Patricia Wilson - Un Refugio Muy Peligroso
Patricia Wilson - Un Refugio Muy Peligroso
Género: Contemporáneo
Argumento:
Ross Maclean era un hombre duro, y cuando Helen se enteró de que iba a ser su jefe, todos
sus mecanismos de defensa se pusieron en alerta. Su experiencia con Miles había sido suficiente
para tomar la decisión de alejarse del sexo opuesto. Además, ¿no le había demostrado a él que
era una mujer incapaz de responderle a un hombre? A pesar de sus constantes altercados con
Ross, Helen pronto comprendió que no era ni remotamente como Miles, ¡sino alguien mucho
más peligroso!
CAPITULO 1
ROSS MacLean ocupará mi puesto la próxima semana. Lo que significa que yo estaré en
Nueva York dentro de siete días. Dijo Jim Saxton, y comenzó a tararear «New York, New
York» mientras hojeaba los documentos que Helen le había puesto sobre la mesa. Se le veía
encantado ante la perspectiva de aquel viaje. Helen, sin embargo, de pie frente a la mesa del
señor Saxton, mostraba su visible gesto de desaliento ante aquella noticia.
Aquel cambio en la dirección se había venido anunciando durante mucho tiempo, pero
nunca había creído que llegara a hacerse efectivo. Las oficinas centrales de MacLean
International siempre habían estado demasiado lejanas, porque con el Atlántico de por medio
los cambios eran demasiado incómodos, y, además, Jim no parecía la persona apropiada para
desenvolverse en la agitada vida de Nueva York. Helen lo sabía muy bien, así que ¿cómo no
podría saberlo la dirección central de una compañía tan importante como MacLean
International? Siempre había pensado que el deseo de Jim de marcharse a Nueva York, no era
más que un sueño, pero en aquel momento se daba cuenta de que era ella quien había estado
soñando. Jim, un jefe amigable y fácil de complacer, se iría al cabo de una semana. Y ella ni
siquiera sabía qué decir.
—Espero que todo te vaya bien —sus palabras parecían completamente inadecuadas ante la
euforia evidente de Jim.
—Si me van bien las cosas, ¡no vuelvo a poner los pies en este lugar!
Parecía una predicción definitiva. Helen trató de esbozar una sonrisa, ¿qué iba a hacer a
partir de que se fuera Jim? Su cómodo rincón de trabajo ya no parecía tan confortable ni tan
seguro. Era la hora del café, así que se dirigió a prepararlo, así podría alejarse unos minutos y
pensar un poco en su nueva situación.
Aquella mañana Jim había llegado tarde, algo casi habitual. Siempre llegaba a la hora que le
apetecía, aunque le gustaba su trabajo, muchas veces se presentaba a las diez sin el menor
problema. Pero a Helen no le importaba en absoluto. Las relaciones con su director general eran
inmejorables, Jim tan sólo tenía que sentarse en su despacho y todo marchaba sobre ruedas. Ella
se anticipaba a todos sus deseos y los dos formaban una pareja que trabajaba a la perfección.
Helen sólo le pedía una cosa: una vez dieran las cinco, terminaban sus obligaciones así que
podía cerrar su despacho y marcharse. Jim Saxton nunca había puesto ningún inconveniente,
pero Helen no sabía si Ross MacLean entendería su exigencia. La verdad es que dudaba que lo
comprendiera, pero ella no podía ser flexible.
Sabía que la mayoría de las otras secretarias se quedaban trabajando hasta las seis y media o
las siete, mientras que ella, la secretaria del director general tenía sus propias reglas y sus
propios horarios. Pero no podía esperar que todo continuara como hasta entonces, no con el
propio hijo del fundador de la compañía haciéndose cargo de la oficina. Incluso podría quedarse
sin trabajo.
Se arregló el pelo con un gesto reflejo. Su cabello era negro y le caía sobre los hombros,
aunque en la oficina lo llevaba recogido en una trenza. Se miró una vez más al espejo, hizo un
gesto con los labios como queriendo infundirse valor y recogió la bandeja con el café para
llevarla a la oficina de Jim. La verdad era que no estaba contenta, la expresión más adecuada
para describir su estado de ánimo sería decir que se encontraba muy incómoda y contrariada.
— ¿Cuándo llega? —le preguntó a Jim. Se dio cuenta de que sus palabras denotaban su
preocupación, y se apresuró a añadir—: Quiero decir, ¿llegará antes de que tú te vayas?
Supongo que querrá ponerse al tanto de todo cuanto antes.
Si Ross MacLean llegaba antes de que Jim se marchara, tal vez podrían aclararse las cosas.
Jim podría explicarle su relación de trabajo, aunque seguramente se abstendría de hablarle de
sus peculiares horarios y de sus frecuentes salidas para jugar al golf.
—Espero que no llegue hasta que yo esté al otro lado del Atlántico —murmuró Jim
bebiendo un poco de café—. Ross MacLean, mi querida Helen, es como un huracán, en el más
estricto sentido de la palabra. No puede estar tranquilo en ninguna parte, más bien revoluciona
cualquier lugar que pisa. Que el Cielo nos ayude si llega antes de que yo me vaya, me
provocaría un ataque de nervios y luego me despediría.
— ¿Cree usted que a pesar de ello el señor MacLean me aceptará? —preguntó Helen.
— ¿No lo haríamos cualquiera de nosotros? —replicó el señor Saxton, y se rió al ver que
Helen se ruborizaba. Era una muchacha encantadora y muy guapa, pero inaccesible. Los
intentos que había llevado a cabo en el pasado no habían obtenido más que miradas de asombro
—. Sinceramente, Helen, creo que dejará todo tal como está. Tal vez ni siquiera pase mucho
tiempo aquí. Yo diría que se trata de un capricho de su padre: «ve y fisgonea un poco», le habrá
dicho. Lleva una vida endiablada en Nueva York, aquí se morirá de aburrimiento. Lo más
probable es que todo esto le moleste tanto como a usted.
— ¿Sólo está un poco preocupada? —Le dijo él mirándola a los ojos—. No soy tan tonto
como parezco, y me doy cuenta de que está preocupada, aunque no quiera hablar de ello.
Helen nunca hablaba de su vida privada y quería evitar una conversación íntima.
—Tiene veinticuatro años y no creo que haya tenido muchos más jefes, así que no dejaré
que su cumplido se me suba a la cabeza. De todas formas, trate de no preocuparse —añadió con
un tono sincero—. Podrá arreglárselas con Ross MacLean tan bien como conmigo. Si la deja
escapar es que no se parece en nada al viejo MacLean, que conoce a la gente nada más verla —
luego añadió—: La verdad es que su hijo mira como si pudiera leerte el pensamiento, así que
probablemente haya salido a su padre. La apreciará en lo que vale.
Jim Saxton había dicho aquellas palabras para calmarla, pero no lo había conseguido. Su
retrato de Ross MacLean no había sido precisamente el de una persona amable, y él mismo
debía haberlo advertido. Helen recordaba con claridad el rostro un poco envejecido de Jim al
volver de Nueva York, no hacía más de dos semanas. Lo había achacado al cansancio del viaje,
pero ahora no estaba tan segura. No quería trabajar con un hombre que supiera los tipos duros.
Con haber soportado a uno ya había tenido suficiente para el resto de su vida.
Helen seguía considerando el problema cuando se bajó del autobús y caminó por el
silencioso barrio hasta el pequeño chalet que había al final de la calle. La tristeza de los últimos
días del otoño, cada vez más cortos, ayudaba a que incluso los pequeños problemas parecieran
mayores de lo que eran. Las sombras se alargaban bajo la luz de las farolas y comenzaba a caer
el rocío de la noche. Seguramente habría nieve para Navidad. Al fin y al cabo parecía una buena
época para afrontar los problemas que pudieran surgir.
Apresuró el paso. Eran casi las cinco y media y Tina debía marcharse al cabo de una hora.
Era muy importante para las dos respetar los horarios. Si por alguna razón tuvieran que
cambiarlos,
Helen tendría que buscarse otro trabajo, lo que no sería tarea fácil. Helen entró en el
chalecito y al sentir el agradable calor, y oír voces familiares, su tristeza desapareció. Tina
estaba hablando con su prisa habitual, sin dejar meter baza en Tansy, y le llegó un delicioso olor
desde la cocina. Helen no pudo evitar una sonrisa. Habían conseguido crear un hogar y nada
lograría interferir en aquella atmósfera.
— ¡Estoy en casa! —dijo Helen dejando el bolso sobre la mesita del recibidor. Justo en el
momento en que doblaba su abrigo sobre el respaldo de una silla la habitación se llenó de
alegría. Se volvió y cogió en brazos a su hija de tres años y luego fueron entre risas a la cocina
donde su hermana las recibió con un gruñido.
—Todo listo, jefe —dijo Tina con una ligera inclinación—. El té está en la tetera y la cena
en el fuego.
Las dos se volvieron para mirar un reloj que colgaba sobre la pared con las manecillas
exactamente en las cinco y media.
—Son las cinco y media —dijo Tanxy con alegría, y todas se rieron.
—No estoy segura de que este ritual sea bueno para ella —dijo Helen—. Tal vez crezca
pensando que algo maravilloso debe ocurrir cada día exactamente a las cinco y media.
—Y eso es lo que pasa —replicó Tina—. Mamá vuelve a casa después de trabajar.
—Tal vez —Helen se sirvió una taza de té y se sentó en una banqueta—. Casi no puedo
creerlo, pero, después de todo, Jim consiguió un puesto en Nueva York y Ross MacLean viene
para ocupar su puesto. Al menos, sólo será durante una temporada.
— ¿Que el gran jefe blanco está aquí? ¿El MacLean de los MacLean? —dijo Tina con gran
asombro.
—Sinceramente, no le veo la gracia al asunto. Hasta Jim quiere estar lejos antes de que
llegue. Dice que Ross MacLean puede penetrarte con la mirada,
—Eso parece. De todas formas, dentro de una semana sabremos si está de acuerdo con mi
horario o no. Tal vez tenga que buscarme otro trabajo.
—Yo podría dejar el curso —intervino Tina con un claro gesto de preocupación ante la
perspectiva.
—De acuerdo —Tina salió de la cocina y Helen se levantó, cogió un delantal de un armario
y se lo puso.
— ¡Todo!
Helen se quedó mirándola y sonrió. Tansy era una niña preciosa. Tenía los mismos ojos
azules de su madre, de un azul que a veces parecía púrpura, y el pelo del mismo color negro
pero arremolinado en pequeños rizos en torno a su carita. Se despertó en ella un profundo
instinto protector y sintió deseos de cogerla y abrazarla. En Tansy no había nada de Miles,
absolutamente nada. Era como un milagro que su pequeña hija sólo hubiera heredado sus
rasgos.
—Me dijiste que es de mala educación mirar a la gente fijamente —le dijo Tansy con gran
preocupación, y Helen no pudo evitar una sonrisa.
—No acabo de comprender por qué tiene que haber problemas —dijo Tina mientras
cenaban—. El horario es de nueve a cinco y media y tú siempre llegas mucho antes de las nueve
para adelantar trabajo. Pero de todos modos, tal vez podamos adaptarnos a un nuevo horario si
al tal MacLean le da por ponerse duro.
—Ya hemos hablado de eso muchas veces —dijo Helen, inclinándose para recoger del
suelo la cuchara que se le había caído a Tansy—. Salgo a las cinco para llegar aquí a las cinco y
media, de modo que tú tienes una hora para prepararte. Ahora estarías en la Universidad si las
cosas hubieran marchado como debían.
—Papá quería que también tú fueras a la Universidad, aunque te decidieras un poco tarde —
dijo Tina.
—Pero eso no pudo ser —dijo Helen encogiéndose de hombros, y echó un vistazo al reloj
—. Vas a perder el autobús.
—Helen, ¿podríamos...?
A Helen le gustaba que Tina estuviera siempre de buen humor. En el pasado, ella había
compartido aquella alegría, cuando parecía que nada podría trastornar la felicidad que reinaba
en casa de sus padres. Sin embargo, la tragedia se había precipitado sobre aquel hogar con
aterradora sorpresa. Sus padres habían muerto en un accidente de tráfico y ellas se habían
repuesto como habían podido.
Cuando ocurrió el accidente, Tina tenía quince años y Helen acababa de cumplir veinte el
día anterior a la tragedia. A Miles Gilford no le había resultado difícil persuadirla para que se
casara con él. Se comportaba de un modo cariñoso y comprensivo con ella, y le prometió que
Tina podría vivir con ellos e ir a la Universidad.
Era apuesto, inteligente y amable y casi parecía demasiado bueno para ser verdad. Así que
al final resultó que no lo era. Sólo gracias a la pequeña herencia de su padre, Tina y ella tenían
en aquel momento un techo donde vivir.
Helen alejó aquellos pensamientos de su mente. La verdad era que no solía detenerse a
pensar en los problemas que había tenido en el pasado, estaba demasiado ocupada. Al principio
mantenerse ocupada había sido una necesidad, para evadirse de los problemas de su horrible
matrimonio, pero con el tiempo se había convertido en un hábito. Aunque seguía siendo una
necesidad, era ella la que ganaba el pan, ella era la cabeza de familia.
Llevó a Tansy a la cama y luego se sentó en la cocina para reflexionar sobre su empleo. Era
secretaria del director general de la sección inglesa de un gran multinacional de electrónica, un
trabajo seguro y bien pagado. Tina iba a clases nocturnas para recuperar los cursos que había
perdido tras la traumática muerte de sus padres y poder matricularse en la Universidad al curso
siguiente. Al menos una de ellas podría cumplir los deseos de sus padres y tener una educación
superior, además Tina era inteligente y merecía una oportunidad para desarrollar su innato
talento con los idiomas.
¿Qué ocurriría si Ross MacLean les hacía la vida más difícil? Nunca le había visto, pero
había oído hablar de él. Tenía, como su padre, reputación de ser un hombre de negocios sin
escrúpulos, severo y exigente con los demás. Los relajados días de trabajo parecían haberse
acabado para ella. Aunque tal vez no se quedara por mucho tiempo. Desde luego no podía tener
intención de quedarse permanentemente en Inglaterra, donde no podría llevar el ritmo de vida
que tanto había impresionado a Jim en Nueva York: mujeres guapísimas y coches
impresionantes.
No podía esperar encontrar lo mismo que en Nueva York, así que tal vez nada más llegar
anunciara la fecha en que quería marcharse. Su estancia no podría ser muy duradera, aquella
ciudad ni siquiera podía compararse con Londres. Las instrucciones de su padre serían fisgonear
y nombrar a un nuevo director general, incluso Jim podría volver cuando se dieran cuenta de lo
mal que se adaptaba a la vida americana.
Helen dio un largo suspiro y se levantó de la silla, tenía que fregar los platos y luego darse
un baño. Echó un vistazo al calendario. Sólo quedaba una semana, y todo lo que podía hacer era
esperar.
Aquella mañana pasó volando. Por fin llegó el lunes. Helen se apresuró para llegar a las
ocho y media a las oficinas de MacLean International y subió al último piso. No había nadie
excepto el conserje. Tendría tiempo de ocuparse del correo y de sus ocupaciones habituales,
Ross MacLean llegaría tarde. Debía estar cansado después del vuelo, al fin y al cabo había
llegado la noche anterior, si Jim Saxton no se había equivocado. Había habido una conferencia
en Boston, y Ross MacLean se habría quedado allí hasta el sábado.
Se quitó el abrigo y se miró en el espejo. Con el deseo de dar un aspecto más eficiente, se
había puesto un traje de chaqueta gris con una blusa roja, y llevaba un peinado más serio de lo
habitual. Aunque en el fondo deseaba que Ross MacLean no se presentara aquel día.
Era muy apuesto, pero con un aspecto agresivo, sin ningún signo de amabilidad o de buen
humor. Tenía el pelo oscuro y la piel morena, y continuaba con la vista fija en ella. Helen no
podía apartar su mirada de aquellos ojos, fríos como el hielo.
Helen escuchaba su voz. Era seductora a pesar de que denotaba exigencia y estaba teñida
con un ligero tono de menosprecio. Levantó la vista y dirigió hacia ella su mirada acerada, pero
no dijo nada, tan sólo esperó a que Helen se recuperara de su asombro y se tranquilizara.
—No puedo pensar por qué... Jim tenía un sentido del humor muy particular.
— ¿Jim tiene sentido del humor? —le preguntó con suavidad. Se había dado cuenta de que
había llamado a su jefe por su nombre de pila—. Espero que todo le vaya bien en Nueva York.
Ya que parece que aquí se ocupaba usted de todo, tal vez la cantidad de trabajo que le espera en
Nueva York acabe con él.
Helen intuyó que aquello implicaba la amenaza de que si Nueva York no lograba acabar con
Jim Saxton él mismo lo haría y salió en su defensa.
—Supongo, señor MacLean, que sólo trataba de hacerme las cosas un poco más fáciles.
Probablemente también le habrá dado informes sobre el resto del personal.
—Sólo sobre usted, señorita Andrews. Da la impresión de que quería que yo continuara
donde él lo dejó... con un trato sensible hacia usted.
—No necesito ningún trato especial, señor MacLean —la ira comenzaba a apoderarse de
ella. ¡Ah, que bien conocía a los hombres como él!—. Había venido para recoger la
correspondencia. Normalmente soy la única que estoy en la oficina a estas horas. En adelante
llamaré antes de entrar.
Él se sentó.
—Ya he visto mi correspondencia, señorita Andrews. Examine el resto y luego conteste a
mis cartas.
—Muy bien, señor MacLean —Helen alargó la mano para coger las cartas. Ross MacLean
miró sus finas manos, y frunció los labios con un gesto irónico—. ¿Debo archivarlo?
—Por supuesto que no, señorita Andrews —de nuevo ella era la víctima de aquella mirada
despiadada—. Quiero tenerlo a mano, en el cajón de mi mesa. Quiero familiarizarme con todo
antes de imponer mi propio método.
Helen le miró con irritación, pero aquel hombre la intimidaba. Se dio la vuelta y se alejó tras
dar un largo suspiro. Tal vez ni siquiera durara en su puesto todo el día. La hostilidad del señor
MacLean era evidente. Había llegado al menos media hora antes que ella, ¿qué ocurriría a las
cinco? Si no necesitara el dinero sería un alivio que la despidieran, porque podía darse perfecta
cuenta de que no lograría congeniar con el señor MacLean. Debía comportarse con cuidado con
él, pero no le tendría miedo, nunca más volvería a temer a un hombre.
Helen se sobresaltó cuando se dio cuenta de que había colgado el teléfono y la estaba
mirando, con sus ojos cristalinos.
— ¿Me encuentra usted peculiar, señorita Andrews? —dijo con una voz profunda y
turbadora, que obligó a Helen a dominarse y mantener la calma.
— ¿Le sorprende? No sé por qué. La central de la compañía está en América, pero yo soy
inglés, como mi padre, aunque mi madre sí es americana. Fui al colegio en Inglaterra, a mi
padre le gusta mantenerse fiel a sus raíces.
—Bueno, es natural. Si vamos a trabajar juntos, lo normal es que nos vayamos conociendo
—se reclinó sobre el respaldo—. ¿Por qué ha venido usted tan temprano?
Sintió aquellas palabras como un disparo. Contuvo la respiración. Bueno, había llegado el
momento, tarde o temprano tenía que llegar.
—Siempre llego a las ocho y media porque tengo que irme a las cinco.
— ¿Tiene que irse? ¿Es eso parte del trato sensible que hay que tener con usted?
Su tono de voz no pareció gustarle y, una vez más, se sintió escrutada por aquella mirada
penetrante.
Luego evitó el tema y comenzó a dictarle, pero cada vez que ella levantaba la vista se daba
cuenta de que no le quitaba ojo de encima, aunque continuaba dictando tranquilamente. Cuando
Helen fue a transcribir sus notas taquigráficas, se quedó impresionada por la coherencia con que
estaba redactado. Parecía que Ross MacLean tuviera la facultad de pensar en varias cosas a la
vez. Además, tenía la sensación de que podía aparecer en cualquier momento y no dejaba de
mirar hacia la puerta. Al llegar la hora de salir estaba tan tensa como un cable de acero.
Aquel saludo educado pero lleno de frialdad era peor que una bofetada. La había mantenido
en vilo todo el día sin saber lo que ocurriría y en aquel momento aceptaba con calma su derecho
a irse.
Como Helen permanecía en la puerta, Ross MacLean levantó la vista de la mesa y la miró
enarcando las cejas. Helen asintió y se fue, dándose cuenta de lo mucho que la afectaba aquel
hombre. Durante todo el camino de vuelta a casa se notó sofocada y nerviosa, casi a punto de
temblar.
—Mal, creo. Es bastante horrible —Tansy, después de recibirla con la habitual alegría, la
miraba con mucha atención.
—Apuesto, rico y duro, casi cruel —apretó los labios al darse cuenta de lo profundamente
que la había afectado aquel hombre. Todavía estaba muy agitada y Tina frunció el ceño dejando
aflorar todo su carácter.
—No tienes que soportarle si no quieres. ¿Me oyes, Helen? Eso se acabó.
—Hoy no tengo clase —le aseguró Tina con una sonrisa—. Llamaron por teléfono.
—Gracias a Dios —dijo Helen dejándose caer sobre una silla—. Hoy estoy agotada.
— ¿No irás a tener otra jaqueca? —dijo Tina con inquietud, pero Helen negó con la cabeza
y cogió una taza de café.
—No. Tan sólo es por el trabajo. Es ridículo, al fin y al cabo no ha hecho otra cosa que
trabajar y no puso pegas cuando me marché. Es sólo que... oh, no sé.
MacLean. Miles tan sólo era un fanfarrón, se había dado cuenta de ello después del
divorcio. Si se hubiera enfrentado a él en vez de permanecer amedrentada, nunca se habría
atrevido a amenazarla. Pero Ross MacLean era diferente. Era duro por naturaleza, sin
resquicios, y debía prevenirse. En realidad, había comenzado a defenderse de él desde el
momento de verle, y no podía dejar de pensar en cuánto tiempo tardaría en marcharse.
CAPITULO 2
AL llegar el viernes a la oficina, Helen se encontró, como de costumbre, con que su jefe ya
estaba en su despacho, pero cuando le dio los buenos días él no respondió, sino que levantó la
vista y frunció el ceño.
—Esto no puede continuar así. Si seguimos a este ritmo, va a necesitar ponerse unos
patines.
—No se ponga a la defensiva —dijo con la mirada fija en ella—. Usted y yo estamos en el
mismo barco, y los dos sabemos que esta semana su trabajo ha aumentado considerablemente.
Va a seguir incrementándose, así que va a necesitar una ayudante.
Helen le miró con desconcierto. Se preguntaba dónde podría trabajar su supuesta ayudante;
su despacho era pequeño y si tenía que compartirlo con otra persona, perdería toda su intimidad.
— ¿Por qué tiene miedo a los cambios? Quiere continuar con su pequeño nido, ¿verdad? —
aquella aguda apreciación hizo que volviera a sentirse incómoda—. Es usted muy celosa de su
intimidad. Casi me siento como un intruso cuando me atrevo a pisar sus dominios.
—Puedo arreglármelas sola —afirmó Helen, con más convicción de la que realmente sentía.
—No, no puede. ¿Qué se propone? ¿Llegar a las siete todos los días? Hay un límite para
madrugar. Me temo que el resto del mundo empieza a las nueve y acaba a las cinco y media.
Así que de eso se trataba, sólo de una indirecta para decirle que la iba a despedir. Le parecía
extraño, había pensado que se lo diría a la cara, sin rodeos.
—Puede despedirme y contratar a otra secretaria más dispuesta —dijo mirándole a los ojos.
Él enarcó las cejas con un gesto de asombro.
—No se comporte de un modo tan insensato, señorita Andrews, y vamos a dar un paseo.
La cogió del brazo y ella notó la fuerza con que la apretaba sus dedos, y se dejó llevar hacia
el ascensor, mirando de reojo su definido perfil. Una vez en el interior del ascensor, Ross
MacLean apretó el botón para ir al piso superior.
—En esa planta no hay más que un almacén. Helen no recibió más respuesta que un
asentimiento de cabeza. Al llegar a la planta superior la dejó paso y salió a una enorme sala que
ocupaba toda la planta.
Helen nunca había subido. Había material de oficina guardado en cajas, algunas, incluso, de
la empresa que había ocupado el edificio con anterioridad.
—No es una forma muy eficiente de aprovechar el espacio —la voz de Ross MacLean
resonó en la silenciosa habitación—. Aunque la luz es buena —dijo mirando los ventanales del
techo.
— ¿Se propone convertir esto en una oficina? —volvió hacia él sus ojos azules, esperando
una respuesta.
—En varios despachos —la miró a los ojos por un momento y luego se fijó en su cabello y
su mirada descendió hasta sus senos. Helen se sobresaltó y notó que el rubor cubría sus mejillas.
Volvió a mirarla a los ojos por un momento y luego comenzó a caminar por la habitación con
las manos en los bolsillos.
—Anoche subí aquí y ya he pensado lo que se podría hacer. El lunes vendrá un decorador
para echar un vistazo. Me imagino que se pueden habilitar tres despachos: el mío, el suyo y el
de su ayudante. Hoy mismo puede poner un anuncio en el periódico, a no ser que pueda pensar
en alguien de la empresa.
—Yo... ¿quiere usted que yo decida? —dijo cuando volvieron a entrar en el ascensor.
—Pero... —dijo Helen siguiéndole al interior de su despacho. Lo cierto era que estaba muy
sorprendida.
¡Era un hombre imposible! Helen se retiró cerrando la puerta con firmeza, pero tenía la
convicción de que algo le había pasado desapercibido en aquella conversación, un hombre como
él no podía actuar sin guardarse una carta en la manga.
—Pero entonces, ¿te han ascendido? —le dijo Tina cuando llegó a casa.
— ¿Temes que te despida cuando la nueva secretaria esté lista? —dijo Tina con pesar. Y
luego añadió—: ¿Has pensado en alguien?
—Probablemente a Jeanette. Es buena y me llevo muy bien con ella, así que no me
molestará demasiado compartir mi despacho con ella hasta que el del piso de arriba esté listo. Se
lo diré el lunes.
Aquella noche, a pesar de que estaba muy cansada, tardó mucho en dormirse. No podía
dejar de pensar en Ross MacLean, y aunque no tuviera ninguna certeza, suponía que estaba
tramando algo. Pero en cualquier caso, no podía hacer nada, su personalidad era tan fuerte que
oponerse a él podría ser peor para ella.
Jeanette se alegró mucho cuando Helen le comunicó que sería su nueva ayudante. Era una
rubia encantadora, muy distinta a Helen, morena y más imponente.
—Blancanieves y Caperucita Roja —le dijo Ross MacLean a Helen cuando Jeanette salió
de su despacho para difundir la buena noticia—. ¿Está segura de que sabe lo que hace, señorita
Andrews?
—Parece un poco frívola —no había duda de que se había fijado en el moderno corte de
pelo de Jeanette y en su ajustado vestido, y en el rubor de sus mejillas, que no la había
abandonado en ningún instante mientras le saludaba.
—Creo que estaba un poco impresionada. La verdad es que no tiene muchas oportunidades
de conocer a gente importante.
—Estoy seguro de que muy pronto sabrá cómo tratarla —murmuró MacLean.
—Sin duda —Helen se retiró al oír que su teléfono había comenzado a sonar.
No sabía por qué sentía la necesidad de enfrentarse a él, después de todo no había hecho
nada malo. Simplemente se limitaba a ser como era: un hombre duro, demasiado fuerte y
distante como para ser humano. Se dio cuenta de que nunca le había sonreído. Pero él tampoco
la había sonreído en ninguna ocasión. Se comportaba con el más absoluto desprecio, y si
condescendía a suavizar su actitud era para mostrar su desdén. Estaba claro que su situación en
el trabajo se había deteriorado desde el momento en que él había llegado, y se sentía muy
incómoda.
El comportamiento inhumano de Ross MacLean se hizo patente al final del día. Jeanette
debía comenzar en su nuevo puesto a la mañana siguiente y, cuando estaban a punto de dar las
cinco, Helen tuvo que admitir que él tenía razón: necesitaba una ayudante. Aquel día la
actividad había sido febril para los dos. MacLean recibió una llamada cuando ella ya estaba
recogiendo sus cosas. —Señorita Andrews.
—Tendrá que quedarse. Estoy en línea con París y debo enviarles una carta que salga en el
correo de esta noche —estaba rebuscando en los papeles que había sobre su mesa sin mirarla
siquiera mientras ella permanecía en el quicio de la puerta.
—La carta, señorita Andrews. Siéntese y escriba, tiene que salir esta noche.
—Me voy a las cinco, señor MacLean —dijo con calma—. Ya se lo expliqué.
— ¡Al diablo con la explicación! ¡Se trata de una emergencia! —se levantó y apoyó las
manos sobre la mesa, inclinando su cuerpo hacia adelante con un gesto amenazador. Helen se
puso pálida—. ¡Trataré de que no sean frecuentes las veces que la necesito después de las cinco,
trataré de tratarla con la mayor amabilidad, pero hoy la necesito y tiene que quedarse!
—Debo recordarle que trabaja usted para MacLean International y que ha contraído usted
un deber con esta empresa. En América usted trabajaría las horas que fuera preciso, pero incluso
en este país su deber está aquí y no en ir a pasar la tarde con su novio.
—Mi deber es ocuparme de mi casa antes que quedarme aquí —dijo Helen con calma a
pesar de que sus manos habían comenzado a temblar, aunque él no pudo notarlo porque las
había metido en los bolsillos de su chaqueta.
— ¿Qué quiere decir con que su deber está en su casa? —Parecía completamente
asombrado y a punto de estallar—. Puede usted venir mañana a las nueve. Deje hoy los platos
en el fregadero y ya los lavará mañana, ¿qué le parece? —Sugirió con sarcasmo—. Llame a su
novio y explíquele la situación.
—No hay nada que explicar, porque no voy a quedarme. Debo ocuparme de mi hija. Incluso
usted puede darse cuenta de que no puedo dejarla sola. Tan sólo tiene tres años y no hay nadie
que pueda ocuparse de ella después de las cinco y media. Si no me voy a las cinco, perderé el
autobús. A pesar de lo que usted diga, tengo que irme.
Si no se hubiera sentido tan molesta, Helen se habría reído al ver la asombrada expresión de
su jefe. Daba la impresión de que era la primera vez que alguien le discutía una decisión.
Se fijó en sus manos, pero Helen no llevaba ningún anillo, y ella pudo ver en sus ojos la
misma expresión que tantas veces había visto en otros ojos. A la vista de todos, ella era una
madre soltera, y nadie ocultaba su curiosidad, pero la mirada de Ross MacLean no expresaba
más que desprecio.
Helen se dio la vuelta y se marchó, más molesta por su fría reacción de lo que había
esperado. Oyó que él llamaba a Jeanette, y se sintió innecesaria. La había rechazado sin
decírselo expresamente, tan sólo con una fría mirada. Al llegar a casa sintió una gran tristeza al
comprobar que Tina se había ido y había metido a Tansy en la cama, y se echó a llorar.
Lo que pensaba Ross MacLean era evidente. Durante toda la semana la trató de forma más
educada y mucho más fría, si eso era posible. Su desprecio era palpable, y muchas veces le
sorprendía mirándola con el ceño fruncido, como si estuviera pensando en la manera de
despedirla. Evitaba el contacto con ella y se dirigía a Jeanette, que estaba en el despacho
contiguo al suyo.
—Mañana me voy a París. Pasaré allí la noche y volveré el domingo por la mañana.
—Quiero que venga conmigo, y no me diga que no puede. Se trata de una entrevista muy
importante con unos compradores de los países árabes. Necesito que venga porque es usted
extraordinaria. Si no puede conseguir que nadie se ocupe de cuidar a su hija, entonces... qué
diablos, que venga con nosotros.
Helen estaba perpleja. Él la miró. No podía dejar de parecerle eficiente. Llevaba una blusa
blanca' y un traje de chaqueta color cereza, y el pelo sujeto con horquillas, era la imagen de la
perfecta secretaria, sólo que ahora su rostro reflejaba un asombro indescriptible.
—De acuerdo —dijo Helen tragando saliva—. Si... si me da los detalles antes.
—El fin de semana no hay ningún problema. No me gusta dejarla pero puedo ir, si usted
realmente me necesita...
—No se lo pediría si no la necesitase —gruñó y miró su reloj—. Ahora tengo que irme.
Reserve dos billetes de primera clase para el primer vuelo de mañana. Yo me ocuparé del hotel
cuando vuelva —se dio la vuelta para marcharse, parecía tan molesto como si ella se hubiera
negado a ir. Tal vez había esperado que se negara para así poder despedirla—. Le hará falta ropa
—dijo volviéndose.
—Tengo ropa, señor MacLean —dijo ella secamente, y se ruborizó cuando él la miró.
—Es usted un ejemplo de virtud, señorita Andrews —murmuró él con sarcasmo—. Sin
embargo, París requiere algo especial. Le entregaré un cheque.
—Ya tengo ropa, señor MacLean —repitió Helen levantándose y enfrentándose a su mirada
—. Le aseguro que París no se verá defraudada.
Por un segundo vio un destello de admiración en su mirada, pero aun así no pudo olvidar
que había querido herirla con sus palabras. De repente hizo un gesto con los labios que casi
podría decirse que era asombro, pero luego simplemente asintió y añadió.
—También le hará falta un vestido de noche —ella asintió y él añadió—. Y haga algo con
ese pelo o van a pensar que es usted mi ama de llaves.
En ese momento entró Jeanette contoneándose sobre sus zapatos de tacón alto y se dio
cuenta de la expresión de furia en el rostro de
Helen. Ross MacLean casi la empujó al salir del despacho. A pesar de la amplia sonrisa que
le había dirigido, no parecía haber notado su presencia.
—Cállate —le espetó, y Jeanette volvió al trabajo sin decir una palabra más.
—No lo es —le dijo Helen. Había subido corriendo a su habitación y estaba sacando ropa
de los cajones y arrojándola sobre la cama, mientras temblaba, llena de resentimiento.
— ¡Le odio, le odio! —le dijo a Tina con una mirada llena de furia—. ¿Sabes que dijo que
me parecía a un ama de llaves? ¡Y me dijo que me cortara el pelo!
—Tiene bastante cara para hacer cualquier cosa, y además piensa que soy una madre
soltera.
—No, no lo hice, ¿por qué habría de hacerlo? —dijo Helen con orgullo, mientras Tina la
miraba con sorpresa.
—Entonces baja y quédate conmigo mientras ceno, no tengo tiempo de discutir, tengo que
irme a clase —abrió la puerta del dormitorio y se negó a bajar hasta que Helen la siguió.
Tras marcharse Tina acostó a Tansy y subió a su habitación a preparar la maleta. La ropa no
le faltaba, porque Miles siempre había querido que su apariencia no revelara los malos tratos
que sufría en privado, y aunque hubiera deseado deshacerse de ella, no tenía bastante dinero
para permitirse el lujo de tirarla.
Los días eran fríos, y tuvo que pensar muy bien la ropa que llevaría. Algo de abrigo para el
viaje, algo sofisticado para el hotel y el traje de noche. No le llevaría mucho tiempo decidirse,
pero le molestaba tener que ir en autobús a la oficina a la mañana siguiente. Podría haberla
ofrecido un taxi en vez de un cheque para comprar ropa.
Helen se estaba lavando el pelo cuando sonó el teléfono, y se dio prisa en cogerlo para que
Tansy no se despertara.
—Sí.
—La llamo para decirle que iré a buscarla por la mañana. Hace mucho frío.
—Ya sé cuál es su dirección, la he visto en los informes de personal, que es donde conseguí
su número. Buenas noches.
Aquel laconismo rozaba la brusquedad. Estaba claro que ninguno de los dos sentía por el
otro ningún afecto. Pero no quería pensar en él, se daba cuenta de que no vería a Tansy hasta el
domingo por la tarde, y le dolía porque durante la semana tenía muy poco tiempo para estar con
ella. Sin embargo el viaje le daba la oportunidad de asegurar su puesto de trabajo. Debía brillar
en todos los aspectos que él pudiera imaginar. Se secó el pelo y se metió en la cama. Había
comenzado a nevar y se oía el ulular del viento. Al menos la recogerían en un Mercedes.
Helen estaba lista antes del amanecer. Tina se levantó de la cama para verla y se quedó
admirada al ver su traje-pantalón de color beige, y sus botines de ante. Aquel atuendo era muy
elegante y resaltaba su personalidad. Llevaba el pelo en una trenza más suelta de lo habitual y
sujeta con una cinta de terciopelo negra.
Había amargura en su voz, aún no se había olvidado de la forma en que Miles la había
utilizado.
—Segurísima —le dijo Tina dirigiéndose a la ventana para ver el coche que acababan de oír
—. Creo que ya está aquí. Se está bajando del coche. ¡Es muy alto! Y tiene buena pinta.
—Sí, eso sí —murmuró Helen echándose un chai rojo de cachemere sobre los hombros y
cogiendo la maleta—. Llamaré cuando sepa en qué hotel estamos. Si algo va mal...
—Nada va a ir mal —dijo Tina empujándola hacia la puerta—. Vamos date prisa. Se ha
quedado junto al coche y no va a llamar al timbre, se estará helando.
—Hum, no te creas que va a perder mucho, está acostumbrado al frío —dijo Helen con
ironía, pero al mismo tiempo se apresuró a bajar las escaleras. Una vez abajo se puso un
sombrero marrón y salió.
Estaba un poco inquieta, era la primera vez que salía de la ciudad después de mudarse tras
el divorcio y no le gustaba dejar a Tansy. Desde que Miles Gilford hubiera anulado toda la
confianza que pudiera tener en sí misma, sentía temor ante cada nuevo acontecimiento. Sólo en
aquellos instantes, al dejar solas a Tansy y a Tina y marcharse en compañía de otro hombre,
aunque no sintiera nada por él, se daba cuenta de que aún no había ganado la batalla contra
Miles Gilford.
Ross MacLean se incorporó al ver a Helen salir de la casa. Llevaba un traje oscuro y un
abrigo de buen corte. Le miró a los ojos y se dio cuenta de que estaba inspeccionando su
atuendo, luego le abrió la puerta del coche, cogió su maleta y la puso en el asiento de atrás.
Cuando se sentó a su lado sintió una gran inquietud y tuvo que apretar los labios para no
preguntar si su aspecto le parecía correcto. Arrancó y después de un rato la miró y la preguntó.
— ¿Todo bien?
—Sí —la calma de su voz la desconcertó un poco. — ¿Pudo encontrar a alguien que cuidar
a su hija? —Mi hermana vive conmigo —dijo por toda respuesta. No se sentía con ánimo para
entablar una conversación.
— ¿Le da miedo volar? —preguntó él con suavidad. —No. Hace mucho tiempo que no voy
en avión pero solía hacerlo —cuando a Miles le era útil.
—No se haga preguntas respecto a mí, señor MacLean —dijo Helen con sequedad.
El frunció el ceño ante aquella respuesta, y ella sintió haberle hablado de un modo tan
cortante. Al fin y al cabo, iba a estar un día y medio con él, y sería estúpido mantener una
situación tensa de modo permanente.
—Comprendo. Su hermana, ¿cuántos años tiene? —parecía haberse relajado y Helen sintió
un gran alivio.
—Diecinueve. Es muy responsable. Lo pasó muy mal cuando... en sus últimos años en el
instituto y ahora tiene que ir a clases nocturnas para preparar el examen de ingreso a la
Universidad. Además, es muy buena con los idiomas.
—Comprendo —repitió—. Me doy cuenta de que no tiene más remedio que salir a las
cinco, pero ¿qué va a pasar cuando su hermana se vaya a la Universidad?
—Sí —dijo escuetamente y guardó silencio. No sabía por qué le había hablado sobre su
vida privada, pero al menos su sensación de temor se había esfumado, ya no se sentía
examinada.
Cuando llegaron al aeropuerto y se bajaron del coche, había un fuerte viento, que se llevó el
sombrero de Helen por los aires. El lo cogió y se lo devolvió.
—Tome el sombrero, yo llevaré su maleta —dijo con una sonrisa en los ojos.
Tuvieron el tiempo justo para embarcar en el avión y una vez allí Helen se sentó
confortablemente y pidió una taza de té. Bebió el té, se reclinó en su asiento y cerró los ojos.
Ross MacLean había pedido una taza de café y estaba repasando unos papeles.
Helen se quitó el sombrero y al cabo de un rato se quedó dormida, ignorante de los ojos que
la miraban. La trenza caía sobre su hombro y su rostro dormido reflejaba una gran inocencia.
Pero Ross MacLean frunció los labios. Sabía por experiencia lo falsas que eran las
apariencias. Con un gesto de impaciencia dejó de mirarla y volvió a concentrarse en sus papeles.
Sería divertido ver la cara que pondría Claude Thiriet al ver a Helen Andrews. Todo su encanto
desaparecía al encontrarse con su fría mirada.
CAPITULO 3
ERA un hotel muy lujoso en el que ya conocían a Ross Ma-cLean, lo que hacía las cosas
fáciles y agradables, muy distintas a como habían sido con Miles, que también frecuentaba
hoteles lujosos, pero con un precio mayor del que podían pagar.
Miles la utilizaba para dar apariencia de que eran ricos y poder así conseguir un negocio
ventajoso. Debía vestirse bien y sonreír a todo el mundo. Pero cuando las facturas eran
demasiado altas, todas las culpas eran para ella. Volver al mismo ambiente era como retroceder
en el tiempo, con la diferencia de que con Ross MacLean todo iba sobre ruedas. Su riqueza era
real y captaba la atención de un modo natural.
Estaba junto a ella con las llaves en la mano. Una vez en el interior del ascensor le dijo:
— ¿Se encuentra bien? —le preguntó. Ella juntó las manos y las apretó con ansiedad. Le
dirigió una fría sonrisa.
—Todavía es temprano, así que podemos desayunar. Tengo varias cosas que hacer y he
dicho que me suban el desayuno a la habitación. También dije que se lo llevaran a usted, pero
no tiene mucho donde elegir, no se trata más que de un desayuno continental.
—Ya lo suponía —se detuvo ante su puerta y le dio su maleta—. Tenemos una reunión
durante la comida y otra por la tarde, y por la noche debemos asistir a una cena. Por ahora no la
necesito pero preferiría que no abandonara el hotel por si acaso tuviera que llamarla.
Tuvo una sensación de libertad al cerrar la puerta y guardar la llave, pero se daba a cuenta
de que aquel viaje le traía recuerdos muy vividos de Miles y no sabía si era una terapia o una
tortura. De todas formas se sentía segura e intuía que todo iría bien.
Deshizo la maleta y se miró al espejo, viendo su cara de asombro. ¿En qué estaba
pensando? En que Ross MacLean no la hacía sentirse segura, sino todo lo contrario. Desde su
llegada había estado más inquieta que en los dos años anteriores. Se sentía tan segura a su lado
como al lado de un tigre.
Para la comida se puso un traje de chaqueta marrón, con un ancho cinturón de cuero.
Después de considerarlo un poco se dejó la trenza. Los zapatos marrones de tacón alto hacían
que se sintiera más segura. Se maquilló con tranquilidad y se puso su perfume favorito, que
nunca se ponía cuando iba a trabajar.
Ross MacLean llamó y cuando ella abrió la puerta, la observó con detenimiento. Su mirada
era más amable que antes, y por un segundo Helen notó cierta calidez, como si la acariciaran
con dulzura. Excepto Tansy, nadie la había mirado así.
—Un ama de llaves muy seductora —murmuró él con un tono ligeramente burlón—. Debo
pedir disculpas —Helen se ruborizó y no pudo evitar una sonrisa—. Eso está aún mejor.
Bajaremos antes de que vuelva usted a transformarse. ¿Tiene su cuaderno de notas? —Sí.
—Por supuesto. No sé por qué lo pregunto. Supongo que ese bolso está repleto con las
cosas de la oficina.
Al ver que en la comida sólo habría hombres, entendió su cambio de actitud. Sintió un peso
en el corazón y a su mente acudieron dolorosos recuerdos.
—Por el amor de Dios, ¿qué le ocurre? —murmuró al verla muy pálida—. ¿Cuántas veces
tengo que preguntárselo antes de que me lo diga? Si está enferma dígamelo y podrá volver a su
habitación. Puedo arreglármelas sin usted.
—No estoy enferma —dijo Helen con calma, manteniéndose muy erguida—. No tiene que
enviarme a mi habitación. Estoy acostumbrada a este tipo de trabajo.
— ¿A un grupo de hombres? —dijo sin el menor atisbo del afecto anterior—. Haga tan sólo
lo que ha venido a hacer; después de todo es parte de su trabajo.
—Sí, ahora me doy cuenta —murmuró Helen, evitando su mirada furiosa. Él no tuvo
oportunidad de decir nada más porque los hombres con los que estaban citados se habían
percatado de su presencia. Dos de ellos no dejaban de mirar a Helen.
Eran cuatro, tres de ellos árabes y el cuarto un francés de mediana edad pero muy atractivo.
Ross MacLean llegaba con Helen cogida del brazo e hizo las presentaciones.
—Caballeros, mi secretaria.
— ¿Tiene nombre? —preguntó Claude Thiriet sonriéndola con unos ojos muy sensuales.
No la sorprendió que la presentara por su nombre de pila, no hubiera sido lo mismo que
dijera «señorita Andrews». Así tendrían oportunidad de llamarla Helen y de flirtear con ella, y
ella debía comportarse de un modo que les pusiera de buen humor para la firma de un contrato.
Ross MacLean la había decepcionado, no parecía necesitar de ese tipo de cosas, aunque tal vez
todos los hombres de negocios fueran iguales. Se sentía desconcertada y, en cierto modo,
miserable.
Durante la comida se sentó al lado de su jefe. Después del primer plato comenzaron a hablar
de negocios. Lo que supuso un alivio para ella, porque dos de los hombres no habían dejado de
lanzarla cómplices miradas a las que había respondido con débiles sonrisas.
— ¿Quiere que tome notas, señor MacLean? —preguntó con la esperanza de una respuesta
afirmativa.
—Siempre que lo considere necesario, Helen. Decida usted. Ya las revisaremos más tarde
—respondió él con impaciencia. Helen no tuvo la menor duda, se había equivocado al hacerle
aquella pregunta. Sin embargo sacó el cuaderno y el bolígrafo y los puso sobre la mesa.
— ¿Suele ser siempre tan formal esta hermosa criatura o es sólo una pequeña
representación? —preguntó Claude Thiriet—. «Mari can» suena demasiado frío para ser cierto.
Helen sintió una gran inquietud. Sabía que estaba furioso, que había esperado de ella algo
más que un trato meramente formal.
— ¿Y cómo te llama tu mujer? —dijo con dureza Ross MacLean, pero Claude Thiriet se
limitó a encogerse de hombros.
Helen esbozó una amplia sonrisa y la mirada de Claude Thiriet se tornó más seductora que
nunca.
Después de aquello. Ross MacLean se apresuró a tratar de negocios. Pasaba con tal
velocidad de un tema a otro, que ella apenas tuvo tiempo para comer.
—Vamos a ordenar todas sus notas antes de las cuatro y media -se detuvo delante de su
habitación y miró a Helen, que dejaba traslucir su inquietud—. No tiene nada que temer. Es una
suite, con dormitorio y salón. Una chica de su experiencia no debería asustarse.
Helen no contestó y él la condujo al interior de la suite. No le dio tiempo para pensar, sin
dejar de hacerla preguntas y dictarle notas.
—Bueno, ya está —dijo al cabo de un rato—. Estaré en el bar, por favor baje a las cuatro y
le mostraré el lugar al que iremos luego.
—Sí, señor MacLean —estaba desconcertada, sin saber exactamente cuál era su papel. Él la
detuvo antes de que alcanzara la puerta.
— ¿No le importaría llamarme Ross? —le preguntó con un tono mordaz—. Después de
todo tuteaba a su antiguo jefe. Thiriet insiste tanto en que le llame Claude que no me gustaría
que conmigo mantuviera una formalidad innecesaria. Me siento como un patrón de la época
victoriana.
—No podría decirlo —replicó Helen. Salió dando un portazo y se metió en su habitación.
Helen no sabía cómo debía comportarse en la reunión de las cuatro y media. Por lo visto no
se había comportado del modo adecuado durante la comida, aunque de cualquier modo que se
comportara él se mostraría molesto. Estaba claro que tenía dos misiones, ¿debía haber flirteado
desde el principio? El problema era que no podía. Nunca se había sentido capaz de flirtear.
Miles le había dicho que era una mujer frígida, incapaz de responder al deseo de cualquier
hombre y Ross MacLean debía pensar lo mismo.
—Vamos a tomar el té, supongo que lo preferirás a tomar algo aquí en el bar.
—Sí, por favor, Ross —insistió él cogiéndola del brazo y llevándola al salón de té del hotel
—. Vamos a examinar el asunto antes de que lleguen los demás.
Helen paseó su mirada por el salón de té un poco turbada porque él no apartaba los ojos de
ella. Aquélla era la ocasión de preguntarle cómo quería que se comportara. Parecía que estaba
dándole otra oportunidad, o por lo menos comportándose con amabilidad suficiente para
permitirle recuperar la confianza. Debía aprovechar la oportunidad y preguntárselo.
— ¿Has vivido siempre donde vives ahora? —dijo él después de fijarse en su perfecto perfil
y en su mirada ausente.
—No. Antes vivíamos en un pequeño pueblo de Hamshire. Nos mudamos después de...
Se detuvo al darse cuenta de que iba a hablarle de su divorcio. Se lo habría dicho si hubiera
pretendido obtener alguna ventaja, pero lo único que quería era olvidarlo. Tal vez Miles aún
siguiera en el pueblo, en la enorme casa que no podía mantener, al fin y al cabo ella no había
reclamado nada en su divorcio, tan sólo libertad y seguridad.
—Debías ser muy joven entonces, ¿veintiuno? No eres más que una jovencita. Resulta
obvio cuando no llevas la ropa con la que vas a la oficina. Me parece que no estás preparada
para soportar una carga así.
—No me refería a tu hija, sino a tu posición como cabeza de familia. Come los sandwiches,
Helen. Tal vez si me quedo callado logremos acabar el día amistosamente.
—Lo siento. Soy muy sensible con ese tema. Él asintió restándole importancia y bebió un
poco de té. Cuando llegaron los otros, estaban sentados en silencio.
La reunión de la tarde fue más formal. El hotel había puesto una pequeña sala a su
disposición y Ross se limitaba a trabajar obteniendo los objetivos que había venido a buscar.
Quedaron de acuerdo en las fechas y los precios, y firmaron un contrato para unos pedidos que,
con toda seguridad, se prorrogaría más adelante. Pero Ross demostraba una actitud exasperada,
como si dijera «o lo tomas o lo dejas», que sorprendió mucho a Helen.
—Mon Dieu, cada vez está peor —murmuró Claude Thiriet mientras salían hacia el
vestíbulo. Cogió la mano de Helen y la puso sobre su brazo—. He estado con él en Nueva York
y sigue siendo el mismo, aunque allí no se comportaba de un modo tan frío. Tal vez se trate de
ti, mi querida Helen. En América su secretaria era extraordinariamente atenta con él. ¿Será,
quizás, que no le estás dando lo que necesita?
—También ella, por lo que pude ver. Pero no se limitaba a ocuparse de los asuntos del
trabajo. Era más... cariñosa.
La miró de reojo, como para dejar bien claro lo que quería decir. Helen se preguntaba
cuánto tiempo tendría que soportar aquello. No pudo evitar el rubor, con el que Claude parecía
realmente complacido.
Cogió su mano y se la besó. Ella se fijó en la fría mirada de Ross, que se acercó a ellos.
—Puedes dejar tus conquistas para luego, mon ami. Helen tiene que tomar unas notas.
—Helen y yo acabamos de hacer planes para esta noche —dijo y se dio la vuelta.
Helen no sabía cómo interpretar la expresión de Ross. Podía ser aprobación o disgusto, pero
en realidad no le importaba.
De todas formas le gustó que se sentara a su lado durante la cena, se sentía más segura.
Aunque aquel sentimiento no duró mucho. No había forma de evitar que todos la sacaran a
bailar, uno tras otro. Helen no paraba de maldecir el momento en que se le había ocurrido llevar
un vestido abierto por la espalda, sobre la que iba sintiendo la mano de todos, y aunque no
dejaba de sonreír se estaba poniendo enferma.
Al final de la noche, ni siquiera esperó a Ross. Se despidió y subió a su habitación. Una vez
allí, llena de disgusto y viendo su vestido reflejado en el espejo, se echó a llorar. Se desharía de
aquel vestido en cuanto llegara a casa.
Llamaron a su puerta y sintió ira y temor al imaginar el rostro de satisfacción que había
puesto Claude al verla irse. Llamaron de nuevo y pudo oír la profunda voz de Ross. — ¡Helen!
¡Déjame entrar!
Le abrió y él entró sin mediar palabra, dio un portazo y la miró a los ojos. Le había puesto
furioso, no había la menor duda.
— ¿Qué diablos era toda esa representación? —La traspasaba con su mirada iracunda—. Se
supone que eres mi secretaria, no una vampiresa. Si has quedado con Thiriet aquí, podrías...
— ¿Cómo se atreve? —Le miraba como si estuviera loco—. ¿Soy yo responsable del
comportamiento de sus clientes? ¡Usted tiene la culpa! ¿Qué es lo que he hecho mal? ¿Quiere
que les rechace dándoles golpes con el bolso?
Helen le dio una bofetada y él se quedó perplejo por un momento. Luego se le acercó con
una mirada llena de furia y ella tuvo que retroceder hasta que quedó arrinconada entre la
cómoda y la pared. — ¡No me toque! ¡No me toque! —se había puesto muy pálida y con los
ojos casi fuera de sus órbitas, con una expresión aterrorizada. Él se detuvo a dos pasos de ella.
—No pego a las mujeres. Hay otras formas de infligir un castigo. Para Helen estaba muy
claro lo que quería decir. — ¡No! Prefiero que me pegue. No podría soportarlo —dijo casi
chillando y juntando las manos con un gesto de súplica.
— ¿Está usted loca? Si se ha dejado sobar toda la tarde. ¿Qué clase de número es éste?
¿Todos esos estúpidos le han manoseado y yo no puedo? ¿No me va a sonreír también a mí si la
toco?
— ¡Ya basta! ¡Usted quería que sonriera! No hacía falta que me lo dijera, estoy
acostumbrada. Es lo que siempre hice y ahora mejor que nunca porque necesito este empleo y
no quiero que me despida, pero ahora... no puedo continuar por más tiempo. Tendrá que
buscarse a otra porque yo no puedo y... —estaba llorando, al borde de la histeria, y él se sentó
en una silla con lentitud sin apartar los ojos de ella.
—Yo creo que hay mucho que explicar. Acaba usted de acusarme de utilizarla para
conseguir un negocio, a no ser que haya oído mal. Deje que le diga que no necesito ese tipo de
ayuda. Nuestra empresa tiene una larga lista de clientes que esperan con impaciencia, tan sólo
soy exigente algunas veces porque no me gusta demorar las cosas. Si alguna vez necesito una
cara bonita para vender mis productos, traspasaré mis acciones y me iré a vivir al campo.
—Entonces por qué... por qué me trajo —susurró Helen—. ¿Por qué me pidió que trajera
ropa adecuada para París? —esperaba algo de compasión, pero parecía más enfadado de lo que
había estado nunca.
—Le dije que trajera ropa adecuada para París porque estamos en París —replicó—. Y sabe
perfectamente por qué le dije que viniera; porque es usted mi secretaria.
Helen se quedó mirándole en silencio, con las lágrimas corriéndole por las mejillas y con
una expresión de desamparo.
No podía dejar de llorar, estaba confundida y se sentía muy infeliz, pero él no parecía
compadecerse en absoluto y le dijo con la misma dureza que antes:
—Sintiéndolo no consigue arreglarlo todo. Me ha hecho aparecer ante los ojos de mis
clientes como un estúpido y como un sinvergüenza y quiero una explicación.
—Siéntate, Helen —dijo con menor frialdad. Ella se sentó en una mesita que había junto a
la cómoda—. Ahora cuéntame.
—Estuve casada. Usted creía que yo era una madre soltera, lo sé, pero estaba casada
cuando... Miles tenía un negocio, sin mucho éxito, siempre estaba endeudado, pero tenía
grandes ideas. Quería lograr el éxito por encima de todo, aunque nunca lo consiguió. Desde el
primer momento se suponía que yo debía... atraer a sus clientes. Por eso tengo esta ropa... y sé
cómo sonreír...
— ¿Por qué diablos no te negaste? —la interrumpió con una voz llena de odio y ella levantó
la vista para fijarse en su mirada llena de furia.
— ¿Tina?
—Mi hermana. Sólo tenía quince años y vivía con nosotros. Fue en parte por ella por lo que
me casé. Cuando mis padres murieron Miles se portó de un modo maravilloso y... y yo le creí.
Creí que me quería y que yo le quería a él. Tina era muy joven...
—Y tú tan sólo tenías veinte años. ¡Dios mío! ¿Y esta noche pensabas que yo también
quería utilizarte?
Helen asintió, y agachó la vista sin poder sostener su mirada. —Gracias, Helen. Te
agradezco tu explicación y debo admitir que debí comportarme de un modo menos orgulloso.
—Lo siento —repitió Helen—. Era como si la misma historia volviera a repetirse —le miró,
pero al encontrarse con sus ojos fijos en ella, apartó la mirada—. Me siento sucia.
—Puedes darte un baño —se levantó, cogió su bata, que estaba sobre la cama, y se la tendió
—. Diré que te suban un té.
Cuando salió del baño, en bata, él seguía allí y había una bandeja con té y pastas en la
mesilla.
—Siéntate y bebe un poco de té. ¿Puedes servirme una taza? Aunque la verdad es que me
hace falta algo un poco más fuerte. Helen obedeció sin rechistar. Él se fijó en su cara y en su
pelo, que brillaba con la tenue luz de la lámpara de la mesilla. Se dio cuenta de que aún le
temblaban las manos. Parecía derrotada, sin nada en común con su eficiente secretaria.
— ¿Cómo pudo esa persona tenerte tan atemorizada? Eres inteligente, capaz, hermosa.
—En el interior de un hogar puede suceder cualquier cosa —le dijo sin levantar la vista—.
Yo estaba muy impresionada por la muerte de mis padres y me sentía responsable de Tina. Fue
como caer en una trampa, tenía miedo y creí cuanto me dijo.
—Por favor, no me pregunte más —dijo mirándole a los ojos. Estaba pálida y aturdida y le
susurró—. Cuando lo pienso, no sé cómo no lo maté.
Por un segundo le devolvió la mirada, para comprobar la verdad que había en aquellas
palabras, y luego apartó la vista. Se quedó mirando el vestido azul de seda que había lucido
aquella noche con un gesto de ira contenida.
—Si quieres otro, dímelo —le dijo mientras ella le miraba con asombro. Aquella acción tan
violenta había interrumpido sus pensamientos—. Si quieres cambiar toda tu ropa, dímelo. Al
menos podrás pensar en algo más aparte de en mis ansiosos clientes —se dirigió hacia la puerta
—. Que duermas bien. Espero que tu próximo viaje a París sea mejor que éste.
Cuando salió, Helen se metió en la cama y cerró los ojos. A pesar de todo, se sentía aliviada
de haberle contado su historia. Se quedó tranquilamente dormida, recordando el gesto de
satisfacción de Ross al rasgar el vestido y la imagen de aquellos profundos ojos grises.
CAPITULO 4
A las diez de la mañana del lunes, sonó el teléfono y despertó a Helen. Se preguntó si Tina
habría llamado a la oficina, pero se sentía demasiado mal como para que le preocupara
realmente. Le parecía que Tina estaba dando voces, pero se dio la vuelta en la cama y dejó de
prestar atención. Apenas se había quedado dormida cuando sonó el timbre de la puerta y Tina
volvió a responder a voces, a Helen le pareció que estaba realmente enfadada. Se levantó de la
cama y se puso la bata, al abrir la puerta oyó a Tina con claridad.
— ¡Si ha venido a molestarla de nuevo ya puede darse la vuelta! ¡Si está tan mal es por
culpa suya! Con Jim Saxton nunca sufrió una jaqueca, así que no se haga ahora el amable.
Helen se agarró a la barandilla y fue bajando despacio hasta que pudo ver la puerta. Estaba
completamente abierta y dejaba entrar una corriente de aire frío. Ross MacLean estaba fuera a
merced de la nieve, sin ninguna esperanza de entrar, porque Tina guardaba la entrada como un
perro guardián sin dejar de lanzar improperios ante la asombrosa mirada de Ross. Tansy se
escondía detrás de la puerta entreabierta de la cocina.
— ¡Tina! —su voz era débil y apenas podía verlos bien. Estuvo a punto de perder el
equilibrio, pero Tina corrió hacia ella y la sostuvo. — ¿Qué haces levantada? Siéntate en la
escalera mientras despido al señor MacLean y luego te ayudaré a subir. Ve a la cocina bonita,
no pasa nada —le dijo a Tansy, que había salido corriendo hacia su madre—. Usted quédese
donde está —le dijo a Ross, que había hecho intención de acercarse a Helen.
Helen le miró y pudo entrever su cara de asombro. —Lo siento. Tengo jaqueca y...
—Vuelve a la cama y no te preocupes por él —dijo Tina tratando de ponerla en pie con
dificultad.
—La próxima vez dime la contraseña, por favor. Ahora sé más sobre mí de lo que sabía esta
mañana, pero todo es malo y tal vez no salga vivo de este lugar.
—Está bien —dejó a Helen sobre la cama y se quedó mirando a Tina—. Me gusta ser útil.
¿Le parece bien?
— ¡No me digas! —Luego la voz de Tina se hizo muy dulce—. Oh, ¿qué haces aquí,
cariño? Mamá tiene dolor de cabeza y...
— ¿Os estáis peleando? —dijo Tansy con un gesto de preocupación y Ross la cogió en
brazos ante la asombrada mirada de Tina.
—Tina puede chillar —dijo Tansy con orgullo, rodeándole el cuello con un brazo.
—Tansy —la pequeña le miró con todo el interés que hay en la mirada de un niño—. Es
nombre de planta.
—Es una flor silvestre —intervino Tina mientras ayudaba a Helen a meterse en la cama.
—Es un arbusto —corrigió Ross mirando a Tansy—. Con flores amarillas muy bonitas,
como tú.
—No va a conseguir nada con su amabilidad —le espetó Tina. —De momento no ha llorado
— replicó Ross. —Oh, me duele muchísimo la cabeza, si queréis discutir hacedlo en otra parte.
—Como quieras —Helen cerró los ojos para no ver su peculiar expresión, como poniéndose
de nuevo a la defensiva.
—Te traeré la medicina, Helen —dijo mirando a Ross con una expresión que le invitaba a
marcharse. Pero él no se inmutó y se acerco a Helen. Tina desapareció por las escaleras.
—Has dado una imagen muy mala de mí —le dijo con calma—. Cuando he llamado esta
mañana fue como una tormenta que continuo cuando he llegado. Me ha llamado bruto
dominante y no puedo poner ninguna objeción.
—No sabe nada de los últimos acontecimientos —murmuró Helen -.Le contaré todo
cuando esté mejor. — ¿Te pones enferma muy a menudo? —Hacía dos años que no, al menos
no tan mal. —Entonces, después de todo, puede que yo tenga la culpa. Tal vez soy un bruto
dominante.
—Supongo que me lo merezco. Me porté como una estúpida en Paris y te dejé pensar que
era una madre soltera
. — ¿Por qué?
—No lo sé. Tal vez por despecho. Supongo que odio a los hombres, al menos a la mayoría
de ellos.
—Querida, tengo que hacerte cambiar de opinión. Helen le miró al oír su profunda y dulce
voz y vio su mirada de afecto. Tal vez en realidad se estaba burlando. No le conocía bien. —
Siento que Tina se haya portado así, se preocupa demasiado por mí. ¿Cómo van las cosas por la
oficina? —dijo con interés.
—Muy bien. Jeanette está jugando a ser tú. Ya arreglarás todo desorden que está armando
cuando vuelvas. Será mejor que me vaya antes de que tu hermana coja una cacerola y me
persiga para pegarme —al llegar a la puerta se dio la vuelta—. No vuelvas hasta que estés
completamente bien.
Helen había esperado algún problema, pero aparentemente no tenía por qué preocuparse. Al
cabo de un rato Tina volvió con una pastilla y un vaso de agua.
—Así que ése es el MacLean de los MacLean. ¿No te parece muy atractivo?
—Porque se lo merecía, pero tiene unos ojos preciosos. Me podría volver loca por él.
—Si fueras un poco mayor y un poco loca —murmuró Helen, devolviéndole el vaso y
dándose la vuelta para dormir un poco.
A la mañana siguiente Helen se sentía mejor, pero Tina la persuadió de que no se levantara,
mientras Tansy no paraba de jugar con ella, gateando sobre la cama. El teléfono sonó muchas
veces, la mayoría de ellas por llamadas de la oficina. Tina subía a comunicarle las preguntas y
luego bajaba a dar la respuesta.
—Archivado en la «s». Por Dios, ¿pero qué es lo que está haciendo Jeanette? —Y luego al
darse cuenta de que Tina le había llamado por su nombre de pila, exclamó—: ¿Has dicho Ross?
Ross era un hombre apuesto, el tipo de hombre que toda joven-cita encontraría irresistible.
También dejaba traslucir una sensualidad que a ella la asustaban un poco, pero que debía
fascinar a Tina. Lo mejor sería volver a trabajar cuanto antes y cortar aquella pequeña relación
entre ellos.
El miércoles se presentó en la oficina a las ocho y media, Jeanette aún no había llegado.
Ross, naturalmente, sí estaba y entró en el despacho de Helen al oír ruido.
— ¿Estás totalmente repuesta? —la palidez de su rostro se acentuaba por el intenso color
negro de su pelo.
—Casi totalmente —dijo evitando su mirada. Él soltó una pequeña carcajada, que a ella le
pareció de triunfo y le provocó un escalofrío. Entonces le miró y sorprendió en él una amplia
sonrisa.
—Estabas deseando volver, ¿no? Bueno, no puedo decir que no me guste verte aquí. No te
asustes cuando empieces a trabajar, Jeanette está armando un lío de mil diablos.
— ¿Crees que me equivoqué con ella? —le preguntó Helen convencida de que le diría que
sí.
—No. Ha sido una buena elección. Funcionará perfectamente cuando la enseñes. Aunque no
tiene ni tu inteligencia ni tu experiencia —y añadió con una sonrisa—: es muy joven, sólo tiene
veintitrés años.
Helen también sonrió, aunque débilmente. Ross estaba de buen humor, pero cuando estaba
con él no sabía que terreno pisaba; era como una reacción química que escapaba a su control.
—Estoy segura de que crecerá —se quitó el abrigo y se arregló un poco la chaqueta. Él no
hizo ninguna intención de volver a su despacho y Helen se dio cuenta de que se fijaba en su
pelo, peinado en la trenza de costumbre.
— ¿Hay alguna posibilidad de que te quedes esta tarde? —preguntó Ross como si estuviera
pensando en otra cosa.
—Sí, hoy es miércoles. Tina no tiene clase esta noche... la verdad es que tiene vacaciones
hasta el quince de enero.
—Lo sé. No voy a pedírtelo normalmente. Necesitas tiempo para estar con Tansy y no
quiero dejar a Tina sin tiempo libre. Pero quiero que hoy empecemos a ordenar los archivos
para el traslado.
Antes de que llegara Jeanette, se puso a trabajar para arreglar el desorden que su ayudante
había causado. Cuando llegó se puso a trabajar con una sola indicación suya. Ross estaba
asombrado.
Tina estaba haciendo la cena cuando Helen la llamó por teléfono para decirle que llegaría
tarde.
—No me sorprende. Ya me dijo Ross que tu ayudante no sabía más que copiar- algunas
cartas.
—Vaya parece que os lleváis muy bien. Yo pensaba que sólo podíais discutir.
—Bueno, tuve que disculparme el otro día antes de que se fuera, así que tomamos un té en
la cocina. Tansy estaba encantada con él. Yo creo que no tenía ganas de volver a la oficina. La
verdad es que me estaba preguntando si le ibas a invitar a cenar esta noche. ¿Sabías que todavía
está en un hotel?
—No voy a invitarle —dijo Helen con firmeza, y un escalofrío le recorrió la espalda ante tal
idea. Estaba claro que Tina se sentía atraída por él y era una complicación. Tina tenía
diecinueve años y Ross era un hombre muy atractivo, casi peligroso.
—Bueno, como quieras, pero he hecho cena de sobra, por si acaso. Hasta luego, jefe.
Colgó y Helen se quedó mirando el teléfono como si estuviera a punto de saltar para
morderla. Se preguntaba cómo hubiera reaccionado ella a los diecinueve años y en la situación
de Tina. Bastaba una sola palabra; con ingenuidad. Sólo que cuando ella tenía diecinueve años
sus padres vivían. Sin embargo, debía admitir que la opinión que su padre tenía de Miles no la
había detenido a la hora de casarse con él.
De todas formas su situación había sido muy diferente, Miles había sido como un puerto en
el que acogerse, nunca se preguntó si le amaba. En realidad en aquella relación nunca hubo sitio
para el amor. Debido a su ingenuidad había tenido que descubrir un lado muy duro de la vida y
no quería que a Tina le sucediera lo mismo. Aunque no sabía qué podía hacer para evitarlo.
Seguía dándole vueltas a aquel problema cuando Ross pensó que era hora de irse a casa.
—Ya basta, Helen. Estoy cansado —le dijo apoyándose en el quicio de su puerta y con el
cansancio reflejado en su rostro.
—Yo creía que no podías cansarte, que eras una máquina —lo dijo sin reflexionar y al
terminar la frase se dio cuenta y se ruborizó. Pero él se rió.
—No sé por qué lo he dicho, normalmente no hago comentarios referentes a las personas.
—Bueno, Jim Saxton dijo que eras como una fuente inagotable de energía. Creo que te tenía
un poco de miedo.
Helen contuvo la respiración. Una vez más se daba cuenta de que era peligroso, aunque
estuviera cansado. Debía evitar una relación más profunda con él, debía protegerse de él como
de cualquier otro hombre. No le contestó y Ross suspiró, frotándose el cuello.
—Debo admitir que normalmente no me encuentro tan cansado, probablemente tiene que
ver con que aún sigo viviendo en un hotel. Tengo que encontrar una casa, aunque no tengo
mucho tiempo para buscarla.
— ¿Quieres comprarla? —le preguntó con sorpresa. —Creo que sí. He llamado a algunos
vendedores, pero sólo he visto una que me guste.
—Tal vez —no quería hablar de aquel tema y le tendió el abrigo.-. Bueno, pues vuelta al
White Bear. Hoy es miércoles, así que debe que haber... ensalada de arroz, ya me sé de memoria
el menú. Tampoco tenía mucho donde elegir. El White Bear era el único hotel decente a poca
distancia de la oficina. Helen miró por la ventana. La nieve aún no había cuajado, pero ya
llevaba mucho tiempo cayendo.
— ¿Te gustaría venir a cenar con nosotras esta noche? —lo dijo impulsivamente, sin
detenerse a pensarlo.
—Piénsalo bien y dímelo otra vez, con más calma —dijo mirándola a los ojos,
—Pensé que tal vez quisieras venir a cenar con nosotras, porque hace mucho frío y creo que
una ensalada de arroz no puede apetecerle a nadie en una noche como ésta.
—No vas a molestar en absoluto. Tina ya está de vacaciones y no saldrá esta noche.
Supongo que la cena estará lista, le gusta mucho cocinar.
—Sí. Cuando tenía tiempo solía hacerlo... —se interrumpió y desvió la vista hacia la
ventana. ¿Por qué estaba invitándole? Era un hombre con todo lo que ella odiaba: agresividad,
aspecto muy masculino, una sensualidad desbordante. Tan sólo porque estuviera cansado...
—No te quedes tan helada, Helen. Ya hace bastante frío fuera —ella sintió un escalofrío y
volvió su mirada hacia sus tristes ojos—. ¿Quieres echarte atrás?
Se estaban batiendo como dos duelistas, pero Helen sabía que no podría vencer.
Ya en el cálido y confortable interior del coche, Helen se arrepentía aún más de su gesto.
Durante todo el día había estado pensando en la necesidad de mantener a Ross lejos de Tina, y
en aquel momento le estaba llevando a casa. Ni siquiera había llamado a su hermana para
decirle que iba él. Todo podría salir mal. Tina haría un plato especial que no saldría bien, Tansy
no le dejaría en paz y ella tendría que hablar todo el rato.
Al llegar, Tina se asomó desde la puerta de la cocina y les saludó con una amplia sonrisa.
Su sonrisa era tan encantadora que Helen se preguntaba dónde quedaba su mal carácter.
Tansy corrió hacia su madre, que la abrazó con fuerza.
—Sí, puedes —asintió Helen—. Voy a ayudar a Tina —debía ser la peor anfitriona del
mundo, Ross seguía allí de pie.
—Ya está todo listo. Sube y cámbiate, no vas a cenar con esa ropa.
— ¿Podríais dejarme un jersey? —le preguntó Ross a Tina. —Helen lo hará. Puedes servir
algo de beber mientras yo pongo la mesa y también puedes ocuparte de Tansy. Mira, por favor,
si hay que echar más leña al fuego —le dijo mientras él se quitaba el abrigo. —Éste es mi
pijama del oso yogui —dijo Tansy acercándose a él. Ross se agachó para fijarse en el pijama
que llevaba puesto Tansy y le estaba señalando.
—Es muy bonito. A lo mejor yo me compro uno. Helen subió las escaleras a toda prisa. Le
temblaban las manos. Los tres se llevaban tan bien que, aunque fuera ridículo, le daba la
impresión de que ella sobraba. Era como si Ross MacLean la hubiera obligado a invitarle y
hubiera extendido sus garras sobre su familia. Se puso un vestido azul de lana y se quedó un
momento cepillándose el pelo ante el espejo. Tina se había ruborizado ligeramente y el bríllo de
sus ojos no le había pasado desapercibido. Se temía que todo aquello acabara mal. Se puso unos
pendientes y bajó, esperando encontrarse a Ross en la cocina, hablando con Tina. Pero estaba en
el salón jugando con Tansy y con una copa en la mano y se estremeció cuando él fijó en ella una
intensa mirada.
Se dio cuenta de que había olvidado hacerse una trenza, en casa siempre llevaba el pelo
suelto, y se sintió muy vulnerable.
—Increíble —murmuró él—. Otra concha menos. Pareces mas joven que Tina.
—Iré... iré a ayudarla... —se interrumpió porque él se había acercado y le ofrecía un vaso.
—Tengo órdenes de mantenerte aquí y quiero que tenga una buena opinión de mí. He
estado con Tansy, he vigilado el fuego y te he servido una copa. Si he hecho algo mal me va a
pegar, así que quédate aquí y defiéndeme.
—No hasta que no haya más nieve —le respondió Helen dándole un beso en la nariz—.
Este año te voy a comprar un trineo —añadió, y recibió un fuerte abrazo de la niña, que casi tira
su vaso.
—Vieja y grande. Por desgracia, tendré que dar algunas fiestas en ella.
—Porque una casa como ésta me gustaría más. Es pequeña y cálida, e invita a vivir en ella.
—Tenías que haberla visto cuando la compré. Sólo era un viejo chalecito. Pudimos arreglar
la cocina y el baño, pero el resto es... improvisación. Ni siquiera tenemos comedor.
-— ¿Y a quién le hace falta? No puedo imaginar nada mejor que cenar junto a la chimenea.
Toda la vida he vivido en casas demasiado grandes. A mi madre le gustan mucho las fiestas, de
negocios o de lo que sea —dijo haciendo una mueca—. Veo que tenéis muchas antigüedades.
—Mi padre hacía colección —le dijo Helen mirando al fuego—. Tenemos algunas aquí y el
resto están en un almacén. Cada una tiene su historia, aunque sólo sea por la manera en que mi
padre las fue consiguiendo, y no podíamos venderlas —su cara se iluminaba a la luz del fuego y
de los recuerdos. Pero no quería recordar y miró a Tansy—. Tienes sueño. ¿Quieres que te lleve
a la cama?
—Es verdad. Venga todos a cenar —dijo Tina apareciendo por la puerta.
Se había cambiado de ropa y llevaba un vestido corto que le permitía lucir sus hermosas
piernas. También se había maquillado, Algo que nunca solía hacer. Helen sintió un pequeño
temor, pero esbozó una sonrisa. Fueron a sentarse a la mesa de la cocina.
Tina había hecho un gran esfuerzo. Había puesto la vajilla de porcelana y los cubiertos de
plata y había encendido unas velas.
—Bueno, pensé que ya que teníamos un invitado era lo apropiado —dijo Tina yendo a
buscar la fuente de la comida.
—Ojalá pudiera comer esto todos los días —dijo Ross después de probar la comida.
—Gracias —respondió Tina—. Pero deberías probar algo hecho por Helen. Eso es cocinar.
—No a no ser que le des un día libre —intervino Tina—. Si llega tan tarde es imposible que
pueda ponerse a cocinar. Aunque podrías venir algún fin de semana.
Helen había enmudecido. Ross se había dado cuenta de que no le gustaba la idea.
—Lo mejor será que esperéis a ver cómo me porto esta vez, ¿no crees?
Miró a Tansy que tenía la vista fija en él. Helen estaba muy incómoda por tener que comer
con ella en brazos, pero no quería decirle que bajara.
—Ven y siéntate aquí conmigo —le dijo Ross, sonriéndole. Tansy dio un salto y fue junto a
él. La puso en su regazo, la sujetó con una mano y siguió comiendo sin ninguna dificultad.
Antes de que terminaran el primer plato, la niña se quedó dormida en los brazos de Ross.
Tina la cogió y la llevó a la cama.
—Creo que visitarnos en casa es un poco peligroso —dijo Helen bebiendo un poco de vino.
Helen le miró con sorpresa, y sintió un pequeño estremecimiento. ¿Qué quería decir?
¿Estaba decidido a buscar una relación con Tina o se refería a otra cosa? No podía apartar la
mirada de sus ojos, que brillaban a la luz de las velas. Sólo cuando volvió Tina se rompió el
incómodo silencio; sin embargo, el rostro de Ross siguió reflejando una misteriosa sonrisa
durante el resto de la velada. Cuando se fue, Helen tuvo la sensación de que la casa se había
quedado vacía. Mientras recogían la mesa y lavaban los platos Tina permaneció en silencio.
Parecía satisfecha e inquieta a la vez. Helen no podía dejar de pensar en las consecuencias que
podría tener la impulsiva acción de invitar a Ross.
El día siguiente significó una pequeña tregua en el mal tiempo. La lluvia de la noche había
limpiado la nieve y el sol brillaba con claridad. Ross salió a comer con un cliente y Helen se
quedó sola en la oficina, porque Jeanette vivía muy cerca e iba a comer a su casa. Helen comía
en la oficina, como de costumbre, mientras revisaba unos documentos.
Ross tenía razón respecto al incremento de trabajo. Ella aún continuaba con lo que estaba
haciendo cuando él volvió.
—Ésa es una buena manera de relajarse —dijo con sequedad, lo que hizo que Helen
comenzara a guardar la comida que le quedaba—. ¿Dónde está Jeanette?
—Perfecto. Coge tu abrigo, tenemos que salir —Helen se quedó sentada mirándole—.
Vamos, a qué esperas.
—Ya voy —dijo yendo rápidamente a por su bolso y su abrigo—. ¿Necesito mi cuaderno de
notas?
—No —respondió. Se había vuelto hacia Jeanette—. Acaba de pasar esto a máquina,
Jeanette, y luego ponte con lo que está haciendo Helen. Volveremos dentro de dos horas. Anota
las llamadas que tenga, por favor.
Condujo a Helen fuera de la oficina con impaciencia. Parecía disgustado, pero a Helen no se
le ocurría qué podría haber hecho mal. Decidió no hacer preguntas, ni siquiera cuando salieron
en coche fuera de la ciudad en dirección al campo.
— ¿No tienes ninguna curiosidad? —le preguntó él—. ¿Piensas alguna vez en algo más que
en tu lápiz y en tu cuaderno de notas? —su repentina salida de tono dejó asombrada a Helen.
—Nunca me diste miedo —murmuró Helen con calma, pero sin querer mirarle.
— ¿No? Entonces espero que no pierdas los nervios si te digo que salimos a ver una
casa vacía y en un lugar solitario.
— ¡Aja! Así que el terror vuelve. Para que te tranquilices te diré que estoy pensando en
comprarla y quiero tu opinión.
— ¡Oh! —Helen se calmó un poco y le miró con curiosidad—. ¿Por qué quieres mi
opinión?
— ¿Y por qué no? Las mujeres se fijan más en algunas cosas. Puede que yo esté demasiado
impresionado por el aspecto de la casa y no me dé cuenta de los defectos.
—Entonces tendrás que fiarte de mí, como si fueras mi invitado y yo tuviera que
entretenerte —una vez que salió de sus labios, Helen se sintió un poco incómoda por aquella
broma. No quería estar sola uní Ross. Le molestaba la idea, aunque no sabía por qué.
—Tan sólo date un paseo y mira un poco, no tienes por qué mirar de retenerme de ningún
modo —Helen notaba que el rubor le cubría, el rostro—. ¿Durante cuánto tiempo vas a seguir
teniendo miedo a los hombres, Helen?
—No le tengo miedo a los hombres, sólo le tuve miedo a uno, pero no me gustan.
—Eso no es normal. Eres joven y guapa, y no daba la impresión de que a Jim Saxton le
tuvieras miedo. —Jim era diferente.
—No era ningún desafío, ¿verdad? Te dejaba sola en tu despacho y se marchaba. Estaba
demasiado preocupado en tener una vida sin Complicaciones como para molestarte. La verdad
es que era un gran Jugador de golf.
—Sé casi todo lo que tiene que ver con la empresa —murmuró él. Acababan de abandonar
la carretera general y circulaban por una comercial—. No te preocupes por Saxton. Es
demasiado bueno para despedirle y demasiado perezoso para dejarle aquí. En Nueva York
despertará de su letargo. ¿Y tú cuando vas a despertar de tu pesadilla?
—Yo sólo trabajo para MacLean, y no necesito que me salve ni tú ni nadie, así que no te
metas en mi vida, Ross.
— ¿Qué tal te sentaría quedarte aquí mismo, en mitad de ninguna parte? —preguntó él
fríamente—. No quieres ayuda, pero no creo que tú sola puedas hacer mucho. Tal vez lo que te
hace falta es un fuerte sobresalto.
— ¡Ya tuve uno con tu llegada! —replicó Helen. Tenía la impresión de que él había
empezado aquella discusión a propósito y aunque había aprendido a comportarse con él, aún
temía enfrentarse a él—. Si quieres probar cómo resulta tu experimento, entonces para y déjame
aquí.
Helen apartó los ojos y miró por la ventana. El corazón le latía muy deprisa cuando él frenó
con suavidad y detuvo el coche en aquella carretera desierta.
—Puedes bajarte.
Helen no podía creerlo, pero él parecía decidido a dejarla allí. Apretó los labios y se bajó del
coche, sin saber qué haría, sin embargo si él pensaba que empezaría a rogarle, estaba muy
equivocado. Cerró la puerta y comenzó a andar junto a la cuneta.
CAPITULO 5
NO es por ahí, Helen —Ross le alcanzó en dos zancadas y la cogió por la muñeca, —Yo iré
por dónde quiera —replicó Helen tratando de desasirse. Pero él la dio la vuelta y tiró de ella.
—La casa está por aquí. ¿No quieres verla ahora que casi hemos llegado?
—Supongo que te habrá parecido muy divertido —dijo deteniéndose y mirándole a los ojos
—. ¿Qué ocurre, que has decidido dejarme tirada a la vuelta?
—Te portas como una chiquilla -—dijo Ross con calma mirando fijamente a Helen, que se
había ruborizado—. Tienes tanto miedo que te encierras en ti misma para protegerte. ¿Qué
hombre en su sano inicio te dejaría abandonada así?
A Helen se le llenaron los ojos de lágrimas. —Miles estaba perfectamente, pero me dejó
abandonada una vez. Era de noche, hacía frío y no había nadie...
—No era un lunático —dijo Helen agachando la vista—. Tan sólo era un hombre frío y sin
sentimientos.
—No —dijo ella suavemente—. No pegarías a una mujer y ahora se que tampoco la dejarías
abandonada en mitad del campo.
—Pero también soy un hombre y por eso nunca sentirás nada por mí —dijo con sequedad,
con una voz que reflejaba su ira.
—Te dije mi opinión sobre los hombres porque me sentí un poco presionada. Si sólo me
hubieras hablado de trabajo, como Jim, no habría dicho nada que pudiera herir tu ego.
—Gracias —murmuró él—. En otras palabras, soy responsable de los insultos que me has
dicho. Bueno de ahora en adelante no volveré a molestarte y podrás volver a tu pequeño y
seguro despacho y a tu pequeña y segura forma de vida.
Estaba demasiado enfadado para seguir hablando y permaneció en silencio mientras Helen
caminaba a su lado, confusa entre la tristeza y el resentimiento. No le había pedido que se
metiera en su vida, tan sólo era su jefe.
Llegaron a una gran casa de ladrillo rojo de estilo georgiano rodeada de jardines por el
frente y de un bosque de grandes árboles en la parte de atrás. Helen, a pesar de su desánimo, la
miró encantada.
—Si quieres echar un vistazo, te agradeceré cualquier sugerencia —le dijo Ross al entrar en
el vestíbulo, dándole vía libre para que fuera por donde quisiera.
Por no quedarse con él, Helen subió las escaleras. Cuanto más veía de la casa más le
gustaba, y cuando estaba en el piso de abajo se le olvidó su enfado y la invadió la nostalgia.
Le recordaba a la casa de su padres, aunque aquélla no había sido tan grande. Casi podía
verse jugando con Tina, y a su madre, que aparecía para regañarlas.
Estaba tan abstraída en sus pensamientos que estuvo a punto de caerse por no darse cuenta
de un escalón que daba paso al salón, que estaba en un nivel más bajo que el vestíbulo.
Pero sintió cómo Ross la cogía en sus fuertes brazos. Se quedó mirando sus profundos ojos
grises, todavía demasiado absorta para reaccionar.
—Ese escalón no estaba... —sólo al decirlo se dio cuenta de lo extrañas que sonaban sus
palabras.
—No —dijo negando con la cabeza—, qué tontería. Lo que quiero decir es que esta casa se
parece mucho a la casa de mis padres y me sorprendió que hubiera un escalón ahí.
— ¿Me estás diciendo que lo he hecho otra vez? ¿Que piensas que he puesto ese escalón a
propósito? A lo mejor crees que soy un profesional de la tortura o algo así.
—No pienso nada parecido. Simplemente estaba pensando en mi casa. Me acordé de cuando
mi madre... —no podía seguir, los ojos se le llenaron de lágrimas. Por fin dijo—: Tenías razón,
soy una niña, soñando despierta.
—No quería decir eso en absoluto —dijo él casi con enfado—. Cuando dije que eras como
una niña me refería a tu inocencia. Casi no puedo creer que tengas una hija, que hayas estado
casada. Miro tu cara y no puedo imaginármelo, como si nada de eso te hubiera sucedido.
—Pues sí sucedió —murmuró Helen, volviendo la cara y limpiándose las lágrimas con
disimulo—. Lo que ves no es inocencia, es frialdad. Ya te lo he dicho, no me gustan los
hombres.
—Yo no he dicho nada de los hombres, me refiero a mí —la incorporó y puso las manos
sobre sus hombros. Helen estaba un poco sorprendida—. ¿Cómo voy a dejar de hacerte daño si
no me cuentas nada de ti? ¿En cuántas trampas más voy a caer?
—En ninguna —dijo Helen tratando de hablar con frialdad, pero advirtiendo la calidez de
las manos de Ross sobre sus hombros y su proximidad. No había nadie en la casa y no se oía un
ruido excepto sus voces, y la estaba reprendiendo por algo que estaba fuera de su control—.
Sólo tienes que dejarme en paz.
Durante unos largos instantes se la quedó mirando con un gesto de frustración y, de repente,
la atrajo hacia sí y apretó las manos sobre sus hombros.
— ¡Te dejaré en paz cuando quiera dejarte en paz! —exclamó él con un fuego helado en sus
ojos.
Helen trató de soltarse, pero sin que pudiera evitarlo, Ross inclinó la cabeza y la besó.
Todas sus protestas se fundieron ante el fuego de sus labios y su pánico se confundía con un
placer prohibido que nunca antes había experimentado. En su mente apareció la imagen de
Miles y recordó el tacto de su boca antes de darse cuenta de que aquel beso era completamente
distinto.
Se quedó sin aliento, desconcertada ante la pasión que se despertaba en ella. Él no era cruel
pero su insistencia obligaba a una suerte de sometimientos. Sintió su mano en la nuca,
atrayéndola aún más hacia sí, y su lengua recorrió su boca provocando una súbita reacción en
ella.
Antes de que se diera cuenta de lo que estaba haciendo le devolvió el beso, rodeándole el
cuello con los brazos, como si sintiera una necesidad que debía ser satisfecha. Él la apretó
contra sí y la besó con mayor intensidad, luego con un pequeño quejido de protesta separó la
boca lentamente.
Se miraron a los ojos, sin poder moverse. Luego él le acarició la mejilla.
— ¿Estás segura?
Su tono casi era irónico y aquel atisbo de burla hizo que Helen se sintiera avergonzada.
—Sí, estoy completamente segura. Creo que ya he sufrido bastante tus experimentos,
MacLean.
— ¡No seas tonta, Helen! —Replicó Ross con crispación—. Si esto ha sido un experimento
ha resultado muy peligroso. Tienes una mala opinión de ti. Te he besado porque así es como
reacciono cuando tengo a una mujer en mis brazos y he dejado de besarte porque lo normal
hubiera sido continuar hasta llegar más lejos.
—Yo quería abrazarte —susurró Helen, que comenzaba a sentir una ira más intensa que su
vergüenza porque sentía haber perdido el tacto de aquellos labios sobre los suyos.
—No, tan sólo caíste en mis brazos. Y me da la impresión de que has perdido el odio que
decías sentir por los hombres.
—Es que he aprendido a ocultar mis verdaderos sentimientos —replicó Helen, que había
sentido un estremecimiento ante sus palabras.
— ¡Ah, sí! —Dijo con ironía—. Pues serías una gran actriz. Tu cuerpo era muy ardiente
mientras me besabas con una pasión que parecía verdadera. — ¡Tú me forzaste!
—Yo sólo te sostenía en brazos. Pero no te forcé, y tú lo sabes, aunque no quieras admitirlo
—sonrió—. Fue la reacción de una chica completamente inocente, que nunca hubiera tenido un
amante.
— ¿Tú crees que a Tansy la trajo la cigüeña? —dijo Helen apartándose para ocultar su
rubor y avanzando hacia la puerta.
—Preferiría no pensar en cómo acabó Tansy por venir al mundo replicó él con furia—.
Porque si lo hago podría llegar a matar a, alguien —luego la cogió del brazo de un modo casi
formal—. ¡Vamonos!
— ¿Se acabó el experimento? —dijo mientras él buscaba la llave en su bolsillo para cerrar
la puerta.
—Claro —respondió con calma—. Para terminarlo tendría que haberte llevado a la cama.
La verdad es que me estaba rondando esa idea.
— ¡Cállate! ¡Odio esa manera de hablar! ¡Odio esa seguridad que tienes en ti mismo! ¿Te
crees que con levantar un dedo todo el mundo va a estar pendiente de ti? Y no creas que eres tan
diferente a Miles. Los dos tenéis esa prepotencia de los hombres, incluso sabes igual que él.
—Da gracias a que has dicho eso aquí fuera —dijo apretando los dientes—. Te gusta vivir
al borde del peligro, ¿verdad? Vuelve a cometer el error de hablarme así cuando estemos solos
en cualquier parte y conocerás mi sabor, y yo no tendré que preguntarte sobre tus misterios,
porque conoceré cada uno de ellos.
Helen se dio la vuelta y echó a correr por el sendero, pero Ross arranco el coche y la siguió.
Detuvo el vehículo delante de ella, se bajó y la cogió por la muñeca.
— ¡Déjame! —esta vez luchó por librarse, pero él abrió la puerta del coche y la empujó al
interior.
—De ninguna manera. No voy a dejarme clasificar por esa pequeña cabeza tuya. Nunca he
dejado á ninguna mujer abandonada y no voy a hacerlo ahora. Si quieres librarte de mi, Helen,
todo lo que tienes que hacer es dejar tu trabajo.
—Por supuesto que lo haré —dijo sin mirarle—. Después de esto no puedo quedarme en la
oficina.
— ¿Después de qué? —arrancó el coche y salió, sin mirarla siquiera—. Vamos a ver.
¿Debes marcharte porque te besé y tú reaccionaste como una mujer normal, o porque tienes la
necesidad de escapar de tu deseo, de esconder tus sentimientos diciéndome cosas
imperdonables?
Durante todo el camino, Helen sintió escalofríos. Había salido de su incurable frialdad
gracias a aquel beso cálido y al deseo que latía en aquel abrazo, pero había reaccionado con
furia, y sobre todo de un modo infantil. Aquello último era lo que más la dolía. Cualquier otra
mujer se habría reído ante aquel incidente y hubiera vuelto a la oficina entre risas, con su
dignidad intacta. En lugar de eso, ella permanecía acurrucada en su asiento, como una niña,
escondiéndose de Ross y de lo que había sentido cuando la besaba.
¿Por qué no la dejaba sola? ¿Tenía que probar su atractivo con todas las mujeres que
encontraba? Incluso había tonteado con Tina.
Tenía miedo a que el incidente hubiera dejado una huella en su cara, y aún se sentía muy
inquieta cuando avanzaba por el pequeño sendero del jardincito que había a la entrada de su
casa. La puerta estaba entreabierta y al apoyar la mano en el pomo, Tina la abrió por el otro lado
y tiró de ella hacia el interior. Estaba pálida y con una expresión de terror y al verla se olvidó de
todos sus problemas.
—Tansy está bien, no te preocupes —Tina se quedó mirándola y luego cogió su mano y la
llevó hasta el salón—. Siéntate Helen. Tansy está en la cama... No le ocurre nada, pero tuve que
acostarla para que no se quedara aquí abajo. Le dije que en cuanto vinieras subirías a verla y
podría bajar, pero... —se pasó una mano por el pelo—.
Tansy sí ha cenado...
—Tina. Dime qué pasa antes de que me vuelva loca —dijo Helen cogiendo a su hermana
por los brazos y dándola unas sacudidas. Sentía debilidad en las piernas, porque nunca había
visto a Tina de aquel modo. Algo terrible debía haber sucedido para que su hermana estuviera
en aquel estado.
—Ha vuelto —susurró Tina, hundiendo la cabeza entre las manos—. Ese cerdo ha vuelto y
quiere a Tansy.
— ¿Miles? ¿Miles ha estado aquí? —dijo Helen con un chillido. —Vino después de comer,
Helen. ¿Dónde estabas? He tratado de ponerme en contacto contigo durante toda la tarde.
—Salí con Ross para ver una casa. ¿Qué quieres decir con eso de que quiere a Tansy? No
puede quedarse con ella. Nació después del divorcio. Un par de meses más y ni siquiera habría
sabido que existe. —Pero el caso es que lo sabe, Helen, y la quiere. Dice que tiene tanto derecho
hacia ella porque él es su padre. Dice que va a casarse otra vez dentro de un mes y que entonces
podrá ofrecerle un hogar mejor que esta casa y una madre que no tendrá que salir a trabajar y
dejarla con una chica. Quiere poner una demanda ante el juez justo después de casarse.
—No. No le dejé entrar. Se puso más furioso que nunca, pero no quise dejarle entrar.
— ¡Gracias a Dios! —dijo Helen un poco aliviada, aunque con inquietud y con temor.
Ningún juez le quitaría una niña a una madre para dársela a un hombre que ni siquiera la había
visto—. No puede llevársela, sólo está tratando de crearnos problemas. Pero, ¿cómo supo dónde
vivíamos?
—Se lo dijo la mujer del vicario. ¿No te acuerdas de que nos mandó la última ropa que
dejamos allí? —Tina la miró con desaprobación y rompió a llorar—. Oh, Helen. ¿Por qué no te
fuiste sin decir nada? ¿O por qué no trataste de quedarte con tus cosas? Así el juez hubiera
sabido cómo te trataba y nunca daría a Tansy a una persona tan violenta.
— ¿Pero cómo vas a probar después de tanto tiempo el tipo de persona que es? Te dirán que
por qué no lo denunciaste, que no te puso ningún problema para el divorcio. Eso es lo que
dejaste que le dijera a todo el mundo.
Era cierto. Había deseado irse con tanta desesperación, que hubiera aceptado cualquier cosa.
Temió por Tina, por ella misma y por la niña que aún no había nacido. Había hecho todo lo
posible para que el divorcio tuviera lugar cuanto antes, pero ahora se presentaban ante ella los
problemas que había querido evitar. Tal vez Tina y Tansy tuvieran que presentarse ante el
tribunal. Ahora tendrían que experimentar todo lo que había tratado de que no sufrieran, y de un
modo cruel y sórdido.
De repente, Helen no pudo permanecer sentada más tiempo. Dio un salto del sillón y se
levantó. Subió corriendo a la habitación de Tansy. Estaba dormida y se inclinó junto a ella. Los
ricitos de su pelo se recortaban contra el blanco de la almohada y tenía la manita debajo de la
cara; era tan guapa. Sólo pensar que Miles pudiera tocar aquella carita le daba escalofríos. Se
levantó, cerró la puerta y bajó a la cocina, donde Tina estaba preparando un té.
—Nos iremos de aquí —le dijo con determinación—. Querrá comenzar otra vez pero no
estoy dispuesta a hacerle el juego. Tampoco quiero arriesgarme a lo que pueda decir un juez. No
quiero que Tansy tenga que ponerse ante un tribunal, ni que tú vayas tampoco. Mañana
pensaremos a dónde ir.
—No voy a ir a ninguna parte —respondió Helen con determinación —. De todas formas
tendré que dejar el trabajo, porque nos vamos a ir muy lejos.
—Me voy hoy mismo —dijo Helen tan pronto como le oyó responder—. Sé que no es
normal marcharse de repente pero no tengo tiempo. Tengo que irme lo antes que pueda. Hoy
mismo te enviaré una carta con mi dimisión.
Colgó el teléfono no sin antes escuchar sus exclamaciones de asombro y de furia. Pero nada
más colgar dejó de pensar en él y trató de poner en claro los pensamientos que habían surgido
en su mente durante toda la noche. Tenía que vender la casa, pero sin dejar ninguna dirección.
Podría hacerlo a través de un abogado. Necesitaban otra casa muy lejos y lo antes posible, así
que, al principio, tendría que ser alquilada.
Podrían ir a casa de una tía suya que vivía en Reading y de la que Miles no tenía noticias.
Desayunó sólo una taza de café y recorrió las habitaciones de la casa para planificar el traslado.
— ¡Es él! ¡Ha vuelto! —dijo Tina contagiando su terror a su hermana. Pero Helen no
tendría miedo de Miles. Lucharía por Tansy cuanto pudiera, y en aquel momento hubiera sido
capaz de matarle.
— ¿Qué es eso de que te despides? —le espetó—. En mi vida he oído una tontería mayor
que ésa.
— ¿Te vas porque te besé? ¿Te he oído bien? Podemos arreglarlo, no volveré a acercarme a
ti, si es eso lo que quieres.
Tina se sorprendió en el vestíbulo al oírlos. Todavía tenía en el rostro las claras señales de
haber llorado y Ross miró a una y a otra muy sorprendido.
—Creo que será mejor que pases —dijo con voz entrecortada.
—Y yo creo que será mejor que me expliques lo que ocurre —siguió a Helen hasta el salón.
—Ese cerdo ha venido —dijo con voz temblorosa—. Vino ayer por la tarde pero no pude
ponerme en contacto con Helen porque no estabais en la oficina. Quiere a Tansy.
— ¡Ese cerdo ha venido por Tansy! —dijo Tina con un grito contenido.
—Miles vino ayer —dijo Helen en un susurro—. Le dijo a Tina que quiere a Tansy. Dentro
de un mes volverá a casarse, su mujer no trabaja y cree que por eso obtendrá la custodia de
Tansy. No la obtendrá, pero puede que consiga el derecho a tenerla los fines de semana y no
quiero que eso suceda, por eso nos vamos. A cualquier lugar donde no nos encuentre, y si lo
hace, volveremos a marcharnos.
—Comprendo —Ross se quitó el abrigo y lo dejó en una silla. Se sentó y miró a Helen—.
Si he entendido bien, te vas a pasar la vida huyendo.
— ¿No hay un café para un invitado muy sorprendido? —le preguntó con una sonrisa.
—Cómo no. Ahora mismo iba a prepararlo, pero antes iré a ver por qué Tansy no se ha
levantado todavía.
—Sí —dijo Helen, estaba mirando a la chimenea encendida con una expresión de amargura.
—No. Nunca se le acercó. Pero aparte de ella nadie más lo sabe y por eso podría conseguir
el derecho a visitar a Tansy. Estaba tan desesperada que quería divorciarme cuanto antes y por
eso me atuve a un arreglo amistoso. Para el resto del mundo seguimos siendo amigos —su voz
se apagó—. Tal vez debería haberle matado.
— ¡No hables así! La oportunidad que te queda es que pierda el tiempo yendo a juicio.
—Mi oportunidad es que no vaya a juicio. No conoces a Miles. Es muy dulce y muy
persuasivo. Les contará una historia que les hará llorar.
—Y os mirarán a las dos y dirán que sois unas niñas —asintió Ross.
—Gracias, es una gran ayuda —dijo Helen. Se levantó y comenzó a caminar por la
habitación—. Pero nada de eso va a pasar, porque nos vamos a marchar.
— ¡No! Y no voy a hacerlo. No quiero que ni Tansy ni Tina sufran ninguna batalla legal.
Ross no replicó porque la puerta se abrió y Tansy entró corriendo con un osito de peluche
entre los brazos.
—He dormido mucho —dijo corriendo hacia Helen, que le tendió los brazos—. Tina tiene
los ojos rojos.
—Es que está constipada —se apresuró a decir Helen—. Y creo que yo también me he
constipado. Ven que te dé el desayuno —miró a Ross sin saber qué decir. Pero él se había dado
la vuelta para coger u abrigo.
-Tengo que irme. Tengo cosas que hacer que no pueden esperar, siento no poder tomarme
ese café.
Helen asintió. No sabía por qué al verle había sentido que se abría para ella una puerta a la
esperanza, como si él pudiera encontrar un plan infalible para solucionarlo todo. Pero estaba
más interesado en los negocios y lo que más le molestaba era perder una buena secretaria.
Volveré a las once —añadió Ross para sorpresa de Helen—.
Os llevaré a comer, a las tres. No abras la puerta a nadie hasta que yo vuelva.
—Nuestros problemas no son los tuyos —dijo Helen con calma—. De todas formas no
tenemos tiempo de salir a comer. Tenemos que hacer el equipaje y dejar todo arreglado.
—No creo que tengáis que hacer el equipaje —murmuró Ross—. Sugiero que os calméis y
me esperéis. A partir de ahora tus problemas son también los míos.
—Tengo mis razones. Ya te las diré cuando no estés tan hostil conmigo.
Salió y Helen se quedó en la puerta viendo cómo se marchaba. Estaba confusa. No quería
que interfiriera en su vida, pero, por otro lado, se había sentido segura mientras había estado
allí. Dio un suspiro y frunció el ceño. Debía recordar que no estaba a salvo, que era un hombre
que hacía que Miles le pareciera un niño cruel. Y ella se bastaría para enfrentarse a Miles de no
ser por que la ataba la posibilidad de que pudiera quedarse con Tansy.
Le dio la impresión de que para él, la comida no fue más que un ejercicio para demostrarse
que podía manejar a dos mujeres al borde de la histeria. Tina casi comía en su mano.
Durante toda la comida no dejó de pensar en todos los asuntos que tenía que arreglar.
Cuando volvieron a casa se encontraba agotada.
Ross no hacía la más mínima intención de irse y su amabilidad con Tina casi llegaba a ser
ternura.
— ¿Por qué no subes y descansas un poco? Parece como si no hubieras dormido en toda la
noche.
Tampoco Helen había dormido, pero Ross ni siquiera lo mencionó, aunque la verdad era
que había sido Tina la que se había enfrentado a Miles.
—Yo puedo hacerlo —dijo Helen con sequedad. No sabía qué le ocurría a Tina, nunca se
había comportado de aquella manera. Era como si se sintiera más responsable de Tansy que su
madre.
—Bueno, creo que me llevaré a Tansy a dar un paseo. No ha salido de casa en los dos
últimos días. Y querrás hablar con Ross.
-No quiero hablar con nadie —dijo Helen con firmeza y mirando a Tina con cierta
reprobación—. Además, va a nevar.
-Nos abrigaremos bien —ante tanta insistencia poco podía hacer Helen, así que Tina se
marchó con Tansy.
Helen se volvió hacia Ross, que la miraba con afecto tratando de hacerle las cosas lo más
fáciles posible.
— ¿Quieres un té?
—No, Helen, no quiero té, ni café, ni ninguna otra cosa, sólo quiero que te sientes y que me
escuches.
—No puedes ayudarme, si es lo que estás pensando. De todas formas no sé por qué tendrías
que ayudarme. Sólo porque te haga falta una secretaria no tienes por qué ir tan lejos. Hay
muchas secretarías...
—Si te callaras un momento y me escucharas —su tono de voz hizo que ella se sentara—.
De momento no he ido tan lejos, sólo os he invitado a comer. Aunque si continúas así van a
volver antes de que pueda decir nada.
— ¿Cómo? —le interrumpió—. ¿Es por eso por lo que querías que Tina subiera a
descansar? ¿Qué vas a decirme que Tina no puede oír? En cualquier caso...
— ¡Helen! —dijo levantando la voz. Helen se quedó callada—. Eso está mejor —se hizo el
silencio durante unos cortos instantes—. Bueno, quiero hablarte de las cosas que te obligan a
dejar tu casa y tu trabajo. Das por hecho que Gilford, al menos, conseguirá el derecho a visitar
a Tansy, porque va a decirle al juez que puede ofrecerle a Tansy más que tú, incluso una esposa
que no necesitará trabajar y podrá estar con Tansy todo el día. Si tiene alguna posibilidad de
conseguir o no lo que se propone es algo que no sé, pero he pensado una forma de que no vaya a
juicio.
— ¿Cómo? —se incorporó en el borde del sillón y le miró a los ojos con ansiedad.
—Utiliza sus mismas armas. Se va a casar dentro de un mes, ¿verdad? Pues cásate conmigo.
CAPITULO 6
DURANTE unos instantes, Helen pensó que le había entendido mal. Se había puesto pálida.
— ¿Qué has dicho? —dijo en un susurro y él la miró con exasperación.
—Ya me has oído, Helen. Te estoy pidiendo que te cases conmigo, y no reacciones como
siempre.
— ¡Debes estar loco! —dijo y se levantó de un salto. Él se levantó también y se puso frente
a ella, logrando que perdiera la poca segundad que le quedaba en sí misma—. Si es ésa la forma
en que conservas a tus secretarias...
—Oh, voy a necesitar una nueva secretaria. Porque no quiero que mi mujer trabaje y
además tenemos que jugar las mismas cartas que Gilford. Serás Helen MacLean, rica y capaz de
cuidar de tu hija. Ni siquiera intentará ir a juicio y, si lo hace... ya me ocuparé de él, Pero no en
el juicio, sino en los negocios, porque a él le gustan los negocios, ¿verdad?
Ross le dio la misma impresión que la primera vez que le vio: la de ser un hombre capaz de
hacer cualquier cosa.
— ¿Bueno...? —le dijo, pero ella continuaba mirándole sin poder decir palabra—. ¿Vas a
pensar en ello?
—No tengo que hacerlo —dijo Helen de forma entrecortada, en tu interior estaba temblando
—. No tengo ninguna intención de volverme a casar. Ya sabes lo que opino de los hombres.
Haber estado con un hombre ya es suficiente para mí.
—Sí, ya lo sé —dijo él secamente—. Pero sólo te propongo el matrimonio para que nos
protejamos mutuamente. Tú necesitas protección ahora, y yo voy a necesitarla dentro de muy
poco.
— ¿Tú? —Le miró como si estuviera loco—. ¿Desde cuándo alguien como tú necesita
ayuda?
—Siéntate —dijo, y se sentó después de que Helen lo hubiera hecho—. ¿Por qué diablos
piensas que estoy en Inglaterra? ¿Por qué crees que quiero comprar una casa? A mi padre se le
ha metido en la cabeza que tengo que casarme y mi madre ya me ha buscado una rica heredera
americana que me ha estado rondando desde que tenía dieciséis años.
—Me alegro de que pienses que no puede —le espetó—. Sin embargo, estoy cansado de
fiestas especiales o encuentros casuales y quiero librarme de ese asunto de una vez para
siempre. Quiero casarme contigo y cuidar a Tansy y a Tina, tener mi propia casa y una vida
tranquila.
Helen permaneció en silencio durante un largo rato. No dejaba de examinar las ventajas y
los inconvenientes de aquella idea. Con Ross estaría a salvo. Había querido protegerla en París y
el día anterior no había querido aprovecharse de ella cuando hubiera podido hacerlo fácilmente.
Pero, ¿podría vivir con él?
Sintió un escalofrío al darse cuenta de que sí podría. Si lograba tranquilizarse un poco más
en su presencia, si tenían la oportunidad de conocerse mejor, tenía la impresión de que sería un
buen amigo, o más que eso. Se llevaba bien con su hermana y con Tansy. Al pensar en Tina,
recordó lo impresionada que estaba por él.
—Me ofrezco a protegeros, a cuidaros, y a cambio quiero una esposa que me proteja a mí,
una tapadera. También quiero una anfitriona para las fiestas de negocios. Creo que está claro
que no espero ningún otro tipo de relación entre nosotros. Podrás tener tu propia habitación, a la
que yo no entraré.
—Eres un hombre —puntualizó Helen con mayor rubor. —Pero soy capaz de controlar mis
instintos y éste será un matrimonio de conveniencia así que podré buscar compañía femenina en
otro lugar.
—Ya, tienes que cuidar tu reputación -—dijo Helen con aspereza. —Me alegro de que lo
comprendas —dijo con un asomo de enfado en sus ojos—. Entonces, ¿qué respondes a mi
proposición? —No —dijo Helen con firmeza—. Quiero tener mi propia casa y mi propia vida
privada y no me basta con una habitación para mí sola. Gracias por pedírmelo, pero me temo
que tendrás que seguir buscando a alguien que te proteja.
—Muy bien. Me voy, pero no te olvides de la idea demasiado pronto —se levantó y la miró
a los ojos—. Puede que no puedas ir muy lejos y aunque no te importe lo que pueda pasar
contigo tienes que pensar en Tansy y en Tina. No podrás estar huyendo siempre y cuando
Tansy vaya al colegio, tendrás que quedarte en algún sitio, no querrá huir, querrá quedarse con
sus amigos. Y Tina, no querrá seguir cuidando a Tansy siempre, tendrá que hacer su propia
vida. — ¡Cállate! —Helen se puso de pie y se enfrentó a su mirada con furia—. Dices todo eso
como si yo fuera a convertirme en una criminal o en una loca. Yo no quería que Miles me
amargara la existencia ni quería vivir con miedo por su culpa. —Tuviste a Tansy.
—Sí —se había puesto pálida y tenía un brillo extraño en los ojos—, pero no creo que
quieras saber cómo ocurrió.
—No, no es asunto mío, y mucho menos ahora que no volveremos a vernos —se
interrumpió un segundo—. Acepto tu dimisión. Adiós, Helen.
Le dejó marchar. Cuando llegó Tina, estaba en la cocina, con la mirada perdida. — ¿Qué te
dijo?
—Quería que nos marchásemos para hablar contigo. No soy tonta, Helen —parecía
decepcionada—. No me digas que sólo estuvisteis ahí sentados tomando un café.
—Me pidió que me casara con él —dijo Helen con abatimiento. Si Tina se había hecho
alguna ilusión respecto a él aquélla era una buena forma de que la olvidara.
—Le dije que no —dijo Helen con frialdad. Tina mostró desesperación e incredulidad.
— ¡No es posible! Oh, Helen, me doy por vencida, no te entiendo, de verdad. No hay
muchos hombres como Ross, y lo has dejado marchar. Habrías sido feliz. Las tres lo habríamos
sido —se levantó y se dirigió hacia la puerta, antes de cerrar miró a Helen—. Yo creía que
serías capaz de vivir de nuevo, vivir aparte de nuestro pequeño clan, pero quizá me equivocaba.
La hermana que yo conocía parece haberse esfumado para siempre.
No podía dejar de pensar en Ross y en lo que había sentido al besarle. En aquel momento no
podía decir si había sido natural o no.
Miles le había dejado bien claro que no era una mujer normal, sino rígida, como el hielo.
Pero con Ross no se había sentido así. Sin embargo, un matrimonio implicaba mucho más que
un beso. Se avergonzó al recordar el modo tan vil en que Miles la había forzado. No podía creer
que Ross pudiera dejarla en paz.
A la mañana siguiente había una carta sobre el felpudo. A Helen le temblaban los dedos
mientras rompía el sobre. Miles había comenzado la batalla, su abogado explicaba los detalles
de la demanda, las nuevas circunstancias y los hechos: Miles lucharía por conseguir a Tansy.
Decidió llamar por teléfono a Ross. El corazón le latía con fuerza mando marcó el número.
Escuchó su voz al otro lado de la línea, pero durante unos instantes no pudo hablar.
—Ayúdame Ross.
—Sí. No puedo seguir huyendo, ¿verdad? Todo volverá a repetirse, como tú dijiste. O él
podría ganar y yo no podría soportarlo. Me casaré contigo.
—En ese caso —dijo con suavidad—. Estaré ahí dentro de una hora.
Helen colgó después de que él lo hiciera, y se quedó mirando al aparato. Se tapó la boca con
las manos en un gesto de ansiedad. ¿Estaba metiéndose otra vez en una pesadilla? Si así era,
esta vez no había ninguna excusa. Ross lo había dejado todo bien claro, incluyendo cómo
pasarían las noches.
—Ha vuelto —le dijo Tina a su hermana con una mirada hostil al ver el coche de Ross—.
No quiere abandonar. No le rechaces, Helen, te arrepentirías.
Al entrar Ross, se levantó de la silla y le miró a los ojos, dándose cuenta de que se había
ruborizado. Tina los miraba con ansiedad.
— ¿Queréis que me vaya? Puedo llevarme a Tansy y... —cogió a la niña de la mano, pero
Ross miró a la pequeña y sonrió.
—Hace mucho frío —cogió a Tansy en brazos. Helen le miró, parecía su auténtico padre—.
De todas formas —le dijo a Tina—, será mejor que te quedes. Puedes ayudarme a planear la
boda.
— ¿Vas a casarte con Ross? —Dijo Tina mirando a Helen y luego frunció el ceño—. Me
dijiste que... No te imaginas la mala noche que he pasado.
—Cambió de opinión —dijo Ross. Puso a Tansy en una silla y se sentó a su lado—.
Tenemos que casarnos dentro de dos semanas, así que vamos a planearlo cuanto antes. Luego
iremos a ver la casa donde vais a vivir.
— ¿Yo? —preguntó Tansy, que no entendía muy bien lo que estaba ocurriendo.
—Sobre todo tú —le dijo Ross con suavidad. Luego miró a Helen y sonrió—. ¿Por la
Iglesia o por lo civil?
—No creo que pueda elegir —dijo Helen ruborizándose—. Ya he estado casada.
— ¡Qué emoción! —Exclamó Tina—. Cásate por lo civil, jefe, va a hacer un frío de perros
en una iglesia.
— ¿Y bien, jefe? —dijo Ross, haciendo una mueca con los labios. Parecía muy contento.
—Pues, no lo sé... no puedo pensar. Estoy segura de que no me dejarán casarme por la
iglesia.
—Bueno, ya veremos. Supongo que podría conseguir algo si eso es realmente lo que
quieres.
—Ya lo decidirás —dijo con firmeza—. Creo que Tina y Tansy deberían ver su nueva casa,
iremos antes de que empiece a nevar —dijo mirando a través de la ventana al cielo amenazador.
Y añadió—: Tengo que buscar unos obreros para que arreglen la casa antes de la boda, si no voy
a tener que quedarme en el White Bear mientras mi familia está aquí.
— ¡Familia! —Exclamó Tina, y cogió a Tansy en brazos—. Vamos pequeña, voy a ponerte
el abrigo.
Salió con la niña, y Ross se quedó mirando a Helen y luego se acercó a ella.
—Tranquilízate, Helen —dijo con suavidad—. Me voy a ocupar de vosotras. Desde ahora
puedes estar tranquila y no tener miedo por nada o por nadie. Confía en mí.
—Eso... eso es lo que pensé cuando me casé con Miles —dijo con vacilación, y se detuvo al
darse cuenta de cómo podría él interpretar aquellas palabras. Esperaba que se pusiera furioso,
pero no vio ninguna furia en sus ojos cuando levantó la vista y le miró.
—Ya sé que hay unos cuantos fantasmas contra lo que hay que luchar —dijo él poniéndole
las manos sobre los hombros con mucho cariño—. Pero yo no creo en los fantasmas, así que no
habrá mucho problema. Este matrimonio nos beneficiará a los dos y no hay razón para que te
sientas amenazada.
Algo en su voz le hizo alzar la vista y le miró con cierta inquietud y sospecha.
—Nunca te pediré nada que no puedas darme, Helen. Coge el abrigo —le dijo con calma.
Helen se sorprendió de lo alegre que se sentía después de aquellas palabras. Parecía estar
bajo la benéfica influencia de su poder, todas lo estaban, y además, no dudaba de su palabra,
nunca lo había hecho desde la primera vez que le vio.
Ross consiguió que un grupo de obreros empezaran a trabajar al día siguiente de decidir la
boda. También contrató a un decorador para acondicionar la casa.
En toda la semana no había hecho ningún intento de acercarse a ella, sus encuentros habían
sido tan fríos como cuando eran jefe y secretaria, y aquel día, al entrar, se quedó parado en el
recibidor y se miraron por un segundo. La mirada de aquellos ojos grises la traspasó y sintió
pánico al pensar lo comprometida que ya estaba con aquel hombre tan enigmático.
—No os preocupéis por mí —dijo Tina—, podéis daros un abrazo mientras hago un café.
—Qué comprensiva —murmuró Ross cogiendo a Helen de la cintura—. Vas a ser una
buena cuñada.
Acercó a Helen hacia sí, y la miró con un brillo de burla en sus ojos. Si Tina supiera el
verdadero estado de las cosas, no se habría mostrado tan complaciente.
Helen se preparó para un leve beso, pero cuando sus labios se encontraron, se dio cuenta de
que había sido un error. Sus sentimientos surgieron como una llamarada, en la que se entreveía
el pánico al saberse presa de una pasión creciente.
Su cuerpo estaba ardiendo y su mente a punto de ahogarse en el deseo, salpicada por una
tormenta de sentimientos. Suspiró en su boca, pidiéndole más, olvidando dónde estaba. Quería
lo que había soñado pero nunca había tenido la sensación de que él escuchaba sus pensamientos.
Inesperadamente, Ross se separó un poco y le acarició la mejilla.
— ¡Ufff!
Era Tina. Ross volvió la cara y la miró. Estaba en el umbral de la puerta de la cocina,
parecía transfigurada.
—Bueno, ¿qué pasa con ese café? —dijo él secamente. Tina cerró la puerta de la cocina.
—Perdona —le dijo a Helen, y la llevó al salón—. Tengo noticias que darte antes de que
Tina vuelva de la cocina. —Supongo que tardará en volver —dijo Helen. —La boda será un
poco más espectacular de lo que habíamos pensado —se sentó y la miró tal modo que ella pensó
que estaba recordando el beso que acababan de darse—. Esta tarde me han llamado de Nueva
York. Mis padres quieren venir. Llegarán el día antes de la boda.
—Oh —Helen le miró. Ni siquiera había pensado en que sus padres u otros parientes
quisieran ir a la boda.
A su boda con Miles no acudió ningún pariente. Pero tenía que hacerse a la idea de conocer
a una gente a la que nunca había visto, gente rica con mucha clase. Ross le había dicho que su
madre se movía en sociedad como pez en el agua, y la dureza de su padre era una leyenda.
— ¿Qué dijeron? —le miró buscando una especie de reconocimiento, pero él tan sólo se
encogió de hombros y le devolvió la mirada, como un extraño.
—No les pedí su opinión, pero cuando se lo dije los dos reaccionaron igual.
— ¿Se enfadaron? —en su fuero interno quería que él le ofreciera seguridad y confianza,
pero no fue así.
—No. Tienen muy buenos modales —le sonrió, pero su sonrisa era fría.
Ella tenía la impresión de que esperaba problemas. Ya le había dicho que querían casarle
con una rica heredera y, al fin y al cabo, su única intención con la boda, era evitar ese propósito.
Ross se dio cuenta de las dudas que cruzaban por la mente de Helen.
—Mi padre caerá a tus pies en cuanto te vea. Y mi madre me conoce muy bien. No ha
podido educarme como ella quería en treinta y cinco años, así que se ha dado por vencida. No
hay nada por lo que preocuparse.
— ¿Dónde van a dormir? —a pesar de las palabras de Ross, quería mantener las distancias
con ellos. Ahora que su matrimonio dejaba de ser un plan para comenzar a hacerse realidad, le
iba gustando cada vez menos.
—Tienen dos opciones: quedarse en Londres y venir a la boda en coche o el White Bear.
Creo que nada más ver el White Bear mi madre querrá volver a Londres a toda velocidad.
Helen así lo esperaba. Si se quedaban en Londres, pasaría menos tiempo con ellos. Durante
unos segundos permanecieron en silencio.
Helen había dejado de pensar en Miles desde que había llegado Ross, pero el problema no
estaba resuelto. Era por él por lo que se casaba con Ross, si él no hubiera vuelto a aparecer,
seguiría siendo tan sólo su secretaria. Se llevó una mano a la boca y con los dedos comenzó a
dar golpecitos nerviosos sobre sus labios.
—Estás metida en esto, Helen —le recordó él con frialdad— Para bien o para mal.
Helen se alegró de que Tina entrara con una bandeja de café El rubor cubría sus mejillas y
tenía un brillo de alegría en los ojos.
Los MacLean llegaron a Inglaterra dos días antes de la boda. Era la semana antes de
Navidad.
—Bueno, se quedan en el White Bear—le dijo Ross a Helen con un tono jocoso—. Hoy
vamos a comer con ellos. Así mi madre tendrá la oportunidad de descargar su ira contra el hotel.
Los esperaban sentados en la cafetería del hotel. Su aspecto era formidable y no estaban
solos.
— ¿Así que ésta es la chica? —dijo Tom MacLean. Era igual que Ross, alto, apuesto y daba
la impresión de ser muy autoritario. Tenía el pelo completamente blanco y muy bien peinado.
Sus ojos eran azules.
—Una belleza de ojos azules —dijo su padre. Luego miró a Ross—. Espero que esta chica
sepa dónde se está metiendo. Supongo que se da cuenta de que un día dirigirás la empresa y no
vas a poder lucirte viviendo en una casa de campo.
-—Ya está al corriente de todos los inconvenientes —replicó Ross en un tono irónico—. Así
que no trates de disuadirla. Nos casamos dentro de dos días.
—No estoy tratando de disuadirla —dijo Tom MacLean con el mismo tono irónico—.
Puedo dejar eso para Dee.
Estaba claro que su futura suegra no iba a ponérselo fácil. Deirdre MacLean parecía fuera
de lugar en aquel lugar, que poseía una elegancia un poco pasada de moda. Era una mujer de
mediana edad, bien peinada y maquillada y todavía muy guapa. Llevaba un vestido granate
ajustado, con un abrigo de visón echado sobre los hombros, y parecía escandalizada por el
aspecto de la habitación que la rodeaba V también por la prometida de su hijo.
—Me alegro de conocerla. Ross, eres imposible —se inclinó para darle un beso a Helen,
dejado un intenso rastro de perfume. Ross tosió y se volvió hacia la otra mujer.
— ¿Qué es lo que te ha traído aquí, Donna? —preguntó burlonamente, lo que hizo enrojecer
las mejillas de aquella chica.
—Donna Street, Helen —dijo Ross para presentarlas—. Una vieja amiga de la familia.
—Una vieja amiga de Ross —le corrigió la chica, sin dejar de mirarle.
Aquélla era la mujer con quien habían querido casarle. Era rubia, guapa y exótica, y con
toda seguridad tan rica como él. Sus ojos negros, se llenaron de ira y desdén al mirar a Helen.
—Parece aterrada, cariño —la voz de la chica era dulce, pero rencorosa. Ross apretó el
brazo que rodeaba a Helen.
—Creo que después de esta reunión familiar, Helen salga corriendo. En Inglaterra tenemos
mejores modales.
— ¡Tú eres americano, no inglés! —Replicó Ross y se volvió hacia su padre—. ¿Has
pedido la comida?
—No, te estábamos esperando.
—Entonces vamos a pedirla. Hay restaurante en el hotel —dijo Ross mirando a Helen con
una sonrisa, pero ella estaba demasiado tensa como para responder.
No era normal que les gustase tan poco, pero podía darse cuenta de la razón. Donna era una
protegida de Deirdree MacLean y, además, estaba enamorada de Ross, y por ello dolida y
furiosa. Lo que pensaba Tom MacLean era imposible de averiguar. Era tan enigmático como
Ross, y si ella no le gustaba no lo diría, simplemente lo dejaría claro por su actitud. Según
pensaba aquello, se dio cuenta de que todavía no había dicho ni una palabra.
— ¿Vives en este... pequeño pueblo, Helen? —le preguntó educadamente Deirdre MacLean
al sentarse a la mesa.
—No. La verdad es que vivo en otro pueblo cerca de aquí —respondió Helen con seguridad,
y dándose cuenta de la sonrisa de Ros al oír su tono de voz, sin vacilaciones.
—Bueno, por eso me caso con ella —intervino Ross—. Un, buena secretaria conoce todos
los secretos de su jefe. Papá lo sabe muy bien.
Helen esperaba una réplica cortante en Tom MacLean, pero padre de Ross parecía estarse
divirtiendo. Evidentemente, estaba acostumbrado a aquellas escenas. Sin embargo, ella no lo
estaba y empezaba a cansarse de aquello. Apretó los labios y comenzó a comer en silencio.
—Teníamos que haber traído a nuestra familia, Helen —dijo Ross simulando lamentarse.
— ¿Tienes familia, Helen? Estoy segura de que Ross me dijo que tus padres fallecieron —
dijo Deirdre MacLean, poniendo en alerta sus cinco sentidos. Helen inspiró profundamente.
—Tengo una pequeña familia. Mi hermana y mi hija. Aquella noticia provocó un tenso
silencio. Donna miró a Ross sin poder creer lo que estaba oyendo y Deirdree se quedó helada.
— ¡Tienes una hija! —exclamó Deirdre MacLean y miró a Ross. —Se llama Tansy y tiene
tres años —dijo Ross—. Tras un pequeño cálculo te darás cuenta de que no es mía, aunque
pronto lo será. Si acierto a tratarla bien me dejará jugar con su osito de peluche. Tom MacLean
rompió a reír. Tenía una risa profunda y Helen se dio cuenta de que había dejado de mirarla con
frialdad.
-Una nieta lista para llevar. ¿Vas a venir a la boda? Me gustaría conocerla. Estaba deseando
tener una nieta. ¿Y tu hermana cómo es? miró a Helen con un inesperado interés—. ¿Es tan
guapa como tú? —Es muy guapa —le aseguró Ross—. Es algo de familia. Pero tendrás que
tener cuidado con ella, no es tan amable como Helen. —Estoy deseando conocerla —dijo Tom
MacLean—. Creo que, pues de todo, estoy deseando que llegue la boda. — ¿Y qué tal la vuelta
a tus raíces? Es una idea que me ronda la cabeza. ¡Tú nunca dejarás América! —intervino
Deirdre. Ya veremos —replicó Tom MacLean, y por la manera de decirlo, burlonamente pero
con seguridad en sí mismo, a Helen le recordó a Ross—. Voy a tener nietos, y querré verlos, y
me temo que sea demasiado inglesa como para querer irse a vivir a los Estados Unidos.
Entonces va a ser un matrimonio muy extraño —dijo Donna con una amplia sonrisa de
triunfo—. Tal vez haría mejor en pensar en ello dos veces, porque MacLean International está
en Nueva York y tendrá que vivir allí.
No tiene por qué —le dijo Tom MacLean—. Yo por ahora estoy allí, y Ross hace falta aquí.
Europa está en auge y nosotros no queremos quedarnos atrás. Además llegará el día en que yo
quiera volver al país donde nací.
—Y yo, ¿qué haré? —Deirdre se había olvidado de Helen y estaba furiosa con su marido.
— ¿Por qué lo dices, querida? Tú podrás adaptarte —le dijo su marido con esa seguridad
teñida de cierta indiferencia que también era propia de Ross.
Helen se daba cuenta de que en aquella familia no iba todo sobre ruedas. Tal vez Ross se
sintiera más feliz con su nueva familia porque ellas tres sí estaban muy unidas. Aquel
pensamiento la llenó de ternura. Él se sentía solo y necesitaba aquel matrimonio más de lo que
quería admitir. Volvió la cabeza para mirarle y se encontró con su mirada. Se miraron durante
unos segundos y por un instante a ella le pareció ver un poso de tristeza en lo más profundo de
sus ojos. Tal vez fueran imaginaciones suyas, pero en caso de no ser así, aquello le hacía
humano, comprensible, y por primera vez le sonrió con afecto.
CAPITULO 7
LA boda se celebró dos días antes de Navidad. Fue una ceremonia civil. Helen llevaba un
vestido azul turquesa, que remarcaba el color de sus ojos, y una guirnalda de orquídeas
alrededor de la cabeza. De pie, junto a Ross, no dejaba de acordarse de su boda anterior y tenía
ganas de salir corriendo, de escapar cuando todavía estaba a tiempo, pero la retenía la certeza de
que Ross sabía cómo se sentía y la comprendía.
Estaba más callada que de costumbre, pero parecía consciente de todo; sólo cuando la
ceremonia finalizó y los dos se dirigían a la fiesta en su coche, se tranquilizó.
— ¿Tenéis hambre? —les preguntó a Tina y a Tansy, que iban en el asiento de atrás. Tansy
respondió con un efusivo movimiento de cabeza. Estaba muy impresionada, porque no acababa
de entender muy bien lo que había ocurrido, así que prefería seguir callada.
—Está muy impresionada —le comentó Tina a su hermana cuando Helen se dio la vuelta
para mirar a Tansy—. Tienes que admitir, Helen, que ha sido todo un acontecimiento.
Realmente no había sido. Deirdre MacLean había aceptado a regañadientes sus deberes de
testigo, pero Tom MacLean parecía haberse divertido, por la boda y por el comportamiento seco
y un tanto cómico de su esposa. Tina había observado la ceremonia desde su asiento,
sosteniendo a Tansy sobre sus rodillas.
Donna Street también había asistido. En todo momento había permanecido en silencio, pero
echando fuego por los ojos.
—Tal vez deberíamos haber tenido una boda grandiosa con muchos invitados para que
todos descargaran sus miradas de desdén.
— ¿Y qué importa? —Dijo Tina—. Ya estáis casados y es maravilloso. Ahora pueden venir
todos, estamos dispuestos a recibirlos.
—No creo que sea asunto mío -dijo ella con calma—. Hace tiempo que aprendí a ignorar lo
que no me gusta.
—Sí. Cada uno en su propio nido —murmuró Ross con frialdad—. Bueno, ahora esto es
legal, Helen, y ya ha terminado —añadió en voz baja.
A Helen le parecía que no se alegraba tanto por el acuerdo al que habían llegado como le
había dado a entender. Tal vez al ver a Donna de nuevo había sentido algo que no esperaba.
Aquel pensamiento provocó su inquietud.
Donna se acercó a Ross abriéndose paso entre la gente y le dijo con una sonrisa triunfal:
— ¡Sorpresa, cariño! Me pareció que sería una comida muy aburrida y llamé a unos cuantos
amigos nuestros. Sabía que te gustaría presentarles a Helen y a tu nueva familia.
Helen calculaba que debía hacer al menos unas cuarenta personas, pero Donna no
necesitaba dar ninguna explicación, estaba claro que quería demostrarle a Ross el error que
cometía rebajándose a casarse con ella. Ross se volvió para coger a Tansy, pero Helen se
adelantó.
—Puedes ir a saludar a tus amigos —le dijo con una fría sonrisa.
—Yo sé quiénes son mis amigos —le dijo apretando los dientes. Cogió a Tansy y se volvió
hacia Tina—. Ven conmigo hermanita, volveremos a por la novia dentro de un minuto.
— ¿No he hecho bien? Yo pensé que le gustaría ver a los amigos. Vinimos unos cuantos a
Londres.
—Sí, así es. Pero me quedaré. No me gusta estar lejos de Ross. Estamos demasiado unidos
como para permanecer separados durante mucho tiempo.
—Claro —dijo Helen con aspereza—, una vieja amiga de la familia. Sé lo que quieres decir.
Será bueno para él. Ya veo que se alegra mucho.
No pudo evitar una pequeña sonrisa. El rostro de Ross se oscureció cuando las vio hablando
y volvió hacia ellas.
—Siempre has sido insaciable, Ross —dijo Donna. Ante aquel comentario, Ross esbozó una
media sonrisa. —Sí. Nos conocimos tan bien, ¿verdad, Donna? —cogió a Helen del brazo y se
la llevó.
Helen sabía que entre ellos había habido algo más que amistad. Donna había intentado
casarse con Ross y no iba a abandonar ahora. Aquel matrimonio no era más que un pequeño
obstáculo en su camino.
Helen se alegró de que el banquete finalizara. Estaba cansada de sonreír y de hablar con
gente a la que nunca había visto y a la que nunca volvería a ver. No sabía dónde había pasado
Tina la mayor parte del tiempo, aunque en aquel momento podía verla haciendo buenas migas
con Tom MacLean. Ross había ido a buscar el coche y ella se dirigió al vestíbulo para
esperarle.
— ¿Por qué me has hecho esto, Ross? Sabías que habría venido a buscarte tan pronto como
estuvieras instalado en Inglaterra. Lo que nos pasó fue sólo una discusión.
Helen se estremeció y se detuvo al oír la voz de Donna, que hablaba con un suave tono de
súplica que no le había oído hasta entonces. Estaban sentados en una pequeña alcoba que había
a un lado del vestíbulo, pero Helen permanecía en la sombra y no podían verla.
—Desde que nos conocemos no hemos dejado de discutir —decía Ross—. La última vez
tan sólo fue una más y ni siquiera me afectó.
—Te afectó lo bastante como para casarte precipitadamente —Donna hablaba de forma
entrecortada, parecía a punto de llorar—. Sólo porque te has acostado con ella...
—Helen es tan pura como un copo de nieve.
— ¿Quieres decir que es fría? Parece frígida, con esa mirada helada y ese aspecto de
sirvienta. Es muy distinta a nosotros, cariño.
—Tiene todo lo que yo quiero —dijo Ross. Hablaba con calma con cierto asombro. Helen
pudo oír cómo Donna contenía la respiración.
— ¿Una familia? Eres un sinvergüenza, como Tom. Una familia es un buen escudo,
¿verdad?
—La suficiente para saber que me querrás a tu lado. Y voy a estar cerca, Ross, no me voy a
marchar —le echó los brazos al cuello y le besó. Ross la separó con suavidad.
—Sabía que lo harías, cariño. Te conozco bien. ¿Crees que no esperaba que lo hicieras?
Helen volvió a la sala. Tansy estaba a su lado y la cogió en brazos. Se abrazó a ella,
sintiendo un profundo dolor, distinto a cualquiera que hubiera sentido a lo largo de su vida.
Estaba celosa. Se había puesto enferma al ver a Ross abrazando a aquella mujer. Miró a su
alrededor buscando a Tina, quería marcharse sin Ross, aunque sabía que no era posible.
Habían arreglado maravillosamente la casa. Ross le había dejado entera libertad, y ella
había seguido los consejos de un decorador. Habían llevado muchas de las antigüedades que
habían heredado de su padre y habían comprado muebles nuevos que pudieran combinar con los
antiguos.
En ese momento Ross entró junto a una mujer gorda, con aspecto maternal.
—Helen, la señora Hill, nuestra cocinera —las presentó—. Señora Hill, mi esposa y su
hermana, Tina.
Helen creía que las sorpresas habían terminado, pero allí había una nueva. Apenas pudo
saludar a la señora Hill, que se agachó al ver a Tansy.
—Tansy, nuestra hija—dijo Ross con una sonrisa Helen le miró con asombro.
—Me voy contigo. Estoy en la habitación de al lado, cariño —dijo Tina con entusiasmo.
La señora Hill fue a la cocina a preparar té. Helen miró a Ross, que no había dejado de
mirarla, apretando los labios con un gesto irónico.
— ¿Qué voy a hacer con una sirvienta? Nunca he tenido ninguna. —Ya te acostumbrarás —
le dijo él—. Sabías cómo tratar a la gente en la oficina y la señora Hill parece muy dócil. En
cualquier caso no estás aquí para convertirte en una esclava del hogar. Esta casa es demasiado
guapa. Tansy y Tina te necesitan, y yo también. Eres la dueña de la casa, y mi esposa, no una
criada.
La determinación con que lo dijo provocó en ella un escalofrío. Procuró tranquilizarse
diciendo que quería cambiarse, pero él la siguió por las escaleras. Helen, ocupada en dejar el
chalecito, no había estado en la casa hacía varios días y Ross se había ofrecido para solucionar
los últimos detalles, así que estaba un poco perdida.
—No sé muy bien dónde estoy —admitió con un poco de frustración. Se había ocupado en
primer lugar de arreglar las habitaciones para Tina y Tansy y había dejado la suya para el final.
Tampoco había hablado con Ross de los arreglos, así que ahora estaba desconcertada. —
Nosotros dormimos aquí —dijo Ross abriendo una puerta. — ¿Nosotros? —se detuvo en el
umbral de la puerta, pero él la obligó a pasar poniéndole la mano en la espalda. Era una gran
habitación con una ventana que daba al jardín delantero.
—No temas —dijo Ross frunciendo el ceño—. Ésta es tu habitación. La mía está ahí —se
acercó a una puerta que comunicaba con otra habitación.
—Dijiste que tendría mi propia habitación —comenzó a decir, pero él se acercó a ella y la
miró como si fuera una niña a la que mandaba callar.
—Tienes una habitación para ti sola, Helen. Es ésta. Yo estoy en la de al lado. ¿Querías que
me fuera al otro extremo de la casa o querías que durmiera en un armario? Estamos casados y
estoy preparado para soportar tus miedos y tus fantasmas, tu terror a los hombres, pero no puedo
ir tan lejos como para pasar por un idiota o molestar a Tina.
—Sí, tu hermana, ¿no te acuerdas de ella? Esa chica tan lista que cree que estamos
enamorados. Imagina cómo se sentiría si te viera aquí aislada, o a mí llorando mis penas
después de dormir en el bosque.
—Muy gracioso —replicó Helen—. Tina no sabrá una palabra porque no entrará aquí.
—Te equivocas —dijo él con enfado—. Tu pequeño círculo familiar es demasiado cerrado
como para tener alguna zona íntima. La única manera de que no entre aquí es que piense que
también es mi habitación. Por eso quiero estar en la de al lado. Nuestro acuerdo es un secreto
que Tina no debe saber.
— ¡Claro que no lo sabrá! —Helen le miró con los ojos encendidos de ira para ocultar sus
recelos—. Conozco a mi hermana. ¿Cuánto tiempo crees que tardará en descubrir tu habitación?
—Pensará que así es como viven los ricos. Pero, tal vez para cuando la descubra los dos
estamos durmiendo en la misma cama.
— ¡Me prometiste que no! —le miró a los ojos y vio su sonrisa de satisfacción. Luego la
cogió por la cintura y ella se apartó con furia.
—Ah, otra vez vuelve el terror. Te dije que nunca te obligaría a hacer nada que no quisieras
hacer.
—Y nunca podré...
La frase quedó interrumpida porque Ross se echó sobre ella y la besó. Helen trató de
librarse del abrazo, pero su corazón latía con tal fuerza que parecía que fuera a saltarle del
pecho. Pero no sentía asco o miedo, tan sólo eran celos. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que
Donna Street había besado aquellos labios? La abrazaba con fuerza, con una mano en su nuca,
atrayendo su boca hasta la suya, y Helen tuvo que desistir de luchar.
— ¿Qué es lo que no puedes hacer, Helen? — le preguntó con una voz muy dulce y también
triunfante—. Todo lo que tienes que hacer es dejar que el hielo se derrita.
Helen no podía dejar de mirarle a los ojos. Sintió que su mano ascendía hasta llegar a su
seno, mientras la otra mano se apoyaba en su espalda y mantenía su cadera apretada contra la
suya. Ross no apartaba la mirada de ella mientras acariciaba su pecho sobre la seda de la blusa.
Helen sentía que la recorrían pequeños temblores, dulces y dolorosos al mismo tiempo. Y
cerró los ojos, porque no había otro modo de que pudiera escapar de él, su cuerpo se negaba a
apartarse. — ¿Por qué haces esto? —susurró.
—Porque quiero ayudarte —dijo con suavidad, hablándole al oído, y besándola el lóbulo de
la oreja—. No puedo soportar que huyas cada vez que necesito tenerte en mis brazos. La gente
va a sospechar —llevó la mano hasta el cuello y acarició su mejilla—. ¿Me vas a acusar de que
te he forzado o es que no puedes moverte? Helen se ruborizó y él la liberó de su abrazo. Ella
sintió que la dejaba con la sensación de que para él era un experimento que había terminado.
—Tengo algo para ti —le dijo Ross con calma, sin el más mínimo resto de agitación. Le
indicó que lo siguiera hasta la cama y apartó la colcha. Entre las sábanas de seda había una caja
de terciopelo. Ross la cogió, la abrió y le mostró un reloj de oro.
—Es mi regalo de bodas —murmuró—. ¿O es que creías que mi regalo era la señora Hill?
—Gracias, es muy bonito —Helen nunca había tenido un reloj de oro se quedó mirándolo
como una niña.
—Así que has decidido darme a Tansy —dijo con una sonrisa. Helen le miró y cogió su
bolso, que estaba sobre la cama.
—Debía habértelo dado antes —dijo ofreciéndole una cajita—, tal vez no te valga.
Ross la miró durante unos segundos y luego cogió la cajita y la abrió. Era un anillo de oro.
Él no dijo nada y Helen pensó que no debería haberle dado aquella alianza. Había visto la
soledad que Ross sentía aún a pesar de estar junto a sus padres y había decidido regalárselo
como gesto de bienvenida a su pequeña familia. Pero ahora se daba cuenta de que era
demasiado, de que nunca debía habérselo regalado.
—Pónmelo, Helen.
Se lo puso y comprobó con sorpresa que le quedaba perfectamente. Ross extendió la mano
para comprobar el resultado y luego cogió la mano de Helen.
—Para lo bueno y para lo malo —murmuró. Alzó la vista y la miró con una sonrisa llena de
ternura—. ¿Por qué?
—No hay nada por lo que esperar —le esperó Helen, y el rubor cubrió sus mejillas. Le
complacía la reacción de Ross ante su regalo y la dulzura de su voz.
—Sí que lo hay —dijo él, acariciándole la mejilla—. Cuando te libres del miedo que sientes
y todo el hielo se derrita, dímelo, porque te voy a querer. Por eso voy a esperar.
Se fue antes de que ella pudiera reaccionar. Que la besara y la acariciara era una cosa,
aunque fuera algo que nunca había experimentado, pero que pudiera quererla, que se convirtiera
en su verdadera esposa, era otra cosa muy distinta. Estaba segura de que una cosa no podía
conducir a la otra, Miles se lo había dejado bien claro; y si Ross esperaba que fuera así, se
quedaría esperando para siempre. En la habitación de al lado nunca dormirían dos personas, no
si una de esas personas debía ser ella, pero tal vez Donna Street... Al pensar en ella apretó las
manos con rabia. Aquélla sí era una mujer normal, acostumbrada a sus besos y a sus abrazos, y
a mucho más. Por eso estaba en Inglaterra: para ofrecer afecto a un hombre normal, tan normal
como ella.
Después de tomar el té, Ross se dirigió a su estudio y volvió con dos sobres grandes. Le
tendió uno a Helen y otro a Tina.
—He abierto una cuenta a vuestro nombre —les dijo—. Debéis firmar estos papeles y
entregarlos mañana en el banco. Supongo que también podréis recoger vuestras tarjetas de
crédito.
—Tú —le dijo a Tina—, tienes una tarjeta con límite de crédito. No quiero que vayas a
comprarte algo excesivamente caro que no pudiera pagar.
Estaban bromeando y Helen estaba asombrada, una vez más, de lo bien que se llevaban.
Miró el anillo que le había regalado y pensó que ya era parte de su familia, más aún, que era
parte de ella misma.
—La señora MacLean, por supuesto —añadió Ross—, puede gastar cuanto le plazca.
Confío en su sentido común.
—Tú tan sólo eres mi hermanita, pequeña. Así que confórmate con lo que tienes.
—Ya lo hago —dijo Tina con solemnidad—. No me he sentido tan feliz desde hace muchos
años —se levantó y salió del salón. —Eres muy bueno con ella —le dijo Helen a Ross. —Me he
casado con su hermana —dijo él—, y ya que ha salido el tema —continuó, pero su tono de voz
se había endurecido—, algún día podrás dejar a Tansy con ella e irte a Londres a comprar ropa.
Compra todo lo que necesites.
—Puedes tirar todo lo que te compró Gilford —dijo él con sequedad—. Compra lo que te
vaya a hacer falta para Navidad y después compra lo demás. No quiero que en esta casa haya
nada que ese tipo haya comprado —se levantó y la miró—. Y si crees que me estoy portando
como un bruto dominante tal vez tengas razón.
Haría lo que le había pedido. Si la señora Hill resultaba bien, tendría tiempo para decorar el
árbol de Navidad, para ir de compras y para hacer muchas cosas más. Se sintió feliz hasta que se
le ocurrió que Ross podría invitar a sus padres a pasar con ellos las Navidades, y tal vez a
Donna. Sus padres podrían haberse ido a Nueva York, pero Donna seguiría en Londres. Lo
había oído claramente, Donna estaría cerca de Ross allí donde él estuviera, para darle lo que un
hombre necesita. Su familia no era más que una tapadera, igual que su padre. También había
oído aquellas palabras; y en aquel momento comprendía la amargura de Deirdre MacLean,
porque comenzaba a tener idénticos motivos que ella.
CAPITULO 8
NO había duda de que Ross tenía mucho interés en que Helen hiciera lo que le había dicho,
porque al día siguiente arregló las cosas para llevarla a Londres. Tina se ofreció a quedarse con
Tansy así que no tenía excusa.
La determinación de Ross la hacía temer que quisiera inmiscuirse en sus compras, pero al
llegar a la ciudad la dejó en una tienda y se marchó. Ross tenía algunas citas de negocios y no
podía quedar con ella para comer, así que podría disfrutar de un día de libertad.
Lo primero que hizo fue ir a la peluquería. Cuando vio cómo desaparecía su larga melena,
tuvo deseos de levantarse y marcharse, pero pronto quedó satisfecha.
El resultado mereció la pena. El pelo corto dejaba los hombros al descubierto y destacaba su
silueta; caía en ondas sobre las orejas dándole un aspecto completamente distinto, más elegante.
Su ánimo cambió, y caminaba entre la multitud con una sonrisa en los labios. Recorrió muchas
tiendas y tuvo que seguir el consejo de Ross de encargar que le llevaran la ropa a casa, porque
había quedado con él al final del día y no podía llevar todas las cosas que había comprado. Al
caer la tarde tomó un café y cogió un taxi para dirigirse a Russell Square. Llegaría muy pronto a
la cita pero estaba demasiado excitada ante la perspectiva de estar con él como para esperar
más.
No había dejado de pensar en él en todo el día y a pesar de que seguía sintiendo temor,
estaba deseando volver a encontrarse entre sus brazos.
Sacó un espejito del bolso y se miró. Su corazón comenzó a latir más aprisa al comprobar
que se había ruborizado. ¡Se estaba comportando como una recién casada!
—Aún no hemos llegado, señorita —dijo el taxista mirándola a través del espejo retrovisor.
—Como quieras.
El taxista detuvo el coche y Helen se bajó, le pagó y comenzó a andar por la acera. El frío la
calmaría un poco, pensó esbozando una media sonrisa.
Nada más llegar a Russell Square vio a Ross. Era alto y apuesto y no podía pasar
desapercibido. Pero no estaba solo. Llevaba del brazo a Donna Street, que le sonreía sin dejar de
mirarle. Luego él alzó un brazo para llamar a un taxi.
Salió del portal y se acercó, sin dejarse ver, hacia el lugar donde estaba Ross. Al llegar cerca
de él se detuvo en un escaparate.
— ¿Helen? —Le dijo acercándose al cabo de unos instantes—. Creía que estaba viendo
visiones. Te has cortado el pelo.
—Ahora ya no es necesario que tenga aspecto de secretaria eficiente —no podía sonreír, y
apenas podía mirarle.
—Entonces volvamos a casa. Yo estoy cansado —se daba cuenta de que a Helen le ocurría
algo, pero no quería preguntarle otra vez.
— ¿Has estado trabajando todo el día? —no pudo evitar aquella pregunta. Tenía deseos de
gritarle, de acusarle, de estallar en celos, pero sabía que se contendría.
—Navidades blancas. Tansy podrá hacer su muñeco de nieve. —Sí. Mañana pondré el árbol
—dijo Helen sin dejar de mirar por la ventanilla.
El día de Navidad amaneció claro y despejado, con una abundante capa de nieve. Los
árboles del bosque tenían aspecto de cuento de liadas. El árbol de Navidad estaba rodeado de
regalos, y la alegría de Tansy contagió a todos.
—Vamos a montar en trineo —dijo Tina mientras la señora Hill entraba en el salón para
desenvolver sus regalos—. En la colina que hay detrás de casa hay un sitio estupendo para
tirarse.
—Yo no puedo ir —Ross se levantó del sillón y se estiró como un gato, luego ayudó a
Helen a levantarse—. Si quiero disfrutar del resto del día, tengo que trabajar un rato.
— ¿Nunca dejas de trabajar? —le dijo Tina—. Yo quería que tú empujaras el trineo cuesta
arriba.
—Espero que podamos arreglárnoslas —podía sentir los ojos de Ross clavados en ella,
preguntándose a qué venía aquella actitud, pero no iba a dejar que volviera a acercarse a ella.
Después de haber visto su cara aquella mañana, no podía dudar de que el día anterior había
estado con Donna.
Tina salió con Tansy de la mano y entonces le miró. La estaba observando y su expresión
no era en absoluto irónica.
—Sigues ahí, tras esa barrera, Helen. Es un lugar seguro —volvió su vista hacia la ventana
—. No estoy seguro de que ahí fuera haga bastante frío para ti.
Salió del salón. Helen miró su pulsera de oro, un regalo de su marido y se sintió miserable.
No dejaría que ocurriera. De él no necesitaba otra cosa que protección. Subió corriendo las
escaleras y se cambió de ropa. Se puso botas de nieve, un anorak y una gorra que le cubría las
orejas. Fue al garaje a buscar a Tina, que acababa de sacar el trineo y cogió a Tansy de la mano
y las tres caminaron por la nieve hacia la parte trasera de la casa. Ellas eran su verdadera
familia, no Ross.
—Esto sí que es un trabajo duro —bromeó Tina mientras empujaba el trineo cuesta arriba
por enésima vez. Tansy disfrutaba tanto de la subida como de la bajada.
-¿Yo?
—Sí, tú. Quién sabe, con un poco de suerte, puede que alegres un poco esa cara.
Helen se sintió molesta por aquellas palabras. Se estaba mostrando con la mayor alegría de
que era capaz, aunque estaba segura de que las Navidades serían mucho más felices si
estuvieran en otra parte. Si siguieran en su pequeño chalet, no tendría que estar en aquella colina
tratando de sonreír y sin poder olvidar a Donna Street. Aunque tal vez estarían encerradas,
temiendo que Miles se presentara de improviso.
Se lanzó cuesta abajo. La nieve estaba más dura de lo que esperaba y el trineo alcanzó gran
velocidad. Sentía el viento frío en la cara y cómo Tina y Tansy lanzaban gritos al aire. Al llegar
al pie de la colina el trineo se detuvo y en la nieve blanda y ella salió rodando. Se levantó
sacudiéndose la nieve y las miró con satisfacción.
— ¡Otra vez, mamá! —gritó Tansy. A Helen le encantó la sonrisa de la niña. Tal vez la
amargura de sus preocupaciones estaba afectando sus relaciones con su hija.
Pero no se detuvo a pensar. Ascendió por la cuesta y se lanzó de nuevo en el trineo. Pero
esta vez se confió y al llegar al pie de la colina no giró para acercarse a la nieve blanda y fue
directa a una hondonada rocosa apenas cubierta por la nieve. Al dejar la nieve el trineo salió por
los aires y ella dio vueltas por el suelo hasta que finalmente el trineo le cayó encima.
Notó que había perdido el aliento y estuvo un minuto incapaz de moverse hasta que
apareció Ross y le quitó el trineo de encima — ¿Dónde te duele? —le preguntó con una
evidente preocupación en su mirada, pero con un tono de reprimenda. Helen se levanto y se
sacudió la nieve.
—No me duele en ningún sitio —vio cómo Tina bajaba corriendo por la pendiente llevando
a Tansy en brazos—. Debes tener unas botas de siete leguas.
Ross debía estar trabajando, pero estaba completamente vestido para la nieve.
—Acabo de llegar. He visto como te caías. No hizo ningún intento por ayudarla y Helen se
puso en pie por sí misma, aunque inmediatamente volvió a caer sobre la nieve. —Oh.
—Ahora ya sabemos dónde te has hecho daño —dijo agachándose—. Será mejor que
empecemos otra vez.
—Me he torcido un tobillo —le miró con cierta desesperación y él frunció el ceño. Helen se
sentía muy vulnerable y un poco resentida, como si Ross fuera culpable de la caída. — ¿Estás
bien? —dijo Tina casi sin aliento. —Estoy perfectamente, pero me he torcido un tobillo. Ahora
tendré que quedarme sentadita junto al fuego.
—Coge el trineo y lleva a Tansy —le dijo Ross a Tina—. Yo llevaré a nuestra deportista
lesionada.
La cogió en brazos y comenzó a andar hacia la casa. — ¿Tienes que controlarlo siempre
todo? —le dijo Helen. Sabía que estaba siendo injusta, pero no podía contenerse por más tiempo
—. Nos hemos ocupado de nuestros propios asuntos mucho antes de que tú aparecieras.
—Ya basta, Helen —dijo con un semblante muy serio pero sin mirarla—. Hemos avanzado
mucho desde que eras tan sólo la eficiente señorita Andrews.
—Yo creo que no. Sólo nos hemos casado por mutua conveniencia, pero en el fondo nuestra
relación no ha cambiado.
—Tú sabrás. Es tu tobillo —la dejó sobre la nieve, y al apoyar el pie no pudo evitar una
mueca de dolor.
— ¿Ya estás satisfecha? —volvió a cogerla en brazos y siguió caminando hacia la casa, sin
prestar atención al rubor que cubría las mejillas de Helen.
—No la llamarás —dijo con voz cortante—. Tina espera que tu marido te ayude a
desnudarte, así que o te las arreglas tú sola o yo te ayudo.
Se quitó las botas y los pantalones, que dejó sobre la alfombra, y luego se quitó el jersey. Le
parecía que el armario estaba muy lejos, y más aún el cuarto de baño, pero pudo coger una
camiseta de seda de un cajón y se la puso introduciéndosela por la cabeza.
Llegó al baño andando con mucho cuidado. Se lavó la cara y observó el tobillo. Estaba
enrojecido, probablemente estaría hinchado y amoratado al día siguiente. Eso la ocurría por
comportarse como todo el mundo, como una niña en vez de como una mujer con
responsabilidades.
Las lágrimas afloraron a sus ojos. Ella no quería responsabilidades, estaba harta de ellas y
además se sentía incapaz de desprenderse de su imagen de mujer fría y responsable. Quería
esconderse pero no podía esconderse de sí misma.
Estaba llorando como una idiota delante del armario abierto, se sentía muy ridícula. Estaba
tan hastiada de si misma n»«-ni siquiera sabía qué ropa ponerse.
—Esto —dijo Ross a su espalda y extendió la mano señalando un vestido largo azul—. Es
abrigado, no se te verá el tobillo y la señora Hill, que está preparando una espléndida comida de
Navidad. Se sentirá halagada.
Helen trató de volverse pero perdió el equilibrio y cayo en brazos de Ross. Estaba
demasiado sorprendida para poder hablar y el se quedó mirando su cara triste. — ¿Qué es lo
que...?
— ¿... Hago en tu habitación? No lo sé —se encogió de hombros y la miró a los ojos—. Tal
vez es que me gusta ayudar a los débiles y desamparados, y ahora pareces ambas cosas.
—No estoy vestida —comenzó a limpiarse las lágrimas con su temblorosa mano, y él
sonrió.
—No, estás casi vestida —dijo bajando la vista para fijarse en su cuerpo.
Lo dijo con un tono burlón, pero había un brillo en su mirada que la inquietaba. Aunque no
quería que se fuera. Se miraron a los ojos.
— ¿Cómo está el tobillo? —preguntó él mirando de nuevo hacia abajo. Helen tardó un
instante en responder.
—Me... me duele.
La cogió en brazos. Su piel era tan suave como la seda de la camiseta. Ross inclinó la
cabeza lentamente y ella no hizo intención de apartarse porque necesitaba que la besara, que la
abrazara, necesitaba sentir su cuerpo contra el suyo.
Lánguidamente, dejó caer la cabeza contra su hombro. Se sentía frágil a su lado, sostenida
por sus poderosos brazos.
Su voz era profunda y Helen cerró los ojos y contuvo la respiración esperando el contacto
de su boca. Ross la besó con excitación, casi con urgencia y ella se rindió, le rodeó el cuello y se
apretó contra él.
Ross se acercó a una silla y sin dejar de besarla la sentó sobre sus rodillas. Era como un
torbellino, como una hoguera, y ella sentía una luz tan intensa en su interior que tenía la
sensación de elevarse sobre el mundo. No podía pensar, tan sólo sentir, había olvidado sus
miedos e inquietudes.
Cuando finalmente él separó la boca, respiraba con dificultad. Levantó la vista y la miró, en
sus ojos había un brillo intenso.
— ¿Estás preparada?
Helen se ruborizó. Su corazón latía con un ritmo frenético, y tenía los ojos muy abiertos,
llenos de luz y de asombro.
—Ya sabes lo que quiero —dijo él—. Y tú también lo quieres. Quieres que me quede y que
te lleve a mi habitación. Admítelo, Helen.
—No puedo —sacudía la cabeza casi incontroladamente pero él la cogió por la barbilla.
— ¿Por qué? Sé lo que sientes, no soy un niño —su mirada se suavizó—; tampoco soy
Gilford y no te voy a forzar.
No pudo haber dicho nada mejor si lo que pretendía era hacerla descender a la tierra. El
pánico se apoderó de ella por un instante, y él se vio obligado a hablarla de un modo
implacable.
— ¡Dímelo, Helen! ¡Dime que es eso lo que te hace ser tan fría!
—Oh, eso sí es verdad. Si no me das una pista nunca voy a entender nada —se dio cuenta
de que Helen estaba atemorizada y suavizó el tono de su voz—. Está bien, seguiré esperando.
Algún día me lo dirás.
—No, nunca.
—Ya veremos. Al menos, has dejado de llorar, aunque olvidé preguntarte por qué lo hacías
—fue por el vestido y se lo metió por la cabeza. Luego la ayudó a levantarse y terminó de
ponérselo—. Bueno, aquí tienes lo útil que puede ser un marido. Vamos a bajar.
Fue a cogerla de nuevo en brazos, pero Helen le rechazó y se ruborizó. Ross la miró con
asombro. —Tengo que maquillarme.
—De acuerdo —la cogió en brazos de todas formas y la llevó al baño—. Vuelvo dentro de
unos minutos. Ross se detuvo en la puerta del baño.
— Fue a cogerla de nuevo en brazos, pero Helen le rechazó y se erizó. Ross la miró con
asombro.
—De acuerdo —la cogió en brazos de todas formas y la llevó al baño Vuelvo dentro de
unos minutos.
—Ah, me olvidaba. Había subido para decirte que mis padres han llamado y se han invitado
a comer. Llegarán dentro de media hora. Donna viene con ellos —cogió la puerta y salió.
Helen se había puesto pálida. Donna iría a comer. Estaba muy clara su intención de no
alejarse de Ross y que él se sentía muy complacido. Toda la magia desapareció y su corazón
recuperó su ritmo normal.
La comida era espléndida y Helen se dio cuenta de eme la señora Hill era una joya, pero fue
lo único de lo que disfrutó mientras esperaban a los padres de Ross. La dominaba la aprensión.
Tina estaba un poco disgustada y Ross indiferente.
Los MacLean y Donna llegaron puntuales y con muchos regalos para Tansy. Donna parecía
muy contenta y no paraba de mirar y sonreír a Ross. La excusa de felicitarle la Navidad era tan
buena como cualquier otra para besarle. Helen apartó la vista y se volvió hacia Tom y Deirdre
MacLean y los recibió efusivamente.
— ¿Qué te ha ocurrido? —le preguntó el padre de Ross al ver que andaba con dificultad.
—Oh —exclamó Donna con desdén y se volvió hacia Ross—. ¿Te acuerdas del invierno en
el que tuve aquel accidente? ¿Aquella horrible caída en Aspen? Aunque tuvo sus ventajas,
porque no pudimos salir en unas cuantas semanas.
Tom MacLean frunció el ceño, pero Ross no prestó atención al comentario y le puso a
Helen la mano en la cintura.
—No es una rotura, pero es muy molesto. Vamos a sentarnos a la mesa, Helen, creo que la
comida está lista.
—No hay nada para los invitados que visitan a última hora. La comida es demasiado buena
como para que la hagamos esperar.
—No sabía que te gustara montar en trineo, cariño —le dijo Donna a Ross.
— ¿Te caíste de un trineo de niño? —dijo Donna tratando de ridiculizar a Helen, y soltó una
carcajada. Helen se ruborizó.
—Helen se atreve a cualquier cosa —comentó Ross secamente—. Con ella nunca sabes el
terreno que pisas.
—Sí, ad nauseam —murmuró Tom MacLean, y se sentó junto a Helen que le dirigió una
mirada de agradecimiento.
Después de la comida, Ross fue a enseñar la casa a sus padres y Tina se fue a jugar con
Tansy.
Helen estaba sentada en el gran sofá de la sala de estar y Donna se sentó en un sillón frente
a ella.
—Mucho más —replicó Donna con desprecio—, y será mejor para ti que me creas.
— ¿Qué es lo que debo creer? —Helen no tenía otra alternativa que enfrentarse a ella. Al
fin y al cabo estaba en su propia casa y su ira crecía al mirar a aquella mujer.
—No voy a dejarle. Voy a luchar por él. Eso es lo que debes creer. Quiero a Ross, siempre
le he querido, y esta estúpida boda no me importa un comino.
— ¿Prefieres a los hombres casados? —Helen la miraba con calma, pero en realidad entre
las dos se había iniciado un combate.
—Quiero a Ross y voy a conseguirlo. Aunque ya me pertenece, sólo tengo que sacarle de
este lío y llevármelo a casa.
Helen no pudo responder porque los demás volvieron en aquel instante. La mirada de Ross
era fría y enigmática, Tom miraba con sospecha a Donna y Deirdre parecía ausente.
—Una casa como ésta es la que voy a comprarme en Inglaterra—dijo Tom sentándose en el
extremo opuesto del sofá donde estaba Helen—. Se lo estaba diciendo a Ross.
—Hay muchas en venta —le dijo Ross—. Pero ésta no. Se sentó al lado de Helen y ella
sintió el calor de su cuerpo muy próximo. Levantó la vista y se encontró con la fría mirada de
Donna — ¿Quieres café? —dijo con timidez tendiéndole una taza a su marido. Él la cogió
asintiendo con la cabeza.
—Puede sentarse en este sillón—intervino Donna refiriéndose al lugar donde estaba sentada
—. Así podrá poner el pie sobre esa banqueta. Yo me sentaré a tu lado, Ross.
—No te molestes —le dijo Helen—, puedo poner el pie aquí se echó hacia atrás y puso las
piernas sobre las rodillas de Ross. También ella lucharía por él—. No peso mucho y a Ross no
le molesta.
Él se puso rígido al sentir las piernas de Helen sobre sus rodillas Pero al instante sonrió y se
acercó a ella para que estuviera más cómoda.
—Pesas tanto como una pluma, además estoy acostumbrado a llevarte en brazos desde que
llegué a Inglaterra.
— ¿Tienes muchos accidentes, pequeña? —preguntó Tom MacLean entre risas. Helen lo
consideraba como un aliado.
—La verdad es que no, pero tuve una terrible jaqueca cuando volvimos de París antes de
Navidad y Ross me tuvo que llevar a la cama.
—Apuesto a que no le importó mucho —dijo Tom MacLean con una carcajada. Donna
estaba furiosa.
—Se quedó dormida como un tronco —dijo Ross—. Creo que será mejor quitarte la
sandalia —dijo subiendo un poco el vestido y desabrochando la hebilla—. Tiene que molestarte.
—No, estoy bien —dijo Helen, consciente del tacto de sus dedos fríos sobre su piel.
—Voy a ser tu médico, y si no me haces caso, mañana te obligaré a quedarte en cama —su
voz tenía un tono muy seductor, que daba un significado especial a sus palabras. Helen se
ruborizó, Tom MacLean se divertía cada vez más y la furia de Donna no cesaba de aumentar.
Ross se puso a hablar con sus padres, y Helen se lo hubiera agradecido de no ser porque no
había apartado la mano de su tobillo. Charlaba sin dejar de acariciarla, aunque no se diera
cuenta. Su mano se movía con dulzura desde el tobillo hasta el pie.
—Oh, a mí también, no me refería a él. Pero parece que tu suegra se va a echar a llorar en
cualquier momento y Donna Street es idiota. Ahí sentada comiéndose a Ross con los ojos. Casi
me muero de risa cuando entré y vi a Ross acariciándote los tobillos. ¿Te fijaste en la cara de
esa chica? Casi se pone verde de rabia.
«Bueno, eso es lo que yo quería», pensó Helen. «El problema es qué voy a hacer ahora».
—Cálmate, Helen. No voy a hacerte nada—le dijo él con sarcasmo—. Nunca tuve mucha
dificultad para saber lo que pensaba la gente mirándoles a los ojos —se dio la vuelta y antes de
meterse en su habitación dijo—: Creo que hice muy bien mi papel.
Cerró la puerta y Helen se hundió entre las sábanas de seda. Sintió mucha tristeza cuando se
dio cuenta de que no había sentido temor, sino decepción.
CAPITULO 9
POCOS días después, Miles se presentó en la casa, Era temprano, Ross aún no se había
marchado a la oficina porque estaba esperando una llamada de Estados Unidos. Entre el y Helen
se había establecido una tregua, pero ella sabía que no podría durar mucho tiempo, y estaba con
los nervios a flor de piel. Cada vez que cruzaban una mirada parecían saltar chispas en el aire.
Muy pronto tendría que ocurrir algo, o ella acabaría por estallar.
Bajaba las escaleras cuando sonó el timbre. Al abrir la puerta y ver a Miles volvió a sentir,
con toda su crudeza, la amenaza que representaba. Desde los días en el chalecito, cuando
esperaba que apareciera en cualquier momento, las cosas habían cambiado mucho. En aquellos
días habría podido utilizar el escudo que había estado construyendo pacientemente durante dos
años, pero desde que Ross le había propuesto el matrimonio, se había convertido en su
protector, en su escudo natural. Así que en aquel momento, al ver a Miles frente a ella, no sabía
cómo protegerse y se sentía completamente desvalida.
Algunos pensamientos cruzaron por su mente a gran velocidad: cómo librarse de él antes de
que Tansy apareciera corriendo por las escaleras; cómo impedir que la señora Hill se enterara de
la presencia de aquel hombre. Ross estaba en el estudio y allí debía permanecer. La avergonzaba
que el hombre que estaba frente a ella pudiera afectar de alguna manera su vida con Ross.
— ¿Esperabas que me diera por vencido? Vamos, Helen, cambiarte de casa no es una buena
forma de esconderse.
— ¿Qué estás haciendo aquí? —su voz fue apenas un susurro. La sola presencia de aquel
hombre le causaba un nudo en el estómago.
Le miraba como si le viera por primera vez. Le recordaba como un hombre con cierta
apostura, con cierto encanto, pero en él no quedaba ningún atractivo. Su pelo era castaño, sin
brillo y completamente lacio; tenía una prominente papada y comenzaba a engordar. Además
llevaba un abrigo muy grueso pasado de moda. Se sentía enferma. Aquél era el hombre que
había abusado de ella y la había amenazado, y estaba dispuesto a amenazarla de nuevo. Al
comparar a aquel hombrecillo con Ross, un hombre auténtico en todos los sentidos, se dio
cuenta de que le quería. Sí, quería a Ross, no había duda.
— ¿Qué quieres? —su voz sonó fuerte y clara, y reflejaba su creciente furia.
—Sabes lo que quiero. Quiero ver a mi hija, para conocerla antes de obtener su custodia.
¿No te parece razonable? Quiero que se acostumbre a mí antes de que venga a su nuevo hogar.
—Si no te vas ahora mismo, llamaré a la policía —dijo Helen elevando la voz, pero él se
rió.
—Vamos, no seas ridícula. ¿Vas a llamar a la policía cuando tu ex-marido viene a ver a su
hija? Ni siquiera te harán caso.
En aquel instante alguien se acercó por su espalda y abrió la puerta del todo. Era Ross. Se
puso a su lado. Normalmente su presencia era tranquilizadora para todos, pero en aquel
momento a Helen le pareció que era el hombre más amenazador que había conocido.
— ¿Quién diablos es usted? —estaba claro que Miles no había esperado encontrarse con
ningún hombre.
—Soy el dueño de esta casa. Y en este momento está usted en la puerta de mi casa tratando
de intimidar a mi esposa.
— ¿Te has vuelto a casar? —Miles miraba a Helen sin poder creer lo que estaba oyendo.
—Hemos tenido noticias de su abogado y sabemos lo que se propone. Ahora déjeme que le
explique lo que nosotros nos proponemos, que consiste en oponerse a todo lo que usted intente,
no importa cuánto dinero cueste —le amenazó Ross.
—Sí, soy MacLean —la mirada de Ross era cortante. Y usted es Gilford, y acaba de poner
en marcha una empresa de computadoras. ¿Quiere arrastrarse por los juzgados y aparecer en
todos los periódicos, tratando de conseguir a una niña la que ni siquiera ha intentado ver en
todos estos años? El precio sería demasiado alto, en todos los sentidos.
—No puedo enfrentarme con MacLean International —miró a Ross como si le hubiera
gustado matarle.
—No —replicó Ross—. Queremos una carta de su abogado en la que nos garantice que
usted renuncia a iniciar cualquier proceso legal para obtener la custodia de Tansy y renuncia a
los derechos que pueda tener sobre ella y se compromete a no volver a molestar a mi esposa.
Además debe dar permiso para que la niña lleve mi apellido. Queremos esa carta dentro de siete
días. — ¿Y si me niego?
— ¿Si se niega? —Ross soltó una carcajada—. Eso sería un suicidio. Me encargaría
personalmente de que su empresa acabara en la ruina en menos de un año. Reforzaríamos a sus
competidores y controlaríamos sus proveedores. En cuanto a su personal, sé que ha contratado a
unos jóvenes prometedores, MacLean International se encargaría de ficharlos. Siempre andamos
a la búsqueda de nuevos talentos.
— ¿Ha ordenado una investigación sobre mí? —Miles se adelantó pero Ross permaneció en
su sitio.
—Ni lo piense. Sólo hice unas cuantas llamadas telefónicas. Es usted insignificante.
Atrévase a molestar a mi mujer de nuevo y acabaré con usted.
Por un momento a Miles le dieron ganas de responder a las amenazas pero en los ojos de
Ross veía con claridad su derrota.
—Que le vaya bien con su hija y con su esposa —gruñó—. Ya sabrá que aquí fuera tendrá
más calor que el que ella puede darle. Ya debe conocerla, es más frígida que una muñeca.
—Sería muy diferente si no tuviera todos esos millones —farfulló Miles con el rostro
ensombrecido.
—Sí que lo sería —le aseguró Ross—. Le mataría ahora mismo. Váyase ahora que todavía
puede moverse —apartó a Helen con suavidad y cerró la puerta. Luego se dio la vuelta y volvió
a su estudio. Helen se quedó en silencio, luego le siguió.
—No me lo preguntaste —hablaba con calma pero con acidez y no se molestó en mirarla.
—Es una suerte que estuvieras aquí —era un modo de darle las gracias, pero Ross no
parecía querer oírla.
—No ha tenido nada que ver con la suerte —dijo él con calma—. He hecho que le siguieran
desde hace tiempo.
Ross la miró.
—Desde que fuimos a París. Tenía la impresión de que no tardaría mucho en aparecer.
Helen le miraba con desesperación, pero él se volvió, cerró su cartera y cogió su chaqueta.
—Bueno, ya me puedo ir a trabajar. Esta noche llegaré tarde, no me esperéis para cenar,
tengo una cita. Helen sabía con quién.
—Gracias por estar aquí y protegerme, por protegernos a todas —le costó mucho decir
aquellas palabras. Ross se detuvo y la miró.
—No sirvo más que para protegeros, ¿verdad? Es la razón de este matrimonio, después de
todo. Yo soy tu refugio y tú mi tapadera Creo que a los dos nos conviene.
Helen se quedó mirando cómo salía. Qué más podía decir. Era cierto que él era un refugio,
aunque un refugio muy peligroso, ahora que el deseo de estar en sus brazos había derribado
todas las barreras que la mantenían segura. Amarle no era parte de su acuerdo y era tan
inesperado que temblaba cada vez que pensaba en ello.
Aquella noche se fue a la cama a la misma hora que Tina, antes de que él hubiera llegado.
Al subir las escaleras, Tansy le preguntó:
—Oh, vamos, no tengo tan poco sentido común. Cuando Ross quiera que le llame así ya lo
dirá.
—La señora Hill cree que él es su padre y nadie le ha dicho lo contrario. No para de hablar
con Tansy y ella no es tonta, así que ya sabes.
Helen estaba demasiado absorta en sus pensamientos para responder a Tina. Estaba
enamorada de Ross y Tansy le había elegido como padre.
Se acostó, pero se quedó despierta esperando a Ross. A las doce aún no había llegado. Se
dio la vuelta sobre la almohada, mojada por las lágrimas. Él se quedaría con Donna toda la
noche, no tenía por qué sorprenderse.
Unas manos crueles la apretaban los brazos y la hacían daño, y ella trataba de liberarse con
todas sus fuerzas, tratando de gritar. Si gritaba Tina lo oiría y vendría y él la pegaría también.
— ¡No! ¡No! ¡Deja que me vaya! —dijo entre jadeos, dando patadas al aire. Trataba de
soltar las manos que tenía atadas, pero sólo conseguía enfurecerle. Estaba sentado encima de
ella y no la dejaba respirar.
— ¡No! —gritó y él la pegó con todas sus fuerzas y ella siguió gritando sin poder soportar
el dolor.
Era como luchar en una cueva oscura y aquella voz la aterrorizó todavía más, siguió
luchando como una fiera por librarse de él. No podía abrir los ojos y sintió como la sacudía.
Al oír aquellas palabras abrió los ojos y la oscuridad se desvaneció. La luz la cegó y todo a
su alrededor temblaba a través de las lágrimas que corrían por su rostro.
— ¿Ross? —le miró con incredulidad, abrió los ojos lentamente y le vio, pero no podía
contener el torrente de lágrimas que afloraba a sus ojos. La puerta de su habitación estaba
completamente abierta. Ross estaba sentado a su lado y la tenía cogida por los brazos.
—Has tenido una pesadilla. Te he oído gritar —la soltó y le acarició el pelo con una mano
—. Pensé que te estaban violando.
—Estaba soñando.
Le veía con claridad. Llevaba una bata de seda oscura y estaba descalzo. Era la primera vez
que no le veía vestido y apartó la mirada evitando sus ojos grises.
—Si ya estás bien, me voy —se levantó. Su voz volvió a reflejar frialdad—. ¿Tienes sed?
— ¿Dónde tienes la bata? —la vio en una silla y se acercó a cogerla—. Vamos. Creo que yo
también necesito beber algo.
Le tendió la bata y Helen salió de la cama sin sentir ningún escrúpulo, porque estaba llena
de gratitud hacia él.
— ¿Qué es esto? —Ross impidió que se pusiera la bata y señaló la pequeña pero profunda
cicatriz que Helen tenía en el hombro. Helen se apartó, dominada por las sensaciones de la
pesadilla—. ¿Te duele?
— ¿Entonces por qué te apartas? le dio la vuelta e hizo que le mirara . ¿Era eso parte del
sueño? ¿Te lo hizo Miles?
Helen agachó la cabeza y se ató el cinturón de la bata No podía mirarle a los ojos. —
¿Helen?
Por el tono de su voz, Helen sabía que tendría que decirle la verdad. Dio un profundo
suspiro.
—-Fue un anillo. Lleva un anillo en la mano derecha, un diseño muy elaborado, con piedras
afiladas. — ¿Y? —la cogió por el brazo.
—El anillo me produjo un corte. Supongo que fue un accidente. — ¿Un accidente? —le
cogió la barbilla y la obligó a mirarle. Estaba furioso—. Te pegaba, y eso es lo que has soñado.
¿Te pegaba con el cinturón?
—Sí —susurró Helen, comenzó a temblar como si estuviera reviviendo la pesadilla—. Sólo
grité cuando me hirió con el anillo, porque Tina podía haber venido y... ¿comprendes? —
comenzó a llorar otra vez y él la estrechó entre sus brazos.
—Tenía que haber matado a ese bastardo esta mañana. Le encontraré y...
— ¡No! ¡No, por favor, Ross! —se estrechó contra él con todas sus fuerzas—. Pasó hace
mucho tiempo, ahora sólo quiero que Tansy esté bien. Quiero olvidarme de Miles.
Enterró la cara en su pecho, sin poder dejar de llorar, pero él la cogió por la barbilla.
—Pero todavía piensas en él, y tienes pesadillas. ¿Crees que voy a dejar que no pague por
ello?
— ¡Por favor, Ross! —le miró con tristeza con los ojos llenos de lágrimas. Ross la miró con
frustración.
—No me dejas hacer lo que me gustaría, ¿lo sabes? No me dejas protegerte como quisiera
porque esto no es real. Puede que esté casado contigo pero sigues teniendo los mismos
problemas que antes y no me dejas hacer nada por ti. ¿Te das cuenta, Helen?
Helen no podía hablar, tan sólo le miraba. Él murmuró algo lleno de frustración, inclinó la
cabeza y la besó.
No fue un beso dulce, sino lleno de la rabia y frustración que sentía y con una crudeza que
no había sentido en ninguno de los besos que le había dado. A pesar de eso, la calmó y le dio la
sensación de que pertenecía a algún lugar, alejando los efectos de la pesadilla. Se estrechó
contra él, pero él pareció recuperar el dominio de sus sentidos y se separó de ella.
—Lo siento, Helen. Lo siento —murmuró con voz ronca—. El Cielo sabe que ya has
sufrido bastante —ella no podía mirarle, cerró los ojos y se dejó caer de nuevo en sus brazos—.
¿Helen? —pronunció su nombre con un susurro.
Ella no podía hablar, tenía miedo de moverse, pero se agarraba a su bata atrayéndole hacia
sí y aceptando sus labios.
Al cabo de unos segundos se habían olvidado del resto del mundo y estaban perdidos en su
propia búsqueda. Helen le devolvía los besos con pasión abrazándose a él con todas sus fuerzas.
Él la besaba el cuello y le acariciaba los senos por encima de la seda de su bata. Contenía la
respiración pendiente de cada uno de sus movimientos, de cada quejido.
Volvió a besarla en la boca con un beso largo, interminable, sin dejar de acariciarla.
—Esta vez no puedo dejar que te vayas. Te deseo, Helen. Te deseo desesperadamente —
pronunció aquellas palabras en su boca y el temor volvió a apoderarse de ella.
Sentía su cuerpo pegado al suyo, sus muslos apretados contra los suyos, y la mano de Ross
que descendía hasta su cintura. Y su temor desapareció porque su cuerpo no quiso escuchar sus
pensamientos. Sólo era consciente de lo que la hacía sentir y deseaba casi dolorosa-mente
sumergirse en él.
Ross le desató la bata mientras se fundían en un beso apasionado. Ella sintió el frío sobre su
piel caliente cuando Ross le quitó la bata y la tiró al suelo. No sintió ningún temor ni vergüenza,
sino que se echó en sus brazos con un impulso.
— ¡Helen! Eres tan suave... tan guapa. Quería acariciarte desde hace tanto tiempo, abrazarte
como ahora —la besó de nuevo, con frenesí, disfrutando de la dulzura de su boca. Buscó su
pecho y le acarició el pezón hasta que ella se estremeció de deseo entre sus brazos.
Helen había sucumbido a sus emociones, deleitada por sus caricias. Se abrazaba a él,
jadeando y murmurando. —Sí, cariño, sí —susurró Ross.
Su voz era profunda, irreconocible. La tendió sobre la cama y ella le abrazó. No quería
separarse de él ni un instante, estaba abrumada, cautivada, su cuerpo necesitaba del tacto de
Ross. Le se quitó la bata y la arrojó lejos.
Helen estaba dividida entre dos mundos, su cuerpo anhelaba el cuerpo de Ross, se
estremecía con sus caricias, pero su mente luchaba por mantener el control, por prevenirla. No
podía hacerlo. Lía incapaz, era una mujer fría, frígida. Se le hizo un nudo en la garganta y se dio
cuenta de que su cuerpo estaba tenso, rígido, dominado por el miedo. Se apartó a un lado de la
cama.
—-¡Helen! ¡No me dejes ahora! Nos deseamos. — ¡No puedo! ¡No puedo! —sus propias
palabras le sonaban extrañas, pero tenía que decirlas.
—Estás llorando. ¿Te he hecho daño? ¿Te doy miedo? Mírame, por favor.
—No puedo seguir. Lo siento, Ross. Es culpa mía. —Hace un minuto me deseabas —
susurró—. Hace un minuto eras la mujer más apasionada que he tenido entre mis brazos. Me
deseabas tanto como yo a ti.
—Eso creía, pero no estaba segura. Ahora sé que no puedo... que nunca podré... soy frígida,
Ross. Casarme contigo y cumplir lo que dijimos me ha sido muy fácil porque soy una mujer
fría.
— ¿Fría? —dijo con asombro. Le acarició la mejilla con ternura—. ¿Quién te lo dijo,
Miles?
—Sí, pero yo ya lo sabía. Nunca quise que me tocara, nunca estuve con él como estamos
ahora a pesar de que estábamos casados... ¡No podía! Era odioso. Me daba asco. —Y te forzó.
—Sí —las lágrimas descendieron por sus mejillas. Se sentía completamente avergonzada.
No podría volver a mirarle a la cara. Se tapó el rostro con las manos.
Él permanecía callado y ella sabía que era la calma que precedía a su ira, por eso sintió una
gran conmoción al oír su voz, llena de ternura.
—Sí —susurró—, mírame, Helen. ¿Ahora te da asco? ¿Te disgusta estar desnuda entre mis
brazos?
—No —dijo sacudiendo la cabeza con una mirada de recelo—. Pero, no puedo...
—Te dije que no te pediría nada que no pudieras hacer, y no voy a hacerlo. Tranquilízate y
no tengas miedo. Deja que te abrace, yo también lo necesito. ¿Te he hecho daño alguna vez?
Helen negó con la cabeza. Le miraba a los ojos y el temor iba desapareciendo. Sentía el
calor de su cuerpo y la reconfortaba.
— ¡Oh, Helen! —le sonrió—. Cómo puedes pensar que eres fría. Hace unos momentos casi
me vuelvo loco por hacerte el amor, por estar dentro de ti, donde tú querías que estuviera. Sí,
puedes ponerte colorada —dijo al darse cuenta de su reacción—. ¿No puedes oír esas palabras?
¿Y si te digo que hace semanas que estaba deseando estar contigo como ahora? Desde París,
desde antes de París —le acarició los pezones con suavidad y ella volvió a excitarse—. Quería
hacerte muchas cosas. Esto y esto —le besó el pezón y lo lamió hasta que ella empezó a dar
quejidos de placer.
—Helen —murmuró pegándose a ella—. No hay mujeres frígidas —le dijo entre besos—,
sólo malos amantes. Créeme, cariño, no te voy a hacer ningún daño.
Le besó las mejillas, aún cubiertas de lágrimas, el cuello y todos los rincones de su cara.
— ¿Es que no sabes lo que me haces sentir? Quiero devorarte una y otra vez, y cada vez
será mejor que la anterior —se rió con sensualidad—. No eres fría, Helen. Enciendes mi cuerpo.
Me basta con mirarte para querer estar desnudo a tu lado.
Sus palabras la sedujeron y sus caricias y sus besos despertaron sus sentidos. Tenía razón,
con él no tenía por qué ocultar nada. Susurró su nombre, le deseaba apasionadamente. Puso las
manos sobre sus hombros y le atrajo hacia sí, con urgencia.
—No hasta que no estés lista —murmuró Ross inclinándose hacia ella y besando cada
rincón de su cuerpo. Quiero besarte . - aquí y aquí...
Ella le atraía, cogiéndole los brazos y apretándole con fuerza. Quería sentir sobre ella el
peso de su fuerte cuerpo
Él le separó las piernas pero ella no sintió el más mínimo temor. —Sólo lo que quieras
darme, Helen —susurro sobre sus labios. La cubría con su cuerpo y parecía estarla esperando,
apenas rozando su cuerpo. Pero ella le deseaba con desesperación. —Ross, no te pares. Sigue,
sigue.
Él la penetró, y ella sintió un instante de dolor. Luego cenó las piernas en torno a él,
respirando con agitación y frenesí y moviéndose al ritmo que le marcaba su cuerpo, sin dejar de
susurrar su nombre. —Ahora, cariño, ahora —dijo él con voz ronca, dominado por la pasión, y
los dos alcanzaron juntos la cima del mundo que estalló en luces.
Tardó mucho tiempo en volver a la realidad. Sentía la alegría de la liberación, notaba cómo
la estrechaba sus poderosos brazos y sus besos suaves sobre sus mejillas.
—Estoy exhausta —le miraba con asombro, y él sonrió. —Yo tampoco podría moverme
aunque lo intentara. Tengo la sospecha de que tal vez no pueda volver a moverme nunca más —
la besó con dulzura—. No me preguntes cómo has estado, mujer, me has dejado agotado —le
cogió la cabeza entre las manos—. Y no me vuelvas a decir que te deje sola. No podría. Durante
mucho tiempo has sido un fruto prohibido, pero a partir de esta noche, estamos casados.
—Lo sé —se movió un poco y se tendió a su lado, apoyando la cabeza de Helen sobre su
brazo.
Durante unos momentos reposaron en silencio, pero, de repente, tuvo ganas de decirle cómo
se sentía, de confesarle su amor, incluso si él no sentía otra cosa que deseo. Se volvió hacia él y
le acarició la mejilla, pero él la detuvo.
—Háblame de Gilford —le dijo sin ninguna señal de pasión en su voz, sino con
determinación.
—Me has contado algo y he supuesto muchas cosas, pero hay más, Helen. No te respetó,
Helen, y te forzó a hacer cosas que te negabas a hacer, y aún así te quedaste con él. Entiendo
que no quisieras que hiciera daño a Tina, ni que nadie supiera cómo era en realidad, y puedo
entender que tuvieras miedo. Pero, ¿qué te hizo marcharte? ¿Qué ocurrió?
—Nunca terminará del todo hasta que no me lo digas —se pegó a ella. La miraba con un
brillo en los ojos—. Esta noche casi lo has superado del todo. Da ahora el último paso, dalo
conmigo.
¿Entonces todo aquello sólo había ocurrido porque quería ayudarla? Cerró los ojos,
demasiado avergonzada para mirarle.
—La noche que me hirió con el anillo —comenzó a decir con una voz monótona—, me
insultó como siempre hacía. Yo nunca le respondía —soltó una risita nerviosa—, aunque le
creía. Aquella noche me miró con desprecio y dijo... dijo que Tina era más mujer que yo. Dijo
que estaba creciendo, que sería una mujer muy interesante y que a la noche siguiente se
acostaría con ella.
— ¿Qué hiciste entonces? —Helen abrió los ojos y vio que se había puesto pálido de furia.
—Traté de pegarle. Le arañé, le mordí y grité. Entonces fue cuando se puso realmente
violento. Yo no podía moverme, estaba atada. El estaba sentado sobre mí y me pegaba en la
cara. Tina creyó que iba a matarme.
— ¿Tina?
—-Me había oído gritar y había entrado. Sabía lo que ocurría entre nosotros aunque yo me
había negado a admitirlo. Pero hasta aquella noche yo nunca había gritado. No sé cuánto tiempo
estuvo allí, pero había oído la última parte y se daba cuenta del terror que yo sufría. En la
habitación había un jarrón de metal, lo cogió y empezó a golpearle una y otra vez... Tuve que
detenerla, durante un momento pensé que le había matado.
—El estaba bien. Sólo estaba inconsciente. A la mañana siguiente nos marchamos. No volví
a verle más que con mi abogado, pero nunca dije toda la verdad. Acepté un acuerdo amistoso, si
no lo hubiera hecho ahora no habría venido.
—No volverá —dijo Ross con seguridad—, te lo prometo la estrechó entre sus brazos—. Sé
que te ha costado mucho contármelo todo, pero ahora se ha terminado. Ya no hay secretos entre
nosotros, ni nada por qué preocuparnos.
Nada excepto Donna, nada excepto el hecho de que él no la amaba como ella le amaba a él,
pero a pesar de todo estaba contenta. Sonrió y sintió que él se tranquilizaba.
—A partir de ahora puedes olvidarle. A los hombres como él ni siquiera les gustan las
mujeres. Olvídalo, Helen, no puede hacer más que daño. Tus heridas se curarán —la estrechó
con fuerza entre sus brazos—. Duérmete, ¿sabes que son más de las tres?
La besó y al cabo de pocos segundos se quedó dormido. La había llamado cariño muchas
veces y había sido tierno y apasionado. Si eso es lo que iba a tener del hombre al que amaba
profundamente, podía sentirse la mujer más afortunada.
CAPITULO 10
A la mañana siguiente, cuando Helen se despertó estaba sola. Se quedó en la cama largo
rato, rememorando la noche pasada. La huella de la cabeza de Ross sobre su almohada le decía
que no había sido un sueño. Mientras se duchaba y se vestía no dejaba de repetirse el nombre de
su esposo, el hombre que le había devuelto la felicidad.
Bajó a la cocina y encontró a Tina y a Tansy mirando por la ventana. Había caído una fuerte
nevada durante la noche y la niña estaba entusiasmada.
—Lo siento, jefe, pero está prohibido, órdenes superiores. Me dijo claramente que no
montaras en trineo a no ser que él estuviera delante —le dirigió una mirada cómplice—. ¿Qué
tal se está ahí arriba, entre una nube de algodón? —Helen se ruborizó—. ¡Aja! Creo que te he
pillado.
— ¡Vamos a hacer un muñeco de nieve! —dijo Helen con entusiasmo, volviéndose hacia
Tansy para ocultarse de la mirada burlona de su hermana.
—Tengo unos botones muy grandes que servirán de ojos —dijo la señora Hill, que traía el
desayuno de Helen—. Estoy encantada de estar en una casa tan alegre, señora MacLean. La
verdad es que me encanta tener una habitación grande y bien amueblada. Ideal para una abuelita
como yo —añadió con una risita.
—Me alegro, señora Hill —replicó Helen—. Además nos faltaba una abuelita.
—Bueno, ahí está Deirdre —dijo Tina, mientras la señora Hill se alejaba sonriendo—.
Aunque no se si le gustaría que la llamásemos abuelita.
Estuvieron fuera toda la mañana. A la hora de comer las tres fueron corriendo para
calentarse en la chimenea. Helen no dejaba de mirar el reloj. Contaba las horas que faltaban
para ver a Ross. Pocos días atrás estaría atemorizada, pero en aquel instante anhelaba estar en
sus brazos con un deseo que la hacía temblar.
A la hora del té, corrió hacia la ventana al oír que llegaba un coche. Pero sintió una gran
decepción al ver que era un deportivo y que de él descendía Deirdre MacLean. Pero al ver quién
venía con ella, le dio un vuelco el corazón: era Donna Street.
— ¡Oh, Dios mío! —exclamó Tina. Cogió a Tansy y se dispuso a marcharse—. Lo siento,
jefe, pero no soporto a esas dos. Te abandono. Diles que Tansy tiene sarampión y que la estoy
cuidando.
Helen se preparó para recibir a las dos mujeres. Sabía que su visita sólo podía significar
problemas.
— ¡Oh, Helen, qué colorada estás! —Dijo Deirdre con una sonrisa forzada al ver a Helen
vestida con vaqueros y un jersey rojo—. Y cómo resalta tu pelo, tan negro. Es asombroso.
Estaba claro que tenía algo importante que decirle. Donna ni siquiera consideró necesario
decirle hola.
—Sí, el té. Claro, qué costumbre tan inglesa, ¿verdad? —dijo Deirdre MacLean
distraídamente—. Quería hablar contigo, Helen.
—Por eso hemos venido —intervino Donna con una sonrisa helada.
—Quiero que convenzas a Ross para que vuelva a Nueva York —dijo Deirdre
atropelladamente—. No puede ser feliz en este sitio, Helen. Y a mí me importa mucho, porque,
si vuelve a Estados Unidos, su padre olvidará la idea de venirse a vivir a Inglaterra.
—Yo creo que a Ross le gusta esto —comenzó a decir Helen, pero Donna la interrumpió.
—Sólo por la novedad, nada más. Volverá, porque no me voy a pasar la vida detrás de él, y
cuando me vaya por supuesto que me seguirá. Sólo es cuestión de tiempo. Mientras tanto,
deberías pensar en lo triste que está Deirdre con esta situación.
Helen palideció un poco. Lucharía por Ross, pero en realidad sólo podría vencer si él la
quería un poco.
—Ross hará lo que él quiera —dijo con la mayor calma que le fue posible.
—Por supuesto —aquella voz profunda llegó desde la puerta de entrada y las tres se
volvieron con un sobresalto. Ninguna de las tres le había oído llegar. Helen se estremeció al
verlo entrar en el salón. Como de costumbre llegaba cuando más le necesitaba, aunque no
supiera cuáles eran sus sentimientos. Si quería a Donna, amarlo no sería suficiente.
—Así que no me habéis esperado para hacer el muñeco de nieve —bromeó, y al llegar junto
a ella, rodeó su cintura con un brazo—. Ya te castigaré después —se daba cuenta de que Helen
estaba temblando y la atrajo más hacia sí. Luego se volvió para mirar a su madre, sin prestar
atención a Donna.
—Quiero dejar una cosa bien clara: vivo aquí y aquí me voy a quedar. Si alguna vez voy a
Nueva York será de visita, y mi familia irá conmigo. Papá y yo planeamos este cambio hace
mucho tiempo. Además quiere volver a su país y creo que ha llegado el momento de que logre
un poco de felicidad —miraba fijamente a su madre—. Él te quiere, y no sé por qué estás
celosa, porque no tienes razón para estarlo. Si acaba con otra mujer, no le culparía por ello. La
verdad es que no entiendo cómo ha podido soportar tus permanentes celos durante todos estos
años.
— ¿Qué? ¿Te parece mal que hable de esto delante de Helen? Helen es mi esposa y no hay
secretos entre nosotros, además que no se te olvide que nada me hará volver para quedarme a
vivir en Nueva York. Papá acabará viniéndose aquí, y si sientes algo por él, tu también vendrás.
—Tú no conoces a tu padre.
— ¿Que no le conozco? He trabajado con él muchos años y he pasado con él muchos malos
momentos. Muchas veces le he escuchado solo y triste mientras tú estabas en casa con alguna
mujer convenciéndote a ti misma de que estaba con otra mujer. Eres tú quien no le conoce, y si
sigues así le perderás.
Deirdre empezó a llorar y Donna miró a Ross con ira. — ¡No deberías hablarle así! —al ver
la mirada cortante de Ross su voz se suavizó—. Aunque lo comprendo, estás confuso, pero no te
preocupes, no tienes por qué precipitarte, me quedare en Inglaterra. —Es un país libre —dijo
Ross con sarcasmo. Luego se dirigió a su madre—. Ya sé que ha sido terrible para ti, pero
también papá lo ha pasado muy mal. Ahora sube con Helen y tranquilízate un poco. Deirdre
asintió y miró a Helen lastimeramente. — ¿Podrías darme un pañuelo?
—Claro —rodeó sus hombros. Veía en aquella mujer el mismo sentimiento de desdicha que
ella había experimentado. Se compadecía de ella, y también de Tom MacLean.
Subieron a su habitación, Deirdre la miraba con ansiedad, no parecía la mujer que Helen
conocía.
—Nunca —caminó por la habitación y se sentó en una silla que había junto a una mesa
camilla—. Me siento vieja. Cuando era joven era muy guapa, Tom estaba loco por mí. Y he
tratado de mantenerme siempre joven todos estos años.
—La primera vez que te vi lo primero que pensé fue lo joven que eras —le dijo Helen, y se
acercó a ella—. Puede que Tom quiera venir a Inglaterra porque está cansado de la vida
ajetreada de Nueva York. Aquí podríais estar más tiempo juntos, tranquilizaros, volver a
empezar. Podríais ir a París, a Roma, a Madrid.
— ¿Crees que podríamos volver a empezar? —Deirdre miraba a Helen con esperanza.
—No creo que te sientas vieja, probablemente sólo estés cansada de tantas preocupaciones y
de tanta vida social sin sentido. Estarás mejor lejos de ellas. Podrías decírselo a Tom.
—Oh, Helen, se lo diré —se levantó y le dio a Helen un largo y sincero abrazo—. Cuando
tengas hijos estaré a tu lado —se miró en el espejo que había frente a la cama—. ¿Puedes
llamarme un taxi, Helen, y preguntar el horario de trenes? No puedo esperar a Donna. Quiero
volver a Londres y hablar con Tom.
—Ahora mismo —dijo Helen con firmeza yendo hacia el teléfono. Deirdre la cogió por el
brazo.
El taxi llegó enseguida y las dos mujeres bajaron. Si Donna había ido para hablar con Ross,
no habría podido decirle mucho, porque Tina y Tansy habían bajado y él estaba jugando con
ellas. Ross se alegró por su madre cuando le anunció que se iría en tren a Londres aquella
misma tarde.
—No lo dudes —Deirdre se despidió de Tina y de Tansy—. Nos veremos muy pronto y la
próxima vez tu abuelo vendrá conmigo.
Tina estaba sorprendida por el cambio de aquella mujer, pero no dijo nada y subió a su
habitación llevándose a Tansy de la mano.
—Yo me quedo —anunció Donna. Deirdre la miró y luego miró a Ross, que se encogió de
hombros.
—No voy a dejarte, Ross, no voy a permitir que te vayas de mi lado —oyó decir a Donna.
Su voz era sincera y Helen se mordió los labios esperando la respuesta de Ross.
—Hazte un favor a ti misma, Donna —hablaba con impaciencia, como si pensara que ya
había escuchado bastantes tonterías—. ¡Crece de una vez! Si te gustan los dramas búscate un
grupo de teatro.
—Querrás decir que has pasado mucho tiempo tratando de hacerte importante para mí.
Cuando tenías dieciséis años era divertido, pero hace muchos años que dejó de serlo. Sigue mi
consejo, Donna, y busca un hombre que te quiera antes do que sea demasiado tarde. Yo no te
quiero —añadió con énfasis. —Pero me querías.
—Bueno, si así fue, no me di Cuenta. Si así fue, tuve muchas oportunidades para hacer algo
al respecto. Quédate en Inglaterra si quieres, pero todo lo que conseguirás es hacerte daño a ti
misma.
—Sí, me voy a quedar con Helen —dijo con impaciencia. La quiero —dijo con suavidad—;
la verdad es que estoy loco por ella. Apenas soporto apartarme de su lado.
—Pero no es como nosotros. ¡Te cansarás de ella! —parecía al borde de la histeria, pero
Ross mantenía la calma.
— ¿Cansarme de ella? Tal vez cuando me canse de respirar, de estar vivo. Es todo lo que
siempre he querido. La he esperado toda mi vida. ¿Ves este anillo? —dijo mostrándole la mano
extendida—. Significa «para siempre».
Helen se dio cuenta de que seguía allí, apoyada en la puerta de entrada. No podía contener
las lágrimas, aunque trataba de limpiárselas con los dedos. Él la quería... no podía ser más feliz.
Suspiró profundamente antes de reunirse con ellos.
— ¿Ya se ha ido? —Ross la miró nada más verla y entrar y se dio cuenta de las lágrimas
que afloraban a sus ojos.
—Sí. Prometió llamar en cuanto llegue. Está empezando a nevar —añadió mirando a
Donna, que estaba sentada en el sillón que había junto a la chimenea. Ya no se sentía
amenazada por ella, pero no le gustaría que se quedara a dormir en su casa.
La señora Hill apareció por la puerta de la cocina. — ¿Tendremos algún invitado a cenar,
señora MacLean? —Ross se adelantó a responder.
—No, señora Hill, sólo la familia. La señorita Street no sabe si volver a Londres o quedarse
en el White Bear, pero no se quedará a cenar.
—Gracias, señor —dijo la señora Hill cerrando la puerta. Donna se levantó y cogió el bolso.
Cruzó entre ellos sin mirarlos y salió de la casa dando un portazo. Helen se quedó de pie, sin
mirar a Ross.
—Que tengas buen viaje —murmuró él, y miró a Helen. En su mirada no había el menor
signo de frialdad. Pero no tuvieron tiempo para hablar, porque Tina entró en aquel instante.
— ¿Nos vestimos para cenar? —preguntó Tina. Ross dio un profundo suspiro.
Tansy fue corriendo hacia él y se echó en sus brazos. — ¿Puedo quedarme a cenar esta
noche con vosotros, papá?
—Claro que sí —Helen se dio cuenta de que estaba complacido por cómo le había llamado
Tansy y cruzó una mirada con Tina—. Pero luego te llevaré a la cama.
Después de la cena, Ross se sentó en el sofá y atrajo a Helen a su lado. No habían estado
solos en todo el día. Dio un profundo suspiro y echó la cabeza hacia atrás.
— ¿Por qué has vuelto tan temprano? —le preguntó Helen con suavidad, disfrutando cada
segundo con su proximidad.
—Papá me telefoneó y me dijo que había venido una expedición hacia aquí —la miró—. No
sabía cómo ibas a estar.
—Yo también —se rió—. Cuando alguien ha estado echándose en tus brazos desde que era
una niña, acabas por no darte cuenta. Sólo tomé conciencia de la situación cuando la vi en
Inglaterra. Se había convertido en un problema, como un niño que ya no tiene edad para jugar
con juguetes.
— ¿Nos estabas espiando? Enarcó las cejas y la miró con un brillo en los ojos—. Espero
que te haya gustado.
—Sí —se ruborizó pero no dejó de mirarle- . No te enfades. —Debería hacerlo, pero no
puedo —la rodeó con el brazo y la atrajo hacia sí. Miraba su rostro, seducido por él. Eres muy
guapa —murmuró.
—Hoy es Nochevieja. ¿Supongo que nos quedaremos a celebrar la entrada del Año Nuevo?
Pero no esperéis que cante porque lo hago muy mal—Ross soltó una carcajada—. Lo digo en
serio. Helen se levantó y se estiró dando un bostezo. —Si quieres quedarte levantada, adelante.
Yo me voy a la cama. —Yo también —dijo Tina yendo hacia las escaleras.
Ross se levantó y fue hacia Helen. —Vamos, tengo algo que enseñarte. Apagaron las luces
y subieron las escaleras. Ross la llevaba por la cintura. Helen se volvió para mirarle y le
preguntó. — ¿Tus padres volverán a ser felices?
—Espero que sí. Aunque si yo fuera mi padre hace tiempo que me hubiera vuelto loco.
—Tu madre se siente vieja. Cree que él ya no la quiere como antes. Me dijo que de joven
estaba loco por ella.
— ¡Y todavía lo está! —La miró con asombro—. ¿Te contó eso mientras estabas con ella?
Dios mío, llevábamos mucho tiempo tratando de averiguar qué le ocurría.
—Le dije que todavía es muy guapa, y que lo que ocurre es que está cansada de tantas
preocupaciones y de todas esas fiestas. Le dije que Inglaterra es más tranquila que Nueva York.
—Estupendo —dijo Ross con suavidad—. Ahora vamos a olvidarnos de ellos, tengo algo
que enseñarte.
—Es una cama. Te doy dos segundos para que te metas en ella —dijo con un brillo en su
mirada. Helen se ruborizó y la cogió entre sus brazos y besó sus coloradas mejillas.
—No, sólo estoy un poco sorprendida de que no puedas dejar de dar órdenes —Helen se rió.
Era tan feliz que apenas podía hablar.
—No sé hablar de otra forma —murmuró Ross—. Ahora ven y enséñame a comportarme.
—Te quiero —susurró—. La primera vez que te vi sentí algo que no había sentido nunca,
no sabía lo que era pero cada vez se hizo más intenso. Estaba atemorizada y excitada. Ahora sé
qué era. Me enamoré de ti nada más verte.
—Cariño —la estrechó entre sus brazos—. No sabes lo que me hiciste. Eras como una
bruja, morena y de ojos azules. Ibas de la frialdad a la ira o a la timidez con una rapidez
desconcertante. Te quería tanto que casi era una agonía. Al principio pensé que tenías algún
novio, alguien a quien querías tanto que estabas dispuesta a arriesgar tu empleo por verle cada
noche.
—Y te sentiste indignado cuando supiste que no estaba casada y tenía una hija —le recordó
con suavidad.
— ¿Indignado? ¿Cómo podía estar indignado contigo? —La miraba de una forma que no
dudaba de que estaba sorprendido por sus palabras—. No, cariño. Estaba desesperado. Quería
que fueras mía, sólo mía. No podía soportar la idea de que hubiera otro hombre en tu vida. Ni
siquiera podía dormir.
—Por ti. Vi el temor en tu rostro y tus ojos de asombro y me di cuenta de que te quería.
—No —le acarició los labios muy despacio—. Para mí fue el principio. Cuando vi la furia
de tu mirada A contarte lo que me había pasado, empezó a importarme lo que pensabas. Y mis
heridas empezaron a cicatrizar.
— ¿Y anoche? —murmuró con voz. Profunda —Anoche volví a la vida —le echó los
brazos, al cuello Ross, te quiero mucho. Hoy, cuando he visto a Donna…
—Nunca, nunca he hecho el amor con ella. Ni siquiera lo he pensado. Para mí era sólo una
niña que mi madre puso delante de mis narices y al crecer se convirtió en un engorro.
—Aquel día no dejaba de preguntarme qué te ocurría —le cogió el rostro entre las manos—.
Donna me besó al despedirse, siempre lo hacía, pero imagino que para ella sería como besar un
trozo de madera. Pero las dos veces todo lo que yo quería era marcharme y estar a tu lado. ¿Me
crees?
—Sí. Entonces ¿no querías casarte conmigo para librarte de ella? —Quería casarme contigo
para tenerte para mí. Pero sabía que sólo aceptarías si te decía que se trataba de un trato.
Suspiraba porque cuando estuvieras segura y a mi lado me quisieras.
—Y así ha sido —asintió ella—. Te quiero tanto —le sonrió. —En cuanto a la cama... —le
recordó—. No veo que hagas nada por meterte en ella. ¿Es ésta tu idea de la eficacia? Si
trabajaras para mí, te despediría —le quitó el jersey rojo y la dejó desnuda de cintura para arriba
—. ¿Te molesta?
—No, pero todavía me siento tímida —susurró Helen. —No me importa —le acarició los
pechos—. Eres hermosa. — ¡Ross! —se echó en sus brazos y él la levantó del suelo,
estrechándola con fuerza.
—Lo sé —murmuró en sus labios—. Todo el día he estado esperando que llegara este
momento. No puedo esperar más.
Helen asintió, demasiado embargada por la emoción para poder hablar. Él la llevó hasta la
cama, que desde aquella noche sería la cama de los dos.
Se tendieron uno al lado del otro. El silencio de la noche sólo se rompía por su agitada
respiración. Helen sentía cómo renacían en ella la pasión y el deseo. Se sintió traspasada por
oleadas de frenesí y de excitación, y su cuerpo volvió a acoplarse al ritmo intenso del cuerpo de
Ross y de su garganta volvieron a escapar gemidos de alegría y placer. Ya no sentía ningún
temor, la barrera de hielo había desaparecido para siempre. El amor había acabado con todos sus
miedos y el amor la transportaba en sus alas sobre el cielo de la noche al oír la voz de Ross.
—Helen —dijo con un suspiro al caer exhausto sobre ella—-. Me haces sentir de un modo
indescriptible —levantó la cabeza para mirarla. Los ojos de Helen reflejaban su felicidad. Le
acarició el rostro—. Mi fría esposa —sonrió—, eres como una hoguera que despierta mi pasión.
Helen se acurrucó bajo su pecho. A través de los campos nevados las campanas comenzaron
a sonar.
—Es Año Nuevo —susurró, y no pudo evitar unas lágrimas al recordar cómo había sido su
vida sin él.
Ross le besó las mejillas bebiendo sus lágrimas. Sabía lo que estaba pensando.
—Es el año en que vas a olvidar lo que es el temor y la tristeza. Y el año en que Tansy va a
tener una hermana.
La estrechó entre sus brazos y la besó y Helen se fundió en su abrazo. Sus cuerpos eran
como uno sólo, sus corazones latían al mismo compás y ellos se preparaban a vivir una nueva
vida de amor y felicidad.