AXL - Nia Rincon
AXL - Nia Rincon
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Al salir del hospital, decido que va siendo hora de hacer una visita que
llevo meses postergando. No puedo más con la situación, es momento de
poner las cartas bocarriba.
Inspiro hondo y marco su número antes incluso de arrancar el coche.
Mejor hablar con ella sin salir del estacionamiento ya que puedo llegar a
tener un accidente, así de furiosa llega a ponerme.
—Alégrame el día con la noticia de la muerte del mocoso. —Aprieto la
mandíbula para no contestar como se merece, en este momento debo ser
comedida en mis reacciones y más lista que ella—. Linda, ¿sigues ahí?
—Buenas días a ti también, hermana —mascullo—. Pues mira, voy a
incentivar tu día con mi visita. Te espero en dos horas en el museo de Arte e
Historia de Coronado, cerquita de tu casa.
Cuelgo sin esperar respuesta, no le doy oportunidad de ponerme
cualquier excusa, como acostumbra a hacer desde la última vez que la
obligué a ver a su hijo, experiencia que resultó del todo nefasta para Rob.
Durante el trayecto hasta el lugar donde he citado a mi hermana, pienso
en la infinidad de maneras de plantearle el tema que más me urge, que no es
otro que pagar la elevada factura del hospital. También tengo que hacerle
ver que es su responsabilidad el buscar al donante para el pequeño, y es que
ella es la única que sabe el paradero de sus familiares, o al menos el del
padre del crío.
Suspiro al ver que estoy en las inmediaciones del museo, se me ha
pasado el tiempo volando a pesar de que el tráfico está denso. Demasiados
turistas con ganas de hacerse fotos en las zonas ricas de San Diego.
Aparco, no sin estar un buen rato buscando un sitio, y me dirijo a la
puerta del edificio. Cuando ha pasado media hora, cojo el teléfono y le
envío un mensaje a Cindy. Más le vale aparecer antes de cinco minutos si
no quiere que me presente en la casa de su novio ricachón.
Una sonrisa se instala en mi cara cuando la veo aparecer a toda prisa,
montada en sus infinitos zapatos de tacón, mirando hacia todos lados. Ni
que sus amigas las esnobs supieran siquiera lo que es un museo.
—Date prisa, no tengo todo el día —le gruño cuando está a pocos metros.
Me adentro en el edificio y la espero observando lo que nos rodea. Una
de sus normas es que no tiene nadie por qué saber que tiene familia aquí en
San Diego, y mucho menos que la relacionen con una persona que vive en
El Cajón, una de las zonas más conflictivas y pobres del lugar.
—Ahora dime qué tripa se te ha roto —masculla con su mejor sonrisa
falsa puesta en la cara.
—Tu hijo está mal, necesita un nuevo tratamiento que…
—¿Y para eso me llamas? —me corta—. Iba de camino a una reunión,
no debiste molestarme para esta idiotez.
—¿Es más importante una de tus comidas pijas que tu hijo? —Por la
forma en la que eleva una de sus cejas, ya sé la respuesta—. Pues, ¿sabes
qué, Cindy? Ya va siendo hora de que tus amiguitas sepan quién es la
verdadera Carla Ricci.
Me coge por el codo y me arrastra hasta una esquina, lo bastante apartada
de la gente como para que nadie se fije en lo que hacemos o decimos.
—Dime lo que quieres y te vas —sisea—. Te firmé los derechos sobre
ese maldito bastardo a cambio de que me dejaras vivir mi vida en paz.
—Lo hiciste para quitarte al niño de encima —refuto—, no porque no
pudieras mantenerlo. Eres una maldita egoísta, tu hijo se está muriendo y no
te ha dado la gana mover un dedo por él en estos dos años.
—Dime de una vez lo que quieres —sisea de mala gana—. Y que te
quede claro que me importa muy poco lo que suceda con ese estúpido,
debió morirse en aquel maldito incendio.
Le doy una bofetada con todas mis ganas llevada por la rabia al escuchar
el tono de desprecio con el que habla de un pobre niño. Se queda muda, y
hasta me parece ver lágrimas retenidas en sus ojos, lo que me importa
menos que nada. Esta vez va a hacer lo correcto, aunque para ello tenga que
arrastrarla delante de toda la alta sociedad.
—Vas a ponerte en contacto con tu marido —abre los ojos, sorprendida
—, y vas a decirle dónde está vuestro hijo y que debe venir de inmediato.
—No, yo no puedo… —balbucea, así que levanto la mano de nuevo y
ella da un paso atrás—. No sé dónde está.
Me miente, tengo claro que acaba de decir algo que no es cierto. Parece
mentira que no sepa que la conozco mejor que nadie y que sé de su tic
nervioso cada vez que miente: guiña el ojo derecho de manera repetida.
—Muy bien —susurro—, ya que no sabes su paradero, contrata un
detective.
Niega de manera repetitiva con la cabeza, a lo que yo asiento con una
sonrisa macabra instalada en mi cara. Esta se va a enterar de lo que es capaz
de hacer la santa de su hermana pequeña.
—Tienes hasta el lunes para darme la dirección de tu marido —hago
hincapié en la última palabra—, o de lo contrario me veré obligada a
presentarme en la puerta de la mansión de tu amado Peter y contarle la
tragedia de mi vida y lo contenta que estoy de al fin haber encontrado a mi
hermana perdida, la zorra que abandonó a su hijo para vivir su vida de
manera plena con el dinero de la venta de la casa de nuestros padres.
Traga saliva antes de atreverse a abrir la boca.
—Está bien —susurra—, mañana te diré en qué ciudad para, nada más.
Asiento conforme, aunque todavía me queda lo más difícil. Se gira para
irse, así que es ahora o nunca.
—¡Todavía no he terminado! —Frena su paso y se queda rígida en el
lugar—. El niño tiene que empezar un nuevo tratamiento, y resulta que son
demasiados gastos para mí sola.
Gira su cabeza, y al hacerlo me da la sensación de que en cualquier
momento va a lanzar fuego por la boca. Ya sabe lo que se avecina, y eso
que es la primera vez que voy a pedirle algo para el pequeño.
—Ni pienses que…
—Hazme un cheque por el valor de veinte mil dólares y tu secreto estará
a salvo de momento —la corto—. Por supuesto, te los devolveré en cuanto
pueda, aunque debería ir descontándolo de lo que me robaste.
—Eres una maldita…
—Cuidado con lo que dices, hermanita —siseo—. Y date prisa, vas a
llegar tarde a tu reunión. No queremos que tu querido Peter se preocupe por
tu paradero, ¿verdad? Le resultaría muy sospechosa tu repentina visita a un
museo.
La veo meter la mano en su carísimo bolso de marca, sacar el talonario y
firmar. En cuanto me lo tiende, compruebo que es la cantidad que le he
pedido y sonrío.
—No vuelvas a molestarme más —gruñe—. Ni siquiera para decirme
que al fin se ha muerto el jodido bastardo.
Me guardo el cheque en el bolsillo, evitando así el darle una nueva
bofetada, y emprendo el camino a la salida sin siquiera despedirme. Ya en la
puerta me paro, me giro y la miro con la maldad pintada en mi cara.
—Por cierto, no olvides quitarte el anillo de compromiso cuando vayas a
ver al detective que tiene que buscar a tu marido.
La gente que está cerca de ella se la queda mirando de arriba abajo al
escuchar el jadeo que sale de su boca, y salgo de allí con el pecho lleno de
orgullo y el nudo de inquietud por mi pequeño sobrino un poco más flojo.
Vamos a tener una nueva oportunidad mientras damos con el paradero de la
poca familia paterna que le quede, aunque primero voy a mi siguiente
parada.
Capítulo 2
Si no follo, golpeo
Axl
Calor, hace demasiado calor en este lugar oscuro y con olor fétido. Escucho
ruidos a mi alrededor y no distingo nada, solo la sensación de que lo que
sea que esté sucediendo es más cerca de lo que parece. Intento moverme,
pero algo me lo impide. No estoy atado, o al menos no noto que algo haga
contacto con mi piel, por lo que sigo removiéndome hasta que un foco me
ciega de repente.
—Colocadla ahí.
Esa voz… Observo lo poco que hay a mi alrededor, al menos a lo que
alcanza la luz, y un escalofrío recorre mi cuerpo. Me es tan familiar lo que
me rodea que hasta una arcada de bilis me sube por la garganta.
—¡Dinos dónde se esconde esa maldita puta!
La bofetada que impacta en la cara de la mujer que está sentada justo
delante de donde estoy resuena en todo el lugar. Una risita sardónica sale de
la boca de esa chica, lo que enfurece más al tipo y vuelve a soltarle otro
guantazo que le gira la cabeza y hace que un hilito de sangre salga por su
boca.
—Vas a acabar siendo mantillo para mi jardín como no hables —
masculla alguien que está tras ella, escondido en la penumbra del lugar.
Vuelve a reír, esta vez retando con la mirada a su agresor, quien bufa y se
gira para coger algo. Me fijo mejor, ahora que mi visión se ha adaptado a
las sombras, y observo con horror que tienen una sala de tortura montada en
el lugar. A la chica la tienen sentada en una silla que está sobre una canaleta
de desagüe, pero las paredes del lugar poseen desde cadenas de diferentes
grosores y alturas hasta una tabla con pinchos donde seguro que los
ensartan poco a poco para que sufran.
—Que os jodan.
El grito de dolor que precede a sus bonitas palabras hacen que fije mi
atención de nuevo en ella, una preciosidad morena de la que no soy capaz
de distinguir sus rasgos, solo que posee unos bonitos ojos oscuros.
Una sucesión de golpes y cortes hacen que gima de dolor, solo que no les
da la satisfacción de escuchar sus gritos, lo que los enfurece más y
empiezan a ser erráticos y no mirar si pinchan en zonas vitales.
En cuestión de minutos el suelo está rojo de la sangre de la muchacha, la
cual se ve más pálida y cuyos gruñidos han disminuido hasta ser sollozos
ahogados.
—¡Para!
La orden del individuo que se ha dedicado solo a mirar hace que el otro
proteste enfadado. Se miran entre ellos, retándose, hasta que el primero
señala algo a sus pies. Me quedo helado cuando entiendo lo que van a
hacer, mi impotencia crece porque soy un mero espectador, no puedo hacer
ni decir nada porque no me escuchan, me es imposible moverme de donde
estoy.
El alarido que da la chica me obliga a bajar la cabeza y a respirar
hondo…
Me levanto sudoroso y corro al baño a vomitar lo poco que debo tener en
el estómago. Me doy una ducha bien fría para intentar deshacerme del mal
cuerpo que me ha dejado la pesadilla y decido ponerme la ropa de deporte
para salir a correr un poco. Necesito quemar las malas sensaciones que me
han quedado después de ese sueño. Parecía tan real que hasta me planteo
una opción imposible porque ni siquiera los he reconocido a ellos.
Al salir por la puerta me doy cuenta de que ni siquiera es media mañana,
por lo que he descansado apenas un par de horas. Anoche estuvo más
movida la actividad del local en el trabajo, y me ha tocado cerrar más tarde
de lo usual.
Cambio de opinión en cuanto veo lo concurrido que está el lugar, me
dirijo al aparcamiento del edificio y llego hasta mi moto. No suelo ir al
gimnasio hasta después de almorzar, pero cualquier momento es bueno para
salir de esta frenética ciudad y buscar la calma de Boulder City. Ni siquiera
me paro a pensar en si llevo la ropa adecuada para el recorrido, solo actúo.
Los poco más de treinta kilómetros que me separan de mi destino los
dedico a intentar quitarme la sensación de que no solo ha sido un mal
sueño, me da angustia pensar que la escena que he presenciado pueda
suceder, y más sin saber quién es ella. Esa es otra duda, no haberle visto el
rostro es algo que me ha creado desasosiego porque una alarma interna me
dice que es importante.
Al llegar a la puerta del Parker´s Gym me doy cuenta de la cantidad de
gente que hoy ha decidido quemar energía. A pesar de ser un tipo solitario y
que siempre elijo las horas menos concurridas, hoy más que nunca me dejo
de remilgos y entro a ejercitarme, ni siquiera paso por los vestuarios, me
pongo unos guantes que pido en la recepción y me dirijo hacia uno de los
sacos que hay libres.
No tengo idea del tiempo que paso golpeando una y otra vez, solo paro
en cuanto me doy cuenta de que la luz de la estancia ha cambiado de
manera notable. Me acerco a un banco cercano, donde hay un buen puñado
de toallas limpias, y me seco un poco el sudor mientras observo los grandes
ventanales.
—Hoy sí que te ha dado fuerte, colega.
No necesito girarme para saber quién se ha dirigido a mí, no es otro que
Liam Ryder, copropietario de este lugar y un excampeón de artes marciales
mixtas, además de un viejo conocido. Alguna vez nos hemos enfrentado en
peleas ilegales y nos hemos dado nuestras buenas hostias.
—Si no follo, golpeo, ¿no te parece? —le gruño a la vez que tiro la toalla
y cojo otra para ir a los vestuarios.
Su risa ronca me acompaña por el corto pasillo, entro en la zona de
vestuarios y me acerco a la taquilla, donde siempre tengo una muda de ropa
por si me decido a venir sin la bolsa de deporte, como hoy.
Tardo nada en ducharme y vestirme, tengo algo más que hacer antes de
volver a mi trabajo, que justo hoy necesitan que esté presente en el proceso
de selección de personal. O al menos esa es la excusa que me doy a mí
mismo para llegar antes de tiempo y que la jefa no me lo recrimine.
—Nos vemos mañana, Ryder —mascullo una despedida a la vez que alzo
la mano.
Ni siquiera cojo la moto ya que me dirijo al final de la calle, aunque antes
pararé en la cafetería de Mike, necesito reponer fuerzas. Al entrar en el
pequeño restaurante, me encamino a mi lugar de siempre en la barra y solo
necesito un gesto de mi cabeza para que el camarero vocee mi orden a la
cocina.
El lugar está concurrido a cualquier hora del día, pero no me importa
tener contacto con los vecinos del pueblo, hay algunos a los que casi puedo
considerar amigos después de lo mucho que me ayudaron a salir del pozo.
—Hombre, si está aquí el Predicador. —Bufo e ignoro la provocación del
único ser de todo el estado de Nevada al que me encantaría hacerle lo
mismo que he visto en mi sueño—. ¿Hoy no tienes que darle la chapa al
grupo de putas y maricones que se esnifan hasta el polvo de la carretera?
Aprieto el puño y gruño una maldición porque al final voy a tener que
partirle la boca al gallito este, y justo hoy no puedo darme el gustazo. Si la
jefa me ve llegar con un solo rasguño, me van a doler los oídos hasta que a
la tía le crezcan más las tetas, si es que eso es posible.
El tipo sigue jactándose con sus amigotes de lo que hizo hace un par de
semanas con un chico que llegó a mi local a pedir ayuda, y me saca de
quicio las risas que se producen a su alrededor. Le doy un trago largo a mi
refresco y lo dejo sobre la barra mientras le hago un gesto al camarero y
dueño del bar.
—Guárdame esto un momento —ordeno—, voy a hacerte el favor de
sacar la basura. Aquí dentro huele demasiado a podrido.
Recibo una sonrisa macabra por su parte y me planto ante la mesa del
gallito.
—¿Me acompañas? —pido en tono calmado, o eso es lo que quiero que
piensen—. Tienes una cita importante y llegas tarde.
—¿Ahora quieres ejercer de mi secretaria? —suelta entre risas—.
Arrodíllate y chúpamela, que es para lo que sirves.
Aprieto la mandíbula y coloco mi mejor sonrisa de tipo amable a la vez
que cojo al despojo humano por el cuello de su camiseta, lo levanto de su
asiento y lo arrastro hacia la salida, solo que no lo llevo a la principal, lo
saco al callejón lateral y lo lanzo contra la pared.
Empiezo a darle de hostias a la vez que el tipo sigue soltando mierda por
la boca y llama a sus colegas para que lo ayuden. Estos se quedan en un
lado hasta que ven que el gallito empieza a perder fuelle, es cuando deciden
que es una gran idea lanzarse todos contra mí a la vez. Una nueva sonrisa se
instala en mi cara cuando recibo el primer golpe en un costado, y es que
echaba de menos una buena pelea.
—¿Sois tan nenazas que pegar todos a la vez os hace sentir más
machotes? —les digo con sorna, y se quedan quietos unos segundos—.
Venga, que se note que todos a la vez vais a poder tumbarme, pandilla de
blandengues.
Mi provocación les sirve para que se miren entre ellos, asientan con un
gesto y se lancen a pegar sin orden ni concierto, de manera errática, lo que
aprovecho para ir dando golpes contundentes a pesar de que me están
alcanzando.
—Vamos a matarte —gruñe al que acabo de retocarle la nariz de un buen
gancho, ni con cirugía va a tener arreglo por el chasquido de sus huesos—.
No vamos a dejar de ti ni tu identificación.
Sonrío de nuevo y voy lanzando golpes a puntos vitales, dejando un
puñado de hombres inconscientes juntos a los contenedores que hay aquí,
en el fondo de este callejón.
Observo un momento lo que me rodea, y una sonrisa canalla se instala en
mi cara cuando caigo en la cuenta de que puedo ir un poco más allá y darles
una lección a medida de lo que se merecen.
—Esperadme un momento, no tardo —suelto al aire en tono jocoso.
Estos no espabilan en un buen rato.
Entro de nuevo en la cafetería, aunque no me dirijo a la barra sino a una
puerta que me señala el dueño con un gesto de cabeza en cuanto piso el
interior del local. No espero encontrarme lo que veo al abrir porque, en vez
de estar en un almacén o una oficina, tengo ante mí una sala diáfana a modo
de sala de estar, con su sofá grande, su tele de plasma y una estantería con
libros y supongo que películas.
—Sube la escalera, la primera puerta a la derecha —ordena, y me giro
porque no lo he escuchado entrar—. Adecéntate, te espero fuera, muchacho.
Igual que ha llegado, se va, así que me encojo de hombros y me dispongo
a hacer lo que me ha dicho.
Al llegar al baño, lo primero en lo que me fijo es en el reflejo que el
espejo me devuelve. Sí, la jefa me va a matar, y más cuando me tenga que
quedar sin la camiseta esta noche, así que más me vale bajar las luces del
escenario para disimular. El pómulo izquierdo lo tengo hinchado y
comienza a formarse un moratón, en la ceja derecha tengo una pequeña
brecha y en el labio inferior me quedan restos secos de sangre. No debí
dejar que me tocaran demasiado, solo que la adrenalina del momento me ha
nublado el juicio y no he pensado en la imagen que voy a proyectar tanto en
mi trabajo como en el otro lugar.
Suspiro y me lavo lo mejor que puedo, encuentro algo de desinfectante
en la parte baja del lavabo y lo aplico en los diferentes cortes, incluidos los
nudillos, y bajo de nuevo, tengo que acabar de tirar la basura.
No he llegado a pisar el local siquiera cuando me veo obligado a
detenerme en seco para mirar lo que tengo ante mí, que no es más que a los
parroquianos dejando diferentes elementos en el suelo.
—Muchacho, ¿tienes todo lo necesario? —me pregunta el ferretero, que
justo está entrando por la puerta con un par de palas—. Supongo que les
tienes tantas ganas como la mayoría de los presentes.
Asiento a la vez que doy unos pasos y tomo una de las cuerdas,
compruebo que tienen el suficiente grosor como para que les sea
complicado deshacerse de ellas y una nueva idea me viene a la cabeza.
—Pintura —suelto de sopetón—. Necesitamos algo que resulte duradero,
que no les sea fácil borrarlo.
El hombre asiente y sale a toda prisa del local, supongo que a su tienda o
a la de alguno de sus vecinos. El resto cuchichean mientras me acerco a la
barra y le doy un trago a mi olvidado refresco. Me colocan delante el plato
combinado que pedí hace rato, y me pongo a comer con calma. Total, esos
tipos no van a despertar tan pronto.
No he dado cuenta del plato cuando aparece de nuevo el ferretero
acompañado de otro hombre, solo que no me suena quién es. Ignoro los
cuchicheos del resto y me centro en el primero, que trae en las manos varios
botes de aerosoles. Sí que son retorcidos en este lugar.
—Muchacho, ya tenemos la basura cargada en la pick-up —me informa
con una gran sonrisa en la cara—. El Enterrador los está vigilando por si
mueven una pestaña.
Lo miro con cara de circunstancia, aunque me parto de la risa en cuanto
me explican quién es el famoso Enterrador. Resulta que al carnicero del
lugar le ha dado por hacer todos los días un hoyo en su jardín, meter a saber
qué y taparlo. Y eso lo lleva haciendo desde hace al menos un año, de ahí el
mote que le han puesto los vecinos; y es que no ven que salga planta
alguna, aunque tampoco se atreven a entrar y curiosear lo que el tipo
esconde.
—Me parece estupendo —les digo—. Préstenme atención, les diré lo que
pueden hacer y ya ustedes deciden cómo escarmentarlos.
Se forma un corro a mi alrededor y debatimos durante al menos una hora
el futuro de los pobres infelices. Y digo pobres porque las ideas de los
parroquianos son a cada cual más loca y rozando lo ilegal, cosa que el
mismo sheriff del lugar se encarga de reprocharles a pesar de que él mismo
se ofrece a amarrarlos a un poste en mitad del desierto, dejarlos en pelota
picada, untarlos con diferentes salsas y que ya los animalillos se deleiten
con ellos.
—Señores, creo que les dejo a ustedes la decisión —anuncio después de
dar una palmada para llamar su atención—. Y no tarden demasiado, deben
estar a punto de recuperar la consciencia.
Y con la misma dirijo mis pasos a la salida mientras envío un mensaje a
la persona que se encarga de abrir la sala y organizar las reuniones. Hoy no
voy a asistir a ninguna, debo volver a Las Vegas si no quiero que la jefa me
deje sordo, solo que antes debo pasar por el motel que hay a la entrada del
pueblo para comprobar lo que me acaban de informar. Me acerco a la moto
y arranco, tengo que apresurarme.
Capítulo 3
El Bellagio
Linda
Maldigo mi suerte desde que la semana pasada me dijo el oncólogo de mi
sobrino que el tratamiento no ha resultado tan efectivo como en un
principio pensó. La desesperación es lo que me ha traído hasta este maldito
lugar: un motel de mala muerte a la entrada de Boulder City.
Todo lo sufrido, todo lo meditado, todo lo que he tenido que hacer para
que siga viviendo se puede ir al traste como no encuentre al marido de la
cabrona de mi hermana, que es el único pariente que le queda a mi sobrino
según ella. Y esa es otra cuestión, la pedazo de perra al final ha decidido
facilitarme la zona en la que está ese estúpido a cambio de que le haga
firmar los malditos papeles sin que su querido Peter se entere de que está
casada hace años.
Inspiro hondo y entro en la mugrienta recepción del motel donde tendré
que pasar los próximos días, espero que el tiempo justo de poder localizar a
ese drogadicto, hacerle firmar los papeles y llevarlo al hospital más cercano
a que le realicen las pruebas necesarias, si es que no se mete tanta mierda
como antes, claro está.
—Buenas tardes, preciosa —me saluda el chico que hay tras el mostrador
—. Mi…, mi tío no está, pero seguro que puedo darte lo que necesitas,
acabarás pagándome y todo y no al revés.
¿Me acaba de llamar…? Respiro varias veces, me muerdo la lengua y
pongo mi mejor sonrisa dulce. No puedo comenzar mi corta estancia con
mal pie, y mucho menos porque no hay otro lugar que me pueda permitir.
La zorra de Cindy se ha negado a ayudarme más, y con mi precario trabajo
no llego a todo.
—Hola —saludo en voz baja—, me han dicho que tienen habitaciones
libres. Mi novio está fuera, si quiere que entre…
El muchacho mira hacia el exterior y se pone pálido, así que decido fijar
la vista donde la tiene él y solo veo un tipo en una moto, está de espaldas a
nosotros, y lo único que se distingue de él es su frondoso pelo castaño y la
envergadura, bastante musculado, por cierto.
Aprovecho el momento para pedirle un cuarto y saco mi billetera, a lo
que el chico niega a la vez que lanza la llave y guarda una distancia
prudencial del mostrador, una actitud bastante diferente a la que tenía unos
minutos atrás. Me apresuro a salir y buscar la habitación en la que me
quedaré unas noches, y echo a correr en cuanto escucho el ronroneo de un
motor.
No he llegado a cerrar siquiera la puerta a mi espalda cuando ya me
arrepiento de haber venido a este lugar y no chantajear a mi hermana para
que me pagara la estancia hasta dar con él. No hay lugar en esta habitación
donde no resida una mancha asquerosa de a saber qué.
Me acerco a la ventana y aparto un poco la cortina con la punta de los
dedos, miro hacia el exterior y respiro hondo al darme cuenta de que el
sonido que me ha alterado debió ser la moto al arrancar e irse. Dejo que la
tela vuelva a su lugar y me giro para pensar en el siguiente paso a dar con
los pocos datos que me ha facilitado el detective.
Reviso el estado de la cama y del baño, y a pesar de la dejadez en paredes
y mobiliario, al menos las sábanas están limpias y huele a desinfectante.
Aun así, decido que poco me cuesta acercarme a alguna tienda a por unos
cuantos productos para dejar la habitación habitable, no es plan de
acostarme y amanecer con la compañía de a saber qué bicho.
Con las ideas ya claras sobre lo que debo hacer en lo que queda de día,
me encamino a la salida, aspiro hondo y decido acercarme al pueblo con el
coche si luego no quiero acarrear bolsas hasta aquí.
El recorrido al centro de la localidad es corto, aunque me resulta
entretenido al ver un grupo de hombres en caravana con sus coches, todos
pitando y gritando algo que no he llegado a entender. Lo que sí he
observado es que el vehículo del sheriff va precediéndolos con las luces
puestas.
—Vaya desfile más raro —mascullo cuando pasa por mi lado una pickup
en la que van tres hombres amordazados, atados a unas barras de hierro que
no sé dónde las tendrán apoyadas y a los que andan pintarrajeando y
poniendo unos tutús.
Centro mi atención en lo que hago, no es plan de atropellar a alguien por
ir distraída, y llego a lo que me marca el navegador como la calle principal.
Es un lugar amplio, precioso, en calma, donde hay varias tiendas diferentes.
Aparco y me decido a salir del coche porque tendré que seguir los consejos
de mi mejor amiga: no hay lugar mejor para saber de alguien que el bar del
pueblo. Y hacia allí que me dirijo.
Entro en el local y me lo encuentro desierto, con las mesas sin recoger y
saliendo humo de lo que supongo es la cocina. Miro a todos lados, saludo
en voz más alta de lo adecuado y chasqueo la lengua al ver que nadie sale.
Entro tras la barra, me asomo por el ventanuco de los pedidos y ni siquiera
pienso en lo que hago: salto al interior y tiro la carne carbonizada que hay
sobre la plancha.
—Serán lerdos… —mascullo mientras giro para buscar una puerta o
ventana que abrir y ventilar.
Doy un vistazo a lo que me rodea y decido que no pasa nada si me sirvo
yo misma. Total, si está abierto no creo que tarden demasiado en llegar.
Miro las enormes neveras del lugar y dispongo que una hamburguesa
completa no me vendrá mal después del largo viaje desde San Diego, a lo
que mi estómago se une con un buen rugido.
Mientras se cocina la carne, me fijo en la pila de platos sucios que hay en
el lugar y decido lavarlos, esto es un foco de bacterias horrible. No entiendo
cómo todavía los inspectores de sanidad no les han cerrado el garito.
—Bueno, parece que sí van a tardar —farfullo cuando salgo con mi plato
hacia la barra. Antes no vi que la puerta estaba justo junto al ventanuco de
pedidos, así de nerviosa me he puesto al ver la humareda negra—. Pues
nada, comeré y me cobraré mis servicios.
Una vez acabo, recojo lo que he usado, dejo ya limpio todo el interior de
la cocina y al salir miro el reloj. He perdido casi dos horas aquí, no me he
dado cuenta de si ha venido alguien, pero seguro que a cerrar sí porque me
encuentro el cerrojo echado, por lo que miro si hay alguna ventana por la
que poder saltar. Reviso el lugar y encuentro una estancia privada, y tengo
suerte porque por ahí saldré. Antes de irme me paseo por la cafetería y
pienso que mi tiempo gratis no les va a salir a esta gente. Llego hasta la caja
y abro los ojos al ver la recaudación del día. Para no haber nadie, sí que hay
dinero en su interior. Mi lado diablillo me dice que me merezco una buena
paga porque les he dejado el lugar lustroso, aunque mi sensatez me sopla
que tenga cuidado porque el tipo que iba en el coche del sheriff tiene
bastante mala cara, no escuchará mis motivos para llevarme algo de este
dinero.
—¿Qué hago? —gruño con la indecisión pintada en mi cara—. ¡A la
mierda!
Cuento los billetes y cojo lo que considero justo, sin embargo, decido
dejar una nota para que no acusen al ladronzuelo del lugar de la falta de este
puñado de billetes. Total, nadie va a sospechar de la chica dulce que viene
buscando a su abuela desconocida.
Salgo de la cafetería y me dirijo al siguiente punto en mi parada: un
edificio que hay cerca donde se reúnen algunas tardes para las sesiones
anónimas. Esto me ha llevado a preguntarme a mí misma que si se supone
que nadie debe saber que se hacen ahí, cómo es que hasta un cartel hay en
la fachada.
Me apoyo en la pared que hay enfrente, saco una fotografía que el
detective le dio a mi hermana y la miro con detenimiento. Esos ojos me
llaman demasiado la atención, no los recordaba tan apagados y sin vida,
pero se supone que es de hace solo un par de años. Y encima está
envejecido, no lo recordaba tan mayor.
Va llegando gente y entran cabizbajos, lo que me obliga a tener que
acercarme más porque no logro distinguir bien las facciones de algunos de
los hombres que acceden al lugar. Un error por mi parte.
—Buenas tardes, señorita.
La voz de un chico joven a mi espalda me sobresalta, me giro y agacho la
mirada porque no quiero que me reconozcan. No sé si me estarán buscando
por esta zona ya o he logrado despistarlos.
—Veo que eres nueva —me dice con voz suave—. Pasa si quieres y te
sientas al fondo, no es necesario que hables hasta que no estés preparada.
Niego con un gesto y me aparto de donde estoy para largarme del lugar,
solo que me lo impide cuando me coge con suavidad por el brazo. Me
suelto de un tirón y me giro para huir de aquí cuando vuelve a insistir.
—Si piensas estar por aquí durante algún tiempo, podemos ayudarte —
insiste—. Todo el que llega a este pueblo se queda en el motel, y te advierto
que no es un buen lugar para alguien que quiere volver a empezar, que
supongo será tu caso.
Me sorprende que las noticias vuelen tan rápido y sepa dónde voy a
quedarme. Aun así, me trago las ganas de responderle que no tiene ni puta
idea de lo que habla, inspiro hondo y asiento con un gesto. Mejor eso a abrir
la boca y ponerme en la mira de todo el mundo. Si quiero pasar
desapercibida hasta que lo encuentre, lo mejor es no ir dejando mi propia
huella.
—Me lo pensaré —susurro impostando un poco la voz.
Justo en ese momento llega un grupo numeroso de chicos, todos ellos
hablando y contándose algo que produce la hilaridad de algunos de ellos, y
es cuando puedo escabullirme del hombre que acaba de dejar un folleto en
mis manos. Arrugo el papel y decido que mañana volveré porque el tiempo
corre en mi contra y en el de mi sobrino.
Vuelvo al coche y hago una pequeña parada en el súper antes de volver al
motel, aunque mis planes de limpieza y descanso se truncan cuando llego al
aparcamiento que hay cerca de la habitación y veo allí el coche de Pancho,
el chulo de mi barrio. Paso de largo sin acelerar para que no sepa que estoy
aquí y decido dar una vuelta larga.
Doy varias por Boulder City, y como el coche de ese capullo sigue en el
mismo sitio decido que no pierdo nada si visito Las Vegas, solo son poco
más de treinta kilómetros y tampoco iba a hacer nada hoy. Me paro a un
lado para meter una dirección al azar y es cuando veo el folleto arrugado
que me dieron hace unas horas.
Marco la dirección que viene en el papel y me encamino hacia el lugar, a
la hora que vaya a llegar seguro que la oficina de empleo está cerrada, pero
va a servir para que crean que me he marchado. Menos mal que al final en
la habitación no he dejado nada.
Nunca he estado en esta parte del país, aunque este Estado esté entre
medias de donde estaba mi hogar de la niñez y el de ahora, y por eso me
quedo boquiabierta en cuanto empiezo a divisar el enorme y llamativo
cartel que da la bienvenida.
Si siempre me ha parecido un lugar mágico por la cantidad de luces de
neón por las que se caracteriza, ahora que estoy pisando este sitio me parece
que la percepción que tenía de Las Vegas se me ha quedado corta. La gran
avenida por la que estoy pasando, donde están los mejores hoteles y
casinos, es más que majestuosa, no encuentro palabras para calificar lo que
me hace sentir lo que estoy admirando.
Busco un lugar donde dejar mi coche, que parece un cascajo al lado de
los vehículos que se ven circular, y decido pasear. Al primer lugar al que
llego es a la fuente del Bellagio y admiro el espectáculo de luces, rodeada
de tanta gente que me aparto para no sentirme agobiada. No estoy mucho
tiempo aquí parada porque quiero seguir observando lo que me rodea, no
creo que vaya a volver más, así que mejor visitar todo lo que me sea
posible.
Debo llevar al menos media hora andando, he paseado por delante de los
hoteles y casinos con más renombre de la ciudad y estoy pasando por la
puerta de una tienda de tatuajes que está hasta los topes de gente cuando
escucho un frenazo, el cerrar puertas de golpe y varias pisadas a la carrera.
Me da el tiempo justo de girar la cabeza, ver quiénes son y salir pitando del
lugar para que no me alcancen. El cabrón de Pancho y sus secuaces han
dado conmigo.
—Rápido, cogedla —ordena a la vez que vuelve al coche, supongo que
para cortarme el paso calle arriba.
Tres tipos me siguen y cometo la mayor estupidez del mundo teniendo en
cuenta que no conozco la zona, y es meterme en la primera bocacalle que
encuentro sin mirar siquiera si tiene salida.
Está poco iluminada, y aun así veo varias puertas. Empiezo a tirar de
ellas, están cerradas, por lo que decido usar un viejo truco que me enseñó
mi mejor amiga cuando llegué al barrio a vivir y me da resultado porque me
da tiempo a abrir una y cerrarla tras de mí a tiempo para que no me
alcancen. Apoyo la frente en ella intentando recuperar el aliento, tratando
de que mis latidos se ralenticen antes de que me dé un ataque de pánico.
—¿Quién cojones te ha dejado entrar?
Una voz atronadora hace que me vuelva a la vez que pongo la mano en
mi pecho. Mi corazón está a punto de coger trayecto directo a salirse por la
boca de manera literal, y más cuando me fijo en el espécimen que tengo
ante mí.
Capítulo 4
Estás en un club de striptease
Axl
Zed se ha cogido unos minutos de descanso, algo inusual en él, y no le quito
ojo hasta que entra en la zona de empleados, dejándose la puerta que da al
pasillo abierta. Seguro que va a salir a fumarse un cigarro para relajarse.
Su estado natural es de ser un tipo huraño, tímido y retraído, pero en
estos dos últimos días está teniendo un comportamiento bastante extraño.
Eso de recoger una chica, meterla en su casa y en su cama y encima traerla
al club para que le dé un trabajo, es de lo más sospechoso conociendo sus
rarezas.
Por un momento pierdo de vista al personal de barra porque me parece
ver una sombra cruzar el pasillo de la zona privada e ir hacia el despacho de
Gwen, nuestra contable y algo más, solo que es algo tan efímero que pienso
que se trata de un efecto óptico debido a lo cansado que me noto.
Vuelvo a prestar atención a lo que pasa en el local. A pesar de que
contemos con los chicos de seguridad, me gusta estar pendiente a las
necesidades de las bailarinas y camareras, no voy a dejar pasar una sola
falta de respeto con ninguna de ellas. Están aquí por voluntad propia,
realizando un trabajo de lo más normal y digno, no para que llegue el
baboso de turno a faltarles el respeto y manosearlas.
La noche transcurre entre bromas con el nuevo personal, entre el que
tenemos a una pelirroja preciosa que no pasa desapercibida para los clientes
y mis chicos, controlando que todo vaya según lo planeado y con ganas de
irme a descansar.
En un momento que me tomo de descanso decido revisar mi teléfono, no
suelo tenerlo encima debido a la escasez de vestuario porque solo vestimos
con un pantalón y una camiseta bastante ajustada con la que marcamos más
que enseñamos, y me encuentro un mensaje de la jefa. Y eso sí que me
resulta extraño porque solemos reunirnos a diario antes de la apertura para
los temas que van surgiendo día a día en el local o con el personal.
Gruño al leerlo, y es que solo con unas cuantas palabras me pone de mala
leche: «Antes del cierre tienes una nueva incorporación. Procura tratar bien
a nuestra nueva limpiadora, no queremos que nos dure lo mismo que las
anteriores».
Niego con un gesto y salgo al exterior a respirar algo de aire, no
demasiado puro porque es un callejón oscuro, pero algo es algo después del
día de hoy; las cosas en el centro no han ido bien tampoco porque mi
contacto me ha notificado la recaída de una chica demasiado joven para ese
lúgubre mundo.
Escucho un sonido extraño y giro la cabeza hacia el interior del local, y
vuelvo a ver una sombra, así que no me lo pienso y entro. Que una vez haya
pensado que era un efecto óptico está bien, si dejo pasar dos veces el tema
me pueden tomar por gilipollas.
Me dirijo al despacho de Gwen y veo una pequeña luz salir por la rendija
de la puerta, algo que me extraña porque hace un par de horas que se fue
para casa ya que ella viene también a lo largo del día para abrirles a los del
turno diurno y a tratar con algunos de los proveedores.
Abro sin pensar y me quedo parado bajo el umbral pensando que no es
cierto lo que veo: hay una mujer pasando un trapo por la estantería de las
carpetas de contabilidad de Gwen mientras refunfuña que todo en ese lugar
es sucio y descastado.
Espero a que se dé la vuelta o al menos se percate de mi presencia, solo
que la impaciencia me puede cuando pasan un par de minutos y carraspeo.
Tengo que hacerlo varias veces y además elevar el tono porque está medio
sorda y no me escucha o me está ignorando de manera deliberada.
—La señorita no está, vuelva en otro momento —se dirige a mí de
manera déspota, moviendo el trapo con violencia—. Fuera, que no tengo
toda la noche.
Elevo las cejas ante la desfachatez de la intrusa y me río. Sí, me entra la
risa y no evito hacerlo delante de su preciosa cara, la cual veo que se
contrae de rabia a la vez que adquiere un bonito tono rojizo.
—Este tío es tonto —masculla mientras se da la vuelta para seguir
quitando el inexistente polvo de este despacho.
—Sal de inmediato si no quieres que llame a la policía —ordeno una vez
que he dejado de reír.
La mujer se mueve y pone las manos en la cadera, lo que hace que sienta
una presión en el pantalón. La hostia, me acabo de poner duro solo con ese
gesto. Cuando salga de aquí tengo que plantearme con seriedad eso de echar
un buen polvo.
—Pues va a ser que no me sacas de aquí a menos que lo diga la jefa —
refuta mientras pone una sonrisa malvada en su cara—. Ya me ha avisado
de lo que pasaría si me quedaba, pero pienso correr el riesgo.
A la vez que va hablando, teclea en el teléfono, y de inmediato el mío
comienza a vibrar y sonar. Miro la pantalla sin dejar de prestar atención por
el rabillo del ojo a la mujer frente a mí, y veo que es Gwen la que me llama.
Lanzo una maldición al aire y descuelgo.
—Dime, preciosa…
—Deja trabajar a la chica en paz, Axl —me ordena sin siquiera saludar
—. Sé que te avisé de que llegaría más tarde, pero me la he encontrado a la
salida y he cedido en su petición de comenzar de inmediato. Vigílala si te
sientes mejor contigo mismo, machote.
Y corta la comunicación sin darme opción a preguntarle nada, así que
abro la aplicación de mensajería y le anuncio que mañana sin falta tenemos
que hablar de los roles de ambos en este lugar porque los chicos me van a
perder el respeto si se enteran de que me mangonea como le da la gana.
—Sígueme —ordeno a la vez que me doy la vuelta para salir del
despacho. Nos guio a ambos hasta la zona de atrezo de los bailarines, es
uno de los sitios donde tenemos los utensilios de limpieza arrinconados en
un lugar al fondo—. Ahí tienes todo lo que puedas necesitar, si falta algún
producto me lo haces saber y te lo traerán de inmediato. Procura no estorbar
al resto del personal mientras cumples tus funciones en este local.
Tomo aire y le hago una señal para que salga y esta vez la conduzco a la
zona de personal y la llevo directa al final, donde están las duchas. Abro mi
taquilla para dejar el teléfono y una idea macabra me viene a la cabeza, lo
que hace que mi amiguito tenga ganas de salir a la pista. Tanto es así que
me recoloco la erección de manera descarada, lo que me causa un gemido
de lo sensibilizada que tengo la polla en estos momentos. Sonrío con
satisfacción cuando le cambia el semblante a la morena al darse cuenta de
lo que estoy haciendo. Y ese gesto hace que me reafirme en mi decisión y
me dé una palmadita mental por lo que voy a hacer, aunque seguro que
mañana me arrepentiré al escuchar el sermón de la jefa.
Le pido que me espere un momento y salgo hacia la barra, cojo lo que
necesito de la caja que tengo debajo del mostrador, me hago una nota
mental de llevarla al almacén o a la zona de vestuarios y vuelvo a donde he
dejado a la mujer que me tiene desquiciado solo con su presencia.
—Para moverte por el local debes ir con el uniforme —le advierto a la
vez que le tiendo las dos prendas que seguro le quedan como el más
placentero de los pecados—. Da igual si hay trabajadores o estás sola, es
una norma a cumplir por cada uno de los empleados.
—No tendrás mejor una batita o algo… —espero hasta que busque la
palabra correcta para sus propios oídos con una sonrisa burlona—, ¿con
más tela?
—Estás en un club de striptease, no querrás que te confundan con una de
las chicas de las tarimas —dejo caer en tono sensual—. Además, si tienes
que limpiar en la barra mejor que se piensen que les vas a servir una copa y
no que esperen a que te desabotones la ropa. No acostumbramos a
despelotarnos donde servimos.
—Gwen me ha dicho…
—El encargado del local soy yo —la corto—, así que me da lo mismo lo
que te haya contado la contable. —La veo fruncir el ceño, así que freno lo
que vaya a decir porque están a punto de entrar las bailarinas para ducharse
e irse—. Ella se limita a seguir las órdenes que nos dan, y te ha hecho un
favor al no haberte obligado a pasar por la entrevista, así que ponte el
uniforme y a limpiar, que para eso estás aquí.
Me doy la vuelta para dirigirme hasta la zona de descanso y ella me
sigue. Abro la pequeña neverita para coger un sándwich de los que siempre
hay para que picoteemos entre pase y pase y me siento en uno de los
sillones. Ella se planta ante mí con los brazos cruzados, sosteniendo con dos
dedos el top y el pantaloncito corto, solo que lo que fuera a decir se le
queda en la punta de la lengua en cuanto empiezan a entrar las bailarinas.
Le hago un gesto a una de ellas, a Joyce, la cual se acerca a mí con paso
sensual, me repasa de arriba abajo y se sienta sobre mis rodillas a la vez que
mete su cabeza en mi cuello.
—Sigue con tu trabajo, los vestuarios deben estar recogidos y las duchas
limpias antes de que lleguen los chicos —ordeno a la vez que comienzo a
acariciar a J mientras veo la cara de cabreo de la morena—. Y no te olvides
de ponerte el uniforme.
Doy por terminada la conversación en el momento en el que finjo
prestarle atención a la bailarina que tengo en las piernas, la cual me tiene
frío porque para mí es como una hermana, solo que tenemos acordado este
tipo de comportamientos cuando llega alguien nuevo al local. No queremos
que nadie se confunda y nos molesten de más; aunque las relaciones entre
compañeros no están prohibidas, nosotros procuramos no involucrarnos con
nadie de aquí, no al menos de manera abierta.
—Me debes una muy gorda —me susurra cuando nota que mi cuerpo se
relaja. No sabía que estaba tan tenso—. Y me lo vas a pagar en descansos
porque se me están atragantando los exámenes, necesito un par de días para
prepararlos.
La miro con orgullo porque es una chica que se está haciendo a sí misma,
que a pesar del duro pasado que tiene sigue luchando por lo que quiere, y
encima aguanta al rarito de Zed. Solo por eso tengo que postrarme a sus
pies
—Eso está hecho —mascullo—. Avísame para cuadrar con alguna de las
bailarinas, aunque sea de las del turno de día.
Asiente a la vez que se levanta de mis piernas, me guiña un ojo y se mete
en los vestuarios. Lo bueno de este trabajo es que desde el primer momento
dejé claro que no me liaría con ninguna de ellas, las cuido como un
hermano mayor, solo que en el caso de Joyce es tan así que nos ayudamos
en momentos tan tensos como este que acabo de vivir. No es la primera vez
que espantamos a alguna fémina nueva de la plantilla, y es que estoy seguro
de que más tarde llevará a cabo la segunda parte del plan.
Me doy cuenta de que llevo demasiado tiempo fuera de la barra, he
estado distraído y no es algo normal en mí, así que vuelvo a mi lugar y
compruebo que mis amigos están con las caras largas, aunque es Dix el que
me preocupa: no deja de mirar con el ceño fruncido a la camarera nueva,
cosa que me da mala espina porque él no es de los que presta atención a
ninguna de las chicas de este lugar.
La torpeza de Zed me saca de mis pensamientos, y es cuando me pongo
manos a la obra y reorganizo el funcionamiento de la barra. Tenemos el
local demasiado lleno y toda la ayuda es poca.
Linda
«Mierda, mierda y más mierda. ¿Quién me mandaría a mí a entrar en este
puñetero lugar?», pienso en cuanto me meto en los vestuarios de nuevo.
Y no solo eso, encima ir a meterme a la cueva del lobo, en este caso en la
de la loba, porque con la cara dulce que tiene la tal Gwen, no veas si me ha
calado pronto y me ha pillado la mentira. Si es que mi madre siempre me lo
decía, que no era capaz de mentir ya que con los gestos de la cara se me
pilla al momento.
Al menos voy a poder estar unas cuantas horas escondida en este lugar, y
si de casualidad entraran, no me reconocerían en su puñetera vida porque no
se esperarían que estuviera prácticamente en pelota picada.
Vuelvo a mirarme en el espejo y mis ojos se cruzan con los de la chica
del pelo rosa que casi se folla al salido del encargado con las demás
bailarinas presentes, y me saca un poco más de quicio el gesto cargado de
cinismo, y algo más que no identifico, que me dedica. No la conozco de
nada y ya la odio un poquito.
Me centro en mi trabajo, el cual al menos se me da de lujo, y en cuanto
las chicas abandonan el vestuario solo me queda de repasar los últimos
cubículos, voy a ponerme cuando me veo interrumpida por un par de
hombres bastantes imponentes, aunque ninguno es el tatuado que me ha
impresionado a la vez que asustado cuando me he colado en el local.
Los escucho bromear entre ellos y decido volverme invisible, algo que se
me da genial. Desde pequeña me he mimetizado con el ambiente y nadie ha
prestado atención a mi presencia, sin embargo, esta no es mi noche porque
el tipo más guapo que he visto hasta el momento se me acerca con una
preciosa sonrisa de depredador sexual y me arrincona con su cuerpo contra
la pared.
—Mira, Dix, tenemos chica nueva en la oficina —informa a su
compañero mientras fija su mirada en mis labios—. Dulzura, dime que eres
una diosa traída del submundo solo para mi disfrute.
—Déjala, Tay, la estás asustando —lo reprende el otro.
Yo niego divertida porque acabo de ver un brillo travieso en su mirada, y
sé que intenta intimidarme. Si quiere jugar a esto, los dos sabemos las
reglas, no solo él.
—Soy más bien una diablilla disfrazada de angelita —susurro mientras
pego mis pechos a su torso—, que viene a poner tu fuerza de voluntad a
prueba, dulzura.
Un gemido, y no de placer, sale de su boca en cuanto bajo mi mano a su
paquete y aprieto con toda la rabia que llevo acumulada. Solo suavizo el
toque en el momento en el que me suplica con la mirada y veo que se está
poniendo azul de aguantar el dolor.
—No me durarías un asalto, machote —mascullo con una sonrisa
malvada a la vez que lo empujo para separarlo de mi cuerpo—. Te veo
luego, hombre sin nombre.
Me doy la vuelta y me apresuro a salir de allí deprisa. Mejor me escondo
en el despacho hasta que llegue la hora de irme, que limpien el resto del
local los demás miembros del equipo que tengan contratado para estos
menesteres.
Mi plan se frustra en cuanto me cruzo a la tipa de antes, que parece que
está al acecho porque se para ante mí, con los brazos cruzados en el pecho,
y me mira con superioridad y ¿lascivia? Cuando se muerde el labio inferior
de forma sensual doy un par de pasos atrás. «La hostia, esta tía se lo quiere
montar conmigo».
Respiro hondo y miro las opciones de escape, y solo me queda una: salir
a la zona del club donde está todo el mundo. Desde aquí veo la barra, así
que me lanzo a la carrera y entro sin mirar siquiera, hasta que mi cuerpo se
estrella contra uno más grande y caliente, y me quedo helada al levantar la
mirada.
Capítulo 5
Mierda, mierda y más mierda
Linda
Maldigo en mi interior en el momento en el que alzo la vista y me
encuentro con los ojos fríos del tatuado con el que me tropecé cuando me
colé en el club.
Me ha querido parecer que gruñía algo similar a un «otra vez tú», solo
que sacudo la cabeza porque ni siquiera ha movido los labios. Lo que sí ha
hecho, y que me ha dejado helada, ha sido apartarse como si quemara, y no
solo eso, su mueca de asco ha provocado que me den ganas de olisquearme
la axila. Lo mismo huelo mal después de todo el ajetreo.
—Pe… perdona —mascullo titubeante—, no te he visto.
—Zed, no ha sido nada —susurra el idiota en el oído del chico, no lo he
visto llegar—, vuelve a tu puesto porque la pelirroja necesita ayuda.
Lo veo asentir sin quitarme la vista de encima y me quedo boquiabierta
cuando me parece atisbar un asomo de sonrisa. Dios, si con esa mueca me
acabo de derretir, no quiero ni pensar en cómo puedo llegar a carbonizar las
bragas si sonriera de manera abierta.
—¿Qué cojones haces molestando a mi personal en vez de…?
La pregunta se queda en el aire porque alguien lo reclama, al parecer los
de seguridad requieren su presencia en la entrada. Me quedo mirando su
espalda mientras camina hacia el lugar, y solo soy consciente de lo alterados
que tengo los latidos de mi corazón, el calor interno que me invade al ver el
pedazo de culo que le hace ese pantalón tan ajustado y el abultamiento de
sus músculos. Suelto un largo suspiro y decido que debo salir de aquí de
inmediato.
—¡Eh, tú, la nueva! —La voz varonil del tipo de las duchas me saca de
mi ensimismamiento—. Ponte a recoger esos vasos, no damos abasto y
seguro que el jefe no va a enfadarse si nos ahorras quedarnos hasta más
tarde.
Cuando voy a protestar y a decirle al guapito de cara que no estoy aquí
para hacerle su tarea, un movimiento por el rabillo del ojo hace que enfoque
la mirada hacia lo que supongo es la puerta principal y me quedo
petrificada. Son ellos, y le están enseñando una foto al capullo.
—Claro que sí —respondo—, pero solo si me cubres las espaldas en el
caso de que tenga que salir corriendo.
—Si a mí me toca hoy bailar, ¿a qué te…?
No le doy tiempo a que formule la pregunta porque cojo la bandeja que
hay justo a su lado, me agacho todo lo que puedo junto a la pila del
lavaplatos y comienzo a enjuagar las copas y demás para meterlos en el
friegavasos.
Estoy así un buen rato, aunque no pierdo ojo a lo que me rodea por si
tengo que huir de nuevo, y es que no he sido capaz de ver lo que el
encargado ha hecho con los matones enviados por Pancho.
Sin darme cuenta llega casi la hora del cierre, y es cuando decido
escabullirme a la zona de los baños para ir recogiendo el desastre que hayan
organizado los cientos de personas que han pasado por ellos y de paso ver si
hay alguna vía de escape por ese lugar. Tengo la sensación de que no solo el
encargado del local me vigila, así que las ganas de irme de inmediato son
cada vez más apremiantes.
No me he equivocado, el sitio no puede estar más insalubre, tanto que
diría que no limpian en condiciones hace semanas, así que a saber la de
material genético que debe haber esparcido por el lugar a tenor de los
gemidos que escucho en uno de los cubículos.
—¡Vamos, el polvo lo acabáis de echar en el coche! —grito mientras doy
la espalda de camino a la salida, tengo que ir a por más productos de los que
esperaba—. Como estéis ahí en dos minutos, empiezo a quitar ladillas a
escobazos.
Y salgo intentando aguantar la carcajada que me ha provocado el gruñido
de protesta ante mis palabras. Vuelvo de nuevo a los vestuarios, al armarito
de mantenimiento que tienen lo que voy a necesitar —«ni con amoniaco
quitas tantas corridas, chata», me susurra mi mente—, y lo que escucho
hace que me quede inmóvil. Y es que resulta que el guapito de cara es de
los que se masturba delante de los amigos, y sé que es en presencia de
cualquiera que haya dentro porque las duchas son mixtas, sin separación
alguna.
No me quedo a mirar, sería de mal gusto por mi parte —«o no», insiste
mi subconsciente—, recojo todos los utensilios que necesito, incluyendo un
par de guantes El recorrido de un lugar a otro, aunque no es demasiado al
no haber casi clientes, se me hace eterno porque todo el tiempo tengo la
sensación de que me observan. Y da lo mismo si oteo lo que me rodea y no
veo a nadie, la nuca me sigue quemando. Respiro hondo y me adentro en el
baño, y es cuando me centro en mi tarea.
No tengo idea del tiempo que paso limpiando, solo lo orgullosa que me
siento por el trabajo hecho ya que no hay una junta que no brille de limpia.
Y el olor… Ahora sí que da gusto entrar en este lugar.
Salgo estirándome, y voy pensando en que podría darme una ducha antes
de irme si no hay nadie cuando veo que el encargado está hablando con la
pelirroja. En un primer momento me causa curiosidad ver el gesto
concentrado de Axl, que así he escuchado que lo llamaba el otro camarero,
solo que luego la rabia me reconcome porque la trata con tanta amabilidad
que un destello de celos me invade.
—Gilipollas —mascullo mientras voy con paso firme a recoger mi ropa
—. Si es que todos piensan con lo mismo.
Me desvío al despacho de Gwen, la chica que ha decidido contratarme,
con el fin de dejarle una nota. He llegado a la conclusión de que este no es
buen lugar para esconderme, así que mejor la aviso con una de mis floridos
textos de despedida y disculpa.
Me arrepiento del cambio de rumbo de inmediato, en el mismo momento
en el que tengo la certeza de que estoy sola con Axl, y ni siquiera me he
dado cuenta de cuándo se han ido todos. Si es que es verdad lo que me
decía mi madre: «se te pasa el tiempo volando porque siempre estás metida
en tus mundos de princesas y corazones».
—Muchacha —me llama el encargado—, es hora de irnos. Deja todo
como esté, recoge tus cosas y salgamos de aquí. —No me da tiempo a nada
porque él mismo me guía a la zona de las taquillas, no sé cuándo me he
sentado en el sofá de la sala de descanso y sospecho que la idea de la nota
ha sido solo eso, una maldita ilusión—. Mañana te quiero aquí a las tres de
la tarde, justo cuando vaya a entrar el otro turno. Será Gwen la que te
reciba, así que espero que te comportes mejor que esta noche y cumplas de
manera escrupulosa con tu cometido, nada de entrar en la barra como has
hecho hoy.
—Y encima se queja —mascullo.
—Tengo todo el derecho a hacerlo. —Suspiro hondo y bajo la cabeza, se
ve que he pensado en voz alta—. Si llega a haber algún incidente, se nos
cae el pelo por tu culpa. Así que te lo repito, si no quieres ser la limpiadora
más fugaz de la historia del Broken, más te vale cumplir con lo que se te
sugiere.
—Dirás más bien con lo que me ordenas —protesto.
—Cuestión de semántica —responde con ironía, lo que me saca de quicio
y hace que me den ganas de matarlo, aunque también de arrancarle el trozo
de tela que llaman camiseta y lamerlo de arriba abajo sin dejar un solo
hueco sin saborear, luego seguir bajando y…—. ¿De acuerdo?
Su pregunta me saca de mi ensoñación, y seguro que ahora mismo debo
estar más roja que un tomate maduro, aunque lo disimula bastante bien
porque sigue con su cara de mala leche y una ceja alzada de manera sexi.
Un momento, ¿he pensado que es sexi? Ahora sí que debo irme al motel y
tener una buena sesión con Sansón, mi precioso consolador púrpura.
—No me estabas escuchando, ¿cierto? —pregunta en tono
condescendiente, a lo que asiento avergonzada. Mejor eso a mentir, ya es
suficiente por un día—. Bueno, no importa, salgamos de aquí porque me
están esperando.
Alzo la cabeza en el mismo momento en el que se da la vuelta y se dirige
a la salida, aunque ya en la puerta vuelve la cara y con un gesto me invita a
seguirlo. Le hago caso, algo poco común en mí, pero necesito tomar aire,
así que cojo mi ropa, mi bolso y me apresuro. Ya pensaré en lo que hacer
cuando me tumbe en la mugrienta cama que me espera.
—Hasta luego —se despide en cuanto ha echado el cierre—. Y no te
olvides traer el uniforme, lavado a ser posible.
No me da tiempo a soltarle alguna de mis ingeniosas respuestas porque
se dirige al único coche que queda en la zona de aparcamientos anexa al
callejón donde está el local, así que pateo el suelo con fuerza mientras
mascullo un «gilipollas» que sé que no va a llegar a escuchar ni aunque
tuviera un oído finísimo.
Observo lo que me rodea, y es que necesito orientarme porque con la
carrera no me fijé siquiera por dónde vine, así que no sé qué dirección
tomar. Saco mi teléfono, dejo que busque mi ubicación y meto la del
Bellagio, a partir de ahí sabré llegar hasta mi coche. Antes de emprender la
marcha decido ponerme mi sudadera y mi viejo pantalón encima del
uniforme, no tengo ganas de enfrentamiento con algún fanfarrón.
No me cuesta casi nada llegar a la avenida principal, pensé que estaba
más lejos, así que apago la insidiosa vocecita del navegador y me dirijo en
busca de mi coche y descanso, solo que unos metros antes de llegar a mi
destino los veo: Pancho y sus chicos están apoyados en mi vehículo,
esperando a que vaya a por él.
—Mierda, mierda y más mierda —mascullo mientras me pego a la pared
de un edificio.
No debo estar aquí mucho tiempo porque está a punto de amanecer y el
factor sorpresa se pierde. Sopeso mis opciones y la verdad es que son casi
nulas. Las pocas pertenencias que me he traído desde San Diego están en el
maletero, así que no tengo ni bragas limpias que ponerme si huyo. Por otro
lado, el motel está en el pueblo de al lado y seguro que ya saben que me
alojo allí. Inspiro hondo y decido volver a la avenida principal, mezclarme
con la multitud de personas que siempre hay en el lugar y pensar.
Me aseguro de que no me han visto y me meto entre un grupo de turistas
que va a ver uno de los pases de la fuente del Bellagio, a pesar de que no
me gustan las aglomeraciones, y decido llamar a mi mejor amiga porque
esto solo puede ser un nuevo lío organizado por ella.
—Cógelo, maldita sea —mascullo mientras me sitúo en un rincón—.
Joder, esto es una emergencia…
Los tonos cesan y me desespero, le envío un mensaje y vuelvo a llamar.
Necesito que me ayude de alguna manera.
Decido volver sobre mis pasos, solo que no es posible porque veo a dos
de los matones dirigirse de nuevo al club. ¿Que cómo lo sé? Porque van tan
ensimismados en su camino que no se han dado cuenta de que han pasado
por mi lado.
Respiro hondo y vuelvo a mirar el mapa de Las Vegas, esta vez para
buscar un motel donde poder descansar las horas que me quedan para
volver a mi nuevo trabajo. Y es que me acabo de dar cuenta de que es el
único lugar en el que esos tipos no van a poder entrar, algo raro teniendo en
cuenta que el capullo del encargado seguro que me ha reconocido en la foto,
o al menos todos creen que soy yo la que aparece en esa instantánea. Lo
único que tengo que hacer es salir lo indispensable, volverme una okupa en
el club de striptease.
Axl
Al acabar he ido a desayunar con los chicos, un ritual que llevamos a cabo
casi a diario cuando salimos de trabajar, solo que esta vez Zed se ha
mostrado reticente a ello.
Como siempre, hemos bromeado, comido hasta que no poder más y
quedado más tarde en el gimnasio. Y es que esa es otra de nuestras rutinas:
intentar encontrarnos en el Parker´s Gym cada vez que tenemos la
oportunidad por mucho que prefiera mi soledad. Zed y yo vamos a diario, o
al menos intentamos coincidir en algún momento, Dix y Tay cuando les
parece, que no siempre acuden a nuestra cita. Aun así, todos tenemos
cuerpos esculturales que llaman la atención de las mujeres, de ahí que no
nos falte un coñito húmedo bien dispuesto, al menos a la mayoría.
Resoplo ante la idea de una buena follada, y es que la nueva limpiadora
me ha puesto tan duro que ni la paja que me he hecho al llegar a casa me ha
servido de mucho, por lo que decido salir a correr.
Al girar en la avenida principal, donde están los mejores hoteles y
casinos de Las Vegas, algo, o más bien alguien, me distrae de mi cometido
y ralentizo a carrera hasta ponerme a andar. Es la morena, Linda me puso
Gwen en el mensaje que se llama, la que va caminando intentando pasar
desapercibida. Y he llegado a esa conclusión cuando los mismos tíos con
mala pinta que quisieron entrar al local con una burda excusa y su foto en la
mano pasan por su lado y ella se encoge para no ser vista. Decido
colocarme tras un grupo de turistas que van escuchando a su guía, y
observo todos sus movimientos.
No pasan más de cinco minutos cuando la veo dirigirse hacia la zona
donde está el Broken, aunque se desvía una calle antes y se dirige hacia las
vías menos transitadas por turistas. La sigo a una distancia prudencial por si
acaso. Y es que sí, saca mi lado protector por muy mal que me siente que
Gwen me haya impuesto su presencia.
Después de un buen trayecto, en el que ella ha ido mirando cada poco en
todas direcciones, llegamos a uno de los moteles baratos de la ciudad,
aunque de los decentes. Espero un rato, y la veo salir de la zona de
recepción saludando con la mano y apretando el paso hacia el lateral del
edificio, sube las escaleras a la primera planta y dejo grabada en mi
memoria el número de la puerta que cierra a sus espaldas.
Me quedo un poco más de tiempo, me digo a mí mismo que solo para
asegurarme de que los tipos esos no la han seguido, y le doy vueltas a algo
que se me acaba de ocurrir. Llamo a mi compañero en la asociación, le
explico lo que quiero que haga y cuelgo con una enorme sonrisa en el
rostro. Va a valer la pena si conseguimos sacar otra chica de la calle.
Una nueva idea cruza mi cabeza, así que me dirijo en mi carrera hacia el
Broken, necesito comprobar si esos tipos siguen merodeando el negocio.
Eso solo significaría que Linda es la chica que están buscando, y es que en
esa foto que me enseñaron no parecía ella misma, como que hay algo en sus
rasgos que me hacen dudar de si puede ser un familiar.
Capítulo 6
Me lo pensaré
Axl
Gruño cuando recibo un nuevo golpe por parte de Zed, me está dejando
hecho un cuadro.
Hace días que apenas si cruzo palabra con la limpiadora del club, y es
que estoy tan enfadado por los reiterados rechazos a la oferta de ayuda de
mi contacto en la asociación que soy capaz de estrangularla con mis propias
manos para luego revivirla a besos y follármela como quiero.
—Vamos, tíos, dejadlo ya —ordena Tay en tono jocoso—, no querréis
impresionar a la dulce Gwen con vuestros cuerpos amoratados. Os recuerdo
que esta noche nos toca baile a los chicos.
Gruño en respuesta, y es que ya no me acordaba que por darle a J estos
días de descanso para que prepare los finales no podemos llevar a cabo la
noche mixta, y es en la que mayor afluencia de clientes tenemos debido a
que no solo estamos dirigidos a un público en concreto.
Zed me mira con ojos de cordero degollado, siempre intenta librarse del
espectáculo, solo que conoce las normas tan bien como cualquiera de los
que trabajamos en el Broken: no solo hay que ceñirse a servir copas,
también hay que seducir a los clientes con nuestros movimientos, y de ahí
que todos pasemos por las tarimas al menos una vez a la semana, excepto
Tay y Dix, ellos son bailarines a pesar de que en las noches de bailar solo
las chicas se pongan a servir copas.
Le hago un gesto a mi contrincante y nos bajamos del ring, nos
hidratamos y me voy a la ducha mientras los otros dos se quedan
interrogando a Zed sobre Tiza, la chica que se encontró en el callejón y a la
que tiene metida en su cama y en su vida. Algo raro en el chico, pero no
voy a ser yo quien se lo haga ver porque me alegro mucho que su carácter
huraño empiece a cambiar, aunque sea a uno irascible. Algo es algo.
Me despido de los chicos cuando salgo de los vestuarios y me dirijo a mi
coche, hoy he decidido no coger la moto porque tengo que dejar varias
cosas en el local de reuniones.
—Hola, colega —me saluda uno de los que está en la puerta—. Hace días
que no te vemos por aquí.
—¿Qué tal estás, Rick? —Le revuelvo el pelo y me devuelve una gran
sonrisa—. Ayúdame a llevar esas cajas dentro, anda.
Hace un gesto un par de muchachos más que están unos metros más allá
y entre los tres se llevan todo al interior, a la sala común. Que sea mi socio
el que se encargue de repartir los enseres a quienes lo vayan a necesitar.
—Axl, justo ahora iba a llamarte. —Julian aparece por la puerta trasera,
no lo he escuchado entrar—. No logro dar con el paradero de la chica.
Lo miro extrañado porque salió del Borken cuando cerré. Se supone que
de allí se va al motel donde le dije que la encontraría.
—Lo mismo la han cambiado de habitación —mascullo—. ¿Has
preguntado al recepcionista?
Este asiente y bufo porque un escalofrío recorre mi espalda. Lleva unos
días haciendo muchas preguntas a las chicas del turno anterior al mío, algo
a lo que no le di importancia hasta ahora. Tendré que estar más atento y no
perderla de vista, le pediré a Gwen acceso a las cámaras porque esto me
huele a investigación.
—Axl, hay otro tema que debemos comentar —musita mi socio, así que
asiento para hacerle ver que tiene toda mi atención—. Ha llegado un nuevo
requerimiento para él y…
—Envíalo al abogado —corto con brusquedad—. Ya le dije a esa lagarta
que no obtendría nada más hasta que accediera a las peticiones formuladas.
—Es sobre eso por lo que te lo digo —insiste con tono ansioso—. Según
ella, va a enviar con su letrado los papeles del divorcio y el acuerdo al que
quiere llegar con tu padrastro, pero exige una reunión cara a cara contigo y
con él. No sé, deberías plantearte el acabar con esto de una vez diciendo la
verdad, quitarte ese peso de encima.
—Me lo pensaré —gruño—. Venga, comencemos la reunión, se ve que
Rick está impaciente.
Ambos nos fijamos en el chico y no me gusta nada lo que veo. Todos los
indicios señalan que ha vuelto a recaer, y si es así ya sabe las
consecuencias, solo que antes intentaré que me escuche y él mismo ingrese
en la institución que nos ofrece toda la ayuda que necesitemos, aunque
también se puede decir que ese milagro se obra gracias a los benefactores
que les conseguimos.
Escuchamos un par de testimonios y animo a Rick a hablar ante el resto,
sin embargo, el chico se va de la sala a toda prisa. Con un gesto de cabeza
me disculpo ante el resto y salgo detrás, dejando a Julian al mando, como
siempre, no por nada es el mejor psicoterapeuta de todo Nevada por mucho
que él diga que no es para tanto. Ha ayudado a muchos como yo… Tengo
tanto que agradecerle que no me alcanza la vida.
Salgo al exterior y no veo al chico, pero sí que escucho voces en un
callejón que hay junto al edificio colindante, así que hasta allí me dirijo sin
pensar.
—¡Te he dicho que no puedo hacerlo! —grita Rick de manera ahogada
—. Búscate a otro.
—Necesitamos esa clave —masculla el tipo que lo tiene cogido por el
cuello—. O lo haces, o tu hermanita seguirá pasando por las pollas de mis
hombres, y te aviso que ya no grita tanto como los primeros días.
—No puedo, de verdad que no hay manera de que averigüe la clave de
acceso —dice entre jadeos ahogados—. Y todavía no tengo edad para
trabajar allí…
—¡Basta de excusas! —le grita el tipo. Salgo a correr hacia ellos cuando
veo un destello en la mano libre, solo que no llego a tiempo para evitar lo
que sucede a continuación—. Saluda a tu hermanita cuando llegue al
infierno, allí os encontraréis.
Cuando estoy a punto de coger al tipo de la camiseta, sale huyendo y deja
a Rick tirado en el suelo, malherido, así que me quedo con el chico mientras
busco mi teléfono en el bolsillo para pedir ayuda. Marco y espero a que
Julian lo coja, necesito que traiga algún médico de manera inmediata, y así
se lo hago saber en cuanto descuelga, no le doy oportunidad de réplica
porque cuelgo al instante, me quito la camiseta y hago presión en el
abdomen del chico.
—Tranquilo, ya vienen a ayudarnos —le susurro a la vez que hago más
presión, la sangre no para de salir.
Observo que intenta balbucear algo, solo que es en un tono tan bajo que
no lo escucho. Me mira y en sus ojos veo que es importante lo que quiere
decir, así que me agacho, sin dejar de hacer presión, hasta pegar mi oreja a
su boca.
—Broken —balbucea—. Robar… chica… Broken… cuidado.
—Rick, no te entiendo —susurro a la vez que frunzo el ceño—. Ya me lo
dirás cuando te recuperes, guarda las fuerzas.
Eleva su mano hasta donde están las mías y me aprieta con las pocas
fuerzas que le quedan. Fijo mi mirada en la suya y veo que una solitaria
lágrima recorre su mejilla a la vez que me sonríe, niego con la cabeza
porque no quiero que este sea su final, pero sus últimas palabras me dejan
en estado de shock.
—Protege… Linda… —habla entre jadeos de dolor mientras cierra los
ojos—. No… su culpa… Julian…
—Rick, ¡Rick! —grito mientras me siento impotente cuando veo su
cabeza caer hacia un lado, su mirada ya vidriosa, sin vida.
—Aparta, Axl —ordena Julian, que ha llegado sin que me dé cuenta
junto a un equipo médico—. Ya se encargan ellos.
Intentan reanimarlo, le cortan la ropa para ver la profundidad de la
herida, y me doy cuenta de que ese hijo de perra no solo lo ha acuchillado
en el abdomen, tienen un corte profundo en las costillas, casi a la altura del
corazón, y de la que sigue manando sangre. Caigo de rodillas en el suelo y
grito, un aullido de dolor tan grande que siento como mi garganta se rasga,
a lo que le sigue el llanto. Hace mucho tiempo que no lo hacía, que no
sentía esta rabia corroer desde lo más profundo de mi alma, tantos como los
años que hace que dejé a mi hermano gemelo en una fría tumba.
—Lo siento, señores —interrumpe el médico—. No hemos podido hacer
nada para salvar al muchacho.
Asiento con la cabeza y me acerco al cuerpo de Rick, le pido perdón en
silencio por haberme parado a escuchar, por no haber actuado por impulso
como solía hacer antes y también por no poder ayudar a su hermana, de la
cual no conocía ni su existencia.
Me levanto con la certeza de dar con ese hijo de puta que acaba de
matarlo en mis narices y hacer que acabe del mismo modo que el chico: en
un agujero a varios metros bajo tierra.
—Axl, tenemos que…
—Ocúpate de darle una digna sepultura al chico, usa los fondos de la
fundación —gruño mientras saco mi teléfono—. Y ocúpate en persona de
notificarles a sus padres lo sucedido.
Me alejo del lugar a pasos largos mientras tecleo un mensaje para Gwen,
necesito un par de días para pensar, poner mi cabeza en orden y no cometer
una locura. Casi seguro mañana estaré de nuevo en el Broken, pero esta
noche me va a resultar imposible, mucho más si me encuentro con la
morena. No entiendo por qué la ha mencionado Rick, si ni siquiera pueden
conocerse ya que ella es de San Diego según he podido averiguar.
Me subo en el coche y me dirijo al único lugar donde sé que nadie me va
a molestar. Ahora mismo necesito estar en el desierto, meditar en total
contacto con la naturaleza y estar alejado de todo y todos. Si algo tiene el
desierto de Nevada es que me relaja, me da una sensación de paz que no
soy capaz de conseguir de alguna otra manera.
Volveré a lo largo de la noche con total seguridad, pero al menos con el
alma más ligera y la cabeza más fría.
Linda
Después de casi una semana en esta puñetera ciudad no encuentro al tipo
que buscamos mi hermana y yo. Y solo caben dos posibilidades: está
muerto o en otro Estado.
Estos días he estado en contacto con el oncólogo de mi sobrino, las
noticias no son nada alentadoras, aunque sí me asegura que al menos no va
a empeorar en las próximas semanas. ¿Cómo puede saber eso? Mejor ni me
lo planteo o vuelvo a San Diego y que le vaya dando mucho por el culo a la
familia paterna del chico y a los papeles de divorcio de mi hermana.
Otro asunto que me trae de cabeza es mi mejor amiga. Recibí un mensaje
extraño desde un número que no está encendido siquiera y no he podido
contactar con ella, por eso busco encontrarles sentido a esas palabras:
«Cuidado porque no es Pancho quien te busca, mira más allá porque tiene
pinta de buena gente. No te fíes de él, no dejes que te ayude». Nadie la ha
visto, ni siquiera nuestra casera.
Me centro en mi tarea, que no es otra que guardar las sábanas que utilizo
para dormir aquí, en la sala de descanso, y es que al final me ha resultado
demasiado fácil hacerme con una copia de la llave y la clave de acceso al
Broken. La llave me la dio Gwen al segundo día de trabajo, se supone que
debía devolvérselas antes de irme, y así lo hice, pero ante situaciones
extremas cualquier medida desesperada es perdonable.
—Linda, vamos a necesitarte echando una mano en la barra —me
sorprende J, la pelirrosa a la que tanto odiaba el primer día. Menos mal que
tenía ya la taquilla cerrada—. Hoy no viene el jefe y son dos manos menos
muy necesarias.
Frunzo el ceño ante la situación, y no es porque me importe poner copas,
es que me extraña que el capullo de Axl no venga. Según me han ido
comentando todas las chicas, es un tipo bastante legal, alejado de todo lo
que sea tratarlas como un trozo de carne, que no permite salidas de tono
entre compañeros y mucho menos de los clientes, aunque sobre todas esas
cosas ellas destacan su compromiso con el negocio. Si hasta sospechan que
sea el dueño porque nadie en el local sabe la identidad de quien les paga.
—Sí, claro —respondo—, hay que amortizar el jodido uniforme.
Ante el silencio de Joyce, levanto la mirada y veo que me observa
pensativa, como si quisiera decir algo y no se atreviera. Le hago un gesto
con la cabeza, animándola a que abra esa bocaza que el demonio le ha dado,
y ella se niega con una sonrisa. En fin, esta es de las duras. Ya encontraré la
manera de que me cuente lo que necesito saber.
Sigo con la tarea sin darle importancia al hecho de que estaré de nuevo
ante los clientes, y llevo un par de noches viendo al mismo tipo mirando a
todos lados, que está más pendiente a vigilar cualquier rincón oscuro del
local a las chicas encima de las tarimas. Y me pareció tan raro que estuve a
punto de salir de mi escondite un par de veces para avisar a Axl si no fuera
porque tendría que darle motivos de mis sospechas, y es algo que no pienso
hacer.
Recibo un mensaje en mi teléfono de la zorra de mi hermana en el que
me avisa de que el tiempo se agota y no piensa hacer más transferencias al
hospital si no le doy algo, al menos el paradero de su marido. Bufo de
frustración porque, a pesar de que existe la leyenda urbana de que las
mujeres somos capaces de hacer varias cosas a la vez, me resulta imposible
moverme con libertad cuando tengo a Pancho y sus matones pisándome los
talones sin saber el motivo, aunque mucho me temo que la desaparición de
mi mejor amiga debe tener relación.
Como no sé qué contestar, lo dejo en visto y pensaré luego la manera de
escabullirme porque tengo que ir a Boulder City. Lo peor es que me va a
tocar ir en transporte público porque dudo que mi coche esté donde lo dejé,
y si está que no lo tengan vigilado.
También podría hablar con cualquiera de los chicos del turno de la tarde,
hay alguno que me ha tirado la caña y seguro que me harían el favor de
llevarme y traerme, solo que supondría tener que dar explicaciones que ni
siquiera puedo o quiero dar.
—Te veo inquieta.
La voz de Gwen me saca de mis funestos pensamientos, aunque intento
que no se dé cuenta de mi preocupación colocando una mueca parecida a
una sonrisa.
—No, solo estoy algo cansada —musito—. Demasiado trabajo me dan
los chicos cuando tienen el día revoltoso y dejan todo desperdigado.
Asiente con un gesto y se va tan sigilosa como ha venido. El día que la
conocí me pareció bastante agradable, aunque algo misteriosa, pero es que
en los últimos días está más rara que de costumbre, y eso que con ella solo
tengo el contacto necesario.
Miro el reloj y veo que he estado pensando más de media hora, así que va
siendo el momento de ponerse a trabajar. Lo malo, que no he salido a la
barra y ya he visto a Pancho en la sala.
Capítulo 7
No sé bailar
Linda
—Zed, ¿puedo pedirte algo? —susurro en cuanto estoy a su espalda. Este
se vuelve con gesto confuso y asintiendo—. No me gusta demasiado la
gente, y sabes que soy la limpiadora, ¿puedo solo ayudaros con lo fácil,
llevando y trayendo vasos sin tener que estar ante todos? No sé, en plan
metida por ahí detrás, en los botelleros, así no os estorbo.
Alza una ceja, mira a su alrededor y se encoge de hombros. Este tío habla
lo justo por mucho que luego lo vea explayarse con sus amigos los
machotes, y me saca de quicio su actitud pasota a toda la que no seamos
Tiza. Que me cae genial la chica, y más desde que la veo dejarse los
cuernos intentando aprender a bailar como lo hacen las demás porque ella
destaca en otra disciplina, pero eso no quita que a veces me den ganas de
darle tal tortazo al idiota este que le ponga la neurona en la conexión
correcta de su cerebro.
—Hazlo como quieras, pero no estorbes y procura que tengamos en todo
momento lo que necesitamos o te mando a la tarima a bailar —me advierte
con una sonrisa irónica—. Seguro que al jefe le iba a hacer gracia verte
mover el trapo ahí arriba.
Me trago el jadeo de indignación, aunque no me privo de tirarle lo que
tengo en la mano, que no es otra cosa que el mandil que las camareras de la
mesa llevan, y una carcajada ronca sale de su boca mientras se aleja sin
mirar atrás siquiera.
—Vamos, dulzura, deja de pelearte con el rarito y empieza a mover tu
bonito culo.
Tay es así, ordena en tono bromista por mucho que siempre haga alusión
a alguna parte de nuestro cuerpo. Desde mi primer día aquí, en el que le
mostré de qué pasta estoy hecha por mucho que me haya reprimido, ha
surgido una especie de camaradería en la que ambos estamos cómodos y sus
bromas no van más allá de unas palabras y algún roce inocente.
Me pongo a trabajar porque esta noche está el local a tope, y no solo
ahora ya que esta tarde ha pasado lo mismo. Me sorprende que todas las
chicas están repartidas entre la barra y las mesas y los chicos en los
vestuarios o en los escenarios cuando se supone que hoy es día mixto, o al
menos el turno de esta tarde lo han hecho así.
—Linda, vente conmigo porque no doy abasto —me pide Amber
mientras va agitando la coctelera con brío—. Vamos, chica, date vidilla.
Sonrío, dejo a un lado mis miedos y me pongo a tomar pedidos. Preparo
lo que sé: abro cervezas, algunos combinados fáciles y voy quitando vasos
y limpiando bandejas a la vez que voy voceando a mis compañeras lo que
queda por poner a las otras.
Pasan las horas tan deprisa que casi no me doy cuenta de que los clientes
van disminuyendo, no así la cantidad de mujeres, y es que Dix va a bailar
una vez más antes del cierre.
—Madre mía, cómo está el tío —gruñe una de las mujeres que está
esperando a que Amber le sirva un cóctel de esos que lleva hasta sombrillita
—. Ojalá no fuera tan caro y pudiera follármelo.
Las risitas de la otra que la acompaña me hacen fruncir el ceño y mirar
con atención al objeto de esas palabas. No puedo creer que hayan dicho que
es… «No, Linda, has debido entenderlo mal. Si es que tienes la mente
demasiado sucia».
—Ups, perdón, se me ha resbalado.
Quito mi atención de Dix y la centro aquí, en la barra, y me doy cuenta
de que tenemos una clienta furibunda, casi echando espumarajos por la
boca, y a una Amber sonriente que le tira una bayeta sucia para que se
limpie.
Me voy hacia los botelleros y cojo una de las camisetas que Axl suele
tener para este tipo de “accidentes” y se la ofrezco a la cuarentona con la
excusa de que puede luego pedir a los chicos que se la firmen. La pelirroja
me mira con mala cara, aunque acaba riendo a carcajadas por solo algo que
ella sabe. ¿Que es una gilipollez lo que le he dicho a la clienta? Pues sí, y lo
tengo claro porque los bailarines en ningún caso van a ceder a ese tipo de
petición.
—Linda, tu turno —anuncia Zed, quien ha llegado sin hacer ruido—. El
escenario te espera.
Niego con la cabeza porque eso no es lo que hablé con Gwen el primer
día. Supuse que ella era la jefa de esto, no solo la contable como me han
aclarado una y otra vez, pero me acabo de dar cuenta de que todos llevan
razón, no yo.
—Ah no, de eso nada —gruño con nerviosismo—. No sé bailar, y tengo
todavía mucho que hacer. Debo limpiar los baños, los vestuarios, el
almacén, el despacho de…
—Tu tarea ahora mismo es bailar —insiste con seriedad—. Venga, que te
va a acompañar la pelirroja hasta el escenario.
Amber gruñe algo que no llego a entender, me coge de la mano y tira de
mí hacia el lateral de la barra para llevarme a la subida lateral.
—¡Oye, que te va a hacer falta esto!
Tay nos tira una bata de limpiadora con el logo del Broken y un par de
bayetas. Abro la boca sorprendida cuando me doy cuenta de que no es
nueva, está usada, por lo que resoplo al darme cuenta de que Axl no solo es
un capullo, es un puto cabrón arrogante que hace lo que le da la gana.
Antes de subir al escenario, Amber me facilita unos taconazos enormes,
tamaño andamio de obra, y un pequeño antifaz de encaje con el que
disimular mis rasgos. Según me ha susurrado, eso hace que nos dejen más
propinas y no voy a tener que estar expuesta si no me apetece. Si no fuera
porque no es el momento, le daría tal besazo en la boca que a las dos se nos
quitarían las ganas de hombres.
—No puedo hacerlo —protesto a pesar de saber que no va a servirme de
nada—. Mira, no llevo ropa interior bonita.
—Para lo que te va a durar puesta —ironiza la pelirroja—. Vamos, no los
hagas esperar.
—Tengo que ir al baño, al menos dejad que me afeite porque llevo unos
pelos… —miento de manera descarada ya que tengo el láser hecho hace
algunos años.
—No te preocupes, hay fetiches para todo —me interrumpe Amber—. Si
supieras la de cosas raras que piden algunos…
—Amber, por favor —suplico, pero la veo negarse, así que me convenzo
a mí misma que de esta no me libro.
—Suerte, campeona —me dice mientras aprieta mi mano—. Solo sé tú
misma, saca esa tigresa que vive en ti.
Asiento con un gesto sin estar segura de lo que hago aquí arriba, y es que
siempre he sido la chica transparente, la que nunca ha destacado en nada ni
se ha dejado ver en las situaciones importantes de la vida. Respiro hondo y
subo los pocos escalones que me separan de la superficie donde tengo que
sacar a saber qué de mí misma.
Los primeros acordes de Earned it de The Weeknd resuenan en el local y
me quedo paralizada. No es hasta la tercera vez que inician la canción que
no salgo de mi estupor, y es que siento en este momento más miedo que
vergüenza.
—¡Vamos, mueve el culo, me aburro!
Miro hacia el público y no identifico al cerdo que me ha gritado, pero
pongo mi mejor sonrisa cínica y decido que dormir, lo que se dice dormir
no va a pasarle esta noche. Se va a ir con tal calentón que ni con duchas
frías se va a aliviar.
Cierro los ojos y me muevo al compás lento de la música, contoneando
mi cuerpo, con timidez al principio, con algo más de fluidez en cuanto me
centro y me meto en mí misma. Ahora mismo nada me preocupa, no hay
nadie alrededor, todo en mi vida es bonito y me produce felicidad.
Abro los ojos y me centro en un punto fijo al fondo de la sala, me da
igual si no veo nada porque todo está en penumbra, es algo que necesito
para no sucumbir a la vergüenza que siempre pensé que me daría ser el
centro de atención.
Me concentro en los movimientos, en ser lo más sensual posible, en
disfrutar por una vez en mi vida de algo, y la sensación de placer que estoy
experimentando se ve interrumpida por un sonido que se cuela en mi
cerebro.
Sin dejar de bailar, observo de reojo y alucino con lo que veo: del suelo,
de los bordes del escenario, salen una hilera de barrotes, con lo que da
sensación de estar en una jaula. Sonrío para mis adentros porque ahora sí
que voy a dar todo de mí sin miedo a que nadie me interrumpa.
Mis movimientos son más fluidos, y lo sé porque ahora sí que soy
consciente de lo que me rodea y escucho los jadeos de los hombres, sus
silbidos, lo que provoca una nueva sonrisa.
Los gritos de las mujeres presentes en la sala me dicen que hay un
cambio, y poco me importa lo que sea. O eso me digo cuando me doy
cuenta de que Dix se acerca con paso sinuoso, mirada hambrienta y una
sonrisa de esas que provoca que cualquiera arda por combustión
espontánea.
—Te voy a enseñar un par de truquitos —susurra junto a mi oído
mientras pone las manos en mis hombros—. Sigue bailando como hasta
ahora, no pares.
Me rodea para ponerse justo a mi espalda, y un gemido ronco sale de mi
garganta en el mismo momento en el que sus labios hacen contacto con mi
piel en ese punto del cuello que está justo debajo del lóbulo de la oreja.
Noto su sonrisa, y eso me da seguridad. No sé por qué, solo tengo claro que
nada malo puede suceder con este hombre a mi alrededor.
Nos movemos por el escenario, me quita la bata de limpiadora con
movimientos fluidos y me deja con el corto pantaloncito y la mini camiseta
del uniforme a la vez que repasa la forma de mis curvas con sus suaves
manos, parece que estamos hechos para este tipo de espectáculos porque
bailamos a la vez, sin alejarnos más tiempo del necesario uno del otro.
—Es mi turno, preciosa —susurra Tay, llevándome de la mano hasta la
barra vertical—. ¿Qué tal si te enseño a seducir con tus encantos?
Me guiña un ojo porque se ha dado cuenta de que no lo he visto subir al
escenario, mucho menos acercarse a nosotros. Antes de poner siquiera las
manos en la barra miro de manera disimulada hacia donde está Dix, y este
me guiña un ojo con complicidad. Joder con el gigoló, acabo de mojar hasta
el pantaloncito con ese simple gesto.
—No te distraigas, belleza —gruñe Tay—. Yo soy el más sexi y guapo de
todos los presentes, voy a ofenderme mucho si me cambias por otro después
de haber tenido mis pelotas en tus manos.
Intento no soltar la carcajada que pugna por salir, así que en su lugar lo
que hago es subir una pierna hasta su cadera y usarlo a él de barra vertical.
Me muevo despacio, recreándome en el brillo de su mirada, aunque en este
caso es de orgullo y no de pasión, y cuando he dado una vuelta a este
hombretón aprovechando para tocar a mis anchas dejo que me coja por la
cintura y sigo sus instrucciones susurradas.
Me contoneo un poco más hasta que llega el momento de dejar caer mi
cuerpo hacia atrás, me agarra de la cintura y afianza más mi pierna en su
cadera. Una vez hecho eso, aprovecha el movimiento de esa misma mano
para ir acariciando mi cuerpo desde el muslo hacia arriba; pasa por mi
cintura; llega hasta el abdomen, donde hace círculos delineando mi
ombligo; sigue subiendo hasta mi torso, donde se deleita remarcando el
contorno de mis pechos, nada libidinoso de cara a nosotros aunque sí con
ese efecto para los clientes, y me arranca el pequeño top que cubre mis
senos, los cuales se quedan al aire porque esta prenda no me permite llevar
sujetador. Un nuevo movimiento de sus caderas contra mi centro del deseo
me despista.
—Eso no será…
—Gime bien alto —me ordena entre dientes mientras pone una enorme
sonrisa perversa—, que vean que disfrutas de mi toque.
Hago lo que me dice porque de verdad estoy disfrutando de esto. Tengo
claro que para ellos es un baile, un pase como otro cualquiera por mucho
que tenga a Tay empalmado ahora mismo, pero para mí significa mucho
más: parezco sensual, soy de verdad sexi, me están haciendo sentir una
mujer atractiva. Me dan ganas de llorar cuando me doy cuenta de que jamás
nadie me ha hecho sentir así, aunque lo de esta madrugada sea por
obligación.
—Mi turno, morena.
Me sobresalto al ver al imponente chico de los ojos oscuros, el de los
muchos tatuajes, aunque le sonrío porque he aprendido a entender a Zed por
mucho que me saque de quicio.
Tira de mí para apartarme de las manos de Tay, al que guiña un ojo con
complicidad, y choco contra su torso. Esta vez la sensación es agradable, no
veo nada oscuro o frío en él, y eso es una novedad en sí misma. Sonrío de
manera más amplia mientras me contoneo esperando saber qué es lo que
tiene preparado para mí.
Me gira y pega mi espalda a su torso, nos mueve a ambos a compás de la
música por el escenario mientras lo recorremos de cara a las mesas
cercanas, y es ahí cuando veo a Pancho, pero me fijo en que no está atento a
nosotros sino a lo que sea que el hombre sentado a su lado le está diciendo.
Me relajo un poco entre los brazos de Zed cuando los pierdo de vista,
aunque algo en mi mente quiere abrirse paso. Sin embargo, lo dejo pasar,
apago cualquier pensamiento y me centro en lo que me hace sentir el
hombretón que me tiene entre sus brazos.
—Vamos a enseñarles a los palurdos estos que los zapatos de tacón
sirven para algo más —susurra Zed—, no solo para torturaros los pies o
dejároslos puestos mientras os follan.
Abro la boca con sorpresa, y no solo porque he escuchado una frase larga
salir de su boca, sino por el lenguaje utilizado. Si ya estaba más caliente que
la freidora de una hamburguesería, ahora estoy a punto de correrme.
—¿Qué hago? —pregunto mientras le paso un dedo por el torso y le
dibujo uno de los tatuajes.
—Deja de tocar, esta noche es para que te toquemos a ti.
Y así, sin más, me lleva contra la barra vertical, apoya mi espalda en ella,
se arrodilla ante mí a la vez que sube una de mis piernas a su hombro y
comienza a acariciar desde mis tobillos. «Dios, esto no puede ser verdad».
—Zed, ¿qué es lo que…?
—Chist, jadea si quieres —gruñe—, pero no te preocupes por nada.
De repente noto dos pares de manos, unos en mi cintura, otros en mis
pechos, lo que hace que mire a mi alrededor y es cuando veo a Tay y Dix
junto a mí, este último pegando su torso a mi lado izquierdo a la vez que va
dejando mordisquitos en mi hombro. Tay se dedica a masajear el contorno
del pecho, a poner la palma sobre ellos sin llegar a tocar los pezones, así
que me dejo hacer mientras muevo la cabeza al compás de la música.
—Muchacha, todo está en la perspectiva —me gruñe Dix en el oído—.
Ahora mismo eres la mujer más envidiada de todo el estado de Nevada.
Asiento con fervor a sus palabras porque pienso lo mismo, cualquiera
mataría con tal de estar entre estos tres especímenes, aunque… «Joder,
Linda, no pienses en él ahora mismo. Déjate llevar, disfruta de lo que te
están haciendo sentir», me digo a mí misma.
—Ahora vista al frente, fija tu mirada en el primer tipo que te encuentres
y hazle sentir lo que estás experimentando —me ordena Tay.
Y es un error que le haya hecho caso porque justo lo tengo de frente,
junto a la puerta del local, estático, embelesado por lo que está viendo, así
que decido putearlo como ha hecho él desde que pisé este puñetero lugar.
Me humedezco los labios, muerdo mi labio inferior y estiro un poco mi
cabeza hacia atrás sin dejar de mirarlo, dejando acceso a Tay para que
chupe y muerda el cuello, a pesar de que no lo hace, y es cuando entiendo
lo de la perspectiva: todo es apariencia.
Los tres chicos siguen contoneándose desde sus posiciones, moviéndome
de uno a otro como si fuera una muñeca, y lo disfruto, vaya si lo hago,
mucho más cuando veo la cara de sufrimiento que tiene Axl por mucho que
ponga esa cara de perdonar la vida que utiliza a diario con cualquiera que
pueda llevarle la contraria.
La música acaba, cosa que me alegra porque la han puesto en bucle
durante la última media hora, y solo soy capaz de escuchar mis jadeos y los
de mis compañeros. Se quedan junto a mí, sin separarse demasiado, atentos
a que no pierda pie debido a mi turbación, y les sonrío agradecida.
Sin pensarlo abrazo uno a uno, incluso a Zed, y recibo un apretón por
parte de todos. Me hacen sentir una más de ellos, y me embarga tal pena por
no haber tenido en mi vida amigos como ellos que rompo a llorar.
Me sacan del escenario y es Gwen la que se hace cargo de mí. Me lleva
hasta los vestuarios y nos mete en la ducha, abre el grifo del agua caliente y
me abraza con fuerza, haciendo que mis lágrimas broten con más fuerza.
—Llora todo lo que quieras, cariño —susurra mientras acaricia mi
espalda—. Vacíate aquí, en esta ducha, porque fuera te espera una nueva
batalla.
Asiento mientras lloro y moqueo, no tengo consuelo ahora mismo, y eso
que también tengo ganas de reír, de saltar de alegría y de gritarle a todo el
que quiera escuchar que acabo de encontrar mi lugar en el mundo, mi
familia de vida, pero no lo hago. Sigo llorando bastante rato.
Gwen me enjabona el pelo, me ayuda a lavarme, y cuando ya he dejado
de compadecerme por lo que no tuve, salimos hacia la zona de las taquillas
y en los bancos están las chicas sentadas con cara de preocupación y un par
de mudas de ropa seca para ambas.
—Gwen, lo siento, yo no…
—No te disculpes —me corta—. Necesitabas una amiga y me has pillado
a mano.
Ambas sonreímos porque es cierto, y me sorprende lo que sucede a
continuación: Amber y Tiza nos abrazan a ambas a la vez que lloran y ríen.
Creo que acabamos de sellar un pacto y, joder, cómo me emociona esto.
—Ya está bien —ordena Amber entre risas—. Ahora mismo nos vamos
todas a casa a descansar.
Todas asentimos y empezamos a vestirnos en un silencio cómodo. Por
primera vez en toda mi puta vida estoy relajada de verdad, sin tener que
mirar a todos lados por si viene alguien, y eso es, simplemente, genial.
—Por cierto, Linda —rompe el silencio Gwen—, prepárate para lo que se
te viene encima. Acabas de abrirle la jaula a un león hambriento.
Frunzo el ceño ante sus palabras, sin embargo, no me da tiempo a
preguntar nada porque las tres salen pitando de la zona de personal entre
risitas. Me giro para verlas irse y saber qué es lo que les hace tanta gracia y
me quedo petrificada. «No puede ser, más problemas no».
Capítulo 8
Ella no es mi nada
Axl
—Pero qué cojones… —mascullo nada más entrar por la puerta y ver el
espectáculo final que están dando los chicos esta noche.
El ambiente en el local está bastante alborotado, tanto que hago un gesto
a los de seguridad para que pongan orden en las zonas más alejadas ya que
hay bastantes pervertidos rompiendo las reglas de este lugar. Y es que ante
todo nos gusta que haya cierto decoro, por lo que las actividades sexuales
explícitas no están permitidas en la sala principal, ni siquiera en los
reservados dejo que hagan lo que les parezca por mucho que sea
consentido. Esto es un club donde se baila de manera sensual, no un
prostíbulo.
Sigo sin quitar la vista de encima de la morena. Está muy sexi, desprende
un aura especial mientras se contonea de esa manera tan inocente y sexual a
la vez que no hay hombre en este sitio que no se esté tocando ya.
Gruño ante la idea de todos estos idiotas pajeándose con la imagen de esa
diosa, esa mujer que debí hacer mía a la mínima oportunidad en lugar de
alejarla de malos modos. Y ahora está ahí, con los cabronazos de mis
amigos, dando el mejor espectáculo que ha ofrecido el Broken hasta el
momento y yo más cabreado que un mono en un zoológico.
—Malditos capullos —siseo entre dientes.
Y es que cuando la música deja de sonar suceden dos cosas: mi polla no
deja de pulsar en los pantalones lista para correrse en cualquier parte del
cuerpo de esa morena provocadora y las ganas de torturar y despedazar a
mis amigos son tan enormes que la pena capital no sería suficiente castigo
para lo que les llegaría a hacer.
Inspiro hondo, pero no puedo quitar mi vista del escenario. Los últimos
minutos del baile ella ha cruzado su mirada con la mía y se ha centrado en
mí, en hacerme saber lo que le hace sentir otro cuando la toca, lo que
disfruta del erotismo y encima con la atención de tres hombres codiciados
por el resto de mujeres. Su mirada de placer y esa boquita formando una o
al final me ha dejado al borde del colapso.
Al acabar, un silencio de segundos recorre la sala, los asistentes no saben
si aplaudir o vitorearlos, y es Amber la que lo rompe con unas palmadas
que animan al resto a seguirla.
—No dejéis que los chicos se vayan antes de que yo vuelva —ordeno al
gorila de la puerta cuando salgo de ahí a toda prisa.
Inspiro y espiro, tomo aire e intento relajarme. Como veo que no hay
manera de bajar mis pulsaciones decido dar un par de vueltas a la manzana
a la carrera; lo que sea con tal de no dejarme llevar por mis impulsos
primitivos de darle una paliza a mis tres amigos y cargarme al hombro a esa
morena seductora y encerrarla en mi apartamento hasta saciarme de su
cuerpo.
Al volver al cabo de una hora, ya está el club vacío, el cartel de la entrada
apagado y todo recogido. Los chicos me esperan apoyados en la barra, y
desde ya sé que no se arrepienten de nada de lo hecho, ni siquiera Zed.
—Me lo esperaría de ellos, pero de ti… —Lo señalo con el dedo y decido
seguir mi camino hacia la zona de personal—. Esperadme donde siempre,
ahora nos vemos para desayunar.
Asienten con la cabeza, sin embargo, no se mueven de donde están. Paso
de decirles nada más, que marujeen lo que les dé la gana porque la bronca
que pienso echarle a Linda va a ser de las que hacen historia.
Abro del tirón la puerta de la sala de descanso y me quedo bajo el
umbral. Cerca de las taquillas está la morena que me hace perder la razón
rodeada por los brazos de Gwen, Amber y Tiza. Están cuchicheando entre
ellas, con mi morena riendo y llorando a la vez. «Un momento, ella no es
mi nada», me reprendo a mí mismo.
Gwen es la primera que me ve y sonríe, pero no con alegría, la mueca
que adorna su cara es de superioridad, de que ella sabe algo que yo no. Su
actitud prepotente me saca de quicio, así que cruzo los brazos sobre mi
pecho para que sepa que se me sudan los cojones de lo que piense en este
momento.
Le hago un gesto con la cabeza, susurra de nuevo algo cuando las otras
dos se callan y sale pitando de aquí, no sin antes pararse a mi lado.
—Como le hagas daño —me susurra Gwen al llegar a mi altura—, el que
te arranque las pelotas con un cuchillo de cortar plastilina te va a parecer un
paseo por el parque de atracciones con lo que puedo llegar a hacerte.
Y se va tan tranquila, contoneando las caderas y riendo con las chicas de
a saber qué tema.
Cierro a mi espalda y echo el pestillo a la puerta, no quiero que nadie nos
moleste porque no tengo idea de lo que va a surgir de la charla que he
imaginado durante mi carrera.
—Si vienes a decirme que no debí…
—No te he dado permiso para hablar —corto con sequedad—. Ponte algo
encima y siéntate. Tú y yo vamos a aclarar qué posición ocupas en mi club.
Se mira y enrojece al darse cuenta de que lleva puesto de nuevo el
uniforme de las camareras, así que va a su taquilla y saca un jersey enorme
y unos vaqueros.
—No, aquí —ordeno cuando veo sus intenciones de huir al baño.
Le hago un gesto con la cabeza al ver que va a protestar, así que patea el
suelo como una cría con una rabieta y un nuevo brillo le cruza la mirada.
Un escalofrío me recorre la espalda al ver ese destello de determinación, y
mi polla la saluda de nuevo con alegría. «Me cago en todo, si al final me la
voy a tener que follar».
—Como ordenes, capullo —masculla lo bastante alto como para que la
escuche, solo que me limito a sonreírle con sorna. Si quiere pelea, la va a
tener cuando yo decida.
—Así me gusta —susurro en respuesta—. Y date prisa en quitarte el
uniforme y ponerte tu ropa, no tengo toda la mañana para tus niñerías.
Un jadeo de indignación sale de sus labios, y es que su intención es
ponerse la sudadera encima del top del Broken, pero no se lo pienso
permitir. Si ha tenido la desfachatez de enseñarles las tetas a los tipos que
estaban en el club hace un rato, bien puede cambiarse delante de mí sin
cortarse un pelo.
—Vamos, que son dos tetas como cualquier otras —le digo con calma—.
No voy a tirarme sobre ti, las tengo mucho mejores.
«Joder, cierra la bocaza porque hoy te coronas, cabrón». Mi mente va
aparte de la boca y debería escucharla más porque Linda me da la espalda
mientras se desviste, eso me quita la oportunidad de poder admirar de cerca
ese pequeño tatuaje que tiene cerca de la pelvis, algo que está tapado por el
pantaloncito, antes por el fino tanga, y que no he llegado a ver mientras
estaba bailando.
Un silencio incómodo nos envuelve, así que decido acercarme un poco a
ella, e incluso me siento en el sofá para que no se sienta intimidada. Me
pongo mi máscara de profesionalidad porque estoy aquí, encerrado con ella
en este lugar, con la intención de hacerle ver que su trabajo no es entretener
a los pervertidos y pajilleros que vienen a este local para llenar unas horas
de alegría sus penosas existencias.
—Tú dirás. —Su voz me saca de mis pensamientos, me fijo en ella y veo
que se ha colocado también la bata que tenía guardada en la barra. Esto es
cosa del cabronazo de Tay—. ¿Para qué me retrasas en mi trabajo?
Alzo una ceja y me muerdo el interior de la mejilla porque sé que si le
contesto como me apetece, acabaré echándola y debo tenerla cerca. Sé que
hay algo raro en ella, en las preguntas que está formulando al resto del
personal sobre mi vida privada, y encima Rick balbuceó su nombre antes de
morir.
—Siéntate un momento. —Niega con la cabeza y hago algo por impulso,
me levanto, tiro de ella con determinación y acaba sentada sobre mi regazo.
Su movimiento al tratar de levantarse hace que mi polla se ponga más
dura y gruña de dolor, aunque ella debe confundirlo con otra cosa porque se
queda quieta, de cara a mí, y me examina a conciencia.
—Parece que buscas algo —mascullo molesto.
—Te has quejado de dolor —responde a lo evidente—, estoy buscando
los morados que han debido dejarte los chicos.
Alzo una ceja ante lo que dice y caigo en la cuenta de lo que está
insinuando. Rompo a reír a carcajadas porque o bien nos tiene algo de
estima o es estúpida y cree que vamos a pelearnos por ella. Sin duda no es
chica de la segunda opción.
—Perdona, Linda, es que…
—Sí, ríete bien a gusto. —Un nuevo movimiento hace que se me corte la
hilaridad de golpe y tenga que tomar aire con lentitud—. La tonta de la
limpiadora mirando que su jefe no tenga un golpe que le pueda afectar a la
salud y ella corra el riesgo de quedarse sin trabajo.
Intento mantener mi rostro serio porque ese tono irónico condescendiente
no le pega, aunque voy a reconocer que la hace más interesante de cara a mi
libido.
—Quiero que dejemos un par de cosas claras —comienzo después de
respirar hondo. «Qué bien huele, por Dios»—. La primera es que el
encargado de que todo funcione tan bien como hasta ahora soy yo, y eso
quiere decir que no has debido dejar tus funciones a un lado para
contonearte y rozarte con los chicos como una vulgar furcia.
El guantazo que recibo no lo veo venir, y eso hace que la suelte unos
segundos, tiempo que ella aprovecha para ponerse en pie y sentarse lo más
lejos posible.
—Para tu información, esta furcia ha cumplido con lo que se le ha
ordenado —mastica con lentitud cada una de las palabras—. Tanto es así
que me he pasado casi toda la noche sirviendo copas porque resulta que el
gran mandatario ha decidido irse a donde quiera que vaya a follar, con la
consiguiente falta de personal.
Joder, casi me corro en los pantalones al escuchar su tono. ¿Está celosa?
—La segunda es que da igual lo que te ofrezcan, solo baila en este club
quien me sale de mis santos cojones —enfatizo tocándome el paquetón que
se me marca—. Y resulta que tú no me has hecho la mamada de rigor para
tener el honor de sacarte un extra con las propinas del escenario.
Se acaba de poner tan roja que estoy seguro de que si pasara mi lengua
por alguna parte de su cuerpo la encontraría tan caliente que la saliva se
evaporaría antes de acabar de lamerla. Eso hace que me note la punta de la
polla húmeda, así que decido ahuyentarla para poder irme a la ducha a
descargar la tensión del momento.
—Una cosa más —le digo mientras me levanto—: si quieres que este
empleo te dure más que el resto de los que has tenido hasta el momento,
más te vale cumplir la sencilla norma de no salirte de tus tareas de limpieza.
Me plantearé lo de las rotaciones en la barra una vez que haya hablado con
el resto de la plantilla, parece que necesitas ese extra para comprar ropa.
No sé qué he podido decirle para que de repente se haya puesto pálida,
pero no me paro a preguntarle porque mi nivel de tolerancia ha traspasado
los límites y necesito follar o golpear, y ninguna de las dos cosas puedo
hacer a esta hora.
—Puedes irte a descansar —ordeno—. Lo que queda por limpiar lo hará
el equipo que viene en unas horas. Tienes el día libre, así que aprovecha
para pensar en lo que quieres hacer de ahora en adelante. Hasta mañana no
te quiero ver por aquí.
Me dirijo hacia las duchas sin volver la mirada hacia ella, me desvisto
por el camino y me meto en una de ellas. Solo cuando el chorro de agua fría
cae sobre mí me doy cuenta de lo que he hecho, aunque no es momento de
arrepentirme porque lo que no necesito es otra complicación más.
Justo antes de entrar por segunda vez al local me ha llamado la policía
porque han encontrado una nota en el callejón donde han asesinado a Rick,
por eso mismo he vuelto del desierto y no he pasado la noche allí, y estoy
bastante inquieto porque junto a la nota han encontrado una fotografía de
Linda con un muchachito. Mi sorpresa al verla no ha sido nada para lo poco
que me ha contado el inspector encargado del caso, y es por eso por lo que
debo andar con ojo con esta chica.
El agua fría me despeja la mente y tomo una determinación: contratar un
detective para que averigüe quién es ella en realidad y qué es lo que busca
en este lugar, aunque primero me voy a ir a desayunar con los chicos; como
los haga esperar más tiempo, me van a someter a un interrogatorio que ni
los mejores agentes del FBI.
Antes de salir del Broken reviso que no haya nadie, hago cuentas y le
dejo todo a Gwen en la caja fuerte, conecto la alarma y cierro. En unas
horas tendremos que estar aquí de nuevo. Al llegar al aparcamiento veo
algo que me deja un poco confundido: Linda charlando de manera
acalorada con el mismo tipo que quiso entrar hace unas noches.
En el momento en el que él me ve, sale corriendo no sin antes decirle
algo a la muchacha que la asusta, y eso me queda claro por la repentina
palidez de su rostro, aunque se recompone cuando me mira.
—Linda —la llamo mientras acorto la distancia que nos separa a pasos
largos—. ¡Linda, espera!
Y la pierdo de vista porque sale corriendo hasta la avenida principal y se
mezcla entre los numerosos grupos de personas que siempre hay paseando
por Las Vegas.
Capítulo 9
No tengo toda la mañana
Linda
El maldito de Pancho ha estado vigilando la entrada, y he salido tan
enfadada conmigo misma, y no solo con el cabrón de Axl, que no me ha
dado tiempo a reaccionar antes de que me haya cogido por el brazo y me
haya arrastrado hasta el final de la zona de aparcamiento del Broken.
—A ti quería verte, estúpida —escupe mientras sigue tirando de mí hasta
que logro plantar los pies sobre el suelo para resistirme—. No me jodas,
Linda, sigue andando.
Niego de manera repetida con la cabeza y tiro de mi brazo. No debo dejar
que me lleve a donde nadie pueda ayudarme, no tengo idea de lo que
pretende ni de lo que sería capaz de hacerme.
—¿Qué es lo que quieres? —pregunto desesperada—. No tengo nada que
ver con lo que te traigas entre manos con mi compañera de piso, no me
cuenta nada de vuestros chanchullos, te lo juro.
Mi tono cada vez es más desesperado, así como los intentos de desasirme
de su fuerte agarre. Una sonrisa malévola le cruza el rostro a la vez que
afloja su mano y me suelta casi con asco.
—Está bien, tú ganas de momento —masculla demasiado cerca de mi
cara—. Hablemos de lo que me interesa y ya veré si me satisface tu
predisposición o no.
Trago saliva y asiento a la vez que doy un pequeño paso atrás para
alejarme algo de su fétido aliento. No sirve de nada porque vuelve a acortar
la distancia que nos separa, no va a dejarme espacio de maniobra, y eso me
jode demasiado porque no hay vía de escape por mucho que estemos a la
vista de cualquiera que pase.
—Adelante, no tengo toda la mañana —mascullo, y sonrío cuando me
viene a la mente la voz de Axl diciendo esa misma frase hace unos minutos.
—Veo que te hago gracia —gruñe mientras pega su nariz a la mía—.
Escucha atenta porque esa sonrisa la quiero fuera de tu cara ya.
Me cruzo de brazos y no reculo un solo paso atrás, al contrario, pego la
punta de mis pies a los suyos y elevo mi cabeza en actitud desafiante. Si
quiere una mujer asustada, no la va a tener.
—¿Te he dicho ya que tengo prisa? —pregunto retadora—. No es por
nada, pero tengo que recoger un coche que tus hombres tienen vigilado.
Alza una ceja al escuchar mis palabras, y es cuando se da cuenta de que
soy más escurridiza de lo que piensa. He ido en varias ocasiones a por mi
vehículo, y en todas ellas han estado los estúpidos cerca, son incapaces de
esconderse en condiciones.
—Muy bien, escucha con atención. —Hace una pausa que aprovecha
para dar un par de pasos atrás—. Necesito que vuelvas a la que era tu casa
familiar, allí hay algo que me pertenece.
Niego con la cabeza, solo que él me coge por el pelo para detener el
movimiento y fija su mirada en la mía, y de momento me suelta. Me
perturba con sus actos.
—Vas a ir si no quieres que tu amiga pierda la vida como su hermano. —
Frunzo el ceño porque no tengo idea de lo que habla, Megan no tiene
hermanos—. Asiente si me has entendido.
Estoy tentada a negar, sin embargo, no me resisto y lo hago. Ya veré
cómo salgo de esta porque sé que esa vivienda ya no existe, recalificaron el
terreno y están edificando un centro comercial en la zona donde vivía de
pequeña.
—Tienes que saber que…
—No quiero excusas, estúpida —me corta—. Vas a ir, vas a rebuscar
entre los escombros una cajita dorada, una de esas estúpidas cosas con
música dentro, y me la vas a traer de inmediato aquí mismo.
Me trago un jadeo porque parece que va un paso por delante, aunque sé
lo que quiere y tengo claro que allí no la voy a encontrar.
—No puedo ir y volver en solo un día, necesito tiempo para…
—Me da igual si tienes que chupársela al dueño del puticlub en el que
trabajas —vuelve a cortarme—, o follarte a media clientela si así te dan dos
días libres, pero vas y lo haces. Tienes hasta el lunes para entregarme la caja
de música de tu dulce abuelita.
Cuando voy a responderle, veo que mira a mi espalda y se pone rígido a
la vez que una sonrisa malvada se instala en su rostro. Y son sus últimas
palabras lo que me dejan helada y aterrada.
—Recoge tu coche de inmediato y ponte en marcha —susurra pegado a
mi oído—. Si no me la traes, será el pequeño Rob el siguiente en pagar las
consecuencias.
A la vez que me lo dice me muestra la pantalla de su teléfono, y un grito
de terror se me queda atascado en la garganta cuando veo un vídeo donde él
mismo sale junto a mi sobrino y otro hombre de espaldas que juraría que
conozco, ambos jugando con el niño en el jardín interior del hospital.
No me da tiempo a decir nada porque se marcha a paso ligero sin mirar
atrás, dejándome inmóvil en el sitio, sin saber reaccionar, con miles de ideas
intentando abrirse paso en mi mente sin éxito alguno, mirando a todos lados
sin ver.
—Linda —la llamada de Axl me saca de mis pensamientos. Ese es el
detonante para que mis pies se pongan en funcionamiento—. ¡Linda,
espera!
Sin pensarlo, aligero el paso y llego a la atestada avenida en la que
siempre hay muchísima gente, y doy gracias por poder perderme entre tanto
grupo de personas. Ahora mismo no necesito que vengan a darme clases de
moral cuando ni siquiera saben la carga que llevo a mis espaldas.
El sonido de mi teléfono interrumpe mi huida. En principio decido no
mirarlo siquiera, pero se me viene a la mente mi sobrino y lo saco del
bolsillo, lo mismo es del hospital. Bufo al ver en la pantalla el nombre de la
zorra de mi hermana, así que le cuelgo a pesar de saber que va a estar
llamando hasta que le conteste, cosa que no pienso hacer de momento. No
mientras no esté subida en mi coche de camino a San Diego, necesito ir a
mi apartamento para comprobar hasta qué punto saben.
Al llegar a la zona donde dejé mi vehículo me fijo en que los dos
matones siguen allí, así que les hago una peineta conforme saco las llaves,
las meto y accedo a su interior. Una sonrisa de satisfacción se instala en mi
cara solo por joderlos, y es que desde aquí dentro puedo escuchar sus
gruñidos. Seguro que el estúpido de Pancho les ha dicho hasta de lo que
tienen que morirse por ineptos.
Arranco y me marcho sin mirar atrás, o al menos no lo hago hasta que
llego al cruce de la interestatal. Para ello les he dado un buen paseo por las
calles principales de Las Vegas, he parado a desayunar con calma en una
cafetería y me he paseado por esa misma calle haciéndoles perder el tiempo.
No sé con qué intención, solo necesitaba hacerme notar y que los dos
idiotas hagan algún movimiento extraño que poder aprovechar para ir
donde necesito.
—Mierda, mierda y más mierda —gruño mientras le doy pequeños
golpecitos al volante—. En fin, me tocará despistarlos en una salida.
Conduzco con calma en dirección a Salt Lake City, la ciudad donde nací
y crecí, y es cuando caigo en la cuenta de que hay un punto donde me va a
ser fácil despistarlos. Una sonrisa cruza mi cara al imaginarme los tirones
de pelo que se van a dar cuando se den cuenta de que van a pasar muchas
millas hasta que puedan dar la vuelta. Espero para entonces poder estar
llegando a San Diego para comprobar que Rob está bien e intentar que
nadie pueda acceder a él.
Circulo con calma, y en el momento en el que diviso la pequeña salida a
un carril privado acelero para no darles tiempo de maniobrar. Sé bien lo que
hago, no es la primera vez que entro en plan kamikaze en ese mismo
camino de tierra.
Un grito de euforia llena el interior del cubículo en cuanto veo que no
han sido capaces de tomar la salida a tiempo, les pasa por gilipollas, respiro
hondo y hago el cambio de sentido pertinente para ir a mi destino, y esta
vez el bueno: San Diego.
Mi teléfono vuelve a sonar y veo el número del hospital, así que conecto
el altavoz y acepto la llamada.
—Señorita Swan, le llamo del Rady´s —anuncia una mujer—,
necesitamos que venga en cuanto le sea posible para tratar un asunto de
manera personal.
—¿Mi sobrino está bien? —pregunto ansiosa.
—Oh sí, no se preocupe —contesta intentando imprimir calma a su voz
—. Rob está estable. Es otro tema el que necesitamos hablar con usted.
—Justo me dirijo ahora a San Diego, calculo que, en unas cinco horas, si
no pillo tráfico a la entrada, puedo estar allí.
Un silencio extraño se hace al otro lado de la línea, y después de un
cuchicheo de fondo vuelve a hablar la misma mujer.
—Bueno, aquí la estaremos esperando —me dice—. Recuerde pasar
primero por la recepción de la primera planta, ahí le diré hacia dónde tiene
que dirigirse.
—Sí, claro —musito.
—Nos vemos más tarde, Cindy.
Cuelga sin esperar respuesta, y es cuando me doy cuenta que ha sido la
recepcionista que nos atendió la primera vez la que me ha llamado. Ella
sabe tanto de mi vida que es imposible que me llame por el nombre de mi
hermana, así que comienzo a darle vueltas a la cabeza porque ha sido su
manera de avisarme que están tras mi pista y no debo aparecer por allí.
Respiro hondo y decido que la visita de cortesía voy a tener que dejarla
para más adelante, así que vuelvo a Las Vegas. Menos mal que la siguiente
salida es la buena y no voy a tener que recorrer millas de vuelta. Al final
tendré que darle las gracias a los matones de Pancho por el tiempo que me
han hecho perder, así no me he adentrado en el peligro.
Una vez en el Strip, me dirijo al club, aunque primero tengo que buscar
un lugar donde esconder mi coche. Y la respuesta se me aparece en el
momento en el que me acuerdo que uno de los chicos del turno de día
cuenta con aparcamiento subterráneo en el edificio donde vive. Decido
llamarlo y pedirle el favor de que lo deje ahí, ya veré lo que invento.
—Mierda, mierda y más mierda —musito al mirar por el retrovisor.
He visto el coche que me sigue desde que pasé por el cruce de Boulder
City. Hasta hace unos minutos he obligado a mi cerebro a pensar que es una
simple coincidencia, pero el que se meta en las callejuelas e imite mis
movimientos no es normal.
—¿Quién coño eres? —mascullo mientras pienso en lo que hacer ahora.
Sigo dando vueltas y veo la posibilidad de darle esquinazo. Me dirijo al
Aeropuerto Internacional McCarran de Las Vegas y aparco en un sitio
visible, no va a pillarme descuidada quien sea. Me aseguro de que también
ha estacionado el vehículo que me seguía y ha cometido el error de hacerlo
cerca de la entrada; me ha puesto fácil el escape. Salgo con calma del
coche, cojo mi bolsa de viaje del maletero y me encamino a la entrada con
calma después de cerrar bien.
—Y ahora vamos a jugar a la gata y la rata coja —musito con una sonrisa
de satisfacción en la cara.
Miro lo que me rodea y veo que hay gente esperando en una marquesina
que hay en el exterior del edificio, seguro que es para coger la línea de bus
que lleva al centro de Las Vegas, así que al pasar le pregunto a una señora
de manera disimulada si queda mucho para el siguiente, y me responde de
manera distraída que tan solo veinte minutos. Espero tener el tiempo
suficiente para mandar a quien sea al primer avión que salga con destino
donde sea.
Entro en el edificio y la opulencia de Las Vegas se nota en este lugar:
suelos pulidos a la perfección, mostradores demasiado impolutos, personal
que tiene hasta la cara almidonada, todo de una perfección que asusta
porque hasta carteles de neón hay en el interior de este lugar.
Sin pensarlo me dirijo a uno de los mostradores, justo en el que anuncian
que el vuelo va a salir en tan solo unos minutos, y pregunto si hay plaza
libre. Me hago notar con el chico que atiende, una suerte que sea de los que
un rostro como el mío les guste demasiado, aunque más que les pongan las
tetas en la cara, y le aseguro que en cuanto salga del baño pienso coger el
vuelo. Me despido con un guiño y me pierdo entre el gentío. Llega la
segunda parte del plan.
—Venga, capullo, muerde el anzuelo —mascullo mientras observo al
vendedor atendiendo a otros pasajeros que están embarcando.
En la cola hay un hombre que se me hace muy familiar, así que me centro
en él y jadeo al darme cuenta de que es el mismo que estaba con Pancho en
el Broken esta noche pasada. Cuando llega su turno, me fijo en los gestos
del chico ya que él está de espaldas a mi ubicación, y por las muecas que
pone sé que le está preguntando algo que no sabe o no quiere contestar.
Eso cambia en cuanto el socio de Pancho se saca un papel del bolsillo y
el chico asiente, señala la zona de baños y luego el pasillo de embarque.
—Venga, venga —susurro para mí a la vez que muevo los pies con
inquietud, lista para salir corriendo si es necesario.
La diablilla que vive en mí da saltos y volteretas al ver que el tipo saca la
cartera mientras el chico teclea en el ordenador. Miro la hora y me quedan
menos de cinco minutos para salir pitando del aeropuerto y poder coger el
bus que me va a dejar en el centro. Mi coche se debería quedar en este lugar
de momento, algo bueno si lo pienso en frío.
El tiempo pasa y no paro de mover los pies en el sitio, miro la pantalla
que hay tras el mostrador y veo que el vuelo a San Diego sale en unos
minutos, así que ya no deben tardar mucho en cerrar la puerta de embarque.
Me va a tocar desplazarme en coche de nuevo, así que ya veré dónde
narices lo meto para que no me pille Pancho cuando vuelva a Las Vegas.
Decido jugármela una vez más y me escabullo hasta la zona de los baños
para hacer ver que salgo de allí, y parece que funciona porque el azafato
hace un pequeño gesto al tipo, el cual asiente y hace un gesto de
impaciencia.
El chico sonríe mientras le tiende un sobre y señala la puerta que tiene
justo al lado, por donde están entrando los últimos viajeros de ese vuelo. Al
coger el billete, el hombre se gira y la sangre se me congela en las venas al
verlo bien.
—No puede ser…
Capítulo 10
A la mierda con todo
Axl
Vaya día de mierda he pasado.
Una vez que he descargado mi mal genio con Linda, ha llegado el turno de
mis amigos, los cuales me han escuchado sin abrir la boca, y todo por lo
que han hecho a continuación. Los chicos me han interrogado durante el
desayuno y he sido objeto de sus burlas, eso hasta que he soltado un bufido
y me he levantado de la mesa. Para seguir con mi penosa jornada, he ido
hasta mi apartamento y no he podido dormir más de dos horas porque los
vecinos de al lado se han puesto a discutir y han rematado la pelea con un
puto polvo contra la pared que da a mi habitación. El tipo que vive en la
vivienda contigua es un empotrador de primera o la mujer una actriz bien
remunerada porque no eran ni medio normales esos gritos y jadeos. Me han
dado ganas de gritarles si necesitaban una ambulancia o algo.
Cansado de escuchar la peli porno de los vecinos, he decidido darme una
ducha y de paso bajar el calentón que ya traía desde que discutí con Linda,
y vaya si ha pasado sin necesidad de tocarme siquiera porque la caldera se
ha debido averiar y el agua estaba más que fría.
Así que me he dirigido al gimnasio a entrenar, y al final me he tenido que
venir antes porque me han llamado para atender otro de mis asuntos, en este
caso referente a la fundación, así que me dirijo a la oficina del gestor en Las
Vegas. Menos mal que hoy me ha dado por coger la moto.
Y ahora estoy en el jodido local, de vuelta en Bolder City, escuchando a
la psicóloga y los pacientes porque el capullo de Julian ha tenido que ir a
resolver un asunto familiar y que ya me contará cuando vuelva porque ha
sido una urgencia que le ha surgido de un momento a otro.
Me muevo, inquieto, mientras intento prestar atención a lo que una de las
chicas cuenta. Esa muchacha lleva viniendo una temporada a las charlas, y
justo hoy tenía que ponerse a contar su lacrimógena historia. Vale, sí,
estamos en este lugar para aprender de los demás, ayudarlos a salir de las
mierdas en las que han estado o están metidos y todo lo que queramos, pero
hoy voy tan justito de paciencia que decido levantarme con todo el sigilo
del que soy capaz e irme a tomar un poco el aire.
No he salido por el umbral cuando una sombra me llama la atención,
juraría que es… No, no puede ser que ella estuviera en este lugar. Solo mis
chicos conocen de la existencia de esta asociación porque ellos mismos han
estado involucrados en esta actividad de una manera u otra.
Aligero el paso y salgo del edificio, miro a los lados y la veo entrar en el
maldito callejón, así que echo a correr, de manera literal, tras ella. No me
importa que la gente me mire y se aparte, solo quiero llegar a ese puto y
sucio callejón antes de que pase lo de… «No, no sigas por ahí», me digo a
mí mismo.
Al llegar a la misma entrada, me da tiempo a ver que se agacha tras el
contenedor, solo unos metros antes de la pared donde mataron al pobre
chico, y un sudor frío me recorre la espalda.
—Linda, sal de ahí —ordeno en un tono más alto del que pretendía—.
Vamos, no pienses en jugar al escondite conmigo porque vas a perder.
Nada, no se mueve, no emite un solo sonido, así que me adentro en el
lugar con la intención de agarrarla por el brazo y sacarla de ahí a rastras si
es necesario. Me planto frente a ella, la cual tiene la cabeza agachada, y
cruzo los brazos sobre mi pecho.
—Si piensas que por encogerte te vuelves invisible, vas lista, morena —
le suelto con chulería—. Vamos, levanta y salgamos de aquí.
Mi orden sirve para que eleve su mirada y vea el desafío grabado en ella.
Me lo va a poner difícil, y el simple hecho de pensar en que voy a tener que
tocarla para sacarnos a los dos de aquí me la pone tan dura que sería capaz
de partir un muro de hormigón.
—¿A qué esperas, Linda? —pregunto al punto del enfado máximo—. Si
tengo que ser yo quien te mueva…
—¿Qué? —me corta con chulería mientras se pone de pie—. ¿Qué
piensas hacer si no me da la gana obedecer a lo que me ordenas? Te
recuerdo que es mi día libre y no estamos en tu puñetero feudo de machitos,
así que puedo ir donde me dé la puta gana.
Verla enrojecer según aumenta su enfado hace que mi polla se perle y me
den ganas de azotarla hasta que ruegue que pare. «No vayas por ahí, colega,
no debes caer en los viejos hábitos», me advierte la voz de mi conciencia.
—A la mierda con todo —mascullo justo antes de agarrar a Linda de
ambos brazos y estrellarla contra mi torso.
No le doy tiempo a protestar cuando ya tengo mi lengua metida hasta su
campanilla. La beso con ansias, como si fuera el aire que necesito para
vivir, y nos muevo a ambos hasta que ella choca contra una pared.
—Axl, para…
Su susurro hace que pegue mi pelvis a la suya y le clave mi erección en
el punto exacto, provocando que de su garganta salga un jadeo largo,
ansioso, y mi polla corcovee en respuesta.
—Dime que no quieres esto y me detendré, lo haré —murmuro en su
oído mientras paso mi nariz justo por detrás de su pequeña oreja, dejando
un tierno mordisco en el lóbulo—. Dime que no te folle y te dejaré ir sin
más.
Su jadeo cuando le araño el cuello con los dientes me dan la respuesta: ni
de coña pienso dejar que se vaya de aquí sin hacerla mía de una puta vez.
Sigo descendiendo, mordiendo y lamiendo su piel mientras me abro paso
con las manos como puedo. Lleva todavía esa enorme sudadera que se puso
en el Broken antes de marcharse, y me doy cuenta de que no tiene nada
debajo, así que la levanto de un tirón y muerdo uno de sus pechos para
luego lamerlo, y voy pellizcando el pezón del otro a la vez que embisto mi
cadera contra la suya. Dios, podría correrme solo con este roce por encima
de nuestras ropas.
Linda lleva las manos a mi cabeza para apretarme más contra sus pechos,
los cuales sigo chupando como si quisiera sacar algo de ellos, y mete sus
dedos entre mi espeso pelo. En un momento dado me da tal tirón que suelto
su pezón con brusquedad y fijo mi mirada en la suya.
—Dios, cómo me pones.
Es lo único que soy capaz de articular antes de lanzarme de nuevo a su
boca a la vez que llevo las manos a su trasero y lo amaso, la acerco más a
mí y ella cierra sus piernas alrededor de mi cadera, haciendo más intenso
nuestro contacto. Esa postura hace que sienta el calor que desprende su
coño a través del vaquero, y tengo que dejar de besarla un momento para
coger aire, el tiempo necesario para realizar mi siguiente movimiento.
La desengancho de mi cuerpo, le doy la vuelta y la pego a la pared,
apretándola con mi cuerpo contra el muro para que no pueda moverse
demasiado.
—Apoya las manos en la pared —ordeno mientras le abro las piernas con
una mía y llevo mi mano al botón de su vaquero para desabrocharlo.
En el momento en el que la tengo como quiero, de un solo tirón le bajo
los pantalones y el tanga a la vez, me desabrocho la bragueta y la empalo de
una sola embestida.
—Joder… —masculla Linda casi sin aire.
—Eso es lo que pretendo hacerte, morena —le digo mientras cojo aire—,
follarte hasta dejarte sin sentido.
No le doy tiempo a responder porque empiezo a moverme en su interior,
de manera contenida unos minutos, dejando que se adapte a mi tamaño
porque es bastante estrecha, de manera desesperada en el momento en el
que echa su mano atrás y se agarra de mi cuello buscando mi boca.
La follo duro, con todas las ganas del mundo, le doy algunas nalgadas y
pellizco sus pezones provocándole gruñidos de dolor y placer, lo que hace
que mi aguante esté al límite, así que hago lo que nunca he hecho antes: me
corro dentro. Me dejo ir como creo que en mi vida lo he hecho y sigo
arremetiendo una vez que he terminado porque sigo duro y ella no ha
llegado.
—Axl, más, un poco más.
El ruego de Linda me hace volver a la realidad, al callejón sucio donde
murió Rick hace tan solo dos días, y paro mis movimientos. Intento coger
aire, solo que mis pulmones se niegan a obedecerme y temo que va a
sucederme.
Meto mi polla semierecta en los pantalones y me los abrocho con
rapidez, sin mirar a ningún lado, tratando de recuperar la calma, y solo
cuando me doy cuenta de que estoy a punto de sufrir un ataque de pánico
actúo: salgo corriendo del callejón sin mirar atrás.
—¡Axl! —La voz de Linda hace que me sienta peor—. ¡Joder, vuelve, no
te vayas así!
Y sigo corriendo. No me detengo, necesito alejarme de ese lugar donde
murió un chico inocente, de la mujer que me ha hecho romper una de mis
normas personales de no liarme con ninguna chica a mi cargo, aunque no
haya sucedido en el club, del giro que ha dado mi día por no mantener la
mente fría. Y corro por mí mismo, por ese jovencito que se prometió a sí
mismo no volver a hacer lo de hoy.
Y me da lo mismo que la chica haya disfrutado una parte, no debí
hacerlo.
—Joder, me he coronado hoy —murmuro a la vez que jadeo buscando
aire.
Miro a mi alrededor y veo que he llegado a las afueras de Boulder City,
me hallo en el aparcamiento del motel cutre que hay a la entrada del lugar, y
sin pensarlo me dirijo a la recepción.
—Axl…
Un sorprendido Timoty me recibe, y se pone a negar de manera repetida
con la cabeza a la vez que mira hacia el interior. Pongo atención a la vez
que le doy un manotazo al televisor que tienen debajo del mostrador, y es
justo cuando lo silencio que escucho los gruñidos de cerdo del capullo que
dice llamarse marido de mi madre a pesar de que entre ellos no existe
ningún papel.
—Dile que salga —ordeno al chaval que acaba de mearse en los
pantalones de manera literal—. No me hagas repetirlo, chico.
Niega con la cabeza, así que doy tal puñetazo en el mostrador, tan cerca
de su cara, que se levanta de un salto y sale corriendo hacia la pequeña
habitación que tiene tras él. Ni siquiera toca a la mugrosa puerta que separa
las dos estancias, se limita a abrirla de un tirón y me quedo atónito por lo
que veo.
—¡Timoty, qué cojones…!
Las palabras se le quedan atascadas en la garganta en el momento en el
que el chico da un paso atrás y deja que sea yo quien entre en su campo de
visión.
—Axl, esto no es…
No dejo que acabe la frase porque ya he saltado el trozo de muro que nos
separaba y lo estampo contra la pared. Le doy puñetazos sin parar, uno tras
otro, mientras siseo el nombre de mi hermano una y otra vez.
—Axl, para. —Una voz se cuela en mi agitada mente—. Por favor, déjalo
de una vez, lo vas a matar.
Sacudo la cabeza y fijo mi mirada en el despojo sangriento que tengo
debajo, ni siquiera sé cómo he llegado a estar de rodillas golpeando a este
hijo de puta. Me miro las manos y veo mis nudillos ensangrentados, mi ropa
salpicada de su sangre, y una arcada se apodera de mí. No lo puedo evitar:
vomito sobre el cabronazo que nos violó a mi hermano y a mí siendo solo
unos niños; el ser que ejerció de padre perfecto de cara a mi madre y que
por las noches se metía en la cama de mi hermano adolescente para abusar
de él aprovechando que teníamos cada uno nuestra propia habitación y yo
empecé a defenderme al ser el mayor; el tipo que nos metió en el mundo de
la droga para manejarnos a su antojo ya que me rebelé a todo y a todos en
cuanto tuve más músculos que inteligencia; la bestia inmunda que llevó a
mi hermano al suicidio y que luego manipuló las pruebas para que lo
catalogaran de accidente y cobrar el millonario seguro del que era
beneficiario para gastárselo en putas y en casinos; el burdo marido que trata
a mi madre como a otra de sus rameras mientras esta se mata a trabajar para
que a él no le falte de nada ya que el motel es de la madre de Timoty, otra
de las múltiples amantes que lo mantienen.
—Axl, cariño, por favor…
La voz de Linda de nuevo. Miro más allá del bulto inconsciente y veo al
pobre crío al que estaba metiéndole la polla asustado, agazapado en una
esquina, y centro mi atención en él. Hago el amago de moverme y se
encoge más, lo que me resulta doloroso porque ahora mismo sé lo que
siente.
—Axl, ven aquí, yo me encargo del chico.
Ahora sí que miro hacia atrás y la veo: mi preciosa hada morena, la chica
por la que he perdido la cordura esta noche, la causante de que me haya
atrevido a darle la lección que se merece al cerdo este.
—Vamos, el recepcionista ha llamado a la policía —me avisa en tono
suave, algo raro en ella—. Tienes que irte, yo me encargo.
—No —gruño en respuesta mientras me pongo en pie.
—Por favor —suplica, lo que hace que dé un paso hacia ella—. No lo
hagas por mí, si quieres que el pobre niño tenga una oportunidad de salir
bien de esto, lárgate.
Miro del chico a ella y de nuevo al chaval, y me doy cuenta de que está
tan asustado que si me quedo más tiempo va a salvar a ese hijo de puta de la
pena que se merece, así que por una vez en mi vida voy a confiar en
alguien: dejaré que sea ella la que ponga a salvo al niño.
—Sálvalo —le pido cuando me acerco a ella—, no dejes que ese cerdo lo
vuelva a tocar.
Asiente y me empuja con suavidad hacia la salida, y salgo con rapidez en
cuanto escucho las sirenas. La verdad es que me voy a comer un buen
marrón por huir, pero lo primero es que el chico se sienta seguro, así que no
me importan las consecuencias.
La adrenalina que todavía inunda mi cuerpo hace que llegue en poco
tiempo hasta el centro del pueblo, entre en el local donde hacemos las
reuniones y me meta en el despacho. Necesito pensar y un buen vaso de
algo que contenga alcohol, así que me pongo a rebuscar en los cajones de
Julian por si de casualidad guarda algo.
Al no encontrar nada me planteo ir al bar, solo que en ese mismo
momento el preocupado rostro de Linda me viene a la cabeza. No puedo
hacerle eso, de veras que no, y sé lo que debo hacer: llamar a mi terapeuta
antes de recaer en los viejos hábitos.
En el momento en el que me levanto del sillón de Julian, un papel se cae
de debajo del cojín que tiene sobre él, y al agacharme me doy cuenta de que
es una fotografía. Enciendo la luz del escritorio porque apenas si la persiana
casi cerrada deja pasar algo de claridad, y lo que veo me deja helado por
segunda vez en un rato.
—Joder, si es la misma foto de Linda y el chico.
Capítulo 11
No vas a tener esa suerte
Linda
—Mierda, mierda y más mierda, Linda —mascullo para mí misma—. A
ver cómo coño sales de esta.
Lo veo marcharse cabizbajo, con los hombros en tensión, y es cuando me
doy cuenta de que está muy jodido. Sin embargo, ahora mismo no tengo
tiempo de centrarme en otra cosa que no sea el chavalito que está
agazapado en una esquina y en el violador que está hecho mierda a mis
pies.
Las sirenas suenan cada vez más cerca, y a pesar de saber que no tengo
tiempo para recrearme le dirijo una sonrisa maligna al cabrón tirado en el
suelo. Miro a mi alrededor y recuerdo que en un lapicero en el mostrador
hay algo que puede servirme para mi propósito, así que me vuelvo para
cogerlo, y es cuando me encuentro a otra posible víctima del cerdo este: el
recepcionista está cada vez más pálido.
—Oye, tú, necesito que me ayudes —le pido en un tono de voz bastante
calmado, no quiero asustarlo más—. ¿Lo harás?
Asiente con timidez y le sonrío, tranquilizadora, a la vez que doy
pequeños pasos hacia donde está.
—¿Se lo van a llevar? —musita acongojado—. ¿Lo dejarán volver aquí?
—¿Tú quieres que regrese? —Niega de manera efusiva—. Pues vamos a
encargarnos de que lo dejen en el agujero más oscuro de todo Estados
Unidos, ¿te parece?
Asiente mientras intenta sonreír, y sé que tenemos un aliado.
—Pongámonos en marcha —le susurro—. Necesito que tires lo poco que
hay en orden, aunque procura no tocar demasiado para que no resulte
sospechoso.
Asiente y lo veo coger unos guantes de látex de un cajón, los cuales se
pone antes de tocar nada, así que con un gesto le pido unos, los cuales me
pasa.
—Los tiene aquí para cuando hace otras cosas.
Su mirada me revela que no solo se dedica a abusar de niños, e imaginar
de lo que puede ser capaz un personaje de su calaña me produce una arcada
que me cuesta contener.
—Pues devolvámosle algo de lo que él ha ido sembrando por el mundo.
—Pongo atención porque no escucho las sirenas, y me extraña—. Oye, ¿no
has llamado a la policía? —Niega con la cabeza—. ¿Una ambulancia? —
Vuelve a hacer el mismo gesto—. Ah, pues esperaremos un poco, tampoco
está tan mal por el momento.
Esta vez sí que sonríe de verdad, y me hace ver que este chico no solo es
más joven de lo que parece, sino que debe tener algún tipo de discapacidad
que se nos escapa a primera vista. Ahora es cuando me da verdadero asco el
que este tipo siga en este mundo como si nada.
—Un momento —mascullo—, ¿y esas cámaras?
Se las señalo y él niega con la cabeza, reviso de un vistazo por si hay
alguna más, y no localizo nada que nos pueda delatar.
—No te preocupes —me sobresalta la voz del chico—, no funcionan
desde hace meses y no han venido a arreglarlas porque él no ha querido.
Asiento ante lo que eso significa: ha hecho del motel su parque de
atracciones particular. Pues justo eso se acaba hoy mismo.
—¿Empezamos? —pregunto al chico, y como respuesta recibo su primer
destrozo: tira el ordenador contra el suelo y se hace añicos.
Dejo al muchacho rompiendo todo el mobiliario que le parece y entro en
la pequeña habitación de nuevo, le doy una patada al cerdo para comprobar
que sigue inconsciente y me acerco al pequeño que sigue en la misma
posición. Al agacharme para ponerme a su altura, veo que hay sangre del
crío en el suelo, y me trago el grito de dolor que me dan ganas de dar.
—Hola, cielo —susurro para que sepa cómo de cerca estoy—. ¿Puedes
hacerme un favor? —No responde ni se mueve, así que lo sigo intentando
—. Pequeño, nadie te va a hacer daño porque te voy a proteger, ¿me ayudas
a sacarte de aquí? —Nada, espero unos minutos que no tengo y suspiro.
Parece que el recepcionista ha terminado porque ya no se escucha nada,
aunque sé que está en el umbral observándonos—. Me llamo Linda, ¿y tú?
Ahora sí que levanta un poco la cabeza, lo justo para que le vea los ojitos,
y me mira. Los tiene rojos y muy hinchados, la tez demasiado pálida y su
gesto de dolor hace que una lágrima ruede por mi mejilla. Ojalá fuera una
asesina porque este tío no saldría de este lugar si no es a trocitos, aunque
puede que algo no lo lleve para cuando vengan a auxiliarlo.
Lloro cuando el chiquillo levanta la cabeza del todo y me deja ver su
pequeña boquita: el hijo de la grandísima puta se la ha cosido de mala
manera para que no pudiera gritar. Escucho un sollozo a mi espalda y veo al
chaval de recepción ir hacia el cerdo y cómo le pisa los huevos varias veces,
con saña y mucho odio.
No me lo pienso y me levanto, lo aparto como puedo y le pido que pare.
Ahora mismo no necesito que el niño se asuste más.
—Por favor, sal de aquí y llama a emergencias, necesitamos que atiendan
al pequeño —le ruego de la manera más calmada posible—. Cuando lo
hagas, tráete algo para cubrir al niño, y procura que esté lo más limpio
posible.
—Es malo —masculla—, John es muy malo. A mi mamá le pega si no le
da todo el dinero, y luego la hace gritar fuerte porque está contento y ella se
pone feliz, y ella se queda dormida con él, y…
—Tranquilo —le corto. Parece que de un momento a otro va a entrar en
una crisis nerviosa, está en estado de shock—. Ya no va a pegarle más a tu
mamá, no va a hacerte nada más a ti ni a este niño, te lo prometo.
—¿No más John Meyers?
En el momento en el que me dice su nombre completo, un nuevo
escalofrío recorre mi espalda y me doy cuenta de que lo he encontrado. Este
degenerado es la persona que busco, y nada me va a dar más satisfacción
que no llevar a cabo lo que me traía hasta aquí con respecto a él porque voy
a matar dos pájaros de un tiro. Se acabó la buena de Linda. Lo malo, que es
probable que mi sobrino no tenga posibilidades, aunque me encargaré de
eso con la zorra de mi hermana.
—No más John Meyers, te lo aseguro —le prometo con una enorme
sonrisa—. Ahora llama una ambulancia para que atiendan al pequeño, voy a
encargarme de que esa basura no toque a ningún jovencito más.
En cuanto me da la espalda, cojo el abrecartas que dejé tirado a un lado
del cerdo y le hago un gesto al crío para que agache su cabecita de nuevo,
no va a ser agradable ver lo que voy a hacerle.
Aprovecho que el hijo de puta este tiene los pantalones todavía bajados
para pincharle las piernas con la punta del abrecartas, y compruebo que
como objeto punzante es la hostia: se clava como si su carne fuera
mantequilla.
—Bueno, cabronazo, ahora vamos a llevar a cabo una práctica que se ha
estado haciendo desde épocas lejanas… —mascullo más para mí misma ya
que el cerdo de John sigue inconsciente—. Hombres sabios los árabes, ¿no
te parece? Dejaban a cargo de las mujeres de su harén a un hombre que no
se la encontraba ni para mear porque simplemente no tenía nada que
agarrar. Interesante, ¿verdad?
Clavo el abrecartas en la base de su pene y tiro, no dejo de intentar cortar
por muy romo que esté el objeto, pero poco a poco se va desgarrando la
carne, los músculos, los tendones… Y lo disfruto, miro de vez en cuando al
pequeño porque no quiero que se traumatice al ver esto, como tampoco voy
a parar hasta conseguir mi objetivo o llegue la ambulancia, lo que suceda
antes.
—¿Sabías que, en la cultura china, siglos atrás, cubrían el cupo de
eunucos con delincuentes a los que condenaban a la castración? —le sigo
diciendo mientras noto el sudor perlar mi frente debido al esfuerzo—.
Aunque también es verdad que ceñían el asqueroso miembro a los testículos
para cortarlo todo a la vez, así, envuelto como un embutido. Solo que tú no
vas a tener esa suerte, cabrón.
Se vuelve a escuchar una sirena, así que miro al umbral de la puerta y
veo al joven recepcionista mirándome con atención, asintiendo ante lo que
ni siquiera pregunto: ahora sí que vienen por su llamada.
En un último intento por amputarle el miembro, doy tal grito y un
empellón tan fuerte que John recupera la consciencia por solo unos
segundos y la cara se le queda más lívida todavía a la vez que un nombre
sale de su garganta:
—Cindy…
Sonrío con maldad, y le enseño el abrecartas con su polla ensartada como
el trozo de pingajo que es. Un aullido de dolor lo lleva de nuevo a la
inconsciencia, eso y la pérdida de sangre que está sufriendo por esa parte.
—No vas a pasar a los anales de la historia por ser un magnífico inventor
como muchos eunucos lo han sido, hijo de puta —mascullo antes de
levantarme y darle una patada en la cara.
Llego hasta donde está el pequeño y le susurro que todo ha terminado,
que necesito que salga conmigo, que me permita cogerlo para sacarlo de ese
lugar, y me sorprende cuando levanta su cabecita y asiente. Me dan tantas
ganas de llorar que apenas si reprimo las lágrimas.
—Toma, es nueva.
Presto atención al recepcionista, que me está tendiendo una manta dentro
de su funda de plástico, y le sonrío en respuesta. Ojalá me ayude a salir de
esta, que apoye la versión que pienso dar porque el cabronazo de John va a
quedar muy mal cuando diga que lo ha atacado mi hermana, aunque nadie
sabe el vínculo que nos une a ambas porque ella hace demasiado tiempo
que no está en los registros estatales con su verdadero nombre, y
comprueben que lo ha desmembrado una muerta.
—Ve a la puerta y haz gestos a los médicos para que sepan hacia dónde
tienen que dirigirse —le ordeno con voz calmada, a lo que el chico asiente.
Envuelvo al pequeño en la manta, doy un último vistazo para comprobar
que John sigue inconsciente y sangrando como el cerdo que es y cojo al
niño para salir ambos de este asqueroso lugar. Lo siento por el otro
muchacho, porque le van a precintar el motel una temporada, pero me lo
agradecerá cuando se vea libre de su abusador. Y es que hoy me da hasta
pena el haber pensado tan mal de él cuando vine la primera vez. Ahora
entiendo que es un comportamiento reflejo de lo que ha visto y vivido.
—Tranquilo, todo va a salir bien —trato de calmar al niño, que tiembla
sin control entre mis brazos—. El monstruo no va a volver jamás, te lo
aseguro.
En el mismo momento en el que cruzo la puerta de salida, los médicos
salen a correr hacia mi posición y me cogen al crío de los brazos para
llevarlo de inmediato al interior de la ambulancia. Miro a mi alrededor y
veo que al otro muchacho ya lo están atendiendo y que andan pidiendo más
unidades en el lugar. Supongo que será cuestión de segundos que la policía
tome el control del motel.
—¿Está usted bien, señorita? —Asiento a la persona que acaba de
preguntarme, aunque sin mirarlo siquiera a la cara—. Acompáñeme,
debemos examinarla.
Obedezco, algo raro en mí, solo que todo tiene un fin: necesito estar
cerca de donde tiren el material para deshacerme de los guantes que llevaba
puestos antes.
No tengo idea de las horas que hemos pasado en este puñetero
aparcamiento, ni la de veces que me han preguntado lo mismo, sin
embargo, ni una sola vez me han dejado a solas con el chico del motel, y
algo dentro de mí dice que tengo que preguntarle al menos cómo se
encuentra.
—Me he escapado para verte. —Una voz susurrante a mi espalda me
saca de mis cavilaciones—. No les he contado nada, les he dicho que un
monstruo feo ha atacado al tipo feo de las esposas.
Miro al recepcionista y sonrío, le dedico una de mis mejores sonrisas
porque dentro de su ingenuidad me ha dado coartada, y seguro que eso es
algo que tiene desconcertados a todos los agentes.
—No me has dicho cómo te llamas, muchacho.
—Timoty —me contesta—, pero tú me puedes llamar Tim porque eres
mi amiga. Lo eres, ¿a que sí?
—Por supuesto que sí, Tim —ratifico—, claro que soy tu amiga.
Lo abrazo, y eso es lo que necesitamos ambos para llorar. Tim llora por el
peso que le hemos quitado de encima, porque al fin su madre va a ver el
monstruo que ha dejado a cargo de su hijo, porque va a haber una escoria
menos en el mundo, o al menos no va a poder seguir abusando de todo lo
que se cruce por su camino. Y yo lo hago por mí misma, por Axl y ese
tormento que sé que esconde, por mi sobrino Rob, al que se le está
acabando el tiempo; y a la vez me da por reír, y es que la zorra de mi
hermana se va a ver salpicada de una manera u otra porque está casada con
este individuo con su nueva identidad por mucho que él la conozca por su
nombre. Es lo que tiene casarse en Las Vegas con más alcohol en las venas
del recomendable, que no lees lo que firmas o no te das cuenta de que
entregas tu nueva documentación.
—Señorita, nos tiene que acompañar a la comisaría para prestar
declaración formal —anuncia un agente al que ni siquiera he escuchado
llegar—. Por aquí.
Cuando voy a soltar a Tim, este se niega y se pega a mi costado. Tanto es
así que al final deciden trasladarnos a ambos en el mismo coche patrulla,
que su madre vaya allí a recogerlo. Y aprovecho para susurrarle todo lo que
he dicho. Si es tan listo como creo, los policías ni siquiera pensarán en
nosotros.
Vuelvo a prestar declaración ante quien se presenta como la detective
encargada de la investigación, me tienen de nuevo al menos un par de horas
metida en una sala de interrogatorios, aunque esta vez me facilitan un
sándwich, el cual me es imposible comer, y una bebida carbonatada.
—Señorita Swan, ¿me repite de nuevo lo que sucedió? —pregunta la
detective, justo cuando me pone los documentos a firmar encima de la
mesa.
—Fui a preguntar si había alguna habitación disponible porque perdí el
autobús que me iba a llevar a Las Vegas…
—Ahora la verdad, no lo que vas a firmar —me corta, así que la miro
alzando una ceja—. Hemos encontrado tu coche estacionado cerca, así que
he omitido el detalle del transporte en el informe.
—Muy bien, tú ganas —siseo poniendo mi mejor cara de niña buena—.
Sí que llegué en coche, aunque no iba al motel. No sé si me entiendes.
Alzo ambas cejas de manera repetida y ella niega con un gesto, lo que me
hace resoplar desesperada porque soy muy mala inventando sobre la
marcha.
—Vamos, que había quedado con un tío allí cerca para tirármelo, ¿te
vale? —gruño de manera convincente, a lo que ella asiente—. Como
tardaba, me acerqué paseando al motel para ver si tenían una de esas
máquinas expendedoras con bebidas y algo de chocolate, es que soy muy
golosa. Al llegar, me extrañó no escuchar la tele del recepcionista a
volumen alto, y si me va a preguntar cómo sé ese dato, es muy fácil: sí que
he estado a punto de quedarme en ese lugar en una ocasión anterior.
»Pues eso, al no escuchar sonido alguno, me dio por asomarme y entre lo
más rápida que pude al ver al chico encogido en el suelo, meciéndose, con
sus oídos tapados y repitiendo algo que no pude entender. —Hago una
pausa dramática, solo por observar si me cree hasta el momento o no—.
Fíjese si actué rápido que ni siquiera pensé en mi bolso, lo dejé tirado de
cualquier manera junto a la puerta.
—O sea, me está diciendo que cuando llegó ya estaba el señor Meyers
inconsciente y con su…, su cosa cortada y ensartada en el abrecartas como
si fuera un pincho moruno, ¿cierto? —Asiento con mi cara de niña buena y
hasta me llevo un dedo al ojo para limpiarme una inexistente lágrima—. No
voy a juzgarla por lo que ha hecho —susurra esta vez—, yo en su lugar lo
mismo le hago tragar hasta los testículos, pero me toca borrar parte de las
imágenes de la cinta de la pequeña cámara que el cabronazo tenía escondida
tras un cuadro.
Abro y cierro la boca varias veces, y sé que me he puesto roja porque el
calor que me ha inundado el rostro hace que tenga la necesidad de darme
aire, sin embargo, la detective me da un apretón en la mano y acerca el
papel hacia mí con un bolígrafo.
—Señorita Swan, lea la declaración y fírmela si está de acuerdo con lo
que pone —me dice en tono alto, mirando hacia mi espalda.
Hago lo que me dice, aunque ahora mismo mi concentración es nula, y en
el momento en el que suelto el bolígrafo la detective hace una señal y un
policía deja mi bolso sobre la mesa.
—Por favor, revise que no le falta nada —me pide con amabilidad—. Un
compañero lo encontró abierto.
Reviso el contenido y les digo que seguro se me quedó así y que no me
falta nada. Me acompañan hasta la puerta y me dan las gracias por
colaborar con ellos, todo ese rollo de que me llamarán si necesitan hacerme
preguntas y blablablá.
Al salir, respiro hondo, echo a andar y pienso bien lo que voy a ponerle a
la zorra de Cindy en el mensaje que voy a enviarle, aunque antes pienso
hacer una llamada: es hora de ir poniendo capullos en su lugar.
El teléfono suena dos, tres veces, y al cuarto tono una voz desgarrada y
ansiosa me responde.
—Tengo lo que quieres —anuncio—. Ahora es mi turno de exigir,
cabrón, así que si tanto te interesa vas a darme los diez millones de dólares
que en su día le robaste a mi padre. Tienes dos días para reunirlos.
Capítulo 12
Va a ser ella
Axl
Estoy tan nervioso que, aunque me parece mala idea, me voy al Broken.
Y menos mal que he decidido no faltar de nuevo a mi puesto porque la
jornada casi se descontrola con los clientes. Es noche de chicos, y tenemos
varias clientas revueltas porque se ve que el capullo de Dix poco caso les
hace, se limita a hacer los espectáculos y no les da ni la hora, mucho menos
hueco en su apretadísima y selecta agenda. Los guardas de seguridad han
tenido que intervenir un par de veces debido al alboroto en las mesas, y ya
ni qué decir de los privados: la espera se les ha hecho eterna hasta que el
señoritingo ha decidido cumplir con su trabajo.
Tay está raro de cojones, más gracioso de lo normal, y me preocupa que
el ritmo del Broken se vea afectado por sus cambios de humor. Y para
acabar, el rarito de Zed se está comportando de manera más extraña todavía.
Voy a tener que hablar con ellos, aunque con Dix dudo que sea productiva
la charla.
Cuando ya se han marchado casi todos, entro a los vestuarios porque
necesito una ducha y lo que me encuentro hace que salga de allí pitando,
más tarde hablaré con ellos. Y es que Tiza y Zed estaban allí besándose.
Raro de cojones teniendo en cuenta que estaba demasiado pegado a la chica
y casi no deja ni que lo rocemos por accidente, aunque me alegro por él si al
fin descubre lo placentero de follarse a la que se deje.
Me entretengo un poco una vez que el personal se ha marchado, los
chicos me han dicho que me esperan donde siempre, y decido sentarme un
rato en el sofá de la zona de descanso, solo que lo pienso mejor y me meto a
darme la tan ansiada ducha que necesito.
Le doy vueltas a todo lo sucedido: a lo poco que ha faltado para que mate
al cerdo que ayudó a que mi adolescencia fuera por el lado malo de la vida;
a que tendré que decirle a mi madre lo que ha sucedido con él, con lo que
eso conlleva; a tener que ir a ese maldito lugar en el que está mi hermano, al
cementerio, a pedirle perdón por los años que he tardado en darle una
lección a ese hijo de puta… y eso sin contar que de un momento a otro
vendrán a detenerme. Es raro que no lo hayan hecho ya, pero no tengo valor
para llamar a Linda, no sabría por dónde empezar sin tener que contarle lo
que me atormenta.
Una vez que me he vestido, sigo el ritual de todos los días antes de irme,
y es cuando voy a conectar la alarma que recuerdo el coger una caja que
dejé junto a las taquillas para llevarla al local de reuniones, así que vuelvo a
la zona de empleados.
—Qué cojones…
Veo luz en el despacho de Gwen, algo raro porque juraría que no había
nadie en el lugar, por lo que entro sin hacer ruido y no compruebo que en
efecto es así, aunque sí bastante desorden. Se nota que esta noche no ha
venido mi chica. «Tío, para, que no es nada tuyo», me reprendo.
Miro a mi alrededor y reviso que los papeles desperdigados por la mesa
no sean importantes, y descubro algo que me deja descolocado: una copia
de la licencia de conducción de Linda.
No es eso en sí lo que hace que tenga que sentarme en el sillón que
siempre utiliza Gwen, sino los recuerdos que martillean en mi mente al ver
cómo se apellida.
—Swan… —musito mientras me toco la muñeca izquierda, justo el lugar
donde tengo tatuado el nombre de mi hermano—. No me digas que vas a
ser ella…
Me llevo las manos a la cabeza porque no es posible que el destino me
haya traído hasta mis manos a la mujer que acabó de destruirlo. «No puede
ser, seguro que es una coincidencia», intento convencerme a la vez que cojo
el folio y lo acerco.
Respiro hondo porque la dirección registrada es una de San Diego, nada
que ver con el lugar donde nos criamos Jackson y yo. Aun así, le hago una
fotografía para facilitársela al detective que me recomendó Julian. Lo
llamaré en cuanto sea una hora decente y haré que investiguen todo su
pasado, al menos con su número de documento lo tendrá más fácil.
Dejo todo como estaba, apago la luz y cierro el despacho, esta vez con
llave, y vuelvo de nuevo a la zona donde están las taquillas. Es al
agacharme a por la caja cuando veo algo que hace un par de días no estaba
en este sitio: una pequeña bolsa de viaje que no pertenece a ninguno de los
chicos, mucho menos a las bailarinas porque ellas dejan la ropa de los
espectáculos en la zona trasera del escenario.
La cojo, me siento en un banco junto a ella y procedo a abrirla. Pienso un
momento de quién puede ser, si los chicos la han dejado fuera de sus
taquillas, solo que yo mismo me niego la posibilidad al oler el perfume que
desprende de su interior.
—Por qué te habrás dejado esto aquí…
Estoy seguro que esto solo puede ser suyo, de Linda, y la abro a pesar de
saber que estoy invadiendo su privacidad. Encuentro una sudadera y un
pantalón del estilo del que llevaba puesto, algo de ropa interior bastante sexi
y una cajita que me llama la atención por lo vieja que se ve. La abro y es la
típica caja de música que te regala tu madre o tu abuela cuando eres
pequeña, así que la cierro y decido guardarla para que no sufra daño alguno.
Y es que encima está metida en un rincón, el lugar propio para que lo
aplasten los chicos si se ponen a jugar a mover las taquillas para demostrar
quién tiene mejores bíceps. Sí, así de idiotas son algunos de los bailarines,
sobre todo los del turno de día.
Decido llevarla al almacén, justo detrás de uno de los botelleros tengo un
pequeño apartado que solo Gwen y yo conocemos por si tenemos que dejar
algo de importancia ahí, la mayoría de las veces el dinero de algunos
proveedores que cobran en el momento. Una vez guardada la cajita, porque
la bolsa la he dejado donde estaba, me largo del club.
Miro el reloj y veo que se me ha hecho tarde para ir a desayunar con los
chicos, se me ha pasado el tiempo volando, pero me dirijo a la cafetería de
siempre porque seguro que me esperan allí como buenas marujas que son.
—Ya era hora, jefe —me saluda Tay con sorna—. No veas si ha sido
larga la paja mañanera.
Me dan ganas de aporrear al idiota, solo que se adelanta Dix y le da una
buena colleja, a lo que el otro responde con un puñetazo en el hombro.
Gruño para ver si así no comienzan con sus pamplinas de machitos, aunque
me sorprendo cuando es Zed el que les lanza un trozo de tortita a ambos.
—Oye, tío, ¿a ti qué te pasa ahora? —protesta Tay mientras se limpia con
una servilleta el sirope que se le ha pegado a la cara, lo que provoca la risa
en los demás—. Joder, ni que hubiera follado antes de venir.
Miro a Zed con una sonrisa lobuna, y es cuando se da cuenta de que lo he
pillado metiéndole la lengua hasta el esófago a la rubia que tiene instalada
en su casa y que nos ha colado en el club sin todavía darme explicación
alguna. Pero se lo voy a pasar porque sé que en algún momento buscará el
que nos quedemos a solas para contarme lo que se trae con esa desconocida,
al menos lo sigue siendo para mí.
—Bueno, chicos, creo que va siendo hora de que nos pongamos al día —
dice Tay cuando acaba su faena—. Axl, tendrás que decirnos qué es lo que
te pasa para haber faltado a tu puesto, luego venir tarde y encerrarte con la
limpiadora, que ella no venga a trabajar a la noche siguiente y tú llegues
con mala cara y con salpicaduras de sangre. ¿En qué líos andas metido?
Lo miro con una ceja alzada porque hasta hoy mismo no me he dado
cuenta de lo observador que puede llegar a ser el más bromista del grupo.
Pienso durante unos minutos si contarles solo lo que he hecho o también las
sospechas que tengo sobre Linda, así que empiezo por narrarles lo sucedido
hace unas horas con el cabronazo de John.
—Tío, me dejas helado —susurra Tay—. ¿Y solo ahora te has atrevido a
entrar a darle su merecido? Desde luego que es digno de admiración el
aguante que tienes.
—Pedazos de mierda como ese solo se merecen estar en un hoyo a varios
metros bajo tierra —sigue Zed—, pero pasando antes por un buen
entrenamiento donde tenga que beberse sus propios orines.
Frunzo el ceño al escucharlo, y es que hasta ahora no ha dicho nada así
para referirse a otro ser humano, es más, no suele verbalizar el deseo de
torturar así a alguien como lo hicieron con él siendo solo un crío.
Pasado el estupor inicial, todos a la vez me preguntan el porqué de dejar
a Linda en ese lugar en vez de largarnos todos, y es que ni yo mismo sé la
respuesta, solo decidí confiar en su mirada limpia y segura.
—Pues no tengo ni idea, tíos —mascullo con desgana—. Y lo peor es
que no me coge el puto teléfono. —Bufo con impotencia a la vez que llevo
la mano a mi densa melena—. Estoy por llamar al sheriff de Boulder y
preguntarle si sabe algo de lo sucedido en el motel. Es uno de los pocos que
conoce mi relación con ese despojo.
—No creo que sea conveniente que…
Lo que fuera a decir Dix se ve interrumpido por el sonido de mi teléfono,
el cual me llevo a la oreja sin mirar. Mi cara de decepción les da la
respuesta a todos ellos, los cuales me miran con una expresión interrogante.
—Todo va bien por aquí, Julian —respondo a mi socio a la vez que me
levanto para salir de la cafetería—. Tengo que comentarte algo ya que te
tengo en línea.
Gesticulo a los chicos una despedida, más tarde los veré en el gimnasio, y
me encamino hacia mi apartamento. Un paseo no va a sentarme mal, ya
pasaré a recoger mi vehículo cuando duerma unas horas.
—Volaré esta misma tarde —me contesta—. Al final no he podido llevar
a cabo la gestión que me ha traído hasta aquí, así que vuelvo a casa y desde
el despacho haré lo que pueda.
—Si te puedo ayudar con algo…
—No es necesario —me corta—. Es un asunto familiar que puede tardar
en resolverse, pero nada grave.
El tono de su voz no me ha gustado nada, solo que me centro en lo que
me preocupa en este momento. Ya charlaremos los dos con calma de lo que
le sucede y trataré de prestarle toda la ayuda necesaria, aunque él sabe de
sobra que solo tiene que llamar a mi gestor si es una cuestión de dinero o
salud.
—Iba a llamarte en un rato —le informo—. Necesito reunirme con el
detective que contactamos el otro día porque tengo varias cuestiones que
plantearle.
—¿Es sobre la chica? —Frunzo el ceño porque no le conté para qué
necesitaba contratar un profesional—. La que me comentó Martínez que ha
entrado a trabajar en el club.
—Pensé que es confidencial cada uno de los encargos que se les hace —
mascullo mientras me paro frente a mi edificio—. ¿O es que te ha contado a
ti algo que todavía no me ha notificado?
—No, claro que no —contesta después de carraspear—. Es que me lo
encontré hará un par de días y estuvimos un rato charlando. Una cosa llevó
a otra y ya me contó por encima tu dilema.
Respiro hondo porque mi mente parece funcionar a mil por hora y no sé
lo que hacer o decir. Decido por lo más fácil: cortar la conversación, darme
una nueva ducha y dormir varias horas seguidas.
—Bueno, no importa —susurro—. Avísame cuando estés en Boulder, nos
reuniremos ambos con el detective y lo mismo entre los tres sacamos algo
en claro porque sé que la muerte de Rick tiene que estar relacionada de
alguna manera con esa chica. Hablamos más tarde.
No dejo que me conteste siquiera porque cuelgo en el mismo momento
en el que me monto en el ascensor. Entro en casa, me quito la ropa y me tiro
en la cama. Estoy tan cansado que tengo claro que ni siquiera llego al baño,
me quedaría dormido bajo el chorro de agua.
Miro al techo, estoy desvelado por completo, así que escucho el tono de
mensaje del teléfono. Cuando voy a descansar, no suelo coger el aparato,
pero se me viene a la mente la cara de la morena y pienso que puede ser
ella. Y así es, solo que el mensaje que me ha enviado me deja tan
descolocado que no sé siquiera qué contestar:
«De nada por lo que he hecho, se han tragado mi historia. Un eunuco más
en el mundo. Ya puedes dormir tranquilo, no va a hacer lo que hizo
contigo».
Capítulo 13
No me jodas, zorra
Linda
Me arrepiento de lo que le he escrito a Axl nada más darle a la tecla enviar,
pero ya está hecho. Tampoco es para tanto, o eso espero.
La detective ha dado orden a uno de sus agentes para que me lleven hasta
donde está mi vehículo, y de paso me ha advertido que no vuelva por el
lugar en una buena temporada, a ser posible que no pase por allí durante el
tiempo que va a durar la investigación que está obligada a llevar a cabo.
Una vez que me despido de los dos policías, me subo en mi coche y
respiro hondo porque no tengo claro qué paso seguir. Debería volver a San
Diego, aunque sé que allí me están esperando. Supongo que mi sobrino
estará bien mientras no aparezca.
Arranco y me dirijo de vuelta a Las Vegas, al club, y dejo el vehículo en
el mismo aparcamiento. Total, si van a venir a por mí, que se ahorren el
trabajo de rastrearme por toda la ciudad. Rebusco entre mis cosas y no
encuentro las llaves del local.
—Mierda, me las debí dejar en la taquilla —rezongo mientras pienso en
qué hacer.
Decido dar un paseo por el Strip, comer algo en la primera cafetería que
encuentre y de paso limpiarme un poco más en el aseo; tengo sangre de ese
cerdo en partes donde no debería haber. Así que me pongo en marcha sin
perder más el tiempo.
—Mira a quién tenemos aquí —gruñe Pancho a mi espalda. Si es que ni
respirar me va a dejar—. Sabía que volverías, brujita, pero bien que has
engañado a mi socio en el aeropuerto.
—¿Qué coño quieres ahora? —pregunto mientras me doy la vuelta para
enfrentarlo—. No veo que traigas lo que le he pedido a tu jefe.
—Dirás exigido.
—Interpretadlo como os salga de la punta del nabo —contesto con
chulería—. Ya sabe lo que pido por daros eso que tanto anheláis. Y desde
ya os lo advierto: sacáis a mi sobrino del hospital o le rozáis un solo pelo, y
adiós a la caja de música.
Me doy la vuelta porque necesito hacerle ver que no les tengo miedo,
aunque por dentro estoy acojonadísima, solo que no me da tiempo a avanzar
porque me da un tirón del brazo y pega mi espalda contra su torso.
—Ni se te ocurra pensar que vas a salirte con la tuya, muñequita —
susurra demasiado pegado a mi oreja—. No creas que no vas a caer en mis
manos. Y cuando eso suceda, acabarás como tu amiga Megan.
Deja un rastro de saliva hasta la parte baja del cuello y se ríe en cuanto
nota el estremecimiento de asco que se apodera de mi cuerpo, me libera y se
aleja del lugar. Suelto todo el aire que he retenido y las lágrimas inundan
mis ojos, estoy tan harta de este juego que a veces pienso que es mejor no
intentar recuperar lo que le quitaron a mi padre, y es que necesito demostrar
que ellos lo asesinaron.
Miro a mi alrededor porque ahora sí que no tengo ni idea de lo que hacer,
y hasta me estoy planteando el darle la cajita siempre que me den algún tipo
de garantía. Es un pensamiento fugaz porque al momento recuerdo las
súplicas de mi padre y se me pasa el hacerlo. No solo tengo que mirar por
mí misma, el pequeño Rob se merece una oportunidad.
Y hablando de mi sobrino, todavía tengo que darle la feliz noticia a la
zorra de su madre que su querido maridito ya ha aparecido y que ha sufrido
un pequeño accidente. Que mande a su legión de abogados, o a los de su
Peter porque ella no les paga, y le lleven los documentos. No me acerco a
ese cerdo ni de lejos si me es posible.
Respiro hondo y me animo a seguir con el orden de lo pensado: cafetería,
limpiarme algo, comer lo que sea, hacer las llamadas al médico de Rob y a
mi hermana y volver a la hora en la que Gwen abre el Broken.
Sigo mi camino, esta vez mirando bien lo que me rodea, y llego a la
cafetería donde he visto a los chicos. Y no es que los haya seguido, solo ha
sido una simple casualidad que pasara de camino a la lavandería y los viera
salir a todos de aquí riendo.
Hago mi pedido y le indico a la camarera que me lo deje en la mesa
mientras voy al baño. Una vez dentro, reviso que esté vacío antes de poner
el pestillo. No es agradable ver sangre salpicada en un cuerpo, pueden andar
molestándome y demasiado rato de sala de interrogatorios he tenido como
para repetir.
Procuro no tardar demasiado porque al entrar he visto que tiene bastante
clientela, me siento y justo la camarera me trae un plato combinado con
muy buena pinta y un refresco con mucho hielo.
Estoy comiendo cuando se escuchan frenazos en el exterior, lo que me
sobresalta y me hace mirar por la ventana que está más cercana a mi sitio, y
me quedo helada cuando veo dos tipos que me son familiares corriendo
calle abajo persiguiendo a una chica.
—Un momento —susurro para mí misma—, si esa parece…
Una mano se posa sobre mi hombro y me obliga a sentarme. La camarera
se ha acercado a mí y está negando de manera repetida con la cabeza. Joder,
no puedo creer que nadie vaya a intervenir.
—Cielo, no quieras meterte con ellos —masculla sin mirarme, está
viendo a los tipos volver al coche con ella sujeta de mala manera—. No
tienen miramientos con nadie, y a bellezas como tú solo la quieren para una
cosa.
La miro y me deja ver su pena reflejada en sus ojos, los tiene lleno de
lágrimas retenidas, y es cuando noto que yo sí que estoy llorando.
—Megan es…
—Cielo, que nadie te escuche nombrar por su nombre a una muchacha
que tengan esos bestias —me corta—, o la próxima puedes ser tú.
Asiento a lo que me dice y escondo mi rostro agachando la cabeza
sintiéndome la peor amiga del mundo por no hacer nada por ella. La amable
mujer me tiende un pañuelo y sigue mirando por el ventanal mientras la
escucho murmurar algo ininteligible.
Se me ha quitado el hambre, así que hago el plato a un lado y voy dando
sorbos a mi refresco mientras le doy vueltas a la cabeza sobre todo lo que
está sucediendo en estas últimas semanas, y llego a la conclusión de que les
voy a entregar la cajita si me garantizan que ni a mi sobrino ni a mí nos va a
suceder nada o nos buscarán más. Algo que no creo que pase, solo que
tengo que intentarlo a como dé lugar.
Respiro hondo mientras saco el teléfono de mi bolso y entro en la agenda,
pienso en lo que debo hacer y decido que primero llamo al oncólogo para
saber cómo sigue mi pequeño y si ha habido algún cambio. Los tonos se
suceden uno tras otro, y cuando pienso que ya no va a cogerlo una voz
ansiosa es la que me saluda.
—Linda, pequeña, dime que estás bien, que no te han hecho nada —
suelta a bocajarro—. No me perdonaría el que no hayamos podido hacerte
ver que te están buscando unos matones con mala pinta.
Sonrío ante la cara de bobo que debe tener Richard ahora mismo, y es
que cuando se pone en plan paternal es el tipo más entrañable del mundo.
Una pena que un capullo insolente me tenga tan confundida como para ver
cada vez más a este hombre como un simple amigo. Según sus enfermeras,
vive por y para Rob porque está enamoradísimo de mí. No les hago ni caso,
son cotilleos de salas de descanso.
—Tranquilo, doctor… —Un gruñido por su parte me hace frenar lo que
iba a decir—. Richard, estoy bien.
—No sabes el peso que acabas de quitarme en estos momentos, preciosa.
—¿Son ideas mías o lo noto más meloso?—. Le di instrucciones precisas a
la recepcionista sobre lo que decirte. Menos mal que en el historial de tu
sobrino viene el nombre de su madre y no el tuyo.
Frunzo el ceño porque eso no es así, desde que Cindy me cedió la
custodia del crío antes de hacer lo suyo, el niño es mi hijo adoptivo. Por el
rabillo del ojo veo movimiento junto al ventanal, algo fugaz, aunque lo
suficiente para que deje mis pensamientos a un lado, solo que no del todo, y
me centre en lo que me rodea.
—Bueno, te llamaba para saber cómo sigue.
—Tiene días mejores, aunque esta noche no ha sido de las buenas —me
informa—. Es más, acabé mi turno y decidí quedarme con él toda la noche
porque te echa de menos, así que lo he entretenido un poco. Si hubieras
visto su sonrisa esta mañana al despertarse y ver que seguía aquí con él…
Suspiro y me limpio de un manotazo la cara al sentir una lágrima
descender por mi mejilla. Me hace tanta falta abrazarlo…
—Ya queda menos para que se ponga mejor —susurro, y carraspeo para
aclarar mi voz—. Justo te llamo para darte el paradero de su padre.
—No me digas que…
—Sí —le corto—, pero no está en las mejores condiciones ahora mismo.
Se ve que ha sufrido algún tipo de ataque que lo ha llevado al hospital,
aunque supongo que para tomar la muestra no necesitarás que esté
preparándose para la maratón de Nueva York.
Una risita al otro lado de la línea me hace esbozar una sonrisa sincera, la
primera después de tantas horas de estrés y desgracias. Vuelvo a mirar por
el ventanal y me doy cuenta de que el pequeño movimiento es el mismísimo
Pancho montando guardia en el lateral de un edificio.
—Miraré lo que se puede hacer —escucho a Richard—, pásame los datos
y pediré que lo busquen. Cuando hable con mis colegas veré si es viable
tomarle la muestra.
Le doy el nombre que me facilitó mi hermana, el lugar donde ha tenido el
fatal incidente y a partir de ahí se encargará él de localizar el hospital en el
que está y de hablar con sus colegas. También me hace el enorme favor de
ponerme al teléfono a mi pequeño, el cual se pone a relatarme cómo han
sido estas semanas en las que no hemos podido vernos.
Acabamos la conversación llorando ambos, y es que nos echamos
demasiado de menos. Mi rutina en San Diego pasaba por estar juntos todas
las horas que mi precario trabajo me permitía, cosa que ha cambiado de
momento, aunque me atrevo a prometerle que en unas pocas semanas nos
veremos y le llevaré un buen regalo.
—Linda, no te preocupes por Robert —me dice el oncólogo cuando
manda al niño ir con su ayudante—. Yo me encargo de que nadie se acerque
a él, mucho menos el estirado que paga a Pancho.
Y ahí se corta de repente la llamada. Me quedo paralizada porque ese
dato no se lo he dado nunca en nuestras conversaciones, o al menos no de
manera consciente. Intento contactar de nuevo con él, pero comunica, así
que llamo a la recepcionista y después de esperar interminables minutos,
me comenta que le ha surgido una urgencia con uno de los niños y que ha
dicho que me llamará en cuanto sea posible.
Resoplo una vez más porque esto se me está yendo de las manos, así que
procedo a realizar la siguiente llamada: a Cindy. Antes le hago un gesto a la
camarera para que me acerque otro refresco, voy a necesitar algo con lo que
distraerme mientras le planteo lo que necesito, ¿y qué mejor que tener un
vaso a mano por si tengo que estrellar algo contra el suelo?
—Dime que al fin vas a dejar de incordiar de una maldita vez —gruñe
nada más descolgar.
—Buenas tardes, hermanita, me alegra mucho escucharte —contesto con
ironía—. No sabes lo preocupada que estaba por ti, espero que estés bien y
que las señas que te facilité te hayan sido de ayuda. No por nada el
detective me ha costado un pastizal que he tenido que desviar del
presupuesto de la manicura.
Su resoplido al otro lado me saca una sonrisa, aunque esta sí que debe ser
macabra porque la camarera alza una ceja una vez que ha dejado la nueva
bebida en mi mesa y recoge el plato a medio tocar.
—Al grano, Linda —masculla—. No tengo tiempo para tus tonterías.
—Qué raro, ¿no? —ironizo—. Bueno, pues abre bien esas orejas que no
solo sirven para lucir diamantes porque estamos metidas en un lío gordo.
—Dirás que estás…
—¡Cállate! —la corto. Y cuando me doy cuenta del silencio que se hace a
mi alrededor, musito una disculpa y bajo la cabeza avergonzada—. Vas a
escucharme con atención porque tengo a tu amigo Pancho tan pegado a mi
culo que estoy segura de que huele mi mierda cuando cago.
Un jadeo se escucha al otro lado, pero me importa un carajo ahora mismo
si no quiere escuchar el lenguaje que ella misma me enseñó.
»Tenemos a alguien tratando de hacerse a toda costa con la cajita de
música que me regaló papá por mi cumpleaños justo unos días antes de que
lo mataran —sigo relatando—, y estoy segura de que sabes qué es lo que
representa o para qué la quieren usar.
—Yo no…
—No me jodas, zorra —la corto—. No solo está en juego mi integridad o
la de tu hijo, también está en peligro tu identidad. Si piensas que vas a
seguir llevando tu vida de lujos como Carla Ricci, es que no me conoces en
absoluto.
—¿Me estás amenazando?
—No, qué va —ironizo—. Solo te aviso de lo que va a suceder como no
empieces a mover tu precioso culo hasta Las Vegas, le lleves a tu maridito
los papeles tú misma y de paso hables con el cerdo de tu amante y averigües
qué narices tiene esa cajita para que me hayan perseguido y amenazado
para ir a por ella a nuestra antigua casa.
—No hay nada —gruñe de nuevo—. En su interior metió papá una tarjeta
de memoria donde salían fotos comprometedoras de su jefe con menores de
edad, y me encargué de destruirla.
Le doy vueltas a sus palabras y caigo en algo.
—Tú eras una de esas menores… —susurro, y no necesito su respuesta
—. Pues con más razón tienes que hablar con Pancho, y es que no se lo va a
creer.
—No pienso…
—Vas a venir y punto —vuelvo a interrumpirla—. Y no solo eso, también
contactarás con ese hombre y le dirás lo mismo que a mí. Seguro que es
quien tiene a tantos matones persiguiéndome de un Estado a otro.
Le doy varias instrucciones más antes de despedirme y la informo de que
solo tiene dos días para que su recauchutado culo esté en el desierto de
Nevada, que será cuando entregue la cajita al cabronazo de Pancho.
Miro la hora y me doy cuenta de que ya debería estar llegando al club, así
que pago y me dirijo a la salida, donde choco contra el pecho de alguien por
ir distraída en mis pensamientos.
Al levantar la mirada me quedo congelada porque el mismo tipo del
aeropuerto me está observando con la ceja alzada y gesto amenazante. Y
justo en el momento en el que me toca para apartarme caigo en la cuenta de
quién es, y echo a correr sin mirar atrás.
Capítulo 14
La maldita traidora
Axl
Vuelvo a estar atrapado en ese oscuro pasillo, aunque esta vez sí que puedo
moverme con libertad. Intento ver algo a través de la negrura del sitio, y
solo escucho ruidos procedentes de algún lugar que no identifico.
Avanzo un paso tras otro y no consigo llegar a ningún lado. Me giro, o al
menos eso creo porque no tengo idea de lo que hago, y vuelvo atrás, si es
que esta es la misma dirección que he tomado antes.
Un foco se enciende de repente y se ilumina todo el espacio. Me resulta
familiar por el escalofrío que recorre mi espalda: las paredes de hormigón
deslucidas por el paso del tiempo; manchas de diferentes tipos en el suelo;
altas ventanas, casi pegadas al techo, cuyos cristales están opacos de la
suciedad, y son pocos que hay sin romper; el ruido constante de un grifo
que gotea…
Todo, unido a la sensación de que el lugar me es conocido, me invita a
seguir avanzando hacia una puerta metálica entreabierta que tengo cercana.
No me paro a pensar en lo que hago cuando la empujo y me adentro en la
siguiente estancia.
—Joder —susurro cuando veo que estoy otra vez en la habitación donde
torturaban a la chica.
Esta vez no hay nadie, así que me paseo por el lugar buscando un motivo
para estar aquí, una salida o algo que me ayude a saber qué está pasando,
hasta que un ruido a mi espalda hace que me sitúe en un lado y espere.
—Vamos, puta, sigue —vocea un tipo que va empujando a una muchacha
morena—. Ahora seguro que te acuerdas de todo.
Intento dar un paso adelante y mi cuerpo no responde. Bufo enfadado y
me doy cuenta de que estoy reviviendo de nuevo el sueño, intento
despertarme y no puedo. Maldita sea.
—Átala —ordena otro que va entrando—. El jefe quiere a la gatita con
las uñas lejos de su cara.
Esta vez lo estoy viviendo desde otro momento, y no me gusta nada
porque sé cómo acaba.
—Muñequita, es mejor que vayas aflojando la lengua —interviene el
primer tipo, un hombre alto con rasgos latinos del que mi cerebro me alerta
—. No querrás pasar por el cuchillo del jefe.
Su amenaza provoca que me fije más en la chica, la cual tiene la cabeza
agachada y no deja de removerse en el sitio. Miro de nuevo lo que me rodea
y lo encuentro todo: la cruz, las cadenas con las esposas… Solo que esta
vez hay algo nuevo.
—No me jodas —gruño.
El segundo tipo coloca un trípode con una cámara justo delante de la silla
donde tienen a la chica, por delante del foco que la ciega debido a la
potencia de la luz, y cuando ya tiene todo montado va a por la mesa auxiliar
donde están todas las herramientas que vi la vez anterior.
—Comencemos —dice el primero dejando caer una sonora bofetada que
le gira la cabeza a la chica.
Y no necesitan nada más que el gruñido de la mujer para empezar su
fiesta de la sangre particular. No paran en momento alguno, ni siquiera
cuando una tercera persona entra, alguien a quien no logro ver bien porque
se ha resguardado en la penumbra del lugar.
Como la vez anterior, soy incapaz de moverme, de irme del lugar o de
avanzar para intentar parar la brutalidad con la que están actuando los dos
matones. Una y otra vez le preguntan lo mismo: «¿dónde está?».
Las veces que la chica parece perder la consciencia le lanzan cubos de
agua sucia, y es que el olor que desprende el líquido es tan nauseabundo
que uno de ellos se ha tenido que apartar para vomitar.
—Parad un momento —ordena el tercer hombre, el cual se ha acercado
con sigilo hasta donde están los otros dos—. Si me das lo que queremos, os
dejaremos vivir en paz.
«Un momento, ¿qué cojones ha cambiado?», me pregunto a mí mismo en
el momento en el que escucho al tipo. Hago memoria y me doy cuenta de
que sí es la misma chica, pero no están preguntando lo mismo que en el
sueño anterior y mucho menos le están haciendo el mismo daño.
La mujer masculla algo que no logro entender y que provoca una sonrisa
de maldad en los dos tipos que la han estado torturando, porque no se puede
llamar castigo a lo que le han estado haciendo.
—Dime dónde se esconde esa puta —insiste el tipo de la penumbra,
acercándose lo suficiente a ella para dejar entrever un poco de su perfil.
Aun así, no soy capaz de ver bien sus rasgos—. O mejor, vamos a llamarla
y acabamos con ella y el mocoso.
Parece que eso hace que la mujer reaccione, levanta la cabeza y…
—¡Hostia puta!
Me despierto por mi propio grito de sorpresa, y me incorporo para tratar
de calmar mis latidos y mi respiración. Miro lo que me rodea y me doy
cuenta de que no estoy en mi habitación, pienso en el motivo y una ola de
imágenes se cuela en mi cabeza de manera caótica.
—Joder —mascullo mientras me enderezo.
Estoy en la sala de descanso del Broken, medio despatarrado en uno de
los sofás que tenemos aquí para cuando venimos a reponer fuerzas o solo a
respirar de tanto trajín. A mi lado veo una botella de licor barato, casi vacía,
y el dolor que me golpea las sienes me hace ver que es mía, no puedo
echarle la culpa a ninguno de los chicos.
Me voy a la ducha y trato de recordar todos y cada uno de los pasos que
di desde que leí ese maldito mensaje de Linda. Al principio pensé que debía
tratarse de un error, que era para otra persona, solo que el hecho de ver que
no lo eliminaba y estaba un rato «en línea» me hizo darme cuenta de que
sus preguntas al personal han debido dar sus frutos. O al menos en la parte
que se refiere a mi pasado más lejano, del cercano solo dos personas lo
sabemos, tres si sumamos a Gwen.
Según cae el chorro de agua helada sobre mi cuerpo, los recuerdos de las
horas anteriores vuelven esta vez de manera clara y contundente: mi huida
despavorida del apartamento en busca de un bar cercano; las copas
ingeridas, una tras otra, mientras maldecía a una morena metomentodo; la
boca de la camarera rubia, que ni después de estar chupándomela durante
un rato fue capaz de ponérmela tan dura como cuando veo a la maldita
limpiadora; mi frustración por tener que masturbar a la rubia y no poder
follármela en condiciones; y lo más vergonzante de todo, terminar en el
puto sofá del club por no tener ganas de llegar a mi casa y ver el regalito
que me llevé de la jodida morena y pajearme con él. Y es que sí, es venirme
a la mente la carita de muñeca de esa mujer y ponerse mi polla más dura
que el granito. Tanto que decido masturbarme porque ahora mi jodida polla
ha resuelto actuar por libre y corcovear solo de pensar en que puede llegar
esa maldita y pillarnos desnudos.
Manda huevos, lo que uno tiene que hacer por no ceder al impulso de
follarse de nuevo a una maldita asesina. Y es que eso es lo que significa
para mí si confirmo de una puñetera vez su identidad, y me importa poco
que no estuviera siquiera en el lugar porque fue una de las causantes de que
él ya no esté.
Cuando ya estoy vestido, escucho movimiento en el exterior, por la hora
estoy seguro que los chicos del turno de día ya han llegado, así que me
dispongo a salir hacia la barra cuando escucho algo que me deja parado en
el lugar.
—Oye, tío, ¿al final le has entrado o qué?
—Qué va, no me da ni la hora. Con el que sí la he visto a solas ha sido
con Frankie, el tipo de seguridad.
Frunzo el ceño porque no tengo idea de quién están hablando, solo que
mi instinto me dice que siga escuchando, y casi siempre me hago caso a mí
mismo.
—¿Con el viejales? Si a ese solo se le levanta cuando ve al puto.
Mascullo una maldición para mí mismo porque esto lo escucha mi amigo
y están comiendo papilla antes de acabar la frase. Si es que los media
neurona estos son unos kamikazes.
—Pues algo raro se traen entre manos porque hace un momento los he
visto cuchichear demasiado cerca. —Hace una pausa que aprovecho para
acercarme a ellos sin que se den cuenta—. Lo raro es que la friegasuelos
estaba como nerviosa, gesticulando demasiado.
Freno en seco porque con su despotismo acaba de confirmarme que
hablan de la pequeña traidora, así que espero lo suficiente para saber qué
más se trae entre manos.
—Si te escucha llamarla así ya sabes lo que te va a hacer.
Un gruñido por parte del primero me hace alzar una ceja, y es que no
puedo imaginar a lo que se referirán, a menos que… Algo que me contó
Tay sobre el primer día de Linda aquí me viene a la mente y empiezo a atar
cabos. Parece que tiene a los chicos del primer turno a raya, lo que me hace
sentir orgulloso. «¿Orgulloso? ¿En serio? Que no se te olvide quién es y lo
que significa en tu pasado», me recuerda la voz de mi conciencia.
—Como sea —sigue el primero—. La cuestión es que ha venido
preguntando si he visto una cajita, y le he dicho que el capullo del
encargado no permite drogas en este lugar. Paso de meterme en follones por
una tía que tiene más pinta de ser de la DEA que una limpiadora.
Las últimas palabras me hacen pensar en la posibilidad de que puede
llevar algo de razón, y no en que la cajita tenga algún tipo de sustancia en
su interior porque ya la revisé, pero lo otro que encontré sí que me puede
cuadrar más.
—Bueno, vayamos a trabajar y de camino intentemos sonsacar a Frankie
qué es lo que necesita Linda —dice el segundo bailarín—. Seguro que nos
congraciamos con la chica si ve que nos interesamos un poco en ella y no
en que nos la chupe al acabar el turno.
Se acabó, no soy capaz de escucharlos más sin romperles las piernas.
—Vosotros dos —los interrumpo, haciendo que ambos se sorprendan por
mi presencia—, espero no volver a presenciar que de vuestras bocazas sale
alguna mala expresión referida a alguna de las personas que trabajan en este
local. No os lo vuelvo a advertir.
Les señalo la puerta, y salen en silencio hasta la zona principal. Que
vayan a cambiarse al otro lado, donde está la mayor parte del atrezo, y
dejen de tocarme los cojones. Salgo hacia la barra y disimulo lo que puedo,
observo con atención cada movimiento de la morena, cada resoplido que da
mientras mueve cada mesa, silla o cortina de los reservados del local.
En el momento que comienzan a entrar clientes, ella se retira de la sala
principal y se va a la parte privada. Estoy a punto de seguirla cuando un
movimiento en la entrada me distrae, y es que viene llegando mi socio con
un tipo al que no conozco y que a la vez tiene bastante parecido físico a él.
—Hola, Axl —me saluda Julian nada más llegar hasta donde estoy—. Te
presento a mi primo. Rick, este es mi amigo y socio Axl.
El tipo me tiende la mano, la cual aprieto para corresponderle, solo que el
simple contacto de nuestras pieles hace que mi mente recree la pesadilla
vivida hace tan solo un par de horas.
—Julian, hoy voy a estar bastante liado —le informo mientras le señalo
el grifo de cerveza y les sirvo tras un asentimiento de ambos—, pero
necesito que hablemos en cuanto salga de aquí.
—Bueno, tengo que…
—Ya sé que no son horas —le interrumpo—, no tiene que ser nada más
acabar. Cuando desayune te llamo o quedamos un par de horas antes de las
reuniones en tu oficina. Necesito resolver un par de dudas y que de paso me
ayudes porque el detective no responde a mis mensajes y llamadas.
Por un momento veo un cruce de miradas extraño entre mi socio y su
primo, sin embargo, es tan fugaz que me convenzo de que es mi puta
imaginación la que me está jugando malas pasadas, así que dejo pasar el
hecho.
—En cuanto a eso… —comienza Julian—. Ayer estuvo hablando
conmigo y decidí prescindir de sus servicios porque al parecer la chica no
tiene antecedente alguno. Es una ciudadana ejemplar, criada por una familia
de acogida y bastante trabajadora por mucho que los empleos le duren solo
semanas.
El tono titubeante de mi amigo me hace ver que hay algo que no me está
contando, y ese hecho me enfada a niveles que ni él mismo puede imaginar,
así que respiro y decido llevarlos al despacho de Gwen. Allí tengo la
privacidad suficiente para sonsacarle eso que calla.
—Acompáñame —casi ordeno—. Necesito darte unas directrices para
cuando mañana nos veamos.
Me da la sensación de que va a negarse, hasta que un gesto contenido de
su primo le hace claudicar y adelantar su brazo para hacerme ver que me
sigue.
—Rick, puedes acompañarnos si gustas —le digo, aunque mi intención es
que venga sí o sí—. Luego te hago un recorrido por las instalaciones.
Mi vena amable, esa que solo saco a pasear cuando tengo en mente algo
para mi beneficio, hace que se confíen y me sigan. O al menos es el caso de
Richard porque a Julian lo veo receloso, y eso me pone en alerta.
Antes de emprender el camino compruebo que los chicos comienzan sus
bailes a pesar de que solo haya un puñado de espectadoras, y es que todavía
es algo temprano para este tipo de clubes, o eso se piensan los maridos de
todas las mujeres que ya están sentadas y preparadas para gozar como
nadie.
Hago un gesto a Frankie para que esté al pendiente y recibo un
asentimiento, y es cuando me hago una nota mental para luego hablar
también con él. Va siendo hora de tener al personal de seguridad alerta por
si es cierto que tenemos un topo en este lugar; ya todo es posible cuando se
trata de Linda.
—Vayamos al despacho de la contable —les señalo—. Estaremos solos
porque ella hoy no viene.
Sin decir nada más, me dirijo hasta allí, aunque mirando todo lo que me
rodea según avanzo. No la veo, y eso me deja tranquilo porque seguro que
está limpiando la zona de vestuarios o la de atrezo, el despacho solo se
limpia una vez que Gwen ha acabado por la noche.
—Pasemos —indico mientras abro la puerta.
Y mi sorpresa es mayúscula cuando la imagen más erótica que he tenido
en mi vida se presenta ante mí en forma de morena moviendo su prieto culo
de manera sensual mientras está agachada junto al archivo. Me fijo bien en
ella a la vez que me recoloco la polla de la manera más disimulada posible
y descubro que tiene el brazo metido por detrás del mueble, lo que me hace
gruñir y carraspear para hacer notar nuestra presencia.
Repito el sonido varias veces más, sin embargo, parece tan metida en lo
que sea que está haciendo que ni con el silbido que deja salir Julian de sus
labios se inmuta.
Es necesario que cierre la puerta con más ímpetu del necesario para que
ella salga de su ensimismamiento y se dé cuenta de que la he pillado in
fraganti. Lo que me deja descolocado son sus primeras palabras al darse la
vuelta.
—¡Richard, qué alegría verte!
Capítulo 15
La caja de música
Linda
Maldita sea, estoy tan metida en mi mundo buscando la dichosa caja de
música que no me entero de que ha llegado el capullo de Axl hasta que la
puerta sufre de su prepotencia cuando la cierra de un golpe seco.
Aprieto la mandíbula antes de volverme y soltarle una de mis perlitas
porque solo me llevaría a tener que explicarle qué narices hago casi tirada
en el suelo buscando algo que no debería estar aquí siquiera. La sorpresa
me invade al ver que viene acompañado.
—¡Richard, qué alegría verte! —grito al verlo, y me tiro a sus brazos—.
¿Cuándo has llegado a Las Vegas? ¿Cuando hemos hablado no estabas
en…?
—Tranquila, preciosa —susurra a mi oído—, tendremos todo el tiempo
del mundo para hablar.
Me dejo abrazar y embriagar por su familiar olor olvidando las dudas que
me asaltan, hasta que un nuevo carraspeo del capullo me obliga a separarme
del médico de mi sobrino, no sin antes pensar en que puedo molestarlo un
poco más. Total, Frankie ya me ha dicho que se rumorea entre el personal
que soy su tocapelotas oficial, y no de manera literal.
Richard no pierde todo el contacto conmigo, es más, me sujeta por la
cintura mientras le dirige una mirada a mi jefe, el cual tiene ahora mismo
casi la misma cara de asesino en serie que suele tener Zed a diario. Mira,
eso se lo diré luego, que ya le está pegando al jefe su gesto de cabreo
perpetuo.
—Bueno, ya veo que no son necesarias las presentaciones —mastica Axl
con mucha acritud—. Linda, vuelve a tus quehaceres. Tenía entendido que a
este lugar no debes acceder hasta que acaba la jornada de la contable.
Su tono de superioridad me saca de quicio, y más que intente quedar por
encima cuando hay gente, así que retengo un poco mi lengua o me va a
echar antes de dar con mi ansiada cajita de música.
—Gwen ha dejado dicho que…
—Si la contable quisiese que husmearas sin estar uno de los dos
presentes, yo lo sabría de primera mano —me corta—. Ve a limpiar los
baños del personal, más tarde hablaremos tú y yo.
Su tono me deja ver que está bastante molesto, y no entiendo el motivo,
así que lo dejo pasar porque es cierto que no tengo ganas de dar
explicaciones que ni siquiera sé cómo plantearlas, mucho menos delante del
oncólogo. Hay una cosa que me extraña de esta situación, pero por el
momento no puedo verbalizarla porque implica que Axl sepa más datos
sobre mi vida, y no me da la gana que nadie más me tenga lástima.
Me despido de Richard dejando un beso en su mejilla, al que él
corresponde con otro demasiado cerca de la comisura de la boca junto a una
caricia en la cintura. Es la primera vez que tenemos tanta intimidad, aunque
supongo que es una reacción normal cuando ves a alguien cercano a tu vida
cuando están en un sitio hostil.
Dejo el despacho de Gwen, no sin antes mirar de soslayo y darme cuenta
de que nos está fulminando con la mirada, y decido que es mi momento de
descansar. Voy a la zona de personal, recojo mi bolso y salgo por la puerta
del callejón. Más tarde me enfrentaré a la fiera.
Voy dando un paseo hasta el Bellagio, no sé qué es lo que tiene este lugar
que me relaja tanto, y respiro hondo intentando dejar la mente en blanco al
menos unos segundos. Y casi lo logro.
—Linda, amore —me interrumpen—, ¿cómo tú por aquí? Supe que
estabas de viaje, pero pensé que habrías ido a visitar la tumba de tus padres.
Aprieto la mandíbula antes de volverme y sonreír de la manera más falsa
posible. Ella es de esas personas que uno no debe tener jamás de los
jamases en contra. Y sí, no tengo ni idea de qué hace en Las Vegas mi
vecina de apartamento en San Diego, mucho más teniendo en cuenta la
zona en la que vivimos y el poco dinero con el que contamos, aunque estoy
segura que ella sola me lo va a detallar.
—Esa era la idea inicial —comienzo a decir mientras pongo a trabajar mi
cerebro para crear una mentira creíble—. Iba de camino cuando se me
averió el coche, me dejó tirada a la entrada de la localidad siguiente a esta,
y me he visto obligada a quedarme unas semanas en esta zona para ganar
algo de dinero y poder pagar la factura del mecánico.
—Pobrecita —murmura mientras me acaricia el pelo. Odio cuando hace
eso—. Bueno, ya está aquí tu querida Constanza para ayudarte.
Me quedo con la boca abierta cuando de su enorme bolso saca un fajo de
billetes nuevecito, y le doy un manotazo para que lo guarde mientras
observo lo que nos rodea. Y es que no por ser una zona muy turística está
libre de carteristas porque la policía no da abasto para todo lo que sucede en
la ciudad que nunca duerme.
—Mujer, guarda eso —mascullo enfadada—, ¿de dónde has sacado tanta
pasta?
Alza una ceja y con su dedo índice me señala el casino, solo que no acabo
de creer lo que intenta hacerme ver con gestos.
—Vale… —claudica, dando un resoplido poco femenino—. Digamos que
he recibido una herencia inesperada y he decidido invertir un poco en la
ciudad del juego.
Casi me dan ganas de reír cuando se me viene a la mente que, por su
edad, solo la incluiría en su testamento Tutankamón, así que me trago la
réplica y vuelvo a observar lo que nos rodea cuando una sensación extraña
invade mi cuerpo.
—No quiero saber de dónde lo has sacado —le digo—, pero te aconsejo
que tengas cuidado porque hay demasiados estafadores con pinta de
millonarios a la caza de abuelitas con la cartera llena y más ganas de un rato
de cariño que de preservar los ahorros.
—No me importaría que llegara uno de esos a darme una alegría —suelta
de sopetón—. Total, tengo más montones como este.
Boquiabierta me quedo ante su afirmación, solo que antes de poder decir
más me coge del brazo y me arrastra unos metros con bastante fuerza.
Planto mis pies porque no tengo idea de lo que pretende, y decido que es
momento de volver a mi lugar seguro en esta ciudad, necesito regresar al
club.
—¿Dónde me llevas? —pregunto a la vez que me deshago de su agarre.
—Tenemos que ir a un sitio donde nos esperan —comenta nerviosa—.
Vamos, luego te ayudo a volver a casa, que va siendo hora de que pongas
orden en tu apartamento. Desde que se llevaron a Megan los mismos tipos,
no veas si está sucio aquello. Y mira que me prometieron que mandarían a
alguien para arreglar todo el destrozo, pero no, al final he tenido que llamar
a la casera y está que se la llevan los demonios. Mira que se lo advertí, que
esa chica era demasiado joven, y no me quiso hacer caso…
Doy pequeños pasos hacia atrás, de manera lenta para que Constance no
se ponga más nerviosa de lo que ya está, algo que deja entrever porque
sigue hablando para sí misma, y caigo en la cuenta de que tira de mí hacia
el callejón de servicio del hotel. Va a ser que no, estoy segura de que es una
treta para algo malo.
—Constance, ve delante, ya te sigo yo. —Niega con un gesto y da un
paso hacia mí, por lo que me veo obligada a usar la misma maniobra que
los críos del barrio cuando quieren librarse de su regañina—. Uy, ¿no es ese
el señor Piero? ¿Qué hará en Las Vegas?
Es nombrar el nombre del tipo al que más odia del vecindario y darse la
vuelta sin dudar, momento que aprovecho para hacer lo mismo, aunque en
sentido contrario al suyo, lo más rápido posible porque sé que algo turbio se
esconde en el encuentro con esta mujer. Mucho más que me haya
mencionado a Megan, dejando entrever que no se ha ido por su voluntad.
Corro todo lo que me dan las piernas sin mirar atrás, sorteando grupos de
personas que pasean por la zona, turistas despistados que se paran de
repente porque no saben hacia dónde tirar y hasta a algún carterista al que le
he frustrado el plan por espantar a su víctima, pero ahora mismo me
importa poco si tengo que atravesar la avenida con el semáforo en rojo:
necesito llegar cuanto antes al Broken, ahí no pueden hacerme nada.
Me veo obligada a frenar mi carrera cuando estoy a punto de llegar al
callejón lateral del club, justo por donde todos los empleados entramos, al
ver a Pancho apoyado en una de las paredes.
—Tic, tac, preciosa —masculla a la vez que se mueve un poco de su
lugar—. El tiempo corre en tu contra.
No me lo pienso. Me voy hasta la puerta principal, me lanzo a los brazos
de Frankie sin pensar y lloro. Es tal la explosión de llanto que no sé en qué
momento me llevan dentro y pierdo el conocimiento.
∞∞∞
Noto que me dan toques en la cara y un olor fuerte invade mis fosas
nasales, voces apagadas penetran mi cerebro hasta que se convierten en
murmullos cercanos. Ordeno a mi cerebro que espabile, y es cuando mis
ojos deciden abrirse.
Lo primero que veo es la cara de preocupación de Richard cerca de la
mía, tanto que soy capaz de saber que ha tomado algo de alcohol. Le sonrío
en el momento que su suspiro de alivio es evidente.
—Cariño, nos has dado un susto de muerte —susurra mientras aprieta mi
mano—. ¿Qué ha sucedido para que llegaras tan alterada?
Frunzo el ceño al escuchar un gruñido, busco al autor y me doy cuenta de
que me han metido en la sala de descanso. Axl está apoyado en la puerta del
despacho de Gwen, con los brazos cruzados y cara de perro. Me reitero en
que tengo que hablar con Zed para que no se pegue tanto a su jefe, está
imitando sus modales.
—Axl, creo que debemos llamar a alguien para que atienda a la chica —
interviene otro hombre, del cual no me he dado cuenta de su presencia—.
Deja que salga a…
Ahogo un jadeo al fijarme en quién es, aunque no sin antes dejar salir un
sonido que ha hecho que Axl se mueva de su sitio.
—Déjalo —gruñe—. Ya aquí su enamorado se ha encargado de
reconocerla en profundidad.
Su tono irónico no me pasa desapercibido, solo que dejo que sigan con su
mini concurso de meadas, porque esto no se puede calificar de otra manera.
Me levanto del sofá donde me han tumbado a pesar de las reticencias de
Richard, y me encamino al baño. Mejor perderlos de vista un rato mientras
pienso en lo que hacer.
Antes de abandonar la sala echo un vistazo a los tres hombres y frunzo el
ceño porque acabo de caer en la cuenta de algo.
—Oye, ¿tú no eres…?
—Sí, me conociste hace pocas semanas en Boulder City —me corta—.
Axl, esta es la chica de la que te hablé, aquella a la que le ofrecí ayuda y
salió corriendo.
Me callo la réplica que voy a darle cuando me dirige una mirada con la
que pretende amedrentarme, y con el genio que me gasto hoy este no sabe
lo que está haciendo; sin embargo, voy a dejar que piense que me ha ganado
este movimiento. Cada hora que pasa estoy más segura de que esto es una
partida de ajedrez, solo que la reina no soy yo, sino algo más grande que
dejó mi padre en la caja y no es lo que dice la zorra de mi hermana, estoy
segura de ello.
—¿Es cierto eso, Linda? —pregunta Axl con recelo, a lo que asiento con
un gesto—. Como sea, creo que va siendo hora de que nos pongamos a
trabajar, no nos pagan por holgazanear o dar el espectáculo en la calle.
Me muerdo el interior de la mejilla para callarme la ingeniosa respuesta
que tengo en la punta de la lengua. Tengo que seguir tanteando el terreno
para ver qué tiene que ver su socio con el tipo que lo acompañaba en el
aeropuerto y con el que me he topado antes, y si Axl está también en los
negocios sucios que sé que maneja.
—Cariño, ¿te llevo mejor a donde sea que te estés quedando? —Richard
me saca de mis pensamientos, y me doy una patada mental por no estar
alerta a cada palabra que digan, así que niego con un gesto—. No creo que
estés en condiciones de…
—Ya tienes tu respuesta —corta Axl—. Julian, nos vemos mañana a la
hora de siempre en el local, encárgate de enseñarle a tu primo el
funcionamiento de la organización mientras llego; dos manos más siempre
vienen bien si es cierto que va a ayudarnos con los chicos más jóvenes.
Miro de uno a otro porque no entiendo de qué narices están hablando.
Richard es oncólogo, el doctor que está tratando a mi sobrino, no sé a qué
viene eso de que va a colaborar en la causa de estos. Y eso solo puede
significar… «¿Qué coño está pasando aquí? Me acabo de perder algo
importante y no sé qué es».
Los hombres salen sin mirar atrás, aunque antes de que Axl cierre la
puerta veo el gesto de Richard de que más tarde me llama, a lo que asiento
con la cabeza para que sepa que le he entendido. Me quedo unos minutos
sola, sentada mirando a la pared que tengo frente a mí, tan ensimismada en
intentar encajar lo que me está sucediendo en tan poco tiempo que no
escucho la puerta cerrarse ni los pasos de Axl hasta que se pone ante mí
tapando la maravillosa pared.
Le doy un buen repaso, porque sí y porque hasta ahora no me he parado a
observarlo con detenimiento. Y lo malo es que me está encantando lo que
veo según voy subiendo: piernas fuertes y trabajadas cuya musculatura no
se disimula debido a lo pegadísimo que le queda el pantalón del uniforme;
cintura estrecha, mejor no hablo del bulto que se le marca en la zona de la
ingle porque no dejo de relamerme, y además de manera literal; la estrecha
camiseta no disimula ni un centímetro de ese abdomen plano que se
esconde tras ella, ni los pectorales tan desarrollados que oculta; de los
brazos solo puedo decir que esos músculos son motivo para que los dioses
del Olimpo lloren, y es que dudo que esas deidades los tengan tan
desarrollados como el elemento que tengo ante mí con las manos en la
cintura esperando algo, aunque no tengo ni idea qué. En mi escrutinio me
paro en su garganta, esa nuez de Adán que se mueve según traga y que
acaba de provocarme una contracción vaginal. «Dios, lamería una y otra
vez ese apetecible cuello hasta llegar a su oreja, la cual mordería hasta
escucharlo gemir y seguiría un poco más, lo suficiente para desplazarme
luego a mordisquitos por su cuadrada mandíbula hasta llegar a esos labios
que ya he probado y de los que no me he saciado. Maldito capullo».
—¿Me harías todo eso y encima me insultas? —Sus palabras me dejan
por un momento fría, y caigo en la cuenta de algo—. Sí, cariño del estirado
ese, acabas de pensar en voz alta.
Un gemido lastimero se me escapa al fijarme en la diversión pintada en
sus pupilas a pesar del tono irónico con el que ha escupido las palabras,
esos ojazos de precioso color azul que estoy aprendiendo a comprender,
aunque en ellos se aprecie recelo. No sé si a mí o a cualquier persona, pero
ahí está ese sentimiento de manera continua.
No sé lo que contestar, así que opto por la salida fácil: huir hacia alguna
parte del club, y por la peor, la sala principal. No me detengo a mirar a nada
ni a nadie, es mi manera de intentar pasar desapercibida, y lo logro una vez
que llego al almacén que hay tras la barra.
Sé que es una zona vetada para mí, y Axl lo ha dejado claro con sus actos
además de con sus palabras, pero también es un lugar que debe estar limpio
para que no entren seres indeseables aparte del encargado, claro está.
No tengo idea del tiempo que llevaré aquí, me he puesto a limpiar una de
las estanterías, sacando las botellas una a una, y entreteniéndome en hacer
nada porque se ve que los camareros sí que cuidan de mantener esto en
óptimas condiciones, solo que mi tranquilidad se ve interrumpida por un
carraspeo a mi espalda. No necesito darme la vuelta para saber quién es.
—Ahora sí que no vas a huir —dice Axl—. No vamos a salir de aquí
hasta que aclaremos varios puntos que se han sumado a la incógnita de tu
llegada al Broken.
Capítulo 16
Ahora sí que no vas a huir
Axl
No he parado de darle vueltas a lo sucedido en el despacho desde que uno
de los chicos de seguridad irrumpió en él para informarme de la llegada de
Linda y su desmayo en los brazos de Frankie.
Lo primero fue que Julian retuvo a su primo por un brazo y le susurró
algo que no debió gustarle nada porque se soltó de un tirón y salió con
prisa. Se tuvo que quedar en la puerta hasta que le hice una señal al portero
para que guiara al medicucho hacia donde estaba la morena.
Todo me ha parecido demasiado extraño, y desconfío de algunas actitudes
del tal Richard, y es que ahora que caigo en la cuenta que no me ha dicho
Julian cómo se apellida por muy primo suyo que sea. Eso sí que es más raro
todavía porque mi socio es un neurótico con según qué cosas, no puede
pasar sin saberlo todo de quienes se rodea y de paso que lo sepamos quienes
estamos cerca.
Hago a un lado mis pensamientos cuando me doy cuenta de que la
morena que me tiene la polla más tiesa que un mástil lleva demasiado
tiempo en el almacén, algo poco usual ya que no es un lugar en el que ella
deba trabajar; pensé que solo había entrado para esconderse un rato y
calmar la vergüenza que le he visto en la mirada, sin embargo, recuerdo que
tengo algo allí guardado de ella y decido que es momento de ver lo que está
haciendo.
Dejo al mando de la barra a una de las camareras que más tiempo lleva en
el turno de día y abro la puerta del almacén. Mi sorpresa es mayúscula
cuando veo que Linda ha ido sacando las botellas de las estanterías y las ha
ido ordenando por añada. No sé si será una manía o las pocas ganas de salir
del lugar, pero paso unos minutos observando el mimo con el que trata cada
uno de los recipientes.
Cuando me canso de ver la parsimonia que maneja en este instante,
carraspeo para llamar su atención y, a pesar de que no se da la vuelta, sé el
momento exacto en el que nota que soy yo quien está tras ella y no otro de
los camareros. Cierro la puerta con suavidad antes de acercarme.
—Ahora sí que no vas a huir —le digo—. No vamos a salir de aquí hasta
que aclaremos varios puntos que se han sumado a la incógnita de tu llegada
al Broken.
Recula un poco en el sitio, pero su espalda topa con la estantería y el
tintineo de un par de botellas al chocar provocan que se aparte con rapidez.
Sonrío porque se ve que es una mujer delicada en cuanto al trabajo se
refiere, y que respeta el espacio.
Y es que por las cámaras de seguridad he visto cosas que no debería,
hechos que necesito que aclaremos hoy mismo o me voy a volver loco del
todo. Ya no sé si llamar a mi terapeuta o irme a una clínica de reposo una
temporada porque no es normal el revoltijo de ideas que inundan mi mente
a todas horas del día y de la noche.
—¿No piensas darme una de tus ingeniosas respuestas, señorita Swan?
Es vocalizar su apellido y ponerse en tensión. Una sonrisa más falsa que
un billete de seis dólares se instala en su cara a la vez que da un par de
pasos hacia mí. Ahora sí que tengo a la morena guerrera a la que mi polla
saluda en una perfecta posición de firmes.
—No creo que el señor encargado tolere impertinencias por parte del
personal —responde con chulería—, pero si me da permiso, le puedo decir
hasta quién se la tiene que chupar para que la ascienda en el negocio.
La imagen de ella arrodillada en este mismo lugar hace que me relama
para humedecer la repentina sequedad de mis labios. Me recoloco la polla
de manera descarada porque se me está clavando la cremallera del pantalón
y no podré soportarlo mucho más.
Su mirada se clava en la zona y me recreo más de lo recomendable ahora
mismo para mi cordura, y es que me encanta tenerla así: contradictoria y
caliente. Sacudo mi cabeza porque necesito centrarme en lo que me ha
traído aquí, ya luego si acaso me la follo como pide con esa mirada que me
dedica.
—Hoy estoy benevolente —anuncio tras carraspear—, así que pasaré por
alto tus impertinencias siempre y cuando me cuentes lo que quiero saber.
—No tengo una mierda que decirte —responde a la defensiva.
Por la postura que ha adoptado, piernas un poco abiertas y brazos
cruzados al pecho, sé que no me lo va a poner nada fácil. No me importa, al
final me saldré con la mía y saldremos de aquí con las cartas descubiertas.
—Ya verás que sí —musito dando un paso hacia ella. No se mueve,
aunque sí revisa por el rabillo del ojo las vías de escape—. Para empezar,
quiero saber si de verdad te llamas como pone en la identificación que le
facilitaste a Gwen y cómo es que has llegado de repente al club.
Aprieta los labios para no contestar, y en lugar de molestarme esa actitud
lo que provoca en mí es más ardor por ella. «Comienza el juego, Axl, ya
sabes lo que tienes que hacer», me doy ánimos a mí mismo. Agarro el bajo
de mi camiseta y me la saco de la cabeza, la lanzo a saber dónde y cruzo
mis brazos por delante de mi pecho mientras sonrío satisfecho.
—¿Qué coño…? —Alzo la ceja al darme cuenta de su tono titubeante—.
Axl, no sé lo que pretendes, pero no pienso ceder a tus chantajes de
machirulo trasnochado.
—Uy, lo que me ha dicho —musito en tono jocoso mientras me llevo la
mano al botón del vaquero.
—¡Para! —ordena con un gritito mientras da un par de pasos laterales—.
Me llamo Linda Swan, cuando viajaba de San Diego hasta Salt Lake se me
estropeó el coche, me enteré de que estaban contratando personal en el club
y me entrevisté con Gwen. Fin de la historia.
Desabrocho el botón y empiezo a bajar la cremallera porque poca verdad
hay en su relato de mierda. Vuelve a dar otro par de pasos y se topa con otra
estantería. «Joder, tengo que alejarla de ese punto, no puede encontrarla
hasta que confiese», me recuerdo.
Me acerco con sigilo y sonrisa depredadora, seguro que mi ardor por ella
se refleja en la mirada, y hace justo lo que pretendo: se mueve hacia el lado
contrario a donde está la cajita.
—¡Está bien! —protesta a la vez que da un pisotón en el sitio—. Es cierto
que mi nombre es el que sale en la identificación, no soy una mujer que
vaya por ahí dando nombres falsos.
Hace una pausa y se frota las manos por la cara, coge aire y me mira con
gesto dulce. «No te dejes engañar por su carita de niña buena, Axl, te quiere
hacer el lío», me recuerda mi conciencia.
—¿Cómo llegaste al club? —Hago un gesto con mi mano para que me
deje acabar—. Y no me vale eso de que te lo dijeron porque todo el mundo
venía con referencias, todos menos tú. Además, he visto cómo entraste. En
este lugar hay más cámaras de las que el personal cree.
—Digamos que me perdí, entré corriendo, me choqué con Zed y me
asusté tanto que seguí hacia el interior y me escondí en el lugar que pensé
más seguro —musita—. Lo malo es que Gwen estaba agachada cuando
entré y me sorprendió. Ya no tuve opción a salir de aquí…
Se queda callada, sé que esconde algo y me muerdo el labio antes de
plantearle la siguiente pregunta, que luego tendré que consultar con nuestra
contable, pero al menos tener algo.
—¿Qué le llegaste a confesar a Gwen para que creara un puesto solo para
ti? —Me mira extrañada y decido aclararle ese punto—. Aquí siempre
hemos trabajado con una empresa de limpieza externa que nos manda
personal en el horario establecido, no tenemos aquí a nadie a cualquier hora
desde que la única persona que tuvimos de esa manera nos la jugó.
Frunce el ceño, respira hondo y mira a su alrededor buscando algo. Se
dirige hasta donde están los barriles y se sienta en uno de ellos, me señala el
otro con la mano, niego y me acerco a ella. No voy a dejarle demasiado
espacio de maniobra.
—Le conté un poco de mi historia, lo justo para desahogarme con alguien
que no me juzgara… —Hace una pausa y sonrío porque acaba de definir a
mi querida Gwen—. Me tendió una mano de la manera que menos pensé…
Me ofreció trabajo y protección, me dijo que ya tenía una familia que me
querría…
La voz se le corta debido a la emoción, y me veo obligado a tragar saliva
porque sé que la contable deja entrar a muy pocas personas dentro de su
círculo de confianza. Me estoy empezando a sentir como un ser sin corazón
al estar poniendo en duda su criterio con respecto a la mujer que tengo
delante.
—¿Por qué te quedas a dormir en la sala de descanso cuando el local está
cerrado? —Abre los ojos de manera desmesurada, y vuelvo a colocar una
sonrisa de suficiencia en mi cara—. Te he dicho que todo lo veo. No voy a
preguntarte por la llave o los códigos, me he dado cuenta de tu habilidad
para pasar desapercibida, así que me hago una idea del porqué lo tienes.
—He tenido algunos… problemas con la forma de llegar al sitio donde
iba a quedarme unos días —comienza titubeante, y en sus ojos veo que algo
oculta y no miente—, así que pensé que no pasaría nada si volvía a
descansar los pocos días que iba a permanecer en este lugar.
Se calla de repente, y frunce el ceño al darse cuenta de que me ha dado
un dato más. ¿Cómo que iba a estar aquí solo unos días? Y la cuestión más
preocupante: ¿de qué o quién se esconde? Pongo mi neurona a pensar, que
parece que le llega algo más de sangre al tener mi polla dura, pero quieta, y
me viene a la mente la imagen del tipo latino que ha estado insistiendo en
entrar varias noches hasta que vino con uno de nuestros clientes habituales.
Tampoco los chicos de seguridad han visto nada raro el par de veces que ha
estado aquí.
—Voy a dejar pasar ese detalle con una condición —le digo con calma—:
tienes que decirme qué tipo de peligro corres. —Niega con la cabeza de
manera repetida, así que vuelvo a la técnica de antes: me bajo la cremallera
y dejo que mi polla haga acto de presencia. Sí, voy sin ropa interior en este
momento—. Como bien te apuntó Gwen, quienes estamos en este lugar
formamos una familia, disfuncional si te fijas en que cada uno cargamos
con algo duro de nuestro pasado, pero familia en el amplio concepto de la
palabra, y lo que le pase a uno nos afecta a todos, tenlo en cuenta.
Noto que traga saliva y desvía la mirada, la posa en un punto
indeterminado a mi espalda, y sonrío ufano porque tengo claro que provoco
en ella los mismos sentimientos de posesión que me invaden a cada hora
desde que me la encontré la primera noche en el despacho de Gwen.
—No puedo decirte nada —susurra— porque ni yo misma sé lo que está
sucediendo a mi alrededor. Creo que…
Dejo que se tome su tiempo, espero minutos que se me hacen horas, y
cuando me convenzo de que no va a abrir la boca decido hablarle de él.
—Escúchame con atención —murmuro, elimino la distancia que nos
separa y coloco mi cuerpo entre sus piernas, tan pegado a ella que la punta
de mi polla casi hace contacto con la zona de sus tetas. «Es tan perfecta
para mí…»—. Yo tuve un hermano, uno al que estaba muy unido, y le pasó
algo muy feo por no querer contar a nadie por lo que estaba pasando. Te
aseguro que si hubiese pedido ayuda su final habría sido otro, o al menos es
lo que quiero pensar…
Me mira con ojos desorbitados y es cuando se fija en que me estoy
tocando la muñeca izquierda, pero su gesto pasa de la sorpresa al horror
cuando lee el nombre que acaricio cada vez que lo recuerdo: Jackson.
Su reacción me deja por un momento desconcertado, y es que me da tal
empujón para separarme de ella que caigo de culo al suelo. Me levanto lo
más rápido que puedo y me da el tiempo justo de acorralarla contra la
puerta. No me ha gustado nada su reacción al ver el nombre de mi gemelo,
mi hermano pequeño, y no quiero pensar que de verdad es ella, no podría
hacerme eso y mucho menos a él.
—Deja que salga de aquí, maldito —refunfuña a la vez que se retuerce
contra mi agarre—. ¡Que me sueltes, cabrón!
Le doy la vuelta, ya que tiene la cara pegada a la puerta, y pongo mi
frente contra la suya para que vea la ira que me recorre en este momento.
Los dos respiramos alterados, nuestro enfado crece por momentos, y ni así
cedemos un ápice.
—Ahora me vas a contar por qué le hiciste daño.
Si cree que porque me mire como si no supiera nada voy a aflojar, la lleva
clara. Esta no sabe a quién se está enfrentando.
—Confiesa, maldita —mascullo con rabia a la vez que la cojo por ambos
brazos y la siento sobre el arcón del hielo—. ¿Por qué lo llevaste a la
muerte? ¡Qué es eso tan malo que te hizo para que lo empujarais a matarse!
Sigue negando con la cabeza, y entonces me dejo llevar por mi ira y
lanzo todo lo que hay en una de las estanterías al suelo, dejo todo el espacio
inundado de cristales y a Linda demasiado asustada por mi reacción.
Me importa una soberana mierda si me tiene miedo, lo único que quiero
son respuestas que se niega a darme. Y entonces caigo en algo: se quedó a
solas con ese hijo de puta.
Capítulo 17
¿Quién eres en realidad?
Linda
No tengo ni idea de lo que se le pasa por la mente, pero ahora mismo no me
fio de lo que pueda hacer. Eso no quiere decir que crea que me va a hacer
daño físico, he llegado a conocerlo en estas semanas lo suficiente como
para saber que es todo un caballero con pinta de malote, sin embargo, el que
haya recordado una historia que se le escapó a Cindy de un tal Jackson ha
hecho que mi gesto cambie porque sería mucha casualidad.
No sé qué decirle, no puedo hablar de algo que no he vivido y que he
escuchado entre las sombras y de manera parcial, y temo que me denuncie
porque ya ha dicho que tiene videos en los que se ve cómo me cuelo.
Ojalá pudiera moverme, tener la oportunidad siquiera de dar unos pasos
para intentar poner en orden mis ideas, pero ahora mismo sé que no debo
hacerlo si no quiero que acabe con todas las existencias del lugar.
—No entiendo nada —susurro más para mí que para él, aunque sé que
me ha escuchado—. Axel, deja que salga y…
—Te quedas donde estás —gruñe a la vez que mira con odio—. Te he
advertido ya que de aquí no salimos hasta que aclaremos todo.
Tengo unas ganas horribles de echarme a llorar porque una vez más voy a
comerme otro problema provocado por la zorra de mi hermana, y siento tal
impotencia que no aguanto y dejo que las lágrimas recorran mi rostro. Total,
¿qué más puede pasar?
—No sé lo que quieres de mí, en serio —balbuceo—. Dime qué quieres
oír y te lo digo.
La risa sarcástica que escupe casi en mi cara me produce tan escalofrío
que se aparta un poco de mí con una mueca de asco.
—Y pensar que te consideraba especial —masculla—. Qué gilipollas me
siento…
—¿De qué hablas? —Mi confusión parece haberle hecho gracia, aunque
de momento vuelve a poner esa máscara de indiferencia con la que me
trataba los primeros días—. Axl, háblame, no entiendo tu cambio de actitud.
Y es cierto, porque no solo se ha distanciado de mí con sus emociones,
también ha puesto una barrera en el momento en el que ha vuelto a
enfundarse su camiseta y a poner la mueca de encargado todopoderoso.
—¿Qué hicisteis con el pobre crío? —pregunta de repente—. ¿Eres tú la
que secuestras a los niños con tu cara de muñeca para que ese maldito
monstruo les haga lo mismo que a…?
Deja la pregunta a medias y frunzo el ceño. «Mierda, mierda y más
mierda, aquí hay algo que se me escapa y no tengo idea de cómo hacer que
me lo diga. Piensa, Linda, piensa rápido, no tenemos más tiempo».
—Vas a tener que ser más concreto —susurro—. No sé de lo que hablas.
—¡Sí que lo sabes, zorra! —Me echo atrás debido a la agresividad de su
tono—. Si es que no debí hacerte caso e irme sin matar a ese cabronazo de
mierda.
Lo veo tironear de su cabello y se le deshace el moño que casi siempre
lleva. Es un mal momento para fijarme en estas cosas, pero me parece más
irresistible con él suelto, y eso que jamás me han gustado los tipos con el
pelo algo largo.
Vuelvo a la realidad cuando deja caer la mano de golpe junto a mi muslo
para llamar mi atención, lo que hace que me encoja un poco más y me
abrace a mí misma.
—Dime dónde lo has llevado —escupe junto a mi oído—. Si quieres
redimirte un poco por su muerte, salva al pobre niño de su mismo final. No
dejes que lo someta durante años como hizo con nosotros, con él…
Habla como en trance, con la vista perdida, y no entiendo qué es lo que
quiere decir. A mi cabeza solo viene la escena que presencié en el motel,
que casi mata al cerdo que tengo como cuñado y empiezo a hilar sobre eso.
—Axl, cariño…
Poso mi mano sobre la suya mientras trato de llamar su atención y se
aparta de mí con una mueca de asco y odio. ¿En qué momento le he hecho
algo para que reaccione de esta manera?
—No me toques —gruñe—. Solo dime dónde está para rescatarlo, no te
denunciaré a las autoridades si desapareces hoy mismo.
—Estás loco —protesto—. El crío al que te refieres, si es el mismo que
estaba donde el tipo al que casi matas, debe estar con su familia en este
momento recuperándose de lo que ese hijo de puta le hizo, porque las
heridas físicas que llevaba no eran graves —suelto con asco—. Y ya que
me acusas de algo, me explicas el porqué, gilipollas.
He ido levantando la voz y no me importa. A la mierda la corrección, a
tomar por el culo todo el que escuche tras la puerta. Me bajo del congelador
y cruzo mis brazos por debajo del pecho, si va a seguir insultándome al
menos que lo haga con alguien que le haga frente. No voy a quedarme
quieta más tiempo, se acabó ser la acosada por todo el mundo.
—¿Sabes lo que nos hizo tu amante? —escupe con rencor—. Te lo voy a
recordar porque parece que para lo que no te interesa tienes muy mala
memoria.
Hace una pausa para respirar y de camino abrir una botella de licor, creo
que es de Bourbon, aunque no estoy segura, de la cual da un trago largo a
morro.
—Axl, creo que…
—¡Calla, zorra! —Bufo porque estoy harta del insulto gratuito, solo que
voy a dejar que se desahogue porque se va a tragar sus palabras si es lo que
sospecho—. Tu amante, ese al que salvaste de la muerte que le iba a dar con
mis propias manos —suelta y vuelve a dar otro sorbo a la botella—, abusó
de mi hermano y de mí durante años. Y luego llegaste tú, su nuevo juguetito
de perversión, la puta que llevó a mi hermano a la muerte. ¡Por tu culpa está
muerto! ¡Tú fuiste la responsable de que ese cerdo lo matara!
Niego con la cabeza una y otra vez cuando a mi memoria vienen retazos
de conversaciones por teléfono de Cindy una semana antes de morir mi
padre; de las prisas que le entraron de repente por salir de la ciudad con la
excusa de que le había surgido la oportunidad de su vida y no podía
rechazarla; de las discusiones con él porque se negaba a darle la cantidad de
dinero que ella le pedía; de las noches en vela del pobre hombre pegado a la
ventana vigilando no sé qué; de su manera extraña de actuar cuando fue a
recogerme al instituto y me dijo que había muerto; su ausencia casi todo el
tiempo que duró el velatorio y posterior entierro…
—No fui yo —musito—, lo hizo ella.
Axl sigue bebiendo a morro y se ríe en cuanto callo, lo que me hace
recular y buscar la manera de salir de aquí. Las manos comienzan a
temblarme, la respiración empieza a ser errática y no me entra suficiente
oxígeno en los pulmones, me duele el pecho. Se avecina un ataque de
pánico y lo peor es que con él aquí, en ese estado, no puedo huir porque sí,
voy a tener que darle algo y no sé qué.
—Te juro que no he sido yo —repito, esta vez en un tono más firme. Si
no quiere creerme será su problema—. Ha sido Cindy, mi medio hermana
—le hago saber.
A la mierda todo, si tenemos que desnudar la verdad, ya me da lo mismo
que sepa que tengo una hermana de madre que se parece tanto a mí que no
es el primero ni será el último que me confunde con ella. O al menos con el
aspecto que tenía antes de largarse de Salt Lake City y dejarme en la calle
sin un dólar en el bolsillo y todos sus enemigos buscándola.
—Tú te llamas así y te lo has cambiado para meterte aquí y joderme la
vida —balbucea mientras sigue dando tragos—. Pues te lo advierto desde
ya: no vas a poder.
Da igual lo que diga o haga, hasta que no le pegue con alguna prueba en
la cara no va a darse cuenta de que está haciendo lo mismo que todos los
demás: señalando a la inocente.
—Es una pena que no la encuentre —musito más para mí misma—.
Maldita sea, dónde habrá ido a parar la maldita caja de música.
Escucho a Axl toser, se ha debido atragantar con el líquido que no para de
ingerir, y cuando miro en su dirección descubro que me observa con un
brillo diferente en la mirada.
—¿Sabes una cosa? —Hace una pausa para tomar aire y deja la botella a
un lado—. Te nombra varias veces en su diario…
Me quedo callada, espero a que siga hablando, incluso apoyo mi culo en
el congelador para que vea que estoy atenta a lo que sea que quiera sacar de
su alma rota.
—¿Y eso? —musito.
—Nombra a Linda, la hermana pequeña de Cindy. —Las lágrimas me
llenan de nuevo los ojos, y las retengo. No debo llorar hasta que suelte todo
el veneno que lleva dentro—. Hablaba de su dulzura, de lo mucho que se
parecía a la bruja mala, pero en buena e invisible… No quiero creerte, y a la
vez sé que mi Jackson sabía calar a las personas. ¿Quién eres en realidad?
Pienso un momento en su hermano, y sigo sin saber quién es, en serio.
Solo hay una cosa que puede probarle que no soy yo. Total, lo único que
voy a perder va a ser mi orgullo y parte de mi corazón cuando salga por esa
puerta.
—Hay una manera de demostrar que soy Linda —gruño a la vez que cojo
el bajo de mi camiseta—. Fíjate bien en lo que voy a enseñarte, grábatelo en
la mente, luego busca a tu amigo Julian y le pides que te ponga en contacto
con su amigo el traficante de armas. Es el único que va a poder decirte a
quién marcó en una de sus torturas.
Le doy la espalda y le enseño el pequeño tatuaje que tengo en el
omoplato izquierdo, una mariposa de color blanco. Justo en una de sus alas
esconde la cicatriz redonda de una quemadura hecha con una gavilla de
hierro, algo más grande que la que te deja un cigarrillo, y con aspecto
demasiado arrugado debido a que dejó que se infectara porque le dio la
gana.
Noto las manos de Axl tocando justo ese punto, y un escalofrío de terror
recorre mi cuerpo al rememorar las interminables horas que me tuvo en ese
sótano apestoso. Las lágrimas corren con libertad por mis mejillas y poco
me importa.
Me pongo la camiseta, me doy la vuelta para quedar frente a él y me
desabrocho el short del uniforme para bajarlo un poco y que vea el colibrí
que tengo ahí mismo. Lo que es el cuerpo del pájaro es un corte con una
navaja sin afilar, demasiado roma, y por el que casi pierdo la vida.
—Este de aquí lo hizo porque la zorra de Cindy le jodió la venta de un
enorme cargamento de armas —informo—. O más bien lo perdió porque
ella se acostó con el suministrador y timaron a Stefan. Pagué el precio de
ser casi idéntica a ella en aquel momento.
Axl solo mira esa zona, y cuando veo que acerca la mano me alejo
porque ahora mismo no soporto el brillo de lástima que se ha instalado en
sus ojos.
—Si ves una pequeña caja de música en el local —digo entre hipidos—,
busca dentro una memoria USB o algo que pueda contener vídeos, y
descubrirás que no miento.
No le doy tiempo de reacción a Axl y salgo huyendo del almacén, y
aprovecho que el local está lleno para esconderme en uno de los reservados
libres. Me siento en el suelo, en un rincón, y me encojo lo máximo posible
para desaparecer y hacerme invisible como cuando era una niña.
No sé el tiempo que llevo aquí metida. La única certeza que tengo ahora
mismo es que tengo que reponerme un poco para llamar a la hija de la
grandísima puta que me ha jodido la vida desde que nací para devolverle un
poco de lo suyo.
Respiro hondo, me levanto del suelo, aunque tengo que agarrarme a uno
de los cómodos asientos del lugar porque me mareo, y salgo con
determinación de camino a los vestuarios a recoger mis cosas. Ahora sí que
van a ver a la verdadera Linda, se acabó la invisible.
Cuando voy a entrar a la zona de las taquillas y las duchas escucho
murmullos, me freno porque no quiero interrumpir la acción que puedan
tener en el interior de las duchas ya que no sería la primera vez que casi
pillo a alguno de los chicos pajeándose o algo más, me aseguro de que va
todo como debe y entro a coger mis cosas.
Salgo al pasillo y miro hacia la puerta del callejón, por donde salimos el
personal, y en el último momento decido que pienso irme con la cabeza
bien alta. Me giro y salgo hacia la sala principal, donde ya están mis chicas
charlando con el capullo de Axl en la barra.
Paso de largo, no sin antes guiñarles un ojo, e ignoro la llamada del
capullo. Me da lo mismo si usa un megáfono o vuelve a las señales de
humo, paso de su culo.
—Linda, ¡te estoy pidiendo que pares!
Paso junto a los clientes con mi mejor sonrisa de niña buena con Axl
pisándome los talones, y un estremecimiento, esta vez de orgullo, recorre
mi cuerpo al darme cuenta de que se va a tener que tragar sus palabras en
cualquier momento. Me encargaré de que se humille ante todos en cuanto
recupere todo lo que es mío por derecho.
—Linda, el jefe me ha pedido que no te deje salir —anuncia Frankie en
cuanto llego hasta donde está.
—No pasa nada, ya me encargo —contesto mientras le acaricio el brazo.
Me giro solo para ver la furia invadir la mirada de Axl, sonrío con
malicia y le dedico el gesto más dulce que una mujer furiosa le puede
enviar al culpable de su estado: una buena peineta arrimándome más al
rechoncho cuerpo del segurata.
Las chicas ríen a carcajadas y J con un movimiento me hace saber que me
llamará luego, me doy la vuelta de nuevo, le planto un beso en la mejilla a
Frankie y salgo del local sacando el teléfono de mi bolso.
Marco el número de Cindy y no da señal. Respiro hondo y me digo a mí
misma que las líneas están colapsadas, que la antena de la zona se ha
averiado o que soy yo la que no tengo cobertura. Vuelvo a intentarlo, esta
vez en altavoz, y sucede lo mismo.
—Bueno, tú lo has querido, hermanita —mascullo mientras busco el
número de Peter en mi agenda.
Hago un último intento y me convenzo de que ha bloqueado mis
llamadas, así que hago lo que no se imagina: llamo a su prometido. Varios
tonos suenan, y cuando creo que no va a cogerlo la voz ronca del que no va
a ser mi cuñado suena al otro lado.
—¿Linda? —Su tono es de sorpresa, y no me extraña—. Linda, ¿estás
ahí?
—Hola, Peter —contesto con dulzura—. Perdona que te moleste, pero…
—Tú nunca molestas, pequeña, ya lo sabes —me corta—. Dime qué
necesitas, cielo.
¿Dos halagos en una frase y media? Esto huele mal, y más viniendo de
ese estirado.
—Estoy llamando a mi hermana y no logro localizarla —le digo con
calma—. Sé que es una mujer muy ocupada, pero tenemos la costumbre de
hablar en días alternos y hace varios que no puedo contactar con ella. Estoy
tan preocupada…
El silencio se hace al otro lado. Espero a que el lerdo de Peter piense en si
decirme la verdad o encubrir a la zorra de su novia, solo que escucho un
susurro y el carraspeo del tipo para encubrir otro sonido diferente… «¿Era
eso una risita femenina?».
Sí que lo era, y aguanto la risa porque tenemos un vividor engañando a la
zorra que se cree la más lista del planeta. Dejo a un lado el tema porque me
interesa hablar con Cindy, lo mismo me da lo que haga el ricachón.
—Ha tenido un problema con su teléfono —me informa—, me mencionó
algo de un acosador. Ahora te paso su nuevo número porque lo mismo no
ha traspasado la agenda al nuevo terminal y por eso no habéis hablado.
—Te lo agradezco mucho, cuñado —suelto con ironía una vez que tengo
lo que quiero, y la pilla porque escucho su gruñido—. Y no te preocupes, tu
canita al aire queda entre nosotros.
Cuelgo sin esperar respuesta y marco el número de mi zorra particular. Si
al final hasta me va a dar pena entregarla.
—Dime, amorcito —saluda melosa.
—Va a ser que no soy quien esperas, palomita —contesto con retintín—.
Tienes menos de veinticuatro horas para estar en el Aeropuerto
Internacional Harry Reids, aquí en Las Vegas, o te mando a tu ex, el
traficante de armas, a la puerta de la mansión de tu querido Peter.
Se queda callada, seguro que pensando una réplica a la altura de la
amenaza que acabo de lanzarle a la cara. Y espero hasta que la media
neurona la ilumine.
—No tengo nada que ver ya con nadie de ese mundo —contesta con
calma—. Si te has metido en los mismos negocios sucios que tu padre, pide
ayuda a la policía como hizo él.
Aprieto la mandíbula para no mandarla a la mierda antes de tiempo, así
que tiro del último recurso que tengo a pesar de haber perdido la cajita.
—Veinticuatro horas o tu identidad saldrá a la luz. —Gruñe, así que no le
doy opción a hablar—. Y no solo eso, enviaré a la policía y la prensa la
segunda copia de la memoria que dices que destruiste. Sales muy poco
favorecida a cuatro patas, hermanita.
—Eres una…
—¿Puta como tú? —corto—. Va a ser que no porque al final no me has
enseñado a chuparla tan bien, así que ya va siendo hora de que te persigan a
ti y devuelvas lo que has robado. Veinticuatro horas o tienes hasta al
ejército en el club de campo.
Cuelgo y decido que va siendo hora de enfrentar al siguiente capullo:
Pancho, Julian o Stefan, lo mismo me da.
Capítulo 18
La he cagado
Axl
La salida de Linda del almacén hace que todo mi mundo se desmorone de
nuevo.
No quiero creerla, o al menos no en la parte en la que dice que no es ella.
Por otra sí, en su mirada solo he visto recelo y miedo, demasiado miedo
como para que me esté mintiendo. Me siento junto a la puerta y apoyo la
cabeza en la pared a la vez que cierro los ojos. Necesito pensar bien en mi
próximo movimiento, aunque abro los ojos al momento, me levanto y voy
hacia el lugar donde guardé la pequeña cajita.
—Veamos qué cojones hay aquí dentro que eres tan importante para tu
dueña —mascullo cuando vuelvo a sentarme en el mismo lugar.
Manipulo la caja con cuidado, o al menos con todo el que soy capaz en
este momento, y no encuentro nada. Es la típica caja que al abrir sale una
bailarina y suena algo que me resulta demasiado conocido.
No soy un erudito en música clásica, sin embargo, algún conocimiento
tengo gracias a mi madre, profesora de música durante muchos años.
Tendré que coger el teléfono y ver si la melodía es en realidad alguna pista.
Con esta mujer todo es posible.
Sigo mirando los recovecos de la misma, y cuando estoy a punto de
dejarla por imposible me doy cuenta de una pestaña casi invisible que tiene
en un lado. Parece un arañazo, solo que cuando lo toco me doy cuenta de
que es algo que sobresale.
Toqueteo con cuidado y miro a mi alrededor a ver si hay alguna cosa que
pueda usar sin tener que romperla, y recuerdo que en el despacho de Gwen
tenemos un pequeño estuche que me puede servir.
—Mierda —gruño cuando me tambaleo al levantarme.
Me estabilizo al momento y salgo del almacén, ordeno a la primera
camarera que me cruzo que vayan a arreglar el destrozo que he hecho y
entro a la zona de personal.
Tengo bastante suerte porque no llego a cruzarme con ninguno de los
bailarines, y entro en el despacho sin llamar. Cualquier día pillo a Tay y a
Gwen follando como conejos para luego tirarse los trastos. ¿Y cómo sé que
entre esos dos hay algo, aunque no sé todavía bien qué? Porque todo llega a
mis oídos de una manera u otra.
Rebusco en los cajones hasta dar con lo que necesito, que no es otra cosa
que un juego de destornilladores pequeñitos. No tengo idea del rato que me
paso intentando abrir la cajita, y es cuando le doy un pequeño golpe en una
esquina que se abre de repente.
—Qué cojones…
Del interior salen un par de tarjetas de memoria pequeñas y un papelito
amarillento. Dejo la caja a un lado y cojo el trozo de papel, lo desdoblo con
cuidado y leo en él una secuencia de números. Lo dejo a un lado porque lo
mismo es una contraseña para ver lo que hay en las tarjetas. «Ves
demasiadas películas de espías, tío», me digo a mí mismo.
Conecto el ordenador de Gwen, miro si tiene adaptadores para las Micro
SD y meto la primera de las tarjetas. En ella encuentro carpetas con
nombres, abro una al azar y no entiendo qué es lo que tengo ante mí. Miro
un par de ellas más y obtengo el mismo resultado. Todo son números, cifras
que para mí no tienen sentido, aunque siempre puedo preguntarle a nuestra
cerebrito.
La sorpresa me la llevo cuando empiezo a revisar la segunda. El orden es
el mismo que en la anterior, con la diferencia de que hay subcarpetas de
fotos, vídeos, tickets y facturas de diferentes negocios. Esto sí que parece
más la contabilidad de muchas empresas, así que abro una carpeta al azar en
la que pone vídeos y me quedo helado con lo que tengo ante mí.
—No, ella no —musito cuando en las imágenes aparece mi morena.
«Gilipollas, que no es nada tuyo», me reprendo—. Un momento…
Amplio la imagen, porque sí, tenemos un buen equipo informático con
los mejores programas del mercado para poder hacer estas cosas, y veo que
la chica en cuestión tiene un lunar junto al ojo derecho que Linda no.
—Hostias, no es ella…
La respiración se me acelera a la vez que la secuencia avanza, y es que no
solo sale la verdadera asesina de mi hermano, también están el cabronazo
de John, Jackson y… ¿mi madre?
Sacudo la cabeza para despejar mi mente, no es posible lo que he visto,
pero no quiero volver a mirar. Como puedo, porque las náuseas me obligan
a tragar saliva, cierro la carpeta y saco la tarjeta del lector, guardo todo en la
cajita y la meto en la caja fuerte junto a una nota en la que le aviso a Gwen
que es algo privado, que no lo saque ni desvele a nadie que está ahí el
objeto. Estoy seguro de que Linda seguirá buscándolo hasta estar segura de
que ha desaparecido del Broken.
Me arrellano en la silla del escritorio porque necesito pensar, trazar una
manera de acercarme a la fierecilla sin que me salte a la yugular y decirle
que la creo. No puedo contarle lo que he visto, sin embargo, intentaré
ganarme su confianza.
—Como si fuera tan fácil, gilipollas —mascullo.
—¿Hablando solo, jefe?
La irrupción de J es inesperada, me causa molestia que entre sin llamar,
aunque por la mueca que tiene en su cara es posible que sí lo haya hecho
por primera vez desde que nos conocemos.
—Pasaba por aquí, vi luz y he llamado porque necesitaba hablar con
Linda de algo —se justifica.
Le hago un gesto para que entre y se siente. Necesito hablar con alguien
que no me juzgue o se ría de mí, y seguro que Jocelyn es la persona que
busco. Es como una hermana pequeña para mí y el resto de chicos, aunque
con más inteligencia que los orangutanes esos, que solo sabrían sacarle
punta a la situación para reírse de mi torpeza, sobre todo el capullo de Tay.
—La he cagado —mascullo con enfado—. Y no de cagarla un poco, no,
he metido la pata hasta el fondo.
El silencio que hay en el despacho no me resulta nada incómodo, así es
ella, todo lo simplifica con su presencia. Pasan los minutos, donde nos
comunicamos con la mirada, se levanta y sale del despacho sin decirme
nada de nada. ¿Qué cojones significa eso? Seguro que lo averiguaré más
pronto que tarde, así es la endemoniada de J.
Decido que es momento de salir de mi guarida provisional porque ya es
hora de cambio de turno y seguro que los chicos andan incordiándose unos
a otros. Antes de enfrentarme a las caras que van a ponerme, me comunico
con Frankie y le preguntó si la limpiadora se ha marchado del local. Al
responderme de manera negativa le hago hincapié en si ha podido irse por
el callejón ya que no tenemos seguridad en esa puerta, al menos de manera
visible, y me desvela su escondrijo: uno de los reservados.
Salgo del despacho una vez le he hecho una petición, raro en mí que no
haya sido una orden, y ha sido la de no dejarla salir de allí.
—Buenas, chicos —saludo al entrar en la barra y me afano en mi tarea de
cuadrar la recaudación del primer turno mientras escucho a Amber y Tiza
hablar.
No les presto demasiada atención por mucho que asienta a lo que dicen e
intente seguirles la conversación balbuceando alguna que otra palabra;
ahora mismo tengo la mente en mil cosas, todas ellas sin respuesta.
Llega el momento de subirme al escenario con los chicos, en este club
todos debemos saber hacer lo mismo que cualquiera por si hay que cubrir a
un compañero, y aunque no tengo ganas, el alcohol que he ingerido antes
me da el valor para hacer lo que acaba de venirme a la mente.
Me lo paso en grande, más al mirar de reojo en algunos de los momentos
del espectáculo hacia la barra, donde estaban reunidas nuestras chicas, y he
observado la ira bullir por el cuerpecito de Linda.
Estoy pensando en ello cuando recibo un codazo, no sé de quién, y la veo
irse por el pasillo de personal con su bolso. Salgo con rapidez de la barra y
la persigo, la llamo una y otra vez, y tiene la desfachatez de ignorarme.
—Linda, ¡te estoy pidiendo que pares!
Me veo obligado a gritar cuando sigue pasando por entre las mesas de los
clientes, sonriéndoles como nunca la he visto y con la cabeza bien alta.
Destila orgullo a pesar de que su mirada refleja tristeza y enfado a la vez.
Al llegar hasta la puerta, Frankie la detiene, supongo que la informa de
mi petición y lo que veo me deja alucinado y muy enfadado: le acaricia el
brazo con mimo.
Lo veo todo rojo, y más cuando se da la vuelta, me mira con rencor y
algo más que no sé identificar, me sonríe con malicia y me saca el dedo. Sí,
me hace una puta peineta delante de todo el mundo, se da la vuelta, le
planta un beso en la mejilla al capullo del segurata y se va.
Y el gilipollas de mí se queda parado en el sitio, escuchando de fondo las
risas de las chicas y con la polla palpitante y deseosa de meterse en esa
morena descarada en todas las posturas posibles para quitarle las ganas de
tocar a otro que no sea yo.
Salgo de mi burbuja de celos y autocompasión decidido a arreglar este
asunto como sea, solo necesito llamar a una persona para que me diga si lo
que he visto es cierto. Y si tengo que darle eso que le he ocultado estos
años, lo haré.
Vuelvo a la barra y noto el ambiente tenso, Zed está demasiado centrado
en lo que hace Tiza; Dix está de un raro que no es normal, y más cuando la
pelirroja revolotea cerca; y Tay…, no tengo ni idea de lo que le pasa,
aunque mucho me temo que tiene que ver con las ausencias de Gwen y
algunos desplantes que le ha hecho cuando creían que nadie los veía.
La noche se me pasa más rápido de lo que pensé, y es que ha sido una de
las que más clientes han entrado, eso sin contar con la de veces que he
tenido que llamar al orden a los chicos para que se centraran en lo suyo y no
en matar con la mirada a algunos de los hombres que vienen a relajarse a
este lugar.
No cierro cuando todo el personal se va, sino que me quedo un rato a
solas porque necesito pensar en lo sucedido con Linda, así que me meto en
una de las duchas. Todo el tiempo que paso bajo el chorro es rememorando
las imágenes que he visto, y se me viene algo a la mente que me obliga a
salir, vestirme con prisa y volver al despacho de Gwen.
Si no me equivoco, junto a Jackson, mi gemelo, hay un chaval que me
resulta demasiado familiar como para haberlo pasado por alto. No me lo
pienso e introduzco de nuevo la tarjeta, busco el vídeo y dejo que vaya
avanzando. Me asquea lo que estoy viendo, y aun así sigo adelante porque,
si es quien creo, empezaré a atar cabos sobre algunas cosas que me han
sucedido en los últimos meses, hasta podría decir que en el último año.
El sonido de mi teléfono a lo lejos me distrae, aunque la sorpresa me la
llevo cuando veo que es mi madre quien me llama. Algo debe pasarle
porque no suele hacerlo salvo en casos extremos.
—Dime, madre —contesto con hastío.
—Ay, pequeño, qué desgracia más grande…
Escucharla llorar es algo que nunca he soportado, me mata verla sufrir, o
al menos es así desde que sucedió lo de mi gemelo. Eso nos destruyó a
ambos, aunque de algún modo nos acercó ya que nuestra relación era más
que mala en aquel entonces. Me tragué el orgullo y acudí a su llamada,
ignorando que el cabrón estaba a su lado y no me quitaba ojo.
—¿Qué te ha pasado para que estés así? —pregunto en tono bajo, no
quiero alterarla más.
—Una desgracia, hijito —dice entre hipidos—. Mi John, mi amado John
está muy grave.
Frunzo el ceño porque no fue para tanto la paliza que le di. Es cierto que,
si no llega Linda y me frena, matarlo habría sido el mejor de sus finales,
pero de eso a que diga que está muy mal por un puñado de golpes es una
exageración.
—No creo que ese patán esté tan mal como te ha dicho —replico con
furia.
—Axl James Douglas —vamos mal si dice mi nombre completo—, esa
no es la educación que te he dado.
Y nada más regañarme un ataque de llanto resuena desde el otro lado de
la línea. Sabe que me mata verla llorar, pero escucharla y no estar a su lado
es mucho peor.
—No llores, por favor —pido con voz calmada—. ¿Necesitas que vaya a
verte?
Entre hipidos me responde de manera afirmativa, así que me trago todo lo
que quiero preguntarle y le digo que iré. Total, mejor hacerlo cara a cara y
ver sus reacciones.
Antes de cerrar el programa, me envío una copia del vídeo a la nube,
guardo la tarjeta en su lugar y lo meto todo de nuevo en la caja fuerte.
Reviso que todo en el club esté como debe antes de cerrar, me paso por la
cafetería donde desayuno con los chicos, estoy un rato con ellos y luego
voy hasta la casa de mi madre.
Enseguida estoy en su mansión, y es que no solo es profesora de música,
también es la propietaria de una de las mejores academias de danza de todo
el Estado, por lo que puede llevar un alto nivel de vida sin que el vago que
tiene como “marido” merme sus arcas.
Como he llegado algo pronto, me veo obligado a esperar hasta que el de
seguridad de la entrada confirme que la señora me espera. Sí, para ver a mi
propia madre casi tengo que pedir audiencia.
—Señor Douglas, puede pasar.
Mascullo un «gracias» de bastante mala gana mientras miro mi reloj, y es
que me ha tenido más de una hora en la puerta de entrada. Recorro los
cientos de metros de terreno en poco tiempo, y cuando llego a la zona de
aparcamientos veo el coche de Julian, mi socio.
—¿Qué cojones pasa aquí? —me digo a mí mismo mientras cojo el
teléfono.
Llamo a mi madre, la cual no me responde de inmediato, algo extraño en
ella, así que decido que hoy no voy a consolarla. Al menos hasta que
averigüe qué es lo que está sucediendo.
Ahora voy a pecar de desconfiado, pero no puede ser casualidad que
Julian llegara a mi vida de la nada para ayudarme en la fundación o que de
repente sea tan amigo mío que decida dejar todo el peso sobre él. Mucho
menos que me lo encuentre aquí, aun sabiendo mi madre que suelo venir
rápido cuando me llama.
La asistenta de toda la vida sale por la puerta de servicio y me dedica
aspavientos sin salirse demasiado del umbral para que no la detecten las
cámaras del exterior, me señala a mi espalda, así que miro por el retrovisor
y veo a su marido, el jardinero, moviendo los brazos.
Cuando era solo un crío y me metía en más travesuras de las permitidas,
ese hombre ideó un código de gestos con mi hermano y conmigo para
avisarnos de cuándo parar o de si debíamos volver de inmediato a casa.
Y lo de hoy es más extraño porque me insta a abandonar el lugar lo más
rápido que pueda.
Le hago caso, claro que sí, y es que es de esas personas tan leales a mí
que sé que no me va a fallar por mucho que sea mi madre la que le pague el
sueldo.
—Llámame cuando puedas —le pido cuando paso por su lado.
No espero respuesta y acelero hasta la garita de la entrada. El guarda me
mira con la ceja alzada, así que le chasqueo los dedos para que espabile y
me abre de mala gana. Una vez que estoy fuera me entra una llamada, miro
la pantalla y es ella de nuevo, así que lo cojo y respiro hondo antes de
respirar.
—Dime, madre…
—Hijo, te estoy esperando —me corta—. Te has ido sin siquiera bajarte
del coche.
—Me han llamado del club y…
—Tú y tus ansias de cuidar a esos mugrosos… —escupe con asco—. Ya
veo lo que te importo…
Inspiro y espiro varias veces, trato de calmar la rabia que me recorre, y
más porque tengo claro que Julian está escuchando, y cuando sé que voy a
contestar con educación, abro la boca.
—Necesito solucionar un problema que me ha surgido también en el
apartamento —miento—. Nada más acabe, te llamo y vuelvo a casa. Seré
todo tuyo.
—¡Pues más te vale que sea verdad! —grita irritada.
—Tienes hasta mañana para aparecer y traerme lo que sabes, o atente a
las consecuencias —interviene Julian—. Hemos descubierto tu talón de
Aquiles, y es tan fácil engañar a esa palomita…
No puedo siquiera contestar porque cuelga, y es cuando me doy cuenta de
que todo este tiempo me han estado engañando. Tengo que pensar muy bien
lo que hacer y, sobre todo, localizar a Linda. En este momento siento la
necesidad de protegerla, de decirle el peligro que se cierne sobre ella.
Capítulo 19
Noche de chicas
Linda
Doy vueltas por todo el Strip una vez que he salido del Broken y no me
encuentro con ninguno de los indeseables que siempre están tras mi pista.
He salido tan enfadada que no he caído en la cuenta de pedirle a alguna
de las chicas el enorme favor de preguntar a los demás si han visto mi cajita
de música. Tengo claro que es un objeto extraño para llevar en el bolso o
dejar en la taquilla de tu lugar de trabajo, pero criticar eso es como si me
metiera con quienes se van a follar a la última fila de asientos del cine por
ahorrarse pagar un motelucho barato.
Dudo entre llamar a Pancho o a su jefe o sentarme donde todos me vean y
hacer de cebo de mí misma. Total, no tengo nada más que hacer hasta que a
la zorra de Cindy le dé por aparecer por Las Vegas. Y eso contando con que
se haya tragado mi farol y no sospeche que le he mentido.
Pasan las horas y no sé qué más hacer. No puedo volver por el club hasta
que esté cerrado y me asegure de que el cabronazo de Axl no está por allí, y
tampoco tengo donde ir a descansar ya que hasta el poco dinero del que
dispongo se me ha quedado en la taquilla. Si es que no aprendo. Ya me lo
decía mi madre siendo tan solo una niña «tienes que ser más previsora,
cariño, que nunca te pillen con las bragas sin cambiar». Pues es un buen
momento para aplicarlo a mi vida, cambiando las bragas por el monedero.
Mi teléfono suena y mi cuerpo tiembla al ver que no es un número que
esté en mi agenda, aun así, descuelgo y contesto. Puede ser Stefan, es al que
vi con el capullo de Pancho en el club la noche del baile con los chicos y ni
siquiera caí en la cuenta en ese momento de quién era.
—Linda. —Frunzo el ceño porque esa voz me resulta conocida—. Linda,
¿estás ahí?
—Sí, claro —respondo por inercia porque sigo sin saber quién es.
—Oye, que las chicas y yo vamos a irnos de juerga —me informa, y
caigo en la cuenta de que es Jocelyn—. ¿Vienes a vestirte a casa?
Cuando voy a negarme, escucho un silbido y la veo llegar por el otro lado
de la calle. Cuelgo con una sonrisa porque ella es así, y le salgo al paso. Me
abraza, así de repente, y la dejo hacer porque hasta este momento no he
sabido que necesitaba tanto un gesto de cariño como el que me acaba de
brindar mi nueva amiga.
—¿Estás mejor? —me pregunta al separarse un poco de mí, aunque no
me suelta—. Si no es así tengo la técnica infalible para que se te pase todo
el mal de amores. —Voy a contestarle y me pone un dedo sobre los labios
—. Axl es gilipollas si no ve la gran mujer que tiene ante sus ojos, así que
mi misión va a ser enseñar a esa pandilla de capullos de la pasta que estáis
todas hechas.
Lágrimas inundan mis ojos porque, hasta ahora, nadie me ha valorado
como sí lo hace esta mujer. Solo por eso ya me cae de puta madre. Y pensar
que le cogí manía el primer día que nos vimos.
—¿Y qué es lo que tienes pensado? —pregunto una vez he tomado aire
suficiente para calmar mis alborotados sentimientos.
—Pues ya te lo he dicho: una noche de chicas.
Me sonríe con una mueca de suficiencia que me deja un poco pensativa,
hasta que caigo en la cuenta de algo: es lo que me dijo Tiza antes de mi
espantada del club y respondí sin pensar.
—O sea, pijamas, pelis y pizzas —mascullo mientras pienso que voy de
culo como quieran se sortee el lugar y me toque a mí llevarlas a donde
duermo.
—¿Tú de qué siglo vienes? —me suelta entre carcajadas—. Eso es para
crías. Nosotras nos vamos a poner bien atractivas y vamos a ir en busca de
verdaderos hombres que nos valoren.
—No tengo ganas de…
—Ah no —me corta—. Nos vamos todas a darles una lección a los
patanes que tenéis como pretendientes. Se van a enterar de una vez que con
J no se juega y que nunca jamás me equivoco en mis apreciaciones.
No tengo ni idea de lo que se le pasa por la cabeza a la loca esta, pero
asiento con un gesto porque, si lo pienso bien, me va a venir genial disfrutar
una última vez. Quién sabe si estaré viva en un par de días sabiendo lo que
sé.
—Está bien, dime lugar y hora.
—Ah no, te vienes a casa a vestirte.
—Es que… —titubeo porque no sé qué excusa darle.
—No hace falta que digas nada —interviene—. Te envío un mensaje con
la ubicación del lugar al que vamos a ir y acudes. —Asiento con un gesto
—. Por cierto, entre el atrezo de las bailarinas hay unos vestidos que te van
a quedar de infarto. Coge el de las transparencias, ese que es un body con
un poco de gasa simulando la falda. Te vas a ver espectacular con él. Nos
vemos.
Me río porque ni siquiera me deja darle las gracias o responderle, se va
trotando hacia un edificio que hay más allá, y me doy cuenta de que estoy
bastante alejada de la zona del Strip. ¿Cómo ha sucedido? Ni idea, estas
cosas me suelen pasar cuando estoy demasiado metida en mis
pensamientos.
Cojo aire y reanudo mi paseo, esta vez de vuelta al Broken. Descansaré
unas horas y me alistaré para lo que sea que nos tiene preparado J. Por una
vez en mi mísera existencia voy a olvidarme de todos mis problemas por
mucho que mi determinación flaquee al pensar en mi adorado Rob. Le
mandaré un mensaje a la recepcionista de siempre, quien me avisa a
espaldas de sus superiores si sucede algo, para que cuide de él.
Recibo un mensaje de J diciéndome que en media hora nos vemos en el
karaoke que hay cerca del local, así que vuelvo a mirarme en el espejo de
cuerpo entero que hay en los vestuarios y asiento ante lo que veo.
Como bien me dijo mi amiga hace unas horas, las bailarinas tienen
bastantes cosas en el vestuario. Me he decantado por ese body-vestido que
me ha aconsejado, y lo he completado con unos botines de tacón preciosos
que estaban olvidados en una caja al fondo de una de las estanterías. Espero
que no le importe a nadie que los use.
Respondo a J que nos vemos en la puerta y decido darme los últimos
retoques al maquillaje. Me miro y no me reconozco, estoy divina, y me da
igual que eso suene a prepotencia. De algo me tenía que servir el haberle
hecho a mi medio hermana y sus amigas de maquilladora y peluquera
cuando las muy perras iban a salir.
Aprieto la mandíbula al darme cuenta de que, a pesar de los diez años de
diferencia entre ambas, siempre me ha tratado como a su esclava particular,
más desde que mi madre tuvo aquel accidente en el que no solo se dejó la
vida, sino que nos abocó a mi padre y a mí a estar sometidos a los caprichos
de una zorra manipuladora.
Respiro hondo y una sonrisa de nostalgia se apodera de mi cara al
recordar a ese gran hombre que siempre quiso que sus hijas fueran por el
buen camino, aunque ahora me doy cuenta de que la mayor siempre se
escudó en que era adoptada por él y no merecía su respeto. Nunca vi justo
que lo tratara como un padre de segunda por el simple hecho de no ser fruto
de su simiente.
Encierro mis pensamientos en lo más hondo de mi cabeza, salgo del
Broken, y camino hacia el bar en el que me ha citado Jocelyn. Las chicas
deben estar a punto de llegar.
—¡Ya estoy aquí! —anuncio cantarina en cuanto mis amigas comienzan a
bajarse del taxi en el que han llegado.
Están todas espectaculares. Es más, me miro a mí misma y veo que no
desentono nada con el resto. Nos halagamos unas a otras, y cuando llega el
turno de decirle algo a J solo soy capaz de mirarla con agradecimiento, a lo
que me responde con una sonrisa genuina. Si es que tenemos que quererla,
se ha ganado mi respeto y cariño en este mes escaso que llevo en Las
Vegas.
Entramos en el local y lo pasamos en grande. Los cócteles son
espectaculares, aunque nada que ver con los que elabora Axl en el club.
«Idiota, deja de pensar en él», me digo a mí misma en varias ocasiones.
Además, no se lo merece por el puto bailecito que se marcó anoche, si solo
le faltó follarse a alguna clienta encima de cualquiera de las mesas.
«Cretino prepotente».
Las chicas son de lo más divertidas, son muy inteligentes y a todo le
sacan el lado gracioso. Intentan que hable más, y les respondo cuando creo
oportuno; no soy mujer de muchas palabras. Los cócteles entran uno tras
otro, están deliciosos y muy fresquitos, así que Tiza y yo nos los bebemos
como si fueran agua. Amber y Gwen se los piden sin alcohol en todo
momento, pero eso no resta que se rían a carcajadas como las demás. A J
parece que no le afectan, o lo mismo está haciendo como las otras dos sin
que nos hayamos dado cuenta.
Cantamos sobre el escenario, sí, parece que se me han subido las copas y
he perdido la vergüenza, y nos corean cuando bajamos. Llega el momento
de irnos, aunque J nos anuncia que nos queda una parada más: Hakkana.
Según me cuentan por el camino, es el sitio de moda de Las Vegas, y
bastante exclusivo. Casi no me da tiempo a fruncir el ceño ante esto último
porque Jocelyn nos asegura que tenemos el acceso garantizado y copas
gratis. Me pareció escuchar algo así como que son las ventajas de ir
repartiendo amor.
En este punto de la noche ya no sé siquiera si escucho de manera correcta
o mi cerebro interpreta lo que le da la gana gracias al sopor que me produce
todo el alcohol ingerido, lo que sí sé es que estamos maravilladas por lo que
nos rodea.
Para mí, que no he tenido una juventud normal porque tuve que ponerme
a trabajar por culpa de lo que me hizo la zorra, y luego por tener que
hacerme cargo de su propio hijo, estar en esta discoteca es algo así como
llegar al Nirvana.
Tiza y yo nos vamos a la pista y disfrutamos de la música. En un
momento dado, entre copa y copa, se nos acercan varios tíos, los cuales nos
proponen bailar y no dudo en aceptar. Me lo estoy pasando tan bien que la
palabra «no» ha desaparecido esta noche de mi vocabulario, por lo que las
copas y los bailes con diferentes hombres no paran de llegar.
En uno de nuestros descansos para hidratarnos y charlar con las chicas
me doy cuenta de que el ambiente se ha enrarecido entre Gwen y Amber,
tanto que vemos a esta última irse a la pista y la perdemos de vista. Y lo
más raro de todo es la aparición del buenorro de Dix y su marcha a toda
prisa.
Miro a mi alrededor porque sé que el gigoló del grupo no viene solo.
Tienen una conexión que más allá de la amistad, se consideran familia. En
Tiza tengo el ejemplo, por Zed es que ella está en el club, sin preguntas y
sin condiciones.
J pide una nueva ronda de copas, y le sonrío porque sé que voy muy
borracha a estas alturas de la noche y a ella no se le nota nada de nada a
pesar de ir al mismo ritmo que la rusa y yo. Hablando de la rusa, ¿dónde
coño se ha metido?
Miro a mi alrededor y la veo agarrada al cuello de uno de los tipos que
nos ha estado rondando toda la noche. Olé ella, esta noche se va a dar un
buen homenaje, que buena falta nos hace a todas.
Le hago un gesto a J para hacerle saber que voy a dar una vuelta o al
baño, mi mente no acaba de definir bien qué es lo que debo hacer en este
momento.
—¡Nos vemos en el club mañana! —me grita cuando ve que me alejo de
ella.
Sonrío para mí misma porque creo que ha entendido mal mi señal: no me
voy de aquí sin ellas como hemos dicho al empezar la noche, solo voy a…
Joder, no tengo ni puta idea.
—Ven aquí, Linda.
No me da tiempo a reaccionar, me han atrapado por la cintura y me han
llevado en volandas hasta un pasillo oscuro. Paso de luchar por soltarme ya
que sé quién es el capullo que se ha atrevido a interrumpir mi diversión sin
siquiera verlo; esa voz tan varonil y ese perfume solo le pertenecen a él.
—¿Qué tripa se te ha roto ahora, oh señor encargado? —balbuceo entre
risitas.
Me mira con mala cara, aunque pasa a ser de cabreo absoluto cuando uno
de los chicos de antes… Matt, Mark…, ni idea de cómo se llama, se
atraviesa en el campo de visión de Axl y pega su torso a mi espalda a la vez
que me rodea la cintura con un brazo.
Veo en su cara las ganas de pegarle, aunque no voy a darle ese gusto
porque me suelto del baboso en menos de lo que tarda en decir las vocales.
Me encantan los tacones que llevo, se clavan en los pies ajenos que dan
gusto, y sin que griten, vaya aguante tienen los hombres.
—Linda, tenemos que arreglar un asunto urgente —gruñe Axl a la vez
que le lanza al otro tío una mirada que lo hace irse sin decir ni pio. «Vaya,
con lo mono que es», grita mi subconsciente—. ¡Ahora!
Antes de que pueda siquiera negarme, saca su vena de hombre de las
cavernas porque me carga sobre su hombro y nos saca de la discoteca. En el
mismo momento que el frescor de la noche golpea mi cara, una buena
arcada provoca que la camiseta de Axl quede inservible.
—Muy bien, tú lo has querido —gruñe Axl al escuchar mis carcajadas.
Capítulo 20
Dime lo que quieres
Axl
Maldita mujer, me ha dejado tal olor en el cuerpo que ni yo mismo me
aguanto. Y encima le entra un ataque de risa, ¿será posible?
Sé que he actuado de manera impulsiva al ver a ese tipo tocando lo que es
mío, y me suda los cojones que mi cabeza me repita una y otra vez que no
puede ser, que es la hermana de la asesina.
Miro a mi alrededor y veo una parada de taxis cercana donde justo va
llegando un vehículo, así que la agarro de una mano y tiro de ella para que
me siga. Debido a su estado va tropezando, hasta que llega un momento en
el que la cojo de la cintura y casi la llevo en volandas pegada a mi cuerpo, o
al menos sus pies tocan el suelo lo justo.
—Al Broken —balbucea en el momento en el que la meto en el interior
del taxi, casi no me da tiempo a entrar.
—Llévenos a…
No me da tiempo a dar mi dirección porque se abalanza sobre mi boca y
me calla con un beso al que no soy capaz de resistirme. Está desatada,
desinhibida, y aprovecho la situación para disfrutarla como anhelo. Que soy
un cabrón por aprovecharme de su estado, puede ser, pero no es algo con lo
que mi polla esté de acuerdo ahora mismo.
El carraspeo del conductor hace que separe la boca de la de ella, lo mire
de mala gana y el tipo arranque. Que nos lleve al club, ya la convenceré de
ir a mi apartamento, no está demasiado lejos.
El trayecto en coche, a pesar de ser de poco tiempo, se me hace eterno ya
que no deja de manosearme la polla por encima del pantalón, y es que ha
habido un instante en el que casi me dejo llevar cuando ha metido la mano
por dentro del bóxer.
—Linda, para un momento —suplico en cuanto noto que el vehículo está
inmóvil—. Cielo, tenemos que bajarnos.
No sé si el hecho de quedarnos sin espectador le sienta mal o es otra cosa,
solo noto que se pone tensa y procura salir del coche de la manera más
elegante posible a pesar de la borrachera que lleva.
Resoplo en cuanto veo que ese vestidito medio transparente no lo es. La
muy bruja se ha cogido una de las prendas que usan las chicas para los
espectáculos en los reservados, y me acaba de venir una idea magnífica:
voy a enseñarle dónde están los cierres estratégicos y cómo abrirlos de
manera sensual.
Una vez he pagado y me he despedido del conductor dejándole una buena
propina, me froto las manos al pensar en el festín que voy a darme. Y en el
que se puede dar ella si me deja.
Cuando me giro para ver dónde está, la veo camino del callejón. Joder,
pensaba entrar por la puerta principal, y ahora cualquiera hace que se
vuelva. En fin, no le serviré mi famosa bebida anti resaca.
La sigo y veo que se agacha junto a la puerta, toquetea la pared y saca la
llave. «Hostias, sí que es lista», me digo a mí mismo cuando veo la
maniobra. Llego a su altura y me fijo bien, no noto nada raro, y solo por eso
mi orgullo crece al ver lo lista que es mi chica. «Un momento, tío, que no es
tu nada», vuelve a decirme mi subconsciente por enésima vez en una hora.
Entramos en el club y al momento desactiva una de las alarmas, la otra la
deja conectada, y vuelvo a alucinar por lo avispada que es esta mujer. Cada
vez tengo más curiosidad por saber cosas de su pasado, y es que he
recordado uno de los pasajes del diario de Jackson en los que menciona la
bondad de la pequeña invisible que trató de salvarlo. ¿Se referiría a ella?
—Linda, ¿dónde vas? —cuestiono cuando la veo llegar al final del pasillo
del personal.
—Necesito otra copa, ¿vienes?
No contesto siquiera porque la sigo cual perrillo enamorado de su dueño.
No sé qué tiene, o por qué he dejado que mis sentimientos me dominen, de
lo único que estoy seguro es de que necesito dejarme llevar, ganarme su
confianza y su perdón y hacer que me ayude a salvarla de lo que nos
acecha. Estoy seguro de que esa cajita nos afecta de alguna manera a los
dos, espero que no solo sea una sensación.
Llegamos a la barra y ambos entramos, aunque Linda se sube de un salto
en el mostrador y comienza a contonearse de manera sensual al compás de
una melodía que solo escucha ella. La observo de reojo mientras escojo las
bebidas que voy a necesitar para hacerle el cóctel que le va a ahorrar el
dolor de cabeza que sufrirá en unas horas.
—La hostia puta… —gruño cuando descubro que el bailecito lo está
llevando un paso más allá.
Si tenía alguna duda de lo rápido que aprende, me la acaba de despejar en
este momento. Ha encontrado los corchetes laterales de la prenda que lleva
y se los está quitando de manera lenta sin apartar sus ojos de los míos.
Jadeo cuando la polla vuelve a dar otro tirón dentro del pantalón al verla
chuparse el dedo con lentitud justo antes de darse un pequeño mordisquito,
el cual siento en la punta de mi miembro.
—Linda…
Mi tono es de súplica y ella sonríe, pero no es una mueca como otras que
he visto, no, esta es sensual, de sentirse deseada y orgullosa de sí misma, y
se refleja en la cadencia de sus movimientos y en la mirada lasciva que me
dedica al notar que estoy a punto de correrme sin tocarme siquiera.
—Dime lo que quieres —comienza en tono ronco, lo que me obliga a
meterme la mano por dentro del bóxer y empuñar mi erección—, y lo
mismo me encargo de hacer tu deseo realidad.
Casi me corro. Me obligo a inspirar todo el oxígeno que puedo porque me
está volviendo loco de deseo.
—Linda, baja de ahí…
Y me hace caso. Esta mujer se ha propuesto volverme loco porque se baja
de la barra no sin antes desprenderse de la poca tela que la cubría para dejar
al descubierto que no llevaba ropa interior debajo.
Mi cavernícola interior grita por poseerla de forma salvaje y castigarla
por haber estado bailando con otros sabiendo que solo existía una simple
barrera de tela entre esas asquerosas manos y su precioso cuerpo.
Tiene las tetas más perfectas que he visto jamás, y no son pocas las
mujeres que han pasado por mi cama, las curvas mejor puestas que muchas
modelos recauchutadas y una sensualidad innata que provocan en mi ser un
ansia difícil de soportar.
—Arrodíllate, machote —ordena en voz baja mientras acorta la distancia
que nos separa.
Y no me lo pienso, dejo la copa que iba a ofrecerle en un lado y me dejo
caer a la vez que abro los brazos en cruz para hacerle saber que soy todo
suyo, un esclavo de todo su cuerpo.
Da una vuelta a mi alrededor, en la que hace una parada para soltar mi
melena, y se detiene en el momento en el que tiene las tetas a la altura de
mis ojos. Me relamo de manera descarada a la vez que llevo las manos a
mis pantalones, me los desabrocho y dejo que la punta de mi polla salga por
encima de la goma de los calzoncillos.
—Te veo hambriento —dice a la vez que levanta una pierna, pero me veo
obligado a sujetarla de la cintura cuando se tambalea—. Voy a dejarte
degustar el mejor de los manjares… mi coño.
Sus palabras hacen que me corra. Sí, me ha provocado un puto orgasmo
con la sola idea de saborearla, y en lugar de sentirme mal o darme
vergüenza, le muestro la prueba de mi deseo cuando paso dos dedos por el
semen que se ha quedado en mi abdomen y recorro sus tetas dejando mis
fluidos pegados a esa parte de su cuerpo. Y es que sigo manteniendo mi
erección intacta a pesar de la descarga.
—Vamos, cielo, mueve tus hermosas tetas para mí —le pido mientras
agarro su pierna por la parte trasera de la rodilla y la pongo sobre mi
hombro—. Pellízcate el pezón, siente lo que voy a hacerte.
Y sin más, le doy un lametón a su húmeda rajita. Dios, qué bien huele.
Mi miembro corcovea ante la expectación por lo que está por venir, y es que
no vamos a movernos de aquí hasta que estemos saciados.
—Vamos, Axl, seguro que sabes hacerlo mejor —me dice a la vez que
me tironea del pelo para pegar mi cara más a su cueva.
Mordisqueo los labios exteriores y voy buscando con mi lengua su botón
del placer, el cual pillo entre mis dientes y tiro con suavidad, succionándolo
a la vez que intercalo mordisquitos. Me demuestra lo mucho que le gusta
con los arañazos que va dejando en mi cuero cabelludo y por los jadeos que
empiezan a salir de su boca, lo que me anima a aumentar el ritmo.
—Vamos, cielo, no te resistas —le digo después de soplar su clítoris.
Un jadeo largo y ronco, además de los espasmos que le recorren su
cuerpo, me hace saber que ya le ha sobrevenido el primer orgasmo de la
noche. Me aparto con cuidado de que no se caiga y la llevo hasta la primera
superficie donde puedo sentarla: uno de los botelleros.
Planto su precioso culo sobre la fría superficie a la vez que encajo mi
cadera entre sus muslos y la beso. La poseo con mi boca hasta que a ambos
nos falta el aire, y antes de que ninguno pueda decir nada la empalo de una
sola embestida.
Ambos jadeamos por la impresión, es tan estrecha y caliente que me veo
obligado a tomar aire varias veces para no cometer el error de antes.
—Muévete, Axl —me ordena a la vez que pega sus tetas a mi pecho,
haciéndome notar lo duros que están sus pezones—. Por favor…
Esa súplica en forma de gemido me hace estremecer de placer, y nos doy
a ambos lo que nuestros cuerpos reclaman. Comienzo a moverme con
lentitud, para que se acostumbre al grosor de mi miembro, y en pocos
minutos estamos desatados, gruñendo y jadeando sin vergüenza,
moviéndonos al unísono de manera salvaje, arañándonos y dejando que
nuestras bocas mordisqueen toda la piel que encuentran, dándonos tanto
placer que no pensamos en nada que no sea llegar juntos al clímax.
Y lo hacemos, vaya si lo hacemos, aunque no nos saciamos y eso se nota
en el mismo momento en el que salgo de ella todavía erecto, le doy la
vuelta, un par de nalgadas y vuelvo a follarla como un salvaje.
Después del tercer asalto, este en el almacén, decidimos irnos a la sala de
descanso y acurrucarnos en el sofá. La abrazo en plan parejita feliz,
haciendo la cucharita, y cuando estoy semidormido la escucho llamarme.
—Axl —musita Linda medio adormilada—, gracias.
Por un momento me veo obligado a preguntarle el motivo, solo que la
rigidez instantánea de su postura me dice que no va a gustarme la respuesta,
así que me callo, hasta que el silencio del lugar se ve interrumpido por el
sonido insistente de un teléfono. Linda se levanta con rapidez, una inusual
después de los tres asaltos disfrutados y los niveles de alcohol que debe
tener en sangre, y sale corriendo hacia afuera.
La sigo y observo que busca desesperada a su alrededor hasta que da con
su bolso, que se ha quedado tirado junto a la puerta de salida al callejón.
Cuando coge el móvil, este ya se ha quedado en silencio, y la oigo maldecir
bajito.
—Linda, volvamos a…
El repiqueteo de nuevo vuelve, y lo coge casi al instante. Musita algo que
no entiendo, cabecea y se mueve inquieta, aunque lo que de verdad me deja
helado es la mirada sin vida que me dedica una vez que ha terminado la
corta conversación.
Pasa por mi lado sin pronunciar palabras, y de nuevo vuelvo a seguirla
como un perro fiel a su amo. No me mira, no se gira cuando la llamo, nada.
No hace nada, y empiezo a inquietarme.
—Linda, creo que deberíamos…
—No, Axl —me corta—. Ambos hemos obtenido el placer que
buscábamos. No vayas a hacerte pajas mentales porque mi fin esta noche
era hacerte la mamada de rigor, ya sabes, para ver si me metes en las
rotaciones y me saco un sueldo extra. Además, demasiado generosa he sido
teniendo en cuenta que me dejaste a medias en aquel sucio callejón para
luego salir huyendo.
Aprieto la mandíbula al darme cuenta de que su tono es de rencor, y
empiezo a odiarme a mí mismo por haberme dejado llevar por mis impulsos
sexuales aprovechando su estado de embriaguez y no haber actuado con la
cordura que me caracteriza.
No me doy cuenta de lo poco que ha tardado en vestirse y calzarse, ahora
lleva su enorme sudadera con esos vaqueros que tan bien le quedan y sus
zapatillas deportivas. Se la ve tan joven.
Cuando va camino a la salida delantera recuerdo que he decidido darle la
cajita, explicarle lo que he visto en ella y que tanto me afecta, pero me veo
obligado a salir tras ella corriendo porque no se para cuando la llamo.
Sale al exterior en cuestión de segundos, los mismos que he tardado en
coger el pantalón casi al vuelo y ponérmelo antes de cruzar el umbral, solo
que la imagen que me espera fuera me deja tan impresionado que no soy
capaz de reaccionar.
Julian la espera con la puerta de un vehículo oscuro abierta, y en el
interior ya hay dos personas. Al reconocer a una de ellas tengo que
agarrarme a la puerta si no quiero caer de rodillas.
—No puede ser…
Capítulo 21
Tengo que salir de aquí
Linda
Salgo sin mirar atrás con los ojos anegados en lágrimas.
He sido cruel con Axl, lo sé, solo que no me queda más remedio porque lo
que ha sucedido esta madrugada en el Broken no ha sido un simple
desahogo. Al menos no para mí.
Lo escucho llamarme y no paro, no puedo hacerlo porque la vida de mi
sobrino ya está en manos de ellos, de los enemigos de mi hermana, y lo
peor de todo esto es que ni siquiera me he parado a pensar en estos días que
la visita de Richard era poco menos que sospechosa. Yo y mis despistes…
Respiro hondo en el momento en el que aire del amanecer golpea mi cara.
Sé que debería pedir ayuda a alguien o haber entregado la maldita caja antes
de perderla, pero me resisto a no hacerle justicia a mi padre. No cuando él
murió por salvarme.
—Vamos, espabila.
Me quedo parada donde estoy, a medio camino de la puerta y un enorme
todoterreno negro que tiene la puerta abierta, y en cuyo interior está la zorra
de mi hermana.
La visión que tengo ante mí congela hasta mi alma cuando diferentes
recuerdos inundan mi mente, imágenes que pensé eran solo parte de mis
pesadillas, y que ahora me doy cuenta que fueron momentos vividos siendo
tan solo una niña.
Uno de ellos tiene a la zorra de protagonista, dando latigazos a un pobre
chaval que…
Vuelvo la cabeza y lo veo. Axl está en la puerta, tan paralizado como yo
ahora mismo, con su vista fija al interior del vehículo. Su postura no sabría
detallarla, aunque la resumiría como de rabia e impotencia; una
combinación de sentimientos que conozco a la perfección porque la llevo
sufriendo años, tantos como los que hace que mi madre nos dejó en
extrañas circunstancias, no por el supuesto accidente que nos dijeron. Y es
que ahora empiezo a recordar todo.
Doy un paso atrás cuando escucho de nuevo la voz de Axl, llamándome,
y su tono es de cautela, no hay nada de la rabia que descargamos ambos
ayer en el almacén. El que dice llamarse Julian, el socio de Axl, da un paso
adelante y veo sus intenciones, así que decido que me van a tener que
buscar si quieren cogerme.
—Nos vemos pronto, Julian —me despido en alto mientras echo a correr.
Dejo el Broken atrás, cruzo el Strip a toda prisa y decido meterme en el
casino del Bellagio. A estas horas sigue lleno, y con la euforia de los
jugadores seguro que no me van a buscar con ahínco.
Mi teléfono vibra, miro la pantalla y veo el número de Axl. Decido cortar
la llamada porque en este momento no sé si es un fantasma que ha venido a
atormentarme por no poder sacarlo de esa nave antes o por ser uno más de
ellos y querer acabar lo que comenzaron en su momento.
Le doy vueltas a todo lo sucedido desde que pisé el estado de Nevada, y
lo único que saco en limpio es el hecho de que tengo una familia y que el
capullo de Axl no puede ser uno de ellos.
Respiro hondo y marco el número personal de la recepcionista del
hospital que siempre me ayuda, espero que lo coja porque necesito
comprobar que la foto que me enviaron antes es falsa o la he jodido con mi
escapadita.
—Dime, corazón.
Escuchar su voz hace que las lágrimas acudan a mis ojos, así que me las
trago y pregunto lo que quiero.
—Por favor, dime que Rob sigue en el hospital —le digo casi sin voz.
—No me cuelgues, voy a consultarlo y te respondo.
Guardo silencio porque sé que en este momento hay personas que no son
de su confianza. Si algo tiene esa mujer es demasiada inteligencia y mucha
sagacidad; siempre está pendiente de lo que sucede a su alrededor porque,
como ella me ha dicho en muchas ocasiones, hay más desgraciados vestidos
de traje que en las cárceles cumpliendo condena.
—Cariño, perdona la espera —pide unos minutos después—. Tu pequeño
no está en este lugar, pero no te preocupes porque está a salvo.
El aire se me queda atascado en los pulmones al no saber lo que quiere
decir. Balbuceo una pregunta que ni siquiera mi cerebro quiere registrar, así
que me apoyo en la pared que tengo tras mi espalda e inspiro hondo para
volver a intentarlo.
—¿Cómo que Rob no está ahí? —cuestiono cuando he logrado llevar
oxígeno a mis pulmones.
—Lo que voy a contarte parece sacado de una película mala de espías —
comienza después de respirar hondo—, y te entenderé si no me crees o te
enfadas, pero ha sido necesario mantenerte en la ignorancia hasta dar con la
cabecilla de la organización que estaba operando en el hospital, además de
en otros lugares.
Hace una pausa que aprovecho para mirar a mi alrededor y fijar mi
mirada en la puerta de entrada. Por nada del mundo van a pillarme
desprevenida.
»Desde hace años se investigan irregularidades en las cuentas del hospital
y las desapariciones de algunas jovencitas en prácticas —sigue su relato—.
Al principio señalaron al anterior gerente del lugar, el cual apareció muerto
en extrañas circunstancias, y ahí terminó todo. —Frunzo el ceño porque no
sé qué tiene que ver esto con mi pequeño—. O eso pensamos, pero solo
unos meses después nos llamaron porque el dinero no llegaba siquiera a la
contabilidad, lo descubrieron a raíz delas quejas de algunos familiares,
quienes reclamaban que no se llevaban a cabo los procedimientos ya
abonados. Y no solo eso, empezaron a desaparecer niños de los exteriores
de las instalaciones, no solo las jovencitas.
Se hace el silencio al otro lado de la línea y me pongo a pensar en lo
dicho. Y caigo en la cuenta de algo, ojalá me equivoque porque mi mundo
acabará de romperse.
—¿Y qué tiene que ver mi pequeño en todo esto? —pregunto en tono
vacilante—. ¿Tiene algo que ver Richard en todo esto?
—Linda…
—¡No! —interrumpo al escuchar la pena en su voz—. Quiero toda la
puta verdad porque me están siguiendo y no sé lo que buscan de mí.
Silencio, un silencio abrumador se hace al otro lado, y es tan largo que
me llevo el teléfono a la cara para comprobar que no se ha cortado la
llamada. Un suspiro y ruido de papeles es lo que precede a lo que
consideraré más tarde una bomba nuclear.
—Linda, tienes que mantenerte tranquila y escucharme con atención —
pide con voz calmada—. De ello depende que tu sobrino y tú tengáis una
vida normal, sin necesidad de esconderos de nadie e incluso recuperar lo
que crees que te quitaron.
Pierdo el hilo de la conversación al ver que por la puerta del casino entran
la zorra de Cindy con Julian, cogidos de la cintura como si fueran una
pareja de enamorados, revisando el lugar. Me pego más a la pared, me
mimetizo con el entorno como siempre he hecho y observo cada uno de los
pasos que dan. Se paran en una de las máquinas tragaperras, hacen como
que se besan para mirar cada uno a un lado y vuelven a separarse.
Desde donde estoy no pierdo detalle de los movimientos de ambos, y son
tan predecibles que ni siquiera voy a tener que moverme de donde estoy
porque se piensan que voy a esconderme entre grupos. No creo haber sido
nunca tan imprudente, pero dejaré que sigan haciendo el gilipollas por el
enorme lugar.
—Linda, ¿estás ahí? —La voz de la recepcionista me saca de mi
escrutinio, aunque no les quito ojo. Musito una afirmación y procuro
prestarle atención—. Necesitamos que salgas de donde estés y te reúnas con
nuestro enlace en el punto que se te indique porque…
—Un momento —la corto—, no voy a hacer una mierda porque no tengo
ni idea de quiénes me siguen, qué es lo que quieren ni lo que buscas tú. Y
como le hagáis algo a mi pequeño, pienso mostrar eso que queréis, que ya
tengo claro que todos buscáis lo mismo.
—Corazón, no has escuchado nada de lo que te he dicho —me dice con
tono desesperado—. ¿Sabes qué? A la mierda con las órdenes de mis
superiores.
Miro el teléfono cuando de fondo resuenan puertas cerrarse, murmullos
lejanos y un grito procedente de algún lado. Mientras todo eso sucede al
otro lado, yo respiro hondo al ver que los dos lerdos abandonan el lugar sin
haberme encontrado. Al llegar a la puerta se ponen a discutir, o al menos es
lo que parece por su lenguaje gestual, llaman a alguien con un gesto y ellos
se marchan.
No me muevo, no puede ser tan fácil, y pocos minutos después mi
intuición baila al son de mis latidos al ver que han dejado a uno de los
matones de Pancho en la puerta. Salir de aquí va a ser pan comido, eso
seguro.
Mi cabeza empieza a bullir con diferentes ideas, y me veo interrumpida
por mi teléfono. El sobresalto provoca que se me caiga al suelo, me agacho
a recogerlo y me quedo en esa posición cuando un segundo tipo entra en la
sala y mira en mi dirección.
—Dígame —susurro a quien sea que me anda molestando.
—Linda, ¿estás bien? —Coño, es otra vez la recepcionista—. Muchacha,
necesito que me prestes atención porque vamos a llevar a cabo la última
parte del operativo, y para ello necesito que me entregues algo que tienes.
Presto atención porque creo que no he escuchado bien, es más, le pido
que me lo repita y lo hace, dejándome estupefacta.
—Un momento… —Pienso bien en lo que quiero decirle, aunque dejo
que mi lengua actúe por su cuenta y riesgo—. ¿Quién coño eres tú y qué
quieres de mí?
Una risita de fondo me deja congelada, mi cerebro me está jugando malas
pasadas, así que espero con la poca paciencia que me queda su respuesta, la
cual me deja de piedra.
—Solo tienes que saber que soy la agente Sánchez —responde, y abro la
boca tanto que la mandíbula podría llegar a tocar el suelo—. Mi misión es
protegeros a tu sobrino y a ti hasta que llegue el momento de la detención
de los miembros más importantes de una organización criminal que se
dedica a todo lo que puedas imaginar, desde tráfico de drogas o armas hasta
trata de menores o prostitución. Cualquier escena que te imagines, estos
delincuentes la llevan al extremo de matar a sus víctimas y los familiares.
Un escalofrío recorre mi espalda, y se incrementa cuando los dos matones
de Pancho comienzan a pasearse mientras miran hacia donde estoy
agachada.
—Tengo que salir de aquí —musito para mí misma.
—Dime dónde te encuentras y te ayudaremos. —Escucho al otro lado de
la línea, solo que niego con la cabeza. Ya no sé de quién debo fiarme—.
Linda, por favor, permíteme ayudarte.
Sigo obcecada en lo mío, y cuando estoy a punto de colgar la mujer juega
con una baza difícil de rechazar: mi sobrino.
—Tía —me llama—, tía, ¿estás ahí?
—Sí, mi príncipe —contesto aguantando el llanto—. ¿Cómo te
encuentras? ¿Te tratan bien?
—Oh sí —responde con alegría—. La señora Rita me trata genial, me da
toda la gelatina que quiero y ya no tengo que tomar esos zumos asquerosos
que me daba el médico malo.
Dejo de prestar atención a lo que me rodea porque es la primera vez en
dos años que escucho a mi pequeño hablar tanto sin fatigarse. No es
posible, a menos que…
—Linda, ya has comprobado que está bien —interviene la recepcionista,
agente o lo que coño sea—. Tu sobrino está conmigo, me he tomado su
bienestar como algo personal.
—Señora…
—Rita, puedes llamarme por mi nombre —me corta—. Déjame ayudarte,
colabora con nosotros y entréganos la última prueba que tenemos contra
ellos. Solo tú vas a poder salvar a los pequeños de una muerte segura.
Guardo silencio, empieza a dolerme la cabeza porque ya sé lo que quiere
sin que me lo haya nombrado, y no tengo idea de donde ha ido a parar la
maldita caja de música.
»Linda, sé que no tienes motivos para confiar en nadie —sigue hablando
—, que te hemos tenido desprotegida estos años y lo has pasado muy mal,
pero también nos has demostrado que eres una mujer capaz que no se rinde
ante las adversidades, que lucha por los suyos con uñas y dientes y es capaz
de cometer un delito sin despeinarse por salvar a un inocente…
Inspiro y espiro porque ahora mismo el nudo de angustia es insoportable,
más al darme cuenta de que saben todo lo que he hecho, hasta lo de cortarle
la polla ese cerdo de mierda, y no puedo dejar de pensar en Rob, en lo que
va a ser de él si me pasa algo o me encierran de por vida.
—Yo no quise…
—No hay cargos sobre ti, corazón —me interrumpe—, es una de las
ventajas de que estés dentro de un programa especial de protección sin que
lo sepas. No me cuelgues, tengo algo para ti.
Susurros resuenan al otro lado de la línea, sonidos de puertas y algo que
no llego a entender que grita mi pequeño en tono alegre, pero lo que casi
provoca que me desmaye es lo siguiente que escucho.
—Linda, mi pequeño Troll…
—¿Papá?
Capítulo 22
No soy Jackson
Axl
Llamo una y otra vez al teléfono de Linda mientras camino por la zona del
Strip.
Me desespero cuando no me responde, la busco hasta el cansancio y no
soy capaz de encontrarla. No sé si acudir a las chicas para que sean ellas las
que la localicen, pero eso supondría dar más explicaciones de las que estoy
dispuesto a ofrecer a cualquiera que no sea mi morena.
Mi cabeza me tortura con las imágenes vistas, y en todas ellas ahora me
imagino a Linda en el lugar de mi hermano, sufriendo las mismas
vejaciones que él tuvo que soportar y es tal el nivel de rabia que me
carcome que sería capaz de matar con mis propias manos a quien fuera.
Intento de nuevo contactar con ella y sigue comunicando. Bufo
desesperado por enésima vez esta noche y decido volver al club. Es su sitio
seguro, el lugar al que siempre puede volver por muchas discusiones que
tengamos, o al menos espero que tenga claro ese punto. Me jodería mucho
que le pasara algo por no atreverse a entrar en el Broken.
Camino pendiente de lo que me rodea, y me doy cuenta de que un par de
tipos con bastante mala pinta me están siguiendo. Sonrío para mis adentros
porque estos van a ser los que van a ayudarme a descargar la frustración que
ha invadido mi organismo.
—No vais a pillarla en su hogar, cabrones.
Cambio de dirección sin que ellos lo esperen y en la cara se les ve la
lividez al saberse descubiertos, pero me hago el despistado pasando junto a
ellos sin prestarles atención. O al menos es lo que esos dos imbéciles
piensan porque no han dejado siquiera tres metros de distancia cuando
vuelven a la carga.
—Ese va a ser buen lugar.
Hemos salido de la zona más turística, aunque no estamos demasiado
alejados de la avenida principal, y reconozco uno de los callejones más
frecuentados por los yonquis de la ciudad. Es el sitio ideal para
machacarlos.
—Joder, tío, no podemos entrar ahí —dice uno de ellos.
He ralentizado el paso para poder escuchar bien lo que dicen, no se
caracterizan por ser sigilosos y hablar en voz baja. Me sorprende que
manden simples matones a seguirme, no es algo propio de la inteligencia de
mi madre. Y es que he llegado a la conclusión de que lleva mintiéndome
toda la vida, más al ver que tenía una putilla arrodillada y… Una nueva
arcada me sube por la garganta solo de pensarlo.
—No tenemos que acercarnos a él, solo ver dónde va e informar al jefe
—contesta el otro, lo que me saca una sonrisa de maldad.
Recibo una llamada justo en el momento en el que voy a entrar en el
callejón, miro la pantalla y mi corazón se salta un latido al ver que es mi
morena.
—Cielo, ¿dónde estás? —pregunto nada más contestar, y en respuesta
recibo un sollozo ahogado—. Linda, preciosa, dime dónde estás. Paso a
buscarte.
Me apoyo en la pared, he bajado bastante el tono de voz porque los dos
inútiles están lo bastante cerca simulando que fuman un porro a medias. No
van a enterarse de una mierda si de mí depende.
—Axl, ayúdame, por favor.
Su tono de súplica me saca de mis casillas porque ella nunca llora, mucho
menos se rebaja a pedir nada a nadie. Debe estar muy jodida para haber
llegado a este punto.
—Cielo, vamos a ayudarnos —le susurro—. Dime dónde estás y te
recojo. O ve al club si te sientes más segura de esa manera. Si quieres llamo
a una de las chicas para que te acompañe y…
—No —me corta—. Es algo que tengo que arreglar yo sola —musita,
aunque ya se va reponiendo y sacando su genio a relucir. Esa es mi chica—.
Intento despistar a dos garrapatas que están vigilando y nos vemos en el
club.
—Perfecto, Morena —digo sonriendo—. Nos vemos en nada, cielo.
Escucho el pitido de haber cortado la llamada, y muevo la cabeza porque
acabo de darme cuenta de que tengo muchas cosas que decirle.
Inspiro hondo y me preparo para salir a correr, pero una voz bastante
conocida me interrumpe.
—Hombre, Jaime, ¿cómo tú por aquí? —Me doy la vuelta y me
encuentro al viejo Tomás, mi salvador—. No me digas que has vuelto a los
viejos hábitos, porque si es así…
—No, no, eso lo dejé hace bastante —corto. Con lo menudo que es, tiene
la capacidad y el entrenamiento suficiente para tumbar a un hombre y
dejarlo inconsciente antes de que diga marihuana—. Sabes que tengo
motivos suficientes para no recaer en la misma mierda.
—Pues no me lo parece, hueles a alcohol —dice a la vez que da una
vuelta a mi alrededor—. No tienes mal aspecto, muchacho, así que pensaré
que ha sido un mal día y has tomado solo un par de copas.
Asiento de manera automática porque sé lo que viene después si me
atrevo a llevarle la contraria.
—Tengo un problema —le suelto del tirón. Con él no es necesario los
rodeos—. Esos dos tipos de ahí me están siguiendo y tengo que volver al
club.
Les da un vistazo a los dos matones y me sonríe.
—No sabía que te habías ablandado tanto, Jaimito. —Odio ese apelativo,
pero viniendo de él me callo—. ¿Cómo se llama?
Frunzo el ceño y pongo cara de no saber a lo que se refiere, así que alza
una ceja y con la cabeza señala hacia los dos tipos que nos están
observando. Resoplo porque sé que no va a distraerlos hasta que sepa lo que
necesita.
Lo invito a pasear conmigo, nos alejamos un poco de los matones
mientras le cuento con calma lo que he descubierto, las sospechas sobre mi
madre y mi socio, las acusaciones que hace unas horas le he dedicado a
Linda y hasta lo que creo sentir por esa morena que ha llegado a mi vida
para desbaratarla.
—Estás jodido, Jaime. —Sonrío porque con su tono me hace ver que se
alegra—. Esa chica debe ser por la que han preguntado en el barrio varias
veces.
Lo miro extrañado, su sobrino no me ha dicho nada, y eso que asiste a las
charlas con asiduidad.
»Mi chaval no sabe nada —me aclara—. Le ha salido un trabajito
apañado gracias a tu recomendación y lo primero que ha hecho es largarse
del barrio. —Me alegro por él, es un buen chico—. Ten cuidado, muchacho,
a tu mujer la busca gente peligrosa. Incluso los primeros días llevaban con
ellos a una chica bastante maltratada, decían que su mejor amiga, y no
volvimos a verla más.
Hace una pausa mientras se rasca la cabeza.
»Alguien llegó a decirme que era la hermana de uno de tus chicos, uno al
que le quitaron la vida antes de que a ella dejaran de pasearla casi desnuda y
golpeada —me informa, y un escalofrío me recorre la espalda. No puede ser
—. Bueno, lárgate ya, no hagas esperar a la muchacha.
Lo miro sorprendido, aunque no debería porque son unos cuantos años
que hace que lo conozco y siempre se ha comportado de la misma manera.
Aun así, no me marcho de inmediato porque tengo una pregunta en la punta
de la lengua que no sé si formular.
—Tom, si tengo que…
—No pienses en eso, muchacho. Si llega el momento, estaremos
dispuestos a echarte una mano. —Asiento con la cabeza y me doy la vuelta
—. Axl, cuida de ella.
Una sonrisa cruza mi rostro porque solo me llama por mi nombre cuando
me ordena algo, y ni siquiera me tomo la libertad de parar a decirle nada ya
que la promesa de hacerme daño está implícita en esa sencilla frase.
—Pasadlo bien, capullos —gruño al pasar por al lado de los dos matones.
Enseguida se escuchan pasos por la calle, gruñidos y algún golpe
amortiguado. Ni siquiera vuelvo la mirada porque sé que los chicos de
Tomás han salido de las sombras y se han llevado a esos dos al callejón. A
mi mente vienen algunas imágenes de lo que sucede en ese lugar que te
cambia la vida, casi siempre para bien, porque escuchar los largos
monólogos del viejo mientras estás sujeto por varios hombretones que
imponen y no te dejan que bajes la mirada en ningún momento es algo que
te saca de la mierda sí o sí porque es la única opción que te deja.
∞∞∞
Llego al club en menos tiempo del esperado, y me paro en la puerta
principal para mirar un poco los alrededores. La calma de este lugar hoy no
me gusta nada, al menos la luz del día me da una buena panorámica de lo
que me rodea.
Al no ver a nadie, me asomo al callejón e incluso me introduzco en él, no
quiero que se esconda algún indeseable tras los contenedores. Ya eso lo
hace Tay cuando le vienen los calentones. Sonrío ante la imagen de lo que
me contó Dix en su momento, si nuestro amigo lo supiera seguro que
pinchaba al otro.
Una vez que he comprobado que todo está en orden, entro en el local y
me dirijo al despacho de Gwen. Saco la cajita y me la llevo conmigo hasta
el almacén, esperaré a Linda mientras adelanto algo del inventario. Total,
otra cosa no voy a poder hacer.
No he llegado a la barra cuando escucho la puerta de atrás y el pitido de
la alarma, así que me vuelvo y una enorme sonrisa se instala en mi cara al
ver a mi morena entrar con decisión, aunque se va desinflando conforme se
acerca hasta donde estoy.
Abro los brazos, invitándola a que se cobije en ellos, y no me hace
esperar. Es tal el impulso con el que llega hasta mí que casi nos deja caer a
ambos.
Esconde su carita en mi pecho, y es cuando la escucho sollozar que la
abrazo con fuerza y nos llevo a ambos a la sala de descanso. No se resiste,
no separa su cabeza de mi cuerpo, y solo esos gestos me hacen saber que
está destruida. Y no me gusta nada que mi morena esté tan devastada.
Me siento en el primer sofá que encuentro y la coloco a ella sobre mi
regazo, momento que aprovecha para meter su cabeza en mi cuello. Mi
polla hace su entrada triunfal clavándose en el culo de mi morena, pero ni
notando esa rigidez invadiendo su espacio ella reacciona.
—Linda, cielo —la llamo y ella se encoge más—, tenemos que hablar.
Niega de manera repetida con la cabeza, y recuerdo algo que le escuché
hace poco a una de las chicas, así que lo llevo a cabo: busco su costado con
los dedos para hacerle cosquillas. Espero no llevarme el premio de una
hostia.
—Axl, para —suplica al cabo de unos minutos—. Por favor, ya te miro,
pero para.
Lo hago, aunque sin dejar que se levante de mi regazo; me gusta mucho
tenerla así, entre mis brazos, pero no lo confesaré para no quedar de idiota
como les está pasando a mis amigos.
—¿Estás mejor? —pregunto, a lo que ella asiente—. ¿Vas a contarme lo
que sucede?
Toma aire y empieza a juguetear con una de mis manos. El simple
contacto me relaja a la vez que me excita, es una sensación tan
contradictoria que sonrío. La escucho coger aire varias veces, así que busco
su mirada porque sé que le va a costar trabajo confesar.
—Esta noche he descubierto que tu nombre es Jackson —suelta con
aprensión en la voz, pero me quedo congelado al escuchar el nombre de mi
gemelo—. Te juro por lo más sagrado que no te reconocí la primera vez que
te vi, que no era mi intención llegar a tu vida y recordarte lo que esa zorra te
hizo, y es que hasta que no la he visto con su madame y el cerdo de ese que
se hace llamar Julian no he atado cabos.
Trago saliva e intento llevar algo de oxígeno a mis pulmones, así que no
me lo pienso y me levanto de manera abrupta de donde estoy sin tener
cuidado alguno con la mujer que tengo entre mis brazos. Necesito algo de
alcohol o un buen chute, cualquiera de las dos cosas me sirve ahora mismo
para asimilar la palabra con la que se ha referido a mi madre.
—Un momento, ahora vengo.
Salgo hacia la barra, aunque ella me sigue de cerca en silencio. Me meto
en el interior y rebusco en los estantes mi moneda, esa que me recuerda día
a día el esfuerzo llevado a cabo. No puedo recaer, ya le he dado a mi cuerpo
hace unas horas más alcohol que en estos cinco años pasados. Respiro
hondo y miro a la mujer que está demasiado cerca de mí, esperando con
paciencia mi reacción ante lo que me ha dicho.
—¿Estás mejor, Jackson?
Me enfurece que lo mencione, que piense que soy él, así que la cojo de la
mano y la llevo de vuelta a la sala de descanso, solo que con la intención de
meternos ambos en el despacho.
—Siéntate ahí —ordeno mientras manipulo el artilugio en busca de las
tarjetas—. Y no soy Jackson.
—Mi caja de música —dice entre sollozos. La miro y veo que llora con
un brillo de alegría en su mirada—. Pensé que la había tirado, ahora sí que
podré recuperar mi vida, darle un futuro a mi pequeño…
No le quito ojo porque toca con reverencia la superficie de la caja, y un
resorte que no he visto se acciona. La tapa tiene un doble fondo del que ella
saca un pequeño papel, es más bien una fotografía.
—Esta nos la hizo la zorra de mi hermana —musita mientras me la tiende
—. Jamás pensé que sería su última sonrisa.
El tiempo se queda suspendido entre nosotros porque, al observar bien la
imagen, descubro que el cabrón de Julian está al fondo. Ese hijo de puta ha
jugado conmigo todo el tiempo.
Capítulo 23
Soy un asaltacunas
Linda
El que me haya dicho que no es el chico dulce que conocí me descoloca por
un momento, solo el tiempo de recordar algunas de las cosas que me contó
Jackson del infierno en el que vivía.
Nuestro primer encuentro fue fruto de una travesura por mi parte. Ser casi
una adolescente con ganas de descubrir lo que se cocía a mi alrededor me
llevó a transgredir las normas de mi padre en cuanto a salidas nocturnas se
refería, aunque siempre hacía la vista gorda porque no llevaba el ritmo de
Cindy.
Una de esas noches en las que me tocó maquillar a la zorra mayor del
reino y sus puticientas de los bosques decidí que era un buen momento para
seguirlas y colarme en esa fiesta de la que tanto hablaban entre susurros. El
ser siempre callada y casi invisible era mi ventaja: me enteraba de todo sin
que esas lerdas me tuvieran en cuenta.
Ese fue el primer día que llegué llorando a casa y alerté a papá de lo
vivido. Esperó a que llegara su hija mayor, y me llevé la segunda decepción
al enterarme de que ella no lo consideraba su nada, solo un cajero
automático para costearle todos sus caprichos.
Le cuento a Axl todo lo vivido, aunque sin entrar en detalles porque mi
mente se ha encargado de borrar demasiados, sin embargo, me obligo a mí
misma a reconocer que no fui lo bastante valiente como para llamar a
alguien que pudiera ayudarlo.
—Tranquila, hiciste más de lo que crees —musita mientras me abraza.
Hemos vuelto a la sala de descanso, no ha querido que estemos en el frío
despacho, y me ha sentado de nuevo sobre su regazo, a lo que no me he
resistido porque necesito su calor para entender todo lo que está pasando.
—No, no hice una mierda —protesto—. Vi lo que le hacían y no tuve la
osadía de interrumpir, soltarlo de las cadenas y llevármelo de allí.
—Linda, tenías solo quince años —susurra—, y te aseguro que estaba ya
condenado. Eso que me cuentas debió suceder solo unos meses antes de
morir.
Me atrevo a mirarlo y tiene el ceño fruncido, parece concentrado en algo.
»Un momento —sigue hablando en el momento que fija sus ojos en los
míos—. Eso quiere decir que ahora tan solo tienes veintitrés años. —
Asiento y sonrío al verlo abrir la boca—. Joder, soy un asaltacunas.
Me río, no puedo evitarlo. Y es que el gesto de su cara es tan cómico que
hasta me arrepiento de no haber tenido una cámara en la mano para
inmortalizarlo. Preguntaré a Gwen si hay alguna en este lugar, íbamos a
tener tema una temporada.
—Axl, eso no es lo que importa en este momento —protesto entre risas.
—Eso será a ti —gruñe, aunque sonríe un poco—. Bueno, no eres menor,
así que no estoy cometiendo el delito que esos cerdos sí.
Lo último lo gruñe. Me fijo un poco en su postura, ya que se ha tensado
debajo de mí, y veo que tiene los puños cerrados. Sin pensarlo, tomo sus
manos entre las mías intentando que se relaje, y por extraño que parezca lo
consigo.
—Hay algo que no te he contado —susurro más para mí que para que él
me escuche—. Mi padre está vivo.
Me agarra la barbilla y levanta mi cabeza, fija su mirada en la mía y lo
que veo hace que mis lágrimas me empañen la visión: hay orgullo y alegría,
pero de la genuina, no impostada.
—Cuéntame eso —pide con calma—. Hasta donde tengo entendido, lo
enterraste poco después de la muerte de mi gemelo.
Le narro los acontecimientos, o al menos lo que me dijeron en ese
momento los policías y los trabajadores sociales que acudieron a casa para
contarme la desgracia y a hacerse cargo de mí después de que la zorra de mi
hermana me sacara del instituto solo para decirme que mi padre había
muerto y marcharse a casa de una de sus amigas; la huida ya planeada con
todo el dinero que teníamos ahorrado y el de la venta de la casa, la cual hizo
a mis espaldas y sin contar con la firma de la persona que designaron mi
tutor provisional; cómo me vi obligada antes de cumplir los veintiuno a
escapar de la casa de acogida para cruzar dos Estados y hacerme cargo de
un niño enfermo porque de cara al mundo Cindy Swan había muerto.
—Un momento —musita Axl—, ¿tu sobrino tiene ocho años ya?
—No, ha cumplido los siete hará un par de meses. —Veo que palidece—.
Axl, ¿qué sucede?
Se levanta con cuidado, no como antes, y se pasea por la sala de descanso
amasándose la frente con dos dedos. No sé lo que tendrá en la cabeza ahora,
pero por su gesto tengo claro que nada que me vaya a gustar.
—Linda, ¿has pensado que ese niño sea mi sobrino? —Me quedo
congelada en el sitio, hasta que me río con ironía de esa idea absurda—. Es
en serio, ¿quién te dice a ti que no es hijo de mi gemelo?
—Mi hermana me dijo que John Meyers era el padre.
—¿Estás segura de eso?
Le doy vueltas a la cabeza, rememoro cada una de las palabras de esa
zorra y…
—Será hija de puta —mascullo—. La muy zorra me facilitó una foto de
ese cerdo para que lo encontrara y me firmara la demanda de divorcio, no
para la médula del crío.
Y lloro, siento tanta rabia ahora mismo por no haberme dado cuenta de
que me ha seguido manipulando a su antojo que creo que solo hay una
manera de encontrar consuelo: haciendo que la maten.
Una idea cruza mi mente, y decido que va siendo hora de resarcir tanto
sufrimiento, y no solo el mío, tengo que hacerle justicia al hermano de Axl,
así que me aventuro a contarle lo que me han pedido.
—Creo que no deberías entregarles todo —me dice—. O no sin quedarte
una copia por tu propia seguridad.
—Es mi padre y…
—Da igual —me corta—. No sabemos qué lo ha movido ahora a dar la
cara si todo el tiempo ha sabido los apuros que pasabas. Está claro que hay
información sensible y que podemos ayudar a muchas personas, pero que al
menos te den algún tipo de garantía.
Me quedo pensando en sus palabras, y decido que lo mismo me da
esperar unas horas. Estoy tan agotada que Axl lo nota porque nos tumba a
ambos en el sofá y nos tapa con una pequeña manta que hay sobre el
respaldo.
—Axl, ¿tú qué harías? —susurro en cuanto noto que está más relajado.
Toma aire a la vez que me aprieta más contra su cuerpo, y cuando creo
que no va a decir nada me da la respuesta.
—No tengo ni idea —masculla—. Lo que sí tengo claro es que haría una
copia de todo lo que hay en esas tarjetas y las pondría a buen recaudo por si
acaso.
Inspira hondo y se pone a hacer círculos en mi brazo, la lenta cadencia
me relaja más de lo que ya estoy.
»No va a pasar nada si es cierto que tu padre es un agente encubierto, lo
que no logro entender es que no obligara a sus superiores a protegerte, darte
una nueva identidad o lo que mierda hagan en casos como el vuestro.
—Mañana veremos cómo hacer lo que dices y lo llamaré para entregarle
la caja con su contenido —informo entre bostezos—. Creo que lo mejor es
citarlo cuando el club esté abierto, o en la fuente del Bellagio si no quieres
poner en el punto de mira a los chicos.
—Descansa, cielo —musita—. Cuando despertemos decidimos lo que es
mejor para todos.
Axel
Sentir el cuerpo relajado de Linda contra el mío me produce tan calma que
me duermo enseguida, escuchar su respiración pausada es como si me
arrullaran con una nana. Sí, lo sé, mejor no les digo esto a los chicos o me
van a tachar de romántico, y jamás se me ha podido catalogar de esa
manera.
El sonido de mi teléfono me saca del duermevela en el que estoy sumido
en este momento, así que procuro moverme del sofá con cuidado de no
despertar a la morena y lo busco. Es Dix quien me llama.
—Dime, colega.
Me deja algo sorprendido con su petición, a la cual me cuesta demasiado
no negarme, y es que necesita unos días de descanso junto a la camarera
nueva por unas cuestiones personales. No ha entrado en detalles, y por
mucho que me joda la ausencia de ambos porque eso se traduce en más
trabajo para el resto, así que cedo.
—Axl…
Linda se remueve, buscándome, así que me acerco a ella y le acaricio la
mejilla. Sonrío porque está dormida y me tiene muy presente en sus sueños.
—Está bien, Dix —claudico—. Tres días, ni uno más. Y cuando volváis
vas a contarme qué es eso tan importante que tenéis que hacer.
Me despido de él con un último chascarrillo, y es que mis amigos son tan
fáciles de picar que sacan mi vena irónica a diario. Son mi familia, no sé lo
que sería de mí si ellos no estuvieran a mi lado.
Y eso se aplica ya a la pequeña morena que está a mi lado. En algún
momento tengo que confesarle lo que siento aun a riesgo de que me corte
las pelotas con la navajilla que usa para abrir las botellas de los productos
de limpieza.
—Cielo, voy al despacho —musito cerca de su oído—. Descansa un poco
más.
Me sonríe en respuesta y no me resisto a dejarle un pequeño beso sobre
sus jugosos labios. Me cuesta la misma vida separarme de ella y meterme
en el despacho, y eso que dejando la puerta de este abierta puedo verla
dormir.
Enciendo mi teléfono y decido tener una conversación. Va siendo hora de
saber si solo quieren las claves de las cuentas que les hackeó mi hermano o
algo más. Y es que se graduó con honores y las mejores empresas de
ciberseguridad quisieron ficharlo. Una pena que el cabronazo de John lo
tuviera tan hecho mierda.
—Vaya, mira quién se ha bajado los pantalones.
Emito un gruñido al oír el tono burlón de Julian, aunque me contengo de
responder como se merece.
—Dime ahora mismo qué es lo que quieres —exijo—. Acabemos cuanto
antes con esto y dejadme vivir en paz.
—Ni que fuera tan fácil —interviene mi madre, o más bien la señora a la
que le dieron ese título cuando nacimos—. Vas a tener que entregarnos tú
mismo todo lo que sabemos que te envió Jackson. Y comprobaremos que
no has hecho copia, no solo a ti te enseñó sus truquitos con el ordenador.
Sonrío porque son más tontos de lo que parecen, y doy gracias a mi
hermano allá donde esté por dejarme tantas pistas años después.
—Está bien —claudico con tono impersonal, no quiero que detecten mi
alegría—. Cuando salga de mi turno iré a la mansión a dejaros todo lo que
queréis.
—¡No! —vocifera Julian—. Tiene que ser ya o…
—Lo tomas o lo dejas, gilipollas —gruño—. Si lo queréis ya, venid a por
ello. Sabes de sobra, si tan bien te enseñó mi gemelo como dices, que desde
cualquier dispositivo voy a poder acceder a toda la información.
Escucho de fondo que cuchichean, y también una voz de mujer. Casi
seguro que es la hermana de mi morena. Una pena que vaya a caerle el peso
de la ley encima, no me gusta ver sufrir a Linda.
—Axl. ¿qué sucede? —Y hablando de la morena que me quita el sueño,
entra en el despacho como la ninfa que es, bostezando y despeinada. Está
preciosa.
—Está bien —gruñe Julian, y me llevo las manos a los labios para que
Linda guarde silencio—. Esperaremos a que vengas, pero te advierto que
como intentes hacer algo, va a ser tu palomita quien pague las
consecuencias. Mis hombres la tienen a buen recaudo, de momento.
Aguanto como puedo la carcajada que pugna por salir, y Linda me mira
porque no entiende lo que sucede, así que la señalo y abre la boca por la
sorpresa.
Corto la llamada y no me retengo más. Me río con ganas mientras tiro de
la morena que se ha puesto a mi lado y la siento sobre mi regazo. Sí, este
debería ser su lugar para siempre, y pienso hacer realidad desde este mismo
momento. A la mierda la prudencia.
—Cielo, vamos a la ducha —le pido en cuanto dejo mis pensamientos a
un lado y poso un beso en sus labios, algo fugaz—. Tenemos mucho que
organizar en el local antes de que llames a tu padre y venga a por la caja, ya
he dejado los archivos listos para copiarlos y enviarlos a una nube segura.
Capítulo 24
No queremos escoria
Axl
Me entretengo en la ducha más de lo necesario, y es que he disfrutado de
enjabonar a mi morena más de lo recomendable. Lo peor de este asunto es
que tengo la polla a punto de gangrenarse por la cantidad de sangre que
acumula.
No tenemos tiempo que perder, y no solo porque tengo que encriptar todo
lo que quiere mi socio y sus esbirros, también tengo que organizar los
turnos de hoy por las dos ausencias. Veré cómo me las apaño.
—Axl —me llama Linda cuando estoy en la barra reponiendo bebidas—,
en la puerta trasera hay un tipo muy raro que pregunta por ti.
Paso por su lado sin decirle nada, aunque antes dejo un sutil beso en su
cuello que le arranca un gemido, y salgo a ver quién es.
—¡Jaimito! —Mi sorpresa es enorme al ver que el viejo Tomás ha salido
de los límites de su barrio, eso no significa nada bueno—. Vengo a
advertirte de lo que se está cociendo.
Le señalo el interior del local, y cuando creo que va a negarse da un paso
adelante.
—Vamos a tomarnos algo y me cuentas —mascullo mientras aseguro el
cierre de la puerta y conecto la alarma.
—Vaya, esto es enorme —comenta mientras nos dirigimos a la zona
central, a la barra, aunque antes le muestro la zona de personal, que vea que
no trabajo en un antro de mala muerte—. Sí que te va bien, muchacho, no
sabes lo que me alegro por ti.
Sonrío porque es de los que piensa que el negocio es mío, y es que nadie
cree que solo soy el encargado. Se escudan en las muchas horas que trabajo
y el buen apartamento que tengo, no pueden pensar que soy un tipo
ahorrador y que sabe invertir lo ganado.
Frena en seco al llegar a la sala. Observa todo lo que nos rodea y sonríe
de nuevo. Me mira a mí y luego a la zona de reservados, donde veo que está
mi morena afanada en sacarle más brillo al poco mobiliario que hay en el
lugar.
—Es preciosa tu mujer —masculla con mirada de orgullo—. Me vais a
dar unos sobrinos preciosos.
Mudo, me acabo de quedar sin palabras porque mi mente se ha
desbocado imaginando lo que acaba de decirme, y en vez de darme vértigo
hasta me hace ilusión llegar a ese punto si es con ella.
—No es mi…
—Lo va a ser, muchacho, lo va a ser.
Guardo silencio cuando me doy cuenta que Linda se dirige hacia donde
estamos y ni siquiera nos ha visto. Río bajito en el momento en el que se
frena, masculla algo ininteligible y pone la mejor de sus sonrisas dedicadas
a mi invitado, el cual le realiza una perfecta reverencia como si de un
caballero victoriano se tratase.
—Axl, hay que pedirles a los bailarines que usen menos aceite de ese que
se ponen —dice casi sin respirar—. O pienso ponerlos a quitar sus mierdas,
que no veas lo que cuesta sacar los restos de las tapicerías de los asientos. Y
eso pensando que no se están pasando por el forro una de tus estrictas
normas en tu cara y lo que estoy tocando es… ¡Puaj, qué asco! Estos no
salen hoy de aquí sin probar el quitamanchas y el cepillo.
Masculla mientras se aleja en dirección a la zona de personal. Soltamos
ambos una carcajada bastante sonora en el momento que se adentra en el
pasillo.
—Ay, Jaime, no te vas a aburrir con ella —suelta Tomás entre risas.
—La verdad es que cada día nos sale con una nueva —le digo mientras
sonrío encantado—. Bueno, vamos a la sala de descanso, que tengo ahí el
mejor café que has tomado en tu larga vida.
Le palmeo la espalda y lo guio de vuelta hasta el lugar, le señalo los sofás
y pongo la cafetera en marcha. En cuanto el olor del café inunda la sala,
escuchamos los pasos de mi morena acercarse. Hace poco he descubierto
que no hay nada que la haga más feliz que una buena taza de café con un
chorro de leche condensada. Y se lo preparo, voy a sorprenderla.
—Jefe, es mi hora de descanso —anuncia al entrar como una tromba
directa a la cafetera, pero le tiendo la taza—. ¿Es para mí?
Se cuelga de mi cuello y me deja un beso en la mejilla que me deja cara
de bobo en el mismo momento que lo afirmo con un movimiento de mi
cabeza. ¿Y por qué sé que parezco idiota en este momento? Pues porque el
cabronazo de Tomás me lo hace saber con gestos.
—Tomemos asiento —le pido mientras señalo el sofá contrario a donde
está sentado mi protector, y es cuando se da cuenta de que sigue estando mi
invitado en el local—. Linda, te presento a Tom, un viejo amigo y mi
salvador.
Tras el saludo oficial de rigor, pongo al día a mi chica del porqué este
hombre está aquí, su papel en uno de los barrios deprimidos de la periferia,
aunque no el peor de Las Vegas, y pido a Tomás que nos cuente a ambos lo
que ha venido a decirme.
—¿Estás seguro de que quieres que ella…?
—Claro que sí —le corto—. Está en peligro, y ahora sabemos que lo mío
tiene relación directa con las personas que andan tras ella.
Tomás frunce el ceño y mira de uno a otro, se rasca la barbilla y abre la
boca y la cierra varias veces.
Linda se decide y le cuenta parte de su pasado, cómo conoció a mi
gemelo y lo que sucedió después, incluida la aparición de su padre muerto.
—Muchacha, eres lo que mi chico necesita en su vida —musita sonriendo
como un bobo. Hale, otro que ha caído bajo el encanto oculto de Linda—.
Pues voy a contaros lo que va pregonando por ahí el tal Pancho para que
estéis prevenidos y de paso podéis llevarlo a la boca del lobo.
»Hace un par de noches que el tal Pancho apareció con dos tipos más
buscando a una escurridiza mujer —mira a Linda y la señala con la cabeza
—. Enseñó su foto por todos lados y prometió pagar a los chavalines del
barrio si veían a la chica, la entretenían y se la entregaban. —Hace una
pausa moviendo la cabeza en negación—. Los críos vinieron a contármelo,
y también que habían entrado en la casa de una de las vecinas, así que
encaminé mis pasos hacia allí.
—No es por nada —interrumpe Linda después de carraspear—, pero
tengo trabajo que hacer y aquí el jefe no nos paga por escuchar las batallitas
del abuelo. Que no digo que usted lo sea, Dios me libre de faltarle al
respeto, es solo que al cromañón este le falta tener un látigo en la mano para
parecerse a los soldados que fustigaban a los esclavos que construyeron las
pirámides…
La risa abierta de Tomás consigue que se calle, y es que otra de las cosas
que me encantan de Linda es eso, que no sabe callar y para todo tiene una
comparación ingeniosa.
—Jovencita impaciente, me alegra que mi Axl se haya enamorado de ti.
—Me atraganto con el sorbo de café que estoy tomando, y miro a mi
morena con cara de sorpresa. Y es aún mayor cuando veo su gesto de
suficiencia—. Bueno, abrevio, después de dejar que metieran en mi barrio
bastante droga y alcohol como para tumbarlos un mes, piaron como
gorriones en un campo de trigo.
Nos cuenta los planes inmediatos de esa pandilla de idiotas, la asociación
que dicen tener con una de las mejores traficantes de personas del país,
refiriéndose a mi madre, y que les van a dar una buena tajada del negocio si
atrapan a la chica, que tiene las claves de unas cuentas en el extranjero a las
que solo ella tiene acceso.
Miro a Linda con el ceño fruncido y parece que ambos pensamos lo
mismo.
—¿Y han sido tan gilipollas de decir dónde está eso que tanto buscan?
——pregunta, a lo que yo sonrío con orgullo.
—No hay nada que una buena mamada no consiga, muchacha. —La veo
enrojecer, aunque no se amilana ante la risa de Tom—. Al parecer dentro de
una caja de música hay una foto en la que escribieron un código, aunque
dicen que bastante escondido a simple vista. No saben bien cómo se saca,
ellos solo tienen que quitarte el objeto y llevárselo a la tal Grace.
Ahora sí que recibo un puñetazo en pleno corazón, no quería creer que de
verdad fuera ella, guardaba una leve esperanza de que la estuvieran
extorsionando con algo, pero me doy cuenta de que el equivocado toda la
vida he sido yo. Y pensar que le conté sobre las inversiones de Jackson…
—Muy bien, les daremos lo que quieren —musita con una sonrisa que
me hace estremecer, exuda maldad ahora mismo—. Gracias, Tom, por
avisarnos.
Se levanta, se acerca a mi amigo, deja un beso en la mejilla y sale de la
sala de descanso con el teléfono en la mano. Me quedo estático donde estoy,
obnubilado por ese movimiento de caderas que me mantiene todo el día con
el mástil tieso, y sonrío cuando Tomás se hace el gracioso.
—Si no fuera porque te conozco, diría que ahora mismo te la llevarías a
esas duchas tan amplias y la harías tuya para siempre —ironiza—. Menos
mal que eres centrado y de los que se la llevan a casa o a un hotel decente.
Gruño porque si supiera que ya me la he tirado en la barra y en ese
mismo sofá y que pienso follármela hasta dejarla sin sentido en mi almacén,
me daría pescozones hasta que mis nietos tuvieran dientes.
—Creo que es hora de ponerme en marcha —le digo—. Los empleados
del primer turno ya deberían estar aquí, y no quiero perder de vista a Linda,
parece que tiene algo que todos quieren.
—Nos veremos pronto, muchacho —se despide nada más levantarse del
sofá, y me palmea la espalda—. Mereces ser feliz, y cuéntale lo que te
atormenta para que juntos venguéis a Jackson.
Ni siquiera me da opción a acompañarlo porque sale deprisa, con sigilo, y
no lo encuentro en el pasillo cuando voy tras él. Este hombre siempre me
deja así. Fue una buena influencia en ese momento en el que me dejé caer
en el mundo de las drogas, el alcohol y las peleas callejeras; me acogió en
su casa y en su vida, me enseñó a canalizar la ira y me llevó al gimnasio del
mismo tío con el que una vez peleé, mi amigo Liam Ryder, y centró mi
cabeza. Lo de mi trabajo en el club ya es cosa mía, algo que sé que tendré
que contarle en algún momento a mi morena, más sabiendo lo celosa que
es.
La tarde y la noche en el club resultan asfixiantes, a las ausencias de Dix
y Amber tengo que sumarle lo más raro que de costumbre que está Zed y el
mal genio de Tay. Estos chicos van a acabar con mi cordura.
Cuando estamos a punto de cerrar, Frankie me avisa de que hay un par de
tíos esperando a Linda en el reservado. Esta noche he dejado que nos eche
una mano tanto en la barra como en las mesas, pero eso de los bailecitos
como que ni de coña. Tiene un cuerpo demasiado sensual como para que mi
cordura resista las miradas de los babosos, casi les pego una paliza a mis
amigos cuando le dejaron bailar.
—Linda —la llamo—, vamos al reservado cuatro, te esperan un par de
tíos.
Asiente y me sorprende cuando me coge de la mano y tira de mí hacia el
lugar que le he dicho. Nos arrastra a ambos con energía, y me dejo llevar. Si
me viera Dix seguro que me diría algo así como que mi polla se la ha
quedado ella.
—Hola, Pancho —saluda nada más pisar el reservado—. Me alegra que
seas tan puntual, toma, lo que quieres. Ya puedes largarte.
Y me empuja para que salga. La miro con recelo, sin embargo, me guiña
el ojo y cruza la sala, se mete en la barra y la veo entrar en el almacén. Se
acabó, es una provocación en toda regla.
—Frankie, saca la basura de mi local —ordeno al segurata, el cual ha
estado cerca—. Y no dejes que entren de nuevo, no queremos escoria.
Este asiente y me largo en busca de mi morena. Mi polla corcovea ante la
idea de tenerla a mi merced toda la noche. Que recojan Tay y Zed o dejen
todo como está. Me da lo mismo.
Llego al interior de la barra y veo que entre todos están recogiendo lo
poco que ha quedado por medio, ya hemos encendido las luces para que los
clientes vayan saliendo, por lo que les lanzo una mirada a mis amigos para
que no me busquen y me introduzco en el almacén.
Cierro a mi espalda y trabo la puerta, voy a resguardarnos de miradas
indiscretas. No voy a poner a mi morena a la vista del salido de mi amigo
por mucho que los haya pillado a ellos en plena faena.
—Oh, he venido a por…
—No disimules —la corto—. Te pone tan cachonda como a mí el que te
folle aquí, en mis dominios privados, mientras los demás trabajan tras la
puerta, ¿verdad?
La veo tragar saliva en el momento que me saco la camiseta por la
cabeza. Me desabrocho el botón y la bragueta mientras me saco los zapatos
y me bajo los pantalones del tirón. Me quedo en pelotas ante ella, con los
brazos abiertos, ofreciéndome a la diosa que me tiene cachondo perdido.
Se acerca con cautela, y me sorprende cuando se despoja del pequeño
uniforme. Con un gesto le pido que no se quite los taconazos que ha calzado
esta noche.
—¿Esto es lo que quieres, señor encargado? —Me muerdo el labio
inferior porque su tono seductor y el que se refiera a mí de esa manera me
pone frenético—. Vaya, si el bueno de Douglas tiene vida propia.
Me lanzo a su boca, me trago esa sucia lengua con la que va a hacer que
me corra sin siquiera tocarla y engullo sus gemidos, esos que se le escapan
por el lío de manos que tenemos ahora mismo.
Chocamos contra una de las estanterías y aprovecho para rozar mi polla
contra su pubis, me encanta la altura que le confieren los tacones, y dejo su
boca para concentrarme en mordisquear ese punto de su cuello que la excita
tanto.
No sé en qué punto perdemos el control de nuestros actos, si cuando
atrapo sus pezones en la boca o cuando empuña mi polla y se la coloca a la
entrada de su coño, de lo único que soy consciente es de las embestidas a
las que la someto hasta que llega al primer orgasmo. Y como no quiero que
esto se quede así, la llevo hasta la puerta, pego su pecho a la madera y la
empalo desde atrás.
Intenta ahogar un jadeo mordiéndose uno de sus puños, el cual retiro y
anclo sus manos con las mías entrelazadas a la puerta. Meto la cabeza en su
cuello, me da acceso cuando lo rozo con la nariz y le susurro.
—Grita, preciosa —mascullo a la vez que le dejo un mordisquito en el
lóbulo de la oreja—. Deja que te escuchen, proclama que eres mía.
Y lo hace, grita mi nombre en el mismo momento en el que le sobreviene
el segundo orgasmo, arrastrándome con ella mientras le susurro mis
sentimientos.
Tardamos unos minutos en calmar nuestras respiraciones, tiempo en el
que no me despego de ella y le prodigo las más sensuales caricias.
—Todavía no creo la suerte que tengo —musito al apartarme de ella. Le
doy la vuelta y veo que está llorando—. Oh no, dime que no te he hecho
daño.
Me acaricia la mejilla con cariño, y ladeo mi cabeza buscando su
contacto más tiempo, lo que la hace sonreír.
—¿Es cierto lo que has dicho? —cuestiona en tono bajo, apartando la
mirada—. Todo eso de que me quieres y no vas a dejarme ir.
La abrazo con fuerza y nos llevo a ambos a una esquina donde hace unas
horas coloqué un pequeño sillón con la esperanza de que sucediera algo,
aunque no con vistas a que fuera hoy mismo.
—No solo es cierto, pequeña —comienzo con calma—, sino que ahora
me siento preparado para decirte que te quiero a pesar de lo loco que me
vuelves. El día que te colaste en el club, porque ya sé que me mentiste, no
solo encontraste una familia que te adora, también a un hombre que se
arrastraría por todo el desierto de Nevada si con ello consigue llegar a ser
tan importante para ti como tú lo eres para él.
Las lágrimas le corren por las mejillas, y la congoja se apodera de mi
pecho. Justo en este momento decido que tengo que revelarle lo que me
atormenta. Si de verdad quiero que esté en mi vida, empezaré por contarle
ese secreto que me abruma. A partir de ahí, podré comenzar de cero de
verdad, dejaré atrás todo lo oscuro y que me ayude a recomponer mi
corazón roto.
—Hay una última cosa que te tengo que contar —musito a la vez que la
acomodo mejor en mis piernas, quiero que fije su mirada en la mía para que
vea la verdad de mis palabras—. ¿Recuerdas ese mensaje que me enviaste
la noche que le di la paliza a mi padrastro?
—Sí, claro —responde—. En el que te dije que no iba a hacerle a nadie
más lo que hizo contigo. Ese tipo ya no iba a ganarse otra paliza de nadie
porque lo dejé sin el pene, porque ni polla se le puede llamar a lo que tenía
entre las piernas. Por su culpa podrías haber ido a la cárcel.
Abro y cierro la boca porque lo interpreté de otra manera, así que, si ya
estaba decidido a contarle mi secreto, ahora con más razón.
—Pues lo entendí de otra manera —comienzo—, y tengo una razón de
peso para ello.
Capítulo 25
Hazla sufrir
Linda
Axl me ha dejado sola poco después del amanecer diciendo que a Dix le ha
surgido una emergencia y que no tardaría en volver, algo que no está
cumpliendo y ni siquiera me atrevo a llamarlo no vaya a ser que se
preocupe por mí. Y es que no se ha separado de mí durante tantas horas en
los últimos días, está demasiado inseguro después de contarme su pasado.
Los nervios no me dejan casi ni respirar porque sabemos que la reunión
es hoy, y hasta el punto en el que se va a producir, pero hemos decidido ir
tarde a propósito por recomendación de mi padre.
Ha pasado ya casi una semana desde que entregamos las cajitas de
música a los cabrones que nos la pidieron. Una suerte que encontráramos
una tienda donde tenían el mismo modelo que la mía, ahora todos creen que
tienen lo que buscaban.
A mi padre le entregamos la buena, y luego nos citaron en un edificio
federal para ponernos al día de la investigación que estaban llevando a
cabo, lo que hizo que Axl se reafirmara en la mala opinión que ya tenía de
su propia madre. Me dieron ganas de matar a esa puta al ver las lágrimas de
mi chico.
Lo peor de todo esto es que apenas si hemos podido movernos del club.
De momento es nuestro lugar seguro, aunque no sabemos por cuánto
tiempo. Axl ha seguido con su rutina diaria de ir a desayunar con los chicos
o a entrenar al gimnasio, lo único que ha cambiado es que apenas si aparece
por su apartamento ya que se ha empecinado en quedarse conmigo si no me
iba con él.
—Linda, accidente en el reservado cinco —me informa una de las
bailarinas del turno de día.
Solo hace una hora que hemos abierto y ya me veo recogiendo los
estropicios de los clientes, no entiendo cómo es que a horas tan tempranas
pueden estar tan borrachos. En fin, cosas de la ciudad que nunca duerme.
—Ya voy, gracias por avisar.
Cojo mis utensilios y me dirijo hacia donde me ha dicho la chica. Allí
mismo se encuentra ya Frankie y frunzo el ceño porque no es su hora de
entrar, incluso creo que hoy comenzaba sus vacaciones.
—Un momento, muchacha —pide—. Entra conmigo ahí, no va a gustarte
lo que hay dentro.
Frunzo el ceño y me encojo de hombros. No creo que sea peor a lo que
viví la otra noche, en la que uno de los clientes, que se ve estaba demasiado
puesto, le dio por sacarse la chorra para pedir que le sacara brillo con mi
pulidora. Y lo hice, vaya si hice su sueño realidad cuando le pedí unos
minutos para ir a buscarla. Le faltó tiempo para echar a correr cuando me
vio llegar con una coctelera. Si quería meterla en un agujero, le llevaba el
perfecto, iba a tener la polla bien fresquita.
—¿Axl va a poner el grito en el cielo como con el idiota de la otra noche?
—Asiente y bufo en respuesta, así que le hago un gesto con la mano para
que sea él quien entre primero.
No se ha cerrado todavía la cortina a mi espalda cuando ya me estoy
arrepintiendo de haber venido.
—Hola, preciosa —me saluda el intruso—. Vaya, bonito recibimiento.
Me mira de arriba abajo y alza una ceja. Si no le gusta que lleve la bata
de limpiadora sobre el pantaloncito corto y el trozo de tela que me tapa las
tetas, que se vaya al club de topless dos calles más allá.
—Al grano, señor —ordena Frankie cuando ve que no hago el intento de
abrir la boca.
—Linda, ¿así es como recibes al que pudo ser tu cuñado?
—No ibas a ser mi nada, Stefan —gruño—. Siempre has sabido que esa
zorra se arrimó a ti por tu mercancía, y no por la que llevas entre las piernas
precisamente.
Lo veo enrojecer de rabia, pero me importa muy poco en este momento.
Ya le hice llegar lo que pidió, ahora que ordene a sus hombres buscar a la
mujer perdida.
—Me debes algo y vas a…
—¡No te debo una mierda, cabrón! —corto alterada—. Es más, eres tú el
que has matado a una inocente por gusto. ¿Pensabas que no iba a enterarme
de lo que le has hecho a Megan o a su hermano? —Tomo aire para retener
las lágrimas—. No deberías tener en tus filas a pichaflojas que con solo una
mamada confiesan hasta las veces que vas a cagar o las rayas que te metes.
Y eso sin contar que ha estado jugando contigo.
Veo que aprieta la mandíbula, aunque su mirada es de sorpresa.
»Ah, ya veo que no sabes que el que ayudó a Cindy a robarte el
cargamento fue su amante —sigo confesando—. Nunca pensé que Pancho
fuera tan listo, pero al final los hay más tontos que él.
—¿Cómo que…?
—No me hagas repetirlo —corto—. Bueno, como hoy me has pillado
relajada gracias al polvazo que me han echado en la ducha antes de empezar
a trabajar, voy a hacerte el favor del siglo y vas a poder matar dos pájaros
de un tiro, y de manera literal.
—¿Qué vas a querer a cambio? —cuestiona—. Porque ambos sabemos
que la caja que me has enviado no es la de tu padre. Yo dejé en ella una
marca que no he encontrado, aunque tengo que reconocer que da el pego si
no te fijas bien.
—Gracias por el cumplido —le suelto con sorna—. Y mira, lo único que
te pido a cambio es que desaparezcas de mi vida de una puta vez, no me
molestes más, no busques más a mi sobrino y haz lo que te dé la puta gana
con Cindy y su amante, tu mano derecha, pero olvídate de que los demás
existimos.
—Me parece justo —masculla con una sonrisa enorme en la cara—.
¿Ahora vas a decirme dónde se esconde esa rata?
—No, voy a hacer algo mejor. —Saco mi teléfono del bolsillo de la bata
y busco la foto más reciente de esa zorra, ya es hora de que le vaya
poniendo cara—. La vas a encontrar junto a tu fiel perro en el desierto en
menos de dos horas. Puedes desbaratarle el negocio y quedarte con su trozo
del pastel.
—Gracias, preciosa —dice a la vez que se levanta—. Una pena el no
poder verte más, pero qué se le va a hacer.
—Hazla sufrir —le pido cuando ya va saliendo por la cortina del
reservado.
Me tiemblan tanto las piernas que me veo obligada a sentarme en uno de
los asientos que hay en el pequeño espacio, respiro hondo tratando de
calmar mi respiración y una carcajada nerviosa se apodera de mi cuerpo.
Frankie no se mueve en todo momento de mi lado, y en silencio
agradezco que este hombre se haya convertido en mi sombra. Seguro que
Axl le ha pedido el favor de permanecer en el Broken más horas de las que
le corresponden.
—¿Te encuentras bien, muchacha? —Asiento sin querer mirarlo o
romperé a llorar—. Diré que estás limpiando el desaguisado. Desahógate,
nadie te va a molestar.
En el momento que abandona el reservado dejo que las lágrimas recorran
mis mejillas en cascada. En vez de sentirme apenada por lo que acabo de
hacer, es como si me hubiese quitado un peso enorme de encima.
No sé el rato que estoy aquí dentro, pero al salir veo que el local está
bastante lleno. Frankie se acerca a mí y me da una carpeta, me susurra que
se la ha entregado el tipo en la puerta antes de irse y que es su
agradecimiento por todo. No entiendo nada, así que la cojo y me la llevo a
los vestuarios. Cuando llegue Axl miraremos su contenido.
—Hola, mi amor.
Me doy la vuelta sin cerrar la taquilla y me abrazo a su cuello. Inspiro su
olor, ese que me relaja en momentos de tensión, y una sonrisa se instala en
mi cara. Quién me iba a decir a mí que el cromañón del Broken iba a hacer
que cayera rendida a sus pies, aunque es algo que no necesita saber; mejor
nos quedamos como estamos.
—He tenido visita —le informo en cuanto he dejado un beso en sus
labios—, y justo me has pillado guardando una carpeta que ha entregado a
Frankie para mí.
Me vuelvo para cogerla y se la tiendo.
—¿Y qué es, cariño? —Me encojo de hombros—. Bien, vayamos al
despacho de Gwen. Lo mismo tenemos suerte y no hay nadie allí, que hasta
los huevos me tienen con las pilladas diarias.
Intento aguantar la risa, pero no me es posible al ver su cara de
contrariedad. Y es que sé que se alegra por el hecho de que sus amigos, que
están tan jodidos como cada uno de los miembros de la familia Broken,
están logrando llevar su vida por un camino que jamás contemplaron: el del
amor.
—Axl, podemos mirarlo aquí mismo —le digo señalando los sillones.
Total, da igual un sitio que otro.
—En un momento van a empezar a entrar y…
—Da igual —insisto—. Estoy segura de que es algo bueno.
Y la verdad es que no me equivoco. Axl saca una serie de folios que al
principio no entiendo, pero según vamos leyendo mi cara va perdiendo el
color. Y no solo eso, que paso de la risa al llanto en segundos y luego a la
histeria, me pongo a bailar por toda la zona de descanso.
—Linda, cálmate —pide Axl en tono calmado—. Explícame el porqué de
tanta alegría, no veo claro esto de los bonos. Tiene pinta de ser dinero
negro.
—¡No, no lo es! —le digo aún eufórica—. Eso es el triple de la cantidad
que le pedí por entregarle la cajita. Era una parte de lo que mi hermano se
quedó de la herencia de nuestros padres.
Le cuento la procedencia de mi madre, una familia de clase alta de Nueva
York, y el fideicomiso que nos dejó a cada una de sus hijas por si le sucedía
algo. Y no solo eso, también la venta ilícita de la casa familiar y otros
bienes de los que desconocía siquiera su existencia hasta ahora mismo.
—Bueno, ya decidirás lo que hacer con todo esto —musita—. Cuando
nos quedemos tranquilos y llegue al fin tu sobrino, puedo recomendarte
algunas inversiones que…
—Todo tuyo —corto sus palabras cerrando la carpeta en sus manos—.
Estoy segura de que sabrás ayudar a la gente con él.
Le doy un dulce beso que nos sabe a poco y miro el reloj. Ya deben estar
todos en el desierto.
—Nos vamos —anuncia Axl mientras se pone de pie—. No creo que por
una noche pase nada si el encargado no está a pie de barra controlando a
esta pandilla de patanes.
Salgo tras él riéndome, y nos encontramos a Zed en la puerta de
empleados. Axl le gruñe algo, le da una palmada en la espalda y salimos
por el callejón. Nos acercamos hasta su coche y, en cuanto ve que me he
puesto el cinturón arranca.
Miro por la ventanilla cómo cruza el Strip y se dirige a la salida de Las
Vegas. Como no conozco la zona bien, no sé bien si vamos hacia Boulder o
al aeropuerto, eso es hasta que veo que nos adentramos en el desierto.
—Axl, no pretenderás…
—Claro que sí —me corta—. Vamos a comprobar si tu padre hace su
trabajo o solo se ha marcado un farol para evitar un escándalo entre las altas
esferas.
Pienso en sus palabras, y otra idea se me viene a la mente.
—Cariño, debí avisar a mi padre de la llegada de Stefan —musito—. No
creo que vaya en son de paz.
—Tranquila, seguro que Frankie lo ha puesto al día —gruñe de mala gana
—. Hace un rato he descubierto que es otro de sus agentes encubiertos.
—¿Cómo…?
—Solo mirando por el retrovisor —dice con la atención puesta en la
carretera—. Nos está siguiendo de manera descarada desde que salimos del
Broken.
Sonrío y me arrellano en el asiento, ahora estoy segura de que mi
progenitor no ha mentido sobre sus intenciones. Solo nos va a faltar
comprobar hasta dónde ha llegado Stefan con su venganza, y es que estoy
segura de que Cindy no va a salir viva de ahí.
A lo lejos vemos luces azules, y según nos vamos acercando
comprobamos que es la misma zona donde estaban citados. Paramos el
coche a un lado y Frankie nos adelanta. Su intención es la de mantenernos
alejados del cordón de seguridad, aunque lo que no se espera es que me
importe menos que nada pasarme su autoridad por el forro.
—Papá, ¿qué ha pasado? —pregunto en cuanto llego a su lado. Me señala
hacia un árbol de Josué que hay unos metros más allá de nosotros y veo
varios cuerpos—. ¿Quiénes son?
No espero su respuesta porque el morbo me puede más, así que me
encamino hacia ese punto con Axl y mi padre pisándome los talones.
Describir la escena como dantesca sería ser benevolente, y es que Stefan ha
hecho muy buen trabajo.
La madre de Axl es la que mejor parada ha salido porque la han
degollado de manera limpia, aunque antes le han sacado los ojos de las
cuencas y se lo han puesto en las manos junto a un trozo de carne que
podría decir que es su lengua.
Pancho y Julian están empalados, pero no con cualquier cosa, no, les han
introducido un bate de béisbol a cada uno por el ojete, y de regalito les han
puesto sus pollas en la boca. Mira, van a llegar a las puertas del infierno ya
cenados.
Y Cindy… Escucho un gorgoteo y me acerco porque me ha parecido que
todavía respira algo. Compruebo que es así en cuanto me agacho. A ella le
ha destrozado la cara, le ha arrancado los implantes mamarios y le ha
dibujado la palabra puta en el abdomen, se ha recreado con ella.
—Ayuda —susurra muy bajito—. Jackson, ayúdame.
Nombrar al gemelo de Axl hace que este reaccione y se acerque a ella
con los puños apretados. Ahora mismo estoy entre ellos, yo acuclillada,
cerca de su cara, y la muy puta me susurra algo que ya sé porque me lo
contó mi chico y que nadie más tiene por qué saberlo a menos que él mismo
quiera.
—Ojalá tu hermano no te hubiese metido la polla por el culo —dice entre
jadeos—. John tenía mejores planes si el drogadicto no hubiese cedido a lo
menos malo para ti. Ahora arde en el infierno contigo.
Me fijo en ella y veo que su mirada está vidriosa, está agonizando y cree
que ve al fantasma de Jackson, así que tomo una determinación: le quito a
mi padre su pistola y le pego un tiro en mitad de la frente. Mi chico no se
merece escuchar más mierdas, es hora de dejar el pasado atrás y
empezaremos hoy.
Me giro con una enorme sonrisa en la cara, le devuelvo el arma a mi
progenitor, cojo a Axl de la mano y tiro de él hacia el coche.
—¿Dónde quieres que vayamos, mi valiente guerrera? —me pregunta
mientras arranca.
—Tengo hambre —suelto con calma—. ¿Qué te parece si nos comemos
una buena hamburguesa doble con patatas, un refresco grande y de postre
un helado?
Epílogo
Axl
Hoy se cumple uno de los sueños de mi hermano Jackson: la apertura de
una empresa de ciberseguridad especializada en delitos sexuales.
Ya hace tres años que un destacamento de Seguridad Nacional destapó el
negocio ilícito del que se lucraban grandes fortunas del planeta, y cuya
cabecilla fue asesinada en el desierto de Las Vegas.
La prensa de todo el mundo se hizo eco de la noticia durante meses, y di
gracias porque utilizaron el apellido de soltera de mi madre. Me costó
semanas de silencio el asimilar lo sucedido en tan poco espacio de tiempo,
y es que, a raíz de la muerte de todos ellos a manos de un vengador, según
los periodistas, descubrí que tuve una hermana mayor que desapareció en
uno de los múltiples burdeles en el que esclavizaban a las chicas.
Menos mal que todo el tiempo tuve a Linda dándome apoyo, al igual que
mis hermanos del Broken. Aunque la que al final sí que es buena en lo suyo
es J.
Jocelyn ha resultado un buen fichaje como la psicóloga de todos nosotros.
Me tengo que reír con lo que nos dice bastante a menudo: «si os aplicara las
tarifas que un loquero de lujo les cobra a sus clientes, me quedaba con el
Broken y abriría varios más por el país».
—Axl, estás aquí. —Linda me saca de mis pensamientos dejando un beso
en mis labios—. La prensa te busca, y no sabes lo pesado que está el viejo
Tomás con no sé qué cosa de su sobrino.
—No te preocupes, que esperen.
La beso como quiero, con ganas y pasión, y solo la suelto cuando a
ambos nos falta el aire. Acaricio su abdomen, ese lugar donde sé que hay
una nueva vida a pesar de que no se lo hemos comunicado a nadie por
precaución.
—Estoy bien —musita a la vez que se separa de mi toque—. Estamos
bien, así que lárgate a cumplir con tus compromisos.
La pego a mi cuerpo de nuevo y le susurro lo que pienso hacerle en
cuanto nos dejen unos minutos libres, y noto sus pezones a través del fino
vestido. Me encanta cómo reacciona a cada cosa que le digo o hago.
Dejo un último beso antes de separarla y me dirijo al atril para dar el
discurso de apertura que me ha preparado un asesor de publicidad, y que
justo ahora he decidido que me voy a pasar por el forro porque este no soy
yo.
—Buenas noches y bienvenidos —comienzo, y el silencio se hace a mi
alrededor—. Primero de todo quiero agradecer su asistencia a este pequeño
acto, no pensé que mi nuevo equipo invitara a tanta gente.
Las risas no se hacen esperar, y sonrío al ver la mueca de Linda, que está
en primera fila junto a todos los que considero mi familia.
»Voy a ser breve porque en ningún momento pensé en algo de tal
envergadura —sigo en cuanto se hace el silencio a mi alrededor—. Cuando
decidí junto a mi mujer el dar buen uso a algo que nos causó bastante dolor
en el pasado, se me vinieron a la mente unas palabras de mi hermano, y que
es la filosofía principal de esta empresa: «Siempre que haya alguien a quien
proteger, tenemos el deber moral de sacrificarnos de la manera que sea
necesaria».
Miro a mis amigos, mis hermanos, y veo sus caras de orgullo. Y es que
todos hemos evolucionado en estos años, eso sí, sin dejar nuestro inicio
apartado. El club sigue funcionando.
»Como veo caras de aburrimiento en la primera fila —digo en tono
jocoso—, solo quiero puntualizar algo, y es que quienes apuesten por esta
empresa va a estar apoyando a gente con talento a la que la vida les ha
puesto un poco más difícil que al resto el formarse y salir adelante. Así que
animaros a protegeros y de paso a proteger. Gracias por su asistencia.
Los aplausos me acompañan hasta donde están todos, y los chicos me
rodean con los brazos. Sí, estos momentos en plan coleguis que se quieren
mucho y se lo demuestran es otra de las terapias de la retorcida de Joselyn.
La noche pasa con relativa calma, paseando con mi mujer del brazo
saludando a los asistentes y cerrando alguna reunión con potenciales
clientes. El sobrino de Tomás es quien se va a encargar de coordinar al
equipo, y por eso procura estar no demasiado lejos de mí para ir apuntando
los números de los asistentes que se interesan por alguno de nuestros
servicios.
Volvemos a casa de madrugada, y lo primero que hacemos al entrar en mi
apartamento para comprobar que Rob duerme tranquilo, sí, vivimos en el
mismo sitio, Linda se negó a mirar otras viviendas.
En cuanto al sobrino de mi mujer tengo poco que contar, y es que lo
único que hemos sabido es que la idea de usarlo de cebo para encontrar a
quienes se quedaban con el dinero de los tratamientos casi le salvó la vida
al niño porque se dieron cuenta de que le administraban medicamentos
nocivos.
La voz de alarma la dio una antigua trabajadora, y de ahí que infiltraran
una agente como recepcionista. Al parecer es el equivalente a una portera
de edificio, de todo se entera.
Meses después de la muerte de todos estos encontraron a Richard, el falso
médico. Y resultó que ni el título de secundaria tenía el muy cabronazo. Lo
peor de todo es que estaba tan metido en la trama que una vez ingresó en
prisión se enteró que Rob era su hijo, fruto de una noche de alcohol y
drogas con la zorra y varias más.
De mi padrastro no quise saber nada, y me alegro que Linda acabara con
su virilidad.
—Axl, ¿vienes?
Miro a mi mujer y la veo tumbada en nuestra cama, con su precioso
pijama de invierno. Desde que está embarazada siente más frío de noche,
así que la dejo hacer porque luego se lo quita al darse cuenta de que no se
acurruca a mí de igual manera.
Me desvisto, porque no sé el tiempo que llevo metido en mis
pensamientos, y me subo a la cama. Antes de echarme junto a ella me
obligo a preguntarle lo mismo que todos los días:
—¿Qué te enamoró de mí, cielo?
Sonrío porque cada noche tiene una respuesta diferente.
—Tu mal genio, cariño —responde con una sonrisa pícara—. Y tu
corazón roto.
Nota de advertencia
El siguiente epílogo nos cuenta la vida de las parejas del universo
Broken dentro de unos años por lo que si no has leído los cuatro libros
detente. Vas a encontrar spoilers. Los cuatro libros tienen el mismo epílogo
2 por lo que cuando leas el último de los cuatro podrás leer este sin
problema :)
Epílogo 2
Jocelyn
Desde que tengo recuerdo, mi padre ha sido un completo hijo de puta y mi
madre su saco de boxeo particular. Nunca lo ha dejado, la verdad es que no
lo entiendo, pero tan solo soy una niña que no sabe nada de la vida. Mi
interior me grita que nunca dejaría que nadie me hiciera daño, ojalá ella lo
viera igual.
Tengo que romper una lanza a favor de mi madre ya que nunca ha dejado
que me ponga una mano encima, siempre que ve que viene borracho me
esconde antes de recibir su ración de hostia, y no consagrada. Creo que un
día la matará y me dejará sola con él. La adoro, y si hace eso me lo cargo, lo
odio con todas mis fuerzas.
Hoy estamos tranquilas en casa, aún no ha vuelto. Mejor, a ver si con un
poco de suerte con lo que bebe tiene un accidente y se estrella, el mundo
sería un sitio mejor. Estoy contándole a mamá que me he dado cuenta de
que no me gustan solo los chicos, o las chicas, que lo que de verdad me
puede llegar a enamorar es cómo es la persona sin tener en cuenta su sexo.
Tengo dieciséis años, y aunque ella ha vivido casi en esclavitud con mi
padre me apoya totalmente. Incluso me ha dicho que es muy bonito eso de
amar a las personas por lo que son en vez de por su sexo, raza, edad o
cualquiera otra distinción.
Nos abrazamos y lloramos juntas, yo por la felicidad de que, aunque
tenemos una vida de mierda, la tengo a ella. Es mi único punto de amarre a
la cordura, y mientras esté con ella todo estará bien. Tan emocionadas
estamos que no le hemos oído llegar. No hasta que es demasiado tarde. Me
agarra del pelo tan fuerte que me hace caer de la silla al suelo, quiero llorar
del dolor, aunque lo que hago es mirar con rabia la mano que se ha quedado
un mechón rubio.
—¡Puta! Eres una zorra degenerada como tu madre.
Mi madre se levanta corriendo a venir en mi ayuda, me quiere esconder
como lleva haciendo desde que tengo uso de razón. Esta vez no le da
tiempo, él la empuja tan fuerte que se cae al otro lado de la habitación.
—¡Déjala, hijo de puta! ¡Te voy a matar! —Y de verdad que pienso
hacerlo.
—¿Tú a mí, zorra? Seguro que sacas tan buenas notas porque te pasas el
día comiendo las pollas y los coños de tus profesores. No pienso permitirlo,
eres una aberración de la naturaleza.
—Tú sí que lo eres, que no puedes vivir sin beber y pegando a mujeres.
Eso dice todo sobre ti, no tienes los cojones suficientes para meterte con un
hombre, así que pagas tu frustración de polla floja con tu familia. Con tu
mujer, que es la mejor persona que existe.
Me levanto para ir a por él, solo quiero golpearle con todas mis fuerzas.
En este tipo de momentos no pensamos en las consecuencias, solo en
enfrentarnos a nuestros demonios. Los golpes llegan sin ver de dónde
vienen, es demasiado fuerte para mí, solo consigo cubrirme como puedo
para intentar minimizar el impacto. No es suficiente, una vez en el suelo las
patadas en el estómago me dejan sin aire.
Entre las ráfagas de dolor que me recorren, escucho la voz de mi madre
que le grita y que intenta apartarlo de mí, nunca antes me había pegado, y
solo puedo pensar que si esto es lo que lleva aguantando mi madre toda la
vida preferiría estar muerta. Como si algo allí arriba escuchara mi súplica,
una patada alcanza mi cabeza. Me duele mucho, lo bueno que tan solo son
unos segundos mientras pierdo la conciencia, la sangre caliente cae libre
por mi cara. Se acabó, un último pensamiento para mi madre. «Te quiero,
mamá».
∞∞∞
Cuando entramos en el Broken me doy cuenta de que, aunque han pasado
casi diez años, todo sigue igual, un sitio donde hemos compartido los
momentos más felices de nuestras vidas. Y hoy será otro bonito recuerdo.
La madre de Gwen se casa con un latino que la trae loca, y quería algo
íntimo y en familia. Y dónde mejor que en el lugar donde comenzó todo, el
que unió a la familia Broken.
Ya no bailamos, pero no hemos dejado el Broken, mejor dicho, hemos
ampliado el negocio abriendo sedes por todo el mundo, lo que nos hace
vivir desahogados y en mi caso dedicarme a lo que más me gusta. Ayudo a
la gente sin recursos, gente que como yo o como mis amigos vivió un
infierno y no tiene medios para pagar a un buen psicólogo.
Voy dando besos y abrazos a todos mis hermanos y hermanas, incluso
Zed me da un buen achuchón. Nos vemos mucho, todos vivimos bastante
cerca y somos de los que quedan los domingos para comer y pasar el día
juntos. Barbacoa en el jardín, no puedo imaginar una vida más feliz. Me
dirijo al escenario donde está mi barra de pole dance, esa donde tantas
veces bailé, el mismo sitio en el que ahora están jugando todos mis
sobrinos: Luk, el hijo de Dix y Amber; Arl, de Gwen y Tay; Nat, el pequeño
de Zed y Tiza y Jak el pequeño de Axl y Linda, con su primo mayor Rob, al
que están volviendo loco para hacerle mil perrerías.
—¡Tía! —grita Nat y se lanza a mis brazos.
Los abrazo y se me ocurre que voy a hacer algo para que se queden
flipando con su tita. Me dirijo a mi barra y, aun con el vestido que llevo me
atrevo a subirme, total, si se me ve algo no será que no lo hayan
contemplado antes. Estoy en forma, nunca he dejado de hacer pole dance en
casa, me gusta y me hace mantenerme fuerte.
Cuando subo y me agarro con las piernas dejando que mi cuerpo
descienda, todos gritan un «¡Hala!» generalizado. Vienen a rodearme
sorprendidos por lo que acaban de descubrir.
—Tía, ¿cómo puedes hacer eso? —pregunta Luk con los ojos como
platos.
Me hacen reír y bajo de la barra antes de dirigirme a todos mis sobrinos
que están expectantes.
—Pues yo era la reina de este escenario, aunque vuestros padres, todos
ellos, me acompañaron en esta aventura.
—No puede ser, imposible, papá es muy serio para eso —dice Nat sin
creer ni una palabra.
—Si no me creéis, id a preguntar a vuestros padres, os vais a llevar una
gran sorpresa. Luego volved con la tía, que he pensado que les podemos dar
una sorpresa a ellos.
Todos me abrazan antes de irse gritando como locos a buscar a sus
padres, y yo sonrío feliz por la familia que tengo.
Dix
―Se supone que ya deberías estar aquí ―masculla mi pelirroja sujetando
el teléfono con el hombro. Lleva más de media hora hablando con Joey. No
entiende que el chaval ya es un hombre y tiene su propia vida. Sonrío y ella
me lanza una mirada fulminante―. ¿Quieres hacer algo? ―susurra tapando
el auricular con la mano.
Ruedo los ojos de manera teatral y cojo yo el móvil.
―Joey, te estamos esperando.
―Ya lo sé, papá ―farfulla. Hace ya tiempo que se enteró de mi pasado.
Al principio le costó asimilarlo. Le ofrecí la oportunidad de hacernos una
prueba de ADN para confirmarlo, sin embargo, él no quiso hacerla. Me
sorprendió diciendo que no importaba si nos unía un lazo de sangre
fraternal o paternal, yo soy su padre y Amber su madre. Ese día lloré como
un jodido crío, casi tanto como el día en el que mi pequeño Lukas nació―.
Te prometo que no tardaré más de media hora. He estado echando una mano
en el Fixed —explica refiriéndose al taller mecánico que abrimos Amber y
yo hace ya bastantes años.
―Vale, pero date prisa. A tu madre va a darle un jodido infarto como no
aparezcas pronto.
―Sí, voy de camino.
Cuelgo la llamada y le tiendo el teléfono a la pelirroja con una sonrisa
engreída en los labios.
―Fanfarrón ―farfulla arrancándome una carcajada. La beso en los
labios y ella cabecea dándome por imposible.
Zed nos trae un par de cervezas y respiro hondo al ver como ella le da un
trago largo. No suele beber demasiado, aunque ahora ya se controla mucho
más. La Amber que perdía el control bajo los efectos del alcohol ha
desaparecido por completo, es perfectamente capaz de tomarse un par de
copas sin que se le vaya la cabeza. Además, si en algún momento llegara a
ocurrir, sabe que yo estaría a su lado, cuidándola. Jamás permitiré que nadie
la lastime, ni siquiera ella a sí misma.
―¡¿Qué hace esa loca?! ―exclama señalando el escenario. J se ha
subido a la barra fija y está haciendo acrobacias rodeada por los niños.
Suelto una carcajada al ver como casi se queda con el culo al aire―. Va a
matarse.
―Está acostumbrada a eso ―susurro abrazando a mi mujer por la
espalda.
Miro a mi alrededor sin poder evitar sonreír de oreja a oreja. Todo ha
cambiado, pero no me olvido de que fue aquí donde empezó mi vida, al
menos la buena. Rodeado por mis hermanos, hermanas y sobrinos no podría
ser más feliz. Fue una gran idea meternos juntos en el negocio. El Broken
es algo más que un club de striptease para todos nosotros, fue nuestra
salvación, y ahora también lo es para todas esas personas que buscan un
hogar en distintas ciudades del mundo. Además, ha resultado ser muy
rentable.
―¡Papá! ―Luk viene corriendo hacia nosotros y me veo obligado a
soltar a Amber para cogerlo al vuelo cuando salta sobre mí―. La tía J dici
que tú bailabas en ese escen……… Esce… ―allí arriba―. ¿Es verdad?
Asiento y mi pelirroja se ríe en voz baja. Nuestro pequeño aún no domina
de todo el lenguaje y algunas palabras se le atascan.
―Se dice escenario, cariño ―le explica su madre.
―¿Es verdad?
―Sí, durante mucho tiempo trabajé aquí en este club, con los tíos Zed,
Axl y Tay y las tías J y Gwen. Después aparecieron las tías Tiza, Linda y…
―Miro a mi pelirroja como si fuese la primera vez que nos vimos. Jamás
imaginé que ese encuentro nos traería a este momento―. A mamá también
la conocí aquí. Ella trabajaba de camarera.
―¿Y Joey? ―Mi pequeño idolatra a su hermano mayor.
―Él aún era muy pequeño. Te contaré esa historia cuando crezcas un
poco más.
―¿Me esieñas a bailar como la tía J?
―Cariño, la tía J es única ―señala Amber acariciando su pelo oscuro.
―Pero yo quiero apriender y bailar ahí arriba. ―Señala el escenario y
ambos sonreímos.
―Si eso es lo que quieres, te enseñaré, y cuando seas mayor volverás
locas a las chicas ―bromeo.
―Bueno, tampoco te pases ―se queja Amber.
Vemos como Joey entra en el local, que hemos cerrado para celebrar el
nuevo matrimonio de la madre de Gwen, y Luk sale corriendo en su busca,
lo saluda con un abrazo y se marcha corriendo a jugar con sus primos.
―Siento llegar tarde ―dice Joey saludando a su madre con un beso en la
mejilla. Ella aprovecha para achucharlo y el chico rueda los ojos de manera
teatral. En el fondo sé que le encanta que ella sea tan cariñosa, pero, al igual
que yo, no lleva demasiado bien las muestras de cariño. Esa es uno de los
muchos rasgos que tenemos en común. Amber dice cada día que se parece
más a mí físicamente, y aunque en algún momento de mi vida, odiaba eso,
ahora no podría sentirme más orgulloso―. ¿Hay una cerveza para mí?
―pregunta tras darme un abrazo.
―Pídesela a tu tío Tay, está acaparando el barril desde que llegamos.
Se marcha, y Amber sacude la cabeza sonriendo sin perderlo de vista.
―Este chico cada día es más guapo ―murmura.
―Yo lo soy más ―afirmo abrazándola por la espalda y apoyando mi
barbilla en su hombro.
―Cierto, tú eres sexi de cojones.
―¿Eso crees? ―Muerdo su cuello y pego mi polla a su culo haciéndole
notar lo cachondo que me está poniendo. Doy gracias al cielo porque eso no
haya cambiado tras más de diez años de matrimonio―. Puedo demostrarte
lo sexi que soy en el vestuario, Pelirroja.
―¿En la ducha? ―susurra mordiéndose el labio inferior con una sonrisa
ladina. Mueve el culo rozándose contra mi erección y resoplo―. ¿Vas a ser
malo conmigo, Sexi?
―Oh sí, no te imaginas cuánto. ―Me aparto y tiro de su mano
escuchando sus carcajadas por mi arranque.
La arrastro en dirección a la zona de empleados, sin embargo, a mitad de
camino me paro en seco y clavo mi mirada en el escenario. ¡No me lo
puedo creer!
Tay
Veo a mi pequeño Arl correr hacia mí, dejo la cerveza en la mesa justo a
tiempo para que no se me derrame por el salto que da.
—Carlo Emiliano, ve más despacio o vas a hacerte daño —le reprende la
señora Rosario.
La miro y sonrío. Papá y ella se casaron hace unos cinco años y ha sido
una abuela fantástica.
—No me llames así, soy Arl, como el tío Axl. Molo mucho por eso.
Le revuelvo su negro pelo y lo bajo al suelo.
—¿A qué venían las prisas? —pregunto y él sonríe.
—Tía J dice que mamá y tú bailasteis en este lugar.
Sonrío. No le voy a decir que su madre no ha subido ahí mientras ha
habido gente en el local, pero cuando estábamos a solas me ha hecho unos
pases que hacen que me ponga duro solo de pensarlo.
—Mamá no, yo sí. Y era el mejor. Que tu tío Dix no quiera decir lo
contrario, tenía envidia de mi eight pack.
—¿Y te quitabas la ropa? —pregunta sorprendido.
Tiene casi diez años y es inocente, aunque no tanto como yo a su edad,
las redes sociales les hacen madurar demasiado deprisa. El otro día lo pillé
bailando sucio como todo un profesional. Gwen se escandalizó, yo
reconozco que me sentí orgulloso.
—Todo, les hacia el baile del elefante —contesto y se ríe.
—Oh Dios mío, que no lo haga él aquí —murmura Gwen llegando a mi
lado con nuestra niña en brazos.
Cojo a Holly en brazos y beso su cabecita. Tiene dos años y ya puedo
decir que va a ser una rompecorazones. Ya me he apuntado a tiro para ir
practicando. No sé cómo me dejé convencer de que llevara el nombre de
conejita de su abuela.
—¿Y tú, mamá, por qué no?
—Tenía demasiado dinero para eso —se ríe mi caperucita.
Casi me caigo de culo cuando vi su cartilla la primera vez. Joder,
millones. Mierda. Me ayudó no solo con el pago de mi título, también a
montar una asesoría para inmigrantes de la cual ella y yo somos dueños.
—También tenía a su Oh Gran Rey Tay que no iba a permitírselo —le
susurro a mi pequeño y ambos nos reímos.
Arl sale corriendo hacia donde está J, que me da un saludo con la cabeza.
—Parece mentira que estemos aquí, todos juntos, tantos años después —
susurra Gwen apoyando su cabeza en mi hombro mientras mi pequeña
Holly mete la suya en el hueco de mi cuello.
Suspiro.
—Parece un cuento, uno con una caperucita que decidió mandar a la
mierda lo convencional y quedarse con el lobo.
Gwen sonríe.
—Y doy gracias cada día por haber leído ese libro.
—¡Abu Carlo! —grita Holly dejándome casi sordo y se menea para que
la baje y correr hacia el hombre que me dejó vivir. Uno con el que ahora
tengo una relación de familia. Increíble.
Abrazo a Gwen por detrás y lentamente la llevo a su despacho, quiero
rememorar algunos momentos. Vamos camino de hacerlo cuando las luces
se apagan y se encienden los focos del escenario.
Axl
La cara de Linda es un poema ahora mismo.
No pensé que el asistir a la boda de Suzy supusiera algún problema, pero
sus celos me resultan tan divertidos que me da por reír con las miradas que
le lanza a la feliz pareja.
—Cielo, vas a gastar a la madre de Gwen de tanto mirarla —susurro y
dejo un mordisquito en su oreja—. No fue para tanto, solo una aventurilla
de nada.
—Eso es lo que dices tú —protesta—. Pregúntale a Tay, que se quedó de
piedra al saber que su suegra y su… su hermano tuvieron un rollo hace años
y se entera hace nada.
Su indignación me divierte al punto de sentarla en mi regazo para que vea
lo cachondo me ponen sus ataques de celos. A pesar de llevar más de diez
años juntos, el amor que nos tenemos no mengua.
Y no solo nos va bien como pareja a pesar de que todos los días nos pone
firmes a nuestros hijos y a mí, porque Rob ha pasado a ser mi hijo de
manera legal también, sino que hemos crecido a nivel internacional con la
empresa de ciberseguridad, llegando a tener sucursales en las principales
ciudades del mundo.
A ello hay que sumarle que la capacidad empresarial de Linda llega a
niveles de haber aprovechado la academia de baile que tenía mi difunta
madre y reconvertirla en un centro de apoyo a personas sin recursos. En ella
formamos a personas en riesgo de exclusión social y a personas
rehabilitadas de diferentes adicciones en disciplinas diferentes, todas
orientadas a integrarlos en el mercado laboral.
Tengo que decir que la mayoría son contratados en algunos de los clubes
que tenemos a lo largo de todo el país. Y es que Broken se ha expandido en
estos años, seguimos haciendo felices a mucha gente que busca un poco de
diversión con clase.
—¿Qué hace esa loca? —dice mi mujer mientras tira de mi manga para
llamar mi atención.
J está sobre el escenario, haciendo algunos giros en la barra mientras su
pequeña la mira con orgullo. Con razón Jak me ha dicho…
—Ay, Dios, mira cómo se ha vestido Jak.
Mi sonrisa de orgullo es tal que solo puedo besar a mi mujer y observar
qué es lo que la tía loca ha preparado con sus sobrinos.
Zed
—¡Papi! ¡Papi! —Viene gritando Nat, que ya está muy grande, se tira en
mis brazos y lo cojo.
—¿Qué pasa, campeón?
Miro a Tiza, que está con mi padre preparando comida para la
celebración, y pienso en que cada día la amo más, me hizo volver a ver a mi
padre y ahora vive con nosotros. Nat tiene a su abuelo y yo al padre que
pensé que había perdido en la guerra.
—La tía J dice que habéis bailado en ese escenario, ¿es verdad? —Me
hace reír con esa curiosidad, es igual que su madre.
Si él supiera todo lo que ha pasado dentro de estas paredes.
—Sí, todos hemos estado, papá estaba más en la barra con el tío Axl,
pero también he bailado, y mamá.
Su boca hace una O por la sorpresa.
—Ven aquí, te lo contaré todo.
Me lo llevo a un sillón de los reservados y le cuento todo, desde cómo
conocí a los que ahora son sus tíos, mis hermanos y hermanas, el trabajo en
el Broken y como hemos llegado hasta donde estamos. Nos hicimos socios
de la cadena de clubs que tenemos por todo el mundo, y yo me encargo de
llevar el tema de la seguridad, eso sí, desde aquí. No me gusta viajar y dejar
a mi familia.
Cómo su madre llegó a hacerse instructora de boxeo y es una de las
mejores. Yo la verdad es que no la tosería mucho, creo que podría conmigo
con ese metro cincuenta que mide. De su abuelo, que vive en Rusia, pero
pasa temporadas con nosotros siempre que puede, y de lo felices que somos
de tener una familia tan grande.
Sobre todo, quiero que entienda la importancia de los lazos, no tanto los
de sangre, sino en la lealtad, eso es lo que al final te convierte en familia de
otra persona. Escucha todo como si fuera una historia de los héroes que
tanto le gustan. Hasta que su madre se acerca y nos abraza y besa a los dos.
—Mamá es impresionante, yo no sabía que eráis tan guais.
Me mira con una ceja levantada, interrogándome.
—Le he contado cómo comenzó todo y lo buena bailarina que era su
madre.
Ella sonríe recordando también todo lo que pasó.
—Perdona, lo sigo siendo. —Me da un suave puñetazo en el brazo y hago
como que me duele.
—¿Y qué opinas de la vida de tus padres y tíos, cariño?
—¡Qué sois la leche! De mayor quiero ser como vosotros.
—Serás todo lo que quieras ser, mi vida, nosotros te vamos a ayudar.
Abrazo a mis dos amores y pienso en lo que ha dicho mi mujer. Nuestros
hijos, los de todos nosotros, nunca sabrán lo que es tener una vida de
mierda, los amamos y cuidamos como si fueran lo más importante del
mundo. En eso consiste el amor, eso son las familias.
Todos hemos aprendido a mantener a nuestros demonios a raya, pero es
que tener estos hijos tan maravillosos ha hecho posible que los desechemos
a un rincón muy oscuro del que no puedan salir.
Nat nos besa antes de salir corriendo como un loco a buscar a sus primos
para seguir jugando, y aprovecho para sentar a Tiza en mi regazo y besarla
con pasión.
—Te amo.
—Y yo a ti, mi princesa sin castillo.
Jocelyn
Mientras los demás han ido a preguntar a sus padres yo me he quedado con
mini J contándole mi historia y me ha encogido el corazón cuando me ha
dicho que tiene la mejor mamá del mundo. Por eso, cuando le he contado
mi plan le ha hecho mucha ilusión. En el almacén hemos buscado atrezo del
que usan los bailarines para sus pases.
Mi pequeña se ha puesto un top de lentejuelas del color de mi pelo, le
queda casi como un vestido, pero está muy graciosa. Los demás no tardan
en llegar.
—¡Tía! ¡Tía! —grita Jak, que viene impaciente y lleno de energía.
Al que siguen sus otros tres primos igual de emocionados.
—¡Qué pasada lo que hacíais tía! —Ese es Arl que ahora mismo tiene
una postura que me recuerda mucho a Tay.
—¿Queréis saber lo que sentíamos cuando nos subíamos a un escenario?
—pregunto, aunque ya sé la respuesta por sus ojos ilusionados.
Les cuento todo, incluso ensayamos algún pase rápido, no tenemos
mucho tiempo ya que en breve nos estarán buscando, sobre todo porque los
niños estén tan callados.
Salgo al escenario para llamar la atención de los presentes.
—Hola a todos, hoy es un día muy especial y tenemos una sorpresa que
esperamos que os guste, yo ya estoy emocionada.
Todos se acercan y Rob, que me está ayudando en la sorpresa, apaga las
luces dejando solo los focos del escenario.
—Les presento a la familia Broken segunda generación.
Y con eso me aparto porque empieza a sonar la canción It's my life de
Bon Jovi en homenaje a la vista que hemos tenido todos y en el resultado
maravilloso que eso ha dado.
Los focos se empiezan a mover y aparece Arl con una chaqueta de traje y
sin camiseta, a su lado Luk con un casco de bombero y también sin
camiseta, Nat ha elegido una bata de boxeador en honor a sus padres y Jak
lleva una pajarita. Y entre ellos sale mi princesa, la que veo que se ha
pintado los labios, bastante mal, por cierto, y solo puedo reír.
Todos ellos empiezan con los movimientos que hemos practicado y en la
sala solo se escuchan vítores, podría jurar que más altos que cuando
nosotros bailábamos. La cara de emoción de mis hermanos y hermanas del
Broken no tiene precio. Creo que en ese momento todos pensamos lo
mismo, nunca se sabe si serán nuestra próxima generación, lo que sí
sabemos es que ya se quieren entre ellos como una auténtica familia.
Agradecimientos
Ya hemos llegado al final de esta locura de proyecto, y es que para mí lo ha
sido más por lo que he ganado que otra cosa.
Primero de todo agradecerte a ti, lector, el que nos hayas dado la
oportunidad de meterte en este universo. Es una idea loca pensada para que
la disfrutéis, así que no os vayáis sin dejarnos vuestras estrellitas; no sabéis
lo que eso nos ayuda a saber si vamos por el buen camino.
Gracias a mis compañeras de aventuras, pero sobre todo amigas, porque
sin ellas yo todavía no estaría escribiendo siquiera. Os agradezco la
paciencia que habéis tenido conmigo y mis circunstancias, los ratos de risas
por cualquier cosa, los momentos de estrés porque no llegábamos. Sois un
ejemplo a seguir, y solo os digo que de mayor quiero ser como vosotras.
Agradecer a mi hermana de vida, mi Inma, que siempre estás ahí para lo
que sea, y que has sido moderada con el látigo. Te prometo que voy a seguir
escribiendo, ahora lo tienes por escrito para cuando me dé la neura.
A dos lectoras cero extra que me he encontrado por el camino, el equipo
Alenny (Ale y Jenny), no sabéis lo que me he reído con vosotras y vuestras
teorías descabelladas. Seguro que algo podemos usar para otras historias, ja,
ja, ja. Gracias de corazón.
Hay muchísimas personas a mi alrededor que me apoyan día a día en mi
vida personal, a todas vosotras, mis chicas Bipo, gracias por existir. No
sabéis lo orgullosa que estoy de teneros como amigas.
Y, por último, aunque sé que me dejo mucha gente sin nombrar, esto va
para ti mamá. Llevamos unos meses malos, pero le estamos demostrando a
la vida que si no podemos saltar un obstáculo, lo rodeamos, nada va a poder
con nosotras mientras estemos unidas. Este esfuerzo va para papá, para que
desde donde esté siga sintiéndose orgulloso de mí…
GRACIAS A TODOS DE CORAZÓN
Otros libros del Universo Broken
Consíguelo aquí
Un secreto
Espero que hayáis disfrutado tanto como nosotras. Nos ha gustado
mucho crear este universo y hemos decidido que una vez al año vamos a
sacar algo así juntas. ¿Queréis saber un secreto? Ya tenemos decidido el
tema del siguiente universo, incluso lo hemos nombrado en uno de los
libros ¿te atreves a adivinar cuál es?