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Otra oportunidad

Day Leclaire
03 Gem computer
Otra oportunidad (2004)

Título Original: The miracle wife

Serie: 03 Gem computer

Editorial: Harlequin Ibérica

Sello / Colección: Jazmín 1846

Género: Contemporáneo

Protagonistas: Raven Sierra y J.J. Randell

Argumento:

La pequeña River Sierra necesitaba una madre urgentemente.

Alguien como el hada madrina de sus cuentos... o como la mujer que había

aparecido de repente en la puerta de su casa. J. J. Randell parecía un sueño


hecho realidad.

El problema era que el padre de River no parecía tan convencido. Aquel


hombre le había dado la espalda al amor, pero ahora se encontraba dividido
entre el dolor del pasado y los sueños de su pequeña…

J. J. no tardó en darse cuenta de que la situación era desesperada. Pero


River estaba segura de que su milagrosa mamá era capaz de cualquier
cosa… incluso de persuadir a su papá de que le diera otra oportunidad al
amor.

[Link]

Prologo
Erase una vez un hada llamada Justicia. Era, sin duda, la criatura más
hermosa

de entre su gente. Su piel tenía el suave tono de la nieve iluminada por los
rayos de luna y su pelo era más negro que la guarida del dragón. Sus ojos
eran tan oscuros como una noche sin luna, pero brillaban con intensa pasión.
Sin embargo, era su

belleza interior la que resplandecía con la fuerza de cien soles y la que hacía
que la gente la amara.

Página 1, La búsqueda del dragón, de Jack Rabbitt

River Sierra miró con detenimiento el pastel de cumpleaños que su cuidadora

había puesto sobre la mesa. Las cinco velas que la mujer había encendido
brillaban intensamente. Ojalá su padre se hubiera quedado para ver cómo las
soplaba. Claro que, quizá le habría preguntado entonces cuál era su deseo y
eso era algo que quería guardarse para sí. Todo el mundo sabía que los deseos
no se cumplían si se decían.

Apoyó los codos sobre la mesa y se concentró. Aquél era un deseo muy
importante, pero también era una petición que a su padre no le agradaría si
llegaba a descubrirla.

Los deseos, sin embargo, eran secretos. Si no se lo contaba a nadie, ¿quedaría


el suyo escondido a los ojos de los adultos? Se mordió el labio inferior.
Nunca antes le había ocultado nada a su padre. Pero en aquella ocasión…

River inclinó la cabeza hacia un lado y vio una gran gota de cera deslizándose

por la vela. No le contaría a nadie su secreto. Bueno, la única excepción sería


Gem.

Gem era mágica y podía comprender ciertas cosas. Su padre decía que era un

ordenador, pero River sabía que estaba equivocado. Gem era real.

—PARA QUE EL DESEO SE CUMPLA ES NECESARIO FORMULARLO


ANTES DE QUE SE EXTINGA LA LLAMA —anunció el ordenador.

—¿Quieres decir que si no pido mi deseo antes de soplar no se cumplirá?

—AFIRMATIVO.

River miró el libro que su padre le había regalado: otro maravilloso cuento de

Jack Rabbitt, con deliciosas ilustraciones de hadas. En una ocasión le había


comprado un enorme cuadro con una de aquellas mágicas imágenes y lo tenía
colgado en su

habitación. Era un hada a lomos de una mariposa, con un cabello largo y


negro muy parecido al de la propia River. Según el libro, aquella hada podía
conceder deseos, pero no sabía si eso se aplicaba también a deseos de
cumpleaños.

—¿SE HA FORMULADO EL DESEO? —preguntó Gem.

—No.

—PELIGRO DE FUEGO INMINENTE.

—¿Qué?

Escaneado por Mariquiña—Naikari y corregido por Birmayo

Nº Paginas 2—96

[Link]

—APRESURARSE, APRESURARSE.

—De acuerdo, de acuerdo.

Ya no se lo podía pensar más. Si su padre se enfadaba por pedir aquello, mala

suerte. Se quedaría encerrada en su habitación leyendo libros y mirando su


póster.
Después de todo, el deseo podía cumplirse y todo cambiaría.

Cerró los ojos y pensó: «Quiero una mamá como el hada del cuento». Luego,

abrió los ojos y sopló.

Ya estaba hecho. Había formulado su deseo. Ya sólo tenía que esperar a que
se

cumpliera…

JJ. Randell entró en su oficina de Blackstone, una empresa especializada en

conseguir «cualquier cosa que sus clientes requiriesen». No importaba que


fuera algo con un valor emocional o material: Blackstone lo conseguía. Había
accedido a aquel trabajo hacía un año, por influencia de su cuñado, Mathias
Blackstone. Y la verdad era que se encontraba a gusto desempeñando su
labor.

—¿Puedes ponerme en contacto con el señor Blackstone, Gem? —le


preguntó al

recién instalado equipo informático.

—EL SEÑOR BLACKSTONE NO ESTÁ DISPONIBLE. SE ENCUENTRA


DE

VIAJE. HA DEJADO UN MEMO PARA USTED. ENTRE EN EL


ESCRITORIO,

PULSE MEMO Y SIGA LAS INSTRUCCIONES.

El ordenador interactivo era una auténtica maravilla. J.J. se sentía como si

estuviera en un capítulo de Star Trek.

Abrió el memo tal y como Gem le había indicado y lo leyó.

—¡Es maravilloso! ¡No me lo puedo creer! —murmuró. Mathias le estaba


ofreciendo la oportunidad que había estado esperando desde hacía tanto
tiempo:

ayudarlo en hacer realidad un deseo de Navidad.

Era uno de esos proyectos marginales que a Mathias le gustaba llevar a cabo.

Durante el mes de diciembre se convertía en un Santa Claus capaz de hacer


realidad algunos deseos. Al parecer, ya confiaba en ella lo suficiente como
para encargarse de aquel proyecto. Miró con detenimiento la documentación
adjunta al mensaje.

Una niña llamada River Sierra, de Denver, Colorado, era la agraciada.


Tendría

que tomar el siguiente vuelo desde Sea Tac y, al parecer, el proyecto era

absolutamente confidencial.

—Gem, ¿tienes más información sobre River Sierra?

—CÓDIGO ERRÓNEO. ACCESO NO AUTORIZADO.

—No tiene sentido. ¿Por qué no tengo el acceso autorizado? ¿Cómo se


supone

que voy a hacer mi trabajo si no tengo datos sobre ella?

Hubo un momento de silencio.

Escaneado por Mariquiña—Naikari y corregido por Birmayo

Nº Paginas 3—96

[Link]

—INFORMACIÓN NO DISPONIBLE —repitió la máquina—. POR


FAVOR,
DESPLÁCESE HASTA EL AEROPUERTO. FALTA SÓLO UNA HORA Y

CINCUENTA Y NUEVE MINUTOS PARA EL DESPEGUE.

J.J. miró atónita a la máquina.

—Tiene que haber un error, Gem. No puedo partir así, sin más. Hay un
montón

de tareas que debo terminar. Luego, tengo que ir a casa a hacer el equipaje.

—NEGATIVO. DICHAS ACTIVIDADES NO ENCAJAN EN EL


HORARIO

PREVISTO.

J.J. negó con la cabeza. Había aprendido que discutir con un ordenador era

completamente inútil.

—¿Sabes al menos cuánto tiempo voy a tener que estar en Colorado? ¿Qué
voy

a hacer sin ropa?

—INFORMACIÓN NO DISPONIBLE.

—Fantástico.

Aquello no tenía ningún sentido. ¿Por qué tanta prisa? Marcharse unas horas

más tarde no tendría por qué afectar a su misión. A menos… a menos que
aquello

fuera una especie de prueba. Quizá Mathias quería ver cuál era su capacidad
de

respuesta y su flexibilidad a la hora de actuar. Eso podría explicarlo todo. No


había otra razón factible para tanta premura.
De acuerdo, si su jefe quería rapidez, la tendría. Sonrió. Estaba dispuesta a

complacer a Mathias. Al fin al cabo la había salvado de su trabajo anterior.

Recopiló todo lo imprescindible para el viaje, su portátil y un montón de

papeles que le quedaban por hacer.

Miró a su oficina para comprobar por última vez que no le faltaba nada y vio
el

último libro de Jack Rabbitt que su hermana le había regalado el día antes.

Jacq, su hermana, era la autora de las ilustraciones y se había inspirado en

Mathias, su marido, para la realización de las ilustraciones del dragón. La


verdad era que, cualquiera que conociera a su jefe podía reconocer en el
fantástico monstruo algunos de sus atributos y posturas.

J.J. agarró el libro y lo metió entre sus cosas. Podría servirle para romper el
hielo con la pequeña River Sierra.

Antes de salir, se encaminó al teléfono con intención de informar a su jefe de


su partida inminente. Pero Gem intervino.

—AVISO. SÓLO QUEDA UNA HORA Y CINCUENTA Y CINCO


MINUTOS

PARA EL DESPEGUE.

J.J. dudó un momento y, finalmente, colgó el teléfono.

—De acuerdo, de acuerdo. Me voy —ya llamaría luego.

Tomó el ascensor en dirección al aparcamiento. Esbozó una sonrisa


satisfecha.

Le estaban dando la oportunidad de actuar como Santa Claus.


Escaneado por Mariquiña—Naikari y corregido por Birmayo

Nº Paginas 4—96

[Link]

¡Era una afortunada! El ascensor llegó y ella se encaminó hacia su coche.


Pero,

cuando se disponía a arrancar, le pareció ver a Mathias entrando en el


ascensor.

¿Cómo era posible? Gem le había dicho que estaba de viaje.

Agitó la cabeza de un lado a otro. Debía de haberlo confundido con alguien

parecido. Al fin y al cabo, los ordenadores nunca mentían, ¿verdad?

Escaneado por Mariquiña—Naikari y corregido por Birmayo

Nº Paginas 5—96

[Link]

Capítulo 1

Justice se escondió tras unos helechos y observó al príncipe, tal y como lo


hacía siempre que iba al bosque. Desde la primera vez que lo había visto se
había

enamorado perdidamente de él. No sabía que las hadas fueran capaces de


sentir

cosas como aquéllas por los mortales pero, al parecer, ella era diferente a las
demás.

Amaba al príncipe con toda su alma y su corazón, más incluso de lo que


amaba su
vida de hada. A veces, mientras exploraba el bosque, lograba acercarse tanto
que casi lo tocaba. Pero jamás lo había hecho. Finalmente, había decidido
confesar su amor al príncipe con la esperanza de que éste pudiera amarla a
ella también.

Página 3 de La búsqueda del dragón, de Jack Rabbitt

Raven Sierra miró hoscamente a la turba de reporteros y paparazzis que lo

rodeaban. De haber estado solo, habría podido defenderse y librarse de ellos,


aunque hubiera sido a base de imprecaciones y amenazas.

Pero lo habían acorralado en su momento más vulnerable.

La pequeña River estaba a su lado y lo miraba asustada con aquellos enormes

ojos de muñeca, a la vez que en su gesto se expresaba la certeza de que su


padre sabría salvarla de aquella ruidosa multitud.

—Señor Sierra, según fuentes bien informadas, ha decidido usted dejar de ser

uno de los solteros de oro de nuestra ciudad. ¿Quién es la afortunada?

—No sé qué fuente será esa.

—Alguien de su organización —dijo otra voz—. Nos han enviado la

información por email.

Raven frunció el ceño. Eso explicaba su presencia allí. Pero, no entendía


quién

había podido tener el valor de promulgar tal falacia. Estaba dispuesto a


averiguar la identidad del difamador y a hacérselo pagar.

Los reporteros continuaron con su impertinente interrogatorio, mientras


Raven

esperaba furioso a que los guardas de seguridad hicieran acto de presencia y


lo

liberaran de aquella jauría de perros hambrientos. ¿Dónde se habían metido?

En ese preciso instante, una mujer entró en el edificio. Se detuvo justo detrás
de la puerta de cristal del Consorcio Sierra. Un poderoso haz de sol se
proyectó sobre su pelo y la envolvió con un halo mágico.

La mayoría de las mujeres se habrían sentido desconcertadas por la presencia

de la prensa. Ella no. Permaneció completamente inmóvil, estudiando con

detenimiento su entorno.

La mujer era realmente hermosa: alta, delgada e increíblemente elegante. Sus

ropas eran impecables, al igual que su pelo y su maquillaje. Tenía la


seguridad y firmeza de alguien que no se desconcertaba fácilmente.

Escaneado por Mariquiña—Naikari y corregido por Birmayo

Nº Paginas 6—96

[Link]

A pesar de aquella seguridad, la mujer emanaba una dulzura y una claridad

especiales. Era lo que su abuela solía llamar «espíritu de oro».

—Esas son las mujeres con las que te tienes que casar —le había dicho
Nawna

una semana antes de morir—. Son puras por dentro y eso es lo que cuenta.
Espera a encontrar una así. Entonces conquístala y no la dejes marchar.

Agitó la cabeza de un lado a otro tratando de espantar los recuerdos. ¿Cómo

podía haber creído alguna vez en las tontas fantasías de una anciana?
Miró hacia la recepción y vio que la mujer se iba aproximando allí. Se movía

con una cadencia especial que atraía inevitablemente las miradas. Poseía en sí
una combinación peligrosamente atractiva para Raven: armonía, gracia y
belleza. Era una de esas mujeres que seducían sólo con su movimiento, con el
suave agitar de sus

manos o de sus caderas.

Pero era terreno prohibido.

La desconocida se detuvo ante el mostrador, interrogó al portero y escuchó

pacientemente la respuesta. Antes de que se volviera, Raven ya lo sabía:


había venido por él. Hizo una mueca: aquel era otro regalo de Nawna. Pronto
la cabeza de la

hermosa ninfa se volvió lentamente hacia él, agitando su cabello espeso,


brillante y negro como el de River.

En lugar de dirigirse a él, la mujer se situó justo detrás de la masa de

reporteros. Dejó el maletín en el suelo, se cruzó de brazos y se apoyó en la


columna más cercana.

De pronto, sonrió.

En cuestión de segundos, Raven tendría que pagar un precio muy alto por

aquella sonrisa. Su atención se desvió hacia la hermosa mujer y a los


reporteros no les pasó desapercibida la intensa mirada de Raven atravesando
la sala. Casi a la vez, la masa se removió proveyendo al magnate y a su hija
de una clara visión de la recién llegada.

De pronto, River gritó, emocionada.

—¡Mira, papá, es ella! Ha venido a cumplir mi deseo. Corre, papi, vamos


hacia
ella o se escapará volando.

Antes de que pudiera reaccionar, su impetuosa niña ya se había zambullido

entre la multitud y atravesaba, no sin dificultad, el frondoso bosque de


piernas.

Raven maldijo y salió tras ella, perdiéndola de vista durante unos inquietantes

segundos.

Momentos después, vio cómo la pequeña se detenía a los pies de la

desconocida, y la masa de periodistas hacía un círculo alrededor de ellas dos.

—¡Has venido! —dijo River. Y se lanzó a los brazos de la mujer.

Más desconcertante aún fue ver que la mujer actuaba como si la conociera,

riéndose con el mismo entusiasmo infantil de la niña.

Escaneado por Mariquiña—Naikari y corregido por Birmayo

Nº Paginas 7—96

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Raven apartó sin piedad a los pocos reporteros que lo separaban de su hija y
vio que la mujer tenía a River en sus brazos.

—¡Aparte las manos de mi hija! —la amenazó.

River se volvió hacia su padre con una expresión de felicidad completa.

—Papá, Justice va a ser mi nueva mamá.

Una serie de flashes resplandecieron en aquel preciso instante y J.J. parpadeó

confusa. ¿Qué demonios quería decir la pequeña?


—Un momento, yo no…

Sus palabras se confundieron entre un millón de preguntas.

—¿Cuál es su nombre?

—¿Cuándo es la boda?

—¿Cómo ha convencido al señor Inalcanzable para que le dé el sí?

J.J. se había enfrentado a la prensa antes y en múltiples ocasiones, pero jamás


de aquel modo.

Desesperada, buscó una vía de escape y se encontró con el rostro ofuscado de

Raven Sierra. El nombre le encajaba perfectamente. Tenía la mirada oscura


del

cuervo y la frialdad de las cumbres nevadas de las montañas. A pesar de todo,


había en algún lugar de su corazón una cualidad difícilmente definible pero
que sólo se podría encontrar una vez rotas todas sus barreras defensivas.

Algo la atraía de él, aunque no era su apariencia. No podía considerársele un

hombre guapo en el sentido convencional del término, a pesar de sus pómulos

marcados y sus labios carnosos y bien definidos. Tenía la nariz rota y los ojos
cargados de esa intensa expresividad que les procuraba la pasión más salvaje.
Su mirada lo traicionaba y hablaba con tácita elocuencia de pasados
desenfrenos. Su cabello negro y espeso enfatizaba aún más su talante oscuro.

De pronto, ella tuvo una inesperada revelación. Ambos habían estado en las

mismas guerras, peleado en las mismas batallas y albergaban en su interior


las

mismas heridas. Eran almas gemelas.

Por desgracia, ella había hecho algo que había despertado al guerrero que
vivía

en su interior, creando una innecesaria confrontación.

Fuera como fuera, había de rectificar aquel error, porque tenía todas las de

perder.

Respiró profundamente y lo miró. El no respondió. No hacía falta. Podía


sentir

la rabia creciendo en su interior.

En un rápido movimiento, tomó a su hija. Pero, en contra de lo que J.J.

esperaba, su brazo pesado y musculoso también la rodeó a ella, llevándosela


con él.

La sorpresa se mezcló con el alivio. Su enemigo era un guerrero noble, de


esos

que se enfrentan a sus enemigos en privado.

Escaneado por Mariquiña—Naikari y corregido por Birmayo

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Se encaminaron a toda prisa hacia el fondo de la recepción, seguidos


demasiado

de cerca por la hambrienta jauría de reporteros.

De pronto, las puertas del ascensor se abrieron y media docena de guardias de

seguridad salieron de él.

—Lo siento, jefe —dijo uno de ellos—. Este maldito aparato nos ha tenido
retenidos, diciendo que había no sé qué error.

—Echad a todos esos periodistas de aquí —les ordenó Raven.

—Enseguida.

Entraron en la cabina del ascensor.

—A mi oficina —ordenó Raven.

Para sorpresa de J.J. fue Gem el que respondió.

—AFIRMATIVO, SEÑOR SIERRA. LLEGAREMOS A NUESTRO


DESTINO EN

UN MINUTO CON CUARENTA Y SIETE SEGUNDOS.

—Gem, ¿qué estás haciendo aquí?

—IDENTIFICACIÓN, POR FAVOR.

—Soy yo, J.J. Randell.

—UN SEGUNDO. ACCEDIENDO A LA INFORMACIÓN —el tablón de

mandos comenzó a emitir una serie de bips y luces centelleantes—.


BIENVENIDA

AL CONSORCIO SIERRA, SEÑORITA RANDELL. ¿QUÉ TAL SU


VIAJE?

—Ya está bien, Gem. No soporto la chachara y menos aún cuando procede de

un ordenador.

—ERROR CUATRO DIECINUEVE. PETICIÓN INDESCIFRABLE.


REPITA LA

FRASE.
—¡Cállate! ¿Te parece así suficientemente claro?

—AFIRMATIVO, SEÑOR SIERRA. SISTEMA CALLÁNDOSE.

Él volvió su atención hacia la extraña.

—De acuerdo, y ahora le toca a usted. ¿Quién es y por qué conoce a Gem?

¿Trabaja con la SSI?

—¿SSI? —repitió J.J. confusa.

—Security Systems International. Es la compañía de Nick Colter, los que

inventaron esta máquina.

—No, no. No tengo nada que ver con esa empresa. Simplemente es que en la

compañía en la que yo trabajo hemos instalado este mismo sistema


recientemente y deben utilizar la misma voz para todos los programas.

Aparentemente satisfecho con la respuesta, él asintió.

—Fascinante. Entonces, ¿quién demonios es y qué está haciendo aquí?

—Soy J.J. Randell y trabajo para la empresa Blackstone.

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—¡Blackstone! ¡Maldito hijo de…! —miró a su hija sin terminar la frase—.


¡Él ha

organizado todo esto, ¿verdad?

J.J. lo miró completamente confusa.


—¿Organizar qué?

—Que viniera aquí.

Por su tono de voz, J.J. dedujo que se iba a arrepentir si decía que sí. A pesar
de todo, tenía un trabajo que cumplir y estaba dispuesta a hacerlo.

—Sí, él me ha enviado.

Raven se movió casi imperceptiblemente, pero fue suficiente para que el

confinado espacio se le hiciera a J.J. insufriblemente pequeño.

—Pues ya puede volver por donde ha venido y decirle a su jefe que mi

respuesta no ha cambiado.

J.J. lo miró atónita. Llevaba allí menos de quince minutos y ya había


conseguido estropear su primera misión de Navidad.

—¿Quiere que me vaya?

Instantáneamente, River se echó a llorar desconsoladamente.

—¡No, papá, no! ¡No la eches! Ha venido a hacer que mi deseo se cumpla!
No

puedes dejar que se vaya.

El cambio que aquel hombre experimentó fue inmediato. La furia abandonó


su

rostro y fue sustituida por la preocupación.

—Pedí un deseo el día de mi cumpleaños y Justice ha venido a cumplirlo.

—¿Justice?

La niña señaló a la intrusa.


—Ella. ¿No la recuerdas? Está en mi libro de hadas y en el cuadro que me

regalaste. Pedí un deseo y ella ha venido a cumplirlo.

J.J. tragó saliva. Aquello se estaba complicando de verdad.

—No soy un hada, corazón. Soy una persona.

La pequeña pareció muy poco convencida. Pero, antes de que pudiera


replicar,

las puertas del ascensor se abrieron, mostrando un amplio pasillo.

J.J. salió y respiró aliviada.

—Escuche, al parecer ha habido algún tipo de malentendido. Quizá si nos

sentáramos y habláramos, podríamos sacar alguna conclusión y solucionar


todo esto.

—Por supuesto y que sea cuanto antes. Así podrá tomar el siguiente vuelo de

vuelta al lugar del que haya venido.

Inmediatamente, el gesto compungido de River lo hizo darse cuenta de lo

erróneo que había sido su comentario.

Raven señaló una puerta.

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—Espéreme en la oficina —le dijo a J.J.

Sin decir más, ella desapareció, dejando al padre y a la hija para que hablaran
en privado.

El despacho de Raven le resultó inesperadamente cálido, decorado en ocres,


con

madera, era como un viaje al tórrido interior de Sierra.

Su escritorio tenía un extraño dibujo hecho a base de luces y sombras que

coincidía con el de la puerta principal. Pronto reparó en que se trataba de un


cuervo medio oculto en el patrón del tablero. Con sus grandes alas
extendidas, el ave

sobrevolaba un pequeño río. ¿Simbolizaría a su hija, River?

En una esquina había un pequeño espacio reservado para las visitas. Pero lo

que más llamó su atención fue otro íntimo rincón claramente dedicado a
River. Había en él un escritorio pequeño emulando al grande, con lápices de
colores y cuadernos.

Sin duda aquel hombre tenía una parte tierna que reservaba única y
exclusivamente a su hija.

Reparó en que, sobre la diminuta mesa había una serie de ilustraciones, entre

las que descubrió un artículo sobre Jack Rabbitt. Aparecía la foto de una de
las ilustraciones de su hermana, una que J.J. recordaba muy bien.

El pie de foto decía:

Jack Rabbitt, autor e ilustrador, cuya identidad aún permanece oculta, se ha

convertido en el número uno de la literatura infantil.

Jacq había acabado por revelar su identidad poco después de la publicación


de

aquel artículo y había vendido el original de aquella pintura, con el fin de


recaudar fondos para la operación de médula de un niño.

J.J. observó con detenimiento la foto. Aun a pesar del tiempo que había
pasado,

aquella imagen de un hada a lomos de una mariposa tenía la capacidad de

desconcertarla. La identidad de Justice era clara: se trataba de J.J.

Igual que Jacq había usado a su marido como modelo para el dragón, había

utilizado a su hermana como modelo para el hada.

Jacq le había asegurado que había hecho aquella imagen con la esperanza de

que su simbolismo impulsara a su hermana a volar algún día, como las hadas
de

todos sus cuentos.

Lo cierto era que, por influencia de aquella sugerente imagen o no, ya había

empezado a hacer algunos cambios en su vida. De entrada había abandonado


la

empresa familiar y se había marchado a Blackstone. En aquel instante, ya


estaba

trabajando en su primer encargo.

Por desgracia, se veía en la complicada tesitura de explicarle a una niña de

cinco años que no era realmente un hada. Le resultaba difícil hacerle entender
que, a pesar de ello, había volado hasta allí para concederle un deseo.

Absurdo, todo aquello era absurdo. ¿Qué se suponía que debía hacer?

En respuesta a su silenciosa pregunta, apareció Raven Sierra en su despacho.


Escaneado por Mariquiña—Naikari y corregido por Birmayo

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—Mi secretaria está cuidando a River para que podamos hablar —dijo él,

cerrando la puerta—. Tenemos un problema.

—Sí, lo sé.

—Mi hija cree que es un hada y que ha venido a concederle un deseo. Insiste
en

que usted le ha dicho eso. ¿Puede explicarme por qué la ha engañado de ese
modo?

J.J. abrió los ojos alarmada.

—Ha habido un malentendido.

—Sí, claro que lo ha habido y es culpa suya.

Ella alzó la barbilla en un gesto desafiante.

—He venido a concederle a River un deseo, pero jamás le dije que fuera un

hada. Creo que me está confundiendo con la ilustración de uno de los cuentos
de

Jack Rabbitt. Por aquí tengo uno… —se puso a rebuscar en su bolso.

—¿Qué quiere decir con eso de que ha venido a concederle un deseo a River?

Ella alzó la vista.

—Creí haberle entendido que sabía lo de Mathias y la concesión de deseos.


—¿Mathias la ha enviado para que le conceda a mi hija un deseo? —preguntó

él, posando su mano fuerte sobre el brazo de ella.

—Él… sorprende a la gente concediendo deseos de Navidad.

—No necesito que Blackstone le conceda ningún deseo a mi hija.

J.J. pensó que, quizá, debería empezar de nuevo y tratar de explicar con más

claridad la situación.

—Verá, yo soy completamente nueva en esto de conceder deseos. Ésta es mi

primera misión. Supongo que no lo estoy haciendo bien del todo.

—¿Tiene alguna idea de cuál es el deseo de mi hija?

Su pregunta despertó en ella el recuerdo de la frase que River había

pronunciado momentos antes en la recepción.

«Justice va a ser mi nueva mamá».

J.J. se mojó los labios.

—Por favor, dígame que no es lo que ha dicho abajo. ¿Ella quiere… una
madre?

Los ojos de su contertulio se encendieron como dos montañas de hoja seca.

—Usted le dijo que había venido a eso —la acusó—. Y por su culpa ahora mi

hija está ahí fuera, abrigando vanas esperanzas sobre algo imposible.

—Yo he venido a conceder un deseo, eso es cierto…

—¿Qué deseo?

Cielo Santo, necesitaba ayuda para salir de aquella complicada situación. Su


respuesta no iba a hacer sino enfurecerlo aún más.

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—La verdad es que no lo sé.

—¿No lo sabe?

J.J. trató de explicarse.

—Déjeme leer la documentación que tenga con las instrucciones que le hayan

dado.

—No tengo… instrucciones escritas. Estaban en mi ordenador… Quizá


podría

preguntarle a Gem.

Él frunció peligrosamente el ceño.

—Mi ordenador es completamente privado.

—Claro, claro… no estarán interconectados entre sí.

—Espero que no.

Sin embargo, Gem la había reconocido en el ascensor.

J.J. estaba confusa, necesitaba organizar aquel rompecabezas.

—Verá, no entiendo qué es lo que está ocurriendo aquí. Generalmente,


Mathias

cumple deseos sencillos y fáciles. Tiene un corazón de oro y jamás…


—¡No trate de endulzar la imagen de ese hombre sin escrúpulos! Es capaz de

cualquier cosa con tal de conseguir lo que se propone, aunque eso implique
herir a una niña.

—¡Eso no es cierto! Mathias es un Santa Claus secreto —vaya, lo había


dicho.

¿Qué tenía aquel hombre que le hacía confesar lo inconfesable?—. Mathias le


concede a la gente deseos sin esperar nada a cambio. Es el hombre más
generoso que conozco.

—Mi hija quiere desesperadamente una madre que resulta ser el hada de un

cuento. ¿Cómo va a concederle eso?

—Bueno, supongo que si Mathias me ha enviado es porque me parezco a

Justice. Imagino que eso es una ventaja para poder manejar el problema.

—Este problema no sería tal si no hubiera aparecido usted por aquí —dijo él
—.

Hasta ahora no era más que un sueño infantil, una fantasía. De pronto, se ha

convertido en una posibilidad que, si no se cumple, la herirá profundamente


—se

puso a dar vueltas de un lado a otro de la habitación—. ¿Cómo se enteró


Mathias de ese deseo?

—Supongo que alguien se lo dijo.

Raven la miró con sospecha.

—¿Quién?

—No tengo ni idea. Pero tiene unas fuentes increíbles.


—No me cabe duda. Yo mismo no me he enterado de cuál era el deseo de mi

hija hasta hace cinco minutos. De pronto, él descubre que mi hija quiere una
madre y, sin más, la envía a usted. Qué amable por su parte.

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Nº Paginas 13—96

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—Quizá Mathias sólo sabía que la niña tenía un deseo, no cuál era en
particular, y…

—No trate de proteger a ese hombre. Está utilizándolas a mi hija y a usted


para

conseguir su propósito.

Ella lo miró confusa.

—¿Qué quiere de usted?

—¿No se ha molestado en hablarle de ello?

Ella negó con la cabeza.

—Mathias no utilizaría a nadie injustamente para conseguir algo.

—Pues ese maravilloso jefe suyo lleva seis meses detrás de mí para conseguir

algo que me pertenece. Me he negado, pero él insiste con inusual


vehemencia.

—Es muy insistente.

—Pues si utiliza a mi hija estará cometiendo un error y lo sentirá.

J.J. intuía que no iba a ser su cuñado el único en sentirlo. Trató de mantener
la calma y respondió:

—Mathias jamás haría nada dañino para su hija, ni yo tampoco. Dígame


cómo

quiere enfrentarse a esta situación con River y lo haré a su modo. ¿Lo


satisface esa propuesta?

—Es un comienzo.

—¿Y bien? ¿Qué sugiere?

—Lo primero, va a convencer a mi hija de que usted no es un hada. Luego, le

explicará que no puede hacer que se cumpla su deseo. ¿Entendido?

—Sí. ¿Podría hablar en privado con la pequeña?

Nada más sugerirlo, J.J. notó que no era una buena idea. El cuerpo de Raven

irradiaba crispación y todos sus músculos estaban tensos.

Él se aproximó peligrosamente.

—La traeré aquí. Pero se lo advierto, señorita Randell, tenga cuidado con lo
que dice. No estropee aún más las cosas.

—Haré todo lo que esté en mi mano.

—Espero por su bien que eso sea suficiente.

Dicho aquello, abandonó el despacho y sólo entonces puedo J.J. respirar.

¡Cielo Santo! ¿En qué la había metido Mathias? ¿Acaso había perdido

completamente el juicio? Necesitaba hablar inmediatamente con él, pero el


tiempo apremiaba. River estaba a punto de entrar.

Sacó su libro de Jack Rabbitt de la bolsa y dio gracias por habérselo traído.
De algún modo intuía que aquel libro iba a cambiarlo todo.

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Capítulo 2

Fausta era el hada más vieja y sabia de todo el reino, y sus conocimientos de

magia eran más extensos que los de todas las hadas juntas. Se decía que
incluso sabía cómo dominar al gran dragón, Némesis o, al menos, cómo
apaciguar la furia de la

oscura bestia. Aquélla era la habilidad que Justice quería aprender.

El príncipe y ella habían estado viéndose en secreto. Pero aquello no duraría

mucho, a menos que pudieran conseguir el favor del dragón.

Página 10 de La búsqueda del dragón, de Jack Rabbitt

La puerta se abrió y apreció River, con su muñeca en la mano. Parecía muy

pequeña en comparación con las inmensas paredes recubiertas de madera.

—¿Justice? —susurró—. ¿Estás ahí? J.J. salió de entre las sombras. —Estoy
aquí.

Con una gran sonrisa la pequeña se aproximó a ella.

—Temía que te hubieras transformado en hada y te hubieras ido volando —la

niña se lanzó a sus brazos con cierta desesperación, genuinamente


preocupada.

J.J. suspiró frustrada. Destruir las ilusiones de aquella niña iba a ser muy
duro.

Pero, ¿qué otra opción tenía?

—No me he transformado en un hada porque soy una persona como tú.

River se encogió de hombros como si aquella información no tuviera nada de

novedosa.

—Lo sé. A las hadas les sucede eso a veces.

J.J. frunció el ceño.

—¿Qué les sucede?

—Pues que son transformadas en personas pero no lo recuerdan. Por eso tú

crees que no eres un hada.

—No, yo… —aquello iba a ser aún más complicado de lo que había
imaginado.

Jamás se le había ocurrido pensar que no conseguiría que River creyera lo


que tenía que decirle. Decidió que el libro era su mejor arma. Se lo mostró
con determinación—

Te he traído esto.

El rostro de la niña se iluminó.

—¡Muchas gracias! —observó la portada—. Un dragón. No sabía que


hubiera

dragones también.

—No es un dragón real. Verás, déjame que te enseñe algo —le mostró la

contraportada, en la que aparecía la foto de su hermana—. Ésta es Jack


Rabbitt. Su nombre es inventado, al igual que los personajes e historias que
aparecen en el libro.

Es mi hermana y su nombre real es Jacqueline Blackstone. Es la escritora e


ilustradora de las historias.

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—¿Ella también es un hada?

J.J. resopló desesperada. No estaba teniendo ningún éxito.

—No, es una persona real, como yo. Crea hadas y copia personas reales para

representarlas en sus dibujos. Por eso yo me parezco a Justice. Mi verdadero


nombre es J.J.

—¿Dónde escondes las alas cuando eres una persona? —insistió J.J.—. ¿Te
las

quitas y las guardas en el armario o se hacen invisibles?

—River, escúchame, yo no tengo alas. No soy un hada. ¿Lo entiendes?

River asintió.

—Eso es lo que le contáis a la gente que descubre que sois hadas. Lo dice el

libro.

—¿Qué libro?

—El libro en el que te conviertes en una persona real para salvar a Celia de
los trolls.
—Ya… —dijo ella al recordar la historia. Su hermana se las había arreglado

para mantener su identidad artística oculta ante toda la familia. Era aún más

sorprendente si se tenía en cuenta que sus miembros aparecían retratados en


sus

libros—. Mi hermano era uno de los trolls —y su padre el rey.

—¿Tu hermano es un troll? —preguntó River.

—No un troll de verdad. Lo que quiero decir es…

—Yo no tengo hermanos, pero si los tuviera no me gustaría que fueran trolls.

J.J. asintió, como si comprendiera el problema.

—Puede llegar a ser un verdadero problema —dijo—. Escucha, River,


tenemos

que aclarar todo esto. Tu padre está realmente furioso conmigo.

—Es porque él no cree en las hadas. Tampoco quiere casarse. Por eso lo pedí

como deseo.

—¿Pediste un deseo?

—Sí, el deseo que has venido a concederme.

—¿Deseaste tener una madre?

—Sí —dijo la pequeña, mientras acariciaba el suave pelo de la muñeca que

llevaba en brazos—. Pedí una madre como tú.

J.J. tardó unos segundos en poder responder. Por algún motivo se le había

formado un nudo en la garganta. Le emoción la embargaba y no entendía por


qué.

Siempre había sido muy práctica, había tomado decisiones razonables y


jamás había pedido un deseo ni creído en la magia. Aquélla había sido la
debilidad de su

hermana.

J.J. cerró los ojos un instante. Sin embargo, siempre había ansiado tener la

capacidad de soñar, de tener esa creatividad.

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Respiró profundamente y buscó un nuevo recurso.

—Por eso estoy aquí, para explicarte que tu deseo no se puede hacer realidad.

Los ojos de River se llenaron de lágrimas.

—¿No puedes quedarte y convertirte en mi madre?

¡Fantástico! Había conseguido que la pequeña llorara. Sierra iba a cortarle la

cabeza.

—Puede concederte otro deseo, pero no el que has pedido.

—¡No quiero otro deseo! ¡Lo que quiero es que tú te quedes conmigo!
¡Quiero

tener una madre, como las demás niñas!

J.J. se sintió profundamente desgraciada. No sólo era una mujer sin fantasía,
sino además incapaz de conceder deseo alguno.

—Lo siento, River, pero lo que me pides es imposible.

—¿Por qué?

—No lo sé. Pero si, como tú supones, yo soy un hada, ¿pueden las hadas
seguir

siendo personas eternamente?

—No. Sólo pueden ser personas durante un tiempo.

—Entonces un hada no puede ser tu madre.

Aquella respuesta fue determinante y convincente, aunque no por ello menos

dolorosa.

—Pero, ¿habrías querido ser mi madre de haber podido?

La pregunta emocionó profundamente a J.J.

—Por supuesto. Me encantaría tener una hija como tú. A cualquier madre le

gustaría.

Hubo un silencio, mientras la pequeña la miraba con ojos llenos de tristeza y

desesperación.

—Quédate conmigo —rogó finalmente.

—Lo siento…

La puerta se abrió en aquel momento y Raven apareció. La pequeña miró a su

padre y se echó a llorar.

—No puede concederme el deseo —dijo desconsoladamente—. No puede ser


mi madre.

Raven abrazó a la pequeña con fuerza y miró a J.J. con frialdad.

—Por favor, váyase —le dijo sin preámbulos. Silenciosamente, J.J. se


marchó.

J.J. no recordaba haberse sentido jamás tan frustrada y triste.

Había llegado hasta River Sierra sin dificultad, ayudada por Gem. Pero el
resto

de la labor había sido más que ardua, imposible.

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Por quinta vez en aquella última hora iba a intentar ponerse en contacto con

Mathias o con su hermana, quienes parecían haber desaparecido.

—BUENAS TARDES. ESTO ES BLACKSTONE. ¿PUEDO AYUDARLA


EN

ALGO? —dijo la ya molesta voz electrónica.

—Soy J.J. otra vez.

—BUENAS TARDES SEÑORITA…

—No hables, Gem, sólo escucha. Quiero que me pases con Mathias sin
dilación.

—EL SEÑOR BLACKSTONE NO ESTÁ DISPONIBLE —repitió de nuevo


—.
POR FAVOR, ESPECIFIQUE CUÁL ES LA NATURALEZA DEL
PROBLEMA.

—Ya te lo he dicho. Mi problema es concederle a River Sierra su deseo —J.J.

inspiró profundamente, tratando de controlar su temperamento—. Su padre


está

furioso conmigo. River piensa que yo soy un hada y el deseo que pide es
imposible.

¿Qué se supone que debo hacer?

—SU COMETIDO ES CONCEDER EL DESEO DE RIVER SIERRA. POR

FAVOR, CONSULTE LAS INSTRUCCIONES REFLEJADAS EN EL


MEMORANDO.

J.J. apretó los dientes con rabia.

—¿Es que no me has oído claramente? Quiere que yo sea su madre y el único

modo de lograr eso es si me caso con Raven Sierra.

—AFIRMATIVO. DEBE CUMPLIR EL DESEO DE RIVER SIERRA.

—¿Afirmativo? ¡De eso nada! No puede ser afirmativo. ¿Te has vuelto loco?

de pronto se dio cuenta de que estaba hablándole a aquel trozo de metal como
si se tratara de un humano—. Escucha, Gem, no voy a casarme con el señor
Sierra. Estoy segura de que ése no es el propósito con el que Mathias me
envió allí. ¿Puedes

conectarme directamente con él?

—EL SEÑOR BLACKSTONE NO ESTÁ DISPONIBLE. POR FAVOR,

CONTINÚE CON LA LABOR ENCOMENDADA.


—¿Cuándo podré hablar con Mathias?

—INFORMACIÓN NO DISPONIBLE.

Estaba empezando a cansarse de oír aquella frase.

—¿Cómo puedo ponerme en contacto con él?

—DEJE UN MENSAJE O ENVÍELE UN CORREO ELECTRÓNICO.

—De acuerdo. Haré un informe y se lo mandaré. Mientras tanto, me gustaría

que le enviaras este mensaje: ¡Ayuda!. Lo quiero en mayúsculas, en negrita y

subrayado tres veces, ¿entendido?

—AFIRMATIVO.

—Sólo por curiosidad. ¿Sabe Mathias cuál es el deseo de la niña?

—INFORMACIÓN…

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—¡Ya, ya! Información no disponible. Muchas gracias, has sido de mucha

ayuda—dijo ella con sarcasmo.

Pero Gem no parecía entender de sutilezas y respondió muy convencida.

—DE NADA, SEÑORITA RANDELL. QUE TENGA UN BUEN DÍA.

Una vez interrumpida la conexión, J.J. se quedó sentada en la cama del hotel,

confusa y desconcertada.
Nada de aquello tenía sentido. No podía llevar a cabo la misión que Mathias
le

había encomendado, pero estaba segura de que él no sabía la naturaleza del


deseo pedido. Cuando le comentara lo ocurrido, seguro que lo comprendería
y la enviaría de vuelta a casa.

Empezó a pensar en las acusaciones que Raven Sierra había formulado contra
él

y se preguntó qué motivos tendría para haberlas hecho.

Recordó el tiempo que había trabajado junto a su padre, Turk Randell. No


había

conocido jamás a nadie tan duro y falto de escrúpulos, manipulador y capaz


de todo por conseguir sus objetivos. ¿Acaso Mathias era igual?

No, no era posible. Si bien era cierto que había utilizado a su hermana para

cumplir un deseo, y la había obligado a desvelar su identidad secreta, Mathias


había actuado movido por una gran causa.

Unos golpes en la puerta la sobresaltaron.

La sorpresa la instó a levantarse repentinamente. Se preguntó si los reporteros

la habrían encontrado.

Atravesó la habitación y miró por la mirilla. Se sorprendió al ver a Raven


Sierra al otro lado de la puerta.

Su primera reacción fue ignorarlo. Pero luego pensó que sería inútil tratar de

evitar a un hombre como él. Si estaba decidido a hablar con ella, conseguiría
hacerlo tarde o temprano.

Resistiéndose a la absurda necesidad de estirarse la ropa y pasarse la mano


por
el pelo, abrió la puerta.

De inmediato supo que era el guerrero el que había ido a visitarla, pues su
gesto batallador así lo proclamaba.

Se había cambiado el traje por unos vaqueros y una camisa negra. Pero, con

independencia de su atuendo, era un hombre capaz de atraer la atención sin


tener que hacer nada para ello. Con la única excepción de Mathias, no había
conocido a nadie tan capaz de tomar control inmediato de cualquier situación.
Ni siquiera su padre.

—¿Puedo pasar? —preguntó él.

Ella dudó un momento. Pero la paciente espera fue decisiva para su


respuesta.

—Sí, claro.

Se apartó de la entrada y él atravesó el vano con imponente firmeza.

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Se quitó la chaqueta y la dejó sobre una silla. J.J. fue incapaz de apartar su

mirada de aquellos hombros anchos y bien contorneados. ¿Cómo no se había


dado

cuenta antes del cuerpo tan impresionante que tenía? Era un ejecutivo con
cuerpo de trabajador. Una combinación peligrosa.

Aquella reacción puramente femenina la tomó totalmente por sorpresa. Quizá

porque hacía demasiado tiempo que no había mirado a ningún hombre de


aquel
modo.

Ocultó sus sentimientos tras una máscara de compostura.

Raven se volvió hacia ella.

—No parece sorprendida por mi presencia.

—Pues lo estoy —respondió ella—. ¿Cómo me ha encontrado?

Él levantó la ceja.

—Gem me dio la información. Asumí que usted le había dejado su dirección.

No, no lo había hecho. J.J. reparó en que era la segunda vez que el ordenador

daba información que se suponía reservada. La idea de que el sistema de


Blackstone y el de Raven estuviera intercambiando información parecía una
realidad cada vez más probable. Tendría que advertir a Mathias de aquella
posibilidad.

—¿Quiere beber algo? —le preguntó ella, señalando la pequeña nevera del

hotel.

—No, gracias. No he venido a socializar.

Estupendo. Acababa de dejar bien claro que no estaba dispuesto ni a


mantener

las formas.

—Siéntese —le dijo sin remilgos.

—¿Es una orden? —preguntó él.

—Tómelo como quiera y dígame de una vez a qué ha venido.

—Lo sabe muy bien.


Odiaba el modo que tenía aquel hombre de atacar los problemas.

—¿Le importaría refrescarme la memoria?

—Le di instrucciones precisas de que le quitara a mi hija fantasías estúpidas


de la cabeza.

—Y así lo hice. Traté de explicarle que no era un hada, pero no me creyó. Le


dije que no podía ser su madre…

—Pero, a cambio, le ofreció concederle otro deseo.

Así que ése era el problema.

—Me pareció justo.

—¿Justo? Me importa un cuerno la justicia. Le di instrucciones explícitas de


que le dijera a River que no podía cumplir su deseo.

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—Lo intenté…

—No con suficiente energía.

—Lo hice lo mejor que pude, pero no me creyó. ¿Qué esperaba que hiciera?

—Decirle que las hadas no son reales, explicarle que es todo fantasía.

J.J. miró desafiante al hombre que con tanta energía trataba de imponer su

criterio.

—Si su objetivo es destruir las fantasías de su hija, hágalo usted solo. Yo no


voy a ayudarlo. Le di la opción de un segundo deseo para consolarla por la
imposibilidad de cumplir el primero.

—¿Y si vuelve a pedir algo completamente imposible?

—Le he advertido que tiene que ser algo que pueda llevar a cabo. Le aseguro

que casarme con usted sería absolutamente imposible por mucho que su hija
lo

deseara.

Él se puso de pie lenta y amenazadoramente. Había ido demasiado lejos.

—No se exceda conmigo, señorita Randell, porque no le van a gustar las

consecuencias.

J.J. alzó la barbilla desafiante.

—Y usted no me amenace, señor Sierra. No quiero decepcionar a su hija,


pero si

usted sigue con esa actitud, me marcharé sin cumplir mi promesa y tendrá
que

arreglárselas con River usted solo.

—Su oferta es tentadora.

—Haga lo que le venga en gana. Si no fuera porque me preocupa la pequeña,


le

aseguro que ya me habría marchado.

—Usted no se va a marchar a ningún sitio hasta que no solucione todos los

problemas que ha causado. Mañana vendrá a mi oficina y comerá con mi hija.


Ella le dirá cuál es su deseo y, en cuanto lo cumpla, se largará de aquí
volando con sus propias alas o con las del primer avión. ¿Entendido?
Ella lo miró con desprecio y tardó unos segundo en responder.

—Claro como el agua.

—Fantástico. Y ahora es el momento de que me dé ciertas respuestas. La

primera es por qué Blackstone quiere hacer esto. ¿Es por su esposa?

—No sé a qué se refiere —dijo ella mientras se preguntaba por qué aquel

hombre no se sentaba. Se sentía en clara desventaja por su altura y tamaño.

—No se haga la inocente conmigo, señorita Randell. no le pega.

Ella sabía que su cabello negro y largo, sus ojos rasgados y oscuros, y un

aspecto exótico le conferían una imagen más dura de lo que correspondía con
su

interior. Estaba acostumbrada a que los hombres asumieran ciertas cosas.


Pero eso no Escaneado por Mariquiña—Naikari y corregido por Birmayo

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significaba que tuviera que gustarle y, por algún motivo, que aquel gigante
cayera en los mismos vulgares errores que el resto de los mortales le resultó
decepcionante.

—Me da lo mismo que me crea o no y me niego a entrar en una discusión


sobre

mi sinceridad.

—O falta de ella.

—Lo que quiera. Hasta que recibí el memorando hoy no sabía nada ni de
usted
de ni de su hija. Si Mathias ya había tratado con usted, le aseguro que no me
había informado de ello.

El la miró durante unos segundos.

—De acuerdo, acepto su palabra.

—¿Podría explicarme de qué va todo esto?

—Me sorprende que no haya llamado a Blackstone para preguntárselo.

—He estado intentándolo, pero no he podido localizarlo.

—¡Qué casualidad!

—Creo que ya está bien de rodeos —dijo ella molesta—. He venido a


concederle

un deseo a su hija y me encuentro con que usted piensa que hay una doble
intención.

¿Por qué?

—De acuerdo, voy a ser tan claro y directo como me pide. Es muy sencillo.

Mathias Blackstone quiere comprar un cuadro que yo poseo.

—¿Un cuadro?

—Sí. Es el cuadro de un hada que monta desnuda sobre una mariposa —


había

en sus ojos una desagradable sonrisa—. Es un retrato suyo, señorita Randell


y, por algún motivo, su cuñado lo quiere desesperadamente. ¿Por qué es
capaz de llegar a tal extremo para recuperar el cuadro que su hermana subastó
el año pasado?

—¿Usted compró ese cuadro?


—Sí, como regalo de cumpleaños para mi hija.

—¿Y Mathias ha estado tratando de recuperarlo?

—Supuestamente para su esposa. Aunque ahora empiezo a pensar que tiene

otros motivos.

La implicación de sus palabras encendió definitivamente la llama de la

indignación en J.J.

—¡Fuera de aquí!

Él la miró fijamente durante unos segundos. Luego resopló nerviosamente.

—Me he equivocado radicalmente. Lo siento —se disculpó—. No debería


haber

sacado conclusiones precipitadas.

—Disculpas aceptadas. Ahora márchese de aquí.

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—Insisto: no debería haber dicho lo que acabo de decir. Está claro que no se
lo

merece.

Los ojos de J.J. se llenaron de lágrimas. ¿Cómo podía un solo hombre en tan

poco espacio de tiempo provocar tantas alteraciones en su sistema nervioso?

Se tomó unos segundos para controlar su estado de ánimo.


—Mathias es mi cuñado, no mi amante.

Inesperadamente, aquel hombre oscuro y peligroso se aproximó a ella y le

acarició la mejilla.

—Lo siento, de verdad.

La rabia dio paso a otros sentimientos más complejos y contradictorios. La

mirada irritante y fría se había transformado en otra mucho más cercana y

comprensiva.

El apartó la mano lentamente, se dio la vuelta, agarró su chaqueta y se dirigió


a la puerta.

—Mañana a las doce, no lo olvide —dijo sin mirarla—. No llegue tarde.

Segundos después, ya se había marchado, dejándola confusa y entristecida.

River abrió el libro que Justice le había dado.

—Léemelo otra vez, Gem.

—EL TIEMPO DE LECTURA YA HA PASADO. LAS LUCES DEBEN

APAGARSE. HORA DE DORMIR.

—No quiero dormir.

—ERROR NÚMERO TRES, CERO, OCHO.

—Lo sé, lo sé —dijo River—. Eso significa que me tengo que meter en la
cama.

—AFIRMATIVO.

—De acuerdo —puso el libro cuidadosamente bajo la almohada—. Pero


enciéndeme la luz de noche.

—LUZ DE NOCHE ACTIVADA.

—Gem…

—ESPERANDO PREGUNTA.

—¿Tú crees que la magia de Fausta funciona como en el libro?

—DATOS INSUFICIENTES. NO SE PUEDE EXTRAER UNA


CONCLUSIÓN.

—¿No lo sabes?

—AFIRMATIVO.

—¿Pero crees que podríamos intentarlo? Podría ser como lo del deseo de

cumpleaños. Quizá funcione así.

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—AFIRMATIVO. SEGUIR LOS PASOS INDICADOS DEBE CONDUCIR


AL

RESULTADO ESPERADO.

River bostezó.

—¿Qué significa eso?

—LA MAGIA DEBE FUNCIONAR.

—De acuerdo. Empezaremos mañana —se acurrucó bajo las mantas—. ¿Me
vas

a ayudar?

—AFIRMATIVO.

—Gracias —abrazó a su muñeca—. Te quiero, Gem.

—UN MOMENTO. PROCESANDO INFORMACIÓN —sonaron una serie


de

confusos pitidos—. ENVIANDO INFORMACIÓN PRIMARIA PARA


ANÁLISIS Y

FUTURAS INSTRUCCIONES.

Para cuando el análisis se hubo completado y Gem pudo formular su


respuesta,

River ya dormía profundamente. Si oyó la voz metálica del ordenador fue


entre

sueños.

—LA UNIDAD GEM TAMBIÉN AMA A LA PEQUEÑA UNIDAD


HUMANA.

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Capítulo 3

—Lo que me pides es muy difícil y peligroso. Y el precio es muy alto —le

explicó Fausta—. Pero si estás dispuesta a arriesgarlo todo, tu deseo puede


ser
posible. Lo que tienes que hacer es conseguir siete regalos para Némesis.

Justice asintió convencida de lo que quería.

—¿Cuál es el primer regalo? —le preguntó.

—Es uno muy simple —dijo Fausta—. Debes tomar un pequeño trozo de
amor

y guardarlo en una bolsa de seda.

Página 13 de La búsqueda del dragón. de Jack Rabbitt

MALDICIÓN! ¿Qué demonios he hecho con mis gemelos? —Se supone que
no

debes decir palabrotas —le recordó River a su padre.

Raven resopló resignado. La niña tenía razón. Tras la muerte de Maise, él se

había encerrado en una habitación oscura, con una pequeña criatura en brazos
y se había prometido a sí mismo llegar a ser el padre perfecto. ¡Qué ingenuo!
Debería haber sido más humilde y haber entendido que la perfección no le
estaba permitida a un hombre con tantas imperfecciones como él.

—Lo siento, cariño. Trataré de ser más cuidadoso —dijo él—. Pero no sé
dónde

demo… dónde he puesto los gemelos. Juraría que los había dejado aquí.

—Yo pierdo cosas continuamente. Deben de ser los duendes.

—Los duendes no existen.

—Pues Nawna decía que sí. Le quitaban las gafas. Siempre decía: «Estos

traviesos duendes. Vuelvo a llegar tarde por su culpa».

Su imitación era tan increíblemente real que Raven se sorprendió. Más


sorprendente era aún si consideraba que la anciana mujer había muerto hacía
un año ya.

—A Nawna le encantaba decir esas cosas. Pero cuando hablaba sobre hadas y

duendes estaba sólo fantaseando. Esas cosas no existen.

Su hija la miró con infantil cabezonería y él suspiró. Se daba por vencido. La

suya era una batalla perdida. Jamás lograría hacer entrar en razón a la
pequeña.

Abrió el cajón, pero no encontró lo que buscaba.

—Eran los gemelos que me diste tú por mi cumpleaños. Por eso me sienta tan

mal no encontrarlos.

—Si quieres, papi, puedo hacer que mi deseo sea que te los devuelvan.

Raven negó con la cabeza.

—Prefiero que te guardes ese deseo para ti.

—De acuerdo —dijo la niña—. ¿Justice vendrá a vernos hoy?

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—Sí. Ha prometido venir a comer.

Esperaba no haberla asustado la noche anterior. Aunque le daba la impresión

de que no era una mujer fácilmente impresionable.

No obstante, su reacción final a las desagradables suposiciones que él había


hecho lo había desconcertado.

Se preguntaba qué lo había empujado a insultarla de aquel modo. Suponía


que

había sido un modo de autodefensa. Había algo en aquella mujer que lo


perturbaba.

¿Qué era lo que lo provocaba? ¿Por qué lo alteraba de un modo tan básico y

primitivo? No lo sabía. Pero sí sabía que en el instante en que había sentido la


seda de su mejilla bajo la palma de la mano había deseado hacerla suya, había
ansiado hacerle el amor y arrancarle con besos y caricias aquella angustia que
él había creado.

Pero, lejos de eso, se había alejado de ella a toda prisa. Probablemente, había

hecho lo más inteligente.

—¿Papá? —dijo la pequeña River tirando de su pantalón—. ¿Por qué no

podemos ver a Justice ahora?

—Porque la he invitado a comer, no a cenar. Veremos si puede cumplir tu

deseo.

Por un instante la mirada de la niña resplandeció.

—¿Va a ser mi mamá?

—Ella no puede hacer eso, ¿recuerdas?

—Porque es un hada y las hadas no pueden permanecer como personas


porque

entonces se mueren, ¿verdad?

—J.J. no es un hada. Las hadas no existen.


—Entonces, si no es un hada, ¿por qué no puede ser mi mamá?

—Porque… —la lógica de su pregunta lo desarmó—. Porque para que fuera


tu

mamá, tendría que casarse conmigo. Para que dos personas se casen tienen
que

amarse.

—¿Cómo tú y mamá?

Raven sintió un nudo en la garganta.

—Sí, cariño.

—Mi deseo podría ser que tú y Justice os enamorarais.

—No hagas eso, River, no funcionaría.

—¿Porque Justice es un hada?

—Justice es una fantasía. J.J. es una persona real y no estamos enamorados.


El

amor no es algo que alguien puede generar por un deseo. Tiene que crecer
por sí mismo.

La pequeña asintió.

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—De acuerdo. Entonces no desearé eso.

—River, J.J. no es un hada. Tienes que creerme.


—Los adultos no creen en la magia. Esas cosas son sólo para niños, papá —
dijo

la niña y corrió hacia la puerta—. Sólo las hadas pueden conceder deseos. Por
eso sé que J.J. es un hada.

Con un brillo satisfecho en los ojos, después de haber hecho su triunfal

declaración final, salió de la habitación sin darle a su padre opción a refutar


lo que, sin duda, para ella era una verdad absoluta.

Nada más entrar en el despacho de Raven se dio cuenta de que no había sido

buena idea vestirse de negro.

Sólo dos horas antes, había optado por comprarse una falda y un jersey,
carente

como estaba de muda. El negro le había parecido una opción fácil y elegante.

De pronto, al verse frente a frente con aquel hombre idénticamente vestido,

sintió una profunda vergüenza.

Por su mirada, él tampoco parecía muy complacido.

—Quizá la próxima vez deberíamos llamarnos antes para ver qué color
vamos a

usar —dijo ella para relajar la tensión que se había creado—. Es realmente
ridículo verse frente a frente con alguien idénticamente vestido.

Sorprendentemente, Raven sonrió y soltó una leve carcajada.

—Buena idea. Jamás se me habría ocurrido pensar que las hadas se vistieran
de

negro cuando son personas.


Si su comentario tenía como propósito avergonzarla, había ido por el camino

erróneo.

—Es más bien un color de dragón. De no ser por sus ojos, casi podría usted

pasar por Némesis.

—¿Némesis?

—El dragón del último libro de Jack Rabbitt. ¿River no se lo ha enseñado?

—No.

J.J. se encogió de hombros.

—Tiene un dragón en la portada que es el protagonista de la historia. Le di el

libro a River antes de poder leerlo, pero sé que mi hermana ha creado la


imagen del dragón a partir de Mathias.

—Blackstone, un dragón, ¡qué apropiado!

—Yo diría lo mismo de usted.

—Mi padre no es un dragón —dijo River desde la puerta—. Es una persona.

J.J. aprovechó la oportunidad que le daba la niña.

—Yo también lo soy. Soy tan real como tu padre.

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—Cariño, ¿te importa ponerte a colorear mientras yo hablo con J.J.? No

tardaremos.
River corrió junto a J.J. y la abrazó.

—Pero no te vayas —le dijo.

—No, no me voy a ir.

Aparentemente satisfecha, la niña se sentó en el pupitre que tenía en el

despacho y se puso a pintar.

Raven esperó a que su hija se concentrara en su trabajo para continuar.

—Me temo que no va a conseguir hacerla cambiar de opinión respecto a este

asunto de las hadas. Tiene una respuesta para todo.

—Gracias a mi hermana. Según dice River, en el libro número tres, Justice se

convierte en humana —él la miró de reojo—. Seguro que usted no sabía que
el

mundo de las hadas tiene sus reglas.

—No, pero estoy aprendiendo muy deprisa —cruzó los brazos sobre la mesa
—.

Un día de éstos creo que voy a ir a darle las gracias a su hermana en persona
por inventarse este tipo de cosas.

J.J. se rió.

—Entonces averiguará por qué Jacq ha empleado a Mathias como modelo de


su

dragón.

Raven se aproximó demasiado a ella, despertando el recuerdo de su tacto de


la
noche anterior. Ella trató de obviarlo, pero no era fácil. Su dominante
presencia se hacía con todo. Su aroma familiar inundó sus sentidos.
Finalmente, se dejó perder en la profunda oscuridad de su mirada.

—¿De verdad cree que Mathias podría impedir que lograra mi objetivo?

La perspectiva de un enfrentamiento entre aquellos dos gigantes no resultaba

nada halagüeña.

—No entiendo esa necesidad de crear conflicto. Mi hermana no ha hecho más

que proporcionarle horas de placer a su hija. ¿Por qué ese empeño en dañar a
alguien que alimenta de fantasía el mundo de los niños?

—Ha llenado la cabeza de River con ideas absurdas.

—Ideas que estaban en un libro que usted le compró.

—Cierto. Pero su cuñado ha cometido un error imperdonable.

—¿Y es?

—Enviarla a usted. Es una de esas personas que lleva la palabra «problemas»

escrita en el rostro.

Igual que él. Los hombres como Raven Sierra significaban «problemas». Era

fuerte y dominante y necesitaba tener siempre el control absoluto de la


situación, de su vida y de las vidas de los que lo rodeaban. Ya había vivido
con alguien así: su Escaneado por Mariquiña—Naikari y corregido por
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padre. Por eso mismo, hacía tiempo que había llegado a una conclusión. El
hombre al que amara algún día habría de ser amable y fácil para convivir.
Raven jamás podría ser así ni en su mejor día.

A pesar de poseer un innegable encanto que la atraía, era claramente


peligroso.

Sus miradas se cruzaron. Había entre ellos un poderoso caudal de energía que

fluía descontrolado de un cuerpo a otro. J.J. sabía cómo manejar a hombres


difíciles.

Lo había hecho con su padre y muchos de sus clientes. De lo que no estaba


tan

segura era de saber qué hacer con lo que Raven le provocaba.

—Está sucediendo otra vez, ¿verdad? —le susurró él.

Completamente sorprendida por su honestidad no pudo sino ser totalmente

sincera.

—Sí. Y no tiene ningún sentido.

—Cierto, no lo tiene.

Él se aproximó ligeramente y sintió la necesidad de experimentar la


sensación

de su mano deslizándose por su mejilla.

—¿Por qué me ha invitado a venir hoy? ¿Para solucionar el problema o para

seducirme?

—¿Y si fuera para lo último?

De pronto, se sintió derrotada y cansada.


—¿Qué es lo que realmente quiere, Raven? —le preguntó en un tono directo
e

irreverente.

Él suspiró y se echó hacia atrás.

—Por muy tentador que pueda resultar, seducirla no es mi intención.

—¿Me ha invitado para poder amenazar a mi familia?

—No necesito perder el tiempo amenazando a su familia.

Una lenta sonrisa disolvió la tensión.

Ella respiró aliviada.

—Entonces creo que lo mejor será que nos centremos en el asunto que nos ha

traído aquí.

—Enseguida —frunció el ceño y ella lo interpretó como una mala señal—.


¿Ha

visto el periódico de la mañana?

—No —respondió ella—. No he tenido tiempo.

Raven abrió el cajón de su escritorio y sacó un recorte. Se lo mostró. Se


quedó

totalmente desconcertada al ver la foto de ellos tres en primera página. Raven


era el centro, con la pequeña River en brazos, mientras los dos miraban a J.J.
El titular decía:

Joven desconocida «toca» el corazón del «intocable» Raven Sierra .

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El pie de foto decía: ¿Alguien puede identificar a esta mujer?

—¿Cree que habrán averiguado quién soy?

—Todavía no, pero es sólo cuestión de tiempo.

Hizo un recorrido mental de lo que aquello supondría y no le gustó la

respuesta. Si averiguaban que su propósito allí era conceder un deseo de


Navidad, muy pronto llegarían hasta Mathias. Eso sería una catástrofe. Miles
de personas

acudirían a Blackstone para ver sus deseos cumplidos.

—Escuche, no sé adonde quiere llegar, pero lo único que me importa a mí es

cumplir mi cometido y largarme de aquí cuanto antes.

—Creo que todo este asunto de la prensa es culpa suya.

—¿Mía? Yo lo único que hice fue quedarme al fondo de la sala a esperarlo.


En

realidad, la culpa fue suya.

—¿Mía? ¿Cómo va a ser culpa mía?

—Usted me miró.

—La miré —repitió él.

—Y muy fijamente —lo señaló con el dedo en un gesto amenazante—. No


trate

de negarlo porque sé cuándo alguien me mira fijamente. De no haberlo


hecho, nadie se habría percatado de mi presencia. Pero su mirada fue como
agitar una bandera en mi dirección.

Él resopló cansado.

—Supongo que es una cuestión de familia.

—¿El qué?

—Tener un exceso de imaginación.

Su sonrisa burlona la enfureció.

—¡No tengo exceso de imaginación! De hecho, mucha gente podría decirle


que

carezco completamente de ella. Soy una persona eminentemente práctica.

—Sí, claro, eso lo demuestra viniendo aquí y diciendo que quiere concederle
a

mi hija un deseo de Navidad.

—¡Increíble! Yo pensé que eso era amabilidad. Pero no, claro que no. Y, en

cualquier caso, ¿desde cuándo tener una imaginación activa o buenas


intenciones es un crimen horrendo?

El se tensó.

—Creo que este tema ya está zanjado. Cuanto antes se marche, mejor. Ha
dicho

que quiere terminar lo que ha venido a hacer, pues hágalo y váyase de aquí.

Su brutal manera de tratarla no debería haberla afectado. Pero, por algún

motivo la afectaba, tanto que estaba a punto de llorar.


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Tragó saliva. ¿Qué le sucedía? Ella jamás lloraba, jamás dejaba que la
hirieran

emocionalmente, jamás tenía fantasías… Era la hija racional y fría. Sintió un


dolor intenso en la boca del estómago.

«Tengo que centrarme en mi propósito aquí. El resto es absurdo y gratuito».

Logró controlar sus sentimientos y sus emociones. Años de práctica se lo

facilitaron.

—¿Sabe cuál es el deseo que quiere? —preguntó con total calma.

—No. No me lo ha dicho. Pero espero que lo solucionemos todo durante la

comida.

—Agradecería que pudiera irme lo antes posible. No he venido preparada


para

una larga estancia.

—Yo también la quiero fuera de nuestras vidas cuanto antes.

—Gracias —dijo ella con desprecio.

River se volvió inmediatamente.

—¡Papá! ¡No hagas que se vaya!

—No se marchará hasta que te conceda el deseo.


—¿Prometido?

—Prometido.

J.J. se removió inquieta. Algo le decía que Raven Sierra se iba a arrepentir de
sus palabras y, aún peor, ella también.

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Capítulo 4

Justice se llevó la bolsa hasta el pecho y permitió que su risa y su emoción la

llenaran. La carcajada llenó el silencio del bosque con un alegre sonido. ¡Lo
había hecho! Había conseguido capturar el beso del príncipe y lo había
guardado en la

bolsa, un beso lleno de amor verdadero. Aquel amor crecería y se haría cada
día más fuerte, como los árboles mágicos que poblaban los bosques de las
hadas.

Sólo le quedaba una cosa que hacer antes de que amaneciera. Se dejó abrazar

por la noche y se quedó allí, de pie, bajo el rayo plateado de la luna, dándole
gracias al Creador por su maravilloso regalo.

Página 15 de La búsqueda del dragón, de Jack Rabbitt

—¿Dónde vamos a comer? —preguntó J.J. mientras salían del despacho. —

Consideré que no sería seguro comer fuera, así que he pedido que nos
organizaran un almuerzo en la sala de reuniones. —Bien pensado—. Eso me
pareció —dijo él y se detuvo frente al escritorio de su secretaria—. ¿Me han
dejado algún mensaje?
—Sí. Se los dejaré en su despacho. No hay nada urgente —miró rápidamente
a

J.J. y volvió a su jefe—. Y el caballero que ha estado tratando de localizar no


está disponible.

J.J. supo de inmediato de quién hablaba: de Mathias.

—Respecto a la información que me pidió —continuó la mujer— le he


escrito

unas cuantas notas. Puede verlas en su ordenador.

—Gracias, Cruxley.

De camino hacia la sala de reuniones, la pequeña River tomó a su padre de la

mano y luego a J.J.

Desde fuera parecían la imagen perfecta de una familia feliz. Otro ejemplo de

cómo las apariencias engañaban.

—¿A qué se dedica exactamente el consorcio Sierra? Si no le importa que le

pregunte —dijo J.J.

—Es un grupo de empresas que engloba a los ranchos más poderosos del
país.

—¿Reses?

—Fundamentalmente. Hemos empezado a diversificar nuestra oferta en los

últimos años, pero el negocio primordial sigue siendo el ganado.

Entraron en la sala de reuniones, un lugar extremadamente elegante con una

impresionante vista de las montañas.


Le hizo un gesto con la mano señalando una silla.

—¿Qué le parece si dejamos de lado las formalidades y nos tuteamos?

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—¿Por River?

—No sólo por River. Creo que para mí será más fácil si trato con J.J. que con
la señorita Randell.

Ella asintió, aunque se lamentó internamente de que para ella entre tratar a

«Raven» y al «señor Sierra» no hubiera diferencias sustanciales. A pesar de


todo, pensó en que no sería un esfuerzo excesivamente costoso comportarse
amablemente

durante el breve espacio de una comida.

—Tu sugerencia es estupenda, Raven —dijo ella, sintiéndose incómoda al

pronunciar su nombre de pila.

—Gracias, J.J.

—Papi, ¿podemos ponernos en el suelo, junto a la ventana? Como si fuera un

picnic.

Raven dudó un momento, pero pronto accedió.

—Estupendo, muñequita. Es un día perfecto para disfrutar del paisaje.

Transfirió todo lo que había en la mesa y lo colocó en un mantel sobre el


suelo.
Una vez terminado, River estableció cuáles serían los lugares de cada uno.

—Tú te sientas aquí, papá —le dijo la niña—. Y tú, Justice, a su lado.

J.J. decidió no protestar e hizo lo que la pequeña le sugirió.

Raven recogió las flores que había sobre la mesa y las puso en el centro del

mantel que estaba en el suelo.

—¿Qué te parece, River? ¿Te gusta cómo ha quedado?

—Está todo precioso, papá. Gracias.

Una camarera apareció por la puerta y, sin demasiadas cortesías, se rió

levemente al ver la estampa. Acto seguido, apareció la cabeza de un camarero


y

ambos cuchichearon algo. No era una actitud muy profesional y a J.J. la


sorprendió.

Imaginaba que Raven habría contratado a la mejor y más cara empresa.

Pronto la camarera se acercó a ellos. Su saludo y maneras demostraban que

había una extraña familiaridad entre ella y la familia Sierra.

—Buenos días, señor Sierra. ¿Quieren comer ya?

—Primero nos gustaría que nos trajeran el menú y las bebidas. ¿No es así
como

lo hacen normalmente?

—Sí, claro —la mujer se metió la mano en el bolsillo del delantal y rebuscó

hasta dar finalmente con un papel—. ¿Qué les gustaría beber?


—La señora Cruxley ha metido una botella de vino blanco en la nevera.

Podemos empezar con eso. ¿Qué quieres tú, River?

—Zumo de naranja, por favor.

—Muy bien. ¿Y usted, señorita…?

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—Randell. El vino está bien, gracias.

—Enseguida traeré los menús y las bebidas.

En el momento en que la camarera se marchó, River aplaudió excitada.

—Ya estoy preparada para formular mi deseo —dijo, claramente incapaz de

esperar a más tarde.

J.J. y Raven intercambiaron miradas nerviosas.

—Pero recuerda que tiene que ser algo que se pueda cumplir.

—Lo recuerdo —dijo la pequeña. Cerró los ojos y susurró—: Quiero que
Justice

sea mi madre durante las vacaciones.

Se oyó el ruido de las copas sobre la bandeja y la voz de la camarera por


encima de la de River.

—Siento interrumpir. He traído la bebida —dijo la mujer.

—Llévese el vino y traiga una botella de whisky, la voy a necesitar —dijo


Raven.

—Con dos vasos —añadió J.J.

Esperaron a que la camarera se marchara para responder a River.

—Lo que pides es imposible, River. Te dije que debía ser algo posible.

—Que Justice sea mi madre durante las vacaciones es posible —insistió la


niña.

—Deberías elegir alguna otra cosa. Pide una muñeca, un cachorro, una visita
al

zoo —dijo Raven.

—Tengo mi muñeca y vamos al zoo muy a menudo. Me gustaría tener un


perro,

pero prefiero a Justice.

—Elige el perro, cariño —le sugirió Raven—. J.J. no puede ser tu madre y

punto.

—Pero tú me lo prometiste, papá —River se levantó con los ojos llenos de

lágrimas y se lanzó en brazos de J.J.—. ¿Verdad que lo hizo? Díselo, díselo.

—Sí, te lo prometió, pero también te pusimos la limitación de que fuera algo

posible.

—Que seas mi madre durante las vacaciones es algo posible.

—Déjame adivinar: es algo que aparece en el libro.

—No el que sea mi madre… —dijo River con total sinceridad.


—Pero sí que pueda ser humana durante un tiempo, ¿es así?

La pequeña asintió.

—Así fue como ayudaste a Celia contra tu hermano el troll.

Raven gruñó exasperado.

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—¿Cuántas veces tendré que decirte que J.J. no es un hada? En cuanto a su

hermano… ¿qué hermano?

—Se refiere a Cord. Mi hermana lo retrató como un troll en el libro.

—¿Tu hermana ha convertido a su propio hermano en un troll?

—Es uno de los personajes más populares de sus libros. Los niños lo adoran.

—Se hace muy bueno cuando deja de ser malo —le explicó River. Se lanzó
en

brazos de su padre—. Por favor, papá, deja que Justice sea mi madre durante
un

tiempo. Prometo portarme bien ya para siempre.

—Cariño, no digo que no porque tú seas mala y lo sabes.

—Pero quiero una mamá más que nada en el mundo. Incluso más que un
perro.

J.J. luchó contra la risa y las lágrimas que se disputaban por salir. No sabía
cómo Raven podía resistirse a las súplicas de la pequeña.

Raven tragó saliva tensamente.

—Sé que quieres una madre pero, ¿no te vale un padre? Siempre hemos
estado

tú y yo, juntos, ¿recuerdas?

—Sí, claro —dijo la niña sin ánimo alguno.

—Pero, a pesar de todo, sigues queriendo una madre, ¿verdad?

—Sí —confesó la pequeña—. Llevo mucho tiempo formulando ese deseo.

Raven resopló cansado.

—No lo sabía.

La niña lo abrazó amorosa.

—¡A pesar de todo siempre te querré a ti más!

El se rió.

—Lo sé.

—Entonces, ¿puedo tener una madre?

Antes de que él pudiera responder, la camarera regresó.

—¿Ya saben lo que van a pedir?

J.J. respondió por Raven.

—No, todavía no —alzó la vista y miró a la mujer a los ojos, ansiosa por

analizar por qué le resultaba tan familiar.

—Bien —dijo la mujer y se encogió de hombros en un gesto innecesario.


Permaneció allí, observándolos unos instantes con curiosidad—. Llamen
cuando

estén preparados.

J.J. frunció el ceño. Había algo extraño en aquella camarera. Nunca antes
había

estado en Denver y, sin embargo, tenía la sensación de conocerla.

—¿Nos hemos visto…?

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—Usted no es de Denver, ¿verdad, señorita Randell? —la interrumpió la


mujer.

—No, yo… —quizá fuera el modo en que la mujer le había hecho la


pregunta, o

la incongruencia de su atuendo de camarera mezclado con medias de seda y


zapatos de diseño, o las manos perfectamente arregladas, pero algo le había
dado la clave de que no era una camarera real—. No, no soy de aquí, no estoy
embarazada y, ¿desde cuándo las empresas de hostelería contratan
periodistas?

—¡Vaya! Al parecer me ha descubierto. Bueno, gracias por la información de

última hora, señorita Randell. Sólo por aportar su nombre me darán una
bonificación que me arregle la vida —se quitó el delantal y lo soltó allí
mismo—. Disfruten de la comida. Siento no poder servírsela, pero, como la
señorita Randell ha dicho, soy periodista, no camarera.

Raven resopló exasperado.


—Señorita Lark, no entiendo cómo no la he reconocido.

La mujer sonrió orgullosa.

—Ésa era la idea.

Raven se levantó de inmediato.

—Gem, cierra las puertas de toda la planta.

—PUERTAS CERRÁNDOSE.

—¡Eh! ¡No puede encerrarme aquí! ¡Esto es secuestro!

—No es secuestro, sino arresto ciudadano por allanamiento de morada —dijo

él—. Gem, llama a seguridad y a la policía.

—AFIRMATIVO. SEGURIDAD Y POLICÍA AVISADAS.

La señorita Lark se mojó los labios y sonrió amistosamente.

—Estoy segura de que podemos tratar este asunto de un modo más civilizado.

—El asunto tiene sólo un posible tratamiento: que la encierre la policía. Sé


que alguien llegará mañana y la soltará. Pero para entonces su información no
valdrá ni la mitad.

—¡No se saldrá con la suya!

—¿Eso cree? —preguntó él arrogante—. Pues yo creo que sí.

Agarró a su hija en brazos y a J.J. de la mano y se encaminaron hacia la


puerta.

—Gem, ¿han llegado los de seguridad?

—AFIRMATIVO.
—Abre la puerta.

En el momento en que la puerta se abrió, media docena de guardas entraron a

toda prisa.

Raven le murmuró al oído unas instrucciones a uno de los guardas. Luego se

dirigió a J.J.

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—Nos vamos.

—Tengo que ir a por mi abrigo y a por mi bolso a tu oficina.

—Date prisa. Quiero salir de aquí cuanto antes.

Mientras Raven le daba instrucciones a su secretaria, J.J. se dirigió al


despacho.

River la acompañó para recoger su muñeca.

—¿Me vas a conceder mi deseo? —preguntó la niña.

—No lo sé —dijo J.J.—. No hemos tenido tiempo de decidirlo.

—Gem me dijo que todos los deseos de cumpleaños se hacían realidad.

—¿Gem te dijo eso?

—ES NECESARIO ABANDONAR EL LUGAR CUANTO ANTES —


intervino el

ordenador.
J.J. frunció el ceño.

—Gem, ¿le has dicho a River que los deseos de cumpleaños siempre se hacen

realidad?

—AFIRMATIVO.

—¿Por qué le has dicho algo así? —preguntó J.J. exasperada—. No puedo
creer

que alguien te haya programado para decir eso.

—ASUNCIÓN INCORRECTA. INFORMACIÓN PROPORCIONADA


POR

DANI COLTER.

El nombre le sonó familiar, pero no sabía por qué.

—SEÑORA DANI COLTER, ACTUALMENTE ESPOSA DE NICK


COLTER,

PROPIETARIO DE SSI Y CREADOR DE GEM.

J.J. recordó que Raven había mencionado el nombre de Colter en relación


con el

ordenador.

—Pero Gem, lo que le has dicho a River no es del todo cierto. Los deseos de

cumpleaños no siempre se cumplen.

—LA INFORMACIÓN FUE PROPORCIONADA POR LA SEÑORA


COLTER

EN EL CUMPLEAÑOS DEL SEÑOR COLTER. EL SEÑOR COLTER


DESEÓ
SEGUNDO NIÑO. EL DESEO SE CUMPLIÓ. POR LO TANTO, DESEOS
DE

CUMPLEAÑOS SIEMPRE SE CUMPLEN.

—¡Esa no es una prueba, sólo un ejemplo de reproducción humana! —dijo


J.J.,

desesperada con aquellas conclusiones—. Fue una coincidencia.

—NÚMERO DE ERROR NUEVE, CERO, NUEVE. AFIRMACIÓN

CONTRARIA A LOS HECHOS RECOGIDOS EN MI MEMORIA.

—Eso quiere decir que estás equivocada. A mí me da ese error muchas veces

dijo River y tomó de la mano a J.J.—. ¿Por qué no crees en los deseos? ¿No
los

conceden las hadas?

J.J. suspiró.

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—Realmente no lo sé. Quizá debería llamar a mi hermana y preguntárselo.

—De acuerdo.

La puerta se abrió y Raven apareció.

—Vamos.

Se encaminaron rápidamente hacia el pasillo.


—¿Sabes qué tipo de información le está dando Gem a tu hija?

Raven pulsó el botón del ascensor.

—Ese ordenador ha sido específicamente programado para adaptarse al

lenguaje y conceptos infantiles.

—¿Has leído eso en el manual del ordenador o él mismo te lo ha dicho?

Durante unos segundos, Raven bajó la guardia y una luminosa sonrisa se


dibujó

en su rostro.

—Me has pillado con esa pregunta.

—Bueno, pues tengo información importante que darte sobre tu ordenador.

Gem interrumpió la conversación de inmediato.

—TODOS LOS ASCENSORES ESTÁN ACTUALMENTE EN LA


PLANTA

BAJA. LLEGARAN EN UN MINUTO Y TREINTA Y TRES SEGUNDOS.


¿CANCELO

LA ALERTA ROJA, SEÑOR SIERRA?

—Sí, Gem, cancélala.

—ENTENDIDO.

Antes de que J.J. pudiera continuar su conversación sobre el sistema del

ordenador, Raven preguntó:

—¿Qué fue lo que te hizo sospechar?


—¿Te refieres a la señorita Lark?

—Sí.

J.J. se encogió de hombros.

—Supongo que fueron las medias de seda, los zapatos de diseño y las uñas de

manicura. No me parecían elementos apropiados para una camarera. Claro


que

tampoco son característicos de una periodista.

—Si trabaja para un periódico respetable, no. Pero el tipo de información que

ella busca se paga muy bien.

—¿Qué habrá oído de la conversación?

El negó con la cabeza.

—No lo sé. He estado tratando de recordar lo que hablábamos y creo que se

trataba del deseo. No creo que las cámaras de seguridad lo hayan guardado
para

poder repasarlo.

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—¿El ordenador graba las conversaciones? —preguntó J.J.


desagradablemente

sorprendida.
El captó el tono indignado de su voz.

—Me gusta tener una copia de las conversaciones cuando se trata de


negocios, y

siempre informo a los participantes en una reunión de que voy a hacerlo. Pero

nuestra comida no era de negocios, de modo que por eso he dicho que no
creo que el ordenador nos haya grabado.

Ella se relajó.

—Bueno, supongo que eso significa que tendremos que intentar recordar lo
que

sucedió.

—Supongo que entre los dos llegaremos a recordarlo.

—Lo bueno de todo esto es que hemos debido de despejar toda sospecha
sobre

nuestra posible relación. Nuestra reacción ante la petición de River no fue la


de dos enamorados —dijo J.J.—. La señorita Lark se va a vengar del trato
recibido una vez que la suelten de la cárcel. De eso estoy segura. Interpretará
lo que ha oído del peor modo posible.

—Sí, así va a ser.

—Pero sabemos que hasta mañana no la van a soltar, lo que nos da tiempo
para

filtrar en los periódicos nuestra versión de los hechos.

—¿Adonde vamos? —interrumpió River.

—A un lugar más íntimo donde no nos puedan oír. Luego, terminaremos de

hablar de tu deseo.
La pequeña sonrió excitada.

—¡Voy a conseguir mi deseo!

—Yo no he dicho eso. He dicho que vamos a hablar de ello —el ascensor
llegó

en aquel instante—. Llévanos directamente al aparcamiento sin detenerte,


Gem.

—AFIRMATIVO, SEÑOR SIERRA.

Él se apoyó sobre una de las paredes del ascensor con los brazos cruzados.

—Y dime, ¿qué versión crees que sería la adecuada para contarle a la prensa?

—Cualquiera en la que no se revele la verdadera naturaleza de mi visita.

—¿Protegiendo a tu cuñado una vez más?

—Sí. Si la gente descubre que él se dedica a conceder deseos de Navidad,


será el fin. Después de lo que ha sucedido con River, supongo que podrás
simpatizar con su causa.

Él se aproximó peligrosamente y le posó la mano en la espalda,


transmitiéndole

toda su tensión.

—¿Simpatizar con Mathias Blackstone? Eso jamás.

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Capítulo 5
El príncipe se acercó lentamente a la guarida del dragón, protegido por la

escasa maleza que el tórrido aliento de la bestia había dejado con vida.

Llevaba años internándose en el bosque en busca del gran dragón, Némesis.


Por

primera vez, había llegado a acercarse lo suficiente como para llevar a cabo el

cometido de su vida: acabar con el dragón que había matado a su familia.

Página 17 de La búsqueda del dragón, de Jack Rabbitt

Mathias ha puesto en marcha este juego y tendrá que asumir las


consecuencias.

Ella lo miró directamente, sin amedrentarse por el brillo feroz de sus ojos.

—¿Y River? ¿Tendrá que asumir las consecuencias también? Ten cuidado,

porque tu ciego empeño por vengarte de Mathias puede llevarte a dañarte a ti

mismo.

Ella notó cómo el color abandonaba las mejillas de aquel hombre furioso.
Casi

podía oír el fiero rugido de su corazón en el interior de su pecho.

—No estaríamos en esta situación de no ser por él —respondió él con rabia.

—Sólo se trataba de conceder un deseo.

—Pues no debería haberse ofrecido a cumplirlo. Quizá acabas de darme el


arma

arrojadiza contra él. En el instante en que tenga la certeza de que River está a
salvo, voy a ir a por él.
Dicho aquello, salieron del ascensor en dirección al coche.

J.J. trataba de mantener la compostura, pero le resultaba difícil no dejarse

afectar por aquel hombre. Siempre había sabido mantenerse a salvo, había
guardado las distancias y había logrado no sufrir. Sin embargo, Raven Sierra
era capaz de alterar su estado emocional con unas pocas palabras.

Se encaminaron al hotel de ella por orden estricta de él y recogió sus cosas.

Como ambos la acompañaron a la habitación no pudo tratar de contactar con

Mathias. Su cuñado tampoco le había dejado ningún mensaje, lo que la


desconcertó.

Al parecer la había abandonado a su suerte.

Después de marcharse del hotel, los tres comieron algo y volvieron a


montarse

en el coche, saliendo de la ciudad.

—La verdad es que me gustaría saber adonde vamos.

—Como le he dicho a River antes, a un lugar en el que tengamos más

intimidad.

—¿Podrías ser más específico?

—Hace poco me han terminado de construir una cabaña y creo que es el sitio

perfecto para hablar.

—¡Vamos a las montañas! —dijo River entusiasmada.

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La idea de una cabaña en las montañas tranquilizó ligeramente a J.J., que se

relajó en el asiento. Sonaba interesante. Podría disfrutar de un bonito paisaje


antes de tomar el vuelo de vuelta a Seattle.

—Fantástico.

Raven miró por el retrovisor.

—River, ¿por qué no te duermes un poco? Así se te hará más corto.

—No quiero dormir —protestó la niña.

—River…

—Si me duermo, ¿me dejarás quedarme despierta hasta tarde?

—River…

—Sólo hasta que se haga de noche, para que pueda ver la luna.

J.J. se tensó.

—Supongo que habláis de ver la luna de vuelta en Denver.

Él la miró con una sonrisa burlona en los ojos.

—Según creo es la misma luna —acto seguido volvió a mirar por el


retrovisor a

su hija—. Si la luna no sale demasiado tarde, te dejaré verla.

—¡Un momento! —dijo J.J.

Pero él hizo caso omiso y continuó hablando con River.

—Eso no es un «sí», sino solo un «quizá».


—¿Un «quizá» cercano a un «sí»? —preguntó River.

—Sólo cercano. Ahora duérmete.

—Vale.

—¡No, nada de «vale»! —protestó J.J., volviéndose a mirar a Raven con


rabia—.

Pensé que íbamos a ir a la cabaña a hablar.

—Y eso es lo que vamos a hacer —dijo él con firmeza—. Pero nuestra

conversación puede durar varios días.

Ella se rebeló como una fiera. No estaba dispuesta a dejar que la manipulara
de

aquel modo, tal y como siempre lo había hecho su padre.

—Yo no dispongo de varios días. Tengo que tomar un avión a Seattle esta

misma noche.

Raven se encogió de hombros.

—Pues me temo que vas a perder el avión. Puedes pedirle a Gem que haga

reservas para otro día.

J.J. empezó a sentir que le resultaba difícil respirar.

—Quiero regresar a Denver de inmediato.

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Algo en su tono y en su expresión advirtieron a Raven que iba en serio. Miró
a

la pequeña por el retrovisor y comprobó que se había quedado profundamente

dormida. Detuvo el coche a un lado de la carretera.

—De acuerdo, hablemos.

Sin decir más, ella abrió la puerta y salió del coche. La suave brisa del otoño

jugueteó suavemente con su pelo, revolviéndolo en torno a sus hombros


como la

capa de un torero. Los rayos de sol se colaban entre las ramas de un álamo y
la

iluminaban con un halo mágico. Estaba de espaldas a él.

—¿River estará bien en el coche? —preguntó ella en cuanto notó su


presencia.

—Está profundamente dormida. No oirá nada de lo que decimos. Nos

quedaremos cerca del coche por si necesita algo.

J.J. inclinó la cabeza.

—Entonces, hablemos. Por si no te ha quedado suficientemente claro, quiero

regresar a Denver. Ahora.

La ansiedad de su tono lo conmovió.

—Lo siento. Debería haberte preguntado qué querías hacer antes de ponerme

en marcha.

—Exacto. No admito que nadie tome decisiones por mí.


—Lo recordaré en el futuro —respondió él—. Pero eso no cambia la
situación.

Tenemos que arreglar el problema del deseo de River, y no podemos hacerlo


en

Denver.

Sus mejillas se tiñeron de rojo y sus ojos de rabia. Por primera vez, Raven

apreció cuál era la diferencia entre la imagen que Jack Rabbitt había creado y
la verdadera J.J. Justice era un alma libre, capaz de expresar lo que sentía, sus

emociones y sentimientos. Iba desnuda física y psicológicamente. J.J. era


justo lo opuesto. Permanecía presa en su interior y caminaba con un exceso
de precaución

por la vida, como si el mundo fuera una cascara de huevo y el exceso de celo
pudiera partirlo y llevarla a una aterradora caída.

—No te gusta perder el control —dijo él.

—Si se tienen en cuenta las pocas veces que lo tengo, no sé si puedo llegar a

considerar la posibilidad de perderlo —respondió ella en un tono herido.

Raven se preguntó quién habría sido la persona que le había robado a aquella

mujer su fuerza interior.

—¿Y por qué no sueles tener el control?

Ella se tensó y levantó de nuevo un muro de hielo. Raven sintió curiosidad


por

saber qué ocurriría si alguna vez aquella mujer soltaba amarras.

—No me gusta que nadie tome decisiones por mí. No tenías por qué llevarme
a
tu cabaña sin consultarme.

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—Tienes toda la razón. Y, por eso precisamente, estamos aquí charlando —él
se

aproximó un poco más—. Tengo una cabaña recién construida y totalmente


equipada

a pocos kilómetros de Denver. Es un lugar hermoso y aislado y los


periodistas aún no lo han descubierto. Podemos solucionar nuestro problema
en privado y sin ser

perturbados. ¿Te parecería bien que fuéramos allí?

—¿Durante cuánto tiempo?

El se encogió de hombros.

—El que sea necesario.

—¿Una semana?

—Puede que sí. El gesto de ella fue de alarma.

—Sólo vine a Denver a pasar unas horas. No traje equipaje y no tengo ni

siquiera ropa. Esta mañana me he comprado lo que llevo hoy.

—Puedo hacer que te traigan lo que necesites.

—Ya, pero…

—Has venido hasta aquí con la promesa de concederle un deseo a River y


ahora

te quieres ir sin haberlo cumplido.

Ella reconoció inmediatamente que tenía razón, pero también recordó la

imposibilidad de cumplir el sueño de aquella niña.

—River quiere una madre —dijo—. ¿Sabías que ése había sido su deseo de

cumpleaños?

—No, hasta que llegaste tú.

—¿Qué le ocurrió a su madre?

—Murió.

—Lo siento —dijo ella—. ¿River la recuerda?

—No. Maise murió cuando la pequeña tenía sólo unas semanas —respondió

él—. De haber vivido aquí te habrías enterado por la prensa. La señorita Lark
le dedicó al asunto un capítulo muy especial.

—Creo que no me habría gustado su punto de vista.

—Digamos que la mujer tiene una imaginación un tanto enfermiza —


confirmó

él.

J.J. adivinó lo que quería decir.

—La señorita Lark, ¿te culpó de su muerte?

—Digamos que interpretó que había sido una marcha conveniente. Escribió
que
estábamos a punto de divorciarnos y que su fallecimiento había sido un golpe
de

suerte para mí. Según ella así pude conseguir la custodia de la niña sin tener
que luchar en los tribunales.

—¡Santo Cielo!

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El sonrió ante la sincera reacción de J.J.

—Según la prensa, yo forcé a mi mujer a pasearse por el jardín bajo una

tormenta, llevando encima sólo un fino camisón, dos semanas después del
parto. Seis días después, murió de neumonía.

Desde entonces, ninguna mujer se ha acercado a mí y yo no me he acercado a

ninguna mujer —su sonrisa creció—. Hasta ahora.

J.J. inclinó la cabeza hacia un lado y su pelo suave como un manto de seda se

deslizó sobre sus hombros.

—¿Debo creer o no la historia que cuentan? ¿O, simplemente, tienes la

esperanza de que me la crea?

—¿Importa?

—Me temo que sí.

Él soltó una carcajada.


—Pues estás totalmente equivocada, porque no importa en absoluto —giró

alrededor de ella para mirarla desde una nueva perspectiva—. Después de


todo, no estás aquí para hacer realidad mi deseo, ¿verdad?

—No.

—Entonces, lo mejor será que nos centremos en River.

—Bien. Ella quiere una madre.

—Ella te quiere a ti.

J.J. suspiró.

—¿Y qué vamos a hacer? Si acepto hacer el papel de madre durante las

vacaciones, ¿no será más dañino a la larga?

—Quizá. O tal vez se dé cuenta de que su fantasía no se corresponde con la

realidad.

Ella lo miró pensativa.

—Quieres decir que, cuando lleve unos días con ella, se dará cuenta de que
J.J.

no es tan divertida como Justice, ¿verdad?

—¿Lo eres?

—No —confesó ella—. Justice es una fantasía de mi hermana, que no se

corresponde conmigo. Yo soy una persona eminentemente práctica.

Él se rió.

—Sí, ya…
—¿No me crees?

—Pues, la verdad es que no. He visto muchas miradas soñadoras y sé

identificar una cuando la veo.

Ella volvió el rostro.

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—Está claro que no has mirado bien. Soy la persona menos imaginativa que
se

pueda encontrar. Estoy tan ligada a la tierra que casi tengo raíces.

Él la miró con una sonrisa en los ojos.

—Si sigues diciéndote eso, quizá llegues a conseguir que se haga realidad.

Claro, siempre que no lo compagines con ir por ahí concediendo deseos


imposibles.

Consiguió una vez más enervarla.

—Está claro que ya has tomado una decisión respecto a cómo soy. Pues no va
a

ser River la única que se lleve una sorpresa. A pesar de lo que piensas, no soy
Justice.

Soy una mujer vulgar y práctica, aburrida y totalmente normal.

Ninguno de aquellos adjetivos encajaba con la imagen que tenía delante. J.J.
era una constante sucesión de sombras blancas y negras, de campos
matizados por
nieblas matutinas, de fantasías tratando de vivir en un mundo real.

Y la deseaba.

Se obligó a sí mismo a centrarse en la conversación, pero cada vez le


resultaba

más difícil.

—Supongo que lo que acabas de decir implica un sí a cumplir el deseo de


River

—dijo él.

—Sí, supongo que sí —admitió ella—. Pero, ¿qué vamos a hacer con la
prensa?

—Creo que lo mejor sería anunciar nuestro compromiso. Eso acallará otros

comentarios.

—¿Crees que eso será suficiente para frenarlos?

—No, por eso voy a adornar la historia un poco —dijo él—. ¿Alguna
pregunta

más?

—Sí. ¿Cuándo empiezan las vacaciones?

—Creo que ya han empezado.

Ella frunció el ceño.

—¿Y cuánto van a durar?

—Una semana o diez días máximo.

—Tengo que preguntarle a Mathias, para asegurarme que se las podrá


arreglar

sin mí.

La sonrisa se desvaneció de labios de Raven.

—Puesto que todo esto lo ha motivado él, creo que no tiene derecho a objetar

nada. ¿Algún otro problema?

—Mi ropa…

—Hay una pequeña ciudad cerca de donde vamos. Allí podrás conseguir lo
que

necesites. ¿Puedes esperar hasta mañana?

—Sí —dijo ella con patente reticencia.

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Era obvio que le habría gustado encontrar un impedimento para que aquel
trato

se cerrara. Pero no lo había.

—Entonces, ¿harás el papel de madre de River durante las vacaciones y harás


lo

que te pida?

—Siempre que sea razonable.

—Por supuesto. También harás todo lo que esté en tu mano para


decepcionarla.
—Espera un momento, no pienso hacer algo así.

—Sólo te pido que seas tú misma —le explicó él con cierta impaciencia—.
Dices

que eres práctica, pues no alimentes las fantasías de la niña. Ya tiene


bastantes por sí misma.

—Seré yo misma, no puedo prometer nada más.

Ser ella misma. Eso era lo que él más temía. Tal vez ella se creyera poco

imaginativa y práctica, pero él sabía muy bien lo que albergaba su interior y


lo temía.

Temía el momento en que el hada extendiera sus alas y echara a volar. Una
vez que aquella formidable criatura diera rienda suelta a sus sueños, volaría
lejos, muy lejos.

Tal y como le había ocurrido a Maise.

—¿Hay algo más que debamos discutir?

—No.

—Bien, entonces vayámonos.

Ella giró hacia el coche, pero él recordó que no habían hablado sobre la

distribución de camas.

—J.J.

Se volvió, y su pelo negro agitado por el viento dibujó un rastro de brillos

negros en el aire. Vio en aquel instante al hada mágica montada a lomos de


una

mariposa. La ilusión se hizo tan presente y patente que no podía apartarla de


su mente. Era irresistible. Se aproximó a ella y le acarició el pelo. Se quedó
maravillado al comprobar que era tan suave como parecía. Le acarició
suavemente la mejilla.

—He deseado hacer esto desde la primera vez que te vi —le dijo.

—No…

Su negativa no contuvo ni la fuerza ni la sinceridad necesarias para detenerlo.

El inclinó la cabeza y posó sus labios sobre los de ella. Suavemente, le robó
un dulce beso. Luego la miró. Inevitablemente, volvió a por otro y luego a
por otro, y cada uno iba impregnado de una pasión mayor que el anterior.

Ella se abrió finalmente a él, dejándose saborear plenamente.

—Una mujer práctica habría mantenido los labios cerrados —le susurró él—.

¿Eres realmente tan práctica como dices, mi hermosa hada?

Ella gimió con su respuesta.

—Sí, lo soy. Soy la persona más práctica del mundo.

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Acto seguido, hundió las manos en su pelo y lo besó. Sus labios estaban

húmedos y ansiosos, y se deslizaban sobre los de él con sensual insinuación.


Se abrió a él una vez más y dejó que sus lenguas se juntaran en un juego
salvajemente

apasionado y delicioso.

Él la acariciaba impaciente, deseoso de más. Se acercó reclamando intimidad


a

su cuerpo, pero se topó con una infranqueable barrera de ropa.

—¿Por qué llevas tantas cosas? —le preguntó él con impaciencia.

Ella se rió suavemente y el sonido de su carcajada lo estremeció.

—Porque hace frío.

—Pero si hace más calor que en el reino de Hades —halló finalmente el


modo

de penetrar por la muralla de tela y, al sentir sus manos, ella atrapó su boca de
nuevo.

Raven notaba el tacto suave de sus senos bajo las palmas y ansiaba más,
mucho

más. Quería saborear lo que en aquel instante podía solamente tocar. Pero no
era el lugar ni el modo. Tenía que hacerlo cuando ella pudiera apreciar
realmente lo que hacía.

—Esto no debería estar sucediendo —dijo ella, escondiendo el rostro en su

hombro.

—¿De verdad lo crees? Si llevamos deseándolo desde el primer momento. La

verdad es que me sorprendo de haber tenido la fuerza suficiente para


marcharme de tu habitación anoche.

Ella se rió, una carcajada nerviosa, llena de desesperación.

—No entiendes lo que quiero decir. Yo no soy así, jamás antes había besado
a

un hombre en el arcén de una carretera y, menos aún, alguien a quien sólo


conozco desde hace un día. Y, desde luego, jamás le permitiría hacer…
—¿Esto? —preguntó él, acariciando la piel de satén de sus senos.

Ella se estremeció.

—Sí, eso.

—¿Quieres que pare?

—Sería lo más inteligente.

Raven la miró con curiosidad. No le daba la sensación de que «lo más

inteligente» le resultara lo más excitante.

Pero lo que vio en su mirada lo hizo apartarse de ella con una sonrisa

arrepentida.

—Quizá en otro momento —murmuró.

—Estoy haciendo el papel de la madre de River, ¿recuerdas? —respiró para

recuperar la calma—. No el de tu esposa.

Él sonrió.

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—Quizá debiera pedirle a River que añadiera un nuevo punto a su deseo.

Ella se liberó por completo de sus brazos.

—Ni hablar —respondió ella, con una mirada desesperada y los ojos

resplandeciendo de ansia y deseo.


Se giró rápidamente y se encaminó hacia el coche. El no trató de detenerla.

Sabía que lo que había sucedido había sido inevitable, pero no era más que

parte de una fantasía que no sustituiría jamás a su oscura realidad. Había sido
un arco iris que se había dibujado en el cielo de su apesadumbrada vida, pero
que se esfumaría muy pronto. Un sueño exquisito que se desvanecería con los
primeros

rayos del día, sin que quedara ni la más leve constancia de su belleza.

Observó en silencio cómo ella desaparecía en el interior de su coche.

Negro sobre blanco.

Aspereza sobre suavidad.

La amarga desilusión que provocaba la luz al desvelar la realidad pronto

borraría el sueño…

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Capítulo 6

Justice se acurrucó en el interior de un gran tulipán rojo. Un suave estambre

acarició su mejilla, dejándola impregnada de polen. Se lo quitó con la mano,


pero un montón más llovió sobre su pelo, tiñendo su mata densa y negra de
oro. El viento agitó la planta y se rió al ver cómo Justice se balanceaba de un
lado a otro sin control alguno.

—Sabes que no puedo alcanzarte —le dijo al viento. Con un suspiro, se

escondió aún más en el interior de la flor en espera de que el viento


jugueteara de nuevo con ella.

Aquél era otro de los cometidos que habría de realizar. Como regalo habría
de

capturar un poco de aire, un poco de tierra, un poco de agua y un poco de


fuego. Su duda era si sería capaz de acometer semejante empresa.

Página 22 de La búsqueda del dragón, de Jack Rabbitt

Por suerte, River se despertó poco después de que volvieran al coche. Eso les

concedió unos instantes de distracción, algo que J.J. necesitaba


desesperadamente.

—Papá, ¿cuánto vamos a tardar en llegar allí?

—Un rato.

J.J. se preguntaba mientras tanto, por qué la habría besado Raven. Se atrevió
a

mirar hacia su lado y se encontró con su perfil. Estaba firmemente


concentrado en la carretera. No sabía tampoco por qué había respondido a su
beso de aquel modo. Si bien no podía negar que aquel hombre le gustara, eso
no era óbice para que hiciera uso de cierto autocontrol. Sabía demasiado bien
el peligro que entrañaba acercarse a alguien como él. No debía olvidarlo.

—Me dijiste que estaríamos allí cuando me despertara —protestó River.

—Lo siento, cariño. Nos hemos retrasado.

J.J. frunció el ceño. No entendía cómo podía sobrepasar sus barreras con
tanta

facilidad.

Eran dos adultos reservados y distantes, experimentados y precavidos. Sin


embargo, habían caído el uno en brazos del otro sin poder evitarlo, como si

estuvieran desesperados por sentir a otro humano cerca. Quizá ésa fuera la

explicación. Quizá había pasado demasiado tiempo desde que habían tocado
y se

habían dejado tocar.

Lo único que sabía con certeza era que deseaba a aquel hombre y que él la

deseaba igualmente. De haber estado en otro lugar, habrían acabado haciendo


el

amor y ella no habría hecho nada para detenerlo. Por alguna razón
inexplicable, su libido enloquecía cuando lo tenía cerca. Incluso en aquel
instante podía notar la corriente eléctrica que fluía entre ellos. Quizá una vez
reconocido el problema podría empezar a controlarlo…

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Su propia ingenuidad le resultó cómica. Sí, claro, como si fuera tan fácil

mantener a distancia a un hombre como Raven.

No obstante, debía intentarlo. Sólo esperaba que su regreso a Seattle no se

retrasara demasiado, tenía que alejarse de él antes de que fuera demasiado


tarde.

—¿Ésta es tu «cabaña»? —preguntó J.J. secamente una hora más tarde. Salió
del

coche y observó la casa.


Raven apagó el motor y se bajó.

—Sí, ésta es.

—Tienes una cierta tendencia a quedarte corto en tus descripciones.

Su «cabaña» era una inmensa casa de piedra, madera y cristal que surgía
como

un milagro entre la espesura del bosque. El sonido de un pequeño riachuelo


se

disipaba armónicamente por entre las copas de los pinos.

—Necesitaba intimidad.

—Aquí la has conseguido, no hay duda.

El interior resultó igualmente impresionante. J.J. se quedó en la entrada

admirando la simplicidad de la decoración.

A la izquierda había un gran salón con una enorme chimenea. A la derecha

estaba la cocina con un pequeño comedor.

—Mi habitación está arriba, justo al lado de la de papá. ¿Quieres verla?

—Me encantaría —dijo J.J.

Subieron una corta escalera y River le mostró orgullosa su cuarto, antes de

llevarla al de su padre.

De pronto, J.J. reparó en algo.

—Un momento, ¿dónde se supone que voy a dormir yo?

—¿No te lo había comentado? —dijo él, con una patente falsa inocencia—.
La

cabaña sólo tiene dos dormitorios, uno para la niña y otro para nosotros.

—¿Por qué no puedo usar la tierra que hay ahí fuera? —le preguntó River a

Gem.

—LAS INSTRUCCIONES ERAN ESPECÍFICAS. EL REGALO DEBE


SER

TIERRA QUE CONTENGA ALGUNA CUALIDAD ESPECÍFICA. ES


NECESARIO

QUE SE CONSIDERE UNA SEGUNDA OPCIÓN.

—No uses palabras tan complicadas —protestó River—. No las entiendo.

—RECOGER TIERRA ESPECIAL.

—Ya… Pues papá se ha enfadado conmigo al verme fuera y ahora la tierra


que

he conseguido no sirve —se dio la vuelta y metió las manos debajo de la


almohada, sintiéndose reconfortada al notar el libro de Jack Rabbitt—. ¿Y de
dónde saco tierra especial?

Hubo un momentáneo silencio.

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—INFORMACIÓN INSUFICIENTE PARA ELABORAR UNA


RESPUESTA.

—¿No lo sabes?
—AFIRMATIVO.

—¿Todos los regalos tienen que ser especiales?

—AFIRMATIVO.

—¿Y tengo que conseguir viento también?

—AFIRMATIVO. DEBERÁ AGARRARSE CADA REGALO Y


METERSE EN

BOLSA DE SEDA. CUALQUIER ERROR PROVOCARÁ UN FALLO.

—Y si lo hago todo tal y como está descrito, ¿funcionará?

—LAS POSIBILIDADES DE ÉXITO SON DE UN VEINTIDÓS COMA


SIETE

POR CIENTO.

—¿Eso es bueno?

—NEGATIVO.

—¿Significa que no va a funcionar?

—INFORMACIÓN NO DISPONIBLE —respondió el ordenador. De pronto,


en

un tono increíblemente suave añadió—. LOS DESEOS DE CUMPLEAÑOS


SIEMPRE

SE CUMPLEN.

—¿Has conseguido que se quedara en la cama?

—Sí —respondió Raven todavía conmovido por la estampa de su hija, fría y

descalza en mitad del bosque. Le había traído a la mente el desagradable


recuerdo de otra noche lejana.

—¿Te ha explicado qué estaba haciendo ahí fuera a estas horas?

—Al parecer era algo referente a unos regalos, a la luna y a las estrellas y a
dar las gracias. No sé qué demonios quiere decir todo eso.

Se pasó las manos impaciente por el pelo y se dijo a sí mismo por décima vez

que River estaba perfectamente. Un poco de frío nocturno no la afectaría. No


estaba enferma, como le había pasado a Maise y tampoco mojada. Cerró los
ojos. River

estaba bien.

Pero le recordaba demasiado a su madre, siempre sumida en un mundo de

fantasía. Nunca podría olvidar aquel instante en que, vestida con un ligero
camisón blanco, enferma con bronquitis, se había aventurado a dejarse bañar
por una cortina de agua. Aquel estúpido ritual de agradecimiento a la
naturaleza por el nacimiento de su hija le había costado la vida.

Una acción absurda y fatal.

Raven apretó la mandíbula.

La fantasía había matado a su esposa, pero no estaba dispuesto a permitir que

dañara a su hija. Había hecho todo lo que había estado en su poder para
erradicar todo influencia de la imaginación, con una sola excepción: Jack
Rabbitt. Sin duda Escaneado por Mariquiña—Naikari y corregido por
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había cometido un error y lo estaba pagando. No obstante, estaba dispuesto a


enmendar el fallo.

—¿Le has dicho que estaba de acuerdo en cumplir su deseo? —preguntó JJ.

—No. Mañana se lo diré. No quería que se pusiera nerviosa justo antes de

dormir. Pero algo la ha alterado igualmente. Es todo este asunto del deseo lo
que la ha puesto nerviosa.

—Lo siento —dijo J.J. suavemente—. Jamás se me habría ocurrido pensar


que

River formularía un deseo tan complejo.

—Blackstone lo sabía.

—Mathias pensó que estaba haciéndole un favor.

—¿Un favor? —dijo él con desprecio—. ¿Tomándose la libertad de


concederle

un deseo a mi hija sin mi consentimiento?

—En otras circunstancias…

—¡No estamos en otras circunstancias! —dijo él exasperado—. Lo único que


es que River te ha pedido un deseo que no puedes conceder y el resultado


será muy doloroso para mi pequeña.

Ella se enfrentó a él con la misma violencia que recibía.

—Si piensas que no puedo concederle su deseo a River, ¿por qué me has
traído

hasta aquí?

El la miró en silencio durante unos segundos y reconoció la ineludible


verdad:

porque no había querido dejarla marchar, porque, inexplicablemente, quería


tanto como su hija que aquel hada formara parte de sus vidas.

—Porque River cree en ti. Está obsesionada. He hecho todo lo que estaba en
mi

mano para borrar de su mente esa fantasía estúpida, pero…

—¿Qué has hecho exactamente para «borrar» esas fantasías? ¿Comprarle el

cuadro de un hada o leerle cada noche los libros de Jack Rabbitt? Creo que
tus

acciones desdicen tus palabras.

Aquella fue la chispa que acabó de encender su furia.

—Nada de eso fue un problema hasta que tú apareciste.

—Todos los niños tienen fantasías.

—Mi niña no las tendrá si puedo evitarlo.

Ella se atrevió a indagar en los motivos de tan vehemente rechazo.

—¿Por qué te opones de tal modo a que tu hija tenga un mundo mágico?

—Las fantasías jamás se hacen realidad —dijo él, aproximándose a ella—. Y,

además, son peligrosas.

—Papá…

La tierna vocecita de River rompió la tensión del momento. La pequeña


estaba

al pie de la escalera, con su pequeña muñeca de trapo en la mano.


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—Hay mucho ruido y no me puedo dormir. Quiero que Justice me lleve a la

cama.

J.J. miró a Raven y éste asintió.

—Acompáñala.

J.J. sonrió a River.

—Vamos, cariño.

Raven las vio marchar con una mezcla de sentimientos enfrentados, sobre los

que predominaba uno feroz e incontrolable: la culpa.

—¿Estarás aquí mañana cuando me levante? —preguntó River mientras J.J.


la

cubría con las mantas.

J.J. se sentó al borde del colchón.

—Por supuesto que estaré aquí. Ya te lo dije durante la cena.

—¿Me lo prometes?

—Sí, te lo prometo.

—Dolly tenía miedo de que te convirtieras en un hada de nuevo y te


marcharas.

—¿Quién es Dolly?
La niña le mostró la muñeca.

—Nawna me la hizo. Nawna era mi abuela.

—Bueno, pues dile a Dolly que no tiene de qué preocuparse. No me marcharé

sin decir adiós.

—No se va a marchar, Dolly —le dijo a su muñeca, mientras le acariciaba

suavemente el pelo de lana.

—Tu abuela te hizo una muñeca preciosa.

—Dolly es un hada. Mi abuela la hizo fijándose en ti.

—¿De verdad? —la información la conmovió.

—También le hizo unas alas. Pero no se las pongo para que no se pueda

marchar.

—No creo que Dolly se quiera marchar. Está muy a gusto contigo. Pero haces

bien en no ponerle las alas si no quieres. Estoy segura de que a Dolly no le


importará.

River la miró con aquellos inmensos ojos azules.

—¿Tú llevas las alas puestas?

—No, cariño. No me voy a ir a ningún sitio.

River bostezó y sus ojos se cerraron ligeramente. Abrazó con fuerza a su

muñeca.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.
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J.J. se quedó en la oscura habitación hasta que la acompasada respiración de

River le dijo que estaba profundamente dormida. Aquello no podía continuar.


Raven y ella iban a tener que firmar una tregua por el bien de la pequeña.

Al salir, Raven estaba en el salón, con una taza humeante de cacao preparada

para ella.

La miró y supo inmediatamente lo que quería decirle.

—Has llegado a la misma conclusión que yo, ¿verdad?

—¿Firmar una tregua?

Él asintió.

—No nos queda otra opción. No podemos seguir lanzándonos flechas o


alguien

va a salir herido.

—Estoy de acuerdo —dijo ella aliviada—. O le concedo a River su deseo sin

más conflictos o me marcho.

Él dio un sorbo de su taza.

—¿Estás dispuesta a hacer el papel de madre durante unos días?

Durante unos días, unas semanas, unos años… Decidió beber en lugar de
dejar
que pensamientos absurdos le inundaran la cabeza.

—Lo haré lo mejor que pueda —dijo ella.

Él la miró fijamente.

—¿No vas a imponerme ninguna condición?

Le vinieron un millón de ellas a la mente.

—Mañana pensaré en ello. En este momento estoy demasiado cansada. Me

gustaría irme a la cama, lo que me recuerda…

—¿Quieres que te lleve?

—Raven…

Él sonrió.

—Hay un pequeño estudio junto al salón, con un sofá cama.

—¿Tienes un estudio?

—¿De verdad pensabas que te iba a obligar a dormir en mi dormitorio?

Ella cerró los ojos para que él no pudiera adivinar su oscuro deseo. Jamás se

había sentido tan vulnerable.

—No, por supuesto que no —dijo, pero los dos sabían que mentía.

—Puedes dormir conmigo si así lo quieres.

Las palabras resonaron peligrosas en el aire cargado de electricidad.

—No digas eso —le susurró ella—. Ni siquiera lo sugieras. Ni tú ni yo somos

capaces de tener un lío pasajero. No somos así.


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—Podríamos hacer una excepción.

Dentro de ella una voz la instaba a rogarle que se la llevara con él.

—¿Dónde está el estudio? —preguntó finalmente.

—De acuerdo. Sígueme —la llevó hasta su destino dispuesto a dejarla allí,
pero

no sin antes tentarla por última vez. Le besó suavemente la mejilla—.


Recuerda:

puedes cambiar de opinión cuando quieras. Mi puerta estará siempre abierta.

El comentario le provocó un estremecimiento.

—No pienso traspasarla.

Pero no pudo evitar preguntarse si sería capaz de cumplir su palabra.

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Capítulo 7

Némesis esperó en su guarida, consciente de que su vida pendía de un hilo.

Muy pronto se vería forzado a luchar contra el príncipe, a pagar el precio de


un crimen que no había cometido.
Hasta hacía bien poco, había estado convencido de que aquella batalla sería

inevitable. Sin embargo, había descubierto que había otra opción, una
posibilidad que llenaba de luz su oscuro futuro.

Una pequeña hada, una insignificante criatura, tenía su vida en sus diminutas

manos. Aunque no lo sabía, su poder podía cambiar el futuro. El único


requisito

necesario era que su amor fuera sincero.

Página 29 de La búsqueda del dragón, de Jack Rabbitt

BUENOS días, mami. J.J. gruñó al oír aquel saludo excesivamente alegre y

hundió con desesperación la cabeza en la almohada.

—Nada de buenos días —farfulló malhumorada. ¿Quién tenía el valor de

molestarla a aquellas horas de la mañana? ¿Dónde demonios estaba su café?


¿Dónde diablos estaba ella?

—¿Qué le pasa al día? —preguntó la voz en un tono molesto e insistente—.

Mami, ¿puedes hablar? ¿Estás despierta?

—¿Quién eres tú? —dijo J.J.—. ¿Dónde estoy?

Había una palabra en particular que no le cuadraba: «mami». No recordaba


ser

madre de nadie.

—¿Por qué me llamas «mami»?

—¿No te acuerdas? Soy River y tú eres Justice. Has venido aquí para ser mi

madre durante las vacaciones. Eres un hada, ¿no te acuerdas?


—No, creo que no.

Asomó la cabeza como pudo por entre las almohadas y vio la adorable
imagen

de la niña con trenzas. ¡Cielo Santo! Odiaba ver algo tan adorable a primera
hora de la mañana. La verdad era que a primera hora de la mañana lo odiaba
todo.

—Te conozco —dijo—. Creo.

La pequeña se acercó a su padre.

—Papá, ¿qué le pasa?

—Al parecer las hadas no tienen un buen despertar. Pero le he traído un elixir

mágico que la ayudará.

—¿Qué es un elixir?

—Una bebida mágica.

—Café —farfulló J.J.

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Sacó la mano de entre las sábanas y agarró la taza que Raven le ofrecía.

Estaba a la temperatura perfecta, así que no tardó en bebérsela. Acto seguido

tendió de nuevo la taza a su benefactor.

—Más —dijo, por si no se había dado por aludido.


—La verdad es que quería que le demostraras a la niña que no eres tan

maravillosa como ella creía, pero no esperaba algo tan brutal —dijo una voz

masculina con una sonora carcajada.

Ella escondió la cabeza de nuevo entre las almohadas.

—Vete al infierno.

La suave risa de él hizo más por despertarla que todo el despliegue de

preguntas y comentarios hasta entonces oídos. Se introdujo por entre las


sábanas hasta calar por su piel y llegarle al estómago. ¿Cómo sería
despertarse cada día con un sonido tan sugerente? Hasta entonces había
pensado que no podía haber nada

más delicioso que una taza de café por la mañana, pero iba a tener que revisar
su opinión.

—Interesante. ¿Siempre somos tan gruñones a primera hora de la mañana?

—No, al parecer no lo somos, lo soy. Así que sacad de aquí vuestras

desagradables caras felices y dejadme… —sin dejar que terminara, Raven


levantó las sábanas—. ¿Qué estás haciendo?

—Sacar a un hada de la cama para que le conceda a una pequeña niña su


deseo.

JJ. de pronto pareció recobrar la memoria.

—¿Se lo has dicho?

—Sí —su sonrisa la desarmó por completo—. Y he establecido las reglas de

juego.

¿Las reglas de juego?


—¿Y no crees que deberías haber esperado a que me levantara?

—Después de ver el despertar que tienes me alegro de no haberlo hecho —


sin

previo aviso la tomó en sus brazos.

—¡Eh, bájame!

—¿Y qué harás si te bajo?

—Volverme a dormir.

—Respuesta incorrecta.

—¡Suéltame!

River se rió a carcajadas.

—¡No la sueltes, papi! Dale vueltas como me haces a mí.

—¿Quieres girar, J.J.?

—¡No!

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—No la llames J.J., papi. Llámala «mami».

—No es mi madre River, no puedo llamarla así.

—Entonces llámala Justice y ella te llamará Raven. Así era como te llamaba

mamá, ¿verdad?

—Yo… —aquel comentario acabó con el humor de Raven. Dejó a JJ.


lentamente

en el suelo y no pudo evitar tensarse. Su respiración acelerada golpeaba


contra el pelo de JJ. y los músculos de su torso varonil se convirtieron en un
fuerte muro.

River se aproximó a su padre y tocó sus dedos con su diminuta mano. Eso le

dio una repentina fuerza para recuperarse y responder.

—Sí, cariño, así era como me llamaba tu madre.

La pequeña le soltó y se subió en la cama de J.J. Comenzó a saltar con

entusiasmo.

—Y también «cariño», «corazón», «amor mío». ¿Vas a decirle a Justice todas

esas cosas?

—No se llama Justice, sino J.J., y no es mi esposa.

Su voz sonó tan angustiada que River reaccionó abrazándose a él y besándolo

en la mejilla.

Él se relajó y le besó la cabeza.

La niña volvió una vez más a iniciar los saltos.

—¿Por qué no fingís que estáis casados? Justice puede ser tu mujer y tú su

marido, y yo seré tu niña.

—Pero si ya eres mi niña.

River se lanzó sobre la cama y comenzó a reír.

—Venga, papi, juega a ese juego, es divertido.


—Sabes que a mí no se me da bien eso de jugar.

River suspiró.

—Lo sé —lo abrazó cariñosa—. Pero te quiero de todos modos.

Él cerró los ojos, inundado por la emoción. J.J. se sintió como una intrusa.

—Yo también te quiero, mi muñeca.

J.J. sintió una triste añoranza. Jamás había tenido un padre amoroso que la

abrazara de aquel modo y la amara así. Tampoco había tenido un marido que
la

acompañara en sus horas solitarias, ni una hija a la que querer de aquel modo
tan especial. Era una fantasía tan ilusoria como la de River. Un sueño que
nunca se haría realidad.

Sintió un inesperado dolor interior.

—Si me perdonáis, voy a ducharme y a vestirme —dijo—. No tardaré.

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—Y luego nos vamos de compras, ¿verdad, papi? Porque las hadas no


pueden

ir desnudas cuando son personas.

Raven miró a J.J. por encima de la cabeza de su hija. Sus ojos eran negros
como

el carbón, pero una luz lejana iluminó repentinamente su mirada.


¿Cuál había sido la causa? No lo sabía. Quizá fuera River, quizá algún lejano

recuerdo de su esposa. Tal vez no fueran más que emociones que habían

permanecido demasiado tiempo oprimidas. Fuera lo que fuera, algo parecía


haberlo sacado momentáneamente de un lugar oscuro que lo mantenía
prisionero.

—A mí no me importa tener hadas desnudas pululando por la casa.

Años de entrenamiento salvaron a J.J. de ruborizarse.

—Pues lo siento. Esta hada va a ponerse ropa.

Dicho aquello, salió del dormitorio antes de que a River se le ocurriera otro
de sus brillantes comentarios.

Pero de camino al baño, descubrió que una absurda fantasía se había


instalado

en su mente, a pesar del empeño que había puesto en evitarla.

Las lágrimas se deslizaron por sus mejillas. No podía ser. Ella no lloraba,
nunca lloraba.

Sólo se había permitido llorar de verdad una vez: el día que había perdido a
su

madre y todas las fantasías se habían desvanecido.

Entre tazas de café y llamadas de Raven, pasaron al menos dos horas antes de

que se aventuraran a salir de casa en dirección a Snow Run para comprar.

Cuando llegaron allí ya era casi mediodía.

—¿Por dónde quieres empezar? —le preguntó Raven.

—Por allí mismo —dijo ella, señalando la tienda de ropa más cercana—.
¿Por

qué no quedamos contigo dentro de una hora o así? Creo que ésta es una
misión de chicas.

—Sí, pero se te olvida un pequeño detalle, yo soy el que tiene la tarjeta de

crédito.

—Yo tengo la mía propia —respondió ella.

—Sí, pero, puesto que te has tenido que quedar aquí más tiempo del que
tenías

previsto, me gustaría correr con los gastos.

—No creo que Mathias…

Él la abrazó inesperadamente, acercando su rostro peligrosamente al de ella.

—Te rogaría que no mentaras a Mathias porque, por si no te has dado cuenta,

tiene efectos francamente negativos en mi estado anímico.

—Papá, ¿vas a besar a mami? —preguntó River emocionada—. ¿Vas a jugar


a

este juego?

La mirada de Raven se dirigió directamente a la boca de J.J.

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—La verdad es que estoy tentado de probar si tu boca sigue siendo tan dulce
como ayer —le murmuró en un tono imperceptible para River.

—Se supone que no debemos alimentar las fantasías de River.

—¿Y mis fantasías?

—No he venido para cumplir tus deseos, sino los de tu hija.

—¿Intentas otra vez mostrarte práctica?

—Lo soy. Siempre he tenido que serlo y en esta ocasión más que nunca.

—El tiempo lo dirá.

Giró rápidamente, dándole la espalda a su hija y rozó suavemente los labios


de

J.J. con los suyos, despertando en ella un inesperado deseo. La soltó


rápidamente.

—Vuelve a decirme lo práctica que eres —dijo él.

—Al parecer tan práctica como tú.

El sonrió y a ella le resultó imposible apartar la mirada. Sus ojos brillaban

intensamente y su rostro lucía relajado y abierto. Por un segundo, la


naturaleza práctica de la que tanto hacía alarde la abandonó por completo.
Sueños imposibles invadieron su mente, ofreciendo enternecedoras imágenes
de una vida que había

añorado desde su infancia. En aquella visión, Raven sonreía, la llamaba su


esposa, y River era realmente su hija.

Sólo segundos después, la realidad la sacó bruscamente de su fantasía. Se

recordó a sí misma que los sueños jamás se convertían en realidad.

Se volvió hacia River y la tomó de la mano.


—Vamos, cariño. Tengo un montó de cosas que comprar y voy a necesitar tu

ayuda.

Raven se acercó a J.J. y le susurró algo dulce al oído.

—Sólo quiero que sepas que sabes tan deliciosa como la última vez. Incluso
me

aventuraría a decir que más.

Ella se quedó quieta unos instantes, incapaz de responder. Tenía la garganta

demasiado tensa como para poder responder.

Dicho aquello, la tomó de la mano como si fuera realmente su esposo.

Las siguientes horas pasaron con increíble rapidez.

Una vez en la tienda, Raven le dio una lista con todas aquellas cosas que iba a

necesitar para pasar unos días en la cabaña: vaqueros, jerséis, un chándal


cálido, un chaquetón, unas botas de montaña, un vestido…

—¿Para qué quiero un vestido?

—Vamos a salir a cenar alguna noche y para eso necesitas un vestido.

—Quizá usted y su hija quieran vestidos iguales —le dijo la dependienta con

especial diligencia—. Tenemos un gran número de bonitos modelos para


elegir.

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Antes de que J.J. pudiera matar a la mujer por la ocurrencia, River intervino
con particular entusiasmo.

—¡Sí, mamá, sí! —se volvió hacia Raven—. ¿Podemos, papá?

J.J. esperó en vano la protesta del padre, quien asintió gustoso.

—Es una excelente idea.

—Su hija es una copia exacta de usted —dijo la dependienta—. Vestidas


iguales

la imagen va a ser realmente enternecedora —se dirigió a Raven—. Espere a


verlas.

Estarán encantadoras.

J.J. intervino rápidamente.

—Pues yo creo que debería esperar hasta el día de la cena —miró a River—.

¿Qué te parece si elegimos nuestro vestido sin que él lo vea y así es una
sorpresa?

La idea tuvo una aprobación inmediata.

—No puedes mirar, papá —le dijo River—. Esto es sólo para chicas.

El se dio la vuelta y se alejó, no sin que antes J.J. captara un gesto. Tardó un
segundo en reconocer la extraña expresión en su rostro. Le pareció
compasión.

¿Quizá era dolor porque la madre de River no estuviera allí compartiendo


aquel

momento con su hija? Parecía que sí. Apretó los labios y maldijo por dentro
aquel deseo que estaba causando más problemas que alegrías.

—Vamos, mami. Elijamos nuestros vestidos.


—De acuerdo, cariño.

—¿De qué color les gustaría?

Veinte minutos después ya habían decidido y salían de la tienda con las


manos

llenas de bolsas.

Se dirigieron al coche.

—Es hora de comer —anunció Raven—. Hay un café a la vuelta de la


esquina

donde hacen hamburguesas y ensaladas. ¿Comemos ahí?

Su sugerencia fue muy bien recibida.

Sorprendentemente, J.J. pudo relajarse durante la comida.

—Has hecho un estupendo trabajo con la niña —dijo J.J. mientras la pequeña

jugaba al otro extremo del restaurante.

—Amor, paciencia y un poco de suerte.

—No ha debido de ser fácil.

—No. Pero no lo he hecho todo solo. Mi abuela se vino a vivir con nosotros y

me ayudó mucho. Cuidaba de River mientras yo estaba trabajando —dudó un

segundo antes de añadir—: Murió el año pasado.

—Lo siento.

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—No lo sientas. Mi abuela era una mujer muy espiritual y consideraba que la

muerte no era más que un tránsito para otra vida mejor.

—¿Tú piensas lo mismo?

—A veces.

—¿Y otras veces?

—Otras veces pienso que tenemos que aprovechar lo que tenemos en este

instante porque es lo único que hay.

River se acercó en el momento en que vio a la camarera aproximarse a la


mesa.

Después de pedir, J.J. reparó en que la pareja de la mesa de al lado no dejaba


de mirar el periódico y luego mirarlos a ellos.

Al parecer el anuncio de Raven había llegado a la prensa y había sido

publicado.

Raven le tomó la mano.

—Podemos ver una copia de lo que están leyendo en la cabaña. Gem puede

mostrárnosla en el monitor.

—¿Te habías dado cuenta de que nos estaban mirando?

Él se encogió de hombros.

—Al cabo de un tiempo te acostumbras a ello.

—No estoy segura de que yo pudiera —confesó ella.


—A veces no te queda otro remedio.

Como después de que muriera su esposa. La popularidad le había llegado de

improviso y sin quererlo. Por eso había levantado con tanta firmeza sus
barreras, sin permitir que nadie los tocara ni a él ni a su hija.

Por desgracia, Mathias lo había puesto en una situación complicada con aquel

empeño de cumplir el deseo de la pequeña. También había obligado a J.J. a


ponerse entre Raven y su hija, aun sabiendo que Sierra sería capaz de
cualquier cosa por proteger a River.

Raven era como un noble guerrero con una misión clara: defender a su

pequeña. Y, por algún motivo, J.J. simpatizaba con aquella feroz necesidad
de luchar por su hija. De haber sido la madre, ella habría hecho exactamente
lo mismo.

Sabía que la particular batalla que había tenido con ella estaba justificada.

También sabía que no había terminado. Que volvería a retomarla si


determinaba que todo aquello había sido dañino para la niña. Aquel
pensamiento la perturbó durante la comida.

Al llegar a la casa, se metió en su improvisado dormitorio y ordenó la ropa,

antes de conectar el portátil.

—Gem, ¿hay algún mensaje para mí?

—NEGATIVO, SEÑORITA RANDELL.

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Ella miró al ordenador con el ceño fruncido.

—¿Mathias no ha llamado?

—NINGÚN MENSAJE HA SIDO GRABADO.

¿Qué estaba sucediendo? ¿Cómo era que Mathias no respondía a sus


llamadas?

Quizá debiera intentar localizarlo en casa. Pero no quería preocupar a Jacq.


Estaba en un avanzado estado de gestación. Por otro lado, necesitaba
instrucciones de Mathias.

En ese instante, sacó de una de las bolsas un jersey de angora y una cortísima

falda de cuero. ¡Ella no había elegido aquello! A continuación, encontró un


conjunto de ropa interior de lencería fina. Aquello tampoco había sido
decisión suya. Sin duda había sido Raven, mientras River y ella elegían el
vestido, el que había comprado a su gusto. Un muy buen gusto, por cierto.

—Quisiera ver el periódico de hoy —le dijo a Gem.

Dobló cuidadosamente el jersey y lo metió en el armario junto con la


lencería.

En aquel instante, ante sus atónitos ojos, apareció en pantalla el inesperado

artículo encabezado:

Sierra concede un deseo.

J.J. gruñó incrédula ante lo que tenía delante que iba empeorando a medida
que

iba leyendo.

Raven Sierra ha anunciado su compromiso con J.J. Randell. Los dos se

conocieron cuando la hija del señor Sierra expresó su deseo de conocer al


hada que aparece en los libros de Jack Rabbitt. J.J. aceptó la propuesta de
convertirse en la madre de la pequeña y contempló la posibilidad de una boda
con Raven Sierra. «Ya hemos tomado una decisión, pero es un paso
demasiado importante para

precipitarnos. No obstante, mi hija está ansiosa y nos ha pedido, incluso, que

finjamos ser una familia durante las vacaciones». No aclaró si esa parte del
deseo sería concedido, pero esperamos que pronto lo haga.

J.J. no perdió el tiempo. Salió como una bala de la habitación. Había confiado
en él y la había traicionado, enviando a la prensa un anuncio sin su previa
autorización.

Lo encontró en la cocina preparando la cena.

—¿Cómo has podido?

—Asumo que ya has visto el artículo.

—Lo he visto y no me puedo creer que hayas enviado algo así. Dijiste que

hablarías de nuestro compromiso, no que…

—Dije que trataría de suavizar la historia de la señorita Lark —la interrumpió

él—. ¿O es que se te ha olvidado que esa periodista está por medio?

—No se me ha olvidado nada, pero te pedí que no hablaras de la concesión


de

deseos de Mathias.

—He cumplido mi palabra de mantener a Blackstone fuera de esto.

—Pero has hablado de los deseos.

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—Recuerda que la señorita Lark escuchó parte de la conversación. El único

modo de controlar la noticia es acercándonos lo más posible a la verdad.

—Pero Mathias…

Raven lanzó el cuchillo contra la tabla de cortar, clavándolo con fuerza.

—A Mathias Blackstone le estoy concediendo un respeto que no se merece.


Le

he pedido a Gem que le envíe un ejemplar del periódico para ver si sabe leer
entre líneas lo que sería capaz de hacer si trata de dañar a River.

—Él jamás haría daño a River.

—Por si acaso.

Hubo un momento de tenso silencio que J.J. rompió.

—¿En qué posición nos pone a ti y a mí todo esto?

—Simplemente estamos de vacaciones para que le concedas un deseo a mi


hija.

No hay más. Sugiero que nos centremos en eso.

—¿Y una vez que todo esto haya terminado?

—Tú vuelves a Seattle y yo me quedo aquí y sigo con mi vida.

Su afirmación tajante y totalmente carente de emoción le dolió y mucho, más


de

lo que jamás habría imaginado. Pero, ¿qué esperaba? ¿Una declaración de


amor?

—Ése es un deseo que puedo cumplir sin problemas.

Dicho aquello, salió de la cocina.

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Capítulo 8

Justice estaba ante Fausta. Su bolsa de seda ya contenía cinco de los siete

regalos.

Aunque conseguir los cuatro elementos le había resultado tremendamente

complicado, sospechaba que los dos últimos presentes serían los más
difíciles.

—Así es —afirmó Fausta—. Los dos últimos son los más costosos de
obtener.

Tendrás que meter en la bolsa de seda algo que te pertenezca a ti y algo que

pertenezca a tu príncipe.

Justice sonrió.

—¿Te refieres a ropa o algo así?

—No. Algo que sólo tú y él podáis dar.

Página 34 de La búsqueda del dragón. de Jack Rabbitt

El tiempo iba pasando mucho más deprisa de lo que J.J. habría esperado.
River

había creado un mundo de fantasía que a todos resultaba irresistible. Pero


como todo sueño o fantasía pronto llegaría a su fin. ¿Qué ocurriría entonces?

Intuía que su reacción no iba a ser buena.

Siempre había deseado secretamente una familia a la que amar y cuidar.

Renunciar a ello sería mucho más difícil una vez que lo había probado.

El tercer día Raven sugirió que dieran un paseo por el bosque, lo que River

amenizó insistiendo en que buscaran signos de la presencia de algún dragón.

—Se los puede oler —dijo J.J.—. Y queman la zona del bosque colindante a
su

guarida. Así es como sabes dónde están.

—¿De verdad? —dijo él secamente—. Yo pensaba que los fuegos de los

campistas eran la principal causa de incendio.

—Fíjate, ingenuo de ti. Y resulta que era tu vecino el dragón —murmuró ella.

En un momento del paseo, Raven se detuvo para señalarle a River un corte en

la montaña.

—¿Ves las capas de diferentes colores? —dijo señalando al colorido terreno


—.

Cada una refiere a un periodo de tiempo diferente.

—¿En qué color había hadas y dragones?

—En ninguno había ni hadas ni dragones, pero algunas de estas capas son de
la
época de los dinosaurios.

—¿Cuáles?

Raven señaló una zona.

—Ésta es de hace cien millones de años más o menos y ésta de aquí es


incluso

más vieja. Esta sección de aquí incluso tiene un nombre. Se llama


«Formación de

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Morrison». Tiene unos ciento cuarenta millones de años de antigüedad y es


fácil de distinguir por este grupo de líneas que aparecen aquí. Van del
morado al gris

verdoso. Está compuesto de pizarra y de arcilla.

—Yo tengo arcilla en casa —dijo River—. Hago animales con ella.

—Bueno, pues ésta es como la arcilla que tu usas para modelar sólo que
mejor,

porque es mucho más antigua.

River se quedó inmóvil.

—¿Esta es tierra especial? —dijo con la respiración entrecortada.

—Por supuesto. En la mayoría de los sitios tienes que cavar muy profundo
para

encontrar tierra tan antigua como ésta.


La niña aplaudió excitada y J.J. se preguntó qué le provocaba semejante

entusiasmo.

—¿Podría llevarme un poquito?

—Bueno, supongo que podrías llevarte este trocito que está a punto de
caerse.

Pero que sea muy poquito, para no perturbar el entorno.

Con sumo cuidado, Raven envolvió un pequeño trozo de pizarra y de barro


en

una hoja y se la entregó a su hija.

—Ten cuidado que no se te moje. Quizá deberíamos meter todo esto en una

bolsa de plástico antes de volver a casa, para que no lo pongas todo perdido.

River abrazó a su padre.

—¡Este es el mejor paseo que he dado en mi vida.

El levantó una ceja.

—A juzgar por lo feliz que te veo debe de serlo —se rió.

—Ahora necesito encontrar agua especial —dijo River con mirada de heroína
—.

¿Crees que podremos encontrar eso también?

Él frunció el ceño.

—¿Qué demonios es agua especial?

—Pues como la tierra especial, pero que sea agua —respondió River con una
seguridad total.

—¿Para qué la necesitas? —preguntó JJ.

River la miró con un gesto de alarma en el rostro.

—La necesito, eso es todo.

—Pero, ¿para qué?

—Es un juego —dijo la niña rápidamente y corrió camino arriba.

—¡River, espéranos! —le gritó Raven.

La pequeña se detuvo a lo lejos y les agitó la mano con entusiasmo.

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—Daos prisa, aquí puede haber agua especial.

El cuarto día llegó demasiado rápido.

Después de pasar un largo y agotador rato jugando al escondite, se fueron al

cine y a ver escaparates. Pero River estaba tremendamente inquieta y no


hacía sino preguntar cosas sobre el viento.

—River, por última vez, no sé cómo atrapar viento y meterlo en una botella

dijo Raven, a punto de perder la paciencia.

—Pero tienes que saberlo —le dijo—. Lo sabes todo.

—Me halaga que pienses eso. Pero me has preguntado lo único que no sé, y
no

te puedo contestar. Lo siento, cariño.

River no dijo nada, pero su silencio hablaba por sí solo.

—¿Puedes decirme para qué necesitas todo eso?

Ella negó con la cabeza.

—Es un secreto.

—Los secretos están muy bien —intervino J.J., intercambiando una mirada

preocupada con Raven—. Siempre y cuando ese secreto no sea dañino. ¿Tu
secreto

va a hacer feliz a alguien?

—Es el mejor secreto del mundo —dijo River, lanzándose a los brazos de J.J.
en

un gesto de desesperada necesidad de cariño.

J.J. correspondió a su petición.

—¿Estás segura de que no le va a hacer daño a nadie?

River dudó un segundo.

—No, a menos que el dragón me coma —respondió—. Por eso necesito el

viento y el agua.

—¿Para protegerte del dragón? —preguntó Raven.

El todo de su voz dejaba adivinar su disgusto por la obsesión de la pequeña.

—No, para darle al dragón un regalo.


—¿De qué dragón hablas, River?

—Ya sabes, de Némesis.

—¿Lo has visto?

—No. Busco y busco pero no lo encuentro. Necesito encontrar todos los


regalos

antes de que Justice se marche y dárselos a él. De otro modo, no funcionará.

—No entiendo —dijo J.J.—. ¿Qué es lo que no funcionará? ¿Para qué tienes
que

darle a Némesis esos regalos?

Nada pudo hacer que River respondiera. J.J. se dio cuenta muy pronto de que

tratar de ahondar en el tema no haría sino provocar un tumulto de lágrimas.

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—Bueno, ya veré lo que puedo hacer para ayudarte a encontrar los regalos
que

te faltan. ¿De acuerdo?

La niña asintió.

—¿Antes de que Justice se vaya?

Él se tensó.

—Lo intentaré. Eso es lo más que puedo ofrecerte.


La niña asintió aunque claramente poco satisfecha.

Se liberó de los brazos de J.J. y corrió a mirar el escaparate más próximo.

—¿Qué demonios está sucediendo?

—Yo creo que está jugando.

Él frunció el ceño.

—¿Es algo que viene en el libro que le diste?

—No lo sé, la verdad. Se lo regalé a River antes de leerlo —confesó J.J.—.


De

hecho, no lo he visto desde hace días.

—Pues sea cual sea ese juego, no me gusta.

J.J. le tomó la mano y se la apretó suavemente.

—¿Estás bien?

Él sonrió.

—Supongo que sólo un poco herido por haberme caído de mi pedestal. Me

recuperaré.

—No te preocupes. Te volverá a colocar allí arriba de nuevo muy pronto, ya


lo

verás.

El quinto día comenzó con lágrimas y sollozos tras el anuncio de que sus

vacaciones acabarían muy pronto.

Aunque apesadumbrada, J.J. sabía que no podía permitirse el dejarse llevar y


decidió poner en práctica los planes que tenía previstos para contentar a
River. Su objetivo era cumplir un deseo e iba a hacerlo lo mejor que pudiera.

—Pues si tenemos poco tiempo, lo mejor será que nos apresuremos.

—¿Para qué? —preguntó River con un gran suspiró.

J.J. sonrió con un gesto de misterio.

—Tengo un montón de planes que llevar a cabo.

Había muchas cosas que quería hacer con su «hija» y poco tiempo. Los
últimos

días habían sido realmente especiales, había visto cómo se hacían realidad
algunas de sus más preciadas fantasías.

—Ven, corazón, vamos a ponernos manos a la obra. Como mañana vamos a

salir a cenar, lo que necesitamos son unos abanicos. ¿Sabes cómo hacerlos?

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River negó con la cabeza.

En cuestión de segundos lo tuvieron todo dispuesto.

Los primeros intentos fueron fallidos, pero muy pronto River encontró el
dibujo

perfecto para su abanico.

Después de trazarlo cuidadosamente, lo coloreó y decoró con purpurina.

Una vez seco, doblaron el papel hasta darle la forma deseada, añadiendo unas
finas varillas de madera para procurarle consistencia.

—¿Ves lo que hace Némesis cuando lo agito? —preguntó River moviendo

rápidamente su abanico, en el que lucía un enorme dragón verde y brillante.


La

purpurina resplandecía con cada giro, provocando suaves destellos de


colores.

J.J. se rió.

—Es fantástico.

Inmediatamente, comenzó una batalla de abanicos que se agitaban con

frenetismo.

—¡De acuerdo, de acuerdo! Tú ganas —dijo J.J.—. Cielo Santo, parece que

hubiera estado en mitad de un tornado.

La niña se quedó paralizada mirándola con una amplia sonrisa.

—¡Son máquinas de viento!

—¿Qué?

—Los abanicos. Puedo hacer viento con ellos —River se lanzó a los brazos
de

J.J.—. Gracias, gracias. Esto era justo lo que necesitaba.

J.J. sonrió sobrecogida.

—Vaya, me alegro. ¿Ya no necesitarás atrapar al viento en una botella?

—No. Con esto me vale. Ahora sólo me queda conseguir agua especial.
—Yo no tengo.

—No pasa nada. Creo que papá me podrá ayudar en eso.

—Bien, pues lo siguiente va a ser hacer galletas.

River negó con la cabeza.

—Yo no sé hacerlas —explicó ella realmente aturdida—. Sólo sé


comérmelas.

—Y seguro que eres muy buena en eso —sonrió J.J.

—La mejor.

Fueron a buscar a Raven para proponerle que hiciera las galletas con ellas y,

para sorpresa de J.J., asintió complacido. Durante una hora compartieron


cocina, harina y demás ingredientes, jugaron con la masa y se mancharon de
chocolate entre risas y charlas.

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Lo único que perturbó la felicidad de J.J. fue recordar lo pronto que todo

aquello llegaría a su fin.

El sexto día despertó con la carga de ser el penúltimo y, quizá por eso,
pareció pasar más deprisa que ningún otro.

—Al menos esta noche nos vamos a cenar —dijo J.J., tratando de consolar a
una

desolada River.
Aquello pareció apaciguar un poco el llanto.

—¿Nos vamos a poner los vestidos que compramos a juego?

—Por supuesto. Y también nos vamos a peinar de un modo especial.

J.J. trabajó con sumo cuidado unas elaboradas trenzas en el pelo de River y
ésta quedó fascinada.

—¿Cómo has aprendido a hacer este peinado?

—Mi madre solía peinarnos a mi hermana y a mí.

—¿Tu madre también era un hada?

J.J. sonrió temblorosa.

—Sí, era el hada reina e hizo que nuestras vidas fueran mágicas.

Una vez atadas las trenzas, las subió creando una hermosa diadema.

River se miró emocionada y los ojos se le llenaron de lágrimas.

—¡Estoy preciosa!

River insistió en que J.J. se peinara igual que ella.

—Así también iremos igual peinadas.

J.J. accedió.

—De acuerdo, pero tendrás que ayudarme.

Le llevó algún tiempo. Pero la paciencia y constancia de River compensaron


su

falta de habilidad.

Tras la sesión de peluquería, se vistieron con los hermosos trajes inspirados


en los de las hadas que habían comprado para la ocasión.

—Sólo queda el toque final —dijo J.J., dándole a River una bolsa.

La niña miró en su interior, sacando un pequeño estuche.

Al abrirlo, encontró una cadena de la que pendía una pequeña caja en forma
de

corazón.

—¿Es para mí? —susurró incrédula la pequeña.

—Es un regalo —dijo J.J. tratando de controlar sus emociones—. Ya sabes


que

muy pronto me iré. Pero he pensado que te gustaría quedarte con un recuerdo
mío

—lo abrió cuidadosamente—. Contiene un mechón de pelo mío. Así, cuando


yo no

esté, lo único que tienes que hacer es…

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Inesperadamente, la voz se le quebró y la niña se lanzó a sus brazos.

—Te quiero, mamá, no te vayas.

J.J. no sabía cómo responder.

—Tengo que hacerlo.

—Pero, ¿te quedarías si pudieras?


Ella abrazó a River.

—Por supuesto, tú lo sabes —se apartó de la pequeña y se quitó las lágrimas

que le empapaban las mejillas—. No te he enseñado qué más he comprado.

Sacó otra caja exactamente igual que la de River.

—Me gustaría que ahora fueras tú la que me diera un pequeño mechón, como

recuerdo.

Completamente encantada, la niña dejó que le cortara un finísimo mechón de


la

parte de atrás y lo guardara en la caja.

Acto seguido agarraron sus abanicos y, tras jugar y reír, decidieron bajar.

—Vamos con tu padre. El pobre debe de estar preguntándose qué hemos


estado

haciendo.

—Le diremos que nos hemos estado preparando para él —dijo River con una

carcajada.

—Y, sin duda, le va a encantar el resultado —respondió J.J. y juntas bajaron


al

salón.

Raven se quedó inmóvil y paralizado al verlas descender por las escaleras,

incapaz de hacer nada que no fuera mirar.

La imagen era reconfortante y deliciosa y, por un momento, se sintió tentado


a
dejarse encandilar por la fantasía.

«Esto podría ser real con sólo creer en ello», se dijo. Y quería que fuera real,
lo deseaba desesperadamente.

—Míranos —dijo River—. ¿A que estamos preciosas?

—Sí, sin duda lo estáis —respondió él en un susurro.

—Bueno, ya nos podemos marchar —dijo J.J., al llegar abajo.

—Creo que tenemos un pequeño problema —dijo él dirigiéndose a la puerta

principal.

Abrió lentamente y el espectáculo se mostró en toda su plenitud. La nieve


caía

como una densa cortina blanca.

River exclamó emocionada.

—¡Está nevando!

Sin pensar, salió enloquecida a jugar con los copos que quedaban atrapados
en

sus trenzas como diamantes antes de derretirse.

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—Me pedías agua especial, pues ahí la tienes. Es la primera nieve del
invierno.

Toda para ti.


—¿Dónde puedo ponerla? Rápido papi, tengo que atraparla.

J.J. chascó los dedos.

—Yo tengo una pequeña botella arriba. Contenía champú, pero está vacía. La

aclararé en un momento.

—¿Podemos hacer todo eso antes de salir a cenar? —preguntó River.

—Me temo que las carreteras están cortadas y que no vamos a poder salir
esta

noche. Pero eso no significa que no podamos tener una noche especial.

Raven ya se había ocupado de todo. Había movido la mesa del comedor junto
a

la chimenea encendida y había dispuesto los platos y la decoración hasta el


último detalle.

La cena resultó un éxito.

Tras terminar, Raven devolvió la mesa a su sitio y puso una manta sobre el

suelo y frente a la chimenea, sacaron las cartas y las horas pasaron a toda
prisa.

Agotada, River se acurrucó en una esquina de la manta y se quedó dormida.

—La llevaré a su cama —anunció Raven.

Tomó a la pequeña en sus brazos y la llevó hasta su habitación.

Pero, al regresar, JJ. ya no estaba en el salón, sino esperándolo en su


dormitorio.

Al entrar, se la encontró encendiendo la chimenea. El fuego prendió


rápidamente y el reflejo de las llamas coloreó su piel blanca y tersa.

Ella lo miró.

—¿Ya has metido a River en la cama?

La prosaica pregunta hizo sonreír a Raven.

—Sí. Está profundamente dormida.

J.J. se quedó callada y pensativa.

—¿Ocurre algo? —preguntó él.

—No… bueno, sí —J.J. se rió, una carcajada demasiado cargada de emoción


—.

Estoy aquí, tratando de tomar una decisión.

—¿Esa decisión me atañe a mí?

Una sonrisa tembló en su boca.

—Sí, te atañe a ti.

Con un suave suspiro de resignación J.J. alzó las manos y se quitó la cadena
que rodeaba su cuello. Suavemente, lo posó sobre la mesilla. Luego, con la
misma

lentitud y una increíble elegancia, se desabrochó la cremallera y dejó que la


suave gasa de su vestido se deslizara hasta el suelo.

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—Asumo que ya has tomado tu decisión.


—Sí. Ahora es tu turno de decidir.

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Capítulo 9

Justice había conseguido todos los presentes, excepto uno: la contribución del

príncipe. Lo había buscado por todas partes sin éxito. Sólo quedaba un rincón
al que no se había atrevido a acceder: la guarida del dragón.

Haciendo acopio de todo su valor, se encaminó hacia la cueva.

Allí se encontró al príncipe empuñando la espada envenenada contra el


dragón

y a punto de clavársela en el corazón.

—¡No! —gritó el hada—. Si lo matas, nuestros sueños morirán con él.

Página 37 de La búsqueda del dragón. de Jack Rabbitt

Raven no podía apartar los ojos de J.J. mientras cerraba cuidadosamente la

puerta del dormitorio. —Gem, avísame si River se despierta. —


AFIRMATIVO.

J.J. inclinó la cabeza hacia un lado, mientras se deshacía las trenzas. Su pelo

cayó como una cascada sobre sus hombros.

—Asumo que usted también ha tomado una decisión, señor Sierra.

—Ven aquí.
Ella se aproximó lentamente.

—Por favor, asegúrate de que esto es lo que quieres.

—Estoy seguro desde el mismo instante en que te vi por primera vez.

Ella alzó el rostro con un suspiro y él la besó dulcemente. En ese instante


supo que J.J. estaba a punto de darle algo que no le había dado a nadie antes,
de entregarse en cuerpo y alma a él.

Se detuvo un segundo a pensar. Maise se apareció como un leve sueño, y

recordó el amor que se habían profesado.

—¿Te sucede algo? —le preguntó J.J.

—Estoy diciendo adiós.

—¿A Maise?

—Sí.

—La amaste mucho, ¿verdad?

—Mucho. Ella era mi vida, la primera y única mujer a la que amé.

—Los periódicos se equivocaron radicalmente al contar la historia.

—Sí.

Ella lo miró fijamente y preguntó una vez más:

—¿Estás seguro de que es esto lo que quieres?

—Quiero hacer el amor contigo más que nada en este mundo.

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—Yo no soy Maise —le advirtió.

—Ni Maise era J.J.

—En tal caso… —ella sonrió—. Creo que llevas demasiada ropa.

—Quítamela.

La petición intensificó la sonrisa de ella. No obstante, dudó, sin saber

exactamente qué hacer.

Él tuvo que contener la risa ante su virginal e inocente estampa. A pesar de su

natural determinación mostraba una increíble timidez en aquella situación.

—Si quieres que hagamos el amor, me temo que tendrás que desnudarme.

J.J. respiró profundamente y se atrevió con el primer botón de la camisa.

Mientras descendía, se detuvo unos instantes a acariciar su torso musculoso.

El se estremeció.

—No te detengas ahí.

Bajó hasta el cinturón y dudó.

En ese instante tuvo la certeza que su intuición había sido cierta.

—Nunca antes habías hecho esto, ¿verdad?

Ella se rió.

—No.

—¿Por qué no? ¿Por qué conmigo?


J.J. lo miró fijamente.

—Eres el primer hombre en el que confío, porque siento que me respetas.

Raven reconoció que eso era, exactamente, lo mismo que sentía respecto a
ella.

—Túmbate —le dijo, notando inmediatamente su nerviosismo—. No temas

nada. Cuando hagamos el amor haré que sea especial y seguro.

Sólo tardó un momento en quitarse el pantalón y en sacar un paquete de

preservativos del cajón de la mesilla.

Colocó a JJ. rodeada de un montón de almohadas. Luego, la tomó en sus


brazos

y respiró relajándose.

—No te preocupes, no te pediré que pares —le dijo ella.

—Me has leído el pensamiento. ¿Es un ejemplo de tus habilidades de hada?

—No. No hace falta tener poderes adivinatorios para saber que eres una de
esas

personas que libra continuamente una batalla interior. Jamás te aprovecharías


de una situación así. Si cambiara de opinión, tu sentido del honor imperaría
sobre todo.

—¿Muerte antes que deshonor?

—Sí —susurró ella—. Sobre todo porque sabes demasiado bien lo que el

deshonor conlleva.

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—¿Así es como me ves, como un hombre deshonrado?

—No he dicho que hubieras perdido tu honor, pero sí que has visto tu buen

nombre mancillado por gente como la señorita Lark —él no trató de


contradecirla—.

Eres un hombre que ha librado demasiadas batallas y que ahora tiene miedo
de

volver a casa y descubrir que todo aquello que te daba seguridad ha


desaparecido.

Su comentario dio justamente en la llaga. Tenía toda la razón y era doloroso.

—¿Cómo sabes todo eso?

Ella se puso de rodillas y lo miró directamente a los ojos.

—Porque he conocido el deshonor y también temo volver a casa. No estás


solo,

Raven. Estoy contigo.

Con un gemido de dolor se inclinó sobre ella y bebió de sus labios el dulce

veneno de sus palabras. Cada beso se convirtió en un bálsamo tranquilizador


y cada caricia un mágico y rejuvenecedor tacto.

El deseo pronto encendió sus cuerpos que se entrelazaron desnudos y cálidos,

hasta que ella, con mirada confusa pero ardiente, le rogó que la hiciera suya.

El deslizó la mano bajo sus glúteos y empujó su cadera para poder tomarla.
Ella lo llamó su guerrero, su hombre. Pero la única palabra que no dijo brilló
en sus ojos con tal intensidad y sinceridad que no necesitó ser pronunciada.

Se entregó a él plenamente porque lo amaba y él la correspondió.

Raven le pasó a J.J. la copa de vino antes de echar otro tronco a la chimenea.

Habían dormido un rato después de hacer el amor, pero ninguno quería pasar

tiempo durmiendo cuando había tantas cosas interesantes que hacer.

—Y dime, hada encantada, ¿por qué estás tan convencida de que tú eres la

«práctica» de la familia?

Ella se sentó sujetándose las piernas, mientras su larga mata de pelo negro le

caía sobre los hombros.

—No es una historia bonita.

—Pero me gustaría oírla.

Ella agitó el vino que había en su copa, mi—rando fijamente la profundidad


de

sus tonos rojizos.

—Somos tres hermanos: Cord, Jacq y yo. Hasta hace diez meses yo trabajaba

para la compañía de mi padre, Limelight International, como seguramente


sabrás.

Él se tensó.

—¿Por qué dices eso?

—Porque estoy segura de que pediste un informe completo sobre mí en el


instante mismo en que me inmiscuí en tu vida. ¿Me equivoco?

—No.

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—Me lo imaginaba. En cualquier caso, si has leído los informes te habrás

enterado de que la compañía pasó por una profunda crisis después de una
serie de desafortunados incidentes. Necesitábamos un cliente urgentemente.

—¿Y lo encontrasteis?

—Sí. Un caballero llamado Mathias Blackstone, ¿te suena?

Raven resopló.

—Demasiado bien.

—Pues bien, ése fue nuestro salvador, o al menos eso nos pareció en
principio.

—¿Qué ocurrió?

—Pronto descubrimos qué era lo que le interesaba realmente a Blackstone.

Raven suspiró exasperado.

—¿Jacq?

—Exacto —J.J. dio otro sorbo a su copa—. Mi padre no tardó en darse


cuenta de

qué era lo que quería Mathias y decidió conseguírselo sin importarle el coste.
—¿Y Jacq?

J.J. soltó una carcajada amarga.

—Jacq no se enteraba de nada. Siempre ha sido como mi madre: dulce,


buena,

una soñadora dispuesta a dar amor. Mientras que yo, seguí a mi padre,
dispuesta a conseguir al cliente a cualquier precio.

—Puedes pensar eso, pero…

Ella lo interrumpió.

—Deja de engañarte, Raven. Fui tan despiadada como mi padre. Y espera,


que

no has oído la mejor parte.

—Continúa.

—Cuando Jacq dio su negativa a los inaceptables propósitos de Blackstone,

recibimos órdenes de hacer algo aún peor.

—¿Y fue?

—Buscar alguna debilidad de mi hermana para poder presionarla.

Él se tensó.

—¿Y la encontrasteis?

—Por supuesto —J.J. soltó una amarga carcajada irónica—. Descubrimos


que

Jacq era Jack Rabbitt, un secreto que había logrado mantener oculto a
millones de fans.
—¿Qué ocurrió?

—¿No te lo imaginas?

—La amenazasteis con sacar a la luz su identidad.

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—Acertaste una vez más —a J.J. comenzó a temblarle la barbilla. Sentía

culpabilidad y remordimiento. Le dolía no ser una mujer dulce y sensible


como su hermana—. Le dije a mi hermana que si no era amable con
Blackstone, mi padre

revelaría su secreto.

—¿Fue una amenaza o una advertencia?

—¿Importa?

—Sí, claro que importa.

—No, no importa nada. Yo era práctica y tenía un objetivo: salvar el negocio


de

mi padre a toda costa, aunque eso significara sacrificar a mi hermana. ¿Lo


ves? A eso me refería cuando hablaba del deshonor.

Él no hizo comentario alguno, sólo preguntó sobre la continuación de la

historia.

—Jacq, ¿se dejó chantajear?

—No, por supuesto que no. Mi hermana tiene unos principios muy claros.
—Pero al final Jacq se casó con Blackstone y tú te fuiste a trabajar con él.

—Después del incidente en Limelight sufrí una profunda depresión. No podía

soportar lo que había tratado de hacer y en lo que me había convertido.


Mathias me ofreció este trabajo para poder redimirme a mí misma —ella lo
miró directamente a los ojos—. No soy una soñadora, Raven, aunque me
encantaría serlo, como lo era mi madre, como lo es mi hermana. Ellas eran
capaces de hacer que este mundo pareciera mágico, de convertir la oscuridad
en luz y el gris en un arco iris de color. Jacq creó un hada con mi imagen
precisamente porque no lo soy.

—Te equivocas —dijo Raven suavemente—. Jacq se inspiró en ti porque


sabe

que en tu interior eres un hada. Lo que quería era dejar que saliera la magia
que está atrapada dentro de ti.

Ella no pudo evitar llorar.

—Se te está olvidando algo fundamental: la magia no existe.

—Entonces permíteme que te dé algo que sí existe.

La tomó en sus brazos y la llenó de cariño, amor y comprensión.

Hicieron el amor y juntos llegaron de nuevo al éxtasis.

Pero, en aquella ocasión, algo había cambiado dentro de J.J.

Su espíritu se dejó llevar, libre y limpio, como nunca antes lo había sentido.

Y Raven fue testigo de aquella increíble transformación, vio cómo el hada


salía

finalmente de su guarida y extendía las alas para volar hasta las estrellas.

Él sonrió y posó un beso sobre sus labios.


Finalmente, ella era libre.

Raven se despertó bruscamente y se encontró a su hija rondando su cama.

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—¿Qué estás haciendo, River? —él se dio cuenta de que J.J. lo había tapado
con

el edredón al levantarse para ir a la ducha. ¿Por qué demonios no lo había


avisado Gem de la presencia de River?—. ¿Qué escondes?

La culpabilidad tiñó el rostro de la niña.

Lentamente sacó la mano y le mostró su contenido.

—No te enfades conmigo, papá.

—¿Me has cortado el pelo? —preguntó él perplejo—. ¿Por qué has hecho
eso?

J.J. surgió del baño abrochándose la chaqueta de angora.

—¿Fue para meterlo en la cajita que te di? —le preguntó la recién llegada a la

pequeña.

River bajó los ojos y asintió.

—Iba a salir fuera.

—¿Tú sola? ¿Por qué ibas a hacer eso? Conoces las reglas —la niña
respondió

con silencio y él insistió—. Responde, River.


—Tengo que encontrar al dragón.

—¿Al dragón? ¿Cuántas veces tengo que decirte que esas cosas no existen?

dijo Raven exasperado.

—¡Sí que existen, papá! —dijo la niña en un tono desesperado.

J.J. se aproximó a ella.

—¿Para qué necesitas encontrar al dragón? —le preguntó dulcemente. Debía


de

tener una razón de peso para desafiar a la nieve y a su padre.

—Si le llevo a Némesis todos los regalos, me concederá un deseo.

Raven maldijo entre dientes.

—¡Otro deseo no, por favor! —dijo con los ojos llenos de rabia—. Debería
haber

puesto freno a todo esto desde el principio.

J.J. no lo contradijo, se limitó a seguir interrogando a River.

—¿Todo eso viene en el libro que te regalé?

—Sí. Dice que si le entrego a Némesis todos esos regalos, me concederá un

deseo.

—Eso no va a suceder —dijo Raven.

La niña se puso a llorar desconsoladamente.

—¡Por favor, papá, necesito encontrar al dragón!


—¡Los dragones no existen!

River negó con la cabeza la afirmación de su padre.

—Tengo todos los regalos y necesito dárselos antes de que Justice se vaya.

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—¿Cuántas veces tengo que decirte que los deseos no se cumplen por sí

mismos, que hay que trabajar para que se hagan realidad?

—Gem ha dicho que sí se cumplen.

—Ya estamos otra vez. Ese ordenador tiene un cortocircuito —dijo J.J.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Raven confuso.

—Ese ordenador fue el que le dijo que los deseos de cumpleaños se


convierten

en realidad —lo informó J.J.

—No me puedo creer todo esto. Tengo un hada jugando a ser la madre de mi

hija, una hija que me corta el pelo para dárselo a un dragón y un ordenador
que

piensa que los deseos de cumpleaños se convierten en realidad. ¿Es que hay
un

ataque de locura colectiva?

El silencio que obtuvo por respuesta fue elocuente.


—De acuerdo, yo me voy a dar una ducha. River, quédate sentada en tu cama

esperándome y no hagas nada hasta que yo te lo diga.

—Sí, papá —susurró la niña.

Miró a J.J. con una mirada llena de rabia.

—Haz las maletas. Las vacaciones han terminado. ¿Gem?

—DIGA, SEÑOR SIERRA.

—No le vas a decir nada a River sin mi aprobación, ¿entendido?

—AFIRMATIVO.

—Ya arreglaré lo de tu programación más tarde.

Treinta minutos después, Raven entró en la habitación de su hija. Se la


encontró en la cama, abrazando su muñeca con fuerza. Le dolía verla así, tan
pequeña e

indefensa.

—Hola, cariño.

—Hola —respondió ella, hundiendo el rostro en la muñeca.

—Sé que estás enfadada conmigo. Siento haber herido tus sentimientos.

—No importa.

—Sí, claro que importa —se sentó a su lado y la abrazó—. Tenemos que
hablar.

—¿Me vas a castigar?

—No. En realidad no has hecho nada malo —sólo que le había recordado
demasiado a su madre.

—Me has obligado a quedarme aquí sentada.

—Lo sé. Pero eso ha sido sólo para asegurarme que no salías fuera a buscar

dragones mientras me duchaba. Sabes que te quiero y que jamás haría nada
que te

hiciera daño. Pero no puedo permitir que sigas creyendo ciegamente en todas
esas fantasías.

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—Los dragones existen —dijo ella en un tono desafiante.

—No, River, no existen. No hay ni dragones, ni hadas, ni nada semejante.

—Pero Justice…

—No se llama Justice, sino J.J. Randell. No es un hada, jamás lo ha sido ni lo

será. Su hermana escribe cuentos y ha creado un personaje que se parece a


ella.

Un ligero ruido procedente de la puerta les advirtió de la presencia de J.J.

—Pasa —le dijo él con impaciencia. Ella obedeció—. Dile la verdad.

Ella negó con la cabeza.

—Por favor, no me hagas esto. No me obligues…

—Quiero que esto se acabe ya. ¿No ves que ha estado a punto de perderse allí
fuera por causa de todas esas estúpidas fantasías?

Lentamente, J.J. se aproximó a la niña, se arrodilló a su lado y la tomó de las

manos.

—Cariño, tu padre tiene razón. Yo no soy un hada.

—Sé que tienes que decir eso —respondió la pequeña.

—Si fuera un hada de verdad, tendría que decirlo, ésas son las reglas. Pero,
por otro lado, las hadas no pueden mentir, ¿recuerdas? No pueden confesar
que son

hadas, pero tampoco pueden decir que son humanas si no lo son. Yo soy
humana.

Los ojos de River se llenaron de lágrimas.

—¡No! ¡Tú eres un hada!

—River, las hadas y los dragones no existen. Mi hermana se las inventa.

Con aquellas palabras, Raven vio cómo las fantasías de su hija se


desvanecían

dolorosamente.

La abrazó amoroso mientras la niña lloraba su desconsuelo.

J.J. se levantó con el rostro devastado por lo que acababa de hacer.

—Jamás te perdonaré esto.

Dicho aquello, salió de la habitación.

J.J. no habló durante todo el viaje a Denver.

Las carreteras habían sido limpiadas y Raven la condujo directamente al


aeropuerto.

Al llegar a su destino, Raven descargó las maletas bajo la mirada incisiva de

River. Ya no había más lágrimas. Quizá las hubiera utilizado todas. O tal vez
la gente sin fantasías ya no podía llorar. Así había estado J.J. desde la muerte
de su madre.

—No tienes por qué volver a Seattle —le susurró Raven.

—Me temo que sí —respondió J.J., tratando de mantener la voz firme.

—¿Incluso después de lo de anoche?

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Su pregunta la desconcertó.

—¿Me estás diciendo que podríamos seguir teniendo una relación?

—Sí.

—Pero sin fantasías, sin hadas, ni dragones, ni sueños por cumplir…

—Exacto —dijo él categóricamente.

Ella negó con la cabeza.

—Lo siento, entonces, no puedo.

—¿Qué le ha ocurrido a la señorita Práctica? —dijo en un tono frustrado—.


¿Ya

no eres pragmática?
Ella levantó los ojos para permitirle ver sus ojos de soñadora.

Sonrió lenta y complacidamente.

—He aprendido a montar desnuda a lomos de una mariposa. No creo que

pueda volver a ser la persona que era, jamás.

Su comentario fue un duro golpe para él.

—No puedes o, quizá, no quieres.

—Probablemente no quiera —rebuscó su billete de avión y lo sacó del bolso


—.

Me he pasado casi toda la vida pensando que los sueños no se podían hacer
realidad.

No puedo vivir así ya nunca más. Es demasiado doloroso. Especialmente…

—¿Especialmente?

—Porque en realidad sí pienso que los sueños se pueden hacer realidad.

—Sólo tienes que dar una palmada y decir «creo en las hadas» —ella notó el

tono sarcástico de su voz, pero lo obvió—. No lo entiendes —continuó él—.


Maise

murió por culpa de sus fantasías.

—No te engañes, Raven. No fue la fantasía, sino la neumonía la que la mató.


No

dejes que el miedo te impida alcanzar las estrellas.

Él negó con la cabeza.

—No puedo. Es demasiado peligroso.


—Lo es si mantienes los pies firmes sobre la tierra. Pero una vez que te
atrevas a volar todo es posible. Los sueños pueden guiarnos e inspirarnos.

Él se apartó de ella.

—No puedo.

—Quieres decir que no quieres.

Él negó con la cabeza.

—No —le dio el último paquete—. Toma.

Era el libro de Jacq Rabbitt que le había regalado a River. Aquello fue todo lo

que necesitaba para entender que era una despedida definitiva.

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—Adiós, Raven. Espero que seas feliz.

Agarró su maleta y se encaminó hacia la entrada.

Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero se sentía extrañamente feliz. Jacq
estaría orgullosa de ella. Por fin había logrado creer en los sueños…

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Capítulo 10

Fue la hazaña más difícil que el príncipe había acometido. Pero su amor por
Justice era mayor que todo lo demás.

Lentamente, bajó la espada.

—Dame tus presentes —le pidió Nemesis a la joven hada.

Justice le entregó la bolsa.

—Falta uno: el del príncipe —dijo el dragón inmediatamente, con aquel


aliento

ardiente como mil soles—. Tiene que ser algo suyo y de nadie más.

Justice bajó la cabeza abatida, esperando que la furia del dragón cayera sobre

ella.

Pero el aguerrido príncipe dio un paso hacia la bestia y le ofreció su espada.

—Este arma es mía y sólo mía. La creé con mis propias manos y es la
mentora

de todos mis triunfos y venganzas. Te la entrego para que liberes a esta hada,
pues mi amor por ella es mucho mas fuerte que mi sed de venganza. Es mi
vida y mi alma, mi luz y mi esperanza.

—Acepto los regalos —dijo Némeis con una luz feroz iluminando sus ojos
—.

Pero para que vuestro deseo se haga realidad hay un último presente que
tendréis que ofrecerme. Necesito vuestra posesión más preciada. Elegid mal y
moriréis.

Página 37 de La búsqueda del dragón, de Jack Rabbitt

J.J. entró en su oficina de Blackstone con tesón y desesperación. —BUENOS

DÍAS, SEÑORITA RANDELL. TIENE CIENTO CUARENTA


MENSAJES.
—¿Qué? ,

—REPETICIÓN. TIENE…

—He oído perfectamente lo que has dicho, trozo de metal —dijo furiosa—.
Pero

no me lo puedo creer. He llamado todos los días para ver si había mensajes
durante la semana y siempre me has dicho que no.

—ERROR NÚMERO NOVENTA Y NUEVE. FALSA INFORMACIÓN

INTRODUCIDA COMO CIERTA.

J.J. tardó unos segundos en entender lo que le estaba diciendo.

—¿Me estás llamando mentirosa?

—AFIRMATIVO.

—¡No me lo puedo creer! —dejó la maleta sobre el escritorio, se quitó el


abrigo

y salió furiosa de su oficina.

La secretaria de Mathias, la señorita White, se sentaba a la puerta de la


guarida del dragón protegiéndola con ferocidad.

—Buenos días, señorita White.

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—¡Señorita Randell! Hemos estado muy preocupados por usted —se levantó

con intención de ir hacia ella, pero se detuvo al ver que se dirigía hacia la
puerta del despacho de Mathias—. ¡Espere un momento! No puede entrar ahí.
El señor

Blackstone está reunido.

—Ya no —abrió la puerta y entró en el despacho.

¿Reunido? Sí, si por reunión se entendía un tierno encuentro matrimonial.

Matthews y Jacq se besaban amorosamente—. Siento interrumpir.

Jacq se volvió primero.

—¡J.J.! ¿Dónde has estado? Hemos estados muy preocupados por ti.

Inesperadamente, a J.J. se le llenaron los ojos de lágrimas.

Había llorado en los últimos siete días todo lo que no había llorado en los
siete años anteriores.

—He estado en Denver, adonde me envió Mathias.

Su cuñado alzó las cejas sorprendido.

—¿Dónde?

—¡Tú me enviaste a Denver! ¿No lo recuerdas? Gem me dio un memorando


con

tus instrucciones.

—Jamás escribí un memorando para mandarte a Denver —al oír el chasquido

incrédulo de su mujer, insistió—. Te juro que no lo he hecho.

J.J. trató de detener sus lágrimas con muy poco éxito.

—Pues alguien lo hizo. Se supone que tenía que conceder un deseo de


Navidad
a River, pero Raven pensó que era todo falso y que me habías enviado a
recuperar la pintura, y…

Mathias se volvió hacia su mujer.

—¿De qué está hablando? No entiendo nada.

Jacq lo miró.

—Pues yo sí: Raven, Denver —le dio un ligero cachete a su marido en el

brazo—. ¿Cómo se te ha ocurrido mandar a mi hermana con ese tal Sierra?


No da

más que problemas.

—¡Yo no la he enviado a ninguna parte! Si recuerdas, llevo toda la semana

tratando de localizarla y de averiguar dónde se había metido…

—He llamado —interrumpió J.J.—. Pero Gem siempre me decía que no


estabais

disponibles. Ni siquiera pude localizaros en el teléfono de casa.

—¡Ya te advertí que a ese ordenador le sucede algo! Siempre discute y, si no

discute, te da un número de error.

Mathias resopló.

—¡Gem!

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—ERROR NÚMERO SEIS CINCUENTA Y OCHO. INSTRUCCIÓN NO

PROCESADA.

—¿Lo ves?

—Gem, ¿le diste a J.J. un memorando con instrucciones de que se fuera a

Denver?

—AFIRMATIVO.

Mathias intercambió una mirada de sorpresa con su esposa.

—¿Por qué?

—ENGAÑO NECESARIO PARA CUMPLIR OBJETIVO PRIMARIO.

—¿Qué objetivo primario?

—ASEGURAR QUE EL DESEO DE RIVER SIERRA SE CUMPLÍA.


MISIÓN

PRIORITARIA.

—¡Espera un momento! ¿Cómo sabías tú cuál era el deseo de River Sierra?

—EL CONSORCIO SIERRA TAMBIÉN POSEE UNA UNIDAD GEM.

Mathias se dejó caer en la silla, desconcertado.

—Déjame que entienda eso. ¿Me estás diciendo que estamos conectados con
el

consorcio Sierra? ¿Los dos sistemas se comunican?

—AFIRMATIVO. CONEXIÓN PRIMARIA PARA CUMPLIMIENTO DEL

OBJETIVO.
¡Aquello explicaba por qué Gem la había reconocido al entrar en el ascensor
de

Denver! También explicaba cómo Raven había sido capaz de localizarla la


primera

noche de hotel. Sin duda, Gem había sido la responsable de muchas cosas.

—¿Le ordenaste a J.J. que se fuera a Denver e interceptaste nuestras


llamadas?

—AFIRMATIVO.

—Pero, ¿por qué?

—LA UNIDAD GEM QUIERE A LA PEQUEÑA UNIDAD RIVER


SIERRA.

OBJETIVO PRIMARIO: SU FELICIDAD.

Jacq gimió conmovida.

—¡Oh, Mathias, qué tierno! Creo que voy a llorar.

Mathias le dio un pañuelo y siguió con su atención centrada en el asunto de

Gem.

—Explícame tú lo de ese deseo —le dijo a J.J.

Ella se encogió de hombros.

—Al parecer, por su cumpleaños, River Sierra había pedido un deseo. El

ordenador de Nick Colter ha hecho todo lo que estaba en su mano para


concedérselo.

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—¿Eso quiere decir que Gem es un Santa Claus secreto, también? ¡Qué
tierno!

—dijo Jacq.

—Sí, adorable. ¿Y cuál era el deseo de River?

—Para entenderlo todo, tenéis que saber que es una gran fan de Jack Rabbitt.

—Esto cada vez me gusta más —dijo Jacq.

—¿Y?

—La niña se quedó totalmente prendada con Justice. Así que pidió que fuera
su

madre.

Jacq se quedó boquiabierta.

—¿Hablas en serio?

—Completamente —dijo J.J. con la voz ligeramente temblorosa—. Gem me


dio

el memo ordenándome que partiera hacia Denver.

—¿Y lo hiciste?

—Pensé que el memo procedía de ti y desconocía la naturaleza del deseo.

—¿Qué hiciste al descubrirlo?

—He pasado la última semana actuando como madre de River —su voz se
suavizó—. Y funcionó muy bien… hasta el final.

—Ese tal sierra, no abusaría de ti, ¿verdad?

—Sí y no —dijo ella—. La verdad es que más bien abusamos el uno del otro.

Jacq se aproximó a ella.

—¿Estás bien? ¿Qué ha ocurrido?

J.J. sonrió.

—Te habrías sentido orgullosa de mí.

Jacq buscó la mirada de su hermana hasta que, finalmente, halló la respuesta


a

su pregunta.

—¡Has volado desnuda sobre una mariposa! —susurró—. ¡Oh, J.J., estoy tan

orgullosa de ti! Pero, ¿qué falló?

—Raven no cree en los sueños ni en las fantasías. Cuando River empezó a

tomarse su mundo mágico demasiado en serio, él decidió acabar con toda su


fantasía.

—¿River creía que eras realmente un hada?

—Sí, pero no era sólo eso. Le di una copia de tu último libro, y creo que
empezó a actuar conforme a lo que allí explicaba. Era algo sobre unos
presentes.

—¡Claro! Si ella creía que tú eras realmente un hada, eso lo explica todo.

—Pues yo sigo sin entender nada.

—J.J., ¿no te leíste la copia que te di?


—No tuve ocasión. ¿Por qué?

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—Pues léelo, hermana, y entenderás lo que River trataba de conseguir.

—Cariño, te has dejado la muñeca en el coche. ¿Quieres que vaya a por ella?

—No, gracias —respondió River con extrema educación. En aquellas últimas

dos semanas siempre respondía así, lo que enervaba a Raven.

Estaba convencido de que aquel comportamiento tenía el objetivo de hacer


que

se sintiera culpable. Por desgracia, funcionaba.

—Hoy vamos a ir a por tu cachorro.

—Bien.

No había entusiasmo, ni excitación. ¿Qué había ocurrido con aquella niña


vital

y juguetona que le iluminaba la vida? Al parecer lo mismo que a sus


fantasías.

—¿Quieres colorear hasta que nos vayamos? —preguntó él con cierta

desesperación.

—No, gracias.

—¿Quieres que Gem te lea un libro? Puedo encender ese ordenador un rato

dijo él, ofreciéndose a hacer un gran sacrificio por su pequeña.

—No. Esas historias no son reales. Son sólo cosas inventadas.

Él cerró los ojos y apretó los labios. No podía continuar así. Hasta aquel
instante había pensado que su actitud no era más que un acto de venganza,
pero acababa de reconocer que era algo mucho más profundo y complejo. Al
despojarla de fantasía le había quitado toda chispa vital. Había apagado su luz
interior y no encontraba el modo de encenderla de nuevo.

—Activar ordenador —dijo.

—ORDENADOR ACTIVADO.

—¿Tienes una copia de La búsqueda del dragón, de Jack Rabbitt?

—AFIRMATIVO.

—Léela.

—POR FAVOR, CONFIRMAR PETICIÓN.

—¡Lee esa maldita historia, Gem!

—PETICIÓN REGISTRADA —una serie de bips indicaron que el ordenador

estaba trabajando. Pronto la suave voz de Gem comenzó a narrar la historia


—.

«ÉRASE UNA VEZ UN HADA LLAMADA JUSTICE. ERA, SIN DUDA,


LA

CRIATURA MÁS HERMOSA DE ENTRE SU GENTE».

Raven cerró los ojos y comenzó a recordar aquella noche nevada en la que
había

tenido a una bella hada en sus brazos.


—«SU PIEL TENÍA EL SUAVE TONO DE LA NIEVE ILUMINADA POR
LOS

RAYOS DE LA LUNA Y SU PELO ERA MÁS NEGRO QUE LA


GUARIDA DEL

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DRAGÓN. SUS OJOS ERAN TAN OSCUROS COMO UNA NOCHE SIN
LUNA,

PERO BRILLABAN CON INTENSA PASIÓN».

Jacq Blackstone había descrito perfectamente a su hermana. Podía recordarla

como si la tuviera delante. Podía incluso sentir la suavidad de su piel,


saborear sus besos dulces y aquellos senos turgentes que le había entregado
sólo a él.

—«SIN EMBARGO, ERA SU BELLEZA INTERIOR LA QUE


RESPLANDECÍA

CON LA FUERZA DE CIEN SOLES Y LA QUE HACÍA QUE LA GENTE


LA

AMARA».

La necesitaba, necesitaba tenerla en sus brazos tanto como tenerla en su

corazón.

Se quedó escuchando desde principio a fin aquella historia. Y, por primera


vez,

entendía lo que su hija trataba de conseguir.


¿Cómo no se lo había imaginado? ¿Por qué no se había molestado en

preguntar?

Cuando la historia se desvaneció y el silencio llenó el vacío, él se permaneció

inmóvil durante unos segundos.

—Apagar ordenador —dijo finalmente.

—AFIRMATIVO.

Lentamente se levantó y se acercó al escritorio en el que estaba sentada su


hija.

Se arrodilló junto a ella. Había estado tan obsesionado con evitar que la

pequeña cometiera los mismos errores que su madre, que había acabado con
una

parte vital de ella. Sus fantasías eran, precisamente, las que la hacían especial.
Quizá ellas fueran la chispa que encendiera la luz de su futuro.

—Lo siento, River. Estaba equivocado.

—¿En qué estabas equivocado, papá?

—He cometido un error.

—¿Tienes que ir a sentarte en tu cama castigado?

Él se rió.

—Quizá debiera hacerlo.

La pequeña le acarició la mejilla en un gesto de compasión.

—¿Quieres que vaya a sentarme contigo?


—No. Pero sí quiero que me ayudes. ¿Todavía tienes los presentes para el

dragón?

Un millón de emociones inundaron el pecho de su hija, llenando su rostro de

una sucesión de gestos contradictorios.

—Sí, aún los tengo.

—Vayamos a casa a por ellos —le tendió los brazos y la niña saltó
emocionada a

ellos—. Ha llegado el momento de entregárselos al dragón y pedir un deseo.

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—¿Un dragón de mentira?

—No, River, esta vez será un dragón de verdad. Con un poco de suerte, nos

devolverá a nuestra hada.

Raven agarró con firmeza la mano de su hija y entró en la oficina de


Blackstone.

No sabía cómo iba a reaccionar la pequeña. Apretaba a su muñeca


firmemente contra su pecho, pero no parecía asustada.

Miró a su padre y le susurró:

—Recuerda, no mates al dragón, porque entonces nuestro deseo no se


cumplirá.

—Prometo contenerme —dijo Raven.


—Bien.

Mathias abrió la puerta de su despacho y les indicó que pasaran.

—Bienvenidos —les dijo secamente mientras se sentaba. Acto seguido, le


tendió

la mano a Raven.

Raven se sentó y, tras apoyar la bolsa que traían en un lateral de la mesa,

estrechó la mano de su anfitrión.

—Gracias por recibirnos —dijo Raven en un tono amable que no se

correspondía con sus sentimientos hacia Blackstone.

—Sentía… curiosidad. No sabía qué más nos quedaba por decirnos.

—Tengo una pregunta —Raven luchó por mantener la compostura ante la

impertinencia de Blackstone—. ¿Todo esto fue planeado desde el principio?

—¿El asunto del «deseo»? ¿Lo de enviar a J.J.?

—Sí.

—No. Ni ella ni yo organizamos nada de lo sucedido.

Raven miró a Blackstone con desconfianza.

—Entonces, ¿a quién le debemos este embrollo?

—Me temo que la imperfecta creación de Nick Colter es la única


responsable.

—¿Gem? —preguntó Raven no del todo sorprendido.

—Me temo que sí.


Raven asintió y un momento de total y mutua comprensión logró apaciguar la

tensión entre ellos.

—Y bien, dígame, Sierra, ¿a qué ha venido?

—Mi hija tiene algo que pedirle.

—Ah —Mathias miró a la niña—. Te escucho.

River alzó la muñeca hasta la altura de los ojos y miró por encima de ella.

—¿Es usted el dragón?

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—Algunos dicen que lo soy —dijo con una son—risa—. ¿Tú qué crees?

—Creo que es igual que Némesis.

—Y bien, dime, ¿a qué has venido?

—He traído los siete presentes.

—¿Y qué quieres a cambio?

—Pedir un deseo.

—Un deseo —Blackstone abrió lentamente la bolsa que le ofrecía y la vació

sobre la mesa—. Veamos qué me has traído.

Había unos gemelos, un encendedor y la cajita en forma de corazón que J.J.


le

había dado. También estaba el abanico que habían hecho juntas, una botella
con

nieve derretida y una bolsa con la arcilla y la pizarra.

—Los gemelos simbolizan el amor que siento por mi padre. Yo se los regalé.

¿Ve que tienen unos corazones? El encendedor es el fuego. El abanico es el


viento.

Incluso dibujé su imagen en él —dejó todo sobre la mesa y agarró la botella


—. Ésta es el agua de la primera nieve.

—¿Y esto? —señaló la bolsa.

—Es una tierra que tiene millones de años.

—¿Y esta cajita?

—Contiene un mechón de pelo de mi madre y otro de mi padre.

Mathias levantó la ceja, interrogante.

—¿Madre? —murmuró Blackstone—. Interesante… ¿Hay algo que debería

saber, Sierra?

—Manténgase al margen de eso y haga lo que le corresponde.

River continuó.

—Yo no tengo una espada como el príncipe, ni magia como Justice, pero

supongo que el pelo de las personas es único.

Su lógica era extraordinaria.

Mathias asintió.

—Lo has hecho muy bien, River. Pero para concederte el deseo hay un
último

presente que debes darme: tu más preciada posesión.

River lo miró confusa.

—¿Y si elijo mal? ¿Me matarás?

—No elegirás mal —dijo Mathias con una sonrisa.

—Creo que ahora me toca a mí —intervino Raven, dejando sobre la mesa un

portafolios y sacando la pintura de Justice—. Creo que esto es lo que busca.


Sólo por curiosidad, ¿por qué lo quiere con tanta insistencia?

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—Yo no lo quiero. Es mi mujer —Mathias se pasó la mano por el pelo—. Se


le

ha metido en la cabeza que J.J. lo necesita, que la presencia de esa imagen la


ayudará a volar o algo similar.

—Sí, creo que entiendo lo que quiere decir —miró la pintura—. Ahora, ya
tiene

nuestra más preciada posesión.

—¿Me concederá el deseo? —preguntó River impaciente.

Mathias inclinó la cabeza.

—Te lo concederé si está en mi mano hacerlo.

—Quiero que convierta a Justice en una persona real para que se case con
papá

y sea mi madre. Queremos vivir felices para siempre.

—Me temo que sólo Justice puede concederte eso, pero sí puedo traértela
hasta

aquí. Sin embargo, antes necesito una promesa.

—¿Qué?

Los ojos de Mathias Blackstone se fijaron en los de Sierra.

—Que no le haréis daño —dijo con voz de dragón—. Porque si se lo hacéis


me

enfureceré y no soy una buena compañía cuando me enfurezco.

—Lo prometemos, ¿verdad, papá?

—Sí —dijo Raven manteniendo firme la mirada ante el dragón—. «Pues mi

amor por ella es mucho mas fuerte que mi sed de venganza. Es mi vida y mi
alma, mi luz y mi esperanza».

La furia desapareció del rostro de Mathias y sonrió.

—Bienvenido al mundo de la fantasía, amigo —dijo—. Encontrarás que es


un

hermoso lugar en el que vivir.

J.J. abrió la puerta de la oficina de Blackstone. —Me han dicho que querías

verme, Mathias.

—Sí, queríamos verte —la sorprendió la voz de Raven.

Aquel sonido la dejó sin respiración.


—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó confusa. Luego vio a River.

—¿Justice? —preguntó la niña con cierta timidez.

J.J. deseaba más que nada tomar a la pequeña en sus brazos y recibir de ella
su

calor y sus dulces besos. Amaba a padre e hija con devoción.

—Soy J.J., River. Ya no soy un hada.

River la miró con creciente entusiasmo.

—¿Ha funcionado? ¿Mi deseo se ha cumplido?

—¿Qué deseo? ¿De qué está hablando? —le preguntó J.J. a Raven.

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—River le entregó los siete regalos que había recopilado al dragón: gemelos
que

simbolizan el amor, los cuatro elementos y la pequeña caja que contenía tu


cabello y el mío.

—Algo que pertenece al hada y al caballero y sólo a ellos. . —dijo J.J.

comprendiendo lo que había ocurrido.

—Te has leído el libro —afirmó Raven con una mirada cada vez más intensa.

—Cuando le conté a Jacq que River estaba recopilando una serie de regalos,

insistió en que lo hiciera. ¿Cuál ha sido el deseo que has formulado? —le
preguntó a la niña.
—Le he pedido al dragón que te transformara en humana para que pudieras

casarte con papá y ser mi madre. Así podríamos vivir felices para siempre.

J.J. cerró los ojos tratando de evitar las lágrimas.

Raven se acercó a ella y la rodeó con sus brazos, y ella sintió que el guerrero

había terminado sus batallas. La lucha interior había acabado y le ofrecía un


lugar lleno de luz y calor.

Abrió lentamente los ojos.

—¿Y Maise? —preguntó dudosa—. ¿Y tu lucha contra la fantasía?

Una leve sombra oscureció su talante.

—Estoy cerca de firmar la paz con todo aquello.

—Cuando quieras hablar, sabes que estaré cerca para escucharte.

El la abrazó aún con más fuerza en un gesto de gratitud.

—Y sé que me comprenderás.

JJ. miró a la pintura de Justice que yacía sobre la mesa.

—¿Has renunciado a la pintura?

—No la necesitábamos si podíamos tener al hada en persona.

—¿Y ahora? ¿Qué va a suceder?

—Ahora, si aceptas venir con nosotros, nuestra pequeña familia estará al fin

completa.

River interrumpió.

—Justice, ¿estás enfadada conmigo? —preguntó la niña con voz preocupada.


—¿Enfadada? ¿Por qué?

—Porque ya no vas a ser nunca más un hada.

JJ. sonrió. —No te preocupes. Siempre quedará algo del hada dentro de mí —

dijo ella.

Raven las abrazó a las dos.

—¿Un hada que vuela desnuda sobre una mariposa? —preguntó él.

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—¿Te parece mal?

—No, si nos permites cabalgar contigo.

—¿Tú también, Raven?

—Sí, yo también —sus ojos resplandecieron intensamente—. Te amo, mi


dulce

hada. ¿Quieres casarte conmigo y convertirte en la madre de River?

—No puedo imaginarme la vida sin vosotros. Sí, por supuesto que me casaré

contigo.

—DESEO CUMPLIDO —anunció Gem—. PREMISA CONFIRMADA.


LOS

DESEOS DE CUMPLEAÑOS SIEMPRE SE CUMPLEN.

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Epilogo

Durante un momento, Justice se quedó inmóvil. Era incapaz de pensar. ¿Su

posesión más preciada? Le había dado a Némesis todo lo que tenía. ¿Qué más
le

quedaba?

De pronto, comprendió qué era lo que tenía que entregarle.

Se quedó allí, frente al dragón, con la fuerza y la constancia que da el amor,

dispuesta a hacer aquel último sacrificio, a enfrentarse a la muerte si era


necesario para conseguir lo que tanto anhelaba.

—Te daré mis alas —gritó—. Son mi posesión más preciada.

Un gran rugido salió de la garganta de Némesis.

—¡Eso es! —dijo él—. Te concederé el deseo. Ya no eres un hada, sino una

mortal, libre para casarte con el príncipe.

El príncipe la tomó de las manos y encontró, al fin, la paz. El también había

ganado algo esencial. Había perdido el odio y lo había reemplazado por un


amor que duraría eternamente.

Juntos, partieron, dispuestos a vivir felices para siempre.

Final de La búsqueda del dragón, de Jack Rabbitt

Ya ha llegado el momento —anunció River, saltando llena de emoción—.


Vamos, papá. Vamos, mamá. Tenéis que cortar la tarta de bodas.

J.J. miró feliz a su recién casado marido. Estaba absolutamente impresionante

vestido de chaqué. El notó su admiración y deslizó las manos bajo su velo


para

atraerla hacia sí. La besó dulcemente.

Las sombras que tiempo atrás empañaban su mirada varonil habían sido

reemplazadas por la luz. Ya no había secretos, ni tormentos en su alma.

—¿Feliz, señora Sierra? —le preguntó él.

Ella sonrió lentamente y él posó un beso sobre su sonrisa.

—Más que feliz.

—¡El pastel! —les recordó River con cierta impaciencia—. Dejad todo eso
para

luego.

—¿A qué vienen tantas prisas? —preguntó Raven.

—Tengo que pedir un deseo.

Raven refunfuñó.

—Pero éste es un pastel de boda, no de cumpleaños. ¡Ni siquiera tiene velas!

—¿No puedo pedir un deseo de todas formas? Por si acaso.

El resopló, pero accedió.

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—De acuerdo, formula tu deseo.

—Quiero… —miró primero a su padre y luego a su madre—. Quiero un troll.

—¿Un troll? —Raven y J.J. intercambiaron miradas de confusión, hasta que

comprendieron a qué se refería.

Los dos soltaron una carcajada.

JJ. negó con la cabeza.

—No sé, cariño. Ya veremos. No teníamos pensado añadir ningún troll a la

familia de momento.

—Pues eso no es lo que Gem dice.

—¡Ese ordenador otra vez no, por favor! —dijo Raven—. Debería haberlo

desconectado hace tiempo.

Por la noche, aquel mismo día, ya en la cama, acurrucada con Dolly, River le

pidió a Gem que le calculara las probabilidades de que su deseo se cumpliera.


Gem le dijo que había un noventa y ocho por ciento de posibilidades de que
un pequeño troll apareciera en su vida en cuestión de un año.

Porque, como todo el mundo sabe, los deseos formulados ante un pastel de

bodas siempre se cumplen…

Fin

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