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La Novela

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Había una experiencia que se destacaba del resto.

Una persona que, por alguna razón, despertaba mi


interés y mi deseo de ayudarla. Sin embargo, su presencia en mi vida era intermitente, como una
llama que parpadea antes de apagarse.
Al principio, respondía con más frecuencia, pero luego se sumergió en un patrón de intermitencia.
Mi padre, siempre atento, me ofrecía su apoyo y validación. —Ve a recogerla —me decía—, yo te
ayudo. Su respaldo era importante para mí, y a veces, cedía a sus sugerencias.
Recuerdo un día en particular, en agosto del año pasado, mucho después de los eventos que estoy a
punto de relatar, en el que fui a recogerla a Cumbres. Estábamos hablando, aunque no habíamos
vuelto formalmente. Sin embargo, me encontré conduciendo hacia ella, sin entender del todo por
qué.
Acordamos reunirnos, una cita, un encuentro, llámalo como quieras. Ella no tenía intenciones
románticas, mientras que yo, inevitablemente, sí. Íbamos a estudiar en el Viva Envigado.
Preparé mi computadora y todo lo necesario. Habíamos quedado a las cuatro, creo, para almorzar
juntos. Llegué un poco antes y decidí esperar en los coworkings. Fue entonces cuando la vi,
acompañada de otro hombre.
Me quedé observando, tratando de entender la situación y de conocerla mejor a través de sus
interacciones. Resultó que el hombre era alguien de su iglesia, de esas otras realidades a las que ella
pertenecía.
Terminamos pasando el rato con él, almorzando juntos. Era evidente que tenía segundas
intenciones, pero no nos sentimos incómodos.

Pasaron veinte minutos y ella no me decía nada. Mi abuela me llamó para preguntar cómo iba todo,
y le conté que estaba con otro hombre. —No, ¿cómo así? —respondió ella—. Vaya, preséntese, bla,
bla, bla.

Me animó a presentarme, así que le marqué a ella y le dije que ya estaba allí.

Se disculpó y finalmente empezamos a hablar con el otro hombre. Nos acompañó a almorzar, y
luego nos quedamos solos ella y yo.

Comenzamos a conversar sobre música y otras cosas triviales, tratando de llenar el espacio con
palabras.
Hablábamos de cosas profundas, de nuestras expectativas en una relación amorosa. Era como si ella
estuviera tratando de conocerme mejor en ese sentido.

De repente, sin saber cómo, la vi ponerse roja. No recuerdo qué dije, tal vez algo sobre unos
mechones de su pelo que le quedaban bonitos.
—Ay, yo no me pongo roja así —dijo ella, visiblemente incómoda.
Me pareció divertido y seguí haciéndole cumplidos para verla sonrojarse aún más. En un momento
dado, incluso se escondió debajo del asiento.
—¿Qué está pasando? —pensé, desconcertado.
Me agaché para ver qué le ocurría y hubo un intento de beso, pero ella se apartó. No quise forzar
nada, así que lo dejé pasar.
Sin embargo, poco después volvió a ponerse roja.
—Es que yo no me pongo así con nadie —dijo—. No sé qué me está pasando.
Me reí, pero sus palabras se quedaron conmigo. No era solo que me divirtiera hacerla sonrojar, sino
que sus reacciones me hacían sentir especial.
—¿No te pasa esto con nadie? —pensé—. ¿Por qué conmigo sí?
Después de hablar sobre lo que queríamos en una relación, salimos del Viva. Le puse la mano en la
espalda, en un gesto afectuoso, pero ella me dijo:
—¡No, no me toques, no me toques!
Su reacción era contradictoria, como si el contacto físico le generara una mezcla de rechazo y
excitación. Decidí respetar su espacio y no tocarla más.
La acompañé a la parada de taxis. Mientras caminábamos, me preguntó:
—¿Qué es algo que nunca has hecho?
—Bailar —respondí después de pensarlo un momento. No soy muy buen bailarín.
—Bueno, vamos a hacerlo —dijo ella con entusiasmo.
—Está bien —acepté, dispuesto a probar algo nuevo.
Todo parecía sacado de una película.
—Me vas a invitar a bailar —dijo ella con una sonrisa.
Nos detuvimos junto a unas sillas que estaban afuera del Viva. Dejamos nuestros bolsos en el suelo.
—Bueno, ¿me concedes esta pieza bajo esta noche estrellada y esta luna llena? —le
pregunté, tratando de sonar romántico.
Ella estaba un poco alejada, así que le extendí la mano.
—No, acércate más —dijo ella.

Me acerqué a ella, cada vez más cerca, hasta que nuestros cuerpos casi se tocaban.
Hubo un momento en que ella empezó a jugar con su nariz mientras le pedía el baile, ya muy cerca
de ella. Nunca había sentido eso, ni siquiera con mi ex novia.
Busqué un beso, pero ella se apartó.
—¿Qué? —pensé, sin entender su rechazo.
Me acerqué de nuevo y le pedí al oído que bailara conmigo. Esta vez, finalmente, dijo que sí.
Empezamos a bailar y a cantar. Era un momento mágico, aunque yo hacía más bien el intento de
bailar mientras cantaba.
—Ya no quiero bailar —le dije al final.
—¿Qué quieres hacer entonces? —me preguntó.
—No quiero bailar —respondí—. Quiero hacer esto.
Y la besé. El beso fue mucho más apasionado de lo que esperaba.
Después de un rato, nos dirigimos a su casa. Cruzamos la calle, pero por alguna razón, nos
detuvimos y nos besamos de nuevo.
Continuamos nuestro camino, escuchando canciones de Morat y otras similares. La música añadía
un toque mágico a la situación.
Caminábamos entre los árboles, parando de vez en cuando para besarnos. En un momento dado,
incluso levanté su camisa.
Al llegar a su casa, me dijo que tenía que entrar temprano para evitar un regaño.
—No, yo prefiero quedarme aquí contigo —dijo.
Poco después, recibió una llamada de una compañera de estudio que le recordaba un trabajo que
tenían que hacer juntas.
—Quédate —me pidió, pero me negué.
—No, mejor me voy —dije—. Tu papá me va a odiar.
Me quedé en la portería y pedí un Uber.
Al día siguiente, intenté hablar con ella para ver si queríamos intentar algo, pero me ignoró. La veía
en algunas ocasiones y me dolía su indiferencia. Trataba de entenderla, de buscar una explicación a
su comportamiento.
Un día, en misa, la vi con otro hombre. Me dediqué a observarlos.

Trataba de estar cerca de ella en las misas, pero verla con alguien más me decepcionaba. En un
momento dado, durante el saludo de la paz, el otro hombre le hizo un gesto en la boca, como
diciendo "la paz se da en la boca".
—¿Qué? —pensé—. ¿Qué putas?
En ese momento no me enfurecí, pero al día siguiente, la rabia me consumió.
Todo culminó en una convivencia en la que dije algo que ella supo que era para ella. Mientras yo
daba mi testimonio, ella me escribió por WhatsApp:
—Siento que tenemos que hablar, pero no sé por dónde empezar.
—Tú sí sabes que tenemos que hablar —le respondí, aliviado de que se hubiera dado
cuenta.
Noté un cambio en su lenguaje corporal. Se retrajo en su silla y pareció sentirse incómoda. Empezó
a mover el pie rápidamente. Me sentí un poco contento de que se hubiera dado cuenta de mis
sentimientos.
—Después de aquella intensa convivencia —comencé a relatar, sumido en mis recuerdos—,
quedamos charlando en un banco a la salida, bajo un kiosco. Ella se abrió conmigo, me contó toda
su historia, sus razones, sus miedos... Lloraba desconsoladamente, y yo me sentía impotente,
incapaz de detener su dolor. No esperaba verla tan vulnerable.
—No me toques —me decía entre lágrimas, abrumada por la culpa.
Al terminar la conversación, me resigné a la idea de que solo seríamos amigos. —Bueno, no hay
problema —pensé, confiando en que seguiríamos en contacto. Pero me equivoqué.
Mis mensajes quedaban sin respuesta, y me sentía como un completo idiota. Con el tiempo, desistí.
—¿Para qué escribirle a alguien que ni siquiera contesta? —me dije a mí mismo.
De vez en cuando, veía algo que me la recordaba y se lo enviaba, a veces obteniendo una escueta
respuesta, otras veces, nada.
Un día, la invité a un evento en la universidad. Mis abuelos la recogieron y la llevaron de vuelta, y
ella pareció conectar con ellos.
En diciembre del año antepasado, algo me hizo pensar en ella y le escribí.
—Hola, ¿cómo estás? —pregunté.
Retomamos el contacto y comenzamos a ver series juntos a distancia. Yo estaba de vacaciones, ella
en su finca.
Una tarde, mientras veía "Luca", una de mis películas favoritas de Disney, compartí con ella mi
fascinación por su estética y por otras cosas que me apasionan. Supongo que ella no tenía por qué
saber lo especiales que eran para mí, nunca se lo dije.
Después de ver algunas series, quedamos en vernos en persona. Acepté, intrigado.

—Hay una serie sobre Jesús que quiero ver —me dijo.
—De acuerdo, veámosla —respondí.
Nos sentamos a verla, y la verdad es que estaba bastante interesante. Pero, de repente, ella me miró
fijamente y preguntó:
—¿Nico, qué está pasando?
—No entiendo, ¿qué quieres decir? —respondí, desconcertado. Lo único que hacía era tener
la pierna izquierda cruzada sobre la derecha.
—Nico, ¿qué está pasando? —insistió, mirándome intensamente.
—No sé de qué hablas —repetí, cada vez más confundido.
Para mi sorpresa, ella seinclinó hacia mí y me besó.
—¿Qué demonios? —pensé, atónito.
El beso se intensificó, lleno de pasión.
—¿Qué demonios? —repetí, sin poder creer lo que estaba sucediendo.
Continuamos así hasta que terminó el capítulo y ella tuvo que irse. La acompañé a casa y, en algún
momento del camino, nos detuvimos en el carro y nos besamos de nuevo, perdiéndonos en el
momento.
Nunca llegamos a acostarnos. Sí hubo momentos en los que nos quitamos las camisas y demás, pero
no llegamos muy lejos. Eli me miraba mucho, era muy expresiva con sus palabras de afirmación y
reconocimiento hacia mí. Para alguien como yo, que no estaba acostumbrado a ese tipo de atención,
me hacía sentir atraído y amado.
Caí como un tonto. Seguí viéndola todas las semanas, pensando que tal vez esta vez sería diferente.
Parecía más comprometida, respondía más, y nos veíamos con mayor frecuencia. Incluso
acordamos ver una película con nuestros amigos Aleja y David. Aleja se quedó dormida, pero David
sí la vio. Eli y yo comentábamos la película en un balcón aparte, mientras Aleja y David estaban en
el sofá.
Recuerdo una ocasión en la que estábamos en el mirador de mi casa, hablando. Rezábamos juntos y
compartíamos momentos íntimos, aunque no necesariamente físicos. Sentía que nos conocíamos
desde hace mucho tiempo. Eli me hacía sentir especial con sus palabras y su contacto físico. Guardo
chats en los que me decía que yo era único, literalmente perfecto. Cada vez que venía a mi casa, yo
la acompañaba de vuelta a la suya.
A pesar de todo, Eli no me ilusionaba, pero sí me hacía sentir especial. Su manera de hacerme sentir
único me llevó a pensar que había algo especial entre nosotros. Pasábamos horas debatiendo por
qué no podíamos estar juntos. Era intenso, pero al final, uno de los dos daba el paso y nos
preguntábamos: ¿qué estamos haciendo?
Una noche, había planeado algunas cosas basadas en nuestras conversaciones. Por ejemplo,
escribíamos cartas, ambos lo hacíamos. Cartas muy entregadas, de "me encanta estar contigo" y
cosas así. Mucha implicación sentimental.
En una de esas conversaciones, me di cuenta de que ella nunca había visto una estrella fugaz. —
Recordé. Entonces, anoté eso en mi mente. Durante ese tiempo, también empecé a escribir sobre mi
relación anterior, tratando de desahogarme. Hice un montón de poemas y cosas por el estilo. Incluso
tengo un libro con todas mis experiencias amorosas, si quieres te lo paso.
Volviendo a ella, estábamos en el mirador, en uno de esos momentos íntimos, aunque ya solo como
amigos. Rezábamos juntos, lo cual era raro para mí, algo que nunca había hecho con nadie más.
Mientras mirábamos al cielo, de repente vimos una estrella fugaz. Fue como algo sacado de Disney,
muy inesperado y mágico.
No recuerdo exactamente qué pasó después. Volvimos a hablar y la última vez que la llevé a su
casa, nos quedamos hablando un rato y al final nos besamos nuevamente. Aunque decíamos que
solo éramos amigos, siempre terminábamos besándonos. Sabía cómo era ella, pero seguíamos
viéndonos.
La última vez que nos vimos, ella me dijo varias veces que yo era perfecto para ella. Fue en el
museo de Otra Parte. No sé exactamente en qué quedamos después, pero seguimos en contacto. Nos
besamos varias veces, aunque decíamos que no. Era un tira y afloja constante, pero siempre
terminábamos besándonos. Después la llevé a la estación y nos volvimos a besar. Luego ella
desapareció otra vez, dejándome súper confundido y con algo de rabia.
En nuestras conversaciones, ella decía que necesitaba a alguien que pudiera poner límites. Yo
pensaba que, si tuviéramos una relación, podríamos luchar juntos contra esa tentación tan fuerte.
Pero si ambos cedíamos, ¿qué lucha habría? Ella quería reglas claras y yo también me desaparecí
por un tiempo.
Al mes volvimos a hablar y ella vino a mi casa otra vez. Esa vez la casa estaba sola o solo estaban
mis hermanos, no recuerdo bien. Fuimos a la cama porque ella estaba muy cansada. Comenzamos
haciendo arrunche nada más. Le acariciaba en la espalda de manera normal, pero sentía ciertas
respuestas de su cuerpo que me hacían pensar que quería algo más. Yo también reaccionaba a esos
impulsos pero desde un “tengo que darte lo que tu quieres”, como complacencia.
Las cosas se calentaron y ella terminó encima mío. En ese momento, ella dijo que no podía seguir y
se bajó. Intentamos calmar las cosas, pero ella seguía diciendo que no podía.
Como una o dos semanas después, ella dejó caer la bomba: tenía novio. Me quedé en shock.
Literalmente, hacía una semana estábamos juntos y ahora me soltaba esto. Evidentemente, ella tenía
que haber estado hablando con ese hombre durante al menos un mes.
Me sentí horrible. Todo el mundo pensaba que hacíamos buena pareja, y yo también me aferré a esa
idea, queriendo creer en nuestra relación. Pero al final, no funcionó. Para rematar, nos íbamos a ver
ese mismo fin de semana, y cuando nos vimos, había una tensión extraña. Se notaba cómo ella se
controlaba para que no pasara nada y yo estaba reacio a propiciar una infidelidad y más dejar que
vuelva a caer en sus enredos.
Ella también me contó su historia con las otras personas que tuvo, y pues yo... ok, es pasado, estaba
dispuesto a trabajar en ello.
Pasó un tiempo y Verónica, amiga mía de toda la vida, vino de Bogotá. Nuestras familias eran muy
cercanas, así que siempre nos juntábamos. Yo ya estaba más cercano a Verónica y la apoyaba con el
tema de un novio que tenía. Una noche, mientras caminábamos, nos encontramos con Eli y
Verónica me dijo que Eli estaba celosa. Lo pensé, pero no quise creerlo. ¿Por qué tendría celos si
estaba con alguien más? ¿Cómo me celas si no fuiste responsable conmigo?
Hubo un cumpleaños en el que me debatía mucho si darle algo o no. La gente me decía que no valía
la pena, que me valorara, pero yo seguía romantizando lo que habíamos vivido. Estaba en la
universidad, dudando, y empecé a recoger guayacanes porque sí, porque sabía que eran su flor
favorita. Los recogí sin pensarlo mucho, como si al final me dijeran que debía entregárselos, pues se
los entregaría. Una amiga me tomó una foto mientras recogía los primeros pétalos. Con ellos hice
un pequeño ramo y después, como que no me decidía. Pero justo cuando me iba para la casa,
alguien me ofreció llevarme hasta la frontera, y me dijo que eso era una señal del destino. No sabía
si ella estaba en casa, pero fui, compré un helado que sabía que le gustaba, una bolsita de regalo, le
puse las hojas de guayacán, un dibujito, una carta... Hice un símil entre su cumpleaños y el
florecimiento de los guayacanes porque ella también estaba pasando por un momento difícil. Se lo
di a la portería para ella y me desentendí del asunto, esperando un mensaje, aunque uno diga que
no, obviamente sí lo espera. Pero era raro, porque cuando yo le entregaba algo a ella y ella me
respondía con toda la amabilidad y cariño que tenía (amor entre comillas), yo ya no lo creía. Sus
palabras eran vacías.
Sé que tardó como dos días en responder, y eso fue muy decepcionante. Creo que respondió de
nuevo, diciendo que yo era el mejor, pero ya no le creía nada.
Lo más triste fue que el día de mi cumpleaños, ellos estaban en España, en la JMJ, y ella ni siquiera
me escribió un mensaje. Fue muy triste, ni siquiera como amiga o por compromiso. Eso fue como el
punto final, el definitivo "hasta aquí".
En una de las últimas eucaristías, yo intentaba mostrarme distante y frío, pero justo cuando lo hacía,
algo pasaba con ella que me hacía sentir que no podía ser así. Por ejemplo, una vez que estaba
decidido a dejar las cosas así, ella comenzó a llorar durante la eucaristía y, sin pensarlo, le ofrecí mi
mano y la abracé. Incluso ella mencionó que mis abrazos eran especiales. Nuestros abrazos eran
bastante íntimos. Pero en esta última eucaristía, yo me incliné hacia adelante y ella comenzó a
acariciarme, lo cual me hizo sentir incómodo por la tensión que había entre nosotros, sobre todo
después de que mencionara que tenía novio. ¿Por qué me acariciaba la espalda, por qué me hacía
mimos, por qué me decía que mis ojos estaban bonitos?
En otra ocasión, Eli se levantó para lo que creíamos que era ser monja en esa convivencia y luego
comenzó a llorar. En ese momento, ni siquiera pensaba en hablarle. Pero cuando la vi llorar, todas
las barreras que había construido se derrumbaron. Después de que todo terminó y nos quedamos
solos en el salón, le di un abrazo, hablamos un poco, y ahí fue cuando justifiqué sus supuestos
comportamientos. Y qué mal, porque no era por eso. La justifiqué, y por eso fui a abrazarla, pero
fue una película mía. No era la razón por la que ella se comportaba tan confusa, no era la razón por
la que dejaba de contestar; no era porque se estuviera decidiendo entre Dios y un esposo, no. Era
simplemente porque así era ella. Entonces, nada, fui a abrazarla y ahí fue cuando, como siempre,
quise alejarme y pasó algo que me hizo derrumbarme un poco.

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