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Anotaciones para Una Autobiografía. Olga Orozco

Olga Orozco narra su vida desde su nacimiento en Toay, La Pampa, describiendo su entorno y experiencias que han moldeado su identidad. A lo largo de su autobiografía, reflexiona sobre su relación con la escritura, la fe, y su lucha interna con su propia imagen y la palabra. A pesar de sus limitaciones y la sensación de derrota, Orozco expresa un deseo de prolongar su vida y dejar un legado a través de su obra literaria.

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Anotaciones para Una Autobiografía. Olga Orozco

Olga Orozco narra su vida desde su nacimiento en Toay, La Pampa, describiendo su entorno y experiencias que han moldeado su identidad. A lo largo de su autobiografía, reflexiona sobre su relación con la escritura, la fe, y su lucha interna con su propia imagen y la palabra. A pesar de sus limitaciones y la sensación de derrota, Orozco expresa un deseo de prolongar su vida y dejar un legado a través de su obra literaria.

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ANOTACIONES PARA UNA AUTOBIOGRAFÍA

Olga Orozco

Con el sol en Piscis y ascendente en Acuario, y un horóscopo de estratega en


derrota y enamorada trágica, nací en Toay (La Pampa), y salí sollozando al
encuentro de temibles cuadraturas y ansiadas conjunciones que aún ignoraba. Toay
es un lugar de médanos andariegos, de cardos errantes, de mendigas con collares
de abalorios, de profetas viajeros y casas que desatan sus amarras y se dejan llevar,
a la deriva, por el viento alucinado. Al atardecer, cualquier piedra, cualquier
pequeño hueso, toma en las planicies un relieve insensato. Las estaciones son
excesivas, y las sequías y las heladas también. Cuando llueve, la arena envuelve las
gotas con una avidez de pordiosera y las sepulta sin exponerlas a ninguna
curiosidad, a ninguna intemperie. Los arqueólogos encontrarán allí las huellas de
esas viejas tormentas y un cementerio de pájaros que abandoné. Cualquier
radiografía mía testimonia aún ahora esos depósitos irremediables y profundos.

Cuando chica era enana y era ciega en la oscuridad. Ansiaba ser sonámbula con
cofia de puntillas, pero mi voluntad fue débil, como está señalado en la primera
falange de mi pulgar, y desistí después de algunas caídas sin fondo. Desde muy
pequeña me acosaron las gitanas, los emisarios de otros mundos que dejaban
mensajes cifrados debajo de mi almohada, el basilisco, las fiebres persistentes y los
ladrones de niños, que a veces llegaban sin haberse ido.

Fui creciendo despacio, con gran prolijidad, casi con esmero, y alcancé las
fantásticas dimensiones que actualmente me impiden salir de mi propia jaula. Me
alimenté con triángulos rectángulos, bebí estoicamente el aceite hirviendo de las
invasiones inglesas, devoré animales mitológicos y me bañé varias veces en el
mismo río. Esta última obstinación me lanzó a una fe sin fronteras. En cualquier
momento en que la contemple ahora, esta fe flota, como un luminoso precipitado
en suspensión, en todos los vasos comunicantes con que brindo por ti, por nosotros
y por ellos que son la trinidad de cualquier persona, inclusive de la primera del
singular.

En cuanto hablo de mí, se insinúa entre los cortinajes interiores un yo que no me


gusta: es algo que se asemeja a un fruto leñoso, del tamaño y la contextura de una
nuez. Trato de atraerlo hacia afuera por todos los medios, aún aspirándolo desde el
porvenir. Y en cuanto mi yo se asoma, le aplico un golpe seco y preciso para evitar
crecimientos invasores, pero también inútiles mutilaciones. Entonces ya puedo ser
otra. Ya puedo repetir la operación. Este sencillo juego me ha impedido
ramificarme en el orgullo y también en la humildad. Lo cultivé en Bahía Blanca
junto a un mar discreto y encerrado, hasta los dieciséis años, y seguí ejerciéndolo
en Buenos Aires, hasta la actualidad, sin llegar jamás hasta la verdadera maestría,
junto con otras inclinaciones menos laboriosas: la invisibilidad, el desdoblamiento,
la traslación por ondas magnéticas y la lectura veloz del pensamiento.
Mis poderes son escasos. No he logrado trizar un cristal con la mirada, pero
tampoco he conseguido la santidad, ni siquiera a ras del suelo. Mi solidaridad se
manifiesta sobre todo por el contagio: padezco de paredes agrietadas, de árbol
abatido, de perro muerto, de procesión de antorchas y hasta de flor que crece en el
patíbulo. Pero mi peste pertinaz es la palabra. Me punza, me retuerce, me inflama,
me desangra, me aniquila. Es inútil que intente fijarla como a un insecto aleteante
en el papel. ¡Ay, el papel! «blanca mujer que lee el pensamiento» sin acertar jamás.
¡Ah la vocación obstinada, tenaz, obsesiva como el espejo, que siempre dice «fin»!
Cinco libros impresos y dos por revelar, junto con una pieza de teatro que no llega a
ser tal, testimonian mi derrota.

En cuanto a mi vida, espero prolongarla trescientos cuarenta y nueve años, con


fervor de artífice, hasta llegar a ser la manera de saludar de mi tío abuelo o un
atardecer rosado sobre el Himalaya, insomne, definitivo. Hasta el momento sólo he
conseguido asir por una pluma el tiempo fugitivo y fijar su sombra de madrastra
perversa sobre las puertas cerradas de una supuesta y anónima eternidad.

No tengo descendientes. Mi historia está en mis manos y en las manos con que
otros la tatuaron. Mi heredad son algunas posesiones subterráneas que
desembocan en las nubes. Circulo por ellas en berlina con algún abuelo
enmascarado entre manadas de caballos blancos y paisajes giratorios como
biombos. Algunas veces un tren atraviesa mi cuarto y debo levantarme a deshoras
para dejarlo pasar. En la última ventanilla está mi madre y me arroja un ramito de
nomeolvides.

¿Qué más puedo decir? Creo en Dios, en el amor, en la amistad. Me aterran las
esponjas que absorben el sol, el misterioso páncreas y el insecto perverso.

Mis amigos me temen porque creen que adivino el porvenir. A veces me visitan
gentes que no conozco y que me reconocen de otra vida anterior. ¿Qué más puedo
decir? ¿Que soy rica, rica con la riqueza del carbón dispuesto a arder?

(Págs. 461/463, 1ra. edición, 2012, la lengua/poesía, Adriana Hidalgo Editora)

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