0% encontró este documento útil (0 votos)
56 vistas35 páginas

Comparativa del Sistema Ptolemaico Actual

Cargado por

Thimoty
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
56 vistas35 páginas

Comparativa del Sistema Ptolemaico Actual

Cargado por

Thimoty
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

ALGUNAS NOTAS SOBRE

EL SISTEMA PLANETARIO PTOLEMAICO


A LA LUZ DEL PARADIGMA ACTUAL

David Galadí-Enríquez
1993

1
ÍNDICE

0. INTRODUCCIÓN............................................... 3

1. EL SISTEMA SOLAR PARA LA ASTRONOMÍA HOY.................... 4


1.1. PRELIMINARES SOBRE ÓRBITAS Y MOVIMIENTOS.............. 4
1.2. LEYES DE KEPLER....................................... 8
1.3. LA FILOSOFÍA DEL ALMAGESTO
Y LA DE LA ASTRONOMÍA MODERNA......................... 9
El carácter de ley............................... 9
Armonía.......................................... 10
Causalidad....................................... 10
Universalidad.................................... 11
Ptolomeo y Copérnico............................. 11
1.4. LOS MOVIMIENTOS PLANETARIOS
OBSERVADOS DESDE LA TIERRA............................ 12
Elongación....................................... 12
Movimiento aparente de los planetas inferiores... 12
Movimiento aparente de los planetas superiores... 15

2. ALGUNAS NOTAS SOBRE EL SISTEMA PTOLEMAICO.................. 18


2.1. LA HIPÓTESIS GEOCÉNTRICA.............................. 18
2.2. LA ESFERA DE LAS ESTRELLAS FIJAS: PRECESIÓN Y AÑOS.... 19
2.3 MODELO DE PTOLOMEO PARA VENUS......................... 20
2.4. MERCURIO.............................................. 22
2.5. RELACIÓN DEL SOL CON LOS PLANETAS INFERIORES.......... 23
2.6. LOS PLANETAS SUPERIORES............................... 25
2.7. EL ORDEN DE LAS ESFERAS............................... 27

2
0. INTRODUCCIÓN.

Hay varias razones que hacen difícil la comprensión del Almagesto


al lector actual. Si nos referimos en concreto a la parte que
trataremos en estas notas, la teoría planetaria, la situación se ve
agravada, debido a la complejidad del sistema de Ptolomeo y a las
grandes diferencias (tanto de concepto como de punto de vista) que
existen entre el modelo ptolemaico y la tradición astronómica actual.
Para el lector no iniciado en materia astronómica, está el
inconveniente añadido de carecer de una imagen, siquiera aproximada, de
la realidad que Ptolomeo está tratando de describir matemáticamente.
Una lectura de Ptolomeo apoyada en el modelo de sistema solar vigente
hoy, pone de manifiesto que muchos elementos de la descripción
ptolemaica se corresponden con conceptos actuales (con gran precisión, a
veces) contemplados desde otro punto de vista. Comparando con la
ortodoxia actual se hará evidente, también, la necesidad de la mayoría
de las hipótesis de Ptolomeo: contemplada aisladamente, sin comparar con
los modelos modernos de la realidad que describe, la teoría planetaria
del Almagesto puede parecer en gran medida arbitraria, e
innecesariamente compleja.
Planteamos, pues, en estas notas, una comparación del modelo
ptolemaico del sistema solar con el modelo actual o, más exactamente,
con una primera aproximación al modelo actual: aquella proporcionada por
las leyes de Kepler. No se trata de comparar para evaluar o corregir,
sino para facilitar una comprensión cabal del significado de las
hipótesis ptolemaicas, separando con más claridad lo que es reflejo
directo de la realidad de lo que es exigencia del modelo elegido para la
descripción.
Pensando que a los lectores del Almagesto no iniciados en
cuestiones astronómicas puede resultar tan desconocido del modelo
kepleriano como el ptolemaico, en las páginas que siguen incluimos
también una exposición elemental de las leyes de Kepler y sus
consecuencias fundamentales.

3
1. EL SISTEMA SOLAR PARA LA ASTRONOMÍA HOY.

1.1. PRELIMINARES SOBRE ÓRBITAS Y MOVIMIENTOS.

Para la astronomía actual, el sistema solar es nuestro hogar


cósmico. Su extensión, comparada con la de la totalidad del universo,
es literalmente despreciable. Sin embargo, debido a que es nuestro
entorno inmediato y a su influencia, tanto física como histórica, sobre
nuestras vidas, los estudios planetarios son aún una parte importante en
el conjunto del saber astronómico.
Es sabido que el sistema solar consta del sol y un conjunto de
objetos opacos que se mueven en su entorno. Muchas personas incluso
saben de memoria los nombres de los planetas principales. Sin embargo,
es sorprendentemente poco conocido el hecho de que los planetas mayores
y más cercanos al sol son perfectamente visibles, a ojo desnudo, cada
noche. Estos planetas no telescópicos son Mercurio, Venus, Marte,
Júpiter y Saturno, todos ellos conocidos desde la más remota antigüedad.
El brillo de estos astros en el firmamento varía con su posición orbital
y su distancia, pero siempre aparecen más brillantes que las estrellas
fijas más luminosas. Otros planetas (Urano, Neptuno, Plutón y todos los
llamados planetas menores o asteroides) se muestran poco brillantes en
el cielo, y se requiere ayuda óptica para su observación, razón por la
cual fueron descubiertos y estudiados sólo después de la invención del
telescopio. Por ello, en el Almagesto, como en todas las obras de
astronomía anteriores a 1781, el sistema solar se considera constituido
por el sol, la luna y cinco planetas (seis, si se incluye la tierra
entre ellos).
Para trazar un cuadro general del sistema solar tal y como lo vemos
hoy día, mencionaremos brevemente lo principal en cuanto a tamaños,
formas y proporciones.
El espaciado entre las órbitas planetarias no es tan regular como
podría pensarse. En la tabla 1 se muestran los radios promedio de las
órbitas planetarias, y esta información se presenta gráficamente en la
figura 1.

4
TABLA 2. Inclinación de las órbitas.
u----------------------------------------------------------------------o
1 I n c l i n a c ión :1
u------------------------------------------------------------l 1
1 PLANETA 1 ( r e f e r e n cia :1
1 e c l í p t i ca) 1
j------------------------------------------------------------k----------------------------------------------------------------------l
1 1 1
MERCURIO 7˚ 1
j------------------------------------------------------------k----------------------------------------------------------------------l
1 1
1 VENUS 3˚ 24’ 1
j------------------------------------------------------------k----------------------------------------------------------------------l
1 1 1
LA TIERRA 0˚ 1
j------------------------------------------------------------k----------------------------------------------------------------------l
1 1
1 MARTE 1˚ 51’ 1
j------------------------------------------------------------k----------------------------------------------------------------------l
1 ´ 1 1
JUPITER 1˚ 18’ 1
j------------------------------------------------------------k----------------------------------------------------------------------l
1 1
1 SATURNO 2˚ 29’ 1
j------------------------------------------------------------k----------------------------------------------------------------------l
1 1 1
URANO 0˚ 46’ 1
j------------------------------------------------------------k----------------------------------------------------------------------l
1 1
1 NEPTUNO 1˚ 46’ 1
j------------------------------------------------------------k----------------------------------------------------------------------l
1 ´ 1 1
PLUTON 17˚ 9’ 1
m------------------------------------------------------------,----------------------------------------------------------------------.

Los astrónomos, desde la antigüedad (así, también, Ptolomeo), toman


como referencia para medir posiciones en el sistema solar el plano
definido por la órbita de la tierra en torno al sol (o del sol en torno
a la tierra, desde el punto de vista geocéntrico ------el plano resulta el
mismo, se mire de un modo u otro------). Este plano se conoce con el nombre
de plano de la eclíptica, y su intersección con la (imaginaria) esfera
celeste se denomina eclíptica. El sol ocupa aproximadamente el centro
de la órbita de la tierra y está, por tanto, contenido en el plano de la
eclíptica. Por ello, a medida que la tierra gira, el sol, visto desde
nuestro planeta, parece hacerlo en torno a nosotros siguiendo siempre,
sobre la esfera celeste, el camino marcado por la eclíptica. Como la
tierra gira en torno al sol en sentido antihorario visto desde el norte,
el sol parece girar a lo largo del año en torno a la tierra en este
mismo sentido, esto es, de oeste a este.
No sólo la tierra, sino también el resto de los planetas gira
alrededor del sol en este sentido. Este sentido de giro común y general
en el sistema solar1 se denomina, en la terminología actual, sentido
directo. Los movimientos en el sentido contrario (de este a oeste) se
califican de retrógrados, o en sentido retrógrado. En el Almagesto, a
estos términos equivalen ei ta prohgoumena (traducido como in advance
por Toomer en su versión inglesa) para retrógrado y ei ta epomena

------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
1Que es, además, el sentido de la rotación de casi todos los planetas,
de la rotación del sol y de la traslación de los satélites en torno de
sus planetas (así la luna alrededor de la tierra).

6
(towards the rear, en Toomer) para directo. La incoherencia aparente es
debida a que los términos griegos (y sus versiones inglesas) hacen
referencia al movimiento diurno aparente del cielo, que tiene lugar
justamente en sentido retrógrado.
Si las órbitas planetarias coincidieran todas en un mismo plano,
los planetas, como ocurre con el sol, se verían desde la tierra siempre
sobre la eclíptica. Pero las ligeras inclinaciones de sus órbitas hacen
que se aparten de este camino. La distancia angular aparente de un
planeta (o de cualquier otro objeto celeste) a la eclíptica se denomina
latitud. Dada la escasa inclinación de las órbitas planetarias, los
planetas (salvo Plutón) muestran siempre latitudes pequeñas. Por ello
la teoría del movimiento en latitud de los planetas ocupa un lugar
secundario en el Almagesto (libro XIII), y suele dejarse de lado en los
estudios de introducción al sistema ptolemaico. Eso haremos nosotros, y
comentaremos tan sólo la parte de la teoría referente al movimiento a lo
largo de la eclíptica, esto es, al movimiento en longitud.
Para medir la longitud de un astro, es necesario ante todo señalar
un punto determinado sobre la eclíptica para emplearlo como referencia.
Señalado ese punto, se define la longitud de un astro como el arco de
eclíptica que hay que recorrer desde tal punto hasta el punto de la
eclíptica más cercano a ese astro. La elección del punto de referencia
no es trivial, y se hace como sigue:
Imaginemos la esfera celeste en torno a la tierra. Tracemos sobre
la esfera celeste la eclíptica (que define un círculo máximo).
Imaginemos ahora que el ecuador terrestre se proyecta en el cielo, y
define así un segundo círculo máximo llamado ecuador celeste. Los dos
puntos de corte del ecuador celeste con la eclíptica se denominan
equinoccios: el sol, en su movimiento aparente sobre la eclíptica, ocupa
justamente uno de ellos al comienzo de la primavera boreal, y el otro al
comienzo de la primavera austral. Pues bien, la referencia para la
medida de longitudes es el equinoccio de la primavera boreal. Recibe
este punto también las denominaciones de punto vernal o primer punto de
Aries. El equinoccio de la primavera austral se llama también
equinoccio del otoño boreal o primer punto de Libra.

7
1.2. LEYES DE KEPLER.

El modelo actual de sistema solar queda convenientemente descrito,


en primera aproximación, por las denominadas leyes de Kepler. Se trata
de tres enunciados generales, deducidos por Johannes Kepler en la
primera mitad del siglo XVII de manera empírica a partir de las
observaciones de Tycho Brahe, los mejores registros astronómicos jamás
realizados sin ayuda óptica.
La primera ley de Kepler hace referencia a la forma de las órbitas.
Afirma que toda órbita planetaria es una elipse, y que el sol ocupa uno
de sus focos. Una elipse es un tipo de curva cerrada similar a una
circunferencia achatada. Su grado de achatamiento se mide mediante el
parámetro llamado excentricidad, que vale cero para una elipse no
achatada (esto es, una circunferencia perfecta) y la unidad para una
elipse infinitamente achatada (una línea). Al aplicar la primera ley al
sistema solar, se comprueba que las excentricidades de las órbitas
planetarias son muy moderadas: todas ellas son casi circulares.
La segunda ley de Kepler hace referencia al modo en que los
planetas se mueven en sus órbitas. No nos interesa ahora su enunciado
técnico preciso. Es suficiente hacer constar la consecuencia
cualitativa que se desprende de esta ley, que es que todo planeta, en su
órbita, se desplaza con velocidad variable, siendo mayor esta velocidad
en el punto de la órbita más cercano al sol (perihelio) y menor en el
punto más lejano (afelio).
La tercera ley de Kepler relaciona unas órbitas con otras, y
permite establecer proporciones entre los tamaños de las órbitas
conociendo solamente periodos orbitales. Consideremos un planeta: rodea
al sol en un periodo de tiempo P1, y lo hace a una distancia promedio
a1. Otros planetas tienen periodos P 2 , P 3 , ... y distancias promedio al
sol a 2 , a 2 , ... La tercera ley de Kepler afirma que el cociente P2/a3
es el mismo para todos los planetas, o sea:

P21 P22 P23


---------------- = ---------------- = ---------------- = ...
a31 a32 a33

La veracidad de esta ley puede comprobarse haciendo algunos


cálculos a partir de los datos contenidos en las tablas 1 y 3.

8
TABLA 3.
u----------------------------------------------------------------------------o
1 P E R I O D O ORBITAL1
u------------------------------------------------------------l 1
1 PLANETA 1 años (días)1
1 1
j------------------------------------------------------------k----------------------------------------------------------------------------l
1 1 1
MERCURIO 0.24 (87.97)1
j------------------------------------------------------------k----------------------------------------------------------------------------l
1 1
1 VENUS 0.615 (224.7)1
j------------------------------------------------------------k----------------------------------------------------------------------------l
1 1 1
LA TIERRA 1.00 1
j------------------------------------------------------------k----------------------------------------------------------------------------l
1 1
1 MARTE 1.88 1
j------------------------------------------------------------k----------------------------------------------------------------------------l
1 ´ 1 1
JUPITER 11.86 1
j------------------------------------------------------------k----------------------------------------------------------------------------l
1 1
1 SATURNO 29.46 1
j------------------------------------------------------------k----------------------------------------------------------------------------l
1 1 1
URANO 84.02 1
j------------------------------------------------------------k----------------------------------------------------------------------------l
1 1
1 NEPTUNO 164.77 1
j------------------------------------------------------------k----------------------------------------------------------------------------l
1 ´ 1 1
PLUTON 247.98 1
m------------------------------------------------------------,----------------------------------------------------------------------------.

1.3. LA FILOSOFÍA DEL ALMAGESTO Y LA DE LA ASTRONOMÍA MODERNA.

A pesar de lo que a veces se comenta, las diferencias entre la


concepción ptolemaica del sistema solar y la imagen moderna son mucho
más profundas que un simple cambio de punto de vista.

EL CARÁCTER DE LEY.
La descripción del sistema solar de Ptolomeo consta de una serie de
hipótesis enunciadas a partir de datos observacionales, establecidas
intentando ajustar la realidad a un modelo matemático. En ese sentido,
las leyes de Kepler tuvieron el mismo carácter (empírico y de ajuste)
cuando fueron descubiertas y enunciadas. Sin embargo, ya desde su
descubrimiento, las leyes de Kepler presentan un rasgo que, de manera
radical, las diferencia del modelo ptolemaico, y es su categoría de
leyes, o sea, enunciados científicos de validez general. Las hipótesis
de Ptolomeo son formuladas de manera particular para cada planeta, se
trata de enunciados ad hoc casi totalmente independientes. Bien es
verdad que subyace como principio rector la voluntad de explicar las
observaciones recurriendo a movimientos circulares y perfectos, pero los
modelos concretos que se aplican a cada astro pueden ser bastante
diferentes. De hecho, aunque para los planetas de Venus a Saturno hay

9
un patrón común, Ptolomeo no tiene reparos en añadir una esfera más al
modelo de Mercurio, y los modelos solar (reflejo, para nosotros, del
movimiento terrestre) y lunar (también descrito, en la tradición
moderna, por las leyes de Kepler) difieren del patrón general
planetario. Además, los astrónomos medievales continuadores de la
tradición ptolemaica introdujeron con posterioridad diferencias
adicionales entre los modelos de los distintos planetas, sin que ello
supusiera una perversión filosófica del sistema.

ARMONÍA.
Las leyes de Kepler no sólo son una solución global (para todos los
planetas) y general (resuleve todos los casos posibles, incluso los de
los planetas no descubiertos en la época de su enunciado), sino que
además introducen en la descripción matemática un elemento integrador,
que liga interdependientemente, vía la tercera ley, los orbes de los
distintos planetas. En el sistema planetario descrito en el Almagesto
existen algunos rasgos de armonía e interrelación, pero sólo en lo
concerniente a la ligadura de los movimientos epicíclicos con el
movimiento del sol. No en vano, Ptolomeo se refiere a la anomalía
sinódoca como h pro ton hlion anomalia. Trataremos esto más adelante y
comprobaremos que, más que un rasgo integrador del modelo, se trata del
reflejo del movimiento terrestre en el de cada uno de los planetas.
No quedan aquí las diferencias de tipo filosófico entre el modelo
actual y el ptolemaico.
A finales del siglo XVII, Isaac Newton publicó sus leyes de la
mecánica y la ley de la gravitación universal, y demostró que las tres
leyes de Kepler se deducen a partir de ellas. Hoy día, las leyes de
Kepler se aceptan no como principios aislados comprobados empíricamente,
sino como consecuencias lógicas de las leyes de Newton, de validez más
general y de carácter causal. Estos dos rasgos son diferencias
esenciales entre el modelo actual y el de Ptolomeo.

CAUSALIDAD.
La segunda ley de la dinámica de Newton es una ley causal que
relaciona fuerza (causa) con aceleración (consecuencia), e incluye una
definición implícita de masa como la constante de proporcionalidad que
las liga. Las leyes de Kepler, a la luz del paradigma newtoniano y como
consecuencias de él, expresan las propiedades de los movimientos
planetarios como provocados por una única causa (la fuerza de la

10
gravedad entre el sol y los planetas), a través de una única
consecuencia (la aceleración que la fuerza induce en las masas). No es
posible, en cambio, hacer una lectura causal del sistema ptolemaico.

UNIVERSALIDAD.
Las leyes de Newton son de validez universal. Las leyes de Kepler,
como consecuencias de ellas, son de aplicación más restringida, pero aun
así son válidas tanto para describir el movimiento planetario como el de
los cometas en el sistema solar, o la revolución de los distantes
sistemas estelares dobles, las trayectorias de las sondas espaciales
entre los planetas, el giro de los satélites y, si despreciamos el
rozamiento con el aire, también el lanzamiento de proyectiles, la forma
de un chorro de agua o la caída de una piedra. La generalidad de la
validez de los principios que hoy usamos para describir el sistema solar
es de trascendencia filosófica. Empleamos las mismas leyes para
comprender y explicar acontecimientos terrenales y celestiales: un
astrónomo actual, cuando contempla el movimiento de un planeta, es
consciente de estar observando materia, fuerza y aceleración, al igual
que cuando lanza una moneda al aire. La diferencia con la filosofía
subyacente al Almagesto es radical. Ptolomeo, en su aristotelismo,
separa claramente las esferas celestes de lo que acontece en el mundo
terrenal. Los orbes celestes, incorruptibles y eternos, en sus
revoluciones circulares y perfectas2 se rigen por normas totalmente
ajenas a la física del orbe sublunar, reino de lo mudable, corruptible,
imperfecto y violento. Este credo aristotélico de Ptolomeo es expuesto
y declarado explícitamente en el prefacio del Almagesto.

PTOLOMEO Y COPÉRNICO.
Copérnico, en De Revolutionibus, propone su conocido sistema
heliocéntrico. En contra de lo que suele pensarse, la obra copernicana
se halla más próxima a la tradición medieval ptolemaica que al
heliocentrismo de la física celestial inaugurada por Kepler. Los

------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
2El postulado de movimiento circular y perfecto se expone
repetidamente en el Almagesto. Con especial claridad en III.3 y
en IX.2, donde afirma que ’Ahora nuestro propósito es demostrar
para los cinco planetas, al igual que hicimos para el sol y la
luna, que sus anomalías aparentes pueden representarse por
movimientos circulares uniformes, ya que estos son propios de la
naturaleza de los seres divinos, mientras que el desorden y la no
uniformidad les son ajenos.’

11
objetivos, los métodos matemáticos y las soluciones geométricas de
Copérnico son los mismos del Almagesto. También la filosofía subyacente
es la aristotélica, y persiste la obsesión por los movimientos
circulares y uniformes. Las diferencias entre Ptolomeo y Copérnico sí
son sólo cuestion de un cambio de punto de vista. Para pasar a la
descripción kepleriana o, aún más, a la newtoniana moderna, es necesario
mucho más.

1.4. LOS MOVIMIENTOS PLANETARIOS OBSERVADOS DESDE LA TIERRA.

La estructura del sistema solar recién descrita no es evidente


cuando observamos el sol y los planetas desde la superficie terrestre.
El movimiento de la tierra se mezcla con los de los otros cuerpos
celestes, y el resultado final es realmente complicado y nada fácil de
descifrar. El aspecto de los movimientos planetarios es diferente si la
órbita del planeta considerado se halla dentro o fuera de la órbita
terrestre. Los astrónomos, por ello, clasifican los planetas, según sus
movimientos aparentes, en dos grupos: superiores e inferiores. La
órbita de un planeta superior yace en el exterior de la órbita de
nuestro planeta, y al contrario para un planeta inferior.

ELONGACIÓN.
El concepto de elongación, usado ya por Ptolomeo y aún en uso, hace
referencia a la distancia angular entre dos cuerpos celestes, medida a
lo largo de la eclíptica. Se aplica casi en exclusiva a la diferencia
en longitud entre un planeta y el sol. Como los planetas presentan
latitudes muy pequeñas, la elongación de un planeta coincide casi
exactamente con su distancia angular al sol (ver figura 2).

MOVIMIENTO APARENTE DE LOS PLANETAS INFERIORES.


Los planetas inferiores, esto es, los que giran en torno al sol en
órbitas más pequeñas que la de la tierra, son sólo dos: Mercurio y
Venus.
La figura 3 muestra las órbitas de la tierra y de un planeta
inferior cualquiera. Hemos señalado mediante las mismas letras algunas
posiciones simultáneas del planeta y de la tierra. En la figura 4 se
muestra el aspecto físico del planeta inferior, visto al telescopio en
algunas de estas posiciones.
Supongamos que comenzamos a observar un planeta inferior cuando se

12
MOVIMIENTO APARENTE DE LOS PLANETAS SUPERIORES.
La simple circunstancia de hallarse dentro o fuera de la órbita
terrestre hace que los movimeintos de los planetas cobren aspectos muy
diferentes vistos desde la tierra. Las órbitas de los planetas
superiores yacen más allá de la de nuestra tierra. Los planetas
superiores son Marte, los asteroides, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y
Plutón, aunque sólo Marte, Júpiter y Saturno eran conocidos para
Ptolomeo.
Es fácil entender que un planeta superior no puede pasar entre la
tierra y el sol. Por tanto, no podemos hablar de la conjunción inferior
de un planeta superior. Los planetas superiores sí pueden, sin embargo,
encontrarse, vistos desde la tierra, al otro lado del sol (o sea, el sol
entre el planeta y nosotros). Sí existe, entonces, la conjunción
superior de un planeta superior. No es necesario distinguir dos tipos
de conjunciones para un planeta superior y, por ello, se dice
simplemente la conjunción, y ello define sin ambigüedad la situación de
un planeta superior en la cual su elongación es 0˚ y el sol se halla
entre el astro y nosotros.
Nuevamente debido a la tercera ley de Kepler, la tierra se mueve en
su órbita más rápido que cualquier planeta superior. Debido a ello,
nuestro mundo adelanta a estos planetas en su movimiento, y esto
determina el aspecto de su camino observado sobre el fondo del cielo.
Comenzaremos a observar un planeta superior cuando su elongación
sea 0˚ (conjunción) ys eguiremos su evolución durante un periodo
sinódico completo, esto es, hasta que la elongación vuelva a ser 0˚.
Cuando la elongación es 0˚ el planeta se halla en conjunción, en el
punto a de la figura 4. Entonces la tierra ocupa la posición a’. En la
misma figura, la posición aparente del planeta superior, proyectado éste
contra el cielo, aparece señalada con la letra A.
Durante los meses siguientes, el movimiento aparente del planeta
tiene lugar en sentido directo (de oeste a este). La elongación del
planeta crece progresivamente: el astro se aparta del sol. En cierto
momento (puntos c, c’ y C en la figura 4), la elongación alcanza el
valor 90˚: entonces se habla de cuadratura. La figura 5 muestra las dos
posiciones posibles de un planeta superior, en las que la elongación es
de 90˚, esto es, las dos cuadraturas (oriental y occidental).
A partir de la cuadratura occidental, el movimiento de la tierra,
más rápido, hace que nuestro planeta adelante al superior: el movimiento

15
2. ALGUNAS NOTAS SOBRE EL SISTEMA PTOLEMAICO.

2.1. LA HIPÓTESIS GEOCÉNTRICA.

Ptolomeo, en I.5, justifica la posición central de la tierra en el


universo. Los argumentos en que se basa pueden resumirse en que los
círculos que trazados sobre la esfera de las estrellas fijas son
máximos, vistos desde una posición no central podrían dejar de
parecerlo. Además, las partes de estos círculos más cercanas al
observador parecerían dilatadas, a la vez que contraídas las más
lejanas, con lo que un movimiento uniforme sobre el cielo dejaría de
parecerlo desde la tierra. Todo ello tendría consecuencias sobre los
intervalos entre los equinoccios, los movimientos observados del sol y
todo un conjunto de otros fenómenos astronómicos. Estos efectos no se
observan, de lo que concluimos que la tierra se halla en el centro del
mundo, o muy cercana a él.
Basándose en el conocido argumento de la ausencia de paralaje
observable de las estrellas fijas y del sol, Ptolomeo afirma en I.6 que
las dimensiones de la tierra son despreciables comparadas con el tamaño
de la esfera de las estrellas fijas. De no ser así, el brillo y la
separación aparente de los astros cambiaría de un lugar de la tierra a
otro, o en el transcurso del día (con efectos sobre los relojes solares
que no se observan).
No aparece referencia alguna a la hipótesis heliocéntrica, que
obligaría a dotar al la tierra de un movimiento de traslación en una
órbita de dimensiones astronómicas. Pero en I.7 se desacredita la
posibilidad de cualquier tipo de movimiento de la tierra de un lado a
otro, empleando dos tipos de argumentos: en primer lugar, mediante los
razonamientos precedentes (los mismos que se empleaban para situar a la
tierra en el centro del mundo y también el argumento de la paralaje
estelar); en segundo lugar, se recurre de forma detallada a la teoría
aristotélica del movimiento para poner de manifiesto la imposibilidad de
cualquier desplazamiento de la tierra. Así queda descartada no sólo la
traslación, sino también la rotación de la tierra: dado que las
dimensiones de la tierra son despreciables comparadas con la esfera de
las estrellas fijas, el argumento de la paralaje no invalidaría la
hipótesis de rotación, que debe ser rechazada sobre bases exclusivamente
filosóficas.

18
De la misma manera que Ptolomeo solventa de un plumazo los
problemas que provocaría una tierra de dimensiones excesivamente
grandes, Copérnico, tanto en el Commentariolus como en De
Revolutionibus, salva de entrada la dificultad de la paralaje estelar
postulando una órita terrestre de dimensiones despreciables frente a la
esfera de las estrellas fijas. Así, sin embargo, no salva las
dificultades filosóficas que implica para la física de Aristóteles el
movimiento de la tierra. He aquí el único punto de verdadera
importancia en el que Copérnico, al formular su hipótesis heliocéntrica,
debió apartarse de la ortodoxia aristotélica.

2.2. LA ESFERA DE LAS ESTRELLAS FIJAS: PRECESIÓN Y AÑOS.

A lo largo de todo el Almagesto, y ya desde los párrafos


preliminares, es patente la imagen ptolemaica del séptimo cielo como una
superficie esférica rígida que arrastra de manera solidaria a las
denominadas estrellas fijas y, también, en sus movimientos diario y de
precesión al resto de los orbes.
Esta concepción influye en la modalidad de argumentos sobre
paralaje a los que recurre cuando habla de la posición y posibles
movimientos de la tierra. La imagen de una esfera que se mueve induce,
además, a rechazar la posibilidad de adoptar las estrellas como punto
fijo de referencia. En cambio, Ptolomeo prefiere considerar referencia
fija el punto vernal. Así lo expone explícitamente en su discusión de
la longitud del año (III.1). Atribuye el movimiento de precesión no a
un desplazamiento retrógrado de los equinoccios, sino a un giro directo
de la esfera de las estrellas fijas. Así pues, rechaza las estrellas
como referencia para la medida del año (resulta el año sidéreo, que
Ptolomeo ya sabía algo más largo que 365----14 días), y reconoce como año
verdadero el año trópico (algo más corto que 365----14 días), o tiempo que el
sol invierte en pasar dos veces por el punto vernal.
El punto de vista actual es muy distinto: sabemos que la esfera de
las estrellas fijas no existe. Las estrellas son soles situados a
distancias muy diversas de nosotros, y su giro simultáneo y coordinado
en torno a la tierra no sólo es altamente improbable, sino una
imposibilidad física. Para nosotros es mucho más natural considerar las
estrellas como referencia fija, y contemplamos los equinoccios como
puntos móviles. Así, para nosotros el periodo de revolución verdadero
de la tierra es el año sidéreo. Sin embargo, a efectos prácticos, la

19
longitud de año que adoptamos es la del año trópico, debido a una razón
que el mismo Ptolomeo ya da:
"Y si consideramos lo que es apropiado desde un punto de vista
físico, no encontraremos nada que de manera más razonable pudiera
ser considerado una ’revolución’ que aquello que devuelve al sol a
una condición atmosférica similar y a la misma estación..."

Para nosotros una revolución (año sidéreo) y un año (año trópico)


no son lo mismo, mientras que Ptolomeo consideraba el año sidéreo
carente de interés, e identifica revolución con año trópico. Ptolomeo
evalúa la duración del año trópico en 365.2467 días solares medios, muy
cerca del valor de 365.2422 días aceptado hoy.
Una consecuencia inevitable de considerar fijos los equinoccios es
que el séptimo cielo, animado del movimiento de precesión, debe
arrastrar con él a las demás esferas.

2.3. MODELO DE PTOLOMEO PARA VENUS.

El modelo adoptado en el Almagesto para describir el movimiento de


los planetas es análogo para Venus, Marte, Júpiter y Saturno, y algo más
complejo (por la introducción de una esfera adicional) en el caso de
Mercurio.
En todos los casos se trata de establecer una maquinaria de
círculos perfectos en la que los planetas, desplazándose según giros
uniformes, reproduzcan las posiciones aparentes observadas.
Si recordamos lo comentado en la sección 1.4 de estas notas sobre
el movimiento aparente de un planeta inferior, como es Venus,
comprobaremos que, a lo largo de sucesivos ciclos sinódicos, el planeta
parece acompañar al sol en su desplazamiento sobre la eclíptica (sin
apartarse de él nunca una distancia superior a su máxima elongación), a
la vez que oscila a un lado y otro del astro central, según completa las
revoluciones en su órbita (figura 6).
Ptolomeo resuelve el caso haciendo girar a Venus en un epiciclo que
es arrastrado sobre un círculo mayor, el deferente. El epiciclo se
mueve sobre el deferente de manera que su centro siempre esté alineado
con el sol. Debido a esta ligadura, el periodo medio invertido por
Venus en completar una vuelta (de equinoccio a equinoccio) en torno a la
tierra coincide con la duración del año trópico. La revolución en torno
al epiciclo debe completarse en un tiempo igual al periodo sinódico del
planeta. En efecto, Ptolomeo da un periodo en anomalía para Venus de

20
este punto, el centro del epiciclo se mueve con velocidad angular
constante. El segundo centro es el centro geométrico del círculo
deferente, y a veces se lo denomina punto excéntrico. Este punto se
sitúa en la línea que une el centro de la eclíptica con el punto
ecuante, y justamente a mitad de camino entre estos dos. Así, la línea
que contiene el centro de la eclíptica, el excéntrico y el ecuante es
también la línea de los ápsides del planeta: uno de sus extremos es el
apogeo y otro el perigeo.
En el caso de Venus, pues, reconocemos en el epiciclo un reflejo
directo de la órbita verdadera del planeta en torno al sol, mientras que
el deferente se encarga, esencialmente, de hacer que el movimiento del
planeta siga en promedio al sol en su camino, o sea: el deferente de
Venus es un reflejo del movimiento de la tierra en torno al sol.
El desplazamiento del centro del epiciclo a lo largo del deferente
no es uniforme visto desde la tierra, como ya hemos comentado. La
introducción del punto ecuante y el centrar el deferente en un punto
excéntrico, introducen irregularidades en el movimiento observado que
tienden a refinar el modelo, perfeccionando las efemérides que genera.
La introducción del punto ecuante tiene un efecto sobre el movimiento
aparente similar al contenido de la segunda ley de Kepler: el planeta,
en su movimiento aparente, acelera en el perigeo, y desacelera en el
apogeo. En el Almagesto, la separación entre los tres puntos centrales
de los deferentes planetarios se denomina excentricidad. Una
excentricidad ptolemaica grande implica una mayor irregularidad aparente
de las revoluciones de un planeta. Análogamente, el achatamiento de las
esferas keplerianas se mide mediante un parámetro denominado también
excentricidad, y el efecto de cambio de velocidad del astro en su órbita
expresado en la segunda ley de Kepler, es tanto más acentuado cuanto
mayor es la excentricidad kepleriana (achatamiento) de la órbita.

2.4 MERCURIO.

Mercurio es el otro planeta inferior, y cabe esperar un gran


parecido entre su modelo y el de Venus en el Almagesto. Así es en
cuanto a los elementos esenciales: el modelo de mercurio presenta
también un deferente (reflejo, de nuevo, del movimiento de la tierra) y
un epiciclo arrastrado sobre él (reflejo de la órbita heliocéntrica
planetaria, y el periodo de cuya revolución, 115.88 días según Ptolomeo,
vuelve a coincidir con el peirodo sinódico aceptado hoy para el planeta,

22
115.9 días). De nuevo, el deferente no está centrado en la tierra, sino
en un punto excéntrico, y el movimiento es uniforme no respecto de estos
puntos, sino de un tercero, el punto ecuante. Pero Mercurio requiere de
una hipótesis adicional para explicar su movimiento aparente, como es
hacer girar el punto excéntrico (y, con él, el deferente del cual es
centro) en una circunferencia pequeña centrada en la posición media.
Esto complica el modelo, el cálculo de sus parámetros a partir de la
observación y la generación de efemérides. Puede demostrarse que, de
esta manera, el centro del epiciclo describe una trayectoria combinada
en forma de ovoide.
Mercurio es un planeta cuyo movimiento siempre ha resultado
conflictivo en la historia de la astronomía. Para comenzar, es de
observación difícil debido a su cercanía al sol. Sus movimientos son
muy rápidos (periodo sideral heliocéntrico de unos 88 días) y tienen
lugar según una órbita que es, a la vez, la más inclinada y la de
excentricidad kepleriana más grande (salvo Plutón, que ahora no nos
interesa). No es extraño que la descripción de sus revoluciones
resultase especialmente dificultosa y exigiese hipótesis adicionales al
autor del Almagesto. Este planeta se resistió durante siglos incluso al
modelo newtoniano, puesto que la intensidad del campo gravitatorio solar
en aquella región hace que sea necesario tener en cuenta efectos
relativistas en el cálculo de las efemérides de Mercurio.

2.5. RELACIÓN DEL SOL CON LOS PLANETAS INFERIORES.

Queda claro de lo expuesto, que el epiciclo de los planetas


inferiores es el reflejo en el modelo ptolemaico de la órbita
heliocéntrica de estos astros. Aunque estos epiciclos se mueven en sus
deferentes con un periodo medio igual al del sol (o sea, es como si el
sol los arrastrara en su movimiento), el centro de estos círculos no se
hace coincidir con el astro rey, sino que yace, en cada caso, sobre el
deferente correspondiente.
Centrar estos epiciclos en el sol podría parecer una tentación al
alcance del modelo de Ptolomeo. En la historia se han propuesto modelos
geocéntricos en los que, efectivamente, los planetas inferiores
describían sus giros epicíclicos en torno al sol, el cual los arrastraba
en torno a la tierra en su movimiento. Así son los sistemas de
Heráclides de Ponto (llamado a veces sistema egipcio, sin un fundamento

23
sólido) y de Tycho Brahe3.
Hay varias razones que excluyen este tipo de solución para el
Almagesto. En principio, la cuestión estética. Como veremos al
discutir el orden de las esferas en Ptolomeo, la disposición atribuida a
los orbes en el sistema ptolemaico se basa en buena medida en criterio
de estética, y no sería sino una perversión del cuadro introducir la
irregularidad de hacer girar dos planetas en torno al sol, mientras que
los otros tres no, habiendo soluciones alternativas.
Está también la objeción filosófica: desde un punto de vista
aristotélico, una de las razones en contra del modelo heliocéntrico fue
siempre que este tipo de sistema exigiría que la luna fuese arrastrada,
en su giro alrededor de la tierra, por la misma tierra en torno al sol.
Se argüía que la luna quedaría atrás, y la misma lógica sería aplicable
a un sol que arrastrase dos planetas como satélites en su viaje
geocéntrico. El descubrimiento por Galileo en 1610 de las lunas de
Júpiter, invalidó de un plumazo este razonamiento.
Pero podemos contemplar también la incompatibilidad técnica de esta
solución con el sistema ptolemaico en su conjunto. Aunque el centro de
los epiciclos de los planetas inferiores siga al sol, lo hace sólo en
promedio: las anomalías excéntricas de los planetas, independientes
entre sí y de la del sol, con líneas de los ápsides también distintas,
harían imposible que los epiciclos de Mercurio y Venus yacieran,
directamente, en el deferente del sol4: las esferas introducidas por
ptolomeo seguirían siendo necesarias, y todas se mezclarían a una
distancia promedio de la tierra común. Obviamente, si no se gana en
simplicidad (argumento valorado por Ptolomeo) y sí se pierde en
claridad, las esferas de los planetas inferiores deben quedar separadas
e independientes.
La observación a ojo desnudo no ayuda en esta discusión. Pero el
telescopio sí que lo hace. Si los planetas inferiores giraran en torno
al sol en sus epiciclos, en la conjunción superior sus discos, al
telescopio, deberían mostrarse totalmente iluminados, mientras que en

------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
3En este sistema, no sólo los planetas inferiores, sino también los
superiores giraban en torno al sol, aunque el sol lo hacía alrededor de
la tierra. Las medidas de Brahe (las más precisas hasta aquel momento)
no detectaban indicios de paralaje estelar, por lo que Tycho no dio el
paso final de colocar a la tierra como uno más de los planetas.
4La complejidad añadida del sistema de Mercurio dificultaría aún más la
fusión.

24
las máximas elongaciones medio disco debería aparecer iluminado y el
otro medio en la sombra. Si la ubicación ptolemaica fuera la correcta,
la mayor parte del disco de los planetas inferiores debería aparecer
ocura en cualquier momento. En 1610, Galileo observó Mercurio y Venus y
comprobó que sus discos atraviesan el ciclo completo de fases, lo que
demuestra sin lugar a dudas que el centro de su revolución es el sol.
Esta experiencia, que refuta este detalle concreto del sistema
ptolemaico, puede ser hecha hoy día por cualquiera con un pequeño
telescopio. Esto no constituye, sin embargo, una prueba del modelo
heliocéntrico: el modelo geocéntrico de tipo egipcio de Heráclides
seguiría siendo compatible con esta observación.

2.6. LOS PLANETAS SUPERIORES.

El modelo ptolemaico para los planetas superiores es,


estructuralmente, análogo al de Venus. Sin embargo, podríamos decir que
existen diferencias funcionales.
Hemos comentado la relación entre el movimiento del sol y el de los
planetas inferiores en el modelo de Ptolomeo. También existe esta
relación en el caso de los planetas superiores, aunque, a la vista de la
mayor complejidad de su comportamiento, es de un tipo diferente, más
sutil.
La pieza básica del modelo de los planetas superiores es, otra vez,
el círculo deferente. De nuevo no está centrado en el observador, sino
en un punto excéntrico. El planeta se mueve ligado a un epiciclo cuyo
centro recorre el deferente, y lo hace otra vez con velocidad uniforme,
pero si es observado desde un tercer punto, el ecuante. Todo esto es
análogo al modelo de Venus. Sin embargo, el periodo de revolución medio
de los planetas superiores no coincide, como en el caso de los
inferiores, con la duración del año trópico. Esto es, los planetas
superiores no siguen al sol en su desplazamiento como si fueran
arrastrados por él. Cada planeta superior tiene su periodo de
revolución medio propio, totalmente independiente del movimiento del
sol. A partir de los movimientos medios de los planetas dados por
Ptolomeo en IX.3, haciendo cálculos con los desplazamientos anuales, se
deducen periodos medios de 29.452 años trópicos ptolemaicos para Saturno,
11.866 para Júpiter y 1.8820 para Marte. Hoy día se aceptan los calores
de 29.456, 11.662 y 1.8808 años trópicos para los períodos de estos
planetas. Así pues, el movimiento sobre los deferentes de los centros

25
de los epiciclos de los planetas superiores, es el reflejo en el modelo
de Ptolomeo del movimiento heliocéntrico de los planetas. Esta es una
diferencia funcional importante con el modelo de Venus.
Para Venus, era el movimiento de la tierra el que se reflejaba en
el movimiento sobre el deferente. En los planetas superiores, el
movimiento terrestre se manifiesta en los epiciclos. En X.6, Ptolomeo
expone y demuestra un teorema importante, que expresa la coordinación
del giro de un planeta superior en su epiciclo con el movimiento
geocéntrico del sol. El resultado puede enunciarse como que la línea
que une el centro del epiciclo con el planeta, siempre es paralela a la
línea que une la tierra con el sol.
El sistema de epiciclos, aplicado a los planetas superiores,
reproduce los rizos que trazan estos astros en sus trayectorias
aparentes, siempre en las épocas en torno a la oposición. El intervalo
de tiempo en que el epiciclo arrastra al planeta en un movimiento
retrógrado, debe coincidir siempre, pues, con la oposición, y el periodo
de giro en torno al epiciclo debe ser, por tanto, necesariamente igual
al periodo sinódico del planeta (intervalo entre dos oposiciones).
Efectivamente, Ptolomeo propone para estos giros periodos de 378.093
(Saturno), 398.886 (Júpiter) y 779.398 (Marte) días solares medios,
cuando los valores hoy aceptados para las revoluciones sinódicas de
estos planetas son, respectivamente, 378.1, 398.9 y 779.9 días.
Pero el rizo de la trayectoria aparente es, como ya comentamos en
la sección 1.4, un efecto de perspectiva debido al movimiento de la
tierra. Desde el sol, los movimientos aparecen siempre directos. La
necesidad de un epiciclo para los planetas superiores en el modelo del
Almagesto es un reflejo del movimiento terrestre. También la
trayectoria del sol es reflejo del movimiento terrestre, y no es de
extrañar, pues, que los giros epicíclicos de los planetas superiores y
el giro del sol estén estrechamente relacionados del modo enunciado en
el teorema de Ptolomeo. ¡Se trata en realidad del mismo movimiento ------el
de la tierra------ contemplado cuatro veces! Así las cosas, el teorema de
Ptolomeo es una necesidad lógica del punto de vista geocéntrico, y no
una propiedad armónica del sistema solar como conjunto. La formulación
de Ptolomeo es que el sol rige las anomalías epicíclicas o sinódicas de
los planetas superiores (de ahí la expresión ya comentada, h pro ton
hlion anomalia), mientras que nosotros decimos que el movimiento de la
tierra determina tanto la trayectoria aparente del sol, como los rizos
retrógrados de los planetas superiores.

26
2.7. EL ORDEN DE LAS ESFERAS.

Acabaremos estas notas con un breve comentario sobre el orden


atribuido por Ptolomeo a las esferas celestes. En el Almagesto, este
punto se trata previamente a la teoría planetaria propiamente dicha
(IX.1).
El orden ptolemaico de los orbes es el tradicional en la teoría
astronómica anterior al Almagesto. Se trata en realidad de la elección
más correcta (a la luz del conocimiento actual) para un sistema
geocéntrico: se sitúa a la luna en el orbe más cercano, y a continuación
los planetas, según el mismo orden en que hoy sabemos se agrupan en
torno al sol, con la salvedad de que en el lugar que debería ocupar la
tierra se sitúa el sol. Queda así: la tierra en el centro, la luna,
Mercurio, Venus, el sol, Marte, Júpiter y Saturno. Finalmente,
cerrando, se coloca la esfera de las estrellas fijas.
Bastantes rasgos de este reparto son impuestos por los hechos
observacionales.
Por ejemplo, la luna era el único cuerpo celeste que mostraba una
paralaje apreciable para Ptolomeo, de modo que necesariamente debía
situarse a la máxima proximidad. Las estrellas fijas no presentan tal
paralaje, y además se observan con cierta frecuencia ocultaciones de
estrellas por la luna. Así pues, las estrellas fijas deben estar, en
cualquier caso, más lejos que la luna.
El mismo razonamiento lleva a ubicar los planetas más allá de la
luna. Ahora bien, el que los planetas yazcan por delante o por detrás
de de las estrellas fijas, es un asunto menos claro. Ptolomeo menciona
que hubo autores que ubicaron las estrellas más acá, pero él mismo
prefiere colocar la esfera estelar como séptimo cielo y cierre del
sistema. Hoy sabemos que los planetas a veces ocultan estrellas, pero
sin telescopio estos sucesos, aunque se observen, no ayudan a resolver
la cuestión. Así pues, sólo quedan los criterios filosóficos y
estéticos. Ptolomeo no fundamenta de manera explícita su elección, se
limita a decir que ha sido el criterio de la mayoría.
En cuanto a la ordenación de las esferas solar y planetarias, ya en
la sección 2.5 de estas notas hemos comentado las razones para el
establecimiento de orbes separados, independientes entre sí y del del
sol, para Mercurio y Venus. La ordenación concreta elegida se
justifica, ahora sí explícitamente, por argumentos puramente estéticos.

27
Razona la ubicación del sol "Porque poner el sol en el medio está más en
consonancia con la naturaleza de los cuerpos, al separar aquellos que
alcanzan todas las distancias posibles de sol de aquellos que no lo
hacen, sino que se mueven siempre en su vecindad". En cada grupo adopta
la ordenación según periodos medios (periodos epicíclicos para el grupo
inferior, periodos en la deferente para el superior), con lo que el
conjunto queda ordenado de manera armónica.
Debemos señalar, sin embargo, que una ordenación diferente (eso sí,
respetando la cercanía máxima de la luna) no hubiera alterado los
resultados del sistema ptolemaico en modo alguno. La ordenación de las
órbitas es, en cambio, de importancia fundamental en el paradigma
kepleraiano, dada la relación entre periodos y distancias al sol
expresada en la tercera ley.

David Galadí-Enríquez, 1993.

28

También podría gustarte