lado de la cama. Esa sensación también me trajo
un sueño: estaba en el mar, nadando, me había alejado bastante de la playa y de pronto me daba
cuenta de la presencia de un tiburón. Intentaba escapar pero era inútil, el tiburón me mordía en el
costado y yo sentía el dolor, el filo de los dientes, la carne desgarrada. Nadie se daba cuenta.
Trataba de continuar hacia la playa sintiendo los jirones de piel y ese enorme hueco en mi
costado. Desperté con una contractura en la espalda, como si la herida hubiera saltado del sueño
a mi cuerpo. Pasó el dolor, el hueco se quedó.

La conciencia de ese hueco me asaltaba con frecuencia, movida por resortes impredecibles,
como el día en que me eché a llorar frente a una confundida demostradora de tienda
departamental quien me ofreció tu perfume. El aroma me sacudió como si me hubieran
arrancado la costra de una herida reciente y caí de rodillas en el piso 2 de Liverpool, llorando con
una notita de Chanel 19 en las manos. Aún más intensa fue la primera vez que abrí el botecito de
la albahaca y una enorme melancolía me dejó tirado una semana, porque supe que ese era tu
verdadero perfume. Tú: hierbas de olor e Italia. Aromas: fantasmas de fantasmas.

El gato volvió, sentí su mirada mientras preparaba el café. Estaba sentado como una estatua en la
barda frente a la ventana de la cocina. Su quietud era profunda, me confortaba de una manera
inquietante. Me quedé tan quieto como pude, mirándolo. Me distrajo el ruido de la cafetera
cuando se agotó el agua, por un instante brevísimo desvié la mirada. Fue un segundo apenas, te
lo juro, pero cuando lo busqué otra vez el gato ya no estaba allí.

Me doy cuenta de que te estoy contando todo esto como si pudieras leerme. Te reirías de mí,
pienso, porque ambos creíamos en la muerte como el fin, sin continuidad de ninguna otra especie
que la memoria. Pero en esos días recordar no aliviaba.
Deseaba una prórroga: una palabra más, un poco más de nosotros. Eso y tantas cosas se
conjuntaron para que le abriera un espacio en mi mente a la posibilidad de tu fantasma y quisiera
ver en el gato; en la jacaranda que tímidamente comenzaba a florear; en el silencio; en el
escalofrío que me recorrió la espalda, motivos para decir tu nombre en voz alta:

¿Gina?

Pero no pasó nada, nada de nada. Nunca me atreví a intentarlo de nuevo.

El gato se llama Milan, me lo encontré estaba parado en la escalera. Como nadie contestó en el
teléfono inscrito en la placa le abrí la puerta. Entró sin titubeos y caminó por la casa con
familiaridad, como si ya la conociera.

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