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Patricia Wilson - Luna de Agosto

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Patricia Wilson

Luna de agosto (1996)

Título Original: Sense of destiny ()

Editorial: Harlequin Ibérica

Colección: Jazmín N° 1167 - 19.6.96

Género: Contemporáneo

Protagonistas: Christian Durand y Stephanie

Argumento:

Cuando Stephanie, una famosa modelo, viajó a la paradisíaca isla del Caribe donde vivía su
hermana para cuidar de su sobrino, no sabía que allí le esperaba la aventura más emocionante de
su vida. Jean Paul, su sobrino de siete años, corría peligro de ser secuestrado, y sólo Christian y
ella podrían protegerlo.

Christian era el tío del niño y era un hombre insoportable. Todo tenía que hacerse a su
manera y jamás se molestaba en explicarle a Stephanie sus planes. A pesar de todo, Stephanie
no pudo evitar enamorarse de él y eso la hacía infeliz porque sabía que cuando todo aquel
asunto terminase y su sobrino ya no la necesitase, Christian no querría volver a saber nada más
de ella.

CAPÍTULO 1

STEPHANIE oyó que sonaba el teléfono, mientras pagaba el taxi. Estuvo a punto de
tropezar al subir las escaleras, en su prisa por llegar a la puerta principal. No era fácil hacer
malabares con el equipaje y encontrar la llave, pero el teléfono todavía sonaba cuando logró
entrar en su apartamento y corrió para levantar el auricular con expresión de triunfo.

— ¿Hola? —la voz de Stephanie sonó feliz y su sonrisa se amplió mucho más al escuchar
quién llamaba.

— ¡Stephanie! ¿Dónde has estado? Llevo mucho tiempo llamándote.

—En este momento acabo de cruzar la puerta —Stephanie rió al escuchar la voz de su
hermana.

— ¡No hablo de este momento! ¡Llevo varios días llamándote!

—Te dije que tenía que hacer un viaje de trabajo.


Te lo dije antes de partir, Fiona.

—Lo sé, pero pensé que regresarías antes.

Stephanie se quitó las botas y se apoyó en el sofá. La voz habitualmente mimosa de su


hermana sonaba más quejumbrosa que de costumbre y resultaba obvio que Fiona había llamado
para pedir un favor. Fiona tenía una forma extraña de pedir favores; empezaba con tono
amenazante y terminaba llorando. Stephanie se puso cómoda.

— ¿Sucede algo malo? —preguntó y trató de no reír. Su hermana nunca cambiaría.

—Nada —respondió Fiona, con tono de voz mucho más lastimero—. Es sólo que deseo
alejarme de aquí. Thierry y yo no hemos estado a solas desde hace mucho tiempo.

— ¿Por qué no os vais de vacaciones? —al hacer la sugerencia, Stephanie recordó que
Thierry no decidía su propia vida.

—No podemos llevar a Jean-Paul con nosotros y no tengo absolutamente a nadie que lo
cuide. Es imposible —Fiona suspiró trágicamente y Stephanie comprendió que le esperaba un
trabajo.

A ella no le importaba cuidar a Jean-Paul, ni ir a la isla. Fijó la mirada en la ventana, donde


la nieve golpeaba los cristales. En el aeropuerto y más tarde, cuando esperaba un taxi, sintió que
se helaba hasta los huesos. La perspectiva de pasar un par de semanas en una isla soleada le
resultaba muy agradable. — ¡Oh, qué lástima! —exclamó Stephanie. Aunque estaba decidida,
no debía permitir que Fiona ganara con facilidad. Además, era una especie de juego. A Fiona le
gustaba sentir que dominaba a todos, cuando lo que en realidad sucedía era que la obedecían
para no tener que escuchar sus súplicas.

—Por supuesto, están los sirvientes —manifestó Fiona con desesperación—. Supongo que
podría dejarlo con esos dos, pero tú sabes, Stephanie, que no podrían cuidar a un niño pequeño,
además, Jean-Paul puede ser muy difícil cuando quiere.

Stephanie sacudió la cabeza con incredulidad.

Jean-Paul no era así. Era uno de los niños más dulces que había conocido, mucho más dulce
que Fiona. Lo cierto era que era un misterio que fuera tan dulce con unos padres como los que
tenía.

Fiona fue una niña mimada y nunca dejó de ser así. Thierry la mimaba, igual que todos los
demás. Insistía en ser siempre el centro de atención y la gente se aseguraba de no contradecirla.
Jean-Paul era uno de esos niños maravillosos a quienes resulta imposible malcriar. Era de oro
puro.

Sonrió, mientras Fiona continuaba hablando y quejándose de lo difíciles que eran las cosas.
Se tocó el pelo; estaba un poco húmedo porque llovía y se le había mojado, pero su piel todavía
tenía el bronceado que adquirió y no deseaba perderlo. Durante algunas semanas, no tenía
trabajo pendiente y muy bien podría pasar ese tiempo fuera de Inglaterra. Su rostro hermoso
todavía estaba sonrojado por haber subido corriendo los escalones y sus ojos oscuros brillaban
como siempre, llenos de diversión. —Como ves —dijo Fiona—, si no vienes a rescatarnos,
Thierry tendrá que irse solo y yo me quedaré aquí. ¡Este lugar es muy aburrido!

Stephanie asintió ante el teléfono. ¡Oh, sí, muy aburrido! Una casa hermosa junto a la playa,
en una de las islas más fabulosas que había visto en toda su vida. Thierry era su propio jefe y
respondía sólo ante su hermano, quien, hasta donde sabía Stephanie, rara vez aparecía en
escena. Todos decían que era un tirano, pero probablemente no lo era con Thierry, ni con Fiona.
Si Fiona no podía dominar al monstruo de su cuñado, entonces nadie podía lograrlo.

Bueno, eso no era asunto suyo, se dijo. Sin embargo, se moría por ver de nuevo a Jean-Paul.
No lo había visto desde hacía dos años y el niño ya tenía siete.

— ¡De acuerdo, cedo! —Dijo Stephanie y su oído entrenado detectó que la segunda etapa
estaba terminada y ya no tendría que escuchar llorar a Fiona—. ¿Cuándo me necesitas?

— ¡Oh, Stephanie! ¿De verdad puedes tomarte unas vacaciones? ¿Hablas en serio? Me
siento tan culpable... como si te estuviera obligando...

Stephanie no pudo evitar reír y cubrió el auricular con la mano. Fiona nunca cambiaría. Era
así desde que nació y siempre lo sería.

—No, no. Está bien —logró decir con tranquilidad Stephanie—. Por el momento no tengo
trabajo pendiente y me apetece mucho ir. Tengo muchas ganas de veros de nuevo a Jean-Paul y
a ti, y a Thierry, por supuesto.

—Oh, nos verás poco porque nos iremos en cuanto llegues —resultaba obvio que Fiona lo
tenía ya todo planeado, lo que significaba que siempre había estado segura de convencer a su
hermana—. Partiremos en seguida porque no nos sobra tiempo. Sabes cómo es Christian. Si
desea que Thierry esté en algún sitio, lo quiere allí inmediatamente, o antes si es posible.

Stephanie no sabía cómo era Christian, excepto por las quejas que escuchaba de Fiona. No
obstante, Fiona se quejaba de todo. Era probable que él no fuera tan malo como parecía, aunque
ella misma había visto palidecer a Thierry cuando hablaba por teléfono con su hermano mayor.

Decidió que ya era hora de que Fiona dejara de hablar, pues ella tenía que sacar su ropa de
la maleta, para hacerla de nuevo muy pronto.

— ¡De acuerdo! Dame todos los detalles —pidió Stephanie y Fiona cambió el tono de voz.
Habló con ánimo, sin suspirar.

—Entonces, te veré lo antes posible —terminó diciendo Fiona.

—Cuenta conmigo —prometió Stephanie y sonrió para sí.

Colgó el auricular, se quitó el abrigo, recogió las botas y las llevó al dormitorio. Estaba
agotada y sólo quería descansar.

Tenía un apartamento muy agradable, parte de la casa donde viviera desde que era niña. En
sus tiempos fue una casa grande, muy especial, en un barrio apacible de Londres. Todavía era
un poco grande, con un jardín posterior y muros altos para protegerla de las miradas de los
vecinos, pero en la actualidad la compartía con otras personas.

Cuando sus padres murieron, ella y Fiona decidieron dividir la casa en apartamentos. Fiona
estaba casada con un francés y vivía en las Antillas Francesas, de modo que Stephanie alquiló el
resto del edificio y se quedó con el apartamento de la planta baja.

El apartamento era muy acogedor, bastante elegante y lo suficientemente grande para ella.
Se daba el lujo de tener vecinos que en verdad le agradaban. Se sentía feliz allí y con su trabajo.
Las cosas eran casi perfectas.

Tomó una revista y su propio rostro la miró desde la portada... el cabello rubio casi
plateado, los ojos oscuros, la piel perfecta.
Stephanie era modelo de alta costura desde hacía mucho tiempo y era conocida como la
«Joven Celestial», porque poseía el rostro que había lanzado un nuevo perfume y aparecía en
todas las revistas de moda que anunciaban los diferentes productos de House of Celeste.

Normalmente, no la reconocían por la calle porque cuando salía, fuera de horas de trabajo,
no se arreglaba tanto ni se maquillaba. Suspiró contenta. El último trabajo fue muy bueno.
Estuvo en las Islas Canarias durante varias semanas y todo salió bien. Modeló ropa de
primavera para varias firmas a la vez, ganó mucho dinero y regresó con mucha ropa, porque con
frecuencia, le regalaban la ropa que lucía en los pases.

Tomó una ducha, después de sacar su ropa de la maleta. Pensó en la isla. No había estado
allí desde hacía mucho tiempo, casi cinco años, pero lo recordaba como una especie de paraíso.

Era una isla en el Mar Caribe, un lugar siempre soleado y fresco por las rachas de viento
que soplaban todo el año. Recordó la primera vez que vio la isla, cuando fue a visitar a Fiona y
a Thierry. Las colinas escarpadas estaban cubiertas por plantaciones de azúcar de caña y
plátanos. Un antiguo volcán dominaba la pequeña isla, lo que añadía un toque dramático al
follaje y a la línea costera dorada.

Todavía podía ver las palmeras que se inclinaban con el viento y en su mente aún podía
escuchar el aire del océano en el lado de la isla que daba hacia el Atlántico.

St. Lucien se encontraba alejada de las islas principales y conservaba su atmósfera única.
Fue descubierta accidentalmente por unos marineros franceses a principios del siglo dieciocho y
le pusieron el nombre de su capitán, cuando descubrieron que el agua era abundante y dulce y
que la fruta estaba allí en espera que la cortaran. En realidad, no había cambiado desde los
tiempos en que el barco de Mes St. Lucien navegaba por la bahía.

Stephanie tenía diecinueve años cuando visitó la isla por primera vez, durante unas largas
vacaciones. La cautivó de inmediato. También la cautivó Jean-Paul y hubiera permanecido allí
durante el resto de su vida, pero su carrera de modelo la alejó y sólo regresó en una ocasión
desde entonces. Había visto a su sobrino en Londres, cuando Fiona lo llevaba durante las
vacaciones. Entre su sobrino y ella existía una gran afinidad y se sentía muy entusiasmada
porque lo vería de nuevo, y también la isla.

Se preguntó si Christian Durand visitaba alguna vez St. Lucien o si había dejado todo en
manos de Thierry. Aún no lo conocía. Esperaba conocerlo la primera vez que fue a la isla, pero
él no se presentó. Sin embargo, su nombre estaba siempre enlabios de la gente. Todos en la isla
lo elogiaban. Christian Durand era dueño de las plantaciones, el puerto y dos pequeñas fábricas
que proporcionaban trabajo a los isleños.

Cuando ella estuvo allí, pretendían construir un gran hotel en la playa, pero él no aprobó la
idea. Era su isla y tenía suficiente dinero para respaldar sus decisiones con poder. Tenía
negocios en todo el mundo y aunque vivía en París, su poder se extendía ampliamente.

Stephanie se extrañó mucho al ver que todos en la isla aprobaban sus decisiones. En aquel
tiempo, no pudo comprender cómo Fiona se atrevía a estar casada con el hermano de Christian y
agradeció mucho no conocerlo, aunque en una ocasión estuvo a punto de verlo.

Durante su último día en la isla, cinco años antes, un gran yate entró en la bahía y ancló en
las aguas azules y profundas. Stephanie se sintió fascinada. Al observar el yate con los
binoculares de Thierry, llamó con entusiasmo a Fiona para que se acercara a observar, pero
Fiona no mostró el más mínimo entusiasmo.

—Es Christian —informó Fiona con preocupación—. No lo esperábamos hasta dentro de


una semana. Me pregunto por qué habrá venido antes. —Has olvidado la fecha, chérie —dijo
Thierry, al acercarse a la terraza y rodear con un brazo a su esposa—. Dentro de dos días será el
cumpleaños de Christian y siempre viene a casa para esa fecha.

— ¿Naciste aquí? —preguntó Stephanie al volverse sorprendida. Thierry le sonrió.

—Nací en París, ma chére. Christian nació aquí y siempre regresa el día de su cumpleaños,
sin importar dónde esté o lo que esté sucediendo. Seguro que ha invitado a muchos amigos, y
dentro de dos días habrá fuegos artificiales y muchas luces en ese yate. Deberías quedarte, ya es
hora de que conozcas a mi hermano mayor.

Stephanie sonrió y observó de nuevo el hermoso yate, alegrándose de tener que partir. El
pensar conocer a Christian Durand la hizo estremecerse como nunca. Le impresionaba su poder
tremendo y él no parecía ser alegre y tratable, como Thierry.

Mientras observaba, un hombre alto, con cabello oscuro, apareció en la cubierta. Vestía
pantalones blancos y camisa negra. Estaba tan lejos que en realidad no podía verlo bien, pero su
cabello parecía tan negro como su camisa. Desde esa distancia pudo notar que su piel estaba
muy bronceada.

Thierry también lo vio y tocó el hombro de Stephanie.

—Christian —informó Thierry y lo señaló. Stephanie no pudo apartar la mirada de ese hom-
bre y eso la atemorizó. Afortunadamente, se marchó antes de tener la oportunidad de conocerlo.

Stephanie se secó, se miró en el espejo y sonrió. En la actualidad no era una inexperta


jovencita de diecinueve años. Podría tratar a Christian Durand con una mano atada en la
espalda. De cualquier manera, él no iría. Thierry estaría ausente y hasta donde ella podía
recordar, no era el cumpleaños de nadie.

Stephanie se sentó en el jardín, con las piernas extendidas. El clima era perfecto. Protegía
sus ojos con unas gafas de sol, lo que no le impedía ver los prados verdes que se extendían hasta
el borde de un farallón muy bajo, donde unos escalones anchos conducían hasta la playa. El
viento suave movía su cabello, refrescaba su piel y producía sonidos suaves al golpear las
palmeras y arbustos que bordeaban los amplios prados.

Al otro lado de la bahía se veía una ensenada azul y desierta, rodeada por montañas bajas,
con laderas verdes. No había casas en ese lado de la bahía, pero los barcos anclaban allí con
frecuencia y parecían cisnes blancos sobre la mar azul. Era el sito más hermoso que había visto
y, en ese momento, deseó no tener que partir nunca.

Stephanie estaba en la isla desde hacía dos días. Jean-Paul se mostró muy feliz al verla, los
sirvientes la saludaron como a una vieja amiga y la mañana siguiente a su llegada, Fiona y
Thierry partieron. Christian quería que Thierry fuera a Canadá, pero antes de eso, ellos
planearon unas vacaciones secretas juntos, por lo que Stephanie asumió que Christian Durand
no sabía nada al respecto.

Fiona parecía muy nerviosa, ansiosa por alejarse, como si esperara que el hermano mayor
apareciera de pronto. Eso divirtió a Stephanie, porque Fiona estaba más acostumbrada a crear
ataques de nervios que a padecerlos. Con seguridad, Christian Durand era un tirano.

Stephanie descubrió cuan tirano era, la noche anterior a la partida de Fiona y Thierry.

—Tenemos que alejarnos un tiempo de aquí —le dijo Fiona. Stephanie sacaba su ropa de la
maleta y Fiona se encontraba sentada en la cama—. Tengo que alejar a Thierry de las garras de
Christian.
— ¿Va a establecerse por su cuenta? —preguntó Stephanie. Dejó de vaciar la maleta y se
sentó para escuchar con atención.

—No —Fiona hizo una mueca y la miró a la cara con preocupación—. Me gustaría que lo
hiciera, pero eso es imposible. Todo lo que tiene que hacer es imponerse a Christian y como
están las cosas, no lo hará.

Stephanie miró a su hermana con detenimiento.

Conocía la manera de ser de Fiona. Siempre estaba tramando algo y era probable que
también lo estuviera haciendo en ese momento.

—Parece que llevas muy buena vida aquí —opinó Stephanie—. Es muy fácil llevarse bien
con Thierry y Christian se encuentra muy lejos.

— ¡Christian está al otro lado de la línea telefónica! —manifestó Fiona—. El modo de ser
tranquilo de Thierry es lo que facilita las cosas a Christian. Él dicta cada aspecto de nuestras
vidas. Él interfiere, Stephanie, y ahora ha llegado demasiado lejos. Ya no puedo ignorarlo por
más tiempo.

— ¿Qué ha hecho ahora el hermano mayor? —preguntó Stephanie.

—Nos quiere quitar a Jean-Paul —la respuesta de Fiona convenció de inmediato a


Stephanie y su corazón dio un vuelco, dominada por la ansiedad.

— ¿Qué quieres decir? ¡No puede hacer eso! Jean-Paul es tu hijo. Él no puede llevárselo,
como si tú no existieras.

—Christian es mucho más sutil que eso —dijo Fiona con amargura—. Todo es por el bien
de Jean-Paul... Jean-Paul debe ser educado en París, bajo el cuidado de Christian. Nosotros
debemos permanecer aquí. Comprendes el plan, ¿no es así, Stephanie? Después de unos años, él
será más como Christian que como Thierry. Poco a poco, lo perderemos.

Stephanie comprendía muy bien el plan. Educar a Jean-Paul en París, con Christian
supervisando su vida, introduciéndolo en el negocio y, finalmente, haciéndolo más responsable.
Jean-Paul crecería para ser como su tío. En unos años, sería el doble de Christian Durand y el
niño maravilloso que era en la actualidad se perdería.

— ¿Qué vamos a hacer? —preguntó con fiereza Stephanie. La sangre le hervía por esa
situación injusta.

—Quiero alejar a Thierry de aquí, llevarlo a un sitio donde pueda hablar con él sin la
influencia de Christian —explicó con firmeza Fiona—. No habrá llamadas telefónicas ni cartas.
Cuando regresemos, él será diferente y verás las cosas como son en realidad. ¡Entonces se
opondrá a Christian, créeme! Es un gran alivio saber que estás en esto conmigo —se puso de
pie.

— ¿Adonde vais a ir? —preguntó Stephanie. —No preguntes. Sé que Jean-Paul estará
seguro aquí contigo en la isla. Es mejor que no sepas dónde vamos... iremos a algún sitio de
Canadá. Sólo será por una semana y después regresaremos para enfrentarnos con Christian. Si él
llamara por teléfono o, peor aún, si se presentara aquí, te obligaría a que le dieras nuestra
dirección. Por eso es mejor que no la sepas.

— ¡De ninguna manera! —Exclamó Stephanie—. Él no me asusta...

—No lo conoces —le recordó Fiona—. No es una persona común como nosotros Te
derrumbarías, Stephanie...

Stephanie no dio nada más. Ahora que ellos ya se habían ido, toda la casa respiraba alivio,
porque Fiona resultaba tan irritante cuando hacía las maletas como cuando quería dominar a
otras personas.

Cuando se fueron, se respiró paz y tranquilidad. Jean-Paul corrió por el jardín y se sentó
sobre el césped, a su lado.

—Hace un día precioso —dijo el niño y Stephanie sonrió al mirarlo. Era un pequeño muy
guapo, con pelo y ojos oscuros, muy parecido a Thierry. Debería continuar siendo de esa
manera y ella se encargaría de que así fuera.

—Sí, precioso —respondió ella. —Debemos buscar algo que hacer —dijo el niño y la
sonrisa de Stephanie se amplió. El pequeño se proponía algo—. La última vez que estuviste aquí
yo era muy pequeño.

—Sí, tenías dos años —dijo Stephanie.

—Tú también eras mucho más joven —opinó Jean-Paul y Stephanie suspiró.

—Sí, ahora soy más vieja. Eso le pasa a todo el mundo.

—Cuando papá supo que venías, dijo que eras perfecta —informó el pequeño, sin duda
preocupado por el rápido envejecimiento de ella.

—Tu padres es muy amable —opinó Stephanie—. Supongo que se refería a que llegaba en
el momento perfecto para que ellos pudieran irse.

— ¡Oh, no! El quería decir que eres hermosa. Estoy segura de que es lo que piensa —
aseguró con firmeza Jean-Paul y Stephanie sacudió la cabeza divertida. El niño era más francés
que inglés, pero había heredado el modo de ser de su madre, aunque hacía las cosas de una
manera mucho más diplomática.

Stephanie sabía que todo eso tenía un objetivo. No había pasado su niñez al lado de Fiona
en vano.

Guardó silencio. Jean-Paul se recostó sobre el césped y fijó la mirada en el cielo azul.

—El año próximo iré a la escuela en Francia —informó el niño.

Stephanie se enderezó, se quitó las gafas y lo miró, tratando de adivinar cómo se tomaba él
esa situación.

—Eso me dijeron. Estarás en París.

—Sí. El tío Christian lo arregló todo. Es la escuela a la que asistió papá y seré alumno
externo. Me hospedaré con el tío Christian. Él me cuidará y yo iré a la escuela desde su casa.

—Sí —murmuró Stephanie—. El tío Christian lo arregló todo, como dices.

—Sí. Es muy amable. Eso dice mamá.

Stephanie se recostó y pensó en la situación. Suponía que Jean-Paul no podía continuar


viviendo en la isla. Ahora que tenía siete años, tenía que ir al colegio, y siendo su padre francés
era lógico que el niño estuviera en París. Pero Christian Durand podía haber trasladado a
Thierry a París para que estuviera con su hijo.

Fiona tenía razón, él quería dominar a Jean-Paul para moldearlo a su imagen y semejanza.
Recordó la primera vez que vio a Christian Durand y se preguntó qué apariencia tendría en la
actualidad. Tal vez fuera más rico, más viejo y más dominante. Sabía que el tiempo lo había
hecho más poderoso, pero también la había hecho a ella más segura de sí misma, por lo que
ahora podría ignorarlo, si se encontraban. Su timidez había desaparecido.

Alguien tenía que pararle los pies a ese hombre y ella ayudaría a Fiona a lograrlo.
Imaginaba que, aunque Jean-Paul estuviera en París, a tan corta distancia de Londres, ella nunca
lo vería. Tendría que enfrentarse a Christian Durand para poder acercarse a su sobrino y él
trataría de detenerla, de eso estaba segura. Hubiera sido mucho mejor si el tío Christian
estuviera casado y educara a su propia familia, en lugar de interferir en los asuntos de su
hermano.

Jean-Paul interrumpió sus pensamientos.

—Es fácil aburrirse en St. Lucien —se lamentó el niño—. Mañana estaré muy aburrido.

Stephanie rió, al comprender que el niño abordaba el tema.

— ¿Por qué te sentirás aburrido mañana? —preguntó ella. El niño suspiró, lo que la hizo
recordar a su hermana.

—Habrá una feria en el pueblo, pero no espero que me permitan ir —le dirigió una mirada
rápida. —No veo por qué no —dijo ella—. Estoy dispuesta a llevarte —notó que en apariencia
eso no era suficiente.

— ¡Ah! Habrá un concurso de disfraces y yo no tengo ningún disfraz bonito —el niño se
sentó, cruzó las manos sobre las rodillas y apoyó la barbilla en éstas. Stephanie comprendió que
habían llegado al punto clave de todo el asunto: ella debería hacerle un disfraz.

— ¿Ya has pensado en el disfraz? —preguntó Stephanie y él negó con la cabeza.

—No, pero Louisa sí y no me gusta lo que ella piensa —respondió el pequeño.

— ¿Qué es lo que ella piensa?

Louise llevaba muchos años trabajando para la familia. Era una mujer obesa y alegre, que
siempre estaba riendo. Pero a veces tenía unas ocurrencias muy extravagantes.

—Ella quería que me pusiera una toga larga e iba a pintarme la cara.

—No es muy buena idea —dijo con seriedad Stephanie. Su sobrino la observó con
ansiedad.

—Louisa dice que no hay nada más en la casa.

—Buscaremos Stephanie se puso de pie de un salto y le tomó la mano. Juntos regresaron a


la casa. Todo resultaba muy divertido.

Al final de la tarde, Stephanie se encontraba sentada en la terraza con Louisa. Ambas cosían
y Jean-Paul permanecía cerca para que le probaran el disfraz. El niño no se quejó y antes de la
cena, el disfraz quedó terminado.

El disfraz consistía en un pedazo grande de tela roja, con forma redonda, rellena de cartón.
Tenía un adorno verde en el cuello y un volante amarillo y verde brillante.

— ¿Qué opinas? —preguntó Stephanie, cuando Jean-Paul se miró en el espejo.

— ¡Es muy bueno! ¡Soy un tomate!

—Eres mucho más que eso —aseguró Stephanie con tono triunfante—. Eres una ensalada.
Seguro que ganarás un premio.

¡Oh, gracias, tía Stephanie! Eres maravillosa... papá tiene razón. Eres perfecta.

—Pero tú no lo eres —señaló Stephanie con tono burlón y frunció el entrecejo. El niño rió y
la abrazó.

Más tarde, cuando Jean-Paul se fue a la cama, su disfraz estaba a su lado, sobre una silla.
Stephanie apagó la luz y él cerró los ojos.

—Buenas noches, Stevie —murmuró el pequeño.

Stephanie le besó la mejilla y sonrió. Eso era lo que necesitaba un niño pequeño, no a un
tirano que lo dominara. Podrían estar muy bien sin Christian Durand.

Se fueron al pueblo inmediatamente después del almuerzo en el jeep que Thierry utilizaba
para recorrer la isla. Jean-Paul iba sentado a su lado, protegiendo su disfraz para evitar que se
arrugara.

Fue otro día maravilloso. Stephanie vestía pantaloncillos blancos y una blusa roja. Llevaba
el pelo atado en una cola de caballo.

Stephanie se sentía interiormente como si de nuevo tuviera diecinueve años, quizá más
joven. Sabía que eso se debía al efecto de la luz del sol y a la compañía de un niño pequeño que
todavía encontraba magia en las cosas.

La feria era una excusa para escuchar música, tener un mercado y bailar en las calles. A
Stephanie le encantó. Los turistas llegaban a la isla. La gente de la isla la aceptó cuando
reconocieron a su pequeño acompañante.

Jean-Paul no ganó el primer premió, pero tuvieron que aceptar que eso hubiera sido
imposible. El primer premio se lo dieron a un rey que iba en zancos y Jean-Paul no hubiera
podido hacer eso. Jean-Paul ganó el segundo premio. Stephanie condujo el jeep hacia la casa
cuando atardecía. Se sentía casi tan cansada como Jean-Paul.

Iban cantando, pero al acercarse a la terraza, la sonrisa se apagó en el rostro de Stephanie.


Louisa los esperaba con expresión de ansiedad. Se alejó con rapidez al escuchar una orden y
miró con compasión a Stephanie.

La chica supo inmediatamente que había problemas, cuando un hombre alto, con pelo
oscuro, salió de la casa iluminada para recibirlos con mirada de enfado. Después de dirigir una
mirada rápida a Jean-Paul, fijó toda su atención en Stephanie, de una manera tan salvaje, que
ella quedó sorprendida. Continuó sentada en el vehículo, mirándolo.

Al instante supo quién era él, pero no esperaba que fuera tan alto, y le sorprendió que
estuviera tan enfadado. Tampoco esperaba que unos ojos azules y brillantes le dirigieran una
mirada asesina. Los ojos de Thierry eran oscuros, normales, pero los de Christian Durand eran
azules, como rayos láser.
Su atractivo rostro expresaba tanta furia que Stephanie no pudo pronunciar palabra. Sus
suposiciones resultaron correctas. Él era más viejo, más poderoso y más amenazador.

Incluso Jean-Paul quedó sorprendido, aunque no por mucho tiempo.

— ¡Tío Christian! —el niño bajó corriendo del vehículo.

Después de una mirada sorprendida ante la apariencia de su sobrino, los ojos azules de
Christian se suavizaron con una sonrisa.

— ¿Dónde has estado, mon ami? —preguntó Christian con suavidad y se inclinó para
abrazar a Jean-Paul evitando arrugar su disfraz. Stephanie notó lo anterior.

— ¡He estado en la feria! —respondió Jean-Paul con entusiasmo y en su inocencia ignoró


los signos de ira que no habían desaparecido—. ¡Gané el segundo premio! —le mostró la
tarjeta, pero los ojos de su tío estaban nuevamente fijos en Stephanie. Tenía el entrecejo
fruncido.

— ¿Has llevado a mi sobrino al pueblo? —preguntó Christian con voz suave y amenazante.

Stephanie bajó del jeep, mientras él la recorría furiosamente con la mirada, notando los
pantaloncillos, las piernas largas y el cabello sedoso recogido. — ¡Ni siquiera tienes suficiente
edad para cuidarte a ti misma! Mi hermano ha dejado a una jovencita irresponsable a cargo de
su hijo, ¿cómo te has atrevido a llevar al niño al pueblo sin permiso? Te pagaré ahora mismo lo
que te haya prometido mi hermano. Jean-Paul es asunto mío. ¡Puedes regresar con tus padres!
CAPÍTULO 2

STEPHANIE abrió la boca con ira y sus ojos oscuros brillaron con resentimiento. Nadie le
había hablado de esa manera en toda su vida y no lo aceptaría en ese momento.

—Stevie no necesitaba permiso, tío Christian —intervino Jean-Paul antes de que Stephanie
pudiera pronunciar palabra—. Stevie está a cargo de la casa hasta que mamá y papá regresen.
Papá lo dijo y también se lo dijo a Louisa bastante fuerte para que no lo olvidara.

—Puedes entrar, Jean-Paul —ordenó con firmeza Christian—. Yo me encargaré de esto. No


es adecuado que una persona tan joven te cuide cuando tus padres están ausentes. Tampoco es
adecuado que ella conduzca.

—Creo que no comprendes, tío Christian —insistió Jean-Paul con ansiedad—. Stevie no es
joven. Es vieja. Tiene veinticuatro años y también es mi tía.

Christian Durand quedó inmóvil y, con lentitud, se volvió para mirarla. Stephanie
comprendió que él no había cambiado de opinión respecto a ella y que parecía que dudaba de
las palabras de Jean-Paul.

— ¿Es eso verdad? ¿Eres la hermana de Fiona, Stephanie Caine? —preguntó él con
frialdad.

— ¡Lo soy! —dijo la mirada en él.

—Me disculpo, mademoiselle —dijo él con suavidad, pero ella notó que su expresión no
concordaba con las palabras. Todavía estaba furioso y sospechaba de ella, pero Jean- Paul se
había relajado.

—Stevie me hizo el disfraz y gané el segundo premio —dijo el niño de nuevo—. Soy una
ensalada, tío Christian.

—Sí, ya lo veo —dijo Christian. Stephanie notó que estaba a punto de perder el control—.
Tal vez puedas ponerte otra ropa —quería que el niño se fuera para poder atacarla a ella.

— ¿Quieres ayudarme, Stevie? —preguntó Jean-Paul, pero antes que ella pudiera
responder, Christian tomó de nuevo las riendas.

—Deseo hablar en privado con tu tía Stephanie. Sin duda, ella se reunirá contigo en un
momento. Jean-Paul dudó, pero al fin se alejó. Christian habló de nuevo después de una pausa.

—Me disculpo por haberle hablado de esa manera, mademoiselle —su tono sonó cortante
—. No sabía que eras la hermana de Fiona. Sin embargo, eso no cambia la situación. Jean-Paul
no tiene permiso para ir al pueblo. Permaneceré aquí hasta que mi hermano y su esposa
regresen. Por lo tanto, la responsabilidad ya no es tuya.

¿Qué intentaba hacer, llevarse a Jean-Paul a París, antes de que Fiona regresara?

—Fiona y Thierry me han dejado a cargo de Jean-Paul —dijo con pasión Stephanie. Sus
ojos brillaron—. Tengo la intención de cuidarlo hasta que ellos regresen. Eres dueño de muchas
cosas, monsieur Durand, pero no eres dueño de Jean-Paul. Eres su tío y yo soy su tía. Eso nos
hace iguales, aunque parece que piensas que tienes superioridad. Puedo imaginar lo feliz que él
será a tu lado, cuando le prohíbas hacer casi todo. Pero a mí no me darás órdenes porque yo no
te lo permitiré.
Se quedó tan sorprendido por el ataque, que si no hubiera estado tan enfadada, Stephanie se
habría echado a reír.

—No te comprendo, mademoiselle Caine —la miró con ojos brillantes—, aunque sí
comprendo tus comentarios. No te estoy despidiendo. Puedes permanecer aquí y disfrutar unas
vacaciones. Sin embargo, yo también estoy aquí y controlaré la situación. He venido con una
amiga que me ayudará a cuidar a Jean-Paul.

Antes de que Stephanie pudiera responder, una mujer entró en la terraza y la chica pudo ver
con exactitud la clase de amiga que era. Era una mujer alta, muy hermosa, con cabello oscuro,
largo y muy bien arreglada. Tenía un maquillaje perfecto y su ropa sofisticada indicaba que
acababa de llegar de París. No parecía la clase de persona que se interesaría en la felicidad de
Jean-Paul.

La joven miró a Stephanie, sin impresionarse por los pantaloncitos cortos y la cola de
caballo.

—Ella es madame Pascal —la presentó Christian—. Denise tiene hijos, así que sabe tratar a
los niños.

Stephanie comprendió que ese hecho le daba a madame Pascal cierta ventaja, pero no
parecía muy adepta a los niños. Se dijo que no era culpa de esa mujer que Christian Durand
fuera un dictador. Era probable que él le hubiera ordenado ayudarlo.

— ¿Cómo está usted? —murmuró Stephanie con cortesía, pero casi fue ignorada. Lo único
que consiguió fue que la saludaran con un movimiento de cabeza y que no le prestaran atención.
Madame Pascal parecía tan mala como su acompañante y Stephanie comprendió que eran dos
contra uno.

— ¿Una de las sirvientas puede ayudarme a deshacer mis maletas, Christian? —Denise
Pascal ignoró por completo a Stephanie y le sonrió radiante a

Christian.

—Por supuesto, Denise. Si quieres ir a tu habitación, enviaré a una de las sirvientas —


cuando ella se alejó, se volvió hacia Stephanie—. Como puedes ver, podrás tener unas
vacaciones relajadas. Denise y yo nos encargaremos de Jean-Paul sin ningún problema.

— ¡Primero pasaréis sobre mi cadáver! —Exclamó Stephanie—. Por supuesto que tendrás
problemas, estoy aquí para cuidar a Jean-Paul y me quedaré para hacer eso —lo miró con
desafío—. Desearía saber cómo piensas evitar que haga lo que su madre y su padre me pidieron.

—Puedo ponerte en un avión, mademoiselle —sugirió él con tono amenazante y ella sonrió
al ver los ojos azules entrecerrados.

— ¿Como una maleta? No soy un cuerpo inanimado, opondría resistencia. De cualquier


manera, creo que tendrías que enfrentarte a una rebelión. Jean-Paul no se conformaría. ¡Soy su
tía favorita y aunque es el niño más dulce del mundo, es hijo de Fiona!

Por unos segundos la miró con enfado y, enseguida, una sonrisa sardónica apareció en sus
labios.

—Sin duda llegaremos a algún acuerdo —murmuró él con tono seco—. Lo dejaremos por el
momento. Quizá sea mejor que vayas a prepararte para la cena, mademoiselle Caine —le
recorrió el cuerpo delgado con la mirada y se detuvo en los pantaloncitos. Stephanie
comprendió que la comparaba con Denise Pascal, pero eso no la intimidó.
—Entiéndelo, por favor, que no me darás órdenes de ninguna clase —aseguró Stephanie y
la sonrisa sardónica se amplió.

—No pienso hacer eso, mademoiselle —murmuró Christian con voz sedosa—. Vístete para
la cena... si quieres. Supongo que querrás ver a Jean-Paul. Él se sentirá incómodo si come con
su disfraz. Si no tienes la intención de vestirte para la cena, tal vez desees subir y cambiar al
niño.

Stephanie lo miró y se alejó furiosa. ¿Quién pensaba él que era, al llegar allí y ponerse a
mandar como un rey? No era dueño de Jean-Paul. Si ella dejaba al niño a merced de su tío
Christian y de esa mujer, nunca podría dormir tranquila. Cuando Fiona y Thierry regresaran, el
niño estaría cambiado.

Stephanie decidió no vestirse elegante para la cena. Después de atender a Jean-Paul, se dio
una ducha, se pintó los labios, y eligió su vestido de algodón más cómodo.

Como un desafío, se volvió a hacer una cola de caballo. Si él pensaba que era una
adolescente, descubriría que esa joven podía causarle problemas.

Fue en busca de Jean-Paul y juntos bajaron a cenar. No le sorprendió que Denise Pascal no
estuviera presente todavía.

Antes de que Christian pudiera ofrecerle una copa, Stephanie se sirvió una, para demostrar
que eran iguales y eso lo enfadó. Ella sabía que su actitud era poco femenina, pero no le
permitiría dominarla en modo alguno. Era la tía de Jean-Paul, había sido invitada a esa casa y ya
estaba establecida allí.

Christian le dirigió una mirada helada y contempló sus piernas desnudas y el cabello largo.

—Te pido de nuevo disculpas por pensar que eras demasiado joven —murmuró él y estudió
el vestido de algodón y los hombros descubiertos. Stephanie lo miró con enfado. —Supongo
que te estás acostumbrando a que te lo perdonen todo —respondió ella.

—Hay que ser educado —opinó él y ella lo miró fingiendo sorpresa.

— ¿Has leído un libro de urbanidad mientras yo me cambiaba? —preguntó ella—. Bueno,


si has aprendido algo, tal vez lo recuerdes la próxima vez que encuentres a una persona extraña,
monsieur Durand.

Denise entró en la habitación en ese momento. Vestía con elegancia y era consciente de su
belleza. Miró con desdén a Stephanie.

— ¿El niño cena normalmente con los adultos, Christian? —Preguntó con dulzura Denise
—. Seguramente, sería mejor que comiera aparte y se fuera a la cama. Mis hijos siempre lo
hacen así. No es bueno para los niños estar levantados hasta tarde —su mirada indicaba que
tampoco le agradaba que Stephanie estuviera allí.

El niño se entristeció y Stephanie intervino antes de que Christian pudiera responder.

—En ausencia de su padre —dijo Stephanie—, Jean-Paul es nuestro anfitrión. Es probable


que sea demasiado para él en esta ocasión, pero sería una descortesía enviarlo a su habitación.
La cortesía es una necesidad de la vida, después de todo.

Christian no dijo nada, pero Stephanie notó por su mirada y expresión que su opinión sobre
ella había disminuido todavía más.
— ¿Usted es la tía de Jean-Paul, mademoiselle Caine? —Preguntó Denise durante la cena
—. Es menor que su hermana, ¿verdad?

Stephanie comprendió que habían estado hablando sobre ella.

—No mucho más joven —aseguró con dulzura Stephanie—. Obviamente, no conoce a mi
hermana. En mi familia, envejecemos con mucha lentitud; está en los genes.

El rostro de Denise se ruborizó y miró con enfado a Stephanie, al igual que Christian.

—La edad cronológica no hace a una mujer verdadera, mademoiselle —comentó con
frialdad él—. En una mujer hay algo místico, un afecto, una habilidad instintiva para actuar con
sabiduría. Supongo que eso también está en los genes.

Stephanie se dio cuenta de que, de acuerdo al modo de pensar del poderoso monsieur
Durand, ella se había comportado irresponsablemente, al igual que Fiona al irse con su marido y
dejarla a cargo del niño.

—Supongo que para ti soy una mujer verdadera, chérie —manifestó Denise y lo miró con
encanto. Él sonrió de una manera poco adecuada, según Stephanie, puesto que Jean-Paul estaba
presente.

— ¿Alguna vez te he dado motivos para que lo dudes? —preguntó Christian con voz suave.

— ¿Qué opinas de madame Pascal? —preguntó Jean-Paul, cuando Stephanie lo acostó, un


poco más tarde.

— ¡Hmmm! —exclamó Stephanie.

— ¿Es eso malo? —preguntó el niño y la miró.

—Bastante malo. La ignoraremos.

—Espero que se vaya —dijo el pequeño—. Sólo quiero que estéis aquí el tío Christian y tú.

Stephanie sonrió y guardó para sí sus pensamientos. No quiso expresar su opinión sobre el
tío Christian, puesto que era evidente que Jean-Paul lo apreciaba.

Era interesante que Christian no hubiera tocado el tema de los estudios de Jean-Paul. Si
Denise vivía con él en París, también estaría relacionada con le futuro del niño.

Era una idea atroz. Tenía que detenerlos. Aunque no podía hacer nada respecto a ese plan en
particular, sí podría permanecer allí hasta que Fiona decidiera algo. No se librarían de ella.

A la mañana siguiente, Stephanie despertó cuantió Jean-Paul saltó sobre su cama. El


pequeño nunca había hecho eso, pero parecía que ese día estaba muy entusiasmado.

— ¡Es un día maravilloso! —gritó el niño y cayó peligrosamente cerca de la cabeza de ella.

Cuando Stephanie intentó ocultarse, el niño saltó más, por lo que ella tuvo que levantarse de
la cama. Tomó su almohada y le golpeó con ella la espalda. Se arrodilló en la cama y le hizo
cosquillas, mientras el pequeño gritaba y reía.

— ¡Ríndete! —ordenó Stephanie y él cayó sobre su espalda, protegiendo su rostro.

—Nunca me rendiré —Jean-Paul rió—. ¡Los Durand nunca se rinden!


— ¡Entonces, será la muerte! —aseguró Stephanie y levantó la almohada para atacar de
nuevo.

Levantó la mirada cuando de reojo notó un movimiento. Christian se encontraba de pie


afuera de la puerta abierta. Era obvio que el niño la había dejado abierta al entrar. Los ojos
azules y brillantes recorrieron con lentitud a Stephanie, que se encontraba arrodillada en la
cama, con la almohada medio levantada e inmóvil, debido a la mirada que la estudiaba.

Un estremecimiento recorrió a Stephanie cuando le devolvió la mirada a ese hombre alto y


atlético. Christian permaneció perfectamente quieto, como si todos sus sentidos estuvieran
concentrados en observarla. Stephanie no podía apartar la mirada de él.

— ¡Oh, tío Christian! —Jean-Paul notó el silencio de Stephanie y se volvió para mirar—.
¡Es un día maravilloso!

—Si logras sobrevivir —comentó Christian—. Tal vez deberías rendirte y dejar en paz a tu
tía Stephanie. Necesita vestirse.

El comentario iba dirigido deliberadamente a Stephanie, porque a pesar de que él hablaba


con su sobrino, nunca apartó los ojos de ella. Stephanie comprendió que proporcionaba un gran
espectáculo. Su camisón era corto y de seda, con más encaje que tela. Era poco más que una
camisa y tenía bragas que hacían juego. En ese momento, ella era toda piernas y su cabello
rubio estaba revuelto. Sus ojos oscuros empezaron a mirar con furia.

—Perdón —Jean-Paul bajó obediente de la cama y caminó hacia la puerta—. No pensé...


Yo ya estoy vestido.

—Ya lo he visto —comentó Christian con voz muy suave—. ¿Vamos a desayunar? —miró
el rostro sonrojado de Stephanie, se hizo cargo del niño y cerró la puerta despacio.

Stephanie saltó con ira de la cama. Le había permitido hipnotizarla. Ella no dijo nada y
estaba sonrojada de vergüenza. Mientras se vestía, se dijo que Christian Durand era muy capaz
de convencer a Jean-Paul de que sería mejor permanecer en la casa y no hacer nada al aire libre.
Tenía que darse prisa si quería evitarlo.

Tomó una ducha y se vistió con gran rapidez. Sus fotógrafos se hubieran sentido orgullosos
de ella.

Cuando Stephanie entró en el comedor, ellos desayunaban y se pusieron de pie con cortesía.
Notó que Jean-Paul no parecía dominado y pensó que había llegado a tiempo para rescatarlo.

—Te has vestido muy deprisa, Stevie —observó Jean-Paul cuando ella se sentó a desayunar.

—No quería perderme nada —aseguró Stephanie y miró a Christian, quien tenía los ojos
azules fijos en ella. Notó que torcía los labios.

—Sería más cortés llamar a tu tía por su título adecuado, Jean- Paul —sugirió Christian—.
Ella está creciendo y con seguridad desea que la llames tía

Stephanie.

—Se enfadaría mucho si la llamo así —aseguró el niño, muy serio—. Siempre la he llamado
Stevie. Era muy joven cuando vino aquí la primera vez, pero ahora que es vieja, desea que siga
llamándola así. Sé que le gustaría que tú también la llamaras Stevie. —Es un diminutivo —
indicó Christian—. Un diminutivo es una forma afectuosa de llamar a las personas que
queremos. Yo no conozco mucho a tu tía. —Cuando la conozcas más, podrás llamarla Stevie —
decidió Jean-Paul y continuó desayunando—. Eso no te llevará mucho tiempo.

—Aproximadamente un milenio —murmuró Stephanie y Christian fijó en ella sus ojos


azules y fríos. —D'accord —dijo Christian—. No mucho tiempo, dadas las circunstancias.

Stephanie empezó a hablar con Jean-Paul como si sólo estuvieran ellos dos presentes.
Resultó fácil, porque hablaron sobre el desfile de disfraces y como Christian no estuvo presente,
no pudo tomar parte en la charla.

Al final, Christian se disculpó y se fue, parecía muy impaciente con ambos. Stephanie
sonrió al ver que se alejaba.

Christian salió a la terraza y ella lo miró de reojo. Se movía como un atleta. La luz del sol
iluminaba su cabello oscuro. Se acercó a la barandilla y observó la playa.

Stephanie comprendió que le molestaba que ella no cediera ante sus deseos. Era un hombre
importante y muy rico y el desafío lo sorprendía.

— ¿Qué haremos hoy? —preguntó Stephanie al niño.

—Podríamos ir todos a la ensenada —sugirió el pequeño.

— ¿Todos? —preguntó ella y arqueó las cejas.

— ¿Si el tío Christian viene con nosotros, tendremos que invitar también a madame Pascal?
—preguntó Jean-Paul, con la esperanza de que ella respondiera que no.

—Eso me temo. Sería una grosería dejar a madame Pascal sola aquí, mientras nosotros
vamos a divertirnos. Vayamos solos. Podemos llevar el almuerzo, bajar hasta la ensenada y
permanecer allí todo el día.

— ¡D'accord! —exclamó Jean-Paul. No le agradó esa demostración de su sangre francesa y


decidió que cuando lo tuviera para sí sola haría que saliera a flote su sangre inglesa. Le pidió a
Louisa que preparara el almuerzo que llevarían a la playa y le dijo que era un secreto.

Lograron alejarse de la casa sin problemas, porque Christian desapareció cuando ella fue en
busca de Jean-Paul. Viajaron en el jeep, ya que la ensenada se encontraba lejos de la casa,
aunque desde la terraza parecía que estaba muy cerca.

Stephanie le dijo a Louisa que irían a la playa que estaba al otro lado de la isla, por lo tanto,
si Christian iba a buscarlos, no los encontraría.

Estacionó el vehículo bajo la sombra de los árboles y descendieron hasta la ensenada.

—Los contrabandistas venían aquí hace mucho tiempo —informó Jean-Paul—. Eran
contrabandistas franceses y piratas.

—Vamos a nadar —sugirió Stephanie.

Era un día hermoso. Nadaron, reunieron caracolas y vadearon los estanques que se
formaban en las rocas. El niño estaba feliz. Stephanie no pensó en Christian, hasta que el sol
empezó a ponerse y subieron hasta donde estaba el jeep.

— ¿Todo está bien? —preguntó Jean-Paul, al notar que ella estaba nerviosa.

— ¡Por supuesto! ¿Qué podría estar mal en un día maravilloso?


—Nada —el niño rió—. Espera a que el tío Christian se entere de que hemos pasado un día
maravilloso.

Stephanie sonrió y respiró profundo, preparándose mentalmente para el encuentro con


Christian.

Llegaron a casa mucho más temprano que el día anterior.

—Ve a tu habitación inmediatamente, por favor, Jean-Paul —ordenó Christian, apenas


entraron en la casa.

—Tío Christian, quiero contarte lo que hemos hecho... ¡Ha dio un día maravilloso! —
protestó Jean-Paul.

—Lo escucharé más tarde, cuando estés en la cama —respondió él con firmeza—. Esta
noche te llevarán una bandeja a tu habitación, porque pareces estar cansado. Mientras tanto, tu
tía Stephanie me explicará con gran detalle lo que habéis hecho hoy.

Jean-Paul se encogió de hombros y miró con compasión a Stephanie. Sabía que Christian
estaba enfadado. Se alejó.

Denise tenía puesto un vestido de cóctel corto Una vez más, Stephanie vestía pantalones de
algodón brillante y una blusa que dejaba al descubierto los hombros.

Cuando el niño se alejó, Christian la miró con tanto enfado y desagrado que las mejillas de
Stephanie se sonrojaron como si fuera una colegiala.

—Debo hablar en privado con mademoiselle Caine —dijo él a Denise—. Estoy seguro de
que lo comprendes, Denise.

— ¡Por supuesto! Tengo que arreglarme para la cena —se alejó con una sonrisa, pues sabía
que Christian controlaba la ira momentáneamente.

— ¿Dónde habéis estado? —preguntó él con voz amenazante, cuando estuvieron a solas.

—Hemos pasado el día fuera. Llevamos el almuerzo.

—Y dejaste indicaciones falsas respecto a vuestro paradero. Según me dijo Louisa, ibais a
la playa que está al otro lado de la isla. ¡No habéis estado allí!

—Es una playa enorme. ¿Cómo puedes saberlo? —preguntó Stephanie.

—Lo sé porque revisaron toda la playa. No pudimos encontraros y tampoco pudo


encontraros la policía.

— ¿La policía? —lo miró sorprendida—. ¿Quieres decir que deseas tanto que obedezcan tus
órdenes, que enviaste a la policía a buscarnos?

—A buscar a Jean-Paul, mademoiselle, no a ti. Puedes ir adonde quieras, desaparecer si lo


deseas, pero mi sobrino no saldrá de esta casa desde este momento. Sólo podrá salir al jardín y
no más lejos.

— ¡Yo estoy a cargo de Jean-Paul! —exclamó con indignación Stephanie—. Lo llevaré


adonde me parezca adecuado.

—Dudo que estés siquiera a cargo de ti misma —respondió Christian y la miró con
desagrado—. No posees ni un solo átomo de responsabilidad. Tu tiempo como compañera de
Jean-Paul ha terminado. ¡Desde este momento, él se queda conmigo!

Stephanie levantó la voz, olvidando que Jean-Paul podría escucharla.

—Escucha —gritó ella—. De ninguna manera me darás órdenes. ¡Quizá seas un monstruo
muy importante aquí, pero a mí no me asustas!
CAPÍTULO 3

STEPHANIE tenía la intención de alargar su discurso, pero una fuerte impresión la silenció
cuando Christian dio un paso hacia adelante, la tomó en sus brazos y caminó con ella hasta el
estudio de Thierry. Cerró la puerta con el pie. — ¡Bájame! —gritó de nuevo Stephanie y lo
atacó con vigor. La fuerte impresión desaparecía y la indignación tomaba su lugar. Le dio
patadas y usó los puños para golpear sus brazos y su espalda. Intentó golpearle el rostro, pero él
evadió el golpe con habilidad—. ¿Cómo te atreves a poner sobre mí tus viles manos francesas?
¡Bájame!

La dejó caer sin ceremonias sobre el sillón de piel y permaneció de pie a su lado,
desafiándola para que se moviera.

— ¿Deseas que toda la isla nos escuche? Te sentarás ahí y me escucharás —aseguró él. Con
los movimientos bruscos, la blusa se le había subido dejando al descubierto su cintura. La
mirada de Christian la hizo permanecer inmóvil—. He tratado de mantenerte fuera de esto —
habló con furia—. He tratado de tomar el control silenciosamente y permitir que te fueras o que
disfrutaras unas vacaciones, pero te has comportado como una irresponsable. Contigo aquí,
todo ha cambiado y ahora tengo dos responsabilidades en lugar de una.

—Yo no... —empezó a decir con enfado Stephanie, pero guardó silencio.

—Como parece que no entiendes nada, tendré que hablar claro —dijo—. Mis reglas no son
las reglas de un tirano, como piensas. Como monstruo muy ocupado, tengo otras cosas que
hacer con mi tiempo. Vine aquí con mucha prisa para ver a Fiona, sin saber que ella se había ido
con Thierry, mostrando la misma falta de responsabilidad que tú. Es evidente que es algo
heredado y debo encargarme de que mi sobrino sea educado sin esa peculiaridad inglesa.

Stephanie se sonrojó por la ira. El comentario era porque ella había mencionado sus viles
manos francesas. Fiona tenía razón. Eso era una guerra.

—No tienes derecho de interferir en nada —informó Stephanie con enfado—. Fiona tiene
derecho a tomarse unas vacaciones y todo estaba bien hasta que apareciste en escena, con tus
nociones de poder y…

— ¿Alguna vez guardas silencio? —preguntó él con furia. Continuaba de pie y ella sentada
—. Me pregunto si la verdad dejará quieta tu lengua. No estoy aquí para interferir con nada. No
tengo interés en entrometerme en tu vida peculiar. Haz lo que desees, experimenta ira, grita y
vete mañana. No significas nada para mí. Estoy aquí por Jean-Paul.

—Para hacerlo pasar un mal momento —opinó Stephanie y lo miró con ira—. Estás aquí
para hacerlo sumiso antes de llevarlo a Francia y hacerte cargo de su vida.

Christian permaneció quieto y la miró con el entrecejo fruncido.

— ¿Es eso lo que crees? Jean-Paul es mi sobrino. Le tengo tanto afecto como tú,
probablemente más. Estoy aquí para protegerlo.

—Tienes una forma extraña de hacer eso —indicó Stephanie—. ¿Qué es lo que intentas
hacer, protegerlo para que no se divierta?

—Si es necesario —no apartó la mirada de ella. Estaba indeciso entre ordenarle que se fuera
a su habitación y explicarle con más detalle su actitud—. Soy muy rico. Únicamente tengo dos
parientes... mi hermano Thierry y mi sobrino Jean-Paul. Si no vigilo, si no vigilamos todos,
antes de que mi hermano regrese, Jean-Paul habrá desaparecido.

— ¿Qué quieres decir con... desaparecido? —Stephanie se enderezó y lo miró muy alerta
ante el peligro. Comprendió que hablaba en serio.

Christian metió la mano en el bolsillo y sacó una carta. Se la entregó.

—Quieren secuestrarlo —aseguró él en voz baja. Por un momento, Stephanie lo miró con
horror. En seguida, fijó los ojos en la carta, la abrió y leyó el contenido. En pocas palabras, la
policía avisaba a Christian que, según sospechaban, había un complot para secuestrar a su
sobrino. Le recomendaban que estuviera alerta y que se mantuviera en contacto con ellos.

Stephanie leyó las palabras varias veces, sin comprender. No podía creerlo.

—Tenemos que hacer que Fiona y Thierry regresen inmediatamente —dijo ella con
urgencia.

La miró con impaciencia y se volvió.

— ¿Crees que no he pensado en eso? ¿Sabes dónde están? —Preguntó Christian y ella negó
con la cabeza—. Tu hermana no confía mucho en ti, ni siquiera te comunicó su paradero. Tengo
a gente buscándolos, pero no tengo idea de dónde están. Se supone que mi hermano debe ir a
Canadá la próxima semana. Creía que estarían aquí cuando llegara, pero es evidente que
planearon una segunda luna de miel y decidieron desaparecer.

No era el momento para que Stephanie le explicara con exactitud por qué Fiona había
decidido marcharse. Lo miró con preocupación. Lo que anteriormente le había parecido una
idea brillante, ahora le parecía algo muy estúpido.

— ¿Por qué no te pusiste en contacto con ellos antes de salir de París? —preguntó ella—.
Pudiste haber llamado por teléfono y evitar todo esto.

—Una llamada telefónica no detendrá a personas desesperadas que intentan un secuestro —


respondió él—. Estaba en Martinica cuando recibí la nota. Vine inmediatamente con la
esperanza de retrasar el golpe al estar aquí. Te encontré a ti aquí y tu comportamiento no me ha
impresionado. Sólo puedo agradecer haber llegado con rapidez.

— ¿Cómo iba a saber yo esto? —Preguntó con enfado Stephanie—. Me habría comportado
de diferente manera de haber sabido que Jean-Paul estaba en peligro. No me lo dijiste ayer y yo
tenía todo el derecho de saberlo. Fue tu actitud lo que me impulsó a irme hoy con Jean-Paul. Sin
saberlo, lo puse en peligro.

—Tú también estuviste en peligro —observó él—. No creo que me hubieran llevado a Jean-
Paul con delicadeza... y dada tu habilidad para pelear y enfurecerte, sospecho que no te hubieran
tratado muy bien.

—Vamos a sacarlo de aquí —sugirió ella de inmediato—. ¡Hagamos las maletas y


partamos!

—Me agrada ver que me incluyes en tus planes —comentó Christian—. Sin embargo, no
debemos irnos. En esta isla podemos controlar la situación. Sería difícil que aquí nos tomaran
por sorpresa. Por supuesto, tú puedes irte, y creo que deberías hacerlo. — ¿Cómo te atreves a
insultarme? —Preguntó Stephanie y se puso de pie de un salto—. ¿Supones que huiría para
protegerme, que regresaría a Londres y continuaría con mi vida, dejando a Jean-Paul en peligro?

La miró con mucha irritación. —En lo que respecta a ti, mantengo muy controlada mi
imaginación —informó él—. No tenía intención de insultarte. Simplemente, pensé que sería me-
jor tener que vigilar a uno en vez de a dos.

—Soy perfectamente capaz de cuidarme a mí misma y a Jean-Paul —aseguró ella—.


¿Acaso esperas que nos ataquen?

—No sé qué esperar —Christian se volvió y caminó por la habitación con las manos en los
bolsillos. Stephanie se sentó de nuevo. Le parecía una locura esperar que sucedieran las cosas.
No obstante, Christian tenía el control en ese momento y ella admitió que tal vez estaba mejor
preparado para enfrentarse a esa situación. Era probable que él supiera mucho más de lo que
decía. Ella también tenía sus propios secretos. Si Christian supiera lo que ella y Fiona habían
planeado y por qué... Bueno, se pondría muy furioso.

—Si vamos a permanecer aquí, tendremos que planear algo —opinó Stephanie—.
Podríamos...

— ¡Te irás inmediatamente de St. Lucien o harás con exactitud lo que yo diga! —La
interrumpió Christian—. Una mujer no puede encargarse de este asunto y no tengo intención de
permitirte planear nada.

— ¡Ah! —lo miró con enfado. No le sorprendió que fuera un machista—. Ése es un
comentario muy extraño. Recuerdo que me dijiste que madame Pascal estaba aquí para ayudar a
cuidar a Jean-Paul. ¿Ella tiene habilidades especiales? No me parece que sea cinturón negro de
karate.

—Denise es mayor —le recordó él—. Tiene más experiencia.

— ¡No puedo creerlo! —Exclamó Stephanie—. Por ser más joven, es probable que corra
más veloz. Yo podría poner a salvo a Jean-Paul mientras madame Pascal se retoca le maquillaje.

Christian arqueó una ceja y la miró.

—Ciertamente, eres más joven —dijo él—. No te vendría mal un poco de la sofisticación de
Denise. Más tarde hablaremos de esto, ahora te sugiero que hables con tu sobrino antes de la
cena. Creo que te ha oído gritar. Es probable que tus gritos se hayan escuchado en la playa y
quizá incluso en el mar.

Esas palabras hicieron que sus mejillas se ruborizasen.

— ¿Dónde está tu coche? —preguntó ella de pronto, cambiando de táctica con habilidad.
Christian se sorprendió.

—Vine en mi yate —informó él—. Está anclado al otro lado del cabo.

— ¿Por qué? —preguntó de inmediato Stephanie, intrigada. Después de todo, Christian


tenía un plan.

—Es una base segura. Además, me pareció una buena idea traerlo hasta aquí. Si fuera
necesario, nos iremos al yate y permaneceremos allí.

Stephanie se preguntó porqué no había llevado a Jean-Paul al yate. Parecía la mejor


solución. Nadie podría acercarse al yate sin ser visto.

—Vamos al yate en este momento —pidió ella con vehemencia—. ¿Por qué nos quedamos
aquí? ¿Qué mejor lugar que un barco? Vamos a buscar a Jean-Paul y llevémosle al yate.
¡Podríamos protegernos de un ataque!
—No vamos a ser atacados —manifestó Christian. Caminó despacio y se detuvo. La miró a
la cara—. Simplemente, alguien intenta llevarse a Jean-Paul. Lo harán con cierta fineza y dudo
mucho que eso incluya a un grupo de hombres armados con machetes.

— ¿Qué te hace estar tan seguro?

—Estoy seguro porque ése es su modo de actuar —informó él—. Algunos conocidos de
negocios han tenido este problema y no todos escaparon ilesos. Hay mucho dinero en juego. Es
una transacción de negocios simple. Atrapan a un ser amado y exigen un pago.

—Entonces, ¿por qué no te secuestran a ti? —preguntó ella—. Tú eres el pez gordo.

—Sería más difícil tratar conmigo que con un niño pequeño. Lo único que desean es el
dinero, pero hay veces que ni siquiera pagando recuperas a tus seres queridos porque ellos no
juegan limpio —opinó Christian—. La última vez, no devolvieron a una niña. Tengo la
intención de atraparlos y no pienso poner a Jean-Paul en peligro. Si fracasan y no son atrapados,
lo intentarán de nuevo. Nada puede evitar que lo intenten con regularidad. No puedo exponer
constantemente a Jean-Paul al peligro.

—No puedes evitarlo —dijo con preocupación Stephanie. Se mordió el labio.

—Sí puedo. Me encargaré de esto, créeme. Lo único que pido es que me obedezcas siempre.
Permite que yo sea el que piense.

— ¡Yo puedo pensar! —exclamó Stephanie. —Cuando pienses con menos impetuosidad,
uniremos fuerzas —aseguró él—. Alors Ya casi es hora de cenar. Me atrevo a sugerir un cambio
de ropa, mademoiselle.

Stephanie no discutió con él. Se dirigió a la habitación de Jean-Paul y lo encontró sentado


en la cama, cenando.

—Niño mimado —bromeó Stephanie y deseó abrazarlo con fuerza—. ¡Cómo me gustaría a
mí cenar en la cama!

—Supongo que soy el consentido del tío Christian —dijo el niño y sonrió—. Él tenía razón,
estoy cansado. Si me duermo pronto, tal vez mañana podamos ir de excursión otra vez, Stevie.

—Tendremos que esperar —respondió ella y sonrió.

Stephanie se dirigió a su propia habitación. Deseó que Thierry y Fiona regresaran y también
deseó haber insistido para conocer su paradero. Cuantas más personas vigilaran a Jean-Paul,
mejor; y sus padres, además, debían conocer el peligro en que se encontraba su hijo.

Por su mente pasó un rostro guapo y sonrió. Christian era el mejor guardián. Era duro,
inteligente y temerario. Thierry no era así. Además, Christian dirigía a millones de personas, si
las palabras de Fiona eran ciertas. Él podría pedir ayuda si la necesitaba y la recibiría de
inmediato. El problema era que Christian no había buscado ayuda, excepto cuando pidió que la
policía los buscara esa tarde.

Tomó una ducha para quitarse la arena.

Stephanie nunca imaginó que la riqueza pudiera ocasionar tantas preocupaciones. Al


regresar a su habitación se miró en el espejo y comprendió que Christian tenía razón al decir que
parecía demasiado joven. Si continuaba con esa apariencia poco sofisticada él nunca le
permitiría cuidar a Jean-Paul. Ya era hora de que se convirtiera de nuevo en la joven Celestial.
Cuando bajó a cenar se sentía nerviosa. Tenía la terrible sensación de que algo iba a
suceder, puesto que no habían tomado precauciones. Supuso que la casa estaría vigilada. Entró
en el salón pensativa. Estaba tan acostumbrada a ir bien vestida, que se olvidó de que su
apariencia no era la de unas horas antes.

Se había recogido el pelo. Debido a los años de práctica maquillándose, su apariencia era
muy natural. No había llevado ropa de noche, ya que no tenía la intención de asistir a fiestas o
reuniones formales, de modo que eligió entre las faldas y blusas de seda que trajera de las
Canarias. Se decidió por el color rojo oscuro y sus brazaletes de plata hacían juego con sus
zapatos plateados.

La expresión de Christian la hizo detenerse. Estaba de pie con una copa en la mano y fijó en
ella la mirada de sus ojos azules, hasta que Stephanie pensó que había cometido algún error
terrible.

Stephanie se ruborizó. ¡Eso era ridículo! Nunca le había preocupado que la gente la mirara,
pues de ser así, ya estaría fuera del negocio.

A Christian no pareció importarle que ella se sintiera avergonzada. La recorrió con la


mirada como si deseara fotografiar la imagen en su mente. Inspeccionó cada centímetro de su
cuerpo con una concentración que la dejó sin aliento.

Nadie había despertado esos sentimientos en Stephanie con anterioridad, y la chica no sabía
lo que debía hacer. Sintió las piernas temblorosas y él entrecerró los ojos, como si supiera lo que
ella sentía.

Denise Pascal miró a uno y al otro con enfado, pero Christian no pareció notarlo.

— ¡Yo te he visto antes! —exclamó de pronto Denise, como si estuviera decidida a romper
el extraño hechizo que dominaba a Christian.

—Me agrada que lo recuerde —murmuró Stephanie y evitó los ojos de Christian—. Me
hospedo aquí. Anoche cenamos juntas.

—Me refiero a otro sitio —indicó Denise y movió con impaciencia la mano. Miró a
Stephanie con sospecha—. Tal vez sean las luces, pero me recuerdas a alguien.

—Creo que las luces no tienen nada que ver —opinó con voz suave Christian—. Estamos
viendo a la verdadera mademoiselle Caine, ¿no es así?

—Soy la misma persona que subió las escaleras no hace mucho tiempo —logró decir
Stephanie y lo miró. Apartó con rapidez la mirada. Apenas se atrevía a moverse.

—No. Has envejecido notablemente. Denise asió en forma posesiva el brazo de Christian y
anunció que estaba lista para cenar.

Al entrar en el comedor, Stephanie descubrió que Louise había colocado su lugar en la mesa
frente al de Christian. Denise se sentó junto a él.

Christian continuó observándola, con los ojos entornados. La recorría con la mirada.
Stephanie sintió la necesidad de apartar la mirada y bajar la cabeza.

Stephanie cenó en silencio. Denise habló con suavidad y en tono íntimo con Christian,
dejándola a ella fuera de su pequeño mundo.

— ¿Qué vamos a hacer? —Preguntó Stephanie y miró con determinación a Christian—.


Tenemos toda una noche por delante y no hemos planeado nada. No podemos dejar las cosas
como están. Esto es muy serio.

— ¿Qué es muy serio? —preguntó Denise.

—No es nada, ma chére —respondió Christian y tomó la mano de Denise—. Mañana


atenderé tus preocupaciones, Stephanie —la miró con enfado—. No estés tan nerviosa por tu
hermana. Estoy seguro que su intención fue desaparecer en una segunda luna de miel. Eso no
importa. Jean-Paul tiene mucha compañía y, la próxima semana, Thierry estará definitivamente
en Canadá.

Stephanie lo miró sorprendida y comprendió de pronto. Denise Pascal no sabía nada acerca
del peligro. Eso le indicó varias cosas. Esa mujer no estaba allí para cuidar a Jean-Paul, sino
únicamente para acompañar a Christian. Él la había llevado porque no podía pasar sin su
amante. Eso molestó a Stephanie y su rostro lo expresó.

Además, Christian había empleado un tono condescendiente al hablar con ella y la trató
como si fuera tonta. Stephanie terminó de cenar en silencio y decidió que más tarde hablaría con
él.

— ¡Celestial! —Exclamó de pronto Denise con aire de triunfo—. ¡Lo recuerdo ahora! Sabía
que había visto ese rostro con anterioridad. Eres la joven que Celeste utiliza para dar publicidad
a sus productos.

—Así es —respondió Stephanie y continuó comiendo.

-¡Eres una modelo! —dijo Denise con aire de desagrado.

—Me pagan bien —comentó Stephanie y se encogió de hombros.

Christian la observó de nuevo con detenimiento.

Más tarde, cuando Denise se fue a la cama, temprano, sin duda para esperar a Christian,
Stephanie aprovechó la oportunidad para hablar con él, y lo siguió cuando vio que salía a la
terraza.

—Ella no sabe nada sobre esto —dijo Stephanie. Christian la recorrió con la mirada. —
Creía que sería mejor no alarmarla. —La has puesto exactamente en la misma posi ción en que
me colocaste a mí —observó Stephanie—. Si no sabe nada, no podrá tomar ninguna precaución.
¿Qué pasa?, ¿no confías en ella?

—Se lo diré si es necesario. Mientras tanto, esto es estrictamente entre tú y yo —le sostuvo
la mirada—. No deseo que se inquiete. Y no, no confío en ella. Es una mujer.

—Tu mujer —lo corrigió Stephanie—. Es muy importante para ti, ya que la has traído aquí
contigo. La miró con los ojos entornados. Estaba a punto de perder el control.

—Normalmente, las personas se mantienen fuera de mis asuntos —informó Christian.

—Las circunstancias pueden alterar las cosas. Estoy metida en este asunto, y me parece que
los dos solos no somos capaces de vigilar a Jean-Paul. Ahora tenemos la complicación extra de
madame Pascal. ¿Qué debo hacer si pasa algo, colocarme frente a ella para protegerla y
aconsejarle a Jean-Paul que huya? —Dentro de unos días todo esto habrá terminado —aseguró
él y frunció el entrecejo—. No estoy aquí sentado, esperando, como pareces creer. Tengo a
personas siguiendo pistas. Ningún extraño podrá entrar en la isla con facilidad.
— ¡Pudiste habérmelo dicho! —le reclamó Stephanie. Él se encogió de hombros y se
volvió.

—Preferí no hacerlo. Está envuelta en este asunto sólo por accidente. El único motivo por el
que estás enterada es porque no se puede confiar en que actúes de una manera razonable.
Sospecho que tu cambio de aspecto no significa un cambio de actitud. Ahora tienes la
apariencia de una mujer, pero dudo mucho que te comportes como tal.

— ¡Como obviamente conoces mucho sobre las mujeres, puedes juzgar! —Respondió
Stephanie—. Respecto a que esto termine muy pronto, el tiempo lo dirá. ¡Ojalá sea pronto,
porque estoy deseando que te marches!

—Al fin estamos de acuerdo —comentó Christian—. Tal vez, mientras tanto, podrás tratar
de no causar demasiados problemas en mi vida.

— ¿Qué quieres decir? —Preguntó Stephanie, preparada para la batalla—. ¿A qué te


refieres?

Christian se volvió para mirarla y apoyó la espalda contra la barandilla.

—A tu sospechosa insistencia en hacer planes para la noche...

— ¡Sabías muy bien a lo que me refería! —exclamó Stephanie, con las mejillas sonrojadas.

—Denise no.

—Me sorprende —dijo ella—. Al saber cómo va a pasar ella la noche, no puedo imaginar
que esté interesada en mis problemas.

Christian rió, disfrutaba la situación. Stephanie se volvió para alejarse.

—Buenas noches, Stephanie —dijo él con tono malicioso. Ella se volvió furiosa hacia él. —
Buenas noches.

Stephanie se preparó para irse a la cama. Se sentó en la oscuridad durante mucho tiempo,
mirando por la ventana. Agradeció que fuera una casa de dos pisos, pues así les resultaría más
difícil entrar a los secuestradores.

Ni siquiera sabía quiénes eran «ellos», ya que Christian le había dado poca información.

Escuchó un ruido ligero y se volvió alerta. Estaba segura de que alguien se encontraba en el
pasillo. Corrió hacia la puerta, descalza, y observó. El pasillo iluminado con luz tenue estaba
desierto. Se oían ruidos en la habitación de Jean-Paul, adjunta a la suya. ¡Había alguien allí!

No tenía idea de dónde dormía Christian, para ir a despertarlo. No tenía nada que pudiera
usar como arma. Miró a su alrededor y decidió que el secador de pelo era el único objeto que
podría utilizar para golpear; luego llamaría a Christian.

Salió al corredor y se acercó a la puerta de la habitación de Jean-Paul. Su corazón latió con


fuerza cuando la puerta se abrió despacio, antes de que ella colocara la mano en el picaporte. Se
pegó a la pared y levantó el secador.

Jean-Paul no lloraba. Con seguridad lo tenían atado. Bajó con fuerza el secador y quedó
sorprendida cuando alguien asió con fuerza su muñeca y se la retorció con crueldad. Christian
bajó la cabeza para esquivar el golpe.
Por un segundo, la miró con furia. La tomó del brazo y la empujó hacia su habitación. Los
pies de Stephanie parecían no tocar el suelo.

Christian no dijo nada hasta que estuvieron en el interior de la habitación de ella y cerró la
puerta.
CAPÍTULO 4

¿ESTÁS loca? —preguntó él en voz baja, sin soltarle el brazo—. ¿Qué diablos estás ha-
ciendo, comportándote como una asesina? —Oí un ruido —respondió Stephanie, demasiado
impresionada para defenderse.

—Yo tengo suerte de poder oír algo —le recordó él con furia—. De no haber visto tu
sombra, aún me estarías golpeando.

—Tengo que vigilar a Jean-Paul —protestó ella. Enseguida se dio cuenta de que no debió
haber dicho eso, porque Christian tiró de ella hacia adelante y la señaló con un dedo.

— ¡Te estarás quieta! No vigilarás nada. Eres una auténtica irresponsable. Tu presencia es
un peligro para mi sobrino. Mañana te enviaré de regreso a Inglaterra.

— ¡No lo harás! No tienes ninguna autoridad y no dejaré a Jean-Paul. ¿Y si uno de los


secuestradores estuviera ahora en su habitación?

— ¡Eso era lo que yo estaba comprobando cuando tú me interrumpiste!

—No lo sabía -protestó Stephanie—. No comprendo por qué te enfadas tanto, cuando lo
único, que yo hacía era mi trabajo.

—No es tu trabajo golpearme y dejarme inconsciente —dijo él—. Tampoco es tu trabajo


andar por ahí en mitad de la noche. Sé con exactitud lo que debo hacer y habría mucho más
seguridad si estuvieras en Inglaterra, frente a una cámara, donde no puedas causar daño.

—No me iré —aseguró con terquedad Stephanie—. Ni siquiera lo intentes. Puedo causar
muchos problemas.

—Nunca lo he dudado, ni por un momento —respondió él—. Lo demuestras a cada


instante.

Era ridículo permanecer de pie en la semioscuridad, siseando con furia. Christian también lo
pensó, pues murmuró entre dientes y la soltó. Se movió con exasperación para encender la luz.

— ¡No! —pidió con urgencia Stephanie y él la observó con detenimiento.

— ¿Por qué?

—Puede haber alguien afuera —murmuró ella.

Él la miró de nuevo y se volvió para encender la luz.

—Tampoco es necesario que nos volvamos paranoicos...

—No estoy vestida —murmuró ella sin aliento. Eso lo detuvo.

—Entonces, sugiero que te metas en la cama —aconsejó él—. Tal vez mañana sea tu gran
día. Lucharás contra los invasores o te encontrarás en un avión camino a casa. Para cualquiera
de los dos eventos, necesitas dormir,

Christian se volvió hacia la puerta, pero Stephanie todavía se encontraba de pie allí.
— ¿Cómo podré dormir? Jean-Paul se encuentra acostado allí, tan inocentemente. No sabe
que está en peligro.

—No tengo la intención de que se entere —aseguró Christian. De pronto se relajó y dio un
paso hacia ella—. Vete a dormir. Yo vigilaré a Jean-Paul. Nada le sucederá durante la noche.

—Entonces, estarás cansado y mañana no podrás vigilarlo.

— ¿Eso piensas? Me sorprende. ¿No sabes que los malos nunca duermen? Vete a la cama,
mademoiselle. Después de todo, ambos tenemos suerte. Yo no estoy inconsciente y no tuve que
luchar contigo, estás a salvo —la miró en la semioscuridad—. Un adversario sedoso hubiera
sido demasiado para mi autocontrol. Tal vez habría encontrado una forma de pasar la noche.

Se fue antes de que ella pudiera hablar. Stephanie no supo qué responder, puesto que no
estaba acostumbrada a tratar con hombres como Christian Durand. Era demasiado masculino.
En el futuro tendría que cuidar sus pasos. Recordó que él quería enviarla a su casa y se
enfureció. ¡No se iría! Christian solo no podría vigilar a Jean-Paul y estaban juntos en eso, eran
casi socios.

Podría dormir, porque Christian estaba despierto. Se sentía segura, pues sabía que Jean-Paul
estaría a salvo.

Stephanie experimentó una sensación extraña en la boca del estómago, al recordar cómo la
miró Christian. No obstante, la sensación desapareció al pensar en Denise Pascal. ¿Qué opinaba
Denise de esas excursiones a mitad de la noche? ¿Dormía sola o se encontraba sentada, furiosa?

Stephanie sonrió con malicia y se quedó dormida. La única forma en que Christian podría
librarse de ella sería utilizando la fuerza física y ella tenía intención de dar una escena si él lo
intentaba. Nadie la separaría de Jean-Paul.

A la mañana siguiente, Stephanie se sentía muy cansada. Bajó a desayunar, pálida y


preocupada. Se sorprendió al encontrar allí a Christian.

— ¿Dónde está Jean-Paul? —preguntó Stephanie. Christian señaló con la cabeza hacia la
terraza.

—Afuera. No te preocupes, puedo verlo todo el tiempo —se puso de pie y apartó una silla
para ella—. Él querría despertarse, pero le dije que quizá estabas cansada —se sentó frente a
ella y fijó la mirada en su rostro—. Estás pálida. Lamento haber tenido que contarte el
problema. Hubiera sido mejor enviarte a casa.

—No me habría ido —murmuró Stephanie—. ¿Ya has logrado ponerte en contacto con
Fiona y con Thierry?

—No. Cuando los encuentren, me informarán.

—Debe resultar atemorizante tener tanto poder —comentó Stephanie—. Si yo tuviera


mucho dinero, lo tendría en efectivo y me iría en silencio.

— ¿Y dejarías a cientos de personas sin trabajo? No te creo capaz de eso. Estas cosas
suceden así. Antes de darte cuenta, eres responsable de tantos cosas que es imposible dejarlo.

—No había pensado en eso —dijo ella.

— ¡Qué raro!, parece que hoy no quieres discutir...—comentó él cuando ella no dijo nada
más—. Supongo que estás demasiado cansada para luchar.
—No lucharé, sólo permíteme ayudar. Admite que estoy en esto. Tendrás batalla si insistes
en que yo me aleje de Jean-Paul.

—Muy bien, uniremos fuerzas —aceptó Christian.

—Dime lo que piensas hacer —insistió ella—. No creo que no vayas a hacer nada. Debes de
tener un plan.

—Tengo la intención de atraparlos. Ya te lo dije. —Me has dicho lo menos posible —opinó
Stephanie—. Si somos socios, creo que debo saberlo todo. — ¿Socios? Conociéndote, asumo
que deseas que estemos en un mismo nivel.

—No me conoces —respondió ella—. Dejaré el asunto por el momento, pero recuerda que
estoy en esto hasta el final.

—Puede ser peligroso —advirtió Christian—. No puedo garantizar tu seguridad.

—Sólo me interesa la seguridad de Jean-Paul —lo miró—. Puedo cuidarme. Lo que pido es
que me permitas conocer tus planes.

—Acabas de decirme que no te conozco —le recordó Christian—, y tienes razón. Si te


conociera mejor, tal vez me sentiría inclinado a entregarte mi confianza.

Jean-Paul entró corriendo y dio un beso de buenos días a Stephanie.

— ¿Qué haremos hoy? —preguntó el niño y la miró, esperando acción instantánea—. Stevie
es inteligente para arreglar las cosas —le dijo a Christian. —Pero hoy no —dijo Stephanie—.
Estoy cansada.

No cené en la cama, si recuerdas bien. Hoy podemos permanecer en el jardín y nadar en la


piscina.

— ¿Qué hay de las excursiones? —preguntó Jean-Paul con indignación.

Stephanie se puso de pie, sin terminar el desayuno y salió con el niño al jardín.

—Las excursiones están canceladas temporalmente —anunció Stephanie—. Nadie puede


salir de la casa.

—El tío Christian pronto te llamará Stevie —opinó Jean-Paul, mientras paseaban por el
césped—. Habla mucho contigo.

—Está siendo cortés —opinó Stephanie—. ¿Quieres que vayamos a nadar?

Jean-Paul se aburrió pronto y se lo comunicó a Stephanie. Era evidente que iba a resultar
muy difícil mantenerlo en la casa, sin explicarle el porqué. Era un pequeño muy inteligente y no
pasaría mucho tiempo sin que sospechara.

Se encontraban sentados junto a la piscina y Denise se apegaba a Christian lo más posible.


Miraba con sospecha a Stephanie, cada vez que ésta última trataba de atraer la atención de él.

Cuando Denise entró en la casa por un momento, Stephanie aprovechó el tiempo para hablar
con Christian.

—Mira —dijo Stephanie con firmeza—. No podemos continuar así. Jean-Paul está muy
aburrido y ésta es la primera mañana con las nuevas reglas. Si continuamos vigilándolo los dos,
empezará a sospechar.

—Lo sé, he notado su aburrimiento —aseguró Christian.

— ¿Qué vamos a hacer? Al menos, podrías decírselo a madame Pascal y así hablaríamos
abiertamente.

—No tengo intención de decírselo a Denise —respondió él—. Ella no debe preocuparse. Ya
te lo he dicho —se puso de pie y se acercó al borde del prado. Miró hacia la playa desierta. No
era una playa privada, pero poca gente visitaba esa parte de la isla—. Jean-Paul podría bajar a la
playa un momento —con la mirada examinó la playa—. Bajaremos todos.

Stephanie no intentó discutir. Estaba muy intranquila. Sentía el peligro incluso en el silencio
de la playa. Con la mirada recorrió las dunas y las rocas, en busca de lugares donde pudieran
ocultarse los raptores. Hasta donde podía ver, no había nadie. Agradecía que Christian los
acompañara, aunque también tuviera que ir Denise.

—Relájate —sugirió Christian y le oprimió el hombro—. No pasará nada si todos estamos


allí.

Stephanie no estaba muy segura de eso. Denise no quiso acompañarlos y sólo bajaron a la
playa los-, tres. Denise permaneció sentada junto a la piscina. — ¿De verdad esperabas que
madame Pascal te ayudara a cuidar a Jean-Paul? —preguntó Stephanie a Christian, cuando
caminaban juntos por la arena y Jean-Paul brincaba feliz adelante de ellos—. No puedo
imaginarla en el papel de cuidadora de niños.

Christian no la miró y continuó caminando. Por un momento, pensó que no iba a responder.

—Ella estaba conmigo —dijo al fin Christian—. A no ser que le ofreciera un bote de remos
y una brújula, no podía hacer otra cosa que traerla. Tenía que venir a St. Lucien y eso fue lo que
hice.

— ¿No pensaste en que quizá la ponías en peligro? —Preguntó Stephanie—. Ella no sabe lo
que ocurre. Cuando la ataquen, se sorprenderá mucho.

—Tu preocupación es conmovedora —murmuró él con voz seca—. No van a atacarla. A


decir verdad, tenía planeado decirle que se marchara contigo.

—Eso no fue lo que me dijiste el primer día —le recordó Stephanie con tono triunfante—.
Dijiste que ella cuidaría a Jean-Paul, cuando yo me marchara. Empiezo a preguntarme si alguna
vez dices la verdad.

—Me pareció una buena forma de librarme de ti. Hubiera cambiado de opinión en el último
minuto y os habría despachado juntas. Ésa era mi intención —confesó Christian.

Stephanie se detuvo y lo miró a la cara.

—Me sorprendes —aseguró ella—. Tomas decisiones vitales con toda tranquilidad. ¿Te
sientes capaz de encargarte de todo?

—Generalmente lo hago.

— ¡Generalmente! No es suficiente cuando está en juego la seguridad de Jean-Paul —


Stephanie hizo una pausa—. Parece que madame Pascal no se siente muy feliz y cada vez la
vemos menos.
—Por el momento no creo que pase nada —indicó él.

— ¡Es mejor que sea así! —exclamó ella. — ¿Siempre eres tan vehemente? —preguntó
Christian con tono de reprimenda. Ella ni siquiera se molestó en mirarlo.

—Sólo cuando estoy sumamente exasperada —se adelantó y alcanzó a Jean-Paul.

Poco después, vio que Christian se encontraba sentado en las rocas más altas. No los
observaba, pero estaba en guardia. Se sentía tan seguro de sí mismo que parecía relajado.
Stephanie sólo esperaba que si alguien llegaba, apresaran primero a Christian, para que ella
tuviera tiempo de huir con Jean-Paul.

Después de un tiempo, Jean-Paul subió a las rocas y se sentó junto a Christian. Stephanie
tuvo que hacer lo mismo, para no quedarse sola. Además, no tenía la intención de perderse
nada. Sin importar lo que dijera Christian, ella se sentía responsable de la seguridad de su
sobrino y quería asegurarse de que él no se acercara demasiado a Jean-Paul, puesto que todavía
estaba pendiente el asunto de que él se hiciera cargo de los estudios del niño.

Stephanie se recostó en la arena, junto a ellos, y mantuvo los ojos cerrados para no tener que
hablar con Christian.

— ¿Tienes mucho trabajo? —preguntó de pronto Christian y Stephanie lo miró sorprendida.


Notó que la recorría con la mirada y se ruborizó.

—Ella está en las portadas de todas las revistas —informó Jean-Paul con orgullo—. Mamá
dice que Stevie es el rostro del año. Dice que la gente trata de imitar la apariencia de Stevie.
Papá piensa que es perfecta.

Jean-Paul bajó hasta la playa y empezó a arrojar piedras al mar, caminando por la arena.
Stephanie se sentó para vigilarlo. Esto le evitó tener que mirar a Christian.

—Parece que tienes un admirador devoto —murmuró él—. Te aprecian en lo que vales, a
pesar de su juventud. Debe ser porque es francés —todavía la observaba. Tenía la mirada fija en
el cabello sedoso y en las piernas largas y bronceadas.

—Soy su amiga —dijo Stephanie, irritada al sentir que sus mejillas se sonrojaban—. Nunca
hablo de mi trabajo. Tal vez podríamos cambiar el tema.

—Es difícil cambiar de tema. Constantemente estás ante mi vista... generalmente


descubierta.

— ¡Estoy de vacaciones, en una isla soleada! —Exclamó Stephanie—. Olvidé traer un


albornoz, pero estoy segura de que podría hacerme uno si tuviera la tela —lo miró y se enfadó
más a ver que sonreía con ironía. Sí, le divertía que ella se sintiera avergonzada.

—No lo hagas, por favor —pidió él—. Sería un desperdicio. Podría mirarte todo el día. Eres
sorprendentemente hermosa y también muy divertida. —A diferencia de tu amante, trabajo para
ganarme la vida —dijo ella con frialdad—. Sería bueno que recordaras que eres el tío de Jean-
Paul y no el mío.

—No me siento como tu tío, mademoiselle. Stephanie se quedó muda momentáneamente,


pues nunca había escuchado tanta impertinencia.

Antes que pudiera enfadarse más con él, Louisa gritó desde la parte superior de los
escalones. — ¡Teléfono, monsieur Durand! Christian se levantó de un salto. —Podría ser
Thierry —comentó—. Espero que sea él —ayudó a Stephanie a ponerse de pie y fijó la mirada
en Jean-Paul—. Aunque es probable que por el momento éste sea un lugar seguro, preferiría que
fueras por Jean-Paul y regresarais al jardín. Stephanie asintió.

—Lo llamaré —respondió y Christian caminó hacia la casa.

Frustrada, Stephanie lo siguió con la mirada. Había sido desagradable con ella desde el
principio, pero ahora lo hacía con toda deliberación.

Le gritó a Jean-Paul y caminó por la playa hacia él, preparada para regresar a la casa.

Sólo se escuchaba el sonido del mar y del viento que inclinaba las palmeras. Tenía la
sensación de que la observaban. Desde allí resultaba imposible ver la casa.

— ¡Vamonos! —ordenó con urgencia al niño, quien la miró sorprendido.

—Por supuesto, Stevie. Sólo quiero enjuagar primero mis pies, pues estoy cubierto de arena.

—Lo puedes hacer en la casa... —empezó a decir ella, pero el niño corrió hacia el mar y no
la escuchó. Estaba en un dilema, pues si le gritaba, Jean-Paul notaría su ansiedad. No quería
asustarlo.

Bajó para reunirse con él. Desde la orilla del mar podía ver la casa, que parecía muy
distante. Sacó del agua a Jean-Paul, con la esperanza de que su risa no sonara forzada. No
apartaba los ojos de las dunas y de las rocas.

—Ha sido una pérdida de tiempo —aseguró el niño—. Tengo tanta arena como antes. Sin
embargo, ha sido divertido.

—Definitivamente —aseguró Stephanie y lo urgió para que saliera del agua.

En ese momento, notó un ligero movimiento detrás de las dunas y los latidos de su corazón
se aceleraron. Fijó la mirada en ese punto y pensó que tal vez había sido su imaginación o que
algún isleño había llegado a la playa.

De pronto vio a dos hombres blancos que se movían con cautela, tratando de ocultarse. De
no haber estado tan alerta, no habría notado su presencia.

Su primer pensamiento fue correr, pero comprendió que los hombres se encontraban más
cerca de los escalones de la playa que ella. Tendría que correr por la arena con Jean-Paul y la
interceptarían antes de que llegara a un lugar seguro. Podía gritarle a Christian, pero no había
garantía de que la oyera, puesto que tal vez todavía estaba hablando por teléfono.

Necesitaba una distracción.

— ¿Echamos una carrera hasta la casa? —Le dijo al niño—. Te daré ventaja.

—De acuerdo —respondió el pequeño.

Cuando Jean-Paul corrió hacia los escalones, Stephanie corrió hacia las rocas, en línea recta,
no en diagonal, como tenía que hacerlo el pequeño. Los hombres tendrían que toparse con ella
primero, antes de llegar a donde estaba a su sobrino.

No podía ver a los hombres en ese momento y eso la hizo correr con mayor velocidad. Si
lograba llegar a las rocas antes que ellos, podría detenerlos de alguna manera.

Jean-Paul se encontraba a mitad del camino hacia los escalones, cuando Stephanie alcanzó
su objetivo. El pequeño estaba tan deseoso de ganar, que no se volvió para ver si Stephanie lo
seguía.

Escuchó voces bajas y supo que había obrado correctamente. Los hombres hablaban en
francés y pronunciaron el nombre de Jean-Paul, pero no pudo comprender lo que decían.

Cuando los hombres rodearon las rocas, se agachó. Llenó su sombrero de arena y se la
arrojó a la cara. En seguida, corrió lo más rápido que pudo. Esperaba que la atraparan, pero, al
menos, no atraparían a Jean-Paul.

El niño ya se encontraba al final de los escalones. Cuando Stephanie levantó la mirada, vio
que Christian se acercaba al borde del césped y que la miraba. — ¡Están aquí! —gritó
Stephanie. Se cayó y se levantó, para correr todavía con más velocidad. Notó que Christian
caminaba hacia ella—. ¡Regresa! ¡Te matarán! —le gritó.

Christian ignoró la advertencia y en segundos llegó a su lado y la detuvo por los hombros.
Ella insistió:

— ¡Corre! ¡Regresemos a la casa!

—No, tengo que ayudarlos —respondió Christian.

— ¿Ayudarlos? ¡Te matarán! ¿Estás loco?

—No, hasta donde sé —aseguró él con voz fría—. Sin embargo, empiezo a dudar de tu
condición.

— ¿Acaso es una locura salvar a Jean-Paul de manos de esos secuestradores? —gritó ella.

—No. Sin embargo, los dos que has atacado trabajan para mí. Es obvio que necesitan ayuda
porque, por algún motivo, no pueden caminar en línea recta. Supongo que intentaste cegarlos.
— ¿Tus hombres?

—Oui. Puse dos hombres a vigilar ahí cuando llegué. Pensé que sería mejor estar a salvo
que lamentarlo, pero no contaba con la locura inglesa. Ahora lo lamento, y, por supuesto, tendré
que pedirles disculpas por lo que les has hecho.

Stephanie se apartó de él y lo miró a los ojos con ira. Temblaba por el susto y por la carrera.
Incluso, se preocupó de que pudieran matarlo, y él la trataba como si fuera tonta. Las lágrimas
de ira humedecieron sus ojos y corrió hacia los escalones.

— ¡Stephanie! —gritó Christian, pero ella lo ignoró.

Stephanie llegó a la casa e intentó ocultarse cuando vio a Jean-Paul, sin lograrlo.

— ¿Estás llorando, Stevie? —preguntó con preocupación el niño.

Stephanie corrió hacia las escaleras. —Por supuesto que no —logro responder ella—. Estoy
cubierta de arena. Voy a ducharme. Te veré después.

No tenía que preocuparse por la seguridad del niño, puesto que el tío Christian estaba allí
con sus centinelas. ¿Quién la necesitaba?

Se sentía demasiado enfadada. Se puso un albornoz y regresó a su habitación.

Christian se encontraba en la habitación de ella, de pie junto a la ventana. Stephanie se


detuvo en seco al mirarlo. Ésa era la última gota que derramaba el vaso. La arrogancia de ese
hombre no tenía límites.

— ¡Sal de aquí! —Le ordenó y señaló la puerta—. ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!

—Cálmate, Stephanie —pidió él—. Estás gritando de nuevo.

—No me digas lo que debo hacer, machista francés...

Stephanie no pudo decir más, ya que él se acercó, la asió y la miró con furia.

—Una palabra más y te haré callar —amenazó Christian—. Una vez más, has perdido el
control. Me gritas, sin pensar en Jean-Paul. Sé sensata y discutiré las cosas contigo.

—Es demasiado tarde para discutir las cosas conmigo —gritó ella—. Has dado un paso más
para probar lo que eres. Desde este momento, ignoraré todo lo que digas.

— ¿Lo harás? —Preguntó él con enfado—. Ya lo veremos. Ahora, guarda silencio.

— ¡Puedes... —Stephanie no pude decir nada más. Christian la silenció al tomarla en sus
brazos y besarle la boca.
CAPÍTULO 5

STEPHANIE estaba demasiado impresionada para poder luchar y, cuando la ira reemplazó
a la fuerte impresión, ya era demasiado tarde. Estaba aprisionada en esos brazos de acero y la
boca de Christian la besaba, sin darle oportunidad de escape. Era algo que nunca le había
sucedido con anterioridad. Estaba acostumbrada a mirar con diversión a la mayoría de los
hombres, excepto a los amigos íntimos. Muchos hombres la habían admirado y perseguido, pero
nunca tuvo problemas para alejarlos. Nunca la habían besado de esa manera. Christian no dejó
de besarla hasta que las rodillas de Stephanie temblaban. Cuando levantó la cabeza y la miró,
Stephanie se sintió completamente débil, aturdida y mareada. Sabía que si la soltaba caería al
suelo. Christian continuó abrazándola e hipnotizándola con sus ojos azules y brillantes. —
¿Quieres escucharme? —preguntó él. —No —respondió Stephanie y negó con la cabeza. Le
sostuvo la mirada con desafío. —i Stephanie!

—Me niego a hablar contigo —informó ella con voz temblorosa—. No tienes derecho a
estar en mi habitación. Cuando regrese Thierry, me quejaré.

—Si mi hermano se pone tonto, lo trasladaré al Ártico —amenazó Christian y la miró a la


cara con los ojos entrecerrados y amenazantes.

— ¡No lo harás!

—Por supuesto que no, pequeña imbécil. No soy tan malo.

—Lo eres —aseguró Stephanie, temblorosa—. Lo supe en cuanto te vi. Nunca te perdonaré
por lo que acabas de hacer.

— ¿Qué he hecho? —preguntó él—. Sólo he encontrado la manera de controlarte. Estoy


preparado para besarte mejor.

—Suéltame y sal de esta habitación —pidió Stephanie con dignidad—. Nadie se había
comportado conmigo de esta manera.

—Es probable que nunca hayas enfadado a alguien como me has enfadado a mí —
respondió él—. Al menos, ya no estás gritando. Escucha —añadió, cuando ella luchó para
librarse—. Tengo a dos hombres heridos en la cocina en este momento. No podrán ver bien
hasta dentro de unas horas. Mientras tanto, permite que te recuerde que has dejado fuera de
combate a nuestros aliados y que ahora estamos solos.

— ¿Me culpas de lo que ha pasado? —Preguntó Stephanie con enfado—. ¿Pusiste a vigilar
a dos hombres y porque imaginé que eran secuestradores y los ataqué, me culpas? ¿Por qué no
me dijiste que tenías guardias?

—Porque no confiaba en ti —admitió él—. Aún no confío. No puedo confiar en que


controles tu lengua y tenemos que actuar con cautela o perderemos. No dudo de tu entrega hacia
Jean-Paul. Tal vez debí decírtelo. No obstante, no esperaba que se dejaran ver. Tampoco
imaginaba que fueras tan combativa. Supuse que cualquier mujer que supiera que se necesitaban
guardaespaldas se sentiría aterrada.

—Me habría sentido más tranquila si lo hubiera sabido —dijo con amargura Stephanie—.
Pensé que sólo estábamos nosotros y que sólo tú podrías ayudar. Ahora comprendo por qué te
conformaste con permanecer sentado. Es una lástima que yo no supiera que tenías un pequeño
ejército.
— ¿Piensas que no soy capaz de defenderte? —preguntó Christian.

—Creo que eres capaz de cualquier cosa —respondió ella—. En realidad, sé que lo eres. Me
gustaría que te fueras de mi habitación y que no vuelvas a entrar aquí. De no ser por Jean-Paul,
me iría inmediatamente de St. Lucien.

—Puedo ayudarte a partir en menos de una hora —ofreció él y se volvió hacia la puerta.

— ¡Oh, sí! Eso te gustaría. Ahora comprendo por qué me atacaste salvajemente. Piensas que
puedes asustarme, ¿no es así? ¡Estás en un error!

—No lo hice para atemorizarte —aseguró Christian con voz sedosa. Se detuvo y la recorrió
con la mirada—. Créeme, el temor es todo mío. Resulta delicioso abrazarte. Con un poco de
práctica, podría convertirse en adicto a ti.

—Vuelve con Denise —sugirió Stephanie y se sonrojó—. Formáis muy buena pareja, como
dos viejos y feos pisapapeles.

—Baja —ordenó él—. Una vez más, tienes que dar una explicación a tu sobrino. Sin duda,
estará preocupado... recuerda que te oyó gritar que dos hombres iban a matarme. Veo que estás
preparada para colocarte frente a mí y protegerme. Gracias, mademoiselle, pero no será
necesario.

Christian salió y cerró la puerta. Stephanie decidió ignorarlo e irse de St. Lucien cuando
fuera posible. Si tuviera la oportunidad, se iría y se llevaría a Jean-Paul.

Sacudió la cabeza ante ese pensamiento, ya que comprendió que Christian tenía
guardaespaldas y estaba más preparado que ella para cuidar al niño. Si no fuera tan machista,
ella habría cooperado con él gustosamente.

Empezó a secarse el pelo y notó sus labios lastimados. Sentía las piernas tan débiles como si
no le pertenecieran. Se preparó para bajar.

Stephanie deslizó los dedos por sus labios y trató de apartar la sensación, pero todavía podía
oler la loción de Christian. Decidió que era una buena idea odiarlo.

Bajó y encontró a Jean-Paul sentado en un sofá, esperando y evidentemente preocupado. Se


puso de pie de un salto al verla.

—Te oí gritar, Stevie —confesó el niño con ansiedad—. ¿Estás enfadada?

—Ahora no —aseguró ella, y le sonrió. Lo abrazó—. Fue una tontería, pero ya pasó. De
cualquier manera, no te gritaba a ti, ¿por qué te preocupas?

— ¿Le gritabas a tío Christian? —preguntó Jean-Paul y la miró con admiración.

—Me gritó muy fuerte —intervino Christian, al llegar en ese momento—. Ahora todo está
bien. Ya me ha perdonado.

Stephanie no hizo otro comentario para no inquietar a su sobrino. La expresión del niño se
iluminó.

— ¡Oh! —Exclamó el pequeño con alivio—. En ocasiones, mamá y papá se gritan


mutuamente y después están felices. Papá dice que es una riña de enamorados.

—Él tiene razón —opinó Christian—. Stephanie está feliz ahora.


Jean-Paul caminó hacia el jardín y Stephanie respiró profundo, lista para volverse hacia
Christian; pero el niño se detuvo, perplejo.

— ¿Quiénes eran esos dos hombres que estaban en la playa, Stevie? —preguntó el pequeño.

—Hombres del barco del tío Christian.

—Entonces, ¿por qué corriste tan rápido hacia el tío Christian y por qué él te abrazó con
fuerza?

—Sólo le di un abrazo de bienvenida —admitió Christian y Jean-Paul miró a Stephanie


sorprendido.

—Entonces, ¿por qué le gritaste? —preguntó Jean-Paul a Stephanie.

—Tiene muy mal genio —opinó Christian.

—Veo que eres un mentiroso —comentó ella a Christian, cuando el pequeño salió al jardín
—, además de tus otras cualidades.

Christian le dirigió una mirada irónica y encogió los hombros.

—No quiero que Jean-Paul se preocupe.

—Pero podías haberle dado otra explicación—dijo ella con fiereza—. No era necesario que
él pensara que...

— ¡Ah! ¡Comprendo! La riña de enamorados te inquieta. ¿Por qué? Ha hecho feliz a un


niño; además, yo sólo soy un viejo pisapapeles. Estás a salvo, mademoiselle.

Christian le dirigió una mirada desdeñosa y fue a reunirse con el niño.

Stephanie decidió no hablarle a Christian a no ser que fuera absolutamente necesario. Él no


le dirigió la palabra, pues parecía ensimismado en algún problema y Stephanie supuso que
estaba pensando en cómo podría deshacerse de ella.

Denise no siguió su costumbre de irse temprano a la cama. Parecía demasiado interesada en


la forma en que Stephanie y Christian evitaban mirarse. Eso la hacía sospechar.

—Me gustaría hablar contigo, Stephanie —dijo Christian con cortesía tensa, cuando ella
estaba a punto de alejarse—. ¿Nos disculpas, Denise? Iremos al estudio.

— ¡Por supuesto! Yo también voy a estar ocupada —respondió Denise y sonrió.

Stephanie se preguntó si Denise pensaría estar muy ocupada escuchando detrás de la puerta.

—Esto no puede continuar —aseguró Christian cuando estuvieron solos en el estudio—. No


dudo que tus motivos sean excelentes, pero no puedo concentrarme en la seguridad de Jean-Paul
mientras estás aquí.

Stephanie se sentó y lo miró con frialdad.

—Me niego a irme —dijo ella—. Si nuestra posición fuera al contrario, tú también te
negarías a irte.

—No hay comparación —opinó Christian—. Soy un hombre. Eso me da ciertas ventajas.
—Ya lo he visto —dijo ella—. Tienes suficiente fuerza para atacar a las personas. La gran
ventaja que tienes sobre mí es física. Tu otra ventaja es la riqueza y, si no tuvieras tanto dinero,
Jean-Paul no estaría amenazado. Creo que en lugar de esa actitud de supremacía, deberías
sentirte culpable.

— ¡Siento furia! —exclamó él—. Razonar contigo es suficiente para enloquecer a


cualquiera. Cambias de tema con una habilidad sorprendente. Y supongo que lo haces
deliberadamente... o eso o es que eres tonta.

—Si me has hecho venir al estudio de Thierry para insultarme, creo que podemos terminar
con esta reunión —dijo Stephanie y se puso de pie para irse—. Estaré vigilando a Jean-Paul y tú
también deberías hacerlo.

—Muy bien —dijo Christian—. Por el momento, dejaré en paz este asunto. Mientras tanto,
te presentaré a nuestro pequeño ejército.

Christian se acercó a la puerta y llamó a los dos hombres que habían sufrido el ataque de
Stephanie en la playa. Ella pudo notar el brillo de satisfacción en los ojos de Christian, cuando
se vio obligada a dar una explicación y disculparse. Sabía que deseaba humillarla, pero se negó
a sentirse avergonzada. Todo había sido culpa de Christian por no darle una explicación.

— ¿Esto es todo? —preguntó Stephanie cuando los hombres se fueron y Christian la miró.

—Por el momento. Mañana tendremos que decidir nuestro plan de acción.

—Muy bien —dijo Stephanie. No se relajó, ya que no confiaba en él.

—Tendré que tomar en consideración a Denise —comentó él, casi para sí.

—Por fortuna, ella es tu problema. Yo iré a vigilar al mío.

Al pasar junto a Christian, la detuvo por el brazo.

—Yo también estaré vigilando a Jean-Paul —le recordó él—. Antes de atacarme, revisa mi
identificación.

Stephanie salió y lo ignoró. Era consciente de que él la observaba.

En cierta forma, ella había ganado, puesto que Christian admitió que en ese asunto era su
socia. Sin embargo, la había hecho enfadar demasiado y se sentía como si fuera otra persona. Lo
que más deseaba en el mundo era irse a casa, pero no podía hacerlo sin Jean-Paul.

— ¡Ah! ¿Terminó la discusión, mademoiselle Caine? —preguntó Denise al verla.

—Sí —aseguró Stephanie—. Él está solo, si desea ir a su lado.

—Oh, no lo creo. Estoy lista para irme a la cama. Esperaré que suba.

Denise vestía una négligé de satín de color rosa, que contrastaba hermosamente con su
cabello oscuro.

— ¿Por qué no baja a tomar una copa? —Preguntó Stephanie—. Eso calmará sus nervios.

-Christian calmará mis nervios, mademoiselle—respondió Denise con una sonrisa satisfecha
—. Generalmente lo hace.
Stephanie entró en su dormitorio y cerró la puerta. Se preparó para irse a la cama y trató de
controlar la depresión que la dominó cuando vio a Denise. Eso le enfadaba. ¿Qué le importaba a
ella que Christian pasara todas las noches con su amante? Lo odiaba de cualquier manera.

Se puso el camisón y fue a ver a Jean-Paul. Estuvo a punto de chocar con Christian que
caminaba por el pasillo.

—Puedes irte a dormir —indicó él con voz cortante. Colocó la mano en el brazo de ella y
Stephanie estuvo a punto de perder el equilibrio al tratar de evitarlo —. Yo vigilaré a Jean-Paul.

—Estarás ocupado en otra cosa —dijo Stephanie en voz baja—. Ella ya está en tu
habitación.

— ¿De qué hablas? —preguntó él y la volvió para que lo mirara, no con mucha suavidad.
Stephanie intentó librarse.

—Le di las buenas noches a Denise y ella está en tu habitación —informó Stephanie con
voz tersa—. Ni siquiera tú puedes estar en dos sitios a la vez, por lo tanto, yo vigilaré a Jean-
Paul. ¿O prefieres que dividamos el tiempo? Yo la vigilaré de las diez a las tres y tú podrás
vigilarlo de las tres a las seis, cuando yo me encargue de él de nuevo. Después de todo,
necesitarás dormir más que yo.

Christian se volvió y caminó hacia su habitación. Abrió la puerta y miró hacia el interior.
Regresó al lado de Stephanie y la miró con desagrado.

—Es extraño que mi habitación esté vacía —comentó él—. Vete a la cama, mademoiselle.
Conténtate con saber que ya has causado muchos problemas en un sólo día. Empieza de nuevo
mañana. Teniendo esto en cuenta, serás tú quien más necesite dormir.

—Si ella no iba a entrar, entonces, estaba saliendo —indicó Stephanie y sintió las mejillas
ardientes debido a la mirada de enfado de él—. Hablé con ella.

—Entonces, la compadezco —aseguró él—. Es probable que buscara un lugar para


ocultarse de ti.

Christian entró en su habitación y cerró la puerta. Stephanie casi corrió hacia su dormitorio.
Estaba segura de haber visto que Denise tenía la mano en el picaporte de la puerta de Christian.
Era probable que estuviera allí en ese momento, riéndose. El que Christian hubiera dicho que la
habitación estaba vacía no significaba nada, pues era un mentiroso.

A la mañana siguiente, cuando Stephanie bajó a desayunar, Denise ya estaba allí. Este
evento poco común dio a Stephanie la seguridad de que algo sucedía. Jean-Paul se encontraba
en la terraza y supuso que Christian lo había despertado temprano para pasar un tiempo a solas
con él.

Los dos hombres que contrató Christian acompañaban al niño en la terraza y resultaba
evidente que tenían nuevas órdenes.

—Las cosas han cambiado —informó con frialdad Christian—. No tiene objeto tratar de
mantener la situación oculta.

Stephanie observó a Denise y notó que la revelación no la había sorprendido.

—Estoy de acuerdo —dijo ella—. Es mejor que los guardaespaldas se dejen ver. Eso alejará
a la gente.
—Expliqué las cosas a Denise —comentó Christian—. Estuvo de acuerdo en partir hoy. Es
lo más sabio que puede hacer. Con tres hombres dedicados a vigilar a Jean-Paul, no habrá
problema. Una mujer sería un problema que podría echarlo todo a perder. Me gustaría que te
fueras con Denise.

— ¿Es una orden?

—Sugiero que sería una medida sabia —respondió él con irritación—. Denise comprende el
problema y se va. Regresará a Martinica y no hay motivo para que tú no vayas también allá.
Podrás regresar cuando todo termine. Mientras tanto, pagaré tu cuenta del hotel, por supuesto.

Eso aumentó el enfado de Stephanie. También le molestó que Denise escuchara todo eso y
se mostrara superior, asintiendo sabiamente con la cabeza.

—Madame Pascal no está mezclada en esto —manifestó Stephanie—. Sus motivos para
estar aquí son completamente diferentes a los míos. Ella es tu invitada y tu problema. Yo soy la
tía de Jean-Paul y sus padres me pidieron que me quedara con él para cuidarlo. No me iré hasta
que ellos regresen.

— ¡Si hay problemas, sólo serás una complicación! —exclamó Christian.

—No abandonaré a Jean-Paul —aseguró con firmeza Stephanie—. Sin importar lo que
opines, estoy aquí y aquí me quedaré.

—Si llega a haber problemas, tendré que cuidar a mi sobrino y también a ti.

— ¡Yo estaré ocupada cuidando a mi sobrino! —respondió Stephanie. Se puso de pie, sin
terminar el desayuno—. Mientras tanto, sugiero que atiendas tu problema con madame Pascal y
te mantengas alejado de mis asuntos —salió enfadada. Christian la siguió, la asió por un brazo y
la llevó hacia el jardín, donde no los vieran ni escucharan.

— ¡Te quiero fuera de aquí! —ordenó él. La volvió cuando llegaron detrás de unos arbustos
—. Si no entras en razón, te ataré y te enviaré lejos. Una mujer es un estorbo en un asunto como
éste. Ayer lo demostraste al atacar a dos hombres inocentes.

— ¡Y los derroté! —le recordó ella. Se soltó y dio un paso hacia atrás. Lo señaló con la
mano—. Todo lo que he hecho mal desde que llegaste ha sido culpa tuya —lo acusó—. Si no te
hubieras comportado como un tirano, nunca habría intentado desobedecerte. Lo que debiste
hacer desde un principio fue decirme toda la verdad. No lo hiciste porque eres un machista.
Mete en tu cabeza que estaré en esto hasta el final. Tengo iguales derechos y responsabilidades.
Envía a tu amante a un sitio seguro y déjame en paz.

Christian le tomó el rostro entre las manos y le levantó la cabeza, pero Stephanie se negó a
sentirse asustada. Intentaba matarla con la mirada ardiente de sus ojos azules, pero ella se la
sostuvo sin apartarse ni un centímetro.

Después de un momento de silencio, Stephanie añadió:

—No me iré. La violencia no te llevará a ninguna parte. Estamos juntos en esto. Acéptalo.

—Cuando todo esto termine, te pondré sobre mis rodillas y te daré una azotaina para que
recuperes la cordura —amenazó él en voz baja.

—Es probable que te refieras al respeto —opinó Stephanie con voz tensa—. Las personas
tiene que ganarse el respeto. Te desprecio, monsieur Durand. Recurres a la violencia con
demasiada facilidad, lo cual me indica que es una segunda naturaleza en ti.
—Me preocupa tu seguridad —observó él—. Situaciones como ésta quedan completamente
fuera de tu comprensión. Si algo llegara a sucederte, nunca me lo perdonaría.

— ¡No me sucederá nada! —respondió Stephanie—. ¿Quién te llamó por teléfono ayer?

—Me llamaron de mi oficina de Canadá, para decirme que no habían localizado a Thierry.

Stephanie regresó a la casa.

—Si imaginas que el flexionar tus músculos contra un hombre como Christian hará que él te
encuentre atractiva, estás en un error.

Al escuchar la voz, Stephanie levantó la cabeza y vio que Denise se encontraba a mitad de
las escaleras, mirándola con desdén.

Denise continuó el ataque.

—A Christian le gusta la feminidad, no la oposición. Constantemente lo atacas y eso no le


gusta. El permanecer aquí después que yo me vaya es una pérdida de tiempo, mademoiselle
Caine. No te permitirán hacer lo que deseas. Christian te ignorará.

— ¡Entonces, mis plegarias serán escuchadas! —Exclamó Stephanie—. Me quedo aquí


porque Jean-Paul me necesita y no por otro motivo. Puede quedarse con monsieur Durand, no se
preocupe.

—No me preocupo. Lo conozco demasiado bien para sentirme intranquila. Cuando todo
esto termine, él irá a buscarme a Martinica.

— ¡No lo dudo! —dijo Stephanie—. Este pequeño problema sobre la seguridad de mi


sobrino debe ser una inconveniencia considerable para ustedes dos.

—No lo ha sido mucho para mí —respondió Denise—. Estoy aquí y Christian también está
aquí. Deseo poco más.

Stephanie se alejó enfadada y subió a su habitación. Se asomó por la ventana y vio que
Jean-Paul estaba con los dos guardias. Christian los observaba. Se sentía molesta debido al
encuentro con Denise y pensaba que nunca podría volver a sonreír. Christian casi le había
cambiado el carácter.

Denise se fue inmediatamente después del almuerzo. Había una pequeña pista aérea de
donde despegaban varios vuelos diarios hacia las islas más grandes del Caribe. Christian
llevaría a Denise a la pista para que abordara el avión.

— ¿Puedo ir, tío Christian? —preguntó el niño.

—Por supuesto —respondió Christian y sonrió—. Podrás observar los aviones miró a
Stephanie—. Tu tía Stephanie también puede venir. Los dos somos responsables de ti y no me
gustaría que ella se quedara.

—Merveilleux. ¡Después de todo, es una excursión, Stevie! —exclamó Jean-Paul. Corrió


hacia su habitación y Stephanie quedó frente a Christian, sin poder pronunciar palabra.

—Supongo que no te gustaría quedarte atrás —dijo él con frialdad.

—No —respondió ella—. Sin embargo, no puedo evitar preguntarme si es sensato. Puede
haber muchas personas en la pista aérea. Hay muchos edificios. ¿Cómo podremos saber si...?
—No podemos —la interrumpió él con impaciencia—. Tampoco podemos saber si están en
la playa, si llegarán en bote o nadando. Hay que arriesgarse un poco.

— ¿Pueden llegar en bote? —preguntó Stephanie y lo miró alarmada—. Nunca pensé en


eso.

— ¿Por qué no, mademoiselle? —cuestionó él con voz suave—. Sólo hay dos formas de
llegar a St. Lucien... por aire o por mar. Tengo vigilada la pista aérea, pero no puedo vigilar toda
la costa. Debo depender de mis instintos y mis contactos. El ir a la pista aérea puede tener cierto
riesgo. En mi opinión, hay más riesgo al permanecer aquí. No me gustaría que sucediera nada
mientras estoy ausente. Por eso vine, para evitar problemas.

—Si no tuvieras que llevar a madame Pascal... —empezó a decir Stephanie, con tono de
reproche.

Él la miró con enfado.

—Si no alejo a Denise, tal vez te veas en la posición detener que defenderla —indicó él—.
Si ella no está aquí, podrás utilizar toda tu habilidad en defender a Jean-Paul. Ése es tu objetivo
principal, mademoiselle. Mientras pueda seguir tu lógica, simplemente soy músculo y fuerza.
Cuando Denise se haya ido, estaré a tu disposición. Sin duda, me informarás sobre mis
obligaciones.

Stephanie se sonrojó.

—Eso es muy injusto... —opinó Stephanie y él la interrumpió.

— ¡Naturellement! Así actúan los monstruos. ¿Esperas algo más? Vamos, mademoiselle
Caine. Vigilaremos a nuestro sobrino y regresaremos sin problemas.

Abordaron el jeep. Denise se sentó en el asiento delantero, junto a Christian, y Stephanie y


Jean-Paul ocuparon el asiento trasero, que resultó ser muy incómodo. Los caminos eran malos y
el vehículo no era de lo mejor. Era una tortura viajar en la parte posterior.

— ¿Qué te dije? —Murmuró Jean-Paul a Stephanie—. Ella se va, mis plegarias han sido
escuchadas. Ahora sólo te tendré a ti y al tío Christian.

Stephanie logró sonreír. Se sentía muy intranquila. Podía sentir el peligro en el aire. Sin
embargo, Christian parecía inconmovible y frío.

La miró por el espejo retrovisor y sus ojos se encontraron. Stephanie lo observó, sin
recordar que él también la miraba. Cuando él frunció el entrecejo, ella recuperó la sensatez.

El camino bordeaba el mar, subía y bajaba de nuevo hasta el nivel del mar. Stephanie sintió
la necesidad de mirar hacia atrás, pues pensó que la persona o personas que planeaban
secuestrar al niño podrían estar ya en la isla.

Cuando ascendieron de nuevo, Stephanie miró de nuevo hacia atrás y su corazón se detuvo
un instante al ver que un coche los seguía. Por supuesto, podría ser alguien que viajaba en la
misma dirección que ellos, pero pensó que ése no era el caso.

Además, ese camino era muy poco transitado. El coche se mantenía lo suficientemente
apartado, para permanecer lejos si ellos se detenían.

Miró a Christian con alarma. Una vez más, él la miraba a través del espejo retrovisor y
sacudió la cabeza con lentitud. Stephanie comprendió que no debería decir nada, para no alertar
sobre el peligro a Jean-Paul.

Stephanie empezó a volver la cabeza de nuevo, pero Christian sacudió la cabeza y ella
comprendió que no debería hacerlo. Christian los vigilaba y tal vez había notado su presencia
mucho antes que ella. Eso la hizo sentir seguridad.

CAPÍTULO 6

LA pista aérea se encontraba en un lugar peculiar. Para la gente de la localidad, era el


aeropuerto. Había unos cuantos cobertizos que podrían ser llamados hangares, aunque sólo para
aviones pequeños. Los aviones que llegaban allí podían transportar sólo a unos cuantos
pasajeros, debido a que la pista era demasiado pequeña y corta. Únicamente servía para
transportar a la gente hacia las islas más grandes, donde podrían abordar aviones hacia lugares
lejanos.

Había varias tiendas de madera, las cuales tenían un buen comercio, ya que los vuelos
llegaban con regularidad y los turistas normalmente iban sedientos y lo primero que hacían era
ir a tomar algún refresco.

Jean-Paul observó los comercios y mostró a Stephanie un pequeño monedero de piel,


cuando Christian detuvo el vehículo.

—He traído dinero —informó el niño en voz baja—. Primero observaré el avión, después
iré a las tiendas. ¿Crees que el tío Christian me dejará?

—Claro que sí —respondió Stephanie—. Iremos todos juntos cuando se vaya madame
Pascal.

—La veré partir —dijo el pequeño con voz firme.

Stephanie intentó no mirar cuando Denise abrazó a Christian y lo besó. Por fortuna, el niño
observaba el avión.

Hacía mucho calor y, después de unos minutos, Stephanie le pidió a Jean-Paul que se
pusiera su sombrero blanco, en lugar de llevarlo en la mano. Se horrorizó al ver que el niño no
estaba allí. Segundos antes estaba a su lado, observando el pequeño avión plateado y a los
pasajeros que lo abordaban. Ahora, no estaba a la vista.

— ¡Jean-Paul! —gritó Stephanie con pánico, pero el ruido del avión era fuerte y el polvo
volaba desde la pista, impidiéndole ver. Gritó de nuevo y empezó a correr.

No sabía hacia dónde corría, pero quienquiera que tuviera al pequeño todavía estaría a la
vista, aunque se dirigiera hacia los cobertizos.

Unas manos fuertes se cerraron sobre sus brazos y violentamente la obligaron a detenerse.

— ¿Dónde está Jean-Paul? —preguntó Christian y la asió con crueldad—. ¡Lo único que
tenías que hacer era vigilarlo unos minutos! ¿Dónde está?

—No... No lo sé. Estaba aquí, junto a mí y cuando... cuando miré de nuevo...

— ¡Vamos!

Corrieron hacia los cobertizos, con la intención de buscar en cada uno de éstos. Cuando
Stephanie salió del primero cobertizo, vio que Christian caminaba hacia ella, acompañado por
Jean-Paul.
Stephanie los miró con gran alivio. Su cuerpo temblaba. Se sentó sobre el objeto más
cercano, pues no podía permanecer por más tiempo de pie.

— ¡Stevie! —Gritó Jean-Paul al ver que ella se sentaba y corrió a su lado—. ¿Qué sucede?
¿Vas a llorar?

—No —respondió por ella Christian—. Sin embargo, creo que imaginó que habías subido al
avión —puso de pie a Stephanie y la miró con detenimiento.

— ¿Con madame Pascal? —Preguntó el pequeño—. Como si yo... —guardó silencio y miró
a su tío, quien no prestó atención a sus palabras y con un brazo asió a Stephanie y con el otro
cargó a Jean-Paul.

—Todo está bien —les aseguró Christian a ambos—. Ahora iremos a casa.

Stephanie intentaba secarse los ojos húmedos y controlar su temblor.

—Soy demasiado mayor para que me lleves en brazos, tío Christian —reclamó el niño con
el rostro sonrojado.

Christian lo depositó en el suelo.

—Te pido perdón —dijo Christian—. En mi deseo por llevar a Stephanie al jeep, olvidé tu
edad. Ella ha estado muy preocupada por ti. Tal vez deberías darle la mano.

El pequeño le dio la mano a Stephanie y la miró con ansiedad.

—Sólo fui a las tiendas, Stevie —explicó el niño—. Era un secreto y quería llegar allí antes
que tú y el tío Christian.

—Si me lo hubieras dicho, en lugar de desaparecer, hubiera ido contigo para esperarte fuera
con los ojos cerrados —observó Stephanie.

—Lo lamento. Ahora estoy aquí —dijo el niño—.De cualquier manera, la sorpresa se ha
echado a perder porque el tío Christian lo ha visto.

—No he visto nada —aseguró Christian, cuando llegaron al jeep—. Si es para tu tía, espero
que sea una sorpresa y no otra fuerte impresión.

—Son las dos cosas —aseguró Jean-Paul. Christian lo colocó en la parte posterior del jeep.

—Entonces, siéntate ahí solo y mira el interior de tus bolsas de papel —sugirió Christian—.
Tu tía se sentará conmigo delante, así irá más cómoda.

—No debí permitir que sucediera —murmuró Stephanie cuando estuvo sentada. Christian la
sorprendió al mirarla con diversión.

—Mientras tú vigilabas al enemigo —dijo Christian en voz baja—, el niño se alejó con gran
habilidad y velocidad. Olvídalo, él está a salvo.

Stephanie agradeció que no la reprendiera y recordó el coche que los había seguido.

—Ese coche... —lo miró con ansiedad.

—Mis dos hombres —aseguró él con calma.


—Pero yo pensé... ¡Dijiste que no tenías coche!

—Anoche alquilé uno —informó Christian—. Sabía que tendríamos que venir hasta la pista
aérea y pensé que sería mejor tener una escolta.

—Por supuesto, no creíste oportuno decírmelo —murmuró Stephanie.

— ¿Tuve oportunidad? Has pasado todo el tiempo riñendo conmigo o tan cerca del niño que
hubiera tenido que pasarte una nota secreta.

—Cuando negaste con la cabeza pensé... —dijo Stephanie.

—No podía darte la información. Jean-Paul se hubiera intrigado y, además, no deseaba que
Denise se enterara.

— ¿Por qué? —preguntó Stephanie, intrigada. —Ella se inquieta con facilidad... es delicada
—murmuró Christian—. Por otra parte, no me gusta contarle mis secretos a la gente. Elige la
explicación que mejor te parezca.

—En otras palabras, que no me meta en lo que no me importa —dijo Stephanie.

—Esa es una manera de mirar las cosas —respondió él con calma.

Stephanie guardó silencio y fijó la mirada al frente. Después de un momento, él se disculpó.

—Lo lamento. No ha sido mi intención herirte. Sé que eres diligente en tu deseo por
proteger a Jean-Paul y también admito que tal vez he sido un poco duro contigo. En tu propio
mundo, sin duda eres hermosa, fría y eficiente. Las circunstancias aquí nos han desequilibrado a
ambos. —A ti no —opinó Stephanie. —No soy invencible.

—Espero que lo seas —dijo Stephanie con solemnidad y lo miró—. Me parece que tu
invencibilidad es todo lo que hay entre Jean-Paul y el desastre. —No es una buena idea poner tu
fe en otra persona —le advirtió Christian—. Al final, únicamente te tienes a ti misma.

— ¿Qué hay acerca de Jean-Paul? —preguntó ella.

—Él es un niño. Es diferente. Por fortuna, ambos lo queremos —respondió Christian.


Stephanie notó que él miraba por el espejo retrovisor y al instante se puso alerta—. Todo está
bien. Mis hombres nos siguen.

— ¿Dónde estaban cuando desapareció Jean-Paul?

—Estaban siendo discretos, siguiendo órdenes —explicó Christian—. No quería que los
vieran. Ahora ya no importa.

Stephanie se preguntó por qué. La única diferencia en la situación era que Denise se había
ido. ¿Habló en serio Christian cuando dijo que no quería que Denise lo supiera?

— ¿De qué habláis? —preguntó Jean Paul. Se inclinó hacia adelante.

—Nada importante —respondió Christian—. Supongo que ya has terminado de revisar tus
bolsas de papel.

—Oui. ¡Estoy muy satisfecho! —respondió Jean-Paul.

Ya muy avanzada la noche, Stephanie despertó al escuchar un ruido. Había dormido mal
desde que Christian llegó a St. Lucien y, actualmente, debido a la preocupación por la seguridad
de Jean-Paul, cualquier cosa la turbaba.

Se sentó en la cama y escuchó. Se preguntó si había escuchado pasos o el sonido del


teléfono. Sólo había un teléfono en la casa y se encontraba en el estudio de Thierry, muy lejos
de donde ella estaba. Por supuesto, pudo haber sido Christian que vigilaba a Jean-Paul, pero
generalmente, él no hacía ruido.

Se levantó, se puso una bata y caminó en silencio hasta la puerta. Al llegar a la habitación
de Jean-Paul, comprobó que el niño dormía en paz. Comprendió que el ruido que escuchó había
llegado desde la planta baja. Podría haber sido Christian o un intruso. Tenía que indagar.

Cuando se encontraba a mitad de las escaleras, Christian empezó a subir. La observó


durante un minuto. Su silencio la desconcertó. Esos ojos azules siempre la dejaban inmóvil.

— ¿Qué pasa? —preguntó al fin Christian. Stephanie casi saltó al escuchar su voz.

—Oí un ruido y me levanté para ver qué pasaba. Christian asintió comprensivo y le indicó
que bajara.

—Tal vez fue el teléfono —dijo él—. Pensaba decírtelo mañana, pero como estás despierta,
podemos hablar ahora. Baja a tomar un café.

— ¿Es acerca de Fiona y Thierry? —preguntó Stephanie.

—Sí. Los han encontrado. Ven a la cocina y prepararé café. Hablaremos allí.

— ¿Regresarán ahora? —preguntó ella. Cuando él no respondió, insistió—. ¿Van a


regresar?

—No —respondió. Se encontraban ya en la cocina. Christian cerró la puerta y se volvió


para mirarla—. No pueden. Fiona está en el hospital. Hablé con Thierry.

— ¿Qué le sucede? —preguntó Stephanie, en un murmullo.

—Un accidente. Bebe esto. Estás impresionada, pero no podía decírtelo de otra manera.
¿Quieres que te sirva un brandy? —ella negó con la cabeza—.Tu hermana está muy
acostumbrada a hacer las cosas a su manera. Lo he sabido desde hace tiempo, pero debo
confesar que me sorprendió ese cambio, pues ella no suele actuar así.

— ¿Por qué? No sé de qué hablas... —aseguró Stephanie.

—Al parecer, tu hermana deseaba conocer el norte —informó Christian y la miró con
sospecha, como si ella hubiera tomado parte en esos planes—. Como de costumbre, Thierry la
complació. Parece incapaz de negarle algo.

—Eso se llama amor —murmuró Stephanie.

— ¿Sí? Siempre pensé que el amor protegía. Él le permitió estar en peligro. Es una clase
extraña de amor. A mí, me parece más bien una simple incapacidad de decir no con firmeza.

— ¿Quieres decirme por favor lo que sucedió? —preguntó Stephanie—. Si deseas discutir,
más tarde lo haremos, pero ahora deseo saber cómo está Fiona.

—No tengo deseos de discutir contigo —aseguró Christian—. Aprecias mucho a Fiona, ¿no
es así?
— ¡Por supuesto! Es mi hermana. ¡Por favor, dime lo que le sucedió!

—Al principio iban con un grupo organizado, adecuadamente equipado, con un guía para
que los ayudara y todo estuvo bien. Más tarde, viajaron por su cuenta, para cumplir el deseo de
Fiona de conocer lo inhóspito. Durante unos días, nadie supo dónde estaban. No se organizó una
búsqueda, porque ellos dijeron que querían estar a solas. Tenían mapas y un plan. Por desgracia,
tu hermana se cayó y se lastimó la pierna. Entonces, tuvieron problemas.

Thierry no se atrevió a dejarla y nadie fue a buscarlos. Cuando al fin alguien los encontró,
Fiona no tenía únicamente una pierna rota. Estaban en campo abierto, en una tienda de
campaña, algo muy romántico, aunque poco práctico. Ella se encuentra en el hospital y a sus
problemas hay que añadir que estuvo expuesta a los elementos. Thierry dice que estará allí al
menos durante dos semanas.

— ¿Se encuentra bien? —preguntó Stephanie. Debido a la ansiedad que sentía, le asió la
mano, sin recordar quién era él.

—Sí —los dedos largos se cerraron con afecto sobre los suyos—. Thierry está con ella y
parece satisfecho. Su llamada, por supuesto, era para ti. No esperaba encontrarme aquí.

— ¡Oh! —Exclamó Stephanie y lo miró a los ojos—. ¿Qué hay acerca de...?

—Por eso necesito hablar contigo —dijo con seriedad Christian—. ¿Les decimos que Jean-
Paul corre peligro? Si lo hacemos, ¿qué opciones tiene Thierry? Stephanie supo con exactitud a
lo que él se refería. Si Thierry lo sabía, querría regresar y Fiona tendría que quedarse sola y
enferma de preocupación. Thierry no sabía qué hacer, dudaría si debería permanecer al lado de
su esposa o regresar. Estarían separados por miles de kilómetros y Thierry no po dría proteger a
su hijo y sería Christian quien lo haría.

Involuntariamente, los dedos de Stephanie se cerraron sobre los de Christian. Lo miró.

—Tendremos que encargarnos de esta situación solos —opinó ella—. Thierry no puede
estar en dos lugares a la vez y si deja sola a Fiona, deberá tener un buen motivo. Si le dice la
verdad, ella insistirá en venir también y eso sería muy mala idea. Tal vez actuemos mal, pero no
creo que debamos decírselo. —D'accord! Yo pienso igual. Me alegro de que estés de acuerdo
conmigo —la miró con detenimiento y sonrió—. Sin embargo, me sorprende que estemos de
acuerdo. ¿Puedo conocer el proceso mental que te ha llevado a esta decisión?

—Thierry no puede dejar a Fiona sin darle una explicación —respondió Stephanie con
solemnidad—. Y si se lo dice, ella querrá venir también. Además, si Thierry viene, ¿qué podría
hacer? Puede que sólo fuera un obstáculo.

— ¿Un obstáculo? —preguntó Christian—. Es el padre del niño.

—No obstante, no es como tú —opinó Stephanie—. Cuando me enteré de esta situación,


recé para que ellos regresaran, pero cambié de opinión enseguida.

— ¿Por qué? —preguntó Christian y la miró con los ojos entrecerrados.

—Porque si alguien puede proteger a Jean-Paul, esa persona eres tú —dijo ella y fijó la
mirada en sus manos—. Eres inteligente... estricto y diferente. — ¿Es eso un cumplido? —quiso
saber Christian. —Supongo que sí. Eso no cancela tus faltas —se apresuró a añadir ella.

—Sé que tengo muchas —observó él y soltó una carcajada. Llevó hasta su boca la mano de
ella y le besó la palma, antes de soltarla.
Stephanie quedó sorprendida. Christian se puso de pie para servirse café.

Después de un momento de silencio, él añadió: — ¡Alors! Mañana iremos al barco. Ya no


hay necesidad de permanecer aquí. Los guardias ya no se ocultan y Denise se ha marchado.

— ¿Quieres decir que habríamos ido directamente al barco, si ella no hubiera estado aquí?
—la sorpresa se reflejaba en el rostro de Stephanie.

—Como tú dijiste, es el mejor lugar para esconderse —respondió él.

—Entonces, ¿por qué no nos fuimos cuando te lo sugerí?

—Denise no se siente muy cómoda en una cubierta que se balancea —informó él con tono
burlón—. Como te he dicho, es muy delicada.

Stephanie se puso de pie y lo miró con desagrado. Sus palabras probaban una vez más que
él pensaba en la comodidad de esa mujer antes que en la seguridad de su sobrino.

—Buenas noches, monsieur —dijo Stephanie—. Retiro mi cumplido —caminó hasta la


puerta, sin mirar hacia atrás.

—Lo esperaba —comentó él con voz divertida—. Por lo tanto, no representa una gran
desilusión. A bientót, Stephanie.

Stephanie recordó el beso de despedida que Denise le dio a Christian y sus labios se
tensaron.

Se metió en la cama y cerró los ojos. Cuando el rostro de Christian pasó por su mente, lo
apartó.

Al día siguiente, cuando Stephanie bajó, Christian ya había organizado sus actividades de
ese día.

—Ya le he dicho a Jean-Paul que iremos al barco y, por supuesto, está muy contento —dijo
Christian, cuando Stephanie se sentó a desayunar—. También he llamado a Thierry.

— ¿Qué te ha dicho? —preguntó ella y se sintió culpable por ocultarles lo que sucedía—.
¿Le has contado lo que pasa?

—No. Le he dicho que iríamos al barco, y que era probable que hiciéramos un crucero
corto. Sintió alivio porque estamos juntos para cuidar a Jean-Paul. No le he contado lo que pasa
porque anoche quedamos en que no diríamos nada.

—Lo sé —Stephanie suspiró—. Sin embargo, esta mañana me siento culpable por
ocultárselo.

—Tranquiliza tu conciencia, puesto que yo tomaré esa responsabilidad —dijo Christian.

—No es eso y lo sabrías si no fueras tan inflexible —manifestó con enfado Stephanie—.
Deja de tratarme como si fuera la oposición. Lo único que inquieta mi conciencia es el asunto
del derecho que tenemos a hacer esto, aunque sé que no tenemos alternativa. De cualquier
manera, si Fiona regresara, podría estropearlo todo. Conociéndola, será mejor que se mantenga
al margen.

La miró fijamente. Sus ojos tenían un brillo travieso.


—El proceso de tu pensamiento me fascina —murmuró él y la miró burlón—. Has pasado
de la culpa a la duda, después a la justificación y luego a la seguridad en cuatro frases. Serías un
buen oficial. Respecto a Fiona, estoy de acuerdo contigo. Ya tenemos muchos problemas y es
mejor que esté a miles de kilómetros de distancia. Cuando todo termine, ella podrá sufrir uno de
sus ataques.

—Ella no sufre ataques —aseguró Stephanie—. Todo es fingido, para obtener lo que desea.
Siempre ha sido así, incluso cuando era niña.

— ¿Te causó problemas, petite? —preguntó él con voz suave.

—No. Sé cómo tratarla —aseguró Stephanie—. Creo que prefiero que continúes
diciéndome mademoiselle, pues encaja mejor en la situación. Temporalmente somos aliados,
pero no espero que esto dure.

Christian se puso de pie y la miró con ironía.

—Pido disculpas, mademoiselle. En ocasiones conmueves mi corazón y nuestro desprecio


mutuo se aleja de mi mente. Tendré cuidado en el futuro.

Después del desayuno, cuando Stephanie cruzaba el pasillo, Christian llegó y ella se volvió
hacia él.

—Haré las maletas para Jean-Paul y para mí —comentó Stephanie—. ¿Regresaremos aquí?

— ¿Quién lo sabe? —Christian se encogió de hombros.

—Bueno... Me preguntaba si debo llevar todas mis cosas. Cuando termine el peligro,
regresaré a Londres. Se suponía que tenía unas semanas de descanso, pero después tengo
compromisos de trabajo —lo miró—. ¡No empieces a tratar de librarte de nuevo de mí!

— ¿Cómo es que una joven tan hermosa puede tener tan mal genio? —preguntó él con tono
burlón—. Ni por un momento he conseguido librarme de ti. Estoy a punto de mostrarte mi yate.
Más tarde veremos lo que sucede, pero será mejor que lleves todo tu equipaje.

—Ya he visto tu yate —confesó Stephanie y se detuvo junto a las escaleras. Se volvió hacia
él—. Estaba aquí cuando tenía diecinueve años y tu yate entró en la bahía. Es muy bonito y
romántico. Yo estaba mirando con los gemelos de Thierry y también te vi en cubierta.

—Entonces, ¿sabías quién era yo cuando llegué aquí?

—No. A decir verdad, tardé unos minutos en reconocerte. Cuando te vi hace tiempo, tenías
una apariencia diferente... amable, divertida, muy agradable. Por supuesto, te vi desde muy
lejos. El carácter se evalúa con mayor facilidad desde cerca.

—Cuanto más cerca, mejor —la abrazó por la cintura—. No me insultes. Cuando me quedo
sin palabras, recurro a la acción —la soltó—. De cualquier manera, entonces no tenía tantas
responsabilidades y me divertía que me observaran desde la casa. Cuando tú terminaste de
observarme, yo también te observé. También hay gemelos en el yate y observé de cerca a la
joven con cabello rubio plata que parecía tan interesada. Me pareciste deliciosa. Lo cual prueba
tu propia conclusión: el carácter se valora mejor desde cerca.

Se alejó y Stephanie quedó con el rostro sonrojado.

El yate de Christian se llamaba Sea Queen y era mucho más grande de lo que ella había
imaginado. Abordaron ya avanzada la tarde. Una lancha llegó para llevarlos al yate. Ella
comprendió que él tenía alguna manera para comunicarse con su tripulación.

Stephanie no había visto el yate cuando ella y Jean-Paul fueron a la ensenada, durante el
segundo día de la estancia de él en la isla, porque estaba anclado fuera de la vista, al otro lado
del cabo.

— ¿Te gusta? —preguntó Christian al ver la expresión de Stephanie.

—Parece que acaba de llegar de las nubes —murmuró ella, sin apartar la mirada del yate.

—Una vez a bordo, cambiarás de opinión —dijo Christian—. Todo es moderno. Al bajar las
velas, la ilusión se desvanece.
CAPÍTULO 7

NO resultó sencillo tranquilizar a Jean-Paul esa noche. El niño estaba muy entusiasma do y
quería pasar la noche mirando el mar por la portilla. Finalmente, el sueño lo venció y Stephanie
se arregló para su primera cena a solas con Christian.

— ¿Cuántas personas hay a bordo? —preguntó ella, después de aceptar una copa en el
salón, mientras esperaban la cena.

—Cinco. El yate es grande y son necesarias varias personas. Incluso tengo un capitán —
informó Christian y sonrió.

El capitán los acompañó durante la cena. Stephanie opinó que era encantador.

Michel Arlaud tenía poco más de treinta años y resultaba evidente que estaba acostumbrado
al mar. Era un hombre rubio y muy apuesto.

—Es un placer tener esta compañía deliciosa, mademoiselle —le aseguró el capitán, cuando
Christian los presentó—. Por un largo viaje —brindó, cuando le entregaron una copa.

— ¿Pasa todo su tiempo a bordo del Sea Queen? —preguntó ella.

—Me gustaría, pero monsieur Durand pasa poco tiempo en el yate. Cuando no estoy dando
órdenes y cenando en la mesa del dueño del yate, soy un pobre pescador.

—Michel es dueño de una pequeña flota pesquera —informó Christian—. Habla de esta
manera para impresionarte. Lo conozco desde hace mucho tiempo e invariablemente me llama
Christian. Dirige para mí el Sea Queen porque le gusta navegar y no puede comprar un barco de
este tamaño. También le gustan los problemas.

—Me alegro de que esté de nuestro lado —dijo Stephanie a Christian más tarde, cuando el
capitán regresó a atender sus deberes y quedaron a solas—. ¿La tripulación sabe que...?

—Sí —la interrumpió él—. Han estado conmigo durante muchos años y Michel y yo fuimos
juntos a la escuela. Es más joven que yo. No necesita este empleo, sólo le gusta navegar. Aquí
corremos poco peligro.

— ¿Qué hay acerca de los dos hombres que estaban en la casa? —preguntó ella.

—No forman parte de la tripulación. Los llamé a París cuando supe que habría problemas.
Ahora están vigilando la casa, nos son de más utilidad en tierra, además, no hay espacio para
ellos en el yate. Cuando todo este asunto termine, volverán a Francia.

— ¿Cuándo terminará todo esto? —quiso saber

Stephanie. Suspiró.

—Tal vez más pronto de lo que piensas —opinó Christian—. Le dije a Thierry que quería
llevar

Jean-Paul a París conmigo. Serán unas vacaciones para él y podremos visitar su nueva
escuela.

— ¿Qué opinó Thierry? —preguntó Stephanie.


—Pensó que era una idea excelente. Así, Fiona podrá recuperarse con tranquilidad.

— ¿Cuándo partiremos? —preguntó ella.

—Cuando ya no haya peligro. Cuando los villanos hayan sido capturados. Hasta entonces,
permaneceremos aquí, lejos de tierra, completamente a salvo. Vigilaremos y esperaremos.

—Espero que ellos hagan exactamente lo mismo —observó Stephanie.

—No lo creo. La red está en su sitio. Caerán en la red y no falta mucho para eso —opinó él.

— ¿Cómo lo sabes?

—Porque he estado estudiando sus métodos. Han secuestrado a muchas personas y sabía
que tarde o temprano volverían su atención hacia mí. No creo en eso de ser atrapado
desprevenido. Sé como trabajan. Incluso sé cómo piensan. Cuando se tiene el conocimiento, es
fácil poner la trampa. Está puesta. Ahora sólo nos resta esperar.

—Resultas atemorizante —dijo Stephanie.

—Tal vez lo soy para mis enemigos. Tengo pocos enemigos, aunque esa idea te parezca
poco probable. Aquellos que desean lastimar a las personas que quiero son enemigos y es muy
probable que encuentren poca piedad —la miró y sonrió de pronto—. Tú no eres un enemigo,
Stephanie. Duerme en paz. No es necesario que recorras el yate con tu secador preparado para
atacar.

—No iba a hacerlo —protestó ella y se ruborizó.

— ¡Bien! Me alegra escuchar eso. Tienes la tendencia de vigilar cubierta únicamente con un
pedazo pequeño de seda. La tripulación está formada por hombres serios y me gustaría que
permanecieran así. Nuestra seguridad depende de eso.

—Me marcho, no estoy dispuesta...

Pero antes de que pudiera escapar, la asió por los hombros y la volvió hacia él. Sin que
pudiera recuperarse de la sorpresa, los labios de Christian cubrieron los suyos con un beso suave
al principio y que después se volvió fiero. Cuando él levantó la cabeza, lo miró perpleja.

— ¿Por qué lo has hecho? —preguntó Stephanie.

—Porque me apetecía —respondió él con suavidad. Su mano todavía levantaba el rostro de


ella—. He adquirido las costumbres despreciables de la gente muy rica. Tengo muy arraigado el
hábito de hacer lo que deseo. Deseaba besarte y seguí mis inclinaciones.

— ¿Qué opinarías si yo siguiera mis inclinaciones y te abofeteara con fuerza? —preguntó


ella con voz temblorosa.

—No me gustaría y es probable que respondiera con rapidez —Christian inclinó la cabeza
hacia un lado y la miró—. Puedes hacerlo, si lo deseas, si eso es lo que en realidad quieres
hacer.

Stephanie llegó a su camarote, se desvistió y observó el mar.

Stephanie durmió hasta tarde. Cuando salió de su camarote, Christian y Jean-Paul ya habían
desayunado y se encontraban en la cubierta. Jean-Paul leía y Christian observaba la playa con
unos gemelos.
—Hoy has dormido mucho —comentó Christian y separó una silla de la mesa para que se
sentara—. ¿Tienen que despertarte cuando tienes planeado trabajar?

—Normalmente me levanto temprano —aseguró Stephanie.

—Puedes comer aquí —dijo Christian—. De esa manera, no sentirás que te pierdes las
cosas. Jean-Paul se pregunta qué va a hacer hoy, puesto que las expediciones son imposibles.

—He traído algunos juegos de la casa —comentó Stephanie—, y una cometa.

— ¡Una cometa! ¡Eso es maravilloso, Stevie! ¡Eres la mejor persona en todo el mundo! —
exclamó con entusiasmo Jean-Paul.

—Es probable que secunde eso —murmuró Christian—, si no te caes por la borda ni
enredas la cuerda de la cometa en el aparejo.

—No pensé en eso —confesó Stephanie y Christian rió.

—No hay peligro, siempre que comprobéis hacia donde sopla el viento y actuéis de acuerdo
a esto. De cualquier manera, Michel sin duda se sentirá honrado al tener que escalar el mástil
para recuperar la cometa... Te ha echado de menos durante el desayuno... hasta ha preguntado
por ti.

—Eso es verdad, Stevie —interrumpió el niño—. Preguntó dónde estabas y se mostró


despondent. ¿Puedo ir a buscar los juegos?

Stephanie le indicó dónde encontraría los juegos.

—No me parece una conversación adecuada para un niño pequeño —comentó ella, cuando
el pequeño se alejó.

—Él es francés —indicó Christian—. Ya es hora de que reconozca la diferencia entre


hombres y mujeres.

— ¡Eres un fresco! —opinó ella. —Tal vez —Christian le asió la mano—. Quizá, sólo trato
de aligerar la atmósfera que nos espera durante algunos días.

—Sin embargo, no es necesario que me tomes de la mano —logró decir Stephanie. Liberó
su mano y se concentró en servir el té.

—Tal vez, deseo que los hombres comprendan que estás bajo mi cuidado —respondió él
con voz suave—. Por supuesto, si prefieres estar con Michel, es cosa tuya... Pero creo que
estarás más segura conmigo. Yo puedo cuidarte.

—Puedo cuidarme sola —aseguró Stephanie, enfadada—. Todavía tengo mi secador,


recuerda eso. Puedes decírselo al capitán.

—Puedes confiar en él —aseguró Christian—. Sólo bromeaba, Stephanie. Veo que no te


agradan las bromas. Seré más serio en lo sucesivo.

Jugó con Jean-Paul hasta la hora del almuerzo y después sacaron la cometa. Se distrajo
contemplando el mar.

— ¡Cuidado! —exclamó el niño. Una ráfaga de viento hizo que la cometa volara hacia el
yate y se enredara en el aparejo. El pequeño observó el desastre y murmuró: — ¡Oh, no! Es
exactamente lo que el tío Christian dijo que evitáramos. Tendré que decírselo. Supongo que me
prohibirá que continúe volando la cometa.

—No está muy arriba —opinó Stephanie—. Vigila, yo la rescataré. Lo que el tío Christian
no sepa, no le hará daño —se quitó las sandalias y empezó a trepar.

— ¡No, Stevie! —pidió el niño con urgencia—. Es demasiado peligroso.

—Es como una escalera —aseguró Stephanie.

Jean-Paul corrió asustado por la cubierta. Stephanie continuó trepando.

La escalera se balanceaba con el viento y le cortaba las plantas de los pies.

Antes de llegar hasta la cometa, supo que tenía problemas. Una sola mirada hacia abajo,
confirmó sus sospechas: era incapaz de seguir subiendo y tampoco podía bajar.

— ¡No te muevas! —la voz de Christian llegó desde la cubierta.

Stephanie miró hacia abajo con temor y lo vio en cubierta. Jean-Paul, muy nervioso, estaba
a su lado. No podía moverse. Sus manos se cerraban con tanta fuerza que sentía que ya no tenía
sangre en los dedos.

—Vuélvete hacia mí —ordenó Christian al llegar a su lado. Ella sintió su mano en el


hombro. Stephanie negó con la cabeza y se mordió el labio—. No te dejaré caer. Vuélvete
despacio y todo terminará en un minuto. Ahora, apóyate sobre mi hombro.

—Nos caeremos —aseguró Stephanie y se aferró con más fuerza.

—No. Tengo cosas que hacer y el caer no está en mi programa. Cuanto antes bajemos,
mejor. La brisa aumenta. Inclínate sobre mi hombro y estaremos en la cubierta en unos
segundos, a salvo.

Stephanie tuvo que hacer un gran esfuerzo para obedecer. Cerró los dedos sobre el cinturón
de él y lo dejó en libertad para utilizar las dos manos para bajar.

Christian murmuró:

—Me alegro de que lleves sólo unos pantaloncitos cortos. Así te harán más daño los azotes
que voy a darte cuando lleguemos abajo.

Toda la tripulación se reunió para observar el descenso.

—Baja la cometa, Jany —ordenó Christian, cuando estuvieron en cubierta—. Puedes


dársela a mi sobrino, él la guardará —dirigió una mirada severa a Jean-Paul, que asintió de
inmediato.

Llevó a Stephanie al salón y la sentó en un sillón. Le entregó una copa de brandy y ordenó:

—Bebe esto despacio. Te hará volver a la normalidad.

—Lo lamento —confesó Stephanie. No se atrevió a mirarlo—. He sido una tonta...

—Estoy de acuerdo —dijo él con tono burlón—. Tengo que admitir que, cuando decides ser
osada, sobrepasas el límite. No me he atrevido a reunir tres palabras para describirte.

—Puedes hacerlo si deseas —murmuró Stephanie—. Me lo merezco.


Él rió. Se sentó a su lado y le levantó la barbilla.

— ¿Por qué subiste, si le temes a las alturas?

—No le temo a las alturas. Esperaba subir y bajar con la cometa antes de que alguien se
enterara. Pero no tuve en consideración la altura, ni el balanceo del barco. Creo que nunca me
había sentido tan asustada.

— ¿Ni siquiera cuando pensaste que mis hombres eran secuestradores? —preguntó él.

—Eso fue diferente. Era por el bien de Jean-Paul. En esta ocasión, tenía miedo por mí. Me
quedé inmóvil.

—Lo noté —dijo él y la urgió para que bebiera el brandy—. Tuviste suerte de que yo
estuviera cerca, de lo contrario, te habrías quedado allá arriba toda la vida.

—Como la bandera del barco —murmuró Stephanie.

—Tal vez. Pienso que habrías sido una bandera muy hermosa —opinó Christian—. Desde
ahora, me tomaré las cosas con calma. Una impresión fuerte puede llegar inesperadamente.
Quédate aquí. Jean-Paul podrá cuidarse solo. Además, será obediente, estaba aterrado por su
amada Stevie.

Quedó a solas. Jean-Paul llegó poco después. — ¿Cómo estás, Stevie? —preguntó el niño,
preocupado.

—Bien —Stephanie sonrió—. Estoy aquí para ocultarme de tu tío. Me siento como una
tonta. La tripulación se estará riendo de mí, por lo tanto, me quedaré oculta aquí hasta que los
hombres se olviden del asunto.

—Tuve que ir en busca del tío Christian —dijo el niño, todavía preocupado.

—Gracias al cielo que lo hiciste. Necesitaba que me rescataran.

—Él es como un caballero reluciente, ¿no es así? —preguntó Jean-Paul—. En ocasiones,


importuna, pero siempre sé que está allí cuando lo necesito. —Lo sé —dijo ella.

— ¿Me puedo sentar sobre tus rodillas? —preguntó el pequeño con seriedad.

— ¡Por supuesto! Necesito un poco de consuelo y que me infundan mucho valor.

—No es eso, Stevie —dijo Jean-Paul en voz baja y se apoyó contra su hombro—. Deseo
una charla secreta —la miró—. Está sucediendo algo extraño.

— ¿Quieres decir que hay gato encerrado? —preguntó ella.

— ¿Comment? —la miró sorprendido y Stephanie se alborotó el cabello.

—Eres tan malo como tu tío para comprender los dichos ingleses. Lo diré de otra manera.
¿Piensas que está sucediendo algo peculiar?

—Sí —aseguró el niño—. El tío Christian no es el mismo en esta visita a St. Lucien. Tú no
lo conoces bien, Stevie. Él ríe mucho y generalmente es muy divertido, pero en esta ocasión,
con frecuencia se enfada y... siempre me vigila. Ahora que estamos aquí, los hombres también
me vigilan. Todo esto es muy raro.
—No está sucediendo nada raro —explicó Stephanie—. Es sólo que estamos en guardia.
Por eso hemos venido al barco, para poder estar más en guardia —tenía toda la atención del
niño y todavía no sabía qué iba a decirle—. Tu tío Christian es muy rico. Supongo que lo sabes.

—Papá dice que es uno de los hombres más ricos de Francia.

—Probablemente. En ocasiones, las personas ricas están en peligro, porque existe gente
mala que le gustaría apoderarse de su dinero.

—En América secuestraron a un hombre —comentó el pequeño—. Mamá lo leyó en el


periódico. ¿Quieren un rescate por el tío Christian?

—Creo que ése es su plan, pero no lo han atrapado. Por eso estamos vigilando.

— ¡Ah! Ahora comprendo. Yo también vigilaré —el niño rió de pronto y la sorprendió—.
Mamá y papá hablaron de eso cuando ella leyó el periódico. Dijo que sería terrible si alguien
hiciera eso al tío Christian. Papá dijo que si alguien secuestraba al tío Christian, lo dejaría en
libertad inmediatamente, sólo para librarse de él. Papá dijo que causaría un gran problema.

—Supongo que sí —dijo Stephanie—. Sin embargo, no vamos a permitir que lo secuestren.
Por eso vigilamos. En cambio, nosotros vamos a atraparlos.

— ¡Yo iré y ayudaré! —aseguró con determinación Jean-Paul—. ¿Tienes binoculares,


Stevie?

—Me temo que no —respondió ella—. Pregunta a los hombres de la tripulación, pero que
nadie se entere de que sabes por qué están vigilando. Puedes ser una ayuda extraña. Tú y yo
trabajaremos solos. — ¡Muy bien! —exclamó Jean-Paul—. ¡Todo es tan divertido cuando estás
aquí, Stevie! Ahora hay una aventura.

—Es verdad —murmuró Stephanie. —Desearía que siempre vivieras con nosotros. —
Créeme, no podría soportar el ritmo —dijo ella. El niño se alejó para iniciar su vigilancia. Un
ruido ligero hizo que Stephanie volviera la cabeza. Christian estaba asomado a una de las ven -
tanas correderas de la cubierta. Por su expresión, supo que al menos había escuchado parte de la
charla, por lo que confesó: —Él lo sabe.

—He oído parte de lo que le has dicho. —Tuve que decirle algo porque estaba preocupado
—explicó Stephanie—. Tenía la impresión de que todos lo vigilaban... Estaba tan preocupado
que hasta quiso sentarse sobre mis rodillas.

—Es afortunado por ser pequeño —murmuró Christian con ironía. Se volvió para entrar por
la puerta—. Estoy de acuerdo. Tenías que decirle algo y me impresionó mucho lo que
inventaste. Una aventura perfecta... casi la verdad.

—No hubiera sido una buena idea que él supiera que es el objetivo —observó Stephanie.

—D'accord! Tu explicación cubrió todo lo que es probable que él averigüe.

—No sabía qué decir. Jean-Paul me ayudó, sin darse cuenta, con su historia sobre un
rescate.

—Sí, ya lo he oído —dijo Christian—. Ha sido interesante conocer la opinión que mi


hermano tiene de mí —Stephanie no pudo ocultar una sonrisa—. Veo que estás de acuerdo con
él. —Más o menos... —rió.

—Entonces, ¿piensas que soy estricto y severo?


—No me has dado motivos para imaginar lo contrario —respondió ella.

—Cambiaré mi manera de ser cuando todo esto termine —prometió él—. Mientras tanto, iré
a observar a tu espía. Tal vez, el siguiente intento de rescate que yo haga será cuando Jean-Paul
caiga por la borda, en su entusiasmo por vigilar.

Christian salió y Stephanie respiró con alivio. Se cambió de ropa y decidió vigilar también.
CAPÍTULO 8

CASI había oscurecido, cuando Christian recibió una llamada desde tierra. Decidió de-
sembarcar. No le contó nada a Stephanie, pero la chica comprendió que algo nuevo sucedía. —
¿Qué pasa? —preguntó ella al subir a cubierta, cuando Christian se preparaba para partir.

—Dos hombres fueron arrestados —explicó él—. La policía los tiene detenidos y tengo que
ir a verlos. Tú te quedarás aquí con Jean-Paul.

—No esperaba ir contigo —aseguró Stephanie—. ¿Cómo sabrás si esos hombres son los
que...

—Lo sabré en cuanto los vea —la interrumpió él—. No los han atrapado por casualidad.
Ellos hablarán—se fue.

— ¿A dónde va? —preguntó Jean-Paul al llegar al lado de Stephanie y ver la lancha que se
alejaba.

—Piensa que han atrapado a los hombres —respondió ella.

Jean-Paul se fue a la cama y Stephanie charló con Michel. Pero el tiempo pasaba y Christian
no volvía.

Cuando escucharon el sonido de un motor, Michel se puso de pie.

—Voy a recibirlo —informó—. No es necesario que se preocupe. Christian nunca ha


fracasado en nada.

—Tal vez esos hombres no son los que él busca —murmuró ella.

—Rara vez pierde su tiempo —observó Michel y sonrió—. Serán los hombres indicados, y
él se encargará del asunto. Esta noche cenaré en mi camarote porque supongo que desearán
hablar en privado —se fue antes de que ella pudiera protestar.

—Aquí estoy —anunció Christian al llegar a su lado.

— ¿Eran ellos? —preguntó Stephanie con voz ronca.

—Sí. Por la mañana los enviarán a Francia, a una celda cómoda.

— ¿Confesaron? —quiso saber ella—. Si te equivocas, todavía habrá peligro. ¿Cómo


puedes saber que los han detenido a todos?

—No los tenemos a todos —respondió él y se sirvió una copa—. Hay tres de ellos libres,
pero la policía conoce el paradero de dos y del otro me encargaré yo.

—No comprendo —dijo Stephanie y se acercó a él con expresión perpleja.

—No puedes comprender, puesto que este jaleo se inició desde hace tiempo, mucho antes
de que aparecieras en escena. Jean-Paul está a salvo ahora y tu parte en esto ha terminado.
Puedes regresar al mundo de la moda y olvidarte de todo.

— ¡Estoy segura de que podré hacerlo con mucha facilidad! —a Stephanie le lastimó el
tono de voz de él y su forma de hablarle—. Al fin se cumplirán tus deseos. Pronto abordaré un
avión y estaré fuera del alcance de tu vista.

—Esta noche estás muy conmovedora, mademoiselle. ¿Tu sobrino sabe que estás a punto de
abandonarlo?

— ¡Qué típico! —exclamó ella—. Intentas por todos los medios librarte de mí y cuando
estoy dispuesta a partir me acusas por desertar.

— ¿Qué otra cosa es? Acordamos que Jean-Paul iría a París para conocer su nueva escuela.
Hicimos un pacto juntos para ocultar el peligro a sus padres. Fue una decisión conjunta. Ahora,
cuando estamos a punto de partir, deseas alejarte de nosotros.

—Pero... dijiste que podía regresar al mundo de la moda y olvidarme de todo esto —le
recordó Stephanie.

—Puedes hacerlo. Casi ha terminado. Sin embargo, no he dicho que pudieras irte
inmediatamente ni he sugerido que te olvidaras de nosotros.

— ¿Quieres dejar de decir «nosotros»? —pidió Stephanie con frustración—. Nunca has sido
parte de esto. Mis pensamientos son y siempre han sido por la seguridad de Jean-Paul.

— ¿No me ordenaste huir cuando atacaste a los hombres en la playa? —preguntó él con
tono burlón—. ¿No temiste por mi seguridad? —le tomó el rostro entre las manos y la miró—.
¿No has estado nerviosa durante todo el tiempo que he permanecido en tierra?

—Ni un poco —Stephanie respiró con dificultad—. Todo lo contrario, al pensar que Jean-
Paul estaba seguro al fin, me he relajado por primera vez en mucho tiempo.

—Entonces, ¿por qué estabas tan tensa y pálida cuando llegué hace un momento? ¿Por qué
me dijo Michel que apenas habías oído lo que él te dijo? —Es muy aburrido —respondió ella.
—Imaginaste que varios rufianes me estarían esperando —insistió Christian e ignoró lo que ella
dijo sobre Michel—. Estabas preocupada por mí.

—Sólo me preocupaba que ellos vinieran aquí, si... si...

— ¿Si resultaba que yo no era invencible? ¿Pensaste que la tripulación cedería con
facilidad? Estabas nerviosa por mi seguridad. Estás vinculada a tu socio.

— ¡Ni pensarlo! —exclamó ella. Christian rió y la abrazó.

—De ahora en adelante, ignoraré tus pequeños comentarios. Resulta obvio que es un código
inglés desconocido para las personas civilizadas. No puedo competir —miró el rostro sonrojado
de Stephanie—. Seamos sensatos. Mañana partiremos de St. Lucien y vendrás con nosotros.
Tengo cosas que hacer y te necesito. Jean-Paul también te necesita. —Si él ya no está en
peligro, entonces... —La red todavía no se ha cerrado —indicó él y frunció el entrecejo—. El
peligro es pequeño, pero no me sentiré por completo satisfecho hasta que todos estén encerrados
bajo llave, a ser posible en Francia. Hasta entonces, me sentiré más feliz si estás con Jean-Paul.

— ¿Por qué? —preguntó ella—. Siempre has intentado librarte de mí.

—Jean-Paul te quiere, lo sé —manifestó Christian—, y tú eres de mucha utilidad —se


encogió de hombros y la miró fijamente—. Lo vigilas bien, y eso me hace estar más tranquilo.

—Muy bien —dijo Stephanie—. No es necesario que me abraces. No voy a saltar por la
borda y escapar.
—No te abrazo por eso —continuó mirándola y Stephanie sintió el rubor en su rostro, bajo
la mirada intensa. Intentó liberarse, pero él la atrajo más.

—Oh, por favor, no —suplicó Stephanie con tono desesperado, al adivinar las intenciones
de él.

—Necesito hacerlo —respondió él con voz suave—. No me gusta que estés tan nerviosa y
pálida. Prefiero verte furiosa y no infeliz.

—No estoy nerviosa —aseguró. Estaba consciente de ese cuerpo fuerte que se encontraba
tan cerca del suyo—. Yo... estoy bien ahora que sé que estás a salvo.

—Entonces, sí estabas preocupada por mí —insistió él. Sus ojos azules se oscurecieron y la
acercó más—. No te preocupes, ma belle. Soy capaz de cuidarme.

La miró desde el cabello hasta las uñas de los pies.

—Eres hermosa —murmuró—. No comprendo por qué no tienes novio. Los ingleses son
demasiado fríos...

Stephanie temblaba y le permitió besarla profundamente, sin poner resistencia.

Se encontraba en los brazos de Christian cuando llegaron para servirles la cena. Escuchó
que alguien tosía avergonzado. Christian levantó la cabeza e indicó al hombre que sirviera los
platos.

—Me siento como una tonta —dijo Stephanie cuando el hombre se fue.

Christian la soltó y ella empezó a recuperar la sensatez. Él le dirigió una mirada divertida y
le sirvió vino.

—No lo eres. Diría que pareces más calmada que cuando aparecí por primera vez. Es bueno
que la tripulación sepa que no debe mirarte con amor. Todavía tenemos que navegar hasta
Martinica.

—Volaré a casa desde Martinica —informó ella, al recordar que Denise estaba en
Martinica.

—Todos volaremos a casa desde Martinica —la corrigió Christian. Habló con voz fría.
Tenía planes y no se los había comunicado.

Al día siguiente navegaron hacia Martinica.

— ¿No podrías llegar allí usando las máquinas? —preguntó ella, cuando Christian se
acercó, después de entregar el control del barco a Michel.

—Fácilmente —respondió él—. Sin embargo, no es lo mismo. Prefiero navegar y pensé que
podría interesarte.

— ¡Oh, me interesa! Gracias —lo miró con los ojos brillantes—. Sólo había navegado en un
trasbordador.

— ¿Qué? ¿No te llevan a expediciones en barco cuando estás trabajando? —preguntó él y la


miró divertido.

—Trabajo mucho —informó Stephanie con firmeza—. No se trata de andar por allí con
ropa elegante. Es un trabajo duro, incómodo en ocasiones.

— ¿Nunca has pensado en dejarlo? —preguntó él. Se apoyó en la barandilla y observó con
interés el rostro de Stephanie.

—Es lo que hago. Lo he hecho durante mucho tiempo. Por supuesto, algún día no lejano
seré demasiado vieja.

—No puedo imaginar eso, Stephanie —rió—. Te casarás y serás una buena esposa.

—No lo creo. Me gusta ser libre —aseguró ella.

Lo miró y apartó la mirada con rapidez. Pensó que él tenía una apariencia magnífica. Su
cabello oscuro caía sobre la frente, debido al viento. Tenía los ojos azules entrecerrados para
protegerlos del sol.

—Sin embargo, creo que tú sí deberías casarte. Así no tendrías que pasar el tiempo
cuidando al hijo de otras personas y encargándote de su educación escolar. Podrías tener hijos
propios —decidió tratar el asunto de los estudios de Jean-Paul en París.

— ¿Estás diciendo que estarías dispuesta a casarte conmigo? —preguntó él y la miró. Ella
se ruborizó.

— ¡De ninguna manera! Sólo estoy tratando de organizar tu futuro.

— ¿Acaso no te estás metiendo en mis asuntos? —cuestionó Christian con voz suave. La
miró de una manera devastadora—. Piensas que ya tengo treinta y cinco años y te preguntas por
qué no estoy casado y tengo mi propia familia. Lamentablemente, no puedo contarte la historia
de mi vida.

—Estoy segura de que eso me aburriría —comentó ella—. Sólo ha sido una opinión...

—Es comprensible —murmuró él con ironía—. No me importaría tener una familia. La idea
de tener hermosos niños con cabello rubio plateado y ojos oscuros es muy tentadora. El
problema sería que tendría que cargar con su madre, n'est-ce pas? Tendría que estar
constantemente pendiente de ella para mantenerla alejada de los problemas. No tengo tiem po
para dedicarlo a esas cosas.

—Pensaba en Denise —aseguró Stephanie.

— ¿Sí? No te preocupes. Pienso en ella todo el tiempo —dijo Christian y la miró divertido.

—Ninguna mujer cuerda desearía estar atada a alguien tan arrogante y dominante como tú
—opinó ella.

—D'accord —dijo él y se volvió—. Sin embargo, tú no estás muy cuerda, ¿no es así, ma
belle?

Se alejó y Stephanie lo observó con enfado.

Recordó que Christian visitaba ese lugar para recoger a Denise.

—Si comemos ahora, estaremos libres cuando anclemos —dijo él—. Tengo varias cosas
pendientes y organizaré nuestro equipaje para que esté listo para el vuelo. Con un poco de
suerte, podremos partir hoy o mañana por la mañana.
— ¿A dónde nos llevará este vuelo? —preguntó Stephanie.

—A París. Es fácil viajar a Londres desde allí. —No soy millonada —indicó Stephanie,
cuando Jean-Paul ya no estaba sentado a la mesa—. No podré permanecer mucho tiempo en
París, a no ser que me ofrezca a fregar el suelo de la cubierta del trasbordador durante el viaje
de regreso a Londres.

—Estás conmigo —dijo Christian y la miró con enfado—. Te harás cargo de todos nosotros
en Martinica si tenemos que pasar allí la noche, y también en París. Después te llevaré a
Londres, cuando esté seguro de que todo esto ha terminado.

—Tengo suficiente edad para viajar sola —aseguró Stephanie—. Si estás preocupado,
puedes atar una etiqueta alrededor de mi cuello.

—Con frecuencia me siento más inclinado a atar una bufanda sobre tu boca para evitar tu
charla constante e irritante —manifestó él—. Tengo negocios en Londres y los he desatendido.
Jean-Paul puede ir conmigo y podremos dejarte en tu casa. Cuando estemos en Martinica, no
quiero problemas. No deseo que informes a Denise sobre la captura de esos hombres.

—Hay poca probabilidad de que lo haga —respondió Stephanie—. Madame Pascal y yo no


estamos en términos amistosos. No es probable que Jean-Paul corra hacia ella y le cuente todo;
por lo tanto, puedes estar tranquilo. Soy consciente de su naturaleza delicada. Cuando la lleves a
salvo a París, estará muy contenta de regresar a la civilización.

—Tal vez —murmuró él con ironía—. Ya lo veremos. Mientras tanto, Stephanie Caine,
recuerda de qué lado estás.

—No lo he olvidado —dijo ella con dulzura e inclinó la cabeza—. Estoy del lado de Jean-
Paul. Aparte de eso, simplemente soy una sobreviviente.

—Por muy poco —la corrigió él—. Recuerda que sin mí todavía estarías colgando del
aparejo.

El Sea Queen ancló fuera del puerto. Christian se acercó para dar a Stephanie la última
noticia.

—Hoy no hay vuelo a París. Tendríamos que apresurarnos mucho para alcanzar el último
avión y es más fácil esperar hasta mañana. Permaneceremos en el yate y nos iremos mañana por
la mañana.

Al observar su expresión, él añadió:

—Habrá otras ocasiones de conocer Martinica. Recuerda que el peligro no ha terminado por
completo y aquí estás a salvo. Tengo que ir a tierra, pero regresaré. Quédate aquí con Jean-Paul.
Te necesito aquí.

—Por supuesto —respondió ella y se volvió. Christian la volvió para que lo viera.

—Puedes resultar muy irritante —su voz sonó frustrada—. Nunca había conocido a nadie
como tú, en toda mi vida. Eres una mujer adulta, efectúas un trabajo exigente y demuestras
mucho valor cuando es necesario; sin embargo, logras que me sienta como una mala persona,
sólo porque he decidido no llevarte a tierra conmigo para que conozcas Martinica, porque no te
tomo de la mano y te compro un globo.

—Si te sientes como un villano, eso no tiene nada que ver conmigo —aseguró ella con
enfado e intentó alejarse, sin éxito—. No sé de dónde te has sacado eso de que quiero ir contigo.
Puedo imaginar muy bien tu reunión dramática con madame Pascal, sin verla.

—Si te digo que parece que estás celosa, sin duda te enfadarás y gritarás —murmuró él con
enfado—. Hay muchas cosas que no sabes. Sigo un plan y nada me detendrá, ni siquiera tu
expresión desilusionada —la soltó—. Piensa lo que quieras, pero quédate aquí y vigila a Jean-
Paul. Puedes tener la seguridad de que regresaré antes de que caiga la noche. No me atrevería a
dejarte sola después de que oscurezca. Es probable que construyas una canoa y te vayas re-
mando.

Stephanie y Jean-Paul cenaron solos y más tarde se sentaron en la cubierta para observar las
luces del puerto.

Se fue a la cama sintiéndose miserable e intranquila. Escuchó el motor de una lancha que se
acercaba y después silencio total. Pensó que tal vez no era Christian y que estaban en peligro.

Se levantó de la cama. Le preocupaba también Jean-Paul, que estaba solo en su camarote.

Salió a la cubierta y se detuvo de pronto al ver que alguien estaba de pie, mirando al mar.
Esa persona quedaba oculta por las sombras y aunque podría ser alguno de los hombres de la
tripulación, ella estaba muy alerta.

—No voy armado —dijo una voz que ella reconoció de inmediato.

Christian salió de las sombras y lo iluminó la luz de la luna.

— ¿Por qué estás aquí, oculto como un ladrón?—preguntó ella con enfado—. No tenía idea
de quién eras.

—Dudo que los ladrones pierdan el tiempo contemplando el mar —comentó él—. Respecto
a actuar silenciosamente, ¿qué querías que hiciera, que despertara a toda la tripulación? Pensé
que estaba siendo considerado —la miró con ironía.

— ¡Debiste regresar antes de que anocheciera, como prometiste! —exclamó ella enfadada.
Habló en voz baja—. Todavía no los han atrapado.

—Es como si ya lo hubieran hecho —aseguró él con voz tensa y miró de nuevo el mar—.
Respecto a regresar más temprano, fue imposible. Sabía que aquí todo estaba bien.

—Sí, lo sabías. Permanecí sentada, haciendo guardia, mientras tú... mientras tú...

— ¿Mientras yo qué? —preguntó él—. No tienes la menor idea acerca de mis actividades
en tierra.

—Sólo necesito usar la imaginación —respondió Stephanie—. Me las arreglo bastante bien
sin una bola de cristal. ¡Estás dispuesto a permitir que Jean-Paul corra riesgo, con tal de estar
con esa mujer!

— ¿Nunca puedes controlar esa lengua viperina? —la asió por los hombros y la sacudió—.
Recientemente comentaste que no te conozco. Tampoco tú me conoces. Si me conocieras un
poco mejor, no buscarías constantemente motivos egoístas en todo lo que hago.

— ¡No me importa lo que haces! —Stephanie intentó alejarse, pero él la detuvo por la
mano, cuando apenas había dado dos pasos.

— ¡Oh, Stephanie, ven aquí! Mon Dieu, me enloqueces. ¿Por qué estás en cubierta,
desvestida, como es costumbre? ¿Por qué constantemente me vigilas para después declarar que
no te interesa nada de lo que hago?

—Porque no me interesa —aseguró ella. No podía alejarse sin luchar. Se negó a mirarlo.
Los dedos de Christian se deslizaron con suavidad por su mano y le dieron un masaje.

—No mientas, petite. Estamos muy interesados uno en el otro y lo sabes —murmuró él con
voz ronca—. Riñes conmigo porque temes cualquier clase de rendición y yo te mantengo bajo
control, porque no me atrevo a permitir que te acerques demasiado.

—Yo... no comprendo... —empezó a decir ella. Christian le tomó la otra mano y la atrajo
hacia él. —Comprendes —murmuró él con voz suave—. Siempre has comprendido. Por eso
luchas tan ferozmente, porque el ceder ante mí sería rendir tu alma. Admítelo, Stephanie.

—No es verdad —respondió ella. Christian la atrajo todavía más hacia él y le colocó los
brazos alrededor de su cintura. Con las manos le sujetó la cabeza y la levantó hacia la de él.

—Es verdad. Yo huyo de ti por el mismo motivo. No tengo derecho a desearte.

—Tú... tú no... Yo te desagrado... y... y... Denise... —murmuró Stephanie.

La dominó el pánico. Sintió sus senos tensos contra la bata delgada. Temió con
desesperación que Christian notara el efecto que le causaba. El se movió casi
imperceptiblemente y los músculos fuertes de su pecho se oprimieron contra los senos de ella.
Stephanie quedó sin aliento, incapaz de ocultar los sentimientos que la embargaban. La miró
bajo la luz de la luna y notó su excitación. Se miraron a los ojos.

— ¿Todavía dices que no es verdad? —preguntó él—. Me deseas casi tan peligrosamente
como yo te deseo —la miró a los ojos. Su voz sonó ronca—. Te advertí que me hacías perder el
control —murmuró y antes de que ella pudiera cerrar los labios entreabiertos, su boca los
cubrió.

Stephanie se resistió hasta donde le fue posible, movió su cuerpo con agitación, pero eso
sólo la hizo ser más consciente de él y de sus propias necesidades.

—Por favor... —suplicó Stephanie y él la abrazó con suavidad. Entonces ella entreabrió los
labios y él la besó.

Los sentimientos explotaban en su interior y deseó oprimirse contra él, sentir sus manos en
todo su cuerpo. Sintió la necesidad de Christian. Era la primera vez que sentía eso con un
hombre. Podía sentir la pasión de él, el poder de su cuerpo.

Deseaba devorarla y ella sentía la necesidad de rendirse y permitir que sucediera todo,
aunque sabía que era una locura, una excitación sexual. A pesar de sus propios deseos, no podía
olvidarse de Denise.

Tenía que alejarse de él con rapidez. Lo miró con pánico y notó que los ojos azules la
devoraban.

—Suéltame —murmuró ella—. Te... odio y... y...

—No —suplicó él con voz suave—. No, Stephanie, chérie —frotó su mejilla contra la de
ella con gran ternura, lo cual aumentó la confusión de Stephanie.

Cuando la resistencia de Stephanie se desmoronó, él deslizó las palmas de las manos sobre
sus caderas, acariciándola con suavidad y rítmicamente, moviendo la tela sedosa de la bata
sobre su piel.
Christian dejó escapar un gemido profundo e inclinó la cabeza hacia ella. Su lengua acarició
los labios hasta que Stephanie suspiró y entreabrió de nuevo la boca, permitiendo que el beso
fuera más apasionado.

Stephanie nunca había experimentado esas sensaciones. Deseó amoldarse contra él y lo


acarició.

No notó que las manos de Christian se movían hasta que sintió la presión excitante de sus
dedos contra sus senos. Con un suspiro pronunció su nombre y sintió un estremecimiento.

—No, Christian.

— ¿Por qué? —Preguntó él con voz ronca—. ¿Por qué no? Nunca me has temido. ¿Ahora
tienes miedo porque deseo llevarte a mi camarote y dormir contigo, sentirte cerca de mí por la
noche?

Sintió las piernas todavía más débiles. Sabía que tenía que detenerlo en ese momento o, de
lo contrario, sería demasiado tarde. Admitió que deseaba ir con él, que cada vez que la besaba
deseaba que continuara.

—No... Te temo —logró decir ella con voz temblorosa—. Sólo siento enfado. ¿Deseas a
cualquier mujer que tienes cerca? ¿Denise conoce tu debilidad?

Christian se tensó, como si ella lo hubiera abofeteado.

—Tengo pocas debilidades, y las mujeres no son una de ellas. De cualquier manera, no eres
una mujer. En el momento en que te toco, te comportas como una niña asustada y siempre
utilizas la ira para protegerte. No necesitas protegerte de mí. Vete a la cama, antes de que
digamos más. Mañana, por el bien de Jean-Paul, debemos ser civilizados.

Stephanie se volvió, casi llorando. Se sintió culpable. No se dio cuenta de que su cuerpo
demostraba su estado mental.

Christian cerró la mano convulsivamente sobre el hombro de ella y la detuvo. Murmuró.

— ¡Stephanie! Lo lamento —habló con suavidad. Ella evitó mirarlo y la mano de él se


relajó con suavidad. Christian suspiró—. No quería herirte ni enfadarte. No podría lastimarte...
nunca. En mí hay una necesidad de protegerte, tanto como deseo proteger a Jean-Paul. No
comprendes.

—Está bien —musitó Stephanie y sus ojos se llenaron de lágrimas—. No te preocupes, los
dos estamos muy nerviosos. Lo que pasa es que tú, como eres tan agresivo, descargas tu
nerviosismo con la violencia.

Escuchó que él inhalaba con fuerza. Christian apartó la mano de su hombro y Stephanie
comprendió que sus palabras habían logrado su objetivo. Él no habló mientras ella escapaba. No
quería que la viera llorar y se controló hasta que llegó a la seguridad de su camarote y se
encerró. Entonces, sollozó sobre la almohada.
CAPÍTULO 9

ALA MAÑANA siguiente, un grupo sombrío desembarcó del Sea Queen, para abordar la
lancha hacia Fort-de-France, capital de Martinica, y su puerto bullicioso. Christian no pronunció
palabra y Jean-Paul, al observarlo con inteligencia, también guardó silencio. Para Stepha nie
resultó imposible poner expresión animada, a pesar de que lo intentó.

Al observar a Christian supo que no la perdonaría por las palabras que pronunció la noche
anterior. Se sentía atraída hacia él, deseaba mirarlo siempre y que la abrazara.

Denise estaría allí con Christian y ella no soportaría esa situación.

Un coche los esperaba y el equipaje fue colocado en el maletero.

— ¿Vamos a hospedarnos en un hotel, tío Christian? —preguntó el niño.

—No —respondió Christian—. Iremos directamente al aeropuerto. Hay un avión que partirá
hacia Francia y lo abordaremos —le sonrió a su sobrino—. ¡Vamos a casa, mon ami! —París
es maravilloso —aseguró ella al niño, al notar su preocupación—. Es un lugar excitante. Te
encantará.

—Allí hay muchas personas que pueden raptar al tío Christian —dijo el pequeño con
preocupación.

—Todos han sido capturados —aseguró ella.

— ¿Todos? —preguntó el niño con alivio. A Stephanie no le importó mentir.

—Todos están presos —aseguró ella.

—Entonces, ¿estaremos en libertad para ir a cualquier parte, Stevie? ¿Podemos hacer


excursiones en París?

—Podrás hacerlas con el tío Christian —respondió ella—. Yo tendré que irme a casa.

— ¿Nos dejarás, Stevie? —preguntó Jean-Paul.

—Trabajo, Jean-Paul. En mi negocio, no podemos tener mucho tiempo libre, pues se


olvidan de una.

— ¿Cómo puede alguien olvidarse de ti? —preguntó Jean-Paul—. Eres la más guapa del
mundo. Lo pienso así y también papá y mamá. Eres la más guapa del mundo, ¿no es así, tío
Christian? —se volvió hacia su tío, quien viajaba junto a ellos en el coche.

—Sí —murmuró Christian—. Todos estamos de acuerdo en eso.

— ¿Lo ves? —Jean-Paul se volvió hacia ella—. No te olvidarán, Stevie. Puedes estar a
salvo en París.

—Algún día, pronto —prometió ella—. Tengo un trabajo. Trabajo para ganarme la vida.

Cuando llegaron al aeropuerto, Christian bajó del coche. Los dos lo siguieron y Jean-Paul se
detuvo de pronto y chocó contra Stephanie.
—Ella está aquí —siseó el pequeño, para que sólo ella lo escuchara—. Está aquí,
esperándonos. ¡Mira, Stevie! Es madame Pascal. Vendrá a París con nosotros. No puedes
dejarme cuando lleguemos allá. Si esa señora se hospeda con el tío Christian, yo huiré.

— ¡Oh, Christian! —Denise suspiró—. Parece que ha pasado mucho tiempo desde anoche.

Stephanie cerró los ojos, pero no pudo evitar ver la manera como Christian besaba y
abrazaba a Denise.

— ¿Stevie? —dijo Jean-Paul y ella respiró profundo para reunir valor.

—Cuenta conmigo —murmuró Stephanie—. Si ella se queda, entonces, yo también me


quedaré. Te acompañaré en los tiempos malos. Con un poco de suerte, alguien la secuestrará.

Jean-Paul rió con alivio.

—Te quiero, Stevie —dijo el niño.

—Ya han anunciado nuestro vuelo —informó Christian al acercarse—. Vamos, Jean-Paul,
me haré cargo de ti.

—Voy a ir con Stevie —dijo con terquedad el niño—. Me sentaré a su lado durante todo el
viaje.

—Muy bien —respondió Christian—. Si cambias de planes, estoy seguro de que me lo


comunicarás.

Stephanie dejó que el niño ocupara el asiento junto a la ventana. Christian ocupaba el
asiento al otro lado del pasillo. Su rostro se tensó.

— ¿Te encuentras bien? —le preguntó Christian y la miró a la cara.

—Sí, gracias —respondió ella con voz fría—. No me da miedo volar. Lo hago con
frecuencia debido a mi trabajo.

—Estás pálida —insistió él.

—Estoy cansada —aseguró Stephanie—. Dormiré durante el viaje.

—Como desees. Puedes tener la seguridad de que cuidaré a mi sobrino.

— ¿No lo cuidará madame Pascal? —preguntó Stephanie, sin poder controlarse.

—Como señalaste hace tiempo —murmuró él con voz helada—, ella no es muy maternal.
Sin embargo, eso no importa. Tiene otros atributos.

Stephanie durmió durante la mayor parte del viaje. Cuando abrió los ojos de nuevo,
aterrizaban en París.

—Yo me haré cargo de mis cosas —dijo Stephanie, cuando bajaron del avión y Christian
intentó recuperar su equipaje.

— ¡Te dije que no quería problemas! —Exclamó él con ira—. Tengo cosas que hacer que
no pueden esperar.

—Yo tampoco puedo esperar —aseguró Stephanie—. Ni siquiera saldré del aeropuerto.
Cuando el vuelo a Londres parta, estaré en ese avión.

Christian se quedó muy quieto. Entrecerró los ojos.

Stephanie no podía controlarse y añadió:

—Llevaré a Jean-Paul conmigo.

—No lo harás —respondió Christian y la asió por el brazo. Ella se apartó con enfado.

— ¿Crees que él querrá estar contigo y con esa... esa mujer? Me ha dicho que se escapará si
tiene que vivir con ella. Estás a punto de secuestrarlo. Fiona y Thierry no quieren que Jean-Paul
esté en París contigo. No quieren que su hijo sea tratado como un negocio. No desean que tú lo
eduques.

—Entonces, pueden decírmelo ellos mismos —respondió Christian—. Mientras tanto, él se


queda conmigo. Si intentas llevarlo contigo, haré que te arresten. Como estás decidida a ser
independiente, recoge tu equipaje y ven a despedirte de tu sobrino. Una vez más, nos está
viendo regañar. No quiero que se preocupe —se volvió y caminó hacia el niño.

Christian tomó de la mano al niño y se acercó a Denise, quien le sonrió. Stephanie vio cómo
se alejaban y decidió seguirlos. Llevaba su equipaje en un carrito.

Stephanie vio que varios policías caminaban hacia ellos y comprendió que los agentes
querían hablar con ella. ¿Acaso Christian había anticipado su reacción al llegar a París y había
avisado a la policía para que no se llevara a Jean-Paul?

—Madame —dijo un policía al llegar al lado de Stephanie.

—Soy Christian Durand —se apresuró a decir él. —Oui, Monsieur Durand. Lo hemos
reconocido. Por eso hemos sabido...

—No lo saben —insistió Christian—. Están mirando en la dirección equivocada. Ella es


madame Pascal —la mano que sostenía a Denise con tanta consideración, se cerró como si fuera
de acero y la hizo caminar hacia los policías.

— ¿Qué es esto, Christian? —preguntó Denise y soltó una pequeña carcajada, confundida.

—Esto, Denise, es el final del camino —aseguró él con frialdad—. Fue divertido, pero ya
terminó.

—Denise Pascal, está arrestada —dijo el policía y la asió por el brazo.

— ¿Christian? ¿Es esto una broma? ¿Te cansaste de mí y pediste que me arrestaran? Sabía
que eras poderoso, pero no sabía que estabas loco. ¿Ahora estás interesado en esta joven
inglesa?

—No estoy interesado en nadie —dijo Christian—. Mademoiselle Caine sólo tenía una
función... ayudarme a atraparte. Nunca fue una broma. Te traje de regreso a Francia, madame, y
aquí es donde quería que estuvieras. Desde este momento, ya no eres mi responsabilidad. Tengo
entendido que la ley es dura en lo relacionado con las amenazas de secuestro.

— ¡Estás loco! —Exclamó Denise con enfado—. Después de todo lo que ha sucedido entre
nosotros...

—Puedes recordarlo cuando estés en prisión —sugirió Christian—. Tus compañeros


también estarán allí. Tendrás mucho que discutir durante el juicio.

— ¡No tienes pruebas! —exclamó Denise y él sonrió con frialdad.

—He reunido pruebas durante mucho tiempo —aseguró Christian—. Mucho antes de que
aparecieras en mi vida. Te esperaba, o a alguien muy parecido a ti. Lo único que tuve que hacer
fue mantenerte cerca hasta que atrapáramos a los otros. Ahora os tenemos a todos.

— ¿Es uno de ellos? —Preguntó Jean-Paul con asombro—. ¿Madame Pascal iba a
secuestrarte, tío Christian?

—Ella sabía que necesitaría ayuda —respondió Christian—. No creo que se sintiera capaz
de hacerlo sola.

—Nunca me agradó —manifestó Jean-Paul con vehemencia—. A Stevie tampoco le agrada


—levantó la vista y saludó con entusiasmo—. Allí está André —corrió hacia un francés que le
sonreía, sin que Stephanie pudiera detenerlo.

—André es mi chofer —informó Christian—. Jean-Paul está a salvo. No intentes detenerlo


ni influenciarlo. Eso sólo causaría infelicidad y no lo permitiré —la miró con frialdad y ella le
sostuvo la mirada.

— ¿Lo sabías? —preguntó Stephanie.

—Lo sabía.

—Lo supiste desde el principio —lo acusó.

—Todo el tiempo —Christian se volvió con impaciencia y llamó a un maletero.

—Regresaré a Londres —aseguró Stephanie—. Ahora que ella no estará aquí para inquietar
a Jean-Paul...

—Nunca le permití inquietar a Jean-Paul —indicó Christian con voz helada—. Si recuerdas
bien, sabrás que tuvo muy poco que ver con él. Tal vez él imagina que iban a secuestrarme, pero
ni por un momento olvidé que Jean-Paul estaba en peligro. No aparté los ojos de Denise. Ya
puedes regresar a Londres. Ya no tienes por qué quedarte más tiempo con un hombre al que
odias. Ahora hay un vuelo a Londres y sugiero que lo abordes. Desde este momento, estaré
ocupado haciéndome cargo de la vida de mi sobrino.

—Yo no sabía... —empezó a decir Stephanie y él la interrumpió.

—No, no sabías; sin embargo, juzgaste. Tu hermana también juzgó, puesto que
pronunciaste sus palabras, no las de Thierry. Resulta obvio que es una característica de tu
familia. Siempre he compadecido a mi hermano. Se casó demasiado joven y eligió mal. Parece
que está a punto de pagar por eso durante el resto de su vida. Es tiempo de intervenir.

— ¿Qué vas a hacer? —murmuró Stephanie.

—Sin duda, tu hermana te lo comunicará cuando se lamente de los modales de los


franceses. Mientras tanto, mademoiselle Caine, tu vuelo va a partir. Sugiero que te apresures a
regresar a la calma y seguridad que representa Inglaterra.

Jean-Paul se acercó corriendo y Stephanie controló las lágrimas.

—Me voy a casa, Jean-Paul —explicó ella con voz suave y lo abrazó—. Me verás pronto,
no te preocupes. Cuando tus padres regresen, te llevarán a visitarme. Tal vez te permitan
quedarte a mi lado una temporada. Entonces haremos excursiones en Londres.

—Preferiría que te quedaras conmigo, Stevie —confesó lloroso el niño.

—Tienes al tío Christian. Ahora ya no hay peligro y esa horrible mujer se ha marchado.
Serás feliz.

—Hay muchas cosas que hacer —intervino Christian y separó al niño de Stephanie—.
Debes conocer muy bien París y, desde este momento, únicamente hablarás en francés. Eso te
preparará para la escuela.

— ¿Cuándo llegarán papá y mamá? —preguntó Jean-Paul con expresión de infelicidad.


Miró a Stephanie.

—En cualquier momento. Todos estaremos juntos muy pronto —prometió ella.

— ¿También el tío Christian? —preguntó el niño, esperanzado.

—Tal vez, André necesita ayuda con el equipaje —comentó Christian con diplomacia—.
Da un beso de despedida a tu tía y ve a ver si puedes ayudarlo.

La sugerencia tuvo el efecto deseado y el pequeño abrazó y besó una vez más a su tía, antes
de correr hacia el chófer.

—Gracias —murmuró Stephanie y fijó la mirada en el suelo—. Si él hubiera llorado no


habría podido irme.

—No llorará. Me encargaré de eso —prometió él—. Ya han anunciado tu vuelo. Sugiero
que te vayas, antes de que él vuelva.

—No trates de hacerme sentir culpable —pidió Stephanie con amargura.

— ¿Yo? Le has prometido que toda la familia se reunirá pronto... ¿Por qué deberías sentirte
culpable? No te preocupes, no estaré allí para tomar parte en la reunión feliz.

—Comprendo por qué tuviste que... fingir con ella —dijo al fin Stephanie y él la miró con
desdén.

— ¿Lo comprendes? Tuve que hacer un sacrificio pequeño para lograr encarcelarla. De
cualquier manera, eso significa muy poco para un hombre; en ocasiones, no significa
absolutamente nada. Es sólo algo mecánico.

Stephanie se alejó. Recogió su billete casi sin darse cuenta de lo que hacía y sin escuchar lo
que le decían, por lo que se dirigió a la puerta equivocada.

— ¡Aquí no! —Christian la detuvo por el brazo y la volvió hacia la puerta correcta. Las
lágrimas rodaban por las mejillas de Stephanie—. ¡Stephanie! ¿Qué voy a hacer contigo?

—Nada —respondió ella entre sollozos—. Ya no soy problema tuyo y nunca lo seré, porque
no volveré a verte. Adiós.

Se alejó y él no la detuvo.

Dos semanas después, Stephanie recibió una carta breve de Jean-Paul, en la que le hablaba
de sus excursiones con el tío Christian.
— ¡Tienes una apariencia terrible! —comentó Debra Swift, su agente, cuando Stephanie
llegó a la oficina para informarse sobre los trabajos pendientes.

—Gracias —murmuró Stephanie—. No hay nada como la verdad para elevar la moral.

— ¡Oh, basta! —Murmuró Debra con impaciencia—. Sabes perfectamente bien cuál es tu
apariencia, eres una profesional. El rostro es el mismo, pero te advierto que estás adelgazando
un poco. Casi has perdido ese hermoso bronceado. Tendrás que tomar el sol.

—Pensé que la palidez estaba de moda —comentó Stephanie.

—No para ti. ¿Acaso estás enferma?

—No —respondió Stephanie.

— ¿Encinta?

-¡No!

—Bueno, uno nunca sabe. Sólo sé que me ocultas algo.

—Eres mi agente, no mi psiquiatra —indicó Stephanie—. Veamos el trabajo pendiente, si


es que lo hay.

—Hay mucho trabajo —aseguró Debra con satisfacción—. Demasiado. Hay más trabajo del
que puedes atender. Te haré un itinerario. Será muy cansado, por lo que debes descansar ahora,
dormir un poco.

Cuando Stephanie regresó a casa, Fiona y

Thierry llegaron sin avisar. Abrazó a su hermana.

—Estoy viva y de regreso en Londres —dijo Fiona y rió—, ¿Qué tal si tomamos el té?
Thierry y yo estamos muy cansados.

—Oh, lo lamento —murmuró Stephanie y miró a Thierry, quien la observaba con


preocupación. Lo besó en la mejilla.

—Tenemos que darte las gracias —dijo Fiona con sinceridad—. Estuvimos en París y
Christian nos contó todo. Sé que se necesita mucho valor para hacer lo que hiciste, Stephanie.
También sé que debió ser una decisión difícil el ocultarnos todo lo que sucedía.

—No volveremos a ponerte en una posición como ésa —aseguró Thierry—. Has corrido
mucho peligro.

—No —observó Stephanie—. Ahora que lo recuerdo, fue una aventura.

—Menos mal que Jean-Paul nunca supo que estaba en peligro —dijo Thierry—. Christian
nos contó lo que inventaste cuando el niño se preocupó. Deberías ser actriz.

—Mentir es fácil, cuando es necesario —informó Stephanie y sonrió.

—Le han dado a Thierry el traslado a París —explicó Fiona—. Christian dice que no
debemos estar separados de Jean-Paul y debo decir que eso es un alivio.

— ¿Habéis traído a Jean-Paul? —preguntó Stephanie.


—Está con Christian —respondió Thierry—. Regresaremos a París esta noche. Sólo
vinimos a verte, ma chére. Dentro de dos días nos iremos a St. Lucien, para arreglar nuestros
asuntos. Jean-Paul irá con nosotros. Nos estableceremos en París a tiempo para que inicie sus
estudios en su nueva escuela.

— ¡Estás muy delgada! —dijo de pronto Fiona—. ¿Qué te pasa? ¿Estás enferma?

—Estoy perfectamente bien —aseguró Stephanie—. Tengo mucho trabajo pendiente. Hay
un nuevo perfume; quieren el rostro para eso. Lo crean o no, Weston me eligió.

— ¿Los joyeros? —preguntó Fiona, intrigada.

—Sí. Quieren las manos y los brazos.

—No eres la misma joven que llegó a St. Lucien, Stephanie —opinó Thierry, cuando Fiona
fue a empolvarse la nariz—. Estás enferma o ha sido demasiado para ti.

—Ya te lo he dicho, fue una aventura —insistió ella—. Nadie puede comprar unas
vacaciones como esas. Fue fantástico.

Thierry la observó con detenimiento y sacudió la cabeza.

—Muy bien. Si tú lo dices... Sin embargo, si nos necesitas, Stephanie, lo único que tienes
que hacer es llamarnos y estaremos aquí enseguida —dijo Thierry.

—Eres un buen cuñado. Comprendo por qué Fiona se casó contigo.

— ¡Ella también lo comprende ahora! —sonrió—. Está mucho mejor. Se siente más feliz.
—Me alegro —dijo Stephanie y sonrió. —Cuando regresemos de St. Lucien, vendremos a
visitarte —prometió Thierry—. Si no estás mejor, entonces, querré saber el motivo y no me
engañarás. —No tomes demasiado en serio tu nuevo papel como jefe de la casa —dijo
Stephanie—. Sólo soy pariente política.

—En Francia —aseguró con orgullo Thierry—, tenemos interés por todos nuestros
parientes. Tú también eres especial. Eres la hermana de mi esposa y, por tanto, de acuerdo a las
costumbres francesas, quedas bajo mi autoridad.

— ¿Quieres discutir? —preguntó Stephanie y él rió—. Me alegro mucho de que al final


podáis estar con Jean-Paul.

—Yo también. Sabía que me concederían el traslado cuando Jean-Paul asistiera a una
escuela francesa. Se lo había pedido muchas veces y estaba empezando a desesperar... En fin,
quizás no lo había pedido con la suficiente decisión.

— ¿Por qué te traslada ahora? —preguntó Stephanie.

—Christian va a casarse, al menos, eso supongo, porque me informó que cuando tuviera
hijos propios estaría muy ocupado.

Stephanie sintió el rostro helado.

—Él... será un marido difícil —logró murmurar Stephanie. Deseaba alejarse para poder
llorar.

—Es probable. ¿Eres feliz, Stephanie?


—Por supuesto. ¿Por qué lo preguntas?

—No estoy ciego. Estás delgada, ma chére, demasiado delgada y pálida.

—Oh, tuve un resfriado —mintió ella.

Decidió que nunca visitaría París, ni siquiera iría a ver a Jean-Paul.

Por algún motivo que no podía comprender, Christian era su dueño. Lo amaba y sólo su
instinto de supervivencia evitaba que le perteneciera por completo.
CAPÍTULO 10

STEPHANIE se obligó a salir a la mañana siguiente. Su agente le envió su itinerario por


correo y comprendió que necesitaba de toda su energía para poder cumplirlo.

Cuando cerraba la puerta principal, levantó la mirada y vio un rostro que hubiera preferido
no ver. — ¿Qué tal? —era Rex Daniels, un actor que conocía desde hacía tiempo. Era un
hombre seguro de su encanto y que la buscaba continuamente. Stephanie lo evitaba como si
fuera una plaga.

— ¡Qué lástima, pues estoy a punto de salir! —respondió ella.

—Vendré a buscarte a las ocho —aseguró Rex, cuando ella se alejaba.

Stephanie se arregló para salir con Rex. Se puso un vestido azul de seda, muy corto.

— ¡Vaya, vaya! —exclamó Rex cuando llamó a la puerta y ella abrió.

Stephanie odió la manera como la miró.

—Supuse que iríamos a un lugar elegante —comentó ella. Notó que él usaba una corbata
negra.

—Claro, yo sólo voy a sitios elegantes —Rex sonrió.

Cuando llegaron al hotel del West End, donde la fiesta se llevaba a cabo, Stephanie vivía en
su propio mundo, recordando las horas que pasó al lado de Christian.

— ¿Qué voy a hacer contigo? —preguntó Rex, después de que ella no quiso bailar ni tomar
una copa.

—Lo lamento —respondió Stephanie y logró sonreír—. Esta noche parece que no puedo
divertirme.

—Yo me encargaré de eso —aseguró Rex. La llevó a un rincón oscuro y la tomó en sus
brazos.

— ¡Suéltame, Rex!

—No seas tonta —él rió y la abrazó con más fuerza—. Te conozco. No hubieras venido
conmigo si no desearas estar cerca de mí.

—Me invitaste a una fiesta —le recordó Stephanie con enfado y lo empujó para quedar libre
—. ¡Suéltame!

Stephanie luchó para quedar libre. Entonces, alguien apareció detrás de Rex y al verlo,
quedó inmóvil y pálida.

— ¡Suéltala! —ordenó una voz con acento francés.

— ¡Mantente fuera de esto! —Respondió Rex—. ¡Ella está conmigo! ¿Quién eres tú?
Conozco a todos aquí.

— ¡Suéltala! —repitió Christian con tono amenazador—. Eso me evitará la molestia de


matarte.

—Olvida todo este asunto, Rex... —empezó a decir ella, con voz temblorosa.

—Nadie me asusta —aseguró Rex—. Esto no es asunto suyo. No está invitado, quiero saber
cómo llegó aquí.

—Entrando por la puerta —respondió Christian con voz helada—. Y ahora voy a salir de la
misma manera —miró a Stephanie con ira—. Recoge tu abrigo —le dijo.

Stephanie obedeció, pero Rex la detuvo por el brazo.

—Stephanie está conmigo —informó Rex—. Regresa con tus amigos y déjanos en paz.

—Nos vamos ahora —insistió Christian—. Recoge tu abrigo.

Rex reconoció al fin el peligro y se alejó. Cuando estuvieron en la calle, Christian la llevó
hacia su coche.

—Te multarán por aparcar aquí —observó ella.

—Guardarás silencio hasta que te lleve a tu casa. Después me explicarás qué hacías con ese
hombre.

—Era... una fiesta...

—Ya veo la clase de fiesta que tu amigo quería —dijo Christian—. No debes salir sola,
pues no sabes cuidarte. ¡Guarda silencio! Así podrás pensar en algunas buenas excusas.

— ¿Cómo supiste dónde estaba? —preguntó ella. —Fiona me dio tu dirección y llegué
cuando os marchabais. Os seguí.

— ¿Por qué? —preguntó ella, con un susurro. —Deseaba hablar contigo. Creo que hice bien
en seguiros, ¿no te parece? Si ésa era una fiesta privada, no era muy segura. Entré sin ningún
problema. Estuve de pie en el bar, desde que llegasteis.

—Me has estado espiando —murmuró ella. Le preocupó que él notara el mal aspecto que
tenía.

—Vigilándote —la corrigió Christian—. Fue una suerte que estuviera allí. No pareces capaz
de atacar a los enemigos, como lo hacías anteriormente. ¿Tal vez él no era un enemigo?

—Yo... lo conozco —explicó Stephanie y él gruñó con enfado.

—Discutiremos eso en tu apartamento —ordenó él.

— ¡No te permitiré entrar en mi apartamento!

—Nunca he derribado una puerta. Será una experiencia nueva —cuando estuvieron en el
interior del apartamento cerró la puerta—. Alors. Ahora puedes explicarte.

—No tengo nada que explicar —informó Stephanie—. No sé por qué estás aquí y por qué
imaginas que puedes pedirme explicaciones y decirme lo que debo hacer.

—Estoy aquí para verte, eso es obvio —explicó él. Se volvió y empezó a caminar de un
lado al otro. Recorrió la habitación con mirada de desaprobación.
—Si no te gusta mi apartamento, no tienes que estar aquí —dijo ella con enfado.

— ¿De nuevo haciendo juicios apresurados? El apartamento es bonito, está decorado con
buen gusto y es acogedor. Tengo la intención de quedarme.

—Sólo deseo saber por qué has venido —manifestó Stephanie con desesperación. No podía
mirarlo a los ojos y él no apartaba la mirada de ella.

—Thierry regresó a París ayer y me dijo que estabas enferma. Según mi hermano, yo tengo
la culpa.

— ¡Yo nunca he dicho eso! Yo no le dije nada. ¿Por qué imaginó...?

—Creo que tu apariencia fue suficiente para que su imaginación trabajara —opinó Christian
y la recorrió con la mirada—. ¿Por qué esta última locura de convertirte en piel y huesos?
¿Tomaste la decisión por tu cuenta o te lo pidió alguna revista?

—Está... de moda —murmuró Stephanie y él la interrumpió.

— ¡Eso no es verdad! Es imposible mejorar la perfección. Según recuerdo, acordaron que


eres la mujer más hermosa del mundo. Conociéndote, supongo que intentaste algo nuevo. Veo
que estás perdiendo la salud y comprendo por qué Thierry se preocupó tanto al verte.

—Esto no tiene nada que ver contigo —aseguró ella con voz entrecortada—. Tampoco tiene
nada que ver con Thierry. Él no tiene derecho de darme órdenes y a enviarte aquí...

—Él no me ha enviado aquí —aseguró Christian—. He venido por voluntad propia —la
miró—. ¿No vas a cambiarte ese vestido corto y ceñido? Hasta el momento, he resistido la
urgencia de romperlo en pedazos.

—No hay nada malo en este vestido —opinó ella, ruborizada—. Es muy caro. Me queda
bien y estaba en una fiesta cuando tú...

— ¡Sí, la fiesta! —Apenas si podía controlarse—. ¿Quién era ese hombre que te abrazaba?

—Alguien que conozco —murmuró ella—. Me invitó a la fiesta y...

—Y decidió montar su propia fiesta contigo —opinó Christian—. Tienes una manera
extraña de elegir a tus novios.

—No es mi novio —empezó a sentirse acorralada.

Él la miraba con furia—. Siempre lo he evitado, pero...

—Pero esta noche decidiste salir con él y usar ese vestido. ¿Hasta dónde habrías llegado si
yo no me hubiera presentado?

— ¿Qué quieres decir con exactitud? —preguntó ella—. No tienes nada que ver conmigo.
Puedo cuidarme sola y lo habría hecho, si no hubieras aparecido tan... violentamente.... Nada de
esto es asunto tuyo.

— ¿Por qué saliste con él? —Insistió Christian—. Te estuve observando. No te divertías.
No te sentías feliz.

—No estaba de humor —confesó Stephanie con enfado.


—Entonces, ¿por qué fuiste?

—Porque quería salir, porque no me importaba, porque nada me importa —gritó ella, y se
volvió de pronto—. Lamento haber gritado. Me alegro de que hayas venido... ¡Oh, Dios! Otra
vez estamos riñen-do... —suspiró—. ¿Qué importa? Iré a cambiarme.

— ¿Por qué estás enferma? —Christian estaba detrás de ella, muy cerca. Stephanie no lo
había oído moverse y tragó saliva, nerviosa.

—No estoy enferma. Sé que he perdido un poco de peso, pero supongo que se debe al
cambio de clima. Eso no significa que esté enferma y aunque lo estuviera...

— ¡Stephanie! —le advirtió Christian y colocó las manos en sus hombros. La volvió para
que lo mirara. Ella no quería mirarlo, porque sabía que no estaba allí para decir que la había
extrañado, sino que actuaba así porque se sentía obligado. Él le levantó la cara y notó las
lágrimas en sus ojos—. ¿Qué sucede, ma belle? ¿Por qué lloras? ¿Te he asustado?

—No estoy asustada —aseguró Stephanie—. Nada me asusta y deberías saberlo —las
lágrimas rodaron por sus mejillas—. Si has venido para asustarme... —Mon Dieu. He venido a
verte. Tenía que verte. Cuando Thierry dijo que parecías enferma, no pude dormir —le tomó la
cara entre las manos—. ¡Dime la verdad! ¿Por qué tienes esta apariencia? ¿Por qué lloras, en
vez de echarme de tu casa después de las cosas que te he dicho?

—Te he extrañado mucho —murmuró ella entre lágrimas—. No tengo ganas de comer.
Nada es lo mismo. Incluso estás en mis sueños —lo miró y él sonrió.

—Contaba con tu valor, chérie —dijo él y la abrazó—. Sabía que te atreverías a decirme la
verdad —la abrazó con fuerza y empezó a besar las lágrimas con una urgencia desesperada—.
También yo te he extrañado —murmuró entre besos—. Todos los días... Si tu condición actual
es el resultado de mi descuido, me mantendré cerca y nunca te perderé de vista. No permitiré
que me dejes de nuevo.

—No intentaste detenerme en el aeropuerto —le recordó Stephanie, sollozando.

— ¿Cómo podía hacerlo? —Murmuró él contra su rostro—. En St. Lucien sólo quería
mantenerte a distancia. Tenía que representar un papel con Denise y sabía que si permitía que
mis sentimientos por ti salieran a la superficie, ella se daría cuenta y podría sospechar que yo
sabía quién era —inclinó la cabeza y la miró a los ojos—. No le hice el amor, chérie —aseguró
con voz suave—. Es verdad que me vi obligado a besarla y abrazarla, para que pensara que su
plan tenía éxito, pero no imagines que las cosas llegaron más lejos. Era a ti a quien deseaba a mi
lado por la noche.

— ¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó Stephanie y se estremeció al escuchar la voz


seductora.

—Al principio, no podía. Tu rostro hubiera delatado todo. No eres buena para ocultar tus
pensamientos. Más adelante, tenía que dejarte ir.

— ¿Por qué? ¿Por qué tenías que hacerlo? Sabías lo que sentía. He sido muy infeliz.

—No, mon ange —murmuró él—. Discutíamos mucho y pensé que estaba equivocado
respecto a tus sentimientos. Me acusaste de muchas cosas y me dije que si yo te importara,
confiarías en mí. Pensé que yo sólo había sido parte de una aventura excitante y que cuando
regresaras a Londres continuarías con tu vida como antes. Pero cuando Thierry me dijo que
parecías enferma e infeliz... Bueno, entonces fue cuando me atreví a sentir esperanza.
—Thierry me dijo que pensabas formar una familia —comentó Stephanie.

—Si aceptas ser la novia —musitó él y le acarició el cuello y los hombros—. No puedo
tener hijos con el cabello de color rubio plateado si tú no eres su madre.

Stephanie se quedó sin aliento al sentir que los dedos de Christian se deslizaban por debajo
del escote de su vestido, para buscar los pezones, mientras le besaba la boca con pasión. Gimió
con suavidad y él la besó con más insistencia.

Christian preguntó con voz ronca, sobre su boca:

— ¿Ahora puedo abrazarte contra mí por la noche y demostrarte lo mucho que te amo?
¿Puedo mostrarte lo dulces que serán las cosas entre nosotros, mi Stephanie?

— ¡Oh, sí! —inclinó la cabeza hacia atrás al sentir que la boca de Christian se deslizaba
sobre su piel. La tomó en brazos para llevarla hasta el dormitorio.

—Desearía que ésta fuera mi cama. Desearía que la primera vez y el resto de nuestras vidas
fueran en mi cama —murmuró él.

—Eres un machista —musitó Stephanie, con voz entrecortada. La colocó sobre la cama y la
miró con ojos ardientes.

—Así soy. Eso es lo que siento por ti. Te deseo con desesperación desde el principio.

La desvistió con rapidez y la abrazó contra su cuerpo. Se desnudó y Stephanie se acurrucó


contra él, sorprendida por cómo se había presentado, casi como una respuesta a sus sueños.

—Pensé que no volvería a verte —confesó ella—. Creí que ibas a casarte. No podía
soportarlo.

—Yo pensé que me olvidarías —dijo él, casi con enfado y la besó con fiereza—. Eras mía y
no podía tenerte. Esta noche pensé que habías regresado a tu antigua vida. Estabas con personas
que no conocía. Estabas en compañía de otro hombre y usabas un vestido que hizo que mi
corazón dejara de latir —se relajó de pronto y sus caricias fueron más suaves—. Vi tu rostro en
la luz y noté que estabas pálida y que esos ojos hermosos habían perdido su brillo. ¿Has sufrido
por mí, chérie?

—Todo el tiempo —confesó ella con voz entrecortada—. Imaginaba que te veía, pero nunca
eras tú.

—Ahora estoy aquí —la recorrió con la mirada y sonrió—. Supongo que engordarás un
poco, después de pasar unas noches en mis brazos. Mañana, te llevaré a casa, a mi casa y a mi
cama. He soñado cada noche que estabas a mi lado.

Le besó la boca con insistencia y pasión. Hundió los dedos en su cabello y depositó besos
apasionados en todo su cuerpo. Stephanie gimió y se retorció debajo de él, cuando su pasión
aumentó.

—Te amo, Christian —la atrajo más.

—Lo sé, mi dulce Stevie —Christian gimió—. Ahora lo sé. De haberlo sabido antes, estas
semanas miserables sin ti no me hubieran casi matado.

— ¡Por favor! —suplicó ella, cuando todo en su interior ansiaba ser parte de él.
Christian le besó la boca y la poseyó. Stephanie sintió un dolor breve y agudo, pero le
pertenecía a Christian y no protestó. Se relajó contra él y la llevó a otro mundo maravilloso.

— ¿Siempre es así? —preguntó Stephanie, sin aliento, aferrada a él.

—Sospecho que contigo siempre será así —murmuró él—. Eres parte de mí, has sido parte
de mi corazón desde que te vi.

— ¡Me odiabas! —protestó ella y se acurrucó contra él.

—Me odiaba a mí mismo —la corrigió Christian—. Pensé que miraba a una adolescente y
me impresionó descubrir que te deseaba. Incluso cuando supe que eras mayor de lo que
aparentabas, la impresión permaneció y me sentí culpable. Cuando te vestiste como una mujer
madura, al fin pude suspirar con alivio.

—No cambiaste de actitud conmigo —se lamentó Stephanie.

— ¿Esperabas que cambiara? —preguntó él—. Tú cuidabas a Jean-Paul. Yo tenía que espiar
cada movimiento de Denise y proteger a Jean-Paul; y encima no sabía lo que podrías hacer en
cualquier momento. Temía por ti.

—Todavía no comprendo por qué no fuimos todos al Sea Queen.

—Le había dicho a Denise que el yate había regresado a Fort-de-France. Ella tenía la
impresión de que estábamos en la casa sin que nadie pudiera ayudarnos. Si ella hubiera sabido
que el Sea Queen estaba allí, habría prevenido a los demás y no los hubiéramos atrapado con
tanta facilidad. Cuando atacaste a mis hombres, decidí que era probable que ella hubiera
observado el episodio, por lo que ya no tenía objeto esperar allí. Me libré de ella, con la
esperanza de que la policía atrapara a sus cómplices cuando llegaran, evitando que se
comunicaran con ella.

—Pensé que era tu amante —confesó Stephanie—. Estaba en el Sea Queen contigo.

—No tenía intención de perderla de vista —aseguró Christian—. En otras ocasiones


tuvieron éxito debido a la información que alguna mujer como Denise pudo pasar. En el yate,
ella no podía hacer eso.

No tenía medios para comunicarse con sus cómplices. Por eso la policía pudo atraparlos y
cayeron en la trampa.

—Sólo dos —le recordó Stephanie.

—Sólo esperaba a dos. Conozco sus métodos. Primero, alguien logra entrar en la casa. En
ocasiones, como una sirvienta, en otras, como sucedió con Denise, como una mujer atractiva.
Han utilizado a varias mujeres. No tenía conocimiento sobre Denise, pero esperaba algo así.
Dos quedarían en Francia o en el lugar donde decidieran operar. Cuando tuve la seguridad de
que esas dos personas habían sido arrestadas en St. Lucien, pude llevar a Denise a París.

—Fue impresionante —opinó Stephanie.

—Para ella lo fue.

—Aquella vez la vi entrar en tu dormitorio —dijo Stephanie, todavía preocupada por ese
episodio.

— ¿Confías en mí, Stephanie? —la miró a los ojos y ella sonrió.


—Sí. Siempre confié en ti. Luché contra ti, pero confiaba en ti y estaba aterrada al pensar
que podrían herirte. Sin embargo, ella estaba en tu habitación.

—No lo dudo. Supongo que entró a espiar. Nunca estuvo en mi habitación cuando yo estaba
allí.

—Lo sé —dijo ella y le cubrió el rostro de besos—. Ahora que recuerdo, no ayudé mucho
—él también la besó.

—Causaste una gran impresión, chérie —Christian sonrió—. Conozco a dos hombres que
siempre usarán gafas de sol cuando estén cerca de la arena.

Tengo un capitán todavía aturdido por tu belleza y también tengo una tripulación que con
frecuencia mirará hacia el mástil, con la esperanza de verte allí.

— ¿Estás diciendo que causé problemas? —preguntó ella.

—Es probable. Sin embargo, no todo fue un desastre. Te abracé y te besé y tú me enseñaste
a mirar en los rincones, por si alguien estaba esperando para atacarme. Me enseñaste a estar
locamente enamorado —murmuró y empezó a besarla de nuevo—. ¿Qué te enseñé yo?

—No estoy segura, te lo diré pronto —respondió ella con voz temblorosa.

— ¿Qué le ha pasado a Fiona? —preguntó Stephanie, poco después, cuando permanecían


acostados y abrazados—. Parece diferente.

—Thierry y ella parece que están más unidos ahora. Supongo que fue por el accidente.

—Dijiste que cometió un error al casarse con Fiona —le recordó ella—. Amenazaste con
intervenir.

—Trataba de herirte, chérie —Christian suspiró—. Acababas de demostrar que no me


amabas y dije muchas cosas que no creía.

—No volveré a herirte —murmuró ella, lo abrazó y le besó la mejilla—. No sabía que podía
herirte.

—Nadie más puede herirme, sólo tú. No tenía la intención de quedarme con Jean-Paul.
Thierry me había pedido muchas veces que lo trasladara a París y ya había decidido concederle
el traslado para que estuviera con su hijo.

—Estoy muy contenta —comentó Stephanie y sonrió—. Será maravilloso verlos con mayor
frecuencia. Todos viviremos en París y tendré tiempo para estar con Jean-Paul.

—No mucho tiempo —murmuró él con voz seductora—. Tendrás hijos propios... y Jean-
Paul tendrá muchos primos con el cabello rubio plateado.

Stephanie y Jean-Paul se encontraban de pie, junto a la ventana grande en la elegante casa


de Christian, en las afueras de París. Observaban en silencio la nieve que caía. Era casi Navidad
y Jean-Paul estaba pasando unos días con ellos.

— ¡Es fantástico! —Exclamó el niño—. Nunca había visto la nieve. ¿Podemos salir y correr
allí, Stevie?

— ¡No puedes! —dijo Christian y dejó el periódico. Se acercó a ellos y abrazó a Stephanie
—. Stevie no está en condiciones de correr por el jardín —deslizó la mano sobre el vientre
crecido.

—Cuando nazca mi primo —anunció el niño—, yo le enseñaré todo.

—Tal vez sea una niña —sugirió Stephanie y el pequeño la miró con seriedad.

—Eso no importa. Tú eres una mujer y eres más divertida que los niños de la escuela.
Parece que temen las aventuras. Si mi nuevo primo es como tú, me da igual que sea niño o niña
—observó la nieve y oprimió la nariz contra el cristal.

—No hay nada que te detenga, puedes salir solo —sugirió Christian—. No estás atado a tu
tía con una cadena.

—Iré —dijo con entusiasmo el niño—, pero no será muy divertido sin Stevie —frunció el
entrecejo.

—Nada es divertido sin Stevie —aseguró Christian con voz suave, cuando el niño se fue—,
y estoy muy agradecido de que seas mujer.

Stephanie lo abrazó por el cuello y lo miró a los ojos.

— ¿Quieres que sea un niño o una niña? —preguntó ella con voz soñadora—. Nunca me lo
has dicho.

—No te lo he dicho porque no importa —murmuró él y se inclinó para besarla—. Te deseo.


Los hijos son un premio y el darles vida es felicidad. Mi vida siempre estará ligada a ti.

—Nos conocimos por casualidad... ¿Imaginas lo que habría sido de nosotros si no nos
hubiéramos conocido? —dijo ella.

—Ni siquiera pienses en eso —la abrazó con más fuerza—. Mi vida estaría vacía.

—Supongo que con Fiona y Thierry en París, nos habríamos conocido tarde o temprano —
observó ella—. Aunque no me hubiera enfadado tanto como en la isla y, tal vez, tú no te habrías
interesado en mí.

— ¿Interesarme? —Christian rió y le besó los labios—. No encuentro palabras para


describir lo que siento por ti... Pero sé que «interesar» no lo expresa plenamente.

—Todavía me meto en problemas —le recordó ella.

—Parece que te gusta —musitó él y miró sus sonrojadas mejillas. Ella se acurrucó contra él
y recordó que habían sido muy felices. Christian la amaba y todos sus días estaban llenos de
alegría—. Nuestro sobrino está ocupado —murmuró él a su oído, cuando André se reunió con
Jean-Paul en el jardín—. ¿Quieres echarte una siesta para descansar? —le cubrió los senos con
la mano y la miró posesivamente—. Mi hermosa Stevie. Te amo tanto...

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