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TEMA 2:

EL LIBRO OCCIDENTAL EN LA EDAD MEDIA


1. Los scriptoria monásticos y el códice
1.1. Coordenadas temporales y mitos de la Edad Media

La Edad Media es un periodo histórico que abarca desde la caída del


Imperio Romano de Occidente en el año 476 hasta finales del siglo XV con el
descubrimiento de América, la caída de Constantinopla, la toma de Granada y la
invención de la imprenta. Tradicionalmente, se ha dividido esta etapa en dos:

1. La Alta Edad Media, que abarcaría desde el siglo IV hasta el XII.

2. La Baja Edad Media, que abarcaría desde el siglo XIII hasta el XV.

Sin embargo, algunos historiadores seccionan la Edad Media de la siguiente


forma:

1. Alta Edad Media o Edad Media temprana-los Dark ages de los


historiadores anglosajones-, que abarcaría desde el siglo IV al X.

2. La Plena Edad Media, Edad Media Clásica, Edad Media Central o Periodo
Feudal, que terminaría en el siglo XIII.

3. La Baja Edad Media o Edad Media tardía, que abarcaría desde el siglo XIV
hasta el XV.

La imagen negativa sobre la Edad Media llegó a su punto álgido durante la


Ilustración. No obstante, se trata de un periodo larguísimo que ocupó más de mil
años y que conjugó la herencia grecolatina, las aportaciones germánicas, el
cristianismo y las influencias orientales del Imperio Bizantino y el islam. En otro
orden de cosas, se sabe del conocimiento de la lectura y el teatro clásico en esta
época. Un ejemplo es el de la monja alemana Rosavita Gandersheim. Otro, el de
Publio Terencio Afro, dramaturgo romano del siglo II a.C. que adaptó obras griegas
y escribió comedias originales y que tuvo un éxito notable en la Edad Media.

1.2. El libro en Bizancio

En el año 395, Teodosio divide el Imperio Romano entre sus dos hijos,
Honorio y Arcadio. La parte oriental tendrá su capital en Constantinopla,
establecida en el 330 por Constantino sobre la antigua Bizancio. El Imperio
Romano de Oriente perduró durante toda la Edad Media hasta la toma de la ciudad
por los turcos en el año 1453. Constantino fundó en su capital una biblioteca con
sabios griegos dividida en dos secciones: literatura cristiana y literatura. También
creó una academia para el estudio y la transcripción de los textos clásicos. Los
monasterios sirvieron igualmente de refugio de la cultura griega en la Edad Media.
Destacan el Monasterio de Studion y los Monasterios del monte Athos. Otra
biblioteca a destacar es la de Juliano el Apóstata, compuesta por literatura clásica.

1.3. Las bibliotecas y los centros de producción de libros en Occidente

Al desaparecer muchas de las instituciones tradicionales romanas, la Iglesia


las sustituyó en lo territorial. Además, los monasterios y las escuelas catedralicias
fueron principales centros de conservación de la literatura-cristiana y clásica-
gracias a la preocupación de figuras como Boecio, Casidoro y San Isidoro.
Casiodoro pertenecía a una distinguida familia romana. Fundó el monasterio de
Vivarium, en el sur de Italia, con el fin de cultivar la vida religiosa e intelectual. Allí
tuvo mucha importancia la copia de textos cristianos, griegos y romanos para
tender puentes entre la cultura antigua y la nueva. San Benito fundó en el año 529
el monasterio de Montecassino en Italia. Su regla daba una gran importancia a la
lectura de la Biblia y los Santos Padres. Esto llevó a que en los monasterios fuera
necesaria la formación de una biblioteca que, además de promover la copia y
producción de obras cristianas, facilitó la conversación de los clásicos, pues para
dominar la lengua latina era necesario el estudio de los autores paganos.

A finales del siglo XI en este mismo monasterio, bajo el abad Desiderio,


luego para Víctor III, se experimentó un renovado interés en los clásicos. Se
establecieron con Bizancio y se copió una impresionante serie de manuscritos de
autores clásicos. Entre otros, se recuperaron textos de Tácito, Apuleyo, Séneca o
Varrón.

Durante toda la Edad Media, los depositarios de la cultura fueron las


escuelas palatinas y monásticas. No obstante, durante la Baja Edad Media-debido a
acontecimientos históricos como la invención de la imprenta en el siglo XV, el
desarrollo de ciudades, burgos y universidades, la apertura progresiva de la
educación, el aumento de las comunicaciones y el comercio, la aparición de
órdenes como los dominicos y franciscanos o la corriente humanista de la devotio
moderna-aparecen las escuelas capitulares o catedralicias y los estudios generales.
Destacan los talleres gremiales, foco de fabricación de libros controlado por los
gremios de artesanos. Sobresalen también los scriptoria, principales centros de
producción de libros en el Medievo occidental, que solían ser una habitación de un
monasterio dedicada a la copia de manuscritos.

1.4. El valor del libro medieval

La vinculación del libro con los monasterios puede relacionarse con la


sacralidad que se le otorgaba al libro durante la Edad Media. La palabra tenía ya un
carácter sagrado en la tradición hebrea, donde los copistas eluden escribir los
nomina sacra si no es en su forma abreviada. De hecho, en el evangelio de Juan la
palabra equivale a la presencia divina. El respeto por la palabra será heredado
también por el Islam, que dará a su caligrafía un valor casi sagrado. En sus
Institutiones, Casiodoro afirma que cada letra que escribe el copista es una herida
en el cuerpo de Satán. En este contexto, es interesante mencionar a Titivillus, un
demonio que inducía a cometer errores en los scriptoria y, más adelante, en las
imprentas. Los errores hallados por Titivillus eran introducidos en el saco que
portaba a su espalda. Todas las noches, el demonio llevaba el saco al infierno y allí
los errores se anotaban en un libro para ser reclamados en el Juicio Final.

También el libro se usó con valores curativos o taumatúrgicos. Juan de


Salusbury narra cómo San Cutberto curó a un hombre con el Evangelio de Juan.
Además, se tiene constancia de la existencia de manuscritos-faja de más de tres
metros de longitud que se utilizaban para envolver el vientre de las mujeres
parturientas. Asimismo, y aunque su valor curativo ya no tuviera ningún efecto, se
halló un salterio abierto-colocado a modo de almohada-bajo la cabeza de una
muchacha en un cementerio copto. Más relacionado con la justicia que con la
medicina, es digno de mención que El código de Justiniano estipulaba que un
proceso judicial sólo sería legal si están presentes los Evangelios. Todavía hoy, en
algunos países, se profieren los juramentos sobre la biblia. No hay que olvidar que
el libro, además, era un objeto muy caro al alcance de ciertas élites, al menos en la
mayor parte de la Edad Media. Su materia prima costosa, la rica encuadernación y
la abundancia de imágenes se sumaron a su función de contenedor de textos
sagrados, científicos y jurídicos.

1.5. Los scriptoria monásticos y el códice

En primer lugar, es importante distinguir entre manuscrito y códice. Se


denomina manuscrito a cualquier texto copiado a mano, incluido los manuscritos
modernos y contemporáneos, incluso mecanografiados. Normalmente, se emplea
el término “códice” a aquellas obras ricamente decoradas y encuadernadas del
periodo medieval. No obstante, códice realmente es el formado de libro compuesto
por hojas reunidas en uno o más cuadernos. Con frecuencia, los cuadernos están
formados por hojas plegadas en dos-bifolios-, unidas entre sí por un hilo que
transcurre a lo largo del pliegue. En la Alta Edad Media, esta práctica fue
desarrollada fundamentalmente por monjes, convirtiéndose los scriptoria en los
principales depositarios de la cultura de la Alta Edad Media. Sin embargo, la
creciente demanda privada permitió que, a mediados del siglo XII, comiencen a
constituirse talleres profesionales de carácter laico y gremial.

El scriptorium en los monasterios era el local frecuentemente contiguo a la


biblioteca y destinado a la labor de copia de libros. Es habitual que estos espacios
se ubicaran en las torres por su buena iluminación y por estar constituidas en
piedra, lo que las protegía del fuego. El armarius era la persona encargada de
organizar la actividad que se realizaba en el scriptorium, pues se preocupaba de
abastecer al taller de los materiales necesarios, desde las pieles a los pigmentos,
hasta las plumas o tablas para la encuadernación. Con el beneplácito del abad,
escogía los textos a copiar y luego se responsabilizaba de la corrección del texto y
la buena factura de la obra. El rito visigótico estipulaba una ceremonia especial
para investir del cargo del armarius.

1.6. La elaboración del códice

En un principio, el copista elaboraba el códice sobre sus rodillas,


sirviéndose de una tablilla como apoyo, como se había copiado hasta entonces el
rollo de papiro o pergamino. Posteriormente, se empleó un pupitre inclinado.

Aunque el códice había surgido como un soporte barato, de fácil transporte


y desligado de la literatura, a inicios de la Edad Media se convirtió en la forma
oficial del libro. Hasta el siglo V, el códice se escribía tanto sobre papiro-códice
papiráceo-, como sobre pergamino-códice pergamináceo-. Pese a su peor
conservación, el papiro mantuvo durante siglos el prestigio del rollo antiguo, por lo
que muchos documentos-especialmente eclesiales- siguieron usando el papiro
como soporte hasta el siglo XI.

Para elaborar el códice, el copista se valía para la escritura del cálamo, la


pluma de ave, el cortaplumas y un par de tinteros para la tinta negra y roja. Eran
frecuentes también la piedra pómez y la esponja como materiales empleados para
borrar lo escrito. Asimismo, para la preparación del soporte se empleaban el
punzón o la rueda, el lápiz de plomo, reglas y escuadras. Las tintas medievales eran
más espesas que las actuales y se aplicaban con pluma de ave o caña para los
textos y con pincel para las iluminaciones. La tinta negra denominada “negro de
humo” se elaboraba con carbón o madera quemada mezclados con goma o algún
otro aglutinante. Existen también las tintas llamadas metaloácidas o ferrogálicas,
fabricadas a partir de la nuez de agallas de robles y encinas-ricas en ácido tánico-
que se mezclaba con sulfato de hierro y goma arábiga.

Los códices medievales, como los actuales, estaban compuestos por


cuadernillos formados por hojas que se doblaban por el centro y que reciben el
nombre de bifolios. Los textos se copiaban antes de coser los cuadernillos y los
escribanos debían tener en cuenta el espacio destinado a las ilustraciones, que se
solían hacer después. Debido a lo complejo del proceso de confección de los
librillos, es frecuente la aparición de anotaciones de taller que permiten al
iluminador saber dónde realizar su trabajo y al encuadernador ordenar las hojas.
El plegado de las hojas sobre sí mismas determinaba el formato de los libros; los
más habituales eran: in folio o in medio, si se realizaba una sola doblez; in quarto, si
se realizaban dos dobleces; in octavo, si se realizaban tres dobleces.

El primer paso en la elaboración del códice consistía en la preparación de


los cuadernos. Los manuscritos medievales estaban formados por una serie de
bifolios. En función del número de bifolios los cuadernos reciben diferentes
nombes:

1. El singulión o unión, formado por un bifolio doblado a la mitad.

2. El duerno o binión, formado por dos bifolios.

3. El terno o ternión, formado por tres bifolios.

4. El cuaterno-nombre del que procede la palabra “cuaderno”, lo que indica


que era el formato más frecuente-, cisterno o cuaternión, formado por
cuatro bifolios.

5. El quintión o quinterno, el senión o sisterno, etc.

Los cuadernos eran la unidad de trabajo del copista medieval hasta el siglo
XII y se producían de dos formas:

1. Los cuadernos encartados-los más frecuentes-, en los que una vez


doblados, se insertan unos en otros.

2. Los cuadernos alzados, en los que dos hojas se superponen y pliegan a la


vez.

Los códices, por su parte, pueden ser monocuadernos o contener varios


fascículos. Ocasionalmente, los cuadernos eran irregulares por necesidades de
acortar o alargar una parte de la obra. En estos casos, era frecuente cortar una de
las mitades del bifolio, pero manteniendo una pequeña parte o lengüeta-
denominada pestaña o talón-para permitir el cosido. Es curioso el sistema de
imposición. Y es que existen casos en los que el copista escribía en el pliego entero
antes de hacer las dobleces. Este sistema puede ser el antecedente del que
posteriormente fue utilizado por la imprenta. En otro orden de cosas, al construir
los cuadernos de pergamino se tenía la precaución de que las caras de la piel
coincidieran. Este método se conoce como regla o ley de Gregory.

Sobre las hojas del cuaderno se trazaban los márgenes de escritura y una
falsilla con el fin de establecer los renglones que permitían escribir con corrección:
es la inquadratura o pautado. Hasta el siglo XII, se usa el pautado a punta seca, que
prácticamente no añade color. Posteriormente, se pondrán de moda otros modelos
más visibles. Además, se agujereaban los márgenes o el centro del cuadernillo con
un punzón o rueda, a la misma distancia, para dejar una referencia idéntica para
todas las hojas. Es lo que se conoce como punteado o perforado. La foliación no
siempre estuvo presente, pero los cuadernos solían incluir numeración al final de
cada uno para facilitar la ordenación. Otras veces, se usaba una signatura
alfanumérica, elemento que perviviría en el libro impreso. Un método curioso para
ordenar los cuadernos eran los reclamos, pequeñas anotaciones o ilustraciones
que, al final de un cuaderno, contenían las primeras palabras del siguiente.
Una vez la labor del copista había terminado, el rubricator continuaba con la
elaboración del códice. El rubricator marcaba con tinta roja los títulos, los capítulos,
calderones, el título corriente y otra serie de elementos de organización del texto.
En este sentido, cobra importancia la iluminación de los manuscritos. Hasta el siglo
V, los libros cristianos eran esencialmente anicónicos, pero a partir de estas fechas
sus hojas se van a poblar de ricos programas iconográficos. Esta riqueza visual se
amplía también a ciertas encuadernaciones que en ocasiones se mostraban
abiertas como un díptico. El arte de la miniatura consiste en ilustrar o iluminar
determinados textos religiosos, literarios o científicos. Estas iluminaciones se
hacían a mano y son características de la producción literaria anterior a la
invención de la imprenta en el siglo XV.

La palabra miniatura tiene dos orígenes posibles: puede proceder de minio,


pigmento anaranjado muy usado en la decoración; o puede proceder de minium,
pequeño en latín. Sin embargo, en las fuentes contemporáneas medievales no se
emplea este concepto, sino que se hace alusión a la “iluminación”. En el mundo
antiguo, ya existieron libros ilustrados, pero su formato-el rollo o volumen-
dificultaba su lectura y conservación. Por tanto, en el desarrollo de la miniatura
medieval, jugó un papel decisivo el cambio del rollo al códice, ya fuera de papel o
pergamino. Este cambio a un formato más cómodo y manejable obligó a
reestructurar las obras.

La técnica empleada para incorporar los colores en la iluminación fue el


temple- del latín temperare-, una emulsión de agua, pigmento y un aglutinante. El
aglutinante ideal es el huevo, pero también se usa la cola animal, la grasa vegetal, la
caseína y la cera de abeja. Las tintas rojas se elaboran con bermellón-o sulfuro de
mercurio-minio, cinabrio, púrpura o carmín. En lo que azules respecta, se
distinguen tres: la azurita o azul de Alemania, que con la humedad se vuelve verde;
el índigo o añil, que se extrae de las plantas del género indigofera tinctoria; el
lapislázuli o azul ultramarino, que se usa a partir del siglo XIII y es bastante más
caro. Las tintas verdes pueden proceder de la malaquita-que es un mineral caro e
inestable-o del verdegrís o cardenillo-obtenido del acetato de cobre, lo que lo
convierte en un pigmento tremendamente tóxico-. Por su parte, el blanco de plomo
o albayalde se obtiene de la corrosión de planchas de plomo con vino o vinagre. Su
toxicidad provoca que sea sustituido por el blando de zinc en el siglo XIX. También
es frecuente el empleo del oro, que se aplica en finas láminas sobre el pergamino.
Suele ser tratado con bol de Armenia para permitir su adherencia al códice. La
finura de las hojas de oro y este aglutinante permiten que no se dañe el soporte.

Existen distintos tipos de iluminación. Una de las más llamativas es la letra


capitular, primera letra de cada capítulo que aparecía adornada con pigmentos, oro
e ilustraciones. Además de su función ornamental, este elemento indicaba el
transcurso de un capítulo a otro. Son dignas de mención las impresionantes letras
capitulares del Libro de Kells. Las viñetas, por su parte, representan escenas del
libro como si se tratasen de una especie de tebeo, poniendo en la misma página
varias ilustraciones relacionadas con el texto. La página completa se diferenciaba
de las viñetas por ser una única ilustración-y no varias-que ocupaba toda una
página. La orla era un conjunto de ornamentos e ilustraciones que rodeaban el
texto. Estas ilustraciones marginales constituyen ocasionalmente verdaderas obras
de arte. El contenido de las orlas podía o no estar relacionado con el texto. Las
páginas tapiz podían ser usadas también como separadores y sobresalen por sus
ilustraciones similares a las alfombras o tapices. Finalmente, la marginalia es el
conjunto de anotaciones e ilustraciones de los márgenes que tendían a portar un
carácter satírico y lúdico, ridiculizando o satirizando ocasionalmente el contenido
del texto.

El último artífice en intervenir en la elaboración del códice era el


encuadernador o ligator, responsable de coser los cuadernos e incorporar las
cubiertas para proteger el libro. Las cubiertas medievales solían ser de cartón,
madera o papelón, que es una tapa formada por varias hojas de papel. Para
encuadernar el códice, varios grupos de cuadernos se cosían con hilo de lino a unos
soportes flexibles-que podían ser tiras de cuero-llamados nervios- .A continuación
el encuadernador añadía cintas, que aseguraban los extremos de las páginas en el
lomo del libro. Finalmente, el encuadernador acordonaba los nervios a lo largo del
lomo mediante unos huecos que se habían abierto en las cubiertas. En ocasiones,
se cubría el manuscrito con cuero.

La función básica de la encuadernación era proteger el códice.


Posteriormente, se le dio a la encuadernación una función simbólica. Así pues,
fueron apareciendo ricas encuadernaciones empleadas de forma ornamental o
para honrar un contenido sagrado, como ocurría con las encuadernaciones de
aparato carolingias. Una de las técnicas decorativas más utilizadas en la
encuadernación era el gofrado, que consistía en marcar la piel con una pieza de
hierro caliente. La temperatura del instrumento de hierro era crucial, porque debía
estar lo suficientemente caliente como para dejar una marca, pero no tanto como
para quemar la cubierta. Se cree que el gofrado tiene un origen islámico. Sobresale
también el dorado, que consistía en añadir una lámina de oro al pie del libro.
Además, es digno de mención el libro de encuadernación de cintura, que es un
códice con un triángulo de cuero que sobresale de la encuadernación para que
pueda colgarse del cinturón. La principal finalidad de estos libros era su movilidad.
Por tanto, las profesiones que hacían uso de estos libros de cintura eran, por
ejemplo, los comerciantes, los médicos o los notarios. Los libros encadenados, por
su parte, podían encontrarse en monasterios y bibliotecas para evitar que se
robasen los manuscritos
1.7. La autoría medieval

Los libros medievales carecen de portada-que fue generalizada tras la


llegada de la imprenta-, por lo que las menciones de autoría se hacían al comienzo
o al final del texto en lo que se denomina íncipit-latín para “aquí comienza”-y
éxplicit-latín para “aquí termina”-. Desgraciadamente, la primera y última hoja del
manuscrito son las que más se deterioran, lo que explica la abundancia de textos
anónimos en la literatura medieval. Por este motivo, comenzaron a introducirse en
los códices las hojas de respeto, que son hojas en blanco empleadas para proteger
el íncipit y el éxplicit. En lo que la autoría material-referida a la fecha de copia,
santo del día o el nombre del impresor y del domicilio- respecta, esta misma
aparece en una anotación llamada colofón, aunque en él también pueden hallarse
datos de la autoría intelectual.

Es interesante detenerse en la autoría del Cantar del Mío Cid. Pese a que el
manuscrito más antiguo conservado del cantar pertenece al siglo XIV-dato
conocido gracias al tipo de letra y de iluminación empleados en él- , se cree que el
texto original pertenece a finales del siglo XII o principios del XIII. Según varios
estudiosos, el copista del manuscrito del siglo XIV obtuvo el texto de un manuscrito
de 1207, del que copió también el colofón. Por tanto, es evidente que los colofones
no son siempre totalmente fiables. Otro caso interesante es el de Beato de Gerona,
en cuyo colofón aparece Ende, primera pintora de la península de la que se tienen
dato. Destacan igualmente colofones con información sobre la labor y la vida del
copista.

En otro orden de cosas, la intertextualidad por parte de los lectores


presente en el Medievo es cuanto menos curiosa- Y es que, cuando alguien leía un
pasaje que le resultaba interesante, solía dibujar garabatos o realizar anotaciones
en el margen. Sobresalen las manículas, que son manecillas que el lector dibujaba
para señalar una parte del texto que le parecía interesante.

1.8. Problemas de conservación del libro medieval

Uno de los principales problemas para la conservación del libro medieval


eran los llamados insectos bibliófagos-como las termitas o los pececillos de plata- y
otras plagas que se alimentaban de materia animal y fibras vegetales. En la Edad
Media, los monjes conservan los libros en armarios cantorales con un pequeño
orificio que se empleaba para que los gatos pudieran controlar a los ratones y otras
plagas que pudieran dañar el pergamino. Actualmente, las bibliotecas que recogen
estos textos históricos tienden a tener medidas de limpieza y prevención de plagas
muy estrictos para paliar este problema. Otro inconveniente era la humedad,
porque el papel se descomponía y generaba hongos, mientras que el pergamino era
hidroabsorbente, con lo que se deterioraba en ambientes muy secos o muy
húmedos. Por razones obvias, el fuego también era un peligro para los manuscritos.
Para prevenir esta situación, se recurría a la piedra como material de construcción.
1.9. La tipología del libro altomedieval: la escuela irlandesa y la escuela
carolingia

Dentro del contexto del mundo anglosajón, tiene mucha importancia la


cultura cristiana. Son monjes como San Patricio o San Columba los que llevan el
cristianismo a las islas británicas. Allí, crean grandes scriptoria con un modelo de
libro que posteriormente se esparcirá por todo el continente: la introducción de las
letras capitulares y de elementos decorativos basados en tradiciones textiles y
orfebres precristianas-como los entrelazos y las cintas-. Estos libros son muy
curiosos porque dentro de estas letras capitulares se desarrolla un mundo de
pequeñas figuras e ilustraciones que muchas veces se han relacionado con el
Horror vacui. Probablemente, la mejor obra irlandesa es el libro de Kells. La teoría
más aceptada indica que se comenzó en Iona, pero ante el peligro vikingo fue
trasladada a Kells. Está copiado mayoritariamente en mayúscula por tres copistas
diferentes y profusamente decorado con pigmentos de gran carestía como el
lapislázuli. El cumdach es una caja o estuche ornamentado que servía para guardar
libros considerados reliquias.

Dentro del contexto europeo peninsular, Carlomagno se convierte en el


artífice del llamado renacimiento carolingio, que trata de emular el esplendor del
imperio romano en lo político y cultural. El mundo cultural carolingio tiene dos
influencias: el clasicismo del mundo antiguo y los manuscritos del mundo irlandés.
Carlomagno, aunque era iletrado, tuvo gran preocupación por la cultura y encargó
a una serie de personajes como Alcunio de York o Eginardo una reforma del
ámbito cultural de su reino mediante la que se implantó la escritura carolingia en
todo el territorio, se impulsó de nuevo la lengua latina y se emprendió una extensa
copia de manuscritos del mundo clásico. En la labor de unificación política y
expansión territorial, iniciada por Carlomagno y sus colaboradores, tuvo mucha
importancia la cancillería del Palatium, encargada de producir los documentos que
se distribuían por todo el reino. Para mejorar las comunicaciones, se desarrolla la
llamada letra carolina, de fácil lectura y basada probablemente en la minúscula
romana. Inicialmente, la cultura carolingia estuvo fuertemente influida por la
herencia irlandesa y anglosajona, ya que fueron monjes de esa procedencia, como
Alcuino de York, los que fundaron los primeros monasterios en el continente.

En este contexto, destacan los evangelios de la coronación, que pertenecen a


la escuela palatina, vinculada al palacio de Carlomagno. Se les llama así porque en
el año 1000, al abrir el sepulcro de Carlomagno, encontraron esta obra en él. Se
usaron para jurar el cargo de Emperador durante la Edad Media y Moderna.
1.10. Tipos de libros altomedievales

En la Alta Edad Media, los libros estaban vinculados a las élites por su
precio, su prestigio y por el alto grado de analfabetismo. Se encuentran
fundamentalmente tres tipos de libros:

1. Libros de oración y litúrgicos de tipo práctico y teológico. Entre ellos se


encuentran la Biblia, los Evangelios, los Evangeliarios-selección de lecturas
evangélicas en función del ciclo litúrgico-, Epistolarios-recopilaciones de las
cartas bíblicas-, Breviarios y Misales- utilizados para decir misa-, y el
martirologio-libro sobre mártires-. La Biblia tiene el Antiguo Testamento-
prácticamente equiparado con los textos sagrados hebreos- y el Nuevo
Testamento, formado por los cuatro Evangelios, los Hechos de los Apóstoles,
las Epístolas y el Apocalipsis. La Vulgata es la Biblia oficial de la Iglesia
desde el Concilio de Trento. En la Península, destacan las Biblias mozárabes.
Los manuscritos mozárabes son manuscritos muy peculiares. La Biblia de
Burgos la estudió un investigador a través de fotografías y se llegó a la
conclusión errónea de que contenía palabras en alemán. Destacan también
los salterios o libros de salmos.

En otro orden de cosas, sobresale el comentario al Apocalipsis-el final de los


tiempos con la batalla final entre el Bien y el Mal- de Beato de Liébana. Los
Beatos no tienen nada que ver con los personajes religiosos. Es un nombre
propio de un hombre que vivió en un monasterio en la actual Cantabria. La
importancia de este libro reside en la obligatoriedad en ciertos momentos
del ciclo litúrgico de la lectura del Apocalipsis. Es un libro muy simbólico y
era muy difícil para los sacerdotes construir un sermón en torno a él. Beato
reúne varios comentarios sobre el libro y realiza aportaciones propias para
confeccionar el texto. Hay que tener en cuenta que cuando el Apocalipsis se
escribió, el gran enemigo de los cristianos era el romano (relación entre la
bestia de las siete cabezas y las siete colinas de Roma o las vestimentas
púrpuras de la gran prostituta de Babilonia y los ropajes patricios). En
época de Beato, los enemigos eran los musulmanes (ahora, la gran
prostituta viste de forma islámica). Este texto ha tenido muchas
reinterpretaciones a lo largo de la historia (luteranos contra el Papa o los
ingleses contra Napoleón). Los Beatos siguieron haciéndose hasta el siglo
XII, cuando se produjo un cambio de liturgia y se dejó leer el Apocalipsis.

2. Textos científicos. Aunque no pueda aplicarse el conocimiento


contemporáneo de la ciencia, hubo un gran interés precientífico en
cuestiones domésticas, alquímicas, botánicas, medicinales, higiénicas y
astrológicas. Los astros eran muy importantes para el hombre del medievo,
pues creía que el carácter estaba condicionado por los astros que regían en
el momento de su nacimiento. Por tanto, son importantes los códices de
astrología y cómputos, porque las matemáticas son esenciales para
determinar el movimiento de los astros. Entre los códices de astrología,
destaca el Códice de Metz. Las Etimologías de San Isidoro es una
enciclopedia que, igual que otras obras de la Antigüedad, trata de reunir
todo el conocimiento de la época. San Isidoro se considera el último escritor
antiguo por su gran conocimiento del mundo clásico. Los bestiarios son
también famosos en el mundo medieval: son tratados sobre bestias y
animales, aunque con un gran carácter ficcional y didáctico, llegando
incluso a compararse con los manuales de conducta cristianos. El más
antiguo es el Fisiólogo de Berna, escrito aproximadamente en el siglo IV en
Alejandría.

3. Libros de contenido jurídicos. Además de los compendios legislativos,


como las Siete Partidas de Alfonso X El Sabio, existen también códices
administrativos, como los cartularios y tumbos, que son recopilaciones de
todos los beneficios fiscales que los monasterios y las Iglesias recibían de
los monarcas. Normalmente suelen ir ilustrados con la imagen del monarca
que ha concedido ese privilegio a modo de función validativa. No es de
extrañar entonces que muchos de esos documentos se falsificaran.

2. El libro Bajomedieval
2.1. La secularización de la confección del libro

Con la llegada de la Baja Edad Media se produce una secularización en la


producción del libro, es decir, se desplaza la producción del libro de los ambientes
religiosos-como los monasterios- a los civiles y urbanos: las Escuelas Capitulares o
Catedralicias, los Estudios Generales y posteriormente las Universidades, entre las
que sobresalen la de París, Bolonia, Salamanca y Valladolid. Destacan también los
artífices o artistas gremiales. La enseñanza medieval es en algunos aspectos muy
similar a la nuestra y en otros muy diferentes. Es fundamentalmente una
enseñanza oral articulada en tres estadios:

1. La lectio, que consiste en la lectura literal y el posterior comentario.

2. La quaestio, que consiste en el análisis del texto leído, cuestionándose el


mismo y buscando sus contradicciones o fallos.

3. La disputatio, debate o discusión académica.

Evidentemente, los alumnos necesitaban libros para poder seguir la clase.


La necesidad de contar con textos correctos, en número cada vez mayor debido a la
demanda de los estudiantes, dio lugar a la institución del sistema de pecia. Por ello,
a partir del siglo XIII se crearon estaciones o librerías en cada Estudio General o
Universidad y se desarrolló el sistema de pecias, que eran lugares en los que los
estudiantes podían ir a alquilar los libros para poder utilizar en las clases. El
encargado de gestionar la estación era el estacionario o librero, un personaje de
cierto prestigio, que tenía en su taller una copia de los libros de texto revisada por
el profesor y el Rector. Para llevar a cabo la pecia (del italiano pezzia, “pieza” o
“trozo”), se dividía el libro en cuadernos-normalmente un binión- que se
distribuían entre los estudiantes para que los copiaran. Este sistema generó varios
cambios en la producción del libro:

1. Cambio en la tipografía utilizada, al pasarse de una escritura libraria o


formada a una cursiva, más clara.

2. Los libros de los estudiantes están hechos en papel o en pergaminos


robustos.

3. Presencia de un complejo entramado de abreviaturas y correcciones.

4. El formato es más pequeño y manejable.

5. Aparición de libros a diferentes manos, porque los estudiantes a veces


mandaban a un escribano copiar las pecias.

6. Aparición de espacios en blanco posteriormente completados con las


glosas.

8. Desaparición de los elementos decortativos casi por completo.

A veces, en los márgenes de las pecias aparecían indicaciones o marcas, con


la que se informaba del lugar exacto en el que finalizaba. Los estacionarios no sólo
alquilaron cuadernos sino, que también vendieron libros. A su alrededor se
desarrolló un pequeño comercio de librería que antes no existía para dar servicio
al mayor número de personas interesadas en el libro.

Dominicos-una de las órdenes más cultas, pero responsables de la Inquisición- y


franciscanos (çordenes urbanas); devotio moderna (saber leer para relacionarse
con Dios).

La Pronunciatio se pone de moda a finales del siglo XIV, cuando aumenta la


producción de papel. A partir de estos años, la pecia comenzó a ser reemplazada
por este nuevo sistema, mediante el que se citaba a los estudiantes fuera del
horario de clase y de misa y un profesor o ayudante dictaba un texto que los
estudiantes copiaban y posteriormente cosían. El problema del dictado son los
errores que podían llevarse a cabo en la copia. Para evitar el robo de libros, en las
Universidades son frecuentes los libros encadenados.
2.2. La tipología del libro bajomedieval

Además de la nueva demanda universitaria, desde el siglo XIII en adelante


otros medios laicos- como las cortes reales y nobiliarias, e, incluso, entornos
burgueses y profesionales-mostraron su interés por la cultura escrita. La
evolución técnica, laboral, social y política influyó de manera notable en la
gran diversidad de formatos y contenidos del libro bajomedieval. Aunque se
siguen produciendo abundantes libros litúrgicos, hizo su aparición con gran
pujanza el libro científico, literario, musical, profesional, etc.

El libro se convierte en objeto de prestigio para monarcas y nobles, y luego


para intelectuales procedentes de la burguesía. En la Alta Edad Media, también lo
era, pero en la Bajad Edad Media se pusieron en valor las bibliotecas individuales
entre las clases altas y la burguesía. Se potenció así el comercio del libro y la
creación de talleres urbanos laicos. Un caso interesante son los libros de horas, que
eran los libros que empleaban los monjes para determinar qué oraciones tienen
que hacer en cada momento del día. Los laicos deciden imitarle como consecuencia
de la conversión del libro en objeto de lujo. Otro efecto del aumento de personas
letradas fue el despegue de la literatura de ocio en lengua romance con escasa o
nula decoración.

El libro de estudio y trabajo cobró importancia con la nueva estructura


social, pues numerosas profesiones liberales hicieron uso del libro en sus tareas
cotidianas. Se emplearon volúmenes en papel con amplios márgenes e incluso
cuadernos en blanco para las anotaciones manuscritas y, generalmente, austeros,
tanto en su composición interna como en su encuadernación. El libro de contenido
literario popular es un producto muchas veces autógrafo, distribuido a través de
copias individuales, destinado al ocio y a la sociabilidad del bajo clero, del
alumnado universitario y de artesanado urbano. Es una forma de cultura popular
oral, que se traslada a un soporte escrito debido al cambio cultural. Tiene también
mucha importancia el libro cortesano, porque se puso de moda que los nobles no
fueran solo grandes guerreros, sino también personas cultas. En estas cortes
bajomedievales, se realizaron lecturas colectivas y fueron contratados maestros
para que enseñaran a leer a sus hijos.

Los cancioneros son recopilaciones de obras poéticas y musicales que un


coleccionista mandaba copiar para su uso personal o para el uso en la corte.
Tuvieron un gran desarrollo en la Baja Edad Media y fueron una fuente esencial
para conocer la música de la época. Destacan el Cancionero de Ajuda, las Cantigas
de Santa María y el de Palacio. Se siguieron confeccionando lujosos cantorales, o
libros de coro, para las catedrales y capillas palatinas y nobiliarias.

El libro de horas era un breviario para laicos. Cuando llega la devotio moderna, se
puso de moda que las personas rezasen en sus casas-capillas u oratorios-. Los
libros de horas eran el máximo exponente del poder adquisitivo de las personas de
la época, porque se modificaban y personalizaban con los santos de la devoción del
comprador-normalmente, el santo con su nombre-. Era un libro para le lectura
personal y no comunitario. Existieron también libros científicos. Los bestiarios
tuvieron mucha importancia en la Baja Edad Media. En España, destacó la corte de
Alfonso X, que tuvo un gran interés por todas las ciencias y promovió el uso del
castellano como lengua culta y científica. Destacó el Libro del saber de Astrología.

La mujer se convirtió en objeto del libro medieval. Sin duda, una de las
figuras más destacadas es Christine de Pisan. Su obra más conocida es La ciudad de
las damas, perteneciente a la “Querella de las mujeres" y uno de los primeros
alegatos de defensa de las mujeres en una sociedad profundamente misógina.
Viuda con 25 años y madre de tres hijos logró ganarse la vida como escritora
profesional.

2.3. Los copistas laicos

Desde 1200, existe constancia documental de talleres de copistas


regentados por laicos, aunque se sabe que algunos clérigos seculares completaban
sus escasas rentas con tareas de copia e iluminación. Los nobles y burgueses
contrataban a los copistas y, luego, a los iluminadores y encuadernadores, que eran
profesionales algo menos valorados que los primeros. Mediante contratos se
acordaban los materiales a emplear, la decoración y el plazo de entrega de la obra
terminada.

Los gremios eran asociaciones de profesionales con objeto de proteger sus


intereses y controlar el mercado. En París, hubo gremios de iluminadores desde el
siglo XIII. En España, en cambio, se desconoce la existencia de corporaciones
librarias hasta el siglo XVI. Además, casi todos los artífices estaban unidos por
relaciones familiares y amistosas, por lo que había una especie de monopolio del
mercado que hacía difícil que personas fuera de estas redes se introdujeran en este
ámbito.

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