Según Jewtuszyk y Saskewitz (2009) La lechuga (Lactuca sativa
L.) fue cultivada desde hace 500 años A.C., por lo menos como comestible y
medicinal y muy apreciada por los antiguos egipcios, romanos, griegos, persas
y otros pueblos. Existen testimonios escritos de que los romanos ya conocían
diferentes variedades y su técnica de blanqueo. También ciertas formas de
lechuga aparecen grabadas en tumbas egipcias de hace 4500 A.C. Y hoy en
día es conocida y cultivada en todo el mundo, siendo la más importante entre
las hortalizas de hojas que se comen crudas. Su importancia está determinada
por su contenido de vitaminas, por poseer de 15 a 25 mg% de vitamina C,
aunque pocas cantidades de las vitaminas A, B, y B1 y por contener sales
minerales de fácil absorción por el organismo humano y sobre todo por ser rica
en hierro. Esta hortaliza, típica de ensalada, siempre ha sido considerada una
planta de propiedades tranquilizantes.
La lechuga es un cultivo de semilla extremadamente pequeña, con un
sistema radicular muy superficial por lo que requiere de una buena preparación
del suelo, para lograr que quede bien suelto y sin terrones que interfieran en la
germinación o desarrollo de las plantas. Este cultivo permite su siembra en
forma directa o usando semilleros para un posterior trasplante con densidad
adecuada se puede obtener una población de 1100 a 1600 plantas/ha, se debe
usar una distancia de 20 x 20 cm, de 25 x 25 cm o 30 x 30 cm.
Un aspecto de extrema importancia es la calidad de la semilla, pues
está demostrado que la semilla de algunas variedades, si están recién
recogidas, no germinan en absoluto. Por ello se requiere sembrar semillas de
uno a dos años de cosecha y con no menos de 85% de germinación (FAO,
2006).
El desarrollo óptimo de la lechuga se da cuando las temperaturas
oscilan entre: 14° y 18°C de día: 5° y 8°C de noche. En fase de acogollado las
necesidades climáticas idóneas son: 10 - 12°C durante el día y 3 - 5°C durante
la noche (MAG, 2013).
Es muy exigente con relación a la intensidad de la luz, pues en caso de
escasez de ésta, las hojas se adelgazan y la roseta de hojas, si se llegan a
formar, son muy suelto. También es muy exigente respecto a la humedad del
suelo, y mucho más durante las fases tempranas de su desarrollo, pues el
sistema de raíces está situado, principalmente en una capa del suelo que va
desde 5‐30cm de profundidad, por lo que se debe mantener el suelo siempre
húmedo (FAO, 2006).
La lechuga se desarrolla bien en una amplia gama de suelos desde los
más sueltos hasta los más compactos, pero el mejor producto se obtiene en los
de consistencia media, fértiles y bien drenados, con 5,8 a 6,5 de pH (MAG,
2012).
En primer lugar se debe realizar la nivelación del terreno,
especialmente en el caso de zonas encharcadas. Se recomienda cultivar
lechuga después de leguminosas, cereal o barbecho, no deben cultivarse como
precedentes crucíferos o compuestos, manteniendo las parcelas libre de malas
hierbas y restos del cultivo anterior. No deberán utilizarse el mismo terreno
para más de dos campañas con dos cultivos a lo largo de cuatro años, salvo
que se realice una sola plantación por campaña, alternando el resto del año
con barbecho, cereal o leguminoso (Jewtuszyk y Saskewitz 2009).
Es necesario una buena preparación de suelo, se debe mullir bien y
dotarlo de buen drenaje, con una profundidad de por lo menos 30 a 40cm. Se
debe evitar altibajos, las labores se deben realizar en el suelo seco y así
también la incorporación de la materia orgánica o abonos orgánicos (MAG,
2012).
Según Maroto (2000), afirma que las necesidades de nitrógeno (N)
aproximadas durante todo el ciclo son de 120 kg/ha. Estas cantidades se
deben suministrar durante todo el ciclo del cultivo y nunca en una sola
oportunidad en dosis
superiores a los 60 kg/ha de N. Para el diseño del plan de fertilización
nitrogenado, se debe tener en cuenta el aporte de N-NO3 del suelo,
determinado a través de un muestreo y posterior análisis de laboratorio. La
estrategia de fertilización debe cubrir aquella cantidad de (N) que la oferta
edáfica no es capaz de proveer. El mismo autor menciona que la deficiencia de
nitrógeno en la lechuga provoca disminución del crecimiento y vigor de las
plantas, hojas de tamaño pequeño, color verde pálido, tallo hueco y coloración
y coloración parda oscura en el xilema. El exceso de nitrógeno provoca gran
desarrollo vegetativo, aumento del tamaño de hoja, retraso del acogollado, y
mayor sensibilidad al ataque de hongos fitopatógenos como los del género
Botrytis y que el macronutriente que es absorbido en mayor cantidad es el
potasio seguido por el nitrógeno y en último lugar el fósforo.
Edmon, et. al. (1981), Reportan que cuando existe un exceso de
nitrógeno en la fase vegetativa se efectúa rápidamente, hay un rápido
desarrollo de tallos y hojas grandes de color verde obscuro conteniendo gran
cantidad de clorofila que absorbe cantidades relativamente altas de luz y
elaboran grandes cantidades de carbohidratos que se utilizan en la formación
de células de tallos, hojas y raíces absorbentes.
(Buechel Troy, 2017). El fertilizante también tiene un impacto en el
estiramiento y tamaño de las plantas. Los tres atributos principales
relacionados con el estiramiento de las plantas debido al fertilizante son: la
proporción de aplicación de fertilizante, las formas del nitrógeno.
Aumentos de la concentración de nitratos en la solución del suelo
durante las primeras etapas vegetativa de la lechuga cuando no se producen
pérdidas altas por lixiviación y las cantidades de N consumidas son mínimas
(Jackson, et al., 1993).
Alcalá, Arturo, et. al. Sf. Las aplicaciones de nitrógeno aumentaron
considerablemente los rendimientos del cultivo de lechuga.
El aumento en la concentración de nitratos en la solución del suelo en
las parcelas fertilizadas originó un incremento en la producción. Se obtuvo un
incremento en el contenido de nitrógeno en la biomasa foliar, aunque no se
manifestó en los restantes macronutrientes (P, Ca y K). Estos nutrientes son
poco
móviles en el suelo y quedan disponibles para sucesivos cultivos a diferencia
del N que se lixivia fácilmente con los riegos sin que sea aprovechado por la
planta y al agregar fertilizantes es lógico esperar que se manifieste una mayor
absorción. (Sasal et al 2000).
Sin embargo, Orozco-Vidal, et. al. (2008) Afirma que el N aplicado no
afectó la tasa de producción y distribución de biomasa, ni los indicadores de la
magnitud de fotosíntesis. Por otro lado, Gallardo, et. al. (2016) informa que los
tratamientos de N tuvieron un efecto significativo (P<0,05) sobre el índice de
área foliar (IAF) y la materia seca de hojas, tallos y materia seca total.