Sin palabras
Buena parte de la explicación de la realidad periodística nos llega entre líneas, sobre la base de sobreentendidos
y, por momentos, descifrar la información se transforma en un ejercicio agotador. Paradójicamente esta es la época en
que las nuevas corrientes de la investigación psicológica aconsejan mostrarse, expresarse. Sin embargo, más que nunca
la gente se aísla con los walkman, con los contestadores telefónicos y hasta con las computadoras. Desde hace poco un
nuevo aparato se integró al mercado: el teléfono celular móvil. En una esquina cualquiera se cruzan la joven que
escucha a su ídolo del rock y el hombre que tiene en la calle su oficina en movimiento. Ambos, en ese mismo instante,
pueden recibir una llamada en le contestador telefónico de sus casas, en forma oral o mediante otro nuevo lujo de las
comunicaciones: el fax.
Las posibilidades comunicativas crecieron enormemente en los últimos años pero aún así estamos menos
comunicados. De una persona disponemos el número de su oficina, en donde responderá una secretaria o un fax. Si
somos privilegiados o cercanos contaremos con el número del movicom y también podremos entrar en el teléfono
particular que a cualquier hora está conectado con el contestador. El variado aparataje invita a hablar, pero también a
callar para siempre.
Justamente del mundo de la electrónica digital suben al tren de las palabras los últimos neologismos: escanear,
printear, hacer la vaca (argentinización de back up, orden inglesa de la computadora para fijar lo escrito e impedir que
se borre) o faxear, que Jorge Lanata consagra como verbo en su última novela refiriéndose a la acción de enviar copias
facsímiles. Y como dicen otros que si no la escriben la parlan “si hay algún problema, macho, tubeame al movicom”.
Si bien en todo el mundo hay una moda de la telefonía celular, entre nosotros el sistema resultó furibundo. De
acuerdo con informaciones de la empresa Movicom los usuarios locales hablan y gastan en promedio, por mes, tres
veces más que los consumidores norteamericanos de un sistema equivalente.
Entre nosotros el aparatito entró en las casas y en las oficinas, pero también en los cines y hasta en el Colón, en
donde varias veces osó interrumpir conciertos y óperas. Interviene en reuniones de directorio o de gabinete(no hay
político que no lo tenga), inoportuna encuentros en cafés y restaurantes, viaja en auto y fundamentalmente camina por
la calle, en donde es muy gracioso y también muy deprimente descubrir gente andando y hablando o parada en una
esquina gesticulando, como si fuera loca. Si el movicom tuviera algo que ver con las palabras deberíamos pensar
también en las palabras de la moda, de la exclusividad y del prestigio.
Un verdadero test resulta el contenido, el tono, el estilo y la intención de la perorata previa que los propietarios de
contestadores incluyen a manera de librito de instrucciones para su uso. En este “dime qué dices y cómo lo dices y te
diré quién eres”los hay en exceso lacónicos, antipáticos, despreciativos o su contracara demasiado explicativos y hasta
autoritarios. Algunos sueñan estar saliendo al aire en radio y otros suenan alambicados hasta el rechazo. ¿Se puede
seducir en veinte segundos? : no falta en el catálogo.
Un cantante de Rock nacional me tutea aunque a mí no me dé la gana y el mensaje de un cotizado psicoanalista
patina y esa voz parece salirse del encuadre. El de un alto ejecutivo dedicado a la selección de personal incluye unos
compases de la melodía gratificante de Gracias a la vida. El de un periodista hizo cómplice a su pequeña hija
haciéndole mentir en el contestador: “Dice mi papá que no está”. Una mujer cuyo marido se recupera de un infarto
ofrece desde el contestador los partes médicos acerca de la evolución del enfermo. Algunos modifican el mensaje con
tal asiduidad que pueden incorporar situaciones de coyuntura y no faltan los que imitan a los personajes como Alfonsín
o Menem. Algo parecido a lo que sucede en los Estados Unidos, en donde se venden mensajes preparados con las voces
de famosas figuras del espectáculo.
Todos estos elementos que están entre la transformación de las costumbres, el adelanto técnico y la moda traen
consigo una parte de adelanto y el inevitable saldo de dejarnos con menos palabras por dentro y por fuera. Acaso dentro
de algún tiempo no faltarán mensajes como estos: “A pesar de todos sus esfuerzos se comunicó con el... Ese número es
el de mi casa, pero entre nosotros ¿puedo llamar casa a este infierno? Si llamó es porque tendrá algo que decir, pero si
lo piensa mejor podría ahorrarse el llamado. Además, no quiero engañarlo: su llamado me molesta y jamás le
responderé. Mejor no vuelva a comunicarse”.
Carlos Ulanovsky
Jubilación de la ortografía (Mempo Giardinelli)
Desde hace años se sabe que Gabriel García Márquez es un mago capaz de colocar en el cielo de la literatura
maravillosos fuegos artificiales. Pero somos muchos los escritores que crecimos con él, y gracias a él, que
pensamos también que los fuegos artificiales son sólo eso: artificios. Y por lo tanto brillo efímero, golpe de efecto,
momento deslumbrante.
La médula es otra cosa. Y en el caso de estas ideas que la prensa ha difundido (no he tenido la oportunidad de leer
el discurso completo del Maestro) me parece que hay mucho de disparate en esa propuesta de «jubilar la
ortografía».
Además de ser una propuesta efectista (y quiero suponer que poco pensada), es la clase de idea que seguramente
aplaudirán los que hablan mal y escriben peor (es decir, incorrecta e impropiamente). No dudo que tal jubilación
(en rigor, anulación) sólo puede ser festejada por los ignorantes de toda regla ortográfica. Digámoslo claramente:
suena tan absurdo como jubilar a la matemática porque ahora todo el mundo suma o multiplica con calculadoras
de cuatro dólares.
En mi opinión, la cuestión no pasa por determinar cuál regla anulamos, ni por igualar la ge y la jota, ni por abolir
las haches, ni por aniquilar los acentos. No, la cuestión central está en la colonización cultural que subyace en este
tipo de ideas tan luminosas como efectistas, dicho sea con todo respeto hacia el Nobel colombiano.
Y digo colonización porque es evidente que estas cuestiones se plantean a la luz de los cambios indetenibles que
ocasiona la infatigable invasión de la lengua imperial, que es hoy el inglés, y el creciente desconocimiento de
reglas ortográficas y hasta sintácticas que impera en las comunicaciones actuales, particularmente Internet y el
llamado Cyberespacio.
Frente a esa constatación de lo virtual que ya es tan real, ¿es justo que bajemos los brazos y nos entreguemos sin
luchar? ¿Es justo que porque el inglés es la lengua universal y es tan libre (como anárquica), el castellano deba
seguir ese mismo camino? ¿Por el hecho de que el cyberespacio está lleno de ignorantes, vamos a proponer la
ignorancia como nueva regla para todos? ¿Por el hecho de que tantos millones hablen mal y escriban peor, vamos
a democratizar hacia abajo, es decir hacia la ignorancia?
Si las difundidas declaraciones de García Márquez son ciertas, a mí me parece que hay un contrasentido en su
propuesta de preparar nuestra lengua para un «porvenir grande y sin fronteras». Porque el porvenir de una lengua
(como el porvenir de nada) no depende de la eliminación de las reglas sino de su cumplimiento.
Por eso, a los neologismos técnicos no hay que «asimilarlos pronto y bien... antes de que se nos infiltren sin
digerir», como él dice. Lo que hay que hacer es digerirlos cuanto antes, y para digerirlos bien hay que adaptarlos a
nuestra lengua. Como se hizo siempre y así, por caso, «chequear» se nos convirtió en verbo y «kafkiano» en
adjetivo. Y en cuanto al «dequeísmo parasitario» y demás barbarismos, no hay que negociar su buen corazón,
como aparentemente propone García Márquez. Lo que hay que hacer es mejorar el nivel de nuestros docentes para
que sigan enseñando que esos parásitos de la lengua son malos.
Eso por un lado.
Y por el otro está la cuestión de para qué sirven las reglas, y el porqué de la necesidad de conocerlas y respetarlas.
No voy a defender las haches por capricho ni por un espíritu reglamentarista que no tengo, pero para mí seguirá
habiendo diferencias sustanciales entre «lo hecho» y «lo echo»; y sobre todo entre «hojear» y «ojear» un libro.
Tampoco me parece que sea un «fierro normativo» la diferencia entre la be de burro y la ve de vaca. Ni mucho
menos me parece poco razonable la legislación sobre acentos agudos y graves, ni sobre las esdrújulas, ni sobre las
diferencias entre ene-ve y eme-be, y así siguiendo, como diría David Viñas.
Las reglas siempre están para algo. Tienen un sentido y ese sentido suele ser histórico, filosófico, cultural. La falta
de reglas y el desconocimiento de ellas es el caos, la disgregación cultural. Y eso puede ser gravísimo para
nosotros, sobre todo en estos tiempos en que la sabiduría imperial se ha vuelto tan sutil y astuta. Las propuestas
ligeras y efectistas de eliminación de reglas son, por lo menos, peligrosas.
Precisamente porque vivimos en sociedades donde las pocas reglas que había se dejaron de cumplir o se cumplen
cada vez menos, y hoy se aplauden estúpidamente las transgresiones. Es así como se facilitan las impunidades.
Y así nos va, al, menos en la Argentina.
En todo caso, eliminemos la absurda policía del lenguaje en que se ha convertido la Real Academia.
Democraticémosla y forcémosla a que admita las características intertextuales del mundo moderno, hagamos que
celebre las oralidades, que festeje las incorporaciones como riquezas adquiridas. Esa sería una tarea
revolucionaria. Pero manteniendo las reglas y, sobre todo, haciéndolas cumplir.
(Página/12, viernes 11 de abril de 1997)