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Parábolas de Jesús - Los Dos Deudores

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Parábolas de Jesús - Los Dos Deudores

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Los dos deudores

La parábola de los dos deudores —o del fariseo y la mujer pecadora,


como se la llama a veces— se encuentra en Lucas 7:36–50. Se trata de
un hermoso relato de amor, misericordia y gratitud.

La parábola en sí es muy corta. Son apenas dos versículos en medio de


la acción y el diálogo que se producen con ocasión de la visita y
comida de Jesús en la casa de Simón el fariseo. El relato comienza del
siguiente modo:

Un fariseo invitó a Jesús a comer. Entró en casa del fariseo y se reclinó


en el sofá para comer. (Lucas 6:36)

Da la impresión de tratarse de una descripción de hechos anodinos.


No obstante, uno de los aspectos centrales del relato es precisamente
lo que no sucede. Los presentes debieron de percibir enseguida
que se había incurrido deliberadamente en una tremenda
falta de decoro.

Parábolas de Jesús
En aquel entonces era costumbre que, cuando entraba en la casa un
invitado, el anfitrión lo saludara con un beso en la mejilla o en la mano.
Seguidamente se traía agua y aceite de oliva para lavarle las manos y
los pies. En aquella época el aceite de oliva se usaba, entre otras
cosas, como jabón. En algunos casos, el anfitrión ungía con aceite la
cabeza de su invitado. Simón no tuvo con Jesús ninguna de esas
muestras de cortesía. Eso fue una gran falta de educación y buenos
modales. En vista de ello, Jesús habría estado en todo su derecho de
pensar que no era bien recibido y marcharse molesto; pero no lo hizo.
A pesar de que la falta de hospitalidad de Simón podría haberse
considerado una afrenta, Jesús hizo caso omiso de ella y se reclinó
junto a la mesa sin haberse lavado las manos ni los pies.

A continuación se nos describe la siguiente escena:

Entonces una mujer


de la ciudad, que era
pecadora, al saber
que Jesús estaba a
la mesa en casa del
fariseo, trajo un
frasco de alabastro
con perfume; y
estando detrás de Él
a Sus pies, llorando,
comenzó a regar
con lágrimas Sus
pies, y los secaba
con sus cabellos; y
besaba Sus pies y los ungía con el perfume. (Lucas 7:37-38)

La interpretación más aceptada es que seguramente era una


prostituta. Ahora bien, ¿cómo es que se le permitió asistir a la comida
en casa de Simón? Ningún fariseo la convidaría, como evidencia el
hecho de que a Jesús se lo criticó por comer con pecadores. La
presencia de una prostituta y su posterior comportamiento eran
extremadamente ofensivos para el fariseo y sus demás invitados. No
obstante, se le permitió estar allí.

Un autor explica:

En las comidas tradicionales de pueblo del Medio Oriente, los parias de


la comunidad no son excluidos. Se sientan calladamente en el suelo
contra la pared, y al final de la comida se les da de comer. Su presencia
es un halago para el anfitrión, cuya nobleza queda de manifiesto por el
hecho de que hasta alimenta a los marginados de la sociedad. Los
rabinos insistían en que se dejara abierta la puerta durante las comidas
para que no hubiese escasez (es decir, para no dejar fuera las
bendiciones de Dios)

La mujer no estaba allí como invitada,


sino como una de esas personas a
quienes se les permitía observar la
comida sin participar en ella. Pero
¿por qué estaba allí? ¿Cuál era el
motivo por el que había ido?
Seguramente porque había escuchado
hablar a Jesús con anterioridad y Sus
palabras la habían transformado.
Aunque esto no está indicado
específicamente en la Biblia, es algo
que se infiere y se va aclarando a
medida que progresa el relato.

Más adelante en el relato Jesús le


dice a Simón: «Desde el momento en
que llegué, no ha cesado de besar Mis
pies», lo cual muestra que ella ya
estaba allí cuando Él llegó, o que llegó
a tiempo para presenciar la descortés
recepción que le dispensaron a Él.

Dice que trajo un frasco de alabastro


con perfume. El alabastro es una piedra blanda que se utilizaba para
elaborar pequeños recipientes en los que se guardaban aceites
aromáticos. En algunas versiones dice ungüento en vez de perfume.
Las mujeres llevaban colgado del cuello, a la altura del busto, un
frasquito con aceites aromáticos, por una parte para refrescar el
aliento, y por otra como perfume. Tales perfumes eran muy costosos
en aquella época. Cuando la mujer se enteró de dónde iba a estar
Jesús, tomó su aceite perfumado para ungirle los pies, como
expresión de gratitud por lo que había hecho Él por ella.

No obstante, se entristeció mucho al presenciar la fría y más bien


insultante recepción que le tributó Simón a Jesús. Quien la había
liberado con Su mensaje sobre el amor y el perdón de Dios estaba
recibiendo un trato humillante. Simón no le había lavado los pies a
Jesús, lo que constituía una señal clara de que lo consideraba inferior.
Ni siquiera le había ofrecido agua para que se lavara los pies Él
mismo. Tampoco lo saludó con un beso. Al ver eso, la mujer llora.
¿Qué puede hacer para compensar esa evidente falta de hospitalidad
para con el hombre que ha transformado su vida?

Imaginémonos la escena. Jesús está reclinado sobre un costado junto


a la mesa, apoyado en Su codo izquierdo y comiendo con la mano
derecha. Sus pies están en el otro extremo del sofá, apuntando hacia
fuera, cerca de la mujer, dado que ella está sentada contra la pared.
Percatándose de que Sus pies no han sido lavados, ella decide hacer
lo que Simón no ha hecho y le moja los pies con sus lágrimas. Como
no tiene una toalla para enjugárselos, se suelta el cabello para
secárselos con él. Seguidamente se los besa. El término griego que se
tradujo aquí como besar significa besar repetidamente, una y otra vez.
Lo que hizo fue llenarle los pies de besos.

Los comensales están horrorizados ante semejante demostración de


afecto. Les parece mal por diversos motivos. Para una mujer, soltarse
el pelo era un gesto íntimo, que nunca debía hacer delante de nadie
que no fuese su marido. Según algunos escritos rabínicos, que una
mujer se soltara el cabello en público era motivo suficiente para
conceder el divorcio. En este caso se trata de una mujer inmoral, que
lo hace en presencia de comensales masculinos. Para colmo de
males, está tocando a un hombre que no es familiar suyo, algo que
ninguna mujer moral haría. Para Simón y sus invitados, aquello era
completamente inaceptable.

La mujer está profundamente agradecida por el perdón de sus


pecados; se ha arrepentido y su vida se ha transformado. Trae aceite
perfumado muy costoso y con él le unge los pies a Jesús, para
agradecerle lo que Él ha hecho por ella. Dolida por el trato que se le ha
dado, va más allá en su demostración pública de gratitud y honor. Los
presentes ven sus gestos como escandalosos, propios de una mujer
inmoral. No tienen ni idea de que ha sido perdonada; la ven como una
pecadora sin valor alguno. No pueden creer que Jesús permita que
una mujer de tan mala reputación le haga esas cosas. Sin embargo, Él
la deja.

El relato continúa:

Cuando vio esto el fariseo


que lo había convidado,
dijo para sí: «Si este fuera
profeta, conocería quién y
qué clase de mujer es la
que lo toca, porque es
pecadora». (Lucas 7:39)

A Simón no parece
afectarle en lo más mínimo que sus faltas como anfitrión hayan
quedado en evidencia. Todo lo contrario: está criticando en silencio a
Cristo. Habiéndolo escuchado predicar y enseñar, probablemente se
ha estado preguntando si Jesús es o no un verdadero profeta. Por lo
visto está descartando que pueda serlo, pues según su modo de
pensar, si Él fuera profeta sabría que la mujer que lo toca es inmoral y
por lo tanto lo está contaminando.
Pero Simón se equivoca. Jesús sí conoce el estado espiritual de la
mujer. Sabe que ha sido una pecadora, porque más adelante dice
que «sus pecados son muchos». También sabe que se le han
perdonado esos pecados porque haber creído por fe las palabras
que le escuchó decir sobre el perdón de Dios. Además, Jesús
demuestra que es profeta al discernir los pensamientos de Simón.
Sin que este los verbalice, Jesús le responde.

Entonces, respondiendo Jesús, le dijo: «Simón, una cosa tengo que


decirte». Y él le dijo: «Di, Maestro» (Lucas 7:40)

La expresión «una cosa tengo que decirte» es un clásico giro


idiomático del Medio Oriente para anunciar una declaración directa
que al oyente le puede resultar desagradable. Eso es precisamente lo
que sucede a continuación.

En ese momento Jesús procede a contar la breve parábola de los


dos deudores.

«Un acreedor tenía dos


deudores: uno le debía
quinientos denarios y el otro,
cincuenta. No teniendo ellos
con qué pagar, perdonó a
ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos
lo amará más?» (Lucas 7:41-42)

Un denario era el jornal por un


día de trabajo común y
corriente. Por lo tanto, uno de
los deudores de la parábola
debía al prestamista 500
jornales y el otro 50. ¡Menuda
diferencia!
En respuesta a la pregunta sobre quién amará más al prestamista
que perdonó las deudas:

Respondiendo Simón, dijo: «Pienso que aquel a quien perdonó más».


[Jesús] le dijo: «Rectamente has juzgado» (Lucas 7:43)

Al darse cuenta de que la parábola viene a ser una trampa verbal en


la que ha quedado atrapado, Simón responde sin mucha convicción:
«Pienso que…» Jesús, a pesar de no haber recibido un trato digno por
parte de él, lo elogia por haber respondido bien.

La moraleja de la parábola es que el amor es la reacción correcta


ante la gracia, ante el favor no merecido; que aquel a quien se le
perdonó la deuda mayor amará más y demostrará mayor gratitud.
Habiendo dejado eso claro, Jesús se dirige a Simón sin rodeos.

Entonces, mirando a la mujer, dijo a Simón: «¿Ves esta mujer? Entré en


tu casa y no me diste agua para Mis pies; pero ella ha regado Mis pies
con lágrimas y los ha secado con sus cabellos. No me diste beso; pero
ella, desde que entré, no ha cesado de besar Mis pies. No ungiste Mi
cabeza con aceite; pero ella ha ungido con perfume Mis pies. Por lo
cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó
mucho; pero aquel a quien se le perdona poco, poco ama». (Lucas 7:44-
47)

Aunque Jesús dirigió esas palabras a Simón, se giró hacia la mujer


mientras las pronunciaba. Le preguntó a Simón si veía a la mujer,
procurando que la viera como una persona, no como una pecadora.
Quería que Simón viera con otros ojos a aquella mujer, y por ende al
común de las personas.

Simón consideró ofensivos los actos de la mujer. Le pareció que


estaban fuera de lugar y que correspondían a la mala opinión que
tenía él de ella como pecadora y prostituta. Jesús quería que Simón
comprendiera y aceptara que los pecados de ella habían sido
perdonados y que ya no era una prostituta; porque si él y los demás
comensales aceptaban eso, ella podría reinsertarse en la comunidad,
ya no como una pecadora, sino como hija de Dios.

Jesús verbalizó los fallos de Simón, lo que había omitido hacer, los
aspectos en que no había estado a la altura de las circunstancias.
Contrastó las omisiones de Simón con las nobles acciones de la
mujer, acciones que fueron mucho más allá de lo que Simón hubiera
debido hacer, acciones extravagantes, motivadas por su amor y
gratitud. Luego Jesús relacionó el gran amor de la mujer con la
multitud de pecados que le habían sido perdonados.

Entonces Jesús le dijo a la mujer: «Tus pecados han sido


perdonados».(Lucas 7:48)

Jesús no dijo que le


perdonara los pecados en
ese momento, sino más
bien que sus pecados ya
habían sido perdonados.
El amor que ella
manifestó y sus efusivas
muestras de gratitud
fueron en respuesta al
perdón que ya había
recibido al escucharlo
hablar anteriormente. Por
lo que Él dijo, queda claro
que ella entendió que la gracia y el perdón de Dios se obtienen por fe
y no por buenas obras. Al darse cuenta de que Dios perdona
magnánimamente los pecados aunque la persona necesitada de
perdón no sea santa ni religiosa, sintió gran gozo y libertad.

La mujer reaccionó con profundo agradecimiento. Lo único que


quería era ver a Jesús, que le había comunicado aquel mensaje tan
hermoso, para expresarle su sentido aprecio.

Él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado; ve en paz» (Lucas 7:50)


Así termina el relato. No hay indicio alguno sobre la reacción de
Simón. ¿Entendió su error? ¿Se dio cuenta de que su opinión de la
mujer estaba mal? ¿Aceptó que a ella se le habían perdonado
muchos pecados y por lo tanto amaba mucho? ¿Se vio a sí mismo
como alguien que amaba poco? ¿Entendió que él también era un
deudor, un pecador que necesitaba el amor y el perdón de Dios, o
solo se fijó en los pecados de la mujer? ¿Reconoció que la mujer
había sido perdonada, que había cambiado, y la aceptó nuevamente
en la comunidad? Esas preguntas quedan sin respuesta. Después de
leer el relato, cada cual puede reflexionar y sacar sus propias
conclusiones.

Habiendo invitado a Jesús a participar de nuestra vida, ¿cómo lo


tratamos? ¿Como Simón, con frialdad, irrespetuosamente? ¿O le
damos el honor y el respeto que se merece, ofreciéndole nuestro
tiempo, nuestra atención y nuestro amor? ¿Nos hacemos tiempo para
escuchar Sus palabras y asimilarlas? ¿Las aplicamos? ¿Las
obedecemos? ¿Le retribuimos mediante compadeciéndonos de los
pobres y los necesitados?

La mujer tenía ese gozo profundo que surge cuando uno se da


cuenta de que sus pecados han sido perdonados. Su aprecio se
manifestó por medio de sus actos. ¿Es tal la gratitud que nosotros
sentimos que actuamos sobre la base del conocimiento del perdón y
la salvación que hemos recibido, tanto internamente con alabanzas
como externamente con obediencia? ¿Nuestro amor y gratitud se
traducen en acciones? A todos se nos ha perdonado mucho. ¿Amamos
mucho?

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Images on pages 1-8 by the LUMO Project. Images on page 9 in public domain. Text © TFI.

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