Universidad de Flores
Materia: Filosofía del Derecho
Profesor: Juan Bautista Libano
Clase 9
A modo de introducción a la Unidad
Hola, espero que estén bien. Ya hemos visto algunas corrientes clásicas de la filosofía
del derecho, y algunos conceptos sobre política y género. Ahora estamos en condiciones de
detenernos en un tema central del derecho: la justicia.
Es curioso que se trabaje poco en la carrera de derecho respecto de este concepto, y
que egresen estudiantes de la facultad desconociendo las teorías más elementales que se
vinculan con la idea de lo justo.
¿Tal vez tenga que ver con ello el triunfo de una mirada positivista del derecho?,
¿Tendrá sentido trabajar sobre un término tan polémico desde la mirada del derecho?
Como sea, vamos a dedicar un poco de tiempo a estudiar esta cuestión.
Veamos algo primero de algunas ideas y teorías que sirven de marco para entender
las teorías modernas de la justicia.
1. La polisemia del término Justicia
Alcanza con leer solo algunos pocos textos esenciales sobre la materia para advertir
que el de justicia no es un concepto demasiado unívoco. Precisamente, sin ir más lejos, en
nuestro tiempo, ha adquirido matices semánticos inéditos, que muchas veces dan lugar a
conflictos intrínsecos dentro de dichas significaciones, y entre las diferentes
interpretaciones de cada uno. Asimismo, se trata de un concepto que se encuentra cargado
de valoraciones, por ejemplo, Chaim Perelman decía que es un concepto “prestigioso y
confuso”, “prestigioso” por su carga valorativa y “confuso” porque esa carga emotiva
parece impedirnos llegar a un significado unívoco.
En materia de definiciones, nos podemos encontrar con las más variadas. En este
sentido, “Justicia”, dentro de las muchas acepciones que puede adoptar, puede entenderse
como un supremo ideal que consiste en la voluntad firme y constante de dar a cada uno lo
suyo, o también puede referir al conjunto de todas las virtudes -o a la virtud individual-, al
recto proceder conforme a derecho y razón, la equidad, el Poder Judicial, etc.
Realizar un recorrido histórico tampoco parece aportar demasiado al esclarecimiento
del término ya que, a lo largo del tiempo, la justicia se ha entendido de maneras muy
diversas. Por ello, un análisis de ese tipo llevaría a concluir el significado del término no
sólo difiere sustancialmente de un periodo histórico a otro, sino que muchas veces los
mismos resultan incompatibles entre sí.
Por ejemplo, algunos filósofos presocráticos consideraban que la justicia era similar
al orden, y entendían que algo era justo cuando su existencia no interfería con la
disposición natural a la cual pertenecía. Es decir, cuando ocupaba su lugar en el universo.
Por ello, cuando una cosa usurpaba el lugar de otra, o cuando no se confinaba a ser lo que
era, o cuando había alguna demasía o exceso, se producía una injusticia. Asimismo, cuando
se restauraba el orden originario, se corregía y castigaba la desmesura, se cumplía la
justicia.
Por su parte, las modernas teorías de la justicia se formulan por lo general en el
campo de lo social, donde se plantea la “equidad” en la distribución de cargas y beneficios
sociales. Se distingue en este sentido entre una justicia formal, que remite a la igualdad de
todos los ciudadanos ante la ley (aplicación de la justicia entendida como procedimiento
judicial), y una justicia material, que se refiere a los criterios reales con que ha de
procederse a la distribución de los bienes sociales (si se distribuye según la necesidad, el
mérito, el esfuerzo, etc.).
Por último, las teorías contemporáneas de la justicia, que se desarrollaron sobre todo
en el mundo anglófono debido a una tradición jurídica y constitucional diferente a la de
Francia, buscaron integrar esos diferentes aspectos en una concepción única y universal de
la justicia, y retomaron así la concepción aristotélica de una justicia política y moral que sea
una fuerza de cohesión e integración de la sociedad.
En definitiva, el término “justicia”, si bien ocupa un lugar central en todas las teorías
sociales y políticas, y pese de ser un concepto principal que estructura la vida pública, es
abordado por una diversidad de análisis que confunden y desalientan cuando se busca
claridad y precisión en su significado concreto.
Por eso, resulta conveniente hacer algunas aclaraciones generales en torno a las
distintas acepciones que puede adoptar el término, aun cuando tal vez, por cuestiones de
espacio, no sea esta obra el marco apropiado para realizar un análisis exhaustivo de todos
esos significados.
En este sentido, en principio y a grandes rasgos, es posible distinguir un uso jurídico
y otro moral del término. En relación con el uso jurídico, un análisis histórico daría cuenta
de que la palabra, a pesar de que significó cosas distintas, siempre estuvo conectada con la
idea de ley y de legalidad. Etimológicamente, de hecho, la palabra proviene del latín: ius,
que puede ser traducida como “derecho”.
Tal vez sirva de ejemplo, para entender el uso jurídico del término, la conocida
sentencia romana proclamaba: ubi societas, ibi ius, que podríamos traducir como: “donde
hay sociedad, hay derecho”. La proclama implica que el derecho da por supuesto, en
principio, la existencia de la sociedad, ya que ésta es quien crea a aquel, y, a su vez, la
sociedad presume la presencia de personas, que son quienes la componen.
Así, esas personas, susceptibles de pautar compromisos y de obligarse a su
cumplimiento, necesitaban de aquellos que son capaces de “decir el derecho” de cada
quien. Los romanos llamaron a esa actividad ius dicere. Por tanto, “decir el derecho”
constituyó la antesala de darle a aquel a quien corresponde, su derecho, es decir, poner en
acto la virtud de la justicia. Por eso, la justicia fue definida posteriormente por Ulpiano
como la constans et perpetua voluntas ius suum quique tribuendi, esto es: “la continua y
perpetua voluntad de dar a cada uno lo que le corresponde”.
Se advierte entonces que la palabra justicia designó, originalmente, la conformidad de
un acto con el derecho positivo, no con un ideal supremo y abstracto de lo justo. De tal
modo, la justicia pierde su valor ideal y estático, transformándose en una práctica concreta,
dinámica y firme que permanentemente ha de dirigir las conductas. A dicho concepto
objetivo corresponde, en los individuos, una especial actividad inspirada en el deseo de
obrar siempre conforme a derecho; desde este punto de vista, Ulpiano definió la justicia,
según el texto transcrito.
Esta concepción formal de la justicia luego fue receptada por el positivismo jurídico,
postura que decretó en la historia de la ciencia jurídica que la justicia puede entenderse
como la conformidad de una conducta a una norma, usando el concepto para juzgar el
comportamiento humano o la persona humana, y esta última por su comportamiento.
Sin embargo, el desarrollo posterior de la teoría jurídica dentro del estudio del
Derecho vino a dar cuenta de un problema que dividió las aguas en el uso que se le dio al
concepto, ya que “justas” o “injustas” pueden ser tanto las acciones (o decisiones) de las
personas como las normas (leyes, reglas, etc.). En el primer caso las normas se toman como
dadas y se plantea la cuestión de la justicia o injusticia de las acciones que se ajustan, o no,
a las normas. En el segundo caso, por el contrario, se plantea la cuestión de la justicia o
injusticia de las propias normas.
Así, el derecho positivo, entendido como una creación humana cuyo fin es regular la
conducta social del hombre, pasó a ser enjuiciado o valorado a la luz de otras
consideraciones, como la eficiencia de la norma (o un sistema de normas) -entendiendo por
tal una determinada medida en su capacidad de hacer posibles las relaciones entre los
hombres-. Desde allí que el concepto puede ser empleado para juzgar las normas que
regulan el comportamiento del hombre.
Vale resaltar que en este nuevo enfoque la exigencia dejó de estar dirigida al Juez,
que aplica la ley, y pasó a estar dirigida al legislador, que crea la ley. A raíz de ello, quedó
en evidencia que la acepción jurídica no agotaba todo el significado del término “justo”. De
hecho, los diferentes criterios o ideas acerca de lo que cada cual entiende como lo debido o
lo que debe ser permiten hablar de leyes o de sentencias judiciales injustas sin caer en
contradicciones.
La cuestión de la justicia pasó a ser entendida entonces como un ideal de sociedad
justa, que a su vez puede ser defendida sobre la base de argumentos racionales. Bajo esta
lógica, la polémica se abrió a consideraciones filosóficas y políticas, abriendo el juego al
análisis crítico de las instituciones políticas de una sociedad. En este sentido, las reacciones
de decepción frente a expectativas insatisfechas se transformaron en algunos casos en
críticas radicales a la justicia que fue concebida como un ideal conservador, en tanto intenta
mantener el estatus quo en la sociedad en contra de intrusiones destructivas y turbulentas.
En este sentido, una crítica típica formulada desde el socialismo contra las teorías
liberales de la justicia es que se sobreestiman a sí mismas, al pretender proporcionar un
análisis imparcial y neutral respecto de los grupos y conflictos de intereses que coexisten
dentro de una sociedad particular. Así, se denuncia que la oculta selectividad que encierra
toda teoría potencialmente universalista resulta en un sesgo sistemático en favor de ciertos
grupos sociales, de modo que Marx predijo que ocurrirá con todas las potenciales teorías
políticas del consenso. Por ello, en general, como quiera que se expongan, la imparcialidad
y la neutralidad tienen la misteriosa habilidad de aparecer junto a ideales que no plantean
ningún desafío real a las desigualdades económicas existentes en las sociedades liberales de
las que surgen sistemáticamente.
En resumen, el panorama brindado hasta aquí pretendió ofrecer algunas de las
opciones posibles para enfocar el concepto de justicia. Hemos expuesto que se pueden
distinguir dos dimensiones: la jurídica y la moral. Por otro lado, también hemos podido
remarcar el contraste entre la justicia formal y la justicia material. Pero también hemos
aplicado el criterio de distinción que consiste en diferenciar la dimensión individual (o
ética) de la dimensión social (o política) de la justicia.
Las teorías de la justicia que fueron desarrollando a lo largo de la historia los distintos
pensadores que se ocuparon del tema son numerosas y suelen ser reagrupadas de acuerdo a
la conveniencia de los teóricos que se ocupan de estudiarlas. Por ello, excede el marco de
esta obra realizar un recorrido por todas ellas o enumerar todas las clasificaciones posibles.
Bajo esta lógica, resulta conveniente entonces, hacer un recorrido por las teorías de la
justicia de Platón y Aristóteles, con la aclaración de que a diferencia de los modernos, los
antiguos griegos concebían la justicia fundamentalmente como virtud individual.
2. La concepción Platónica de la Justicia
Platón pondera la justicia como virtud suprema, y la asocia a la actitud del hombre de
vida moral recta, al hombre que llamamos “bueno”. Asimismo, relaciona la justicia con el
Bien: es justo el hombre que, bajo la idea del Bien, ordena su vida, igual como es justa la
ciudad que, bajo la guía del gobernante que conoce el Bien, ordena a las clases que la
componen al cumplimiento de su fin.
En este sentido, para Platón, realizar la idea del Bien, venciendo el lastre de los
sentidos, mediante una vida virtuosa, es el fin supremo del hombre. Asimismo, la vida
humana sólo puede alcanzar su fin último en el seno de la ciudad, y la ciudad, en la
concepción platónica, tiene, como misión primordial, hacer virtuoso al hombre, creando las
condiciones de su perfeccionamiento.
Por todo esto, a la ética de Platón, se la define como eudemonista, porque está
enfocada al logro del supremo bien del hombre, esto es, a alcanzar la felicidad verdadera.
En este sentido, en el Gorgias, Platón conceptúa la justicia como condición de la felicidad
al identificar el bien con el placer y al mal con el dolor. Sin embargo, la exposición más
completa y sistemática del pensamiento político de Platón se encuentra en la República,
donde la justicia constituye el tema central del diálogo.
En efecto, Platón sostiene en la República que la justicia es cualidad de los estados y
también de los individuos, y que por eso es necesario conocer la estructura y naturaleza de
ambos, a fin de poder decidir cuándo son justos y en qué consiste verdaderamente la
justicia. Para ello comienza analizando la virtud de la justicia en el estado, y propone
“construir” idealmente una ciudad perfecta, una polis, de modo que sea posible determinar
los elementos o partes que la integrarían.
De esta manera, para Platón la ciudad ideal se compondría de tres clases sociales: los
productores, los militares, y los gobernantes. Los productores serían la base económica de
la ciudad, la clase económicamente productiva, quienes atenderían las necesidades más
elementales de la vida humana: alimento, vivienda, vestido, etc. Los militares, por su parte,
se encargarían del mantenimiento de la convivencia social, y de la defensa y ampliación del
territorio. Por último, los gobernantes deberían ser un grupo reducido de ciudadanos, los
mejores guardianes, los “guardianes perfectos”, quienes se encargarían de administrar la
polis.
Se observa de esta manera cómo para Platón cada individuo y cada clase social
deberían desempeñar solamente una función: aquella para la cual estén más capacitados. La
idea general es que con la especialización y la división del trabajo aumentaría la eficacia y
el rendimiento.
Ahora bien, una vez constituido el estado en sus tres grupos sociales, Platón se ocupa
de la naturaleza y estructura del alma humana. En este sentido, explica que tres son también
las partes del alma: razón, ánimo y apetito. La razón se enfrenta con el apetito, en
reiterados conflictos internos que experimenta cada persona al desear algo que se reprime
por algún motivo. A estos conflictos se le suma el ánimo, que representa la decisión y el
coraje, y que a menudo resuelve el conflicto a favor de la razón.
Al igual que en la ciudad, a la razón le corresponde el gobierno del alma toda, al
ánimo estar al servicio de la razón, y al alma en su conjunto la moderación. De esta manera
Platón establece un paralelismo perfecto entre el alma y el estado, que le permite afirmar
que la justicia es la misma en la ciudad y en el individuo. Esta doctrina descansa sobre la
idea de una interacción y condicionamiento entre el individuo y el estado, ya que para
Platón el estado no es otra cosa que el conjunto de los individuos que lo componen, y, por
tanto, aquél adquiere el carácter y modo de vida de éstos.
Por último, para completar el cuadro hasta aquí descripto, Platón hace mención de las
cuatro virtudes tradicionalmente denominadas “cardinales” -justicia, prudencia, valentía y
moderación- y explica cómo se relacionan con cada parte del alma y del estado.
En este sentido, en relación con el estado, explica que la prudencia es una virtud
intelectual, perteneciente al ámbito del saber o episteme. Se trata del saber político, y tiene
su sede en la clase de los gobernantes. La valentía, por su parte, es el conocimiento de lo
que debe ser temido y de lo que no debe ser temido, y es la virtud específica de los
guerreros. Por último, la moderación, que constituye una forma de armonía, corresponde a
los productores, quienes deben desarrollar ordenadamente la actividad económica.
Llegado a este punto, con la delimitación de las tres clases sociales y con la
asignación de funciones específicas a cada una de ellas, queda configurada la estructura de
la ciudad ideal, en el marco de la cual se refleja la justicia cuando cada clase social cumple
la tarea que le corresponde de una manera virtuosa. Y esta concepción de la justicia resulta
igualmente aplicable al individuo, ya que también resulta del orden de cada elemento, y la
realización de la función que naturalmente le corresponde.
3. La concepción Aristotélica de la justicia
En el libro V de la Ética Nicomaquea trata Aristóteles el tema de la justicia.
Comienza el mismo defiendo el concepto de justicia como la disposición en virtud de la
cual los hombres practican lo que es justo. Así, encontramos que no hay duda de que para
el filósofo, la justicia es virtud: virtud total, que engloba todas las demás virtudes éticas.
Ahora bien, hay que tener en cuenta que Aristóteles distingue en la justicia dos modos de
virtud: total y parcial. Cuando se refiere a la justicia total habla de virtud en general, pero
cuando se manifiesta sobre la justicia parcial, está hablando de la justicia como una virtud
entre otras.
En este sentido, la justicia “universal”, equivale prácticamente a la obediencia a la
ley. Aquí radica la importancia de la ley para Aristóteles, ya que ordena actos de fortaleza y
de templanza para mantener el orden y la seguridad en la ciudad. Por esto recibe la justicia
universal el nombre de legal. Infringir la ley de la polis, significa actuar injustamente pues
significa transgredir las reglas de convivencia de la comunidad política. Nos encontramos
así frente a una "justicia política". Es interesante resaltar que sólo a partir de la justicia, la
comunidad política se vuelve un fin en sí mismo. Justamente es por eso que Aristóteles
define la justicia como la virtud más perfecta.
La justicia como virtud no puede desplegarse sino como ley. Entonces como para
Aristóteles la justicia consiste en la observancia de la ley, es entendible entonces que a esta
clase de justicia se la denomine “justicia legal”. Asimismo, esta concepción se aleja de la
idea platónica del Bien y se orienta, sin resonancias religiosas, al bien común de la
sociedad.
El bien de la ciudad y el del individuo coinciden porque la felicidad de la comunidad,
como un todo, es la suma de la felicidad de cada individuo que integre esa comunidad. El
Estado, además, ha de dedicarse a educar a sus ciudadanos en la virtud y a permitir que los
ciudadanos sean felices. Porque sólo en una polis feliz alcanzarán la felicidad los hombres.
En la práctica, constituir un Estado sólo es posible si se le dota de un sistema de
gobierno, de un marco adecuado de leyes e instituciones que regulen la convivencia y
permitan la plena realización de la naturaleza humana y su fin último que es la felicidad. La
justicia es la virtud que asegura y consolida el orden en la polis, armonizando
equitativamente los derechos y los deberes de todos los miembros de la comunidad.
En este sentido, como Aristóteles considera que la ley del Estado se extiende -por lo
menos idealmente- sobre la vida entera e impone las acciones virtuosas en el sentido de
acciones materialmente virtuosas (puesto que, claro está, la ley no puede imponer las
acciones virtuosas entendidas formal o subjetivamente), la justicia universal coincide poco
más o menos con la virtud, vista ésta, de todos modos, en su aspecto social.
La justicia total se produce entonces cuando la ley procura la práctica de la virtud
hacia los demás. Si al sujetarse al nómos el hombre no obra en relación a otro, simplemente
realiza una acción virtuosa; sin embargo, la iustitia universalis consiste en la práctica de
todas las virtudes en las relaciones interpersonales, es decir, que se realiza –según manda la
ley- lo más conveniente a los demás, al gobernante o a la comunidad.
Por eso, la justicia, en cuanto virtud, es la más perfecta puesto que no vela sino por
el “bien ajeno”; y el ciudadano que ejecuta la ley está realizando no sólo su perfección
interna, sino contribuyendo al bien de la ciudad. Por lo cual, por este desdoblamiento
funcional de la virtud individual para el prójimo, el “otro”, resulta ser esta justicia general
la virtud “total” o “perfecta” o “excelentísima”; y al adjudicarle todos estos atributos,
prorrumpe Aristóteles en aquella suprema alabanza de la justicia.
En síntesis, la justicia vela por el bien ajeno, permite producir y preservar la felicidad
para la comunidad política, por lo que, quien que posee la justicia, hace uso de la virtud no
sólo para consigo mismo sino también para con los otros. Así, la justicia es en consecuencia
la virtud más perfecta, porque la justicia es la realización respecto de otro, de cualquier
conducta normativamente prescripta.
Ahora bien, con la palabra justicia Aristóteles quiere significar el hábito en cuya
virtud los hombres son capaces de realizar acciones justas, y por el cual ejecutan y quieren
tales acciones. Es preciso señalar entonces que la justicia constituye una “práctica” en cuya
acción se efectiviza “lo que es justo”. Las actividades llamadas justicia e injusticia son
hábitos que nos inducen a la ejecución de actos justos y de acciones injustas.
En este sentido, hay que considerar también que, si hablamos de justicia como una
virtud, entonces en ese sentido, la práctica de la misma tendría que ser la práctica del
término medio, pues de ahí que "la justicia es el justo medio entre cometer la injusticia y
padecerla". Lo que se busca entonces, es la moderación de los actos, porque en el caso
contrario implicaría la injusticia. De ahí que, "el que comete la injusticia tiene porción
excesiva de bien y el que la padece, demasiado pequeña". En ese sentido, ser virtuoso
requiere evitar los extremos y practicar la correcta proporción. Sin embargo, habrá
situaciones en la vida, en que no sólo tenemos que fijarnos en la justa medida, sino que
también debemos optar por una reflexión y un discernimiento para elegir entre dos males,
de los cuales, siempre habrá uno menor respecto a otro. En este caso, el mal menor puede
ser considerado un bien, puesto que es preferido en vez del mayor.
Vale remarcar que Aristóteles establece la valiosísima distinción entre diversos tipos
de acciones materialmente injustas, mostrando que realizar una acción que redunde en daño
para otro, cuando este daño no había sido previsto o querido, y menos aún si
ordinariamente no suele resultar tal daño de esa acción, es muy distinto de cometer una
acción de la que se siga de suyo un daño para otro, sobre todo si este daño había sido
previsto o querido. Tales distinciones dejan espacio abierto a la equidad como tipo de
justicia superior a la justicia legal.
Sabemos entonces que la justicia es lo que es legal y lo que es justo y equitativo. Esto
conduce a la distinción las clases de justicia, nos encontramos en primer lugar con la
distinción entre la justicia total o perfecta, también llamada universal, que será la justicia en
sentido lato; y por otra parte la justicia strictu sensu, que es la justicia parcial.
En este sentido, así como la legalidad ha sido la señal manifiesta, aunque no la última
instancia de la justicia general, la igualdad será ahora el carácter propio de la injusticia
particular. Sólo que esta noción de la igualdad, en apariencia tan simple, no tiene el mismo
sentido en las dos especies de justicia particular que en seguida pasa a distinguir el
filósofo.
En las últimas líneas del capítulo II del libro quinto de la Ética Nicomaquea,
Aristóteles menciona dos especies de justicia particular: la justicia distributiva y la justicia
conmutativa (“correctiva” o “rectificativa”).
La justicia distributiva regula el reparto equitativo de bienes y cargas en la sociedad.
Se refiere a la distribución de honores, riquezas y demás cosas repartibles entre los
miembros de la comunidad. Consiste en la distribución de todas las cosas que cabe repartir
entre los que participan de la constitución (ya que en tales cosas es posible que cada uno
tenga una participación o desigual o igual a la de otro). El Estado reparte los bienes entre
los ciudadanos según unas proporciones geométricas, es decir, según los méritos.
Contrariamente, en un marco de injusticia, el reparto no se realiza teniendo en cuenta las
necesidades y los méritos de cada uno.
La justicia rectificadora regula, en cambio, lo concerniente a las relaciones
interpersonales. Se llama rectificadora porque su fin consiste en rectificar o corregir lo que
en tales relaciones debe ser, por contrario a la igualdad, rectificado o corregido.
Este tipo de justicia, por su parte, regula las relaciones, tanto voluntarias como
involuntarias, de unos ciudadanos con otros. Aristóteles divide las relaciones
interpersonales bajo estas dos categorías, aclarando que son voluntarias, por ejemplo, la
compra, la venta, el préstamo, la prenda, el comodato, el depósito, el arrendamiento. De las
involuntarias dice el filósofo que algunas son clandestinas, como el hurto, el adulterio, la
muerte con alevosía, el falso testimonio; y otras son violentas, como los malos tratos, el
secuestro, el homicidio, el robo con violencia, la mutilación o la injuria.
Algunos autores sostienen que las relaciones que el Estagirita llama voluntarias son
además, por su índole contractual, necesariamente lícitas, a diferencia de las otras, ya que
los hechos en que éstas culminan y les dan nombre tienen todos carácter delictuoso. En
base a esto hay quienes interpretan que la justicia que se ocupa de las transacciones
voluntarias, es decir, lícitas, son las que corresponden al Derecho Civil; y la que se ocupa
de las transacciones involuntarias corresponden al Derecho Penal.
Ahora bien, para Aristóteles lo injusto peca contra la igualdad. Es decir, lo injusto es
lo desigual y lo justo es lo igual. Es evidente entonces que la igualdad presupone el
principio de que los iguales deben ser objeto de un trato igual. Consecuentemente los
desiguales deben ser objeto de un trato diferente, proporcionado a su desigualdad.
Al hacer el estudio de la justicia distributiva Aristóteles se refiere principalmente al
mérito, declarando que es la pauta en que debe basarse la instancia encargada de distribuir
lo repartible entre los miembros de la comunidad. Pero el problema necesariamente se
complica, pues no sólo hace falta un criterio de lo igual y lo desigual sino, también, de lo
meritorio y sus diferencias de altura. Para solucionarlo nos tenemos que remitir a la
naturaleza del fin para cuyo logro el Estado existe. El fin de la pólis no es simplemente la
vida, sino la vida valiosa. Si la comunidad política tiene por causa la práctica de las buenas
acciones y no simplemente la convivencia, quienes en mayor medida contribuyen a una
comunidad de esta especie deben recibir más de la pólis que los igualen en libertad, riqueza
o linaje, pero desiguales en virtud.
Por otro lado, la segunda especie de la justicia particular es la que en la tradición post
aristotélica se conoce más comúnmente con el nombre de justicia conmutativa, pero que
Aristóteles llama reguladora, o más literalmente aún, “correctiva”, y que se da, según dice
enseguida, en las conmutaciones, así en las voluntarias como en las involuntarias.
Podríamos también llamarla, con fidelidad al texto, justicia reparadora.
La justicia rectificadora tiene lugar en las relaciones interpersonales. Pero aquí ya no
se atiende al mérito de las personas, pues éstas son tratadas como iguales. Lo único que se
considera es la diferencia que proviene del daño, y el problema se reduce a inquirir si uno
cometió injusticia y otro la sufrió, o si uno daño y el otro fue dañado.
Es decir, si en una relación interpersonal una de las partes causa y la otra sufre un
daño indebido, la igualdad resulta quebrantada, ya que el primer sujeto obtiene, en perjuicio
del segundo, algo que, según la ley, corresponde a éste. El juez trata entonces de restaurar
la igualdad por medio de una sanción, es decir, quitando el provecho al agresor.
Cuando no se trata de reparar (en forma pecuniaria) el daño causado por la comisión
de un delito, sino de imponer un castigo al delincuente, la pena sólo puede individualizarse
de manera justa si el encargado de aplicarla toma en cuenta tanto la calidad del autor como
la de la víctima del hecho delictuoso.
En resumen, el fin de la justicia correctiva es el mismo que el de la justicia
distributiva: la igualdad; sólo que ahora no según la proporción geométrica, sino
aritmética.
Restaría entonces distinguir dos campos fundamentales que son abarcados por la
justicia social: la justicia retributiva y la justicia distributiva. La justicia retributiva se
vincula con las teorías de la pena, que se ocupan de buscar el fin de la pena, y determinar
qué tratamiento se debe dar a quienes han infringido la ley. Por ello, tratan de cuestiones
como la justicia procedimental y la retribución proporcional de la pena.
Otro campo muy distinto concierne a lo que suele denominarse como justicia
distributiva. Las teorías de la justicia este tipo tratan de dar respuestas a problemas de
distribución de índole diversa que se suscitan en los diferentes ámbitos de interacción en los
que estamos insertos. Los principios de la justicia distributiva, por su parte, son principios
normativos diseñados para guiar la asignación de los beneficios y las cargas de la actividad
económica. Nos ocuparemos particularmente de este problema cuando veamos las posturas
de Rawls, Nzoick, Walzer y Sen.
Conclusiones
Como se ha señalado, a lo largo de la historia, ha habido una falta de acuerdo sobre el
concepto de justicia. Aunque la mayoría de las personas estarían de acuerdo en que la
justicia se refiere a la equidad y la imparcialidad, hay muchas opiniones diferentes sobre lo
que esto significa en la práctica. Por ejemplo, algunos creen que la justicia debe ser
retributiva, es decir, que las personas deben recibir castigos proporcionales a sus crímenes.
Otros creen que la justicia debe ser restaurativa, lo que significa que el objetivo debe ser la
reparación del daño causado a la víctima o la comunidad.
Además, hay desacuerdo sobre si la justicia debe ser ciega a las diferencias
individuales, como la riqueza, la raza o el género, o si estas diferencias deben ser
consideradas al aplicar la justicia. Algunos argumentan que la justicia debe ser igual para
todos, mientras que otros creen que la justicia debe ser equitativa, lo que significa que las
diferencias individuales deben ser tomadas en cuenta para garantizar un resultado justo.
Estos debates no son novedosos, como vimos ya Platón y Aristóteles se ocupaban de
estos temas, brindando argumentos de peso cada uno en favor de su propia postura. Ello en
virtud de que las concepciones de la justicia de ambos autores difieren en varios aspectos
clave.
Para Platón, por ejemplo, la justicia es un concepto abstracto y utópico que se
relaciona con la idea de una sociedad perfecta en la que cada persona tiene un papel
específico y se desempeña de acuerdo con sus habilidades. La justicia para Platón se basa
en la noción de que cada individuo debe cumplir con su deber específico para contribuir al
bien común de la sociedad.
Por otro lado, para Aristóteles, la justicia es un concepto práctico que se relaciona con
el bienestar y la felicidad de los individuos dentro de la sociedad. Aristóteles sostiene que la
justicia se divide en dos categorías: justicia distributiva y justicia correctiva. La justicia
distributiva se refiere a la distribución justa de los bienes y recursos de la sociedad,
mientras que la justicia correctiva se refiere a la corrección de las injusticias y violaciones
de la ley.
Además, Platón argumenta que la justicia es inherente a la persona, mientras que
Aristóteles sostiene que la justicia es una virtud que se adquiere y se desarrolla a través de
la práctica. Para Aristóteles, la justicia no es algo que pueda ser dictado por el estado o la
ley, sino que es una responsabilidad personal que cada individuo debe tomar.
En resumen, mientras que Platón considera la justicia como un concepto abstracto y
utópico que se relaciona con la idea de una sociedad perfecta, Aristóteles sostiene que la
justicia es una virtud práctica que se relaciona con la felicidad y el bienestar de los
individuos dentro de la sociedad.
Sin embargo, a pesar de las diferencias en sus concepciones de la justicia, Platón y
Aristóteles también comparten algunas semejanzas. Ambos consideran que la justicia es un
valor fundamental y esencial en la vida de las personas y la sociedad en general. Además,
ambos filósofos creen que la justicia se relaciona con el bienestar y la felicidad de las
personas, aunque difieren en cómo se logra este objetivo.
Otra semejanza entre las concepciones de la justicia de Platón y Aristóteles es que
ambos conciben la justicia como una virtud que se debe cultivar y practicar para alcanzar
un estado de perfección moral. También argumentan que la justicia se basa en la razón y la
equidad, y que debe estar presente en las leyes y en la vida diaria de las personas.
Finalmente, tanto Platón como Aristóteles reconocen la importancia de la educación
en la formación de una sociedad justa. Ambos filósofos sostienen que la educación es
fundamental para inculcar los valores y principios que sustentan una sociedad justa y
armoniosa.
En resumen, aunque sus concepciones de la justicia difieren en algunos aspectos,
Platón y Aristóteles coinciden en que la justicia es un valor fundamental que se debe
cultivar y practicar para lograr una sociedad equitativa y armoniosa.
Llegado a este punto del análisis es importante considerar que la falta de acuerdo
sobre el concepto de justicia no solo tiene que ver con diferencias históricas y culturales,
sino que se debe a las diferentes perspectivas culturales, filosóficas y políticas que existen
en la misma sociedad. Platón y Aristóteles son dos ejemplos de ello. Y a ello debemos
agregar que las diferentes perspectivas enriquecen el panorama.
Resulta lícito preguntarse entonces si, aunque es poco probable que se alcance un
consenso completo sobre lo que es justo en todas las situaciones, no es importante seguir
debatiendo y explorando estos temas para mejorar nuestro sistema de justicia y garantizar
que sea lo más justo posible para todos. Tal vez la filosofía, bajo el legado de Platón y
Aristóteles, sea el faro que nos oriente en ese sentido.